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EL NAZI
OLVIDADO

Francisco Vera Puig



EL NAZI OLVIDADO

© Francisco Vera Puig

© Ilustración de portada: María Piqueres Martínez

© de esta edición: Loto Azul, 2021

ISBN: 978-84-17307-75-2

Producción del ePub: booqlab

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KALOSINI, S. L.

Grupo editorial

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A Simona, Candela y Francesco

Para que nunca se olvide lo que ocurrió

y para que no se vuelva a repetir.

Para que prevalezca el amor

en cualquiera de sus facetas frente al odio.

A la memoria de todos los que sufrieron,

porque sin duda fueron un ejemplo de superación.

No solo perdimos nuestra ropa aquí,

sino también nuestras almas.

VITTORE BROCHETTA, TRIÁNGULO ROSA, N.º 121631,

CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE FLOSSENBÜRG.

PRÓLOGO

Las historias de nazis me han atrapado desde siempre. Conocer sus atrocidades me provoca una adictiva mezcla de terror, angustia, inquietud y también cierto alivio por haber nacido varias décadas después del inicio del III Reich (1933-1945).

Pero esta no es una historia más de nazis. Esta es la diáspora de Simon, un joven judío que traspasa todos sus límites para sobrevivir e intentar salvar a los pocos familiares que le quedan y que, como él, están condenados a morir en un país que los desprecia profundamente. En su huida hacia adelante, el protagonista despierta a la sexualidad y al amor con un alto cargo de la Alemania nazi, un médico exterminador que le cambia la vida para siempre.

Durante la búsqueda sin tregua de su hermano Gabriel, Simon descubre que en los campos de concentración de Flossenbürg y Buchenwald a los homosexuales —se calcula que fueron detenidos unos cien mil bajo el mando de Hitler— los distinguen del resto de los presos por un triángulo rosa cosido a su traje de rayas. Que en los barracones de los «desviados» como él nunca se apagan las luces, ni de noche. Que les obligan a tener las manos a la vista en sus camas para que estos «depravados» sexuales eviten la tentación de masturbarse, acto que los nazis consideran incontrolable para estos «enfermos». Es realmente estremecedor adentrarse junto a Simon en estos campos de la muerte y pasar su mismo miedo, su angustia ante la posibilidad de ser descubierto, su pánico a acabar como los demás judíos, homosexuales, gitanos y comunistas.

La primera y única vez que estuve en Berlín fue en 2007. Recorrí la ciudad impresionada por su historia, su muro y sus heridas. Recuerdo el escalofrío que sentí cuando, en mi visita al Reichstag, descubrí unas fotos del interior del Parlamento alemán en la época del III Reich con los escaños llenos de uniformes nazis. En ese momento tomé conciencia de que Hitler llegó al poder a través de las urnas. Y me asusté. Mucho.

En cada crisis política, económica y social siempre resucita el discurso del odio al diferente. Solo hay que mirar atrás para recordar hacia dónde encaminan sus pasos los que juegan con el miedo de la gente, los que juegan a negar el pasado más oscuro y terrible. Esta novela es una gran oportunidad para revisar nuestra historia para no repetirla. No bajemos la guardia. Ni un paso atrás.

Carlota Corredera

CAPÍTULO 1

El profesor Daniel Richter miró su reloj, cerró su libro y dio por concluida la clase. Tras unas cuantas horas de matemáticas, historia, ciencias sociales y naturales, por fin podría volver a casa y disfrutar, como tanto me gustaba, del camino de regreso y, por supuesto, de la sopa. Esta era una exquisitez que mi madre cocinaba sin prisa durante toda la mañana. Meter el pan duro en ese líquido espeso humeante era una de esas cosas que hacían que adorase a mi madre. Hoy todavía pienso en aquel caldo y, pese a que la nostalgia me produce un nudo en la garganta, se me sigue haciendo la boca agua.

La escuela de Wilnsdorf era pequeña y no tenía buen aspecto: las paredes estaban desconchadas, por algunas zonas las baldosas estaban sueltas y el mobiliario era escueto e incómodo; no había presupuesto para más. Pese a todo, me sentía bien allí, me agradaba aprender cosas nuevas, estar con algunos compañeros y saborear cada nueva lección del maestro. Este era un gran hombre y se notaba que disfrutaba mucho con su trabajo, se preocupaba por mostrarnos todo con paciencia y dedicación. Era alto, moreno y lucía un bigote muy divertido y elegante que se empeñaba en peinar y estirar con la punta de los dedos cada cinco minutos. Perdió a su mujer nueve años antes al dar a luz a dos gemelos. Murieron los tres, así que no le quedó más opción que refugiarse en su trabajo. A pesar de que la escuela no era oficial y que no siempre asistían todos los niños de las aldeas, él daba clase. Le gustaba abrir las mentes de los estudiantes rurales que asistíamos, con mayor o menor frecuencia, a la escuela. Se empeñaba en ofrecernos más de lo que nos merecíamos. El médico, el rabino y él eran las personas más cultas en ciento cincuenta kilómetros a la redonda. Recuerdo que yo no falté casi nunca.

Casi todas las mañanas le llevaba al maestro el periódico atrasado de parte de mi padre. Al vivir en una aldea, el cartero no venía a diario; de todas formas, mi padre no se lo enviaba sin haberlo leído primero, así que recibía los periódicos con por lo menos cinco días de retraso. Mi padre y él eran amigos, los sábados se reunían junto con otros vecinos en asamblea en la plaza cerca de la sinagoga. Allí pasaban largas horas sentados en el banco pintado con cal, debatiendo sobre política y acerca de qué cosas se podían mejorar por el bien de la aldea.

Por aquel entonces mi padre era el alcalde. Sí, el alcalde, y yo estaba orgulloso de él. Pertenecía al partido comunista, pero él únicamente pretendía ayudar a los demás habitantes; el partido no era su máxima preocupación y los vecinos estaban muy contentos con su labor. A veces hasta descuidaba la carpintería donde trabajaba para echar una mano a cualquiera que se lo pidiera, y si no podía ir personalmente, nos mandaba a mi hermano o a mí. En aquella época la política no era una cosa de vital importancia para ningún vecino. La paz era una constante.

Aquella mañana no le llevé el periódico.

Mi afición por la naturaleza y el amor hacia los animales también se los debo a mi profesor. Recuerdo con todo lujo de detalles el día que nos llevó a todos de paseo a una fuente natural. Era un paraje maravilloso en todo su esplendor. Lo conocíamos, pero quiso explicarnos cosas acerca de la naturaleza, detalles interesantes y desconocidos que llenaron de información mi curiosidad. Fue un día soleado de primavera. Los árboles, las flores, los arbustos, las aves, las ardillas y hasta las hormigas nos daban los buenos días con toda la alegría posible. También guardo en mi mente la sensación placentera al cerrar los ojos e inspirar el aire puro con perfume fresco. No puedo olvidar el efecto que me produjo la visión en su conjunto al mirar desde lo alto de una colina hacia las humildes y lejanas casas desperdigadas de mis vecinos. Algunas nubes adornaban el maravilloso cielo azul y las águilas peinaban el aire con sus majestuosas alas.

Era un «goce» sentir en las mejillas la hierba húmeda mientras Hansel me daba con sus nudillos en la cabeza. Había que disfrutar las pequeñas cosas, pese al dolor o al fastidio. Primero sentí un empujón en el hombro derecho que me hizo caer. Después, el intenso peso de su fuerte cuerpo sobre mí. A continuación, solo algunas bofetadas más y unas cuantas risas de sus lacayos. Hasta que el profesor Richter se interpuso y logró separar a mi «querido compañero», liberándome. Aquella hierba mojada en contacto con mi piel fue el mejor recuerdo que guardo de aquella enésima agresión.

Hansel tenía dos años más que yo. No iba con regularidad a la escuela porque, según decían las malas lenguas, su padre le pegaba por su comportamiento. Alguna vez lo vi con un párpado hinchado o con algún cardenal en sus brazos. Poseía un cuerpo atlético y se le daban bien los deportes, pero en el colegio no destacaba en nada más que en volver loco al profesor y en procurarme sus atenciones. Era muy rápido al esprint, tenía una fuerte espalda y unos fornidos brazos con los que pegarme a todas horas: de camino a la escuela, en esta, en la pausa, de vuelta a casa... Yo me defendía como podía, pero era insuficiente. Además, él tenía su séquito fiel que lo apoyaba en todo. Puedo decir que su única razón para ir a la escuela era yo. Así que, como buen compañero que soy, me limitaba a ser el objeto de su recreo durante las jornadas lectivas. Siempre me desagradó su comportamiento agresivo y, a veces, violento. Su familia era la única cristiana y no compartía las costumbres mayoritarias de la aldea, así que no participaban en casi nada que tuviese que ver con la comunidad. Es cierto que tampoco acudían a los eventos paganos, y eso que mi padre y demás vecinos les invitaban a asistir. Eran raros, se debían de sentir fuera de lugar y no hacían nada por evitarlo.

Recogí con ansiedad la libreta y el lapicero, me puse mi abrigo, la bufanda roída y los viejos guantes de lana heredados de mi hermano. Salí pitando, observando siempre de reojo a Hansel y a sus secuaces, que bromeaban sobre alguna cosa. Siempre se dedicaban a holgazanear y a perder el tiempo con cualquier banalidad absurda. El profesor tenía demasiada paciencia con ellos. Al atravesar la puerta percibí por detrás que alguien me tocaba en el hombro. «¡Maldita sea!», pensé. No podía creer que Hansel hubiese salido de clase antes que yo, era imposible; lo había estado observando y se hallaba en el aula junto al resto. Era increíble. En fin, apreté los molares y me giré atento para esquivar sus golpes. Pero no era él. Pude disfrutar de la sensación de alivio al comprobar que en la salida me estaba esperando mi hermano mayor, Gabriel, con el semblante triste. Él era un muchacho alegre, jovial y nunca antes había venido a recogerme a la escuela, así que me preocupé.

—Hola, Gabriel —le saludé con una sonrisa—. ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar trabajando?

—Ya ves. Hoy hemos cerrado pronto. —Observé un paquete marrón asomar por el bolsillo de su pantalón—. Hay mucho jaleo en la ciudad. Tenemos que ir rápido a casa. Padre me manda a por ti. El tío Gustav y el primo Helmo van a venir también —no comprendí la razón de esta reunión sorpresa—, así que vámonos. —A continuación, se llevó su mano al bolsillo y palpó con disimulo aquel pequeño paquete, como intentando protegerlo. Inició la marcha con rapidez.

—¿No te ha explicado nada padre? —le pregunté.

—Venga, Simon, camina más rápido y no hagas preguntas. —Le miré y asentí sin decir nada más.

Caminamos en silencio durante todo el camino a casa. Él no quería hablar, eso estaba claro. Tenía prisa, quería llegar cuanto antes. Yo no sabía qué podía haber pasado en la ciudad, pero me preocupaba ver a mi hermano así. Aceleré el ritmo, solo abrí la boca para respirar. Sudé y los pulmones trabajaron duro. Gabriel era un poco grueso y no muy alto, pero sus zancadas fueron rítmicas y rápidas, se notaba que estaba acostumbrado a caminar. Todas las mañanas se despertaba temprano, cuando todavía era de noche, e iba a la ciudad para trabajar en una pastelería; siempre lo hacía a pie. Descargaba sacos de harina y de azúcar cuando llegaba el repartidor y después ayudaba a su jefe a preparar los dulces y los panes. También repartía los productos a algunos mesones de la zona a los cuales iban las personas adineradas. Nunca volvía a casa antes del mediodía, pero las escasas veces que lo hacía ayudaba a madre en sus tareas. Me gustaba estar con él, me sentía tranquilo a su lado.

Gabriel también echaba una mano en la carpintería, ya que padre a veces necesitaba ayuda para terminar los pedidos, y él colaboraba encantado. Muchas veces cantaba mientras cortaba madera, limaba o clavaba. Mi padre y yo éramos sus privilegiados espectadores. Su ópera preferida era la de las valquirias de Wagner, la dominaba. Pasábamos largas horas escuchándolo, junto con el olor a serrín en el ambiente. Qué maravilloso recuerdo. Estaba claro que tenía un don en la garganta, hasta un sordo lo hubiera sabido. Gabriel también solía cantar en las reuniones familiares y hasta en la sinagoga.

A padre le gustaba vernos en el taller, aunque yo no fuera demasiado hábil con las herramientas. Al final solo hacía trabajos menores, barrer el serrín y poco más. Yo era consciente de mis limitaciones, pero no me importaba.

En la pastelería donde trabajaba mi hermano despachaba la hija del jefe, Sonja. Era una chica hermosa y muy simpática, pues siempre que me veía me regalaba un trozo de dulce de limón. Por eso, siempre que podía iba a la ciudad con alguna excusa estúpida y pasaba a saludar a Gabriel. La pastelería era humilde, pero, pese a eso, tenía una clientela fiel. Todos trabajaban con esmero y pasión, y eso se notaba. Hacían toda clase de panes y estaban especializados en postres y pastelería; dominaban a la perfección el Schwardzwälder Kirschtorte de frutas del bosque y el Kasekuchen de queso. Como he dicho, a mí me gustaba el dulce de limón. A Gabriel, la sonrisa de Sonja.

Aquel día queríamos llegar a casa cuanto antes; yo, para conocer el motivo de la reunión, y él, con seguridad, para dejar a buen recaudo aquel misterioso paquete.

—¿Qué llevas ahí? —le pregunté, señalando a su bolsillo.

—Es de madre.

—¿Y qué es?

—Dinero. —«¿Dinero?». Tomé aire, pero cuando me disponía a hablar me cortó—: Camina, hermano. No desperdicies el aire en hacer más preguntas.

Así que cerré el pico, bajé la vista, me concentré en el camino y con la mirada intenté mostrarle mi enfado. A un ritmo normal se podía tardar una media hora en llegar a casa, pero lo hicimos en menos de quince minutos. De vez en cuando miré a Gabriel, pero él no levantó la mirada en ningún momento. No vimos a nadie durante el trayecto. Me dolían los pies, deseaba llegar para poder quitarme las botas; sentía calor y me sobraban todas las prendas de abrigo.

Al llegar, exhausto, a casa, me apoyé contra una pared, cerré los ojos e intenté respirar. Estaba sudando, así que me quité el abrigo, los guantes y la bufanda, y los colgué en el perchero que mi padre había construido con madera. Este tenía un diseño precioso y unas bonitas formas redondeadas, en las cuales poder colocar la chaqueta o cualquier bolsa. Tras la media maratón y el calor hogareño, era suficiente solo con la camisa de felpa. Mi hermano desapareció sin quitarse ni siquiera el abrigo. Una vez dentro de casa, no distinguí el inconfundible olor a la comida preparada por mi madre. Quizá el cansancio y la respiración acelerada alteraron mi percepción, o a lo mejor no había preparado nada.

En el comedor estaba sentado padre junto a la mesa desnuda. Sobre ella solo vi una hoja de papel llena de garabatos ilegibles y un lápiz. Ni vasos, ni cucharas, nada. Padre levantó la mirada y pude leer parte de su preocupación observando sus verdes pupilas. Aquel gesto no era muy habitual en él; sus ojos estaban vidriosos y rojizos, tal vez por el estrés del momento. Nunca antes me había fijado en sus arrugas. Pese a tener solo treinta y nueve años, se le notaban especialmente las del contorno de los ojos y las bolsas oscuras, pero le daban un aire experimentado a su bello rostro. Se llevó la mano derecha a los ojos y se los frotó con sumo cuidado. Luego se masajeó las sienes, intentando encontrar los pensamientos apropiados. Con gran expectación me senté en silencio justo delante de él. Me moría por saber el motivo de aquella reunión. Mi hermano volvió y, ya sin abrigo ni sobre, se sentó a mi lado. Respiré hondo y tragué saliva.

—¿Qué ocurre, padre?

Silencio. Observé a mi hermano, que miraba al vacío. Impertérrito.

—¿Tenéis hambre, hijos? —nos interrogó mi padre mirándonos de reojo.

Esperé a que contestase Gabriel. Lo cierto es que, al sentarme y descansar, algo de hambre sí que tenía. «Ojalá diga que sí».

—No mucha, padre —«maldición»—, pero supongo que Simon sí. Yo beberé agua, estoy sediento. —Dibujé una ligera sonrisa. «Menos mal». Deseaba tanto mi sopa que empecé a percibir su olor.

En aquel momento apareció mi madre con dos platos rebosantes y humeantes. Era increíble cómo podía portar los platos hondos con la sopa hasta el mismo borde y no derramar ni gota.

—Hola, Simon. —Me lanzó una sonrisa cómplice para despejar el ambiente. Me levanté de la silla y le di un beso y un abrazo. Hacerlo siempre me gustó: la suavidad de sus manos, el tono amable de su voz y la dulzura de sus palabras eran mi cobijo; su perfume sutil a harina, verduras, brasas de leña, aceite caliente o queso me hacía volver al paraíso de mi niñez, me transmitían tranquilidad. Me sentía protegido. Nada podría ir mal si ella estaba junto a mí...—. ¿Cómo ha ido hoy la escuela?

—Muy bien, sin novedad. —Me giré hacia mi padre y, decidido, le hablé—: Padre, me ha dicho Gabriel que van a venir el tío Gustav y el primo Helmo. ¿Para qué? ¿Podremos ir después al bosque? —Noté el pinchazo de un gran aguijón, la mirada de Gabriel.

—Simon —dijo padre—, primero come. Luego ya veremos que podéis hacer. —«Entendido». Aquella tarde no iría con mi primo al bosque.

—Acompáñame un momento a la cocina, Simon, así me ayudarás con unas cosas... —intervino muy hábil mi madre para cambiar de tema.

Obedecí rápidamente. Gabriel, tras su mirada incisiva, volvió a contemplar el vacío. No sé qué había de interesante en ese vacío, pero a mi hermano le gustaba mucho. Siempre fue muy discreto, obediente, educado y se mantuvo fiel con padre. Yo era igual que él, solo que, si yo tenía dudas o no comprendía algo, lo preguntaba de inmediato.

Enfilé la puerta que daba acceso a la cocina, el santuario de mi madre, donde ella era la reina suprema. Allí controlaba y nada se le escapaba; todo ordenado; el fogón limpio y siempre disponible para preparar los alimentos que nos podíamos permitir. Mi padre por aquel entonces solía decir que era una mala época, así que ella se las arreglaba para poder conseguir verduras, lácteos y, rara vez, carne de vacuno al mejor precio. Tenía la maravillosa habilidad para transformar cualquier alimento en un manjar celestial. Los cubiertos y la vajilla, todos organizados en los cajones que padre había construido. En la alacena solía guardar queso, fiambres y dulces. Algunos meses antes, un vecino que encargó a padre unas estanterías no pudo pagarle y a cambio le ofreció tres gallinas, una pierna de cerdo, varios kilos de fiambre, un queso y dos litros de vino. ¡Menuda fiesta se montó en casa!

Encontré el misterioso paquete detrás de un recetario.

—Madre, ¿qué hay en este sobre?

—¿No te lo ha dicho tu hermano?

—No.

—Verás, tenía algunas cosas en casa que no necesitábamos y se las he dado a Gabriel para que se las vendiera a la mujer de su jefe. —«Misterio resuelto»—. Es dinero, solo eso.

Conforme con su explicación, cogí los vasos y las cucharas, y ella hizo lo mismo con la jarra de agua. Al llegar al comedor todo seguía igual, en silencio. Madre sirvió el agua, luego masajeó los hombros apesadumbrados de padre y, sin decir nada, me dejó comer la sopa, que estaba buenísima como de costumbre. Cuando terminé recogí todo, lo llevé a la cocina y fregué. En aquel momento, escuché la campanilla de la puerta. «Serán el primo Helmo y el tío», pensé. Salí corriendo para recibirles, aún con las manos mojadas. Efectivamente, allí estaban. Mi tío se parecía mucho a padre, pero era más joven y con unos cuantos kilos más. Tenía el semblante serio, pero, aun así, me acarició el pelo como siempre hacía. Por su parte, Helmo me dio un fuerte abrazo.

Pasamos todos al comedor. Mi padre y mi tío se sentaron en los extremos de la mesa y el resto, enfrente. Padre, antes de empezar, tomó aire.

—Bueno, quiero anunciaros que mañana por la mañana Gustav y yo partiremos hacia Berlín. Están ocurriendo muchas cosas en política y nuestra obligación es marchar hacia allí. Junto con el profesor Ritcher, el doctor Hartwig y algunos vecinos más, cogeremos el tren en Bonn por la madrugada, y antes del anochecer llegaremos a la ciudad. Por la mañana hemos quedado con muchos representantes y militantes del partido. Iremos a manifestarnos en contra del nuevo canciller y sus políticas poco democráticas y dictatoriales —miró a mi tío—, y algunas barbaridades más. —Gustav miró al suelo—. Forzaremos una huelga general. Haremos todo lo posible para que no se salga con la suya. Mientras tanto, Gabriel será el cabeza de familia. Madre será la capitana de la casa y estaréis absolutamente bajo sus órdenes.

—Helmo estará con vosotros aquí hasta que volvamos —dijo mi tío Gustav—. No dará problemas y ayudará como el que más. ¿A que sí, Helmo? —Mi primo miró a mi tío y, sonriendo, asintió varias veces con su cabeza pelona.

—Y será como un hermano más —añadió padre—. Ahora prepararemos algo de ropa y después iremos a la plaza para una última asamblea. Podéis venir y jugar un poco allí si queréis.

Era la primera vez que padre se marchaba y nos dejaba solos. Miré a mi madre y ella me regaló una mirada de tranquilidad y una leve sonrisa. Siempre sabía lo que yo necesitaba. En cambio, Gabriel seguía serio. Helmo me miró con cara de sorpresa; seguramente tampoco sabía nada del viaje de nuestros padres.

—Supongo que tendréis preguntas. Antes de nada, quiero tranquilizaros, no hay nada que temer. Tenemos una responsabilidad con el partido, pero, sobre todo, con vosotros, porque os afectaría el hecho de que nos quedásemos de brazos cruzados. Está en juego el futuro de todos. Pero estamos seguros de que nuestra protesta causará el efecto positivo que pensamos. A ver, ¿quién es el primero en preguntar?

El resorte que tengo en el brazo derecho, y que no puedo controlar, ejerció su mecanismo y levantó mi brazo sin que me diera cuenta de ello. En clase era cuando más se accionaba. Solía acribillar al profesor con mis preguntas.

—Padre, ¿cuánto tiempo vais a estar fuera? Porque Gabriel debe ir a trabajar a la pastelería. Si no, su jefe se enfadará con él y seguro que lo despedirá.

—Simon, no te preocupes por eso ahora —dijo mi hermano. Mi padre, madre y el tío Gustav rieron al unísono.

—Estaba seguro de que el primero que preguntaría serias tú, Simon. Estate tranquilo, volveremos en tres o cuatro días. Casi ni os daréis cuenta de nuestra ausencia. Ya he hablado con el jefe de tu hermano, no hay problema en que se ausente unos días.

Bueno, si solo eran tres o cuatro días, tampoco había de qué preocuparse. «Pero ¿ya estaba, nadie tenía más preguntas?». Yo sí que las tuve. «¿Dónde iban a dormir?, ¿qué clase de persona era ese nuevo dirigente?, ¿era seguro ir en su contra?». Pocas veces en mi vida había frenado mis ansias de saber, pero no dije nada más. Padre parecía más tranquilo y no quería estropear la divertida tarde que me esperaba junto a Helmo.

—Bueno, chicos —añadió madre con una sonrisa—, es hora de obedecer mis órdenes.

—Diga qué desea, tía Laura —respondió veloz Helmo.

—Acercaos los dos a la tienda de los Thelen. Os darán un paquete con queso y algo de fiambre. Tú, Gabriel, ve a la pastelería a por dos panes grandes. Aquí tenéis el dinero.

Gabriel y Helmo lo cogieron. Mientras, padre y el tío se levantaron y dieron por terminada la reunión. Salieron hacía la carpintería y los acompañamos.

—Padre, me gustaría acompañaros a la estación para despediros. ¿Me dejarás ir? —pregunté acercándome a él y separándome unos metros de Helmo.

—Pequeño Simon, no creo que sea necesario. Nos vamos muy temprano, hará frío y no me apetece despertarte.

—Bueno, tienes razón —respondí poco convencido.

—Prometo traerte un libro de esos que tanto te gustan.

En fechas señaladas solía regalarme libros de historias, poesía e incluso de anatomía y medicina básica. Mis autores favoritos eran los hermanos Grimm. Cuando el tiempo me lo permitía, podía pasarme tardes enteras leyendo en el bosque, bajo mi árbol centenario.

—No hace falta, padre. Con que volváis pronto es suficiente.

—Desde luego que sí, Simon. Ahora id a cumplir el encargo que os ha hecho vuestra madre.

Padre movió la cabeza en señal de aprobación y me dio un beso. Fue extraño, él me daba pocos, muchos menos de los que me hubiese gustado. El tiempo se ralentizó y disfruté de aquel beso por un tiempo mucho mayor. Sentí sus labios en contacto con mis mejillas y su aliento cálido en mi piel. El olor de hombre, de hombre fuerte, curtido en mil batallas. Los hombres no se dan besos entre ellos..., pero aquella tarde lo hizo. Me besó. No existía en la historia de la literatura un beso que pudiese igualar al que mi padre me dio. No sé si él se lo imaginaba siquiera —yo desde luego no—, pero aquel sería el último beso que me daría. Así que, tristemente, con el paso de los años, comprendí que fue un beso de despedida.

CAPÍTULO 2

Helmo y yo obedecimos a madre y salimos hacia la casa de los Thelen, mientras que Gabriel se marchó a por el pan. Nuestro destino estaba en el centro del pueblo, bastante cerca, así que rápidamente habíamos terminado: recoger, pagar y vuelta a casa. Durante el paseo pude hablar con mi primo. Era un chico guapo y fuerte de ánimo. De pequeño perdió a su madre por una enfermedad y tuvo que dejar la escuela para ayudar a su padre en el negocio. Por entonces se había convertido en un albañil experto y mi tío delegaba en él muchas tareas. Tenía las manos fuertes como las de los adultos, pero el cuerpo de un adolescente.

Helmo me contó que ya tenía varias pretendientas en el pueblo, pero que su amor era para una joven muchacha llamada Inga. Yo la conocía de vista, porque ella iba a la escuela y acudía a todos los eventos del pueblo. Conocía personalmente a su hermano, se parecían bastante, pero para mi gusto él era más guapo. Yo nunca había hablado con Inga. Helmo estuvo trabajando varias semanas para su familia, reparó parte del techo hundido por el peso de la nieve, y allí la conoció. Estaban enamorados y hasta la había besado.

Por aquel entonces yo aún no había conocido a nadie especial, vivía tranquilo y gozaba de las pequeñas cosas. No había besado a otra persona que no fuese de mi familia. No existía todavía ese alguien que me impresionase, ese por quien perder la cabeza. No sabía en qué podría consistir estar enamorado, cómo te podría atrapar mental y físicamente una persona.

El caso es que Helmo estaba tranquilo por el viaje de nuestros padres. Estaba seguro de que todo iría bien. De vuelta a casa, pasamos cerca de la sinagoga y decidimos hacer una visita de incógnito a nuestros padres. Allí estaban todos los que solían acudir a las asambleas. Pude ver al profesor Richter, que sacudía el puño y alzaba la voz, muy enfadado. «¿Por qué motivo un hombre tranquilo y calmo como él se comportaba así?». Padre también se mostraba enfadado. Todos lo parecían, no se asemejaba a una reunión habitual. Algo se estaba cociendo y yo no me estaba enterando de nada. Helmo decía que se avecinaban tiempos difíciles para los comunistas de la zona, ya que el nuevo canciller quería imponer duros cambios a toda costa. Me sorprendía que supiese tanto al respecto. Se posicionaba claramente en contra de ese personaje llamado Adolf, que tenía el mismo nombre que el pastor alemán de un anciano vecino. Ese canciller odiaba a los judíos y era el jefe del partido nazi. Creo recordar que en alguna asamblea de mi padre escuché a alguien mencionar a este Adolf y, a continuación, furiosos comentarios en su contra. Pero todo eso no era para mí, no le prestaba demasiada atención a la política. Por el contrario, era muy agradable escuchar a Helmo. Me gustaba mucho su presencia y su sapiencia sobre la coyuntura política. Aprendí de él en cierto sentido.

Al llegar a casa le dimos el paquete a mi madre, que ya estaba preparando la cena. Lo abrió y nos dio un trozo de embutido en señal de agradecimiento por los servicios prestados. Mi paladar lo agradeció. Luego preparamos la mesa para la cena, salimos y nos sentamos en la entrada a casa, sobre la hierba, a esperar a mi hermano y a nuestros padres.

Gabriel tardó un poco más de lo habitual, ya que, según nos confesó, había pasado un rato en compañía de su amada Sonja. Traía cara de pocos amigos. Él le había declarado su amor, había aproximado los labios a los de ella y se fundieron en besos y abrazos. Pero la madre de ella los descubrió y montó en cólera. Mi hermano era un chico serio, pero la madre pensaba que no era ni el momento ni el lugar apropiado para besarse. Directamente lo echó. A la mañana siguiente, mi hermano iría para pedir disculpas. «¡Qué manera más tonta de arriesgarse a perder el trabajo! Con la cantidad de rincones ocultos y tranquilos que se podían encontrar en las afueras del pueblo...».

Como padre y el tío no llegaban y fuera hacía frio, decidimos entrar en casa. Mi primo fue a la habitación donde tenía su maleta y sacó una baraja de cartas para que jugásemos al Schwarzer Peter, el juego donde todas las cartas tienen pareja, menos una: el «Pedro negro». Era gracioso, yo me podía considerar esa carta. Así pasaría el tiempo más rápido. Jugar a las cartas no era una actividad que me gustase demasiado y, además, no solía participar, pero sería agradable hacerlo los tres. Jugamos unas cuantas rondas, de las cuales no gané ninguna. Madre pasó dos o tres veces ofreciéndonos unos buenísimos trocitos de queso. Me esforcé por obtener alguna victoria, pero fue en vano, mi trofeo fue el queso que me comí. El campeón fue mi hermano. Creo que el bueno de Helmo se dejó ganar en la última partida para levantar el ánimo de Gabriel. Por momentos lo consiguió.

Al rato, llegaron, cansados, padre y el tío.

—¿Cómo están los hombres de la casa? —preguntó padre.

—Muy bien. Hemos jugado a las cartas —le respondí yo, animoso.

—¿Tú jugando a las cartas, Simon? —dijo extrañado.

—Bueno, lo he intentado. Pero, como pasa siempre, he perdido.

—Lo importante, hijo mío, es participar y pasar un rato entretenido sin pensar en nada más.

Eso era verdad, ya que mientras había estado concentrado en las cartas no había reparado, ni un solo instante, en la marcha de padre. Supuse que Gabriel tampoco habría pensado en la madre de Sonja.

Mi madre tenía lista la cena: patatas con tomate y carne. Era una cocinera extraordinaria. A lo largo de mi vida nunca he probado nada que igualara su saber hacer en la cocina. Nos sentamos y comenzamos a cenar. Solo se escuchaba el ruido de los tenedores y cuchillos al tocar los platos y a mi primo que sorbía el caldo de tomate. El mutismo durante la cena hizo que me pusiese un poco nervioso. Miré a todos y cada uno de los mudos comensales y parecía que nadie tuviese la intención de abrir la boca a no ser para comer.

—Eres excelente, mamá —afirmé para agradecerle su esfuerzo y, de paso, romper un poco el hielo. Los demás secundaron mi opinión.

—Eres un prodigio, amada mía —añadió padre, dando muestras de cariño. Madre lo miró con devoción y le dedicó una sonrisa.

—Oh, gracias. —Noté que se sonrojó—. Es lo mínimo que puedo hacer por vosotros. Además, disfruto mucho —dijo ella un poco colorada.

—Padre, ¿a qué hora partiréis hacia la estación? —preguntó mi hermano. Mi habilidad para romper el silencio tuvo éxito.

—Hemos quedado con el profesor Ritcher y con algunos más a las tres en la plaza. El tren parte a las seis y media, pero no queremos llegar tarde. —Padre era puntual. No le gustaba llegar tarde. Siempre salía con antelación por si surgía algún imprevisto. Decía que era de muy mala educación hacer esperar a los demás.

En aquel momento sonaron dos fuertes golpes en la puerta. Todos dejamos de masticar o beber y yo casi me atraganto. «Pero, ¿quién podría ser a esas horas?». Los golpes volvieron a sonar, más fuertes. Padre miró a mi tío, dejó los cubiertos en la mesa y se dirigió hacia la puerta de madera. Hice ademán de levantarme para ver quién era, pero mi tío me lo impidió con una potente mirada. Todos nos giramos hacia la puerta. Se oyeron gritos de padre y de más personas. Observé cómo mi tío cogió un cuchillo y lo escondió entre sus piernas.

Me sorprendió ver entrar a un par de hombres con mala cara. Eran de la Gestapo. Iban vestidos de negro, con abrigos largos y sombreros de ala ancha. Uno era alto y fuerte y el otro todo lo contrario. Pero el que daba órdenes debía de ser el pequeño. Padre entró tras ellos, acompañado por un tercero. Tenía expresión de dolor. ¡No podía creer lo que estaba viendo! Padre tenía los brazos cruzados a la fuerza por detrás de la espalda. El último hombre lo llevaba esposado. «¿Por qué?».

El tío Gustav se levantó y, sin mediar palabra, golpeó en la cara al policía bajito, que era el que tenía más cerca. Su fuerte puño impactó con tanta fuerza en su mandíbula que cayó de bruces en el suelo y el sombrero voló por los aires. Tío lo levantó del suelo cogiéndole por la pechera y colocó el filo del cuchillo en su garganta. El policía agredido estaba un poco inconsciente, con los ojos en blanco y sangrando notoriamente por la boca. El agente alto y fuerte se movió con rapidez y agarró al tío con una maniobra asombrosa, que hizo que su cara se estrellase contra el suelo. El cuchillo rodó hasta mis pies. La rodilla del gigante reposaba con firmeza encima de la espalda del tío, que, inmóvil, gritó de dolor. Lo esposaron. Mi hermano levantó los brazos en un ademán de rendición y mi primo le siguió. Yo no me moví. No pude. Mi resorte no se activó. El cuchillo seguía a mis pies, pero no lo cogí. Todo pasó muy rápido, demasiado. Mi cuerpo estaba paralizado, en parte por la sorpresa y en parte por el tremendo miedo que aquellos hombres me hicieron sentir.

Cuando el bajito se recuperó empezó a hablar a gritos, terriblemente enfadado, mientras se limpiaba la sangre con un pañuelo inmaculado hasta ese momento.

—¡Malditos comunistas del demonio! —nos gritó.

Padre quiso hablar para defenderse, pero no pudo. Recibió un puñetazo en el estómago y cayó de rodillas maniatado. El agente golpeado se colocó enfrente de él.

—Escoria comunista, no eres ni tan siquiera capaz de defenderte en tu propia casucha. Me dais tanto asco... Todos los de vuestra calaña sois iguales. Os merecéis lo mismo. ¡Todos!

—Pero, ¿qué está diciendo? Somos una familia humilde y honrada que sobrevive gracias al trabajo que realizamos con nues...

No consiguió terminar de hablar. El bajito enfadado le propinó un rodillazo en la cara.

—¡Encima pretendes mentirme! Así sois, no lo podéis evitar. Quiero hacerte daño. Me das tanto asco que solo tu presencia me produce arcadas. Pero no solo tú, todos los que son como tú —añadió mientras nos señalaba—. Sois como una plaga, como la peste. Ninguno de vosotros deberíais haber existido. —Volvió a mirar a padre—. Pero ya que estás aquí, te utilizaré. Yo me encargaré de destrozaros, de eliminaros. Será divertido veros sufrir. Así pagaréis por lo que sois. —Se dirigió a nosotros—. Lástima que, por ahora, solo nos llevaremos a estos dos. Pero tened cuidado, niños, porque sabemos suficiente de vosotros.

Fue en aquel momento cuando rompí a llorar. De rabia, de miedo, de impotencia. Estaba saboreando un sentimiento nuevo: la ira. Quería golpear a esos soldados hasta que me pidieran piedad.

—Niñato llorón, ¿no te gusta lo que le pasa a tu padre? —me preguntó aquel miserable.

—No, en absoluto. Déjele, por favor. Se lo suplico.

—Idiota —rio—. Tu padre y su hermano son unos agitadores revolucionarios en contra del pueblo alemán, como tantos otros en este miserable pueblo. Por eso nos los llevamos, para interrogarlos con tranquilidad. Tenéis suerte de no venir vosotros también.

Vi que Gabriel cogió un tenedor que estaba sobre la mesa e imaginé con facilidad sus intenciones. Al igual que el agente bajito, quien, rápido como el viento, con un brazo le apretó el cuello y con el otro le cogió la mano y se la estrujó con una fuerza asombrosa. Mi hermano no podía chillar, se estaba poniendo morado. Se escuchó cómo se rompió la muñeca de Gabriel. El agente lo soltó y en aquel instante mi hermano también lloró desconsoladamente de dolor. Madre acudió a sostenerle la mano.

El furioso agente nos volvió a señalar a todos con desprecio, incluida mi pobre madre, que retenía con dignidad sus lágrimas.

—Para mí sois la misma basura, pero con distinta edad —afirmó con arrogancia—. No os puedo ver sin sentir repugnancia. —Miró fijamente a Gabriel—. Espero que hayas aprendido la lección. La próxima vez te romperemos los brazos y las piernas.

Hizo una señal a los otros, que contemplaban la escena sin inmutarse, para que sacaran a padre y al tío de la casa. Debían de estar acostumbrados al brutal comportamiento de su superior. Resignados y sin poder defenderse, ambos fueron sacados a empujones y patadas. El infame agente se dirigió a la puerta, giró la cabeza y, sonriendo, desenfundó su pistola y nos apuntó con ella. Me temí lo peor y apreté con fuerza mis molares, mientras temblaba ante el posible fin de nuestras vidas.

—Pum, pum, pum, pum. Terminad y disfrutad de la cena, quizá sea la última. ¿Quién sabe si pronto volveremos a por vosotros...?

Guardó su arma y salió de casa dando un terrible portazo. Nadie dijo nada, solo llorábamos. Se escuchó el motor de una furgoneta que arrancaba a lo lejos. Recuerdo que me asomé a la ventana, apartando con sutileza la cortina, y tras limpiar mis lágrimas pude ver cómo metían a empujones al tío dentro y cómo golpearon todos varias veces a mi padre, hasta que este cayó. No se levantó. Entre dos agentes lo agarraron de los brazos y los pies y lo tiraron dentro, como si fuera un fardo. Por una ventana de la furgoneta pude distinguir la cara ensangrentada del profesor Ritcher.

«¿Qué habrían hecho mi padre, mi tío y el profesor para que unos hombres de la policía les pegasen y se los llevaran detenidos?». No podía pensar con claridad. Todo estaba borroso en mi cabeza. No entendía nada. Nada. Yo era un adolescente que había contemplado la violencia pocas veces: cuando Hansel me golpeaba gratuitamente, las veces que se peleaba con cualquiera o cuando me forzaba a pasear por el bosque. Verla así de contundente y en toda su crudeza me causó tal horror que todavía hoy temo a determinados hombres.

Aún puedo escuchar el llanto desgarrador de mi hermano. Aún puedo sentir la vibración de la mesa por los golpes que mi primo le daba con la cabeza. Aún puedo ver las lágrimas cayendo suavemente por las mejillas de mi angustiada madre. Aún siento el dolor de la forzada ausencia de mi padre.

Durante aquella noche dolorosa y gris no pude dormir; de hecho, ninguno lo hicimos. El tormento y la incertidumbre nos lo impidieron. Todos teníamos algún dolor: Gabriel en la mano, Helmo una pena transformada en ansiedad, mi madre solo tormento en el alma y a mí me dolía el estómago por los nervios.

Madre ni tan siquiera se puso el pijama. Estaba sentada callada en una de las sillas del comedor. Recogió los platos y la comida sobrante, y limpió las manchas de sangre del suelo. Algunas eran de padre, otras de mi tío y otras de sangre nazi. Después nos indicó con pocas palabras que nos fuéramos a nuestras habitaciones a descansar, pero fue imposible. Ella estaba profundamente rota, hecha añicos, cual espejo que cae desde lo alto de la pared y se golpea sin remedio contra el suelo. Sus restos anímicos estaban esparcidos por todo el comedor. Helmo estaba mal y parecía sentirse desorientado. Además de la pérdida de su madre, aquel día le habían arrebatado a su padre, su único referente afectivo. No paraba de llorar, pero en silencio. Claramente estaba en estado de shock. Intenté hablar con él, pero prefirió estar solo, no necesitaba compartir su dolor. Era suyo y de nadie más. Gabriel ya estaba más calmado, aunque seguía sintiendo grandes dolores en la muñeca. Sudaba, estaba frío y parecía que tuviese gripe. Madre se la había sumergido con ayuda de un gran cuenco. Luego se la vendó y él, poco a poco, recuperó el color de piel y se secó la frente. Mi madre, de nuevo, se volvió a sentar.

Yo me encontré sin saber qué hacer ni qué decir. El dolor del estómago era persistente y por momentos lo acompañaba una presión en el pecho. Intenté respirar lento y profundo para calmarlos. Cuando el sinsentido te arrebata a tu padre en la privacidad y seguridad de tu hogar, lo pierdes todo. Pero algo había que hacer, teníamos que reaccionar. Debía intentar animar a mi hermano.

—Gabriel, debemos ir a casa del doctor Hartwig a que le eche un vistazo a tu muñeca.

—No creo que sean horas para molestarle —respondió apretando los dientes para soportar el dolor.

—Te dará algo para mitigar el dolor. Por favor, Gabriel, vamos.

—Tienes razón. Voy a decírselo a madre. —Se levantó de su cama y salió.

—¿Puedo acompañarte, Gabriel? —No quería dejarlo solo.

—Sí, claro. ¿Vienes tú también, Helmo?

—Yo no quiero ver a nadie, primo. Solo a mi padre. Quiero encontrarlo y que vuelva conmigo, pero tengo la certeza de que ya nunca lo volveré a ver, ni vosotros a vuestro padre. Lo siento, de verdad, lo siento mucho —afirmó mientras se limpiaba las lágrimas con el puño de su camisa.

—Helmo, antes de lo que piensas los tendremos aquí con nosotros. Habrá sido una confusión. Y ten por seguro que esos policías pagarán por lo que nos han hecho. Nuestros padres son buenas personas, así que pronto los soltarán —le expliqué intentando calmarlo. Gabriel entró de nuevo a la habitación.

—Vámonos. Todos. ¡Ya! Andando —ordenó mi hermano elevando un poco la voz para hacer reaccionar a Helmo, mientras se sostenía con la mano izquierda la derecha.

Yo estaba en la puerta de la habitación dirigiéndome hacia el comedor cuando Helmo habló:

—Siento desobedecerte, primo, pero no voy a acompañaros. Id sin mí, por favor. Dejadme aquí. Estáis ciegos si pensáis que volverán.

—Pero, Helmo, ¿qué vas a hacer aquí solo? Ve por lo menos con nuestra madre —insistió Gabriel.

—Déjalo. —Helmo estaba decidido a no venir—. Aquí estará mejor —añadí.

—Está bien, como quieras. Necesito que me mire la muñeca el médico lo antes posible. Iremos rápido y volveremos antes de una hora. Salgamos ya, Simon. Mientras tanto, intenta descansar, primo.

Nos despedimos de madre y, antes de salir, esta nos entregó un sobre para la mujer del doctor. Le aterraba la idea de que nos cruzásemos con algún soldado nazi y por eso nos pidió que tuviésemos mucha cautela. Y así lo hicimos.

Caminamos rápidamente en la fría oscuridad de la noche y sin hablar para poder escuchar cualquier sonido extraño que nos hiciese desconfiar. Los pasos que dábamos eran sigilosos, como los del gato que acecha. Estábamos en alerta.

Pobre padre. Cuánto deseé que lo sucedido esa noche fuera solo una pesadilla. Pero la realidad superaba cualquier ficción que hubiese podido leer en los libros. La presión del pecho había desaparecido, pero el dolor del estómago, no. Hacía mucho frío, pero no importaba. Durante el camino no vimos nada raro y llegamos a casa del médico. Valentín Hartwig era un hombre mayor, cristiano, alto, rubio y con una gran barriga. No era simpático, pero madre decía que era muy bueno en su profesión. Padre y él eran grandes amigos, y formaba parte del grupo que se reunía en la plaza con asiduidad. A mí me inquietaba tener que ir a verle cuando estaba enfermo. Su bata blanca me daba pavor, pero siempre fue capaz de sanarme con potingues que sabían a rayos o con dietas. Estaba seguro de que, sin pestañear, aliviaría el dolor de mi hermano y con un certero diagnóstico le pondría un óptimo tratamiento. No pude dejar de pensar en padre durante todo el trayecto. ¿Cómo estaría y dónde, qué habría hecho para que lo secuestrasen en mitad de la noche? Y, sobre todo, ¿cuándo volvería? Estaba tan preocupado por él que no sentí miedo por pasear bajo la luna con una alta probabilidad de ser atacado por algún nazi. Quizá compartía los genes valientes de mi padre.

Llamamos a la puerta despacio. Nadie contestó ni tampoco se oía nada dentro de la casa. Golpeamos de nuevo en la puerta, esta vez un poco más fuerte. Silencio. Nos miramos extrañados.

—Doctor Hartwig, somos Gabriel y Simon, los hijos de Salvator. Abra, por favor —dije en voz baja, mientras contemplaba el cálido vaho que salía de mi boca como el humo de una chimenea.

A través de una ventana, distinguimos una leve luz moverse dentro de la casa. Una figura portaba una vela por el comedor. Se escuchó el sonido de la cerradura y nos abrió la señora Marie, la mujer del médico.

—Pasad, rápido —nos pidió mientras miraba a nuestro alrededor como buscando algo en la oscuridad.

Ella era una elegante mujer, rubia, alta, de unos sesenta años. Se notaba que en su juventud fue bella y esbelta, con seguridad admirada por infinidad de hombres. En aquel momento ya andaba con dificultad, ayudada por un bastón de madera. Cerró la puerta y nos miró a los dos muy extrañada por nuestra visita.

—¿Qué hacéis aquí, chicos?

—Buenas noches, señora. Discúlpenos por venir a molestarla a estas horas, pero ha sucedido una tragedia —afirmó Gabriel.

—¿Se han llevado a vuestro padre también? —respondió abatida y resignada.

—¿También? —solté, curioso.

—Hace un rato que han detenido a mi marido.

—Sí, señora. A nuestro padre y al tío Gustav —contestó mi hermano.

—¡Y les han pegado! ¡Y a Gabriel le ha roto el brazo un policía!

—¡Calla un momento, Simon! —me gritó mi hermano.

—Tranquilos. —Cerró un instante los ojos y respiró hondo—. Sentaos, por favor —nos pidió señalando un sofá azul. La obedecimos y ella se sentó enfrente, en una butaca igual al sofá—. Contadme, ¿cómo estáis? ¿Cómo está esa muñeca, chico?

—Siento pinchazos y me quema mucho. El nazi me dobló poco a poco la mano hasta que ya no pudo hacerlo más. No puedo moverla, está como muerta —le explicó con notables gestos de dolor.

—Permíteme ver esa mano. —Ella no era médico, pero realmente lo parecía. Examinó con sumo cuidado la maltrecha mano de mi hermano.

—Te llamas Gabriel, ¿verdad?

—Sí, señora.

—¿Cuántos años tienes ya? ¿Veinte?

—No, no. Tengo dieciséis. El próximo mes será mi cumpleaños.

—¡Dieciséis! Es increíble cómo crecéis.

Mi hermano ya estaba bastante despistado con la conversación como para darse cuenta cómo la señora Marie con sus manos, con marcas evidentes de la edad y no muy fuertes, realizaba una maniobra precisa. Gabriel chilló como nunca antes, pero después, como por arte de magia, podía mover la mano.

—Perdóname, muchacho, pero no había otra solución. El policía te había provocado una luxación perilunar. No te preocupes, chico, ahora te duele mucho, pero pronto estarás recuperado.

Gabriel lloraba de dolor. Me estremecí al pensar que un agente de la autoridad pudiese infligir tanto dolor a un joven por nada.

Doña Marie nos ordenó que la siguiésemos hasta la habitación de curas. Una vez allí, le puso una férula en la mano para ayudar a su recuperación. Después le administró una inyección en el brazo para calmar su dolor. En aquel momento, recordé la carta que me había dado mi madre y se la entregué.

—Esto es de parte de nuestra madre. —Se la entregué y ella, sin mirarla, la guardó bajo un libro.

—Me lo imaginaba, la estaba esperando. —Hizo una pequeña pausa y noté en su mirada un halo de lástima por nosotros—. Y tú, pequeño, ¿estás bien?

—Me duele mucho el estómago. Como si tuviera cien abejas enfurecidas picándome dentro.

—No te preocupes —me dijo mientras me acariciaba el pelo—. Verás como se te pasa poco a poco. Te duele a causa de la tensión de esta noche; es posible que hasta tengas problemas para respirar con normalidad. Si es así, cierra los ojos y piensa en algo que te guste, en algo bonito. ¿De acuerdo? Ahora volved a casa con cuidado, decidle a vuestra madre que he recibido su carta y dadle un fuerte beso de mi parte.

Pese a los sucesos de esa noche, aprendí mucho con la mujer del médico. Siempre tranquila, serena, segura y certera. Nos despedimos de ella y yo la abracé, agradecido por su ayuda. Volvimos a casa con el mismo sigilo que antes, pero con menos dolor; Gabriel estaba mucho mejor y yo tenía más ánimo. Solo quería regresar cuanto antes a casa y ver a Helmo y, especialmente, a madre.

Cuando llegamos no la vimos. «Qué extraño». Fui a la habitación a ver a Helmo, pero tampoco estaba. Los busqué en la cocina, en las otras habitaciones y hasta en el baño, pero no los encontré. «¿Dónde demonios se habrán metido?».

—Gabriel, madre y Helmo no están. He mirado en toda la casa y no los encuentro —dije temeroso por si hubieran vuelto durante nuestra ausencia los malditos policías.

—Mmm... No te preocupes, Simon. Seguramente habrán salido a traer más leña. —Mi hermano era muy avispado. Podía ser cierto lo que decía, ya que la chimenea estaba apagada y empezaba a notarse algo de frío en la casa. Quizá tuviera razón... o quizá no.

Así pues, decidimos sentarnos en el comedor a esperarlos. Sin hablar. Habían ocurrido muchos acontecimientos negativos en una misma noche y era difícil digerirlos todos. Sin mi madre, volvió el intenso malestar de estómago. Recordé el consejo de la señora Marie e intenté pensar en otra cosa para evadirme del dolor, las dudas y los malos pensamientos. No pude evitar recordar las tardes que pasé en la carpintería junto a padre y mi hermano. Esas en las que la potente y afinada voz de Gabriel interpretaba increíbles composiciones de Wagner, Strauss o Mozart. Lo inundaba todo con sus notas, era muy emocionante.

Escuchamos la puerta abrirse y nos giramos rápidamente para ver quién entraba. ¡Era ella! Nos miró sorprendida y con gesto de alivio. Llevaba un pequeño paquete sucio con tierra húmeda.

—¡Mamá, por fin has vuelto! Gabriel ya tiene la mano casi bien.

—Sí, madre. La mujer del médico me la ha colocado en su sitio y me ha pinchado un calmante.

—¿Has visto la muñequera que lleva Gabriel? ¡Hasta le ha puesto una inyección! La señora Marie ha sido muy amable con él, solo que el médico no...

—No estaba, ¿verdad? —dijo con seriedad.

«¿Cómo podía saber ella que se habían llevado también al médico?».

—Seguramente se habrán llevado a todos los amigos de vuestro padre, con los que solía reunirse, a todos. Los nazis son así, lo sabíamos, pero se han adelantado. —Estaba muy triste, era evidente. Levantó la mirada y, sonriendo de forma leve, continuó—: Por fortuna, padre pensó en vuestra seguridad en un caso extremo como este y enterró en el bosque esta caja. —Estábamos expectantes—. Ideó un plan de emergencia para que pudieseis escapar y estar a salvo. Estad seguros, hijos míos, de que antes o después volverán los nazis a por vosotros. —Abrió la misteriosa caja y sacó unas hojas—. Aquí tengo varias cosas: unos documentos falsos para vosotros y una hoja en la que están todos los datos que debéis memorizar a la perfección, los datos de vuestra nueva vida. También hay una dirección y un nombre. Es aquí donde tendréis que ir para estar seguros. Allí os atenderá una señora que conocemos. Es una buena persona. Esto es para ella. —Le entregó a mi hermano un sobre—. ¡Escóndete esto bien, Gabriel! Ella os aconsejará sobre lo que tendréis que hacer para integraros en vuestra nueva vida y pasar desapercibidos.

—Pero, mamá, ¿qué estás diciendo? ¡Yo no puedo vivir sin ti! ¿Cómo vamos a irnos y dejarte aquí sola? —exclamé sintiendo de nuevo el dolor en el estómago. Gabriel parecía estar de acuerdo con ella.

—Querido Simon, son momentos difíciles y no hay otra salida. No es una opción. Aquí no os podéis quedar de ninguna de las maneras. Prefiero saber que estáis lejos y vivos a dejaros aquí y que os lleven los nazis, y… —En ese punto del discurso perdió la entereza y rompió a llorar. Además del dolor, volví a tener esa presión en el pecho que me dificultaba respirar—. Lo siento, hijos míos, pero no hay tiempo que perder. Debéis coger algo de ropa y os he preparado un poco de comida para el viaje. En este sobre —se lo entregó a Gabriel— tenéis algo de dinero para el billete del tren y los primeros días. Debéis ser fuertes, sé que lo sois. Estudiaos todos los nombres, fechas y demás anécdotas que os escribió vuestro padre. —Silencio—. No volváis. Ni se os ocurra o terminaréis luchando en la guerra. ¡Dios, cuánto os voy a echar de menos! Confío en que la educación que os hemos dado, junto con el coraje y la fuerza de vuestras almas, os ayudarán en este plan. Nada puede salir mal. Será difícil, hijos, pero confiad en vosotros y ayudaos mutuamente.

No pude más y, rompiendo a llorar, me lancé a abrazarla. Me colmó de dolor y miedo pensar que iba a separarme de la persona que me había dado absolutamente todo. Ella, que me había cuidado con esmero; ella, que me había enseñado a amar; ella, que comprendía enteramente cómo era yo; ella, la que hubiera dado la vida por mí... y yo por ella. «No podré vivir sin ti», pensé entre sollozos.

—Madre, ¿dónde está Helmo? —preguntó Gabriel.

—Me imagino que seguirá en su habitación. Cuando salí estaba allí.

—He mirado por toda la casa y no lo he visto —contesté mientras me secaba las lágrimas con la mano.

—¿Has buscado bien, hijo? ¡Helmo, ven al comedor! —Pero este ni vino ni contestó—. En fin, no creo que se encuentre muy lejos, habrá salido a tomar el aire.

Nos pusimos nuestros abrigos y fuimos a buscarle para traerlo de vuelta. El frío ya no hacía mella en nosotros, estábamos tan concentrados en encontrar a nuestro primo que no reparamos en cuán gélida era la noche. Examinamos con atención y precaución toda la zona próxima a la casa, así como la carpintería y el pequeño almacén, pero no vimos ni rastro de Helmo. Volvimos a entrar en casa. Madre fue directa a mirar en la habitación donde lo habíamos visto por última vez. Sobre el pequeño escritorio de madera, que como otras tantas cosas también había construido padre, encontramos un trozo de hoja escrita por mi primo. Madre se la entregó a Gabriel para que la leyera.

No puedo quedarme aquí perdiendo el tiempo. Cada minuto que pasa se alejan más y será más difícil encontrarlos. Pensáis que van a volver pronto y no será así. Mi padre me ha hablado muchas veces de política, sobre los nazis, y sé que los han apresado por comunistas. Aquí nadie hace nada para recuperar lo que es nuestro. He ido a traerlos de vuelta. Os quiero.

Madre, con un gesto de rabia, le arrebató la carta a mi hermano y la leyó. Estaba muy afectada. Ninguno habríamos imaginado jamás que se atreviera a salir de casa. Al pensar en los problemas que podría tener mi primo, me estremecí e hice algo que nunca había hecho hasta aquel día y que nunca volví a hacer: agarré fuerte la mano de mi hermano, consciente de la temeridad de Helmo. Él me miró y respondió con unas caricias en la mía, gesto que agradecí enormemente. «Helmo está absolutamente loco».

—Maldita sea. ¿Pero qué has hecho? —exclamó madre entre triste y furiosa.

Era imposible saber dónde podría estar. Había pasado ya más de una hora desde que lo vimos por última vez, era demasiado tiempo para dar con él. Podría haber ido en cualquier dirección. Sí, Helmo estaba completamente fuera de sus cabales. Con seguridad los soldados lo habrían apresado ya y lo estaban preparando para llevárselo al frente, o en el mejor de los casos se habría perdido.

Sé que mi madre se lamentaba y se sentía culpable por no haber podido prever e impedir su escabullida. Aún sigo enfadado con él por su inconsciencia y por hacerla sentir mal.

Madre gestionó lo mejor que pudo aquella situación. Siempre fue una persona muy prudente, pero aquella noche actuó con firmeza, decisión y coraje. Los acontecimientos iban cobrando tintes cada vez más dramáticos.

—Debéis marcharos ya —dictaminó, serena, nuestra madre—. Tenéis un largo viaje hasta llegar a vuestro destino. Ojalá encontréis de camino a la estación a Helmo, pero lo dudo. Hasta que subáis al tren debéis tener mucha cautela. Si os encontráis a algún soldado y os pregunta, ceñíos a lo que habéis leído. Respondedles con su mismo saludo y sin miedo. Rezaré por vosotros cada día para que estéis bien y para que Dios os ayude y os dé fuerza.

Hasta aquel día siempre fui un niño feliz, nunca me faltó de nada ni eché nada de menos, pero aquella noche tuve que madurar a la fuerza. A partir de entonces mis años se duplicaron y una vejez precoz pudrió todo mi destino, colmándolo de soledad. Mi futuro se esfumó y mis pecados me aplastaron. Aquel día mi vida y las de todos comenzaron a cambiar. Y empecé a perder todo y todo me faltó.

CAPÍTULO 3

Nadie de nuestra familia olvidó aquella noche. Fue el principio de todo, el comienzo de la cuenta atrás, algo así como los últimos respiros de un sentenciado a morir en la horca.

Me despedí de mi madre con un larguísimo abrazo. En mi cabeza, rápidamente repasé todos los buenos momentos que había vivido con ella: sus sabios consejos, los cuentos para dormir por las noches, las caricias, sus sonrisas y sus gestos. Hundí mi cabeza en su cuello y sentí su calor. Acaricié su cabello siempre suave y limpio. Pude oler su piel; era el perfume de mi hogar, que abandonaba a la fuerza, triste y con miedo. Lloramos los dos. Gabriel, que nos miraba de pie apoyado en la mesa del comedor, también se unió a los llantos y al abrazo. Todavía hoy lloro por no haber estado siempre junto a ella, por no haber compartido toda mi vida junto a ella, por haberla dejado sola. Era una gran mujer, siempre lo fue. Esa noche, pese a todo, confirmé dos cosas sobre ella: que era muy valiente y que nos amaba con locura.

No podía creer que me estuviese alejando por la oscuridad del bosque, poco a poco, paso a paso, de mi madre. Pero así era. Dolía como si me arrancaran el corazón. ¿Quién hubiese dicho aquella mañana que de madrugada estaría huyendo de mi casa y abandonando a mi madre?

Aunque estaba abrigado, casi hasta los ojos, sentía frío; y eso que caminaba cargado con una mochila llena de ropa y algo de comida. Pero el esfuerzo físico no podía competir con la temperatura de aquella noche, ni con la ansiedad, ni mucho menos con el miedo.

No sé la razón, pero el caso es que me vino a la mente el paquete que mi hermano le había llevado a madre.

—¿Qué le ha vendido a la mujer de tu jefe?

—Las pocas joyas que tenía. Sabía que podía pasar todo esto, que las joyas no se comen, y se adelantó. Ha vendido valiosos recuerdos para que sus hijos puedan sobrevivir.

Me dejé llevar por la pesadumbre emocional y caí de rodillas al suelo, rendido. Era como si la mochila pesase una tonelada, pero una tonelada de pena. Mi alma frágil y afligida estaba congelada al igual que mis pies. Lloré tanto que hasta contagié a Gabriel. Él me abrazó y me animó a ponerme en pie y continuar. Así lo hice, pero mi ímpetu se había quedado en casa junto a mi madre.

El ritmo no era muy fuerte, ya que no se veía demasiado bien donde pisábamos y, para evitar caídas innecesarias, íbamos sin prisa. Solo se oían las pisadas de nuestras botas al romper algunas ramas y hojas secas, así como los primeros cantos de los pájaros que, ajenos a nuestro dolor, se despertaban por la inminente llegada del nuevo día. Anduve siempre atento a Gabriel, ya que sabía orientarse muy bien pese a caminar de noche. Él había hecho este recorrido unas cuantas veces; en cambio, yo solo dos o tres y hacía ya bastante tiempo. Esas poquísimas veces que anduve hasta la estación siempre fue para esperarle a él y a padre. Madre les preparaba una especie de pan relleno de embutido por si tenían hambre, me cogía de la mano y, con paciencia, nos dirigíamos a la estación, siempre de día y por el camino directo desde la sinagoga. Ahora la negrura lo inundaba todo y, si hubiese ido solo, seguramente me hubiese perdido.

La total oscuridad del cielo de la noche dio paso, lentamente, a los primeros colores rojos y morados. Las estrellas poco a poco se apagaron. El alba era un acontecimiento muy bello pese a todo lo desagradable que habíamos vivido hacía pocas horas. Para cuando llegamos a la estación, el sol ya brillaba y nos ayudaba a calentar nuestros cuerpos; pero su luz me incomodó, porque entre los llantos y la falta de sueño mis ojos estaban doloridos.

Allí había muchísimas personas. Gente cargada con maletas, con bolsos grandes y hasta con baúles. Nunca antes vi tanta gente reunida. Todos esperando la llegada del tren. Tuve la sensación de que había más gente despidiendo a sus seres queridos que esperando su llegada. Era como una espantada masiva. También había un gran número de soldados y perros, perros nazis. Nos dirigimos a la ventanilla donde se vendían los billetes y, pese a todo, pudimos comprar dos para el último vagón. El señor de la taquilla nos dijo que el tren llegaría en una hora y media aproximadamente, así que decidimos apartarnos del bullicio y sentarnos a desayunar. Subimos a un pequeño montículo coronado por unos árboles majestuosos y, apoyados bajo uno de ellos, vimos la llegada de más gente. Me fijé en mi hermano: tenía las manos sucias, así como los bajos de los pantalones y las botas. Ofrecía un aspecto demacrado. Seguramente yo no estaría mucho mejor que él. Todo lo acontecido durante esa fatídica noche había hecho mella en nosotros.

—Tenemos que ser fuertes, Simon. —Asentí con un leve movimiento de la cabeza—. ¿Recuerdas todo lo que ponía en tu papel?

—Sí, lo tengo todo grabado en la memoria. Mi nuevo nombre, la dirección, el nombre de nuestro supuesto padre muerto y el de nuestra nueva madre. Todo. ¿Y tú?

—Yo también.

—¿Te duele la muñeca?

—Solo un poco, no te preocupes.

La comida que llevábamos estaba realmente buena. Nuestro organismo necesitaba un poco de energía para recuperarse. Pobre madre, ya la echaba de menos.

—No tengas miedo, padre es muy listo y precavido, el plan es muy bueno. Cuando lleguemos deberemos confiar en nuestra nueva madre. La señora Michaela nos ayudará en todo, nos facilitará trabajo y cobijo. Deberemos poner empeño para pasar desapercibidos.

—Echaré de menos a padre y madre. Sé que te tengo a ti. Sé que me cuidarás mucho y me ayudarás en todo. Eres un buen hermano mayor, pero ellos son imprescindibles.

—Lo sé, para mí también. Pero la vida sigue, Gabriel. Además, ellos se han visto forzados y han querido que hagamos esto. Es lo mejor para nosotros, para todos. Ha sido su voluntad y debemos esforzarnos para que salga bien. Y lo haremos por ellos.

—Claro —afirmé sin estar convencido del todo.

De pronto, entre la multitud vi un grupo de soldados y policías, entre ellos destacaba claramente uno. La mayoría eran altos y fuertes excepto uno, que era inconfundible. Sí, allí estaba: el bajito, ese ser perverso. Ese villano que había truncado mi vida y la de mi familia. Vestía de igual forma que el día anterior y tenía la misma cara iracunda. El corazón se me iba a salir por la boca. Me acerqué a mi hermano.

—Gabriel, mira allá, donde está la taquilla, en el andén. ¿Ves a ese grupo de soldados? —comenté asustado.

—Sí. ¿Qué ocurre? Hay mucha gente.

—Fíjate bien. ¿Ves al policía bajito que pegó a padre y al tío?

—¡Oh, Dios mío! —exclamó a la vez que me agarraba por la pechera con su brazo bueno, llevándome detrás del árbol—. No podemos dejar que nos vea, seguro que nos reconoce. Y si lo hace, nos apresará.

—Pero el tren no tardará mucho en llegar y el maldito canalla está en el andén.

—Cuando veamos que se aproxima el tren debemos acercarnos y subir sin que nos vean. Eso sí, sin perderlo de vista.

—Esta pesadilla parece que nunca acaba. ¡Malditos nazis!

—Los nazis han venido para quedarse en el Gobierno, y ahora forman parte de nuestras vidas.

—No lo entiendo, hermano. Padre siempre decía que el Gobierno está para servir y ayudar al pueblo, y ellos parece que hacen todo lo contrario.

—Lo sé. Padre tenía razón. Pero ellos no van a desaparecer por ahora.

—Deseo con todas mis fuerzas que sí.

Enfadado con el Gobierno y con sus malvadas formas de tratar a la gente, maldecí a ese Adolf. Guardé el resto del bocadillo que no pude comerme y ayudé a Gabriel a colocarse su mochila. Me puse mi viejo gorro de lana hasta los ojos y subí mi bufanda para que me ocultara parte de la cara. Toqué dentro de mi bolsillo la identificación que me había proporcionado madre para poderla mostrar pronto ante el requerimiento de cualquier soldado o empleado del ferrocarril.

De nuevo, dirigimos nuestros pasos hacia la estación. A lo lejos podía ya distinguirse el ruido metálico de la locomotora. Alcé la vista hacia el cielo, ese pulcro cielo azul, pensando en que era el mismo al que mi madre estaría dirigiendo sus plegarias. Busqué al policía bajito y este seguía en el andén, pidiendo a algunas personas que abriesen sus pertenencias, discutiendo con otras…, hasta escupió a una pareja de ancianos que despedían a unos familiares por estorbarle en su camino.

El tren entraba en la estación y comenzó a detenerse. Una niña pequeña, de unos seis años más o menos, pasó por detrás del grupo de militares. Iba acompañada de una señora, supongo que su madre, y de un perro pequeño que sujetaba con una correa. Este ladró atemorizado ante los perros de los militares. El policía bajito se giró irritado, lo cogió por el cuello y lo lanzó a las vías justo en el momento en que llegaba el tren. La niña lloró desconsolada, a la vez que la señora se lo recriminaba, incrédula, al agente. Este la abofeteó, mientras el resto de militares se reían. Gabriel y yo nos miramos y no dijimos nada.

El tren paró con su clásico chirrido al frenar. Aquello era un verdadero caos, la gente se dirigía hacia sus respectivos vagones con total desorganización. Yo iba detrás de Gabriel, pero sin perder de vista al policía bajito, que se hallaba a unos cincuenta metros de nosotros.

—Nuestro vagón es el de allí —me informó mi hermano acercando su boca a mi oreja.

—No puede ser. ¿Y ahora qué?

Nuestro vagón era el que estaba más cerca del agente, que se aproximaba a nuestra posición, poco a poco, amedrentando a la gente de su alrededor. Bajamos las cabezas, procurando pasar desapercibidos y tratando de darle siempre la espalda. Creo que nuestras miradas se cruzaron durante un segundo. Yo miré al suelo tratando de disimular, pero me reconoció, ya que cambió su trayectoria y se dirigió hacia nosotros. En ese instante, el tiempo se ralentizó, parecía gelatina. Era como si las personas que veía bailasen una lenta melodía, casi inaudible. Un hombre pasó corriendo por nuestro lado, cargado con una maleta grande y roja, y no sé por qué razón no me esquivó y me dio un golpe en el hombro. Traté de mantener el equilibrio para no caer sobre el policía, que se hallaba justo a mi lado. Pude escuchar su asquerosa voz cuando casi lo rocé; pude oler hasta el perfume de su traje. Mi hermano frenó mi caída con su espalda, fue como un muro de contención. Mientras, el hombre no pudo hacer nada para evitar caer sobre el policía. La maleta roja rodó por los adoquines de la estación y se abrió, arrojando por el camino ropa y algunos libros. El hombre se levantó ipso facto e imploró perdón, pero no le sirvió de nada. El soldado comenzó a chillar, ordenó apresarle, y entre los otros lo apalearon sin piedad. El desgraciado recibió un sinfín de golpes, patadas y puñetazos. Sospecho que hasta la muerte, porque quedó tendido en el suelo sin moverse. Por la cabeza y la cara escapaba gran cantidad de sangre. La gente se apartaba despavorida, temerosa de que los violentos soldados les agredieran. Los perros ladraban enloquecidos y hasta escuché el llanto de algunos bebés. Mientras, los nazis estaban exhaustos tras la espeluznante paliza que le habían propinado a aquel pobre hombre.

Gabriel reaccionó con rapidez y me cogió del brazo. Hasta ese momento yo estaba paralizado, congelado. Él me hizo despertar. El espacio-tiempo volvió a la normalidad, así como mi cerebro y mi cuerpo, y aprovechamos la confusión para diluirnos rápidamente entre la multitud y subir al vagón. Por fortuna, nadie se percató de nosotros. Para cuando el policía se recuperó y quiso encontrarme, ya era demasiado tarde. El tren empezó a moverse poco a poco. Desde el andén buscó mi rostro en alguna ventanilla, pero yo lo miraba alejado del cristal impidiendo que me detectase desde su posición. Lo vi correr tratando de subir, pero sin éxito. El tren cogió más velocidad. El hombre de la maleta roja continuó inerte en el suelo hasta que dejé de verlo.

Nos alejamos del caos, del histérico agente y del moribundo del andén. Con el ruido del tren dejábamos atrás todo lo que conocíamos, todo lo que nos gustaba. Nuestro hogar. Nuestra familia. Todo. En ese momento solo teníamos algo de ropa, documentación falsa, los restos de un bocadillo y un vacío infinito en el alma. Y la responsabilidad de salvar nuestras vidas.

Me deshice del gorro, los guantes y la bufanda. Ayudé a mi hermano a quitarse sus ropas de abrigo y nos sentamos en nuestros correspondientes bancos de madera. No eran precisamente cómodos, pero después del largo recorrido que habíamos hecho durante toda la noche eran más que suficientes. Yo estaba agotado y a Gabriel le dolía un poco la muñeca; no lo decía, pero se notaba cuando la movía. Cerré los ojos, tiré mi cabeza hacia atrás y resoplé. Volví a abrirlos y miré a Gabriel.

—Gracias, me has salvado la vida. —Mi hermano me miró, puso la mano en mi rodilla y sonrió.

El interior del vagón era viejo, tal como hacía intuir el exterior. Olía a madera húmeda y roída por el paso de los años. Era un gran espacio lleno de asientos y compartimentos para el equipaje. Gabriel se hallaba al lado de la ventana y miraba los árboles pasar. Lo vi reflexivo, a punto de dormirse. No hacía frío. Era agradable viajar en tren, nunca lo había hecho hasta ese día. El traqueteo nos servía como una especie de masaje.

En nuestro compartimento había mucha gente. A nuestro lado se encontraba una pareja de abuelitos que se daban la mano, ella con la cabeza apoyada en el hombro de él. Era bello ver cómo podía perdurar en el tiempo el amor verdadero que une a ciertas personas. Al lado de los ancianos dormía muy profundamente un hombre obeso y claro de piel, casi albino, que roncaba como un animal. Enfrente de nosotros se encontraba una chica rubia con unos ojos verdes preciosos, como el de un árbol en primavera después de la época de lluvias, que miraba al hombre y ponía cara de lamento. Al cruzar nuestras miradas hice una mueca de resignación y ella me contestó con un gesto de hastío. Creo que le fastidiaban los estruendosos resuellos del ario, ya que le impedían descansar. Aquellos ronquidos me incomodaron un poco, pero resultaba gracioso contemplar los movimientos de semejante barrigón. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Al compás. También había otra pareja que viajaba con sus dos hijos pequeños. La niña tenía el pelo muy rizado y jugaba con el padre, mientras que el niño dormía sereno en el regazo de su madre, que meditaba sobre algo en el vacío de su cansancio. La niña me saludó con su manita y le dediqué una sonrisa. El padre parecía agotado, pero tenía cierto aire de belleza que compartía con la niña. De no ser por la música del demonio que salía de forma rítmica y constante de la garganta del tripudo, podría decirse que éramos un grupo de lo más estupendo. Me sentí tranquilo allí junto a ese conjunto de personas. Después de lo vivido con el soldado, aquello era el paraíso.

De pronto noté que alguien me daba unos toques en el hombro. Me giré hacia mi hermano, que ya dormía, y luego miré a la anciana que seguía absorta en sus cavilaciones.

—Chico —me susurró una voz masculina detrás de mi cabeza.

Instantáneamente me volví. Era el hombre que estaba sentado detrás de mí.

—¿Sí?

—Casi os atrapa.

—¿Perdón?

—Habéis tenido mucha suerte, muchacho. Por poco os coge el agente de la Gestapo.

Lo miré sorprendido. Era un señor de mediana edad, con un bello rostro, moreno, una sonrisa iluminada por unos dientes resplandecientes y adornado con un sombrero que le daba cierto aire de gallardía. No supe qué contestarle.

—Si os atrapa, no sé qué os hubiera hecho. Estaba totalmente fuera de sus cabales. —Sacó una botellita de un bolsillo y bebió un trago—. Ha destrozado al pobre hombre que se cruzó entre vosotros.

—Sí.

—Apartémonos de la gente, allá atrás hay un espacio vacío. Podremos hablar con mayor tranquilidad. —Señaló un lugar al final del vagón. Era una esquina sin ventanas, sin apenas luz—. ¿Vienes?

—Está bien.

No sé por qué, pero el caso es que acompañé al misterioso caballero hacia el final del vagón.

—No tengas miedo. Mi nombre es Ansgar Gerber. He observado los acontecimientos en la estación. Os habéis librado, por lo menos, de una buena paliza. Estos días los policías y los militares están como locos. Todos lo están. ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Mi nombre es Si... —dudé. Miré al suelo y tragué saliva—. Frank, señor. Frank Geissler.

—Claro, Frank, como tú quieras. —Me sonrió—. Las próximas veces que un desconocido como yo, por ejemplo, te pregunte por tu nombre, no vaciles tanto. Debes mostrarte seguro. —Me había descubierto. En ese momento, además de la curiosidad que me despertaba aquel hombre, sentía miedo. Intenté mirarle a los ojos para demostrar una seguridad ficticia, como mi nombre.

—¿Qué quiere?

—Solo quiero ofreceros mi ayuda, por si la necesitáis. —Lo miré expectante—. No sé a dónde os dirigís, si tenéis algún lugar donde os acojan o una coartada segura y creíble. Pero soy una buena persona, créeme.

—Le creo, señor Gerber.

—Vivo en un pueblecito muy cerca de Bonn y tengo una imprenta. En breve necesitaré mano de obra y os podré dar trabajo. —Volvió a beber de su pequeña botella y la guardó.

—Bueno, el caso es que volvemos a casa de nuestra madre y allí los dos tenemos ya nuestra vida bien organizada. Pero le agradezco el gesto.

—Claro, claro. De todas formas, chaval, te dejo una tarjeta con la dirección de mi empresa. En cualquier momento podéis pasar por allí. No lo dudéis.

—Gracias, pero por el momento...

—Déjalo ya, muchacho. Conmigo no hace falta que sigas mintiendo. Solo quiero ayudar. —Le volví a mirar a los ojos y pude ver que era sincero. Noté que era una de esas personas que aparecen en las vidas de otras para guiarles o facilitarles la existencia.

—Gracias. La verdad es que no sé muy bien qué encontraremos en Bonn. Vamos a buscarnos la vida.

—Lo sé. Lo he imaginado desde el primer momento que os he visto. Por eso os brindo mi protección. Mi casa es vuestra casa. En tiempos revueltos hay que ayudar a la gente que lo necesita. ¿Judío? ¿Comunista?

—¿Qué? No entiendo.

—Vuestro padre, que si es judío o comunista.

—No, no. Claro que no. Bueno, mi padre... No. Mi padre...

—Judío y comunista, ¿cierto? —Volvió a beber de su botella.

—Prefiero no hablar sobre eso. —Mantuve mi secreto a buen recaudo. Aquella insistencia me incomodó. No podía confesar todo a cualquier desconocido. Y sí, éramos judíos. Mis padres se habían regido por la Torá y habían vivido según sus normas, pero siempre habían sido flexibles en sus mandamientos. Podría decirse que nuestra cultura era judía, solo eso.

—Entiendo. Yo soy judío, pero me necesitan por mi empresa. No pongo en duda que tu padre sea una buena persona, muchacho. Los soldados tienen órdenes concretas y en lo que se refiere a judíos y comunistas son muy ásperos. Esperemos que esté bien.

—Eso deseo con toda mi alma. Poder vivir en paz y tranquilo.

—Eres un buen chico.

—Siento que usted es una buena persona. Guardaré con cuidado su tarjeta por si le necesitamos.

—Tened cuidado cuando lleguéis a vuestro destino. Está plagado de nazis. Pero lo más importante es que no titubeéis ante ellos. Si reaccionas con ellos igual que conmigo, os descubrirán. —Asentí—. Chaval, me alegro de haberte conocido. Al menos pasaos a saludarme cuando os hayáis instalado en Bonn.

—Dé por hecho que iremos a verle algún día. Gracias, muchas gracias. Ha sido usted muy amable.

Le miré con cara de alivio y agradecimiento, me dio una palmada en mi hombro y con una sonrisa nos dirigimos cada uno a nuestros correspondientes sitios. Encontrarme con ese desconocido en aquel vagón fue realmente un alivio. Parte del miedo y de la incertidumbre que sentía se disiparon. Mi hermano seguía dormido, como el ario obeso, así que decidí disfrutar del paisaje que veía ante mí por la ventanilla. Los árboles pasaban veloces, las montañas en la lejanía se movían también, el traqueteo del vagón, el calor del amor de los ancianos, la mirada verde de la chica rubia, la voz grave y masculina del padre de los niños..., todo contribuyó a que cayera rendido a merced de Morfeo.

Calenté mis manos apretando firmemente la taza con mi infusión, endulcé mi paladar con su suave textura y tibio sabor. Junté mi taza con sus vasos y brindamos. El sonido de la cerámica junto con el del vidrio se escuchó por todo el vagón restaurante. Me encontraba junto al señor Gerber y el padre de los niños, que disfrutaban de unos vasos con Killepitsch. Era una situación maravillosa. Eran grandes conversadores y muy simpáticos. Les conté la aventura que habíamos vivido mi hermano y yo, y todo lo que nos quedaba por hacer. Se mostraron muy empáticos y me transmitieron coraje para afrontar el futuro. Les hubiera gustado conocer a mi padre. Vi mucha belleza en esos hombres, cada cual distinto, pero igualmente carismáticos. El padre nos contó que se mudaban a Düsseldorf para poder estar más cerca de la madre de su mujer, que se encontraba enferma, y que, además, le habían ofrecido un puesto de trabajo como ingeniero en una gran fábrica de coches con una importante suma de dinero que no podía rechazar. También nos contó la historia de cómo conoció a su mujer en una fiesta de fin de año. El señor Gerber, en cambio, era soltero y no tenía hijos. Dedicaba toda su vida a su trabajo en la imprenta. Le encantaba editar libros antiguos y otros tantos de filósofos y poetas. Conocía a muchos escritores famosos y se codeaba con la alta sociedad artística y cultural. Ojalá mi hermano hubiese estado despierto, pues se perdió una gran sesión de oratoria y de risas. Aquellos dos hombres me resultaban interesantes y era extraordinario poder charlar con ellos. Me hacían olvidar la tristeza que sentía por la soledad de mi madre y el dolor de mi padre, y me despertaban cierta fascinación.

De lejos escuché la voz inigualable de Gabriel al cantar y un sinfín de gente que lo jaleaba y ovacionaba. No podía creer lo que estaba viendo. Mis nuevos amigos se pusieron en pie y también lo vitorearon como locos. Vi aparecer entre la muchedumbre a la hija del ingeniero, que se acercaba sin prestar atención al gentío enloquecido. Su padre se levantó y fue a rescatar a su hija. La niña lo abrazó fuerte colocando su cabecita repleta de rizos rubios sobre su hombro. Pero esa imagen tan hermosa se tornó espeluznante al segundo. La niña apretaba con sus manitas, fuerte e impasible, el cuello de su padre, y este no podía zafarse. En unos segundos, el padre se desmayó y cayó al suelo. La niña estaba de pie dándome la espalda. En ese instante nadie gritaba ni mi hermano cantaba. Solo se escuchaba la risa burlona del señor Gerber.

—¿De qué se ríe?

Busqué a Gabriel para pedirle auxilio, pero no lo vi. Al girarme de nuevo hacia la niña, esta se volvió hacia mí. Su cara angelical había mutado. La transformación era terrorífica, tenía la cara del agente de la Gestapo. Este había salido de dentro de la niña como un insecto en su cambio de piel. Como la metamorfosis de un bicho malicioso. «¡Dios mío! ¿Cómo puede ser?», me dije.

—¿Pensabas que podías escapar de mí, maldito pueblerino ignorante?

Intenté correr, huir, desaparecer, pero mis pies no me hacían avanzar. Resbalaban. Seguía siempre en el mismo sitio. Me afanaba para que mis potentes zancadas hicieran bien su cometido, pero no. El policía empezó a crecer súbitamente. Ahora era más alto que yo.

—Simon… ¡Simon! Despierta, hermano.

—No me hagas daño, ¡por favor! —grité suplicando clemencia.

—¿Pero qué estás diciendo, Gabriel? Soy tu hermano. ¿Te encuentras bien?

Me había dormido y el sueño se había transformado en pesadilla.

—Sí, sí. Estaba soñando... —le dije mientras me secaba el sudor frío de la frente.

—Prepárate, enseguida tenemos que bajar. Ya casi hemos llegado. Ayúdame con la chaqueta, anda.

Me incorporé y se la puse, así como la mochila y el gorro. De igual forma me abrigué y me coloqué bien la mochila. Miré con alivio al padre de la niña, que leía un periódico con tranquilidad. Sonreí. Traté de cruzar una mirada con él, pero no levantó la vista del diario. Cuando la niña se percató de nuestros movimientos me miró y sentí un escalofrío. Aparté la vista inmediatamente.

El tren se detuvo. Por fin habíamos llegado a Bonn.

CAPÍTULO 4

El reposo durante el viaje en aquel vagón lo agradeció cada célula de mi cuerpo, pero sobre todo mis pobres pies.

Al detenerse el tren, algunas personas hacían cola para apearse y otras esperaban sentadas para continuar su viaje. Nos pusimos en la fila dispuestos a emprender una nueva etapa de la forzosa aventura que nos estaba tocando vivir.

—Después de usted —dijo mi hermano, y acto seguido se le iluminó la cara. Con un gesto de la mano cedió el paso a una chica de gran sonrisa y pechos abundantes.

—Oh, muchas gracias. Es usted muy amable —contestó ella sonriendo, mientras descendía del tren por las escalerillas. Estoy convencido de que, de no ser por su muñeca malherida, mi hermano hubiera cogido sin dudarlo la maleta de la señorita.

Al pobre Gabriel, al verla, se le puso una sonrisa estúpida y las mejillas se le sonrojaron. No pude evitar reír. Así que, gracias a la chica de los grandes pechos y a aquella absurda situación, nos alegramos los dos y apartamos nuestros grises pensamientos por un instante.

Al salir del tren respiré hondo y pude sentir la brisa gélida que acariciaba mi rostro. El frío hizo que me brotasen algunas lágrimas. Gabriel, en cambio, observaba con atención alejarse a la señorita, que caminaba con hipnóticos contoneos de cadera. ¡Qué poco necesitan los hombres para olvidar un amor! En el fondo me alegré por él, había estado tremendamente callado y triste todo el tiempo, la melancolía le había estado comiendo por dentro, y en aquel momento le cambiaron la cara y el espíritu.

Busqué al señor Gerber entre la multitud que descendía del tren y que se diluía entre el gentío que esperaba en el andén y aquellos que deseaban subir al vagón, pero no lo vi. Me hubiera gustado despedirme de él, había sido muy amable conmigo. Pero ni rastro de él. Por el contrario, sí había una buena representación de soldados nazis con sus semblantes nazis y sus perros nazis. La mayoría de ellos poseían miradas frías y antipáticas, como si aborreciesen a todas las personas ajenas a ellos y a los suyos. En menos de un día vi a más de un centenar de soldados y no recuerdo que ninguno tuviese un gesto amable con alguien o una sonrisa; no me acostumbraba a su presencia. Seguramente eran unos pobres chicos tristes y deprimidos. Estaban fuera de lugar, aunque el que realmente estaba así era yo. Nos alejamos de ellos de inmediato, no necesitábamos más problemas.

El cambio era evidente nada más descender del tren. La estación era muy diferente a la del pueblo, esta era imponente y con mucho estilo. Sin embargo, todas las personas que veía se comportaban como las que me crucé en la otra estación. Se podía apreciar el hastío, la turbación y el tormento que parecían sentir todos. Era insólito percibir tanta tristeza. Supuse que todas aquellas personas tenían unas circunstancias similares a las nuestras o incluso peores. Cuando conseguimos salir de la aglomeración noté el brazo de Gabriel sobre mis hombros.

—Es hora de buscar a la señora Michaela —dijo mi hermano con un gesto de felicidad.

—Sí, Theaterstrasse —añadí veloz como de costumbre. Había memorizado a la perfección todos los datos que nuestra madre nos proporcionó. El problema era que ninguno de los dos teníamos ni la más remota idea de dónde se encontraba ese lugar—. ¿Hacia dónde vamos?

—Salgamos de aquí. Iremos hacía el centro. Solo tenemos que dirigirnos hacia algún edificio alto, una iglesia o una sinagoga, por ejemplo. Lo normal es que estén en el centro de la ciudad. Una vez allí, preguntaremos en algún comercio.

Salimos de la estación dejando atrás su bella arquitectura. Al levantar la mirada contemplamos el campanario de una iglesia, que se levantaba majestuoso ante nosotros. «Un golpe de suerte», pensé. Y hacia allí nos dirigimos, tal y como había dicho Gabriel. Caminamos por una avenida con grandes árboles y gente que iba y venía, algunas personas con urgencia y otras con la parsimonia característica del que pasea por su ciudad. Algunas vestían con gran estilo. Lucían sus abrigos caros de diseño con gran elegancia; estos eran los de la parsimonia. Los que tenían prisa, sin embargo, vestían de forma humilde y eran más abundantes.

Íbamos tranquilos, sin prisa. Cada uno con nuestros pensamientos. Callados. Tristes. Cansados. Si no hubiésemos llevado aquellas ropas gastadas y un poco sucias, nos hubiéramos parecido a los de la parsimonia. Yo pensé en mis padres, en mi tío, en qué estaría haciendo madre sola en el pueblo y si la habrían dejado tranquila los soldados. También pensé en mi primo Helmo y en su huida desesperada hacia lo desconocido. Pero sobre todo pensé en mi padre, si estaría a salvo y en buen estado. Lancé mis plegarias al aire, deseando con toda mi alma que estuviesen bien. Supuse que mi hermano estaría todavía imaginando el balanceo de los glúteos de la señorita del tren.

Tuve sed, así que saqué la cantimplora y de un solo trago la vacié. Al girar por una calle que daba a la plaza de la iglesia, nos dimos de bruces contra unos soldados. No podía ser cierto. El antiguo dolor de estómago volvió de inmediato. Mi corazón volvió a las taquicardias. La cantimplora se escurrió de mi mano y desapareció rodando detrás de un árbol. Miré a mi hermano y él a mí.

—Joder, ¡maldita sea! ¿Estáis ciegos o qué os pasa? —exclamó el soldado más joven mientras me empujaba sin ningún tipo de miramiento.

Caí sobre el brillante suelo de la calle, mojado por el deshielo de los restos de nieve, y pude ver mi rostro de pavor reflejado como en un espejo.

—No era nuestra intención molestarles. Les ruego que nos perdonen —les imploró Gabriel.

—Disculpen, señores —añadí, tratando de disimular mi espanto mientras me incorporaba.

—Me dan ganas de partiros la boca ahora mismo. A ver, pareja de idiotas, ¿de dónde venís y a dónde vais? —nos interrogó el soldado.

—Vamos a casa, señor. Tenemos hambre y ganas de darnos una ducha —respondió con prontitud y serenidad Gabriel.

—Sí, eso es. Y, bueno, acabamos de bajar del tren, que ha llegado con bastante retraso. Venimos de visitar a nuestros familiares cerca de Frankfurt. El viaje ha sido largo.

—¡Dejadme ver vuestros documentos! —nos ordenó el soldado, que nos miraba con total desconfianza.

—Claro. —Busqué en mis bolsillos, aparté con atención el papel que me había dado el señor Gerber y saqué con cuidado el documento que me entregó madre. Mi hermano hizo lo propio—. Tenga.

—Veamos... Tú eres Frank Geissler. —Asentí sin abrir la boca—. Y tú, Albert Geissler. —Miró el documento y a nosotros. Repitió ese gesto una vez más. Me estaba empezando a poner nervioso—. ¿Sois hermanos?

—Así es, señor.

—Hermanos bobos es lo que sois. —Comenzó a reír. Miré de reojo a Gabriel y él a mí—. Ya, y decís que vais a casa, ¿sí? —Volví a afirmar con la cabeza—. A comer con vuestra madre. ¿Es cierto eso, Albert?

—Absolutamente, señor. Así es —contestó mi hermano.

—¿Seguro?

—Por supuesto. Tenemos ganas de llegar a casa —añadí atemorizado. Estaba seguro de que se había percatado de algún error en el documento.

—¿No os dais cuenta, par de idiotas? —No entendía qué era lo que pasaba. Le mostró los documentos al otro soldado, que empezó a reír también.

Silencio. Silencio y desconcierto por nuestra parte. Risas y burlas por la de ellos.

—No sé a qué se refiere, señor. —«¡Dios! ¿Qué pasa ahora?», pensé.

—Sois rematadamente memos —continuó el soldado, riendo.

—Lo supe en cuanto los vi, mi cabo. Infinitamente idiotas —dijo el otro soldado limpiándose las lágrimas de la risa.

—Vais en la dirección opuesta, cabezas huecas. Vuestra maldita casa está próxima a aquel campanario de allá. —Me propinó una colleja, a la vez que hacía ostensibles gestos con las manos burlándose de nosotros—. No sabéis por donde andáis, confundís vuestra mano derecha con la izquierda. Alemania necesita un pueblo inteligente y despierto, y vosotros ni siquiera sabéis llegar a vuestra casa. Vuestro domicilio está en aquella dirección. —Con su dedo índice nos indicó el rumbo que debíamos tomar. «¡Era eso! Maldita sea, qué torpeza la nuestra». Me faltaba el aire al pensar en qué excusa darle.

—¡Oh!, sí. Tienen razón —dijo Gabriel.

—Vaya, es verdad. Es que... estábamos hablando de... y no nos hemos dado cuenta...

—Dejad de soñar y jugar, y creced de una puta vez. Los niños no sirven para nada, estorban el camino de los hombres. Vosotros ya sois mayores, pero os comportáis como niñatos. Id a casa de mamá y mañana por la mañana pasad por el cuartel militar a alistaros en el ejército. —Puso un gesto de soberana malicia—. Allí os convertirán en verdaderos hombres. Creedme, falta os hace.

—Sobre todo a ti, florecilla —añadió el otro soldado al tiempo que me señalaba. «¿Florecilla yo? Pedazo de orangután sin cabeza...».

—Claro, señor. Justo esta mañana estábamos hablando mi hermano Albert y yo sobre el hecho de colaborar con el ejército y con la noble causa, la cual defienden ustedes con óptima diligencia —mentí.

—Mañana pasaremos sin falta —añadió Gabriel.

—No lo dudo, no lo dudo. Ahora marchaos bajo la falda protectora de vuestra madre.

—Gracias, señor.

—Gracias, señor —afirmé, mientras seguía a Gabriel, que caminaba en dirección opuesta a los soldados.

Cuando ya habíamos dado unos tres o cuatro pasos, oí al soldado de nuevo.

—¿A dónde vais, par de maleducados?

—A... a nuestra casa —respondió Gabriel atónito.

—¿Y el saludo?

—Es cierto, tiene razón —contestó a la vez que se llevaba la mano a la cabeza—. Discúlpenos.

—Gabriel, ¿qué saludo? —pregunté a mi hermano en voz baja.

—Imítame, pon atención. Levanta tu mano derecha.

Y observándole de reojo repetí a la perfección todos y cada uno de los pasos que hizo. Junté mis tobillos, me puse en posición de firme, levanté mi mano derecha y mostrando la palma de mi mano repetí gritando «Heil Hitler». La cara de los soldados reflejó satisfacción, así que nos saludaron y se marcharon hablando entre ellos.

No reaccioné hasta que se alejaron unos quince metros. Recuerdo que nos quedamos inmóviles, quietos como dos rocas en el desierto, viendo cómo se alejaban los molestos soldados. Miré a Gabriel y de mi boca salió una carcajada producida por el temor y el desasosiego que rápidamente contagió a mi hermano.

Así que volvimos sobre nuestros pasos. En aquel momento, afortunadamente, ya sabíamos más o menos el lugar al que debíamos dirigirnos.

Pese a la presencia de los soldados, no podía evitar sentirme seducido por aquella ciudad. Yo, un chico de clase obrera y pueblerino, en aquel momento me sentí abrumado. No podía decirse que hubiera visto mundo; este era el pueblo, la escuela, mis libros, el bosque y poco más. Esto estaba bien, pero no podía evitar que me envolviese una gran melancolía. Intenté concentrar todos mis pensamientos y energías en la tarea que nos ocupaba: encontrar la casa de la señora Michaela.

Continuamos caminando durante bastante tiempo. Callejeamos serenos por aquella ciudad tan grande. Dejamos atrás una gran avenida y nos adentramos por unas calles más pequeñas. A lo lejos pudimos escuchar una melodía extraordinaria, era la música de un piano. La seguimos hasta dar con la casa; tenía las ventanas abiertas de par en par, que dejaban escapar sus cortinas. Estas bailaban al son de la música y de la brisa.

—Es realmente bella esa música —le dije a mi hermano.

—Sí. Juraría que es de Beethoven.

Curiosos, nos acercamos hasta el ventanal por el cual salían con fuerza aquellas maravillosas notas, tocadas con exquisito gusto. Hubiese dado cualquier cosa por poder subir y deleitarme en primera fila con la música y el pianista. He de reconocer que no sabía nada de Beethoven, pero me enamoró al instante. Esa melodía se metía por cada poro del cuerpo hasta llegar a tocarte el alma, provocándote escalofríos. Qué efecto tan maravilloso producía.

—¿Podemos quedarnos aquí un poco, hasta que termine? Por favor. Me gusta mucho, Gabriel.

—Bueno, solo unos minutos, Simon.

—Gracias. Podemos sentarnos aquí. —Señalé el umbral de un portón grande de madera que seguramente era la entrada a la casa del pianista. Él accedió. Jamás se hubiese negado a escuchar un regalo celestial como aquel—. ¿Te duele todavía la muñeca?

—Un poco, solo eso.

—Quizá la música te sirva como terapia.

—Nos vendrá bien a los dos.

Gabriel era un apasionado de la música. Aquella sobresaliente melodía nos invitó, por casualidad, a permanecer sentados en aquel escalón durante diez minutos en los cuales nos olvidamos del frío. Él se sentó con los brazos cruzados como si se abrazase dándose calor, y yo, con las manos en los bolsillos del abrigo, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, imaginando a mi madre en sus quehaceres cotidianos, a mi padre en el comedor leyendo el periódico y a mí junto con Gabriel hablando de nuestros sueños. Quedaba todo tan lejano…

—Ha terminado, Simon. Levanta. Vamos.

—Sí. —Me desperté de esa aflicción de anhelo momentáneo—. Vamos. Ha sido un verdadero regalo de bienvenida a esta ciudad.

—Nos lo merecemos, ¿no crees? —dijo riendo.

Seguimos andando hasta llegar a una plaza. Era grande, con pocas florituras, sencilla pero imponente. Había una gran cantidad de puestos en los que se vendían frutas, pan, herramientas de campo, libros y hasta bellas pinturas. Puedo decir que allí las personas tenían, por fin, color. A madre le hubiera gustado aquel lugar. Recuerdo con ternura cómo unas niñas lanzaban pan duro a un gran número de palomas que se amontonaban peleando por la comida. Años más tarde vería algo similar, pero en lugar de palomas serían seres humanos humillándose para conseguir comida. Pero ese día se escuchaban gritos de los comerciantes anunciando los precios de sus productos. Los olores y el movimiento me daban la sensación de estar vivo. En mi cabeza aún podía escuchar la mágica composición musical. La vida, fresca, dinámica, encantadora y frenética, se mostraba ante nosotros. Cuando estábamos contemplando un tenderete de frutas vi pasar a la mujer de los abundantes pechos. Me acerqué a mi hermano.

—Gabriel, mira.

Se giró para descubrir aquello que yo le indicaba. Sus ojos volvieron a abrirse como platos y a tener ese reflejo particular. Otra vez se le puso la sonrisa estúpida en la boca. Mientras, yo me quedé mirando las manzanas: eran grandes, rojas y tenían mucho brillo. Él, sin embargo, no perdía de vista a la mujer.

—¿Te apetece una, Simon?

—Claro. ¿Has visto que buena pinta tienen?

—Sí, sí. Aquí todo tiene buena pinta —rio—. Toma. —Introdujo su mano sana en el bolsillo y me dio dos monedas—. Compra dos, nos hará bien comer algo de fruta. Yo voy a dar una vuelta. Espérame aquí.

—Está bien, pero no tardes.

Le agradecí su idea y me puse en la fila. Le vi dirigir sus pasos detrás del contoneo femenino. Delante de mí había dos hombres mayores hablando y no pude evitar escuchar sus palabras, a pesar de que hablaban en voz baja.

—Al final van a hacerlo, no puedo creerlo.

—Es imposible —dijo rotundo el más viejo.

—Estoy realmente triste. Me lo ha confirmado un familiar que vive en el norte y lo ha visto con sus propios ojos.

—¿Cómo van a poder ponernos una estrella en el pecho a todos? ¿Para marcarnos como animales? Es absurdo.

—Muy absurdo, pero ya han empezado. Pronto todos la llevaremos. Adultos, mujeres y niños. Todos.

—No lo permitiremos.

—Nos arrebatarán absolutamente todo. Son muy violentos. Estaremos señalados. Morirá mucha gente.

—¿Eres consciente de lo que estás diciendo?

—Sí. Créeme, pasará...

En ese punto de la conversación, me asusté. «¿De qué están hablando? ¿Muertos?». Uno de ellos descubrió mi furtiva intrusión.

—Chico, hazme caso, por favor —me dijo mirándome directamente a los ojos—, jamás permitas que te pongan ningún distintivo. ¿Me has escuchado? —Asentí estupefacto.

—¡Deja de asustar al chico! —le increpó el anciano.

—Si eres judío, te lo pondrán.

—No levantes la voz —le pidió el otro señor con gesto nervioso.

—Disculpe, yo no soy judío. Pero ¿qué es lo que van a ponerles? ¿Y quién?

—Los nazis. Van a por nosotros. Quieren que llevemos una estrella cosida en nuestra ropa.

—¿Para qué? —Quería extraer la máxima información de aquella conversación.

—Para identificarnos y segregarnos. Así podrán humillarnos tranquilamente.

—Déjale ya, por favor. Chico, pasa delante de nosotros y compra lo que necesites. No le hagas caso. Solo dice barbaridades. Olvida todo lo que has escuchado.

—Gracias —les dije.

Así que, preocupado, me puse delante de ellos y le pedí a la tendera que me vendiera dos manzanas. Los hombres continuaban con la discusión.

—Si fueran tan amables, me gustaría que me indicaran por dónde debo ir para encontrar la Theaterstrasse.

—Eso no está demasiado lejos, chico —me respondió el más joven.

—Por allí vive el rabino Stein. Es muy fácil, solo tienes que ir por allí —añadió el más viejo, que señaló una calle— y siempre en línea recta.

—¿Cómo se te ocurre decir eso en público? —le recriminó el otro bajando la voz, agarrándole por los hombros y alterándose de forma evidente—. No has debido decir dónde vive el rabino. Lo estás poniendo en un riesgo innecesario.

—Maldita sea, no me he dado cuenta. Lo siento.

—Debes tener mil ojos.

—Lo sé, lo sé.

—Bueno, chico, continúa recto hacia allí y cuando veas un negocio de harina con una puerta azul deberás girar a la izquierda. Allí es.

—Entendido. Gracias nuevamente.

—No tiene pérdida.

—Que tengas suerte, muchacho —me deseó el mayor a la vez que se acercó a mi cara y me susurró sus últimos consejos—. Si necesitaras alguna vez algo, no dudes en buscar al rabino Stein. Y no te preocupes por lo que te ha dicho mi amigo. Todo irá bien, ya verás.

Hice un gesto con la cabeza en señal de aprobación y me aparté del puesto esperando la vuelta de mi hermano. Al girarme encontré uno de arte y decoración repleto de juegos de té de porcelana y figuras disecadas de animales horrorosas. En ese momento pasaron dos soldados. Era raro no haberlos visto antes, y fue notable la transformación inmediata de las personas de la plaza. Su actitud jovial se volvió sombría. Incluso los hombres que hasta ese momento seguían discutiendo se marcharon como almas que lleva el diablo. Los soldados, al pasar por el puesto de frutas, cogieron varias peras y se marcharon sin pagar. Allí estaban a sus anchas y tenían derecho a robar lo que se les antojara. Malditos.

Gabriel no volvía y empecé a impacientarme. Lo busqué con la mirada por todos los lados y no lo vi, así que decidí comerme una de las manzanas. El crujir de su tersa piel y el dulce y ácido sabor de su carne convirtieron mi paladar en un paraíso. De pronto noté que alguien me tocaba con insistencia el hombro y se tensaron todos los músculos de mi cuerpo.

—Simon, ya estoy. Perdona por haber tardado. —Era Gabriel. Disfrutaba asustándome por detrás. Siempre lo hacía.

—¿Dónde te habías metido? Has tardado una eternidad —protesté un poco enfadado.

—No ha sido tanto. Como mucho, habrán pasado quince minutos.

—Creo que es bastante tiempo para considerar que has tardado.

—He estado hablando con la chica.

—No tienes remedio, hermano. —Le lancé una mirada airada.

—No es lo que piensas. —«¿Cómo diantres puede él saber en lo que yo pienso?»—. Ella vive aquí.

—¿Y?

—Me ha dado indicaciones para encontrar la dirección de la señora Michaela. Su casa está a menos de quince minutos de aquí.

—Bien. Yo también he averiguando cómo llegar a su casa —le dije mientras lo miraba a los ojos, alardeando de mi habilidad para conseguir información.

—¿Sí?

—Sí. Y no he tardado tanto como tú. —No sé qué parte de lo que dije le resultó graciosa, pero el caso es que se rio—. Anda, vamos.

—¿Estás celoso?

—¿Yo celoso? No digas tonterías.

—Vale, está bien. Perdona.

Comenzamos a andar hacia donde me habían indicado los dos hombres.

—Es guapa —le dije.

—Sí, lo es. Mucho.

—¿Quieres tu manzana?

—Por favor. —Se la di—. Ahora pongámonos en marcha. Intentemos llegar lo antes posible.

—¿Ahora tienes prisa? —Volvió a reír. En parte era verdad que tenía algo de celos, pero es que era mi hermano y yo lo necesitaba a mi lado.

Salimos del mercado, que había visto reducida su afluencia de gente tras el paso de los nazis ladrones.

—He tenido suerte, ¿sabes? —Le miré con asombro—. Me ha dicho que trabaja en un club y que allí hay música todas las noches. Me ha dado la dirección y quizá pase algún día para ver si necesitan algún cantante. ¿Me imaginas de cantante en un club?

—Qué bien, hermano. Aunque te veo más en un teatro cantando ópera.

—Bueno, esto puede ser el comienzo de mi carrera. Quizá logre trabajar algún día en el Moulin Rouge o en La Scala.

—Claro, ojalá.

—Sería fantástico.

—Yo he hablado con unos hombres y me han dicho que a los judíos nos van a obligar ponernos una estrella en los abrigos, para identificarnos.

—¿Qué chorradas dices?

—Lo que oyes.

—¡Ja! Eso es imposible, hermano.

—¿Por qué?

—Porque hay muchos judíos. No pueden hacerlo.

—Ya, pero...

—¿Tú sabes cuantas estrellas harían falta?

—Pues lo ha di...

—Imposible.

—Estaba muy convenci...

—Ya basta. Déjalo.

Me callé durante unos minutos, pero las palabras de aquel desconocido me habían perturbado.

—También han afirmado que habrá muertes.

—He dicho que basta. —Siguió comiéndose la manzana ignorando lo que le decía. Lo noté enfadado por lo que me habían dicho esos desconocidos. Gabriel se imaginaba triunfando sobre los mejores escenarios de Europa y yo no debía amargarle con malas noticias.

Caminamos sin decir nada durante un rato, solo escuchando nuestros pasos y disfrutando de la grandeza de la ciudad. Ya había olvidado la melodía de piano del ventanal y en aquel momento solo pensaba en el negro futuro que me había descrito el señor de la fila de la frutería.

Casi sin darnos cuenta, llegamos al negocio de harina con la puerta azul. La calle que buscábamos estaba a la izquierda, como me dijeron. Estaba desierta y buscamos el número del portal que nuestros padres nos habían indicado.

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282 p. 5 illustrations
ISBN:
9788417307752
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