Read the book: «Aferrada a la vida»
Título original: Aferrada a la vida
© Giovanna Valls Galfetti, 2014.
© de la traducción: Ana Mata Buil, 2014.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO822
ISBN: 9788490565773
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
Prólogo, del doctor Josep Maria Fàbregas
AFERRADA A LA VIDA
El precipicio
Los primeros pasos
Viaje a Prato Raso
Interludio
El regreso definitivo a Barcelona
Al filo del equilibrio
Epílogo, de Luisa Galfetti
Anexo
Notas
A LUISA, MI MADRE
Los textos personales (cartas y fragmentos de diario) que componen este libro se escribieron entre 2004 y 2011. Los textos narrativos que abren cada parte y proporcionan el contexto, así como mi relato actual de los hechos, se han escrito en 2014.
G. V.
PRÓLOGO
Estos textos que nos presenta Giovanna son la forma más sentida de transmitir un proyecto que nació con una intención; con ellos, nos permite realizar todo el proceso desde el principio hasta el final. Sin duda, es la mejor forma de contarlo.
Estos textos son la representación más fiel de un viaje a través de los recuerdos, las vivencias, las emociones, los miedos, los deseos, las tristezas... En resumen, todo un proceso de aceptación y reajuste de uno mismo y del entorno, y en los casos en los que no se ha podido arreglar lo que se había estropeado, un proceso de asimilación.
Esa es una de las grandezas del uso ritual de la ayahuasca, que tan bien nos describe Giovanna, gracias a su capacidad de percibir y, sobre todo, a su capacidad de expresarse.
Prato Raso nació con la intención de ofrecer un lugar seguro, cómodo y guiado, para poder caminar por este viaje interior que Giovanna ha tenido la gentileza de trasladar al exterior.
Agradezco de todo corazón la responsabilidad de Giovanna por haber hecho el esfuerzo de darnos a conocer su propio proceso y aprovecho esta ocasión para decirle que me siento orgulloso de haberla acompañado en esos momentos tan intensos de su vida.
DOCTOR JOSEP MARIA FÀBREGAS
Director de CITA y médico psiquiatra
AFERRADA A LA VIDA
CARTA AL DOCTOR XAVIER FÀBREGAS
Horta, 3 de diciembre de 2008
Querido Xavier:
Tengo un manuscrito empezado que soy incapaz de acabar: le he dedicado mucho esfuerzo, pero con un compás inseguro. Hoy, al recibir tu llamada, me has llenado el espacio vacío y esa carta tan prometida será la que abra por fin este manuscrito. Pues es a ti a quien primero debo nombrar en estos escritos.
Recuerdo, casi al filo de lo imposible, con cuánto ánimo me escuchaste la primera vez que me viste. Yo estaba en penumbra y solo se me veían los ojos. Y mi madre, a mi lado, vacilaba, como si arrastrara los pies tras una hija a la que estaba perdiendo. Solo quería que llegásemos todos a un acuerdo. La extraordinaria distinción de tu presencia y tu calidad humana nos sedujeron en el acto, estábamos agotadas. Y las dos nos marchamos emocionadas y pensando cómo podíamos convencer a mi padre sobre el precio que habría que pagar... Pero como mi madre no le ocultó nunca nada, el gris se disipó enseguida. Porque, claro, fue esa misma tarde cuando le habló del lugar, de cómo eras, de que mis cuerdas querían aguantar y ella tenía la sensación de que aquello podía sacarme de las llamas del infierno... Yo estaba más que dispuesta. Para mi padre, lo más importante era que yo pudiera salir del pozo, y mientras se embarcaba otra vez por el camino ondulante para dar cien pinceladas y seguir pintando, aceptó, agitado, volver a encargarse de remar otra vez. Tú conociste a mi padre, y es absurdo pedirte cosas. Mi padre fue un hombre formidable y siempre estuvo muy satisfecho con tu claridad. Qué lástima (y lo digo sin resentimiento) que os vierais tan poco, y que de un día para otro se topara con que tenía que ponerse a la derecha de otro hombre, otro médico que dirigía la clínica, tu hermano Josep Maria, porque te marchaste y no pudo despedirse de ti como le hubiese gustado. Y por supuesto, decía que erais muy distintos el uno del otro...
Pero como el cielo era divinamente misericordioso, infinitamente benigno, y le ahorraba sufrimientos, y como la explicación científica de Mia sobre Brasil le convenció, ya más tranquilo, antes de interpretarlo, con esfuerzo, con angustia, aventurero y creyendo en mi voluntad, dijo que adelante. Todo esto, que era sereno y razonable, que estaba hecho de cosas cotidianas, era la verdad entonces: la belleza era la verdad. Y cuando regresé, la belleza lo invadía todo.
Pero las ramas se apartan. Un hombre vestido de blanco y que andaba con paso ligero hacia los árboles nos dejó hace ya dos años. De hecho, le debo la oportunidad sincera de haber podido ir a Dosrius y ser tu paciente durante casi cinco meses. Le debo mucho más que eso. Y claro, Dios sabe lo que le debo a mi madre, fruto de un instinto natural. Toda una vida es poco para hacer surgir todos los matices de los significados de su personalidad, su ternura, su generosidad. Una mujer abierta, de ojos azules, pálida, con una mezcla de orgullo y deleite supremo por la existencia, con el poder de tomar la experiencia y hacerla girar, poco a poco, hacia la luz.
El 6 de enero de 2009 hará tres años que volví de Brasil, y me ha ocurrido de todo. El alma tenía que desafiarme a aguantar. Pero por supuesto, no me olvido nunca de ti, ni de tu nombre, querido Xavier, ni de lo buen embajador que fuiste, ni de lo buen médico que fuiste, absolutamente adelantado a tu profesión, una profesión que a menudo debe decidir cuestiones de una dificultad angustiosa. Allí, cerca de personas que tenían problemas como yo, recuperé la dignidad, eso era lo que sentía. Bastaba con decir simplemente lo que uno sentía, y tú me ayudaste a conseguirlo. Porque creíste en mí desde el primer instante en que me oíste hablar. En aquellos momentos, la vida me parecía poco generosa, aunque tenía el afecto familiar, el honor, el coraje, y supiste captar todo eso en una combinación de decisión y humanidad. Y mi grito era fuerte.
Qué bonito poder seguir luchando, pero hay que luchar, vencer, tener fe en Dios.
El conocimiento se alcanza mediante el sufrimiento, es verdad. Pero año tras año, esa procesión, esa vida, ese voto en el lecho de muerte de mi padre en la áspera corriente de un glaciar, de un pétalo azul, de unos cuantos robles, me llevan día a día, paso a paso, hacia delante para no volver atrás. Y eso es lo que me llena de vida.
Gracias por aquellos meses, por la visita que nos hiciste cuando murió mi padre, que nos emocionó a mi madre y a mí; gracias por estar presente en nuestras vidas.
Un abrazo muy fuerte,
GIOVANNA
CARTA DEL DOCTOR XAVIER FÀBREGAS
Mas Ferriol, 19 de enero de 2009
Querida Gio:
Es muy emocionante leer tus reflexiones sobre el día en que nos conocimos, pero me halagas demasiado. Fue la conjunción de una persona que estaba harta de sufrir con otra persona que podía entender ese sufrimiento y le ofrecía una herramienta para aliviar ese dolor mediante una terapia.
Tu padre conectó enseguida (igual que tu madre, creo) porque os ofrecíamos una posibilidad en la que tú, en primera persona y de forma activa, lucharías por dejar de estar «enferma», por convertirte en persona, y eso conecta perfectamente con el talante luchador de tu familia.
Además, nadie tenía que curarte, sino que te acompañaba en el proceso de curarte a ti misma.
Por eso, resulta emocionante poder seguir, aunque sea desde lejos, los progresos que has ido haciendo para madurar sin perder en el proceso esa mirada ilusionada por la vida que te rodea, por la pasión de vivir, tal como hizo siempre tu padre y como hace tu madre, que recuerdo con toda la dignidad de vuestro dolor durante los días que siguieron a la muerte de tu padre en el jardín maravilloso de la casa de Horta. Es un recuerdo muy especial porque evoca para mí una casa muy similar a la casa en la que viví toda mi infancia, la casa de mis padres y mis abuelos de la calle de Septimània.
Un abrazo para ti y otro para tu madre,
XAVIER F.
EL PRECIPICIO
Ahora hace nueve años estaba en Brasil, en la Amazonia. Primero empecé a escribir un diario, a partir de lo que hacía cada día y de la correspondencia que mantenía. Fue el principio de la reconstrucción de una vida, mi vida. Una reconstrucción que en realidad no ha terminado, pues hoy puedo contarla. Puedo seguir plasmándola aquí, sentada delante del jardín, apacible, fresco, tranquilo, claro, igual que han sido estos últimos años para mí.
Pero como la salpicadura de una ola fresca, tengo que contar sin tapujos qué me llevó a tocar fondo para tener que volver a construirlo todo. Absolutamente todo.
Soy una mujer nacida en la generación de los sesenta, todavía niña a los setenta, y la adolescencia y la dulce juventud me llegaron en los años ochenta... Nací en París, hija de padre catalán y madre suiza italiana. Crecí rodeada de personas que amaban la vida. Iba a la escuela pública con niños y niñas de diferentes culturas y ámbitos sociales. Mi padre era pintor y luchaba a diario delante de un lienzo a medias, mientras avanzaba el día con el aire matutino gris azulado del cielo de París. Y mi madre, que había sido maestra, con una pasión fiel cabalgaba día tras día a nuestro lado por olas de vitalidad divina. Con mi hermano Manuel aprendimos a compartir con afecto todo lo que giraba a nuestro alrededor: amigos, valores, lágrimas y el murmullo de la vida. Con emociones diferentes, cuando íbamos a pasar los veranos a Barcelona, en el barrio de Horta, cerca de la familia paterna, o cuando íbamos al Ticino, cerca de la familia materna, elevábamos el corazón al descubrir una imagen de alba blanca, de ramas de árboles que no temen el invierno, de atardeceres junto al mar, entre el flujo y el reflujo de las cosas. Vivíamos los unos en los otros, participando incluso de los árboles de la casa, e igual que todos los hombres y mujeres, también compartimos lágrimas y penas, valor y resistencia. Leíamos mucho, no teníamos televisor, pero íbamos al cine, al teatro, a un concierto. Escuchábamos música de otra época, la que les gustaba a mis padres y nos gustaba a nosotros. Y de jovencitos, los Beatles todavía resonaban en nuestro interior, bailábamos agarrados las canciones italianas que hacían furor en la época, y entre charlas interminables y algún beso furtivo y robado, nos adentramos en la música disco, que marcó nuestra forma de bailar. Sabíamos de la violencia de la tierra, éramos conscientes de que el mundo no solo giraba, sino que a menudo se tambaleaba, que habían ocurrido guerras espantosas, y empezamos a vivir otras más de cerca. En nuestra casa se conversaba, había diálogo, había belleza, bromas, esa alegría, ese color que llenó mis primeros veinte años.
Sin embargo, tapizado de gris paloma había un peligro de muerte camuflado de falsas intenciones que volvían loco, que hacían cerrar los ojos. En conjunto, pretendía ser el nacimiento de una nueva religión.
Pasé de recitar de memoria a los poêtes maudits con inocencia, pasé de ver películas en blanco y negro llenas de luz, pasé de reír y sonreír, porque me encontré cara a cara, con veinte años, con una droga, la heroína. Después de un enamoramiento que me hizo mucho daño, me quedé frágil, y un día, un día vacío, en casa de unos conocidos, me propusieron esnifar una raya, como una rama que se estiraba. Era heroína, y yo era una ingenua. Me cambió el carácter, me rompió por dentro. Los que me querían no tuvieron culpa de nada, se toparon con una realidad francamente difícil de curar en quince días. Algo pasó también en mi interior ese día. Fue una velada terrible. Al día siguiente, yo, sin saberlo, ya estaba psicológicamente enganchada a la heroína. Porque hay neuronas que, igual que un trozo de hielo, se desprenden, y otras que, igual que una confesión terrible, te roban la vida misma. Así empecé la destrucción de mi vida.
Mi reconstrucción ya está escrita, pero tengo que hacerlo, tengo que evocar de nuevo mis primeros recuerdos con la droga, con la heroína. Sé que estas palabras me molestan, pero son las únicas adecuadas para relatar con intensidad y desde lo más profundo de mí ser el momento en el que mis fuerzas decayeron por primera vez. Siento temor, respeto y pánico cuando me veo obligada a elegir las palabras con las que abrir de par en par esta historia, mi historia. Pero tengo un deseo inmenso de contarlo con aplomo. De transmitir lo que no se cuenta porque intimida, inquieta, acobarda e impresiona. Tengo cincuenta años y empecé a salir del pozo cuando tenía cuarenta. Entonces me estaba matando a jeringazos, yonqui desesperada, con el virus del sida y el de la hepatitis C. Cometía hurtos atrevidos para subsistir con la heroína, lo hacía todo por ella, entraba y salía de la cárcel. Mis padres, mi hermano, mi familia, lo sufrieron en su propia piel. Tengo que escribirlo, tengo que adentrarme en esto, amarrar los recuerdos para que el lector pueda entender qué me ocurrió para tener que marcharme tan lejos, años después, con el fin de curarme de la adicción y salir de las tinieblas.
Como ya he dicho hace unas líneas, corría el año 1984 cuando esnifé la primera raya de heroína, densa y frondosa. Desconocía las drogas, sabía que el alcohol era peligroso y poco más. Aquello fue como un estallido, una detonación, que no sabía que acabaría por inhibirme, alejarme y romperme en mil pedazos. Me devastó durante casi un año. Me desvelaba muchas veces con ansiedad por adquirir la heroína, corría por las calles de París. Con frialdad, me busqué un amante argelino que era camello. Me protegía y me respetaba. Pero me veneraba con las dosis que necesitaba a diario.
Un año antes de que sucediera todo eso, había amado a un hombre con tanta intensidad que cuando me abandonó me quedé frágil, fracturada, humillada. Y la heroína perfumó y aromatizó mis neuronas y supo llenar ese vacío del desamor, de la derrota de mi autoestima. No fue el ambiente, ni la educación, ni mis padres, ni lo que me rodeaba lo que me hizo caer por el precipicio. Pero fui una presa fácil y el sabor delicioso de la heroína en el paladar me atrapó de manera vertiginosa.
Tenía emotividad, no había perdido el sentido y fui capaz, al cabo de un año, de decir basta y frenar al parásito de la heroína. Lo dejé todo, mi ciudad natal, me alejé, me marché de París, siempre con la ayuda de mis padres, que supieron soportar la situación y mantenerme en todos los sentidos.
Cuando llegué a Barcelona me desintoxiqué a fuerza de baños calientes, bullicio, tormento y dolor, y entonces supe lo que era pasar de verdad el síndrome de abstinencia a secas. Pero gracias al centro cívico de Sants y al doctor Rodríguez de Los Santos, recuperé los valores, la protección, el acuerdo, y a pesar de una fuerte hepatitis B, también recuperé una buena calidad de vida. Estábamos en 1985, y hasta 1995 más o menos pude vivir unos años de tregua. Trabajar, vivir sola, vivir acompañada; siempre mantuve unas relaciones sentimentales erradas, equivocadas. Pero a pesar de todo, me abstraje con el trabajo y me quedé suspendida de un equilibrio que conseguí mantener.
Mantuve la relación con mi familia, con mis amigos, con el trabajo... Siempre había sido una chica activa, impulsiva, rebelde, entusiasta, trabajadora. Regresaba a París todos los años por Navidad, iba a las celebraciones especiales, hacía algunos viajes con amigos. Tenía mi carácter, mis ilusiones, sueños, fantasías. Estaban también los veranos en Horta con mis padres. Había momentos preciosos. Si retrocedo aún más con la mirada puedo ver y percibir presencias, olores, aromas, y lo contemplo. Me gustaba la velocidad. El riesgo. Los hombres inteligentes y desenfrenados... Y también había cosas que iban conmigo, como la dignidad. La dignidad de mujer, que cuando te vulneran y te abren en canal, hace que sea difícil perdonar y perdonarse. Y estaban los valores que había aprendido en casa.
Sin embargo, por dentro, de repente mi corazón y todo mi ser nos convertimos en un océano de tristeza.
Con las relaciones sentimentales que mantuve se me congeló el alma. La soledad era como un cúmulo de pequeñas estacas que me rodeaban. Y a mi alrededor revoloteaban tipos maquinadores, liantes. Y supongo que mi corazón era de chatarra, que yo estaba cerrada como un candado. Si bebían, yo bebía. Iba trampeando auténticos laberintos. Viví con un alcohólico casi un año, que sin motivo me insultaba y me pegaba. Todo eso fue la oscuridad. Y cuando un día fui capaz de no admitir ningún maltrato más, lo eché de mi vida, con el corazón vacío de nobleza por haberme dejado ofender, insultar, deshonrar, y lo digo ahora con la cabeza bien alta. Creo que en esos momentos, el alcohol y un infame me hicieron mucho daño. De nuevo se me desmoronó la autoestima. Por supuesto, mi familia quería ayudarme, pero yo hacía mi vida e intentaba recomponerme cándidamente.
Hasta que mi espacio, mi vida, se transformó en una laguna, entonces vivía cada vez más al límite, y tardé poco en recibir el puñetazo de la cocaína. Siempre esnifando por la nariz, vías del tren cubiertas de nieve. Tenía treinta y ocho años, tuve que dejar de trabajar. Mi psiquiatra, muy afectado, se puso a temblar en cuanto se enteró de que había descubierto la droga más atractiva de todas, y por supuesto, mis padres se sintieron superados. Realicé un tratamiento ambulatorio, pero seguía viviendo en el mismo sitio y frecuentando a la misma gente. No me quería. Y ya era dinamita. Aguantaba en el piso de Petritxol, un ático precioso, en el que nunca fui feliz y donde toqué fondo. Me quedaba en ese piso para no vivir en la calle. Mis padres se hacían cargo de los gastos. Con la cocaína lo perdí todo. Me lo vendí todo: libros, discos, cedés, etcétera. Lo agoté todo. Era como vaciarme poco a poco, arrastrando palabras de fe porque en el fondo siempre existen las divergencias de dos caminos que llegan a un mismo cruce. Y todavía hoy en día me cuesta entender cómo la misma humillación me llevó a la perturbación. Y puede que lo que me haya salvado siempre haya sido la fe, mi fe.
Un día, no recuerdo la fecha, del año 1998, un charlatán del barrio me propuso ir a un sitio en concreto a comprar cocaína, me dejé llevar, solícita. Cogimos un autobús y me encontré de repente en un sitio «carnívoro» que se llamaba Can Tunis. Extendí el brazo y me dejé pinchar, heroína y cocaína. Me desperté en una ambulancia y un médico muy humano que me dejó en mi casa, en la cama, me preguntó: «¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? ¡Has tenido una sobredosis!».
Al día siguiente, la neurona que había estado esperando tantos años me guio hacia el autobús 38 y volví a Can Tunis. Al cabo de una semana ya estaba infectada del sida y de la hepatitis C. Me encontré en medio de la batalla, de la masacre, sola. En el barro.
Recordaré siempre el silencio que se rasga cuando por teléfono le dije a mi madre que había vuelto a veinte años atrás, a la heroína, y esta vez directa en vena. En un abrir y cerrar de ojos pasé a estar muy enferma del hígado, con idas y venidas al hospital, y cuando el médico me dijo que tenía que repetirme la prueba del sida, supe en el acto que el horizonte nocturno resplandecía con las ráfagas de proyectiles de los bombarderos que libran batallas. Solo quería que los relámpagos perforasen el cielo y me rompiesen la vida por completo. Mi madre y yo fuimos juntas a buscar los resultados, abrí el sobre y recuerdo que mi madre se quedó de piedra, pues mi mirada era gélida, desapasionada, indiferente. Y cuando lo supo mi padre, desolado, prevaleció el amor por una hija que él sabía que luchaba pero que se dejaba abatir.
Corría el año 1999, todavía no estaba fichada por la policía, todavía no cometía hurtos, todavía tenía ánimo para seguir adelante. Y mis padres me convencieron para que fuese a una comunidad, cerca de Manresa, Can Solà de la Vall. Lo acepté porque quería huir de una superficie vacía. Allí me encontré con gente como yo, con los mismos problemas, y poco a poco, con terapias y buena voluntad, disciplina y constancia, me renové, me reencontré, disfruté de la calidad de vida que necesitaba. Pasé allí cuatro meses, a menudo entraba y salía del hospital, todo giraba alrededor de mis enfermedades. Pero pensaba que había vencido al dolor. Estábamos en plenas navidades, ya me habían diagnosticado mediante una biopsia la hepatitis C y sabía que en las entrañas llevaba las sentencias pendientes. Veía a mi familia cuando podía, y siempre, siempre fueron partidarios de todo lo que decidía hacer con mi vida. Pero en una comunidad hay que ir para curarse, dejarse ayudar y no quejarse. Sobre todo, si tienes unos padres que se dejan la piel para pagarte una comunidad privada y que no abandonan la lucha contra la droga. Solo mis padres podían dar armonía a mi vida. Ellos asintieron, crearon cohesión. También sufrieron mucho. Pero nunca me abandonaron, pues confiaban en que yo amaba la vida y me aferraba a ella. Pues la voluntad y la fe tampoco me abandonaron.
Sin embargo, me equivoqué de nuevo. Aprovechando la nieve que había dejado la masía sin calefacción ni agua caliente, con los pacientes alterados porque los terapeutas estaban de vacaciones, nos sentimos solos, a ocho grados de temperatura, y unos cuantos nos fugamos, siete u ocho personas; fue un fallo por parte de los responsables y una debilidad de quienes huimos. Además, me marché medio enamorada de un hombre que ya había salido pero que no había recuperado el norte. Aun así, en mi casa siguieron proporcionándome lo que necesitaba. Volvieron a arreglarme el piso de Petritxol, le hicieron un buen lavado de cara. Y allí me instalé de nuevo con un compañero, ex alcohólico pero noble y trabajador, que era ingeniero. El primer mes nos fue muy bien y entramos en el año 2000 juntos y limpios. Entonces empecé con el interferón para la hepatitis C. Él viajaba mucho y de repente me encontré sola, enferma, sufriendo la quimioterapia, y mi debilidad me llevó de nuevo a Can Tunis. En el barrio no había cambiado nada. Los yonquis, con una falsa ternura, empezaron a llamar al timbre de mi casa. Se veía venir. Debilitada, después de cuatro meses limpia, la mezcla de heroína y cocaína entró en mis venas inquietas, sentí en la sangre una mezcla de complacencia, de incógnita, de secesión, de efusividad y euforia. Fui yo quien tomó la decisión y a partir de ese momento el descenso a los infiernos también lo provoqué yo.
La heroína, la cocaína, los ácidos, esnifados, en vena o fumados... ¿Qué más da? Te dominan. La droga te domina por completo. Y tú ya no eres nadie, ni eres nada, un esclavo a merced de la droga.
Días de una palidez mortuoria, años de círculos de tono violeta oscuro. El frío y el miedo te queman los labios. Allí, dentro de mí, la lluvia había creado una especie de balsa. Me tiré de cabeza. Y no disfruté en absoluto de la mentira ni del narcótico. Era pura sumisión. Era sobrevivir y nada más. Mi compañero salió por piernas, indefenso, desprevenido. Mis padres, angustiados, agobiados, a distancia, a veces se creían mis invenciones, la burbuja que había hinchado. Aunque sabían que era todo mentira. Lo sabían todo, pero fueron extraordinarios.
Empezaron cuatro años muy largos de cadenas y ataduras a la droga. Conocí a un chico italiano que tenía cierta categoría, nos «enamoramos», nos respetamos. Luciano se vino a vivir a mi casa y ahuyentó a los demonios. Los dos estábamos enganchados a la droga, íbamos juntos a todas partes, y en Can Tunis era un chico respetado, la policía sentía ternura por él; uno de los policías le dijo un día delante de mí: «¡Luciano, saca a esta mujer de este agujero!». Pero el absolutismo de la droga puede más que todo lo razonable. No me prostituí nunca. Solo lo repetiré una vez. Nunca. No atraqué ningún banco, ni perseguí a ancianos ni a gente deteriorada para robarles, tampoco trafiqué nunca. Mi amante me enseñó a robar. Robábamos ropa de hombre de marca, desconectábamos las alarmas de las prendas y nos las poníamos sobre la piel, por debajo de nuestra ropa. Ambos íbamos limpios y aseados, no llamábamos la atención, estábamos bien organizados. Después lo vendíamos en el Raval, a veces por un veinte por ciento del precio, otras por un treinta, y si teníamos suerte, por un cincuenta por ciento... Robábamos en grandes almacenes. Nos pinchábamos seis, siete, ocho, diez veces al día, ya no me acuerdo. El síndrome de abstinencia te hace transgredirlo casi todo. Y acaba gustándote el color de la sangre cuando te inyectas y la jeringuilla se tinta de carmín. Después de ese minuto suculento, sigues necesitando más y más, y de hecho, te persuades para seguir viviendo como un fantasma y quitarte el mono. Solo vives para eso, y eso no era vida.
Por supuesto, la policía nos pisaba los talones, la primera vez que se llevaron a Luciano a la cárcel, delante de mí y en estado de abstinencia, tuve la sensación de que sola me moriría. Y tuve que seguir haciendo la misma vida para poder pincharme yo sola y que siguieran respetándome. En Can Tunis siempre había piratas que te arrancaban la jeringuilla de las manos, o te robaban... Aquello no era el Far West, era el purgatorio de las almas en pena. Un desierto dominante, con una alfombra de jeringuillas. Era como un supermercado al aire libre con derecho a pícnic. Era el paraje de los «busca y captura». Al principio, cuando la policía te pillaba con ropa robada, ibas directo al calabozo. Podías pasarte allí setenta y dos horas, te llevaban al palacio de justicia, te notificaban la multa y te soltaban. Los calabozos estaban húmedos, mohosos. Estaban llenos de todo tipo de personas, personas humanas. Las mantas que te daban eran repugnantes, había mugre por todas partes. Los gritos de quienes tenían el mono, los gritos de los demás internos, el ruido metálico de las rejas y los cerrojos. Cuando salías del palacio de justicia ibas a gatas, como podías, rumbo a la ciénaga; no siempre era así, pero normalmente te encontrabas con una buena persona en medio del lodo que te quitaba el mono. Entre los yonquis había un pacto: cuando sabían que acababas de salir del calabozo y llegabas mareado, desesperado, te ayudaban y se brindaba con las jeringuillas, como quien brinda con una copa de vino.
Las multas ni siquiera llegaban a casa. Pero entonces empezaron los «busca y captura», por multas de cien euros o más, y con la «ley Aznar», cuando te pillaban ibas directo a la cárcel. Luciano y yo estuvimos cuatro años juntos. Entramos y salimos de la cárcel bastantes veces; en total, yo estuve cinco meses, entre multa y multa. Pero la víspera de salir, las venas ya se hinchaban, rígidas, y después de un mes de soledad, de desgracia, de vulneración, ibas corriendo a pincharte, porque la cárcel no sirve de nada cuando tú no quieres encontrar la salida.
Mis padres ya no sabían qué hacer, y aun así, mi padre, a sus ochenta años, quiso ir a verme a la cárcel de mujeres de Wad-Ras, en un vis-a-vis, para llevarme el libro que acababa de escribir con sus memorias: La meva capsa de Pandora. Y me dirigió unas palabras de ternura y bondad. Leí el libro de un tirón. Vi ante mí a un gran hombre, de una calidad humana natural, un padre que con ochenta años quería demostrar ante todo que me amaba y que quería dialogar conmigo. Pero yo, entre la vergüenza y la desventura, salía de la reclusión para caer en otra cautividad.
A Luciano y a mí nos llamaban «la banda de los italianos». No era ningún halago. Volví a acabar en el Hospital del Mar por culpa de una neumonía muy fuerte, y cuando percibía la protección a mi alrededor, pensaba que quería salir de todo eso. Salir de la maleza, salir del sufrimiento. Porque, al fin y al cabo, llega un momento en el que solo quieres que el siguiente chute se te lleve al otro barrio. Y yo estaba muy enferma del hígado y con el VIH.
Pasaron los años 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, llevando la vida de un perro afligido. Me levantaba temprano, sin síndrome de abstinencia, me lavaba y procuraba ser discreta. Salía de casa, siempre atenta por si me seguía la policía, me colaba en el metro o caminaba kilómetros, robaba, vendía, iba a buscar las dosis, regresaba, nos quitábamos el mono y volvíamos a hacer lo mismo. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Sin parar, una pena sin elixir, un agotamiento estéril.
El mundo de la cárcel, de las detenciones policiales, esposada a la vista de todo el mundo, el trato de la policía, de los funcionarios de prisiones, de las mismas presas, la deshonra..., solo lo conoce quien lo pasa. El frío de las rejas, la falta de luz, el ruido de las llaves que cierran y abren las celdas y que los funcionarios arrastran contra las rejas para que sepas que son las cinco de la mañana o las once de la noche, el recuento. El ruido de las botas de los funcionarios, arriba y abajo. La primera vez que entré en la cárcel, por lo menos había enfermería y te ayudaban un poco con la abstinencia. Nunca quise metadona, pero al final me la dieron... Si estás enganchado a la jeringuilla, la adicción puede mucho más sobre un cerebro controlado por las sustancias. Siempre había desconfiado de la metadona. Los yonquis, si tomábamos meta, nos pinchábamos coca. Por eso aparqué la metadona. En la cárcel no dormía, pero soñaba con los ojos abiertos, comía, tenía agua caliente, recuperaba fuerzas, escribía mucho, me pasaba el día en la biblioteca. Me llamaban «la solitaria». Siempre me comporté con educación. Pero cuando te quedabas a oscuras a las diez de la noche, había como un silencio de metal que cortaba la respiración. Mi madre y yo nos llamábamos por teléfono, recibía cartas de los familiares, que me daban ánimos. Con Luciano nos escribíamos cartas de amor y nos prometíamos que dejaríamos la droga, pero cuando nos reencontrábamos éramos felices porque lo primero era drogarse. Nos quisimos como solo pueden quererse dos yonquis. Conocí a policías buenos y policías malos. Pasé toda clase de abstinencias, con los dientes apretados, los puños cerrados y los ojos abiertos. La abstinencia es espeluznante, apocalíptica... Me dejaba gobernar por la dignidad. No gritaba, no lloraba, y así iba encerrándome poco a poco dentro de un mundo que no le deseo a nadie. Había bromas sobre si tenías el bicho, y allí entendí que tener el sida era arrodillarse; tardé en alojar la enfermedad en mi interior y aceptarla sin martirizarme. Conté con la ayuda de un tutor y de una monja que me ayudaron mucho dentro de la cárcel, pero fuera era distinto. Mientras tanto iba pensando, me repetía los valores de la vida, y rezaba muchísimos padrenuestros. Incluso mientras robaba, rezaba. Pedía protección, pero encontraba la protección equivocada. Y pensaba en mi padre, en mi madre, en mi hermano... Los quería, sabía que les hacía daño, era consciente de que mi vida se escapaba. En la cárcel iba a misa. Nunca dejé de pedir ayuda a Dios. Soy creyente y seguí siéndolo mientras me drogaba. Todavía lo soy.
El mundo de la heroína, de la cocaína, del alcohol, de todas las drogas, es un mundo perverso. Yo nunca fui viciosa, ni pérfida, ni corrupta. Pero en mi interior, todo se degradaba.
No conozco a nadie que se coloque con heroína solo los fines de semana y que no esté enganchado. La droga es un monstruo. Y siempre, siempre hay algo por hacer. Cuando desapareció Can Tunis, los toxicómanos íbamos perdidos. La Mina llena de mossos que te arrancaban las dosis y te dejaban temblando, sudando... Querían que les cantaras los nombres de los gitanos. Nunca dije nada. En la cárcel, algunas gitanas me respetaban y me daban tabaco. Empezó la ruta de Sant Cosme, de Gavà, recorríamos kilómetros y kilómetros andando para encontrarnos a veces barricadas de policías. Sin embargo, subsistíamos como podíamos. Apenas comíamos, cada dosis costaba diez euros y nosotros necesitábamos unas cuantas al día. Recogía colillas porque no podía comprarme ni un paquete de tabaco. Ahora soy incapaz de negarle un cigarrillo a alguien.
Muchas veces contábamos con la presencia de los voluntarios, del autobús que repartía material higiénico, bocadillos, zumos, y del autobús que servía de narcosala. Todavía siento mucha admiración por esas personas, entre educadores y médicos te aconsejaban, intentaban convencerte. Y siempre estaré a favor de que existan sitios en los que los toxicómanos puedan pincharse con decencia y reciban cierta atención.
Por otra parte, había una inquietud que ni siquiera era capaz de convertir en palabras: eran los mismos monstruos que ocupaban el espacio dentro de mí y se arrastraban por mis entrañas.
No pude ver crecer a mis sobrinos, no pude disfrutar de cosas tan bonitas como un bautizo. Todo el horror del mundo se concentraba en aquella puerta convulsa. Estaba más allá de la rendición, más allá de la locura, pero todavía no estaba más allá de la resignación, ni más allá de la apatía, y por eso, no podía aceptar mi destino en paz. Al mismo tiempo que lloraba, mientras me mordía el puño, era consciente de que alguna providencia me sacaría de esa isla desierta. Yo temblaba como una hoja de laurel que hierve en la cazuela, acabaría reventando de un momento a otro. Una noche, me senté en la cama y abracé una jeringuilla llena. Esperé, porque quería luchar hasta el último aliento, lo puse todo en la balanza: la droga o mi vida. Y cuando salió el sol, habían ganado mis ansias de vivir.
Entonces llamé a casa y dije con un grito de muerte que estaba dispuesta a lo que fuera por salir de aquella atmósfera lúgubre. En septiembre de 2004 lo dejé todo para ganar una dura batalla que me cubría de granito; en lugar de esa tierra inhóspita encontré el camino de la esperanza, entré en un oasis de calidez, de comprensión y de vida digna. Tuve la suerte de contar con unos padres excepcionales, con un entorno expansivo, con un hermano muy próximo a mí y unos sobrinos preciosos, con los amigos; recibí amor en todo momento. Pero si no hubiese encontrado las fuerzas para salir de aquello yo sola, os aseguro que no hubiese podido escribir esta historia. Porque con la droga, solo tú decides y realizas una elección. Mi elección fue esta: vivir y no morir.
LOS PRIMEROS PASOS
Aceptar la ayuda que se nos brinda desde fuera del entorno familiar, alejarse del peligro, desintoxicarse y entrar en un centro profesional es uno de los primeros pasos que hay que dar.
Entré en el CITA (Centro de Investigación y Tratamiento de Adicciones) el 2 de septiembre de 2004. Tenía cuarenta años y pesaba treinta y ocho kilos. Había tocado fondo. Es una clínica privada abierta a la naturaleza, en Dosrius, en el Maresme. En medio de la montaña, de arquitectura de estilo colonial, en tiempos había sido una casa de reposo, y el lugar era acogedor, el paisaje se conservaba bastante virgen. Para empezar, era una comunidad diferente de las que ya había probado y me ofrecía muchas herramientas. Más adelante daré más detalles. Sin embargo, no era la primera vez que entraba en una comunidad o un centro especializado.
Para aclararlo tenemos que remontarnos unos años atrás y volver a la sombra del pasado del año 1985, cuando llegué a Barcelona y me desintoxiqué de la heroína por primera vez a pelo, gracias al centro cívico de Sants, y cuando en el año 1986 estuve en la Comunidad de Can Puig (entre el Tibidabo y Sant Cugat), la antigua Ciudad de los Muchachos. Estaba convaleciente de la hepatitis B, necesitaba ayuda y protección. Mis padres y mi hermano Manuel tenían que seguir haciendo su vida en París. Las separaciones de mi familia siempre eran dolorosas. Sobre todo con mi madre, que me acompañaba a todas partes y que nunca dejó de creer en mi capacidad de superación y en mi voluntad.
Can Puig, septiembre-octubre de 1986
Era una gran masía en medio del bosque, umbría gracias a la vegetación, muy disimulada entre los árboles, y los caminos estaban llenos de hojas doradas. Era otoño. Tenía que quedarme nueve meses y aguanté uno... Era duro. En esa época debíamos de ser tres mujeres y cuarenta hombres. La disciplina era lo más importante; los horarios, de seis de la mañana a nueve de la noche, el trabajo bien hecho, la limpieza de todo, repartida y controlada. Hacíamos tareas del campo, como recoger maíz o plantar patatas... Se realizaban talleres de cocina, de mantenimiento, de fotografía, de manualidades. Siempre ocupados. Hacíamos mucho deporte, caminábamos, corríamos, todo era obligatorio. Todas las actividades se hacían en grupo, pero no podías expresarte mucho con los demás en privado, se intentaba esquivar cualquier relación amistosa o sentimental. Todo muy racionado. Incluso el agua caliente y las duchas. Poco tiempo libre. Había tres fases: una de tres meses de incomunicación con el exterior y con la familia, otra de tres meses más para empezar a salir y contactar con la vida protegida, y la fase final, de tres meses también, para buscar trabajo o un sitio en el que aterrizar y reinsertarse. La mayoría estaban allí para no estar en la cárcel. Yo tenía veintiún años y no tuve problemas de disciplina. Pero no había apenas terapia y no supe integrarme, en esa época todos eran toxicómanos yonquis. Yo, que todavía no lo había vivido, comprendía que era por mi bien, que mis padres respirarían y que yo me pondría las pilas, que en cierto modo, sí se me recargaron. Empezaban a darse los primeros casos de sida, yo solo había pasado una hepatitis B muy fuerte, pero ya sabía un poco del sida, porque había visto morir a amigos de mis padres. No hablaba muy bien castellano, no me comunicaba mucho con los demás, no quería aceptar lo de «soy politoxicómana», no me culpabilizaba si dejaba una silla mal colocada o si cogía una manzana de la despensa sin permiso, porque te ponían tres faltas y un domingo a pan y agua... Era transgresora, aunque respeté las normas más importantes: no fugarse, no consumir, no mantener relaciones sexuales —si las mantenías, te expulsaban—, no ser agresivo. Eran otros tiempos. Simplemente dije que quería marcharme de allí, que no era necesaria tanta mano dura, que me parecía que ya había cumplido con el servicio militar, y en esos términos se lo dije a mi psiquiatra de entonces y a mis padres, que al principio reaccionaron con reticencia. Pero Can Puig me aportó muchas cosas. Salí renovada físicamente, con una sonrisa nueva. Salí habiendo abandonado la heroína. Y con el cerebro limpio. Los gestos todavía eran frágiles. Lo que sí me llevé de Can Puig fue que todos éramos heroinómanos, que yo no era diferente, a pesar de que creía que sí lo era. Y fue en Can Puig donde recuperé la calidad de vida que todos necesitamos. Los rescatados de la heroína no sabemos funcionar sin disciplina. Por lo menos, yo no sé. Lo más importante es querer madurar, pero en aquellos años yo pedía confianza y quería demostrar que podía hacerlo todo por mí misma; era rebelde, pero mi familia confió en mí. Can Puig me impregnó de la naturaleza que siempre me había gustado, la llevaba dentro y ahí sigue. En Can Puig aprendí a aceptar el silencio, el frío, incluso los miedos. Y cuando me marché, acepté ser responsable de mis decisiones. Años más tarde, en la cárcel, recordaría ciertas sensaciones gélidas.
De manera ambulatoria seguí una terapia de analíticas obligatorias dos veces por semana, durante dos años. Eso te ayuda a no caer en la tentación. Pero cuando eres drogadicto, la vida está vacía. Y la soledad es una enemiga. Lo máximo era colocarse de vez en cuando con alcohol y ansiolíticos para tapar ese vacío que te deja para siempre la heroína. Pude vivir sola y trabajar durante muchos años, pero con cierto seguimiento profesional. Corría el año 1996 cuando me enganché por primera vez a la cocaína esnifada. Entonces, mi vida dio un vuelco espantoso. Aquí vivía sola, mis padres iban y venían de París e intentaban creer que yo me las arreglaba por mí misma. Y cada vez era peor. Hasta que toqué fondo en 1999 al pincharme heroína, directa en vena. En 2000 ya me había infectado del sida y de la hepatitis C. Pero acepté entrar en una nueva comunidad privada; hacía más de cuatro meses que llevaba barro en las venas, y dentro de mi cuerpo la luz de la vida empezaba a querer apagarse. Era necesario seguir guiando mis pasos hacia algún sitio. La heroína dominaba mi vida y mi salud.
Can Solà de la Vall, septiembre-diciembre de 2001
Tenía treinta y siete años, estaba deteriorada. Pasé allí cuatro meses. El lugar era precioso, una masía un tanto descuidada, delante de las suntuosas montañas de Montserrat. Era una comunidad mixta, de poca gente, privada. Me quedé allí cuatro meses. A diferencia de Can Puig, era una comunidad que en principio no admitía a personas enganchadas a la heroína, pero conmigo hicieron una excepción. Me sentí acogida desde el primer momento. Teníamos que trabajar, pero había mucha terapia con los monitores (la mayoría eran ex adictos pero con experiencia), con psicoterapeutas, grupos para combatir el alcohol, terapia para la cocaína, que era la moda del momento. Había que respetar los horarios, pero eran más tolerables, y todo era más positivo. También había un tiempo de incomunicación, seguido de un período de adaptación y de salida del centro a un piso terapéutico. En total también duraba unos nueve meses. La única seropositiva era yo, pero nunca me sentí rechazada. Veíamos al psiquiatra una vez por semana. Se realizaban muchas actividades conjuntas, supe sacar partido del tiempo libre y lo dediqué a retomar la escritura. Hacíamos reuniones por la mañana, por la tarde, por la noche, en las que todos nos expresábamos. Por desgracia, no queda ningún escrito de esos momentos. Entablé amistades. Había gente muy distinta y de todo tipo. Iba y venía a menudo al Hospital del Mar, me tocó hacerme una biopsia del hígado a mediados de diciembre... Mis padres, cuando podían, se animaban a escaparse e iban a verme, para comprobar cómo iba recuperando fuerzas y autoestima. Cometí el error de enamorarme de un hombre adicto, aunque fuese al alcohol y fuese buena persona y ya hubiera salido del centro. El 11-S del año 2001 me marcó, allí, lejos de los míos, pero lo compartimos con los demás, porque me comunicaba mucho con la gente. Era responsable y luchadora. Sin embargo, la Navidad de 2001 falló algo en la comunidad: nos quedamos quince días sin agua caliente, nevó, todo se congeló y estuvimos todo ese período sin psiquiatra, sin psicólogos... Con un único monitor para aguantarnos, a un grupo de treinta toxicómanos en una masía a ocho grados, sin soluciones y delante de una chimenea en plenas fiestas, encerrados: era una bomba de relojería. La comunidad era cara y yo siempre pensaba en mis padres, que se esforzaban para poder pagarla, sin saber la precariedad de la situación que vivíamos en esos momentos. Ya estábamos en la era del móvil, pero nos los confiscaban. Yo todavía no utilizaba internet... Y aquel 26 de diciembre de 2001, siete u ocho personas nos fugamos y provocamos un estropicio bastante considerable para el centro. Mis padres tuvieron que aceptarlo y me ayudaron a volver a instalarme en el piso de la calle Petritxol. Me fui a vivir con un hombre a quien no conocía bien... Y volví a encontrarme en mi piso del Barrio Gótico con la misma gente de la calle que frecuentaba antes, de forma que los cuatro meses de terapia se fueron al garete en apenas dos meses. En 2002, el hombre se marchó mientras yo empezaba un nuevo tratamiento para el hígado, sola, desesperada, y no tardé en recaer y volver a meterme en el barro.
No obstante, de Can Solà de la Vall me llevé las cosas buenas de una comunidad profesional. Por primera vez, hice una terapia en la que pude contar todo lo que me había pasado, realicé una introspección, me escucharon, me dejaron claro qué era la renuncia, la recaída. La dependencia emocional, que yo desconocía. Volví a sonreír y a reírme. Pude hablar abiertamente de mi enfermedad. Me sentí feliz durante cuatro meses. Me reencontré a mí misma. Pero algo falló y me perdí de nuevo por el asfalto de la calle Petritxol, cuando volví a pisar el margen de la vida y la heroína entró otra vez en mi sangre. Porque la adicción es una esclavitud, y cuando por fin te encuentras hundida en un pozo de mierda, no quieres enfrentarte a la realidad porque estás tan perdida que todo resulta miserable.
Viví la vida, día a día, cada vez más atrapada, hasta que entré en el CITA.
CITA, de septiembre de 2004 al 25 de abril de 2005
Porque ya no podía más, porque me estaba muriendo y no quería morir. Porque solo tenía cuarenta años, y veinte de ellos mal vividos. No solo pedí ayuda, sino que me dejé ayudar fuera como fuese. Las voces amigas de mis padres nos recomendaron el CITA. La mañana del 2 de septiembre de 2004 me inyecté por última vez y cerré la puerta del piso de la calle Petritxol sin mirar atrás. Llevaba poca cosa dentro de la bolsa. En el piso había dejado unas cajas con todo lo que quería guardar. El resto era morralla. Mi madre me fue a buscar en coche, pasamos por la cárcel Modelo, donde me dispensaban la metadona. Hacía poco que la tomaba, porque siempre me había resistido, ya que al fin y al cabo te pinchas igual. Es la adicción a la aguja. Les anuncié que no volvería. Recuerdo las palabras del chico que la daba, fue sincero cuando me deseó mucha suerte. Son pequeños detalles, pero se trata de personas que desde detrás de un cristal, en una ambulancia, por la calle... me ayudaron en todo lo que podían. Los centros ambulatorios, del ayuntamiento o de Cáritas daban todas las herramientas posibles, pero no pude, me encontraba en pleno infierno. Ese día sabía que, por fin, me alejaba de todo. Mi madre y yo fuimos a comprar algo de ropa y objetos personales. Y fuimos a nuestra casa de Horta para reunirnos con mi padre.
El doctor Xavier Fàbregas ya me había visto unos días antes e hizo todo lo que estuvo en su mano para que ingresara lo antes posible. Llegó la hora de irme a la nueva comunidad, la definitiva. Todavía tengo presentes las miradas, las palabras de mis padres, la última llamada de mi hermano Manuel, que me dijo que me animaba, el último vistazo que eché a la casa, al jardín de Horta. Era lo que yo quería. Marcharme, marcharme lejos, y descansar. Lo tenía tan claro como un grito agudo y metálico en medio de un gran silencio. No pensaba en cuánto tiempo, ni hasta cuándo. Me entregué a una nueva elección. Había elegido entre la vida y la muerte.
Tardaría un mes en volver a ver a mis padres, pero el día 18 me dejaron llamar a mi padre para desearle un feliz ochenta cumpleaños. La separación fue dolorosa, pero sabía que ellos recuperarían la paz que tanto se merecían. El CITA (entonces llamado CITA Clínica Rural) tenía además una torre en Barcelona para cuando regresara. ¡Cuando regresara! Eso era lo que más angustiaba a mis padres. Pero me dejaron en buenas manos y siguieron creyendo en mi fuerza de voluntad. Creo que mi mirada y mi fragilidad física debían de hablar por sí solas en esos momentos.
Los primeros días estuve de acogida. Los pacientes más «cualificados» son los que te enseñan la clínica, te acompañan, te presentan, te respetan si estás con el síndrome de abstinencia y te ayudan, te dan la medicación; no tienes obligaciones, te dejas cuidar. Había otra persona que dormía en la misma habitación que yo. No había barreras ni cadenas. No me entró el síndrome de abstinencia, y recuerdo que la primera noche dormí muy bien. Me cruzaba con gente, todo el mundo me daba la bienvenida. Al cabo de dos días me instalaron en una habitación individual en otro módulo con vistas a la montaña. Convertí esa habitación en mi nuevo hogar, allí pasé siete meses y veintitrés días. Me adapté enseguida a los horarios, a las terapias, a las caminatas. Así empezábamos el día, caminando. Después desayunábamos, arreglábamos la habitación y nos podíamos duchar siempre que quisiésemos. Dedicábamos unas horas a trabajar, eran tareas rotativas que cambiaban cada mes. Siempre en equipo, limpiar las casas, o hacer tareas de jardinería en el exterior; también había una lavandería, los establos de los caballos, la cocina. El primer mes, dado mi estado de salud, me movía despacio por los patios, recogía las hojas del otoño y procuraba que me diera el aire. Se hacía deporte. Las normas eran las normas, no eran obligaciones. Y si tenían que sancionarte por haber hecho algo mal, como no levantarte o saltarte una terapia, o tomar café con cafeína, o hablar con agresividad verbal... Te quedabas un fin de semana sin salir o sin recibir visitas. Poco a poco empecé a conocer a los demás y a conocer el funcionamiento de la clínica. Algunos eran más libres porque ya hacía un tiempo que estaban allí; unos se marchaban, otros llegaban. Conocí a personas muy simpáticas que hoy en día son mis amigas y también están bien. Si montabas jaleo por consumo o por agresión, te expulsaban de inmediato. Había gente muy variada, muchos jóvenes, pero también de mi quinta, y atrapados en la droga como yo había un montón.
Sin embargo, todo tenía un espíritu bastante intenso, todo tenía una razón de ser. Había una sala de ordenadores, en la que descubrí internet, la forma perfecta de comunicarme con mi familia. Hacíamos reuniones entre nosotros a diario para reprocharnos las cosas que no nos gustaban, terapia de grupo reducido, psicoanálisis, salidas en grupo el sábado o el domingo, pero todo en su momento y a su debido tiempo. Las relaciones se permitían, pero estaban mal vistas y solían acabar en drama. También pasaban cosas, claro, consumos, expulsiones... Yo nunca me metí en esos líos. No realizas un proceso tan importante para enamorarte, ni para transgredir las normas y los valores. El proceso es tuyo, y eso ya lo había aprendido con anterioridad. No estaba atada a nadie y supe respetarme y hacerme respetar. Y si la cafeína estaba prohibida, era comprensible... Era un excitante, y ya fumábamos bastante.
Durante ese primer mes apenas se hacía terapia, como mucho escuchabas a los demás y todos te observaban. Lo primero que te asignaban, además del psiquiatra que ya tenías, era un psicoterapeuta profesional. Yo tuve a Santi González. De mi misma generación, serio, rescatado como yo, pero muy buen profesional. Puede que fuera el que más me hacía enfadar, pero ¡cuánta razón tenía! Y fue con quien más lloré. Los psicoterapeutas son quienes te frenan más, quienes te escuchan más, quienes te hablan y te guían en el proceso clínico y terapéutico. Son quienes te dicen esto sí y esto no. También había monitores, ex adictos, con los que trabé mucha amistad. De eso hablo en las cartas.
Pero lo más importante que hizo el CITA fue ponerme en manos del hospital Germans Tries i Pujol (Can Ruti), al servicio del doctor Clotet. Tenía la carga viral del sida muy alta y la de la hepatitis C también, y además, tenía tuberculosis. La había contraído en la cárcel. Así pues, lo primero que tuve que hacer fue pasar un largo tratamiento de dos meses para curarme de la tuberculosis. Empecé a descubrir la medicación pura y dura, los efectos secundarios, el mal carácter, el mal rollo; pero al mismo tiempo, como era luchadora, me levantaba al alba y me dormía tardísimo, participaba en todo, y poco a poco fui saliendo de la sombra. Medicada, controlada, siempre inquieta y queriendo correr, pero contenta de volver a recuperar la calidad de vida tan merecida.
Mis padres fueron a verme al cabo de un mes y ya me encontraron muy cambiada, pero acababa de empezar la reconstrucción de mi vida, y ellos por fin se marchaban a París. Además, al cabo de un mes también me dieron un móvil. Me había ganado su confianza. Y pude comunicarme con mi hermano Manuel, mis sobrinos y su madre, Nathalie. El doctor Xavier Fàbregas era un hombre inteligente, de gran calidad humana. Cuando empecé el tratamiento de retrovirales por primera vez, su ayuda fue primordial. Septiembre, octubre, noviembre, muchas idas y venidas al hospital pero mucha implicación y participación. Volví a montar a caballo, menuda sensación de libertad...
Había oído hablar del famoso Mia. Josep Maria Fàbregas i Pedrell, hermano de Xavier. También se ocupaba de la clínica, pero no estaba nunca, se pasaba la vida entre Brasil y Nueva York. Todos hablaban de él, unos como si fuese un dios, otros como si fuese un salvaje, lo detestaban o lo elogiaban. Hasta que un día llegó la «estrella» y me llamó a su despacho. Para empezar, me hizo esperar una hora... Y cuando nos cruzamos la mirada, pensé que él no daba un duro por mí y que yo no lo necesitaba para nada. El motivo era que quería conocerme en persona, decirme que estaba al tanto de todo, y preguntarme si sabía algo de Brasil, si me había hablado alguien del tema. Yo había oído que tenía una clínica en América y poca cosa más. Unos amigos comunes de mis padres le hablaron de mí y le pidieron que hiciera lo imposible. Pero al ver que yo no tenía ni información ni especial interés, acordamos que seguiría en CITA Clínica Rural con su hermano Xavier. No entendí qué pasaba. Pero crucé la mirada con la de un ser absolutamente genial, agudo, cínico. Egocéntrico a su manera, con una energía y una inteligencia que hacía temblar todo lo que había a su alrededor, era como un huracán. Lo fui descubriendo a fogonazos cuando teníamos el honor de verlo y teníamos audiencia con él todos juntos. ¡Todos! Al principio no me cayó simpático, pero descubrí a un fuera de serie.
Llevaba pocos días en el CITA cuando conocí a Juanito. Yo iba con mis treinta y ocho kilos y un carretillo lleno de hojas. Me encontré con un chico alto y fuerte, con una coleta de indio sioux. Una mirada dulce y una sonrisa magnífica. Juanito el Panadero. Había estado tres meses allí, iba una vez a la semana a ver al psicoterapeuta, al mismo que yo, Santi. Iba los martes y se quedaba casi todo el día. No olvidaré jamás el día en que lo conocí, hablamos un buen rato, era mayor que yo, había visto de todo: heroína, cocaína, hacía poco que se había muerto su madre. Estaba casado y tenía un hijo de corta edad, y los ojos y el alma limpios. Confié en él enseguida, su calidad como persona me cautivó y nació una amistad que todavía dura. Juanito me habló muy bien de Mia; él también sentía ternura por mí y cada semana esperaba que llegase. Todo el mundo lo quería. Antes de marcharme del CITA para irme a Brasil, me dijo que él no podía ir, pero que sabía de qué iba el tema. Me recomendó que sobre todo me dejase guiar por Mia y por el proceso. Que seguro que a la vuelta nos reencontraríamos. Incluso ahora, Juanito y yo nos llamamos a diario, nieve, llueva, esté yo en París o no. Juanito, su esposa Raffi y su hijo Marc se han convertido en unos de mis mejores amigos. Diez años de amistad.
En diciembre de 2004, para Navidad, el CITA me dejó ir a París unos días, sería la última Navidad que pasaríamos todos juntos, dado que no podía imaginarme que mi hermano Manuel se divorciaría en 2005 ni que mi padre moriría en 2006. ¡Fue una Navidad esplendorosa! Mi familia y mis amigos se encontraron con una Giovanna muy cambiada. Pero todavía quedaba camino por recorrer, y entonces nos planteábamos cuándo y cómo saldría del CITA. Todo era aún muy enigmático. Estaba la Torre del Putxet en Barcelona para acogerme, donde podía quedarme una temporada mientras buscaba trabajo. Pero ni yo misma sabía si estaba preparada. Con el VIH y la medicación, eran momentos difíciles, y la hepatitis C siempre era muy molesta. Quedarse en el CITA rural era lo mejor. Mis padres luchaban y yo también. Inquieta, volví antes de que acabara el año.
Cuando regresé a Dosrius, había ingresado un chico nuevo, venía de Brasil y era paciente de Mia; había recaído. Se llamaba Rafa. Rafa era más joven que yo, de Zaragoza. Un chico que llevaba la mochila vacía y las piedras dentro del alma. Unos ojos transparentes y la mirada indeleble. Una mente clarividente e intempestiva. Pero cuando hablaba era riguroso, crudo consigo mismo, y dejaba a los demás cavilando entre un runrún de cosas ciertas y con una firmeza emotiva. Era retorcido, solitario. Autodestructivo. Corrían rumores sobre Brasil. Entramos en el año 2005 juntos en el CITA. Un día, un sábado de enero, a Rafa y a mí nos tocó limpiar la cocina entre los dos. Hacía un día precioso y me propuso dar un paseo por la montaña. Y entonces fue cuando Rafa me descubrió y yo lo descubrí a él. Fue el principio de una larga amistad. Me habló de Brasil, de la selva, del campamento que tenía montado Mia. De todas formas, yo no acababa de entender en qué consistía, y si tan maravillosa era la historia de Brasil (él había pasado allí casi un año), ¿por qué seguía con la autodestrucción? ¿Por qué hablaba con tanta magia si no le había funcionado? Rafa era desenfrenado y estaba perturbado, pero era muy inteligente. Tenía la intención de regresar a Brasil, pero no le dejaban.
Mi salud mental era buena, pero la física era frágil, y sufría mucho los efectos secundarios de los retrovirales. Rafa sabía mucho de yoga y me ayudó muchísimo con eso. Manteníamos largas conversaciones, siempre me contaba cosas de la selva y no paraba de decirme que todo eso era para mí. Leía las cosas que yo escribía y me animaba a seguir escribiendo. Intercambiábamos libros; gracias a mí descubrió Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, y él me hizo leer Últimos poemas, de Rabindranath Tagore. El afecto y la amistad de Rafa me ampliaron la conciencia. Se dirigió a Mia para hablarle de mí y pedirle que me ofreciera la posibilidad de ir a Brasil. Entonces empezó una carrera frenética en torno a ese proyecto. Rafa, profundamente místico y angelical, fue el ángel caído del cielo que hizo posible que yo descubriera al doctor Josep Maria Fàbregas, y no paró de ir a verlo y de importunarlo hasta que me recibió.
Desde principios de año, Mia estaba más presente en el CITA. Yo seguía en manos de Xavier Fàbregas y recuerdo que cuando le pregunté sobre Brasil se entristeció un poco. Algo pasaba entre los hermanos, había problemas de dirección, pero no lo sabíamos. Llegó el momento de hablar con Mia, quien me desafió y me pidió que le contase mis motivos antes de que él me expusiese los suyos. Me escuchó. Le dije que no sabía casi nada, pero que si Rafa me había insistido tanto con ese proyecto era por muchas razones. Yo no había asumido mi enfermedad, todavía tenía que aprender a vivir sola conmigo misma, todavía tenía que perdonarme. Supongo que Mia vio la luz de la vida y de la esperanza en mis ojos, en mi corazón y en mi mente. Me lo explicó. IDEAA era un proyecto que funcionaba desde hacía unos años y se había ido consolidando. No obstante, dentro del CITA había profesionales no muy partidarios de esa historia. IDEAA tenía un espacio en medio de la selva amazónica, con unas cabañas individuales, con cierta comodidad, y con una gran amiga terapeuta que se llamaba Liliana, que era quien lo dirigía. Había unas psicólogas y unos monitores que guiaban el proceso. Me contó que él era quien organizaba los grupos y que a menudo iba para controlar. Que se realizaban tareas comunitarias y terapias de grupo. Que era un mundo aparte de lo que estaba viviendo. Porque el proceso consistía también en tomar una sustancia originaria de allí, la ayahuasca, que se tomaba de vez en cuando de una manera que él había ritualizado. Que el verdadero proceso era todo el conjunto, el CITA y ese nuevo camino, sobre todo para una persona redimida como yo. Se me abrió una puerta. El mes de marzo de 2005 mis padres fueron a conocer a Mia. Primero los atendió Xavier, con esa simpatía tan determinada. Dijo que yo había progresado como una triunfadora y que me dejaba en manos de su hermano, Mia. Hubo cambios en la clínica y el doctor Xavier Fàbregas se marchó. Todavía sigo en contacto con él.
Nunca se me olvidará que Mia nos hizo esperar mucho rato. Nunca se me olvidará que mi padre tenía ochenta y un años, que llevaba con una elegancia y una gran dignidad, con su bastón. Cuando entró el atrevido de Mia, dos egos se penetraron con la mirada. Mi madre, al ver a Mia, sintió una fe decisiva. Delante de mí les dio una explicación detallada del proyecto. Tenía que quedarme en Brasil por lo menos tres meses, él se preocuparía de transportar mi medicación. Había que coger unos cuantos aviones, hacer unos cuantos kilómetros más, en avioneta o en coche, montar en canoa y llegar al corazón de la selva amazónica. Viajaríamos en grupo. Habló de las escalas previstas. Los transportes organizados. Un acompañamiento en todo. El seguimiento exhaustivo de la ayahuasca. Mis padres ya se habían informado sobre esa sustancia y estaban abiertos a que la tomara, porque sabían que con personas tan adictas como yo a la heroína era una buena solución. Sin embargo, mi madre insistió en el regreso. Mia la tranquilizó: cuando regresara, cerca del CITA tenían unas cabañas para las personas que volvían de Brasil, y la mayoría de los que volvían trabajaban luego para él, tras ver lo importante que era el proyecto. Y como era más económico ir a Brasil que quedarme más tiempo en el CITA o volver al asfalto de la ciudad, mis padres lo aceptaron con ilusión. Pero había una condición: mis CD4 tenían que subir para que pudiera vacunarme de la fiebre amarilla. Los médicos de mi hospital conocían a Mia y su proyecto y me dieron permiso para ir. Mientras tanto, se iba mi querido amigo Pancho Muñoz, con quien volvería a encontrarme pocos meses después. Pasé unos días en Barcelona con mis padres, lo concretamos todo. Me despedí y me fundí con ellos. ¿Hasta cuándo? ¿Cómo nos comunicaríamos? ¿Por internet? Era la primera vez que me marchaba tan lejos de todo. Tuve que esperar hasta abril, ya tenía las maletas preparadas, con todo lo que me habían recomendado. No quise saber nada sobre la ayahuasca, a pesar de que Mia me dio un libro, Al trasluz de la ayahuasca, de Josep Maria Fericgla. No lo leí entonces, porque al principio me dio reparo. No quería saber gran cosa. Prefería la aventura. Prefería llevarme los libros de poesía de Rimbaud, de Rainer Maria Rilke. Rafa siempre escuchaba música que me gustaba, temas que te transportaban, como Vangelis e himnos brasileños con voces protectoras. Tenía un walkman y muchas pilas, cedés que me había grabado nuestro querido monitor y fotógrafo Sergi Moragas, que sabía de qué iba todo. Linterna, repelente, cuadernos y muchos bolígrafos, ropa de hilo ligera, la mosquitera, el aceite de oliva que nos llevábamos todos. El tabaco que nos estaba prohibido una vez llegábamos al destino. Viví las últimas semanas como en pleno frenesí. Siete meses y veintitrés días en el CITA. Todos me conocían y no tenía agradecimientos suficientes para todas las personas que me habían ayudado. Antonia, la maestra del CITA; Lluïsa, una maestra todavía más enérgica; Tere Suquet, Elisenda, monitoras que habían estado en Brasil y que no dejaron de ayudarme con las compras. Cele, el chófer del CITA, que me conocía mejor que nadie. Pep Cuñat, que acababa de llegar y ya era el cocinero del CITA. ¡Pep! Gran amigo. Me dijo: «Aprovecha esta historia, Giovanna. Yo estaré aquí cuando vuelvas». Y llegó el día señalado. Con Rafa nos reuniríamos en Brasil. (En 2008 murió de una sobredosis.) En el CITA me hicieron una despedida memorable. Mia me llamó la víspera de mi partida. Me felicitó por cómo lo había llevado todo, y me dijo que llegaría a la selva una semana más tarde que yo. Que me iba con un buen grupo y que nos acompañaba Cerni, un paciente que venía de allí para hacernos de guía. El 25 de abril de 2005 me fui a Brasil.
POEMA QUE ME HA ACOMPAÑADO
DURANTE MUCHOS AÑOS
La destrucción
A mi lado se agita sin cesar el Demonio;
flota a mi alrededor como un aire inasible;
lo respiro y siento que quema mis pulmones
y los llena de un ansia sempiterna y culpable.
A veces, como conoce mi gran amor por el Arte
toma la forma de la más seductora de las mujeres,
y, con pretextos embaucadores de hipócrita,
envicia mis labios con bebedizos infames.
Así me conduce, lejos de la mirada de Dios,
jadeante y vencido de fatiga, hasta el centro
de las llanuras del Hastío, hondas y despobladas,
y arroja en mis ojos llenos de confusión
ropas ignominiosas, heridas abiertas
y el sangriento aparejo de la destrucción.
CHARLES BAUDELAIRE,
Las flores del mal 1
DIARIO
Dosrius, septiembre de 2004
La última vez que salí de prisión, me di cuenta de que me subía al corazón un desfallecimiento, un fatalismo que rayaba en la desesperanza. Conocía las señales, dejarse ir hacia la muerte, cada día era un paso que me hundía más y más. Por eso decidí que sería el alba de un nuevo día, que no culpabilizaría al sueño, que no buscaría fuera ningún mal augurio. Y así, me decidí a probar por fin la última oportunidad.
CARTA DEDICADA A MIS PADRES, XAVIER Y LUISA
Mas Mia-Dosrius, octubre de 2004
Los recuerdos
El sol a través de la ventana tiene unos tonos dorados, azules, amarillos o rojos, depende de cómo se filtre, y refleja los colores de los objetos de la habitación. Colores mezclados con olores que a menudo me recuerdan la ciudad donde nací y crecí, y que desplegaron todos mis sentidos. Retomo los recuerdos y no puedo contener las lágrimas. Olor de la pintura al óleo, del incienso, de café recién hecho, y el perfume del tabaco de pipa. Movimientos de quienes me rodeaban, palabras y caras de personas que nunca podré olvidar. Mi sitio estaba y estará siempre entre todos esos recuerdos. Todavía me cuesta desprenderme de ciertos lazos. Miro mi retrato, la mirada de niña con el cuerpo desnudo da paso a una transformación: lo observo y sé que quedará para siempre, inmóvil y silencioso. Quiero gritar y transmitirles que ya no tengo miedo del pasado, que no fueron ellos, que puede que sí o puede que no que ciertas cosas cambiaran y transformaran mi sensibilidad, que se desvió. Pero ellos quedarán siempre dentro de mis sentimientos, y a diario yo, a mi manera, les dedico unos pensamientos. Necesito que vuelvan a creer en la persona que soy y que lucha por recuperar la vida, que ahora sabe recibir y dar a los que la quieren, porque nunca los ha dejado de querer. Puede que no vuelva a tener esa mirada de niña, ni recupere la sonrisa de la adolescencia; ahora mis ojos miran hacia fuera y mis sentimientos son los de la admisión de la vida vivida, no dejaré de convivir con ella. Y este sol, estos tonos, los olores y los colores también son reflejo de la madurez que me dispongo a vivir de una vez por todas.
GIOVANNA
CARTA DE LUISA
París, 2 de noviembre de 2004
Queridísima Giovanna:
Gracias por dedicarnos este escrito lleno de poesía, de sinceridad y de esperanza. Está claro que tu lugar estará siempre entre todos los recuerdos que tienes de la luz, de los olores, de la gente, de todo lo que conociste desde que naciste. Todo lo que viviste y viste, lo que te formó una personalidad durante tu infancia y adolescencia. Es muy normal que te cueste desprenderte de ciertos lazos. Tienes la suerte de contar con los dos retratos que te pintó papá, en los que has quedado inmóvil, silenciosa, tal como eras en aquellos momentos. Igual que Manuel y yo, que Jaime Valle-Inclán o Carlo Coccioli: quedaremos siempre tal como «éramos» en ese preciso momento.
Por supuesto, todos hemos cambiado, ya no tenemos la misma mirada ni la misma sonrisa, pero todo lo que éramos sigue aún dentro de nosotros.
Nos alegra mucho saber que valoras tanto todos esos recuerdos, saber que ya no tienes miedo del pasado y que hemos quedado siempre dentro de tus sentimientos. No dudamos de que cada día nos dedicas tus pensamientos. Sabemos que nunca nos has dejado de querer, y hemos escuchado el «grito» que nos envías. Comprendemos que has cambiado, que te acercas más a la madurez, a la aceptación de la vida vivida y de la que vendrá. Tú eres la primera que debe creer en el cambio, y si tú crees en él, nosotros también creeremos.
Gracias una vez más por pensar en nosotros con tanto afecto.
Muchos besos,
PAPÁ y MAMÁ
CARTA DE XAVIER
París, noviembre de 2004
Querida Giovanna:
Gracias por tu carta, me alegra todo lo que me cuentas sobre las «vivencias» de Dosrius. Entiendo que pases momentos difíciles al rememorar el pasado; espero que sea una buena manera de recuperar un equilibrio y una gran serenidad, aunque el camino sea largo.
La vida, a pesar de todas las cosas buenas, no deja de tener momentos duros para todos. Creo que con tu esfuerzo y tu voluntad, la terapia podrá conseguir que seas la Giovanna limpia y optimista de antes.
Ya sé que será lento, pero mejor si le pones toda la buena voluntad, para que tu pasado no vuelva a pisarte. No seas rencorosa contigo misma ni con los demás. Reflexiona, porque tu salud depende de tus actos y no es cuestión de dar un paso atrás si quieres salir de esto. La vida no está para quemarla de cualquier manera. Has vivido mal y ya va siendo hora de que tus pasos vayan hacia delante para que no vuelvas a tropezar, como ya te ha ocurrido otras veces.
Me alegra todo lo que nos cuentas en tus cartas, me llenan de optimismo y confío mucho en ti. Como tú misma dices, sigue luchando para curarte de las drogas aunque seas vulnerable. Lucha por tu salud.
Si te dicen que no existía el diálogo con tu padre, puedes decirles que en tu estado tampoco podías ni querías aceptar mis consejos. Tu violencia hacía aumentar, verbalmente, la mía...
Ya sabes que siempre te he querido.
Un abrazo,
PAPÁ
NOTA A LUISA TRAS DECIDIR
QUE GIOVANNA SE VA A BRASIL
Horta, 3 de marzo de 2005
Querida mamá:
Siento emociones muy intensas, he leído tu nota; contener las lágrimas es casi imposible, pero es bonito tener en estos momentos sensaciones reales, sinceras y profundas. La tristeza y la nostalgia forman parte del camino y convivir con ellas es cosa de la vida. El amor que siempre me has dado, mamá, es el amor que me ha salvado. Te quiero tanto que saber que tardaremos tanto tiempo en volver a vernos me provoca dolor, pero al mismo tiempo, me despierta ternura. Nunca podré desvincularme de ti ni de papá. Nunca volveré a abandonaros. Y no tengo más palabras.
POEMA ELEGIDO AL AZAR
EN CASA DE ALBERT DURALL
Frágil espejo
Alejado en abismos,
donde el rostro me aguarda, me acerco a verme.
Cuando la sombra penetra el cristal puro, en silencio
me siento sonreír.
SALVADOR ESPRIU2
CARTA A SANTI GONZÁLEZ
Dosrius, abril de 2005
Querido Santi:
Me has pedido que realice un repaso de mi estancia aquí, y lo que prefiero es dar un paseo recordando el paso del tiempo. Pero no quiero irme sin escribirte, tal como te he prometido, unas reflexiones sobre las épocas vividas.
Todavía recuerdo lo que me trajo por primera vez aquí: estaba atrapada bajo un cielo de ceniza y me estaba matando a jeringazos porque había perdido la fe en seguir viviendo sin calidad de vida.
Recuerdo luego una primera época de recuperación, en la que volví a disfrutar de las cosas pequeñas que dan esa calidad de vida: alimentarse, descansar de noche, no sentirse ni tan solo ni tan desgraciado. Un contacto con una vida sana y un regreso a las emociones que creía perdidas. Reír, llorar, quejarse en voz alta y ser escuchada; todo un buen principio para reconstruir mi vida, que se había precipitado al vacío.
Sigo paseando y recuerdo una segunda época en la que quería ir deprisa. La falta de paciencia, como un silencio a gritos que yo todavía no sabía acallar con palabras.
Me aproximaba al dolor y ya casi lo tocaba con la punta de los dedos. Me di cuenta de que todavía no tenía asumida mi enfermedad, que no quería admitir otros dolores que no fuesen físicos, y creía que ya sabía lo que quería.
Pero la vida mal vivida ya empezaba a pasarme factura. Entonces me enfadaba mucho contigo, pues quería tener razón y todavía no estaba abierta a recibir toda la ayuda que me era necesaria. Al mismo tiempo, escribía mucho, porque redescubría el interés por todo y empezaba a sacar brillo a unas cualidades apagadas desde hacía muchos años. El diálogo de todos esos factores me devolvía cierta confianza en unos valores que, en el fondo, nunca se habían perdido por el camino del olvido.
Una estancia corta, en la tercera época de invierno, con decisiones poco maduradas; parecía que había recorrido un buen trecho y en realidad quedaba todo por hacer... Un viaje a París, a mi casa, con los míos, que me aportaban una seguridad mal entendida. Un estado físico frágil con una causa que todavía no se había detectado. Muchas emociones identificadas, pero poco arraigadas, y siempre las ganas de seguir por el camino, de encontrar la salida definitiva con renuncia incluida. Después de afrontar el frío de los establos, siempre con la fuerza de ser invencible por delante.
Un recorrido doloroso por una cuarta etapa, dar la bienvenida al año con entusiasmo visible y las incidencias de los días, pero la luz y el calor de todos encendían todos los rincones de mi estado de ánimo.
Una historia de las que hacen llorar a lágrima viva, cosa que no deja de ser una verdad a medias, me cambió la vida. Llegados a ese punto, yo ya solo me sentía un monigote a merced de una injusticia.
En esa época de sombras, vosotros, los profesionales, Xavier Fàbregas, Ester Andreu, Luisa, Antònia, Carmen Marcet, Ester Juvinyà, Tere Suquet, personas del grupo, de mi entorno, y tú, Santi, me enseñasteis cosas que podían ayudarme a vivir más y de manera más intensa. Hay nombres, gestos, caras que no olvidaré nunca, ni el más ínfimo detalle.
Sin embargo, seguía embrujada, como si no bastase con la desolación, me empeñé en soportar el dolor, me cerré para huir de mi realidad, coqueteé con el alcohol, estuve a punto de flirtear con el deseo de volver a consumir.
Entonces empezó para mí una búsqueda de la verdad, explorando puertas que se abrían al alma. La amistad de Rafa Jiménez fue clave a la hora de indicarme un nuevo camino que podía seguir, igual que conocer al doctor Josep Maria Fàbregas, el famoso Mia que sería para mí un gran maestro.
Todo empezó de nuevo, incluida la idea de ir a Brasil. En la última etapa de este largo recorrido (siete meses y veintitrés días) he albergado la esperanza de poder adivinar algo sobre mí; en mi propia búsqueda sé que hay misterios que es preciso añadir a los del enigma emocional. Puede que el inesperado brote de enfermedad no fuera sino un presagio de la tan prometida y deseada esperanza que quiero seguir teniendo. Los meses han sido generosos en recuerdos, en sobresaltos, en sentimientos.
He encontrado la ayuda que hasta ahora no había buscado.
Todavía me falta enumerar otras cosas, pero me las llevo a Brasil, pues en este paseo que he dado contigo, y en el que aún sigo caminando, también debo pasar por un pequeño jardín secreto.
Soy muy racional y creo que necesito profundizar en el terreno emocional, y como me esperan en Brasil y todavía me quedan cosas por hacer, me despido y te doy un fuerte abrazo.
GIOVANNA
CARTA DE XAVIER
París, 14 de abril de 2005
Querida Giovanna:
Noto que estás muy animada para ir a Brasil; cuando era joven, me habría encantado ir a conocer la selva como la vivirás tú dentro de poco. Creo que te resultará saludable después de los meses pasados en Dosrius, que te han sido más que beneficiosos para cambiar de vida, de la vida que tuviste en Barcelona y de la que has querido salir.
¡No hay nada como dar este salto y volver nueva para poder dar testimonio tú misma de que la esperanza y la lucha hacen milagros!
Tanto mamá como yo queremos verte feliz y con los mejores propósitos para tu futuro.
Confío en ti y sé que no volverás a los momentos «difíciles» del pasado.
Solo deseo que encuentres una plenitud en tus actos y que la vida te sonría, que te quieras a ti misma y seas condescendiente con los demás.
Sé que puedes salir victoriosa, y en Dosrius has demostrado que eres lo bastante fuerte y que todo mejorará para ti.
Nunca hemos dejado de pensar que eres capaz de recuperar una vida nueva y limpia.
Es todo lo que te deseo, y tanto mamá como yo te hemos querido siempre.
Un abrazo muy fuerte,
PAPÁ
CARTA A XAVIER
Dosrius, 16 de abril de 2005
Querido papá:
Una vez más en el tren con sensaciones diversas, muchas nubes por el camino del cielo que discurren a media luz; pienso en usted. Sus manos sensibles, su mirada profunda en colores y sus últimas palabras elegidas y escritas para mí. Un hombre que sé que es mayor pero que todavía sabe reflejar el paso del tiempo sobre la tela. Quiero creer que no lo perderé nunca.
La herencia de sus valores y la esencia de sus cualidades me han enriquecido la visión sobre las cosas, hasta el mínimo detalle. Las experiencias que hemos vivido juntos, hemos compartido muchas horas y muchas cosas; largos viajes y sueños que tal vez no hayamos hecho juntos nos unen ahora. Su percepción de la estética unida a una fragilidad vivida me llega a diario porque me acompaña siempre en la vida. Colores que se mezclan, el perfume que desprende la pipa y su tabaco dorado entre los dedos, unos gestos especiales. Le debo mucha sensibilidad, le debo espiritualidad, le debo aún unas palabras de disculpa.
Le quiero.
GIOVANNA
CARTA DE LUISA
París, abril de 2005
Queridísima Giovanna mía:
Esto se acerca, se acerca... ¡Me imagino lo contenta y nerviosa que debes de estar por las despedidas y por la incógnita! Pero eres tú quien decidió dar este paso, y te las arreglarás muy bien, ya verás. Es mi intuición la que me lo dice y, por supuesto, tu preparación y toda tu voluntad. Tus ganas de vivir una vida plena y tus ganas de no volver nunca más a la droga. Comprendo que aunque digas que tienes clara la renuncia, ahora sientes que también tienes miedo. El hecho de que lo digas ya indica que te diriges a la renuncia de verdad, quiere decir que sabes lo que no te conviene. Que no hayas tenido ninguna recaída es buena señal, y si crees saber, conocer, cuáles son los motivos que pueden hacerte recaer quiere decir que has progresado mucho. Ahora tendrás que trabajar en contra de esos motivos para vencerlos.
Cuando tú y yo fuimos por primera vez a Dosrius, ambas sabíamos que era la última y la única oportunidad que te quedaba para salvarte, porque tu vida estaba suspendida de un hilo que estaba a punto de romperse. El día que te quedaste allí, tanto para ti como para nosotros, fue un déchirement [desgarro] muy fuerte y al mismo tiempo un paso hacia el reencuentro de la paz, la reconstrucción para ti y la recuperación de la confianza entre los tres.
Confiaba plenamente en Xavier Fàbregas, en los métodos de la clínica, en los psicólogos, los educadores, etc. Para mí también era la oportunidad que podía devolverme la esperanza que tanto necesitaba para continuar apoyándote.
A pesar de tu estado físico y moral, tan destrozado, me quedaba un hilo de confianza en tu fuerza, en tus ganas de vivir, porque a pesar de tu enfoque, sabías que nosotros estábamos allí fuera y te esperábamos.
Al cabo de poco empezó una vida más agradable.
Para ti, los primeros tiempos, tal como nos había avisado el doctor Fàbregas, serían casi de felicidad, porque te sabías protegida, luchabas por ti y no por «buscarte la vida», ¡y menuda vida! Te sentías en un entorno de seguridad total, que era lo que más necesitabas en esos primeros días.
Después, a través de tus cartas (¡gracias, internet!), fui siguiendo tus progresos, tus dificultades de convivencia, tus sufrimientos psicológicos para cumplir las tareas de los terapeutas, que te obligaban a rebuscar en tu interior para sacar al máximo todo lo que llevabas escondido en la mochila. Aunque no lo contases todo (ni podías hacerlo ni era absolutamente necesario), entre tus frases se podían adivinar precisamente las cosas omitidas, la lucha por aceptar tu enfermedad, los pasos adelante y algún paso atrás.
Me preocupaba todo, pues sabía que formaba parte de la terapia que debías seguir para comenzar a ver el final del túnel, aunque estuviera lejos. Me preocupaba tu salud, me daba muchísima pena todo lo que ibas a tener que sufrir, y alguna vez te lo decía en mis cartas.
De vez en cuando me entristecía al leer tus comentarios sobre las emociones contenidas, sobre tu soledad, sabía que lo más probable era que ocurriesen cosas que no querías contarnos para no preocuparnos más. Pero yo también sabía que estabas con personas capacitadas para entenderlo, para guiarte. Aunque te atacasen en el flanco más débil, donde más duele, sabía que lo hacían por tu bien, que era el único camino que podías seguir para recuperarte.
Te agradezco tu sinceridad al contarme lo que te ocurrió y que te hizo bajar de segunda a primera.
Y todos los platos que te mandaron fregar... Pero repito que todo me parece «normal» en el proceso que estás realizando. Aunque Xavier Fàbregas y tú decidisteis no contar nada y aunque en ese momento nosotros no lo supimos, te aseguro que algún día, con la imaginación, yo también me inventaba alguna situación que podía sucederte. A raíz de alguno de tus silencios, o de un malhumor o una exageración de detalles sobre cosas fútiles..., pensaba que detrás de todo eso había cosas más importantes que no tenías fuerzas para contar. Aunque, repito, confiaba en las personas que te rodean y también en tu gran capacidad de aprender, de asumir, igual que en tus ganas de vivir.
He aprendido a apreciar a Xavier Fàbregas, a Carmen, a Santi y a los demás amigos que te acompañaban, que luchaban contigo y a quienes tú también podías ayudar. Creo que entregarte a ayudar como tú sabes, entregarte por completo, puede proporcionarte una gran satisfacción y hacerte progresar en lo que quieres hacer y quieres conseguir.
Intento, querida Giovanna, repasar a grandes rasgos estos últimos seis o siete meses.
Me pides mi percepción sobre el tiempo de Giovanna en su paso por el CITA, y ya ves que lo que te digo es que tengo una confianza total en la cura y en la vida de Dosrius.
También quiero recalcar mi fe en tus posibilidades, pues siempre he sabido que las tenías y siempre luché para recordártelas. Me interesaba no perder el hilo que nos unía porque sabía que eso podía ayudarte. Aunque parezca un poco vanidoso, te diré que estoy contenta de haber mostrado este carácter y no haber querido rendirme nunca, sino que he escuchado únicamente mi amor por ti, mi intuición en tus posibilidades. No niego que en alguna ocasión dudase un poco, de sobra sabes lo que hemos sufrido y todas las lágrimas que he llorado.
Poco a poco te he visto renacer, te he visto aceptar con paciencia las pruebas que te tocaba superar, te he visto recuperar la confianza en ti misma. Empiezas a aceptarte con tus defectos y tus cualidades, empiezas a ver que las cosas no son siempre blancas o negras, que siempre puede hacerse algo para mejorar el carácter. Para ayudar a los demás y ayudarse a uno mismo, con todo el respeto que uno debe a la vida que tiene.
Te digo que, igual que la ves tú, también yo empiezo a ver la luz, la salida del túnel. Noto, los dos lo hemos notado, que has progresado mucho y de verdad, que sabes aceptar tus limitaciones y, sobre todo, que no has perdido tu energía, tus ganas de vivir y de volver a ser aquella niña de las trenzas, que no será la misma por fuera, que habrá sufrido mucho, pero que ha sabido conservar sus grandes cualidades, la generosidad, la capacidad de querer de verdad.
Tienes camino por recorrer, todos caminamos siempre buscando lo mejor, has sabido aprender a mirar la realidad a la cara, a desprenderte de la fabulación, a mirar al espejo sin miedo.
Ahora confías, y nosotros también, en la próxima estancia en Brasil. Mia Fàbregas confía en ti y creo que acabarás de reconstruirte, y cuando regreses (¡ya espero tu regreso!) lo celebraremos.
Poco a poco has encontrado pequeñas recompensas a tus sacrificios y cada vez lo entenderás mejor. Siempre tendrás cerca el peligro, ¡pero sabrás coger el toro por los cuernos!
Para despedirme te diré que sé perfectamente todo lo que has tenido que pasar y también sé que eso te ha ayudado a reencontrarte. Confío en ti, deseo de todo corazón que sigas con esta voluntad, te admiro por lo que has sabido hacer y espero que después sepas transmitirlo a los demás. Será una manera de boucler la boucle. Todavía no hemos terminado.
Buen viaje, diviértete mucho, apunta todo lo que veas, sientas y hagas. Sé prudente, no vayas de valiente por la selva, déjate aconsejar siempre. ¿Cómo nos comunicaremos? ¿Cómo sabremos que has llegado y cómo estás?
¡No podrás decir que no he hecho bien los deberes!
Mil besos. Volveré a escribirte en cuanto pueda.
Tu
MINGA, que te quiere y te querrá siempre
Muchos recuerdos de papá; cuánta suerte hemos tenido las dos de que estuviera a nuestro lado.
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