Read the book: «En fuga»

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Título original: Run Away

© Harlan Coben, 2019.

© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO776

ISBN: 9788491877578

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

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Epílogo

Agradecimientos

Harlan Coben – Myron Bolitar

Otros títulos de Harlan Coben en RBA

A LISA ERBACH VANCE,

«AGENT EXTRAORDINAIRE»,

CON CARIÑO Y GRATITUD

1

Simon estaba sentado en un banco de Central Park —en Strawberry Fields, para ser más precisos— y sintió que el corazón se le rompía a pedazos. No se dio cuenta nadie, por supuesto, al menos al principio, no hasta que empezaron a volar los puños y dos turistas nada menos que finlandeses se pusieron a chillar mientras otros nueve visitantes del parque, de muy variadas procedencias, grababan el horrible incidente con sus teléfonos móviles.

Pero para eso aún faltaba una hora.

En Strawberry Fields no había fresas, y pese a lo de fields tampoco podría decirse que aquella hectárea de parque fuera un campo —menos aún, más de uno—. El nombre procedía de la canción de los Beatles, sin más. Strawberry Fields era una extensión triangular entre la calle Setenta y dos y Central Park West dedicada a la memoria de John Lennon, que fue asesinado allí delante de un disparo. El elemento central de este lugar conmemorativo es un mosaico redondo con piedras incrustadas en él y un sencillo recordatorio en el centro:

IMAGINE

Simon miró al frente, parpadeando, devastado. Los turistas no paraban de llegar ni de hacerse fotos con el famoso mosaico: fotos en grupo, selfies en solitario, algunos de rodillas sobre las piedras incrustadas, otros tendidos encima. Esa jornada, como la mayoría de días, alguien había decorado la palabra IMAGINE con flores frescas, formando un signo de la paz con pétalos de rosas rojas que, por algún motivo, no salían volando. Los visitantes, quizá precisamente porque era un lugar de homenaje, tenían paciencia unos con otros, y esperaban su turno para acercarse al mosaico y tomar esa foto especial que colgarían en su Snapchat o en Instagram o en la plataforma social que usaran, acompañada por alguna cita de John Lennon, quizás un verso de los Beatles o algo de la famosa canción sobre toda la gente que vive en paz.

Simon llevaba traje y corbata. No se había molestado en aflojarse la corbata después de salir de su oficina en Vesey Street, en el World Financial Center. Delante de él, también sentado junto al famoso mosaico, una... —¿cómo se los llama ahora?: ¿sintecho?, ¿transeúnte?, ¿consumidora de sustancias?, ¿desfavorecida?, ¿marginal?, ¿qué?— tocaba canciones de los Beatles por unas monedas. La música callejera —un nombre quizá más amable con que definirla— tocaba una guitarra desafinada y cantaba con voz rota, a través de unos dientes amarillentos, que Penny Lane estaba en sus oídos y en sus ojos.

Un recuerdo particular o al menos curioso: Simon solía pasar por aquel mosaico constantemente cuando sus hijos eran pequeños. Cuando Paige tenía quizá nueve años, Sam seis y Anya tres, se dirigían desde su apartamento, apenas cinco manzanas al sur de este punto, en la calle Sesenta y siete entre Columbus y Central Park West, pasando por Strawberry Fields camino de la estatua de Alicia en el País de las Maravillas, junto al estanque de los barquitos, en el lado este del parque. A diferencia de prácticamente cualquier otra estatua del mundo, allí los niños podían trepar y subirse a las figuras de bronce de unos tres metros de altura de Alicia, el Sombrerero Loco y el Conejo Blanco, y a las setas gigantes (que muchos calificarían de «inapropiadas»). A Sam y Anya les encantaba hacer eso precisamente, subirse a las estatuas, aunque Sam siempre acabara metiéndole dos dedos en la nariz a Alicia y gritándole a Simon: «¡Papá, papá, mira! ¡Le estoy metiendo los dedos en la nariz a Alicia!», lo que provocaba, inevitablemente, que Ingrid, la madre de Sam, soltara un suspiro y les regañara.

Pero Paige, la mayor, era más tranquila ya entonces. Ella se sentaba en un banco con un libro de colorear y sus ceras casi intactas —no le gustaba cuando un lápiz de cera se rompía o perdía el papel— y, curiosamente, pintaba sin salirse nunca de la raya. Cuando creció —a los quince, dieciséis, diecisiete— Paige solía sentarse en un banco, al igual que hacía ahora Simon, y escribía historias y letras de canciones en un cuaderno que le había comprado su padre en el Papyrus de Columbus Avenue. Pero Paige no se sentaba en cualquier banco. Unos cuatro mil bancos de Central Park habían sido «adoptados» a través de generosas donaciones. Se habían instalado placas personalizadas en ellos, la mayoría convertidos en simples monumentos conmemorativos, como el banco en el que estaba sentado ahora Simon, que decía: EN RECUERDO DE CARL Y CORKY. Otros, a los que solía ir Paige, contaban pequeñas historias:

«Para C y B, que sobrevivieron al Holocausto e iniciaron una nueva vida en esta ciudad...».

«A mi dulce Anne: te quiero, te adoro, te venero. ¿Quieres casarte conmigo?».

«Aquí es donde empezó nuestra historia de amor, el 12 de abril de 1942...».

El banco que más le gustaba a Paige, en el que podía pasarse varias horas seguidas con su último cuaderno —quizás aquello ya fuera en sí una primera señal— recordaba una misteriosa tragedia:

«A mi preciosa Meryl, de diecinueve años. Te merecías mucho más y moriste demasiado joven. Habría hecho cualquier cosa por salvarte».

Paige solía ir de banco en banco, leía las inscripciones hasta que encontraba una que pudiera usar como base para una historia. Simon, en su intento por estrechar la relación con su hija, intentaba hacer lo mismo, pero él no tenía la imaginación de Paige. Aun así, se sentaba con el periódico o jugueteaba con su teléfono, comprobando las cotizaciones de bolsa o leyendo las noticias económicas, mientras el bolígrafo de Paige se movía a toda velocidad.

¿Qué habría sido de aquellos viejos cuadernos? ¿Dónde estarían ahora?

Simon no tenía ni idea.

Gracias a Dios Penny Lane llegó a su fin, y la cantantevagabunda pasó de inmediato a All You Need Is Love. Había una joven pareja sentada en el banco junto al de Simon. El hombre murmuró, medio en broma: «¿No puedo darle dinero para que se calle?», a lo que su compañera se rio disimuladamente. «Es como si estuvieran matando otra vez a John Lennon». Unas cuantas personas dejaron caer unas monedas en la funda de la guitarra de la mujer, si bien la mayoría se mantuvo a cierta distancia, con una cara que indicaba que aquello era algo de lo que no quería formar parte.

Pero Simon escuchó, y lo hizo atentamente, esperando encontrar algún rastro de belleza en la melodía, en la canción, en los textos, en la actuación. Apenas observó a los turistas o a los guías turísticos, ni al hombre que iba sin camiseta (aunque debería llevarla) y que vendía botellas de agua a un dólar, ni al flacucho de la mosca en la barbilla que contaba chistes por un dólar («¡Oferta: seis chistes por cinco dólares!»), ni a la anciana asiática que quemaba incienso como homenaje a John Lennon, ni a los corredores del parque, a los paseadores de perros, ni a los que tomaban el sol.

Pero no había ninguna belleza en aquella música. Ninguna.

Simon tenía la mirada fija en la chica que pedía dinero a cambio de destrozar el legado de John Lennon. Tenía el cabello estropajoso. Las mejillas hundidas. La chica estaba flaca, desastrada, sucia, deteriorada, abandonada, perdida.

La chica era la hija de Simon, Paige.

Simon no había visto a Paige en seis meses, no desde que ella había hecho lo imperdonable.

Para Ingrid había sido el golpe definitivo.

—Ya no insistas más. Déjala que haga lo que quiera —le había dicho Ingrid, después de que Paige se fuera.

—Y eso ¿qué significa?

Y entonces Ingrid, una mujer fantástica, una pediatra entregada que había dedicado su vida a ayudar a niños necesitados, dijo:

—No quiero verla más en esta casa.

—No lo dices en serio.

—Sí, Simon. Que Dios me ayude. Hablo en serio.

Durante meses, sin que Ingrid lo supiera, había buscado a Paige. En ocasiones, con ahínco, como cuando contrató a un detective. La mayor parte de las veces, de forma más aleatoria, sin pensar, paseándose por zonas llenas de drogadictos, enseñando su foto a tipos colocados de dudoso aspecto.

No había encontrado nada.

Simon se había preguntado si Paige, que había celebrado recientemente su cumpleaños —¿cómo?, se preguntaba Simon: ¿con una fiesta?, ¿con tarta?, ¿con drogas? ¿Sería consciente siquiera del día que era?—, se habría ido de Manhattan para volver a la ciudad universitaria donde todo había empezado a torcerse. Dos fines de semana seguidos, mientras Ingrid estaba de guardia en el hospital, por lo que no podría hacer demasiadas preguntas, Simon había cogido el coche y se había alojado en la Craftboro Inn, junto al campus. Recorrió el recinto, recordando el entusiasmo con que habían llegado los cinco —Simon, Ingrid, Paige, a punto de iniciar su primer año, Sam y Anya— y cómo la habían ayudado a instalarse, el optimismo de Ingrid y de él mismo pensando en lo bien que le iría en aquel lugar, con todo aquel césped y aquellos bosques, algo estupendo para la hija que habían criado en Manhattan, y en cómo había ido menguando y muriendo todo aquel optimismo, claro.

Una parte de Simon —una parte que nunca dejaría asomar al exterior y cuya existencia ni siquiera reconocería— quería abandonar la búsqueda. No podía decir que su vida hubiera mejorado desde la huida de Paige, pero sin duda se había vuelto más tranquila. Sam, que se había graduado en el prestigioso instituto Horace Mann en primavera, apenas mencionaba a su hermana mayor. Su principal interés eran los amigos, la graduación y las fiestas, y ahora su única obsesión consistía en prepararse para su primer año en el Amherst College. En cuanto a Anya, bueno... Simon ignoraba qué pensaba acerca de muchas cosas. No le hablaba de Paige, pero tampoco le hablaba apenas de nada. En sus intentos por entablar conversación con su hija, por lo común obtenía solo respuestas de una palabra y raramente de más de una sílaba. Siempre eran «bien», «vale» o «sí».

Pero un día a Simon le llegó una extraña pista.

Una mañana, tres semanas atrás, Simon se había encontrado en el ascensor con su vecino de arriba, Charlie Crowley, oftalmólogo de profesión en Downtown. Tras el típico intercambio de saludos, Charlie, situado frente a la puerta del ascensor, como suele ponerse la gente, mirando la señal luminosa que indicaba las plantas que iban pasando, le dijo a Simon, con cierta timidez y como si le supiera mal, que le parecía que había visto a Paige.

Simon, también de cara a los números de los pisos e intentando mostrarse tranquilo, le pidió más detalles.

—Me ha parecido verla... esto... en el parque —dijo Charlie.

—¿Qué quieres decir? ¿Paseando?

—No, no exactamente. —Llegaron a la planta baja. Las puertas se abrieron. Charlie respiró hondo—. Paige... tocaba la guitarra en Strawberry Fields.

Charlie debió de ver el gesto de asombro en el rostro de Simon.

—Ya sabes, como... por unas monedas.

Simon sintió que algo se desgajaba en su interior.

—¿Monedas? Como una...

—Iba a darle dinero, pero...

Simon asintió para indicarle que no pasaba nada, que podía seguir.

—... pero Paige estaba como ausente; no sabía quién era yo. Me preocupó que reaccionara mal...

Charlie no tuvo que acabar de contarle la escena.

—Lo siento, Simon. De verdad.

Aquello fue todo. Simon dudó sobre si debía hablarle a Ingrid de aquel encuentro, pero no quería afrontar los posibles efectos colaterales. Así que empezó a pasarse por Strawberry Fields en su tiempo libre.

No encontró a Paige.

Preguntó a algunos de los vagabundos que tocaban por el parque si la reconocían, mostrándoles una fotografía en su teléfono, para luego dejarles un par de dólares en la funda de la guitarra. Unos cuantos le dijeron que sí y que le darían más detalles si Simon hacía una contribución a la causa más sustanciosa. Lo hizo y no obtuvo nada a cambio. La mayoría admitió que no la reconocía, pero ahora, al ver a Paige en carne y hueso, Simon entendió por qué. Su hija de antes, tan encantadora, no guardaba ningún parecido con aquella toxicómana convertida en una bolsa de huesos y pellejo.

Con todo, en los ratos que había pasado allí sentado, en Strawberry Fields, normalmente frente a un cartel casi cómico que decía ZONA TRANQUILA: PROHIBIDOS LOS AMPLIFICADORES Y LOS INSTRUMENTOS MUSICALES, observó algo curioso. Los músicos, la mayoría de ellos de tipo vagabundo-roñoso-escuálido, nunca tocaban juntos ni solapándose. Las transiciones entre un músico callejero y otro se hacían de forma notablemente ordenada. Iban cambiando prácticamente a cada hora, de un modo muy civilizado.

Como si hubiera un horario.

Ya llevaba gastados cincuenta dólares cuando encontró a un hombre llamado Dave, uno de los músicos callejeros más mugrientos, con una enorme mata de cabello gris, una barba espesa con zonas prácticamente sólidas y una trenza que le caía hasta el medio de la espalda. Dave, que podía tener cincuenta años mal llevados o setenta bien sobrellevados, le explicó cómo funcionaba aquello.

—En los viejos tiempos, un tipo llamado Gary dos Santos... ¿lo conoces?

—El nombre me suena —dijo Simon.

—Sí, si pasabas por aquí en aquellos años, chico, desde luego que te acordarás de él. Gary se había autoproclamado «alcalde de Strawberry Fields». Un grandullón. Durante veinte años mantuvo la paz en este lugar. Y por mantener la paz, quiero decir que acojonaba a todo el que se acercara. El tipo estaba como una regadera. ¿Sabes a qué me refiero?

Simon asintió.

—Luego, sería en 2013, Gary muere. Leucemia. Solo tenía cuarenta y nueve años. Este sitio —Dave señaló con sus guantes sin dedos— se vuelve una locura. Sin nuestro fascista al mando, se impone la anarquía total. ¿Has leído a Maquiavelo? Pues algo así. Hay peleas de músicos a diario. Luchando por el territorio, ¿sabes a qué me refiero?

—Sé a lo que te refieres.

—Intentaban gobernarse solos, pero tío... la mitad de ellos apenas si era capaz de vestirse por su cuenta. De pronto un capullo tocaba y no se marchaba a su hora, y venía otro capullo que lo pisaba, se ponían a gritar, a insultarse, incluso delante de los niños. A veces llegaban a las manos, y venía la poli. Lo pillas, ¿verdad?

Simon asintió.

—Aquello iba en contra de nuestra imagen, por no hablar de nuestro bolsillo. Así que encontramos una solución.

—¿Y cuál es?

—Un horario. Rotaciones horarias de las diez de la mañana a las siete de la tarde.

—¿De veras?

—Sí.

—¿Y eso funciona?

—No es perfecto, pero se le acerca bastante.

«Vigilancia del propio interés económico», pensó el analista financiero que Simon llevaba dentro. Una de las constantes de la vida.

—¿Y cómo te inscribes en el horario?

—Por mensaje de texto. Tenemos a cinco tipos habituales. Son los que tienen los mejores horarios. Pero luego pueden apuntarse otros.

—¿Y tú gestionas el horario?

—Pues sí —dijo Dave, sacando pecho de puro orgullo—. Yo sé hacer que funcione. ¿Sabes a qué me refiero? Por ejemplo, no pondría la hora de Hal justo después de la de Jules porque esos dos tíos se odian el uno al otro más de lo que me odian mis ex. También intento mantener cierta diversidad.

—¿Diversidad?

—Negros, chavalas, hispanos, mariquitas, incluso un par de orientales. —Abrió los brazos—. No queremos que la gente piense que todos los vagabundos son blancos. Es un estereotipo negativo, ¿sabes a qué me refiero?

Simon sabía a qué se refería. También sabía que si le daba a Dave dos billetes de cien dólares partidos por la mitad y le prometía entregarle las otras mitades si lo avisaba en cuanto reaparecía su hija, probablemente obtuviera algún progreso.

Esa mañana, Dave le había enviado un mensaje de texto.

11:00 h hoy. Yo no te he dicho nada. No soy un chivato.

Y luego:

Pero trae la pasta a las 10:00 h. A las 11:00 tengo yoga.

Así que ahí estaba.

Simon se sentó frente a Paige y se preguntó si ella lo vería y qué debía hacer si ella salía corriendo. No estaba seguro. Supuso que lo mejor era dejar que acabara, que recogiera sus míseras propinas y su guitarra, y luego acercarse.

Miró el reloj: las 11:58. La hora de Paige estaba a punto de concluir.

Simon había ensayado todo tipo de frases mentalmente. Ya había llamado a la Clínica Solemani y le había reservado una habitación a Paige. Su plan era este: decir lo que fuera, prometerle lo que fuera, tenderle una encerrona, suplicarle, usar cualquier medio necesario para conseguir que se fuera con él.

Otro músico callejero con vaqueros desgastados y una camisa de franela deshilachada llegó desde el este y se sentó junto a Paige. La funda de su guitarra era una bolsa de basura de plástico negra. Le dio un golpecito a Paige en la rodilla y señaló un reloj de pulsera imaginario. Paige asintió y acabó I am the Walrus con un gorgorito final, levantó ambos brazos al aire y gritó «¡Gracias!» a un público que ni siquiera le prestaba atención, y mucho menos la aplaudía. Recogió los escasos billetes de dólar arrugados y las monedas de la funda, y luego metió la guitarra en su interior con un cuidado sorprendente. Aquel sencillo gesto —meter la guitarra en la funda— lo conmovió. Simon le había comprado aquella guitarra Takamine G-Series en el Sam Ash de la calle Cuarenta y ocho Oeste al cumplir los dieciséis. Intentó recuperar los sentimientos que acompañaron a los recuerdos de entonces: la sonrisa de Paige cuando la descolgó de la pared, el modo en que entornó los ojos mientras la probaba, cómo se le colgó del cuello y gritó: «¡Gracias, gracias, gracias!» tras decirle que era suya.

Pero aquellos sentimientos, si aún seguían vivos, no afloraron.

La terrible verdad era que Simon ni siquiera veía a su pequeña en aquella mujer.

Y se había pasado una hora intentándolo. La miró de nuevo y trató de recordar aquella criatura angelical que había llevado a clases de natación en el 92 de Street Y, la niña que se pasó el puente del Día del Trabajo sentada en la hamaca mientras él le leía dos libros enteros de Harry Potter en tres días, la pequeña que insistió en disfrazarse de Estatua de la Libertad en Halloween, pintándose incluso la cara de verde, dos semanas antes de la fiesta, pero —y quizás aquello fuera un mecanismo de defensa— no consiguió recrear todas aquellas imágenes.

Paige se puso en pie, dispuesta a marcharse. Era el momento. Al otro lado del mosaico, Simon también se levantó. El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Sentía que empezaba a dolerle la cabeza, como si unas manos gigantescas le estuvieran presionando las sienes. Miró a izquierda y derecha.

En busca del novio.

Simon no tenía claro cómo había empezado aquella espiral, pero culpaba a aquel novio de la desgracia que había recaído sobre su hija y, por extensión, sobre toda su familia. Sí, Simon había leído todo eso de que un adicto debe afrontar la responsabilidad de sus propias acciones, que era culpa del adicto y solo de él, esa clase de cosas. Y que la mayoría de adictos (y, por extensión, sus familias) tenía una historia que contar. Quizá su adicción hubiera empezado por el tratamiento contra el dolor tras una operación. Quizá lo achacaran a la presión de sus padres o afirmaran que la única vez en que habían querido experimentar hubiera acabado arrastrándolos, de algún modo, a algo más terrible.

Siempre había una excusa.

Pero en el caso de Paige —llámalo debilidad de carácter, mala educación por parte de sus padres o lo que fuera—, todo se reducía a algo más simple: había una Paige antes de que conociera a Aaron. Y la Paige de ahora.

Aaron Corval era escoria, lo miraras por donde lo miraras, y cuando mezclas escoria y pureza, la pureza queda manchada para siempre. Simon nunca le había visto el atractivo. Aaron tenía treinta y dos años, once más que su hija. En otro tiempo, cuando era más cándido, la diferencia de edad lo había preocupado. Ingrid no había hecho mucho caso, pero era porque estaba acostumbrada a cosas así, de sus tiempos como modelo. Ahora, por supuesto, la diferencia de edad era el menor de los problemas.

No había ni rastro de Aaron.

Un atisbo de esperanza se alzó. ¿Se habría librado por fin de él? ¿Habría acabado ya de devorar a su hija aquel ser maligno, aquel cáncer, aquel parásito que le chupaba la sangre, para lanzarse sobre una presa más consistente?

Eso sería estupendo, desde luego.

Paige se dirigió hacia el este, tomando el sendero que cruzaba el parque. Caminaba como una zombi. Simon fue acercándosele.

¿Qué haría si se negaba a ir con él? No es que fuera algo posible; era probable. Simon había intentado ofrecerle ayuda en el pasado, y ella se había rebotado. No podía obligarla. Eso lo sabía. Incluso había conseguido que su cuñado, Robert Previdi, pidiera una orden judicial para que la internasen. Eso tampoco había funcionado.

Se situó tras ella. El vestido le caía suelto sobre los hombros, dejándolos a la vista. Le vio la piel de la espalda, antes perfecta, cubierta de manchas oscuras: ¿por el sol?, ¿debido a una enfermedad?, ¿a abusos?

—¿Paige?

No se giró. Ni siquiera vaciló, y por un instante Simon consideró la posibilidad de que se hubiera equivocado, de que Charlie Crowley se hubiera equivocado, de que aquel saco de huesos de olor rancio y voz desgarrada no fuera su primogénita, su Paige, la adolescente que había interpretado el papel de Hodel en la producción de El violinista en el tejado de la Abernathy Academy, la que olía a melocotón y a juventud y que había emocionado al público con su solo de Far from the Home I Love. Simon había acabado hecho un mar de lágrimas en las cinco representaciones y apenas había podido acallar su llanto cuando la Hodel de Paige se giraba en dirección a Tevye y decía: «Papá, solo Dios sabe cuándo volveremos a vernos», a lo que su padre en el escenario respondía: «Entonces lo dejaremos en sus manos».

Se aclaró la garganta y se acercó un poco más.

—¿Paige?

Ella aminoró el ritmo pero no se volvió. Simon alargó una mano temblorosa. Todavía la tenía de espaldas. Le apoyó una mano en el hombro, y no sintió más que los huesos cubiertos por una piel apergaminada. Lo intentó una vez más.

—¿Paige?

Ella se detuvo.

—Paige, soy papi.

Papi. ¿Cuándo fue la última vez que le había llamado papi? Él siempre había sido papá para ella, para sus tres hijos y, sin embargo, le salió así. Oyó cómo se le quebraba la voz, su tono de súplica.

Siguió sin darse la vuelta.

—Por favor, Paige...

Y entonces echó a correr. El movimiento lo pilló a contrapié. Paige le llevaba tres pasos de ventaja cuando reaccionó. Últimamente Simon se había puesto bastante en forma. Había un gimnasio junto a su despacho y, con el estrés de haber perdido a su hija —así era cómo lo veía él, que la había perdido—, había empezado a apuntarse a diversas clases de cardio-boxing que lo tenían casi obsesionado.

Se lanzó tras ella y la atrapó bastante rápido. La agarró del brazo, flaco como un junco —habría podido rodear el escuálido bíceps con dos dedos—, y tiró de ella. Quizá lo hiciera con fuerza excesiva, pero todo aquello —la carrera, el agarrón— no había sido más que una reacción automática.

Paige había intentado huir. Y él había hecho lo necesario por detenerla.

—¡Ay! —gritó ella—. ¡Suéltame!

Había muchísima gente alrededor y algunos —Simon estaba seguro— se habían girado al oírla gritar. No le importaba, pero eso hacía que su misión fuera aún más urgente. Tendría que actuar rápido, y sacarla de allí antes de que algún buen samaritano saliera en ayuda de Paige para intentar rescatarla.

—Cariño, soy papá. Ven conmigo, ¿vale?

Ella seguía de espaldas. Simon le dio la vuelta, haciendo que lo mirara, pero Paige se cubrió los ojos con el brazo, como si la estuvieran cegando con una luz intensa.

—¿Paige? Paige, por favor, mírame.

Paige se puso rígida y luego, de pronto, se relajó. Bajó el brazo y lentamente levantó la mirada. De nuevo, un atisbo de esperanza. Sí, tenía los ojos hundidos y lo que debería ser blanco era amarillento, pero ahora, por primera vez, Simon pensó que quizá veía un brillo de vida en ellos.

Por primera vez, vio una sombra de la niña que conocía.

Cuando Paige habló, por fin reconoció el eco de su voz:

—¿Papá?

Él asintió. Abrió la boca y la cerró, sobrecogido. Volvió a intentarlo:

—He venido a ayudarte, Paige.

Ella se echó a llorar.

—Lo siento mucho.

—No pasa nada —dijo él—. Todo se arreglará.

Él rodeó a su hija con sus brazos, protegiéndola, cuando otra voz atravesó el parque como el cuchillo de un destripador.

—¿Qué cojones...?

Simon sintió que se le encogía el corazón. Miró a su derecha. Aaron. Paige se encogió, apartándose, al oír la voz de Aaron.

Simon intentó retenerla, pero ella se zafó, golpeándose con la guitarra en la pierna.

—Paige... —dijo Simon.

El atisbo de claridad que había visto en sus ojos solo unos segundos antes desapareció, rompiéndose en mil pedazos.

—¡Suéltame! —gritó ella.

—Paige, por favor...

Paige empezó a recular. Simon intentó agarrarle el brazo de nuevo, como un hombre desesperado colgando de un barranco e intentando agarrarse a una rama, pero Paige soltó un chillido desgarrador.

Eso hizo que mucha gente se girara. Mucha. Simon no retrocedió.

—Por favor, escúchame...

Y entonces Aaron se interpuso entre los dos. Ambos hombres, Simon y Aaron, estaban cara a cara. Paige se escondió detrás de Aaron. Aaron parecía colocado. Vestía una cazadora vaquera sobre una mugrienta camiseta blanca —lo último en estética chic de heroinómano, solo que sin el chic—. Llevaba demasiadas cadenas en torno al cuello y esa barba de tres días que quería resultar atractiva pero que no lo conseguía, y unas botas de trabajo que resultaban paradójicas en alguien que no reconocería un día de trabajo honesto ni aunque este le pateara el culo.

—No pasa nada, Paige —dijo Aaron con una sonrisita socarrona, sin dejar de mirar a Simon—. Sigue adelante, muñeca.

Simon meneó la cabeza.

—No, no...

Pero Paige, apoyándose en la espalda de Aaron, como si fuera a perder el equilibrio, se puso en marcha y echó a correr por el sendero.

—¡Paige! —gritó Simon—. ¡Espera! Por favor...

Se estaba alejando. Simon giró a la derecha para salir tras ella, pero Aaron se movió a un lado y le cortó el paso.

—Paige es adulta —dijo Aaron—. No tienes ningún derecho...

Simon apretó el puño y le soltó un directo en la cara. Sintió que la nariz cedía bajo sus nudillos, oyó la fractura como una bota pateando el nido de un pájaro. Aaron cayó, sangrando. Fue entonces cuando los dos turistas finlandeses se pusieron a gritar. Simon no hizo caso. Aún veía a Paige, más allá. Ella torció a la izquierda, salió del camino y se metió por entre los árboles.

—¡Paige, espera!

Saltó para esquivar el cuerpo de Aaron, tendido en el suelo, pero este le agarró de la pierna. Simon intentó liberarse, pero para entonces ya vio a otras personas —gente bien intencionada pero confundida— que se acercaban, muchos, algunos de ellos grabando en vídeo la escena con sus malditos teléfonos.

Todos gritaban y le decían que no se moviera.

Simon se liberó, tropezó y recuperó el control de sus piernas. Echó a correr por el camino, hacia donde se había desviado Paige.

Pero ya era demasiado tarde. La multitud se le había echado encima.

Alguien intentó placarle. Simon soltó un codazo. Oyó un «¡uf!» procedente del tipo que se le había abalanzado y notó que lo soltaba. Otro le rodeó la cintura con los brazos. Simon se lo quitó de encima como si fuera un simple cinturón y siguió corriendo hacia su hija, moviéndose como un jugador de fútbol americano perseguido por toda una línea de defensores.

Pero al final fueron demasiados.

—¡Mi hija! —gritó—. Por favor... deténganla...

Nadie lo oyó con todo el tumulto, o quizá fuera que nadie escuchaba a aquel loco violento que había que detener a toda costa.

Otro turista le saltó encima. Luego, otro.

En el momento en que caía, levantó la vista y vio a su hija otra vez en el sendero. Aterrizó con un golpetazo. Luego, al intentar ponerse de nuevo en pie, le cayó una lluvia de golpes. Un montón. Cuando acabó todo aquello, tenía tres fracturas de costilla y dos dedos rotos. Acabaría con una conmoción cerebral y veintitrés puntos en total.

No sentía nada, salvo el corazón destrozado.

Se le abalanzó otro cuerpo. Oyó gritos y chillidos y, de pronto, tuvo encima también a un policía, que lo puso boca abajo, le clavó una rodilla en el espinazo y lo esposó. Levantó la vista de nuevo y vio a Paige mirando desde detrás de un árbol.

—¡Paige!

Pero ella no se acercó. Desapareció y, una vez más, Simon supo que le había fallado a su hija.

2

Los policías dejaron un rato a Simon tumbado sobre el asfalto, boca abajo y con las manos esposadas a la espalda. Una agente —era negra, y llevaba una placa que decía HAYES— se agachó y, con toda tranquilidad, le dijo que estaba detenido. Luego le leyó sus derechos. Simon se agitó y gritó algo sobre su hija, suplicando que alguien, quien fuera, la detuviera. Hayes siguió enumerándole sus derechos sin inmutarse.

Cuando Hayes acabó, se puso en pie y se volvió hacia otra parte. Simon siguió gritando cosas sobre su hija. Nadie lo escuchaba, probablemente porque parecía enloquecido, así que intentó calmarse y adoptar un tono más educado.

—¿Agente? ¿Señora? ¿Señor?

Los policías no le hicieron caso y se dedicaron a tomar declaración a los testigos. Varios turistas les mostraron a los polis vídeos del incidente. Simon se imaginó que no lo dejaban en muy buen lugar.

—Mi hija —repitió—. Estaba intentando salvar a mi hija. Él la ha secuestrado.

Aquella última parte era casi mentira, pero esperaba provocar una reacción que no llegó.

Simon giró la cabeza a izquierda y derecha, buscando a Aaron. No había ni rastro de él.

—¡¿Dónde está?! —gritó, dando de nuevo la imagen de estar enloquecido. Hayes por fin lo miró.

—¿Quién?

—Aaron.

Nada.

—El tipo al que he golpeado. ¿Dónde está?

Ninguna respuesta. El subidón de adrenalina empezó a pasarse, lo que le hizo aflorar un dolor tan intenso por todo el cuerpo que sintió náuseas. Al final —Simon no tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido—, Hayes y un poli blanco alto con una placa que decía WHITE lo levantaron y lo llevaron a rastras a un coche patrulla. Después de meterlo en la parte trasera, White se sentó al volante y Hayes en el sitio del copiloto. Hayes, que tenía su cartera en la mano, se volvió.

—¿Qué es lo que ha pasado, señor Greene?

—Estaba hablando con mi hija. Su novio se metió en medio. Intenté esquivarlo...

Simon se calló.

—¿Y?

—¿Han detenido a su novio? ¿Pueden ayudarme a encontrar a mi hija?

—¿Y? —repitió Hayes. Simon estaba rabioso, pero no estaba loco.

—Hubo un altercado.

—Un altercado.

—Sí.

—Explíquenoslo.

—¿Que les explique qué?

—El altercado.

—Primero dígame dónde está mi hija —dijo Simon, intentando reconducir la conversación—. Se llama Paige Greene. Su novio, que creo que la tiene retenida en contra de su voluntad, se llama Aaron Corval. Estaba intentando rescatarla de él.

—Mmmm —dijo Hayes—. Entonces, ¿golpeó a un sintecho?

—Golpeé... —Simon se detuvo en seco. Sabía que no le convenía seguir por ahí.

—¿Le golpeó? —preguntó Hayes. Simon no respondió—. Vale, eso es lo que pensaba. Está todo manchado de sangre. Se ha salpicado hasta esa bonita corbata. ¿Es una Hermès?

Lo era, pero Simon no dijo nada más. Aún llevaba la camisa abotonada hasta la garganta y la corbata atada con un nudo Windsor perfecto.

—¿Dónde está mi hija?

—Ni idea —dijo Hayes.

—Entonces, no tengo nada más que decir hasta que hable con mi abogado.

—Usted mismo.

Hayes volvió a girarse y no dijo nada más.

Condujeron a Simon al departamento de Urgencias del Mount Sinai West, en la calle Cincuenta y nueve, cerca de la Décima Avenida, donde se lo llevaron inmediatamente a Rayos X. Un médico ataviado con un turbante y aspecto de no tener edad para ver películas de adultos le puso férulas en los dedos y le cosió las heridas de la cabeza. Para tratar las fracturas de las costillas no podían hacer nada, explicó el médico, salvo «restringir la actividad durante seis semanas más o menos».

El resto transcurrió como un torbellino surrealista: el viaje en coche patrulla a la Comisaría Central, en el 100 de Centre Street, las fotos, las huellas, la celda. Le concedieron una llamada, como en las películas. Simon iba a llamar a Ingrid, pero optó por su cuñado Robert, un experto abogado de Manhattan.

—Te enviaré a alguien enseguida —dijo Robert.

—¿No te puedes ocupar tú?

—Yo no soy criminalista.

—¿De veras crees que necesito un criminalista?

—Sí, lo creo. Además, Yvonne y yo estamos en la casa de la playa. Tardaría demasiado en llegar. Tú espera.

Media hora más tarde, una mujer minúscula de unos setenta y pocos años, con el cabello entre rubio y gris, y fuego en los ojos, se presentó con un firme apretón de manos.

—Hester Crimstein —dijo—. Me envía Robert.

—Soy Simon Greene.

—Ya. Soy una abogada de primera, así que eso lo he deducido. Bueno, ahora repita conmigo, Simon Greene: «inocente».

—¿Qué?

—Usted repita lo que acabo de decir.

—«Inocente».

—Estupendo, bien hecho, precioso. Se me saltan las lágrimas. —Hester Crimstein se echó adelante, acercando la cabeza—. Esas son las únicas palabras que se le permite decir, y la única vez que dirá esas palabras es cuando el juez le pregunte cómo se declara. ¿Me sigue?

—La sigo.

—¿Necesitamos ensayarlo?

—No, creo que lo tengo claro.

—Buen chico.

Cuando entraron en el juzgado y la abogada dijo: «Hester Crimstein, abogada de la defensa», se extendió un murmullo por la sala. El juez levantó la cabeza y arqueó una ceja.

—Señora Crimstein, qué honor. ¿Qué trae a una ilustre letrada como usted a mi humilde juzgado?

—Solo he venido para evitar un grave error judicial.

—Estoy seguro de ello. —El juez cruzó las manos y sonrió—. Me alegro de verla otra vez, Hester.

—Eso no lo dice en serio.

—Es cierto —reconoció el juez—. No me alegro.

Aquello pareció halagar a Hester.

—Tiene buen aspecto, señoría. La toga negra le queda bien.

—¿El qué? ¿Este trapo viejo?

—Le adelgaza.

—Sí, ¿verdad? —El juez se recostó en su butaca—. ¿Cómo se declara el acusado?

Hester miró a Simon.

—Inocente —dijo, y Hester asintió, complacida.

El fiscal pidió cinco mil dólares de fianza. Hester no puso objeciones a aquella cifra. Después de resolver todo el lío burocrático y de papeles, cuando los dejaron marcharse, Simon se dirigió a la entrada principal, pero Hester lo detuvo poniéndole una mano sobre el antebrazo.

—Por ahí, no.

—¿Por qué no?

—Estarán esperando.

—¿Quiénes?

Hester pulsó el botón del ascensor, levantó la vista hacia los números de los pisos, y dijo:

—Sígame.

Cogieron las escaleras y bajaron dos plantas. Hester lo condujo hacia la salida trasera del edificio. Cogió su teléfono móvil.

—¿Estás en el Eggloo de Mulberry, Tim? Bien. Cinco minutos.

—¿Qué está pasando? —preguntó Simon.

—Qué curioso.

—¿El qué?

—Que siga hablando —dijo Hester—, cuando le especifiqué que no lo hiciera.

Atravesaron un pasillo oscuro. Hester iba delante. Giró a la derecha y luego otra vez a la derecha. Al final, llegaron a un acceso destinado a los empleados. Iban pidiendo la identificación a la gente a medida que entraba, pero Hester avanzó sin vacilar hasta la salida.

—No pueden hacer eso —dijo un guardia.

—Deténganos.

No lo hizo. Un momento más tarde, estaban fuera. Cruzaron Baxter Street y atajaron atravesando el césped del Columbus Park, tres pistas de vóleibol, para desembocar en Mulberry Street.

—¿Le gusta el helado? —preguntó Hester.

Simon no respondió. Se señaló la boca cerrada. Hester suspiró.

—Ya puede hablar.

—Sí.

—En Eggloo tienen un sándwich helado de malvavisco y chocolate que está de muerte. Le he dicho a mi chófer que nos compre dos para el camino.

El Mercedes negro esperaba delante. El conductor llevaba los sándwiches helados. Le entregó uno a Hester.

—Gracias, Tim. ¿Simon?

Simon rehusó el otro. Hester se encogió de hombros.

—Todo tuyo, Tim.

Ella le dio un bocado al suyo y se dejó caer en el asiento de atrás. Simon se sentó a su lado.

—Mi hija... —dijo Simon.

—La policía no la ha encontrado.

—¿Y qué hay de Aaron Corval?

—¿Quién?

—El tipo al que golpeé.

—Eh, eh, eh, no bromee siquiera con eso. Quiere decir el tipo al que presuntamente golpeó.

—Lo que sea.

—De lo que sea, nada. Ni siquiera en privado.

—Vale, lo pillo. ¿Sabe dónde...?

—Él también desapareció.

—¿Qué quiere decir con que desapareció?

—¿Qué parte de «desapareció» resulta confusa? Huyó antes de que la policía pudiera averiguar nada de él. Lo cual nos favorece. Sin víctima, no hay delito. —Dio otro bocado y se limpió la comisura de los labios—. El caso se resolverá enseguida, pero... Mire, tengo una amiga. Se llama Mariquita Blumberg. Es una tocapelotas, no un encanto como yo. Pero sin duda es la mejor en su campo. Necesitamos que Mariquita se ponga con su campaña de relaciones públicas enseguida.

El chófer arrancó. El Mercedes se dirigió hacia el norte y giró a la derecha por Bayard Street.

—¿Campaña de relaciones públicas? ¿Por qué iba yo a necesitar...?

—Se lo diré dentro de un minuto, pero ahora mismo no debemos distraernos. Primero cuénteme lo que ocurrió. Todo. De principio a fin.

Se lo contó. Hester se volvió y lo miró fijamente. Era una de esas personas que convierten el acto de escuchar atentamente en una forma de arte. Antes esa mujer había sido todo energía y movimiento. Ahora esa energía era como un láser concentrado que lo apuntaba directamente. Atendía a cada palabra que salía de su boca con un nivel de complicidad e intensidad que parecía palpable.

—Vaya, chico, lo siento —dijo Hester cuando hubo acabado—. Es una desgracia.

—Así que lo entiende.

—Claro.

—Necesito encontrar a Paige. O a Aaron.

—Volveré a hablar con los agentes, pero como le he dicho, tengo entendido que ambos huyeron.

Otro callejón sin salida. A Simon empezó a dolerle todo. A pesar de sus mecanismos de defensa, todas las respuestas químicas del cuerpo destinadas a retrasar o bloquear el dolor iban erosionándose a marchas forzadas. No era que volviera el dolor progresivamente; estaba regresando con fuerza.

—¿Y bien? ¿Por qué necesito una campaña de relaciones públicas?

Hester sacó el teléfono móvil y se puso a toquetear la pantalla.

—Odio estas cosas. Tanta información y con tantos usos, pero la mayoría solo sirve para arruinar la vida de la gente. Tiene hijos, ¿verdad? Bueno, es obvio. ¿Cuántas horas al día se pasan...? —No acabó la frase—. No es el momento de mantener esa charla en particular. Mire.

Hester le entregó el teléfono.

Simon vio que le había puesto un vídeo de YouTube que tenía 289.000 visualizaciones. Cuando vio el fotograma inicial y leyó el título, se le encogió el corazón:

«Los ricos apalean a los pobres».

«Wall Street da una buena tunda a un vagabundo».

«Míster Gilito machaca a un marginado».

«Un bróker pega una paliza a un sintecho».

«Cómo pisotean los poderosos a los pobres».

Levantó la vista y miró a Hester, que se encogió de hombros en un gesto cómplice. Estiró la mano y pulsó el botón de «reproducir» con el dedo índice. El vídeo lo había grabado alguien que se hacía llamar ZorraStiletto y había sido colgado dos horas antes. ZorraStiletto estaba grabando a tres mujeres —¿quizá su mujer y dos hijas?— cuando, de pronto, algún tipo de altercado le había llamado la atención. La cámara se había desplazado hacia la derecha, para enfocar justo a tiempo a Simon, que tenía un aspecto pomposo —¿por qué demonios no se había quitado aquel traje o, al menos, se había aflojado aquella maldita corbata?—, en el momento en que Paige se zafaba de él y Aaron se ponía entre los dos. Por supuesto, daba la impresión de que un hombre rico trajeado hubiera querido acosar (o algo peor) a una chica mucho más joven, y que un vagabundo había salido en su defensa.

Mientras la frágil joven, asustada, se refugiaba tras la espalda de su salvador, el hombre del traje se ponía a gritar. La joven echaba a correr. El hombre del traje intentaba esquivar al vagabundo y seguirla. Simon sabía, por supuesto, lo que estaba a punto de ver. Aun así, observó, con los ojos desorbitados y un punto de esperanza, como si hubiera alguna posibilidad de que el hombre del traje no fuera lo suficientemente capullo para echar el puño atrás y golpear al valeroso sintecho en la cara.

Pero eso era exactamente lo que sucedía después.

El buen samaritano caía al suelo cubierto de sangre. El implacable hombre rico del traje intentaba pasarle por encima, pero el sintecho lo agarraba de la pierna. Cuando un hombre asiático con gorra de béisbol —otro buen samaritano, sin duda— se lanzaba a pararlo, el hombre del traje le asestaba un codazo en la nariz a él también.

Simon cerró los ojos.

—Joder...

—Pues sí.

Cuando Simon volvió a abrir los ojos, se saltó la regla básica de todos los artículos y vídeos colgados en internet: nunca jamás leas los comentarios.

«Los ricos creen que pueden ir así por la vida sin que les pase nada».

«¡Iba a violar a esa chica! Menos mal que apareció ese héroe».

«Tendrían que encerrar a Míster Gilito de por vida. Y punto».

«Apuesto a que el millonetis ese se irá de rositas. Si fuera negro, le habrían pegado un tiro».

«El tipo que ha salvado a la chica es un valiente. Seguro que el tío rico se libra de la trena pagando».

—Pero tengo buenas noticias —dijo Hester—. También tiene algunos fanes.

Cogió el teléfono, bajó por la pantalla y señaló.

«Probablemente ese vagabundo viva de las subvenciones. Enhorabuena al tío del traje por limpiar el parque de semejante basura».

«Si ese tipo apestoso se buscara un trabajo en lugar de vivir del cuento, no le hostiarían».

Los avatares de los perfiles de sus fanes lucían imágenes de águilas o banderas americanas.

—Vaya, genial —dijo Simon—. Los psicópatas están de mi parte.

—Oiga, no se queje. Quizá haya unos cuantos en el jurado. Aunque no es que esto vaya a llegar ante un jurado. Ni siquiera a juicio. Hágame un favor.

—¿Cuál?

—Pulse el botón de «actualizar» —dijo Hester. Él no tenía muy claro qué quería decir, así que Hester alargó la mano y pulsó una flechita que había arriba. El vídeo se cargó de nuevo. Hester señaló el contador de visualizaciones. Había pasado de 289.000 a 453.000 en los dos últimos minutos.

—Enhorabuena —dijo Hester—. Se ha convertido en un fenómeno viral.

3

Simon miró por la ventanilla, dejando que el verde del parque fuera pasando, borroso, ante sus ojos. Cuando el conductor giró a la izquierda desde Central Park West y tomó la calle Sesenta y siete Oeste, oyó que Hester murmuraba:

—Oh, oh.

Simon se volvió. Había furgonetas de reporteros aparcadas en doble fila frente a su casa. Quizás habría como dos docenas de manifestantes protestando tras unas barreras de madera azul en las que podía leerse: PRECINTO POLICIAL – NO PASAR. NYPD.

—¿Dónde está su mujer? —preguntó Hester.

Ingrid. Se había olvidado por completo de ella; ni siquiera había pensado cómo podría reaccionar ante todo aquello. También se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué hora era. Miró el reloj. Las cinco y media de la tarde.

—En el trabajo.

—Es pediatra, ¿verdad?

Asintió.

—En el New York-Presbyterian, en la calle Ciento sesenta y ocho.

—¿Y a qué hora acaba?

—Hoy, a las siete.

—¿Vuelve a casa en coche?

—Coge el metro.

—Llámela. Tim la recogerá. ¿Dónde están los chicos?

—No lo sé.

—Llámelos también. El bufete tiene un apartamento en Midtown. Pueden quedarse ahí esta noche.

—Podemos ir a un hotel.

Hester negó con la cabeza.

—Si hacen eso, les encontrarán. El apartamento será mejor, y no es que no cobremos —él no dijo nada—. Esto también pasará, Simon, si no alimentamos el fuego. Para mañana, o como mucho pasado, estos pirados estarán pendientes del próximo escándalo. Aquí la gente tiene una capacidad nula para mantener la atención.

Llamó a Ingrid, pero ese día trabajaba en Urgencias, así que le saltó directamente el buzón de voz. Simon le dejó un mensaje detallado. Luego llamó a Sam, que ya lo sabía todo.

—El vídeo tiene más de un millón de visualizaciones. —Su hijo parecía tan sorprendido como impresionado—. No puedo creerme que le dieras un puñetazo a Aaron. Tú.

—Solo intentaba hablar con tu hermana.

—Pues todo el mundo te presenta como un rico abusón.

—Eso no es lo que pasó.

—Sí, ya lo sé.

Silencio.

—Bueno, este conductor, Tim, te recogerá...

—No te preocupes. Me quedo con los Bernstein.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿A sus padres no les importa?

—Larry dice que no hay problema. Me volveré con él después del entreno.

—Vale, si crees que es mejor así.

—Será más fácil.

—Claro, tiene sentido. Pero si cambias de opinión...

—Papá, lo pillo. —Luego, suavizó la voz—. He visto... Quiero decir que Paige, en ese vídeo... tenía un aspecto...

Más silencio.

—Sí —dijo Simon—. Lo sé.

Simon llamó a su hija Anya tres veces. No hubo respuesta. Al final, vio que ella le estaba llamando a él. Cuando cogió la llamada, no era Anya la que hablaba.

—Hola, Simon, soy Suzy Fiske.

Suzy vivía dos pisos por debajo de ellos. Su hija Delia y Anya habían ido a los mismos colegios desde que tenían tres años.

—¿Anya está bien? —preguntó.

—Sí, está bien. Bueno, no debes preocuparte. Está muy afectada, eso sí. Ya sabes, por ese vídeo.

—¿Lo ha visto?

—Sí. ¿Conoces a Alyssa Edwards? Se lo estaba enseñando a todos los padres a la hora de recoger a los chicos, pero ellos ya... Ya sabes cómo va esto. Todo el mundo hablaba de ello.

Claro que lo sabía.

—¿Puedes pasarme a Anya, por favor?

—No creo que sea buena idea, Simon.

«Me importa una mierda lo que creas», pensó, pero esa vez no lo dijo en voz alta. Quizás había aprendido la lección tras su arranque de antes.

Al fin y al cabo, tampoco era culpa de Suzy.

Se aclaró la garganta e intentó adoptar el tono de voz más tranquilo del que era capaz.

—¿Puedes pedirle por favor a Anya que se ponga al teléfono?

—Puedo intentarlo, Simon, claro.

Seguramente se había apartado del teléfono, porque el sonido le llegaba ahora más débil, más distante.

—Anya, tu papá quiere... ¿Anya?

Ahora solo oía sonidos confusos.

—No hace más que menear la cabeza. Mira, Simon, tu hija puede quedarse aquí el tiempo que necesites. Quizá puedas probar más tarde, o tal vez pueda llamarla Ingrid después, cuando salga del trabajo.

En realidad, no había motivo para insistir.

—Gracias, Suzy.

—Lo siento mucho.

—Te agradezco tu ayuda —dijo, y pulsó el botón de colgar.

Hester se quedó mirando al frente, con su sándwich helado en la mano.

—Apuesto a que ahora se arrepiente de no haber aceptado ese helado cuando se lo he ofrecido, ¿verdad? —Una pausa—. ¿Tim?

—Sí, Hester.

—¿Guardas ese helado que ha sobrado en la nevera?

—Sí —dijo el conductor, y se lo pasó. Hester cogió el sándwich y se lo mostró a Simon.

—También va a cargar en mi cuenta el precio de los helados, ¿verdad?

—Yo no, personalmente.

—El bufete.

Ella se encogió de hombros.

—¿Por qué cree usted que le insisto tanto en que se lo coma?

Hester le entregó el helado a Simon. Él le dio un bocado y, por unos segundos, la cosa mejoró. Pero no duró mucho.

El apartamento del bufete de abogados se encontraba en un bloque de oficinas una planta por debajo del despacho de Hester, y se notaba. Las alfombras eran beis. El mobiliario era beis. Las paredes eran beis. Las almohadas... beis.

—Una gran decoración de interiores, ¿no cree? —dijo Hester.

—Muy bonito si le gusta el beis.

—El término políticamente correcto es «tonos tierra».

—Tonos tierra —dijo Simon—. Como el polvo.

A Hester aquello le gustó.

—Yo lo llamo: «tono neutro americano antiguo».

El teléfono de Hester vibró. Ella echó un vistazo rápido al mensaje.

—Su mujer viene de camino. La traeré aquí arriba en cuanto llegue.

—Gracias.

Hester se fue. Simon hizo acopio de valor y echó un vistazo a su teléfono. Había demasiados mensajes y llamadas de teléfono perdidas. Los pasó todos por alto salvo los de Yvonne, su socia en PPG Wealth Management y hermana de Ingrid. Le debía alguna explicación. Así que le escribió un mensaje:

Estoy bien. Es largo de explicar.

Vio los puntitos que indicaban que Yvonne le estaba respondiendo:

¿Hay algo que podamos hacer?

No. Quizá necesite que me cubráis mañana.

No hay problema.

Te pondré al día en cuanto pueda.

Yvonne respondió con una serie de reconfortantes emojis que le dejaban claro que no debía agobiarse y que todo iría bien.

Echó un vistazo al resto de los mensajes. No había ninguno de Ingrid. Durante unos minutos, caminó de acá para allá a lo largo de la moqueta beis del apartamento, miró por la ventana, se sentó en un sofá beis, se puso en pie de nuevo y caminó un rato más. No respondió a las llamadas, y dejó que saltara el contestador de voz, hasta que vio una procedente del colegio de Anya. Cuando respondió, la persona al otro lado de la línea pareció sorprenderse.

—Oh —dijo una voz que Simon reconoció como la de Ali Karim, el director de la Abernathy Academy—. No esperaba que respondieras.

—¿Va todo bien?

—Anya está bien. No es por ella.

—Vale —dijo Simon. Ali Karim era uno de esos profesores que se visten de tales: americanas de tweed con coderas, patillas peludas a ambos lados de la cara, calvo y con unos mechones de pelo demasiado largos cubriéndole la coronilla—. ¿Qué puedo hacer por ti, Ali?

—Es algo delicado.

—Ajá.

—Se trata del baile de beneficencia para padres del mes que viene.

Simon se quedó esperando.

—Como sabes, el comité se reúne mañana por la tarde.

—Lo sé —dijo Simon—. Ingrid y yo somos copresidentes.

—Sí. Eso es.

Simon sentía que agarraba el teléfono más fuerte de lo habitual. El director quería que dijera algo, que rompiera el silencio. No lo hizo.

—Algunos padres tienen la impresión de que sería mejor que no vinierais mañana.

—¿Qué padres?

—Preferiría no decírtelo.

—¿Por qué no?

—Simon, no hagas esto más difícil. Están molestos por ese vídeo.

—Ah —dijo Simon.

—¿Cómo?

—¿Eso es todo, Ali?

—Bueno, no exactamente. —Una vez más, esperó a que Simon rellenara el silencio. Pero Simon tampoco dijo nada esta vez—. Como sabes, el baile de beneficencia de este año recoge fondos para la Coalición de los Sintecho. A la luz de los recientes acontecimientos, pensamos que quizás Ingrid y tú no deberíais seguir como copresidentes.

—¿Qué recientes acontecimientos?

—Venga, Simon.

—No era un sintecho. Es un camello.

—Yo eso no lo sé...

—Sé que no lo sabes. Por eso te lo estoy contando.

—... pero a menudo la imagen que se percibe de los hechos es más importante que la realidad.

—«A menudo la imagen que se percibe de los hechos es más importante que la realidad» —repitió Simon—. ¿Es eso lo que enseñáis a los chavales?

—Se trata de lo que sea mejor para la organización benéfica.

—El fin justifica los medios, ¿eh?

—No es eso lo que estoy diciendo.

—Eres todo un educador, Ali.

—Me parece que te he ofendido.

—Más bien me has decepcionado, pero bueno, como tú quieras. Envíanos nuestro cheque de vuelta y el asunto quedará zanjado.

—¿Perdón?

—No nos nombraste copresidentes por nuestra personalidad arrolladora. Lo hiciste porque realizamos un donativo generoso para este baile. —Ingrid y él no habían entregado el dinero exactamente porque creyeran en la causa. Estos actos sociales raramente se organizan por la causa en sí. La causa es un producto secundario. Se hace para lamerle el culo a la escuela y a los burócratas de turno como Ali Karim. Si uno quiere contribuir en una causa, contribuye directamente en una causa. ¿Realmente se necesita el estímulo de una cena con un salmón que sabe a goma, en el que se rinde pleitesía a un tío rico escogido al azar para hacer lo correcto?—. Ahora que ya no somos copresidentes...

Ali parecía no creérselo.

—¿Quieres que os devolvamos vuestro donativo con fines benéficos?

—Sí. Preferiría que fuera en un envío urgente, pero tampoco pasa nada si nos llega en un servicio de cuarenta y ocho horas. Que tengas un buen día, Ali.

Colgó y lanzó el teléfono contra los almohadones beis del sofá beis. Daría el dinero a la organización benéfica —no iba a ser tan hipócrita—, pero no a través de la campaña del baile del colegio.

Cuando se volvió, se encontró a Ingrid y Hester de pie, observándolo.

—Este es un consejo personal, más que legal —dijo Hester—: por unas horas no hable con nadie, ¿conforme? Con este nivel de estrés, la gente tiende a mostrarse impetuosa y a perder el sentido común. Usted no, por supuesto. Pero más vale prevenir que curar.

Simon se quedó mirando a Ingrid. Su mujer era alta y tenía un porte regio, pómulos prominentes, el cabello corto y rubio platino, con un corte siempre moderno. Durante la universidad había trabajado de forma ocasional en calidad de modelo, y describían su imagen como la de una «escandinava altiva y distante», y probablemente fuera aquella la primera impresión que diera, lo que hacía que en su carrera profesional —la pediatría, un campo en el que hay que mostrarse afectuoso con los niños— fuera una especie de anomalía. Pero los niños no la veían altiva. La adoraban y confiaban en ella al instante. Era asombroso ver cómo los chiquillos conectaban enseguida con su mujer.

—Les dejaré solos para que hablen —dijo Hester.

No especificó de qué debían hablar, aunque estaba claro que no hacía falta. Cuando se quedaron a solas, Ingrid se encogió de hombros y Simon le contó la historia.

—¿Sabías dónde estaba Paige? —le preguntó Ingrid.

—Ya te lo he dicho. Charlie Crowley me dijo algo.

—Y tú seguiste la pista. Y luego ese otro sintecho, ese Dave...

—No sé si es un sintecho. Solo sé que organiza los horarios de los músicos.

—¿Ahora quieres que nos enzarcemos en discusiones terminológicas, Simon?

No, no era lo que quería.

—¿De modo que ese Dave te dijo que Paige iba a estar por allí?

—Pensaba que estaría allí, sí.

—¿Y no me lo contaste?

—No estaba seguro. No quería disgustarte si resultaba que no era nada.

Ella meneó la cabeza.

—¿Qué?

—Tú nunca me mientes, Simon. No es propio de ti.

Eso era cierto. Él nunca mentía a su esposa y, en cierto sentido, ahora tampoco lo hacía, pero estaba enmascarando la verdad, y eso ya era de por sí lo suficientemente grave.

—Lo siento —dijo Simon.

—No me lo dijiste porque tenías miedo de que te detuviera.

—En parte.

—¿Y por qué más?

—Porque habría tenido que contarte el resto. Que llevaba tiempo buscándola.

—¿Aunque hubiéramos acordado que no lo haríamos?

En realidad, no lo habían acordado. Prácticamente Ingrid se lo había impuesto, y Simon no había planteado objeciones, pero no parecía que fuera el mejor momento para introducir matices.

—No podía... no podía resignarme a perderla así.

—¿Y qué te creías? ¿Que yo sí? —Simon no dijo nada—. ¿Te crees que a ti te duele más que a mí?

—No, por supuesto que no.

—Y una mierda. Pensabas que a mí no me importaba.

Estuvo a punto de volver a decir: «No, por supuesto que no», pero ¿no era cierto que en parte sí lo pensaba?

—¿Cuál era tu plan, Simon? ¿Llevarla de nuevo a rehabilitación?

—¿Por qué no?

Ingrid cerró los ojos.

—¿Cuántas veces hemos intentado...?

—No han bastado. Eso es todo. No han bastado.

—Eso no ayuda. Paige tiene que decidirlo por sí misma. ¿Es que no lo ves? Yo no la dejé marchar —dijo Ingrid, casi escupiendo las palabras— porque ya no la quisiera. La dejé marchar porque es ella la que se ha ido... y nosotros no podemos hacer que vuelva. ¿Me oyes? No podemos. Solo ella puede decidirlo.

Simon se dejó caer en el sofá. Ingrid se sentó a su lado. Pasó un rato, y luego ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Lo he intentado —dijo Simon.

—Lo sé.

—Y lo he complicado todo.

Ingrid tiró de él, acercándoselo.

—Se arreglará.

Él asintió, aunque sabía que no se arreglaría. Nunca.

4

TRES MESES MÁS TARDE

Simon se sentó frente a Michelle Brady en el amplio despacho que tenía en la planta treinta y ocho, al otro lado de la calle en donde en otro tiempo se levantaban las torres del World Trade Center. Él había presenciado la caída de las torres aquel día terrible, pero nunca hablaba de ello. Nunca vio los documentales ni los boletines de noticias ni los programas especiales de aniversario. Sencillamente no se veía capaz. A lo lejos, a la derecha, sobre el agua, se veía la Estatua de la Libertad. Distante, pequeña en comparación con los rascacielos, flotando sola en el agua, pero con gesto decidido, alzando la antorcha al cielo, como un modelo verde de entereza, y aunque ya hiciera tiempo que Simon se había cansado del panorama —por espectacular que sea, si ves lo mismo cada día, al final se vuelve monótono—, la visión de la Estatua de la Libertad seguía reconfortándolo.

—Te estoy muy agradecida —dijo Michelle, con lágrimas en los ojos—. Siempre has sido un buen amigo.

En realidad, no era un amigo. Era un asesor financiero, y ella su cliente. Pero sus palabras lo conmovieron. Se trataba justo de lo que quería oír, de cómo veía él su trabajo. Por otra parte quizá sí fuera un amigo.

Veinticinco años atrás, después del nacimiento de la primera hija de Rick y de Michelle Brady, Elizabeth, Simon había abierto una cuenta de depósito en custodia con el objeto de que Rick y Michelle pudieran empezar a ahorrar para la universidad.

Veintitrés años atrás, les había ayudado a estructurar una hipoteca para su primera casa.

Veintiún años atrás, había puesto sus papeles y negocios en orden para que pudieran adoptar a su hija Mei en China.

Veinte años atrás, había ayudado a Rick a pedir un préstamo para lanzar una empresa de impresión especializada que en la actualidad tenía clientes en los cincuenta estados del país.

Dieciocho años atrás, había ayudado a Michelle a montar su primer estudio de arte.

Con el correr de los años, Simon y Rick habían hablado de la expansión del negocio, de la domiciliación de las nóminas, de si debía o no convertirlo en una sociedad limitada y sobre el plan de pensiones que sería mejor, acerca de si debería comprar un coche o alquilarlo, además de si podría permitirse un colegio privado para las niñas o eso supondría estirar más el brazo que la manga. Habían hablado de inversiones, de acciones, de la liquidación de nóminas de la empresa, del precio de las vacaciones familiares, de la compra de aquella cabaña de pesca junto al lago, de las obras de la cocina. Habían creado quinientas veintinueve cuentas y revisado los planos de sus propiedades.

Dos años atrás, Simon había ayudado a Rick y a Michelle a buscar el mejor modo de pagar la boda de Elizabeth. Simon había asistido, por supuesto. Aquel día Rick y Michelle habían llorado mucho al ver a su hija recorriendo el pasillo camino del altar.

Un mes atrás, Simon se había sentado en el mismo banco de la misma iglesia para asistir al funeral de Rick.

Ahora Simon ayudaba a Michelle, aún en proceso de duelo, para que aprendiera a ocuparse de las pocas cosas que había dejado en manos de Rick: gestionar un talón de cheques, controlar las tarjetas de crédito, ver qué fondos quedaban en cuentas comunes y separadas, por no hablar de mantener el negocio en marcha o decidir si era mejor venderlo.

—Me alegro de poder ayudar —dijo Simon.

—Rick había preparado las cosas para este momento —respondió ella.

—Lo sé.

—Como si lo supiera... Quiero decir, que siempre se le veía tan sano. ¿Tenía algún problema de salud del que no me hubiera hablado? ¿Tú crees que él lo sabía?

Simon negó con la cabeza.

—No, no lo creo.

Rick había muerto de un infarto masivo a los cincuenta y ocho años de edad. Simon no era abogado ni agente de seguros, pero parte del trabajo del asesor financiero consistía en preparar al cliente para semejante contingencia. Así que lo había hablado con Rick. Como la mayor parte de hombres de su edad, Rick se había mostrado reacio a plantearse su propia defunción.

Simon notó la vibración del teléfono en el bolsillo. Tenía una regla estricta: nada de interrupciones cuando estaba con sus clientes. No era por presumir, pero cuando la gente entraba en su despacho, venían a hablar de algo que les importaba mucho.

Su dinero.

Sí, ya. El dinero quizá no diera la felicidad y demás, pero... bueno, bobadas. El dinero, como casi cualquier cosa que uno alcance a controlar, puede conjurar y potenciar ese escurridizo ideal que llamamos felicidad. El dinero alivia el estrés. Proporciona mejores estudios, una mejor alimentación, mejores médicos y cierto nivel de paz mental. El dinero proporciona comodidad y libertad. Con dinero, te puedes conceder experiencias y lujos y, sobre todo, el dinero te ayuda a disponer de tiempo libre que —de eso Simon se había dado cuenta hacía tiempo— era algo tan importante como la familia o la salud.

Si crees en ello —y aunque no lo creas—, la elección de la persona que va a gestionar tus finanzas resulta tan decisiva como la de tu médico o párroco, aunque Simon aduciría que el asesor financiero desempeñaba un papel más comprometido en la vida diaria de cualquiera. Trabajas duro. Ahorras. Planificas. Prácticamente todas las decisiones vitales importantes que tomas guardan relación de algún modo con tus finanzas.

Cuando se paraba a pensar en aquello, sentía que tenía una responsabilidad increíble.

Michelle Brady se merecía toda su atención y dedicación. Así que la vibración del teléfono en el bolsillo era señal de que pasaba algo importante.

Echó una mirada disimulada a la pantalla. Había aparecido un mensaje de su nuevo asistente, Khalil:

Un policía pregunta por ti.

Se quedó mirando el mensaje lo suficiente para que Michelle se diera cuenta.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. Es solo...

—¿Qué?

—Un pequeño problema.

—Oh —dijo Michelle—. Si quieres, puedo volver...

—¿Me das un segundo para...? —Señaló el teléfono sobre la mesa.

—Por supuesto.

Simon levantó el auricular y pulsó el botón de la línea de Khalil.

—Un investigador de la policía está subiendo ahora para verte. Se llama Isaac Fagbenle.

—¿Está en el ascensor?

—Sí.

—Hazle esperar en recepción hasta que te lo diga.

—Vale.

—¿Tienes preparados los impresos de las tarjetas de crédito de la señora Brady?

—Sí.

—Pues que los firme. Asegúrate de que emiten hoy mismo su tarjeta y la de Mei. Enséñale cómo funcionan los pagos automáticos.

—Muy bien.

—Para entonces, yo debería haber acabado.

Simon colgó el teléfono y miró a Michelle a los ojos.

—Lamento muchísimo esta interrupción.

—No pasa nada —dijo ella.

Sí, sí pasaba.

—Sabes lo que... bueno, lo que pasó hace unos meses.

Ella asintió. Todo el mundo lo sabía. Simon se había ganado un puesto en el panteón de los malos entre los vídeos virales, junto con el dentista que había disparado a un león y el abogado racista que había perdido la cabeza. Después de aquello, los programas de la mañana de la ABC, la NBC y la CBS se habían ensañado con él. También los canales de televisión por cable. Tal como había predicho Hester Crimstein, su repentina fama había sido un fogonazo que se extendió durante varios días, y luego había ido menguando hasta extinguirse hacia finales del primer mes. El vídeo había obtenido nada menos que ocho millones de visitas en la primera semana. Ahora, casi tres meses más tarde, aún no llegaba a los ocho millones y medio.

—¿Qué hay de eso? —preguntó Michelle.

Quizá no debiera entrar en detalles. O quizá, sí.

—Viene a verme un poli.

Si uno espera que sus clientes se le sinceren, bueno, ¿eso no debería funcionar en ambos sentidos? No era asunto de Michelle, claro, salvo porque iba a interrumpir su visita y tenía la sensación de que tenía derecho a saber por qué.

—Rick me dijo que habían retirado los cargos.

—Así fue.

Hester también tuvo razón en eso. No había habido ni rastro de Aaron ni de Paige en los tres meses siguientes y, sin víctima, no había caso. Tampoco le perjudicó que Simon gozara de una buena posición económica y que Aaron Corval, tal como descubriría Simon a su pesar —cuando no, para su sorpresa—, tuviera un historial delictivo bastante largo. Hester y el fiscal del distrito de Manhattan llegaron a un acuerdo de forma discreta, lejos de las miradas de los curiosos.

No se firmó nada, por supuesto. Ningún quid pro quo evidente. No fueron tan torpes. Pero oye, había una campaña de recolección de fondos a la vista, si es que Simon e Ingrid querían asistir. El director Karim se había puesto en contacto con ellos dos semanas después del incidente. No se disculpó directamente, pero quiso hacerles llegar su apoyo, y recordarle a Simon que los Greene formaban parte de la familia de la Abernathy Academy. Simon lo habría mandado a la mierda con sumo placer, pero Ingrid le recordó que Anya empezaría su primer año en la institución muy pronto, de modo que Simon sonrió, les devolvió el cheque y la vida siguió su curso.

La única previsión que tomó el fiscal del distrito fue esperar un poco a retirar de forma oficial los cargos. El incidente tenía que quedar lo suficientemente alejado en el tiempo para que los medios no se dieran cuenta, para que no hicieran demasiadas preguntas sobre supuestos privilegios o cosas así.

—¿Sabes por qué está aquí la policía? —preguntó Michelle.

—No.

—Probablemente deberías llamar a tu abogado.

—Yo estaba pensando lo mismo.

Michelle se puso en pie.

—Te dejo para que puedas encargarte.

—Siento mucho todo esto.

—No te preocupes.

El despacho de Simon tenía una pared de cristal orientada hacia los cubículos de los administrativos. Khalil se acercó y Simon le indicó con un gesto que entrara.

—Khalil te organizará todo el papeleo. Cuando acabe con este policía...

—Tú arregla lo tuyo. No te preocupes —dijo Michelle, mientras le estrechaba la mano por encima de la mesa. Khalil la acompañó afuera.

Simon respiró hondo. Cogió el teléfono y llamó al bufete de Hester Crimstein. Ella respondió enseguida.

—Articula —dijo Hester.

—¿Qué?

—Así es cómo responde al teléfono un amigo mío. No haga caso. ¿Qué pasa?

—Ha venido un poli a verme.

—¿Dónde?

—A mi despacho.

—¿En serio?

—No, Hester, es una broma telefónica.

—Genial, los listillos son mis clientes favoritos.

—¿Qué debo hacer?

—Mamones —dijo.

—¿Qué?

—Esos mamones saben que soy su abogada en este caso. No deberían ponerse en contacto con usted sin llamarme primero.

—Bueno, ¿y qué hago?

—Voy de camino. No hable con él. O con ella. No quiero ser sexista.

—Es un hombre —dijo Simon—. Pensaba que el fiscal iba a retirar los cargos, que el caso no se sustentaba.

—Lo iba a hacer, y así es. Siéntese y aguante. No diga ni una palabra.

Llamaron suavemente a su puerta y apareció Yvonne Previdi, la hermana de Ingrid. Yvonne, su cuñada, no era en absoluto tan guapa como su hermana modelo —¿o es que Simon no era objetivo?—, pero desde luego estaba mucho más obsesionada con la moda. Llevaba una falda de tubo rosa y un top de color crema sin mangas, con unos zapatos de tacón Valentino de diez centímetros cubiertos de remaches dorados. Había conocido a Yvonne antes que a Ingrid, cuando ambos asistían al programa de formación de Merrill Lynch. Enseguida se habían hecho amigos. Eso había sido hacía veintiséis años. Poco después de que acabaran el curso, el padre de Yvonne, Bart Previdi, había incorporado dos socios a su empresa en expansión: su hija Yvonne y su futuro cuñado, Simon Greene.

La PPG Wealth Management. Las dos P del nombre eran por los dos Previdi, y la G por Greene.

Lema: «Somos honestos pero no muy creativos con los nombres».

—¿Qué hace aquí ese poli guapo? —preguntó Yvonne. Yvonne y Robert tenían cuatro hijos y vivían en Short Hills, un elegante centro suburbano de Nueva Jersey. Durante un breve espacio de tiempo, Simon e Ingrid también habían probado la vida suburbana, y habían dejado el apartamento del Upper West Side por una casa de estilo colonial, justo después del nacimiento de Sam. Lo hicieron porque era lo que tocaba. Uno vive en la ciudad hasta que tiene un hijo o dos y luego se traslada a una bonita casa con una valla de madera y un patio trasero, con buenos colegios y muchos campos de deportes. Pero a Simon e Ingrid no les gustaba la vida suburbana. Echaban de menos lo evidente: la estimulación, el jaleo, el ruido. Si das un paseo de noche por la gran ciudad, siempre ves algo. Si das un paseo de noche por un barrio residencial... bueno, nada. Todo ese gran espacio abierto —los patios en silencio, los interminables campos de fútbol, las piscinas municipales, los campos de béisbol de la Little League— resultaba terriblemente claustrofóbico. Tanta tranquilidad fue agotándolos. Y también los viajes de acá para allá. Probaron durante dos años y, luego, volvieron a mudarse a Manhattan.

Ahora que había pasado el tiempo, ¿podían pensar que se trataba de error?

Uno se puede volver loco planteándose ese tipo de preguntas, pero Simon no lo creía. En cualquier caso, los chicos aburridos de las zonas residenciales solían portarse peor y experimentar más que los de la ciudad. Y Paige no había dado muestras de nada raro durante el instituto. Los problemas habían empezado al marcharse de la ciudad para ir a la universidad en un ambiente rural.

O quizás aquello fuera racionalizar demasiado. ¿Quién sabe?

—¿Lo has visto? —preguntó Simon.

Yvonne asintió.

—Acaba de entrar en recepción. ¿Por qué está aquí?

—No lo sé.

—¿Has llamado a Hester?

—Sí. Está en camino.

—Es guapísimo.

—¿Quién?

—El poli. Podría salir en la portada de GQ.

Simon asintió.

—Está bien saber eso, gracias.

—¿Quieres que me ocupe de Michelle?

—Khalil está con ella, pero tal vez podrías verla.

—Claro.

Yvonne se dio la vuelta para marcharse cuando un hombre negro y alto con un traje gris impecable le bloqueó la salida.

—¿Señor Greene?

En efecto, sacado directamente de GQ. El traje no parecía hecho a medida, sino más bien como si lo hubieran parido, creado, diseñado para él y solo para él. Le encajaba como lo haría el traje ajustado de un superhéroe, o como una segunda piel. El cuerpo de aquel hombre era pura roca. Lucía la cabeza afeitada y el vello facial perfectamente recortado, manos grandes... y todo él resultaba escandalosamente perfecto. Yvonne le hizo un gesto con la cabeza a Simon para indicarle: «¿Ves lo que te decía?».

—Soy el agente Isaac Fagbenle, del Departamento de Policía de Nueva York.

—No debería estar aquí dentro —respondió Simon.

El policía mostró una sonrisa tan reluciente que Yvonne tuvo que dar un paso atrás.

—Sí, bueno, lo cierto es que no estoy aquí por una visita de rutina. —Sacó su placa—. Me gustaría hacerle unas preguntas.

Yvonne no se movió.

—Hola —le dijo él. Yvonne saludó con la mano, por primera vez en su vida sin palabras. Simon frunció el ceño.

—Estoy esperando a mi abogada —dijo Simon.

—¿Hablamos de Hester Crimstein?

—Sí.

Isaac Fagbenle cruzó el despacho y, sin que nadie se lo ofreciera, se sentó en la silla frente a Simon.

—Es buena.

—Ajá.

—Una de las mejores, por lo que he oído.

—Exacto. Y no le gustaría nada que habláramos.

Fagbenle arqueó una ceja y cruzó las piernas.

—¿No?

—No.

—¿Así que se niega a hablar conmigo?

—No me niego. Espero a que esté presente mi abogada.

—¿No quiere entonces hablar conmigo justo ahora?

—Como le he dicho, voy a esperar a mi abogada.

—¿Y confía en que yo haga lo mismo? —dijo esta vez con un punto de irritación en la voz. Simon miró a Yvonne. Ella también lo había oído—. ¿Es eso lo que me está diciendo, Simon? ¿Es esa su respuesta final?

—No sé a qué se refiere.

—Me refiero a que si de verdad se niega usted a hablar conmigo.

—Solo hasta que llegue mi abogada.

Isaac Fagbenle suspiró, descruzó las piernas y volvió a ponerse en pie.

—Vaya, pues adiós entonces.

—Puede esperar en recepción.

—Sí, ya, eso no va a pasar.

—Debería llegar enseguida.

—Simon... ¿Puedo llamarle Simon, por cierto?

—Sí, claro.

—Ustedes cuidan bien a sus clientes, ¿me equivoco?

Simon miró a Yvonne y luego, de nuevo, a Fagbenle.

—Lo intentamos.

—Quiero decir que no les hacen perder dinero, ¿verdad?

—Exacto.

—Yo hago lo mismo. Mis clientes, en este caso, son los contribuyentes de la ciudad de Nueva York. No voy a desperdiciar los dólares que tanto les cuesta ganar leyendo revistas de economía en su sala de espera. ¿Lo entiende?

Simon no dijo nada.

—Cuando usted y su abogada estén disponibles, pueden venir a comisaría.

Fagbenle se alisó el traje, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una tarjeta de visita. Se la dio a Simon.

—Bueno, adiós.

Simon leyó la tarjeta y vio algo que le sorprendió.

—¿El Bronx?

—¿Perdón?

—Aquí dice que su comisaría está en el Bronx.

—Exacto. A veces los de Manhattan se olvidan de que Nueva York tiene cinco distritos. Está el Bronx, Queens y...

—Pero la agresión... —Simon se calló de golpe y rebobinó—. La presunta agresión tuvo lugar en Central Park. Y eso es Manhattan.

—Sí, es cierto —dijo Isaac Fagbenle, mostrando la misma sonrisa luminosa de antes—. Pero... ¿y el asesinato? Ese se produjo en el Bronx.

5

Cuando Elena Ramírez entró cojeando en aquel despacho demasiado grande con aquellas vistas absurdamente exageradas, se preparó para lo inevitable. El tipo no la decepcionó.

—Un momento, ¿usted es Ramírez?

Elena estaba acostumbrada a aquel escepticismo que rayaba en la estupefacción.

—La misma en carne y hueso —respondió—. Quizá incluso con unos cuantos kilos de más, ¿no le parece?

El cliente —Sebastian Thorpe III— se la quedó mirando sin disimulo, como nunca escrutaría a un hombre. No es que ella fuera susceptible ni nada de eso: era un hecho. Cada pequeño detalle de Thorpe apestaba a dinero: desde el «III» al final de su nombre hasta el traje diplomático cortado a medida, pasando por su complexión de niño rico con las mejillas sonrosadas, el cabello engominado hacia atrás a lo Wall Street, años ochenta o sus gemelos de experto inversor en bolsa.

Thorpe no dejó de examinarla con lo que alguien habría tenido que advertirle que era su mirada más fulminante.

—¿Quiere comprobar mi dentadura? —le propuso Elena. Y abrió bien la boca.

—¿Qué? No, por supuesto que no.

—¿Está seguro? También puedo darme la vuelta, si quiere. —Lo hizo—. Tal vez demasiado culo por aquí detrás, ¿no cree?

—Deje de hacer eso.

La oficina de Thorpe estaba decorada con un flagrante mal gusto y mucha quincalla anticuada, toda en blanco y cromado y con una piel de cebra en el centro del despacho, como si fuera a posar ante su captura. Mera fachada, nada de sustancia. Había una fotografía enmarcada sobre la mesa, una foto de boda en la que aparecía Thorpe, con esmoquin y una sonrisa de comemierda junto a una joven rubia de carnes prietas que probablemente se presentara a sí misma como «modelo de fitness» en Instagram.

—Es que viene usted muy bien recomendada —acertó a decir Thorpe a modo de explicación.

Lo que quería decir era que, por el dinero que le iba a costar, se esperaba a alguien con una imagen más cuidada, no una mexicana rolliza de apenas metro y medio en vaqueros de estilo mamá y calzado cómodo. Esos tíos oían un nombre hispano y esperaban ver a Penélope Cruz o a alguna bailarina de flamenco, no a alguien que les recordara a las criadas que venían a trabajar a su casa de la playa en verano.

—Gerald dice que es usted la mejor —añadió Thorpe.

—Y la más cara, así que vayamos al grano, ¿le parece? He oído que su hijo ha desaparecido.

Thorpe cogió el teléfono móvil, pasó el dedo y le mostró la pantalla.

—Este es Henry. Mi hijo. Tiene veinticuatro años.

En la imagen, Henry iba vestido con un polo azul y mostraba una sonrisa forzada, de esas que dejan claro que lo intentas, pero que no te sale. Elena se inclinó hacia delante para mirar más de cerca, pero la mesa que les separaba era demasiado ancha. Ambos se acercaron a una ventana que ofrecía unas vistas espléndidas del río Chicago y del centro.

—Muy guapo —dijo. Thorpe asintió—. ¿Cuánto tiempo lleva desaparecido?

—Tres días.

—¿Lo ha denunciado a la policía?

—Sí.

—¿Y?

—Fueron muy educados. Me escucharon, redactaron un informe, introdujeron a Henry en el sistema o como se diga, solo por ser yo...

Era blanco, pensó Elena, y tenía pasta. Eso era todo. Con eso bastaba.

—Oigo un pero —dijo Elena.

—Pero él me envió un mensaje de texto. Henry, quiero decir.

—¿Cuándo?

—El día en que desapareció.

—¿Y qué decía el mensaje?

Thorpe deslizó de nuevo el dedo por el teléfono y se lo mostró.

Elena lo cogió y leyó:

Me voy al oeste con unos amigos. Volveré en dos semanas.

—¿Esto se lo enseñó a la policía?

—Sí.

—¿Y a pesar de ello, aceptaron la denuncia?

—Sí.

Elena intentó imaginarse la reacción de la policía si un padre negro o hispano se presentara a denunciar la desaparición de su hijo y les mostrase un mensaje parecido. Se reirían de él allí mismo.

—Hay otro —Thorpe miró hacia arriba— pero, si quiere llamarlo así.

—¿Y cuál es?

—Henry ha tenido algún problema con la ley.

—¿Qué clase de problema?

—Cosas de poca importancia. Drogas. Posesión.

—¿Ha estado en la cárcel?

—No. Nada realmente serio. Le tocó hacer servicios a la comunidad. Un historial juvenil cerrado. Ya me entiende.

Sí, claro. Elena lo entendía.

—¿Ha desaparecido alguna otra vez antes?

Thorpe se quedó mirando en dirección a la ventana.

—¿Señor Thorpe?

—Se ha escapado alguna vez, si es eso a lo que se refiere.

—¿Más de una?

—Sí. Pero esto es diferente.

—Ajá —dijo Elena—. ¿Cómo se lleva usted con su hijo?

Una sonrisa triste afloró en su rostro.

—Antes, estupendamente. Éramos colegas.

—¿Y ahora?

Se dio unos golpecitos en la barbilla con el dedo índice.

—Nuestra relación últimamente es más tensa.

—Y eso, ¿por qué?

—A Henry no le gusta Abby.

—¿Abby?

—Mi nueva esposa.

Elena cogió la fotografía enmarcada de la mesa.

—¿Esta Abby?

—Sí. Ya sé lo que está pensando.

Elena asintió.

—¿Que está buenísima?

Él le quitó la foto de las manos.

—No necesito que me juzgue.

—No le estoy juzgando. Estoy juzgando a Abby. Y el resultado de mi juicio es que está buenísima.

Thorpe frunció el ceño.

—Quizás haya sido un error llamarla.

—Quizá, pero recapitulemos lo que sabemos de su hijo Henry. Primero, que le envió un mensaje diciendo que se iba de viaje al oeste dos semanas con unos amigos. Segundo, que ya ha desaparecido antes; varias veces, de hecho. Tercero, que ha sido arrestado por varios delitos relacionados con las drogas. ¿Me dejo algo? Ah, sí. Cuarto, que está molesto por su relación con Abby, que parece tener su misma edad, más o menos.

—Abby es casi cinco años mayor que Henry —espetó Thorpe.

Elena no dijo nada.

Thorpe se deshinchó allí mismo, delante de sus ojos.

—No esperaba que me tomara en serio —dijo él, poniendo fin a la conversación con un gesto de la mano—. Puede irse.

—Sí, bueno, no tan rápido.

—¿Perdón?

—Es evidente que está preocupado por él —dijo Elena—. Mi pregunta es: ¿por qué?

—No importa. No voy a contratarla.

—Venga, deme el gusto.

—El mensaje de texto.

—¿Qué le pasa?

—Va a sonar tonto.

—No se corte.

—Las otras veces que desapareció, bueno, desapareció sin más.

Elena asintió.

—No le envió un mensaje diciéndole que iba a desaparecer. Simplemente se esfumó.

—Sí.

—De modo que el hecho de que le escribiera... es algo raro en él.

Thorpe asintió lentamente.

—¿Y ya está?

—Sí.

—No es una prueba muy convincente —dijo Elena.

—A la policía tampoco se lo pareció.

Thorpe se frotó la cara con las manos. Ahora Elena veía claramente que hacía tiempo que no dormía, que tenía las mejillas sonrosadas pero la piel de alrededor de los ojos demasiado pálida, como si hubiera perdido todo su color.

—Gracias por su tiempo, señorita Ramírez. No voy a precisar de sus servicios.

—Oh, yo creo que sí —dijo Elena.

—¿Cómo dice?

—Me tomé la libertad de hurgar un poco antes de venir.

Eso captó la atención de Thorpe.

—¿A qué se refiere?

—Usted dice que su hijo le envió un mensaje desde su teléfono.

—Sí.

—Antes de venir aquí, hice un ping a ese teléfono.

Thorpe entornó los ojos.

—¿Qué significa eso exactamente? ¿Lo del ping?

—¿La verdad? No tengo ni idea. Pero el caso es que conozco a un colega que se llama Lou y que es un genio de la informática. Lou puede enviar un ping (sea lo que fuere) a un teléfono móvil, y el teléfono le devuelve un ping indicando su localización.

—¿De modo que podría ver dónde está Henry?

—En teoría, sí.

—¿Y ya lo ha hecho?

—Lou lo ha hecho, sí.

—¿Y dónde está?

—Eso es lo malo —respondió Elena—. Que no hubo respuesta a nuestro ping.

Thorpe parpadeó varias veces.

—No lo entiendo. ¿Me está diciendo que su teléfono debería haber devuelto el ping?

—Eso es.

—Quizás haya apagado el teléfono.

—No.

—¿No?

—Esa es una falsa creencia muy extendida. Al apagar el teléfono, no se apaga el GPS.

—¿Así que cualquiera puede rastrearte en cualquier momento?

—En teoría, ya que la policía necesita una orden judicial y una causa probable para solicitar al operador de telefonía que lo haga.

—Y, sin embargo, usted pudo hacerlo —dijo Thorpe—. ¿Cómo?

Elena no respondió. Thorpe asintió lentamente.

—Ya veo. Así pues, ¿qué significa el hecho de que no pudieran obtener un ping de respuesta de su teléfono?

—Podría significar muchas cosas. Podría ser algo completamente inocente. Quizás Henry se imaginara que contrataría a alguien como yo y haya cambiado de teléfono.

—¿Pero lo duda?

Elena se encogió de hombros otra vez.

—Habrá un cincuenta por ciento de posibilidades, tal vez más, de que exista una explicación racional a todo esto y de que Henry esté bien.

—Y aun así, ¿piensa que debería contratarla?

—Uno contrata un seguro contra robos, aunque quizás exista una posibilidad de un 0,5 por ciento de que le entren a robar en casa.

Thorpe asintió.

—Un buen argumento.

—Supongo que vale la pena intentarlo, a pesar de que solo sea por quedarse tranquilo.

Thorpe jugueteó con el teléfono hasta dar con una foto suya, en donde salía más joven, con un bebé en brazos.

—Gretchen... Esa fue mi primera esposa. No podíamos tener hijos. Lo probamos todo. Hormonas, cirugía, tres rondas de fecundación in vitro. Entonces, adoptamos a Henry.

Había una sonrisa en su rostro, aunque fuera de melancolía.

—Y ahora, ¿dónde está Gretchen?

—Murió hace diez años, cuando Henry empezaba el instituto. Fue un duro golpe para él. Yo hice todo lo que pude. De verdad. Me daba cuenta de que se estaba alejando. Me cogí un año sabático para pasar más tiempo con él. Pero cuanto más me acercaba a él...

—Más se alejaba —dijo Elena.

Cuando Thorpe levantó la vista, tenía los ojos húmedos.

—No sé por qué le estoy contando esto.

—Información de contexto. Necesito que me lo cuente todo.

—De todos modos, ya sé cómo suena. Por eso le pedí a Gerald que me encontrara el mejor detective privado de Chicago. ¿Sabe, señorita Ramírez? A pesar de las drogas, a pesar de ese mensaje y de los problemas con Abby, conozco a mi hijo. Y tengo un mal presentimiento. Así de simple. Hay algo que me huele muy mal. ¿Le parece que tiene sentido?

—Sí —dijo en voz baja—. Tiene sentido.

—¿Señorita Ramírez?

—Llámeme Elena.

—Elena, por favor, encuentre a mi hijo.

6

Simon sabía que aquello era un truco. Sabía que el agente Fagbenle estaba intentando provocarle o pillarle en falso o lo que fuera, pero también sabía que no había hecho nada malo («eso queda estupendo como últimas palabras de un reo condenado a muerte», le diría más tarde Hester) y, por supuesto, no iba a permitir que Fagbenle le dejara caer aquella bomba nuclear y luego se fuera sin más. Y Fagbenle lo sabía, por supuesto.

—¿Quién ha sido asesinado? —preguntó Simon.

—Ah, ah —dijo Fagbenle, agitando un dedo, como si lo estuviera regañando—. Me ha dicho que no le dijera nada hasta que llegara su abogada.

A Simon se le secó la boca de pronto.

—¿Se trata de mi hija?

—Lo siento. A menos que renuncie a su derecho a un abogado...

—Por el amor de Dios —exclamó Yvonne—. ¡Un poco de humanidad!

—Renuncio a mi derecho a un abogado o lo que sea —dijo Simon—. Hablaré con usted aunque no esté presente mi abogada.

Fagbenle se volvió hacia Yvonne.

—Creo que usted debería salir.

—Paige es mi sobrina —dijo Yvonne—. ¿Está bien?

—No sé si está bien —dijo Fagbenle, aún volviéndose en dirección a los cubículos—, pero no es la víctima del asesinato.

Alivio. Un alivio puro y dulce. Era como si hasta la última célula de su cuerpo hubiera estado privada de oxígeno hasta ese momento.

—Entonces, ¿quién? —preguntó Simon.

Fagbenle no quiso responder de inmediato. Esperó a que Yvonne se hubiera ido —Yvonne prometió esperar a Hester junto al ascensor— y a que se cerrase la puerta del despacho. El policía se quedó mirando a través de la pared de cristal un momento, en dirección a la zona de cubículos. A los visitantes les resultaría raro, supuso, que alguien tuviera un despacho en el que no pudiera disfrutar de una intimidad total.

—¿Le importa decirme dónde estaba anoche, Simon?

—¿A qué hora?

Fagbenle se encogió de hombros.

—Digamos toda la noche. A partir de las seis, por ejemplo.

—Estuve aquí hasta las seis. Volví a casa en metro.

—¿Qué línea toma?

—La uno.

—¿En Chambers Street?

—Sí. Salgo en la parada de Lincoln Center.

Fagbenle asintió como si aquel detalle fuera significativo.

—¿Cuánto es, en total? De puerta a puerta, quiero decir. ¿Veinte o treinta minutos de trayecto?

—Treinta minutos.

—¿Así que llegó a casa hacia las seis y media?

—Exacto.

—¿Había alguien en casa?

—Mi esposa y mi hija pequeña.

—También tiene un hijo, ¿es correcto?

—Sí, Sam. Pero está en la universidad.

—¿Dónde?

—En Amherst. Queda en Massachusetts.

—Sí, ya sé dónde está Amherst —dijo Fagbenle—. Así que llega a casa. Su esposa y su hija se encuentran allí...

—Sí.

—¿Volvió a salir?

Simon se quedó pensando, pero solo un segundo.

—Dos veces.

—¿Adónde fue?

—Al parque.

—¿A qué horas?

—A las siete, y luego otra vez a las diez. Salí a pasear a la perra.

—Oh, muy bien. ¿De qué raza es?

—Es un bichón habanero. Se llama Laszlo.

—¿Laszlo no es un nombre masculino?

Asintió. Lo era. Laszlo había llegado a casa para el sexto cumpleaños de Sam.

Sam había insistido en que le pusieran aquel nombre, con independencia del sexo del animal. Aquello pertenecía al pasado, pero en cuanto llegó a casa, a pesar de las promesas de Sam y de sus dos hermanas, el cuidado de la perrita había recaído en el único miembro de la familia que se oponía a su adopción.

Simon.

Y tampoco era de extrañar: él se había quedado prendado de Laszlo. Le encantaban aquellos paseos, especialmente cuando abría la puerta de casa al final del día y Laszlo acudía a darle la bienvenida como un prisionero de guerra recién liberado en la pista de aterrizaje —todos los días, sin excepción—, para luego arrastrarlo, entusiasta, hasta el parque, como si fuera la primera vez que lo veía.

Ahora Laszlo tenía doce años. Ya caminaba más despacio. Se había quedado sorda, de modo que había días en que no se enteraba de que Simon acabara de llegar hasta que lo veía en casa, lo cual entristecía a Simon más de lo que debiera.

—De modo que, aparte de salir a pasear a la perrita, ¿no salió más?

—No.

—¿Así que los tres pasaron toda la noche en casa?

—Yo no he dicho eso.

Fagbenle se recostó en la silla y abrió los brazos.

—Pues cuénteme.

—Mi mujer se fue a trabajar.

—Es pediatra en el New York-Presbyterian, ¿no es cierto? Tendría turno de noche, supongo. De modo que eso le deja solo toda la noche con su hija Anya.

Aquello frenó a Simon. Sabía dónde trabajaba su mujer. Sabía el nombre de su hija.

—Agente...

—Llámeme Isaac.

Ni de coña, que dirían sus hijos.

—¿Quién fue asesinado?

La puerta de su despacho se abrió. Hester Crimstein sería pequeña de talla pero tenía el paso largo. Entró de estampida y se lanzó sobre Fagbenle.

—Será una broma, ¿no?

Fagbenle no se alteró. Se puso en pie lentamente, elevándose por encima de Hester, y le tendió la mano.

—Agente Isaac Fagbenle, de Homicidios. Un placer conocerla.

Hester se lo quedó mirando a la cara.

—Aparte esa mano antes de que la pierda. Al igual que su trabajo. —Luego se volvió y le echó una mirada fulminante a Simon—. Y tampoco estoy nada contenta con usted.

Hester siguió algo más con sus reproches. Luego insistió en que se trasladaran a una sala de reuniones sin ventanas. Cambio de escenario. Debía de tratarse de una jugada psicológica, pero Simon no tenía muy claro por qué. No obstante, en cuanto entraron en la sala, Hester tomó el control. Hizo que Fagbenle se sentara a un lado de la larga mesa de reuniones. Simon y ella se acomodaron en el lado opuesto.

Una vez instalados, Hester le hizo un gesto con la cabeza y dijo:

—Muy bien, vaya al asunto.

—Simon...

—Llámele señor Greene —le espetó Hester—. No es su colega.

Fagbenle parecía estar a punto de discutir, pero en lugar de eso, sonrió.

—Señor Greene —dijo. Metió la mano en el bolsillo y sacó una fotografía—. ¿Conoce a este hombre?

Hester le apoyó una mano en el antebrazo a Simon. No iba a responder ni a reaccionar hasta que ella se lo dijera. La mano estaba ahí como recordatorio.

Fagbenle les pasó una fotografía por encima de la mesa.

Era Aaron Corval. Aquella escoria sonreía con aquella horrible mueca de suficiencia, la misma que tenía en el rostro poco antes de que Simon se la borrara de un puñetazo. Estaba de pie en algún campo, con árboles detrás, y en la fotografía aparecía junto a alguien, a quien rodeaba con el brazo, alguien que Fagbenle había cortado de la foto: se veía el hombro de esa persona a la izquierda, y Simon no pudo evitar preguntarse si la persona recortada sería Paige.

—Lo conozco —dijo Simon.

—¿Quién es?

—Se llama Aaron Corval.

—Es el novio de su hija, ¿es correcto?

Hester le apretó el brazo.

—No le corresponde a él describir la relación. Siga adelante.

Fagbenle señaló con un dedo la sonrisa de suficiencia de Aaron.

—¿De qué conoce a Aaron Corval?

—¿En serio?

Era Hester otra vez.

—¿Hay algún problema, señora Crimstein?

—Sí, hay un problema. Está haciéndonos perder el tiempo.

—Estoy preguntando...

—Basta. —Levantó la palma de la mano—. Se está poniendo en evidencia. Todos sabemos de qué conoce mi cliente a Aaron Corval. Vamos a suponer que ya ha conseguido hipnotizarnos al señor Greene y a mí, sumiéndonos en un estado de relajación con sus perspicaces aunque manidas técnicas de interrogación. Somos arcilla en sus manos, agente, así que vayamos al grano, ¿de acuerdo?

—Vale, me parece bien —Fagbenle se inclinó hacia delante—. Aaron Corval ha sido asesinado.

Simon ya se lo esperaba, y aun así el peso de aquellas palabras le hizo tambalearse.

—¿Y mi hija...?

Hester le apretó el brazo.

—No sabemos dónde está, señor Greene. ¿Usted lo sabe?

—No.

—¿Cuándo fue la última vez que la vio?

—Hace tres meses.

—¿Dónde?

—En Central Park.

—¿Sería quizás el día en que agredió a Aaron Corval?

—¡Vaya! —intervino Hester—. Es como si de pronto me hubiera vuelto invisible.

—Una vez más, le pregunto: ¿Hay algún problema? —dijo Fagbenle.

—Y una vez más, le respondo: Sí, lo hay. No me gusta su descripción de los hechos.

—¿Quiere decir el uso del término agresión para describir lo sucedido?

—Quiero decir exactamente eso.

Él se recostó en la silla y apoyó las manos sobre la mesa.

—Tengo entendido que, en ese caso, se retiraron los cargos.

—A mí no me importa lo que tenga entendido.

—Qué curioso que acabara así. Con todas las pruebas que había. Resulta interesante.

—Tampoco me importa lo que le interese a usted, agente. No me gusta la descripción que ha hecho del incidente. Por favor, reformule la pregunta.

—Y ahora, ¿quién está perdiendo el tiempo, abogada?

—Quiero que la entrevista se haga tal y como es debido, campeón.

—Muy bien. La presunta agresión. El incidente. Lo que sea. ¿Puede responder su cliente ahora?

—No he visto a mi hija desde el incidente de Central Park, sí —respondió Simon.

—¿Y a Aaron Corval? ¿Lo ha visto?

—No.

—Así que en los últimos tres meses no ha mantenido ningún contacto ni con su hija ni con el señor Corval. ¿Es correcto?

—Ya lo ha preguntado y ya le ha respondido —espetó Hester.

—Déjele que responda, por favor.

—Es correcto —dijo Simon.

Fagbenle esbozó una sonrisa.

—Entonces, me figuro que no debe mantener una relación muy estrecha con su hija Paige, ¿no?

Hester no iba a permitir aquello.

—Ahora, ¿de qué va? ¿De terapeuta familiar?

—No era más que una observación. ¿Qué hay de su hija Anya?

—¿Qué le pasa a su hija Anya? —replicó Hester.

—Antes el señor Greene ha mencionado que él y Anya pasaron toda la noche en casa —dijo Fagbenle.

—¿Que hizo qué?

—Eso es lo que me ha dicho su cliente.

Hester le lanzó otra mirada fulminante a Simon.

—Señor Greene, sacó a pasear a su perra por segunda vez hacia las diez de la noche, ¿no es cierto?

—Es cierto.

—¿Salieron usted o su hija Anya después de esa hora?

—¡Oiga, oiga! —exclamó Hester, poniendo las manos en forma de T—. Tiempo muerto.

Fagbenle adoptó un gesto de fastidio.

—Me gustaría proseguir con mis preguntas.

—Y a mí me gustaría darle un repaso a Hugh Jackman —dijo Hester—, así que ambos vamos a tener que seguir viviendo con un cierto nivel de decepción —Hester se puso en pie—. Quédese aquí, agente. Volvemos enseguida.

Arrastró a Simon fuera de la sala y por el pasillo, trasteando en su teléfono móvil todo el rato.

—Me saltaré la evidente reprimenda.

—Y yo me saltaré la parte en la que me defiendo recordándole que no sabía si la víctima de asesinato era mi hija.

—Eso era un truco.

—Soy plenamente consciente.

—Lo que está hecho, hecho está —dijo—. ¿Qué es lo que le ha dicho?

—Todo —dijo Simon y le contó su conversación anterior.

—Habrá observado que acabo de enviar un mensaje, ¿no? —dijo Hester.

—Sí.

—Antes de que volvamos ahí dentro y soltemos alguna estupidez, quiero que mi detective investigue todo cuanto pueda sobre el asesinato de Corval: hora, circunstancias, método, lo que sea. No es usted tonto, así que ya sabe lo que piensa nuestro inspector guaperas.

—Que soy sospechoso.

Asintió.

—Tuvo un «incidente» grave —Hester marcó unas comillas imaginarias con los dedos— con el difunto. Lo odiaba. Es más: lo culpaba de los problemas con las drogas de su hija. Así que, en efecto, es sospechoso. Y su mujer, también. Y también... bueno, Paige. Supongo que ella será la principal sospechosa. ¿Tiene una coartada para la noche?

—Ya se lo he dicho. Estuve toda la noche en casa.

—¿Con?

—Anya.

—Ya, bueno, eso no va a valer.

—¿Por qué no?

—¿En qué parte concreta de su piso estuvo Anya?

—En su habitación, sobre todo.

—¿Puerta abierta o cerrada?

Simon vio adónde quería llegar.

—Cerrada.

—Es una niña, ¿no? Puerta cerrada, probablemente con los auriculares puestos y la música a tope. Así que podría haberse escabullido en cualquier momento. ¿A qué hora se fue a dormir Anya? Pongamos que a las once. Podría haberse marchado entonces. ¿Su edificio tiene cámaras de seguridad?

—Sí. Pero es un edificio antiguo. Siempre hay formas de salir sin que le vean a uno.

El teléfono de Hester emitió un pitido. Se lo llevó al oído y dijo:

—Articula.

Alguien lo hizo. Y a medida que lo hacía, el rostro de Hester fue perdiendo color. No pronunció palabra. Pasó mucho rato. Cuando por fin volvió a hablar, lo hizo con un hilo de voz en absoluto propio de ella.

—Envíame el informe.

Colgó.

—¿Qué? —preguntó Simon.

—No creen que lo hiciera usted. Corrijo: no pueden pensar que lo hiciera usted.

7

Ash observó al objetivo acercarse a la destartalada casa de dos viviendas.

—¿Conduce un Cadillac? —le preguntó Dee Dee.

—Eso parece.

—¿Es un Eldorado?

Dee Dee nunca callaba.

—No.

—¿Estás seguro?

—Es un ATS. Cadillac dejó de fabricar el Eldorado en el año 2002.

—¿Cómo lo sabes?

Ash se encogió de hombros. Eran cosas que sabía.

—Mi papá tenía un Eldorado —dijo Dee Dee.

Ash frunció el ceño.

—¿Tu papá?

—¿Qué pasa? ¿Crees que no me acuerdo de él?

Dee Dee había estado en casas de acogida desde los seis años de edad. Ash había entrado en la primera cuando tenía cuatro. Durante los catorce años siguientes, había estado en más de veinte. Probablemente las mismas que Dee, más o menos. En tres ocasiones, habían acabado en la misma casa de acogida, por un total de ocho meses.

—Lo había comprado usado, claro. Muy usado, vaya. Tenía los bajos oxidados. Pero a papá le encantaba aquel coche. Solía dejar que me sentara en el asiento de delante con él. Sin cinturón. El cuero de los asientos estaba todo agrietado. Me rascaba las piernas. El caso es que ponía la radio a todo volumen y, a veces, cantaba las canciones que sonaban. Eso es lo que más recuerdo. Tenía buena voz, mi viejo. Sonreía, arrancaba a cantar, soltaba el volante y conducía con las muñecas. ¿Sabes a lo que me refiero?

Ash lo sabía. También sabía que papá conducía con una mano mientras metía la otra entre las piernas de su hijita, pero no parecía que fuera el momento de sacar aquello a colación.

—Papá adoraba ese maldito coche —siguió Dee Dee, con un mohín—. Hasta que...

Ash no pudo contenerse:

—¿Hasta que qué?

—Quizá fuera ahí cuando todo empezó a torcerse. Cuando papá descubrió la verdad acerca de ese coche.

Ash se encogía cada vez que ella usaba la palabra papá.

El objetivo salió del coche. Era un tipo corpulento vestido con vaqueros, con unas botas Timberland de imitación muy gastadas y una camisa de franela. Lucía una barba y una gorra de béisbol de los Boston Red Sox con estampado de camuflaje, demasiado pequeña para su cabeza de calabaza.

Ash hizo un gesto con la barbilla.

—¿Es nuestro hombre?

—Eso parece. ¿Cuál es el plan?

El objetivo abrió la puerta trasera del coche, y salieron dos niñas con mochilas escolares de un verde brillante. Sus hijas, Ash lo sabía. La más alta, Kelsey, tenía diez años. La menor, Kiera, ocho.

—Esperamos.

Ash estaba sentado al volante. Dee Dee en el asiento de copiloto. Ash no la había visto en tres años. Antes de su reciente reencuentro, la había dado por muerta. Supuso que resultaría incómodo —demasiado tiempo, demasiados puentes rotos—, pero enseguida empezaron a reproducir los viejos patrones.

—Bueno, ¿y qué pasó? —preguntó Ash.

—¿Con qué?

—Con el Eldorado de tu padre. ¿Cómo se torció la cosa? ¿Cuál fue esa verdad tan reveladora?

A Dee Dee se le borró la sonrisa del rostro y cambió de posición en su asiento.

—No hace falta que me lo cuentes.

—No —dijo ella—. Quiero hacerlo.

Ambos se quedaron mirando a través del parabrisas, en dirección a la casa de su objetivo.

Ash se llevó la mano a la cadera, donde tenía enfundada la pistola. Había recibido instrucciones. No tenía ni idea de qué habría hecho aquel tipo robusto —ni de qué habría hecho ninguno de los que aparecían en la lista—, pero a veces, cuanto menos los conocías, mejor.

—Fuimos a cenar a un bonito restaurante de pescado —contó Dee Dee—. Fue justo antes de que muriera mi abuela. Ella pagó. Mi padre, bueno, era más bien de carne. En realidad, odiaba el pescado. Vamos, que no le gustaba nada.

Ash no tenía ni idea de por dónde iban los tiros.

—De modo que llega el camarero y empieza a leer los platos del día. Trajo una pizarrita, en la que estaban escritos los platos con tiza. Chulo, ¿no?

—Pues sí.

—El caso es que el camarero llega al pescado del día (el tipo tiene un acento raro), y va y dice: «El chef recomienda mucho el... (y entonces el camarero mueve la pizarrita como si esta escondiera el coche en El precio justo) dorado a la parrilla con pesto de nueces y perejil».

Ash se giró y la miró a la cara. Cabría imaginarse que los años le habrían pasado factura a Dee Dee, después de todo lo que había pasado, pero estaba más guapa que nunca. Su rubio cabello lo llevaba recogido en una gruesa trenza que le caía por la espalda. Tenía los labios carnosos, la piel impecable. Sus ojos verdes poseían un tono esmeralda intenso que la mayoría atribuía a unas lentillas de color o a algún tipo de cosmético.

—De modo que papá le pide al camarero que repita eso, el nombre del pescado, el camarero lo hace y papá...

Ash no podía aguantar más que siguiera llamándolo así.

—... y papá empieza a echar humo por las orejas. Vamos, que sale del restaurante hecho una furia. Tirando al suelo la silla y todo. Su coche, lo que más le gusta en el mundo... ¡lleva el nombre de un pescado! Y eso papá no lo soporta.

Ash se la quedó mirando.

—¿Lo dices en serio?

—¡Claro que lo digo en serio!

—No se llama así por el pescado.

—¿Es que nunca has oído hablar de ese pescado?

—Sí que lo he oído, pero El Dorado es una ciudad mítica llena de oro en Sudamérica.

—Pero también es un pescado, ¿no?

Ash no dijo nada.

—¿Ash?

—Sí —suspiró—. Sí, también es un pescado.

El objetivo volvió a salir de su casa. Se dirigió al garaje.

—¿Todos tienen que llevarse a cabo de manera diferente? —preguntó Ash.

—No sé si tienen que ser diferentes, pero no puede haber conexión.

O sea, que no podía ser como en Chicago. Aun así, eso le daba mucha flexibilidad en ese caso.

—Vigila la casa —dijo.

—¿Esta vez no quieres que vaya contigo? —Sonó como si estuviera dolida.

—No. Coge el volante. Mantén el motor encendido. Observa la puerta. Si sale alguien, llámame.

No repitió las instrucciones. El objetivo se había metido en el garaje. Ash se dirigió hacia allí. Lo que sabía sobre su objetivo era lo siguiente. Nombre: Kevin Gano. Casado desde hacía doce años con su amorcito del instituto, Courtney. Los cuatro miembros de la familia vivían en el piso superior de aquella casa de dos viviendas en Devon Street, en Revere (Massachusetts). Seis meses atrás, Kevin había sido despedido de la planta de empaquetado de carne Alston Meat en Lynn, donde llevaba trabajando siete años. Desde entonces estaba buscando trabajo, pero en vano, de modo que el mes anterior Courtney se había visto obligada a volver a su trabajo de recepcionista en una agencia de viajes en Constitution Avenue.

Kevin, para colaborar en la casa, recogía cada día a las niñas en el colegio a las dos de la tarde. Por eso estaba en casa en aquel momento, cuando el resto de su barrio, de clase obrera, permanecía apagado y en silencio.

Kevin estaba de pie junto a su banco de trabajo, desmontando un reproductor de DVD o Blu-ray —se ganaba un dinerito haciendo pequeñas reparaciones— en el momento en que se acercó Ash. Levantó la mirada y le sonrió amablemente. Ash le devolvió la sonrisa y luego le apuntó con la pistola.

—Todo irá bien si no te mueves.

Ash entró en el garaje y tiró de la puerta, cerrándola tras de sí, sin dejar de apuntar a Kevin ni quitarle los ojos de encima. Kevin aún sostenía el destornillador en la mano.

En la mano derecha.

—¿Qué quieres?

—Deja el destornillador, Kevin. Coopera, y nadie saldrá herido.

—Y una mierda.

—¿Qué?

—Me estás mostrando la cara.

Bien visto.

—Vengo disfrazado. No te preocupes por eso.

—Y una mierda —repitió Kevin, que miró hacia la puerta lateral, como si fuera a salir corriendo por ella.

—Kelsey y Kiera —dijo Ash y, al oír los nombres de sus hijas, Kevin se quedó paralizado—. Esto puede acabar de dos modos. Si sales corriendo, te mataré de un disparo. Luego tendré que hacer que parezca un robo que ha salido mal. Eso significa que entro en tu casa. ¿Qué están haciendo Kelsey y Kiera, Kevin? ¿Los deberes? ¿Ver la tele? ¿Merendar? Lo que sea. Entraré y les haré unas cosas tan horribles que agradecerás estar muerto.

Kevin negó con la cabeza, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Por favor...

—O —dijo Ash—, puedes dejar el destornillador ahora mismo.

Kevin hizo lo que le pedía. El destornillador resonó al rebotar contra el suelo de hormigón.

—No lo entiendo. Nunca le he hecho nada a nadie. ¿Por qué haces esto?

Ash se encogió de hombros.

—Por favor, no le hagas nada a mis niñas. Haré lo que quieras, pero no... —Tragó saliva e irguió la cabeza—. Bueno... ¿y ahora, qué?

Ash cruzó el garaje y apoyó la punta de la pistola contra la sien de Kevin. Kevin cerró los ojos justo antes de que Ash apretara el gatillo. El sonido resonó con fuerza en el garaje cerrado, pero Ash dudaba de que nadie hiciera caso fuera de allí. Kevin ya estaba muerto antes de caer al suelo. Ash se movió con rapidez. Le colocó la pistola en la mano derecha y apretó el gatillo, disparando una bala contra el suelo. Así quedarían residuos de pólvora en su mano. Le sacó el teléfono del bolsillo trasero del pantalón y usó el pulgar de Kevin para desbloquearlo. Luego hizo una búsqueda rápida y encontró la información de contacto de su mujer.

El nombre de Courtney estaba en la agenda de contactos, con dos corazones delante de su nombre y otros dos detrás.

Corazones. Kevin había puesto corazones junto al nombre de su esposa. Ash escribió un mensaje escueto:

Lo siento. Por favor, perdóname.

Pulsó «enviar», dejó el teléfono en el banco de trabajo y se volvió al coche. Sin correr. Sin caminar demasiado deprisa. Ash se imaginó que habría entre un ochenta y un ochenta y cinco por ciento de posibilidades de que lo del suicidio colara. Se encontrarían con una herida de bala en la cabeza, en la sien derecha de la víctima, tal como lo haría un diestro, si se disparara a sí mismo. Por eso Ash se había fijado en qué mano sostenía el destornillador Kevin. Tenían la nota de suicidio. Tenían el residuo de pólvora en la mano. La bala extra probablemente daría la impresión de que Kevin lo había intentado una vez antes, y que se había encogido; que luego había hecho acopio de valor y se había decidido.

Así que probablemente se lo tragaran. Un ochenta, ochenta y cinco por ciento... quizá, más bien, el noventa por ciento, si a eso añadían que Kevin estaba sin trabajo y, probablemente, deprimido por ello. Si algún policía se ponía superagresivo o veía demasiado CSI, tal vez encontrara algo que no cuadrase. Por ejemplo, no había tenido tiempo suficiente para preparar a Kevin antes del segundo disparo, así que si algún técnico criminalista realmente invertía fondos en estudiar la trayectoria de la bala, quizás observara que el disparo se había realizado desde cerca de la puerta.

También podía ser que alguien hubiera visto a Ash, o el coche, y eso también podría levantar alguna sospecha.

Pero todo aquello era improbable.

En cualquier caso, para entonces tanto él como Dee Dee ya estarían lejos. El coche ya estaría limpio y abandonado. No habría ningún rastro que pudiera conducir hasta ellos.

Eso a Ash se le daba bien.

Se sentó en el asiento del acompañante. En toda la manzana no se había movido ni una cortina. No se había abierto ni una puerta. No había pasado ni un coche.

—¿Está...? —dijo Dee Dee.

Ash asintió. Dee Dee sonrió, puso el coche en marcha y se fueron de allí.

8

Ingrid salió al encuentro de Simon cuando este llegó a casa. En la misma puerta, lo rodeó con sus brazos.

—La policía ha llegado justo cuando acababa de meterme en la cama —dijo.

—Ya.

—Me había dormido y, de pronto, el timbre no paraba de sonar. Tardé un montón en despertarme. Me imaginé que sería una entrega a domicilio, solo que a esos siempre les paran abajo.

«Abajo» quería decir en la garita de los porteros. Ingrid trabajaba en el turno de noche de Urgencias un día a la semana. Los porteros sabían que el día siguiente tenía que dormir, así que si llegaba algún paquete, se lo quedaban abajo hasta que lo recogía Simon a las seis y media.

—Ha sido muy desagradable. Se ha presentado un poli, y me ha pedido incluso si tenía una coartada. Como si fuera sospechosa.

Simon eso ya lo sabía, por supuesto. Ingrid había contactado con él en cuanto el portero le había avisado de que venían a verla. Hester le había enviado a un colega de su bufete para que estuviera presente durante el interrogatorio de la policía.

—Y me acaba de llamar Mary, de Urgencias. La poli se ha presentado en el hospital para comprobar que estaba allí. ¿Puedes creértelo?

—A mí también me han pedido una coartada —dijo Simon—. Hester cree que no es más que algo rutinario.

—Pero no lo entiendo. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Aaron ha muerto?

—Asesinado, sí.

—¿Y dónde está Paige?

—No parece que nadie lo sepa.

Laszlo, la perrita, se puso a frotarle la pierna a Simon. Ambos bajaron la vista y vieron la profunda mirada del pequeño animal.

—Saquémosla a dar un paseo —propuso Simon.

Cinco minutos más tarde, cruzaban Central Park West a la altura de la calle Sesenta y siete, con Laszlo tirando con fuerza de la correa. A su izquierda, a plena vista y a pesar de ello algo oculta, había una minúscula zona de juegos llena de colorido. Hacía una eternidad —y aun así, no había transcurrido tanto tiempo—, eran ellos los que llevaban a Paige, a Sam y luego a Anya a jugar a aquel lugar. Solían sentarse en un banco desde donde podían observar toda la zona de juegos sin tener que volver siquiera la cabeza, y se sentían seguros en medio de aquel enorme parque, en aquella enorme ciudad, apenas a una manzana de su casa.

Pasaron junto al Tavern on the Green, el famoso restaurante, y torcieron a la derecha, dirigiéndose hacia el sur. Un grupo de escolares vestidos con camisetas amarillas todas iguales —fáciles de ver en las salidas en grupo— les pasó delante. Simon esperó hasta estar seguro de que no les oirían.

—El asesinato —dijo Simon—. Ha sido macabro.

Ingrid llevaba un abrigo largo de tela fina. Hundió las manos en los bolsillos.

—Sigue.

—Lo han mutilado.

—¿Cómo?

—¿De verdad necesitas saber los detalles?

Ingrid casi sonrió.

—Qué curioso.

—¿El qué?

—Quien no soporta, de los dos, la violencia en las películas eres tú —dijo ella.

—Y tú eres la médico que ni siquiera parpadea al ver sangre —añadió él, acabando la frase—. Pero quizás ahora lo entienda mejor.

—¿Y eso?

—Lo que Hester me dijo... no me asqueó en absoluto. Quizá por ser real. Así pues, me limité a reaccionar. Como tú ante un paciente en Urgencias. En el cine te puedes permitir el lujo de apartar la mirada. En la vida real...

No acabó la frase.

—Te estás yendo por las ramas.

—Lo cual es una tontería, lo sé. Según la fuente de Hester, el asesino le cortó la garganta, aunque ella dice que es un modo muy suave de decirlo. El cuchillo le penetró hasta lo hondo del cuello. Casi le rebana la cabeza. También le cortaron tres dedos. Y la...

—¿Pre o post mortem? —preguntó Ingrid en tono profesional.

—¿Qué?

—Las amputaciones. ¿Aún estaba vivo cuando se las hicieron?

—No lo sé —respondió Simon—. ¿Importa?

—Podría.

—No te sigo.

Laszlo se detuvo y saludó a un collie que pasaba por allí husmeándole el trasero.

—Si Aaron aún estaba vivo cuando lo mutilaron —dijo Ingrid—, puede que alguien estuviera intentando sacarle información.

—¿Qué tipo de información?

—No lo sé. Pero ahora nadie sabe dónde se encuentra nuestra hija.

—¿Tú crees...?

—Yo no creo nada —dijo Ingrid.

Ambos se detuvieron. Intercambiaron una mirada y, por un momento, a pesar de toda la gente que pasaba por allí, del horror de cuanto les estaba sucediendo, Simon se sumergió en los ojos de ella e Ingrid en los de él. Se querían. Tan sencillo como eso. Dos personas se labran una carrera profesional, crían a sus hijos, experimentan victorias y derrotas y van sorteando obstáculos, viviendo la vida: días largos, años cortos y, luego, de vez en cuando, te permites hacer un alto y mirar a la persona con la que compartes tu vida, reconocer a quien te acompaña por el solitario camino, y entonces te das cuenta de lo mucho que compartís.

—Para la policía, Paige no es más que una yonqui sin ningún valor —dijo Ingrid—. No la buscarán; y si lo hacen, será para detenerla como cómplice, o algo peor.

Simon asintió.

—Así que depende de nosotros —añadió Simon.

—Sí. ¿Dónde asesinaron a Aaron?

—En su piso de Mott Haven.

—¿Tienes la dirección?

Simon asintió. Hester se la había dado.

—Podemos empezar por ahí —dijo Ingrid.

El conductor de Uber llegó hasta un par de barreras de cemento que habían colocado en medio de la calle como si aquello fuera una zona de guerra.

—No puedo seguir adelante —dijo el conductor, un tal Achmed, volviéndose hacia Simon y frunciendo el ceño—. ¿Están seguros de que es aquí?

—Es aquí.

Achmed no parecía muy convencido.

—Si están pensando en comprar, yo sé de un lugar más seguro...

—Está bien, gracias —dijo Ingrid.

—No quería molestarle.

—No pasa nada —respondió Simon.

—No irán... bueno, no irán a darme una calificación de una estrella por esto, ¿verdad?

—Eres un profesional de cinco estrellas en toda regla, no te preocupes —dijo Simon, abriendo la puerta del coche.

—Te daríamos seis, si pudiéramos —añadió Ingrid, y salieron del Toyota.

Simon iba con una sudadera gris y zapatillas de deporte. Ingrid vestía vaqueros y un suéter. Ambos llevaban gorras como las de béisbol: la de ella era la clásica con las letras NY de los New York Yankees; la de él traía impreso el logotipo de un club de golf, recuerdo de un evento benéfico. Todo su atuendo pretendía ser discreto, informal, pensado para pasar desapercibidos, algo que no estaba sucediendo.

El bloque de ladrillo decrépito, de cuatro pisos y sin ascensor, no se estaba desmoronando tanto como desprendiendo, deshilachándose por las costuras como un viejo abrigo gastado. La escalera de incendios parecía a punto de caerse a pedazos al tener más óxido que metal, lo que planteaba la pregunta de si serían peores las quemaduras que pillar el tétanos. En la acera había un colchón maltrecho, tirado sobre una serie de bolsas de basura de plástico, que las cubría y lo convertía todo en una masa informe. La escalera de entrada daba la impresión de soltar polvo de cemento. La puerta principal, de un gris metálico, lucía una especie de grafiti muy elaborado con letras pintadas con espray. Había piezas de coche y neumáticos viejos tirados por entre los hierbajos del solar de al lado, curiosamente cercado por una alambrada de espino, como si alguien pudiera querer robar algo de todo aquello. Y a su derecha, aquel edificio, que quizás en otro tiempo hubiera sido una casa regia de ladrillo rojo, tenía los cristales de las ventanas cubiertos con aglomerado, lo que transmitía una imagen de abandono y soledad que volvió a romperle el corazón a Simon.

Paige, su niña, había vivido allí.

Simon se volvió hacia Ingrid, que también miraba el edificio, desconcertada, alzando la mirada hacia el tejado de los altos bloques de viviendas sociales que se elevaban a poca distancia de allí.

—Y ahora, ¿qué? —le preguntó Simon.

Ingrid miró alrededor.

—No parece que lo hayamos pensado demasiado bien, ¿verdad?

Dio un paso hacia la puerta cubierta de grafitis, giró el pomo sin dudarlo y empujó con fuerza. La puerta cedió a regañadientes. Cuando entraron en lo que, siendo muy generoso, se podría llamar vestíbulo, les envolvió un olor a rancio y a acre, mezcla de moho y podredumbre. Una bombilla desnuda colgaba del techo sin pantalla, arrojando veinte vatios de luz.

«Ella ha vivido aquí —pensó Simon—. Paige ha vivido en este lugar».

Pensó en las elecciones que toma uno en la vida, en las malas decisiones y en las bifurcaciones que encuentra por el camino, y en los pequeños detalles que habían llevado a Paige hasta aquel lugar infernal. Había sido culpa de él, seguro. De algún modo, tenía que serlo. El efecto mariposa. Cambias una cosa y lo cambias todo. Los clásicos «¿y si...?». Ojalá pudiera retroceder y modificar algo. Paige quería ser escritora. Supongamos que hubiera enviado uno de sus relatos a ese amigo suyo que trabajaba en una revista literaria, el que le consultaba cómo desgravarse los donativos, y hubiera conseguido que se lo publicaran. ¿Se habría centrado más en escribir? Paige no había conseguido que la aceptaran en Columbia. ¿Habría tenido que presionar quizás un poco en su alma mater, recurrir a sus viejos amigos del departamento de Admisiones? El suegro de Yvonne estaba en el consejo del Williams College. Ella habría podido hacer algo, si le hubiera insistido. Y eso era lo más gordo, por supuesto, pero cualquier cosa que hubiera hecho habría podido alterar su trayectoria, ¿verdad? Paige quería un gato para su habitación de la residencia, pero él no se lo había comprado. Se había peleado con Merilee, su mejor amiga, y él, como padre, no había hecho nada para arreglar las cosas entre ellas. A Paige le gustaba el queso amarillo en su bocadillo de pavo, no el de tipo cheddar, pero a veces Simon se despistaba y usaba el que no era.

De seguir así, iba a volverse loco.

Además, era tan buena niña... La mejor hija del mundo. Paige odiaba meterse en líos y, cuando lo hacía, aunque fuera por algo mínimo, los ojos se le llenaban de lágrimas, de modo que Simon se veía incapaz de regañarla. Pero quizá debería haberlo hecho. Quizás aquello la hubiera ayudado. Pero es que lloraba tan fácilmente, y a él eso le afectaba tanto que la verdad es que nunca había reunido el valor suficiente para contarle que él también lloraba con facilidad —con demasiada facilidad—, siempre fingiendo que tenía algún problema con una lentilla o alguna alergia inexistente o saliendo de la habitación para no admitirlo. Quizá, si lo hubiera hecho, a ella le habría resultado más fácil y hubiera encontrado algún tipo de válvula de escape o de vínculo con su padre, quien optó por aferrarse a un falso machismo, a la idea de que si él no lloraba, quizás ella se sintiera más segura, más protegida. Cuando, en realidad, eso la había hecho más vulnerable a largo plazo si cabe.

Ingrid ya había empezado a subir los escalones desgastados por el uso. Cuando se dio cuenta de que Simon no la seguía, se volvió:

—¿Estás bien?

Él reaccionó, asintió y la siguió.

—Tercer piso —dijo—. Apartamento B.

En el primer rellano había, dispersas, las piezas rotas de lo que en otro tiempo habría sido un sofá. Latas de cerveza chafadas y ceniceros rebosantes de colillas se amontonaban unos encima de otros. Simon miró al fondo del pasillo mientras giraban para subir al piso siguiente. Había un hombre negro y flaco con una camiseta de mujer y unos vaqueros desgastados. El hombre tenía una barba blanca tan espesa y rizada que parecía que se estuviera comiendo una oveja.

En el tercer piso había una cinta amarilla que rezaba: ESCENARIO DE UN CRIMEN. NO PASAR y que formaba una X frente a una pesada puerta de metal con la letra B. Ingrid no vaciló ni se detuvo siquiera por un momento. Cogió el pomo e intentó abrir.

El pomo no se movió.

Dio un paso hacia atrás y le hizo un gesto a Simon para que probara. Lo hizo. Giró el pomo a ambos lados, empujó y tiró.

Cerrado.

Las paredes del piso estaban tan degradadas que tal vez Simon hubiera podido asestar un puñetazo, atravesar un tabique y entrar por ahí, pero aquella puerta cerrada no iba a rendirse.

—¿Hola?

Aquella sencilla palabra, pronunciada en un tono de voz normal, atravesó el aire rancio del edificio como un disparo. Simon e Ingrid dieron un respingo y se volvieron. Era el hombre negro y flaco con la barba cardada de oveja. Simon miró alrededor en busca de una salida. No había ninguna, salvo el lugar por donde habían llegado, y ahora mismo aquel camino estaba bloqueado.

Lentamente y sin pensárselo, Simon dio un paso adelante y se situó frente a Ingrid, colocándose entre ella y el hombre.

Por un momento nadie dijo nada. Los tres se quedaron allí de pie, en aquel pasillo mugriento, sin moverse. Alguien en el piso de arriba subió el volumen de la música, y se oyó un bajo que retumbaba con fuerza y a un vocalista rabioso. Entonces el hombre habló:

—Buscan a Paige. —No era una pregunta—. Usted... —añadió el hombre, levantando la mano y señalando a Ingrid con un dedo huesudo—... usted es la madre.

—¿Cómo lo ha sabido?

—Porque se le parece muchísimo. ¿O es ella quien se le parece? —Se mesó la barba de oveja—. Esas cosas siempre las confundo.

—¿Sabe dónde está Paige? —preguntó Simon.

—¿Por eso han venido? ¿Están buscándola?

Ingrid dio un paso hacia él.

—Sí. ¿Sabe dónde está?

El hombre negó con la cabeza.

—Lo siento.

—Pero ¿conoce a Paige?

—Sí, la conozco. Vivo justo debajo de ellos.

—¿Hay alguien que pueda saberlo? —preguntó Simon.

—¿Otra persona?

—Algún amigo, quizá.

El hombre sonrió.

—Yo soy su amigo.

—Entonces, tal vez algún otro amigo.

—No lo creo —dijo, y señaló hacia la puerta con la barba—. ¿Están intentando entrar?

Simon miró a Ingrid.

—Sí —dijo ella—. Esperábamos ver... —añadió, y entornó los párpados.

—¿El qué?

—A decir verdad, no lo sé —confesó.

—Simplemente, estamos intentando encontrarla —intervino Simon.

El hombre se frotó la barba de oveja un poco más, tirándose de la punta como si quisiera hacerla más larga.

—Yo puedo abrirles —dijo. Se metió la mano en el bolsillo y sacó una llave.

—¿Cómo es que tiene...?

—Ya les he dicho que soy su amigo. ¿Ustedes no tienen un amigo a quien le dejen una llave, por si un día se olvidan la suya o algo así? —Se les acercó—. Si los polis se cabrean por la rotura de la cinta, les echaré la culpa. Venga, entremos.

El apartamento era un antro claustrofóbico, quizá la mitad de grande que la habitación de Paige en la residencia de la universidad. Había dos colchones individuales: uno en el suelo junto a la pared de la derecha y otro apoyado en la pared de la izquierda. Solo colchones. Nada de camas. Ni ningún otro mueble.

La guitarra de Paige se hallaba recostada en la esquina de la derecha. Su ropa se hallaba en el suelo, en tres montones, al lado de la guitarra. El lugar estaba hecho un asco, pero su ropa se encontraba perfectamente doblada. Simon se la quedó mirando y sintió que Ingrid le cogía de la mano y se la apretaba. Paige siempre había cuidado de su ropa.

En el lado izquierdo de la habitación, la sangre seca manchaba la madera.

—Su hija nunca ha hecho daño a nadie —dijo el hombre negro—. Salvo a sí misma.

Ingrid se volvió hacia él.

—¿Cómo se llama?

—Cornelius.

—Yo soy Ingrid. Y este es el padre de Paige, Simon. Pero lo que dice no es del todo cierto, Cornelius.

—¿Sobre qué?

—Ha herido a más personas aparte de a sí misma.

Cornelius se quedó pensativo y luego asintió.

—Supongo que tiene razón, Ingrid. Pero aun así hay mucha bondad en su interior. Solía jugar al ajedrez conmigo. —Miró a Simon—. Me dijo que usted le había enseñado.

Simon asintió, incapaz de hablar.

—Le encantaba sacar a Chloe a pasear. Es mi perrita. Una cocker spaniel. Decía que ella también tenía una perrita en casa. Que la echaba de menos. Entiendo que Paige les haya hecho daño, pero yo hablo ahora de intención. Lo he visto antes y lo veré más veces. Es el demonio, que te domina. Te busca y te tienta hasta encontrar tus puntos débiles y luego se cuela bajo la piel y se diluye en la sangre. Puede ser a través de la bebida. Puede ser a través del juego. Puede ser un virus, como el cáncer o algo así. Pero también puede ser el caballo, la farlopa, la meta, lo que sea. Todo son manifestaciones del demonio en sus diferentes formas.

Se volvió y bajó la mirada, hacia la sangre del suelo.

—El demonio puede ser incluso un hombre —dijo Cornelius.

—Supongo que conocía a Aaron, ¿verdad? —preguntó Simon.

—Han entendido todo eso que les he dicho sobre el demonio, que se te cuela en la sangre, ¿verdad? —dijo Cornelius, sin apartar la mirada de la sangre.

—Sí —dijo Ingrid.

—A veces, no tiene que hacer ningún esfuerzo por hurgar y tentar a nadie. A veces, encuentra a alguien que lo haga por él. —Cornelius levantó la vista y los miró—. No me gusta desearle la muerte a nadie, pero se lo aseguro: hubo veces en que vine aquí y él parecía tan perdido, y Paige también, acostados ambos en su propio hedor, y yo lo miraba a él, lo que había hecho, y era como una pesadilla...

No acabó la frase.

—¿Ha hablado con la policía? —preguntó Ingrid.

—Me han venido a ver, pero yo no tenía nada que decirles.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Paige?

Cornelius vaciló.

—La verdad es que esperaba que ustedes me lo aclarasen.

—¿A qué se refiere?

Se oyó un ruido en el pasillo. Cornelius asomó la cabeza por la puerta. Una pareja joven se acercó dando tumbos, agarrados entre sí, con los brazos tan enredados que resultaba difícil determinar dónde empezaba uno y dónde acababa el otro.

—Cornelius —dijo el joven, con un acento particular—. ¿Qué pasa, tío?

—Todo bien, Enrique. ¿Cómo estás, Candy?

—Te quiero, Cornelius.

—Yo también te quiero.

—¿Estás limpiando la casa? —preguntó Enrique.

—No. Solo me aseguraba de que todo estuviera bien.

—Ese tío era un mierda.

—¡Enrique! —lo reprendió Candy.

—¿Qué pasa?

—Está muerto.

—Bueno, pues ahora es un mierda muerto. ¿Mejor así?

Enrique se asomó a la puerta, vio a Simon y a Ingrid y preguntó:

—¿Quiénes son esos dos que están contigo?

—Unos polis —dijo Cornelius.

Al oír eso, cambiaron de actitud. De pronto, se enderezaron y caminaron con mayor decisión.

—Esto... encantada de conocerles —dijo Candy.

Se separaron y aceleraron el paso mientras desaparecían por una habitación al final del pasillo. Cornelius no dejó de sonreír hasta que la pareja se hubo esfumado.

—Cornelius... —dijo Ingrid.

—¿Sí?

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Paige?

Él se volvió lentamente y observó el triste panorama.

—Lo que les voy a contar... Bueno, no se lo conté a la policía por motivos evidentes.

Ambos esperaron.

—Tienen que entender. Quizás he querido endulzar la verdad, diciéndoles lo buena que era Paige con Chloe y conmigo. Pero lo cierto es que estaba hecha un asco. Enganchada. Cuando venía a mi casa (por ejemplo, a jugar al ajedrez o a comer algo) lo cierto es que... no me gusta tener que decirlo, pero no le quitaba el ojo de encima. ¿Entienden lo que les digo? Siempre temía que me robara algo, porque es lo que hacen los yonquis.

Simon sabía de lo que hablaba. A ellos también les había robado. A Simon le había desaparecido dinero de la cartera. Cuando se esfumaron varias joyas de Ingrid, Paige defendió su inocencia con una actuación prácticamente digna de un premio Óscar.

«Eso es lo que hacen los yonquis».

Una yonqui.

Su hija era una yonqui. Simon nunca se había atrevido a reconocérselo a sí mismo, pero al oírlo en boca de Cornelius, la evidencia le cayó encima como un mazazo terrible, imposible de negar.

—Dos días antes de que mataran a Aaron, vi a Paige. En la puerta del edificio. Yo entraba. Ella bajaba las escaleras a la carrera, casi dando tumbos. Como si alguien la persiguiera. Iba tan rápido que temí que diera un traspié.

Cornelius levantó la vista y se quedó con la mirada perdida, como si aún la viera.

—Extendí las manos, como para agarrarla y evitar que se cayera. —Cornelius les enseñó cómo lo había hecho, levantando los brazos, con las palmas de las manos hacia arriba—. La llamé. Pero ella pasó a mi lado como una exhalación y salió al exterior. Ni siquiera aminoró el paso. Bueno, tampoco era la primera vez.

—¿Qué es lo que no era la primera vez? —quiso saber Ingrid.

—No era la primera vez que pasaba corriendo junto a mí, de ese modo. Como si estuviera tan fuera de sí que no supiera en ese momento quién era yo. Muchas veces sale corriendo como una loca en dirección al solar de al lado. ¿Lo han visto al entrar?

Ambos asintieron.

—Tiene esa alambrada delante, pero hay una abertura por un costado. Va allí a pedirle lo suyo a Rocco.

—¿Rocco?

—El camello del barrio. Aaron trabajaba para él.

—¿Aaron vendía droga? —inquirió Ingrid.

Cornelius levantó una ceja.

—¿Eso le sorprende?

Simon e Ingrid intercambiaron una mirada. No les sorprendía.

—El caso es que cuando un yonqui necesita un chute, ya puedes ponerle una defensa de fútbol americano delante, que se abrirá paso de igual modo. Así que cuanto digo es que esa parte, que pasara a mi lado corriendo, no era lo que hacía que fuera raro.

—¿Qué lo hacía raro entonces? —preguntó Simon.

—Que Paige tuviera moratones en la cara.

Simon sintió el calor acumulándosele en las orejas. Su propia voz le parecía un sonido lejano.

—¿Moratones?

—Y algo de sangre. Como si le hubieran dado una paliza.

Simon apretó los puños. La rabia lo envolvió, y le empezó a hervir la sangre de todo el cuerpo. Drogadicta, yonqui, colocada, lo que fuera... De algún modo, podía encajar o bloquear todo aquello.

Pero esta vez alguien había golpeado a su niña.

Simon se lo imaginaba perfectamente: una mano cruel cerrada en un puño, un puño apretado como el suyo en aquel momento, y de pronto el brazo que retrocede, una sonrisa socarrona en el rostro, y ese puño que sale disparado en dirección a su hija desvalida.

La ira, la furia, la rabia lo consumían.

Si había sido Aaron —y si Aaron, por algún motivo, estuviera vivo en aquel momento y lo tuviera delante—, Simon lo mataría sin un atisbo de vacilación, sin pensárselo dos veces. Sin remordimientos. Sin sensación de culpa.

Acabaría con él.

Simon sintió la mano de Ingrid sobre su brazo, un contacto cálido, un intento quizá de devolverlo a la realidad.

—Entiendo lo que siente —dijo Cornelius, mirando a Simon a los ojos.

—¿Y qué es lo que hizo? —le preguntó Simon.

—¿Quién dice que yo hiciera algo?

—Ha dicho que entiende lo que siento —dijo Simon.

—Eso no quiere decir que yo hiciera algo. No soy su padre.

—¿Así que se encogió de hombros y siguió a lo suyo?

—Puede ser.

Simon meneó la cabeza.

—Usted no dejaría que pasara algo así, sin más.

—Yo no lo maté —dijo Cornelius.

—Si lo hubiera hecho, eso se quedaría para siempre dentro de estas cuatro paredes —repuso Simon.

Cornelius echó una mirada a Ingrid, que asintió para tranquilizarlo.

—Por favor, cuéntenos el resto —dijo ella. Cornelius se pasó los dedos por su barba de un gris casi blanco. Echó otra mirada a la sala, haciendo una mueca como si acabara de entrar y fuera la primera vez que veía toda aquella mugre.

—Sí, subí hasta aquí.

—¿Y?

—Y golpeé la puerta. Estaba cerrada con llave. Así que saqué la mía. Al igual que he hecho hoy. Abrí la puerta... —La música del piso de arriba se detuvo. Ahora la habitación estaba en completo silencio.

Cornelius miró al colchón de la derecha.

—Aaron estaba ahí mismo. Colocado. Olía tan mal que apenas podía respirar. Yo no veía el momento de largarme de aquí, de olvidarme de todo —dijo, y se calló de golpe.

—¿Y qué hizo? —preguntó Ingrid.

—Le miré los nudillos.

—¿Perdón?

—Los nudillos de la mano derecha de Aaron. Los tenía pelados. Y las peladuras eran frescas. Así que tuve la certeza. Supongo que no era ninguna sorpresa: había sido él quien la había pegado. De modo que me puse a su lado, de pie...

Volvió a detenerse. Esta vez cerró los ojos. Ingrid dio un paso hacia él.

—No pasa nada.

—Como ya le he dicho, era como soñar despierto. Quizá... tal vez hubiera hecho algo más, de haber tenido ocasión. No lo sé. Si aquel tipejo hubiera estado despierto. Si hubiera estado despierto y hubiera intentado explicarse. Quizás entonces, habría explotado por fin. ¿Saben a qué me refiero? De modo que me quedé ahí de pie, mirando a esa basura. Y esa vez, después de haber visto lo que había visto, pensé que quizás haría algo más que menear la cabeza e irme de allí arrastrando los pies.

Cornelius abrió los ojos.

—Pero no lo hice.

—Salió de aquí —dijo Ingrid.

Él asintió.

—Enrique y Candy aparecieron en el rellano, como hoy. Cerré la puerta y volví a bajar.

—¿Y ya está?

—Y ya está —dijo Cornelius.

—¿Y no ha vuelto a ver a Paige?

—Ni a Paige ni a Aaron. Cuando aparecieron ustedes, pensé que quizá me hubiera equivocado.

—¿En qué?

—En que tal vez Paige no había ido a ese solar a ver a Rocco, sino corriendo a su casa, a contarles a su padre y a su madre lo ocurrido. En que quizás ellos habían venido hasta aquí y... bueno, son sus padres. Sangre de su sangre. Así que quizás ellos hubieran hecho algo más que imaginárselo.

Cornelius les escrutó el rostro.

—Pues eso no ha pasado —dijo Simon.

—Sí, eso ya lo veo.

—Necesitamos encontrarla.

—Eso también lo veo.

—Necesitamos seguir sus pasos desde que salió corriendo de aquí.

Cornelius asintió.

—Pues eso quiere decir que tienen que ir a ver a Rocco.

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Release date on Litres:
14 November 2024
Volume:
371 p. 2 illustrations
ISBN:
9788491877578
Publishers:
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Bookwire
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