Read the book: «Ser padre con san José»
FABRICE HADJADJ
SER PADRE CON SAN JOSÉ
Breve guía del aventurero de los tiempos posmodernos
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original: Etre père avec Saint Joseph
© 2021 by Magnificat SAS
© 2021 de la versión española traducida por GLORIA ESTEBAN
by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Realización eBook: produccioneditorial.com
ISBN (versión impresa): 978-84-321-6038-7
ISBN (versión digital): 978-84-321-6039-4
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Contra spem in spem... ut fieret pater...
Ad Romanos 4, 18
A mi padre
Este reconocimiento al darle la espalda
Esta fidelidad en la distancia
A mis hijos
El pan ganado con este libro
La pala que les entrega para cavar mi tumba
Así se pasa el testigo
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
CITA
DEDICATORIA
INTRODUCCIÓN. TODO UN PADRE, A CAMBIO DE NADA
LO PEOR DE NOSOTROS
EL MÁS RADICALMENTE PADRE
UN GUÍA, EN DEFINITIVA
LECCIÓN I. ANTES DE NADA, SER HIJO (ACERCA DE DAVID Y DE LOS TURBIOS ANCESTROS)
UN PASADO REGIO Y VERGONZOSO
REDIMIR EL TIEMPO
SER PLENAMENTE HIJO O DEJAR ATRÁS LA INFANCIA
LECCIÓN II. SEDUCIENDO A LA VIRGEN MARÍA (¡CON MÁS ARTE QUE UN DONJUÁN!)
¿UN ANCIANO POR COLABORADOR?
¡ÁNGELES POR LA CARNE!
EL HOMBRE DE DESEO
LECCIÓN III. NO COMPRENDER A TU MUJER (HASTA EL PUNTO DE PLANTEARTE —DISCRETAMENTE— REPUDIARLA)
MARÍA, UNA TRANSGRESORA MÁS
EL MISTERIO DE LO FEMENINO Y SUS INEVITABLES MALENTENDIDOS
CASTIDAD Y VIRILIDAD
LECCIÓN IV. ANTE TODO, DORMIR BIEN (JOSÉ, PATRONO DE LOS SOÑADORES)
VELAD, ES DECIR, DORMID BIEN
SUEÑO Y REALIDAD
ABANDONAR PARA TOMAR
LECCIÓN V. ACONDICIONAR UN ESTABLO (LA CAMA VA AQUÍ, ENTRE LA MULA Y EL BUEY, Y PROCURA NO PISAR DEMASIADO EL ESTIÉRCOL)
INTRODUCCIÓN A LA POESÍA SOCIAL
DE LOS PASTORES A LOS MAGOS, VISTO Y NO VISTO
LA EPIDEMIA DE LAS CIFRAS Y EL NACIMIENTO IMPREVISTO
LECCIÓN VI. PONER UN NOMBRE (QUE ES SOBRE TODO NOMBRE)
LA CARNE HECHA PALABRA
PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO
PONER NOMBRE
LECCIÓN VII. SALVAR AL SALVADOR (O HUIR Y METERSE EN LA BOCA DEL LOBO ANTES DE ACABAR EN EL QUINTO PINO)
LA PASCUA AL REVÉS
UNA SESIÓN DE BOXEO CON SAN PABLO
NAZARET, EL MOMENTO JUSTO EN EL LUGAR EQUIVOCADO
LECCIÓN VIII. HACERSE OBEDECER POR DIOS (¿SIN PEGAR GRITOS?)
DOS VOCES PARA DOS HIJOS
LA PROHIBICIÓN Y EL DESEO
RUEGO Y MANDATO
LECCIÓN IX. CONTAR HISTORIAS (CUENTECILLOS PARA EL FINAL DE LOS TIEMPOS)
EL MUNDO AL DETALLE
CUENTO AL REVÉS
EN LA CARRETERA CON CORMAC MCCARTHY
LECCIÓN X. TRABAJAR EN ESTRUCTURAS (TECHOS, ARCOS, ATAÚDES Y CRUCES DE TODO TIPO)
LA ECONOMÍA DE NAZARET
EL CORDERO EN LA MADERA
EL ÍDOLO Y EL SABBAT
LECCIÓN XI. BUSCAR ANGUSTIADO A TU HIJO (Y QUE, ENCIMA, SEA ÉL QUIEN TE DÉ UNA LECCIÓN)
EL HIJO PRODIGIO, MÁS DIFÍCIL QUE EL HIJO PRÓDIGO
NIÑOS PERDIDOS Y HALLADOS PARA DEJARLOS MARCHAR
PADRES BUSCADOS POR EL HIJO
LECCIÓN XII. APRENDER A MORIR (AHORA, HAY QUE PASAR EL TESTIGO)
YA NO ESTAR AHÍ PARA…
EL QUE PIERDA SU VIDA…
LA VUELTA AL CAMBIADOR
AUTOR
INTRODUCCIÓN. TODO UN PADRE, A CAMBIO DE NADA
Esto ha dicho Ezequías: «Hoy es un día de angustia, de castigo y de blasfemia, pues los hijos han llegado al momento del parto y faltan fuerzas para darlos a luz».
2 Reyes 19, 3
LOS ASESINOS EN SERIE EXISTEN. Algunos actúan en pareja; también en el crimen funciona muy bien la complementariedad de los sexos (ella atrae, él degüella). Yo soy un genitor en serie. En colaboración con mi mujer, por supuesto. Juntos hemos reincidido muchas veces. A día de hoy hemos cometido nueve nacimientos: nueve víctimas o nueve futuros verdugos, no lo sé muy bien. Las cosas se enredan y dependen del punto de vista.
Se puede pensar que los genitores en serie son más peligrosos que los asesinos en serie. Eso es lo que suelen afirmar los partidarios del childfree o los miembros, más moderados, de One child, one planet. Según dicen, tenemos una visión excesivamente cortoplacista. So pretexto de la «acogida de la vida» somos sus destructores. Nuestra retahíla de críos parece una oda encarnada a la exuberancia de la naturaleza cuando en realidad es una horda que saquea la Tierra. Sus trastadas acabarán obligando a la humanidad a trasladarse a Marte. Más nos valdría haberles impedido nacer para proteger a las futuras generaciones...
San José, ruega por nosotros (tú tuviste un único hijo, pero me imagino que, siendo una persona divina, daría más guerra que los doce hijos de Jacob y su pobre hermana Dina).
LO PEOR DE NOSOTROS
1. Es cierto que los asesinos en serie, lejos de contribuir a la superpoblación, en realidad le ponen remedio. Es más, proporcionan un abundante y rico abono para la multiplicación de los insectos y las plantas, base de la biodiversidad. Por otra parte, aunque una noche te exterminen cerca del río, antes te permiten darte tu paseo. No te lo prohíben, como suelen hacer los genitores. No te reprochan defecto alguno antes de haberte concebido con la ilusión de convertirte en el heredero de sus deseos no cumplidos. El único problema de estos asesinos es su dependencia: sin genitores no serían nada. Si ya no nace nadie, ¿qué homicida habrá digno de tal nombre? ¿Y quién podrá seguir siendo víctima? ¿Quién podrá ser asesino (ya que también los asesinos han tenido padres)? Y, sobre todo, ¿quién quedará para admirar la exuberancia de las especies, para defender al oso pardo en la ONU y para recordar conmovido al tiranosaurio y al anomalocaris? No hay más remedio que admitirlo: en cuanto al anomalocaris, al tiranosaurio y al hermoso amonite en espiral, la Madre Naturaleza se deshizo de ellos ella sola, mucho antes de la aparición del hombre y sin ningún escrúpulo. Solo nuestros hijos pueden acordarse de ellos.
2. Cuando hubiera conseguido rebatir la acusación de tratar el «planeta» a la ligera, aún quedaría expuesto a otras críticas más clásicas y más graves. ¿Para qué engendrar nuevos pequeños mortales especialmente hoy, en la era posmoderna, en la que nos hemos garantizado la extinción del hombre y en la que es mucho más cómodo tener un androide o un cobaya? ¿Para engrosar la cola de la oficina de empleo? ¿Para incrementar las ventas de mascarillas FFP2?
Antaño los antiguos deseos de posteridad —hoy los cálculos modernos del progreso— aún clavaban en nosotros sus espuelas. Pero ya no es así: a nadie le preocupa perpetuar una patria y pocos son lo que creen en la dichosa dictadura del proletariado. Así que ¿qué motivos quedan para un acto tan grave?
Como filósofo, y más aún como judío, a la pregunta de «¿por qué tener niños?» tengo tendencia a responder: «Para que en este mundo continué habiendo, en la medida de lo posible, seres capaces de preguntarse: “¿Por qué?”». De hecho, sin hijos y sin el deseo de acogerlos, ¿quién sentirá un sincero dolor por el futuro hasta el punto de clamar al cielo? ¿Y qué será de los columpios y de los balancines? ¿O de los aviones de papel? Ni la gravedad ni la ingravidez seguirán siendo posibles.
Cuando uno es Job, padre de siete hijos y de tres hijas, puede exclamar con genuina fuerza: Perezca el día que me vio nacer (Jb 3, 3). Y cuando uno está con un crío de tres años, puede jugar al escondite con innegable legitimidad detrás de las lápidas de un cementerio. Solo los niños nos llaman plenamente tanto a la simple dicha de vivir como a la inmensa angustia de morir.
3. En cualquier caso, la cuestión no acaba aquí. Las consideraciones que vengo haciendo conciernen tanto a la madre como al padre. En cuanto a este último —y, por lo tanto, en cuanto a mí—, los cargos de la acusación son todavía más numerosos. Al asesino en serie no se le puede acusar de prolongar el patriarcado, ni de obligar a una mujer a soportar las molestias de nueve embarazos, ni de no ser lo suficientemente maduro para asumir la responsabilidad de una buena educación o de un camino seguro hacia la felicidad.
Sin duda, quitarle la vida a alguien implica una enorme arrogancia; pero ¿es menor la arrogancia de dar la vida y de erigirte en su administrador cuando no estás capacitado y no sabes nada de ella? ¡Cuánta presunción —he de confesarlo— al ver lo que queda en mí de ese eterno adolescente que se obstina en negarse a transportar un útero artificial dentro de una mochila Westpack!
Recientemente, un artista al uso, hijo de un artista en desuso, explicaba que no quería tener hijos «para ahorrarles un padre negligente y neurótico como el mío». Es evidente que su padre, por negligente y neurótico que fuese, no le ha impedido darse pisto en la revista femenina en la que me topé con su entrevista. Por otra parte, si todos los negligentes y neuróticos hubieran tomado su misma sabia decisión de no tener hijos, tampoco él estaría aquí para decirnos por qué se niega a tenerlos, y la humanidad habría desaparecido inmediatamente después de Adán, quien fue lo bastante negligente para coger el fruto prohibido, y lo bastante neurótico para esconderse detrás de un arbusto y acusar a su mujer.
Esto no hace menos válida la pregunta. ¿Soy plenamente consciente de lo que es la paternidad? ¿Puedo yo, tan pecador y extraviado como el que más, afirmar que no incurriré en las brutalidades del padre ogro ni en las ñoñeces del papá gallina, y que estoy totalmente preparado para traer a un hijo a este mundo con todas las garantías de éxito, controlando perfectamente la situación? No, no puedo. Nunca estamos preparados para ser padres. Es algo que nos cae del exterior... a causa de nuestra debilidad por las interioridades.
4. No obstante, quizá no se trate de estar preparado como para una competición. Quizá se trata de reconocer que es algo que nos supera, igual que un elogio. Quizá la paternidad sea como el nacimiento: se nos endosa a pesar de nosotros, contra viento y marea; lo injustificable por excelencia, porque ella lo justifica todo. Quizá no sea el resultado de un cálculo, sino el origen de una libertad; quizá sea, en definitiva, la vida misma.
¿Quién ha dicho que la vida tiene que ser un programa? El padre no es un experto. Es un pobre sujeto que prosigue, pase lo que pase, la aventura de sus padres. Participa de lo que hay en ella de más incomprensible y más vivo.
Y es aquí donde entra en escena José de Nazaret, padre porque hijo, padre porque todo se le escapa, padre porque está perdido y, aun así, no se desanima. A las puertas de este breve libro, no puedo sino rogarle que ruegue por nosotros al Padre eterno, que sabe «hacer posibles las cosas imposibles». Solo él nos muestra una paternidad desnuda, siempre desconcertante, siempre desconcertada y, por ello, divinamente fecunda.
EL MÁS RADICALMENTE PADRE
5. De entrada se plantea una objeción. ¿Cómo puede ser José de Nazaret ejemplo de padre para nosotros cuando no es padre más que imperfectamente? Para recordar la filiación divina de Jesús y la concepción virginal de María existe la costumbre de colgarle epítetos cuyo objetivo consiste en disminuir su paternidad humana y aumentar la del Padre celestial. Y ahí lo tenemos, reducido a un accesorio o a una función: vigilante jurado, fiel colaborador o cornudo consentido...
A José se le llama padre putativo, padre nutricio, padre legal, es decir, semipadre o cuasi-padre, porque hace falta alguien que desempeñe ese papel en medio de los hombres. Cuando se ve en Jesús al hijo de José, es en la sinagoga de la ciudad o después de haberle escuchado afirmar que es el pan de vida. Se asombran de escucharle hablar con tanta autoridad (Lc 4, 22), pretenden descalificar su discurso (Jn 6, 42). José no sería más que el tonto útil de la historia. Solo tendría un valor funcional: evitar el escándalo, no desmantelar de golpe la «familia natural».
Pero ya es demasiado tarde. Ya hemos caído en el espiritualismo y el utilitarismo. Dentro de la Sagrada Familia estarían de un lado la encarnación de la madre y de otro lado la desencarnación del padre, que no sería sino un instrumento social. Así que se le podría sustituir por otro más eficaz: un educador especializado, una mujer fornida o, en definitiva, el depositario de una autoridad, y no el canal de la vida. La devoción a «san José» como padre marioneta se convierte en el aval más seguro de la feminización y la tecnificación de la paternidad.
6. Mi tesis, por el contrario, consiste en que nadie es más radicalmente padre que José. En este sentido me mantengo fiel a la Virgen. Es ella quien, cuando encuentra a Jesús en el templo, se refiere a José como tu padre (Lc 2, 48). También me mantengo fiel al nombre de José. En hebreo significa: «Él añadirá», «Él multiplicará», lo que remite a la fecundidad y a la autoridad paternas. Y, por último, me mantengo fiel a una secuencia típica de la Biblia en la que la paternidad prometida llega gracias a una intervención divina después de un tiempo de esterilidad: El Señor visitó a Sara como había dicho, y le concedió lo que le había prometido. Sara concibió y dio un hijo a Abrahán (Gn 21, 2).
No pretendo disminuir la importancia de la adopción que, entre los romanos, manifiesta el poder del hombre libre en el ejercicio de su voluntad. Por lo general el romano adopta a un adulto, sabiendo a quién se enfrenta (uno nunca sabe qué sorpresa le deparará un hijo), y el hijo así adoptado, elegido, discernido, posee más derechos que el hijo natural. Dado que la paternidad biológica no tiene nada de específicamente humano, ya que la compartimos con los demás animales machos, esa paternidad por adopción es la más sublime. Es expresión de una elección personal y de una validación jurídica.
Pero no es ese el pensamiento bíblico. Ver en José a un padre adoptivo conforme a la moda romana es tan absurdo como ver en María a una madre de alquiler conforme a la moda contemporánea —por generosas que sean las intenciones que se les suponen al uno y a la otra—. La adopción implica que el niño es el retoño de otro hombre. Y, en el caso de Jesús, ese otro hombre no existe. José no es un padre adoptivo, igual que quien recibe un regalo no es un ladrón.
En ese caso ¿se puede hablar solamente de una paternidad legal, la que se deriva del reconocimiento de un niño en el registro civil? El hecho es que lo que establece esa paternidad no es la mera voluntad de José ni los tribunales humanos, sino la voluntad divina.
7. El ángel del Señor le anuncia: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 20-21). El Mesías procede enteramente del Espíritu Santo y, aunque nace de María, no procede más de ella que de José, porque entrar en la humanidad implica un padre y una madre, concierne a la vez a la carne y a la palabra.
Para contentar a quienes lo fían todo a la genética, se podría plantear la pregunta: ¿de dónde procede el cromosoma Y de Jesús? El Espíritu Santo no tiene ADN. En esta concepción milagrosa Dios pudo perfectamente haber formado a Jesús añadiendo a los gametos de María los de su esposo sin que existiera unión sexual. Pero esta reducción de la paternidad a un mero hecho genético nos desviaría de lo esencial. Si Jesús toma carne en María, el nombre lo toma de José. La encarnación del Verbo es también su inscripción dentro de una genealogía; y esa genealogía con la que se abre el Nuevo Testamento, la del carpintero descendiente de David, de Judá y de Abrahán, no es falsa. Una y otra, la encarnación y la inscripción, constituyen la entrada del niño en la realidad humana.
Nos hallamos ante un acontecimiento único, milagroso, que carece de todo equivalente. Por eso nuestros conceptos tienden a reducir esta concepción a algo visible. Pero el error deriva también de representarnos a Dios como una super-criatura que actuaría en el mismo plano que nosotros y con quien tendríamos una relación concurrente: cuanto más Padre es Dios, menos lo es el hombre; cuanto más hay de divino, menos hay de humano. Nada menos cierto. Ningún milagro procedente de quien ha creado el curso ordinario de las cosas tiene lugar para que nos volvamos hacia lo extraordinario, sino para conducirnos hacia lo ordinario con asombro. Cuando el ciego de nacimiento ve, es la vista, común a todos los hombres, lo que de repente se presenta como un don prodigioso. Del mismo modo, cuando la Virgen concibe y un carpintero se convierte en padre de una manera no biológica, son la maternidad y la paternidad ordinarias las que revelan su maravilla.
8. Por decirlo de un modo conciso, nosotros somos padres gracias a las fuerzas de la naturaleza, mientras que José es padre gracias al creador de las fuerzas de la naturaleza. La luz no vale menos si procede directamente del sol que si es reflejada por la luna. El río no es más puro si procede del manantial que de los arroyos. En este sentido, la paternidad de José es más radical que la nuestra. Entronca directamente con la del Padre de quien procede toda paternidad en los cielos y en la tierra (Ef 3, 14-15).
El cotejo de las primeras concepciones del Génesis con el libro de las génesis (Mt 1, 1) con que se abre el Nuevo Testamento es muy revelador. Basta comparar, en sus respectivas formulaciones, los nacimientos que dan inicio a la humanidad y la Natividad del Hijo del hombre: Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y dijo: «He adquirido un varón gracias al Señor» (Gn 4, 1). Esto en cuanto al primer nacimiento. La raza de Caín, no obstante, queda completamente aniquilada después del Diluvio. La muchedumbre humana halla su filiación en Noé, descendiente de otro hijo de Eva: segundo comienzo. Adán conoció de nuevo a su mujer, y ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Set, pues se dijo: «Dios me ha concedido otro descendiente en lugar de Abel, ya que lo mató Caín» (Gn 4, 25). ¿Y qué leemos en Mateo sobre el nacimiento de Cristo?: una fórmula paralela e inversa a la vez: Y, sin que [José] la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo y [él] le puso por nombre José (Mt 1, 25). Quien es menos (sin que la hubiera conocido) pone más (él —y no ella— le puso por nombre). Eva pone nombre a su hijo. Y no es la nueva Eva quien pone nombre al suyo, sino su esposo.
Del verbo empleado, ekaselen —de kaleïn, «llamar»—, procede la palabra «iglesia». Enseguida lo volvemos a encontrar en el texto con el mismo complemento directo, pero teniendo a Dios por sujeto: De Egipto llamé [ekalesa] a mi hijo (Mt 2, 15). José llama igual que el Padre. Existe una paternidad virginal que se consuma en la llamada (¡Jesús!), como existe una maternidad virginal que se consuma en la respuesta (Fiat!).
UN GUÍA, EN DEFINITIVA
9. Precisamente porque su paternidad es la más pura y la más radical puede José guiarnos en estos tiempos extremos. A día de hoy, cuando nos hablan de «guía», pensamos inmediatamente en recetas o en consejos específicos. No obstante, la Biblia no nos dice cómo lograr que un cumpleaños sea un éxito, ni a qué juego de mesa es preferible jugar en familia, ni la mejor manera de administrar una cuenta corriente o de resolver los problemas psicológicos de nuestros adolescentes. No se sabe si Jacob jugaba al fútbol con su equipo de doce chavales. No se dice nada del modo en que José enseñó a Jesús a ser carpintero, ni del método que utilizó para que el Verbo de Dios aprendiera a leer.
Ninguna de estas cosas es desdeñable. Saber hacer papiroflexia con la hoja dominical puede ser un modo muy hábil de mantener quieto a un niño en la iglesia. Pero, desde que el mundo está en llamas, el reto no consiste por encima de todo en saber qué tipo de velas colocarle a la tarta. Cuando la tierra tiembla, para ser viril no basta con hacer flexiones.
10. Vienen días en que se dirá: «Dichosas las estériles y los vientres que no engendraron y los pechos que no amamantaron» (Lc 23, 29). Antes de esos días, lo más frecuente era convertirse en padre por sorpresa. La mujer te arrancaba de tus iniciativas emprendedoras para arrastrarte hasta su deseo de un hijo. Hoy, cuando la crónica de un desastre anunciado nos encoge las entrañas, ese deseo tiende a extinguirse y a menudo le toca al hombre, con su confianza contagiosa, reavivarlo. Pero ¿cómo? La mujer del Apocalipsis da a luz ante las fauces del Dragón (Ap 12, 4). San Juan no nos describe la actitud del hombre a su lado.
Según la visión antigua y tradicional de las cosas, se dice que la mujer da la vida y el hombre da la muerte. Ella es la matriz, él el defensor, pero también el guerrero y el sacerdote que celebra el sacrificio. En la Virgen María, no obstante, nos encontramos ante el único caso en que la muerte la da esencialmente la mujer (para que a todos se nos dé la vida). En su Comentario al evangelio de san Juan, santo Tomás de Aquino comenta la respuesta de Jesús en las bodas de Caná: «A su madre, que le pide un milagro, le contesta: “Mujer, ¿qué hay entre tú y yo?”, como diciendo: “Lo que hay en mí que hace milagros no lo he recibido de ti; pero lo que me hace capaz de sufrir, la naturaleza humana, sí la he recibido de ti; por eso te reconoceré cuando esa debilidad esté colgando en la cruz”». El Hijo eterno es la Vida (Jn 14, 6). Al permitirle tomar carne, María hace de la Vida un mortal.
11. ¿Y qué es de José? Hombre, ¿qué nos va a ti y a mí? Al llamar a Jesús por su nombre, al inscribirlo en su descendencia, José hace que lo Absoluto entre en lo contingente, lo Eterno en nuestra historia caótica, la palabra de Dios en «un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y que no significa nada» (Shakespeare, Macbeth, V, 5).
Por medio de María nuestra carne sufriente y mortal se convierte en divina. Por medio de José se convierte en divino el hecho de ser un individuo, de llamarse, por ejemplo, Fabrice Hadjadj (¿a quién se le ocurriría algo tan descabellado?), de nacer en Nanterre en el seno de una familia judía tunecina de izquierdas, de casarse con una grenoblesa católica y monárquica, de vivir en la Suiza francesa, donde san Antonio terminó sus días, teniendo por vecinos a los Pasquier y los Capuccio; en esta época de tierras abrasadas y cielos satelizados, de series de Petflix y de extinción del alcaudón de pecho rosado, en la que cantan las sirenas del suicidio, en la que tuitean los ciborgs de lo trans, en la que merodean los sacerdotes abusadores y los asesinos en serie… Se convierte en divino el hecho de aparecer aquí para después desaparecer allá, sin dejar para el futuro incierto ninguna otra palabra que no sea el nombre hebreo de un niño: Yehoshua, «Dios salva».
12. “Los hombres casados, los padres de familia, esos grandes aventureros del mundo moderno”, decía Charles Péguy. Esta cita suele aparecer despojada de su contexto. Esos «padres de familia» forman parte de un conjunto que los precede y a la vez los contiene: «Los jugadores (pequeños y grandes), los aventureros [a secas]; los pobres y los miserables; los empresarios; los comerciantes (pequeños y grandes)». Ese es el conjunto de «los que no tienen asegurado el pan de cada día» y «los únicos que pueden llevar una vida cristiana». La aventura paternal es apertura al futuro en su precariedad. Por eso el padre, que no es un experto, espera. Se mantiene en el Pórtico del misterio de la segunda virtud:
Piensa con ternura en ese tiempo que ya no será su tiempo
sino el tiempo de sus hijos.
El reino (de tiempo) de sus hijos sobre la tierra.
En aquel tiempo cuando se diga los Sévin no será él, sino ellos.
Sin más, sin explicación.
Péguy descubría la inestabilidad de la política en el mundo moderno, pero aún creía en la estabilidad de la tierra. En el mundo posmoderno, hasta la estabilidad de la tierra se cuestiona. La historia la cuenta alguien que ni siquiera llega a idiota. Ya no significa absolutamente nada… más que un accidente en medio de un universo cada vez más frío.
Esta condición posmoderna deja entrever un José más actual que nunca. No tiene nada de padre ideal porque, viendo al niño que está a su cargo, se puede decir sin temor a equivocarse que no da la talla. Acoge la vida sin tener razones terrenales para hacerlo, porque con ese niño acoge al Logos, a la Razón misma, por encima de cualquier razón humana. En su caso, el niño no tiene que estar justificado por nuestra sabiduría: más bien admitimos que la sabiduría queda acreditada por todos sus hijos (Lc 7, 35), aprendemos que el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras del Hijo no pasarán (Mt 25, 35). El ejemplo de ese padre sin condiciones, plenamente abandonado en el Padre eterno, nos ayuda a no hacernos un poco más cómplices de las tinieblas. Fortalece las manos lánguidas para que en medio del diluvio continúen construyendo una morada. Robustece las rodillas débiles para que continúen jugando al tejo al borde del abismo.
LECCIÓN I.
ANTES DE NADA, SER HIJO (ACERCA DE DAVID Y DE LOS TURBIOS ANCESTROS)
El Niño es el padre del Hombre;
y desearía que mis días estuviesen ligados
unos con otros por natural piedad.
William Wordsworth. «El arco iris».
Poemas familiares
NO SÉ TÚ, PERO YO SIEMPRE pensé que era un príncipe. Mi madre era secretaria en Puteaux, en la gran empresa de fotocopiadoras Rank Xerox. Mi padre trabajaba en París en la Oficina Internacional del Trabajo. Lo cual no generaba en mí la menor duda. Me sentí humillado cuando me enviaron al colegio de la calle de la República. Ser un alumno de primero de primaria diluido en medio de un patio gélido no cuadraba muy bien con mi dignidad. Mis compañeros coincidían conmigo. A partir de cuarto de primaria intentamos recuperar nuestra nobleza primigenia jugando como paladines de nivel 15 a Dragones y mazmorras.
Con semejantes inclinaciones no estoy seguro de ser demócrata. Más bien sería «panbasilista». La idea que defiendo es que todos somos reyes y que nuestras familias deberían tener una casita con jardín. Cuando la envergadura de nuestro poder es demasiado importante resulta imposible reinar: los consejeros arramblan con todo. Más vale una casita que vastos dominios. Precisamente porque el panbasilista quiere ser rey, sus ambiciones son modestas.
Un día leí a Blaise Pascal y me dio la razón. Somos «reyes desposeídos». El pecado original genera en nosotros una sensación de caída, de descoronación, de abdicación. Esa es la condición del hombre. Ese es el linaje de José. José es hijo de David. Desciende de los reyes de Judá y, por lo tanto, tiene derecho al trono. Lo que no impide que deba ganarse el pan como carpintero. Es más, el rey de entonces le obliga a exiliarse lejos de su país.
UN PASADO REGIO Y VERGONZOSO
1. La monarquía no es del todo regia. Los reyes de Francia intentaron no olvidarlo tomando por emblema la flor de lis, y no el águila o el león, y ni siquiera el gallo. Un recordatorio de las palabras de Jesús que sitúan a la corona por debajo de las margaritas: Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen… Ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos (Mt 6, 28-29). Y un símbolo trinitario también —los tres pétalos de una única corola— que invita a rechazar la tentación monolítica y absolutista.
En la gesta bíblica no hay nada más ambiguo que la monarquía. Por un lado, remite al Mesías y deja vislumbrar su figura; por otro, es el gran error de Israel: Nómbranos un rey que nos gobierne como hacen las demás naciones (1S 8, 5). Samuel se lo toma muy mal. Dios se muestra más indulgente y se pliega al capricho del pueblo, no sin recalcar su infidelidad: No es a ti a quien rechazan, sino a mí; no quieren que sea su rey (1S 8, 7). Lo que quieren es ser como las demás naciones para poder competir con ellas en prestigio y poder militar.
La organización política originaria de Israel se identifica con la familia, insertada en una de las doce tribus, y con los jueces, jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez (Ex 18, 21-22), conforme a una perfecta subsidiariedad. El Señor es su rey y, como también es el creador, a cada uno lo nombra rey y reina, cada uno a su nivel. El sol se levanta sobre todos sin excepción y cubre cualquier cabeza con la diadema más espléndida. Naturalmente, un poder centralizado, monárquico, cuenta con más fuerza para oponerse a las invasiones de los conquistadores. Las doce tribus nacidas de Jacob no ofrecen la misma resistencia que la unión jacobina. Una organización en familias soberanas como esta tiene algo de utópico. No obstante, no se trata de la utopía abstracta de un ideólogo; se trata de la utopía práctica de un padre de familia.
2. La genealogía de Jesús que se nos ofrece no es la de María, sino la de José. La madre inserta al hijo en la carne, lo lleva en su seno. El padre lo inserta en la sucesión de generaciones, reconoce al hijo ante el estado civil. Entre el anuncio que recibe María y el sueño enviado a José la diferencia viene marcada por este reparto. A María el ángel Gabriel le ofrece como prueba el hecho de que su prima Isabel se halla milagrosamente encinta. Ante José, el ángel del Señor cita al profeta Isaías: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel (Mt 1, 23). No recurre por encima de todo a un milagro contemporáneo, sino a la historia de Israel y a ese misterioso Emmanuel que ha de sustituir a Ajaz, rey de Judá.
La genealogía de José, aun siendo regia, no es del todo monárquica. En Mateo (1, 1) el hijo de David va inmediatamente seguido de un hijo de Abrahán, señal de que la realeza del monarca depende de la realeza del justo. En Lucas (3, 38) se remonta directamente a Adán, señal de que el privilegio real vale menos que la humanidad común. Por otra parte, las dos genealogías no casan. Mateo y Lucas coinciden en no coincidir. De lo que se trata no es de reivindicar un trono esgrimiendo títulos de nobleza. De lo que se trata es de entender que nobleza obliga. La dignidad nos confiere deberes antes que derechos.
En las dos genealogías se va más allá del linaje davídico: en sentido ascendente hasta Adán o hasta Abrahán, en sentido descendente a partir de Zorobabel (Mt 1, 12-13). Después de Zorobabel, de hecho, el rastro se pierde en la noche, como si el pasado más reciente fuese menos conocido que el antiguo. Jefe de la primera caravana que retorna de Babilonia, el último de los reyes conocidos después del exilio y portador aún del sello de ese exilio —pues su nombre no significa hijo de David, sino «semilla de Babilonia»—, ni siquiera se sabe si efectivamente llegó a reinar. Las Escrituras no mencionan a su descendencia. Los que se nombran entre él y José pertenecen tanto a los Pérez como a los Smith. La corona y el cetro terminan entre el serrín. Los sustituyen el escoplo y la garlopa. El heredero de los reyes es un modesto artesano de la madera.
3. Si los miramos más de cerca, esos antepasados no son muy recomendables. Hay algunas excepciones, pero en conjunto ser hijo de Goebbels o de Stalin sería motivo de vanaglorias prácticamente semejantes (por otra parte, Goebbels y Stalin también llevaban por nombre José). Ahí está David, sin duda. A lo largo de la sucesión de reyes de Judá, cuando el Señor soluciona las cosas, suele hacerlo en consideración a David. Aun así, en la genealogía de José, David aparece como adúltero y asesino. El evangelista nos recuerda que engendró a Salomón de la mujer de Urías (Mt 1, 6). Mientras Urías pelea por David, este se acuesta con su mujer y, acto seguido, ordena el asesinato de su fiel soldado, maquillándolo de muerte en combate.
Tampoco es que el sabio Salomón, escamoteado en la genealogía según Lucas, se muestre más comedido. Yerno de un faraón, henchido de orgullo por haber edificado un templo a modo de superpirámide, gozó de salud suficiente para tomar a setecientas esposas principescas y a trescientas concubinas. En su juventud pide al Eterno un corazón dócil (1R 3, 9). Cuando Salomón llegó a la ancianidad, ellas [sus mujeres] inclinaron su corazón tras dioses extraños (1R 11, 4). Construye santuarios en honor de Camós, «ídolo de Moab», y de Milcom, «ídolo de los amonitas». Al final se acaba descubriendo el pastel: todos sus espléndidos edificios han impuesto un pesado yugo a sus súbditos. Restaurar la esclavitud con vistas a la construcción del Templo trae consigo el cisma de Israel, su división en dos reinos fratricidas (aunque bien es cierto que el propio Salomón inició su reinado ordenando matar a su hermanastro mayor Adonías pese a los ruegos de Betsabé).
Hay dos monarcas de la dinastía davídica que destacan por su extrema crueldad. Después de hacer pasar por el fuego a su hijo, Ajaz convierte el Templo del Señor en lugar de culto al rey de Asiria, ante quien, por miedo al rey de Aram, dirá: Yo soy hijo y siervo tuyo (2R 16, 3-7). Manasés, que también ordenó asar a su primogénito, colocó en el Templo el ídolo de Aserá que había fabricado… [y] derramó además muchísima sangre inocente, hasta llenar Jerusalén de un extremo a otro (2R 21, 5-16).
REDIMIR EL TIEMPO
4. Estos son los antepasados de José. Es una herencia que pesa mucho. Hay motivos para querer romper con esa humanidad que no deja de revolcarse en el fango, para salirse de la historia, de sus dudosos progresos, de sus incontestables tartamudeos. Las estatuas de nuestros grandes hombres, que a distancia demuestran ser cada vez más pequeños, caen por tierra. Constatamos que el pasado de Francia o de Estados Unidos no es tan glorioso como nos lo han presentado los manuales patrióticos.
Después de dos o tres guerras mundiales, unas cuantas epidemias, la destrucción total que se avecina y la estupidez, que nunca dejará de multiplicarse, ardemos en deseos de pasar a otra cosa: la inteligencia artificial, el chihuahua de pelo corto, no volver a comer carne ni vestir prendas de cuero, intentar ver si la hierba es más verde entre los espíritus del viento, cometer un atentado suicida atómico que carbonice a nuestros congéneres pero salve las flores…
¡La inocencia de los lobos y de los tiburones antes que la crueldad del Sapiens Sapiens! La pureza del robot, que se ciñe a su programa sin desviarse ni a derecha ni a izquierda; nada aficionado ni al whisky ni a las rillettes de pato; ni judío ni antisemita; ni negro ni blanco; ni creyente ni ateo; ni hombre ni mujer: ¡nada más que un engranaje perfecto en un sistema bien engrasado! Es algo que, al concluir ciertos días, me resulta tentador. Sobre todo, en época de elecciones presidenciales. En ese caso me trago con ansia el documental sobre los macacos de Borneo. Renuncio a ser hijo. Preferiría que me hubieran fabricado como un aparato cualquiera, con una función bien definida. O bien ser la cría de un delfín liso que nada feliz en los mares septentrionales.
5. Pero renunciar a ser hijo es renunciar a ser padre. Cuando no se asume la inmoralidad de la historia, no se está preparado para reavivarla con un nuevo nacimiento, es decir, con una libertad renovada con capacidad para lo peor y lo mejor, para el monstruo y para el santo, para Abel y para Caín. La sucesión de generaciones no es una cadena: se abre cada vez a la posibilidad tanto de la redención como de la reincidencia.
Ya en la mitología griega los hijos del incesto, Antígona o Adonis, pudieron convertirse en abogado de la justicia o en manifestación de la belleza. En la genealogía del judío por excelencia el incesto aparece mencionado a través de Tamar, la prostitución a través de Raab, el adulterio a través de la mujer de Urías; lo cual no implica ninguna fatalidad. La salvación brota de una sucesión de brazos rotos y piernas inquietas.
Esto es lo que constatamos de entrada con Ezequías y Josías, hijo y nieto respectivamente de los atroces Ajaz y Manasés. De improviso, uno y otro van a hacer lo recto a los ojos del Señor. De Ezequías se dice que confió en el Señor, Dios de Israel, y después de él no hubo otro igual entre todos los reyes de Judá, ni entre los que le precedieron (2R 18, 3-5). Aun así, es hijo de Ajaz y padre de Manasés: un justo emparedado entre dos injustos. Antes de él, las cosas no iban bien. Después de él, las cosas no van mejor. Para que no nos desmoralicemos del todo, su fe vuelve a aparecer dos generaciones más tarde. Su bisnieto será Josías, el gran reformador. Así que, tanto si tu padre ha preparado un asado con tu hermano mayor como si tu hijo ha hecho correr ríos de sangre por las calles de la ciudad, no sucumbas al pánico, porque está escrito: la partida no ha terminado. Aún sigue valiendo la pena haber traído al mundo a un canalla.
6. La innovación más rupturista siempre es menos novedosa que un nacimiento. La innovación produce un nuevo objeto; un nacimiento engendra un nuevo sujeto. Fabricar delante de nuestros ojos un color inédito está muy bien; pero es incomparablemente mejor permitir que otros ojos se abran al mundo.
Por otra parte, un hijo siempre es más original que un aparato. El aparato tiene una finalidad bien definida, útil, rentable. En este sentido podríamos preguntarles a los diseñadores del Galaxy 2051. Pero ¿por qué Delphine Bonichon? ¿por qué Robert van Nutt? Estas personas existen exactamente igual que yo: las he encontrado en Facebook sin saber de antemano para qué sirven.
Por último, mientras que el transhumano último modelo provoca la obsolescencia del modelo precedente y, por lo tanto, rompe con el pasado, el recién nacido asume el pasado y lo transforma en una aventura incierta. Mira, hago nuevas todas las cosas (Is 43, 19; Ap 21, 5). Esa es la afirmación del Hijo. Todas las cosas significa no solamente el presente y el futuro, sino también el pasado, transfigurado por el perdón.
Escupir sobre nuestros antecesores bochornosos no es una mera muestra de ingratitud, ya que es precisamente de ellos de quienes recibimos la posibilidad de escupir; es sobre todo perder una ocasión maravillosa: la de hacer que la historia se ilumine, que en un viejo árbol genealógico podrido pueda madurar un fruto delicioso: un fruto en el que hallan justificación hasta sus raíces más oscuras. Supón que el hijo de Adolf Hitler y Eva Braun acaba siendo un perfecto caballero o incluso un buen tipo (sé que no tuvieron hijos y que una hipótesis como esta incomodará a algunos moralistas): esa es una revolución mayor que la invención del superhombre.
Esto es lo que Pablo les pide a los fieles de Éfeso en unos versículos que describen muy bien al hombre sencillo y recto: Redimid el tiempo, porque los días son malos (Ef 5, 15). Quien quiere salirse de la historia metamorfoseándose en bestia o en ángel, en cyborg o en sirena, rompe con el tiempo, pero no lo redime. Solo un hijo puede hacerlo. Como Jesús.
Y como José. En los profetas, el nombre de José remite a Israel en oposición al nombre de Judá. José y Judá son hermanos enemigos, figura del reino dividido después de Salomón. De ahí esta profecía de Ezequiel (37, 19), que sigue inmediatamente a la de los huesos secos: Yo tomo el trozo de madera de José que está en la mano de Efraím y las tribus de Israel, unidas a él, y lo pongo junto al trozo de madera de Judá y los haré uno solo. Serán uno solo en mi mano. La fractura de Israel en dos reinos, el de José y el de Judá, es la herida de la historia judía, siempre abierta. Eso es lo que recuerda quien lee la Biblia. Y, cuando a las puertas del evangelio ve mencionado a un José de la tribu de Judá, y encima carpintero, aguza el oído: ese nombre une los dos trozos de madera en forma de cruz. Anuncia la reconciliación entre hermanos en la que ya no se confiaba. El José del Génesis perdonó a sus hermanos, que lo habían vendido, y clausuró el drama iniciado con la muerte de Abel a manos de Caín. También el José de Mateo y de Lucas, hijo de un drama milenario, renueva a toda su ascendencia, redime la sangrienta saga de los reyes de Israel y de Judá, transforma el pasado de su pueblo en la sencillez de una humilde vida de familia.
SER PLENAMENTE HIJO O DEJAR ATRÁS LA INFANCIA
7. Decía que para ser padres hay que ser hijos. Pero no es del todo cierto. Al menos cronológicamente. Porque es haciéndonos padres como nos incorporamos plenamente a la filiación.
El niño no se ve como hijo. Es Spiderman. La princesa Pocahontas. Un elfo. Un heredero legítimo del trono de Gondor. Desde luego, no procede de sus padres, a menos que estos sean agentes secretos o hábiles kriptonianos con intenciones ocultas. En breve llegará a casa una carta transportada por una lechuza. Y él acabará saliendo por el andén 93/4. O bien vendrán unos tipos a buscarlo cuando esté acostado para explicarle que es el cobaya de una experiencia clasificada como secreto de Estado: tiene que reunirse sin demora con los dioses del Olimpo (nadie puede ignorar que Zeus mantuvo más de una relación con mujeres mortales). Está convencido de que, si dejaran de obligarle a comer brócoli, no tardaría en recuperar sus poderes mágicos. De hecho, es un Jedi; y, aunque le hayan puesto Lucas de nombre en memoria del evangelista, su verdadero padre es Darth Vader.
A mí me llevó tiempo admitir que no era hijo de Darth Vader ni de Nietzsche, ni tampoco de san Agustín. Fue necesario que me convirtiera en esposo y padre. En cuanto les di la espalda a mis padres para inclinarme sobre mi primer hijo, se me cayeron las escamas de los ojos. Entreví lo que ellos habían sido para mí. Sentí reverberar en mí su entrega sin retorno… sin otro retorno que el de empujarme a seguir avanzando, recomenzando junto con mi mujer la aventura de los orígenes.
La memoria del hijo no llega tan lejos como para pensar en la herencia. Una reflexión como esta exige una memoria de adulto e incluso de anciano… poco antes de perder la memoria, claro. Se materializa en la misión del padre. Al abrazar a su hijo, abraza la experiencia de todos los padres que lo han precedido: esos hombres que han llegado hasta él y se han retirado en la sombra.
8. Partiendo de esta toma de conciencia, yo soy hijo de mis hijas y de mis hijos. «Padre» es un sustantivo de relación. Sin hijo (y sin mujer) no hay padre. Si consideramos estas palabras en su significado más auténtico, padre e hijo son concomitantes, y no sucesivos. El padre va antes que el hijo según el origen, antes de ser padre según el tiempo. En mi caso, nací como padre a los treinta y un años, en Brignoles, en Var, en algún punto entre un test de embarazo y un funcionario del ayuntamiento. Y, como los hijos son muy distintos entre ellos, he vuelto a ser cada vez —y cada vez más mayor— un padre recién nacido. Y, como las edades de la vida se suceden y no se parecen las unas a las otras, porque el adolescente no tiene nada que ver con el niño, nunca he llegado a adquirir mi paternidad de manera definitiva. Cada revolución hormonal o social la obliga a transmutarse.
Lo que en nuestro caso atañe únicamente a una toma de conciencia se cumple plenamente en el propio ser de José. El Nuevo Testamento comienza con estas palabras: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. A Mateo lo han moldeado las Escrituras: sería incapaz de ignorar que esa fórmula introduce a los hijos de la persona nombrada, no a sus antepasados, puesto que el nombre propio está en genitivo subjetivo. Esta es la relación de los descendientes de Abrahán (Gn 5, 1); estos son los descendientes de Noé (Gn 6, 9); estos son los descendientes de Ismael (Gn 25, 12)… En el Génesis esta expresión se emplea en once ocasiones y siempre para elaborar la lista de los hijos de Adán, de Noé, de Ismael… En el caso de Isaac la expresión se acerca mucho al incipit del evangelio según Mateo: Estos son los descendientes de Isaac, hijo de Abrahán: Abrahán engendró a Isaac (Gn 25, 19). No obstante, lo que leemos a continuación es la historia de Isaac y de Rebeca y del nacimiento de sus gemelos, Jacob y Esaú, después de la esterilidad. Cuando escribe «Genealogía de Jesucristo», Mateo nos está presentando al Hijo como si se hallara en el principio de todos los engendramientos desde Abrahán, en consonancia con lo que Él mismo afirma explícitamente en Juan (8, 58): Antes de que Abrahán naciese, yo soy.
A diferencia de la genealogía descendente que va de Abrahán a José, en la que Jesús se erige a la vez como fuente y estuario, Lucas ofrece una genealogía que se remonta desde José; y no lo hace al principio de su evangelio, sino tras el bautismo de Jesús recibido de Juan el Bautista. También aquí se revela cierta circularidad o, más bien, una filiación en cruz: Se oyó una voz que venía del cielo: «Tú eres mi Hijo, el Amado, yo te he engendrado hoy». Tenía Jesús al comenzar unos treinta años, y era, según se decía, hijo de José, hijo de Helí, hijo de Matat… (de los setenta y siete nombres me salto unos cuantos) … hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios» (Lc 3, 22-38). Jesús es Hijo de Dios por el cielo, verticalmente, eternamente, en línea recta. Es hijo de Dios por la tierra, horizontalmente, temporalmente, a través de la sucesión de generaciones desde el primer hombre. Y José, padre virginal según este linaje terrenal, se muestra él mismo, a través del Hijo, como hijo del Altísimo.
9. He dicho que hay que ser padre para ser hijo. Pero no es del todo cierto. Para dejar realmente atrás la infancia de los hombres, su corta memoria, su amplia proyección, su grata irresponsabilidad, hay que dejar reconocerse como hijo de Dios.
Yo solo puedo asumir plenamente haber nacido en este lugar y en esta época, en Nanterre y no en Asgard, tan tarde en un mundo tan viejo, el último canalla de una turbia ascendencia, si tengo fe en la Providencia que me ha colocado en este sitio. Tampoco estaba del todo equivocado cuando creía ser un Jedi o el heredero de Gondor. De hecho, tenía mucha más razón de lo que podía imaginar. Si yo procedo de toda esa humilde o ilustre extracción no elegida por mí, lo que me conduce al lugar exacto de mi misión es una especie de transporte semiclandestino. Ya no fantaseo. Dejo atrás la edad pueril porque, como José, soy plenamente hijo, y todos los corredores del laberinto de mi ascendencia son otros tantos hilos que tejen mi relación con el Eterno.
LECCIÓN II.
SEDUCIENDO A LA VIRGEN MARÍA (¡CON MÁS ARTE QUE UN DONJUÁN!)
Marta, de quien estos viejos muros no pueden apropiarse,
fuente donde se refleja mi monarquía solitaria,
cómo podría olvidarte alguna vez
si no tengo necesidad de acordarme de ti:
eres el presente que se acumula.
Nos uniremos sin tener que abordarnos ni que prevernos,
como dos adormideras forman en amor una anémona gigante.
René Char. «Marta». Furor y misterio.
PARA SER PADRE HACE FALTA una mujer. Pero no se debe tomar mujer para ser padre. En ese caso sería una mujer objeto. Una yegua de cría. Una matriz en cuyo interior fabricar al sucesor de la empresa Dombey e hijo, S.A. Para ser padre, por lo tanto, no hay que perseguir la paternidad. Siempre y cuando no se trastoquen las cosas, lo que el padre busca ante todo es a la mujer, no al hijo. Tampoco busca en ella un medio para llevar a cabo sus proyectos.
Si todo se redujera a nuestros proyectos masculinos —llegar a ser un general de cinco estrellas, el nuevo Marcel Proust o el moderno Earl Tupper, el inventor de Tupperware—, sería preferible evitar tanto el matrimonio como la progenie. Las dos cosas nos distraen de los grandes logros. Interrumpen nuestro trabajo con preocupaciones tan fútiles como arreglar la puerta de un armario o jugar a la pelota. Pero fíjate en lo ladinos que son los hechos: nosotros solo queríamos bebernos una deliciosa cerveza para relajarnos entre una tarea productiva y la siguiente, ¡y resulta que la cerveza viene encima de una bandeja, y la bandeja acompañada de una camarera!
Y ahí están el flechazo y la piel de plátano: caemos rendidos de amor. Teníamos nuestro camino perfectamente trazado hacia el podio… y caemos: por culpa de la zancadilla que nos pone un rizo, de una sincera sonrisa traicionera, de la pendiente resbaladiza del deseo. Nada que ver con un proyecto o un contrato. Más bien parece una trampa. Y no es más que la primera: después de la emboscada que nos convierte en esposos, nos convertimos en papás por sorpresa.
¿Y qué pasa con María y José? ¿Estaban enamorados —real y carnalmente enamorados, quiero decir— o simplemente eran socios —es decir, cofundadores de una multinacional responsable que trabaja en el ámbito humanitario y en la difusión de una espiritualidad suprema—? ¿El fuego de Ágape frente a las flechas de Eros?
¿UN ANCIANO POR COLABORADOR?
1. Existe toda una imaginería falsamente piadosa que nos presenta a María y a José como socios más que como esposos. Nuestro carpintero es un hombre maduro —cuando no peina canas— y a veces viudo. Si no es declaradamente viejo, su libido sí lo es. Hace mucho tiempo que se enfriaron en él los ardores del deseo. Abraza a María con la ternura de un hermano mayor o la honestidad de un tío como Mardoqueo.
Después de todo, su matrimonio solo es una fachada. Y detrás de la fachada va la trastienda: José adopta a la humilde sierva para arropar su virginidad. Protege su honorabilidad, le proporciona techo y comida, transmite un oficio a Jesús como hacen los maestros con su aprendiz favorito; en definitiva, se comporta como un administrador fiel (Lc 12, 42), pero en ningún caso como amante. Antes de salvar a la humanidad, conviene salvar las apariencias. Antes de anunciar la Buena Noticia, es fundamental preservar el orden burgués, que ya es un hecho. Se busca un pequeño apaño para garantizar la respetabilidad de la madre soltera. A fin de cuentas, la Trilogía marsellesa presenta de forma explícita a la pareja que supuestamente refleja la vida trinitaria. El maestro Panisse de Marcel Pagnol es el propio san José, que esta vez se casa con la pobre Fanny, a quien Mario —el Espíritu Santo— ha dejado embarazada el día antes de embarcar en La Malaisie. En la Canebière ya no se escuchará el cotorreo de las comadres.
2. Se puede comprender que la devoción haya recurrido a los apaños de cada época. No hay más que convertir el misterio en problema; y entonces el problema pasa a ser el de la cuadratura del círculo. Por un lado, hay que afirmar la virginidad de María tal y como queda atestiguada en los evangelios y la Tradición; por otro lado, la unión de María y José ha de ser una unión auténtica, total, sensata y sensible, honda y apasionada, y no un ideal espiritualizado en el que la Encarnación se convierte en el pretexto de una existencia desencarnada. ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo mantener unido lo que es plenamente virginal y lo que es plenamente carnal?
Proceder de este modo —en términos de problema y no de misterio— es confundir la verdad como descubrimiento (aletheia), tal y como la conciben los griegos, con la verdad como revelación (apocalypsis), tal y como la entiende la Biblia. Pretendemos encerrar el torrente de agua viva en nuestras pequeñas cantimploras y en nuestras cisternas agrietadas. Queremos comprender, en lugar de aceptar que nos comprenden mejor de lo que nos comprendemos nosotros mismos. Nos empeñamos en dominar la materia, cuando esa materia es el Dominus Deus. Si la revelación nos dice que Dios es Padre, la lógica del descubrimiento nos hace creer que nuestra paternidad arroja luces sobre Dios, como si una linterna frontal fuera capaz de iluminar el sol; mientras que la lógica de la revelación quiere que sea Dios quien proyecte su luz directa sobre nuestras paternidades defectuosas y nos haga descubrir —en concreto a través de José— en qué consiste realmente ser padre.
Frente a una revelación, frente a una claridad más intensa de lo que mis ojos son capaces de soportar, ya no soy un erudito, sino un testigo. Transmito lo que se me ha concedido ver o escuchar. No soy yo quien domino: me dejo dominar. Entonces ya no se trata de reducir la unión de José y María a la medida de nuestra sexualidad, sino de reinterpretar nuestra sexualidad a la luz de esa unión incomparable, de aproximarnos a su amplitud bíblica sin caer en una reducción fisiológica.
3. Por no mantener unidos lo plenamente carnal y lo plenamente virginal, por reducir el misterio nupcial a las convenciones mundanas o puritanas, la pseudodevoción a san José se ha hecho cómplice de la «deconstrucción» posmoderna del sexo.
Por miedo a la «cerdada» se despoja al esposo del envoltorio de su carne. La relación entre el hombre y la mujer ya no se fundamenta en una misteriosa atracción: es un contrato cuyos términos bien definidos persiguen unos beneficios compartidos. Cada individuo, ya no hostigado por el deseo, se mantiene independiente a pesar de la unión y acepta ser objeto de disfrute para el otro. Esta asociación desprovista de pasión en la que cada uno conserva la propiedad de sí mismo aboca a una instrumentalización consentida y respetuosa con lo estipulado en el artículo 2, párrafo 3.
Desde esta perspectiva, José y María se nos presentan como pioneros de una start-up biotecnológica. Ella es la incubadora. Él se ocupa del mantenimiento. Jesús no es el fruto de su amor: es el producto de una colaboración con un genio inmaterial. La Holy Family es una empresa high-tech que ha optado por una estrategia de crecimiento conjunto e internacionalización…
¡ÁNGELES POR LA CARNE!
4. Un 19 de marzo, en el santuario de Bourguillon dedicado a Nuestra Señora del Monte Carmelo, guardiana de la fe, escuché al obispo auxiliar de Friburgo afirmar en su homilía: «María estaba enamorada de José. ¿Quién sería ese hombre para que la Virgen María se enamorara de él?». Un comentario de lo más simple: solo podía venir de un friburgués. En el dialecto local el friburgués es un «dzodzet», un «José». Hubo un tiempo en que ese nombre era tan frecuente en el cantón católico que a los Josés se les distinguía mejor por el apellido. La palabra «dzodzet» significaba «hombre». Y de quien se enamora la mujer es del hombre. Aquello fue para mí como una iluminación, exactamente igual que cuando se adueña de nosotros el amor, tan banal y tan excepcional. De pronto la imagen del santo se descongeló. La mirada de la Madona dejó de ser la de Medusa.
¿Qué vio ella en José para desearlo pese a su decisión de ser virgen? A José hay que suponerle una fuerza de atracción extraordinariamente poderosa: no la que encandila a una joven aficionada a los abrazos, sino la que conquista el corazón de una doncella resuelta a conservarse solo para Dios. José debía de resultar más seductor que el Don Juan que arrancó a Doña Elvira de su monasterio. Debía de ser más apuesto que el Apolo que embelesó a la Sibila. Al mismo tiempo, es de suponer que esa belleza no tenía nada de hechizadora, ni esa seducción nada de embaucadora. Delante de María cualquier amago de coqueteo habría resultado repulsivo.
Conviene recalcar ese designio de la Providencia que guarda consonancia con el origen: Varón y mujer los creó (Gn 1, 27). Quien recibe el anuncio del ángel no es una virgen célibe, sino prometida. Un hecho que dista mucho de ser anodino. Dios quiso que una mujer prometida a un hombre fuese la madre de su Hijo: María comprometida con el deseo de José. No es una cuestión de partenogénesis o de reproducción asexual. La gracia no destruye la naturaleza. Es imposible que el deseo humano no esté asumido por la fecundidad divina. El Hijo, precisamente porque es el Verbo y no puede renegar del orden de su creación, es necesariamente, como hombre, fruto del amor entre un hombre y una mujer.
5. En este sentido los evangelios recurren a todos los ingredientes de los grandes amores bíblicos. En primer lugar, los ángeles. En la Biblia, los ángeles son promotores de la carne. Cuando Abrahán envía a su siervo Eleazar a Aram con diez camellos para buscarle esposa a Isaac, sabiendo que esos diez camellos no serán suficientes, le asegura: Él enviará a su ángel delante de ti (Gn 24, 7). Durante su huida a Betel, antes de conocer a su amada Raquel, Jacob ve en un sueño —igual que José de Nazaret— a los ángeles de Dios subiendo y bajando (y no bajando y subiendo, lo que da a entender que los ángeles están íntimamente ligados a la tierra; que desde aquí se elevan como el incienso para volver a descender como el rocío —Gn 28, 12—).
Recordemos también al ángel Rafael, que guía a Tobías hasta Sara; al ángel del Señor que anuncia a la mujer de Manóaj el nacimiento de Sansón —Concebirás y darás a luz un hijo, le dice (Jc 13, 3), igual que Gabriel a María—; al Señor de los ejércitos celestiales invocado por Ana antes de unirse a Elcaná para concebir por fin a Samuel —Mi corazón exulta en el Señor, proclamará después de ser escuchada (1S 2, 1), igual que María ante Isabel—. En la vida sexual de Abrahán los mensajeros divinos hacen constantemente de carabinas. El ángel del Señor le dice a la esclava Agar: He aquí que estás encinta y darás a luz un hijo; le llamarás Ismael (Gn 16, 11). Luego el Eterno se manifiesta por medio de tres seres con forma humana entre las encinas de Mambré (aquí los ángeles se unen a los árboles: unos y otros, la savia y el sueño, se ponen de acuerdo para ayudar a Abrahán a cumplir el primer mandato: Creced, multiplicaos); y esos tres ángeles suscitan las risas de Sara cuando le dicen que se unirá a su marido y tendrá un hijo pese a su edad avanzada.
6. Donde hay ángeles no existe el angelismo: basta que aparezcan para que un hombre conozca a una mujer y su unión se vuelva fecunda. Su presencia entre María y José —bien en un sueño, bien en un anuncio— hace su relación aún más sensible y apasionada.
Evidentemente, aquí se da un paso al límite. Las mujeres del Antiguo Testamento eran estériles; la mujer del Nuevo es virgen. En su día se trataba de hacer ver que el hijo es un don de Dios, antes que un producto biológico; ahora se trata de Dios mismo hecho hijo. Lo que no deja de ser una realidad que, teniendo su origen en el Espíritu, es también auténticamente carnal.
Aún nos queda saber qué significa la carne, más allá de la fisiología. Aún nos queda reflexionar, en un caso que es excepcional, sobre una unión no fisiológica y, sin embargo, mucho más carnal.
EL HOMBRE DE DESEO
7. La carne es receptividad física. Es el espacio de una atracción más poderosa que nuestra voluntad. Antes de que se impusiera la «planificación familiar», y antes de que se redujera la mortalidad infantil, hacer un hijo era algo claramente distinto de fabricar un muñeco. Cuando fabricamos un muñeco lo concebimos en la cabeza, y no en el vientre. Hacemos planes, elaboramos un presupuesto, consultamos los indicadores del mercado para ofrecer un artículo ajustado a la demanda. Cuando hacemos un hijo, lo concebimos en el vientre, no en la cabeza. Y esa misteriosa concepción, in vivo, no in vitro, deriva del misterio del deseo que une al hombre y a la mujer. La carne es débil (Mt 26, 41). Sienten debilidad el uno por el otro. Ceden a esa debilidad en la que se despliega el poder del amor.
Si se puede decir que la unión de José y María es carnal es porque se realiza plenamente en esa receptividad física de algo que los supera. De hecho, se ven aún más superados que nosotros. Dios obra en ellos directamente, sin mediación biológica. Y ellos son más receptivos todavía que nosotros. Lo que penetra en su carne y en su promesa conyugal es el Hijo, que es el Verbo.
8. Algunos espiritualistas han defendido un supuesto «matrimonio josefino»: el de un hombre y una mujer que se casan pero no consuman el matrimonio, no se unen sexualmente. En su opinión, eso sería más espiritual, más divino que el matrimonio ordinario de quienes yacen juntos «como los animales». Nada más lejos de la realidad. María y José son la excepción que confirma la regla.
Lo que en su caso resulta más milagroso en el nuestro es lo natural. Lo que más se ajusta a ese hecho único en la historia es la fecundidad ordinaria de una mujer y de su marido. Los acontecimientos absolutos se deben analizar en toda su dimensión. No porque la primera mujer saliera del costado de Adán han de ejercitar los hombres los oblicuos para encontrar esposa. No porque María y José vivieran el misterio de un compromiso a la vez virginal y carnal hemos de imitarlos nosotros con unas nupcias voluntariamente privadas de sexo (la Iglesia nos recuerda que, en ese caso, el sacramento del matrimonio sería inválido).
María es virgen y madre, pero esa vocación, que en ella es una sola, se desdobla en el caso de las demás mujeres: unas serán madres y otras vírgenes. Lo mismo ocurre con José, cuya vocación única se realiza en el caso de los hombres bien en el celibato consagrado, bien en el matrimonio. Pero, cuando uno está casado, lo que más se aproxima a la unión de José y María es una sexualidad auténtica, y no los escabrosos toqueteos de los abusadores místicos.
Sería absurdo pensar que ellos dos no son, en palabras del Génesis (2, 24), una sola carne. No obstante, sí están envueltos en su propio nimbo de excepción —el del Hijo de Dios hecho hijo de los hombres—, mientras que nosotros estamos llamados a una aureola común: la de los hijos de los hombres hechos hijos o hijas de Dios. Y, si nuestros propios abrazos solo se consuman bajo el velo de la intimidad, si el abrazo de nuestros padres ha de permanecer oculto a nuestros ojos, sería una obscenidad querer violar la intimidad de María y José. Circulen: aquí no hay nada que ver. La puerta de su cámara nupcial permanece cerrada para siempre. Ni siquiera debemos quedarnos en el umbral.
9. Si aun así nos permitimos acercarnos un poco más al secreto de ese deseo, hemos de acudir a los últimos versículos del Apocalipsis (22, 17): El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!». Y el que oiga, que diga: «¡Ven!». Y el que tenga sed, que venga; que el hombre de deseo tome gratis el agua de la vida.
¿Cómo no aplicar estas palabras a la pareja evangélica? La esposa que está con el Espíritu es María. Y le dice a José: «¡Ven!». Y José le dice a ella: «¡Ven!». Lo que sin duda evoca el Cantar de los Cantares recitado por los judíos en la sinagoga la tarde de los viernes para dar la bienvenida al sabbat, personificado bajo los rasgos de una mujer: Paloma mía, en los huecos de las peñas, en los escondites de los riscos, muéstrame tu cara, hazme escuchar tu voz: porque tu voz es dulce, y tu cara muy bella (Ct 2, 14).
Si él dice: «Ven», no obstante, es como hombre de deseo, y no de goce. Nosotros, caballeros, conocemos muy bien en qué consiste eso: esa tensión que es más que eléctrica, esa flecha que nos traspasa y nos arrastra con ella para clavarnos en la mujer. Y sabemos también que en el acto sexual el éxtasis va seguido de la postración, que el orgasmo nos vuelve de golpe mudos y apáticos, un flácido desecho varado sin ganas de volver a hacerse a la mar. El goce es la muerte de Eros. Una buena muerte, quizá; pero una muerte, al fin y al cabo, hasta el próximo episodio. Y de episodio en episodio, de deseo mitigado en goce exacerbado, nuestra tendencia consiste en exigir cada vez más el acto sexual como si fuera una golosina, y a gozar de la mujer en lugar de unirnos a ella.
José se mantiene firme en medio del fuego del deseo. Más aún cuando para él la paternidad no tiene el coito como paso obligado. En este sentido no existe nadie más carnal ni más erotizado que él. Con ese deseo siempre intacto, el más mínimo gesto, el más mínimo frufrú de la túnica azul de María lo trastorna: Me robaste el corazón, con uno solo de tus ojos, con una sola sarta de tus collares (Ct 4, 9). El mero roce de sus labios lo vuelve loco, con esa locura de Dios más sabia que la sabiduría humana, con esa debilidad de Dios más fuerte que los hombres (1Co 1, 25). Su ejemplo nos eleva, pero también nos corrige. Nos enseña a desear antes que a gozar a cualquier precio.
Para seducir a María, para llegar al corazón de una mujer, hay que educar a ese perrillo faldero que intenta montar a todas las hembras que los vecinos sacan a pasear con correa. Hay que ser más carnal que fisiológico. Convertir al sibarita en hombre de deseo.
LECCIÓN III.
NO COMPRENDER A TU MUJER (HASTA EL PUNTO DE PLANTEARTE —DISCRETAMENTE— REPUDIARLA)
¿Inquieto —quizá— por el sexo opuesto
y por su psicología?
¡Qué tontería, pequeño mío!
El sexo opuesto está para indagar en él,
y no para comprenderlo.
Fernando Pessoa, Álvaro do Campos
«Mi pobre amigo…». Últimos poemas
NO DEBE DE SER CÓMODO VIVIR con la Santísima Virgen. Yo ya sé cómo es vivir con mi mujer. Los Proverbios demuestran mucha empatía por los hombres casados con una insoportable Más vale vivir en un rincón del terrado que con mujer discutidora en casa amplia (Pr 21, 9). Pero ¿quién compadecerá al que vive con una santa? (ya habréis adivinado que a mi mujer la incluyo más bien en esta categoría). ¿Quién se va a sentar, meneando pesaroso la cabeza, junto a un amigo que habita en un rincón del infinito?
Nuestra idea de la santidad es tan simplona, tan sosa, que nos imaginamos a la mujer con aureola como la suma de una gobernanta y una secretaria, de una cocinera y una contable, de una escort girl y una puericultora; o, en definitiva, de un ama de casa ingeniera que al fin nos permitirá vivir cómodamente. Es cierto que quien pone el broche a los Proverbios es el ama de casa perfecta y su elogio de la A a la Z (o de Alef a Tau): Le aporta ella dicha y no desventura, se canta de ella. Aun así, sería un absoluto despropósito confundir la felicidad con el bienestar. Fíjate en cómo reaccionamos cuando Dios quiere hacernos felices. ¿Por qué crees que los ángeles de la guarda son invisibles? Un ángel de la guarda visible no duraría ni dos días en una casa como es debido. Se le echaría de allí a patadas. En cuanto al peligroso pasaje de Efesios 5, en el que Pablo pide a las mujeres que estén sujetas a su marido, inmediatamente después exige de los maridos que se entreguen a su mujer como Cristo, cosa que no tiene nada que ver con mullidos colchones de plumas sobre los que poder reposar indefinidamente.
Con una pecadora uno siempre puede llegar a un arreglo. Ella te deja seguir sumido en tu tibieza (o en tu ardor), siempre y cuando tú la dejes seguir sumida en la suya. Yo admito que te veas con Joe y tú admites que yo me vea con Jane. Tú te puedes comprar esa miserable baratija mientras yo pueda navegar por esta web inútil. Como se dijo poco antes de la expulsión del paraíso, «yo le doy un mordisco a la otra mitad de la manzana, y ya está». Dos compinches uña y carne. Una santa, sin embargo, es imperdonable. ¿Quién sería capaz de soportarla? Con ella los errores nunca son compartidos. El pecador que hay en mí se siente constantemente presionado: Se llama a sí misma hija de Dios. Es un reproche de nuestros pensamientos, sólo el verla nos resulta una carga (Sb 2, 13-14).
¿Y si el cónyuge también es irreprochable? ¿No se entenderán mejor dos santos juntos que dos ladrones a partir un piñón? ¿No serán la concordia sin fisuras, una fusión nuclear, dos autómatas coordinados, dos cotorras en armonía? De primeras, da la impresión de que José y María nunca pudieron tener la más mínima enganchada. Pero, si no hay disputa, ¿cómo se puede vivir la experiencia del perdón? Dos grandísimos santos que colaboraron en la primera evangelización acabaron agarrándose de las casullas: Y se produjo tal tirantez entre ellos que se separaron el uno del otro (Hch 15, 39). ¿Quiénes son esas fieras que se aborrecen hasta un punto de no retorno? Nada menos que san Pablo y san Bernabé, que parecían tan unidos que los habitantes de Listra los tomaron por Hermes y Zeus. Eso nos puede servir de consuelo. O no.
MARÍA, UNA TRANSGRESORA MÁS
1. En la genealogía de Cristo según Mateo aparecen mencionadas cuatro mujeres antes que María. Todas ellas transgresoras. Todas ellas antepasadas que manchan el pedigrí. Por lo general, nos cuidamos muy mucho de sugerir que el heredero de las promesas pueda ser un bastardo. Y, desde luego, por devoción a la madre de Dios evitamos establecer un paralelo entre ella y estas madres tan dudosas. ¿Por qué aparece la Inmaculada en medio de esa sucesión de borrones?
Hemos mencionado ya la redención del tiempo y la inscripción del Salvador en la historia de Israel. Estas cuatro mujeres nos remiten a cuatro libros: el Génesis, Josué, Rut y el segundo libro de Samuel; y ofrecen una crítica de la monarquía nacional y centralizadora. Ahora bien, dado que preceden e introducen el nombre de María, también dicen algo acerca de ella. Y, sin embargo, ¿existe algo más distinto? Tamar se disfrazó de prostituta y se acostó con su suegro. Raab ocultó a los espías israelitas porque les abrió su casa durante la toma de Jericó para vender sus encantos a quien los pagara. Rut es una viuda joven y virtuosa, pero desciende de Moab (el hijo que Lot, aturdido por el alcohol, tuvo con su hija mayor, como si de la destrucción de Sodoma se derivara algo peor que Sodoma: un familiarismo incestuoso), y la Ley deja explícito que ni siquiera en la décima generación podrán tomar parte [los moabitas] en la asamblea del Señor (Dt 23, 4). Como la Venus Anadiomena, Betsabé está saliendo de un baño ritual que la preserva de la impureza justo en el momento en que el rey David la divisa desde la terraza. Para olvidar la guerra contra los amonitas la arrastra a violar la fidelidad conyugal mientras el marido combate en nombre del rey.
De todo ello se concluye que la santidad es tan improcedente —o más improcedente aún— que estas aventuras. Miseria y misericordia se presentan como imágenes inversas, como para subrayar lo que supone una desviación de la norma. María no encaja con nuestros clichés. Es absolutamente singular. Más sorprendente, más rebelde, más incomprensible en su claridad que esas transgresoras en su oscuridad. ¿Cómo no iba a desconcertar a José?
2. En su espléndido San José, la elocuencia de un taciturno, el biblista Philippe Lefebvre hace notar que, para alguien familiarizado con la Torá, en las primeras frases de la Anunciación se advierte un curioso eco de las denuncias de adulterio.
Lucas escribe (1, 26-27): El ángel Gabriel fue enviado de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. Todos estos detalles preliminares —la ciudad, la virgen desposada, la intrusión de alguien que no es el hombre prometido— visibilizan un terrible precepto del Deuteronomio (22, 23-24): Si una joven virgen está desposada con un hombre, y otro la encuentra en la ciudad y yace con ella, sacaréis a ambos a la puerta de esa ciudad y lapidaréis a ambos hasta que mueran: a la joven porque no gritó estando en la ciudad, y al hombre porque violó a la desposada de su prójimo. Así quitarás el mal de en medio de ti.
La situación en la que se acogen las palabras del ángel se presenta bajo el aspecto de un mal que es preciso eliminar. La concepción virginal adquiere la apariencia de la violencia muda. Cuando, después del saludo a su prima Isabel, María entona su Magnificat, dice que Dios, su salvador, ha puesto los ojos en su humilde esclava. El adjetivo «humilde» no se refiere a la virtud de la humildad, sino a un hecho que es humillante. La palabra tapeinosis («abajamiento», «poner a ras de suelo») solo la vuelve a emplear Lucas en una ocasión en los Hechos de los Apóstoles (8, 32-33) al traducir las palabras de Isaías hablando del siervo sufriente: Como oveja fue llevado al matadero, y como mudo cordero ante el trasquilador, así no abrió la boca. En su humillación se le negó la justicia. Por lo tanto, a María se la compara con aquel que fue puesto entre los malhechores. Su santidad no la sitúa lejos, dentro de una nebulosa transparente, sino que la acerca a las mujeres más miserables, las más maltratadas, pero también las más pecadoras.
3. En definitiva, en cuestión de normas sociales la plenitud de gracias nos desacredita tanto o más que la decadencia moral: Antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. Entonces el mejor de los hombres se ve tentado de desembarazarse de la mejor de las mujeres. He dicho «tentado». Y no es así. El evangelio no habla de tentación, sino de justicia. La tentación parece consistir más bien en no repudiar a la rosa mística: José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, pensó repudiarla en secreto (Mt 1, 18-19): cosa que da la impresión de rebatir nuestras edulcoraciones.
Para mitigar el impacto del versículo se hace hincapié en la locución adverbial. José se plantea actuar en secreto: hasta ahí llegaría toda su justicia. No obstante, un adverbio no es nada sin el verbo al que modifica. No cabe duda de que no repudiar secretamente equivale a difamar; mientras que «no repudiar» de ningún modo también supondría una difamación o, al menos, una injusticia, ya que quien ha decidido obrar así es un hombre justo. Por lo tanto, la intención de repudiar es la del que es justo con la Santísima Virgen. Algunos divorciados podrían hallar en esto cierto consuelo, no menor que el de algunos fieles.
Dos interpretaciones contrapuestas explican ese rigor de san José. Según la primera —la más piadosa—, José ya sabe que el embarazo de María viene de Dios, y si decide repudiarla es porque se siente indigno de semejante honor y de semejante responsabilidad: ¿quién presumiría de verse capaz de ser el marido de la madre de Dios y de encargarse de la educación del Mesías?
La segunda interpretación —la más bíblica— nos recuerda que el verbo que se traduce como «difamar» significa también «demostrar» o «hacer que un caso sea susceptible de ser juzgado según la Ley». De acuerdo con la ley de Moisés, el deber de pureza de la prometida es igual que el de la esposa. Quedarse encinta de alguien que no sea el prometido la expone, si no a la lapidación, al menos a la reprobación general. José, que ama a María y confía en ella aun sin comprender, quiere ahorrarle esa vergüenza: si no está prometida con él queda libre de tal acusación.
Y aún hay una cosa más. José se niega a mentir. No quiere fingir que es suyo un hijo que no lo es. Nosotros, por el contrario, tenemos tendencia a contemporizar con una mentira como esa y argumentar la tesis de un matrimonio tapadera con el fin de salvaguardar la credibilidad burguesa. Porque nosotros no somos justos. Por otra parte, cuando a ese hombre justo se le aparece en sueños el ángel, el propósito de su no temas no consiste únicamente en animarle a superar su sentimiento de indignidad o a hacer caso omiso de las prescripciones de la ley, sino ante todo en asegurarle que su paternidad no será un engaño. Su prometida está encinta de Dios. Esa paternidad divina no menoscaba su paternidad humana, porque Dios, origen del proceso biológico, quiere que José sea el padre humano de ese niño.
Sea cual sea la interpretación, José no comete falta alguna y María, que no tiene mancha, se vuelve para él aún más impenetrable. Tan impenetrable, tan inasumible incluso, que le hace falta nada menos que un ángel —como a Jesús en Getsemaní (Lc 22, 43)— para reconfortarlo.
EL MISTERIO DE LO FEMENINO Y SUS INEVITABLES MALENTENDIDOS
4. Esto es lo que me escribió un amigo después de cenar una noche en casa con su joven esposa: «Hemos disfrutado mucho de la velada en familia que nos ha permitido conocer a tus hijos y a Siffreine [mi mujer]. Es curioso lo distintos que sois de carácter; ¡pero no cabe duda de que os complementáis muy bien!».
Le respondí de inmediato que yo también había disfrutado mucho y que, si hubiera buscado por encima de todo afinidades y semejanzas, probablemente me habría casado con un hombre. En cuanto a la complementariedad, es decir, a la idea de formar un todo orgánico o un ensamblaje funcional parecido al del pistón y la válvula en el motor de explosión, creo que en ese caso lo mejor no es el matrimonio, sino una sociedad limitada en la que cada uno ocupa su puesto después de haber sido contratado en virtud de su experiencia y su cualificación.
El hombre y la mujer, hechos para unirse, pasan previamente por una separación. Cuando leemos el Génesis solemos quedarnos con dos verbos relacionados con el acto de la creación: Dios dice (y hay tal cosa) y Dios ve (que tal cosa es buena). Y olvidamos que en el intervalo entre una cosa y otra Dios separa. Una creación sin separación es una contradicción en los términos, porque no acabaría con el tohu bohu inicial (dos palabras que se podrían traducir como «confusión» y «autodestrucción» —Gn 1, 2—): solo generaría los ingredientes de un inmenso caldo o los engranajes de una máquina enorme. Su finalidad sería la totalización, y no la comunión.
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