Read the book: «Salvajes y civilizados»
SALVAJES Y CIVILIZADOS
Una soleada mañana de enero de 1833, por uno de los canales al sur de la Tierra del Fuego un buque inglés navega junto a un bote más pequeño. Los nativos de la zona, mediante gritos y humo, rápidamente se comunican entre sí la novedad y comienzan a aparecer decenas de canoas con cientos de ellos para observar la extraña aparición. Curiosos y amigables la mayoría, algo agresivos otros, observan el bote más pequeño que acerca a la orilla a tres fueguinos (dos varones y una mujer) que regresan a su tierra luego de haber pasado casi un año en Londres. Para sorpresa de los compatriotas que los reciben casi desnudos, estos tres visten ropa europea, tienen el cabello cortado, hablan inglés y traen consigo juegos de té de porcelana, ropa blanca de cama, sombreros y vestidos. Esta singular escena es solo una pequeña parte de una historia más extensa que estaba destinada al olvido en el tiempo y en el inhóspito extremo suramericano si no fuera porque ocupa extensos pasajes de los diarios de viaje de los dos protagonistas ingleses de la misma historia: el capitán de la expedición Robert Fitz Roy y el naturalista de a bordo y, con el tiempo, uno de los científicos más influyentes del mundo moderno, Charles Darwin. Pero además de esos testimonios directos, a lo largo de casi dos siglos se ha instalado una versión más o menos estándar repetida una y otra vez con una cantidad de supuestos y errores que merecen ser revisados y reevaluados. Reconstruir esta historia y, sobre todo, revisarla críticamente es el objetivo de este libro.
Héctor A. Palma es profesor en Filosofía (UBA), magíster en Ciencia, Tecnología y Sociedad (Universidad Nacional de Quilmes) y doctor en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes). Actualmente es docente-investigador en la Universidad Nacional de San Martín y en la Universidad Nacional de Hurlingham. Ha publicado los libros Gobernar es seleccionar. Historia y reflexiones sobre el mejoramiento genético en seres humanos (2005), Filosofía de las ciencias. Temas y problemas (2008), Infidelidad genética y hormigas corruptas. Una crítica al periodismo científico (2012), Ciencia y metáforas. Crítica de una razón incestuosa (2016), Huellas de Darwin en la Argentina (2016), Mejoramiento genético en humanos. De la eugenesia al transhumanismo (2019). Además, es editor de Epistemología de las ciencias sociales (2012) y Conexiones y fronteras. Desafíos filosóficos de las ciencias sociales en el siglo XXI (2017), ambos publicados por Biblos.
HÉCTOR PALMA
SALVAJES Y CIVILIZADOS
Darwin, Fitz Roy y los fueguinos

Índice
Cubierta
Acerca de Salvajes y civilizados
Portada
Introducción. Un viaje extraordinario
Capítulo 1. Los antecedentes y los personajes Las expediciones del Adventure y el Beagle Los protagonistas: Robert Fitz Roy, Charles Darwin y los fueguinos
Capítulo 2. La captura Cuatro fueguinos rumbo a Londres La estancia en Inglaterra La repercusión en los periódicos londinenses Consideraciones sobre los fueguinos Salvajes y abyectos Ladrones Canibalismo El lenguaje Las dificultades para comprender al otro Las descripciones científicas acerca de los fueguinos
Capítulo 3. El regreso a la patria Llegada y recepción Último encuentro con Jemmy Los viajes a Malvinas
Capítulo 4. Después del Beagle Darwin y Fitz Roy Los fueguinos La masacre de Woollya Los fueguinos en la literatura
Capítulo 5.El siglo XIX: evolucionismo, racismo y jerarquías humanas Un siglo evolucionista Tiempo: centralidad epistémica, linealidad, irreversibilidad y variabilidad Cambio: inmanencia, etapas y direccionalidad, progreso y decadencia, continuidad y novedad La teoría darwiniana Evolucionismo sociohistórico y evolución biológica Diversidad, desigualdad, racismo y otras jerarquías
Epílogo. Imperio, afectos y tragedia
Referencias bibliográficas
Créditos
INTRODUCCIÓN
Un viaje extraordinario
Una soleada mañana de enero de 1833, por uno de los canales que corren al sur de Tierra del Fuego, navegaba un extraño e imponente buque junto con un bote más pequeño. Los nativos de la zona, mediante gritos y humo, rápidamente se comunicaron entre sí la novedad y comenzaron a aparecer decenas de canoas con cientos de ellos. Curiosos y amigables la mayoría, algo agresivos otros, observaron el bote más pequeño que se acercaba a la orilla con algunos hombres de aspecto extraño y, junto con ellos, tres fueguinos (dos hombres y una mujer) que regresaban a sus tierras luego de una larga ausencia. Para sorpresa de los compatriotas que los recibían con cierto desdén, no sin algo de desconfianza y casi desnudos, en el bote que los acercaba a la orilla se acumulaban juegos de té de porcelana, ropa blanca de cama y neceseres de caoba, telas de colores, sombreros y vestidos que les habían regalado en su estancia en Londres; y los tres ignotos nativos, luego de casi tres años de ausencia, regresaban a su patria vistiendo ropa europea, el cabello cortado, guantes y zapatos lustrados, y hablando un poco de inglés. Aunque era habitual que los buques europeos subieran a bordo nativos de las regiones por las que pasaban, con distintos objetivos –casi ninguno noble e inocente–, esta era, sin dudas, una escena inverosímil, probablemente única en la historia de los innumerables viajes de europeos por el resto del mundo desde el siglo XV, un hecho pintoresco menor destinado a quedar olvidado en el tiempo y en el inhóspito extremo sur americano. Pero se dieron al menos tres circunstancias para que aún hoy los recordemos: la importancia que los protagonistas ingleses de esos episodios les han dado en sus respectivos diarios de viaje; la deriva de los acontecimientos, sobre todo con uno de los tres fueguinos repatriados y que el naturalista a bordo en ese viaje de regreso era quien luego de algunas décadas se transformaría en uno de los científicos más influyentes del mundo moderno: Charles R. Darwin.
Sobre estos episodios tratará este breve libro según dos objetivos principales: por un lado, recorrer con cierto detalle los extraordinarios acontecimientos que vivieron estos fueguinos según las versiones disponibles de los protagonistas y las repercusiones posteriores; por otro lado, realizar un análisis crítico de las versiones y opiniones sobre lo ocurrido que, de tanto repetirse, han quedado instaladas como el corpus estándar en el tema, pero en las que un examen un poco más minucioso muestra, a pesar del tiempo transcurrido, algunos puntos controversiales. Se analizarán, principalmente, los testimonios directos de algunos de los protagonistas de estos episodios aunque con una limitación: no hay ningún registro escrito de los propios fueguinos. Ello representa una carencia tan fundacional como insalvable, pero no impide revisar críticamente los testimonios de los europeos, lastrados como no podía ser de otra manera por los prejuicios epocales acerca de las jerarquías raciales, por la mentalidad eurocéntrica de la expansión colonial y por un evolucionismo sociocultural propio del siglo XIX.
Veamos el marco general de los acontecimientos. Su Majestad Británica envió, entre 1826 y 1836, dos expediciones marítimas (algo ya habitual para la época) que recorrieron distintos puntos de Sudamérica, y la segunda de ellas concluyó la vuelta al mundo. En la primera, al mando del capitán Philip P. King (1791-1856), y por circunstancias que ya veremos, embarcaron a cuatro fueguinos nativos y los llevaron a Inglaterra. Uno de ellos murió apenas llegado y los otros tres, los que mencionábamos en el párrafo anterior, fueron repatriados en el segundo viaje al mando de Robert Fitz Roy (1805-1865). Nuestra hipótesis más general es que el caso de estos fueguinos, y sobre todo de uno de ellos, ha sido excepcional y por eso mismo los conceptos más o menos generales y tradicionales utilizados para estudiarlo han dado como resultado interpretaciones insuficientes y parciales; asimismo, este carácter excepcional invalida cualquier intento de interpretarlo como un caso testigo.
Las experiencias de las dos extensas travesías fueron publicadas en Londres en 1939 como una obra en tres volúmenes bajo el título Narrative of the Surveying Voyages of His Majesty’s Ships Adventure and Beagle (1826-1836). El primer tomo trata sobre la primera expedición comandada por el capitán Philip P. King y aparece bajo su nombre. Sin embargo, dados sus problemas de salud (que lo llevaron a regresar a su Australia natal en 1832), el capitán Fitz Roy fue el encargado de la redacción final de ese primer volumen que se completa con las notas tomadas por King, pero también con extensas consideraciones del propio Fitz Roy. En el texto original se consigna claramente lo que corresponde a cada uno de los autores. El segundo tomo comprende la segunda expedición alrededor del mundo bajo el mando de Fitz Roy en el Beagle. El tercer volumen fue escrito por Charles Darwin (1809-1882), naturalista a bordo en ese segundo viaje, y luego fue republicado en forma separada con distintos títulos: en ese mismo año, 1839, apareció como Journal of Researches into the Geology and Natural History of the Various Countries Visited by H.M.S. Beagle from 1832-1836. En la edición de 1845 se modificó el orden de las materias en el título y se llamó Journal of Researches into the Natural History and Geology of the Countries Visited during the Voyage Round the World of H.M.S. Beagle under the Command of Captain Fitz Roy. El texto definitivo, de 1860, se llamó Naturalist’s Voyage round the World.
Las versiones en castellano de los párrafos transcriptos en este libro procedentes de estos tres volúmenes me pertenecen y se consignarán, respectivamente, como Narrative, t. I; Narrative, t. II, y Darwin, 1839 (pues corresponde a la versión publicada independientemente como Journal of Researches…). Además de los tres tomos principales, la publicación inicial incluye un apéndice al tomo II, también escrito por Fitz Roy, que aquí se consignará como Narrative, apéndice. También se han tomado algunas cartas de Darwin y, sobre todo, una autobiografía que había sido escrita en 1876 y estaba destinada para uso de su familia y no para ser publicada, aunque su hijo Francis decidió hacerlo a la muerte de su padre. En este caso se usará la versión en castellano publicada por Alianza en 1997. Asimismo, se usarán otras fuentes indirectas que oportunamente se indicarán.
En el capítulo 1 se describen los dos viajes mencionados, los objetivos y los personajes principales: Charles Darwin, Robert Fitz Roy y los indios fueguinos. En el capítulo 2, los episodios de la captura de los fueguinos, su estancia en Inglaterra y, sobre todo, las consideraciones que Darwin y Fitz Roy han transmitido acerca de ellos en los textos mencionados. El capítulo 3 está dedicado al proceso de repatriación de los tres fueguinos que quedaron vivos. El capítulo 4 pasa revista a lo ocurrido con los protagonistas luego del viaje del Beagle y a ciertas apropiaciones que la literatura ha hecho de estos nativos. El capítulo 5 analiza algunos de los rasgos principales de la mentalidad europea de la época que dan sentido a las controvertidas e incluso contradictorias consideraciones de Darwin y Fitz Roy: el evolucionismo, el racismo y las jerarquías humanas. En el Epílogo se hace un análisis crítico sobre distintos aspectos que, a pesar de los años transcurridos y que se han transformado en un lugar común de tanto repetirlos, resultan controversiales.
CAPÍTULO 1
Los antecedentes y los personajes
La vista de un salvaje desnudo en su tierra natal es algo que no se puede olvidar nunca.
Charles Darwin, Autobiografía
Las expediciones de las potencias europeas hacia distintas zonas del mundo, que incluían objetivos militares, comerciales y también científicos, con los consiguientes relatos de los viajeros, se remontan al siglo XVI o incluso antes, aunque recién en el siglo XVIII se comienzan a producir diarios de viaje más confiables, según criterios científicos, que incluían observaciones sobre fauna, flora, geología y grupos humanos. Los relatos de viajeros fueron abandonando sus tendencias a describir seres fabulosos y monstruos que habitaban tierras lejanas y desconocidas, y fue prevaleciendo el mandato iluminista y científico. Son famosas las epopeyas del inglés James Cook (1728-1779), quien en 1768 comenzó una serie de viajes por Tahití, Nueva Zelanda, el Antártico y Nueva Caledonia; de los franceses Louis-Antoine de Bougainville (1729-1811) y Jean-François de La Pérouse (1741-1788), y, un poco más tarde, del alemán Alexander von Humboldt (1769-1859), el viajero más famoso y reconocido en época de Darwin. De hecho Darwin, según señala en sus cartas, se había sentido halagado y a la vez sorprendido cuando Humboldt manifestó deseos de conocerlo y mucho más cuando, luego, habló muy bien de él.
Muchos de esos viajeros visitaron América del Sur1 en general, y la zona de la actual Argentina en particular, en los siglos XVII, XVIII y XIX. Nicolás Mascardi (1625-1673) recorrió los Andes meridionales entre 1662 y 1670. Uno de los más conocidos fue Félix de Azara (1742-1821), quien realizó diversos viajes entre 1781 y 1801. Por la misma época, Alejandro Malaspina (1754-1810) recorría las costas patagónicas en una expedición que tenía por objeto realizar estudios de oceanografía, geología, flora, fauna, climatología, etc., de las posesiones españolas. Según José Babini (1986), junto con Darwin, el viajero más importante por estas tierras ha sido Alcides d’Orbigny (1802-1857), también frecuentemente citado por Darwin y reconocido por este como el viajero más importante después de Humboldt. D’Orbigny recorrió los países de América del Sur desde 1826 hasta 1833 y luego publicó Voyage dans l’Amérique méridionale, que abarca la geología, la paleontología, la botánica, la zoología y la antropología argentinas.
Las expediciones del Adventure y el Beagle
El conjunto de episodios que nos ocuparán transcurrió, como dijimos, en el marco de dos expediciones llevadas adelante por embarcaciones de Su Majestad Británica. La primera de las travesías, que llegó hasta Sudamérica y regresó, contó con la participación como naves principales del Adventure y el Beagle, y la segunda, solo con esta última. La primera expedición abarcó desde el 22 de mayo de 1826 hasta el 14 de octubre de 1830 y la segunda entre el 27 de diciembre de 1831 y el 2 de octubre de 1836. A los dos principales buques mencionados se agregaron por períodos variados otras naves: algunas goletas como Adelaide, La paz y La liebre (la primera para recorrer canales fueguinos y las dos últimas alquiladas en Bahía Blanca para relevamiento de costas), dos buques foqueros (el Uxbridge y el Adeona) y un bote con cubierta (el Hope), además de otras embarcaciones menores.
El primer viaje estuvo al mando del capitán Philip Parker King,2 su segundo comandante era Pringles Stokes y el joven Robert Fitz Roy participó como teniente de navío hasta la muerte de Stokes, cuando asumió como segundo comandante y quedó al mando del Beagle. Así narraba el capitán King la extrema situación que desembocó, entre otras cosas, en el suicidio de Stokes:
La severidad del clima trajo aparejado un fenómeno muy desagradable. El escorbuto llegó y se acrecentó; a su vez, la muerte accidental de un marinero al caer desde una escotilla, seguida por el fallecimiento de otros dos, así como del señor Low, del Adeona, cuyo cuerpo me fue enviado para su entierro, contribuyó a crear una sensación de abatimiento entre los tripulantes que no pude controlar de ninguna manera. La monotonía de sus ocupaciones, el escalofriante y sombrío aspecto del país y el rigor del clima contribuían a aumentar el número de enfermos, así como los síntomas desfavorables de su enfermedad. No obstante, el período de ausencia del Beagle estaba llegando a su fin, por lo que hice correr el rumor de que abandonaríamos Puerto Hambre en cuanto llegara. (Narrative, t. I: 144)
King había decidido nombrar como comandante del Beagle a William Skyring luego de la muerte de Stokes pero, por distintas razones, al llegar a Río de Janeiro el comandante de la estación naval, sir Robert W. Otway, anuló la decisión de King y, entre otros cambios, nombró a Fitz Roy al mando del Beagle para su regreso a Inglaterra. El suicidio de Stokes, como bien señala King, afectó profundamente a la tripulación, al mismo King y, seguramente, condicionó al futuro capitán Fitz Roy a elegir un compañero de su misma clase para el viaje que emprendería años después. El destino querría que ese compañero de viaje fuera un ignoto joven en ese momento, pero que con el correr de los años se transformaría en uno de los científicos más importante del mundo moderno: Charles Darwin.
Los objetivos de la primera expedición eran realizar un relevamiento hidrográfico en el extremo sur de Sudamérica y trazar mapas de las costas entre Montevideo y Chiloé, principalmente de los canales fueguinos; asimismo, recoger muestras de animales, vegetales y minerales de las zonas visitadas. Inicialmente, en el Adventure (“una embarcación amplia de 300 toneladas de arqueo, sin cañones, de aparejo ligero aunque fuerte y de construcción sólida”; Narrative, t. II: 38) viajaban: el capitán King, varios pilotos, cirujanos, voluntarios, un recolector botánico, un artillero, un carpintero, quince infantes de marina y alrededor de cuarenta “marineros y pajes” (unas 76 personas). En el Beagle (“un pequeño navío de construcción sólida de 235 toneladas, aparejado como una barca y dotado de seis cañones”; Narrative, t. II: 38) viajaban el comandante Stokes, cirujanos, voluntarios, algunos oficiales, unos diez infantes de marina y también alrededor de cuarenta “marineros y pajes” (unas 63 personas). A lo largo del viaje hubo muchos cambios, incluidos los mencionados en el comando de la expedición.
Para la segunda expedición se destinó inicialmente (luego se fueron agregando otras naves, como ya se mencionó) solo el Beagle con algunas modificaciones estructurales con respecto al viaje anterior y que, según la enumeración que hace el propio Fitz Roy, zarpó con el joven naturalista Charles Darwin, trece tripulantes –entre oficiales y sus asistentes–, un médico, un carpintero, siete particulares, treinta y cuatro marineros, seis grumetes, un sirviente de Darwin (Syms Covington, quien lo acompañó en los múltiples viajes a caballo en Uruguay, Chile y Argentina), el reverendo Richard Matthews, el ya entonces reconocido pintor Augustus Earle (quien renunció a la expedición en Montevideo y fue reemplazado por Conrad Martens, autor de algunas de las más conocidas pinturas de la expedición, pero que también se retiró de la travesía en 1834, en Chile) y los tres fueguinos. Como es natural, a lo largo de cinco largos años hubo algunos cambios en el personal de a bordo.
Darwin enumera, en el primer párrafo de su Diario, de manera muy sucinta, los objetivos3 del viaje del H.M.S. Beagle:
[C]ompletar el reconocimiento de Patagonia y Tierra del Fuego, comenzado bajo la dirección del capitán King de 1826 a 1830; hacer un estudio de las costas de Chile, Perú y de algunas islas del Pacífico, y efectuar una serie de medidas cronométricas por todas partes del mundo. (Darwin, 1892: 267)
Como ya se ha señalado, la doble expedición británica forma parte de una larga serie de viajes por distintas regiones del planeta y obedece a la estrategia de expansión diseñada y llevada a cabo a lo largo del siglo XIX (que algunos historiadores denominan el “siglo imperial”) con el resultado conocido: el Imperio británico –el más extenso de la historia– llegó a dominar hacia principios del siglo XX aproximadamente al 25% de la población y el 20% del territorio mundial, sin contar otras formas de dominación diplomática y comercial. Aunque América quedó exenta, en el último tercio del siglo XIX se consolidan los imperios coloniales que anexaron, formal y administrativamente, una enorme cantidad de territorios alrededor del mundo en manos de las principales potencias europeas (Reino Unido, Italia, Alemania, Francia, Países Bajos y Bélgica) y Estados Unidos. En buena medida, esos territorios surgieron de la desintegración de los imperios español y portugués.
De los cinco años que duró el segundo viaje, aproximadamente un año transcurrió en el actual territorio argentino, ya que el 24 de julio de 1833 indica Darwin en su Diario que la expedición zarpó desde Maldonado en Uruguay con rumbo hacia el sur, y el 10 de junio de 1834, por su parte, relata que a través del estrecho de Magallanes el Beagle pasó al océano Pacífico rumbo a la región central de Chile. Incluso permaneció unos pocos días en Mendoza luego de cruzar los Andes desde Chile.4 Al período “argentino” le dedicó ocho de los veintiún capítulos de su Diario.
Los protagonistas: Robert Fitz Roy, Charles Darwin y los fueguinos
Muchos años después, un Darwin ya anciano reflexiona acerca del viaje en el Beagle en su autobiografía:
[H]a sido con mucho el acontecimiento más importante de mi vida y ha determinado toda mi carrera […] le debo a esa travesía la primera educación o educación real de mi mente; me vi obligado a prestar gran atención a diversas ramas de la historia natural y gracias a eso perfeccioné mi capacidad de observación, aunque siempre había estado bastante desarrollada […] Hoy día, lo que más vivamente me viene a la memoria es el esplendor de la vegetación de los trópicos; aunque la sensación de sublimidad que excitaron en mí los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas cubiertas de bosques de la Tierra del Fuego ha dejado una impresión indeleble en mi mente. La vista de un salvaje desnudo en su tierra natal es algo que no se puede olvidar nunca.5 (Darwin, 1892 [1997: 65])
Charles R. Darwin, hijo y nieto de médicos, nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury (Inglaterra) y murió, víctima de una cardiopatía, el 19 de abril de 1882. Provenía de una acomodada familia y a los dieciséis años fue enviado por su padre a estudiar medicina a la Universidad de Edimburgo, junto con su hermano Erasmus. Luego de dos años en Edimburgo, su padre se enteró del desinterés de Charles por la medicina y decidió enviarlo a realizar la carrera eclesiástica a Cambridge. Tampoco allí encontró su vocación. No obstante, y al igual que le había ocurrido en Edimburgo, Darwin estableció gran cantidad de contactos, sobre todo con geólogos y botánicos. Como sentía gran afición por las ciencias naturales, el profesor John S. Henslow lo instó a estudiar geología con Adam Sedgwick.
Era habitual que las expediciones contaran con un naturalista, es decir, alguien encargado de recoger muestras de plantas y animales desconocidos y realizar observaciones geológicas. Ese puesto correspondía, por una tradición de la Armada británica, al cirujano de la nave que, en el caso del Beagle, era Robert McCormick, quien también estaba interesado y preparado para el puesto y la tarea de recolección de especies biológicas y cuestiones geológicas. Pero el capitán Fitz Roy no lo consideró la persona adecuada, quizá por su carácter reacio a aceptar órdenes, quizá por su origen irlandés. Sin embargo, lo más probable es que, como bien señala Stephen Jay Gould, dada la tradición de los capitanes de no relacionarse con sus subordinados (salvo para cuestiones estrictamente referidas al barco y la travesía) y el temor a estar varios años aislado –luego de la traumática experiencia de Stokes en el viaje anterior–, Fitz Roy haya querido designar un supernumerario que, aunque se tratase de un desconocido para él, perteneciera a su misma clase social. Por ello, le pidió al profesor Henslow que le recomendara a alguien,6 y este le nombró a Darwin quien, ante el ofrecimiento, aceptó condicionadamente. Pidió tener libertad para alejarse del derrotero de la expedición cuando quisiera (cosa que hizo repetidas veces y por períodos bastante prolongados) y que se le permitiera hacerse cargo de sus gastos de alimentación. Fitz Roy aceptó y, poco antes de zarpar, Darwin escribe en una carta entusiasmada desde Devonport el 17 de noviembre de 1831:
Todos aquellos que están a la medida de opinar, dicen que se trata de una de las travesías más grandiosas que jamás se hayan emprendido. Estamos equipados a lo grande […] en definitiva, todo es tan próspero como el ingenio humano puede hacerlo. (Darwin, 1892 [1997: 268])
Puede asegurarse que en su viaje, además del libro de Humboldt (Personal Narrative of Travels to the Equinoctial Regions of America), Darwin llevó la Biblia y el recién aparecido primer tomo de los Principios de geología de Charles Lyell, que proponía una nueva visión de los cambios geológicos del planeta (conocida como “uniformitarismo”) y que influyó fuertemente en él. Lyell afirmaba que las características geológicas del planeta son el producto de un lento y continuo proceso en el cual intervienen causas que operan en forma constante y no, como sostenían los catastrofistas, a partir de grandes y esporádicos cataclismos. Además, en oposición a la mayoría de los naturalistas de su época, sostenía que la edad del planeta se remontaba a varios millones de años.
El Darwin que parte en el Beagle es apenas un joven lúcido e inquieto de veintidós años, con una gran afición por la vida al aire libre y las cabalgatas, y que no imaginaba en absoluto el papel central que tendría en la historia de las ciencias y en la cultura occidental en general. Sin embargo, en el Diario, que termina de redactar para su publicación a la vuelta, describe con una proverbial meticulosidad no solo lo que era incumbencia de un naturalista en la época (la biología, la geografía y la geología de la zona), sino que también aporta consideraciones antropológicas y sociológicas sobre los habitantes de las regiones visitadas con una agudeza y lucidez más propias de un profesional avezado que de un joven inquieto. Muestran su enorme capacidad analítica y de observación, al tiempo que una gran creatividad conceptual para ensayar hipótesis plausibles. Pero aún no era el Darwin que publicó dos décadas más tarde uno de los principales libros del siglo XIX: On the Origin of Species by Means of natural Selection or the Preservation of the favored Races in the Struggle for Life (conocido más comúnmente como El origen de las especies; en adelante El origen). Es más, aunque resulta discutible el lugar y la ocasión de inspiración de cualquier teoría científica, al menos en el sentido heroico y fundacional que, a veces, se le quiere dar, el eureka de la evolución es bastante posterior al regreso a Londres. Más allá de chovinismos cientificistas menores de argentinos, chilenos y ecuatorianos acerca del privilegio del lugar y momento preciso en que a Darwin le surge su peligrosa idea y de que algunos hallazgos en Punta Alta (al sur de la provincia de Buenos Aires), en la cordillera de los Andes, en la Patagonia y en las Galápagos ocupan un lugar destacado en el posterior rompecabezas de la evolución, lo cierto es que Darwin tardó varios años en anudar su teoría. Más adelante volveremos sobre esto.
Otro de nuestros protagonistas es el capitán Robert Fitz Roy (también se lo suele encontrar escrito “FitzRoy” o “Fitz-Roy”). Había nacido en Suffolk, Inglaterra, en 1805, de modo que, aunque algo mayor que Darwin, solo tenía veintiún años al inicio del primer viaje de la expedición y veintiséis al iniciar el segundo. Pertenecía a la aristocracia inglesa tanto por parte de padre como por parte de madre, y a los trece años ingresó en la Marina Real Británica. Fue un experto en observaciones meteorológicas y, por sus estudios hidrográficos a bordo del Beagle, fue premiado con una medalla de oro por la Royal Geographical Society y también ocupó el cargo de gobernador de Nueva Zelanda entre 1843 y 1845. Era un hombre muy religioso y tenía en muy alta estima el rol que los misioneros podrían desempeñar para “civilizar” a los aborígenes de distintas zonas del planeta, es decir, para que pudieran ascender desde su estado de salvaje al grado de la civilización (europea).
Vale la pena una breve digresión aquí porque es relevante para comprender en buena medida cuál fue una de las motivaciones de Fitz Roy al llevar a los fueguinos a Inglaterra. En un olvidado artículo de 1836, en coautoría con Darwin,7 intenta rebatir el argumento negativo sobre los misioneros cristianos que había reflotado el explorador ruso Otto von Kotzebue y según el cual esos misioneros habrían destruido culturas nativas bajo el pretexto de llevar el progreso de la civilización e incluso disfrazando la expansión colonial europea. En el artículo mencionado se resalta la labor de los misioneros mejorando el “estado moral” en Tahití:
No he visto en ninguna otra parte del mundo comunidad más ordenada, pacífica e inofensiva. Todo el mundo parecía ansioso por complacer, risueño y feliz por propia naturaleza. Mostraban respeto por los misioneros, y una absoluta buena voluntad hacia ellos […] y aquellos parecían plenamente merecedores de tales sentimientos. (Citado por Gould, 1993 [2006: 329])
Descartando que esa condición surja de la propia cultura de los tahitianos que, antes de la llegada de los misioneros, tenían costumbres y hábitos “reñidos con la moral y la civilización”, afirma:
En líneas generales, pienso que el estado de la moralidad y de la religión en Tahití es muy estimable […] Los sacrificios humanos, las guerras más sangrientas, el parricidio y el infanticidio, el poder de los cultos idólatras, y un sistema impregnado de una lujuria sin parangón en los anales del mundo; todo ello ha sido abolido. La hipocresía, el libertinaje, la intemperancia, se han visto muy reducidos gracias a la introducción del cristianismo. (Citado por Gould, 1993 [2006: 330])
Era una idea bastante extendida desde mediados del siglo XVIII (luego volveremos sobre ello en el capítulo 5) y tendría como consecuencia práctica facilitar las relaciones comerciales y el asentamiento de europeos en sus territorios.
Esa clase de mentalidad de carácter humanitario en apariencia, impensable hoy en cualquier mente desprejuiciada, satisfacía en cierta medida los intereses políticos y comerciales de los gobiernos colonialistas europeos que financiaban o costeaban los viajes de exploración a diversas regiones del mundo. (García González y Puig Samper, 2018: 76)
Esta convicción sobre la inferioridad de algunos grupos humanos y su creencia en que la educación cristiana permitiría revertirla explican en buena medida el esfuerzo desarrollado por Fitz Roy en torno a los tres fueguinos; pero la mencionada crítica de von Kotzebue acerca de las misiones volverá también a aparecer una y otra vez, y no será una cuestión menor en el desarrollo de los trágicos sucesos que veremos.
Por su parte, el conocimiento disponible acerca de los nativos de la Patagonia, los otros protagonistas de esta historia, era bastante relevante y detallado. Fitz Roy reproduce en el apéndice extractos del diario de Antonio de Viedma (publicado en 1783), que le llega de don Pedro de Angelis a través de sir Woodbine Parish,8 diplomático británico en Buenos Aires entre 1825 y 1832. Viedma describe muy minuciosamente las costumbres, las idiosincrasias y los aspectos físicos, vestimentas, creencias y rituales de los nativos de la Patagonia. También apela a descripciones tomadas de Thomas Falkner,9 y el mismo Fitz Roy desarrolla sus propios puntos de vista a lo largo de tres capítulos del tomo II de Narrative, incluyendo descripciones de los nativos, distribución geográfica y etnias. Asegura que la información fue obtenida “principalmente de los nativos que fueron a Inglaterra en el Beagle; y del señor Low, que ha visto más de ellos en su propio país que cualquier otra persona” (Narrative, t. II: 129). Los reportes disponibles tienen algunos errores propios de la carencia de herramientas conceptuales y científicas disponibles, los prejuicios vigentes, las diferencias idiomáticas e idiosincrásicas, pero son de una minuciosidad asombrosa.
Hoy se supone que en esa época (antes de las epidemias y las matanzas que los diezmaron) habría habido unas diez mil personas en la zona de la actual Tierra del Fuego, islas vecinas y costas del estrecho de Magallanes, divididos en cuatro grupos con lenguas y costumbres diferentes. Dos de esos grupos (los yámanas, también conocidos como yaganes, y los alacalufes) eran canoeros; los otros dos grupos (los selk’nam, también llamados onas, y los haush) no eran navegantes y cazaban guanacos.
1. La bibliografía sobre Darwin y los viajeros por la Argentina se encuentra relevada exhaustivamente en Santos Gómez (1983).
2. Quien ya tenía experiencia previa, pues había realizado cuatro viajes para relevar las costas australianas entre 1817 y 1821.
3. En el capítulo II del tomo II de los Narrative se transcribe el extenso y detalladísimo memorándum con las instrucciones que la Oficina Hidrográfica asignó a Fitz Roy.
4. Luego de abandonar definitivamente el actual territorio argentino, la expedición se dirigió al norte por el océano Pacífico y, durante una estadía en Santiago de Chile, Darwin cruzó los Andes y llegó hasta la actual provincia de Mendoza, donde estuvo varios días. En ocasión de pasar una noche en Luján de Cuyo relata haber sido atacado por gran cantidad de vinchucas. Eso alimentó la versión, nunca confirmada, de que Darwin habría fallecido como consecuencia de la enfermedad de Chagas provocada por el parásito Trypanosoma cruzi transmitido por las mencionadas vinchucas.
5. Todos los resaltados en bastardilla en las citas que aparecen a lo largo del presente libro son míos, salvo expresa indicación en contrario.
6. Ver el interesante artículo de Gruber (1969) en el que da cuenta de la conflictiva relación entre Darwin y McCormick.
7. Curiosamente, el primer artículo firmado por Darwin. Según Gould (1993), muy probablemente haya sido escrito mayormente por Fitz Roy a pesar de la firma conjunta.
8. Woodbine Parish (1796-1882) fue encargado de negocios en Buenos Aires entre 1825 y 1832. Firmó un tratado de amistad, comercio y navegación entre Gran Bretaña y Argentina en 1825. Alternaba su trabajo diplomático con la investigación en paleontología y geología. Publicó, en 1839, Buenos Ayres and the Provinces of Rio de la Plata, y mantuvo una larga amistad y abundante correspondencia con Darwin.
9. Thomas Falkner (1702-1784), a veces citado como Tomas Falconer, fue un sacerdote jesuita misionero que recopiló mucha información sobre nativos, flora, fauna y geografía del actual territorio argentino, donde vivió durante cuarenta años.
CAPÍTULO 2
La captura
Cuatro fueguinos rumbo a Londres
El único testimonio directo de los episodios que derivaron en los cuatro fueguinos embarcados en el Beagle rumbo a Inglaterra proviene del relato del capitán Fitz Roy. Las vicisitudes del regreso también aparecen en el volumen escrito por Charles Darwin, en tanto testigo directo y protagonista. Obviamente, como ya se dijo, se trata en ambos casos de relatos parciales, interesados y, sobre todo, teñidos de los prejuicios epocales y culturales correspondientes. Sin embargo, con sus diferencias y matices, ambos son minuciosos, transparentes, y permiten, mediante la lectura atenta y sobre todo completa, tomar algo de distancia tanto de las versiones conspiracionistas e ideologizadas (la mayoría) que vieron solo un acto de brutalidad imperial, como de las lecturas ingenuas (hoy ya abandonadas) acerca de las bondades de los ingleses para civilizar a los salvajes. Todas ellas son, en el fondo, ahistóricas o extemporáneas.
El 29 de enero de 1830 el maestre del Beagle fue enviado en un bote ballenero (“no podría haber estado en un bote mejor construido por el señor May en San Carlos”, dice Fitz Roy) hacia el cabo Desolación para buscar un puerto y desarrollar algunas mediciones. Luego de varios días sin noticias de ellos, en la madrugada del 5 de febrero regresaron solo el timonel y dos hombres en una “inestable canoa hecha al estilo de una barquilla de gran tamaño, de mimbre cubierto con trozos de tela y revestida con arcilla, muy propensa a hacer agua y difícil de remar”, y avisaron que el ballenero había desaparecido robado por los nativos y que el maestre y los otros tripulantes permanecían en el lugar con unas pocas provisiones (pues la mayoría de ellas habían quedado en el bote robado). Alistaron un bote y partieron inmediatamente hacia el lugar del incidente con provisiones, hombres y equipo y, una vez allí, el capitán, además de escuchar el relato de sus hombres, inspeccionó el lugar donde había sido amarrado el bote “pues no podía creer que lo hubieran robado”. Sin embargo, señala, “pronto me convencí de que había sido bien amarrado en un lugar completamente seguro, y que realmente debía haber sido tomado justo antes del amanecer por los nativos”. Lucas Bridges10 descree del relato del robo, sin mucho fundamento y algo conspirativamente:
Hay motivos para dudar de la veracidad de este relato, pero Fitz Roy parece haber creído en él, quizá porque le agradara haber hallado, en favor de los tripulantes, una excusa para llevar a bordo como rehenes a cuatro jóvenes fueguinos que casualmente se encontraban allí. (Bridges, 1952: 22)
Luego volveremos sobre la cuestión del carácter de “rehenes” de los fueguinos, pero adelantemos aquí que no hay buenas razones para dudar de la versión del robo. En efecto, en la búsqueda que se extendió durante muchos días en los que recorrieron varias islas, fueron encontrando en manos de distintos grupos de nativos partes del bote y las cosas que contenía. Eso, salvo que el bote se hubiera desamarrado solo, cosa improbable, confirmaría el robo. Durante días siguieron yendo y viniendo desde el Beagle hacia distintos lugares en busca del bote que ya a esas alturas estaría completamente desguazado, pero, llamativamente, Fitz Roy pareció obsesionado durante más de un mes por encontrarlo. En esos días no faltaron encuentros con nativos y varias escaramuzas, incluyendo una ocasión en la que uno fue herido de muerte y después de la cual capturaron a varios y los subieron al bote con la idea de “atarlos a bordo […] emprender una nueva búsqueda, llevando algunos de los prisioneros como guías y dejando al resto a bordo para asegurarnos de que los primeros no se escaparan ni nos engañaran” (Narrative, t. I: 347). El 22 de febrero los prisioneros a bordo del Beagle, tomados unos días antes, escaparon dejando solo a tres niños. El capitán Fitz Roy se lamentaba:
Así, después de tanto esfuerzo y ansiedad, de tanto tiempo valioso perdido y de que estos salvajes nos robaran un bote tan bueno como jamás se hubiera visto, me encontré con tres niños a bordo de los que ocuparme y sin ninguna posibilidad de recuperar el bote. (Narrative, t. I: 408)
Y ese mismo día anota en su diario:
Me he convencido de que mientras desconozcamos la lengua fueguina y los nativos no sepan la nuestra, nunca llegaremos a saber demasiado sobre ellos o el interior de su tierra, ni existirá la más mínima posibilidad de que asciendan un nivel más arriba del bajo escalafón en el que se encontraban para nosotros. (Narrative, t. I: 407)
El 2 de marzo, Fitz Roy envió a dos de los tres niños que aún permanecían a bordo con el señor Murray para que este los dejara con algún fueguino que pudiera regresarlos con sus familias, pero “la tercera, que tenía unos ocho años,11 todavía seguía con nosotros; se veía tan feliz y saludable que decidí retenerla como rehén por el bote robado y enseñarle inglés” (Narrative, t. I: 409)
Se trataba de Yokcushlu, del grupo alacaluf o, según Fitz Roy, alikhoolip, de unos nueve años, la primera de los cuatro nativos que luego llevaron a Inglaterra, y a quien comenzaron a llamar Fuegia Basket, según el propio Fitz Roy, “en memoria de la canoa con aspecto de canasta por la que recibimos la noticia de la pérdida de nuestro bote”. Al día siguiente (3 de marzo) y mientras parte de la tripulación estaba terminando la construcción de un nuevo bote, se acercaron algunos fueguinos que el capitán intentó echar, para lo cual mandó al señor Wilson a disparar una pistola por encima de sus cabezas como para asustarlos.
Reflexioné, mientras el señor Wilson los perseguía, que al tener a uno de estos nativos a bordo habría una posibilidad de que aprendiera suficiente inglés como para ser nuestro intérprete y así poder, por medio de él, recuperar nuestro bote perdido. Decidí entonces llevarme a bordo al hombre más joven, ya que era más probable que tuviera lazos menos fuertes que lo unieran a su gente que otros que fueran mayores y pudieran tener una familia. Con estas ideas fui tras ellos y después de que acercaran su canoa al costado de mi bote, le dije a un joven que se subiera, lo que hizo sin ninguna preocupación y luego se sentó, aparentemente contento y a gusto. Los otros no me dijeron nada, ni a mí ni a él, pero salieron del puerto tan rápido como pudieron. (Narrative, t. I: 409)
Se trataba de El’leparu, también alacaluf, de alrededor de veintiséis años, el segundo de los fueguinos al que comenzaron a llamar York Minster (por el nombre de una isla cercana a Tierra del Fuego).
Por esos días, el capitán Fitz Roy continuaba la búsqueda, pero casi todo el esfuerzo de los hombres (los que sabían utilizar herramientas de carpintero) estaba dedicado a la construcción del nuevo bote. El 8 de marzo hubo, justamente en ese astillero improvisado, un nuevo enfrentamiento violento con unos nativos “preparados para la guerra: muy pintados, con bandas blancas en la cabeza, con sus hondas y lanzas y habiendo dejado a los niños y a los perros junto con la mayoría de las mujeres en algún otro sitio” (Narrative, t. I: 418). Luego de un intercambio de balas de un lado y piedras del otro, los nativos se dispersaron para ocultarse y los ingleses encontraron en sus canoas botellas y parte del equipo del bote robado. Al otro día (9 de marzo), divisaron dos canoas a las que persiguieron porque estaban seguros de que se trataba de algunos de los que se habían enfrentado con ellos el día anterior, hasta que finalmente capturaron a un tercer nativo, mientras el resto escapó.
Fitz Roy no indica cuál era su nombre original, pero lo llamó Boat Memory (obviamente aludiendo al bote robado), alacaluf de unos veinte años. Al principio estaba “asustado, aunque para nada desanimado; comió muchísimo y se durmió enseguida”. Ya con tres fueguinos a bordo comenta:
Boat era el mejor fueguino que había visto, y al ser joven y estar bien formado, era un ejemplar muy favorable de la raza. York era uno de los hombres más robustos que había observado entre ellos, aunque la pequeña Fuegia era casi tan ancha como alta. Se la veía tan alegre y feliz que no creo que nos hubiese abandonado por voluntad propia. No podíamos haber encontrado tres nativos de Tierra del Fuego mejores candidatos para instruir e intercambiar información. (Narrative, t. I: 416)
El Beagle prosiguió con las tareas previstas para la expedición en las aguas alrededor de Tierra del Fuego, hasta que el 11 de mayo, es decir más de tres meses después del episodio del bote robado, aparece el cuarto nativo que fue subido al buque. Ese día, el bote en el que viajaban de regreso al Beagle fue interceptado por tres canoas “llenas de nativos ansiosos por el trueque. Les dimos algunas cuentas y botones por algunos peces; y, sin haberlo previsto, le dije a uno de los muchachos de la canoa que subiera a nuestro bote y le entregué al hombre que estaba con él12 un botón de madreperla grande y brillante. El muchacho se subió a mi bote de inmediato y tomó asiento. Al ver que él y sus amigos parecían muy contentos, tiré hacia adelante, y, con una ligera brisa que se levantaba, zarpé. Decidí aprovechar este hecho accidental porque creí que podía resultar útil tanto para los nativos como para nosotros […] Jemmy Button, como lo llamaron los tripulantes debido a su precio, parecía contento con el cambio y se imaginaba que iba a cazar guanacos o wanakaye, como los llamó cuando los hallaron cerca de allí” (Narrative, t. I: 444).
Se trataba de Orundellico, y, según Fitz Roy, pertenecía al grupo tekeenika (en realidad pertenecía a los yámanas o yaganes) y tenía unos catorce años. Ya se encontraban a bordo cuatro fueguinos y pronto iniciarían el viaje a Inglaterra. Al final de este libro volveremos sobre el episodio del botón de madreperla que surge, indudablemente, del relato un tanto vago de Fitz Roy, pero que de tanto repetirse posteriormente (incluyendo al propio Darwin y todos sus biógrafos) ha quedado instalado, aunque nos permitiremos aquí dar una interpretación distinta basada en la gran dificultad de la comunicación entre ingleses y fueguinos que no solo surge de las obvias diferencias entre las lenguas y la falta de traductores (justamente uno de los motivos de Fitz Roy para llevar fueguinos a Londres), sino por las inconmensurables diferencias culturales. A propósito, cabe consignar que si bien había cierta información y conocimiento sobre los distintos grupos de nativos que poblaban la Patagonia, también se cometían muchos errores. Al respecto señala Bridges (1952: 28):
En todos los mapas de este país, tanto españoles como ingleses, figura el nombre de Tekenika para cierta ensenada de la isla de Hoste. Los indios no tienen tal nombre para ese ni para otro lugar. Esa palabra significa en su idioma “difícil de ver o entender”. Sin duda, la bahía fue señalada a un indio, y cuando le preguntaron cómo se llamaba contestó: “Teke uneka”, que significa “no comprendo lo que usted quiere decir”. Y así fue inscripto el nombre Tekenika.
Ya sin la presión ni la obsesión por el bote robado, Fitz Roy cambia el tono de sus dichos con relación a los fueguinos a bordo y, sobre todo, modifica sus planes iniciales (recuperar esa embarcación) y confirma que inicia un proyecto mucho más ambicioso:
[D]ecidí mantener estos cuatro nativos a bordo, ya que parecían alegres y contentos, y pensé que una corta estadía en Inglaterra debería producir buenos efectos. Han vivido y se han vestido como los marineros, mantienen un excelente estado de salud y están muy contentos. Ellos entienden por qué fueron llevados y esperan con placer conocer nuestro país y también regresar al suyo. (Narrative, t. II: 6)
Fitz Roy no manifiesta ningún tipo de duda con respecto a lo positivo de la empresa encarada ni sobre el hecho de arrancar a los fueguinos de su cultura y su gente sin que tengan mucha conciencia sobre dónde iban, a qué, ni por cuánto tiempo, más allá de que los percibe contentos. Ni siquiera manifiesta algún reparo sobre la niña pequeña, alejada de sus padres a una edad tan temprana.
The free sample has ended.