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Introducción a los escritos de Elena G. de White

George R. Knight


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Introducción a los escritos de Elena G. de White

Presentación

Conozcamos a Elena G. de White

Unas palabras al lector

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

SEGUNDA PARTE

Capítulo 5

TERCERA PARTE

Capítulo 6

Cómo leer a Elena G. de White

Unas palabras al lector

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

SEGUNDA PARTE

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capitulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

TERCERA PARTE

Capítulo 21

Capítulo 22

El mundo de Elena G. de White

Unas palabras al lector

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

SEGUNDA PARTE

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Introducción a los escritos de Elena G. de White

George R. Knight

Dirección: Jael Jerez

Diseño de la tapa: Andrea Olmedo Nissen

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de tapa: Propiedad de Shutterstock

Ilustración del interior: Shutterstock, AG, ACES

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. © 2012 APIA y GEMA. Todos los derechos reservados.

© 2014, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-363-0


Knight, George R.Introducción a los escritos de Elena G. de White / George R. Knight / Dirigido por Jael Jerez. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-363-01. Vida cristiana. I. Jerez, Jael, dir. II. Título.CDD 248.4

Publicado el 01 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Presentación

Tres días antes de haberme sido encomendado escribir esta pre­­sentación, yo había participado de una inspiradora reunión de es­tudio y oración con dos amigos. Uno de ellos comentó sus lu­chas mientras trataba de entender una serie de declaraciones de los primeros capítulos de Historia de la redención, que lo dejaron per­plejo, en cuanto al papel de Cristo en la Deidad. Hace unos años, otro amigo me comentó su experiencia cuando intentó se­guir al pie de la letra todas y cada una de las declaraciones de Elena de White respecto a la reforma prosalud. Según él, al final de va­rios meses su porte físico se resumía en una sola palabra: ca­da­vérico. Y lo que más me llama la atención de ambos ca­sos es que los dos son pastores.

Estos pastores, durante su formación teológica, fueron pre­­parados para poder interpretar el texto bíblico. Asignatu­ras como Introducción a la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) y Herme­néu­tica presentan principios que nos ayudan a en­ten­der y saber interpretar a la luz de su contexto los pasajes bíblicos. No impedimos a las mujeres hablar en público ni enseñar, aunque Pablo no se lo permitía (1 Cor. 14:33-35). Tam­po­co nos atrevemos a co­mernos un libro, como hizo Juan (Apoc. 10:9), ni andamos de­ján­donos morder por serpientes ni bebiendo nada mortífero (Mar. 16:18). Incluso sabemos explicar pasajes como el que nos dice que Cristo fue “hecho un poco menor que los ángeles” (Heb. 2:9). Por la gracia de Dios, además de esta preparación, que nos facilita el entendimiento de las Sagradas Escrituras, aplicamos el sentido común y la analogía de la fe. Sin embargo, a la hora de entender y aplicar los escritos de Elena de White, lamentablemente en muchos casos no podemos decir lo mismo.

Creo que la razón es esta: En realidad, ni a los pastores, ni a los miembros de la iglesia se les ha enseñado de forma sistemática y abarcante a estudiar y aplicar las declaraciones del Espíritu de Profecía, como se ha hecho con la Biblia. Por ello es del todo indispensable que cada pastor, alumno de Teolo­gía, dirigente de iglesia, líder de grupo pequeño y todo cre­yen­te al que le intere­se tener una mejor experiencia a la hora de estudiar y poner en práctica las instrucciones que Dios ha dado a su iglesia por medio del Espíritu de Profecía dedique tiempo a entender la vida, las obras y el contexto histórico en que vivió Elena de White. El profeta usa el lenguaje de su tiempo y escribe en un contexto so­ciocultural y espiritual determinado, a veces muy diferente del nuestro. En algunas ocasiones da consejos e indicaciones para un caso concreto y especial, que no son de aplicación universal, aunque sí lo sean los principios subyacentes. Para interpretar correc­tamente los mensajes proféticos, y aplicarlos con acierto, hemos de conocer ese contexto, y así poder aplicar correctamente los sanos principios de interpretación de los escritos inspirados.

Por todo ello es necesario, y muy conveniente, leer esta Intro­duc­ción antes de adentrarse en la lectura de la vasta producción literaria de la mensajera del Señor para el tiempo del fin.

Introducción a los escritos de Elena G. de White llena pues un gran vacío. Por primera vez tenemos a nuestro alcance en un solo volumen todos los elementos y principios indispensables para entender los escritos de la sierva de Dios. Introducción a los escritos de Elena G. de White agrupa cuatro libros:

 Conozcamos a Elena G. de White nos introduce en la vida de la profetisa, sus escritos y los temas fundamentales que aborda en ellos.

 Cómo leer a Elena G. de White desarrolla los principios de in­ter­pretación.

 El mundo de Elena G. de White aborda la situación so­cial, política, religiosa e intelectual del mundo en que vi­vió la Sra. de White. No confundir esta obra con otra de igual título, de diversos autores, incluido George R. Knight, y cu­yo editor fue Gary Land.

 Caminando con Elena G. de White nos presenta el lado hu­ma­no de la mensajera del Señor.

El autor de esta Introducción a los escritos de Elena G. de White, el Dr. George R. Knight, excatedrático del Se­mi­nario Teo­lógico de la Universidad Andrews, no necesita presentación. Todos hemos disfrutado de sus escritos, de su sinceridad y de la agudeza con que analiza con claridad y sin rodeos los te­mas más sensibles para el adventismo. Además, Knight tiene dos cualidades que lo hacen idóneo para haber escrito esta tetralogía:

 Sufrió en carne propia las consecuencias que provoca una mala comprensión de los escritos de la Sra. de White.

 Ha enseñado durante varias décadas, en los cinco conti­nen­tes, todo lo relacionado con la vida y obra de nuestra profetisa.

Por tanto, en el autor de Introducción a los escritos de Ele­na G. de White se combina una vasta y larga experiencia, una só­lida formación académica, un profundo y amplio conocimiento de la sociedad y de la historia de la Iglesia Ad­­ventista del Séptimo Día y su entorno sociocultural, además de una reconocida erudición no exenta de vasta cultura teológica y general. Y si a todo esto añadimos su probada capacidad de síntesis, su claridad expositiva y la amenidad de su prosa, podemos decir con toda propiedad que nadie mejor que él para introducirnos con paso firme y seguro en los escritos de la mensajera del Señor.

Por eso, estamos convencidos de que la lectura de In­tro­ducción a los escritos de Elena G. de White será una ben­dición para todos los que procuran adquirir una mejor comprensión del plan que Dios tiene para su vidas.

J. Vladimir Polanco

Editor de APIA

Conozcamos a Elena G. de White

George R. Knight

Dedicado a Robert W. Olson, mi primer maestro de Biblia, y una inspiración en mi camino con Jesús.

Unas palabras al lector

Sin duda alguna, Elena de White (1827-1915) ha sido la adventista del séptimo día de más influencia en la historia de nuestra iglesia. Su presencia personal y sus escritos han sido trascendentes para conformar y guiar al adventismo durante siete décadas de ministerio profético. Desde su muerte en 1915, sus consejos y percepciones siguen siendo iluminadores para la dirección de esta iglesia cristiana.

Pero quizás usted se haya preguntado: “¿Quién es Elena de White?” Esta obra trata de responder esa pregunta. Las dos terceras partes iniciales del libro presentan nociones biográficas de su vida. Actualmente las biografías más completas de esta autora se encuentran en el libro Notas biográficas y en los seis tomos publicados por Arthur L. White entre 1981 y 1986. 1 Conozcamos a Elena G. de White solo pretende presentar una biografía concisa para el lector medio.

En la segunda sección de este libro, se categorizan y se examinan sus escritos. Por lo tanto, esta parte sirve como una introducción a sus distintos libros y manuscritos.

La tercera sección introduce a los lectores a los principales temas que caracterizan toda la obra de la Sra. de White. Estos temas vinculan sus escritos entre ellos y proporcionan la perspectiva que da a sus libros y artículos individuales un significado cósmico en la lucha entre el bien y el mal. Aunque es posible que alguien piense que debí haber seleccionado otros temas, he tratado de hacer lo mejor que he podido para elegir los que proporcionan el marco interpretativo más completo de sus pensamientos. El lector podría considerar este texto únicamente como una propuesta que se completará a medida que vayamos estudiando la vida y la obra de Elena de White.

El segundo tomo de esta serie, titulado Cómo leer a Elena G. de White, es una investigación que explora los principios básicos que debemos tener en mente mientras leemos sus escritos. Los principios surgen de su propio consejo, proyectando en su trato y relación con las personas que usaban sus escritos, y que, con el correr de los años, algunos utilizaron mal. Otro libro estrechamente relacionado con este es mi compendio de historia del adventismo titulado Nuestra iglesia: Momentos históricos decisivos. Este libro brinda el contexto histórico dentro del cual se desarrolló el ministerio de Elena de White.

Quisiera expresar mi aprecio a Bonnie Beres, que escribió el manuscrito en la computadora; a Merlin D. Burt, Paul A. Gordon, Jerry Moon, Jim Nix, Robert W. Olson y Tim Poirier, que leyeron el manuscrito y me brindaron sugerencias para mejorarlo; a Gerald Wheeler y Tim Crosby por conducir el manuscrito a través del proceso de publicación; y a la administración de la Universidad Andrews por facilitar el apoyo financiero y el tiempo necesario para investigar y escribir este libro.

Durante algunos años se ha sentido la necesidad de una introducción concisa a la vida, los escritos y los temas que desarrolló Elena de White. Conozcamos a Elena G. de White se propone satisfacer esa necesidad. Espero que sea una bendición, tanto para los miembros de la Iglesia Adventista como para los amigos y simpatizantes, mientras tratan de obtener una mejor comprensión de esta destacada mujer y de su obra.

El Autor

1 Esta obra ha sido resumida en un tomo bajo el título Elena G. de White, mujer de visión.

PRIMERA PARTE

Capítulo 1


Dirección profética para los chasqueados milleritas (1827-1850)

“Mientras estaba orando ante el altar de la familia, el Espíritu Santo descendió sobre mí, y me pareció que me elevaba más y más, muy por encima del tenebroso mundo. Miré hacia la tierra para buscar al pueblo adventista, pero no lo vi en parte alguna, y entonces una voz me dijo: ‘Vuelve a mirar un poco más arriba’. Alcé los ojos y vi un sendero recto y angosto trazado muy por encima del mundo. El pueblo adventista andaba por aquel sendero, en dirección a la ciudad que se veía al final de aquel” (Pri­meros escritos, cap. 1, p. 38).

¿Quién era la visionaria Elena?

La cita anterior registra la primera visión celestial que recibió Elena G. Harmon a los 17 años, en diciembre de 1844.

Elena y su hermana gemela eran las más jóvenes de ocho hermanos de la familia Harmon, y ambas nacieron en Gorham, Maine, el 26 de noviembre de 1827. Su padre se dedicaba a la fabricación y venta de sombreros, y más tarde se mudó con su familia a Portland, en el mismo Estado de Maine.

Fue en Portland donde Elena, con tan solo nueve años de edad, sufrió un accidente que afectó profundamente su vida. Una muchacha le dio una pedrada que la mantuvo a las puertas de la muerte durante varias semanas. Con el tiempo se re­cuperó, pero esa experiencia la dejó en tan mal estado de salud que no pudo seguir asistiendo a la escuela, aunque lo intentó con todas sus fuerzas. Durante casi toda su vida siguió sufriendo por su precaria salud.

Sin embargo, la imposibilidad de asistir a la escuela no impidió que recibiera una educación informal. Sus notas autobiográficas revelan a una joven poseedora de una mente inquisitiva y una naturaleza sensible.

Esa sensibilidad no solo se mostraba en su relación con los demás, sino también en su relación con Dios. En realidad, hasta una lectura casual de su autobiografía nos llevaría a concluir que, desde sus primeros recuerdos, era intensamente religiosa.

La joven Elena estaba profundamente impresionada con el pensamiento de que Jesús regresaría pronto. La primera vez que ella se encontró con esa idea fue a los ocho años, cuando, ca­mino a la escuela, recogió una hoja de papel donde se leía que Jesús vendría dentro de pocos años. Acerca de esto escribió: “Al considerar el acontecimiento predicho, me vi poseída de terror. [...] Me impresioné tan profundamente por el párrafo del trozo de papel que apenas pude dormir durante varias noches, y oraba continuamente para estar lista cuando viniera Jesús” (Notas biográficas, cap. 2, p. 23). Estos sentimientos se intensificaron en marzo de 1840, cuando escuchó a William Miller predicar en Portland que Cristo vendría en 1843.

El temor que Elena sintió por la segunda venida de Cristo tuvo su origen en dos asuntos. Primero, se sentía profundamente indigna. Sobre esto ella escribió: “Sentía en mi corazón que yo no lograría merecer llamarme hija de Dios. [...] Me parecía que yo no era lo bastante buena para entrar en el cielo” (ibíd., pp. 23, 24).

Su sentimiento de indignidad estaba directamente relacionado con su creencia en un infierno que ardía eternamente. Debido a sus pecados, temía que tendría que “soportar las llamas del infierno para siempre, por tanto tiempo como Dios existiera”. No solo temía por sí misma, sino también la idea de un infierno que ardía eternamente despertaba interrogantes en su mente. “Cuando me dominaba el pensamiento de que Dios se deleitaba en la tortura de sus criaturas [...] un muro de tinieblas parecía separarme de él [...] y perdía la esperanza de que un ser tan cruel y tiránico jamás condescendiera en salvarme de la condenación del pecado” (ibíd., cap. 3, p. 34).

Elena luchó durante años con estos pensamientos. Su problema se veía agravado por dos creencias falsas: primera, que ella tenía que ser buena, o hasta perfecta, antes de que Dios pudiera aceptarla; y se­gunda, la idea de que si ella estuviera verdaderamente salva, tendría sentimientos de éxtasis espiritual.

Sus tinieblas se empezaron a disipar en el verano de 1841, mientras asistía a un congreso metodista en Buxton, Maine. Allí escuchó un sermón sobre el tema de que la autosuficiencia y el esfuerzo propio de nada valen para ganar el favor de Dios. Comprendió que “tan solo en relación con Jesús, por medio de la fe, puede el pecador llegar a ser un hijo de Dios, creyente y lleno de esperanza”. Desde ese momento en adelante, procuraba fervientemente el perdón de sus pecados y luchaba para entregarse completamente al Señor. Más tarde escribió: “Mientras estaba arrodillada y oraba con otras personas [...] decía en mi corazón: ‘¡Ayúdame, Jesús. ¡Sálvame o pereceré!’ [...]. Arrodillada todavía en oración, mi carga me abandonó repentinamente y se me alivió el corazón” (ibíd., cap. 2, p. 25).

No obstante, pensó que eso era demasiado bueno para ser cierto. Como resultado, trató de reasumir la carga de angustia y culpabilidad que habían sido su constante compañía. Como escribió más adelante: “No me parecía tener derecho a sentirme alegre y feliz” (ibíd., pp. 25, 26). Solo de forma gradual pudo ir comprendiendo la ma­ravilla de la plenitud de la gracia redentora de Dios.

Poco después de regresar de ese congreso, Elena fue bautizada por inmersión y se unió a la Iglesia Metodista. Ajena a los argumentos de los miembros de iglesia que rechazaban el bautismo por inmersión, ella lo decidió así porque creía que era el único método de bautismo apoyado por la Biblia.

A pesar de esa nueva percepción, todavía estaba llena de dudas, porque no siempre sentía el éxtasis que ella creía que debía sentir si estuviera verdaderamente salvada. Como resultado, continuó con su temor de no ser lo suficientemente perfecta como para encontrarse con el Salvador en su advenimiento. Más o menos en ese tiempo William Miller regresó a Portland para dictar una serie de conferencias en junio de 1842.

Experiencia de Elena de White dentro del movimiento millerita

Miller predicaba que la venida de Jesús “iba a ocurrir alrededor de 1843”. Parte de la explicación para esa fecha era su interpretación de Daniel 8:14 (“Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”). Él interpretó que el santuario era la Tierra y la iglesia, la purificación sería por el fuego en ocasión de la segunda venida de Jesús y el final de los 2.300 días la fecha en que el fuego purificaría la Tierra. Al igual que muchos otros intérpretes, él predijo que el cumplimiento de la profecía de los 2.300 días tendría lugar en la década de 1840, alrededor de 1843, para ser más exactos. De hecho, Miller enseñó que Jesús vendría en esa fecha. De­cenas de miles aceptaron sus enseñanzas a medida que la fecha se aproximaba.

Elena Harmon fue una de ellos. Pero esa misma creencia siguió causándole problemas, puesto que la seguía atemorizando el pensamiento de que todavía ella no era “suficientemente buena”. Además, la inquietaba la idea de un fuego infernal que nunca terminaría.

Al observar la madre de Elena el estado mental de la mu­chacha, le sugirió que hablara con Levi Stockman, un pastor metodista que había aceptado el millerismo. Stockman alivió la preocupación de Elena al hablarle “del amor de Dios para con sus hijos extraviados [...] [que] en vez de complacerse en la ruina de ellos, anhelaba atraerlos a sí con una fe y una confianza sencillas. Insistió en el gran amor de Cristo y en el plan de la redención [...]. Ve en paz, Elena –me dijo–; vuelve a casa confiada en Jesús, pues él no privará de su amor a nadie que lo busque verdaderamente” (Notas biográficas, cap. 4, p. 41).

Esa entrevista fue uno de los momentos cruciales en la vida de Elena Harmon. De ahí en adelante, empezó a considerar a Dios “como un padre bondadoso y tierno más bien que como un severo tirano que fuerza a los hombres a obedecerlo ciegamente”. En su corazón “sentía un profundo y ferviente amor hacia él. Consi­de­raba un gozo obedecer su voluntad, y me era un placer estar en su servicio” (ibíd., p. 43).

Fue por aquel entonces cuando Elena llegó a comprender completamente el estado de los muertos. Sus conclusiones sobre el tema fueron tres: 1) el alma no es inmortal por naturaleza; 2) la muerte es una condición en la cual todas las personas duermen en la tumba hasta la resurrección en ocasión de la segunda venida de Jesús y 3) “la Biblia no contiene prueba alguna de que haya un infierno eterno” (ibíd., cap. 5, p. 54).

Estos planteamientos aliviaron grandemente las angustias de Elena. Después de todo, como dijo ella: “Si al morir el hombre, su alma entraba en el gozo de la eterna felicidad, o caía en la eterna desdicha, ¿de qué servía la resurrección del pobre cuerpo reducido a polvo?” (ibíd., p. 55). Esa nueva percepción de la inmortalidad condicional no solo la ayudó a comprender la enseñanza bíblica de la resurrección, sino también la libró de la falsa idea de un Dios temible que tortura a las personas en el fuego del infierno por toda la eternidad. Más tarde ella diría que “es incalculable para el espíritu humano el daño que ha producido la herejía de los tormentos eternos”. Estas enseñanzas han convertido a “millones” en “es­cép­ticos e incrédulos”. Ella sostenía que esto no podía armonizar con las enseñanzas bíblicas del amor de Dios (El conflicto de los siglos, cap. 34, pp. 525, 526).

El descubrimiento de que Dios es un “Padre tierno” fortaleció a Elena para hacer resonar las nuevas de la segunda venida de manera que otros pudieran prepararse para ese glorioso acontecimiento. De hecho, en contra de su timidez natural, ella empezó a orar en público, a compartir con otros, en las clases de las reuniones metodistas, su creencia en el poder salvador de Jesús y en su pronto regreso, y a ganar dinero para imprimir materiales con el fin de esparcir la doctrina adventista. Esta última actividad la abrumó particularmente. Debi­do a su mala salud, tuvo que mantenerse en cama tejiendo me­dias a 25 centavos al día para hacer su parte.

Ella tomaba las cosas completamente en serio, y esa convicción se demostraba en todos los aspectos de su vida. Esto condujo a muchos de sus amigos jóvenes a tener fe en Jesús.

No solo Elena, sino también sus padres y sus hermanos estaban entusiasmados con la verdad adventista que predicaba Miller. Pero la iglesia a la cual pertenecían enseñaba que Cristo no ven­dría hasta después de mil años de paz y abundancia, y no apreciaba la doctrina del pronto regreso de Cristo. Como resultado, la familia Harmon fue expulsada de la Iglesia Me­todista en septiembre de 1843. Esta experiencia reflejó la de mu­chos otros, a medida que adventistas milleritas en todas partes se negaban a permanecer ca­llados referente al tema del regreso de Cristo en el futuro inmediato. El conflicto alcanzó un punto crítico conforme se acercaba la fecha predicha.

Pero los adventistas milleritas no se preocuparon demasiado por su expulsión de las distintas confesiones. Des­pués de todo, Jesús llegaría en pocos meses, y entonces terminarían todos los pro­blemas. Con esa esperanza en mente, los milleritas siguieron reuniéndose para animarse mutuamente a medida que se acercaba el tiempo predicho. Estaban llenos de gozo. Como Elena diría más tarde, el año comprendido entre 1843 y 1844 “fue el año más feliz de mi vida” (Notas biográficas, cap. 6, p. 66). Los adventistas apenas podían esperar su encuentro con Jesús cara a cara.

Finalmente, como resultado de un estudio de las festividades del año judío, los milleritas llegaron a la conclusión de que la purificación del Santuario (que ellos creían que sería la se­gunda venida de Jesús) tendría lugar el 22 de octubre de 1844. Pero esa fecha llegó y pasó sin que Jesús apareciera. Como di­jera posteriormente Hiram Edson: “Quedaron destrozadas nuestras esperanzas y expec­ta­tivas más queridas, y nos embargó un estado de tristeza que nunca antes habíamos experimentado [...]. Lloramos y lloramos hasta el amanecer” (Ma­nus­crito de Edson).

Las filas adventistas se vieron sumergidas en un caos después del chasco de octubre de 1844. Es casi imposible sobrestimar la confusión. Muchos dejaron de creer en el segundo advenimiento. Y entre los que mantuvieron esa creencia, em­pezaron a surgir toda clase de teorías. Aunque generalmente los creyentes sostenían que solo los separaba del regreso de Cristo una corta espera, sus opiniones se dividieron sobre si algo significativo había sucedido el 22 de octubre de 1844. Algunos siguieron creyendo que había suce­dido algo, pero para fines de noviembre y principios de diciembre, la mayoría llegó a la conclusión de que habían cometido un error en cuanto a la fecha. Elena Harmon pertenecía a este último grupo. Ella había renunciado a su creencia de que Daniel 8:14 había tenido su cumplimiento en octubre. Fue en ese contexto que recibió su primera visión.

Llamada al ministerio profético

En diciembre de 1844, Elena Harmon estaba orando con cuatro hermanas en la casa de la señora Haines en Portland. “Mientras orábamos –escribió ella– el poder de Dios descendió sobre mí como nunca hasta entonces” (Notas biográficas, cap. 7, p. 71).

“Me pareció que me elevaba más y más, muy por encima del tenebroso mundo. Miré hacia la Tierra para buscar al pueblo adventista, pero no lo vi en parte alguna, y entonces una voz me dijo: ‘Vuelve a mirar un poco más arriba’. Alcé los ojos y vi un sendero recto y angosto trazado muy por encima del mundo. El pueblo adventista andaba por aquel sendero, en dirección a la ciudad que se veía al final de aquel. En el comienzo del sendero, detrás de los que ya estaban en él, había una brillante luz, que, según me dijo un ángel, era el ‘clamor de medianoche’. Esa luz brillaba a todo lo largo del sendero y alumbraba los pies de los caminantes para que no tropezaran.

“Delante de ellos iba Jesús guiándolos hacia la ciudad, y si no apartaban los ojos de él iban seguros. Pero no tardaron algunos en cansarse, diciendo que la ciudad estaba todavía muy lejos, y que pensaban haber llegado más pronto a ella. Entonces Jesús los alentaba [...]. Otros rechazaron temerariamente la luz que brillaba tras ellos, diciendo que no era Dios quien los había guiado hasta allí. Entonces se extinguió para ellos la luz que estaba detrás y dejó a sus pies en tinieblas, de modo que tropezaron. Al perder de vista el blanco y a Jesús cayeron fuera del sendero, hacia abajo, al mundo sombrío y perverso” (Primeros escritos, cap. 1, p. 38).

Es obvio que la intención de la visión era animar a los desa­lentados adventistas milleritas ofreciéndoles seguridad y con­­suelo. Más concretamente, les proporcionaba instrucción pa­ra­lela en varios puntos. En primer lugar, que el movimiento del 22 de octubre no había sido erróneo. Por el contrario, el 22 de octubre había sido testigo del cumplimiento de la profecía. Como tal, era una “luz brillante” detrás de ellos para ayudarlos a llevar sus cargas y guiarlos en el futuro. En segundo lugar, Jesús seguiría conduciéndolos, pero tenían que mantener sus ojos fijos en él. En realidad el adventismo contaba con dos enfoques como guías: la fecha de octubre en su historia pasada y la dirección de Jesús en el futuro.

En tercer lugar, la visión parecía indicar que la espera del segundo advenimiento sería más larga de lo que ellos suponían. En cuarto lugar, era un grave error abandonar su experiencia pasada en el movimiento de 1844, y alegar que no era de Dios. Los que co­metieran ese error serían arrastrados a las tinieblas espirituales y perderían el camino.

La visión brindó algunas lecciones positivas. Pero notemos una cosa: No explicaba qué había sucedido el 22 de octubre de 1844. Ese conocimiento vendría como resultado de un estudio serio de la Biblia, como veremos a continuación. En lugar de proporcionar explicaciones concretas, la primera visión de Elena únicamente destacó el hecho de que Dios intentaba seguir conduciendo a su pueblo a pesar de su chasco y confusión. Fue la primera señal de su cuidado profético y su dirección a través de Elena Harmon.

Elena tuvo una segunda visión a la semana siguiente, en la cual se le dijo que debía ir y relatar a los adventistas la visión. También se le dijo que encontraría una gran oposición. Ella se negó a cumplir su deber. “Después de todo –razonó–, no gozo de salud, solo cuento con 17 años, y soy tímida por naturaleza”. Más tarde explicó: “Durante algunos días. [...] rogué a Dios que me quitara de encima aquella carga y la transfiriese a alguien más capaz de sobrellevarla. Pero no se alteró en mí la conciencia del deber, y continuamente resonaban en mis oídos las palabras del ángel: ‘Comunica a los demás lo que te he revelado’ ” (Notas biográficas, cap. 8, p. 76). Ella siguió diciendo que prefería la muerte a la tarea que tenía por delante. Habiendo perdido la dulce paz que la había embargado en su conversión, se sintió desesperada una vez más.

No es de extrañar que Elena Harmon se sintiera desmayar ante el pensamiento de tener que presentarse en público. Des­­pués de todo, la mayoría de la gente se burlaba abiertamente de los milleritas, y las propias filas del posmillerismo estaban plagadas de serios errores doctrinales y de una amplia gama de fanatismo. Y, so­bre ­todo, el don profético se hizo especialmente sospechoso en 1844, tanto entre los milleritas adventistas como fuera de ellos. El verano de 1844 fue testigo de la muerte de Joseph Smith, el “profeta” mormón, a manos de una turba en Illinois; mientras a fines de 1844 y principios de 1845 surgieron muchos “profetas” adventistas de dudosa reputación, muchos de los cuales operaban en Maine. En la primavera de 1845, el grupo mayoritario de adventistas tomó el acuerdo de que ellos “no tenían confianza en ningún mensaje nuevo, ni en visiones, sueños, don de lenguas, milagros, dones extraordinarios ni revelaciones” (Morning Watch, 15 de mayo de 1845).

En ese ambiente, no nos sorprende que la joven Elena Harmon tratara de rechazar su llamamiento a un cargo profético. Pero, a pesar de sus temores personales, se atrevió y empezó a presentar a los confundidos adventistas los consejos consoladores de Dios. Una ligera mirada a sus primeras declaraciones autobiográficas indica que encontró mucha oposición a su persona y mucho fanatismo. Algunas de sus primeras vi­siones combatieron tanto el fanatismo como la oposición, al dar consejos y reprensiones que muy a me­nu­do fueron de ca­rácter bastante personal.

Su reacción natural era moderar los mensajes y hacerlos aparecer tan favorables para el individuo como fuera posible. Pero se dio cuenta de que seguir ese curso de acción tendría el efecto de suavizar el mensaje de Dios. Con el tiempo tuvo una vi­sión en la cual aquellos a quienes no les entregaba fielmente los mensajes se le acercaban con “rostros que eran el mismo retrato de la desesperación y el horror”. “Se acercaron a mí –escribió ella– y restregaron sus ropas contra las mías. Al mirar mis vestidos, vi que estaban manchados de sangre”. Al igual que el profeta Ezequiel de la antigüedad, Elena Harmon aprendió en visión que sería considerada responsable si no era fiel en entregar los mensajes de Dios a su pueblo (Testimonios para la iglesia, t. 5, pp. 616-618).

Como resultado de estas y otras experiencias, ella empezó a viajar más a menudo para presentar sus mensajes, tanto ante congregaciones de milleritas que investigaban, como a individuos en particular. Pero empezaron a surgir problemas. Ella no podía viajar sola. Su hermano Roberto estaba demasiado enfermo para acompañarla, y su padre tenía una familia que sostener.

Entonces surgió el nombre de Jaime White, como solución al problema. Era un joven predicador millerita miembro de la Conexión Cristiana. Durante un tiempo Jaime y una o dos amigas acompañaban a Elena a los distintos lugares. Pero hasta ese arreglo dejaba a Jaime y a Elena expuestos a posibles críticas. La solución fue el matrimonio, aun cuando muchos de los mi­lleritas de entonces creían que ca­sarse significaba negar su fe en el inmediato regreso de Cristo. Después de todo, el matrim­onio sugería que la vida en esta Tierra seguiría adelante. A pesar de las críticas, Elena Harmon y Jaime White se casaron en Portland, Maine, el 30 de agosto de 1846.

Los viajes subsiguientes les resultaron más fáciles, no así el sostenimiento de ambos. Eso se hizo especialmente difícil con el nacimiento de sus primeros dos hijos: Henry, en agosto de 1847, y James Edson, en julio de 1849. Los primeros años de casados fueron años de pobreza y de viajes incesantes, mientras los White predicaban y presentaban los mensajes de Dios a los adventistas mi­lleritas esparcidos y confusos. Lo único que mantenía a la pareja viajando era su esperanza en el pronto regreso de Jesús y su convicción de que Elena tenía palabra de Dios que entregar al pueblo adventista.

Con el paso del tiempo, empezó a perfilarse el concepto de un cuerpo especial de adventistas. Se trataba de un pueblo que empezó a formarse en torno a una serie de doctrinas que tenían sus raíces en la experiencia de los milleritas. Tanto esas doctrinas como la relación de Elena de White con su desarrollo son temas importantes de este libro.

Papel de Elena de White en el desarrollo de la doctrina adventista del sábado

Quizá la percepción más importante a la cual podemos arribar sobre el papel que Elena de White desempeñó en el desarrollo de la doctrina adventista del sábado (el grupo de adventistas observadores del sábado dio lugar a la organización de la Iglesia Adven­tista del Séptimo Día entre los años 1861 y 1863) sea que sus primeras visiones casi siempre confirmaban posiciones doctrinales a las que otros habían llegado mediante un intenso y abarcante estudio de la Biblia. Así que, su papel en la formulación de doctrinas fue más bien de confirmación que de iniciación. Pero eso no siempre fue así en cuanto al estilo de vida. Como veremos en el si­guiente capítulo, Elena de White algunas veces desempeñó un papel más prominente en el desarrollo de las posiciones del estilo de vida adventista que en su formación doctrinal.

El principal concepto doctrinal alrededor del cual se em­pezaron a agrupar los primeros adventistas que guardaban el sábado fue el hecho de que, ciertamente, algo importante había ocurrido el 22 de octubre de 1844. La primera visión de Elena de White en diciembre de 1844 confirmó este hecho, aunque no explicaba lo que había sucedido. La primera vislumbre de comprensión en conformidad con esto llegó a través de una percepción que tuvo Hiram Edson (un granjero metodista de Port Gibson, Nueva York) el 23 de octubre. Años después él recordaba que en esa fecha había entendido por primera vez que “en vez de que nuestro Sumo Sacerdote [Jesús] saliera del Lugar Santo del Santuario celestial para venir a esta Tierra el décimo día del séptimo mes, al final de los 2.300 días [el 22 de octubre de 1844], entraba por primera vez ese día en el segundo compartimiento de ese Santuario; y que tenía una obra que rea­lizar en el Lugar Santísimo antes de venir a esta Tierra” (Manus­crito de Edson).

La percepción a la cual llegó Edson lo condujo junto con O. R. L. Crosier y el Dr. F. B. Hahn a estudiar profundamente el tema en la Biblia. Ellos descubrieron que el santuario que debía ser purificado según Daniel 8:14 no era el terrenal, sino el Santuario celestial mencionado en el libro de Hebreos. También llegaron a la conclusión de que el ministerio de Cristo en el cielo tenía dos fases. La primera había empezado en el Lugar Santo en ocasión de su ascensión, mientras que la segunda comenzó el 22 de octubre de 1844, cuando Cristo pasó del primer departamento del Santuario celestial al segundo, para iniciar el día antitípico o celestial de expiación. Cristo no re­gresaría a la tierra hasta no haber completado su ministerio en el segundo departamento.

Edson, Hahn y Crosier llegaron a esas conclusiones independientemente del contacto con Elena Harmon. Con el tiempo, Crosier publicó su descubrimiento bajo el título de “La Ley de Moisés” en el Day-Star Extra del 7 de febrero de 1846. Un año después Elena escribió una carta a Eli Curtis para notificarle que el Señor le había mostrado “en visión [...] que el hermano Crosier tenía la luz verdadera sobre la purificación del Santuario, etc.; y que había sido su voluntad que el hermano C. escribiera el punto de vista que él nos presentó en el Day-Star Extra” (A Word to the Little Flock [Una palabra a la pequeña grey], p. 12). Ella recomendó el Extra a todos los creyentes adventistas.

Mientras tanto, a mediados de febrero de 1845, Elena de White había recibido una visión que señalaba el ministerio de Cristo en los dos departamentos y el cambio que ocurrió en ese ministerio en 1844, pero sin los detalles encontrados por Crosier y sus colaboradores mediante el estudio de la Biblia. Ella no publicó esa visión hasta el 14 de marzo de 1846, un mes después de haberse publicado el artículo de Crosier. En realidad, las visiones de Elena de White cumplieron una función de confirmación en el desarrollo de la doctrina del Santuario. El estudio de la Biblia proporcionó el contenido bá­sico del de­sarrollo del concepto adventista sobre el tema. El papel de Elena de White reafirmaba que ese estudio de la Biblia iba en la dirección correcta.

Esa relación del papel de Elena de White en cuanto a la doctrina adventista del sábado no siempre estuvo clara ante la vista de sus oponentes. Por eso, Miles Grant (un pastor di­rigente de la Iglesia Cristiana Adven­tista, otra rama del movimiento millerita) escribiría en 1874 que “los adventistas del séptimo día alegan que el santuario que sería purificado al final de los 1.300 [2.300] días, mencionado en Daniel 8:13 y 14, está en el cielo, y que su purificación empezó en el otoño de 1844 d.C. Si alguien les preguntara por qué creen esto, la respuesta sería que por la información recibida a través de una de las visiones de la señora Elena de White”.

En respuesta, Urías Smith (director de la principal revista de los adventistas del séptimo día, la Review and Herald) ob­servó que “se han escrito cientos de artículos sobre el tema. Pero en ninguno de ellos se ha hecho ni una sola referencia a que las visiones referidas tengan alguna autoridad sobre este tema, o de la fuente de donde se han derivado algunos de los puntos de vista que sostenemos [...]. Invariablemente se re­curre a la Biblia, donde abundan las pruebas que sostienen nuestros puntos de vista sobre el tema” (Review and Herald, 22 de diciembre de 1874).

Por supuesto, podemos verificar la exactitud de la respuesta de Smith ya que los documentos existen todavía. Paul Gordon realizó una investigación a este respecto y la publicó con el tí­tulo The Sanctuary, 1844, and the Pioneers [El Santuario, 1844 y los pioneros] (Review and Herald Pub. Assn., 1983). Smith, según lo demostró Gordon, estaba en lo correcto.

El desafortunado registro de la historia es que algunos ad­ventistas de la actualidad están más inclinados a declarar a Elena de White como una autoridad en doctrina de lo que lo estaban los fundadores del movimiento. Existen varias razones para esto. En primer lugar, la aceptación de Elena de White entre el movimiento sabático fue gradual, a medida que la gente iba dán­dose cuenta poco a poco de que en realidad ella tenía conse­jos pertinentes, tanto para individuos como para el mo­vimien­to en general. En segundo lugar –y lo que es más importante–, los primeros dirigentes adventistas eran el pueblo de la Biblia. Eso es lo que los había conducido al millerismo, y esa orientación siguió siendo la dominante a medida que un sector de los adventistas milleritas se iba convirtiendo en el adventismo del séptimo día. La misma Elena de White estaba completamente de acuerdo con esa posición bibliocéntrica. En el último capítulo de este libro veremos que ella siempre enalteció la Biblia como la autoridad central de la vida cristiana. Como bien dijo ella, sus escritos invitaban constantemente a la gente a que se volvieran a la Biblia.

Lo que hemos dicho en cuanto al papel confirmador de Elena de White en relación con el desarrollo de la doctrina adventista del Santuario también es cierto en lo referente al séptimo día, o sábado.

Gracias a la influencia de los bautistas del séptimo día, el sábado como día de reposo llegó a ser un tema de discusión entre algunos milleritas adventistas aun antes del chasco de octubre de 1844. Pero Joseph Bates fue el primero entre los fundadores del movimiento adventista del séptimo día que estudió esa doctrina en la Biblia y la aceptó. Él abrazó la verdad del sábado a principios de 1845 y posteriormente la compartió con Crosier, Hahn y Edson. Por lo menos dos de ellos aceptaron el nuevo descubrimiento bíblico. Simultánea­me­n­te, ellos com­partieron con Bates los frutos de su estudio de la Biblia sobre el Santuario celestial, que él aceptó enseguida.

Más tarde Bates presentó su nueva luz sobre el sábado a Jaime White y a su esposa. La reacción inicial de ambos fue negativa, pero después de estudiar profundamente el tema en la Biblia, Elena y su esposo, en el otoño de 1846, comenzaron “a observar el sábado bíblico, a enseñarlo y a defenderlo” (Tes­ti­monios para la iglesia, t. 1, p. 76).

No fue sino más tarde, en abril de 1847, cuando ella tuvo una visión que confirmó la importancia del sábado. Como resultado, pudo escribir: “yo creí en la verdad del sábado antes de haber visto nada en visión con referencia a él. Meses des­pués de haber comenzado a observar el sábado me fue mostrada su importancia y su lugar en el mensaje del tercer ángel” (Manuscript Releases, t. 8, p. 238). Para ese entonces Bates había publicado el extenso resultado de su estudio personal de la Biblia sobre el tema. Eso no solo destacó la importancia de la verdad del sábado, sino también la integró a su comprensión ba­sada en la Biblia sobre la segunda venida, el Santuario celestial y los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14 (ver Seventh Day Sabbath: A Perpetual Sign, de Joseph Bates, enero de 1847).

Este mismo papel confirmatorio de las visiones de Elena de White se aplica a las otras dos doctrinas centrales de la en­señanza sabática adventista que difieren de las iglesias evangélicas principales: el advenimiento premilenial de Cristo y la no inmortalidad del alma. Como hemos visto, esas dos enseñanzas ya tenían vigencia antes de que iniciara el ministerio profético de Elena de White. Los primeros adventistas del séptimo día eran un pueblo de la Biblia.

Por este hecho no debemos llegar a la conclusión de que el propósito de las visiones era sencillamente confirmar lo que ya todo el mundo creía. No, el punto principal aquí es que el desarrollo de las doc­trinas distintivas de los observadores del sábado se fundamentaba en el estudio de la Biblia y no en las visiones de Elena de White.

Pero sus visiones libraron de varias trampas a los observadores del sábado. Una de esas potenciales trampas fue el re­chazo de que hubiera habido un cumplimiento profético en octubre de 1844. Como ya hemos dicho, la primera vi­sión de Elena de White señalaba el cumplimiento de la profecía aunque no indicaba el significado de ese cumplimiento. Como resultado, eso influyó en ella y en otros en la zona de Portland, Maine, para reconsiderar la interpretación millerita de Daniel 8:14.

Las visiones previnieron acerca de otra trampa: el peligro de fijar fechas. Ya dijimos que el movimiento millerita se ba­sa­ba parcialmente en la idea de que se podría determinar la pro­ximidad del regreso de Cristo mediante el estudio de la Biblia. Este arraigado concepto llegó a imponerse en el verano de 1844 a medida que ciertos milleritas indicaban que el cumplimiento de la purificación del Santuario de Daniel 8:14 tendría lugar el 22 de octubre. Era na­tural que los adventistas chasqueados si­guieran fijando fechas para la aparición de Cristo después de octubre de 1844. Como resultado, Elena Harmon, Jaime White y muchos otros llegaron a creer que la segunda venida de Cristo ocurriría en octubre de 1845.

Pero, pocos días antes de que transcurriera la fecha de 1845, Jaime White escribió que Elena “vio en visión que sería­mos chasqueados y que los santos deberían pasar por ‘el tiempo de la angustia de Jacob’ que estaba en el futuro. Su visión de la angustia de Jacob fue completamente nueva para noso­tros, así como para ella” (A Word to the Little Flock, p. 22). Esa visión no solamente salvó a la mayoría de los observadores del sábado de sufrir otro chasco rel­acionado con el establecimiento de fechas que plagaba a muchos de los otros grupos adventistas en las décadas de 1840, l850 y l860, sino también reforzó la implicación de su primera visión acerca de que el se­gundo advenimiento podría ocurrir en un futuro distante.

De manera que las visiones hacían algo más que sencillamente confirmar doctrinas sobre las cuales concordar. Tam­bién proporcionaban orientación para el desarrollo de los ad­ven­tistas sabáticos, a medida que se abrían paso por el laberinto de desastres potenciales que los rodeaban a fines de la década de 1840.

Quizá la “vislumbre” más clara que tenemos de la relación de Elena de White con la formación de la doctrina adventista del sábado se halla en la siguiente declaración: “Muchos de nuestros hermanos no comprenden cuán firmemente han sido establecidos los fundamentos de nuestra fe. Mi esposo [Jaime], el pastor Joseph Bates, el padre Pierce, el pastor [Hiram] Edson y otros que eran perspicaces, nobles y leales se contaban entre los que, después de pasar la fecha de 1844, escudriñaron en procura de la verdad como quien busca un tesoro escondido. Me reunía con ellos, y estudiábamos y orábamos fervientemente. Con frecuencia permanecíamos juntos hasta tarde en la noche, y a veces pasábamos toda la noche orando en procura de luz y estudiando la Palabra. Vez tras vez, esos hermanos se reunían para estudiar la Biblia a fin de que pudieran conocer su significado y estuvieran preparados para enseñarla con poder. Cuando llegaban al punto de decir en su estudio: ‘No podemos hacer nada más’, el Es­pí­ritu del Señor descendía sobre mí y era arrebatada en visión y se me daba una clara explicación de los pasajes que habíamos estado estudian­do, con instrucciones en cuanto a la forma en que debíamos trabajar y enseñar con eficacia. Así se daba luz que nos ayudaba a entender los textos acerca de Cristo, su mi­sión y su sacerdocio. Una secuencia de verdades que se extendían desde ese tiempo hasta cuando entremos en la ciudad de Dios me fue aclarada, y yo comuniqué a otros las instrucciones que el Señor me había dado.

“Durante todo ese tiempo, no podía entender el razonamiento de los hermanos. Mi mente estaba cerrada, por así decirlo, y no podía comprender el significado de los textos que estábamos estudiando. Este fue uno de los mayores dolores de mi vida. Quedaba en esa condición mental hasta que se aclaraban en nuestras mentes todos los principales puntos de nuestra fe, en armonía con la Palabra de Dios. Los hermanos sabían que cuando yo no estaba en visión no podía en­tender esos asuntos, y aceptaban como luz enviada del cielo las revelaciones dadas” (Mensajes selectos, t. 1, cap. 25, pp. 241, 242).

La Sra. de White sigue diciendo: “Durante dos o tres años, mi mente continuó cerrada a la comprensión de las Es­cri­tu­ras”. Para ese tiempo la posición doctrinal de los sabáticos ya es­taba establecida, y ellos se hallaban listos para esparcir su mensaje a través de conferencias bíblicas y la publicación de una re­vista. Pero, antes de ocuparnos de ello, tenemos que examinar de cerca la relación entre el don de Elena de White y la Biblia, y considerar algunas de las primeras reacciones a su labor.

Relación del don de Elena de White con la Biblia

Los primeros adventistas observadores del sábado sostenían que la Biblia enseñaba que los dones espirituales, incluyendo el don profético, existirían en la iglesia hasta la segunda venida de Cristo a esta tierra. Urías Smith brindó a los primeros ad­ventistas una ilustración que aclaraba muy bien el punto: “Imaginemos que vamos a iniciar un viaje. El propietario de la embarcación nos da un libro de instrucciones, diciéndonos que contiene suficientes instrucciones para todo el camino, y que si seguimos esas orientaciones, llegaremos con toda seguridad al puerto de destino. Una vez iniciado el viaje, abrimos el libro y estudiamos su contenido. Allí encontramos que el autor establece algunos principios generales para guiarnos du­ran­te el viaje, y nos instruye hasta donde es posible respecto de las di­ferentes contingencias que podrían presentarse hasta el final. Pero también nos dice que la última parte de la jornada será especialmente peligrosa; que las características de la costa están cambiando constantemente por causa de las arenas movedizas y las tempestades, ‘pero para esa parte de la jornada –dice él– les he provisto un piloto que irá con ustedes, y les dará las orientaciones que requieran las circunstancias y los peligros que los rodeen; y deben prestarle atención’. Con estas instrucciones llegamos al tiempo peligroso especificado y aparece el piloto, de acuerdo con la promesa. Pero algunos de la tripulación se levantan en su contra cuando él brinda sus servicios. ‘Nosotros tenemos el libro original de instrucciones –dicen–, y eso nos basta. Insistimos en eso y solamen­te en eso; no queremos tener nada que ver con usted’. ¿Quiénes hacen caso ahora al libro original de instrucciones? ¿Los que rechazan al piloto o los que lo reciben según las instrucciones del libro? Juzgad por vosotros mismos. “Pero algunos [...] podrían confrontarnos en ese punto y decir: ‘Entonces ustedes quieren que la hermana White sea nuestro piloto, ¿no es cierto? Esta declaración está escrita con el fin de impedir cualquier esfuerzo en esa dirección. No hemos dicho eso. Lo que decimos claramente es esto: que los dones del Espíritu son concedidos por nuestro Piloto en estos tiempos peligrosos, y que siempre y dondequiera encontremos ma­nifestaciones genuinas de ellos, estamos obligados a respetarlos; no podemos hacer de otro modo sin que eso signifique que rechazamos la Palabra de Dios, que nos dirige para recibirlas” (Review and Herald, 13 de enero de 1863).

Los primeros observadores del sábado encontraron algunos textos que ilustraban su punto de vista en cuanto a la continua disponibilidad del don de profecía hasta la segunda venida de Cristo. Estos son: 1 Corintios 12:8 al 10 y 28; Efesios 4:11 al 13. Pero ellos quedaron especialmente impresionados con Joel 2:28 al 32, que indica que en los postreros días Dios de­rramaría su Espíritu sobre toda carne y “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán”.

También es importante 1 Tesalonicenses 5:19 al 21, que instruye a los creyentes para que no menosprecien las profecías, sino que sometan todo a prueba y retengan lo bueno. Como resultado, los primeros adventistas empezaron a enseñar que los cristianos no debían rechazar por completo a los que reclamaban tener el don de profecía, sino probarlos para ver si hablaban de acuerdo “a la ley y al testimonio” (Isa. 8:20; esto es, para ver si sus enseñanzas estaban en armonía con la Biblia) y si sus “frutos” (vida y enseñanzas) indicaban que eran profetas verdaderos o falsos (Mat. 7:15-20).

Además de estos textos, los primeros adventistas sabáticos llegaron a la conclusión de que la iglesia de los últimos días (“el remanente”) guardaría “los mandamientos de Dios”, y ten­dría “el testimonio de Jesús” (Apoc. 12:17); esto último, creían ellos, era el don de profecía (Apoc. 19:10).

Debido a estos versículos y otros, Urías Smith pudo exhortar a los lectores de la Review a “esquivar el consejo de los que profesan tomar la Biblia como regla de fe y práctica pero desa­tienden o rechazan la parte que nos enseña a buscar y esperar el poder y los dones del Espíritu” (Review and Herald, 24 de julio, 1856).

Un aspecto de la preocupación de los primeros adventistas concerniente a la relación de Elena de White con la Biblia era que las mismas enseñanzas de la Biblia proporcionaban y predecían esta genuina manifestación. Otro aspecto era la primacía de la Biblia en asuntos espirituales a medida que los seguidores de Dios buscaban iluminación religiosa. Por eso Jaime White escribió que “el reavivamiento de alguno, o de todos los dones, nunca reemplaza la necesidad de investigar la Palabra [la Biblia] para aprender la verdad” (Review and Herald, 28 de febrero de 1856).

En otra ocasión él escribió que el cristiano “no tiene la libertad de apartarse [de las Escrituras] para conocer su deber por intermedio de ninguno de los dones. En el instante en que lo haga, coloca los dones en una posición incorrecta, y toma una posición extremadamente peligrosa. La Palabra debe ir al frente, y la atención de la iglesia ha de estar sobre ella, como la regla por la cual regirse, y la fuente de la sabiduría donde se aprende el deber [...]. Pero si una parte de la iglesia se aparta de las verdades de la Biblia y se debilita y se enferma, y el re­baño se desbanda, de manera que parezca necesario que Dios emplee los dones del Espíritu para corregir, reavivar y sanar al errante, debemos dejar que él obre. Aún más, tenemos que orar para que Dios obre y rogar fervientemente para que lo haga por el poder del Espíritu, y lleve las ovejas descarriadas a su redil” (ibíd.).

En una ocasión más Jaime White dejó bien claro su concepto de la prioridad de la Biblia sobre el don dado por Dios a su esposa. En noviembre de 1855, después de un estudio profundo de la Biblia, los dirigentes sabáticos llegaron a un consenso sobre un punto teológico (la hora en que comienza el sábado) que los había dividido durante años. Pero Bates y Elena de White seguían sin armonizar con el cuerpo de creyentes. En ese punto, la Sra. de White recibió una visión que confirmó la conclusión a la cual habían llegado mediante el estudio de las Escrituras. Eso fue suficiente para que Bates, la Sra. de White y otros se pusieran en armonía con la mayoría.

Pero entonces se suscitó la cuestión de por qué Dios no había aclarado desde el principio el asunto por medio de una visión. La respuesta que dio Jaime White es iluminadora. Él dijo que “no parecía ser el deseo del Señor enseñar a su pueblo los asuntos de la Biblia mediante los dones del Espíritu hasta que sus siervos hubieran investigado diligentemente su Palabra. [...] Dejemos que los dones ocupen su lugar adecuado en la iglesia. Dios nunca les ha concedido la preeminencia, ni ordenado que los miremos para que nos dirijan en el sendero de la verdad y en el camino al cielo. Él ha magnificado su Palabra. Las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento son la lámpara del hombre para iluminar su sendero al reino. Seguidla. Pero si usted se aparta de la verdad bí­blica, y está en peligro de perderse, puede ser que en su mo­mento indicado Dios elija corregirlo, traerlo de regreso a la Biblia y salvarlo” (ibíd., 25 de febrero, 1868).

En resumen, los primeros adventistas eran el pueblo de la Biblia. Debido a que creyeron en la Biblia estuvieron accesibles al don de profecía. Pero ese don fue dado para complementar su estudio de la Biblia en vez de ocupar el lugar de la Escritura. De hecho, la función del don era conducir al pueblo de regreso a la Biblia como palabra autorizada de Dios.

Reacciones al don de Elena de White

Como era de esperarse, Elena de White tenía poca autoridad al comienzo de su ministerio profético. La mayoría de los creyentes la consideraban como una voz entre muchas. Única­men­te a me­dida que los adherentes al adventismo se iban tomando tiempo para examinar sus mensajes y evaluarlos a la luz de la Biblia, llegaron a creer que ella presentaba mensajes de Dios.

Pero no todos los que conocían su labor la aceptaron como divinamente inspirada. Como dijera un adventista a mediados de la década de 1840: “Yo no puedo apoyar las visiones de la hermana Elena como si fueran de inspiración divina, como usted [Jaime] y ella piensan que son; no obstante, no tengo ni la más leve sombra de duda en cuanto a la sinceridad de ustedes en este asunto. [...] Creo que lo que ella y usted reconocen como visiones del Señor no son más que fantasías religiosas, en las cuales su imaginación se desboca sin control sobre temas en los cuales ella está profundamente interesada [...]. De ningún modo creo que sus visiones provengan del demonio” (A Word to the Little Flock, p. 22).

Otros no fueron tan generosos. Algunos adventistas estaban bastante seguros de que ella estaba poseída de un demonio, y no se privaban de decirlo. Esto era particularmente así entre los propensos al fanatismo, una plaga que afectó a varios sectores del adventismo durante algunos años después del Chasco de 1844. Como dijo la misma Sra. de White: “Cuando les ad­vertí de su peligro, algunos se regocijaron de que el Señor me había enviado; otros rehusaron escuchar mi testimonio tan pronto como supieron que yo no estaba en unión con su espíritu. Ellos dijeron que yo iba de vuelta al mundo” porque estaba en desacuerdo con sus ideas forzadas (Manuscript Relea­ses, t. 8, p. 233).

Una reacción especialmente interesante fue la de Joseph Bates, el hombre que junto con Jaime y Elena de White fueron los fundadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Bates afirma que la primera vez que escuchó a Elena relatar sus vi­siones fue en 1845. Pero no quedó impresionado. “Aunque no podía ver en ellas nada que militara contra la Palabra –es­cri­bió él–, no obstante, me sentí alarmado y por mucho tiempo me negué a creer y llegué a pensar que sus visiones no eran más que lo producido por un marcado estado de debilidad de su cuerpo.

“Por lo tanto, busqué oportunidades en presencia de otros, cuando la mente de ella parecía estar libre de excitación (fuera de las reuniones), para hacerle preguntas a ella y a los que la acompañaban, especialmente a su hermana mayor, para llegar a la verdad si fuera posible. [...] Yo la he visto en visión varias veces [...] y los que estuvieron presentes durante algunas de esas emocionantes escenas saben bien con qué interés e in­ten­sidad yo escuchaba cada palabra, y observaba cualquier gesto que detectara algún engaño o influencia hipócrita” (A Word to the Little Flock, p. 21).

El punto crítico para Bates llegó después de una visión en Topsham, Maine, en noviembre de 1846. En esa visión, Elena de White brindó una información sobre astronomía que, desde el punto de vista humano, ella no podía conocer. Bates, un ex marino que se mantenía al tanto de los conocimientos as­tronómicos, la interrogó más tarde con el fin de saber qué conocimientos tenía ella en ese campo. Al descubrir que ella estaba bastante mal informada, Bates llegó a la conclusión de que ciertamente Dios le había dado los datos en la visión en cuanto a lo último que se sabía de astronomía. Después de esa experiencia él creyó firmemente en el ministerio de Elena de White.

Todas las reacciones mencionadas en cuanto al ministerio profético de Elena de White tienen algo en común. Las personas citadas se vieron forzadas a comprobar y eva­­luar si su llamamiento provenía o no de Dios cuando fueron confrontadas por sus manifestaciones. Y esa era exactamente la manera en que debían manejarse sus afirmaciones según enseñaban los primeros adventistas observadores del sábado. Ellos sostenían, de acuerdo con el apóstol Pablo, que nadie debía rechazar abiertamente las declaraciones del don profético, antes de examinarlas a la luz de la Biblia; sino “someter todo a prueba” y re­tener “lo bueno” (1 Tes. 5:19, 21). Por consiguiente, cada aceptación válida del ministerio profético de Elena de White fue un proceso que requirió tiempo a me­dida que las personas comparaban su ministerio y sus mensajes con la Biblia.

Papel de Elena de White en “el tiempo de reunión”

Los esposos White y el capitán Bates consideraron los años después del Chasco, entre 1844 y 1848, como “el tiempo de dispersión” para los adventistas milleritas. Pero ya en 1848 los dirigentes sabáticos estaban de acuerdo en una serie de doctrinas básicas y creyeron que tenían la responsabilidad de compartir esas creencias con aquellos adventistas que seguían confundidos en cuanto a lo que había sucedido en octubre de 1844.

Los líderes observadores del sábado respondieron desarrollando dos enfoques para su público interesado, mientras procuraban reunir un grupo de creyentes que compartieran su comprensión de lo que había sucedido el 22 de octubre de 1844, y sus principales doctrinas, en lo que ellos dieron en llamar el “tiempo de reunión”. El ministerio profético de Elena de White aparecía en ambos enfoques.

El primer enfoque consistió en una serie de conferencias o reuniones sobre el sábado, que se llevaron a cabo desde 1848 hasta 1850. Según Jaime White, el propósito de esas conferencias era lograr “la unidad de los hermanos sobre las gran­des verdades relacionadas con el mensaje del tercer ángel” de Apocalipsis 14:9 al 12 (Review and Herald, 6 de mayo de 1852). Al principio, la perspectiva estaba lejos de ser animadora. Elena de White informó acerca de la conferencia celebrada en Volney, Nueva York, que “apenas se logró que dos estuvieran de acuerdo” y “cada uno persistía en sus ideas, declarando que ellas estaban de acuerdo con la Biblia”. Aunque todos se en­contraban ansiosos de establecer sus opiniones peculiares, “se les dijo que no habíamos acudido desde distancias tan grandes para escucharlos, sino que habíamos ido para enseñarles la verdad” (Spi­ri­tual Gifts, t. 2, pp. 97, 98).

Joseph Bates y los esposos White creían en los frutos de su estudio de la Biblia y tomaron una actitud enérgica al predicar sus mensajes doctrinales a sus amigos adventistas. Única­men­te me­diante su firme liderazgo pudieron reunir a un grupo de creyentes provenientes de las filas caóticas de los chasqueados milleritas que tenían su misma línea de pensamiento.

Como podría esperarse, el don profético de Elena de White se puso en acción durante esas conferencias. Todo pa­rece indicar que su papel se concentró en llevar armonía de es­píritu y de opiniones cuando los presentes llegaban a un punto muerto.

El segundo enfoque utilizado por los dirigentes sabáticos en el tiempo de reunión tenía que ver con la publicación de sus opiniones. En esto se hizo evidente, de forma especial, el don profético de Elena de White. Hasta noviembre de 1848, los observadores del sábado habían publicado algunos libros y fo­lletos cortos, pero no contaban con ninguna publicación perió­dica. Pero ese mes Elena tuvo una visión con un mensaje para su esposo: “Debes imprimir un pequeño periódico y repartirlo entre la gente. Aunque al principio será pequeño, cuando la gente lo lea te enviará recursos para imprimirlo y tendrá éxito desde el principio. Se me ha mostrado que de este modesto co­mienzo brotarán raudales de luz que han de circuir el globo” (Notas biográficas, cap. 18, p. 137).

Su predicción de un programa mundial de publicaciones apenas podría haber surgido de aquel nada promisorio grupo de creyentes. Desde el punto de vista humano, parecía absurdo. ¿Qué podrían lograr en realidad unos pocos predicadores sin un centavo y apoyados por unos cien creyentes?

A pesar de las circunstancias, Jaime publicó el primer nú­mero de Present Truth [La verdad presente] (precursor de la Adventist Review [La Revista Adventista]) en julio de 1849. De ese pequeño comienzo, la literatura adventista ha crecido al punto de que en el año 2011, la iglesia contaba con 61 casas pu­blicadoras, que editaban en 369 idiomas y miles de libros. Sin duda alguna, la predicción de que las publicaciones ad­ventistas circuirían “el globo” ha llegado a ser una realidad, a pesar de las circunstancias aparentemente imposibles bajo las cuales fue dada la visión.

Para saber más

Gordon, Paul A. Herald of the Midnight Cry. Boise, Idaho: Pacific Press, 1990. Un breve pero provechoso estudio de la vida de Guillermo Miller.

Knight, George R. Anticipating the Advent: A Brief History of Seventh-day Adventists. Boise, Idaho: Pacific Press, 1993, pp. 1-46. Examina el desarrollo del adven­tismo hasta 1850.

Millenial Fever and the End of the World: A Study of Millerite Adventism. Boise, Idaho: Pacific Press, 1993. Un amplio examen del millerismo que cubre el surgimiento de los primeros adventistas sabáticos.

Robinson, Virgil. James White. Washington, D. C.: Review and Herald, 1976, pp. 13-67. Trata sobre la vida de Jaime White hasta 1850.

White, Arthur L. Ellen G. White. Washington, D. C.: Review and Herald, 1981-1986, t. 1, pp. 1-78. Notas biográficas de Elena G. de White hasta 1850.

White, Elena. Primeros escritos. Asociación Publicadora Interamericana, 1976. Una compilación de algunos de los primeros escritos de Elena de White. Proporciona mucho conocimiento de los inicios de su ministerio.

Notas biográficas de Elena G. de White. Mountain View, California: Pacific Press, 1981, pp. 19-141. Bosquejo autobiográfico útil de los primeros años de Elena de White.

Spiritual Gifts. Battle Creek, Míchigan: Jaime White, 1858-1864, t. 2, pp. 7-143.

Otro bosquejo autobiográfico de sus primeros años. Testimonios para la iglesia. Doral, Florida: APIA, t. 1, pp. 5-95. Otro tratamiento autobiográfico de los años de desarrollo de Elena de White.

William Miller: Herald of the Blessed Hope. Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 1994. Presenta la perspectiva de Elena de White sobre Guillermo Miller y su obra.

Capítulo 2
Orientación profética para una iglesia en crecimiento (1850-1888)

En l850 la precaria infancia del movimiento de los ob­ser­vadores del sábado había terminado. Aunque todavía los adven­tistas sabáticos estaban lejos de ser fuertes, ya tenían establecida una identidad y un cuerpo creciente de cre­yentes.

Lo mismo puede decirse de la voz profética del movimiento en el ministerio de Elena de White. Los adventistas que guardaban el sábado sentían cada vez más la influencia de la autoridad profética de su persona y sus mensajes, aunque su aceptación no era todavía general.

Tanto los observadores del sábado como su profetisa crecieron entre 1850 y 1888. Además, la identidad de la iglesia y la de Elena de White se integraban cada vez más.

Este período fue testigo de la formación de las estructuras básicas y las costumbres de nuestra vida confesional. No solamente aumentaron las publicaciones relativas al sábado, sino también la iglesia en proceso de desarrollo se organizó y se proyectó hacia el plan de las misiones, la reforma pro salud y la rama de la enseñanza. El ministerio de Elena de White se hizo evidente en todas esas estructuras. Además de estos aspectos, este capítulo considerará más de cerca la vida familiar de la Sra. de White y el lugar de la fe en su don profético en relación con la feligresía de la iglesia.

¿Era la aceptación de las visiones una prueba de discipulado?

Un asunto que llamó la atención de los observadores del sá­bado al principio fue si la aceptación de las visiones debía usarse como una condición para pertenecer al grupo. Puesto que los detractores de la Sra. de White alegaban constantemente que los dirigentes sabáticos hacían de las visiones una prueba de discipulado, estos tuvieron que responder. Por eso Jaime White escribió a principios de 1856: “Es de conocimiento general que se nos ha acusado de usar las visiones para probar a las personas, y de hacer de ellas la regla de nuestra fe. Esto es una falsedad descarada” (Review and Herald, 14 de febrero de 1856). Luego prosiguió diciendo que la Biblia era su regla de fe y práctica.

Por otro lado, los primeros adventistas sostenían que la creencia en la doctrina bíblica de los dones espirituales era una prueba de fe. Por eso Urías Smith declaró en 1862 que “la perpetuidad de los dones es uno de los puntos fundamentales de la creencia de esta gente; y podemos tener unión y confraternidad con los que difieren de nosotros en esto, a un grado no mayor del que podemos tener con aquellos que difieren con nosotros en los otros temas importantes como la venida de Cristo, el bautismo, el sábado, etcétera” (ibíd., 14 de enero de 1862).

John Nevins Andrews resumió la posición de la iglesia con precisión en 1870 cuando escribió que “en cuanto a la re­cepción de miembros en nuestras iglesias, queremos saber dos cosas: 1)Que crean en la doctrina bíblica de los dones espirituales. 2) Que se familiaricen imparcialmente con las vi­siones de la Sra. de White” (ibíd., 15 de febrero de 1870). En otras palabras, Andrews sugirió que los miembros deberían estar dispuestos a seguir los preceptos bíblicos para probar a los profetas (ver 1 Tes. 5:19-21).

Pero Jaime White argumentaba que una vez que los miembros aceptaran las visiones como provenientes de Dios, ellas llegarían a tener autoridad en la vida de cada persona. Por eso pudo escribir que en realidad eran “una prueba para los que creían que ellas procedían del Cielo” (ibíd., 14 de febrero, 1856). En otra ocasión Jaime White hizo notar que quienes tenían evidencia de que el don de Elena provenía de lo Alto pero se­guían combatiéndola en forma activa y en público podrían ser excluidos de la feligresía. En esos casos “nuestro pueblo demanda el derecho a separarse de los tales, para que ellos puedan disfrutar de sus opiniones en paz y tranquilidad” (ibíd., 13 de junio de 1871).

Elena de White estuvo de acuerdo con esa posición de los líderes. Ella indicó en 1862 que algunas personas tenían “su­fi­­­cien­tes motivos” para su escepticismo debido al extremismo que algunos miembros manifestaban hacia las visiones. A aque­llos que se sintieran desalentados por los excesos de otros, los que no hubieran tenido oportunidad de examinar per­sonalmente las vi­siones, o que no hubieran llegado a una conclusión decidida, “no se las debiera privar de los beneficios y privilegios de la iglesia si su conducta cristiana en general es correcta, y si han formado un sólido carácter cristiano. [...]. No hay que descartar a tales personas, sino que es necesario ejercer mucha paciencia y amor fraternal hasta que encuentren su lugar y adopten una posición en favor o en contra. [...]. No de­biera mortificarse a los que nunca han visto a una persona que se encuentra en visión, y que no han tenido conocimiento personal de la influencia de las visiones” (Tes­timonios para la iglesia, t. 1, pp. 294, 295).

Por otro lado –siguió diciendo ella–, “si luchan contra las visiones, de las que no tienen conocimiento; si llevan su oposición hasta el punto de oponerse contra lo que no conocen por experiencia, y se sienten ofendidos cuando los que creen que las visiones proceden de Dios hablan en las reuniones y se fortalecen con las instrucciones dadas en visión, la iglesia podrá saber que no están en lo correcto. El pueblo de Dios no debiera retraerse y ceder, abandonando su libertad, para complacer a esas personas que no están satisfechas. Dios ha dado sus dones a la iglesia para que la iglesia se beneficie con ellos; y cuando los creyentes profesos en la verdad se oponen a esos dones, y luchan contra las visiones, las almas corren peligro. Ese es el momento cuando se debe encararlos para que los débiles no se descarríen debido a su influencia” (ibíd.).

Como resultado de dicho entendimiento, George I. Butler (a la sazón presidente de la iglesia) pudo escribir en 1883 que era cierto, como alegaban los enemigos de la iglesia, que había “muchos entre nosotros que no creen en las visiones”. “No obstante –continuó–, están en nuestras iglesias y no han sido excluidos” (Suplemento de la Review and Herald, 14 de agosto, 1883).

La propagación del mensaje profético

Elena de White difundía el mensaje que ella creía que Dios le daba, tanto en forma oral como por medio de la página impresa. Desde el principio de su ministerio se mantuvo activa predicando y enseñando tanto a grupos como a individuos. Mu­chas veces se valía de las iglesias locales y de entrevistas privadas, pero las reuniones generales de la iglesia le daban las mejores oportunidades para comunicarse con los di­rigentes del mo­vimiento. Después del establecimiento del sistema de congresos campestres adventistas anuales en 1868, ella descubrió que ese foro era excelente para presentar su mensaje. Casi todos los años realizaba largos viajes para hablar en esas reuniones.

Aunque sus presentaciones personales eran efectivas, la pá­gina impresa multiplicaba muchas veces el impacto de sus men­sajes. No solamente se publicaban sus sermones, sus disertaciones y sus consejos más importantes, sino también pronto empezó a dedicar gran parte de su tiempo y energía primordialmente a pu­blicar sus escritos. Ella llegaría a ser la principal protagonista en el cumplimiento de la visión de que la literatura adventista se difundiría como “raudales de luz que han de circuir el globo” (Notas biográficas, cap. 18, p. 137).

Sus primeros escritos aparecieron en una revista titulada Day Star. No la publicaban los adventistas observadores del sábado. Pero muy pronto ella perdió ese foro cuando los observadores del sábado empezaron a desarrollar una identidad separada de los otros grupos adventistas a fines de la década de 1840.

En 1849 los observadores del sábado empezaron a publicar su propia revista. Pero este avance no resolvió inmediatamente el problema. Su esposo, el principal editor sabático, se vio muy presionado sobre el asunto de la publicación de las visiones, puesto que muchos enemigos alegaban que los observadores del sábado ponían demasiado énfasis en las visiones, las constituían en prueba de fe y se alimentaban de sus enseñanzas en lugar de las enseñanzas de la Biblia.

Como resultado, aunque Jaime White publicó varias de las visio­nes de su esposa en 1849 y 1850, empezando a fines de 1850 las páginas de la Review and Herald vieron muy poco de la pluma de Elena de White en la década siguiente. En total, en esa década únicamente aparecieron unos 15 artículos de su pluma. Esa cantidad apenas se duplicó a 31 en la dé­cada de 1860. Pero en la década de 1870 se vio un cambio en la marcha, cuando aparecieron en la revista casi 100 artículos de la pluma de Elena de White. Enton­ces, desde principios de 1880 hasta su muerte en 1915, la Review publicó sus artículos casi semanalmente.

Tal estadística nos dice mucho acerca de la reticencia de los primeros observadores del sábado a poner demasiado énfasis en las visiones en su principal publicación (revista que llegaba tanto a creyentes como a no creyentes), frente a un pú­blico crítico. Jaime White creía que era importante que los mensajes de Elena llegaran a los adventistas observadores del sábado; por eso, en 1851 publicó el Suplemento de la Review and Herald para esa audiencia más selecta. Él explicó el 21 de julio de 1851, en la edición del Suple­mento: “Esta [es] la revista que es­peramos publicar cada dos semanas [...]. Ya que muchos están prejuiciados contra las visiones, pensamos que es mejor no incluir ninguna de ellas en la edición regular. Por lo tanto, pu­blicaremos las visiones para beneficio de los que creen que Dios puede cum­plir su palabra y dar visiones ‘en los últimos días’ ” (Su­ple­mento de la Review and Herald, 21 de julio de 1851). Por su­puesto, la intención era que el Suplemento tuviera una circulación mucho más limitada que los números regulares de la Review.

Esa edición del suplemento apareció en un número solamente. La mayor parte del contenido de ese suplemento pronto apareció en forma de un folleto titulado A Sketch of the Christian Experience and Views of Ellen G. White [Experiencia cristiana y visiones de Elena de White]. Ese folleto de 64 páginas salió de la prensa en el verano de 1851. Los líderes adventistas se dieron cuenta enseguida de que la mejor manera de publicar los escritos de Elena de White era en forma de pequeños libros o folletos, con la ventaja de que sus consejos adquirirían una vigencia más permanente.

El primer folleto fue un recuento autobiográfico de su mi­nisterio, que contenía algunas de sus primeras visiones. El si­guiente folleto se publicó en 1854 con el título Supplement to the Expe­rience and Views of Ellen G. White [Suplemento de la experiencia cristiana y visiones de Elena de White].

Entonces, en 1855 se dio un paso de primera magnitud en la carrera de Elena de White como escritora. En ese año se publicó el primer tomo de Testimonios para la iglesia. Ese primer folleto de 16 páginas se convirtió en una serie de ediciones regulares que fueron viendo la luz en distintas formas hasta 1909, cuando los testimonios publicados alcanzaron la cantidad de casi cinco mil páginas.

Por fin la Sra. de White había encontrado un método efectivo para comunicar sus mensajes a sus compañeros adventistas observadores del sábado. Sus Testimonios publicados establecieron las principales líneas de comunicación de sus primeros consejos en un formato que proporcionó permanencia y facilitó la distribución entre los interesados en sus mensajes.

Además de publicar testimonios de naturaleza general, Elena de White desde el principio de su experiencia empezó a dar consejos individuales mediante entrevistas privadas y cartas personales. Pero a los pocos años ella se dio cuenta de que muchos de esos consejos tenían valor para la iglesia en general, ya que muchas personas tenían las mismas dudas y problemas. Por eso, los testimonios publicados reunían mensajes se­lectos dados originalmente a individuos, además de los consejos dados para la feligresía en general.

Como diría ella: “Al reprender los males de uno [Dios] quiere corregir a muchos [...]. Presenta claramente los errores de algunos para que otros sean amonestados y rehúyan esos errores. [...] me fue ordenado que presentara principios generales, al hablar y es­cribir, y al mismo tiempo especificara los peligros, errores y pecados de algunas personas, para que todos pudiesen ser amones­tados, reprendidos y aconsejados. Vi que todos deben escudriñar su corazón y vida detenidamente, para ver si no han cometido los mismos errores por los cuales otros fueron corregidos [...]. Si así sucede, deben sentir que las reprensiones y el consejo fueron dados especialmente para ellos, y deben darles una aplicación tan práctica como si se les hubiesen dirigido especialmente [...]” (Testi­monios para la iglesia, t. 5, pp. 619, 620).

La Sra. de White adquirió la práctica de eliminar los nombres per­sonales de sus testimonios que se publicaban con el fin de proteger la identidad de las personas a quienes iban dirigidos. De ahí que el lector de los Testimonios lee en cuanto al hermano A o la hermana C.

Pronto la iglesia en vías de desarrollo reconoció el valor de los Testimonios de Elena de White. Como resultado, los primeros folletos se reimprimieron varias veces con di­ferentes formatos. Pero en 1883 la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día acordó publicar todos los Testi­mo­­nios (que en ese tiempo llegaban a treinta), en “cuatro tomos de setecientas u ochocientas páginas cada uno” (Review and Herald, 27 de noviembre de 1883). Salieron de la prensa en 1885 y han mantenido el mismo formato en inglés hasta el presente, junto con los tomos 5 al 9.2

Antes de reimprimir los Testimonios, Elena de White de­cidió que su redacción debía ser sometida a revisión. Lo consideró necesario porque algunos de los mensajes originales se habían enviado a la imprenta con prisa, por la precipitación de los acontecimientos. Tanto ella como su hijo Guillermo C. White mantenían una perspectiva bastante flexible del proceso editorial cuando se trataba de revisar palabras y frases. Esa flexibilidad condujo a una pugna entre los líderes de la iglesia sobre la extensión de los cambios que debían permitirse en los Testimonios cuando se redactaban de nuevo.

En preparación para el proceso de revisión, el Congreso de la Asociación General de 1883 acordó que “la iluminación de la mente” del profeta en el proceso de inspiración se realiza mediante “la impartición [de] los pensamientos, y no de las mismas palabras por medio de las cuales se deberían expresar las ideas, excepto en raras ocasiones” (Review and Herald, 27 de noviembre de 1883). Pero, aunque los dirigentes de la iglesia aceptaban el pensamiento inspirado en teoría, tenían problemas con el concepto en la práctica. Como resultado, Elena de White tuvo que eliminar muchas de las revisiones que había hecho de los primeros Testimonios, con el fin de que sus pensamientos fluyeran mejor y se expresaran de la manera más precisa. Por ello, los tomos publicados no fueron todo lo que ella hubiera querido que fueran.

Además de esos primeros folletos autobiográficos y los Tes­ti­mo­nios, la tercera etapa de los escritos de Elena de White tuvo lugar entre 1858 y 1864, cuando escribió cuatro tomos ti­tu­lados Spiritual Gifts [Dones espirituales]. Aunque esos tomos contenían algunos datos autobiográficos y algunos escritos sobre salud, así como resúmenes de los primeros Testimonios, su contribución más importante fue su exposición inicial del gran conflicto cósmico entre el bien y el mal. Por esa razón, el primer tomo, que fue el resultado de una visión que ella tuvo en Lovett’s Grove, Ohio, en marzo de 1858, llevaba el subtítulo de The Great Controversy Between Christ and His Angels and Satan and His Angels [La gran controversia entre Cristo y sus án­geles y Satanás y sus ángeles]. El librito fue el precursor de la actual edición (1911) de El conflicto de los siglos. Así también, los tomos 3 y 4 de Spiritual Gifts trataban el período patriarcal de la historia bíblica y presentaban primero materiales que actual­mente forman parte del libro Patriarcas y profetas. En Spiritual Gifts encontramos la presentación básica de ideas que más tarde la autora amplió a cuatro tomos titulados Spirit of Prophecy [Espíritu de profecía] (1870-1884) y que con el tiempo se transformaron en los actuales cinco tomos de la serie de “El Conflicto” (1888-1917).

La última etapa importante de la producción literaria de Elena de White entre 1850 y 1890 está dedicada al ámbito de la salud. Más adelante en nuestra presentación examinaremos el desarrollo de su contribución a los conceptos adventistas actuales de la vida saludable.

Recepción y comunicación de las visiones

La recepción y comunicación de las visiones de Elena de White es un tema complejo –como muchos otros en este libro– y lo trataremos brevemente. En esta sección, en lugar de explicar esa complejidad, solo destacaremos brevemente al­gunos puntos que nos ayudarán a entender el tema.

En 1860 la Sra. de White escribió que ella había recibido muchas preguntas acerca de su condición cuando estaba en vi­sión y su experiencia después de salir de ellas. Entonces explicó lo siguiente:

“Cuando el Señor cree oportuno dar una visión, soy llevada a la presencia de Jesús y sus ángeles, y estoy completamente ajena en cuanto a las cosas terrenales. No puedo ver más de lo que los ángeles me señalan. Mi atención con frecuencia es dirigida a escenas que suceden en la Tierra.

“A veces soy llevada muy lejos en lo futuro, y se me muestra lo que ha de suceder. Luego otra vez se me muestran cosas que han ocurrido en lo pasado. Después de que salgo de la vi­sión, no recuerdo inmediatamente todo lo que he visto y el asunto no es tan claro delante de mí hasta que escribo. Ento­n­ces la escena surge delante de mí como fue presentada en visión, y puedo es­cribir con libertad. A veces las cosas que he visto están ocultas de mí después de que salgo de la visión y no puedo recordarlas hasta que soy llevada delante de una congregación donde se aplica la visión. Entonces vienen con fuerza a mi mente las cosas que he visto. Dependo tanto del Espí­ritu del Señor para relatar o escribir una visión como para tenerla. Es imposible que yo recuerde cosas que me han sido mostradas a menos que el Señor las haga surgir delante de mí en el momento en que a él le place que yo las relate o escriba” (Mensajes selectos, t. 1, p. 41).

Siguiendo la misma línea de pensamiento, ella observó pocos años después: “Dependo del Espíritu del Señor tanto para escribir mis visiones como para recibirlas; sin embargo, las palabras que empleo para describir lo que he visto son mías” (ibíd.). En otra ocasión ella señaló que a veces, cuando se ponía a elegir las palabras del pasaje, Dios llevaba a su mente la mejor manera de expresar sus pensamientos en “forma clara y distinta” (Carta 127, 1902).

Por eso, según ella lo veía, su experiencia era similar a la de los profetas de la Biblia: una interacción entre el ser humano y el Ser Divino. Dios le daba las visiones y la ayudaba a comunicarlas a otros. Por otra parte, ella usaba sus propias palabras, excepto en los casos en los cuales afirmaba haber recibido las palabras precisas. De su descripción se desprende que esto último era más bien raro.

No deberíamos pensar que todo lo que Elena de White escribió estaba directamente vinculado a una visión. Por ejemplo, en una de sus primeras declaraciones autobiográficas co­mentó: “Al preparar las siguientes páginas, lo hice con gran desventaja, ya que tuve que depender en muchos casos de mi memoria, puesto que no empecé a escribir un diario sino hasta años más tarde. En varias ocasiones he enviado los manuscritos a amigos que estuvieron presentes cuando las circunstancias relatadas ocurrieron, para que ellos los leyeran antes de im­primirlos” (Spiritual Gifts, iii). Ella continuó diciendo que había identificado muchas fechas mediante una verificación doble de sus primeras cartas. En resumen, Elena de White recurrió a algunas de las técnicas de los historiadores así como a sus recuerdos en la reconstrucción de sus memorias.

En el desarrollo de El conflicto de los siglos en 1888, también se demuestran las investigaciones históricas. Por eso citó libremente a historiadores, no tanto para valerse de su autoridad, “sino porque sus palabras resumían adecuadamente el asunto” (El conflicto de los siglos, Introducción, p. 15).

Por consiguiente, su hijo señaló a los líderes de la Aso­cia­­ción General, cuando estaban revisando El conflicto de los siglos en 1911, lo siguiente: “Mi madre nunca pretendió ser una auto­ridad en historia. Las cosas que ella ha escrito son descripciones instantáneas y otras presentaciones que le fueron dadas con respecto a los hechos de estos hombres y a la influencia de estas acciones sobre la obra de Dios para la salvación de los hombres, con referencia al pasado, al presente y a la historia futura en su relación con esta obra. En la redacción de estas visiones ella ha hecho uso de buenas y claras declaraciones históricas para hacer comprensible al lector las cosas que estaba tratando de presentar”. Él siguió diciendo que su lectura en la rama de la historia eclesiástica “la ayudó a localizar y a describir muchos de los acontecimientos y movimientos que le fueron presentados en la visión” (Mensajes selectos, t. 3, Apéndice A, pp. 498, 499). De ma­nera que sus investigaciones la ayudaban a llenar los antecedentes y el contexto de las “descripciones instantáneas” recibidas durante la visión.

El uso que Elena de White hizo de las obras de otros autores no estuvo restringido a temas históricos. Siendo una ávida lectora, seleccionaba y adaptaba ideas y frases de otros es­c­ritores cuando sentía que ellos presentaban las cosas tan bien como se podían decir para hacer comprender su mensaje.

Así, Guillermo C. White indicó que su madre no solo era una ávida lectora de otros autores sobre la vida de Cristo, sino también “se admiraba del lenguaje en que otros escritores habían expuesto a sus lectores las escenas que Dios le había presentado a ella en visión, y encontró que era tanto un placer como una conveniencia y economía de tiempo utilizar el lenguaje de ellos, en forma total o parcial, para presentar las cosas que sabía por revelación, y que anhelaba transmitir a sus lectores” en El Deseado de todas las gentes (ibíd., Apéndice C, pp. 525, 526). Podríamos hacer estos mismos comentarios en relación con otros escritos de Elena de White. Así como los profetas bíblicos empleaban documentos literarios e históricos en sus escritos, también lo hizo ella (ver, por ejemplo, Núm. 21:14, 15; 1 Crón. 29:29; Luc. 1:1-4; Jud. 14, 15). Por lo general, la inspiración no implica originalidad. Por otro lado, la inspiración reclama la dirección de Dios en el desarrollo profético y la selección de materiales.

Conviene notar que el uso de fuentes de parte de Elena de White no era mecánico. Por el contrario, ella seleccionaba los pensa­mientos y las frases que armonizaban con la verdad como ella los veía, mientras que eliminaba o adaptaba ideas y terminologías que no estuvieran en armonía con su mensaje.

Otra percepción de su obra proviene de la comprensión de que no todos sus consejos a individuos y a la iglesia se originaron específicamente como visiones para la situación determinada. Ella comparó su experiencia con la del apóstol Pablo, cuya mente había sido informada en relación con principios cristianos y peligros para la iglesia de manera general y amplia mediante las visiones anteriores que había recibido. Como re­sultado, el apóstol pudo juzgar situaciones en la iglesia con percepción divina aunque él no tuviera una visión específica para esa circunstancia en particular. Por eso, la Sra. de White escribió que “el Señor no da una visión para hacer frente a cada emergencia que se levante”. Más bien, el método de Dios es “dar a sus siervos escogidos impresiones referentes a las necesidades y los peligros a los que estaban expuestas su causa y las personas, y en hacer sentir a esos siervos la responsabilidad de dar consejos y amonestaciones” (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 642). Buena parte de sus consejos parecen caer en esta última categoría, en la cual los principios divinos dados originalmente en una visión se aplicaban, mediante las impresiones del Espíritu Santo, a una variedad de situaciones específicas que re­querían la aplicación de dichos principios.

En camino a la organización de la iglesia

Una parte importante del desarrollo de la Iglesia Adven­tista del Séptimo día en la década de 1850, en la cual Elena de White desempeñó un papel crucial, fue la organización de la iglesia. El movimiento millerita se había manifestado ma­­yormente en contra de toda organización, no sin base para ello. Por un lado, creían que Cristo vendría muy pronto y que, por lo tanto, no necesitaban ninguna organización ya que el tiempo era corto.

Un segundo factor que contribuyó a que muchos de los se­guidores de Miller no simpatizaran con ningún sistema de organización eran sus antecedentes en movimientos que se oponían a cualquier cosa que se inclinara hacia la más mínima forma de estructura eclesiástica. Uno de esos movimientos era la Co­nexión Cris­tiana. José Bates, Jaime White y varios otros dirigentes milleritas pertenecían a ese movimiento.

Un tercer factor que se sumó a la posición de los grupos posmilleritas de 1844 en contra de toda organización eclesiástica surgió de su experiencia de haber sido expulsados de confesiones organizadas, en 1843 y 1844. Esta experiencia condujo a la mayoría de ellos a llegar a la conclusión de que cualquier tipo de organización eclesiástica era un mal inherente. Como resultado, Jorge Storrs (un líder millerita prominente) escribió en 1844 que “ninguna iglesia puede ser organizada por invención humana porque se convertiría en Babi­lo­nia en el momento de su organización” (Midnight Cry, 15 de febrero de 1844).

Debido a estas circunstancias, todos los grupos posmilleritas encontraban casi imposible organizarse en un cuerpo eclesiástico. Ninguno de ellos lo hizo antes de principios de 1860 y el único grupo que formó una estructura adecuada fueron los adventistas sabáticos.

Entre los que formaron la Iglesia Adventista en la década de 1860, Elena de White y su esposo fueron las principales figuras que apoyaron el desarrollo de la organización. En su in­tento por trabajar con los creyentes unidos en la plataforma doctrinal sabática, los White llegaron muy pronto a la conclusión de que era esencial lo que ellos llamaban “el orden evangélico”. La alternativa sería el desorden que había caracterizado tanto al adventismo millerita a fines de 1840 como a principios de 1850.

Las primeras observaciones de Elena de White sobre el tema se produjeron en diciembre de 1850: “Vi que en el cielo todo estaba en perfecto orden. Dijo el ángel: ‘Miren, Cristo es la cabeza; sigan en orden, sigan en orden. Cada cosa tiene su significado’. Dijo el ángel: ‘Observen y vean cuán perfecto y cuán hermoso es el orden en el cielo; síganlo’ ” (Manuscrito 11, 1850).

Entre 1850 y 1854, los adventistas observadores del sábado no solo crecieron rápidamente a medida que se agregaban a sus filas muchos creyentes en la segunda venida que estaban desorientados, sino también enfrentaron el problema de los predicadores no calificados que se reunían con adherentes, y el de la disciplina eclesiástica que se debía aplicar a los creyentes que no armonizaban con el cuerpo organizado.

Fue ante esta situación que Elena de White publicó un enérgico artículo titulado “El orden evangélico” a principios de 1854: “El Señor ha mostrado que el orden evangélico ha sido temido y descuidado en demasía. Hay que rehuir el forma­lismo; pero al hacerlo, no se debe descuidar el orden. Hay orden en el cielo. Había orden en la iglesia cuando Cristo estaba en la Tierra, y después de su partida el orden fue estrictamen­te observado entre sus apóstoles. Y ahora, en estos postreros días, mientras Dios está llevando a sus hijos a la unidad de la fe, hay una mayor necesidad de orden que nunca antes; porque, a medida que Dios une a sus hijos, Satanás y sus malos ángeles están concentrados en evitar esta unidad y en destruirla” (Pri­meros escritos, cap. 22, p. 129).

Notemos que la Sra. de White vincula la organización de la iglesia con la misión de reunir a un pueblo para los últimos días. De esa manera vinculó la organización con una avanzada misionera efectiva. La organización no era un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin.

Durante la década de 1850 los White lucharon codo a codo para llevar a los observadores del sábado a la organización. Pero continuamente enfrentaban la oposición de líderes prominentes dentro de su propio movimiento. Por eso R. F. Cottrell pudo argumentar, en la Review and Herald de marzo de 1860, que él creía que “sería un error ‘darnos un nombre’, puesto que eso está en la base de Babilonia. No creo que Dios lo apruebe” (Review and Herald, 22 de marzo, 1860).

Jaime White y su esposa no estuvieron de acuerdo con Cottrell y quienes se oponían a la organización, y abiertamente enfrentaron el desafío. Ellos conocían de sobra los resultados de la falta de estructura y orden formal. En respuesta a la lógica que se oponía a la organización, Elena de White dijo: “Se me mostró que algunos ha­bían temido que nuestras igle­sias se convertirían en Babilonia si se las organizaba; pero las iglesias de la zona central de Nueva York ya han sido una perfecta Babilonia, confusión. Y ahora, a menos que las iglesias sean organizadas para continuar su marcha y poner en vigencia el orden, no tienen ninguna esperanza para el futuro, y serán esparcidas en fragmentos. Enseñanzas anteriores han alimen­tado los elementos de la desunión. Se ha fomentado el espíritu de vigilancia y acusación antes que de edificación. Si los ministros de Dios adoptaran una posición unida, y la mantuvieran con decisión, se produciría una influencia que tendería a la unión del rebaño de Dios. Las barreras de separación serían rotas en fragmentos. Los corazones se elevarían y se unirían como gotas de agua. Entonces habría poder y fortaleza en las filas de los observadores del sábado, superiores a todo lo que hemos presenciado” (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 245).

La lucha por la organización en la cual se hallaron inmersos tanto la Sra. de White como su esposo triunfó finalmente entre 1861 y 1863. Ya para ese último año la Asociación Ge­neral de la iglesia se hallaba establecida para aglutinar las distintas iglesias y asociaciones locales en un cuerpo unificado: la Iglesia Adventista del Sépti­mo Día. Ese desarrollo organizacional proporcionó al todavía pequeño grupo de ad­ventistas observadores del sábado una estructura que les permitió fortalecerse y desarrollarse en un cuerpo más grande de adventistas para fines del siglo. Pero, para entonces, la estructura de l863 le quedaba pequeña a la iglesia. Los adven­tistas del séptimo día necesitaban una reorganización drástica si querían continuar creciendo.

Entre 1901 y 1903 Elena de White estaba de nuevo, como veremos en el siguiente capítulo, en el centro del movimiento para contribuir a su reorganización, con el fin de cumplir una misión efectiva. Ella consideraba a la organización funcional de la iglesia como un elemento crucial en su expansión y en la predicación del evangelio a todo el mundo. A diferencia de algunos de sus colegas en el ministerio, ella no había confundido las estructuras externas, obsoletas, con la organización dinámica requerida para seguir reuniendo a un pueblo en anticipación al advenimiento.

Consejos sobre la vida saludable

Una de las visiones más significativas de Elena de White en términos de su impacto a largo plazo para conformar el ad­ventismo tuvo lugar el 5 de junio de 1863. Al día siguiente ella escribió: “Vi que era un deber sagrado atender nuestra salud, y despertar a otros ante su deber en este sentido... Tenemos el deber de hablar, de oponernos a la intemperancia en todas sus formas –intemperancia en el trabajo, en el comer, en el beber, intemperancia en el consumo de medicamentos– y entonces señalarles la gran medicina de Dios: el agua, el agua pura y suave, para la enfermedad, para la salud, para la limpieza y la higiene, y para lujo… Vi que no debíamos guardar silencio sobre el asunto de la salud, sino que debíamos despertar las mentes a este tema” (Mensajes selectos, t. 3, cap. 32, pp. 318, 319).

“La obra de Dios exige que no nos despreocupemos del cuidado de nuestra salud. Cuanto más perfecta sea nuestra salud, más perfecto será nuestro trabajo” (ibíd., p. 318).

Notemos que la reforma en favor de la salud de los adventistas del séptimo día no era un asunto meramente personal. Tenía implicaciones sociales y misioneras. Esto llegó a verse claramente en diciembre de 1865, cuando la Sra. de White re­cibió una segunda visión más importante sobre la reforma pro salud. Mediante ella se les pedía a los adventistas que establecieran sus propias instituciones de salud. Esas instituciones de­bían proporcionar a los miembros de la iglesia un lugar donde pudieran recuperar su salud, en un ambiente espiritualmente agradable donde “los enfermos pu­die­ran recibir tratamiento para sus enfermedades y aprender también a cuidarse ellos mismos para prevenirlas” (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 482), y ejercer una influencia directa sobre la población no ad­ventista.

“Cuando los incrédulos acudan a nuestra institución dedicada al tratamiento eficaz de las enfermedades, bajo el cuidado de médicos observadores del sábado –escribió Elena de White–, serán colo­cados directamente bajo la influencia de la verdad. Al relacionarse con nuestro pueblo y nuestra fe verdadera, desaparecerá su prejuicio y recibirán impresiones favorables. Al ser puestos así bajo la influencia de la verdad, algunos no solo obtendrán alivio de enfermedades corporales, sino también hallarán un bálsamo sanador para sus almas enfermas por el pecado [...]. Una de estas preciosas almas que sea salvada valdrá más que todos los recursos necesarios para establecer esa clase de institución” (ibíd., pp. 432, 433).

La visión del 25 de diciembre de 1865 no solo estableció la necesidad de una institución de salud, sino también integró la re­forma pro salud con la teología adventista, indicando que “la reforma pro salud es una parte del mensaje del tercer ángel, y está tan estrechamente relacionada con él como el brazo y la mano lo están con el cuerpo” (Consejos sobre el régimen alimenticio, sección III, p. 87)3. La reforma pro salud, como la percibía la Sra. de White, era para ejercer una función preparatoria. Era para alistar al pueblo de Dios “para el fuerte clamor del tercer ángel” y ayudarlo a estar “listo para el traslado al cielo” (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 427). En otras palabras, la reforma pro salud es un instrumento para preparar a los adventistas para la segunda venida de Cristo. Al igual que la organización de la iglesia, la reforma pro salud tiene que ser un me­dio para alcanzar un fin, en lugar de un fin en sí mismo.

Pero algunos predicadores y otros creyentes que tenían gran entusiasmo por el mensaje de la reforma pro salud, olvidaban ese aspecto de la enseñanza. Como resultado, algunos meses más tarde, Elena de White corrigió cuidadosamente cualquier impresión equivocada que ella pudiera haber dejado sobre el tema, cuando escribió: “La reforma prosalud está estrechamente relacionada con la obra del tercer mensaje [el mensaje de la Iglesia Adventista], y sin embargo, no es el mensaje. Nuestros predicadores deben enseñar la reforma pro salud, y sin embargo no deben hacer de ella el tema principal en lugar del mensaje. Su lugar está entre los asuntos que hacen la obra preparatoria para hacer frente a los sucesos presentados por el mensaje”. Ella hizo notar que, entre esas “obras preparatorias”, la reforma pro salud “ocupa un lugar prominente” (Con­se­jos sobre alimentación, cap. 3, p. 63).

Este consejo es de suma importancia, puesto que algunos adventistas han tenido la tendencia a los extremismos fanáticos en relación con la reforma pro salud, mientras otros la han colocado en el centro del mensaje de la iglesia. La Sra. de White tuvo que debatir contra esas perversiones de sus enseñanzas sobre este asunto el resto de su vida. Para ella, la reforma pro salud no ocupaba el centro del mensaje adventista. Su propósito era preparar al pueblo para el regreso de Cristo.

Los resultados de las enseñanzas sobre salud de Elena de White fueron tan ampliamente esparcidos como duraderos. A nivel personal, esas enseñanzas hicieron mucho para cambiar el estilo de vida adventista. Como resultado, con el tiempo, mejoró grandemente la salud de la feligresía adventista. Desa­fortunadamente, muchos que pensaron que estaban siguiendo sus consejos se fueron a los extremos en uno o más de los aspectos de la vida saludable. Pero el argumento de la Sra. de White siempre fue a favor del equilibrio en lugar de los extremismos. Como lo expresara ella, los remedios naturales son ocho: “el aire puro, el sol, la abstinencia, el descanso, el ejercicio, un régimen alimenticio conveniente, el agua y la confianza en el poder divino” (El ministerio de curación, p. 89). La buena salud demanda un equilibrio en el uso de cada uno de esos remedios y enfatiza evitar los extremos en todos ellos.

Los frutos institucionales de la visión sobre la reforma pro salud en 1865 fueron casi inmediatos. Durante la cuarta sesión del Congreso de la Asociación General celebrado en mayo de 1866, Elena de White presentó la necesidad de tener una institución de salud adventista. La respuesta de la iglesia se manifestó con la apertura del Instituto Occidental para la Re­forma de la Salud, en Battle Creek, Míchigan, el 5 de septiembre de 1866, y ese mismo año empezó la publicación de una revista dedicada a la salud, el Health Reformer [El reformador de la salud].

En l876, John Harvey Kellogg, quien a la sazón tenía 24 años de edad, fue nombrado gerente general del instituto de salud. La orientación prestada por Kellogg lo transformó en el Sanatorio de Battle Creek. Para finales del siglo XIX, este sanatorio había alcanzado una reputación internacional. A mediados de la década de l990, esa sola institución se había multiplicado hasta alcanzar la cifra de 152 hospitales; 330 dispensarios, clínicas y lanchas médicas; y 95 asilos para jubilados y orfanatorios, con un valor total de cerca de cinco mil mi­llones de dólares. Estos han sido algunos de los resultados de largo alcance del programa de salud que las visiones de Elena de White estimularon entre los adventistas del séptimo día.

Antes de cambiar a otro tema, quisiéramos llamar la atención al hecho de que las ideas sobre salud de Elena de White no eran completamente nuevas. Ella las presentó más bien en el contexto de un destacado movimiento pro salud que tuvo lugar en los Estados Unidos en ese mismo tiempo. Las visiones que ella tuvo colocaron a los adventistas en el centro del principal movimiento de reforma sanitaria y les proporcionaron la motivación religiosa, tanto para cuidar su salud personal como para extender el evangelio de la salud por medio de sus instituciones.

El factor evidente de la falta de salud entre el liderazgo adventista a principios y a mediados de la década de 1860 aumentó esa motivación. Jaime White y varios de los otros destacados líderes se hallaban incapacitados en aquellos mo­mentos; y algunos, incluyendo a los White, habían recibido asistencia en la institución de reforma pro salud que funcionaba en Dansville, Nueva York, con anterioridad a la apertura de la propia institución adventista en Battle Creek. El mensaje de salud era verdaderamente una necesidad para los líderes adventistas. Y ellos respondieron como correspondía.

También deberíamos notar que los adventistas no carecían de información referente a las enseñanzas del principal movimiento de reforma sanitaria contemporáneo. No solamente visitaban algunas de esas instituciones, sino también con el tiempo se relacionaron con las publicaciones del movimiento. Esa relación se hizo especialmente evidente en el libro de 296 páginas titulado Health: or How to Live [Cómo vivir saludablemente], publicado por Jaime White en 1865. El libro contiene capítulos de muchos de los reformadores principales de la salud de aquella época, junto con seis artículos sobre salud de la pluma de su esposa.

De 1863 en adelante, la salud y los temas afines encontrarían un lugar significativo en los escritos de Elena de White. El libro El ministerio de curación es quizá su más importante exponente sobre el tema (1905).

Consejos sobre la misión de alcance mundial

Un tercer aspecto de importancia especial que requirió el consejo de Elena de White a los adventistas del séptimo día en el período entre 1850 y 1888 fue la misión del adventismo ante el mundo. Dada la extensión mundial que la iglesia había alcanzado en esa época, es difícil comprender el hecho de que, en sus comienzos, el adventismo se manifestara en contra de las misiones. De acuerdo con Guillermo Miller, los adventistas observadores del sábado creían, a principios de la década de 1850, que la puerta del tiempo de prueba ya se había cerrado y que, por lo tanto, la labor misionera a favor del mundo ya no tenía razón de ser. Este fue el motivo por el cual Miller escribió en diciembre de 1844: “Lo único que po­demos hacer es estimularnos unos a otros [esto es, entre adven­­­tistas] a ser pa­cientes” hasta que llegue el advenimiento (Advent Herald, 11 de diciembre de 1844). Sin duda, esta era la posición de Jaime White y de José Bates en el “tiempo de reunión” mientras trabajaban exclusivamente entre antiguos mi­lleritas para conducirlos al redil de los observadores del sábado.

Por un tiempo Elena de White compartió ese mismo esquema de pensamiento. Por eso escribió más tarde: “Junto con mis hermanos y hermanas, después del tiempo pasado en 1844, yo creía firmemente que no se convertirían más pecadores. Pero nunca tuve una visión de que no se convertirían más pecadores” (Mensajes selectos, t. 1, cap. 5, p. 84).

Por el contrario, varias de sus visiones de “la puerta cerrada” durante el período en cuestión indicaban exactamente lo opuesto a lo que ella conscientemente creía. Así fue con la visión publicada en noviembre de 1848, gracias a la cual ella predijo que el “pequeño periódico” de su esposo, aunque “al principio será pequeño”, de “este pequeño comienzo brotarán raudales de luz que han de circuir el globo” (Notas biográficas, cap. 18, p. 137). Así también, en julio de 1850 ella escribió que “aquellos que no han escuchado la doctrina adventista [de la dé­cada de 1840] y no la han rechazado abrazarían la verdad y tomarían sus lugares” con los adventistas que guardaban el sá­bado (Manuscript Releases, t. 18, p. 13).

Ni Elena de White ni sus compañeros creyentes entendieron completamente las implicaciones misiológicas de aquellas y otras de sus visiones en esa primera parte de su ministerio. Como dijera ella, “nuestros hermanos no podían entender esto debido a nuestra fe en la inmediata aparición de Cristo. Al­gunos me acusaron de decir que el Señor se tardaba en venir, espe­cialmente los fanáticos” (Men­sa­jes selectos, t. 1, cap. 5, p. 84). Los observadores del sábado solo empezaron a entender su misión al mundo en forma gradual, transición que em­pezó entre las dé­cadas de 1850 y 1860.

En 1863 Jaime White llegó a la conclusión de que tenían en realidad un “mensaje mundial”. Pero no tenían suficientes ministros para enviar como misioneros a otros países. Por otro lado, las publi­caciones que se enviaban por barco a Europa, y las actividades de un ministro de origen polaco (M. B. Czechowski) que fue a Europa por su cuenta, independientemente del apoyo de los adventistas observadores del sábado, habían conducido al establecimiento de varias congregaciones que guardaban el sábado al otro lado del Atlántico hacia fines de la década de 1860. A su vez, este desarrollo creó entre los líderes estadounidenses cierto entusiasmo por la obra de alcance misionero en países extranjeros en 1869 y 1870. Pero no se hizo nada concreto en ese tiempo.

En diciembre de 1871 Elena de White tuvo una visión que estimuló el creciente interés de los adventistas del séptimo día en las misiones mundiales. Ella vio que la iglesia estaba predicando “verdades de vital importancia” que eran “una prueba al mundo”. Por eso los jóvenes adventistas debían “familiarizarse con otros idiomas”, para que Dios los usara como medios de comunicar su verdad salvadora a los de otras naciones.

No solamente debía la denominación enviar publicaciones al extranjero, sino también “predicadores activos”. “Se necesitan misio­­neros que vayan a otros países para predicar la verdad de una manera cuidadosa”. El mensaje adventista “de ad­vertencia” debía ir “a todas las naciones”. “No tenemos un mo­mento que perder –escribió ella–. Si hemos sido descuidados en esta materia, es harto tiempo de que ahora con todo fervor redimamos el tiempo, no sea que la sangre de las almas se encuentre so­bre nuestros vestidos” (Notas biográficas, cap. 33, pp. 226-228).

En el verano de 1873, Jaime White insistió en que J. N. Andrews debía ir a Europa como primer misionero oficial de la iglesia. Pero todos seguían sin hacer nada.

Elena de White llegó a aceptar el amplio punto de vista de su esposo. En abril de 1874 ella tuvo un sueño “impresionante” que ayudó a vencer la oposición que quedaba entre los adventistas a las misiones extranjeras. En su sueño, “el mensajero” proporcionó la siguiente instrucción para los líderes adventistas que dilataban la acción: “Estáis concibiendo ideas demasiado limitadas de la obra para este tiempo [...] Debéis tener una visión más amplia. [...] Vuestra casa es el mundo [...] El mensaje avanzará con poder a todas partes del mundo, a Oregón, a Europa, a Australia, a las islas del mar, a todas las naciones, lenguas y pueblos”. A ella se le mostró que la misión de la iglesia era más extensa de lo que “nuestros hermanos han imaginado, o de lo que jamás han contemplado y planeado”. Como resultado, la Sra. de White abogó por una fe más grande que se expresara en acción (ibíd., cap. 34, pp. 231, 232).

Aunque pasaron dos décadas antes de que los líderes de la iglesia empezaran a entender todo lo que implicaba el “sueño” de 1874 de Elena de White, ese verano acordaron enviar a Andrews a Suiza “tan pronto como sea posible” (Review and Herald, 25 de agosto de 1874). Él salió a ocupar su nuevo puesto en septiembre. Desde entonces, la Iglesia Adventista del Séptimo Día ha mantenido un flujo constante de personal yendo a todos los confines del globo terráqueo. A principios de 1995, la iglesia tenía programas establecidos en 208 de las 236 naciones del mundo y estaba predicando el mensaje del advenimiento en 732 idiomas.

Elena de White no era simplemente una misionera en teoría. Ella también tuvo su participación. Su primera misión fue hasta la lejana California, donde ella y su esposo colocaron sobre una base más firme a la Iglesia Adventista de la costa oeste, que estaba todavía en pañales.

Su primera misión en el extranjero se extendió desde 1885 hasta l887, cuando ella y su hijo Guillermo White hicieron tanto para fortalecer y guiar la creciente obra adventista en Europa. Ella estableció su base en Basilea, Suiza, viajando largas distancias desde Italia hasta Escandinavia, brindando sus orien­taciones tanto a miembros de iglesia como a dirigentes.

Los creyentes adventistas de Inglaterra fueron los primeros en beneficiarse con sus labores. Ella pasó varias semanas en ese país, tiempo durante el cual desarrolló un interés especial por las multitudes de las atestadas calles de Londres. De Ingla­terra, pasó a Suiza, donde participó con los líderes de la iglesia en las reuniones anuales del recientemente establecido Con­cilio Europeo de los Adven­tistas del Séptimo Día.

En conjunto, se reunió con creyentes de ocho países europeos: Inglaterra, Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega, Francia, Ale­ma­nia e Italia. Sus actividades en Europa coincidieron con un período crucial en la expansión de la iglesia en esa parte del mundo. La iglesia en Europa había alcanzado un nivel de desarrollo que demandaba planificar en forma más adecua­da la ampliación de su base institucional y estructural. Elena de White tomó parte en esa planificación. Ade­más, sus presentaciones a favor de la temperancia llegaron a tener mucha demanda en varias naciones europeas.

El último viaje de Elena de White al extranjero se ex­tendió desde 1891 hasta 1900, tiempo durante el cual ella proporcionó orientaciones muy importantes a las nuevas misiones establecidas en Australia y Nueva Zelanda. En el próximo ca­pí­tulo examinaremos algunos de los frutos de esos años.

Mientras tanto, necesitamos considerar el papel que desempeñó en el desarrollo inicial de la educación adventista. Al co­mienzo de la década de 1870 la educación se estaba convirtiendo en una parte importante en la iglesia. Después de todo, si la iglesia iba a enviar misioneros a otros países, tenía que educarlos en alguna parte.

Primeros consejos sobre educación

No es por accidente que los adventistas del séptimo día abrieron su primera institución educativa y enviaron a su primer misionero al extranjero el mismo año. Ya en 1874, la iglesia necesitaba empleados instruidos, tanto localmente como en el extranjero.

Pero la necesidad de la educación no había sido siempre evidente. De hecho, este fue el último aspecto que desarrolló la iglesia. El establecimiento de las publicaciones en 1849, la organización centralizada de la iglesia en 1863 y el vigoroso programa para el cuidado de la salud en 1866 la habían precedido.

Los primeros adventistas observadores del sábado eran con­trarios a la educación formal. Después de todo, la lógica que predominaba entre ellos era: “¿Para qué enviar a los hijos a la escuela si el mundo se acabará pronto y ellos nunca llegarán a crecer para utilizar ese aprendizaje obtenido con tanto sacrificio?” Muchos de los primeros observadores del sábado creían que incluso permitir a sus hijos asistir a la escuela indicaba falta de fe en la proximidad del advenimiento. Por lo tanto, la educación escolar no fue un asunto prioritario en las décadas de 1850 y 1860, aunque los adventistas habían fundado algunas escuelas primarias que duraron muy poco. Otros creyentes en­viaban a sus hijos a las escuelas públicas.

Debido a la falta de interés en esto, no nos sorprende demasiado descubrir que la Sra. de White no escribiera artículos sobre la educación formal durante los primeros 28 años de su ministerio profético. Pero eso cambiaría en 1872, cuando los adventistas en la sede la iglesia fundaron la escuela que dos años después llegaría a convertirse en el Colegio de Battle Creek.

En 1872, Elena de White escribió “La educación apropiada” (publicado en Testimony for the Church Nº 22; La educación cristiana, cap. 1, pp. 9-40) para la escuela que se estaba empezando a establecer en Battle Creek. Este artículo ha ejercido influencia entre los educadores adventistas porque lo han percibido correctamente como un mandato sobre la naturaleza ideal de la educación adventista. Uno de sus temas más importantes ha sido la necesidad de “la educación física, mental, moral y religiosa de los niños” (La educación cristiana, cap. 1, p. 9). El concep­to de la educación equilibrada de todo el ser llegaría a con­vertirse en un sello distintivo de los escritos de la Sra. de White sobre la educación durante las siguientes cuatro décadas.

“La educación apropiada” también estableció el hecho de que los adventistas debían ser “reformadores” de la educación. Esto incluía discusiones sobre la diferencia entre el adiestramiento de los animales y la educación de los seres humanos, la disciplina como dominio propio, el requisito de una comprensión completa de los conceptos de salud, la necesidad del estudio de la Biblia además del estudio de las “otras disciplinas” de la enseñanza y el fuerte mandato de desarrollar el adiestramiento manual en conexión con la labor académica, de modo que tanto el cuerpo como la mente se ejerciten y los jóvenes se preparen para la vida práctica.

“La educación apropiada” le restaba importancia a la educación teórica de la época, que habilitaba a los jóvenes para ser “tontos instruidos”. Por otro lado, se oponía a que se igualara a la ignorancia con la humildad y la espiritualidad. Elena de White sostenía que el “cristiano intelectual apreciará mejor que nadie las verdades de la Palabra divina. Cristo puede ser glorificado mejor por los que lo sirven inteligentemente” (ibíd., pp. 38, 39).

Su exposición de la filosofía que debería sustentar a la educación adventista pertenecía ciertamente al ámbito de la re­forma de la educación estadounidense. El consejo de la Sra. de White procuraba romper el dominio que durante siglos habían ejercido los clásicos griegos y latinos sobre la educación secundaria y superior occidental. “La educación apropiada” presentaba –al igual que sus consejos sobre la vida saludable– muchas ideas nuevas. De manera que mientras sus conceptos se adelantaban a las prácticas educativas predominantes entonces, sus sugerencias y programas sobre la educación no eran exclusivos. Más bien estaban en armonía con las ideas y los programas de otros reformadores de la educación de sus días.

Lamentablemente, mientras se daban los primeros pasos de la educación adventista, los líderes de la iglesia y del ámbito educativo de ella no captaban en realidad los problemas de la educación tradicional, ni cómo poner en práctica la reforma al respecto. Como resultado, el Colegio Adven­tista de Battle Creek se convirtió en una escuela tradicional que falló en poner en práctica el programa innovador de Elena de White.

Como si fuera poco haber llegado a ser una institución clásica de educación no reformada, el Colegio de Battle Creek dio un giro totalmente inesperado: eliminó el estudio formal de la Biblia de su plan de enseñanza. En 1881, el colegio alcanzó su nivel más bajo. Habían nombrado como director a un recién convertido. Este hombre no tenía interés en la reforma educativa, ni tampoco parecían interesarle mucho los ideales de los adventistas del séptimo día.

Estas circunstancias formaron el telón de fondo del enérgico mensaje de la Sra. de White titulado “Nuestro colegio”, que fue leído ante los miembros del personal docente y de los máximos responsables de la Asociación General en diciembre de 1881. En este documento, Elena de White presentó en términos decididos que el Colegio de Battle Creek había fracasa­do en alcanzar sus objetivos. Aseveró que el estudio de las artes y las ciencias era necesario, pero que “el estudio de las Escrituras debe ocupar el primer lugar en nuestro sistema de educación” (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 21).

Si colocar la Biblia en el centro del currículo había hecho impopular al colegio, según declaró ella, los estudiantes que lo sintieran así debían “asistir a otros colegios” que se adaptaran mejor a sus gustos. Luego advirtió que “si la influencia mundana ha de reinar en nuestro colegio, entonces vendédselo a los mundanos y permitid que ellos asuman el control; y los que han invertido sus recursos en esa institución establecerán otro colegio que se rija, no según el plan de las escuelas populares ni de acuerdo con los deseos del rector y los maestros, sino conforme al plan que Dios ha especificado [...]. Es el propósito declarado de Dios tener un colegio en el país donde se le dé a la Biblia su debido lugar en la educación de la juventud” (ibíd., pp. 24, 25).

A pesar de los esfuerzos de los dirigentes de la iglesia y de Elena de White, las cosas iban de mal en peor en el Colegio de Battle Creek a principios de 1882. Por cierto que las cosas tomaron un giro tan grave que la junta directiva de la institución tomó el acuerdo de cerrar el colegio para el curso escolar 1882-1883, en medio de un tremendo descrédito y de disensiones internas.

Antes de volver a abrir el colegio, la directiva acordó conducirlo “sobre un plan que armonice en todos los aspectos con la luz que Dios nos ha dado” según los Testimonios (Review and Herald, 2 de enero de 1883). Una vez restablecida, la institución dio muestras de esfuerzos mayores y más sostenidos para funcionar de acuerdo con los principios dados por Elena de White. Lo mismo ocurrió en los nuevos colegios adventistas que se fundaron en 1882 en South Lancaster, Massa­chu­setts (que más tarde se convertiría en el Atlantic Union College [Colegio de la Unión del Atlántico], y en Heald­sburg, Cali­for­nia, que más tarde se convirtió en el Pacific Union College [Co­legio de la Unión del Pacífico]. Las tres instituciones harían sinceros esfuerzos para llevar adelante un programa educativo reformado. Pero las tres fracasaron de manera significativa, debido en parte a la falta de comprensión de la naturaleza radical de las reformas necesarias. Hasta la década de 1890 no se efectuaría una reforma cabal. Pero, cuando esto sucedió, Elena de White estaba en el mismo centro de la reforma. Vol­veremos a este tema en el próximo capítulo.

Asuntos familiares y muerte de Jaime White

La vida de Elena de White incluía mucho más que su ministerio público. Como sucede en todas las familias, la suya tuvo sus alegrías y sus tristezas.

Elena y Jaime tuvieron cuatro hijos: Henry Nichols (1847), James Edson (1849), William Clarence (1854) y John Herbert (1860). Edson y Willie tuvieron una larga vida y con el tiempo sirvieron como ministros adventistas, aunque Edson en sus primeros años dio a sus padres muchos disgustos y dolores de cabeza. Después de cumplir los cuarenta años, Edson dedicó finalmente su vida al ministerio cristiano, contribuyendo grandemente a la evangelización de la población afroamericana del sur de Estados Unidos. Willie se convirtió en el co­lega y ayudante principal de su madre después de la muerte de Jaime. John Herbert murió a los tres meses de edad y Henry tres años después (en 1863), a los l6 años, víctima de una neumonía.

Los registros presentan a la Sra. de White como una madre devota que disfrutaba la compañía de sus hijos. Como pudiera esperarse, ella se preocupaba muchísimo por su desarrollo espiritual. Los cantos y otros ejercicios devocionales para la edificación del carácter eran parte diaria de su vida familiar. Tam­bién les leía mucho. Además, a los hijos de los esposos White se les impartió desde temprano en su vida el amor a la naturaleza y a las bellezas naturales. Los muchachos tenían personalidades variadas, y como hermanos “normales” también ma­ni­festaban afectos, celos y las tensiones usuales en sus relaciones interpersonales. Los White no fueron padres perfectos, pero eran solícitos, y esa dedicación se hizo evidente ante sus hijos. Las cartas de su madre están llenas de interés y consejos, urgiéndolos a ser “buenos muchachos”, a amar a Jesús, etcétera.

Una de las grandes pruebas que Elena de White tuvo que soportar fue la separación de sus hijos, ocasionada por sus frecuentes y a veces largos viajes. Durante esas ausencias, ella dejaba a sus hijos al cuidado de amigos de confianza que pudieran proporcionarles el alimento cristiano que ellos necesitaban. En cierta ocasión, ella escribió “dura prueba era para mí separarme de mi hijo; pero no nos atrevimos a permitir que nuestro cariño hacia él nos apartara de la senda del deber. Jesús dio su vida para salvarnos. ¡Cuán pequeño es cualquier sacrificio que podamos hacer, comparado con el suyo!” (Notas biográficas, cap. 15, p. 120). Expresiones como estas son comunes en sus escritos.

Pero ella no era tan estoica como podría inferirse de la cita anterior. Como nos hubiera pasado a cualquiera de nosotros, a veces tenía sus dudas en cuanto a que su sacrificio por sus hijos valiera la pena, con todos sus dolores y angustias. No la ayudaba el hecho de que el movimiento sabático fuera tan patéticamen­te pequeño, pobre y de apariencia insignificante en sus co­mienzos. En 1850, ella escribió en cuanto a las muchas lágrimas que le causaba verse separada de sus hijos. Y, además de esa so­ledad, tenía que afrontar las críticas de otros que se imaginaban que sus viajes eran paseos agradables, mientras que ellos podían quedarse en casa y cuidar de sus familias. Tales críticas no hacían más que aumentar su angustia.

En una de esas ocasiones de angustia y agotamiento emocional y de oraciones pidiendo valor, se quedó dormida. Soñó entonces que un ángel de elevada estatura se ponía a su lado. “¡Puedo hacer tan poco bien! –le dijo ella abriéndole su co­razón–. ¿Por qué no podemos estar con nuestros pequeñuelos y disfrutar de su compañía?” El ángel replicó que su sacrificio era importante cuando se lo veía a través de los ojos de la fe. Su vida marcaría una diferencia a pesar de la aparente insignificancia de su obra en ese tiempo. “No debes mirar las presentes apariencias –dijo el ángel–, sino atender únicamente a tu deber, para la sola gloria de Dios, y según sus manifiestas providencias. De este modo el sendero se iluminará ante tus pasos” (ibíd., cap. 19, p. 145).

Ella y su esposo aceptaron el consejo. Sus vidas marcaron una diferencia a pesar de las condiciones tan precarias bajo las cuales empezaron.

En esos primeros años los asediaba la pobreza. El lector no tiene que ir muy lejos en los primeros datos autobiográficos de Elena de White para encontrarse con menciones de muebles prestados y rotos, de tener que vivir con otras personas y de los trabajos más humildes que tenía que realizar Jaime para poder sostener su misión. Aun a mediados de la década de 1850, cuando por primera vez tuvieron una vivienda propia, se alojaban a menudo en casas de huéspedes y hasta en lugares de trabajo de otros obreros, mientras luchaban para fortalecer el movimiento. Solo gradualmente los White lograron alcanzar cierta normalidad financiera. Y aún así, cada vez que se presentaba un nuevo avance en la causa adventista, los White es­taban al frente dedicando de sus recursos para establecer la iglesia, a medida que se iba desarrollando institucionalmente y penetrando en nuevos territorios. Podemos decir con seguridad que sin la visión, el liderazgo y el sacrificio perso­nal de los White, no tendríamos hoy la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Pero esa dedicación afectó la salud de Jaime. En agosto de 1865 sufrió una grave apoplejía paralizante, que lo dejó con poca esperanza de recuperación según la ciencia médica.

Jaime sobrevivió al ataque, pero de allí en adelante aquel dirigente, cargado de trabajo y exceso de responsabilidades eclesiásticas, padeció los efectos de una salud quebrantada. A menudo eso lo ponía de mal humor y no era fácil convivir o trabajar con él. Pero, a pesar de las repetidas recaídas físicas, luchaba para mantener una actitud positiva y siguió co­la­borando activamente en el desarrollo de la Iglesia Adventista y sus instituciones. Él fue el líder administrativo que impulsó todos los principales progresos de la Iglesia Adventista que se produjeron durante su vida.

El esfuerzo constante lo envejeció prematuramente. Murió en agosto de 1881 en el Sanatorio de Battle Creek, a la edad de sesenta años. Su esposa vivió otros 34 años, durante los cuales siguió guiando a la creciente iglesia.

Para saber más

Delafield, D. A. Elena G. de White en Europa. Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1979. Trata sobre la contribución de Elena de White a la obra realizada durante los años pasados en el viejo continente.

Graham, Roy E. Ellen G. White Co-Founder of the Seventh-Day Adventist Church. Nueva York: Peter Lang, 1985, pp. 1-170. Es una investigación de la contribución de Elena de White a la formación de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y la relación de su obra con la Biblia.

Knight, George R. Anticipating the Advent, pp. 46-70. Abarca la historia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día entre los años 1850 y 1888.

Knight, George R., ed. Early Adventist Education, Berrien Springs, Míchigan: Imprenta de la Uni­ver­sidad Andrews, 1983, pp. 1-94. Explora el desarrollo inicial de la educación adventista y la contribución de Elena de White a esta.

Mustard, Andrew G. James White and SDA Organization: Historical Development, 1844-1881. Berrien Springs, Míchigan: Andrews University Press, 1987. Exa­mina el desarrollo de la estructura inicial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y el papel que desempeñó en ella Jaime White.

Robinson, Dores Eugene. The Story of Our Health Message. Nashville, Tennessee: Southern Pub. Assn., 1955, pp. 1-284. Trata sobre la contribución de Elena de White al desarrollo de los conceptos de salud y al establecimiento de las instituciones de salud adventistas.

Robinson, Virgil. James White, pp. 68-311. Cubre la vida de Jaime White desde 1850 hasta 1881.

White, Arthur L. Ellen G. White, t. 1, pp. 179-485; t. 2; t. 3, pp. 1-384. Esta es la biografía más completa de Elena de White entre los años 1850 y 1888.

White, Ellen G. Notas biográficas, pp. 142-338. Autobiografía de la Sra. de White de los años 1880 a 1888.

2 En 2007 APIA (Asociación Publicadora Interamericana) terminó de traducir y publicó los nueve tomos completos de Testimonios para la iglesia en español.

3 La versión actualizada de APIA/GEMA se titula Consejos sobre alimentación.

Capítulo 3
Orientación profética para una iglesia mundial (1888-1915)

En 1888, Elena de White ya no era la jovencita que había recibido su primera visión en diciembre de 1844. Iba a cumplir 61 años de edad, y había proporcionado orientación para el desarrollo de la Iglesia Adventista del Sép­timo Día durante más de cuatro décadas. En resumen, era una líder cristiana plenamente desarrollada.

Pero su liderazgo era más de naturaleza carismática que ad­ministrativa. Ella nunca había ocupado un cargo oficial en la estructura del liderazgo de la iglesia. Más bien, se había convertido en la consejera o asesora principal de los lí­deres de la iglesia. Y, aunque desde la muerte de su esposo había recibido las credenciales de pastor ordenado de la Iglesia Adventista del Sépti­mo Día, nunca había sido ordenada por los “hermanos”. Ella creía que su comisión provenía directamente de Dios.

De diversas maneras, los últimos 27 años de su vida (1888-1915) fueron los más fructíferos. Durante ese tiempo, el cúmulo de sus conocimientos y experiencias contribuyó en alto grado a la cada vez más creciente iglesia. En esos años se vería una mayor internacionalización de la Iglesia Adventista, y Elena de White seguiría trabajando personalmente en el escenario internacional, dedicando casi toda la década de 1890 a la región del Pacífico Sur. Durante sus años de servicio a la obra adventista, la Sra. de White había sufrido más de la cuota que le co­rrespondía de tensiones y pugnas eclesiásticas. Pero to­davía le esperaba su batalla más difícil, la cual tendría lugar en el crucial congreso de la Asociación General celebrado en Min­neápolis, Minnesota, en octubre y noviembre de 1888.

Exaltando a Jesús en Minneápolis

Al reflexionar sobre el congreso de 1888, Elena de White escribió lo siguiente: “En su gran misericordia, el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios. Muchos habían perdido de vista a Jesús. Nece­sitaban dirigir sus ojos a su divina persona, a sus méritos, a su amor inalterable por la familia humana [...]. El mensaje del evan­­gelio de su gracia tenía que ser dado a la iglesia con contornos claros y distintos, para que el mundo no siguiera afirmando que los adventistas hablan mucho de la ley pero no predican a Cristo, ni creen en él” (Testimonios para los ministros, cap. 2, pp. 91, 92; la cursiva es nuestra).

El trasfondo de esa evaluación de las reuniones de 1888 era la desviación teológica que se había producido gradualmente en el adventismo entre 1844 y 1888. Para entender esa desvia­ción, debemos reconocer que la teología adventista se basa en dos ti­pos de verdades relacionadas entre sí. La primera ca­tegoría in­clu­ye las creencias compartidas con otros cristianos, como la salvación solamente por gracia, el poder de la oración y el papel histórico de Jesús como Salvador del mundo. La segunda categoría doctrinal incluye las enseñanzas distintivas de la teología adventista, como el sábado, la muerte como un sueño inconsciente, el mi­nisterio de Jesús en dos fases en el Santuario celestial y la creencia en la segunda venida de Cristo antes del milenio.

Siendo que los adventistas del siglo XIX se desenvolvían en una cultura predominantemente cristiana, no solían destacar las creencias que tenían en común con otros cristianos. Después de todo, ¿por qué predicar la salvación por la gracia a los bautistas siendo que ellos ya tenían esa creencia? Según su razonamiento, lo importante era presentar las creencias distintivas de los adventistas para que la gente se convenciera de verdades tales como la observancia del sábado.

Pero cuatro décadas de insistir en eso habían conducido a una especie de separación entre el adventismo y el cristianismo básico, asunto que para 1888 había alcanzado dimensiones problemáticas. Elena de White vio “el mensaje más precioso” de A. T. Jones y E. J. Waggoner como una co­rrec­ción de esa falta de equilibrio. Debemos mencionar que Jones y Waggoner eran dos ministros relativamente jóvenes, procedentes de California, que hacían énfasis en Jesús y en su gracia salvadora de una forma más plena que la mayoría de los ministros adventistas de la época.

Lamentablemente, muchos líderes de la iglesia consideraron que su predicación era una traición a la teología adventista y no una corrección. Como resultado de esa perspectiva, los dirigentes de la iglesia intentaron silenciar a esos jóvenes ministros; pero al no lograrlo, los trataron con bastante dureza.

Esa injusticia dejó pasmada a Elena de White. Le parecía imposible creer que los líderes de la iglesia se comportaran con tanta falta de cristianismo en lo que ellos llamaban defensa de la doctrina cristiana. Como resultado, sostuvo que los jóvenes predicadores necesitaban ser tratados con justicia y que de­bían ser escuchados en Minneápolis. Debido al apoyo que ella les prestaba, tuvo que sufrir la misma hostilidad que Jones y Waggoner: “Ignoraron mi testimonio, y nunca en mi vida [...] me habían tratado tan mal como en ese congreso” (The Ellen G. White 1888 Materials, p. 187).

Elena de White deploró la dureza de corazón que se ma­nifestó en muchos en las reuniones de Minneápolis. Para ella, el espíritu ruin que allí se exhibió se parecía al de los fariseos. Esa hostilidad y antagonismo la convenció más todavía de que la Iglesia Adventista y sus ministros necesitaban a Jesús, su amor y su gracia suavizadora en sus vidas. Tenían la doctrina correcta, pero no tenían a Jesús.

Esa comprensión cambió el énfasis de su ministerio, tanto en Minneápolis como en los años subsiguientes. “Mi responsabilidad durante las reuniones –escribió retrospectivamente– fue presentar a Jesús y su amor delante de mis hermanos, porque veía claras evidencias de que muchos no tenían el es­píritu de Cristo” (ibíd., p. 216).

“Necesitamos la verdad tal cual es en Jesús –dijo a los de­legados reunidos en Minneápolis–. He visto preciosas almas que hubieran abrazado la verdad [del adventismo] volverse atrás por la manera en que esta ha sido presentada, ya que Jesús no estaba ahí. Y esto es lo que he estado tratando de hacerles ver en todo momento: necesitamos a Jesús” (ibíd., p. 153).

Deberíamos considerar las reuniones de Minneápolis como “el rebautismo” del adventismo, la combinación de las doctrinas distintivas de la iglesia con los grandes énfasis del cristianismo básico. Por eso, en los años siguientes encontramos a Elena de White, Jones, Waggoner y otros exaltando el mensaje de Jesús y su gracia salvadora ante los adventistas por medio de la prensa y en reuniones públicas. A cada paso los reformadores tenían que enfrentar las carencias y la dureza de un legalismo orientado hacia la ley, que había procurado llenar la atmósfera de las reuniones de Minneápolis.

La Sra. de White dejó en claro que ella apreciaba mucho la exaltación de Jesús como Salvador hecha por Waggoner y Jones, pero también señaló que no estaba de acuerdo con todas sus enseñanzas doctrinales; ni siquiera con algunas de las que fueron expuestas en Minneápolis. Uno de los resultados desa­fortunados de las reuniones de Minneápolis fue la tendencia de algunos a creer que todo lo que enseñaban los dos jóvenes predicadores era cierto. La Sra. de White rechazó re­pe­tidamente tal creencia. Para ella, ellos no eran guías “infalibles” (ibíd., p. 566). Los que seguían sus percepciones necesitaban más bien mirar lo que ellas señalaban: a Jesús y la Biblia.

Los años subsiguientes a 1888 también fueron testigos de un cambio definitivo en la obra literaria de Elena de White. Al comprender mejor que nunca la dureza y la esterilidad de una iglesia que enfatizaba en exceso las doctrinas, siguió exaltando a Jesús y su justicia. Los años posteriores a 1888 vieron fluir de su pluma libros cristocéntricos como El camino a Cristo (1892), El discurso maestro de Jesucristo (1896), El Deseado de todas las gentes (1898), Palabras de vida del gran Maestro (1900) y los primeros capítulos de El ministerio de curación (1905).

Reavivamiento de la educación y actividades de Elena de White en el Pacífico Sur

La reforma de la educación adventista, que se efectuó desde fines del siglo XIX hasta principios del siglo XX, estuvo vinculada directamente con el reavivamiento cristocéntrico estimulado por las reuniones de Minneápolis.

Los años inmediatamente posteriores a 1888 fueron testigos de un esfuerzo concertado para educar a los laicos y los ministros en el tema de la justificación por la fe, y para desarrollar una relación espiritual más estrecha con Jesús. En el verano de 1891, se produjo un gran cambio al enfocarse esta tarea en los educadores principales de la iglesia, en una intensa convención celebrada en Harbor Springs, Míchigan.

Los participantes consideraron la reunión como una fiesta espiritual. En ella, Jones predicó del libro de Romanos y Elena de White habló de temas como la necesidad de una relación personal con Cristo, la urgencia de un reavivamiento es­piritual entre los educadores adventistas y la centralidad del mensaje cristiano en la enseñanza.

Además de estos temas, el papel de la Biblia en la educación adventista recibió un renovado énfasis. Percy Magan re­cuerda que algunos de los temas principales de estudio y discu­sión “fueron la eliminación de los autores paganos e infieles de nuestros programas escolares, la exclusión de largos cursos sobre los clásicos latinos y griegos, y la inclusión de la enseñan­za de la Biblia y de la historia desde el punto de vista de las profecías” (Review and Herald, 6 de agosto de 1901).

La convención celebrada en Harbor Springs representó un cambio importante en la historia de la educación adventista, y una vez más Elena de White estuvo a la vanguardia. Uno de los aspectos más importantes de su lucha en la década de 1890 fue “el bautismo” de la educación adventista.

Lo que empezó en Harbor Springs pronto se extendió al Pa­cí­fico Sur, donde Elena de White pasó nueve años. Mien­tras seguía adelante con su ministerio habitual de escribir y hablar en público, buena parte de su energía se concentró con el tiempo en el establecimiento del Colegio para Obre­ros Cris­tianos de Avondale, en Nueva Gales del Sur, Aus­tralia.

La Sra. de White llegó a considerar a Australia como un excelente lugar para poner en práctica su visión de la educación. No solamente se hallaba a casi veinte mil kilómetros de la influencia del Colegio de Battle Creek y su programa tradicional, sino también las pruebas y los errores experimentados en las escuelas adventistas en los Estados Unidos le habían permitido captar mejor el significado de sus primeros consejos sobre educación. Por eso ella pudo escribir que, aunque sabía que la educación adventista debía ser de un orden diferente, “ha llevado mucho tiempo la comprensión de cuáles son los cambios que deben hacerse” (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 131).

A principios de febrero de 1894, mientras los dirigentes de la iglesia en Australia hacían planes para establecer el Colegio de Avondale, ella escribió que “nuestro ánimo ha sentido mucha ansiedad durante día y noche con respecto a nuestros colegios. ¿Cómo han de ser dirigidos? ¿En qué ha de consistir la educación y preparación de los jóvenes? ¿Dónde debe ser ubicado nuestro colegio bíblico en Australia?” (La educación cristiana, cap. 46, p. 331).

En lugar de ser una escuela clásica o semiclásica, como eran los colegios adventistas de Estados Unidos, el Colegio de Avon­dale planeó a conciencia enfatizar la enseñanza de la Biblia, las actividades misioneras y la dimensión espiritual de la vida. Ade­más, desarrolló un programa para enseñar a los jóvenes oficios útiles para la vida práctica. Otro rasgo distintivo fue la ubicación del Colegio en una zona rural, en un terreno de unas seiscientas hectáreas. En general, el experimento educativo de Avondale difería radicalmente de la educación adventista que se ofrecía por aquel entonces en los Es­tados Unidos.

Según la idea de Elena de White, el Colegio de Avon­dale debía ser “un colegio tal como el Señor ha señalado que debía establecerse” (Manuscrito 174, 1897). Ella hizo todo lo posible por evitar que siguiera el modelo defectuoso de la educación adventista en los Estados Unidos. “Aquí no debe traerse ninguna teoría humana”, escribió en 1897. “Aquí no debe soplar ninguna brisa de Battle Creek. Veo que debo observar adelante, detrás y a cada lado para evitar que entre lo que me ha sido presentado como perjudicial para nuestras escuelas en los Estados Unidos” (Manuscript Releases, t. 20, p. 215).





Si como pionero de la educación adventista el Colegio de Battle Creek había sido un pobre ejemplo, aunque ampliamente imitado, ahora Elena de White estaba determinada a hacer del Colegio de Avondale, que era como un segundo comienzo, un modelo ejemplar y de mejor influencia.

La importancia del experimento de Avondale fue gradualmente comprendida por Guillermo C. White y otros. En octubre de 1898, Willie escribió que “testimonios recientes nos indican que esta debe ser una escuela modelo” y, por lo tanto, “es de suma importancia que hagamos todo esfuerzo razonable para que sea un modelo perfecto y correcto [...]. De los escritos recientes de mi madre se desprende que hay, en el éxito de esta escuela, mucho más en juego de lo que alguno de nosotros ha comprendido” (Guillermo C. White a J. N. Loughborough, 22 de octubre de 1898).

Gran parte de los escritos sobre educación de Elena de White fueron el resultado de sus experiencias en el desarrollo del Colegio de Avondale. Por eso Willie pudo escribir a fines de 1899: “Creo que mi madre ha escrito más durante los últimos dos años sobre los principios de la educación, la importancia del estudio de la Biblia, las ventajas de combinar el trabajo con el estudio y el valor de la agricultura [...] que en todos los años anteriores. Creo que ella ha escrito más ampliamente sobre eso que sobre ningún otro aspecto de nuestra obra” (Guillermo C. White a C. M. Christiansen, 25 de septiembre de 1899).

Las instrucciones de Elena de White sobre educación en la década de 1890 han seguido guiando la educación adventista hasta el día de hoy. La mayor parte de esas instrucciones las encontramos en Special Testimonies on Education [Testi­mo­nios especiales sobre la educación] (1897), La educación (1903)4 y la amplia sección sobre educación en el tomo 2 de Joyas de los testimonios (1900). Posteriormente, parte de sus con­sejos sobre educación producidos durante la década de 1890 aparecieron en el libro Consejos para los maestros (1913) y La educación cristiana (1923).

Además del Colegio de Avondale, otro resultado de la estadía de la Sra. de White en Australia fue el movimiento en favor de las escuelas primarias adventistas. Hasta mediados de la década de 1890, los adventistas habían puesto sus esfuerzos mayormente en el establecimiento de escuelas de enseñanza secundaria y superior. Pero eso cambiaría completamente, y Elena de White estaría al frente de tal cambio.

El hecho de que las leyes de enseñanza obligatoria de Aus­tralia muchas veces obligaban a los padres adventistas a enviar a sus hijos a escuelas que no eran ni mucho menos ideales estimuló el movimiento para establecer escuelas de enseñanza primaria. Al hablar de dicha situación en 1897, la Sra. de White escribió: “En este país los padres se ven obligados a enviar a sus hijos a la escuela. Por lo tanto, en lugares donde haya una iglesia, deben establecerse escuelas aunque no haya más que seis niños para asistir” (Manuscript Releases, t. 8, p. 366). En los meses que siguieron, ella escribiría mucho en relación con la enseñanza primaria.

Líderes de la reforma educativa como Edward Alexander Sutherland, Percy T. Magan y otros tomaron muy en serio el consejo al regresar a los Estados Unidos. En los años siguientes, la enseñanza primaria adventista experimentó un crecimiento fenomenal, como se puede ver en la siguiente tabla:

Desarrollo de las escuelas primarias adventistas de 1880 a 1910


AñoEscuelasMaestrosAlumnos
188018851890189519001905191013918220417594151535250466758151253508955.0007.34513.357

Los consejos sobre educación de Elena de White dados en Australia en relación con la enseñanza secundaria y superior, tuvieron también un impacto inmediato en los Estados Unidos y en las escuelas de misiones de la iglesia. Se diseminó entre las iglesias un movimiento de reforma de los planes de estudio, en un intento por concederles un lugar más destacado al estudio de la Biblia y a las materias prácticas. Varias instituciones (entre ellas el Colegio de Battle Creek) vendieron sus terrenos en las ciudades y optaron por adquirir grandes propiedades en zonas rurales, de acuerdo con el modelo de Avondale.

En resumen, es posible que los consejos de la Sra. de White sobre educación en la década de 1890 hayan despertado una reacción más ferviente, inmediata y extensa que ninguna otra de sus iniciativas. Sin duda, esta fue una de las contribuciones más importante de su ministerio en el Pací­fico Sur.

La promoción de la obra entre los afroamericanos en los Estados Unidos

Un aspecto de los consejos de la Sra. de White que no recibió una respuesta inmediata fue su exhortación a prestarle más atención al evangelismo entre la gente afroamericana del Sur de los Estados Unidos. En marzo de 1891, ella leyó una apelación bastante específica sobre el tema delante de los líderes de la Asociación General. “El pecado descansa sobre nosotros como iglesia –dijo a los delegados– porque no hemos hecho un esfuerzo mayor por la salvación de las almas entre la gente afroamericana”. Ella decía que “hombres y mujeres de la raza blanca debieran prepararse para trabajar entre la gente afroamericana” (The Southern Work, pp. 15, 16). Tales misioneros no solamente necesitaban llevar a Cristo a sus hermanos y hermanas afroamericanos, sino también educarlos para que ocuparan un lugar más responsable en la sociedad y fueran misioneros entre los de su propia raza. Algunos de sus consejos fueron bastante avanzados para su época. Por ejemplo, ella defendía el hecho de que las dos razas deberían tener su feligresía como iguales en la misma iglesia (ibíd., p. 15).

Aunque sus consejos se imprimieron en un folleto de 16 páginas, cayeron en oídos sordos; lo cual es comprensible, ya que sus lectores eran blancos del norte de los Estados Unidos y porque las relaciones interraciales en el sur eran complejas y espinosas.

Pero la persona menos probable rescató la apelación aparentemente desoída de Elena de White para realizar una obra más agresiva entre la gente afroamericana: su inquieto y problemático hijo mayor, James Edson White.

Edson había logrado poco en los primeros 44 años de su vida. Pero eso empezaría a cambiar en agosto de 1893, cuando declaró haberse rendido completamente a Cristo. En poco tiempo, no solo había dejado, según sus palabras, “las di­versiones y placeres que constituían la suma de mi vida” (J. E. White a Elena de White, 10 de agosto de 1893), sino que había descu­bierto en un depósito de la sede de la iglesia el consejo de su madre sobre el evangelismo y la educa­ción a favor de la gente afroamericana.

El resultado fue una de las maravillosas aventuras reales de la historia adventista. Edson y otro joven recién convertido al adventismo fabricaron una embarcación misionera, llamada “Morning Star”, que tenía camarotes para vivir, salones para culto o enseñanza y una imprenta. El plan era llevar la misión adventista a la descuidada gente afroamericana que vivía en el corazón del Sur y su primer objetivo fue Vicksburg, Misisipi.

En 1896, Edson y sus colaboradores ya habían organizado la Sociedad Misionera del Sur, la cual llegó a ser el brazo principal del adventismo para establecer iglesias y escuelas para la población negra del Sur, hasta que las asociaciones adventistas absorbieron dicha función.

Regreso a los Estados Unidos y llamado a la reorganización eclesiástica

A mediados de 1900, Elena de White tuvo la convicción de que debía regresar a los Estados Unidos a fin de proporcionar orientación con respecto a varias situaciones que se habían producido en la iglesia y que estaban alcanzando proporciones críticas. Aun­que su intención original era permanecer solamente dos años en los Estados Unidos y luego regresar a Australia, decidió quedarse en su tierra natal el resto de su vida por varias razones. Su centro de operaciones durante los últimos quince años de su vida estuvo ubicado en el Valle de Napa, al norte de California, en una casa de campo que ella llamó Elmshaven.

Una de sus más importantes contribuciones a la iglesia después de su regreso de Australia, fue un llamado a la reorganización de su estructura. En 1901, la iglesia llevaba casi quince años tratando el asunto de la reorganización, pero nada sustancial había ocurrido, aunque se habían sostenido muchas discusiones sobre el tema. Mien­tras tanto, la complejidad geográfica e institucional del ad­ven­tismo había sobrepasado en muchos aspectos la capacidad de la eficiente estructura de organización utilizada desde 1863, cuyo poder estaba centralizado en unas poca personas en las oficinas principales de Battle Creek. En abril de 1901, la iglesia necesitaba, más que charlas sobre el tema, urgente acción.

Como resultado, un grupo de dirigentes se reunió en la biblioteca del Colegio de Battle Creek el día 1o de abril. Sien­do que al día siguiente empezaría a sesionar el Congreso de la Asociación General, querían preparar el camino para la reunión de apertura escuchando a Elena de White hablar sobre ciertos desafíos que afrontaba la iglesia.

Después de hacer algunas observaciones, Arthur G. Daniells –que presidía la reunión– se volvió a la Sra. de White y la in­vitó a hablar. Ella dijo que prefería no dirigir las reuniones, ni esperaba hacerlo. Pero como los líderes parecían estar de acuerdo en escucharla antes de empezar a deliberar, ella aceptó pronunciar lo que llegó a ser uno de los discursos más importantes de su largo ministerio.

En términos bastante explícitos, Elena de White señaló las debilidades del sistema de organización existente y dijo a los delegados que el Señor “demandaba un cambio”. Y ese cambio no iba a ser pequeño. Por el contrario, “hay necesidad de poner una base diferente al fundamento establecido en el pasado”. En términos claros ella pidió “sangre nueva” y “una organización completamente nueva” (Manuscrito 43a, 1901).

El primer día del congreso oficial de la Asociación Ge­ne­ral, Elena de White hizo nuevamente un llamado a la reorganización, el cual cayó en suelo fértil. El pastor Daniells recomendó que la sesión pusiera a un lado sus asuntos de rutina y que la reorganización ocupara el lugar principal en la agenda. Como resultado, se efectuó la reorganización estructural más completa jamás experimentada por la iglesia.

Es importante reconocer que el papel de Elena de White en la reorganización fue de naturaleza facilitadora y a través de la exposición de principios básicos. Fueron los dirigentes de la iglesia quienes desarrollaron la estructura actual.

La principal preocupación de Elena de White era que la organización resultara funcional para el cumplimiento de la mi­sión de la iglesia. Más que cualquier estructura en particular, para ella el elemento más importante era la eficiencia funcional. Desde su perspectiva, la estructura no era un fin en sí mismo. Más bien era un medio para cumplir con la misión mun­dial del adventismo. Como tal, el principio básico detrás de su llamamiento a la reorganización es que las estructuras de la iglesia necesitan cambiarse o modificarse siempre que se juzgue que dichos cambios son aconsejables.

Conflicto en Battle Creek y restablecimiento del programa médico

No todo el mundo se sintió feliz con el llamamiento a la reorganización. Uno de ellos fue el poderoso líder de la obra médica de la iglesia: el Dr. J. H. Kellogg. El brazo médico del alcance misionero de la iglesia, antes de 1901, había sido independiente y de grandes proporciones. De hecho, empleaba un 25 por ciento más de obreros que todas las otras ramas de la obra adventista combinadas.

Cuando, en su discurso del 1º de abril sobre la reorganización, Elena de White pidió que el programa médico se uniera a la estructura general de la iglesia ella propició que se produjera una serie de acontecimientos que, con el tiempo, con­dujo al rompimiento de Kellogg con el adventismo. Durante el proceso, él se llevaría la porción más grande del programa mé­dico de la iglesia.

El cisma resultante produjo dos efectos en la vida de Elena de White. Primero, la obligaría a ayudar a establecer una nueva generación de instituciones médicas. Segundo, la conduciría a una serie de desafíos en relación con su papel y autoridad. Esos desafíos la impulsaron a esclarecer aspectos importantes de su ministerio, de manera que todos pudieran ver y evaluar su labor de un modo más claro.

Los años de 1902 a 1907 fueron testigos de una batalla intensa entre el médico más prominente de la iglesia y los dirigentes de la Asociación General. De esa forma, Kellogg se enzarzó en una lucha de poder con A. G. Daniells (presidente de la Asociación General en aquellos momentos) y con W. W. Prescot (vicepresidente). Al principio, Elena de White trató de permanecer neutral para poder comunicarse con ambas partes. Pero lo acontecido en 1903 y 1904 la obligó a tomar partido en contra de Kellogg, quien finalmente fue desfraternizado de la iglesia de Battle Creek, en noviembre de 1907. Pero el médico no salió solo de la iglesia. Otros destacados médicos también se fueron con él, así como dos de los más influyentes predicadores del adventismo: A. T. Jones y E. J. Waggoner, los mismos hombres que se habían unido a Elena de White para exaltar a Jesús ante la iglesia en el Congreso de la Aso­ciación Gene­ral de Minneápolis, en 1888.

Además de la pérdida de estas destacadas personalidades, es­taba la pérdida de la institución médica más grande de la iglesia, el imponente y mundialmente reconocido Sanatorio de Battle Creek y nuestra única escuela de medicina, el Colegio Misionero Ame­rica­no de Medicina. Por eso, a principios del nuevo siglo la iglesia enfrentaba la necesidad de restablecer su programa médico.

Elena de White desempeñó un importante papel en ese proceso. La primera etapa fue la adquisición de tres propiedades en el sur de Cali­fornia: el Sanatorio de Paradise Valley (1904), el Sanatorio de Glen­da­le (1905) y el Sa­na­torio de Loma Linda (1905). La Sra. de White estuvo al frente en la adquisición de dichas propiedades y en la recaudación de fondos para su compra. Algunos de los líderes de la iglesia no aprobaban su entusiasmo, dado los riesgos implicados, pero ella afirmó que “se le había mostrado” que esa era la voluntad de Dios. Con tal seguridad, ella insistió en seguir adelante con fe para adquirir dichas propiedades en esa zona del sur de California en crisis económica, y donde la mayoría consideraba que no valía la pena invertir. El tiempo ha de­mostrado el valor de su visión y del riesgo tomado. Esas instituciones –que son ahora prósperos hospitales– formaron la base de la resurrección del sistema adventista de salud.

Entre las instituciones del sur de California, la propiedad de Loma Linda era de especial importancia. Ya en 1905, Elena de White había escrito que la iglesia debía preparar médicos en ese lugar. Pero la mayoría de los dirigentes de la iglesia creía que eso requeriría más recursos de los que podrían recaudar. Además, el momento no resultaba propicio para empezar una nueva escuela de medicina. En esa misma década, la Aso­ciación Médica Americana estaba creando normas que forzarían a cerrar definitivamente a más de la mitad de las escuelas de medicina de los Estados Unidos. Quizá, sugirieron algunos, Elena de White se refería a una escuela bíblica donde los estudiantes aprendieran a dar tratamientos médicos sencillos. Otros sostenían que al hablar de una “escuela de medicina” ella tenía en mente una escuela de me­dicina completamen­te equipada donde también se enseñara Biblia.

Para aclarar el asunto de lo que Elena de White quiso decir por educación médica en Loma Linda, un grupo de dirigentes adventistas la requirieron por escrito.

Ella contestó que “la escuela de medicina de Loma Linda ha de pertenecer a la categoría más elevada”. Los jóvenes de la iglesia, dijo ella, deben tener acceso a “una educación médica que les permita pasar los exámenes que la ley exige a todos los que ejercen como médicos regulares”; “debemos proveer lo que sea necesario, a fin de que estos jóvenes no necesiten verse obligados a ir a las escuelas de medicina di­rigidas por hombres que no son de nuestra fe” (Consejos para los maestros, cap. 67, p. 465).

Elena de White no dejó lugar a dudas de que la iglesia debía establecer una escuela de medicina totalmente desarrollada a pesar de las enormes dificultades, aparentemente insuperables, que había que afrontar. Actual­men­te, esa escuela (facultad) forma parte de la Uni­versidad de Loma Linda.

Hay otro punto que debemos notar antes de abandonar esta sección. El consejo de Elena de White sobre la educación médica no solo apuntaba al desarrollo de una escuela de me­dicina completamente acreditada, sino que también estableció el curso a seguir para el establecimiento de escuelas adventistas de enseñanza secundaria y superior que llegaran a ser instituciones de saber de amplias bases, en lugar de escuelas o co­legios bíblicos limitados. Cuando escribió que los jóvenes adventistas “deben poder obtener en los colegios de nuestras uniones todo lo que es esencial para entrar en una facultad de medicina” (ibíd., p. 464), ella preparó el escenario para el desarrollo de escuelas secundarias y colegios superiores de artes liberales acreditados que prepararan a los jóvenes para el mundo del siglo XX, que sería más complejo y exigente en el aspecto educativo.

Conceptos inadecuados de inspiración

La lucha en torno al Dr. Kellogg no solo propició el establecimiento de la renovada obra médica en California, sino también despertó un mundo de críticas en relación con Elena de White y su obra. El Dr. Kellogg concordaba con Elena de White y sus escritos siempre que estos favorecieran su posición. Pero cuando ella se le opuso en la lucha del poder eclesiástico, él empezó a pronunciarse contra la validez de su obra. En ese movimiento, para desacreditar a Elena de White, el médico contó con un compañero influyente en A. T. Jones.

En abril de 1906, el asunto se había puesto tan serio que Elena de White hizo circular una carta dirigida “a los que están perplejos con respecto a los testimonios relacionados con la obra médica misionera”. Ella pidió a los dirigentes que le confesaran sus “perplejidades” en relación con su papel, a fin de poder responder a sus interrogantes (Carta 120, 1906).

Muchas de las dudas tenían sus raíces en conceptos erróneos de la inspiración. Algunos, por ejemplo, veían la inspira­ción como algo verbal o incluso mecánico, en la cual el Es­pí­ritu Santo dictaba cada palabra al profeta.

El doctor David Paulson, fundador del Sanatorio de Hinds­dale, cerca de Chicago, tenía una cantidad de conceptos errados en relación con la inspiración de Elena de White. El 19 de abril le escribió lo siguiente: “Me vi persuadido a concluir y creer con toda firmeza que cada palabra que usted pronunció en público o en privado, que cada carta que usted escribió en cualquier circunstancia y todas ellas fueron tan inspiradas como los Diez Mandamientos. He sostenido esa idea con absoluta te­nacidad frente a innumerables objeciones presentadas por mu­chos que ocupaban posiciones prominentes en la causa” (D. Paulson a Elena de White, 19 de abril de 1906).

“Mi hermano –respondió ella–, usted ha estudiado mis escritos diligentemente, y nunca ha encontrado que yo haya pretendido algo semejante, ni tampoco encontrará que los pio­neros de nuestra causa jamás pretendieran eso”. Ella siguió explicándole que en la inspiración había tanto elementos di­vinos como humanos y que el testimonio del Espíritu Santo es “llevado a todo viento en el vehículo imperfecto del idioma humano” (Mensajes selectos, t. 1, cap. 2, pp. 27, 29).

Otros, incluyendo a A. T. Jones, declararon que si ella fuera una profetisa, sus palabras serían infalibles en el sentido de que sería imposible que ella cometiera un auténtico error. De nuevo, ella negó tal afirmación.

Jones también enseñaba que no era necesario examinar el contexto histórico y/o literario de un pasaje inspirado. De ma­nera que él muchas veces torcía sus escritos escogiendo algunas declaraciones aquí y allí para hacerle decir a Elena de White exactamente lo opuesto de lo que ella había querido decir. Como podría esperarse, ella reaccionó enérgicamente ante esa conducta irresponsable. Una de las citas escritas por Elena de White que a Jones le gustaba interpretar fuera de contexto era una declaración que ella hizo en 1904, en la cual dijo: “No pretendo ser profetisa” (ibíd., p. 36). Para Jones, esta era la prueba definitiva de que ella no hablaba de parte de Dios. “En cuanto a que ella quiso decir otra cosa en lugar de lo que dijo –decía él a su audiencia–, deben preguntarle a ella. Pero en cuanto a lo que ella dijo, es suficientemente claro. Ella dijo: ‘No soy profetisa’. Yo lo creo” (Some History, p. 62).

La Sra. de White le contestó a Jones aclarándole que lo que tenía en mente cuando hizo tal declaración, era que no pretendía el “título de profeta o profetisa” (Mensajes selectos, t. 1, cap. 2, p. 39). Y no lo hacía por dos razones: Primera, y más importan­te, su responsabilidad en guiar a la iglesia era mucho más amplia de lo que muchos consideraban que era la obra de un profeta, aunque incluía las funciones de un profeta. Segunda, muchos que en el siglo XIX habían pretendido arrogantemen­te ser profetas, habían traído oprobio a la iglesia. Elena de White nunca dudó de que ella tenía credenciales divinas, pero prefería el título de “la mensajera del Señor” para su papel, en lugar de ser llamada profetisa; aunque no tenía problema alguno con quienes así la consideraban (ibíd., pp. 36, 37).

Lamentablemente, sus argumentos no hicieron impacto en el rígido Jones que hacía un uso legalista y literario del idioma. Vez tras vez, durante su ministerio, Elena de White había advertido a sus lectores que, al usar sus escritos, tomaran en cuenta el contexto y la intención del pasaje, pero repetidamente ese consejo caía en saco roto entre quienes querían que ella usara su autoridad para probar las ideas de ellos, aun cuando sus interpretaciones fueran diametralmente opuestas a lo que ella quiso decir.

Los intentos de Elena de White para explicar la naturaleza de su obra en la confusión de la controversia con Kellogg, tuvo resultados variados. Algunos, como el doctor Paulson, re­conocieron sus deficiencias en su comprensión de la inspiración, reafirmaron su fe en el don profético y permanecieron fieles al adventismo; pero otros, como Jones, permitieron que su interpretación equivocada y su rigidez los llevaran al rechazo. Este curso de acción se ha repetido muchas veces con aquellos que han leído inflexiblemente a Elena de White me­diante el uso literal de sus palabras, en vez de mostrar un genuino interés en entender su espíritu e intención.

Es de suma importancia comprender correctamente el papel del profeta y la naturaleza de la inspiración. El lado positivo del conflicto con Kellogg es que le brindó a Elena de White la oportunidad de presentar de modo más completo para la iglesia la naturaleza de la inspiración y de su obra. En el tomo 1 de Mensajes selectos (caps. 2-4, pp. 27-66) se encuentran algunas de esas explicaciones.

Otra excelente exposición hecha por Elena de White sobre la naturaleza de su obra aparece en el tomo 5 de Testi­mo­nios para la iglesia (pp. 615-647). Aunque esta selección surgió de preguntas asociadas con su papel en ocasión del Con­greso de la Asociación General de 1888, celebrado en Minneá­polis, y no con la crisis provocada por Kellogg, nos proporciona percepciones invaluables. Todo el que trate de entender la obra de Elena de White debería leer las páginas mencionadas en ambas obras.

¿Qué podemos aprender de todo esto? Una lección muy importante; es decir, Dios puede hacer surgir cosas buenas de acontecimientos malos. Concretando, aunque Elena de White no tenía la costumbre de defenderse a sí misma, lo hizo de vez en cuando. Como resultado, algunos de sus mensajes más incisivos en relación con la inspiración y la naturaleza de su obra surgieron de sus dificultades con “los hermanos” en el pe­ríodo de 1888 y durante la crisis provocada por Kellogg.

Otro asunto que surgió en torno a la situación de Kellogg fue la relación de Guillermo C. White con su madre. Algunos se preguntaban qué papel desempeñaba él en la actividad literaria de ella.

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22 October 2025
Volume:
520 p. 34 illustrations
ISBN:
9789877983630
Publishers:
Copyright Holder::
Bookwire
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