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1984 (1949)

George Orwell


Editorial Cõ

Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

edicion@editorialco.com

Edición: Febrero 2022


Imagen de portada: Rawpixel

Traducción: Benito Romero

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Primera parte

I

Era un día de abril brillante y frío, los relojes marcaban las trece horas. Winston Smith, con la barbilla encajada en su pecho en un esfuerzo por escapar del viento espantoso, atravesó de prisa las puertas de vidrio de las Mansiones Victoria, aunque no lo bastante rápido para evitar que un remolino de polvo y arena entrara junto con él.

El vestíbulo olía a coles cocidas y a viejas alfombras harapientas. En la pared de un extremo, habían clavado con tachuelas un cartel a colores. Exhibía un rostro enorme, de más de un metro de ancho: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años, con un bigote negro y poblado y rasgos duros y atractivos. Winston se dirigió a las escaleras. No tenía caso probar el elevador. Incluso en los mejores momentos rara vez funcionaba y en la actualidad cortaban la corriente eléctrica durante el día. Era parte de la iniciativa sobre energía en preparación para la Semana del Odio. El apartamento estaba siete niveles arriba y Winston, que tenía treinta y nueve años y una úlcera varicosa cerca del tobillo derecho, ascendía lentamente, descansando varias veces durante el trayecto. En cada descansillo, frente al hueco del elevador, el cartel con el rostro enorme observaba desde la pared. Era una de esas imágenes tan ingeniosas que los ojos lo seguían a uno cuando se movía.

EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decía la leyenda bajo el cartel.

Dentro del apartamento, una voz pastosa leía una lista de cifras relacionadas con la producción de hierro en barras. La voz provenía de una placa metálica rectangular parecida a un espejo borroso que formaba parte de la superficie del muro del lado derecho. Winston movió un interruptor y la voz descendió de algún modo, aunque todavía se distinguían las palabras. El instrumento (lo llamaban telepantalla) podía atenuarse, pero no podía apagarse del todo. Se acercó a la ventana: una figura pequeña y frágil, con la flaqueza de su cuerpo apenas perceptible debido al mono azul que era el uniforme del partido. Su cabello era muy rubio, su rostro era de naturaleza sanguínea, su piel curtida por el jabón corriente y las navajas de afeitar desafiladas, al igual que por el frío del invierno que acababa de terminar.

En el exterior, incluso a través de la ventana cerrada, el mundo parecía frío. Abajo, en la calle, pequeños remolinos lanzaban polvo y papeles rasgados en espirales, y aunque el sol brillaba y el cielo tenía un color azul intenso, parecía que nada tenía color, excepto los carteles pegados por todas partes. La cara-con-el-bigote-negro atisbaba desde todos los lugares dominantes. Había uno en la casa de enfrente. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decía la leyenda, mientras los ojos oscuros se hundían en la mirada de Winston. Al nivel de la calle, otro cartel, roto en una esquina, ondeaba a rachas y cubría y descubría la palabra SOCING. A la distancia, un helicóptero pasaba rozando los techos, revoloteaba como un moscardón y se lanzaba de nuevo en una trayectoria curva. Era la patrulla de la policía asomándose a las ventanas de las personas. Sin embargo, las patrullas no importaban. Sólo importaba la Policía del Pensamiento.

A espaldas de Winston, la voz de la telepantalla todavía peroraba acerca del hierro en barras y el cumplimiento con creces del Noveno Plan Trienal. La pantalla recibía y transmitía al mismo tiempo. Podía captar cualquier sonido o movimiento que Winston hiciera, por encima del nivel de un murmullo muy bajo, mientras permaneciera dentro del campo de visión que dominaba la placa metálica. Por supuesto que no había un modo de saber si lo observaban en determinado momento. No se sabía con cuánta frecuencia o en cuál sistema la Policía del Pensamiento se conectaba con cualquier persona. Incluso existía la posibilidad de que observaran a todos todo el tiempo.

Pero, en cualquier caso, podían enlazarse con uno cuando quisieran. Uno tenía que vivir —vivía, a partir de una costumbre que se volvió un instinto— bajo la suposición de que escuchaban cualquier sonido que uno producía y, excepto en la oscuridad, que examinaban a fondo todos los movimientos.

Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Era más seguro, aunque también sabía que incluso una espalda puede revelar cosas. A un kilómetro de distancia, la torre del Ministerio de la Verdad, su lugar de trabajo, se destacaba enorme y blanca sobre el paisaje sucio. Esto era Londres, pensó con una especie de desagrado impreciso, la capital de la Pista de Aterrizaje Uno, la tercera provincia más poblada de Oceanía. Intentó extraer algún recuerdo de su niñez que le indicara si Londres siempre había sido así. ¿Siempre había tenido estas visiones de casas del siglo XIX a punto de derrumbarse, con sus costados apuntalados con vigas de madera, sus ventanas parchadas con cartón y sus techos con planchas de hierro corrugado, los muros de sus desordenados jardines desbordándose en todas direcciones? ¿Y los lugares bombardeados donde el polvo del enlucido flotaba en el aire y las primuláceas crecían en desorden sobre los montones de escombros; y los lugares donde las bombas habían despejado una zona más grande y habían aparecido sórdidas colonias de moradores de la madera como gallineros? Pero no tenía caso, no alcanza a recordar, no quedaba nada de su niñez, excepto una serie de escenas con luces brillantes que sucedían sin que él las convocara y, sobre todo, que eran incomprensibles.

El Ministerio de la Verdad —Minverdad en Neolengua— era alarmantemente distinto a cualquier otro objeto a la vista. Era una enorme estructura piramidal de concreto blanco reluciente, que se elevaba, una terraza tras otra, 300 metros en el aire. Desde donde estaba parado Winston se podía leer, resaltado sobre la blanca superficie en letras elegantes, los tres lemas del partido:

LA GUERRA ES PAZ

LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD

LA IGNORANCIA ES PODER

Se decía que el Ministerio de la Verdad contenía trescientas habitaciones sobre el nivel del suelo, con sus correspondientes ramificaciones hacia abajo. Dispersos por Londres había otros tres edificios de aspecto y tamaño similares. Hacían parecer tan pequeña la arquitectura a su alrededor que desde el techo de las Mansiones Victoria se veían los cuatro al mismo tiempo.

Alojaban los cuatro Ministerios entre los que se dividía todo el aparato gubernamental. El Ministerio de la Verdad se ocupaba de las noticias, el entretenimiento, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, relacionado con la guerra. El Ministerio del Amor, que preservaba la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, responsable de los asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua, eran Minverdad, Minpaz, Minamor y Minabundancia.

El Ministerio del Amor era espeluznante de verdad. No tenía ventanas en absoluto. Winston nunca había entrado al Ministerio del Amor, ni siquiera había llegado a medio kilómetro de él. Era imposible entrar a ese lugar, excepto para un asunto oficial y, en ese caso, sólo después de penetrar por un laberinto de vallas con alambre de púas, puertas de acero y nidos de ametralladoras ocultos. Incluso en las calles que conducían a sus barreras exteriores erraban guardias con rostros de gorila y uniformes negros, armados con porras articuladas.

Winston se volvió abruptamente. Había puesto en sus rasgos la expresión de tranquilo optimismo que era recomendable usar al estar frente a la telepantalla. Atravesó la habitación hacia la pequeña cocina. Al salir del Ministerio a esta hora del día había sacrificado sus alimentos en el comedor y sabía que no había comida en la cocina, excepto un trozo de pan oscuro que debía guardar para el desayuno del día siguiente. Tomó de la alacena una botella con un líquido incoloro y una sencilla etiqueta blanca que decía GINEBRA VICTORIA. Tenía un olor empalagoso como de arroz estilo chino. Winston se sirvió casi una taza, se concentró para el impacto y la engulló como una dosis de medicina.

De inmediato su cara se puso roja y saltaron lágrimas de sus ojos. La bebida era como ácido nítrico y, además, al tragarla uno sentía que lo golpeaban en la nuca con una porra de hule.

No obstante, al momento siguiente se apaciguó el ardor en su estómago y el mundo comenzó a parecer más animado.

Extrajo un cigarrillo de un ajado paquete que decía CIGARROS VICTORIA, y de manera imprudente lo sostuvo erguido, por lo que el tabaco cayó al piso. Con el siguiente tuvo más éxito.

Regresó a la sala y se sentó frente a una mesa pequeña que estaba a la izquierda de la telepantalla. Del cajón de la mesa sacó un mango de pluma, una botella de tinta y un cuaderno grande y grueso, en blanco, con un lomo rojo y el forro tipo mármol.

Por alguna razón, la telepantalla de la sala estaba en una posición extraña. En lugar de estar colocada, como era normal, en la pared del fondo, desde donde se dominaba toda la habitación, estaba sobre el muro más largo, frente a la ventana.

A un lado de ella había un hueco, en donde ahora estaba sentado Winston, y el cual, cuando construyeron los apartamentos, estaba destinado a guardar libros. Al sentarse en el hueco y mantenerse en el fondo, Winston podía permanecer fuera del alcance de la telepantalla, en lo que respecta a la visión. Por supuesto, podían oírlo, pero mientras se quedara en su posición actual, no podían verlo. En parte fue esta singular distribución de la habitación lo que le sugirió lo que estaba a punto de hacer.

Pero también se lo había sugerido el cuaderno que acababa de sacar del cajón. Era un cuaderno singularmente atractivo.

Su liso papel cremoso, un poco amarillento por el tiempo, era de un tipo que no se había fabricado cuando menos durante los cuarenta años anteriores. Sin embargo, podía suponer que el cuaderno era mucho más viejo que eso. Lo había visto en la ventana de una sucia tienda de trastos viejos en un área miserable de la ciudad (ni siquiera recordaba cuál zona) y de inmediato lo había asaltado el abrumador deseo de poseerlo.

Se suponía que los afiliados al partido no acudían a las tiendas corrientes (a eso se le llamaba "transacciones en el mercado libre"), pero la regla no se cumplía estrictamente, debido a que había varias cosas, como las agujetas y las navajas de afeitar, que era imposible conseguir de otro modo. Había echado un rápido vistazo a ambos lados de la calle, se había deslizado al interior de la tienda y había comprado el cuaderno por dos dólares y medio. En ese momento no tenía conciencia de quererlo para algún propósito específico. Con remordimiento, lo había llevado a casa en su portafolios. Incluso sin nada escrito en él, era una posesión comprometedora.

Lo que estaba a punto de hacer era abrir un diario. Esto no era ilegal (nada lo era, debido a que ya no había leyes),.pero si lo detectaban era razonablemente seguro que el castigo sería la muerte o, cuando menos, veinticinco años en un campo de trabajos forzados. Winston ajustó una plumilla en el mango de la pluma y la chupó para sacarle la grasa. La pluma era un instrumento arcaico, que rara vez se usaba incluso para firmar, y él había conseguido una, de manera furtiva y con cierta dificultad, simplemente por la sensación de que el hermoso papel cremoso merecía que lo llenara con una verdadera plumilla, en vez de garrapatear con un lápiz de tinta. En realidad, él no estaba acostumbrado a escribir a mano. Excepto notas muy breves, solía dictar todo en el hablaescribe, lo cual, por supuesto, era imposible para su propósito actual. Remojó la pluma en la tinta y después apenas un segundo. Un temblor recorrió sus entrañas. Marcar el papel era la acción decisiva.

Con letras pequeñas y torpes escribió:

4 de abril de 1984.

Se retrepó en su lugar. Una sensación de absoluto desamparo se había apoderado de él. Para empezar, ni siquiera sabía con certeza que estaba en 1984. Era aproximadamente esa fecha, porque estaba seguro que tenía treinta y nueve años, y creía que había nacido en 1944 o 1945; pero en la actualidad siempre se erraba por un año o dos al precisar una fecha.

De repente, se preguntó para quién escribía este diario.

Para el futuro, para quien no había nacido. Su mente le dio vueltas a la dudosa fecha de la página y después extrajo con un sobresalto la palabra doblepensar de la Neolengua. Por primera vez comprendió la magnitud de lo que había hecho. ¿Acaso puede uno comunicarse con el futuro? Por su naturaleza, eso era imposible. El futuro se parecería al presente, en cuyo caso no lo escucharía, o sería diferente de éste y su predicamento no tendría sentido.

Por un tiempo observó con una mirada estúpida el papel.

La telepantalla había cambiado a una estridente música militar. Era curioso que no sólo parecía haber perdido la capacidad de expresarse, sino que había olvidado lo que originalmente se proponía decir. Durante las semanas anteriores se había preparado para este momento, y nunca había cruzado por su mente que se requiriera algo, excepto valor. La escritura real sería fácil. Sólo tendría que trasladar al papel el interminable e impaciente monólogo que había discurrido en su cabeza, literalmente durante años. No obstante, en este momento incluso el monólogo se había apagado. Además, había comenzado a sentir una insoportable comezón en su úlcera varicosa. No se atrevió a rascarse, porque si lo hacía siempre se le inflamaba.

Los segundos transcurrían. No tenía conciencia de nada, excepto del vacío de la página que tenía enfrente, la comezón de la piel encima de su tobillo, el estruendo de la música y un ligero mareo provocado por la ginebra.

De repente, comenzó a escribir con pánico absoluto, apenas consciente de lo que anotaba. Su caligrafía pequeña e infantil se extendía por la página; primero comenzó a omitir las mayúsculas y, por último, hasta la puntuación.

4 de abril de 1984. Anoche fui al cine. Todas películas de guerra. Una muy buena de un barco lleno de refugiados bombardeado en algún lugar del Mediterráneo. El público se divirtió mucho con los disparos de un gordo enorme que intentaba alejarse a nado del helicóptero que lo perseguía, primero se veía sumiéndose en el agua como una marsopa, después aparecía en la mira de los helicópteros, luego lleno de hoyos y el mar a su alrededor adquiría un color rosa y el hombre se hundía como si de repente los hoyos hubieran dejado entrar el agua, el público reía a carcajadas cuando se hundía. a continuación se veía un bote salvavidas lleno de  niños con un helicóptero que revoloteaba sobre él. había un mujer  de mediana edad que podía pasar por judía, sentada en la proa con  un niño de unos tres años en brazos. el niñito gritaba atemorizado  y hundía su cabeza en el pecho de la mujer como si intentara  excavar una madriguera dentro de ella, la mujer lo abrazaba y lo  consolaba, aunque ella misma estaba triste y temerosa, todo el  tiempo lo cubría lo más posible, como si pensara que sus brazos lo  protegerían de las balas. después el helicóptero soltaba una bomba  de 20 kilos entre ellos con un terrible estruendo y el bote se con vertía en astillas. en seguida había una maravillosa toma del brazo  de un niño ascendiendo en el aire. un helicóptero con una cámara  en el frente debía haberlo filmado y después se escucharon muchos  aplausos desde los asientos del partido, pero una mujer en la parte  de la sala para los proletarios de repente comenzó a armar un  escándalo y a gritar que no debían mostrarlo no frente a los niños  no era correcto no frente a los niños hasta que la policía la acalló  no creo que le haya pasado algo a nadie le importa lo que digan los  proletarios una típica reacción proletaria ellos nunca…

Winston dejó de escribir, en parte porque lo aquejaba un calambre. No sabía qué lo había hecho sacar esta serie de tonterías. Pero lo curioso era que, mientras lo hacía, un recuerdo totalmente distinto se había aclarado en su mente, hasta el punto donde se sintió casi capaz de anotarlo. En ese momento comprendió que era debido a este otro incidente que de repente decidió regresar a casa y comenzar el diario hoy.

Había sucedido esa mañana en el Ministerio, si pudiera afirmarse que algo tan nebuloso podía ocurrir.

Eran casi las once en punto, y en el Departamento de Registros, donde Winston trabajaba, habían sacado las sillas de los cubículos y las habían agrupado en el centro del salón, frente a la enorme telepantalla, en preparación para los Dos Minutos de Odio. Winston ocupaba su lugar en una de las filas intermedias cuando dos personas a quienes conocía de vista, pero con quienes nunca había hablado, entraron inesperadamente al salón. Una de ellas era una muchacha con quien se cruzaba a menudo en los pasillos. No sabía su nombre, pero sabía que trabajaba en el Departamento de Ficción. Cabía suponer —porque a veces la había visto con las manos grasosas y una llave de tuercas— que ella trabajaba como mecánico en una de las máquinas de redacción de novelas. Era una muchacha de aspecto atrevido, de unos veintisiete años, con cabello abundante, un rostro pecoso y movimientos rápidos y atléticos. Un delgado cinturón rojo, emblema de la Liga Juvenil Anti-Sexo, estaba enredado varias veces alrededor de la cintura de su mono, apenas lo suficiente para destacar lo torneado de sus caderas. A Winston le había desagradado desde el primer momento de verla. Sabía la razón. Era por la atmósfera de campos de hockey, duchas heladas, excursiones comunitarias y positividad general que conseguía llevar consigo. Le desagradaban casi todas las mujeres, sobre todo las jóvenes y bonitas.

Casi siempre eran mujeres, y sobre todo jóvenes, las partidarias más fanáticas del partido, las devoradoras de lemas, las aprendices de espías y perseguidoras de los antidogmáticos. Pero esta muchacha en particular le daba la impresión de ser más peligrosa que la mayoría. Cuando se cruzaron en el pasillo, la mirada de soslayo de ella pareció atravesarlo y, por un momento, a él lo inundó un terror ciego. Incluso había pasado por su mente que ella podía ser un agente de la Policía del Pensamiento. Cierto que eso era muy improbable, sin embargo, sentía una intranquilidad peculiar, combinada con temor y hostilidad, cuando ella estaba cerca de él.

La otra persona era un hombre llamado O'Brien, afiliado al Comité Central y titular de un puesto tan importante y remoto que Winston sólo tenía una idea leve de su naturaleza. Un murmullo momentáneo atravesó el grupo de personas que rodeaba las sillas, mientras veían el mono negro de un afiliado al Comité Central que se acercaba. O'Brien era un hombre alto y corpulento, con un cuello grueso y una cara vulgar, de mal talante y brutal. A pesar de su aspecto formidable, sus modales tenían cierto encanto. Usaba el truco de reacomodarse los anteojos sobre la nariz, lo cual resultaba curiosamente encantador —en un modo indefinible, un aire de hombre civilizado—. Era un gesto que, si alguien lo hubiera pensado en tales términos, le hubiera recordado a un noble del siglo XVII ofreciendo su caja de rapé. Winston había visto a O'Brien tal vez una docena de veces en igual número de años. Sentía una intensa atracción hacia él, y no sólo porque le fascinara el contraste entre los modales corteses de O'Brien y su físico de gladiador. Se debía más a una idea que guardaba en secreto —o quizá ni siquiera una idea, sino una esperanza— de que el dogmatismo político de O'Brien no fuera perfecto. Algo en su rostro lo sugería irresistiblemente. Y, una vez más, tal vez lo escrito en su cara no fuera falta de lealtad, sino simplemente inteligencia. Pero, en cualquier caso, tenía el aspecto de ser una persona con quien se podría hablar en caso de que pudiera engañar la telepantalla y atraparlo a solas. Winston nunca había hecho el mínimo esfuerzo para corroborar esta suposición; en realidad, no había modo de hacerlo. En ese momento, O'Brien miró su reloj, vio que eran casi las once y evidentemente decidió permanecer en el Departamento de Registros hasta que terminaran los Dos Minutos de Odio. Ocupó una silla en la misma fila que Winston, a un par de lugares de distancia. Entre ellos estaba una mujercita rubia que trabajaba en el cubículo vecino al de Winston. La muchacha del cabello oscuro estaba sentada inmediatamente detrás.

Al instante siguiente, un discurso horrendo y machacante, como una máquina monstruosa que funcionara sin aceite, emanó de la telepantalla en el extremo de la sala. Era un ruido que le daba a uno ganas de entrechocar los dientes y le erizaba los pelos de punta. El Odio había comenzado.

Como de costumbre, en la pantalla se exhibía la cara de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Entre el público surgieron abucheos aquí y allá. La mujercita rubia dio un chillido mezcla de temor y disgusto. Goldstein era el renegado y reincidente quien una vez, hacía mucho tiempo (en realidad nadie sabía cuánto tiempo atrás), había sido una de las figuras principales del partido, casi al nivel del mismo Gran Hermano, y después se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y había escapado y desaparecido de manera misteriosa. Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban de un día a otro, pero en todos Goldstein era la figura principal. El era el principal traidor, el primero en manchar la pureza del partido. Todos los crímenes subsecuentes contra el Partido, todas las traiciones, actos de sabotaje, herejías, desviaciones, surgían directamente de sus enseñanzas. Todavía vivía en algún lugar, donde tramaba sus conspiraciones: tal vez en algún lugar más allá del mar, bajo la protección de un extranjero que le pagaba, tal vez incluso —se rumoraba en ocasiones— en algún lugar oculto en Oceanía misma.

El diafragma de Winston se contrajo. Nunca podía contemplar la cara de Goldstein sin una dolorosa mezcla de emociones. Era una delgada cara judía, con una enorme y desordenada aureola de canas y una pequeña perilla; un rostro inteligente, y sin embargo, de algún modo, inherentemente despreciable, con una especie de necedad senil en la nariz larga y afilada, cerca de cuya punta colgaban unos anteojos. Parecía la cara de una oveja, y la voz también tenía una cualidad ovejuna. Goldstein ofrecía su habitual ataque viperino sobre las doctrinas del Partido —un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño podría captar sus verdaderas intenciones y, sin embargo, lo bastante convincente para inundarlo a uno con la alarmante sensación de que otra personas, menos sensatas que uno, pudieran creerlo—. Insultaba al Gran Hermano, denunciaba la dictadura del Partido, exigía la inmediata conclusión de la paz con Eurasia, defendía la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad de reunión, la libertad de pensamiento, gritaba histéricamente que la revolución había sido traicionada —y todo esto en un rápido discurso polisílabo que era una especie de parodia del estilo habitual de los oradores del Partido, y que incluso contenía palabras en Neolengua: en realidad más palabras en Neolengua de las que cualquier afiliado al Partido usaría normalmente en la vida real—.

Y todo el tiempo, para que no quedara ninguna duda de la realidad que encubrían las engañosas tonterías de Goldstein, tras su cabeza en la telepantalla marchaban interminables columnas del ejército de Eurasia —fila tras fila de hombres de  fuerte complexión y rostros asiáticos inescrutables que ascendían a la superficie de la pantalla y desaparecían para ser reemplazados por otros exactamente similares—. El aburrido resonar rítmico de las botas de los soldados formaba un fondo para la voz plañidera de Goldstein.

Antes de que transcurrieran treinta segundos de Odio, surgieron incontrolables exclamaciones de rabia de las personas en la sala. Él rostro ovejuno y engreído en la pantalla, y la temible fuerza del ejército de Eurasia a sus espaldas, eran demasiado para soportarlos; además, el ver o incluso el pensar en Goldstein producía temor y enojo en forma automática. El era un objeto de odio más constante que Eurasia o Estasia, debido a que cuando Oceanía estaba en guerra con una de estas potencias generalmente estaba en paz con la otra. Pero lo extraño era que, aunque todos odiaban y despreciaban a Goldstein, aunque todos los días y miles de veces al día, en las plataformas, en la telepantalla, en los periódicos, en los libros, refutaban, destrozaban y ridiculizaban sus teorías, se exhibía a la vista de todos la lamentable porquería que eran —a pesar de todo esto, su influencia nunca parecía disminuir—. Siempre había nuevos tontos en espera de que los sedujera. Nunca pasaba un día sin que la Policía del Pensamiento desenmascara a espías y saboteadores que actuaban bajo sus órdenes. Dirigía a un vasto ejército en las sombras, una red clandestina de conspiradores dedicados a derrocar al Estado. Se suponía que su nombre era la Hermandad. También se murmuraban historias de un libro terrible, un compendio de todas las herejías, cuyo autor era Goldstein y que circulaba aquí y allá en forma clandestina. El libro no tenía título. La gente se refería a él, cuando esto sucedía, simplemente como el libro. Pero uno se enteraba de tales cosas sólo mediante vagos rumores. Ni la Hermandad ni el libro eran un tema que cualquier afiliado normal al Partido mencionaría si había oportunidad de evitarlo.

Durante el segundo minuto, el Odio creció hasta un frenesí. Las personas saltaban en sus lugares y gritaban a voz de cuello en un esfuerzo de ahogar el enloquecedor gemido de la voz que surgía de la pantalla. La mujercita rubia había enrojecido, y abría la boca y gritaba como un pez fuera del agua.

Incluso el pesado rostro de O'Brien se había sonrojado. Estaba sentado muy recto en su silla, su vigoroso torso hinchado y tembloroso como si esperara el embate de una ola. La muchacha con el cabello negro detrás de Winston había comenzado a gritar: "¡Cerdo! ¡Cerdo! iCerdo!", y de repente levantó un pesado diccionario de Neolengua y lo arrojó contra la pantalla.

Golpeó la nariz de Goldstein y rebotó; la voz prosiguió inexorable. En un momento de lucidez, Winston percibió que gritaba con los demás y golpeaba con sus talones con fuerza el escalón de su silla. Lo horrible de los Dos Minutos de Odio era que no lo obligaban a uno a interpretar un papel, sino, por el contrario, siempre resultaba imposible sustraerse a la acción. A los treinta segundos cualquier fingimiento era siempre innecesario. Un horrendo éxtasis de temor y rencor, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un mazo, parecía fluir por todo el grupo de personas como una corriente eléctrica, y uno se convertía contra su voluntad en un lunático gesticulante y vociferante. Y, no obstante, el odio que uno sentía era una emoción abstracta indirecta que podía transferirse de un objeto a otro como la llama de un soplete. Por lo tanto, en un momento el odio de Winston no se volvía contra Goldstein en absoluto; sino, más bien, contra el Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pensamiento; y en tales momentos su corazón viajaba hasta el hereje solitario ridiculizado en la pantalla, el único guardián de la verdad y la cordura en un mundo de mentiras. Y, sin embargo, al instante siguiente pensaba de él lo mismo que los demás y todo lo que se decía de Goldstein le parecía cierto. En esos momentos, su odio secreto del Gran Hermano se convertía en adoración y el Gran Hermano parecía ascender, un protector invencible y audaz que se erguía como una roca contra las hordas de Asia, y Goldstein, a pesar de su aislamiento, su desamparo y la duda que pendía sobre su existencia, le parecía como un encantador siniestro, capaz de destrozar la estructura de la civilización con el solo poder de su voz.

Por momentos, mediante un acto de voluntad, incluso era posible cambiar el odio propio en un sentido o en otro. De repente, con el mismo esfuerzo violento con el que uno aleja la cabeza de la almohada en una pesadilla, Winston consiguió transferir su odio del rostro en la pantalla a la muchacha de cabello oscuro detrás de él. Alucinaciones vívidas y hermosas estallaban por su mente. La azotaría hasta matarla con una porra de goma. La ataría desnuda a una estaca y la llenaría de flechas como San Sebastián. La violaría y le cortaría la garganta en el momento del clímax. Además, comprendía mejor que antes por qué la odiaba. Era por su juventud, su belleza y porque era asexual, porque quería acostarse con ella y nunca lo haría, porque alrededor de su cintura dulce y flexible, que parecía pedir que la rodeara con sus brazos, sólo estaba el odioso cinturón rojo, como agresivo símbolo de castidad.

El odio se elevó a un clímax. La voz de Goldstein se había convertido en un verdadero balido de oveja, y por un instante, la cara cambió a la de una oveja. Entonces la cara de la oveja se convirtió en la figura de un soldado de Eurasia que parecía avanzar, enorme y terrible, con su subametralladora crepitante, que parecía saltar de la superficie de la pantalla, por lo que algunas personas de la primera fila se retreparon de verdad en sus asientos. Pero al mismo tiempo, provocando un profundo suspiro de alivio de todos, la figura hostil se fundió en la cara del Gran Hermano, con el cabello negro, el bigote oscuro, lleno de fuerza y de una tranquilidad misteriosa y tan amplia que casi llenaba la pantalla. Nadie escuchó lo que decía el Gran Hermano. Eran sólo algunas palabras de aliento, el tipo de palabras que se emiten en el fragor de la batalla, que no se distinguen una a una, sino que restablecen la confianza por el hecho de ser expresadas. Entonces la cara del Gran Hermano se desvaneció y en su lugar quedaron los tres lemas del Partido en letras gruesas:

LA GUERRA ES PAZ

LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD

LA IGNORANCIA ES PODER

Pero el rostro del Gran Hermano pareció persistir durante varios segundos en la pantalla, como si el impacto que había dejado en los ojos de todos fuera demasiado vívido para borrarse de inmediato. La mujercita rubia se había arrojado sobre la silla que estaba frente a ella. Con un murmullo trémulo que sonó como "¡Mi salvador!", extendió sus brazos hacia la pantalla. A continuación enterró su cara en sus manos. Era evidente que rezaba.

En este momento todo el grupo de personas se enfrascó en un cántico rítmico, profundo y lento que repetía "G.H… iG.H.!.." —una y otra vez, con mucha lentitud, con una larga pausa entre la "G" inicial y un pesado murmullo en la "H"—, curiosamente salvaje, en el fondo del cual uno parecía escuchar el roce de pies desnudos y la vibración de unos tambores. El canto se mantuvo tal vez durante treinta segundos. Era un estribillo que se escuchaba a menudo en momentos de emoción abrumadora. En parte era una especie de himno a la sabiduría y a la majestad del Gran Hermano, pero todavía más era un acto de autohipnosis, un adormecimiento deliberado de la conciencia mediante un ruido rítmico. Winston parecía sentir el temor desde sus entrañas. En los Dos Minutos de Odio no podía evitar sumirse en el delirio general, pero este cántico infrahumano de "¡G.H.!. iG.H.!", siempre lo horrorizaba.

Por supuesto que cantaba con los demás: era imposible hacer lo contrario. El ocultar los sentimientos, el controlar los gestos, el hacer lo que hacían los demás era una reacción instintiva.

Pero había un espacio de un par de segundos durante el cual la expresión de sus ojos podría traicionarlo. Y fue exactamente en ese momento que ocurrió lo significativo —si en realidad sucedió.

Por un momento, captó la mirada de O'Brien, quien se había levantado. Se había quitado los anteojos y los reacomodaba sobre su nariz con su gesto característico. Pero por una fracción de segundo sus miradas se cruzaron, y durante el tiempo que ocurrió Winston supo —sí, supo— que O'Brien pensaba lo mismo que él. Se había trasmitido un mensaje inconfundible. Era como si sus mentes se hubieran abierto y los pensamientos fluyeran de uno al otro a través de sus ojos.

"Estoy contigo", parecía decirle O'Brien. "Sé precisamente lo que sientes. Estoy enterado de tu desprecio, de tu odio, de tu disgusto. Pero no te preocupes, estoy de tu parte!" Y entonces el destello de inteligencia había desaparecido y el rostro de O'Brien era tan inescrutable como el de todos los demás.

Eso era todo, y Winston ya no estaba seguro de que hubiera sucedido. Tales incidentes nunca tenían alguna secuela. Todo lo que el hecho consiguió fue que mantuviera viva la confianza, o la esperanza, de que otros, además de él mismo, fueran enemigos del Partido. Tal vez los rumores de vastas conspiraciones clandestinas eran ciertos después de todo —¡tal vez la Hermandad existía en realidad!—. Era imposible, a pesar de los incesantes arrestos, confesiones y ejecuciones, estar seguro que la Hermandad no era simplemente un mito. Algunos días creía en ella, algunos días no. No había evidencia, sólo fugaces vislumbres que podían significar nada o todo: fragmentos de conversaciones escuchadas por casualidad, borrosas anotaciones en los muros de los baños —una vez, incluso, cuando se encontraron dos extraños, un ligero movimiento de la mano que parecía como si fuera una señal de reconocimiento—.

Eran simples suposiciones: era probable que hubiera imaginado todo. Había regresado a su cubículo sin volver a mirar a O'Brien. La idea de continuar el contacto momentáneo apenas cruzó por su mente. Hubiera sido increíblemente peligroso incluso si hubiera sabido cómo prepararse para hacerlo.

Durante un segundo, dos segundos, habían intercambiado una mirada equívoca y así terminaba la historia. Pero incluso eso era un evento memorable, en la cerrada soledad en la que uno tenía que vivir.

Winston se despertó y se sentó más erguido. Dejó salir un eructo. La ginebra subía desde su estómago.

Sus ojos volvieron a enfocar la página. Descubrió que mientras murmuraba inútilmente al estar sentado, también había escrito algo, como en una acción automática. Y ya no eran las mismas letras apretujadas y torpes de antes. Su pluma se había deslizado voluptuosamente sobre el papel terso y había escrito en grandes letras mayúsculas:

ABAJO EL GRAN HERMANO

ABAJO EL GRAN HERMANO

ABAJO EL GRAN HERMANO

ABAJO EL GRAN HERMANO

ABAJO EL GRAN HERMANO

Una y otra vez, hasta llenar la mitad de la página.

No pudo evitar una punzada de pánico. Era absurdo, debido a que la escritura de esas palabras específicas no era sólo más peligroso que el acto de iniciar el diario, sino que, por un momento, tuvo la tentación de arrancar las páginas estropeadas y abandonar la empresa del todo.

Sin embargo, no lo hizo, porque sabía que era inútil. El que escribiera ABAJO EL GRAN HERMANO o que se abstuviera de hacerlo, no marcaba ninguna diferencia. La Policía del Pensamiento lo atraparía de todos modos. Había cometido —a pesar de todo habría cometido, incluso si nunca hubiera tocado el papel con la pluma— el delito esencial que contenía a los demás por sí mismo. Lo llamaban ideadelito. Una ideadelito no era algo que pudiera ocultarse para siempre. Uno podía eludirlos con éxito durante un tiempo, incluso durante años, pero tarde o temprano iban a atraparlo a uno.

Siempre era en la noche: los arrestos invariablemente ocurrían en la noche. La súbita sacudida para salir del sueño, la ruda sacudida por el hombro, las luces deslumbrantes, el coro de rostros endurecidos que rodeaba la cama. En la amplia mayoría de los casos no había juicio, ni informe del arresto. Las personas desaparecían simplemente, siempre durante la noche. Quitaban el nombre de uno de los registros, se eliminaban todos los registros que alguna vez hubieras tenido, tu antigua existencia era negada y después olvidada. Te suprimían, te aniquilaban: solían decir que te evaporabas.

Durante un momento, se apoderó de él una especie de histeria. Comenzó a escribir de prisa con letras desordenadas:

me matarán no me importa que me disparen en la nuca no me importa que caiga el Gran Hermano siempre te disparan en la nuca no me importa que caiga el Gran Hermano…

Se retrepó en su asiento, ligeramente avergonzado de sí mismo, y soltó la pluma. Al momento siguiente se levantó con violencia. Tocaban a la puerta.

¡Ya está! Se sentó quieto como un ratón, con la inútil esperanza de que el visitante se alejara después de un solo intento.

Pero no, el toquido se repitió. Lo peor de todo sería tardarse. Su corazón comenzó a latir con fuerza, pero era probable que su cara, debido a una prolongada costumbre, no mostrara expresión alguna. Se levantó y caminó pesadamente hacia la puerta.

II

Mientras ponía su mano en la perilla de la puerta, Winston vio que había dejado abierto el diario en la mesa. En él se leía ABAJO EL GRAN HERMANO, con letras lo bastante grandes para ser legibles al otro lado de la habitación. Había hecho algo inconcebiblemente estúpido. Pero comprendió que, incluso con su pánico, no había querido manchar el papel cremoso al cerrar el cuaderno mientras la tinta estaba húmeda.

Contuvo el aliento y abrió la puerta. Al instante lo recorrió una cálida oleada de alivio. Una mujer pálida, con aspecto abrumado, con el cabello desordenado y cara arrugada, estaba parada afuera.

–Eh, camarada —comenzó a hablar con una voz monótona y quejumbrosa—, me pareció oír que entrabas. ¿Crees que podrías venir a echarle un vistazo a nuestro fregadero?

Está atascado y…

Era la señora Parsons, la esposa de un vecino en el mismo piso. (De algún modo, señora era una palabra desaprobada por el Partido —se suponía que uno debía llamar a todos "camarada" —pero con algunas mujeres uno la usaba instintivamente.) Era una mujer de unos treinta años, pero parecía mucho mayor. Uno tenía la impresión de que había polvo en las arrugas de su cara. Winston la siguió por el pasillo. Estos trabajos de reparación de aficionados eran casi una molestia diaria. Las Mansiones Victoria eran unos apartamentos viejos, construidos en 1930, más o menos, y se estaban cayendo a pedazos. El enlucido se desconchaba constantemente de los techos y las paredes, las tuberías estallaban con cada helada, el techo goteaba cuando nevaba, la calefacción normalmente funcionaba a medio vapor, cuando no se detenía por completo por motivos económicos. Las reparaciones, excepto las que uno mismo pudiera hacer, debían ser autorizadas por lejanos comités que tendían a detener durante un par de años hasta el arreglo del vidrio de una ventana.

–Por supuesto es sólo porque Tom no está en casa —dijo la señora Parsons con ambigüedad.

El apartamento de los Parsons era más grande que el de Winston, y lúgubre de un modo distinto. Todo tenía un aspecto gastado y pisoteado, como si el lugar hubiera sido visitado por un animal enorme y violento. Por todo el apartamento estaban dispersos artículos deportivos —bastones de hockey, guantes de box, una pelota de futbol reventada, un par de pantalones cortos sudados y vueltos al revés—, y la mesa estaba llena de platos sucios y cuadernos con las esquinas dobladas.

Sobre las paredes había cinturones rojos de la Liga Juvenil y los Espías, y un cartel de gran tamaño del Gran Hermano. Se percibía el acostumbrado olor a coles cocidas, común en todo el edificio, pero lo superaba una peste todavía más intensa de sudor, el cual —uno sabía esto a la primera inhalación, aunque era difícil saber cómo— era de una persona que no estaba presente en ese momento. En otra habitación alguien, con un peine y un pedazo de papel higiénico intentaba seguir el ritmo de la música militar que todavía emitía la telepantalla.

–Son los niños —dijo la señora Parsons, mientras veía con cierta aprehensión hacia la puerta—. No han salido en todo el día y, por supuesto…

Tenía la costumbre de dejar las frases inconclusas. El fregadero de la cocina estaba casi lleno hasta el borde de agua verdosa estancada que olía todavía peor que la col. Winston se arrodilló y examinó el codo de la tubería. Odiaba usar sus manos, y odiaba agacharse, pues esto solía producirle tos. La señora Parsons lo miró con desamparo.

–Por supuesto, si Tom estuviera en casa lo arreglaría en un instante —dijo—. Le encanta todo eso. Siempre ha sido hábil con sus manos, así es Tom.

Parsons era compañero de Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un hombre gordo pero activo, con una estupidez paralizante, una masa de entusiasmos imbéciles —uno de esos esclavos devotos que nunca cuestionaban nada, de quienes, más incluso de que la Policía del Pensamiento, dependía la estabilidad del Partido—. A los treinta y cinco años abandonó de mala gana la Liga Juvenil, y antes de graduarse en ella había conseguido permanecer en los Espías un año más de la edad permitida. En el Ministerio lo ocupaban en un puesto subordinado para el que no se requería inteligencia, pero por otra parte era una figura importante en el Comité de Deportes y todos los otros comités encargados de organizar paseos comunitarios, demostraciones espontáneas, campañas de ahorro y actividades voluntarias en general. Relataba con tranquilo orgullo, entre bocanadas de su pipa, que se había presentado en el Centro Comunitario todas las noches durante los cuatro años anteriores. Un apabullante olor a sudor, una especie de testimonio inconsciente de su esforzada vida, lo acompañaba a todas partes, e incluso se quedaba en el lugar después de que se iba.

–¿Tienes una llave de tuercas? —preguntó Winston, mientras se hacía un lío con la tuerca del codo.

–Una llave de tuercas —reflexionó la señora Parsons, quien de inmediato puso de manifiesto su debilidad de carácter—. No sé, no estoy segura. Tal vez los niños..

Se escucharon pisadas de botas y otra ráfaga con el peine cuando los niños irrumpieron en la sala. La señora Parsons trajo la llave de tuercas. Winston dejó salir el agua y, asqueado, quitó el tapón de cabellos humanos que bloqueaba la tubería.

Se limpió los dedos lo mejor que pudo en el agua fría de la llave y regresó a la otra habitación.

–Arriba las manos —gritó una vocecilla salvaje.

Un apuesto niño de unos nueve años apareció detrás de la mesa y lo amenazó con una pistola automática, mientras su hermana menor, unos dos años más joven, hacía el mismo gesto con un fragmento de madera. Los dos vestían pantalones cortos, camisas grises y los pañuelos rojos que eran el uniforme de los espías. Winston levantó sus manos, pero con intranquilidad, pues el porte del niño era muy cruel, como si no fuera un juego en absoluto.

–¡Eres un traidor! —gritó el niño. [Tienes ideadelitos!

¡Eres un espía de Eurasia! iTe mataré, te evaporaré, te enviaré a las minas de sal!

De repente fueron unos niños que saltaban a su alrededor y gritaban "¡Traidor!" y "¡Tienes ideadelitos!" La niña imitaba todos los movimientos de su hermano. De algún modo, era escalofriante, como los saltos de los cachorros de tigre que pronto se convertirían en devoradores de hombres. Había una especie de ferocidad calculada en la mirada del niño, un deseo muy evidente de golpear o patear a Winston y la conciencia de estar casi lo bastante grande para hacerlo. Era bueno que no sostuviera una pistola de verdad, pensó Winston.

La mirada de la señora Parsons volaba nerviosamente de Winston a los niños y de regreso. Bajo la mejor iluminación de la sala Winston se dio cuenta con interés que en realidad había polvo en las arrugas de su cara.

–Son muy ruidosos dijo—. Están decepcionados porque no fueron a ver el ahorcamiento, eso es lo que pasa. Estoy muy ocupada para llevarlos y Tom no regresará a tiempo del trabajo.

–¿Por qué no podemos ir a ver al ahorcado? —gritó el niño con su voz estruendosa.

–¡Quiero ver al ahorcado! ¡Quiero ver al ahorcado! —cantó la niña, todavía brincando.

Esa noche iban a colgar a algunos prisioneros de Eurasia, culpables de crímenes de guerra, recordó Winston. Esto ocurría aproximadamente una vez al mes, y era un espectáculo popular. Los niños siempre pedían a gritos que los llevaran a verlo. Se despidió de la señora Parsons y se dirigió a la puerta.

Pero no había dado ni seis pasos por el pasillo cuando algo lo golpeó en la nuca y le produjo un intenso dolor. Era como si le hubieran enterrado un alambre al rojo vivo. Giró a tiempo para ver a la señora Parsons arrastrar a su hijo a la entrada mientras el niño guardaba un tirachinas en el bolsillo.

–¡Goldstein! —gritó el niño mientras la puerta se cerraba tras él. Pero lo que más impresionó a Winston fue la mirada de temor impotente en el rostro ceniciento de la mujer.

De regreso en su apartamento, Winston caminó rápidamente más allá de la telepantalla y se sentó otra vez frente a la mesa, mientras aún se frotaba el cuello. La música de la telepantalla se había detenido. En su lugar, una voz militar entrecortada leía, con una especie de deleite brutal, una descripción de los armamentos de la nueva Fortaleza Flotante que acababa de anclar entre Islandia y las Islas Faroe.

Con esos hijos, pensó, esa desdichada mujer debe llevar una vida de terror. En un año o dos, ellos la observarían noche y día en busca de síntomas de falta de lealtad. En la actualidad casi todos los niños eran horribles. Lo peor de todo era que, por medio de organizaciones tales como los Espías, sistemáticamente los convertían en pequeños salvajes incontrolables y, sin embargo, esto no producía en ellos la tendencia de rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario, adoraban el Partido y todo lo relacionado con éste. Las canciones, las procesiones, las pancartas, las excursiones, los ejercicios con rifles falsos, los lemas a gritos, la adoración del Gran Hermano —para ellos todo era una especie de juego glorioso—. Toda su ferocidad la exteriorizaban contra los enemigos del Estado, contra los extranjeros, los traidores, los saboteadores y quienes tenían ideadelitos. Era casi normal entre las personas de más de treinta años temer a sus propios hijos. Y por buenas razones, porque apenas pasaba una semana en la que The Times no trajera un párrafo que describiera cómo un pequeño soplón que escuchaba a escondidas —por lo general empleaban la frase "pequeño héroe"—, escuchara una frase comprometedora y denunciara a sus padres a la Policía del Pensamiento.

El dolor de la pedrada con el tirachinas se había calmado.

Levantó su pluma sin ganas y se preguntó si podría encontrar algo más para escribir en el diario. De repente comenzó a pensar en O'Brien otra vez.

Hacía varios años —¿cuántos?, debían ser unos siete— había soñado que caminaba por una habitación oscura como boca de lobo. Alguien sentado a su lado había dicho mientras pasaba:

"Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad".

Lo dijo con tranquilidad, casi en forma casual —una afirmación, no una orden—. El había seguido su camino sin detenerse. Lo curioso es que, en ese momento, en el sueño, las palabras no le causaron una gran impresión. Sólo después, y en forma gradual, parecieron cobrar significado. No recordaba si fue antes o después de tener el sueño que había visto a O'Brien por primera vez, ni se acordaba de la primera ocasión que identificó lo voz como la de O'Brien. Pero en cualquier caso la identificación existía. Era O'Brien quien le había hablado en la oscuridad.

Winston nunca se había podido sentir seguro —incluso después del destello de los ojos en la mañana todavía era imposible estar seguro si O'Brien era una amigo o un enemigo. Ni siquiera parecía importar mucho. Hubo una especie de vínculo de comprensión entre ellos, más importante que el afecto o el partidismo. "Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad", había dicho. Winston no sabía lo que significaba, sólo que de una u otra manera se haría realidad.

La voz de la telepantalla se detuvo. Una nota de clarín, fuerte y hermosa, flotó en el aire estancado. La voz rasposa continuó:

–¡Atención! ¡Su atención, por favor! En este momento ha llegado una noticia de última hora del frente de Malabar.

Nuestras fuerzas en el sur de la India han obtenido una gran victoria. Estoy autorizado a decir que la acción de la que en este momento les informamos puede acercar la fecha del final de la guerra. Estas son las noticias…

Malas noticias, pensó Winston. En efecto, después de una sangrienta descripción de la aniquilación del ejército de Eurasia, con cifras formidables de muertos y prisioneros, llegó el anuncio de que, a partir de la semana siguiente, la ración de chocolate se reduciría de treinta gramos a veinte.

Winston volvió a eructar. El efecto de la ginebra se desvanecía y le dejaba una sensación de desánimo. La telepantalla —tal vez para celebrar la victoria, tal vez para ahogar el recuerdo del chocolate perdido— comenzó a transmitir "Oceanía, esto es para ti." Se suponía que uno debía prestar atención. Sin embargo, Winston era invisible en su posición actual.

"Oceanía, esto es para ti" dio paso a una música más ligera. Winston se acercó a la ventana, de espaldas a la telepantalla. El día todavía estaba frío y despejado. En algún lugar lejano, una bomba explotó con un estruendo apagado y retumbante. En la actualidad caían sobre Londres unas veinte o treinta de ellas a la semana.

En la calle, el viento hacía ondear el cartel roto de un lado a otro, y la palabra SOCING aparecía y desaparecía a intervalos.

Socing. Los principios sagrados del Socing. Neolengua, doblepensar, la mutabilidad del pasado. Sentía como si vagara en los bosques del fondo marino, perdido en un mundo monstruoso donde él mismo era el monstruo. Estaba solo. El pasado estaba muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certeza tenía de que una sola criatura humana viviera ahora a su lado?

Y, ¿cómo podía saber que el dominio del Partido no duraría para siempre? Como respuesta, los tres lemas sobre la cara blanca del Ministerio de la Verdad regresaron a su mente:

LA GUERRA ES PAZ

LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD

LA IGNORANCIA ES PODER

Sacó una moneda de veinticinco centavos de su bolsillo.

Ahí, también, con letras pequeñas y claras, estaban inscritos los mismos lemas y en la otra cara de la moneda estaba el Gran Hermano. Incluso desde la moneda los ojos lo perseguían a uno. En las monedas, en las estampillas postales, en las portadas de los libros, en las pancartas, en los carteles, y en la envoltura del paquete de cigarrillos: en todas partes. Siempre los ojos mirándolo y la voz envolviéndolo a uno. Dormido o despierto, en el trabajo o la comida, dentro o fuera, en el baño o en la cama —no había modo de escapar—. Nada era de uno, excepto los pocos centímetros cúbicos dentro de su cráneo.

El sol se había movido y las numerosas ventanas del Ministerio de la Verdad, debido a que la luz ya no brillaba sobre ellas, se veían austeras como las troneras de una fortaleza. Su corazón se encogía ante la enorme forma piramidal. Era demasiado fuerte, no podía tomarse por asalto. Mil bombas no podrían derrumbarla. Se volvió a preguntar por qué estaba escribiendo el diario. Para el futuro, para el pasado —para una época que podía ser imaginaria—. Y frente a él no estaba la muerte, sino la aniquilación. El diario quedaría reducido a cenizas y él mismo, a vapor. Sólo la Policía del Pensamiento podría leer lo que había escrito, antes de que lo eliminaran de la existencia y de la memoria. ¿Cómo podía apelar al futuro si ninguna huella de uno, ni siquiera una palabra anónima garrapateada en un pedazo de papel, sobreviviría físicamente?

Era interesante que las campanas de la hora parecían haber reanimado su corazón. Era un fantasma solitario que expresaba una verdad que nadie oiría jamás. Pero mientras él la expresara, de alguna tortuosa manera la continuidad no estaría rota.

La herencia humana no se transmitía cuando lo escuchaban a uno, sino al mantener la cordura. Regresó a la mesa, mojó su pluma, y escribió:

Para el futuro o el pasado, para un tiempo en que el pensamiento tenga libertad, cuando los hombres sean diferentes uno de otro y no vivan solos un tiempo cuando exista la verdad y lo que se haga no pueda deshacerse:

Desde la época de la uniformidad, desde la época de la soledad, desde la época del Gran Hermano, desde la época del doblepensar:

¡saludos!

Ya estaba muerto, reflexionó. Le parecía que sólo ahora, cuando había podido comenzar a formular sus pensamientos, había dado el paso decisivo. Las consecuencias de todas las acciones se incluían en la acción misma. Escribió:

Una ideadelito no implica la muerte; una ideadelito es la muerte.

Ahora que se había reconocido a sí mismo como un hombre muerto, se volvía importante mantenerse vivo el mayor tiempo posible. Tenía manchados de tinta dos dedos de la mano derecha. Era exactamente el tipo de detalle que podía traicionarlo a uno. Algún fanático entrometido del Ministerio (una mujer, probablemente; alguien como la mujercita rubia o la muchacha de cabello oscuro del Departamento de Ficción) podría comenzar a preguntarse por qué había estado escribiendo durante el intervalo de la comida, por qué había usado una pluma de otra época, qué había escrito, y después soltar un indicio en el cuartel adecuado. Fue al baño y lavó con cuidado la tinta con el jabón arenoso café oscuro que lastimó su piel como una lija y, por lo tanto, servía bien para tal propósito.

Guardó el diario en el cajón. Realmente era inútil pensar en ocultarlo, pero al menos podía asegurarse de que su existencia no había sido descubierta. Un cabello colocado a través de las páginas era demasiado obvio. Con la punta de su dedo levantó un grano identificable de polvo blancuzco y lo depositó sobre la esquina de la portada, donde era probable que cayera si movían el cuaderno.

III

Winston soñaba con su madre.

Debía tener, pensó, unos diez u once años cuando su madre desapareció. Era una mujer alta, escultural, bastante callada, con movimientos lentos y una estupenda cabellera rubia. Recordaba vagamente a su padre como moreno y delgado, siempre vestido con pulcras prendas oscuras (Winston recordaba, sobre todo, las suelas muy delgadas de los zapatos de su padre) y que usaba los anteojos. Era evidente que a los dos se los había tragado una de las primeras grandes purgas de los años cincuenta.

En ese momento, su madre estaba sentada en algún lugar muy debajo de él, con su hermanita en brazos. El no recordaba a su hermana en absoluto, excepto como una bebé diminuta y ligera, siempre callada, con enormes ojos atentos. Las dos lo miraban desde abajo. Estaban en algún lugar subterráneo —el fondo de un pozo, por ejemplo, o en una tumba muy honda—, pero era un lugar que, aunque ya estaba bastante debajo de él, se movía hacia abajo. Estaban en el salón de un barco que se hundía y miraban hacia arriba a través del agua oscurecida.

Todavía había aire en el salón, ellas aún lo veían y él a ellas, pero se hundía todo el tiempo, en lo profundo de las aguas verdes que momentos más tarde las ocultarían de la vista para siempre. El estaba en la luz y en el aire mientras ellas eran succionadas hasta morir, y ellas estaban abajo porque él estaba arriba. El lo sabía y ellas lo sabían y podía ver la comprensión en sus caras. No había reproche en sus caras ni en su corazón, sólo el conocimiento de que debían morir para que él pudiera permanecer con vida, y todo esto era parte del inevitable orden de las cosas.

No recordaba qué había sucedido, pero en su sueño sabía que, de algún modo, su madre y su hermana habían sacrificado sus vidas por la de él. Era uno de esos sueños en los cuales, al mismo tiempo que conservaba las escenas características de los sueños, era una continuación de la vida intelectual propia, y en el cual uno está consciente de sucesos e ideas que todavía parecen nuevos y valiosos después que uno despierta. Lo que Winston comprendió de repente fue que la muerte de su madre, hacía casi treinta años, había sido trágica y dolorosa de un modo irrepetible. Percibía que la tragedia pertenecía a una época antigua, a un tiempo en el que todavía existían la privacidad, el amor y la amistad, y en el que los integrantes de una familia se apoyaban entre sí sin necesidad de saber la razón. El recuerdo de su madre destrozó su corazón porque ella había muerto amándolo, cuando él era demasiado joven y egoísta para amarla a su vez y porque, de un modo que él no recordaba, se había sacrificado en un concepto de lealtad que era privado e inalterable. Vio que tales cosas no podían ocurrir en la actualidad. Hoy todo era temor, odio y dolor, pero no había dignidad en la emoción, nada de penas profundas o complejas. Le parecía que veía todo esto en los grandes ojos de su madre y su hermana, que lo miraban desde abajo a través de las aguas verdes, a cientos de brazas hacia abajo y todavía hundiéndose.

De repente estaba parado en un césped corto y mullido, en una tarde de verano cuando los inclinados rayos del sol doraban la tierra. El paisaje que observaba reaparecía tan a menudo en sus sueños que nunca estaba seguro de si lo había visto o no en el mundo real. Cuando pensaba despierto en él lo llamaba el País Dorado. Era un viejo pastizal devorado por los conejos, con un sendero que lo atravesaba y una topera aquí y allá. En el seto irregular del lado opuesto del campo, las ramas de los olmos se mecían ligeramente en la brisa, sus hojas se agitaban en masas densas como la cabellera de una mujer. En algún lugar cercano, aunque fuera de la vista, había un arroyo de aguas transparentes que avanzaban lentas, en donde los peces nadaban en los estanques bajo los sauces.

La muchacha del cabello oscuro venía hacia ellos a través del campo. Con lo que parecía un solo movimiento, rompió sus ropas y las lanzó en forma despectiva a un lado. Su cuerpo era blanco y fluido pero no estimulaba su deseo, en realidad él apenas lo miraba. Lo que lo abrumaba en ese instante era la admiración por el gesto con el que ella había hecho a un lado sus ropas. Con su gracia y despreocupación parecía aniquilar una cultura completa, todo un sistema de pensamiento, como si el Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pensamiento pudieran desaparecer hacia la nada con un único movimiento esplendoroso del brazo. Ese también era un gesto que pertenecía a una época antigua. Winston despertó con la palabra Shakespeare en los labios.

La telepantalla emitía un silbido que partía los oídos y que continuó en la misma nota durante treinta segundos. Eran las siete quince exactas, la hora de levantarse para quienes trabajaban en las oficinas. Winston saltó de un tirón de la cama —desnudo, porque un afiliado a la masa del Partido sólo recibía 3000 cupones para ropa al año, y una pijama costaba 600— y tomó una sucia camiseta y un par de pantalones cortos que estaban sobre una silla. Los Estiramientos Físicos comenzarían en tres minutos. Al instante siguiente estaba doblado por un violento acceso de tos que casi siempre lo atacaba poco después de levantarse. Vaciaba tan completamente sus pulmones que sólo comenzaba a respirar de nuevo acostado sobre su espalda y después de una serie de respiraciones profundas. Sus venas se hincharon por el esfuerzo de toser, y la úlcera varicosa comenzó a darle comezón.

–¡Grupo de los treinta a los cuarenta! —ladraba una aguda voz de mujer-. ¡Grupo de los treinta a los cuarenta!

¡Tomen sus lugares, por favor! iDe los treinta a los cuarenta!

Winston saltó atento frente a la telepantalla, sobre la cual había aparecido la imagen de una mujer joven, flaca pero musculosa, vestida con una túnica y zapatos para gimnasia.

–¡Doblen y estiren los brazos! —indicó—. Sincronícense conmigo. ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro! iVamos, camaradas, pongan un poco de ánimo en esto! Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro!…

El dolor del acceso de tos no había borrado de la mente de Winston la impresión del sueño, y los movimientos rítmicos del ejercicio la restablecieron de algún modo. Conforme lanzaba sus brazos mecánicamente atrás y adelante, y adoptaba la expresión de sereno placer que se consideraba adecuada durante los Estiramientos Físicos, se esforzaba por retroceder al borroso periodo de su niñez. Era extraordinariamente difícil.

Más allá de fines de los años cincuenta, todo se borraba. Cuando no había registros externos que uno pudiera consultar, incluso el resumen de la vida propia perdía su claridad. Uno recordaba eventos enormes que probablemente no habían ocurrido, uno recordaba los detalles de los incidentes sin poder volver a captar la atmósfera, y había enormes periodos en blanco a los cuales no se les podía asignar nada. Todo era diferente entonces. Incluso los nombres de los países, y sus formas en los mapas, habían sido diferentes. Por ejemplo, Pista de Aterrizaje

Uno no se llamaba así en esa época: la llamaban Inglaterra o Gran Bretaña, aunque Londres, estaba bastante seguro, siempre se había llamado Londres.

En definitiva, Winston no recordaba una época en la que su país no hubiera estado en guerra, pero era evidente que había ocurrido un intervalo de paz bastante largo durante su niñez, debido a que uno de sus primeros recuerdos era un ataque aéreo que parecía tomar a todos por sorpresa. Tal vez fue el momento en que la bomba atómica cayó sobre Colchester. El no recordaba el ataque mismo, sino que se acordaba de la mano de su padre apretando la suya mientras se apresuraban hacia algún lugar en lo profundo de la tierra, vueltas y vueltas por una escalera en espiral que sonaba bajo sus pies y, por último, que sentía sus piernas tan cansadas que comenzaba a lloriquear y tenían que detenerse y descansar. Su madre, a su manera lenta y soñadora, los seguía un trecho detrás de ellos. Cargaba a su hermanita —o tal vez sólo era un puñado de sábanas—: él no estaba seguro de que su hermana ya hubiera nacido entonces.

Finalmente habían salido a un lugar ruidoso y atestado, el cual comprendió que era una estación del tren subterráneo.

Las personas se sentaban por todo el piso enlosado, y otros, todos amontonados, se sentaban en literas metálicas, uno sobre el otro. Winston, su madre y su padre encontraron un lugar en el piso, y cerca de ellos una anciana y un anciano estaban sentados juntos en una litera. El hombre tenía un traje oscuro de gran calidad y una gorra negra echada hacia atrás sobre sus canas, tenía una cara roja y sus ojos azules estaban llenos de lágrimas. Apestaba a ginebra. Parecía surgir de su piel en lugar de sudor, y uno podía suponer que las lágrimas que derramaban sus ojos eran ginebra pura. Pero aunque estaba ligeramente borracho también lo aquejaba un dolor genuino e insoportable. A su manera infantil, Winston comprendió que había sucedido algo terrible, algo que estaba más allá del perdón y que no podía remediarse. También le pareció que sabía lo que era. Habían matado a un ser querido del anciano —una nieta, tal vez—. Cada cierto rato, el anciano repetía:

–No debimos confiar en ellos. Se los dije, Ma, ¿no es cierto? Eso es lo que pasa por confiar en ellos. Lo dije todo el tiempo. No debimos confiar en esos sinvergüenzas.

Pero Winston no alcanzaba a comprender en cuáles sinvergüenzas no debían de haber confiado.

Desde alrededor de esa época, la guerra había sido literalmente continua, aunque para ser precisos no siempre había sido la misma guerra. Durante varios meses en su niñez ocurrieron confusas peleas callejeras en Londres mismo, algunas de las cuales recordaba con viveza. Pero describir la historia del periodo completo, decir quién peleaba contra quién en determinado momento, habría sido totalmente imposible debido a que ningún registro escrito, y ninguna palabra expresada, se habían hecho jamás de cualquier otra disposición que la actual. Por ejemplo, en este momento, en 1984 (porque era 1984), Oceanía estaba en guerra con Eurasia y aliada con Estasia. En ninguna declaración pública o privada se iba a admitir jamás que las tres potencias habían estado, en alguna época, agrupadas bajo diferentes líneas. En realidad, como Winston sabía bien, apenas hacía cuatro años Oceanía había estado en guerra con Estasia y aliada con Eurasia. Pero ese era sólo un conocimiento furtivo que había adquirido porque su memoria no estaba satisfactoriamente bajo control. De manera oficial, el cambio de aliados nunca había ocurrido. Oceanía estaba en guerra con Eurasia; por lo tanto, Oceanía siempre había estado en guerra con Eurasia. El enemigo del momento siempre representaba la maldad absoluta, por lo que cualquier acuerdo pasado o futuro con él era imposible.

Lo espantoso —se reflejó por cienmilésima vez mientras estiraba sus hombros dolorosamente hacia atrás (las manos sobre las caderas, todos giraban sus cuerpos desde la cintura, un ejercicio que se suponía era bueno para los músculos de la espalda) —era que esto podía ser cierto. Si el Partido pudiera meter su mano en el pasado y decir que este o aquel evento nunca ocurrió, eso, seguramente, era más temible que la tortura y la muerte.

El Partido decía que Oceanía nunca había sido aliado de Eurasia. El, Winston Smith, sabía que Oceanía había sido aliado de Eurasia apenas hacía cuatro años. Pero, ¿dónde existía ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, que en cualquier caso pronto sería aniquilada. Y si todos los demás aceptaban la mentira que imponía el Partido, si todos los registros contaban el mismo cuento, el pasado pasaba a la historia y se convertía en verdad. "Quien controla el pasado", decía el lema del Partido, "controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado." Y no obstante el pasado, incluso con su naturaleza inalterable, nunca había sido alterado. Lo que era cierto ahora lo era desde una eternidad a otra. Era bastante simple. Sólo se necesitaba una interminable serie de victorias sobre la memoria propia. "Control de la realidad", le decían; en Neolengua, "doblepensar".

–Descansen —ladró la instructora, un poco más amable.

Winston hundió sus brazos a sus lados y poco a poco volvió a llenar sus pulmones de aire. Su mente se deslizó al laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, estar consciente de la veracidad absoluta mientras sé expresan mentiras elaboradas con cuidado, sostener al mismo tiempo dos opiniones que se cancelan entre sí, sabiendo que se contradicen y creyendo en ambas, emplear la lógica contra la lógica, repudiar los principios morales y atribuirse sus virtudes, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el custodio de esa democracia, echar al olvido lo que conviene olvidar, para rescatarlo en la ocasión propicia y, si fuera conveniente, relegarlo una vez más al olvido; y por encima de todo, aplicar el mismo procedimiento al procedimiento en sí. Ese era el supremo artificio: inducir de manera consciente un estado de inconsciencia y luego, perder la conciencia del acto de hipnosis realizado momentos antes. Hasta para comprender la palabra doblepensar era necesario doblepensar.

La instructora los llamaba de nuevo:

–Y ahora veamos quiénes de ustedes pueden tocarse la punta de los pies —exclamó con entusiasmo. Doblen la cintura, camaradas: ¡Uno, dos! ¡Uno, dos!

Winston aborrecía aquel ejercicio, que le producía intensos dolores desde los tobillos hasta las nalgas y solía terminar con otro acceso de tos. Desapareció el estado casi placentero de sus meditaciones. El pasado, reflexionó, no sólo había sido alterado, sino destruido en realidad. Pues ¿cómo sería posible verificar hasta el suceso más obvio, si no quedaba otro registro fuera de la propia memoria? Trató de recordar en qué año había oído hablar por vez primera del Gran Hermano. Debió haber sido en algún momento de los años sesenta, pero era imposible estar seguro. Según el historial del Partido, el Gran Hermano fue el conductor y prócer de la Revolución desde sus primeros días. Sus acciones habían retrocedido poco a poco en el tiempo, hasta que llegaron a la legendaria época de los años cuarenta y los treinta, cuando los capitalistas que usaban extravagantes sombreros cilíndricos todavía paseaban por las calles de Londres en sus automóviles relucientes, o en soberbios carruajes con ventanillas de cristal. No había manera de saber cuánto era real y cuánto inventado. Winston ni siquiera recordaba la fecha en que había surgido el Partido. No creía haber oído la palabra Socing antes de 1960, pero era posible que ya existiera antes de esa fecha, aunque definida en Viejalengua, es decir, socialismo inglés. Todo se perdía en la bruma.

A veces, incluso se podía palpar una determinada falsedad. Por ejemplo, no era cierto lo que afirmaban los libros de historia del Partido, que éste hubiera inventado el avión. Winston recordaba haber visto aviones cuando era muy pequeño. Pero no era posible probar nada. No existía ninguna evidencia. Sólo una vez había tenido en sus manos una prueba documental fehaciente que demostraba la falsificación de un hecho histórico. Y en aquella ocasión…

–¡Smith! —chilló la regañona voz de la telepantalla—. Smith W. 6079, iTú, sí, a ti te estoy hablando inclínate más! ¡Lo puedes hacer mejor! ¡No te estás esforzando! ¡Más abajo! Así está mejor, camarada. Ahora todos ¡en descanso!, y fíjense en mí.

Un sudor febril brotó por todo el cuerpo de Winston. Su cara permanecía inescrutable. ¡Nunca había de evidenciarse desánimo! ¡Y menos mostrar resentimiento! Un simple parpadeo hubiera bastado para delatarlo. Se quedó mirando cómo la instructora levantaba sus brazos y no se podía afirmar que con garbo, pero sí con bastante limpieza y eficacia— se inclinaba y se tocaba con la yema de los dedos la punta de los pies.

–¡Eso es, camaradas! Quiero ver cómo lo hacen. Fíjense en mí. Tengo treinta y nueve años y cuatro hijos. Observen —Se volvió a inclinar—. Ya ven que no doblo mis rodillas. Todos pueden hacerlo si se lo proponen —agregó mientras se enderezaba—. Quien tenga menos de cuarenta y cinco años puede perfectamente tocarse los pies con las manos. No todos tenemos el privilegio de luchar en el frente, pero al menos todos podemos mantenernos sanos y fuertes. Piensen en nuestros soldados que luchan en el frente de Malabar! Y en nuestros marinos a bordo de las Fortalezas Flotantes! Recordemos lo que ellos están obligados a soportar. Eso ya está mejor, camarada, bastante mejor —agregó la mujer con tono alentador mientras Winston, mediante un violento esfuerzo, conseguía tocarse los pies sin doblar las rodillas por vez primera en muchos años.

IV

Con un suspiro hondo e involuntario, que ni la proximidad de la telepantalla podía impedir que exhalara todas las mañanas al comenzar sus tareas diarias, Winston jaló el hablaescribe, desempolvó el micrófono y se puso los anteojos. Después desenrolló y unió con un sujetapapeles cuatro pequeños cilindros de papel que ya había sacado del tubo neumático, situado a la derecha de su escritorio.

En la pared de su oficina había tres aberturas: a la derecha del hablaescribe, un pequeño tubo neumático para las comunicaciones por escrito; a la izquierda, otro de mayor tamaño, para los periódicos; y sobre el muro lateral, al alcance de la mano de Winston, una ranura larga protegida por una rejilla metálica, que servía para deshacerse de los documentos descartados. Había miles o decenas de miles de ranuras similares en todo el edificio, no sólo en cada oficina, sino a lo largo de los pasillos. Por alguna razón les llamaban agujeros para la memoria. Cuando uno sabía que un documento debía destruirse o cuando se encontraba un papel suelto cerca, era un acto automático levantar la rejilla del agujero para la memoria más cercano y arrojarlo, desde donde era absorbido por una corriente de aire caliente hasta los gigantescos incineradores ocultos en los recovecos del edificio.

Winston revisó las cuatro tiras de papel que acababa de desenrollar. En cada una de ellas se leía un mensaje de uno o dos renglones, escrito en lenguaje abreviado —que sin ser Neolengua precisamente, incluía muchos términos de su vocabulario— y que el Ministerio empleaba para el servicio interno. Este era su contenido:

times 17.3.84, áfrica publicaerror discurso g.h. rectificar

times 19.12.83. erratas predicciones 4° trimestre 83 verificar edición actual

times 14.2.84. chocolate malinterpretado miniplenaria rectificar

times 3.12.83. informe ordendeldíag.h. nadabueno ref impersonas reredactar completo superaprobación antesarchivar

Con una leve sensación de alivio, Winston hizo a un lado el cuarto mensaje. Era un asunto complicado y de responsabilidad por lo que sería mejor abordarlo al último. Los otros tres eran asuntos de rutina, aunque era probable que el segundo implicara perderse en extensas listas de cifras.

Winston marcó "números atrasados" en la telepantalla y solicitó los ejemplares atrasados del Times, los cuales aparecieron por el tubo neumático unos minutos después. Los mensajes recibidos se referían a artículos o noticias que, por una u otra razón, era necesario alterar o, de acuerdo con el léxico oficial, rectificar. Por ejemplo, en el Times del diecisiete de marzo se informó que el Gran Hermano, en su discurso del día anterior, había predicho calma en el frente del sur de India, pero que en breve comenzaría una ofensiva de Eurasia en África del Norte. Pero sucedió que el Alto Mando de Eurasia lanzó su ofensiva en el sur de la India, y no atacó África del Norte. Por lo tanto, era necesario volver a redactar un párrafo del discurso del Gran Hermano para que predijera lo que había sucedido en realidad. Mismo asunto: el Times del diecinueve de diciembre había publicado los pronósticos oficiales de la producción de diversos artículos de consumo para el cuarto trimestre de 1983, que era al mismo tiempo el sexto del Noveno Plan Trienal. La edición actual traía los resultados reales, lo cual provocaba que los pronósticos resultaran totalmente equivocados. La tarea de Winston consistía en rectificar las cifras originales para que coincidieran con las actuales. En cuanto al tercer mensaje, se relacionaba con un simple error que se podía subsanar en pocos minutos. En febrero, el Ministerio de la Abundancia había difundido la promesa ("compromiso solemne", según la fraseología oficial) de que en 1984 no se reduciría la ración de chocolate. Pero la verdad, tal como Winston sabía, era que en la semana entrante dicha ración iba a ser reducida de treinta a veinte gramos. Todo lo que había de hacerse era reemplazar la promesa original por la advertencia de que tal vez iba a ser necesario reducir las raciones durante abril.

Tan pronto como Winston terminó de examinar los mensajes, adjuntó las correcciones hechas por medio del hablaescribe a los ejemplares del Times y los devolvió al tubo neumático. Luego, con un movimiento poco menos que instintivo, estrujó el mensaje original y los apuntes que había tomado, y los arrojó en el agujero para la memoria, con destino a las llamas de los incineradores.

No conocía en detalle lo que pasaba en el laberinto invisible adonde conducían los tubos neumáticos, pero tenía una idea general del proceso. Tan pronto como se verificaban las correcciones en un determinado ejemplar del Times, tal número se volvía a imprimir, se destruía el original y su lugar lo ocupaba el ejemplar corregido. Este procedimiento de alteraciones constantes no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a libros, revistas, volantes, carteles, folletos, películas, grabaciones, caricaturas, fotografías y, en suma, a todo material impreso o documental de posible trascendencia política o ideológica. Día a día, y casi decirse que minuto a minuto, se actualizaba el pasado. De esa manera se documentaba que el Partido había acertado en todas sus predicciones; tampoco se permitía que quedara registrada una información u opinión que fuera diferente de las exigencias actuales. Toda la historia era un palimpsesto, que se limpiaba y se volvía a escribir tantas veces como fuera necesario. De ningún modo era posible comprobar una adulteración deliberada de la verdad. La sección más grande del Departamento de Registros, mucho más amplia que aquella donde trabajaba Winston, era ocupada por numerosos empleados cuya misión se reducía a buscar y secuestrar todos los ejemplares de libros, periódicos y cualquier otro material de lectura que hubiese sido proscrito y condenado a las llamas.

Así, un ejemplar del Times, modificado una docena de veces, ya fuera por cambios en las condiciones políticas o para ajustar las predicciones del Gran Hermano a la realidad, pasaba al archivo con la fecha del número original, sin que existiera un ejemplar que lo contradijera. También los libros eran requisados para volver a escribirlos una y otra vez, y de nuevo se publicaban sin que se admitiera que se le habían hecho modificaciones. Incluso las instrucciones por escrito que recibía Winston, y que éste destruía tan pronto las despachaba, jamás declaraba o implicaban que se iba a cometer una falsificación; siempre se hablaba de deslices, errores, erratas o citas erróneas que era necesario corregir por precisión.

Pero en realidad, pensaba Winston mientras reajustaba las cifras del Ministerio de la Abundancia, ni siquiera era una adulteración. Era simplemente sustituir una falsedad con otra.

Casi todo el material no tenía ninguna relación con los hechos reales, ni siquiera la conexión de que fuera una mentira directa. Las estadísticas eran puras fantasías, tanto en su versión original como en la rectificada. Muchas de ellas eran producto de la inventiva de los propios funcionarios. Por ejemplo, el

Ministerio de la Abundancia predecía que se iban a producir un total trimestral de ciento cuarenta y cinco millones de pares de botas, en tanto las cifras reales de lo fabricado se referían a sesenta y dos millones. Pero Winston, al volver a escribir la predicción, fijó la cifra en cincuenta y siete millones, para más tarde poder afirmar que la cuota se había superado. De todos modos, sesenta y dos millones estaban tan lejos de la verdad como cincuenta y siete o ciento cuarenta millones. Lo probable era que no se hubiese producido un solo par de botas. Y aún era más probable que nadie tuviera la menor idea del total fabricado ni que le importara un bledo. Sólo se sabía que cada trimestre se fabricaba sobre el papel una cifra astronómica de pares de botas, aunque quizá la mitad de los habitantes de Oceanía anduvieran descalzos. Y ocurría lo mismo con los demás datos registrados, fueran importantes o no. Todo acababa por diluirse en las sombras, hasta el extremo de que se ignoraba a ciencia cierta la fecha del año en que se estaba.

Winston echó un vistazo al otro lado del salón. En el cubículo de enfrente un hombre pequeño, con una barbilla morena y aspecto preocupado, llamado Tillotson, se concentraba en su trabajo con un periódico sobre sus rodillas y acercaba mucho la boca a la bocina del hablaescribe. Parecía que intentaba mantener en secreto lo que hablaba en la telepantalla. Levantó la vista y en los cristales de sus anteojos asomó el centelleo de una mirada hostil en dirección a Winston.

Winston apenas si conocía a Tillotson y no tenía ni idea del trabajo que realizaba. El personal de la Sección de Registros no hacía comentarios de su trabajo. En aquella vasta sala sin ventanas exteriores, con su doble fila de cubículos y un incesante murmullo de voces trasmitiendo por el hablaescribe entre montañas de papeles, trabajaban muchas personas a quienes Winston no conocía ni de nombre, por más que los veía a diario yendo y viniendo de prisa por los pasillos y gesticulando durante los Dos Minutos de Odio. Sabía que en el cubículo contiguo al suyo la mujercita que era rubia un día sí y otro no, buscaba y borraba de los periódicos los nombres de quienes habían sido víctimas de la evaporación y, por lo tanto, se consideraba que no habían existido jamás. En cierto modo, tal ocupación era muy indicada para ella, pues no hacía dos años que su propio marido fue uno de los evaporados. En otro cubículo laboraba un sujeto inofensivo y gris, un tanto soñador, que se llamaba Ampleforth, de orejas velludas y una prodigiosa facilidad para manipular las rimas y la métrica, que se ocupaba de confeccionar versiones depuradas —textos definitivos, les llamaban— de poemas que se habían vuelto ideológicamente inconvenientes, pero que por una razón u otra, iban a conservarse en las antologías. Y esta sala, con sus cincuenta o más empleados sólo era una subsección, una célula apenas, en la gigantesca y compleja estructura de la Sección de Registros.

En el mismo piso, así como en los de arriba y en los de abajo, trabajaba un enjambre de empleados en ocupaciones tan variadas como inconcebibles. Había amplios talleres de impresión, con sus directores, técnicos, tipógrafos y laboratorios especialmente equipados para componer trucos fotográficos. Estaba la sección de teleprogramas, con sus ingenieros, productores y elencos de actores especializados en imitar voces ajenas. Y ejércitos de oficinistas cuya misión se reducía a confeccionar listas de publicaciones y libros que iban a ser retirados de la circulación. También había enormes depósitos donde se archivaba la documentación ya rectificada e incineradores donde se destruían los originales. Y en algún sitio recóndito estaban las eminencias grises, que coordinaban el esfuerzo total y fijaban las políticas que indicaban que este fragmento del pasado debía preservarse, aquel falsificarse y el otro borrarse por completo.

La Sección de Registros, después de todo, sólo era una dependencia del Ministerio de la Verdad, cuya misión principal no radicaba en reconstruir el pasado, sino en proporcionar a los ciudadanos de Oceanía periódicos, películas, libros de texto, programas de telepantalla y novelas, y todo cuanto se relacionara con informaciones, instrucción y esparcimiento en sus más variados aspectos, desde una estatua hasta un lema, desde un poema lírico hasta un tratado de biología, desde un libro de ortografía para alumnos de primer grado hasta un diccionario de Neolengua. Y el Ministerio no sólo debía satisfacer las múltiples exigencias del Partido, sino también reproducir toda la operación en una escala menor para beneficio del proletariado. Por su parte, una cadena de departamentos completa se ocupaba de literatura, música, teatro y esparcimientos en general para el proletariado. En esta sección se editaban periódicos de pacotilla, que contenían casi exclusivamente deportes, crimen y astrología, novelitas sentimentales, películas que rezumaban sexualidad, canciones sentimentales producidas por medios enteramente mecánicos con un calidoscopio especial llamado versificador. Incluso había una subsección completa —denominada Pornosec en Neolengua— dedicada a producir pornografía ínfima, material que era distribuido en paquetes sellados y lacrados y el cual ningún afiliado al Partido podía observar, salvo quienes trabajaban ahí.

Por el tubo neumático llegaron tres mensajes mientras Winston trabajaba, pero como se referían a asuntos sencillos, pudo darles trámite antes de que los Dos Minutos de Odio lo interrumpieran. Finalizada la trasmisión del Odio, regresó a su cubículo, tomó de un estante un diccionario de Neolengua, puso a un lado el hablaescribe, se limpió los anteojos y se dispuso a iniciar la labor realmente importante del día.

Winston encontraba su mayor placer en el trabajo. Casi todo era una rutina tediosa, pero también incluía tareas tan difíciles y complicadas que se podía enfrascar en ellas como si se tratara de problemas de matemáticas —sutilísimos casos de adulteración para resolver, en los cuales sólo contaban con sus conocimientos de los principios del Socing y el criterio para calcular los propósitos del Partido—. Winston era todo un maestro en esta tarea. En cierta ocasión, le encomendaron incluso la rectificación de los editoriales del Times, totalmente redactados en Neolengua. Desenrolló el mensaje que había apartado antes. Decía así:

times 3.12.83. informe ordendeldía g.h. nadabueno ref impersonas reredactar completo superaprobación antesarchivar

En Viejalengua, o lenguaje común, decía:

El informe de la Orden del Día del Gran Hermano en el Times del 3 de diciembre de 1983 deja muchísimo que desear e incluye referencias a personas que no existen; volver a escribirlo todo y presentar borrador ante un superior antes de archivar.

Leyó Winston todo el artículo en cuestión. Parecía que la Orden del Día del Gran Hermano se dedicaba principalmente a elogiar la tarea de una organización denominada FFCC, que suministraba cigarrillos y otras comodidades a los marinos de las Fortalezas Flotantes. Un camarada, llamado Withers, afiliado destacado del Partido Interno, era objeto de especial mención y se le otorgaba la Orden del Mérito Conspicuo de

Segunda Clase.

Tres meses después se ordenó la disolución de la FFCC sin proporcionar explicaciones. Cabía suponer que Withers y sus colaboradores habían caído en desgracia, pero nada se dijo sobre el particular en la prensa o por la telepantalla. Eso no tenía nada de extraño, pues no era usual que los delincuentes políticos fueran procesados o se les denunciara a la opinión pública. Las purgas espectaculares, con millares de personas, el juicio público de los traidores e ideadelincuentes que hacían una abyecta confesión de sus culpas antes de ser ejecutados, eran despliegues de teatralidad organizados cada dos o tres años. Por lo general, quienes por algún motivo incurrían en el desagrado del Partido, sencillamente desaparecían sin dejar rastros. Era imposible dar con el menor vestigio de su paradero. Winston había conocido personalmente a no menos de treinta personas, incluidos sus padres, desaparecidos de esa manera.

Winston se rascó la nariz con un sujetapapeles. En el cubículo de enfrente Tillotson seguía pegado al hablaescribe.

Por un momento levantó la cabeza y otra vez se apreció un destello de animosidad en los cristales de sus anteojos. Winston se preguntó si Tillotson hacía la misma tarea que él. Era muy posible. Un trabajo tan engañoso como aquel no se lo confiarían a un solo empleado; por otra parte, encomendarlo a un comité habría equivalido a admitir en público que ocurría una adulteración de la verdad. Lo más probable era que una docena de personas trabajaran en ese momento en diversas versiones de lo que el Gran Hermano había dicho. A su debido tiempo, un cerebro maestro del Partido Interno elegiría una u otra versión, la cual se volvería a imprimir y se pondría en marcha el complejo mecanismo para manipular las referencias, y después todo pasaría a los registros y se convertiría en verdad.

Winston ignoraba por qué Withers había caído en desgracia. Pudo ser corrupción o incompetencia. O bien el Gran Hermano simplemente se deshizo de un subordinado demasiado popular. O también podría ser que Withers o alguien de su círculo fuera sospechoso de ideas heréticas. O si no —y era lo más factible— todo se debía a que las purgas y las evaporaciones eran elementos indispensables de la mecánica gubernamental. El único indicio estaba en aquello de "ref impersonas", lo cual significaba que Whiters ya había dejado de pertenecer al mundo de los vivos. No siempre se podía que ocurriera eso a todas las personas arrestadas. A veces eran puestas en libertad y estaban en libertad durante uno o dos años antes de ser ejecutadas. En ocasiones, una persona a quien se daba por muerta desde tiempo atrás, reaparecía de pronto, como un fantasma, en algún juicio público, donde luego de comprometer con sus declaraciones a cientos de personas, volvía a desaparecer, esta vez para siempre. Sin embargo, Withers ya era una impersona. Ya no existía ni jamás había existido. Winston pensó que no sería suficiente con invertir simplemente los conceptos expresados por el Gran Hermano en su discurso. Sería mejor que su texto no mencionara en absoluto el tema original.

Podría convertir el discurso en una de las habituales denuncias de traidores e ideadelincuentes, pero eso hubiera sido demasiado obvio; mientras que inventar una victoria en el frente, o superar la producción del Noveno Plan Trienal, habría complicado demasiado los registros. Lo que se imponía era un tema que fuera pura fantasía. De pronto saltó a su mente, como hecho de medida, el recuerdo de cierto camarada Ogilvy, que poco tiempo atrás había muerto en el campo de batalla, en circunstancias heroicas. En ciertas ocasiones, el Gran Hermano dedicaba su Orden del Día para exaltar a algún modesto afiliado al Partido, cuya vida y cuya muerte presentaba como ejemplo digno de seguir. En ese caso celebrarían al camarada

Ogilvy. Claro que el tal Ogilvy jamás había existido en la vida real, pero unos cuantos renglones impresos y un par de fotografías falsas bastarían para darle vida.

Winston lo pensó un rato, después acercó el hablaescribe y se puso a dictar en el estilo peculiar del Gran Hermano, estilo a la vez marcial y pedante, fácil de imitar, porque se reducía a formularse preguntas y a responderlas uno mismo. ("¿Qué enseñanzas obtenemos de todo esto, camaradas? La enseñanza —que es también uno de los principios fundamentales de Socing— de que…, etcétera".)

A los tres años de edad, el camarada Ogilvy sólo aceptaba como juguetes un tambor, una ametralladora y un modelo de helicóptero. A los seis —un año antes de la edad reglamentaria, por un permiso especial— se incorporó a los Espías y a los nueve ya era jefe de pelotón. Cumplidos los once, delató a un tío suyo a la Policía del Pensamiento por haberle escuchado ciertas palabras consideradas como de tendencia delictuosa.

A los diecisiete, organizó en su barrio la Liga Anti-Sexo Juvenil. A los diecinueve, inventó una granada de mano, aceptada luego por el Ministerio de la Paz, y que al ser probada por primera vez, causó la muerte de treinta prisioneros de Eurasia con una sola explosión. A los veintitrés, perdía la vida en combate. Perseguido por los aviones a chorro del enemigo mientras volaba sobre el Océano índico con mensajes muy importantes, lastró su cuerpo con una ametralladora y se arrojó desde su helicóptero al mar, con mensajes y todo; un final —aseguraba el Gran Hermano—, que era como para despertar la envidia de todos. El Gran Hermano agregó algunos comentarios sobre la pureza y la rectitud de la vida del camarada Ogilvy. No fumaba ni bebía alcohol; no conocía otras diversiones que una hora diaria en el gimnasio, y había formulado voto de celibato, por creer que el matrimonio y las cargas del hogar eran incompatibles con el cumplimiento del deber las veinticuatro horas del día. Sólo hablaba de los postulados del Socing, y su objetivo en la vida era la derrota del enemigo de Eurasia y la persecución implacable de espías, saboteadores, ideadelincuentes y traidores en general.

Winston sopesó si convenía o no conferir al camarada Ogilvy la Orden del Mérito Conspicuo. Al fin resolvió no otorgársela, debido a las referencias innecesarias que eso conllevaba.

De nuevo echó una mirada en dirección a su rival del cubículo de enfrente. Algo pareció decirle que, sin duda alguna, Tillotson trabajaba en lo mismo que él. No había modo de saber cuál de los dos trabajos sería aceptado, pero Winston tenía la profunda convicción de que sería el suyo. El camarada Ogilvy, que hacía un momento no existía ni en la imaginación, era ya una realidad. Le pareció curioso que fuera posible crear hombres muertos, pero no seres vivientes. El camarada Ogilvy,  que nunca existió en el presente, existía ahora en el pasado y, una vez olvidada la falsedad preparada, existiría con los mismos trazos auténticos y con base en la misma evidencia que Carlomagno o Julio César.

V

En el comedor de techo bajo, a muchos metros de profundidad, avanzaba lentamente la fila para tomar el almuerzo. La sala ya estaba llena y el ruido era ensordecedor. De la parrilla en un mostrador llegaba el vapor de la carne cocida con un tufo acre a metal que no conseguía, sin embargo, disipar el olor a Ginebra Victoria. En un extremo del salón había un bar, o mejor dicho, un simple hueco en la pared, donde por diez centavos se obtenía un generoso trago.

–A ti te andaba buscando —oyó Winston que decía alguien a sus espaldas.

Se dio la vuelta. Era su amigo Syme, que trabajaba en el Departamento de Investigación. Tal vez "amigo" no fuera el término adecuado. En esa época sólo había camaradas; pero entre estos últimos había algunos cuyo trato era más agradable que el de los demás. Syme era filólogo, especializado en Neolengua. En realidad, participaba en un enorme equipo de expertos encargado de compilar la undécima edición del diccionario de Neolengua. Delgado, aún más bajo que Winston, tenía cabellos negros y largos, unos ojos saltones que miraban melancólicos y burlones a la vez, como queriendo penetrar en el fuero interno del interlocutor.

Quería preguntarte si te sobran algunas navajas de afeitar —dijo Syme.

–¡Ni una sola! —contestó Winston, con una especie de prisa culpable—. Las he buscado por todas partes, pero ya no hay.

Todos andaban tras las navajas de afeitar. En realidad, Winston tenía dos sin usar, pero las atesoraba. Desde hacía varios meses escaseaban las dichosas navajas. En ciertos momentos, había artículos que era imposible obtener en las tiendas del Partido. A veces eran botones; otras, lana de zurcir; a veces, cordones para zapatos; en la actualidad, eran las navajas de afeitar. Sólo era posible conseguirlas en el mercado "libre" forma más o menos clandestina.

–Hace mes y medio que vengo usando la misma hoja —mintió Winston.

La fila avanzó un paso más. Al hacer alto, se volvió de nuevo Winston hacia Syme. Cada uno tomó una bandeja de metal de aspecto grasiento de una pila que había en un extremo del mostrador.

–¿Fuiste ayer a ver ahorcar a los prisioneros? —preguntó Syme.

–Estuve muy ocupado —respondió Winston, con indiferencia—. Ya lo veré en el cine, supongo.

–Pero no será igual —dijo Syme.

Sus ojos burlones escudriñaron la cara de Winston. "Te conozco —parecían decir aquellos ojos— y penetro en tus pensamientos. Sé muy bien por qué no fuiste a ver a los ahorcados." En el aspecto intelectual, Syme era un fanático ponzoñoso. Hablaba con satisfacción nada disimulada de incursiones de helicópteros sobre poblaciones enemigas, de juicios y confesiones de ideadelincuentes y de su ejecución en los sótanos del Ministerio del Amor. Para poder entablar una conversación con él era necesario alejarlo de tales temas y acercarlo a la Neolengua, cuyos detalles técnicos lo atraían. Winston giró un poco la cabeza para evitar la mirada inquisidora de aquellos enormes ojos negros.

–Una buena ejecución —dijo Syme, nostálgico—. Me parece que lo estropean cuando les amarran los pies. Me gusta cómo agitan las piernas en el aire. Y sobre todo, al final, cuando les queda colgando la lengua, toda azul, un azul intenso.

Ese detalle me fascina.

–El que sigue —gritó un proletario de delantal blanco con un cucharón.

Winston y Syme empujaron sus bandejas junto a la parrilla. En cada una pusieron el almuerzo del día: un plato de guisado verdoso, un trozo de pan, un pedazo de queso, una taza de Café Victoria sin leche y una pastilla de sacarina.

–Allá veo una mesa desocupada, junto a la telepantalla —dijo Syme—. Compremos un trago de ginebra antes de sentarnos.

Les sirvieron la ginebra en tarros de loza sin asas. Luego se abrieron paso por la sala atestada y depositaron sus bandejas en una mesa, en una esquina de ella alguien había dejado un nauseabundo líquido con aspecto de vómito. Winston levantó su tarro de ginebra y, tras una pausa para templar sus nervios, vació de un trago aquel líquido con sabor a petróleo. Después de enjugarse las lágrimas, se dio cuenta de que sentía hambre.

Una cucharada tras otra, comenzó a devorar el guisado, cuya insipidez atenuaban unos trocitos esponjosos de color rosa que pudieran ser carne. Ninguno de los dos pronunció palabra hasta vaciar sus platos. En una mesa situada a la izquierda de Winston y un tanto a sus espaldas, alguien que hablaba sin tregua ni descanso, con un incesante parloteo que parecía graznidos de pato, dominaba el estruendo de la conversación general.

–¿Cómo va el diccionario? —preguntó Winston, alzando la voz para hacerse oír sobre el escándalo.

–A pasos muy lentos —respondió Syme—. Ahora estoy en los adjetivos. Es fascinante.

Con la mención de la Neolengua, Syme se animó de inmediato. Puso a un lado su plato vacío, tomó con una de sus delicadas manos el trozo de pan y con la otra el pedazo de queso; y se inclinó sobre la mesa para poder hablar sin gritar.

–La undécima edición será la definitiva —explicó—.

Llevamos el idioma a su forma final, la que tendrá cuando todos lo hablen. Una vez que hayamos terminado, la gente como tú tendrá que volver a aprenderlo de nuevo. Me atrevería a decir que tú crees que nuestra tarea consiste en inventar nuevas palabras. ¡Nada de eso! Eliminamos las palabras, decenas, cientos de ellas todos los días. Estamos reduciendo el lenguaje a lo indispensable. En la undécima edición no figurará una sola palabra que pueda convertirse en obsoleta antes del año 2050.

Mordisqueó con apetito su pedazo de queso, tragó un par de bocados, y luego siguió hablando con cierta vehemencia pedante. Su moreno y delgado rostro se había animado y sus ojos habían perdido su expresión burlona para tornarse soñadores.

–Es atractivo suprimir palabras. Desde luego, el mayor despilfarro ocurre con los verbos y los adjetivos, pero también hay cientos de sustantivos por descartar. No se trata sólo de los sinónimos, sino también de los antónimos. Después de todo: ¿qué justifica a una palabra que sólo es lo opuesto de otra?

Todo vocablo lleva en sí la acepción contraria. Por ejemplo, tomemos la palabra "bueno". Si existe el término "bueno" ¿qué necesidad hay de que exista "malo"? Imbueno serviría igual, o mejor, porque expresa absolutamente todo lo opuesto, lo que no ocurre con "malo". Y si se quiere acentuar la calidad de bueno, de qué sirve una sarta de palabras ambiguas como "excelente" "espléndido" y otras por el estilo? "Másbueno" responde a todas esas acepciones, o "doblemásbueno", si se busca algo más fuerte. Por supuesto que ya empleamos esos términos, pero en la versión definitiva de la Neolengua ya no habrá más. En última instancia, la noción completa de lo bueno y de lo malo se reducirá a seis palabras, o mejor dicho, a una sola. ¿Percibes la belleza de todo eso, Winston? Por supuesto, que la idea es del G.H. —agregó como ocurrencia tardía.

En el rostro de Winston asomó un fingido interés al oír hablar del Gran Hermano. No obstante, Syme detectó al instante cierta falta de entusiasmo.

–No concedes a la Neolengua la debida importancia, Winston —agregó, con un dejo de tristeza—. Aun cuando la escribes, estás pensando en la Viejalengua. A veces llego a leer algo de lo que escribes en el Times. Es bastante bueno, pero no pasan de una traducción. En el fondo prefieres quedarte con la Viejalengua, con sus ambigüedades y sus inútiles matices de significados. No captas toda la belleza de la eliminación de palabras. ¿Sabes que la Neolengua es el único idioma del mundo cuyo vocabulario se reduce año tras año?

Claro que Winston lo sabía. Esbozó una sonrisa amable, pero sin atreverse a pronunciar palabra. Syme mordió otro pedazo de pan moreno y lo masticó un rato y continuó:

–¿No comprendes que todo el propósito de la Neolengua es delimitar el intelecto? Terminaremos por hacer literalmente imposible las ideadelitos, porque no existirán vocablos para expresarlas. Una sola palabra expresará todo concepto que alguna vez se necesite, con una acepción definitiva y eliminados y olvidados todos los significados complementarios. Ya en la undécima edición nos aproximamos bastante a ese ideal, pero el proceso no habrá terminado sino mucho después que tú y yo hayamos muerto. Cada año menos palabras, y más reducidos los límites del entendimiento. Por supuesto, incluso ahora no hay razón o excusa para una ideadelito. Pero con el tiempo ni siquiera eso será necesario. La Revolución será total cuando el lenguaje haya alcanzado su perfección. La Neolengua es el Socing y el Socing es la Neolengua —agregó con una especie de satisfacción mística—. ¿Alguna vez has pensado, Winston, que para el año 2050, a más tardar, no habrá una sola criatura viviente que comprenda el idioma que en estos momentos hablamos tú y yo?

–Excepto… —comenzó a decir Winston, dubitativo, y guardó silencio.

Tuvo en la punta de la lengua: "Excepto el proletariado" pero se contuvo, temeroso de que sus palabras se apartaran del dogma partidario. No obstante, Syme había adivinado lo que quiso decir.

–Los proletarios no son seres humanos —dijo a la ligera—. Para 2050, o acaso antes, habrá desaparecido todo rastro de la Viejalengua. Para entonces no quedará nada de la literatura del pasado. Chaucer, Shakespeare, Milton y Byron sólo existirán en versiones en Neolengua; esas versiones no sólo serán distintas de las que conocemos hoy, sino opuestas a las originales. Inclusive la literatura del Partido cambiará. Y se modificarán los lemas. ¿Cómo tener el lema "La libertad es esclavitud cuando ya no exista el concepto de libertad? Todo el pensamiento se desarrollará en un clima distinto. En realidad, no existirá ya el pensamiento, tal como lo entendemos hoy.

El dogma implica no pensar, no es necesario. El dogma es la inconsciencia.

Un buen día, pensó de pronto Winston para sí, a Syme lo van a evaporar. Es demasiado inteligente. Percibe las cosas con claridad y habla sin rodeos. Al Partido no le agradan los hombres así. El día menos pensado, de Syme no quedará ni rastro.

Se le ve en la cara.

Winston se terminó su trozo de pan y su pedazo de queso. Giró un poco su asiento para beber su jarro de café. A su izquierda, el hombre de la voz estridente seguía hablando en forma implacable. Una joven, su secretaria tal vez, sentada de espaldas a Winston, le escuchaba y parecía concentrada en todo lo que decía. A ratos, Winston captaba frases como "tienes razón, estoy completamente de acuerdo contigo", decía la joven con voz juvenil. Pero el otro no se detenía ni un segundo, ni siquiera para escuchar lo que decía la joven. Winston conocía al hombre de vista y sólo sabía que era empleado en el Departamento de Ficción. Era hombre de unos treinta años, con un cuello grueso y una enorme boca. En esos momentos tenía la cabeza algo echada para atrás y, dada la posición en que estaba sentado, los cristales de sus anteojos reflejaban la luz, de modo que Winston veía un par de discos negros en lugar de ojos. Lo grotesco era que, en todo el torrente que salía de sus labios, no era posible distinguir una sola palabra. Sólo una vez percibió Winston una frase —"eliminación total y definitiva de Goldstein"– pronunciada a la carrera y de un tirón, como una repetición de algo aprendido de memoria. El resto eran simples ruidos, como el graznar de un pato. Con todo, no era necesario entender lo que el hombre decía para imaginar el tema central. Sin duda, denunciaría a Goldstein y exigiría mayor rigor para los saboteadores e ideadelincuentes, explotaría contra las atrocidades cometidas por el ejército de Eurasia, elogiaría al Gran Hermano o a los héroes del frente de Malabar. Daba igual. Dijera lo que dijera, cada una de sus palabras sería expresión fiel del dogma partidario, Socing puro. Al mirar aquel rostro desprovisto de ojos y la mandíbula en constante movimiento, a Winston le invadió la curiosa sensación de que eso no era un ser humano, sino un muñeco. No hablaba en él su cerebro, sino la laringe. Emitía palabras pero sus frases carecían de sentido: eran sonidos emitidos por instinto como el graznido de un pato.

Syme había guardado silencio por un momento y con el mango de su cuchara trazaba rayas en los restos del líquido nauseabundo. En la otra mesa proseguían los graznidos, por encima del estruendo general.

–En Neolengua hay una palabra —dijo Syme—. No sé si la conozcas: es patohabla, o sea graznar como un pato. Es de esas palabras con significados contradictorios. Si se aplica a un adversario, es un insulto; si se aplica a un amigo, es un elogio.

No hay duda que evaporarán a Syme, volvió a pensar Winston. Lo dedujo con cierta tristeza, aunque bien sabía que Syme lo despreciaba y hasta le tenía antipatía, por lo que era muy capaz de denunciarlo como ideadelincuente si veía una razón para hacerlo. En Syme se observaban algunos defectos sutiles.

Carecía de discreción, de reserva, y mostraba una imbecilidad salvadora. No es que le faltara lealtad. Confiaba en los postulados del Socing, veneraba al Gran Hermano, se alegraba con los triunfos militares y odiaba a muerte a los herejes, no sólo con sinceridad, sino con un celo incansable y siempre al tanto de lo que pasaba, algo nada común en otros afiliados al Partido. Y, sin embargo, pesaba sobre él una especie de descrédito.

Decía cosas que era mejor callar, había leído demasiados libros y frecuentaba el Café del Castaño, antro de pintores y de músicos. Ninguna ley, ni siquiera implícita, prohibía que acudiera a tal lugar, pero el sitio tenía mala fama. Los primeros dirigentes del Partido solían reunirse allí antes de caer en desgracia. Se decía que habían visto ahí al propio Goldstein, años o décadas atrás. No era difícil prever el destino de Syme. Y, no obstante, si Syme llegara a sospechar por un solo instante el pensamiento de Winston, no titubearía en delatarlo a la Policía del Pensamiento. Eso lo hubiera hecho cualquiera, desde luego, pero Syme más que ningún otro. No era suficiente el celo partidario. El dogma exigía inconsciencia.

Syme levantó la mirada y dijo:

–Ahí viene Parsons.

El tono de sus palabras parecía agregar: "ese maldito imbécil". Y en efecto, Parsons —vecino de Winston en Mansiones Victoria– venia abriéndose paso por el salón; era un hombre rechoncho, de estatura regular, cabello rubio y cara de sapo. A sus treinta y cinco años, rebosaba grasa en el cuello y en la cintura, pero sus movimientos eran ágiles y juveniles. Su apariencia era la de un muchacho que hubiera crecido demasiado; tanto así que aún con el mono de reglamento, uno lo imaginaba vestido con los pantaloncillos azules; la camisa gris y el pañuelo rojo de los Espías. Al verlo, uno pensaba en las rodillas sucias, la camisa arremangada y los brazos rechonchos de un chiquillo. En realidad, Parsons recuperaba sus pantaloncillos cuando un paseo comunitario o cualquier otro ejercicio físico le daba oportunidad de hacerlo. Los saludó a ambos con un "hola, hola", y se sentó en la misma mesa que ellos, con su intenso olor a sudor. Por toda su cara colorada brotaban gruesas gotas de transpiración. Su capacidad para transpirar era extraordinaria. En el Centro Comunitario uno sabía que había jugado tenis de mesa por la humedad depositada en la raqueta. Syme sacó de su bolsillo una hoja de papel con una lista de palabras, y la examinaba con un lápiz de tinta entre sus dedos.

–Míralo, trabajando en el almuerzo —dijo Parsons, dándole con el codo a Winston— ¿Entusiasta, no es cierto? ¿Qué haces, muchacho? Supongo que algo fuera de mi alcance. Smith, viejo, te he andado buscando por todas partes. Se trata de esa cuota que olvidaste darme.

–¿Cuál cuota? —respondió Winston, y con un movimiento reflejo buscó su dinero. Una tercera parte del sueldo había que entregarlo como cuota voluntaria a tantas organizaciones que resultaba difícil recordarlas a todas.

–La de la Semana del Odio. Ya sabes, la colecta casa por casa. Soy el tesorero en nuestra manzana. Nos hemos esforzado mucho para lograr un éxito sin precedentes. Y te aseguro que no será por mi culpa si Mansiones Victoria no enarbola más banderas que nadie en toda la calle. Me prometiste dos dólares.

Winston buscó y entregó dos sucios y estrujados billetes que Parsons anotó en una libretita con la esmerada caligrafía de los incultos.

–A propósito, viejo —dijo luego—, me dijeron que mi travieso hijo te atizó ayer una pedrada con su honda. Le di una buena reprimenda. Hasta lo amenacé con quitarle la honda si volvía a hacerlo.

–Creo que estaba un poco molesto por no presenciar la ejecución —respondió Winston.

–Bueno, me refiero a que tiene mucha energía. Mis dos hijos son unos demonios, pero tienen mucho entusiasmo. Sólo piensan en los Espías y, por supuesto, también en la guerra.

¿Sabes lo que mi hijita hizo el sábado, cuando su pelotón salió a ejercitarse a Berkhampstead? Convenció a dos amiguitas para que la acompañaran, se escabulló de la formación y pasó toda la tarde siguiéndole el rastro a un desconocido. Lo siguieron durante dos horas y, cuando llegaron a Amersham, lo entregaron a las patrullas.

–¿Por qué lo hicieron? —inquirió Winston un poco asombrado. Parsons replicó triunfante:

–Mi hijita estaba segura que era un agente enemigo, quizá arrojado en paracaídas. Pero aquí viene lo interesante, viejo.

¿Cuál creen que fue el detalle que les llamó la atención desde el primer momento? Se fijó que el hombre usaba un par de zapatos raros; dijo que nunca había visto a nadie con ese modelo. De modo que era probable que fuera extranjero.

Bastante ingenio para una chiquilla de siete años, ¿eh?

–¿Qué pasó con el sujeto? —preguntó Winston.

–No sabría decirles, pero nada me extrañaría que… —y Parsons hizo como que apuntaba con un fusil, mientras con un chasquido de su lengua simuló el disparo.

–Bien hecho —dijo Syme distraído, sin levantar la vista del papel.

–Desde luego, no podemos correr riesgos —coincidió

Winston, consciente de su deber.

–Eso es lo que yo digo. Por algo estamos en guerra —remarcó Parsons.

Como confirmando sus palabras, la telepantalla situada sobre sus cabezas difundió un toque de clarín. Sin embargo, esta vez no se trataba de anunciar una victoria militar, sino de transmitir un comunicado del Ministerio de la Abundancia.

–¡Camaradas! —gritó una voz juvenil—. iAtención, camaradas! Tenemos una noticia estupenda para ustedes! ¡Hemos ganado la batalla de la producción! Los datos completos de la producción de todo tipo de artículos de consumo muestran que el nivel de vida se ha elevado más de veinte por ciento en relación con el año anterior. En toda Oceanía se realizaron hoy manifestaciones espontáneas donde los obreros salieron de las fábricas y los talleres y desfilaron por las calles con banderas desplegadas expresando su gratitud al Gran Hermano por esta nueva y feliz vida producto de su conducción maestra. A continuación, algunos de los resultados definitivos. Productos alimenticios.

Lo de "nueva y feliz vida" se repitió varias veces. De un tiempo a esta parte, era la expresión favorita del Ministerio de la Abundancia. Parsons, atento al llamado del clarín, escuchaba con la boca abierta y un solemne aire de aburrimiento. No entendía las cifras, pero sabía que, de algún modo, eran motivo de satisfacción. Extrajo una enorme y maloliente pipa medio llena de tabaco carbonizado. Con la ración de tabaco de cien gramos por semana no era posible llenar la pipa hasta el tope. Winston fumaba un cigarrillo Victoria que sostenía en posición horizontal para que durara más. La ración semanal se distribuiría hasta el día siguiente y apenas le quedaban cuatro cigarrillos. En esos momentos había olvidado los ruidos remotos y sólo escuchaba lo difundido por la telepantalla. Se habían organizado grandiosas manifestaciones para expresar gratitud al Gran Hermano por haber aumentado la ración de chocolate a veinte gramos por semana.

"Y apenas ayer, pensó Winston, se anunció que iban a reducir la ración de treinta a veinte gramos". ¿Cómo era posible que la gente se tragara eso veinticuatro horas después? Pero se lo tragaban. Parsons lo aceptaba, con la estupidez de un animal. Y también se lo tragaba como un fanático el sujeto sin ojos sentado en la otra mesa, con el furioso deseo de denunciar y evaporar a quien se atreviera a afirmar que una semana antes la ración de chocolate era de treinta gramos. Y se lo tragaba Syme, aunque de un modo más complejo que implicaba doblepensar. Entonces: ¿era Winston el único entre todos capaz de recordar?

La telepantalla seguía difundiendo datos fantásticos. En comparación con el año anterior, había ahora más productos alimenticios, ropas, viviendas, muebles, útiles de cocina y combustible, barcos, helicópteros, libros y recién nacidos —más de todo, excepto epidemias, crímenes y locura—. Año tras año y minuto por minuto, todo y todos seguían ascendiendo en forma vertiginosa. Tal como lo había hecho Syme momentos antes, Winston dibujaba con el mango de su cuchara sobre los restos del líquido nauseabundo que escurrían de la mesa y trataba de trazar líneas. Mientras tanto, meditaba con resentimiento acerca de las vicisitudes de la vida humana. ¿Había sido siempre así? ¿La comida siempre había tenido ese sabor? Paseó su mirada por el comedor, una habitación de techo bajo y repleta de gente, con sus paredes sucias por el contacto con innumerables cuerpos; sillas y mesas metálicas desvencijadas y tan apretujadas que se estaba codo a codo con el vecino; cucharas torcidas, bandejas abolladas y jarros ordinarios; todas las superficies grasosas y con mugre en todas las hendiduras; un hedor insoportable a ginebra y a café abominable; guisados que sabían a metal y ropas sucias. El estómago y la piel parecían protestar y declaraban que le habían quitado a uno lo que le correspondía. Era verdad que Winston no recordaba nada que hubiera sido distinto en el pasado. En ningún periodo de su vida recordaba que hubiera comida en abundancia ni suficiente provisión de calcetines o de ropa interior que no estuvieran rotos y remendados; los muebles siempre estuvieron maltratados y desvencijados, las habitaciones sin calefacción, los trenes atestados, las casas cayéndose a pedazos, el pan todo quemado, rara vez había té, el café tenía un sabor asqueroso, no había cigarrillos —nada era barato y abundante y bueno, excepto la ginebra sintética—. Y aunque, por supuesto, la vida empeoraba a medida que uno envejecía: ¿no era acaso una señal de que éste no era el orden natural de la vida el que a uno se le encogiera el corazón ante tanta inmundicia, tanta escasez y tanta falta de comodidad, los inviernos interminables, el vivir con los calcetines todos mugrientos, los elevadores que no funcionaban, el agua siempre fría, el jabón rasposo, los cigarrillos que se deshacían y la comida rancia? ¿Por qué habían de parecerle a uno intolerables todas estas cosas, a menos que conservara en la memoria recuerdos de que las cosas habían sido diferentes?

Volvió a mirar el comedor. Casi todos eran feos, y seguirían siendo feos aunque vistieran una ropa diferente al clásico mono azul. En el otro extremo del salón, solo en una mesa, un hombrecillo con aspecto de escarabajo bebía una taza de café mientras su ojillos escrutaban desconfiados en todas direcciones. Winston pensó que era fácil, si uno no se fijaba en sí mismo, pensar que existía y hasta predominaba el físico ideal establecido por el Partido: jóvenes altos y musculosos, muchachas de turgentes pechos y de dorados cabellos, todos plenos de vitalidad, bronceados por el sol y atractivos. En realidad, hasta donde podía juzgar, casi todos los habitantes de la Pista de Aterrizaje Uno eran pequeños, morenos y de aspecto enfermizo.

Era curioso cómo proliferaban en los Ministerios las personas con aspecto de escarabajo: hombrecillos rechonchos, engrosados antes de tiempo, con piernas cortas, ademanes nerviosos y rostros regordetes e inescrutables. Ese era el tipo de hombre que parecía proliferar más y mejor bajo el dominio del Partido.

Finalizó el comunicado del Ministerio de la Abundancia con otro toque de clarín, y a continuación comenzó a difundirse música marcial. Parsons, agitado con un leve entusiasmo por los datos de los bombardeos aéreos, se sacó la pipa de la boca:

–El Ministerio de la Abundancia ha hecho un magnífico trabajo este año —dijo con un gesto de conocedor—. Por cierto, Smith: ¿no tendrías unas navajas de afeitar que me prestaras?

–Ni una sola —respondió Winston—. He usado la misma durante seis semanas.

–Bueno, tenía que preguntarte.

–Pues lo siento —comentó Winston.

Los graznidos de pato de la mesa de junto, acallados por un instante por el comunicado del Ministerio, comenzaron de nuevo tan fuertes como siempre. Por alguna razón, Winston se puso a pensar de improviso en la señora Parsons, la del cabello desordenado y polvo en las arrugas de su rostro. Antes de dos años, sus hijos la denunciarían a la Policía del Pensamiento y la señora Parsons terminaría evaporada. Lo mismo le ocurriría a O'Brien. Por otra parte, eso no le sucedería a Parsons.

Tampoco a aquel sujeto con voz de pato. Y menos aún a los hombrecillos con aspecto de escarabajo que se deslizaban con agilidad por los pasillos de los Ministerios. Y la joven de cabellos negros, del Departamento de Ficción, tampoco era probable que la evaporaran. Le parecía que sabía, como por instinto, quiénes sobrevivirían y quiénes perecerían, aunque no era fácil decir qué los hizo sobrevivir.

En ese instante, volvió bruscamente de su ensueño. La joven sentada en la mesa contigua se había vuelto un poco para mirarlo. Era la de los cabellos negros. Lo miraba como de soslayo, pero con intensa curiosidad. En el momento que sus miradas se cruzaron, ella la desvió de inmediato.

Winston sintió que un sudor frío le subía por la espina dorsal. Una sensación de espanto lo invadió. Se desvaneció casi al instante, pero le dejó una molesta desazón. ¿Por qué le vigilaba aquella muchacha? ¿Por qué lo seguía? Por desgracia no recordaba si ella ya estaba en la mesa al llegar él o si entró después. Pero de cualquier modo, el día anterior, durante los Dos Minutos de Odio, ella se había sentado inmediatamente detrás de él, sin ningún motivo aparente para que lo hiciera. Era muy probable que su verdadero propósito fuera vigilarlo para ver si él gritaba lo bastante fuerte.

Volvió a asaltarle la misma duda: tal vez la joven no era un agente de la Policía del Pensamiento, sino simplemente una espía aficionada, que representaba el mayor peligro de todos.

No sabía cuánto tiempo lo había observado, tal vez no pasara de cinco minutos, pero era posible que no hubiera controlado perfectamente sus rasgos. Era muy peligroso divagar en un lugar público: el menor detalle y el más insignificante de los gestos podían delatarlo a uno. Bastaría con un tic nervioso, una desprevenida expresión de impaciencia, la costumbre de murmurar consigo mismo —cualquier cosa que sugiriera un estado fuera de lo normal o la ocultación de un pensamiento íntimo—. De todos modos, tener una expresión inadecuada en la cara (por ejemplo, ver con incredulidad el anuncio de una victoria) era un delito penado. Incluso existía una palabra en Neolengua para definirlo: caradelito.

La muchacha le dio la espalda de nuevo. Tal vez después de todo no vigilaba sus pasos y fuera mera coincidencia que se hubiera sentado cerca de él hacía dos días. Su cigarrillo se había apagado y lo dejó en la orilla de la mesa. Terminaría de fumarlo después de trabajar, siempre que no se derramara el tabaco. Era muy posible que la persona de la mesa vecina fuera un espía de la Policía del Pensamiento y que él estuviera antes de tres días en los sótanos del Ministerio del Amor, pero no por eso iba a desperdiciar una colilla. Syme había doblado su hoja de papel y la guardó en un bolsillo. Y Parsons volvió a hablar:

–Viejo, ¿alguna vez te conté —dijo riendo, mientras mordía la boquilla de la pipa— cuando mis chicos prendieron fuego a la falda de una anciana vendedora del mercado porque la vieron envolver unos chorizos en uno de esos carteles con la efigie del G.H.? Se acercaron a ella por detrás y le prendieron fuego a sus ropas con una cerilla. Me parece que la vieja sufrió quemaduras horribles. ¡Demonios de chicos! Pero con mucha iniciativa. Esto se debe a la educación de primer orden que les imparten en los Espías, incluso es muy superior a la de mis tiempos. ¿Qué creen ustedes que es lo más reciente que se les ha ocurrido? Unas trompetillas para escuchar por las cerraduras. Mi hijita se trajo la suya a casa la otra noche; intentó probarla en nuestro dormitorio y creemos que con eso puede oír dos veces mejor que pegando el oído a la cerradura. Claro, sólo es un juguete, pero, ¿verdad que tienen buenas ideas?

En ese momento se oyó por la telepantalla un estridente pitido: era la señal para volver al trabajo. Los tres se pusieron de pie para unirse a la lucha por entrar a los elevadores, por lo que el resto del tabaco cayó del cigarrillo de Winston.

VI

Winston escribía en su diario:

Han pasado tres años desde que pasó esto. Era una noche oscura en una callejuela cerca de la estación del ferrocarril. La vi parada en un portal, debajo de un farol que apenas alumbraba. Su cara era joven, aunque estaba muy maquillada. En realidad fue esa pintura lo que me sedujo, su blancura, como una máscara, y los labios de un rojo intenso. Las mujeres del partido no se pintan. No había nadie en la calle y tampoco una telepantalla. Ella me dijo que dos dólares. Y yo…

Por el momento, era difícil continuar. Cerró los ojos y los oprimió con la yema de sus dedos, como queriendo ahuyentar aquella visión recurrente. Sintió unos deseos casi irrefrenables de gritar palabras obscenas, de golpear su cabeza contra la pared, de patear la mesa y arrojar el tintero por la ventana —en suma, hacer algo violento, escandaloso o doloroso que borrara de su memoria lo que lo atormentaba.

El peor enemigo de uno —pensó— es su propio sistema nervioso. En cualquier momento, la tensión interna puede transformarse en un síntoma visible. Recordó a un hombre con quien se había cruzado en la calle hacía poco tiempo: su aspecto era común, estaba afiliado al Partido, tenía entre treinta y cinco y cuarenta años de edad, alto y delgado, llevaba un portafolios. Estaban a pocos pasos el uno del otro cuando el lado izquierdo de la cara del hombre se contrajo de súbito con una especie de espasmo. Volvió a ocurrir cuando se cruzaron: era apenas una crispación, un ligero temblor como el que produce el obturador de una cámara, sin duda habitual en aquel sujeto.

En ese momento pensó: este pobre diablo tiene sus días contados. Y lo terrible era que tal vez aquel gesto fuera totalmente involuntario. No había nada tan peligroso como hablar en sueños; y contra eso no era posible protegerse, hasta donde sabía.

Respiró profundo y siguió escribiendo:

Entré con ella, después cruzamos un patio y bajamos a una cocina en un sótano. La cama estaba junto a la pared, y había una lámpara sobre la mesa. Ella…

Él estaba nervioso. Le hubiera gustado escupir. Al recordar a la chica de la cocina del sótano, también pensó en Katharine, su esposa. Winston estaba casado —o lo había estado-; tal vez todavía siguiera casado, porque no sabía que su mujer hubiera fallecido. Le pareció volver a aspirar el cálido y cargado olor de aquella cocina: una combinación de insectos, ropa sucia y perfumes baratos, pero seductor a pesar de todo, porque ninguna afiliada al Partido usaba perfumes ni era concebible que lo hiciera. Sólo los proletarios se perfumaban. En la imaginación de Winston, el perfume se mezclaba íntimamente con el acto sexual.

Su escapada con esa mujer fue la primera en dos o tres años. Desde luego, estaba prohibido tener relaciones con prostitutas, pero era una de esas reglas con las que uno sacaba fuerzas de flaqueza para romperla. Era peligroso, pero no era cuestión de vida o muerte. Ser sorprendido con una ramera podía significar una condena de cinco años como máximo de trabajos forzados en un campo de concentración, siempre que el culpable no tuviera antecedentes delictuosos. Era bastante fácil, siempre que no lo atraparan a uno en el acto mismo. En los barrios pobres había una multitud de mujeres que comerciaba con su cuerpo. Algunas incluso aceptaban a cambio una botella de ginebra, porque se suponía que los proletarios no bebían. De manera tácita, el Partido estimulaba el ejercicio de la prostitución como una salida para ciertos instintos imposibles de eliminar del todo. El libertinaje simple no importaba gran cosa, con tal de que se practicara con discreción y reserva, y que sólo involucrara a mujeres de una clase social despreciable y baja. El delito imperdonable era la promiscuidad entre los afiliados al Partido. Pero —aunque éste era uno de los delitos que invariablemente solían confesar los acusados durante las grandes purgas— era difícil imaginar que tal cosa ocurriera en realidad.

El Partido no sólo se proponía impedir que hombres y mujeres establecieran lazos de fidelidad que fueran imposibles de controlar. Su propósito encubierto era suprimir todo placer sexual. No tanto el amor, sino el erotismo era el principal enemigo, tanto en el matrimonio como fuera de él. Un comité especial debía aprobar los matrimonios entre afiliados al Partido, y —aunque nunca mencionaban el motivo real— los permisos siempre se rechazaban si los futuros cónyuges daban muestras de sentir mutua atracción física. El único propósito reconocido para casarse era procrear hijos para el servicio del Partido. El mero contacto sexual debía considerarse como actividad secundaria ligeramente molesta, como la ingestión de un laxante.

Una vez más, esto jamás se expresaba directamente, pero de manera indirecta se inculcaba a todos los afiliados al Partido desde la niñez. Incluso había organizaciones que se dedicaban por completo a impulsar el celibato para nombres y mujeres, como la Liga Juvenil Anti-Sexo. Los niños debían engendrarse por inseminación artificial (insearti, se decía en Neolengua) y educarse en instituciones públicas. Winston sabía que todo esto no era para ser tomado en serio, pero encajaba a la perfección dentro de los postulados del Partido, que estaba empeñado en matar el instinto sexual, y de no ser eso posible, al menos desvirtuarlo y envilecerlo. El no sabía por qué ocurría así, pero le parecía natural que lo fuera. Y en cuanto a las mujeres, los esfuerzos del Partido tenían mucho éxito.

Volvió a pensar en Katnarine. Haría nueve, diez, casi once años que se separaron. Era curioso que rara vez pensara en ella. Era capaz de olvidar durante largos periodos que alguna vez había estado casado. Apenas si vivieron juntos unos quince meses. El Partido no permitía el divorcio, pero alentaba la separación cuando no había hijos.

Katharine era una muchacha alta, rubia, muy convencional, con espléndido porte. Tenía un semblante fresco y aguileño, una cara noble, hasta que se descubría que detrás de ella no había nada. Poco después de casados, Winston llegó a la conclusión de que ella tenía la mentalidad más estúpida, vulgar y vacua que jamás había conocido, aunque tal vez fuera porque la conocía más íntimamente que a otras personas. Ella sólo pensaba en lemas, y no existía ninguna tontería, absolutamente ninguna, que no fuera capaz de aceptar si la proclamaba el Partido. La "Grabación del sonido de la humanidad" la apodaba. No obstante, hubiera soportado vivir con ella de no ser por una sola cosa: el sexo.

Tan pronto como la tocaba ella parpadeaba y se ponía en tensión. Abrazarla era como tocar una imagen ensamblada de madera. Lo extraño era que incluso cuando ella lo atraía hacia sí, él sentía que al mismo tiempo lo rechazaba con todas sus fuerzas. La rigidez de sus músculos conseguía comunicar esa impresión. Ella se tendía con los ojos cerrados, no se resistía ni cooperaba, sino que se sometía. Era muy embarazoso y, después de un tiempo, horrible. Pero incluso él pudo haber soportado vivir con ella si hubieran acordado no tener relaciones sexuales. Sin embargo, lo extraño es que fuera Katharine quien se negara a eso. Decía que debían engendrar un niño si podían. Así que la representación continuó, una vez a la semana con bastante regularidad, siempre que existía la posibilidad.

Incluso ella se lo recordaba en la mañana, como un deber nocturno que no debía olvidarse. Ella lo llamaba de dos modos:

"Hacer un bebé" y "Nuestro deber con el Partido" (sí, había llegado a usar esa frase). Muy pronto sentía un definido terror cuando se acercaba el día convenido. Por fortuna, no tuvieron hijos, y al final ella estuvo de acuerdo en no intentarlo más y poco después se separaron.

Winston suspiró para sus adentros. Levantó su pluma y escribió:

Se arrojó a la cama y, de inmediato, sin ningún tipo de acción preliminar, de la manera más horrible y cruda que se pueda uno imaginar, levantó su falda. Yo…

Se vio a sí mismo bajo la tenue luz de la lamparilla, con el olor a insectos y perfume barato en las narices, y en su corazón una sensación de fracaso y rencor que incluso en ese momento se mezclaba con la idea del cuerpo blanco de Katharine, congelado para siempre por la hipnótica fuerza del Partido.

¿Por qué había de ser así? ¿Por qué no podía tener él una mujer que fuera suya, en lugar de esas obscenas escaramuzas cada año? Pero un idilio era un suceso casi inimaginable. Las afiliadas al Partido eran todas iguales. Se les inculcaba la castidad como signo de fidelidad al Partido. Mediante un cuidadoso adoctrinamiento temprano, mediante juegos y baños fríos, mediante las estupideces que les enseñaban en las escuelas, en los Espías y en la Liga Juvenil, mediante conferencias, desfiles, canciones, lemas y música marcial las despojaban de sus inclinaciones naturales. La razón le decía a Winston que tenía que haber excepciones, pero su corazón no lo creía posible. Todas las mujeres eran inexpugnables, tal como el Partido pretendía que fueran. Y lo que Winston deseaba, más que ser amado, era derribar las barreras de la virtud aunque sólo fuera por una vez en su vida. El acto sexual, bien realizado, era rebelión. El deseo era una ideadelito. Aun en el caso de haber logrado despertar una pasión en Katharine, habría sido como seducirla y violentarla, aunque era su esposa.

Pero debía anotar el resto de la historia. Winston escribió:

Encendí la lámpara. Cuando la vi bajo la luz…

Después de la oscuridad, la tenue luz de la lamparilla le había parecido muy brillante. Por primera vez veía a la mujer tal cual era. Luego de avanzar un paso hacia ella, se detuvo, lleno de deseo y de espanto. Se daba penosa cuenta del riesgo que corría al acudir ahí. Era posible que las patrullas lo atraparan al salir, en esos momentos podrían estar vigilando la puerta de la calle. Si se marchara sin cumplir sus propósitos…

Debía escribirlo, necesitaba confesarlo. Lo que había visto bajo la luz de aquella lámpara fue que la mujer era una vieja.

Llevaba sobre la cara una espesa capa de pintura que se hubiera podido caer a pedazos como una máscara de cartón. En su cabello se veían muchas canas; pero el detalle de verdad horripilante fue que, al abrir la boca, apareció un negro vacío.

La mujer no tenía un solo diente.

Escribió de prisa, con trazos garabateados:

Cuando la miré a la luz de la lámpara, me di cuenta de que era una mujer vieja, de cincuenta años cuando menos. Pero proseguí con lo mío como si me diera igual.

De nuevo se apretó los ojos con la yema de sus dedos. Al fin lo había escrito, pero eso no marcaba ninguna diferencia. La terapia no había funcionado. El deseo de gritar palabras obscenas era tan intenso como siempre.

VII

Si queda alguna esperanza —escribió Winston— está en los proletarios.

Si hay esperanza, debe estar en los proletarios porque sólo en esas arremolinadas y despreciadas masas,85 por ciento de la población de Oceanía, podría generarse algún día la fuerza para destruir al Partido. El Partido no iba a ser derrocado desde adentro. Sus adversarios, si los había, no podían integrarse siquiera reconocerse. Incluso si existiera la legendaria Hermandad, cosa bastante posible, no se podía pensar siquiera en que sus integrantes pudieran reunirse en grupos mayores de dos o tres personas. La rebelión se limitaba a una mirada furtiva, a una inflexión de la voz; cuando mucho, a una ocasional palabra dicha por lo bajo. Pero los proletarios, si sólo pudieran llegar a tener conciencia de su fuerza, no necesitarían conspirar. Sólo necesitaban levantarse y sacudirse como un caballo cuando espanta las moscas. De proponérselo, podrían hacer pedazos el Partido mañana mismo. ¿Podía esperarse que tarde o temprano se resolvieran a hacerlo? Sin embargo…

Winston recordó que una ocasión caminaba por una calle atestada cuando estalló un estruendoso vocerío —de cientos de mujeres— proveniente de una callejuela cercana. Era un inmenso clamor de enojo y desesperación, un hondo y ensordecedor "¡Oh-o-o-o-oh!" que repercutía como campanadas.

Su corazón dio un salto. "Algo comienza", pensó. "Ha estallado la revuelta; por fin, los proletarios se lanzan a la calle".

Cuando llegó al lugar, vio una muchedumbre de doscientas o trescientas mujeres apiñadas frente a los puestos de un mercado al aire libre, con una expresión de tragedia en sus rostros, como si fueran pasajeras de un barco que se hundía. Pero en ese momento, la desesperación general se deshizo en múltiples disputas separadas. Parece que en uno de los puestos se vendían unas cacerolas de estaño. Eran de mala calidad, pero los utensilios de cocina eran difíciles de conseguir. En ese momento se habían agotado por completo. Las mujeres que habían podido conseguir un cacharro pugnaban por escabullirse entre empellones y apretujones, mientras las defraudadas rodeaban el puesto dando gritos con los que acusaban al vendedor de favoritismo y de tener oculta una reserva de cacerolas.

Comenzó otro estallido de gritos. Dos mujeres gordas, a una de las cuales se le habían soltado los cabellos, habían agarrado la misma cacerola y la una intentaba arrancársela a la otra. En un momento en que las dos jalaron, se desprendió el mango del utensilio. Winston las observaba indignado. Y sin embargo, qué poder estremecedor había surgido de aquel griterío provocado por cientos de gargantas! ¿Por qué no se resolverían a protestar de ese modo para fines más serios?

Winston anotó en su diario:

Hasta que adquieran conciencia no se rebelarán, y hasta después que se hayan rebelado, no pueden adquirir conciencia.

Eso —reflexionó— podría ser una trascripción de uno de los libros de texto del Partido. Por supuesto, el Partido declaraba que había liberado a los proletarios de la esclavitud. Antes de la Revolución, los proletarios vivían terriblemente oprimidos por los capitalistas, padecían hambre y azotes; las mujeres eran obligadas a trabajar en las minas de carbón (por cierto, seguían haciéndolo), vendían los niños a las fábricas al cumplir los seis años de edad. Pero al mismo tiempo, fiel a los principios del doblepensar, el Partido proclamaba que los proletarios eran seres de naturaleza inferior, que debían ser sometidos como animales, mediante la aplicación de unas cuantas reglas simples. En realidad, se sabía muy poco de los proletarios. No era necesario conocer gran cosa. Mientras siguieran trabajando y procreando, sus demás actividades carecían de importancia.

Abandonados a su suerte, como el ganado suelto en las pampas argentinas, habían regresado a un género de vida que era lo natural para ellos, una especie de modelo ancestral. Venían al mundo, crecían en el arroyo, empezaban a trabajar a los doce años, atravesaban un periodo donde florecía la belleza y el deseo sexual, se casaban a los veinte años, alcanzaban la madurez a los treinta, y en su mayor parte, morían a los sesenta. El horizonte de su existencia estaba lleno con agotadoras labores físicas, el cuidado del hogar y de los niños, disputas mezquinas con los vecinos, el cine, el futbol, la cerveza, y por arriba de todo, el juego de azar. Tenerlos bajo control no era difícil. Siempre había entre ellos algunos agentes de la Policía del Pensamiento, quienes difundían rumores falsos y señalaban y eliminaban a los pocos que se consideraban capaces de volverse peligrosos; pero no se intentaba adoctrinarlos con la ideología del Partido.

No era conveniente que los proletarios tuvieran convicciones políticas arraigadas. Todo cuanto se exigía de ellos era un patriotismo primitivo al cual se recurría cuando era necesario exigirles más horas de trabajo o una reducción en el racionamiento. E incluso cuando manifestaban algún descontento, como ocurría a veces, esto no conducía a nada, porque carentes de nociones generales, sólo concentraban sus protestas en insignificantes quejas específicas. Ni siquiera advertían los males mayores. La gran mayoría de los proletarios no disponía de una simple telepantalla en su casa. Hasta la policía civil no interfería con ellos. En Londres existía una vasta criminalidad, un mundo entero dentro de otro formado por ladrones, asaltantes, prostitutas, traficantes de estupefacientes y pillos de las más diversas raleas; pero como todo eso sucedía entre los mismos proletarios, carecía de importancia. En todas las cuestiones morales, se les permitía seguir sus códigos tradicionales. No se les imponía el puritanismo sexual del Partido. No se castigaba la promis- cuidad, se permitía el divorcio. Hasta se les hubiera permitido profesar su culto, si los proletarios hubieran dado señales de necesitarlo o desearlo. En suma, los proletarios estaban más allá de toda sospecha. Tal como lo expresaba uno de los lemas del Partido:

"Los proletarios y los animales son libres".

Winston se estiró y, con mucho cuidado, se rascó su úlcera varicosa. Otra vez volvía a darle comezón. A lo que uno llegaba invariablemente era a la imposibilidad de conocer cómo había sido la vida antes de la Revolución. De un cajón extrajo un texto escolar de historia que le había prestado la señora Parsons y comenzó a copiar algunos párrafos en su diario:

En los viejos tiempos (decía) antes de la gloriosa Revolución, no era Londres la hermosa ciudad que hoy conocemos, sino un lugar oscuro, sucio y miserable, donde casi nadie comía lo suficiente y había cientos de miles de pobres sin calzado o tan siquiera un techo bajo el cual cobijarse. Los niños de tu edad tenían que trabajar doce horas diarias al servicio de patrones despiadados que los azotaban con látigos si no producían lo suficiente y sólo les daban de comer migajas y agua. Pero en medio de toda aquella lóbrega miseria se alzaban unas pocas casas majestuosas donde vivían los ricos que tenían hasta treinta criados para su servicio personal. Esos hombres ricos se llamaban Capitalistas. Todos eran obesos y feos, con cara de malvados, como el que aparece en la página siguiente de este libro. Como podrás observar, lleva puesto un abrigo negro de largos faldones, llamada levita, y un extravagante sombrero lustroso que parece una chimenea, el cual se denominaba sombrero de copa. Ese era el uniforme de los capitalistas y sólo ellos tenía derecho a usarlo. Todo cuanto había en el mundo era de los capitalistas, y los demás eran sus esclavos. Eran dueños de todas las tierras, de todas las casas, de todas las fábricas y de todo el dinero. Si alguien se atrevía a desobedecerles, podían enviarlo a prisión o le quitaban el empleo para que se muriera de hambre. Cuando un hombre del pueblo le dirigía la palabra a un capitalista debía descubrirse, inclinarse con servil deferencia y llamarle "Señor." El jefe de todos los capitalistas era conocido como el rey y…

Winston se sabía de memoria el resto de aquella monserga.

Se mencionaba a los obispos y sus ornamentos fastuosos, a los jueces con sus capas de armiño, de la picota pública, del potro de castigo, de los azotes en público, de los banquetes del alcalde de Londres y de la costumbre de besarle los dedos del pie al papa. También se hacia referencia al jus primae noctis, lectura no muy apropiada para los niños, pues se trataba de una ley por la cual se concedía a todo capitalista el derecho de tener amores con cualquier mujer que trabajara en una de sus fábricas.

¿Cómo saber cuánto de eso eran mentiras? Podría ser cierto que el ser humano promedio estuviera mejor en la actualidad que antes de la Revolución. La única evidencia de lo contrario era la callada protesta que sentía uno en lo profundo de su ser, la sensación instintiva de lo intolerable de una vida que debió haber sido distinta en otras épocas. A Winston se le ocurrió que la verdadera característica de la vida moderna no estaba en su crueldad e inseguridad, sino en su desolación, su sordidez y su apatía. Cuando uno analizaba la vida a través de sí mismo, ésta en nada se parecía a las mentiras difundidas por la telepantalla ni mucho menos se acercaba a los ideales que el Partido se esforzaba por alcanzar. Gran parte de esa vida, aun para los afiliados al Partido, era una zona neutral y apolítica, una cuestión de trabajos pesados mediante monótonas horas de labores diarias, a luchar por un lugar en el tren subterráneo, a zurcir calcetines que ya no admitían un solo remiendo, a conseguir una pastilla de sacarina y guardar una colilla de cigarrillo. El ideal establecido por el Partido era algo deslumbrante, gigantesco y avasallador —un mundo de acero y hormigón, de máquinas monstruosas y armas aterradoras—, un país de guerreros y de fanáticos avanzando hacia sus destinos con perfecta cohesión, todos con idénticos pensamientos y todos coreando los mismos lemas, siempre trabajando, luchando, triunfando y persiguiendo. Trescientos millones de habitantes, todos con la misma cara. Pero la realidad era decadente: ciudades sórdidas, donde gente desnutrida se arrastraba de un lado a otro con zapatos agujerados, en casas construidas en el siglo xIx que olían a coles hervidas y a retretes descompuestos. Winston tuvo una visión de Londres, una ciudad vasta y en ruinas, con un millón de cubos de basura y, en medio de todo ello, la señora Parsons, una mujer con el rostro lleno de arrugas y los cabellos desordenados, tratando sin esperanza de reparar una cañería atascada.

Otra vez se estiró y se rascó el tobillo enfermo. Día y noche las telepantallas le rompían a uno los oídos con estadísticas que demostraban que en la actualidad el pueblo tenía más alimentos, más ropas, mejores casas y mejores pasatiempos; que vivía más tiempo y trabajaba menos; que todos eran más robustos, sanos, fuertes, felices, inteligentes e instruidos que la pobre gente de cincuenta años atrás. De todo esto no era posible negar ni confirmar una sola palabra. Por ejemplo, el Partido afirmaba que actualmente cuarenta por ciento de los proletarios sabía leer y escribir, mientras que antes de la Revolución no pasaba de quince por ciento. Decía, asimismo, que la mortalidad infantil era sólo de ciento sesenta por mil, mientras que en épocas pasadas llegaba a trescientos por mil. Y así con todo.

Era como una sola ecuación con dos incógnitas. Podría suceder que literalmente todas las palabras de los textos de historia, incluso las cosas que uno aceptaba a ojos cerrados, fueran puras fantasías. Hasta donde sabemos tal vez nunca existió una ley llamada jus primae noctis, o personas tales como un capitalista, o prendas llamadas sombreros de copa.

Todo se perdió en la bruma. El pasado se borraba, la acción de borrar se olvidaba, la mentira se volvía verdad. Sólo una vez en su vida Winston había tenido en sus manos —después del hecho, que es lo importante— la prueba fehaciente e irrefutable de un acto de falsificación. La tuvo apenas por espacio de unos treinta segundos. Debió ser en 1973, por la época en que Katharine y él se habían separado. Pero la fecha verdaderamente relevante era seis o siete años antes.

La historia comenzó a mediados de los años sesenta, el periodo de las grandes purgas donde exterminaron a los líderes de la Revolución de una vez y para siempre. Para 1970 no quedaba ninguno de ellos, con excepción del Gran Hermano. Los demás fueron acusados de traidores y contrarrevolucionarios.

Goldstein huyó y nadie sabía dónde se ocultaba; de los demás, unos desaparecieron sin más, mientras los restantes fueron ejecutados luego de un espectacular juicio público en el curso del cual confesaron ampliamente sus culpas. Entre los últimos sobrevivientes estaban tres hombres: Jones, Aaronson y Rutherford. Tal vez fue en 1965 que los arrestaron. Como ocurría a menudo, desaparecieron durante un año o más, sin que nadie supiera si estaban vivos o muertos, hasta que un buen día volvieron a aparecer para incriminarse a sí mismos tal como se acostumbraba. Los tres confesaron haber informado al enemigo (Eurasia, por aquel entonces), malversación de fondos públicos, asesinatos de varios apreciados afiliados al Partido, conspiraciones contra el liderazgo del Gran Hermano que comenzaron antes de que ocurriera la Revolución, y actos de sabotaje que provocaron la muerte de cientos de miles de personas. Después de confesar, fueron indultados y reintegrados al Partido en cargos de aparente importancia, pero que eran inútiles. Los tres escribieron extensos artículos abyectos en el Times, donde analizaban los motivos de su deserción y donde prometían enmendarse.

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Release date on Litres:
23 June 2025
Volume:
381 p. 2 illustrations
ISBN:
9786074570069
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