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Fred Busch

Creando una mente psicoanalítica

Método y teoría en el psicoanálisis


Busch, Fred

La creación de una mente psicoanalítica : método y teoría en el psicoanálisis / Fred Busch. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Biebel, 2017.

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-1678-85-3

1. Psicoanálisis. 2. Teoría Psicoanalítica. I. Título.

CDD 150.195

Edición en formato digital: agosto de 2017

© Fred Busch

© Routledge, 2014, para la edición inglesa

ISBN 978-1-315-88852-1

Ediciones BIEBEL

J. J. Biedma 1005, Buenos Aires

Tels. (54-11) 4582-3878 • (54-11) 4585-4018

info@edicionesbiebel.com.ar / edicionesbiebel@yahoo.com.ar

Traducido por Marta Merajver

Diseño de páginas: Cálamus

Realización de tapa: Ramiro Pazo

La imagen de tapa pertenece a RefineCatch Limited y es la misma que ilustra la edición inglesa del presente libro.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de este libro, en fotocopiado o por cualquier medio y/o soporte, ya sea gráfico, electrónico, informático, fílmico, digital o cualesquiera procedimientos bajo las sanciones legales establecidas.

ISBN 978-987-1678-22-8

Conversión a formato digital: Libresque

Se cuenta que Isaac Asimov dijo: “La frase más emocionante que se puede oír en ciencia, la que anuncia nuevos descubrimientos, no es ‘¡Eureka!’ (¡Lo encontré!) sino ‘Hmm… Es extraño…”.

Para mi primera lectora – CSH

Prefacio

En una entrevista realizada por B. Swerdloff en 1963, Heinz Hartmann reflexionaba sobre sus días de psicoanálisis en Viena y comentaba cómo Ernst Kris y él “quedaron muy impresionados por Freud, pero nunca creyeron que ahí terminaba la psicología”. “Siempre sentimos que cada quien tenía el derecho de avanzar y desarrollar su propio legado”.

El trabajo de Fred Busch sobre la técnica psicoanalítica, llevado a cabo durante toda una vida, es un excelente ejemplo del desarrollo del legado de Freud. Busch es una autoridad original en la psicología contemporánea del Yo y, por cierto, el autor contemporáneo más prolífico sobre el análisis de las resistencias. Desde la década de 1980 ha publicado numerosos escritos sobre la teoría de la técnica en las más prestigiosas revistas de psicoanálisis. Este es su cuarto libro y, sin duda, en el que puso el mayor esmero. Yo agregaría que es el más revelador en cuanto a su evolución como pensador y como analista clínico. La presente obra se compone de dos partes principales: Los cambios de paradigma, y Los métodos del psicoanálisis, ilustradas con abundantes y detalladas viñetas clínicas. Espero que quienes adhieren a la técnica basada en la teoría estructural freudiana encuentren las conclusiones del viaje empírico e intelectual de Busch tan estimulantes y convincentes como me han parecido a mí.

Busch evidencia un conocimiento de los autores europeos bastante poco frecuente para los analistas estadounidenses y encuentra una base común entre su método del análisis de las resistencias y las técnicas de los kleinianos londinenses que siguen a Betty Joseph, así como las de algunos autores franceses, particularmente André Green. Se encuentra también ampliamente familiarizado con autores como Bion, Hinshelwood, Fonagy, Ferro, Bolognini y los Baranger respecto de sus intentos de encontrar una accesibilidad confiable al inconsciente del analizando.

Hace ya tiempo que la experiencia acumulada por muchos analistas nos ha enseñado que el levantamiento de las represiones neurogénicas no bastaba para solucionar los conflictos, ya que éstos continuaban ejerciendo su influencia primaria sobre la formación del carácter. En Análisis terminable e interminable, Freud había señalado, metafóricamente, que el que los bomberos se limitaran a retirar una lámpara de aceite que había ocasionado un incendio no significaba que hubieran hecho un buen trabajo. Busch dice que el cambio técnico del “allí y entonces” al del “aquí y ahora”, necesario para un efectivo análisis del carácter, adquirió importancia gracias al apoyo brindado por analistas de diversas corrientes de pensamiento.

Los imperativos teóricos para trabajar “aquí y ahora” –o hic et nunc, como decimos en el sur de Europa– se encuentran en tres principios: en la existencia de un yo inconsciente, en la importancia de “pensar acerca del pensar” (como equivalente del “escuchar la escucha” de Faimberg en 1996) y en el pensamiento inconsciente preconceptual (Bush es un gran conocedor de Piaget). La falta de reflexión pre-operacional sobre el propio pensamiento implica una fijación infantil. Para fomentar que el analizando examine conceptualmente sus fantasías primitivas, Bush defiende decididamente el enfoque del material “aquí y ahora”, tal cual se presenta “ante la realidad óptica”. Se trata de lo que está ocurriendo y no de una especulación sobre algo que supuestamente sucedió en otro momento y lugar.

El texto de Busch trabaja convincentemente con lo que Paul Gray describiera como “la brecha evolutiva” dentro del devenir de la técnica, recordándonos que, aunque la comprensión psicoanalítica de los conflictos intrapsíquicos ha evolucionado desde la época de Freud, los métodos para lograr que los pacientes encuentren significado a dicha comprensión se han quedado atrás. A modo de ejemplo, Busch recurre a material pertinente cercano al proceso. Uno de los mayores éxitos de su exposición consiste en mostrar cómo acercar a los pacientes, de manera “digerible”, nuestras conceptualizaciones de sus problemas. Aquí es oportuno recordar un artículo que Busch escribió en 1993 (“Aspectos de una buena interpretación”), en el que manifiesta que, en su opinión, muchas intervenciones se basaban menos en lo que el paciente estaba en condiciones de oír que en lo que el analista, supuestamente, era capaz de comprender. Digo “supuestamente” porque uno de nuestros mitos acendrados es que los analistas podemos leer el inconsciente y sólo necesitamos asegurarnos de que nuestras interpretaciones del material no sean demasiado “profundas” –una máxima que frecuentemente se honra rompiéndola. En este punto me viene a la mente la sensata pregunta de Fabio Hermann (2001): “¿Por qué gustan los analistas de decir que el inconsciente es lo desconocido, nuevo o sorprendente, cuando en la práctica se comportan como si ellos y él fueran viejos conocidos?”

En el presente libro, Busch amplía la tesis que presentara en su artículo “¿Qué es la interpretación profunda?” (2000). Hace énfasis sobre la importancia de abordar lo que aparece en las asociaciones antes que en lo que falta o está ausente. Subraya la necesidad de trabajar detenidamente sobre lo que es más accesible al analizando y no en lo más reprimido, suponiendo, claro, que el analista posea un conocimiento privilegiado de los contenidos ocultos. Este enfoque se contrapone al método kleiniano tradicional que interpreta el material inconsciente en el “punto de urgencia” de la máxima angustia del paciente. Reproduciendo los descubrimientos que Edward Glover realizó en 1940 a través de su investigación por medio de un cuestionario sobre la técnica en la British Society, Busch concluyó que existían dos paradigmas de interpretación: uno que sostenía que la tarea principal del analista era establecer contacto directo con el inconsciente y otro que favorecía la interpretación en “la cercanía” del preconsciente como el método más eficaz. Demás está decir que Busch, defensor acérrimo de la psicología contemporánea del Yo, aboga por el segundo.

Busch propone el desarrollo de una mente psicoanalítica basada no sólo en “el conocimiento del contenido” sino también en “el conocimiento del proceso”. Para su técnica es esencial que se facilite la capacidad del paciente de contemplar sus propios pensamientos como “hechos mentales”. Busch intenta embarcar al paciente en la empresa epistemológica de aprender cómo es que sabe lo que cree saber, disipando insights intelectuales a menudo adquiridos en tratamientos anteriores. Viene a mi mente la sencilla solución interpretativa dada por Fenichel (1941) a la asociación de un paciente que “sabía”, merced a un análisis anterior, que la inhibición que le impedía conducir automóviles radicaba en su sadismo, puesto que, “inconscientemente”, deseaba atropellar a todo el mundo. Fenichel escribió: “por cierto no debemos aceptar agradecidos tal interpretación como una percepción del inconsciente, sino preguntar ‘¿Cómo lo sabe usted?’”

Busch hace hincapié en que los resultados de un análisis se basan en el esfuerzo del analista para transformar lo subrepresentado en algo potencialmente representable, reemplazando la inevitabilidad de la acción por la posibilidad de la reflexión. Sagazmente, dice que ir más despacio suele implicar ir a lo que es, auténticamente, más profundo. Las intervenciones psicoanalíticas que permiten la simbolización de aquello que no ha tomado todavía una forma definitiva en la mente del paciente requieren un trabajo sostenido, día por día, y no los destellos idealizados del insight intuitivo que encontramos con frecuencia en nuestra literatura temprana.

Busch insiste en que el desarrollo humano más lejano en el tiempo se codificó por medio de acciones. Esto condiciona a los pacientes –¿o quizás debería decir “a los seres humanos”?– a recurrir al “lenguaje de acción” a través del cual su inconsciente habla, induciendo al analista a experimentar enojo, seducción, tedio, etcétera. Ante este fenómeno universal de la transferencia, dice Busch, nuestra disciplina ha sufrido un “cambio de paradigma” desde la exhumación de recuerdos enterrados hacia la transformación de lo pre-operacional”.

Se aconseja, entonces, a los analistas que adhieren a la técnica freudiana contemporánea, ayudar a sus pacientes a convertir en indagación y autoobservación aquellas reacciones que se aproximan a un modelo de estímulo-respuesta.

La alianza de nuestro yo observador con el preconsciente del paciente como “un faro en la oscuridad de la psicología profunda”, para utilizar las palabras de Freud en 1923, fue a menudo considerada un mero ejercicio intelectual. Esta postura implica un grave malentendido. Busch nos muestra cómo, muy al contrario, las interpretaciones “en profundidad” y las defensas exteriorizadas de antaño conducen a una intelectualización innecesaria y a la conformidad con la doctrina, mientras que el análisis disciplinado de las defensas, es decir, la exploración de qué cosa hace que las resistencias inconscientes se mantengan, equivale a una vía más naturalista hacia la comprensión de peligros anacrónicos y hacia las razones que estrangulan los afectos concomitantes.

En mi experiencia, el enfoque de Busch suele ser interpretado como algo que apuntala la frialdad e indiferencia en los sentimientos del paciente, cuando en realidad se trata de lo opuesto. Creo que los ejemplos clínicos aquí presentados demuestran elocuentemente cómo la detección de la disposición del analizando para incorporar el significado de las interpretaciones del analista requiere de una gran sincronización con su “perspectiva” (Schwaber, 1992), así como de una profunda empatía entre ambos.

En esta obra, Busch enfatiza la importancia práctica de acuñar preguntas para el analizando de manera “insaturada” (Ferro, 2002), a fin de interferir lo menos posible con el libre despliegue de sus asociaciones. Para Busch, el preguntar refiere mayormente a observaciones que el paciente pueda compartir, refinar o ampliar. Aquí la “indagación” no se apoyaría sobre la sofisticación o la disposición psicológica sino sobre la evaluación, con mucho tacto, que el analista hace de la disposición del paciente para adentrarse en determinadas cuestiones.

El libro también destaca el análisis de la transferencia, denunciando la característica “difícil de resistir” de las interpretaciones en ese marco. Ello puede rastrearse hasta el escrito de James Strachey (1934) sobre las interpretaciones mutativas que tanto influenciaron a los analistas y profesionales provenientes de otras tradiciones teóricas que se sienten irresponsables por no abordar la transferencia en casi todas las sesiones. Busch apoya el consejo dado por Freud en 1913: interpretar la transferencia cuando se la usa como resistencia. Queda implícita en el enfoque del autor la diferenciación entre los fenómenos transferenciales y los intraclínicos. No todo el material preconsciente que aflora en una sesión está necesariamente inscripto dentro de la transferencia. Algunos colegas pueden pensar que esta opinión es superficial, pero en realidad representa una base más confiable para acceder a las capas más profundas con un mínimo de contaminación iatrogénica.

Busch, quien acuerda con el énfasis de Gray sobre el análisis de la transferencia de autoridad (1987), comenta cómo Freud, después de su epifanía de 1926, en la que se le reveló que el Yo debe considerarse tanto la fuente de la angustia como de la defensa contra ella, sólo pudo ver, a los efectos de analizar las resistencias, la posibilidad de combatirlas utilizando la transferencia positiva del analizando. Esto se ve con mayor intensidad en el modo en que Wilhelm Reich (1933) entendía la resistencia como la respuesta del Yo amenazado al tiempo que recomendaba un ataque frontal a la armadura caracterológica. Busch ilustra cómo la tradición de vencer las resistencias en lugar de analizarlas se mantuvo viva en todos los representantes eminentes de la psicología del Yo estadounidense, desde Greenson hasta Brenner y Arlow. Muchos analistas de los Estados Unidos –sin nombrar a los de otras partes del mundo– no llegaban a diferenciar el análisis de los sentimientos y fantasías del análisis de las defensas utilizadas por los pacientes para protegerse de los temores primitivos que las sostenían.

A los propósitos de su técnica, Busch favorece el concepto de la disociación terapéutica del Yo enunciado por Richard Sterba en1934 y el desarrollo de “una isla de contemplación intelectual (no intelectualizada)” dentro del trabajo analítico. En la metodología de Busch es primordial, durante la totalidad del tratamiento, dedicarse a lograr una división entre el Yo vivencial y el Yo observador en la mente del paciente. Resulta inevitable recordar aquí la postura técnica revolucionaria de Freud en sus Nuevas lecciones introductorias (n. XXX1; 1933):

“queremos que sea el Yo el objeto de nuestra investigación; nuestro propio yo. Pero, ¿acaso es posible tal cosa? Si el Yo es propiamente el sujeto, ¿cómo puede pasar a ser objeto? Y el caso es que puede ser así. El Yo puede tomarse a sí mismo como a otros objetos, observarse, criticarse, etc., y hacer el cielo sabe qué consigo mismo”.

Permítaseme decir aquí que Freud publicó estas palabras después de que Sterba presentara sus ideas sobre la “disociación terapéutica” ante la Sociedad Psicoanalítica de Viena.

Respecto de la contratransferencia, Busch reconoce su extraordinaria importancia como medio a través del cual el analista puede clarificar, en primer término para sí mismo, el modo en que el analizando se comunica por vía del “lenguaje de acción”. Aquí el “truco” técnico consiste en cómo ayudar al paciente a objetivar las percepciones subjetivas del analista. Insiste legítimamente en que los sentimientos y sueños diurnos implantados por el analizando por debajo del radar del analista convierten al profesional en alguien particularmente vulnerable a las puestas en acto. No obstante, Busch no acuerda con el antiguo método kleiniano de interpretar automáticamente la contratransferencia como la proyección de las fantasías inconscientes del paciente. Tal estrategia técnica se describe como “yo siento; por lo tanto, tú eres”, noción que el autor ingeniosamente denomina “una voltereta cartesiana”. Busch se pregunta por qué el método psicoanalítico se ha desarrollado según el modelo topográfico y no el estructural mucho después de que Freud introdujera este último. Resulta algo desconcertante que muchos institutos de psicoanálisis hayan hecho tradición de la enseñanza de técnicas basadas en la formulación de interpretaciones que eluden el conocimiento preconsciente del analizando. Busch describe tal proclividad como una “necesidad imperiosa”, “una atracción visceral”, atribuyendo esta tendencia magnética mayormente a contratransferencias que no fueron contenidas y que girarían en torno a sensaciones de amenaza o “inercia psicoanalítica” en aquellos casos en que el progreso clínico es muy lento. Entonces, estos sentimientos negativos se arrojarían al paciente a modo de interpretaciones. Busch dice que, en los Estados Unidos, hubo una época en que dichas reacciones contratransferenciales se tramitaban recluyéndose el analista en el silencio, mientras que la tendencia actual induce a la acción.

Busch divide el tratamiento en tres fases. La primera se caracteriza por lograr que el paciente se familiarice con las inhibiciones que le han impedido vivir su propia historia. Dice el autor que, hasta que el analizando no tome conciencia de las interrupciones crónicas a sus interrogantes, no le es posible interrogarse. El indicador de que se ha llegado a la segunda fase consiste en la creación de una mente psicoanalítica; es decir, en el desarrollo de la autoobservación efectiva inserta en la secuencia de la asociación libre. Luego de haber equipado al paciente adecuadamente para que pueda evaluar la multideterminación de los productos mentales, se arriba a la última fase, durante la cual el paciente aprende a interpretar sus propias asociaciones más verazmente, reflexionando sobre ellas. Aunque no se encuentra libre de caer en las trampas de descubrir significados profundos provenientes de cuestiones que fueron comprendidas en un momento anterior, se supone que la última fase dota al paciente de la capacidad suficiente para el autoanálisis.

Este libro constituye un paso definitivo para cerrar la brecha que existe entre la antigua técnica clásica y los enfoques modernos basados en la teoría estructural freudiana. En una entrevista que G. S. Viereck le hizo a Freud en 1926, éste declaró que

“la vida cambia, y también el psicoanálisis. Nos encontramos en los albores de una nueva ciencia. […] Yo sólo soy un iniciador. Tuve cierto éxito en traer a la superficie monumentos enterrados en el sustrato de la mente. Sin embargo, allí donde yo encontré algunos templos, otros pueden descubrir un continente”.

Creo que los “descubrimientos” técnicos contemporáneos, tales como los que se desarrollan a partir del trabajo de Busch, habrían despertado enorme interés en el padre del psicoanálisis.

Cecilio Paniagua, M.D.

Madrid

Introducción

Este libro trata de un método psicoanalítico que he venido desarrollando durante los últimos cuarenta años y al que llamo Creando una mente psicoanalítica. Se basa en lo que considero el proceso curativo esencial que constituye los fundamentos de la mayoría de las teorías psicoanalíticas; es decir, un cambio en la relación del paciente con su propia mente. Como es sabido, sin el psicoanálisis el individuo será arrastrado una y otra vez a poner en acto fantasías inconscientes destinadas a satisfacer sus deseos, a protegerlo de sus temores y a curar estados del Yo fragmentados y/o relaciones de objeto. Al desarrollar una mente psicoanalítica, el paciente adquiere la capacidad de modificar la inevitabilidad del acto y alcanzar la posibilidad de la reflexión. Es un inmenso logro psíquico ver nuestra mente como un campo de juego para las motivaciones antes que como sólo la representación de la realidad; logro que –y esto es lo más importante– potencialmente nos libera de la esclavitud de la compulsión a la repetición.

El método aquí presentado se basa sobre la creciente clarificación de cómo funciona la mente que ha posibilitado refinar el método psicoanalítico. Si bien nuestros métodos para comprender la condición humana han evolucionado desde los tiempos de Freud, nuestros métodos para los pacientes accedan a la comprensión de manera significativa no siempre han estado a la par. A lo largo de los años y de diversas maneras, he tratado de entender por qué y cómo podríamos rectificarlo. La presente obra es mi último intento de presentar una teoría y una técnica que integren el significado psicoanalítico y el sentido. Aunque la pericia del analista resulta crucial para el proceso, su postura debe ser la de ayudar al paciente a encontrar su propia mente y no la de erigirse en experto respecto del contenido de esa mente.

Mi método se centra en que el paciente desarrolle una mente psicoanalítica que será la clave del proceso psicoanalítico curativo. Explicado muy brevemente, ello requiere la capacidad del paciente de aprehender que el camino hacia una comprensión más profunda de sí mismo pasa por su propia mente y que ahí reside la esencia de lo que el psicoanálisis tiene para ofrecerle. Si bien esto parece asemejarse a algo por lo que siempre hemos luchado, presento aquí un método específico que, esperemos, ofrezca una mayor clarificación acerca de cómo ocurre esto y de los métodos para hacer que ocurra.

A grandes rasgos, el cambio básico de paradigma en el método psicoanalítico gira alrededor de pensar acerca del pensar. Nos ha permitido comprender las formas singulares en que los pacientes se comunican o intentan no comunicarse. También hemos llegado a saber más sobre los estados de disposición de los pacientes en relación al éxito de nuestras interpretaciones, y sobre cómo podemos ayudar o retrasar este proceso. También nos hemos dado cuenta de que el modo en que ayudamos a un paciente a conocer su propia mente reviste tanta importancia como el saber que él adquiere.

Además, aprendí de las similitudes que descubrí en las obras de otros de quienes se pensaba tenían una perspectiva muy diferente. Como ya he dicho, “el analista de nuestro tiempo podría ser mejor conocido como un psicólogo del Yo contemporáneo, freudiano, consciente de la contratransferencia, psicólogo de sí mismo, interesado en los aspectos relacionales y kleiniano”. (Busch, 2003, p. 43).

Esta amplia bóveda de inclusión gira, principalmente, en torno al modo en que comprendemos a nuestros pacientes. Mi bóveda se comprime respecto de cómo veo la mejor manera de transmitir dicha comprensión al analizando. A través de la totalidad de este libro intento mostrar una “sorprendente similitud” entre mi método analítico y otras teorías a menudo consideradas diferentes, especialmente las de los kleinianos londinenses inspirados por Betty Joseph y algunos psicoanalistas franceses.

Acuerdo con Bolognini (2011) en que hemos alcanzado nuestra “zona de sombra”, donde nos aferramos a una simplificación excesiva del campo teórico. “El síntoma de la zona de sombra es, precisamente, la incapacidad del intercambio con el ‘no yo’, inconscientemente temido como algo peligroso y demasiado perturbador” (p. 11). Durante demasiado tiempo cada “escuela” ha tendido a preservar la pureza y eficacia de su propia postura.

El libro consta de dos partes: Los cambios de paradigma y Los métodos del psicoanálisis. Se trata de una división algo artificial; si bien la primera parte destaca lo que propongo como cambios teóricos que proporcionan un modo distinto de pensar el método psicoanalítico y sus metas, se incluyen numerosos ejemplos de la clínica que demuestran el qué y el porqué de los cambios. La segunda parte describe aspectos clínicos específicos del método psicoanalítico de base. Los ejemplos de la clínica contendrán poco y nada de la historia del paciente y del tratamiento en sí. Ello refleja mi opinión acerca de que la vía principal para ayudar a nuestro analizando a desarrollar una mente psicoanalítica consiste en focalizarnos sobre lo que ocurre en lo inmediato de la sesión. Aunque la comprensión del pasado en el presente constituye un aspecto importante para la construcción de una mente psicoanalítica, adquiere sentido principalmente a la luz de lo que está sucediendo en el presente.

En 2001, Martin Bergmann escribió:

“Porque el psicoanálisis apunta a algo más que a la reparación. La cuestión de sus metas es tan interesante como controvertida. En el presente clima de opinión, el psicoanálisis se ve obligado a demostrar sus beneficios/rendimiento/efectividad en comparación con otras terapias. El resultado de la controversia permanece dudoso, pero lo que es cierto es que, si el valor del “conócete a ti mismo”, expresado por primera vez en la Antigua Grecia en la ciudad de Delfos, mantiene su importancia, el psicoanálisis no tiene rival entre las demás formas de psicoterapia.”

Es siguiendo el espíritu del “Conócete a ti mismo” y de lo que ello significa en términos psicoanalíticos que presento estas ideas. De acuerdo con ese espíritu, trato en este libro principalmente las teorías de tratamiento psicoanalítico que ven al “Conócete a ti mismo” como la meta primera del tratamiento, en contraste con aquellas otras teorías en las cuales lo que se enfatiza como curativo es el modo de ser del analista. Como se verá, en mi opinión, la naturaleza del modo de ser del analista es un componente importante del tratamiento. Es una explicación necesaria pero no suficiente para la creación de una mente psicoanalítica.

A fin de redactar este libro de manera ordenada, he preferido introducir la revisión de la amplia literatura sobre cada área. Sin embargo, lo incluido debería bastar para que el lector comprenda las corrientes que influenciaron mi pensamiento. Sin vergüenza alguna me cito a mí mismo con gran frecuencia y el lector puede consultar mis otros trabajos si desea mayor información.

Por último, lamento no poder agradecer de manera individual a todos los que me ayudaron, alentaron e inspiraron; muchísimas personas, entre maestros, colegas, discípulos, y pacientes.

Chestnut Hill, MA

Otoño de 2012

Capítulo 1
Un viaje personal

Me siento afortunado por siempre haber experimentado la necesidad de escribir a lo largo de toda mi carrera profesional. Sin embargo, esto era de por sí desconcertante, ya que nunca estuvo en mis planes convertirme en escritor. Finalmente, llegué a comprender que escribo para hacer sentido de lo que me resulta poco claro, dado que el psicoanálisis es tierra fértil para muchos interrogantes si uno se permite planteárselos. El presente volumen constituye una reflexión sobre mis perplejidades más recientes y sobre cómo las comprendí. No obstante, antes de entrar en estas cuestiones me gustaría compartir algo de cómo llegué a este punto.

Nunca formó parte de mis planes devenir psicoanalista. En mis tiempos, la “terapia” era algo con lo que se amenazaba a los niños cuando se comportaban mal. Además, casi todos mis parientes eran comerciantes, de modo que luego de darme cuenta de que mi deseo de convertirme en beisbolista de las ligas mayores jamás se cumpliría, pensé en estudiar Derecho corporativo. Pero en tercer año del college tomé mi primer curso de Psicología y tuvo tal efecto sobre mí que cambié de carrera; me quedé un año más en la universidad para cumplir con los requisitos que me permitieran graduarme en Psicología e hice mi posgrado. En aquella época, todavía se leía un poco a Freud en el posgrado y fueron sus teorías sobre la mente las que me parecieron más lógicas. Al leer La interpretación de los sueños me sentí como los grandes exploradores de los siglos XV y XVI cuando descubrían mundos nuevos.

Finalizado el posgrado, pude encaminarme hacia ambientes de formación profesional con psicoanalistas de pensamiento avanzado. Por entonces había sólo un puñado de psicólogos en la American Psychoanalytic Association. Durante mi residencia en el Centro Médico de la Universidad de Colorado, dos psicólogos se estaban formando en el Instituto Psicoanalítico de Chicago. Mientras hacía mi formación posdoctoral, numerosos psicólogos se especializaban en psicoanálisis infantil en la Clínica Hampstead (ahora llamada Centro Anna Freud). En el Instituto Psicoanalítico de Michigan, donde me formé en la década de 1970, fui parte de una clase de siete estudiantes, de los cuales tres eran psicólogos y un cuarto profesor de Filosofía. Más tarde, cuando tuve la oportunidad de abrir espacios para psicólogos en la American Psychoanalytic Association, lo hice.1

En cierto modo, este libro trata de un único tema: el significado. Es decir, de cómo acercar nuestra comprensión a los analizandos de manera tal que el significado les sea lo más útil posible. Fue sólo al escribir este libro que me di cuenta de que lo había empezado hace más de cuarenta años. En mi condición de psicólogo y psicoanalista, hace cuatro décadas que vengo pensando sobre el rol de cómo encontrar significados de modo que resulten realmente útiles. Una de mis primeras publicaciones –Basals Are Not For Reading (Busch, 1970)– analizaba la manera en que el contenido de los textos que se utilizaban para enseñar a leer a los niños tenían muy poca relación con lo que les interesaba respecto de la etapa evolutiva en que se hallaban. Utilizando datos de la teoría evolutiva e investigaciones sobre la lectura, planteé que se obtendría mayor éxito en el proceso de lectura si los contenidos cobraran mayor sentido para el principiante. Comparemos esto con una cita tomada de uno de mis primeros escritos sobre técnicas clínicas (Busch, 1993):

“Escuchando las discusiones acerca de los procesos clínicos, llama la atención la cantidad de interpretaciones que parecen basarse menos en lo que el paciente es capaz de escuchar y más en lo que el psicoanalista puede comprender. A menudo confundimos nuestra habilidad para leer el inconsciente con la del paciente para entenderlo. Con frecuencia no distinguimos claramente la diferencia entre la comunicación emanada del inconsciente y nuestra habilidad para comunicarnos con el inconsciente del paciente. Lo que éste puede oír, comprender, y utilizar con eficacia –y ni que hablar de los beneficios de considerar un enfoque que contemple dichas características– raramente aparece en primer plano durante nuestras discusiones clínicas.” (p. 153)

De modo que, en los últimos veinte años, mientras pensaba y escribía sobre un método psicoanalítico, había estado pensando durante mucho más tiempo sobre el rol del significado y la comprensión.

En busca de respuestas

Mi formación psicoanalítica fue típica de los institutos afiliados a la American Psychoanalytic Association en aquella época. Me infundió una profunda valorización del poder de la mente, junto con la importancia de contar con un modelo de la mente. Mientras mi instituto se guiaba por el parecer de Arlow y Brenner sobre el Modelo Estructural, estudiamos las obras de diversos autores (v.g. Gill, Kohut, Sandler). Como había realizado mi formación previa en psicoterapia infantil y observación de niños, arribé a mi formación psicoanalítica munido de la importancia de las relaciones de objeto tempranas en la patología y también de la trascendencia de un modelo evolutivo.

Sin embargo, durante todo el período de formación tuve la sensación de que el método psicoanalítico se encontraba todavía en vías de desarrollo y que necesitaba de una mayor elaboración para definir un método que fuera compatible con una teoría factible de la mente. En los seminarios clínicos nos dedicábamos a tratar de deducir las más recónditas fantasías inconscientes del paciente, prestando menor atención a reflexionar sobre cómo nuestra comprensión podía traducirse en una interpretación que le fuera útil.2 Según lo entendí, nos enseñaban la necesidad de seguir el modelo estructural en los cursos teóricos pero la técnica analítica se impartía según el modelo topográfico y la primera teoría de la angustia de Freud, en la cual el factor curativo consistía en descubrir la fantasía inconsciente que provocaba el síntoma. Históricamente, este era el modelo prevalente en aquellos tiempos, aunque se dijera lo contrario, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica (Busch, 1992, 1993; Gray 1982, 1994; Paniagua 2001) y se me ocurre que este modelo todavía predomina en muchos lugares del mundo. En un giro interesante, lo que se caracterizó como la dominación de la Psicología del Yo en el psicoanálisis estadounidense (Wallerstein, 1981) a menudo estaba muy próximo, en términos de las interpretaciones, a las interpretaciones profundas de los kleinianos y franceses, si bien la dinámica se entendía de manera diferente.

Fue durante mi formación pre-psicoanalítica que aprendí a valorar la importancia del Yo en los grados de las patologías, así como la accesibilidad al cambio. Habiéndome formado como psicólogo, llevé a cabo muchísimos tests psicológicos desde la perspectiva de Rapaport-Schafer. Con el correr del tiempo, se hizo evidente que la flexibilidad, rigidez o porosidad del Yo eran lo que determinaba en mayor medida el nivel del trastorno. Mis supervisores durante mi formación posdoctoral en psicoterapia infantil se habían formado en el Centro Anna Freud, donde la posibilidad de acceso al tratamiento se basaba en las fortalezas yoicas del niño. Al mismo tiempo, tuve la fortuna de concurrir a un seminario en el cual pasamos los primeros dos años leyendo y analizando, línea por línea, Normalidad y patología en la niñez (Anna Freud, 1965). Ello profundizó mi comprensión de la patología basada en su visión del Yo dentro del Modelo Estructural. Finalmente, al comienzo de mis estudios posdoctorales y durante gran parte de mi formación analítica, realicé mucha investigación observacional en niños de jardines maternales, lo que confirmó la descripción de Erikson (1951) de que el juego está dominado por la pulsión pero también destacó el rol del Yo y de las relaciones de objeto en la creatividad o rigidez del juego (Heinike, Busch, et al., 1973a, 1973b).

A principios de la década de 1980, dos psicoanalistas –Paul Gray y Anton Kris– publicaron obras que cristalizaban mi concepción de la importancia del Yo para comprender lo que aparecía como uno de los rasgos más cruciales, aunque subestimado, para el éxito del análisis: me refiero a las interferencias ejercidas sobre la capacidad de pensar libremente del analizando. La visión de estos autores sobre el método psicoanalítico se integraba dentro de una visión coherente de la mente, algo que yo sentía estaba ausente en mi lectura clínica y en la técnica clínica que me había sido enseñada. De diversas maneras, la técnica psicoanalítica corría el peligro de convertirse en un legado folklórico, transmitido oralmente de una generación a otra. El cuidadoso escrutinio de tales ideas a menudo mostró sus incongruencias e idiosincrasias. El mantra de un analista aparecía a la cabeza de la lista de “lo que no hay que hacer” de otro. Todavía hoy luchamos con estas cuestiones. (Busch, 1994, 1999)

El libro de Anton Kris (1983) sobre la asociación libre colocó el método antedicho en el centro del psicoanálisis de manera singular. Dice Kris (1983):

“El propósito fundamental del tratamiento psicoanalítico, desde la perspectiva de la asociación libre, consiste en realzar la libertad de asociación del paciente” (p. 408). No entraré en detalles aquí, en tanto el lector pronto descubrirá hasta qué punto mi visión del psicoanálisis se basa sobre el método de la asociación libre. En esencia, creo, junto con Kris, que casi todo lo que necesitamos saber para ayudar a nuestros pacientes proviene de su uso de este método, si lo definimos como uno en el que toda expresión verbal del paciente es una comunicación y cada palabra constituye una acción, y nos concentramos en “los conceptos clínicos del psicoanálisis; por ejemplo, la resistencia, la transferencia, los conflictos de defensa y ambivalencia, y los fenómenos narcisistas…” (Kris, p. 408).

Un encuentro casual ocurrido hace más de veinte años en las reuniones de la American Psychoanalytic Association en Roma consolidó mis intereses psicoanalíticos en la dirección que siguieron durante la década posterior. Un deslumbrante analista español 3 tomó la palabra en un grupo de discusión y lo que expresó parecía dirigido a las muchas ideas que no habían terminado de formularse acabadamente en mi mente. Cuando hablamos brevemente al terminar la reunión, me sugirió que leyera las obras de Paul Gray. Cuando lo hice, me sorprendió descubrir que había leído uno de sus trabajos años atrás (Gray, 1982) y que había hecho numerosas notas en los márgenes, lo cual demostraba cuánto me había estimulado el artículo. Acababa de graduarme en mi Instituto y creo que necesité mucho tiempo para trabajar solo y poder ver los problemas que se me presentaban en la práctica psicoanalítica antes de poder apreciar plenamente el valor de su trabajo. La obra de Gray sobre la técnica del análisis de las resistencias (1982, 1994) clarificó la importancia del ego inconsciente y preconsciente, tanto tiempo mal comprendido y tergiversado. Su trabajo me ayudó a cristalizar un sinfín de ideas e influyó sobre el mío durante la década siguiente, tiempo en que Paul Gray fue un gentil mentor. A partir de los centenares de discusiones clínicas en las que he participado, mi impresión es que, en el mundo, la obra de Gray todavía no ha sido plenamente integrada a nuestro pensamiento clínico.

El lector encontrará en este libro abundantes pruebas de la influencia ejercida por Kris y Gray sobre mi trabajo, aunque en última instancia mi teoría y método son propios. Hace unos diez años comencé a estudiar seriamente algunos de los trabajos de psicoanalistas europeos, lo cual amplió mi visión acerca del método psicoanalítico. Recibí influencias de Betty Joseph y Michael Feldman respecto del uso de la contratransferencia y de las descripciones de la transferencia total. Gray pensaba que la contratransferencia experimentada por el analista era neurótica y su interés se centraba principalmente en el material expresado verbalmente. Mis propias investigaciones me han llevado a comprender la importancia de lo que llamo “lenguaje de acción”4 ; es decir, un lenguaje que inconscientemente se propone “hacer” algo durante el análisis o en la persona del analista –me refiero a la metacomunicación dentro de la comunicación. Los trabajos de André Green, y especialmente el énfasis que pone en el pensamiento y las representaciones preconscientes, también influyeron sobre mi obra. No obstante, lo que me permitió reflexionar sobre las ideas de los analistas europeos fueron mis conversaciones con mi esposa y mis colegas, junto con la lectura de sus obras. El modo en que mi esposa, Cordelia Schmidt-Hellerau, comprende la agresividad y la pulsión de autoconservación fue una inspiración para mí.

Psicoanalista y escritor afortunado, también me desempeñé como docente durante más de cuarenta años, veinticinco de ellos ejerciendo en institutos psicoanalíticos. Mis alumnos han soportado la carga y tenido el placer de ayudarme a comprender mis ideas y han sido valiosísimos al momento de modificarlas y elaborarlas. Durante los muchos años en que fui docente y supervisor de Psicología y Psiquiatría en la Universidad de Michigan tuve la oportunidad de compartir mi entusiasmo por las ideas psicoanalíticas, y muchos de mis supervisandos de entonces eligieron formarse en psicoanálisis. Me resulta sumamente gratificante ver que muchos desarrollaron carreras distinguidas, convirtiéndose a su vez también en autores.

Por último, en los últimos veinte años escribí mucho. Mis colegas suelen decir: “Me da envidia que la escritura te resulte tan fácil”. En realidad, no es para nada el caso. Encuentro en la escritura un gran placer mezclado con agonía. Este último sentimiento es particularmente cierto cuando abordo conceptos nuevos y este libro constituye mi intento de integrar lo que aprendí en la década pasada con mi anterior comprensión del método psicoanalítico. Quizá me equivoque, pero creo que me fue mucho más fácil escribir mis primeros dos libros que éste. Hay aquí muchos capítulos en los que empiezo con una idea para terminar con una perspectiva que difiere de la original. En ocasiones reescribí un capítulo cuatro o cinco veces antes de sentir que había logrado una versión “lo suficientemente buena”. Aquí reside la “agonía” de andar a los tropiezos en la oscuridad durante largos períodos, creyendo que uno finalmente ha comprendido algo para luego volver a ello y descubrir que hay mucho más que necesita ser comprendido o explicado. El placer radica en haber comprendido cabalmente algo nuevo y en escribirlo de modo tal que no traicione el concepto ni engañe al lector. Descubrí que uno de los mayores peligros de mi escritura es la “esperanza” de haber explicado algo antes que esforzarme para asegurarme de que es comprensible, dando así al lector mayor placer y menos agonía.

Al finalizar la escritura del presente libro me quedaron muchos interrogantes sobre los que quiero pensar. No podría encontrarme en un lugar mejor.

1 Nunca escribí sobre la experiencia de ser parte de un puñado de psicólogos en APsaA; quizá algún día lo haga. En mi propio Instituto rara vez fui blanco de reacciones negativas debido a mi título. Una vez integrado a APsaA me sentí bienvenido como persona, pero la renuencia a tratar la cuestión de una formación psicoanalítica para psicólogos era palpable. En Europa era muy diferente. Inclusive después del juicio contra la Asociación para que permitiera la formación de psicólogos (Wallerstein, 1998), algunos se oponían a tratar a los psicólogos en pie de igualdad. Cuando me convertí en miembro del Consejo Ejecutivo de la APsaA, cada año el Director del Comité de Becas se presentaba ante el Consejo y describía a los residentes estelares a quienes se les había otorgado una. Y en cada ocasión yo sugería que se abrieran becas para psicólogos. El Director del Comité decía que lo tomarían en cuenta y el proceso se repetía al año siguiente. Advertí al Director que me proponía presentar mi petición al Consejo y poco después respondió por escrito que el Comité había decidido hacer lo mismo. Mediante estas pequeñas acciones traté de abrir lugar en APsaA para los psicólogos y luego para los asistentes sociales. Siempre comenzaba con este tipo de negociación, o con recordatorios suaves. Cuando los miembros de los Comités se reunían para hablar del reclutamiento de residentes para su formación psicoanalítica, yo les recordaba que los psicólogos serían candidatos excelentes.

2 He concurrido a congresos clínicos en todo el mundo, y las discusiones suelen seguir el mismo patrón. Escuchamos el material clínico y luego la discusión gira alrededor de encontrar un significado lo más profundo posible. Paniagua (2001, 2008) ha insistido en señalar este fenómeno así como el problema que presenta. Creo que finalmente comprendo de qué se trata, y abordaré el tema en el último capítulo.

3 Cecilio Paniagua, el joven analista, se convirtió en un querido amigo que con gran generosidad se prestó a leer concienzudamente mis obras. Sólo pasado un tiempo me enteré de que había hecho su formación psicoanalítica en el Baltimore-Washington Psychoanalytic Institute bajo la supervisión de Paul Gray. Vive ahora en Madrid y ha publicado numerosos trabajos sobre el método de atención cercana al proceso propugnado por Gray.

4 En publicaciones anteriores, designé este tipo de pensamiento como lenguaje de la acción; sin embargo, a pesar de numerosos intentos de explicar las diferencias, hay quienes continúan confundiendo el término con la teoría del lenguaje de la acción planteada por Schaefer en 1968. Me pareció prudente cambiar el término antes que seguir alentando la confusión.

PARTE 1 Los cambios de paradigma

Capítulo 2
El saber psicoanalítico como
proceso y como estado

Es útil reconocer la diferencia entre dos tipos de saber psicoanalítico a fin de comprender mejor la eficacia del psicoanálisis en la creación de una mente psicoanalítica. El primero, con el que estamos más familiarizados, es lo que podríamos llamar conocimiento del estado. Nos encontramos aquí en un estado de saber; es decir, ahora sabemos algo que antes no sabíamos. Lo que era inconsciente devino consciente. Con el paso del tiempo llegamos a una cierta comprensión de las razones por las cuales esto es útil, así como a algunos métodos que contribuyen a hacerlo más útil aún.5 El otro tipo de saber que es posible adquirir mediante el psicoanálisis y con el cual estamos menos familiarizados es lo que llamo conocimiento del proceso. Se trata del punto donde el analizando conoce el proceso que le permite comprender su mente y cómo lo afecta a él. Juntos, el conocimiento del estado y el conocimiento del proceso constituyen la base de la cura psicoanalítica y desempeñan el rol principal en el desarrollo de la capacidad para tener una mente psicoanalítica. Exploremos primero el concepto de conocimiento del proceso.

Conocimiento del proceso

Un hombre de 32 años de edad, muy viril, aunque inhibido, comienza una sesión de su análisis preguntándose si me he dado cuenta de que cojea. Luego explica que se ha esguinzado el tobillo jugando al fútbol y después asocia con lo que no ha tenido: ni sueños ni pensamientos relacionados con la sesión anterior. Explica en detalle que se lastimó en el juego tratando de patear pelotas que de ningún modo podía alcanzar. Se encontró preguntándose por qué lo había hecho, y luego notó que, mientras se dirigía a mí, se preguntaba “si lo que decía tenía importancia o no era nada”.

F.B.: ¿Tratando de alcanzar algo o nada?

Esta frase llevó al paciente a pensar en el tiempo en que tenía unos 10 años y, echado en la cama, sentía que la habitación se achicaba pero a la vez se alargaba, como ocurre con una banda elástica cuando se la estira y los lados se acercan. Dijo: “Daba miedo. (Pausa) Ahora no estoy seguro de haberlo experimentado. ¿Acaso lo pensé siquiera?”

F.B.: Era algo o nada… es difícil saber si lo que trataba de alcanzar pudo dejarlo lastimado.

Quisiera hacer notar que mi intervención en esta breve viñeta formula un importante interrogante clínico respecto de cómo pensamos el proceso curativo en el psicoanálisis. Paso a describir lo que encuentro significativo.

El analizando inicia la sesión asegurándose de que noto que está dañado. Luego su mente se desliza a la carencia de pensamientos y tenemos entonces estos pensamientos no pensados. Los pensamientos, ¿duelen? Jugando al fútbol, se lastimó tratando de alcanzar algo que no estaba ahí; la “pelota sin pelota”. Luego cavila acerca de si lo que dijo es algo o nada. De otra manera, hemos vuelto a los pensamientos no pensados. Mi intervención intenta capturar este proceso, que creo contiene una pregunta sin representación; es decir, estos pensamientos peligrosos del “no ahí”, ¿pueden pensarse?

El paciente recuerda una época, nunca mencionada hasta ese momento, que parece tener una clara importancia simbólica. Sin embargo, la nueva idea se funde inmediatamente con el espacio mental donde residen sus pensamientos no pensados. Mi intervención apunta a devolver la representación a esta dinámica en la cual la respuesta al peligro consiste en que los pensamientos se convierten en falta de pensamientos. Ello contrasta con haber interpretado lo que sonaba a un encubierto temor a la castración.6 La necesidad de elegir (¿cuándo nos centramos en el proceso y cuándo en el contenido?) se presenta a lo largo de todos los análisis.7 Exploramos el tema en el resto del capítulo.

Nueva perspectiva de un viejo interrogante

¿Qué esperamos que nuestro paciente haya desarrollado al final de un tratamiento psicoanalítico “lo suficientemente bueno”? Lo que se nos ha enseñado a la mayoría de los psicoanalistas en la comunidad internacional respecto de nuestra práctica es que lo que más le urge conocer al paciente es su inconsciente. Nuestra teoría básica sugiere que cuantos más elementos inconscientes devengan conscientes, menor es la probabilidad de que se manifiesten en acto. Por cierto, esta perspectiva no carece de mérito. Sin embargo, debemos considerar otra: el proceso del saber es tan importante como lo que se sabe. La tesis que subyace la creación de una mente psicoanalítica es que lo que se logra en un tratamiento psicoanalítico relativamente exitoso es un modo de saber, no simplemente el hecho de saber. Mi experiencia con pacientes en reanálisis es que a menudo vienen sabiendo mucho pero no saben cómo se llega a saber. Se encuentran atrapados en lo que aprendieron de su/s exanalista/s pero no pueden continuar creciendo y desarrollándose cuando las exigencias de la vida los enfrentan a variaciones de angustias anteriores. Esto puede llevar a creer en un tipo de conocimiento que podríamos llamar intuición predecible, cuya expresión se observa en pacientes que, al escuchar una asociación sorprendente, dicen cosas como: “Oh, eso debe ser que está emergiendo mi padre (madre, hermana, hermano, etc.) crítico” o “Eso debe ser mi self fracturado” o “Mi parte homosexual”. Más que estimular el pensamiento, estas “intuiciones” lo detienen. Pueden convertirse en parte de una narrativa personal de autoengaño para protegerse de temores inconscientes y/o poner deseos en acto.

Es básico para mi premisa que el conocimiento psicoanalítico proviene, en parte, de analizar el proceso del conocimiento. Requiere de una forma diferente de atención que se centra en analizar el modo de analizar del paciente, sus resistencias al análisis y el modo en que el analista contribuye con lo que sabe. Conduce al paciente a un estado psicológico diferente, que yo llamaría una mente psicoanalítica. Es aquí donde el analizando tiene una relación distinta con sus pensamientos y sentimientos, viéndolos ahora como hechos psicológicos observables, que pueden pensarse y con los que se puede jugar.8

Conocimiento del estado

En términos generales, entonces, en el psicoanálisis el paciente adquiere dos tipos de conocimiento. Cada uno de ellos opera de manera diferente, se utiliza de manera diferente y ambos resultan cruciales para el éxito del análisis. Estamos más familiarizados con el conocimiento como estado, como en un estado de saber. Este saber lleva a una estructura sólida (Freud, 1895). Con este saber se desacelera el proceso de reacción a los factores de estrés internos y externos. La máxima “hacer consciente lo inconsciente” apunta a este tipo de conocimiento. Lo no sabido ahora se sabe. Moviendo lentamente lo que no podía pensarse para convertirlo en ideas y sentimientos representables (es decir, lo inconsciente en pensamiento preconsciente), transformamos las estructuras psíquicas de algo simple a algo más complejo y la inevitabilidad de la acción se convierte en la posibilidad de reflexionar.9

Respecto del conocimiento del estado, veamos lo siguiente. Cuando Max comenzó su análisis, se sobresaltaba cada vez que el analista se movía en su silla. Su cuerpo se tensionaba, se aceleraban los latidos de su corazón y apretaba los puños. Pasados cuatro años, Max ya no tiene registro auditivo consciente de los ruidos a sus espaldas. ¿Qué sucedió? Empezando por un recuerdo de cómo, cuando su madre comenzaba a beber por la tarde, de pronto se ponía a regañarlo por alguna falta de respeto imaginaria, gradualmente construimos una representación compleja (que incluía su ira proyectada y otros factores) de por qué estaba siempre preparado para ser atacado. A modo de ilustración visual, sugiero que, al entrar en análisis, los conflictos clave y las fantasías inconscientes son como ingresar a una habitación con dos puertas, una para entrar y la otra para salir. Cuando no hay obstáculos, el trayecto entre ambas es rápido y directo. Ahora imaginemos que se han colocado obstáculos en la habitación, de modo que es como ingresar a un laberinto. En este caso, llegar a la segunda puerta toma mucho tiempo e inclusive puede suceder que ni siquiera lo logremos. Mientras estamos en el laberinto podemos tener tiempo de preguntarnos por qué estamos en la habitación o si merece la pena hacer el esfuerzo de tratar de encontrar la puerta de salida. En el caso de Max, es posible ver que su actitud inicial de aprestarse a defenderse de un ataque pasó de ser un modo simple de estímulo-respuesta a una estructura más compleja que impide la reacción inmediata.

El conocimiento del proceso

El conocimiento del proceso es distinto y da lugar a una diferencia entre el modo en que pensamos y aquello en lo que pensamos. Al comienzo de un análisis, los pacientes piensan en concreto.10 Piensan, pero no pueden pensar sobre su pensar. Sumidos en los conflictos, los pacientes a menudo piensan en sus pensamientos como realidades. En tales momentos, un hombre que relata una discusión con su esposa no se pregunta por qué su mente piensa en eso. No puede observar sus pensamientos como tales y mucho menos reflexionar o jugar con ellos. Después de un tiempo, determinados métodos de trabajo –junto con la focalización en el proceso– provocan un cambio en la capacidad del analizando, que se convierte en el tipo de pensador con habilidad autoanalítica. Éste es el método que suele inducir al autoanálisis y no la identificación con el analista, que ha sido considerada el factor principal en las hipótesis sobre el desarrollo del autoanálisis. Resumiendo, el conocimiento del proceso opera de manera diferente al conocimiento del estado. El conocimiento del proceso lleva a una valoración de los métodos necesarios para adquirir el conocimiento del estado. El conocimiento del proceso no es silencioso. Es el resultado de una actividad mental en acción, aunque no dirigida. A menudo parece una ensoñación, pero a diferencia de ésta, en la que el soñante se deleita con sus pensamientos, el pensar los procesos incluye la capacidad de un Yo observador y la habilidad de jugar con los pensamientos en pro del autoconocimiento.

En síntesis, el conocimiento del proceso encierra la capacidad de pensar en nuestros pensamientos como hechos de la mente. Esta capacidad, aparentemente sencilla, es un logro difícil para todo paciente en análisis. Sin embargo, sus beneficios son enormes, en tanto permite potencialmente al paciente dar un paso atrás y reflexionar en lugar de actuar. Presento acá un ejemplo típico.

Eric

Eric, un paciente que se encontraba cerca del fin de análisis, comenzó una sesión de manera enrevesada. No mencionaba personas ni lugares, sus asociaciones se disparaban en muchas direcciones, omitía las preposiciones y no terminaba las oraciones. Pasado un rato, pudo observar que hablaba igual que al inicio del tratamiento.

En ese momento, entendimos que su modo de hablar expresaba su deseo de que yo limpiara su suciedad, con el significado de que su síntoma giraba entre la gratificación narcisista y la hostilidad.11

Cuando Eric puede retroceder un paso y observar aquello de lo que estaba hablando (un gran logro del análisis), sus asociaciones se dirigieron al día anterior en su lugar de trabajo. Al volver a su escritorio con una taza de café, notó que el café que no había bebido de la taza anterior se había derramado, dejando un reguero que iba desde su escritorio hasta la máquina de café. Por un instante pensó en dejarlo para que se hiciera cargo la mujer de la limpieza pero como la huella delatora lo identificaba sin duda alguna como el culpable, decidió limpiar él mismo. Lo irritaba tener que hacerlo pero mientras limpiaba le empezó a divertir “esa larga línea de suciedad marrón delineando mis movimientos”. Eric se encontró pensando acerca de su estado de ánimo antes de ir a buscar el café y se dio cuenta de que había estado molesto. Preguntándose por qué, rió cuando le vino a la mente que “había pasado la última hora limpiando la suciedad de los demás”. Luego, su estado de ánimo mejoró y sus pensamientos viraron hacia una interpretación mía del día anterior. Pensó mucho en ella pero no terminaba de comprenderla.

Eric dijo que no se había dado cuenta hasta ahora cuán molesto estaba por mi comentario, al que sentía “enrevesado”.

Si bien hay mucho para explorar en esta rica interacción analítica, quiero destacar la capacidad de Eric para ver su manera de hablar como un hecho de la mente. Una vez que lo hace, tiene acceso a una gran cantidad de recuerdos, sentimientos y pensamientos, mientras que su estado de ánimo cambia. Sus asociaciones nos permiten ver cómo la transferencia del inicio de sesión (“Quiero que resuelva usted mis desbarajustes”) fue estimulada por cómo había reaccionado a mi interpretación del día anterior, algo que creía era una verdadera suciedad que debía “limpiar”. Otro paciente, sin esta capacidad, podría haber pasado la sesión sintiéndose molesto por todo lo que tenía que hacer por los demás. Veo esto como el ejemplo típico de un paciente que ha desarrollado la capacidad de autoobservarse mediante la valoración del conocimiento del proceso. Las fantasías nucleares inconscientes no cambian; permanecen intactas y prontas a ser estimuladas (aunque mucho menos catectizadas). Lo que cambia es la capacidad del paciente para reflexionar sobre sus pensamientos y sentimientos, considerándolos hechos de la mente. Así, puede acceder a sus pensamientos y verlos como productos del inconsciente. Notamos, además, la habilidad de Eric para reflexionar sobre sus pensamientos y reímos por lo bajo de un sentimiento que, en un tiempo anterior del análisis, habría inspirado temor. Y éste es otro logro importante del análisis.12

El concepto de conocimiento del proceso se ha tomado de muy diversas maneras. Lo vemos en Green (2005), cuando dice que “el propósito de la interpretación no es producir un insight directo sino facilitar la operación psíquica que probablemente contribuirá al insight” (p. 5). Sugarman (2003), desde la perspectiva del análisis infantil y luego pensando en el análisis de adultos, destaca lo que llama “capacidad de insight”, un concepto que se focaliza en el modo en que ayudamos a que nuestros pacientes desarrollen una teoría de la mente. Los trabajos de Fonagy y Target (Fonagy y Target, 1996, 2000; Target y Fonagy, 1996) sobre la mentalización y concientización se refieren a conceptos similares, aunque la definición de estos términos y los métodos utilizados para arribar a estos estados son diferentes. La obra de Gray (1982, 1990, 1994) acerca de liberar la mente para realizar el trabajo analítico inspiró muchos artículos sobre la atención al proceso, si bien él abordaba más precisamente el rol de las resistencias inconscientes. Paniagua (2001, 2008) se ha focalizado en cómo nuestra técnica ha puesto mayor énfasis sobre el conocimiento del estado con base en el modelo topográfico.

Técnicas para analizar el proceso13

Esta técnica se centra en la importancia de utilizar determinados métodos analíticos. Intento demostrar que, al escuchar lo que está en la mente del paciente, nos enteramos de todo lo que necesitamos saber. En términos generales, significa trabajar de manera insaturada (Ferro, 1996), mientras se analizan las resistencias para ayudar a liberar la mente del paciente, dirigiendo nuestras intervenciones a lo que se encuentra disponible en el preconsciente. La utilización de estos métodos lleva a que la fuente del insight se sitúe en la mente del analizando y no en la del analista. Si bien la comprensión y empatía del analista resultan fundamentales para la eficacia del método, lo central para esta manera de analizar es la focalización continua en la información psicoanalítica que el paciente proporciona a través de la asociación libre o de las resistencias al proceso.

A. Interpretaciones insaturadas dirigidas al preconsciente

A menudo comienzo una interpretación diciendo: “Me pregunto si ha notado usted” para luego traer una serie de asociaciones o un cambio en el afecto, o “A partir de lo que usted dice, me pregunto si está sugiriendo” y sintetizo el tema en las asociaciones. En realidad, lo que no ceso de destacar es que, si seguimos el proceso escuchando atentamente lo que sucede en la mente del paciente, podemos enterarnos de lo que causa sus dificultades. Si bien esto suena a lo que los analistas hacemos siempre, existen diferencias. En primer lugar, lo más típico de nuestra modalidad de trabajo consiste en escuchar las asociaciones del paciente y decir algo como “Usted se siente perdido cuando yo guardo silencio”. Así, es el analista quien sintetiza lo que el paciente dice, diciéndole lo que tiene en mente en vez de ayudarlo a ver lo que sus asociaciones muestran que está dentro de su mente.

Describo una metodología de trabajo en la cual intervenciones menos saturadas dan al paciente mayor libertad para elegir el camino que desea seguir. Trato también de preguntarme junto con el paciente, indicando que el escucharse a uno mismo tiene que ver con imaginar, no con realidades definidas. La plasticidad del pensamiento inconsciente hace más probable que las interpretaciones definitivas y altamente saturadas cierren el pensamiento. Además, se nos ha enseñado a priorizar la escucha de lo simbólico, mientras que yo preconizo escuchar más la narración de la mente del paciente. Solemos escuchar buscando lo que falta en las asociaciones del paciente y no en lo que está presente en ellas. La utilización de la narración del paciente como punto de partida para la investigación analítica toma en cuenta lo concreto de la mente del analizando sumido en un conflicto. Otros han señalado esta misma necesidad con idénticos fundamentos.14

Viñeta clínica

En su primera sesión, un paciente comienza a decir algo y se interrumpe. Luego de una larga pausa, empieza a quejarse de que le es difícil ver cómo conciliar las exigencias de su hogar y su trabajo viniendo a análisis cinco veces a la semana. Prosigue describiendo una vacación reciente, de la que acaba de regresar, durante la cual su mujer, en una seguidilla de incidentes, se quejaba de su conducta. Cuando él intentó complacerla, ella se indignó ante su falta de ideas propias. Cuando él intentó tomar iniciativas, ella sintió que no tenía consideración por sus necesidades. La actitud del paciente daba la impresión de que, hiciera lo que hiciera, era incapaz de complacerla. Entonces el analista le dice: “Estas sensaciones deben estar relacionadas con cómo se siente usted acerca de comenzar su análisis”.

En términos generales, acuerdo con que el analista trate de hacer emerger algo importante. Este paciente tiene dos asociaciones. La primera es la sensación de que le va a resultar difícil llegar a análisis, una resistencia inicial que podría hacer fracasar el tratamiento, seguida por una segunda asociación respecto de su imposibilidad de hacer algo que complazca a su esposa. La naturaleza preconsciente de las asociaciones (Busch, 2000) posibilita que el paciente se acerque lo suficiente a la comprensión de lo que dice para hacer consciente, con ayuda, la conexión entre ambas asociaciones. Es decir, puede expresar ambas ideas y es consciente de sus palabras, pero no es capaz de relacionarlas en esta etapa temprana. Sin embargo, la interpretación que recibió durante su primera sesión de análisis dificultó que la conexión deviniera consciente. Con toda razón, el analizando podría preguntarse: “¿Qué dije para que el analista supusiera que estaba hablando de mi principio de análisis?”

Conectando lo que se halla presente y no con lo que está ausente, damos al paciente mayor oportunidad de ver la conexión, al mismo tiempo que también lo ayudamos a establecer el proceso. Antes que transmitir la idea de “yo le daré interpretaciones cuyo origen sólo yo conozco”, el analista puede transmitir que “si escuchamos atentamente lo que está en su mente…”. Ofrezco dos intervenciones que yo haría. Cuando el paciente comienza a hablar y se interrumpe al principio de la sesión, lo señalaría diciendo: “Parece haber algo que hace difícil seguir hablando”. Si bien de algún modo estoy admitiendo lo obvio, también le transmito que estoy escuchando lo que dice (o, en este caso, su dificultad para decirlo) y reconociendo una resistencia inicial sin sugerir que lo es (insaturación). De este modo comenzamos el análisis analizando el proceso, dándole al paciente la libertad de hablar sobre su dificultad para empezar a hablar o el contenido de lo que calla o cualquier otra cosa de la que quiera o no hablar. Una vez comenzadas sus asociaciones, le diría: “Estoy tratando de comprender qué ha cambiado desde que acordamos vernos cinco veces a la semana. Después de mencionar este tema, sus pensamientos se dirigen a alguien a quien no puede complacer. Me pregunto si le preocupa que ello ocurra aquí”. Al hacerlo así nos apoyamos en algo que el paciente puede comprender mejor: el contenido específico y las conexiones de sus asociaciones. Esta es la información del análisis durante períodos prolongados. Segundo, empezamos a establecer la conexión entre lo que está en la mente del paciente en ese momento y el método analítico en vez de ofrecer insights provenientes de la mente del analista. Ello no significa que la comprensión creativa del analista, alimentada por fuentes múltiples, esté ausente en lo que ocurre. Por el contrario, es precisamente esa comprensión la que permite al analista ver las conexiones entre las asociaciones del paciente, induciéndolo a unir los puntos para éste, o bien a no hacerlo. A aquellos a quienes les preocupa que esto se asemeje a educar al paciente, les aseguro que este método lo utilizan los pacientes sólo gradualmente, y luego esporádicamente, en la fase intermedia del análisis, después de que se han abolido las numerosas resistencias a él.

Cuando el analista nota que las asociaciones del paciente deben tener que ver con el inicio del análisis, pareciera que un análisis se trata de buscar respuestas definidas, que es lo que los pacientes hacen para interrumpir el pensamiento creativo; esta búsqueda a menudo detiene el pensamiento por completo. Creo que deseamos transmitir que el psicoanálisis se trata de interrogarse, reflexionar, y no de producir respuestas.

B. Atención a las superficies (una metáfora del conocimiento preconsciente)

El concepto de las tres superficies desarrollado por Paniagua (1991) plasma un modo psicoanalítico de trabajo que se centra en el uso preconsciente que el paciente hace del proceso. Paniagua acentúa que en todo momento operan tres superficies en la instancia clínica. Primero está el paciente y lo que cree estar diciendo, luego el analista y lo que piensa acerca del material que trae el paciente y, por último, la superficie trabajable; ese espacio entre los pensamientos del paciente y los del analista que puede llevar a una intervención significativa que, en palabras de Fenichel (1941), “no sea demasiado superficial ni demasiado profunda”. Dicho de otro modo, tratamos de decir algo significativo que favorezca el proceso analítico sin despertar mucha ansiedad.

Al trabajar de este modo introducimos una sinergia entre los pensamientos y sentimientos internos del paciente y las intervenciones del analista. Nuevamente hacemos énfasis en la importancia de que el analista escuche las asociaciones preconscientes del paciente. En lugar de transmitir el mensaje de que el insight se basa en la habilidad mágica del analista para deducir significados profundos, transmitimos que éste proviene de considerar lo que hay en la mente del analizando y que emerge como proceso mental, metabolizado, traducido y registrado por un oyente empático. El analista que es brillante leyendo el inconsciente puede encontrarse en desventaja respecto de esta técnica, puesto que puede no resultarle tan fácil traducir sus insights a lo que puede ser sintetizado por el preconsciente del paciente.

La esencia de la complejidad que presenta encontrar la superficie trabajable se ve en lo siguiente: inmediatamente antes de unas largas vacaciones que implicarán una pausa en el tratamiento, un paciente dice que un amigo lo ha abandonado emocionalmente. La superficie del paciente es que se siente molesto por el abandono. El analista puede pensar que se debe a la proximidad de las vacaciones, que implicará la interrupción del análisis. Esa es la superficie del analista. La superficie trabajable se encuentra en cualquier lugar en que las dos superficies en interacción sean de utilidad para el paciente. Lo que lleva a emitir un juicio respecto de la superficie trabajable es la integración de un conjunto complejo de variables. En el ejemplo citado podría incluir las siguientes consideraciones: 1) la vulnerabilidad narcisista del paciente, y entonces se trata de una ofensa más dentro de una serie ya expresada en el análisis; 2) se trata de una incursión en los sentimientos inusual en este paciente; 3) habla en tono aburrido, distante o con odio glacial; 4) mientras el paciente habla, el analista puede sentirse conmovido, exasperado o distante. Al evaluar la superficie del paciente, podríamos notar que el paciente utiliza la narración como el principio de un proceso asociativo que incluye la autoreflexión; por ejemplo: “Me pregunto por qué esto me viene a la mente hoy”, frase que puede ser enunciada como un interrogante o como parte de un patrón de autorecriminación reflexivamente masoquista. Aunque la narración del paciente puede no parecer la expresión directa de una mentalización psicológica, puede aparecer durante un período de apertura a la comprensión psicológica en general o de una valoración creciente de la ubicuidad de la transferencia. También es posible que el paciente describa el abandono como un hecho puramente externo, sin interés aparente en la razón por la cual surgió el tema. El desinterés puede ser fingido, sádico o masoquista. En suma, las variables en juego para determinar la superficie trabajable forman parte de un entramado complejo. Todas ellas intervienen en el juicio del analista respecto de la superficie trabajable y forman parte de una evaluación permanente de los componentes estructurales que operan dentro de un campo dinámico en todo momento.

Como puede verse, la interpretación en el nivel de la superficie trabajable requiere que se evalúen múltiples factores y, finalmente, un juicio sobre la capacidad del Yo para integrar la intervención significativamente. Frente a un analizando que habla de abandono antes de una pausa en el tratamiento, nos vemos obligados a abandonar la cómoda posición que entendemos como transferencia para interrogarnos sobre la importancia de dicha comprensión (inclusive si es correcta) para el paciente cuando se considera el estado presente de sus estructuras mentales.

C. Puesta en acto, identificación proyectiva y contratransferencia

Las comunicaciones inconscientes del paciente a través de puestas en acto y recurso a la identificación proyectiva provocan la contratransferencia del analista, puesto que son registradas primero por su inconsciente. Ello hace más complicado enfatizar el uso de estos procesos por parte del paciente, porque la comprensión se origina antes en la mente del analista, que sintetiza sentimientos, ideas fragmentarias, sensaciones corporales, etcétera. Sin embargo, una vez que el analista reconoce sus reacciones contratransferenciales y reflexiona sobre ellas, han comenzado a ser procesadas; es decir, representadas en la mente del analista. A partir de aquí el analista trata de poner en palabras la naturaleza específica del modo en que el paciente intenta provocar la reacción contratransferencial. Es decir, intentamos comprender lo que el paciente hace con nosotros o nos hace mediante sus palabras, tono de voz, sintaxis e ideas expresadas. Un “Buenos días” del paciente, dicho alegremente, puede resultar edificante, deprimente, desalentador, marcar una distancia y un sinfín de otros significados, según las sutilezas del tono, el estilo, la entonación y su contexto dentro de la transferencia, todo lo cual ocurre fuera de la conciencia. Es la colaboración con el paciente respecto de cómo ello ocurre lo que instala el principio del análisis del proceso.

Ahora nos centramos principalmente en el proceso que emite las identificaciones proyectivas y las puestas en acto, más allá del significado de cada palabra. Si nos centramos en el proceso, el contenido de un sueño –por un corto lapso– es secundario respecto de cosas tales como la manera en que se narra, sea que se ofrezcan o no sus asociaciones, el modo en que los sueños se utilizan en el análisis, etcétera. Al inicio de cada sesión escuchamos el sueño del paciente y lo vemos como señal de una recientemente descubierta capacidad de regresión resultante del trabajo analítico. Luego escuchamos a otro paciente hacer lo mismo y gemimos para nuestros adentros, pues anticipamos que el paciente, obedientemente, va a narrar un sueño que se extenderá durante varias sesiones y con un narrador ausente. Es más probable que prestemos atención al contenido traído por el primer soñante, mientras que focalizamos en el proceso del segundo. En el primer caso el proceso acentúa el contenido pero en el segundo lo contradice; entonces, la historia que narra el proceso difiere de la que narra el contenido.

Un acertijo aparente

Años atrás pasé varios días intercambiando ideas sobre material clínico con un grupo de analistas. Próximos al final de nuestro encuentro, alguien preguntó: “¿Qué recordamos de nuestro propio análisis?” Lo que vino inmediatamente a la mente de todos fueron los momentos en que el analista se mostró particularmente humano o falto de empatía. En nuestros recuerdos del análisis predominaba un momento de amabilidad o de falta de delicadeza. La generalización del fenómeno nos sorprendió a la mayoría y llevó a discutir el rol de la interpretación en psicoanálisis. Por cierto, ninguna interpretación ni línea interpretativa era tan inmediatamente memorable como el tono afectivo del análisis, siempre capturado en el microscopio de un hecho único, aún si la mayoría sentía que el haber llegado a conocerse mejor era importante para su vida profesional y personal. En ese momento, lo que parecía una conclusión ineludible con la que los integrantes del grupo acordaban era la importancia de la atmósfera por sobre la del insight en el marco analítico.

En ocasiones, durante los años posteriores a esta experiencia, me replanteé esta conversación. Pensando en mis análisis, mi labor como analista y mis supervisandos, creo haber llegado a ver el efecto profundo de la interpretación constante dentro de una atmósfera humana y segura. Mucho se ha escrito sobre las razones por las cuales la interpretación funciona y la interpretación ha constituido la base del tratamiento psicoanalítico desde sus comienzos; no equivale a hablar con un buen amigo.15 Entonces, ¿cómo explicamos la ausencia de recuerdos acerca de interpretaciones en un grupo de analistas experimentados? Desde mi punto de vista, en la mayoría de los análisis “suficientemente buenos” no esperaríamos que el analizando recordara una interpretación, ni siquiera un tema, excepto en términos muy amplios. En primer lugar, el conocimiento del estado conduce a una estructura aumentada, que opera silenciosamente. Segundo, no sólo ayudamos a que nuestros pacientes sepan sino también que los ayudamos a saber cómo saber. Yo no esperaría que estos dos tipos de saber lleven a recordar instancias significativas del análisis. Sus resultados se basan en el trabajo analítico cotidiano y constante, no en un destello idealizado de insight que a veces encontramos en nuestra literatura temprana. Se me ocurre que nuestro grupo recordaba la atmósfera que permitió –o no– el desarrollo del análisis, junto con la transferencia que conllevaba, a veces a modo de defensa.

5 Menciono aquí el tema, que trataré en mayor profundidad en el Capítulo 5.

6 Este temor parece favorecer su entrada a la sesión lastimado y hace que su fantasía infantil de la erección resulte aterradora. La pregunta acerca de si hay o no algo ahí también implica el temor a la castración.

7 Presento la cuestión como una dicotomía a los efectos de la exposición, cuando, en realidad, para la mayoría de los analizandos se trata más bien de matices en un flujo continuo.

8 Se me ocurre que en un determinado espectro teórico se acepta la necesidad de focalizarse en el conocimiento del proceso, aunque no se lo reconoce como tal. Volveremos al tema con mayor profundidad en los capítulos siguientes, pero incluye analistas que la disciplina no suele relacionar entre sí, como Betty Joseph, Andre Green y psicólogos del Yo contemporáneos

9 En versión muy simplificada de los descubrimientos de las neurociencias, se puede decir que el procesamiento de la información se produce dentro de redes neuronales que se activan al mismo tiempo. El conocimiento se da en las conexiones entre los nodos de una red. Mediante la complejización de las redes sencillas, el procesamiento de la información se desacelera, haciendo posible la reflexión (ver Western y Gabbard, 2002). La mente trabaja en milésimos de segundo, de modo que no pensamos aquí en un proceso obsesivo.

10 La comprensión del pensamiento concreto del paciente y nuestro trabajo con ello se discute específicamente en el Capítulo 4 y se hace referencia al tema en muchos otros.

11 Cuando describo material clínico, mis reflexiones, cavilaciones privadas y antecedentes históricos de todo tipo aparecen en cursivas.

12 Elaborado en los capítulos sobre La Fase Intermedia y Fin de Análisis.

13 Las técnicas que describo se aplican a mi visión general del modo en que opera el psicoanálisis, ampliada en capítulos venideros. En este apartado sólo hablo de su utilidad para favorecer el conocimiento del proceso.

14 Por supuesto, en ciertas ocasiones es deseable una interpretación más elíptica o metafórica, utilizando contenidos simbólicos. Lo que describo en este apartado es una metodología de trabajo que impulsa el pensamiento del proceso cuando es necesario.

15 Por supuesto, el ambiente emocional en que se ofrece una interpretación es crucial. Sin embargo, ello no sólo aplica a la relación del par analítico sino también al uso, por parte del analista, de la técnica psicoanalítica que hace que las intervenciones sean mayormente correctas sin causar una angustia intolerable.

Capítulo 3
Hablando al preconsciente: su importancia para la comprensión del analizando16

Uno de los cambios más importantes en la técnica, desarrollado durante los últimos 35 años, gira alrededor de trabajar más estrechamente con lo que es más accesible para el analizando en la instancia clínica en lugar de hacerlo con lo que le es casi inaccesible. Aprendimos, tarde y no siempre en forma consistente, que no es posible interpretar lo inconsciente sin prepararlo para que le sea accesible al pensamiento preconsciente. Trabajar en el preconsciente atraviesa los distintos lineamientos teóricos y constituye la base para un elemento en un nuevo terreno común. Además, es un ingrediente crucial en la creación de una mente psicoanalítica. Si el analizando no puede captar el modo en que la comprensión proviene de su propia mente, difícilmente podrá usarla para analizar los conflictos que la mente crea.

En 1993 introduje la frase “en la cercanía”, tomada del escrito de Freud “Psicoanálisis salvaje” (1910). Era un intento de capturar un modo de trabajo analítico más cercano a aquello accesible al paciente por debajo de lo consciente, pero sin provocar angustia innecesaria. Me parecía que era la manera más ventajosa de ayudar a los pacientes a penetrar lentamente en el reino de lo inconsciente. Al escribir el artículo, me interesaba fundamentalmente comprender el rol del Yo en el proceso pero con el tiempo me percaté de que también sugería la interpretación de lo preconsciente (Busch, 2006). Volveremos a esto más adelante.

Permítaseme describir brevemente cómo llegó Freud al término “en la cercanía”. En su escrito, Freud habla de una mujer que llegó a su consulta después de haber visto a un joven médico por la angustia que le había causado su reciente divorcio. El médico diagnosticó que los problemas de la paciente se debían a la insatisfacción sexual y sugirió diversas actividades sexuales para remediarlos. Freud criticó al médico por asumir que el principal problema de la mujer radicaba en su falta de información al respecto y que dársela devendría en su cura, presentando la problemática de semejante enfoque con metáforas atrayentes.

Si el saber acerca del inconsciente fuera tan importante para el paciente como imaginan las personas sin experiencia en psicoanálisis, bastaría con asistir a conferencias o leer libros para curarse. Sin embargo, tales medidas tienen el mismo efecto sobre los síntomas de las enfermedades que la distribución de un menú en tiempos de escasez. Pero como el psicoanálisis no puede evitar proporcionar la información pertinente, queda establecido que no lo hará antes de que se hayan cumplido dos condiciones. Primero, a través de la preparación, el paciente debe haber llegado a la cercanía de lo que ha sido reprimido y, segundo, debe haberse ligado (en transferencia) al médico lo suficiente como para que su relación afectiva con él haga imposible una nueva fuga (pp. 225-226; cursivas agregadas).

Al introducir el concepto de que el analizando debe estar “en la cercanía”, Freud señala la centralidad del preconsciente entre los principios de la técnica analítica. El paciente debe poder realizar alguna conexión entre lo que sabe está pensando y diciendo y la intervención del analista. No importa cuán brillante sea la lectura que el analista hace del inconsciente; no resulta útil hasta que pueda ser conectada con algo de lo que el paciente logre tener conciencia. Desde esta perspectiva, lo que el joven Freud describía no consideraba lo que el paciente pudiera comprender y mucho menos si encontraba su intervención objetable. Freud menciona sucintamente las dificultades potenciales de este enfoque (1910) de este modo:

“Toda tentativa de sorprender al enfermo en la primera consulta con la comunicación brusca de sus secretos, adivinados por el médico, es técnicamente objetable, y por lo general atrae al médico la cordial enemistad del enfermo, desvaneciendo toda posibilidad de influencia”. (p. 226)

En 1914, Freud elaboró esta nueva visión del método psicoanalítico al afirmar:

“Finalmente, ha evolucionado la técnica consistente que hoy utilizamos, en la cual el analista renuncia a poner en foco un momento o problema en particular, sino que se contenta con explorar lo que se encuentra presente en la superficie de la mente del paciente en ese momento. (p. 147, cursivas agregadas)17

No obstante, en escritos posteriores, Freud se mantiene ambivalente sobre el tema (Busch, 1993), que todavía se honra más dejándolo de lado. Por cierto, en gran parte de nuestra historia, las asociaciones de los analizandos se utilizaron como chispas para encender el intento del analista de establecer un contacto inconsciente con los derivados inconscientes del material en superficie y se esperaba que las interpretaciones penetraran en las profundidades del inconsciente.18

Que Freud adoptara dos principios diferentes para hacer consciente lo inconsciente (es decir, la primera y segunda teoría de la angustia) se mantuvo como la base de dos paradigmas distintos de interpretación. A saber:

a) Establecer contacto directo con el inconsciente.

b) Interpretar lo que se encuentra en la cercanía del preconsciente.

La validez de cada uno de estos enfoques aparece tratada en dos escritos publicados simultáneamente por Sterba (1934) y Strachey (1934), discutidos con más detalles en el capítulo final.

El pensamiento preconsciente

En las profundidades del escrito de Freud “Lo inconsciente”, habla brevemente del pensamiento preconsciente complejo con infusiones de elementos inconscientes. En unas pocas oraciones, Freud, todavía dentro del modelo topográfico, ofrece una visión del pensamiento preconsciente que va desde el borde permeable del sistema Inconsciente hasta el borde permeable del sistema Consciente. Sin embargo, Freud se mantuvo ambivalente respecto de esta idea, y en su último escrito publicado (1940), vuelve a definir los conceptos de lo consciente, preconsciente e inconsciente, afirmando que todo lo que no es consciente, según el uso profano del término, es –a los fines de la descripción– inconsciente. Nuevamente, los pensamientos preconscientes aparecen como aquellos capaces de volverse conscientes. El preconsciente permaneció en esta nebulosa hasta que fue rescatado por los psicoanalistas franceses. En un párrafo clave, Green (1974) captura dos elementos de la importancia que el pensamiento preconsciente reviste para el método psicoanalítico: los niveles psíquicos donde escuchamos y respondemos a nuestros pacientes.

“El análisis del preconsciente y, en particular, el uso del material que el paciente trae al análisis (con sus propias palabras) se ha descuidado después de Freud. Esto parece deberse a que, dado que el preconsciente puede ser abordado desde lo consciente, la importancia del preconsciente es nimia y el lenguaje, superficial. En mi opinión, sin embargo, esta postura es superficial de por sí. Como hemos visto, el preconsciente constituye un espacio privilegiado donde paciente y analista pueden encontrarse para compartir parte de la transferencia y avanzar juntos. No tiene sentido alguno que el analista corra como una liebre si el paciente se mueve como una tortuga.. (p. 421, cursivas agregadas)

En el párrafo anterior, Green destaca la importancia del preconsciente en dos aspectos: 1) la de las asociaciones verbales del paciente, determinadas por el preconsciente y 2) la interpretación del analista, tomando en cuenta aquello que el paciente puede escuchar desde el preconsciente. En general, el trabajo con el preconsciente conduce a lo siguiente:

1 Escuchar los derivados de los que el paciente dispone en sus asociaciones como guía a su capacidad para comprender y utilizar una intervención de manera sensible y cognitivamente significativa, y los modos de función del analista que pueden favorecer o retrasar este proceso.

2 Escuchar el material que trae el paciente y pensar acerca del proceso interpretativo de manera diferente de como se hacía en momentos anteriores en nuestra historia, cuando las interpretaciones parecían basarse menos en lo que los pacientes podían escuchar que en lo que el analista comprendía a nivel profundo.

La esencia de estas postulaciones fue articulada por analistas provenientes de marcos teóricos muy diferentes.

 La interpretación surge en el momento en que el analista considera que ha comprendido el punto de urgencia y ha elaborado el modo de hacerla accesible, al menos en parte, a la comprensión del paciente. (Baranger, 1993, p. 23)

 Ninguna interpretación ha de verse como interpretación ni explicación pura sino que debe resonar en el paciente de modo tal que la vea como específica para él y su funcionamiento. (Joseph, 1985, p. 446)

 Creo, sin embargo, que es fundamental respetar el umbral de tolerancia del paciente a las interpretaciones, y reconocer que una sensación persecutoria durante la sesión es señal notoria de que la insistencia ha sido excesiva. (Ferro, 2003, pp. 189-190)

¿Cómo se ve todo esto en la instancia clínica? Presento aquí un ejemplo de un supervisando:

El paciente, un varón de 30 años, llega al análisis porque no puede sostener relaciones duraderas con mujeres, a menudo se siente inepto e incapaz de acercarse siquiera a una mujer que le interesa. Su analista es una mujer. Hacia el sexto mes de tratamiento, luego de otro intento fallido de llamar la atención de una mujer, el paciente recuerda algo que ocurrió cuando tenía 5 años.

Paciente: Me encontraba en el patio de la escuela, jugando al béisbol, y quería darle duro a la pelota para demostrar que era grande y fuerte. Quería alardear. Le pego a la pelota y la pierdo al batear. Corro a la primera base y caigo. Me golpeo la cabeza sobre el piso de cemento y empiezo a llorar. Las niñas que me estaban mirando lo encuentran la mar de divertido y empiezan a reír. Me siento un idiota.

Analista: Me pregunto si usted siente que no aprecio su fuerza.

Todos podemos entender cómo la analista llegó a esta interpretación. No obstante, aquello de lo que el paciente dispone en su preconsciente se trata de lo que no está en sus pensamientos, de lo que está oculto, ausente. A mí se me ocurriría decir: “En un momento de su vida usted quiso alardear de su fuerza ante una niña, pero lo asocia con haberse sentido un idiota. Parece estar ligado con la razón de su dificultad para acercarse a una mujer. En su mente, intentar equivale a fracasar”.

Al decir esto estaría intentando mantenerme cerca de lo que está disponible para el paciente. Después de una noche infructuosa con una mujer recuerda sentirse un idiota cuando trató de probar su virilidad a los 5 años. Es capaz de hacer la asociación y por ende es posible conectar ambos hechos. En este momento el paciente no muestra resistencia alguna al análisis ni calla sus pensamientos; entonces, ¿por qué introducir la transferencia? Tendemos a introducir lo que tiene menos disponible, mientras que evitamos lo que todavía es nuevo y se encuentra disponible. Además, la analista no ayuda al paciente a ver cómo trabaja su mente. Éste tendría toda la razón de preguntarse por qué su analista pensó que la historia la involucraba. Esta modalidad puede llevar a una búsqueda rutinaria de la transferencia en lugar de a una vivencia dinámica que, para el analizando, presta credibilidad a las interpretaciones transferenciales.

Profundizando mediante la determinación de la disponibilidad preconsciente

No existe una respuesta fácil a la pregunta de cómo determinar la disponibilidad del material para el preconsciente del analizando. Desde lo descriptivo, la musicalidad de las palabras nos dice mucho acerca del estado de ánimo del paciente. Por otra parte, es sólo con el transcurrir del tiempo que aprendemos –si es que aprendemos –este tipo de cosa, como si la narración de un sueño fuera parte de una habilidad recientemente descubierta para representar derivados del inconsciente o bien el comienzo de un monólogo obsesivo. En general, la disponibilidad preconsciente se basa en una combinación del estado del Yo con el impulso de poner en acto. Así, una de las primeras consideraciones es el grado de angustia o amenaza (al Yo), visto en la fuerza de las resistencias. Cuando las resistencias disminuyen, la narración del analizando a menudo presenta asociaciones que abren nuevos significados. Sin embargo, como casi cualquier cosa puede utilizarse como resistencia, puede ser difícil determinar cuándo el paciente se encuentra en un punto de resistencia mayor. Cualquier signo exterior de un análisis productivo puede ser su opuesto. La asociación libre, la narración de un sueño, la aceptación de una interpretación… todas pueden ser resistencias potenciales. A través del tiempo, el analista puede comprender mejor estos hechos y su potencial aptitud para la disponibilidad preconsciente mediante su rol en el progreso o regresión del analizando.

Es mi impresión que nuestra mayor dificultad consiste en considerar el grado de resistencia al interpretar la transferencia. Solemos confundir nuestra habilidad para detectar implicancias transferenciales con la disposición del paciente para comprenderlas preconscientemente. He aquí un ejemplo que demuestra nuestra prontitud para interpretar la transferencia cuando el paciente resiste dicha interpretación.

Durante su primer año en análisis, un joven llega enojado a sesión, acusando a un profesor que da clase “sin pensar si los estudiantes pueden seguirlo”. En la misma vena, comete un lapsus y dice que odia “que me trate… quiero decir, que me enseñe así”. Luego reta al analista con la frase: “Supongo que usted sacará algo en limpio de ello”. El paciente continúa quejándose de su profesor; entonces, el analista le dice: “¿No estará usted huyendo de su enojo conmigo?”

Como puede verse desde el principio de esta viñeta, el analista no parece tomar en cuenta lo que está preconscientemente disponible en su paciente. En línea con la queja del analizando sobre su profesor, no considera “si el estudiante puede seguirlo”. El paciente corrige el lapsus, lo cual indica que ha hecho la conexión inconsciente entre sus sentimientos hacia el profesor y hacia el analista. Es evidente que se encuentra con ánimo de pelear y que cualquier conexión entre el analista y el profesor no será bienvenida. No obstante, el analista no se da por enterado y pasa a analizar la transferencia. Lo que deja de lado es la renuencia del paciente a establecer la conexión entre analista y profesor (es decir, el componente más observable de la resistencia en ese momento).19

Interpretación de la puesta en acto disociada

Uno de los momentos que presenta mayor dificultad para determinar la disponibilidad preconsciente ocurre cuando el paciente se ve impulsado a la puesta en acto de algo que, simultáneamente, se escinde del Yo. El analista se encuentra en posición de observar una dinámica crucial, en tanto el analizando se desespera por protegerse de tomar conciencia de dicha dinámica. Por lo general, es más útil abordar esta cuestión desde el aspecto protector. Es decir, el paciente no es consciente del pánico que impulsa la naturaleza disociativa de su conducta y la evaluación del analista de este aspecto de la dinámica ayuda al paciente a abordar aquello que lo lleva a la puesta en acto. La comprensión en términos de autopreservación y/o preservación del objeto20 es lo que el paciente tiene más disponible. La idea de que el paciente se está protegiendo a sí mismo o a otro (ya sea del pasado o del presente) suele ser correcta y causa menor angustia que cualquier otra cosa que esté sucediendo. Sin embargo, cuando se trata de un individuo narcisista o borderline, a veces puede ser difícil ir por esta vía, puesto que al paciente puede parecerle denigrante que el analista suponga que sabe algo acerca de él o que piense que tiene un problema. Veamos un ejemplo típico:

Un hombre de negocios de unos cincuenta años, que sufría de perversión sexual y de una ira narcisista apenas disimulada por formaciones reactivas, hablaba con lo que yo llamaría “asociaciones firmemente controladas”. Es decir, su pensamiento tenía la apariencia de estar asociando libremente pero raramente llevaba a una comprensión profunda y a menudo su discurso resultaba confuso. Sus repentinos ataques de llanto eran desconcertantes y parecía la parodia de un paciente en análisis. Más adelante, el analizando pudo hablar de cómo había planificado todo lo que iba a decir en sesión y que, si bien su llanto era genuino, era también lo que sentía debía hacer al recordar algo triste, habiendo leído una novela cuyo personaje principal se comportaba así en análisis. Luego de varios meses de interpretar el contenido sin que se produjeran grandes cambios, el analista dijo que parecía que el paciente encontraba difícil expresar libremente lo que tenía en la mente y que en lugar de ello regresaba constantemente a hechos traumáticos de su pasado para revivirlos. Tras un largo silencio, el paciente dijo: “Sentía como si usted me tirara agua fría”. En las sesiones siguientes, el paciente transfirió la autoría de este comentario al analista y continuó la idealización de éste al tiempo que retornaba sutilmente a su particular modo de asociación libre.

En este ejemplo, cuando se cuestiona el control ejercido por el paciente sobre la asociación libre (es decir, exteriorizar sus emociones a modo de defensa), vemos cómo su ira se proyecta, se disocia y se continúa, todo al mismo tiempo. A la larga, una cuidadosa atención a estas defensas, los temores catastróficos que las motivaban y la ininterrumpida evaluación del modo en que el paciente necesitaba controlar lo que le venía a la mente para evitar la humillación a su narcisismo, rindió frutos. El paciente que no cesa de sentirse indignado y culpa al analista por lo que siente es uno de los problemas más espinosos a los que se enfrenta el psicoanalista. Uno de los mayores desafíos para el psicoanalista en tales casos es contener la reacción contratransferencial a la vez que prestar atención a lo que ella puede decirnos respecto de las múltiples posibilidades de lo que se nos está poniendo en acto. Aún así, no es fácil evaluar la vulnerabilidad narcisista del paciente cuando, constante y arrogantemente, se señala nuestra incompetencia, lo cual lleva a nuestro propio desequilibrio narcisista.

Alcanzando mayor profundidad al ir más despacio:
un extenso ejemplo clínico

En el siguiente ejemplo, la evaluación de la disponibilidad preconsciente del analizando, poniendo cuidadosa atención en el estado fluctuante de sus defensas, conduce al paciente a materiales más profundos. Aunque mientras escucho a mi paciente puedo estar pensando en significados inconscientes más profundos, es mi continua evaluación de los diversos factores que determinan la disponibilidad preconsciente lo que hace que intervenga como lo hago.

El paciente, Michael,21 de unos 35 años, había sido incapaz de ejercer su profesión a pesar de sus notas brillantes en la universidad. Llegó al análisis sin tener claro qué lo había llevado a renunciar a su trabajo más reciente. Sólo podía mencionar vagas sensaciones de angustia e irritación. Había tenido problemas similares durante su carrera de grado y posgrado pero logró completar sus estudios con la ayuda de una larga terapia de apoyo. Se decidió por el análisis luego de haber dejado varios empleos. Sus relaciones con hombres y mujeres eran superficiales y agradables, aunque carecían de profundidad emocional y de compromiso sostenido. En los últimos tiempos, habían aparecido indicios de angustia por homosexualidad. La historia temprana del paciente estaba dominada por el divorcio de sus padres, junto con el temperamento voluble de su madre y el ensimismamiento de su padre. Aún así, su familia poseía una integridad estructural básica, con ambos progenitores presentes a pesar de encontrarse emocionalmente ausentes.

Michael está en su quinto año de análisis. Después de un comienzo escabroso, que incluyó faltar a sesión con frecuencia y trasladarse de la silla al diván y del diván a la silla, el análisis parece progresar productivamente. Su creciente libertad para moverse dentro de un cierto rango de sentimientos y pensamientos se acompaña de una relación sostenida, aunque tumultuosa, con una mujer a quien le propuso matrimonio y de los pasos que da hacia un puesto profesional a la altura de sus intereses y conocimientos.

La novia de Michael pasó todo un fin de semana en casa de él, lo cual parecía otro avance simbólico en el afianzamiento de su relación. Entró a sesión describiendo lo molesto que se había sentido gran parte del fin de semana, con discurso en que se notaba el esfuerzo y tono muy nervioso, algo inusual en esta etapa del tratamiento. El primer foco consciente de su molestia radicaba en una llaga a un costado de la boca que se había agravado durante el fin de semana. Luchaba contra la inclinación a convencerse de que se trataba de un cáncer que se extendía, provocado por el virus del sida, y notó también que un nódulo linfático del cuello se había hinchado considerablemente. Aunque “sabía” que su autodiagnóstico era prematuro, su mente no cesaba de volver a las posibles causas aterradoras de la llaga, con tal grado de certeza que quedaba sumido en sentimientos de terror y fatalidad. La alternancia entre preocuparse por una enfermedad potencialmente mortal y decirse a sí mismo que no era ello verdad se repitió durante toda la sesión. Por ejemplo, después de afirmar que, en ese momento, su inquietud era absurda, pasaba a pensamientos que indicaban claramente su necesidad de mayor confirmación al respecto. Un pensamiento del que servía a tal fin era el recuerdo de haber donado sangre el mes anterior y, en consecuencia, haberse descartado que tuviera sida. Semanas atrás había tenido escarceos sexuales con una compañera de trabajo pero ninguno de los dos se había quitado la ropa. Y sin embargo había pasado el fin de semana mirándose en el espejo, convencido de que el área afectada se agrandaba rápidamente. Las afirmaciones en contrario de su novia sólo lo confortaban durante un rato.

Para tener en cuenta: durante este tramo de la sesión el Yo de Michael se encontraba en estado fluido, con tendencia a un funcionamiento más regresivo. Estaba atrapado por una poderosa fuerza inconsciente. A pesar de su breve “toma de conciencia” preconsciente respecto de lo prematuro de entrar en pánico, se sentía arrastrado a hacerlo. La regresión se notaba en que volvía su atención a momentos anteriores del análisis, cuando el pánico lo asaltaba fácilmente. Vemos como idea central que está siendo castigado por su actividad sexual; no obstante, dada la regresión de su Yo en ese momento, sería difícil ofrecer una interpretación que pudiera integrar significativamente. Michael no está seguro de si su sentimiento de pánico se basa en alguna posibilidad realista o de si todo está en su mente. (El diagnóstico, realizado más tarde esa semana, reveló que padecía de herpes labial). Una interpretación podría aliviar en algo su angustia, vista desde su aceptación de mis palabras con base en mi autoridad. Sin embargo, dada la resiliencia psicológica de Michael en esta etapa del análisis y su creciente capacidad e interés por la autoexploración, parecía lo mejor ver qué podía hacer por sí mismo con sus sentimientos –una decisión basada en el principio de que el proceso analítico debe considerarse una sociedad en desarrollo (Busch, 1995a, Gray 1994). Con un paciente menos resiliente, si yo me hubiera sentido seguro de mi opinión, habría intervenido con mayor prontitud para ayudarlo a comprender que lo que sentía era potencialmente comprensible. No obstante, creo que es imperativo que no vayamos demasiado rápido para interpretar lo que le sucedía a Michael. Se trata de sus temores y debemos tratarlos con respeto y seriedad, interpretándolos cuando él esté listo, a riesgo de dejar de lado la autenticidad de su experiencia. 22 Si bien el trabajo analítico necesariamente incluye la investigación de las opiniones del analizando, basadas en fantasías inconscientes y modelos relacionales, se trata de algo mucho más sutil de lo que probablemente hayamos considerado. Cada interpretación puede ser vista como un intento de equilibrar el interrogante sobre los significados percibidos de modo tal que no debilite, iatrogénicamente, la valoración que el analizando hace de sus pensamientos. Deseamos que los pacientes terminen por sentir curiosidad acerca de sus pensamientos, una meta puesta en peligro si vemos dichos pensamientos principalmente como la materia prima de las interpretaciones de su contenido y si no tomamos en cuenta lo que el paciente experimenta al considerar qué se encuentra más cerca de la disponibilidad preconsciente. Si bien en determinado momento puede ser necesario privilegiar la perspectiva del analista, este enfoque tiene desventajas si se lo utiliza como actitud terapéutica constante e indiscutible.

Luego los pensamientos de Michael regresaron al fin de semana y a cómo había vacilado constantemente entre pensar que iba a casarse con su novia y romper la relación. Algo semejante había ocurrido con anterioridad respecto de aceptar un puesto importante que le habían ofrecido. Por momentos estaba convencido de hacerlo; luego pensaba en abandonar definitivamente su profesión. Después habló de haber perdido su erección en pleno acto sexual con su novia ese fin de semana y pasó a un discurso obsesivo, detallado y ya familiar, acerca de si la encontraba sexualmente atractiva y, de ser así, en qué medida. Se centralizó en lo diminuto de sus senos; luego comentó, con cierta ironía, que durante el fin de semana se había descubierto pensando con deseo en una vecina a quien ve con frecuencia practicando jogging por las mañanas. Súbitamente se percató de que, pensándolo bien, la contextura física de la vecina se parecía mucho a la de su novia, inclusive en el tamaño de los senos.

En este momento de la sesión vemos el principio de un cambio en el funcionamiento del Yo, a partir del cual Michael puede empezar a observar sus pensamientos. Reconoce que la vecina que lo atrae comparte las características de su novia, por quien no se siente suficientemente atraído en el aspecto sexual. Su voz ya no evidencia pánico y toda su conducta va virando hacia una actitud más reflexiva. Dado que se produce este cambio, encuentro prudente esperar qué ocurre después. Un cambio tal en la relación del Yo con sus propios pensamientos a menudo preanuncia la elaboración de lo que acaba de suceder. Si bien a esta altura no sabemos qué provocó el cambio, y aunque seguramente sería interesante una explicación, he optado por privilegiar cualquier área que Michael esté dispuesto a explorar. Si creemos que el intento de Michael de recurrir a la asociación libre implica que el Yo está realizando un barrido inconsciente para decidir cuál es el lugar más seguro al que dirigirse en el contexto del deseo de autocomprensión, la mejor escucha analítica debe privilegiar el uso que el paciente hace de la asociación libre. Aunque el analista tenga muchas preguntas u observaciones, debe relegarlas ante las asociaciones de Michael. En la mayoría de los casos, y si se lo permitimos, los pacientes nos dirán qué área están dispuestos a explorar. Así, la conexión que yo había considerado hacer en un momento anterior de la sesión, entre su angustia y su sexualidad, viene de él y parece más disponible en el preconsciente. Después de hablar de su pánico, sus asociaciones gradualmente viran hacia los acontecimientos sexuales del fin de semana. En el contexto de un cambio en el funcionamiento del Yo ya mencionado, ¿por qué no seguir los pensamientos de Michael y ver qué puede elaborar?

A continuación los pensamientos de Michael se vuelcan a un momento en que él y su novia se dirigían a la casa de la madre de ella en el auto de Michael. Tenían mucho que hacer antes de partir y se dieron cuenta de que iban a llegar unos minutos tarde. Michael se descubrió poniéndose muy molesto. En retrospectiva, se preguntaba la razón. (Nuevamente vemos mayor capacidad para pensar sobre sus pensamientos). Durante el trayecto, su novia comentó, de un modo que a él le pareció sarcástico, que no le gustaba la estación de radio que estaban escuchando. Michael la apagó bruscamente, ella se enfureció con él y él se indignó más todavía. Pero se pregunta por qué apagó la radio de ese modo. Debe haber estado más enojado de lo que pensaba e intuía que la estaba provocando. Debe haberse sentido criticado por las palabras de ella sobre la estación de radio y, sin embargo, no estaba seguro de que ella se refiriera a eso.

F.B.: Parece ser una continuación de lo que usted dice haber sentido todo el fin de semana –es decir, alguien o algo le hace algo amenazador o peligroso. Esta sensación parece culminar en su convencimiento de padecer una enfermedad mortal causada por el sexo, aunque ya tenía el pálpito de que su diagnóstico era prematuro.

¿Por qué elegí ésta entre todas las interpretaciones posibles? Mi respuesta tiene dos componentes. El primero es que Michael había estado luchando con esta cuestión todo el fin de semana; por lo tanto, le representaba algo emocionalmente vívido. Segundo, sus pensamientos vuelven sobre el tema una y otra vez, con capacidad creciente para observarlos, lo que sugiere una mayor disposición preconsciente a pensar en los hechos que desembocaron en pánico. Mi intervención intenta trabajar con aquello más significativo para Michael, tanto en términos emocionales como en los de su disposición preconsciente a aceptar ideas. En esta instancia de la sesión Michael intuye que está reaccionando a algo. Lo que juzgo preconscientemente disponible en el contenido de mi intervención se basa en la disposición de Michael de pensarse a sí mismo desempeñando un rol en sus reacciones en lugar de reaccionar como si le estuviera ocurriendo algo malo, ya se trate de una enfermedad mortal o de la reprimenda de su novia. En todo momento, y en diferentes grados, Michael era consciente de que su reacción posiblemente fuera ajena al tema. Sin embargo, no era consciente de la solidez de la sensación de haberse sentido amenazado todo el fin de semana. Lo que presta fuerza a los diversos hechos reside en su conexión pero en este momento de la sesión Michael no es consciente de sus reacciones en el fin de semana. No parece tener sentido sugerirle posibles factores causales hasta que yo vea la reacción de Michael a la fuerza conjunta de sus múltiples reacciones. ¿Necesitará negar las conexiones? ¿Pasará a integrar lo que ve como una serie de ataques que le están dirigidos? ¿O sus asociaciones nos llevarán a una comprensión más profunda de la conexión entre sus pensamientos sexuales y el castigo que ha estado esperando a causa de ellos?

Pasados unos instantes de reflexión, Michael declaró que le parecía haber estado esperando toda la vida que le sucediera alguna calamidad (nunca antes le había oído decir algo semejante). Me recordó diversas ocasiones, durante su paso por la universidad y el posgrado, en que terminó en la guardia hospitalaria, persuadido de tener una enfermedad mortal. Ahora se daba cuenta de que lo extraño del caso era que siempre se sentía más tranquilo cuando en verdad le sucedía algo malo. Pensaba en una época, terminado el primer año de su posgrado, en que se pensaba otorgarle una beca prestigiosa. Se volvió loco hasta que, ese verano, contrajo mononucleosis y toda su angustia lo abandonó.

Luego sus pensamientos se detuvieron en su otra preocupación del fin de semana: qué hacer con su profesión. Se encontró “asqueado” por todas sus perspectivas. Le sorprendió el encontrarse utilizando esa palabra. Se daba cuenta de que no pensaba realmente así sobre la cuestión y la palabra de marras parecía ser la que le venía a la mente con mayor frecuencia en relación al sexo. Como siempre, rió diciendo: “La trama se complica”.

F.B.: Sus sensaciones del fin de semana muestran que algo anda muy mal con el sexo, especialmente en lo que hace a su convicción de que se estaba muriendo de una enfermedad de transmisión sexual. Parece sentir que está haciendo algo asqueroso y que espera ser castigado por ello.

Michael: Siempre espero que me pase algo malo después de tener sexo.

Después de mi intervención anterior, las asociaciones de Michael confirmaron mi interpretación, con el reconocimiento de una expectativa inconsciente y permanente de ser castigado, junto con la elaboración incipiente de una sensación (el asco) que parece formar parte de lo que dispara la expectativa. Ahora Michael se siente libre para explorar sus pensamientos. Aquí mi intervención se propone sintetizar los disímiles elementos que, de manera separada, pueden aflorar a la conciencia, pero que permanecen al nivel de la observación individual. En medio de esta creciente apertura emocional, en el contexto de un conflicto afectivo vivo, se ofrece una interpretación que permite que un conjunto de constructos organicen el pensamiento del paciente a la vez que prestan mayor claridad estructural al problema. La intervención intenta respetar los elementos estructurales que operan en ese momento mientras trata de construir estructura. Le ofrece a Michael un modo nuevo de conceptualizar lo que ocurre cuando enfrenta una determinada dificultad.

Con el paso del tiempo, comprendimos que este material se basaba en ansiedades homosexuales provocadas por la interrupción del fin de semana, que condujo a la fantasía de incorporar el seno/el falo del analista. Ello estimuló tanto su sensación de pánico ante la convicción de padecer sida como la pérdida de la erección durante el acto sexual. Al hablar sobre lo segundo, Michael se centralizó sobre los senos pequeños de su novia –similares a los de un hombre– al tiempo que mencionaba sentirse excitado por una mujer con senos de similar tamaño. Si bien eventualmente la elaboración de esta fantasía fue importante para la comprensión de Michael, en el momento consideré importante la identificación del sentimiento subyacente que, durante el fin de semana, había dominado sus asociaciones (por ejemplo, un peligro inminente), vividas por él como incidentes aislados entre sí. Es este paso –la identificación de lo que podemos ver en las asociaciones del paciente: sensaciones placenteras seguidas de depresión; éxitos minados por autosabotaje) lo que a menudo no se tiene en cuenta en tanto buscamos lo que las asociaciones ocultan.

Imagino que algunos lectores se preguntarán por qué no interpreté la transferencia homosexual. Responderé con mayor detalle en el capítulo titulado “Trabajando dentro de la transferencia”. Por ahora, menciono dos factores:

1  No me pareció que la ansiedad homosexual en la transferencia se encontrara “en la cercanía”. En esta sesión, la cercanía de Michael era su premonición de una enfermedad catastrófica que sobrevendría luego de tener sexo con su novia. Dada la regresión que sufrió durante el fin de semana y también al inicio de la sesión, encontré prudente ver si podía reencontrar una postura reflexiva. A los fines de ayudarlo a recuperar su mente psicoanalítica, no habría sido útil apresurarse a “explicar” lo que sucedía. Por supuesto, si permanecía en la postura regresiva, yo habría tratado de ayudarlo a encontrar su mente. Sin embargo, lo habría hecho intentando ayudarlo a ver cuán amenazado se sentía, psicoanalíticamente hablando, en lugar de centralizarme en el peligro inconsciente. Una vez que pudo reencontrar su mente por sí mismo, traté de quedarme como lo que vi más preconscientemente disponible y no con lo inconsciente. Pasado un tiempo, llegamos a explorar sus ansiedades homosexuales pero de una manera que Michael pudiera comprender desde lo emocional. La interpretación de sus ansiedades homosexuales en esta sesión lo habrían hecho racionalizar. Pude observar el desarrollo del proceso mientras Michael pasaba del pensamiento regresivo a la capacidad de reflexionar y asociar a medida que la sesión avanzaba, inclusive incurriendo en un lapsus que indicaba que sus temores se relacionaban con una sensación de asco.

2 Muchos se preguntarán por qué al menos no planteé que temía una enfermedad comúnmente asociada al sexo entre hombres, confrontando así sus ansiedades homosexuales en el desplazamiento. Esto nos lleva a una pregunta fundamental acerca de la mejor forma de hacer consciente lo inconsciente para que lo que resultaba impensable se torne pensable. Muchos analistas creen que la única manera de poner en marcha el proceso consiste en hacer conscientes los derivados inconscientes. Algunos, como Green, agregan la condición de que los derivados deben hallarse cerca de la percepción preconsciente. Lo que no queda dicho, pero está implícito, es que el analista puede llevarlo a cabo debido a su posición de Yo o Superyó benigno, lo cual suaviza la angustia del paciente de ser juzgado. Mi opinión es que, expandiendo lentamente y comprendiendo aquello disponible para el Yo por medio del respeto a los temores que conducen a resistencias inconscientes y no causando angustia innecesaria mediante nuestras interpretaciones, el paciente poco a poco encontrará la libertad de abordar lo que lo ha aterrorizado tanto.

El poder de las fantasías inconscientes cobra vida en el contexto en que el paciente ve, por primera vez y a través del seguimiento estrecho de sus asociaciones, cómo los pensamientos irracionales y la conducta destructiva impactan en su vida. Quedándonos con lo que está preconscientemente disponible ayudamos al paciente a dar pasos graduales en dirección a lo más profundo. Citando nuevamente a Green: “No tiene sentido alguno que el analista corra como una liebre si el paciente se mueve como una tortuga”. (1974, p. 421). Michael pudo entender que lo que estropeó su fin de semana fue un sentido persistente de peligro, mientras que también descubrió una sensación inconsciente (el asco) asociada a sus pensamientos y dificultades del fin de semana. Al proporcionar una demostración poderosa del funcionamiento de las fuerzas inconscientes, este proceso hace que el análisis cobre vida para el paciente, cosa que no logran las interpretaciones más abstractas de las fantasías inconscientes.

En esta sesión de Michael vemos cómo, al principio, cualquier percepción preconsciente que tuviera se ahogó en el pánico de pensar que su fantasía de padecer sida fuera real. Si se hubiera tratado de otro paciente, yo habría señalado el proceso (es decir, cómo, a pesar de sus pensamientos en el sentido de que su preocupación no podía basarse en la realidad, se sentía arrastrado una y otra vez a la sensación de que sí era real). Yo intentaba destacar lo que se encontraba disponible en el preconsciente para ver si podía ayudarlo a tomar la distancia necesaria para explorar lo que ocurría. Michael había alcanzado el punto del tratamiento en el que yo pensaba que ya era capaz de ver por sí mismo. Esto se confirmó y mientras él continuaba asociando, pude mantenerme en lo que, potencialmente, se encontraba disponible en su preconsciente para profundizar el proceso.

En resumen, si bien se han dado grandes cambios respecto de cuán estrechamente trabajan los analistas “en la cercanía”, todavía encuentro que muchos tienden a ofrecer interpretaciones más profundas de lo que creo está preconscientemente disponible. En el presente capítulo he tratado algunos de los factores que intervienen en el trabajo con el preconsciente y su importancia para la capacidad del paciente de desarrollar una mente psicoanalítica.

16 El lector encontrará alguna superposición entre este capítulo y el anterior. Ello sucede porque, en parte, ciertas maneras de trabajar forman el núcleo de lo que describo. No obstante, en este capítulo explico la importancia que trabajar así tiene para la comprensión, mientras que antes elaboré esta perspectiva como método para evaluar el saber psicoanalítico como proceso.

17 La base teórica de la observación clínica de Freud no se articuló hasta su evaluación del poder de las resistencias inconscientes, parte importante de su avance hacia la Teoría estructural y la articulación de su segunda teoría de la angustia. En su primera teoría de la angustia, Freud la consideraba un producto de la libido acumulada y el método psicoanalítico se basaba en liberar los deseos inconscientes que llevaban a interpretaciones profundas. En su segunda teoría de la angustia (1926), Freud la atribuye al Yo inconsciente anticipando un peligro, lo cual se traduce en la importancia de analizar las resistencias inconscientes, algo que no ha terminado de integrarse por completo en nuestro método psicoanalítico. Volveremos sobre ello en el capítulo sobre Análisis de las resistencias y Elaboración.

18 Freud en 1912, “Dicho en una fórmula: debe volver hacia el inconsciente emisor del enfermo su propio inconsciente como órgano receptor, acomodarse al analizando como el auricular del teléfono se acomoda al micrófono. De la misma manera en que el receptor vuelve a mudar en ondas sonoras las oscilaciones eléctricas de la línea incitadas por ondas sonoras, lo inconsciente del médico se habilita para restablecer, desde los retoños a él comunicados de lo inconsciente, esto inconsciente mismo que ha determinado las asociaciones libres del paciente.” (pp. 115-117)

19 El ejemplo pertenece a Greenson (1967). Lo más interesante es que éste lo presenta como una manera de trabajar las resistencias, mientras que en mi perspectiva es su antítesis (Busch, 1992, 1993).

20 Schmidt-Hellerau (2006) ha señalado que lo que muchos consideran una pulsión agresiva podría responder mejor al nombre de intensificación de las pulsiones protectoras o sexuales. Ayuda muchísimo comprender las agresiones del paciente no como un sentimiento de base sino como el reflejo de su intento de proteger su Yo y/o alanzar el objeto.

21 Ya se ha hablado de él en Busch (2000).

22 Por lo general, subestimamos el factor miedo en la formación de la psiquis.

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341 p. 3 illustrations
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9789871678853
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