Read the book: «Dos adultos en apuros»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1996 Emma Goldrick

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Dos adultos en apuros, n.º 1584 - septiembre 2020

Título original: Bringing Up Babies

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-718-2

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

ENTONCES, ¿has terminado con Alfred? –preguntó Mary Kate Latimore levantando la vista del petit point mientras su hija menor caminaba arriba y abajo, haciendo aspavientos y moviendo las manos de vez en cuando.

–Definitivamente –contestó Hope enfadada–. Es el fin, pero no se lo dirás a papá, ¿verdad?

–Tu padre es amigo del padre de Alfred –comentó Mary Kate dejando a un lado la labor y cruzándose de brazos–, pero eso no tiene nada que ver ni contigo ni con cuándo, cómo o con quién te cases.

–Pero él dijo que…

–¿Él?, ¿te refieres a Alfred?

–Sí, dijo que a papá no le iba a gustar que lo abandonara, que… bueno, que cuando se lo dijera me iba a enterar. Luego me hizo una burla y se marchó, y…

–¡Dios mío, hija!, ¿y llevas toda la tarde preocupada por eso? ¿Tan poco conoces a tu padre?

–A veces no estoy segura, mamá. En la familia todos son tan altos, tan enormes, tan firmes… –Hope tragó, se aclaró la garganta y se enjugó una lágrima–… y los hombres con los que mis hermanas se han casado también lo son. En cambio yo… yo no soy más un renacuajo, apenas mido más de metro y medio…

–Casi como yo –la interrumpió su madre–. Y tienes un precioso cabello dorado, igual que lo tenía yo antes de que se me pusiera gris. Y una bonita figura que lucir. ¿Qué quieres decir con eso de firmes?

–Bueno, pues que todos tienen… opiniones fuertes, por decirlo de algún modo. Tú me conoces, mamá, yo nunca he tenido agallas para… no soy como Becky. Ella es médico, yo me desmayo solo de ver sangre. O Mattie; ella se fue a África, yo soy incapaz de ir a Boston sola. O como Faith; ella es abogado y está casada con un constructor texano. Yo jamás podría dirigirme a un jurado, y las vacas me espantan. No… no soy nada, ni siquiera pude mantener aquel empleo de profesora, a pesar de lo que me gustan los niños. No podría ser ni bibliotecaria. ¿Qué va a ser de mí, mamá?, ¿tendré que conformarme con Alfred?

–Aún eres joven, niña, encontrarás tu lugar en el mundo –aseguró Mary Kate–. Ya lo verás. Y no tiene por qué ser con Alfred Pleasanton.

–Sí, claro. Entonces en un convento, ¿no?

–Calla, pequeña –sonrió su madre–. No creo que haya ningún convento para personas con un carácter como el tuyo. Siéntate, ya llega tu padre.

–Me voy, me esconderé –dijo Hope poniéndose en pie de un salto.

–Siéntate –ordenó su madre.

Toda la familia sabía reconocer aquella voz de mando. Hope sacó un pañuelo y se sentó tratando de hacerse la valiente, pero sin conseguirlo. El enorme hombre que entró por la puerta, sin embargo, ya no era el que había sido un día. Tenía el pelo gris, sus hombros parecían encorvarse, y solo iba a Boston una vez por semana o cuando su hijo Michael lo llamaba para pedirle ayuda en su labor como director de la Latimore Incorporated, la mayor empresa de construcción de la costa este.

Bruce Latimore se acercó a su diminuta mujer, se inclinó sobre ella y la besó en lo alto de la cabeza.

–¡Dios, qué día! –se quejó–. Y no lo digo solo por la maldita artritis.

–Pues por aquí tampoco hemos tenido mucha paz –contestó su mujer levantando la cabeza con una sonrisa–. ¡Si te hubieras tomado tus pastillas a la hora de comer…!

–¿Te lo dije? –preguntó Bruce levantando ambas manos y encogiéndose de hombros.

–Exacto, te lo dije –repitió Mary Kate–. Tu hija tiene un problema.

–¿Mi hija?

Bruce Latimore estaba seguro de una cosa: Mary Kate Latimore, juez del Tribunal Superior de Justicia, era la encargada de dar órdenes en lo referente a las mujeres de la familia, y solo acudía a él cuando necesitaba que repitiera lo que ella ya había decidido de antemano. Así pues, lo único que tenía que hacer era averiguar qué quería Mary Kate que repitiera.

–Hope, ¿tienes un problema? –inquirió Bruce.

–No exactamente –contestó la niña enderezándose en el asiento–. He… he roto mi compromiso con Alfred –confesó por fin a toda velocidad.

–Ah –contestó Bruce tratando de pensar también a toda velocidad–. ¿Alfred?, ¿te refieres a ese tipo repugnante que ha estado merodeando por aquí durante los dos últimos meses?

–El mismo –contestó Mary Kate.

–Papá…

–¡Qué buena idea! –la interrumpió su padre–. Y ahora que lo pienso, tampoco aguanto a su padre. Pero entonces, ahora tienes más tiempo libre, ¿no?

Hope Latimore vaciló. ¿Más tiempo libre? Su padre se había hecho muy mayor, pero no había perdido agilidad mental. Y, en aquella familia, una chica que hablara sin pensar podía verse envuelta en muchos problemas. Sin embargo, si se trataba solo de tiempo libre… ¿cómo podía eso causarle problemas?, se preguntó dándole vueltas al asunto.

–Pues… sí –contestó ansiosa, mirando al suelo.

–Bien, porque necesito ayuda.

Hope levantó la vista de inmediato. Su padre se había dejado caer en su sillón favorito y leía el Boston Globe. Su madre, siempre ocupada, había dejado la labor y lo miraba.

–¿Que necesitas ayuda?

Aquello parecía imposible. Hope había visto a su padre gobernar el mundo durante toda su vida. Solo de vez en cuando lo había visto volverse hacia su mujer para pedir consejo. Su hermana Becky se había echado a reír y le había dicho que se equivocaba, que era su madre la que lo dirigía todo, pero Hope no la había creído. Y de pronto…

–Sí, necesito ayuda, cariño –insistió su padre dejando el periódico a un lado–. A ti te gustan los niños, ¿verdad? Me refiero a los pequeños.

–Sí –contestó Hope vacilante, cruzando los dedos–. Me gustan los niños pequeños.

–Entonces todo arreglado –afirmó Bruce Latimore volviendo a su periódico.

–¿El qué? ¿qué es lo que está arreglado? –preguntó Hope.

–¿Es que no te lo he dicho? –preguntó a su vez Bruce volviendo a apartar el periódico.

–No, me temo que no, cariño –contestó Mary Kate en un tono de voz muy expresivo, que Hope había aprendido a interpretar a base de experiencia. Aquello significaba que su madre… o su padre… se estaba burlando de ella. O los dos–. Deberías explicarte, Bruce.

–Sí, bueno… –vaciló Bruce Latimore sacando una pipa del bolsillo y dándole golpes contra la palma de la mano. No tenía tabaco. Su mujer lo había convencido de que fumar era malo–. Hay un chico que…

–¿Es un empleado alto y grande?

–Pues… no, ninguna de las dos cosas –respondió Bruce sobresaltado ante la pregunta–. Es de una empresa a la que hemos contratado, no es empleado nuestro. Y, la verdad, no es muy alto. Debe medir metro setenta y nueve o metro ochenta, diría yo.

–Entonces, ¿no es un empleado? –volvió a preguntar Hope aliviada.

–¿Qué tienen de malo los empleados? –sonrió su padre.

–Pues que tienen esa tendencia a…. repetir todo lo que oyen en las oficinas de Latimore.

–Ah, ¿hacía eso Alfred?

–Bueno, esa era una de las pegas.

–¿Y otra era ser demasiado alto?

–Sí, esa era otra –admitió Hope retirándose el pelo de la cara.

–Entonces este chico es justo lo que necesitas –rio su padre–. Es exactamente lo que necesita nuestra empresa de construcción, pero no tenemos dinero para pagarlo: un genio de la informática. Y no te creas que hay muchos. Por eso lo hemos contratado, para que solucione nuestro problema, y te aseguro que no sale barato.

–Seguro que podrías encontrar a una mujer que resolviera el problema igual de bien –soltó Hope–. ¿Es que siempre tiene que hacerlo todo un hombre?

–No, pero a este chico lo conocemos, y tu hermano Michael confía en él.

–Bien… ¿y qué?

–Pues que el chico tiene un problema muy particular. Su hermana tiene dos hijos, un niño y una niña, y resulta que ella y su marido tuvieron un accidente de tráfico. Ya están mejor, pero necesitan tiempo para recuperarse. Y no tienen quien les cuide a los niños.

–¿Y?

–Y nosotros necesitamos a ese experto en informática, pero él dice que no puede trabajar porque tiene que ocuparse de los niños. Dice que el único modo de cumplir su contrato con nosotros es consiguiendo a una mujer buena y fiable, a una…

–¿Niñera? –lo interrumpió Hope.

–Ama de llaves –la corrigió su padre–. Para un par de meses, quizá tres. Dos niños, los dos muy pequeños. Casi bebés, supongo. Viven cerca de la carretera, como a kilómetro y medio de Taunton.

–¿Y crees que podría traerme aquí a los niños?

–No, él dice que no. Los niños están viviendo en su casa desde el accidente, y no quiere trasladarlos. La madre está hospitalizada, y creo que la cosa va para largo. Incluso está preocupado de que la niña se olvide de su madre. Bueno, ¿qué te parece? –Hope dio vueltas a la idea. Una familia. Con dos niños. Y un adulto que probablemente trabajara en Boston. Podía llevarse a su perro por si acaso, y conducir hasta… –Por supuesto, él espera que vivas en su casa –añadió su padre interrumpiendo sus pensamientos.

–Hija, no hace falta que trabajes –intervino entonces Mary Kate–. Tu parte de los dividendos de la Latimore Incorporated es suficiente para…

–Para mantener a una flota, ya lo sé, pero si no hago algo me voy a volver loca –aseguró Hope desesperada.

–Empiezas mañana –dijo su padre volviendo al periódico.

–¡Espera un momento! Querrás decir pasado mañana –aseguró Mary Kate resuelta–. Estamos hablando de mi hijita pequeña. Mañana mismo iré a ver quién es ese joven.

–¡Michael es tu hijito pequeño, es dos años más pequeño que yo! –exclamó Hope de inmediato, sintiendo la necesidad de luchar.

Mary Kate dejó la labor y se quedó mirando a su hija.

–Michael es más alto que tu padre, y lleva dos años dirigiendo la Latimore Incorporated. Tú eres mi hijita pequeña.

–Sí, mami.

Llegó el domingo. Aunque hacía sol, soplaba un viento frío procedente del Canadá, y se esperaba otra borrasca. Una fila de árboles, desnudos de sus hojas desde hacía tiempo, se alineaban en la carretera hacia el sur. Hope Latimore silbó tratando de reunir coraje mientras conducía su viejo Jeep Wagoneer hacia Taunton.

Rex, el enorme y viejo pastor alemán, iba sentado en el asiento del copiloto sacando el hocico por la ventana. Su madre había estado con el ceño fruncido, pero había dado su aprobación «siempre y cuando Rex la acompañara». Aquello no tenía sentido. Rex tenía catorce años, y era muy manso, pero siempre era de agradecer el poder contar con un amigo.

Quince minutos más tarde Hope vio la casa. Estaba muy alejada de la carretera, apenas se la veía. Era una cómoda granja de buen aspecto, con miles de añadidos posteriores. Hope maniobró y se detuvo delante del porche. El lugar estaba en silencio, parecía abandonado. Rex se negó a salir del vehículo.

–Cobarde –musitó Hope respirando hondo y subiendo las escaleras del porche.

El perro gimoteó, pero no se movió. En la puerta había un timbre y llamó varias veces. Al otro lado de la puerta hubo un gran jaleo. Y, al abrir, un murmullo de voces. Dos niños pequeños aparecieron. Un niño bien fuerte y una pequeña y delicada niña. El niño era casi una cabeza más bajo que Hope, y la niña más bajita que el niño.

–¿Sí? –preguntó el niño.

–Soy… –Hope tragó. Tenía la boca seca. Jamás se le habían dado bien las presentaciones–. Soy la nueva… ama de llaves.

–¡Hah!

Eso mismo pensaba Hope. Dio un paso atrás y estuvo a punto de caer por las escaleras del porche. Ambos niños la miraron con ojos negros muy abiertos.

–Mi padre me ha mentido –musitó Hope–. ¡Me dijo que erais casi bebés!

–¡Hah! –volvió a exclamar el niño saliendo al porche y mirándola de arriba abajo–. ¿Bebés? Yo tengo ocho años, y Melody tiene tres. ¿Bebés?

–No, ya lo veo… –comenzó Hope a explicarse mientras Rex salía del coche y se colocaba junto a ella.

O hacía algo de inmediato o aquellos dos niños le plantaban cara y la mandaban a casa. Sería una pena. Tendría que apuntarse un nuevo fracaso. Hope chasqueó los dedos al oído de Rex. El enorme perro se puso en guardia. Gruñó, sacó la lengua y jadeó, y la bravuconería del niño desapareció. Entró en casa y su hermana se escondió detrás.

–¿Ese perro es tuyo? –preguntó tembloroso.

–Sí, es mío –contestó Hope–. ¿No me invitas a pasar?

–Sí, claro –repitió el niño dando otro paso atrás.

–Así que tu hermana se llama Melody, ¿no? Es un nombre bonito. ¿Y tú?

–Él se llama Eddie –dijo la niña–. En realidad se llama Edward, pero no le gusta, así que el tío Ralph dijo que…

–A ese es a quien quiero ver –se apresuró a decir Hope–, al tío Ralph. ¿Se ha marchado a Boston a trabajar?

–No –contestó Melody–. Se ha marchado arriba, al ático. Trabaja allí.

–¿Marchado? ¿Trabaja en el ático? ¿Siempre?

–Sí –confirmó Eddie–. Siempre trabaja en el ático, es verdad. Mi hermana no habla un buen inglés.

–Esa es otra… –comenzó a decir Hope, que enseguida calló.

Su padre siempre iba directo al grano, y jamás olvidaba nada. ¿Cómo era posible que hubiera cometido aquellos dos errores? El tío Ralph vivía y trabajaba en casa, y se suponía que ella iba a tener que quedarse a pasar la noche allí… su madre no había dicho nada al respecto, excepto que se llevara a Rex.

¿Rex? Hope miró por encima del hombro. El perro la había seguido hasta dentro de la casa, pero luego había vuelto al felpudo de la puerta y se había dormido sobre él. ¡Vaya protección!

Dos niños. La niña era respondona y descarada, y tenía una espesa cabellera pelirroja recogida en lo alto de la cabeza. ¿Tres años? Alguien le había puesto un peto rojo que le quedaba pequeño, y la blusa ya no era lo blanca que debía haber sido. Iba descalza y parecía frágil. El niño parecía fuerte, alto para su edad, y llevaba un mono con parches en las rodillas que en otros tiempos debió de ser azul. También iba descalzo, y tenía el pelo más oscuro que su hermana. Los dos tenían ojos negros y observaban a Hope sin pudor.

–Entonces a quien tengo que ver es a vuestro tío –repitió Hope con voz trémula.

No estaba muy segura de querer ver al tío Ralph. Quizá debiera volver a Eastport, se dijo en silencio. Pero entonces defraudaría a su padre y a Michael, que se pondría a gritarle…

–¿Y a quién tenemos aquí? –dijo una voz profunda, saliendo de la oscuridad.

Hope sacó la cabeza, pero apenas vio nada.

–Me llamo Hope, significa Esperanza.

–Sí, bien, todo el mundo debe mantenerla –dijo la voz dando un paso hacia la luz, sin salir aún de la oscuridad.

–¿Cómo?

–Hope –repitió la voz–. Todo el mundo debe mantenerla.

Eddie soltó una risita nerviosa. Hope se ruborizó. Era un terrible juego de palabras, pero no tenía agallas para decirlo. Entonces aquella figura dio otro paso más hacia la luz.

–¡Tú! –exclamó Hope.

–Sí, yo –admitió él–. Pensaste que no ibas a volver a verme, ¿verdad, Hope Latimore? Ha pasado mucho tiempo desde el instituto. Recuerdas…

–No tengo ganas de recordar nada –declaró Hope resuelta–. Y, en especial, no tengo ganas de recordarte a ti, Ralph Browne. No después de…

–Sí –suspiró él–, no tuve precisamente mucho éxito en el baile de Graduación, ¿verdad? Bueno, gracias a Dios que hemos… que he crecido. Tú, en cambio… sigues siendo una mujer diminuta y…

Eso era lo que más odiaba en el mundo.

–Yo no soy una mujer diminuta –lo interrumpió Hope–. Soy bajita, pero no diminuta. Y no me gusta que me llamen…

–Pequeña o diminuta –la interrumpió él–. Es suficiente. ¿Lo habéis oído, niños?

Dos cabecitas asintieron.

–Ser bajita –continuó Hope con cabezonería– no tiene nada que ver con ser inteligente, con tener virtudes o con la moral.

–Podrías haber omitido eso de la moral. Eres una preciosa y diminu… mujer bajita, señorita Hope. ¿Crees que podrías manejar a estos dos indios salvajes?

–Sin duda –contestó ella tensa, sintiendo un escalofrío al recordar su experiencia como profesora del curso de noveno en el colegio público de Taunton.

«Es una profesora hábil y trabajadora», había dicho el director del centro al consejo escolar, «pero completamente incapaz de mantener la disciplina en una clase de veinticinco estudiantes».

–Entonces… –contestó el tío Ralph–, Eddie, lleva las bolsas de la señorita Hope a su dormitorio. Y tú, Melody, llévala a…. Pero en el nombre de Dios, ¿qué es eso?

Era Rex, por supuesto. El perro se estiró, se puso en pie y se acercó a Hope. Era enorme.

–Es Rex –dijo ella–, mi guardián. Mi madre ha dicho que no puedo quedarme aquí a pasar la noche sin perro.

–¿Tu madre? ¿Te refieres a esa diminuta… eh… mujer bajita que vino ayer?

–La misma –replicó Hope–. Es juez del Tribunal Superior de Justicia, ¿sabes?

–No, no lo sabía. ¡Vaya aguafiestas! Así que mima mucho a su hijita, ¿no? ¿Te tiene superprotegida? ¿Tienes que volver a casa a las once? –inquirió haciendo una pausa para reflexionar sobre el resto de cosas que había dicho Hope–. ¿Has dicho el Tribunal Superior de Justicia?

–Y mi hermano es muy fuerte y tiene ideas anticuadas –añadió Hope dándose aires de superioridad.

–¡Dios mío! ¿Hay más en la familia?

–Sí, y todos son mucho más grandes que yo –confesó Hope–. Pero, quitando a Michael, todas están casadas.

–Creo que será mejor que vuelva a trabajar –contestó él mirándola con expresión grave.

Parecía estar reflexionando. Luego sonrió a los niños y subió escaleras arriba. Hope lo observó.

Era un hombre delgado y esbelto, como de un metro setenta y nueve. En su entorno, de gente enorme, resultaba bajito, pero para Hope tenía una medida muy adecuada. Podía mirarlo levantando la cabeza, pero sin necesidad de acabar con dolor de cuello. Era musculoso, la camiseta que llevaba lo demostraba. Cintura y caderas estrechas embutidas en los vaqueros, hombros anchos, cara cuadrada y cabello rubio rojizo. Bien, se dijo Hope, sabía que tenía que haber algún hombre de su talla en este mundo. Ralph se paró al pie de la escalera y se dio la vuelta.

–La comida es a las doce, hay un horario en la pared de la cocina. Y ten cuidado con Eddie.

Antes de que Hope pudiera formular ni una sola pregunta Ralph se había ido. ¿Que tuviera cuidado con Eddie? Melody era una muñequita, pero Eddie… era otra historia. Hope observó el reloj colgado de la blusa de la niña. Faltaban tres horas para la comida, tenía que resolver qué preparar.

–Bueno, vamos –dijo Eddie recogiendo la maleta y comenzando a subir las escaleras.

El niño era alto y fuerte para su edad, pero Melody era diferente. La niña se acercó a ella y la tomó de la mano. E inmediatamente rompió el hechizo diciendo:

–Creo que hasta mi madre es más grande que tú –luego, al llegar al descansillo de las escaleras, añadió–: Bueno, tú eres más grande de arriba. ¡Mucho más!

Hope se miró y estuvo a punto de dar un traspiés. Ella usaba una talla de sujetador más grande que la mayor parte de las mujeres de su estatura. Recordaba perfectamente cómo se le quedaban mirando los chicos en el instituto.

–Algún día tendrás que contármelo –dijo Melody.

–¿El qué? –preguntó Eddie.

–Eso de ser… –comenzó a decir la niña.

–Eso tendrá que explicártelo tu madre –alegó Hope dando por terminada la conversación. Era lo último: darles una clase sobre sexo. Tenía veinticuatro años, pero aún se sentía cohibida al hablar de ese tema–. Mi madre me lo explicó todo cuando cumplí los trece.

–¿Explicar qué? –insistió Eddie.

–Cosas de chicas –contestó su hermana.

–Esta es tu habitación, Hope –dijo Eddie agarrando el picaporte.

–No, esa no –dijo Melody–, la siguiente, la que tiene cuarto de baño.

Eddie se encogió de hombros, cerró la puerta de un golpe y siguió por el pasillo hasta otra puerta más allá. Iba a tener su propio baño, era estupendo. El corredor era largo y recto, casi tan largo y estrecho como la pista de una bolera, y tenía ocho o nueve puertas cerradas que impedían que le llegara la luz y una pequeña y sucia ventana en cada extremo. Aquel lugar necesitaba una buena limpieza. Eddie abrió la puerta siguiente y la hizo entrar en una habitación decorada en marrón. Luego miró a su alrededor como si no pudiera creerlo.

–¿Esta? –le preguntó a su hermana. La niña asintió. Eddie se encogió de hombros y soltó la bolsa de Hope–. Vamos –le ordenó a su hermana.

Ambos bajaron al salón, la niña lo seguía sin pestañear. Rex se puso de pie para seguirlos.

–¡Rex! –lo llamó Hope. El perro se detuvo, miró a su alrededor y volvió a su lado–. ¡Condenado perro! –Rex giró una o dos veces sobre sí mismo y se dejó caer en la alfombra–. Bien, desharé la maleta, tomaré una ducha y miraré a ver qué pongo de comida.

Deshacer la maleta le llevaría poco tiempo: apenas llevaba dos o tres cosas, pero en cuanto a la comida… ¿Sándwiches y leche, quizá? Algo así, pensó. Era fácil contentar a los niños.

Hope se quitó el suéter y se desabrochó la blusa. Entonces escuchó un estruendo. Primero un golpe, y después una especie de ruido continuo, como si algo estuviera rodando. Melody gritó. Eddie gritó pidiendo ayuda. Rex se puso en pie y miró hacia la puerta. Hope se tomó unos segundos y por fin salió al pasillo justo cuando la bola que rodaba por él chocó contra la pared del fondo. La casa tembló.

La camisa, abierta, cayó al suelo. Los niños estaban de pie frente a ella, agarrados de las manos.

–Ha sido un accidente –afirmó Melody.

–Ha sido ella –dijo Eddie señalando hacia el rincón.

Junto a la pared, una enorme bola de jugar a los bolos.

–¡Dios mío! –suspiró Hope.

–¡Dios mío, es cierto! –exclamó el tío Ralph bajando las escaleras desde la tercera planta–. Te he dicho que vigiles a Eddie.

–¡No me digas! ¿Y por qué iba a querer un niño de su edad hacer una cosa así?

–¡Pero si yo no he sido! –insistió Eddie.

El tío Ralph esbozó una expresión de confusión. Melody, sintiendo que necesitaba protección, se agarró a la pierna de Hope con ambos brazos.

–¡Yo no he sido! –exclamó.

–Por supuesto que no –aseguró Hope.

–Bien, tengo trabajo –dijo el tío Ralph. Acto seguido se dirigió hacia la escalera y comenzó a subir, pero enseguida añadió en voz baja, para que no lo oyeran los niños–: Señorita Latimore, apreciaría mucho que no volvieras a aparecer casi desnuda delante de los niños.

–¿Cómo? –preguntó Hope–. ¡Ah, es cierto! –añadió mirándose y ruborizándose.

Llevaba lo mismo que hubiera llevado en una playa: bragas, sujetador y falda. Y era una suerte, por lo general nunca llevaba sujetador. Prefería la ropa suelta, grande, y con sus pechos firmes y bien desarrollados el sujetador resultaba innecesario. Hope miró a Ralph deseando que desapareciera de su vista.

–Sí, es cierto –repitió él con una media sonrisa–. Por mí ya te lo puedes imaginar, no tengo ninguna objeción, pero Eddie y Melody son…

–¡Cállate! –gritó Hope–. Yo no soy… soy… ¡ha sido un accidente!

Los dos niños soltaron una risita nerviosa.

–Te lo dije, ¿a que son grandes? –añadió la niña.

El tío Ralph subió las escaleras sin dejar de reír. Hope miró entonces a los niños, y estos dejaron instantáneamente de reír. Se retiró a su habitación y cerró la puerta de un golpe. Se dejó caer sobre la cama y apretó los puños.

–Dejaré este estúpido trabajo –se dijo en voz alta para sí misma–. ¡No tengo por qué aguantar este…! –golpeó los puños contra la pared–. ¡Tendría que haberle pegado! ¡Hace diez años, en aquel baile, tendría que haberle pegado!

Ralph Browne, el chico que la había puesto en ridículo hacía diez años. Hubiera debido de… matarlo. ¡Rasgarle el vestido en mitad de la pista de baile! ¡Y en aquella ocasión no llevaba sujetador! ¡Y él, muerto de risa! Bueno, después de ponerle el ojo morado ya no rio más. Poco después él se lo había explicado todo al director del instituto como si fuera un accidente, y a ella la habían echado de clase durante una semana por pegarlo. ¡Era un monstruo!

Tomaría una ducha y se cambiaría de ropa. Y luego lo impresionaría con una comida como jamás la había imaginado. Ese era un buen plan. Hope entró en el baño, tiró la ropa al suelo y abrió el grifo del agua caliente. Se lavó, se calmó y, media hora más tarde, salió de la ducha.

Las toallas colgaban de una percha. Tiró de una de ellas y se secó. Salió del baño con la toalla colgada de una mano arrastrándola por el suelo. Sin embargo, tras dar tres pasos en el dormitorio, comprendió que había cometido otro terrible error. Había un hombre en calzoncillos a los pies de la cama, silbando. ¡El tío Ralph!

–¿Qué…? –gritó.

Él se dio la vuelta.

–Bien, preciosa, no cabe duda, pero no hacía falta que te tomaras tantas molestias.

Hope pareció quedarse helada. Jamás en su vida había compartido un baño con un hombre, y menos aún con uno medio desnudo, dispuesto para recibir un puntapié. Bueno, al menos desde que Michael tenía dos años. Hope respiró hondo.

–¡Sal de mi habitación! –gritó.

Él sonrió. Hope agarró la toalla y trató de taparse.

–Debe ser un error –rio él–. Ocurre que esta es mi habitación, y si de verdad quieres taparte, súbete más la toalla.

Hope miró para abajo. Tenía razón. Airada, subió la toalla.

–¡Sal de mi habitación! –repitió Hope ajustándose la toalla.

–Deja que te lo repita, esta es mi habitación.

–Tu sobrino…

–Sí, ya veo –contestó él mirando a su alrededor como si buscara algo–. Ya discutiremos sobre eso más tarde, en cuanto encuentre mis pantalones.

Hope suspiró frustrada y se retiró al baño cerrando la puerta de golpe.

–Supongo que eso significa que no me encuentras atractivo, ¿no? –inquirió él medio riendo a través de la puerta–. Si piensas marcharte será mejor que esperes hasta después de la comida –añadió en voz alta.

–¡Vete! –gritó ella apretando los puños.

–No mientras no… ah, aquí están –añadió acercándose a la puerta–. No podía marcharme, no encontraba mis pantalones. Nos veremos a la hora de comer.

Hope escuchó la puerta abrirse y cerrarse y se apoyó contra la del baño suspirando aliviada. Tenía que marcharse, se dijo a sí misma. No tenía por qué aguantar aquella situación.

Abrió la puerta del dormitorio despacio y asomó la cabeza.

–Esperaré –musitó sentándose en la cama–, ¡esperaré a que haga otro comentario y entonces lo golpearé tan fuerte que jamás lo olvidará!

En su interior, Hope no dejaba de oír la voz de su madre, que decía: «Vamos, adelante, abandona. Seis trabajos en menos de dos años, pero no importa. Mejor marcharse que matarlo. No has madurado lo suficiente como para enfrentarte a un hombre adulto, tienes que controlar tu carácter, cariño. Venga, abandona. Defraudarás a tu padre, pero él jamás ha comprendido a las mujeres. Vamos, abandona, Hope».

–¡Maldita sea, maldita sea! –gritó golpeando la almohada–. ¡No abandonaré, no abandonaré! Y no voy a llamar pidiendo ayuda. ¡No abandonaré! ¿Me oyes, Hope Latimore?

Hope se enjugó las lágrimas, vació la maleta y se vistió con una camiseta, vaqueros y zapatillas de deporte. Luego se peinó, pero apenas sirvió de algo. Sus cabellos rizados volvieron a revolverse en cuestión de segundos. Entonces bajó a la cocina. Por el camino tropezó con un espejo y se miró. La camiseta mostraba su figura a la perfección. Demasiado perfectamente.

–¡Oh, Diossss! –musitó volviendo al dormitorio a buscar un jersey grueso, amplio y suelto, para cubrirse.

Capítulo 2

LA QUICHE se tostaba en el horno cuando una alarma sonó en la casa. Él se lo había advertido, pero lo había olvidado. La casa entera estaba gobernada por un pequeño ordenador situado en la pared de la cocina, justo detrás de la nevera. Y el timbre que avisaba de que era la hora de la cena parecía una sirena de bomberos.

Hope se estremeció. Apenas sabía nada de ordenadores. Al lado, clavado a la pared, había un cartel en el que se explicaba todo lo que debía hacerse en la casa en cada momento. Sin embargo Hope no necesitaba consultar el horario, ya no. De pronto se escucharon pisadas, y Hope se retiró a un rincón. Melody entró como un rayo, tres o cuatro pasos por delante de Eddie.

–¡Te gano, te gano! –cantó la niña bailando alrededor de su hermano.

–¡Tramposa, no me has…!

–Sí, te he ganado, ¡mentiroso! –contestó la niña sacándole la lengua.

Por fin llegó el tío Ralph.

–Inspección –ordenó con voz de sargento. Los niños se alinearon como soldados, erguidos con la cabeza bien alta–. Manos.

Entonces aparecieron dos pares de manos. Las de Eddie con las palmas hacia arriba, las de Melody con las palmas hacia abajo. El tío Ralph observó las de Eddie y dijo:

–Aceptable, pero usas demasiada agua y poco jabón –luego dio un paso e inspeccionó las de Melody–. Da la vuelta.

La niña giró las manos. Tenía las palmas negras.

–Te lo dije –rio Eddie–. No se ha…

–No admito comentarios por parte de los soldados –afirmó el tío Ralph–. Soldado Melody, vuelve a lavarte. Rechazada.

La niña hizo un puchero. Estaba a punto de llorar. Cerró los puños y corrió al baño que había junto a la cocina. Eddie se dejó caer en la silla.

–¡Eh! –objetó su tío–. Nadie se sienta hasta que no se hayan sentado las damas.

–¡Bah! –se quejó el niño poniéndose en pie–. No es ninguna necesidad que..

–No es necesario que –lo corrigió su tío.

–Sí, eso. No es necesario que gane, como es chica siempre se sienta primero. No es justo.

–Cierto, Eddie –convino su tío–, pero la vida no siempre es justa, ya lo sabes.

Melody volvió a la cocina con las manos chorreando.

–Bien –dijo su tío sujetándole la silla–, y ahora disfrutemos de esta primera deliciosa comida de nuestra nueva ama de llaves.

–Está caliente –avisó Hope sacando la quiche del horno y dejándola en medio de la mesa.

Hope esperaba una respuesta entusiasta, pero en lugar de ello solo hubo silencio. De hecho fue un silencio muy incómodo. Por fin Melody se puso en pie sobre su silla y asomó la cabeza por encima del plato.

–¡Vaaaya! –medio susurró–. ¿Qué es eso?

–Quiche –contestó Hope–. Es francés. Os va a encantar.

–¿Y qué es esa cosa verde que sobresale? –preguntó Eddie sin dejarse impresionar por el aspecto del plato.

–Brocoli –afirmó Hope–. A los niños les encanta el brocoli.

–¡Buagh! A mí no.

–Ni a mí tampoco –convino Melody.

Hope se volvió y se quedó mirando al tío Ralph, que escondió la cabeza. Y se rio. Hope sabía que se estaba riendo, a pesar de la expresión solemne de su rostro. No era una expresión sincera. Los niños no podían evitarlo, hacían lo que veían hacer a los mayores. Tendría que haberle dado un sartenazo. Hope sintió que las manos se le iban instintivamente hacia el mango.

–¡Eh, que yo no he dicho nada! –exclamó el tío Ralph levantando las manos en señal de rendición–. Yo como quiche… aunque el brocoli no es mi verdura favorita.

–¿Pero qué es esto, una familia que come comida basura? ¿Qué os gusta comer?

–Mantequilla de cacahuete y mermelada –dijo Melody–. Bueno, menos cuando cocina mamá.

–Mamá nos hace sándwiches –añadió Eddie–. De jamón, de queso, de salami… esas cosas.

–Y a veces pizza –añadió el tío Ralph–. Mi hermana cocina muy bien.

Y yo, pensó Hope enfadada. Mucho mejor. Debía dejar aquel estúpido trabajo, marcharse en ese mismo instante y no volver. Debía… hacer sándwiches.

La mantequilla de cacahuete, según había averiguado en una primera inspección, estaba en el tercer estante. La mermelada, en la nevera. El pan, en la panera. Hope abrió la puerta del armario, estiró el brazo y se puso de puntillas.

–¡Maldita sea! –musitó entre dientes.

Le faltaban unos treinta centímetros para llegar.

–La banqueta de la cocina está junto a la nevera –dijo el tío Ralph.

–¡Y el bote de las multas por decir palabrotas junto a la panera! –exclamó Melody.

–Claro, pero si fueras un caballero…

Según parecía, no lo era.

–Un duro por cada palabrota –añadió Eddie.

Hope se quedó mirándolos a los tres.

–Así que se paga una multa pero sin dinero –soltó–.

–¿Quieres decir que no tienes dinero? –preguntó Eddie.

–No, no tengo dinero –contestó Hope.

–Bueno, siempre puedes echar un pagaré –sugirió Melody–. Es lo que hace el tío Ralph. Escribe en un papel la cantidad y lo echa a la lata.

Sí, reflexionó Hope. Eso haría. Y, nada más terminar de comer, abandonaría ese estúpido trabajo y los dejaría a los tres con el pagaré. ¡Nada más comer!

–¿Siempre hablas sola? –inquirió el tío Ralph–. Estás moviendo los labios como si…

–No es asunto tuyo –soltó Hope–. Hablo sola, mucho. Soy la única persona que me entiende.

Fue difícil adivinar la respuesta de Ralph. Hope hubiera jurado que había dicho algo así como: «ya lo creo», pero, ¿por qué iba a ser tan impertinente, y por otro lado tan amable como para levantarse y sacar la mantequilla del tercer estante? Confusa, Hope sacó todos los ingredientes y comenzó a preparar sándwiches. Eddie vaciló por un momento, se encogió de hombros y le dio un mordisco a uno de ellos. Melody actuó como si aquel año celebraran dos veces la Navidad. El tío Ralph les sonrió a todos con una sonrisa que más bien parecía una mueca, y después se cortó una porción de quiche.

–No hace falta que te la comas –le informó Hope resuelta mientras se cortaba una porción grande para ella y la ponía en el plato.

–Tranquila, me gusta la quiche.

Sin embargo le dio un mordisco muy pequeño para ser un hombre de su complexión.

Aquello logró que Hope se pusiera una vez más a soñar. Porque, para su estatura, aquel era todo un hombre. Los músculos de los brazos se le marcaban bajo la fina camiseta blanca. No tenía ni un gramo de grasa en todo su cuerpo, desde los hombros hasta las caderas. Su hermano Michael era un gigante, había jugado al fútbol en la Universidad de Notre Dame. Ella le llevaba dos años, y había pasado mucho tiempo cuidándolo. Hasta que él le pasó de estatura. El tío Ralph era una edición en miniatura de Michael. ¿El tío Ralph?

–Ni siquiera sé cómo llamarte –dijo mientras masticaba.

–Se llama tío Ralph –dijo la niña.

–Browne –dijo él–. Ralph N. Browne. Con «e».

Recordaba perfectamente el nombre. Bien de vueltas le había dado hacía diez años. ¿Qué chica no habría recordado el nombre del chico que le medio desnudó en una pista de baile, y que había conseguido que la echaran del instituto por pegarlo?

Pegarlo le había hecho sentirse muy bien. Y Michael, que en aquellos días no era tan grande, se había ofrecido para ayudarla. Sin embargo su madre se lo había impedido. Y, de pronto, iba a tener que pasar los siguientes meses con Ralph N. Browne, cuando ni siquiera sabía nada de su familia. Había tres familias Browne en Eastport: una llevaba una farmacia, otra tenía una granja, y la tercera… vivía al lado de la vía del tren. Hope se preguntó cómo sería la familia de Ralph N. Browne.

–No conocerías a nadie de ellos –dijo él–. ¿Habéis terminado, chicos?

–Tengo que irme –dijo Eddie levantándose a toda prisa de la silla y lamiéndose los labios.

–Lávate la cara –ordenó el tío.

–Tengo que irme –dijo Melody.

–Lávate la cara.

Los dos chicos se apresuraron a marcharse.

–Yo también me tengo que marchar –dijo el tío Ralph arrastrando la silla hacia atrás.

–Lávate la cara –musitó Hope.

–¿Qué?

–Eh… he dicho que qué sitio tan bonito –se corrigió Hope.

Él la miró vacilante, se limpió con la servilleta y la dejó caer sobre la mesa.

–Muy buena la quiche, hazla algún otro día.

–Sí, algún otro día –musitó Hope–. Mi vida no valdría ni un céntimo si volviera a hacerla. ¿Por qué ha dicho esa estupidez?

Pero Hope no lo iba a descubrir. No en ese momento. Entonces sonó un zumbido activado por el ordenador, y el lavaplatos, en el otro extremo de la cocina, se puso en marcha.

–¡Oh, Diosss! –exclamó Hope corriendo a llenarlo con los platos–. ¡Maldito ordenador!

Luego repasó cuidadosamente el horario. Era un conjunto completo de instrucciones sobre las cosas a realizar cada día. En quince minutos debía estar pasando el aspirador a toda la planta de abajo.

–Lo voy a matar –afirmó para las paredes–, de verdad que lo voy a matar, y como se le ocurra a mi madre… ella no dirá nada. Nada.

Un fuerte ladrido desde fuera le recordó que hacía tiempo que no veía a Rex. Bueno, desde la escena de la bola del pasillo. ¡Y la ducha! Hope le hizo burla al ordenador y salió a abrir al perro, ansioso por comer.

A las tres de la tarde estaba pasando el aspirador cuando sonó otro zumbido. Hope corrió a consultar el horario.

–Voy una hora retrasada. Y ahora, ¿qué? –musitó–. Descanso.

Gracias a Dios. Subió las escaleras hasta su habitación y se dejó caer sobre la cama. Y de inmediato se levantó y comprobó que no se había equivocado de habitación.

–No vas a pillarme dos veces con el mismo truco.

–No, apuesto a que no –dijo una voz profunda desde detrás de ella.

Hope gritó y se dio la vuelta. Ralph Browne. Ralph N. Browne, para ser exactos.

–¿Qué significa la N?

–N de Nada –contestó él.

Hope apoyó la espalda contra la puerta entornada. Él puso ambas manos sobre la puerta, una a cada lado de su cabeza, consiguiendo hacerla su prisionera.

–Eres una mujer muy bella, Hope Latimore.

–Debes estar de broma –replicó ella–. Mi hermana Mattie sí que es bella.

–Ah, entonces, ¿estás celosa?

–No seas tonto –respondió Hope ruborizándose–. Está en África, pero no estoy celosa. ¿Cómo iba a estar celosa de mi hermana? Bueno, hermanastra. Además es más alta que yo.

–Cualquiera es más alto –rio él–. Eddie tiene ocho años, y es casi tan alto como tú. Pero apuesto a que nadie besa tan bien como tú.

Él se inclinó hacia adelante y, poniendo la nariz a la altura de la de ella, mirándola a los ojos.

Ojos verdes, se dijo Hope. No se había dado cuenta. Ojos verdes, y además necesitaba un afeitado. ¿O se estaría dejando la barba? ¿Que nadie besaba tan bien? ¿Y cómo podía saberlo él? Hacía siglos que no había besado a nadie. Él se acercaba. Peligrosamente.

–¡Rex! –exclamó Hope en un susurro.

El perro guardián estaba dormido sobre la alfombra, junto a la cama. Movió la cola, pero volvió a cerrar los ojos y se quedó donde estaba.

–¡Maldito perro!

–No recuerdo haber conocido a ninguna chica que dijera tantas palabrotas como tú –dijo Ralph acercándose muy despacio.

Sus narices se rozaron.

–No me toques –susurró Hope.

–Demasiado tarde –dijo él frunciendo los labios y besándole la punta de la nariz.

–Lo detesto –musitó ella.

–Apuesto a que sí.

Él ladeó la cabeza hacia la derecha y sus labios acariciaron los de ella. Hubo un contacto rápido, como un relámpago. Casi eléctrico. Hope se puso tensa, luego se relajó. Un estremecimiento la recorrió.

Pero no podía hacer nada al respecto, pensó. Él era más grande que ella, al menos unos treinta centímetros, y sus brazos… Entonces Hope se dio cuenta de que él ni siquiera la tocaba. Ni lo más mínimo. Tenía las manos apoyadas sobre la puerta. Nada la obligaba a permanecer en aquella posición excepto el contacto de sus labios. Y la ensoñación. Aquel beso le producía una sensación cálida, húmeda, hipnótica.

Pero él sí pretendía sujetarla contra la puerta, se dijo Hope, así que no tenía sentido luchar. ¿O sí? Una vez hecha prisionera Hope se relajó y enrolló los brazos alrededor del cuello de él. Suspiró, larga y profundamente, como jamás había suspirado. Y frunció los labios imitando los de él. «No lo hagas», se dijo frenética. Pero el hecho de decirlo no ayudaba en nada.

Hubo un nuevo roce de labios, y después él se apartó. Y luego volvió para unirse a ella larga, profunda, cálidamente. Hope sintió que perdía el sentido. Se agarró con fuerza a su cuello, levantó un pie del suelo y se presionó contra él. Como si fuera una escaladora, se agarró a él temerosa de caer. Hubiera podido permanecer agarrada a él para siempre, pero entonces sonó el timbre de la cocina y él se apartó.

–Y no ha sido todo culpa mía –se defendió Hope con vigor.

–No, no todo –admitió él–. Creo que nadie me había besado así desde… bueno, desde hace mucho.

–¡No hace falta que te chulees!

–No me estoy chuleando. Ha sido fantástico. ¿Lo haces siempre así?

–¡Te estás chuleando! ¡Un caballero jamás se chulearía sobre algo así!

–Sexo, así es como se llama, no «algo así». ¿Quieres probar otra vez?

–No, no quiero. Jamás. Algunas personas lo llaman amor, no sexo.

–Ah, entonces, ¿estás enamorada de mí? –sonrió él.

–¡No seas tonto! –contestó ella resuelta–. Ya me habían besado antes. Y tú no lo haces particularmente bien, si es que quieres saberlo.

Hope levantó una mano y se restregó los labios como si quisiera borrar el recuerdo del beso. Pero había mucho que borrar.

–Di la verdad –ordenó él.

–Si te la dijera te sentirías terriblemente cohibido. Terriblemente.

–Bueno, no se puede ganar siempre –sonrió él encogiéndose de hombros. De nuevo sonó un zumbido en la cocina–. Voy con el tiempo muy justo, cariño.

Antes de que Hope pudiera apartarse él la besó una vez más en la punta de la nariz y se marchó por el corredor. Rex levantó un párpado, bufó y se volvió a dormir.

–¡Maldito perro! ¿Dónde estabas cuando te necesitaba? –musitó Hope saliendo al corredor. Ralph había desaparecido–. ¡Y ese horario tuyo es un lío! –gritó–. ¿Dónde dice «hora de besar al ama de llaves»?

A las seis en punto todos se abalanzaron hacia la cocina. Hope los miró con ojos cansados. Primero la inspección. Rex trató de esconderse en un rincón junto al lavaplatos, pero sin éxito.

–No permitimos perros en la cocina –declaró el tío Ralph.

–¡Hah! –exclamó Hope–. Si no hay perro, no hay comida.

–¿Y qué habría de cena si hubiera perro? –preguntó Eddie vacilante.

–Pizza –contestó Hope–. Pizza casera.

Los dos chicos olieron el aroma que impregnaba el ambiente y miraron a su tío. Este trató de someterlos, pero fue imposible.

–Es un perro muy bueno –dijo Melody en voz baja–. Muy bueno, el rey de los…

–Y tiene pedigrí –la interrumpió Eddie.

–¿Es eso todo? –musitó el tío Ralph sin mirar a nadie en particular.

–Procede de los Mayflower por la rama paterna –juró Hope que, habiendo vendido su alma al diablo, no dudó en abrir la puerta del horno para que el olor se esparciera.

–Con mucho queso –comentó Melody.

–Y no va a sobrar nada –añadió Hope–. A Rex le encanta la pizza.

–Aceitunas negras, pimiento rojo, champiñones, cebolla…

–No hace falta que pongáis tanto énfasis –los interrumpió Ralph–. Está bien, el chucho… –los niños se pusieron a toser bien alto. Rex se puso en pie, se estiró, y se acercó a la mesa–. Es decir, el perro –se corrigió– puede quedarse en la cocina.

Se produjo un suspiro general, y Hope sacó la pizza del horno y la puso sobre la mesa.

–¿Trozos grandes?

–Trozos grandes –convinieron todos.

Hope luchó con el pesado cuchillo de cocina.

–Si fuera de pizzería vendría ya cortada –dijo la niña.

–Pero no sería casera –señaló el tío Ralph–. ¿No puedes cortar más deprisa?

–¿Y trozos más grandes? –añadió Eddie.

–Tenemos que comprar un corta pizzas –suspiró el tío Ralph.

Bien, se dijo Hope, al menos había hecho algo bien ese día. Su madre estaría orgullosa de ella.

Segundos más tarde Ralph Browne se inclinó ligeramente en su dirección y dijo:

–Tu madre estaría orgullosa de ti.

–Mi madre siempre está orgullosa de mí –replicó Hope–. ¿Está tu madre orgullosa de ti?

Él dio un enorme mordisco a la pizza y luego, con la boca llena, contestó:

–Tú y yo tenemos que mantener una pequeña conversación, señorita Latimore. En cuando los niños se vayan a la cama.

Aquella parecía una amenaza seria. Quizá fuera mejor abandonar el trabajo. Cinco años de instituto, título de graduada, y todo para trabajar como ama de llaves. Hubiera debido marcharse, no era una fregona.

–Si no puedes con tu pizza yo podría comerme ese… –comenzó a decir Eddie.

–¡Eso no es justo! –gritó Melody–. Ese trozo que queda es pequeño, como para una niña, y yo soy la única niña, así que es mío.

–Tío Ralph –suspiró Eddie–. ¿Es que siempre tiene que salirse con la suya?

A las nueve en punto ambos niños estaban en la cama. Melody exigió que Hope la ayudara a bañarse y salpicó cuanto quiso. Eddie, en cambio, haciéndose el hombrecito, rehusó toda ayuda. A Melody había que leerle un cuento antes de que se durmiera; Eddie se fue a la cama con un libro de Tarzán. Hope supervisó toda la operación, y el tío Ralph fue a dar un beso de buenas noches a los niños.

–Te espero en el salón –musitó él pasando por delante de ella y rozándola.

Cuando Hope terminó por fin con la limpieza del baño y bajó al salón él estaba sentado en un viejo sillón con un ordenador portátil sobre las piernas.

–Así que por fin has terminado tu primer día de trabajo como ama de llaves –dijo él dejando el ordenador a un lado.

Hope se dejó caer sobre el sofá justo enfrente de él. Tenía la camisa empapada, y los vaqueros no estaban mucho mejor. Dobló cuidadosamente el delantal y, al no encontrar dónde colgarlo, lo dejó caer al suelo y subió los pies sobre el asiento.

–No lo has hecho mal –continuó él–. Es decir, para ser el primer día. Pero tienes que controlarlos más. Eddie se pasa la vida haciendo rabiar a su hermana, necesita más disciplina.

–¿Así es como lo ves tú? –preguntó Hope bajando de nuevo los pies al suelo–. Pues por si andas mal de la vista, déjame que te diga una cosa. ¿Te acuerdas de la bola de jugar a los bolos?

–Sí, Eddie hace eso a menudo –asintió él.

–Supongo que es a menudo, pero no fue Eddie. Llevo todo el día vigilándolos, y todas las trastadas las ha empezado Melody. Ese pequeño diablillo inocente se pasa el santo día aterrorizando a su hermano… con tu ayuda, añadiría yo, hasta sacarlo de quicio.

–Tonterías –dijo Ralph levantándose de la silla y comenzando a caminar a un lado y a otro. Hope volvió a levantar los pies sobre el asiento para evitar que la arrollara–. Esa preciosa niña es incapaz de levantar la bola y lanzarla, pesa demasiado para ella.

–Sí, eso dice ella, pero la he pillado haciéndolo justo antes de la cena.

–Justo, justo, justo… hay demasiados «justo» en tu forma de hablar y poca justicia.

–¡Hombres! –soltó Hope–. Estás engañado por su dulce inocencia, necesitas verlo desde otra perspectiva. Esa pequeñaja te engaña, al único al que no engaña es a mi perro. Rex creció junto una niñita dulce como ella, conoce muy bien sus trucos.

–¿Alguna niñita en particular a la que conozcamos?

–Sí, bueno, está bien –se ruborizó Hope–, pero he madurado. Ya no soy así, créeme.

–Me hubiera gustado conocerte mejor entonces.

–¿Y por qué demonios iba a haberte gustado conocerme? Yo era una niña horrible hasta que entré en el instituto.

–¿Y tu hermano se llevaba las culpas?

–Se lo merecía –contestó Hope poniéndose en pie–. Todas y cada una de las regañinas.

–¡Ah! ¿Y por qué?

–Tú no comprendes. Él creció…

–¿Demasiado, quizá?

–¡No te atrevas a reírte! ¡No te atrevas!

–¿Celosa?

–¡Aahg! –lo amenazó Hope con un puño–. Jamás comprenderás. Nunca. Todas mis hermanas crecieron, se marcharon y se casaron dejándome sola con Michael.

–¿Y tu padre y tu madre?

–Papá siempre estaba fuera y mamá… siempre estaba ocupada con Michael. Él era el pequeño, siempre estaba metiéndose en problemas.

–Instigado por ti, ¿no?

–Oh, cállate –el teléfono sonó. Hope alargó un brazo y contestó–: ¿Sí?

–¿Hope? –preguntó una voz al otro lado.

–¡Oh, Michael! ¡Cuánto me alegro de oírte! ¡No tienes ni idea de…!

–Solo tengo un minuto, cariño. Quería decirte que no puedes dejar el trabajo. Esta tarde Browne ha resuelto milagrosamente nuestro primer problema, es el mejor trabajo que haya visto nunca. Tres o cuatro semanas más y entraremos en la nueva era de la construcción. Te quiero, gracias.

El ruido de un enorme beso viajó a través de la línea, y segundos después se cortó la comunicación. Hope se quedó inmóvil, con el aparato en la mano. ¿Que siguiera así? ¿Tres o cuatro semanas más? Una lágrima asomó a sus ojos. Se la enjugó con la mano.

–¿Tu hermano mayor? El hombre que…

–¡Oh, cállate! –musitó Hope–. Sí, era mi hermano mayor, y como no te calles voy a llamarlo para que venga y te…

–¿Dé una lección?

Hope miró el auricular. Temblaba en sus manos.

–No necesito a mi hermano mayor para darte una lección, puedo hacerlo yo sola.

–Ah, ¿sí?

–Sí.

Hope comenzó a avanzar hacia él, y él a dar pasos atrás. Estuvo a punto de tropezar con Rex. El perro ladró y se metió detrás del sofá. Ralph siguió caminando hacia atrás hasta llegar a un rincón y levantó ambas manos en un gesto defensivo. Hope apretó los puños.

–Ahora despacio –dijo él riendo–. Mañana tengo que trabajar, y no creo que a tu hermano le gustara que me hirieras.

–Te voy a… te voy a… –Hope temblaba de rabia. Su enorme sonrisa la ponía enferma–. Te voy a dar una lección.

Hope lanzó el puño derecho, pero él esquivó el golpe y rio más fuerte. Le daría una lección. No podía marcharse, Michael necesitaba que se quedara. Su madre se sentiría decepcionada, y su padre… ¡oh, Diossss!

Pero iba a darle una lección, se prometió Hope en silencio, mirándolo a través del velo de sus largos cabellos rubios. Las puntas de los zapatos de ambos se tocaban, él se estaba riendo. Hope dio un grito de rabia y se arrojó sobre él enrollando las piernas en sus rodillas y acallando sus risas con los labios, apretándolos fuertemente contra los de él. De pronto la risa cesó.

Sobresaltado, Ralph se dejó caer sobre la pared y se agarró a ella. La lengua masculina recorrió la boca de Hope. La suavidad de sus firmes, generosos pechos se vio aplastada contra el torso de él. Firmes, generosos, húmedos pechos… aún tenía la blusa calada. La mente de Ralph se afanó buscando un comentario inteligente que hacer, pero no encontró nada, y no supo expresarse. Parecía haber solo dos alternativas: agarrarla con fuerza o dejarla resbalar por sus brazos hasta caer al suelo. Se dejó llevar por la pasión que los impulsaba a ambos e intentó hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Aquel beso pareció durar eternamente, pero Hope no se dejó engañar. Ya no estaba colgada de su cuello. Los brazos de él habían asumido el control, la agarraban por debajo de la cintura y la apretaban con fuerza. Hope dio patadas, pero aquello, curiosamente, solo sirvió para enlazarlos aún con más fuerza.

Él la aupó un poco más arriba hasta que quedó sentada sobre sus manos. Entonces ella apartó los labios, respiró hondo y se quedó mirándolo de cerca. Trataba de pensar.

¿Qué diablos estaba haciendo?, se preguntó frenética. No hubo respuesta. Él parecía a punto de posar los labios de nuevo sobre los de ella. Hope agachó la cabeza hasta esconderla bajo su barbilla. El calor aumentó. Era un calor cómodo, soñoliento, así que, cuando él comenzó a soltarla gradualmente y sus pies tocaron el suelo, gimió.

Él movió las manos por los costados, hacia arriba, apartándolas del trasero hasta que sus dedos rozaron los pechos, y luego siguió subiendo hasta acariciar los pezones erectos. Hope sintió que se estremecía, pero no por miedo a lo que él fuera a hacer, sino por miedo a lo que pudiera hacer ella. No había vuelto a sentir aquella sensación desde que tenía trece años, y en aquella ocasión había sido solo algo pasajero. Ni siquiera recordaba el nombre de aquel chico. Hope se aclaró la garganta nerviosa y tosió.

–Déjame en el suelo –ordenó con voz trémula.

–¿Ya no vas a matarme?

–No –contestó ella haciendo una pausa–, no lo creo.

–¿Entonces vas llamar a tu hermano para que me mate él?

–Pues… no, no lo creo.

–¿Vas llamar a tu madre para que me haga algo?

–No.

–¿Y vas a abandonar la casa y a huir?

–Debería… pero no lo haré.

Él dejó de abrazarla. Hope tenía ambos pies en el suelo, se inclinó hacia adelante y apoyó todo su peso sobre él. Él acunó su cabeza contra el pecho y acarició su cabello con una mano.

–Tengo… tengo un carácter terrible –susurró Hope sobre su pecho–. Terrible.

–No me había dado cuenta –contestó él.

Ella levantó la cabeza y lo miró un momento. No se estaba riendo, no sonreía, no se burlaba de ella. Su expresión era normal, sincera.

–Estás mintiendo –lo acusó Hope.

Él se metió una mano en el bolsillo y sacó un pañuelo. Le hizo volver la cabeza y enjugó sus lágrimas.

–¿Te parece?

–Claro que estás… –su voz se suavizó–. Cualquier chica se daría cuenta.

–Bueno, gracias a Dios tú no eres cualquier chica –contestó él–. Ven, déjame ayudarte.

Ralph movió los brazos. Volvió a poner una mano en sus piernas, a la altura de la rodilla y la otra en medio de la espalda, y entonces la levantó y la llevó al sofá. Luego se sentó y ella se quedó sobre su regazo como si aquello fuera lo más natural del mundo. Los brazos de Hope volvieron a rodearlo por el cuello.

–¿Cómo es que no estás casada?

–¿Yo?

Aquella sí que era una pregunta sorprendente, reflexionó Hope escrutando su rostro para descubrir la trampa. Pero no halló nada. Hope se enjugó las lágrimas con los nudillos.

–Porque nadie me lo ha pedido.

–¿Y no se te ha ocurrido nunca pedirlo tú?

–Por supuesto que no, las cosas no se hacen así. Además…

–¿Además, qué?

–Que jamás, nunca he conocido a nadie con el que quisiera… hacer eso.

–¿Hacer qué?

–Oh, Dios, ya sabes a qué me refiero. Déjame levantarme –él la estrechó con fuerza de inmediato, y Hope se tambaleó y se puso en pie–. Debo estar hecha un desastre –añadió alisándose la camisa, los vaqueros, y pasándose una mano por el cabello.

–Pues a mí no me lo parece –contestó él en voz baja, inmóvil, aún sentado en el sofá.

Hope sintió otro escalofrío recorrerle la espalda.

–Creo que… será mejor que me vaya a la cama.

Mientras pueda, reflexionó. Sola. Hope se volvió y subió a toda prisa las escaleras. Rex, su fiel guardián, la siguió. Al final del pasillo había una sombra. Hope encendió la luz.

–¡Oh, Dios mío, debo ser sonámbula! –exclamó Melody agachada, con los pies separados a los lados de una enorme bola de jugar a los bolos que sostenía con las manos extendidas.

–¿Qué haces con eso en las manos? –preguntó Hope.

–Pero bueno, ¿cómo ha llegado esto hasta aquí? –preguntó la niña sentándose sobre la bola.

–Melody, como esa bola vuelva a rodar por el pasillo mientras esté yo en esta casa te voy a…

–¿A zurrar…?

–No, no creo que sea necesario.

–Bien, mejor –rio nerviosa la niña–. Dile a Eddie que vuelva a ponerla en su sitio, por favor. Yo no puedo levantarla –añadió desapareciendo en su habitación.

–¡Claro que puedes! –contestó Hope–. Pobre Eddie. Y pobre tío Ralph.

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