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Héctor Ferrari
El IUSAM de APdeBA
Una casa universitaria para el psicoanálisis
Colaboradoras
Dra. Clelia Manfredi
Lic. Elsa Grillo
PRIMERA EDICIÓN

Agradecimiento
Este libro relata la historia de la creación, aprobación y puesta en marcha del Instituto Universitario de Salud Mental de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, proceso que exigió más de doce años de trabajo y que se inauguró en el año 2005. Por el considerable trabajo que demandó y la movilización emocional que provoco en toda la institución, este acontecimiento no podía quedar en el olvido.
La idea de reconstruir la historia de este suceso nació en el año 2018 como un proyecto que presenté como su Director en el Departamento de Investigación del IUSAM, con el título de: “Universidad y formación psicoanalítica: historia y experiencia del Instituto Universitario de Salud Mental (IUSAM)”. El objetivo general era “reconstruir la historia de IUSAM, sus fundamentos, sus prácticas y experiencias como primer espacio universitario de formación psicoanalítica perteneciente a la Asociación Psicoanalítica Internacional”.
Con este propósito inicial convoqué a dos distinguidas colegas amigas, integrantes del equipo original de gestión, para que colaboraran conmigo en la ardua tarea de rescatar la historia del acontecimiento que en su momento vivimos, disfrutamos y sufrimos mientras la gestión de acreditación se llevaba a cabo. Ahora nos tocaba rememorarlo y reconstruirlo. Me refiero a la Dra. Clelia Manfredi, quien fuera Secretaria General del Rectorado (1997-2009) y más tarde Directora del Departamento de Investigación (2009-2013) y a la Lic. Elsa Grillo, Pro-Secretaria del Rectorado (1997-2009) y luego Vicerrectora Administrativa (2009-2013). Ambas hicieron aportes sustanciales al trabajo de recuperar la historia de un momento trascendente para nuestra institución y colaboraron conmigo todo el tiempo para verlo transformado en un relato lo más fiel posible al recuerdo de los hechos surgidos a medida que se iban revisando innumerables documentos. Por su valiosa contribución, les estoy sumamente agradecido.
Este grupo también tuvo la fortuna de contar con la apreciable colaboración de la Lic. Lee Chia Lan (Orquídea), Magister egresada del IUSAM, que tuvo una presencia esencial en el equipo de trabajo. Nos ayudó con su capacidad de ordenamiento, búsqueda de material, registro de reuniones, contactos, etc. Su aporte fue sustancial para sistematizar una tarea por demás engorrosa y amerita el más sincero reconocimiento.
Por todo lo expuesto, expreso mi más profunda gratitud y agradecimiento a este grupo que contribuyó significativamente a que el ineludible deseo de contar con una historia del IUSAM de APdeBA se pudiera llegar a realizar en tiempo y forma.
Héctor Ferrari
Introducción
El día 9 de noviembre del 2005 las máximas autoridades nacionales de la Argentina aprobaron la creación y funcionamiento del Instituto Universitario de Salud Mental de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (IUSAM de APdeBA). Era la culminación de un largo proceso de acreditación académica que la institución había comenzado en el año 1996 ante la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU).
¿Cuál era la novedad? Que por primera vez en el mundo, una asociación psicoanalítica perteneciente a la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) había no solo creado una universidad para alojar al psicoanálisis en su propia casa, sino que la formación analítica plena que brindaba iba a tener, también por primera vez, certificación universitaria.
La noticia de la aprobación constituía en sí todo un acontecimiento. Tenía que ver con la larga historia transcurrida durante el siglo XX entre el psicoanálisis y la universidad, pero más específicamente, con la formación analítica y la universidad. Desde que Freud escribió sobre el tema, se sucedieron innumerables discusiones y debates para tratar de entender una relación que había dado lugar a debates tan apasionantes como conflictivos. En simultáneo, era sorprendente constatar que, durante casi un siglo, el psicoanálisis fue logrando tener en la academia un lugar muy respetado y distinguido. Figuras prestigiosas del ámbito de la cultura conocían y comentaban sus trabajos y lo incorporaban a sus propias producciones…Pero, curiosamente durante ese período la formación psicoanalítica plena, la que requiere una integralidad basada en un análisis didáctico, supervisiones didácticas y seminarios teóricos, administrados bajo la responsabilidad de una institución, nunca había logrado ingresar en el campo académico.
Habrá que remontarse a finales del siglo XX, a la década de los noventa para reconectarse con aquellos momentos y situaciones que hicieron posible que APdeBA tomara una decisión tan inédita como polémica para una institución psicoanalítica y, lo más extraño, haberla sostenido tantos años hasta concretarla: crear un Instituto Universitario ¿Qué cosas ocurrían por entonces? El psicoanálisis, que en décadas previas había logrado una aceptación y predominio casi único en todos los ámbitos de la ciencia y la cultura, había empezado a tener que compartir su misión con otros actores: otras teorías que ofrecían supuestamente métodos rápidos y más resolutivos, la utilización indiscriminada de psicofármacos, la aparición en el escenario de las neurociencias y el surgimiento de otros paradigmas culturales. Se hizo popular pronosticar que el psicoanálisis estaba por desaparecer y que sería reemplazado por técnicas más modernas. Se empezaba a notar una declinación de vocaciones analíticas así como la dificultad de implementar análisis largos e intensivos. Muchos médicos y psicólogos empezaron a frecuentar los posgrados universitarios que se ofrecían en psicoanálisis, aunque solo brindaban las herramientas teóricas del psicoanálisis.
La APdeBA de los noventa presentía estas dificultades, pero no estaba excluida de sufrir sus efectos. Pero se venían tomando una pluralidad de medidas para contrarrestarlas. Había ganado en pluralismo teórico, había lanzado un vasto programa asistencial y de extensión a la comunidad, seguía instalada sólidamente en la comunidad psicoanalítica y contaba con un plantel de analistas muy involucrados en la universidad. Pero las amenazas persistían. En el horizonte, se presagiaba la tormenta económica y social que iba a estallar poco después en el 2001.
En medio de este contexto surgió en 1995 la Ley de Educación Superior, que estaba destinada a evaluar y acreditar a las instituciones académicas, las que estaban en funciones y a las por crearse. En ese momento la opción para APdeBA era: instalar el psicoanálisis en una universidad ya establecida o crear una casa universitaria propia para el psicoanálisis. Esta última era la más compleja y la más riesgosa. Pero también la propuesta más ambiciosa, la que podía ser más cercana con la que Freud había soñado para la formación analítica en el año 1926. Otras instituciones del psicoanálisis lo intentaron pero quedaron en el camino y se conformaron con aliarse a universidades establecidas con Doctorados o Maestrías de psicoanálisis meramente teóricos.
APdeBA siguió adelante con su decisión y logró con el IUSAM concretar una experiencia que pronto va a cumplir un cuarto de siglo. Permite al psicoanálisis convivir con y entre las Ciencias Humanas. Y su formación integral, avalada por la Asociación Psicoanalítica Internacional, logró por primera vez ser aprobada por la letra académica.
Este acontecimiento, que generó una misión inconmensurable de trabajo y un efecto de intensa movilización institucional, no podía caer en el olvido. Merecía ser memorizado, relatado y compartido. Se presentó como un proyecto en el Departamento de Investigación del IUSAM en el año 2018, con la idea de concebir paralelamente un libro. El autor convocó a dos distinguidas colegas para la función: la Dra. Clelia Manfredi y la Lic. Elsa Grillo, quienes junto a la Magister Orquídea Lee colaboraron en la concreción del libro.
Como todo intento de recuperar un largo fragmento de historia, es de imaginar la magnitud del trabajo que requería: recorrer y revisar miles de documentos, informes, cartas, mails, disposiciones, notas que se intercambiaron, desde 1997 hasta 2009, entre el equipo de gestión a cargo del proyecto y las autoridades oficiales que debían evaluarlo. Incluían miles de horas de trabajo en equipo, discusiones. Pero además, había que recuperar recuerdos, anécdotas, leyendas, memorias, éxitos y fracasos vividos durante esos largos años…
Este libro relata la historia de la gestión que llevó a cabo la creación y puesta en marcha del IUSAM de APdeBA. Tanto la institución psicoanalítica, como su brazo académico, siguen sólidamente funcionando en la tercera década del siglo XXI, como la nueva casa universitaria del psicoanálisis.
I
En los inicios de la formación psicoanalítica
1. De la creación de la Asociación Psicoanalítica Internacional (1910) al establecimiento del modelo de la formación psicoanalítica (1925)
La formación analítica llegó tarde al movimiento psicoanalítico, más de 20 años después de La Interpretación de los Sueños (Freud, 1900). Cuando finalmente se instaló, el Psicoanálisis empezaba a alcanzar en Europa y Norteamérica la plenitud de su prestigio. Las decisiones que se tomaron en esos días le dieron a la formación la dirección profesional y científica que, aunque con modificaciones, conserva plena vigencia actual. Otras propuestas fueron omitidas o quedaron en el camino. Sobre el final del capítulo se mencionará una de ellas.
La construcción de los requisitos y fundamentos de lo que hoy conocemos como formación psicoanalítica fueron surgiendo durante las primeras dos o tres décadas del siglo XX. Hay muchas y complejas circunstancias que contribuyeron a su instalación pero hay hitos fundamentales de esta historia estrechamente ligados a su aparición: en primer lugar, las discusiones en la Sociedad Psicológica de los Miércoles en Viena, luego la institucionalización del Psicoanálisis con la creación de la Asociación Psicoanalítica Internacional en 1910 en el Congreso Psicoanalítico Internacional de Núremberg y finalmente la Policlínica de Berlín y la propuesta de Eitingon en la segunda década del siglo XX, de lo que se llegaría a conocer como el “trípode” de la formación psicoanalítica.
En los primeros años del Siglo XX Freud fue saliendo lentamente de lo que él denominó su “esplendido aislamiento”. A instancias de Stekel formó en 1902 la Sociedad Psicológica de los Miércoles1. Inicialmente la componían A. Adler, W. Stekel, M. Kahane y R. Reitler, médicos clínicos formados en la Universidad de Viena, la elite de la medicina europea y en la más rancia tradición académica. Todos ellos tenían intereses en la Psicología y la Psicopatología y estaban muy entusiasmados en los trabajos que venía publicando Freud. Lo que además los unía era que, mientras circulaban muchas terapias médicas en Psiquiatría (como el uso de calor, aires, electricidad, baños, hipnosis, etc.) ninguna estaba tan finamente teorizada como la de Freud. Tenía una explicación detallada y determinista de la histeria y otras psiconeurosis y un abordaje terapéutico psicológico de avanzada para su tiempo. Freud ofrecía a sus seguidores médicos no solo efectividad clínica en su campo sino también una identidad científica con fines terapéuticos. En 1903 se incluyó P. Federn, más tarde E. Hirschman, A. Bass, A. Deustsch. En 1906 el grupo llegó a tener 22 miembros.
Los años iniciales del movimiento estaban acompañados de una profunda convulsión social, política y económica de los países europeos centrales, que se sentía fuertemente en Viena. El colapso de la monarquía había generado una amplia revuelta contra la moral tradicional. Florecían ideales políticos democráticos junto a corrientes reformistas, movimientos feministas, ideologías anarquistas, marxistas y fascistas. En los primeros años, Freud daba la bienvenida al grupo a todo aquel que se le acercaba. No se negaba la admisión a ninguno que la solicitaba: médicos, filósofos, escritores, publicistas, sexólogos, reformadores sociales, integraban un grupo de origen heterogéneo y conflictivo. Discutían apasionadamente trabajos de Freud y aportes del grupo sobre Psicoanálisis, como método terapéutico y como aplicación a las Ciencias Sociales. Cada tanto emergían preguntas que cuestionaban que tipo de trabajo estaban realizando ¿Estaba el grupo dedicado a las ciencias de la naturaleza o del espíritu? ¿Qué tipo de saberes estaban buscando? ¿Qué clase de prácticas terapéuticas debían apoyar y cuáles cuestionar?
¿Qué se había decidido en ese período previo, en cuanto a requisitos para ser psicoanalista? Formalmente casi nada. Tampoco había consenso en el rol de Freud: ¿venían a aprender del Profesor? ¿Eran sus alumnos o sus pares? ¿Qué cosa era el Psicoanálisis y qué grado de adhesión a las teorías freudianas tenía cada uno de ellos? Algunas serias divergencias terminaron en enfrentamientos y en las tan conocidas escisiones de Adler y Stekel. Para Freud y sus más fieles discípulos, la adhesión al inconsciente y a la psicosexualidad comenzó a ser un límite no negociable. Inicialmente, en Viena sobre todo, se sucedieron discusiones interminables sobre el tema en la Sociedad de los Miércoles.
Paralelamente, los trabajos de Freud, inicialmente ignorados o desmerecidos públicamente, empezaban a alcanzar notoriedad, a ser del dominio público ilustrado, convocando otros personajes relevantes que provenían de distintos intereses y disciplinas. En especial los Tres Ensayos y todo lo referente a la teoría de la psicosexualidad, la represión, los sueños, los mitos, la cultura lo empezó a ubicar en el centro de atención de un conglomerado de artistas, escritores, feministas, reformadores, que creían que la decadencia del Imperio Austro-Húngaro no se debía a algún tipo de degeneración hereditaria (que Freud también rechazaba), como circulaba en ciertos círculos científicos, sino a regulaciones culturales insalubres. Así se incluyeron en la reunión de los miércoles, además de colegas médicos, educadores, reformadores sociales, interesados en los sueños, en los mitos y las leyendas, y algunos con alguna disposición a una metodología científica terapéutica. En sus trabajos ampliamente difundidos, Freud daba entender que las excesivas restricciones sexuales en la cultura eran dañinas. Por lo tanto encontró compañía en un variado grupo de reformistas sociales que se le acercaban deslumbrados por sus trabajos. Los debates sobre la “moral” sexual (Sittlichkeit) cultural se unían a las discusiones sobre la cuestión del lugar de la mujer en la cultura, liderado por la acción de fuertes grupos feministas. Se compartían discusiones públicas sobre la homosexualidad, el adulterio, la prostitución, la abstinencia y las relaciones extramaritales. La publicación de los Tres Ensayos fue un descubrimiento para estos grupos, Freud se hizo héroe de artistas, periodistas, reformistas, que no creían en la decadencia de la cultura por la degeneración hereditaria sino el resultado de siglos de regulaciones hipócritas.
Las reuniones de los miércoles escuchaban una presentación científica seguida por discusiones informales en las cuales cada miembro se esperaba que participara. La última palabra la tenía Freud, pero estos encuentros no estaban centrados en él, ni necesariamente él tenía la última opinión.
Las Actas de las reuniones fueron llevadas por O. Rank y recogen el clima polémico y conflictivo de un conjunto creciente, pero heterogéneo de participantes que discutían apasionadamente las más recientes ideas del Profesor. Los debates tenían que ver con definir la identidad del grupo: quienes eran ellos, que buscaban lograr y como cada uno iba a su modo aceptando o rechazando la creciente construcción de aquella parte de la teoría y clínica psicoanalítica que hoy se designa como la primera tópica. Las interpretaciones ad hominem entre Freud y sus discípulos estaban a la orden del día. Pero en un clima de abierto intercambio entre ellos, los participantes cambiaban experiencias clínicas de sus pacientes con los otros, y contribuían a la construcción de la naciente teoría. A veces se analizaban entre ellos, contaban sus sueños, interpretaban sus resistencias. La mirada actual diría que faltaban los beneficiosos efectos del encuadre analítico. Las hostilidades se inflamaban por la confusión acerca de los métodos del grupo y su propósito. La necesidad de encontrar un fondo común se acentuaba con la excitación que brindaban los nuevos descubrimientos.
Para Freud y su grupo íntimo, la importancia de la psicosexualidad, el matrimonio entre Eros y Psyche y el descubrimiento del inconsciente eran conceptos inamovibles. Con esta integración, la Psicología podía ser rescatada de una pobreza lamentable y las humanidades podían ser entendidas de acuerdo a leyes universales. El psicoanálisis podía ubicarse dentro de las ciencias de la naturaleza (Naturwissenschatf). La psicosexualidad fundaba un amplio campo de estudios de la vida humana y de la mente, de manera que podían tener sentido en el universo newtoniano, en la biología darwiniana y en un mundo donde la verdad era decidida por las demandas epistemológicas de la ciencia.
En enero de 1907 el grupo fue visitado por Max Eitingon2, un emisario de la renombrada Clínica Burghölzli de Zúrich. Encontró que el grupo era una confederación de “heréticos”, mucho de los cuales ni siquiera aceptaban las ideas acerca de la psicosexualidad. Registró que los miembros no siempre compartían las mismas teorías ni tenían los mismos métodos que Freud había descubierto, y todavía se estaba modificando un marco novedoso para estudiar los fenómenos mentales. La de Freud era la parte más original de su contribución a la fecha, pero los miembros de su Sociedad tenían sus propias ideas sobre metodología. En ese clima, se empezó a pensar algo en relación a institucionalizar el movimiento y formalizar las condiciones por las cuales alguien podía ser considerado un psicoanalista. Max Graf llegó a proponer que las reuniones de los miércoles dejaran de hacerse en el consultorio de Freud y pasaran a realizarse en la Universidad, propuesta que no prosperó.
En 1907, Freud disolvió la Sociedad de los Miércoles, despidió alguno de los miembros que no lo satisfacían y creó la Sociedad Psicoanalítica de Viena, la primera en el mundo. En 1908 se acentuaron los debates sobre las diferencias entre los miembros y cómo debían ser resueltas. Se empezó a cuestionar la admisión al grupo y cual debía ser el procedimiento de ingreso. Habiendo nacido el psicoanálisis como un dispositivo terapéutico, se postulaba que el solicitante debía ser médico, posición resistida por quienes no lo eran. Esta condición siguió siendo muy debatida en los años por venir, También se planteó el controvertido ingreso de la mujer en la naciente sociedad, a partir de la solicitud que realizó la Dra. Margarette Hilferding-Ho. Esta médica austriaca fue la primera mujer admitida en la Asociación Psicoanalítica de Viena con el apoyo explícito de Freud3 frente al de otros que no querían presencia femenina. Había que esperar más de una década para registrar el crecimiento exponencial de la presencia femenina en las asociaciones psicoanalíticas y que continúo después de la guerra. Muchas de ellas llegaron a liderar el movimiento psicoanalítico con sus contribuciones al psicoanálisis.
Alrededor de 1909, Freud con el auxilio de sus más íntimos colaboradores empezó a reconsiderar los débiles límites de su comunidad y de los riesgos que corría. Se dejó de preocupar por atraer nuevos seguidores y más a controlar las cosas que se hacían en su nombre. Con el auxilio de Ferenzci y de Jung, el grupo dio el primer paso hacia la institucionalización del psicoanálisis. Fue la creación en 1910 de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) en el Congreso de Núremberg, donde Freud leyó su trabajo Las Perspectivas Futuras de la Terapia Psicoanalítica4 y donde anuncia un tratado sobre técnica analítica (que había comenzado pero nunca publicó) y llama a sus seguidores a unificar el campo, porque el psicoanálisis debía aspirar a cierta uniformidad científica. Incluyó un párrafo definitorio sobre lo que sería la “contratransferencia” que se instala “en el médico por el influjo de su paciente ejerce sobre su sentir inconsciente, y no estamos lejos de exigirle que la discierna dentro de sí y la domine… por eso exigimos que inicie su actividad con un autoanálisis…” (p. 136). Pero no siempre se sintió conforme con los resultados del autoanálisis, en especial con el propio. Más adelante insistió en la necesidad de un análisis personal conducido por otra persona. El valor formativo del análisis personal se reconoce más claramente en los Consejos al médico en el tratamiento analítico5 (Freud, 1912). Sobre el final recomendaba a los analistas retomar su análisis cada cinco años.
Su preocupación por los daños que podían provocar aquellos que invocaban el actuar en nombre del psicoanálisis sin tener los conocimientos que demandaba su ejercicio lo llevaron a publicar un trabajo sobre el análisis “silvestre”, donde además recomendaba consultar a un analista, de la lista oficial publicada por la reciente inaugurada IPA (Freud, 1911)6 Durante ese tiempo se hacía notoria la falta de un texto de Freud sobre técnica analítica que marcara líneas a seguir en los tratamientos psicoanalíticos, tema del que se iba a ocupar años después7.
En el Congreso de Núremberg, Freud cede la Presidencia de la IPA a los suizos en un intento de ampliar las bases del movimiento. Son del todo conocidas las continuas divergencias que a poco de andar fueron surgiendo entre Freud y sus más íntimos seguidores en la defensa de los aspectos no negociables del psicoanálisis y Jung, Breuler y Adler que eran freudianos pero que no compartían el tema de la psicosexualidad. Entre las muchas otras divergencias que surgieron entre Freud y los suizos hubo una fundamental para nuestro tema: ¿qué requisitos profesionales debía tener un candidato para ser miembro de la escuela freudiana? Jung y su grupo exigían que debieran ser exclusivamente médicos. Pero Freud se oponía: “En Viena tenemos tan solo la tácita determinación de no permitir el ingreso a pacientes activos8. La limitación proyectada por usted no sería aceptada jamás en Viena y a mí, personalmente, no me resulta nada simpática” (De Freud a Jung en 31-X-1910).
Hacia el año 1914, el grupo se había aliviado de incrédulos, competidores y potenciales sucesores. Afuera Breuler, Jung, Stekel, Adler y los revolucionarios sexuales como Wittels, sexologistas como Magnus Jirschfeld e Iván Bloch. Pero además, no más Burghölzli en Zúrich como Clínica para la formación de analistas. Los tiempos en que se admitía en el grupo a cualquiera quedaron atrás. Después de la experiencia con Zúrich, la IPA volvió a estar en control de Freud y sus fieles seguidores y poco después las decisiones las tomaba en secreto el llamado Comité de los Anillos. Por entonces, para ser miembro de la Sociedad de Viena bastaba con presentar un trabajo y ser aceptado (la aprobación de Freud era importante). Como fue dicho, ya en 1910 Freud había reconocido el problema que planteaba la contratransferencia en los análisis pero no fue hasta el Congreso de Bucarest (1918) que se impuso la necesidad del análisis personal para ser reconocido como analista. Por entonces era un clamor compartido por todos.
2. La relación de Freud con la Universidad
Freud no era ajeno a la docencia en la Universidad. Desde fines de del año 1885 había estado dando clases los sábados a pequeños grupos de colegas y estudiantes como Docente Adscrito. En los años siguientes tuvo un largo peregrinaje para conseguir el título de Profesor de la Universidad de Viena pero en un clima político y universitario extremadamente antisemita, solo lo obtuvo en 1902 como Profesor Asociado con la ayuda de un paciente rico que intervino con oficiales del gobierno para que se lo otorgaran. Además, en aquellos tiempos predominaban en la academia las ideas de Augusto Comte, para quien los estudios psicológicos se basaban en la auto-observación y en la introspección y por lo tanto la Psicología, y por ende el psicoanálisis, nunca podría llegar a ser una ciencia y por lo tanto, no podría ingresar en la universidad.
En el invierno de 1915 y en el de 1916, en plena guerra mundial Freud presentó su propia versión unificada del Psicoanálisis en la Universidad de Viena: aún se recuerdan y se estudian sus veintiocho memorables Conferencias de Introducción al Psicoanálisis (Freud, 1915-1916)9.
Casi al finalizar la primera guerra mundial en 1918 se organizó el Congreso Internacional de Psicoanálisis en la ciudad de Budapest. Se debatió intensamente la experiencia clínica que muchos analistas habían tenido tratando a soldados con los traumas de la guerra. La comprensión psicoanalítica de las neurosis de guerra llegó a las autoridades. De hecho, en marzo de 1919, cuando los bolcheviques asumieron temporariamente el gobierno de Hungría, Ferenczi fue nombrado profesor de Psicoanálisis en la Universidad de Budapest, pero fue destituido poco después cuando cambio el clima político. Los estudiantes de medicina de la Universidad solicitaron con más de mil firmas al Ministro de Educación Pública Zsigmund Kunfi que el Psicoanálisis se enseñara en la universidad, pero sin éxito. A punto se estuvo de abrir una clínica de Psicoanálisis, a poco que la guerra terminara, cambiaron los signos políticos y toda la experiencia se frustró.
Durante el congreso Herman Numberg propuso por primera vez que, para ser psicoanalista, se impusiera como condición haber hecho un análisis. Rank y Ferenczi se opusieron a la votación de una moción en ese sentido. De todas maneras, la idea del análisis de los analistas se impondría con el curso de los años próximos a partir de la experiencia berlinesa.
3. La formación psicoanalítica se institucionaliza (1925)
A partir de 1920 los requisitos para la formación analítica iban a cambiar dramáticamente. Desde 1920 al 1925 la vieja comunidad freudiana se transformó en una manera que llamo a nuevas identidades, nuevas instituciones y nuevas maneras de racionalizar el ejercicio de la autoridad en relación a la formación analítica. El Comité secreto se disolvió en 1924. Por entonces el movimiento se veía amenazado por la enfermedad de Freud y la posibilidad de su desaparición. Lo que reemplazó al Männerbund del Comité de los anillos fue el movimiento psicoanalítico, una colección de sociedades nacionales buscando la cercanía de Freud para transformarse en una disciplina científica o una profesión.
No es relevante contar toda la historia del establecimiento de la formación psicoanalítica pero sí utilizar datos selectos de esa historia para comprender la instalación progresiva en esos años de la formación analítica que tuvo en 1923 su fecha de nacimiento y en Berlín, a la ciudad que la vio nacer. Merece mención el contexto cultural de aquel entonces: después de la devastadora primera guerra mundial, los años de la República de Weimar eran los de una profunda agitación social, política y económica. El colapso de la monarquía había generado una amplia revuelta contra la moral tradicional. Florecían ideales políticos democráticos junto a corrientes reformistas, grupos feministas, ideologías marxistas y fascistas. Pero también era el momento de los movimientos artísticos de avanzada, el expresionismo de Die Brücke, el diseño de la Bauhaus, el Dadaísmo, el teatro de Brecht, la música de A. Berg y A. Schönberg, el cine de F. Lang y J. Sternberg. En el centro de Europa, se decía que Berlín daba para todo. K. Abrahán le escribe a Freud: “Berlín clama por el psicoanálisis”.
Y en Berlín estaban Karl Abrahán, Max Eitingon y Ernst Simmel, quienes en febrero de 1920 habían abierto la Poliklinik en 29 Potsdamer Strasse, la primera clínica psicoanalítica del mundo. Tuvo un éxito inmediato, los pacientes empezaron a llegar en cantidad, hubo 193 consultas el primer año y siguieron llegando en masa, los tratamientos eran de 4 o 5 sesiones semanales de una hora, algunos gratuitos, todos a cargo de analistas de la influyente Sociedad Psicoanalítica de Berlín, creada poco después en 1923. Muy pronto advirtieron que no era el flujo de pacientes el problema, sino tener suficientes analistas para responder a la demanda. Con la combinación de las facilidades de una clínica y de recibir cursos formales de psicoanálisis, un grupo numeroso de estudiantes de medicina y de jóvenes médicos se incorporaron a la institución. Después de perder la Burghölzli en Zúrich, el psicoanálisis no había tenido instituciones que brindaran clínica para la formación analítica. En 1930, se informó que en los últimos diez años, se habían realizado 1955 consultas y 721 psicoanálisis.
En 1927, E. Simmel abrió una clínica de internación, la Psychoanalytische Klinik en Berlin-Tegel. La llamó Clínica y no Sanatorio porque los pacientes iban a ser tratados con métodos “clínicos psicoanalíticos” (Tögel, 2006). De pronto Berlín se transformó, en palabras de Freud, en los “cuarteles generales del psicoanálisis”.
Con la Policlínica de Berlín en funciones, Abraham decidió nombrar un analista de formación (Lehranalytiker), dedicado exclusivamente al análisis didáctico de los candidatos y designo a Hans Sachs, para asumir la nueva posición. “Reverencialmente, toda la literatura analítica señaló y todavía señala las caminatas de Freud con Max Eitingon en 1909 como el primer análisis didáctico” (Zaretsky, p. 105). Para 1922, Sachs ya había tenido en análisis a 25 estudiantes en Berlín. Se agregaron cursos de teoría y técnica, introductorios y avanzados. Como novedad exclusiva, Eitingon introdujo el análisis de control del analista y dispuso con buen criterio, que el analista supervisor (a diferencia de lo que Freud hacía en Viena) fuera distinto del que se ocupaba del análisis personal. Eitingon necesitaba cuidar la calidad de los análisis que se ofrecían en la Poliklinik, porque estaba bajo la mirada vigilante de las autoridades que amenazaban con el cierre (Schröter, 2002). A su vez, su decisión es una muestra de cómo la formación en Berlín se basaba en la clínica y restringía el psicoanálisis al tratamiento. En 1922, un año en que explotó el número de solicitudes para la formación analítica, Abraham se quejaba de haber sido sobrepasado por la demanda. Por entonces, la Policlínica de Berlín ofrecía la más organizada y rigurosa formación analítica del mundo. Venían candidatos de todas partes, inclusive de Viena, alguno de los cuales ya habían sido analizados por el mismo Freud. Todo esto mientras las autoridades alemanas amenazaban con poner al ejercicio del psicoanálisis fuera de la ley…
En 1923 se establece, sobre esta estructura clínica, el Instituto de Psicoanálisis de Berlín y Eitingon fue encargado de formalizar un programa de formación. Se publicaron las “Directivas para la Educación de Terapeutas Psicoanalíticos” y se establecieron los tres componentes ya conocidos del trípode: análisis personal, supervisión de casos clínicos y seminarios teóricos. A partir de entonces los candidatos serían admitidos por un Comité de Entrenamiento y su formación duraría al menos 3 años.
De este modo, Berlín generó una profunda transformación. La anterior ´cultura informal´ de los freudianos en cuanto a entrenamiento fue reemplazada por un proceso institucionalizado de formación en el cual los fuertes debates ideológicos del pasado se diluían y apaciguaban, sin silenciarse, en estructuras colectivas más amplias. El plan de M. Eitingon fue presentado en 1925 en el Congreso de la IPA en Bad Homburg y aprobado para su implementación en todos los Institutos de Psicoanálisis, creados o por crear. Vale la pena repasar algunos de los conceptos vertidos por Eitingon (Int J. Psych., 1925):
…La formación analítica no debe quedar más en la iniciativa privada de los individuos…La Sociedad Psicoanalítica de cada país se debe hacer colectivamente responsable por su formación…Los diferentes Institutos de cada país deben cumplir los mismos lineamientos…Para nosotros lo mejor es que la IPA autoritativamente (sic) establezca las regulaciones para la formación…Solo aquellos que han completado esta formación pueden ser miembros de la IPA…Los planes para la formación solo puede emprenderse colectivamente…Cada Instituto debe nombrar Comités de Formación integrados solo por analistas didactas, e investidos de plena autoridad…La IPA deberá, en la medida de lo posible, establecer estándares de principios uniformes y determinar las mismas cualificaciones para la formación de candidatos, respetando peculiaridades locales…El análisis de formación es simplemente psicoanálisis y hay solamente una técnica psicoanalítica, es decir la correcta.
Eitingon era partidario de una formación analítica plena y profunda. Y “había solamente una técnica analítica”. Como Director de la ITC estableció que en cada región o país los analistas se agruparan en Sociedades Psicoanalíticas, que crearan Institutos a cargo de la formación, que las condiciones de admisión debían ser universales y que la culminación de la formación era el requisito para ser miembro de la IPA: El modelo Eitingon fue bienvenido y se difundió en todas las Asociaciones Psicoanalíticas que existían en ese momento y en las que rápidamente fueron apareciendo (Wallerstein, 1998). El propio Freud lo felicitó por la Clínica y por el Instituto de Formación y deseo “que pronto se instalaran en otros sitios, hombres o asociaciones que, siguiendo el ejemplo de Eitingon, creen Institutos parecidos”10.
Por supuesto brotaron resistencias: cuando se quiso en 1927 proponer que la IPA estableciera las condiciones de admisión por sobre las sociedades locales. Se generaron fuertes polémicas: es que el trasfondo de la discusión era el llamado “análisis profano” y la vuelta de una pregunta recurrente: ¿Cuáles serían las credenciales que acreditarían para aspirar a la carrera analítica? El numeroso contingente norteamericano amenazó con retirarse de la IPA porque no aceptaban analistas “profanos” (no médicos). Freud publicó un trabajo clave sobre el Análisis profano donde se declaró partidario del ingreso de no-médicos a la formación. Pero en aquel tiempo y por muchos años, el ingreso a la formación analítica bajo el patrocinio de la IPA estuvo exclusivamente abierto a los médicos 11.
Con la aprobación final del trípode de formación, se agregó una sugerencia: incluir programas de investigación en Psicoanálisis pero se fue diluyendo en el tiempo, salvo en algunos lugares como el Instituto Psicoanalítico de Chicago.
Finalmente, en 1938 se hizo la noche en Europa. Berlín, que había liderado una época gloriosa del Psicoanálisis vio como todo se derrumbaba mientras sus líderes se expatriaban. El propio Freud debió abandonar Viena con su familia e instalarse en Londres. Sus miembros en el exilio ayudaron a fundar nuevas asociaciones psicoanalíticas en otros países de Europa y América. Un grupo de ellos llegó al Rio de la Plata.
Con todo, la segunda guerra mundial pasó y el trípode de Eitingon mantuvo su presencia hasta nuestros días. Su prolongada vigencia es una señal de que su eficacia, como modelo formativo, no ha sido superada. Los Comités Didácticos de cada Asociación Psicoanalítica y la IPA conservaron el poder de vigilar sus requisitos. Inicialmente cuestionados de autoritarismo, los Comités Didácticos llevaron a cabo en las últimas décadas una profunda democratización de sus funcionamientos.
Mirado a la distancia, Berlín comenzó y llevo a cabo una necesaria profesionalización de la formación analítica. Por medio del prestigio del grupo y de los cargos que tenían en la IPA, impusieron las reformas con ese grado de “coerción externa” que según Freud, necesita un grupo para instalarse como institución. Dialogaban con Freud para discutir sus proyectos pero como generación más joven (de hermanos) se creó un dispositivo donde el poder de decisión iba a ser asumido colectivamente por una parte institucional llamada Comité Didáctico. Se dieron a la tarea de universalizar la formación para identificarla con el saber científico. A esta altura de la historia, a Freud lo consultaban pero no siempre lo seguían. Se le oyó decir: “Soy un comandante en Jefe sin ejércitos”. Es interesante mirar esos momentos en el espejo de Tótem y Tabú.
4. Freud opina sobre la formación analítica
En 1918 Freud escribió un breve y bello trabajo leído en Budapest y publicado al año siguiente en idioma húngaro: en el título se preguntaba, “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?”12 (Freud 1919). En él propuso un programa de formación en psicoanálisis donde debería enseñarse mucho de lo que se aprende en medicina, junto a la psicología de lo profundo, para asociarlo al resto de las ciencias humanas, como filosofía, arte, mitología, historia de las religiones, etc. Lamentablemente, esta propuesta de Freud, de una formación analítica definida como universitas literarum, nunca llegó a implementarse ni en Budapest ni en Viena ni en ninguna universidad del mundo. En realidad, comenta E. Roudinesco:13
…en las altas esferas de la enseñanza universitaria [el psicoanálisis] solo pudo implantarse como vector de otras disciplinas: psiquiatría y psicología por un lado, humanidades por el otro. Por eso quedo escindido en dos ramas: una clínica, asociada al ideal médico de la asistencia, y otra cultural, vinculada a la filosofía, la historia, la literatura, la antropología.
El proceso de formación analítica que se estaba gestando en Berlín supuso elegir algunas metas sobre otras. “El lazo entre la formación y la membrecía fue más o menos transformada y pasó de ser una organización científica a un cuerpo profesional de terapeutas psicoanalíticos” (Schröter, 2002). El programa, tal como salió de Berlín, puso el psicoanálisis más en la línea de la clínica, la terapéutica y de la ciencia y menos en las Humanidades, desde siempre un área de disciplinas consideradas por Freud como esenciales para la formación.
Curiosamente, en 1926, momento culminante cuando Berlín organizaba la formación analítica, Freud en el trabajo sobre Análisis Profano14 reconoce y valoriza los intentos realizados por los Institutos de Berlín, Viena y Londres, pero en otra parte manifiesta sus temores que el psicoanálisis quede reducido solamente a una terapéutica (p. 232). Más adelante expone sus preferencias:
Si algún día se fundara una escuela superior psicoanalítica —cosa que hoy puede sonar fantástica— debería enseñarse en ella mucho de lo que se aprende en la facultad de medicina: junto a la psicología de lo profundo, siempre lo esencial, una introducción a la biología, los conocimientos de la vida sexual con la máxima extensión posible, una familiarización con los cuadros de la psiquiatría. Pero, por otro lado, la enseñanza analítica abarcaría disciplinas ajenas al médico y con las que él no tiene trato en su actividad: historia de la cultura, mitología, psicología de la religión y ciencia de la literatura. Sin una buena orientación en estos campos el analista quedaría inerme frente a gran parte de su material.
¿Por qué Freud recuerda no descuidar el estudio de la cultura y la relación con las humanidades? Se basa en su convicción de que el psicoanálisis es en sí mismo un instrumento de investigación que exige probar su empleo fructífero en otros campos y en otros objetos que en principio eran ajenos a su experiencia. Que tiene algo que decir sobre los síntomas, sobre el funcionamiento psíquico normal y más allá todavía sobre la cultura. En su Autobiografía señala:15
…fue una tentación irresistible, un imperativo científico, aplicar los métodos de indagación muy lejos de su suelo materno (Mutterboden) a las más diversas ciencias del espíritu. Y hasta el trabajo psicoanalítico en los mismos enfermos recordaba sin cesar esta nueva tarea pues era inequívoco que las formas singulares de la neurosis dejaban oír los más intensos ecos de las creaciones más valiosas de nuestra cultura. (Freud, 1919, XVII, 257)
Entonces, lejos de ser el anexo de la teoría de la neurosis, la teoría de la cultura es en cierto sentido su desenlace. Y con ella debemos familiarizarnos “para no quedar inerme frente al material [clínico]”. Según R. Wallerstein, “sin referencia explícita a la universidad, esta declaración de Freud de 1926 es claramente una solicitud para considerar a la universidad el lugar óptimo para esta nueva disciplina”16.
Hay que destacar que realizó sus profundas reflexiones sobre la cultura desde la intimidad de su gabinete de analista. Y desde ese lugar polemizó con los más prestigiosos investigadores, incluso con aquellos que tenían experiencias de campo. Las contribuciones de Freud son casi las únicas que de manera integral fueron propuestas por un analista para la Cultura. El lazo que propone Freud con otras disciplinas no puede ser superficial o efímero: no basta con asistir cada tanto a un curso o conferencia sobre filosofía, historia o lingüística. Sugiere “interpretar” la cultura con los presupuestos teóricos psicoanalíticos que él formuló en los llamados Escritos Sociales. Debe ser un diálogo integrador que solo puede llevarse a cabo de manera permanente en un contexto institucional, …una escuela superior psicoanalítica… Parafraseando a Freud, ojalá su recomendación de 1926 encuentre su lugar y su destino cien años después, en una institución a crear que tiene ahora todas las condiciones para cumplimentarla.
He aquí algunas de las preguntas pendientes: 1. ¿Por qué Freud pensaba, como lo consigna en varios de sus escritos, que el estudio de las humanidades es esencial en la formación analítica y en el trabajo clínico del analista? 2. ¿Por qué se dejó de lado su propuesta? 3. ¿Por qué se omitieron sus Escritos Sociales de los planes de estudio de los Institutos de Formación y qué efecto puede haber tenido esa omisión en nuestra práctica? 4. ¿Qué es lo que un analista debería saber acerca de las temáticas actuales planteadas por las humanidades?
Por su importancia y trascendencia, el trabajo de Freud sobre Universidad y Psicoanálisis se seguirá comentando con más detenimiento en el Capítulo IV.
Referencias
Ferrari, H. (2013). Los orígenes de la formación analítica y las razones de una omisión. En Las realidades del psicoanálisis: teoría, clínica y transmisión (pp. 307-313). Buenos Aires: APdeBA.
Freud, S. & Jung, C. (1978). Correspondencia. Madrid: Taurus.
Makaris, J. (2008). Revolution in mind. The creation of psychoanalysis. New York: Harper.
Schröter, M. (2002). Max Eitingon and the Struggle to Establish an International Standard for Psychoanalytic Training (1925-1929). Int. J. Psych, 83: 875-893.
Tögel, C. (2006). Freud und Berlin. Berlin: Ausbau Verlag.
Wallerstein, R. (1998). Lay Analysis: life inside the controversy. New Jersey: A. Press.
Zaretsky, E. (2005). Secrets of the soul. A social and cultural history of psychoanalysis. New York: Alfred A. Knopf.
1 En 1902, probablemente por iniciativa de Stekel, que había sido su paciente, Freud invitó a cuatro colegas (Stekel, Adler, Kahane y Reitler) a reunirse con él para discutir su trabajo. Formaron lo que llamaron la Psychological Wednesday Society, (Sociedad Psicológica del Miércoles) ya que se reunían todas las semanas en ese día.
2 Max Eitingon era médico psiquiatra en Zúrich y fue quien promovió el acercamiento de Carl Jung con Freud. Fue analizado brevemente por Freud, antes de establecerse en Berlín en 1910. En 1923 impulsó el “novedoso” trípode de formación en psicoanálisis.
3 Hacía pocos años que se había autorizado el ingreso de mujeres a la Facultad de Medicina de Berlín.
4 Freud, S. (1910). Las perspectivas futuras de la terapia analítica, AE XI, p. 136.
5 Freud, S. (1912). Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico, AE XII, pág. 107.
6 Freud, S. (1910). Sobre el psicoanálisis ‘silvestre´, AE XI, pág. 226: “Ni a mí mismo, ni a mis amigos y colaboradores, nos resulta grato monopolizar de ese modo el título para ejercer una técnica médica. Pero no nos queda otro camino en vista de los peligros que para los enfermos y para la causa del psicoanálisis conlleva el previsible ejercicio de un psicoanálisis «silvestre”. En la primavera de 1910 fundamos una Asociación Psicoanalítica Internacional, cuyos miembros se dan a conocer mediante la publicación de sus nombres a fin de poder declinar toda responsabilidad por los actos de quienes no pertenecen a ella y llaman «psicoanálisis» a su proceder médico. En verdad, tales analistas silvestres dañan más a la causa que a los enfermos mismos”.
7 En el Congreso de Núremberg, el trabajo de Ferenzci (1909) “Introyección y transferencia”, ofrecía lo más avanzado en técnica analítica para esa época.
8 Pacientes activos quiere decir mentalmente enfermos.
9 Freud, S. (1915/16). Conferencias de Introducción al Psicoanálisis, AE XV y XVI.
10 Freud, Prólogo a un trabajo de Max Eitingon, AE XIX, p. 290.
11 La condición de ser médico para ingresar a la formación analítica se modificó en la IPA en los años ochenta, como resultado de un juicio que le entablaron los psicólogos en Estados Unidos.
12 Freud, “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?”, AE XVII, (1919 [1918]).
13 Roudinesco E. (2014). Freud en su tiempo y en el nuestro, Randon House, p. 206.
14 Freud S. (1926) ¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial, AE XX.
15 Freud, Presentación autobiográfica, (1925 [1924]), AE XX.
16 Wallerstein R. Psychoanalysis: A Full Time Visión. Participación en Panel Psicoanalysis and the University, the Clinical Dimention, Emory University, Atlanta, Ga. USA Nov. 12 y 13, 2007. Publicado en International Journal Psychoanalysis, 2009, 90(5).
II
Acerca de la formación psicoanalítica
En el capítulo anterior se hizo referencia al surgimiento de los parámetros requeridos para la formación analítica y como la presión para universalizar sus requisitos se instaló lentamente en Viena hasta hacer rápida eclosión en el Berlín en los años veinte. Las condiciones del momento y las características del medio le dieron al “trípode” una fuerte orientación hacia la clínica y el tratamiento. El dispositivo fue avalado por la IPA en 1925, sostenido con firmeza en todas sus exigencias y desde entonces, con algunas diferencias, cumplido por la totalidad de sus asociaciones componentes.
Es imprescindible señalar que este modelo de formación no ha sido aceptado por otras organizaciones ajenas a la IPA y que no participan estrictamente de sus requisitos. Desde los inicios, pero más claramente en la segunda mitad del siglo XX nuevas Asociaciones, algunas de ellas provenientes de escisiones del tronco común IPA generaron modalidades distintas de formación. Surgieron instituciones o grupos con condiciones menos rigurosas en cuanto a la duración, la frecuencia de los análisis didácticos y la no intervención en la selección del analista.
La historia de casi un siglo revela que los requisitos exigidos por el trípode de Eitingon para la formación analítica se han mantenido, en lo fundamental, inalterables. Esta larga y significativa tradición es una muestra de su eficacia. El trípode reconoció de entrada que la formación analítica debía ser un complejo dispositivo que reflejara que las elaboraciones teóricas psicoanalíticas surgieran de la experiencia con el método, tanto en el imprescindible análisis personal como en el llevado a cabo con pacientes bajo supervisión. La formación no podía ni debía ser un mero proceso de aprendizaje cognitivo. Quizá este haya sido una de las mayores dificultades para integrar este modelo de formación dentro de la estructura clásica de la academia.
La aparente sencillez del procedimiento (Verfahren) encubre la trabajosa dificultad que genera su implementación. Por eso la formación analítica, de todas las formaciones postgrado es una de las más estudiadas e investigadas por sus propios protagonistas. La infinita lista de jornadas, trabajos y congresos dedicados al tema es enorme. Los propios Institutos de Formación de la IPA analizan y estudian permanentemente los temas referidos a la dinámica de la formación.
Cuando la formación analítica se institucionalizó, surgieron preguntas inevitables que dieron y siguen dando lugar a largas discusiones: ¿Qué condiciones previas personales y profesionales se requieren para ingresar a la formación? ¿Qué lugar debía darse a las condiciones de salud mental del candidato y en ese caso, quien y como deberían definirse? ¿La formación, debería tener una meta, un perfil, un final específico definible como se lo plantean las carreras académicas? ¿Cuáles son los instrumentos o metodologías del trípode y cómo se genera un proceso cuyos componentes se realimentan recíprocamente? ¿El análisis de formación es diferente de un análisis terapéutico o no? Y una última ¿Cuán necesario es que todo este proceso tenga lugar en una institución que, en última instancia, se asume responsable de su implementación como de su destino?
Los propósitos y finalidades de la formación analítica
En el universo académico, los perfiles de formación docente exigen definir el llamado perfil del egresado, pensado como la meta, el resultado del proceso de aprendizaje, aquel que se debe alcanzar. Para la formación analítica no se dispone de un molde previo, solo tentativas y aproximaciones porque las trasformaciones a las que se aspira tienen que tolerar en sus resultados una altísima variabilidad personal. Es la vida mental del analista en formación la que está en juego, sus valores y limitaciones. En realidad, la formación más exitosa supone cambios y modificaciones personales profundas que implican desalojar con gran esfuerzo saberes presupuestos, creencias infundadas, teorías no sustentables, ideas sobre valoradas, falsos enlaces. Implica cuestionar la ilusión de un saber totalizador sostenido desde el discurso autocrático de querer saber siempre más, con la ilusión de saberlo todo. Significa, por lo menos, poner en cuestión la estabilidad de toda una estructura mental, a sabiendas que su movilización puede tener un costo emocional muy profundo.
La formación analítica inevitablemente marcha, lenta pero inevitablemente, a contracorriente de la evolución del llamado Yo ‘oficial’ y de la cultura dominante. Analizar es descomponer, desarmar, desmontar estructuras mentales establecidas y esperar que se restauren por si mismas pero en transferencia. Se diría que buena parte del proceso de la formación analítica va a transitar entre la estabilidad y el cambio de las organizaciones mentales. ¿Es posible decir que el propósito o la finalidad de la formación analítica es la normalidad, la salud mental o el cambio? No hay un molde previo, solo aproximaciones porque las trasformaciones a las que se aspira en la formación tienen que tolerar en sus resultados una altísima variabilidad personal. No hay una meta preestablecida, solo hay una mera posibilidad brindada por un proceso largo y complejo.
Una vez que, como vimos, la formación se profesionalizó, la institución se hizo cargo de las condiciones de admisión y responsable de sus resultados. Superada la discusión traumática sobre el ‘análisis profano’ la exigencia de poseer requisitos académicos previos prácticamente se limitó a médicos, aunque siempre había minoritariamente otros profesionales ejerciendo el psicoanálisis. En la segunda mitad del siglo XX, se abrió el ingreso en algunos Institutos de Formación a psicólogos y a universitarios provenientes de otras ciencias.
Una polémica de difícil solución se entablo en relación con las condiciones de salud mental de quien deseaba ser analista. La discusión de la admisión en estos términos, o peor, en la consideración de la posible psicopatología del aspirante, quedó superada. Hoy en día es un dato más a tener en cuenta, entre otros muchos que se consideran y evalúan en una admisión. La cuestión de orientación de género también fue motivo de polémica, ya resuelta en los mismos términos.
¿Y cuándo debe terminar la formación analítica? Por supuesto como toda otra formación, existen parámetros formales y temporales que establecen claramente cuando la formación está finalizada, como en cuanto a los seminarios y la supervisión didáctica. ¿Y el análisis didáctico? Concierne exclusivamente al analista y al analizando, fuera de cualquier estipulación institucional. La decisión pertenece a ambos y luego de establecida de común acuerdo, se comunica a la institución. Pero ¿cuándo debe terminar? Es una pregunta que se remonta a Freud1 y sigue siendo discutida hasta la actualidad.2 Llevaría mucho espacio ocuparse de ella.
Los objetos de la experiencia analítica en el dispositivo de la formación
El tránsito por el proceso de la formación pone al futuro analista en contacto con objetos de un altísimo nivel de conflictividad y que darán lugar a un trasfondo de intenso apasionamiento pero también una inquietud que implica malestar y sufrimiento. Se genera en el carácter altamente conflictivo que genera la íntima exposición con ciertos elementos de la experiencia psicoanalítica. Para mencionar solo algunos de los más relevantes:
1. El inconsciente reprimido: ese reservorio irracional, bastión de una potente organización psíquica que existe como una suerte de reserva, que no se aísla por completo de la actividad psíquica consciente ni permanece absolutamente inmodificable. El asombro del descubrimiento de la psicosexualidad y la amnesia infantil concomitante. Reconocerse en un Yo del desconocimiento que lejos del cogito cartesiano, es asiento de fuertes resistencias a la ‘novedad’ del análisis. Afrontar la ubicuidad del complejo de Edipo y descubrir la castración como operador privilegiado y motor para las transformaciones exitosas o deficitarias de las estructuras mentales. Apreciar la trascendencia de los duelos para enfrentar la finitud y la inermidad. Soportar y sostener el encuentro con la destructividad, propia y ajena y sus manifestaciones, la culpa inconsciente, el masoquismo, la reacción terapéutica negativa y la dañina compulsión repetitiva.
2. Descubrir que el deseo no aparece sino sobre el trasfondo del conflicto, de lucha de fuerzas, cuyo soporte es la pulsión sexual y la angustia su contracara. Lo sexual devendrá el concepto desde el cual la actividad psíquica se organiza, se diferencia, se especifica y funda las relaciones entre la actividad consciente e inconsciente. No solo reconocer los efectos de la represión sino el clivaje (escisión) de la mente, que tiene una derivación paralizante sobre el juicio, que mina la confianza en el intelecto y coloca lado a lado con la psicosis. Percibir la dinámica del amor y el odio, el poderío del deseo, del dolor por encima del placer.
3. De cómo el narcisismo, que nutre las instancias ideales de la mente se erige como bastión y obstáculo frente al conocimiento. Que alimenta un Yo que es todo, lo sabe todo, lo puede todo, que conduce a la elección idealizada de un objeto de amor tanto como a una institución idealizada, maestros endiosados, teorías sobrevaloradas. Luego, la decepción y a la desilusión que hace estragos en los procesos fundados en la idealización. Los valores, arraigados por estructura al pasado, obstaculizan en la formación la incorporación de lo nuevo. De cómo la mezcla de desamparo y omnipotencia infantil es explosiva para la vida mental.
4. Tolerar y tolerarse modos irracionales de pensamiento. Freud decía en 1938:
El pensamiento psicoanalítico se vuelve de aceptación difícil no solo porque afrenta nuestras concepciones morales, sino también porque los modos de pensamiento que descubre en quienes hacen su experiencia y de los que él mismo se vale para exponer lo que ha descubierto, se apartan demasiado del sentido común y, como tales, representan una amenaza para la razón.
El proceso primario, ese reservorio irracional del funcionamiento de la mente, esa potente organización psíquica que existe como una suerte de reserva psíquica para la creación o la locura, no se aísla por completo de la actividad psíquica, ni permanece absolutamente inmodificable. Constituye una fuente inagotable de irracionalidad como de curiosidad intelectual, de procesos creativos, de la sublimación, de la vocación psicoanalítica…
5. Los fenómenos transferenciales son parte esencial de la formación del analista. Sentir el análisis como proceso y vivir las experiencias cruciales de la transferencia y la contratransferencia. Entender que cuando alguien habla, siempre está presente un Otro. Que no solo importa lo que se dicen, sino quien es históricamente uno para el otro. También en la relación de aprendizaje, la transferencia instituye. La teoría, el saber viene después, aparte, son datos que tal vez queden cuando la transferencia se disuelva.
6. La idea de la abstinencia y la neutralidad no se menciona solo como una regla técnica sino como una posición inédita de diálogo en el mundo, a contracorriente de la posición social habitual. Centrar el interés del diálogo en el otro, tratando de poner límite a la participación personal en lo que se dice. Para intervenir como analista, no se puede eliminar los deseos pero para el trabajo analítico es crucial que el analista en lo posible los reconozca y los mantenga en suspenso. Esta regla técnica está sujeta a permanente tensión y problematiza la contratransferencia. Requiere contener sugerencias, indicaciones, propuestas fuera de lo estrictamente analizable.
7. La formación puede lograr cambios en la subjetividad en el contacto con los objetos del análisis pero, los cambios deben ir en dirección de una creciente autonomía personal y en la transformación de los restos transferenciales generados en su tránsito. Cuando termine la formación, lo esencial del desasimiento no será el duelo sino la irreparable constatación de que la palabra del otro, del difunto, quedará inconclusa para siempre. Un inacabamiento que corresponde cada uno transportar a otra parte. Y esa inspiración es inagotable, por suerte seguirá alimentando la vocación. La identidad analítica requiere alcanzar un funcionamiento más allá de una égida, parental o de cualquiera de sus representantes. Las voces del pasado, de la tradición, de lo establecido, deben generar respeto pero en algún momento deben atenuarse (o llamarse a silencio) en el interior del analista para dar lugar a la originalidad y singularidad propias.
8. Es imprescindible que la formación analítica tenga lugar en un espacio institucional. La institución ofrece una especie de moratoria, de noviciado, para ejercitar un aprendizaje, lanzado primero al amparo de colegas con más experiencia y gradualmente con mayor independencia y autonomía. Permite la participación en pequeños grupos, tolerar las ansiedades del aprendizaje y el apoyo mutuo, el conllevar éxitos y fracasos. Compartir un dialogo con otros que pueden entender los términos de un lenguaje que el sentido común no comprende. Los límites reaseguradores de la institución permiten un grado de procesamiento de las ansiedades ligadas al aprendizaje.
La experiencia con dichos objetos de la experiencia analítica, en el entretejido que se arma tanto en el análisis personal, como el que lleva a cabo con los pacientes, como con los textos teóricos que lo complementan, apunta al inconsciente, un inconsciente que no se puede domesticar ni educar. Hay que establecer contacto personal con ellos, tal como se revelan en uno y en los otros. Se los debe escuchar y eso para el analista en formación tiene un costo. La formación impulsa y sostiene el contacto con los objetos de la experiencia analítica que son fuente de inquietud pero también del bienestar febril que generan como objetos de la vocación. La vocación analítica no solo la del destino personal del analista sino también la que lo convoca a ocuparse de los enigmas originarios: las preguntas por el ser humano: sexualidad, vida, muerte, alteridad, locura, etc.
Por todo lo cual es fundamental la exigencia de una experiencia de análisis personal suficientemente larga y profunda: La frecuencia y la regularidad de los contactos en el análisis favorece el desarrollo de un vínculo emocional intenso con el analista que estimula el trabajo en la transferencia y permite al analizando experimentar personalmente la importancia de su análisis en su vida cotidiana y profesional, le da la continuidad necesaria para la instalación de asociación libre, sueños, actos fallidos, elaboración, disminuye la fortaleza de sus defensas y brinda una base sólida para las interpretaciones. Difícilmente se establezca un proceso analítico si por lo menos un analizando no experimentó por un tiempo una alta frecuencia de sesiones y el uso del diván. El vínculo derivado de una alta frecuencia de sesiones también supone una sobrecarga emocional muy intensa, no solo al analizante, sino también para el analista didacta. Como le dijera Freud a Pfister “Ciertamente la transferencia es una cruz”.
En conclusión, el psicoanálisis plantea, que el sujeto no emerge solamente por vía de la razón, es decir por un Yo que solo “aprende”, reflexiona o cuestiona de manera impecable. El saber analítico no opera por vía ‘académica’, es resultado de una compleja y singular relación entre la experiencia individual del análisis, las supervisiones y el trabajo de los textos en los seminarios. Las resistencias con las que el Yo se defiende pueden perturbar y distorsionar la construcción y asimilación de aspectos cuestionados en las teorías psicoanalíticas.
Código de Procedimientos en Educación de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). El trípode de formación3
Desde que se aprobaron en 1925, la IPA mantuvo las condiciones de formación de analistas hasta el presente. Se introdujeron algunas enmiendas y modificaciones, pero en lo fundamental se mantuvieron los requisitos básicos. En el tiempo en que APdeBA estaba solicitando su acreditación universitaria, la IPA volvió a revisar y definir el listado de normas generales para la formación de psicoanalistas de todas las Sociedades constituyentes en el mundo así como los estándares y criterios para calificar y autorizar el ingreso como miembro. Por su valor testimonial, se cita a continuación algunos párrafos del mismo:
El título de miembro de la IPA representa el reconocimiento pleno de la IPA de la responsabilidad otorgada a la Sociedad Componente que autoriza la formación a sus integrantes. Esto implica que las Sociedades Componentes han aceptado un conjunto de normas basadas en experiencias y criterios fundamentados clínicamente.
Históricamente, el psicoanálisis como una práctica clínica, fue considerado por Freud que debía ser realizado diariamente. Esta concepción y otras del encuadre analítico han evolucionado después de Freud. Sin embargo, la práctica y la teoría psicoanalítica están basadas sin dudas en una frecuencia de sesiones que deben ser realizadas regularmente y en no menos de tres sesiones por semana de 45 a 50 minutos.
Ingreso a la Formación Analítica
Es aceptado y reconocido que cada Sociedad Componente de la IPA puede tener variaciones en cuanto a las condiciones de admisión de sus candidatos. Sin embargo, los procedimientos siguientes se sostienen:
1. Tener un título universitario y algún grado de experiencia clínica 2. Para ingresar a la formación el aspirante debe por lo menos dos entrevistas dos analistas didactas reconocidos por la institución 3. La decisión final de ingreso queda a cargo de un grupo oficialmente responsable de esa función, que incluye a los dos analistas que llevaron a cabo la entrevista y varios otros 4. Los colegas aceptados deben considerarse analistas en formación.
Análisis personal
1. De acuerdo con el modelo utilizado por la Sociedad, un psicoanalista oficialmente reconocido por la misma por tener la ‘función didáctica’ debe conducir el análisis personal 2. El análisis del candidato debe ser cumplido con una frecuencia regular de 3 a 5 sesiones por semana, de 45 a 50 minutos cada una.
Cursos y Seminarios teóricos
1. Los cursos y seminarios deben incluir la lectura y discusión en pequeños grupos de la obra de S. Freud y de autores posteriores, cubriendo conceptos teóricos, problemas clínicos y técnicos del psicoanálisis. Los debates deben priorizar las discusiones basadas en experiencias clínicas. 2. Los Cursos y Seminarios deben ser planeados por un grupo especialmente por designado y responsable ante la Sociedad.
Supervisiones clínicas
1. Se requiere que el analista en formación complete por lo menos dos supervisiones de tratamientos psicoanalíticos de dos años cada una 2. Las supervisiones deben ser conducidas por un analista didacta diferente al que está a cargo de su análisis de formación. El analista a cargo de las supervisiones debe ser reconocido por su Sociedad por su competencia para lleva a cabo la tarea 3. las supervisiones deben llevarse a cabo regularmente una vez por semana 4. El paciente presentado para la supervisión debe tener una frecuencia de 3 a 5 sesiones por semana.
Evaluación final
Una vez cumplidos los requisitos de la formación, con la cualificación de los supervisores y el final del análisis de formación y cumplidos los trabajos escritos requeridos, una evaluación final se realiza por un grupo de analistas especialmente seleccionados para esta responsabilidad. El grupo puede evaluar la actitud del prospectivo psicoanalista, su interés en el largo plazo del ejercicio del psicoanálisis y su integridad ética.
El análisis de formación en el proceso de acreditación universitaria. Una trabajosa gestión con la CONEAU
En el largo proceso de lograr acreditación universitaria, uno de los cuestionamientos más reiterados por parte de la CONEAU fue la objeción que hacía sobre la exigencia del análisis didáctico o análisis de capacitación (training o didactic analysis). La presentación de APdeBA defendía esta exigencia como incuestionable mientras que para la Agencia era incluir un requisito de formación inaceptable para la academia. El debate duró mucho tiempo y el intercambio de numerosas presentaciones.
El siguiente es un documento, entre muchos otros que se elevó a la CONEAU en defensa de la inclusión del análisis didáctico entre las exigencias de la formación como lo impone la pertenencia a la IPA.
Acerca del Análisis de Formación en la Carrera de Psicoanálisis del IUSAM
Según Freud, el psicoanálisis tiene por objeto de estudio la estructura y el funcionamiento de la mente, especialmente de sus niveles inconscientes más profundos. Lo paradójico es que quien aborda su estudio debe hacerlo con su propio aparato mental. Es una de las razones por las cuales el análisis personal del analista se convirtió en el requisito fundamental e imprescindible de la formación. Esta obligación indispensable para la mente del fututo analista redobla las exigencias de formación para quien deberá estar en contacto y trabajar con las demandas que le plantearan sus pacientes.
El análisis de formación en el IUSAM es un requisito similar a lo que en otros ámbitos del conocimiento es una experiencia de capacitación imprescindible. Esto es, se encuentra entre aquellas prácticas que están diseñadas para involucrar al alumno en una experiencia personal psicoanalítica prolongada y profunda con el psicoanálisis y con la metodología propia para afrontarlo. En especial, el abordaje de niveles inconscientes del funcionamiento mental. Según los requisitos de la IPA, el postulante a la carrera debe elegir un analista didacta de un grupo perteneciente a la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires. La capacitación e idoneidad de quien asume el compromiso de hacerse cargo de un análisis de formación es responsabilidad indelegable de la institución.
Lo inconsciente es algo a descubrir, no algo sobre el que se tiene acceso directo. Sus manifestaciones son indirectas y están enmascaradas por diferentes mecanismos psicológicos de la persona que tienden a evitar su reconocimiento, en especial por él mismo. Por esa razón, la experiencia sobre la propia persona resulta insustituible para acceder a la convicción de la presencia de mecanismos inconscientes. La técnica psicoanalítica (con sus condiciones de asociación libre, atención flotante, regla de abstinencia, transferencia) es la metodología específica e insustituible para lograrlo.
El análisis de formación es una práctica que se realiza en el marco de un vínculo apropiado con el analista para favorecer el difícil contacto con lo inconsciente y el aprendizaje de las técnicas específicas para lograrlo. Esta experiencia está de acuerdo con las técnicas pedagógicas académicas más modernas que buscan que el aprendizaje se brinde en un contexto emocional propicio al cambio de actitudes y no meramente a incorporar nuevos conocimientos teóricos.
Como otras experiencias similares del campo académico, el analista en formación solo debe atestiguar que este requisito fue cumplido, esto es que en algún momento lo comenzó y que en algún momento lo terminó. No está contemplado en este dispositivo que el analista de formación evalúe las condiciones de salud mental del alumno ni que informe a las autoridades académicas de la calidad mental del trabajo realizado. A propósito de este tema, cabe aclarar que dentro de las condiciones de formación de psicoanalistas internacionalmente admitidas, hace tiempo que la IPA desvinculó absolutamente a los analistas didactas de la necesidad de informar, como se hacía originariamente a las autoridades de los Institutos de Psicoanálisis cualquier tipo de datos referidos a la naturaleza de la experiencia que se lleva a cabo. La naturaleza confidencial de la experiencia es absolutamente preservada.
Por lo tanto, el análisis de formación es una experiencia didáctica, no un tratamiento para un paciente. De hecho se lo conoce en ámbitos internacionales como didactic psychoanalysis. No se propone evaluar la salud mental o eventualmente la enfermedad mental de la persona. Lo inconsciente, aquello cuyo contacto se requiere del alumno en formación, no es de por sí, ni sano ni enfermo (aunque de hecho su presencia incida sobre esas categorías psicológicas). El análisis de formación no tiene metas terapéuticas en si aun cuando puede haber un beneficio psicoterapéutico que se dé por añadidura. De hecho, también otras experiencias docentes pueden tener beneficios terapéuticos, aunque no los busquen.
Como fuera mencionado, este procedimiento fue largamente cuestionado por los expertos de CONEAU por estar fuera de las exigencias habituales de una formación académica. La institución defendía este requisito como imprescindible, y por las razones apuntadas más arriba, innegociable. Se les señaló además el contraste: la institución solicitaba incluir un requisito de formación necesario más exigente de lo que se le requería y la agencia oficial, por el contrario, estaba otorgando a otras instituciones académicas certificación en Maestrías y Doctorados sin exigir esta condición.
Hay que reconocer y valorar que, finalmente los expertos y técnicos a cargo de la evaluación de la carrera aceptaron los argumentos y autorizaron académicamente por primera vez incluir este requisito en una formación universitaria.
1 Freud, S. (1937). Análisis terminable e interminable, AE XXIII.
2 Hinze, E. (2015). What do we learn in psychoanalytic training? Int. J. of Psych., vol. 6(3).
3 Texto abreviado y traducido (H.F.) del documento aprobado por el Consejo Ejecutivo de la IPA en Julio de 2002 en Londres y avalado por el Cuerpo de Representantes de la IPA en Marzo/2004 en New Orleans.
III
La Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires
(APdeBA)
De los orígenes (1942-1977)
La Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) es una institución científica dedicada a la docencia, la investigación y la asistencia en Psicoanálisis. Fue fundada en el año 1977 como desprendimiento de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) con la cual comparte una historia previa que data del año 1942. Desde su fundación, APdeBA es sociedad componente de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) fundada por Sigmund Freud. A continuación se mencionan algunos datos históricos desde su creación y posterior desarrollo hasta 1996, cuando APdeBA se presentó ante el Ministerio de Educación de la Nación para solicitar ser autorizada a crear un Instituto Universitario.
Como se mencionó en el primer capítulo, desde sus inicios la institucionalización del psicoanálisis generó ciertos conflictos y desacuerdos internos entre sus miembros, alguno de los cuales terminaron en escisiones o separaciones de las propias Sociedades Psicoanalíticas. En Argentina, la Asociación Psicoanalítica Argentina, formada a partir de los analistas que llegaban de Europa por la guerra y de un grupo local en crecimiento había logrado ser una de las instituciones psicoanalíticas más prestigiosas y numerosas del mundo. Desde Buenos Aires, su influencia irradiaba en todo el país y a toda América Latina. Pero su funcionamiento no estaba ajeno a las tensiones y controversias propias de las sociedades psicoanalíticas. Ya en 1959 había habido un Simposio dedicado a las complejas relaciones institucionales entre analistas.
Discrepancias teóricas, técnicas y diferencias sobre la formación comenzaron a ser parte de polémicas que se fueron acentuando con el tiempo y afloraban contaminadas de ideologías políticas. Todo ello agravado en el país, por una situación social, económica y política crecientemente intolerable, teñida cada tanto de muertes, desapariciones y asesinatos. Pese a breves momentos democráticos inestables y transitorios, se vivía un clima de terror y represión militar inimaginable en especial a partir de la década de los sesenta con la irrupción de gobiernos militares. Todo este clima se hacía sentir en los analistas afectados a la práctica del psicoanálisis y en él de las propias instituciones. Actividades grupales profesionales, prácticas de psicoterapia de familia o de grupo empezaron a ser sospechadas, perseguidas y fueron desapareciendo por sus riesgos. Los psicólogos vieron prohibida su práctica profesional autónoma. Algunos servicios hospitalarios de Psiquiatría fueron arrasados y sus integrantes fueron hostigados o desaparecidos. El servicio del Hospital de Lanús, bajo la tutela ejemplar de Mauricio Goldemberg fue desmantelado y él debió exiliarse. Un grupo numeroso de miembros de la futura APdeBA estaban iniciando su formación en ese prestigioso servicio.
La situación interna en APA, con sus miembros, candidatos y directivos, no podía ser ajena a estos acontecimientos. El rol del psicoanálisis y de los analistas frente a un medio social caótico polarizaba los debates. ¿Debían los analistas aislarse o comprometerse políticamente? ¿Cómo debía incidir esa postura en la formación de los candidatos? ¿Cómo debía organizarse el Instituto de Formación? ¿Cómo debían ser elegidos los analistas didactas? Eran tiempos en los que conseguir hora para el imprescindible análisis didáctico llevaba meses o años. El conflicto escaló justamente en una Asamblea del 18 de julio de 1974 a raíz de la propuesta para atenuar los requisitos en torno al nombramiento de analista didacta. Un grupo importante de miembros estaba en desacuerdo con flexibilizar las exigencias y se retiró disgustado. La polémica sobre el Instituto de Formación y sus reglamentos siguió muy fuerte en otras reuniones, a tal punto que en determinado momento se propuso una Federación con dos Institutos en su seno, tal como los ingleses habían solucionado sus discrepancias. Pero no llegó a concretarse.
El conjunto disidente, compuesto de miembros jóvenes buscó organizarse primero en un grupo autodenominado “Grupo de los diez” y el 20 de enero de 1975 se reunió convocando más simpatizantes para crear el llamado Grupo Ateneo. De inmediato el grupo se dio autoridades: Polito Presidente, Delia Faigón Vicepresidente y como Secretaria Académica, Reggy Serebriany. Su propósito era discutir temas científicos y empezar a pensar en un futuro Instituto Intermedio de Formación. Cada vez era más evidente que la idea en ciernes era producir la escisión. En un determinado momento el grupo realizó un cuestionario entre 50 miembros afines al Ateneo preguntándoles si querían la separación y la respuesta favorable fue casi unánime.
Con ese propósito pronto interesaron al llamado “Grupo de los Miércoles”, formado por analistas de la mayor autoridad y prestigio que tenían afinidad con las ideas del grupo Ateneo. Poco después, el Ateneo y el Grupo de los Miércoles pasaron a integrarse. Se siguieron generando reuniones científicas pero también políticas, debatiendo los pros y contras de impulsar la separación de APA y la presentación a la IPA de una nueva sociedad psicoanalítica en Buenos Aires. Hubo contactos personales con autoridades de la IPA a quienes se les anticipó el movimiento y de quienes también se recibió cierto guiño. Mientras el claustro de candidatos, aunque un poco convulsionado, seguía con su formación, se siguieron discutiendo trabajos científicos o gestionando visitas científicas, por ejemplo con el propio Donald Meltzer.
La polémica siguió agravándose mientras el grupo disidente preparaba su renuncia a la APA y se trabajaba en la constitución de una nueva sociedad para ser reconocida por la IPA. Finalmente, después de muchas gestiones, ambos grupos se pusieron de acuerdo en los términos de la separación con el visto bueno de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Pese a los intereses en juego, el acuerdo se cumplió sin escándalo ni reproches públicos. Un grupo de cerca de cien miembros, didactas muchos de ellos y candidatos en formación a quienes se les permitió elegir donde continuar su carrera, renunciaron a la APA y constituyeron la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA).
El nuevo grupo presentó sus credenciales ante la IPA solicitando ser reconocida como miembro de la misma en el Congreso Internacional de Jerusalén de 1977. Según los reglamentos de la IPA debió ser primero admitida como Grupo de Estudios, pero dado que se trataba de un grupo tan numeroso como calificado se la aceptó como Sociedad Provisoria. En el siguiente Congreso Internacional de 1979 en New York se le otorgó membrecía plena: Sociedad Componente de la IPA lo que constituyó una distinción muy especial. Mientras en Buenos Aires regía una dictadura militar despiadada, en el Congreso Internacional de New York hubo reclamos clamando por las desapariciones.
La escisión final que se produjo en APA en ese momento fue la culminación de innumerables factores, tanto internos como externos que conmovieron a la institución y a sus protagonistas. Más allá de los argumentos esgrimidos por ambos lados, no hubo ni hay consenso sobre las razones profundas que originaron un suceso de tal magnitud. Muchos de los miembros optaron entre “irse” o “quedarse” por múltiples razones imposibles de enumerar acá. Algunas decisiones terminaron siendo razones afectivas o personales. Los candidatos a menudo optaron por seguir su análisis con quien lo venían realizando, sea este miembro de APA o APdeBA. De lo que no hay duda es que fue un acontecimiento, entre doloroso y deseado, que conmovió al mundo del Psicoanálisis.
APdeBA se pone en marcha (1977-1996)
La escisión de APA constituyó para el nuevo grupo graves quebrantos: con la separación se perdió, entre otras muchas cosas valiosas, el elegante edificio de la calle Rodríguez Peña de Buenos Aires, el Instituto de Formación Psicoanalítica, una cuantiosa Biblioteca de la especialidad, la Revista de Psicoanálisis, el Centro Asistencial Racker, la Mutual de socios, etc. Había que empezar de cero…
Después de desempeñarse unos meses en un departamento alquilado, se compró con fondos propios una antigua casona de dos plantas con un enorme garaje deteriorado en la calle Maure del barrio de Belgrano. En ese lugar el grupo dirigente comenzó una labor infatigable y perseverante para poner en marcha a la nueva institución. Rápidamente se aprobaron los Estatutos y Reglamentos de funcionamiento, siendo la primera Comisión Directiva presidida por Horacio Etchegoyen.
Se diseñó un nuevo Instituto de Formación Psicoanalítica para los nuevos aspirantes. Se organizó también un Instituto Psicoanalítico Intermedio para cerca de 80 candidatos que en distintos niveles de su carrera analítica. estaban en APA y se pasaron a APdeBA, luego de que se les permitiera a todos elegir donde continuar su formación. A ellos se les diseño un currículo personal para terminar su formación sin problemas. Todo eso supuso una febril tarea de elegir las líneas teóricas y programáticas de la formación, así como crear Seminarios, nombrar profesores, disponer supervisiones didácticas, etc. Se ha señalado y con razón, que entre el prestigioso grupo dirigente de la nueva institución y los candidatos del llamado Instituto Intermedio había una brecha generacional que no dejó de tener consecuencias en el futuro. Un claustro de candidatos se puso tempranamente en marcha. Hay que reconocer que pese a la magnitud del movimiento realizado, el traslado de la APA a APdeBA nunca supuso un obstáculo o interrupción para los analistas que estaban cursando su formación.
Se comenzó con la organización de la nueva Biblioteca y el sector Publicaciones y en poco tiempo más apareció el primer número de la revista Psicoanálisis (1979) la cual a partir de entonces, se editó regularmente. También la institución creó una Mutual para sus miembros que se había perdido antes. Años más tarde, se fundó el Centro Asistencial D. Liberman para ofrecer tratamientos psicoanalíticos con honorarios institucionales (1988).
Mirado a la distancia, es asombroso reconocer que tanto y tan valioso se haya hecho en tan poco tiempo. En los dos o tres años siguientes se trabajó tan fervorosamente, con tanto empeño en reconstruir lo perdido, que podía llegar a pensarse que, aquellos que decidieron irse de APA lo hicieron con el decisivo propósito de fundar una nueva institución, cualquiera sea el sentido que esta expresión pudiera tener. Y este esforzado comienzo se realizó cuando todavía se vivían los últimos años de plomo de la dictadura militar.
Por supuesto, la creación de una institución no puede en sus comienzos prescindir de idealizar sus propósitos: brindar el mejor psicoanálisis, el cuidado de la ética y una formación de excelencia. En este último caso, APdeBA retomó la historia de ser una institución psicoanalítica de calidad, que ofrecía una formación calificada de ortodoxa, tradicional y de un alto nivel de exigencia. Para alguno de sus críticos, se trataba de una formación analítica muy estricta, muy regulada, muy cerrada y muy cuestionada por el predominio de la teoría kleiniana. Incluso dentro de la institución no tardaron en aparecer fuertes cuestionamientos, expresados en movimientos de los niveles de analistas más jóvenes y en la aparición de grupos políticos, disidencias y reclamos públicos en demanda de cambios. Se escuchaban reclamos a favor de un mayor pluralismo teórico y la apertura de la institución a prácticas que imponían los nuevos tiempos. Ahora, el clima interno de APdeBA espejaba los cambios institucionales y políticos surgidos en el país en coincidencia con el advenimiento de la “primavera democrática” que se inició en el año 1983.
La Comisión Directiva de Leo Wender (1984-1985) logró introducir algunas de las modificaciones reclamadas: abrir la institución hacia otros campos, prácticas y recursos de la salud, previamente no legitimadas y fomentar un pluralismo que abriera las compuertas de la teoría psicoanalítica a otros espacios teóricos. El creciente movimiento del campo de la Salud Mental (ver Cap. IV) propiciaba estos cambios.
Habían pasado varios años y APdeBA seguía progresando, pero no disponía de una sede capaz de albergar el creciente movimiento de alumnos y actividades de educación y de extensión a la comunidad. Fue en la Presidencia de la Dra. Reggy Serebriany (1986-1987) que se decidió edificar una nueva sede en Maure. Se realizó una prolija selección entre 35 proyectos, se eligieron cinco de ellos como los mejores y finalmente se optó por el que más calificaba para los fines institucionales.1 A pesar de ser años de reconocidas penurias económicas, en un año se demolió la antigua casona y simultáneamente se levantó, con fondos de los propios asociados, una sede de cuatro pisos, sin perturbar las actividades docentes, administrativas e institucionales. Un año después, en la Presidencia del Dr. Alfredo Painceira se completó el sueño de disponer de una sede propia, con la habilitación de un Auditorio en el subsuelo para 350 personas. Hasta donde sabemos, es el único edificio en el mundo diseñado y edificado ad hoc para alojar una institución psicoanalítica de la IPA.
APdeBA ¿cómo y cuánto había logrado crecer y organizarse institucionalmente desde su fundación en 1977 y cuál era su situación veinte años después, en 1996? A continuación se trascriben, por su valor histórico y documental, partes seleccionadas del primer documento presentado a las autoridades del Ministerio de Educación de la Nación para solicitar la acreditación académica, describiendo el estado y funcionamiento de la institución. Fue enviado durante la Comisión Directiva de la Dra. Sara Zac de Filc y APdeBA se presentaba de esta manera:
Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires: antecedentes y fundamentación de la solicitud (Documento presentado ante el Ministerio de Educación, Ciencia y Técnica (1996)
La Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires —creada en 1977— es una de las instituciones psicoanalíticas reconocidas como sociedad componente de la Asociación Psicoanalítica Internacional, por cumplimentar las normas científicas y formativas que establece la misma, para avalar la formación psicoanalítica que se imparte. Su objetivo es desarrollar el conocimiento y la práctica de Psicoanálisis y la formación de profesionales en el más elevado nivel científico, técnico y ético.
APdeBA es una institución fundamentalmente científica y docente, realizando asimismo tareas asistenciales (a través de su Centro Psicoanalítico Dr. David Liberman y de la capacitación en servicio del personal profesional de otras instituciones asistenciales públicas y privadas), así como actividades de prevención, de extensión, de integración interdisciplinaria e investigación.
Muchos de sus miembros han ocupado y ocupan cargos importantes en la Asociación Psicoanalítica Internacional. El Dr. R. Horacio Etchegoyen, uno de los fundadores de APdeBA, fue el primer Presidente que llegó a la presidencia de la API desde Latinoamérica (1994-1997)2 Actualmente APdeBA cuenta con 349 miembros: 162 Titulares y 187 Adherentes, y como Miembros Honorarios al Profesor Gregorio Klimovsky y Dr. Mauricio Goldenberg.
Desde 1978 viene funcionado regularmente su Instituto de Formación Psicoanalítica, del que han egresado en los últimos diez años 193 profesionales, la casi totalidad de los cuales, luego de ameritar los requisitos societarios para su ingreso, se han incorporado como miembros de APdeBA y de la IPA.
Además de la formación curricular, cuyas características se encuentran detalladas en la carrera de Especialización en Psicoanálisis, APdeBA realiza una intensa actividad científica y docente, tanto interna como externa y participa y organiza numerosos Congresos, Encuentros y otros eventos científicos, tanto dentro de su propio campo como interdisciplinariamente.
Su equipo docente integrado por 95 profesores, cuenta con una vasta experiencia tanto dentro de la enseñanza del Psicoanálisis como en otras disciplinas afines; varios de nuestros docentes también lo son en las Facultades de Medicina y Psicología de la Universidad de Buenos Aires o de otras universidades privadas, así como de instituciones de formación de post-grado en el campo de la salud mental.
Prácticamente desde su inicio, se ha editado la revista Psicoanálisis, que publica tanto artículos de miembros de la Institución como de reconocidos psicoanalistas extranjeros sobre temas de la teoría y de la clínica psicoanalítica.
A partir de 1978 la actividad de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires se ha desarrollado a lo largo de estos 19 años a través de:
1) Formación
La organización y puesta en actividad de un Instituto de Formación, reconocido nacional e internacionalmente como del más alto nivel. La capacitación que imparte es reconocida y avalada por la Asociación Psicoanalítica Internacional, que refrenda el título otorgado a nuestros miembros, por considerar que la misma cumple con los requerimientos establecidos internacionalmente.
La formación que dicta, implica una intensa dedicación profesional; está basada en tres aspectos fundamentales: el psicoanálisis personal, trabajo clínico supervisado, y seminarios de enseñanza teórica; a esto se añaden la realización de trabajos monográficos, y la participación en tareas asistenciales a través del Centro Liberman.
2) Actividades Científicas
Desde su inicio, la actividad científica ha sido uno de los ejes fundamentales de APdeBA. Estas actividades consisten fundamentalmente en Ateneos y reuniones científicas, participación en Congresos, y un número importante de publicaciones en revistas y libros científicos. A la vez, se realizan trabajos de Investigación, tanto a nivel de la propia Asociación como participando de proyectos interinstitucionales, algunos de ellos internacionales.
3) Extensión
Una Asociación Psicoanalítica tiene una inserción activa en la comunidad a la que pertenece, y un intercambio permanente con ella. La difusión de nuestro pensamiento psicoanalítico, y de lo que consideramos una práctica psicoanalítica adecuada, forman un aspecto muy importante de nuestra imagen como psicoanalistas; a la vez, el contacto y la participación permanente con lo que ocurre a nuestro alrededor, es un elemento esencial para evitar el aislamiento y la estereotipia.
A partir de 1995, esta actividad se ha organizado como Secretaría de Extensión con el objetivo de coordinar los múltiples proyectos ya en marcha en los distintos estamentos de APdeBA y dirigidos hacia la comunidad, desde cursos de postgrado para médicos y psicólogos, talleres con jueces y asistentes sociales, tareas de prevención en escuelas y centros comunitarios y albergando en su seno a la Sub-comisión de Hospitales e Instituciones, de una activa inserción en el medio hospitalario y que realiza cursos, supervisiones y grupos de reflexión en los mismos.
En conexión con el Departamento de Graduados de la Facultad de Medicina de la U.B.A. la Sub-comisión de Universidades desarrolló un curso de actualización sobre “Teoría y clínica psicoanalítica”, La Sub-comisión de Supervisión dependiente de la Secretaría de Extensión, recibió 18 pedidos de supervisión provenientes de distintos hospitales.
Subcomisión de Prevención: En el Centro Cultural “Las Cañitas” del barrio de Belgrano, se realizaron talleres en los que participaron niños, adolescentes y adultos. El tema fue “Violencia en la vida cotidiana”. APdeBA coparticipó de la organización y en la coordinación de los grupos de discusión. En la Escuela Municipal Nº12 se realizaron intervenciones demandadas por la Dirección de la escuela. Las problemáticas por las que fuimos consultados fueron: discriminación, violencia, relación maestros-niños, maestros-padres, relaciones en el grupo directivo del establecimiento y entre los maestros. Se realizaron también, reuniones con Directores de escuelas secundarias públicas y privadas. Se realizaron conferencias y grupos de discusión en Centros de Jubilados sobre el tema “Sexualidad en la tercera edad”.
4) Proyectos de Investigación
La Comisión de Investigación de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires fue creada en julio de 1994 y dirigida por el Dr. Guillermo Lancelle. Su antecedente más directo fue la participación de APdeBA en la generación del proyecto “Consejo para la Investigación de Resultados de Tratamientos Psicoanalíticos. Un estudio Multicéntrico”, que se inició a fines de 1992. Esta investigación en la actualidad depende de la Comisión de Investigación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica Internacional con sede en Londres, Inglaterra.
En conjunto con la Asociación Psicoanalítica Argentina, la Universidad de Ulm, Alemania, el auspicio de la Asociación Psicoanalítica Internacional, la APdeBA, ha organizado las “Primeras Jornadas sobre Investigación Empírica en Psicoanálisis” (Buenos Aires (10/11 de octubre de 1996).
Se está realizando una investigación sobre la actividad profesional de los más de 400 miembros de APdeBA, por medio de una encuesta especialmente desarrollada para ese fin en conjunto con personal especializado. Está vinculada a una investigación en curso de la Sub-comisión de Hospitales de APdeBA, que tiene como objetivo conocer la presencia del esquema referencial psicoanalítico en la formación de los profesionales efectores de la tarea en salud mental en los Hospitales mono y polivalentes dependientes de la Secretaría de Salud Mental de la Municipalidad de Buenos Aires, que ha apoyado esta investigación.
5) Centro Asistencial
En 1988 se constituyó el Centro de Orientación y Asistencia Psicoanalítica Dr. David Liberman, cuyo objetivo es brindar prevención y asistencia psicológica y psicoanalítica a la comunidad.
Existe un equipo de admisión, designado por concurso entre los profesionales de mayor experiencia en la Institución. En este momento, el Centro recibe entre 60 y 80 pedidos mensuales. Realiza Ateneos clínicos, reuniones de trabajo en equipo, supervisiones y eventualmente interconsultas, acompañan al terapeuta en su trabajo institucional, programados desde la dirección del Centro.
Desde su fundación fueron atendidas en el centro 1.295 personas, a través de prestaciones de psicoterapia y psicoanálisis de niños, adolescentes, adultos y gerontes. Se realizaron además, entrevistas de familia y pareja, psicofarmacología y orientación vocacional. Las tareas de prevención y educación para la salud se realizan en escuelas e instituciones públicas y privadas, mediante acuerdos preestablecidos.
6) Publicaciones y Biblioteca
Psicoanálisis es la revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, que prácticamente nació con nuestra Asociación. Se edita desde el año 1979 y siempre fue importante mantener su calidad y periodicidad. La tirada de cada número es de 1000 ejemplares, algunos se han agotado, y la revista se edita cuatrimestralmente. Los trabajos que se publican son cuidadosamente seleccionados por la Comisión de Publicaciones de la Institución y deben ser inéditos en castellano.
La Biblioteca de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires es pública. Con un acervo bibliográfico especializado en Psicoanálisis y disciplinas relacionadas, permite el acceso del público en forma totalmente gratuita para la consulta in situ de todas las colecciones. La Biblioteca dispone de un fondo específico de aproximadamente 14.000 dólares anuales, exclusivamente destinado a la compra de libros.
Teniendo en cuenta el tipo de material la podemos dividir en: Biblioteca propiamente dicha (alberga unos 5.000 libros, incluyendo tanto obras agotadas, ediciones especiales, etc. como las más recientes novedades editoriales); Hemeroteca (por un lado abarca las más importantes publicaciones periódicas psicoanalíticas que se editan en español, inglés, francés, portugués, etc., por otro, todo el material científico y clínico que se produce en la Institución para los Ateneos, reuniones de áreas, mesas redondas, etc.); Cassettoteca y Videoteca (concentran las grabaciones, CD-ROMs y videos de Conferencias, eventos científicos, Seminarios especiales, etc.).
Para las búsquedas bibliográficas se cuenta con varias bases de datos propias (armadas sobre el programa Microisis de la Unesco): Biblos (describe los libros que posee la Biblioteca), Revista (dedicada a Psicoanálisis, la revista de APdeBA), Journals (en desarrollo, abarcará toda publicación almacenada en la hemeroteca) y David (indiza la obra completa de David Liberman); y bases de datos externas como por ejemplo el Duallook que incluye por autor y título la producción más relevante en lengua inglesa sobre Psicoanálisis desde 1920. Además, a partir del presente año y mediante la incorporación de CD-ROMs, se intensificó el sistema de recuperación de información usando técnicas de búsqueda en hipertexto.
En conclusión:
Nuestro deseo de obtener para la formación en Psicoanálisis el aval que significa el reconocimiento como Instituto Universitario, es la culminación natural del proceso de consolidación de nuestro Instituto de Formación y nuestra adecuada inserción dentro de la ley de Educación Superior.
Nuestro proyecto también aspira a ampliar nuestra oferta educativa ofreciendo una formación interdisciplinaria dirigida a la integración del saber psicoanalítico y disciplinas afines en una formación científica y profesional especializada.
Nos proponemos seguir trabajando activamente en políticas y actividades destinadas a preservar y mejorar la Salud Mental y calidad de vida en la comunidad, así como la participación institucional en la Educación, ampliando la comprensión de las problemáticas vigentes en la actualidad
Comentario
La C.D de APdeBA, presidida por la Dra. Sara Zac presentó esta primera solicitud en Julio de 1996 ante el Ministerio de Educación, Ciencia y Técnica de la Nación, para acreditar académicamente a la institución como Instituto Universitario. Presentaba como Maestría a la Carrera de Psicoanálisis, tal como se venía implementando desde 1977 en su Instituto de Formación Psicoanalítica de APdeBA. Se agregaron cursos y programas de extensión.
Es de destacar la visión de futuro y la determinación con que la Dra. Sara Zac y su C.D. tomaron esta decisión inicial para APdeBA: un proyecto de futuro para los años por venir de incalculables consecuencias.
Esta presentación fue favorablemente evaluada en el Ministerio, pero no llegó a la CONEAU. Meses después, ya en 1998 fue devuelta a la institución para cumplimentar requisitos académicos imprescindibles de la Ley de Educación Superior. En esa instancia, se podía continuar con el trámite o abandonarlo. En el Cap. VI se relata cómo siguieron las alternativas del trámite de acreditación.
1 Realizado por el Estudio del Arq. José Urgell Pagés. Una vez finalizado el edificio fue distinguido por diversas revistas de arquitectura.
2 En la actualidad, la Presidencia de la IPA está ocupada nuevamente por un miembro de APdeBA, la Dra. Virginia Ungar, además primera mujer en el cargo desde la fundación de la IPA en 1908.
IV
“¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?”
Ya fue dicho en el primer capítulo que en 1918 Freud escribió un breve trabajo leído en Budapest y publicado en 1919: en el título se preguntaba, “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?”1 (Freud, 1919). Finalizada la guerra y luego de que numerosos analistas participaran en ella y comentaran sus experiencias, se había generado un clima propicio para retomar la cuestión del psicoanálisis y la universidad. Entre los estudiantes de medicina de esa ciudad también había, por entonces, considerable agitación para que el psicoanálisis fuera incluido en el plan de estudios de la carrera.
Freud presenta la pregunta al comienzo del trabajo: “La cuestión de si conviene, o no, enseñar el psicoanálisis en la universidad debe ser abordada desde dos puntos de vista: el del análisis mismo y el de la universidad”. El tema está planteado de conveniencia, como si se tratara de socios cuyos derechos deben respetarse y cuyos deberes respectivos es inevitable recordar. Es necesario entender que ambos puntos de vista no riman necesariamente entre si y que la postura de Freud en este artículo consiste en contribuir en forma práctica a la cuestión sugiriendo su modo de empleo. He aquí las tres vertientes que propone a su pregunta:
1. Por el lado Freud señala que “… la incorporación de la formación psicoanalítica a la enseñanza universitaria, significaría una satisfacción moral para todo psicoanalista, pero no es menos evidente que este puede, por su parte, prescindir de la universidad sin menoscabo alguno para su formación”. Dice que la orientación teórica que le es imprescindible al futuro analista la obtiene mediante el estudio de la bibliografía respectiva y, más concretamente, en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanalíticas, así como por el contacto personal con los miembros más antiguos y experimentados de estas. En cuanto a su experiencia práctica, aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrla mediante tratamientos efectuados bajo el control y la guía de los psicoanalistas más reconocidos.
Un poco más adelante agrega “Dichas asociaciones psicoanalíticas deben su existencia, precisamente, a la exclusión de que el psicoanálisis ha sido objeto por la universidad. Es evidente, pues, que seguirán cumpliendo una función útil mientras se mantenga dicha exclusión”. Parecía además sugerir, que el psicoanálisis debía su permanencia en las asociaciones privadas en las que se venía alojando por haber sido excluido de la universidad. No dejo en claro cuales pensaba podían ser los motivos específicos de dicha exclusión.
Desde entonces muchos psicoanalistas se empezaron a incluir en la universidad como una ‘satisfacción moral’, y más aún, lo han sentido como una necesidad vocacional imprescindible. Por el contrario, algunos han pensado a la universidad como un lugar que debía ser evitado porque comprometía su identidad analítica y hasta hubo tiempos, ya superados, donde una pertenencia asistencial hospitalaria o académica era mal vista por algunos colegas de más experiencia.
2. En lo que a la universidad se refiere, Freud dice que la cuestión se reduce a verificar si, en principio, está dispuesta a reconocer al psicoanálisis alguna importancia en la formación de sus programas académicos. Y le sugiere tres destinos: a) cursos imprescindibles de psicoanálisis para estudiantes de medicina, b) ofrecer una preparación para el estudio de una Psiquiatría más dinámica y c) aportar su mirada para disciplinas académicos de las distintas Ciencias Humanas. Sostiene que el psicoanálisis está implicado (comprometido, envuelto, enlazado) en todos los dominios del saber. No basta con dar a conocer lo que el psicoanálisis sostiene, es necesario mostrar con precisión que ‘ganancia’ de conocimiento representa para los otros saberes. Por ese motivo había presentado al psicoanálisis ante el mundo científico con su trabajo El Interés por el Psicoanálisis2 (Freud, 1913) Allí les sugiere a las otras disciplinas ‘que se interesen en él’ porque les es indispensable para trabajar sus propios puntos ciegos. Y en cada disciplina que convoca se los señala con toda claridad.
El tiempo y los acontecimientos posteriores vieron reflejada esta propuesta en el aporte formidable que el psicoanálisis le dio en todas partes del mundo, pero también en nuestro país a la formación de los estudiantes de medicina, a los médicos en ejercicio de la profesión y a la incorporación de analistas en el creciente campo de la salud mental. Y en cuanto lo propuesto para la psiquiatría, con el psicoanálisis esta recibió una transformación importante que fue reconocida como psiquiatría dinámica, que le demando tener en cuenta en su trabajo, los desarrollos dinámicos de la mente provenientes del psicoanálisis.
3. Freud también soñaba para la formación analítica con una especie de universitas literarum, como lo consigna textualmente al final de su trabajo sobre la universidad. La cultura del siglo XX atestigua el enorme impacto que el Psicoanálisis generó y sigue generando en todos los campos del saber. La universidad es el modo de socialización del saber. El efecto del psicoanálisis es el de convertir en síntoma el saber universitario por la irrupción en su seno de un momento de verdad que pone en crisis al saber instituido ¿Dónde si no en el ámbito mismo en que se produce la trasmisión del saber? Para agregar a la universidad la especificidad profunda de ese dispositivo de saber que es el psicoanálisis, que es reflexión sobre el sujeto propio, un sujeto del inconsciente a menudo descuidado por la ciencia.
Freud frente a la universidad parece tener una actitud aparentemente paradójica: por un lado cuestiona de frente a la función de la universidad como órgano reproductor de las ilusiones sociales, por otra parte adhiere al ideal de un Logos instruido y transmitido por la universidad, salvo en las fallas que le señala. No hay otro camino ‘real’ hacia la verdad que el saber y la universidad se impone, mal que nos pese como el albergue de ese acceso al saber. De ahí que el psicoanálisis pretenda, con un único movimiento, enriquecer y a su vez desenmascarar el saber universitario instituido.
Freud parece decir, según Paul-Laurent Assoun (2006), que “el psicoanálisis está excluido de hecho pero es ‘integrable’ por derecho en la universidad”.
Para la presente historia del IUSAM de APdeBA, el punto más importante del trabajo de 1919 es la pregunta sobre la formación analítica: ¿se debería incorporar a la Universidad, manteniendo los requisitos de la Asociación Psicoanalítica Internacional? En los noventa, esta pregunta podía llegar a tener algún grado de realización con la nueva ley de Educación Superior en la Argentina. Pero, ¿se podría o convendría? Y last but not least ¿qué organización académica debería constituir? Porque, tal como se mencionó en el Cap. II, desde sus inicios, en las asociaciones psicoanalíticas, la formación estaba inextricablemente incluida en una estructura institucional muy compleja que constituía su razón de ser y su misión. ¿Se debería incluir solo la formación analítica en la universidad o toda la organización institucional que hasta entonces la sostenía?
Sin poder incluir la formación analítica plena ¿de qué modo el psicoanálisis logro incorporarse en el siglo XX en la universidad?
Desde ese trabajo de Freud han pasado casi cien años y valdría la pena comentar que ha sucedido en todos estos años entre la universidad y el Psicoanálisis desde la perspectiva en la que Freud por única vez se refiere al tema de su “posible conveniencia”. Y donde plantea que debido a la exclusión del Psicoanálisis de la universidad, apuesta a las asociaciones psicoanalíticas. Como se dijo, no menciona los motivos de la exclusión, parece darlos por sentados.
En 1910 ya había sido creada la Asociación Psicoanalítica Internacional y en el año de la publicación de este trabajo de Freud (1919) ya funcionaban varias sociedades, las más destacadas Viena, Berlín, Budapest, Zúrich y otras se iban agregando. Es imprescindible, parece pensar Freud, que el Psicoanálisis debía cuidar su supervivencia científica y la autonomía que le había sido impuesta por ese destino extrauniversitario. Y como le comentó a Jung una vez “el psicoanálisis fara da se”.
La segunda guerra mundial afectó gravemente a casi todas las sociedades psicoanalíticas más importantes en Europa. Su resultado fue generar una diáspora que dispersó un numeroso contingente de analistas muy calificados que debieron instalarse, con suerte dispar, en distintos lugares del mundo. Muchos de ellos, con analistas nativos, fueron creando asociaciones psicoanalíticas locales logrando con el tiempo afiliación con la IPA. Algunos de ellos arribaron a nuestro Río de la Plata y crearon la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Esta a su vez, difundió el psicoanálisis en distintos lugares de Latinoamérica. El número de Sociedades Psicoanalíticas fue creciendo considerablemente y alojó en sus Institutos la formación psicoanalítica basada en los requisitos que la IPA misma había impuso en 1925 en Berlín.
La literatura psicoanalítica siguió este desarrollo minuciosamente, y muchos trabajos de investigación pusieron de relieve las ventajas y desventajas de ese tipo de formación basado en el trípode. Pocas veces una capacitación profesional recibió a lo largo de los años un escrutinio tan minucioso de parte de sus propios miembros. No hay duda que las Asociaciones cumplieron un rol excepcional en albergar la formación psicoanalítica en un ámbito privado, que contribuyó a su calidad, excelencia y difusión, pero también se hicieron oír voces críticas: su creciente tendencia al aislamiento, su predisposición a la endogamia y la dificultad en separar el psicoanálisis como un movimiento que es necesario expandir de los requisitos que exige una formación científica y profesional (Garza Guerrero César, 2006).
Después de la II Guerra Mundial algunos Institutos de Formación Psicoanalíticas de la IPA se alojaron en el seno de algunas universidades o en hospitales universitarios, especialmente en Estados Unidos. En la medida en que iban quedando vacantes altos cargos académicos en los Servicios de Psiquiatría de hospitales universitarios, eran reemplazados por psicoanalistas de mucho prestigio. A su vez, se empezaron a integrar los servicios con analistas de los Institutos de Formación, tanto miembros como candidatos que innovaron la asistencia y la docencia psiquiátrica clásica con un pensamiento de raigambre psicoanalítica. Merecen ser mencionados, entre otros, el Denver Institute for Psychoanalysis, el Southern California Psychoanalytic Institute, el Psychoanalytic Education Program de la University of North Carolina-Duke, University of Colorado, Medical School, Emory University, el Columbia University Center for Psychoanalytic Training & Research, Essex University, el University College de Londres. Todos tuvieron programas de intercambio académico con la Universidad donde estaban instalados, pero esta no acreditaba la formación clínica académica de los candidatos. Una experiencia interesante fue la que durante años ofreció la formación brindada por la Menninger Foundation con el Topica Institute of Psychoanalysis. Y merece también una mención la formación en niños que brindara la Hampstead Child Therapy Clinic creada por Anna Freud en Londres.
En algunos casos, cuando se intentó avanzar e instalar la formación psicoanalítica como parte de la estructura académica surgieron problemas que clausuraron la experiencia tempranamente. Tal fue el caso con el Cleveland Institute y Pittsburgh Institute.
En este breve resumen merece ser mencionado también el Doctorado de Psicopatología Clínica y Psicoanálisis de la Universidad de París VII, a cargo de Jean Laplanche, autorizado en 1975 y del que salieron las valiosas Problemáticas publicadas por Amorrortu Editores. En ellas, hace importantes reflexiones acerca del lugar del psicoanálisis en la universidad.
En nuestro país el psicoanálisis fue introducido tempranamente en la Universidad. En la década del sesenta la recientemente creada Facultad de Psicología de la UBA incorporó al Psicoanálisis en los estudios de grado. José Bleger, uno de los miembros pioneros de APA fue uno de los primeros profesores. Pero al principio de su discurso inaugural señalaba los problemas específicos que hacían imposible la formación analítica en la Universidad: “El Instituto de Psicoanálisis es el que forma psicoanalistas con preparación para ejercer el psicoanálisis clínico, y ya hemos visto que no se puede aplicar el psicoanálisis sin investigar. Esta formación es lenta y difícil; exige fundamentalmente que el candidato se someta él mismo a un tratamiento psicoanalítico con un psicoanalista didáctico y además la concurrencia y aprobación de tres años de seminarios con el control de su práctica psicoanalítica en un mínimo de cien horas.” Y al final de la conferencia delimita el campo de lo que va a enseñar: “De todo lo dicho se infiere fácilmente que la enseñanza de la materia a mi cargo no tiende a formar de ustedes ni psicoanalistas profanos ni psicoanalistas silvestres. Se trata de enriquecer el campo de trabajo del psicólogo con el manejo del psicoanálisis aplicado que incluye en forma indispensable -como ya lo hemos señalado un pensamiento dinámico.” Bleger intentó inicialmente separar la enseñanza de la psicología de la formación psicoanalítica que se solo se ofrecía en la Asociación Psicoanalítica de la que él era miembro y limitar la enseñanza de la cátedra de psicoanálisis al psicoanálisis aplicado. Lo cierto es que los planes de estudio del pregrado y más tarde en el posgrado de la Facultad de Psicología tuvieron una fuerte presencia del psicoanálisis. Los programas académicos contribuyeron desde entonces a establecer un factor dinámico que contribuyo a la difusión y expansión del psicoanálisis muy ligado a la universidad.
En nuestro país, la incorporación novedosa de la Psiquiatría en los hospitales generales alejada de la inserción manicomial, generó un impulso favorable a la por entonces denominada Psiquiatría dinámica. En los años sesenta, el Servicio de Psiquiatría del Hospital de Lanús dirigido por Mauricio Goldenberg se convirtió en el centro más moderno de asistencia y formación psiquiátrica en Latinoamérica y por el cual desfilaron los analistas más prestigiosos o aquellos candidatos en formación que lo serían. Muchos otros centros hospitalarios o de salud mental lo siguieron.
El interés en el medio analítico nacional por las ideas de Lacan se hizo presente y empezó a crecer sostenidamente en Argentina a partir de la década de los setenta. Se reconoce a Oscar Masotta, un destacado escritor y ensayista, como uno de los impulsores del movimiento en Buenos Aires. En 1969 organizó, al parecer alentado por Enrique Pichón Riviere, los primeros grupos de estudio de las ideas de Lacan y en 1974 fundó la primera institución lacaniana en Latinoamérica, la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Las instituciones lacanianas que siguieron ofrecieron entonces a médicos y también a los psicólogos oportunidad de formarse en psicoanálisis con un perfil propio, más allá de los requisitos que hasta ese momento había monopolizaba la IPA. Eran los tiempos en que solo los médicos podían ingresar en las instituciones psicoanalíticas de la IPA. Cabe consignar que durante el tiempo que duro el régimen militar, la profesión del psicólogo fue excluida como actividad asistencial autónoma: debió ejercer su profesión bajo la supervisión de un médico psiquiatra.
No hace al propósito de este trabajo recorrer la importante presencia del movimiento lacaniano en Buenos Aires. Solo consignar que, aunque inicialmente muy críticos de la IPA y del llamado ‘discurso universitario’ como variante del discurso del amo, sus integrantes comenzaron a poblar numerosos claustros universitarios, públicos y privados y a ocupar muchas posiciones en instituciones y dependencias de salud mental.
Mientras tanto, el Psicoanálisis como teoría, florecía también en los Departamentos de las Humanidades (Lingüística, Historia, Filosofía, Sociología, Antropología, etc.) A partir de la década de los noventa, y siguiendo una tendencia mundial, muchas universidades nacionales, tanto públicas como privadas, agregaron a su oferta académica Maestrías y Doctorados en Psicoanálisis. Numerosos docentes se destacaron por su notable conocimiento de la teoría freudiana y lo incorporaron en sus trabajos académicos No hay duda de que su presencia en la universidad tuvo un peso muy significativo y de paso, ayudó a que el psicoanálisis tuviera reconocimiento y visibilidad en la cultura.
Este gran despliegue del psicoanálisis en la universidad cumplía una de las sugerencias del trabajo de 1919 y supuso un gran logro: asegurar la presencia del psicoanálisis en la estantería de los saberes académicos y generar la posibilidad de una Universitas Literarum. El psicoanálisis, para Freud debía incluirse dentro de la amplia comunidad de estudios culturales y conocimientos científicos.
Pero desde el punto de vista de la formación analítica, este desarrollo en la universidad, tuvo (y tiene) tres limitaciones. 1. En primer lugar sus planes de estudio están compuestos básicamente por trabajo teórico en aula, careciendo de los componentes esenciales de lo que se considera una formación integral (análisis personal, supervisiones clínicas, seminarios, etc.) 2. En segundo lugar, se lo incluye en una estructura universitaria ajena cuyos fines específicos (empresariales, religiosos o corporativos) a menudo ajenos al Psicoanálisis, dificulta la posibilidad de la esencial integración interdisciplinaria con otros saberes académicos afines. 3. En tercer lugar, quienes están a cargo de la formación, encargados de los análisis y de las supervisiones, deben ser analistas didactas a quienes no hay manera de incluir de manera estable en la estructura académica actual.
Un reencuentro en el campo de la Salud Mental
Promediando el siglo XX comenzó a desplegarse un nuevo y decisivo elemento que inauguró un interesante acercamiento entre el psicoanálisis y la universidad. A partir de la terminación de la segunda guerra mundial se fue institucionalizando un nuevo campo de saberes y de prácticas que, se denominó Salud Mental. Este desarrollo generó un acercamiento entre el psicoanálisis y la universidad: médicos, psicólogos y académicos de distintas disciplinas se familiarizaban con el psicoanálisis para iniciar un trabajo conjunto interdisciplinario sobre la salud mental.
Epistemológicamente, Salud Mental es un objeto difícil de definir, de límites imprecisos. Sus orígenes en la Psiquiatría se remontan al siglo XIX, cuando empezó a abrirse paso la idea de un trato humano y considerado a los enfermos mentales hacinados en manicomios. Pero sus comienzos abrevaron de muchas fuentes. Fue el primer paso, nunca plenamente logrado de cuidar y sostener la salud, de pasar de la idea de enfermedad a la del sujeto que la padece, de la observación a la escucha, de tener en cuenta los lazos y estructuras sociales del paciente.
El empuje definitivo lo dieron las masacres globales y los sufrimientos inimaginables de las poblaciones inocentes, en especial de la segunda guerra mundial: entonces, la OMS, bajo la égida de las UN. impulsó un movimiento mundial: salud mental, para todos. Años después lo propuso para el año 2000, como una meta deseable a sabiendas de que era inalcanzable. La acompañó con una definición no menos ambiciosa: la salud mental debía estar acompañada por el más completo bienestar, físico, psíquico y social. Retengamos, ‘completo bienestar´ para todos. Más atenuado, el postulado prosperó como un impulso a sostener, mantener y recuperar la salud del individuo, los grupos y las comunidades, como también a darle visibilidad al sufrimiento, al desamparo, la marginalidad y a la segregación, todo en el marco del respeto por los derechos humanos. En este caso, Salud Mental es un amplio campo de prácticas y dispositivos interdisciplinario, donde el psicoanálisis se integra con otros saberes.
El advenimiento de la democracia en la Argentina le dio un impulso definitivo a la salud mental: porque, en rigor de verdad, no hay salud mental plena sin democracia. Un psicoanalista y Profesor de Salud Mental de la Facultad de Medicina, el Dr. Vicente Galli fue nombrado director del flamante Departamento de Salud Mental de la Nación.
Otro acontecimiento fue la incorporación en 1985 de un inédito Departamento de Salud Mental en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Luego de un riguroso concurso donde participaron más de 130 profesionales, se nombró a un grupo de treinta profesores, en gran parte analistas miembros de instituciones de la IPA3. Como analistas, conformaron un grupo docente dedicado a la formación de los futuros médicos, en el pre y posgrado. Contrariando la idea clásica de añadir psicología a la formación, como si eso fuera lo que les faltara, los estudiantes son familiarizados con todos los instrumentos teóricos del psicoanálisis que les lleven a comprender más efectivamente su tarea profesional: la idea de conflicto, el inconsciente, la transferencia en el vínculo paciente médico, el valor de la palabra, el sujeto y su historia, la circulación de los afectos, el cuerpo biológico y el cuerpo erógeno, el valor del encuadre médico, etc.4
Las ideas del psicoanálisis problematizaron y enriquecieron el naciente campo de la salud mental. Le aporto una teoría del lazo social desplegado en vínculos, intra e interpersonales y le suministro un necesario eje integrador a sus múltiples prácticas. Se planteaban también interrogantes. Fuera del consultorio, ¿cómo puede el analista intervenir en las novedosas prácticas que se requerían en el ámbito de la salud mental? Se retomó la idea de procedimiento de Freud, el psicoanálisis como interpretación, como una herramienta única que se cruza y se determina con otras variables. Interviene en un campo estructurado desde otros saberes profesionales: el derecho, la educación o la medicina: cuando es llamado, el analista responde teniendo en cuenta la tarea específica profesional y que les pasa y como se mueven los profesionales alrededor de ella. Aquello ignorado o desmentido de la tarea que hizo síntoma y al que hay que atender.5
El psicoanálisis, en especial a partir de la segunda mitad del Siglo XX intervino decididamente en el movimiento de salud mental. No sin antes enfrentar debates internos sobre el lugar y función del analista fuera de su ‘tierra madre’, en principio del resguardo como exclusivamente método terapéutico, sin tener en cuenta que el psicoanálisis, en la definición de Freud, no solo es un método terapéutico y una teoría, sino “un procedimiento para indagar procesos inconscientes de otro modo inabordables”. También el psicoanálisis tenía argumento para objetar y con razón algunos de los postulados sostenidos en salud mental: 1. Problemas con el término: salud es difícilmente definible y mental remite a una ilusoria unidad 2. Salud mental es sostenible como un derecho humano inalienable para todos pero siempre cuando se lo entienda como el caso por caso. 3. Para el psicoanálisis el bienestar es poco menos que inalcanzable y lo que predomina es el malestar, a veces encubierto por la ilusión de una supuesta unidad de la mente.
El analista logro un lugar legítimo para intervenir en el campo de la salud mental. Tuvo que aprender algo novedoso y ajeno a su práctica original: asistir a los que asisten. Se logró en medicina con la experiencia clínica de los médicos: de la llamada Interconsulta médico psicológica. Su modelo espeja en la tarea médica el de la supervisión en psicoanálisis. La experiencia de las últimas décadas confirma una de las propuestas freudianas del trabajo de 1919: el psicoanálisis puede mejorar la calidad de la formación médica y de los agentes que integran el campo de la salud.
Pero el trabajo de Freud de 1919 proponía otra tarea para el psicoanálisis: generar una transformación profunda en la Psiquiatría. La Psiquiatría clásica, desde su condición de especialidad de la Medicina, pensaba las enfermedades mentales como trastornos individuales, generados por causas etiológicas conocidas o desconocidas pero de naturaleza básicamente orgánica. La atención estaba basada en el consultorio médico psiquiátrico o en una internación en un hospital monovalente. Su rol estaba centrado en el síntoma y su clasificación. En aquellos tiempos, para los cuadros más graves no había terapias efectivas, salvo algunas drogas inespecíficas, dietas, reposo, insulina, luego EST.
Con la influencia del psicoanálisis en la Psiquiatría se configura la participación del padecimiento de un sujeto que sufre, que tiene conflictos en vínculos intra e interpersonales, la angustia es un síntoma cardinal. Se establece una corriente de saberes que cristalizó en la llamada Psiquiatría dinámica. El dispositivo de la atención paso a ser individual, grupal y comunitario. Se empezó a reconocer que el vínculo y la palabra tienen efecto terapéutico (aunque también patológico). El paciente debe ser escuchado, que intervienen distintos profesionales del equipo de salud, la asimetría profesional se limita al mínimo. Los dispositivos de atención son funcionales a las nuevas ideas: equipos interdisciplinarios de Salud Mental en todos los servicios de salud, integralidad de los cuidados, etc. Los recursos terapéuticos basados en la palabra se multiplican y se pasa del hospital monovalente a la asistencia en el hospital general y se despliega en la comunidad. Esta orientación es funcional a los recientes criterios de la llamada por la OMS Atención Primaria de la Salud.
De este modo la atención psiquiátrica abandonó el aislamiento manicomial, pasó a integrar servicios en el hospital general y a funcionar con el resto de las especialidades médicas. Fue la época dorada de algunos servicios hospitalarios como el legendario ya mencionado Policlínico de Lanús, dirigido por el profesor Mauricio Goldemberg. Esos lugares congregaron a jóvenes profesionales que compartían un campo de prácticas asistenciales novedosas, se formaban en las asociaciones psicoanalíticas y/o recurrían a los estudios académicos de contenidos psicoanalíticos que ofrecían los posgrados universitarios. La presencia de analistas en los servicios hospitalarios les permitió compartir con el resto de las restantes especialidades médicas el cuidado asistencial de los pacientes. La tarea se hizo posible por la introducción desde el psicoanálisis de un nuevo instrumento metodológico, la llamada Interconsulta Médico Psicológica.6
Pero, ¿puede la formación analítica incluirse en la universidad?
En la década de los noventa, muchos factores intervinieron favorablemente para acercar el psicoanálisis a la universidad y generar una producción de saberes compartidos de un valor inestimable. La aparición del campo de la Salud Mental le dio un espacio asistencial a prácticas e intervenciones asistenciales derivadas de imprescindibles concepciones psicoanalíticas. El psicoanálisis demostraba una sólida presencia en la cultura y en la academia, pese a los embates críticos de que era objeto cada tanto.
La década de los noventa también fue testigo del creciente desarrollo de las neurociencias, de los estudios de los mecanismos cerebrales con técnicas cada vez más sofisticadas, del uso y abuso de los psicofármacos. Una vuelta a darle primacía a la biología del cerebro. También la urgencia de los tiempos demandaba técnicas psicoterapéuticas rápidas y de resolución inmediata. Se empezaba a mencionar, como tantas otras veces la “crisis del psicoanálisis”, expresada especialmente en las asociaciones psicoanalíticas por la declinación de candidatos para la formación rigurosa y la disminución de pacientes para tratamiento psicoanalítico con encuadre clásico a largo plazo. La propia IPA se ocupó del tema en un programa denominado Desarrollos en la práctica y la formación psicoanalítica (Developing Psychoanalytic Practice and Training. DPTT), que propiciaba programas de investigación para diagnosticar y proponer soluciones. APdeBA gestionó y propuso el proyecto IUSAM y logro uno de los mayores montos otorgados por la IPA para su investigación (ver más adelante).
Las asociaciones psicoanalíticas también compartían esta preocupación que experimentaban en su seno y entre otras opciones posibles se empezó a repensar la asociación de la formación analítica con la universidad. ¿Cómo sería eso posible?
La relación universidad y psicoanálisis cobró nueva actualidad en 1995, cuando la nueva Ley de Educación Superior en Argentina abrió la posibilidad de darle a la formación psicoanalítica un nuevo destino: la academia. APdeBA, como otras sociedades psicoanalíticas de la Argentina comenzaron a evaluar las dos alternativas que posibilitaba la Ley: crear una universidad propia o instalar el Psicoanálisis en una ya establecida. Varias sociedades psicoanalíticas de Buenos Aires, afiliadas a la IPA o no, decidieron iniciar el proceso de cumplimentar la Ley. La mayoría optó por asociarse a una universidad con Doctorados y Maestrías. Unas pocas consideraron crear una universidad pero durante el trámite quedaron en el camino. Solo APdeBA eligió y sostuvo la opción más compleja: crear para el psicoanálisis un modelo académico de Universidad que la Ley reconoce como un Instituto Universitario. Porque una cosa es instalar el psicoanálisis en Maestrías y Doctorados de una universidad ya establecida y otra, diametralmente opuesta, es crear una universidad propia para alojar la formación analítica en conjunto con una serie de saberes epistemológicamente afines.
Más allá de las razones que se ha venido mencionando, se impone una pregunta fundamental: a 20 años vista, ¿que llevó a la institución a dar ese paso decisivo?, ¿qué cosas se movilizaron para impulsarla en la dirección de ese desafío? ¿Se sabía entonces lo que se pretendía y la extrema dificultad de llevarlo a cabo? O, por el contrario, verlo hoy en día concretado es darse cuenta a posteriori de lo que se pretendía. Difícil de responder, no exime de interrogantes.
1 Freud, S. (1919 [1918]) ¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?, AE XVII.
2 Freud, S. (1913). El interés por el psicoanálisis, AE XIII.
3 De APdeBA ingresaron: Profesor Titular Héctor Ferrari y Profesores Adjuntos Pedro Boschan, Clelia Manfredi, David Rosenfeld, Carlos Bucahi, Alfredo Ortiz Frágola, Mónica Serebriany.
4 Ferrari, H. (2002). Salud Mental en Medicina, una contribución del Psicoanálisis al campo de la Salud, Corpus, Buenos Aires.
5 Una de las Unidades Académicas de Salud Mental, recibió un reconocimiento reciente de la IPA por el trabajo realizado por un grupo de analistas desde hace 35 años en el Departamento de Salud Mental de Medicina de la UBA (Ferrari, 2019).
6 Ferrari, H., Luchina, L. & Luchina, N. (1978). Interconsulta Médico psicológica en el marco hospitalario, Buenos Aires, Nueva Visión.
V
Debates y discusiones iniciales
Cuando como resultado de la Ley de Educación Superior de 1995 se empezó a pensar incorporar la formación analítica en la universidad surgieron naturalmente muchas preguntas y numerosos cuestionamientos. Entre ellas, una muy importante ¿podría la peculiar especificidad de la formación analítica ser alojada en una estructura académica tradicional? Como era de esperar, sobre el tema no había entre los analistas, dentro y fuera de la institución unanimidad de criterios. Se expresaban muchos argumentos, con fundamentación o sin ella, a favor y en contra. Se agitaron temores y amenazas: ¿qué ventajas tendría ingresar a una universidad? o por lo contrario ¿Qué riesgos corría la formación analítica en un nuevo contexto? Esta situación dio motivo a encendidas polémicas y a prolongadas discusiones. A continuación, algunos temas de debate:
La formación analítica puede ingresar en la universidad. Pero, ¿qué cosa es una universidad?
En primer lugar, hizo preguntarnos ¿qué cosa es una universidad? En palabras de Freud teníamos una respuesta:
Una Universidad es un lugar en el que se enseña la ciencia por encima de todas las diferencias religiosas y nacionales; donde se realizan investigaciones, donde se intenta mostrar a los hombres hasta qué límite comprenden el mundo que los rodea y hasta qué punto pueden someterlo a su acción.1
¿Podría albergar a su vez al psicoanálisis, que hace un siglo tiene su propia organización institucional y depositó en ella su misión, su destino, su razón de ser, sus propios objetivos en relación a la formación de analistas y asumió la presencia del psicoanálisis en la Cultura? ¿Podrían estos fines, originariamente propuestos por su Padre fundador y sostenidos a continuación por sus innumerables seguidores, ser compatibles dentro del tejido académico? Toda formación profesional genera un grupo de pertenencia institucional con una fuerte identidad de ideales compartidos. No es de extrañar que la posibilidad de cambios estructurales profundos empezara a ser vividos como fuertemente amenazantes.
Para la mayoría de los médicos o psicólogos, futuros analistas, la universidad es la experiencia que hicieron cuando atravesaron sus muros para seguir una profesión. ¿La universidad, sirve para algo más que el otorgar títulos? Había que desentrañar su esencia, su idea, su fundamento, que es mucho más que una trayectoria para alcanzar una capacitación. Siendo una de las instituciones de la cultura socialmente más reconocidas, se necesitaba conocer a fondo su razón de ser, su misión, su destino. Una justificación para existir, un sentido, una finalidad, y sobre todo, aquello relacionado con una responsabilidad social. No solo refiere al trayecto concreto de la universidad en la cultura, el cual tras una rica historia medieval, se ha tornado clásica desde hace dos siglos en Occidente. Más bien poder pensarla como un ‘modelo’, como una idea, incluyendo su posible integración con el psicoanálisis. Sin embargo, esta concepción generaba no solo desconfianza sino revelaba también un desconocimiento profundo del funcionamiento y propósitos de la universidad, que era necesario ir develando paso a paso.
La universidad, como razón de ser de la razón, ¿es compatible con el psicoanálisis?
Desde sus inicios, la universidad buscó el saber y la verdad en compañía de la razón, de la ratio, del logos. Si bien esta asociación entre saber y razón se manifestó desde los principios de la Metafísica y se sostuvo a través de los siglos, la Universidad quedó cautivada con el culto de la racionalidad que proponía la modernidad. Así deslumbró y se fortaleció con el Iluminismo y los Enciclopedistas. Encontró entonces su razón de ser en la racionalidad, basada en el postulado de Leibniz al que el positivismo convirtió en artículo de fe. “Nada es sin razón, ningún efecto sin causa, de toda verdad puede rendirse razón”. Le permitió a Derrida (2002) afirmar de manera taxativa e inquietante:
Que yo sepa, jamás se ha fundado un proyecto de universidad contra la razón…. no se puede pensar la posibilidad de la Universidad moderna, aquella que, en el siglo XIX se reestructura en todos los países occidentales, sin interrogar ese acontecimiento o esa institución que es el principio de razón.
Lo cierto es que bajo la égida del principio de razón en la universidad moderna los conocimientos se multiplicaron, la idea de ‘progreso’ fue avalada por los resultados de la ciencia y el discurso de la razón fue apuntalado apelando a la ‘racionalidad’ y a la exaltación de la conciencia como lugar del saber. A menudo, con su pretensión de objetividad, el discurso de la ciencia en la universidad generó un conocimiento donde no había lugar para la subjetividad del observador. El predominio moderno del principio de razón iba parejo con la interpretación de la esencia del ente presente en calidad de representación (Vorstellung) de un objeto, colocado ante un sujeto cognoscente, alguien que dice ‘yo’ con la certeza plena de sí mismo y con la pretensión de tener dominio sobre la totalidad de lo que existe.
De ese tipo de ‘razón’ recelan los psicoanalistas y con ‘razón’. Este dispositivo científico, a veces cultivado a pleno en ciertos lugares de la Universidad genera mucha incomodidad en algunos analistas que acentúan la contradicción manifiesta con lo sostenido por el psicoanálisis. En una línea extrema, algunos criticaban el discurso académico como dogmático o enciclopedista. Algunos lacanianos descalificaban lo que llamaban el ‘discurso universitario’, una variante del ‘discurso del amo’. Pero para otros, no hay solo discurso universitario, sino discursos universitarios, tan variados como los hombres. Y florecen actualmente en sitios que no son solo la universidad, sino incluso en las propias sociedades psicoanalíticas.
Freud no mencionó manifiestamente el principio de razón. Pero pensaba que no hay instancia alguna que se encuentre por encima de la razón. Buscó dar ‘razón’ a la hasta ese momento ‘sinrazón’ presente en los sueños, los actos fallidos y los síntomas. Introdujo la realidad como Principio. Pero así como el Principio de realidad no dice nada de la realidad, el Principio de razón tampoco dice nada de la razón. Y Freud se ocupó mucho de la vulnerabilidad de la razón. Enunció tempranamente las leyes del proceso primario, en abierta oposición a los antiguos principios de identidad y no contradicción de la metafísica, ligados al principio de razón. Sugirió que en gran parte la actividad del pensamiento consciente sirve a los fines de ‘racionalizar’ deseos inconscientes. La actividad de la razón se ve seriamente afectada, cuando no desplazada por el principio de placer. El psicoanálisis no solo rompe con la primacía de la razón, sino con su sucedáneo, el sentido común. A veces, la filosofía, la metafísica, la teología, las ciencias del hombre terminan por recurrir, en el desarrollo de su pensamiento o de su saber, a la coartada de la razón.
De ese tipo de fundamentación por la razón desconfían los psicoanalistas cuyo acercamiento a la verdad no pasa exclusivamente por la razón sino por la consideración de sus fuentes irracionales, por la postulación del inconsciente y la puesta en cuestión del sujeto que razona. Por suerte, las corrientes actuales de pensamiento académico acompañaron al psicoanálisis en estos cuestionamientos a la razón. El siglo XX demolió alguno de estos presupuestos sobre la ‘racionalidad’, sobre todo en el campo de las Humanidades. El postmodernismo contribuyó al proceso de deconstrucción del sujeto de la modernidad. Hegel, Schopenhauer, Heidegger, Ricoeur, Badiou, Deleuze, Nancy, etc. no pasaron en vano. Tampoco el pensamiento de los ‘maestros de la sospecha’, Marx, Nietzsche, Freud. Con el ‘giro lingüístico’ de las últimas décadas y el aporte del estructuralismo y el pos-estructuralismo ya no se puede pensar la realidad sin la construcción que aporta el lenguaje. Estos intelectuales han contribuido a que el pensamiento sufriera un verdadero ‘giro copernicano’. Se empezó a preguntar si la razón de la razón es racional, si no es acaso racional inquietarse acerca de la razón y su principio. Se reconoció que el discurso del racionalismo es desmontable, que se debe deconstruirlo para rehacerlo, que la verdad es relativa y difícilmente alcanzable. Más que la presencia de la representación se empezó a tener en cuenta la ausencia, la nada, el caos, el azar, lo indecible, la muerte.
Desde estos nuevos paradigmas, se podía sostener que el psicoanálisis podría acercarse y fundar sin temores su propio modelo de universidad, donde su manera de acometer ‘lo irracional’ presente en lo racional se constituye en su propia razón de ser. El psicoanálisis no tenía ni tiene porqué temerle al discurso universitario de la razón. Por el contrario, el auge del pensamiento posmoderno lo tiene como su interlocutor privilegiado. Se puede encontrar más cómodo que antaño respecto a incluirse en el contexto de una universidad creada ad hoc como la nuestra, para trabajar junto a disciplinas afines con sus postulados.
El saber académico prioriza la investigación del objeto en lo real. En el psicoanálisis, la indagación empieza por el sujeto mismo.
André Green, un destacado analista francés ha señalado: “¿por qué la ciencia arranca, es cierto que con dificultad, al hombre de la ignorancia cuando se trata de lo real, pero se muestra tan reacia a reconocer la justificación de un conocimiento que se dedica al hombre, es decir al objeto primero de toda experiencia, sea ésta científica o no científica? En suma, ¿por qué el conocimiento de lo humano es más difícil que el conocimiento del mundo y sus resultados se aceptan más trabajosamente?”.
Desde tiempos inmemoriales, el sujeto humano estuvo motivado por el deseo de saber, de aprender a saber y de saber aprender. Por eso hay discípulos, por eso hay profesores, por eso hay universidad. Pero, por el psicoanálisis tenemos fundamentado que el sujeto humano hace muchas cosas para saber y muchas otras para no saber. El deseo de saber está comprometido entre otras cosas por las vicisitudes de la sexualidad infantil. Mucho de los conocimientos se traban en el propio proceso del aprendizaje: la desmentida imposibilita conocer la propia evidencia de los ‘hechos’. Al saber en las ciencias humanas hay que hacerle lugar, lugar que se transforma en un bastión de resistencias. Ideas preconcebidas, posturas ideológicas, intelectualizaciones, etc. o los inevitables síntomas neuróticos que todos padecen. Saber no es solo despejar la ignorancia. Saber en el campo analítico es también hacer propio lo ya sabido pero no reconocido.
Parecería que al saber científico solo le interesa salir de la ignorancia, no se interesa por el desconocimiento, es decir, las razones emocionales que hacen obstáculo al progreso del conocimiento, sobre todo cuando el conocimiento es sobre el ser humano mismo. Hemos tenido éxito al descifrar el código genético, alcanzar la luna, lo infinitamente grande como lo infinitamente pequeño. Sin embargo, seguimos siendo en lo que a nosotros concierne, misteriosos y desconocidos.
Para los psicoanalistas, el saber tiene un a priori: el sujeto del aprendizaje y un postulado esencial: querer saber de los otros, sobre sus conflictos y desvelos, supone empezar por lo que hay que saber sobre uno mismo. Se trata de una postura epistemológica válida para toda universidad pero que se torna requisito imprescindible si va a participar en la formación de psicoanalistas. Otras universidades, que hacen del saber su ‘marca de excelencia’, no atienden adecuadamente este requisito.
Universidad y psicoanálisis en el compromiso con la verdad
La posible integración de la formación analítica a la universidad también generaba polémicas por los posibles acuerdos y divergencias por la posición de estos dispositivos en torno a la cuestión del saber y de la verdad. ¿Hay una oposición entre saber y verdad?
Se reconoce que la universidad hace profesión de la verdad. Declara, promete, un compromiso incondicional con la verdad. Hace de esa condición un testimonio, una obligación. En la universidad, esta profesión de fe articula de forma original la fe con el saber, la fe en el saber. Aunque, como toda empresa humana, no siempre se cumpla. Por enigmática que parezca la referencia a la verdad es fundamental para la universidad moderna. Sin duda el status y el devenir de la verdad, su valor, da lugar a discusiones infinitas. Que es verdad, que es verdadero o que es falso. Pero ese es el problema epistemológico que justamente se discute de forma privilegiada en la universidad, en especial en el campo de las Humanidades y entre nosotros en el psicoanálisis.
La cuestión de la verdad, de las Luces, el Aufklärung2, siempre ha estado vinculado al concepto de lo ‘propio del hombre’, el que fundó el concepto de las Humanidades (que no tiene que ver con humanismo). Significa hablar del hombre en el espacio de unas nuevas humanidades. Propone que ese concepto de verdad o de lo humano, sea el que conforma los estatutos y la profesión de fe de toda universidad.
Suele escucharse en los debates que la enseñanza académica contribuye al supuesto saber constituido. El saber es lo que está sedimentado, la educación ‘oficial’ contribuye a su acumulación, a su crecimiento supuestamente ilimitado. Se aviene con comodidad a lo establecido. La mirada psicoanalítica lo detecta a veces formando parte del proceso secundario y de los mecanismos de intelectualización, de racionalización y de las defensas. Pero el sujeto debe sobrepasarlo hacia su propia verdad, más allá del aparente saber que el supone sobre sí mismo.
La verdad debe ser profesada pero también protegida. La universidad debe ser el lugar donde nada está a resguardo de ser cuestionado, a pesar de ser una ciudadela expuesta. La autonomía universitaria supone estar a cubierto de todo tipo de poderes que cuestionan su vigencia Este principio de incondicionalidad se presenta en el origen y por excelencia en las humanidades, allí donde se trata de pensar nada más ni nada menos que el concepto del ser humano.
Retomando esa tradición, J. Derrida3 (2010) propone una universidad moderna “sin condición” como una aspiración “que hace profesión de la verdad. Declara, promete un compromiso sin límite con la verdad”, a sabiendas que es solo una propuesta planteada como un ideal difícil de alcanzar. En efecto, sigue, “esta Universidad sin condición no existe, de hecho, como demasiado bien sabemos frente a todos los poderes de apropiación dogmáticos e injustos”. La idea de proteger y defender ese baluarte de la cultura y del pensamiento es su destino, su razón de ser (p. 12). Derrida alude, sin saberlo, a condiciones de libertad académica que están en nuestro país amparadas por la Ley Universitaria de 1918 pero que no siempre se cumplen. Y como desde distintos sectores de la cultura, inclusive universitaria, el psicoanálisis siempre ha sufrido fuertes embates ideológicos, operar bajo la libertad académica que certifica la autonomía universitaria, es un reaseguro indispensable para su preservación como disciplina.
El psicoanálisis, acompañado de saberes que responden por la pregunta de “lo propio del hombre” está en óptimas condiciones de poder compartir este destino de la universidad, como lo ha estado haciendo fuera de la misma. Para el psicoanálisis, la verdad es también una profesión de fe, un imperativo categórico de su ejercicio. No importa que también en su seno, el estatus y el devenir de la verdad, al igual que el valor de la verdad, de lugar a discusiones eternas. Como se ha dicho infinidad de veces, la relación analítica está basada en el amor a la verdad. Es su mayor propuesta ética.
Como lo comenta J. Laplanche:
Hablar de análisis en la universidad supone que uno ha elegido que la universidad sea no solo un lugar de rutina sino de descubrimiento. Hablar del psicoanálisis supone y es igualmente un problema que nuestra disciplina pueda ser objeto de enunciados comunicables, comprobables, discutibles y hasta ‘falseables’.4
El psicoanálisis, ¿puede sujetarse a la Ley, al Derecho y a los dispositivos del orden sin menoscabar su misión de cuestionar lo establecido?5
Desde los orígenes, APdeBA y la Asociación Psicoanalítica Internacional han respaldado con su trayectoria y prestigio la formación analítica que brindan a sus egresados. Con un Instituto Universitario se buscaba también otorgar acreditación académica. ¿Qué significa esto, que beneficios le agrega, que riesgos supone?
La experiencia mundial reconoce las necesidades actuales de acreditación ‘oficial´ de los candidatos de psicoanálisis. La demanda de certificación académica no debe ser exagerada, tampoco puede ser desdeñada. Si se la desconoce se perjudican las posibilidades de un ejercicio profesional pleno. En efecto, el título académico de postgrado supone hoy día un mejor posicionamiento para ingresar en servicios hospitalarios, en sistemas prepagos o en instituciones universitarias.
Pero más allá de estas ventajas, por importantes que sean, en el reclamo de acreditación hay una demanda mucho más profunda: tiene que ver con el lugar legítimo que debe tener el psicoanálisis en el siglo XXI en lo social, problema que compromete a todos como psicoanalistas.
El psicoanálisis tiene suficientes títulos propios que lo habilitan y autorizan por sí mismo. En estos tiempos la formación analítica también requiere legitimación social. Legitimar, legalizar, certificar es hacer entrar en la ley. Pero, ¿de qué ley se trata? No de la ley universitaria de Educación Superior (aunque esta haya sido nuestro recurso), ni de la ley interna de las asociaciones psicoanalíticas, nacionales o internacionales. La ley a que me refiero, en tanto deuda simbólica, tiene una relación no escrita con el Derecho y de última con el Estado. Se trata de ‘tener derecho’, de ser autorizado, de ser ‘diferenciado’, ‘discriminado’ de otros saberes controvertidos. En el fondo, supone reconocer al Psicoanálisis en la legitimidad plena del saber científico.
La sociedad y el Estado toleran y permiten la circulación y enseñanza de todo tipo de conocimientos, pero solo ‘autorizan’ oficialmente algunos rigurosamente seleccionados por la comunidad científica. Este tipo de legalidad, retaceada al psicoanálisis por más de un siglo, es la que algunas Sociedades psicoanalíticas están buscando en todo el mundo.
Hay quienes sostienen que el psicoanálisis es ‘extraterritorial’, que tiene condiciones que le imposibilitan insertarse en una estructura académica. Consideran que no debería tener un lugar propio sino formar parte de todo. El secreto de su vitalidad, se dice, es la posibilidad de localizar su extimidad en relación con la ciencia y la cultura. Puede que en principio y en teoría se pueda acordar con esta posición. Pero en la medida que el psicoanálisis pasa a ser un acto ‘performativo’6 donde hay pacientes, modalidades de atención y sistemas de prestación asistencial en juego, entra en un campo donde se profesa su ejercicio y se requiere una legalidad. Se trata del campo de la Salud Pública donde el Estado se hace presente y asigna una serie de imposiciones y regulaciones del orden del derecho para participar en él.
Hoy día se reconoce que toda formación postgrado prestigiosa requiere de instituciones que se presten a regulaciones externas por medio de agencias oficiales de acreditación. Un pensador, declarado amigo del psicoanálisis, Jacques Derrida lo dice con toda claridad:
Lo que las instituciones psicoanalíticas tienen que replantearse, en su misma carta constitutiva, en su modo de funcionamiento sociopolítico, es ante todo la relación con el Estado. En cada país, las instituciones se definen respecto del Estado, en particular en Francia…En otras palabras, con otra cosa que un “sujeto”, pero con otra cosa que no obstante siga siendo del orden del derecho. De un derecho, sin embargo, que habría tenido en cuenta, de manera efectiva, la revolución psicoanalítica. No será para ahora. Pero si hay algo por venir, si hay un porvenir, si hay un acontecimiento porvenir, más allá de toda soberanía performativa y toda previsibilidad, más allá de todo horizonte desde el que se cree ver venir, será, sería con esa condición.7
Este ‘porvenir’, este ‘ver venir’ avizorado por Derrida para el psicoanálisis se buscaba con el Instituto Universitario.
Desde luego que esta legalidad que el Estado otorga por medio de sus agencias oficiales no es gratuita. A cambio, la institución debe tolerar la presencia de un tercero que le fija y vigila el cumplimiento de los niveles educativos que la propia institución se comprometió a cumplir. El Estado fiscaliza el funcionamiento propiamente institucional pero, en atención a la autonomía universitaria, no impone línea académica. Su presencia discrimina, legitima y autoriza a sus graduados y los distingue de otros saberes controvertidos.
Con el proceso de acreditación académica, la autoridad epistémica intrínseca del psicoanálisis no es reemplazada por la autoridad externa. Las agencias oficiales no bajan línea teórica, solo analizan las características formales de los programas académicos, su congruencia interna y la sustentabilidad institucional en el largo plazo. Aun reconociendo su indeclinable especificidad, el diseño de la formación puede beneficiarse de la mirada de un tercero.
A partir de ahora, sentados con pleno derecho por primera vez en el mundo en la mesa académica del siglo XXI, la formación analítica plena buscará tener la legitimización social que la cultura le debe al psicoanálisis desde hace más de cien años.
Contrapunto entre enseñanza y formación. El analista profesor
Los teóricos de la educación estudian el proceso de enseñanza aprendizaje como la tarea cuya finalidad es el aporte de conocimientos entre maestro y discípulo. Entre quien sabe y quien ignora. La propia mirada crítica de los educadores permitió introducir durante el siglo XX cambios profundos en la comprensión del proceso educativo, especialmente en entender la importancia de la relación establecida entre docente y alumno: los estudios sobre educación fueron utilizando teorías psicológicas de variadas fuentes, conductistas, cognitivistas, constructivistas, etc. Se reconoció el valor de la motivación, la significación del dialogo, la resistencia al aprendizaje y hasta se llegó a destacar la importancia del aprender a pensar.
Es de mencionar que los analistas no coincidían en asociar la formación analítica al proceso de enseñanza aprendizaje pensado desde la educación. Cuando se planteó la posibilidad de incorporar la formación integral (el trípode) en la universidad se señalaba su dificultad, se podía perder su integralidad, su ineludible intimidad, su imprescindible articulación teórica práctica. El tema siempre fomentó discusiones profundas y apasionadas entre analistas sobre la “transmisión” del psicoanálisis, reactivadas por la posibilidad de su entrada en la universidad.
¿Es posible proponer en la universidad una enseñanza psicoanalítica del psicoanálisis? ¿Transmitir el psicoanálisis, pero con el método del psicoanálisis: asociación libre, atención flotante, conducir a una desestructuración de los contenidos, poner todo en el mismo plano? No hay duda que enseñar psicoanálisis y formar psicoanalistas son dos procesos que tienen cosas en común y otras, manifiestamente diferentes.
Como se dijo en el Capítulo II, formarse supone lograr profundos cambios afectivos cognitivos capaces de sostener un pensamiento para comprender los objetos que propone el psicoanálisis. Su propósito es lograr hacer pensar psicoanalíticamente. Pero, ¿se puede aprender una manera de pensar, se puede enseñar a pensar? Algo parecido se planteó la filosofía hace tiempo. Se dice que la filosofía no se aprende, que solo se puede enseñar la historia de las ideas filosóficas, pero que solo se puede aprender a filosofar. También se puede enseñar la historia del psicoanálisis, del Proyecto de Freud a la fecha, cosa que brindan muchas Maestrías y Doctorados académicos. Pero cosa muy distinta es formarse en psicoanálisis para psicoanalizar.
Los Seminarios sobre teoría analítica han funcionado en las Asociaciones psicoanalíticas a distancia de la docencia académica tradicional. Lejos de la clase magistral, en los Seminarios teóricos se utiliza la metodología de la enseñanza promovida en pequeños grupos: se presenta un tema, un texto, un trabajo y se lo discute, bajo la atenta atención y participación del coordinador.
El analista coordinador genera, promueve y sostiene la constitución de una estructura grupal con el conjunto de candidatos en formación que llegan y que inicialmente se desconocen entre sí. La tarea consiste en instalar un grupo de trabajo (GT) para estimular la producción de identificaciones recíprocas entre ellos en relación con la coordinación. Este dispositivo, generalmente utilizado en la enseñanza de las humanidades, es una práctica en principio ajena al resto de las metodologías docentes utilizadas en la universidad. Hay, ciertamente una brecha entre un sistema basado en la clase teórica, la memorización y repetición de los conocimientos y otro establecido para ‘la construcción en conjunto de los conceptos’ para su gradual incorporación. La primera puede ser necesaria para ‘explicar’ los hechos de la naturaleza, basada en leyes universales científico naturales. La segunda es la línea de abordaje apropiada a los hechos humanos, hechos relacionados con vivencias personales, con su abordaje clínico, teórico y terapéutico, aquellos que por su condición singular sólo pueden ser narrados, comprendidos, interpretados y hasta cuestionados en relaciones dialógicas.
El dispositivo grupal (GT) comparte y promueve la elaboración personal de conocimientos sin desatender la necesidad de la incorporación pasiva de conceptos teóricos imprescindibles. El coordinador incentiva la lectura de la bibliografía, promueve el debate de los temas del programa y articula los trabajos de campo con la teoría, valorizando el contacto emocional de la experiencia. Con su actitud, el docente transmite que el conocimiento nunca puede estar escindido de la persona y de la situación en juego. El grupo reflexiona sobre los saberes instituidos para confrontarlos con otros posibles, permite el ejercicio del desacuerdo y fomenta la participación activa, herramientas útiles para la formación profesional. Se piensa en voz alta, se busca lograr consensos y disensos con los pares a la vez de fijar conocimientos que pueden resultar complejos en una lectura solitaria.
El docente no es un interpretador soberano de lo que se dice sino un habilitador de la palabra, la escucha y la reflexión, este factor se reduce y los alumnos suelen expresarse en libertad hasta para verbalizar sus desacuerdos. Con una actitud de serena apertura ‘a lo que surja’ por parte de la coordinación, el grupo produce en algunos integrantes ocurrencias o ilaciones de pensamientos preconscientes que por estar ligados a itinerarios inconscientes, requieren de un diálogo con instancias de reflexión o el juicio crítico que aportan otros integrantes del grupo. De esta manera se ‘desarman’ resistencias y se construye conocimiento en conjunto. Pero lleva tiempo, a menudo meses, para que los alumnos puedan enfrentarse a lo incierto, a lo intangible, a la no totalidad, a la lógica inconsciente, a la omnisciencia y a la imposibilidad de saberlo todo con que los confronta la formación analítica tradicional.
Como resultado de un trabajo mutuo en grupo de observación y auto observación de los procesos mentales que utiliza el canal de la palabra y la vuelta sobre sí mismo por el rodeo de un semejante, se generan los rudimentos del futuro pensamiento analítico clínico. El pensamiento clínico es la articulación esencial en la formación analítica y en este punto la experiencia en la cursada es un enlace básico entre teoría y práctica.
Es imperioso señalar que estas son propuestas pensadas como un ideal a alcanzar y por cierto muchas veces inalcanzable. Freud ya había denunciado la educación como una de las profesiones ‘imposibles’. Y una pregunta crucial. Si un analista asume el rol de profesor universitario, ¿cómo conciliar su tarea docente con su identidad analítica? Cuando un analista está a cargo de una clase teórica, ¿asume un rol docente tradicional? ¿Su identidad analítica de origen, afecta, interviene o participa de su rol docente y si lo hace, en qué sentido se manifiesta durante el desarrollo de la clase?
El psicoanálisis en la universidad con las humanidades
Algunas veces se ha planteado cual es el ‘lugar’ del psicoanálisis en el sitial de las ciencias o a que espacio epistémico debería ser adscripto. Algunos sostienen que la pregunta es escandalosa. La CONEAU también lo preguntaba porque necesitaba ubicarlo en su diagrama académico. Decididamente, el Psicoanálisis está en, pero no pertenece ni a la Medicina, ni a la Psiquiatría, ni a la Psicología. Los saberes más próximos al Psicoanálisis son las Humanidades.
Y la Universidad, ¿dónde está ubicada? Como institución de la cultura la universidad está destinada a la formación, pero también a la transmisión, exploración y procreación de nuevas ideas, incluyendo la transferencia de instrumentos metodológicos para la generación de nuevos conocimientos. No debe limitarse a enseñar, reiterar o adoctrinar sobre el mismo sistema cerrado de creencias, sino dedicarse al análisis crítico de conceptos que generen nuevas de ideas y amplíen el campo de los saberes conocidos. En nuestro caso, ¿cuáles? En este sentido, J. Derrida (2002, p. 11) señala:
El lugar privilegiado de la Universidad es el de las disciplinas ligadas a las nuevas Humanidades. No hago en este momento una reflexión crítica del concepto, solo lo adopto provisoriamente. Meditar, reflexionar, inquirir sobre ‘el que’ del hombre, allí donde se trata nada menos que de pensar al sujeto deseante en sus enigmas fundamentales; sexualidad, alteridad, conflicto, alienación, finitud, etc.
El Psicoanálisis permanece próximo a las Humanidades y a las problemáticas que le son inherentes. Incluido en ellas, los analistas aspiramos a no ser meramente una escuela profesional, científica o técnica y a no quedar atrapados por las necesidades del mercado.
Freud (1926) se mostró fervorosamente partidario de incluir otros saberes para enseñar psicoanálisis, como su propuesta de crear una Escuela Superior Psicoanalítica, propuesta que podía sonar fantástica…
También soñaba con una especie de universitas literarum, como lo consigna textualmente en su trabajo sobre la universidad (Freud, 1919), donde las ideas analíticas contribuyeran a una unión más estrecha con otras ramas del saber. Universitas significa universidad: como conjunto de seres o elementos constitutivos, que le da carácter de ‘universalidad’, de saberes que se difunden, que circulan, que abarcan otros, que dialogan con otros, lo cual es un suelo fértil para la generación de nuevos conocimientos. Literarum sugiere palabra escrita, literatura, ficción, metáfora, ‘como si’ del diálogo, todo aquello que nos arranca de la naturaleza. Es decir, ‘lo propio del hombre’.
Cuando se apela a un conjunto de disciplinas y de diferentes discursos se requiere integración. De lo contrario se crea un collage, un híbrido, una mezcla heterogénea. Podemos suponer que para el psicoanálisis el vehículo de esa integración, la amalgama del conocimiento entre el psicoanálisis y los otros conocimientos, pasaba, necesariamente por la palabra.
Cada campo de disciplinas puede proponer su propio eje integrador. Para su época, E. Kant (1794) presentó una arquitectura universitaria compuesta de tres Facultades superiores, Derecho, Medicina y Teología. La Filosofía, la Facultad inferior, debía ser el saber teórico por excelencia que de hecho debería abarcarlas a todas. Para este proyecto, el saber que otorga integración al resto es el que proviene del psicoanálisis. Por ejemplo, no es lo mismo pensar a las neurociencias integradas al pensamiento psicoanalítico que incluir el psicoanálisis en el pensamiento de las neurociencias. Se crean vértices totalmente distintos.
¿Por qué el pensamiento psicoanalítico como eje integrador? Un campo interdisciplinario tiene que tener un discurso que le de coherencia y unificación. Como su articulador principal, la palabra que transporta el discurso psicoanalítico integra los demás saberes atravesando sus objetos de estudio con la mirada que aporta el inconsciente, la transferencia, la sexualidad infantil, la fantasía, etc. Un pensamiento que funciona como ‘un vértice’, una mirada prioritaria, que de cambiar de lugar le haría perder la óptica. Bion se ocupó de la importancia del vértice en relación al conocimiento.
Las problemáticas que le aportan las Humanidades al psicoanálisis son incontables: el cuestionamiento al Yo, el tema del vacío, el ‘entre’, la existencia, la deconstrucción, el acontecimiento, lo imprevisible, la identidad, la relación, la presencia, el objeto radicalmente otro, la ajenidad, etc. El psicoanálisis y la formación psicoanalítica no deben quedar al margen de las corrientes actuales de pensamiento en la Universidad.
A su vez, lo que fundamentalmente puede aportarle el psicoanálisis a las humanidades es una teoría de la vida mental y, sobre todo, la experiencia clínica. Como dice E. Roudinesco (2004): “Realmente un día habrá que llevar a cabo una unión entre la fuerza clínica real, representada por los analistas anónimos y los pacientes, y la potencia creadora de la reflexión teórica, que se expresa cada vez más en el exterior de la comunidad freudiana”. Se aspiraba en APdeBA a que el IUSAM sea este lugar.
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