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Bassi, Ernesto.
Un territorio acuoso: geografías marineras y el gran Caribe transimperial de la Nueva Granada / Ernesto Bassi; traductora, María José Montoya. -- Barranquilla, Colombia: Editorial Universidad del Norte; Bogotá, Colombia: Banco de la República, 2021.
383 páginas : ilustraciones, mapas ; 24 cm.
Incluye referencias bibliográficas (páginas 341-383)
TÍTULO ORIGINAL: An Aqueous Territory: Sailor Geographies and New Granada’s Transimperial Greater Caribbean World.
ISBN 978-958-789-165-2 (impreso)
ISBN 978-958-789-166-9 (PDF) / ISBN 978-958-789-167-6 (ePub)
1. Geopolítica--Caribe (Región). 2. Colombia--Historia--Colonia, 1550-1810. 3. Caribe (Región)--Historia. 4. Caribe (Región)--Comercio--Historia. 5. Caribe (Región)--Política y gobierno. 6. Caribe (Región)--Límites. I. Montoya, María José, traductora.
(986.102 B321 ed. 23) (CO-BrUNB)

Vigilada Mineducación
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Km 5, vía a Puerto Colombia, A.A. 1569
Área metropolitana de Barranquilla (Colombia)

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Bogotá D.C.
Título original
AN AQUEOUS TERRITORY: SAILOR GEOGRAPHIES AND NEW GRANADA’S TRANSIMPERIAL GREATER CARIBBEAN WORLD
© Duke University Press, 2017 (primera edición)
ISBN 978-0-8223-6240-1
© Universidad del Norte, 2021
© Banco de la República, 2021
© Ernesto Bassi, 2021
Coordinación editorial
Zoila Sotomayor O.
Asistente editorial
María Margarita Mendoza
Diseño de portada y textos
Munir Kharfan de los Reyes
Ilustraciones y gráficos
Christine Riggio
Diseño de portada
Geraldín Acevedo
Traducción
María José Montoya
Corrección de textos
Henry Stein
© Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio reprográfico, fónico o informático, así como su transmisión por cualquier medio mecánico o electrónico, fotocopias, microfilm, offset, mimeográfico u otros sin autorización previa y escrita de los titulares del copyright. La violación de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
A Clau, Santi, Elisa y Mariana, fuentes de apoyo, inspiración y preocupación.
En memoria de Rafa Bassi y Alberto Abello, quienes lo inspiraron, pero no vivieron para leerlo.
Contenido
Agradecimientos
Introducción
Parte I. CONFIGURACIONES ESPACIALES
Embarcaciones: rutas, tamaño y frecuencia
Marineros: entrecruzar fronteras y crear regiones
Parte II. GEOPOLÍTICA E IMAGINACIÓN GEOPOLÍTICA
Indios marítimos, indígenas cosmopolitas
Girar hacia el Sur antes de virar al Este
Las aventuras caribeñas de Simón Bolívar
Una nación andino-atlántica
Conclusión: SOBRE GEOGRAFÍAS ALTERNATIVAS Y FUTUROS PLAUSIBLES
Apéndices
Bibliografía
Notas al pie
Agradecimientos
Escribir sobre quienes cruzan fronteras y sobre el entorno que habitaron requiere una gran cantidad de viajes internacionales. Como el caminante de Antonio Machado (y de Joan Manuel Serrat), he andado muchos caminos en el proceso de escribir este libro. Y aunque no he navegado en cien mares, investigar las vidas de muchos que efectivamente lo hicieron me ha llevado a múltiples archivos y bibliotecas a ambos lados del Atlántico. En el proceso adquirí muchas deudas, conocí muchas personas maravillosas y convertí varias bibliotecas en mi oficina personal.
La Universidad de Cornell y la Universidad de California en Irvine (UCI), las dos instituciones que considero mis hogares académicos, proveyeron la mayoría del apoyo financiero que hizo posible este libro. Luego de finalizar mi disertación, recursos del Departamento de Historia de Cornell y de su Society for the Humanities cubrieron un viaje a los archivos nacionales de Colombia en 2013. El Institute for the Social Sciences de Cornell me dio el espacio físico y el tiempo que necesitaba para terminar el proceso de revisión. Las subvenciones y becas de investigación del Humanities Center de UCI, de The School of Humanities, de The Center in Law, Society and Culture y de All-UC Group in Economic History me permitieron realizar investigación en archivos en Colombia, España y el Reino Unido. Una beca de residencia de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos hizo posible investigar en el Archivo General de Indias (AGI) de Sevilla.
La investigación de archivos no puede llevarse a cabo sin aquellos que transportan los documentos desde sus ocultos repositorios subterráneos hasta el escritorio del investigador. El equipo anónimo de los National Archives de Londres y los amistosos y colaboradores empleados del AGI de Sevilla proveyeron ayuda invaluable. En el Archivo General de la Nación de Colombia me beneficié del profundo conocimiento del director de sala Mauricio Tovar y de todo su equipo. Estoy particularmente agradecido con Ana López, Fabio Castro, Rovir Gómez, Anhjy Meneses, Zenaida López, Fredy Duque, Enrique Rodríguez y Doris Contreras por guiarme cuando no tenía la menor idea de cómo encontrar lo que estaba buscando.
Son muchas mis deudas intelectuales. Desde 2012 he sido parte de una estupenda comunidad académica, donde encontré muchos amigos y, más aun, lectores críticos. El Departamento de Historia de Cornell no solo me ha dado el espacio y tiempo necesarios para revisar la disertación en la que se basa este libro, sino que también me ofreció una audiencia cautiva de colegas fantásticos, muchos de los cuales leyeron partes sustanciales de este libro y ofrecieron valiosa retroalimentación. Ray Craib ha sido el mejor colega que uno pudiera pedir. Leyó muchas versiones completas del manuscrito y nuestras innumerables conversaciones claramente hicieron de este un mejor libro y de mí un mejor historiador. Robert Travers y Jon Parmenter también leyeron el manuscrito completo e hicieron comentarios esclarecedores que me ayudaron a hacer el libro más comprensible y relevante para especialistas en áreas diferentes a la historia de América Latina. En su mayoría, mis colegas del departamento leyeron partes de mi trabajo para dos animadas y productivas reuniones del Comparative History Colloquium. Estoy particularmente agradecido con Durba Ghosh, Derek Chang y Eric Tagliacozzo por leer varios capítulos y ofrecer útiles advertencias, críticas y sugerencias bibliográficas. Aaron Sachs, Camille Robcis, Margaret Washington, Rachel Weil, Mary Beth Norton, Judi Byfield y María Cristina García leyeron también porciones del manuscrito y ofrecieron pensamientos fructíferos. Julilly Kohler-Haussman y Mostafa Minawi no solo leyeron largos segmentos del manuscrito, sino que, más importante aún, sufrieron conmigo el proceso de escribir nuestros primeros libros. Como director del Departamento, Barry Strauss mostró su total apoyo al avance de mi carrera al convertirse en un preciado protector de mi tiempo de escritura. La ayuda administrativa, técnica y logística que prestaron Katie Kristof, Barb Donnell, Judy Yonkin y Kay Stickane me permitió navegar Cornell y posibilitó muchas horas adicionales de escritura. Fuera del Departamento de Historia, mi compañera colonialista de Cornell, Ananda Cohen-Suárez, fue uno de los mejores interlocutores que pudieran desearse. Algunas de las conversaciones más estimulantes que me ayudaron enormemente a plantear y replantear mis argumentos ocurrieron durante la primera vez en que dicté el seminario de posgrado de historias cruzadas de las Américas y el Atlántico. Agradezco a Josh Savala, Kyle Harvey, Molly Reed, Esmeralda Arrizon-Palomera y Elise Amfreville por su lectura cuidadosa, sus preguntas inspiradoras y sus provocativos ensayos.
Antes de mi llegada a Cornell adquirí mis deudas intelectuales en UCI. Mi supervisor de la disertación, Jaime Rodríguez, me dio apoyo constante, leyó y releyó cada capítulo de la disertación, ofreciendo siempre preciosa retroalimentación, y se aseguró de hacerme saber que esperaba mucho de mí. Espero estar cumpliendo sus expectativas. En Rachel O’Toole encontré la mejor mentora que un estudiante de posgrado puede esperar. Incontables conversaciones con Rachel durante y tras mis años en UCI influenciaron decisivamente mi aproximación a la historia como estudio del pasado y como profesión y a la vida académica. Steve Topik es un historiador que vale la pena imitar. Ciertamente de él tomo el interés por localizar América Latina y los latinoamericanos en un escenario global más amplio. La oficina de Steve siempre estuvo abierta y en ella, sentado junto a sus tazas de café de comercio justo, disfruté algunas de las conversaciones intelectualmente más inspiradoras y excitantes de mis años de estudiante doctoral. Winston James prestó cuidadosa atención a mis intentos iniciales por definir el Caribe y, a pesar de que no siempre estuvimos de acuerdo en el asunto, tomó en serio mis respuestas a la pregunta ¿qué es el Caribe? Laura Mitchell me introdujo a la historia mundial, una aproximación que permea decisivamente mis argumentos y mi escritura. Su seminario “Aproximaciones a la historia mundial” contribuyó enormemente a convertir mi idea inicial de escribir una historia local del Caribe colombiano en un proyecto mucho más estimulante, interesado en las conexiones transimperiales. David Igler, Pat Seed, Dan McLure, Eric Steiger, Alberto Barrera, Annette Rubado, Heidi Tinsman, Aubrey Adams, Tina Shull, Annessa Stagner, David Fouser y Young Hee Kim leyeron aspectos de mi trabajo de posgrado que, en retrospectiva, ahora veo como mis intentos iniciales de entender el Gran Caribe transimperial desde la costa del Virreinato de Nueva Granada. Raúl Fernández aportó apoyo incondicional y sabor a lo largo de mis años en Irvine.
Más allá de mis dos hogares intelectuales, mucha gente y lugares han convertido la investigación, la escritura y la difusión de mi trabajo en una experiencia altamente estimulante. En Bogotá, las jornadas diarias de trabajo en los archivos incluyeron con frecuencia almuerzo, café y horas extra de conversación sobre historia con Daniel Gutiérrez, Jesse Cromwell, Sergio Mejía y Carlos Camacho. En Sevilla, los descansos de media mañana para ir por un oportuno cafelillo con leche ofrecieron tanto energía física como estimulación mental para continuar abriendo paso por entre los documentos. Agradezco a Ramón Aizpurúa, Luis Miguel Glave, Esther González y Cameron Jones por las muchas conversaciones magníficas que tuvimos mientras disfrutábamos del café. Durante mi estadía en Londres mi amigo Bill Booth me ofreció invaluable asistencia de investigación que hizo extremadamente productiva mi corta visita a Kew.
Como estudiante de posgrado y profesor asistente me beneficié de mi participación en múltiples seminarios y conferencias en los que conocí pares y mentores, muchos de los cuales se convirtieron después en queridos amigos. Mi participación en las reuniones anuales de la American Historical Association, los paneles de Gran Colombia Studies de la Conference on Latin American History y el Forum on European Expansion and Global Interaction me permitieron compartir y recibir valiosa retroalimentación sobre mi trabajo y formar parte de una excitante comunidad de historiadores cuyo trabajo e ideas influyeron decisivamente en los míos. En particular, estos foros me permitieron conocer y compartir ideas con Alex Borucki, Marcela Echeverri, Pablo Gómez, Fabricio Prado, Linda Rupert, Elena Schneider, Madalina Veres, Molly Warsh y David Wheat. Numerosas invitaciones a presentar aspectos de mi trabajo fueron asimismo críticas para refinar mis argumentos e ideas. Agradezco a los organizadores del New York State Latin American History Workshop (Bridget Chesterton), el Colloquium of the Omohundro Institute of Early American History and Culture (Elena Schneider), la conferencia “Placing History, Historicizing Geography” (Bertie Mandelblatt y Dean Bond), la conferencia “Rethinking Space in Latin American History” (Stuart Schwartz, Gil Joseph, Santiago Muñoz y Adrián Lerner), el taller “Entangled Histories of the Early Modern British and Iberian Empires and Their Successor Republics” (Jorge Cañizares-Esguerra, Bradley Dixon, Christopher Heaney y Mark Sheaves) y la conferencia “Rethinking Historical Space/Area in Historical Study” (Martin Klimke, David Ludden, Lauren Minsky y Mark Swislocki) por organizar escenarios envidiables para el intercambio intelectual. Agradezco también a los asistentes a estos eventos por impulsarme a pensar más intensamente sobre las regiones, la geografía, el mar y más. Las invitaciones de Johanna von Granfenstein (Instituto Mora), Jonathan Ablard (Ithaca College), Francisco Scarano (University of Winsconsin, Madison) y Nancy Appelbaum (Binghamton University) me forzaron a organizar mis pensamientos y a refinar mejor mis argumentos. Muchas conversaciones y correos electrónicos con Anne Eller sobre el Gran Caribe durante la Era de las Revoluciones le dieron forma a mi pensamiento. También le agradezco por su cuidadosa lectura de la introducción y la conclusión. Nancy Appelbaum, Lina del Castillo y Andrea Wulf me enseñaron mucho sobre los políticos geógrafos de Colombia y la conexión Humboldt-Bolívar. Los comentarios de Anne McPherson a una versión temprana del capítulo 3 me ayudaron a presentar mejor la historia de los indios marítimos. Antes de decidir convertirme en un historiador profesional, Linda Newson y Alberto Abello me introdujeron a la historia de Latinoamérica colonial y al estudio serio del Caribe colombiano que, en el largo plazo, resultó en este libro.
En Duke University Press, Gisela Fosado guió de manera fantástica a este neófito en la publicación de libros. A ella le gustó lo que presenté en una conferencia, pidió más y continuó disfrutando de las sucesivas versiones. La editora de arte Christine Riggio dibujó bellos mapas y me ayudó a preparar todas las ilustraciones. Lydia Rose Rappaport-Haskings me guió a través de las últimas etapas de la preparación del manuscrito. Estoy profundamente agradecido con los dos lectores anónimos cuyos sabios comentarios, críticas y sugerencias me empujaron a revisar, reorganizar y reescribir importantes porciones del manuscrito. Ambos lectores demostraron un entusiasmo por el libro que me animó mucho a trabajar fuertemente en el proceso de revisión.
A lo largo del proceso de investigación y escritura tuve la suerte de contar con amigos y familiares alentadores que hicieron posible la investigación y la escritura. En Bogotá, Mauricio Calderón e Isabella Gardeazábal y mi tía Carmen Arévalo hicieron de sus hogares mi hogar. Quedarme con ellos no solo me permitió estirar mis escasos recursos financieros, sino, más importante, me permitió disfrutar de compañía durante solitarios fines de semana, cuando más extrañaba a mi familia. En Londres, María Isabel Irurita, Juan Camilo Cock y Martina fueron los mejores anfitriones que pudiera uno pedir. Quedarme con ellos no solo resultó en un Londres libre de renta, sino que me dio también el gran gozo de reunirme de nuevo con viejos amigos.
La ayuda de mi familia inmediata simplemente ha sido inconmensurable. Mis padres, Chila y Rafa, siempre han apoyado mis aventuras históricas, y de hecho han estado bastante interesados en mi investigación y escritura. Mi interés por el Caribe, en efecto, se lo debo a ellos en gran parte. ¡Muchas gracias, mami y papi! Claudia Roselló y Santiago Bassi han sido mis compañeros de viaje a lo largo de este camino histórico. Cuando estaba en el exterior haciendo investigación, ellos sostuvieron el fuerte en California. Cuando estaba en casa me animaron y crearon distracciones regenerativas que me ayudaron a pensar mejor y me empujaron a seguir escribiendo. Elisa se nos unió más adelante en el camino. Durante la mayor parte de su vida, Ithaca ha sido su hogar, lo que significa que ella ha tenido que lidiar menos con mis ausencias por investigación que Clau y Santi. Pero, como Clau y Santi, Elisa me ha pillado (varias veces) pensando acerca del libro en momentos en los que debía estar dándole mi total atención a mi juguetona hija. Incluso antes de iniciar el proceso de conceptualización de este libro, Clau, en palabras de Serrat, cerró su puerta y echó a andar. Hoy, tres países y más de una década después, ella sigue aquí y, con Santi y Elisa, continúa sosteniendo el fuerte del hogar cuando yo estoy lejos.
Clau, Santi y Elisa, les agradezco por unírseme en crear nuestra propia geografía y en imaginar una variedad enorme de futuros posibles. Este libro es para ustedes. Es lo que es, en parte, por ustedes. Yo soy el historiador que soy en gran parte por ustedes. Las fallas, sin embargo, son solamente mías.
Introducción
Develar otros mundos posibles
El apego discursivo de la geografía al estatismo y a la corporeidad física, la idea de que el espacio “simplemente es” y de que el espacio y el lugar son meros contenedores para las complejidades humanas y las relaciones sociales es terriblemente seductora…
Si el espacio y el lugar parecen fijos e invariables, sin riesgos, entonces lo que posibilitan el espacio y el lugar fuera y más allá de las estabilidades tangibles… puede desvanecerse potencialmente.
Sin embargo, la geografía no es segura ni estática; nosotros producimos el espacio, nosotros producimos sus significados y nosotros trabajamos arduamente para hacer que la geografía sea lo que es.
KATHERINE MCKITTRICK, Demonic Grounds (énfasis añadido)1.
El 13 de octubre de 1815 la legislatura de la joven república de Cartagena aprobó una propuesta para poner la ciudad bajo la protección de la Corona británica. El gobernador de Cartagena, Juan de Dios Amador, creía que jurar fidelidad a Su Majestad Británica constituía “la única medida” capaz de salvar la ciudad. Sitiada desde mediados de agosto por un fuerte contingente español al mando del mariscal de campo Pablo Morillo, Cartagena, independiente desde noviembre de 1811, era un blanco para las autoridades españolas por haber apoyado la autonomía política en contra de la lealtad al rey Fernando VII tras la invasión francesa a la Península en 1808. “Ofrezcamos”, había dicho el gobernador Amador “la provincia [de Cartagena] a una nación sabia y poderosa, capaz de salvarnos y gobernarnos, pongámosla bajo el amparo y dirección del Monarca de la Gran Bretaña”. La legislatura de Cartagena no necesitó demasiado tiempo para llegar a una decisión. Persuadida de que “en las circunstancias que se han manifestado” la propuesta del gobernador era “la única capaz de salvar el Estado”, la legislatura aprobó unánimemente la medida de Amador y le otorgó el poder de contactar a las autoridades británicas de Jamaica2. Al día siguiente, Amador despachó una comisión para informar sobre la decisión a las autoridades de Jamaica. Aquel mismo día (14 de octubre de 1815), nos dice Gustavo Bell que “la bandera británica fue izada en la ciudad [de Cartagena]”3. En Jamaica, afirmando su reciente compromiso a permanecer neutrales en el conflicto español con sus territorios americanos, las autoridades británicas se negaron a proveer cualquier ayuda a los delegados cartageneros. Sin apoyo externo, Cartagena, incapaz de resistir el asedio español, se rindió a las fuerzas españolas el 6 de diciembre de 18154.
El sitio de Cartagena es una pieza bien conocida de la narrativa patriótica de Colombia5. Por su tenaz resistencia durante el sitio, los colombianos conocen la ciudad como “La Heroica”. La solicitud de la legislatura cartagenera para ofrecer la provincia a la Corona británica es menos conocida. Los historiadores de Colombia, especialmente aquellos que se especializan en la historia local del Caribe colombiano, están familiarizados con la declaración, pero no han ahondado en sus posibilidades analíticas, presentándola simplemente como una medida desesperada tomada bajo circunstancias desesperadas. Dado que la propuesta fue finalmente rechazada, se ha considerado inconsecuente, una mera anécdota de escaso valor para comprender el proceso de la creación de la nación en Colombia.
Aunque este libro no es sobre Cartagena (si bien esta figura prominentemente en sus páginas), el sitio de la ciudad en 1815 y, en particular, la solicitud de su cuerpo legislativo, sirven como una buena introducción a la aproximación del libro. En vez de ofrecer una historia que se ocupa de explicar los orígenes (v. g., una genealogía de lo que acabó pasando), este libro ofrece una historia que rescata la noción de que para cualquier resultado histórico dado existieron varias alternativas. Estas alternativas, muchas de las cuales, como lo señalan Peter Linebaugh y Marcus Rediker, “han sido generalmente negadas, ignoradas o que, simplemente, han pasado inadvertidas”, nos ofrecen una ventana para comprender que lo que terminó pasando no estaba destinado a ocurrir6. Vista bajo esta luz, la solicitud de la legislatura cartagenera surge como un ejemplo elocuente de que “otro mundo era posible”, uno en que, como lo esperaron sin éxito los legisladores cartageneros, las guerras de independencia que resultaron en la creación de la República de Colombia podrían haber resultado en el establecimiento de una colonia británica en la costa Caribe del Virreinato de Nueva Granada7. Este estudio no presenta aquel futuro irrealizado (v. g., no persigue la pregunta contrafactual de qué habría podido ocurrir si las autoridades británicas hubiesen aceptado la solicitud de la legislatura cartagenera). Sin embargo, toma en serio la noción de que una Cartagena británica fue parte constitutiva del “horizonte de expectativas” de los legisladores de la ciudad8. Esta posibilidad fue parte de lo que, en su análisis de los internacionalismos coloniales de entreguerras en el siglo XX, Manu Goswami llamó la “enorme constelación de futuros políticos en contienda” que informó aquello que los legisladores de Cartagena y otros residentes de la ciudad consideraron como un mundo plausible9.
Las implicaciones de esta aproximación para nuestra comprensión de la historia del Caribe y de Colombia son considerables. Pensar en lo que creían posible los sujetos que estudiamos nos obliga a abandonar arraigados hábitos narrativos, que naturalizan una definición de la región del Caribe como aquella que consiste tan solo en sus islas y en la que se interpreta a Colombia como un país carente de conexiones fuertes con sus vecinos caribeños. Al enfatizar las fuertes conexiones que vincularon las costas de Nueva Granada con Jamaica, Curaçao, la Española, Saint Thomas, y las ciudades costeras de los Estados Unidos (capítulos 1 y 2), y al explicar el proceso de “descaribeñización” a través del cual los creadores de la reciente nación colombiana eligieron borrar dichas conexiones (capítulo 6), este libro devela formas de habitar el mundo que no están sometidas a esquemas anacrónicos de regionalización mundial y, así, nos permite entender cómo los sujetos históricos que estudiamos desarrollaron un sentido del lugar —cómo se localizaban a sí mismos en el mundo más amplio— y cómo concebían futuros potenciales para sí mismos y para aquellos a quienes decían representar.
Un territorio acuoso: geografías marineras y el Gran Caribe transimperial de la Nueva Granada traza la configuración de un espacio geográfico —el Gran Caribe transimperial— y los múltiples proyectos que sus habitantes desarrollaron para concebir su futuro, su imaginación geopolítica10. El libro aborda estos dos procesos desde la perspectiva de la costa Caribe del noroeste suramericano —desde el cabo Gracias a Dios hasta la península de la Guajira o lo que durante el siglo XVIII y el temprano siglo XIX se denominaba en las fuentes españolas las provincias del norte del Virreinato de Nueva Granada y en las fuentes británicas Spanish Main [Tierra Firme]. Desde esta perspectiva geográfica, el estudio de la configuración de un Gran Caribe transimperial y de la imaginación geopolítica de sus habitantes se convierten en un estudio de la creación de una geografía transimperial que conectaba al Caribe neogranadino con el Caribe “británico” (especialmente Jamaica), el Caribe “francés” (especialmente Santo Domingo o Haití) y, bajo circunstancias específicas que se explican en el capítulo 1, con el Saint Thomas “danés” y los Estados Unidos11.
La perspectiva geográfica del análisis es importante porque permite que el Gran Caribe transimperial —espacio regional que defino en el capítulo 2 como maleable y flexible— se vea de forma diferente, cubriendo un área distinta dependiendo del punto de vista que se tome. Mientras que desde el punto de vista de la costa Caribe de la Nueva Granada puertos neogranadinos como Portobelo, Cartagena, Santa Marta y Riohacha y puertos geográficamente orientados hacia el sur del mar Caribe (Kingston, Les Cayes, Curaçao) aparecen prominentemente, el uso de un punto de vista diferente conlleva que otros puertos tengan una figuración central. Los estudios de Nueva Orleáns como centro comercial de un espacio geográfico que también evolucionó a partir de conexiones transimperiales o transnacionales, por ejemplo, hacen más visibles puertos como La Habana y Cap Français (después Cap Haïtien). Algo similar ocurre cuando Florida se convierte en el punto de vista analítico. Al estudiar las conexiones comerciales entre Nueva España (México) y el Caribe, aparecen como puntos nodales del Gran Caribe Veracruz, La Habana, Puerto Rico, la Florida española, la Luisiana española y Santo Domingo, todos los cuales recibían situados (transferencias financieras para cubrir gastos defensivos) del Virreinato de Nueva España12.
El punto de vista geográfico resalta también la forma desigual en que se extendieron instituciones económicas y políticas claves a través del espacio. La esclavitud, para los propósitos de este libro, ofrece el mejor ejemplo. Mientras que desde el punto de vista de Cuba las solicitudes por más esclavos que surgieron inmediatamente después del estallido de la Revolución haitiana marcaron el comienzo de la revolución azucarera de la isla y su concomitante lealtad a la Corona española, clamores similares emitidos desde las costas caribeñas de Nueva Granada fueron inicialmente ignorados o desoídos por las autoridades imperiales y luego completamente silenciados por la agitación y los imperativos diplomáticos de las guerras de independencia. Así, desde las costas cubanas, la esclavitud y las personas esclavizadas estaban entre los elementos más visibles de un Gran Caribe transimperial13. El panorama desde Nueva Granada era bastante diferente. Dado que Un territorio acuoso aborda el Gran Caribe desde las costas de Nueva Granada, en este libro la esclavitud aparece más como un proyecto en las mentes de burócratas y élites locales que aspiraban a convertirse en ricos plantadores que como una realidad experimentada en carne propia por un gran grupo de habitantes de la región. Ello no implica afirmar que no hubiera esclavos en la costa Caribe de Nueva Granada, sino que las provincias del norte del Virreinato fueron, como Cuba antes de su revolución azucarera, “más una sociedad con esclavos que una sociedad esclavista”14.
Un territorio acuoso presenta dos argumentos centrales: primero, que en las décadas entre la guerra de los Siete Años y los años finales de las guerras que llevaron al surgimiento de la República de Colombia, los marineros, que con frecuencia cruzaban fronteras en aguas del Caribe y del Atlántico y que acumulaban y difundían información obtenida en puertos y en alta mar, construyeron el espacio de interacción social, o la región que yo denomino el Gran Caribe transimperial. Segundo, que, como los marineros, muchos otros sujetos menos móviles usaron este marco geográfico transimperial como una pizarra sobre la que concibieron análisis de su presente y visiones de potenciales futuros. Mientras que muchas de estas visiones nunca se materializaron, aquellos que las imaginaron ciertamente intentaron convertirlas en realidad. Debido a que tanto los móviles marineros como los menos móviles moradores de las costas e islas influyeron y fueron influenciados por el desarrollo de esta geografía transimperial, puede afirmarse que los actores de este libro vivieron en lo que Jesse Hoffung-Garskof ha llamado un “campo social transnacional [o transimperial]”. La vida en este ámbito transimperial los llevó a desarrollar lo que Micol Seigel llamó “mapas mentales transnacionales [o transimperiales]”, que les ayudaron a darle sentido al mundo que habitaban15.
Dado el agitado ambiente geopolítico de la segunda mitad del siglo XVIII y de la primera mitad del XIX, las circunstancias en que los habitantes del Caribe crearon espacios e imaginaron futuros fueron complejas y estuvieron llenas de contradicciones. Durante la Era de las Revoluciones, el mapa político del Atlántico, así como sus códigos comerciales y culturas legales, se transformaron enormemente. Comenzaron a surgir nuevas repúblicas en donde hubo previamente colonias y territorios europeos ultramarinos. Los reformistas imperiales presionaron exitosamente a favor de restricciones comerciales menos rigurosas y los poderes europeos comenzaron a ver el comercio interimperial en términos más favorables, mientras permanecían recelosos de las prácticas de contrabando asociadas con estas transacciones comerciales16. La esclavitud y el comercio de esclavos se convirtieron en blancos de críticas —desde abajo y desde arriba— que llevaron a algunos imperios y repúblicas emergentes a abolirlos durante la primera década del siglo XIX. Al mismo tiempo, no obstante, el período atestiguó la mayor alza en importación de esclavos a las Américas, tendencia particularmente marcada en la América española, que en el siglo transcurrido entre la revolución que culminó en la independencia de Estados Unidos y 1886 importó el 60 por ciento de los esclavos introducidos desde el inicio del comercio esclavista17. En palabras de Greg Grandin, la Era de las Revoluciones, caracterizada algunas veces como la “Era de la Libertad... fue también la Era de la Esclavitud”. Desde las costas de la América española los clamores por “más libertad” se acompañaron con el reclamo por “más comercio de negros”18. Estas dramáticas transformaciones y contradicciones alimentaron el sentido de lo que era posible en los habitantes del Caribe, afinando su conciencia de lo que la geógrafa Doreen Massey llamó la “pluralidad contemporánea” y, muy probablemente, impulsando a muchos a perseguir proyectos quiméricos, concebidos dentro de la geografía transimperial del Gran Caribe19.
Este libro devela otros mundos al hacer visible un espacio geográfico vivido y experimentado en la cotidianidad, pero no explícitamente articulado con el sentimiento patriótico de los estados nacionales o las justificaciones geopolíticamente cargadas de las delimitaciones geográficas de los estudios de área20. Adicionalmente, ya que los proyectos perseguidos por los sujetos que pueblan este trabajo no llegaron a dar frutos, Un territorio acuoso devela otros mundos en el sentido de que complica las narrativas estándar de la Era de las Revoluciones que ven este período como uno de transición violenta, pero directa, de la Colonia a la nación. Por contraste, tomando seriamente la concepción de estos proyectos y la creencia de que estos constituyeron escenarios plausibles, este libro revela la existencia de “estructuras de sentimiento” que cruzaron las fronteras imperiales y determinaron “formas [transimperiales] de estar en el mundo”, muchas de las cuales permanecen silenciadas por el peso historiográfico de los Estados nacionales, los proyectos de construcción de la nación y los nacionalismos21.
El cruce de las fronteras y la creación de un Gran Caribe transimperial
El proceso de crear espacios está asociado con el primero de dos términos clave que constituyen los fundamentos conceptuales de este estudio: configuraciones espaciales. Siguiendo a Edward Soja y otros eruditos del espacio, argumento en contra de la existencia de una “geografía previamente establecida, [que] establece el escenario” para que ocurra la historia22. En cambio, con Doreen Massey, tomo el espacio como “siempre en proceso”, “como siempre en construcción”23. El reconocimiento de la naturaleza dinámica y construida del espacio es crucial en dos sentidos. Primero, nos obliga a hacer preguntas acerca de la naturaleza del proceso de construcción. ¿Quién construye el espacio?, ¿a través de qué procesos?, ¿bajo qué circunstancias? Segundo, nos pide interrogar el resultado del proceso. ¿Cuál es la forma del espacio que está siendo creado?, ¿para quién es significativo este espacio y cómo?, ¿cómo permite este espacio una mejor comprensión del mundo, las gentes y el período que estamos estudiando? Aunque estas preguntas se contestan empíricamente en los capítulos 1 y 2, vale la pena exponer algunas de las fuentes teóricas y metodológicas que informan mi aproximación a estas preguntas espaciales. La idea de región es un buen lugar para comenzar.
Región, como nación, es un término comúnmente usado. A diferencia de nación y nacionalismo, sin embargo, región y regionalismo no han sido sometidos a un agudo escrutinio historiográfico. El hecho de que región se use para describir espacios geográficos tanto subnacionales como supranacionales revela el grado en el que el término se mantiene sub-teorizado24. De hecho, como lo propuso el historiador Michael Goebel, parece que la forma más común para definir una región es “a través de lo que no es: una nación”25. Sin importar esta aguda distinción, las regiones y las naciones (o, más precisamente, las versiones territorializadas de las naciones: los Estados-nación) tienen muchas cosas en común.
Como los Estados-nación (y los imperios), las regiones ocupan un espacio y, por ello, pueden localizarse en mapas. A diferencia de los Estados-nación (y los imperios), sin embargo, la ubicación precisa de las regiones tiende a ser difícil de determinar. Incluso para regiones con denominaciones comúnmente usadas (v. gr. el Sureste en el Reino Unido, el Sur en los Estados Unidos, el Bajío en México, el Sudeste Asiático, Latinoamérica, el Atlántico), “es muy difícil decir con precisión dónde [están] los confines” de una región o cuándo una región constituye una unidad geográfica de análisis coherente26. Las regiones, como concuerdan los historiadores, tienden a ser “elusivas” y a estar caracterizadas por su “vaguedad”27. ¿Deberían considerarse lo eludible y lo vago de las regiones como un problema que debe resolverse? ¿Deberían los historiadores proponerse establecer criterios que hicieran posible definir las regiones como unidades espaciales claramente delimitadas? En otras palabras, ¿cómo deberían conceptualizarse las regiones y cuál es, en última instancia, el problema con las regiones?
Siguiendo a los geógrafos John Allen, Doreen Massey y Allan Cochrane, y al teórico crítico Michel de Certeau, sostengo que las regiones deben conceptualizarse como unidades espaciales fluidamente delimitadas y amorfamente demarcadas, formadas y reformadas a través de las interacciones sociales cotidianas28. Esta aproximación exige entender las regiones como espacios geográficos significativos que tienen sentido para aquellos que las experimentan día a día. Aunque lo que es significativo y tiene sentido parece intangible y difícil de medir, esta caracterización me permite apuntar a un elemento crucial de las regiones: “estas son”, como lo plantea Eric van Young, “difíciles de describir, pero las reconocemos cuando las vemos”29.
Pensar las regiones en estos términos, por su parte, crea otro conjunto de problemas asociados con la necesidad de hacer comprensibles y visibles a las regiones para académicos acostumbrados a (incluso entrenados en) ver las unidades espaciales en estrecha conexión con las geografías políticas, que en su mayoría están construidas con base en lo que Neil Smith y Anne Godlewska llamaron “una conciencia planetaria europea” que privilegia los imperios, las repúblicas y otros espacios claramente delimitados sobre unidades espaciales igualmente cohesivas (al menos para quienes las experimentan), pero menos claramente demarcadas30. El problema, como lo sostuvo Fernando Coronil, es que “carecemos... de una taxonomía alternativa” que nos permita identificar y nombrar unidades espaciales que pueden haber sido realidades vividas pero que no se beneficiaron del elaborado aparato que les permitió a los imperios y a los Estados-nación ocupar un escenario central en la imaginación histórica31. Después de todo, las regiones, a diferencia de los imperios y de los Estados-nación, generalmente carecen del soporte brindado por burocracias administrativas, ideologías nacionalistas y discursos, agendas políticas y otros aparatos propagandísticos que aseguran la visibilidad archivística de las geografías políticas y su habilidad de perdurar en la memoria colectiva32. Dado que las regiones carecen de este elaborado aparato que, enseñado a quienes aprenden a sentir el orgullo nacional y el fervor nacionalista, funciona como el pegamento que sostiene juntas a las naciones, ¿cómo pueden imaginarse y hacerse visibles las regiones —especialmente aquellas construidas desde abajo? Mi planteamiento es que tomar la movilidad como criterio definitorio tiene el potencial de iluminar configuraciones regionales y comunidades que escapan a los ojos entrenados para u obligados a buscar “comunidades imaginadas” aglutinadas alrededor de unidades lingüísticas, religiosas o étnicas, el peso de las burocracias imperiales y la huella que dejan las narrativas patrióticas, las representaciones cartográficas y otros artefactos culturales de la construcción nacional33.
La movilidad, como lo sostienen Tim Creswell y Peter Merriman, “crea espacios e historias”34. A través de la movilidad, los individuos llenan el espacio de significado; desarrollan “un sentido de lugar”; “dotan de significación al espacio”35. Durante la era de la navegación, los marineros fueron los actores móviles por excelencia. Al moverse a través de las fronteras políticas en una circulación constante entre puertos, islas y costas, marineros particulares con frecuencia trazaron rutas personales que les daban forma a sus propias geografías vividas. La suma de innumerables geografías vividas hace posible ver lo que en el capítulo 2 llamo el “territorio acuoso”, que constituye el Gran Caribe transimperial. La región que emerge de la suma de las movilidades de marineros específicos puede caracterizarse como una amorfamente delimitada, flexible, maleable, multicultural, geopolíticamente inestable, y tanto personalmente amenazante como liberadora. En este espacio transimperial, además, el mar, lejos de ser “solo... un espacio que facilita el movimiento entre los nodos de una región”, aparece como un componente central de la configuración regional36. “En vez de ser un intervalo entre lugares”, el mar se convierte en un lugar37.
Sostengo que desenterrar el Gran Caribe transimperial que emerge del conjunto de las geografías personales de los marineros contribuye a una comprensión mejor del mundo que habitaron los marineros y otros personajes de este libro. Rescatar este territorio acuoso como una geografía de vida construida y en evolución constituye un antídoto importante contra las narrativas históricas que toman a los Estados-nación, las divisiones de los estudios de área y los imperios como unidades geográficas de análisis que permanecen fijas en el tiempo. Fijar la geografía —o como Patrick Manning lo planteó en su crítica del “parroquialismo y excepcionalismo”, característica de los estudios de área, que limitan la unidad geográfica ex ante— crea la ficción de que la historia se desarrolla dentro de áreas claramente delimitadas, previamente determinadas e históricamente estáticas.38 Al hacerlo, la demarcación de un área silencia muchas experiencias vividas y entorpece nuestra comprensión del mundo, la gente y los tiempos que estudiamos. En otras palabras, al trabajar con unidades geográficas de análisis proyectadas sobre un pasado para el que carecen de poder explicativo, los historiadores corren el riesgo de malinterpretar las vidas de sus sujetos de estudio. Como lo sostuvo Walter Johnson en su replanteo de la historia del Reino del Algodón del valle del Mississippi y la guerra civil de los Estados Unidos, enmarcar las narrativas dificulta nuestra capacidad para comprender a dónde “pensaban que iban y cómo creían que podrían lograrlo los sujetos que estudiamos39.
En el contexto específico de este libro, la implicación de develar el Gran Caribe transimperial visto desde las costas de Nueva Granada es que ello representa un reconocimiento explícito de que los sujetos bajo estudio no vivieron vidas limitadas por las geografías políticas de su tiempo, y que sus experiencias vitales no se circunscribieron por marcos geográficos definidos tras su propio tiempo. Sus vidas, en resumen, evidencian el valor real, pero limitado, de usar rótulos geográficos como Colombia, Caribe, América Latina y Atlántico para encapsular sus experiencias de vida y entender cómo interpretaron su lugar en el mundo. Los sujetos de este libro habitaron un espacio que comprendía islas, costas continentales y aguas abiertas, un espacio que no era exclusivamente español, inglés o francés, sino simultáneamente español, inglés y francés, tanto como holandés, danés, angloamericano, africano —o más específicamente cocolí, bran, bifada, zape, kimbanda y más— e indígena —o, más precisamente, wayúu, cuna, miskito, caribe, creek (o muscogui) y más—. El suyo, en palabras de una historiadora del lugar de Curaçao en el temprano Atlántico moderno, era un mundo de “conexiones que se extendía a través de las fronteras políticas, geográficas, legales, socioeconómicas y étnicas, más allá de una sola colonia o de un imperio”40. Era un mundo “interconectado”41. El Gran Caribe transimperial trae estos cruces al centro del escenario analítico y, por eso, constituye un marco alternativo que, como otros esquemas de regionalización mundial concebidos en torno a oceános o mares, “nos permite ver algunas cosas claramente, mientras que dificulta la detección de otras”42. Así, la implicación aquí no es que el marco del Gran Caribe transimperial sea inherentemente mejor que otros marcos geográficos, sino que develarlo hace visibles las interacciones humanas ocluidas por las definiciones convencionales del Caribe que tienden a crear una barrera artificial entre las costas continentales y las islas caribeñas.
Como muchos otros rótulos geográficos, el “Caribe” constituye un ejemplo del tipo de “planteamientos sumarios” que, según Ann Stoler, deben ser examinados más a fondo43. El término debe reconocerse como un “rótulo impreciso pero útil”, cuyo uso acrítico puede dar como resultado la producción de narrativas históricas que inconscientemente silencian aspectos clave de las experiencias de vida de los sujetos que estudiamos e, inconscientemente o no, puede tender a transformar la historia en una narrativa teleológica que precluye la posibilidad de pensar los espacios geográficos (y la historia) de otra forma44.
Definir el Caribe constituye una suerte de rito de paso para los caribeñistas. Siguiendo y expandiendo las huellas que dejó Sidney Mintz, innumerables caribeñistas nos han dado una variedad de respuestas a la pregunta ¿qué es el Caribe?45. Al enfatizar el papel de las Plantaciones (con P mayúscula) como factor unificador, Mintz, Antonio Benítez Rojo, Franklin Knight y muchos otros han definido el Caribe como un área geográfica, caracterizada por una “economía de tierras bajas, subtropical e insular”, una historia de colonialismo europeo caracterizada por la rápida extirpación de la población nativa de la región, el desarrollo de unidades agrícolas productivas orientadas a la exportación, la introducción masiva de poblaciones extranjeras (en su mayoría esclavos africanos, pero también coolies asiáticos), una persistencia del colonialismo y el surgimiento de lo que Knight llamó un “nacionalismo fragmentado”46. El resultado de esta caracterización, al verse sobre un mapa, es un espacio geográfico que comprende Cuba, La Española (Haití y República Dominicana), Jamaica, Puerto Rico, las Bahamas, las Antillas Menores, Belice y las Guyanas. A las costas caribeñas del continente, sin embargo, en su mayoría se les niega su pertenencia al Caribe.
Los esfuerzos por entender el Caribe más allá de las plantaciones le han permitido a los historiadores visualizar la región como un espacio geográfico más grande, como un Gran Caribe47. Enfatizando los factores ambientales, Matthew Mulcahy, Sherry Johnson y Stuart Schwartz han demostrado que los huracanes pueden ser creadores de regiones. En sus estudios, un fenómeno natural —los huracanes— da coherencia a un espacio geográfico que nos obliga a reconsiderar el tamaño y los límites del Caribe. El Gran Caribe es una región definida por la naturaleza —allí está. Los humanos no la crean; se adaptan a ella48. Dejando un poco más de espacio a los humanos en la creación del Gran Caribe, J. R. McNeill combina contextos ecológicos con actividad humana para mostrar cómo los humanos, en su capacidad de agentes de cambio ambiental, convirtieron lo que ya era un sitio ideal para la incubación de los mosquitos que transmiten la malaria y la fiebre amarilla en un campo mejorado de crianza y alimentación donde estos mosquitos podían desarrollarse. En la aproximación de McNeill, sin embargo, los mosquitos portadores de malaria y fiebre amarilla, ayudados por la deforestación y por el agotamiento del suelo producidos por los humanos, le dieron sentido a un espacio geográfico que comprendía “las regiones atlánticas costeras de América del Sur, Central y del Norte, tanto como las mismas islas del Caribe que, en el curso de los siglos XVII al XVIII, se convirtieron en zonas de plantación, de Surinam a Chesapeake”49. Este Gran Caribe no estaba simplemente allí para que los humanos se adaptaran a él, como aquel de Schwartz, Mulcahy y Johnson. En cambio, surgió como una consecuencia inesperada de la actividad humana en un área que compartía un conjunto de cualidades ecológicas.
Un territorio acuoso propone otra aproximación: una que resalta las configuraciones regionales como construcciones humanas, el papel de las interacciones sociales en la creación de regiones y los peligros asociados con proyectar los esquemas de regionalización mundial del siglo XX sobre un pasado para el que carecen de poder explicativo. Aunque no sea intrínsecamente mejor que otras aproximaciones a la región, el Gran Caribe de este libro ofrece una vía históricamente sensible para comprender cómo los capitanes y marineros, aventureros militares, pueblos indígenas, burócratas imperiales, líderes insurgentes y creadores de nación, que pululan en las páginas de este libro, produjeron, usaron y transformaron un espacio geográfico. Un marco transimperial grancaribeño permite una mejor comprensión de las formas en que estos sujetos móviles y no tan móviles “ordenaron su conocimiento [y experiencia] del mundo”50. Parafraseando a Karl Marx, es posible afirmar que así como “los hombres hacen su propia historia”, la gente hace su propia geografía. Ni la historia ni la geografía están hechas “bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado” y, debe agregarse, por el presente51.
Concebir futuros en el ámbito del Gran Caribe transimperial
El segundo término clave que le da coherencia a este libro es el de “imaginación geopolítica”. Por “imaginación geopolítica” entiendo, siguiendo a los geógrafos John Agnew y Gearóid Ó Tuathail, las formas en que los individuos y los grupos “visualizan el espacio global” y conciben y presentan argumentos acerca de “la dirección futura de las relaciones mundiales” y la “forma que tomará el mapa político mundial”52. Esta definición permite que cualquier persona sea un analista geopolítico —democratiza la geopolítica y la imaginación geopolítica—, pues le quita los derechos exclusivos a una imaginación geopolítica a los “grandes actores y comentaristas” y pone la geopolítica al alcance de los subalternos y otros actores menores53.
Como se usa en este libro, el concepto está estrechamente relacionado con las comunidades imaginadas, el término que popularizó Benedict Anderson como una forma de definir una nación y el orgullo nacionalista de pertenecer a tal comunidad política54. Si bien su pesquisa por el origen —él estaba interesado en explicar “los orígenes y la expansión del nacionalismo”— le permitió desarrollar una explicación convincente de por qué y cómo el estado nacional se convirtió en la forma hegemónica de concebir y organizar el espacio global, ello también le impidió identificar lo que Akhil Gupta llamó “otras formas de imaginar la comunidad” o “estructuras de sentimientos que atan a la gente a unidades geográficas mayores a la nación o que cruzan fronteras nacionales”55. Como Gupta (y también Partha Chatterjee y Arjun Appadurai), busco develar visiones de comunidad que terminaron siendo “abrumadas y empantanadas por la historia del estado [nacional] poscolonial”56. Que el Estado-nación terminara siendo la “comunidad política imaginada” hegemónica no significa que estuviera destinado a serlo57.
La noción de imaginación geopolítica también se asocia con el concepto de “mapas mentales”. Definidos como “las formas en las que la gente construye imágenes de otros lugares”, los mapas mentales nos invitan a aproximarnos al mundo de aquellos que estudiamos en sus propios términos subjetivos, que es lo mismo que decir, a imaginar los “mundos imaginarios” que ellos imaginaron58. Los mapas mentales usualmente resultan en la producción de distorsiones geográficas que transforman el espacio absoluto (v. gr. espacio que puede ser “medido en distancias: pulgadas, pies, metros, millas, etc.”) en una construcción mental en la que otras variables se convierten, consciente o inconscientemente, en herramientas elegidas para medir y experimentar la proximidad59. Los mapas mentales nos permiten entender esa distancia que, como lo señala Sylvia Sellers-García, es “menos una cuestión de medición y más una cuestión de perspectiva”60. La lejanía y la proximidad, en otras palabras, están en el ojo de quien las observa. En el Gran Caribe transimperial, como lo muestra este libro, el sentido de la distancia o de la proximidad podría medirse —entre otras muchas variables— a través del miedo a una invasión, la disponibilidad o accesibilidad a los bienes, el acceso a noticias e información, el deseo de venganza, la amenaza de declive económico, los prejuicios raciales y la formación intelectual. En vez de imponerles anacrónicas formas de ver, de experimentar y de concebir el mundo a los sujetos que estudio, pensar acerca de sus mapas mentales me permite enmarcar sus acciones dentro de sus propios marcos de interpretación. En este sentido, en vez de limitar su campo de visión forzando su imaginación a encajar en compartimentos geográficos predeterminados que separan por la fuerza lo que estaba de hecho conectado, les permito a aquellos, cuyas vidas estudio, definir su mundo y mostrarnos los futuros potenciales a través de los cuales esperaban implementarlos.
Para los habitantes de Nueva Granada que participaron en la creación del Gran Caribe transimperial y que tomaron parte (o intentaron tomar parte) en proyectos concebidos dentro de este ambiente transimperial, un futuro como miembros de la comunidad política que hoy conocemos como Colombia constituía tan solo una entre muchas posibilidades imaginadas. El que terminara prevaleciendo la comunidad política imaginada llamada Colombia no debe disuadirnos del estudio de las múltiples comunidades alternativas a las que los habitantes de Nueva Granada imaginaron que podrían pertenecer. En términos de extensión geográfica, las comunidades que visualizaron variaron en tamaño, desde pequeñas ciudades-Estado e islas-Estado independientes, como las repúblicas efímeras establecidas en Caracas, Cartagena y la Florida (Muskogee y Amelia Island), hasta el ambicioso proyecto de crear una vasta confederación hemisférica de repúblicas independientes61. En cuanto al modelo político más apropiado para estas entidades políticas nacientes, las visiones incluían sueños de establecer una monarquía constitucional independiente precedida por un príncipe europeo; debates acerca del tipo de republicanismo —federalista o centralista— que debía establecerse; e incluso proyectos para pintar de rosa imperial el norte de Suramérica e incorporarlo al Imperio británico62. En el Gran Caribe transimperial de la Era de las Revoluciones la gente vivía literalmente entre una variedad de proyectos imperiales y sueños nacionales.
Sus proyectos, asociados, como de hecho lo estuvieron con mapas mentales particulares o con lo que, siguiendo a Thongchai Winichakul, puede llamarse un “geocuerpo” imaginado, nos permiten visualizar en formas cartográficas los futuros potenciales concebidos por ellos63. Así, mientras los indios marítimos (capítulo 3) imaginaron un futuro de autonomía política continua a través de conexiones duraderas con europeos no españoles, los plantadores y mercaderes de Jamaica visualizaron un mapa futuro del continente en el que el norte de Suramérica se incorporaría a un Imperio británico reformado (capítulo 4). Mientras tanto Simón Bolívar (capítulo 5) y los creadores de la temprana nación en Colombia (capítulo 6) concibieron una emergente nación colombiana, completamente incorporada o al menos aceptada con entusiasmo (por sus hermanas europeas y norteamericanas) en la comunidad euro-atlántica de naciones civilizadas. Evidentemente, estas visiones ofrecen solo un rango limitado de los proyectos imaginados por los habitantes del Gran Caribe transimperial. Su objetivo es ilustrar, más que agotar, las posibilidades de usar el Gran Caribe transimperial como una unidad geográfica de análisis.
Digno de mención aquí, dada su notoriedad en la historia del Caribe y su conspicua presencia en el Gran Caribe transimperial, es la ausencia de análisis específicos de la imaginación geopolítica de marineros, esclavos y gente libre de color. Su ausencia no debe tomarse como indicación de que carecían de imaginación geopolítica, ni de que los proyectos y futuros que imaginaron fueran menos importantes que los incluidos en este estudio. Los marineros, como lo ha demostrado ampliamente Marcus Rediker, también “imaginaron y algunas veces de hecho construyeron alternativas subversivas” a los regímenes imperiales y “zonas autónomas” que gobernaron a través de sus propios códigos no escritos64. Como ellos (en ocasiones con y casi siempre debido a ellos), los esclavos y la gente libre de color que experimentaban el Gran Caribe transimperial desde las costas de Nueva Granada concibieron futuros posibles basados en las noticias que adquirían en ciudades portuarias, como Cartagena, Santa Marta y Riohacha. Como lo ha demostrado el trabajo de Marixa Lasso y de Aline Helg, las poblaciones esclavizadas y de libres de color, tal como aquellas cuyos proyectos y visiones analizo en este libro, usaron el Gran Caribe transimperial creado por los marineros para concebir la dirección futura de los eventos que sacudían el mundo que ellos habitaban65. Para todos ellos, el Gran Caribe transimperial ofreció un lienzo sobre el que pudieron concebir y desarrollar visiones de futuros potenciales. Un territorio acuoso debe tomarse como una invitación a continuar explorando las numerosas visiones que la existencia de un Gran Caribe transimperial hacía posible.
Hacia un Atlántico más balanceado
Aunque en un principio fue concebido como un estudio de las configuraciones espaciales y de la imaginación geopolítica, Un territorio acuoso se ubica en el cruce de varias tradiciones historiográficas. Su análisis de las redes de comunicación en el Gran Caribe inserta la Nueva Granada en conversaciones sostenidas acerca del papel de los marineros como transportadores de información y acerca del crecimiento del comercio interimperial en el Atlántico occidental tras la guerra de los Siete Años y la Independencia de las Trece Colonias66. Los estudios de caso de la geopolítica y la imaginación geopolítica del Gran Caribe exploran las posibilidades de usar el Caribe neogranadino como un campo de pruebas para los encuentros entre indígenas y europeos (con énfasis en las perspectivas y la habilidad indígenas por mantener su autonomía política), la historia imperial británica, los estudios de la Revolución haitiana, y la naturaleza atlántica del proceso de construcción nacional de Hispanoamérica67. Pero, sobre todo, este estudio sitúa a la Nueva Granada (y por extensión a Latinoamérica) en el corazón de la historiografía atlántica que, sin importar la ola reciente de estudios que persiguen conexiones transnacionales o transimperiales, continúa reproduciendo la ficción de la existencia de lo que David Hancock autocríticamente llamó la “Era de la autosuficiencia imperial”68.
Como Hancock, Jorge Cañizares-Esguerra y Benjamin Breen han lamentado la tendencia de “la literatura académica sobre los Atlánticos británico, holandés, francés, español y portugués” a seguir “trayectorias separadas”. Esta compartimentación de la historia atlántica, como bien lo reclaman ellos, produce “el infeliz resultado de que los académicos del siglo XXI algunas veces fallan en notar influencias que habrían sido obvias para los individuos de la modernidad temprana”69. Al dibujar un mundo de acciones e imaginaciones que se niegan a ser categorizadas dentro de compartimentos nacionales o imperiales claramente definidos, Un territorio acuoso tiene el potencial de corregir un mapa historiográfico del Atlántico en el que, como lo notó Allan Greer, “la frase ‘historia atlántica’ sirve frecuentemente como un atajo para [referirse al] Atlántico británico en el período de la modernidad temprana”70. Este libro, en resumen, contribuye a lo que Roquinaldo Ferreira —en su estudio sobre las conexiones transoceánicas que crearon “el continuum social y cultural” brasileño-angolés— llamó la necesidad de “rebalancear la historia atlántica”71. Además, mi trabajo contribuye al esfuerzo rebalanceador al responder a la creciente “conciencia global” de los historiadores de los Estados Unidos durante la época colonial, que han creado lo que un historiador de Nueva Francia llamó “el mundo nuevo, feliz y sin fronteras de la historia colonial”72.
Un territorio acuoso no está solo en su esfuerzo por develar experiencias vividas que nos permiten ver los imperios atlánticos y sus fronteras como “entrecruzados”, “híbridos”, “porosos”, “fluidos” y “permeables” y el Caribe como un núcleo de interacciones transimperiales73. Las interacciones transimperiales fueron, por supuesto, experimentadas por aquellos que frecuentemente cruzaban fronteras políticas. Pero la movilidad física no fue la única forma de experimentar la transimperialidad. Como lo ha demostrado James Epstein, al compartir una isla con una gran población francesa y vivir bajo el control británico, al tiempo que se regían por un sistema legal y judicial español, los residentes de Trinidad durante la primera década del siglo XIX no tuvieron que moverse para vivir en un ambiente transimperial74. De forma similar, mientras Cuba hacía su transición de una sociedad con esclavos a una sociedad esclavista (entre las décadas de 1790-1820), los residentes de Cuba experimentaron las fuerzas transimperiales dándole forma al presente y al futuro de la isla española. Mientras que en el resultado inmediato del estallido de la Revolución haitiana la emergente clase de plantadores cubanos se apresuró a importar maquinaria para la producción azucarera y a recibir plantadores y técnicos franceses, los esclavos y la población de libres de color de la isla demostraron su familiaridad con las corrientes transimperiales de pensamiento e información al usar las ideas abolicionistas británicas y francesas y las noticias recibidas de Haití para luchar por una expansión de sus derechos75. De forma similar, basados en su familiaridad con los sistemas legales estadounidense, británico y español, los esclavos, la gente libre de color y los grupos indígenas en Florida formularon e implementaron estrategias de resistencia. Su familiaridad con la pluralidad legal de la Florida demuestra su comprensión de sí mismos como habitantes de un mundo transimperial76.
Como muchos habitantes de la Norteamérica británica, de Trinidad, Cuba y Florida, los habitantes de las provincias caribeñas de Nueva Granada vivían en un mundo enmarañado. Las interacciones transimperiales les permitieron experimentar e imaginar un Caribe más amplio y al Atlántico desde las costas de Nueva Granada. Los marineros, las autoridades reales, los indios marítimos y la gente libre de color que directa o indirectamente hicieron suyo el Gran Caribe transimperial desde las costas de Nueva Granada fueron parte de, y, de hecho, construyeron un mundo en el que los encuentros entre indígenas y europeos, la historia imperial británica, los estudios del Haití revolucionario y de la independencia hispanoamericana y la creación de la nación encajaron cómodamente en una sola narrativa más amplia de transformaciones revolucionarias en un mundo atlántico transimperial, multilingüe, cosmopolita y enmarañado.
Organización del libro
El libro está organizado en dos partes. La parte I, Configuraciones espaciales, traza el proceso de configuración de la región que denomino el Gran Caribe transimperial, enfatizando el papel de las políticas comerciales y siguiendo los barcos y sus capitanes y tripulaciones mientras cruzaban las aguas del Caribe y del Atlántico. En su conjunto, los dos capítulos que conforman la parte I proponen un argumento sobre la naturaleza cotidiana del cruce de fronteras en el Gran Caribe del tardío siglo XVIII y el temprano XIX. Basado especialmente en los libros de entradas y salidas de barcos de los puertos caribeños de Nueva Granada (particularmente Cartagena y Santa Marta) y Jamaica (especialmente Kingston), estos dos capítulos también develan el papel de la movilidad y de las redes de comunicación en la configuración de geografías transimperiales y contribuyen a los esfuerzos en curso de los historiadores para desafiar las suposiciones alrededor de la existencia de esferas aisladas de imperios autosuficientes.
El capítulo 1, “Embarcaciones: rutas, tamaño y frecuencia”, estudia el comercio interimperial desde la perspectiva de los puertos caribeños de Nueva Granada a partir de la implementación efectiva del comercio libre y protegido a mediados de la década de 1780, hasta los años finales de las guerras de independencia que llevaron a la creación de la República de Colombia. Aunque no eran nuevos, estos intercambios comerciales a través de las fronteras políticas se intensificaron durante la segunda mitad del siglo XVIII. Siguiendo las rutas de los barcos que frecuentemente cruzaban fronteras políticas imperiales, conectando las costas caribeñas de Nueva Granada con colonias extranjeras, este capítulo sostiene que desde la década de 1760, y con mayor intensidad tras la Revolución de las Trece Colonias, el Caribe se fue convirtiendo en un área de libre comercio de facto, controlada en gran parte, aunque no exclusivamente, por Gran Bretaña desde el centro comercial caribeño de Kingston, Jamaica.
En el capítulo 2, “Marineros: entrecruzar fronteras y crear regiones”, paso de los barcos a las personas que los tripulaban. Con base en la reconstrucción de las trayectorias náuticas de capitanes y marineros que, entre la década de 1780 y la de 1810, conectaron los puertos de Nueva Granada con otros puertos del Caribe y del Atlántico, este capítulo sostiene que la circulación de gente e información posibilitó la emergencia y consolidación del territorio acuoso que denomino el Gran Caribe transimperial. Los capitanes y las tripulaciones que comandaban fueron los creadores de esta región transimperial. Su circulación y la información que esparcieron llevaron a la creación de lo que Michel de Certeau llamó un “teatro de acciones” cuya configuración desafía nociones preconcebidas acerca de la existencia de esferas imperiales aisladas españolas, británicas y francesas77.
La parte II, Geopolítica e imaginación geopolítica, se concentra en cómo la región transimperial, que se configuró gracias a las redes de comunicación detalladas en la parte I, facilitó el desarrollo de proyectos geopolíticos que incluyeron, entre muchos otros, una autonomía persistente frente a las invasiones europeas (capítulo 3), una visión del Imperio británico en las costas de Nueva Granada (capítulo 4), el sueño fallido de Simón Bolívar de contar con el auspicio británico para el establecimiento de una república independiente en Suramérica (capítulo 5), y la imaginada construcción de una república andina que se asemejara a los bastiones civilizados del Atlántico norte (capítulo 6). Los cuatro capítulos presentan estudios de caso unidos conceptualmente por la noción clave de la imaginación geopolítica. Si bien son lo suficientemente amplios para dar una buena idea del sentido de posibilidades que caracterizó la vida en el Gran Caribe transimperial durante la Era de las Revoluciones, estos estudios de caso están lejos de agotar la multiplicidad de proyectos a través de los que aquellos que experimentaron este territorio acuoso desde las costas de Nueva Granada interpretaron su presente e imaginaron futuros potenciales. Si estos estudios de caso demuestran que otros mundos eran posibles, también implican que aquellos otros mundos no se limitaron a los analizados en dichos capítulos.
El capítulo 3, “Indios marítimos, indígenas cosmopolitas”, estudia las conexiones que les permitieron a los cunas y a los wayúu hacerse cosmopolitas. Asimismo, enfatiza cómo las interacciones asociadas con el cosmopolitismo hacen posible poner a estos grupos al mismo nivel de sus aliados y rivales europeos, y les permitió sostener el desafío que ofrecían a las autoridades españolas y mantener su autonomía. En el proceso, enfatizando la movilidad indígena, su multilingüismo, su capacidad tecnológica y su autonomía política, el capítulo desafía las ficciones geográficas de control territorial presentes en mapas del Caribe creados por observadores europeos y arroja luz sobre las percepciones europeas de los pueblos indígenas (y sobre lo que estas percepciones, de hecho, dicen acerca de los indios marítimos). En resumen, este capítulo sostiene que los indios marítimos, como los pueblos que Ira Berlin y Jane Landers llamaron “criollos atlánticos”, eran “cosmopolitas en todo el sentido de la palabra”. Como los criollos atlánticos, los indios marítimos estaban “familiarizados con el comercio del Atlántico, [hablaban con fluidez] sus nuevos idiomas y [conocían íntimamente] su comercio y culturas”78.
En el capítulo 4, “Girar hacia el Sur antes de virar al Este”, uso el trecho de costa desde la costa de Mosquitos en Centroamérica hasta la ciudad portuaria de Cartagena en el virreinato de Nueva Granada como una ventana hacia la imaginación geopolítica de los mercaderes y plantadores del Caribe, de los oficiales reales y de los aventureros militares. El territorio costero, ampliamente poblado por comunidades indígenas independientes, diestras en usar en su propia ventaja la rivalidad anglo-española, sirvió como una pizarra para que estos distintos grupos dibujaran sus visiones del futuro. Los plantadores y mercaderes de Jamaica, que luchaban con escaseces generadas por la prohibición del comercio con los recientemente independientes Estados Unidos, buscaron fuentes alternativas de las cuales obtener alimentos, madera y ganado para alimentar la economía de plantación de la isla. Los aventureros militares —especialmente los realistas británicos ansiosos de vengar la derrota británica en la Revolución de las Trece Colonias— y los mercaderes con intereses en Centroamérica y en el norte de Suramérica buscaron convertir esta área en un territorio formal o informalmente dominado por Gran Bretaña. Las autoridades de Nueva Granada, por su parte, buscaron establecer un control efectivo del área —un logro que, creía el virrey Antonio Caballero y Góngora, requería promover el comercio y desarrollar la capacidad productiva de la región a través del impulso del cultivo del algodón. Este capítulo reúne las visiones de estos tres grupos para sostener que, tras la Revolución de las Trece Colonias, sus intereses dispares convergieron alrededor de la idea y la necesidad de mantener al Imperio británico centrado en el Atlántico (en un momento en que aumentaba el atractivo de la India ante las autoridades imperiales británicas).
El capítulo 5, “Las aventuras caribeñas de Simón Bolívar”, sigue la ruta del exilio caribeño de Bolívar desde mediados de 1815 hasta el inicio de 1817 para explicar el papel de Jamaica y Haití en las guerras de independencia de Hispanoamérica. Ubicando a Bolívar dentro de un grupo más amplio de aventureros militares criollos que usaron su exilio caribeño para tramar proyectos para retornar a la tierra firme y reanimar la guerra por la independencia, este capítulo propone cuatro argumentos que arrojan luz sobre la imaginación geopolítica de los aventureros criollos, de los oficiales británicos y españoles, y de las autoridades gubernamentales del Haití independiente. Sostengo, primero, que la diplomacia pro insurgente del presidente haitiano, Alexandre Pétion, y la adherencia de las autoridades jamaiquinas a la neutralidad británica le permitieron a Haití surgir como un centro revolucionario internacional, exportando activamente la revolución. Segundo, que el éxito gradual de las campañas militares británicas contra Napoleón y los temores extendidos por el Caribe de la expansión de los ideales de la Revolución haitiana desanimaron a las autoridades jamaiquinas de apoyar a los insurgentes de la América española. Tercero, que garantizar la política de neutralidad británica e intentar mantener a Pétion fiel a su promesa de neutralidad requirió vigilancia y presión diplomática por parte de los oficiales españoles en Nueva Granada, Venezuela y las islas españolas del Caribe. Finalmente, que la combinación de noticias sobre el desarrollo de los sucesos en Europa, miedos personales acerca de la Revolución haitiana e ideas de la Ilustración sobre la raza y la civilización influyó en las expectativas de apoyo de Bolívar y en su estrategia durante su viaje caribeño.
En el capítulo 6, “Una nación andino-atlántica”, trazo el proceso decimonónico de imaginar y construir Colombia como lo que llamo una nación andino-atlántica. Cambiando el punto de vista geográfico de las costas caribeñas de Nueva Granada a su capital andina, este capítulo estudia el proceso a través del cual dos grupos de creadores de la nación —los criollos ilustrados y los políticos-geógrafos— se empeñaron en descaribeñizar la república naciente y en crear una república andinoatlántica que debía imitar a la Europa civilizada y a los Estados Unidos. Sus esfuerzos ilustran elementos claves de la imaginación geopolítica de los ilustrados criollos y posibilitan comprender por qué el Gran Caribe transimperial no se abrió paso en la narrativa de la creación de la nación colombiana.
Develar otros mundos o reconocer que otros mundos fueron y continúan siendo posibles, en mi aproximación, toma la forma de un interés por articular regiones de otra forma, en articular geografías vividas que no responden a esquemas de regionalización mundial contemporáneos o anacrónicos, excesivamente respetuosos de las geografías políticas. El reto es desarrollar formas que nos permitan ver más allá de las geografías políticas y de esquemas de regionalización mundial impuestos que claramente informaron, pero no reprodujeron por completo, las muchas formas en que grupos e individuos crearon, experimentaron, imaginaron y concibieron su mundo79. Al asumir este reto, Un territorio acuoso debe operar como un recordatorio de que para cualquier resultado histórico dado existieron “otras posibilidades, otras formas de estar en el mundo y otras oportunidades que fueron figurativa y literalmente desahuciadas”80. Que estas alternativas fueran fallidas y —quizá por ello— olvidadas, no debe tomarse como señal de que fueron irrelevantes ni indicar que sean objetos indignos de investigación histórica81. La Cartagena británica que nunca fue, justo como la Cartagena de la postindependencia que terminó existiendo, tiene una historia que vale la pena develar.
PARTE I
CAPÍTULO 1
Embarcaciones
Rutas, tamaño y frecuencia
De La Habana a Portobelo, de Jamaica a Trinidad, anda y anda el barco barco, sin capitán.
NICOLÁS GUILLÉN, “Un son para niños antillanos”1.
El 19 de octubre de 1806, tras un viaje largo y accidentado, el bergantín español Concepción entró al puerto de Maracaibo en la Capitanía General de Venezuela. Inicialmente programado para viajar de Veracruz directamente a Maracaibo, el Concepción alcanzó su destino final tras paradas inesperadas en Sabanilla (noventa y seis kilómetros al noreste de Cartagena) y Jamaica. Según su capitán, Domingo Negrón, el bergantín fue desviado de su ruta original en los primeros días de agosto, cuando fue “apresado por el Veteran, navío británico de setenta cañones, y dos goletas españolas de comercio que [el Veteran] comboyaba”. Tras pasar tres días en Sabanilla, el Concepción fue llevado a Jamaica, donde Negrón y su tripulación permanecieron detenidos por treinta y cinco días. La descripción de Negrón de las relaciones comerciales de Jamaica con Sabanilla —durante su estadía en Jamaica atestiguó la partida de “ocho buques españoles con cargamentos para el expresado Sabanilla”— alarmó enormemente a las autoridades españolas, para quienes los intercambios comerciales con una potencia extranjera durante tiempo de guerra, especialmente si ocurrían en un puerto no autorizado, eran considerados ilegales, pese al creciente clima de apertura al comercio intermimperial2.
En contraste con el Concepción, la goleta española Esperanza (capitanes Domingo Pisco y Josef Borregio) gozó de buen viento y buena mar durante las muchas ocasiones en que, durante 1814, navegó entre Kingston y el puerto menor de Riohacha —un puerto que se beneficiaba de los permisos reales que lo autorizaban para comerciar con extranjeros3. Ni los enemigos, ni los frecuentemente citados “vientos y corrientes” parecen haber afectado ninguno de los siete viajes de ida y vuelta Kingston-Riohacha que aquel año completó, según los registros, la Esperanza. Su patrón de navegación, tal como puede concluirse con base en los registros portuarios de Kingston, fue bastante regular: tras entrar a Kingston, la Esperanza permanecía en el puerto entre cinco y once días antes de navegar de nuevo hacia Riohacha; entre tres y cuatro semanas más tarde aparecía nuevamente entrando a Kingston. Sus estadías, relativamente cortas, en un puerto eran seguidas por navegaciones cortas a un puerto cercano. Dado que no existen registros para el puerto de Riohacha, es imposible determinar con certeza la ruta de navegación de la Esperanza en esos intervalos de tres a cuatro semanas entre su partida y su arribo a Kingston4.
El ajetreado viaje del Concepción y el aparentemente tranquilo de la Esperanza contienen elementos clave para comprender las redes comerciales que unían a Nueva Granada con el mundo. Ambos, el Concepción y la Esperanza, estaban entre los millares de bergantines, goletas y balandras que, como el barco del poema de Nicolás Guillén (ver epígrafe), “anda(ban) y anda(ban)” por las aguas del Caribe, conectando esferas imperiales frecuentemente pensadas en desconexión5. Sus rutas de navegación hacen evidentes tanto los peligros como las promesas del comercio interimperial en un período marcado por un estado casi permanente de guerra en las costas y aguas del Atlántico. Sus viajes también visibilizan dos entre un puñado de puertos neogranadinos que, a pesar de su dinamismo comercial, generalmente han permanecido al margen en las reconstrucciones históricas del comercio exterior de Nueva Granada.
Para los capitanes y marineros que navegaban el Caribe y para las autoridades españolas que seguían el movimiento de las embarcaciones desde la costa Caribe de Nueva Granada, ni Sabanilla ni Riohacha eran invisibles. Tampoco eran los únicos puertos ocultos que comerciaban con Jamaica de una forma que desafiaba la clasificación estricta de lo legal o lo ilícito. En un reporte entregado al virrey de Nueva Granada en noviembre de 1803, Manuel Hernández, el tesorero real de la Corona española en Portobelo, describía el dinamismo comercial en la isla de San Andrés (en el Caribe occidental, a 190 kilómetros de la costa de Nicaragua). En esta isla, explicaba Hernández, atracaban barcos españoles y extranjeros para intercambiar “nuestros frutos coloniales” por “todas las ropas y [otros] efectos que necesitan para el consumo del virreinato [de Nueva Granada] y también… el [de] Perú por la vía de Panamá”. Caletas escondidas e islas pequeñas en la península de la Guajira (v. gr. Bahiahonda y Portete) y en las vecindades de Santa Marta (v. gr. Gayra), Portobelo (v. gr. Chagres y San Blas) y Cartagena completaban el inventario de Hernández de puertos ocultos “más aparentes al logro de tales negociaciones [clandestinas]”6.
No obstante su recurrente aparición en los archivos históricos, estos puertos ocultos no han podido asegurar un lugar en la historiografía del comercio de Nueva Granada durante el período colonial tardío. Visibilizar estos puertos e ilustrar las formas en que participaron en las redes comerciales interimperiales desafía dos duraderos supuestos acerca de las relaciones comerciales en Nueva Granada y el mundo atlántico. Primero, que el denominado puerto mayor de Cartagena dominaba el comercio de Nueva Granada tanto con España como con las colonias extranjeras7. Segundo, que para el final del siglo XVIII los imperios europeos, según dictaban los principios mercantilistas, continuaban operando “dentro de sistemas comerciales autárquicos” que consideraban ilegal cualquier interacción comercial con los extranjeros8. Mi interpretación, en gran parte basada en la inclusión de los puertos menores y ocultos de Nueva Granada en el panorama comercial del Caribe y el Atlántico, hace visible un mundo Caribe construido a partir de interacciones transimperiales cotidianas, que se hacían posibles por la creciente disposición de los imperios atlánticos a legalizar (y regular) los intercambios comerciales interimperiales. En este panorama comercial transformado, el contrabando dejó de ser estáticamente definido por el mero hecho del contacto comercial con los extranjeros y adquirió una definición más dinámica, en la que una combinación de bienes negociados, puertos de origen y de destino y circunstancias geopolíticas determinaban la legalidad de las transacciones comerciales9.
El término “puertos ocultos” requiere clarificación. La legislación comercial española clasificaba los puertos según su centralidad para el sistema comercial español trasatlántico. En Nueva Granada, el único puerto mayor era Cartagena. Los puertos de Santa Marta, Riohacha y Portobelo se clasificaban como puertos menores. A esos dos términos oficiales agrego un tercero —puertos ocultos— para referirme a puertos frecuentemente mencionados en los registros españoles como lugares usados por españoles, británicos, holandeses, franceses y daneses para realizar intercambios comerciales ilícitos. En reportes y registros portuarios británicos, puertos ocultos como Sabanilla, San Andrés y Chagres no estaban para nada ocultos. Dada la naturaleza fragmentaria de los registros portuarios de los puertos del Caribe neogranadino (solo hay disponible información de entradas y salidas para Cartagena y Santa Marta en años seleccionados), los registros británicos dan visibilidad no solo a ciertos puertos ocultos, sino también a puertos menores, como Riohacha y Portobelo10. Así, aunque los puertos menores tendían también a estar ocultos en los archivos españoles (no hay registros portuarios disponibles para Riohacha ni para Portobelo), gran parte del comercio conducido en estos puertos era legal según los estándares de finales del siglo XVIII. Los puertos ocultos (Sabanilla, San Andrés y Chagres, entre otros), de otra parte, son ocultos tanto porque su dinamismo comercial es difícil de identificar en los archivos españoles como porque, cuando aparecen, estos puertos lo hacen como lugares en donde se desarrollaban actividades clandestinas o ilícitas.
En este capítulo estudio el comercio interimperial a partir del punto de vista de los puertos caribeños de Nueva Granada desde la instauración efectiva del comercio libre y protegido a mediados de la década de 1780, hasta los años finales de las guerras de independencia que llevaron a la creación de la República de Colombia11. Aunque no eran nuevos —los intercambios interimperiales fueron una característica del panorama comercial caribeño desde el siglo XVI, cuando bucaneros y corsarios británicos, holandeses y franceses rompieron por primera vez el acceso exclusivo de España a las aguas del Caribe—, estos intercambios comerciales a través de las fronteras políticas se intensificaron durante la segunda mitad del siglo XVIII12. Siguiendo las trayectorias de los barcos que frecuentemente cruzaban las fronteras políticas interimperiales, conectando las costas de Nueva Granada con colonias extranjeras, este capítulo sostiene que desde la década de 1760, y con mayor intensidad tras la Revolución de las Trece Colonias, el Caribe se fue convirtiendo en un área de libre comercio de facto, controlada, principalmente aunque no de manera exclusiva, por Gran Bretaña, desde el centro comercial de Kingston, en Jamaica.
Basada ampliamente en registros portuarios jamaiquinos previamente inexplorados, esta reconstrucción de las redes comerciales de Nueva Granada presenta las principales rutas, puertos, tipos de embarcaciones (por tamaño y nacionalidad), frecuencia de viajes, modos de comercio (legal e ilegal) y las mercancías comerciadas (véase el mapa 1.1)13. La reconstrucción, aunque meticulosa, no obstante es necesariamente parcial. Un cuadro más completo solo podría trazarse usando registros portuarios de otros puertos importantes del Caribe y del Atlántico involucrados en el comercio con la Nueva Granada. Registros de entradas y salidas de Filadelfia, Baltimore, Curaçao, Saint Thomas, Les Cayes y otros puertos podrían agregar otros matices al cuadro que presenta este capítulo. Sin embargo, el creciente poder marítimo británico durante la segunda mitad del siglo XVIII constituye una buena justificación para elegir a Jamaica. Siendo el puerto más importante y dinámico de Jamaica, Kingston aparece en este capítulo como el centro comercial del Gran Caribe transimperial. Precedido de un breve contexto histórico del período hasta la década de 1780, la sección central de este capítulo demuestra la progresión del siglo XVIII hacia el libre comercio en el Caribe y las formas en las que el efecto combinado de la guerra y las innovaciones en las regulaciones comerciales posibilitaron que Gran Bretaña, a través de Kingston, su principal centro de acopio y distribución en el Caribe, acaparara la mayoría de los beneficios que podían obtenerse del comercio interimperial del Caribe.

Mapa 1.1 Redes comerciales de Nueva Granada. Ilustra las rutas que conectaban los puertos de Nueva Granada —mayores, menores y ocultos— con el Gran Caribe transimperial y el lugar central de Kingston, Jamaica, en estas conexiones.
De cómo la guerra de los Siete Años y la Revolución de las Trece Colonias transformaron el comercio del Caribe
El siglo XVIII, como lo caracterizó Jaime Rodríguez, fue un período de “guerra total” entre la Corona británica y las monarquías francesa y española unidas a través del pacto de familia de los Borbones14. Desde la guerra de Sucesión española (1701-1713) hasta las guerras napoleónicas (1799-1815), el siglo XVIII rara vez vio períodos de paz que duraran más de una década15. Las contiendas del siglo XVIII alteraron el balance de poder, reformaron el mapa político del mundo y ocasionaron transformaciones dramáticas en las políticas y prácticas comerciales del Caribe16. A su vez, las prácticas comerciales, que en el Caribe se caracterizaban mayormente por la violación de los principios mercantilistas, ofrecieron usualmente justificaciones válidas para que un monarca europeo le declarara la guerra a un poder rival.
La guerra dificultó continuar con el comercio por sus canales usuales. Las escaseces asociadas con las contiendas forzaron con frecuencia a las autoridades imperiales a introducir excepciones comerciales que legalizaban el intercambio con los extranjeros. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, estas excepciones dieron impulso a nuevas ideas económicas, que favorecían el libre comercio sobre las políticas mercantilistas tradicionales17. Los tratados de paz firmados al final de las guerras frecuentemente incluían cláusulas con concesiones comerciales y transferencias territoriales que reformaban el mapa político del mundo. En el Caribe del siglo XVIII, la combinación de excepciones bélicas y concesiones hechas en distintos tratados resultó finalmente en la destrucción gradual de las barreras al libre comercio.
Completamente prohibidos hasta los primeros años del siglo XVIII, los intercambios comerciales interimperiales en el Caribe fueron legalizados por primera vez, bajo circunstancias excepcionales, en 1701, cuando Francia se aseguró el derecho exclusivo de introducir esclavos a la América española18. Al final de la guerra de Sucesión española, sin embargo, Francia perdió su privilegio ante la Gran Bretaña, que también obtuvo de España el “derecho a enviar un navío comercial (el ‘navío anual’) a las ferias comerciales de Portobelo y Veracruz”19. Pese a la aprobación de esta concesión, el apoyo oficial por parte de cualquier corona europea al comercio con extranjeros se mantuvo tenue hasta la década de 176020. Usualmente, a los barcos en peligro de naufragar, sin importar su nacionalidad, se les permitía entrar a puertos extranjeros, pero las interacciones regulares nunca fueron impulsadas oficialmente21. La guerra de los Siete Años, contienda luchada a escala global y con consecuencias igualmente globales, inauguró una nueva época en términos de actitudes gubernamentales hacia el comercio con extranjeros en el Caribe. En palabras de un observador contemporáneo, la guerra forzó a los poderes europeos, empezando por Francia a “acudir al recurso de relajar [sus] monopolios comerciales” y a “admitir… navíos neutrales” en sus puertos22. La ocupación británica de La Habana durante la última fase de la guerra de los Siete Años (1762-1763) mostró la inmensa debilidad de parte de España para mantener control efectivo, no solo en las áreas periféricas de su vasto imperio, sino, más alarmantemente aún para las autoridades españolas, de los puertos clave en el sistema comercial trasatlántico español. El impacto de este traumático evento en España fue más allá del costo que tuvo que pagar la Corona española para recuperar su más valiosa ciudad caribeña: “la entrega de Florida occidental a los ingleses, el control inglés de la costa de Honduras y sus bosques, de los que se extraían tintes, y la renuncia al derecho español a pescar en los alrededores de Terranova”23. Además de transformar el mapa del continente, la guerra y la ocupación británica de La Habana influenciaron grandemente las formas en que los burócratas imperiales y los ideólogos tanto en España como en Gran Bretaña repensaron la administración y defensa de sus territorios24.
Desde la perspectiva española, el problema iba más allá de la obvia inhabilidad para garantizar la defensa de La Habana y de otras ciudades caribeñas de futuros ataques ingleses o de otros rivales europeos. El problema, para algunos estadistas españoles, residía en el anticuado sistema comercial —el sistema de flotas monopolizado por los comerciantes de Cádiz— que aún regulaba el comercio trasatlántico entre España y sus territorios americanos25. La solución, propuesta por una junta a cargo de “conferenciar sobre los medios de ocurrir al grande atraso que se observa en el comercio que hace España con sus propias colonias y con los Reynos extranjeros”, pedía abrir más puertos en España para dirigir el comercio con las colonias, eliminar el sistema de convoyes y ofrecer incentivos para los comerciantes españoles dispuestos a viajar a África en búsqueda de esclavos para el Caribe español26. Las recomendaciones de la junta, disponibles a inicios de 1765, pronto se convirtieron en el Reglamento del comercio libre a las Islas de Barlovento (o el Primer Reglamento, un nuevo código comercial que regulaba el comercio entre España y el Caribe español), que no solo le permitía a Cuba comerciar directamente con puertos españoles, sino también autorizaba a los plantadores de la isla a comprar esclavos directamente de los depósitos extranjeros en el Caribe27. Más allá de Cuba, los efectos de esta nueva política fueron limitados, pero su aprobación, al señalar la dirección potencial de la legislación comercial, levantó las esperanzas de muchos, tanto en España como en las colonias, quienes se habían quejado por largo tiempo acerca de la necesidad de ajustar las desactualizadas legislación y prácticas comerciales.
Para la Gran Bretaña, la victoria en la guerra significó más que la adquisición de territorios españoles. La posterior adquisición de varias islas francesas del Caribe —Dominica, Granada y Saint Vincent—convirtió a la Gran Bretaña en el poder dominante en el mar Caribe. La victoria en la guerra, no obstante, vino a un alto costo. Para recuperarse financieramente de los gastos en los que incurrió durante la guerra, el Parlamento británico propuso un número de actos legislativos, diseñados para extraer mayores ingresos de sus colonias. La aprobación de la Ley del Azúcar (1764) y de la Ley del Sello (1765) dispararon una crisis en los intercambios comerciales entre la Gran Bretaña y las colonias norteamericanas. La combinación de su recién adquirido estatus como nuevo poder del Caribe y de la crisis comercial en el Atlántico Norte le dieron a los comerciantes de Kingston la oportunidad de promover exitosamente su propuesta para legalizar (y, así, expandir) el comercio entre el Caribe británico y la América española. Referido en Gran Bretaña como “el comercio español”, el fortalecimiento de esta línea de comercio pretendía contribuir a sobrellevar la crisis en el comercio norteamericano y, más importante, evitar la explotación francesa y holandesa de los codiciados mercados españoles americanos. Convencido por este argumento, el Parlamento británico pasó la Primera Ley de Puertos Libres, que recibió consentimiento real en junio de 1766. El acto abría cuatro puertos en Jamaica y dos en Dominica a barcos extranjeros cargados de lingotes y otros productos no disponibles en las islas. A cambio, los extranjeros podrían comprar “todos los productos y manufacturas británicos… exceptuando solo una serie de elementos navales estratégicos y hierro de la Norteamérica británica”28. Desde este momento fue legal, a ojos británicos, que los navíos españoles entraran a Kingston y a otros puertos específicos en el Caribe británico, incluso si estos viajes continuaban prohibidos en la legislación española.
Sin importar el entusiasmo inicial con que jamaiquinos y cubanos recibieron la nueva legislación comercial, ni el comercio libre español para sus islas del Caribe, ni la Primera Ley británica de Puertos Libres lograron alterar substancialmente el panorama comercial caribeño. En Gran Bretaña, un oponente de la Ley de Puertos Libres dijo en 1773 que “los beneficios que han surgido del comercio de los puertos libres eran superados con creces por las desventajas”29. En el caso español, los beneficios que produjo el nuevo código comercial en Cuba y en los nuevos puertos autorizados recientemente en España (en particular en Cataluña) se convirtieron en argumentos poderosos para expandir el alcance espacial del Primer Reglamento. Convencida por el argumento de convertir las colonias en el motor del crecimiento peninsular, la Corona expandió el comercio libre a Luisiana (en 1768), Yucatán (1770), Santa Marta (1776), Riohacha (1777) y, con la aprobación del Reglamento y Aranceles Reales para el Comercio Libre de España a Indias (el Segundo Reglamento) en 1778, a toda la América española, con excepción de Nueva España. Al incrementar a veinticinco el número de puertos americanos autorizados para comerciar directamente con trece puertos peninsulares, el nuevo Reglamento aumentó las expectativas sobre las perspectivas del desarrollo colonial. Las expectativas de cambio inmediato, sin embargo, fueron rápidamente reducidas con la entrada de España en la Revolución de las Trece Colonias30.
En 1779, cuando España entró en la guerra revolucionaria de las Trece Colonias como enemiga de Gran Bretaña y aliada de Francia, prácticamente colapsaron tanto el sistema británico de puertos libres como el aún no probado Segundo Reglamento español. Con solo barcos holandeses y daneses elegibles para entrar a los puertos libres británicos, los beneficios comerciales que podían obtenerse eran mínimos31. España, por su parte, en vez de experimentar la reanimación comercial prometida por el comercio libre, sufrió la interrupción de su comercio trasatlántico, lo que la forzó a ceder ante las presiones coloniales que impulsaban una medida que, no obstante su naturaleza siempre contenciosa, se convirtió en característica permanente del panorama comercial de la América española: el comercio legal con potencias neutrales32. El fin de la guerra, sin embargo, trajo las condiciones necesarias para que tanto el comercio libre español como el comercio de los puertos libres británicos florecieran. El Imperio británico, tras perder las Trece Colonias norteamericanas, se embarcó en un proceso de reorganización imperial, que incluyó buscar nuevos socios comerciales33. España fue finalmente capaz de ver lo que el comercio libre podía hacer por ella. Los resultados fueron inmediatos y asombrosos. Solo en un año entre 1784 y 1796 fallaron las exportaciones de España a la América española en al menos triplicar su valor de 1778. Las exportaciones de la América española a España experimentaron un aumento aún más sorprendente: en los doce años entre 1785 a 1796 solo una vez alcanzaron menos que diez veces su valor de 177834. Nueva Granada, un virreinato joven, separado de Jamaica por solo cinco días de navegación y con muchos proyectos de desarrollo por consolidar, parecía un mercado perfecto para lo que ambas políticas comerciales prometían ofrecer.
El comercio caribeño y atlántico de los puertos neogranadinos
La “convergencia” de las políticas comerciales británicas y españolas hacia un comercio más abierto resultó en la expansión y legalización de interacciones transimperiales que previamente se consideraban ilegales35. La consolidación de los puertos libres británicos tras la Revolución de las Trece Colonias, junto con las concesiones de las autoridades españolas para comerciar con extranjeros neutrales, ofreció un impulso muy necesario a un futuro económico que los comerciantes de Kingston percibían incierto36. Las guerras europeas de la década de 1790 y del temprano siglo XIX, con sus consecuentes reorganizaciones territoriales, básicamente eliminaron la competencia holandesa y francesa en el comercio del Caribe. Beneficiándose de su neutralidad durante estas guerras, otros poderes menos tradicionales —los recientemente independientes Estados Unidos y las islas danesas del Caribe— fueron capaces de fisurar lo que se veía cada vez más como un espacio de monopolio británico. De la década de 1780 a la de 1810, así, la combinación de la relajación de las políticas comerciales y la guerra le dieron forma a un sistema de intercambio interimperial caracterizado por la reanimación de Kingston como gran centro comercial caribeño, acompañado por un surgimiento esporádico de las islas danesas y de una insinuación temprana del futuro poderío comercial de los Estados Unidos.
Desde la perspectiva de los puertos de Nueva Granada, el funcionamiento de este nuevo sistema comercial puede resumirse en cuatro grandes desarrollos: (1) un aumento en el comercio con España durante la década de 1780; (2) la legalización del comercio con colonias extranjeras neutrales acompañada por una redefinición de los modos de conducir el intercambio comercial; (3) una diversificación de los puertos involucrados en el comercio internacional y (4) una mayor frecuencia en términos de contactos con territorios extranjeros. Como un todo, el período entre 1784 y 1818 se caracterizó por una consolidación de las redes comerciales que vinculaban varios puertos neogranadinos (no solo Cartagena) con una variedad de puertos españoles y extranjeros en el Caribe y el Atlántico noroccidental.
La centralidad de Cartagena en las relaciones comerciales de Nueva Granada, tanto con España como con las colonias del Caribe, es incuestionable. Gracias a su rol como uno de los puertos mayores de la América española y como la base de un importante grupo de comerciantes que monopolizaron el comercio trasatlántico de Nueva Granada hasta el final de la década de 1770, Cartagena había sido central para el sistema comercial español desde el siglo XVI37. No obstante, el énfasis excesivo en Cartagena ha creado una tendencia a ignorar otros puertos y, en el proceso, a borrar rutas importantes que comunicaron a Nueva Granada con los mundos del Caribe y del Atlántico38. En los estudios sobre el comercio centrados en Cartagena, puertos como Santa Marta, Portobelo y Riohacha —oficialmente clasificados como puertos menores de Nueva Granada— aparecen como subordinados de Cartagena. Su estatus de subordinados los relega a la condición de puertos locales casi exclusivamente conectados con el mundo más amplio a través de su comercio local con Cartagena. En gran medida como resultado de la disponibilidad de fuentes primarias (los registros portuarios de Nueva Granada solo están disponibles para Cartagena y Santa Marta), los análisis de las relaciones comerciales de Nueva Granada han simplificado lo que los actores contemporáneos reconocían como un sofisticado sistema de intercambios comerciales. El uso de fuentes alternativas (en este caso, registros portuarios de Kingston, Jamaica) debe producir una reconstrucción más matizada de las redes comerciales que conectaban a Nueva Granada con puertos del Caribe y del Atlántico.
Las relaciones comerciales del puerto mayor de la Nueva Granada: Cartagena
Durante el medio siglo entre la aprobación del comercio libre en 1778 y la expulsión definitiva de las autoridades españolas de la recién establecida República de Colombia (1821), los barcos que entraban a Cartagena generalmente lo hacían a través de un conjunto de rutas modelo, dictadas por una combinación de políticas y expectativas comerciales españolas, rivalidades interimperiales y contingencias locales. Usualmente, los barcos entraban a Cartagena siguiendo rutas que incluían viajes trasatlánticos (desde España), recorridos por el Caribe transimperial (desde una o más islas extranjeras del Caribe), o navegaciones costeras (desde otros puertos de Nueva Granada y Venezuela). Algunos itinerarios, como aquel del Nazareno, que en 1785 navegó de Cádiz a Cartagena y, tras cinco meses en dicho puerto, regresó directamente a Cádiz, eran más o menos simples39. Otros, como el del Santiago en 1793, incluyeron visitas múltiples a puertos mayores y menores controlados por distintos poderes europeos40.
Las embarcaciones que navegaban la ruta trasatlántica española entraban en Cartagena o bien directamente desde España o vía La Habana y/o Puerto Rico. Generalmente, los navíos españoles que cruzaban el Atlántico hacia el oeste estaban cargados de frutos, géneros, caldos y efectos de Castilla. Estos rótulos genéricos incluían una variedad de mercancías que abarcaban desde provisiones y comestibles (jabón, harina, arroz, pescado seco y carne, queso y más) hasta licores (vino, cerveza y aguardiente), ropas (lino, lana y algodón), materiales de construcción (hierro) y equipos militares y navales (balas, pólvora y cuerda)41. En su ruta de regreso hacia España, los navíos transportaban lingotes (plata y oro) y un conjunto de productos agrícolas y animales, que incluían algodón de Cartagena, cacao de Santa Marta y Guayaquil (exportado a través de Portobelo y Cartagena), maderas de tinturar (palo brasilete o palo del Brasil) y cueros de Santa Marta y Riohacha, y caparazones de tortugas de Portobelo y Riohacha42.
La ruta trasatlántica que comunicaba a Cartagena con España, un componente clave para el proyecto español de convertir sus territorios americanos en exportadores de materias primas que sustentaran el desarrollo industrial de la Península, atravesó dos grandes transformaciones entre el final de la década de 1770 y el estallido de la guerra anglo-española de 1796. De un lado, el número de embarcaciones que cruzaban el Atlántico para entrar a Cartagena alcanzó números sin precedentes. De otro lado, más puertos, tanto en España como en Nueva Granada, se involucraron directamente en el comercio trasatlántico. De seis en 1784, el número de barcos que llegaban a Cartagena desde España subió a veinticuatro en 1785 y a treinta y dos en 178943. Entre 1785 y 1788, los mejores años del comercio libre, el número promedio de partidas desde Cartagena directamente a España fue de 11.5 por año.44. En lo que era considerado como uno de los triunfos incuestionables de la nueva política comercial española, navíos de Barcelona y Málaga empezaron a disputar la hegemonía comercial de Cádiz, debilitando efectivamente su monopolio del comercio español trasatlántico. De los setenta y un navíos que entraron en Cartagena desde España en 1785, 1789 y 1793, treinta y cuatro venían de Barcelona y Málaga, y treinta y uno de Cádiz (véase la tabla 1.1). Durante la década de 1790 el regreso de las hostilidades internacionales (especialmente tras 1796) produjo una dramática y definitiva caída en el comercio entre España y la América española. La cantidad de barcos navegando de Cartagena a España sufrió un declive similar45.
TABLA 1.1. Barcos que entraron a Cartagena desde España, 1785-1793, por puerto de origen

Fuente: AGNC, AA-I, Aduanas, 8, 195-219; AGNC, AA-I, Aduanas, 16, 1099-1042; AGNC, AA-I, Aduanas, 22, 539-569.
Un análisis de las comunicaciones entre Santa Marta y España refleja una tendencia similar para la primera década del siglo XIX. En 1801, 1807 y 1814 solo un barco identificado, el Rayo, navegó desde Santa Marta hacia España46. Además del Rayo, solo otra embarcación española (cuyo nombre no está disponible en los registros) partió de Santa Marta hacia España en los tres años para los cuales hay información disponible47.
En definitiva, por lo tanto, sin importar el incremento obvio del comercio de Nueva Granada con España y la diversificación exitosa de los puertos españoles que comerciaban con Cartagena, el comercio libre no dejó lo que había prometido para este virreinato. Mientras que entusiastas defensores de esta política comercial, como José Moñino, conde de Floridablanca (primer ministro durante la década de 1780), alabaron el comercio libre por haber producido “una feliz revolución en el comercio de España a Indias”, las voces de desacuerdo en Nueva Granada creían que los resultados no ofrecían motivo alguno de celebración48. Como lo han mostrado John Fisher y Anthony McFarlane, entre 1782 y 1796 las exportaciones de Nueva Granada a España sumaron tan solo el 3.2 por ciento de todas las exportaciones de la América española49. Este récord, para un virreinato que contenía cerca del 10 por ciento de la población de la América española, claramente no era causa de celebración50. Así, es difícilmente sorprendente que quienes se hallaban descontentos con estos logros pronto comenzaran a expresar sus desilusiones con los resultados del comercio libre. Viendo el comercio con extranjeros como la única forma de aliviar “la suma escasez de ropas” y otros bienes que afectaban al virreinato, los comerciantes y las autoridades provinciales presionaron por una intensificación mayor de las reformas comerciales51.
Las peticiones y quejas de los comerciantes y de las autoridades provinciales en Nueva Granada capturaron la atención de los virreyes y de los legisladores metropolitanos y llevaron a la aprobación de un número de reales órdenes permitiendo el comercio con extranjeros52. Considerado siempre como una medida provisional y sujeto a numerosas restricciones, el comercio con los extranjeros fue, desde la década de 1780 hasta el final de la de 1810, una característica permanente, aunque muy controversial de las relaciones comerciales de Nueva Granada53. Los mercaderes con elevadas inversiones en el comercio con España fueron fuertes oponentes de la medida; aquellos que veían el comercio con Jamaica y con otras colonias del Caribe como una oportunidad para obtener beneficios apoyaron la extensión de medidas temporales. Los virreyes y las autoridades provinciales adoptaron distintas aproximaciones frente al comercio foráneo dependiendo de cómo los grupos de interesados lograron capturar su atención. Alabado por algunos como “el único recurso que se presenta” para combatir el “comercio clandestino”, ya que estaba comprobado que “cuando se abren los caminos lícitos se cierran los ilícitos”, el comercio con neutrales foráneos también enfrentó las críticas de aquellos que argumentaban que era, de hecho, la fuen te de todo el contrabando sostenido en el virreinato de Nueva Granada54. Como lo dijo José Ignacio de Pombo, uno de los más informados analistas contemporáneos de asuntos comerciales, el comercio con los extranjeros constituía “un vicio de difícil curación cuando se contrae”55. En su mayoría conducido en naves españolas, pero con una innegable participación de barcos británicos, daneses, angloamericanos, franceses y holandeses, el comercio extranjero del Caribe fue siempre objeto de un conjunto de críticas que lo vinculaban con un aumento en el contrabando y con la divulgación de ideas revolucionarias56.
Entre 1785 y 1818, el comercio con extranjeros se movió a través de diversas etapas. Inicialmente promovido con base en la necesidad de suplir los pueblos recientemente establecidos en el Darién, para el inicio de la década de 1790 la necesidad de comerciar con extranjeros, especialmente para adquirir esclavos, se invocaba como parte de una estrategia más amplia para promover el desarrollo agropecuario y las exportaciones57. En tanto que comenzó la guerra anglo-española de 1796-1808 y se sintieron por primera vez sus efectos negativos en el comercio trasatlántico español, los intercambios con extranjeros se convirtieron en el único mecanismo disponible para abastecer las posesiones españolas en América. Durante la década de 1810 las escaseces y la necesidad de armas creadas por las guerras de independencia forzaron tanto a realistas como a republicanos a acudir a los extranjeros para mantener el esfuerzo bélico. Como un todo, en las cuatro décadas entre la de 1780 y la de 1820, el comercio con extranjeros pasó de ser uno generalmente prohibido a uno absolutamente necesario. Reconocido inicialmente como un complemento muy necesario y una competencia dañina para el comercio español trasatlántico, el intercambio con extranjeros se convirtió en el único medio para que los neogranadinos obtuvieran harina, licor, especies, aceite, hierro, ropas, armas y muchos otros productos que no eran fáciles de conseguir en el virreinato58. Sin importar las condiciones impuestas en él y los debates que encendió, el comercio con los extranjeros fue una realidad que transformó lentamente al Caribe en un área de libre comercio de facto donde un número siempre creciente de embarcaciones cruzó legalmente las fronteras políticas para comprar y vender distintos tipos de mercancías.
Durante la década de 1780 el argumento en pro del establecimiento del comercio extranjero encontró su defensor de más alto rango en el virrey Antonio Caballero y Góngora (que ejerció entre 1782 y 1789). Las medidas del virrey favoreciendo el intercambio comercial con extranjeros encontraron oposición tanto desde el interior como de las provincias costeras de Nueva Granada y estuvieron acompañadas por un aumento en la vigilancia de las costas de Nueva Granada para restringir el contrabando. Caballero y Góngora defendió sus medidas argumentando que la afluencia de comestibles y artillería era necesaria para colonizar exitosamente el Darién —área en la que indios bárbaros (grupos nómadas que habían resistido exitosamente la conquista española), auxiliados por contrabandistas británicos, vivían independientes de la Corona española. En su opinión, la escasez de harinas en los nuevos pueblos del Darién lo forzaba a permitir la importación de “harinas extranjeras” como su “único recurso… para no dejar perecer a los vasallos del Rey”59. Navegando con pasaportes otorgados por Caballero y Góngora, treinta y nueve navíos, en su mayoría españoles, entraron a Cartagena desde territorios extranjeros entre enero de 1786 y abril de 1787. Jamaica, con dieciséis naos, seguida de Santo Domingo, con siete, Curaçao con cuatro y Charleston (Estados Unidos) con tres, figuraron como los socios comerciales más importantes de Cartagena60. Desde las provincias interiores de Nueva Granada, los opositores a esta medida se quejaron de que Caballero y Góngora había mandado enviados a Nueva York, Charleston y Jamaica a comprar comestibles (especialmente harina) “con el especioso pretexto de socorrer la desgraciada expedición del Darién”61. Esta medida, clamaban los mercaderes y notables de Santa Fe, resultaba en la ruina de las provincias interiores de Nueva Granada y constituía “un manantial de riqueza” para los extranjeros”62.
En la costa Caribe de Nueva Granada el oponente más importante de los deseos de Caballero y Góngora era el recientemente nombrado comandante de guardacostas, Juan Álvarez de Veriñas. Encomendado con la misión de restringir el contrabando entre las islas del Caribe, especialmente Jamaica, y la costa norte de Suramérica, desde la desembocadura del río Orinoco hasta Panamá, Veriñas creía que otorgar permiso a “buques nacionales y extranjeros” para “conducir víveres para los nuevos establecimientos del Darién” ofrecía el mejor “pretexto” para el contrabando. Más aún, planteaba Veriñas, el permiso de comerciar con extranjeros era la razón por la que los puertos de Nueva Granada estaban poblados “con más extranjeros que españoles”63.
Sin importar la oposición, el comercio con extranjeros, especialmente con Jamaica, fue legitimado más aún durante los primeros años de 1790, como una forma de promover la agricultura del virreinato. Al percibir la economía de plantación de Saint-Domingue como un modelo de desarrollo digno de imitarse, líderes de Santa Marta y Cartagena defendieron la necesidad de importar esclavos en masa64. Otorgado a Cartagena y a Riohacha en el primer trimestre de 1791, el permiso de importar esclavos de colonias extranjeras enfrentó críticas inmediatas65. Los opositores a la medida sostuvieron que viajar a colonias extranjeras a comprar esclavos era “en lo más un pretexto para comerciar ropas” y protestaban que los barcos que iban a colonias extranjeras a adquirir “negros e instrumentos de agricultura” retornaban con bienes de contrabando66. Sin importar estas bien fundadas quejas, el comercio legal con los extranjeros (y el contrabando sostenido bajo su fachada) continuaron victoriosos durante la primera mitad de la década de 1790. Los registros portuarios de Cartagena en 1793 muestran que veintiún navíos, todos españoles, entraron legalmente a Cartagena desde Jamaica, mientras que solo seis entraron de otros territorios extranjeros (cuatro desde Curaçao y dos de Sint Eustatius)67. De los veintiún navíos que entraron desde Jamaica, once transportaban esclavos, siete entraron en lastre —una extraña práctica que los observadores contemporáneos creían que servía de fachada para cubrir las paradas para descargar bienes de contrabando antes de entrar a Cartagena— y cuatro importaron provisiones (harina y carne seca) y equipo militar y naval68. Más aún, de los once barcos que importaron esclavos, dos llevaban más de veinte, otros dos más de diez, y seis menos de cinco; números sospechosamente bajos que llevan a concluir que estos navíos en realidad estaban comerciando otro tipo de mercancías (figura 1.1)69. Números igualmente bajos importados en 1791 habían ya llevado al virrey Ezpeleta a concluir que esta trata de esclavos era solo “una sombra para el contrabando”70. El contrabando asociado con la trata de esclavos estaba vinculado también con “el permiso de embarcar frutos del país para las colonias extranjeras”71. Juntos, la exportación de productos agrícolas y animales (palos de tinte, algodón, ganado y cueros) y la importación de esclavos se consideraban una oportunidad única para que los extranjeros adquirieran los codiciados oro y plata españoles72.

Figura 1.1. Embarcaciones que transportaban esclavos de Kingston a Nueva Granada, 1780-1800.
Las sospechas españolas sobre la trata como encubridor para el contrabando encuentran soporte en evidencia estadística que demuestra que Nueva Granada nunca se convirtió en el importador masivo de esclavos imaginado por quienes apoyaban el esquema de convertir las provincias del norte del virreinato en una economía de plantación al estilo de la colonia francesa de Saint-Domingue. Sin importar ruidosos argumentos económicos hechos por criollos reformistas como Antonio Narváez y la Torre, los números soportan la convicción del virrey Ezpeleta de que en el Caribe neogranadino había “poca necesidad … de negros”, o, alternativamente, que “los vecinos y hacendados” de aquellas provincias carecían de las “facultades … para comprarlos”73. Como lo muestra la figura 1.1, en una muestra de veintitrés navíos que entraron a Cartagena desde Kingston, entre 1785 y 1796, y que llevaban esclavos como parte de su carga, el 52 por ciento (doce barcos) transportó menos de diez esclavos. Esta evidencia claramente demuestra la falla dramática de los esquemas propuestos por Narváez y otros. Más aún, los números sugieren que, como reclamaban Ezpeleta y sus informantes, la venta en Nueva Granada no era el propósito del transporte de estos esclavos74.
Los esquemas —tanto para convertir el norte de Nueva Granada en una sociedad de plantación como de usar la trata de esclavos como coartada para el contrabando— también hicieron visibles otras formas en las que la esclavitud y la trata fueron centrales para las formas en las que el Gran Caribe transimperial fue experimentado desde las costas de Nueva Granada. En el punto más alto de la trata, un lugar como el Caribe de Nueva Granada no necesitaba importar números gigantescos de esclavos, ni necesitaba, de hecho, convertirse en una sociedad de plantación para que los esclavos, la trata y la esclavitud fueran elementos centrales de su geopolítica y la imaginación geopolítica y vida cotidiana de sus habitantes.
La discusión previa sobre el comercio con los extranjeros en el período de paz angloespañola entre 1783 y 1796 muestra claramente la importancia creciente de Jamaica como el mayor socio comercial de Cartagena. Idealmente posicionada para comerciar con Nueva Granada y con una larga historia de intercambios comerciales ilícitos con este virreinato español, Jamaica también fue legalmente dotada con la legislación comercial —el sistema de puertos libres— que le permitía responder al llamado de Nueva Granada para el intercambio con extranjeros. Durante la década de 1780 Jamaica enfrentó la competencia de Saint-Domingue, del Caribe holandés y de los recién independizados Estados Unidos. El viajero francés François Depons, por ejemplo, no solo afirmó que hasta finales de la década de 1780 Saint-Domingue fue el socio comercial extranjero más importante de Nueva Granada, sino también sostuvo que la disponibilidad, calidad y precio de los artículos franceses en Saint-Domingue “alejaba hasta el pensamiento de ir a Jamaica por suministros”75. Si bien los registros portuarios disponibles no ofrecen evidencia suficiente para desaprobar la afirmación de Depons, está claro que para mediados de la década de 1790 las revoluciones francesas y haitiana habían eliminado la competencia francesa, favoreciendo el fortalecimiento del dominio comercial británico de las aguas del Caribe.
El estallido de la guerra anglo-española en 1796 inauguró una nueva fase en las relaciones comerciales interimperiales en el Caribe. Con España y Gran Bretaña en guerra, se hizo ilegal el próspero comercio entre Jamaica y la América española y su existencia misma fue amenazada. El número de barcos entrando a Cartagena desde Jamaica, según los registros de los puertos españoles, cayó de veintiuno en 1793 a cuatro en 1800 y a cinco en 180876. De los nueve navíos anotados en los registros de la aduana de Cartagena en 1800 y en 1808, cinco entraron tras el final de la guerra, dos entraron con soldados españoles enviados desde Jamaica, como parte de un intercambio negociado de prisioneros, y uno entró tras ser liberado por las autoridades jamaiquinas luego de su captura cerca de Curaçao por un bergantín británico77. El declive en el comercio de Santa Marta con Jamaica fue igualmente dramático, con solo un barco, la goleta danesa Hob, entrando desde Jamaica en 1801 y 180778.
Para evitar escaseces durante la guerra, las autoridades españolas recurrieron al comercio con extranjeros neutrales para asegurar el abasto de los puertos de Nueva Granada. Así, el declive en el comercio con Jamaica estuvo acompañado por un aumento en el número de barcos extranjeros entrando a Cartagena y Santa Marta desde los Estados Unidos y el Caribe danés. En 1800, seis navíos de los Estados Unidos entraron a Cartagena desde puertos estadounidenses, especialmente Filadelfia, y tres barcos (todos daneses) entraron desde Saint Thomas79. En 1805, un reporte del comercio de Cartagena registró que cinco embarcaciones entraron al puerto desde Nueva York, Filadelfia y Alexandria. Por contraste, durante el mismo año, solo dos barcos entraron a Cartagena desde España80. El intercambio con extranjeros neutrales, especialmente con el Caribe danés, también probó ser importante para Santa Marta, que en 1807 recibió siete navíos (cuatro españoles y tres daneses) de las islas danesas de Saint Thomas y Saint Croix81. La creciente aparición de navíos estadounidenses en los registros portuarios de Cartagena confirma el reclamo de un observador británico, quien se quejaba de que “los comerciantes de los Estados Unidos eran los primeros y, por mucho, los aventureros más involucrados en el nuevo campo abierto a los neutrales”82. De forma similar, una descripción del comercio y la navegación del Saint Thomas danés como “florecientes” y “aumentando cada año”, y de su bahía y calles como “llenas” de “muchos excelentes navíos pequeños y grandes” y con “gente de todos los colores y naciones” sugiere el importante papel que jugó la isla en las redes comerciales que conectaban diversas esferas imperiales83.
La sustitución del comercio británico por el de los Estados Unidos y el danés, no obstante, fue solo aparente. Como lo han mostrado Francis Armytage y Adrian Pearce, el comercio entre las islas británicas del Caribe y la América española, incluyendo a la Nueva Granada, continuó, aunque con menor intensidad, durante las guerras anglo-españolas84. Aprovechándose de las licencias otorgadas por las autoridades británicas y beneficiándose de la protección naval británica en los mares, barcos españoles, como las ocho goletas que vio partir Domingo Negrón desde Kingston hacia Sabanilla en 1806, continuaron navegando entre Nueva Granada y Jamaica. Pese a la guerra, continuó siendo legal que estas naves entraran a Kingston. Debido a que la guerra con los británicos hacía ilegal este comercio a ojos españoles, partir de Nueva Granada y regresar a ella requería de algunas maniobras legales. El observador contemporáneo William Walton describió “la forma cómo se mantenía ese tráfico clandestino con las islas británicas, gracias a los pases otorgados por los gobernadores”: “las naves españolas eran inspeccionadas al salir de Guadalupe, Martinica y Santo Domingo, entonces en posesión de los aliados, y al regreso presentaban liquidaciones y papeles falsos en vez de documentos… Así, la mayoría de las inspecciones de aduana se realizaban para islas con las cuales nunca se había sostenido intercambio alguno”85.
De forma similar, Depons afirmó que durante 1801 era esto tan común que pese a “que todo el mundo decía en alta voz que tal o cual barco iba para Jamaica, [o] para Curazao”, los registros portuarios “afirmaban que se despachaban [para] … Guadalupe”86. Además de este comercio realizado en barcos españoles, una buena cantidad de las mercancías se intercambiaban, de manera ilegal, en barcos británicos87. El comercio con neutrales bajo permisos españoles, el comercio con Jamaica en embarcaciones españolas bajo permisos británicos (legal para británicos, ilegal para las autoridades españolas) y el contrabando en navíos británicos continuaron siendo los medios para abastecer los puertos de Nueva Granada hasta el final de la guerra en 1808.
El fin de la guerra contra Gran Bretaña en 1808 solo llegó como resultado directo de la invasión napoleónica a España. Así pues, la paz con los británicos no prometió ninguna reanimación económica para el comercio trasatlántico español. De hecho, la invasión de Napoleón a España resultó rápidamente en la erupción de una guerra civil a lo largo de la América española88. En el Caribe neogranadino, las provincias de Cartagena y Santa Marta entraron en guerra en 1811, con el gobierno de Santa Marta declarando su lealtad al monarca español y Cartagena inclinándose a declarar la independencia de España89. En noviembre de 1811, cuando Cartagena declaró su independencia absoluta de España, el surgimiento de un nuevo actor político —el gobierno independiente de Cartagena— transformó aún más los intercambios comerciales entre nueva Granada y Jamaica90.

Figura 1.2. Nacionalidad de las embarcaciones entrando a Cartagena desde territorios extranjeros, 1817
Para los comerciantes de Kingston, la primera mitad de la década de 1810 constituyó una era dorada, que marcó “el punto más elevado del comercio de puertos libres”91. La alianza británicoespañola contra Napoleón y el compromiso británico de permanecer neutral en el conflicto entre España y sus territorios americanos, les permitieron a los mercaderes de Kingston comerciar tanto con Cartagena como con Santa Marta92. Dotar de armas y comestibles a los ejércitos que peleaban en Nueva Granada a cambio de oro, algodón, palos para tinturar y cueros fue un negocio rentable, que aumentó el dinamismo de la actividad comercial de Kingston. En 1814, Santa Marta, el puerto más importante entonces en Nueva Granada, recibió veintiún embarcaciones (diez británicas y once españolas) entrando desde Jamaica93. La importancia creciente de las embarcaciones británicas en el comercio entre Santa Marta y Jamaica apunta a un cambio en las características del comercio exterior de Nueva Granada. Este cambio se hizo más claro para 1817, cuando, como se evidencia en la figura 1.2, los barcos españoles en el comercio de Cartagena con Jamaica fueron casi completamente reemplazados por barcos británicos94. Adicionalmente, evidencia de Nueva Granada confirma la conclusión de Frances Armytage de que para 1817 el comercio libre en aguas del Caribe alcanzó su cénit95. Si bien es cierto que los barcos británicos y Jamaica se destacaron como principales transportadores y como punto de intercambio, el papel de los barcos holandeses, daneses y estadounidenses y la importancia de Saint Thomas, los puertos de EE.UU. (especialmente Filadelfia y Baltimore) y Curaçao no pueden ser considerados como marginales.
El anterior análisis, desarrollado con base en los registros portuarios disponibles para Cartagena y Santa Marta, resalta naturalmente la participación de estos dos puertos en el comercio exterior de Nueva Granada. La ausencia de registros para otros puertos de Nueva Granada deja la impresión de que Cartagena dominaba el comercio exterior. Una mirada más detallada a los registros de Cartagena y Santa Marta revela, sin embargo, que muchas embarcaciones españolas involucradas en el comercio exterior de Nueva Granada fueron parte también del comercio local. En 1793, por ejemplo, navíos como el Santiago, la Esperanza y el Santo Cristo de la Espiración entraron repetidamente a Cartagena desde Jamaica, cargados con esclavos o con lingotes, o en lastre, y después partieron hacia puertos locales como Riohacha y Sabanilla, cargados de provisiones (v. gr. maíz) o en lastre, declarando que iban a recoger palos de tintura o algodón para exportarlos luego a colonias extranjeras. Otros, como la goleta Ana María, se ocupaban en un tipo similar de comercio local-exterior a través de Portobelo96. De forma similar, embarcaciones como la Bella Narcisa, que entró a Santa Marta desde Saint Thomas varias veces durante 1807, conducían un comercio que conectaba los puertos locales, como Cartagena, Santa Marta y Riohacha, con colonias extranjeras neutrales97. Desde la perspectiva de los registros portuarios de Cartagena y Santa Marta, el papel de puertos menores como Santa Marta, y más aún Riohacha y Portobelo, aparece de forma secundaria en las redes que conectaban a la Nueva Granada con territorios foráneos. Sin embargo, un giro hacia fuentes alternativas (en este caso los registros portuarios de Kingston) muestra el papel central de los puertos menores y ocultos en el comercio exterior de Nueva Granada.
Revisitar la conexión jamaiquina: Kingston y los puertos menores y ocultos de la Nueva Granada
En 1986 el historiador colombiano Gustavo Bell ofreció una exploración preliminar de los vínculos comerciales entre los puertos de Nueva Granada y Jamaica. La “conexión jamaiquina” de Bell enfatiza el intercambio comercial que vinculó a Cartagena con Kingston y propone hipótesis acerca de las potenciales consecuencias culturales y políticas de tal intercambio98. Basándose ampliamente en un trabajo anterior de McFarlane sobre las relaciones comerciales de Nueva Granada, Bell refuerza la importancia de Cartagena al tiempo que minimiza el papel de los puertos menores y ocultos en el comercio con Jamaica99. Basado en los registros portuarios de Jamaica, disponibles para años selectos entre 1784 y 1817, esta sección revisita la conexión jamaiquina para ofrecer un recuento más matizado de las relaciones comerciales entre Nueva Granada y Jamaica100.
Entre las décadas de 1780 y 1810 un número significativo de barcos extranjeros entró en los puertos libres de Jamaica101. De 250 en 1784, el número aumentó a 474 en 1815102. Si bien puertos como Montego Bay, Port Antonio y Savannah la Mar recibían cierta cantidad de embarcaciones extranjeras, a lo largo del período Kingston fue de lejos el puerto libre más importante, no solo en Jamaica, sino a lo largo del Caribe británico103. Navíos del Caribe español, francés, holandés y danés entraban frecuentemente al puerto de Kingston. El comercio con los extranjeros era tan importante para la actividad comercial de Kingston que en 1785, más de veinte años antes de que el comercio libre alcanzara su pico, el 33 por ciento de los barcos que entraban al puerto eran extranjeros104. Los barcos extranjeros que entraban a Kingston en la década de 1780 en su mayoría eran franceses, con barcos españoles sumando el 26 por ciento de un total de 237 naves en 1785105. Sin embargo, con el estallido de la Revolución haitiana y la toma británica de diversas posesiones holandesas, incluyendo el depósito caribeño de Curaçao, la distribución de embarcaciones extranjeras sufrió un cambio drástico, con la porción española aumentando al 51 por ciento en 1792 y al 100 por ciento en 1810 y 1814106.
Para la década de 1810, el comercio con la América española en navíos españoles se había convertido en “el pilar de la economía urbana de Kingston” y Kingston era reconocida como “el almacén de la Isla de Cuba, de Guatemala y por consiguiente de Mexico; también lo era de Santa Martha, Carthagena, Río Hacha…; de Maracaibo y Puerto Cabello”107. El comerciante convertido en novelista Michael Scott describió Kingston como un “espléndido… refugio mercantil”, que reunía “el comercio entero de Tierra Firme, desde Puerto Cabello hasta Chagres, la mayor parte del comercio entre las islas de Cuba y San Domingo, e incluso el de Lima y San Blas, y los demás puertos del Pacífico”. Durante este período, agregó, “la isla [de Jamaica] estaba en el apogeo de su prosperidad”108. Otro observador contemporáneo describió cómo los navíos españoles navegaban desde Kingston cargados con “esclavos, harina, algodón [¿manufacturado?], linos, lanas, …instrumentos de ferretería junto con todo tipo de manufacturas británicas, y, finalmente una buena cantidad de ron”. Estos barcos “traen algodón, cacao, café, ganado bovino, caballos, mulas, asnos, cueros, aceite, sebo, maíz, pescado, aves, caoba, palo de Nicaragua, palo morillo, palo de tinte, palo de Brasil y otros de tinturar, lignum vita, zarzaparrilla, índigo, moneda y lingotes109. El resultado de este provechoso comercio, anotaba Scott, “era una corriente de oro y plata que fluía directamente al Banco de Inglaterra, alcanzando anualmente tres millones de libras esterlinas”.110 La participación de Nueva Granada en el comercio español americano de Kingston era significativa y comparable a la de Cuba. Durante el apogeo del sistema británico de puertos libres en 1814, 30 por ciento de los 402 navíos que entraron a Kingston desde la América española lo hizo desde Nueva Granada, lo que es comparable con el 40 por ciento que entró a Kingston desde Cuba, e inmensamente superior al 5 por ciento que entró desde Venezuela. Cerca de una década antes, en 1796 la participación de Nueva Granada había sido del 32 por ciento, con Cuba, Venezuela y otros puertos españoles sumando, respectivamente, 39, 8 y 21 por ciento111.
Contrario a lo que ilustran los registros portuarios de los archivos colombianos y al análisis de Bell, la posición de Cartagena como el punto de contacto más importante entre Nueva Granada y Kingston no fue incuestionable. Los puertos menores de Nueva Granada (Portobelo, Santa Marta y Riohacha), e incluso puertos ocultos, como Sabanilla, San Andrés y Chagres, mantuvieron un intercambio comercial importante con Jamaica. Entre 1784 y 1817 los navíos que entraban a Kingston desde los puertos menores de Nueva Granada siempre superaron a los que entraban desde Cartagena. En 1785, de los doce navíos que entraron a Kingston desde la Nueva Granada, diez vinieron de puertos menores (cinco desde Riohacha, cuatro desde Santa Marta y uno desde Portobelo)112. A lo largo del período (con la excepción probable de los años de guerra entre 1796 y 1808 para los que no hay información estadística detallada disponible sobre arribadas y salidas), el comercio entre Kingston y los puertos neogranadinos creció continuamente hasta su colapso al inicio de la década de 1820113. En 1810 y 1814, durante el apogeo del sistema de puertos libres, setenta y nueve navíos (de un total de 164) que entraron a Kingston desde la Nueva Granada, lo hicieron desde puertos menores. La participación de Cartagena en estos dos años fue del 5 por ciento (dos navíos) y del 27 por ciento (treinta y dos navíos), con puertos ocultos (Chagres, San Andrés y Sabanilla) sumando, respectivamente, el 24 por ciento (once embarcaciones) y 29 por ciento (treinta y cinco embarcaciones)114. La creciente participación de puertos menores y ocultos en el comercio con Jamaica revela un debilitamiento del dominio cartagenero, lo que generó múltiples quejas de sus comerciantes acerca del contrabando sostenido en Portobelo y Riohacha115.
Lingotes, algodón, ganado y cueros, maderas y palos de tinte eran los productos más importantes transportados desde Nueva Granada a Kingston. Las naves comerciando entre Kingston y los puertos neogranadinos generalmente se especializaban en un área geográfica particular y típicamente entraban a Kingston con mercancías producidas en las vecindades de sus puertos de partida (véase tabla 1.2). Un análisis de los itinerarios de las embarcaciones españolas que frecuentemente entraban en Kingston desde los puertos de Nueva Granada nos obliga a reconsiderar el papel de Cartagena como el centro comercial dominante del virreinato. En cambio, Cartagena aparece como el centro de una de tres rutas con participaciones similares en la conexión entre Jamaica y Nueva Granada (véase el mapa 1.1).
TABLA 1.2. Cargas típicas de embarcaciones españolas comerciando entre Nueva Granada y Kingston, 1784-1817

Fuente: TNA, CO 142/22-29.
A través de esta ruta, el algodón y los lingotes llegaban a Kingston, y Cartagena era legalmente surtida con lencerías, harinas, licores, hierro, losas de barro y esclavos. Una variación de la ruta Cartagena-Kingston incluía una parada en el puerto oculto de Sabanilla antes de entrar a Cartagena desde Kingston. Esta parada, según se quejaban los mercaderes cartageneros en 1795, permitía “a casi todos los barcos que van con licencias para traer negros de Jamaica”, transportar “partidas considerables de ropas, que desembarcan en Sabanilla o [en las] Islas del Rosario”116.
La ruta Cartagena-Kingston se hizo particularmente importante durante la guerra de la Cartagena independiente contra la Santa Marta realista. Entre 1811 y 1815, cuando Cartagena fue un Estado independiente, dependió casi por completo de Jamaica para obtener suministros militares y provisiones, que se intercambiaban por algodón cartagenero. Durante 1814, al menos cuatro goletas —la Annette, la San José, la Marinero Alegre y la Veterano— hicieron varios circuitos entre Cartagena-Sabanilla y Kingston117.
Riohacha y Santa Marta comandaban otra ruta —la del Este— y Portobelo fue el centro de la ruta occidental de Nueva Granada. Palo de Nicaragua, ganado y cueros constituían los principales productos exportados desde Nueva Granada vía la ruta oriental, mientras que lingotes y algunos caparazones de tortuga de la vecina isla de San Blas fueron las principales exportaciones de la ruta occidental. Riohacha acogió una pequeña flota mercante que mantuvo una relación particularmente fuerte con Kingston. Uno de los barcos de esta flota —la goleta Esperanza hizo al menos siete circuitos Kingston-Riohacha en 1814118. La ruta Kingston-Riohacha fue uno de los caminos más transitados entre 1780 y 1810. Complementando la ruta Kingston-Riohacha había un itinerario triangular, que conectaba Santa Marta y Riohacha con Kingston. Bien entrando desde Riohacha y partiendo hacia Santa Marta (como la Samaria en 1814) o bien entrando desde Santa Marta y partiendo hacia Riohacha (como la Providencia), una cantidad de embarcaciones anclaron en Kingston como parte de una ruta que dotaba a los puertos orientales de Nueva Granada119. La ruta occidental de Nueva Granada, por su parte, era asimismo bien transitada por un puñado de embarcaciones que hacían el circuito Kingston-Portobelo (v. gr. el Alexandre en 1817) y otros navíos que sospechosamente navegaban en lastre desde Chagres120.
Además, la isla de San Andrés, ubicada convenientemente en el punto medio de las rutas Portobelo-Jamaica y Cartagena-Jamaica sostenía un comercio importante con Kingston. Habitada durante la década de 1790 por una gran población británica, aunque era legalmente parte del Nuevo Reino de Granada, el papel de San Andrés como núcleo para el contrabando con Jamaica fue una preocupación constante para las autoridades españolas. Su proximidad a los enclaves británicos en Honduras y en la costa de Mosquitos aumentaron la importancia de San Andrés como un centro comercial regional. Las propuestas españolas sobre cómo lidiar con la isla fueron desde naturalizar a los habitantes británicos de la misma a fomentar formalmente su colonización y el comercio a través de la aplicación de exenciones tributarias121. Una fuente particular de aprehensión era la práctica de enviar lingotes y algodón a San Andrés para cambiarlos por toda suerte de bienes británicos, importados desde Kingston122. Según el virrey Antonio Amar y Borbón, un número de navíos, de los cuales el Santísima Trinidad de Antonio Figueroa constituía un ejemplo reciente, extrajo lingotes de Portobelo, que usaron “para comprar víveres en las islas de San Andrés”123. Las conexiones de la isla con Jamaica parecían haberse estrechado con el éxito creciente del sistema británico de puertos libres, hasta el punto de que en 1814 doce embarcaciones entraron a Kingston desde San Andrés124. De estos, al menos tres —la Esperanza, la Perla y la Penélope— hicieron varios viajes de ida y vuleta.
Finalmente, un número de navíos involucrados en el comercio entre Kingston-Nueva Granada parecería haber sido menos especializado geográficamente. Embarcaciones como la Soledad de Manuel Bliz y la Flor de la Mar de Gerardo García compraron y vendieron mercancía a lo largo de diferentes puertos de la costa neogranadina. Mientras que en 1785 la Soledad sostuvo negocios en Cartagena, Santa Marta y Riohacha, en 1817 la Flor de la Mar visitó Riohacha, Santa Marta y Portobelo125. La Soledad, la Flor del Mar y todos los demás navíos involucrados en la conexión jamaiquina de Nueva Granada pueden verse como agentes importantes de la participación neogranadina en las redes caribeñas de comercio interimperial que dieron forma al Gran Caribe transimperial. Otras dos características compartidas por estos navíos mercantes –el tamaño y la frecuencia de sus viajes- contribuyeron aún más al fortalecimiento de este sistema interimperial de comercio y de este espacio regional.
Navíos buhoneros y la importancia de la frecuencia
En su estudio del comercio global, publicado en 1979, Fernand Braudel propuso una distinción entre mayoristas y buhoneros como herramienta para interpretar las operaciones del comercio del océano Índico. Al debatir si el océano Índico de la modernidad temprana era “un mundo de buhoneros o de mayoristas”, Braudel concluyó que se “inclinaba más a ver [los comerciantes del océano Índico como] … mayoristas”126. Transferido a los mundos atlántico y Caribe del tardío siglo XVIII y del temprano XIX, el marco de Braudel lleva a una conclusión obvia. Mientras que el Atlántico fue un mundo de mayoristas, con pocos navíos cargando altos volúmenes y valores, el Caribe era un mundo de buhoneros.
Los navíos oceánicos españoles involucrados en el comercio libre pesaban, en promedio, 182,4 toneladas127. Cargados con el tipo correcto de mercancía, una pequeña cantidad de tales embarcaciones entrando a Cartagena o a Santa Marta una o dos veces al año (cerca de once entraron a Cartagena entre 1785 y 1788), junto con una red operativa de distribución interna, podría haber satisfecho la mayor parte de la demanda neogranadina de bienes importados128. Este escenario ideal constituyó el objetivo principal de la política de la Corona con el comercio libre. Sin embargo, como ya se ha visto, una realidad plagada de conflictos con otros poderes europeos limitó enormemente el impacto efectivo del comercio libre. En la práctica, Nueva Granada —y esto se aplica probablemente para otros territorios españoles en el Circuncaribe— se suplió a través de redes caribeñas de comercio interimperial poco relacionadas con la política comercial proyectada por España.
El comercio exterior del Caribe neogranadino se condujo en pequeñas embarcaciones (véanse figuras 1.3 y 1.4), incapaces de llevar grandes cantidades de productos, pero lo suficientemente veloces para evitar a los enemigos en el mar y en los puertos extranjeros. Para vender grandes cantidades de mercancía, estas embarcaciones buhoneras involucradas en el comercio intercolonial dependían de hacer viajes frecuentes con estancias relativamente cortas en los puertos, más que de transportar grandes cargas y permanecer anclados por períodos extendidos en los puertos que visitaban129. Navíos pequeños, múltiples viajes de ida y vuelta y estadías cortas en los puertos difuminaban el riesgo asociado con un comercio que muchas veces, como en el caso del comercio de ropas oculto bajo la trata legal de esclavos, incluía un componente ilegal. Este método también permitía un dinámico intercambio de noticias, ideas y rumores que, tal como el comercio de contrabando, preocupaban grandemente a las autoridades españolas y a los mercaderes con intereses en el comercio trasatlántico español. Como las balandras de las Bermudas que estudió Michael Jarvis, los navíos buhoneros de Nueva Granada, de los cuales la goleta Esperanza de Domingo Pisco y Joseph Borregio son un útil ejemplo, contrarrestaron “lo que les faltaba en tamaño” con “velocidad y eficiencia”. Velocidad y eficiencia no solo medidas en términos de navegación, sino en su capacidad de gastar “menos tiempo en puerto, cargando y descargando”, de alcanzar puertos y caletas semiocultas “imposibles para los barcos de aguas profundas” y de hacer múltiples viajes de ida y vuelta en un solo año, hacen que la conclusión de Jarvis de que “más grande no siempre era mejor” sea válida tanto para el sur del Caribe como para el Atlántico Norte130.

Figuras 1.3 y 1.4. Goletas del Gran Caribe transimperial. Arriba: goleta británica Hornet. Abajo: goleta española Esperanza. Imágenes: cortesía del National Maritime Museum, Greenwich, Londres.
La información para años selectos sobre el tonelaje y el tamaño de las tripulaciones de los navíos que entraron a Kingston desde Nueva Granada (véanse las figuras 1.5 y 1.6) ofrece una buena idea de los tipos de embarcaciones involucrados en la conexión jamaiquina de Nueva Granada. Clasificados en general por los oficiales de aduanas como goletas, los navíos españoles que entraban a Kingston eran mayormente de menos de 50 toneladas (68 por ciento), con un significativo 25 por ciento pesando entre 51 y 100 toneladas. Los grandes navíos de más de 100 toneladas constituían una ocurrencia extraña, con el Lugan, bergantín de 140 toneladas navegando la ruta Este de Nueva Granada en 1814, sobresaliendo como el único visitante frecuente de Kingston con estas características131. De forma similar, al medirlos por la cantidad de hombres, la vasta mayoría de los navíos entrando a Kingston desde Nueva Granada fue clasificada como goletas con tripulaciones de diez o menos hombres (70 por ciento), con goletas medianas de once a treinta hombres sumando cerca del 30 por ciento. El único navío con una tripulación de más de treinta hombres fue el Hermosa Americana, goleta de 200 toneladas con cuarenta y dos hombres que navegó desde Cartagena en agosto de 1814, cargada con ropas, vajillas y cerámica, y retornó a Kingston a finales de septiembre con 120 bolsas de algodón y 20 000 dólares en lingotes132.

Figura 1.5. Tamaño de los navios españoles entrando a Kingston desde Nueva Granada, 1785-1817 (por tonelaje).

Figura 1.6. Tamaño de los navios españoles entrando a Kingston desde Nueva Granada, 1785-1817 (por tamaño de tripulación)
Dado que los navíos pequeños solo pueden transportar cargas muy limitadas, produciendo por ello menos beneficios que las embarcaciones más grandes, los viajes frecuentes constituían una condición importante para hacer rentable el comercio de embarcaciones pequeñas en la conexión jamaiquina. Según el gobernador de Santa Marta, Antonio Narváez y la Torre, una goleta típica navegando a colonias extranjeras para vender ganado y maderas para tinturar y para comprar esclavos que vender más tarde en Cartagena o en Santa Marta, podía producir ganancias considerables haciendo ocho viajes de ida y vuelta a Jamaica y seis a Curaçao. Asumiendo que los viajes estándar de ida y vuelta duraban quince días a Jamaica y veinticinco a Curaçao, y tras dar cuenta de los salarios y raciones de los marineros, los impuestos de aduana y el costo de comprar las cabezas de ganado y los palos de tinte, Narváez calculaba que cada goleta involucrada en este comercio podía importar cerca de 300 esclavos y, tras venderlos, generar cerca de 30 000 pesos de ganancia. Las transacciones, explicaba él, no solo eran atractivamente rentables, sino, aún más importante en su opinión, contribuirían grandemente a la transformación de las provincias del norte en economías altamente productivas basadas en el desarrollo de plantaciones comerciales133.
La frecuencia y el tamaño fueron también cruciales para difuminar el riesgo asociado con los naufragios, la captura por fuerzas enemigas y el decomiso de mercancía por los oficiales españoles en los puertos y costas de Nueva Granada. Un análisis detallado de las listas de navíos españoles comerciando entre Kingston y Nueva Granada permite identificar cerca de cuarenta embarcaciones que estuvieron activamente involucradas en esta red comercial. La conexión jamaiquina de Nueva Granada, muestra la evidencia, dependía en gran parte de una flota relativamente pequeña de visitantes frecuentes. En 1810 y 1814, el apogeo del sistema británico de puertos libres y de la conexión jamaiquina de Nueva Granada, cerca de la mitad de los 164 arribos registrados en Kingston desde puertos de Nueva Granada (y un porcentaje similar de las 209 partidas registradas) fue acometida por embarcaciones buhoneras134. Un estimativo conservador del número de embarcaciones buhoneras que mantenían la conexión jamaiquina de Nueva Granada muestra que al menos trece embarcaciones buhoneras estaban en operación en 1810 y no menos de veintidós en 1814 (véase la figura 1.7)135. Esta flota de embarcaciones buhoneras no solo estaba tomando control del comercio, sino, según las autoridades españolas, debilitando el control español en las costas de Nueva Granada.

Figura 1.7. Embarcaciones buhoneras identificadas comerciando entre Nueva Granada y Kingston, 1785-1817
En el contexto del período revolucionario, las operaciones de esta flota de embarcaciones buhoneras constituyeron una importante materia de preocupación para los oficiales reales españoles, temerosos de la difusión de panfletos revolucionarios, ideas y noticias acerca “de las inquietudes que actualmente padece la Francia”136. La existencia de esta flota también preocupaba a los mercaderes, especialmente de Cartagena, quienes enfrentaban la competencia por el contrabando que introducían subrepticiamente estos navíos en las muchas caletas ocultas y costas inhabitadas que rodeaban las ciudades portuarias de Nueva Granada. En sus quejas y soluciones propuestas, las autoridades imperiales de alto rango y los mercaderes enfatizaron la interrelación entre el tamaño y la frecuencia como una fuente importante del problema creado por los navíos buhoneros del Caribe. En dos reportes sobre el comercio de contrabando en los puertos de Nueva Granada escritos en 1800 y en 1804, el líder comercial de Cartagena, José Ignacio de Pombo, se refirió reiterativamente a los “múltiples viajes y entradas” de las pequeñas embarcaciones y a la práctica de los “repetidos viajes” como facilitadores del contrabando. Combinadas con el hábito de navegar “en lastre” a lo largo de la costa, los viajes frecuentes a Jamaica y a otras islas extranjeras eran, en opinión de Pombo, las fuentes principales de la notoriedad del contrabando en el Caribe neogranadino137. Una década antes, el virrey Ezpeleta había expresado preocupaciones similares, proponiendo “que lejos de convenir se disminuya el número de toneladas de las embarcaciones que se ocupan en el trato de negros, debe aumentarse”. Esta medida, creía él, reduciría el número de viajes y limitaría la eficiencia de las embarcaciones para descargar cargas ilegales en las costas con aguas poco profundas de las vecindades de los puertos del Caribe neogranadino. De forma casi contraintuitiva, Ezpeleta concluía que para limitar el comercio de contrabando que, en su opinión, resultaba “de los frecuentes viajes que se hacían a las colonias vecinas” en busca de esclavos y de los permisos concedidos para exportar frutos del país a colonias extranjeras, la mejor medida era aumentar el tamaño y el tonelaje de los navíos del Caribe138. Cuando se trataba de ayudar a limitar el contrabando, lo más grande, en efecto, era lo mejor.
Los límites de un área de comercio libre transimperial grancaribeña centrada en Kingston
En su estudio clásico de la relación entre el comercio y el dominio político, J. H. Parry concluyó que tras la crucial victoria de Waterloo, “el imperio británico… dejó de ser uno más entre un grupo similar de imperios en competencia”139. Se convirtió, en cambio, en un poder superior a sus rivales tradicionales europeos. En aguas del Caribe, a pesar de la pérdida de la mayoría de sus colonias norteamericanas, el predominio marítimo, comercial y político británico había estado creciendo desde la guerra de los Siete Años. A través de una combinación de adquisiciones territoriales y transformaciones políticas que hicieron posible incrementar sus interacciones comerciales, para los primeros años de la década de 1810, Gran Bretaña había tenido éxito en crear lo que puede llamarse un área de libre comercio en el Gran Caribe transimperial, que controlaba mayormente desde Jamaica, su base comercial y naval más importante. Las adquisiciones territoriales temporales (Guadalupe y Martinica en 1794, Curaçao en 1800-1802 y 1807-1815 y Saint Thomas en 1801 y 1807-1815) y las nuevas colonias permanentes (Trinidad desde 1797) contribuyeron a consolidar la hegemonía comercial británica140. Esta hegemonía, sin embargo, no era ni puramente comercial, ni incuestionablemente hegemónica. Como se evidencia por las ya referidas adquisiciones territoriales y por varios intentos fallidos de adquirir otros territorios (Saint-Domingue en 1793 y Puerto Rico en 1797), la idea decimonónica de un imperio exclusivamente comercial no fue un principio rector de las relaciones británicas con la América española141.
En la esfera comercial, aun cuando la influencia británica sobre Nueva Granada fue fuerte y clara, la conexión jamaiquina no fue por ningún motivo la única red comercial en la que participaron los puertos de Nueva Granada. Mientras que durante la mayor parte del período entre las décadas de 1780 y 1810, el comercio con España y con los franceses y holandeses no ofreció una posibilidad confiable para obtener las codiciadas manufacturas y provisiones, socios comerciales no tradicionales, como la isla caribeña danesa de Saint Thomas y los recientemente independientes Estados Unidos, fueron capaces de retar exitosamente la hegemonía comercial británica. La sociedad comercial con el Caribe danés, aunque importante durante las primeras dos décadas del siglo XIX (sin importar la ocupación británica de Saint Thomas entre 1807 y 1815), fue efímera y no dejó una huella significativa en la historia de largo plazo de la región que se convirtió en la actual Colombia. El comercio con los Estados Unidos, de otro lado, tuvo tanto un impacto inmediato como de largo plazo en la historia de Colombia y en la formación del Gran Caribe transimperial. Como se atestigua por el intercambio comercial entre Filadelfia y Cartagena, durante la primera década del siglo XIX los Estados Unidos ya estaban haciendo incursiones importantes en la América española.
Inmediatamente tras el estallido de la guerra por la independencia de las Trece Colonias, las relaciones en el Gran Caribe se transformaron de forma dramática. Durante la primera década tras el fin de la independencia de las Trece Colonias, los intercambios comerciales españoles con sus territorios americanos alcanzaron niveles sin precedentes. La guerra anglo-española de 1796-1808, sin embargo, llevó este comercio trasatlántico a una parálisis. Como resultado, Nueva Granada y otros territorios españoles americanos alrededor del Caribe aumentaron sus intercambios comerciales con colonias extranjeras en el Caribe y con los Estados Unidos. Entre 1780 y 1810, el comercio con extranjeros pasó de complementar el comercio trasatlántico español a reemplazarlo. El sistema de puertos libres y el creciente poder marítimo británicos, junto con una demanda insatisfecha por manufacturas británicas en la América española, transformó el Caribe Suroccidental en un área de comercio libre de facto, en donde las manufacturas británicas, provisiones y, al menos en apariencia, los esclavos se intercambiaban por el producto en lingotes de la agricultura de la América española.
Una característica de este recién establecido sistema comercial de dominio británico en el Caribe fue la participación de un mayor conjunto de puertos en intercambios comerciales con Jamaica. En Nueva Granada, el puerto mayor de Cartagena participó en la conexión jamaiquina en el mismo nivel que puertos menores, como Santa Marta, Riohacha y Portobelo. Adicionalmente, otros puertos, que he llamado “puertos ocultos”, como San Andrés y Sabanilla, mantuvieron un importante intercambio con Jamaica.
La evidencia proveniente de los puertos jamaiquinos y sus oficiales de aduanas demuestra que, incluso en tiempos de guerra, embarcaciones españolas condujeron la mayoría del comercio con Jamaica. Este hallazgo constituye fuerte evidencia sobre el éxito del sistema británico de puertos libres y el importante papel de Nueva Granada en dicho éxito. Si bien Jamaica fue el centro del comercio exterior de Nueva Granada, el dominio británico de las relaciones comerciales del virreinato estuvo lejos de ser monopolístico. Otras rutas internacionales, que comunicaban los puertos de Nueva Granada con puertos caribeños extranjeros y con los Estados Unidos, cobraron importancia con el advenimiento de la guerra anglo-española de 1796. Los navíos angloamericanos dominaron el comercio de Nueva Granada (en especial el de Cartagena) con los Estados Unidos (en su mayoría canalizado a través de Filadelfia). Los barcos daneses, probablemente transportando bienes ingleses, controlaron el comercio en las rutas Saint Thomas-Cartagena y Saint Thomas-Santa Marta. Y los navíos holandeses, casi completamente ausentes durante los períodos de la ocupación británica de Curaçao, aparecen en los registros como socios comerciales importantes de Santa Marta en 1808 y de Cartagena en 1817.
Las redes comerciales presentadas en este capítulo no solo fueron importantes como productoras de rentas para comerciantes y gobernadores británicos y españoles, sino también fueron generadores de efectos culturales menos tangibles, pero potencialmente más duraderos. Los siguientes capítulos exploran las formas en las que las redes comerciales transimperiales descritas en este capítulo ofrecieron el contexto en el que los habitantes del Caribe neogranadino desarrollaron interpretaciones geopolíticas acerca de las consecuencias potenciales de eventos en el Gran Caribe transimperial centrado en Kingston.
CAPÍTULO 2
Marineros
Entrecruzar fronteras y crear regiones
En la era de la navegación a vela, los trabajadores del mundo de madera eran ellos mismos, en sus mentes y en sus cuerpos, vectores de la comunicación global.
MARCUS REDIKER, Outlaws of the Atlantic1.
El 23 de septiembre de 1791, menos de un mes después del estallido de la revuelta de esclavos que inició la Revolución haitiana, las noticias del levantamiento esclavo en el Saint-Domingue francés llegaron al puerto de Santa Marta en el virreinato de Nueva Granada. Como la mayoría de las personas y de las noticias en la era de la navegación a vela, la información sobre los eventos en Saint-Domingue viajaba en barco. Pedro Pérez Prieto, de veintiséis años y capitán de la goleta San Fernando, le contó al gobernador de Santa Marta, José de Astigárraga, que una goleta francesa que Pérez Prieto encontró en el mar le informó que “los negros y mulatos [de la colonia francesa] con alguna parte de blancos se habían levantado y muerto a todos los blancos de setenta y cinco habitaciones [plantaciones] inmediatas”2. Tras matar a sus dueños, prosiguió Pérez Prieto, los rebeldes “les dieron fuego” a las plantaciones, “dejándolas arruinadas”. Basado en el reporte de Pérez Prieto, Astigárraga comenzó los preparativos para, dada la proximidad de Saint-Domingue y Santa Marta, lo que él creía que podría ser una afluencia significativa de refugiados desde la colonia francesa3. Las noticias de la Revolución haitiana, transmitidas especialmente por marineros que llegaban a Nueva Granada desde distintos puertos en el Caribe, continuaron capturando la atención de las autoridades españolas en el Caribe neogranadino a lo largo de la década de 1790 y bien entrada la segunda década del siglo XIX4.
Si bien el contenido específico del recuento de Pérez Prieto fue inesperado y algo excepcional —aunque no eran desconocidas, las rebeliones de esclavos no ocurrían todos los días—, la forma en la que la información fue transmitida era típica de una era en la que ser el capitán de un barco incluía también ser un transmisor de noticias. En el tardío siglo XVIII y el temprano siglo XIX, como lo demuestra el trabajo de Julius Scott y Marcus Rediker, los capitanes de mar como Pérez Prieto y los marineros que estos comandaban jugaron un papel clave en la circulación de noticias, ideas, rumores, personas y productos5. Mediante innumerables intercambios como el de Astigárraga y Pérez Prieto y el que lo precedió entre Pérez Prieto y el capitán de la goleta francesa, que ocurrían en muchos puertos de la cuenca del Caribe tanto como en alta mar, los habitantes del Caribe se informaron de los eventos que ocurrían en islas, en costas y en continentes separados por el mar, pero unidos por redes de comunicación comandadas por capitanes de mar. Enfocado en las trayectorias de navegación de los capitanes de mar y de los marineros que, entre las décadas de 1780 y 1810, conectaron los puertos de Nueva Granada con otros puertos del Caribe y del Atlántico, este capítulo sostiene que la circulación de personas e información hizo posible el surgimiento y la consolidación del espacio geográfico del Gran Caribe transimperial. Los capitanes de mar y sus tripulaciones fueron los creadores de esta región transimperial. Su circulación y la información que difundieron resultaron en la creación de lo que Michel de Certeau denominó un “teatro de acciones”, cuya configuración cuestiona nociones preconcebidas sobre el aislamiento y la autosuficiencia de esferas imperiales específicas (española, británica y francesa)6.
El capítulo está organizado en dos secciones. La primera examina las trayectorias de hombres de mar que conectaron las costas caribeñas neogranadinas con territorios españoles y no españoles en el mundo del Caribe y del Atlántico. Enfocado en dos tipos específicos de marineros —capitanes de navíos mercantes españoles involucrados en el comercio transimperial y marineros ordinarios que trabajaban a bordo de corsarios insurgentes—, esta sección resalta los mecanismos de transmisión de información para mostrar cómo las interacciones sociales resultaron en la creación de una región que los historiadores pueden usar como una unidad coherente de análisis histórico. La segunda sección desarrolla una caracterización de la región creada por los marineros que pone el mar en el centro del análisis histórico y reflexiona sobre la posibilidad de pensar el Gran Caribe transimperial como un territorio acuoso amorfamente demarcado.
Marineros, información y la creación del Gran Caribe transimperial
En su estudio sobre el papel de los marineros, esclavos y plebeyos en la expansión de la actividad revolucionaria en la modernidad temprana del mundo atlántico, Peter Linebaugh y Marcus Rediker presentan a los marineros del siglo XVIII como “un elemento transmisor de la revolución que viajó desde Norteamérica hacia el mar y, en dirección sur, hacia el Caribe”. Basados en el trabajo de Julius Scott sobre las corrientes de comunicación afroamericanas en el Caribe, Linebaugh y Rediker afirman que los marineros, a través del “contacto con esclavos en las ciudades portuarias británicas, francesas, españolas y holandesas del Caribe”, colectaron y transmitieron “información… sobre rebeliones de esclavos, abolición de la esclavitud y revolución”7. El papel de los marineros como portadores o, en la terminología de Linebaugh y Rediker, como vectores de información no se limitaba a la expansión de ideas y planes revolucionarios, ni sus contactos se limitaban a los esclavos. En el mar y en tierra los capitantes y marineros ordinarios también establecieron contacto con autoridades coloniales, comerciantes, pueblos indígenas y muchos otros habitantes del Caribe. A través de estos contactos, aquellos recolectaron, y luego transmitieron, información —algunas veces precisa, en ocasiones enormemente distorsionada— sobre los asuntos europeos, invasiones potenciales, alianzas y muchos otros detalles de importancia para las autoridades coloniales y el público general interesado en los desarrollos geopolíticos del mundo atlántico. La expansión de esta información posibilitó el surgimiento de una forma de vivir y de interpretar el mundo que fue común para todos aquellos que vivían en el espacio que se extendía a lo largo y más allá de las costas e islas del mar Caribe. La movilidad de los marineros y el flujo de información que sus vidas itinerantes hacían posible, en resumen, produjeron la vagamente delimitada región del Gran Caribe transimperial8.
Los capitanes de barcos mercantes españoles y los marineros ordinarios a bordo de corsarios insurgentes —los dos tipos de hombres de mar que analizo en este capítulo— con seguridad experimentaron el Gran Caribe transimperial en formas diferentes y con distintos intereses personales. Mientras que los capitanes, especialmente aquellos en quienes confiaban las autoridades españolas, pudieron haber interpretado esta región desde una perspectiva firmemente enraizada en su lealtad al Imperio español, los marineros ordinarios parecerían habitar lo que Julius Scott denominó un “Caribe sin amos ni señores”9. Pese a la naturaleza conflictiva de sus visiones geopolíticas y de sus lealtades políticas, capitanes y marineros compartieron una experiencia común de circulación a través de las aguas del Caribe y del Atlántico. Esta experiencia les permitió a estos y a otros habitantes menos móviles del Gran Caribe comprender que, a pesar de la existencia de muchas líneas divisorias invisibles que cruzaban el Caribe (v.gr., las fronteras políticas, las divisiones raciales), las tierras y aguas contenidas dentro de la cuenca del Caribe, y algunas veces extendidas más allá, constituían un espacio geográfico de interacción social, una región. Sus borrosos límites, los proyectos políticos en contienda que emergían en su interior y la ausencia de articulaciones explícitas (en mapas, libros, tratados) de su existencia como lugar convirtieron esta unidad geográfica en un espacio casi invisible (para los historiadores), pero no por esto menos coherente (para sus habitantes).
Capitanes de mar
Al navegar de un puerto del Caribe a otro, a menudo trazando rutas circulares que frecuentemente los llevaban a puertos ya visitados en diversas ocasiones, los capitantes de mar que comandaban las goletas que estudio en el capítulo 1 (y las tripulaciones a cargo de dichas goletas) construyeron geografías personales que desafiaban las demarcaciones imperiales y constituían una fuente constante de preocupación para las autoridades coloniales. Con trayectorias náuticas que sobrepasaban con frecuencia los veinte años navegando el Caribe, los capitanes de mar y sus experimentadas tripulaciones eran conscientes, como nadie más, de la coherencia interna —de la regionalidad— de este espacio geográfico transimperial10. Las trayectorias profesionales de los capitanes Juan Guardiola, Pedro Corrales, Jacinto Ruano, Nicolás Martínez, Pedro Pérez Prieto y Salvador de los Monteros ofrecen claros ejemplos de familiaridad con los puertos, costas e islas del Caribe que tenían los capitanes marinos. Un análisis de sus viajes, incluyendo sus intercambios de información en mar y en tierra, permite comprender el proceso a través del cual estos contribuyeron a la configuración del Gran Caribe transimperial11.
Guardiola, Corrales y Ruano conocían bien la geografía del Gran Caribe, especialmente la porción sur de sus costas y aguas. Entre 1793 y 1808 (y probablemente algunos años antes y después) Juan Guardiola capitaneó al menos seis goletas y navegó frecuentemente de Cartagena a Portobelo, Riohacha, Kingston y Trinidad en Cuba (véase el mapa 2.1). En ocasiones, como en sus viajes como capitán de la goleta Nuestra Señora de los Dolores en 1800), también navegó a Curaçao y a Santo Domingo. Como Guardiola, Pedro Corrales tuvo muchos años de experiencia (al menos veinticinco) navegando el Caribe como capitán de las goletas Carmen, Santa Rosa y Carmelita. Los viajes de Corrales expandieron el teatro de operaciones de Guardiola hacia el Este, para incorporar las islas danesas de Saint Croix y Saint Thomas, ambas importantes socios comerciales de Cartagena y Santa Marta durante el período de guerra anglo-española entre 1796 y 1808 y durante la década de 1810 (véase el mapa 2.2). Los repetidos viajes de Corrales al Caribe danés durante 1807 revelan la necesidad de Nueva Granada de establecer fuentes alternativas para obtener manufacturas y provisiones cuando la guerra hacía imposible depender de los suministros de España o del Caribe británico. Los viajes caribeños de Jacinto Ruano, a su vez, ofrecen un sentido de las posibilidades comerciales que permitía la paz (ver mapa 2.3). En contraste con Corrales y Guardiola, quienes hicieron la mayoría de sus viajes tras el inicio de las guerras revolucionarias francesas, los viajes registrados de Ruano ocurrieron durante el período de paz entre 1785 y 1789.

Mapa 2.1. Gran Caribe transimperial de Juan Guardiola (1793-1808). La circulación de Guardiola lo llevó en múltiples ocasiones a la Jamaica británica, el Curaçao holandés y a muchos puertos caribeños españoles, incluyendo Cartagena, Riohacha, Portobelo, Trinidad de Cuba y Santo Domingo.

Mapa 2.2 Gran Caribe transimperial de Pedro Corrales (1793-1817). Una carrera náutica de más de dos décadas le permitió a Corrales familiarizarse con puertos en el Caribe español, británico y danés.

Mapa 2.3 Gran Caribe transimperial de Jacinto Ruano (1785-1789). Los viajes frecuentes de Ruano a Les Cayes muestran que, antes de las revoluciones haitiana y francesa, Saint-Domingue rivalizaba con Jamaica como centro comercial del Gran Caribe transimperial.
Los viajes caribeños de Ruano lo llevaron varias veces al puerto de Les Cayes en el Santo Domingo francés, donde adquirió herramientas para la agricultura, clavos de hierro, harina y carne seca, todos los cuales fueron usados, probablemente, para suplir a los nuevos pueblos proyectados para el Darién12. Tomadas en su conjunto, las trayectorias náuticas de Guardiola, Corrales y Ruano, y de muchos otros capitanes de mar, revelan hasta dónde la geopolítica, la legislación comercial y las necesidades locales afectaron la configuración del espacio del Gran Caribe transimperial.
Durante la década de 1780, especialmente guiados por la necesidad de dotar las expediciones destinadas a la pacificación de la población indígena insumisa del Darién —estrategia que incluía el establecimiento de diversos pueblos a lo largo de la costa Caribe entre Portobelo y Cartagena— las autoridades españolas abrieron Cartagena al comercio con extranjeros neutrales. Durante la segunda mitad de la década de 1780, un raro período de paz en un mundo Caribe caracterizado por un estado casi de guerra permanente, el permiso de comerciar con extranjeros neutrales resultó en el cruce constante de fronteras políticas que les permitieron a los capitanes marinos circular casi de forma irrestricta entre las ciudades portuarias del Caribe, controladas por distintos poderes europeos. Aunque el estallido de las guerras revolucionarias francesas, la guerra anglo-española en 1796 y las guerras napoleónicas impusieron restricciones a las redes de comercio de los años de 1780, las trayectorias vitales de Guardiola y Corrales revelan que los capitanes marinos del Caribe continuaron conectando los puertos de Nueva Granada con islas extranjeras del Caribe. El variable panorama político del Caribe, junto con la implementación exitosa del sistema británico de puertos libres y el permiso español para comerciar con extranjeros neutrales resultaron en el surgimiento de Kingston como el gran almacén de los territorios del Circuncaribe español13. Así, no resulta sorprendente que, tal como las trayectorias náuticas de Guardiola y Corrales, también aquellas de Abraham Paz (goleta Marta), Bonifacio Revilla (goletas Regencia y Samaria), Josef Aballe (goletas Malambruno y Santo Cristo de la Espiración), y de muchos otros capitanes de mar que navegaron el Caribe en naves españolas, orbitaran alrededor de Kingston14. El lugar central de Kingston en las geografías caribeñas de estos capitanes soporta aún más el argumento, presentado en el capítulo 1, de que para finales del siglo XVIII el Caribe se estaba convirtiendo en un área de libre comercio en gran parte dominada por los británicos. Además, la presencia frecuente de estos capitanes en Kingston le permitió a este puerto surgir como el sitio más importante (o uno de los más importantes) del Gran Caribe transimperial.
La hegemonía comercial británica, sin embargo, no debe equipararse con el monopolio comercial. De forma similar, la centralidad de Kingston no debe interpretarse como exclusividad. Como lo muestran los viajes de Corrales y Ruano, los puertos caribeños franceses, holandeses y daneses mantuvieron una capacidad limitada de retar el dominio comercial británico. Como Ruano, Manuel Sosa (capitán de la goleta española Carmen) y Domingo Dixon y Francisco Margeran, ambos capitanes de goletas francesas que navegaban entre Les Cayes y Santa Marta, veían en el Caribe francés una fuente de provisiones y ropas que podían ser vendidas en Nueva Granada15. Los múltiples viajes de Juan Cruz de Herazo (capitán de la balandra Casildea) y de Pablo Francisco Mora (capitán de la goleta española Nuestra Señora del Carmen) entre Cartagena y Curaçao en 1793, así como aquellos de José Martínez (goleta Suceso), Edualdo Fiol (goleta Bella Narcisa) y Pedro Atencio (goleta Fancy) revelan la importancia estratégica de las islas danesas y holandesas en la construcción el Gran Caribe transimperial16.
Desde la década de 1780, sin embargo, el mayor reto a la hegemonía comercial británica vino desde los recientemente independientes Estados Unidos. Los registros portuarios de Cartagena y los reportes de las autoridades de Nueva Granada, como lo muestra el capítulo 1, ilustran la medida en que Estados Unidos llegó a ser un jugador importante en el mundo del comercio del Caribe. La trayectoria profesional de Salvador de los Monteros ilustra aún más el proceso a través del cual, durante el tardío siglo XVIII, las redes de comercio e información del Caribe comenzaron a expandirse más allá del mar Caribe para tocar puertos en Norteamérica.
Durante los primeros años de la década de 1780, navegando como capitán de la goleta Amable, Monteros viajó principalmente entre Kingston y Cartagena, con visitas ocasionales a Portobelo y Trinidad de Cuba. A partir de 1786, por solicitud del virrey de Nueva Granada, Caballero y Góngora, Monteros comenzó a navegar más allá del Caribe, convirtiéndose en el primer capitán de mar en establecer conexiones directas entre Nueva Granada y los puertos de los recientemente independientes Estados Unidos. En su calidad de enviado virreinal a los Estados Unidos, Monteros estaba encargado de obtener provisiones y materiales de construcción (especialmente herramientas de hierro y mástiles de barco) y de reclutar personas dispuestas a asentarse en los nuevos pueblos del Darién. En secreto, el virrey Caballero y Góngora también le encargó a Monteros la misión confidencial de encontrar y capturar un jesuita fugitivo, que presumiblemente estaba escondido en los Estados Unidos17. Los resultados de la misión secreta de Monteros no están del todo claros, pero sus múltiples viajes entre Cartagena y los Estados Unidos revelan la medida en que puertos como Charleston y Nueva York estaban participando crecientemente de las redes caribeñas comerciales y de comunicación de Nueva Granada. El 24 de julio de 1786, por ejemplo, Monteros entró a Cartagena desde Charleston, como capitán de la fragata San Antonio, importando “arboladura, fierro, harina, artillería, balas” y más18. Muy pronto, navegando con “libre y seguro pasaporte” otorgado por el virrey el 19 de septiembre de 1786, Monteros navegó desde Cartagena hasta Nueva York. Allí pasó al menos una porción de 1787, obteniendo provisiones y herramientas para enviarlas a Cartagena. Mientras Monteros permanecía en Nueva York, el San Antonio, esta vez capitaneado por Olivier Daniel, navegó hacia Cartagena en marzo de 1787 con una carga de harina, cerveza, pimienta, clavos, jamones, quesos, manzanas, velas, aceite, platos de cerámica, herramientas de hierro (hachas) y botas19.
Otros capitanes, incluyendo a Josef Rodríguez (bergantín Fuerte), Juan Ferrer (polacra San Agustín) y Juan Pastor (polacra Jesús Nazareno) expandieron aún más la frontera del Gran Caribe hacia los Estados Unidos, con viajes repetidos a Filadelfia durante los últimos años de la década de 178020. Sus viajes, así, constituyeron predecesores tempranos de las conexiones comerciales más fuertes que, empezando en la primera década del siglo XIX, enlazaron a Filadelfia con Cartagena y otros puertos en las costas caribeñas del virreinato de Nueva Granada21.
Como las de Guardiola, Corrales y Ruano, las geografías personales de estos capitanes que viajaban con frecuencia a los Estados Unidos eran transimperiales. La geografía de los últimos, en contraste con la de Guardiola, Corrales y Ruano, cubrió mucho más terreno. En su conjunto, las trayectorias de estos capitanes de mar revelan cómo la frecuencia en los viajes, sostenida por largos períodos de tiempo (los registros de archivo revelan que era común que las trayectorias profesionales de los capitanes duraran más de dos décadas, durante las cuales realizaban múltiples visitas a puertos específicos cada año), permitía que los capitantes se convirtieran en actores principales de la configuración de geografías transimperiales que estaban, como lo sostuvo una reconocida geógrafa, “siempre en construcción”22. Sus viajes frecuentes por aguas del Caribe y de la costa atlántica de los Estados Unidos les permitieron a Guardiola, Corrales, Ruano, Monteros y a muchos otros capitanes y marineros convertirse en personajes principales de la región del Gran Caribe transimperial que ellos mismos ayudaron a crear. Además, al transmitir información acerca de la vida y de los eventos políticos en los muchos puertos que visitaban, los capitanes de mar les permitieron a quienes no compartían sus vidas móviles el vivir e interpretar sus experiencias dentro del maleable marco geográfico del Gran Caribe transimperial.
Los capitanes de mar no solo posibilitaron el flujo de información, sino que también produjeron alguna de esta información. Isidro Josef Caymani, por ejemplo, como capitán de la goleta de correo Postillón, era responsable del transporte de la correspondencia oficial entre Cartagena, La Habana y Puerto Rico. El capitán Nicolás Martínez, escribiendo desde Jamaica en febrero de 1785, informó al gobernador de Santa Marta, Antonio Narváez y la Torre, que en Kingston se había enterado acerca de una alianza entre las autoridades de Jamaica y “tres indios capitanes de Calidonia” (el Darién), quienes fueron a Jamaica a obtener armas, pólvora, balas y algunas tropas para hacerles la guerra a los españoles. Adjunta a esta carta Martínez también envió periódicos jamaiquinos con información de las acciones británicas en Honduras y en la costa de Mosquitos. Como Monteros en Nueva York, Martínez estaba en Jamaica bajo órdenes secretas que incluían proveer inteligencia militar sobre potenciales preparativos británicos para atacar las costas de Nueva Granada23.
Además de estos intercambios de comunicaciones impresas, los capitanes de mar transmitieron también información de forma oral durante el tradicional proceso de inspección de los barcos o visitas de entrada. Durante las visitas realizadas en los puertos de Nueva Granada, los oficiales de aduana solicitaban que los capitanes les dijeran su nombre, nacionalidad, el nombre de la embarcación inspeccionada, el nombre de los últimos puertos visitados, la carga trasnportada, el número de marineros que componía la tripulación y el número de pasajeros que viajaban en la embarcación. Además, los inspectores de aduana solicitaban a los capitanes dar detalles acerca de otros barcos hallados durante la navegación y sobre ocurrencias en el mar, en particular si hubiera ocurrido cualquier tipo de percance debido a la desobediencia de algún miembro de la tripulación24. El énfasis especial que ponían las autoridades portuarias en los eventos que alteraban cualquier viaje marítimo (los motines y encuentros con barcos extranjeros constituían una preocupación especial para los oficiales aduaneros) revela la aprensión general que caracterizó a las autoridades españolas durante un tiempo marcado por guerras internacionales y la expansión de ideas revolucionarias, conspiraciones y levantamientos.
A través de las visitas, las autoridades españolas se enteraron sobre la erupción de la Revolución haitiana y recibieron información no oficial sobre declaraciones de guerra y acuerdos de paz (con frecuencia antes del arribo de la noticia oficial). Durante su visita de entrada a Santa Marta en septiembre de 1791, Pedro Pérez Prieto transmitió las noticias del estallido de la revuelta esclava en Saint-Domingue25. En 1802, poco después de entrar a Puerto Cabello desde Puerto Rico, Pedro Corrales transmitió a las autoridades de Caracas información obtenida de un navío estadounidense que acababa de arribar a Puerto Rico desde Les Cayes en Haití. Con base en su conversación con el capitán del barco estadounidense, Corrales declaró prematuramente el fin de la Revolución haitiana al informar al capitán general de Caracas que “el negro caudillo Toussaint, obligado por el hambre y sed… se había entregado” y, como resultado, “todo el país” había retornado a ser una posesión francesa26. En el interrogatorio que inició la visita de la goleta británica Luite Bets, su capitán, Noel Tool, dio información sobre la presencia de naves y marineros británicos en la isla española de San Andrés27.
Muchas veces las visitas sirvieron como el mecanismo más eficiente para que las autoridades españolas obtuvieran las noticias más recientes. Con frecuencia los capitanes confirmaban información previamente obtenida sobre planes de invasión preparados por poderes extranjeros. La mayoría de las veces los tripulantes de las embarcaciones, a quienes interrogaban las autoridades portuarias después de que los capitanes dieran sus declaraciones, corroboraban las versiones dadas por sus capitanes. Los oficiales portuarios, bien advertidos de los límites de la credibilidad de la información obtenida a través de estos canales oficiales, comprendían la necesidad de tomarse las declaraciones de los capitanes con cierto escepticismo. Desconfiar de los capitanes, o, más precisamente, saber en quién confiar, era una parte fundamental del trabajo de los oficiales aduaneros y de los gobernadores provinciales. En 1799 y 1800, solo por usar un par de ejemplos, su desconfianza les permitió a las autoridades de Cartagena —gobernador Anastasio Zejudo y oficial de aduana Ignacio Cavero— descubrir cargas de contrabando que los capitanes Andrés Fernández y Domingo Días naturalmente no se habían sentido inclinados a declarar28. Estos sucesos hacían común que los oficiales de aduana se quejaran de la dificultad de obtener las noticias “en derechura” de los capitanes y que declararan que los capitanes no se consideraban obligados a compartir información que consideraran inconveniente a sus fines29.
Para intentar resolver los problemas generados por la carencia general de credibilidad de los capitanes, los oficiales españoles buscaron enlistar capitanes al servicio de las autoridades reales. Este procedimiento les permitió reclutar un grupo de capitanes confiables, a quienes con frecuencia se asignaron misiones que fueron más allá de navegar los mares transportando bienes, personas e información. Monteros y Martínez, referidos antes, fueron parte de un grupo de capitanes de confianza de los que dependían las autoridades de Nueva Granada para obtener información confiable. El mundo de los marineros del Caribe y de los creadores de regiones también incluía capitanes españoles que supuestamente trabajaban como espías de las autoridades británicas, aventureros británicos que cambiaban lealtades y se hacían súbditos españoles, y una hueste de marineros ordinarios empleados en navíos mercantes, barcos de guerra y corsarios insurgentes. Como los capitanes, estos marineros ordinarios estaban familiarizados con las aguas del Caribe y del Atlántico y absorbían y transmitían información que hacía del Gran Caribe transimperial una realidad vivida.
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