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NO TE ARREPIENTAS
DE QUERERME

GEMA GUERRERO ABRIL
NO TE ARREPIENTAS
DE QUERERME
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2021
NO TE ARREPIENTAS DE QUERERME
© Gema Guerrero Abril
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2021.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-18730-41-2
GEMA GUERRERO ABRIL
NO TE ARREPIENTAS
DE QUERERME
A mis padres, que me enseñaron a amar la lectura.
«Dicen que cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se para… y es verdad. Lo que no dicen es que cuando vuelve a ponerse en marcha se mueve aún más rápidamente para recuperar el tiempo perdido».
Big Fish
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
Capítulo 1
Alba y Sonia miraban la fachada del local embobadas, casi sin podérselo creer. Estaban cansadas de tanto pintar, limpiar, ordenar y reorganizar, pero merecía la pena.
—¡Por fin! —exclamó Sonia suspirando mientras miraban desde la puerta al interior del local.
—¡Sí! ¿Quién lo iba a decir? —le dijo Alba a su amiga, dándole un golpe de cadera y guiñándole un ojo.
—Me alegro de poder compartirlo contigo. Sin tu ayuda jamás lo hubiera conseguido. —Se volvió y acogió en sus brazos a su gran amiga.
Alba estaba encantada; por fin iba a poder ver como su mejor amiga, Sonia, abría su negocio, un pequeño local muy acogedor donde poder tomarse un café y degustar un sinfín de pastas y dulces. El Café; así de simple era el nombre del establecimiento. ¿Pero para qué más? Conciso y claro. Alba y Sonia eran amigas desde el instituto y Alba la había ayudado a llevar a cabo su sueño. Eran muy distintas en todo, pero se llevaban de fábula. Congeniaron desde el primer día que empezaron el instituto y esa amistad seguía después de tantos años.
Alba era alta, con el pelo de un color castaño claro y ondulado y un cuerpo muy bien formado, un pecho generoso y una cara con unos rasgos muy dulces. Tenía unos ojos castaños muy grandes y expresivos y unos labios bien marcados. No era una belleza, pero para los hombres resultaba muy atractiva. Un poco tímida al principio, pero cuando se soltaba era un huracán. Sonia era más bajita, casi una cabeza menos, pero con el pelo casi del mismo color, ojos marrones y una cara bonita con unas pecas que le hacían un rostro gracioso. Era delgada y fibrosa como su amiga, sin pelos en la lengua, abierta y espontánea. Las dos bailaban juntas desde hacía unos años en un gimnasio.
—Me invitarás al primer café, ¿no? —le preguntó Alba con una gran sonrisa y con un trapo aún colgando de su hombro. Llevaba un vaquero desgastado, una camiseta de algodón muy amplia que había conocido días mejores y el pelo recogido en un simulacro de coleta, pero estaba feliz de poder ver a su amiga al frente de su negocio.
—Por supuesto. Siempre que quieras. —Sonia le devolvió la sonrisa. Su atuendo era parecido al de su amiga, pero ella llevaba un pañuelo cubriéndole la cabeza.
—Por cierto, ¿Óscar no iba a venir a colocar el neón de la entrada? Creo, amiguita, que te ha vuelto a tomar el pelo. Ya debería estar aquí, ¿no?
—Me dijo que vendría sobre las cinco y ya pasa de y media. De verdad, ¡hombres! Ya se lo haré pagar luego en la cama —le comentó con una pícara sonrisa. Sonia vivía con su novio, Óscar, desde hacía más o menos cinco años y se querían como el primer día.
—No hace falta que me des detalles, imagino por dónde vas —le contestó Alba, sonriendo al ver la cara de vicio que se le había puesto a Sonia.
Ambas estallaron en una carcajada a la vez que Óscar asomaba por la esquina, cargado con una escalera en una mano y una gran caja de herramientas en la otra, silbando una cancioncilla.
Se paró delante de la puerta y sonrió. Ver a su chica tan feliz le llenaba de alegría. ¡Por fin! Habían pasado por una mala etapa, casi estuvieron a punto de dejarlo. Con los nervios de la apertura del negocio y todos los preparativos que ello conllevaba, Sonia había estado en un plan que no todo el mundo hubiera aguantado lo que él llevaba a sus espaldas, pero nada mejor que ver feliz a su chica. Se querían y se entendían, y cuando Sonia por fin comprendió que sus nervios le iban a hacer cometer una estupidez reculó y, reconociendo (gracias a las charlas con Alba) que la culpa era suya, se disculpó con su chico y prometieron no volver a discutir de ese modo nunca más.
Se habían dicho cosas que ninguno sentía y Sonia, que no se mordía la lengua y podía ser muy dañina cuando estaba nerviosa, le dijo cosas muy feas a su novio; cosas que, después de hablarlas con Alba, se dio cuenta de que estaban mal. Menos mal que Óscar era como era, que si no…
—Bueno, esto parece que va en serio, ¿no? Hola, cariño —saludó a Sonia a la vez que soltaba la escalera y la cogía de la mano para darle un beso en los labios, muy de película de Hollywood. Alba no sabía dónde meterse, aunque ya conocía las muestras de cariño de esos dos y sus enfados, reconciliaciones y demás—. Hola, Alba. Gracias por ayudar a mi chica.
—¿Bromeas? ¿Y perderme todo esto? —respondió Alba, señalando con el trapo a su alrededor—. Por nada del mundo. Así me gano un café. Además, sabes que Sonia es parte fundamental en mi vida.
—Lo sé. —Se acercó a Alba y le dio un beso en la mejilla—. Veo que habéis terminado por aquí.
—Sí, cariño. Solo falta que acabes con el neón y mañana empezaremos a funcionar. ¡Qué nervios! —Sonia daba saltitos en el sitio y aplaudía como una niña.
Óscar se puso manos a la obra mientras las dos amigas volvían a entrar en el local y seguían ultimando cosas dentro. Todo parecía estar en orden. El local no era muy grande, pero Sonia le había echado el ojo hacía casi tres años; fue amor a primera vista y no se decidía a dar el paso hasta que, después de mucho meditar, hacer números y más números, se decidió. Óscar la animó desde el primer momento que se lo planteó y al ver que no estaba sola se lanzó de cabeza a su gran sueño: ser su propia jefa.
Las seis mesas que cabían en el local estaban limpias y vestidas con sus mantelitos en un azul muy suave; la barra, al fondo, con una gran cafetera, los servilleteros relucientes y un mostrador central, cerrado en una vitrina circular, donde se exhibían las pastas y dulces para acompañar el café o cualquier otra infusión.
—Solo me faltaría una cosa para que todo estuviera perfecto —le indicó Sonia a Alba, mirándola directamente.
—¿El qué? No me digas que se te ha pasado algo por alto porque no me lo creo. Con las vueltas que le has dado a todo, no me vengas ahora con esas.
—No, petarda. ¿Sabes qué falta? —Al ver que Alba negaba con la cabeza le dijo—: Tu acompañante para mañana.
—¡Vamos, Sonia, no me jodas! Sabes que no quiero hablar de ese tema. —Alba se separó de su amiga y se puso al otro lado de la barra. Sonia siempre estaba igual y a Alba no le gustaba que la presionara tanto con eso.
—No te mosquees, anda, pero deberías salir más, conocer gente nueva, airearte. —Sonia le hablaba sin levantar la cabeza mientras doblaba unos paños dentro de la barra—. Dale a tu cuerpo alegría, Macarena —le aconsejó mirándola de reojo y reprimiendo una sonrisa.
—Si ya salgo —se defendió Alba, evitando mirar a su amiga.
—Sí, ya sé con quién sales, con los rancios de tu oficina. Vamos, no me digas que te lo pasas bien con esa gente porque no te creo.
—Bueno, no son la alegría de la huerta, pero para tomar una copa y charlar no están mal —volvió a defenderse Alba—. Además, también salgo con los del gimnasio.
—No están mal, no están mal… Tú sí que estás mal. —Y suspirando dijo—: Cuando inaugure nos vamos a ir de juerga, a celebrarlo. Y cuando digo a celebrarlo ya sabes a qué me refiero. —Le guiñó un ojo con una mirada pícara.
—¿Y qué vas a hacer con Óscar? El pobre no se merece eso. —le preguntó Alba entre risas. Bien pensado, sí que le hacía falta una salida con su amiga; hacía mucho que no se lo pasaba bien.
Últimamente, con tanto ajetreo, no había tenido tiempo para sí misma. Entre su trabajo como administrativo en el bufete en el que llevaba varios años, las clases que daba en el gimnasio tres tardes por semana y los extras en el restaurante cada vez que la llamaban algún que otro sábado no tenía ni tiempo ni ganas de desmelenarse, pero Sonia tenía razón: de vez en cuando hay que darle marcha al cuerpo, aunque luego ese cuerpo tardara días en recuperarse, que ya no tenía veinte años. Iba camino de los treinta y todo pasaba factura.
—¡Bah! Óscar se puede venir. Así nos vigila los bolsos. —Estallaron en carcajadas de nuevo.
«Esta Sonia no tiene remedio», se dijo Alba. Pobre su chico, lo que tenía que aguantar…
Óscar, desde fuera, estaba encantado de volver a oír la risa de Sonia. Hacía mucho que no la escuchaba reírse así. Por eso se paró un momento y echó un vistazo dentro del local, asomando la cabeza desde lo alto de la escalera en una postura un tanto cómica. Desde luego, esas dos no podían estar tramando nada bueno.
—¿Qué es tan gracioso? —les preguntó subido en la escalera y asomando la cabeza por la puerta del local.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! Nada, cariño. Tú a lo tuyo. Ya te contaré, ya. —Y volvieron a estallar en carcajadas.
Pasadas las nueve, Alba se despidió de sus amigos y se dirigió a su coche para llegar a su casa. Le encantaba su coche, había sido su última adquisición. Después de darle muchas vueltas y harta de perder el tiempo entre autobuses y transbordos de metro, se decidió y se compró su Citröen C4. Le encantaba salir de su trabajo y meterse en su coche sin preocuparse de la huelga de metro o de que el billete de autobús hubiera subido, la libertad de circular por Madrid con su música a todo trapo, canturreando mientras llegaba a su garaje y aparcaba en su plaza. Desde que se independizó no paraba, pero le encantaba su pequeño apartamento y la libertad que tenía. El no tener que dar explicaciones a nadie era un sentimiento maravilloso. Despidiéndose de sus amigos con una mano, se marchó a su casa con una gran sonrisa en la cara. Aún le quedaban cosas por hacer.
La inauguración del café de Sonia fue un éxito, estuvo lleno la mayor parte del día. Después de tanto tiempo de obras, la gente sentía curiosidad por ver cómo había quedado el local. Alba ayudó a su amiga a preparar cafés e infusiones, sirvió pastas, recogió mesas. Había reservado ese fin de semana para su amiga. Estaba agotada pero feliz, y más viendo a Sonia conseguir su sueño, tener su propio negocio.
Ella estaba feliz con los suyos. Había ido consiguiendo todo lo que tenía con mucho esfuerzo y trabajo, aunque a su madre no le hiciera ni pizca de gracia. Arrugó el ceño. La relación que Alba tenía con su madre no era mala, pero tampoco como a Alba le gustaría. Para Caridad, todo lo que hacía su hija no era suficiente y a Alba eso le dolía.
Las semanas pasaban y poco a poco todo volvía a la rutina de siempre. Alba iba a ver a Sonia cuando podía y de pasada, después de salir de la oficina, antes de meterse en el gimnasio donde daba clases de baile y zumba y si no tenía que ir a hacer extras los sábados por la noche. A Sonia su pequeña cafetería le iba bien, había tenido muy buena acogida, siempre había clientes que atender. Era un sitio tranquilo donde poder tomarse un buen café y un lugar de reunión para charlar con amigos. No paraba y eso le encantaba. Había contratado a una chica que la ayudaba en todo lo que podía; así Sonia disponía de algo de tiempo libre para seguir con su baile y Alba tampoco tenía que preocuparse de ayudarle tanto. Óscar también colaboraba en el pequeño negocio, sobre todo los fines de semana. Las dos se partían de risa viéndole con un pequeño delantal y tomando nota de los pedidos de los clientes que acudían a la cafetería. Era un tipo enorme, fuerte, con la cabeza rapada, ojos muy verdes y una eterna sonrisa, pero todo ternura.
Una mañana, en la oficina, mientras Alba estaba de papeleo hasta el cuello, sonó su móvil. Era su madre. Miró el reloj: las doce y media de la mañana. «¡Qué raro! —pensó Alba—. ¿Qué querrá?». Refunfuñando y poniendo los ojos en blanco lo cogió.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Algún problema? —preguntó en un tono lo más neutral posible. No se oía nada en el otro lado de la línea—. Mamá, ¿estás ahí? Mamá, contesta. —De pronto escuchó algo parecido a un gemido—. Mamá, ¿qué pasa? Me estás asustando.
—Hija, es tu padre…
—¿Qué ha pasado? —Alba tenía una relación muy especial con su padre. Se puso en tensión al momento. El estómago se le encogió de miedo.
—Un accidente terrible. Alba, tienes que venir. —De pronto su madre rompió a llorar y Alba no se enteraba de nada, la cabeza le daba vueltas. Su padre no, por favor. Se puso de pie a la vez que iba apagando su ordenador y recogiendo las cosas de su mesa.
—Mamá, cálmate, por favor. Dime dónde estás y no te muevas has-ta que yo llegue. ¿Has avisado a Jesús? —Jesús era su único hermano y trabajaba en Argentina.
—No, no he podido. —De nuevo llanto.
—Vale, yo me ocupo. Ahora tranquila, mamá. Y espérame, que voy para allá. —Colgó y salió disparada del despacho, gritándole a Beatriz que se iba, que era una emergencia, que avisara a los jefes.
Llegó a casa de sus padres en menos de quince minutos y se encontró a su madre llorando a moco tendido en el comedor. Llegó hasta ella y se arrodilló delante.
—Mamá, ¿qué ha pasado? —le preguntó bajito.
—Ha tenido un accidente, Alba. Está muy mal, me han avisado desde el hospital. Por lo visto, le han arrollado y el golpe ha sido muy fuerte. —Su madre la miraba a través de las lágrimas mientras sorbía por la nariz.
—¿En qué hospital está? —logró preguntarle con un hilo de voz, temiéndose lo peor.
—En el central.
—Vamos. Vamos, mamá, muévete.
Tirando de su madre salieron a la calle y Alba cogió su coche. No se paró a pensar en si era una buena idea coger el coche según su estado de nervios; solo quería llegar al hospital y poder ver a su padre.
Nada más llegar las hicieron pasar a una sala y no les dijeron nada más, solamente que ya vendría alguien a hablar con ellas en cuanto se supiera algo. Tocaba esperar.
Caridad, la madre de Alba, se derrumbó en una de las sillas de la sala. Gemía, porque los ruidos que emitía no se podían denominar llanto. Se tapaba la cara con las manos y seguía con su lamento.
—Ya le dije hoy a tu padre que tenía un mal presentimiento y ¡mira ahora! —Se sonó la nariz—. No me creyó. Y ya sabes que yo para estas cosas tengo un sexto sentido. ¡Si al menos tu hermano estuviera aquí…! —le dijo mirándola de reojo.
Alba suspiró. Ella nunca se había sentido querida por su madre. No tenían lo que suele decirse una buena relación y no entendía por qué. Jamás hizo algo para disgustarla. Bueno, a ojos de su madre sí…, pero era su vida. Aun así, su hermano, Jesús (aunque para ella siempre sería Pitu), era el ojito derecho de su madre; no lo ocultaba ni lo negaba y desde que se marchó a trabajar a Argentina, hacía ya más de cuatro años, las pullas que le dedicaba su madre iban a peor. Cuando su hermano estaba en Madrid tenía un apoyo (aparte del de su padre, claro). Por eso decidió comprarse su propia casa e independizarse. Aguantar a diario los comentarios dañinos de su madre la tenía hundida de moral.
—Mamá, Jesús está muy lejos. Voy a intentar localizarle, pero dudo mucho que pueda venir de inmediato, por lo que te pido paciencia.
—Paciencia… Dios sabe que tengo mucha paciencia, pero para lo que me sirve contigo… —respondió sin levantar la mirada del suelo.
—Mamá, déjalo. No vas a conseguir hacerme sentir mal. —Alba se levantó con gesto cansado y antes de empezar a discutir con su madre salió, dejándola sola en la sala.
Llamó a su hermano al móvil. No sabía qué hora podría ser allí, supuso que más o menos la hora de comer. Al ver que no contestaba la llamada le dejó un mensaje en el buzón de voz:
—Pitu, soy Alba. Verás, ha pasado algo… Papá ha tenido un accidente de coche. Aún no sabemos nada, está en el quirófano. Llámame en cuanto escuches el mensaje, por favor. Es muy urgente.
Colgó y se quedó un momento en el pasillo, apoyada en la pared y con los ojos cerrados, intentando tranquilizarse y buscar fuerzas para enfrentarse a la lengua de su madre.
Las horas pasaban con una lentitud pasmosa y nadie acudía a informarles de nada. No sabían qué era lo que había pasado, cómo estaba su padre ni la gravedad de las lesiones, solo que allí nadie venía para intentar explicarles algo. Las veces que Alba preguntó a las enfermeras recibió la misma contestación:
—Aún está en quirófano, hay que esperar.
El silencio en la sala donde esperaban solo lo rompía la madre de Alba con suspiros y sollozos. Alba, en el otro lado de la habitación, no se atrevía ni a acercarse. Le dolía ver a su madre así, pero ella no era su hermano y su madre no aceptaría ni su consuelo ni su apoyo. Le dolió, pero ya estaba acostumbrada.
«Por favor, que no le haya pasado nada grave a mi padre. Por favor, que no le haya pasado nada grave, que sea solo un susto», se decía Alba para sí misma. Pero seguían pasando las horas y no tenían noticias.
Alba se imaginaba mil cosas y ninguna de ellas la tranquilizaba. Necesitaba un café, pero no se atrevía a moverse de esa sala por si venían a informarles. Sentada en una punta de la sala, miraba a la puerta deseando que se abriera de una vez para saber. Necesitaba saber, la angustia la estaba matando.
Anochecía cuando por fin se abrió la puerta de la sala y entraron dos hombres jóvenes con bata. Alba supuso que serían los doctores que habrían operado a su padre y de un salto se puso de pie y se colocó al lado de su madre. Esta, al ver a su hija cerca, en un impulso le cogió la mano.
—Buenas tardes. ¿Son los familiares de Antonio Pascual? —El primer médico que entró por la puerta fue el primero en hablar. Era rubio, con el pelo rizado, alto, con los ojos marrones. Un guaperas.
—Sí, doctor. Yo soy su mujer, Caridad, y ella es mi hija —se presentó la madre a la vez que levantaba la mano de Alba como si estuvieran en un ring y ella fuera la vencedora del combate—. ¿Cómo está mi marido?
—De momento, estable, que es mucho decir dado el estado en el que llegó —les explicó el médico guaperas sonriendo a las dos mujeres—. Mi colega y yo le hemos operado y, de momento, no les podemos decir nada más.
—¿Se pondrá bien? —preguntó Alba con un hilo de voz, mirándole a los ojos y tragando saliva, esperando ver su reacción al contestarle.
—Esperamos que así sea. —El médico rubio la recorrió con la mirada y, con una sonrisa de medio lado, contestó sin dejar de repasarla con la vista—. De momento, solo nos cabe esperar. Las próximas veinticuatro horas son cruciales. Si para entonces no hay cambios, podremos confirmar que sí se recuperará. —Le dedicó una sonrisa a Alba que hizo que se sonrojara—. Lo único que queremos es que sepan que le hemos inducido un coma.
—¿En coma? —Caridad se llevó las manos al pecho y se tambaleó. Con cuidado y como pudo, Alba la sujetó y la ayudó a sentarse en una silla.
—Mamá, ¿estás bien? ¿Te traigo agua? —Alba le habló en voz baja y Caridad hizo un gesto con la mano derecha negando y se llevó las manos al pecho.
—Un coma inducido, señora. Tiene un coágulo en el cerebro a causa del accidente y para estos casos es lo mejor. Esperamos que con los medicamentos se reabsorba sin tener que volver a abrir. — Esta vez fue el otro médico el que habló. Se agachó junto a Caridad para intentar tranquilizarla. Era moreno, con el pelo un poco largo y ondulado, ojos muy verdes, alto, muy atractivo, treinta y pocos años.
—Pero un coma… —Caridad seguía con las manos pegadas al pecho, sollozando como una niña.
—No se preocupe, está controlado. Pero como les ha dicho mi colega, el doctor Aguirre, hasta que no pasen veinticuatro horas no podemos asegurarles nada más. Está en la UCI. Allí estará vigilado.
—¿Podemos verle? —preguntó Alba casi en un susurro.
—Me temo que no. Váyanse a casa, intenten descansar. Mañana a las ocho podrán verle si todo ha ido bien esta noche. —Su voz era muy dulce y al mirar a Alba esta se quedó sin respiración. Tenía una mirada muy profunda.
—De acuerdo, pero, por favor, si hay cualquier cambio…
El médico moreno no la dejó terminar.
—No se preocupen, les avisaremos con lo que sea, pero esperemos que no haga falta. Ahora váyanse a casa a descansar. Imaginamos que ha sido un día muy duro.
—Gracias, doctores, eso haremos. —Caridad se puso de pie; parecía más tranquila—. Vamos, hija, llévame a mi casa.
—Sí, mamá, te llevo a casa.
Se despidieron de los dos médicos y se marcharon del hospital. Alba miró su reloj; era ya de noche, las nueve y media pasadas. Dudó si quedarse en casa de sus padres con su madre o dejarla e irse a su apartamento. Por una parte, su deber era acompañar a su madre; pero, por otra, necesitaba la soledad de su casa.
Durante el trayecto ninguna habló. Caridad miraba por la ventanilla y Alba se dedicó simplemente a conducir, intentando no pensar en nada. Solo le preocupaba lo que el médico les había dicho. Un coma inducido era algo serio y un poco delicado. Tendría que confiar y esperar. Necesitaba ver a su padre para comprobar que estaba bien; era lo único que tenía, aparte de su madre, pero el apoyo de su padre para ella era lo más valioso que poseía en estos momentos.
Su hermano no estaba allí, así que desde entonces la relación con su padre fue mucho más estrecha que nunca. Él sabía de las disputas entre su mujer y su hija, pero nada podía hacer y tampoco entendía los motivos que tenía Caridad para comportarse así con su propia hija. Para Alba, que su padre estuviera siempre cerca, la escuchara, la animara y la aconsejara era muy importante. «Se va a poner bien, se va a poner bien», se repetía Alba mentalmente mientras conducía en silencio. Con la ventanilla bajada, dejaba que el aire entrara en sus pulmones mientras llevaba a su madre hasta casa. No dejaba de repetirse que lo de su padre se quedaría en un susto. Su padre era muy fuerte, saldría de esa y ella estaría con él. Respiró el aire que entraba por la ventanilla. Era principios de mayo y ya se notaban las primeras bocanadas de calor.
Al llegar al barrio de sus padres Alba aminoró la velocidad, buscando un sitio para aparcar.
—No hace falta que te quedes, hija. Estoy bien —le dijo su madre, viendo que la intención de Alba era quedarse con ella.
—Pero mamá, no sé si…
—Estoy bien. No es necesario que te quedes conmigo, de verdad. Me voy a meter en la cama, estoy muy cansada. Y tú deberías hacer lo mismo. —Ni siquiera la miró al hablarle, parecían más dos extrañas que madre e hija.
—Pero tendrás que comer algo, llevas todo el día sin comer nada. —Alba intentó razonar con su madre—. Subiré, te prepararé la cena y después me marcharé a mi casa, si es eso lo que quieres.
—Hija, de verdad, no te molestes —la volvió a rechazar su madre, chasqueando la lengua como si le fastidiara.
—¿Cómo puedes decir eso? Eres mi madre.
—Si al menos tu hermano estuviera conmigo no me sentiría tan mal —afirmó Caridad a la vez que empezaba a sollozar.
Alba se sintió muy mal. Ese simple comentario le hizo mucho daño. Vale, su hermano no estaba allí, pero ella sí, que también era su hija, ¿no? Pero estaba tan cansada que, sin ganas de discutir, dijo:
—Vale, mamá, lo que tú quieras. No me apetece entrar en esa discusión contigo otra vez. Me voy a mi casa. Mañana vendré a recogerte sobre las siete y cuarto.
—Bien, hija. Hasta mañana.
Salió del coche sin decir nada más y Alba vio cómo se metía en su portal sin volver la vista atrás.
Arrancó y se fue hasta su apartamento. Nada más llegar a su piso cerró la puerta y se apoyó en ella. Cerró los ojos un momento. Se sentía cansada y su madre… Notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Se despegó de la puerta y fue hasta su cuarto mientras se quitaba la ropa para darse una ducha. Estaba agotada por todo: el accidente de su padre, los nervios de no saber y, por si fuera poco, la actitud de su madre, que seguía siendo tan fría con ella como siempre. Lloró mientras el agua caliente caía por su cuerpo; lloró por su padre, lloró por su vida, que era tan vacía como ella se sentía ahora. Y sola, se sentía muy sola. Cuando no le quedaron más lágrimas salió de la ducha, se secó despacio y se puso una camiseta. Abrió la nevera. No le apetecía ponerse a cocinar, por lo que cogió un paquete de embutido, del armario sacó unas rebanadas de pan de molde y comió allí mismo, en la encimera de la cocina.
Recogió lo que había usado y se metió en la cama. Allí volvió a llorar hasta quedarse dormida.
Capítulo 2
Cuando el despertador sonó, a las seis y media de la mañana, Alba seguía profundamente dormida. La noche anterior le costó conciliar el sueño y ahora estaba muy cansada, pero se levantó de golpe al recordar que podría ver a su padre. Se puso en marcha recordando que debía recoger a su madre y que juntas irían al hospital. Su hermano aún no se había puesto en contacto con ella. No sabía si habría escuchado el mensaje de voz que le dejó en el móvil. Intentaría llamarlo desde el hospital después de tener noticias sobre el estado de su padre.
Se vistió con unos vaqueros ajustados y un jersey amplio de hilo en color beige, no se molestó en pintarse y se recogió su larga melena castaña en una coleta. Se calzó sus Converse y, cogiendo el bolso y las llaves, salió por la puerta.
Al llegar a la calle de sus padres vio que su madre ya estaba esperando en el portal. Miró el reloj del coche: las 7:12. Bueno, por lo menos no podría reprocharle que llegaba tarde.
Caridad abrió la puerta del coche y montó sin decir nada. Alba no se lo tomó en cuenta e intentando hacer las cosas bien preguntó:
—Buenos días, mamá. ¿Has podido descansar?
—Un poco. ¿Nos vamos? —propuso su madre mirando al frente.
Alba suspiró, pero no dijo nada. Por lo visto, no iba a haber tregua. Ni un buenos días, ni si había dormido bien… Nada. Condujo en silencio hasta el hospital, donde dejó a su madre en la puerta de urgencias mientras ella iba a aparcar el coche.
No sabía cómo acercarse a su madre. Después de tantos años todavía esperaba algo de cariño por su parte, pero ese cariño no llegaba, solo indirectas cargadas de veneno, frialdad y reproches por todo lo que hacía, desde su trabajo hasta su ya no relación con Israel.
Después de dar un par de vueltas encontró un sitio y aparcó. Se dirigió a la puerta de urgencias con la cabeza en otro sitio y antes de entrar notó que alguien la cogía de un brazo.
—Buenos días, señorita Pascual.
—Buenos días. —Alba miró al hombre que la agarraba del brazo con el ceño fruncido, sin recordar dónde había visto antes esa cara.
—Soy el doctor Aguirre, uno de los médicos que operó a tu padre ayer.
—Perdón, doctor, no le había reconocido sin la bata. —Alba le miró. No parecía mucho mayor que ella, pero en la cara se veía bien claro: ¡¡peligro!!
—¿Vienes a ver a tu padre?
—Sí, claro. Espero poder verle y… —Alba notó un nudo en la garganta; no se imaginaba cómo se iba a encontrar a su padre.
—¿Estás bien? —le preguntó el médico guaperas.
—Sí, lo siento. Es que para mí mi padre es muy especial. Si le pasara algo, yo… yo… —Se tragó el nudo que se le formó en la garganta y miró hacia otro lado; no quería llorar delante del médico—. Perdone, es que no sé.
—No tienes que disculparte, es normal. Y, por favor, no me trates de usted. Me llamo Andrés. —Le tendió la mano y Alba se la estrechó.
—Soy Alba. Mucho gusto. —Alba retiró la mano; no le gustó mucho la sonrisa que vio en los labios del guaperas—. Voy a ver dónde está mi madre. Adiós.
—Por supuesto, pasa.
Entraron al hospital y Alba fue directamente a la ventanilla de admisión para que la informaran de dónde esperar para poder ver a su padre. Notaba la mirada del doctor en su espalda (bueno, mejor dicho, en su culo). En otras circunstancias se habría vuelto, le habría plantado cara y le habría soltado cuatro frescas, pero hoy no le apetecía. Le indicaron que esperase en la misma sala del día anterior. Supuso que allí estaría su madre y antes de entrar buscó su móvil en el bolso. Tenía que hacer varias llamadas.
La primera, al bufete. Tenía que explicar su ausencia, aunque al día siguiente tendría que volver a su trabajo. Habló con Beatriz, otra de los administrativos que trabajaban allí. Le contó la situación de lo que había pasado y esta le prometió hablar con los jefes y que después la llamaría para preguntarle novedades. Le tranquilizó saber que Beatriz se encargaría de lo más urgente.
—No te preocupes, Alba. Yo me ocuparé de todo. Cuando vuelvas hablamos. Por el trabajo estate tranquila.
—Gracias, Bea. Mañana volveré a la oficina, pero hoy necesito que cojas la carpeta con el caso de los Monreal. Suárez la necesita para esta misma mañana. Está sobre mi mesa, encima de todas, la encontrarás fácilmente. Es la roja y dejé un pósit encima con el nombre del caso. Si hace falta algún dato más, en mi ordenador está el archivo del caso. Ya sabes las claves.
—No te preocupes, yo me ocupo. Ahora estate tranquila. Luego hablamos.
—Gracias otra vez. Chao.
Después de colgar volvió a marcar el número de su hermano. Al tercer tono oyó su voz, que hizo que se le doblaran las rodillas. Las lágrimas se agolparon en sus ojos a la vez que intentaba tragar el nudo que notaba en la garganta.
—Pitu, ¡gracias a Dios! Por fin te encuentro.
—Alba, ¿qué ha pasado?
—Es papá —dijo al borde del llanto—. ¿Escuchaste mi mensaje?
—Sí, nena, lo escuché. Lo vi a las diez de la noche. Ayer tuve un día muy difícil y no tuve fuerzas para llamarte, lo siento.
—Ya. Papá tuvo un accidente. Aún no nos han dejado pasar a verlo, pero creo que hoy sí. —Alba hablaba atropelladamente y a su hermano le costaba entenderla.
—Alba, tranquila, ya verás como todo sale bien. Papá es muy fuerte.
—Mamá sigue como siempre y ya no puedo con sus pullas. Pitu, te echo de menos. No sé si seré capaz de llevar esta situación yo sola.
—Y yo a ti también te echo de menos, a todos, pero dame tiempo. En cuanto pueda volaré hasta allí. Voy a intentar aligerar este proyecto para poder cogerme unos días, pero no sé si voy a poder hacerlo pronto. Esto está cada vez peor, aquí también se nota la crisis y cada vez hay más competencia.
—Por favor, que sea cuanto antes. No sé si soportaré esto mucho más. —Suspiró y se dijo a sí misma: «Paciencia, Alba. Tu hermano volverá enseguida».
—Llámame en cuanto os digan algo más. Tengo que colgar, entro a una reunión. Dale un beso a mamá. Te quiero, peque.
—Adiós, Pitu. Yo también te quiero. Un beso.
Colgó el teléfono un poco más tranquila. Había podido hablar con su hermano y saber que iba a hacer todo lo posible por venir para compartir estos momentos la libró un poco del peso que sentía en sus hombros. Jesús era casi cuatro años mayor que ella, pero siempre habían estado muy unidos y desde que se marchó a Argentina Alba se sentía muy sola. Había ido a visitarle cada año por vacaciones y Jesús pasaba las Navidades en Madrid, pero para Alba era muy duro ir a la casa de sus padres y enfrentarse a las provocaciones de su madre. Todo le parecía mal. Juzgaba su trabajo como administrativo en el bufete, ya que Alba había estudiado Derecho y no le gustaba ejercer; tampoco le gustaba que Alba diera las clases de baile en el gimnasio, pues decía que esos bailes solo eran para mujeres fáciles; y, para colmo, no veía con buenos ojos que perdiera el tiempo cada vez que la llamaban del restaurante casi sin avisar. Todo lo que hacía estaba mal pensado, mal pagado o, en definitiva, era una cría que no pensaba nada más que en sí misma. Nada más lejos de la realidad.
Y la gota que colmó el vaso fue que desde que rompió con Israel, hacía casi dos años, la relación con su madre había empeorado considerablemente. No sabía cuál había sido el motivo de la ruptura; solo lo sabían unas pocas personas y a Alba no le apetecía contar la verdad. Solo se había acabado y punto redondo. Su padre no la presionó, pero su madre era otra cosa. A cada oportunidad le lanzaba una sarta de palabras hirientes. No se preocupó nunca de preguntarle a su hija si estaba bien, si necesitaba hablar con alguien, y a Alba que su propia madre la emprendiera así con ella la sacaba de quicio.
Inspirando profundamente, se encaminó a la sala donde debía esperar. Al abrir la puerta vio a su madre hablando con el médico moreno del día anterior. La verdad, era muy atractivo y, sin saber por qué, sintió que se ruborizaba. El estómago se le licuó y notó las piernas como de gelatina. Intentó disimularlo lo mejor que pudo y armándose de valor se acercó hasta ellos.
—Buenos días —saludó Alba a la vez que se acercaba.
—Buenos días. —El médico se volvió al escuchar su voz y la miró de arriba abajo.
—El doctor me ha dicho que en un rato podremos ver a tu padre. —Su madre se acercó a ella y le sonrió. Alba le devolvió la sonrisa.
—¿Cómo está mi padre, doctor? —le preguntó intentando controlar su voz, que le temblaba ligeramente.
—Estable. No ha habido cambios y eso para nosotros es bueno. Le vamos a llevar a una habitación para que esté más tranquilo y podáis acompañarle. Le mantendremos en coma de momento —su voz era grave y hablaba despacio, parecía nervioso—, pero ese no es el problema. Le decía a tu madre que lo que más nos preocupa es el coágulo de su cerebro. Esperemos que se vaya reabsorbiendo.
—Entiendo. ¿Y del resto de lesiones cree que se recuperará?
—Confiamos en que así sea. Necesitará mucha rehabilitación, pero creo que volverá a caminar sin problema. Sus piernas han sufrido muchos daños, al igual que alguna vértebra. Necesitará mucho tiempo de rehabilitación cuando despierte y se recupere. Además, tendremos que volver a intervenirle cuando pasen unas semanas. Su espalda necesita otra intervención para retirarle las placas que le hemos puesto.
—¡Oh, vaya! —Alba abrió unos ojos como platos. «Otra operación», pensó—. Aún no sabemos qué es lo que ha pasado, cómo ocurrió el accidente y qué es realmente lo que le ha pasado a mi padre. —Se retorcía las manos, más por lo que sentía al mirar a ese doctor tan atractivo que por los nervios y la tensión de esos dos días que llevaban.
—Yo solo sé las lesiones que hemos tratado. El accidente fue muy grave. Menos mal que llevaba puesto el cinturón de seguridad y le saltó el airbag; si no…, no sé, no estaríamos aquí hablando. — El doctor la miraba a ella directamente, como si estuvieran solos. Su voz tenía un tono dulce y tranquilo.
Alba se sintió mucho mejor al escuchar las explicaciones de uno de los médicos que habían salvado a su padre. No podía dejar de mirarle. Hizo un esfuerzo por contestar.
—Entiendo. Muchas gracias por todo lo que están haciendo por él.
—No hay de qué, es nuestro trabajo. —Le sonrió y antes de marcharse les dijo—: Iré a ver cómo va el traslado de Antonio y ahora os avisarán.
Alba se sintió estúpida. Por supuesto que era parte de su trabajo el salvar vidas, pero es que ese médico la había puesto a cien. Se notaba las mejillas ardiendo. Intentó controlarse.
—Gracias, doctor. Muy amable. —La madre de Alba habló y cuando el médico salió se dirigió hacia una ventana, ya más tranquila—. No hace falta que te quedes si no quieres. Vete a trabajar, yo estaré bien.
—Me quedo, por supuesto. Quiero ver a papá. —Alba se dejó caer en una silla y sin mirar a su madre dijo—: He hablado con Jesús.
—¡Mi hijo! —Se volvió desde la ventana y clavó sus ojos en Alba—. ¿Por qué no me has dejado hablar con él?
—Estaba trabajando, mamá. Ya hablarás con él en otro momento. Le he dicho que volvería a llamarle cuando supiéramos algo más de papá.
—¿Va a venir?
—Me ha dicho que estaba intentando agilizar el proyecto en el que estaba trabajando para cogerse unos días y venir.
—Espero que no le cueste mucho trabajo venir hasta aquí, aunque con lo brillante que es en su trabajo no podrán desprenderse de él tan fácilmente.
Ese simple comentario a Alba se le grabó en el corazón. Todo lo que su hermano hacía era perfecto, mientras que todo lo que ella conseguía a base de mucho esfuerzo no lo valoraba. Por eso necesitaba que su padre se recuperara, para poder tener un apoyo. Nunca había hecho nada del agrado de su madre, todo estaba mal o era una insensata.
Se había resignado a ello, pero había veces en que los comentarios de su madre podían hacer mucho daño y en este momento era así. Parecía que su apoyo y presencia a su madre no le bastaban, pero ahora no debía pensar en eso. Tendría que hacer un esfuerzo y aguantar por su padre. Cuando pudiera ver a su padre y, en unos días, a su hermano todo cambiaría. O eso esperaba ella.
Después de una hora, más o menos, entró una enfermera para decirles que ya podían subir a ver al paciente. Les indicó la planta y la habitación donde le habían trasladado. También les explicó que la policía querría hablar con ellas en algún momento para informarles de los datos del accidente y lo que debían hacer a continuación. Alba le dio las gracias a la enfermera y le dijo que después de ver a su padre bajaría para hablar con los policías. Su madre salió sin más de la sala de espera y se dirigió a los ascensores sin mirar atrás. Alba la siguió, hundiendo los hombros, e hicieron el trayecto en silencio. Al llegar a la planta donde Antonio estaba, Caridad echó a andar delante de su hija, entró en la habitación y Alba pensó que le iba a cerrar la puerta en las narices, pero no, esta vez se equivocó. La dejó abierta.
Entraron en la habitación y vieron a Antonio tumbado en la cama, conectado a unas máquinas que pitaban según la respiración del enfermo. Tenía la cabeza cubierta por un gran vendaje, pero pudieron apreciar que en la cara no tenía ninguna herida, solo algún hematoma. Alba se acercó despacio hasta la cama donde estaba su padre para cogerle la mano.
—Hola, papá —le susurró sin soltarle la mano—. Todo va a salir bien, ya lo verás. Ahora ya estás a salvo. Estamos aquí.
—No te oye. Recuerda que está en coma —le dijo su madre desde el otro lado de la cama y sin mirarla siquiera.
—Lo sé, pero da igual. Quiero que note que estamos aquí, que se sienta tranquilo.
—Ves muchas películas de hospitales. Siempre con la cabeza llena de pájaros —le reprochó su madre en un tono seco—. Ve a ver si ves al médico, anda. Mientras, yo me quedo con tu padre.
Alba soltó la mano de su padre e hizo lo que su madre le había pedido, no quería discutir. Nada más salir al pasillo vio a una enfermera que se dirigía hacia ella. Arrastraba un carrito con diversos aparatos. Con una sonrisa entró en la habitación y enseguida vio salir a su madre con la cabeza muy alta.
—Me ha echado. Acabamos de entrar y ya me ha dicho que saliera.
—Mamá, es lo normal. Cuando tienen que hacer algo a un paciente, los familiares tienen que salir. —Alba no levantó la mirada del suelo. No quería mirar a su madre a la cara para evitar que siguiera escupiendo su veneno contra ella.
La enfermera tardó unos cinco minutos en volver a salir y al hacerlo se dirigió a las dos para indicarles que ya podían pasar. Le había cambiado el suero, había comprobado la sedación y le había tomado la temperatura y la tensión. Las informó de que todo estaba en orden, pero que su doctor las informaría cuando hiciera su ronda.
Alba le dio las gracias y la enfermera, sonriéndole a ella y dirigiéndole una mirada ceñuda a su madre, se metió en la siguiente habitación para seguir haciendo su trabajo.
Volvieron a entrar en la habitación y Alba se dio cuenta de que su padre tenía una barba incipiente. Jamás había pasado un solo día sin afeitarse, así que tomó nota de volver al día siguiente con todo lo necesario para hacerlo ella misma. Le traería flores y le leería el periódico. A su padre le gustaba mucho leer las noticias y comentarlas con ella. Desde que era una niña era algo que hacían juntos, frente a una taza de café su padre y de chocolate caliente ella, y después de los años aún lo seguían haciendo cuando su padre la visitaba en su trabajo a mediodía.
Pasado un rato, Alba no aguantaba más el silencio de la habitación y bajó para ver si podría hablar con los policías que estuvieron en el accidente. Tuvo suerte; uno de ellos acababa de llegar para lo mismo y la informó de lo ocurrido. Le aconsejó que llamara al seguro por el tema del siniestro y la indemnización y Alba cogió la carpeta que el policía le dio y apuntó todos los datos con cuidado para que no se le pasara nada. Se ocuparía de ello al día siguiente desde su oficina. Le dio las gracias al policía y volvió a subir a la habitación donde estaba su padre.
Según el policía, su padre había vuelto a nacer. El impacto había sido tremendo y gracias a que lo vio venir pudo esquivarlo un poco, pero aun así el accidente fue brutal. El agente dijo que él no había visto nunca nada parecido y que cuando los bomberos sacaron a su padre del coche se temieron lo peor. Se sorprendieron de que respirara todavía y gracias a que la ambulancia no tardó en llegar y le atendieron enseguida había podido salvar la vida. El otro conductor también estaba grave. Un fallo en los frenos del otro vehículo fue lo que provocó el accidente. No le pudo decir nada más.
El día pasó despacio, sin cambios. Alba y su madre se turnaron para bajar a comer. Cuando Alba estaba sentada, tomándose un café después de haberse comido un bocadillo, oyó que alguien la llamaba.
—Alba, ¿eres tú?
Alba se dio la vuelta y vio a una mujer de la edad de su madre, más o menos. Su cara le resultaba familiar, pero hasta que no la miró más detenidamente no supo quién era.
—Señora Carmen, ¿cómo usted por aquí?
—Hija, Pedro está ingresado otra vez. Neumonía. Esta mañana lo trajo la ambulancia. Está ingresado en la cuarta planta.
—Mi padre también está en esa planta.
—¿Tu padre? ¿Qué le ha pasado? Le vi hace unos días y estaba fuerte como un roble.
—Ayer tuvo un accidente con el taxi. Le arrollaron.
—¡Dios mío! ¿Cómo está? ¿Está muy grave?
—Le han inducido un coma, le han operado y hay que esperar. —Alba le hizo un breve resumen de la situación.
—¿Tu madre está con él?
—Sí, nos hemos turnado para bajar a comer algo. Yo ya iba a subir.
—Pues si esperas un minuto subo contigo. He venido con Nacho. ¿Te acuerdas de mi hijo Nacho? Iba con tu hermano al instituto y solían salir juntos de vez en cuando.
—Sí, claro que me acuerdo.
—Le voy a decir que subo contigo, luego ya subirá él. Así veo a tu madre y la acompaño un momento.
La vecina del barrio de toda la vida se acercó a un hombre que estaba pagando lo que había pedido, le dijo algo y este se volvió. Alba al verle se acordó de años atrás, muchos años atrás, cuando su hermano iba al instituto y ella estaba aún en el colegio. Cuando estaba en el colegio envidiaba a su hermano porque tenía amigos muy mayores, o ella los veía así. El hombre al que estaba mirando era de la edad de su hermano, pero con la misma cara que cuando era un adolescente. Lo saludó levantando una mano y él le devolvió el saludo a la vez que sonreía.
Subió con la vecina de su madre. Carmen era menuda, con unos ojillos pequeños y el pelo corto, muy habladora. Su madre y ella eran vecinas de toda la vida. Le dio ánimos y no paró de hablar mientras subían a la planta. Llegaron a la habitación de su padre, abrió y dejó que entrara Carmen, que saludó a su madre con un beso en la mejilla.
Enseguida se pusieron a hablar de todo un poco y Alba aprovechó para echarle un vistazo más tranquila a su padre. Parecía que estaba tranquilo; respiraba a través de un tubo conectado a una máquina, pero tenía un color normal. Era como si estuviera dormido. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se había prometido no llorar. Su padre estaba vivo y se iba a recuperar.
Al cabo de unos minutos su madre salió de la habitación con su vecina para visitar a Pedro, el marido de Carmen, con lo que Alba se quedó sola. Se levantó y acomodó la sábana a su padre. Se acordaba de todas las veces que eso mismo se lo había hecho él cuando se iba a la cama y venía a contarle cualquier cuento o cantaban juntos alguna canción hasta que ella se dormía. ¡Qué lejos quedaban esos días! Pero para ella era algo muy bonito todo el cariño que su padre la había dado siempre, todas las conversaciones que había tenido con él, todos los secretos y los consejos que le daba. Miró a su padre con mucho cariño y se inclinó para darle un beso en la mejilla. Raspaba, pero seguía oliendo a él. El olor de su padre era especial y siempre la hacía sentirse segura.
Se abrió la puerta y entró el doctor moreno. Paseó la vista por la habitación y entró cerrando la puerta. Miró a Alba directamente, lo que hizo que esta se sintiera un poco intimidada. Nadie la había mirado nunca así.
—Veo que estás sola. ¿Tu madre ya se marchó?
—No, ha ido… Está con una vecina. Hay un… Bueno, está visitando a un vecino. —Se maldijo por balbucear, parecía una adolescente, pero es que ese hombre la ponía muy nerviosa.
—Bien, voy a ver cómo sigue tu padre.
—Por supuesto.
Alba salió de la habitación antes de darle tiempo a volverse, cerró la puerta y se apoyó en la pared. Notaba fuego en la cara. No entendía cómo alguien a quien no conocía podía alterarla de esa manera. Respiró hondo varias veces hasta que notó cómo se tranquilizaba. «¡Dios, solo es un hombre! Pero ¡vaya hombre!». Era muy atractivo y esa voz se la imaginó hablándole al oído mientras hacían el amor y volvió a sonrojarse. «¡Alba, para ya!», se regañó. Cerró los ojos intentando quitarse esa imagen de la cabeza.
Se quedó allí mismo hasta que se volvió a abrir la puerta y el doctor le indicó que pasara.
—Bueno, parece que todo va bien. Mañana le haremos alguna prueba para ver el coágulo de su cerebro, pero parece que está respondiendo bien.
—Gracias, es una noticia estupenda. —Alba se colocó a un lado de la cama, lo más lejos del doctor y sin atreverse a mirarle. Suponía que el médico adivinaría sus pensamientos. Le temblaban las manos y para que no lo notara no dejaba de retorcérselas.
—Sí, es genial. Bueno —dijo el doctor; parecía tan descolocado como ella—, seguiré con mi ronda. Por cierto, mi nombre es David.
—Yo soy Alba. Mucho gusto. —Alba levantó la vista y le dedicó una tímida sonrisa.
—Alba… Me gusta. Bonito nombre, muy bonito. —La miró una vez más desde la puerta y con un guiño se fue.
Alba se quedó durante un rato parada en el mismo sitio, mirando la puerta como una boba. Vale, ese médico le gustaba, ¡cómo no! Era un bombón, pero un bombón que ella no podría degustar, se dijo. Pero como soñar es gratis se volvió a imaginar con él paseando de su mano, de cena compartiendo la comida, bailando muy agarrados mirándose a los ojos, dedicándole alguna canción, y se lo imaginó a él mirándola con una cara de enamorado total. Suspiró con una sonrisa en sus labios y miró hacia la cama donde su padre descansaba. Le pareció ver que él también sonreía. «¡Alba, para! —se volvió a decir a sí misma—. Baja de tu nube rosa y vuelve al mundo real. Este doctor jamás se fijará en ti, sois completamente distintos. Además, seguro que ya está pillado».
Capítulo 3
—¿Por qué no me has llamado antes? —Sonia, al otro lado del teléfono, estaba cabreada.
—Ayer no me acordé y hoy la verdad es que tampoco, hasta ahora. Vamos, no te quejes tanto. Además, no podrías haber hecho nada. ¿Qué ibas a hacer? ¿Cerrar?
—No lo sé, no he tenido oportunidad de planteármelo porque cierta «amiga» no me ha avisado de nada.
—Lo siento, perdona. —Alba se frotó la cara con una mano; estaba cansada—. Tienes razón, pero entiéndeme a mí también. Con el accidente de mi padre, con mi madre atacándome a la menor ocasión y sin mi hermano para apoyarme se me pasó.
—De acuerdo, te perdono, pero por lo de tu padre. Entonces ¿está bien?
—Bueno, está mejor. El doctor que le atiende dice que está respondiendo bien al tratamiento y que es optimista. Mañana le harán más pruebas para ver el coágulo y entonces ya podrá afirmar algo más en concreto.
—Eso son buenas noticias. Aunque supongo que se pasará mucho tiempo ingresado.
—Sí, y después tiene que hacer mucha rehabilitación para recuperar movilidad. Le tienen que volver a operar, pero irá todo poco a poco. Cuando despierte del coma ya veremos. Estoy deseando poder hablar con él, reírnos. —Notó cómo se le formaba otra vez el nudo de la garganta y dejó que las lágrimas cayeran. Con Sonia no tenía por qué disimular; era su mejor amiga, su paño de lágrimas—. Sonia, es horrible lo que le ha pasado. Y el verle así, tan quieto, no sé, es muy difícil.
—Lo imagino. Pero tranquila, ya verás como se recupera. Tu padre es mucho Antonio. Los Pascual sois así, podéis con todo. Y si no, mírate tú. Has conseguido todo lo que querías aun con las pullas de tu madre taladrándote a diario.
—Es verdad. Sé que se va a poner bien, lo sé.
—Eso es, no te vengas abajo. Eres muy fuerte.
—Gracias, Sonia. Te dejo, voy a bajar a comprar unas cosas al súper antes de que cierren. Mañana vuelvo al trabajo y después me pasaré por el hospital. Además, tengo que llamar al gimnasio por lo de las clases, a ver si alguien me puede cubrir por lo menos la primera.
—Llámame si necesitas algo, lo que sea, o para desahogarte. O simplemente para charlar.
—De acuerdo, hasta mañana.
Se despidió de Sonia y bajó al supermercado que estaba a la vuelta de su calle para comprar las cosas que necesitaba para afeitar a su padre y algunas más para llenar su despensa. Había hecho una pequeña lista, porque con la cabeza que tenía…
Al día siguiente tendría que volver a la rutina de su trabajo y necesitaba tenerlo todo preparado. Llamó al gimnasio donde daba clases y habló con Yoli. Le resumió lo que había pasado y le pidió el favor de cubrirle la primera clase. Le prometió pasarse al día siguiente, en cuanto saliera de visitar a su padre. Se quedó un poco más tranquila; había organizado las cosas y todo saldría bien. Cenó pronto, se duchó y se metió en la cama.
A la mañana siguiente se levantó cuando sonó el despertador. Se duchó y se vistió con un vestido negro sin mangas, con un fino cinturón rojo de charol y zapatos rojos de tacón. Se peinó y se recogió el pelo con unas horquillas, se maquilló los ojos y los labios, cogió una americana negra, su maletín, el bolso, salió por la puerta y bajó hasta el garaje de su bloque para sacar el coche.
Se mezcló en el tráfico de un jueves por la mañana y fue hasta la casa de sus padres para recoger a su madre y dejarla en el hospital. Como era pronto, subiría a ver a su padre y después se iría a trabajar.
Volvió a dejar a su madre en la puerta del hospital y buscó aparcamiento. Entró en el hospital poniéndose la americana mientras se dirigía a los ascensores, sin darse cuenta de que un par de ojos la miraban extasiados desde la cafetería.
David Montero, el médico que se ocupaba de Antonio, se quedó pasmado al verla pasar. Estaba impresionante. Le gustó desde el primer momento en que la vio el día del accidente y le gustó mucho más al verla tan natural el día anterior, con los vaqueros y sin pizca de maquillaje, pero esta mañana estaba preciosa, imaginaba que vestida para ir a su trabajo.
Casi se atraganta con el café que se estaba tomando, no podía quitarle los ojos de encima. Terminó su café de un trago y salió de la cafetería. Esperaba poder subir con ella en el ascensor para echarle otro vistazo, pero cuando al fin pudo llegar a los ascensores comprobó que en el que subía Alba estaba cerrando las puertas. Ella se volvió y sus miradas se cruzaron un momento. Alba se quedó paralizada de la impresión; no esperaba encontrarse con el doctor cañón y al verle se quedó mirándole y, notando cómo el color se subía a sus mejillas, aguantó la respiración hasta que las puertas se acabaron de cerrar. Entonces soltó el aire que había retenido y se apoyó en la pared del ascensor.
Una señora que subía con ella le sonrió y Alba le devolvió la sonrisa, avergonzada. Se notaba acalorada y necesitaba salir de la pequeña cabina del ascensor. Temiendo que el doctor hubiera subido por la escalera y llegara antes que ella, se pegó a la puerta del ascensor en cuanto se paró para bajar lo más rápido posible. Las puertas se abrieron y, mirando hacia los dos lados, salió del ascensor y se dirigió lo más rápido que le permitían sus zapatos de tacón hacia la habitación donde estaba su padre.
Mientras, abajo, en el vestíbulo donde estaban los ascensores, David tardó en reaccionar. Nunca le había pasado nada parecido con ninguna mujer, pero con esta… Era preciosa y se moría de ganas de hablar con ella para conocerla más a fondo.
Sacudió la cabeza y pulsó el botón del ascensor. Debía ponerse en marcha y empezar con su trabajo. Se imaginaba que no la vería esa mañana por el hospital y él por la tarde no estaría. Suspirando, se pasó las manos por el pelo y cuando se abrieron las puertas del ascensor entró y se obligó a pensar en otra cosa.
Alba entró en la habitación donde estaba su padre y cerró tras de sí. Se quitó la americana y se dejó caer en una de las sillas que había y por fin pudo respirar. Aunque, después de pensarlo un poco, se dio cuenta de que era ridículo su comportamiento. El doctor la habría reconocido y solo querría ser amable. Entonces ¿por qué la miraba así? Su comportamiento era estúpido, pero es que el doctor le gustaba demasiado y cada vez que le veía no podía evitar balbucear como una idiota y ponerse colorada como un tomate maduro.
Su madre la miró, pero no dijo nada. Movió la cabeza de un lado a otro y siguió sentada mirando a su marido.
Ya más tranquila, Alba se levantó, dejó su americana sobre la cama y se acercó a darle un beso a su padre. Cogió su teléfono y marcó de nuevo el número de su hermano. Cuando al otro lado su hermano lo cogió, le dijo que esperara y se lo tendió a su madre.
—Es Jesús. Toma, habla con él.
—¡Mi Jesús!
Le arrebató el teléfono de la mano sin mirarla siquiera y de espaldas a ella comenzó a hablar con su hijo. Alba la escuchaba a medias y mirando de nuevo a su padre se dio cuenta de que necesitaba algo. Salió al pasillo buscando una enfermera. Al llegar al puesto de enfermería vio a la que el día anterior había entrado a cambiar el suero de su padre.
—Buenos días. Soy Alba, la hija de Antonio Pascual, el paciente de la 416. ¿Podría pedirle un favor?
—Hola, guapa. Tú dirás —respondió la enfermera con una dulce sonrisa.
—Verá, es que esta tarde me gustaría poder afeitar a mi padre. Tengo todo lo necesario, pero quería saber si habría algún inconveniente.
—Por supuesto que no lo hay. Me parece un gesto muy bonito el tuyo. ¿Estás muy unida a tu padre? —La enfermera le sonrió, mirándola con unos ojos muy azules y muy vivos.
—Mucho. Más de lo que yo misma creía —se sinceró con esa mujer que le sonreía con tanto cariño.
—Pues no te preocupes, puedes hacerlo. Aunque si quieres lo podemos hacer nosotras.
—Gracias, pero me gustaría hacerlo yo, aunque necesitaría algún recipiente donde poder echar agua caliente y alguna toalla.
—No te preocupes, te dejaré todo preparado en el baño para cuando vengas. —Le cayó muy bien esa enfermera, la miraba como su madre miraba a su hermano. Se veía que le gustaba su trabajo y cuidar de los enfermos.
—Solo le quiero pedir que no le diga nada a mi madre, por favor. Ella no lo entendería —le solicitó bajando la voz.
—Tranquila, no se enterará. —Le guiñó un ojo.
—Gracias de nuevo, muchas gracias.
—A ti, Alba. Por cierto, yo soy Rosa. Esta semana estoy de mañana, pero la próxima me tocan las tardes. Nos veremos por aquí.
—Perfecto. Yo vendré por las tardes, cuando salga de mi trabajo. Espero que pronto despierte y podamos respirar todos.
—Lo hará, ya lo verás.
—Bueno, gracias por todo de nuevo. Voy a recoger mis cosas para ir a trabajar. Adiós.
—Que pases un buen día. Y no te preocupes, tu padre está bien.
Volvió a la habitación para recoger sus cosas y despedirse de su madre. La vio mirando por la ventana. Había llorado, pero se notaba que estaba más tranquila, imaginaba que por haber podido hablar con su hijo. Pero ni se volvió ni le dijo nada. Alba tampoco preguntó; simplemente, se puso la americana y recogió sus cosas. Se inclinó sobre la cama para darle un beso a su padre y le dijo adiós a su madre. Esta le contestó sin volverse y Alba salió de la habitación y cerró sin hacer ruido. Se paró delante de los ascensores y bajó a la entrada. No se encontró con su médico favorito.
Capítulo 4
Alba estuvo entretenida toda la mañana archivando papeles, atendiendo clientes y cumpliendo con su trabajo. Comprobó que el mundo no se había hundido por haber faltado casi dos días.
Llamó a la compañía de seguros donde su padre tenía el taxi asegurado y explicó la situación. Les prepararía toda la documentación que necesitaran y la enviaría esa misma semana para empezar los trámites. La tranquilizó saber que ellos se encargarían de todo.
Se tomó un café con Beatriz y le dio las gracias de nuevo por haberse encargado de sus cosas. Le contó cómo estaba la situación en el hospital, el estado de su padre y que esperaba escaparse antes de su hora para poder pasar más tiempo con él.
Beatriz lo entendía, sabía la relación que Alba mantenía con su padre. Los había visto casi a diario tomando café juntos y vio la complicidad que tenían. Beatriz también sabía que Alba y su madre no se llevaban muy bien, pero no había querido preguntar por qué. Solo sabía que la relación no era buena.
La escuchó desahogarse e intentó animarla. No eran grandes amigas, pero se llevaban bien. Habían salido de vez en cuando juntas, aunque no tenían los mismos gustos en cuanto a salidas (a Alba le gustaba bailar y ella era más de charla). Alba la había intentado animar a que se apuntara a sus clases de baile; así se soltaría un poco la siguiente vez que salieran por ahí. Beatriz no se veía bailando. Había visto a Alba bailar en alguna ocasión y ella no quería hacer el ridículo.
Cuando llegaron los jefes Alba les pidió un minuto para explicarles otra vez lo mismo que le había explicado a Beatriz. Los tres hermanos y socios del bufete la escucharon y Blanca, una de las hermanas, también socia, le propuso una solución mientras durara esa situación. Hacía tiempo les descargaron unas aplicaciones en los portátiles para poder trabajar desde cualquier sitio con acceso a internet y Blanca le sugirió utilizarla y poder trabajar desde el hospital si quería pasar más tiempo allí hasta que su padre despertara del coma. En el bufete siempre había mucho trabajo administrativo y para Beatriz hacerlo sola era muy complicado; pero si ella, desde donde estuviera, se conectaba y seguía trabajando, no habría ningún problema. Suárez y Vicente estuvieron de acuerdo y Alba se lo agradeció de corazón. Para ella era muy importante su padre, pero también lo era su trabajo. Le gustaba lo que hacía y disfrutaba de su trabajo.
La dejaron organizarse el horario que necesitara y como Alba no quería abusar, ya que bastante duro era para ella tener que pedirles ese favor como para encima ponerse ella el horario, les explicó que entraría antes de las nueve, haría el trabajo más urgente desde allí y se marcharía a la hora de comer. Se guardaría el trabajo menos urgente para llevárselo en el portátil y seguiría trabajando desde el hospital hasta las siete, que era cuando acababa el horario de visitas y tendría que irse a casa. Estuvieron de acuerdo, pero habría días en que no tendrían mucho trabajo y no sería necesario trabajar tantas horas. Le insistieron en que ella se marcara el ritmo. En todos los años que llevaba trabajando allí nunca había faltado ni por una gripe. En el bufete apreciaban su trabajo. Habría sido muy buena defendiendo sus casos, pero respetaban su decisión y a ellos les venía muy bien tener un administrativo que encima sabía tanto de leyes como ellos mismos.
Fue el sitio en el que hizo las prácticas nada más acabar la carrera y en ese sitio se quedó. No faltaba el trabajo y se entendían entre todos muy bien. Cuando Alba les expuso su decisión de no ejercer pensó que la despedirían, pero con el tiempo se dieron cuenta de que era más valiosa dentro que fuera. Les solucionaba un montón de papeleo y revisaba los casos más importantes para dar su punto de vista y poder negociar en los juzgados.
Volvió a su trabajo, ahora ya más relajada. Habían encontrado una solución y todos estaban de acuerdo.
Antes de comer llamó a su madre para preguntar por las pruebas que le habían hecho a su padre. Caridad le dijo que los médicos estaban contentos. El coágulo parecía que se estaba reabsorbiendo bien y pronto le podrían quitar la sedación para que despertara del coma. A Alba se le saltaron las lágrimas; era la mejor noticia que podría haber recibido. Prometió llamar a su hermano para darle la noticia y se despidió de su madre hasta la tarde.
Ya más tranquila, hizo una pequeña pausa para comer. En casi dos días apenas si se había alimentado en condiciones. Salió al bar de enfrente del bufete y comió un menú casero. Le preguntaron por su padre; allí había comido en muchas ocasiones con él y Beatriz les había contado lo ocurrido.
Llamó a su hermano desde allí para decirle lo que su madre le había contado y estuvieron un rato charlando. Jesús prometió llamar a su madre a diario, a ver si así dejaba un poco de incomodar a Alba con sus amargas palabras. Ellos quedaron en mandarse e-mails para contarse los avances. Jesús lo tenía un poco difícil para escaparse a España. La competencia les estaba quitando mucho trabajo y ellos tenían que luchar por seguir arriba. Alba lo entendió, no le presionó. Sabía que a su hermano le encantaba su trabajo y era muy bueno en él. Le apenó saber que no estaría de vuelta tan pronto como ella hubiera querido, pero ahora que ya había podido ver a su padre estaba un poco más tranquila.
El día se le pasó volando y cuando se quiso dar cuenta eran casi las cinco. Apagó su ordenador después de hacer sus copias de seguridad, ordenó sus papeles para el día siguiente y volvió al hospital.
Su madre la recibió igual que la despidió, mirando por la ventana y sin volverse. Alba la convenció de que se marchara a casa. Llevaba todo el día allí y ahora ella se quedaría hasta que acabara el horario de visitas. Pensó que diría que no, pero se sorprendió cuando, cogiendo la chaqueta del armario de la habitación, le dijo:
—Gracias. Tienes razón, me iré a casa. Estoy cansada. Ha sido un día muy largo.
«¡Qué curioso!», pensó Alba. Para ella había sido muy corto, había estado muy entretenida.
—Descansa, mamá. Mañana te recojo a la misma hora, ¿de acuerdo?
—Bien, hasta mañana. ¡Ah! Tu hermano me ha dicho que no cree que pueda venir todo lo pronto que él querría. Uno de los encargados se ha caído y está de baja y hasta que no encuentre a alguien que se pueda hacer cargo del trabajo se tiene que quedar.
—Lo siento. Sé las ganas que tienes de que venga.
—Sí, claro. Tener un hijo tan lejos no es fácil, pero qué le vamos a hacer. Bueno, hasta mañana.
Cuando su madre se marchó y Alba se convenció de que no volvería, se dirigió al baño y vio lo que la enfermera le había prometido, una pequeña palangana y un par de toallas. Llenó la palangana de agua caliente y, cogiendo los artículos de afeitado que llevaba en su maletín, se dispuso a afeitar a su padre. Mientras lo hacía, tarareaba una canción que a su padre y a ella les gustaba mucho, Aprendiz, de Malú:
—… De ti aprendió mi corazón. No me reproches que no sepa darte amor. Me has enseñado tú. Tú has sido mi maestro para hacer sufrir. Si alguna vez fui mala, lo aprendí de ti. No digas que no entiendes cómo puedo ser así. Si te estoy haciendo daño, lo aprendí de ti…
Cuando por fin acabó, besó a su padre en la mejilla. Estaba contenta y orgullosa del hombre que estaba inconsciente en esa cama. Recordó todas las veces que había llorado con él, sintiéndose rechazada por su madre, contándole a su padre todos sus miedos, sus sueños, sus secretos.
Todo volvería a ser como era. Cuando su padre despertara, tendrían mucho tiempo para hablar y por fin le contaría el motivo real de su ruptura con Israel. Aunque imaginaba que su padre sabría el porqué, decidió que merecía saberlo. Él lo entendería y respetaría su decisión.
Pocas personas sabían los motivos de su ruptura con Israel, solo su hermano, Sonia y Óscar, pero sabía que su padre había atado cabos y escuchado comentarios y tenía su propia realidad. Ya era hora de contársela de primera mano. Habían pasado casi dos años desde entonces y no habían vuelto a cruzarse ni una palabra. Aunque coincidieron en varias ocasiones, era como si fueran extraños.
Mirando atrás se dio cuenta de todo el tiempo que había perdido al lado de alguien de quien no estaba enamorada. Al principio sí se creyó enamorada; le parecía imposible que alguien como Israel se fijara en alguien como ella. Nunca sintió lo que decía la gente que se sentía, esas maripositas que te mueven el estómago. Israel era un hombre muy guapo, que se llevaba a cualquiera de calle, y ella cayó a sus pies, encantada de que se hubiera fijado en ella, alguien que no destacaba en nada, que era muy normal. Pero no sentía ninguna emoción especial cuando se besaban o hacían el amor. Al principio Alba sintió algo parecido, pero no esa pasión que te hace perder la cabeza. Le encantaba sentirse querida o por lo menos deseada. Como mujer que era, le gustaba que Israel la piropeara y le dijera lo preciosa que estaba o lo bien que le sentaba tal o cual prenda. Al principio era cariñoso, pero poco a poco mostró al verdadero Israel, al que de verdad era.
Israel era abogado, se conocieron una de las pocas veces que Alba fue a los juzgados. Acababa de empezar a trabajar en el bufete y acompañó a Suárez para que se fuera empapando del trabajo de campo, como a él le gustaba llamarlo. Israel estaba también allí; le había contratado el mejor bufete de todo Madrid y era su primer caso importante el que había ido a defender.
Chocaron en la puerta al entrar los dos a la vez y la sonrisa de Israel descolocó a Alba por un momento, pero enseguida se recompuso y con una sonrisa y una tímida disculpa entró delante de él. Después de acabar la vista del juzgado, Alba salió y se dio cuenta de que Israel estaba en la puerta. La abordó y, sin ninguna vergüenza y muy seguro de sí mismo, se presentó y la invitó a tomar algo para celebrar varias cosas, el trabajo del día y el haberse conocido. A Alba le hizo mucha gracia y se sintió halagada. Aceptó la invitación y, un vino por aquí y una caña por allí, empezaron a verse a menudo.
Le gustaba, la hacía reír y la trataba muy bien, siempre pendiente de ella. Poco a poco fueron viéndose casi a diario y podía incluso decirse que eran pareja. Todo marchaba bien hasta que Alba decidió que no quería seguir ejerciendo. Israel no lo entendía. Discutieron, pero en eso Alba se mantuvo fuerte. Era su decisión y tendría que respetarla. Estuvieron varios días sin llamarse ni verse y fue Israel el que la llamó por fin y se vieron para hablar. Él se las daba de gran abogado, estaba en el mejor bufete de la ciudad y eso se le subió un poco a la cabeza. Aunque siguieron viéndose, la relación que tenían se fue deteriorando por los comentarios despectivos y humillantes de que era objeto Alba cuando acompañaba a Israel en alguna cena de abogados. Ella también era abogada, pero como no ejercía Israel la ridiculizaba en cualquier ocasión. La humillaba delante de cualquiera sin importarle el daño que le pudiera causar y ella, por no montarle ningún numerito, se callaba. Después se lo reprochaba y discutían a menudo por ese motivo. Él se burlaba de ella, se sentía superior por haber tenido la suerte de trabajar donde estaba. Se le había subido a la cabeza. Ella no era tonta y cada vez se daba más cuenta de que su trabajo les acabaría separando, como así fue.
Poco a poco empezó a ponerle excusas, faltaba a las citas. Ya no le apetecía que Alba le acompañara y empezó a acudir solo a las cenas con otros abogados y a ponerle impedimentos para que ella no fuera a ninguna reunión o cualquier otro evento. Alba supo que se estaba viendo con una de las hijas de su jefe. Fue cuando se dio cuenta de que no estaba enamorada. Le dolía la indiferencia y la actitud que Israel tenía con ella, pero no estaba enamorada.
En uno de los viajes en los que vino Jesús a España, Alba le contó lo que pasaba, todas las humillaciones por las que había pasado, que sabía que estaba con otra mujer y que ella ya no le quería, pero que no quería ser el hazmerreír de sus compañeros. Después de sincerarse con su hermano y darse cuenta de cómo se sentía, decidieron acabar con ese asunto de una vez por todas.
Alba se enteró por la secretaria del bufete donde trabajaba Israel de que había quedado con unos clientes muy importantes en un restaurante muy pijo del centro. Se vistió lo más elegante que pudo y, junto con su hermano, se presentó en el restaurante para cenar. Había hecho la reserva y se aseguró de que su mesa estuviera justo al lado de la mesa donde cenaba Israel. Este no conocía personalmente al hermano de Alba y, como físicamente no se parecían, a ojos de los demás pasaban por una pareja más en una cena romántica.
Llegaron al restaurante antes que Israel y Alba se colocó de manera que diera la espalda a la entrada al salón donde cenaban. No tuvieron que esperar mucho tiempo. Antes de que pasaran quince minutos llegaron al salón y se dirigieron a la mesa que tenían reservada. Israel iba con la hija de su jefe, bien agarraditos y acaramelados. Era una rubia con tetas de silicona y morritos de bótox, justo lo que a Israel le gustaba. El padre de la rubia y jefe de Israel, al que Alba conocía, iba detrás, hablando con dos hombres de mediana edad. Les acomodaron en su mesa y a un gesto de su hermano Alba se levantó para ir al baño. Miró a la mesa donde Israel estaba y este se quedó blanco de la impresión de ver a su «novia» allí.
Alba saludó al jefe de Israel. Se conocían de verse en alguna de las reuniones a las que Alba había asistido y este, al reconocerla, miró a Israel y comprendió la situación. No solo estaba engañando a su novia, sino a su hija y a él mismo. Punto para Alba.
Alba no dijo nada, hizo como si no fuera con ella la situación. Se marchó al baño y cuando volvió siguió como si nada, pero se aseguró de que no disfrutara de la noche. Cuchicheaba con su hermano y se reía con los comentarios que Jesús le hacía de la situación. Supo que Israel estaba nervioso y con sus comentarios estúpidos (de alguien estúpido y pagado de sí mismo) arruinó el trato que querían conseguir. Los clientes estaban molestos y a todo decían que no. Israel acabó de arruinarlo todo él solito. Punto para Alba.
Al acabar la cena, Alba se levantó despacio y se acercó a la mesa, donde se despidió del jefe de Israel y salió del brazo de Jesús después de presentárselo como lo que realmente era, su hermano, que había venido desde Argentina unos días para ver a la familia y habían aprovechado para cenar juntos y contarse sus cosas. Y con una sonrisa de triunfo, mirando a Israel por última vez y a la rubia tetona, salió del salón primero y del restaurante después. Punto y partido para Alba.
Israel salió de su vida para siempre. La llamó al día siguiente para reprocharle lo que él solito había arruinado y con una tranquilidad que Alba no sabía que tenía le pidió que no volviera a molestarla y sin más le colgó el teléfono.
No se dio por vencido. En menos de media hora estaba en su casa. Subió hecho una furia y, sin argumentos que defender (¿no era abogado?), se quedó sin palabras mientras Alba le decía las cuatro cosas a la cara que siempre le había querido decir.
Se marchó blasfemando en arameo y para Alba fue el mejor momento de su vida ver cómo dejaba sin argumentos al mejor abogado de todo Madrid. Pero a su madre no le hizo ninguna gracia que le hubiera plantado. Cuando se enteró de que Alba le había dejado puso el grito en el cielo. Para ella, era lo mejor que iba a poder encontrar y si dejaba que se marchara se quedaría soltera. Alba pensó que si eso era lo mejor que le esperaba y lo mejor que, según su madre, ella se merecía, mejor quedarse soltera.
Se prometió no dejarse pisar ni humillar por nadie más, pero no contó realmente a nadie (salvo a Sonia y Óscar) la verdad de su ruptura con Israel. Sentía que a su padre se lo debía, pero no encontraba el momento y según fue pasando el tiempo lo fue dejando pasar, pero ya era hora de que su padre supiera de una vez cómo fue y los motivos que la llevaron a dejarle.
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