Read the book: «Las tribulaciones de Richard Feverel»

Font::

Gracias por comprar este ebook. Esperamos que disfrute de la lectura.

Queremos invitarle a suscribirse a la newsletter de Ático de los Libros. Recibirá información sobre ofertas, promociones exclusivas y será el primero en conocer nuestras novedades. Tan solo tiene que clicar en este botón.

Las tribulaciones de Richard Feverel

Contenido

Portada

Newsletter

Página de créditos

Sinopsis

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Capítulo XXXVI

Capítulo XXXVII

Capítulo XXXVIII

Capítulo XXXIX

Capítulo XL

Capítulo XLI

Capítulo XLII

Capítulo XLIII

Capítulo XLIV

Capítulo XLV

Sobre el autor

Créditos
Las tribulaciones de Richard Feverel

V.1: abril de 2020

Título original: The Ordeal of Richard Feverel

© de la traducción, Claudia Casanova, 2015

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: Fascination, de Francesco Didioni - Fine Art Photographic Library

Corrección: Francisco Solano

Publicado por Ático de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@aticodeloslibros.com

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 978-84-17743-94-9

THEMA: FBC

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Cofinanciado por el programa Europa Creativa de la Unión Europea


La tribulaciones de Richard Feverel
George Meredith, autor de la primera novela moderna

Tras perder a su mujer, sir Austin Feverel se queda a cargo de su hijo, Richard. Para evitar que cometa los mismos errores que cometieron sus padres, sir Austin diseña un sistema educativo con el cual Richard crecerá para ser el héroe de su época, un hombre de estado.

La base de este sistema consiste en que Richard no tendrá contacto con nadie del sexo femenino hasta que cumpla veintiún años. Todo parece desarrollarse con normalidad, pues Richard vive aislado en la abadía de Raynham. Pero, un día, el joven se enamora de la hija de la lechera, Lucy, y traiciona el sistema de su padre. Lo que no sabe es que sus problemas solo acaban de comenzar. ¿Se arrepentirá Richard y volverá a rogar el amor de su padre? ¿Aceptarán a Lucy en su seno los Feverel? ¿Qué peligros insospechados acechan al héroe en el despiadado mundo exterior?

Las tribulaciones de Richard Feverel es una novela irónica, ácida, divertida y feminista inédita en castellano hasta ahora. Una buena dosis de humor acompaña al lector mientras Meredith nos muestra las costumbres de la época. Se trata de una revisión crítica de las teorías ilustradas y del profundo efecto que tienen en los hijos la educación y la relación con sus padres. George Meredith fue uno de los escritores más representativos de la época victoriana.

«No intenta preservar la sobria realidad de Jane Austen y Trollope; ha destruido todas las escaleras que los demás hemos aprendido a utilizar. Todo tiene un propósito. Este desafío de lo normal crea una atmósfera fuera de lo común, con unas nuevas y originales percepciones sobre la vida humana. El autor consigue adentrarse en veinte mentes a la vez con éxito. Su fuerza reside en el vigor de su poder intelectual y en su intensidad lírica.»

Virginia Woolf

«¡Qué soltura! ¡Qué renacimiento! Anunciaba un nuevo despertar de la ficción.»

Arnold Bennett

«Meredith filtra el melodrama de la novela con su particular estilo, que, para aquellos que tengan un gusto cultivado, es sublime.»

The Guardian

«De lo mejor de Meredith, lleno de metáforas, prosa lírica y diálogos ingeniosos, se trata de una profunda exploración de la psicología de la razón.»

Enciclopedia Merriam-Webster de Literatura

Capítulo I

Hace años se publicó un libro con el título Los escritos del peregrino. Consistía en una selección de originales aforismos de un caballero anónimo que tímidamente mostraba así al mundo su dolorido corazón.

No tenía la pretensión de ser novedoso. «La nueva forma de pensar de nuestra época ha emocionado a los muertos», escribió. Esta declaración parecía manifestar que la juventud lo había abandonado, y ya no envidiaba a los antiguos. De sus páginas se desprendía cierta melancolía por los días de vanidad intelectual, rememorando la etapa de nuestra vida en que las ideas nos alcanzan como abrazos de vírgenes que juran que son solo nuestras, y que no han visitado a nadie más. Y las creemos.

Sobre el bello sexo decía: «Creo que la mujer será la última posibilidad de la civilización del hombre». Esta monstruosa burla provocó cierto revuelo entre las damas.

Una aventurera acudió al Colegio de Armas,1 y allí confirmó que el grifo entre dos gavillas de trigo de la portadilla del libro era el escudo de armas de sir Austin Absworthy Bearne Feverel, un hombre rico y honorable, con una historia lamentable a sus espaldas, baronet de la abadía de Raynham, en cierto condado del oeste colindante con el Támesis.

La historia del baronet no era nueva. Tenía una mujer y un amigo. Se casó por amor; su mujer era una belleza, su amigo se decía poeta. La mujer tenía su corazón, y el amigo, su confianza. Cuando, entre sus compañeros de escuela, se hizo amigo de Denzil Somers no fue por semejanza de carácter, sino por la intensa adoración que sentía por el genio, lo que le llevó a pasar por alto la falta de principios de su socio en aras de su prometedor talento. Denzil poseía un pequeño patrimonio que derrochó antes de terminar los estudios. En adelante, dependió por completo de su admirador, con el que vivía, desempeñando nominalmente la labor de alguacil de la finca, escribiendo poesía satírica y sentimental. Tenía propensión al vicio y ocasionalmente lo practicaba sin escándalo, de modo que, por supuesto, era un sentimental dado a la sátira, y se atribuía el derecho a criticar la época en que vivía y a quejarse de la naturaleza humana. Sus primeros poemas, publicados bajo el seudónimo de Diaper Sandoe, eran tan puros y exangües en sus pasajes amorosos, y a la vez tan mordaces en su tono moral, que ganaron multitud de adeptos entre los virtuosos del público inglés que compra libros. Las elecciones le inspiraron baladas a favor de los torys.2 Diaper poseía una indudable fluidez, pero trabajaba poco, a pesar de que sir Austin esperaba mucho de él.

La mujer lánguida y sin experiencia —cuyo marido goza de una excepcional estatura intelectual y moral—, pasada la admiración romántica por su noble porte, al ver que sus inquietos refinamientos no son correspondidos, se encuentra en una convivencia insana con un hombre grácil y desenvuelto en prosa y verso. En Raynham, donde lady Feverel se ocupaba de sus obligaciones, sintió celos del amigo de su marido; pero, poco a poco, lo fue tolerando. Con el tiempo, él empezó a tocar la guitarra en su habitación, y ellos hacían de Rizzio y María.3 «¡Pues no soy el primero en encontrar fatal el nombre de María!», dice uno de los poemas de amor que escribió Diaper.

Este era el esquema de la historia. Y el baronet lo completaba. Había entregado su alma a los dos. Había sido el noble amor de ella y el amigo perfecto de él. Los consideraba hermanos, los amaba, los había invitado a vivir una edad de oro en Raynham. De hecho, había prodigado las excelencias de su naturaleza, algo que no debe hacerse; como Timón,4 acabó en bancarrota, sumido en la amargura.

La infiel dama no venía de una familia excepcional; era huérfana de un almirante que la educó con su pequeña paga. Su conducta sorprendió al hombre cuyo apellido adoptó.

Después de cinco años de matrimonio y doce de amistad, sir Austin se quedó solo, sin nada que aliviara su corazón, salvo un bebé en la cuna. Perdonó al hombre; lo apartó al no considerarlo digno de su ira. A la mujer no la pudo perdonar; había pecado de la peor manera. La ingratitud hacia un benefactor es una transgresión que puede perdonarse, y él no era dado a aplastar al culpable enumerando las obras de las que el amigo se había beneficiado. Pero a la mujer la había convertido en su igual, y como tal la juzgaba. Ella había hecho que el bello rostro del mundo se volviera oscuro.

Frente a ese mundo, que ahora le parecía tan distinto, decidió comportarse como si nada hubiera sucedido, y aprendió a hacer de sus rasgos una máscara maleable.

La señora Doria Forey, su hermana viuda, dijo que Austin se retiraría un tiempo de la carrera parlamentaria y renunciaría a las alegrías y ese tipo de cosas. Su opinión, fundada en la observación tanto en público como en privado, era que la mujer que había volado era una pluma en el corazón de su hermano, y que la vida reanudaba su curso. A veces los hombres corrientes no pueden soportar tanto peso. Hippias Feverel, uno de sus hermanos, creía que la desgracia le había mejorado (si una pérdida así puede llamarse desgracia), y dado que Hippias recibió alojamiento gratuito en Raynham y entró en posesión del ala de la abadía que ella había habitado, resulta provechoso saber su pensamiento. Si el baronet hubiera ofrecido dos o tres cenas espectaculares en el gran salón, habría engañado a todo el mundo, como había hecho con sus parientes y amigos. Pero estaba demasiado afectado; solo podía actuar de forma pasiva.

La niñera que cuidaba al bebé veía cada noche una figura solitaria con una lámpara sobre el pequeño, y tanto se acostumbró que nunca se despertó sobresaltada. Una noche la desveló el sonido de un sollozo. El baronet estaba de pie junto a la cuna con su larga capa negra y el gorro de viaje. Tapaba la luz de la lámpara con sus dedos, enrojecidos entre las sombras intermitentes proyectadas sobre la pared. Apenas podía creer lo que veía: el austero caballero, silencioso como un muerto, dejaba caer lágrima tras lágrima. Ella se quedó inmóvil, en un trance de terror y aflicción, contando las lágrimas que caían. El rostro oculto, el brillo y la caída de las pesadas gotas a la luz de la lámpara, la figura erguida y terrible, respirando con agitación a intervalos regulares, como un reloj, le daban tanta pena que el corazón de la niñera comenzó a latir deprisa. Sin poderlo evitar, la pobre chica gritó: «¡Oh, señor!» y comenzó a llorar. Sir Austin se volvió, iluminó su almohada con la lámpara, le dijo sin delicadeza que volviera a dormirse y abandonó la habitación a zancadas. La despidió con una indemnización al día siguiente.

Hace tiempo, cuando Richard tenía siete años, se despertó y vio a una joven inclinada sobre él. Lo contó al día siguiente, pero lo creyeron un sueño. Hasta que, en el transcurso del día, llevaron a casa a su tío Algernon desde el campo de cricket de Lobourne con una pierna rota. Entonces se recordó que había un fantasma en la familia; nadie creía en él, pero ningún pariente quería pasar una circunstancia que atestiguara su existencia, aunque poseer un fantasma otorga una distinción mayor que cualquier título.

Algernon Feverel perdió la pierna y dejó de ser un caballero de la Guardia Real. De los otros tíos del joven Richard, Cuthbert, el marino, pereció en una expedición contra un caudillo esclavista en Níger. Algunos trofeos del galante teniente decoraban el cobertizo de juegos del bebé en Raynham, y le legó su espada a Richard, quien le consideraba un héroe. El dandi Vivian, diplomático de profesión, dejó de ir de flor en flor al casarse con la mujer equivocada, como les sucede a muchos dandis, y lo borraron de la lista de invitados a la casa. Algernon normalmente residía en la casa de la ciudad que el baronet no usaba. Era un hombre desgraciado; ocupaba su tiempo en montar a caballo y jugar a las cartas, poseído (decían) por la absurda noción de que un hombre que ha perdido el norte al perder la pierna puede recuperarlo sustituyéndola por una botella. Al menos él y su hermano Hippias, cuando se reunían, no dejaban de probar si la bebida se aguanta mejor con una pierna o con dos. Aunque sir Austin era muy puritano en sus hábitos, era demasiado buen anfitrión para imponer su moral a sus invitados. Sus hermanos y otros parientes podían hacer lo que quisieran sin deshonrar el apellido familiar. Pero si lo hacían, debían marcharse de inmediato para no regresar jamás y no verían su rostro nunca más.

Algernon Feverel era un hombre sencillo; sintió, tras su desgracia, como quizá antes había pensado vagamente, que su carrera residía en sus piernas y había sido irremisiblemente truncada. Enseñó al chico a boxear y disparar, y el arte de la esgrima; supervisó el rumbo de su vigor animal con una vivacidad algo melancólica. Algernon dedicó las energías restantes de su mente a censurar el uso de la bola rápida en el cricket. Predicaba por todo el condado, escribiendo complicados ensayos literarios en periódicos deportivos sobre la decadencia del cricket. Algernon fue testigo y relató la primera pelea de Richard con el joven Tom Blaize de la granja Belthorpe, tres años mayor que él.

Se creía que Hippias Feverel iba a ser el genio de la familia. Tuvo la mala suerte de tener mucho apetito y un estómago débil. Como nadie está preparado para la batalla de la vida si se halla en perpetua lucha con su cena, Hippias renunció a la carrera de abogado y, víctima de una constante indigestión, compiló un voluminoso tratado sobre la mitología de las hadas en Europa. Tuvo poca relación con la esperanza de Raynham, más allá de consignar sus travesuras juveniles.

Una dama venerable, conocida como la tía abuela Grantley, cuyo dinero le correspondía al heredero, ocupaba con Hippias la parte de atrás de la casa y compartía sus veladas con él. Apenas se les veía hasta la hora de la cena, que les llevaba todo el día preparar y, probablemente, toda la noche recordar, pues la señora del siglo xviii era una admirable gorrona que dejaba a un lado la vejez si había un buen plato sobre la mesa.

La señora Doria Forey era la mayor de las tres hermanas del baronet, una mujer rubicunda y afable con buenos dientes, un perfecto cabello rubio y ondulado, una nariz normanda y reputación de entender a los hombres, lo que significaba, en lo relativo a esas criaturas, que poseía el arte de manejarlos. Se había casado con el ambicioso hijo menor de una buena familia que falleció antes de llevar a cabo sus propósitos. Al tratar de encontrar una solución para el futuro de Clare, su pequeña y única hija, sondeó una posibilidad. La amplitud de miras, la profunda determinación, la resuelta perseverancia de su sexo, si hay que mantener una hija y derrocar a un hombre, la indujeron a invitarse a sí misma a Raynham, donde se estableció con su hija.

Las otras dos mujeres Feverel eran la esposa del coronel Wentworth y la viuda del señor Justice Harley, que destacaban por ser madres de hijos de cierta distinción.

La historia de Austin Wentworth tiene ese carácter desdichado que, para ser comprendida con justicia, obliga a contarla abiertamente, algo que nadie quiere intentar.

Por una falta cometida en su juventud y, según él, redimida noblemente, fue condenado a someterse al juicio del mundo; no por la falta, sino por la expiación.

—Se casó con la criada de su madre —susurró la señora Doria, con la mirada inundada de terror, y sintió un escalofrío al pensar en los jóvenes con simpatías republicanas que suponía que él albergaba.

«La compensación por la injusticia —se dice en Los escritos del peregrino— estriba en rodearnos de las personas más valiosas en esa oscura tribulación».

La buena amiga del baronet, la señora Blandish, y unos pocos hombres y mujeres sinceros tenían a Austin Wentworth en alta estima.

No vivía con su mujer, y sir Austin, pensando en el futuro de nuestra especie, le reprochaba ser estéril para la posteridad, mientras los villanos se propagaban.

La principal característica del segundo sobrino, Adrian Harley, era su sagacidad. Se trataba, esencialmente, de un joven sabio, tanto por su consejo como por su acción.

«En la acción —se observa en Los escritos del peregrino—, la sabiduría está en la mayoría».

Adrian tenía instinto para estar con la mayoría, y, como el mundo lo veía invariablemente en sus filas, su apelación de joven sabio era admitida sin ironía.

El joven sabio tenía a su favor el mundo, pero ningún amigo. Tampoco deseaba los problemáticos apéndices del éxito. Procuraba ser requerido por gente que podía servirle, y temido por los que podían perjudicarle. No se complicaba la vida para imponer su criterio ni se arriesgaba a expensas de un plan. Realizaba su trabajo con la misma naturalidad con la que comía pan. Adrian era epicúreo, pero Epicuro lo habría echado a latigazos de su jardín: un epicúreo de nociones modernas. Satisfacer el apetito sin arriesgar el carácter era un problema para el joven sabio. No tenía amigos, salvo Gibbon y Horacio, y la sociedad de estos refinados aristócratas literarios le ayudó a aceptar la humanidad como era: una suprema procesión irónica, con la risa de fondo de los dioses. ¿Por qué no podían reírse también los mortales? Adrian se reía en su cómodo rincón. Poseía los atributos de un dios pagano. Utilizaba a los hombres: vivía una vida elegante, lujosa y feliz a su costa. Se hallaba en una eminente autocomplacencia, como tendido sobre una suave nube, bañándose en la luz del sol. Ni Júpiter ni Apolo elegían las doncellas de la tierra con un ojo más fiero y frío, ni las perseguían abrigados de la más sagrada impunidad. Y disfrutaba de su reputación de virtuoso como algo adicional. Se dice que la fruta robada es más dulce, pero las recompensas no merecidas son aún más exquisitas.

Lo curioso era que Adrian no fingía. No pedía al mundo que aprobase su proceder. La naturaleza y él no intentaban engañar más que con la máscara que llevan todos los hombres. Y, aun así, el mundo le proclamaba un hombre bueno, además de sabio, y el agradable polo opuesto de su deshonrado primo Austin.

En pocas palabras, Adrian Harley dominaba la filosofía a la edad de veintiún años. A muchos les habría gustado decirlo con el doble de años, cuando cargan a sus espaldas un peso que Adrian no cargaba. La señora Doria estaba en lo cierto sobre su corazón. Un accidente (al nacer, probablemente, o antes) le había desplazado ese órgano y trasladado al estómago, donde era más liviano, qué digo liviano, ingrávido, y le animaba a seguir con alegría. Desde ese trono, el corazón no miraba sino lo que le producía placer. Esa región mostraba una suave protuberancia en la persona del joven sabio, y llevaba ante él, por así decirlo, la bandera de sus principios filosóficos. Era encantador después de cenar con hombres y mujeres, y deliciosamente sarcástico, quizá demasiado poco escrupuloso en su tono moral, pero su reputación le protegía de la crítica y su conducta se atribuía, por lo general, a su carácter amable y generoso.

Así era Adrian Harley, uno de los intelectuales favoritos de sir Austin, elegido para supervisar la educación de su hijo en Raynham. Adrian estaba destinado a la iglesia. No llegó a ordenarse. Él y el baronet mantuvieron un día una conversación, y desde entonces Adrian se convirtió en residente de la abadía. Su padre murió en el primer semestre de universidad de su prometedor hijo, legándole nada más que su aspecto legal, y Adrian se convirtió en estipendiario del hogar de su tío.

El compañero de juegos ocasional de Richard, y el único de su edad que tuvo cerca, era Ripton Thompson, el hijo del abogado de sir Austin, un chico sin carácter.

Necesitaba un compañero, pues Richard no iba a ir a la escuela ni a la universidad. Sir Austin consideraba corruptas las escuelas, y mantenía que a los jóvenes se los protegía mejor de la serpiente con el control parental, al menos hasta que Eva se sentara a su lado, una situación que, según sir Austin, podía y debía demorarse. A tal fin, diseñó un completo sistema para educar a su hijo. Ahora veremos cómo funcionó.

Capítulo II

Octubre lucía espléndido en el decimocuarto cumpleaños de Richard. Los cobrizos hayedos y los dorados abedules resplandecían bajo un sol brillante. Las nubes flotaban sobre el horizonte, acumuladas hacia el oeste, donde el viento dormía. Prometía ser un gran día para Raynham, como luego se demostró, aunque no de la forma esperada.

Ya levantaban en el valle junto al río las casetas de arquería y las tiendas de cricket, adonde acudían, en barcas y carretas, los muchachos de Bursley y Lobourne, gritando exultantes por un día de cerveza y honor, deseosos de arrebatarse unos a otros los frescos laureles, enfrentándose como viriles británicos en juegos y deportes. Por todo el parque se escuchaban gritos de alegría. Sir Austin Feverel, un tory de tomo y lomo, nada partidario de regular la caza, podía ser popular cuando quería; algo que nunca sería sir Miles Papworth, del otro lado del río, un avaricioso whig,1 terror de los cazadores furtivos. La mitad del pueblo de Lobourne paseaba por las avenidas del parque. Violinistas y gitanos clamaban a las puertas que les dejaran pasar; vestidos de blanco y gris, coronados con sombreros de ala generosa, y con una capa escarlata en recuerdo de los viejos tiempos, se esparcían por los amplios campos.

En esos momentos, la estrella de la fiesta se escondía lejos, eclipsándose junto a su reluctante servidor Ripton, que no paraba de preguntar qué debían hacer y adónde iban, y qué hora era, sugiriendo que los chicos de Lobourne les estarían llamando y que sir Austin requeriría su presencia, sin lograr que prestara atención a sus penas y protestas, pues el padre de Richard había pedido a su hijo que se sometiera a un examen médico, como un patán que se alista al ejército, y él se había enfurecido.

Se escapó a la carrera, huyendo del vergonzoso acto que le exigían. Luego transmitió sus pensamientos a Ripton, que le dijo que eran de niña, un comentario ofensivo que Richard se guardó; después tomó prestadas un par de escopetas del cobertizo de los alguaciles. Ripton disparó con muy mala puntería y Richard lo llamó idiota. Sintiendo que las circunstancias conspiraban para que lo pareciera, Ripton alzó la cabeza y replicó en tono desafiante:

—¡No soy idiota!

Esta furiosa respuesta, tan impertinente, irritó a Richard, al que aún le dolía haber perdido las aves por la mala puntería de Ripton, y se consideraba agraviado. Así que impuso otra vez el abusivo epíteto con mayor énfasis.

—No me llames así, lo sea o no —dijo Ripton, mordiéndose los labios con rabia.

Se volvía un asunto personal. Richard alzó las cejas y lo miró un instante, retándole. Después le informó de que, desde luego, iba a llamarlo así, y no debía objetar a que se lo llamase veinte veces.

—¡Hazlo y verás! —respondió Ripton, removiéndose en el sitio y respirando con rapidez.

Con una solemnidad de la que solo los niños y otros bárbaros son capaces, Richard repitió el calificativo hasta llegar a veinte, insistiendo en el epíteto y evitando que la progresión se hiciera monótona, mientras Ripton, por decirlo así asentía con la cabeza a la precisión de su camarada, dejando constancia de su humillación. El perro que se encontraba con ellos contemplaba la escena meneando la cola.

Veinte veces repitió Richard, intencionadamente, la ofensiva palabra.

En el solemne número veinte del pecado capital de Ripton, este dio un revés a la boca de Richard y se retiró precipitadamente, tal vez arrepintiéndose, pues era un muchacho de buen corazón y, como Richard se inclinó por el golpe, pensó que había ido demasiado lejos. No conocía al joven caballero que trataba. Richard era extremadamente frío.

—¿Luchamos aquí? —dijo.

—Donde quieras —respondió Ripton.

—Mejor dentro del bosque. Para que no nos interrumpan.

Richard abrió camino con una cortés reserva que enfrió el ardor guerrero de Ripton. En la linde del bosque, Richard se quitó la chaqueta y el chaleco y los arrojó sobre la hierba. Bastante sereno, esperó a que Ripton hiciera lo mismo. Este estaba azorado e inquieto; era mayor y más fornido, pero no tan ágil ni estaba tan en forma. Los dioses, únicos testigos de la disputa, apostaron contra él. Richard se había colocado la escarapela de los Feverel y ardía en su mirada un fuego que pedía una pelea que lo aplacara. Sus cejas, ligeramente levantadas, convergían sobre la robusta nariz; sus grandes ojos grises, las fosas nasales, los pies firmemente plantados en el suelo, y un aire caballeroso de calma y alerta conformaban la viva imagen de un joven combatiente.

Ripton estaba fuera de sí y luchaba como un colegial, es decir, se lanzaba de cabeza y golpeaba agitando los brazos, como un molino. Era un chico basto. Cuando conseguía golpear, hacía daño, pero estaba a merced de la técnica. Viéndole coger carrerilla, parpadeando muy rápido, resoplando y girando los brazos a gran velocidad mientras recibía un golpe, se percibía que luchaba a la desesperada, y lo sabía, pues la alternativa a la que se enfrentaba, si se rendía, era padecer la calumnia que ya había sufrido veinte veces. Prefería morir antes que ceder, y seguía dando vueltas como un molino hasta caer al suelo. ¡Pobrecillo! Caía a menudo. El gallardo muchacho peleaba para guardar las apariencias, y quedó en el suelo. Los dioses solo favorecen a un bando. El príncipe Turno era un joven noble que se enfrentó a Palante.2 Ripton era un chico excepcional, pero no tenía técnica. ¡No pudo probar que no era idiota! Si se piensa bien, Ripton eligió la única salida posible y encontraríamos gran dificultad en probar la falsedad del epíteto. Ripton recibió una y otra vez el puño infalible de Richard; y, si era verdad, como explicó jadeando, que necesitaba tantos golpes como un huevo para ser batido, una afortunada interrupción lo salvó de parecerse a esa sustancia. Los chicos oyeron que los llamaban desde lejos, y vieron acercarse al señor Morton, de Poer Hall, y a Austin Wentworth.

Firmaron una tregua, recogieron las chaquetas, se echaron las escopetas al hombro, y trotaron en armonía adentrándose en el bosque, dejando atrás media docena de campos y una plantación de alerces.

Al detenerse a recuperar aliento, se estudiaron los rostros. El de Ripton estaba lleno de cardenales, una pintura de guerra natural que le hacía parecer más feroz de lo que él creía. Sin embargo, volvió a la carga, impávido, en el nuevo territorio, y Richard, cuya ira se había aplacado, no pudo resistirse a preguntarle si de verdad no había tenido ya suficiente.

—¡Nunca! —gritó el noble enemigo.

—Mira —dijo Richard, invocando el sentido común—, estoy cansado de tumbarte. Diré que no eres idiota si me das la mano.

Ripton se lo pensó un momento y lo consultó con su honor, que le instó a que aprovechara la oportunidad.

Extendió la mano.

—¡Está bien!

Los chicos se dieron la mano y volvieron a ser amigos. Ripton había conseguido lo que quería, y Richard había salido, sin duda, mejor parado. Así que estaban empatados. Ambos podían clamar victoria en beneficio de su amistad.

Ripton se lavó la cara y alivió su nariz en un arroyo. Ya estaba listo para seguir a su amigo adonde fuera. Continuaron buscando aves que abatir. Las aves de las tierras de Raynham eran particularmente astutas, y eludían ser el blanco de los jóvenes tiradores, así que extendieron su expedición a tierras vecinales en busca de una raza más estúpida, felizmente ignorantes de la ley contra la violación de la propiedad privada. Tampoco advirtieron que cazaban ilegalmente en tierras del notorio granjero Blaize, el comerciante del escudo de los Papworth, que no admiraba el grifo entre dos haces de trigo y estaba destinado cruzarse con el destino de Richard. El granjero Blaize odiaba a los cazadores furtivos, especialmente a los jóvenes, que lo hacían por insolencia. Al oír los audaces disparos en su territorio, fue a echar un vistazo y, observando el tamaño de los intrusos, juró que les enseñaría a esos señoritos un par de cosas, por muy lores que fueran.

Richard había derribado un bello faisán, y lo celebraba exultante, cuando la portentosa figura del granjero se cernió sobre ellos con un latigazo. Su saludo fue irónico.

—¿Están teniendo buena caza, señoritos?

—¡Acabo de hacerme con un ave espléndida! —le informó Richard, radiante.

—¡Ah! —El granjero Blaize dio un latigazo de advertencia—. Déjenme que le eche un vistazo.

—Se dice por favor —intervino Ripton, que no era ciego a la gente de dudoso aspecto.

El granjero Blaize alzó la barbilla y sonrió con malicia.

—¿Por favor a ustedes? Vamos a ver, amigo mío, creo que no les importa lo que se les ponga por delante. Parecen dos cazadores furtivos, sí señor. ¡Y eso es lo que son! —cambió de tono para ir al grano—. ¡Esa ave es mía! ¡Quítenle las manos de encima y lárguense, pequeños sinvergüenzas! ¡Sé quiénes son! —y comenzó a despotricar contra los Feverel.

Richard abrió los ojos.

—¡Si quieren que los muela a latigazos, quédense donde están! —continuó el granjero—. ¡Giles Blaize no aguanta tonterías!

—Entonces nos quedamos —dijo Richard.

—¡Muy bien! ¡Que así sea! ¡Si es lo que quieren, se lo daré, hombrecitos!

Como medida previsora, el granjero Blaize cogió el ala del ave que los chicos agarraban desesperadamente, y se la llevó entera.

—¡Si quieren jugar —gritó el granjero—, aquí tienen el látigo que merecen! ¡Yo no aguanto sandeces! —y lanzó el látigo con destreza.

Los chicos intentaban lidiar con él, pero los mantenía a distancia y los azotó sin piedad. ¡Qué negra corría la sangre! Los chicos se retorcían de dolor. El látigo era una serpiente implacable que se enroscaba y les mordía una y otra vez, clavándose con saña en sus venas. Sentían más que dolor al retorcerse; también debían soportar la vergüenza y la deshonra; pero el dolor era intenso, pues el granjero, que había manejado el látigo toda la vida, no lo consideró suficiente hasta que le faltó el aliento y las mejillas se le enrojecieron por el esfuerzo. Se detuvo para coger lo que quedaba del faisán.

—Quédese su bestia —gritó Richard.

—Dinero, muchachos, con intereses —rugió el granjero, dando un nuevo latigazo.

Aunque rendirse era vergonzoso, no quedaba otra opción. Decidieron abandonar el campo de batalla.

—Mire, gañán —Richard agitó su pistola en el aire, con la voz ronca por el enfado—, le habría disparado de estar cargada. ¡Como le vea cuando la tenga cargada, dispararé!

Esa amenaza poco inglesa exasperó al granjero Blaize, y se apresuró a perseguirles con los últimos latigazos mientras ellos escapaban hacia territorio neutral con el rabo entre las piernas. Al llegar a los setos, parlamentaron un momento; el granjero preguntó si estaban satisfechos y tenían suficiente, porque, si querían otro reparto de lo mismo, podían volver a la granja Belthorpe. Los chicos, mientras tanto, explotaron en amenazas de venganza, y el granjero les dio la espalda con desdén. Ripton había amontonado un puñado de piedras para la escaramuza. Richard se las tiró al suelo, y dijo:

—¡No, los caballeros no tiran piedras! Eso es propio de la plebe.

—¡Solo una pequeña! —suplicó Ripton, con la vista clavada en el claro blanco del granjero, obcecado por la repentina revelación de las ventajas del armamento ligero frente al pesado.

—No —se impuso Richard—, nada de piedras, eso es de… —Y se alejó caminando enérgicamente.

Ripton le siguió con un suspiro. La magnanimidad de su líder estaba más allá de sí mismo. Una buena andanada de pedradas sobre el granjero habría aliviado al joven Ripton, pero no habría consolado a Richard Feverel de la ignominia a la que había sido sometido. A Ripton la vara le era familiar, un monstruo al que no temía por conocerlo bien. La horrible sensación de vergüenza; el odio a sí mismo y al universo; la sed de venganza, la impotencia, como si el espíritu se impregnara de negrura, que le advienen a un joven sensible a ser condenado, por primera vez, a probar esa amargura carnal y sufrirla como una profanación, Ripton hacía tiempo que la había superado y olvidado. Estaba curtido en recibir palos, y observaba el mundo con ecuanimidad; no era imprudente ante el castigo, como algunos chicos, pero tampoco insensible al deshonor, como el amigo y camarada a su lado.

A Richard se le había envenenado la sangre. La fiebre de la vergüenza se había apoderado de él. No permitía lanzar piedras porque reprobaba esa costumbre. Meras consideraciones de caballerosidad habían favorecido al granjero Blaize, pero estratagemas poco caballerosas se agitaban en su cerebro, y eran rechazadas por resultar impracticables para un joven como él. Solo se daría por satisfecho con una venganza de gran alcance, equivalente a la humillación recibida. Debía hacer, sin demora, algo atroz. Se le ocurrió matar todas sus reses, o incluso matarlo a él, retándole a un combate al estilo de los caballeros. Pero el granjero era un cobarde y rehusaría. Entonces él, Richard Feverel, lo despertaría de su sueño y lo provocaría, lo instaría a luchar con pólvora y detonaciones en su propio dormitorio, en la cobarde medianoche, donde tal vez temblara, pero no podría negarse.

—¡Señor! —dijo el sencillo Ripton, mientras esos ilusos planes cruzaban el cerebro de su camarada, deseando su realización inmediata y desvaneciéndose en la oscuridad por la incierta posibilidad de realización—. ¡Ojalá me hubieras dejado bajarle los humos, Ricky! ¡Nunca fallo! Me gustaría haberle dado al menos una vez. ¡Deberíamos haber ganado esa batalla! —Y un nuevo pensamiento llevó las ideas de Ripton a la normalidad—. Me pregunto si mi nariz está tan mal como dijo. ¿Puedo verme en algún sitio?

A estas declamaciones, Richard hacía oídos sordos, caminando con fatiga, pero sin detenerse, con la vista fija en un punto.

Después de pasar innumerables setos, saltar vallas, sortear acequias, atravesar arboledas, ensuciarse, ajarse las ropas y andar hasta el agotamiento, Ripton despertó de sus pensamientos sobre el granjero Blaize y olvidó los moratones de su nariz ante el hambre acuciante que se apoderó de él. Se sentía desfallecer por la falta de alimento. Se aventuró a preguntar a su líder adónde iban. Raynham no se veía. Habían avanzado un buen trecho por el valle y estaban a unas pocas millas de Lobourne, en un paisaje de estanques ácidos, riachuelos amarillos y fétidos pastos: un páramo desolado. Se veían vacas solitarias, el humo de una cabaña de barro, turba apilada sobre un carro, un burro ignorante de la crueldad que lo rodeaba, gansos junto a una pileta, cotorreando en un silencio como del principio de los tiempos; en suma, nada que pudiera saciar el hambre de un chico desnutrido. Ripton estaba desesperado.

—¿Adónde vas? —inquirió con su último aliento y se detuvo, decidido a no dar un paso más.

Richard rompió su silencio para responder:

—A cualquier parte.

—¡A cualquier parte! —Ripton repitió la mohína expresión de Richard—. Pero ¿no estás muerto de hambre? —resolló con vehemencia, queriendo mostrar el vacío de su estómago.

—No —fue la breve respuesta de Richard.

—¡No tienes hambre! —Ripton mostró su incredulidad con ímpetu—. Pero ¡si no has comido nada desde el desayuno! ¡Que no tiene hambre! Pues yo declaro que me estoy muriendo de inanición. ¡Hasta podría comer pan duro y queso!

Richard se burló con desprecio, pero no por los motivos que habían impulsado una manifestación similar al filósofo.

—¡Vamos! —exigió Ripton—. Dime cuándo vamos a parar.

Richard iba a replicar, pero encontró un rostro descompuesto que lo desarmó. La nariz del muchacho, aunque no de la tonalidad que temía, amarilleaba. Regañarle habría sido cruel. Richard alzó la vista, observó el lugar, y exclamó:

—¡Aquí!

Se dejó caer sobre un campo marchito, y Richard se quedó atónito ante su movimiento, que le produjo una perplejidad aún mayor.

Capítulo III

Entre los jóvenes hay códigos de honor no escritos que no se enseñan formalmente, pero que entienden por instinto, y por ellos se rigen los más leales y francos. Debemos recordar que son una progenie aún no civilizada, así que no seguir al líder allí donde decide marchar, o echarse atrás en una expedición por un final dudoso y las molestias del momento, abandonar a un camarada en el camino, son hechos de los que un joven de buena naturaleza no será culpable, por mucho que advierta sus dolorosas consecuencias. Cualquier dolor es preferible a soportar que la propia conciencia denuncie su cobardía. A algunos osados no les perturba su conciencia, y los ojos y bocas de sus compañeros tienen que suplir la falta. Lo hacen con una persistencia peor que la voz interior, y el resultado, si el período de prueba no es severo, es el mismo. El líder puede confiar en la fidelidad de su hueste: sus camaradas han jurado servirle. El señor Ripton Thompson era leal por naturaleza. La idea de abandonar a su amigo no se le pasó por la cabeza, aunque estaba desesperado, y el comportamiento de Richard era el de un loco. Anunció con impaciencia que llegarían tarde a cenar. Su amigo no se conmovió. Parecía que la cena no le importaba. Seguía tumbado, arrancando briznas de hierba y dando palmaditas al perro en el hocico, como si no concibiera el hambre. Ripton se incorporó y volvió a tenderse media docena de veces, y finalmente se echó junto a su taciturno amigo, aceptando su destino.

Ahora bien, tuvo la suerte de que empezara a llover y que dos extraños aparecieran por el camino buscando cobijo tras el seto donde los jóvenes descansaban. Uno era hojalatero itinerante; encendió una pipa y abrió un paraguas parduzco. El otro era un joven y fornido campesino, sin pipa y sin paraguas. Se saludaron asintiendo con la cabeza, y los dos enumeraron los beneficios del cambiante clima, que había afectado a su experiencia al cumplirse su profecía. Ambos habían anticipado que llovería antes del anochecer y, por tanto, la habían recibido con satisfacción. Mantenían una cháchara monótona en armonía con el suave zumbido del aire. Después de hablar del tiempo, siguieron con la bendición que representaba el tabaco; que era el mejor amigo del pobre, un compañero, un consuelo, un refugio en la noche, el primer pensamiento de la mañana.

—¡Mejor que una esposa! —soltó el hojalatero con una risotada—. La pipa no te dice lo que tienes que hacer. No es una arpía.

—¡Así es! —respondió el otro—. La pipa no se va con la pasta un sábado por la noche.

—Toma —dijo el hojalatero. Le pasó, entusiasmado, una pieza de arcilla mugrienta. El campesino la llenó con tabaco del bolsillo del hojalatero y siguió con sus elogios.

—¡Un penique al día y listo! ¿Mejor que una mujer? —rio.

—Y puedes deshacerte de ella cuando quieras —añadió el hojalatero.

—¡Así es! —intervino el campesino—. Y no queremos. Al menos, en este caso. O sea, en el de la pipa.

—Y sin arrepentimientos —continuó el hojalatero, entendiéndole perfectamente.

—Desde luego que no —el campesino entrecerró un ojo—, y la pipa no se come la mitad de los víveres.

El honesto agricultor gesticuló para expresar que ese era el factor decisivo, a lo que el hojalatero le dio la razón, y habiendo, por así decirlo, zanjado el asunto con las cosas buenas que podían ser dichas, los dos fumaron en silencio bajo la lluvia.

Ripton se consolaba observándolos a través de la zarza. Vio que el hojalatero acariciaba una gata blanca, llamándola como si fuera su parienta, pidiéndole opinión o confirmación, y pensó que era muy curioso. El campesino estaba tumbado a lo largo, con las botas mojándose con la lluvia y la cabeza entre los cacharros del hojalatero, fumando con profunda contemplación. Los minutos parecían ocupados en las alternancias de las nubes de humo de sus bocas.

El hojalatero reanudó el coloquio.

—¡Son malos tiempos! —dijo.

—¡Desde luego! —confirmó su compañero.

—Pero luego las cosas salen bien —siguió el hojalatero—. ¿Para qué desanimarse? He visto que todo acaba bien. Ahora viajo. Sigo mi ritmo. La suerte quiso que fuera el otro día a Newcastle.

—¿Para qué? —dijo el campesino.

—¿Para qué? —repitió el hojalatero—. ¿Me preguntas por qué fui? Se ve bastante mundo en mi oficio. No fui en vano. En cualquier caso, estoy de vuelta. Londres es mi sitio, me dije, y así veo un poco el mar, y me subí a un barco minero. Acabé tan destrozado como san Pablo.

—¿Y ese quién es? —preguntó el otro.

—Léete la Biblia —dijo el hojalatero—. Nos sacudieron y nos zarandearon. ¡No es igual jugar en tierra que en el mar, ya te digo! ¡Creí que nos íbamos a hundir esa misma noche! Me puse a rezar como un condenado; Dios está por encima del diablo, y aquí estoy, ya ves.

El campesino apoyó la cabeza sobre el codo y le miró con indiferencia.

—¡Menuda religión! Ese no siempre gana, o no estaría aquí dejándome el pellejo sin tener nada que hacer y, lo que es peor, nada que comer. Mira, la suerte es la suerte, y la mala suerte su contrario. A Rick se le quemó el pajar el otro día. La siguiente noche se le quemó el granero. ¿Qué había hecho para merecerlo? Ahora se ha quedado sin trabajo. Creo que Dios no ganó al diablo en esa ocasión; si no, no entiendo lo que pasó.

El hojalatero carraspeó y dijo que había sido una desgracia.

—¡Una maldita desgracia, ya te digo! —gritó el campesino—. Pues mira, aquí tienes otra desgracia. Yo trabajaba para el granjero Blaize de Belthorpe antes de irme con el granjero Bollop. El granjero Blaize echó en falta parte del grano. Dice que nosotros se lo robamos. Yo no se lo robaba. ¿Y qué hace? Nos echa a patadas, a mí y a otro, para que nos muramos de hambre en la calle. Le da todo igual. Dios no ganó al diablo en esa ocasión, creo yo. ¡No hubo manera, por lo que veo!

El granjero sacudió la cabeza y dijo que también eso había sido una desgracia.

—Y no tiene remedio —añadió el campesino—. Las cosas están mal y ya está. Pero te digo una cosa, amigo. El mal necesita ser vengado —asintió y guiñó el ojo con misterio—. Creo que el mal tiene un precio, como lo tiene el trabajo honrado. Al granjero Bollop no le guardo rencor; al granjero Blaize, sí. Y me gustaría quemarle el pajar una noche seca de viento —el campesino entrecerró un ojo, con maldad—. Se merece que el viento se lo lleve todo, amigo; el granjero Blaize merece gritar y llorar al Señor, y lo hará. Tengo que darle donde más le duele.

El hojalatero exhaló una rápida sucesión de nubes de humo y dijo que eso sería ponerse del lado del diablo en una desgracia. El campesino respondió agitadamente que, si el granjero Blaize estaba al otro lado, él también debería estar allí.

Un joven caballero pensaba lo mismo. La esperanza de Raynham había escuchado a medias la conversación a sus espaldas, donde un campesino y un hojalatero habían postulado una de las teorías metafísicas más antiguas que influyen en la vida cotidiana. Se puso en pie y, apartando las hojas del arbusto, preguntó a uno de ellos cuál era el camino más rápido a Bursley. El hojalatero, bajo el paraguas marrón, encendía un fuego para preparar té. Sacaron una barra de pan en la que se clavaron los hambrientos ojos de Ripton, que les observaba entre la zarza. El campesino informó que Bursley estaba al menos a tres millas de allí, y a unas ocho de Lobourne.

—Le doy media corona por esa barra de pan, amigo —dijo Richard al hojalatero.

—Es una ganga —dijo el hojalatero, dirigiéndose a la gata—, ¿eh, vieja?

La gata respondió dando la espalda al perro.

Richard lanzó la media corona y Ripton, que había conseguido liberar sus piernas de la zarza y estaba lleno de púas, como un erizo, agarró el pan.

—Estos señoritos están hambrientos —dijo el hojalatero a su compañero—. ¡Vamos! Les seguiremos hasta Bursley y hablaremos con ellos con un par de cervezas.

El campesino no opuso resistencia; al rato, seguían a los dos jóvenes por el camino hacia Bursley, y un brillante rayo cayó a lo lejos, desde el extremo oeste de la nube.

Capítulo IV

Habían buscado a los chicos desaparecidos por todo Raynham, y sir Austin estaba preocupado. Nadie los había visto, salvo Austin Wentworth y el señor Morton. El baronet recompuso la fuga de los chicos mientras granizaba, y lo atribuyó a un acto de rebeldía. En la cena, brindó por la salud de su joven heredero en un ominoso silencio. Adrian Harley se levantó para proponer el brindis. Su discurso fue una buena muestra de oratoria: se deleitó, siguiendo el modelo de Cicerón, que personificaba los objetos, invocando la servilleta y la silla vacía de Richard, deseando que siguiera los pasos de un padre sin par y defendiera dignamente el honor de los Feverel. Austin Wentworth, a quien la muerte de un soldado le obligó a ocupar el lugar de su padre en el brindis, se identificó con el discurso y se tranquilizó con la grandilocuencia. Pero la respuesta, esto es, el agradecimiento que el joven Richard debería haber declarado no se produjo. La compañía de sus honorables amigos, tíos, tías y primos lejanos, se mostró encantada de dispersarse y buscar entretenimiento en la música y el té. Sir Austin se esforzó en ser hospitalario y estar alegre, y les pidió que bailaran. Si les hubiera pedido que rieran, también habrían obedecido con cordialidad.

—¡Qué triste! —dijo la señora Doria Forey al sacerdote de Lobourne, mientras el autómata enamorado caminaba a su lado con rigidez profesional.

—El que no sufre, difícilmente puede estar de acuerdo —respondió el cura, disfrutando de su atención.

—¡Ah, qué bueno es usted! —exclamó la dama—. Mire a mi Clare. En el cumpleaños de su primo solo quiere bailar con él. ¿Qué podemos hacer para animarla?

—Por desgracia, señora, no se puede hacer lo mismo por todos —suspiró el clérigo, y adonde fuera que ella vagara en su discurso él la traía de vuelta con hilos de seda para que contemplase su alma enamorada.

Era allí la única persona satisfecha. Todos los demás tenían designios para el joven heredero. La señora Attenbury, de Longford House, había traído a su reluciente espécimen en edad casadera, la señorita Juliana Jaye, para una primera presentación, creyendo que el muchacho había alcanzado la edad de valorar y languidecer por unos ojos negros y una boca bonita. Juliana tuvo que emparejarse con el gallardo Papworth, y su madre estuvo bajo el hechizo de las galanterías de sir Miles, que le hablaba de tierras y motores a vapor hasta que la dama se hartó y recurrió a la impertinencia para defenderse. La señora Blandish, la deliciosa viuda, sentada en un rincón con Adrian, disfrutaba de sus sarcasmos sobre los asistentes. A las diez de la noche el decadente espectáculo terminó y los salones quedaron a oscuras, y oscuros eran los pronósticos de los decepcionados invitados por el futuro de la esperanza de Raynham.

La pequeña Clare besó a su madre, hizo una reverencia al persistente sacerdote, y se fue a la cama como una niña buena. En cuanto salió la criada, la pequeña Clare se cambió y se puso ropa de calle. Se la tenía por una niña obediente. Le dejaban tener la luz encendida media hora, para apaciguar su miedo a la oscuridad. Cogió la luz y caminó de puntillas hasta la habitación de Richard, pero él no estaba. Entró a hurtadillas en el dormitorio. El murmullo del viento en las cortinas la asustó y dio la vuelta, huyendo por el pasillo hasta volver a su habitación con rapidez. No estaba muy asustada, pero al sentirse culpable estaba en guardia. Al rato volvió a merodear por los pasillos. Richard había desairado y ofendido a la jovencita, y ella quería saber si no se arrepentía de comportarse así con su prima. No iba a preguntarle si no había recibido su beso de cumpleaños, pues, si lo había olvidado, la señorita Clare no iba a recordárselo, y esa noche era la última oportunidad para reconciliarse. Así meditaba, sentada en las escaleras, cuando oyó la voz de Richard en el piso de abajo pidiendo que le sirvieran la cena.

—El señorito Richard ha vuelto —anunció el viejo Benson, el mayordomo, a sir Austin.

—¿Y bien? —dijo el baronet.

—Dice que tiene hambre —vaciló el mayordomo, con una mirada de profundo desagrado.

—Dadle de comer.

El enorme Benson también vaciló al anunciar que el chico había pedido vino. Era algo sin precedentes. Las cejas de sir Austin se enarcaron, pero Adrian sugirió que tal vez quería brindar por su cumpleaños, y le dieron un clarete. Richard estaba graciosísimo. Brindaba con cada vaso de vino, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Ripton parecía un granuja a punto de ser detenido, pero su hambre y el pastel de perdiz le protegían del escrutinio de Adrian, a quien divertía observar a los chicos. Que había algo que averiguar lo delataba la nariz de Ripton, y se sentó a escuchar.

—¿Me dicen, chicos, que lo habéis pasado muy bien? —comenzó en broma, provocando una risotada de Richard.

—Yo diría, Rip: «¿Divirtiéndonos, chavales?». ¿Te acuerdas del granjero? ¡A su salud, padre! Aún no lo hemos pasado bien, pero pronto disfrutaremos. Por desgracia no hemos visto muchas aves. Las cazamos por placer y las devolvemos a sus dueños. ¡Te gusta la caza, eh! Ripton es un desastre en lo que el primo Austin llamaría el reino del «habría» y del «podría». Vemos un ave y Rip suelta: «¡Se me ha olvidado cargar el arma, oh, no!». ¡Rip, pásame el vino! ¡Y déjate la nariz! ¡A tu salud, Ripton Thompson! Las aves no tuvieron la decencia de esperarle, así que, padre, es culpa suya y no de Rip, que no hayamos traído una docena. ¿Qué has estado haciendo en casa, primo Rady?

—Recitar Hamlet, en ausencia del príncipe de Dinamarca. El día sin ti, amigo mío, ha sido aburrido.

Habla: ¿puedo confiar en su sinceridad?

Su sonrisa se me antoja más bien una mueca.

—¡Los poemas de Sandoe! Te los sabes, Rady. ¿Por qué no citar a Sandoe? Sabes que te gusta, Rady. Pero, si me has echado de menos, lo siento. Rip y yo hemos pasado un día estupendo. Hemos hecho nuevos amigos y visto mundo. Voy a contártelo. Primero, un caballero saca el rifle para cazar un ave de corral. Luego, un granjero echa a todos, caballeros y mendigos, de sus terrenos. Después, un hojalatero y un campesino piensan que Dios y el diablo luchan constantemente para ver quién debe reinar en la tierra. El hojalatero está del lado de Dios, y el campesino…

—A tu salud, Ricky —le interrumpió Adrian.

—Oh, me olvidé, padre. Sin ánimo de ofender, solo cuento lo que he oído.

—No ofendes, querido —respondió Adrian—. Soy consciente de que Zoroastro no está muerto. Has escuchado un credo común. Brindemos por los devotos del fuego, si quieres.

—¡Por Zoroastro, entonces! —gritó Richard—. ¡Vamos, Rippy, a la salud de los devotos del fuego!

El rostro plastificado de Ripton lanzó una mirada conspiradora y temerosa que no habría deshonrado a Guy Fawkes.1

Richard suspiró.

—¿Qué te pareció lo de Blaize, Rippy? ¿No dijiste que fue divertido?

De nuevo recibió un abyecto ceño por parte de Ripton. Adrian observó la pretendida inocencia de los jóvenes y advirtió que hablaban en clave. «Está claro, este chico ha probado su primer bocado de vida y ya habla como si fuera un veterano. Si no me equivoco, ha mentido. Mi respetado jefe —pensó en sir Austin—, si anima un combustible, peor. Este chico está hambriento de vida, y cuando se suelte, quedará como un idiota», auguró Adrian para sí mismo.

El tío Algernon entró cojeando para ver a su sobrino antes de que terminara de cenar, y su agradable presencia consiguió sonsacarle algo de lo que tramaba.

—Dime, ¿qué opinas, tío? —dijo Richard—. ¿Dejarías que un viejo granjero maleducado y bruto te pegara sin hacérselo pagar?

—Imagino que le devolvería la gracia, hijo mío —respondió su tío.

—¡Claro que sí! Y yo también. Pagará por ello —la mirada del joven era salvaje; su tío le dio unas palmaditas para que se calmara.

—He zurrado a su hijo y le zurraré a él —dijo Richard, y pidió más vino a voces.

—¿Qué te pasa? ¿El viejo Blaize te ha estado dando guerra?

—¡No te preocupes, tío! —el chico asintió misteriosamente.

Adrian leyó en el rostro de Ripton: «¡Dice que no se preocupe y lo suelta!».

—¿Ganamos hoy, tío?

—Sí, hijo, y les ganaríamos si jugasen limpio. Les ganaría con una sola pierna. Solo merecen la pena Watkins y Featherdene.

—¡Ganamos! —chilló Richard—. Sirvámonos vino y brindemos.

Tocaron la campanilla y pidieron más vino. Entró Benson y dijo que se habían acabado los suministros. Una botella más y se acabó. El capitán silbó; Adrian se encogió de hombros.

Sin embargo, llegó otra botella gracias a Adrian. Le gustaba estudiar a los jóvenes borrachines.

Algo preocupaba a Richard, aunque guardó silencio a pesar de su embriaguez. Demasiado orgulloso para preguntar cómo se había tomado su padre su ausencia, ansiaba saber si por ello había caído en desgracia. Llevó la conversación hacia ese terreno repetidas veces, pero Algernon y Adrian lo evitaban una y otra vez. Al final, cuando el chico expresó su deseo de dar a su padre las buenas noches, Adrian le dijo que debía irse directamente a la cama. Al oírlo, a Richard se le cayó el alma a los pies y la alegría lo abandonó. Se marchó a su habitación sin decir una palabra.

Adrian le dio a sir Austin una versión adaptada del comportamiento y las aventuras de su hijo, enfatizando el repentino desánimo del chico al saber que su padre no quería recibirle. El sabio joven vio que su señor se sentía aplacado bajo su máscara inexpresiva, y se fue a la cama, dejando en su estudio a sir Austin. El baronet se quedó reflexionando. La casa no contaba ese día con la habitual afluencia de Feverel. Austin Wentworth estaba en Poer Hall y solo había venido una hora. A medianoche, la casa respiraba en sueños. Sir Austin se puso la capa y el sombrero y cogió la lámpara para hacer la ronda. No esperaba nada especial, pero su mente nunca descansaba y se había nombrado centinela de Raynham. Pasó frente a la habitación donde dormitaba la tía abuela Grantley, que acrecentaría la fortuna de Richard, y cumpliría así con su principal función en la tierra. Murmuró junto a su puerta:

—¡Buena criatura! Duermes con la paz del deber cumplido —y siguió caminando, reflexionando—. No ha convertido el dinero en un demonio de la discordia —y la bendijo.

Pensó en Hippias al pasar frente a su puerta. Todos habrían estado de acuerdo con sus reflexiones.

«¡Es un monomaníaco, vigilando dormida a la gente juiciosa!», pensó Adrian Harley al oír los pasos de sir Austin, una figura ciertamente extraña. «Pero ¿qué fortaleza no tiene un punto débil? ¿Qué hombre es totalmente íntegro? ¿No está un poco loco todo hijo de vecino?», meditaba el cínico en su lecho. «Las circunstancias favorables —aire sano, buena compañía, dos o tres reglas estrictas— salvan del manicomio. Pero, si alguien se empeña en sus pasiones, ¿no es el manicomio la mejor morada?»

Sir Austin subió las escaleras y, sin prisa, se dirigió hacia el dormitorio donde descansaba su hijo, en el ala izquierda de la abadía. Al final de la galería, vio una luz tenue. Creyéndola una ilusión, sir Austin aceleró el paso. Ese ala había tenido mala reputación en el pasado. A pesar de que había sido mejorada a lo largo de los años, a los sirvientes de Raynham les gustaban las tradiciones, y preservaban con firmeza ciertas historias de fantasmas que hacían mella en las mentes susceptibles de las criadas y las ayudantes de cocina, cuyo miedo no permitía al pecador liberarse de sus pecados. Sir Austin sabía que esas historias circulaban por los sótanos de su propiedad. Tenía sus propias creencias, pero no toleraba las de los demás; en Raynham era deslealtad hablar mal del ala izquierda. Al avanzar, el baronet estaba seguro de que había una luz encendida. Siguió por el pasillo y contempló una pequeña vela a la entrada de la habitación de su hijo. En ese momento oyó cerrarse una puerta. Entró en la habitación de Richard. El chico no estaba. La cama estaba intacta; no había ropa en el cuarto; nada que indicara que había pasado allí la noche. La inquietud se apoderó de sir Austin. «¿Estará esperándome en mi habitación?», pensó. Algo parecido a una lágrima asomó a sus áridos ojos mientras meditaba y confiaba en que así fuera. Su habitación estaba frente a la de su hijo. Fue hacia allí con largas zancadas. Vacía. El miedo dio paso a la ira en su celoso corazón, y su temor al mal despertó miles de preguntas que quedaron en el aire sin respuesta. Después de pasear a un lado y otro de su habitación, decidió preguntar al joven Thompson, o, como le llamaba su hijo, Ripton, qué sabía del asunto.

La cámara asignada a Ripton Thompson se situaba al extremo norte, con vistas a Lobourne y al valle del oeste. La cama estaba entre la ventana y la puerta. Sir Austin encontró la puerta entornada y el interior oscuro. Se sorprendió al encontrar el lecho de Thompson igualmente vacío, como revelaban los haces de luz de su lámpara. Estaba a punto de darse la vuelta cuando le pareció oír un susurro en la habitación. Sir Austin cubrió la lámpara con la capa y se dirigió cautamente hacia la ventana. Vio las cabezas de su hijo Richard y del joven Thompson agazapadas contra el cristal, en agitada conversación. Sir Austin prestó atención, pero no entendía lo que decían. Su charla trataba del fuego y de la demora, del esperado asombro agrario, de la gran ira de un granjero, de violencia contra unos caballeros y de venganza. Hablaban a trompicones, interrumpiéndose uno al otro, y sir Austin escuchó los eslabones de una cadena imposible de enlazar, pero que despertó su curiosidad. El baronet se rebajó a espiar a su hijo.

Sobre Lobourne y el valle caía una noche oscura con innumerables estrellas.

—¡Qué contento estoy! —exclamó Ripton, inspirado por el vino. Y, tras una suntuosa pausa, continuó—: Creo que ese tipo se ha embolsado el dinero y se ha largado.

Richard dejó que pasara un largo minuto, durante el cual el baronet esperaba su voz con ansiedad, a la que apenas reconoció al notar su tono alterado.

—Si es así, iré y lo haré yo mismo.

—¿En serio? —preguntó Ripton—. ¡Lo creo! Digo yo que si estuvieras en la escuela no te meterías en líos. Quizá no ha encontrado la caja. Creo que se ha rajado. Casi me gustaría que no lo hubiera hecho, por mi honra, ¿eh? ¡Mira allí! ¿Qué es eso? Parece que algo se mueve. ¿Crees que nos pillarán?

Ripton entonó esta abrupta pregunta muy serio.

—No pienso en ello —dijo Richard, concentrado en Lobourne.

—Bueno, pero —insistió Ripton— ¿y si nos pillan?

—Si nos pillan, yo pagaré por ello.

Sir Austin respiró profundamente ante esta respuesta. Empezaba a entender qué pasaba. Su hijo se había metido en un lío; era, de hecho, el líder del plan. Siguió atento para enterarse de algo más.

—¿Cómo se llamaba el tipo? —inquirió Ripton.

—Tom Bakewell —respondió su compañero.

—¿Sabes una cosa? —siguió Ripton—. Se lo soltaste a tu primo y a tu tío en la cena. ¡Qué bueno el vino con el pastel de perdiz! ¡Cuánto comí! ¿No me viste poner mala cara cuando te ibas de la lengua?

El joven hedonista estaba en tal éxtasis de gratitud con la cena que cualquier palabra se la recordaba. Richard le respondió:

—Sí, noté que me dabas una patada. No importa. Rady es prudente, y el tío nunca habla de más.

—Bueno, pues mejor callar para estar seguros. Nunca había bebido tanto vino —Ripton volvió al tema de la cena—. ¡Ni volveré a hacerlo! Pero el tinto es mi vino. Sabes, puede escaparse cualquier día, y entonces estamos perdidos —añadió de manera incongruente.

Richard respondió a la última parte de la cháchara inconexa de su amigo:

—Entonces, no has tenido nada que ver.

—¿Tú crees? No lo hice directamente, pero soy cómplice, eso está claro. Además —añadió Ripton—, ¿crees que te dejaría cargar con todas las culpas? No soy ese tipo de persona, Ricky, te lo aseguro.

Sir Austin sintió admiración por el joven Thompson. Le seguía pareciendo una conspiración deleznable, y la actitud alterada de su hijo le impresionó mucho. No era el mismo que ayer. A ojos de sir Austin era como si de repente se hubiese abierto un abismo entre ellos. Los chicos habían zarpado por las aguas de la vida en su propio barco. Lo llamaría a gritos en vano, o intentaría borrar lo que el tiempo había escrito con sangre en el día del Juicio Final. Este muchacho, por quien había rezado a Dios con humildad y fervor todas las noches, estaba rodeado de peligros, de tentaciones que se le acercaban guiadas por el diablo. Si tantas cosas habían pasado en un día, ¿qué no sucedería en años? ¿Acaso las oraciones no servían de nada ni el celo con que lo había vigilado desde la niñez?

Una infinita melancolía sobrecogió al pobre caballero: luchaba contra el sino de su amado hijo.

Estuvo a punto de detener a los conspiradores, y hacerlos confesar y perdonarlos, pero le pareció mejor estar pendiente de su hijo sin ser visto. El viejo sistema de sir Austin prevalecía.

Adrian definía bien este sistema: sir Austin ejercía de Providencia de su hijo.

Si el amor inconmensurable se tradujera en sabiduría, un ser humano podría suplantar la Providencia de otro. Por desgracia, el amor, aunque divino, no puede más que alumbrar la casa que habita —tomar su forma o intensificar su estrechez—, puede dotar de espíritu, pero no expulsar a los inquilinos de toda la vida.

Sir Austin decidió continuar inmóvil.

El valle seguía oscuro bajo las grandes estrellas del otoño, y las exclamaciones de los chicos se hicieron febriles e impacientes. Tras un rato, uno de ellos insistió en que había visto un destello, pero no en la dirección apropiada. Luego vieron otro. Ambos se pusieron en pie. Ahora la orientación sí era la correcta.

—¡Lo ha hecho! —gritó Richard, agitado—. Ahora el viejo Blaize arderá en llamas,2 Rip. Espero que esté dormido.

—Seguro que está roncando. ¡Mira! Se ha prendido muy rápido. El viento es seco. Arderá. ¿Tú crees —Ripton volvió a adoptar un tono serio— que sospecharán de nosotros?

—¿Y qué si sospechan? Podemos negarlo.

—Claro que lo negaremos. Solo digo que me gustaría que no hubieses dado pistas. Me gusta parecer inocente. ¡No puedo parecer inocente si creo que la gente sospecha de mí! ¡Dios mío, mira! ¿No está empezando a extenderse?

Las tierras del granjero empezaban a brillar entre las sombras.

—Voy a por mi telescopio —dijo Richard.

Ripton no quería quedarse solo y lo agarró.

—No, no te vayas, que te pierdes lo mejor. Voy a abrir la ventana y lo vemos.

Abrieron la ventana de par en par, y sacaron la mitad del cuerpo fuera. Ripton parecía devorar las llamas crecientes con la boca; Richard, con los ojos.

La figura opaca y estática del baronet seguía detrás de ellos. El viento corría por abajo. Densas masas de humo salían entre las llamas serpenteantes y una luz roja y maligna se extendía por el follaje vecino. No se veía a nadie. Al parecer, las llamas no hallaban oposición y se esparcían por la oscuridad a pasos agigantados.

—¡Si tuviera mi telescopio! —gritó Richard, sobrecogido por la emoción—. ¡Lo necesitamos! ¡Voy a por él!

Los chicos forcejearon y sir Austin dio un paso atrás. Al hacerlo, oyó un grito en el pasillo. Salió deprisa, cerró la puerta, y se encontró a la pequeña Clare tendida inconsciente junto a la habitación.

Capítulo V

La mañana que siguió a aquella noche estuvo plagada de rumores que corrieron entre Raynham y Lobourne. En el pueblo se decía que un pirómano había quemado la cosecha del granjero Blaize, de la granja de Belthorpe. Los establos habían ardido, y él mismo casi sucumbe al intentar rescatar su ganado, que había perecido casi por completo por las llamas. Raynham restó importancia al incendio atendiendo a la señorita Clare, que decía haber visto un fantasma en el ala izquierda de la abadía: una dama vestida de luto, con una cicatriz cruzándole la frente y un pañuelo ensangrentado en el pecho. ¡Una visión aterradora! No cabía duda de que la niña estaba muerta de miedo y yacía en la cama desesperada, a la espera de los médicos de Londres. Los criados amenazaban con marcharse y, para apaciguarlos, sir Austin prometió cerrar el ala izquierda, como buen caballero, pues ninguna persona decente, se decía en Lobourne, consentiría en vivir en una casa encantada.

Esta vez los rumores parecían tener una base más sólida. La pobre Clare estaba enferma, y la desgracia del granjero Blaize no era ninguna exageración. Sir Austin pidió que le informaran en el desayuno, y estaba tan deseoso de conocer el verdadero alcance del daño sufrido por el granjero que Benson bajó a inspeccionar la escena. Cuando volvió, siguiendo el malicioso consejo de Adrian, escribió un informe sobre la catástrofe que asolaba las nalgas del granjero y la aplicación de compresas frías en ciertas partes de su cuerpo. Sir Austin lo leyó detenidamente sin sonreír. Lo hizo delante de los dos jóvenes, que escuchaban con moderación, como si fuera un incidente que traía el periódico. Solo cuando el informe concretó los destrozos en la ropa y la extraña y alarmante posición en la que se encontraba en la cama el granjero Blaize, un indecoroso estornudo se apoderó de Ripton Thompson, y Richard se mordió el labio y estalló en carcajadas. Ripton se le unió, perdida completamente la compostura.

—Veo que os compadecéis de este pobre hombre —dijo a su hijo sir Austin con dureza. No vio la menor muestra de sentimiento.

Era difícil para sir Austin mantenerse inmutable con la esperanza de Raynham sabiéndole cómplice del incendio, y creyendo que había sido gratuito. Pero tenía que hacerlo, lo sabía, para que el chico se juzgara a sí mismo con justicia. Además, hay que decirlo: le complacía conocer su secreto. Le permitía actuar y, en cierta medida, sentirse como la Providencia. Le capacitaba para observar y prepararse para los movimientos de los jóvenes en la oscuridad. Por tanto, se comportó con el chico como siempre, y Richard no vio ninguna actitud en su padre que le hiciera pensar que sospechaba de él.

El joven no lo tuvo tan fácil con Adrian; este no cazaba ni pescaba. No hacía nada voluntariamente para apagar el impulso destructor, o lo que sea que alimenta la naturaleza humana. Así que, una vez en su poder, los dos culpables no iban a recibir la gentil mano de la merced, y Richard y Ripton ya habían pagado por muchas truchas y perdices desperdiciadas. Cada minuto, a Ripton le recorrían sudores fríos pensando en que podían ser descubiertos por algún comentario de Adrian. Se sentía como un pez con el anzuelo en las agallas, atrapado sin haber picado, y, por más que intentara sumergirse, estaba sometido a una fuerza mayor que lo empujaba a la superficie, momento que, le parecía, se aproximaba cuando sonaba la campana de la cena. En la velada solo se hablaba del granjero Blaize. Si cambiaban de tema, Adrian volvía a sacarlo, y su tono afectuoso hacia Ripton era como el del deportista entusiasta hacia la criatura que revela su talento y se esfuerza en que el mundo lo reconozca. Sir Austin apreciaba la maniobra y admiró la astucia de Adrian. Pero tenía que vigilar al joven abogado, pues el efecto de tanto análisis enmascarado sobre Richard empezaba a ser nocivo. Este pez también sentía el anzuelo en las agallas, pero se trataba de un lucio y nadaba en otras aguas, donde había viejos tocones y negras raíces que esquivar, y desafiaba tanto los fuertes empujones como la manipulación delicada. En otras palabras, Richard mostraba síntomas de querer refugiarse en la mentira.

—Tú conoces esas tierras, mi querido muchacho —observó Adrian—. Dime, ¿es fácil llegar al pajar sin ser visto? He oído que sospechan de un empleado que despidió el granjero.

—Yo no conozco esas tierras —replicó Richard con hosquedad.

—¿No? —Adrian fingió sorpresa—. ¿Creí que el señor Thompson dijo que ayer estuvisteis por allí?

Ripton, complacido de poder decir la verdad, se apresuró a aclarar a Adrian que no era él quien había dicho eso.

—¿No? Pero os lo pasasteis bien, caballeros, ¿verdad?

—¡Oh, sí! —farfullaron las miserables víctimas, enrojeciendo al recordar, por el tono rústico de Adrian, la primera vez que el granjero Blaize se dirigió a ellos.

—Supongo que también tú estabas anoche entre los adorados del fuego, ¿no? —insistió Adrian—. He oído que en algunos países viven mejor por la noche y que cazan con antorchas. Debe ser bonito de ver. Después de todo, el país sería aburrido si de vez en cuando un imbécil no nos deleita con un gran incendio.

—¿Un imbécil? —rio Richard, con pesar de su amigo por el atrevimiento—. No te referías a Rip, ¿no?

—¿El señor Thompson ha prendido fuego al pajar? A este paso, sospecharé de ti, querido mío. Sois conscientes, jóvenes caballeros, de que es un asunto muy grave, ¿no? En este país, los terratenientes han sido los favoritos de las leyes. Por cierto —siguió Adrian, como si cambiara de tema—, ayer conocisteis a dos caballeros en la carretera en vuestras exploraciones, a dos gitanos. Si yo fuera el magistrado del condado, como sir Miles Papworth, sospecharía de ellos. Hojalatero y labrador, creo que dijiste que eran, señor Thompson. ¿No? Bueno, digamos dos campesinos.

—Probablemente dos hojalateros —dijo Richard.

—Bueno, si quieres excluir al campesino… ¿O es que no tenía trabajo?

Ripton, con los ojos de Adrian clavados en él, balbuceó un sí.

—¿El hojalatero o el campesino?

—El campe… —El ingenuo Ripton miró a su alrededor, para ayudarse a sí mismo a decir la verdad, y de repente vio el rostro de Richard ensombreciéndose, por lo que se tragó la mitad de la palabra.

—¡El campesino! —terminó Adrian con jovialidad—. Entonces tenemos un campesino sin trabajo. Dado que hay un campesino sin trabajo y un pajar quemado, yo diría que la quema del pajar es una venganza, y que el campesino desempleado es un animal vengativo. El pajar y el campesino se yuxtaponen. Habiendo establecido los motivos, solo tenemos que probar su cercanía a cierta hora, y nuestro campesino viajará allende los mares.

—¿Ese es el castigo por quemar pajares? —inquirió Richard, horrorizado.

Adrian habló con solemnidad:

—Te rapan la cabeza. Te esposan. La dieta consiste en pan duro y cáscaras de queso. Trabajas en grupos de veinte y treinta. Te marcan como pirómano con hierro candente en la espalda con una enorme P. Los trabajos teológicos y la recreación literaria están reservados a quien se porta bien y lo merece. Considerad el destino de este pobre tipo, y a lo que empuja una venganza. ¿Sabéis su nombre?

—¿Cómo iba a saber su nombre? —dijo Richard, con una presunción de inocencia que daba pena ver.

Sir Austin apuntó que pronto se sabría, y Adrian observó que seguía tan callado como siempre, maravillándose por la ceguera del baronet ante lo evidente. No se lo diría, pues arruinaría su influencia sobre Richard; quería que le reconocieran los méritos por su criterio y devoción. Los chicos se levantaron de la mesa y, tras discutir un buen rato, acordaron un código de conducta que consistía en compadecer ante el granjero Blaize con aspavientos, para parecerse a los demás como les fuera posible a dos jóvenes malhechores, uno ya sintiendo la enorme A de Adrian devorando su espalda con la ferocidad de un águila prometeica, y aislándolo para siempre de la humanidad.

Adrian se deleitó con sus nuevas tácticas, y les empujó a lamentarse largas horas por el granjero Blaize. Hicieran lo que hiciesen, habían picado. El látigo del granjero les había reducido a criaturas que se retorcían, pero había sido comedido comparado con los retorcimientos espirituales a los que les sometió Adrian. Ripton no habría tardado en convertirse en un cobarde, y Richard en un mentiroso. A la mañana siguiente Austin Wentworth llegó de Poer Hall con la noticia de que un campesino llamado Thomas Bakewell había sido arrestado bajo sospecha del incendio provocado y estaba en la cárcel, donde sería juzgado por el magistrado Papworth. Austin miró a Richard cuando detallaba estos terribles acontecimientos. La esperanza de Raynham le devolvió la mirada, completamente tranquilo, y tuvo la sangre fría de no mirar a Ripton.

Capítulo VI

Tan pronto pudieron escabullirse, los chicos se escondieron en un rincón oscuro del parque, y discutieron las medidas a tomar.

—¿Qué hacemos ahora?

Un escorpión atrapado en el fuego no estaría en peor situación que el pobre Ripton; a su alrededor, el enfurecido elemento que había ayudado a crear parecía dibujar círculos más y más pequeños.

—Solo podemos hacer una cosa —dijo Richard al llegar a un punto muerto, y cruzó los brazos con determinación.

Su camarada le inquirió con entusiasmo cuál era la opción.

Richard fijó la vista en una piedra y respondió:

—Debemos sacar a ese tipo de la cárcel.

Ripton miró a su líder, y se cayó al suelo de la sorpresa.

—¡Mi querido Ricky! Pero ¿cómo vamos a hacer eso?

Richard, examinando aún la piedra, respondió:

—Tenemos que conseguir una lima y una cuerda. Podemos hacerlo, te digo que sí. No me importa el precio. No me importa lo que haya que hacer. Debemos sacarle.

—¡Blaize se pondrá furioso! —exclamó Ripton, quitándose el gorro para secarse la frente febril, y agachó la cabeza ante la prédica de su amigo.

—No te preocupes ahora por Blaize. Hablando de dejarlo fuera, ¡mírate! Me das vergüenza. ¡Hablas de Robin Hood y del rey Richard! ¡Y no tienes una pizca de coraje! Se te ve venir a la legua en cada momento. Cuando Rady empieza a hablar, te sobresaltas. Te resbala el sudor por la frente. ¿Tienes miedo? Y luego te contradices. No te atienes a la misma historia. Vamos, sé firme y sígueme. Debemos arriesgarnos para liberarle. ¡Piensa en eso! Mantente tan lejos como puedas de Adrian. Y cíñete a una versión.

Con estas sabias instrucciones, el líder llevó a su compañero a inspeccionar la cárcel donde Tom Bakewell yacía lamentándose por las consecuencias del mundano conflicto y por haberse convertido en víctima.

En Lobourne, Austin Wentworth tenía la reputación de ser compasivo con el pobre, un título ganado antes de recibir la recompensa que solo Dios puede dar a esa suprema virtud. La señora Bakewell, la madre de Tom, al saber que habían arrestado a su hijo, corrió a consolarlo y procurarle ayuda, limitada a un puñado de suspiros, lágrimas y «¡Oh, pobre de mí!», lo cual desconcertaba más a Tom Bakewell, que le pidió que le dejara, pobre desgraciado, a merced de su destino, en lugar de convertirlo en un gran villano. La mujer le rogó que no se lo tomara a mal, que necesitaba a alguien que le consolara de verdad.

—Y aunque es un caballero, Tom, nunca rechaza a un pobre —dijo la señora Bakewell—. ¡Un verdadero cristiano, Tom! Y el Señor sabe que, si verle puede que no te salve, es la luz a la que debes mirar y el sermón que tienes que escuchar.

A Tom no le entusiasmaba oír un sermón y parecía un perro huraño cuando Austin entró en la celda. Se sorprendió, al cabo de media hora, hablando de hombre a hombre con un caballero cristiano. En cuanto Austin se dispuso a irse, Tom le pidió permiso para darle la mano.

—Dígale al joven en la abadía que no soy un traidor. Lo entenderá. Es un caballero y cualquier hombre hará lo que él diga. ¡Un caballero asilvestrado y tremendo! ¡Y yo un burro! Así son las cosas. Pero no soy un canalla. Dígale eso, señor.

Austin se lo contó a Richard, mirándolo muy serio. El chico se sentía más intimidado por Austin que por Adrian. No sabía por qué, pero le resultaba difícil estar a solas con él; hacía lo posible por evitarlo y, si lo conseguía, se encerraba en sí mismo. Austin no era tan listo como Adrian; rara vez adivinaba las ideas de los demás, y siempre iba directo a su objetivo. Así que, en lugar de dar rodeos y poner al chico nervioso, con la boca a punto de escupir mentiras, le dijo:

—Tom Bakewell me pidió que te dijera que no te traicionará. —Y se fue.

Richard le repitió la frase a Ripton, quien exclamó que Tom era un buenazo.

—No debe sufrir por ello —dijo Richard, y pensó en llevarle una cuerda más gruesa y una lima más afilada.

—Pero ¿se chivará tu primo? —discernió Ripton.

—¡Él! —dijo Richard con desdén—. Un campesino se niega a traicionarme, ¿y crees que lo hará alguien de mi familia?

Ripton aguantó ser reprobado por vigésima vez.

Los jóvenes examinaron los muros de la cárcel, y llegaron a la conclusión de que la huida de Tom sería más fácil si él ponía de su parte, una vez entregadas la cuerda y la lima. Pero, para lograrlo, alguien debía acceder a su celda, y ¿en quién podían confiar?

—Prueba con tu primo —sugirió Ripton, tras un largo debate.

Richard sonrió y preguntó si se refería a Adrian.

—¡No, no! —se apresuró Ripton—. Austin.

A Richard se le había ocurrido lo mismo.

—Primero, vamos a procurarnos la cuerda y la lima —dijo, y fueron a Bursley a por esos pertrechos para derrotar a la ley. Ripton compró la lima en una tienda y Richard la cuerda en otra, con tal habilidad que no fueron detectados. Y, para asegurarse, en un bosque de las afueras de Bursley, Richard se desnudó y se ató la cuerda alrededor del cuerpo, probando las torturas de ermitaños y monjes penitentes, pues no podían arriesgarse: la huida de Tom debía realizarse de un modo infalible. Sir Austin vio las marcas por la noche, a través de las sábanas desarropadas, cuando su hijo dormía.

Fue un duro golpe cuando, tras tantas molestias y estratagemas, Austin Wentworth se negó a desempeñar la labor que los jóvenes tan celosamente habían diseñado. El tiempo apremiaba. En pocos días, el pobre Tom tendría que enfrentarse al temible sir Miles Papworth, y terminaría recluido, pues en Lobourne corrían rumores de aplastante evidencia que lo condenaban, y la ira del granjero Blaize era implacable. Una y otra vez, Richard pidió a su primo que le ayudase en esta situación crítica. Austin sonrió.

—Mi querido Ricky —dijo—, hay dos maneras de salir de un apuro: el camino largo y el corto. Cuando hayas probado el método indirecto y hayas fracasado, ven a mí y te enseñaré la vía directa.

Richard estaba demasiado enfrascado en el método indirecto para considerar ese consejo algo más que palabras vacías, y solo pensó en la antipática negativa de Austin.

Esperó al último momento para decirle a Ripton que debían hacerlo ellos, a lo que Ripton asintió.

El día antes de la aparición de Tom ante el magistrado, la señora Bakewell mantuvo una entrevista con Austin, y este fue a Raynham y le pidió a Adrian que le aconsejara qué hacer. Una carcajada soltó Adrian cuando le contó las peripecias de los desesperados muchachos: cómo habían entrado en la diminuta tienda de la señora Bakewell a comprar té, azúcar, velas y confituras de todo tipo, hasta que no quedaron clientes en la tienda; cómo entonces se apresuraron a meterse en la trastienda, donde Richard se abrió la camisa y reveló la cuerda enroscada, y Ripton mostró la punta de una lima de un recoveco de su chaqueta; cómo le dijeron a la estupefacta mujer que la cuerda y la lima eran instrumentos para sacar a su hijo, que no había otra forma humana de liberarle, que ellos ya lo habían intentado todo; cómo Richard persuadió a la mujer para que se desvistiera y enroscara la cuerda alrededor del cuerpo, y Ripton la indujo a esconder la lima de la misma guisa; cómo, cuando ella se opuso a llevar la cuerda, los chicos empezaron a recular, y, en fin, ella temía, dijo la señora Bakewell, no corresponder dignamente a la gracia concedida por el magistrado Papworth de visitar a su hijo, tentando a Tom a contravenir la ley usando una lima. Sin embargo, gracias al Señor, añadió la señora Bakewell, Tom había rechazado la lima, y así se lo había dicho al muchacho Richard, que blasfemó mucho tratándose de un joven caballero.

—Los niños son como monos —comentó Adrian, a punto de estallar de risa—. Son los actores de las farsas sin sentido más peligrosos del mundo. ¡Espero no estar nunca donde no haya niños! Un par de chicos dejados a su libre albedrío son más divertidos que una tropa de comediantes profesionales. No, ningún arte llega a los talones de la inocencia natural en el arte de la comedia. No pueden imitar al mono. Sus payasadas son aburridas. Carecen de la encantadora puerilidad del animal. ¡Les faltan estas cosas! Piensa en los cambios a los que están sometidos. Saben que yo lo sé, y aun así se muestran mansos e inocentes conmigo. ¿Te da pena pensar en cómo acabará el asunto, Austin? A mí también. Temo el momento en que caiga el telón. Pero le hará bien a Ricky. Una lección práctica es lo mejor.

—Cala más hondo —dijo Austin—; aprender el bien o el mal es lo que está en juego.

Se estiró cuan largo era.

—Este será su primer bocado de experiencia, la vieja fruta del tiempo. ¡Odiosa para el paladar de la juventud, en cuya época solo provee nutrientes! ¡La experiencia! ¿Conoces el símil de Coleridge? ¿Lo llamas triste? Bueno, ¡toda sabiduría es triste! Es sabido, primo, que los sabios adoran a la musa cómica. Su propio alimento les mataría. Encontrarás noche tras noche grandes poetas, escasos filósofos, con una amplia sonrisa ante una fila de luces amarillas y máscaras murmurantes. ¿Por qué? Porque todo está a oscuras en casa. El escenario es el pasatiempo de la inteligencia. Por eso el teatro ahora está de capa caída. ¡Es el tiempo de las párvulas mentes desenfrenadas, querido Austin! ¡Cómo odio esa palabrería tuya sobre la «época del trabajo», tú y tu Morton, tú y tu pastor Brawnley, radicales de primera, vosotros, vulgares materialistas! ¿Qué canta Diaper Sandoe sobre tu «época del trabajo»? ¡Escucha!

La época del ojo por ojo,

La época del parloteo,

Una época como la tina de un cervecero:

Fermentando el tumulto!

La época de ser castos en el amor, pero laxos

En los abusos a la virtud:

Cuyas damas y caballeros son muy finos,

Demasiado para usarlos.

La época que conduce un caballo de hierro

Que desafía al espacio y al tiempo,

Que se deleita con la fuerza del gigante

Y tiembla ante él.

La época del alboroto

Ante la avaricia descabellada,

¡Ved al loco Hamlet murmurar y pavonearse

Y señalad a los reyes del algodón!

De esta agitación, mirad, ya arruinado,

Al futuro tambaleándose atónito,

¡Ofelia de las épocas recién llegada

Con malas hierbas y guirnaldas!

—¡A ver qué dice de esto tu pastor Brawnley! —murmuró Adrian cambiando la pierna de sitio y sonriendo. La «época del trabajo» era una vieja batalla entre él y Austin.

—Mi pastor Brawnley, como lo llamas, ya ha respondido —dijo Austin—, no esperando lo mejor, lo cual probablemente empujaría a la «época» a volverse loca para tu satisfacción, sino haciéndolo. Ha respondido a tu Diaper Sandoe con mejor lírica, y le refuta en la otra vida.

—No ves la profundidad de Sandoe —respondió Adrian—. ¡Considera este verso: «Ofelia de las épocas»! ¿No es Brawnley, como una docena de espíritus líderes —creo que ese es tu término—, que el metafísico Hamlet la vuelve loca? ¡Ella, la pobre doncella, quiere un matrimonio y bebés sonrientes, mientras mi señor mira las estrellas cuestionando el infinito y desatendiendo lo intangible!

Austin se rio.

—Estaría casado y tendría bebés sonrientes en abundancia si mandara Brawnley. Espera a conocerlo. Pronto estará en Poer Hall y verás lo que significa la «época del hombre». Pero ahora, por favor, cuéntame lo de estos chicos.

—¡Ah, esos chicos! ¿Hay muchachos de la «época», además de hombres? ¿No? Los chicos son mejores que los hombres: sirven para todas las épocas. ¿Qué crees que se traen entre manos, Austin? Han estado estudiando las fugas de Latude.1 Encontré un libro en la habitación de Ricky sobre Jonathan Wild.2 Jonathan se guardó los secretos de su profesión, no se los enseñó a nadie. Así que van a hacer un Latude de Tom Bakewell. Van a convertirlo en «Bastilla Bakewell», lo quiera o no. Dejémosles. ¡Que los potros campen a sus anchas! No podemos ayudarlos. Podemos ver el lado bueno. De otro modo, estropearíamos el juego.

Adrian insistía en alimentar a la inquieta bestia de la impaciencia con cumplidos, que no era buena dieta, y Austin, el más paciente de los hombres, empezaba a perder la calma.

—Hablas como si el tiempo te perteneciera, Adrian. Solo quedan unas horas. Primero el trabajo y después el placer. El futuro del chico está en juego.

—¡Como el de todos, querido Austin! —bostezó el hedonista.

—Sí, pero el chico está bajo nuestra tutela. ¡Bajo la tuya en especial!

—¡Todavía no! ¡Todavía no! —le interrumpió Adrian lánguidamente—. No se meterá en líos cuando esté conmigo. ¡La correa para el joven sabueso y la cincha para el joven potro! Ahora soy totalmente irresponsable de sus actos.

—Puede que tengas que lidiar con otra cosa cuando te corresponda, si vamos a eso.

—Tomaré a mi joven príncipe como lo encuentre, primo: Juliano o Caracalla, Constantino o Nerón. Entonces, si le gusta la piromanía, deberá argumentarlo; si es un apóstata discutidor, deberá atender a la lógica y a los hombres, y tener el hábito de decir sus oraciones.

—Entonces, ¿me dejas solo? —dijo Austin, levantándose.

—¡Sin nada que te frene! —Adrian hizo un gesto admitiendo su retirada—. Estoy seguro de que no harás ningún daño, y aún más seguro de que no puedes hacerlo. Y recuerda mis proféticas palabras: pase lo que pase, habrá que pagarle al viejo Blaize. Eso se da ya por sentado. Supongo que debo ver al jefe esta noche y decírselo yo mismo. No podemos dejar que condenen a ese pobre diablo, aunque no tiene sentido revelar que un muchacho ha sido el instigador.

Austin echó un vistazo a la complaciente languidez del joven sabio, su primo, y aunque sabía poco de sus conciudadanos, comprendió que no iba a hacerse entender. Los oídos del joven sabio estaban taponados con su propia sabiduría. Solo había un mal que Adrian temía: la acción de la ley.

Mientras se alejaba, Adrian le llamó:

—¡Espera, Austin! ¡Un momento! ¡No te preocupes! Ves el lado negativo de las cosas. He hecho algo. No preguntes el qué. Si vas a Belthorpe, sé civilizado, pero no servil. ¿Recuerdas las tácticas de Escipión el Africano contra los elefantes púnicos? No digas nada, primo, pero los elefantes de Blaize están de retirada gracias a mí. Si cargan, será un amago y destruirán sus apretadas filas. Lo entiendes, ¿no? Bueno, no importa. Pero que nadie piense que duermo. Si debo verle esta noche, iré sabiendo que no estamos en su poder.

El joven sabio bostezó y estiró la mano para coger el libro que tenía más cerca.

Austin fue a buscar a Richard.

Capítulo VII

Un pequeño templo de mármol blanco a la sombra de un laurel asomaba al río desde el altozano que bordeaba los hayedos de Raynham, que Adrian llamaba la pérgola de Dafne. Allí se había retirado Richard y lo encontró Austin con la cabeza entre las manos: la viva imagen de la desesperación. El joven aceptó el saludo de Austin, sin alzar la cabeza, y que se sentara a su lado. Quizá sus ojos no se veían presentables.

—¿Dónde está tu amigo? —preguntó Austin.

—¡Se ha ido! —respondió. Su voz sonaba lejana, oculta tras sus manos. Siguió una explicación: por la mañana había llegado una citación para el señor Thompson, y se había marchado contra su voluntad.

De hecho, Ripton protestó y dijo que desafiaría a su padre quedándose con su amigo para luchar con él contra la adversidad. Sir Austin expuso que un joven debía obedecer a su progenitor, y había dado órdenes a Benson de preparar el equipaje de Ripton para el mediodía. La rapidez con la que Ripton adoptó la visión del baronet sobre la obediencia filial fue tan sincera como su oferta a Richard de prescindir de esa obediencia. Se alegró de que lo apartaran del polémico barrio de Lobourne, pero honestamente lamentaba ver a su camarada solo ante la calamidad. Los chicos se despidieron con afecto, como no podía ser de otro modo, pues Ripton había jurado fidelidad a los Feverel con una calidez que lo ataba en su declaración, dispuesto a llegar en cualquier momento, a las órdenes del heredero de la casa, para combatir a todos los granjeros de Inglaterra.

—Así que te has quedado solo —dijo Austin, observando la cabeza del chico—. Me alegro. Nunca nos conocemos hasta que tenemos que defendernos solos.

Parecía que no había respuesta. Sin embargo, respondió la vanidad:

—No era de gran ayuda.

—Recuerda sus cualidades ahora que no está, Ricky.

—Bueno, era leal —gruñó el chico.

—Y no es fácil encontrar un amigo leal. ¿Has intentado rectificar, Ricky?

—He hecho lo que he podido.

—¡Y has fracasado!

Hubo una pausa y una evasiva en voz baja:

—Tom Bakewell es un cobarde.

—Pobre hombre. Supongo que —dijo Austin, con gentileza— no quiere meterse en más líos. No creo que sea un cobarde.

—¡Es un cobarde! —gritó Richard—. ¿Crees que con una lima yo me quedaría en la cárcel? ¡Saldría la primera noche! Y podría haber tenido también una cuerda. Una cuerda suficientemente fuerte para sostener a un par de hombres de su peso y tamaño. Ripton, Ned Markham y yo nos columpiamos durante una hora y no se rompió. Es un cobarde y se merece su destino. No tengo compasión por los cobardes.

—Ni yo tampoco —dijo Austin.

Richard levantó la cabeza acusando con rabia al pobre Tom. La habría escondido de saber lo que Austin pensaba al mirarlo.

—Nunca he conocido a un cobarde —continuó Austin—. He oído hablar de uno o dos. Uno dejó que un hombre inocente muriera por él.

—¡Eso es muy bajo! —exclamó el chico.

—Sí, terrible —asintió Austin.

—¡Terrible! —Richard desdeñó al pobre—. ¡Lo habría odiado! ¡Un cobarde!

—Creo que utilizó a su familia de excusa, y trató por todos los medios de liberar al hombre. También he leído, en las confesiones de un célebre filósofo,1 que en su juventud cometió un hurto y acusó a una joven criada de su robo. La despidieron, absolviendo a su acusador.

—¡Qué cobarde! —gritó Richard—. ¿Y lo confesó?

—Puedes leerlo tú mismo.

—¿Lo escribió y lo publicó?

—Tienes el libro en la biblioteca de tu padre. ¿Lo habrías hecho tú?

Richard titubeó.

—¡No! —Admitió que nunca lo habría contado.

—Entonces, ¿quién tiene derecho a llamarle cobarde? —dijo Austin—. Expió su cobardía como hacen los que ceden ante las debilidades y no son cobardes. El cobarde piensa: «Dios no me ve, puedo escapar». El que no es cobarde y ha sucumbido, sabe que Dios lo ha visto, y que no es difícil ser sincero. Peor sería, creo, saberme un impostor cuando los hombres me elogian.

Los ojos del joven Richard vagaban por el alentador rostro de Austin. De pronto, una fuerte intensidad se adueñó de ellos, y Richard bajó la cabeza.

—Así que creo que te equivocas, Ricky, llamando a este pobre Tom cobarde porque rechaza los medios que le ofreces para escapar —continuó Austin—. A un cobarde no le importa involucrar a su cómplice. Y si la persona implicada pertenece a una buena familia, pedirle a un campesino que se ofrezca voluntario es una cobardía.

Richard se había quedado sin palabras. Entregar la lima y la cuerda había supuesto un sacrificio: tiempo, turbación y estudio dedicados a esos instrumentos salvadores. Si resolvía que era valiente la actitud de Tom, Richard Feverel se hallaría en una posición distinta. Pero si sostenía que Tom era un cobarde, él era la víctima, y ser la víctima es un lujo, a veces una necesidad, ya sea entre hombres o jóvenes.

Con Austin, la disyuntiva duraba demasiado. Tenía una vaga noción de la ferocidad de Richard. Por suerte para el chico, Austin no era un predicador. Una ocasión única, una frase hipócrita, un comportamiento paternal, podrían haberle destrozado, despertando una oposición antigua o latente. Instintivamente sentimos al predicador como enemigo. Puede que haga bien a los desgraciados, a los golpeados que jadean en el campo de batalla, pero provoca discrepancia en los fuertes. La naturaleza de Richard solo necesitaba una indicación de la vía correcta, y cuando dijo «¿Qué puedo hacer, Austin?», ya había peleado la mitad de la batalla. Su voz estaba apagada.

Austin puso la mano en el hombro del chico.

—Debes ir a ver al granjero Blaize.

—¡Vaya! —dijo Richard, intuyendo la penitencia.

—Sabrás qué decirle cuando estés allí.

El chico se mordió el labio y frunció el ceño.

—¿Pedirle comprensión a ese gañán, Austin? ¡No puedo!

—Cuéntale todo el asunto y dile que no tienes intención de abandonar al pobre hombre.

—Pero, Austin —suplicó el chico—, ¿pedirle que ayude a Tom Bakewell? ¿Cómo voy a pedírselo si le odio?

Austin le rogó que fuera sin pensar en las consecuencias.

Richard gimió.

—No tienes orgullo, Austin.

—Quizá.

—No sabes lo que es solicitar un favor a un patán que odias.

Richard se agarró a ese enfoque del asunto, porque tenía que moverse.

—Pero —continuó el chico— ¡no podré resistirme a pegarle un puñetazo!

—Creo que ya le has castigado bastante, ¿no? —dijo Austin.

—¡Me azotó! —A Richard le tembló el labio—. No se atrevió a pegarme con sus propias manos. Me castigó con un látigo. Dirá a todo el mundo que me azotó y que le pedí perdón. ¡Perdón! ¡Un Feverel pidiendo perdón! ¡Si pudiera salirme con la mía!

—Ese hombre se gana el pan, Ricky. Cazaste en sus tierras. Te echó, y le incendiaste el pajar.

—Pagaré su pérdida. No haré nada más.

—¿No le pedirás perdón?

—¡No! ¡No le pediré perdón!

Austin miró al chico fijamente.

—¿Prefieres que purgue el pobre Tom Bakewell por ti? Le deberías un favor.

Richard alzó las cejas ante la observación de Austin. Era una forma distinta de ver las cosas.

—¿Un favor a Tom Bakewell, el campesino? ¿Qué quieres decir, Austin?

—Para salvarte tú de una situación desagradable, permites que un campesino se sacrifique por ti. Te confieso que yo no tendría mucho orgullo.

—¡Orgullo! —gritó Richard, herido por la pulla. Fijó la mirada en las escarpadas colinas azules.

Sin saber qué hacer, Austin describió a Tom en la cárcel y repitió la declaración del campesino. La imagen, aunque no quería pintarla así, hizo que Richard, cuyo sentido del humor era muy afilado, se partiera de risa. La visión de un patán sonriendo de oreja a oreja, despeinado, rudo, de pies planos, apareció ante él y le afligió con extrañas sensaciones de asco y burla, mezcladas con arrepentimiento y pena; un patetismo retorcido. Ahí estaba Tom. ¡Tom el de los clavos en las botas! ¡Un imprudente animal bebedor de cerveza! Y, aun así, era un hombre, un valiente con corazón, capaz de devoción y generosidad. Esto llegó al corazón del chico, y en su imaginación vio la abyecta figura del pobre idiota de Tom rodeada de un halo de luz lúgubre. Su alma estaba viva. Una oleada de sentimientos que no había conocido le sacudió, una ternura inesperada, un humor acogedor, la conciencia de una gloria indescriptible que irradiaba los rasgos de la humanidad. Esto palpitaba en el pecho del chico, y la visión de Tom con clavos en las botas, despeinado, rudo, sonriendo de oreja a oreja, con un dedo vergonzante, la opresión de un idiota, le hizo sentir una ternura que no había sentido por ninguna criatura del mundo. Se reía y lloraba por él. Lo apreciaba mientras se encogía a su lado. Era la lucha en su interior del ángel contra elementos menos divinos, pero el ángel era más fuerte y guiaba la caravana del odio extinguido, la risa humanizada, el orgullo transfigurado, un orgullo que insistía en contemplar los pantalones de pana del boquiabierto Tom y le gritaba a Richard, en el mismo tono irónico de Adrian: «¡Obedece a tu Benefactor!».

Austin estaba sentado junto al chico, sin percatarse del sublime alboroto que había causado. Poco traslucía el semblante de Richard. Las comisuras de sus labios estaban ligeramente caídas, sus ojos fijos en el horizonte. Se quedó así un buen rato. Luego, se puso en pie y dijo:

—Iré a ver al viejo Blaize y le pediré perdón.

Austin le tomó de la mano y juntos abandonaron la pérgola de Dafne en dirección a Lobourne.

Capítulo VIII

Al granjero Blaize no le sorprendió la visita de Richard Feverel como esperaba el joven caballero. El granjero, sentado en una butaca del pequeño salón de techo bajo de un antiguo caserío, con una larga pipa de arcilla en una mesa a su lado y un veterano pointer a sus pies, ya había recibido a tres miembros de la sangre Feverel que habían acudido por separado, con su acostumbrado secretismo, y con un objetivo.

Por la mañana atendió a sir Austin. Poco después de marcharse, llegó Austin Wentworth y, pegado a sus talones, Algernon, conocido en Lobourne como «el Capitán», célebre allá donde fuera. El granjero Blaize se reclinó sintiendo una inmensa euforia. Bajó los humos de sus visitantes. Los recibió con hospitalidad, como es propio del buen campesino británico, pero no dio su brazo a torcer: ni al baronet, ni al capitán, ni al bueno del señor Wentworth. El granjero Blaize era un auténtico inglés, y, al oír la sincera confesión del baronet y ver el aprieto en el que tenía a la familia, decidió aprovecharse y eximirlos a cambio de ventajas tangibles (compensación de su bolsillo, de su persona herida, de sus heridos sentimientos). La indemnización ascendía a trescientas libras, y una disculpa verbal del principal infractor, el joven Richard. Y aun así tenía reservas. Siempre y cuando, dijo el granjero, nadie hubiera sobornado a ningún testigo. En ese caso, podían quedarse su dinero, y deportaría a Tom Bakewell, como había jurado que haría. Y saldrían mal parados, también, si había un cómplice, añadió el granjero, vaciando la ceniza de su pipa. No quería causar una desgracia; respetaba a los habitantes de la abadía de Raynham, pues era su obligación, y lamentaría verlos metidos en problemas. Solo pedía que no sobornaran a los testigos. Era un hombre de ley. La clase era importante, y el dinero también, pero la ley era aún más importante. La ley, en este país, estaba por encima del soberano, y el soborno es una traición al reino.

—Vengo personalmente —explicó el baronet— a contarle con franqueza cómo me he enterado del terrible lío en que se ha metido mi hijo. Le prometo una indemnización por su pérdida, y una disculpa que complacerá sus sentimientos. Le aseguro que sobornar testigos no es propio de los Feverel. Lo que le pido a cambio es no presentar la acusación. Ahora la cuestión está en sus manos. Yo estoy obligado a hacer cuanto sea preciso por ese hombre apresado. Cómo y por qué mi hijo sugirió o participó en tal acto no puedo explicarlo, porque no lo sé.

—¡Hum! —dijo el granjero—. Yo sí.

—¿Conoce el motivo? —Sir Austin lo miró fijamente—. Le ruego que me lo haga saber.

—Al menos creo estar bastante cerca de adivinarlo —dijo el granjero—. Su hijo y yo no somos amigos, sir Austin, por decirlo de manera cortés. Soy un hombre al que no le gusta que los jóvenes caballeros cacen en mis tierras sin mi permiso. En especial cuando hay muchas aves. Parece que al joven Richard sí le gusta. En consecuencia, tuve que sacar el látigo, como en las carreras de caballos. ¡Esto es mío! Es lo que tengo que decir, y el que avisa no es traidor. Lo siento, pero es lo que pasó.

Sir Austin se marchó en busca de su hijo, para hablarle del asunto.

En su entrevista, Algernon se desvivió en promesas y cerveza. También le aseguró al granjero que ningún Feverel se vería afectado por sus condiciones.

Austin Wentworth no fue menos displicente. El granjero estaba satisfecho.

—El dinero está asegurado —se dijo—; ahora ¡a por la disculpa! —Blaize se reclinó en su butaca.

El granjero creyó, como era natural, que las tres visitas habían sido planeadas conjuntamente. Aun así, le sorprendía la franqueza del baronet, que no hubiera esperado al tercer juicio. Estaba considerando si eran sinceros o fútiles cuando se anunció la llegada del joven Richard.

Una bella joven con las rosas de trece primaveras en las mejillas y abundantes tirabuzones rubios tropezó al ver al chico, y se recogió tímidamente tras el sillón del granjero para hurtar una mirada al apuesto recién llegado. Blaize informó al visitante de que era su sobrina, Lucy Desborough, hija de un coronel de la Marina Real y, aun mejor, aunque no lo dijo en voz alta, muy buena chica.

Ni la excelencia de su carácter ni su clase tentaron a Richard a inspeccionar a la joven damita. Hizo una torpe reverencia.

El granjero lanzó una mirada pícara.

—Su padre —dijo— luchó y murió por el país. Un hombre que lucha por su país puede ir con la cabeza bien alta. ¡Los Desborough de Dorset! ¿Conoce esa familia, muchacho?

Richard no la conocía y, por su aspecto, no parecía querer conocer a ninguno de sus descendientes.

—Sabe hacer natillas y tartas —continuó el granjero, sin apreciar el semblante serio de su oyente—. Es una señorita tan buena como la mejor. No me importa que sean católicos; los Desborough de Dorset son caballeros. Se le da bien el piano. Lo toca para mí por las noches. Yo prefiero las canciones tradicionales; ella, las modernas. Conmigo aprenderá cosas útiles. Sabe hablar francés bastante bien, pues estuvo en Francia un par de años. Aunque yo prefiero que cante a que hable. ¡Ven, Lucy! ¡Anímanos con una canción! ¿No quieres? Esa sobre Viffendeer, una mujer —tradujo el título de la canción— que lleva puesto… ¡Ya sabes qué! Y se pasa el rato con los soldados franceses: una desvergonzada de las buenas.

Mademoiselle Lucy corrigió el francés de su tío, pero se negó a hacer nada más. El apuesto joven se sentía tan impresionado que no podía hablar, y menos cantar en su presencia; se quedó de pie, sosteniéndose con una mano en una silla para no caerse, mientras decía «no» una docena de veces de manera diferente, y movía la cabeza mirando al granjero con atención.

—¡Ja! —rio el granjero, haciendo caso omiso—. Aprenden pronto la diferencia entre los jóvenes y los viejos. ¡Vamos, Lucy! Ve a estudiar la lección de mañana.

Reticente, la hija del coronel de la Marina Real desapareció. La cabeza de su tío la siguió hasta la puerta, donde se demoró un instante para echar un último vistazo al cabizbajo visitante. Y luego se marchó a toda velocidad.

El granjero Blaize rio entre dientes.

—¡No le tiene cariño ni nada a su tío! No es mala enfermera: tiene el alma más bella que se pueda encontrar. Te lee, te da de beber y te canta, si quieres y no está cansada. Es una buena cabezota. ¡Dios la bendiga!

El granjero quizá planeaba, con los elogios a su sobrina, dar tiempo a su visitante a recobrar la compostura, y establecer un tema de interés común. Sin embargo, sus comentarios irritaron y confundieron al joven carcomido por la vergüenza. La intención de Richard era llegar al umbral del granjero, llamarle y, con voz alta y orgullosa, echarse la culpa de la acusación contra Tom Bakewell. Había recobrado, de camino a Belthorpe, su anterior naturaleza, y verse forzado a entrar en la casa de su enemigo, apoyarse en la silla y aguantar que le presentara a su parentela, era más de lo que podía soportar. Comenzó a parpadear muy rápido preparándose para recibir la horrible dosis, cuyo retraso por la cordialidad del granjero añadía una amargura inconcebible. El granjero Blaize se sentía a gusto; no tenía prisa. Habló del tiempo y de la cosecha, de las recientes reformas de la abadía, comentó por encima los resultados de cricket del año y deseó que ningún Feverel volviera a perder una pierna cazando. Richard veía y oía «pirómano» en cada palabra. Parpadeó más deprisa según se acercaba la amarga copa. En un momento de silencio, la agarró y soltó un grito ahogado.

—¡Señor Blaize! He venido a decirle que yo prendí fuego a su pajar la otra noche…

Una extraña consternación se formó en la boca del granjero. Cambió de postura y dijo:

—¿Sí? Así que, ¿es eso lo que ha venido a decirme, señor?

—Sí —dijo Richard con firmeza.

—¿Y eso es todo?

—¡Sí! —reiteró Richard.

El granjero volvió a cambiar de postura.

—Entonces, muchacho, ha venido a contarme una mentira.

Miró directamente al chico, impertérrito ante la descarga de ira que acababa de provocar.

—¡Se atreve a llamarme mentiroso! —gritó Richard.

—¡He dicho —el granjero renovó su primer énfasis, y se golpeó el muslo para demostrarlo— que eso es mentira!

Richard extendió el puño.

—¡Me ha insultado dos veces! ¡Me ha golpeado! ¡Se ha atrevido a llamarme mentiroso! Me habría disculpado. Le habría pedido perdón para sacar a ese tipo de la cárcel. ¡Sí! Me habría rebajado para que otro hombre no sufriera por mis actos.

—¡Bastante correcto! —replicó el granjero.

—Y aprovecha esta oportunidad para insultarme de nuevo. ¡Es usted un cobarde, señor! Nadie salvo un cobarde me habría insultado en su propia casa.

—Siéntese, siéntese, señorito —dijo el granjero, señalando la silla y aplacando el estallido con la mano—. Siéntese. No tenga prisa. Si no hubiera tenido prisa el otro día, habríamos quedado como amigos. Siéntese, señor. Siento haberle creído un mentiroso, señor Feverel, o a cualquiera con su nombre. Respeto a su padre, aunque sea de la oposición. Estoy dispuesto a pensar bien de usted. Lo que digo es que eso que afirma no es verdad. Que sepa que por ello no pienso mal de usted. Pero insisto en que no es así. ¡Eso es todo! Lo sabe tan bien como yo.

Richard, negándose a mostrarse apaciguado, volvió a sentarse con enfado. Lo que decía el granjero tenía sentido, y el chico, después de haber hablado con Austin, percibía vagamente que una elevada pasión rara vez justifica una mala conducta.

—Vamos —siguió el granjero con amabilidad—, ¿qué más tiene que decir?

Richard volvió a probar la amarga copa que ya había vaciado hasta el fondo. ¡Ay, pobre naturaleza humana que vacía hasta los posos una docena de malditas bebidas para evadirse de la única que el destino, menos cruel, solicita!

El chico parpadeó y soltó de carrerilla:

—He venido a decirle que me arrepiento de mi venganza por haberme pegado.

El granjero Blaize asintió.

—¿Ya ha acabado, joven?

¡Todavía quedaba otra copa!

—Me complacería —comenzó Richard con formalidad, pero se le revolvió el estómago. Solo podía beber y beber, y acumulaba un desagrado que amenazaba con hacer imposible su penitencia—. Me complacería mucho —repitió—, mucho, si fuera tan amable… —Se dio cuenta de que, si hubiera empezado por ahí, lo habría dicho de manera más persuasiva y digna para su orgullo; más honesta, de hecho, pues la sensación de que lo que decía era falso le daba vergüenza y le hacía fingir humildad para engañar al granjero; cuanto más hablaba, menos sentía sus palabras, y al sentirlas menos las exageraba más—. Tan amable —tartamudeó—, tan amable —«¿Te imaginas a un Feverel pidiendo un favor a este patán?»—, de hacerme el favor —«Un favor, ¿a mí?»—, de hacer el esfuerzo —«todo esto es para satisfacer a Austin»—, el esfuerzo de, eh… —«¡No puedo decirlo!».

Era la gota que colmaba el vaso. Richard se lanzó de nuevo.

—Lo que venía a pedirle es si sería tan amable de hacer lo posible —«¡Qué vergüenza infame tener que arrastrarse así!»— por salvar, por asegurar, si pudiera tener la amabilidad… —Tragarse el orgullo parecía una tarea imposible. La idea se le hacía más y más abominable. Proclamar la propia inmoralidad y disculparse por sus ofensas era factible, pero pedir un favor a la parte ofendida, eso iba más allá de la humillación que un Feverel consentiría. El orgullo, sin embargo, lidiaba una batalla inevitable contra él, y abrió las puertas de la prisión del pobre Tom, gritando otra vez: «¡Obedece a tu Benefactor!». Con esas palabras ardiendo en sus oídos, Richard se tragó la dosis—: Bueno, en fin, quería, señor Blaize, si no le importa, ¿me ayudaría a librar al pobre Bakewell de su castigo?

Para ser justos con el granjero, debemos decir que esperó con paciencia, aunque no entendía por qué no había aceptado a la primera oportunidad.

—¡Ah! —dijo, cuando hubo oído y considerado la petición—. ¡Hum! Lo veremos mañana. Si es inocente, desde luego, no le haremos culpable.

—¡Lo hice yo! —declaró Richard.

La expresión divertida del granjero se agudizó.

—Entonces, joven caballero, ¿lo lamenta?

—Me encargaré de que le compensen por sus pérdidas.

—Gracias —dijo el granjero con sequedad.

—Y si sueltan a este pobre hombre mañana, no me importa el precio.

El granjero Blaize movió la cabeza dos veces en silencio. «Soborno», expresaba un movimiento; «corrupción», el otro.

—Ahora bien —dijo, inclinándose y apoyando los codos en las rodillas mientras examinaba el caso—, perdone el atrevimiento, pero me gustaría saber de dónde saldrá el dinero, y me pregunto si sir Austin lo sabe.

—Mi padre no sabe nada —respondió Richard.

El granjero se reclinó en su silla. «Mentira número dos», decían sus hombros, amargado por la aversión británica a la conspiración, en lugar de actuar abiertamente.

—¿Y tiene listo el dinero, joven caballero?

—Tendré que pedírselo a mi padre.

—¿Y se lo dará?

—¡Claro que sí!

Richard no tenía la mínima intención de consultar a su padre.

—Unas trescientas libras, ¿le parece? —sugirió el granjero.

Sin considerar el alcance de los daños y el tamaño de la suma, el afectado Richard dijo con osadía:

—No se negará cuando le pida esa suma.

Era natural que el granjero sospechara que la garantía de un joven rara vez equivale a la predisposición de su padre a desembolsar tal cantidad, salvo que previamente hubiera recibido el permiso y la autoridad.

—¡Hum! —dijo—. ¿Por qué no lo dijo antes? —soltó con objetable sorna, lo que hizo que Richard apretara los dientes y mirara hacia arriba.

El granjero estaba convencido de que mentía.

—¿Seguro que usted incendió el pajar? —preguntó.

—¡Es culpa mía! —dijo Richard, con la nobleza de un patriota de la antigua Roma.

—¡No, no! —El honrado británico lo apartó—. Lo hizo o no. ¿Lo hizo, o no?

Arrinconado, Richard dijo:

—Lo hice.

El granjero tocó la campanilla. Apareció enseguida la pequeña Lucy, que recibió órdenes de buscar un empleado en Belthorpe que respondía al nombre de Gallo Enano, y salió como había entrado, con los ojos en el extraño joven.

—Bueno —dijo el granjero—, estos son mis principios. Soy un hombre sencillo, señor Feverel. Juegue limpio conmigo y no tendrá problemas. Juegue sucio, y seré un mal adversario. No le mostraré animosidad. Su padre paga, usted se disculpa. ¡Es suficiente para mí! Deje que Tom Bakewell se las vea con la ley, y yo me ocuparé. La ley no estaba ahí cuando ocurrió, ¿no? Así que la ley no es un testigo. Pero yo sí. Al menos el Gallo Enano sí. Le digo, joven caballero, que el Gallo Enano lo vio. ¡No sirve de nada que niegue esta evidencia! ¿Y qué bien hace, señor? ¿Qué sale de ahí? Sea usted o sea Tom Bakewell, ¿no son todos igual? Si yo me retracto, ¿no es algo parecido? ¡Es la verdad lo que quiero! Ahí viene —añadió el granjero, al ver a Lucy escoltando al Gallo Enano, quien tenía una curiosa figura capaz de devolver a la vida a una extraña divinidad.

Capítulo IX

Por constitución, aspecto y estatura, Giles Jinkson representaba bien al elefante púnico, cuyo cometido debían anticipar los generales Blaize y Feverel, de linajes opuestos. Apodado el Gallo Enano por algún incidente olvidado de su infancia o juventud, parecía un elefante y se movía como tal. Bastaba verlo bien alimentado para asegurar que era honesto y sincero. La granja que le proveía de generoso forraje disfrutaba de su vasta y voluntariosa capacidad para el trabajo; veneraba el instinto del granjero por ser su fuente de carne de buey y de cerdo, por no hablar de la cerveza, que era buena y abundante en Belthorpe. El granjero Blaize lo sabía, y en consecuencia lo tenía por un animal en quien confiar: una composición humana, mezcla de perro, caballo, toro, y con mayor disposición que estos cuadrúpedos a la utilidad, de coste proporcionalmente más alto, pero valía lo que costaba y, por tanto, no tenía precio, pues lo que cuesta dinero se tiene por instruido. Cuando se conoció el robo del grano en Belthorpe, el Gallo Enano, trillador compañero de Tom Bakewell, compartió con él la sombra de la culpa. El granjero Blaize sospechaba de los dos, pero no dudaba de quien deshacerse, y cuando el Gallo Enano le informó que Tom había escondido balas de heno en un costal, le creyó y despidió a Tom, haciéndole notar su clemencia porque le había evitado los tribunales.

Las pequeñas órbitas soñolientas del Gallo Enano veían muchas cosas y, al parecer, en el momento oportuno. La noche del incendio fue el primero en dar pistas en Belthorpe, y podía, por tanto, haber visto al pobre Tom retirándose furtivamente de la escena, como aseveró. Lobourne tenía algo que decir sobre el asunto. El Lobourne popular señalaba a una joven mujer y decía que estos trilladores se habían vuelto uno contra otro, en noble rivalidad, para ver quién trabajaba mejor, de lo que el Gallo Enano aún tenía marcas y seguía rencoroso. Pero aquí estaba, apartándose el flequillo con decisión, y si la verdad realmente se había ocultado en él, había elegido el lugar menos verosímil para esconderse.

—¡Vamos! —dijo el granjero, dirigiendo a su elefante con la seguridad del que reparte las mejores cartas—. ¡Dile a este joven caballero lo que viste la noche del fuego, Gallo Enano!

El Gallo Enano se inclinó e hizo una especie de reverencia a su patrón, y luego se tambaleó a un lado y otro, tapando al granjero de la mirada de Richard.

Richard miró el suelo y el Gallo Enano, en el más tosco orden dórico, comenzó su relato. Sabiendo lo que iba a decir, completamente preparado para refutar el principal incidente, Richard apenas escuchó su bárbara locución; y, cuando el recital llegó al punto donde el Gallo Enano afirmó haber visto a Tom Bakewell, Richard lo encaró y se sorprendió ante los gestos, guiños y muecas significativos dirigidos a él.

—¿Qué está diciendo? ¿Por qué se burla de mí? —exclamó el chico, indignado.

El granjero Blaize se giró hacia el Gallo Enano para observarle, y contempló la máscara más imperturbable nunca vista en un hombre.

—No me burlo de nadie —bramó el elefante.

El granjero le ordenó que terminara.

—Yo vi a Tom Bakewell —volvió a empezar el Gallo Enano, y otra vez las torsiones de un terrible guiño se dirigían a Richard.

El chico estaba convencido de que el campesino mentía, y así se lo dijo:

—¡No has visto a Tom Bakewell prender fuego a ese pajar!

El Gallo Enano juró que sí con otra mueca.

—¡Te digo —insistió Richard— que yo prendí fuego al pajar!

El elefante sobornado se tambaleó. Quería transmitir al joven caballero su lealtad a las piezas de oro recibidas, y lo probaría en el momento y el lugar correctos. ¿Por qué sospechaba de él? ¿Por qué no le entendía?

—Pues creí verlo —murmuró el Gallo Enano, probando una solución intermedia.

El granjero desató su ira sobre él, rugiendo:

—¿Creí? ¡Creí! ¿Qué quieres decir? ¡Dilo, no te quedes pensando! ¿Creí? ¿Qué demonios es eso?

—¿Cómo pudo reconocerlo en una noche oscura como boca de lobo? —intervino Richard.

—¡Creí! —bramó el granjero aún más alto—. Creí… ¡Que te lleve el diablo por haber jurado! ¿Qué pasa? ¿Por qué guiñas el ojo al señor Feverel? Joven caballero, ¿ha hablado antes con este tipo?

—¿Yo? —respondió Richard—. No le había visto en mi vida.

El granjero se agarró a los brazos del sillón y reveló sus dudas con una mirada asesina.

—Vamos —le dijo al Gallo Enano—, habla, termina ya. Di lo que viste y no lo que piensas. ¡Qué importa lo que piensas! ¡Viste a Tom Bakewell prender fuego a ese pajar! —El granjero señaló la ventana—. ¿Qué diantres estás pensando? ¿Fuiste testigo? Lo que tú creas no es una prueba. ¿Qué dirás mañana al magistrado? Porque lo que digas hoy, tendrás que decirlo mañana.

Ante el imperativo, el Gallo Enano se hundió. No tenía ni idea de qué quería decir el joven caballero. No creía que pudiera acabar en una colonia penal y, después de todo, le habían pagado para impedirlo; y eso iba a hacer. Puesto que la evidencia de este día le ataba a la evidencia de mañana, decidió, después de mesarse y mordisquearse los rebeldes mechones, que no estaba seguro de a quién había visto. De esta manera, era imposible ser más sincero, pues la noche, como dijo, era tan oscura que no veía sus propias manos; y así lo refrendó, pues, aunque estés seguro de haberlo visto, no puedes identificarlo bajo juramento, y la persona que creyó que era Tom Bakewell, y habría jurado que era él, bien podría haber sido el joven caballero ahí presente, si estaba dispuesto a jurarlo.

Así terminó su parlamento el Gallo Enano.

Tan pronto acabó, el granjero Blaize saltó de su silla y quería echarlo a puntapiés. No pudo, y volvió a hundirse, con el dolor del esfuerzo inútil y la decepción.

—¡Son todos unos mentirosos! —gritó—. ¡Mentirosos, sobornadores, corruptos! ¡Detente! —le dijo al Gallo Enano, antes de que se escabullera—. ¡Estás acabado! ¡Lo juraste!

—¡No es verdad! —insistió el Gallo Enano.

—¡Lo juraste! —vociferó otra vez el granjero.

El Gallo Enano jugueteó con el pomo de la puerta y volvió a afirmar que no, una doble contradicción que enfureció al granjero, y con la voz ronca repitió que el Gallo Enano lo había jurado.

—¡No! —exclamó el Gallo Enano, agachándose—. ¡No! —repitió en voz más baja, y una sonrisa idiota dejaba ver que disfrutaba de la profunda discusión casuística—. ¡No sobre la Biblia! —añadió, a lo que siguió un temblor en el hombro.

Blaize contempló a Richard con la mirada perdida, como preguntándole desconcertado su parecer sobre los campesinos de Inglaterra con el ejemplo que allí tenían. Richard habría preferido no reírse, pero su dignidad dio paso a su sentido del absurdo, y dejó escapar una carcajada. El granjero no estaba para bromas. Echó un vistazo a la puerta.

—¡Ha tenido suerte! —exclamó al comprobar que el Gallo Enano se había largado, pues se moría de ganas de romperle la cara. Se hinchó y se dirigió a Richard con solemnidad—: Vamos a ver, señor Feverel. Confiese. Ha sobornado a mi testigo. No sirve de nada negarlo. ¡Lo ha hecho, señor! Usted, o alguno de los suyos. ¡Me dan igual los Feverel! Han sobornado a mi testigo. El Gallo Enano ha sido sobornado. —Dio un golpe con su pipa en la mesa—. ¡Sobornado! ¡Lo sé! ¡Podría jurarlo!

—¿Sobre la Biblia? —inquirió Richard, con un semblante serio.

—¡Sí, sobre la Biblia! —dijo el granjero, sin apreciar el descaro—. ¡Lo juraría sobre la Biblia! ¡Han corrompido a mi testigo principal! Es ingenioso, pero no servirá. Deportaré a Tom Bakewell, puede estar seguro. Viajará, téngalo por seguro. Lo siento, señor Feverel, siento que no me hayan tratado bien, usted y los suyos. Pero el dinero no puede comprarlo todo. Puede corromper, pero no salvar a un criminal. Le habría excusado, señor. Es usted joven, y aprenderá. Solo pedía dinero y una disculpa, y me habría contentado de no haber sobornado a los testigos. Ahora tendrán que afrontar las consecuencias.

Richard se levantó y respondió:

—Muy bien, señor Blaize.

—Y si Tom Bakewell —siguió el granjero— no le implica, usted estará a salvo, o eso espero, sinceramente.

—No vine a verle por mi seguridad —dijo Richard con la cabeza bien alta.

—¡No se atreva! —respondió el granjero—. ¡No se atreva! Es muy atrevido, joven caballero. ¡Le viene de familia! ¡Si hubiera dicho la verdad! Creo a su padre. Creo cada una de sus palabras. Me gustaría poder decir lo mismo de su hijo y heredero.

—¿Qué? —gritó Richard, con una sorpresa difícil de fingir—. ¿Ha visto a mi padre?

El granjero Blaize tenía tal olfato para las mentiras que las detectaba hasta donde no existían, y farfulló:

—¡Sí, no vaya usted ahora a fingir que no lo sabía!

El chico se quedó tan perplejo que no podía enfadarse. ¿Quién se lo había dicho a su padre? El miedo que sentía hacia su progenitor se avivó, devolviéndole sus viejas ganas de rebelarse.

—¿Mi padre lo sabe? —preguntó en voz muy alta, y lo miró fijamente—. ¿Quién me ha traicionado? ¿Quién se lo ha dicho? ¡Austin! Austin era el único que lo sabía. Sí, Austin me conminó a que me sometiera a esta humillación. ¿Por qué no me lo dijo? ¡Nunca volveré a confiar en él!

—¿Y por qué no me lo dijo usted? —quiso saber el granjero—. Habría confiado en usted.

Richard no entendía la comparación. Hizo una leve reverencia y le deseó una buena tarde.

Blaize tocó la campanilla.

—Acompaña al joven caballero, Lucy. —Saludó a la joven damisela en la entrada—. Haz los honores. Y, señor Richard, podíamos haber sido amigos, sí, y no es tarde para ello. No soy cruel, pero odio las mentiras. Azoté ayer a mi chico Tom más que a usted por no decir la verdad. ¡Sí! Le hice inclinarse en esta silla y atenerse a las consecuencias. Si viene y me dice la verdad antes del juicio, aunque sean cinco minutos antes, o si sir Austin, que es un caballero, dice que no han sobornado a los testigos, aceptaré su palabra. Haré lo posible por ayudar a Tom Bakewell. Y me alegro, joven caballero, de que se preocupe por un hombre sencillo, aunque sea un villano. Buenas tardes, señor.

Richard salió con prisa de la habitación y cruzó el jardín, sin rebajarse a mirar a su pequeña acompañante, que se quedó junto a la verja contemplando su marcha, imaginándose mil fantasías del apuesto y orgulloso joven.

Capítulo X

Parece un triste declive no emprender un acto de heroísmo y terminar mintiendo con efusividad; subvertir la estructura de los buenos propósitos, olvidando la naturaleza humana en su tierna primavera. El joven Richard había dejado a su primo decidido a penar su penitencia y apurar el amargo trago, y así lo había hecho: había vaciado muchas copas… para nada. Todavía flotaban ante él, rebosantes, tres veces más amargas. Lejos de la influencia de Austin, le había dado la guinea a Tom Bakewell y prendido fuego al pajar del granjero Blaize. Las buenas semillas tardan en madurar, y un buen chico no se hace en un minuto. Al menos la semilla estaba en él. Reconstruyó de camino a Raynham la escena que acababa de soportar, y la figura del gordo inquilino de Belthorpe ardía en su mente como un hierro candente, condescendiente e insoportable, y, lo que era peor, decía la verdad. Aunque el orgullo herido había oscurecido su mente, Richard veía con claridad; odiaba a su enemigo, si cabe, aún más.

Benson anunciaba la cena cuando Richard llegó a la abadía. Se apresuró a cambiarse en su habitación. Un accidente, o designio, había dejado abierto el libro de los aforismos de sir Austin sobre el tocador. Mientras se peinaba con rapidez, echó un vistazo y leyó: «Igual que el perro remueve su vómito, el mentiroso debe comerse su mentira».

Debajo había una glosa escrita a lápiz: «¡Una verdad como un templo!».

El joven Richard corrió escaleras abajo sintiendo que su padre le había dado una bofetada.

Sir Austin percibió la marca escarlata en las mejillas de su hijo. Buscó su mirada, pero Richard no se la devolvió; se sentó y miró su plato, imitando la actitud hambrienta de Adrian en ese momento. ¿Cómo podría fingir deleitarse como un sibarita cuando estaba dolorosamente empeñado en masticar la verdad?

Benson se sentó con ellos durante la triste cena. Hippias, que normalmente permanecía callado, dio rienda suelta a su cháchara, como si el silencio antinatural le hubiera despertado como a un chotacabras, y habló de su libro, su digestión y sus sueños, y Algernon y Adrian le siguieron la corriente. Relató un sueño en el que se imaginaba joven y rico, pero de repente se hallaba en un campo de navajas a su alrededor, y cuando lo traspasó, con exquisitos pasos de bailarín francés, observó consternado un camino libre del rastro de sangre que había dejado al cruzar el campo de acero, que podría haber seguido si hubiese prestado atención.

Los hermanos de Hippias le miraban expresando el deseo de que se hubiera quedado en ese campo. Sir Austin, sin embargo, sacó su cuaderno y apuntó una reflexión. A un autor de aforismos puede inspirarle incluso un campo de navajas. ¿No equivalía el sueño de Hippias a la situación de Richard? De ser mejor observador, podría haber tomado el camino libre de obstáculos; también él había dado pasos de baile hasta estar rodeado de sonrientes navajas. Esto le dijo sir Austin a su hijo cuando se quedaron a solas. La pequeña Clare aún se hallaba demasiado indispuesta para tomar postre, por lo que el padre y el hijo se quedaron solos.

Fue un encuentro extraño. Parecía que llevaran mucho tiempo separados. El padre cogió la mano de su hijo y se sentaron sin decir palabra. El silencio hablaba por los dos. El chico no entendía a su padre; este a menudo boicoteaba sus planes; en otras ocasiones, parecía idiota; pero la presión paternal de su mano era elocuente y le hacía ver cuánto le quería. Intentó retirarla un par de veces, consciente de que le ablandaba la voluntad. El espíritu orgulloso y su vieja actitud rebelde le impulsaban a ser duro, inflexible, determinado. Así había entrado en el estudio de su padre; así lo había mirado a los ojos. Ahora no podía. Su padre, sentado junto a él, reflejaba mansedumbre: así quería al chico. Los labios del caballero se movían. Rezaba por él en silencio.

Poco a poco se fue despertando un sentimiento en el corazón del chico. El amor es una varita mágica que suaviza la dureza de los corazones. Richard lidió por la dignidad de su antigua rebeldía. Las lágrimas pugnaban por derribar los diques del orgullo. Comenzaban a caer con vergüenza. No podía ocultarlas, ni frenar los sollozos. Sir Austin lo atrajo hasta que la cabeza de su amado niño se apoyó en su pecho.

Una hora más tarde, Adrian Harley, Austin Wentworth y Algernon Feverel eran convocados en el estudio del baronet.

Adrian llegó el último. El sabio tenía un aire de cordial omnipotencia cuando se dejó caer en una silla y juntó las puntas de los dedos, y a través de ellos observaba a sus parientes. Despreocupado, como solo puede estarlo quien ha previsto el peligro con sagacidad y esfuerzos benevolentes, Adrian cruzó las piernas y solo intervenía para tararear, de vez en cuando, la parodia de la vieja balada: «Ripton y Richard eran dos hombres apuestos».

Los ojos enrojecidos del joven Richard y el porte alterado del baronet le revelaron que había habido una explicación y una reconciliación. Eso estaba bien. El baronet pagaría ahora alegremente. Adrian consideró ambos asuntos, y apenas escuchó al baronet cuando pidió atención, pues quería informarlos de lo que ya sabían, que se había incendiado un pajar, que a su hijo se le consideraba cómplice, que el perpetrador se hallaba entre rejas, y que la familia de Richard estaba, según creía, obligada por su honor a hacer lo posible por liberar a ese hombre.

El baronet dijo que había ido a Belthorpe, y también su hijo, y que Blaize parecía dispuesto a cumplir sus deseos.

La antorcha que finalmente se alzaría para iluminar los actos de esta sigilosa carrera comenzó a dispersar su luz y, a medida que una declaración seguía a otra, advirtieron que ya sabían lo relacionado con el asunto, que todos habían ido a Belthorpe, salvo el joven sabio Adrian, quien, con la debida deferencia y un sarcástico encogimiento de hombros, objetó el procedimiento declarando que se habían puesto en manos de Blaize. Su sabiduría brillaba en una oración tan persuasiva que, de no estar basada en una súplica contra la honra, habría hecho titubear a sir Austin. Pero su base era la conveniencia, y el baronet tenía un aforismo más apto para refutarle.

—La conveniencia es la sabiduría del hombre, Adrian Harley. Hacer el bien es la de Dios.

Adrian evitó preguntar a sir Austin si contrarrestar el mecanismo de la ley era hacer el bien. La aplicación de un aforismo no era una actividad popular en Raynham.

—Entiendo entonces —dijo— que Blaize accede a no seguir con el juicio.

—Claro que no —comentó Algernon—. ¡Frustradle! Tendrá su dinero. ¿Qué más quiere?

—Estos agricultores son gente difícil de manejar. Sin embargo, si realmente accede…

—Tengo su palabra —dijo el baronet, acariciando a su hijo.

El joven Richard miró a su padre como si quisiera hablar. No dijo nada, y sir Austin se lo tomó como una respuesta a su muestra de afecto, y lo acarició aún más. Adrian percibió cierta reserva en el chico, y, como no le satisfacía que su señor lo considerara el único holgazán, y no el miembro más agudo y alerta de la familia, comenzó un interrogatorio para averiguar quién había hablado el último con el inquilino de Belthorpe.

—Creo que yo fui el último —murmuró Richard, apartándose de la mano de su padre.

Adrian apretó a su presa.

—¿Y te fuiste con una garantía satisfactoria de sus buenas intenciones?

—No —dijo Richard.

—¿No? —replicaron los Feverel a coro.

Richard se apartó de su padre y repitió un avergonzado:

—No.

—¿Fue hostil? —inquirió Adrian, frotándose las manos y sonriendo.

—Sí —confesó el chico.

Ahora tenían un punto de vista distinto. Adrian, acostumbrado a tener paciencia con los resultados, triunfó al descubrir la verdad, y se volvió hacia Austin Wentworth, reprobándolo por inducir al chico a ir a Belthorpe. Austin parecía afligido. Temía que Richard hubiese fracasado en sus buenos propósitos.

—Creí que era su deber que fuera—observó.

—¡Lo era! —enfatizó el baronet.

—Y ya ve el resultado, señor —contestó Adrian—. Es difícil lidiar con estos agricultores. Por mi parte, preferiría estar en manos de un policía. La verdad es que Blaize nos tiene atrapados. ¿Cuáles fueron sus palabras, Ricky? Dilo con sus propias palabras.

—Dijo que haría deportar a Tom Bakewell.

Adrian se frotó las manos y volvió a sonreír. Entonces podían permitirse desafiar al señor Blaize, les informó, e hizo una misteriosa alusión al elefante púnico, rogando a sus parientes que estuvieran tranquilos. Estaban dando, en su opinión, demasiada importancia a la complicidad de Richard. El acusado era un idiota, y un extraordinario pirómano, por lo que no necesitaba un cómplice. Habría sido lo nunca visto en los anales de los incendios de pajares. Pero había que ser más severo que la ley para sostener que un niño de catorce años había instigado a un hombre adulto a cometer un crimen. Dicho así, parecería que el chico había sido «el padre del hombre» para vengarse, y lo siguiente que se oiría sería que «el bebé era el padre del chico». El sentido común gobernaba con más benevolencia que la metafísica poética.

Cuando terminó, con su acostumbrada franqueza, Austin preguntó qué quería decir.

—Confieso, Adrian —dijo el baronet, oyéndole protestar por la estupidez de Austin—, que por una vez me encuentro perdido. Por lo visto, este hombre, Bakewell, ha decidido no inculpar a mi hijo. Rara vez he escuchado algo que me haya gratificado tanto. Es una exhibición de nobleza innata en un hombre sencillo del que muchos caballeros deberían tomar ejemplo. Tenemos la obligación de hacer todo lo posible por ese hombre.

Tras anunciar que visitaría Belthorpe otra vez para conocer las razones del repentino rencor del granjero, sir Austin se levantó.

Antes de dejar la habitación, Algernon le preguntó a Richard si el granjero le había dado alguna razón de su decisión, y el chico dijo que los acusaba de sobornar testigos, y que el Gallo Enano no había jurado sobre la Biblia, lo que hizo que a Adrian se le saltaran las lágrimas de risa. Hasta el baronet sonrió ante la astuta diferencia entre jurar y jurar sobre la Biblia.

—¡Qué poco se conocen los campesinos! —exclamó—. Exageran las diferencias de manera natural. Se lo señalaré a Blaize. Verá que la idea es infundada.

Richard vio partir a su padre. Adrian también estaba incómodo.

—El que va a Belthorpe lo estropea todo —dijo—. El asunto terminará mañana: Blaize no tiene testigos. Ese viejo sinvergüenza solo quiere más dinero.

—No, no —le corrigió Richard—. No es así. Estoy seguro de que cree que han sobornado a los testigos, como él dice.

—¿Y qué pasa si es así, chico? —intervino Adrian con osadía—. Ha perdido la batalla.

—Blaize me dijo que si mi padre le daba su palabra de que no era así, la aceptaría. Mi padre dará su palabra.

—Entonces —dijo Adrian— será mejor que lo detengas.

Austin clavó la vista en Adrian y le preguntó si creía que las sospechas del granjero estaban justificadas. El joven sabio no iba a caer en la trampa. Había dado a entender que los testigos son inestables, y, como el Gallo Enano, están dispuestos a jurar con descaro, pero no sobre la Biblia. Cómo había llegado a ese dictamen, prefirió no explicarlo, pero insistió en que no permitieran que sir Austin fuera a Belthorpe.

Sir Austin estaba camino de la granja cuando oyó que corrían detrás de él. Era de noche, y sacó la mano de su capa para estrechar la mano de alguien a quien le costó reconocer. Era su hijo.

—Soy yo, señor —dijo Richard, jadeando—. Perdóneme. Es mejor que no vaya.

—¿Por qué no? —dijo el baronet, rodeándolo con un brazo.

—Ahora no —siguió el chico—. Esta noche se lo contaré. Debo ir yo a ver al granjero. Fue culpa mía, señor. Le mentí y los mentirosos deben comerse sus mentiras. Perdóneme por deshonrarle, señor. Mentí para salvar a Tom Bakewell. Déjeme ir y decir la verdad.

—Ve, y yo te esperaré aquí —dijo su padre.

El viento que doblaba las ramas de los viejos olmos haciendo temblar las hojas en el aire tenía su propia voz en la media hora en la que el baronet se paseó en la oscuridad arriba y abajo, esperando el regreso del joven. El solemne gozo de su corazón le otorgó voz a la naturaleza. A través de la desolación que le rodeaba —el lamento de la madre naturaleza por la tierra yerma—, captó señales inteligibles del orden benefactor del universo con un corazón cuya creencia en la bondad humana volvía a confirmarse, como se había manifestado en su querido niño, convencido de que el bien termina triunfando, pues sin él la naturaleza no tiene música ni sentido y es piedra, roca, árbol y nada más.

En la oscuridad, con las hojas golpeándole el rostro, escribió en su cuaderno: «Nada le vale a la mente, salvo la comprensión de la felicidad en la alta cumbre de la sabiduría, desde la que vemos el buen proyecto del mundo».

Capítulo XI

De los principales actores de la comedia de Bakewell, Ripton Thompson aguardaba pesaroso la temible mañana en que se decidiría el destino de Tom, y padecía horribles angustias. Adrian, al despedirse, había aprovechado para comentarle el lugar del criminal en la Europa moderna, asegurándole que el Tratado Internacional se ocupaba ahora de lo que antes promulgaba el Imperio Universal, y que, entre los bárbaros del Atlántico actual, como entre los escitas, un delincuente no encontraría refugio perseguido por un delegado.

En el hogar paterno, bajo el techo de la ley, fuera de la influencia de su joven e inconsciente amigo, la dudosa índole de su acto y el terrible aspecto del delito abrumaban a Ripton. Ahora lo veía por primera vez. «¡Es casi un asesinato!», decía su alma alucinada, y vagaba por la casa con un hormigueo de terror en el cuerpo. Su trastornada mente le llevaba a pensar en empezar una nueva vida en América como un caballero inocente. Le escribió a su amigo Richard, proponiéndole recaudar fondos y embarcar en caso de que Tom rompiera su palabra o fueran descubiertos de manera accidental. No se atrevía a confiarse a su familia, pues su líder le había desaconsejado cualquier debilidad de ese estilo, y, siendo de natural honesto y comunicativo, la restricción era dolorosa y la melancolía se apoderó del chico. Mamá Thompson lo atribuyó al amor.

Las cotillas de la casa aturullaban a la señorita Clare Forey. Las cartas que enviaba cada hora a Raynham y el silencio que de allí provenía, los nervios y su inusitada propensión a inflamársele las mejillas, se tomaban por signos de pasión. La señorita Letitia Thompson, la más bella y menos indiscreta, destinada por su padre al heredero de Raynham, consciente de su brillante futuro, había ensayado, desde la partida de Ripton, su forma de vestir y hablar, y había practicado bailes (estos con tanto éxito que, aunque no tenía quince años, hacía languidecer a su criada y derretía al pequeño lacayo). La señorita Letty, cuya sed insaciable de insinuaciones del joven heredero Ripton no alcanzaba a satisfacer, lo atormentaba vengativamente todos los días, y una vez, de modo inconsciente, le dio un buen susto al muchacho. Después de cenar, cuando el señor Thompson, antes de acostarse, leía el periódico junto al fuego, y mamá Thompson y su prole femenina se atareaban, sentadas, con el complejo arte de la aguja, la señorita Letty se puso detrás de Ripton y dejó caer, entre él y el libro, la letra P, grande y luminosa, del asunto que imaginaba le absorbía tanto como a ella. La inesperada visión acusatoria, la resplandeciente y acechante letra hizo que Ripton saltara de la silla, y con su tradicional indecisión sobre qué color asumir, la culpa en sus mejillas cambió del rojo al blanco y del blanco al rojo. Letty rio triunfal. «Pasión», la palabra que ella tenía en mente, conectaba con «pirómano».

La entrega de una carta a Ripton brindó otra diversión a la señorita Letty, pues cuando Ripton leía la misiva se produjeron extrañas sacudidas, como las que hacía la pequeña damisela en sus bailes, para ella la única forma de expresar una declaración. El chico se levantó de la mesa, se dominó por la presencia de la familia y fue a su habitación. Naturalmente, la ingenuidad de la niña quería apoderarse de la misiva. Lo consiguió, claro, por ser cazadora de pocos escrúpulos y haber abandonado él la carta. Con sorpresa leyó algo incomprensible:

Querido Ripton:Si hubieran condenado a Tom habría disparado al viejo Blaize. ¿Sabes que mi padre estaba detrás de nosotros la noche en que Clare vio el fantasma y oyó todo lo que dijimos antes de que empezara el fuego? No se le puede ocultar nada. Como sé que no te encuentras bien, te lo contaré todo. Después de que te fueras tuve una conversación con Austin en la que me persuadió para que fuera a ver al viejo Blaize y le pidiera que liberara a Tom. Fui y habría hecho cualquier cosa por Tom después de lo que le dijo a Austin, y desafié a ese patán a que hiciera lo que quisiera. Dijo que si mi padre pagaba y nadie había sobornado a los testigos no le importaba si soltaban a Tom y que tenía un testigo principal llamado el Gallo Enano muy parecido a su amo según mi opinión, y el Gallo Enano me guiñaba los ojos tremendamente, como tú dices, y dijo que había jurado ver a Tom, pero no sobre la Biblia. Repetía y repetía que podía jurarlo, pero no sobre la Biblia. Me empecé a partir de risa y deberías haber visto lo enfadado que estaba Blaize. Fue divertidísimo. Después tuvimos una reunión en casa Austin Rady mi padre tío Algernon que ha vuelto con nosotros y tu amigo en lo bueno y en lo malo R.D.F. Mi padre dijo que le daría su palabra a Blaize de que no había sobornado a los testigos y cuando se fue estábamos todos hablando y Rady dijo que era mejor que no fuera. Estoy seguro de que Rady sobornó al Gallo Enano. Bueno pues salí corriendo y alcancé a mi padre y le dije que no fuera a ver a Blaize, que iría yo y me comería mis palabras y le diría la verdad. Me esperó en el camino. Da igual lo que pasó entre yo y el viejo Blaize. Me hizo rogarle y rezar que no presentara cargos contra Tom y después para terminar va y trae a una niña pequeña, su sobrina y me dice: es tu mejor amiga después de todo, y me dijo que le diera las gracias a ella. A una niña de doce años. Qué demonios tiene que ver una mocosa en mis asuntos. Creo Ripton que siempre que hay maldad hay chicas. Tuvo la insolencia de decirme que no estuviera triste. Fui educado, claro, pero ni la miré. Bueno pues al día siguiente Tom fue juzgado ante sir Miles Papworth. Fue la gota de sir Miles lo que nos hizo ganar tiempo o Tom habría sido juzgado antes de que pudiéramos hacer nada. Adrian no quería que fuera, pero mi padre dijo que debía acompañarle y me dio la mano todo el tiempo. Tengo que tener cuidado de no volver a meterme en líos. Cuando has hecho algo honrado no piensas en ello, pero estar entre jueces y policías te hace sentir vergüenza de ti mismo. Sir Miles fue muy atento conmigo y mi padre y fue a muerte contra Tom. Nos sentamos junto a él y trajeron a Tom. Sir Miles le dijo a mi padre que si había algo que revelara la baja naturaleza era la quema de pajares. ¿Qué piensas de eso? Le miré a la cara y me dijo que estaba haciéndome un favor condenando a Tom y echando a tipos como él del país y Rady empezó a reírse. Odio a Rady. Mi padre dijo que su hijo no tenía prisa por heredar y tener que vigilar sus tierras y sir Miles también se rio. Al principio creí que nos habían descubierto. Luego comenzó el juicio de Tom. El hojalatero fue el primer testigo y testificó que Tom había criticado al viejo Blaize y había dicho algo sobre quemar su pajar. Deseé haber estado en el camino a Bursley a solas con él. El abogado de oficio que le buscamos a Tom le interrogó y después de eso dijo que no podía jurar las palabras exactas que se habían intercambiado él y Tom. Ya me parecía. Luego llegó otro que juró haber visto a Tom merodear por las tierras del granjero aquella noche. Luego llegó el Gallo Enano y lo vi mirar a Rady. Estaba muy nervioso y mi padre no dejaba de apretarme la mano. Imagínate llegar a pensar que una palabra de ese tipo arruinaría mi vida y que debía perjurar para ayudarme. Eso por ceder ante las pasiones. Mi padre dice que cuando lo hacemos tenemos al diablo de consejero. Bueno pues le dijeron al Gallo Enano que contara lo que había visto y en el momento en que empezó Rady que estaba cerca de mí comenzó a agitarse y yo sabía que se reía, aunque su cara estaba tan seria como la de sir Miles. Nunca había oído tal sarta de tonterías, pero era incapaz de reírme. Dijo que pensaba que estaba seguro de haber visto a alguien junto al pajar y que Tom Bakewell era el único hombre que conocía que le guardaba rencor al granjero Blaize y si hubiera sido un poco más grande no le importaría jurar que era Tom y lo juraría porque estaba seguro de que era Tom solo que parecía más pequeño y estaba oscuro como boca de lobo aquella noche. Le preguntaron qué hora era cuando vio a la persona marcharse del pajar y entonces se rascó la cabeza y dijo que era la hora de cenar. Le preguntaron que a qué hora cenaba y dijo que a las nueve por el reloj y probamos que a las nueve Tom estaba bebiendo en una taberna con el hojalatero en Bursley y sir Miles soltó un taco y dijo que se temía que no podía condenar a Tom y cuando este lo oyó me miró. Creo que Tom es un tipo noble y que nadie se reirá de él mientras yo viva, que quede claro. Entonces sir Miles nos invitó a cenar con él y Tom estaba a salvo y voy a poder tenerlo y educarlo como mi criado si quiero. Y le daré dinero a su madre y la haré rica y nunca se arrepentirá de haberme conocido. Creo Rip que el Gallo Enano debió verme cuando fuimos con las cerillas a encender el fuego. Al volver a casa después de haber cenado con sir Miles (tiene muchas hijas con la cara roja pero no bailé con ellas aunque había música y parecía divertido y no me importaba porque yo estaba muy contento y por poco no lo conté), cuando nos fuimos a casa Rady le dijo a mi padre que el Gallo Enano no era tan tonto como creíamos y mi padre dijo que uno debe de estar en estado de gran exaltación personal para aplicar tal epíteto a un hombre y Rady cerró la boca y yo arreé a mi poni con alegría. Creo que mi padre sospecha lo que hizo Rady y no lo aprueba. Y no tendría que haberlo hecho y podría haberlo estropeado. He tenido que decirle que no me llame Ricky porque dice Rick1 para que todo el mundo sepa lo que quiere decir. Mi querido Austin se va a Sudamérica. Mi poni está en un estado excelente. Mi padre es el mejor y el más listo del mundo. Clare se encuentra un poco mejor. Estoy bastante feliz. Espero que podamos vernos pronto mi querido Rip y que no nos metamos en más líos tremendos.

Sigo siendo,

Tu amigo del alma,

Richard Doria Feverel.

P. D.: Van a regalarme una bonita embarcación de río. Adiós, Rip. Espero que aprendas a boxear. Y no enseñes esto a ninguno de tus amigos o me disgustaré.

N. B.: La señora B. se enfadó mucho porque no le pedimos ayuda. Haría cualquier cosa por mí. Es la que mejor me cae después de mi padre y de Austin. Adiós querido Rip.

La pobre Letitia, después de leer atentamente tres veces esta ingenua epístola donde las reglas de puntuación habían sido ignoradas, la devolvió al bolsillo de la mejor chaqueta de su hermano, profundamente enamorada del descuidado redactor de la misiva. Y así terminó el último acto de la comedia Bakewell, en la que el telón se cierra con sir Austin señalando los beneficios del sistema de principio a fin.

Capítulo XII

Revelar los fantasmas es un deber público, y como la aparición que había asustado a la pequeña Clare era un misterio que no llegó a resolverse en los teatrales asuntos de Raynham, donde el miedo se paseaba por la abadía, vayamos un momento entre bastidores. Como el baronet era moralmente supersticioso, la naturaleza de su mente se oponía a la ingerencia espiritual en los asuntos de los hombres, y cuando se resolvió el problema se quitó un peso de encima, recuperó el equilibrio mental y volvió a ser el hombre que había sido, más seguro de la gran verdad de que este mundo es un buen proyecto. No se reía al oír a Adrian recordar la mala suerte de un miembro de la familia en su primera manifestación: la pierna de Algernon.

La señora Doria estaba furiosa. Sostenía que su hija había visto… No creerla era como robarle sus efectos personales. Tras comprender que la dama apreciaba las antiguas creencias de sir Austin, conmovido por la pena, este se la llevó un día y le demostró que el fantasma podía escribir con una mano de carne y hueso. Era una carta de la infeliz dama que había dado a luz Richard: líneas breves y frías, que decían que no volvería a perturbar la tranquilidad de la casa. ¡Líneas frías, pero escritas con una abnegación desconsolada, recorridas por la angustia del alma! Como la mayoría de los que lo trataban, la señora Feverel creía que su marido era un hombre fatalmente duro e implacable, y se comportó como las criaturas tontas cuando creen que el destino se vuelve contra ellas: ni exigió sus derechos ni los afirmó; alivió el anhelo de su corazón en silencio y renunció a todo. La señora Doria, que no quería entrometerse en la ternura de la familia, se estremeció al pensar que sir Austin había aceptado el sacrificio con tanta compostura, pero él la obligó a considerar las secuelas que tendría el niño por ser testigo de esa relación entre su padre y su madre. En unos pocos años, siendo ya un hombre, lo entendería, lo juzgaría, y la querría.

—¡Que esa sea su penitencia y no yo!

La señora Doria reverenciaba el sistema en los demás, pero no era consciente de los efectos que tendría en ella.

Más al fondo, entre bambalinas, vemos a Rizzio y María ya viejos, muy desilusionados: ella, desaliñada y sin corona; él, con dedos artríticos en una guitarra grasienta. El futuro émulo de Diaper Sandoe escribe por encargo. Su fama ha decaído; el contorno de su cintura ha crecido. Lo que podía hacer y lo que hará seguía siendo su tema. Mientras tanto, le han confiscado el zumo de enebro, y resulta difícil cumplir los encargos alimenticios sin él. Al volver de su miserable viaje a su miserable hogar, la dama tuvo que aguantar una breve reprimenda del despreocupado Diaper, una reprimenda tan blanda que la formuló en pentámetros yámbicos; ya rara vez escribía en métrica, pero le gustaba hablar en métrica. Derramó una lágrima compasiva y le explicó que estaba perjudicando sus intereses, y no se dominó en dilucidar por qué. Con una sonrisa esbozada en su hermosa boca, le dijo que la pobreza en la que vivía era perniciosa para su gentil condición, y que tenía razones para creer (y podía asegurarlo) que iba a recibir una pensión de su marido. Diaper ensanchó aún más su sonrisa al recibir esta información. Así se enteró la pobre mujer de que le había pedido dinero a su marido en su nombre. Es difícil que inhiban el amor propio cuando sufrimos la agonía de un mártir. Hubo un trágico coloquio de cinco minutos entre bambalinas, especialmente para Diaper, que había esperado disfrutar bajo el sol de la deliciosa anualidad y resurgir de su pobreza. Entonces la dama escribió a sir Austin la carta que este le mostró a su hermana. La atmósfera entre bastidores no es apetecible; así que, tras haber desvelado al fantasma, volvamos frente al telón.

Sir Austin consideró que la dosis infinitesimal de experiencia que Ripton Thompson había suministrado al sistema con tan sorprendente efecto había funcionado, y de momento era suficiente, por lo que Ripton no recibió una segunda invitación a Raynham, y Richard no tuvo un compañero de su edad en quien descargar su excesiva vitalidad, aunque tampoco quería ninguno. Estaba demasiado ocupado con Tom Bakewell. Es más, él y su padre eran uña y carne. La mente del chico estaba abierta a su padre con afecto y respeto. En este período, cuando el joven salvaje crece bajo otra influencia, tener su admiración es lo más importante. En esta etapa los jesuitas marcan el futuro de su rebaño, y los que educan a un joven vigilándole con un sistema saben hallar el momento más maleable. Los chicos que con capacidades mentales o físicas se sienten empujados a actuar, marcan su trayectoria profesional; o, si se hallan bajo supervisión, adoptarán las pautas que les hayan inculcado, y rara vez se desharán de ellas.

En el cuaderno de sir Austin estaba escrito: «Entre la niñez y la adolescencia: la temporada de floración; en el umbral de la pubertad hay una hora egoísta: la hora de la semilla espiritual».

Se preocupó de plantar una buena semilla en Richard, y de que la semilla más fructífera para un joven, a saber, el ejemplo, hiciera germinar en él un amor noble.

—Solo estoy esforzándome en hacer de mi hijo un buen cristiano —respondía a los que insistían en objetar el sistema. Y declaró sus propósitos—: Primero, sé virtuoso —notificó a su hijo—; luego, sirve a tu país en cuerpo y alma.

El joven fue instruido para albergar ambición por el liderazgo, y con ese objetivo él y su padre estudiaban historia y los discursos de los oradores británicos. Un día, sir Austin lo encontró en el suelo con las piernas cruzadas, una mano en la barbilla, frente a un pedestal que sostenía el busto de Chatham, contemplando al héroe de nuestro Parlamento con lágrimas en los ojos.

La gente decía que el baronet llevaba tan lejos el principio del ejemplo que conservaba a su dispéptico y borracho hermano Hippias en Raynham para mostrar a su hijo el terrible castigo que la naturaleza infligía a una vida disipada. El pobre Hippias se había convertido en una pena andante. Era injusto, pero no cabía duda de que se servía del ejemplo del vecindario para encaminar a su hijo, y prescindía de su hermano, hacia el que Richard sentía un desprecio en proporción a la admiración que sentía por su padre, y estaba tan a favor de tales extremos que sir Austin se veía obligado a suavizar su rigidez.

El chico rezaba con su padre por la mañana y por la noche.

—¿Qué sucede, señor? —le dijo una noche—. ¿Por qué no consigo que rece Tom Bakewell?

—¿Se niega? —preguntó sir Austin.

—Parece que se avergüenza —dijo Richard—; quiere saber qué es el bien, y no sé qué decirle.

—Creo que lleva demasiado tiempo así —dijo sir Austin—; hasta que no sienta un dolor profundo no encontrará el divino deseo de rezar. Esfuérzate, hijo mío, cuando representes al pueblo, en dotarle de educación. De otro modo, serán como Tom, que lo siente todo a través de una corteza impenetrable y sin brillo. La cultura es el camino anterior al cielo. Dile, hijo mío, que, si siente la necesidad de la eficacia del rezo, sus rezos serán contestados —citó —: «Que el que vuelve mejor de la oración, ha hallado respuesta en la oración».

—Lo haré, señor —dijo Richard, y se fue a dormir.

El joven vivía ahora feliz con su padre y consigo mismo. Empezaba a tener conciencia, y acarreaba la carga de los hombres, aunque de una forma tan burda que le sobrepasaba.

El joven sabio Adrian, sobriamente cínico, observaba el progreso de su discípulo. Austin le había prohibido burlarse de él, y aliviaba su humor mordaz inspirado por la visión de un pirómano que se volvió santo, con grave compasión y una extremada precisión en señalar las no distantes fechas de sus diversos cambios. Su fase de pan y agua duró quince días; la vegetariana (imitación de su primo Austin), poco más de un mes; la religiosa, algo más; la religiosa-propagandista (cuando quería convertir a los infieles de Lobourne y Burnley, y a los criados de la abadía, incluido Tom Bakewell) aún más; y peor todavía: ¡intentó convertir a Adrian! Todo ello mientras adiestraba a Tom como un soldado raso. En efecto, Richard hizo venir a un sargento de instrucción de los barracones más cercanos para enseñarle a sentirse orgulloso, y le hacía ir de un lado a otro con inmensa satisfacción, y casi se rompió el corazón intentando que aprendiera los rudimentos de la escritura, pues el chico tenía esperanzas ilimitadas en Tom, creyéndole un diamante en bruto.

Richard también dejó su orgullo a un lado. Aparentaba ser, y creía serlo, humilde. Adrian, como por descuido, le comunicó que los hombres eran animales, y que él era un animal como los demás.

—¡Un animal yo! —gritó Richard con desprecio, y durante semanas le perturbó este principio básico del autoconocimiento, como a Tom sus dificultades de aprendizaje. Sir Austin había optado por instruir al campesino en las maravillas de la anatomía para devolverle su amor propio.

El período de siembra pasó con fluidez, llegó la adolescencia, y su prima Clare apreció los contrastes de pertenecer al sexo opuesto. Ella también crecía, pero a nadie le importaba cómo. Al parecer, incluso su madre parecía absorta en la germinación del verde retoño del árbol de los Feverel, y Clare era como si fuera su criada, ignorada por él.

La señora Blandish quería al muchacho de corazón. Le decía:

—Si fuera más joven, te elegiría de marido.

Y él, con la franqueza característica de su edad, respondía:

—¿Y sabe si yo la aceptaría?

Esto le hacía reír y llamarle tontuelo, pues ¿no le había dicho que ella lo escogería a él? ¡Terribles palabras cuyo significado, entonces, él desconocía!

—No lees el libro de tu padre —dijo.

Su ejemplar, encuadernado en terciopelo púrpura con los bordes dorados, como a las damas bonitas les gustan los libros sagrados, lo llevaba consigo y lo citaba, y (Adrian le dijo a la señora Doria) cazaba una buena presa, apuntándolo deliberadamente, que es lo que la señora Doria quería creer, y lamentaba que su hermano no estuviera en guardia.

—¿Ves esto? —decía la señora Blandish, señalando con una uña almendrada un aforismo que ejemplificaba que la edad y la adversidad deben moldearnos antes de resistir el magnetismo de ninguna criatura humana—. ¿Lo entiendes, chico?

Richard le informó que, si ella lo leía, podría entenderlo.

—Entonces, caballero —le acarició la mejilla y le pasó los dedos por el pelo—, aprende tan rápido como puedas a no desorientarte con un millar de atracciones, como hacía yo antes de encontrar a un hombre sabio que me guiara.

—¿Es sabio mi padre? —preguntó Richard.

—¡Claro que sí! —La dama enfatizó su opinión.

—¿Usted…? —soltó Richard, y le interrumpió el fuerte latido de su corazón.

—¿Yo qué? —preguntó ella con calma.

—Iba a preguntar si usted… ¡Es que yo la quiero tanto!

La señora Blandish sonrió y se sonrojó ligeramente.

A menudo sacaban este tema, y después lo evitaban. Richard lo hacía con el corazón acelerado, acompañado por una sensación de misterio creciente que, sin embargo, no solía inquietarle.

Su vida era muy fácil en Raynham, ya que parte del principio de la educación de sir Austin era que su hijo fuera plenamente feliz, y cuando Adrian enviaba un informe satisfactorio del avance de su discípulo, lo cual hacía por voluntad propia, se planeaban entretenimientos, como los premios a los escolares diligentes, y Richard disfrutaba de la satisfacción de sus deseos mientras atendía sus estudios. El sistema daba sus frutos. Alto, fuerte, robustamente sano, se convirtió en el líder de sus compañeros en tierra y agua, y tuvo más de un compañero a su servicio además de Ripton Thompson, ¡el chico sin destino! Quizá el chico con destino crecía siendo demasiado consciente de ello. Su generosidad con sus compañeros esporádicos era magnífica, pero la derrochaba como si fuera un príncipe, y, a pesar de su desdén por la bajeza, tenía tendencia a pasarla por alto más fácilmente que una ofensa a su orgullo, que exigía un completo servilismo si se había cometido esa falta. Si Richard tenía seguidores, también tenía feudos. Los Papworth eran tan serviles como Ripton, pero el joven Ralph Morton, sobrino del señor Morton, compartía con Richard numerosas y prometedoras cualidades, entre ellas pelear a puñetazos o decir lo que pensaba abiertamente, sin aguantar ningún desdén. En los camaradas de Richard no había punto medio entre la pura amistad o la absoluta esclavitud. Era deficiente en los hábitos mundanos y en los sentimientos que permiten que muchachos y hombres mantengan vínculos sin atenderse mucho, y, como mortal aislado, atribuyó la deficiencia, de la que era muy consciente, a su naturaleza superior. Por tanto, el joven Ralph era un alegre charlatán, según argumentaba la vanidad de Richard; no tenía intelecto. Era afable, por tanto, frívolo. Gustaba a las mujeres, y siempre estaba revoloteando. En fin, el joven Ralph era popular, y nuestro magnífico príncipe, al que se le había negado el privilegio del desprecio, acabó por detestarle.

En los primeros días, esforzándose por el liderazgo, Richard vio cuán absurdo era fingir desdén por su rival. Ralph era un chico de Eton y, por tanto, robusto, nadador y jugador de cricket. Un nadador y un jugador de cricket no se podía despreciar en la república de un joven. De nada servían, además, las maniobras; un par de veces, Richard sintió el deseo de atrincherarse tras su mayor fortuna y posición, pero pronto abandonó la idea, en parte porque su aversión al ridículo le reveló que se exponía, y, sobre todo, porque su corazón era demasiado caballeroso. Así que tuvo que competir con Ralph, y experimentó la suerte de los ganadores. En cricket y en buceo, Ralph ganaba siempre; el palo de cricket de Richard se tambaleó ante la bola, y apenas recogió tres huevos bajo el agua mientras Ralph sacó media docena. También quedó atrás en carreras y saltos. ¿Por qué los estúpidos mortales se esfuerzan tanto en ganar? ¿O por qué, después de ganar, no tienen la magnanimidad y circunspección de retirarse? Dolido por sus derrotas, Richard envió a uno de sus serviles Papworth a Poer Hall a desafiar a Ralph Barthrop Morton, retándolo a cruzar el Támesis y volver, una, dos o tres veces en menos tiempo que él. Aceptó, y le devolvió una respuesta, igualmente formal y grandilocuente, al usar sus nombres de bautismo, en la que Ralph Barthrop Morton aceptaba el reto de Richard Doria Feverel. El duelo se llevó a cabo una mañana de verano, bajo la tutela del capitán Algernon. Sir Austin observaba oculto tras el plantío a un lado del río, sin que su hijo lo supiera, y, para escándalo de su sexo, la señora Blandish acompañaba al baronet. La había invitado a asistir, y ella, obedeciendo su naturaleza honesta y al tanto de lo que se decía en Los escritos del peregrino sobre los mojigatos, accedió a ver la competición, complaciéndole extremadamente. ¿No tenía aquí a una mujer merecedora de la edad dorada del mundo? ¿Una mujer que podía contemplar al hombre como una criatura divina, con una mente no tentada por la serpiente? Una mujer así es difícil de encontrar. Sir Austin no la turbó elogiándola. Ella era consciente de su aprobación por su trato gentil y su voz y su modo de dirigirse a ella, como si hablara a un familiar, un gran cumplido de su parte. Mientras los muchachos esperaban desde la inclinada ladera de césped la señal para sumergirse en las brillantes aguas, sir Austin le sugirió que admirara la belleza del paisaje, y ella así lo hizo, e incluso asomó la cabeza con delicadeza por encima de su hombro. Lo hizo al anunciarse la salida y Richard avistó un sombrero. El joven Ralph ya tenía los pies en el aire antes de que Richard se moviera, y cayó al agua como el plomo. Le ganó por varios largos.

El resultado de la competición fue incomprensible para los presentes, y los amigos de Richard le conminaron a declarar nula la salida. Pero, aunque el joven, con plena confianza en su condición y fuerza, había perdido y debía entregar su embarcación a Ralph, no pensaba hacer nada por el estilo. El sombrero lo había vencido, no Ralph. El sombrero, que misteriosamente acelerara su corazón, era su querido y detestable enemigo.

Y, al cambiar de humor, su ambición se volvió hacia un ámbito en el que Ralph no era rival, y donde el sombrero sería etéreo, convertido en gloriosa amante. Un golpe al orgullo de un muchacho lo puede desviar donde yacen sus poderes más sutiles. Richard abandonó a sus compañeros, amigos o antagonistas; le cedió el mundo material al joven Ralph y se retiró en sí mismo, y allí crecía para ser señor del reino donde la belleza era su sirviente, la historia su pastor, el tiempo su antiguo arpista, y el dulce romance su novia; en un reino más vasto y maravilloso que el gran Oriente, habitado por los héroes del pasado. Pues no hay fortuna más espléndida, ni herencia más noble que pueda igualar la que es abundante y común, cuando la madurez de la sangre ha prendido la imaginación y la tierra es vista a través de brumas rosadas de miles de deseos sin nombre ni objetivo, jadeando de felicidad y tomándola según viene, haciendo de un suspiro o un sonido, por la fuerza de su hechizo, una llave al infinito por el placer inocente. Las pasiones son entonces cachorros que retozan, no los devastadores glotones en que se convierten. Tienen garras y dientes, pero no muerden ni arañan. Se dejan aconsejar por el acelerado corazón y el cerebro. El dulce y completo sistema se mueve al unísono.

Sir Austin había esperado, según su plan, un cambio en la naturaleza de su hijo, y ahora era visible. Los sonrojos de la juventud, sus largas vigilias, su apego a la soledad, su abstracción y su aire abatido, pero no melancólico, eran motivos de alegría para el clarividente caballero.

—Pues tiene —le dijo al doctor Clifford de Lobourne, después de consultarle en nombre del joven y asegurarse de su buena salud— una condición plenamente saludable. La sangre está sana, la mente virtuosa: ninguna lleva a la otra a hacer el mal, y ambas se están perfeccionando para la edad adulta. Si la alcanza puro, en la impoluta entereza y perfección de su poder natural, seré un padre feliz. Pero aún debe hacer más: que conozca el paraíso y pueda leer la escritura de Dios en la tierra. ¡Esas abominaciones que se llaman muchachos precoces son pequeños monstruos, doctor! ¿Y quién sabe qué es el mundo cuando ellos lo llenan? No tendrán tiempo de rememorar sus vidas, ¿cómo pueden creer en la inocencia y la bondad, o ser hijos del egoísmo y el diablo? Pero mi hijo — el baronet bajó la voz conmovido—, mi hijo, si cae, será de la región de la pureza. No se atreve a ser escéptico. Sea cual sea su oscuridad, tendrá la luz de la memoria para guiarle. Eso está a salvo.

Decir tonterías, o poesía, o la línea que las separa, en un tono de profunda sinceridad, y enunciar solemnes discordancias, transmitir la impresión de una perspicacia espiritual, es el don peculiar de los monomaníacos que, habiéndose convertido a sí mismos, proyectan influir en sus vecinos, y a través de ellos conquistar buena parte del mundo, para bien o para mal. Sir Austin poseía ese don. Hablaba como portador de verdad, y persistía tanto en ella que le concedían autoridad los que no le entendían y dejaba en silencio a los que le entendían.

—Ya veremos —fue el argumento del doctor Clifford y de otros no creyentes.

Hasta ahora el experimento había tenido éxito. No se podía encontrar un joven más hermoso, cordial y bueno. Su promesa era innegable. La embarcación, también, aunque ahora estaba atracada en el puerto, sin haber sufrido los elementos del gran océano; había tenido un viaje de prueba, y se las había arreglado dignamente en aguas tormentosas, como mostraba la comedia Bakewell presenciada en Raynham. Ningún augurio podía dar mejores esperanzas. ¡El destino debía de ser duro, la prueba severa, la suerte oscura para destruir tan brillante primavera! Pero, aun siendo tan brillante, el baronet no relajaba su vigilancia. Les dijo a sus amigos más íntimos:

—Cada acto, cada inclinación fomentada, cada pensamiento planta una semilla para el futuro en el momento de florecer. El nuevo brote requiere ahora incesantes cuidados.

Y de ese modo lo vigilaba sir Austin. El joven se sometía a examen cada noche antes de acostarse, supuestamente para dar cuenta de sus estudios, pero el objetivo era recapitular las experiencias morales del día. Podía hacerlo, pues era puro. Su padre percibía cada extravagancia, lo desusado o vivaz de su imaginación, y lo adjudicaba a su desarrollo. No hay nada como una teoría para atar a los sabios. Sir Austin, a pesar de su rígida custodia, conocía menos a su hijo que el sirviente de su casa. Y era sordo, además de ciego. Adrian creyó su deber informarle de que el joven consumía papel. Asimismo, la señora Blandish destacó sus tendencias lunares. Sir Austin, desde su noble torre de control del sistema, lo había previsto. Pero, cuando se enteró de que el joven escribía poesía, su herido corazón encontró la ocasión para perturbarse.

—¿Me imagino —dijo la señora Blandish— que ya sabías que escribía?

—Sí, pero escribir es distinto a escribir poesía —dijo el baronet—. Ningún Feverel ha escrito nunca poesía.

—No creo que sea signo de degeneración —comentó la dama—. Rima muy bien, a mi parecer.

Un frenólogo de Londres y un profesor de poesía de Oxford tranquilizaron el pavor de sir Austin.

El frenólogo dijo que el muchacho carecía de habilidad para imitar; el profesor, que estaba negado para la rítmica, y lo ejemplificó con varios reconfortantes ejemplos de las pocas efusiones literarias que examinó. Sumado a esto, sir Austin le dijo a la señora Blandish que Richard había hecho, por su bien, lo que ningún poeta había sido capaz: con sus propias manos, a sangre fría, había condenado su manuscrito a las llamas, lo que hizo que la señora Blandish suspirara: «¡Pobrecillo!».

Matar a un hijo querido es una imposición dolorosa. Para un joven en flor que se cree poeta, pedirle que destruya a su primogénito sin motivo (aunque fingir un motivo convincente para justificarlo habría sido una farsa) es un despotismo aborrecible, y las flores de Richard se marchitaron. Un ser extraño atravesó y cortó su cráneo con dedos sagaces y rígidos, aplastó su alma y, con una voz infalible, ¡le declaró el animal que le hacía sentirse tan animal! No solo sus flores se marchitaron; se retrajeron sus brotes y ramitas. Y cuando, al quedarse solos (tras haberse marchado el frenólogo), y con toda ternura, su padre le dijo que le complacería ver esos escritos precoces y sin valor en las cenizas, las últimas flores de su mente cayeron al instante. La naturaleza de Richard quedó desnuda. No protestó. ¡Era suficiente desearlo! No perdería un minuto. Le pidió a su padre que lo siguiera, fue hacia un cajón de su cuarto, y de una cómoda de sábanas limpias, que no habría sospechado sir Austin, el hermético joven sacó un fardo tras otro, cada uno bien atado, titulado y numerado, y los lanzó a las llamas. Y así dijo adiós a su ambición. Y, con ello, a la verdadera confianza entre padre e hijo.

Capítulo XIII

Era el momento, como había escrito sir Austin, de la edad magnética: la edad de la atracción violenta, cuando oír hablar del amor es peligroso, y verlo, la transmisión de la enfermedad. Los habitantes de Raynham fueron avisados por el baronet, y criticaron duramente su reputación de sabio por las órdenes que creyó adecuado difundir con el mayordomo y el ama de llaves a los demás criados, para evitar que su hijo contemplara algún indicio de pasión. Despidieron a un criado y a dos criadas cuando Benson informó que estaban inmersos o inclinándose hacia ese estado, tras lo cual renunciaron una cocinera y una lechera, aseverando que «no es que desearan hombres jóvenes, sino que era intolerable ser vigiladas por un vejestorio», refiriéndose a que el mayordomo «era demasiado para una cristiana», y se mostraron muy mezquinas al desviarse a la calamidad marital de Benson, dando a entender que algunos hombres dan con la horma de su zapato. La vigilancia de Benson se volvió tan insoportable que Raynham se habría quedado sin sus mujeres si Adrian no hubiera intervenido, advirtiendo al baronet de la mano dura que ejercía el mayordomo. Sir Austin lo reconoció con desánimo.

—¡Solo demuestra —dijo, con su espíritu de justicia— que es imposible legislar donde hay mujeres!

—Sí —dijo Adrian, cuya discreción era maravillosa.

—No pasear en parejas —siguió el baronet—, no besarse en público. Ningún chico debería ser testigo de esas cosas. Cuando los dos sexos están juntos, se comportan como idiotas, y cuando están sobrealimentados, maleducados y desocupados hay que tomar cartas en el asunto. Que se sepa que solo quiero discreción.

Se ordenó, por tanto, que la discreción reinara en la abadía. Bajo la tutela de Adrian hasta las más bellas criadas adquirieron esa virtud.

La discreción también se mantenía en la parte superior de la casa. Sir Austin, que parecía no darse cuenta del caso del vicario de Lobourne, había pedido a la señora Doria que prohibiera, o al menos lo disuadiera de sus visitas, pues el hombre era un mar de suspiros.

—¡De verdad, Austin! —dijo la señora Doria, sorprendida de encontrar a su hermano más despierto de lo que suponía—. Nunca le di esperanzas.

—Házselo ver, entonces —respondió el baronet—, házselo ver.

—Es que me entretiene —dijo la señora Doria—. Sabes que las criaturas inferiores tenemos aquí pocos pasatiempos. Confieso que preferiría un organillo; me recuerda la ciudad y la ópera, y toca más de una melodía. Sin embargo, ya que piensas que mi compañía es mala para él, no vendrá más.

Con la devoción propia de una mujer, esperaba paciente el momento en que se hablara de su hija Clare y de su futuro. El corazón maternal de la señora Doria ya había prometido a los dos primos, Richard y Clare; los veía casados y con hijos. Por eso cedía el paso a los placeres, por eso se encerraba en Raynham, por eso soportaba un millón de tonterías, exacciones, inconvenientes, cosas abominables para ella, y Dios sabe qué formas de tortura y abnegación, con la sonrisa de la más voluntariosa mártir: una madre con una hija que casar. La señora Doria, una viuda agradable, se habría casado de no ser por su hija Clare. Tenía un pelo que a cualquier mujer le encantaría tener. Era el tema de su criada: la aureola natural de su cabeza. Era feliz, ingeniosa y lo suficientemente joven para exigir un destino, ¡y renunciaba a todo por su hija! Sacrificaba, con unas tijeras heroicas, pelo, ingenio, alegría… ¡No conviene enumerar más, pero podríamos seguir! Y era única entre un millón, un millón que no obtenía recompensa del héroe, pues estima el aplauso, la condolencia, la compasión y el honor. ¡Ellas, pobres esclavas, solo deben buscar la oposición de su sexo y el desprecio del nuestro! ¡Oh, sir Austin! ¡De no haber estado tan ciego, qué aforismo podría haber redactado con ese punto de vista! A la señora Doria le dijo con frialdad, de hermano a hermana, que en la edad magnética su hija no era bienvenida en Raynham. En lugar de ofenderse, su pensamiento fue la montaña de prejuicios contra los que tenía que luchar. Hizo una reverencia y dijo que Clare necesitaba el aire del mar; no se había recuperado de aquella aciaga noche. ¿Cuánto, quería saber la señora Doria, iba a durar el peculiar período?

—Eso depende —dijo sir Austin—. Un año, quizá. Acaba de entrar en él. Me dolerá perderte, Helen. ¿Cuántos años tiene Clare?

—Diecisiete.

—Está en edad casadera.

—¿Casadera, Austin? ¡Tiene diecisiete años! Ni se te ocurra decir eso. No le robarán la juventud a mi hija.

—Nuestras mujeres se casan pronto, Helen.

—¡Mi hija no!

El baronet reflexionó un momento. No quería perder a su hermana.

—Con esa opinión, Helen —dijo—, quizá podamos arreglárnoslas para que te quedes con nosotros. ¿Qué te parecería mandarla unos meses a alguna institución, para aprender disciplina?

—¿A un sanatorio, Austin? —gritó la señora Doria, tratando de controlar su indignación.

—A algún selecto seminario, Helen. Existen.

—¡Austin! —exclamó la señora Doria, luchando contra las lágrimas—. ¡Es injusto! ¡Absurdo!

El baronet creía natural pensar que Clare debía ser estudiante o esposa.

—No puedo dejar a mi hija. —La señora Doria tembló—. Adonde vaya, voy yo. Soy consciente de que es la única de nuestro sexo, sin ningún valor para el mundo, pero es mi hija. Ya me encargaré, querido, de que no tengas queja de ella.

—Creía —dijo sir Austin— que estabas de acuerdo conmigo en la educación de mi hijo.

—Sí, en general —dijo la señora Doria, y se sintió culpable de no habérselo dicho antes y fuera demasiado tarde, que había creado un ídolo en su casa.

¡Un ídolo de carne y hueso! Más vengativo y abominable que uno de madera, de metal o de oro. Pero también ella se había sometido al ídolo. Se había visto obligada a llevar servilmente a cabo su proyecto. Había (lo percibía vagamente) cometido un grave error de táctica, enseñando a su hija a someterse al ídolo. Richard tomaba ese tipo de amor como un tributo. Era indiferente a los suaves ojos de Clare. El beso de despedida fue tan rápido y frío como su padre deseaba. Sir Austin elogió su proceder varonil, pero Richard sentía vacía su elocuencia; los intentos de ser su compañero, incómodos; sus aspiraciones y la vida misma, vanas e inútiles. ¿Con qué fin?, suspiraba el joven estéril, y lo gritaba cuando se libraba de la compañía de su padre. ¿Para qué servía? Hiciera lo que hiciese, escogiera el camino que escogiese, todos llevaban a Raynham. Hiciera lo que hiciese, por miserable y obstinado que se mostrase, confirmaba las previsiones de sir Austin. Tom Bakewell, el sirviente del joven, le entregaba al baronet un informe, junto con Adrian, de las acciones de su joven amo, y, aunque no había nada malo, Tom aclaró:

—Le gusta galopar como el fuego todos los días hasta Pig’s Snout —nombró el monte más alto del vecindario—, y quedarse allí contemplando el paisaje sin moverse, como un loco. Y luego vuelve triste, como si hubiera perdido una carrera.

—¡No hay ninguna mujer detrás de eso! —caviló el baronet—. Habría vuelto con el mismo brío —reflexionó el profundo humanista científico— si se tratara de una mujer. Evitaría los espacios abiertos, y buscaría la soledad y las sombras para ocultarse. El deseo de distancia anuncia vacío y hambre sin propósito; pero si el corazón está poseído por una imagen, escapamos al bosque, como los culpables.

El informe de Adrian acusaba a su pupilo de un extraordinario acceso de cinismo.

—Exacto —dijo el baronet—. Como predije. Un período de apetito insaciable viene acompañado de un paladar exigente. Solo la quintaesencia de la existencia y esos suministros inagotables satisfarán sus ansias, ¡que no debemos alimentar! De ahí esa amargura. La vida no puede proveer a un apetito como el suyo. La fuerza y la pureza de sus energías han alcanzado una altura casi divina, y vagan en lo vano. Poesía, amor, son drogas similares que la tierra ofrece a los elevados espíritus, como el libertinaje a los más viles. Es un signo, esta amargura, de que no está sujeto a los empirismos que hoy circulan. ¡Debemos mantenerlo libre de ellos!

Era más fácil que los Titanes arrasaran el Olimpo. Sin embargo, aún no se podía decir que hubiera fracasado el sistema de sir Austin. Al contrario, había criado a un joven apuesto, inteligente, bien educado y, observaban las damas con énfasis, inocente. ¿Dónde, se preguntaban, podría encontrarse otro joven así?

—¡Oh! —dijo la señora Blandish a sir Austin—. Si las mujeres pudieran unirse a hombres inmaculados, ¡qué distintos serían los matrimonios! La que haga de Richard su marido será una mujer realmente feliz.

—¡Muy feliz, en efecto! —era la respuesta mordaz del baronet—. Pero ¿dónde encontraré a su igual y su pareja?

—Yo de niña era inocente —dijo la dama.

Sir Austin se reservó su opinión.

—¿Acaso cree que ninguna niña es inocente?

Sir Austin, galante, así lo pensaba.

—No es que no lo sean —respondió la dama—. Pero son más inocentes que los chicos, estoy segura.

—Por la educación, señora. Ya ve lo que un joven puede ser. Quizá, cuando se publique mi sistema, o más bien, para ser humilde, cuando se practique, volveremos al equilibrio con jóvenes virtuosos.

—Es demasiado tarde para mí —dijo la dama, haciendo un mohín y riéndose.

—Nunca es tarde para que la belleza despierte al amor —respondió el baronet, y siguieron charlando de nimiedades.

Se acercaban a la pérgola de Dafne. Entraron y se sentaron a saborear el frescor del atardecer de verano.

El baronet parecía de humor para bromas corteses; la dama, para hablar de asuntos serios.

—Podré creer de nuevo en los caballeros del rey Arturo —dijo—. Cuando era niña, soñaba con un caballero.

—¿En busca del Santo Grial?

—Por ejemplo.

—¿Y mostró su buen gusto de hacerse a un lado para dejar paso al más tangible santo Blandish?

—Claro, si ese es su punto de vista —suspiró la dama, algo molesta.

—Solo puedo juzgar a nuestra generación —dijo sir Austin, con un deje de homenaje.

La mujer abrió la boca:

—O somos muy fuertes o ustedes muy débiles.

—Ambos, mi señora.

—Pero, sea lo que sea, cuando somos malas, ¡somos malas! Amamos la virtud, la verdad y las almas elevadas de los hombres, y, cuando encontramos esas cualidades en ellos, somos constantes y lo daríamos todo por ellos. ¡Ah, conoce a los hombres, pero no a las mujeres!

—¿Los caballeros con esas distinciones deben ser jóvenes, presumo? —dijo sir Austin.

—¡Viejos o jóvenes!

—Pero, si son mayores, ¿de veras pueden conseguir algo en la vida?

—Son queridos por lo que son, no por sus hazañas.

—¡Ah!

—Sí, ¡ah! —dijo la dama—. El intelecto puede dominar a las mujeres, hacerlas esclavas, y ellas admiran la belleza tanto como usted. Pero aman para siempre y se emparejan si encuentran un espíritu noble.

Sir Austin la miró con tristeza.

—¿Y encontró al caballero de sus sueños?

—No entonces —bajó los párpados, con un gesto hermoso.

—¿Y cómo soportó la decepción?

—Mi sueño se quedó en el parvulario. El día que mi vestido se transformó en traje de novia y me llevaron al altar. No soy la única niña que se ha convertido en mujer en un día y ha sido entregada a un ogro en lugar de a un caballero.

—¡Cielo santo! —exclamó sir Austin—. Las mujeres tienen que soportar tanto.

Aquí la pareja intercambió sus estados de ánimo. La mujer recuperó la alegría y el baronet se puso más serio.

—Es nuestra suerte —dijo ella—. Y se nos permiten muchos entretenimientos si cumplimos el deber de tener hijos, que, como nuestra virtud, es su propia recompensa. Ahora, como viuda, disfruto de maravillosos privilegios.

—¿Y, para preservarlos, sigue viuda?

—Desde luego —respondió—. No tengo problema en dominar lo que el mundo llama carácter. Puedo sentarme con usted todo el día sin quejarme. Sí, otras también lo hacen, pero son unas excéntricas, y han dejado de lado su carácter.

Sir Austin se le acercó.

—Habría sido una madre admirable, señora.

Oír esto de sir Austin era como ser cortejada.

—Es una pena —contestó— que no lo sea.

—¿Usted cree? —dijo con humildad.

—Lo creería —dijo— si el cielo le hubiese dado una hija.

—¿La habría creído merecedora de Richard?

—¡Nuestra sangre, señora, habría sido una!

La mujer jugueteó con su sombrilla.

—Pero si soy madre —dijo—. Richard es mi hijo. ¡Sí! Richard es mi hijo —reiteró.

Sir Austin añadió con gentileza:

—Llámelo nuestro, señora. —Y acercó su cabeza para escuchar de sus labios la palabra que, sin embargo, ella decidió rechazar, o posponer.

Ambos se volvieron a contemplar el colorido del oeste, y sir Austin dijo:

—Como no va a decir que es nuestro, déjeme decirlo a mí. Y, como tiene los mismos derechos sobre el chico, le confiaré un proyecto concebido recientemente.

El anuncio del proyecto no tenía el sabor de una pedida de mano, pero para sir Austin confiarse a una mujer equivalía a una declaración. Así lo pensó la señora Blandish, y así lo expresó su sonrisa embelesada, mientras miraba detenidamente al suelo escuchando el proyecto. Tenía que ver con las nupcias de Richard. Ya tenía casi dieciocho años. Iba a casarse a los veinticinco. Mientras tanto, debían buscar a una dama algunos años más joven en los hogares de Inglaterra con la educación, el instinto y la sangre adecuadas (que sir Austin agrandó sin reservas) para desposar a un joven tan perfecto y aceptar el honorable deber de perpetuar a los Feverel. El baronet añadió que iba a ponerse en marcha de inmediato y dedicar un par de meses a su búsqueda.

—Me temo —dijo la señora Blandish, con el proyecto ya revelado— que se ha impuesto una tarea difícil. No debe ser demasiado exigente.

—Lo sé. —El baronet movió la cabeza con pena—. Incluso en Inglaterra será complicado. Pero no me limito a ninguna clase. Quiero que su sangre sea limpia, no que sea sangre azul. Mucha gente de la clase media tiene más cuidado y la sangre más pura que la aristocracia. Muéstreme entre ellos una familia temerosa de Dios que eduque a sus hijos. Preferiría una chica sin hermanos ni hermanas. Que la eduquen como una joven dama cristiana, igual que yo he educado a mi hijo, y no me importa que no tenga un penique. La comprometeré con Richard Feverel.

La señora Blandish se mordió el labio.

—¿Y qué le dirá a Richard de su ausencia en esa expedición?

—¡Oh! —dijo el baronet—. El muchacho acompañará a su padre.

—Entonces, déjelo. Su futura novia ahora es cursi y simple. Corretea, grita y sueña con jugar y comer pastel. ¿Qué le va a importar a él? A su edad, piensa en mujeres mayores como yo. Sin duda irá contra ella y destruirá su plan; créame, sir Austin.

—¿Sí? ¿Usted cree? —preguntó el baronet.

La señora Blandish le dio multitud de razones.

—¡Sí, cierto! —murmuró—. Adrian me dijo lo mismo. Que no debe verla. ¿Cómo se me ocurrió? Una niña es una mujer desnuda. La despreciaría, ¡naturalmente!

—¡Naturalmente! —repitió la dama.

—Bueno, entonces, señora —el baronet se levantó—, he de tomar una decisión. Debo, por primera vez en su vida, dejarle solo.

—¿Lo hará? —dijo la dama.

—Es mi deber, al haberlo criado así, asegurarme de que tenga la esposa adecuada, que no se lo traguen las arenas movedizas del matrimonio, como podría pasarle a un joven tan refinado. Al estar comprometido, quedará libre de un millón de trampas. Puede que le deje unos meses. Mis precauciones le han salvado de las tentaciones de esta temporada.

—¿Y quién quedará a su cargo? —inquirió la señora Blandish.

Habían salido del templo, y estaba junto a sir Austin en los escalones, bajo el limpio crepúsculo de verano.

—¡Señora! —Tomó su mano, y su voz fue tierna y gentil—. ¿Quién sino usted?

Al decirlo, el baronet alzó su mano y se la llevó a los labios.

La señora Blandish se sintió como si la hubieran cortejado y pedido la mano. No la retiró. El gesto del baronet era halagador y respetuoso. Era pausado, ejecutado con una ceremonia muy seria. Y él, que despreciaba a las mujeres, ¡la había elegido como ofrenda! La señora Blandish olvidó lo que le había costado llegar ahí. Había recibido el exquisito cumplido con su única dulzura, pues en el amor no debemos merecer nada o no habrá frutos.

La mano de la dama estaba aún retenida y el baronet en la misma posición, cuando un ruido en un hayedo próximo sobresaltó a los actores de esta pantomima cortés. Volvieron la cabeza y contemplaron a la esperanza de Raynham observando la escena a caballo. Después se alejó a galope.

Capítulo XIV

Richard yació toda la noche con el corazón como un potro al galope, y el cerebro cabalgándolo, atravesando un mundo de sabor desconocido, el gran reino del misterio del que ya no podían apartarlo. Durante meses había deambulado a las puertas del reino, suspirando, deseando ser admitido. Ahora tenía la llave. Su padre se la había dado. Su corazón era un corcel, le llevaba a inmensas regiones de extraña belleza, donde jinetes y damas se susurraban delicias en verdes praderas, derrochaban esplendor en los bosques salvajes, y los torneos y desfiles se celebraban en cortes doradas, iluminadas por los ojos de las damas; un par de ellos, de luz tenue, le seguían por la espesura, como a una presa, y él quería tomar una mano blanca, resplandeciente, perfumada como las flores con escarcha de una noche de mayo.

De pronto, su corazón se detenía por la conmoción: estaba a punto de consumar la felicidad con los labios en la pequeña mano. ¡Moriré con su contacto!, gritaba el joven magnético. ¡Echar la joya de la vida en esa copa y beberla! Estaba ebrio de expectación. Había nacido para eso. Ahí estaba, por fin, el propósito de su existencia, algo por lo que vivir. ¡Besar la mano de una mujer y morir! Saltaba del diván y se apresuraba a coger pluma y papel para mitigar la inquietud. Apenas se había sentado, apartaba la pluma y arrojaba el papel, exclamando:

—¿No había jurado que no volvería a escribir?

Sir Austin había cerrado esa válvula de seguridad. El sinsentido de la juventud podría haberse derramado sin causar daños, pero la urgencia de su ebullición era tan grande que olvidaba su juramento, y se encontraba sentado, bajo una lámpara, en el acto de la composición, con el orgullo a un lado. Es posible que el orgullo de Richard Feverel lo hubiera inundado si el acto de componer, en ese momento, fuera fácil y claro el pensamiento, pero un sinfín de ideas se postulaban; huéspedes caóticos como nubes tormentosas pugnaban por expresarse, y la desesperación de ponerlas por escrito, tanto como el orgullo (así resumía su incapacidad), rechazaban la inepta pluma y lo tendían, jadeando, sobre la cama, llevándolo a una tierra envuelta en color rosa.

Por la mañana, la locura de la fiebre amainó y salió al aire libre. Había una lámpara encendida en la habitación de su padre y Richard creyó ver su rostro vigilante. Al instante la luz se apagó y la ventana reflejó los fríos colores del alba.

La práctica del remo es un remedio excelente para la fiebre. Richard se entregó a ese deporte de manera instintiva. El agua clara y fresca, bruñida por el amanecer, centelleaba contra su proa; las suaves y profundas sombras se rizaban formando sonrisas en su quilla. La mañana solitaria se desplegaba sobre su cabeza, de brote a capullo y de capullo a flor; aun así, deliciosos cambios de luz y color, a cuya influencia era inmune, atravesaban sauces y álamos por los rápidos del río, espejos puros para la gloria; Richard era el único inquilino de la corriente. En algún punto en la dirección que remaba residía el origen del mundo; sus luces tenues se percibían aquí y allá. No era un sueño, lo sabía. Fuera había un secreto. Los bosques se colmaban de él, las aguas corrían con él, y el viento. ¡Oh, por qué en su época no se proveía de una hazaña caballeresca que hiciera descender del cielo los ojos de las mujeres, como en los días de Arturo! Suspiraba con estos pensamientos, remando con energía febril.

Pasado Bursley, tras la quietud contemplativa que sigue al ejercicio extenuante, oyó su nombre. No era una dama, ni un hada, sino el joven Ralph Morton, una irrupción de triste prosa masculina. Habría deseado que estuviera acostado, como el resto de la humanidad. Richard remó y saltó a la orilla. Ralph agarró su brazo de inmediato; quería hablar con él de corazón, y alejó al joven magnético de sus acuosos sueños por el césped húmedo, recién cortado. Lo que tenía que decir parecía difícil de expresar, y Richard, que apenas le escuchaba, se cansó pronto de la alegría de su rival por haberle encontrado y se mostró impaciente; Ralph, como quien se mete en asuntos ajenos, pero de importancia humana, le preguntó:

—¿Qué nombre de mujer te gusta más?

—No sé —dijo Richard con indiferencia—. ¿Por qué te has levantado tan pronto?

Ralph sugirió que el nombre de Mary era bonito.

Richard estuvo de acuerdo; el ama de llaves de Raynham, la mitad de las cocineras y las criadas tenían ese nombre; el nombre de Mary equivalía a mujer del hogar.

—Sí, ya sé —dijo Ralph—. Hay muchas Marys. Es tan común. ¡No es mi nombre favorito! ¿Qué piensas?

Richard lo veía como cualquier nombre.

—¿Sabes? —siguió Ralph, revelando la verdad—. Haría cualquier cosa por algunos nombres, por uno o dos. No Mary ni Lucy. Clarinda es bonito, pero de novela. Claribel me gusta. Prefiero los nombres que empiezan por «Cl». ¡Las «Cl» siempre son chicas gentiles y bonitas por las que uno podría morir! ¿No crees?

Richard no había conocido a ninguna «Cl» que le inspirara esa emoción. De hecho, esa consulta imprevista sobre su gusto en nombres femeninos a las cinco de la mañana le sorprendió, y apenas estaba preparado. Poco a poco percibió que Ralph había cambiado. En lugar del sano y escandaloso joven, su rival en las disputas que decía lo que pensaba y actuaba en consecuencia, tenía ante él a un joven tímido y ruborizado que reclamaba lastimosamente un amigo al que confiar su preocupación. Richard comprendió que también Ralph estaba en las fronteras del reino del misterio, quizá más adentrado que él, y, con un golpe de compasión, se le reveló la maravillosa belleza y el profundo significado de los nombres femeninos. De repente, el tema parecía nuevo y exquisito, perfecto para el tiempo y la hora. Pero la dificultad estribaba en que Richard no podía elegir un nombre. Todos eran el mismo: los apreciaba por igual.

—¿De verdad no prefieres los que empiezan por «Cl»? —insistió Ralph.

—No más que los que terminan en «a» o «y» —respondió Richard, y pensó que ojalá pudiera preferirlos, pues Ralph iba evidentemente delante de él.

—Vamos bajo esos árboles —dijo Ralph. Y allí Ralph se confesó. Su nombre estaba registrado en el ejército. Eton se había acabado para siempre. En pocos meses debía unirse a su regimiento, y antes de marcharse quería despedirse de sus amigos. ¿Podría darle Richard la dirección de la señora Forey? Había oído que vivía cerca del mar. Richard no recordaba la dirección, pero se mostró dispuesto a encargarse de enviar cualquier carta.

Ralph se metió la mano en el bolsillo.

—Aquí tienes. Pero que no la vea nadie.

—Mi tía no se llama Clare —dijo Richard, leyendo detenidamente el sobre—. Se la has enviado a Clare.

Era evidente.

—Emmeline Clementina Matilda Laura, condesa Blandish —dijo Richard en voz baja, uniendo los nombres como en una canción. Entonces dijo—: ¡Nombres de mujer! ¡Cómo las dulcifican!

Miró fijamente a Ralph. Si adivinó algo, no lo dijo; se despidió de su amigo, saltó a su embarcación y remó siguiendo la corriente. Cuando dejó atrás a Ralph, leyó la dirección. Se sorprendió pensando que su prima Clare era una criatura encantadora; recordó sus ojos, y especialmente la mirada de reproche que le dedicó cuando se fue. ¿Por qué le escribía Ralph? ¿No pertenecía Clare a Richard Feverel? Leyó las palabras una y otra vez: Clare Doria Forey. Sí, Clare era el nombre que más le gustaba, no, ¡lo amaba! Doria también; lo compartía con él. Sintió que el corazón bajaba rápidamente por su estómago. Se encontraba demasiado débil para remar. Clare Doria Forey. ¡Oh, perfecta melodía! Deslizándose con la marea, la oía resonar en el corazón del monte.

Cuando la naturaleza nos prepara para el amor, rara vez el destino se retrasa en construir un templo para albergar la llama.

Sobre las luces verdosas del dique, sacudido por el estruendo del agua, los lirios, dorados y blancos, se mecían entre los juncos. Las reinas de las praderas vibraban en los bancos, rodeadas de matojos de hierba y zarzamoras, y también la hija de la tierra. Su cara, ensombrecida por un ancho sombrero de paja con un ala flexible, dejaba sus labios y su barbilla al sol, y al inclinarse emergían a la luz unos ojos prometedores. Detrás de sus hombros fluían grandes rizos sueltos, marrones en la sombra, dorados donde la luz los tocaba. Vestía de manera sencilla, apropiada para la estación y la decencia. De cerca se veían sus labios manchados. Esta joven en flor comía zarzamoras. Crecían entre el banco del río y el agua. Parecía que había encontrado abundantes frutos, pues su mano subía con soltura a la boca. Quisquillosa juventud, a la que le asquea una mujer colmando su exquisita proporción con pan y mantequilla y (suponemos) se deleita viendo comer zarzamoras. En efecto, la manera de comerlas es refinada e induce a la reflexión. La zarzamora es la hermana inocente del loto. Cuando se comen, la boca, los ojos y las manos se atarean, y la mente queda libre para vagar. Esto le sucedía a la damisela allí arrodillada. Una pequeña alondra la sobrevoló, cantando a la esponjosa nube que atravesaba el cielo azul; desde un bosquecillo cubierto de rocío, sobre su sombrero inclinado, salió un mirlo, llamándola con voz suave; el martín pescador relució bajo el mimbre verde; una garza subió a la superficie; en busca de soledad, una embarcación se deslizaba hacia ella dirigida por un joven soñador; ella recogía y comía frutos, como si ningún príncipe invadiera su territorio y no deseara un príncipe, o no conociera esos deseos. Rodeada de prados verdes segados, del zumbido pastoral del verano, del estruendo del dique, blanco y sonoro, entre el aliento y la belleza de las flores salvajes, era una pequeña y adorable vida humana en un bello emplazamiento; es decir, una atracción terrible. El joven magnético se acercó al dique y contempló la bella imagen. La naturaleza se paralizó con el encuentro de dos nubes eléctricas. Su postura era tan grácil que, contemplándola desde el dique, no se atrevía a remar. Entonces una deliciosa zarzamora captó su mirada. Él se agitaba cerca, sin ser visto, y ella extendió la mano sin lograr su objetivo. Remó un poco y llegó a su lado. La damisela alzó la vista, consternada, y su cuerpo tembló en el borde. Richard saltó de la embarcación al agua. Con una mano empujó a la joven hacia arriba por los pies, que había metido en las derrumbadas orillas del banco para no caer. Logró que recuperara el equilibrio y volviera a tierra firme, y allí la siguió.

The free sample has ended.

Genres and tags

Age restriction:
0+
Volume:
561 p. 3 illustrations
ISBN:
9788417743949
Translator:
Copyright Holder::
Bookwire
Download format:

Similar books