Read the book: «La reina de los caribes»

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PRIMERA EDICIÓN REVISADA Y CORREGIDA, CANGREJO EDITORES: NOVIEMBRE DE 2017

Título original en italiano: La regina dei Caraibi

©Emilio Salgari

© Jorge Grubissich, por la adaptación

©Ediciones Gato Azul, 2017

edicionesgatoazul@yahoo.com.ar Buenos Aires, Argentina

©Cangrejo Editores, 2017

Transversal 93 núm. 63-76 Int. 16, Bogotá, D.C., Colombia

Telefax: (571) 276 6440 - 541 0592

cangrejoedit@cangrejoeditores.com www.cangrejoeditores.com

ISBN: 978-958-5532-17-5

DIRECCIÓN EDITORIAL: Leyla Bibiana Cangrejo Aljure

PRODUCCIÓN EDITORIAL: Víctor Hugo Cangrejo Aljure

PREPRENSA DIGITAL: Cangrejo Editores Ltda.

ILUSTRACIONES: Alberto Pez

DISEÑO GRÁFICO: Germán I. Bello Vargas

Todos los derechos reservados, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en sistema recuperable o transmitida en forma alguna o por ningún medio electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros, sin previo permiso escrito de Cangrejo Editores.

IMPRESO POR: Colombo Andina de Impresos S.A.

Impreso en Colombia - Printed in Colombia

La transformación a libro digital de este título fue realizada por Nord Compo.


Emilio Salgari

Emilio Salgari (Verona, 1862 - Turín, 1911) nace en una familia de pequeños comerciantes. Desde muy joven quiso ser marino. Estudió en el Real Instituto Técnico Naval de Venecia, sin que alcanzara a obtener el título de capitán de gran cabotaje. Su experiencia como hombre de mar parece estar limitada a unos pocos viajes de entrenamiento en un navío escuela, y a uno como pasajero cuya travesía por el Adriático fue de tres meses, atracando en el puerto de Brindisi. No hay evidencia alguna de que realizase otros viajes, aunque el autor lo refiere en su autobiografía, afirmando que muchos de los personajes de sus obras están inspirados en las personas que conoció en su vida en el mar. Salgari se autodenominó «capitán» y llegó a firmar así algunas de sus obras.

En 1882 Salgari regresó a Verona, donde organizó una biblioteca ambulante y se dedicó al periodismo. La primera producción literaria de este escritor y periodista italiano la conforman relatos breves, pequeñas composiciones líricas y memorias. Se inició en la novela con I selvaggi della Papuasia (1883), publicada por entregas en el periódico milanés La Valigia. En el mismo año se lanza en el periódico veronés La Nuova Arena su primera novela Tay-See, publicada luego con el título La rosa del Dong-Giang. En octubre de ese año comenzó a publicarse El Tigre de la Malasia, primera versión de la novela inaugural del ciclo de Sandokán, que se editaría posteriormente bajo el título Los tigres de Mompracem. La primera novela en publicarse de forma independiente fue La favorita del Mahdi, en 1887.

Debido al gran éxito de sus obras, logró un puesto como redactor fijo en La Nuova Arena, puesto que desempeñó por 10 años. En esa época circuló un artículo del periodista Giuseppe Biasioli, en el cual se refirió al escritor como «mozo». El término ofendió tanto a Salgari que lo desafió a duelo. El resultado: Biasioli tuvo que ser hospitalizado y Salgari permaneció en la cárcel por seis meses.

En 1889 su padre se suicida, siendo este el primero de una cadena de suicidios familiares. En enero de 1892 contrajo matrimonio con la actriz de teatro Ida Peruzzi, el amor de su vida, con quien tuvo 4 hijos. En 1892 el escritor trasladó su residencia a Turín, donde trabajó para la editorial Speirani, especializada en novelas juveniles.

En 1898 el editor Donath convenció a Salgari para que se mudase a Génova. Allí conoció al más destacado ilustrador de su obra, Giuseppe «Pipein» Gamba. En 1900 regresó a Turín. La economía familiar se fue haciendo cada vez más complicada, a pesar del trabajo incansable de Salgari para mantener a su familia dignamente. En 1907 cesó su contrato con Donath y pasó a trabajar para la editorial Bemporad, para la cual escribiría, hasta su muerte en 1911, un total de diecinueve novelas. Su éxito entre el público juvenil fue creciendo, llegando algunas de sus novelas a alcanzar tiradas de cien mil ejemplares. Sin embargo, su desequilibrio emocional y la locura de su esposa, quien tuvo que ser internada en el psiquiátrico de Collegno, cerca de Turín, le condujeron al suicidio. Después de un intento fallido en 1909, finalmente se quitó la vida, el 25 de abril de 1911. Dejó escritas tres cartas, dirigidas respectivamente a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín.

A lo largo de su prolífica carrera como escritor, Salgari escribió, según su biógrafo Felice Pozzo, ochenta y cuatro novelas y un número de relatos cortos imposible de determinar. La mayor parte son novelas de aventuras ambientadas en lugares exóticos, aunque cultivó también la ciencia ficción, en su novela Las maravillas del 2000, (1907).

Algunas de las novelas de Salgari están relacionadas entre sí, protagonizadas por los mismos personajes, constituyendo extensos ciclos narrativos, como Piratas de Malasia, el de Piratas de las Antillas y el de Piratas de las Bermudas.

El ciclo Piratas de Malasia, el más extenso de Salgari con once novelas, tiene como protagonista al pirata Sandokán, llamado «el Tigre de la Malasia», un príncipe de Borneo desposeído de su trono por el colonialismo británico (en la misma época en que la narrativa de aventuras británica enaltece su política colonialista, Salgari hace protagonista de sus novelas a un resistente anticolonialista. Los británicos —y sobre todo el llamado «rajá blanco» de Sarawak, en Borneo, James Brooke, personaje que existió realmente— son los principales enemigos del héroe, quien cuenta con el apoyo de otros personajes, como su amigo fraterno, el portugués Yáñez, o Sambigliong). El ciclo mezcla dos líneas narrativas: la protagonizada por Sandokán y Yáñez, y otra, que comienza en la India, protagonizada por el indio Tremal-Naik y el mahrato Kammamuri (Los misterios de la jungla negra) en su lucha contra los malvados thugs, adoradores de la diosa Kali. Ambas líneas confluyen en la novela Los piratas de Malasia, convirtiéndose Tremal-Naik y Kammamuri en grandes amigos y seguidores incondicionales de Sandokán y Yáñez. El principal personaje femenino de la serie es la amada de Sandokán, la inglesa Lady Mariana Guillonk, llamada la «Perla de Labuán». Conforman este ciclo:

1 1. Los misterios de la jungla negra (I misteri della jungla nera, 1895).

2 2. Los tigres de la Malasia (189ó; también conocida como Los tigres de Mompracem).

3 3. Sandokán, el Tigre de Malasia (también conocida como Los piratas de la Malasia, 1900).

4 4. Los dos tigres (Le due tigri, 1904; también traducida como Los dos rivales).

5 5. El rey del mar (Il re del mare, 190ó).

6 6. A la conquista de un imperio (Alla conquista di un impero, 1907).

7 7. La venganza de Sandokán (Sandokan alla riscossa, 1907).

8 8. La reconquista de Mompracem (La riconquista del Mompracem, 1908).

9 9. El falso brahmán (Il bramino dell’Assam, 1911).

10 10. La caída de un imperio (La caduta di un impero, 1911).

11 11. El desquite de Yáñez (La rivincita di Yanez, 1913).

A los ciclos Piratas de las Antillas y Piratas de las Bermudas pertenecen:

1 1. El Corsario Negro (Il Corsaro Nero, 1898).

2 2. La reina de los caribes (La regina dei Caraibi, 1901).

3 3. La hija del Corsario Negro (La figlia del Corsaro Nero, 1905).

4 4. El hijo del Corsario Rojo (Il figlio del Corsaro Rosso, 1908).

5 5. Los últimos filibusteros (Gli ultimi filibustieri, 1908. También traducida como Los últimos piratas).

Otros títulos del autor:

1 1. El Capitán Tormenta (Capitan Tempesta, 1905).

2 2. El León de Damasco (Il leone di Damasco, 1910).

3 3. La favorita del Mahdi (La favorita del Mahdi, 1887).

*Referencias tomadas de Biografías y Vidas. Y de la Web.


1
El Corsario Negro

El mar Caribe, en plena tormenta, mugía furioso, lanzando verdaderas montañas de agua contra los muelles de Puerto-Limón y las playas de Nicaragua y de Costa Rica.

Aún no se había puesto el sol, pero las tinieblas comenzaban a invadir la tierra, como si estuvieran impacientes por presenciar la lucha encarnizada de los elementos.

El astro del día, rojo como un disco de cobre, solo proyectaba pálidos rayos a través de los jirones de las densísimas nubes que de cuando en cuando lo velaban por completo.

No llovía; pero las cataratas del cielo no debían de tardar en abrirse, y ese era el motivo por el cual casi todos los habitantes se habían apresurado a abandonar la ciudadela y los muelles del pequeño puerto, buscando un refugio en sus moradas.

Tan solo algunos pescadores y algunos soldados de la pequeña guarnición española se habían atrevido a permanecer en la playa, desafiando con obstinación la creciente furia del mar y las trombas de agua que el viento abatía sobre la tierra.

Un motivo, sin duda muy grave, los obligaba a estar en acecho. Hacía algunas horas que había sido señalada una nave en la línea del horizonte y, por la dirección de su velamen, parecía tener intención de buscar un refugio en la pequeña bahía.

En otra ocasión nadie habría reparado en la presencia de un velero; pero en 1680, época en que comienza nuestra historia, el caso era muy distinto. Cualquier nave que viniese de alta mar producía una viva emoción en las poblaciones españolas de las colonias del golfo de México, ya del Yucatán o de Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá o de las grandes islas antillanas.

El temor de ver aparecer la vanguardia de alguna flota de filibusteros, los audacísimos piratas de las Tortugas, sembraba el desconsuelo entre aquellas industriosas poblaciones. Bastaba que se notase algo sospechoso en las maniobras de las naves que arribaban, para que las mujeres y los niños corrieran a encerrarse en sus casas y los hombres se armaran precipitadamente.

Si la bandera era española la saludaban con estrepitosos vivas, celebrando el raro caso de haber esquivado los cruceros de los corsarios. Si era de otra nación, el terror invadía colonias y soldados, y hacía palidecer hasta a los oficiales, ennegrecidos por el humo de las batallas.

Los desmanes y saqueos llevados a cabo por Pedro el Grande, Brazo de Hierro, John Davis, Montbar, el Corsario Negro y sus hermanos el Rojo y el Verde y el Olonés, habían sembrado el pánico en todas las colonias del golfo; y aun más, porque en aquella época se creía de buena fe que los piratas eran de estirpe infernal y, por lo tanto, invencibles.

Viendo aparecer a aquella nave, los pocos habitantes que se habían detenido en la playa a contemplar la furia del mar habían renunciado a la idea de volver a sus casas, no sabiendo aún si tenían que habérselas con algún velero español o con algún osado filibustero en crucero por la costa en espera de los famosos galeones cargados de oro.

Viva inquietud se reflejaba en el rostro de todos, tanto pescadores como soldados.

—¡Nuestra Señora del Pilar nos proteja! —decía un viejo marinero, moreno como un mestizo y asaz barbudo—; pero les digo, amigos, que esa nave no es de las nuestras. ¿Quién se atrevería con semejante tormenta a empeñar tal lucha a tanta distancia del puerto, si no fuese tripulada por los hijos del diablo, esos bandidos de las Tortugas?

—¿Estás seguro de que se dirige hacia aquí? —preguntó un sargento que estaba en un grupo de soldados.

—Segurísimo, señor Vasco. ¡Mire! Ha dado una bordada1 hacia el Cabo Blanco, y ahora se prepara a volver sobre sus pasos.

—Es un bricbarca2, ¿no es cierto, Alonso?

—Sí, señor Vasco. Un magnífico leño, a fe mía, que lucha ventajosamente contra el mar, y que antes de una hora dará frente a Puerto-Limón.


—¿Y qué te induce a creer que no es una nave de las nuestras?

—Si ese leño fuese español, en vez de venir a buscar un refugio en nuestra bahía, que es poco segura, habría ido a la de Chiriqui. Allí las islas resguardan de las furias del mar, y puede encontrar seguro asilo una escuadra entera.

—Quizás tengas razón; pero yo dudo mucho que esa esté tripulada por corsarios. Puerto-Limón no puede excitar sus ambiciones.

—¿Sabes lo que pienso, señor Vasco? —dijo un joven marinero que se había destacado del grupo.

—Dime, Diego.

—Que esa nave es el Rayo, del Corsario Negro.

A tan inesperada salida, un estremecimiento de terror sobrecogió a todos los presentes: hasta el sargento, a pesar de haber ganado los galones en el campo de batalla, se tornó lívido.

—¡El Corsario Negro aquí! —exclamó, con acentuado temblor—. ¡Estás loco!

—Pues bien; voy a demostrarte lo contrario —dijo el marinero—. Hace dos días, mientras yo estaba pescando cerca de las islas de Chiriquí, vi pasar una nave a menos de un tiro de arcabuz de mi velero. Aquella nave no se llamaba ni la Paz ni la Esperanza; en su popa brillaba en letras de oro un nombre: el Rayo.

—¡Caramba! —exclamó el sargento con tono airado—. ¡Y no has dicho nada!

—No quería asustar a la población —dijo el joven.

—Si lo hubieras advertido, se habría enviado a alguien para pedir socorro a San Juan.

—¿Para qué? —preguntaron en son de burla los pescadores.

—Para rechazar a esos hijos de Satanás —repuso el sargento.

—¡Hum! —dijo un pescador, alto como un granadero y fuerte como un toro—. Yo he combatido contra esa gente, y sé lo que valen. Estaba en Gibraltar cuando apareció la flota del Olonés y del Corsario Negro. ¡Voto a…! Son marineros invencibles; se lo digo yo, señor sargento.

—¿Crees eso, Cárdenas?

—Ya se convencerá pronto, señor Vasco. ¡Fíjese! Aquella nave ha puesto la proa hacia el puerto. Dentro de media hora estará aquí; intenta oponer resistencia, si te atreves. Por mi parte, voy a esconderme lo mejor posible; luego me salvaré por los bosques.

—¿Y dejarás que invadan la ciudadela? —preguntó, indignado, el sargento.

—Cuando no se puede defender una fortaleza se abandona —repuso el gigante—. Señor Vasco, si quieres detener el paso a los corsarios puedes hacerlo.

Dicho esto, el marinero giró sobre sus talones y se fue. Los pescadores que se hallaban en la playa parecían inclinados a seguir su ejemplo, cuando un hombre ya de edad, que hasta entonces había permanecido silencioso, los detuvo con un gesto.

Tenía en la mano un catalejo, con el cual había estado explorando el mar.

—¡Deténganse! —les dijo—. El Corsario Negro es un hombre que no hace daño a quien no se le resiste.

—¿Qué sabes tú? —le preguntó el sargento.

—Yo conozco al Corsario Negro.

—¿Y crees que esa nave sea la suya?

—Sí; esa nave es el Rayo.

—¡Mil bombardas! —exclamó un pescador—. ¡Huyamos, amigos!

Nadie se movió. Pescadores y soldados continuaron en la playa, mirando con espanto el velero, que luchaba penosamente contra la tempestad.

Parecía que el terror los había petrificado. Hasta el sargento había perdido toda su audacia; se habría dicho que en aquel momento sus piernas se negaban a sostenerle.

Entretanto la nave seguía aproximándose, a pesar del huracán. Parecía un inmenso pájaro marino volteando sobre el mar tempestuoso. Salvaba intrépidamente la cresta de las olas, desapareciendo casi por completo para volver a mostrarse a la incierta luz crepuscular.

Los rayos caían en torno de sus palos, y la lívida luz de los relámpagos se reflejaba en sus velas, enormemente hinchadas. Las olas la asaltaban por todas partes, lamiendo sus flancos y barriendo a veces la cubierta; pero la nave no cedía. Había renunciado a las bordadas y marchaba enfilando el puerto, como si hubiera estado cierta de encontrar un asilo seguro y amigo. ¿Quién podía ser el audaz que tan intrépidamente desafiaba el furor del mar Caribe? Solo un marinero de las Tortugas, uno de aquellos condenados corsarios, podía atreverse a tanto.

Los pescadores y soldados se miraban unos a otros, viendo la nave llegar al antepuerto después de un último bandazo3.

—¡Está llegando! —exclamó uno de ellos—. ¡A bordo preparan las anclas!

—¡Huyamos! —gritaron otros—. ¡Son los corsarios!

Los pescadores, sin esperar a más, partieron corriendo y desaparecieron por las calles de la pequeña ciudad, o mejor dicho, del pueblito, porque en aquella época Puerto-Limón contaba aún con menos población que en nuestros días.

El sargento y sus soldados, después de una breve vacilación, siguieron el ejemplo de los pescadores, dirigiéndose hacia el fortín, que se encontraba en la extremidad opuesta del muelle, en la cima de una roca y dominando la bahía.

Puerto-Limón contaba con una guarnición de ciento cincuenta hombres y dos piezas de artillería, siéndole, por tanto, imposible empeñar una lucha contra aquella nave, que debía poseer numerosas y potentes armas. A los defensores de la ciudadela solo les quedaba la esperanza de encerrarse en el fortín y dejarse asediar.

La nave, en tanto, a pesar de la furia del viento y del mar, había entrado audazmente en el puerto y había echado anclas a cincuenta metros del muelle.

Era un espléndido bricbarca de forma esbelta, de carena4 estrechísima y alta arboladura5; un verdadero barco de corso. En sus costados, cinco a babor y cinco a estribor, asomaban la boca de otras tantas piezas de artillería, dignas compañeras de las dos que se veían en la cubierta.

En la popa ondeaba una bandera negra con una dorada en el centro, y encima de ella una corona gentilicia. En el castillo de proa, en la toldilla6 y en los costados se veían muchos marineros armados, mientras a popa algunos artilleros apuntaban las dos piezas hacia el fortín, dispuestos a desencadenar contra él un huracán de hierro.

Plegadas las velas y echadas otras dos anclas, una chalupa que fue arriada por sotavento se dirigió hacia el muelle. La tripulaban quince hombres armados de fusiles, pistolas y sables cortos y anchos muy usados por los filibusteros.

A pesar del incesante movimiento del mar, la chalupa, hábilmente dirigida, tocó junto a un viejo barco español que acababa de destrozarse sobre un banco de arena, y que con su mole oponía una barrera a la furia de las aguas, y, salvando algunas escolleras, arribó felizmente al muelle.

Ningún soldado español había osado aparecer. La pequeña guarnición permanecía en el fortín, juzgando inoportuno intervenir, en consideración especialmente a aquellos doce imponentes cañones, suficientes para barrer la playa en un momento.

Mientras algunos hombres, aguantando con los remos, tenían quieta la chalupa, un hombre que iba a proa, con un salto extraordinario, digno de un tigre, se lanzó al muelle. Aquel audaz que se atrevía a desembarcar solo en una población de dos mil habitantes, tal vez resueltos a atacarlo como a una bestia feroz, era un arrogante tipo de hombre, de unos treinta y cinco años, más bien alto y de porte aristocrático.

Las líneas de su rostro eran bellas y varoniles, a pesar de su palidez cadavérica. Tenía la frente espaciosa y surcada por una arruga que daba a su cara no sé qué aire de tristeza; labios rojos y pequeños, y ojos negros de forma perfecta y mirada altiva.

Si su rostro era triste y fúnebre, el vestido no era más alegre. Iba vestido de negro de pies a cabeza, pero con elegancia desusada entre los corsarios. La casaca era de seda negra, adornada con encajes de igual color; los calzones, la faja que sostenía la espada, las botas y hasta el sombrero eran negros también. Hasta la gran pluma que le caía sobre los hombros era negra, como asimismo las armas.

Aquel extraño personaje se detuvo para mirar las casas de la ciudad, cuyas ventanas estaban todas cerradas. Una sonrisa burlona asomó a sus labios.

—¡Cuánto miedo reina aquí! —murmuró—. Seré sin dificultad dueño de esta plaza.

Se volvió hacia los hombres que permanecían en la chalupa y dijo:

—¡Carmaux, Wan Stiller, Moko! ¡Síganme!

Un negro de estatura gigantesca, un verdadero hércules, saltó a tierra, y tras él dos hombres blancos. Estos, que frisaban en los cuarenta años, tenían la tez bronceada y líneas duras y angulosas.

Estaban armados de mosquetes y sables, y sus vestidos consistían en simples camisas de lana y calzón corto, que mostraba sus piernas musculosas cubiertas de cicatrices.

—Henos aquí, capitán —dijo el negro.

—Que la chalupa vuelva a bordo.

—Perdona, capitán —dijo uno de los dos marineros—, no me parece prudente aventurarnos tan pocos en la ciudad.

—¿Tienes miedo, Carmaux? —preguntó el capitán.

—¡Por el alma de mis muertos! —exclamó Carmaux—. ¡No supondrás eso! Hablo por ti.

—El Corsario Negro no ha tenido nunca miedo, Carmaux.

—Si alguien se atreviese a sostener lo contrario, le cortaría la lengua, capitán.

—Entonces, ¡basta! ¡Síganme!

Se volvió hacia la chalupa, gritando a los que la tripulaban:

—¡Vuelvan a bordo, y díganle a Morgan que esté pronto a zarpar!

Y viendo que los remeros vacilaban, añadió con tono que no admitía réplica:

—¿No me entienden? ¡Márchense!

Cuando vio alejarse la chalupa, luchando contra las aguas, se volvió hacia sus tres compañeros, diciendo:

—Vamos en busca del administrador del duque.

—¿Me permites una palabra, capitán? —preguntó el llamado Carmaux.

—Habla, pero sé breve.

—No sabemos dónde vive ese excelente administrador, capitán.

—¿Y qué importa? Lo buscaremos.

—No veo ni un ser viviente en este pueblito. Parece que los habitantes, al ver al Rayo, han sentido necesidad de estirar las piernas.

—He visto por allá un fortín —repuso el Corsario Negro—. Si nadie puede decirnos por aquí dónde podemos encontrar al administrador, iremos a preguntárselo a la guarnición. Los españoles son muy galantes.

—¡Por los cuernos de Belcebú! ¿Ir a preguntárselo a la guarnición? ¡No somos más que cuatro, señor!

—¿Y los doce cañones del Rayo?, ¿no los cuentas? Vamos, ante todo, a explorar esas calles.

—Tendremos malos encuentros, señor —dijo el compañero de Carmaux.

—¡Oh, Wan Stiller! ¿Acaso los hamburgueses se han vuelto cobardes de algún tiempo a esta parte?

—No lo creo, capitán.

—Carguen los mosquetes, y vamos.

Mientras sus acompañantes obedecían, el Corsario Negro dobló el tabardo7 que sobre el brazo llevaba, se caló el fieltro hasta los ojos y, desenvainando la espada con ademán resuelto, dijo:

—¡Adelante, hombres del mar! ¡Yo los guío!

La noche había cerrado, y el huracán, en vez de calmarse, parecía aumentar. El viento se engolfaba8 por las estrechas callejuelas con mil siniestros rugidos, levantando remolinos de polvo, mientras por las nubes, negras como el azabache, cruzaban deslumbradores relámpagos, pronto seguidos del fragor del trueno.

La ciudad seguía pareciendo desierta. No se veía ni una luz en sus calles, y menos a través de las persianas que cubrían las ventanas. Hasta las puertas estaban cerradas, y probablemente atrancadas. La noticia de la llegada de los corsarios de las Tortugas debía haber corrido entre los habitantes, pues todos se habían apresurado a recluirse en sus casas.

El Corsario Negro, tras una breve vacilación, se internó en una calle que parecía la más larga de la ciudad. Un viento furioso barría el suelo, arrancaba las tejas y desbarataba persianas y compuertas. De cuando en cuando, piedras levantadas por el viento caían a la calle, deshaciéndose con el choque; pero los cuatro hombres ni se ocupaban de ellas.

Habían llegado ya a la mitad de la calle, cuando el Corsario Negro se detuvo bruscamente, gritando:

—¿Quién vive?

Una forma humana había aparecido en el ángulo de una esquina y, viendo a aquellos cuatro hombres, se había ocultado rápidamente tras un carro de heno abandonado.

—¿Una emboscada? —preguntó Carmaux acercándose al capitán.

—¡O un espía! —dijo éste.

—¿Era un hombre solo?

—Sí, Carmaux.

—Acaso la vanguardia de algún destacamento de enemigos. Yo creo, capitán, que has hecho mal en aventurarte por aquí con tan escasa compañía.

—Ve a prender a ese hombre y tráelo aquí.

—Yo me encargo de eso —dijo el negro empuñando su pesado espadón.

—¡Eh, compadre Saco de carbón! —exclamó Carmaux—. Primero los blancos; después, el negro.

—El compadre blanco puede cederme este favor.

—Saco de carbón, eres libre de ir a recibir un tiro —exclamó riendo Carmaux.

—¡Vamos, date prisa! —dijo el Corsario con un gesto de impaciencia.

El gigantesco negro atravesó en tres saltos la calle y cayó sobre el hombre escondido tras el carro. Agarrarle por el cuello y levantarle como si fuese un fantoche fue cuestión de un momento.

—¡Socorro!… ¡Me matan!… —aulló el desgraciado, defendiéndose con desesperación.

El negro, sin cuidarse de sus gritos, lo llevó ante el Corsario, y le dejó en el suelo.

—¡Buen tipo! —exclamó Carmaux, con una carcajada—. ¿Eh, compadre; dónde has pescado ese cámbaro9?

El hombre que el negro había dejado ante el Corsario no tenía el aspecto de un soldado ni de valiente.

Era un pobre burgués, algo viejo, con una nariz monumental, dos ojuelos grises y una monstruosa joroba plantada entre los hombros. Aquel desgraciado estaba lívido por el terror, y sentía tan pronunciado temblor nervioso que amenazaba desvanecerse de miedo.

—¡Un jorobado! —exclamó Wan Stiller, que le vio a la luz de un relámpago—. ¡Nos traerá buena suerte!

El Corsario Negro había puesto una mano en el hombro del español, preguntándole:

—¿Adónde ibas?

—Soy un pobre diablo que nunca hizo mal a nadie —gimió el jorobado.

—Te pregunto que adónde ibas —dijo el Corsario.

—Este cangrejo corría al fuerte para hacernos prender por la guarnición —dijo Carmaux

—No, excelencia —gritó el jorobado—. ¡Se lo juro!

—¡Por cien mil diablos! —exclamó Carmaux—. ¡Este me ha tomado por algún gobernador! ¡Excelencia! ¡Oh!

—¡Silencio, hablador! —gruñó el Corsario—. Vamos, ¿adónde ibas?

—En busca de un médico, señor —balbuceó el jorobado—. Mi mujer está enferma.

—¡Mira que si me engañas te hago colgar del palo mayor de mi nave! Te juro…

—Deja los juramentos, y responde. ¿Conoces a don Pablo Ribeira?

—Sí, señor.

—¿Administrador del duque Wan Guld?

—¿El ex gobernador de Maracaibo?

—Sí. Le conozco personalmente.

—Pues bien; llévame a su presencia.

—Pero… señor…

—¡Llévame! —gritó amenazadoramente el Corsario—. ¿Dónde vive?

—Aquí cerca, señor… excelencia…

—¡Silencio! ¡Adelante, si estimas tu pellejo! Moko, sujeta a este hombre y cuida de que no se te escape!

El negro cogió al español en brazos, a pesar de sus protestas, y le preguntó:

—¿Dónde es?

—Al final de la calle.

—¡Pues vamos allá! Así no te cansarás.

La pequeña caravana se puso en marcha. Procedía, sin embargo, con cierta precaución, deteniéndose a menudo en los ángulos de las calles transversales, por temor a caer en alguna emboscada o a recibir una descarga a quemarropa.

Wan Stiller vigilaba las ventanas, pronto a descargar su mosquete contra la primera persiana que se hubiese abierto o contra la primera esterilla que se hubiese alzado. Carmaux, a su vez, no perdía de vista las puertas. Llegados al final de la calle, el jorobado se volvió hacia el Corsario, y señalando una casa de buen aspecto, edificada en piedra y coronada por un torreón, le dijo:


—Aquí es, señor.

—¡Bien está! —repuso el Corsario.

Miró atentamente la casa, se acercó a las dos esquinas para cerciorarse de que nadie se escondía en las calles adyacentes, y acercándose a la puerta la golpeó con el pesado aldabón de bronce que de ella pendía. Aún no había cesado el ruido de la llamada cuando se oyó abrir una persiana y una voz desde el último piso que preguntaba:

—¿Quién eres?

—¡El Corsario Negro! ¡Abrid, o prendemos fuego a la casa! —gritó el capitán haciendo brillar su espada a la lívida luz de un relámpago.

—¿A quién buscas?

—A don Pablo de Ribeira, administrador del duque Wan Guld.

En el interior de la casa se oyeron pasos precipitados, gritos que parecían de espanto; luego, nada.

—Carmaux —dijo el Corsario—, ¿tienes la bomba?

—Sí, capitán.

—Colócala junto a la puerta. Si no obedecen le prenderemos fuego, y nos abriremos paso nosotros mismos.

Se sentó sobre un guardacantón10que se encontraba a pocos pasos, y esperó atormentando la guarda11 de su espada.


1. Bordada: camino que hace una embarcación cuando navega, virando para ganar o adelantar hacia barlovento (o parte de donde viene el viento).

2. Bricbarca: navío de tres o más palos sin vergas de cruz en la mesana.

3. Bandazo: movimiento o balance violento que da una embarcación hacia babor o estribor (izquierda o derecha mirando de popa a proa).

4. Carena: parte sumergida del caso de un buque.

5. Arboladura: conjunto de árboles y vergas de un navío.

6. Toldilla: cubierta parcial (o piso) que tienen algunos buques a la altura de la borda (o canto superior del costado de un buque), desde el palo mesana (el más cercano a popa de los tres palos) al coronamiento de popa.

7. Tabardo: especie de gabán sin mangas, de paño o de piel.

8. Engolfar: dicho de una embarcación, entrar muy adentro del mar. Aquí usado metafóricamente, refiriéndose al viento.

9. Cámbaro: crustáceo marino.

10. Guardacantón: poste de piedra para resguardar de los carruajes las esquinas de los edificios.

11. Guarda: defensa que se pone en las espadas y armas blancas junto al puño.


2
Hablar o morir

Aún no había transcurrido un minuto cuando las ventanas del primer piso se iluminaron, reflejándose algunos rayos de luz en las casas de enfrente. Una o más personas estaban preparándose a bajar, a juzgar por el ruido de pasos que se oía repercutir en algún corredor.

El Corsario se había puesto rápidamente en pie, con la espada en la diestra y una pistola en la siniestra. Sus hombres se habían colocado a los lados de la puerta con las armas preparadas.

En aquel momento el huracán redoblaba su furia. El viento rugía a través de las calles, arrancando las tejas y desencuadrando las persianas, mientras lívidos relámpagos rompían las tinieblas con siniestro fulgor, y retumbaba el trueno. Algunas gruesas gotas comenzaban a caer con tal violencia que parecían granizo.

—¡Buena noche para venir a buscar a este señor! —murmuró Carmaux—. ¡Con tal de que la guarnición no se aproveche del temporal y nos juegue una mala pasada!

—Alguien viene —dijo Wan Stiller, que tenía un ojo pegado a la cerradura—. Veo luces detrás de la puerta.

El Corsario Negro, que empezaba a impacientarse, alzó de nuevo el pesado aldabón y lo dejó caer con estrépito. El golpe retumbó por el corredor. Una voz temblorosa gritó:

—¡Ya va, señores!

Se oyó un chirriar de cerrojos y cadenas, y la maciza puerta se abrió lentamente.

El Corsario Negro levantó la espada, dispuesto a herir en caso de ser acometido, mientras los filibusteros apuntaban los mosquetes.

Un hombre ya de edad, seguido de dos pajes de raza india, portadores de antorchas, apareció en el umbral. Era un hermoso tipo de anciano, que ya debía de haber pasado de los sesenta; pero aún robusto y erguido como un joven. Una larga barba blanca le cubría parte del pecho, y su cabellera, gris y larguísima, le caía sobre los hombros.

Llevaba un traje de seda oscura adornado de encajes, y calzaba altas botas con espuelas de plata; metal que en aquella época valía casi menos que el acero en las riquísimas colonias españolas del Golfo de México.

Una espada le colgaba al costado, y en la cintura llevaba uno de aquellos puñales españoles llamados de misericordia; arma terrible en una mano robusta.

—¿Qué quieren de mí? —preguntó el viejo con marcado temblor.

En vez de contestar, el Corsario Negro hizo seña a sus hombres de entrar y cerrar la puerta. El jorobado, ya inútil, fue dejado en la calle.

—Espero su respuesta —insistió el viejo.

—¡El caballero de Ventimiglia no está acostumbrado a hablar en los pasillos! —dijo el Corsario Negro con voz altanera.

—Síganme —dijo el viejo tras una breve vacilación.

Precedidos por los dos pajes, subieron una amplia escalera de madera roja y entraron en una sala amueblada con elegancia y adornada con trofeos españoles. Un candelabro de plata de cuatro luces estaba sobre una mesa con incrustaciones de metal y madreperlas.

El Corsario Negro se aseguró con una mirada de que no había más puertas, y volviéndose hacia sus hombres, les dijo:

—Tú, Moko, te pondrás de guardia en la escalera y colocarás la bomba detrás de la puerta. Ustedes, Carmaux y Wan Stiller, permanecerán en el corredor contiguo.

Y mirando al viejo, que se había tornado palidísimo, añadió:

—Y ahora, nosotros dos, señor Pablo de Ribeira, intendente del duque Wan Guld.

Cogió una silla y se sentó junto a la mesa, colocándose la espada desenvainada entre las piernas. El viejo seguía en pie y miraba con terror al formidable Corsario.

—Sabes quién soy, ¿no es cierto? —preguntó el filibustero.

—El caballero Emilio de Roccabruna, señor de Valpenta y de Ventimiglia —dijo el viejo.

—Celebro que tan bien me conozcas, señor de Ribeira —continuó el Corsario—. ¿Sabes por qué motivo he osado, solo con mi nave, aventurarme en estas costas?

—Lo ignoro; pero supongo que debe de ser muy grave el motivo para decidirte a tamaña imprudencia. No debes ignorar, caballero, que por estas costas está en crucero la escuadra de Veracruz.

—Lo sé —repuso el Corsario.

—Y que aquí hay una guarnición, no muy numerosa, pero superior a tu tripulación.

—También lo sabía.

—¿Y has osado venir aquí casi solo?

Una desdeñosa sonrisa plegó los labios del Corsario.

—¡No tengo miedo! —dijo con fiereza.

—Nadie puede dudar del valor del Corsario Negro —dijo Pedro de Ribeira—. Te escucho, caballero.

El Corsario permaneció algunos instantes silenciosos, y luego dijo con voz alterada:

—Me han dicho que tú sabes algo de Honorata Wan Guld.

En aquella voz había algo desgarrador. Parecía un sollozo ahogado. El viejo permaneció mudo y mirando con ojos asustados al Corsario. Entre ambos hubo unos momentos de angustioso silencio. Parecía que ninguno de los dos quería romperlo.

—¡Habla! —dijo por fin el Corsario—. ¿Es cierto que un pescador del mar Caribe te ha dicho que ha visto una chalupa arrastrada por las aguas y tripulada por una mujer joven?

—Sí —contestó el viejo con voz que parecía un soplo.

—¿Dónde se hallaba esa chalupa?

—Muy lejos de las costas de Venezuela.

—¿En qué sitio?

—Al sur de la costa de Cuba, a cincuenta o sesenta millas del cabo de San Antonio, en el canal del Yucatán.

—¡A tanta distancia de Venezuela! —exclamó el Corsario, golpeando el suelo con el pie—. ¿Cuándo encontraron la chalupa?

—Dos días después de la partida de las naves filibusteras de las playas de Maracaibo.

—¿Y estaba aún viva?

—Sí, caballero.

—¿Y aquel miserable no la recogió?

—La tormenta arreciaba, y su nave ya no podía resistir el embate de las aguas.

Un grito de desconsuelo salió de los labios del Corsario. Se cogió la cabeza entre las manos, y durante unos instantes el viejo solo oyó ahogados sollozos.

—¡Tú la has matado! —dijo el señor de Ribeira con voz grave—. ¡Qué tremenda venganza has cometido, caballero! ¡Dios te castigará!

Oyendo aquellas palabras, el Corsario Negro levantó vivamente la cabeza. Toda señal de dolor había desaparecido de su rostro para dejar lugar a una espantosa alteración. Su palidez era mortal, mientras una terrible llama animaba sus ojos.

—¡Dios me castigará! —exclamó con voz estridente—. Yo maté a aquella mujer a quien tanto amaba, pero ¿de quién fue la culpa? ¿Acaso ignoras las infamias cometidas por el duque, tu señor? Uno de mis hermanos duerme allá…, bajo el Escalda; los otros dos reposan en el báratro1 del mar Caribe. ¿Sabes quién los mató? ¡El padre de la mujer que yo amaba!

El viejo guardaba silencio y permanecía con los ojos fijos en el Corsario.

—Yo había jurado odio eterno a aquel hombre que había matado a mis hermanos en la flor de su edad, que había hecho traición a la amistad y a la bandera de su patria adoptiva, y que por oro había vendido su alma y su nobleza, mancillando infamemente su blasón, y he querido mantener mi palabra.

—¿Condenando a muerte a una joven que no podía hacerte ningún mal?

—La noche que abandoné a las aguas el cadáver del Corsario Rojo había jurado exterminar a toda su familia, como él había destruido la mía, y no podía faltar a mi palabra. Si no lo hubiera hecho, mis hermanos habrían salido del fondo del mar para maldecirme. ¡Y el traidor vive todavía! —repuso con ira tras una pausa—. El asesino no ha muerto, y mis hermanos me piden venganza. ¡La tendrán!

—Los muertos nada pueden pedir.

—Te engañas. Cuando el mar riela2, yo veo al Corsario Rojo y al Verde surgir de los abismos del mar y huir ante la proa de mi Rayo: y cuando el viento silba entre el cordaje de mi nave oigo la voz de mi hermano muerto en tierras de Flandes. ¿Me comprendes?

—¡Locuras!

—¡No! —gritó el Corsario—. Hasta mis hombres han visto muchas noches aparecer entre la espuma los esqueletos del Corsario Rojo y del Verde, que todavía me piden venganza. La muerte de la joven a quien yo adoraba no ha sido bastante para calmarlos, y sus almas atormentadas no reposarán hasta que yo haya castigado al asesino. Dime: ¿dónde está Wan Guld?

—¿Aún piensas en él? —exclamó el intendente—. ¿No te basta con su hija?

—No. Ya te he dicho que mis hermanos no están todavía satisfechos.

—El duque está muy lejos.

—¡Hasta el infierno iría a buscarle el Corsario Negro!

—Ve, pues, a buscarle.

—¿Adónde?

—Se dice que está en México.

—¿Se dice? ¿Tú que eres su intendente, el administrador de sus bienes, lo ignoras? ¡No seré yo quien lo crea!

—Sin embargo, no sé dónde se halla.

—¡Me lo dirás! —gritó con voz terrible el Corsario—. ¡La vida de ese hombre me es necesaria! Se me escapó en Maracaibo, en Gibraltar; pero ahora estoy resuelto a dar con él, aunque me fuera preciso hacer frente a toda la escuadra del virrey de México.

—No hablaré.

—Sin embargo, no ignoras las infamias cometidas por tu señor.

El viejo hizo un gesto negativo con la cabeza, y dijo con voz lenta:

—He oído narrar muchas cosas respecto del duque; pero ¿debo creerlas?

—¡Don Pablo de Ribeira! —dijo el Corsario con tono solemne—. ¡Soy un gentilhombre!

—Habla, pues, señor de Roccabruna.

El Corsario iba a abrir los labios, cuando se levantó, acercándose rápidamente a la ventana.

—¿Qué tienes? —le preguntó don Pablo con estupor.

El caballero no contestó. Inclinado hacia afuera escuchaba atentamente. La tormenta estaba en todo su apogeo. Truenos ensordecedores se sucedían sin cesar, y el viento silbaba por las calles, causando destrozos en tejados y fachadas. El agua caía a torrentes, estrellándose contra las paredes de las casas y el empedrado y corriendo rauda por las calles, convertidas en arroyos impetuosos.

—¿Has oído? —preguntó el Corsario con voz alterada.

—Nada, señor —repuso, inquieto, el anciano.

—¡Diríase que el viento trae hasta aquí los gritos de mis hermanos!

—¡Siniestra locura, caballero!

—¡No! ¡No es locura! ¡Las ondas del mar Caribe entonan a estas horas los salmos del Corsario Rojo y del Verde, víctimas de tu señor!

El viejo palideció y miró con espanto al Corsario. Era valeroso, pero supersticioso, como casi todos los de aquella época, y ya empezaba a creer en las extrañas fantasías del fúnebre filibustero.

—¿Has terminado, caballero? —dijo—. Acabarás por hacer que también yo vea a los muertos.

El Corsario se sentó de nuevo junto a la mesa. Parecía no haber oído las palabras del español.

—Éramos cuatro hermanos —empezó a decir con voz triste y lenta—. Pocos eran tan valientes como los señores de Roccabruna, Valpenta y Ventimiglia, y pocos tan devotos del duque de Saboya como lo éramos nosotros. La guerra había estallado en Flandes. Francia y Saboya combatían con extremo furor contra el sanguinario duque de Alba por la libertad de los generosos flamencos. El duque de Wan Guld, tu señor, separado del grueso del ejército franco-saboyano, se había atrincherado en una roca situada en una de las bocas del Escalda. Nosotros, fieles guardianes de la gloriosa bandera del heroico duque Amadeo II, estábamos con él. Tres mil españoles, con poderosa artillería, habían rodeado la roca, decididos a expugnarla. Asaltos desesperados, minas, bombardas, escalos nocturnos; todo lo habían intentado, y siempre en vano: el estandarte de Saboya nunca se había arriado. Los señores de Roccabruna defendían la fortaleza; antes se hubieran dejado hacer pedazos que entregarla. Una noche, un traidor comprado por el oro español abrió la poterna3 al enemigo. El primogénito de Roccabruna se lanzó a detener el paso a los invasores, y cayó asesinado por un pistoletazo disparado a traición. ¿Sabes cómo se llama el hombre que vilmente hizo traición a sus tropas y dio muerte a mi hermano?… ¡Era el duque Wan Guld; era tu señor!

—¡Caballero! —exclamó el anciano.

—Calla y escúchame —prosiguió el Corsario—. Al traidor le fue dada en pago de su infamia una colonia en el golfo de México, la de Venezuela; pero había olvidado que aún vivían otros tres caballeros de Roccabruna, y que estos habían solemnemente jurado por la cruz de Dios vengar la traición hecha a su hermano. Equipados tres navíos, zarparon hacia el golfo: uno de sus capitanes se llamaba el Corsario Verde; otro, el Rojo; el tercero, el Negro.

—Conozco la historia de los tres Corsarios —dijo el señor de Ribeira—. El Rojo y el Verde cayeron en poder de mi señor, y fueron ahorcados como vulgares malhechores.

—Y recibieron por mí honrosa sepultura en los abismos del mar Caribe —dijo el Corsario Negro—. Ahora, dime: ¿Qué pena merece el hombre que hace traición a su bandera y da muerte a tres hermanos? ¡Habla!

—Tú mataste a su hija, caballero.

—¡Calla, por Dios! —gritó el Corsario—. ¡No despiertes el dolor que roe mi corazón! ¡Basta! ¿Dónde está ese hombre?

—Está a cubierto de tus ataques.

—¡Lo veremos! Dime el sitio.

El anciano vaciló. El Corsario había levantado la espada. Una llama terrible brillaba en sus ojos. Algunos segundos de vacilación, y la acerada punta de la espada se hundiría en el pecho del intendente.

—En Veracruz—dijo el viejo, viéndose perdido.

—¡Ah!… —gritó el Corsario.

Se dirigía hacia la puerta, cuando entró Carmaux en la estancia. El filibustero tenía sombrío el rostro, y en sus miradas se leía una viva inquietud.

—¡Partamos, Carmaux! —le dijo el Corsario—. ¡Sé lo que quería saber!

—Mucho me alegraría de volver a bordo; pero creo que por ahora no sea fácil.

—¿Por qué?

—La casa está sitiada.

—¿Quién nos ha vendido? —preguntó el Corsario, mirando amenazadoramente al dueño de casa.

—¿Quién? ¡Ese maldito jorobado a quien dejamos en libertad! —dijo Carmaux—. Hemos cometido una imprudencia que acaso nos cueste cara, capitán.

—¿Estás seguro de que la calle está tomada por los españoles?

—Con mis propios ojos he visto dos hombres esconderse en el portal que hay frente a esta casa.

—¡Solo dos! ¿Y qué pueden hacer contra nosotros?

—¡Despacio, capitán! He visto otros dos en una ventana.

—Que son cuatro. ¡Vaya un número para nosotros! —dijo despreciativamente el Corsario.

—Puede haber más ocultos en las bocacalles, capitán —dijo Carmaux.

—¡Con semejante huracán, sus mosquetes no les servirán de nada!

—Pero cien picas y otras tantas espadas…

El Corsario permaneció pensativo un momento, y volviéndose a don Pablo le dijo:

—¿No hay en esta casa ninguna salida secreta?

—Sí, señor caballero —dijo el viejo, mientras un relámpago cruzaba sus negros ojos.

—¿Nos facilitarás la fuga?

—Si abandonas tus proyectos de venganza contra mi señor.

—¡Quieres bromear, señor Ribeira! —dijo con acento burlón el Corsario. El señor de Roccabruna no aceptará jamás tal condición.

—¿Prefieres que te hagan prisionero los españoles?

—Todavía no me han cogido, querido señor.

—Hay ciento cincuenta soldados en Puerto-Limón.

—No me asustan. Yo tengo a bordo ciento veinte lobos de mar capaces de hacer frente a un regimiento entero.

—Tu Rayo no está anclado frente a esta casa, caballero. Y no conoces el pasaje secreto.

—Pero lo conoces tú.

—No te lo indicaré si antes no juras dejar en paz al duque de Wan Guld.

—¡Pues bien; veamos! —dijo con voz estridente el Corsario.

Y amartillando rápidamente una pistola, gritó:

—¡O nos guías al pasaje secreto, o te mato! ¡Elige!


1. Báratro: infierno.

2. Rielar: temblar; vibrar con luz trémula.

3. Poterna: en las fortificaciones, puerta menor que cualquiera de las principales, y mayor que un portillo, que da al foso o al extremo de una rampa.


3
La traición del intendente

Ante aquella amenaza, Pablo de Ribeira se había tomado palidísimo. Instintivamente su diestra se volvió hacia la empuñadura de su espada. Había sido en sus tiempos un valiente guerrero; pero viendo avanzar a Carmaux juzgó inútil toda resistencia.

Por otra parte, tenía por cierto que perdería la vida aun luchando con el Corsario solo, pues no ignoraba su destreza en el manejo de las armas.

—Caballero —dijo—, estoy en tus manos.

—¿Me conducirás al pasaje secreto?

—Cedo a la violencia.

El anciano cogió un candelabro que sobre un vargueño había, lo encendió e hizo al Corsario seña de seguirle.

Carmaux había llamado ya a sus compañeros

—¿Adónde vamos? —preguntó Wan Stiller.

—Parece que huimos —repuso Carmaux.

—¿Vamos a bordo?

—¡Si se puede! Me fío poco de este viejo.

—No le perderemos de vista. Tengo amartillada la pistola.

—Y yo —dijo Carmaux.

En tanto, don Pablo había salido de la estancia y se había internado en un largo corredor, en cuyas paredes se veían cuadros representando sangrientos episodios de la campaña de Flandes y retratos que debían de ser de antepasados del duque Wan Guld. El Corsario le seguía espada y pistola en mano. Como sus subordinados, desconfiaba del viejo administrador.

Llegados al final de la galería, don Pablo se detuvo ante un cuadro mayor que los otros, y apoyando un dedo en la cornisa lo hizo correr por unas ranuras. El cuadro se destacó y cayó hasta el suelo, dejando ver una abertura tenebrosa capaz de dar paso a dos personas juntas. Un soplo de viento húmedo hizo vacilar las luces del candelabro.

—Este es el pasaje —dijo.

—¿Adónde conduce? —preguntó con acento de desconfianza el Corsario.

—Da vuelta a la casa, y termina en un jardín. A quinientos o seiscientos metros.

—¡Entra!

El viejo vaciló.

—¿Por qué quieres que los siga? —dijo—. ¿No basta que te haya conducido hasta aquí?

—¿Quién nos asegura que nos hayas puesto en buen camino? Cuando lleguemos a la salida, te dejaremos libre.

El viejo frunció las cejas, mirando sospechosamente al Corsario, y se internó en el pasaje. Los cuatro filibusteros le siguieron en silencio y sin dejar sus armas. Una escalera tortuosa se encontraba más allá del pasaje, que era estrechísimo y parecía construido en el espesor del muro.

El viejo bajó lentamente con una mano ante las luces para evitar que las apagara el viento, y se detuvo ante una galería subterránea.

—Estamos al nivel de la calle —dijo—. No tienes más que seguir siempre derecho.

—Será cierto lo que dices; pero no te dejaremos. Te ruego que vayas delante —dijo el Corsario.

—¡El viejo trama algo! —murmuró Carmaux—. Ya es la tercera vez que trata de plantarnos.

—¿Adónde quiere mandamos? ¡Hum!… ¡Qué olor a traición hay por aquí!

El señor de Ribeira, aunque de mala gana, echó a andar por el subterráneo, que era muy bajo y estrecho. La humedad era copiosísima. De la bóveda caían gotas de agua, y las paredes rezumaban. Parecía que por encima de la bóveda corría un torrente. Rachas de aire llegaban de la parte opuesta, amenazando a cada momento apagar las luces.

Don Pablo se adelantó unos cincuenta pasos, y se detuvo bruscamente, lanzando un grito. En el mismo instante las luces se apagaron, y la oscuridad más absoluta invadió la galería.

—¡Mil demonios! —gritó Carmaux—. ¡Enciendan una mecha! ¡El viejo nos traiciona!


El Corsario se había lanzado a impedir que don Pablo se alejase; pero con gran estupor no halló a nadie ante sí.

—¿Dónde estás? —gritó—. ¡Contéstame, o hago fuego!

Un ruido sordo, parecido al de una puerta maciza que se cierra, retumbó a pocos pasos.

—¡Traición! —gritó Carmaux.

El Corsario había amartillado una pistola. Un relámpago seguido de un disparo rompió las tinieblas.

—¡Ha desaparecido! —gritó—. ¡Debí esperarlo!

A la luz de la pólvora había visto a pocos pasos una puerta que cerraba la galería. El intendente del duque, aprovechando la oscuridad, debía de haberla cerrado después de pasar.

—¡Por cien mil cuernos! ¡Nos ha burlado bien! —dijo Carmaux—. ¡Si ese viejo cae en mis manos, palabra de ladrón que le ahorco!

—¡Silencio! —dijo el Corsario—. Enciendan una luz, una mecha, un pedazo de yesca; ¡cualquier cosa!

—¡He encontrado una vela, señor! —dijo el negro—. Debe haberse caído del candelabro.

Wan Stiller sacó el eslabón y la yesca, y encendió la vela.

—Veamos —dijo el Corsario.

Se acercó a la puerta y la examinó atentamente. Pronto se convenció de que por allí no había esperanza de salvación. Era maciza y estaba forrada de bronce, una verdadera puerta blindada. Para echarla abajo habría sido menester un cañón.

—¡El viejo nos ha encerrado en el subterráneo! —dijo Carmaux—. ¡Ni el hacha del compadre Saco de carbón puede echarla abajo!

—Acaso no esté del todo cortada la retirada —dijo el Corsario—. Veamos de volver a la casa del traidor.

—Capitán —dijo Carmaux—, he traído conmigo la bomba. Podríamos hacerla estallar junto a la puerta.

—Creo que no bastaría. ¡Vamos! ¡En retirada!

Deshicieron lo andado, subieron la escalera, y llegaron a la salida del pasaje secreto. Allí los esperaba una desagradable sorpresa. El cuadro había vuelto a su sitio y, habiéndolo golpeado el Corsario con su espada, produjo un sonido metálico.

—¡También aquí una pared de hierro! —murmuró—. ¡La cosa empieza a ser inquietante!

Iba a volverse hacia Moko para ordenarle que rompiera el cuadro a hachazos, cuando oyó voces cercanas. Algunas personas hablaban tras el cuadro.

—¿Los soldados? —preguntó Carmaux—. ¡Por los cuernos de…!

—¡Calla! —dijo el Corsario.

Dos voces se oían: la una parecía de mujer; la otra, de hombre.

—¿Quiénes serán? —se preguntó el Corsario.

Aplicó el oído a la pared metálica y escuchó atentamente.

“—¡Te digo que el amo ha encerrado aquí al gentilhombre! —decía una voz de mujer.

—¡Es un gentilhombre terrible, Yara! —repuso la voz del hombre—. Se llama el Corsario Negro.

—No le dejaremos morir.

—Si abriésemos, el amo sería capaz de matarnos.

—¿No sabes que han llegado los soldados?

—Sé que ocupan las calles próximas.

—¿Dejaremos que asesinen al gentilhombre?

—Te he dicho que es un filibustero de las Tortugas.

—¡No quiero que muera, Colima!

—¡Qué capricho!

—Yara lo quiere así.

—Piensa en el amo.

—¡No le temo! ¡Obedece, Colima!”.

—¿Quiénes serán? —se preguntó el Corsario, que no había perdido una sílaba—. Parece alguien que se interesa por mí, y…

No siguió. La pared había caído, y la placa metálica que acorazaba el cuadro habíase separado, dejando libre el paso. El Corsario se había lanzado fuera con la espada en alto pronto a herir; pero se detuvo súbitamente, haciendo un gesto de asombro.

Ante sí estaban una bellísima joven india y un joven negro, que llevaba un pesado candelabro de plata. Aquella joven podía tener unos dieciséis años y, como queda dicho, era bellísima, aunque su piel tuviese un tinte ligeramente rojizo.

Su talle era esbeltísimo y tan estrecho que con las manos se podía fácilmente abarcar. Tenía ojos espléndidos y negros como carbones, sombreados por largas y sedosas pestañas; la nariz, recta, casi griega; labios, pequeños y rojos, que dejaban ver una doble hilera de dientes blancos y brillantes como perlas; sus cabellos, negros como el ala del cuervo, descendían en pintoresco desorden sobre su espalda, formando como un manto de terciopelo.

Hasta el traje que llevaba era gentil. La falda, de tela roja, estaba bordada con lentejuelas de plata y perlas, y la blusa, adornada de encajes y cubierta también de lentejuelas. En la cintura llevaba una faja de brillantes colores, terminada en largos flecos de seda.

Sus pies, pequeños como los de una china, desaparecían bajo unas graciosas babuchas de piel amarilla y recamadas de oro.

En las orejas llevaba grandes aretes de metal, y en el cuello muchas monedas de gran valor.

Su compañero, un negro de dieciocho a veinte años, tenía labios gruesos, ojos que parecían de porcelana y una cabellera negra y encrespada.

Con una mano sostenía el candelabro, y con la otra empuñaba una especie de cuchilla curva, arma usada por los plantadores.

Viendo al Corsario en tan amenazadora actitud, la joven india había retrocedido dos pasos, lanzando un grito a la vez de sorpresa y alegría.

—¡Un hermoso gentilhombre! —había exclamado.

—¿Quién eres? —preguntó el Corsario.

—Yara —contestó la joven india con argentina voz.

—¡No sé más que antes! Además, no me interesan otras explicaciones. Dime si está sitiada la casa.

—Sí, señor.

—Y don Pablo de Ribeira, ¿dónde está?

—No le hemos visto.

El Corsario se volvió hacia sus hombres, diciendo:

—No tenemos un instante que perder. Acaso estemos aún a tiempo.

Sin cuidarse del negro y de la india, había enfilado el corredor para llegar a la escalera, cuando se sintió coger dulcemente por los vuelos de la casaca. Se volvió, y vio a la india. Su bello rostro revelaba tan profunda angustia, que se quedó atónito.

—¿Qué deseas? —le preguntó.

—¡No quiero que te maten, señor! —repuso Yara con voz temblorosa.

—¿Qué puede importarte a ti? —preguntó más dulcemente el Corsario.

—Los hombres que están escondidos en las calles próximas no te perdonarán.

—Ni nosotros a ellos.

—¡Son muchos, señor!

—Es necesario que salga de aquí. Mi nave me espera en la boca del puerto.

—En vez de salir en busca de los soldados, ¡huye!

—Mucho me gustaría poder marchar sin empeñar batalla, pero veo que no hay sino esta salida. El subterráneo lo cerró don Pablo.

—¡Hay aquí una cueva, escóndanse!

—¡Yo! ¡El Corsario Negro! ¡Oh! ¡Nunca, hija mía! Sin embargo, gracias por tu consejo. Te lo agradeceré siempre. ¿Cómo te llamas?

—Yara; te lo he dicho.

—No olvidaré nunca ese nombre.

Le hizo un gesto de adiós, y bajó la escalera, seguido de Carmaux y Wan Stiller y precedido por Moko. Llegados al corredor, se detuvieron un momento para amartillar los mosquetes y pistolas, y Moko abrió resueltamente la puerta.

—¡Que Dios te proteja, señor! —gritó Yara, que se había quedado arriba.

—¡Gracias, buena niña! —repuso el Corsario lanzándose a la calle.

—¡Despacio, capitán! —dijo Carmaux deteniéndole—. Veo sombras junto al ángulo de aquella casa.

El Corsario se había detenido. La oscuridad era tal que a treinta pasos no se distinguía una persona, y, además, llovía a torrentes. Los relámpagos habían cesado; pero no así el viento, que continuaba bramando por las calles. Sin embargo, el Corsario había visto las sombras señaladas por Carmaux. Era imposible saber cuántas eran; no obstante, no debían de ser pocas.

—Nos esperaban —murmuró el Corsario—. El jorobado no perdió el tiempo. ¡Hombres del mar, adelante! ¡Daremos la batalla!

Se había arrollado el tabardo sobre el brazo izquierdo, y con la diestra empuñaba la espada, arma terrible en sus manos. No queriendo todavía afrontar al enemigo, ignorando aún con cuánta gente tenían que medirse, en vez de dirigirse hacia aquellas sombras que estaban en acecho, se quedaron junto al muro.

Habían recorrido unos diez pasos cuando cayeron sobre ellos dos hombres armados de espadas y pistolas. Se habían ocultado en un portal, y viendo aparecer al formidable Corsario, se lanzaron sobre él, acaso con la esperanza de cogerle por sorpresa. El caballero no era hombre dispuesto a dejarse coger así. Con un salto de tigre evitó las dos estocadas, y cargó a su vez, haciendo silbar la espada.

—¡Tomen! —gritó.

Con un golpe bien dirigido derribó en tierra a uno, y saltando por encima de él se precipitó sobre el segundo, que, viéndose solo, huyó a todo correr.

Mientras el Corsario se desembarazaba de aquellos dos, Carmaux, Wan Stiller y Moko se habían lanzado contra un grupo que había desembocado por una calle próxima.

—¡Déjenlos ir! —gritó el Corsario.

Era demasiado tarde para detenerlos. Furiosos por la inminencia del peligro, habían caído sobre ellos con tal ímpetu, que los dispersaron a poca costa. En lugar de detenerse se lanzaron tras los fugitivos, gritando:

—¡Mata! ¡Mata!

En aquel momento un destacamento desembocaba por otra callejuela. Estaba compuesto por cinco hombres: tres, armados de espadas, y dos, de mosquetes. Viendo al Corsario Negro solo lanzaron un grito de alegría y se precipitaron sobre él, gritando:

—¡Ríndete, o eres muerto!

El señor de Ventimiglia miró en torno suyo y no pudo contener una sorda imprecación. Sus tres filibusteros, llevados por su ardor, y creyendo sin duda facilitar el camino a su capitán, habían continuado su carrera persiguiendo a los fugitivos.

—¡Incautos! —murmuró el Corsario—. ¡Heme aquí en un buen aprieto!

Se apoyó contra el muro para no ser rodeado, y empuñó una de sus pistolas, gritando con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡A mí, filibusteros!

Su voz fue sofocada por un disparo. Uno de los cinco hombres había hecho fuego, mientras los otros desenvainaban la espada. La bala se aplastó contra el muro, a pocas pulgadas de la cabeza del Corsario.

—¡Truenos! —murmuró este.

Apuntó la pistola, y disparó a su vez. Uno de los dos mosqueteros, herido en pleno pecho, cayó sin lanzar ni un grito. Tiró el arma descargada y empuñó la segunda. El otro mosquetero le apuntaba. Rápido como un Rayo, el Corsario hizo fuego; pero la pólvora no ardió.

—¡Maldición! —exclamó.

—¡Ríndete! —gritaron los cuatro españoles.

—¡Esta es mi respuesta! —contestó el Corsario.

Se separó del muro, y de un salto cayó sobre ellos dando estocadas a diestra y siniestra. El segundo mosquetero cayó. Los otros cargaron sobre el Corsario, cerrándole el paso.

—¡A mí, filibusteros! —volvió a gritar el caballero. Le contestaron algunos disparos. Parecía como si al final de la calle sus hombres hubiesen empeñado un desesperado combate, porque se oían gritos, blasfemias, gemidos y chocar de aceros.

—¡Tratemos de deshacernos de estos sayones1! —murmuró el Corsario—. Por ahora nadie ha de venir a ayudarme.

Para evitar que le rodeasen, fue retrocediendo hasta apoyarse de nuevo en el muro. Los tres espadachines le atacaban vivamente, lanzándole estocada tras estocada, pues deseaban acabar con él antes de la llegada de sus compañeros.

Habían reconocido en su adversario al formidable surcador de los mares que se hacía llamar el Corsario Negro, y por eso redoblaban su ahínco; pero sabiendo que tenían que habérselas con un consumado tirador no se exponían demasiado.

Después de dar unos quince pasos, el Corsario sintió tras sí un obstáculo. Alargando la mano izquierda notó que se hallaba ante una puerta.

—Si no se abre, confío en hacer frente a estos bribones —murmuró.

En aquel momento oyó en lo alto un grito de mujer:

—¡Colima! ¡Le matan!

—¡La joven india! —exclamó el Corsario sin dejar de defenderse—. ¡Magnífico! ¡Puedo confiar en alguna ayuda!

Mientras los tres espadachines le cercaban por todas partes, multiplicando las estocadas, en la extremidad de la calle se oían los gritos de Carmaux y Wan Stiller y el chocar de las espadas. Por el momento no había que esperar ayuda de ellos. Los filibusteros debían estar empeñados en un combate sin esperanza, o acaso habían caído en alguna emboscada con el fin de aislar al Corsario.

Este, sin embargo, no desmayaba. Habilísimo tirador, paraba las estocadas con rapidez fulmínea, respondiendo con otras tantas. Mucho le costaba, no obstante, defenderse de aquellas tres espadas que le buscaban el corazón, como lo demostraban dos puntazos que le habían rasgado la casaca. Su tabardo, que le servía de escudo, no era sino un guiñapo. Una vez recibió una estocada en el costado derecho con dirección al corazón. Aunque la detuvo con el brazo izquierdo no pudo evitar que la espada penetrase en sus carnes.

—¡Ah, perro! —aulló, atacando con rabia.

Antes que su contrario hubiera podido desembarazar su espada de los pliegues del tabardo, le descargó un golpe desesperado. La hoja hirió al adversario en plena garganta, cortándole la carótida.

—¡Tres! —gritó el Corsario parando una estocada.

—¡Toma esta! —dijo uno de los dos que restaban.

El Corsario dio un salto, lanzando un grito de dolor.

—¡Tocado! —dijo.

—¡Ánimo, Juan! —gritó el que le había herido, dirigiéndose a su compañero—. ¡Otra estocada, y es nuestro!

—¡Todavía no! —gritó el Corsario—. ¡Toma!

Con dos terribles estocadas derribó uno tras otro a sus dos adversarios; pero casi a la par se sintió sin fuerzas, mientras sus ojos se cubrían con un velo de sangre.

—¡Carmaux!… ¡Wan Stiller!… ¡Ayuda!… —murmuró con voz desfallecida.

Se llevó la mano al pecho, y la retiró bañada en sangre. Retrocedió hasta la puerta, contra la cual se apoyó. La cabeza le daba vueltas, y sentía un sordo zumbido en los oídos.

—¡Carmaux! —murmuró por última vez.

Le pareció oír pasos precipitados, después la voz de sus fieles corsarios y, por fin, abrirse una puerta. Vio confusamente una sombra delante de él, y le pareció que unos brazos le cogían. Luego… ya no vio nada.

*

* *

Cuando volvió en sí, ya no se encontraba en la calle donde había librado tan sangriento combate. Estaba tendido en un cómodo lecho adornado con cortinas de seda azul bordadas de oro, y blanquísimas sábanas adornadas con ricas puntillas. Un rostro gentil estaba inclinado sobre él, acechando sus más pequeños movimientos. Lo reconoció en seguida.

—¡Yara! —exclamó.

La joven india se enderezó rápidamente. Los grandes y dulces ojos de aquella criatura estaban aún húmedos de llanto.

—¿Qué haces aquí, muchacha? —le preguntó el Corsario—. ¿Quién me trajo a esta estancia? ¿Y mis hombres, dónde están?

—¡No te muevas, señor! —dijo la joven.

—Dime dónde están mis hombres —repitió el Corsario—. ¡Oigo fragor de armas en la calle!

—Tus hombres están aquí: pero…

—¡Continúa! —dijo el Corsario viéndola vacilar—. ¡No los veo!

—Defienden la escalera, señor.

—¿Por qué?

—¿Has olvidado a los españoles?

—¡Ah! ¡Es cierto! ¿Están aquí los españoles?

—Han cercado la casa, señor —repuso, angustiada, la joven.

—¡Mil truenos! ¡Y yo en el lecho!…

El Corsario hizo ademán de levantarse; pero lo retuvo un agudo dolor.

—¡Estoy herido! —exclamó—. ¡Ah! ¡Ahora recuerdo!…

Solo entonces se dio cuenta de que tenía el pecho vendado y las manos llenas de sangre. No obstante su valor, palideció.

—¿Estaré imposibilitado para defenderme? —se preguntó con ansiedad—. ¡Yo herido en tanto que los españoles nos asedian y acaso amenazan hasta a mi Rayo! Yara, ¿qué ha ocurrido después de que me hirieron?

—Te hice traer aquí por dos pajes de mi señor y por Colima —repuso la joven india—. Había suplicado al negro que fuera en tu socorro; pero no se atrevió a salir mientras hubo españoles en la calle.

—¿Quién me ha vendado?

—Uno de tus hombres y yo.

—He recibido dos estocadas; ¿no es cierto?

—Sí, dos; una acaso grave, y otra más dolorosa que peligrosa.

—Sin embargo, no me siento débil.

—Hemos detenido pronto la sangre.

—¿Y mis hombres, han vuelto todos?

—Sí, señor. Uno de ellos tenía muchos rasguños y al negro le brotaba sangre de un brazo.

—¿Por qué no están aquí?

—Los dos blancos vigilan la escalera; el negro está de guardia en el pasaje secreto.

—¿Hay muchos enemigos en los alrededores?

—Lo ignoro, señor. Colima y los dos criados han huido antes que los soldados llegasen, y yo no me he separado ni un solo instante de tu lecho.

—¡Gracias por tu afecto y por tu cura, valiente muchacha! —dijo el Corsario pasando la mano por la cabeza de la joven—. ¡El Corsario Negro no te olvidará!

—Entonces, ¿me vengará? —exclamó la india, mientras un siniestro fulgor animaba sus ojos.

—¿Qué quieres decir?

En aquel instante se oyó un tiro de mosquete y la voz de Carmaux que gritaba:

—¡Cuidado! ¡Hay una bomba detrás de la puerta!

El Corsario Negro, viendo su espada apoyada en una silla próxima, la cogió, haciendo de nuevo ademán de levantarse. La joven le detuvo ciñéndole con ambos brazos.

—¡No, mi señor —gritó—; te matarías!

—¡Mil truenos! —gritó el Corsario—. ¡Van a asaltarnos, y yo no estoy con mis fieles marineros! ¡Déjame!

—No, capitán; no te moverás del lecho —dijo entrando Carmaux—. Los españoles no nos han cogido aún.

—¡Ah!, ¿eres tú? —dijo el Corsario—. Son todos valientes, ya lo sé; pero son pocos para defenderse de un ataque general. ¡No quiero faltar en el momento oportuno!

—¿Y tus heridas? ¡Estás inválido, capitán!

—Me parece que aún podría sostenerme, Carmaux. ¿Las has visto?

—Sí, capitán. Te han dado una estocada soberbia un poco debajo del corazón. Si el acero no llega a tropezar con una costilla te atraviesa.

—No es grave.

—Es cierto —repuso Carmaux—. Yo creo que dentro de unos doce días podrás volver a dar estocadas de nuevo.

—¡Doce días! ¡Estás loco, Carmaux!

—Tienes que cerrar dos agujeros. Un poco más abajo te han hecho otro ojal mucho menos profundo que el primero, pero más doloroso. Cierto que has pagado las dos estocadas con usura, porque luego he visto junto a la puerta tres muertos y dos heridos.

—Y ustedes, ¿han pegado mucho? —preguntó el Corsario.

—Una media docena de hombres a cambio de unos rasguños. Creíamos que nos habías seguido, y por eso continuamos la carga, creyendo abrirte paso. Cuando vimos que te habías quedado atrás tratamos de volver sobre nuestros pasos. Los españoles, que habían hecho lo posible por aislarte, nos cortaron el camino, impidiéndonos ir en tu ayuda. Cuando pudimos desembarazarnos de esos lobos rabiosos acababas de ensartar al último de tus adversarios.

—¿Cómo has sabido que estaba aquí?

—Nos lo avisó esta valiente muchacha.

—¿Y ahora?

—Estamos sitiados, capitán.

—¿Son muchos los enemigos?

—La oscuridad no me ha permitido aún apreciar su número —dijo Carmaux—; pero estoy convencido de que son muchos. Tenemos que defendernos dentro de la casa. Los españoles pueden entrar valiéndose del pasaje secreto.

—El peligro mayor está precisamente en ese pasaje —dijo la joven india—. Don Pablo tiene la llave de la puerta de hierro.

—¡Mil ballenas! —exclamó Carmaux—. Si los enemigos nos asaltan por ambas partes no sé si podremos resistir. ¡Bah! Si fuese necesario, nos dejaríamos hacer astillas antes de que entraran aquí. El señor Morgan, viendo que no volvemos a bordo, pensará en algo, y mandará a tierra un fuerte destacamento a buscarnos.

—Señor —dijo la joven india, que no había perdido ni una sílaba de la conversación—, hay un sitio donde podrán resistir largo tiempo.

—¿Algún escondite? —preguntó Carmaux.

—No; en el torreón.

—¡Mil ballenas! ¿Hay un torreón en esta casa? ¡Estamos salvados! Si es muy alto podremos hacer señales a la tripulación del Rayo.


1. Sayón: verdugo que ejecutaba las penas a que eran condenados los reos.


4
Sitiados en el torreón

Cinco minutos después, el Corsario Negro, llevado en brazos por sus fieles marineros, se encontraba en el torreón de la casa del señor de Ribeira. Hasta la joven india había querido seguirle, no obstante los consejos de Carmaux, a quien disgustaba exponer a aquella joven a los peligros de un asalto.

El torreón era una pequeña construcción, ni muy alta ni muy sólida, dividida en dos estancias circulares y comunicadas por medio de una escalera de madera con el terrado de la casa. Aunque no fuese muy elevado, desde él se dominaba no solo la ciudad, sino hasta el puerto, en medio del cual estaba el Rayo.

Carmaux, una vez que hubo hecho colocar al capitán sobre un lecho viejo ya fuera de uso, se apresuró a asomarse a la ventana que miraba al puerto. Viendo los fanales1 del Rayo, no pudo contener un grito de alegría.

—¡Por vida de cien mil ballenas! —exclamó—. Desde aquí podremos cambiar señales con nuestra nave. ¡Ah! ¡Mis queridos señores españoles, aún hemos de darles mucho que hacer! ¡Ya sabía yo que sin el consentimiento del señor Morgan no nos prenderían! ¡Ya verán qué peladillas lanza el Rayo contra sus casas!

—¿Has visto mi nave? —le preguntó el Corsario con cierta emoción.

—Sí, capitán —le contestó Carmaux.

—¿No la han asaltado?

—Por ahora, no.

—Entonces, es preciso resistir hasta la llegada de los refuerzos que nos enviará Morgan.

—Esta fortaleza no me parece en mal estado.

—¿Y la escalera?

—La desharemos, capitán.

—¡Con tal que los españoles no prendan fuego a la casa!

—El señor de Ribeira no lo consentiría. Esta casa debe valer lo menos mil onzas de oro.

—Ocúpense pronto en destruir la escalera.

—Saco de carbón y Wan Stiller están ya demoliéndola. Les he ordenado que traigan aquí los maderos.

—¿Para qué, Carmaux?

—Para encender una hoguera en el tejado. El señor Morgan comprenderá la señal.

—Bastará encenderla tres veces, con intervalos de cinco minutos —dijo el Corsario—. Morgan comprenderá que estamos en peligro y que necesitamos auxilio.

En aquel momento se oyó en la calle un endemoniado estrépito. Parecía que alguien intentaba forzar alguna entrada.

—¿Son los nuestros que deshacen la escalera?

—No, capitán —dijo Carmaux, que se había asomado—; son los españoles. Echan abajo la puerta con palancas: parece que tienen prisa por prendernos.

—Entonces, dentro de poco estarán aquí.

—Encontrarán un hueso duro de roer —repuso Carmaux—. Voy a levantar una barricada en el paso del torreón. ¡Mil ballenas!

—¿Qué te ocurre? —preguntó el Corsario.

—Creo que ninguno de nosotros querrá morir de hambre o de sed. Aquí no veo ni panes ni botellas. Un sitiado sin víveres es hombre muerto. Antes de encerrarnos pensemos en proporcionarnos algo en que hincar el diente.

—Veamos, bella muchacha: ¿sabes dónde está la despensa del señor de Ribeira?

—No te preocupes —dijo la joven india—. Yo te facilitaré víveres.

—Permíteme que te acompañe. Los españoles acaso hayan entrado ya por el pasaje secreto.

—No les temo —repuso la joven con fiereza—. Déjame que vaya sola, mientras tú velas por el capitán.

—¡Tiene corazón la chiquilla! —dijo Carmaux viéndola bajar tranquilamente, como si se tratase de una cosa sencillísima.

—Síguela —le dijo el Corsario—. Si la sorprenden trayéndonos víveres, acaso la maten.

Carmaux desenvainó el sable y salió detrás de la joven, resuelto a protegerla a toda costa. Wan Stiller y Moko, armados de hachas, se preparaban a deshacer la escalera, a fin de impedir a los españoles subir al piso superior en el caso de que lograsen echar abajo la puerta del torreón.

—¡Un momento, amigos! —les dijo Carmaux—. Primero, los víveres; después, la escalera.

—Esperamos tus órdenes —repuso Wan Stiller.

—Por ahora, vengan conmigo. Trataremos de aprovisionarnos de buenas botellas. Don Pablo debe tener algunas muy añejas, que sentarán muy bien a nuestro capitán.

Dejaron su refugio y bajaron al piso de don Pablo. La joven india había entrado ya en una estancia donde se conservaban las provisiones de la casa, y, llenando un cesto de toda clase de viandas, volvía rápidamente al torreón. Carmaux y Wan Stiller, viendo buen número de botellas polvorientas, alineadas en una estantería, se apresuraron a apoderarse de ellas. No obstante, tuvieron el buen sentido de coger dos odres llenos de agua. Ya se preparaban a volver a su refugio cuando en el corredor inferior oyeron precipitados pasos.

—¡Que vienen! —exclamó Carmaux apoderándose de la cesta.

—¡Deben de haber forzado el pasadizo secreto! —dijo Wan Stiller—. ¡Pronto! ¡Huyamos!

Enfilaron a paso ligero el corredor que conducía al torreón, y ya iban a franquear la puerta tras la cual los esperaba el compadre Saco de carbón, cuando por el lado opuesto apareció un soldado.

—¡Eh! ¡Alto, o hago fuego! —gritó el español.

—¡Que te ahorquen! —contestó Carmaux.

Sonó un disparo, y una bala horadó uno de los odres que llevaba el hamburgués. El agua se derramó por el agujero.

—¡Cuidado! —gritó Carmaux—. ¡El agua puede sernos más útil que el jugo de Noé!

Y entraron, cerrando tras sí la puerta, mientras gritos de rabia se oían en el exterior.

—¡Hagamos una barricada! —gritó el negro Carmaux.

En aquella estancia había muchos muebles fuera de uso: mesas, un entredós2 monumental, sillones y sillas pesadísimas.

En pocos minutos Carmaux y el negro acumularon dichos muebles ante la puerta, formando una barricada tan maciza que podía desafiar las balas de los mosquetes.

—¿Debo cortar la escalera? —preguntó Moko.

—Todavía no —dijo Carmaux—. Siempre estaremos a tiempo.

—¿Qué esperas, compadre blanco?

—Quiero divertirme un rato.

—Asaltarán la puerta.

—Y nosotros les contestaremos, querido Saco de carbón. Es necesario resistir el mayor tiempo posible. Por otra parte, las municiones no escasean.

—Yo tengo cien cargas.

—Y Wan Stiller y yo otras tantas, sin contar las pistolas del capitán.

En aquel momento los españoles llegaban ante la puerta. Al observar que estaba atrancada, se enfurecieron.

—¡Abran o los mataremos a todos! —gritó una voz imperiosa; y golpearon las tablas con la culata de un mosquete.

—¡Despacio, señor mío! —replicó Carmaux—. No hay que tener tanta prisa, ¡qué diablos! ¡Un poco de paciencia, gentil soldado!

—¡Soy un oficial y no un soldado!

—¡Tengo un verdadero placer en saberlo! —dijo con tono irónico Carmaux.

—¡Llamen al Corsario Negro!

—¿Qué quieres de tal caballero, señor oficial, si puede saberse?

—Deseo parlamentar con él

—Lo siento, pero en estos momentos está ocupadísimo.

—Estará herido.

—Nada de eso, querido señor. Está mejor que yo y que vos.

—Te he dicho que deseo parlamentar con él.

—Y yo te he dicho que está ocupadísimo. Pero puedes decirme a mí, que soy su ayudante de campo, lo que deseas.

—¡Los intimo a que se rindan!

—¡Oh!

—¡Y pronto!

—¡Uf! ¡Qué furia!

—El comandante de la ciudad les promete respetar sus vidas.

—¿Con tal que nos vayamos? ¡Si no deseamos otra cosa!

—Pero con una condición.

—¡Ah! ¿Hay condición?

—Que nos cedan su nave con armas y municiones.

—Queridísimo señor, has olvidado tres cosas.

—¿Cuáles? —preguntó el oficial.

—Que tenemos nuestras casas en las Tortugas; que nuestra isla está muy lejos, y, finalmente, que no sabemos andar sobre las aguas, como San Pedro.

—Se les dará una barca para que se vayan.

—¡Hum! ¡Son tan incómodas las barcas! Prefiero volver a las Tortugas en el Rayo, y creo que el caballero de Ventimiglia es de mi opinión.

—Entonces, los ahorcaremos —dijo el oficial, que hasta entonces no se había dado cuenta de la ironía del filibustero.

—Bueno, pero tengan cuidado con los doce cañones del Rayo. Lanzan unos confetti capaces de no dejar una casa en pie, y, si es preciso, hasta de aniquilar vuestro fuerte.

—¡Lo veremos! ¡Echen abajo esta puerta!

—Compadre Saco de carbón, vamos a cortar la escalera —dijo Carmaux volviéndose al negro.

Subieron ambos al piso superior, y con pocos hachazos despedazaron la escalera, hacinando los maderos. Hecho esto, cerraron el hueco, colocando encima una pesada caja.

—¡Ya está! —dijo Carmaux—. ¡Ahora, suban si pueden!

—¿Han entrado ya los españoles? —preguntó el Corsario Negro, que había empuñado su espada y se preparaba a lanzarse del lecho, no obstante las heridas que lo atormentaban.

—Todavía no, capitán —dijo Carmaux—. La puerta es sólida, y les costará mucho trabajo echarla abajo.

El Corsario quedó un momento en silencio, y luego preguntó:

—¿Qué hora tenemos?

—Las seis.

—Debemos resistir hasta las ocho de esta noche para hacer las señales a Morgan.

—Resistiremos, señor.

—¿Podremos? Esta torre es independiente de la casa, y los españoles podrán incendiarla sin amenazar al palacio.

—¡Por cien mil diablos! —exclamó Carmaux.

—Has hecho mal en cortar la escalera, amigo mío. Toda la resistencia debía oponerse detrás de la barricada. Es necesario impedir a los españoles la entrada en el torreón.

—Tendremos tiempo. Aún no han echado abajo la puerta; pero la escalera ya está cortada.

—Aún puede servirnos.

—¡No pierdan tiempo, mis bravos!

—¡Vamos, Saco de carbón! —dijo Carmaux cogiendo su arcabuz.

—Yo seré también de la partida —dijo el hamburgués—. Entre los tres haremos prodigios e impediremos a los españoles la entrada, por lo menos hasta esta noche.

Los tres valientes volvieron a abrir el boquete y, apoyando uno de los largueros de la escalera, se dejaron deslizar al piso inferior, decididos a hacerse matar antes que rendirse. Los españoles, en tanto, habían comenzado a asaltar la puerta y golpeaban las tablas con la culata de sus mosquetes, sin buen éxito. Habrían sido precisas hachas y catapultas para abrir una brecha en aquella maciza barricada.

—¡Apostémonos tras este entredós, y apenas veamos la menor rendija, hagamos fuego! —dijo Carmaux.

—Ya estamos preparados —contestaron el negro y Wan Stiller.

Los golpes menudeaban contra las tablas de la puerta. Los españoles golpeaban hasta con sus espadones, tratando de abrir alguna brecha que les permitiese introducir las armas de fuego. Los tres filibusteros los dejaban hacer, seguros de poder rechazar fácilmente el primer ataque, no obstante la desigualdad del número. Así, Carmaux había liado tranquilamente un cigarrillo, y entre chupada y chupada gritaba:

—¡Más fuerte! ¡Pero cuiden de los mosquetes, que se les van a romper!

Los soldados, enfurecidos por tan irónicas palabras, arreciaron en sus golpes, haciendo tal estrépito que retemblaban las paredes del torreón. Pasado un cuarto de hora se oyó una voz gritar fuera:

—¡Basta!

—¿Algún nuevo refuerzo? —preguntó el negro frunciendo el ceño.

—Me temo algo peor —repuso Carmaux, algo inquieto.

Se oyó un golpe tremendo seguido de un crujido prolongado.

—¡Apelan a las hachas! —dijo el hamburgués.

—¡Se ve que les corre prisa prendernos! —dijo el negro.

—¡Oh! ¡Lo veremos! —exclamó Carmaux montando su arcabuz—. Espero que les haremos frente hasta que las tinieblas nos permitan hacer las señales a Morgan.

—Pero si golpean con tanta furia acabarán por abrir alguna brecha.

—Déjalos, Wan Stiller. Luego hablará la pólvora.

Los españoles continuaban su tarea con verdadera saña. Además de las hachas hacían uso de las espadas y de las culatas de los mosquetes, tratando de derribar la puerta. Los tres filibusteros, no pudiendo por el momento rechazar aquel ataque, los dejaban hacer. Se habían arrodillado detrás del entredós, teniendo a mano los arcabuces y las espadas.

—¡Qué furia! —dijo al cabo de un rato Carmaux—. Me parece que ya han abierto una raja.

—¿Será el momento de abrir el fuego? —preguntó el hamburgués poniéndose en pie.

—¡Espera un poco! —replicó el filibustero—. Aún tienen que atravesar el entredós.

—¡Yo veo un agujero! —dijo Moko alargando rápidamente su arcabuz.

Iba a disparar cuando se oyó una detonación. Una bala fue a romper un viejo candelabro que había en un rincón.

—¡Ah! ¡Ya empiezan! —gritó Carmaux—. ¡Por Baco! ¡Nosotros también debemos hacer algo!

Se acercó al sitio por donde había pasado la bala y miró con precaución, cuidando de no exponerse a recibir un balazo. Los españoles habían logrado abrir un boquete en la puerta y habían introducido ya otro mosquete.

—¡Muy bien! —murmuró Carmaux—. Esperemos a que hagan fuego.

Con una mano agarró el arcabuz, y trató de separarlo. El soldado que lo empuñaba, sintiendo la presión, dejó escapar el tiro y lo retiró instantáneamente para dejar el puesto a otro. Carmaux, más rápido, avanzó el suyo y lo apuntó a través del boquete. Se oyó una detonación, seguida de un grito.

—¡Tocado! —dijo Carmaux.

—¡Toma esta! —gritó una voz.

Otro disparo sonó afuera, y la bala, pasando a pocas pulgadas de la cabeza del filibustero, arrancó la cornisa superior del entredós. Simultáneamente algunos golpes de hacha bien dirigidos partían una tabla de la puerta. Cuatro o cinco arcabuces y algunas espadas aparecieron por la abertura.

—¡Tengan cuidado! —gritó Carmaux a sus compañeros.

—¿Entran ya? —preguntó Wan Stiller, que había empuñado su arcabuz por el cañón, a fin de usarlo como maza.

—¡Aún hay tiempo! —repuso Carmaux—. Si la puerta ya no resiste, todavía queda el entredós, y tan macizo mueble les ha de dar mucho que hacer.

—¡Lástima que no tengamos la bomba! —dijo Moko.

—Habría sido demasiado peligrosa, compadre Saco de carbón. Habríamos volado nosotros también.

En aquel momento gritó una voz:

—¿Se rinden? ¿Sí, o no?

—¿Quién eres? —preguntó Carmaux con flema irritante.

—¡Muerte del infierno! ¿Acabarán?

—Aún no hemos empezado.

—La puerta ha cedido.

—No lo creo.

—¡Desfondaremos este mueble que nos impide el paso! —gritó el español.

—Hazlo, estimado guerrero. Pero debo advertirte que detrás del entredós hay mesas, y detrás de las mesas arcabuces y hombres decididos a todo. Ahora, entren si lo desean.

—¡Los ahorcaremos a todos!

—¿Has traído la cuerda?

—¡Tenemos las correas de nuestras espadas, canallas! ¡Compañeros! ¡Fuego sobre estos bergantes!

Cuatro o cinco disparos retumbaron; las balas se incrustaron en el entredós, sin lograr perforarlo.

—¡Qué clamoroso concierto! —dijo Wan Stiller—. ¿No podríamos nosotros entonar algún trozo parecido?

—Son libres —repuso Carmaux.

—Entonces, trataremos de hacer algo.

Wan Stiller, guareciéndose con el entredós, alcanzó el ángulo opuesto en el momento en que los españoles, creyendo asustar a sus adversarios, hacían una nueva y nutrida descarga.

—¡Ya estoy! —dijo—. A uno lo mando al otro mundo.

Un soldado había pasado a través del boquete su espadón, tratando de hacer saltar una tabla del entredós. Seguro de no ser importunado por los sitiados, no se había cuidado de guarecerse tras la puerta. Wan Stiller, que le había visto, alargó rápidamente el arcabuz y disparó sobre él.

El español, herido en pleno pecho, dejó caer el espadón, extendió los brazos y cayó sobre los compañeros que estaban detrás: la bala le había atravesado el corazón. Los sitiadores, espantados por lo imprevisto del disparo, retrocedieron, aullando de furor. En el mismo momento se oyó en lontananza tronar siniestramente el cañón.

Carmaux lanzó un grito:

—¡Es uno de los cañones del Rayo!

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller, palideciendo—. ¿Qué sucede a bordo de nuestro barco?

—¿Será una señal? —preguntó Moko.

—¿O que asaltan nuestra nave? —se preguntó Carmaux.

—¡Vamos a ver! —gritó Wan Stiller.

Iban a lanzarse hacia la escalera, cuando en el corredor se oyó una voz que gritaba:

—¡Ánimo, camaradas! ¡El cañón retumba en la bahía! ¡No seamos menos que los soldados del fuerte!

—¡Por vida de cien mil ballenas! —gritó Carmaux—. ¡No nos dejan ni un minuto en paz! ¡Lancémonos al ataque!

Un segundo cañonazo retumbó en la costa, seguido de una nutrida descarga de fusilería. En el mismo instante los soldados del corredor, como si les infundiese aquella descarga nuevos bríos, se precipitaron sobre la puerta y la golpearon furiosamente.

—¡Preparados! —gritó Carmaux a sus compañeros—. ¡Aquí se juega la piel o la libertad!


1. Fanal: cada uno de los grandes faroles que, colocados en la popa de los buques, servían como insignia de mando.

2. Entredós: armario de poca altura, que suele colocase entre dos balcones de una misma pared.


5
El asalto al Rayo

Al oír el primer cañonazo el Corsario Negro, que hacía algunos minutos, vencido por su extremada debilidad y por la pérdida de sangre, había cerrado los ojos, despertó vivamente.

La joven india, que hasta entonces había permanecido junto al lecho sin apartar la vista del enfermo, se irguió, adivinando de dónde procedían aquellas detonaciones.

—Es el cañón, ¿verdad, Yara? —preguntó el Corsario.

—Sí, señor —repuso la joven.

—Mira a ver lo que ocurre en la bahía.

—Temo que esos disparos vengan de tu nave.

—¡Muerte del infierno! —exclamó el Corsario—. ¡De mi nave! ¡Mira, Yara! ¡Mira!

La joven india se acercó a la ventana y miró en dirección a la bahía. El Rayo seguía anclado en el mismo sitio; pero había puesto la proa hacia la playa de modo que dominase con los cañones de estribor el fuerte de la ciudad. En su puente y a lo largo de las bandas se veía moverse muchos hombres, mientras otros subían por los palos, acaso para tomar posiciones en las cofas.

Ocho o diez chalupas atestadas de soldados se dirigían hacia la nave, conservando entre sí una notable distancia. No era preciso ser práctico en cosas de guerra para comprender que en la bahía iba a sostenerse un combate. Aquellas chalupas corrían rápidamente sobre la nave, con la evidente intención de abordarla y, probablemente, de expugnarla.

—Señor —dijo con voz alterada la joven—, amenazan tu nave.

—¡A mi Rayo! —gritó el Corsario intentando levantarse—. ¡Ayúdame, muchacha!

—¡No debes moverte, señor! ¡Tus heridas se abrirán de nuevo!

—Ya volverán más tarde a cerrarse.

—¡Señor!

—¡Calla! ¡Oh! ¡Otro cañonazo! ¡Pronto! ¡Ayúdame!

Sin esperar a más se había envuelto en su tabardo, y con un potente esfuerzo de voluntad había saltado del lecho, manteniéndose en pie sin ningún apoyo. Yara se había precipitado sobre él y le cogió entre sus brazos. El Corsario había confiado demasiado en sus propias fuerzas, y estas le faltaban.

—¡Maldición! —exclamó mordiéndose los labios—. ¡Estar imposibilitado en estos momentos, cuando mi nave corre grave peligro! ¡Ah! ¡Ese siniestro viejo acabará por ser fatal a todos los de mi familia! ¡Yara, déjame que me apoye en tu hombro!

Se dirigía hacia la ventana, cuando vio aparecer a Carmaux. El bravo filibustero tenía el rostro sombrío y la mirada inquieta.

—¡Capitán! —exclamó corriendo hacia él y cogiéndole entre sus brazos—. ¿Se lucha en el mar?

—Sí, Carmaux.

—¡Mil bombas! Y nosotros aquí, sitiados, impotentes para llevar ayuda a nuestra nave, y contigo herido.

—Morgan sabrá defenderla. A bordo hay muchos valientes y muchos cañones.

—Pero aquí vuestra posición es insostenible, capitán.

—¡Corten la escalera y sálvense!

—Eso haremos dentro de poco.

—¡Vamos a la ventana, amigo! ¡Luchan fieramente en la bahía!

Un tercero y un cuarto cañonazo hacían retumbo sobre el mar, y se oían frecuentes descargas de mosquetería. Carmaux y Yara llevaron casi en peso al Corsario, haciéndole sentarse ante la ventana del torreón. Desde aquel sitio la mirada se extendía por toda la ciudad y dominaba por completo la bahía y hasta un inmenso trozo de mar.

La batalla entre el Rayo y las chalupas tripuladas por los soldados del fuerte se había trabado con mucho brío por ambas partes. La nave, que no quería abandonar la bahía sin antes haber recogido a su capitán, había anclado a trescientos metros de la playa, presentando a los asaltantes su estribor, mientras sus hombres se habían extendido por la borda, prontos a descargar sobre el enemigo sus largos fusiles.

Los dos cañones de cubierta habían ya disparado repetidas veces contra los asaltantes, y sus disparos no se habían perdido. Una chalupa, alcanzada de lleno por una bala, se había hundido, y se veía a los que la tripulaban intentar a nado volver a la playa. El Corsario Negro, de una sola ojeada, se había dado cuenta de la situación.

—¡Mi Rayo dará mucho que hacer a los asaltantes! —dijo—. Dentro de un cuarto de hora quedarán muy pocas chalupas a flote.

—Sin embargo, mi capitán, temo que haya algo peor —dijo Carmaux—. No me parece natural que esas chalupas se lancen al abordaje de una nave tan formidablemente armada.

—También yo sospecho algo, Carmaux. ¿No ves nada en alta mar?

—No, mi capitán. Pero la costa es muy alta, y esas escolleras muy bien pueden ocultar alguna nave.

—¿Tú crees?… —preguntó con cierta ansiedad el Corsario.

—Que los españoles esperan algún auxilio por la parte del mar.

—¡Mi Rayo cogido entre dos fuegos!

—El señor Morgan es hombre capaz de hacer frente a dos adversarios, capitán.

—Lo sé, y, sin embargo, estoy muy inquieto. ¿Habría alguna nave en la bahía de Chiriquí? Nosotros no la recorrimos del todo. ¡Oh! ¡Bravo Morgan! ¡Más metralla! ¡Límpiame el mar! ¡Así; así va bien! ¡Las chalupas llevarán pronto la peor parte!

—¡Aquí sí que nos va mal, mí capitán! —dijo Carmaux, que se había asomado por el agujero de la escalera—. ¿No oyes el estruendo que arman los españoles?

—¡Ve a socorrer a tus compañeros, Carmaux; a mí me basta con Yara!

—Creo que me necesitarán —dijo el filibustero cargando precipitadamente su fusil—. El primer hombre a quien vea puede darse por muerto.

Mientras Carmaux corría en socorro del hamburgués y del negro, los cuales comenzaban a encontrarse en mala situación a causa de los furiosos y repetidos ataques de los españoles, en la pequeña bahía la batalla iba tomando tremendas proporciones. Las chalupas, no obstante las terribles descargas de la nave filibustera y las graves pérdidas que les causaba, corrían animosamente al abordaje, enardeciéndose con gritos ensordecedores. Ya tres chalupas destrozadas por las balas filibusteras se habían ido a pique, y, sin embargo, las otras no se habían detenido. Se habían colocado en semicírculo para abordar a la nave por dos distintas partes, y forzaban los remos para llegar hasta los costados del barco y ponerse así a cubierto de los cañones de proa.

Hasta el fuerte, que dominaba la parte meridional de la bahía, había tomado parte en la acción. Aunque su guarnición no contaba más que con unas pequeñas piezas de artillería disparaba furiosamente, enviando algunas balas al puente de la nave. No obstante aquel doble ataque, la nave filibustera parecía burlarse de sus adversarios. Siempre firme en sus áncoras, se cubría de humo y de fuego, haciendo valientemente frente al fuerte y a las chalupas. Sus hombres ayudaban a los artilleros, tirando con matemática precisión sobre las tripulaciones de las chalupas, particularmente sobre los remeros. Si no sobrevenía algún nuevo enemigo, la victoria del Rayo era cierta.


El Corsario Negro, apoyado en la ventana, seguía atentamente los diversos episodios de la batalla. Parecía no sentir ningún dolor, y a ratos se animaba amenazando con el puño, ora al fuerte, ora a las chalupas.

—¡Ánimo, hombres del mar! —gritaba—. ¡Una buena descarga sobre aquella chalupa que va a abordarlos! ¡Ya no son más que nueve! ¡Fuego sobre el fuerte! ¡Desmantelen sus baluartes y hagan saltar su artillería! ¡Viva la filibustería!

—¡Señor, no te animes así! —decía Yara intentando en vano hacerle sentar—. ¡Piensa que estás herido!

El Corsario Negro, entusiasmado, parecía no oírla y haber olvidado por completo a su joven amiga. Continuaba alentando a sus valientes marineros, señalándoles los peligros y mirando a unos y a otros como si se encontrase en el puente de la nave o como si pudiesen oír su voz. Se había olvidado hasta de Carmaux, Wan Stiller y el negro, que peleaban ferozmente contra los españoles del corredor para impedirles expugnar el torreón.

Al cabo de un rato, un grito terrible salió de sus labios:

—¡Maldición!

Tres chalupas, no obstante las tremendas descargas de los filibusteros, habían llegado junto a la nave, poniéndose a cubierto de su artillería, mientras que a la derecha de la península que se extendía ante la bahía habían aparecido de improviso las altísimas arboladuras de dos navíos.

—¡Señor! —gritó Yara, que las había visto—. ¡Tu Rayo va a ser cogido entre dos fuegos!

El Corsario iba a contestar, cuando penetraron en la estancia Carmaux, Moko y el hamburgués. Estaban rendidos y cubiertos de pólvora de los disparos. El último tenía el rostro ensangrentado por efecto de un tajo recibido en plena frente.

—¡Capitán! —grito Carmaux, mientras Moko retiraba precipitadamente la escalera y el hamburgués cerraba el hueco—. ¡La barricada ya no resiste!

—¡Ira de Dios; y el Rayo va a ser cogido entre dos fuegos!

Los dos filibusteros y Moko se lanzaron a la ventana. Las dos naves antes vistas por el Corsario estaban en la bahía, cerrando por completo el paso al barco filibustero. No eran dos simples veleros, sino dos naves de alto bordo, poderosamente armadas y provistas de numerosa tripulación; dos verdaderas naves de combate, en suma, capaces de medirse ventajosamente con una pequeña escuadra.

Los filibusteros del Rayo, guiados por Morgan, no habían perdido el ánimo ni se habían dejado sorprender. Con una prodigiosa celeridad habían levado anclas y desplegado el trinquete1, la mayor y la de gavia2, poniéndose pronto al viento. El Corsario Negro y sus compañeros creyeron al principio que Morgan había tomado la heroica resolución de lanzar al Rayo contra las dos naves antes de que estas se dispusiesen al combate, e intentar con un ataque fulminante ganar el largo para sustraerse a la lucha; pero pronto comprendieron que no era tal la intención del astuto lugarteniente.

El Rayo, aprovechando un golpe de viento, había evitado primero hábilmente el abordaje de las primeras chalupas que le alcanzaron, y con una bordada había entrado en el pequeño puerto, situándose tras un islote que se alzaba entre la costa y la península formando una especie de dique.

—¡Ah, bravo Morgan! —exclamó el señor de Ventimiglia, que había comprendido la atrevida maniobra del Rayo—. ¡Ha salvado mi nave!

—¡Pero los dos navíos irán a sacarle del refugio! —dijo Carmaux.

—Te engañas —repuso el señor de Ventimiglia—. No hay agua suficiente para barcos de ese calado.

—Más tarde nos impedirán la salida a nosotros.

—Eso ya lo veremos, Carmaux. Sin embargo, será preciso que nos vayamos un día u otro. No tengo la menor intención de permanecer meses aquí.

Y añadió con terrible acento:

—¡Ya sabes que tengo prisa por ir a Veracruz!

—¿A buscar a ese condenado viejo?

—¡Calla, Carmaux! —repuso sordamente el Corsario.

E inclinándose hacia el suelo escuchó con profunda atención.

—Me parece que los españoles han deshecho la barricada y han entrado.

—Sí; oigo murmullo de voces debajo de nosotros —dijo Wan Stiller—. Deben de haber destrozado el entredós.

—Hay que impedirles la entrada hasta que hayamos hecho las señales —dijo el Corsario—. Ya es mediodía.

—Aún podemos resistir ocho o nueve horas —repuso Carmaux—. ¡Ánimo, amigos! ¡Parapetémonos aquí y abramos agujeros para pasar el cañón de nuestros arcabuces!

—Vayan, pues, valientes.

—Y tú acuéstate, señor —dijo la joven india.

—¡Imposible! —dijo el Corsario con voz sorda—. ¡Me interesa demasiado mi nave para abandonar esta ventana!

Mientras Carmaux y sus compañeros hacían sus preparativos de defensa, las dos naves de alto bordo habían echado anclas frente a la bahía, guardando una distancia de doscientos metros entre sí, y presentando el estribor a la costa, a fin de descargar toda la banda contra el Rayo en el caso de que este hubiese intentado forzar el bloqueo.

Morgan no tenía intención alguna de presentar batalla a tan fuertes adversarios. Aunque tuviese a sus órdenes una tripulación resuelta a todo, no se consideraba bastante fuerte para luchar contra los cuarenta o más cañones de las fragatas, y menos con su capitán en tierra. Rechazadas con algunos certeros disparos las chalupas que habían intentado abordar al Rayo, y reducidos al silencio los cañones del fortín, había hecho anclar tras el islote, conservando sueltas, sin embargo, las velas bajas, para poder aprovechar cualquier acontecimiento que le permitiese forzar el paso o asaltar una u otra nave.

Los dos barcos enemigos, tras algunos ineficaces disparos, habían botado al agua algunas embarcaciones que se habían dirigido hacia el fortín. Probablemente sus comandantes iban a ponerse de acuerdo con la guarnición para intentar un nuevo ataque contra el Rayo.

—La cosa se pone seria —murmuró el Corsario, que las había seguido con la mirada—. Si logro libertarme de los soldados que me tienen prisionero, prepararé a las dos fragatas una desagradable sorpresa. Veo una barcaza amarrada junto al islote, que servirá admirablemente a mis proyectos. ¡Yara, ayúdame a volver al lecho!

—¿Estás fatigado, señor? —preguntó la joven india.

—Sí —repuso el Corsario—. Más que las heridas, me ha rendido la emoción.

Se separó de la ventana y, apoyándose en la joven, volvió a acostarse, sin apartar de sí las pistolas ni la espada.

—¿Cómo va eso, valientes? —preguntó a Carmaux y a sus dos compañeros, ocupados en abrir agujeros en el suelo.

—¡Mal, capitán! —repuso Carmaux.

—¿Qué hacen?

—Están en consejo.

—¿Son muchos?

—Unos veinte, lo menos.

—¡Si nos dejasen en paz hasta la noche!

—¡Uf! Lo dudo, capitán.

En aquel momento se oyó un golpe violento que hizo retemblar el suelo. Carmaux, que estaba echado espiando a los españoles por una pequeña rendija que había abierto en el entarimado, se puso en pie y cogió su arcabuz.

En la estancia inferior se oyó una voz imperiosa que gritaba:

—¿Con que se rinden? ¿Sí, o no?

Carmaux miró al Corsario riendo.

—¡Contesta! —le dijo este.

—Te ruego que repitas la pregunta, por ser yo algo corto de oído —gritó el filibustero pegando los labios a la rendija.

—Te pregunto si se rinden —repitió la voz.

—¿Y por qué motivo quieres que te cedamos las armas?

—¿No ven que ya están presos?

—Realmente, no nos habíamos dado cuenta—, repuso Carmaux.

—Estamos debajo de ustedes.

—Y nosotros estamos encima, querido señor.

—Podemos hacerlos saltar por los aires.

—Y nosotros podemos hundir el piso y aplastarlos a todos. Ya ves que tenemos ventajas.

—Dile al Corsario Negro que se rinda si quiere salvar la vida.

—¡Sí, como la salvaron el Corsario Rojo y el Verde! —replicó Carmaux con ironía—. Los conocemos ya muy bien, señores míos, y sabemos lo que valen sus promesas.

—Les advierto que los haremos prisioneros lo mismo. ¡Y que su Rayo está bloqueado!

—¡Sus cañones no están cargados con pastillas de chocolate precisamente!

—¡Camaradas, hundamos el parapeto! —gritó el español.

—¡Amigos, preparémonos a desplomar el pavimento sobre la cabeza de estos señores! —gritó Carmaux—. ¡Haremos de ellos una soberbia mermelada!


1. Trinquete: vela que se larga en el trinquete (palo de proa).

2. Gavia: vela que se coloca en uno de los masteleros (palo o mástil menor) de la nave.


6
La llegada de los filibusteros

Después de aquel cambio de frases irónicas y amenazadoras, que revelaban el buen humor de los sitiados y la impotente rabia de los sitiadores, hubo un breve silencio que nada bueno pronosticaba. Se comprendía que los españoles se preparaban a dar un nuevo y más formidable ataque para obligar a rendirse a aquellos endemoniados filibusteros.

Carmaux y sus compañeros, después de un breve consejo con su capitán, se habían colocado alrededor de la abertura de la escalera con los fusiles cargados, prontos a enviar una buena descarga a sus enemigos. Entretanto, Yara, que estaba en la ventana, les había dado la buena noticia de que todo estaba tranquilo en la bahía, y las dos fragatas seguían sobre sus anclas, sin intentar abordar al Rayo.

—Esperemos —había dicho el Corsario—. Si podamos resistir aún cinco horas, vendrán a libertarnos los hombres de Morgan.

Apenas había transcurrido un minuto cuando otro golpe más violento resonó bajo el suelo, haciendo vacilar los muebles. Los asaltantes habrían arrancado alguna gruesa viga y se servían de ella como de un ariete.

—¡Mil ballenas! —exclamó Carmaux—. ¡Si continúan así harán saltar el pavimento! El peligro está en caer entre los asaltantes.

Un tercer golpe, que sacudió hasta el lecho en que yacía el Corsario, echó por tierra parte de los trastos acumulados en torno al agujero de la escalera. e hizo saltar una tabla del piso.

—¡Fuego por ahí! —gritó el Corsario, que había empuñado sus pistolas.

Carmaux, Wan Stiller y Moko pasaron los fusiles a través de la grieta e hicieron una descarga. Debajo se oyeron gritos de rabia y de dolor, y luego pasos precipitados que se alejaban.

Apenas dispersado el humo, Carmaux miró a través de la grieta y vio tendido en el suelo, con los brazos y las piernas encogidas, a un joven soldado. Cerca de él se veían varias manchas de sangre, indicio cierto de que aquella descarga había hecho alguna otra víctima. Los sitiadores se habían apresurado a abandonar la estancia y a refugiarse en el corredor; pero no debían de estar muy lejos, porque se les oía hablar.

—¡Eh! ¡No confiemos demasiado! —dijo Carmaux.

Iba a ponerse en pie cuando una detonación sonó detrás de la puerta del corredor. La bala arrancó la gorra del filibustero.

—¡Mil diablos! —exclamó Carmaux levantándola vivamente—. ¡Unos centímetros más abajo y ese proyectil me deshace el cráneo!

—¿No te ha tocado? —le preguntó, solícito, el Corsario.

—No, capitán —repuso Carmaux—. Parece que el demonio no quiere dejar de protegerme.

—¡No cometas imprudencias! Los hombres son precisos en estos momentos, y en particular los valientes como tú.

—¡Gracias, capitán! Trataré de salvar mi pellejo para agujerear el de ellos.

Los españoles, creyendo haber matado a aquel terrible adversario, habían asomado por la puerta, aunque guareciéndose con los restos del entredós. Viendo a Wan Stiller y a Moko con los fusiles en disposición de disparar retrocedieron, no ignorando la certera puntería de aquellos bandidos del mar.

—Empiezo a creer que nos dejarán un rato de calma —dijo Carmaux, que se había dado cuenta de la retirada.

—Estén, sin embargo, en guardia —dijo el Corintio—. Alcen aquellas cajas y dispónganlas de modo que los resguarden de las descargas de los españoles, que no dejarán de hacer fuego a través de la grieta.

—¡Es buena idea! —dijo Wan Stiller—. Construiremos un parapeto en torno del hueco de la escalera.

Maniobrando con prudencia, a fin de no recibir una bala en la cabeza, los tres filibusteros dispusieron una especie de valla en torno de la abertura y se echaron al suelo sin perder de vista la puerta del corredor.

Los españoles no habían vuelto a dar señales de vida. No creyéndose acaso en número bastante para expugnar la estancia superior, y a falta de los medios necesarios para dar un asalto en regla, habían acampado en el corredor, seguros de hacer capitular tarde o temprano a los sitiados. Acaso ignoraban que Yara había aprovisionado de vituallas a sus amigos.

Durante tres horas reinó en el torreón una calma profunda, solo interrumpida por algún que otro disparo aislado, bien de los españoles, bien de los sitiados; pero hacia las seis los primeros empezaron a mostrarse en buen número junto a la puerta del corredor, dispuestos, al parecer, a reanudar las hostilidades.

Carmaux y sus compañeros habían abierto de nuevo el fuego desde su refugio, con intento de relegarlos al corredor; pero después de algunas descargas, aunque perdiendo varios hombres, los españoles lograron reconquistar la estancia y guarecerse tras los destrozados restos de las mesas y del entredós.

Los filibusteros, impotentes para hacer frente a las muchísimas descargas de los adversarios, se habían visto obligados a abandonar su puesto, reservándose intentar un supremo esfuerzo en el momento del asalto.

—¡Esto va mal! —dijo Carmaux—. ¡Y falta todavía una hora para anochecer!

—Prepararemos entretanto la señal —dijo el Corsario—. ¿Es plano el tejadillo, Yara?

—Sí, señor —contestó la joven india, que se había refugiado tras el lecho del capitán.

—Me parece que no se podrá llegar a él.

—Por eso no te preocupes, capitán —dijo Carmaux—. Moko es más ágil que un simio.

—¿Qué hay que hacer? —preguntó el negro—. Yo estoy dispuesto a todo.

—Ve deshaciendo la escalera.

Mientras los dos filibusteros disparaban algunas descargas contra los españoles para retrasar el asalto, el negro, con pocos pero poderosos golpes de hacha, cortó la escalera en trozos, que colocó junto a la ventana.

—¡Ya está! —dijo.

—Ahora se trata de subir al tejadillo para hacer la señal —dijo el Corsario Negro. Cuida de no caerte, que estamos a treinta y cinco metros del suelo.

—¡No tengas cuidado!

Salió al borde de la ventana, y alargó las manos hacia el alero del tejado, probando primero su resistencia. La empresa era tanto más peligrosa cuanto que no tenía punto alguno de apoyo, pero el negro estaba dotado de una fuerza prodigiosa y de una agilidad capaz de competir realmente con la de un simio. Miró a lo alto para evitar el vértigo, y con una flexión se izó hasta el alero del tejado.

—¿Estás, compadre? —le preguntó Carmaux.

—Sí, compadre blanco —contestó Moko con cierto temblor en la voz.

—¿Se puede encender fuego ahí encima?

—Sí, dame la leña.

—¡Ya sabía yo que valía más que un mono! —murmuró Carmaux—. Y, sin embargo, lo que ha hecho le produciría fiebre a un primer gaviero.

Se asomó a la ventana y pasó al negro los leños de la escalera.

—Dentro de poco encenderás la hoguera —lo dijo—. Una llamarada cada dos minutos.

—¡Muy bien, compadre!

—Yo vuelvo a mi puesto. ¡Por Baco! ¡Se diría que esos bribones se han enterado de que vamos a llamar en nuestra ayuda a los hombres del Rayo!

Los asaltantes redoblaban en aquel momento sus ataques para expugnar la estancia superior. Ya habían por dos veces apoyado escaleras en el borde del hueco, intentando llegar hasta el parapeto formado por los trastos. Wan Stiller, a pesar de estar solo, había logrado contenerlos y derribar a los primeros con terribles sablazos.

—¡Allá voy! —gritó corriendo hacia él Carmaux.

—¡Y yo! —añadió con voz de trueno el Corsario.

No pudiendo contenerse, había saltado del lecho y empuñado sus dos pistolas. Además, llevaba su terrible espada entre los dientes. Parecía en aquel momento supremo haber recobrado todo su extraordinario vigor.

Los españoles habían ya logrado llegar al parapeto y disparaban enloquecidos, repartiendo a la vez furiosas estocadas para alejar a los defensores. Un momento de retraso y el último refugio de los filibusteros caía en su poder.

—¡Avante, hombres del mar! —gritó el Corsario.

Descargó sus dos pistolas sobre los asaltantes, y con algunos sablazos certeros derribó a dos soldados. Aquel golpe audaz, y, más que nada, la imprevista aparición del hombre terrible, salvó a los sitiados. Los españoles, impotentes para hacer frente a los arcabuzazos de Carmaux y de Wan Stiller, bajaron precipitadamente de las escaleras y se ocultaron por tercera vez en el corredor.

—¡Moko! ¡Prende fuego a la pira! —gritó el Corsario.

—¡Y nosotros tiremos esas escaleras! —dijo Carmaux a Wan Stiller—. ¡Creo que por ahora esos bribones tienen bastante!

El Corsario estaba pálido como la cera. Aquel supremo esfuerzo lo había extenuado.

—¡Yara! —exclamó.

La joven india apenas tuvo tiempo de recibirlo entre sus brazos. El Corsario se había desvanecido.

—¡Señor! —gritó la joven con acento de espanto—. ¡Socorro, señor Carmaux!

—¡Mil rayos! —gritó el filibustero acercándose.

Le cogió entre sus brazos y le llevó al lecho murmurando:

—¡Por fortuna, los españoles han sido rechazados a tiempo!

Apenas acostado, el Corsario Negro había abierto los ojos.

—¡Muerte del infierno! —exclamó con un gesto de cólera—. ¡Parezco una mujercita!

—Son las heridas, que amenazan abrirse, capitán —dijo Carmaux—. Te habías olvidado de las dos estocadas.

—¿Han huido los españoles?

—Nos esperan en el corredor.

—¿Y Moko?

Carmaux se asomó a la ventana.

Un vivo resplandor se extendía por encima de la torre rompiendo las tinieblas, que ya envolvían la tierra con la rapidez propia de las regiones intertropicales.

Carmaux miró hacia la bahía, en la cual se veían brillar los grandes fanales rojos y verdes de las dos fragatas.

Un cohete azul se elevaba en aquel momento tras el pequeño islote que amparaba al Rayo. Subió muy alto, hendiendo las tinieblas con fantástica rapidez, y terminó en medio de la bahía, lanzando en su derredor una lluvia de chispas de oro.

—¡El Rayo contesta! —gritó Carmaux, gozoso—. ¡Moko, responde a la señal!

—Sí, compadre blanco —repuso desde lo alto el negro.

—¡Carmaux! —interrogó el Corsario—. ¿De qué calor era el cohete?

—Azul, señor.

—Con lluvia de oro; ¿no es cierto?

—Sí, capitán.

—Sigue mirando.

—¡Otro cohete, capitán!

—¿Verde?

—Sí.

—Entonces Morgan se prepara a venir en socorro nuestro. Da orden a Moko de descender. Me parece que los españoles vuelven a la carga.

—¡Ya no les temo! —replicó el bravo filibustero—. ¡Eh, compadre; deja tu observatorio y ven a ayudarnos!


El negro echó al fuego cuanta leña le quedaba, con el fin de que la llama sirviese de guía a los hombres de Morgan, y, agarrándose a las vigas del techo, se dejó caer con precaución. Carmaux estuvo pronto a ayudarle a bajar, cogiéndole entre sus brazos.

En aquel momento se oyó gritar a Wan Stiller:

—¡Ohé, amigos! ¡Vuelven al asalto!

—¿Todavía? —exclamó Carmaux—. ¡Son muy obstinados esos señores! ¿Se habrán dado cuenta de las señales que nos ha hecho nuestra nave?

—Es probable, Carmaux —repuso el Corsario Negro—. Pero dentro de diez o quince minutos nuestros camaradas estarán aquí. Por tan poco tiempo podemos hacer frente hasta a un ejército; ¿no es cierto, amigos?

—¡Hasta a una batería! —dijo Wan Stiller.

—¡Cuidado! ¡Vienen! —gritó Moko.

Los españoles habían vuelto al piso inferior e hicieron una descarga tremenda sobre el parapeto. Carmaux y sus amigos apenas habían tenido tiempo de echarse al suelo. Las balas, silbando por encima de su cabeza, fueron a incrustarse en las paredes, haciendo caer trozos de yeso sobro el lecho del capitán. Después de aquella descarga, valiéndose de dos escaleras, se habían lanzado intrépidamente al asalto.

—¡Abajo el parapeto! —gritó Carmaux.

—¿Y luego? —preguntó Wan Stiller.

—Taparan el agujero con mi lecho —repuso el Corsario Negro, que ya se había dejado caer al suelo.

Los trastos que formaban el parapeto fueron precipitados por el agujero, cayendo sobre los españoles que subían por las escaleras. Un grito terrible siguió a aquella operación. Hombres y escaleras cayeron entremezclados con ensordecedor estrépito. Entre los ayes de los heridos, los feroces gritos de los supervivientes y las órdenes de los oficiales, resonaron tres disparos de fusil y dos de pistola.

Los filibusteros y el Corsario Negro, para hacer mayor la confusión y el terror, habían descargado sobre sus enemigos todas sus armas.

—¡Pronto! ¡Vuelquen el lecho! —gritó el Corsario.

Moko y Carmaux estuvieron prontos a obedecer. Con un irresistible esfuerzo, el lecho, aunque muy pesado, fue colocado sobre el agujero, obturándolo completamente. Apenas habían terminado, cuando a breve distancia se oyeron gritos y detonaciones.

—¡Avante, hombres del mar! —había gritado una voz—. ¡El capitán está aquí!

Carmaux y Wan Stiller se precipitaron a la ventana. En la calle un grupo de hombres con antorchas se adelantaba a paso de carga hacia la casa de don Pablo, disparando tiros en todas direcciones, acaso con la idea de aterrorizar a la población y obligar a todo el mundo a permanecer en su casa.

Carmaux reconoció pronto al hombre que guiaba aquel grupo.

—¡El señor Morgan! ¡Capitán, estamos salvados!

—¡Él! —exclamó el Corsario haciendo un esfuerzo para levantarse.

Y frunciendo el entrecejo murmuró:

—¡Qué imprudencia!

Carmaux, Wan Stiller y el negro habían separado el lecho y reanudaban el fuego contra los españoles, que intentaban un último y desesperado ataque.

Oyendo, sin embargo, el estampido de los disparos en la calle, temieron verse cogidos entre dos fuegos, y de repente huyeron en precipitada fuga, salvándose por el pasaje secreto.

Los marineros del Rayo habían entretanto echado abajo la puerta de entrada, y subían gritando:

—¡Capitán! ¡Capitán!

Carmaux y Wan Stiller se habían dejado caer al piso inferior, y después de haber colocado una escalera en el agujero se lanzaron por el corredor.

Morgan, el lugarteniente del Rayo, avanzaba al frente de cuarenta hombres elegidos entre los más audaces y vigorosos marineros de la nave filibustera.

—¿Dónde está el capitán? —preguntó el lugarteniente con la espada en alto, creyendo tener ante sí españoles.

—¡Encima de aquí; en el torreón, señor! —repuso Carmaux.

—¿Vivo?

—Sí, pero herido.

—¿Gravemente?

—No, señor; pero no puede tenerse en pie.

—Quédense ustedes de guardia en la galería —gritó Morgan volviéndose a sus hombres—. ¡Que bajen a la calle y que continúen el fuego contra las casas! —agregó y seguido de Carmaux y Wan Stiller, subió al piso superior del torreón.

El Corsario Negro, ayudado por Moko y Yara, se había puesto en pie. Viendo entrar a Morgan, le tendió la mano diciéndole:

—Gracias, Morgan; pero no puedo menos que hacerte un reproche: tu sitio no es este.

—Es cierto, capitán —repuso el lugarteniente—. Mi puesto es a bordo del Rayo; pero la empresa reclamaba un hombre resuelto para llevar a los míos a través de una ciudad llena de enemigos. Espero que me perdonarás esta imprudencia.

—Todo se perdona a los valientes.

—Entonces, partamos pronto, mi capitán. Los españoles pueden haberse dado cuenta de lo escaso de mi banda y caer encima de nosotros por todas partes. ¡Moko, coge ese colchón! Servirá para acostar al capitán.

—Déjame a mí eso —dijo Carmaux—. Moko, que es más fuerte, llevará al capitán.

El negro había levantado ya con sus nervudos brazos al Corsario, cuando este se acordó de Yara. La joven india, acurrucada en un rincón, lloraba en silencio.

—Muchacha, ¿no nos sigues? —le preguntó.

—¡Ah, señor! —exclamó Yara, poniéndose en pie.

—¿Creías que te había olvidado?

—Sí, señor.

—¡No, valiente joven! Si nada te retiene en Puerto-Limón, me seguirás a mi nave.

—¡Tuya soy, señor! —repuso Yara besándole la mano.

—Ven, pues. ¡Eres de los nuestros!

Dejaron rápidamente el torreón y bajaron al corredor. Los marineros, viendo a su capitán, a quien ya creían muerto o prisionero de los españoles, prorrumpieron en un grito inmenso:

—¡Viva el Corsario Negro!

—¡A bordo, valientes! —gritó el señor de Ventimiglia—. ¡Voy a dar batalla a las dos fragatas!

—¡Pronto! ¡En marcha! —ordenó el lugarteniente.

Cuatro hombres colocaron al Corsario sobre el colchón, y formando en tomo suyo una barrera con sus mosquetes, salieron a la calle, precedidos y seguidos por los demás.



7
El brulote

Los veinte hombres que habían sido mandados para desembarazar la calle de enemigos habían empeñado la lucha contra los habitantes de la ciudad y contra los soldados que habían buscado refugio en las casas.

Desde las ventanas partían arcabuzazos en buen número, y eran precipitados a la calle sillas, jarros de flores, muebles y hasta recipientes con agua de más o menos problemática pureza; pero los filibusteros solo estaban atentos a defender la casa de don Pablo.

Con nutridas y bien dirigidas cargas habían obligado a los habitantes a retirarse de las ventanas, y enviado un destacamento de tiradores con orden de tener despejadas las calles laterales, a fin de impedir una sorpresa. Cuando apareció el Corsario Negro, un buen trozo de la calle había caído en poder de la vanguardia, mientras otros que iban delante continuaban haciendo descargas contra toda ventana que veían iluminada o abierta.

—¡Adelante otros diez hombres! —ordenó Morgan—. ¡Otros diez a retaguardia, y fuego en toda la línea!

—¡Cuidado con las calles laterales! —gritó Carmaux, que llevaba el mando de la retaguardia.

La banda, siempre disparando y gritando para esparcir mayor terror y hacer creer que estaba formada por mayor número, partió a la carrera hacia el puerto. Los habitantes, asustados, habían renunciado a la idea de perseguir a los filibusteros en su retirada; pero de cuando en cuando partían de alguna terraza tiros aislados o muebles que arrojaban a su paso.

Ya estaba la banda a unos trescientos metros de la bahía, cuando hacia el centro de la ciudad se oyeron algunas descargas. Poco después aparecieron los hombres de la retaguardia, que corrían rasando las paredes de las casas.

—¿Nos atacan por la espalda? —preguntó el Corsario Negro, a quien llevaban en veloz carrera.

—¡Los españoles se han reunido y caen sobre nosotros! —gritó Carmaux, que le había alcanzado, seguido de Wan Stiller y Moko.

—¿Son muchos?

—Un centenar lo menos.

En aquel momento se oyeron hacia la bahía algunos cañonazos.

—¡Bueno! —exclamó Carmaux—. ¡Hasta las fragatas quieren tomar parte en la fiesta!

El destacamento que Morgan había enviado delante, al oír los disparos de mosquete, se había replegado rápidamente hacia el Corsario Negro, con el fin de protegerle contra el ataque.

—¡Morgan! —gritó el señor de Ventimiglia viendo a su lugarteniente—, ¿qué ocurre en la bahía?

—Nada grave, señor —repuso aquél—. Son las fragatas, que disparan contra la playa, creyendo acaso que tratamos de abordarlas.

—Tenemos la guarnición del fuerte sobre nosotros.

—Lo sé, señor; pero nos molestará poco. ¡Ohé! ¡Treinta hombres a retaguardia, y replegarse haciendo fuego! ¡Y nosotros, adelante! ¡Paso ligero! ¡El camino está libre!

Mientras la retaguardia, reforzada por otros veinte hombres, detenía a los españoles en su carrera, la vanguardia, apresurando el paso, llegaba a la bahía, precisamente frente al lugar ocupado por el Rayo.

La tripulación, ya preparada, había botado a agua algunas chalupas para recoger a los camaradas, mientras algunos artilleros descargaban las piezas del puente en dirección de las fragatas y del fuerte.

—¡Embarquemos! —ordenó Morgan.

El Corsario Negro, colocado en una ballenera en unión de Yara, Carmaux y algunos otros heridos, fue rápida y cuidadosamente transportado a bordo.

Cuando se vio sobre el puente de su nave lanzó un largo suspiro, diciendo:

—¡Ahora ya no me prenderán, amigos! ¡El Rayo vale por una escuadra!

Entretanto, los hombres que quedaban en la playa habían hecho frente al enemigo, que desembocaba por todas partes, engrosando por minutos. Las descargas se sucedían sin interrupción, causando pérdidas por ambas partes e impidiendo a los filibusteros embarcar en las chalupas. El Corsario Negro, que no había querido dejar el puente, comprendió el peligro que corrían sus hombres, y volviéndose a los artilleros de las piezas de cubierta, les gritó:

—¡Metralla sobre los enemigos! ¡Una buena descarga!

Las dos piezas de artillería fueron dirigidas hacia la playa y lanzaron sobre los españoles una nube de fuego. Aquellas dos descargas bastaron para contener, al menos momentáneamente, a los adversarios. Los filibusteros aprovecharon la ocasión para alcanzar precipitadamente las chalupas. Cuando los españoles se rehicieron, los últimos marineros estaban ya a bordo.

—¡Ya es tarde, queridos! —dijo Carmaux haciendo un gesto irónico—. Y además les advierto que nos sobra la metralla.

El Corsario Negro, en vista de que todos sus hombres, hasta los heridos, estaban ya a bordo, se dejó llevar a su camarote. Aquella estancia era lo más rica y cómoda que se puede imaginar. No era una de esas estrechas habitaciones que forman el llamado cuadro de oficiales, sino una salita amplia y bien aireada, con dos ventanillas adornadas por columnas corintias y forrada de seda azul.

En el centro se veía un cómodo lecho de columnas de metal dorado; en los ángulos, estanterías de estilo antiquísimo y divanes; y en las paredes, grandes espejos de Venecia con cornisa de cristal, y panoplias de armas de todas clases. Una lámpara de plata dorada con globos de vidrio rosado extendía en torno una luz extraña, que recordaba la producida por la aurora en los amaneceres estivales.

El Corsario se dejó llevar al lecho sin hacer un gesto de dolor: parecía como si las largas emociones experimentadas y los poderosos esfuerzos realizados hubiesen por fin rendido el alma del formidable Corsario. Morgan entró en el camarote, seguido del médico de a bordo, de Yara y de Carmaux, el ayudante de campo del filibustero.

—¿Qué opinas? —preguntó Morgan al médico después que lo hubo examinado.

—Nada grave —repuso aquél—. Son heridas de menos peligro que dolor, aunque una de ellas es muy profunda. Dentro de quince días el capitán podrá devolver las estocadas recibidas.

—No será necesario, doctor —dijo Carmaux—. Los hombres que le han herido deben de estar a estas horas en casa de Belcebú, su señor.

—Hagan volver en sí al capitán —dijo Morgan—. Debo hablarle con urgencia.

El doctor abrió el botiquín, del cual sacó un frasco, que aplicó a la nariz del Corsario. Un instante después el señor de Ventimiglia abría los ojos y miraba alternativamente a Morgan y al doctor, que estaban inclinados sobre él.

—¡Muerte del infierno! —exclamó—. ¡Creía haber soñado! ¿Es cierto que estoy a bordo de mi nave?

—Sí, caballero —dijo Morgan riendo.

—¿He perdido el sentido?

—Sí, capitán.

—¡Malditas heridas! —exclamó el Corsario con rabia—. ¡Es la segunda vez que me juegan esa mala pasada! ¡Deben de ser dos magníficas estocadas!

—Curarás pronto, señor —dijo el médico.

—Gracias por el augurio. Y bien, Morgan: ¿cómo estamos?

—La bahía sigue bloqueada.

—¿Y la guarnición del fuerte?

—Por el momento se contenta con mirarnos.

—¿Crees que se puede forzar el bloqueo?

—¿Esta noche? Las dos fragatas se tendrán en guardia, capitán.

—¡Oh! ¡De eso estoy seguro!

—Y están poderosamente armadas. Una posee dieciocho cañones; la otra, catorce.

—Veinte más que nosotros.

—Sí, capitán.

Después de breves minutos de silencio, en que pareció vivamente preocupado, dijo:

—De todos modos, saldremos al mar. Es necesario partir esta noche adonde no nos veamos amenazados por las fuerzas de mar y tierra.

—¡Salir! —exclamó Morgan, estupefacto—. Piensa que con tres o cuatro andanadas bien dirigidas, pueden desmantelar nuestra nave y hundirla.

—Podemos evitar esas bordadas.

—¿De qué modo, señor?

—Preparando un brulote1. ¿No hay ninguna nave en el puerto?

—Sí. hay una lancha cañonera anclada junto al islote. Los españoles la abandonaron cuando llegamos nosotros.

—¿Está armada?

—Con dos cañones, y es de dos palos.

—¿Tiene carga?

—No, capitán.

—A bordo tenemos materias inflamables, ¿no es cierto?

—No nos falta esparto2, ni pez, ni granadas.

—Entonces, da orden de preparar un buen brulote. Si el golpe nos sale bien, veremos arder alguna de las fragatas. ¿Qué hora tenemos?

—Las diez, capitán —dijo Morgan.

—Déjenme descansar hasta las dos. A las tres estaré en el puente para mandar la maniobra.

Morgan, Carmaux y el médico salieron, mientras el Corsario volvía a echarse. Antes de cerrar los ojos buscó a la joven india y la vio acurrucada en un rincón.

—¿Qué haces, muchacha? —le preguntó dulcemente.

—Velar por ti, señor.

—Échate en uno de esos sofás y trata de reposar. Dentro de algunas horas lloverán aquí balas y granadas, y el resplandor de los fogonazos cegará tus ojos. Duerme, buena niña, y sueña con tu venganza.

—¡Gracias, señor! ¡Mi alma y mi sangre te pertenecen!

El Corsario sonrió, y volviéndose a un lado cerró los ojos. Mientras el herido descansaba, Morgan había subido al puente para preparar el terrible golpe de audacia que había de dar a los filibusteros la libertad o la muerte.

Aquel hombre, que gozaba de la entera confianza del Corsario, era uno de los más intrépidos lobos de mar con que entonces contaba la filibustería, un hombre que más tarde debía hacerse el más célebre de todos con la famosa expedición del Panamá y con la no menos audaz de Maracaibo y Puerto Cabello. Era de menor estatura que el Corsario Negro; pero, en cambio, era membrudo y estaba dotado de una fuerza excepcional y de un golpe de vista de águila.

Ya había dado muchas pruebas de valor bajo las órdenes de filibusteros célebres como Montbar, llamado el Exterminador; Miguel el Vasco, el Olonés y el Corsario Verde, hermano del Negro, y por eso gozaba una confianza extrema hasta entre los marineros del Rayo, que ya habían podido apreciar su inteligencia y su coraje en gran número de abordajes.

Apenas estuvo sobre cubierta ordenó a un destacamento de marineros que se apoderasen de la lancha cañonera designada para servir de brulote y conducirla junto al Rayo. No se trataba, en verdad, de una lancha propiamente dicha, sino de una carabela destinada al cabotaje, ya muy vieja y casi impotente para sostener la lucha con las aguas del golfo de México. Como todas las naves de su clase, tenía dos altísimos palos de velas cuadradas, y el castillo de proa y el casco muy elevados; así que de noche se podía muy bien confundirla con un barco de mayor porte, y hasta con el Rayo mismo.

Su propietario, ante la aparición de los filibusteros, la había hecho desocupar por temor a que su cargamento cayese en manos de los rapaces corsarios; pero a bordo había quedado aún una notable cantidad de troncos de árbol de campeche, madera usada para fabricar cierto tinte muy apreciado entonces.

—Estos leños nos servirán a las mil maravillas —había dicho Morgan cuando saltó a bordo de la carabela.

Llamó a Carmaux y al contramaestre, y les dio algunas órdenes, añadiendo:

—Sobre todo, háganlo pronto y bien. La ilusión ha de ser completa.

—Déjanos hacer —había contestado Carmaux—. No faltarán ni los cañones.

Un momento después, treinta hombres bajaban al puente de la carabela, ya amarrada a estribor del Rayo. Bajo la dirección de Carmaux y del contramaestre se pusieron rápidamente a la obra para transformar aquel viejo armatoste en un gran brulote.

Ante todo, con troncos de campeche alzaron junto al timón una fuerte barricada para cubrir al piloto; luego, con otros aserrados convenientemente, improvisaron unos fantoches que colocaron a lo largo de las bordas como hombres prontos a lanzarse al abordaje, y cañones que colocaron en el castillo de proa y en el casco. Se comprende que aquellas piezas de artillería solo debían servir para asustar, puesto que eran troncos apoyados en el suelo.

Hecho esto, los marineros amontonaron en las escotillas algunos barriles de pólvora, pez, alquitrán, esparto y una cincuentena de granadas esparcidas por popa y proa, bañando además con resina y alcohol los sitios fáciles de prender fuego rápidamente.

—¡Por Baco! —exclamó Carmaux frotándose las manos—. ¡Este brulote va a arder como un tronco de pino seco!

—¡Es un polvorín flotante! —dijo Wan Stiller, que no se separaba de su amigo ni un instante.

—Ahora plantemos antorchas en las bordas y encendamos los faroles de señales.

—¡Y despleguemos a popa el estandarte de los señores de Valpenta y Ventimiglia! ¿Crees tú que las fragatas caerán en el lazo?

—Estoy seguro —repuso Carmaux—. Verás cómo tratan de abordarlo.

—¿Quién gobernará el brulote?

—Nosotros, con tres o cuatro camaradas.

—Es un buen peligro, Carmaux. Las dos fragatas nos cubrirán de fuego y de hierro.

—Estaremos ocultos tras la barricada. Bastará que dejen una antorcha para prender fuego a este amasijo de materias inflamables.

—¿Han terminado? —preguntó en aquel momento Morgan desde el Rayo.

—Todo está dispuesto —repuso Carmaux.

—Y son las tres.

—Haz embarcar a nuestros hombres, lugarteniente.

—¿Y tú?

—Reclamo el honor de dirigir el brulote. Déjame a Wan Stiller, Moko y otros cuatro hombres.

—Estén prontos a izar las velas; el viento sopla de tierra, y los llevará sobre las dos fragatas.

—No espero más que tus órdenes para cortar las amarras.

Cuando Morgan subió al puente del Rayo, el Corsario Negro se había acostado ya sobre dos cojines de seda extendidos sobre un tapiz persa. Yara, no obstante el deseo del Corsario, había querido desafiar la muerte al lado de su señor, y con él abandonó el camarote.

—Todo está dispuesto, capitán —dijo Morgan.

El Corsario Negro se sentó y miró hacia la salida de la bahía. La noche no era muy oscura y permitía distinguir a las dos fragatas. En los Trópicos y en el Ecuador las noches tienen una extraordinaria transparencia. La luz proyectada por los astros basta para distinguir un objeto, aun pequeño, a distancias notables, casi increíbles.

Las dos grandes naves no habían tocado sus anclas y su masa se destacaba en la línea del horizonte. El flujo las había aproximado algo, dejando a babor y estribor un espacio suficiente para que cada una pudiera maniobrar libremente.

—Pasaremos sin que nos dé mucho que sentir el fuego de los treinta y dos cañones —dijo el Corsario—. ¡Todos a su puesto de combate!

—Ya están, señor. Y un hombre de confianza al mando del brulote, Carmaux..

—¡Un valiente! Está bien —repuso el Corsario—. Le dirás que, apenas prendido el fuego a la carabela, embarque a sus hombres en la chalupa y venga a bordo con la mayor celeridad posible. Un retraso de pocos minutos puede ser fatal. ¡Ah!

—¿Qué tienes, señor?

—Veo luces cerca de la playa.

Morgan se volvió, frunciendo el entrecejo.

—¿Tratarán de sorprendernos? —dijo.

—Llegarán tarde —añadió el Corsario—. Manda levar anclas y orientar las velas.

Y volviéndose a la joven india, le dijo:

—Retírate al cuarto, Yara.

—No, señor.

—Dentro de poco lloverán aquí balas y granadas. Y silbará la metralla.

—Si tú desafías todo, quiero desafiarlo contigo.

—Puede sorprenderte la muerte.

—Moriré a tu lado, señor. La hija del cacique de Darién no ha temido nunca el fuego de los españoles.

—¿Has combatido alguna vez?

—Sí; al lado de mi padre y de mis hermanos.

—Ya que eres valiente, quédate a mi lado. Acaso rae traigas buena suerte.

Con un esfuerzo se puso de rodillas, y empuñando la espada que tenía junto a sí, gritó con voz de trueno:

—¡Hombres del mar, al puesto de combate! ¡Acuérdense del Corsario Rojo y del Corsario Verde!

—¡Al largo el brulote, Carmaux! —gritó Morgan.

La carabela estaba ya libre de sus amarras. Carmaux empuñaba el timón y la guiaba hacia las dos fragatas, mientras sus compañeros encendían los dos fanales y las antorchas de las bordas, para que los españoles pudiesen ver el estandarte de los señores de Ventimiglia que ondeaba en la popa. Un alarido terrible se alzó a bordo del brulote y del Rayo, perdiéndose sobre el mar.

—¡Viva la filibustería! ¡Hurra por el Corsario Negro!

Los tambores redoblaban fragorosamente, y las trompas que daban la señal del abordaje vibraban de un modo ensordecedor. El brulote, con una bordada, había doblado la punta extrema del islote y marchaba intrépidamente sobre las dos fragatas como si quisiese embestirlas y abordarlas. El Rayo le seguía a trescientos pasos de distancia. Todos sus hombres estaban en el puesto de combate; los artilleros, detrás de las piezas y con las mechas humeantes en la mano; los fusileros, en las bordas y en las cofas; los gavieros, en los gallardetes3 y crucetas4. De pronto, un relámpago, y dos y cuatro iluminaron la noche, y la potente voz de la artillería, se mezcló a los hurras de la tripulación y a los gritos de guerra de la guarnición del fortín, reunida en masa en la playa.

—¡Esa es la música! —gritó Carmaux—. ¡Cuidado con los confetti! ¡Son algo duros, y podrían causar dolores de vientre!


1. Brulote: barco cargado de materias combustibles e inflamables, que se dirigía sobre los buques enemigos para incendiarlos.

2. Esparto: sus hojas son empleadas para hacer soga y esteras.

3. Gallardete: tira o faja volante que va disminuyendo hasta rematar en punta, y se pone en lo alto de los mástiles de la embarcación.

4. Crucetas: meseta que en la cabeza de los masteleros sirve para los mismos fines que la cofa en los palos mayores, aunque más pequeña.


8
Un combate terrible

Las dos fragatas, viendo avanzar aquella nave con las velas desplegadas y toda iluminada, creyeron que corría sobre ellas con intención de abordarlas, y por eso se acercaron la una a la otra cuanto les permitían las cadenas de sus anclas, para prestarse mutua ayuda.

A los gritos de alarma de los hombres de guardia, ambas tripulaciones se habían precipitado sobre cubierta, prontas a sostener vigorosamente la lucha, y los artilleros se situaron junto a las piezas, mecha en mano. A una orden de los capitanes, los cañones de proa fueron apuntados hacia el brulote, y a la primera descarga toda la población de Puerto Limón y la guarnición del fuerte habían corrido a la playa.

Aquellos disparos no habían sido infructuosos: habían caído sobre el brulote. Una parte del alto castillo de proa se había hundido bajo el choque de una granada, y dos gallardetes, destrozados por un proyectil, habían caído sobre cubierta a pocos pasos de la barricada de popa. El brulote no había contestado, a pesar de que entre los cañones fingidos que llevaba tuviese dos auténticos.

—¡Dejemos que desfoguen a su capricho! —dijo Carmaux—. Esta pobre carabela está de todos modos destinada a volar por los aires.

Se volvió hacia el islote y vio al Rayo avanzar a menos de doscientos metros, tratando de doblar la punta del promontorio. Tampoco la filibustería había contestado a las provocaciones de las dos fragatas, a pesar de contar con catorce grandes piezas de artillería y de tener a bordo los mejores artilleros de las Tortugas. Por otra parte, les convenía más permanecer en silencio para no atraer la atención de las fragatas.

—El Corsario Negro es un ladino —dijo Carmaux a Wan Stiller, que estaba a su lado—. Reserva sus golpes para el momento decisivo.

—¡Ohé! ¡Cuidado! ¡Van a soltarnos una andanada!

Aún no había terminado de decirlo cuando las dos fragatas dispararon simultáneamente con estruendo horrible. De las baterías surgían lenguas de fuego y sobre el puente se elevaban gruesas columnas de humo densísimo. Artilleros y fusileros habían abierto un fuego infernal contra la pobre carabela, con la esperanza de echarla a pique antes de que pudiese llegar al abordaje. El efecto de aquella descarga fue tremendo. Las bordas y el castillo de proa del brulote volaron en pedazos, y el mastelero1, cortado por su base, cayó sobre cubierta con crujido horrendo, hundiendo con su peso parte de la toldilla.

—¡Mil delfines! —gritó Carmaux, que estaba oculto tras la barricada—. ¡Otra descarga como esta y nos vamos a pique!

Se alzó y miró por una rendija, sin temor a la metralla que silbaba por todas partes. La primera fragata estaba a unos quince metros, y el brulote, que aún conservaba en pie su palo mayor y los foques2 del bauprés3 desplegados, corría hacia ella empujado por el viento de tierra. Carmaux quitó a Wan Stiller la mecha que este tenía en la mano, e inclinándose hacia el cañón que ya estaba apuntado le dio fuego, y gritó con voz de trueno:

—¡Un hombre sobre el puente! ¡Enciéndanlo todo!

Un filibustero saltó sobre la barricada con una antorcha en la mano y, no obstante las incesantes descargas de las dos fragatas, se lanzó hacia el montón de pez y esparto que había en la base del palo mayor. Una bala de cañón le cogió por la mitad del pecho, cortándole en dos, como si le hubiese herido una inmensa cimitarra. La sangre de aquel desgraciado cubrió la cara de Carmaux.

—¡Rayos! —gritó con un gesto de horror el filibustero—. ¡Otro hombre sobre el puente!

Un segundo marinero, casi sin fijarse en lo ocurrido a su camarada, saltó de la barricada y se lanzó fuera gritando:

—¡Viva la filibust…!

No pudo terminar; una segunda bala de cañón le destrozó la cabeza como si hubiese sido una olla, lanzándola hasta el coronamiento de popa.

En aquel momento un alarido tremendo se alzó en la proa. La carabela había embestido a la fragata, empotrando su bauprés entre los cordajes del palo mayor.

Carmaux y Wan Stiller empuñaron los garfios de abordaje; los lanzaron a los gallardetes y palos de maniobra de la nave, y arrancando las antorchas y fanales del cuadro los tiraron sobre la toldilla. La resina que corría por el suelo se inflamó en un instante, comunicándose la llama al esparto extendido por el puente. Diez, quince lenguas de fuego serpentearon por la toldilla, ganaron las bordas, abrasaron las tablas y alcanzaron a las velas. Un resplandor vivísimo se alzó entre las tinieblas.

Los marineros de la fragata, creyendo que se trataba de un abordaje en regla, se precipitaron hacia las bordas, descargando sus arcabuces sobre el castillo de proa y en medio de los restos del mastelero ya caído. Algunos más audaces saltaron al puente de la carabela creyendo encontrarse ante los filibusteros. Sus espadas y pistolas estaban dispuestas a herir. Un grito se oyó a popa en la carabela.

—¡Camaradas! ¡En retirada!

Carmaux abandonó el timón, saltó al castillo de popa y se dejó resbalar por el cable. Debajo estaba la chalupa.

—¡Moko! ¡Wan Stiller! ¡Pronto! —gritó—. ¡El Rayo está pasando!

El hamburgués, el negro y los otros dos filibusteros le siguieron, mientras la carabela ardía como un volcán. El esparto y el alquitrán ardían con rapidez increíble, lanzando sobre la fragata nubes de humo infecto y chispas. Los barriles de pólvora acaso estaban ya prontos a hacer explosión y lanzar por los aires al brulote.

—¿Están todos? —preguntó Carmaux.

—¡Todos! —respondió el hamburgués después de dirigir a su alrededor una rápida ojeada.

—¡Al largo!

Al amparo de la carabela enfilaron el largo, maniobrando con sobrehumana energía. Entretanto, el fuego se dilataba con rapidez fulmínea. Las bordas, el cordaje, el velamen, el mismo palo mayor de la carabela ardían como teas, extendiendo en torno una luz siniestra. Los palos de maniobra de la fragata y hasta sus bordas empezaban ya a arder. Los españoles, aterrados, trataban de cortar los garfios de abordaje para alejar el brulote; pero ya era demasiado tarde.

El incendio se propagó a bordo de la fragata con rapidez increíble. Las bombas eran impotentes para contrarrestar las llamas que invadían el velamen y la arboladura. Carmaux y sus compañeros, mediante algunos golpes de remo, atravesaron la bahía y llegaron bajo las bordas del Rayo, el cual estaba esperándolos con las velas desplegadas.

—¡Pronto! —gritó Morgan.

Los cinco marineros se aferraron a las cuerdas que desde dentro les tendían y saltaron a bordo de su nave.

—¡Ya estamos aquí, señor! —dijo Carmaux corriendo al puente, donde estaban el Corsario Negro y Morgan.

—¿Falta alguno? —preguntó el lugarteniente.

—Estamos todos menos dos, muertos en la carabela —contestó Carmaux.

—¡Todos al puesto de combate! —ordenó el Corsario—. ¡Prepárense para el fuego de andanada!

El Rayo se lanzó hacia adelante, pasando a doscientos pasos de la fragata incendiada. Avanzó rápidamente, sin llevar ninguna luz a bordo. Sus hombres estaban todos en su puesto.

—¡Atención! —gritó Morgan.

La segunda fragata, dándose cuenta por fin de la audaz maniobra de los filibusteros, descargó una horrenda andanada, esperando detener al vuelo el paso del Rayo; pero tenía ante sí hombres resueltos a todo y demasiado hábiles para dejarse coger. A un silbido la filibustería viró casi en redondo, y la descarga fue a perderse contra las rocas que formaban la prolongación de la península. La segunda fragata no pudo tomar parte en la lucha: las llamas la habían invadido por completo y ardía como una pajuela.

Una luz intensa se extendía por la bahía, tiñendo las aguas de rojo y reflejándose en las velas de la nave filibustera. Los tres palos ardían, mientras el brulote, aún amarrado a su flanco, crujió y silbó, lanzando al aire continuas nubes de chispas y de humo. Súbitamente una llama inmensa envolvió la carabela. El puente4, el cuadro, el castillo5 de proa y palo maestro saltaron bajo el estallido de los barriles de pólvora, lanzando a diestro y siniestro una nube de fragmentos incendiados. La fragata ligada al brulote se inclinó sobre un costado: la explosión la resquebrajó por estribor y el agua se precipitó con sordo mugido a través de la abertura. Entre los alaridos de su tripulación y los gemidos de los heridos y moribundos se elevó una voz de trueno:

—¡Fuego de bordada!

Era el Corsario Negro quien había dado aquella orden. Los seis cañones de estribor y los dos del puente retumbaron acordes, formando una sola detonación. Las balas y la metralla cubrieron el puente de las dos fragatas, aumentando el horror y la confusión. Un palo vaciló y cayó sobre cubierta, arrastrando tras de sí las velas y las cuerdas.

—¡Hombres del mar! ¡Fuego! —volvió a gritar el Corsario.

Los fusileros de las bordas y los de las cofas atronaron los aires con un nutrido fuego, lanzando estrepitosos hurras. El Rayo seguía avanzando, mientras las chalupas de la segunda fragata corrían en auxilio de la que ardía y estaba a punto de irse a pique. El fuego de los españoles se había suspendido, pero no el de los filibusteros; la artillería retumbaba sin cesar, lanzando sobre los puentes metralla y más metralla, que causaba horribles destrozos en las tripulaciones.

—¡Fuego! ¡Fuego! —gritaba el Corsario Negro—. ¡Desmantelen su arboladura! ¡Arrasen el puente! ¡Demuelan! ¡Destruyan!

Con una última bordada el Rayo llegó a la boca del puerto. Pasando casi al lado de las dos fragatas descargó de un solo golpe toda su artillería, siguió adelante y saltó por fin al mar. Una última andanada de la fragata incólume le alcanzó aún, destrozándole la antena de gavia, agujereándole algunas velas y matándole cuatro hombres; pero ya podía considerarse libre y salvo. Antes de que el navío pudiese zarpar, ya estaría muy lejos para que pudieran abrigar la esperanza de alcanzarle.

El Corsario Negro, ayudado por Yara y Morgan, se puso en pie. Allá en el fondo de la bahía la fragata, casi sumergida, ardía aún: inmensas lenguas de fuego se alzaban hacia el cielo, mientras las chispas, llevadas por el viento, corrían a través de las tinieblas como miríadas de estrellas. Algunos cañonazos resonaban todavía, confundiéndose con los rugidos del mar.

—¿Qué dices de todo esto? —preguntó el Corsario tranquilamente a Morgan.

—Digo, señor, que nunca mayor fortuna ha sonreído a los corsarios de las Tortugas.

—En efecto, amigo Morgan: no esperaba yo tanto.

—¡Un buen golpe de audacia, a fe mía, capitán! ¡Contigo se hace un buen aprendizaje!

—Del cual tú sacarás partido más adelante; ¿no es así, Morgan?

—Así lo espero —replicó el futuro conquistador del Panamá, mientras su mirada se animaba—. Algún día tendré yo también una nave, señor, y entonces recordaré la audacia increíble de mi capitán, de sus valientes hermanos y del Olonés.

—Tienes madera de corsario, señor Morgan; te lo dice el Corsario Negro. Harás cosas muy grandes; ya lo verás.

—¿Y por qué no juntos? —preguntó el lugarteniente.

—¡Quién sabe si entonces el Corsario Negro vivirá! —dijo el señor de Ventimiglia, mientras una triste sonrisa asomaba a sus labios.

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23 October 2025
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422 p. 88 illustrations
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9789585532175
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