Read the book: «El arte de la composición Enriquece tu mirada fotográfica»
Para mi compañera Nabela y nuestra hija Elba.
Vuestro apoyo y cariño logran que todo sea posible.

EL ARTE DE LA COMPOSICIÓN
Fran Nieto
Primera edición, octubre de 2017
Segunda edición, diciembre de 2017
Tercera edición, julio de 2019
© JdeJ Editores, 2017
© Juan Carlos González Pozuelo, 2017
© de los textos y fotografías, José Francisco Rodríguez Nieto.
Editor:
Javier de Juan y Peñalosa
Diseño y maquetación:
Juan Carlos González Pozuelo
www.juancarlosgonzalez.es
Coordinación editorial:
María Dolores Bagudá
JdeJ Editores
Sauces 7, Chalet 8. Montepríncipe
28660 - Boadilla del Monte (Madrid)
www.jdejeditores.com
Más información de la Colección FotoRuta:
www.FotoRuta.com
Impresión: Monterreina, S.A.
Distribución: Sociedad General de Librería (SGEL)
ISBN: 978-84-15131-96-0
eISBN: 978-84-12227-73-4
Reservados todos los derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)
EL ARTE DE LA
COMPOSICIÓN
ENRIQUECE TU MIRADA FOTOGRÁFICA
Fran Nieto

Índice
Así vemos
La percepción y la fotografía
La cámara
El ojo
El cerebro
Toma de decisiones
Fotos paso a paso
La paciencia da sus frutos
La Gestalt
Aprender a ver
Hemisferio derecho e izquierdo
Analiza los atractores visuales
Teoría del observador
Fotos paso a paso
Aportando luz artificial
La cultura y el cerebro
La disposición espacial
La composición en nuestro ADN
La proporción áurea
La sucesión de Fibonacci
Curiosiddes matemáticas de Phi
La sección áurea en la naturaleza
La sección áurea en el arte
Fotos paso a paso
Luces y sombras
El uso de la espiral áurea en nuestra cultura
Regla de la mirada
Regla de los tercios
Fotos paso a paso
Modelando con luz
Regla del horizonte
¿Romper las reglas?
Otras formas y límites de la disposición geométrica de los elementos
Mi interpretación
Los fundamentos de la composición
El lenguaje de la composición
Elementos visuales de una composición
El punto
La línea
Fotos paso a paso
Ordenando el caos
La forma
El volumen
El color
El círculo cromático
Armonías de color
Fotos paso a paso
Armonía de color
Luminosidad y contraste
Psicología del color
Textura
La escala
El movimiento
Ritmo
El espacio positivo y negativo
Fotos paso a paso
Buscando el punto de vista
Equilibrio y peso visual
Simetría
La atmósfera
Blanco y negro
El momento
Fotos paso a paso
¿Blanco y negro o color?
La narrativa y la retórica visual
Nuestros recursos
Localiza el centro de interés
El encuadre
Fotos paso a paso
El momento decisivo
Enmarcar
Revisa los límites de la imagen
Punto de vista
Simplifica
No todo lo que vemos es fotogénico
Elegir el motivo
Espacio negativo
Explora la relación entre el sujeto y el fondo
El formato
Fotos paso a paso
Mal tiempo: ¡buenas fotos!
La nitidez
La distancia focal
Tamaño del sujeto
Limita las tonalidades
Tiempo de exposición
Diafragma y enfoque selectivo
La exposición
El trípode
RAW
La luz
La perspectiva
Fotos paso a paso
La importancia del fondo
La luz como protagonista
Fotos paso a paso
La vieja Regenta
La textura
La sombra
Fotos paso a paso
La sombra como protagonista
El contraste y la armonía
Sensación de equilibrio
El número de elementos
Nuestra actitud personal
Conoce tu equipo
Calienta
Analiza qué nos induce a hacer la foto
Trabaja con calma cuando puedas
Fotos paso a paso
El señor del desierto
No repitas continuamente lo que crees que funciona
El pie de foto
Elige un proyecto y realízalo
No necesitas proyectos
No te obsesiones con la calidad
Deja de pensar activamente
Fotos paso a paso
Aprovecha el motivo
Humor
Reposo
No necesitas ser original
Aprende a reconocer tus errores
Mira fotos de otros autores
Muestra tu trabajo
Más difícil no es mejor
Poco material es suficiente
Disfrutar también es importante
Busca tu estilo personal
Fotos paso a paso
La suerte también ayuda
La edición
Fotografía tu entorno cercano
Agradecimientos


La composición como lenguaje universal
Cada día se realizan millones y millones de imágenes. La inmensa mayoría pasan inadvertidas a pesar del esfuerzo de su autor en efectuar el mejor trabajo posible.
En buena parte de estas imágenes anodinas falla la claridad del mensaje, falta reforzar la comunicación con una composición adecuada. Nuestro cerebro izquierdo está intentando acertar la mejor combinación posible de diafragma y velocidad mientras la otra mitad lo que desea es, simplemente, plasmar lo que percibe.
Componer no es una ciencia exacta, es un arte que requiere trabajo, adaptarlo a nuestra visión personal y lograr que los dos hemisferios trabajen armoniosamente. Las normas rígidas que hemos leído sobre este tema complican el trabajo de nuestra parte emocional y cuando intentamos olvidarlas la cosa tampoco mejora.
Es necesario estudiar con calma la forma en que nuestro cerebro interpreta una fotografía para ser capaces de transmitir a otras personas nuestro mensaje de manera clara y concisa. De esto trata, realmente, la composición. Una vez que lo hemos aprendido podemos dejar a nuestra intuición que dirija la toma y disfrutar completamente del proceso, incluso a un nivel inconsciente.
Llevo muchos años haciendo fotografías, los suficientes para tener decenas de carpetas llenas de diapositivas. En una diapositiva se acababa el proceso de creación, no hay ajustes en ampliadora, no existe el recorte. Lo que figura en ella se incluyó en el momento de la toma; por eso era necesario un conocimiento reflexivo y continuado de lo que queríamos conseguir y una crítica del resultado. Cada vez que se activaba el disparador disminuía la cuenta bancaria y eso animaba más a pensar que a disparar compulsivamente como veo ahora.
Las fotos que muestro en este libro mantienen este espíritu de trabajo que no me ha abandonado, en su mayoría son Only RAW o tienen algunos ajustes para resaltar ciertas partes, como hacía en la ampliadora con película en blanco y negro. Se presentan tal cual se obtuvieron en su enorme mayoría aunque en algunas fueron necesarios mínimos recortes o eliminar pequeños elementos ajenos a la imagen. Tampoco me ha abandonado la certeza de que la fotografía, en realidad, busca transmitir sensaciones, comunicarnos con los demás. A lo largo del libro analizaremos la mejor forma de conseguirlo, respetando el estilo personal de cada autor.

Óptica de 70-200 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 1/60 s con ISO 800. Iluminación con dos unidades de flash.
Así vemos
AL FINALIZAR ESTE CAPÍTULO, HABRÁS APRENDIDO:
•La diferencias entre la forma en que ve la cámara y nuestro ojo
•La verdadera importancia de nuestro cerebro en la visión
•Cómo se fija la información importante en nuestras neuronas
•Las bases de la toma de decisiones
•La forma en que percibimos la realidad
•Que nuestro cerebro procesa diferentes informaciones en partes distintas de su anatomía
•A analizar qué partes de la escena nos llaman más la atención
•Que cada persona reacciona ante una imagen de forma diferente
•A valorar la formación personal a la hora de interpretar una fotografía
La percepción y la fotografía
Analizar la forma en que nuestro cerebro percibe la realidad es una labor que puede parecer ajena al mundo de la fotografía, pero que considero vital para avanzar con paso firme en este arte.
La fotografía es un lenguaje visual y como todo lenguaje consta de una serie de normas gramaticales y ortográficas que es necesario conocer mínimamente para transmitir lo que deseamos. Es cierto que podemos aprender una lengua sin saber escribirla pero precisamos que otras personas nos enseñen esas normas. Es imprescindible tener las claves básicas del código para hacernos entender, incluso de forma oral. Como individuos tenemos la capacidad de hablar para comunicarnos, pero las diferentes lenguas son un patrimonio de nuestra especie.
El lenguaje visual es mucho más universal en su código que las lenguas escritas. Nada que ver con las enormes diferencias gramaticales y fonéticas entre el español y el chino, por ejemplo. Una buena parte de las imágenes serán interpretadas de forma correcta por personas muy alejadas culturalmente.
Una lista de la compra la puede hacer cualquiera, pero escribir o recitar una poesía que emocione está al alcance de un porcentaje de la población muy reducido. Por eso vamos a dedicar este primer capítulo a entender las normas que rigen la información que obtenemos a través de una imagen, cómo la analizamos y cómo reaccionamos ante ella. Nos adentraremos en las razones biológicas que consiguen que una imagen sea trivial o perdure en nuestras retinas y sacaremos conclusiones muy útiles para expresarnos con mayor claridad y eficacia, plasmando de la mejor forma posible nuestro mensaje.

Lo que uno ve es una parte fundamental de lo que uno sabe, y la alfabetización visual puede ayudarnos a ver lo que vemos y a saber lo que sabemos.
Donis A. Dondis
La cámara
En el siglo XV Leonardo da Vinci sentó las bases teóricas de la cámara oscura. Este era un efecto, conocido desde hacía muchos siglos, que se producía al oscurecer una habitación por completo y abrir un pequeño orificio hacia el exterior, lo que producía que el mundo real iluminase la pared opuesta de forma invertida.
El descubrimiento quedó reducido a un cajón de dimensiones más manejables que transmitía la imagen a un cristal. Sirvió durante mucho tiempo a los pintores para plasmar el dibujo con una perspectiva y realismo muy superiores a los que podemos apreciar en la pintura de los siglos anteriores.
Hace ya casi doscientos años que Niepce consiguió sustituir ese vidrio por una placa que reaccionase a la luz y permitiese obtener copias de la realidad de forma permanente.
Con el tiempo, el pequeño orificio fue sustituido por ópticas de creciente calidad que posibilitaban enfocar un plano concreto y ofrecían una nitidez muy superior. Estas lentes permitían una mayor o menor ampliación del sujeto fotografiado en función de su distancia focal.
Para regular la cantidad de luz que recibía el material sensible, y exponerlo adecuadamente, se creó el obturador, un dispositivo que se abre sólo durante el tiempo que desee el fotógrafo. Además, se dispuso en el interior de los objetivos un mecanismo que variaba el diámetro a través del que podía pasar la luz, llamado diafragma, y que de paso también controlaba la extensión de la zona de nitidez de la escena.

La elección de los parámetros de exposición adecuados permite obtener la máxima calidad de nuestro archivo y preservar el máximo de detalles posible. También tienen repercusión en el aspecto final de la toma. Para captar el movimiento de la plaza y del humo que salía de los puestos elegí un tiempo de exposición largo, lo que implicó cerrar bastante el diafragma para reducir la luz que llegaba al sensor.
Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/10 durante 4 s con ISO 200.
De esta forma, según la luz disponible y la sensibilidad de la película cargada, el fotógrafo elegía el tiempo de exposición y el diafragma para conseguir una exposición adecuada de la emulsión a la luz. En función de sus gustos estéticos podía jugar en un rango de combinaciones de velocidad y diafragma que proporcionaban la misma exposición final.
El ojo
El ojo es una estructura que la evolución ha moldeado durante millones de años haciéndola cada vez más compleja. Su misión es lograr que la luz que reflejan los objetos alcance la retina. En la superficie de esta contamos con células que reaccionan a las diferencias de intensidad lumínica (bastones) y a los colores verde, azul y rojo (conos). La mayor parte de estas células se concentran en una pequeña superficie llamada fóvea.
¿Todos vemos los mismos colores?
La mayoría de los mamíferos tienen sólo dos tipos de pigmentos en sus conos (opsinas), así que los perros, gatos, ardillas, ovejas, vacas… ven de forma diferente a nosotros. Nuestra especie ha añadido un tercer pigmento y eso nos permite distinguir mejor tonalidades en la zona del rojo, posiblemente para mejorar nuestra capacidad de diferenciar las frutas maduras.
En caso de no sintetizar alguno de estos pigmentos nos encontramos ante patologías como el daltonismo, que provoca confusión entre la gama de tonos rojo-verde y puede reducir hasta 100 veces el número de tonalidades diferenciables (de 1.000.000 para una persona sana a 10.000 para un daltónico grave). Aproximadamente un 2% de los hombres y un 0,25% de las mujeres sólo tienen dos tipos de pigmentos en sus conos.
Entre un 10 y un 15% de las mujeres añaden una cuarta opsina a sus capacidades, que les permite captar más claramente tonos situados entre el rojo y el verde.
Cuando ponemos nuestra atención en un objeto fijamos su imagen óptica en la fóvea. Por eso es muy difícil leer un texto en la penumbra, dado que no contiene bastones nos resulta complicado discernir estructuras finas en un ambiente de escasa luminosidad.
En muchas ocasiones se intenta relacionar los componentes mecánicos de una cámara con el proceso de captación lumínica de nuestro ojo, lo que supone simplificar mucho el complejo mecanismo de la visión humana.
En este contexto la lente de la cámara y la córnea del ojo compartirían la misión de conseguir enfocar la luz en un mismo plano, sea el sensor o la retina. Detrás de la lente fotográfica se dispone el diafragma, que comparte cometido con el iris. Por último, la retina equivaldría a la película o sensor de nuestra cámara. A través del nervio óptico la señal llegaría al cerebro que podría almacenar la información como hacen las cámaras digitales en sus tarjetas. Pero existen diferencias notables. Así, mientras la superficie de la retina es curvada la del sensor es plana. Nuestro sistema visual se basa en dos ojos que proporcionan un resultado tridimensional. Algunos equipos pueden ser sensibles a longitudes de onda más amplios que el ojo, como espectro infrarrojo o ultravioleta. La cámara es capaz de acumular luz durante periodos prolongados de tiempo, de muchas horas, mientras el ojo necesita más luz para transformarla en impulsos nerviosos

La lluvia que percibía a simple vista eran pequeñas gotas que empapaban el equipo, pero un tiempo de exposición adecuado los captó como puntos brillantes bajo la luz de las farolas. Los halos alrededor de las bombillas eran también imperceptibles a simple vista y son fruto de la óptica.
Óptica de 24-70 mm 1:2.8 a f/4 durante 1/10 s con ISO 800.
El rango tonal
Las cámaras actuales son muy inferiores al ojo humano para analizar información en las luces y en las sombras. Si la escena tiene mucho contraste, nuestro ojo se adapta para ofrecernos una visión adecuada tanto en las zonas más densas como en las más claras. Como fotógrafos tendremos que decidir qué parte del espectro registramos. Podemos centrarnos en las luces y dejar las sombras sin detalle o lo contrario. Esto es una decisión técnica, pero también creativa pues la forma en que el cerebro codifica la escena es muy diferente, como iremos viendo a lo largo de este libro.
Gracias a la tecnología digital podemos comprimir este rango tonal a partir de varias exposiciones y mantener información en ambos extremos tonales siempre que el soporte sobre el que lo visualicemos (papel, pantalla…) lo permita. Por supuesto esa decisión también influirá en la forma en que percibimos el resultado final.

Mis ojos eran capaces de captar detalle en las sombras de la roca y en la parte más iluminada del cielo, pero los sensores actuales no lo son. Para reducir el enorme contraste de la escena recurrí a un filtro degradado inverso, más oscuro en la parte del cielo y transparente en la inferior.
Óptica de 17-55 mm 1:2.8 a f/8 durante 1 s con ISO 200. Filtro degradado inverso de 2EV y polarizador en portafiltros Lucroit.
El cerebro
La gran diferencia de la visión humana respecto a la que obtiene una cámara es que nuestros ojos son simplemente los órganos de captación lumínica, correspondiendo al cerebro su interpretación dinámica. El cerebro no se limita a recoger la información que recibe del ojo, sino que se encarga de traducir todos los datos para poder hacernos una composición de la situación. Aproximadamente un 50% de la información total que tomamos de nuestro entorno es visual, siendo retenida durante un segundo en nuestra memoria y luego desechada en su casi totalidad.
El cerebro es el encargado de volver a invertir la imagen captada por el ojo para que sea similar a la realidad. También cubre el hueco del nervio óptico, una zona que carece de receptores. Para evitar una zona negra en nuestro campo visual se inventa la información que le correspondería. Regula de forma constante nuestro “ajuste de blancos” eliminando las dominantes de color de la luz que nos rodea y recrea el color que supone que tienen los sujetos.
El tamaño de lo que vemos sobre la fóvea y, por tanto, con mayor resolución equivale al tamaño de una uña a un metro distancia; para lograr que todo aparezca igual de nítido ordena a los ojos que se muevan, consiguiendo que toda la escena se proyecte progresivamente sobre la fóvea. Estos movimientos se llaman sacádicos, duran entre 20 y 200 milisegundos y pueden cubrir hasta 30 grados. Una vez en posición los ojos permanecen en ella durante unos 250 milisegundos para iniciar de nuevo el proceso. La mayoría del tiempo no miramos la realidad de forma estática, nuestros ojos se mueven, en busca de las partes que a nuestro cerebro le parecen más interesantes de una escena para construir un mapa mental. La percepción de que toda la escena se capta en color es una ilusión cerebral, ya que esta sólo se obtiene con la mayor claridad posible en la pequeña fóvea. Esta estrategia permite optimizar los recursos, ya que si observáramos toda la escena en alta resolución el diámetro del nervio óptico sería superior al del globo ocular y sobrecargaría masivamente al cerebro con información poco útil.
Y sin embargo se mueve
Lo más curioso es que mientras los ojos se mueven la imagen aparecería borrosa si no fuese porque el cerebro también se encarga de estabilizarla y mostrarla nítida a través del enmascaramiento sacádico, que descarta por completo la información que se sitúa entre dos movimientos sacádicos.
Para demostrarlo es suficiente con mirar alternativamente ante un espejo la imagen de nuestro ojo derecho e izquierdo. Nosotros no notaremos estos movimientos, pero sí percibiremos claramente los de cualquier otra persona que realice el experimento. Gracias a este enmascaramiento sacádico, el sistema ojo/cerebro no sólo oculta la fluctuación del ojo, sino que, además, lo hace de forma transparente y no somos conscientes ni tan siquiera de que se haya ocultado algo.

Las espinas del árbol funcionan como puntos que dirigen los movimientos del ojo de manera ascendente por la línea que forma el tronco del árbol hasta llegar a las ramas.
Óptica de 17-55 mm 1:2.8 a f/8 durante 1/20 s con ISO 200.
Además de estos movimientos amplios, nuestros ojos están en un constante estado de oscilación a un ritmo de 60 por segundo. Estas microsacadas tienen una pequeña amplitud y son imperceptibles. Su utilidad reside en actualizar la imagen que se proyecta en bastones y conos de la retina. Sin ellos, al mirar fijamente a un punto se perdería el estímulo enviado al cerebro ya que estas células sólo responden a cambios de luminancia.
Por otro lado el cerebro centra su actividad en obtener información útil, filtrando infinidad de datos que estima que carecen de interés. Algunos temas atraen de modo inexorable nuestra atención, como sujetos que tienen mucho brillo, ángulos marcados, un color muy saturado, el movimiento… y especialmente textos y caras. La forma en que nuestro cerebro localiza la información depende en gran medida del tipo de datos que busque. Poder predecir cómo se va a observar una imagen es crucial para el fotógrafo.
En este sentido es muy interesante el experimento que realizó Alfred Yarbus utilizando el cuadro Un visitante inesperado de Ilya Repin. Se solicitó a los voluntarios que valoraran la edad de las personas del cuadro y en este caso, los ojos se centraron especialmente en las caras de las personas, excelente indicador de ésta. En el momento en que se les pidió que valoraran la situación socioeconómica la mirada se centró en la vestimenta. En la tercera pregunta, más compleja, debían valorar el tiempo que hacía que el visitante se había ido. Para intentar obtener esta información los voluntarios se valieron de la línea visual que unía las miradas de los protagonistas de la pintura.
Nuestro cerebro se ha especializado en mantenernos vivos y ve lo que precisa ver, ni más ni menos. Pero sea lo que sea lo que captan nuestros ojos lo interpretaremos bajo la influencia de nuestra mentalidad, personalidad, preferencias y estado de ánimo. Tamizamos de forma subjetiva toda la información para intentar sobrevivir, por eso necesitamos entender claramente los procesos de visión, para poder prever la respuesta del observador de nuestras fotografías.
Si algo caracteriza a nuestra especie es su capacidad de establecer propiedades abstractas de todos los objetos que nos rodean. A partir de éstas podemos organizarlos en categorías que simplifican el trabajo de relacionarlos y estructurarlos. Es un trabajo que se le da especialmente bien a nuestro cerebro por motivos de economía; cuanta menos energía consuma en su quehacer más nos quedará disponible para sobrevivir un día más en un mundo caótico. Por eso los fotógrafos necesitamos un esfuerzo voluntario para no encasillar lo que vemos, para analizar la realidad, no limitarnos a intuirla.
Toma de decisiones
El cerebro es realmente complejo, recibe una cantidad de información que podría bloquear su funcionamiento si no priorizase de alguna forma cuál es realmente relevante. Su método para decidir qué información es digna de considerarse para justificar una decisión posterior se fundamenta en dos sistemas diferentes. El premio nobel Daniel Kahneman los denominó Sistema 1 y Sistema 2.

Las luces intensas de la imagen captan la atención de nuestro cerebro que quiere descifrar lo que estamos viendo; las personas también son importantes y compiten por la atención, equilibrando la toma.
Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/5 durante 1 s con ISO 200.
El Sistema 1 tiene como misión resolver los problemas con el mínimo esfuerzo posible, actúa de forma automática y basándose, sobre todo, en las emociones. Cuando nos enfrentamos a tareas que necesitan una cierta racionalidad y concentrar el esfuerzo recurrimos al Sistema 2. Así el Sistema 1 nos permite desenvolvernos en la vida diaria con un gran ahorro de energía, sin atención dirigida, aunque paguemos el precio de sufrir intuiciones que pueden ser poco racionales.
Nuestro Sistema 1 ha evolucionado para creer, no para dudar y siente pánico ante la incertidumbre, por lo que prefiere inventar bonitas historias a partir de unos pocos datos que nada pueden tener que ver con estas conclusiones. El escepticismo constante, dudar de todo continuamente, es muy costoso emocionalmente y por eso es más frecuente el fanatismo y el dogmatismo.


Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 1/60 s con ISO 200.
FOTOS PASO A PASO
La paciencia da sus frutos
Vimos esta telaraña a última hora de la tarde, con apenas luz disponible y demasiado cansancio para dedicarle unos minutos. Los días eran fríos y era posible que a la mañana siguiente amaneciese con niebla.
Y allí estábamos a primera hora, aguantando el frío bajo una niebla que apenas permitía ver un par de metros y madurando en la cabeza qué pretendía transmitir en mi imagen.
Intenté una primera toma vertical pero la tela de la izquierda se mezclaba con la puerta y apenas destacaba. Un flash hubiera hecho un buen trabajo, pero no tenía uno disponible.
La composición horizontal reducía la importancia del cielo y también ese problema en las sombras. Eliminé la parte vertical de la reja y coloqué un hierro casi en cada tercio. Esperé hasta que una pareja con su perro se perfiló sobre el cielo.
Seguía sin gustarme, volví a incluir la reja horizontal arriba, cerrando la toma, enmarcando y moví la cámara hasta que el centro de la telaraña central se destacó sobre un hueco de cielo entre las ramas otoñales. Pasó un perro y disparé. Su color no llamaba la atención, apenas destacaba.
Cambié un poco la posición del trípode para que estuviese más paralelo a la reja y que no hubiese diagonales en la parte superior. En lugar de tapar la papelera decidí que formase parte de la composición y seguí esperando de rodillas. Probé alguna foto pero las personas o no pasaban por el lugar adecuado o había más elementos en movimiento que ensuciaban la composición. Al cabo de un rato se acercaron estas dos personas, justo cuando avanzaban el paso disparé para que tuviesen un poco de dinamismo y gracias a un tiempo de exposición prolongado incrementé esa sensación.
En un primer nivel de lectura la imagen representa una telaraña con algunas personas al fondo. Si la analizamos a un segundo nivel encontraremos muchos simbolismos. La reja y la telaraña son símbolos de lo que nos retiene, lo que nos apresa. La pareja caminando hacia el horizonte, hacia el espacio más libre de la fotografía que corresponde al cielo azul y limpio. Es una imagen de esperanza, de la elección, de la libertad hacia lo desconocido.


El ser humano tiene tendencia a construir historias más fáciles de recordar. En este caso el Sistema 1 interpreta que la persona es un marinero en un puerto. A partir de poca información, como el espacio y la vestimenta, pensamos que tal vez esté saliendo de su trabajo. El mar al fondo corrobora la historia. Los tonos grises son perfectos para enfatizar otros tonos más vivos. Si nos fijamos veremos que no son tonos neutros, sino que se tiñen con sutiles variaciones en función de su entorno y de la luz que reciben.
Óptica de 16-35 mm 1:4 a f/5,6 durante 1/180 s con ISO 100.

Una vida sin análisis no tiene objeto vivirla para el hombre.
Sócrates
En nuestra vida diaria utilizamos sobre todo el Sistema 1, ahorra energía y tiempo de procesado. Para mejorar como fotógrafos necesitamos aprender a convivir con el Sistema 2, el encargado de tomar decisiones razonadas, con el que tendremos en cuenta todas las estrategias para la comunicación de nuestro mensaje.
El mercado se aprovecha del Sistema 1 para incitarnos al consumo más despreocupado. Podemos encontrar ejemplos en la carta del restaurante. Los precios no suelen indicar la moneda, así parece que son cifras frías, no dinero lo que gastamos. El plato que es más rentable suele tener una descripción más larga, estar situado en el lado derecho y contar con una dosis mayor de espacio alrededor para que destaque mejor. Siempre hay un plato exageradamente caro que nos invita a creer que el resto son más asequibles de lo que asumiríamos sin su presencia, es lo que los psicólogos llaman efecto ancla. Si el restaurante es caro los precios estarán debajo de cada producto, no alineados a la derecha para evitar que los podamos comparar de forma sencilla. Esto es algo que nos interesa como fotógrafos, por ejemplo a la hora de distribuir las copias en una exposición o en un álbum.

La imagen nos transmite la impresión de que a estas mujeres les queda un largo camino por delante. La sombra parece dar fe del camino recorrido. El momento de la toma, con los pies elevados, refleja el movimiento. Los cables y el entorno aportan información sobre el modo de vida que reafirma nuestros pensamientos. La carretera cortada, en un cambio de rasante, hace que el camino se pierda en la distancia. Todos los elementos fueron elegidos para montar esta historia para el espectador; en realidad, entraron en una casa unos pocos metros más adelante.
Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 1/400 s con ISO 200.
Algunos estudios avalan que el mundo del cerebro está gestionado por nuestras emociones. El sistema límbico, más primitivo y profundo, es el responsable de nuestras decisiones. Una vez tomadas, se limita a informar a la corteza cerebral, donde reside nuestro yo consciente, nuestro pensamiento, para que justifique, casi siempre de forma racional los motivos por los que actuamos así. También son la puerta para que los recuerdos se fijen. Es algo a tener en cuenta la próxima vez que discutamos sobre creencias o intentemos comunicar algo con nuestras fotos. Si una fotografía no logra inducir alguna emoción o sensación habremos perdido la oportunidad de comunicar nuestro mensaje.
La Gestalt
Una buena parte de nuestro conocimiento actual sobre la percepción humana y como interacciona con el significado visual que le otorgamos se lo debemos a la psicología de la Gestalt, que surgió en Europa en el primer tercio del siglo XX. Desarrolló ingeniosos experimentos para comprobar la manera en que se materializa el fenómeno de la percepción. Demostraron que el principio básico de la organización perceptual es que el todo supera a la suma de las partes. Las personas no percibimos simplemente energía del ambiente a través de nuestros órganos sensitivos (ondas de luz y sonido, presión, sabores…). Nuestro cerebro participa en el acto de aprehender la realidad, pero intenta ahorrar energía y esfuerzos, de ahí su tendencia a minimizar las pequeñas diferencias entre elementos (asimilación), mientras exagera otras diferencias que considera importantes (contraste). La percepción analiza estos componentes y los organiza en estructuras, como pueden ser formas, objetos, secuencias… Gracias a ello podemos ver las formas de las letras de este texto y reconocer palabras. En un primer estadio se configuran totalidades, constituidas por una parte bien delimitada, la figura, y otra indiferenciada y periférica que no suele atraer la atención, que denominamos fondo. Entre el sujeto y el fondo se crea un contraste que el cerebro exagera. Es algo que hacemos también cuando en un retrato desenfocamos el fondo con un diafragma muy abierto. En realidad estamos ayudando a nuestro cerebro a distinguir mejor el sujeto y el fondo, ya que la falta de definición en el fondo aumenta el contraste visual.

Incluso en una imagen con tantos elementos como esta identificamos, casi de inmediato, el círculo que forma la noria. El resto de la escena, simplemente, hace de marco de este sujeto, que al ser también más claro identificamos fácilmente como figura.
Óptica de 8 mm 1:2.8 a f/2,8 durante 1/20 s con ISO 6400.
Nuestros ojos sólo son aptos para discernir sensaciones, como el brillo, contraste, degradación tonal… Pero en un nivel superior nuestro cerebro distingue objetos separados del fondo por muy difusa que sea la frontera. Estas figuras, además, son dotadas de tamaño, textura, masa estimada, localización espacial…
Mientras la realidad es tremendamente variable tendemos a apreciar la identidad de formas, tamaños, colores… con mucha coherencia aunque las condiciones de observación de nuestra retina sean muy distintas. Sabemos que una camisa es blanca tanto si la contemplamos a plena luz del sol, a la sombra de un frondoso árbol que la tiñe de verde o dentro de una discoteca con luz ultravioleta. Una moneda la veremos redonda aunque su perspectiva realmente trace una elipse en nuestros ojos. También nos es posible mantener nuestra valoración del tamaño con independencia de la distancia al sujeto. Un barco en el horizonte proyecta una imagen muy reducida, mientras que si está cerca ocupa mucho más que nuestro campo visual completo, pero dado que nuestro juicio sobre su tamaño apenas cambia hemos de deducir que nuestra percepción no se basa sólo en la información de la retina sino también en el análisis del sujeto. Cuando no somos capaces de determinar la posición exacta del elemento que observamos, o está influido por otros elementos, podemos sufrir ilusiones ópticas.

Nuestro cerebro interpreta esta imagen como perteneciente a un círculo mayor, añadiendo los elementos que necesita para simplificar lo que está viendo, consiguiendo así que su análisis y fijación sea más eficiente.
Óptica macro de 105 mm 1:2.8 a f/9,5 durante 1/8 s con ISO 100. Iluminado a contraluz a través de un metacrilato blanco.
El valle inquietante
Los bebés demasiado reales no son los preferidos de los niños. Incluso en los adultos producen rechazo. Por eso los maniquíes no son realistas. Nuestra empatía crece al parecerse el sujeto a nosotros, pero cae de repente si es demasiado real. Un cuerpo humano que no se mueve o una mirada estática se asocian con la enfermedad o la muerte y nos generan una inquietud cercana al miedo.
A esta sensación que percibimos se la denomina valle inquietante y está siendo tenida muy en cuenta a la hora de diseñar robots, personajes de videojuegos o de películas.
La experiencia previa puede hacer que la balanza se incline hacia un lado de la ilusión o hacia el otro, lo que nos indica que la respuesta a los estímulos no es simplemente innata, sino aprendida. Por eso las expectativas que tengamos, nuestros intereses o necesidades, alterarán la percepción de un acto, que para otros observadores puede tener diferente interpretación. Es algo que saben bien los publicistas, en ausencia de más información nos decantaremos por la marca que más resuene en nuestra cabeza. Por eso es tan importante la necesidad de crear marca para muchas multinacionales que venden productos dispares. También será interesante para los fotógrafos crear una imagen corporativa.

No sabemos cómo son las cosas, sólo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos. Vivimos en mundos interpretativos.
Rafael Echeverría
Las partes forman el todo
Sólo necesitamos ver una parte del todo para que nuestro cerebro lo reconozca en su conjunto. En el texto que ponemos abajo se activan diferentes circuitos de la memoria y conseguimos leerlo sin grandes dificultades a pesar de las erratas que hemos introducido.
3 ste t3xto 5e puede l33r anuque tenga fa1ts
En ocasiones el proceso puede ser más complejo y estaríamos ante un acertijo que apreciamos especialmente por el aliciente que suscita en nuestras neuronas. Nuestro interés aumenta si tenemos que resolver una parte de la historia que se nos presenta. Un historia que crearemos a partir de nuestra propia experiencia personal, de nuestras vivencias pasadas. En estos intersticios de nuestra memoria es donde la imaginación campa a sus anchas y el observador se involucra emocionalmente. Es un buen modo de crear fotografías, incluyendo sensaciones o sentimientos que ayuden a la memoria a guardar la experiencia.

Los diseñadores de maniquíes saben muy bien que el parecido con una persona real no puede ser demasiado alto para evitar que nuestra atención se desplace del producto que intentan vendernos. El uso de un diafragma abierto colabora a separar el maniquí de los carteles del fondo y centrar el interés.
Óptica de 24-70 mm 1:2.8 a f/2,8 durante 1/125 s con ISO 100.
Aprender a ver
Nuestros ojos nos ofrecen una interpretación directa de la realidad, sin necesidad de codificar una serie de símbolos como sucede con la palabra escrita o incluso con la oral. A veces es suficiente ver un objeto para poder evaluarlo por completo. Sin duda confiamos en nuestros ojos porque dependemos de ellos en gran medida para movernos y recabar información útil del entorno.
El 80% de nuestra percepción visual es fruto de la actividad cerebral, siendo el 20% responsabilidad de nuestros ojos. Por eso cuando vemos unas líneas trazadas en un papel podemos atribuirle sensación espacial, aunque la realidad carezca de esa tercera dimensión. Si ese mismo dibujo lo observa un miembro de una tribu primitiva será necesario un cierto entrenamiento para que comprenda el código, mientras, sólo verá la imagen bidimensional que en realidad es.
Cuando somos pequeños nuestro cerebro todavía tiene pocas cosas almacenadas en la memoria y necesitamos inventar historias para cubrir los huecos de nuestra escasa experiencia. La realidad se muestra más transparente, más clara a estas edades, ya que nuestro cerebro no la distorsiona en función de nuestros conocimientos. Quizá esa sea una de las razones que limitan la creatividad del fotógrafo cuando se enfrenta a ambientes muy conocidos; solemos encontrar más posibilidades cuando estamos de vacaciones, en sitios diferentes a nuestro ambiente habitual.


Cuando estamos de viaje hasta una hoja con gotas puede ser un buen motivo fotográfico. La coloqué cuidadosamente para crear una línea que conduce, en diagonal, hacia la parte más clara del fondo. Retiré todas las que había con un tono más claro para que el ojo no divagase en ese recorrido. Un diafragma abierto crea una zona nítida muy estrecha que ayuda a identificar claramente cuál es el sujeto de la toma y cuál el fondo.
Óptica de 24-70 mm 1:2.8 a f/4 durante 1/10 s con ISO 100.

Realicé esta imagen para ilustrar un reportaje sobre la vendimia. Me interesaba destacar el entorno de algunas fincas y las labores de cuidado de las viñas. Por eso elegí un tiempo de exposición que dejase el tractor movido, evitando que el cerebro se fijase en los ojos del conductor, que además ocupan la posición central en la toma. Si la cara estuviese nítida recibiría toda la atención en detrimento del entorno, para mí más importante.
Óptica de 16-35 mm 1:4 a f/5,6 durante 1,5 s con ISO 100. Filtro degradado y polarizador en portafiltros Lucroit.
Cada trabajo unas necesidades
El cerebro sólo utiliza la información que necesita para cada actividad y desecha el resto. Si estamos leyendo un libro, interesados en su contenido no seremos conscientes de la calidad del papel, de la forma de las letras, de cómo son los márgenes. Nuestro cerebro sustituye los símbolos de las palabras por pensamientos. Pero si estamos recabando datos para editar un libro sí que analizaremos el gramaje del papel, la tipografía, su tamaño, cómo se distribuyen las fotos, cuántas columnas tiene el texto…
Cuando voy por el campo con otros amigos fotógrafos se sorprenden de la enorme cantidad de insectos que veo. Es normal, voy buscándolos mientras ellos miran hacia arriba, bien lejos en busca de aves que fotografiar con sus teleobjetivos. Si llevo montado un angular para fotografiar paisaje tampoco veo insectos con tanta facilidad. La atención se focaliza en lo que nos interesa y desecha el resto de la información recibida, al no ser útil para la labor en que estamos concentrados.
Esta capacidad infantil hemos de intentar recuperarla para que nuestro trabajo sea más productivo. Debemos hacer un esfuerzo para analizar la realidad bajo un prisma diferente al que usamos habitualmente, de forma mecanizada. Acercarse a un mismo objeto con una disposición distinta nos permitirá obtener resultados diferentes. La realidad en sí misma se nos escapa, siempre la filtramos a través de nuestras experiencias y prejuicios. Por eso es tan importante adquirir todos los conocimientos que podamos, para poder encontrar diferentes planos de visión, interpretación de un mismo objeto o situación. Somos capaces de formar imágenes mentales, de analizarlas, volver atrás en su proceso de elaboración y obtener nueva información de ellas en un desarrollo de creación interno.
En nuestras primeras etapas con la cámara estamos tan obsesionados en manejar adecuadamente sus botones y menús que dedicamos toda nuestra capacidad mental a eso. Es un proceso de adaptación normal que no debemos desdeñar ni infravalorar. Nos llevamos imágenes sin habernos parado a examinar la escena y valorar qué es lo que nos atrae de ella. Componemos de forma totalmente instintiva y, generalmente, poco acertada. Cuando nos enfrentamos a un tema que deseamos fotografiar analizaremos primero cuáles son nuestras sensaciones y relaciones con él. Forzar a nuestro cerebro a interpretar una situación de diversas maneras mejorará nuestra creatividad y ofrecerá visiones distintas al observador de nuestra obra final. Esta actitud necesita, como todo, entrenamiento. Somos fotógrafos a tiempo completo, no sólo cuando llevamos la cámara. La observación constante de la luz, las texturas, la relación entre los objetos, etc. nos aportará un buen punto de partida para construir un mensaje más claro.
Ejercicio
Es muy recomendable plantearse un proyecto cercano para intentar desbloquear nuestra actitud; fotografiar algo como puede ser nuestra propia ciudad nos obligará a analizarla de otro modo, a profundizar en situaciones que vivimos con frecuencia, a buscar en lugares que visitamos a menudo.
Si nos sentimos con fuerza podemos cercar todavía más el espacio disponible y limitarlo a nuestro barrio, nuestra casa o, incluso, una habitación. Necesitamos 10 o 15 fotografías lo más variadas posibles que definan nuestro entorno, nuestra visión del mismo.
Hemisferio derecho e izquierdo
Lograr una fotografía requiere un cierto nivel de destreza para configurar los parámetros de nuestro equipo y gestionar los ordenadores que manejamos. Esta habilidad depende del hemisferio izquierdo. Las funciones del lenguaje articulado, la escritura, la organización de la sintaxis, el control motor del aparato fonoarticulador, las matemáticas, el procesado de información usando el análisis, la memoria verbal, la atención focalizada, el control del tiempo, la toma de decisiones y la memoria a largo plazo son competencias que se vinculan a áreas cerebrales ubicadas en esta región. Los test de inteligencia miden, sobre todo, la actividad de este hemisferio. Es decir, que para leer el manual de nuestra cámara, decidir el diafragma que vamos a emplear y recordar para que sirve cada menú requerimos los servicios de esta parte izquierda del cerebro.
Por otro lado, es importante una cierta preocupación estética, pues es la mejor manera para empatizar rápidamente con los observadores de nuestras fotos. Los conocimientos y habilidades que se precisan están dirigidos por el lado derecho de nuestro cerebro que procesa los sentimientos, las emociones, la creatividad, la intuición y las habilidades artísticas y musicales. Este hemisferio gobierna tantas funciones como su homólogo, pero no las gestiona de forma analítica sino de forma integradora, no es un pensamiento lineal. Centraliza facultades ópticas no verbales, sentimientos, habilidades visuales y sonoras no lingüísticas, interpreta la situación y las estrategias del pensamiento sumando sonidos, imágenes, olores y sensaciones, transmitiendo su opinión como un todo. Nuestro lado derecho cerebral piensa y analiza mediante imágenes, por eso dibujar, leer, meditar o realizar ejercicio físico son actividades más frecuentes entre quienes desarrollan más actividad en este hemisferio.
Los hemisferios comparten información de observaciones sensoriales por medio de un paquete nervioso llamado cuerpo calloso, ya que son muy pocas las tareas que están organizadas simplemente por un hemisferio. En la inmensa mayoría de las personas la capacidad del lenguaje está dirigida por su hemisferio izquierdo que controla lo que se dice, mientras el lado derecho contextualiza lo que oímos. Es el lado derecho el que nos permite entender una metáfora y el lenguaje gestual de la otra persona siendo, por tanto, el responsable de la interpretación final que podamos hacer.

La parte que utiliza nuestro cerebro para leer los carteles de este negocio no es la misma que utilizamos para valorar los colores y las implicaciones emocionales de las personas que salen en la fotografía. Intentamos interpretar las relaciones entre los personajes, pero también hacemos lo mismo con los textos legibles. Los colores armonizan entre sí, transmiten calidez e invitan a quedarse.
Óptica de 16-35 mm 1:4 a f/5,6 durante 1/45 s con ISO 200.
En realidad…
Investigadores de la Universidad de Utah realizaron un estudio mediante resonancia magnética (concretamente Resonancia Funcional Cerebral) y llegaron a la conclusión de que no existe evidencia de que un hemisferio domine claramente al otro. Encontraron que si bien ciertas áreas están localizadas en un hemisferio no se ha demostrado ningún patrón de que un hemisferio esté más conectado o activo que el contrario en cada persona. Esto confirma mi planteamiento de que cada tarea necesita de la actividad conjunta de todo el cerebro para desarrollarse óptimamente. Si vamos por la calle y reconocemos un rostro entre la multitud será gracias al lado derecho, mientras recordar su nombre será tarea del izquierdo.
Posiblemente sean otros factores no estudiados todavía los que provocan que ciertas personalidades otorguen una mayor importancia a los resultados ofrecidos por unas estructuras cerebrales sobre otras. Por eso algunas personas están más acostumbradas a usar razonamientos analíticos y lógicos mientras otras son más intuitivas. El escritor científico Daniel Pink ha definido que el primer grupo es más propenso a convertirse en ingenieros o abogados mientras el segundo preferirá ser animador o consejero. Se trata de una estrategia de pensamiento enfoque izquierdo o derecho que conlleva una actitud ante la vida.

Estas dos imágenes contienen los mismos elementos, una escalera, una puerta y una pared. Las diferencias de colocación, del ángulo de la toma, del tono de los escalones harán que nos mostremos más conformes con una u otra. Cada fotógrafo justificará su decisión, argumentando en función de distintas consideraciones. La verdad es que sus sensaciones harán que elija una en detrimento de la otra según predomine su cerebro izquierdo o derecho.
Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 1/20 s con ISO 200
Y el problema es que la comunicación entre ambas partes de nuestro ordenador central está poco cableada. Para manejar nuestro equipo necesitamos que nuestro hemisferio izquierdo haga su parte y el derecho la suya. Saber si la profundidad de campo es la adecuada depende del contexto, del lado derecho, saber a qué botón darle para cambiarla del izquierdo. Interpretar un rostro y su expresión es tarea del derecho, pero analizar detenidamente la luz del flash que incide sobre su nariz y saber modificar su potencia y las sombras que proyecta es función del lado contrario.
Este es el motivo por el que algunos fotógrafos son muy técnicos y les cuesta mucho expresarse de forma clara, mientras otros tienen una faceta muy artística pero con graves carencias en cuanto a la calidad de la toma. Es imprescindible manejar con soltura la cámara, entender la parte teórica y practicar cada parámetro que tengamos disponible hasta que su uso sea mecánico, como el aprender a conducir. Llega un momento que nuestro cerebro usa la cámara como una extensión de nuestra mano y eso nos permite analizar los elementos realmente importantes de la escena: las características de la luz, la distribución de los elementos, la expresión de un retrato, la forma en que ilumina un flash… Si nuestras fotos salen quemadas, trepidadas, desenfocadas y no podemos solucionarlo mecánicamente, hemos de dedicar parte de nuestro tiempo fotográfico a realizar ejercicios con la cámara que nos permitan avanzar en esta dirección. Mientras toda nuestra energía se dedique a resolver problemas del equipo, nuestro hemisferio izquierdo estará tan ocupado que el derecho no podrá observar si estamos cortando los pies de la persona, o tiene una fea rama saliendo detrás de la cabeza, o un coche de color llamativo en el borde del encuadre. La mayor parte del contenido de este libro se basa en intentar que el hemisferio derecho cumpla con su trabajo de conseguir plasmar lo que sentimos, pero para eso hace falta un esfuerzo deliberado para saber lo que realmente nos interesa transmitir.
La soledad es buena consejera
El cerebro se comunica con nosotros y nos puede indicar que hay una buena imagen. Para escucharlo es mejor estar solo, sin necesitar responder a preguntas, atender a otras personas o tener un horario que cumplir. Algunas imágenes nos asaltarán por su evidencia, las detectaremos de inmediato por su fuerza. Pero la mayoría de nuestras fotos tendremos que asaltarlas, conquistarlas poco a poco mediante el método de ensayo y error. Para poder estar seguros de que hemos agotado nuestra capacidad es mejor estar trabajando y no charlando animadamente sobre nuestra próxima compra de material fotográfico.


Encontré esta escena en Marruecos, se trata de un veterinario comprobando la salud del ganado. Di varias vueltas por los alrededores intentando encontrar una composición que pusiese orden entre los distintos elementos. Al final caí en la cuenta de que la sensación de caos de esta cuadra era lo que me había llamado la atención. Opté por una imagen en la que todo gira en torno a la vaca, punto central de la foto, al que se dirigen casi todas las miradas. A veces lo difícil es analizar qué es lo que nos induce a tomar una imagen.
Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 1/80 s con ISO 200.
Analiza los atractores visuales
En una imagen suele existir algún elemento que atrae de inmediato la atención, a esto le llamo un atractor visual. Puede ser la parte más clara de una foto oscura, la más oscura de una clave alta, una mancha de color complementario al fondo, una zona enfocada frente a otra desenfocada… tenemos recursos variados para atraer la atención, en función de nuestro vocabulario compositivo y del mensaje final, como iremos viendo en los capítulos sucesivos.
Existen ciertos atractores visuales que podemos denominar biológicos. La nuestra es una especie social que posiblemente ha desarrollado su inteligencia a medida que los grupos se hacían más grandes. En este contexto de agrupaciones cada vez más complejas se hace muy importante conocer las intenciones de los demás. Las neuronas espejo han evolucionado precisamente para entender cómo se sienten los otros miembros de nuestra especie y por extensión las de otras a las que atribuimos nuestra forma de sentir. Algunos elementos de una escena llaman más nuestra atención, bien sea porque estimulan más nuestras emociones o porque culturalmente esperamos más información de ellos.
Como consecuencia si en una imagen aparece un rostro intentaremos desentrañar lo que sus ojos y músculos de la expresión están comunicando. Miraremos en la dirección en que se encaminan sus ojos sin poder remediarlo. Y cuando en esa trayectoria apenas quede espacio nos sentiremos un poco enclaustrados. Esta forma de sentirnos atraídos por la mirada es consustancial al ser humano y no podemos evitarla, por eso es una constante en el arte de todas las culturas. Se ha simplificado bajo el nombre de la regla de la mirada. Quizá el nombre de regla no sea muy afortunado, pero nos permite jugar con la sensibilidad del espectador en función del espacio visual del retratado. Además la inmensa mayoría de los retratos no intentan crear tensión, si no que tratan de mostrar la cara más tranquila y amable del retratado, de ahí que cumplir la “regla” de la mirada sea más frecuente en las tomas convencionales.
Desde luego el cuerpo humano, en especial el rostro, será un atractor visual para la inmensa mayoría de las personas. Nuestro cerebro tiene zonas dedicadas exclusivamente a reconocer caras. Nos cautivarán los ojos de otros animales, especialmente los mamíferos que comparten algo de nuestra forma de sentir, especialmente los más sociables como un perro, un delfín, un chimpancé… Sistemáticamente nuestro cerebro extrapolará a estos rostros las características humanas similares. Igualmente lo hará con especies mucho más alejadas biológicamente como los insectos o los peces y con objetos inanimados cuando tenemos ocasión. Por eso es fácil ver caras en las formas de las nubes o en meras manchas de humedad en la pared e incluso atribuirles sentimientos; nuestro cerebro no sabe estar mucho tiempo sin elaborar pensamientos.

El rostro de este regatista llama de inmediato la atención, analizamos su rostro y postura corporal y luego continuamos la observación por otros elementos, la vela y el fondo. Elegí a este participante en concreto porque el color cian del pantalón es el complementario del rojo del chaleco y de los adornos de la vela. La niebla que difumina los contornos oscuros del fondo ayuda a identificar al sujeto, mucho más nítido y contrastado.
Óptica de 70-200 mm 1:2.8 a f/4 durante 1/1600 s con ISO 400.
Hay una serie de atractores visuales que podemos denominar culturales ya que dependen de nuestro saber. Si retratamos a un relojero en su taller, es muy posible que un amante de los relojes se sienta más atraído por un modelo raro que está encima de la mesa que por el propio artesano.
Nuestra curiosidad ante una imagen determina la manera en que nuestro cerebro la gestiona. No olvidemos que nuestro órgano de visión es el cerebro y es este el que ordena al ojo los puntos en que ha de detenerse y cuándo ha de abandonarlos. El recorrido visual que hacemos de un paisaje, por ejemplo, es distinta si estamos buscando algo, a alguien o deseamos recabar una información concreta sobre el tipo de árboles que lo pueblan.

Me gustaron los tonos otoñales de este bosque de ribera, contrastando con el azul del agua. Para incrementar la saturación empleé un polarizador. Mientras hacía la toma vi que se acercaba un agricultor y supe que tenía que modificar algunas cosas para adaptarme a un nuevo atractor visual. Como iba vestido en tonos oscuros reduje el efecto del polarizador para conseguir un mayor contraste con el agua. También bajé la cámara para que el río saliese por una esquina. Disparé justo en el momento en que inicia su entrada en el puente, en esa frontera psicológica entre el río y la tierra.
Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/5 durante 1/15 s con ISO 200. Polarizador en portafiltros Lucroit.
Nuestro cerebro no se queda fijado indefinidamente a un elemento sino que fluye por la escena. El flujo es el modo en el que la mirada del espectador se desplaza de una parte de la fotografía a otra. Las líneas ayudan mucho a pasar de un atractor visual de la composición a otro. Las líneas pueden ser reales como las vías de tren que se unen en la distancia o ser sólo visuales, no reales.
Es misión del fotógrafo ser capaz de determinar cuáles van a ser los principales atractores visuales y enlazarlos entre sí por medio del lenguaje compositivo. Se puede ir dejando atractores visuales, a modo de miguitas de pan, para que el ojo se desplace por toda la composición hasta salir de ella (composición abierta) o fijar el interés en una parte, de tal forma que cualquier intento de alejarse de ella sea vano (composición cerrada).
No interpretamos una fotografía del mismo modo que la realidad, el cerebro emplea diferentes estructuras neuronales, por eso es interesante analizar los atractores visuales en la pantalla de nuestra cámara. Tenemos que hacer el esfuerzo consciente de examinar hacia dónde se encamina nuestra mirada al observar la imagen, entender el motivo y determinar si es lo que necesitamos.

El principal estímulo de la imagen es el texto de la visera, que leemos de inmediato. La dirección de la gorra nos lleva al escenario donde seguimos leyendo, haciendo un esfuerzo. Las manchas de colores también reclaman interés y pasamos de una zona a otra en una especie de bucle que logra que la composición sea cerrada, no nos arrastra fuera de ella.
Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/3,6 durante 1/15 s con ISO 3600.


El helecho del primer plano atrae la mirada, nos informa del viento que hacía durante la toma y proseguimos el recorrido visual por el camino, hasta donde se pierden los escalones. Las ramas que cubren el sendero, entrelazadas entre sí, nos mantienen dentro de la toma, evitando que salgamos hacia las zonas más claras del cielo, otro importante atractor visual. Conocer como recorrería el espectador la imagen me permitió colocar la cámara en un punto bajo para que el helecho tenga más protagonismo, justo en el punto que no se solapa con el camino. Que la escena se difumine hacia el punto donde finaliza el camino es fruto de la ligera niebla y de un diafragma que mantiene un primer plano nítido pero levemente desenfocado el fondo. Transmite la sensación de querer permanecer en este idílico rincón.
Óptica de 17-55 mm 1:2.8 a f/8 durante 1/3 s con ISO 200.
El efecto Stroop
El texto escrito es otro importante atractor visual. Si en la toma tenemos texto el cerebro lo leerá, y si está en otro idioma o es complejo se detendrá mucho más tiempo que si lo lee sin problemas. Por eso es importante determinar si el ojo se bloquea en una palabra desenfocada o demasiado llamativa por su color o situación cuando no es lo que buscamos. La mejor opción para mejorar la memorización de un texto es estudiarlo con una tipografía de difícil lectura.
Stroop coloreaba palabras como verde, rojo o azul con tonos que diferían del significado de la propia palabra y solicitaba a los voluntarios que nombrasen el color que veían. De este modo se comprobó un incremento muy notable en el tiempo de reacción y en el número de errores cometidos. Por ejemplo, las personas necesitan más tiempo para nombrar el color de la tinta azul de la palabra impresa rojo que si la tinta es azul y se utiliza para imprimir la palabra azul.
El motivo por el que se produce este fenómeno es porque la lectura es un proceso automatizado por nuestro cerebro mientras nombrar el color no lo es. Por eso definir el color en lugar de leer la palabra es muy complicado cuando ambos están en contradicción.
Si nuestro mensaje se ve debilitado con la composición actual, porque el ojo se dirige hacia donde no deseamos, hemos de intentar realizar los cambios que resuelvan el problema.
Teoría del observador
En buena parte de la Modernidad se ha considerado al mundo como un ente perfectamente definible en el que sería posible obtener respuestas totalmente objetivas a cualquier cuestión que se plantease. A partir de las leyes naturales y con ayuda del pensamiento lineal se podría contestar cualquier pregunta de forma racional. Tan sólo necesitábamos avanzar un poco más en el conocimiento del funcionamiento de las cosas mientras el sujeto se erigía en punto central de la existencia.
Pero la llegada de la Posmodernidad introduce el concepto de relativismo del propio mundo, se entiende ahora que todo lo que nos rodea es algo inabarcable, variable y dinámico donde no todo está al alcance de la razón y depende en buena medida del propio observador, como demuestra la Física Cuántica.
Albert Einstein no sólo avanzó en las teorías de Newton al dotarnos de una nueva definición del espacio, del tiempo y de la materia, también colocó al observador en el centro de cada análisis científico. Nunca podremos ver el mismo arco iris que otra persona, aunque estemos al lado, porque las gotas que lo producen dependen de la posición del observador. La teoría Cuántica de Max Planck ahonda más en esta relatividad y demuestra que el mero hecho de examinar una partícula y obtener alguna información de la misma, como su velocidad o posición, modifica la variable no observada, y en ocasiones también la que medimos.
En el contexto que nos ocupa hemos de asumir que cada persona responderá de una forma determinada ante una imagen en función de sus conocimientos, de su trayectoria vital, de sus intereses… No pueden existir leyes universales absolutas para que una imagen sea percibida de una forma determinada por cualquier persona. Incluso el estado de ánimo de un mismo observador será crítico a la hora de evaluar la imagen. La cultura que lo rodee, su momento histórico también influirán en sus gustos, de la misma forma que algunos alimentos que nos encantan podrían ser considerados como repugnantes en otras épocas o sociedades. Las propias expectativas influyen en la experiencia y tienden a materializarse, por eso si creemos que algo no nos gustará será difícil cambiar de idea y viceversa. Los estudios que analizan la forma en que escudriñamos una imagen demuestran que cada persona tiene un patrón propio, casi tan característico y diferenciador como pueden ser sus huellas digitales.

La forma de la píldora, su llamativo color, brillo y posición funcionan como poderosos imanes para nuestro cerebro. Podemos intuir que la inmensa mayoría de la población considerará esa pastilla como un atractor visual. Lo que sin duda variará será la respuesta de cada uno; no será lo mismo para un persona sana que para una enferma que quizá reconozca alguno de sus tratamientos. Para un paciente polimedicado sin duda será una metáfora de cómo está su pastillero cada mañana.
Óptica macro de 105 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 1/90 s con ISO 100.
Iluminada con flash a través de difusores.

Fuera del observador no hay nada.
Humberto Maturana
Pero sí que podemos prever cómo se comportará la mayoría de la población ante una de nuestras fotografías en función de patrones establecidos en su sociedad y de las características propias del cerebro humano, de su forma de recabar información y de sus propias limitaciones y prioridades. Físicamente sabemos que solemos empezar a mirar una imagen por la parte izquierda, avanzando hacia la derecha. A nivel cognitivo nuestro cerebro da prioridad a ciertos elementos con los que crea una historia fácilmente recordable, con independencia de si es cierta o no. Priorizamos la facilidad del uso de la información a su veracidad, preferimos mantener nuestras creencias más arraigadas aunque las evidencias las contradigan.

La primera escena cuenta una historia muy diferente a la segunda. Los elementos son los mismos, pero su disposición no lo es. La segunda imagen podría ilustrar muy bien el fenómeno de alquiler de casas particulares a turistas, que les alejan de los hoteles tradicionales. La otra es una invitación a pasar la noche en uno.
Nuestro cerebro analiza inconscientemente cada imagen y extrae sus conclusiones. Afortunadamente somos previsibles y es factible adivinar cómo reaccionará la mayoría de las personas, pudiendo reforzar nuestro mensaje disparando en el momento adecuado.
Óptica de 17-55 mm 1:2.8 a f/4 durante 1/140 s con ISO 200.
De esto trata la composición, de facilitar en la medida de lo posible los puntos de referencia adecuados para que el mensaje que pretendemos transmitir sea reconocible por el espectador. Aunque hemos de asumir que una vez emitido el mensaje cada persona lo recibirá de forma diferente en función de su propio yo y de las circunstancias de su vida. Sin duda la sintaxis visual es compleja, pero eso no impide que podamos estudiarla y definir sus elementos constituyentes y cómo se relacionan. En última instancia, sólo podemos fotografiar lo que somos y sólo podemos sentir lo que ya tenemos dentro cuando observamos una imagen. Ante una imagen compleja sólo algunos observadores podrán analizar todas sus implicaciones y relaciones y lo harán siempre bajo el prisma de su educación y de sus convicciones, no de las del fotógrafo. Una fotografía se basa en dos interpretaciones, la del fotógrafo ante la realidad y la del observador ante el resultado. Entre ambas y la realidad puede existir un gran abismo.

No puedes expresarte a menos que tengas un sistema previo de pensamiento y percepción; y no puedes tener un sistema de pensamiento y percepción a menos que tengas un sistema básico de vida.
Louis Sullivan, arquitecto


Óptica de 17-55 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 1/15 s con ISO 400. Flashes con filtros cálidos.
FOTOS PASO A PASO
Aportando luz artificial

Encontramos esta capilla en un entorno idílico pero en una hora donde la luz estaba muy alta y era muy dura. Había muchos elementos (campana, flores, puerta, cepillo…), difíciles de encajar en una única fotografía. Decidí centrarme en el que me pareció más llamativo: el cepillo.
Me coloqué de forma que mi sombra se proyectase sobre la madera para evitar el fuerte contraste, pero eso fue insuficiente para que la cámara captase el interior de la iglesia y yo no quería un fondo negro.
Dirigí un flash a través de un difusor hacia el altar, sin embargo el techo seguía quedando en tonos demasiado oscuros.
Empleé otra unidad para arrojar luz sobre esa zona, pero con menos exposición que el flash principal para que la atención no se dispersase sobre la parte superior.
En la última iluminé con los dos flahses.
El texto funciona como un potente atractor visual. El enfoque selectivo lo separa del fondo. Una vez visto el primer plano la figura del santo destaca por estar casi tocando al cepillo y por ser de color azul, complementario del naranja. Además esta zona de contraste tonal se sitúa sobre el punto áureo inferior izquierdo. Los pocos trazos de rojo y verde también se equilibran entre sí y proporcionan un toque de colorido.
La deliberada oscuridad de las vigas superiores evitan que la atención suba hacia esa zona, reteniendo el suficiente detalle para que no salga negra, con lo cual conseguimos una composición cerrada donde destacan claramente los dos elementos que nos interesa mostrar, pero sumergidos en su entorno.
La cultura y el cerebro
Es indudable que vivimos en un mundo físico, pero la interpretación de esta realidad física depende de nuestro yo, de nuestro sistema sensorial y de su traducción en estímulos nerviosos. Conceptos como el frío, el calor, el rojo, el verde, lo suave, lo áspero, lo amargo o lo ácido serán captados por cada persona de forma diferente en base a sus posibilidades biológicas.
Un catador de vinos seguramente dispone de una estructura en sus órganos del gusto y del olfato más precisa que una persona normal. Es capaz de apreciar más matices que la media. Pero a la hora de apelar a estas sensaciones, de comunicar sus impresiones necesita de una cultura que le dé amparo y permita dar nombre a cada percepción. Oír correctamente no implica que podamos componer música. De la misma forma que ver no conlleva que estemos preparados para crear mensajes visuales inteligibles y de calidad.
Las expectativas también modifican el modo en que interpretamos la información. Unas gotas de lluvia cayendo no tienen el mismo significado para un agricultor, para un jubilado que da pan a las palomas en el parque o para un ajetreado oficinista que ha dejado tendida la camisa que necesita ponerse esa misma tarde. Si entramos en una sala de exposiciones o en el cine con el ánimo predispuesto es mucho más fácil que el contenido consumido sea de nuestro agrado que si presuponemos que no será una buena obra. Un medicamento amargo es mejor tolerado si su efecto beneficioso es rápido.
Somos una especie social, podemos beneficiarnos de los errores y aciertos de muchas generaciones que nos precedieron y que marcan una particular forma de interpretar la realidad en cada época social. No valoramos una puesta de sol igual si estamos tranquilamente con nuestra pareja o si volvemos cansados de nuestro trabajo. La información cultural es vital para traducir la información sensorial en recuerdos, pero también es un fino filtro que elimina aquellas partes que considera inadecuadas o impropias. Un tamiz que va variando en cada etapa social de la humanidad.

Una estatua intenta transmitir la idea de perdurabilidad de la persona homenajeada. Basta un breve movimiento de cámara para que nuestro cerebro se haga una idea de lo efímero del paso del hombre. Es una imagen que para algunas personas tendrá un problema en la captación, pero para las que gustan de buscar un segundo nivel de interpretación estará llena de sugerencias.
Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 9 s, tres de los cuales se movió el trípode para conseguir el efecto deseado.
Cuanto mayor sea nuestro conocimiento cultural más facilidad tendremos para expresar nuestras emociones a través de imágenes y más fácil será reconocerlas en la obra de otra persona. Si en una época determinada un cierto color, como el índigo, se reservaba a los personajes más importantes de un cuadro será imprescindible conocer el código para entender bien algunas pinturas. Como desconocemos los valores de muchas culturas primitivas nos resulta imposible, desde nuestro actual momento social interpretar sus mensajes. ¿Qué pretendía contar el creador de las pinturas rupestres de Altamira a sus compañeros prehistóricos? Podemos conjeturar sobre su objetivo pero sólo los que estaban en posesión de las claves oportunas en su momento podían realmente saberlo.

Los buenos artistas son el resultado del arte que han consumido.
Austin Kleon
El fotógrafo no sólo debe poseer una buena cultura visual, todo saber nos enriquece también a la hora de crear buenas imágenes. He conocido a grandes fotógrafos y todos ellos tenían en común su curiosidad y gran bagaje cultural en disciplinas muy variadas. Además el conocimiento profundo de un tema nos permitirá contextualizarlo, analizarlo y aportar una parte de nosotros mismos cuando lo fotografiemos.

Óptica de 24-70 mm 1:2.8 a f/2,8 durante 1/20 s con ISO 3200.
La disposición espacial
AL FINALIZAR ESTE CAPÍTULO, HABRÁS APRENDIDO:
•A valorar la importancia de la composición para el hombre
•Que la Naturaleza repite con mucha frecuencia ciertos patrones más eficientes
•Que la Matemática también genera los mismos patrones
•El uso de estas proporciones en la Historia del Arte
•A manejar la regla de los tercios, del horizonte y de la mirada
•A colocar los elementos siguiendo otras disposiciones menos conocidas
•Cuándo es razonable seguir las convenciones fijadas y cuándo apartarse de ellas
La composición en nuestro ADN
Como seres humanos tenemos una percepción estética que viene dada por nuestra genética y por nuestra formación. El sentido compositivo forma parte de cada persona en mayor o menor medida. Cuando nos encontramos con una composición adecuada apreciamos con claridad el mensaje y reaccionamos emocionalmente.
Los estudios sugieren que incluso los individuos sin conocimientos en artes visuales otorgan calificaciones más altas a pinturas originales que a copias. Estas observaciones sugieren que una obra estéticamente agradable será aquella en que la disposición que el artista considera más adecuada es también preferida por los no artistas. Estos hallazgos encajan bien con el principio de Pragnanz de la psicología Gestalt (también llamada corrección visual) y proporciona una evidencia del universalismo de la experiencia estética. Este axioma explica que lo percibido por un individuo es mucho más que la suma de la información que generan sus sentidos.
La interpretación y entendimiento de estas capacidades innatas y aprendidas ha ocupado a los grandes maestros de la pintura durante buena parte de nuestra historia, desde que nuestros antepasados comenzaron a pintar en las cavernas hace unos 40.000 años con la intención de contar una historia importante mediante imágenes. Grandes genios como Giotto o Leonardo da Vinci simplemente encontraron algunos de los patrones que regulan nuestra visión del mundo y la plasmaron de la mejor forma que supieron.

Los colores, la repetición de los árboles, la distribución de la luz, las proporciones del marco… son valores estéticos universales que se traducen en sensaciones al llegar a nuestro cerebro. Nuestro ojo recorre la escena guiado por las líneas que forman los árboles, mientras la claridad de la casa funciona como un potente atractor visual. Como fotógrafos necesitamos conocer cuál es el mensaje que realmente emitimos con cada variación de los elementos que forman parte de nuestras tomas.
Óptica de 50-140 mm 1:2.8 a f/5,6 durante 1/80 s con ISO 400. Polarizador en portafiltros Lucroit.
Giotto (1267-1337) dio un vuelco importante a la pintura anterior a su época mediante el uso de la perspectiva y del incremento de la paleta cromática con el fin de plasmar la naturaleza de la mejor forma posible. Leonardo da Vinci avanzó en el camino iniciado por Giotto pintando la Última Cena, en la que la figura centrada de Cristo atrae todas las líneas de la imagen mediante una compleja composición matemática. Tras ellos Sandro Botticelli aprendió a emplear colores vivos y composiciones más elaboradas y complejas. Caravaggio (1571-1610) profundizó poderosamente en el estudio de la luz y la sombra. Jan Vermeer (1632-1675), alcanzó un detalle tan perfecto en sus paisajes urbanos que casi parecían fotografías, gracias al uso de la cámara oscura para trazar el dibujo y completar después la pintura en el estudio. Las conclusiones alcanzadas han dado fundamento a una serie de reglas que han prevalecido hasta la actualidad.
Este afán por disponer de la mejor forma posible los elementos de una imagen ha entretenido a las culturas occidentales y orientales que llegaron a conclusiones muy similares, como no podía ser de otro modo.

Estas dos imágenes sólo se diferencian en unos pocos pasos de distancia y apenas las separan unos minutos, los que estuve esperando a que las nubes cubriesen por completo el fondo del árbol. En la primera toma, las ramas lo superan claramente por encima, compitiendo en importancia con el monumento. Las líneas diagonales de la segunda implican una mayor sensación de verticalidad al tiempo que dirigen más eficientemente la mirada.
Óptica de 10-24 mm 1:4 a f/6,4 durante 1/100 s con ISO 400. Polarizador en portafiltros Lucroit.
Pinturas como las del genial autor japonés Hiroshige (1797-1858) tienen enormes coincidencias con otros pintores occidentales, más allá de las paletas de color que empleaban ambas culturas. La disposición del horizonte, el uso de líneas y del espacio, evitar zonas luminosas y la atención a las esquinas eran similares a las que habíamos validado como correctas en Europa.
La proporción áurea
Durante muchos siglos los artistas han indagado sobre el tamaño adecuado para los elementos de sus producciones. Han sido muchos los que han buscado las proporciones perfectas en la Naturaleza como forma de inspiración. En este largo camino nos encontramos con la proporción áurea.
Los egipcios fueron los descubridores de la proporción áurea a través de sus dotes de observación. La crecida del Nilo destrozaba todas las marcas que delimitaban las tierras y urgió crear un sistema para adjudicar a cada propietario su terreno cuando las aguas se retiraban. Buscaron métodos sencillos de medición y se percataron de que un hombre medía prácticamente lo mismo de alto que entre las puntas de las manos con los brazos extendidos en cruz. También observaron que el ombligo de un recién nacido divide su cuerpo en dos partes iguales. La proporción áurea, pasó de Egipto a Grecia y de allí a Roma. Después de encontrar este canon que le daba armonía a la Naturaleza, el siguiente paso fue su reproducción con fines artísticos.
Los griegos continuaron desarrollando la ciencia matemática y Platón escribió “Es imposible combinar bien dos cosas sin una tercera, hace falta una relación entre ellas que los ensamble, la mejor ligazón para esta relación es el todo. La suma de las partes como todo es la más perfecta relación de proporción”.
Algo más de un siglo después el genial Euclides en su obra Los elementos, recoge la primera fórmula conocida sobre la proporción áurea que definía como una proporción entre medidas, concretamente como la división armónica de una recta en media y extrema razón, un guiño a la frase de Platón.

Se dice que una recta ha sido cortada en extrema y media razón cuando la recta entera es al segmento mayor como el segmento mayor es al segmento menor.
Euclides
En un lenguaje más sencillo el número áureo es el valor numérico de la proporción que guardan entre sí dos segmentos de recta a y b (a más largo que b), que cumplen la siguiente relación:
a+b/a = a/b
Esto quiere decir que la proporción entre las dos partes en que dividimos una línea es idéntica a la del segmento mayor respecto a la línea en su totalidad.

La separación entre las espirales de la concha del caracol mantiene una proporción cercana al número áureo. Esta espiral ha sido utilizada como referencia a lo largo de la Historia del Arte en muchísimas obras.
Óptica macro de 105 mm 1:2.8 a f/13 durante 1/100 s con ISO 100. Flash.
Esta proporción sólo se consigue cuando se divide de una forma concreta la línea, y su importancia ha sido tal en la historia que la Matemática le ha asignado la letra griega Φ Phi (pronunciado fi). Es un número algebraico irracional (decimal infinito no periódico) cuyos primeros dígitos son 1,618033988749.
Más tarde Marco Vitruvio Polión (80-70 a.C.-15 a.C.), arquitecto, escritor, ingeniero y tratadista romano consideró que la Arquitectura debería imitar a la Naturaleza. De la misma forma que un pájaro o una abeja construye su nido, los seres humanos deberíamos construir nuestras casas con materiales naturales. En sus estudios profundizó en las relaciones geométricas del hombre. Así un hombre de pie y con los brazos extendidos se puede inscribir en un cuadrado o en un círculo si separa las piernas, lo que lo llevó a la definición de un canon del cuerpo humano perfecto: el Hombre de Vitruvio, que más tarde adoptaría también Leonardo da Vinci. De esta forma tenemos al cuerpo humano inscrito en el círculo y el cuadrado, que eran también los patrones geométricos fundamentales del orden cósmico. Leonardo dibujó las formas humanas siguiendo las recomendaciones de Vitruvio, pero de tal forma que la razón entre el lado del cuadrado y el radio del círculo en que se inscribe es áurea.
Esta división asimétrica tiene unas propiedades matemáticas y estéticas ciertamente interesantes, hasta tal punto que en 1509 el monje y matemático Luca Paccioli la rebautizó con el nombre de divina proporción en el libro del mismo nombre en que aporta cinco razones para considerar como divino al número áureo:
•Su valor único, en consonancia con la unicidad de Dios.
•Los tres segmentos los asocia a la Trinidad.
•Dios y Phi son inconmensurables.
•La autosimilaridad del Phi es comparable a la omnipresencia e invariabilidad de Dios.
•De la misma manera en que Dios dio ser al Universo a través de la quinta esencia, representada por el dodecaedro, el número áureo dio ser al dodecaedro.
Sin duda no son razones de peso para la sociedad actual, pero nos dan una visión de la gran importancia que ha tenido este número en la Historia del Conocimiento y sus profundas implicaciones en la Historia del Arte y, por tanto, de nuestra cultura heredada.
Pocos años después, en 1525, el pintor Alberto Durero publicó su libro Instrucción sobre la medida con regla y compás de figuras planas y sólidas, en el que describe detalladamente la forma de trazar una espiral basada en la sección áurea y que, también, se conoce con el nombre de espiral de Durero.


El punto de vista de esta imagen se eligió cuidadosamente para que el sol estuviese en el centro de una espiral áurea que discurre casi paralela al tronco principal y finaliza en la rama más larga. Percibimos esta disposición como armoniosa, quizá por estar expuestos a ella reiteradamente o por formar parte de nuestra percepción como especie.
Óptica macro de 60 mm 1:2.8 a f/11 durante 1/320 s con ISO 200.
El primer uso conocido del adjetivo áureo, dorado, o de oro, como lo conocemos actualmente, lo hace el matemático alemán Martin Ohm en 1835, de una forma que parece sugerir que el término ya era habitual en la época, “Uno también acostumbra llamar a esta división de una línea arbitraria en dos partes como éstas la sección dorada”.
Hasta 1900 los textos de matemáticas que trataban el tema utilizaban como símbolo para representar el número áureo la letra τ, del griego τομή, que significa ‘corte o sección’. En este año el matemático Mark Barr le adjudicó la moderna denominación de Φ o ϕ en honor a Fidias, ya que ésta era la primera letra de su nombre escrito en griego (Φειδίας). Fidias recibió tan alto honor por el gran valor estético de sus esculturas, propiedad que ya por entonces compartía el número áureo.
La sucesión de Fibonacci
Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci, fue uno de nuestros mejores matemáticos. Difundió por Europa el sistema de numeración decimal árabe. Pero aquí hablaremos de un problema que resolvió en su Libro de los ábacos (Liber abacci), utilizando la sucesión que lleva su nombre para calcular el número de pares de conejos n meses después de que una primera pareja comienza a reproducirse. Las condiciones del experimento serían que los conejos están aislados por muros, empiezan a reproducirse cuando tienen dos meses de edad, tienen un periodo de embarazo de un mes y dan a luz dos retoños.
Este es un problema matemático puramente teórico, ya que en realidad, el conejo común europeo tiene camadas de 4 a 12 individuos y varias veces al año, aunque no cada mes, pese a que la preñez dura 32 días. El resultado es que el número de individuos de la población de conejos del problema es una sucesión matemática en la que cada número es el resultado de sumar los dos anteriores partiendo del 1:
1 – 1 – 2 – 3 – 5 – 8 – 13 – 21 – 34 – 55 – 89 – 144 – 233 – 377 – 610 – 987 – 1597…
Esta sucesión la podemos encontrar de forma real en la Naturaleza, como en la denominada Ley de Ludwig, que registra el hecho de que la mayoría de las flores tienen un número de pétalos perteneciente a la sucesión de Fibonacci. La cala, por ejemplo, tiene un solo pétalo, la euphorbia tiene dos, el lirio tres, la jara cinco. Otras flores más complejas como las margaritas y los girasoles pueden tener 13, 21, 34 o 89. También son números de Fibonacci los que se forman en nuestro árbol bronquial al ir dividiéndose hasta los alveolos.

Muchas son las flores que tienen cinco pétalos, quizá por eso sea tan difícil encontrar un trébol de cuatro hojas. Las zonas más nítidas de la flor y las más claras funcionan como atractores visuales. Los movimientos del ojo continúan por la línea vertical que crea la hoja más larga.
Óptica macro de 105 mm 1:2.8 a f/8 durante 1/1000 s con ISO 200. Difusores.
Lo curioso es que si dividimos dos números correlativos de la sucesión de Fibonacci obtenemos una aproximación cada vez más precisa al número Phi.
La Biblia también parece que incorpora las proporciones estéticas de sus autores. Dios le dio a Moisés instrucciones para construir un Arca con proporciones 5x3, dos números de la sucesión de Fibonacci que da un número bastante aproximado a Phi.
También podemos construir un rectángulo áureo con los números de esta sucesión.
Construir una espiral a partir de la sucesión de Fibonacci
Creamos un rectángulo de tal forma que sus lados sean dos de los números de la serie.

Siguiendo la serie numérica vamos dividiéndolo en cuadrados.

Unimos los vértices de estos cuadrados y obtenemos la espiral áurea.

Es decir, que el número áureo existe en la Naturaleza como respuesta a problemas muy diversos y también en el incorpóreo mundo de los números. Asimismo reside en uno de los instrumentos que más suele agradecer el oído humano, el piano, que tiene un registro tonal de siete octavas. Cada octava la forman 13 teclas, 8 son blancas y 5 son negras repartiéndose en grupos de 2 y 3. Todos números de la sucesión y que forman la cadencia que satisface nuestro sentido de la armonía musical.

Miguel Ángel sacó esta impresionante obra de una piedra que varios artistas anteriores habían desechado por tener algunos agujeros artificiales, fruto de una intervención inadecuada. No fueron capaces de ver una composición que, sin embargo, el joven Miguel Ángel sacó a la luz y que debe parte de su belleza a la proporción áurea.
Óptica de 10-24 mm 1:4 a f/4,5 durante 1/60 s con ISO 400.
Curiosidades matemáticas de Phi
El interés matemático de Phi ha sido enorme a lo largo de la Historia y dado que durante la mayor parte de ella los estudiosos no hacían la absurda diferenciación actual entre conocimientos científicos y humanos, transmitieron este atractivo a las obras que se creaban en muchos casos en un ambiente de secretismo masónico. Obras transcendentales del Arte y que marcaron una impronta a la producción posterior fueron La Gioconda y La última cena de Leonardo da Vinci, El David y La Sagrada Familia de Miguel Ángel o El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli.
Y no es de extrañar ya que Phi es realmente curioso como número incluso para nuestras mentes más modernas, veamos algunos ejemplos.
Dados 10 números sucesivos de Fibonacci, su suma es siempre múltiplo de 11.
21+34+55+89+144+233+377+610+897+1.597=4.147=11x377
89+144+233+377+610+987+1.597+2.584+4.181+6.765=17.567=11x1.597
Siendo además el resultado igual a multiplicar por 11 el séptimo número de la sucesión.
Y esta inclinación por Phi no es cosa del pasado. El genial pintor Salvador Dalí también compartía interés por la ciencia y con la ayuda del matemático rumano Matila Ghyka trazó las líneas de una de sus obras más conocidas, Leda Atómica. Su composición y los objetos que contiene guardan una estricta proporción entre sí y respecto al cuadro al completo, y se distribuyen sobre las cinco puntas de un pentagrama áureo.
Dentro de los movimientos de vanguardia del siglo XX existía una escuela dentro del cubismo llamada Sección Áurea que llevó las matemáticas a la pintura. Marcel Duchamp lideró este interesante movimiento en que participó el español Juan Gris.
El arquitecto suizo Le Corbusier hizo uso de la proporción áurea en muchos de sus trabajos. Incluso diseñó un nuevo sistema de medidas basado en ella y usando como patrón de referencia la medida del hombre (Modulor) en lugar del metro.
En algo tan moderno y ajeno a la estética como la Bolsa también se utilizan los conocimientos de Fibonacci. Entre las herramientas que utilizan los analistas para intentar predecir si un valor cambiará de tendencia están las proyecciones de Fibonacci.
La sección áurea en la Naturaleza
Puede parecer que el número áureo es una curiosidad matemática. Es lógico pensar que es un mero pasatiempo sin ningún interés práctico. No obstante, si observamos el mundo que nos rodea podemos llegar a la conclusión de que la importancia histórica de este número está realmente basada en el mundo real y que no es una creación humana, sino que simplemente hemos sido capaces de percibir su existencia. Lo mismo sucede con la sucesión de Fibonacci. A partir de la proporción áurea se consigue una espiral logarítmica frecuente en la Naturaleza.
Estudios como los del Dr. Fechner demostraron que nuestra percepción de la belleza se incrementa al aproximarnos a la proporción áurea. Esta noción de belleza y perfección es aplicable a estructuras arquitectónicas, pinturas, partituras musicales, fractales y personas.


Los girasoles tienen espirales que rotan hacia la derecha y hacia la izquierda. Su número está dentro de la serie de Fibonacci, 21 y 34. La Naturaleza ha encontrado así un modo eficaz de evitar que las nuevas hojas bloqueen la luz a las viejas, sin importar lo que crezca la planta. Es una elegante solución de empaquetado que obtiene su máxima eficacia cuando el ángulo de rotación de las hojas corresponde a la fracción decimal del número áureo (0,61803). También es la mejor manera de optimizar la superficie de exposición a la lluvia.
Incliné mucho la cámara para conseguir que la marcada línea visual que forman las nubes atravesase el centro de la flor, facilitando la visualización y proporcionando un fuerte dinamismo.
Óptica macro de 105 mm 1:2.8 a f/6,7 durante 1/125 s con ISO 100.
En los violines, la ubicación de las efes (los orificios que tiene en la tapa) se relaciona con el número áureo. También lo encontramos en la estructura de los cristales, en la espiral de las galaxias y en la concha del nautilo.
Igualmente en la distribución de las hojas en un tallo, la disposición de los pétalos de las flores y la relación entre las nervaduras de las hojas de los árboles. También la relación entre el grosor de las ramas principales y el tronco, o entre las ramas principales y las secundarias (el grosor de una equivale a Φ tomando como unidad la rama superior). La cantidad de pétalos en las flores sigue a Fibonacci, así existen flores con 3, 5 y 8 pétalos y también con 13, 21, 34, 55, 89 y 144. Lo mismo sucede con la cantidad de espirales de una piña (ocho y trece espirales), flores o inflorescencias.
Para saber más de Phi
Para que las hojas esparcidas de una planta o las ramas alrededor del tronco tengan el máximo de insolación con la mínima interferencia entre ellas, deben crecer separadas en hélice ascendente según un ángulo constante y teóricamente igual a 360° (2 - ϕ) ≈ 137°. En la práctica las plantas lo reproducen con una pequeña desviación respecto al valor teórico, aunque no todas las plantas se benefician con un máximo de exposición solar o a la lluvia, por lo que se observan otros ángulos constantes diferentes.
La Vía Láctea, podría tener cuatro brazos espirales mayores. También los ciclones tropicales forman espirales logarítmicas. Encontramos una aproximación a las espirales logarítmicas en las galaxias espirales. La división de Cassini, la separación existente entre los anillos interiores y exteriores de Saturno, está en la razón áurea de su tamaño total. Algo más sorprendente, y pendiente de ser comprobado, es que un agujero negro pasaría de calentarse a enfriarse cuando el cuadrado de su masa dividido entre el cuadrado de la velocidad con que rota da como resultado Phi.
La maniobra de aproximación del halcón a su presa sigue la espiral logarítmica, al igual que la ruta de los insectos hacia las luces artificiales. Muchas superficies de falla, donde el suelo se desliza, tienen esta forma.
Si bien la sucesión de Fibonacci nació de un problema empírico sobre conejos, las abejas macho tienen un árbol genealógico que coincide con los supuestos de aquellos conejos. Así es, los zánganos nacen de huevos no fecundados (partenogénesis), mientras las abejas hembra proceden de huevos fecundados. De esta forma un zángano tiene una madre, pero no padre. Su madre tuvo dos progenitores, una hembra y un macho. Entonces tendría tres abuelos, dos hembras y otro macho. Si subimos un escalón nos encontraríamos con cinco progenitores, y así sucesivamente se iría cumpliendo la sucesión de Fibonacci.
El doctor Jasper Veguts, ginecólogo en el Hospital Universitario de Lovaina, sostiene la teoría de que un útero normal ha de tener una proporción cercana a 1,618.
En algo tan involucrado con la vida como es la estructura del ADN encontramos una espiral áurea. Cada ciclo de la espiral de la doble hélice mide 34 ángstroms de largo por 21 ángstroms de ancho. Ambos números pertenecen a la serie de Fibonacci, y su ratio, 1.6190476, se acerca muchísimo a Phi (1.6180339.).
En los recién nacidos el ombligo divide el cuerpo en dos partes iguales, en un cuerpo desarrollado normalmente, la relación entre la parte superior del cuerpo de la cabeza al ombligo y entre esta y la planta de los pies cumple la denominada media y extrema razón, propia de la sección áurea.
CÓMO CONSTRUIR UN RECTÁNGULO ÁUREO CON REGLA Y COMPÁS
Vamos a trazar un rectángulo áureo con regla y el compás. Partimos del segmento DA, que se prolonga hacia la derecha. Trazamos el cuadrado ABCD y hallamos M, el punto medio del segmento DA. Sobre este punto llevamos la distancia MB hasta cortar al segmento horizontal en E. Completamos el rectángulo áureo CDEF.

El rectángulo AEFB, situado al lado del cuadrado original también es áureo, ya que una de las características básicas de un rectángulo es que son autorreproductivos.
Esta característica de replicación se materializó en el Partenón, siendo la proporción áurea el elemento que unifica todas las medidas de los elementos arquitectónicos causando esa sensación de armonía intemporal.
La sección áurea en el arte
Desde su descubrimiento muchos han sido los artistas que han recurrido al número áureo en ramas que a priori nos pueden sorprender.
EN LA ARQUITECTURA
La afirmación de Heródoto al contemplar la pirámide de Gizeh de que “el cuadrado de la altura es igual a la superficie de una cara” es posible únicamente si la semisección meridiana de la pirámide es proporcional al triángulo rectángulo, donde 1 representa proporcionalmente a la mitad de la base, la raíz cuadrada del número áureo a la altura hasta el vértice (inexistente en la actualidad) y el número áureo o hipotenusa del triángulo a la apotema de la Gran Pirámide. Medidas recientes y más precisas muestran que los lados de la pirámide se aproximan mucho a triángulos áureos.
La relación entre las partes, el techo y las columnas del Partenón, en Atenas (s.V a.C.) están vinculadas a Phi como demostró Jay Hambidge, de la Universidad de Yale.
En la Capilla Pazzi, accesible desde el claustro de la basílica de la Santa Croce (Florencia), un edificio de pequeñas dimensiones y con un pórtico cubierto por bóveda de planta circular, Brunelleschi empleó la medida de la proporción áurea en el diseño de su planta y fachada.

La catedral de Florencia fue diseñada para ser la más grande de su tiempo (actualmente sólo la superan otras cuatro en tamaño). La magnífica cúpula de Brunelleschi tiene ocho arcos decorativos, un número de la sucesión de Fibonacci. La proporción áurea también está presente en el diseño de la fachada principal y en la magnífica torre.
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La pirámide de Keops
De acuerdo con las medidas originales de esta pirámide 230,35 metros de longitud media de base y 146,7 metros de altura original, el doble del perímetro dividido por la altura daría el número Phi con una exactitud de dos decimales.
Por otro lado la superficie de los cuatro lados dividida entre la superficie de la base de la pirámide se obtiene el número Phi con una exactitud de 3 decimales.
También encontramos estas proporciones en otras estructuras humanas tan dispares como Stonehenge o la Torre Eiffel. Parece que posee una belleza intrínseca que ha acompañado a nuestra visión del arte durante buena parte de nuestra existencia como especie.
EN LA MÚSICA
El método formal del compositor Bartók está estrechamente ligado al número áureo; su sistema cromático se basa en las leyes de la proporción áurea y especialmente en la serie numérica de Fibonacci. Está presente en las sonatas de Wolfgang Amadeus Mozart, en la Quinta Sinfonía de Ludwig van Beethoven, en obras de Franz Schubert y de Claude Debussy. Lo más factible es que estos compositores compusieran sus obras basándose en equilibrios de masas sonoras y no de forma matemáticamente consciente.

La salida del sonido de los instrumentos de cuerda se produce a través de unas hendiduras en forma de f. Su ubicación exacta, la del cordal, la del mástil y los tamaños de las dos zonas del cuerpo y del mástil se establecen en proporción a Phi.
Óptica de 17-55 mm 1:2.8 a f/8 durante 1/50 s con ISO 200. Flash en ventana con filtro cálido.
EN LA PINTURA Y EN EL CINE
En el cuadro Leda atómica, de Salvador Dalí, hecho en colaboración con el matemático rumano Matila Ghyka.
El número áureo aparece en las relaciones entre altura y ancho de los objetos y personas presentes en las obras de Miguel Ángel, Durero y Leonardo Da Vinci, entre otros. También en la obra Guernica, de Picasso, y en las proporciones de nuestras tarjetas de crédito.
En las estructuras y tiempos de las películas El acorazado Potemkin e Iván el Terrible de Serguéi Eisenstein.
EN LA POESÍA
El escritor Rafael Alberti escribió un soneto dedicado a Phi.


Óptica de 18-55 mm 1:2.8 a f/6,3 durante 1/200 s con ISO 200. Polarizador en portafiltros Lucroit.
FOTOS PASO A PASO
Luces y sombras
Las nubes cobraron un especial interés mientras fotografiaba estos modernos menhires. La luz era algo plana, poco se puede pedir en estos días tan nublados.
Pero si la fortuna nos encuentra trabajando es más fácil sacarle partido. Después de un rato buscando una composición que me convenciera, empezaron a llegar nubes cada vez más oscuras y tétricas y el sol asomó fugazmente por el horizonte. Sabía que no iba a durar mucho por lo que me apresuré. Casi todo el peso visual se concentraba en el lado izquierdo y la torre del fondo no aportaba nada.
Cambié unos pocos metros el trípode hacia la derecha hasta que los menhires se alinearon por el lado izquierdo, lo suficiente para que los consideremos una línea, equilibra con los menhires de la derecha, sobre todo por el más pequeño, cuyo peso visual se acrecienta al estar muy cerca del borde. El punto de vista sitúa la parte alta de las ventanas en la misma línea del horizonte. La piedra de la izquierda mantiene su ventana en esa línea y acaba en el tercio superior. La foto me gustó y sabía que había captado un momento de luz irrepetible.
Enseguida la luz cambió de intensidad, pero vi que unos niños venían jugando y que quizá encajasen en la composición, incluyendo escala y un momento humano interesante. Quise dotar de mayor interés a las flores, la floración también es un momento fotográfico, y bajé la cámara para darles la importancia que deseaba. En esta ocasión la parte más clara del cielo lo ocupa el centro de una espiral áurea; en su vertical se sitúa el niño corriendo y en el recorrido curvo de la espiral parece que se acoplan las flores. La piedra de la derecha también se fija a ella. La línea de nubes se desplaza casi hasta el tercio superior para que su peso no fuese excesivo y compitiese excesivamente con el primer plano.
Desde el punto de vista del color se trata de una serie de tonos cálidos armónicos, continuos en el círculo cromático, donde la camiseta del niño atrae la atención por ser azul, un tono frío que actúa de acento y expande la paleta de colores por la derecha.

El uso de la espiral áurea en nuestra cultura
Dado que la Naturaleza parece que ha encontrado algunas ventajas en estructuras que se adaptan al canon 1:1,618, es posible que nuestra especie haya elegido como mejores parejas a las que tuviesen proporciones físicas cercanas a estas. Esto podría haber supuesto una enorme presión evolutiva sexual que conlleva que el Homo sapiens prefiera estructuras áureas frente a aquellas que no lo son.
Adrian Bejan, profesor de la Universidad de Duke, tiene una teoría que propugna que las formas cercanas a Phi facilitan mucho la tarea de transferir información visual a nuestro cerebro. Esta ayuda extra rebaja su carga de trabajo y consumo, produciendo un placer al que podríamos denominar belleza.
Sea como sea el descubrimiento de Phi y su constante uso en todas las artes y su relativa generalización en la Naturaleza suponen una enorme influencia en nuestra cultura. Todo hombre es fruto de su ambiente cultural en mayor o menor medida, incluso aquellos que pretenden vivir alejados del mismo. Para los más conformistas mantenerse cercanos a los cánones generales disminuye su nivel de angustia vital, y por tanto, aceptar la estética que ha marcado la espiral áurea es algo ya inconsciente pero real. Cuando nos acostumbramos a mirar fotos basadas en la espiral áurea, esa estética nos cala de tal manera que acabamos aplicando este esquema a nuestras propias fotografías sin darnos cuenta.
Los sensores de nuestras cámaras, especialmente los cuadrados, no tienen proporciones áureas (suele ser 1.5) así que las normas deberían ser sólo una ayuda compositiva que nos brinde la seguridad de la continuidad cultural. Pero si tenemos un motivo para salirnos de este camino debemos hacerlo para no cerrarnos a nosotros mismos las puertas de la creatividad y de transmitir lo que deseemos como consideremos más oportuno.
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