Read the book: «Los caballos celestiales»
Título original: Under Heaven
© Guy Gavriel Kay
© de la traducción: Francisco García lorenzana
© de esta edición digital: RBA Libros, S. A., 2013
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO484
ISBN: 978-84-9006-957-8
COMPOSICIÓN DIGITAL: El Taller Editorial
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Índice
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Segunda parte
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Tercera parte
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Cuarta parte
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Epílogo
Agradecimientos

PERSONAJES PRINCIPALES

La familia imperial y los mandarines del Palacio de Ta-Ming
Taizu, el Hijo del Cielo, emperador de Kitai
Shinzu, su tercer hijo y heredero
Xue, su trigésima primera hija
Wen Jian, la Querida Consorte, también llamada «Compañera Amada»
Chin Hai, antiguo primer ministro, fallecido
Wen Zhou, primer ministro de Kitai, primo de Wen Jian
La familia Shen
General Shen Gao, fallecido, en su momento comandante del Ala Izquierda del Oeste Pacificado
Shen Liu, su primogénito, consejero principal del primer ministro
Shen Tai, su segundo hijo
Shen Chao, su tercer hijo
Shen Li-Mei, su hija
El ejército
An Li («Roshan»), el gobernador militar de los Distritos Séptimo, Octavo
y Noveno
An Rong, su primogénito
An Tsao, un hijo menor
Xu Bihai, el gobernador militar de los Distritos Segundo y Tercero en Chenyao
Xu Liang, su primogénita
Lin Fong, comandante de la Fortaleza de la Puerta de Hierro
Wujen Ning, soldado de la Puerta de Hierro
Tazek Karad, oficial de la Gran Muralla
Guerreros Kanlin
Wan-si
Wei Song
Lu Chen
Ssu Tan
Zhong Ma
Artistas
Sima Zian, poeta, el Desterrado Inmortal
Chan Du, poeta
En Xinan, la capital
Lluvia de Primavera, cortesana del Distrito Noveno, después llamada Lin Chang
Chou Yan, estudiante, amigo de Shen Tai
Xin Lun, estudiante, amigo de Shen Tai
Feng, guardia al servicio de Wen Zhou
Hwan, sirviente de Wen Zhou
Pei Qin, mendigo
Ye Lao, mayordomo
Más allá de las fronteras de Kitai
Oeste
Sangrama el León, soberano del Imperio de Tagur
Cheng-wan, Princesa de Jade Blanco, una de sus esposas, decimoséptima hija del emperador Taizu
Bytsan sri Nespo, oficial del ejército taguran
Nespo sri Mgar, su padre, oficial superior
Gnam, soldado taguran
Adar, soldado taguran
Norte
Dulan, kaghan del pueblo bogü de las estepas
Hurok, el esposo de su hermana, más tarde kaghan
Meshag, primogénito de Hurok
Tarduk, segundo hijo de Hurok
PARA SYBIL, CON AMOR
Con el bronce como espejo, se puede corregir la apariencia;con la historia como espejo, se puede comprender el auge y la caída de un Estado; con hombres buenos como espejo, se puede distinguir el bien del mal.
LI SHIMIN, EMPERADOR TAIZONG DE TANG
PRIMERA PARTE

1
Rodeado de los diez mil ruidos, el jade y el oro, y los remolinos de polvo de Xinan, con frecuencia permanecía despierto toda la noche con sus amigos y las cortesanas, bebiendo vino aromatizado en el Distrito Norte.
Escuchaban música de flauta o pipa1 y recitaban poesía, se retaban los unos a los otros con pullas y citas, y a veces se adentraban en alguna habitación privada con alguna mujer perfumada y sedosa, antes de que los tambores del alba anunciaran el final del toque de queda y regresar a casa tambaleándose, para dormir durante el día en lugar de estudiar.
Aquí, en las montañas, solo, envuelto en el aire duro y limpio, junto a las aguas de Kuala Nor, muy lejos al oeste de la ciudad imperial, incluso más allá de las fronteras del imperio, Tai dormía en una estrecha cama al caer la noche, bajo el brillo de las primeras estrellas, y se despertaba al amanecer.
En primavera y verano le desvelaban los pájaros. Este era un lugar en el que anidaban de forma ruidosa varios miles de ejemplares: águilas pescadoras y cormoranes, gansos salvajes y grullas. Los gansos le hacían pensar en amigos que estaban muy lejos. Los gansos salvajes eran un símbolo de ausencia, en la poesía, en la vida. Las grullas representaban la fidelidad, un tema completamente diferente.
En invierno, el frío era atroz, hasta el punto de arrebatarte el aliento. El viento del norte, cuando soplaba, lo hacía con agresividad en el exterior e incluso traspasaba las paredes de la cabaña. Dormía bajo capas de pieles y lanas, y al alba no le despertaba ningún pájaro desde los helados terrenos de nidificación, en el extremo más alejado del lago.
Los fantasmas permanecían en el exterior durante todas las estaciones, en noches iluminadas por la luna y en noches oscuras, en cuanto el sol desaparecía.
Tai ya conocía algunas de sus voces, las enfadadas, las perdidas y aquellas que solo transmitían dolor en su llanto tenue e inconsolable.
No le asustaban, ahora ya no. Al principio, creyó que iba a morir de terror, solo, en aquellas noches en compañía de los muertos.
Miraba hacia el exterior a través de una ventana sin postigo en las noches de primavera, verano u otoño, pero nunca salía. Bajo la luna o las estrellas, el mundo junto al lago pertenecía a los fantasmas, o eso es lo que había llegado a comprender.
Desde el principio, había establecido una rutina para combatir la soledad y el miedo, y la enormidad de donde se encontraba. Es posible que algunos santos y ermitaños en sus montañas y bosques actúen deliberadamente de otra forma, pasando por los días como hojas que se las lleva el viento, guiados por la ausencia de voluntad o deseo, pero él era de otra naturaleza y no era un santo.
Empezaba cada mañana con las oraciones por su padre. Seguía estando en el período de luto formal y la tarea que se había impuesto en este lejano lago estaba estrechamente relacionada con el respeto a la memoria de su padre.
Después de las invocaciones, que asumía que su hermano también pronunciaba en el hogar en el que habían nacido, Tai salía al prado (de tonalidades verdes punteadas con flores silvestres, o aplastando bajo sus pies el hielo y la nieve), excepto los días de tormenta, a practicar sus ejercicios Kanlin. Primero sin espada, después solo con una y, finalmente, con las dos.
Contemplaba las frías aguas del lago, con la pequeña isla en su centro, y después los alrededores, con las pasmosas montañas cubiertas de nieve que se amontonaban una encima de otra. Más allá de las cimas septentrionales, el terreno descendía durante cientos de li 2 hacia las largas dunas de los desiertos asesinos, bordeados por las Rutas de la Seda, itinerarios que traían mucha riqueza a la corte, al Imperio de Kitai. A su pueblo.
En invierno, alimentaba y daba agua a su pequeño y lanudo caballo en el cobertizo construido junto a la cabaña. Al cambiar el tiempo y crecer la hierba, dejaba que el caballo pastase durante el día. Era tranquilo, no iba a escapar. No había ningún sitio adonde ir.
Después de sus ejercicios, dejaba que la calma lo invadiese, lo despojase del caos de la vida, la ambición y las aspiraciones, con el fin de ser digno de la tarea que había elegido.
Y, entonces, empezaba a trabajar, a enterrar a los muertos.
Desde que llegó aquí, nunca había realizado el más mínimo esfuerzo por separar a los soldados kitan de los taguran. Cráneos y huesos blancos estaban mezclados, enmarañados, apilados. La carne había vuelto a la tierra o se la habían comido los animales y las aves carroñeras hacía ya mucho tiempo, o no tanto en el caso de aquellos cuerpos que procedían de la campaña más reciente.
El último conflicto había acabado en victoria, pero se había ganado con amargura. Cuarenta mil muertos en una batalla, casi tantos kitan como taguran.
Su padre había ido a la guerra. Fue general y recibió honores con un prestigioso título, el de comandante del Ala Izquierda del Oeste Pacificado. El Hijo del Cielo lo recompensó graciosamente por la victoria con una audiencia personal en la Sala del Resplandor, en el Palacio de Ta-Ming, cuando regresó al este: la entrega del fajín púrpura, unas palabras de encomio pronunciadas personalmente y un regalo de jade entregado por la propia mano del emperador, con solo un intermediario.
No se podía negar que su familia se había beneficiado de lo que había ocurrido en este lago. La madre de Tai y Segunda Madre habían quemado incienso juntas y encendido velas de acción de gracias a los ancestros y a los dioses.
Pero para el general Shen Gao, el recuerdo del combate que aquí se había librado fue, hasta su muerte hacía dos años, una fuente de orgullo y pesar entremezclados que le marcó para siempre.
Demasiados hombres habían perdido la vida por la conquista de un lago al borde de ninguna parte y que al final ninguno de los dos imperios pudo controlar.
El tratado que siguió —confirmado con elaborados intercambios y rituales, y, por primera vez, con una princesa kitan para el rey taguran— así lo había dejado establecido.
Tai, al escuchar de joven las cifras de esa batalla —cuarenta mil muertos—, había sido incapaz ni siquiera de imaginar cómo debió de ser. Ahora ya sí.
Desde hacía mucho tiempo, el lago y el prado se encontraban entre fortalezas en manos de ambos imperios: el sur para Tagur, el este para Kitai. Ahora siempre reinaba el silencio, excepto por el sonido del viento, el reclamo de los pájaros en celo y los fantasmas.
El general Shen solo había hablado de pena y culpa con sus hijos pequeños (nunca con el mayor). Semejantes sentimientos en un comandante se podían considerar vergonzosos, incluso una traición, una negación de la sabiduría del emperador, que gobernaba con el mandato del cielo, infalible, incapaz de equivocarse, o su trono y el imperio estarían en peligro.
Pero los pensamientos se habían expresado en palabras en más de una ocasión, después de que Shen Gao se retirara a las propiedades que la familia tenía junto al arroyo que fluía hacia el sur en las cercanías del río Wai. Normalmente, después de tomar algo de vino en un día tranquilo, con las hojas o las flores de loto cayendo al agua y siendo arrastradas por la corriente. El recuerdo de esas palabras era la razón principal por la que su segundo hijo se encontraba aquí durante el período de luto, en lugar de estar en casa.
Se podría argumentar que la tristeza silenciosa del general había sido un error, que no venía al caso. Que la batalla que aquí se había librado era necesaria para la defensa del imperio. Era importante recordar que los ejércitos de Kitai no siempre habían vencido a los taguran. Los reyes de Tagur, en su distante e inexpugnable meseta, eran muy ambiciosos. Las victorias y el salvajismo habían ido y venido a lo largo de ciento cincuenta años de luchas en Kuala Nor, más allá del Paso de la Puerta de Hierro, la fortaleza más aislada que tenía el imperio.
«Mil millas de luz de luna caen al este de la Puerta de Hierro», había escrito Sima Zian, el Desterrado Inmortal. Literalmente, no era cierto, pero cualquiera que hubiera estado en la Fortaleza de la Puerta de Hierro sabía lo que el poeta quería decir.
Y Tai se encontraba a muchos días a caballo al oeste del fuerte, más allá de ese puesto avanzado del imperio, con los muertos: con los perdidos llorando por la noche y los huesos de cien mil soldados yaciendo, blancos, bajo la luz de la luna o del sol. A veces, en la cama, envuelto por la oscuridad de la montaña, tardaba en darse cuenta de que una voz cuyas cadencias conocía se había quedado en silencio, y comprendía que había dado reposo a esos huesos.
Había demasiados. Terminar la labor escapaba a cualquier esperanza: era una tarea para que los dioses descendieran de los nueve cielos, no para un hombre. Pero si no lo puedes hacer todo, ¿significa eso que no debes hacer nada?
Hacía ya dos años que Shen Tai había dado lo que parecía su respuesta a la pregunta, en recuerdo de su padre, que con voz suave pedía otra copa de vino, mientras contemplaba cómo las carpas doradas, grandes y lentas, nadaban en el estanque y las flores flotaban en el agua.
Aquí los muertos se encontraban por todas partes, incluso en la isla, donde se había alzado una fortaleza pequeña, que ahora estaba en ruinas. Había intentado imaginar cómo se debió de desarrollar el combate por ese lado. Botes construidos con rapidez sobre la orilla de guijarros con maderas de las laderas, los defensores desesperados y atrapados de un ejército o del otro, dependiendo del año, disparando flechas contra los enemigos implacables que les traían la muerte desde el otro lado del lago.
Hacía dos años que había decidido empezar allí, en un día de primavera en que el lago reflejaba el cielo azul y las montañas, remando en la barca pequeña que había encontrado y reparado. La isla era un terreno acotado, limitado, menos apabullante. En el prado de la orilla y a lo lejos en los bosques de pinos, los muertos cubrían toda la distancia que podía recorrer andando en un día.
Durante algo más de la mitad del año, bajo este cielo claro e intenso, fue capaz de cavar y enterrar armas rotas y oxidadas junto con los huesos. Era un trabajo brutalmente duro. Se curtió, desarrolló los músculos, se encalleció, por las noches estaba dolorido y caía agotado en la cama después de lavarse con agua calentada en la hoguera.
Desde finales de otoño, a lo largo del invierno y hasta principios de la primavera, el suelo estaba helado, impracticable. Podía estallarte el corazón mientras intentabas cavar una tumba.
En su primer año, el lago se heló y durante unas pocas semanas pudo ir andando hasta la isla. El segundo invierno fue más suave y no se acabó de helar. Entonces, envuelto en pieles, con la cabeza cubierta y con guantes, en un silencio blanco y vacío, viendo el vaho de su aliento mortal y sintiéndose pequeño frente a la vastedad enorme y hostil que le rodeaba, Tai sacaba el bote cuando las olas y el tiempo se lo permitían. Con una oración, ofrecía los muertos a las aguas oscuras, para que ya no yacieran perdidos, sin consagrar, sobre el suelo batido por el viento, junto a la orilla helada del Kuala Nor, en medio de animales salvajes y muy lejos de cualquier hogar.
La guerra no había sido continua. Nunca lo era, en ningún sitio, y menos aún en un valle tan remoto, donde resultaba tan difícil mantener una línea de suministros permanente desde uno de los dos países, por muy beligerantes o ambiciosos que pudieran ser los reyes y los emperadores.
En consecuencia, se habían construido cabañas para pescadores o pastores que dejaban pastar a sus ovejas y cabras en estos prados altos durante los intervalos en que no había soldados muriendo en la zona. La mayor parte de las cabañas habían sido destruidas, pero quedaban unas pocas. Tai vivía en una de ellas, situada al norte, junto a una ladera cubierta de pinos, que le ofrecía protección frente a los peores vientos. La cabaña tenía casi cien años. A su llegada, la había arreglado lo mejor que supo: techo, puerta y marcos de las ventanas, postigos y chimenea de piedra.
Después, recibió ayuda, inesperada, sin pedirla. El mundo te puede ofrecer veneno en una copa engastada de joyas o regalos sorprendentes. A veces no sabes qué es qué. Alguien que conocía había escrito un poema sobre esa idea.
Ahora estaba en la cama, despierto, en medio de una noche de primavera. Lucía la luna llena, lo cual significaba que los taguran llegarían a mediodía, una media docena le traerían suministros en una carreta tirada por bueyes, descenderían por la ladera desde el sur y rodearían la orilla del lago hasta llegar a su cabaña. Por la mañana, después de la luna nueva, llegaba su gente desde el este, a través de la quebrada, procedente de la Puerta de Hierro.
Les llevó algún tiempo, pero después de su llegada habían establecido una rutina que les permitía visitarle sin que ambos bandos tuvieran que verse. No formaba parte de su plan que murieran hombres porque él estuviera aquí. Ahora había paz, firmada, con intercambio de regalos y de una princesa, pero treguas así no prevalecen siempre cuando hay soldados jóvenes y agresivos en lugares tan remotos… Y los hombres jóvenes podían iniciar una guerra.
Las dos fortalezas trataban a Tai como un santo ermitaño o un loco que había decidido vivir entre los fantasmas. Ambos bandos libraban a través de él un combate tácito y casi divertido, compitiendo cada mes para ver quiénes eran más generosos y de más ayuda.
Durante el primer verano, los compatriotas de Tai habían reparado el suelo de su cabaña con tablas cortadas y pulidas que transportaron en un carro. Los taguran se habían encargado de arreglar la chimenea. Tinta, plumas y papel (que tuvieron que pedir) llegaron de la Puerta de Hierro; el vino procedía por primera vez del sur. Ambas fortalezas ordenaban a sus hombres que cortaran leña siempre que estuvieran aquí. Habían traído mantas de invierno y pieles de oveja para la cama y para abrigarse. Durante el primer otoño, le habían dado una cabra para que obtuviera leche, después llegó una más desde el otro lado, y un gorro taguran de aspecto muy excéntrico pero muy caliente, con orejeras y un cordel para poder atarlo bajo la barbilla. Los soldados de la Puerta de Hierro le construyeron un pequeño cobertizo para su caballo.
Él había intentado detener aquella situación, pero no había conseguido persuadir a nadie y, al final, lo comprendió: no se trataba de mostrar amabilidad hacia el loco, ni siquiera de ver quién superaba a quién. Cuanto menos tiempo perdiera él con la comida, la leña, el mantenimiento de la cabaña, más podría dedicarse a su tarea, esa que nadie antes había llevado a cabo y que, cuando aceptaron por fin la razón de su presencia, parecía importar tanto a los taguran como a su propio pueblo.
Tai pensaba con frecuencia en lo irónico que resultaba todo. Incluso ahora eran capaces de atacarse y matarse si, por casualidad, llegaban al mismo tiempo. Solo un loco de verdad podía pensar que las batallas se habían acabado para siempre en el oeste, pero los dos imperios honraban que diera descanso a los muertos… Hasta que hubiera más.
En la cama, en una noche tranquila, escuchaba el viento y los fantasmas; ni uno ni otros lo habían despertado (ahora ya no), lo había hecho la blancura brillante del resplandor de la luna. Ya no se veía la estrella de la Tejedora, exiliada de su amor mortal al extremo más alejado del Río Celestial. En otro momento, había sido lo suficientemente brillante para mostrarse con claridad del otro lado de la ventana, incluso con luna llena. Recordaba un poema que le había gustado cuando era joven, inspirado en la imagen de la luna como mensajera entre unos amantes a ambos lados del río.
Si lo analizaba ahora, le parecía artificioso, extravagante y engreído. Muchos versos famosos de los inicios de esta Novena Dinastía eran así si se analizaban de cerca, con sus elaborados brocados verbales. Tai pensó que había cierta tristeza en que algo así pudiera ocurrir: desenamorarse de algo que te había dado forma. ¿O incluso de alguien? Pero si uno no cambiaba al menos un poco, ¿qué sentido tenían las etapas de la vida? Aprender, cambiar, ¿no significaba a veces que había que abandonar lo que antes se creía cierto?
Entraba mucha luz en la habitación. Casi la suficiente para arrastrarlo desde la cama hasta la ventana para mirar la hierba alta en el exterior y contemplar lo que el plata le hacía al verde, pero estaba cansado. Siempre estaba cansado al final del día y nunca salía de la cabaña por las noches. Ya no temía a los fantasmas —había decidido que lo veían como un emisario, no como un intruso del mundo de los vivos—, pero les dejaba el mundo después de la puesta de sol.
Durante el invierno, tenía que cerrar los postigos reconstruidos y tapar las grietas en las paredes lo mejor que podía con telas y pieles de oveja para que el viento y la nieve no se colaran. La cabaña se llenaba de humo, alumbrada por el fuego y las velas, o una de sus dos lámparas si intentaba escribir poesía, o cuando calentaba vino en un brasero (proporcionado también por los taguran).
Cuando llegaba la primavera, abría los postigos, dejaba entrar el sol, o el brillo de las estrellas y la luna, y después, el sonido de los pájaros al amanecer.
Se despertó en plena madrugada, desorientado, confuso, enredado en el último sueño. Creía que aún era invierno, que la plata brillante que veía era el resplandor del hielo o la escarcha. Sonrió después de un momento y volvió a la realidad, con gesto irónico y divertido. Tenía un amigo en Xinan que habría apreciado ese instante. No ocurría con frecuencia que pudieras vivir lo imaginado en unos versos muy conocidos:
Ante mi cama, la luz es tan brillante
que parece una capa de escarcha.
Alzando la cabeza contemplo la luna,
recostándome de nuevo, pienso en mi hogar.
Pero quizá estaba equivocado. Quizá si un poema era lo suficientemente veraz, entonces antes o después alguien que lo leyera viviría dicha imagen como él la estaba viviendo ahora. O quizá algunos de los lectores han visualizado la imagen antes de llegar al poema y descubrir que les estaba esperando como una afirmación. De manera que el poeta les ha ofrecido palabras para pensamientos que ellos ya habían tenido.
Otras veces, la poesía nos obsequia con ideas nuevas y peligrosas. A veces los hombres eran exiliados o asesinados por lo que escribían. Hacía centenares de años, podías enmascarar un comentario peligroso ambientando el poema en la Primera o en la Tercera Dinastía. Y aunque en ocasiones esa convención surtía efecto, no siempre era así. Los superiores mandarines del servicio civil no eran idiotas.
«Recostándome de nuevo, pienso en mi hogar». Su hogar era la propiedad cercana al Wai, donde estaba enterrado su padre, en el huerto, al lado de sus padres y de los tres hijos que no habían sobrevivido a la mayoría de edad. Donde la madre de Tai y la concubina de Shen Gao, la mujer a la que llamaban Segunda Madre, seguían viviendo, donde sus dos hermanos también se estaban acercando al final del luto, y el mayor regresaría muy pronto a la capital.
No estaba seguro de dónde se encontraba su hermana. Las mujeres solo observaban noventa días de luto. Lo más probable era que Li-Mei hubiera regresado con la emperatriz, allí donde se encontrase. Y que la emperatriz no estuviera en la corte. Incluso dos años atrás ya se rumoreaba que su tiempo en el Ta-Ming había llegado a su fin. Ahora había alguien más en palacio, al lado del emperador Taizu. Alguien que brillaba como una joya.
Muchos lo desaprobaban. Pero por lo que sabía Tai, nadie lo había expresado públicamente antes de que este volviera a casa y después viniera aquí.
Descubrió que sus pensamientos regresaban a Xinan por los recuerdos que tenía del recinto familiar junto al río, donde año tras año, en una noche de otoño, las hojas de paulonia caían todas a la vez sobre el sendero que partía de la puerta principal. Donde en el huerto crecían melocotones, ciruelas y albaricoques (con las flores rojas en primavera), y donde podías oler el carbón vegetal ardiendo en la linde del bosque y contemplar el humo de los hogares de las aldeas, más allá de los almendros y las moreras.
No, ahora, en cambio, estaba recordando la capital: todo brillo, color y ruido, donde la violencia de la vida brotaba y se expandía, en todo su polvo y furia mundanos, incluso estaría entrando en erupción en ese mismo instante, en medio de la noche, asaltando los sentidos a cada momento. Dos millones de personas. El centro del mundo, bajo el cielo.
Allí no estaría oscuro. En Xinan, no. Las luces de los hombres casi ocultaban el brillo de la luna. Habría antorchas y faroles, fijos o transportados en armazones de bambú, o suspendidos en los bastidores de las literas que llevaban a los de alta cuna y a los poderosos a tra-vés de las calles. Habría lámparas rojas en las ventanas superiores y lámparas colgadas de los balcones cubiertos de flores en el Distrito Norte. Luces blancas en el palacio y lámparas de aceite anchas y poco profundas en los patios, en pilares de la altura de dos hombres, ardiendo toda la noche.
Habría música y gloria, corazones rotos y recompuestos, y a veces, cuchillos y espadas que relucían en callejuelas y callejones. Y al llegar la mañana, de nuevo poder, pasión y muerte, empujándose entre ellos en los dos grandes y ensordecedores mercados, en vinaterías y salas de estudio, en calles retorcidas (diseñadas para el amor furtivo o el asesinato) y avenidas sorprendentemente anchas. En dormitorios y patios, en elaborados jardines privados y en parques públicos cubiertos de flores, donde los sauces se derramaban sobre corrientes de agua y lagos artificiales profundamente dragados.
Recordaba el Parque del Lago Largo, al sur de las murallas de adobe de la ciudad; recordaba con quién había estado allí por última vez, en la época en que brotaban las flores del melocotonero, antes de la muerte de su padre, en uno de los tres días del mes que ella tenía permiso para salir del Distrito Norte. Ocho, dieciocho, veintiocho. Ella estaba ahora muy lejos.
Los gansos salvajes eran el símbolo de la separación.
Pensó en el Ta-Ming, el enorme complejo palaciego al norte de las murallas de la ciudad, en el Hijo del Cielo, que ya no era joven, y en todos los que se encontraban con él y a su alrededor: eunucos y nueve grados de mandarines, entre ellos el hermano mayor de Tai, príncipes, alquimistas y jefes del ejército, y la que seguramente yacía con él esta noche bajo esta misma luna, joven y de una belleza casi insoportable, la que había cambiado el imperio.
Tai había aspirado a ser uno de esos funcionarios civiles con acceso al palacio y a la corte, nadando «en el sentido de la corriente», como se solía decir. Había estudiado todo un año en la capital (entre encuentros con cortesanas y amigos de borrachera) y estuvo a punto de presentarse a los tres días de exámenes para el servicio imperial, la prueba que determinaba tu futuro.
Entonces, su padre murió junto al río tranquilo, y los dos años y medio de luto oficial llegaron y se alejaron, arrastrados por el río como el viento que trae la lluvia.
Un hombre fue azotado —veinte latigazos con la fusta pesada— por no cumplir con el retiro y los rituales que se deben a los padres cuando mueren.
Se podría decir (algunos podrían decir) que él no había cumplido con los ritos al encontrarse aquí en las montañas y no en casa, pero había hablado con el subprefecto antes de recorrer a caballo el largo camino hacia el oeste, y había recibido el permiso. También se encontraba —abrumadoramente— retirado de la sociedad, de cualquier cosa que se pudiera llamar «ambición» o «mundanidad».
Lo que había hecho era un poco arriesgado. Siempre cabía el peligro de lo que se pudiera rumorear en el Ministerio de los Ritos, que supervisaba los exámenes. Eliminar a un rival, de una forma o de otra, era una táctica básica, pero Tai pensaba que se había protegido.
Por supuesto, nunca se podía estar seguro del todo. En Xinan, no. Los ministros eran nombrados y exiliados, los generales y los gobernadores militares, promocionados y después destituidos con la orden de suicidarse, y la corte había ido cambiando con rapidez en la época anterior a su partida. Pero Tai aún no ocupaba ninguna posición. No había arriesgado nada en cuanto a rango y oficio. Y creía que podría sobrevivir a los azotes, si es que estos llegaban.
En una cabaña iluminada por la luna, envuelto en la soledad como un gusano de seda en su cuarto sueño, intentó decidir hasta qué punto extrañaba la capital. Si estaba listo para regresar y retomarlo todo, como antes. O si había llegado el momento de otro cambio más.
Sabía lo que diría la gente si cambiaba, lo que ya se estaba diciendo sobre el segundo hijo del general Shen. El primogénito, Shen Liu, era conocido y comprendido, su ambición y sus logros se ajustaban a un patrón. El tercer hijo era aún demasiado joven, poco más que un niño. Era Tai, el segundo, quien suscitaba más interrogantes.
El luto se cumpliría formalmente con la luna llena del séptimo mes. Habría completado los ritos, a su manera. Podía retomar sus estudios, prepararse para los siguientes exámenes. Eso era lo que hacían los hombres. Los estudiosos se presentaban a los exámenes del servicio civil cinco veces, diez veces o más. Algunos morían sin aprobarlos. Cada año los pasaban entre cuarenta y sesenta hombres, de los miles que empezaban el proceso con los exámenes preliminares en sus prefecturas. El examen final se iniciaba en presencia del propio emperador, con su túnica blanca y su sombrero negro, y el fajín amarillo de las ceremonias más importantes: un rito de iniciación muy elaborado… con sobornos y corrupción incluidos en el proceso, como siempre en Xinan. ¿Acaso podría ser de otra forma?
Ahora parecía que la capital hubiera entrado en su cabaña plateada, expulsando el sueño con recuerdos del tumulto vocinglero y apabullante que nunca se detenía por completo, a ninguna hora. Vendedores y compradores gritando en los mercados, mendigos, acróbatas y adivinos, plañideras contratadas que seguían un funeral con el cabello alborotado, caballos y carros traqueteando durante el día y la noche, los musculosos portadores de sillas de seda que chillaban a los peatones para que se apartasen, y los alejaban con varas de bambú. Los Guardias del Pájaro Dorado con sus látigos en todos los cruces importantes, despejando las calles al anochecer.
Tiendas pequeñas en cada barrio, abiertas toda la noche. Los Recogedores de Excrementos que pasaban y daban gritos de advertencia. Maderos que golpeaban y rodaban por las murallas exteriores de Xinan para depositarse en el enorme estanque junto al Mercado Oriental, donde se compraban y vendían al amanecer. Azotes y ejecuciones matinales en las dos plazas del mercado. Más actuaciones callejeras después de las decapitaciones, mientras las grandes multitudes aún estaban reunidas. Campanas marcando las horas durante el día y la noche, y el largo redoble de tambores que cerraba las murallas y todas las puertas de los barrios al ponerse el sol, y las volvía a abrir al amanecer. Flores primaverales en los parques, frutos veraniegos, hojas otoñales y polvo amarillo por todas partes, que llegaba volando desde las estepas. El polvo del mundo. Jade y oro. Xinan.
Lo oyó, lo vio, casi pudo olerlo, como un caos recordado y una cacofonía de almas, pero después lo alejó y lo expulsó bajo la luz de la luna, escuchando de nuevo a los fantasmas del exterior, el llanto con el que había aprendido a vivir, o se habría vuelto completamente loco.
Envuelto en la luz plateada, miró hacia su bajo escritorio, el bloque de tinta y el papel, y la alfombrilla tejida que había delante. Sus espadas estaban apoyadas contra la pared, a su lado. El aroma de los pinos entraba por las ventanas abiertas, impulsado por el viento nocturno. Las cigarras zumbaban en un dueto con los muertos.
Había venido a Kuala Nor por un impulso, para honrar la pena de su padre. Y se había quedado también por sí mismo, para trabajar cada día y ofrecer todo el alivio que pudiera a los muchos que yacían aquí insepultos. La tarea de un hombre, no de un ser inmortal, ni tampoco de un santo.
Habían pasado dos años, habían girado las estaciones y las estrellas. No sabía cómo se iba a sentir cuando regresara al ruido y al tumulto de la capital. Ese era un pensamiento sincero.
Sabía a qué personas había echado de menos. Vio a una de ellas con el ojo de la mente, casi podía oír su voz, demasiado real para poder dormir de nuevo, recordando la última vez que había yacido con ella.
—¿Y si alguien me lleva de aquí cuando te hayas ido? ¿Y si alguien me pide… me propone ser su cortesana personal, o incluso su concubina?
Por supuesto, sabía quién era ese alguien.
Le había cogido la mano, con sus uñas largas y pintadas de color dorado, y los anillos con piedras preciosas, y la había colocado sobre su pecho desnudo, para que pudiera sentir su corazón.
Ella rio, con un poco de amargura.
—¡No! Siempre haces lo mismo, Tai. Tu corazón siempre late igual. No me dice nada.
En el Distrito Norte, donde se encontraban —en una habitación en el piso superior del Pabellón de la Casa del Placer de la Luz Lunar—, la llamaban «Lluvia de Primavera». Él no conocía su nombre real. Nunca se preguntaba por el nombre verdadero. Se consideraba una grosería.
Hablando con lentitud, puesto que le resultaba difícil decirlo, le contestó:
—Dos años es mucho tiempo, Lluvia. Lo sé. Ocurren muchas cosas en la vida de un hombre, o de una mujer. Es…
Ella movió la mano para cubrirle la boca; no lo hizo con suavidad. No siempre era amable con él.
—De nuevo, no. Escúchame. Si empiezas a hablar del Camino o de la sabiduría equilibrada del largo fluir de la vida, Tai, cortaré tu hombría con un cuchillo para la fruta. Creí que querrías saberlo antes de seguir adelante.
Recordaba la seda de su voz, la dulzura devastadora con la que podía decir cosas similares. Él le había besado la palma de la mano que le tapaba la boca y después, cuando la retiró un poco, dijo con suavidad:
—Debes hacer lo que te parezca mejor para ti, para tu vida. No quiero que seas una de esas mujeres que espera durante las noches tras una ventana al final de las escaleras de jade. Deja que sean otras las que vivan esos poemas. Mi intención es volver a las propiedades de mi familia, observar los ritos por mi padre y después, regresar. Eso te lo puedo asegurar.
No había mentido. Esas habían sido sus intenciones.
Pero luego las cosas se desarrollaron de otra forma. ¿Qué hombre se atrevería a creer que todo lo que planea puede llegar a ocurrir? Ni siquiera el emperador, con el mandato del cielo, podría hacerlo.
No tenía ni idea de lo que le había ocurrido, si en realidad alguien la había retirado del barrio de las cortesanas, si algún aristócrata detrás de los muros de piedra de su mansión la había reclamado para sí en la ciudad, en lo que era casi con toda seguridad una vida mejor. No llegaban cartas al oeste del Paso de la Puerta de Hierro, porque él no había escrito ninguna.
Finalmente, pensó que no tenía por qué ser todo o nada, es decir, no se trataba de oponer Xinan a su soledad más allá de las fronteras. Los grandes relatos de sabiduría del Camino enseñaban equilibrio, ¿o no? Las dos mitades del alma de un hombre, de su vida interior. Se equilibraban dísticos en un verso formal, elementos en una pintura —río, acantilado, garza, barca de pescador—, trazos gruesos y finos en caligrafía, piedras, árboles y agua en un jardín, y cambiaban las conductas de uno a lo largo del día.
Cuando abandonase este lugar, podía regresar a su hogar junto al río, por ejemplo, en lugar de volver a la capital. Podía vivir allí y escribir, casarse con alguien que su madre y Segunda Madre escogiesen para él, cultivar el jardín, el huerto —flores de primavera, frutos de verano—, recibir y hacer visitas, envejecer y encanecer en calma, pero no en soledad. Contemplar las hojas de paulonia al caer, las carpas doradas en el estanque. Recordaba cómo lo hacía su padre. Incluso podría llegar un día en que creyeran que era un sabio. La idea le hizo sonreír bajo la luz de la luna.
Podía viajar hacia el este a lo largo del Wai, o por el mismo Gran Río, a través de los desfiladeros hasta el mar, y después regresar, con los barcos remando contra la corriente, o arrastrando las barcas hacia el oeste con cuerdas gruesas a lo largo de senderos resbaladizos, cortados en los precipicios cuando llegasen de nuevo a los desfiladeros salvajes.
Incluso podía ir más lejos, hacia el sur, donde el imperio se volvía diferente y extraño: tierras en las que el arroz crecía en el agua y en las que existían elefantes y gibones, mandriles, bosques de palisandro, árboles de alcanfor, perlas en el mar para los que podían bucear a por ellas, y en las que los tigres de ojos amarillos mataban a los hombres en las oscuras selvas.
Descendía de un linaje honorable. El nombre de su padre abría una puerta que Tai podía cruzar y tras ella encontrar la bienvenida de prefectos y recaudadores de impuestos, e incluso de gobernadores militares a lo largo de Kitai. En realidad, el nombre del Primer Hermano podía ser ahora aún más útil, aunque también presentaba algunas complicaciones.
Pero todo esto era posible. Podía viajar y pensar, visitar templos y pabellones, pagodas en colinas nubladas, santuarios de montaña, escribir mientras viajaba. Lo podía hacer de la misma forma que lo había hecho el poeta magistral cuyos versos lo habían despertado, y que seguramente lo seguía haciendo en alguna parte. Aunque la sinceridad (y la ironía) hacía pensar que parecía que Sima Zian también había bebido mucho a lo largo de sus años en barcas y caminos, en las montañas, los templos y los bosquecillos de bambú.
Y es que también estaba todo eso, ¿o no? Buen vino, compañía hasta la madrugada. Música. Algo que no se podía evitar o despreciar.
Tai se quedó dormido con ese pensamiento y con la esperanza repentina y ferviente de que los taguran se hubieran acordado de traer vino. Casi había terminado el que le había entregado su propia gente hacía dos semanas. Los largos atardeceres de verano concedían a un hombre más tiempo para beber antes de acostarse con el sol.
Durmió y soñó con la mujer que posaba la mano en su corazón aquella última noche, después sobre su boca, con sus cejas depiladas y pintadas, los ojos verdes, los labios rojos, la luz de las velas, las horquillas de jade que se desprendían una a una del cabello dorado, y el aroma que emanaba.
Los pájaros lo despertaron con sus trinos desde el extremo más alejado del lago.
Hacía muchas noches, había intentado escribir un poema formal de seis versos sobre su estridente ruido matinal comparado con la hora de apertura en los dos mercados de Xinan, pero había sido incapaz de realizar la construcción paralela que definía el pareado final. Era probable que sus habilidades técnicas como poeta estuvieran por encima de la media, que fueran lo suficientemente buenas para la parte poética de los exámenes, pero no lo bastante, según su propia opinión, para producir nada duradero.
Una de las consecuencias de esos dos años de soledad era que había llegado a pensar eso la mayor parte del tiempo.
Se vistió y encendió el fuego, se aseó y se ató el cabello mientras hervía agua para el té. Se contempló en el espejo de bronce que le habían dado y pensó que debía pasarse la cuchilla por las mejillas y la barbilla, pero aquella mañana decidió oponerse a semejante abuso personal. Los taguran podían tratar con él sin afeitar. Ni siquiera había una razón real para atarse el cabello, pero se sentía como un bárbaro de las estepas cuando lo dejaba caer sobre los hombros. Tenía recuerdos de eso, de ellos.
Antes de beber o comer, mientras reposaban las hojas de té, se colocó delante de la ventana oriental y pronunció la oración para el espíritu de su padre en dirección al sol naciente.
Siempre que lo hacía, invocaba y recordaba a Shen Gao dando de comer pan a los patos salvajes en su río. No sabía por qué era esa la imagen de evocación, pero lo era. Quizá por la tranquilidad, en una vida que no había sido tranquila.
Preparó y bebió el té, comió un poco de carne salada y grano molido en agua caliente, endulzado con miel de trébol, después cogió el sombrero de paja de campesino del clavo junto a la puerta y se puso las botas. Las botas de verano eran casi nuevas, regalo de la Puerta de Hierro, y reemplazaban el par desgastado que había traído consigo.
Se habían percatado. Lo observaban de cerca siempre que venían, según había llegado a comprender Tai. También se había dado cuenta durante el primer y duro invierno de que casi con toda seguridad habría muerto sin la ayuda de los dos fuertes. En algunas montañas se podía vivir completamente solo durante algunas estaciones —era el sueño legendario del poeta ermitaño— pero no en Kuala Nor en invierno, no en un lugar tan alto y remoto, no cuando llegaban las nieves y soplaba el viento del norte.
Los suministros, que no faltaban en las noches de luna nueva y luna llena, lo habían mantenido con vida, y muchas veces solo habían podido llegar tras grandes esfuerzos, como cuando las tormentas salvajes descendían para arremeter contra el prado y el lago helados.
Ordeñó las cabras, metió el cubo en la casa y lo tapó para más tarde. Cogió sus dos espadas y volvió a salir para realizar sus rutinas Kanlin.
Dejó las espadas y, de nuevo en el exterior, se quedó un momento quieto bajo la luz de un sol casi veraniego, escuchando el jaleo ensordecedor de los pájaros, contemplando cómo giraban y cantaban por encima del lago, azul y bello bajo la luz matinal, sin mostrar ni el más leve indicio de hielo invernal, o de cuantos hombres muertos yacían alrededor de sus orillas.
Hasta que apartabas la vista de los pájaros y del agua hacia la hierba alta del prado, y entonces veías los huesos bajo la luz clara, por todas partes. Tai podía ver los túmulos donde los estaba enterrando, al oeste de la cabaña, al norte ante los pinos. Ahora ya eran tres largas filas de tumbas profundas.
Se dio la vuelta para coger la pala y empezar el trabajo. Esa era la razón de su presencia aquí.
Su ojo vislumbró un destello hacia el sur: la luz del sol reflejada en una armadura a medio camino de la última curva, descendiendo por la última ladera. Aguzando la vista comprobó que los taguran llegaban pronto esta vez, o —volvió a comprobar el sol— era él, que se estaba moviendo con más lentitud después de una noche en vela bajo la luna blanca.
Contempló cómo descendían con el buey y el carro de ruedas pesadas. Se preguntó si esta mañana estaría Bytsan al mando de la partida de suministros. Descubrió que tenía esa esperanza.
¿Había algo malo en desear la llegada de un hombre cuyos soldados podían llegar a violar a su hermana y a sus dos madres, y saquear y quemar con alegría las propiedades de su familia durante una incursión en Kitai?
Los hombres cambiaban durante las guerras o los conflictos, a veces hasta volverse irreconocibles. Tai lo había visto personalmente en las estepas más allá de la Gran Muralla, entre los nómadas. Los hombres cambiaban, no siempre de maneras que gustaba recordar, aunque valía la pena rememorar el valor que había visto.
No creía que Bytsan fuera a volverse violento, pero no lo sabía. Y podía imaginar fácilmente lo contrario de alguno de los taguran que habían venido durante esos dos años, con armas y armadura, como si siguieran los duros redobles del campo de batalla, en lugar de dirigirse a llevar suministros a un loco solitario.
Los encuentros que tenía con los guerreros del Imperio de la Meseta no eran sencillos ni fáciles de superar.
Vio que era Bytsan cuando los taguran llegaron al prado y empezaron a rodear el lago. El capitán trotaba, adelantado, sobre su caballo sardio zaino. Era un animal magnífico, sobrecogedor. Como todos esos caballos del lejano occidente. El capitán era el único en ese grupo que tenía uno. Caballos Celestiales los llamaban en la tierra de Tai. Las leyendas decían que sudaban sangre.
Los taguran los conseguían en Sardia, más allá del punto en el que las Rutas de la Seda se volvían a fundir en una sola en el oeste, superados los desiertos. Allí, a través de pasos de montañas aún más duros, se extendían los profundos y exuberantes terrenos de cría de esos caballos. Los compatriotas de Tai los deseaban con tal pasión que incluso la política imperial, la guerra y la poesía se habían visto afectadas durante siglos.
Los caballos tenían una gran importancia. Eran la razón por la que el emperador, Señor Sereno de las Cinco Direcciones y de las Cinco Montañas Sagradas, estaba continuamente implicado con los nómadas bogü, apoyando a los jefes que elegían entre los bebedores de kumis y los residentes en yurtas al norte de la muralla, a cambio del suministro de sus caballos, aunque fueran inferiores a los de Sardia. Ni el terreno de loess al norte de Kitai, ni las junglas y las tierras arroceras del sur permitían el pasto y la cría de caballos de verdadera calidad.
Esa había sido la tragedia de Kitan durante un millar de años.
Muchas cosas llegaban a Xinan a través de las vigiladas Rutas de la Seda durante esta Novena Dinastía, lo cual la hacía rica más allá de cualquier descripción, pero los caballos de Sardia no se encontraban entre ellas. No podían soportar un viaje tan largo por el desierto. Al este llegaban mujeres, músicos y bailarines. Llegaban jade, alabastro y gemas, ámbar, perfumes y cuerno de rinoceronte en polvo para los alquimistas. Pájaros habladores, especias y alimentos, espadas y marfil, y muchas cosas más, pero no los Caballos Celestiales.
Por eso Kitai tenía que encontrar otras vías para conseguir las mejores monturas que pudiera, porque se podía ganar una guerra con la caballería, si todo lo demás estaba igualado. Y cuando los taguran tenían demasiados de esos caballos (ahora estaban en paz con los sardios y comerciaban con ellos), «todo lo demás» no estaba en equilibrio.
Tai se inclinó dos veces en señal de saludo cuando Bytsan tiró de las riendas: el puño derecho en la palma izquierda. Tenía conocidos —y un hermano mayor— que habrían considerado una humillación verle hacer una reverencia tan formal ante un taguran. Por otro lado, este hombre no preservaba sus vidas ni les hacía entrega constante de suministros, cada luna llena desde hacía casi dos años.
Los tatuajes azules de Bytsan se revelaban bajo la luz del sol, sobre ambas mejillas y el lado izquierdo del cuello, por encima del borde de la túnica. Desmontó, hizo una reverencia, también doble, con el puño cerrado en la palma, adoptando el gesto kitan.
Sonrió brevemente.
—Antes de que lo preguntes, sí, he traído vino.
Hablaba kitan, la mayoría de los taguran lo hacían. Ahora era la lengua del comercio, sin importar la dirección de este, cuando los hombres no se estaban matando unos a otros. En Kitai se creía que en los nueve cielos los dioses hablaban kitan, y así se lo habían enseñado al primigenio Padre de los Emperadores mientras permanecía de pie con la cabeza inclinada en la Montaña del Dragón en el pasado más remoto.
—¿Sabías que lo iba a preguntar? —Tai se sentía atribulado y un poco expuesto.
—Atardeceres más largos. ¿Qué otra cosa puede hacer un hombre? Nosotros cantamos que la copa es un compañero. ¿Va todo bien?
—Todo va bien. La luz de la luna me ha mantenido despierto, he ido lento esta mañana.
Conocían su rutina, la pregunta no había sido casual.
—¿Solo la luna?
La gente de Tai planteaba variantes de esa pregunta cada vez que venían. Curiosidad… y miedo. Hombres muy valientes, incluso este, le habían dicho directamente que ellos no podrían hacer lo que él estaba haciendo aquí, con los muertos insepultos y enfadados.
Tai asintió.
—La luna. Y algunos recuerdos.
Miró más allá del capitán y vio cómo se acercaba un soldado joven y totalmente armado. Ninguno de los que conocía. Este hombre no desmontó y se quedó mirando a Tai. Solo tenía un tatuaje, llevaba puesto un yelmo innecesario y no sonreía.
—Gnam, coge un hacha de la cabaña y ayuda a Adar a cortar leña.
—¿Por qué?
Tai pestañeó. Miró al capitán taguran.
La expresión de Bytsan no cambió ni miró al soldado a caballo detrás de él.
—Porque eso es lo que hacemos aquí. Y porque si no obedeces, me haré con tu caballo y tus armas, te quitaré las botas y dejaré que atravieses a pie todos los pasos en compañía de los gatos de montaña.
Lo dijo con tranquilidad. Se produjo un silencio. A medida que crecía la tensión, Tai se dio cuenta, un poco consternado, de que había perdido la costumbre de mantener conversaciones similares. «Así es el mundo —se dijo a sí mismo—. Apréndelo de nuevo. Empieza ahora. Esto es lo que vas a encontrar cuando regreses».
Con indiferencia, para no avergonzar al capitán o al soldado joven, se dio la vuelta y miró a los pájaros al otro lado del lago. Garzas grises, golondrinas, un águila real en lo más alto.
El hombre joven —era alto y estaba bien proporcionado— se quedó callado sobre el caballo.
—¿Ese no puede cortar leña? —preguntó.
—Creo que sí, porque ha estado cavando tumbas para nuestros muertos durante dos años.
—¿Los nuestros o los suyos? ¿Por qué profana los huesos de nuestros soldados?
Bytsan rio.
Tai se dio la vuelta con rapidez, sin poder evitarlo. Sintió como si algo regresara después de mucho tiempo. Supo lo que era: la ira había formado parte de él, con demasiada rapidez, hasta donde él podía recordar. ¿La parte de un segundo hermano? Algunos podrían decir que lo era.
—Te estaría muy agradecido —intervino, con la voz más neutra que pudo— si pudieras mirar a tu alrededor y decirme qué huesos son de los tuyos, por si me entran ganas de profanarlos.
Un silencio diferente. Existían muchos tipos de silencios, pensó Tai de modo ilógico.
—Gnam, eres un auténtico idiota. Coge el hacha y corta leña. Y hazlo ahora.
Esta vez Bytsan miró al soldado, y el otro hombre desmontó, sin prisa, pero sin desobedecer. El buey había llegado con el carro. Había cuatro hombres más. Tai conocía a tres de ellos, con los que intercambió gestos de saludo.
El llamado Adar, vestido con una túnica de color rojo oscuro, ajustada con un cinturón por encima de un pantalón marrón suelto, sin armadura, acompañó a Gnam hacia la cabaña, conduciendo a los caballos. Los otros, que conocían su rutina aquí, guiaron el carro hacia delante y empezaron a descargar los suministros en la cabaña. Se movían con rapidez, siempre lo hacían. Descargar, almacenar, hacer cualquier otra cosa, entre ellas la limpieza del pequeño establo, volver a subir por la ladera y alejarse.
El miedo a seguir aquí después de que oscurezca…
—¡Cuidado con su vino! —advirtió Bytsan—. No quiero escuchar cómo lloran en kitan. El sonido es demasiado desagradable.
Tai sonrió torciendo la boca; los soldados rieron.
El ruido del golpe de las hachas llegaba del lado de la cabaña, impulsado por el aire de la montaña. Bytsan le hizo un gesto. Tai se alejó con él. Pasaron por la hierba alta y por encima y alrededor de los huesos. Tai evitó un cráneo, ahora por instinto.
Había mariposas por todas partes, de todos los colores, y los saltamontes se asustaban a sus pies, saltando muy alto y alejándose en todas las direcciones. Escucharon el zumbido de las abejas entre las flores del prado. El metal de las hojas oxidadas se podía ver en todas partes, incluso en la arena gris de la orilla. Debían tener cuidado con dónde ponían los pies. Había piedras rosadas en la arena. Los pájaros eran estridentes, giraban y planeaban, rompían la superficie del lago para pescar.
—¿El agua sigue fría? —preguntó Bytsan después de un rato.
Estaban ante el lago. El aire estaba limpio y se podían ver los riscos de las montañas, las grullas en la isla y la fortaleza en ruinas sobre ella.
—Siempre.
—Hace cinco noches hubo una tormenta en el paso. ¿Vino hacia aquí abajo?
Tai negó con la cabeza.
—Aquí cayó algo de lluvia, pero se debió de alejar hacia el este.
Bytsan se agachó y recogió un puñado de piedras. Empezó a tirarlas contra los pájaros.
—El sol calienta —comentó al fin—. Ahora ya veo por qué llevas esa cosa en la cabeza, aunque eso hace que parezcas un anciano y un campesino.
—¿Las dos cosas?
El taguran sonrió.
—Las dos. —Lanzó otra piedra—. ¿Te vas?
—Pronto. La luna de mediados de verano marca el final del período de luto.
Bytsan asintió.
—Eso es lo que les he escrito.
—¿Escrito?
—La corte. En Rygyal.
Tai se lo quedó mirando.
—¿Saben lo mío?
Bytsan asintió de nuevo.
—Lo saben por mí. Por supuesto que lo saben.
Tai pensó en ello.
—No creo que desde la Puerta de Hierro se hayan enviado mensajes sobre alguien que está enterrando muertos en Kuala Nor, pero puedo estar equivocado.
El otro se encogió de hombros.
—Probablemente lo estás. En estos días todo se informa y se valora. Todas las cortes emplean los tiempos de paz para hacer cálculos. Algunos en Rygyal vieron tu llegada aquí como una arrogancia kitan. Te querían muerto.
Tai tampoco sabía eso.
—¿Como ese de allí?
Las dos hachas golpeaban de forma constante, cada una de ellas dejaba un sonido leve y limpio en la distancia.
—¿Gnam? Solo es joven. Quiere hacerse un nombre.
—¿Matar a un enemigo de buenas a primeras?
—Pasar por ello. Como tu primera mujer.
Los dos intercambiaron una breve sonrisa. Ambos eran aún hombres relativamente jóvenes. Ninguno de los dos se sentía así.
—Me dieron instrucciones de que no se te asesinase —comentó Bytsan después de un momento.
Tai bufó.
—Agradezco oír eso.
Bytsan se aclaró la garganta. De repente, parecía incómodo.
—En su lugar, hay un regalo, un reconocimiento.
Tai lo volvió a mirar.
—¿Un regalo? ¿De la corte taguran?
—No, del conejo en la luna. —Bytsan hizo una mueca—. Sí, por supuesto, de la corte. Bueno, de una persona de allí, con permiso.
—¿Permiso?
La mueca se convirtió en una sonrisa. El taguran estaba quemado por el sol, tenía la mandíbula cuadrada y le faltaba un diente de abajo.
—Estás lento esta mañana.
—Todo esto me pilla por sorpresa, eso es todo —comentó Tai—. ¿De quién?
—Míralo tú mismo. Tengo una carta.
Bytsan metió la mano en un bolsillo de su túnica y sacó un rollo de color amarillo pálido. Tai vio el sello real taguran: una cabeza de león, en rojo.
Rompió la cera, desenrolló la carta, leyó el contenido, que no era largo, y descubrió lo que le estaban regalando y le estaban haciendo, por pasar su tiempo aquí, entre los muertos.
Respirar se convirtió en algo así como un ejercicio forzado.
Los pensamientos le empezaron a llegar con demasiada rapidez, descontrolados, desconectados, huracanados como una tormenta de arena. Esto podía marcar su vida, o provocar que lo asesinasen antes de que pudiera regresar a su hogar, a las propiedades de la familia, y mucho menos a Xinan.
Tragó con fuerza. Dirigió la mirada hacia las estribaciones de las montañas que se amontonaban a su alrededor, alzándose y alejándose, rodeando majestuosamente el lago azul. En las enseñanzas del Camino, las montañas representan la compasión, el agua la sabiduría. «Las cimas no se alteran», pensó Tai.
Lo que los hombres hacían bajo su mirada podía cambiar más rápido de lo que uno podía tener la esperanza de comprender.
Tai lo expresó:
—No lo entiendo.
Bytsan no contestó. Tai bajó la mirada hacia la carta y leyó de nuevo el nombre al pie.
Una persona de allí, con permiso.
Una persona. La Princesa de Jade Blanco Cheng-wan, decimo-séptima hija del reverenciado y exaltado emperador Taizu. Enviada al oeste, a una tierra extranjera, hacía veinte años, desde su mundo brillante y reluciente. Enviada con su pipa y su flauta, un puñado de ayudantes y escoltas, y una guardia de honor taguran, para convertirse en la primera novia imperial concedida por Kitai a Tagur, para convertirse en una de las esposas de Sangrama el León, en su elevada y sagrada ciudad de Rygyal.
Ella había formado parte del tratado que siguió a la última campaña en Kuala Nor. Un emblema en su joven persona (ese año había cumplido catorce años) de lo salvaje —e indeciso— que fue el combate, y de lo importante que fue que terminase. Un símbolo esbelto y elegante de una paz duradera entre los dos imperios. Como si pudiera durar, como si hubiera perdurado siempre, como si el cuerpo y la vida de una muchacha pudieran asegurar algo así.
Ese otoño se había producido en Kitai una caída de poemas, como si de pétalos de flores se tratara, en los que se compadecían de ella empleando dísticos y rimas: casada con un horizonte lejano, caída del cielo, perdida para el mundo civilizado más allá de barreras de montañas cubiertas de nieve, entre bárbaros en sus duras mesetas.
Se convirtió entonces en una moda literaria, un tema fácil, hasta que un poeta fue arrestado y azotado con la fusta pesada en la plaza de delante de palacio —y casi muere por ello— a causa de un verso que sugería que no solamente era lamentable, sino muy injusto hacia ella.
Eso no se podía decir.
La pena era una cosa —correcta, un pesar cultural por una vida joven que cambió al abandonar la gloria del mundo—, pero no se podía manifestar que algo de lo que había hecho el Palacio de Ta-Ming podía no ser un acierto. Eso era una negación del mandato del cielo, con el que había que cumplir con plena rectitud y estar totalmente de acuerdo. Las princesas eran monedas en el mundo, ¿qué otra cosa podían ser? ¿De qué otra forma podían servir al imperio? ¿cómo se podía justificar su nacimiento?
Tai seguía mirando las palabras sobre el papel amarillo pálido, luchando por dar cierto orden a una espiral de pensamientos. Bytsan permanecía en silencio, permitiéndole que lo asumiera todo, o al menos lo intentase.
Para recompensar con mucha generosidad a un hombre, se le daba uno de los caballos sardios. Se le regalaban cuatro o cinco de dichas glorias si se le quería exaltar por encima de sus iguales, impulsarlo hacia un rango mayor… y ganarse los celos, posiblemente mortales, de aquellos que cabalgaban sobre los caballos más pequeños de las estepas.
La princesa Cheng-wan, consorte real de Tagur durante los últimos veinte años de paz, le había otorgado, con permiso, doscientos cincuenta caballos dragón.
Esa era la cifra. Tai la volvió a leer una vez más.
Se encontraba escrita en el rollo que tenía en la mano, redactado en kitan, con la caligrafía delgada pero precisa de un escriba taguran. Doscientos cincuenta Caballos Celestiales. Se los entregaba a él por su propio derecho y a nadie más. No era un regalo para el Palacio de Ta-Ming, para el emperador. No. Era un presente para Shen Tai, segundo hijo del general Shen Gao, en su momento comandante del Ala Izquierda del Oeste Pacificado.
Suyos, para usarlos o disponer de ellos como mejor considerase, leyó en la carta, en reconocimiento real de Rygyal por su valor y su piedad, y por el honor hecho a los muertos de Kuala Nor.
—¿Sabes lo que dice? —A Tai su propia voz le sonaba extraña.
El capitán asintió.
—Me matarán por esto —comentó Tai—. Me harán pedazos para apoderarse de esos caballos antes de que pueda llegar a la corte.
—Lo sé —reconoció Bytsan con calma.
Tai lo miró. Era imposible leer en los ojos de color marrón oscuro del otro hombre.
—¿Lo sabes?
—Bueno, parece lo más probable. Se trata de un gran regalo.
Un gran regalo.
Tai rio, casi sin aliento. Movió la cabeza, incrédulo.
—En nombre de todos los nueve cielos, no puedo viajar a través del Paso de la Puerta de Hierro con doscientos cincuenta…
—Lo sé —le interrumpió el taguran—. Sé que no puedes. Hice algunas sugerencias cuando me explicaron lo que querían hacer.
—¿De verdad?
Bytsan asintió.
—Será difícil que sea un regalo si… te matan accidentalmente de camino al este y los caballos se dispersan, o los reclama otra persona.
—No, no lo sería. ¡No sería un regalo! —Tai escuchó cómo subía el tono. Hasta hacía unos instantes había tenido una vida tan sencilla…—. Y el Ta-Ming era un hervidero de facciones cuando me fui. ¡Estoy seguro de que ahora es mucho peor!
—Estoy seguro de que tienes razón.
—¡Oh! ¿De verdad? ¿Qué sabes sobre eso?
Decidió que el otro hombre parecía irritantemente tranquilo.
Bytsan lo miró.
—Muy poco, en el pequeño fuerte tengo el honor de poseer el mando de mi rey. Solo estaba mostrándome de acuerdo contigo. —Se detuvo—. ¿Quieres saber lo que he sugerido o no?
Tai bajó la mirada. Se sentía avergonzado. Asintió con la cabeza. Por una razón inconsciente, se quitó el sombrero de paja, se quedó de pie bajo el sol alto y brillante. Las hachas continuaban en la distancia.
Bytsan le explicó lo que había escrito a su corte, y lo que se había decretado en consecuencia. Parecía que la ejecución de su propuesta le había costado al otro hombre su posición en la fortaleza en el paso. Tai no sabía si eso significaba o no una promoción.
Tai comprendió que era posible que lo mantuviera con vida. Al menos durante algún tiempo. Se aclaró la garganta, intentando pensar qué decir.
—¿Te das cuenta —Bytsan habló con un orgullo que no podía ocultar— de que este es un regalo de Sangrama? La generosidad del rey. Es posible que nuestra princesa kitan se lo haya pedido, es su nombre el que se encuentra en la carta, pero es el León quien te los envía.
Tai lo miró.
—Lo entiendo —asintió en voz baja—. Ya sería un honor que el León de Rygyal simplemente conociera mi nombre.
Bytsan se sonrojó. Luego, después de una breve indecisión, hizo una reverencia.
Doscientos cincuenta caballos sardios, estaba pensando Tai, en medio de la tormenta de arena de su vida, alterada para siempre. Y debía llevarlos a una corte, a un imperio, que se ufanaba con cada corcel dragón que les había llegado desde el oeste. Que soñaba con esos caballos con un deseo tan feroz que modelaban porcelana, jade y marfil con su imagen, y cuyos poetas ensalzaban sus palabras con el trueno de los cascos míticos.
El mundo te puede ofrecer el veneno en una copa engastada de joyas, o regalos sorprendentes. A veces no sabes qué es qué.
2
Bytsan sri Nespo estaba furioso consigo mismo hasta el punto de la humillación. Sabía lo que habría dicho su padre, y en qué tono, si hubiera presenciado su vergüenza.
Acababa de hacer una reverencia —con demasiada deferencia— cuando el kitan, después de quitarse por alguna razón su estúpido sombrero, dijo que se sentía honrado de que el León, tan alejado en su gloria, conociese su nombre en Rygyal.
Pero Tai había sido cortés al decir tal cosa, y Bytsan se había descubierto inclinándose, con el puño oculto en la mano, siguiendo la costumbre kitan (no la de su propio pueblo), antes de ser capaz de detenerse. Después de todo, quizá había sido por el sombrero, la exposición deliberada de dicho gesto.
Los kitan te podían hacer esas cosas, o este podía.
Precisamente cuando acababas de decidir, una vez más, que eran unos arrogantes que se creían el centro del mundo, podían decir y hacer algo como esto, con educación y cortesía, cualidades que vestían como una segunda piel, mientras agarraban un sombrero de paja completamente ridículo.
¿Qué podías hacer cuando ocurría algo así? ¿Ignorarlo? ¿Interpretarlo como algo despreciable, débil, como una cortesía falsa, indigna de tener en cuenta sobre un suelo en el que habían luchado y muerto soldados taguran?
Bytsan era incapaz de hacer algo así. Y quizá esto mostraba debilidad por su parte. Incluso era posible que afectase a su carrera. Aunque en ese momento, lo que definía la promoción militar —con la lucha limitada a escaramuzas ocasionales— se debía más bien a quién conocías en las altas esferas, con quién te habías emborrachado una o dos veces, o a quién le habías permitido que te sedujera cuando eras demasiado joven para darte cuenta, o habías fingido que no te dabas cuenta.
Para juzgar a alguien por su valor, por su forma de luchar, se necesitaba una guerra, ¿o no?
Los tiempos de paz eran buenos para Tagur, las fronteras, el comercio, los caminos y la construcción de templos nuevos, para las cosechas y para que los graneros estuvieran llenos, y para ver cómo crecían los hijos en lugar de descubrir que yacían en medio de un montón de cadáveres, como aquí en Kuala Nor.
Pero la misma paz daba al traste con las esperanzas de un soldado ambicioso que pretendía utilizar el valor y la iniciativa como métodos para ascender.
No es que fuera a hablar de esto con el kitan. Existían límites: fronteras interiores, además de las que defendían las fortalezas. Pero debía ser honesto, y la corte en Rygyal conocía ahora su nombre gracias a Shen Tai, esta figura poco atractiva con la voz amable y los ojos hundidos.
Bytsan le lanzó una mirada furtiva y valorativa. Gracias a esos dos años de duro trabajo en un prado de montaña, al kitan ya no se le podía considerar un estudiante urbano y blando. Era delgado y fuerte, con la piel marcada por el clima, las manos arañadas y encallecidas. Y Bytsan sabía que el hombre había sido soldado durante algún tiempo. Se le había ocurrido —hacía más de un año— que era posible que supiera luchar. Había dos espadas en su cabaña.
No importaba. El kitan se iría pronto, su vida había cambiado totalmente con la carta que tenía en la mano.
Y también la de Bytsan. Cuando el kitan volviera a su casa, él abandonaría su puesto. Le habían destinado a la Fortaleza de Dosmad, al sur y el este, en la frontera, con la responsabilidad única y específica —en nombre de la princesa Cheng-wan— de ejecutar su propia sugerencia sobre el regalo.
Había decidido que la iniciativa podía implicar algo más que dirigir un ataque de flanco en un combate de caballería. Existía otro tipo de maniobras de flanqueo: aquellas que incluso te podían sacar de un fuerte olvidado en un paso de montaña sobre centenares de miles de fantasmas.
Esto último era otra cosa que tampoco le gustaba, e incluso se lo había reconocido una vez al kitan: los fantasmas le aterrorizaban tanto como a los soldados que le acompañaban a él con el carro y los suministros.
Shen Tai había sido muy rápido al decir que su propia gente del Paso de la Puerta de Hierro era exactamente igual: cuando subían hasta el valle, se detenían a pasar la noche seguros, al este de Kuala Nor, calculaban su llegada para el final de la mañana, lo mismo que hacía Bytsan, y trabajaban con rapidez para descargar los suministros y realizar las tareas que se habían impuesto. Después, se iban. Se alejaban del lago y de los huesos blancos antes del anochecer, incluso en invierno, cuando la noche caía con rapidez. Una vez, incluso durante una tormenta de nieve, según había explicado Shen Tai. Rechazaron el refugio de su cabaña.
Bytsan también había hecho lo mismo. Mejor hielo y nieve en el paso de montaña que la presencia aullante de los muertos amargados e insepultos, que podían envenenar el alma, ensombrecer la vida de cualquier hijo que pudieras tener, volverte loco.
No parecía que el kitan que se encontraba a su lado fuera un loco, pero esa era la principal explicación que daban los soldados de Bytsan en el fuerte. Probablemente, también en la Puerta de Hierro. Las guarniciones de dos puestos avanzados, ¿estaban de acuerdo en algo? ¿O solo era una forma de tratar con alguien que tenía más valor que tú?
Por supuesto, podían luchar contra él para comprobarlo. Gnam quería hacerlo, lo había estado deseando incluso desde antes de bajar del paso. Y Bytsan había acariciado brevemente la idea indigna de ver ese duelo. Solo durante un instante, pues si el kitan moría, con él se iba su propia maniobra de flanqueo.
Shen Tai se volvió a poner su absurdo sombrero mientras Bytsan le explicaba cómo iban a actuar, en un esfuerzo por mantenerlo con vida el tiempo suficiente para que llegase a Xinan y decidiera qué hacer con los caballos. Porque el hombre tenía razón —por supuesto que la tenía—, lo iban a asesinar diez veces solo por verlo llevándose hacia el este a tantos caballos sardios.
Se trataba de un regalo absurdo y salvajemente extravagante, pero ser absurdo y extravagante era el privilegio de la realeza, ¿o no?
Pensó en decírselo al otro hombre, pero se contuvo. No sabía muy bien por qué, quizá porque Shen Tai parecía realmente conmovido, releyendo una vez más el rollo, visiblemente alterado por primera vez desde que Bytsan venía al valle.
Regresaron a la cabaña. Bytsan supervisó la descarga y el almacenamiento de los suministros: arcones de metal y cajas de madera dura para los alimentos, con el objetivo de combatir a las ratas. Hizo otra broma sobre el vino y las largas veladas. Gnam y Adar habían empezado a apilar la leña contra la pared de la cabaña. Gnam trabajaba con ferocidad, sudaba bajo la armadura innecesaria, canalizaba la furia, lo que estaba perfectamente bien para su capitán. La rabia en un soldado era útil.
Acabaron pronto, con el sol aún alto, iniciando su caída hacia el oeste. La cercanía del verano hacía que la bajada al lago fuera más sencilla por muchas razones. Bytsan se detuvo el tiempo suficiente para tomarse una copa de vino (calentado a la manera kitan) con Shen Tai y después se despidió con rapidez. Los soldados ya estaban inquietos. El otro hombre seguía distraído, incómodo. Se veía por detrás de su eterna máscara de cortesía.
Bytsan no se lo podía reprochar.
Doscientos cincuenta caballos, según había decretado la Princesa de Jade Blanco. El tipo de vanidad desmesurada que solo podía concebir alguien que hubiera vivido toda su vida en un palacio. Sin embargo, el rey lo había aprobado.
Durante el camino de ida, Bytsan había concluido que en ningún caso era prudente subestimar la influencia de una mujer en la corte.
También había valorado la posibilidad de decirlo tomando esa copa de vino, pero decidió no hacerlo.
Dentro de un mes, harían un último viaje de avituallamiento, y después la vida iba a cambiar para ambos. Era posible que no se volvieran a ver nunca más. De hecho, era lo más probable. Así que mejor no hacer nada tan alocado como confiar en el otro hombre, bastaba con concederle un poco de curiosidad y una ración mesurada de respeto.
El carro iba más ligero en el camino de vuelta, por supuesto, y el buey, más rápido de regreso a casa. Lo mismo ocurría con los soldados, que dejaban atrás el lago y los muertos.
Tres de sus hombres empezaron a cantar al abandonar el prado e iniciar el ascenso. Bytsan se detuvo bajo la luz de la tarde en el cambio de rasante en el que lo hacía siempre, y miró hacia abajo. Se podía decir que Kuala Nor era bello a finales de la primavera… si no sabías nada de su historia.
Su mirada se deslizó sobre el agua azul, hacia los pájaros que estaban anidados allí: había una cantidad absurda de nidos. Podías disparar una flecha al aire sobre aquella zona y matar tres pájaros de un tiro. Si es que la flecha tenía sitio para caer… Se permitió una sonrisa. No podía negar que también estaba contento de irse.
Miró al otro lado del valle que formaba el prado, hacia el norte, en dirección a la pared de montañas lejanas, cima tras cima. Los cuentos de su pueblo decían que demonios de rostro azul, gigantescos y malévolos, se habían instalado en esas cimas distantes desde el principio del mundo, y que solo los dioses les habían podido impedir el paso hacia la meseta de Tagur, levantando para detenerlos otras montañas, envueltas en magia. La montaña en la que volvía a entrar ahora, donde se alzaba su pequeña fortaleza, era una de ellas.
Los propios dioses, deslumbrantes y violentos, vivían mucho más al sur, más allá de Rygyal, por encima de las cimas trascendentes que acariciaban los pies del cielo, y que no había escalado nunca ningún hombre.
La mirada de Bytsan cayó sobre los túmulos funerarios, al otro lado del lago, en el extremo más alejado del prado. Estos se extendían ante el bosque de pinos, al oeste de la cabaña del kitan; ahora ya había tres filas bastante largas, fruto de dos años de enterrar huesos en el duro suelo.
Podía ver que Shen Tai cavaba de nuevo, más allá de la última fosa en la tercera fila. No había esperado a que los taguran abandonaran el prado. Bytsan lo contempló, pequeño en la distancia: se inclinaba y paleaba, se inclinaba y paleaba.
Miró hacia la cabaña que se recortaba contra la misma ladera septentrional, vio el redil que habían construido para las dos cabras, la leña recién apilada contra el muro. Terminó su panorámica volviéndose hacia el este, hacia el valle a través del cual este kitan solitario y extraño había llegado a Kuala Nor, y a través del cual se marcharía.
—Algo se está moviendo por allí —comentó Gnam a su lado, mirando hacia el mismo lugar.
Señaló. Bytsan se quedó observando, entornando los ojos, y entonces también lo vio.

Había vuelto a salir para cavar en la fosa que había iniciado dos días antes, al final de la tercera fila desde los árboles, porque eso era lo que hacía aquí. Y porque sentía que si no se mantenía en movimiento, trabajando hoy hasta agotarse, el caos de sus pensamientos —casi febriles, después de tanto tiempo de tranquilidad— lo iba a aplastar.
También estaba el vino que había traído Bytsan, que, como un callejón retorcido e iluminado por lámparas en el Distrito Norte de Xinan, proporcionaba otro acceso a las fronteras borrosas del olvido. El vino seguiría allí al final del día, esperando. No iba a venir nadie a bebérselo.
O eso era lo que pensaba mientras cogía la pala para trabajar. Pero hoy, el mundo simplemente no quería ajustarse a la rutina de los dos últimos años.
Se irguió, enderezó la espalda y se quitó el sombrero vilipendiado para limpiarse la frente y, en ese momento, Tai vislumbró unas figuras que se acercaban desde el este, atravesando la hierba verde y alta.
Ya habían salido del cañón y penetrado en el espacio abierto del prado. Eso significaba que hacía algún tiempo que eran visibles, pero él no se había dado cuenta. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había mirado? Aquí no venía nadie excepto los dos grupos de soldados de los fuertes, con la luna llena, con la luna nueva.
Vio que eran dos, sobre caballos pequeños, seguidos de un tercer caballo con la impedimenta. Se movían con lentitud, sin prisa. Quizá cansados. El sol estaba declinando hacia el oeste, su luz caía sobre ellos, haciendo que se vieran muy intensos bajo el brillo del atardecer.
No tocaba que llegaran los suministros procedentes de la Puerta de Hierro. Acababa de despedir a Bytsan y a los soldados taguran. Además, cuando llegaban los hombres, no lo hacía solo una pareja sin ningún carro. Y, desde luego, no llegaban al lago al final del día, para tener que permanecer con él durante la noche o tener que estar en el exterior, entre los muertos, después de que anocheciera.
Estaba claro que este día aparecía en sus estrellas como un día de cambios.
Los viajeros se encontraban aún a cierta distancia. Tai se quedó mirando durante otro instante, después se puso la pala sobre el hombro, recogió la aljaba y el arco —que llevaba para defenderse de los lobos y para cazar algún pájaro para la cena— e inició el regreso hacia la cabaña, para esperarlos allí.
Se trataba de mostrar simple cortesía, respeto hacia los visitantes a los que recibía en su hogar, sin importar en qué lugar del mundo estuviera, incluso aquí, más allá de las fronteras. Sintió cómo se le aceleraba el pulso al andar, latiendo para igualar el pulso del mundo, que regresaba hacia él.

Chou Yan esperaba que su amigo estuviera cambiado, tanto en apariencia como en comportamiento, si es que seguía vivo después de dos años en este sitio. Se había preparado para recibir terribles noticias, lo había hablado con su compañera de viaje, aunque ella no contestaba nunca.
Entonces, en el Paso de la Puerta de Hierro —esa fortaleza destartalada en el fin del mundo— le explicaron que Tai se encontraba aún entre los vivos, o que lo estaba hacía algún tiempo, cuando le llevaron los suministros al lago. De inmediato, Yan se bebió varias copas de vino del río Salmón (lo llevaba para Tai, más o menos) para celebrarlo.
Hasta ese momento no había estado seguro.
Nadie lo sabía. Cuando abandonó Xinan había asumido que viajaría durante unos diez días a lo largo de las calzadas imperiales y, después, a través de un país civilizado hasta el hogar familiar de su amigo con lo que tenía que contarle. No había sido así. En la propiedad a la orilla del río Wai, donde había conseguido ser increíblemente discreto en cuanto a sus preocupaciones, el tercer hermano, el joven Shen Chao —el único hijo que seguía en el hogar—, le había contado a dónde había ido Tai hacía ya dos años.
Al principio, Yan no se lo podía creer, pero después, al pensar en su amigo, lo hizo.
Tai siempre había tenido algo diferente, demasiados rasgos en una misma persona. Era una mezcla incómoda de soldado y académico, asceta y compañero de bebida rodeado de cantantes. Además, tenía cierto temperamento. No era sorprendente, pues, que su amigo Xin Lun hubiera dicho en una ocasión que Tai siempre iba a necesitar equilibrio después de tomar demasiadas copas de vino. Lun había bromeado acerca de lo difícil que era mantener el equilibrio en los callejones embarrados, tambaleándose de camino a casa después de tomar demasiadas copas.
Tai se había ido muy lejos. Su familia no había recibido noticias suyas desde que se había marchado. Podía estar muerto. Nadie tenía razones para esperar que Chou Yan lo siguiera más allá de las fronteras del imperio.
Yan había pasado dos noches entre las mujeres Shen y el muchacho, compartiendo los ritos de sus ancestros y las comidas (alimentos muy buenos, pero sin vino durante la época de luto). Durmió cómodamente en una cama con mosquitera. También derramó sus propias libaciones sobre la tumba del general Shen Gao, admirando el monumento y la inscripción, paseando con el joven Chao por el huerto y a lo largo del río. Se encontraba incómodo intentando decidir qué iba a hacer.
¿Hasta dónde lo podía llevar la amistad? Literalmente, ¿hasta dónde lo podía llevar?
Al final, hizo lo que temía que iba hacer desde el momento en que le hablaron de la partida de Tai. Se despidió de la familia y siguió hacia el oeste en dirección a la frontera con un guardia, pues le habían aconsejado que contratase a uno antes de salir de Xinan.
Cuando le mencionó adónde se había ido su amigo, ella le dijo que era un viaje bastante sencillo. Yan no la creyó, pero su actitud indiferente lo tranquilizaba de una forma extraña.
Yan pensó que mientras le pagase, ella no se preocuparía. Cuando contratabas a un guerrero Kanlin, este se quedaba contigo hasta que le pagabas. O no le pagabas, pero, sin duda alguna, esa era una muy mala idea.
Si había que ser sincero, Wan-si era desesperante como compañera, en especial para un hombre sociable al que le gustaba hablar, reír, discutir, que disfrutaba con el sonido de su voz declamando poesía, sus propios versos o los de cualquier otro. Yan se tenía que recordar que ella solo era protección para el camino y unas manos hábiles para disponer el campamento por la noche cuando dormían al aire libre. Algo que era más necesario de lo que había esperado cuando partió. Ella no era una amiga, no mantenían amistad de ningún tipo.
Y, desde luego, no era alguien en quien se pudiera pensar para compartir la cama por las noches. Tenía pocas dudas al respecto de lo que ella diría si planteaba la cuestión, y menos aún dudaba de que le rompería uno o dos huesos si intentaba llevar a la práctica el deseo que había empezado a asaltarlo, consciente del cuerpo que se tendía, esbelto, cerca de él bajo las estrellas o que se encorvaba y estiraba durante sus ejercicios rituales: esos movimientos elegantes y lentos al amanecer. Los Kanlin debían su legendaria fama a su disciplina y a la eficiencia con la que mataban cuando surgía la necesidad.
Necesidad que no se había presentado mientras viajaban por la senda del río hasta el hogar de la familia de Shen Tai. Sí que hubo un encuentro al atardecer, bajo una lluvia ligera, con tres hombres de aspecto rudo que podrían haber tenido el robo como objetivo si no hubieran visto un Kanlin vestido de negro con dos espadas y un arco. Pero desaparecieron con rapidez por un sendero que se internaba en unos matorrales empapados.
Sin embargo, cuando partieron hacia el oeste, a Yan todo le empezó a parecer diferente. Desde la mañana que abandonaron la propiedad de los Shen y empezaron a seguir un camino polvoriento hacia el noroeste, y después más hacia el oeste, en dirección hacia el vacío, se molestaba en encender velas o quemar incienso, en dejar donaciones en todos y cada uno de los templos y para todos los dioses.
Al norte, en paralelo a su ruta, discurría la calzada imperial a través de Chenyao, capital de la prefectura, y más allá se encontraba la sección más oriental de las Rutas de la Seda, que conducían de Xinan a la Puerta de Jade y a las guarniciones en el Corredor de Kanshu.
A lo largo de la carretera imperial había pueblos animados y posadas cómodas. Buen vino y mujeres bonitas. Quizá incluso algunas de las bailarinas de cabello dorado de Sardia, que trabajaban en casas de placer, tal vez de camino hacia la capital. Aquellas que podían arquear su cuerpo hacia atrás y tocar el suelo con los pies y las manos al mismo tiempo, y de esa forma disparar imágenes arrebatadoras en la mente de un hombre imaginativo.
Pero Shen Tai no se encontraba allí. No podía ser. Y no tenía sentido viajar cinco o seis días hacia el norte para llegar a la calzada, cuando su camino conducía a la Puerta de Hierro, hacia Kuala Nor, no hacia el Paso de la Puerta de Jade.
Eso dejaba a su amigo Yan, a su leal amigo, sintiendo en lo más profundo de sus huesos el movimiento de su pequeño y greñudo caballo, hacia el final de la cabalgata silenciosa del día, atravesando un paisaje campestre de finales de primavera. No iba a beber ese vino o a escuchar música en aquellas posadas, o enseñar a mujeres perfumadas hasta qué punto le gustaba que lo tocasen.
Era Wan-si quien decidía hasta dónde cabalgaban cada día, si llegaban a una aldea y negociaban un techo bajo el que dormir, o lo hacían a cielo abierto. Cada mañana, cuando se despertaba sobre un suelo humedecido por el rocío, Yan se sentía dolorido como un abuelo. Pero las camas de las aldeas no eran mucho mejores.
Se decía a sí mismo que solo lo hacía por las noticias que debía comunicar. De otro modo, no lo habría hecho. Por muy estimado que fuera su amigo, por muchos versos de despedida y últimos abrazos que se hubieran intercambiado en la Posada del Sauce, junto a la puerta occidental de Xinan, cuando Tai partió hacia su hogar para llorar a su padre. Yan, Lun y los demás le habían dado ramas de sauce rotas en señal de despedida y para asegurarle un regreso seguro.
¿Los demás? Se juntaron media docena en la Posada del Sauce, algo fabuloso teniendo en cuenta las despedidas que había presenciado. Ninguno de ellos se encontraba con Yan en el camino. Se lo habían pasado en grande emborrachándose tras la marcha de Tai, y alabando a Yan, improvisando poemas y entregando más ramas de sauce en la misma posada de la que había partido Tai dos años antes, pero ninguno de ellos se presentó voluntario para acompañarle. Ni siquiera cuando el viaje previsto hasta el hogar familiar de Tai duraba unos diez días.
«Ah», pensó Chou Yan, muchos días duros al oeste de dicho hogar. En ese momento, decidió que él no se podía considerar un héroe, pero sí un testimonio de la profundidad y las virtudes de la amistad en la gloriosa Novena Dinastía. Todos ellos lo tendrían que reconocer cuando regresase: nunca más bromas sobre debilidad e indolencia con una copa de vino. Era ese un pensamiento demasiado placentero para guardárselo. Se lo ofreció a Wan-si mientras cabalgaban.
Fue un dispendio de aliento mortal y palabras, como lo era siempre. Esta mujer guerrera era ropa negra, ojos negros y un silencio como no había conocido antes. Era irritante. En ella se había desperdiciado una lengua. Y ahora que lo pensaba, también belleza. Era incapaz de recordar si la había visto sonreír alguna vez.
Esa noche mató un tigre.
Él no se enteró hasta la mañana siguiente, cuando vio el cuerpo del animal con dos flechas clavadas, junto a la linde verde de un bosquecillo de bambú, a veinte pasos de donde habían dormido.
Jadeó. Tembló.
—¿Por qué no…? Ni siquiera…
Estaba sudando, tenía las manos temblorosas. Siguió mirando la bestia muerta y apartó la vista con rapidez. Su tamaño era terrorífico. El miedo le provocó un mareo. Se sentó en el suelo. Vio cómo ella se acercaba y recuperaba las flechas. Con un pie enfundado en la bota, sobre el costado del tigre, retorció el astil para liberarlo.
Ella ya había empaquetado toda su impedimenta en el tercer caballo. Así que montó y lo esperó impaciente, sosteniendo para él las riendas de su caballo. Yan consiguió ponerse en pie y montar.
—¡Anoche no me hiciste el más mínimo comentario! —exclamó, incapaz de apartar los ojos del tigre.
—Te quejas menos cuando duermes —replicó ella con lo que se podía considerar una frase larga.
Ella espoleó el caballo con el sol alzándose a sus espaldas.
Dos tardes después, llegaron al fuerte en el Paso de la Puerta de Hierro.
El comandante les dio de comer durante dos noches (estofado de oveja y estofado de oveja), dejó que Chou Yan lo entretuviera con chismorreos de la capital y los envió hacia el oeste. Les aconsejó sobre dónde podían pasar las tres noches de camino a Kuala Nor, así como que llegaran al lago por la mañana.
Yan se puso muy contento con los consejos, pues no tenía ningún interés en encontrarse con fantasmas, fueran del tipo que fuesen, y mucho menos con unos que estuviesen enfadados y en el número (improbable) que informaban los soldados del fuerte. Pero Wan-si dejó claro que despreciaba la creencia en estas cosas y que no quería pasar noches innecesarias en el cañón en medio de gatos de montaña. Si su amigo estaba vivo en el lago y llevaba allí dos años…
Avanzaron a marchas forzadas durante dos días lentos y algo mareantes (Yan tenía dificultades con el aire a esas alturas), y pasaron de largo los puntos de acampada que había sugerido el comandante. A la tercera tarde, con el sol por delante de ellos, ascendieron por el último desfiladero entre los riscos y salieron, de repente, de las sombras al borde de un valle cubierto de prados, de una belleza que podía romper el corazón.
Y avanzando a través de la hierba alta, Chou Yan vio por fin a su querido amigo, de pie en el quicio de una cabaña, esperándole para saludarle. Su alma fue invadida por la alegría de un modo que ni las palabras de un poeta podrían describir, y el largo viaje quedó en nada, como sucede siempre con este tipo de pruebas cuando se han superado.
Cansado pero contento, detuvo su pequeño caballo delante de la cabaña. Shen Tai estaba enfundado en una túnica blanca de luto, pero tanto los pantalones sueltos como la túnica estaban manchados de sudor y suciedad. Estaba sin afeitar, moreno, con la piel curtida como un campesino, y contemplaba a Yan con una incredulidad halagüeña.
Yan se sentía como un héroe. Era un héroe. Antes le había sangrado la nariz a causa de la altura, pero no tenía por qué hablar de ello. Solo deseaba que sus noticias no fueran tan graves. Pero si fuera así, él no estaría allí.
Tai se inclinó dos veces, formalmente, con la mano sobre el puño. Su cortesía era como la recordaba: impecable, casi exagerada, cuando no estaba enfadado por algo.
Yan, aún a caballo, le sonrió feliz. Dijo lo que había planeado decir durante mucho tiempo, palabras con las que se había quedado dormido cada noche, pensando en ellas.
—«Al oeste de la Puerta de Hierro, al oeste del Paso de la Puerta de Jade, no habrá viejos amigos».
Tai le devolvió la sonrisa.
—Ya veo. ¿Has recorrido tan larga distancia para decirme que los poetas se pueden equivocar? ¿Con eso pretendes deslumbrarme y confundirme?
Al escuchar la voz irónica que recordaba, de repente, el corazón de Yan se sintió rebosante.
—Ah, bueno. Supongo que no. Saludos, viejo amigo.
Desmontó del caballo con rapidez. Con los ojos llenos de lágrimas, abrazó al otro hombre.
La expresión de Tai cuando dieron un paso atrás y se miraron era extraña, como si el propio Yan fuera algún tipo de fantasma.
—Nunca me habría atrevido a pensar… —empezó.
—¿Que sería yo quien viniera hasta aquí? Estoy seguro de que no. Todo el mundo me subestima. Supongo que es esto lo que te debe de confundir.
Tai no sonrió.
—Me confunde, amigo mío. ¿Cómo has sabido dónde…?
Yan puso una cara rara.
—No pensé que tuviera que venir hasta tan lejos. Pensé que estabas en casa. Todos lo hicimos. Allí me dijeron a dónde te habías ido.
—¿Y seguiste adelante? ¿Todo el camino hasta aquí?
—Eso parece, ¿no? —respondió Yan con alegría—. Incluso te había traído dos barriletes pequeños de vino del río Salmón que me dio el propio Chong, pero me bebí uno con tu hermano y el otro en la Puerta de Hierro, lo siento. Bebimos en tu nombre y en tu honor.
Una sonrisa irónica.
—Entonces, te doy las gracias por ello. Tengo vino —comentó Tai—. Debes de estar muy cansado, y tu compañera, igual. ¿Me haréis los dos el honor de entrar?
Yan se lo quedó mirando, deseando estar contento, pero su corazón dio un vuelco. Después de todo, estaba aquí por una razón.
—Tengo que decirte algo —le informó.
—Lo imaginaba —replicó su amigo con seriedad—. Pero deja que primero os ofrezca agua para que os aseéis y una copa de vino. Has recorrido un camino muy largo.
—«Más allá de los últimos márgenes del imperio» —recitó Yan.
Le gustaba cómo sonaba. Decidió que no iba a permitir que nadie olvidase este viaje. ¿Débil? ¿Un mandarín gordo en potencia? No, Chou Yan, ahora ya no. Los otros, estudiando para los exámenes, o en el Distrito Norte riendo con las bailarinas a medida que se desvanecía el día de primavera, escuchando música de pipa, bebiendo en copas lacadas… Ellos eran ahora los blandos.
—«Más allá de los últimos márgenes» —asintió Tai.
A su alrededor se alzaban, imponentes, las montañas cubiertas de nieve. Yan vio un fuerte en ruinas en una isla en medio del lago.
Siguió a su amigo al interior de la cabaña. Los postigos estaban abiertos para que entrasen el aire y la luz clara. La única habitación que había era pequeña y estaba muy limpia. Recordaba eso de Tai. Vio una chimenea y una cama estrecha, el escritorio bajo, un tintero de madera, tinta, papel, pinceles y la alfombrilla delante. Sonrió.
Oyó cómo Wan-si entraba detrás de él.
—Este es mi guardia —la presentó—. Mi guerrera Kanlin. Ha matado un tigre.
Se dio la vuelta para hacer la reverencia adecuada en una presentación formal y observó que blandía las dos espadas y que les apuntaba con ellas.

Sus instintos habían quedado atrofiados por la soledad, alejados durante dos años de nada que se pareciese remotamente a unas hojas de arma blandidas contra él. Estar vigilante por si aparecían lobos y gatos de montaña, y asegurarse de que las cabras estuvieran encerradas por la noche no te ayudaba a prepararte para una asesina.
Pero había tenido la sensación de que algo no iba bien con el guardia, incluso mientras Yan se iba acercando con ella. No podía concretar la razón de dicha sensación; era normal y prudente que un viajero consiguiera protección, y Yan estaba muy poco acostumbrado a viajar (y su familia disponía de suficiente riqueza) para recorrer todo el camino sin contratar a un Kanlin; lo hacía incluso cuando solo quería ir un poco al oeste y bajar hacia el Wai.
Pero no era eso. Era algo en sus ojos y en su actitud, decidió Tai, mirando fijamente las espadas. De hecho, ambas apuntaban contra él, no contra Yan. Ella sabía cuál de los dos era peligroso.
Al acercarse a caballo y tirar de las riendas delante de la puerta de la cabaña, no debería haber estado tan alerta, mirándolo fijamente. La habían contratado para acabar con un hombre en alguna parte, y habían llegado hasta allí. Una tarea cumplida o a punto de completarse. Ya se había ganado parte del dinero. Pero la mirada que le lanzó a Tai fue principalmente de evaluación.
El tipo de mirada que le lanzabas a un hombre con el que esperabas luchar.
O al que simplemente ibas a matar, porque las espadas de Tai estaban donde siempre, apoyadas contra la pared, y no había ninguna posibilidad de que él colocara una flecha en el arco antes de que ella lo cortase en dos.
Todo el mundo sabía lo que podían hacer unas hojas de espada Kanlin en unas manos Kanlin.
El rostro de Yan había empalidecido por el horror. Se quedó boquiabierto, como un pez. Pobre hombre. La espada blandida de la traición no formaba parte del mundo que conocía. Había hecho algo tremendamente valiente al venir hasta aquí, se había superado a sí mismo en nombre de la amistad…, y esta iba a ser su recompensa. Tai se preguntó cuáles debían de ser las noticias, qué había provocado que Yan viniera hasta aquí. Se dio cuenta de que nunca lo sabría.
Esto lo molestaba y trastornaba por igual.
—Debo asumir que soy tu objetivo —comentó, poniendo el mundo de nuevo en marcha—. Que mi amigo no sabe nada de las verdaderas razones que te han traído hasta aquí. No es necesario que él muera.
—Sí lo es —respondió ella en voz baja. Sus ojos seguían fijos en él, evaluando cada movimiento que hacía, o podía hacer.
—¿Por qué? ¿Porque podría dar tu nombre? ¿Crees que no sabrán quién me ha matado cuando vengan los soldados desde la Puerta de Hierro? Debieron de tomar nota de tu nombre cuando llegaste a la fortaleza. ¿Qué podría añadir él a eso?
Las espadas no titubearon. Ella sonrió levemente. Un rostro bello y frío. «Como el lago», pensó Tai, con la muerte en su interior.
—No es por eso —contestó ella—. Me insultó con sus ojos. Durante el viaje.
—¿Te vio como una mujer? Eso le habrá requerido algún esfuerzo —replicó Tai de forma deliberada.
—Ten cuidado —le espetó.
—¿Por qué? ¿Me matarás? —Ahora lo invadía sobre todo la ira. Era un hombre impulsado por la rabia, impulsado hacia ciertos pensamientos y hacia la acción. Estaba intentando ver qué efecto tenía en ella—. A los Kanlin se les enseña proporción y contención. En los movimientos, en las acciones. ¿Vas a matar a un hombre porque ha admirado tu rostro y tu cuerpo? Si lo haces, serás una desgracia para tus mentores en la montaña.
—¿Me vas a explicar cuáles son las enseñanzas Kanlin?
—Si es necesario… —respondió Tai con frialdad—. ¿Lo harás con honor y me permitirás empuñar las espadas?
Ella negó con la cabeza. Su corazón dio un vuelco.
—Lo habría preferido, pero mis instrucciones son precisas. No me podía permitir que luchases conmigo cuando te encontrase. Esto no va a ser un combate. —Un atisbo de pesar, una explicación por la mirada de evaluación: «¿Quién es? ¿Qué tipo de hombre es para que me hayan aconsejado que lo tema?».
Sin embargo, Tai notó algo más.
—¿Cuándo llegaste? ¿Sabías que estaba en Kuala Nor? ¿Que no estaba en casa? ¿Cómo?
Ella no contestó. Él se dio cuenta de que había cometido un error, aunque no iba a tener importancia. Necesitaba seguir hablando. Estaba seguro de que el silencio sería la muerte.
—Pensaban que te mataría si luchábamos. ¿Quién lo ha decidido así? ¿Quién te está protegiendo de mí?
—Estás muy seguro de ti mismo —murmuró la asesina.
Tuvo una idea. Una idea pobre, casi desesperada, pero no tenía nada mejor para el caos de esos instantes.
—Solo estoy seguro de la incertidumbre de la vida —replicó—. Si debo acabar aquí, en Kuala Nor, y no quieres luchar contra mí, ¿me matarás en el exterior? Me gustaría ofrecer mi última oración al agua y al cielo, y yacer entre aquellos a los que he estado enterrando. No se trata de una gran petición.
—No —respondió ella. Él no supo lo que quería decir hasta que añadió—: No lo es. —Se calló. Hubiera sido un error considerarlo una vacilación—. Lucharía contra ti si no fuera porque mis órdenes son precisas.
Órdenes. Órdenes precisas. ¿Quién haría algo así? Necesitaba ganar tiempo, crearlo, encontrar una manera de alcanzar sus espadas. Decidió que esa idea era realmente inútil.
Necesitaba que ella se moviera, que cambiara la disposición de los pies, que no lo mirara.
—Yan, ¿quién te sugirió que contrataras a un Kanlin?
—¡Silencio! —cortó la mujer antes de que el interpelado pudiera responder.
—¿Acaso importa? —intervino Tai—. Estás a punto de matarnos sin lucha, como un niño asustado que teme su falta de habilidad—.Era posible que si la presionaba lo suficiente cometiera otro error.
Sus espadas enfundadas se encontraban detrás de la asesina, al lado de su escritorio. La habitación era pequeña, la distancia, trivial, a menos que quisiera seguir vivo cuando las alcanzase.
—No. Como una guerrera que cumple las órdenes que se le han dado —corrigió la mujer con calma.
Parecía que volvía a estar tranquila, como si la burla, en lugar de provocarla, le hubiera impuesto una disciplina conocida. Tai sabía por qué había ocurrido, y no le era de ayuda.
—Fue Xin Lun quien me lo sugirió —comentó Yan con valentía.
Tai oyó las espadas, vio los ojos duros de la mujer, supo lo que estaba a punto de ocurrir. Gritó una advertencia.
La espada de la mano derecha golpeó a Yan, un golpe de revés que penetró en él con un ángulo ascendente para cortar entre las costillas.
El impacto y la salida de la hoja fueron precisos, elegantes, su muñeca flexionada, la hoja retirada con rapidez, para dirigirse de nuevo hacia donde había estado Tai. Parecía que no había pasado el tiempo: tiempo sostenido y controlado. Era lo que aprendían los Kanlin.
Pero él lo sabía, y el tiempo había pasado, tiempo que se podía utilizar. La ausencia de tiempo era una ilusión, y ya no se encontraba en el lugar en que había estado antes.
Con el corazón inundado en lágrimas, sabiendo que no había nada que pudiera hacer para detener el golpe, se abalanzó sobre la puerta en cuanto ella se volvió hacia Yan para matarlo por haber pronunciado un nombre.
Tai volvió a gritar, más de furia que de miedo, aunque ahora esperaba morir.
Aquí había cien mil muertos y dos más.
Ignoró sus espadas enfundadas; estaban demasiado lejos. Salió volando por la puerta abierta y giró hacia la derecha, en dirección a la leña, al lado del redil de las cabras. Había apoyado la pala en esa pared. Una pala de enterrador contra dos espadas Kanlin. La alcanzó. La cogió y se dio la vuelta para encararse con ella.
La mujer corría tras él. Y entonces ya no estaba allí.
Porque la idea imprecisa, loca y desesperada que había tenido antes penetró en el mundo iluminado por el sol, se volvió real.
En ese momento, el viento se levantó, conjurado por sí solo, salió de ninguna parte, sin previo aviso. Del seno de la placidez de una tarde primaveral, surgió una fuerza terrorífica.
Un aullido: agudo, feroz, antinatural.
No era su voz, no era la de la mujer, no era la de nadie vivo.
El viento no agitaba en absoluto la hierba del prado, ni mecía los pinos. No movía las aguas del lago. No tocó a Tai, aunque oyó lo que aullaba dentro de sí.
El viento sopló a su alrededor, se curvó a ambos lados, como un par de arcos, cuando se encaró con la mujer. Cogió a la asesina por el cuerpo, la levantó y la lanzó por los aires como si fuera una ramita, una cometa infantil, una flor arrancada en medio de una tormenta. Quedó aplastada contra la pared de la cabaña, atrapada, incapaz de moverse.
Parecía que estuviera clavada en la madera. Sus ojos estaban muy abiertos de terror. Intentaba gritar, tenía la boca abierta, pero lo que la estuviera reteniendo, atrapándola, no se lo permitió.
Seguía sujetando una espada en la mano, aplastada contra la cabaña. La otra, la habían arrancado de su puño. Vio que la habían levantado limpiamente del suelo y que sus pies colgaban en el aire. Estaba suspendida, con el cabello y la ropa extendidos contra la madera oscura de la pared.
De nuevo, la ilusión de un momento fuera del tiempo. Entonces Tai vio cómo dos flechas penetraban en ella, primero una y a continuación la otra.
Llegaron desde un extremo, fueron disparadas desde el lugar más alejado de la cabaña, al otro lado de la puerta. Y el viento fantasmal y salvaje no hizo nada para perturbar su vuelo, solo mantuvo a la guardia quieta para que la mataran, como la víctima de un sacrificio.
La primera flecha la alcanzó en el cuello, dibujando una flor púrpura; la segunda penetró profundamente por debajo de su pecho izquierdo.
En el mismo instante en que moría, el viento desapareció.
Los aullidos abandonaron el prado.
En el silencio herido que siguió, la mujer se deslizó lentamente por la pared, se derrumbó hacia un lado y quedó tendida sobre la hierba pisoteada, cerca de la puerta de la cabaña.
Tai inhaló una bocanada de aire irregular y superficial. Le temblaban las manos. Miró hacia el extremo más alejado de la cabaña.
Allí se encontraban Bytsan y el joven soldado llamado Gnam, con miedo en los ojos. El más joven había disparado las dos flechas.
Aunque el sonido del viento salvaje había desaparecido por completo, Tai lo seguía oyendo en su mente, esos aullidos resonaban en su interior, y seguía viendo aún a la mujer, aplastada como una mariposa vestida de negro por lo que fuese.
Los muertos de Kuala Nor habían venido a él. Por él. Acudieron para ayudarle.
Pero también lo habían hecho dos hombres, mortales y desesperadamente aterrorizados, cabalgando de vuelta por el camino que los alejaba de allí con seguridad, a pesar de que el sol se encontraba ya muy al oeste, de que la penumbra estaba a punto de caer y de que aquí, en la oscuridad, el mundo no pertenecía a los hombres vivos.
En ese momento, Tai comprendió algo más mirando el lugar en el que yacía la mujer: que incluso a plena luz del día —por la mañana y por la tarde, en verano y en invierno, haciendo su trabajo—, todo este tiempo había estado viviendo en precario.
Miró hacia el otro lado, hacia el azul del lago y el sol bajo, y se arrodilló en la hierba verde oscuro. Acercó tres veces la frente hasta la tierra en completa obediencia.
Lo había escrito un maestro en la época de la Primera Dinastía, hacía más de novecientos años: cuando un hombre regresaba vivo de las altas puertas de la muerte, cuando había estado a punto de cruzar hacia la oscuridad, lo hacía con una carga sobre sus hombros, la de comportarse durante la vida que le habían regalado de manera que fuera digno de dicho regreso.
Otros habían enseñado lo contrario a lo largo de los siglos: que semejante supervivencia significaba que aún no habías aprendido lo que te habían enviado a descubrir en una vida determinada. Aunque, en realidad, esto se podía ver como otro tipo de carga, pensó Tai, de rodillas sobre la hierba del prado. Vio de repente la imagen de su padre alimentando a los patos en el río. Miró hacia el lago; el aire de la montaña era de un azul más oscuro.
Se puso en pie. Se volvió hacia los taguran. Vio que Gnam se había acercado a la mujer muerta. La apartó de la pared, sacó las flechas de su cuerpo, tirándolas sin cuidado a sus espaldas. Su cabello se había soltado a causa del viento, se le habían caído las horquillas y ahora le había quedado suelto. Gnam se inclinó y separó sus piernas, poniéndolas en posición.
Empezó a quitarse la armadura.
Tai parpadeó, incrédulo.
—¿Qué estás haciendo? —Le asustó el sonido de su propia voz.
—Aún está caliente —contestó el soldado—. La tomó como trofeo.
Tai miró a Bytsan. El otro hombre se volvió.
—No digas que tus soldados no lo hacen nunca —comentó el capitán taguran mientras contemplaba fijamente las montañas, evitando la mirada de Tai.
—Ninguno de los míos lo ha hecho nunca —replicó Tai—. Y nadie lo hará mientras yo esté presente.
Dio tres zancadas y cogió la espada Kanlin que tenía más cerca.
Hacía mucho tiempo que no sostenía una de ellas. El equilibrio era perfecto, el peso sin peso. Apuntó al joven soldado.
Las manos de Gnam se detuvieron en los cierres de la armadura. Parecía sorprendido.
—Vino a matarte. Te acabo de salvar la vida.
No era toda la verdad, pero se acercaba bastante.
—Tienes mi gratitud. Y espero poder pagártelo algún día. Pero me será imposible si te mato ahora, y lo haré si la tocas. A menos que quieras luchar contra mí.
Gnam se encogió de hombros.
—Eso lo puedo hacer —replicó y empezó a ajustarse de nuevo la armadura.
—Morirás —comentó Tai en voz baja—. Es necesario que lo sepas.
El joven taguran era valiente, debía de serlo si había regresado.
Tai luchó por encontrar las palabras que le dieran una salida, un camino para que el joven salvara la cara.
—Piensa en ello —prosiguió—. El viento ha acudido. Eran los muertos. Están… aquí conmigo.
Miró de nuevo a Bytsan, que, de repente, parecía extrañamente pasivo. Tai siguió con urgencia:
—He pasado aquí dos años intentando honrar a los muertos. Deshonrar a esta hace que todo parezca una burla.
—Vino a matarte —repitió el joven Gnam, como si Tai fuera lento de entendederas.
—¡Todos los que yacen muertos en este prado vinieron a matar a alguien! —gritó Tai.
Sus palabras se alejaron en el aire enrarecido. Ahora era más frío, el sol estaba bajo.
—Gnam —intervino Bytsan—, no hay tiempo para un combate si queremos estar lejos de aquí antes de que oscurezca y, confía en mí, después de lo que acaba de ocurrir, yo quiero irme. Monta. Nos vamos.
Rodeó el lateral de la cabaña y regresó un momento después montado sobre su magnífico sardio, conduciendo el caballo del soldado. Gnam seguía mirando fijamente a Tai. No se había movido, llevaba el deseo de luchar escrito en la cara.
—Bien, acabas de ganarte tu segundo tatuaje —comentó Tai con tranquilidad.
Miró brevemente a Bytsan y después devolvió su atención al soldado que tenía delante.
—Disfruta del momento. No tengas prisa por llegar al más allá. Acepta mi admiración y mi agradecimiento.
Gnam lo miró otro momento más, después se dio la vuelta con lentitud y escupió a la hierba, muy cerca del cuerpo de la mujer muerta. Pasó por encima de ella, cogió las riendas del caballo y montó. Lo espoleó para alejarse.
—¡Soldado! —gritó Tai antes de ser consciente siquiera de que lo iba a hacer.
El otro hombre se dio la vuelta de nuevo.
Tai respiró hondo. Algunas cosas son difíciles de llevar a cabo.
—Coge sus espadas —indicó—. Forja Kanlin. Dudo que algún soldado de Tagur lleve unas iguales.
Gnam no se movió.
Bytsan soltó una carcajada corta.
—Yo las cogeré si él no lo hace.
Tai sonrió cansado al capitán.
—No tengo la menor duda.
—Es un regalo generoso.
—Lleva consigo mi gratitud.
Esperó, sin moverse. Existían límites sobre lo lejos que estaba dispuesto a llegar para satisfacer el orgullo de un hombre joven.
Y detrás de él, al otro lado de la puerta abierta de la cabaña, yacía muerto un amigo.
Después de un momento largo, Gnam movió el caballo y extendió la mano. Tai se dio la vuelta, se inclinó, soltó las fundas que colgaban de los hombros del cuerpo de la mujer muerta y enfundó las dos hojas. Su sangre impregnaba una de las fundas. Se las entregó al taguran. Se inclinó de nuevo, recogió las dos flechas y también se las entregó al joven.
—No tengas prisa por llegar al más allá —repitió.
El rostro de Gnam no mostraba ninguna expresión.
—Mi agradecimiento —dijo al fin.
Lo dijo. Hasta ahí podía llegar. Incluso aquí, más allá de las fronteras y de los lazos, se podía vivir de cierto modo, pensó Tai, recordando a su padre. Al menos, se podía intentar. Miró hacia el oeste, más allá del vuelo de los pájaros, hacia el sol rojo tras las nubes bajas, y después se volvió a Bytsan.
—Tendréis que cabalgar con rapidez.
—Lo sé. ¿El hombre de dentro de la…?
—Está muerto.
—¿Lo has matado?
—Lo hizo ella.
—Pero él iba con ella.
—Él era mi amigo. Es una pena.
Bytsan negó con la cabeza.
—¿Es posible comprender a los kitan?
—Quizá no.
De repente, se sentía cansado. Y se le ocurrió que debía enterrar dos cuerpos con rapidez, porque se iría por la mañana.
—Condujo a una asesina hasta ti.
—Era un amigo —repitió Tai—. Lo engañaron. Vino a traerme noticias. Ella, o quienquiera que la contrató, no quería que las supiera o que viviese para hacer algo al respecto.
—Un amigo —repitió Bytsan sri Nespo. Su tono no transmitía nada. Se dio la vuelta para irse.
—¡Capitán!
Bytsan volvió la cabeza, sin girar el caballo.
—Creo que tú también lo eres. Mi agradecimiento. —Tai cerró la mano sobre el puño.
El otro hombre se lo quedó mirando durante un buen rato y después asintió.
Tai vio que estaba a punto de espolear el caballo para irse. Pero en su lugar hizo algo diferente. Pudo ver que lo asaltaba una idea, pudo leerlo en los rasgos cuadrados.
—¿Te lo dijo? ¿Te dijo lo que fuera que vino a decirte?
Tai negó con la cabeza.
Gnam se había desplazado con su caballo más hacia el sur. Ahora estaba dispuesto a partir. Tenía dos espadas cruzadas a su espalda.
El rostro de Bytsan se oscureció.
—¿Te irás ahora? ¿Para descubrir de qué se trataba?
Este taguran era listo. Tai volvió a asentir.
—Por la mañana. Alguien ha muerto para traerme noticias. Alguien ha muerto para evitar que las supiera.
Bytsan asintió. Esta vez él también miró hacia el oeste, hacia el sol poniente y la llegada de la oscuridad. Los pájaros se desplazaban incansables en el aire en el extremo más alejado del lago. Ahora casi no soplaba el viento.
El taguran respiró hondo.
—Gnam, adelántate tú. Me quedaré a pasar la noche con el kitan. Si va a partir por la mañana, hay asuntos de los que debemos hablar. Probaré mi destino con él dentro de la cabaña. Parece que los espíritus que moran aquí no le quieren hacer daño. Di a los demás que os alcanzaré mañana. Me podéis esperar en el paso medio.
Gnam se dio la vuelta para mirarlo.
—¿Se va a quedar aquí?
—Es lo que acabo de decir.
—¡Capitán! Eso es…
—Sé que lo es. Vete.
El hombre más joven siguió dudando. Vacilaba. El rostro tatuado de Bytsan era duro, no mostraba ningún signo de flexibilidad.
Gnam se encogió de hombros. Espoleó el caballo y partió. Los dos se quedaron allí y contemplaron cómo se alejaba bajo una luz que se iba desvaneciendo; lo vieron galopar con gran rapidez alrededor de la orilla más cercana del lago, como si lo estuvieran persiguiendo los espíritus, rastreando su aliento y su sangre.
3
Los ejércitos del imperio habían cambiado durante los últimos cincuenta años, y seguían haciéndolo. El viejo sistema del fupei, una milicia campesina reclutada durante una parte del año que después regresaba a sus granjas para la cosecha, se había vuelto cada vez más inadecuado para las necesidades de un imperio en expansión.
Las fronteras se habían ampliado hacia el oeste, el norte, el noreste e incluso el sur al otro lado del Gran Río a través de los trópicos azotados por las enfermedades, en dirección a los mares de los buceadores de perlas. Habían aumentado las colisiones con los taguran en el oeste y con las diversas facciones tribales bogü al norte, al igual que la necesidad de proteger el flujo de productos de lujo que llegaban por las Rutas de la Seda. La aparición de fuertes y guarniciones fronterizas cada vez más alejados había acabado con el sistema de milicias con sus idas y venidas de campesinos-soldados.
Los soldados eran ahora profesionales, o eso es lo que se suponía. Tanto los soldados como sus oficiales eran reclutados cada vez más entre los nómadas más allá de la Gran Muralla, atraídos y civilizados por los kitan. Incluso los gobernadores militares eran ahora con frecuencia extranjeros. Desde luego, lo eran los más poderosos.
Esto suponía un cambio. Uno grande.
Los soldados servían durante todas las estaciones y, desde hacía años, recibían su sueldo del tesoro imperial. Un ejército virtual de campesinos y obreros los apoyaba construyendo fuertes y murallas, y suministrándoles alimentos, armas, ropa y entretenimiento de todo tipo.
Esto proporcionaba guerreros mejor entrenados y más familiarizados con el terreno, pero un ejército permanente no dejaba de tener sus costes, y el aumento de los impuestos era solo la consecuencia más evidente.
Durante los años de buenas cosechas, cuando se disfrutaba de una paz relativa, sin sequías ni inundaciones, con la riqueza fluyendo de una forma extraordinaria hacia Xinan, Yenling y las demás grandes ciudades, el coste de los ejércitos nuevos era soportable. Durante los años duros se convertía en un problema. Y otras circunstancias, que no eran tan evidentes, empezaban a imponerse. Durante la marea más baja, de una persona o de una nación, a veces se pueden ver las primeras semillas de la futura gloria si se mira hacia atrás con un ojo atento. En la cima absoluta del éxito, se pueden oír los insectos que roen desde el interior la madera de sándalo más extravagante si las noches son lo suficientemente silenciosas.
Era una noche lo suficientemente silenciosa. Los lobos habían estado aullando en el cañón, pero ahora habían parado. La oscuridad clareaba para aquellos que estaban de guardia en las almenas de la Fortaleza de la Puerta de Hierro, y daba paso a un amanecer casi de verano. La luz pálida empujaba hacia atrás una cortina de sombras —como si fuera un espectáculo de marionetas en un mercado de pueblo— por el espacio estrecho entre las paredes de la quebrada.
Aunque eso, pensó Wujen Ning, en su puesto en la muralla, no era del todo cierto. El telón de los teatros callejeros se corría hacia un lado, como los que había visto en Chenyao.
Ning era uno de los kitan de nacimiento de la guarnición, y había seguido en el ejército a su padre y a su hermano mayor. Para él no existía ninguna granja familiar en la que apoyarse para obtener ingresos o a la que volver de visita. No estaba casado.
Pasaba su permiso de mediados de año en el pueblo, entre la Puerta de Hierro y Chenyao. Allí había vinaterías, vendedores de alimentos y mujeres con las que gastar su tira de monedas. En una ocasión, le dieron dos semanas de permiso, y las pasó en Chenyao, a cinco días de camino. Su hogar se encontraba demasiado lejos.
Chenyao había sido, desde todos los puntos de vista, la ciudad más grande en la que jamás había estado. Le atemorizó tanto que, desde entonces, no había vuelto a ir jamás. No creía a los demás cuando le decían que, para ser una ciudad, no era tan grande.
Aquí, en el paso, en su quietud, la luz del amanecer se filtraba hacia abajo. Primero iluminaba la cima de los riscos, los liberaba de las sombras, y se abría camino hacia el suelo del valle, que seguía envuelto en tinieblas a medida que el sol se levantaba sobre el poderoso imperio que se extendía a sus espaldas.
Wujen Ning nunca había visto el mar, pero le gustaba imaginarse cómo las vastas tierras de Kitai se extendían hacia el este hasta el océano y las islas donde moraban los inmortales.
Miró hacia el patio polvoriento y a oscuras. Se ajustó el yelmo. Ahora tenía un comandante que estaba obsesionado con que los yelmos y los uniformes se debían llevar de forma adecuada, como si una horda de taguran aullantes fuera a bajar en tromba por el valle en cualquier momento y fuera a pasar por encima de las murallas de la fortaleza si veían que una túnica o una funda de la espada estaban torcidas.
«Como si…», pensó Ning. Escupió por encima de la muralla a través del diente que le faltaba. Como si el poder del Imperio kitan con su esplendorosa Novena Dinastía, y los trescientos soldados en este fuerte que dominaba el paso fueran una molestia, como si fueran mosquitos.
Mató a uno de esos bichos, que se posaba sobre su cuello. Eran peores en el sur, pero a estas horas, antes del amanecer, muchos chupasangres despertaban; ellos sí que eran una lata. Miró hacia arriba. Nubes dispersas y el viento del oeste en su cara. Las últimas estrellas casi habían desaparecido. Estaría fuera de servicio tras el próximo toque de tambor, así que podría bajar a tomar el desayuno y luego irse a dormir.
Miró hacia la quebrada vacía y se dio cuenta de que no lo estaba.
Lo que vio, en la niebla que se iba levantando lentamente, hizo que gritara para que un mensajero fuese a buscar al comandante.
Un hombre solo acercándose antes del amanecer no era una amenaza, pero era algo suficientemente extraño para que un oficial subiera a la muralla.
Después, cuando ya estaba más cerca, el jinete levantó la mano, haciendo un gesto para que le abrieran las puertas. Al principio, Ning se quedó sorprendido por la arrogancia del gesto; entonces vio el caballo que el hombre montaba.
Observó cómo se acercaban, cómo el caballo y el jinete se perfilaban con más claridad, como espíritus que entraban en el mundo real a través de la niebla. Ese era un pensamiento extraño. Ning volvió a escupir, esta vez por los dedos, en señal de protección.
Quiso ese caballo desde el momento en que lo vio. Todos los hombres en la Puerta de Hierro lo iban a querer. Por los huesos de sus honorables ancestros, pensó Wujen Ning, cualquier hombre en el imperio lo querría.

—¿Por qué estás tan seguro de que no la condujo hasta ti? —preguntó Bytsan.
—Él la trajo a ella. O ella lo trajo a él.
—Deja de ser ingenioso, kitan. Sabes a qué me refiero.
Un poco de irritación comprensible. Iban por lo menos por la octava o la novena copa de vino; entre los estudiantes de Xinan se consideraba de mala educación contarlas.
Mientras tanto, había caído la noche en el exterior, pero estaba iluminada por la luna, de manera que el interior de la cabaña parecía plateado.
Tai también había encendido velas, pensando que la luz ayudaría al otro hombre. Los fantasmas estaban en el exterior, como siempre. Se podían oír sus voces, como siempre. Tai estaba acostumbrado, pero se sentía incómodo cuando caía en que esta era su última noche. Se preguntaba si ellos lo sabrían, de alguna manera.
Bytsan no estaba —no podía estar— acostumbrado a nada de esto.
Las voces de los muertos transmitían ira y pesar, a veces un dolor oscuro y duro, como si estuvieran atrapados para siempre en el instante de su muerte. Los sonidos se arremolinaban al otro lado de las ventanas de la cabaña, deslizándose por encima del techo. Algunos llegaban desde más lejos, desde el lago o los árboles.
Tai intentaba recordar cómo se había quedado sin aliento durante las primeras noches de esos dos años. Era difícil recuperar esas sensaciones de terror después de tanto tiempo, pero se recordaba sudando y temblando, abrazado en la cama a la funda de una espada.
Si unas copas de vino de arroz caliente iban a ayudar al taguran a enfrentarse a cien mil fantasmas, menos los que había enterrado Shen Tai durante dos años…, así iba a tener que ser. Era la forma correcta.
Habían enterrado a Yan y a la asesina en la fosa que Tai había empezado a cavar esa misma tarde. No era lo suficientemente profunda para los huesos que había planeado enterrar, lo que la convertía en el hoyo ideal para un kitan y una Kanlin recién muertos, uno por espada, otra por flechas, a los que habían enviado a la noche.
Los habían envuelto en pieles de oveja que no estaba utilizando (y que no volvería a usar), y los llevaron hasta la fila de túmulos con las últimas luces del día.
Tai había saltado a la fosa, el taguran le había bajado el cuerpo de Yan y él dispuso a su amigo en el suelo y luego salió de la tumba.
Después, tiraron a la asesina al lado de Yan y palearon la tierra que Tai había extraído de vuelta a la fosa abierta. Golpearon con fuerza por encima y alrededor del hoyo con el lado plano de las palas, para proteger los dos cuerpos de los animales que pudieran venir. Tai pronunció una oración de las enseñanzas del Camino y escanció una libación sobre la tumba, mientras que el taguran miraba hacia el sur, en dirección a sus dioses.
Para entonces, ya casi estaba oscuro y habían regresado con prisa a la cabaña mientras el lucero vespertino, al que el pueblo kitan llamaba «Gran Blanco», aparecía en el oeste, siguiendo al sol poniente. Estrella de poetas por las noches, de soldados por la mañana.
No tenía nada parecido a un alimento fresco. En un día normal, Tai podría haber pescado un pez, recogido huevos, cazado un pájaro y los habría preparado para cocinarlos al final del día, pero hoy no había tenido tiempo para nada de eso.
Habían cocido cerdo seco y salado, y lo comieron con col y avellanas en cuencos de arroz. El taguran había traído melocotones tempranos, que eran sabrosos. Y tenían el nuevo vino de arroz. Bebieron mientras comían y siguieron después de terminar la cena.
Los fantasmas habían aparecido con la luz del lucero.
—Sabes a qué me refiero —repitió Bytsan, un poco demasiado alto—. ¿Por qué estás tan seguro de él? ¿Chou Yan? ¿Confías en todo el mundo que dice ser tu amigo?
Tai negó con la cabeza.
—No forma parte de mi naturaleza ser confiado. Pero Yan estaba demasiado orgulloso de sí mismo cuando me vio, y demasiado sorprendido cuando ella blandió las espadas.
—¿Un kitan no puede fingir?
Tai negó de nuevo con la cabeza.
—Lo conocía. —Sorbió el vino—. Y alguien me conoce a mí si a ella le dijeron que no luchase. Me dijo que habría preferido matarme en combate. Que sabía que estaba aquí. Yan no lo sabía. Ella dejó que fuera primero a casa de mi padre. No dijo dónde estaba para que Yan no sospechase. Quizá. No era un hombre suspicaz.
Tai miró atentamente a Bytsan, considerando todo lo que había dicho.
—¿Por qué te iba a temer una guerrera Kanlin?
Después de todo, no estaba tan borracho. Tai no era consciente del daño que podía hacer su respuesta.
—Me entrené con ellos. En la Montaña del Tambor de Piedra, durante casi dos años. —Espió la reacción del otro hombre—. Me llevará tiempo recuperar mis habilidades, pero es posible que alguien no quisiera correr el riesgo.
El taguran lo miraba fijamente. Tai sirvió más vino de la botella que se encontraba sobre el brasero. Bebió de su copa y la volvió a llenar. Hoy había muerto aquí un amigo. Había sangre en la ropa de cama. Y había también un nuevo agujero en el mundo por el que podía entrar la pena.
—¿Lo sabe todo el mundo? ¿El tiempo que pasaste con los Kanlin?
Tai negó con la cabeza.
—No.
—¿Te entrenaste para ser un asesino?
El error habitual e irritante.
—Me entrené para aprender su modo de pensar, su disciplina y su manejo de las armas. Suelen ser guardias o garantes de una tregua, no asesinos. Me fui de forma bastante abrupta. Es posible que alguno de mis maestros aún sienta cierto afecto por mí. Otros es posible que no. Fue hace años. Siempre dejamos cosas atrás.
—Bueno, eso es bastante cierto.
Tai bebió vino.
—¿Creen que los utilizaste? ¿Que los engañaste?
Tai estaba empezando a lamentar haberlos mencionado.
—Ahora solo los comprendo un poco más.
—¿Y a ellos no les gusta?
—No. No soy un Kanlin.
—¿Qué eres?
—¿Ahora mismo? Me encuentro entre dos mundos, sirviendo a los muertos.
—Oh, bueno. De nuevo el kitan listillo. ¿Eres un soldado o un mandarín de la corte, o que los jodan a todos?
Tai consiguió esbozar una sonrisa.
—Ni lo uno ni lo otro. Que los jodan a todos.
Bytsan apartó rápidamente la mirada, pero Tai vio cómo sofocaba una sonrisa. Era difícil que no te cayera bien este hombre.
—Esa es la verdad, capitán —añadió en voz más baja—. Hace años que abandoné el ejército, y aún no me he presentado a los exámenes del servicio civil. No me hago el listillo.
Bytsan extendió de nuevo su copa, que volvía a estar vacía, antes de contestar. Tai la llenó, al igual que la suya. Esto le empezaba a recordar las noches en el Distrito Norte. Soldados o poetas, ¿quién era capaz de beber más? Una cuestión reservada para la eternidad, o para los sabios.
—No necesitas que te salvemos —comentó el taguran después de un momento, también en voz baja.
En el exterior, algo chilló.
No pudo fingir que se trataba de un animal, ni que era el viento. Tai conocía esa voz en particular. La oía todas las noches. Le hubiera gustado haber sido capaz de encontrarla y enterrarla antes de irse. Pero no había forma de saber dónde yacían unos huesos determinados. Eso lo había aprendido en dos años. Dos años que finalizaban esta noche. Se tenía que ir. Habían enviado a alguien hasta este lugar remoto para matarlo. Tenía que saber por qué. Vació de nuevo la copa.
—No pensé que alguien fuera a atacarla —comentó—. Ni que ibas a ser tú tras regresar.
—Bueno, por supuesto, si no no habríamos venido.
Tai movió la cabeza.
—No, eso significa que tu valor merece ser honrado.
Se le ocurrió algo. A veces el vino envía pensamientos a través de canales que no habrías encontrado de otra manera, como cuando los juncos de un río esconden un afluente en el pantano y poco después lo revelan.
—¿Esa es la razón por la que dejaste que el joven disparase las dos flechas?
La mirada de Bytsan bajo la luz menguante era incómodamente directa. Tai empezaba a sentir los efectos del vino.
—Estaba aplastada contra la cabaña —contestó el taguran—. Le iban a arrancar la vida. ¿Para qué gastar una flecha?
Como mucho era media respuesta.
—¿Por qué perder la oportunidad de otorgar a los soldados un tatuaje y una ocasión para vanagloriarse? —reflexionó Tai con ironía.
El otro hombre se encogió de hombros.
—Eso, también. De hecho, volvió conmigo.
Tai asintió.
—¿Saliste corriendo porque sabías que te ayudarían? —dijo con un hilo de voz. ¿Y por qué no? Ahora mismo estaban escuchando los gritos en el exterior. Y los aullidos.
Tai regresó a los desesperados momentos que transcurrieron después de la muerte de Yan.
—Corría en busca de la pala.
Bytsan sri Nespo rio, un sonido rápido y sorprendente.
—¿Contra unas espadas Kanlin?
Tai descubrió que él también estaba riendo. El vino formaba parte de la risa. Y el recuerdo del miedo. Pensaba que iba a morir.
Se habría convertido en uno de los fantasmas de Kuala Nor.
Bebieron de nuevo. La voz chillona se había callado. Pero estaba empezando otra de las malas, una de las que parecía que seguía muriendo, insoportable, en algún lugar de la noche. Escucharla hería el corazón, desgastaba los bordes de la mente.
—¿Piensas en la muerte? —preguntó Tai.
El otro hombre lo miró.
—Todo soldado lo hace.
Era una pregunta injusta. Era un extraño, de un pueblo que no hacía mucho había sido enemigo y que lo más probable era que lo volviera a ser en los próximos años. Un bárbaro tatuado de azul que vivía más allá del mundo civilizado.
Tai bebió. El vino taguran no iba a sustituir el vino de uva aromatizado de las mejores casas del Distrito Norte, pero era lo suficientemente bueno para esa noche.
—Dije que teníamos que hablar —murmuró Bytsan de repente—. Eso es lo que le dije a Gnam, ¿te acuerdas?
—¿No hemos hablado lo suficiente? Es una lástima…, es una lástima que Yan esté enterrado ahí fuera. Te habría hablado hasta que te hubieras quedado dormido, aunque solo hubiera sido para descansar un poco de su voz.
Enterrado ahí fuera.
Qué lugar más inadecuado para que yazca un hombre amable y parlanchín. Y Yan había llegado hasta tan lejos… ¿Portando qué noticias? Tai no lo sabía. Cayó en que ni siquiera sabía si su amigo había aprobado los exámenes.
Bytsan apartó la mirada.
—Si alguien envió un asesino, puede enviar otro —comentó contemplando la luz de la luna a través de la ventana—, cuando vuelvas o mientras estés de camino. Lo sabes.
Lo sabía.
—Pasaron por la Puerta de Hierro —añadió Bytsan—. Preguntarán dónde están los dos.
—Se lo explicaré.
—E informarán a Xinan.
Tai asintió. Por supuesto que lo iban a hacer. ¿Una guerrera Kanlin que había ido tan al oeste para matar a alguien? Eso era importante. No para conmover al imperio, Tai no era tan relevante, pero sí que era digno de un informe emitido por algún somnoliento fuerte fronterizo. Y, además, lo enviarían por correo militar, que era muy rápido.
—Entonces, ¿ya se ha acabado tu período de luto? —preguntó Bytsan.
—Casi habrá concluido cuando llegue a Xinan.
—¿Allí es adonde vas?
—Tengo que hacerlo.
—¿Porque sabes quién la envió?
No se lo esperaba.
«Fue Xin Lun quien me lo sugirió». Esas fueron las últimas palabras de Yan en la tierra, vivo, bajo los nueve cielos.
—Es posible que sepa por dónde empezar a buscar.
Era posible que supiera más que eso, pero esta noche no estaba preparado para pensar en ello.
—Entonces, tengo otra sugerencia —comentó el taguran—. Dos. Para intentar que permanezcas con vida. —Rio brevemente, vaciando otra copa—. Parece que mi futuro está ligado al tuyo, Shen Tai, y al regalo que te han entregado. Es necesario que sigas vivo durante el tiempo suficiente para enviar a buscar a tus caballos.
Tai reflexionó sobre ello. Tenía sentido, desde el punto de vista de Bytsan; no había que pensar mucho para ver la verdad que albergaba.
Las dos sugerencias del taguran habían sido buenas.
Tai no habría caído en ninguna de ellas. Tenía que recuperar su sutileza antes de llegar a Xinan, donde lo podían exiliar por hacer una reverencia de más o de menos, o por hacerla primero a la persona equivocada. Aceptó las dos ideas del otro hombre, con un añadido que parecía adecuado.
Terminaron la última botella, apagaron las luces y ambos se fueron a dormir.
Hacia lo que muy pronto se iba a convertir en la mañana, cuando la luna avanzaba hacia el oeste, el taguran dijo en voz baja desde el lugar en el que estaba tendido en el suelo:
—Si fuera a pasar dos años aquí, pensaría en la muerte.
—Sí —respondió Tai.
La luz de las estrellas. Las voces en el exterior, subiendo y bajando. La estrella de la Tejedora se había dejado ver un rato, brillando en la ventana. En el extremo más alejado de su amor en el Río del Cielo.
—Ahí fuera se trata en su mayor parte de pena, ¿verdad?
—Sí.
—Aun así la habrían matado.
—Sí.

Tai reconoció al guardia por encima de la puerta; había ido al lago al menos dos veces con los suministros que le enviaban. No recordaba su nombre. Aunque sabía que el nombre del comandante era Lin Fong. Un hombre pequeño y seco, con la cara redonda y una actitud que sugería que el fuerte en el Paso de la Puerta de Hierro era solo un sitio provisional, un interludio en su carrera.
Por otro lado, el comandante había ido a Kuala Nor unas pocas semanas después de llegar al fuerte el otoño anterior, con el objetivo de ver personalmente al hombre extraño que estaba allí enterrando a los muertos.
Se había inclinado dos veces ante Tai antes de partir con los soldados y el carro; podía seguir confiando en que enviaría los suministros. Era un hombre ambicioso, el tal Lin Fong, y obviamente consciente, durante su visita al lago, de quién había sido el padre de Tai. Sus rasgos mostraban arrogancia, pero Tai también tenía la sensación de que había honor en él y de que era consciente de la historia de este campo de batalla entre las montañas.
No era alguien al que hubieras escogido como amigo, pero tampoco era ese el papel que debía desempeñar en la Puerta de Hierro.
Estaba de pie, impecable en su uniforme, justo al otro lado de la puerta cuando se abrió. Acababa de amanecer. Tai había dormido la primera noche de viaje, pero lo despertaron los lobos durante la segunda. No se encontraban peligrosamente cerca ni estaban hambrientos, según había podido juzgar, aun así había decidido ofrecer las oraciones por su padre en la oscuridad y cabalgar bajo las estrellas en lugar de seguir despierto y tendido en el duro suelo de las alturas. Ningún kitan se encontraba cómodo entre los lobos, en las leyendas, en la vida, y Tai no era una excepción. Se sentía más seguro montado a caballo, y ya se había enamorado del sardio zaino que cabalgaba Bytsan sri Nespo.
Los Caballos Celestiales no sudaban sangre —eso era una leyenda, la metáfora de un poeta—, pero si alguien hubiera querido recitar algunos de los elaborados versos que sobre ellos se habían escrito, Tai habría estado muy contento de escucharlos y le hubieran parecido bien. Había cabalgado a una velocidad imprudente durante la noche, dejando atrás la luna, impulsado por la ilusión de que el gran caballo no podía dar un paso en falso, que en la velocidad solo había alegría y en la oscuridad del cañón, ningún peligro.
Por supuesto, se podía matar pensando de esa manera. Pero no le preocupaba porque el ritmo era demasiado embriagador. Había montado un caballo sardio por la noche en dirección a su hogar, y solo en ese momento su corazón se le había disparado. Había conservado el nombre taguran —Dynlal significaba «espíritu» en su lengua—, que era muy adecuado por muchas razones.
El intercambio de los caballos había sido la primera propuesta de Bytsan. Remarcó que Tai iba a necesitar alguna señal de favor, algo que lo identificase, que alertara a la gente de la verdad de lo que se le había entregado. Un caballo como símbolo de los doscientos cincuenta que estaban por llegar.
Dynlal conseguiría también que llegase con más rapidez allí donde debía ir.
La promesa de los caballos sardios, que solo él podía reclamar, era lo que podría mantenerlo con vida, lo que podría inducir a otros a dar con aquellos que evidentemente no deseaban que siguiese con vida, y lo que podría ayudar a Tai a descubrir a qué se debía ese deseo.
Tenía sentido. Al igual que para Tai lo tenía su modificación de la sugerencia.
La había dejado por escrito antes de partir por la mañana: un documento en el que concedía a Bytsan sri Nespo, capitán del ejército taguran, la libre elección de tres caballos entre los doscientos cincuenta, a cambio de su montura, entregada a petición y por necesidad, y en reconocimiento agradecido por el valor mostrado en Kuala Nor contra la traición llegada de Kitai.
Ambos sabían que esa última frase ayudaría al capitán ante sus comandantes. El taguran no había discutido. Estaba claro que con la entrega del gran caballo zaino renunciaba a algo que le importaba mucho. Instantes después de partir al amanecer, corriendo con el viento, Tai había empezado a comprender sus razones.
La segunda sugerencia de Bytsan implicaba hacer explícito lo que de otra forma quedaba peligrosamente poco claro. El taguran también había tenido su turno con la tinta y el papel en el escritorio de Tai, y escribió en kitan, con su caligrafía lenta y enérgica:
«El abajo firmante, capitán del ejército de Tagur, ha recibido el encargo de asegurarse de que el regalo de caballos sardios de la honrada y amada princesa Cheng-wan, ofrecido por su gracia y con la bendición señorial del León, Sangrama, en Rygyal, sea entregado al kitan Shen Tai, hijo del general Shen Gao, a él y a nadie más. Los caballos, que suman la cifra de doscientos cincuenta, pastarán y se mantendrán…».
Se había extendido más, estipulando la localización —en tierras de Tagur, cerca de la frontera, no lejos del pueblo de Hsien en Kitai, a cierta distancia al sur de donde se encontraban— y detallando las circunstancias precisas de la entrega de los caballos.
Dichas condiciones fueron fijadas para asegurar que nadie pudiera obligar a Tai a firmar instrucciones en contra de su voluntad. En Xinan había hombres formados y con frecuencia muy dotados en métodos para inducir a alguien a estampar ese tipo de firmas. También había otros igualmente habilidosos en falsificarlas.
Esta carta viajaría con Tai y sería entregada al comandante de la Puerta de Hierro para que la copiase. La copia le precedería a través del correo militar hasta la corte.
Podía servir de algo. O no, claro, pero que el imperio perdiese todos esos caballos podría provocar, muy probablemente, que el nuevo asesino (y los que le hubieran pagado, a él o a ella) fuera perseguido, torturado para obtener información y desmembrado de forma creativa antes de dejar que muriese.
Tai era consciente, durante su cabalgada hacia el este, y desde luego en ese instante mientras pasaba con Dynlal a través de la puerta abierta del fuerte y se detenía delante de Lin Fong en el patio principal, de que podrían enviar un segundo asesino en cuanto llegase la noticia de que el primero había fallado.
Lo que no imaginaba era que le estuviera esperando uno en el Paso de la Puerta de Hierro, caminando detrás del comandante, vestido completamente de negro y portando espadas Kanlin cruzadas en sus fundas a la espalda.
Era más pequeña que la primera mujer, pero hacía los mismos movimientos ágiles. Tenía la forma de andar que señalaba a alguien como Kanlin. Aprendías esos movimientos, incluso la forma de permanecer quieto, en la Montaña del Tambor de Piedra. Allí te hacían bailar manteniendo el equilibrio sobre una pelota.
Tai se quedó mirando a la mujer. Llevaba el cabello negro suelto y le caía hasta la cintura. Se dio cuenta de que se acababa de despertar.
Pero eso no la hacía menos peligrosa. Tai sacó el arco de la funda de la silla de montar y colocó una flecha. En las montañas tenías a punto el arco y las flechas para los lobos o los gatos. No desmontó. Sabía cómo se tiraba desde la silla. Había formado parte de la caballería del norte, más allá de la Gran Muralla, y después entrenó en el Tambor de Piedra. Había algo de ironía en esto último si se observaba con cierto humor. Alguien enviaba a los Kanlin para que fueran tras él.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el comandante.
La mujer se detuvo a quince pasos. Sus ojos eran grandes y la boca, carnosa. Teniendo en cuenta lo que era, quince pasos podía ser demasiado cerca si tenía una daga. Tai hizo que el caballo retrocediera.
—Ella está aquí para matarme —contestó con suficiente calma—. Otra Kanlin lo intentó junto al lago.
—Lo sabemos —replicó el comandante Lin.
Tai parpadeó, pero no apartó los ojos de la mujer. Moviéndose con lentitud, ella se quitó un cinturón de cuero de un hombro y después del otro, manteniendo las manos visibles durante todo el rato. Las espadas cayeron al suelo, a su espalda. Sonrió. Él no confió en esa sonrisa.
Una multitud de soldados se había reunido en el patio. Una aventura matinal. No había muchas así en el borde del mundo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Tai.
El comandante miró brevemente a la mujer detrás de él. Se encogió de hombros.
—Ella nos lo dijo la pasada noche. Iba persiguiendo a la otra. Llegó al atardecer. Quería cabalgar de noche para ir a buscarte, pero le dije que esperara hasta esta mañana. Si en Kuala Nor había ocurrido algo desagradable, ya se habría producido, porque los otros le llevaban días de ventaja. Se detuvo.
— ¿Ha pasado algo?
—Sí.
El comandante no mostraba expresión ninguna.
—¿Están muertos? ¿El estudioso gordo y la mujer?
—Sí.
—¿Ambos? —La mujer habló por primera vez. Con voz queda pero clara, en el patio al amanecer—. Lamento oírlo.
—¿Lo lamentas por tu compañera? —Tai contenía su ira.
Ella negó con la cabeza. La sonrisa había desaparecido. Tenía un rostro inteligente y despierto, con pómulos elevados; el cabello suelto seguía siendo una distracción.
—Me enviaron para matarla. Lo lamento por el otro.
—El estudioso gordo —repitió Lin Fong.
—El estudioso era mi amigo —comentó Tai—. Chou Yan recorrió un largo camino desde su mundo con la finalidad de explicarme algo importante.
—¿Lo hizo? —intervino de nuevo la mujer—. ¿Te lo contó?
Ella se acercó. Tai levantó rápidamente la mano mientras sostenía el arco con la otra. Entonces, la mujer se detuvo. Volvió a sonreír con esa boca ancha. Tai pensó que la sonrisa de un guerrero Kanlin podía ser inquietante por sí misma.
Ella negó con la cabeza.
—Si hubiera venido para matarte, ya estarías muerto. No habría aparecido de esta forma. Deberías saberlo.
—Es posible que antes quieras saber la respuesta a algunas preguntas —respondió con frialdad—. Y lo sabes.
Fue su turno para dudar. A Tai le gustó que dudara. Estaba demasiado segura de sí misma. En el Tambor de Piedra te enseñan a desarmar a una persona con palabras, a confundirla o a calmarla. No todo eran hojas y arcos, y giros que terminaban con una patada en el pecho o en la cabeza y, más veces que menos, con la muerte.
Su amigo estaba muerto, lo había asesinado uno de esos guerreros. Conservaba esa imagen en su interior, junto con una furia ciega.
La mirada de la mujer lo estaba evaluando, pero no de la misma forma que la otra. No lo estaba midiendo para un combate. O estaba ganando tiempo porque se encontraba temporalmente en desventaja, o estaba diciendo la verdad sobre la razón de su presencia allí. Tai tenía que tomar una decisión. Pensó que le podía disparar la flecha, simplemente.
—¿Por qué te iban a enviar a matar a otra Kanlin?
—Porque no era Kanlin.
El comandante de la fortaleza se dio la vuelta y la miró.
—Desertó hace medio año —explicó la mujer—. Abandonó el santuario que le habían asignado cerca de Xinan, desapareció en la ciudad. Empezó a matar por dinero, y después, según supimos, alguien la contrató para viajar hasta aquí a hacer lo mismo.
—¿Quién la contrató?
La muchacha negó con la cabeza.
—No me lo dijeron.
—Ella era una Kanlin —replicó Tai—. Quería luchar contra mí, pero me dijo que la única razón por la cual no lo hacía eran las estrictas órdenes que le habían dado.
—¿Y crees que hubieran podido dar dichas órdenes a alguien que siguiera sirviendo a la montaña, maese Shen Tai? ¿De verdad? Has estado en el Tambor de Piedra. Lo sabes perfectamente.
Tai la miró a ella y luego a Lin Fong. La expresión de este era vigilante. Por supuesto, todo esto era nuevo para él, y las novedades eran una moneda brillante tan al oeste.
En realidad, Tai no quería hablar abiertamente de su vida en un patio. Pensó que lo más probable era que ella lo supiera. Había ignorado su pregunta sobre la razón de que la hubieran enviado hasta aquí. Eso podía ser discreción o una forma de conseguir que entrase en un espacio más pequeño.
Su vida había sido muy sencilla hasta hacía unos pocos días.
—El comandante puede ordenar que me registre alguien —propuso ella con esa voz queda y quebrada.
Parecía que había leído sus pensamientos.
—Llevo una daga en la bota derecha —añadió—. Nada más. También me pueden atar las muñecas para que podamos hablar en un sitio más privado, con la presencia o no del comandante, como quieras.
—¡No! —gritó Lin Fong. No le gustaba que una mujer fuera tan mandona. A ningún oficial militar le gustaba—. Estaré presente. Aquí las condiciones no las fijas tú. Ambos estáis bajo mi jurisdicción, y parece que ha muerto gente. Tengo preguntas que hacer y hay que rellenar informes.
Siempre había que rellenar informes. El imperio se podía asfixiar en los informes que se rellenaban, pensó Tai.
La mujer se encogió de hombros. Tai tuvo la sensación de que ella había anticipado o incluso provocado esta situación. Tenía que tomar una decisión.
Guardó el arco y la flecha. Levantó la mirada hacia la derecha. El guardia al que le faltaba un diente y se estaba quedando calvo seguía en el adarve, mirando hacia abajo. Tai hizo un gesto.
—Ese que cuide de mi caballo. Paséalo, dale agua y comida. Recuerdo que sabe cómo tratar a los caballos.
La expresión de alegría del hombre habría sido gratificante en cualquier momento menos difícil.
Tuvo unos instantes a solas para lavarse y cambiarse de ropa. Se quitó las botas de montar y se puso unas zapatillas bordadas que le habían proporcionado. Un sirviente —uno de los habitantes de la frontera que servía a los soldados— se llevó su ropa y las botas para limpiarlas.
Hacía bastantes años, Tai había llegado a la conclusión de que, normalmente, se esperaba que las decisiones importantes de la vida surgieran después de una reflexión larga y compleja. A veces era así. Pero en otras ocasiones, uno se podía despertar por la mañana (o terminarse de secar las manos y la cara en un polvoriento fuerte fronterizo) con el convencimiento repentino e intenso de que ya se había tomado una decisión. Y de que todo lo que quedaba por hacer era llevarla a cabo.
Por el momento, Tai no veía un esquema claro en su propia vida. Ni era capaz de decir, esa mañana, por qué, de repente, estaba tan seguro de algo.
Un soldado que le estaba esperando lo escoltó a través de dos patios hasta el pabellón de recepción del comandante, en el extremo oriental del complejo. Anunció la presencia de Tai y retiró una cortina de lona que cubría la entrada de la puerta y bloqueaba el viento. Tai entró.
Lin Fong y la mujer Kanlin ya se encontraban allí. Tai se inclinó, antes de sentarse con ellos en una plataforma elevada en el centro de la sala. Se acomodó en una alfombrilla, cruzando las piernas. Inesperadamente, tenía té junto al codo, sobre una bandeja azul lacada y decorada con la pintura de las ramas de un sauce y dos versos de un poema de Chan Du sobre dicho árbol. El pabellón estaba bastante decorado.
También era más bello que cualquier espacio en el que hubiese entrado Tai en los dos últimos años. Había un jarrón verde pálido sobre una mesita baja detrás del comandante. Tai se lo quedó mirando durante un buen rato. Probablemente, demasiado largo. Su expresión, que él creía irónica, a buen seguro debía de parecerse a la del soldado de la muralla contemplando su caballo.
—Se trata de una obra de artesanía muy fina —comentó.
Lin Fong sonrió, satisfecho e incapaz de ocultarlo.
Tai se aclaró la garganta y reverenció hasta la cintura sin levantarse de la alfombra.
—Desátala, por favor. No la mantengas así por mí.
Una locura, si se detenía a pensarlo. Aunque creía con gran certeza que no lo era.
Miró a la mujer, a la que habían atado con cuidado los tobillos y las muñecas. Estaba plácidamente sentada al otro lado de la plataforma.
—¿Por qué? —preguntó el comandante Lin, que, aunque contento por el elogio a su gusto, estaba claro que no quería realizar cambios.
—No me va a atacar en tu presencia. —Se dio cuenta de eso mientras se lavaba la cara—. Los Kanlin existen porque tanto la corte como el ejército confían en ellos. Por eso perduran desde hace seiscientos años. Y esa confianza se vería gravemente comprometida si una de ellos mata al comandante de un fuerte militar o a alguien bajo su protección. Sus santuarios, su inmunidad, serían destruidos. Y, además, creo que está diciendo la verdad.
La mujer volvió a sonreír, los grandes ojos miraban hacia abajo, como si su diversión fuera privada.
—El comandante podría formar parte de mi conspiración —manifestó con la mirada baja.
En la intimidad de la habitación, alejados del viento del patio, su voz baja era inquietante. Hacía dos años que no escuchaba ese tipo de voz, pensó Tai.
—Pero no es así —intervino Tai, antes de que el comandante Lin pudiera expresar su indignación—. No soy lo suficientemente importante. O no lo era antes.
—¿Antes de qué? —preguntó el hombre, distraído de lo que había estado a punto de decir.
Tai esperó. Lin Fong lo miró durante un momento y después le hizo un gesto brusco al soldado. El hombre se adelantó y empezó a desatar a la mujer. Tuvo cuidado de no pisar la plataforma; la disciplina era buena en este lugar.
Tai estuvo mirando hasta que el hombre terminó y, a continuación, siguió esperando educadamente. Después de un momento, el comandante captó la sugerencia y retiró a los dos soldados.
La mujer cruzó las piernas con suavidad y descansó las manos sobre las rodillas. Llevaba una túnica negra con capucha y pantalones negros para montar, ambos de tela común. Había utilizado el intervalo para recogerse el cabello. No se masajeó las muñecas, aunque las cuerdas apretadas las habían aplastado. Tai se dio cuenta de que sus manos eran pequeñas; no parecían las de una guerrera. Pero él sabía que podía serlo.
—¿Tu nombre es? —preguntó.
—Wei Song —respondió, inclinándose ligeramente.
—¿Estás en la Montaña del Tambor de Piedra?
Ella lo miró con impaciencia.
—Difícilmente podría estar allí, o no habría llegado aquí tan pronto. Soy del santuario cerca de Ma-wai. El mismo al que pertenecía la renegada, antes de desertar.
A poca distancia a caballo desde Xinan, cerca de la casa de postas y un conocido retiro con fuentes termales, pabellones, estanques y jardines, para el emperador y sus favoritos.
Tai había dicho algo estúpido. El Tambor de Piedra, una de las Cinco Montañas Sagradas, se encontraba muy lejos hacia el noreste.
—Por favor, maese Shen, ¿antes de qué? —repitió el comandante—. No me has contestado.
Hizo un esfuerzo para mantener la irritación alejada de su voz, pero allí estaba. Un hombre enérgico y exigente. Ahora mismo, una persona importante para Tai, que se volvió hacia él.
Evidentemente, había llegado el momento.
Tenía una sensación muy viva, como de caminos que se bifurcaban, ríos que se abrían en ramales, uno de esos momentos en los que la vida que vendrá a continuación no será como hubiera sido en otra circunstancia.
—Los taguran me han entregado un regalo —respondió—. De su corte, de nuestra princesa.
—¿La princesa Cheng-wan te ha hecho un regalo personal? —Sorpresa, casi descontrolada.
—Sí, comandante.
Quedaba claro que Lin Fong estaba pensando con intensidad.
—¿Porque has estado enterrando sus muertos?
Podía ser que el hombre estuviera destinado a un puesto deprimente, pero no era estúpido.
Tai asintió.
—Me han hecho un gran honor en Rygyal.
—¿Un gran honor? Son bárbaros —le espetó el comandante Lin sin rodeos. Alzó el cuenco de porcelana y sorbió el té caliente y especiado—. No comprenden el honor.
—Quizá —replicó Tai, con voz cuidadosamente neutral.
Entonces les contó lo de los caballos y contempló la reacción de ambos.
4
—¿Dónde están esos caballos?
Era la pregunta correcta, por supuesto. El comandante se había quedado pálido y estaba reflexionando en profundidad mientras combatía su agitación. La experiencia solo te podía llevar tan lejos si sabías manejar cierto tipo de información. Dos líneas profundas y horizontales se dibujaron ahora en su frente. Lin Fong parecía atemorizado. Tai no lo podía comprender del todo, pero era bastante evidente. La mujer Kanlin, en contraste, parecía inmersa en el reposo, atenta pero imperturbable.
Sin embargo, Tai había estado en la Montaña del Tambor de Piedra. Reconoció la postura, era una forma de tranquilizarse en el acto de parecer tranquila. Lo cual significaba que no lo estaba. Se dio cuenta de repente de que Wei Song era muy joven. Más joven que la asesina, probablemente tenía la misma edad que su hermana.
—No los tengo —respondió con sencillez.
Los ojos de Lin Fong lanzaron un destello.
—Te he visto llegar. Eso ya lo sé.
Para algunos hombres, la irritación era la respuesta en momentos de tensión.
—Nunca llegarás vivo a la corte con caballos sardios, a menos que te escolte un ejército —comentó la mujer—. Y entonces estarás en deuda con ellos.
Joven, pero con un cerebro que trabajaba rápido.
El comandante se la quedó mirando.
—Todos estáis en deuda con el ejército. Harías bien en recordarlo, Kanlin.
«Ya empieza», pensó Tai.
El viejo, viejo cuento del pueblo kitan y sus rivalidades. En su momento, reinos insignificantes que guerreaban entre ellos; ahora, hombres y mujeres ambiciosos en la corte imperial. Gobernadores militares, prefectos, mandarines medrando a lo largo de sus nueve grados, órdenes religiosas, eunucos de palacio, consejeros legales, emperatrices y concubinas, y así muchos más… Todos ellos ansiando la preeminencia alrededor del emperador, que era el sol.
Y solo llevaba en el imperio parte de la mañana.
—Los caballos permanecerán guardados en el fuerte al otro lado de la frontera —explicó Tai—, cerca de Hsien. Tengo unas cartas, que es preciso enviar a la corte por correo militar, en las cuales se expone todo.
—¿Quién los guardará? —preguntó el comandante, después de reflexionar.
—El capitán taguran del paso al otro lado de Kuala Nor. Fue quien me dio la noticia del regalo.
—¡Pero entonces los podrían recuperar! ¡Quedarse con ellos!
Tai negó con la cabeza.
—Solo si muero.
Metió la mano dentro del bolsillo de su túnica y sacó la carta original enviada desde Rygyal. De repente, recordó el momento de su lectura junto al lago, oyendo el parloteo de los pájaros. Casi podía sentir el viento.
—La princesa Cheng-wan la firmó en persona, comandante. Debes tener cuidado de no insultarla cuando sugieres que retirarán el regalo.
Lin Fong se aclaró la garganta, nervioso. Casi extendió la mano para coger la carta, pero se retuvo; habría sido desconfiar de Tai si lo hubiera comprobado. Era un hombre rígido e irritable, pero era consciente de la cortesía debida, incluso aquí, en las tierras salvajes.
Tai miró a la mujer. Sonreía un poco ante la incomodidad de Lin Fong, sin intentar ocultarlo.
—Los guardarán —añadió—, a menos que vaya en persona.
Eso era lo que había acordado con Bytsan sri Nespo al final de una larga noche en la cabaña.
—Ah —intervino Wei Song, levantando la mirada—. ¿Así es como seguirás con vida?
—Así lo intentaré.
Su mirada era pensativa.
—Un regalo difícil que pone tu vida en peligro.
Ahora fue el comandante quien negó con la cabeza. Parecía que le había cambiado el humor.
—¿Difícil? ¡Es mucho más que eso! Esto es…, esto es un cometa brillando en el cielo. Una señal buena o mala, dependiendo de lo que atraviese.
—Y dependiendo de quién lea los signos —completó Tai en voz baja. De hecho, no le gustaban ni los alquimistas ni los astrólogos.
El comandante Lin asintió.
—Esos caballos pueden ser algo glorioso… para ti, para todos nosotros. Pero regresas en momentos muy difíciles. Xinan es un lugar peligroso.
—Siempre lo ha sido —rectificó Tai.
—Ahora todavía más —recalcó el comandante—. Todo el mundo querrá tus caballos. Te descuartizarán por ellos —. Sorbió el té—. Tengo una idea.
Estaba claro que llevaba pensando un buen rato. Tai casi sintió pena por el hombre: lo habían destinado a un tranquilo fuerte fronterizo, lo intentaba hacer bien, mantener el orden, la eficiencia, ascender a su debido tiempo.
Y entonces llegaban más o menos doscientos cincuenta Caballos Celestiales.
Una estrella fugaz, desde luego. Un cometa procedente del oeste.
—Estaré agradecido de que compartas cualquier idea que tengas —lo animó Tai.
Sintió cómo la formalidad se reafirmaba en su interior, lo que era una forma de calmar la incomodidad. Hacía tanto tiempo que no formaba parte de este mundo intrincado… De cualquier mundo más allá del lago, el prado y las tumbas. Creía que sabía lo que vendría a continuación. En el juego se podían anticipar algunos movimientos.
—Tu padre fue un gran líder, al que todos lloramos, en especial en el oeste. Llevas el ejército en la sangre, hijo del general Shen. ¡Acepta estos corceles dragón en nombre del Segundo Distrito Militar! ¡El más cercano a Kuala Nor! Nuestro gobernador militar se encuentra en Chenyao. Te daré una escolta, una guardia de honor. Preséntate ante el gobernador Xu y ofrécele los Caballos Celestiales. ¿Te imaginas el rango que te concederán? ¡El honor y la gloria!
Como era de esperar.
Y explicaba los temores del hombre. Estaba claro que Lin Fong era consciente de que no intentar, como mínimo, conseguir los caballos para el ejército sería una mancha en su hoja de servicios, fuera o no justa. Tai lo miró. En cierto aspecto, la idea era tentadora, una solución inmediata. En otros…
Negó con la cabeza.
—¿Y lo hago, comandante Lin, antes de aparecer en la corte? ¿Antes de explicar a nuestro sereno y glorioso emperador o a sus consejeros cómo la princesa, su hija, me ha honrado de esta forma? ¿Antes de contárselo también al primer ministro? Imagino que el primer ministro Chin Hai tendrá algo que decir sobre el tema.
—¿Y antes de que cualquier otro gobernador militar tenga noticias de los caballos? —La mujer Kanlin habló en voz baja, pero con gran claridad—: El ejército no está unido, comandante. ¿No crees, por ejemplo, que Roshan, en el noreste, tendrá sus propias ideas sobre a quién pertenecen? Ahora es comandante de los Establos Imperiales, ¿o no? ¿No crees que su opinión es importante? ¿Es posible que el maese Shen, que llega de dos años de aislamiento, necesite saber algo más antes de entregar semejante regalo al primer hombre que se lo pida?
La mirada que le lanzó el comandante fue venenosa.
—¡Tú no eres nadie en esta sala! —le espetó—. Solo estás aquí para ser interrogada sobre la asesina, y eso es lo que vamos a hacer a continuación.
—Eso espero —asintió Tai. Respiró hondo—. Y a mí me gustaría que fuera alguien, si ella acepta. Me gustaría contratarla como guardia a partir de aquí.
—Acepto —intervino la mujer con rapidez.
Su mirada se encontró con la de Tai. Ella no sonrió.
—¡Pero si pensabas que había venido a matarte! —protestó el comandante al oírlo.
—Lo pensaba. Ahora creo lo contrario.
—¿Por qué?
Tai miró de nuevo a la mujer. Estaba sentada con gracia, mirando de nuevo hacia abajo, aparentemente serena, si bien él no creía que lo estuviera.
Consideró su respuesta. Entonces se permitió una sonrisa. Pensó que Chou Yan habría disfrutado de este momento, lo hubiera saboreado, y después hubiese explicado la historia sin parar, embelleciéndola cada vez en aspectos diferentes. Al pensar en su amigo, desapareció la sonrisa de Tai.
—Porque se ató el cabello antes de venir aquí —contestó.
La expresión del comandante fue divertida.
—¿Porque… ella…?
Tai mantuvo la voz grave. Lin Fong seguía siendo un hombre importante para él, al menos durante los próximos instantes. Debía proteger su dignidad.
—Sus manos y sus pies están libres, y lleva al menos dos armas en el cabello. Los Kanlin están entrenados para matar con ellas. Si me quisiera muerto, ya lo estaría. Al igual que tú. Si fuera otra renegada, no le importarían las consecuencias que tendría tu muerte para la Montaña de Piedra. Es posible que incluso consiguiera escapar.
—Tres armas —le corrigió Wei Song. Sacó una de las horquillas y la dejó en el suelo. Se quedó brillando en la plataforma—. Y la huida se considera preferible, pero no se espera en ciertas misiones.
—Lo sé —confirmó Tai.
Estaba mirando al comandante y vio un cambio.
Era como si el hombre se hubiera asentado en su interior, aceptando que había hecho lo que había podido y que sería capaz de aceptar y rebatir cualquier crítica que le llegase de sus superiores. Esto iba más allá de sus capacidades, era mucho más grande que una fortaleza fronteriza. Se había invocado a la corte.
Lin Fong sorbió su té con tranquilidad, se sirvió más de la tetera de cerámica verde oscura que se encontraba en la bandeja lacada a su lado. Tai hizo lo mismo con la suya. Miró a la mujer. La horquilla descansaba delante de ella, larga como un cuchillo. La cabeza era de plata y tenía forma de fénix.
—¿Saludarás al menos a Xu Bihai, el gobernador, en Chenyao?
La expresión de Lin Fong era seria. Se trataba solo de una petición. Por otro lado, el comandante no sugirió que visitase al prefecto en Chenyao. El ejército contra el servicio civil, una querella sin fin. Había cosas que no cambiaban nunca, año tras año, estación tras estación.
La solicitud no requería ningún comentario. Y si también iba a ver al prefecto, era ya asunto suyo.
—Por supuesto que lo haré —respondió Tai con sencillez— si el gobernador Xu tiene el detalle de recibirme. Sé que conocía a mi padre. Espero que me aconseje.
El comandante asintió.
—Le enviaré una carta. En cuanto al consejo…, llevas mucho tiempo fuera, ¿no es así?
—Mucho —asintió Tai.
Lunas por encima de un valle entre montañas, pálido y evanescente, luz plateada sobre un lago frío. Nieve y hielo, flores silvestres, tormentas. Las voces de los muertos en el viento.
Lin Fong parecía de nuevo infeliz. Inesperadamente, Tai descubrió que le empezaba a gustar el hombre.
—Vivimos en tiempos difíciles, Shen Tai. Las fronteras están en paz, el imperio se expande, Xinan es la gloria del mundo. Pero a veces dicha gloria…
La mujer seguía muy quieta, escuchando.
—Mi padre solía decir que los tiempos siempre son difíciles —murmuró Tai—, para aquellos que los viven.
El comandante reflexionó sobre esto.
—«Existen grados, polaridades. Las estrellas a veces se alinean, a veces, no». —Era una cita de un texto de la Tercera Dinastía. Tai lo había estudiado para los exámenes. Lin Fong dudó—. Por un lado, el primero, la honorable emperatriz ya no se encuentra en el Palacio de Ta-Ming. Se ha retirado a un templo al oeste de Xinan.
Tai respiró hondo. Se trataba de noticias importantes, aunque no inesperadas.
—¿Y la dama Wen Jian? —preguntó en voz baja.
—Ha sido proclamada Querida Consorte, y se ha instalado en el ala de la emperatriz en palacio.
—Entiendo —comentó Tai. Y después quiso saber, porque era importante para él—: ¿Y las damas que atendían a la emperatriz? ¿Qué ha sido de ellas?
El comandante se encogió de hombros.
—No lo sé. Supongo que se fueron con ella, al menos algunas.
La hermana de Tai se había ido a Xinan tres años antes, para servir a la emperatriz como dama de compañía. Un privilegio concedido a la hija de Shen Gao. Necesitaba descubrir lo que le había ocurrido a Li-Mei. Su hermano mayor lo sabría.
Su hermano mayor era un problema.
—Eso es, desde luego, un cambio, tal como has dicho. ¿Qué más debo saber?
Lin Fong alargó la mano hacia su taza de té y la dejó de nuevo.
—Has nombrado al primer ministro —prosiguió luego con seriedad—. Ese ha sido otro error. El primer ministro Chin Hai murió el pasado otoño.
Tai parpadeó, conmovido. Era evidente que no estaba preparado para esto. Durante un instante, sintió como si el mundo se tambalease, como si un árbol de dimensiones colosales hubiera caído y el fuerte temblase con la conmoción.
Wei Song terció en la conversación.
—Se cree, aunque hemos oído opiniones en otro sentido, que murió de una enfermedad que contrajo a causa del frío otoñal.
El comandante la miró entornando los ojos.
«Hemos oído opiniones en otro sentido…».
Esas se podían considerar palabras de traición.
Sin embargo, el comandante Lin no dijo nada. No se podía decir que el ejército hubiera sentido nunca demasiado amor por el brillante y controlador primer ministro del emperador Taizu.
Chin Hai, delgado, de barba rala, hombros estrechos, famoso por su desconfianza, había gobernado a las órdenes del emperador durante un cuarto de siglo de creciente riqueza kitan y de una expansión fabulosa. Autocrático y ferozmente leal a Taizu y al Trono Celestial, había tenido espías por todas partes, podía exiliar —o ejecutar— a un hombre si la persona equivocada le oía decir algo demasiado alto en una vinatería.
Un hombre odiado y terriblemente temido, aunque era muy probable que indispensable.
Tai esperó, mirando al comandante. Ahora iba a venir otro nombre. Tenía que aparecer.
El comandante Lin sorbió el té.
—El nuevo primer ministro —prosiguió—, nombrado por el emperador en su sabiduría, es Wen Zhou, de… de linaje distinguido. —La pausa fue deliberada, por supuesto—. Posiblemente sepas quién es.
Sí. Por descontado que sí. Wen Zhou era el primo de la Querida Consorte.
Pero eso no era lo importante. Tai cerró los ojos. Estaba recordando un aroma, ojos verdes, cabello rubio, una voz.
«¿Y si alguien me pide…, me propone ser su cortesana personal, o incluso su concubina?».
Abrió los ojos. Ambos lo estaban mirando con curiosidad.
—Sé quién es —comentó.

El comandante Lin Fong, de la Fortaleza de la Puerta de Hierro, no se habría definido como un filósofo. Era un soldado de carrera y había elegido ese camino desde muy joven, siguiendo a sus hermanos mayores al ejército.
Aun así, a lo largo de los años, se había dado cuenta (con la humildad apropiada) de que tendía más hacia cierta forma de pensar y, quizá, la percepción de la belleza era cada vez más profunda en él que en el resto de sus compañeros soldados —y después compañeros oficiales— a medida que ascendía (un poco) de rango desde sus humildes inicios.
Entre otras cosas, disfrutaba mucho de la conversación civilizada. Bien entrada la noche, bebiendo vino solo, en su habitación, Lin Feng reconoció que un grado perturbador de lo que se podría llamar «excitación» lo mantenía despierto.
Shen Tai, el hijo del difunto general Shen, era el tipo de persona que a Lin Fong le habría gustado mantener en la Puerta de Hierro durante días o incluso semanas, así de ingenioso era el hombre y poco habitual su estilo de vida.
La conversación que mantuvieron durante la cena lo había obligado a reconocer, con pesar, lo aburridas que eran aquí la rutina diaria y la compañía.
Le planteó al hombre una cuestión que (le) parecía obvia.
—En dos ocasiones has permanecido más allá de las fronteras durante períodos extensos. Los maestros antiguos enseñan que al hacerlo se pone en peligro el alma. —Le dirigió una sonrisa, para quitar cualquier pulla u ofensa a las palabras.
—Algunos lo enseñan. No todos.
—Así es —murmuró Lin Fong, haciendo un gesto a un sirviente para que escanciase más vino. No estaba muy puesto en las variaciones en las enseñanzas de los maestros antiguos. Un soldado no tenía tiempo para aprender esas cosas.
Sin embargo, Shen Tai parecía pensativo y sus ojos, extrañamente hundidos, revelaban que su mente trabajaba en la pregunta.
—La primera vez, comandante —respondió con cortesía—, era un oficial muy joven. Fui al norte entre los bogü porque me lo ordenaron, eso es todo. Dudo, lo digo con todo el respeto, que hubieras escogido venir a la Puerta de Hierro si se hubieran tenido en cuenta tus deseos.
¡Así que se había dado cuenta! Fong rio, algo cohibido.
—Es un destino honorable —protestó.
—Por supuesto que lo es.
A esto le siguió un corto silencio.
—Y acepto tu argumento, claro está —dijo Fong—. Aun así, la primera vez fuiste más allá del imperio porque no tenías elección, pero la segunda…
Tai contestó sin precipitarse, sin incomodarse; obviamente era un hombre de buena cuna:
—La segunda vez estaba honrando a mi padre. Por eso fui a Kuala Nor.
—¿No había otras formas de honrarlo?
—Estoy seguro de que las había —fue todo lo que respondió Shen Tai al comandante.
Fong se aclaró la garganta, avergonzado. Se dio cuenta de que estaba demasiado hambriento de intercambios semejantes, demasiado privado de una charla inteligente. El ansia podía hacer que cruzases fronteras sociales. Hizo una reverencia.
Este Shen Tai era un hombre complejo, pero se iría por la mañana para seguir con una vida que era muy improbable que los volviera a poner en contacto. Con reticencias, pero consciente de lo que era adecuado, el comandante encarriló la conversación hacia el tema de los taguran y su fortaleza al norte del lago, para ver qué le podría decir Shen Tai de eso.
Después de todo, los taguran se encontraban dentro de su área actual de responsabilidad, y lo estarían hasta que lo destinasen a cualquier otro sitio.
Algunos hombres parecían capaces de entrar y salir de la sociedad. Parecía que Shen Tai era uno de ellos. Lin Fong sabía que él no lo era y que no lo sería nunca; necesitaba demasiado la seguridad y la rutina ante semejantes incertidumbres. Pero Shen Tai hacía que fuera consciente de que existían, o podían existir, formas de vida alternativas. Pensó que, probablemente, ayudaba el hecho de tener a un comandante del Ala Izquierda como padre.
Solo, en su habitación, más tarde durante esa misma noche, bebía vino. Se preguntaba si el otro hombre se habría dado cuenta de que habían estado tomando té, algo muy poco habitual en aquel lugar. Era un lujo nuevo, que se estaba empezando a implantar en Xinan, importado desde el lejano suroeste: otra consecuencia de la paz y el comercio bajo el mandato del emperador Taizu.
Había sabido de la bebida a través de corresponsales y pidió que le enviasen un poco. Dudaba mucho que otros comandantes hubieran adoptado la nueva costumbre en sus fortalezas. Incluso había encargado tazas y bandejas especiales, pagadas de su bolsillo.
No estaba seguro de que le gustase el sabor de la bebida, incluso endulzada con miel de montaña, pero disfrutaba de la idea de verse como un hombre en sintonía con la corte y la cultura urbana, incluso aquí, en una frontera desolada, donde era casi imposible encontrar a un hombre con el que valiera la pena hablar.
¿Qué podías hacer cuando te enfrentabas al hecho de que en tu vida no había más perspectiva que esta? Recordarte, una y otra vez, que eras un hombre civilizado en el imperio más civilizado que ha conocido el mundo.
Los tiempos estaban cambiando. La muerte del primer ministro, el nuevo primer ministro, incluso la naturaleza y la composición del ejército: ahora todas esas tropas extranjeras, tan diferente a cuando se había alistado Lin Fong. Cada vez más, había tensiones importantes entre los gobernadores militares. Y el propio emperador, envejecido, retirado, sin saber quién lo iba a suceder. Al comandante Lin no le gustaban los cambios. Quizá fuera un defecto de su forma de ser, pero un hombre se podía aferrar a certidumbres básicas para sobrevivir a semejantes defectos, ¿o no? ¿No era precisamente eso lo que había que hacer?

En la Puerta de Hierro solo se disponía de una habitación privada para los invitados.
El fuerte no era un lugar al que acudieran visitantes distinguidos. Las rutas comerciales pasaban por el norte del país. El Paso de la Puerta de Jade, un nombre más adecuado, las protegía a ellas y a las riquezas que por ellas fluían. Este era el destino atractivo en aquella parte del mundo.
La habitación de invitados era pequeña, una cámara interior en el segundo nivel del edificio principal, sin ventanas, sin ningún patio a sus pies. Tai lamentó no haber decidido compartir una habitación común en la que al menos corriera el aire. Sin embargo, si se detenía a pensar en ello, no había tenido elección: tenías que tomar decisiones que reflejasen tu posición o confundías a quienes trataban contigo.
Así que él tenía que ocupar la habitación privada. Era un hombre importante.
Hacía rato que había apagado la vela. La habitación era cálida, sin aire y negra. Tenía problemas para quedarse dormido. Sus pensamientos giraban alrededor de Chou Yan, que estaba muerto.
Aquí no había voces de fantasmas en la oscuridad, solo la guardia nocturna en las murallas, llamándose débilmente. Tampoco había habido fantasmas en el cañón durante las dos noches que había pasado viajando. No estaba acostumbrado a eso: al silencio después del anochecer. No estaba acostumbrado a no ver la luna o las estrellas.
Ni, ahora que lo pensaba, a tener a una mujer joven justo al otro lado de la puerta, de guardia —por su absoluta insistencia— en el pasillo.
Tai le había explicado que aquí no necesitaba protección. Ella ni siquiera se molestó en responder. Su expresión sugería que pensaba que la había contratado un loco.
No habían hablado de su remuneración. Tai conocía las tarifas habituales de los Kanlin, pero tenía la sensación de que también sabía lo que diría ella si se lo planteaba: tendría algo que ver con su fracaso al no llegar a Kuala Nor a tiempo para salvarlo, de manera que el honor la obligaba a servirlo ahora. Tenía que saber más de esa primera mujer en el lago y, lo más importante, quién la había enviado en su busca y por qué.
Tenía un nombre —Yan había citado a su amigo estudiante Xin Lun— y Tai también sentía una aprensión creciente hacia otro nombre.
En cualquier caso, la tarifa de Wei Song no tenía importancia. Ahora se podía permitir un guardia. O veinte. Podía contratar a un dui privado de cincuenta hombres a caballo y vestirlos con los colores que quisiera. Podía pedir prestada cualquier suma que necesitase con la garantía de los caballos sardios.
Ahora era —no había forma de reformular la idea, ni de evitarla— un hombre rico. Si sobrevivía para ocuparse de los caballos en Xinan. Si conseguía descubrir cómo ocuparse de ellos.
Su familia siempre había disfrutado de una posición acomodada, pero Shen Gao había sido un comandante de combate en el campo de batalla, sin ambiciones en la corte buscando el reconocimiento y los premios que lo acompañaban. El hermano mayor de Tai era diferente, pero esta noche no se encontraba preparado para empezar a pensar en Liu.
Su mente regresó a la mujer al otro lado de la puerta. Eso tampoco lo condujo hasta el sueño. Habían colocado un camastro en el pasillo para ella. Estaban acostumbrados a hacerlo. Los invitados de cualquier posición tenían normalmente sirvientes fuera o incluso dentro de la habitación. Solo que esa no era la forma en que Tai pensaba en sí mismo. Como un invitado de posición.
Era muy posible que la otra Kanlin —la renegada, según Wei Song— hubiera dormido allí cuando Yan estuvo en la misma cama hacía unas pocas noches.
Podías verlo como una simetría, dos líneas bien equilibradas en un verso, o como algo más tenebroso. Esto era la vida, no un poema, y Yan, leal, gentil, casi siempre riendo, yacía en una tumba a tres días a caballo atravesando la quebrada.
Al oeste de la Puerta de Hierro, al oeste del Paso de la Puerta de Jade,
no habrá viejos amigos.
Para Tai, ahora allí, habría uno para siempre.
Escuchó, pero no oyó nada en el pasillo. No recordaba si había atrancado la puerta. Había dejado de ser una costumbre desde hacía algún tiempo.
También hacía más de dos años que no estaba cerca de una mujer, y mucho menos en el silencio después de oscurecer.
Contra su voluntad, descubrió que se la estaba imaginando: cara ovalada, boca ancha, ojos alerta, diversión en ellos bajo unas cejas arqueadas. Las cejas propias, no pintadas según la moda de Xinan. O lo que había estado de moda hacía dos años. Lo más probable era que hubiera cambiado. La moda siempre cambiaba. Wei Song era delgada, de movimientos rápidos, cabello negro y largo. Lo llevaba suelto cuando la vio por primera vez aquella mañana.
Este último recuerdo era demasiado para un hombre que llevaba tanto tiempo solo como él.
Parecía que su mente iba navegando por canales del río iluminados por la luna, impulsada hacia el recuerdo como si se dirigiera hacia el mar. No fue sorprendente que se encontrase pensando en el cabello dorado de Lluvia de Primavera, que ella también llevaba suelto, y después —de forma inesperada— apareció la imagen de una mujer completamente diferente.
Se descubrió con un claro recuerdo de la Querida Consorte, la amada concubina del emperador, sospechaba que a causa de lo que le habían explicado aquella tarde.
Una vez había visto de cerca a Wen Jian: un hechizo de jade y oro durante una tarde de primavera en el Parque del Lago Largo. Riendo a caballo (un estremecimiento en el aire, como el canto de un pájaro), rodeada por un brillo, un aura. Terriblemente deseable. Inalcanzable. Ni siquiera era seguro soñar o fantasear con ella.
Y su guapo y sedoso primo, según había sabido ese día, era ahora el primer ministro del imperio. Lo era desde el otoño.
No era el rival más indicado en la lucha por una mujer.
Si Tai era medianamente inteligente y poseía los instintos más básicos de autoconservación, se dijo a sí mismo, dejaría de pensar en Lluvia de Primavera, en su aroma, su piel y su voz ahora mismo, mucho antes de acercarse a Xinan.
No era fácil. Ella procedía de Sardia, al igual que los caballos. Objetos de deseo que llegaban, como lo hacían muchas cosas preciosas, desde el oeste.
Se trataba de una existencia completamente diferente, este mundo de hombres, mujeres y deseos, pensó Tai tendido en la oscuridad al borde del imperio. Esa realidad empezaba a regresar, junto con muchas cosas más. Un aspecto más de todo a lo que estaba volviendo.
Era inquietante, alejaba el sueño y giraba con todas las demás preocupaciones en su mente, como hilos de seda enrollados sin cuidado en una bobina. Y él seguía aún en la frontera, en una fortaleza, de regreso del más allá. ¿Qué iba a ocurrir cuando cabalgara hacia el este con su sardio zaino, en dirección al mundo brillante y mortal de la corte?
Se giró inquieto, oyendo cómo crujían el colchón y los postes de la cama. Deseaba que hubiera una ventana. Podría asomarse a ella, respirar una bocanada de aire puro, contemplar las estrellas del verano, buscar orden y respuestas en el cielo. «Como arriba, así abajo, en nuestras vidas somos un espejo de los nueve cielos».
Aquí se sentía preso, luchando contra la aprensión de un encierro permanente, de la detención, de la muerte. Alguien había intentado matarlo antes de que supieran nada de los caballos. ¿Por qué? ¿Por qué era lo suficientemente importante para que lo asesinasen?
Se sentó de forma brusca y pasó las piernas por encima del lateral de la cama. El sueño se había desvanecido por completo.
—Te puedo traer agua o vino.
Su oído debía de ser extremadamente bueno, y no era posible que estuviera dormida.
—Eres un guardia, no una sirvienta —respondió, desde el otro lado de la puerta.
Oyó cómo reía.
—Me ha contratado gente que veía pocas diferencias.
—Yo no soy uno de esos.
—Ah. Encenderé una vela a los ancestros en agradecimiento.
¡Dioses celestiales! No estaba preparado para esto.
—Duérmete —indicó Tai—. Partiremos temprano.
De nuevo la risa.
—Estaré despierta —respondió ella—. Pero si esta noche no puedes dormir a causa de tus temores, nos retrasarás mañana.
Realmente no estaba preparado para esto.
Se produjo un silencio. Tai era totalmente consciente de su presencia allí afuera.
—Perdóname, eso ha sido presuntuoso —la oyó decir después de un rato—. Acepta que me estoy inclinando ante ti. Sin embargo, con todos mis respetos, ¿podrías haber rechazado el regalo de la princesa?
Había estado pensando en eso durante tres días, lo cual no hacía más fácil escuchar cómo alguien preguntaba lo mismo.
—No podía —contestó.
Resultaba extraño hablar a través de la puerta y la pared. Era bastante fácil que alguien les pudiera oír. Sin embargo, lo dudaba. Aquí no.
—Me los ofreció la realeza. No los puedes rechazar.
—No lo sabía. Su regalo probablemente te mate.
—Soy consciente de ello —reconoció Tai.
—Es terrible hacerle algo así a alguien.
Ahora había juventud en la voz, en ese tono del sentido de la justicia ofendido, pero sus palabras eran ciertas, desde determinado punto de vista. No era eso lo que pretendía la princesa. Ni se le había ocurrido que pudiera ser así.
—Ellos no saben nada del equilibrio —comentó Wei Song desde el pasillo. Era una Kanlin y, en consecuencia, el equilibrio era la esencia de su enseñanza.
—¿Quieres decir los taguran?
—No. La realeza. En todas partes.
Tai pensó en ello.
—Creo que pertenecer a la realeza significa que no necesitas pensar de esa forma.
Otro silencio. Él tuvo la sensación de que ella lo estaba analizando.
—Se nos enseña —prosiguió ella— que el emperador en Xinan se hace eco del cielo, que gobierna con su mandato. El equilibrio de arriba se refleja en el de abajo, o el imperio perece. ¿No es así?
Sus propios pensamientos de hacía un momento.
Había mujeres en el Distrito Norte —no muchas, pero unas cuantas— que podían hablar de esa forma tomando una copa de vino o después de hacer el amor. No se lo esperaba en ella, en un guardia Kanlin.
—Me refería a otra cosa —continuó Tai—. A cómo piensan. ¿Por qué debería tener nuestra princesa en Rygyal, o cualquier príncipe, una idea de lo que le podría ocurrir a un hombre común si le entregan un regalo tan extravagante? ¿Qué hay en sus vidas que les permita imaginárselo?
—Ya.
Tai descubrió que estaba esperando.
—Bueno —dijo ella por fin—, para empezar, eso significa que el regalo se refiere a ellos, no a ti.
Él asintió, entonces recordó que ella no lo podía ver.
—Duérmete —repitió, de forma un poco brusca.
Oyó su risa, un lujo en la oscuridad.
Se la imaginó como la había visto por primera vez, con el cabello cayéndole por la espalda en el patio por la mañana, recién levantada de la cama. Alejó esa imagen. Pensó que habría mujeres y música en Chenyao. Cinco días a partir de ahora.
¿Quizá cuatro, si iban deprisa?
Se tendió de nuevo en la dura cama.
Se abrió la puerta.
Tai se sentó, de forma mucho más abrupta que la primera vez. Cogió las sábanas para cubrir su desnudez, aunque la habitación estaba a oscuras. Desde el pasillo no entraba luz. Sintió su reverencia, más que verla. Eso era lo adecuado, todo lo demás no lo era en absoluto.
—Deberías cerrar la puerta —comentó ella en voz baja.
Parecía que su voz se había alterado, ¿o era su imaginación?
—He perdido la costumbre. —Se aclaró la garganta—. ¿Qué es esto? ¿Una revisión de la habitación por parte del guardia? ¿Lo tengo que esperar todas las noches?
Ella no rio.
—No. Yo… tengo que contarte algo.
—Estábamos hablando.
—Esto es privado.
—¿Crees que nos está escuchando alguien? ¿Aquí? ¿En medio de la noche?
—No lo sé. El ejército utiliza espías. No debes temer por tu virtud, maese Shen —agregó con un matiz de aspereza, con una acidez que en aquel momento regresaba.
—¿Tú no temes por la tuya?
—Soy yo la que lleva una espada.
Sabía cuántos chistes malintencionados se habrían hecho en el Distrito Norte en respuesta inmediata a esto. Casi podía oír la voz de Yan. Tai permaneció en silencio, esperando. Estaba excitado y eso lo distraía.
—No me has preguntado quién me pagó para seguir a la asesina —comentó ella en voz baja.
De repente, ya no estaba distraído.
—Los Kanlin no confiesan quién les paga.
—Lo hacemos si nos dan esa instrucción cuando nos contratan. Lo sabes.
En realidad, no. No había alcanzado ese nivel en veinte meses con ellos. Se aclaró de nuevo la garganta. Oyó cómo se acercaba a la cama, una silueta contra la oscuridad, el sonido de su respiración y el aroma en la habitación, ahora que se encontraba más cerca. Se preguntó si llevaría el cabello suelto. Deseaba que hubiera una vela, después decidió que era mejor que no las hubiera.
—Tenía que alcanzarlos a los dos y matarla a ella —explicó—, y después acompañar a tu amigo hasta ti. Seguí su rastro hasta tu hogar. No sabíamos dónde estabas, o habría venido directamente por la calzada imperial y los habría esperado aquí.
—¿Fuiste a casa de mi padre?
—Sí, pero iba con demasiados días de retraso.
Tai oyó cómo caían las palabras en la negrura, como gotas de agua de las hojas anchas después de la lluvia. Sintió un picor muy raro en la punta de los dedos, imaginando que escuchaba un sonido diferente: la campana lejana del templo entre los pinos.
—Nadie en Xinan sabía dónde estaba —comentó lentamente—. ¿Quién te lo dijo?
—Tu madre y tu hermano menor.
—¿Liu no?
—No se encontraba allí —respondió ella.
La campana parecía que se había convertido en un sonido claro en su cabeza; se preguntaba si ella podría oír cómo tañía. Un pensamiento infantil.
—Lo siento —dijo la mujer.
Tai pensó en su hermano mayor. Había llegado el momento de empezar a hacerlo.
—No puede ser Liu —comentó un poco desesperado—. Sabía dónde había ido. Si estuviera detrás de esto, habría podido hacer que la asesina y Yan hubieran ido directamente a Kuala Nor.
—No si no quería que supieras que él estaba detrás de todo esto. —Se dio cuenta de que ella había tenido más tiempo para analizarlo—. Y en cualquier caso… —dudó.
—¿Sí? —su voz sonaba ahora realmente extraña.
—Te tengo que decir que no es seguro que tu hermano contratase a la asesina. Es posible que solo entregara la información, y que otros actuaran en consecuencia.
«Tengo que contarte algo…»
—Muy bien. ¿Quién te contrató? Te lo estoy preguntando. ¿Quién te explicó todo esto?
Y así, hablando ahora formalmente, casi invisible en la habitación, una voz en la oscuridad respondió:
—Me dieron instrucciones para transmitirte el respeto y el humilde saludo de la nueva concubina en el hogar del ilustre Wen Zhou, primer ministro de Kitai.
Tai cerró los ojos. Lluvia de Primavera.
Había ocurrido. Ella creyó que podría ocurrir. Había hablado con él sobre ello. Si Zhou ofrecía el precio exigido por su propietario, fuera cual fuese, Lluvia no tenía en el fondo ninguna elección. Una cortesana podía rechazar que la comprase alguien para su disfrute personal, pero su vida en el Distrito Norte quedaría arruinada si le costaba tanto dinero a un propietario, y se trataba del primer ministro.
Tai estaba bastante seguro de que la cifra ofrecida habría sido muy superior a lo que Lluvia podría haber ganado durante años de noches pasadas tocando música o durmiendo en el piso de arriba con aspirantes a los exámenes.
O enamorándose de ellos.
Estaba respirando con cuidado. Seguía sin tener sentido. Ni su hermano ni el primer ministro tenían ninguna razón para querer —y mucho menos necesitar— la muerte de Tai. No era lo suficientemente importante. Podía caerle mal a un hombre, un hermano lo podía ver como un rival —de varias formas—, pero el asesinato era algo exagerado y un riesgo.
Tenía que haber algo más.
—Hay algo más —prosiguió ella.
Tai esperó. Solo podía ver un perfil, la silueta de ella al inclinarse de nuevo.
—Tu hermano está en Xinan. Lleva allí desde otoño.
Tai movió la cabeza, como para aclarársela.
—No puede ser. Nuestro luto aún no ha acabado.
Liu era un funcionario civil en la corte, de alto rango, pero aun así lo azotarían con la fusta pesada y lo exiliarían de la capital si alguien lo denunciaba por descuidar el culto a los antepasados, y sus rivales lo harían sin duda.
—El período de luto de los oficiales del ejército solo es de noventa días. Lo sabes.
—Mi hermano no es…
Tai se detuvo. Respiró hondo.
¿Todo esto era culpa suya? Irse durante dos años, sin escribir una carta, sin recibir noticias. Concentrado en el luto, la soledad y una actividad privada que se ajustaba al largo duelo de su padre.
O quizá había estado concentrado realmente en evitar un mundo demasiado complejo en Xinan, el de la corte, el de hombres y mujeres, el de polvo y ruido, en el que no había estado preparado para decidir qué era o qué quería ser.
¿Otoño? Ella había dicho «otoño». ¿Qué había ocurrido en otoño? Hoy le acababan de decir que…
Sí, encajaba. Se deslizaba en su sitio como la rima en un pareado.
—Aconseja a Wen Zhou —afirmó con rotundidad—. Está al lado del primer ministro.
Solo la podía ver como una forma en la oscuridad.
—Sí. Tu hermano es su consejero principal. El primer ministro Wen nombró a Shen Liu comandante de un millar en el Ejército del Dragón Volador en Xinan.
Rango simbólico, soldados simbólicos. Una guardia de palacio honorífica, formada por los hijos de aristócratas o mandarines de rango superior, o sus primos. En formación, vestidos con uniformes suntuosos, durante los desfiles o los partidos de polo, las ceremonias y los festivales, famosos por su ineptitud en el combate real. Un rango militar era una forma de acortar el luto y traer a la capital al hombre que necesitabas…
—Lo siento —repitió ella.
Tai se dio cuenta de que llevaba un buen rato en silencio.
Movió la cabeza.
—Es un gran honor para nuestra familia —comentó—. Aun así, sigue sin valer la pena matarme. Wen Zhou tiene poder, y Lluvia de Primavera es ahora suya. Mi hermano ocupa una posición a su lado, y un rango, cualquiera que sea. No hay nada que yo pudiera hacer, o quisiera hacer, con respecto a ninguna de estas dos cosas. Aquí hay una pieza más. Tiene que haberla. ¿Tú…, Lluvia, sabía algo más?
—La dama Lin Chang dijo que me preguntarías esto —respondió ella con cautela—. Te tenía que contestar que ella está de acuerdo, pero que no sabía qué podía hacer cuando se enteró de la conspiración para matarte, y mandó buscar a un Kanlin.
¿Lin Chang?
Ya no tendría un nombre del Distrito Norte. No como concubina en la mansión urbana del primer ministro del imperio. Allí no te llamaban Lluvia de Primavera. Se preguntaba cuántas mujeres habría allí. Cómo sería su vida.
Había corrido un riesgo tremendo por él. Contratar a su propio Kanlin: no tenía ni idea de cómo lo había hecho. No les iba a resultar difícil imaginarse quién había enviado a esta mujer en persecución de la otra si…
—Quizá eso fue lo mejor, que no me alcanzases a tiempo —reflexionó Tai—. Ahora ya no les resultará fácil relacionarte con ella. Te encontré y te contraté en el camino. La asesina murió a manos de soldados taguran.
—Yo también lo he pensado —reconoció ella—. Aunque mi fracaso es una mancha en mi nombre.
—No fracasaste —replicó Tai, impaciente.
—Lo tendría que haber descubierto de alguna manera y venir directamente aquí.
—¿Y delatarla? Lo acabas de decir. El honor Kanlin es una cosa, la idiotez otra distinta.
Oyó cómo movía los pies.
—Ya veo. ¿Y serás tú quien decida qué es qué? Tu amigo podría seguir vivo si yo hubiera sido más rápida.
Era cierto. Era infelizmente verdad. Pero entonces la vida de Lluvia de Primavera estaría en peligro.
—No creo que hayas querido hablarme de la forma en la que acabas de hacerlo.
—Mis más humildes disculpas —reconoció en un tono que la contradecía.
—Aceptadas —murmuró Tai, ignorando el tono. De repente, ya era suficiente—. Tengo mucho en que pensar. Ahora será mejor que te vayas.
Ella no se movió durante un momento. Casi podía sentir cómo lo estaba mirando.
—Estaremos en Chenyao dentro de cuatro o cinco días. Allí podrás tener una mujer. Estoy segura de que eso ayudará.
El tono decía mucho más que las palabras, un rasgo de los Kanlin que recordaba. Wei Song hizo una reverencia —Tai lo pudo vislumbrar— y salió, haciendo crujir los listones del suelo.
Oyó cómo cerraba la puerta a sus espaldas. Tai seguía sosteniendo las sábanas para cubrir su desnudez. Se dio cuenta de que tenía la boca abierta. La cerró.
Pensó, un poco desesperado, que con los fantasmas había sido más sencillo.
5
Para un oficial acostumbrado a tomarlas, algunas decisiones no son difíciles, en especial cuando se tiene una noche para analizar la situación.
El comandante de la Fortaleza de la Puerta de Hierro dejó claro a su invitado de Kuala Nor que los cinco guardias que le había asignado no eran negociables. Su muerte prematura, de acontecer, se cargaría —sin ninguna duda— sobre el incompetente comandante de fortaleza que le permitió cabalgar hacia el este con un solo (pequeño y además mujer) guardia Kanlin.
En el patio, justo después del desayuno, el comandante indicó, cortés pero sin sonreír, que aún no estaba preparado para cumplir una orden de suicidio y destruir las perspectivas de sus hijos si a Shen Tai le ocurría cualquier tragedia en el camino. Maese Shen recibiría una escolta adecuada, de manera que tendría a su disposición las postas militares, en las que podría pasar las noches de camino a Chenyao, capital de la prefectura, y la noticia de los caballos —tal como habían acordado— le precedería hasta Xinan.
Era posible que el gobernador militar quisiera destinar más soldados a la escolta cuando Shen Tai llegase a Chenyao. Evidentemente, tendría libertad para decidir si en ese momento enviaba a los cinco jinetes de regreso a la Puerta de Hierro, pero el comandante Lin se permitía expresar su esperanza de que los retuviera a su lado, después de comprobar su lealtad y competencia.
La idea no pronunciada era que su presencia, cuando entraran en la capital, podría ser un recordatorio de la implicación de la Puerta de Hierro en el asunto de los caballos y en su llegada sanos y salvos, en algún momento del futuro.
Estaba claro que su invitado no se sentía feliz con todo esto. Mostraba signos de estar molesto.
El comandante Lin pensó que su estado emocional podría deberse al largo tiempo que llevaba en soledad, pero si era así, tendría que cambiarlo cuanto antes. Esta mañana era un buen momento para hacerlo.
Y cuando la guardia Kanlin dejó claro que no se podía responsabilizar ella sola de la protección de Shen Tai, sobre todo cuando el caballo sardio que montaba era una incitación tan obvia al robo y al asesinato, el hijo del difunto general accedió. Tenía que admitir que lo había hecho con gracia y cortesía.
Seguía siendo un tipo extraño y difícil de controlar.
Lin Fong podía ver por qué había abandonado el ejército hacía unos años. Los militares preferían —invariablemente— a aquellos que se pudieran definir con facilidad, atribuirles funciones, comprenderlos y controlarlos.
Este, intenso y observador, de apariencia más deslumbrante que convencionalmente atractiva, prestó un servicio militar breve, con un destino de caballería más allá de la Gran Muralla. Pasó también un período entre los Kanlin en la Montaña del Tambor de Piedra (ahí tenía que haber una historia). Y había estado estudiando para los exámenes del servicio civil en Xinan cuando murió su padre. Lin Fong pensó que eran muchas carreras para un hombre aún joven. Quizá esto mostraba algo errático en él.
Además, y esto era significativo, resultaba evidente que Shen Tai había tenido tratos con el nuevo primer ministro y que no fueron necesariamente cordiales. Eso era un problema, o podía serlo. «Sé quién es» no ofrecía muchas pistas, pero sí que las ofrecía el tono con que lo había pronunciado, para alguien que solía captar los matices.
Considerando todo esto, el comandante Lin había tomado una decisión en algún momento de la noche.
Esta incluía el ofrecimiento al otro hombre de una suma considerable de sus propios recursos. Los ofreció como un préstamo —un gesto para salvar la cara—, dejando claro que esperaba que se los devolviera en algún momento, pero subrayando que un hombre que viajaba con las noticias que llevaba Shen Tai no podía emprender dicho viaje, o llegar a la corte, sin dinero.
Sería poco digno y desconcertante para los demás. Se podría dar una disonancia entre sus circunstancias actuales y la promesa futura, que podría incomodar a las personas con las que se encontrase. En tiempos difíciles, era importante evitar dichos desequilibrios.
La solución resultaba obvia. Shen Tai necesitaba fondos en ese momento y Lin Fong tenía el honor de ocupar una posición que le permitía ayudarlo. ¿Qué más había que discutir entre hombres civilizados? Lo que trajese el futuro acabaría llegando en cualquier caso, afirmó el comandante.
Los hombres apuestan con sus juicios, sus alianzas, sus recursos. El comandante Lin lo estaba haciendo esa mañana. Si Shen Tai moría en el camino o en Xinan (de forma clara), seguía existiendo una familia distinguida a la que se podía acercar para recuperar su dinero.
Por supuesto, no era necesario decirlo. Uno de los placeres de tratar con hombres inteligentes, afirmó Lin Fong, contemplando cómo siete personas salían cabalgando por la puerta oriental bajo la luz de la primera hora de la mañana, residía en todo lo que no era necesario decir.
Los cinco soldados representaban una protección para Shen Tai y para los intereses del Segundo Distrito. Las tiras de monedas eran la inversión particular de Fong. Estar atado a este lugar totalmente aislado resultaba frustrante, lo había sido desde el principio, pero cuando era así y no podía hacer nada para evitarlo, un hombre debía tirar la caña, como un pescador en el río, y esperar a que algo mordiera el anzuelo.
Había hecho otra cosa más y se sentía plácidamente contento consigo mismo al pensar en ello. Shen Tai llevaba unos documentos, al igual que los mensajeros que ya habían partido, en los que se establecía que el comandante de la Fortaleza de la Puerta de Hierro lo había nombrado oficial de caballería en el Segundo Distrito Militar, actualmente de permiso para atender asuntos personales.
Si era un oficial, el período de luto de Shen Tai ya había concluido. Era libre para regresar a Xinan. Esto, como había señalado el comandante Lin, no era algo trivial. Si había personas dispuestas a matarlo incluso antes de lo de los caballos, no iban a dudar en invocar un fallo en su honor debido a los ritos ancestrales para desacreditarlo. O incluso en allanar el camino para la confiscación de sus bienes, que podían incluir…
Lin Fong siempre había creído que se podían decir muchas cosas eligiendo los silencios con precisión.
Shen Tai había dudado. Tenía unos pómulos prominentes, esos ojos extrañamente hundidos (¿un indicio de sangre extranjera?), el modo en que apretaba los labios cuando pensaba. Al final, hizo una reverencia y expresó su agradecimiento.
Un hombre inteligente, sin ninguna duda.
El comandante se encontraba en el patio más oriental para verlos partir. Las puertas se cerraron y quedaron atrancadas con las pesadas vigas de madera. No era necesario hacerlo, nadie venía desde ese lado, no amenazaba ningún peligro, pero era lo correcto, y Lin Fong creía en actuar correctamente. Los rituales y las normas eran lo que evitaba que la vida rodara hacia el caos.
Mientras regresaba a ocuparse del papeleo (siempre había papeleo), escuchó a un soldado en la muralla que empezaba a cantar, y después otros más se unieron a él:
Durante años de guardia en el Paso de la Puerta de Hierro
hemos visto cómo la hierba verde se convierte en nieve.
El viento que recorre un millar de li
se abate sobre los muros de la fortaleza…
El aire estuvo incómodamente tranquilo durante el resto del día. Al atardecer llegó finalmente la tormenta, alzándose desde el sur; cortinas de rayos cortaban el cielo. Cayó una lluvia pesada y fuerte, que llenó las cisternas y los pozos, y convirtió los patios en lagos embarrados, mientras los truenos rodaban y retumbaban. Pasó, como pasan siempre las tormentas.
Esta continuó hacia el norte, alejándose con la misma rapidez con la que había llegado. A última hora del día, regresó un sol bajo, brillando rojo a través de la quebrada mojada que conducía a Kuala Nor. El comandante Lin decidió que la tormenta explicaba la sensación de tensión crispada que había tenido durante todo el día. Se sintió mejor ahora que se daba cuenta de ello. Prefería que hubiera explicaciones para lo que ocurría: en el cielo, en la tierra, en la soledad de su ser.

El sendero descendía hacia el pie de las montañas, en dirección a los campos de grano y las aldeas, y después, a través de un terreno pantanoso y llano, al sur del río. Este era territorio de tigres. Dispusieron guardias las noches que decidieron acampar entre dos postas, y oyeron el rugido de las criaturas, pero no vieron ninguna.
Se palpaba cierta tensión entre los soldados y la mujer, pero no más de la que se podría esperar. Wei Song se mantenía apartada la mayor parte del tiempo, cabalgando al frente. Eso era parte del problema —que ella dirigiera el grupo—, pero en cuanto Tai se dio cuenta, lo convirtió en una orden que le dio, y los hombres del fuerte la aceptaron como tal.
Llevaba el cabello muy recogido y mantenía una actitud alerta. Su cabeza estaba siempre en movimiento mientras observaba el camino que tenían por delante y el terreno a ambos lados. Por las noches, no decía casi nada, junto al fuego o en las posadas. Eran suficientes —siete, bien armados—, de manera que no tuvieron miedo de encender un fuego cuando acampaban, aunque en esta región también había bandidos.
A medida que descendían, cabalgando hacia el este, Tai sintió que el aire se volvía más pesado. Había pasado mucho tiempo en las montañas. Una mañana, se acercó a la mujer y cabalgó a su lado. Ella lo miró, pero después volvió la vista hacia el frente.
—Sé paciente —murmuró ella—. Esta noche estaremos en Chenyao, o como muy tarde, mañana a primera hora. Seguramente, los soldados te podrán recomendar las mejores casas en las cuales poder conseguir chicas.
Tai vio —no podía evitarlo— la diversión en su cara.
Había que acabar con esto. Al menos era lo que a él le parecía.
—¿Pero cómo te iba a satisfacer a ti —preguntó en serio— si calmo mi pasión con una cortesana, dejándote llorando, desconsolada, en cualquier escalinata de mármol?
Ella se sonrojó, lo que hizo que Tai se sintiera contento y después ligeramente arrepentido, pero solo ligeramente. Ella había empezado, en su habitación en el fuerte. Sabía quién debía de estar detrás de lo que ella le había dicho entonces sobre las mujeres. ¿Era normal que Lluvia hubiera confiado a una guardaespaldas contratada la naturaleza íntima de la persona a la que iba a proteger? No lo creía.
—Conseguiré controlar mi deseo —respondió la mujer, mirando directamente hacia delante.
—Estoy seguro de ello. Pareces muy bien entrenada. Podemos hacer que los demás esperen y nos alejamos un poco, al otro lado de aquellos árboles…
Ella no se volvió a sonrojar.
—Lo harás mejor en Chenyao —concluyó.
Habían entrado en una región más poblada. Tai vio moreras y un sendero que conducía al sur, hacia una granja de seda: los edificios estaban ocultos detrás de los árboles, pero se veía una bandera.
Hacía unos años había pasado tres semanas en uno de esos, extrañamente curioso. O sin dirección, para ser más precisos. Hubo un período en su vida en que fue así. Después de su etapa en el norte, más allá de la Gran Muralla. Allí le habían ocurrido algunas cosas.
Recordaba el sonido en la habitación en la que se guardaban las bandejas con los gusanos de seda y se los alimentaba, día y noche, hora tras hora, con hojas de morera blancas: un ruido como el de la lluvia sobre el tejado, interminable.
Mientras eso ocurría, en un momento de una perfección necesaria e importante, se controlaba la temperatura y se evitaba que entraran en la habitación todos los olores y la menor ráfaga de viento. Incluso en las habitaciones cercanas se hacía el amor sin emitir ningún ruido, no fuera que los gusanos de seda se asustaran o molestasen.
Se preguntaba si esta mujer Kanlin lo sabía. Se preguntaba por qué le importaba.
Poco después de eso, apareció un zorro en la linde de los árboles, a la derecha del camino.
Wei Song se detuvo, levantando rápidamente la mano. Se volvió en la silla para encarar al animal. Uno de los hombres rio, pero otro hizo un gesto advirtiendo de un peligro.
Tai miró a la mujer.
— ¡No es posible! —exclamó—. ¿Crees que es una daiji?
—¡Calla! Nombrarla es mucho más que una locura —respondió—. ¿Y por cuál de nosotros crees que estaría aquí una mujer zorro?
—En absoluto creo que esté aquí —replicó Tai—. No creo que cualquier animal que se vea en el bosque sea una criatura del mundo de los espíritus.
—No cualquier animal —corrigió ella.
—¿Qué viene ahora, la aparición del Quinto Dragón en el cielo rojo y la caída del Noveno Cielo?
—No —respondió ella, apartando la mirada.
Resultaba inesperado que esta guerrera Kanlin, tan seca y tranquila, creyera de un modo tan obvio en leyendas de mujeres zorro. Ella seguía mirando al zorro, un borrón de color en el bosque. Tai vio que les devolvía la mirada, pero eso era normal. Los jinetes eran una posible amenaza que era necesario observar.
—No deberías ser tan imprudente hablando de los espíritus, pronunciando sus nombres —le advirtió Wei Song en voz baja, de manera que solo Tai pudiera oírla—. No podemos entender todo lo que existe en el mundo.
Y esa última frase lo golpeó con fuerza, enviándolo de regreso a un tiempo muy remoto.
El zorro desapareció en el bosque. Ellos siguieron cabalgando.

La única vez que había estado al mando de caballería había sido al norte de la muralla, de campaña entre los nómadas. Había mandado a cincuenta soldados, no solo a cinco jinetes como ahora.
El mando de un dui era mucho más de lo que se merecía, pero Tai era lo bastante joven como para sentir que la fama y el rango de su padre simplemente le habían abierto una puerta para que demostrase lo que podía hacer, lo que se merecía honestamente. Él le había dado la bienvenida a la oportunidad para probarse a sí mismo.
Ahora no quería recrearse en ello, después de todos esos años, pero al encontrarse de nuevo entre soldados, cabalgando por un terreno abierto hacia un cambio de vida, parecía que resultara inevitable que sus pensamientos volvieran a esos momentos.
En esa época entre los bogü se iniciaron los cambios en su vida. Antes de eso, creía que sabía cuál iba a ser su curso. Después, se vio sacudido, inseguro. A la deriva durante mucho tiempo.
Había explicado lo que aconteció, cómo había terminado, lo mejor que pudo. Primero a sus superiores y luego a su padre cuando ambos regresaron a casa. (No a sus hermanos: uno era demasiado joven, el otro no era un confidente).
Se le permitió que renunciara honorablemente a rango y destino, abandonando el ejército. Era inusual. Ir a la Montaña del Tambor de Piedra un tiempo después había sido útil, quizá incluso una etapa conveniente, aunque dudaba que los maestros Kanlin en la montaña lo vieran de esa misma manera, porque también los había abandonado.
Pero después de lo que había ocurrido en las estepas del norte durante ese otoño, no sorprendía que un hombre joven quisiera pasar algún tiempo buscando una guía espiritual, disciplina, austeridad.
Tai recordaba que se sorprendió cuando sus superiores militares creyeron su historia del norte, y más aún de los indicios de comprensión que vio en ellos. La comprensión no se consideraba una fortaleza, mucho menos una virtud, entre los rangos superiores de la escala del ejército kitan.
Hasta más adelante no se dio cuenta de que sus hombres y él no habían sido los primeros o los únicos que encontraron cosas extrañas y terroríficas entre los bogü. Durante todos estos años se había preguntado sobre otras historias; nadie le dio nunca nombres, ni le contó lo que había ocurrido.
Nadie le culpó de lo que había pasado.
Y eso también lo había sorprendido. Aún le sorprendía. Un rango militar traía consigo responsabilidades, consecuencias. Pero parecía que el punto de vista oficial era que ciertos encuentros entre hombres civilizados y el salvajismo en tierras bárbaras no los podía anticipar o controlar ningún oficial. La conducta ordinaria de los soldados se podía romper en esos lugares.
Los kitan sentían superioridad y desdén hacia todos aquellos que se encontraban más allá de sus fronteras, pero también miedo cuando salían de su patria, por más que lo negasen. Se producían mezclas peligrosas.
Durante mucho tiempo, sus ejércitos habían convivido con los nómadas para asegurar la sucesión de los jefes —los kaghan— que disfrutaban de su favor. Una vez penetraban al norte de la muralla y de sus torres de vigilancia, vivían en terreno abierto o en fuertes aislados entre los bogü o los shuoki, luchando en el bando de los casi humanos o contra ellos. No era razonable esperar que los hombres se comportasen como si estuvieran en destinos nacionales en el Gran Canal o entre los campos de arroz de verano, protegiendo a los campesinos contra los bandidos o los tigres.
Manipular la sucesión bogü era importante. El Palacio de Ta-Ming tenía un interés considerable en quien gobernaba a los nómadas y en cuán dispuesto estaría a ofrecer docilidad a lo largo de la frontera y a sus caballos de pelaje espeso a cambio de títulos honoríficos vacíos, telas de seda de calidad inferior y la promesa de apoyo contra el siguiente usurpador.
A menos, por supuesto, que el siguiente usurpador ofreciera condiciones más atractivas.
Las tierras de pastoreo de los nómadas, divididas entre tribus rivales, se extendían desde la muralla hasta el norte helado entre bosques de abedules y pinos, más allá de los cuales se decía que el sol desaparecía durante todo el invierno y nunca se ponía en verano.
Esas tierras heladas y lejanas no importaban, excepto como fuente de pieles y ámbar. Lo que importaba eran los extremos más cercanos, donde las tierras de los nómadas hacían frontera con Kitai —y bordeaban las Rutas de la Seda— en toda su extensión desde los desiertos hasta el mar Oriental. La Gran Muralla mantenía a los nómadas fuera la mayor parte del tiempo.
Pero la bifurcación septentrional de las grandes rutas comerciales se curvaba a través de las estepas, y por eso el flujo lucrativo de lujos que llegaba al glorioso Imperio kitan dependía en gran medida de que las caravanas de camellos quedaran a salvo del saqueo.
El Imperio taguran, en el oeste, era otra amenaza, por supuesto, y requería soluciones diferentes, pero hacía algún tiempo que los taguran estaban tranquilos, comerciando con los que tomaban el ramal meridional de la ruta, cobrando peajes y aduanas en las fortalezas más alejadas que controlaban. Adquiriendo caballos sardios.
Xinan no estaba contento con esta situación, pero podía vivir con ella, o esa era la decisión que se había tomado. Tagur y su rey habían sido sobornados para abandonar el mal camino, entre otras cosas, con una esbelta princesa kitan, después de una de las guerras que habían desangrado a ambos imperios.
La paz en las diferentes fronteras podía reducir las posibilidades de gloria de un emperador, pero el emperador Taizu llevaba reinando desde hacía mucho tiempo y había ganado batallas suficientes. La riqueza y las comodidades, la construcción de la que sería su tumba al norte de Xinan (indescriptiblemente colosal, ensombreciendo la de su padre), días lánguidos y noches con la Querida Consorte y con la música que interpretaba… Para un emperador anciano parecía la compensación más adecuada.
Que el pulcro e inteligente primo de Wen Jian, Zhou, sea primer ministro si lo desea (y si ella lo quiere). Que sea él, después de cuarenta años de reinado, quien se pelee con las complejidades de la corte, del ejército y de los bárbaros. Uno podía cansarse de todo eso.
El emperador tenía una mujer para que le interpretase música y bailara para él. Tenía que cumplir con rituales y consumir polvos cuidadosamente dosificados —con ella— en la búsqueda de la ansiada inmortalidad. Era posible que nunca fuera a tener necesidad de su tumba si los alquimistas lograban alinear las tres estrellas del Cinturón del Orión, la constelación de la Novena Dinastía, con los méritos del emperador y su deseo.
¿Y en cuanto a los jóvenes ambiciosos del imperio? Bueno, se habían librado constantemente combates entre los bogü y sus rivales orientales, los shuoki, así como sus propias guerras tribales, que aún proseguían.
Los oficiales militares y los jóvenes aristócratas (y también los hombres valientes de cuna nada distinguida) siempre habían sido capaces de satisfacer en alguna parte el hambre de sangre y gloria alcanzada mediante la espada. Ahora tocaba hacerlo en el norte, donde el vacío de las inmensas praderas podía empequeñecer al hombre, o cambiar su alma.
A Shen Tai, segundo hijo del general Shen Gao, esto último fue lo que le ocurrió hacía algunos años, un otoño entre los nómadas.
Se les explicó que los malos espíritus, enviados por los enemigos tribales, habían atacado el alma de Meshag, el hijo de Hurok.
Hurok había sido el kaghan escogido por el Ta-Ming, el hombre que iban a apoyar en las tierras esteparias.
Su hijo mayor, un hombre que estaba en la flor de la vida, había caído gravemente enfermo —no respondía, casi no respiraba— de repente, en plena campaña. Se determinó que los chamanes del enemigo habían invocado a los espíritus oscuros contra él: eso es lo que les manifestaron los nómadas a los soldados kitan que se encontraban entre ellos.
Los oficiales imperiales no sabían cómo habían llegado a esa conclusión, o por qué afirmaban que la magia se había dirigido contra el hijo y no contra el padre (aunque algunos tenían por entonces su propia opinión acerca de cuál de los dos era más valioso). Este asunto de la magia bogü —chamanes, tótems animales, viajes espirituales abandonando el cuerpo— era sencillamente demasiado extraño, demasiado bárbaro, para expresarlo con palabras.
Solo se les informó por cortesía, y se les contó lo que parecía que iban a hacer en un esfuerzo desesperado por curar al hombre enfermo. Esto último había obligado a los líderes del ejército enviado al norte desde Kitai a reflexionar profundamente.
Hurok era importante y, por eso, también lo era su hijo. El padre había enviado presentes privados en señal de lealtad y ofrecimiento a la Gran Muralla durante la primavera: buenos caballos, pieles de lobo y dos mujeres jóvenes, aparentemente sus propias hijas, para que se unieran a las diez mil concubinas del emperador en su ala del palacio.
Resultó que Hurok estaba dispuesto a emprender una revuelta contra el kaghan gobernante, su cuñado, Dulan.
Dulan no había enviado tantos caballos o pieles.
En su lugar, sus enviados habían traído caballos débiles y de huesos pequeños, algunos con cólicos, al amplio meandro del Río Dorado, donde se producía el intercambio cada primavera.
Los emisarios del kaghan se encogieron de hombros e hicieron muecas, escupieron y gesticularon, cuando los kitan señalaron estas deficiencias. Se excusaron con que los pastos de aquel año habían sido pobres, que había demasiadas gacelas y conejos y que se había extendido una enfermedad entre las manadas.
Sus monturas parecían recias y saludables.
A los mandarines de alto rango encargados de evaluar dicha información para el Emperador Celestial, les pareció que Dulan Kaghan se creía demasiado seguro de sí mismo, quizá incluso se mostraba algo resentido con respecto a esta obligación anual con el lejano Xinan.
Se decidió que era el momento de enviar un recordatorio del poder que tenía Kitai. Se había abusado de su paciencia. Una vez más, el emperador había sido demasiado generoso, demasiado indulgente con los pueblos inferiores y la insolencia de estos.
Se invitó con discreción a Hurok para que contemplase un futuro más próspero. Lo aceptó con alegría.
Quince mil soldados kitan marcharon hacia el norte a finales de ese verano, más allá del meandro del río, al otro lado de la muralla.
Dulan Kaghan, con sus propias fuerzas y seguidores, estaba inmerso desde entonces en una retirada estratégica, y resultaba dificilísimo de atrapar en la vastedad de las praderas, esperando a sus aliados del norte y del oeste, y al invierno.
En las estepas no existían ciudades que se pudieran saquear y quemar, ni fortalezas enemigas que se pudieran sitiar y someter por hambre, ni cosechas que se pudieran destruir o capturar, y actuaban en nombre del hombre que tenía la necesidad de reclamar la confianza de los nómadas después del conflicto. Era una forma diferente de librar la guerra.
Estaba claro que la clave residía en encontrar las fuerzas de Dulan y combatir con ellas. O solo matar al hombre, de una forma o de otra. Sin embargo, Hurok, según la opinión creciente de los oficiales del ejército expedicionario de Kitai, se estaba mostrando como una figura débil: una pieza de cerámica frágil que no contenía nada más que ambición.
Bebía kumiss desde las primeras luces, pasaba borracho la mayor parte del día, cazando lobos con dejadez, o sesteando en su yurta. No había nada malo en un hombre bebido, pero sí si lo estaba en campaña. Su hijo mayor, Meshag, era una vasija mejor horneada, y eso fue lo que informaron.
De hecho, Meshag, con el que se habló en privado, no parecía que sintiera una gran aversión a la sugerencia de que podía aspirar a algo más que a ser simplemente el hijo más fuerte de un kaghan en potencia.
En esencia, estos nómadas de las estepas no eran un pueblo demasiado sutil, y el Imperio de los kitan, entre otras muchas cosas, había tenido cerca de mil años y nueve dinastías para perfeccionar las artes de la manipulación política.
Existían libros sobre el tema, que memorizaba cualquier funcionario civil competente. Formaban parte de los exámenes.
«Considera y evalúa las doctrinas enfrentadas que surgen de los escritos de la Tercera Dinastía sobre la conducta apropiada respecto a los problemas sucesorios entre los estados tributarios. Se espera que cites pasajes de los textos. Aplica tu doctrina preferida a la resolución de los problemas actuales relacionados con el suroeste y los pueblos a lo largo de las costas del mar de las Perlas. Concluye con un poema de seis líneas en versos regulares que resuma tu propuesta. Incluye en este poema una referencia a los cinco pájaros sagrados».
Por supuesto, la valoración de este trabajo también incluía una evaluación de la calidad de la caligrafía de los candidatos. Tipografía formal, no cursiva.
¿Con quién se pensaban que estaban tratando estos bárbaros ignorantes y cubiertos de grasa, que con mucha frecuencia iban con el pecho descubierto, el cabello grasiento y hasta la cintura, oliendo a sudor, leche fermentada, estiércol de ovejas, y con sus caballos?
Pero antes de poner en práctica este nuevo plan para la sucesión bogü, el joven Meshag cayó enfermo en su campamento, precisamente al atardecer de un ventoso día otoñal.
Había estado de pie junto a una hoguera, con una copa de kumiss en una mano, riéndose de un chiste; un hombre alegre. Entonces, la copa se le desprendió de la mano y cayó en la hierba pisoteada, se le doblaron las rodillas y se derrumbó de lado, casi sobre el fuego.
Se le cerraron los ojos y no los volvió a abrir.
Sus mujeres y seguidores, extravagantemente angustiados, dejaron claro que lo habían provocado los poderes oscuros: había señales inequívocas. Su propio chamán, pequeño y tembloroso, lo confirmó, pero admitió, por la mañana, después de pasar la noche cantando y tocando el tambor al lado de Meshag, que era incapaz de formular una respuesta con la que pudiera expulsar a los espíritus malignos del hombre inconsciente.
Solo alguien al que llamaban «el chamán blanco del lago» podía dominar la oscuridad que habían enviado para reclamar el alma de Meshag y expulsarla.
Parecía que el lago se encontraba a muchas semanas de viaje hacia el norte. Los bogü dijeron que partirían a la mañana siguiente, con Meshag a cuestas en una litera cubierta. No sabían si podrían mantener su alma cerca de su cuerpo durante tanto tiempo, pero no había más alternativa. El pequeño chamán viajaría con ellos, haciendo todo lo que pudiera.
Creyera lo que creyese la fuerza expedicionaria kitan, no había gran cosa que se pudiera hacer. Los médicos del ejército, convocados para tomar el pulso del hombre y medir su aura, estaban desconcertados. Respiraba, el corazón latía, pero no abría los ojos. Cuando le levantaban los párpados, los ojos se veían inquietantemente negros.
Para bien o para mal, Meshag era ahora una pieza de la estrategia imperial. Si moría, habría que realizar cambios. De nuevo. Se decidió que un grupo de su caballería fuera también al norte con la partida, para mantener una presencia kitan e informar inmediatamente si moría el hombre.
Su muerte era lo que esperaban. La noticia saldría inmediatamente hacia Xinan. El oficial de caballería destinado a cabalgar hacia el norte con los bogü debía aplicar su mejor criterio en todas las situaciones que fueran surgiendo. Sus hombres y él estarían muy lejos, desesperadamente aislados de todos los demás.
Shen Tai, hijo de Shen Gao, fue el seleccionado para dirigir este contingente.
Si esa decisión contenía un elemento de castigo no expresado porque el joven ocupaba un rango que no se había ganado, posiblemente no se podía pedir responsabilidades a nadie por ordenarle dicha tarea.
¿Era un honor, o no, que lo enviasen al peligro? ¿Qué más podía desear un oficial joven? Era una oportunidad para alcanzar la gloria. ¿Por qué otra razón estaban allí? No te unes al ejército para llevar una vida de meditación. Si era eso lo que querías, podías hacerte ermitaño del Camino, comer bellotas y bayas en una cueva en la ladera de una montaña.
Adoraban al Dios Caballo y al Señor del Cielo.
El Hijo del Cielo era el Dios de la Muerte. Su madre moraba en el Lago Sin Fondo, muy lejos, al norte. En invierno se helaba.
No, este no era ahora el lago de su viaje; se encontraba mucho más al norte, vigilado por demonios.
En el otro mundo, todo iba al revés. Los ríos nacían en el mar, el sol salía por el oeste, el invierno era verde. Los muertos eran tendidos para descansar en la hierba, insepultos, para que los consumieran los lobos y volver así al cielo. Platos y cerámicas se disponían boca abajo o se rompían junto al cuerpo, los alimentos se derramaban, se rompían las armas, de manera que el muerto pudiera reconocerlos y reclamarlos en el mundo al revés.
Los cráneos de los caballos sacrificados (ciervos con cornamenta en el norte) se abrían con hachas o espadas. Los animales se reconstituían, enteros y corriendo, en el otro lugar, aunque los blancos serían negros y los oscuros, claros.
Una mujer y un hombre eran desmembrados a mediados del verano en ritos que solo podían presenciar los chamanes, aunque miles de nómadas procedentes de todas las estepas bajo el alto cielo se reunían para la ocasión.
Los chamanes que participaban en el ritual llevaban espejos metálicos alrededor del cuerpo y campanas, de manera que los demonios se asustasen con los sonidos o con su espantoso reflejo. Cada chamán tenía un tambor que él o ella había construido después de ayunar solo en la hierba. Los tambores se utilizaban también para ahuyentar a los demonios. Estaban fabricados con pieles de oso, de caballo o de ciervo. Las pieles de tigre eran raras e indicaban un gran poder. Nunca pieles de lobo. La relación con los lobos era compleja.
Algunos de los futuros chamanes morían durante el ayuno. Algunos eran asesinados en sus experiencias extracorpóreas entre los espíritus. Los demonios podían triunfar, atrapar el alma de un hombre, llevársela como premio a su reino rojo. De eso se ocupaban los chamanes: de defender a los hombres y a las mujeres comunes, de intervenir cuando los espíritus del otro lado se acercaban con maldad, ya fuera por sus propios deseos oscuros o porque se les invocaba.
Sí, se les podía invocar. Sí, los jinetes creían que eso era lo que había ocurrido ahora.
A medida que se desplazaban lentamente hacia el norte con treinta de su propio dui y quince nómadas, acompañando a la litera cubierta de cortinas de Meshag, Tai no podría haber explicado por qué se planteaba tantas preguntas, por qué sentía un ansia tan grande de obtener respuestas.
Se decía a sí mismo que se debía a la larga duración del viaje a través de una extensión de vacío. Cabalgaban día tras día, y las praderas apenas cambiaban. Pero había algo más aparte del tedio, y Tai lo sabía. El estremecimiento que sentía ante los retazos de información que les ofrecían los jinetes iba mucho más allá de aliviar el aburrimiento.
Vieron gacelas, grandes manadas, casi inimaginables por su enormidad. Vieron grullas y gansos volando hacia el sur, oleada tras oleada, a medida que se acercaba el otoño, tiñendo de colores rojos y ámbar las hojas. A medida que abandonaban las praderas aparecían más árboles y más colinas redondeadas. Una tarde vieron cisnes brillando en una laguna. Uno de los arqueros de Tai los señaló, sonrió y sacó el arco. Los bogü lo detuvieron con gritos de amenaza y alarma.
Nunca mataban cisnes.
Los cisnes llevaban al otro mundo el alma de los muertos, y si al alma que transportaban se le negaba su destino, podía perseguir al cazador —y a sus compañeros— hasta el final de sus propios días.
¿Cómo podía explicar Tai que al escuchar todo esto se le acelerara el corazón, que la extrañeza de todo esto hiciera que le diera vueltas la cabeza?
Era casi indigno: los kitan eran famosos por su desdén y solo se permitían mostrar cierta diversión lánguida ante las creencias primitivas de los bárbaros en sus fronteras. Creencias que confirmaban su naturaleza casi inhumana, lo adecuado en un mundo estrictamente ordenado y dominado por los kitan. ¿En serio? ¿Un pueblo que dejaba que los lobos devorasen a sus muertos?
Se dijo a sí mismo que estaba reuniendo información para su informe, que sería útil tener una visión más amplia de los bogü, que facilitaría su dirección y control. Podría haber sido incluso verdad, pero este razonamiento no explicaba por qué se sentía de ese modo cuando le contaban, mientras cabalgaban al lado de bosques de abedules de hojas carmesíes y doradas, y de demonios de tres ojos en el norte entre los témpanos de hielo, cómo a los hombres de por allí les nacía pelo en otoño, como osos, e hibernaban, o cómo, durante el Festival del Sol Rojo de mediados del verano, se detenían todas las guerras en la pradera a causa de los ritos del Dios de la Muerte, que ejecutaban los chamanes de todas las tribus con campanas y tambores retumbantes.
Los chamanes. Los bogü estaban detrás o en el corazón de muchos de los cuentos. Llevaban a Meshag a uno de ellos. Si conseguía sobrevivir. A Tai le dijeron que era una chamán poderosa. Moraba a la orilla de un lago, remoto y misterioso. Si se la recompensaba suficientemente y se le suplicaba con ardor, podía intervenir.
«Ella». Eso también era interesante.
El viaje los estaba llevando a territorios controlados por el kaghan actual, Dulan, su enemigo. Esa era otra razón por la que Tai y sus treinta soldados de caballería acompañaban al grupo, cabalgando por un terreno cada vez más abrupto, vestido con los colores rojizos del otoño, y pasaban de largo junto a bosquecillos brillantes como joyas de alerces y abedules, bajo un frío cada vez más intenso. Les interesaba lo que le ocurriera a Meshag, su supervivencia, por poco probable que pareciese con cada día que pasaba.
Seguía respirando. Tai miraba dentro de la litera para confirmarlo cada mañana, a mediodía y al ponerse el sol, soportando las miradas cansadas y hostiles del pequeño chamán que nunca se apartaba del lado de Meshag. El paciente yacía boca arriba bajo una sábana de crin de caballo, respirando superficialmente, sin moverse nunca. Si moría, los bogü lo dejarían bajo el cielo y regresarían.
Tai podía ver su propio vaho condensado cuando montaban con las primeras luces. El día se iba calentando a medida que el sol ascendía en el cielo, pero las mañanas y las noches eran frías. Se encontraban tan lejos del imperio, de cualquier lugar civilizado, en tierras incómodamente extrañas… Ahora ya se había acostumbrado al aullido de los lobos, aunque todos los kitan —un pueblo campesino— los odiaban con una intensidad que venía de muy lejos.
Algunos de los grandes gatos que rugían por las noches eran tigres, a los que conocían, pero otros no lo eran. Estos sonaban diferente, más fuerte. Tai observaba a sus hombres a medida que crecía su inquietud con cada li que se alejaban de todo lo que conocían.
Los kitan no eran viajeros. De vez en cuando había excepciones, y entonces, cuando un kitan viajero regresaba de tierras lejanas, se le recibía como un héroe, y su relato escrito del viaje se copiaba y leía muchas veces, y era alabado con fascinación e incredulidad. Con frecuencia, en privado, se le tachaba de estar más que loco. ¿Por qué un hombre cuerdo decidiría abandonar el mundo civilizado?
Las Rutas de la Seda eran para los mercaderes, y la riqueza les llegaba hasta ellos. No eran ellos los que debían ir al lejano occidente a buscarla, tampoco querían hacerlo.
Ni al lejano norte, en realidad.
Ahora los bosques eran más densos, brillantes y alarmantes con los colores otoñales bajo el sol. Los lagos dispersos se extendían como las cuentas de un collar. El cielo estaba muy lejos. «Como si aquí el cielo no estuviera tan cerca de la humanidad», reflexionó Tai.
Uno de los bogü le explicó, alrededor de la hoguera bajo las estrellas, que se aproximaba el invierno, y con él los espíritus más oscuros. Por eso, añadió el nómada, le estaba costando tanto aguantar en esta estación la magia que había asaltado a Meshag y precisaba un chamán poderoso para alejarla.
Los chamanes se dividían entre blancos y negros. La diferencia estaba en si engatusaban a los demonios del mundo de los espíritus para que abandonasen los cuerpos que invadían, o intentaban combatirlos y obligarlos. Sí, había mujeres chamanes. Sí, era mujer la que iban a buscar. No, ninguno de los jinetes la había visto nunca, o había estado tan al norte. (Esto no era nada tranquilizador).
La chamán era conocida por su reputación y no se había aliado nunca con ningún kaghan o tribu. Tenía ciento treinta años. Sí, tenían miedo. Ninguna criatura viva u hombre asustaba a un jinete bogü, la mera idea era de risa, pero los espíritus les daban miedo. Solo un loco diría lo contrario. Un hombre no dejaba que el miedo lo detuviera, o no era un hombre. ¿No ocurría lo mismo entre los kitan?
¿La criatura que rugía la pasada noche? Eso era un león. Eran del tamaño de un tigre, pero cazaban con otros de su especie, no solos. También había diferentes tipos de oso en estos bosques, el doble de altos que un hombre cuando se alzaban a dos patas, y los lobos del norte eran los de mayor tamaño, pero los hombres de las otras tribus seguían siendo la amenaza más grande, tan lejos de casa.
Vieron jinetes por primera vez a la mañana siguiente.
Por delante de ellos, en un altozano recortado contra el horizonte, unos quince. No eran suficientes para temerlos. Los jinetes huyeron cuando se aproximaron; galoparon hacia el oeste hasta perderse de vista. Tai consideró perseguirlos, pero no había ninguna necesidad real. Los jinetes procedían del norte. Tai no sabía lo que eso podía significar; en realidad no sabía qué podía significar nada. Las hojas de los árboles eran carmesíes, ámbar y de tono dorado a principios del otoño.
Ahora veían continuamente flechas de gansos pasando por encima de sus cabezas, multitudes incontables, como si huyeran de algo que se encontraba en la dirección que seguían los jinetes, de la misma forma que los animales huyen de un incendio en el bosque. Al anochecer, vieron dos cisnes más en otro lago, flotando, extraños y blancos, en un agua que se iba oscureciendo a medida que salía la luna. Ninguno de los hombres de Tai los amenazó.
El temor a cometer cualquier transgresión había ido creciendo entre los jinetes kitan, como si hubieran cruzado alguna frontera interior. Tai oía cómo sus hombres se irritaban y discutían entre ellos cuando levantaban el campamento por la mañana y mientras cabalgaban durante el día. Hacía lo que podía para controlarlos, pero no sabía si lo estaba consiguiendo.
Pensaba que aquí era difícil sentirse superior. Eso, en sí mismo, era inquietante para los kitan, pues alteraba la actitud con la que se enfrentaban al mundo, que se cruzaban con él. Quería decir que los colores del bosque y el paisaje otoñal eran «hermosos», pero la palabra, la idea, no conseguía abrirse camino con facilidad a través de la aprensión que ocupaba su interior.
Al final tuvo que admitir ese miedo, reconocerlo, la noche antes de llegar al lago de la chamán.
Cuando se detuvieron en la parte superior de la ladera y miraron hacia abajo, a la luz de la tarde vio que había una cabaña: tablones inesperadamente largos, bien ensamblados, con un edificio anexo y un patio vallado y leña apilada para el invierno. Esto no era una yurta. Las casas cambiaban con el clima, y habían dejado atrás los terrenos de pastos para entrar en otro sitio.
Meshag seguía vivo.
No se había movido durante todo el viaje al norte. Era antinatural. Habían ido moviendo su cuerpo para evitar que se llagase, pero él no había hecho nada más que respirar, superficialmente.
Alguien salió de la cabaña y se quedó allí de pie junto a la puerta, mirándolos.
—Su sirviente —informó el pequeño chamán—. ¡Vamos!
Empezó a bajar con rapidez, con los portadores de la litera que llevaba a Meshag, flanqueados por cuatro jinetes bogü.
Se hizo un gesto, un poco demasiado enfático: la escolta kitan se debía quedar en la cima. Tai dudó (recordaba ese instante), entonces negó con la cabeza.
Habló con su segundo al mando, una orden en voz baja para que se quedasen allí por el momento y vigilasen; después movió las riendas y empezó a descender solo por la ladera, siguiendo al hombre inconsciente y a su escolta. Los nómadas se lo quedaron mirando, pero no dijeron nada.
Estaba aquí para observar. Su pueblo estaba interesado en este hombre, en la sucesión bogü. Unos pastores bárbaros no podían negarle el derecho a que fuera donde quisiera. No cuando quince mil kitan estaban ayudando a Hurok en su levantamiento. Tantos soldados te otorgaban derechos.
Era una forma de verlo. Pero considerado desde otro punto de vista, no pintaban nada en medio de las escaramuzas de los nómadas y tampoco tenían nada que hacer tan lejos de sus casas: bajo un cielo extraño, brillante, en un lago verde azulado, con un bosque de hojas resplandecientes detrás y más allá del mismo, bajo la luz del sol, y el primer indicio en la lejanía azul de las montañas del norte.
Se preguntó si alguien de su pueblo había visto nunca esas montañas. O la joya fría de este lago. Esa posibilidad lo debería haber excitado. Por el momento, conduciendo el caballo por la ladera, no tuvo esa sensación. Hacía que se sintiera terriblemente lejos.
Los jinetes se detuvieron delante de la puerta. Los que llevaban la litera también se pararon. No había ninguna valla delante de la cabaña, solo alrededor de la parte trasera, donde se encontraba el edificio anexo. Tai supuso que era un granero o un establo para los animales. ¿O quizá dormía allí el sirviente? ¿Había más gente? No había ninguna señal de la chamán, o de vida en el interior. La puerta se había cerrado con cuidado tras el hombre cuando este salió.
El jefe de los nómadas desmontó, y el chamán y él se acercaron al sirviente; hablaron en voz baja, con una deferencia insólita. Tai no pudo distinguir las palabras, demasiado rápidas y bajas para sus conocimientos limitados de la lengua. El sirviente dijo algo enérgico en respuesta.
El jefe de los bogü se dio la vuelta e hizo un gesto hacia la ladera. Dos jinetes se separaron del grupo. Empezaron a bajar, conduciendo dos caballos, en los que llevaban los regalos que habían traído hasta aquí.
La magia y la curación tenían un coste.
En casa ocurría lo mismo, pensó Tai con ironía, y esa certeza lo calmó de alguna manera. Pagabas por la curación, fuera o no eficaz. Se trataba de una transacción, de un intercambio.
Este iba a ser sorprendentemente extraño, pero los elementos de lo que iba a ocurrir eran exactamente los mismos que intervenían en visitar a un alquimista en Xinan o Yenling para curarse una resaca a la mañana siguiente, o citar en su casa junto al río al médico gordo y canoso del pueblo cuando Segunda Madre no podía dormir por la noche, o el Tercer Hijo sufría una tos seca.
Todo esto le traía un recuerdo de casa. Muy agudo. El aroma de las hogueras de otoño, el humo elevándose. El rumor del río como el sonido del tiempo que pasa. Las hojas de paulonia ya habrían caído, pensó Tai. Las podía ver en el sendero que partía de la puerta, casi podía oír el ruido que hacían bajo los pies.
El sirviente de la chamán habló de nuevo cuando se aproximaron los jinetes con los regalos. No era un tono adecuado, incluso Tai lo podía decir, pero sabía que los chamanes eran enormemente venerados entre los bogü, y que esta era de una importancia y un poder particulares. Después de todo, habían recorrido un largo camino para llegar hasta aquí.
Los jinetes descargaron los regalos. El sirviente entró con algunos de ellos, salió y volvió a entrar con más. Tuvo que hacer cuatro viajes. Cada vez cerraba la puerta a sus espaldas. No tenía prisa.
Después de entrar la última vez, esperaron bajo la luz del sol. Los caballos se movían y piafaban. Los hombres estaban en silencio, tensos y temerosos. Su ansiedad alcanzó a Tai, una perturbación. ¿Sería posible que hubieran venido hasta aquí y que los rechazasen, que los enviasen de vuelta? Se preguntó cuál iba a ser su papel si era eso lo que ocurría. ¿Debía obligar a la chamán a que viera a Meshag? ¿Debía evitar que los jinetes bogü lo hicieran, y cargar a los kitan con esa tarea? ¿O sería como cometer un gran sacrilegio con el que pondría en peligro todas las relaciones futuras?
Tardó en darse cuenta de que era posible que tuviera que tomar una decisión muy seria dentro de unos instantes y no había pensado en ello. Sí que había considerado la posibilidad de que Meshag podía morir antes de llegar aquí, o que la chamán intentase algo y fracasara. Nunca imaginó que se le pudiera negar el tratamiento.
Miró a su alrededor. El humo surgía de la chimenea de la cabaña. Hoy soplaba poco viento y el humo subía recto antes de virar y dispersarse en dirección al lago. Desde donde se encontraba, un poco a un lado, vio dos cabras en el patio trasero, acurrucadas contra la valla posterior, balando en voz baja. Aún no las habían ordeñado, lo cual no hizo que se sintiera muy impresionado con el sirviente. ¿Quizá había más gente y esa no era su tarea?
Al final, el hombre volvió a salir y dejó la puerta abierta a sus espaldas por primera vez. Asintió e hizo un gesto hacia la litera. Tai respiró hondo. Una decisión que no tendría que tomar. Estaba enfadado consigo mismo; debería haber anticipado las posibilidades, haberlas analizado de antemano.
El chamán parecía desesperadamente aliviado, al borde de las lágrimas. Limpiándose la cara, retiró la cortina de la litera. Dos de los hombres cogieron y sacaron a Meshag. Uno lo sostuvo contra el pecho como un niño dormido y lo introdujo en la cabaña.
El chamán mostró la intención de seguirlo. El sirviente negó con la cabeza, haciendo un gesto perentorio y rígido con el brazo. El pequeño chamán abrió la boca para protestar, pero después la cerró. Se quedó donde estaba, con la cabeza baja, sin mirar a nadie. «Humillado», pensó Tai.
El sirviente entró en la cabaña y reapareció un instante después en compañía del hombre que había transportado a Meshag. El sirviente volvió a entrar. Cerró la puerta. Aún no habían visto a la anciana, la chamán del lago. Los dejaron fuera, delante de la cabaña, en el silencio brillante y claro de una tarde de otoño.
Alguien tosió con nerviosismo. Alguien lo miró, como si el sonido pudiera socavar lo que estaba ocurriendo dentro. El chamán seguía mirando al suelo delante de la puerta, como si no quisiera encontrarse con la mirada de nadie. Tai deseaba estar dentro, pero entonces se dio cuenta de que en realidad no quería. No quería ver lo que estaba ocurriendo allí dentro.
Los nómadas se reunieron delante de la cabaña, con un aspecto más vacilante del que les había visto nunca. El resto de los jinetes, incluidos los hombres de Tai, seguían en lo alto de la ladera. El lago rielaba. Los pájaros pasaban por encima de sus cabezas, como siempre, dirigiéndose hacia el sur. Había algunos en el agua. No había cisnes, que él pudiera ver.
Inquieto y tenso, desmontó, dejó que el caballo pastase en la hierba escasa y caminó hasta la parte trasera, donde se encontraban el edificio anexo y el patio con las dos cabras. Pensó en ordeñarlas si encontraba un cubo. Algo que hacer. Una tarea. Soltó el pestillo de la valla y entró, cerrándola tras de sí.
El patio vallado era de un buen tamaño. Dos árboles frutales, un abedul alto que daba sombra. Un huerto de hierbas en el extremo oriental. Podía ver el lago detrás de él, al otro lado de la valla. Las cabras empujaban contra la pared del establo en el fondo; estaban claramente incómodas.
No se veía ningún cubo. Probablemente estaba dentro, pero no iba a llamar a la puerta trasera de la cabaña para pedirlo.
Cruzó el patio en dirección al huerto y el abedul. Se quedó de pie bajo el árbol, contemplando el pequeño lago al otro lado de la valla, resplandeciente bajo el brillo del sol. Todo estaba muy en silencio, excepto por los balidos angustioso de los dos animales. Pensó que las podía ordeñar sin cubo. Que el sirviente sufriera por su pereza si la chamán no podía tener leche hoy.
Se estaba dando la vuelta para hacerlo, irritado, cuando se dio cuenta del montículo de tierra fresca en la parte trasera del jardín.
Un único latido del corazón.
Lo seguía recordando años más tarde.
Se quedó mirando, inmóvil, durante un instante largo. Después, se acercó con cuidado al borde del bien ordenado espacio del huerto, cuyo orden, según vio ahora, había sido perturbado por huellas de botas, y ese montículo estrecho y siniestro en la parte trasera, justo contra la valla. Las cabras se habían quedado en silencio durante un momento. Tai sintió una ráfaga de viento, y miedo. La forma de ese montículo no se podía confundir con nada más.
Penetró en el huerto, cuidadoso de no pisar nada que estuviera creciendo. Se acercó al montículo. Vio, justo al otro lado de la valla, un objeto que habían tirado, desechado.
Vio que era un tambor.
Tragó con fuerza, la boca de repente seca. Ahora había demasiado silencio. Temblando, se arrodilló e, intentando calmar la respiración, empezó a cavar la tierra del montículo con las manos.
Pero para entonces ya lo sabía. Una de las cabras baló de repente, haciendo que el corazón de Tai saltase de miedo. Miró rápidamente por encima del hombro hacia la puerta trasera de la cabaña. Seguía cerrada. Continuó cavando, profundizando; sus dedos retiraban la tierra negra y recién removida.
Notó algo duro. Se le escapó un grito casi imperceptible, no lo pudo evitar. Miró sus dedos. Vio sangre. Contempló la tierra que había movido.
Una cabeza en la tierra, surgiendo como de una pesadilla desesperada hacia la fuerte luz del sol, o desde el otro mundo, adonde iban los muertos.
Una sola herida profunda y en diagonal casi partía la cara en dos, y la sangre procedente de ese golpe empapaba el suelo del jardín y ahora sus manos.
Tai volvió a tragar. Se obligó a retirar más tierra, deseando cada vez más disponer de una herramienta y no tenerlo que hacer con los dedos temblorosos.
Sin embargo, lo hizo. Y, al cabo de unos instantes, tenía liberada la cara de la mujer, destrozada por la espada. Una mujer muy anciana, con los ojos aún abiertos, mirando hacia la nada o al sol.
Cerró los ojos. Después los volvió a abrir y, empujando y cavando con más rapidez, descubrió su cuerpo un poco más hundido. Estaba vestida, lucía collares de huesos entrelazados y una colección de metales pulidos extraña y reluciente que debían de ser… los espejos sobre su cuerpo, como se dio cuenta al final.
Espejos para espantar a los demonios. Sus dedos, clavados en la tierra, la movieron un poco, de forma inadvertida. Oyó campanas enmudecidas en la tierra empapada en sangre.
Tai se puso en pie. Una mujer muy anciana. Tambor, espejos, campanas.
Miró hacia la pesada puerta de la cabaña que se abría hacia el patio.
Corrió, el brillo del sol por encima de su cabeza, la oscuridad delante y detrás de él.
6
En Xinan, algunos años más tarde, después de encontrar a Lluvia de Primavera entre las cantantes en el Distrito Norte (o, para ser más precisos, una vez que ella hubo reparado en él y lo hubo elegido entre los estudiantes) y de empezar a hablar con franqueza cuando estaban solos, antes o después de la música, antes o después del amor, ella le había preguntado una noche por qué no hablaba nunca sobre su experiencia al norte de la muralla.
—No fue muy larga —respondió.
—Lo sé. Todo el mundo lo sabe. Por eso se habla de ello.
—¿Se habla de ello?
Ella se acarició el cabello dorado y le lanzó una mirada que, para entonces, él ya conocía bien. «Me he enamorado de un idiota que nunca llegará a nada» era, más o menos, el mensaje de la mirada.
A Tai le parecía divertido y algunas veces lo decía. El hecho de que él lo dijera en voz alta provocaba en ella una irritación extrema. Eso también le parecía divertido, y ella lo sabía.
Era esplendorosa, una maravilla, y él intentaba con todas sus fuerzas no pensar en todos los hombres con los que la compartía en el Distrito Norte; en uno, en particular.
—Se te permitió retirarte de la caballería. Con honor y distinción… durante una campaña. Eso no ocurre, da igual quien sea tu padre. Después te fuiste a la Montaña del Tambor de Piedra, pero la abandonaste sin ser un Kanlin… y tiempo más tarde, apareciste en Xinan, decidido a estudiar para los exámenes. Todo esto es… misterioso, Tai.
—¿Y es necesario que aclare el misterio?
—¡No! —Dejó a un lado la pipa e, inclinándose, tiró con fuerza del cabello de Tai, que él había dejado suelto. Él hizo un supuesto gesto de dolor, pero ella lo ignoró—. No ves que… ser misterioso es bueno. Es una forma de que se fijen en ti. ¡Eso es lo que quieres!
—¿De verdad? ¿Lo es?
Ella hizo el gesto de cogerle de nuevo del cabello, y Tai levantó las manos para evitarlo. Lluvia de Primavera se volvió a acomodar en el diván y escanció más vino de arroz de una botella que se encontraba sobre el brasero al lado de su codo; le sirvió primero a él. Su entrenamiento y sus modales eran impecables, excepto cuando lo atacaba, o cuando hacían el amor.
—Si apruebas los exámenes esta primavera y aspiras a ocupar un puesto que signifique algo, es decir, en el que no te limites a enviar breves poemas a los mandarines superiores pidiendo ayuda…, sí, eso es lo que quieres. Estás intentando conseguir un puesto en palacio, Tai. Nadar dentro de la corriente. Tienes que saber cómo van las cosas en esta corte o estarás perdido.
Él le había enseñado a que lo llamara por su nombre de pila. Insistía en ello cuando estaban a solas.
—Si estoy perdido, ¿vendrás a buscarme?
Ella lo miró.
Tai sonrió, relajado.
—Tengo suerte si estás en lo cierto. He conseguido que se fijen en mí sin buscarlo. Lluvia, me gustaría no hablar sobre esa época al otro lado de la muralla. No son buenos recuerdos. Nunca he pensado en nada de lo que acabas de decir.
—Es necesario que pienses en esas cosas.
—¿Podría dejar que lo siguieras haciendo por mí?
Ella se envaró y cambió de posición. Tai lamentó sus palabras en cuanto las hubo pronunciado.
—Yo soy —replicó Lluvia de Primavera— una humilde cantante del Distrito Norte, contratada por horas o para toda la noche, propiedad del dueño de esta casa. Resulta inapropiado ofrecer semejante papel a alguien como yo. Decirlo es una crueldad, incluso aunque sea en broma. Tendrás que controlar estas sutilezas tú solo. Estamos hablando de tu vida.
—¿De verdad? ¿Solo de mi vida? —preguntó Tai.
Estaba siendo un poco cruel, pero su autodescripción le había herido, y conocía al menos a un hombre que tenía los medios para comprarla del Pabellón de la Luz Lunar, por la suma imposible que ella pudiera pedir, si decidía hacerlo.
Ella se sonrojó, una maldición de su piel clara del noroeste, que era de donde procedía.
—Si apruebas los exámenes —dijo con voz neutra, al cabo de un momento—, te codearás con los hombres más ambiciosos de la Tierra. Puedes tomar la decisión de abandonar Xinan, abandonar otra vida más, pero si te quedas aquí, en la corte, esa será la gente con la que te relacionarás. Te comerán para desayunar, tirarán tus huesos a los perros y ni se darán cuenta de que han comido.
Sus ojos verdes —sus conocidos ojos de color verde jade— eran duros y fríos.
Tai rio, un poco nervioso, según recordaba.
—Eso no es lenguaje poético.
—No —reconoció ella—. Yo no soy poeta. ¿Preferirías una chica que lo fuera, maese Shen? Hay algunas en el piso de abajo, y en otras casas. Puedo hacerle algunas sugerencias, señor.
Una especie de venganza por el comentario que él había hecho hacía un momento. Pero esto iba también sobre la vida de ella. Por supuesto que sí…
Una mujer suave como el jade,
esperando toda la noche al pie de los escalones de mármol,
junto a una ventana de papel de arroz mojada por la lluvia otoñal.
Tai movió la cabeza. Se recordaba mirándola, a su lado, en el diván bajo, deseando simplemente el disfrute de su belleza, su inteligencia y su cercanía, pero luchando contra lo que acababa de decir.
—Las mujeres soléis ser mejores en esto, ¿no crees? —murmuró—. Sois más sutiles.
—Las mujeres no tienen más remedio que ser así si quieren tener cualquier tipo de influencia, o simplemente un poco de control sobre su propia vida.
—Eso es lo que he querido decir —reconoció Tai. Intentó sonreír—. ¿Entonces, crees que yo también podría ser sutil?
No respondió a la sonrisa.
—Hasta un niño podría. Si en algún momento decides estudiar lo suficiente para aprobar los exámenes, te encontrarás entre hombres adultos que utilizan las palabras como cuchillos y están trabados con todos los demás en un combate mortal por cada puesto, todos los días y todas las noches.
—¿Quieres decir hombres como mi hermano? —recordaba que había preguntado en voz baja.
Ella solo lo miró.

Corriendo por la hierba otoñal desde la tumba de la chamán, Tai pensó en lanzar un grito de advertencia y después correr hacia la parte delantera para unirse a los demás. No hizo ninguna de las dos cosas. A posteriori, no podía decir que hubiera pensado con claridad. Se encontraba en un lugar remotísimo y terrorífico. Había destapado un asesinato y era muy joven.
Pero estas verdades no explicaban por qué entró solo en la cabaña.
Cuando le presionaron —y eso fue lo que hicieron más tarde sus superiores—, dijo que si iban a salvar a Meshag, razón por la que estaban allí, no iban a poder hacerlo si él avisaba a los que estaban dentro con un grito, y tampoco hubiera tenido tiempo suficiente para dar la vuelta hasta la parte delantera.
Sonaba a verdad. Era la verdad, si lo pensabas. Sin embargo, él no recordaba que hubiera analizado nada en aquel momento. Se podría decir que sus instintos habían tomado el control. Y Tai no tenía ni idea de que así hubiera sido.
Su espada estaba en la silla de montar, al igual que el arco. Había una pala apoyada contra la pared trasera de la cabaña. Entonces, ya tenía una idea bastante clara de para qué la habían utilizado.
Sin detenerse a pensar un plan, para hacer algo coherente, la cogió, agarró el pestillo de la puerta y la empujó, sin tener idea de lo que iba a encontrar, de quién podría estar dentro.
O de lo que estaban haciendo, fuera quien fuese esa gente que había matado a la chamán, la había enterrado para negar a su alma el acceso al cielo y los había engañado en la entrada.
La puerta trasera no estaba atrancada. Entró.
La cabaña se encontraba a oscuras. Fuera, el día era muy claro, de manera que quedó cegado casi por completo. Se detuvo. Y solo pudo vislumbrar el contorno de alguien que se volvió hacia él dentro de la habitación.
Tai dio un paso adelante y movió la pala con toda la fuerza de la que fue capaz.
Sintió cómo el filo de la pala impactaba contra la carne y se hundía. La figura, aún entrevista, levantó una mano vacía como si rogase o lo intentase aplacar, y se derrumbó sobre el suelo de tierra.
Sin emitir ningún sonido. Lo que era bueno.
Hasta ese momento de su vida, Tai nunca había matado a nadie. No tuvo tiempo de analizar lo que acababa de ocurrir, lo que significaba, si es que significaba algo. Parpadeó con rapidez, obligando a sus ojos a acomodarse a las sombras y a la oscuridad.
Con el corazón desbocado, vislumbró un vestíbulo interior, cerrado por una cortina, sin puerta. Una cabaña con dos habitaciones. Pasó por encima del hombre caído, después —despacio— retrocedió y cambió la pala por la espada del hombre.
Se arrodilló y comprobó, con precaución —estaba lo suficientemente consciente para hacerlo— que el hombre estaba muerto. Otra pequeña alteración: con qué rapidez, limpieza y silencio podía una vida estar presente, vibrante, y, después, desaparecer.
Ese pensamiento lo empujó hacia delante, pisando con suavidad, hacia la cortina de tela. Levantó una de las esquinas.
Había velas encendidas en la otra habitación, por lo que Tai dio gracias. Tres hombres. Dos cerca de la puerta delantera, susurrando ferozmente entre ellos. Vio que la puerta estaba atrancada. No habrían podido entrar por ella. No sin armar un montón de ruido.
Meshag yacía en un camastro cerca del fuego. Tai vio que le habían rasgado la túnica, su pecho quedaba al descubierto. Sus ojos seguían cerrados. Parecía terriblemente vulnerable. La tercera figura, alta y gruesa, con cuernos de animal unidos a la cabeza, se inclinaba sobre él.
Este llevaba espejos y campanas, y estaba tocando un tambor con suavidad y cantando, meciéndose de un lado a otro, y de vez en cuando girando sobre sí mismo. Una especie de danza. En la habitación había un olor dulzón y malsano, de algo que ardía en el brasero. Tai no tenía ni idea de qué podía ser.
Pero no creyó, ni por un instante, que este tercer hombre —era un hombre, la mujer estaba muerta en el huerto— estuviera haciendo algo bienintencionado por la figura inconsciente. Habían matado a la chamán para instalarse aquí. No intentaban ayudar a Meshag.
Aún no lo habían matado. Tai no sabía por qué. ¿Por qué debería comprender algo de lo que estaba pasando? Espiando a través de la cortina ligeramente levantada, respirando con cuidado, tenía la inquietante sensación de que lo que estaba ocurriendo allí pretendía ser algo mucho peor que la muerte.
Estaba muy lejos de casa.
Ese fue su último pensamiento claro antes de gritar a pleno pulmón y entrar en tromba a través de la cortina para acceder a la habitación delantera.
Fue directamente a por el chamán, que no era necesariamente lo que hubiera hecho un soldado con experiencia (¡elimina a los guardias!), pero él no tenía experiencia, y seguramente su tarea era detener lo que le estuvieran haciendo con el tambor, el canto y los poderes invocados al hombre tendido en el camastro.
Aún no había estado en la Montaña del Tambor de Piedra —el tiempo que pasó con los Kanlin fue consecuencia de lo que sucedió ese día de otoño en el norte—, pero era hijo de un soldado. Lo habían entrenado desde que tenía memoria en las técnicas de combate, más aún, desde que su hermano mayor, blando y ligeramente gordo incluso de niño, había dejado claro que sus deseos y su camino en la vida no contemplaban espadas o giros y maniobras envolventes contra otros hombres armados.
La espada del nómada muerto era ligeramente curvada, más corta que la de Tai, también más pesada, indicada para golpes hacia abajo montado a caballo. No importaba. Utilizabas lo que tenías a mano. Tuvo tiempo para ver cómo el chamán se daba la vuelta y sus ojos febriles muy abiertos brillando a causa de la sorpresa y la furia. A continuación, descargó un golpe sobre los espejos de metal que cubrían su cuerpo, para protegerlo.
Una parte de Tai, perdido tan lejos de todo lo que había pensado que sabía, mezclado en hechicerías, se sorprendió cuando la espada penetró de la forma que debía hacerlo.
Sintió cómo resbalaba sobre un hueso, vio sangre, oyó cómo el chamán gritaba y se derrumbaba (un sonido de campanas), y dejaba caer el tambor y el mazo sobre el suelo pisoteado. No se debería haber sorprendido: ellos habían matado a la mujer chamán, ¿no? Esta gente de espejos y tambor era sagrada y temida, pero no inmortal.
Por supuesto, también era posible que al matar a uno cayera sobre ti una maldición que te persiguiese durante toda tu vida. No era un asunto que Tai estuviera en disposición de encarar en ese momento.
Se volvió y se agachó, impulsado por el miedo. Vio al guardia más cercano —el que se había hecho pasar por un sirviente en el exterior— corriendo hacia un arco que estaba apoyado contra la pared. Tai saltó tras él, retorciéndose para evitar un cuchillo que el otro hombre había lanzado. Oyó gritos en el exterior.
Gritó de nuevo, esta vez palabras:
—¡Traición! ¡Entrad!
El falso sirviente buscó desesperadamente el arco, una flecha y se dio la vuelta, agachándose para evitar el golpe de la espada de Tai, o intentándolo.
Tai lo alcanzó en el hombro en lugar del pecho, y oyó cómo el hombre gemía de dolor. Liberó la hoja e —instintivamente— se dejó caer y rodó de nuevo, teniendo cuidado de no herirse con la espada que sostenía. Se golpeó con objetos que estaban por el suelo (los regalos ofrecidos) pero la espada del segundo enemigo pasó silbando por encima de su cabeza.
Era la primera vez en su vida que oía ese sonido: el sonido de la muerte evitada, pasando cerca. Oyó golpes en el exterior, y los gritos salvajes de sus compañeros intentando entrar, golpeando la puerta delantera atrancada.
—¡Por detrás! —gritó—. ¡La puerta está abierta!
Pero en el mismo instante aprovechó otra oportunidad y se lanzó hacia la puerta. Retiró la pesada barra de madera. Justo a tiempo se volvió a agachar, y evitó un golpe de arriba abajo que pasó a su lado y se clavó en la madera.
Se tambaleó con el golpe en la espalda que le dio la puerta al abrirse, pero algo —orgullo, rabia y miedo entrelazados como las hebras en la seda— hizo que se dirigiera contra el hombre que seguía de pie. Tai lanzó varios golpes, paró la dura respuesta mientras los otros entraban en la habitación a sus espaldas.
—¡Han matado a la chamán! —gritó por encima del hombro—. ¡Está muerta en la parte posterior! ¡Meshag está allí! ¡Vigilad al que está en el suelo! ¡Solo lo he herido!
Tres hombres agarraron al que estaba en el suelo y lo pusieron en pie; lo sostenían por encima del suelo, como un muñeco infantil. Recibió un golpe en un lado de la cabeza que le rompió el hueso. Sin embargo, no lo mató. Tai se dio cuenta. Y al mismo tiempo oyó decir a uno de los bogü:
—Dejad también al último. Lo vamos a usar.
Ante estas palabras, el hombre que se encaraba con Tai cambió abruptamente de expresión. Tai también podía recordar esa mirada. La vería cuando cerrara los ojos durante algunas de las noches de los años que estaban por venir.
El hombre reculó hacia la cortina. Giró la espada, intentando agarrar la empuñadura con las dos manos. Tai se dio cuenta de que intentaba apuñalarse. Pero antes de que lo pudiera hacer, dos flechas cuidadosamente apuntadas le penetraron en cada hombro. La espada cayó al suelo.
Entonces el hombre chilló. Un sonido terrible, más allá de cualquier dolor que le pudieran producir las heridas, pensó Tai.
Un poco después empezaría a comprender.
Él también había gritado de la misma forma, lo descubrió mientras reflexionaba durante el viaje de vuelta al sur (habían partido esa misma tarde, incapaces de permanecer junto al lago, con la necesidad de poner de por medio toda la distancia que fuera posible).
Él también habría intentado matarse si hubiera tenido la más mínima idea de lo que le esperaba antes de que le permitiesen morir. Y estaba claro que el hombre lo sabía. En cierto sentido, esto era lo más horrible.
La caballería kitan —sus hombres— había bajado a toda prisa por la ladera cuando comenzaron los gritos y los chillidos, pero dentro de la cabaña ya había acabado todo antes de que estuvieran lo suficientemente cerca para hacer algo.
Tai caminó por la hierba para encontrarse con ellos cuando salió al exterior. Regresar a la suave luz del sol después de tan poco rato lo había desorientado completamente. El mundo podía cambiar con tanta rapidez…
Los treinta jinetes kitan se habían mantenido apartados, juntos, para ver lo que iban a hacer los nómadas. Miraban primero en un silencio impasible, pero después con una repulsión cada vez más intensa y demoledora.
Los bogü empezaron recuperando el cuerpo de la anciana chamán de la parte trasera y lo quemaron en una pira que levantaron entre la cabaña y el lago. Lo hicieron respetuosamente, con cantos o plegarias. Parecía que la hubieran profanado asesinándola y enterrándola bajo tierra. Debía regresar al cielo, dejándola en campo abierto para que la devoraran los lobos y otros animales, o la podían consumir las llamas y ascender con el humo.
Eligieron el fuego, porque estaban preparando una hoguera mayor. Incendiaron el edificio anexo y después la cabaña, pero primero sacaron a Meshag, que seguía tendido en el camastro, y lo depositaron en el patio. Arrastraron al exterior a los dos hombres que había matado Tai, el guardia y el chamán, y finalmente trajeron también a los dos que seguían vivos. Para entonces, los bogü estaban bebiendo: en la cabaña había kumiss.
Las campanas del chamán tañeron mientras arrastraban el cuerpo por la hierba pisoteada. Sus espejos brillaban, reflejando la luz del sol. Tai se preguntaba si habría cometido alguna transgresión al matar al hombre. Ahora comprendía que no era así. A ojos de los nómadas, había hecho algo que lo convertía en un héroe. Parecía que se le tenía que honrar.
Lo invitaron a que se uniera a lo que iba a seguir, con los dos hombres muertos y con los dos que habían dejado deliberadamente con vida. Tai declinó la invitación. Se quedó con sus hombres, con su gente, de un lugar civilizado.
Cuando vio lo que venía a continuación, se sintió físicamente indispuesto, golpeado, al ver lo que le habían invitado a compartir. Muchos de los soldados kitan se pusieron enfermos, se tambaleaban o se alejaban a caballo, vomitando en la hierba.
El Imperio de Kitai no se había formado a lo largo de nueve dinastías con un pueblo plácido y pacifista. La suya era una grandeza violenta y conquistadora, construida sobre matanzas a lo largo de casi mil años, en sus propias guerras civiles, o llevando la guerra más allá de fronteras cambiantes, o defendiendo dichas fronteras. Esa era su historia: fuegos como estos, o incendios aún más grandes, sangre y espadas.
Existían textos y enseñanzas que se remontaban a la Primera Dinastía sobre la utilidad táctica de las masacres, de matar niños, de las mutilaciones, de las violaciones. El miedo útil que todo esto podía extender entre los enemigos, el hacinamiento de las ciudades asediadas cuando los refugiados huían aterrorizados ante el avance de los ejércitos. Estas cosas formaban parte de lo que los hombres hacían en la guerra, y esta, la guerra, formaba parte de lo que los hombres hacían en la vida.
Pero los kitan no asaban sobre hogueras a los enemigos muertos ni se comían su carne con invocaciones al cielo. No cortaban tajos de hombres aún vivos, atados en el suelo, y dejaban que vieran, chillando, cómo partes de su cuerpo eran consumidas, asadas o crudas.
Había mucho humo, que se elevaba espeso hacia el cielo y ocultaba el sol. Un hedor a quemado en un espacio que había sido tranquilo junto al lago del norte. Los crujidos de numerosos fuegos, los aullidos (humanos, no de los lobos), los cánticos rituales y las súplicas desesperadas y cada vez más leves de alguien pidiendo la muerte, sustituyeron el sonido de los pájaros y del viento en las hojas. La fealdad de los hombres borraba la soledad y la belleza otoñal.
Siguió así durante algún tiempo.
Al final, uno de los nómadas se acercó a los kitan, que estaban esperando a cierta distancia, calmando a sus caballos nerviosos. Llevaba el pecho desnudo, mostraba una amplia sonrisa y gesticulaba con el antebrazo cortado de un hombre. La sangre manaba de él, y de su barbilla.
Tambaleándose sobre los pies, acercó la carne humana hacia Tai, como el héroe digno de compartir este gran botín. Le ofrecía una oportunidad más al kitan, al extraño.
Una flecha le atravesó el pecho, delante de él. Murió al instante.
Durante un momento, Tai no pudo creer lo que había ocurrido. Todo iba completamente mal, terriblemente mal. Se quedó quieto, incrédulo y entumecido, en lo que era, a pesar de su brevedad, un intervalo demasiado largo para un comandante en un lugar como en el que este se había convertido.
Todos sus soldados, como si esa flecha solitaria hubiera soltado sus propios demonios, y en una respuesta frenética al horror que estaban presenciando, montaron de repente, con una eficiencia fluida y entrenada, como si les hubieran dado una orden.
Cogiendo arcos y espadas de las sillas, cargaron —espíritus vengadores, dentro de ellos y por ellos mismos— hacia las hogueras y el humo, impulsados por una furia devoradora, con la sensación de que este terrible salvajismo solo se podía expiar, borrar, con su propio salvajismo.
Tai no consiguió comprender los acontecimientos ocurridos hasta más tarde. En ese momento, no pensaba con claridad.
Su caballería se precipitó sobre los nómadas, superados en número, a pie y borrachos de kumiss, y sobre los hombres tambaleantes y empapados en sangre que habían venido a ayudar en el norte, y los mataron entre las hogueras.
Y cuando estuvo hecho, cuando ninguno de los bogü seguía con vida en medio del humo negro y las llamas rojas, el sol se difuminaba en su descenso hacia el oeste y el lago se oscurecía, ocurrió el siguiente acontecimiento.
Meshag, hijo de Hurok, se puso en pie.
Contempló la escena impía creada por los hombres en ese lugar. Había sido un hombre digno. Ya no lo era. Había cambiado, lo habían cambiado. Ahora se movía de una forma rara, como si estuviera conjuntado de manera extraña; tenía que volver todo el cuerpo para mover la mirada, trazando el círculo completo de forma envarada. El humo negro se elevaba entre él y el lugar en el que se encontraba Tai, clavado en el suelo con un horror creciente. Lo estaba viendo y se negaba a creer lo que veía.
Meshag se quedó mirando durante largo rato a los jinetes kitan. Los únicos hombres vivos que quedaban aquí. Después, alzando los hombros como si intentase tirar hacia atrás la cabeza, se rio. Un sonido bajo y distorsionado.
No se había movido ni abierto los ojos desde que cayera inconsciente junto a otra hoguera en el sur, hacía varias semanas.
No era la risa que recordaba. La forma en que se erguía y movía era sorprendentemente distinta, una postura desgarbada, de piernas flojas y antinatural. Los soldados kitan, en un lugar extraño entre incendios y muertos, se quedaron quietos sobre los caballos, dejaron de gritar. Se arremolinaron de nuevo alrededor de Tai, como buscando protección, manteniendo la distancia con Meshag.
Mirando a ese hombre —si es que seguía siendo un hombre—, Tai comprendió que los males de ese día no habían terminado.
Oyó sonidos a su lado, flechas saliendo de las aljabas y colocándose en los arcos. Se despabiló, ladró una orden y no estuvo seguro de si hacía lo correcto. Era posible que muriera sin saberlo, pero lo decidiría en el viaje de regreso al sur.
—¡Quietos! —gritó—. ¡Nadie va a disparar una flecha!
Lo que quedaba de Meshag, o en lo que se había convertido, se volvió, pesado, torpe y lento, para contemplar a Tai, siguiendo el sonido de su voz.
Sus miradas se encontraron a través del humo. Tai tembló. Vio un vacío en esos ojos, algo insondable. Frío como el final de toda vida. En ese mismo instante, se le ocurrió que su tarea, su deber hacia eso que una vez había sido un hombre, podría ser dar luz verde a las flechas.
No lo hizo. Sabía —no podía negarlo— que en la cabaña (que seguía ardiendo en un caos rojo y rugiente) había ocurrido algo malo antes de que él entrase en tromba y matase al chamán. Posiblemente lo había interrumpido, se había quedado a medias, pero lo que eso significaba, lo que eso implicaba para la figura que se alzaba rígida delante de él, sosteniéndole la mirada, como exigiéndole que recordase, no esperaba comprenderlo.
—Como a los cisnes —comentó en voz alta a sus jinetes—. Matarlo nos puede maldecir a todos. Esto ya no es asunto nuestro. Dejadlo…, dejadlo marchar. Encontrará su destino sin nosotros.
Esto último lo dijo con la mayor claridad posible, mirando la figura conmovedora de Meshag. Tai sabía que si la figura se movía hacia ellos, los soldados caerían presos del pánico. Tendría que permitir que las flechas volasen, y vivir con ello.
No creía en su comparación con los cisnes. Ni siquiera creía que matar a un cisne los fuera a maldecir… Esos eran temores bogü. Los kitan tenían sus propias leyendas animales y sus miedos. Pero las palabras podían ofrecerles algo a sus hombres, una razón para escucharle. Normalmente no necesitaban razones: los soldados cumplen órdenes, era tan sencillo como eso. Pero este viaje hacia el norte y el final que había tenido durante el día eran tan extraños en todos los sentidos a sus vidas y a su mundo, que parecía necesario ofrecerles una razón.
En cuanto al motivo de que sintiese que lo adecuado era dar a esta figura de ojos muertos e imposiblemente resucitada la oportunidad de abandonar este lugar y vivir —si es que estaba viva—, Tai solo podía llamarlo «piedad», entonces y ahora.
Se preguntaba si todo eso se había reflejado en su voz, en la mirada que intercambiaron. No podía decir que la de Meshag hubiera sido una mirada completamente humana, pero tampoco podía decir lo contrario, que había algún demonio en ella. Meshag estaba alterado, y a Tai le pareció que podía estar perdido, pero no lo sabía.
Matarlo podría haber sido la respuesta más sincera a lo que le habían hecho, ofrecerle la generosidad de una liberación, pero Tai no lo hizo, y no permitió que lo hicieran sus soldados. Ni siquiera estaba seguro de que pudieran matar a esa criatura, y realmente no quería comprobarlo.
Después de un largo silencio, casi sin respirar, vio cómo Meshag —o lo que había sido Meshag— movía una mano, en un gesto que no pudo interpretar. La figura se alejó de él, de todos ellos, vivos, muertos e incendios. Meshag no volvió a reír de nuevo, y nunca habló. Se alejó dando un rodeo a la cabaña en llamas y después a lo largo de la orilla del lago, hacia los árboles de colores otoñales y las montañas distantes y casi ocultas.
Tai y sus hombres permanecieron juntos, contemplándolo a través del humo hasta que se perdió de vista, y entonces emprendieron el camino en dirección contraria, hacia casa.

Habían dejado muy atrás la granja de seda y el brillo anaranjado del zorro.
El sol se estaba poniendo, ahora también de color naranja. Tai se dio cuenta de que había estado inmerso durante mucho tiempo en un ensueño, recuperando el recuerdo del camino que lo había traído hasta aquí.
O un sendero en particular, ese viaje al norte: al otro lado de la muralla, más allá del meandro del río, más allá de las estepas al borde de las tierras del invierno.
En su mente, cabalgando ahora con seis compañeros sobre un glorioso caballo sardio, seguía viendo a Meshag, hijo de Hurok —o en lo que se hubiera convertido—, alejándose solo y tambaleante. Pensó que al haberlo visto, al haber formado parte de aquel día, no debía desdeñar con tanta ligereza la creencia de alguien en las mujeres zorro.
O quizá, a causa de su propia historia, ¿era esa la razón por la que necesitaba ser desdeñoso? Solo había dos personas en el mundo con las que se podía imaginar hablando de estos sentimientos. Una de ellas se encontraba en Xinan, y lo más probable era que no pudiera hablar con ella nunca más. La otra era Chou Yan, y estaba muerto.
Ningún hombre puede contar sus amigos
y decir que tiene suficientes.
Rompí mi rama de sauce cuando te fuiste,
mis lágrimas cayeron con las hojas.
Wei Song seguía al frente. El río que estaban siguiendo se encontraba a su izquierda, abriendo un valle ancho con tierras fértiles en ambas orillas. El bosque que los había acompañado hacia el sur había retrocedido. Estas eran tierras de labor. Podían ver las chozas de los campesinos reunidas en aldeas y pueblecitos, hombres y mujeres en los campos, los fuegos de las carboneras que resaltaban contra los árboles oscurecidos.
Tai había recorrido este camino en su viaje hacia el oeste, en dirección a Kuala Nor, dos años antes, pero entonces se encontraba en un estado anímico extraño —de luto, retraído— y no había prestado atención a la región que atravesaba a caballo. Echando la vista atrás, no podía decir que hubiera pensado claramente sobre lo que estaba haciendo, sobre lo que pretendía hacer, hasta que estuvo más allá de la Fortaleza de la Puerta de Hierro, penetró en la larga quebrada y salió de ella y vio el lago.
Ahora debía convertirse en un hombre diferente.
Lluvia de Primavera le había advertido muchas veces sobre los peligros del Palacio de Ta-Ming, el mundo de la corte y los mandarines; ahora también tenía que tener en cuenta al ejército, a los gobernadores militares.
Alguien lo quería muerto, incluso antes de que le entregaran los caballos. No podía quedárselos, lo sabía. No tal y como estaba el mundo. El asunto era lo que iba a hacer con ellos, y —antes de eso— si iba a vivir lo suficiente para recogerlos en la frontera taguran.
Sacudió las riendas de Dynlal, y el gran caballo avanzó sin esfuerzo para alcanzar a la mujer Kanlin. El sol se encontraba a sus espaldas, brillando a lo largo de la llanura. Casi había llegado el momento de parar para pasar la noche. Podían acampar de nuevo al aire libre, o acercarse a una de esas aldeas. Tai no estaba seguro de a cuánta distancia se encontraba la siguiente casa de postas.
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