Read the book: «El paraíso que no fue»

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El presente trabajo se ha realizado bajo el amparo de los Proyectos de Investigación HAR201⅔2893 y PRCEU-UCH 13/02, financiados por el Ministerio de Economía y Competitividad y la Universi-dad CEU-Cardenal Herrera, respectivamente, y titulados La Catedral Ilustrada. Iglesia, sociedad y cultura en la Valencia del siglo XVIII.


© Del texto: Emilio Callado Estela, 2015

© De esta edición: Universitat de València, 2015

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Cubierta:

Ilustración: Manuel de Palacios (taller de los hermanos Cabrera), Santa Inés de Montepulciano, c. 1837-1841. Óleo sobre tela. Museo Histórico Dominico (Santiago de Chile) Diseño: Celso Hernández de la Figuera Corrección: Pau Viciano

ISBN: 978-84-370-9701-5

Vuestro es, Marcos y Nicolás…

ÍNDICE

PRÓLOGO de Enrique Martínez Ruiz

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE

1. DE LA FUNDADORA Y SUS OTRAS FUNDACIONES

1. Biografías para una santa

2. De la cuna al claustro

3. Nuevas fundaciones para la observancia

4. De vuelta a Santa María Magdalena

2. EL CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE BELÉN

1. La cuarta revelación

2. El Paraíso de Dios

3. Tiempos recios

4. Nuevas tribulaciones

EPÍLOGO

SEGUNDA PARTE

Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén

1. Sitio y dotación del convento de Nuestra Señora de Belén, su fundador y dificultades que ocurrieron hasta su fundación

2. Entran las fundadoras en el nuevo convento de Belén. Refiérense al-gunas cosas del gobierno de la venerable madre sor Inés asta el día de su muerte

3. Sucessos en los prioratos siguientes asta la renovación de la iglesia

4. Trabajos del convento en los prioratos siguientes. Entra la Ciudad a visitar a las monjas enfermas

5. Vida de la venerable madre sor Inés del Espíritu Santo, antes Sisternes de Oblites, fundadora de este convento de Nuestra Señora de Belén y de Villarreal y Carcaxente

6. Copia del Libro de difuntas del convento de Nuestra Señora de Belén, de la orden de Predicadores, que escrivió la venerable madre sor Vicenta del Espíritu Santo, religiosa del mismo convento

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

ÍNDICE ONOMÁSTICO DE RELIGIOSAS DOMINICAS

ÍNDICE ONOMÁSTICO Y TOPONÍMICO GENERAL

PRÓLOGO

Asistimos en la actualidad a una serie de renovaciones metodológicas de primer orden dentro de la Ciencia Histórica. Especialidades que estaban postergadas, desconsideradas o desarrolladas en círculos minoritarios, gozan ahora de una vitalidad extraordinaria. Tal es el caso de la historia eclesiástica, o si se prefiere Historia de la Iglesia, a la que se han incorporado de manera decidida muchos historiadores seglares, que han empleado ópticas de análisis diferentes, lo que ha enriquecido los enfoques aplicados hasta hoy, además de aportar rigor metodológico y búsqueda de nuevas fuentes, como contribuciones más destacadas de su quehacer.

Dentro de esta área histórica, el interés por el estudio de las órdenes religiosas ha ido en aumento y el panorama presente es francamente prometedor, ya que se ha liberado de los enfoques tradicionales, repetitivos y hagiográficos, que tanto habían constreñido su desarrollo. Algo muy de agradecer, pues a veces, cuando hablamos de órdenes religiosas, de clero regular, no somos muy conscientes de la amplitud y complejidad que encierra: órdenes monacales, mendicantes, observantes, descalzos, canónigos regulares, clérigos regulares, órdenes militares, hospitalarias, redentoras de cautivos…Esto por lo que respecta a las masculinas, pero también están las femeninas y, en algunos casos, la orden tercera. Por si fuera poco, dentro de cada uno de estos grupos, hay diversas comunidades; en el caso de las órdenes monásticas contamos con basilios, benedictinos, cluniacenses, cistercienses, cartujos, jerónimos, jesuatos, trapenses y las congregaciones de los bernardos y de Valladolid; por lo que hace a los canónigos regulares, además de los del Santo Sepulcro y los mostenses, existen las congregaciones de San Rufo, del Gran San Bernardo, de San Víctor y de Letrán. En las órdenes hospitalarias tenemos la del Espíritu Santo, la de los antonianos, la de San Juan de Dios y la de los camilos. Por lo que hace a las órdenes militares, las más conocidas son la de Malta, la del Temple, la del Santo Sepulcro, Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, pues no citamos las medievales que desaparecen antes del inicio de los tiempos modernos. Referencia especial merecen las órdenes mendicantes, donde los franciscanos ven nacer en su seno, al lado de los conventuales, a los observantes, capuchinos y descalzos; también están los dominicos o predicadores, carmelitas, carmelitas descalzos, servitas, agustinos, agustinos descalzos, mínimos y recoletos de San Agustín. La redención de cautivos es la dedicación de trinitarios, trinitarios descalzos, mercedarios y mercedarios descalzos. Y en cuanto a los clérigos regulares, hay que citar a los del Buen Jesús, teatinos, barnabitas, somascos, jesuitas, de la Madre de Dios, regulares menores y escolapios.

No vamos a referirnos a las órdenes femeninas ni a las terceras. Si hemos hecho tal relación ha sido solamente para recordar la complejidad de este sector del clero y poner de manifiesto el ancho campo de estudio que constituye, donde queda mucho por hacer en una tarea en la que no caben las prisas. Dado que dichos institutos religiosos están repartidos por toda la geografía de la Monarquía, su existencia presenta múltiples variantes que impiden las generalizaciones y solo mediante estudios más o menos locales podremos llegar a reconstruir las piezas de semejante mosaico, pues la regla de cada orden es un denominador común, de carácter general, que prevé las líneas maestras de la convivencia, pero no constituye un condicionante de todos los pormenores de la vida comunitaria y de las relaciones del cenáculo con el exterior. Decir que cada convento o monasterio es un mundo, no es exagerado. El contenido de las páginas de este libro es una buena demostración.

Desde hace mucho tiempo sigo con interés las investigaciones del Profesor Emilio Callado Estela, que lo han convertido en un gran especialista en historia eclesiástica y de los mejores –el mejor ¿tal vez?– en el caso del clero valenciano durante la Modernidad. Su producción es de una gran variedad. Nos ha ofrecido estudios biográficos como los dedicados a los hermanos Crespí de Valldaura, Luis y Francisco, al inquisidor general fray Juan Tomás de Rocabertí, a los arzobispos fray Isidoro Aliaga y fray Pedro de Urbina y la primorosa edición de la obra escrita por el jesuita Francisco Escrivá titulada Vida del illustríssimo y ecxcellentísmo señor don Juan de Ribera, patriarca de Antiochia y arzobispo de Valencia, cuyo estudio preliminar comparte con M. Navarro Sorní. También nos ha brindado retazos de la vida cotidiana de clérigos y seglares. Ahí están sus trabajos sobre el intento de beatificación de Francisco Jerónimo Simó y las controversias inmaculistas; el que relata la participación del clero valentino en la revuelta de los labradores de la Huerta de 1663; o –por citar uno más– el que analiza los sínodos, las fiestas y la religiosidad popular en la Valencia del Seiscientos. No menos interesantes son aquellas investigaciones en torno a las relaciones y conflictos jurisdiccionales, de una u otra índole: los choques de competencias entre la curia episcopal y el banco regio, las relaciones entre mitra y cabildo metropolitano y las cuitas internas en el seno de este último, protagonizadas por canónigos, dignidades, beneficiados o pavordes.

Basten estas muestras para dar una idea de la variada producción investigadora de Emilio Callado, cuya última obra –por lo menos de la que yo tengo conocimiento– está dedicada al convento dominicano de Santa Maria Magdalena de Valencia, comunidad femenina aparecida en varias ocasiones en el libro que ahora prologamos, una obra que, desde mi punto de vista, resulta tan valiosa como interesante por diversos motivos.

Por lo pronto, nos ofrece una fuente eclesiástica nada usual, como es el relato de la fundación de un monasterio. Pero en este caso es mucho más. Se trata del Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén. En la primera parte del volumen –en lo que podría considerarse una introducción– el autor reconstruye los orígenes de dicho cenobio y el entorno en que se desenvuelve su vida, lo que hace con una profusa información bibliográfica, repartida en las abundantes notas que perfilen el contexto histórico de tal convento, así como una variada documentación que amplía la información en aspectos en que el libro fundacional no es tan explícito. En esta introducción vamos a conocer a las principales personas directamente vinculadas a la fundación, la dirección y la cotidaneidad cenobial, tanto seglares como religiosas.

Entramos luego, directamente, en el Libro de fundación, cuyo contenido no puede ser más interesante, al suscitar reflexiones e interrogantes que no son fáciles de responder. La figura de la fundadora, sor Inés Sisternes de Oblites, es realmente sorprendente, una de esas personalidades desbordantes de nuestro siglo XVII. Su vida es minuciosamente relatada. Alma mater de los conventos de Vila-real y Carcaixent, además del de Belén, su actividad pastoral y fundacional la vinculan noticias y biógrafos a revelaciones que recibe del Cielo, de Jesús, gracias a las cuales sabrá qué debe hacer y cuándo.

Evidentemente, si repasamos relatos hagiográficos, el caso de la madre Sisternes no es único. Pero si quiero llamar la atención de que, desde la aparición de los alumbrados, la Inquisición vigila atentamente toda esta clase de manifestaciones que impresionan la mentalidad popular y provocan el recelo de la jerarquía eclesiástica por lo que puedan tener de superchería o superstición. La figura y la conducta de la fundadora del convento de Nuestra Señora de Belén debían ser ejemplares en todos los sentidos, trascendiendo al público y gozando del beneplácito clerical.

Y ya que hablamos de la citada monja, esta fuente nos habla también de otras dominicas del cenobio, merced a que incluye Copia del Libro de difuntas del convento escrita por sor Vicenta del Espíritu Santo, profesa de esa comunidad. Son veintidós las defunciones anotadas, donde puede verse –como pauta general– el nombre religioso de la difunta, su nombre en el siglo –o sea, antes de profesar–, algunas referencias a su familia, cuando profesó, edad de su muerte y algunas de las circunstancias en que se produjo el óbito. En los primeros registros, las necrológicas son más bien breves. A medida que vamos penetrando en el Libro de difuntas, sin embargo, aumentan su contenido, ganando en extensión y complejidad. En cualquier caso, datos muy valiosos porque exceden el valor estrictamente religioso y suministran informaciones bastante variadas. Veamos unos ejemplos.

De sor Esperanza de San José (reseñada con el número II), nos dice:

[…] padeció por espacio de diez años una enfermedad de fuego del hígado, penosíssima, porque en las manos continuamente le corrían sangre y materia de las llagas y cortes que en ella tenía […] Quando murió, la mano que había padecido mal estava tan hermosa y transparente que era gozo mirarla.

Sobre sor Margarita del Rosario (IV), escribe que:

[…] para todo tenía habilidad y gracia. Era limpísima y muy amiga de lavar y que todo estuviese curioso y aseado. Era hortelana quando murió y tenía las manos rústicas y quemadas del sol; y después de muerta se le clareavan de blancas, suaves y hermosas.

En cuanto a sor María Micaela de la Purificación (IX) padeció

[…] con mucha paciencia ocho meses una llaga en un pie, muy penosa, y la enfermedad también lo era por no poderla dar remedio el médico por sus pocas fuerzas, la calentura maligna y destemplanza de estómago que padeció mucho.

Son noticias escuetas, aunque de indudable valor por mostrarnos cómo se vive la muerte en el claustro y por los cuadros clínicos que refiere.

Junto a estas breves necrológicas, encontramos otras más prolijas, como las de las madres María Ignacia de la Encarnación (X) o Victoria de San José (XI). Pero en lo que a extensión se refiere se llevan la palma las de sor Margarita de la Santísima Trinidad (XV) y sor María Magdalena de San Joseph (XVII). Estos casos –los más representativos, pero no los únicos– son bastante elocuentes, ya que presentan largas relaciones de sus virtudes, que las convierten en modelos dignos de imitación, siendo fácil advertir un tono moralizante; además, abundan noticias del entorno de la monja que incrementan sensiblemente los datos biográficos, hasta el punto de parecer hallarnos más ante una biografía que una necrológica.

Pero no nos quedemos solo con esto. La fuente que nos ocupa, rescatada del olvido por el Profesor Callado, es un libro de fundación y, por tanto, es un aspecto fundamental de su contenido y en su lectura encontramos pormenores interesantes y curiosos, de los que no nos resistimos a hacer una selección para motivar la curiosidad y el interés del lector. La redacción podríamos considerarla «providencialista», en el sentido de que todos los trances por los que pasa el convento, sean alegres o tristes, se aceptan para mayor gloria y honra divinas. Y si hace un momento hablábamos de necrológicas, veamos el relato sobre las circunstancias en que se producen algunos óbitos:

Este trienio [1696-1699] fue muy calamitoso y penoso, que hubo mucho que ofrecer al Señor. Sea bendito por eternidades sin fin. Todos los tres años huvo continuamente enfermas, y a tiempo cinco y seis camas, y semanas huvo de nueve camas. Muriéndose cuatro religiosas […]. Con estas muertes y enfermedades continuas y pocas conveniencias del convento, se passó lo que un solo Dios sabe. Bendito sea para siempre jamás. Amén.

En sus páginas aparecen todas las vicisitudes de la vida conventual. Aquellas que inciden positivamente en la comunidad, como las que anuncian ayudas y favores:

Con estas buenas nuevas, me llamó el padre confesor para que diesse las gracias a todos aquellos señores que tan liberales y con tan cariñoso afecto havían discurrido altamente en beneficiarnos y favorecernos con tanta caridad y benevolencia y magnanimidad […] fuí allí a cumplir con mi obligación y rendirles las debidas gracias de parte de toda esta comunidad y mía. Y los hallé a todos muy alegres y gustosos de favorecernos.

Tampoco faltan las que refieren dificultades económicas que endurecen la existencia de las monjas, como la que sigue:

[…] con tantos altos y bajos como sucedían, yo me hallava sin un dinero, ni en todo este tiempo […] no pude cobrar de las rentas del convento ni un dinero, ni podía hallar quien me prestase ni con prendas. Escriví a innumerables personas de Valencia que lo podían hazer, y todos se escusavan sin socorrerme ni aliviarme […].

Sin embargo, el relato adquiere su mayor intensidad –por lo menos, a mí me lo parece– cuando describe los difíciles momentos que vivió el convento al responsabilizarlo la opinión generalizada de las muertes que se estaban produciendo:

Con estos y otros innumerables ultrajes motejavan el convento con tanta certeza como si fuera Evangelio; y con tanto desprecio y odio que no había alma criada que se acercara al torno a pedir una gota de agua. Ni un punto de labor trahían porque no se les pegasse el mal. Porque los que se morían en la ciudad dezían, era de la ropa que se avía cosido o bordado aquí. Con que no avía otra conversación en calles, esquinas, plazas, estrados y casas, sino murmuraciones e injurias de este despreciado y pobre albergue de Belén.

Una situación crítica a la que contribuían, incluso, miembros del clero masculino, con los consiguientes efectos destructivos de la fama de Nuestra Señora de Belén y los ecos negativos entre la feligresía:

Por otra parte, el padre prior iva publicando que se habían muerto diecisiete éticas, sin distinguir que era en muchos años y todos creían que avían muerto entonces.

Por eso, no puede sorprender que se produjeran escenas como la siguiente, pues los rumores y maledicencias que corrían por Valencia actuaban como elemento disuasorio para ingresar en la comunidad:

[…] vino una señora de Ayora con su madre y otras compañeras, que venía a tomar el hábito, que se avía concertado su entrada de antemano y trahía mil ducados de dote […] diziendo eran forasteras […] se fueron […]. Dieronme noticia de esto las madres torneras, presumiendo si era la monja que aguardábamos […] El padre Royo […] habló a las señoras, y tratando de la entrada halló que no quería entrar en este convento, porque por el camino, y en particular en Algemesi, les avían dicho tantas cosas del convento y que de todos era aborrecido y menospreciado, diziendo mil injurias y escarnios de él, que de ninguna manera quería ser monja de este convento.

Pero el convento superó todas esas vicisitudes. Emilio Callado nos relata el desenlace de la historia, prolongando su estudio con una serie de referencias sobre los derroteros de la fundación a lo largo del siglo XIX y parte del XX, hasta 1972, fecha en que podemos dar por concluidas la crónica y vida de esta comunidad, integrada desde entonces en el convento de la Inmaculada Concepción de Torrent.

Por lo demás considero un acierto pleno la edición de esta fuente conventual femenina, que su responsable anota con profusión y acierto. Su solvencia como historiador avezado en estos temas y la consideración y reconocimiento de que goza entre colegas y especialistas hacían innecesario este prólogo, que escribo con agrado y satisfacción, pues no sólo me permite expresar públicamente mi reconocimiento a su trayectoria investigadora, sino también haber leído en primicia este libro, cuya publicación, como decía, considero conveniente y acertada. Otro acierto del Profesor Callado.

No me queda más que desear que cuando el lector concluya la lectura de estas páginas, piense lo que yo: que el tiempo empleado ha merecido la pena.

Julio 2014

ENRIQUE MARTÍNEZ RUIZ

Universidad Complutense de Madrid

INTRODUCCIÓN

Con ocasión de nuestra primera incursión en el tema objeto de estas páginas,1 recordábamos que la preocupación por las órdenes religiosas, como objeto de investigación, análisis e interpretación histórica, tiempo ha que empezó a liberarse de tonos hagiográficos tradicionales, planteamientos y lenguajes clericales para convertirse en territorio de historiadores de oficio.2 Ya en la década de los sesenta del pasado siglo los monasterios medievales franceses eran estudiados sistemáticamente con criterios acordes a los nuevos tiempos. En España, donde la historia del clero regular abandonó los claustros con posterioridad, ha sido uno de los capítulos más y mejor atendidos por la historiografía de las últimas décadas, al menos para la época moderna.3 Aunque no todas las religiones ni todos los lugares se han beneficiado por igual de esta tendencia. Los dominicos de la Provincia de Aragón, por ejemplo, continúan sin suscitar suficiente interés entre los investigadores, pese a los meritorios esfuerzos de algunos trabajos colectivos bastante recientes coordinados por la Profesora R. M.ª Alabrús.4 Ni siquiera los grandes establecimientos blanquinegros, diseminados a lo largo y ancho de los territorios de la antigua Corona de Aragón, cuentan con estudios adecuados. No los masculinos, desde luego. Pero menos los femeninos, prácticamente ajenos al protagonismo cobrado por las mujeres en el proceso de renovación temática y metodológica experimentado por la historia5 y su impacto en el análisis de las órdenes religiosas.6

Quizá sea el caso valenciano uno de los más elocuentes. De los conventos monjiles aquí fundados por la orden de Predicadores desde la Reconquista cristiana, poco se sabe más allá de los datos consignados en las obras de carácter general que tratan de pasada algún aspecto de la vida monacal,7 a menudo desde una perspecticva eminentemente economicista;8 o en las propias crónicas dominicanas, de las que la obra clásica del padre Francisco Diago constituye el mejor exponente.9 Mucho han tenido que ver en ello las vicisitudes padecidas por estos establecimientos como consecuencia tanto de la desamortización de bienes eclesiásticos y la desaparición de algunas de las comunidades religiosas como de la guerra de 1936. Unas y otras motivaron la dispersión de su documentación histórica, azarosamente repartida entre los principales archivos del Estado, cuando no la irreparable pérdida de la misma.10

Véase si no el panorama ofrecido por los tres cenobios femeninos asentados en la capital del Turia. Santa María Magdalena, decano de todos ellos, con anterioridad a la deblacle documental de los siglos XIX y XX, tuvo la fortuna de ser historiado, sólo en parte y con criterios alejados todavía del rigor científico propio de las Luces, por el dominico V. Beaumont de Navarra.11 Nosotros mismos acabamos de dedicarle una monografía, a la que antes se hacía mención.12


Desde una perspectiva muy tradicional todavía, hace ya un par de décadas, fray Adolfo Robles Sierra se ocupó in extenso de Santa Catalina de Siena, levantado en la postrera década del Cuatrocientos y –a diferencia de los otros dos conventos– todavía en pie y activo aunque fuera de su emplazamiento original.13


Mediado el Seiscientos echaba a andar el tercer establecimiento religioso en cuestión, Nuestra Señora de Belén, el de más corta vida y peor conocido con diferencia debido a la pérdida de su archivo histórico, y con él la historia oficial del mismo, elaborada en la décimo octava centuria por el también dominico J. Teixidor, según su propio testimonio:

[…] este convento lo tengo largamente escrito en un tomo en folio, que guardaban en su archivo las monjas, que no está concluido, i ellas hicieron enquadernar sin decirme palabra; i por esto se encuentra sin frontis i sin prefación, y la falta de tiempo no permite que yo le concluya.14

Resulta fácil, pues, justificar la pertinencia del trabajo que ahora presentamos sobre este último cenobio, y más particularmente sobre sus albores, comprendidos entre 1665 y finales del siglo XVII. Etapa siempre decisiva en la singladura de cualquier nueva fundación religiosa, nunca exenta de dificultades y complicaciones, pero especialmente enrevesadas en el caso que nos ocupa. Lo revela así el hasta ahora inédito Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén de Valencia, cuyo centenar largo de folios, magníficamente conservados en el Archivo del Convento de la Inmaculada Concepción de Torrent, dan noticia de tal establecimiento, de su artífice sor Inés Sisternes de Oblites, de las monjas que constituyeron la primitiva comunidad y de sus primeras grandes prioras, sor Margarita Mascarell –entre 1672 y 1681 y 1684 y 1690– y sor Vicenta Castell –de 1690 a 1693 y de 1696 a 1699– sobre todo.


La autora del citado libro, religiosa anónima, belemita sin lugar a dudas, aunque de una generación algo posterior a los hechos en él narrados, ocuparía con su obra un lugar propio entre las plumas femeninas del ámbito valenciano de la época, tanto dominicanas15 como de otras órdenes religiosas en general.16 Más o menos coetáneas a ella, y algo mejor conocidas, lo fueron sin duda sus hermanas de hábito sor Julia Ferrer, de la ilustre familia del mismo apellido e hija de convento capitalino de Santa Catalina de Siena, con la Vida de sor Gabriela de la Presentación, religiosa del real convento de Santa Catalina de Sena de la ciudad de Valencia;17 y sor María Teresa Agramunt, de la comunidad hermana de Corpus Christi de Vila-real, responsable del Libro de las religiosas que murieron en aquel convento con más fama de santidad.18

A todas luces, sin embargo, no fue nuestra monja tan original como las madres Ferrer y Agramunt, al emplear en su narración manuscrita –entre otra documentación hoy desaparecida– los relatos de la atrás referida sor Vicenta Castell, testigo directo de los acontecimientos descritos en el Libro de fundación que ahora interesa. «Muger adornada de toda la variedad de las virtudes y de una verdad inalterable», en palabras del bibliógrafo V. Ximeno, había nacido esta última fémina el 24 de enero de 1646 en la localidad castellonense de Vistabella, desde donde se trasladó a Valencia, en fecha incierta, para ingresar en el convento de Nuestra de Belén y profesar en él, con el nombre de sor Vicenta del Espíritu Santo, el 9 de marzo de 1670, ejerciendo desde entonces diferentes responsabilidades de gobierno.19

Un par de opúsculos son lo que, tradicionalmente, han sido atribuidos a nuestra religiosa. En primer lugar, De la entrada del magistrado de la Ciudad con sus médicos en el monasterio de Santa María de Belén por setiembre del año 1698. O lo que es lo mismo, la crónica viva de los sucesos acaecidos en esta comunidad como consecuencia de unas virulentas fiebres hectíquicas que, a punto de concluir la decimoséptima centuria, trajeron consigo la ruptura de la clausura por parte de las autoridades municipales. Relato como éste, tan rico en detalles, nada tendría que envidiar a los de otros dietaristas del momento, varones en su inmensa mayoría, como el popular beneficiado de la catedral de Valencia mosén Joaquín Aierdi.20 Y ello pese a la modestia con que sor Vicenta se confesaría en el prólogo de su narración:

Para memoria de las venideras quiero escrivir lo que sucedió en la entrada de la Ciudad en este convento de Nuestra Señora de Belén. Y para dar alguna noticia al historiador o cronista, que piadosa y caritativamente quiera emprender el sacar a luz la historia o crónica de este convento desde su fundación […], aunque con tan mal cortada pluma y estilo a lo pastoril y grosero; que como alcanzo poco y no sé mi mano derecha, me podrá perdonar el ingenio agudo y delicado que esto leyere; que como soy betlemita, soy rústica y pastorcilla ignorante, que en la cueva y portalejo de Belén, aunque ay ángeles, también ay jumento y bestia. Esa soy yo, y me tengo por muy dichosa de estar entre ángeles, y que su ardiente caridad sufra en su santa compañía a este jumento y bruto animal con tanta paciencia y sufrimiento, no siendo de provecho sino para continua mortificación de este coro angélico. A no ser tan perfecta su caridad era imposible el sufrirme, porque es imponderable mi grosería y torpeza. Y assí conozco que su relevada virtud y perfección las impele a soportar con su gran prudencia a esta bestia indómita y sin razón, ejercitando las virtudes de caridad, paciencia, humildad, piedad y resignación con todas las demás que a cada passo las doy ocasión de exercitarlas. Sea el

Señor bendito por su infinita bondad y misericordia, que permite con su inmensa clemencia y piedad que la lana sucia esté con la limpia, el cieno hediondo y sucio con el oro puríssimo y el tizón del infierno en compañía de puríssimos serafines y caríssimas esposas de mi Dulcíssimo Jesús, mi amor. ¡Oh gloria de mi pobrecita alma! No permitáis, Bien mío, que yo sea Judas en este místico apostolado vuestro, sino dadme luz para aprender de esta sapientíssima escuela y dechado de perfección en que vuestra bondad misericordiosamente me ha puesto sin méritos míos. No permitáis que borre yo el lustre y hermosura con que resplandecen estas estrellas de este místico firmamento y cielo estrellado de Belén.21

De carácter bien diferente resulta el segundo título alumbrado por la madre Castell, bajo el epígrafe Vidas de las monjas que resplandecieron en virtud desde la fundación del monasterio hasta 1700.22 Un total de veintidós breves biografías –fieles a la más pura tradición hagiográfica, tan en boga por aquellos días23– de muy desigual extensión y compuestas –a veces a partir de testimonios de las propias difuntas– como modelo de vida para las futuras generaciones de religiosas, belemitas en particular o dominicas en general. Los nombres de sus protagonistas, fecha de profesión en la vida consagrada y óbito se ofrecen a continuación:

Ambos escritos fueron incluidos en el Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén de Valencia.24 Del siguiente modo justificó su anónima compiladora el uso en éste de los papeles de sor Vicenta Castell, cuya modestia trataría de emular:

Aunque pudiera escrivir las memorias de las venerables religiosas de este convento con estilo más lacónico y conciso del que las escrivió la venerable madre sor Vicenta del Espíritu Santo, me ha parecido más conveniente copiarlas con las mismas palabras. Lo primero, por ser esta venerable señora testigo ocular de quanto escribe; y lo segundo, porque no halla mi ignorancia otras vozes igualmente significadoras de lo que quiere dezir, y fuera quitarles el espíritu y alma que les da su autora. Las más de las vidas que escrivió tienen interpolados altíssimos sentimientos de muchas virtudes y repetidas exclamaciones lleníssimas de finíssimo amor de Dios. Y este lenguaje es oscuro para mí, que tanto ignoro de esta divina sabiduría. Algunas cosas parecen impertinencias, pero como sólo las copio para el uso de las religiosas del mismo convento me parece cierto que, para su consuelo y enseñanza, nada les parecerá sobrado leyendo con afición estas memorias. Es verdad cierta que en los libros, como en las tiendas de varias mercaderías, lo que unos desprecian a otros será muy útil. Son mesa de variedad de manjares; cada cual echa mano a lo que más gusta, y lo que a uno fastidia será para otro recreo. No obstante, será preciso alguna vez colocar las noticias que esta venerable madre escrive incidentemente en su propio lugar, pero siempre será con las mismas voces que ella lo escrive, añadiendo sólo lo que ella omitió por parecerle no necessario. Por exemplo, los padres, patria, recepción, professión de las religiosas.25

La importancia de este hallazgo documental, en fin, merecía en nuestra opinión la presente edición crítica, con el estudio preliminar que la precede –articulado en dos capítulos y un epílogo– y para el que se ha contado con otras fuentes secundarias reseñables. En especial las diferentes biografías de la madre fundadora sor Inés Sisternes de Oblites, reseñadas en páginas posteriores, así como los datos de las monjas que la acompañaron en su empresa, consignados en los registros de su comunidad de origen, no otra que Santa María Magdalena.26 Se han utilizado también algunos registros de la serie Consejo de Aragón. Secretaría de Valencia del Archivo de la Corona de Aragón.27 Del resto de fondos archivísticos todavía existentes sobre Nuestra Señora de Belén –pocos, transferidos al Estado durante la exclaustración y desamortización decimonónica, conservados mayoritariamente en el Archivo del Reino de Valencia y de carácter económico– casi nada ha podido aprovecharse.28

No sería justo finalizar estas líneas introductorias sin una mención expresa a quienes de un modo u otro han hecho posible la publicación que el lector tiene en sus manos. De manera muy especial al convento de la Inmaculada Concepción de Torrent, cuya priora sor María Pilar Marco, con afecto fraternal, puso a disposición del abajo firmante los fondos manuscritos custodiados en su archivo. Mi querido amigo Alfonso Esponera volvió a acompañarme, cual santo Job, en todas las fases de la investigación. La Universitat de València, por último, tuvo a bien acoger el estudio en su colección editorial.

1.E. Callado Estela, Mujeres en clausura. El convento de Santa María Magdalena de Valencia, Valencia, 2014, pp. 17-18.

2.T. Egido, «Historiografía del clero regular en la España Moderna», en A. Cortés Peña y M. L. López-Guadalupe Muñoz (eds.), La Iglesia española en la Edad Moderna. Balance historiográfico y perspectivas, Madrid, 2007, pp. 22-23.

3.E. Martínez Ruiz (dir.), El peso de la Iglesia. Cuatro siglos de órdenes religiosas en España, Madrid, 2004.

4.En concreto Tradición y modernidad. El pensamiento de los dominicos en la Corona de Aragón en los siglos XVII y XVIII, Madrid, 2011; La memoria escrita de los dominicos, Sant Cugat, 2012; y La vida y la sociabilidad de los dominicos, Sant Cugat, 2013.

5.J. Amelang et alii, Historia y género. Las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea, Valencia, 1990.

6.Un repaso sobre el estado de la cuestión de los claustros femeninos, en la España moderna y para las distintas órdenes religiosas, en M. Reder Gadow, «Las voces silenciosas de los claustros de clausura», Cuadernos de Historia Moderna, 25 (2000), pp. 279-338. Más recientes son las aportacione recogidas en F. J. Campos y Fernández de Sevilla (coord.), La clausura femenina en España, San Lorenzo del Escorial, 2004, y La clausura femenina en el Mundo Hispánico: una fidelidad secular, San Lorenzo del Escorial, 2011; y M.ª I. Viforcos Marinas (coord.), Historias compartidas. Religiosidad y reclusión femenina en España, Portugal y América, siglos XV-XIX, León, 2000, y Fundadores, fundaciones y espacios de vida conventual: nuevas aportaciones al monacato femenino, León, 2005, este último junto a M.ª D. Campos Sánchez-Bordona.

7.C. Sarthou Carreres, Monasterios valencianos: su historia y su arte, Valencia, 1943.

8.M.ª D. Cabanes Pecourt, Los monasterios valencianos. Su economía en el siglo XV, Valencia, 1974, 2 vols.

9.F. Diago, Historia de la Provincia de Aragón de la orden de Predicadores, desde su origen y principio hasta el año de mil y seyscientos, Barcelona, 1599.

10.J. Cortés y V. Pons, «Geografia dels monestirs valencians en la Baixa Edat Mitjana», en Santes, monges i fetilleres. Espiritualitat femenina medieval, Valencia, 1991, p. 77.

11.Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena de religiosas del Gran Patriarca santo Domingo de la ciudad de Valencia. Ilustrado con las noticias de heroicas virtudes de algunas de sus hijas más insignes, Valencia, 1725.

12.Véase la nota 1.

13.A. Robles Sierra, Real monasterio de Santa Catalina de Siena. Proyección y fidelidad, Valencia, 1992.

14.J. Teixidor, Antigüedades de Valencia, Valencia, 1895, vol. II, p. 246.

15.C. Fuentes, «Escritoras en la Historia de la Provincia dominicana de Aragón», Teología Espiritual, XLVI (2002), pp. 59-72.

16.M. Martí Ascó, «Cultura literària de la dona en la València dels segles XVI i XVII», y M.ª Ángeles Herrero Herrero, «Les modernes religioses valencianes: entrebancs d’una recerca textual», ambos en Scripta. Revista internacional de literatura i cultura medieval i moderna, 1 (2013), pp. 362-380 y 271-280, respectivamente.

17.La tal sor Julia profesó en este cenobio el 10 de marzo de 1599. A. Robles Sierra, Real monasterio de Santa Catalina de Siena…, op. cit., p. 122. Coincidió en él con la madre Presentación, «religiosa de servicio, natural de Orihuela, virgen extática y de extraordinaria santidad, difunta en 14 de enero del año 1642, de quien ay elogio muy honorífico en las actas del capítulo general celebrado en Valencia en el año 1647; y aviéndole mandado a sor Gabriela el confessor que dictasse su vida a sor Julia, tomó esta la pluma también por obediencia y con impulsso superior [la] escrivió» en un par de cuadernos, en cuarto y octavo, de los que no hay rastro por ahora. V. Ximeno, Escritores del reyno de Valencia, Valencia, 1749, vol. I, 362.

18.Mujer de gran virtud, había nacido en la ciudad de Valencia el año 1664, tomando el hábito blanquinegro allá por 1682 en el convento indicado, «donde hizo una vida exemplaríssima y de singular edificación a toda la comunidad, sin embargo de florecer en ella con el mayor rigor la observancia religiosa». A su muerte, acaecida en 1728, su obra se convirtió en libro de cabecera para la comunidad vilarealense, «donde acostumbran leerle con freqüencia para animarse unas a otras [monjas] a adquirir la perfección de su estado». Ibíd., vol. II, p. 215.

19.Ibíd., vol. II, p. 156.

20.J. Aierdi, Dietari. Notícies de València i son regne, de 1661 a 1664 i de 1667 a 1679. A cura de V. J. Escartí, Barcelona, 1999. A propósito del tema de la dietarística valenciana barroca, resultan indispensables los trabajos de V. J. Escartí, sólo por citar algunos «Els dietaris valencians del Barroc», en La cultura catalana tra l’Umanesimo e il Barroco, Padua, 1994, pp. 281-295; «Intimitat i publicitat a l’àmbit de l’escriptura privada en el segle XVII: el cas de mossén Aierdi», Estudis Castellonencs, 6 (1994-1995), pp. 459-466; y Memòria privada. Literatura memorialística valenciana dels segles XV al XVIII, Valencia, 1998.

21.Archivo del Convento de la Inmaculada Concepción de Torrent [=ACICT]. Fondo Belén. Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén…Entra la Ciudad a visitar las monjas enfermas, ff. 23-24. El opúsculo, completo, entre los ff. 23-60.

22.Ibíd. Copia del Libro de difuntas del convento de Nuestra Señora de Belén, de la orden de Predicadores, que escrivió la venerable madre sor Vicenta del Espíritu Santo, religiosa del mismo convento, ff. 97-208.

23.Sobre el tema es imprescindible referirse al ya clásico trabajo de J. L. Sánchez Lora, Mujeres, conventos y formas de religiosidad barroca, Madrid, 1988. Algunas otras interesantes aportaciones en relación al mismo, mucho más recientes, en A. Atienza López (ed.), Iglesia memorable. Crónicas, historias, escritos…a mayor gloria. Siglos XVI-XVIII, Madrid, 2012.

24.Ni rastro en éste, sin embargo, del Libro mayor del convento de Nuestra Señora de Belén, al que la madre Castell se refeririría de manera reiterada a lo largo de sus escritos.

25.Ibíd. Advertencia para las vidas siguientes, f. 96.

26.Archivo del Real Convento de Santa Catalina de Siena [=ARCSCS]. Fondo Magdalenas. Libro antiguo de la fundación y privilegios del convento de Santa María Magdalena y ingresos de religiosas.

27.Archivo de la Corona de Aragón [=ACA]. Consejo de Aragón [=CA]. Legs. 690, 691, 780, 853, 896, 917 y 934, básicamente.

28.Archivo del Reino de Valencia [=ARV]. Clero. Lib. 74, Libro del gasto extraordinario del convento de Nuestra Señora de Belén de monjas dominicas de Valencia, 1737-1836; Lib. 214, Colecta mayor del convento de Nuestra Señora de Belén de monjas dominicas de Valencia, 1819-1834; Lib. 843, Libro colecta del convento de Nuestra Señora de Belén de monjas dominicas de Valencia, 1818-1836; Lib. 1512, Libro mayor de gasto y recibo del convento de Nuestra Señora de Belén de monjas dominicas, de extramuros de Valencia, 1813; Lib. 1618, Libro de colecta mayor de casa del convento de Nuestra Señora de Belén de las monjas dominicas de Valencia, 1792-1835; Lib. 2960, Manual de todas las rentas que posee el convento de Nuestra Señora de Belén de la ciudad de Valencia (s. XVIII); Lib. 3079, Calendilla o cuentas de balance del convento de Nuestra Señora de Belén de monjas dominicas de Valencia, 1835-1837; y Lib. 3081, Censo de 350 libras que responde la villa de Mogente por la herencia de María Rovira, convento de Nuestra Señora de Belén de monjas dominicas de Valencia, 1719. También en la sección Bailía. Letra A. 2418, Expediente de visita del convento de Nuestra Señora de Belén, 1739-1740, 1766, 1781-1782, 1788-1791.

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

DE LA FUNDADORA Y SUS OTRAS FUNDACIONES

La historia del convento de Nuestra Señora de Belén anda irremediablemente unida a la de su alma mater, sor Inés del Espíritu Santo, en el siglo Sisternes de Oblites, la dominica valenciana más ilustre de todos los tiempos, consagrada a la observancia regular, en plena Contrarreforma, y conocida para la posteridad por su intensa actividad fundacional a ella vinculada, origen de otros importantes establecimientos religiosos. Hasta el punto de no entenderse este convento sin atender antes a la vida de la susodicha, sobre la que conviene detenerse con cierto detalle. Lo hicieron ya algunos coetáneos, interesados en preservar su memoria para la posteridad con la vista puesta en los altares.

1. BIOGRAFÍAS PARA UNA SANTA

Fue el primero de estos personajes fray Francisco Faxardo, dominico murciano, de la casa de los Vélez, profeso en el valentino convento de Predicadores, de donde se trasladó a San Esteban de Salamanca para cursar Artes y Teología, disciplina esta última en que obtendría el magisterio poco antes de condecorársele con el título de regente de la Minerva romana.1 A su regreso a Valencia tuvo una notable proyección académica a través de las aulas del Estudi General, en las que regentó una cátedra de Teología.2 Se ocupó igualmente de la conciencia de señoras y religiosas, como la madre Sisternes de Oblites, su más distinguida devota y a la que dedicó dieciséis cuadernos en folio que nunca vieron la luz.3

Tampoco llegarían a imprimirse las páginas que sobre sor Inés compuso otro de sus confesores. Hablamos del padre Juan Bautista Catalá, de la Compañía de Jesús, doctor en Teología y catedrático de las Universidades de Gandia y Valencia, que también había permanecido una temporada en la corte de los papas –al servicio en este caso del duque del Infantado– antes de dedicarse por entero a la predicación y al confesionario, frecuentado durante un largo tiempo por nuestra monja.4

Idéntica suerte corrió la semblanza que su hermano, don Jerónimo Sisternes de Oblites, encargó al trinitario fray José Rodríguez a partir de algunos retazos autobiográficos atribuidos a la propia religiosa. El mismo autor nos lo cuenta:

[…] llegamos a escribir veinte pliegos, aprobados ya por nuestro arcediano Juan Bautista Ballester. Y aviendo de entrar a lo más arduo de la historia, que era la vida interior de la venerable madre, teniendo en ello poco que hazer, pues toda estava escrita de su mano, murió dicho padre maestro Sisternes, en cuyo poder paravan los originales, y no los hallamos, con que quedó informe, y aún deforme, la relación de la vida. Escriviola tres vezes la religiosa, de orden de sus padres espirituales, y por su humildad, cada una de las tres vezes, la quemó. Mandáronselo quarta vez y resignose, y estos originales fueron los desaparecidos. De todo entregué un resumen, que otros dixeran elogio, a don Pablo Sisternes de Oblites,5 natural de Valencia, primo hermano de la venerable madre, cavallero de la orden de Santiago, paje que avía sido del rey nuestro señor Felipe IV, que día 27 de noviembre 1671 me le pidió para imbiar a un religioso dominico que en Roma estava escriviendo una crónica de los religiosos y religiosas insignes en virtud de toda su orden.6

Parece que de todos estos papeles –más la reseña del obispo fray Domenico Maria Marquese, incluida en el Sacro Diario Domenicano–7 se valió el padre Vicente Beaumont de Navarra, dominico del convento de Predicadores de Valencia, donde leyó un tiempo Artes y Teología, para historiar en el siglo XVIII a sor Inés.8 La excusa, su conocido Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena de religiosas del Gran Patriarca santo Domingo de la ciudad de Valencia. De las trescientas veinte páginas que consta la obra, dedicó la mitad a loar las maravillas de la religiosa –bajo el epígrafe Vida de la admirable virgen sor Inés Sisternes, fundadora de los tres observantíssimos monasterios de Corpus Christi de Villareal, de Carcaxente y de Nuestra Señora de Belén de Valencia– para tratar de remover su beatificación.9

A comienzos de la pasada centuria, todavía conocería la madre Sisternes una última biografía, demasiado fiel aún a la hagiografía más tradicional en soslayo de cualquier sombra en la trayectoria de la religiosa. A cargo del dominico fray Luis G. Sempere, fue publicada en 1903, según su prólogo,

[…] para edificación de los fieles, aumento de la devoción que ya desde antiguo se viene teniendo a esta venerable santa, especialmente en Valencia y su reino, y para con lo que se recoja con la venta de este libro ayudar a sufragar los gastos que ocasione la continuación en Roma del proceso de su beatificación, que se terminó en Valencia hace pocos meses.10

2. DE LA CUNA AL CLAUSTRO

Vino al mundo nuestra protagonista en el seno de un linaje de rancio abolengo, fruto a su vez de dos estirpes nobiliarias cuyos destinos se habían unido en el Medievo: los Sisternes, de origen catalán, y los Oblites navarros, llegados ambos a Valencia en el siglo XIII, con el rey Jaime I, y al servicio de la corona desde entonces.11 Especialmente conocidos durante la época moderna serían aquellos miembros de la familia dedicados a la administración de justicia –donde desempeñaron cargos de primer rango, en la Real Audiencia local o en sus homónimas de Mallorca y Cerdeña–12 y vinculados mayoritariamente a la orden de Montesa.13

De todos ellos ha de recordarse al menos a don Melchor Sisternes de Oblites y Centoll, señor de Benillup y jurista de dilatada trayectoria profesional hasta su encumbramiento como regente del Consejo Supremo de Aragón, ya en la cuarta década del Seiscientos.14 Primo hermano de éste fue don Felipe, casado con doña Jerónima Gisbert, otro aristocrático apellido catalanoaragonés. Tres vástagos conocidos hubo tal matrimonio. El primogénito y varón, Jerónimo; Ángela, la mediana, nacida en 1610; e Inés, de quien ahora se habla, veinticuatro meses menor y bautizada el día 21 de enero –festividad de la Virgen y Mártir que le diera el nombre– en la iglesia parroquial de santo Tomás Apóstol de Valencia.15

Los pequeños perdieron a su padre en octubre del mismo año 1612, quedando solo a cargo de su madre. Ni una década sobreviviría ésta al pater familias. Fueron acogidos entonces por una prima hermana del difunto don Felipe, la pía doña Sabina Sisternes de Oblites y Centoll, esposa de don Vicente Sisternes Descals y madre de una numerosa prole de efímera vida. En aquella casa, junto a sus primos, proseguirían los huérfanos con la plácida existencia reservada a los jóvenes de su clase y condición. Hasta que la vocación religiosa irrumpiera en la vida de los tres. Muy tempranamente en el caso de Inés, que a decir de sus biógrafos:

Desde su niñez fue su vida más que un ensayo de la perfección, pues apenas llegava a discernir la razón ya la encontravan retirada en los desvanes de casa hincadas las rodillas en oración fervorosa que tenía por muchas horas. Aprendió a leer con gran brevedad, y consumía lo restante del tiempo que la permitían las pueriles tareas, en que se imponen las niñas, en leer libros espirituales con cuya doctrina conservava el calor de la devoción que el Divino Espíritu avía introducido en su alma. Las diversiones de su niñez eran formar altarcicos y encender luzes, combidando a sus hermanos a cantar a Dios alabanças que eran los rudimentos y oraciones con que instruyen los padres al despuntar la razón a sus hijuelos. Desde niña gustó mucho del retiro y la oración, y como ésta se fervoriza con los rigores de la mortificación desde entonces se familiarizó Inés con ella.16

En efecto, no sólo a Inés, también a sus dos hermanos, deparaba el destino una vida consagrada. El muchacho ingresó en el convento de Nuestra Señora del Remedio de Valencia, con el nombre de fray Onofre; fue superior de diferentes cenobios, visitador y vicario provincial de la orden de la Santísima Trinidad, además de catedrático de Filosofía del Estudi General; y militó en la Escuela de Cristo.17 Unos y otros méritos acabarían incluyendo su nombre en las quinielas episcopales de algunas diócesis, Orihuela en particular.18

Para las chicas buscó acomodo su tía doña Sabina en otra religión, en absoluto ajena a los Sisternes de Oblites. No lo era, aparentemente, la orden de Predicadores, desde que un antepasado familiar había apadrinado a san Vicente Ferrer.19 Inés y Ángela se incorporarían ahora a las filas dominicanas. Pero no en un convento cualquiera, sino en el de Santa María Magdalena, el más antiguo de todos los femeninos levantado en Valencia bajo patrocinio de la Casa Real de Aragón, inmediatamente después de la reconquista de la capital.20


Emplazado en la partida de Na Rovella, aquellos muros mantenían intacto el linajudo marchamo estandarte de sus casi cuatro siglos de historia.21 Nobleza local y oligarquía ciudadana seguían confiando a las monjas magdalenas la educación de sus hijas. Entre los siete y los trece años de edad solían éstas, en calidad de educandas, traspasar por vez primera el dintel conventual –con la preceptiva autorización de las autoridades provinciales dominicanas– para su cristiana formación, que podía derivar en una vocación consagrada definitiva.22 Las hermanas Sisternes de Oblites lo harían el 4 de mayo de 1623 durante el priorato de sor Jerónima de Borja, como se deduce de los registros de Santa María Magdalena.23

En los mismos papeles se recoge que, decididas ambas muchachas a vestir el hábito blanquinegro, mutarían su condición por la de novicias a comienzos de 1628, incorporándose desde entonces al ritmo de vida comunitario, cuyas jornadas –discurridas al son de las campanas– andaban fraccionadas, según el modelo regular ideal, por el ritmo que marcaban los tiempos de oración repartidos a lo largo de las veinticuatro horas.24 En concreto, las dominicas debían levantarse a la medianoche para el canto de Maitines. En voz alta, recitaba alguna un punto de meditación para el ejercicio de la oración mental durante treinta minutos. A las dos de la madrugada regresaban a sus celdas. Nuevamente en pie a las cinco, rezaban Prima con un esquema similar al ya apuntado, más la misa y la comunión cuando así estuviese dispuesto. El resto del día se distribuían las otras horas canónicas intercaladas por tiempo de lectura en voz alta; comida en el refectorio sobre las once y media; después acción de gracias en el coro, algo de recreo, Rosario entorno a las cinco, Vísperas, silencio, a las ocho cena y recogida después del rezo de Completas. Todo ello regido por el capítulo regular, presidido por la priora de turno y celebrado periódicamente para garantizar el correcto funcionamiento interno de la comunidad.25

Un año de probación quedaba todavía por delante a Inés y Ángela para «estudiar las constituciones [de la orden] e imponerse en todas las obligaciones que tal estado lleva consigo», antes de ser admitidas plenamente entre las hijas del Patriarca de Caleruega.26 Ocurriría doce meses después, con la aprobación del consejo y capítulo del convento. El 23 de enero renunciaban al mundo y hacían solemne profesión ante la superiora sor Marquesa Vives de Cañamás,27 nuestra protagonista con diecisiete años de edad, el nombre de Inés del Espíritu Santo y las siguientes palabras:

Yo, sor Inés del Espíritu Santo, Sisternes de Oblites y Gisbert, hago profesión y prometo obediencia a Dios y a la bienaventurada Virgen María y al bienaventurado padre santo Domingo y a vos, reverenda madre sor Marquesa Vives de Cañamás, priora de este convent de Santa María Magdalena de Valencia, en lugar del reverendísimo padre fray Serafín Sicco, Maestro General de la orden de los hermanos Predicadores, y sus sucesores, según la regla de San Agustín y las constituciones de las religiosas, cuya dirección y cuyo gobierno están encomendados a dicha orden, que seré obediente a vuestras reverencias y a las demás prioras, vuestras sucesoras, hasta la muerte.28

3. NUEVAS FUNDACIONES PARA LA OBSERVANCIA

Monja profesa ya quedó sor Inés Sisternes de Oblites bajo la dirección espiritual del franciscano descalzo fray Antonio Ferrer, del convento de San Juan de la Ribera, en breve fallecido y a quien habrían de suceder el citado padre Juan Bautista Catalá, de la Compañía de Jesús, y los dominicos fray Baltasar Roca y fray Francisco Faxardo. Pudieron ser sus confesores los primeros en saber de los desvelos e inquietudes causados en el ánimo de la religiosa por la laxitud en el cumplimiento de la regla entre sus hermanas de hábito de Santa María Magdalena, reticentes aún a la reforma auspiciada por Iglesia y corona desde los albores de la modernidad.29

Debe recordarse, en tal sentido, que este convento no había constituido una excepción al relajamiento que la crisis bajomedieval supuso para las religiones en general, y la de Santo Domingo en particular.30 Es más, durante la denominada claustra –un modo de entender la regla dominicana alejado de los postulados que la habían caracterizado desde sus orígenes y evidenciado en la supresión de la pobreza común, la proliferación de situaciones privilegiadas, la posibilidad de vivir fuera de los claustros o la larga permanencia de los superiores en sus cargos– las magdalenas llegarían a sustraerse de la jurisdicción del Maestro General de Predicadores para someterse a la mitra valentina por espacio de más de una centuria. Desde mediados del Quinientos el cenobio había recuperado su status anterior de la mano de una generación de jóvenes monjas comprometidas con la observancia, bajo el amparo de las autoridades blanquinegras y la reforma auspiciada por Trento.31 Hasta tres nuevos cenobios fieles a la regla –en Calatayud,32 Orihuela33 y Perpiñán34– deberían sus orígenes a tales religiosas, que como sor Bernardina Palafox35 y sor Magdalena Pons36 participaron de la febril expansión conventual que colmaría de claustros la Monarquía Hispánica.37

A comienzos del siglo XVII, sin embargo, la vida observante seguía sin imponerse por completo entre las dominicas de Na Rovella. Su tendencia hacia el diocesano y la desvinculación del gobierno de la orden encontró un motivo más en las reservas de la comunidad a las directrices y ordenaciones del papa Clemente VIII en materia de reforma religiosa, recogidas por los sucesivos capítulos generales dominicanos en lo referente a la obligatoriedad en el aprendizaje de la escritura y la lectura por parte de las monjas, la edad mínima de las niñas acogidas en los conventos, etcétera.38 Pero ni siquiera la intervención directa de los provinciales de Aragón había conseguido doblegar a las magdalenas valencianas, inmersas en toda suerte de cuitas poco acordes con su estado.39

Así lo denunció a la corona en 1631 la entonces maestra de novicias sor María Fe Capdevila.40 Según ésta, la renovación del cenobio distaba mucho de ser una realidad debido no sólo a la actitud de algunas religiosas, sino también a la complicidad de sus influyentes parientes. Hasta tal extremo había llegado la situación que el virrey marqués de Los Vélez acababa de tomar cartas en ella:

[…] aviendo sido el conbento muy religioso y de grande obserbancia, de haños a esta parte es un escándalo por descuydo de los prelados y por culpa de algunas religiosas no tan recatadas en tratar con demasía con personas seglares de mal exemplo, de que por ser algunos dellos casados y llebando mal sus mugeres ha havido muchos ruidos, tanto que, en la Real Audiencia, se han dado memoriales en agravio de dichas religiosas, y el gobernador, en la bacante, se bio obligado a procurar remedio, y el virrey, con celo de lo mismo, desde que entró en Valencia, lo procura por todos caminos, cometiendo al oidor don Pedro Sans bisitasse el dicho conbento haciendo mandatos, con penas de quinientos ducados a algunos seglares.41

Las medidas del lugarteniente general no habían dado resultado, aseguraba la madre Capdevila, «porque las monxas, unas por interés, otras por amistad, y las preladas, por lo mismo y otros fines particulares, las favorecen». De ahí que, por orden del noble, hubiera vuelto a personarse en el cenobio un oidor de la Audiencia, que

[…] alló a Bautista León parlando y le llebó a la cárcel, donde está por inobediente al mandato, con que y otras cosas se ha hecho patente lo que se mormuraba públicamente de que los seglares entran y escalan el conbento y otras cosas indignas, aún de mugeres ruynes, por estarse los seglares todo el día, todos los días, con sus monxas, cosa de tanto incombeniente.42

De tales trances fue testigo directo la madre Sisternes de Oblites, que sumida en la desazón por su contemplación tendría, allá por 1637, la primera de las revelaciones a ella atribuida por quienes le trataron:

Estaba en maytines una noche con el resto de la comunidad y diola un profundo rapto, que ella por su humildad llama sueño, aunque breve. Representósele un coro de religiosas mucho más elevado del que ella estaba. Reparó quedaba inundado aquel sitio con singular claridad y resplandor, como si fuese un cielo, y los hábitos de ellas cándidos y lucidos. Llenose de inefable gozo su corazón al ver aquellas religiosas cuyos hábitos no eran cortados al modo del que ella vestía, sino con más austeridad, pero con notable resplandor y hermosura. Volvió en sí admirada de lo que había visto, pero entonces no le dio a entender Dios lo que aquello significaba.43

Más pronto que tarde comprendería la religiosa el significado de aquella visión, convenciéndose de la necesidad de levantar un nuevo convento que, sin dispensas ni concesiones, recuperase los rigores de la regla primitiva, cuya observancia dejaba bastante que desear en Santa María Magdalena conforme se ha dicho. En palabras de fray Vicente Beaumont de Navarra,

Como vivía tan sedienta de penas, y en el exemplar de su santíssimo patriarca leía tan remontada santidad que se pautó sobre una rigidíssima observancia de sus santas leyes y constituciones, realzada con los exercicios heroycos y continuos de admirables virtudes, anduvo premeditando mucho tiempo si sería possible resucitar aquel primer espíritu. Para examinar la divina voluntad en cosa de tan gran peso, como era lo que ideava de eregir un nuevo monasterio, en que sin dispensación alguna se observasse el rigor de las leyes de su santa religión, aplicose más de lleno a la oración y penitencia, encomendando a otras religiosas de singular virtud ofreciessen a Dios sus oraciones.44

Participado el proyecto a su confesor fray Francisco Faxardo –convertido pronto en «corifeo y principal motor de esta fundación»– sor Inés embarcó en él a la madre Ángela Sisternes de Oblites y a otra joven monja, sor Juliana Ximeno.45 Las tres se procurarían una cuarta religiosa de mayor edad y reputación «que autorizara tan difícil assumpto», sor Luisa Aguilera.46 El padre fray Onofre Sisternes de Oblites, por su parte, empleó cuantos contactos poseía en la capital para procurar financiación a la empresa, finalmente patrocinada por diferentes bienhechores. La señora doña Ana Bou cedió parte de sus posesiones para acometer los planes fundacionales de sor Inés poco antes de abandonar ella misma el siglo para pasar el resto de sus días en el nuevo convento.47 Con la mitad de su fortuna contribuiría el doctor Juan Trullench,48 siempre y cuando las futuras instalaciones quedaran bajo la advocación de Cristo Sacramentado, misterio del que era especialmente devoto, y se levantaran en Vila-real, su localidad natal.49

Contra esta última posibilidad se pronunciaron algunos otros benefactores, partidarios de situar el establecimiento en Jérica. A tales contradicciones –habituales por lo demás, bajo las más variopintas especies, en los orígenes de tantos monasterios erigidos a lo largo y ancho de la Monarquía50–se refieren los cronistas dominicanos de manera lacónica:

No logró el Demonio sus designios, que fue embarazar este nuevo presidio de espirituales amazonas, que avía de ser freno a sus diabólicas tiranías; aunque atravesó mil contradiciones y disturbios con los que, y otros pretextos, se avía desvanecido que se fundara el convento en la villa de Xérica, donde avía para ello algunos legados.51

Cualquier duda al respecto fue despejada por la preceptiva autorización del vicario general de la Provincia de Aragón, fray Acacio March de Velasco, para asentarse en Vila-real.52 Ahora bien, otros tantos obstáculos surgirían en esta localidad. Primero, a la hora de dar con el emplazamiento más adecuado. Los enormes dispendios ocasionados por la habilitación del edificio finalmente escogido vendrían después. Y por último, la jurisdicción sobre el establecimiento. Más generosas en detalles se muestran esta vez las crónicas de la orden:

Abraçaronle con mucho gusto la villa, clero y todos, y deseavan hazer elección de una iglesia que llamavan la cofradía de Santiago; y ofreciéndose algunos reparos que embaraçaron la suerte de esta expedición, la resolvieron en la Casa de los Cucalones, llamado vulgarmente en dicha villa El Palacio. Compró todo su sitio el doctor Trullench, si bien por aver estado inhabitable mucho tiempo padecían ruyna todos sus compartimentos, y para reedificarlo y disponerlo en forma de iglesia y convento gastó gran cantidad de dinero el padre maestro Faxardo. En esta reedificación y disposición huvo más dificultades que en los ajustes de la fundación, entre la villa y el clero. Y los de éste no fueron pocos y mesclados con muchas pesadumbres nacidas de pretender con vivas ansias que aquel nuevo convento estuviere sugeto al ordinario, pues no avía allí convento de religiosos de la orden. Y para convencer que esse cuidado no era molestia para la religión, ni perjuizio para las religiosas, se ofrecieron quiebras de calidad, y para soldarlas se vio en riesgo la execución.53

Desde el 6 de febrero de 1639 permanecerían en Vila-real, para dar forma a su anhelado convento titulado de Corpus Christi, sor Luisa Aguilera, sor Juliana Ximeno, sor Ángela y sor Inés Sisternes de Oblites, como priora, subpriora, vicaria y maestra de novicias respectivamente. Renunciaba así nuestra religiosa al gobierno del nuevo cenobio para ocuparse de una responsabilidad que, según las constituciones de la orden, parecía hecha a su medida:

La madre maestra de novicias […] debe ser muy religiosa, prudente y sabia, zeladora de la observancia regular y que su vida sea un vivo espejo de virtud de la qual aprendan las novicias a ser otras tales.54

Como maestra de novicias, pues, instruiría personalmente a las jóvenes aspirantes en la vida religiosa, la oración, la lectura o la escritura, garantizando de este modo una escrupulosa selección de la comunidad, en la que pronto se integrarían un par de beatas de la tercera orden dominicana y una sobrina del doctor Trullench.55

Entretanto las obras de rehabilitación experimentaron importantes avances gracias a las limosnas recaudadas por el procurador cenobial fray Francisco Faxardo.56 Llamado éste a Roma por el nuevo embajador español en aquella corte, su sobrino el marqués de los Vélez, continuaría favoreciendo desde allí la fábrica y ornato conventual,

[…] con ricos dones de ornamentos de telas preziosas matizadas de labores primorosas, cálizes, láminas, turíbulo, palia, custodia, viril y muchas y grandes reliquias, y sin esto más de dos mil ducados en dinero entre diferentes limosnas que uno y otro avía recogido del señor embaxador […] y otros príncipes de Roma.57


Todo ello posibilitaría que en breve tiempo la madre Sisternes de Oblites y sus monjas pudieran hacer de este establecimiento un baluarte observante. Constátanlo las estrictas prácticas en el vestido, el ayuno, la oración, el silencio o el aislamiento del exterior, recopiladas por fray Luis G. Sempere a partir de una antigua relación manuscrita:

[…] las religiosas visten ropa de lana al interior y al exterior; el hábito es de estameña muy blanca, pero de más baja calidad, más basta y de menos valor que la generalmente usada en la mayoría de los conventos de la orden. Se ayuna desde el 14 de septiembre hasta el día de Resurrección, fuera de los domingos. También se ayuna todos los viernes del año, los días de Témporas y Rogaciones y las vigilias de san Juan Bautista, san Pedro, Santiago, nuestro padre santo Domingo, san Lorenzo Mártir, Asunción de Nuestra Señora, san Bartolomé y Natividad de la Santísima Virgen. La comida es siempre de vigilia, sin comer nunca carne ni viandas guisadas con ella, fuera de las religiosas enfermas y en la enfermería. Los maytines se rezan a medianoche. Todos los días se tienen dos horas de oración mental en común. El silencio es rigurosísimo, la abstracción del mundo extremada, hasta el punto de no haber en todo el convento sino un solo torno para todo el servicio de la casa, inclusive el de la sacristía, y un solo locutorio pobrísimo y pequeño. Las religiosas únicamente reciben visitas tres o cuatro veses al año, sin admitirse más, aunque sean de su familia, fuera del caso de grave necesidad, urgencia o servicio del Señor.58

El perfeccionamiento de tales costumbres guiaría los pasos del convento de Corpus Christi como poco durante los tres lustros en que sor Inés formara parte de la comunidad vilarealense. Porque otra revelación puso punto y final a esta etapa en la vida de la religiosa, cumplidos ya los cuarenta años. Conforme a la tradición, habría ocurrido todo cuando:

Estando […] un día en oración en el convento de Villareal la reveló [Dios] ser de su gusto fundara otro convento en que plantasse la misma observancia, de la que avía de ser exemplar y norma, cuyos buelos siguirían muchos espíritus de su agrado. Manifestole avía de ser en la villa de Carcaxente, noble población de este reyno, y que su poder abriría camino a tan alta empressa.59

En su nueva aventura fundacional –animada por el Provincial de Aragón, a la sazón fray Francisco Crespí de Valldaura–60 contó la madre Sisternes de Oblites con el incondicional respaldo de su su confesor el padre Faxardo, de vuelta de Roma, y su primo, el canónigo de la catedral de Valencia don Jerónimo Pujasons Sisternes.61 Lograrían entre ambos el patrocinio del proyecto por parte de su tía doña Sabina, que viuda entonces, y desaparecidos todos sus hijos,62 pretendía destinar su hacienda a la creación de un establecimiento religioso femenino en Valencia, junto al cementerio donde reposaban las víctimas de la pasada peste –que entre 1648 y 1649 había diezmado la ciudad– y según ella misma «porque las almas de muchos que estavan allí enterrados y padecían gravísimas penas en el Purgatorio avían de ser aliviadas por los sufragios que en él ofrecerían a Dios sus esposas».63

Por motivos nada claros, la fundación se alzó al final en Carcaixent. Allí llegaría sor Inés el 13 de abril de 1654, festividad de san Vicente Ferrer, en compañía de las madres Juliana Ximeno, a la que llevó consigo como priora del nuevo cenobio, y Juana del Rosario, procedente del convento de Santa Ana de Murcia, reservando otra vez para sí el cuidado de las futuras novicias. Otras dos monjas más, procedentes de Vila-real, arribaron con ellas, sor Potenciana de la Concepción y sor Teresa de San Vicente.64 Las cinco,

Asistieron aquella tarde […] a las Vísperas solemnes en la parroquia y a la processión que en esta villa se haze al Ángel del Apocalypsi san Vizente, a quien professan suma entrañable devoción. Y concluidas las funciones acompañaron con processión a las dichas señoras asta su encierro, que estava ya dispuesto y adornado con las riquíssimas alhajas de una suma pobreza.65

Desde aquel día poco es lo conocido acerca de este establecimiento, comprometido con la observancia como el de Vila-real, a juzgar por el testimonio de uno de sus confesores, fray José Agramunt, del convento de Predicadores de Valencia y autor del hasta ahora inédito Parayso de Dios. Idea del religiosíssimo monasterio de señoras dominicas de la real villa de Carcaxente, fechado en 1701. Según el religioso.

Aquí se guardan las constituciones de la orden con la mayor puntualidad. La assistencia en el coro es admirable, siendo los Maytines a medianoche indeficientes y las demás horas canónicas a su tiempo con la más plausible devoción. El retiro que se professa no cabe en ponderación, pues negadas a los ojos del mundo cada una es una Sara, que velado el rostro sólo al Divino Esposo se descubre. No hablaré de los exercicios voluntarios, por no ofender la gran modestia de tan venerables señoras que emulándose unas a otras sagradamente las virtudes, estudian con humilde santa ambición exederse en perfección, rigores y penitencia.66

Sobre los planes de sor Inés vueltos a entorpecer, ahora por la oposición inicial que el asentamiento de las dominicas en la Ribera del Xúquer suscitaba entre algunos vecinos, nada dice el padre Agramunt en su citado florilegio monjil.67 Tampoco otras crónicas de la orden, que nuevamente pasarían de puntillas por tal episodio despachándolo con un breve comentario:

[…] el Demonio, que presentía la guerra a muerte que se le iba a hacer en Cargagente por las esposas del Crucificado, sugestionó a muchos vecinos de esta villa para que, obstinadamente, impidieran la ida allí de las religiosas dominicas […]. [Pero] los alborotos ocasionados por los hijos de las Tinieblas fueron apaciguados con facilidad y todos los ánimos quedaron quietos, calmados y contentos.68

Tenemos que recurrir a los historiadores locales para tratar de aclarar lo sucedido. Según éstos, la cofradía del Rosario que debía albergar el convento –conforme a lo establecido por antiguas disposiciones pontificias–estuvo en el origen de semejante rechazo:

A tal fundación se opuso, en un principio, la villa ante el temor de que desapareciera de la parroquia la cofradía del Rosario, que por aquel entonces se hallaba en un estado muy floreciente. Pero habiéndose acordado que dicha cofradía sería respetada en el punto donde radicaba, además de que la comunidad se obligaría a admitir perpetuamente dos religiosas de coro, con dote de 400 libras, se desvaneció toda dificultad y la obra comenzó.69

Las mismas fuentes nos proporcionan algunos detalles acerca de la localización de las monjas en Carcaixent, ni más ni menos que junto a su antiguo Hospital, conforme a los deseos de la principal benefactora de la fundación y tía de nuestra monja:

[…] aceptaron las religiosas la donación de una casa y corral que les hiciera una dama carcagentina, llamada Úrsula Casanoves, casa que estaba situada en el punto donde se halla actualmente la portería del monasterio. Pero como con este patio no tuvieron lo suficiente para el emplazamiento del edificio, consiguieron de la Villa que les cediera el Hospital de peregrinos con su cementerio, situado en la esquina de la calle del Párroco Monzó, obligándose ellas por su parte a adquirir un edificio para trasladar a él este establecimiento benéfico. Con este objeto compraron al Clero una casa en la calle de San Cristóbal, a espaldas del monasterio, adonde se trasladó más tarde dicho Hospital.70

En aquel lugar concreto se erigió el nuevo convento fundado por sor Inés, también bajo la advocación de Corpus Christi y que, a partir de 1657, fallecida su primera superiora, gobernó ella misma durante los años siguientes.71 Para entonces la incipiente comunidad habría experimentado un notable incremento de profesiones religiosas –procedentes en su mayoría de la misma población y alrededores– atraídas por la fama y el modelo de vida observante impulsado por la más célebre de sus inquilinas.72 A ellas se sumó doña Sabina Sisternes de Oblites y Centoll, que retirada del mundo en este cenobio vistió por fin el hábito blanquinegro con el nombre de sor Sabina del Santísimo Sacramento. Lo explica fray José Agramunt:

[…] murieron los diez hijos y viéndose doña Sabina frustrada de todos los gozos del mundo, tiró las cortinas al mejor conocimiento entregándose toda a las cosas permanentes de la gloria. Emprendió con su sobrina […] la fundación de este santo convento, según queda dicho el día 13 de abril del año 1654. Esse mismo día se encerró con las religiosas doña Sabina, vestida de secular, con breve del nuncio. Y a poco más de un año se vistió el santo ábito por devoción, asta que lo tomó solemnemente el día 20 de agosto del año 1656, siendo de edad de 59 años; y passado el año del noviciado, hizo professión a 4 de octubre 1657.73

Tía y sobrina trabajarían duramente por la consolidación del convento, compatibilizando la vida observante con el trabajo manual que garantizase el sustento de sus monjas, porque

Fue esta comunidad muy pobre en un principio, ya que había de dedicarse, para atender a su sustento, a la industria de la seda, a la fabricación de tejidos para lo que tenían un telar, a la confección de medias de hilo y fabricar perfumes, de los que se usaban en las iglesias con motivo de las solemnidades.74

4. DE VUELTA A SANTA MARÍA MAGDALENA

Una década después de su llegada a Carcaixent sor Inés Sisternes de Oblites abandonaba el convento de Corpus Christi, dejando la tutela de la comunidad en manos de su tía doña Sabina.75 Los historiadores de la orden de Predicadores vinculan la decisión de la religiosa a otra divina revelación, según la cual Cristo le habría ordenado regresar a Santa María Magdalena con las palabras a continuación reproducidas:

Hija, buélvete a tu convento de Valencia porque allí te quiero para la salvación de muchas almas.76

Efectivamente, las monjas de Na Rovella andaban en aquellas fechas algo más revueltas de lo acostumbrado y necesitadas de hermanas ejemplares que hicieran prevalecer de una vez por todas la reforma en su claustro. Tal era la situación que el Provincial de Aragón fray Pedro Mártir Cerdá no había tenido más remedio que ocuparse del asunto durante su última estancia en Valencia el año 1657. De poco sirvió, a la vista de lo sucedido cuatro años después durante el mandato de su sucesor el padre Mauricio de Lezana,77 empeñado en consolidar la observancia en todos los conventos bajo su autoridad con la imposición de nuevas ordenaciones que así lo garantizaran. En la visita canónica girada a la capital por el nuevo Provincial, en marzo de 1662, fue recibido en pie de guerra por una docena de magdalenas, que entre gritos, insultos y disparos interrumpieron la publicación de tales decretos. Véase sino la versión de los hechos proporcionada por el dietarista mosén Joaquín Aierdi:

[…] visitant lo Provincial dels dominicos esta Província, així els convents dels frares como los de les monches, y volent reformar el de les monches de Madalenes, així en los traches com en les devocions, y volent tapar algunes reixes, així de dins de casa com de les moltes que en dit convent i a, que cauen al carrer, molt baixes, y volent llechir los mandatos, anà a dit convent. Y una moncha tragué una pistola y li tirà una escopetada. Y no li pegà perquè la persona que a la moncha li deixà la pistola sabia per a què la volia y la i donà parada y sinse bales, sols en los tacos, y li donà a entendre que havia bales; ab què lliurà al frare de que no el matasen. Y ell, així com li tirà, tot corrumput se n’ixqué fochint y se’n tornà a Castella, perquè era castellà, y els llevà los frares que tenien de la relichió.78

Tampoco su vicario para este reino, fray Juan Tomás de Rocabertí,79 lograría sosegar el ambiente, común por lo demás a otros establecimientos dominicanos femeninos de la geografía valenciana:

[…] aplicó todo su ánimo a impedir los locutorios en los conventos de las monjas, mandándolo con precepto y descomunión; y por el mismo rigor y medio a los religiosos para que no fuesen a los conventos de religiosas. Pero se quedaron las materias del mesmo modo.80

Hasta tres superioras se sucedieron en el priorato de Santa María Magdalena a partir de entonces, reflejo evidente de la inestabilidad en que vivían sus moradoras. Sor Vicenta Claramunt renunció al cargo en junio de 1663, apenas dieciocho meses después de su elección.81 Y sólo nueve permanecería en él su sustituta, la madre Ana María de Amaya y Comes.82

El 19 de marzo de 1664 sor Inés Sisternes de Oblites se presentaba en Valencia a unas semanas tan sólo de que sus hermanas de hábito se dieran una nueva priora. Es posible que algunos pensaran en ella para atar más cortas a las inquietas monjas de Na Rovella. Debió de hacerlo su confesor el padre Faxardo, con jurisdicción sobre el convento de Corpus Christi de Carcaixent. Como procurador del mismo. Pero también sobre la presente comunidad. E igualmente el nuevo Provincial de Aragón, no otro que fray Juan Tomás de Rocabertí, que en opinión de no pocos

[…] amaba tan cordialmente a nuestra sor Inés que quisiera constituyrla cabeça de todos los monasterios de religiosas para que todas beviessen en los destellos de su espíritu la más florida observancia.83

A él parece referirse el padre Beaumont de Navarra en su siguiente afirmación:

[…] el indiscreto zelo de un prelado quiso imponer a nuestra venerable madre en un empleo contra la voluntad de Dios y suya, que le costó muchos trabajos y no se logró lo que él quería.84

Porque sería en último extremo sor Ángela Tresens –y no la madre Sisternes de Oblites– a quien eligieran las magdalenas para regir su comunidad desde abril de 1664. Sobre ella recayó la aplicación del último breve en materia de devociones de monjas, que producidas a menudo en este locutorio –como en muchos otros conventos femeninos del orbe hispánico– y limitadas a inocentes parloteos y galanteos, podían o no degenerar en lo pecaminoso.85

Todo apunta a que la priora se apoyó en sor Inés para mitigar las resistencias al citado documento pontificio, que limitaba a la mínima expresión el contacto de las religiosas con el exterior, así como a las disposiciones de las autoridades provinciales en aras de la observancia regular. Al menos su ejemplo serviría a las hermanas más jóvenes, cuya dirección espiritual asumió, para desagrado de algunas otras monjas, a partir de este método:

Ella haciendo, digámoslo así, selección discreta, escogía las que el Espíritu Santo le revelaba para dedicarles mayor cuidado. Las imponía con celo en todo cuanto se refiere a la vida espiritual y las instruía, como consumada maestra, en las más altas máximas de la perfección cristiana. Se esmeraba muy en particular enseñando a todas el método de la santa meditación según las prácticas de la orden y los maestros en la materia, los bienaventurados Enrique Susón y san Vicente Ferrer y los venerables Taulero y Granada. Y sobre todo procuraba, con gran prudencia, enfervorizarlas en las tres vías del espíritu, según la capacidad de cada religiosa, haciéndolas amar y practicar las mortificaciones de los sentidos, los ayunos y más que todo la observancia regular, base de toda virtud en las almas religiosas.86

Entretanto la fama de la madre Sisternes de Oblites habría trascendido definitivamente los ambientes dominicanos. No en vano sus contactos espirituales se intensificaron durante esta etapa. Relacionaríase con la Escuela de Cristo.87 E incluso con el oratorio de San Felipe Neri, cuyo modelo de religiosidad –diferente en tantos aspectos al de la orden de Predicadores y basado en la aceptación de las experiencias místicas y la divulgación de las mismas entre amplios sectores de la sociedad– había conferido a esta joven comunidad una gran popularidad en Valencia, sobre todo entre las mujeres.88 De hecho los filipenses Juan Jerónimo Pertusa, Domingo Sarrió89 o Jacinto de Amaya90 se contarían entre los amigos íntimos de sor Inés, amén de otras populares figuras del mundo espiritual local de la época, como el carmelita fray Gregorio Candel, «predicador de extraordinario zelo y espíritu».91

1.BUV. Ms. 149, J. Agramunt, El palacio real de la sabiduría. Idea del convento de Predicadores de Valencia. Tomo tercero en que se trata de los obispos, prelados, inquisidores, confessores de reyes, cathedráticos y escritores hijos de este real convento, pp. 155 y 318. Véase la nota 44 del capítulo 2, en la que se incluye una breve biografía de este religioso compuesta a raíz de su fallecimiento.

2.A. Felipo Orts, La Universidad de Valencia durante el siglo XVII (1611-1707), Valencia, 1991, p. 324.

3.Nada dicen de tal escrito ni de su autor los más conocidos repertorios bibliográficos valencianos. Sólo algunos de sus biógrafos, como V. Beaumont de Navarra en su tantas veces citada obra.

4.Su más conocida aportación literaria, Devoción de la Buena Muerte, con exercicio de la meditación, Valencia, 1662. V. Ximeno, Escritores del reyno de Valencia, Valencia, 1749, vol. II, pp. 80-81. Obra adjudicada a Miguel de Molinos por N. Antonio, Biblioteca Hispana Nueva o de los escritores españoles que brillaron desde el año MD hasta el de MDCLXXXIV, Madrid, 1999, vol. II, p. 488.

5.Debe de referirse a don Pablo Sisternes Pellicer, hijo de don Melchor Sisternes y Centoll y doña Casilda Pellicer, casado con doña Isidora Pertusa y falllecido en 1683. Véanse notas 11 y 12 de este mismo capítulo.

6.J. Rodríguez, Biblioteca valentina, Valencia, 1747, p. 118.

7.«[…] tomando las noticias, como él afirma, de una relación auténtica que embiaron del convento de Belén al [Maestro] General Rocabertí». V. Ximeno, Escritores del reyno…, op. cit., vol. II, p. 52. La posterior edición española, aparecida en 1747, con el título Sacro Diario dominicano en el qual se contiene una breve insinuación de las vidas de los santos, beatos y venerables de la orden de Predicadores para cada día del año, con alguna reflexión y oración, estuvo a cargo del valenciano fray Francisco Vidal.

8.El religioso de Xàtiva, graduado en Filosofía por el Estudi General valentino y examinador sinodal de la diócesis de Teruel, «predicava con aplauso y era tenido por sugeto benemérito de los empleos de la Provincia». Ninguno de tales oficios obtuvo, sin embargo, debido a su muerte prematura en 1728. BUV. Ms. 933, J. Teixidor, Necrologio de este real convento de Predicadores de Valencia. Devidas memorias a sus hijos nativos con extensión en los más ilustres recogidas de monumentos antiguos y fidedignos. Tomo 4. Contiene los difuntos desde el año 1478 hasta 1775, p. 333. De su pasión por el arte y la historia dan buena cuenta, además de su crónica magdaleniense, una Breve y devota descripción de la gloriosa celda del padre san Luis Bertrán, acreditada con singulares prodigios y favores celestiales, venerada en el real convento de Predicadores de Valencia, Valencia, 1722, o la Carta dirigida a mossén Miguel Pujalte, recomendándole el cuidado y asistencia de sor Beatriz Ana Ruiz, de la tercera orden de san Agustín, fechada en Orihuela el año 1711 y aparecida inserta en la vida que, sobre esta venerable religiosa, debemos al maestro fray Thomás Pérez. V. Ximeno, Escritores del reyno…, op. cit., vol. II, pp. 50 y 214-215. También V. Pascual y Beltrán, Játiva biográfica, Valencia, 1931, vol. II, pp. 85-86.

9.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena de religiosas del Gran Patriarca santo Domingo de la ciudad de Valencia, Valencia, 1725, pp. 215-320. Más breve, la anónima Vida de la venerable madre sor Inés del Espíritu Santo, antes Sisternes de Oblites, fundadora de este convento de Nuestra Señora de Belén y de Villareal y Carcaixente, basada en la anterior, conservada en ACICT. Fondo Belén. Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén, ff. 61-96 y reproducida en la segunda parte de la obra que el lector tiene en sus manos.

10.L. G. Sempere, Vida de la venerable madre sor Inés de Sisternes, dominica, Almería, 1903, p. II. Una apretada síntesis de esta biografía en «Venerable madre Inés de Sisternes y Oblites», en Historias de fidelidad, Valencia, 1983, vol. I, pp. 455-492.

11.P. M. Orts, «Sisternes», en Gran Enciclopedia de la Región Valenciana, tomo XI, Valencia, 1972, p. 38, y J. Hinojosa Montalvo, Diccionario de Historia Medieval del reino de Valencia, Valencia, 2002, tomo IV, p. 189. Referencias a los Sisternes y Oblites en F. Diago, Anales del reyno de Valencia, Valencia, 1613, lib. 7, cap. 65, y J. Zurita, Anales de la Corona de Aragón, Zaragoza, 1669, lib. 3, caps. 51 y 84, y lib. 4, caps. 2 y 84.

12.T. Canet Aparisi, La Magistratura valenciana (s. XVI-XVII), Valencia, 1990, p. 264; V. Graullera Sanz, Juristas valencianos del siglo XVII, Valencia, 2003, pp. 332-335; y L. Gómez Orts, «Aproximación socio-biográfica a una familia de juristas valencianos: los Sisternes», Estudis. Revista de Historia Moderna, 37 (2011), pp. 511-527.

13.J. Cerdà i Ballester, Los caballeros y religiosos de la Orden de Montesa en tiempo de los Austrias (1592-1700), Madrid, 2014, pp. 241-242, 459, 476 y 480.

14.Hijo de don Marco Antonio Sisternes de Oblites y doña Esperanza Centoll y doctor en Leyes, fue antes asesor de la Gobernación de Valencia para las causas criminales, abogado fiscal de la Audiencia, juez de corte, oidor de las causas civiles y regente. Ejerció además como examinador de Leyes y Cánones del Estudi General. L. Gómez Orts, «Administrar y juzgar desde la Cancillería de un reino. La gestión del regente valenciano Melchor Sisternes de Oblites (1629-1632)», en M. J. Pérez Álvarez y A. Martín García (eds.), Culturas políticas en el Mundo Hispánico, León, 2012, pp. 1567-1579. Sabemos que su hija doña Teresa acabaría vistiendo el hábito blanquinegro en 1698, en el convento de Nuestra Señora de Belén fundado por su prima sor Inés Sisternes de Oblites. Entre sus muros vivió con existencia ejemplar hasta su muerte, acaecida el 25 de junio de 1698. ACICT. Fondo Belén. Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén…Copia del Libro de difuntas…, ff. 81-201.

15.Quien así lo afirma sostuvo para hacerlo no el correspondiente libro de bautismos-perdido al parecer en un incendio-sino «una nota oficiosa en que don Juan Bautista Llópiz, presbítero, archivero de la expresada parroquia, trasladó con fecha 18 de noviembre de 1886 del índice [de aquel registro], que dice así: Nom de pares Felip». L. G. Sempere, Vida de la venerable madre…, op. cit., p. 4.

16.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., p. 220.

17.A. Felipo Orts, La Universidad de Valencia…, op. cit., p. 381 y G. García, «Élites cortesanas y élites periféricas: la Santa Escuela de Cristo de Valencia en el siglo XVII», Estudis. Revista de Historia Moderna, 40 (2014), p. 174.

18.Fallecería el 16 de mayo de 1671, no obstante, sin haber ceñido jamás mitra alguna y «sin dexar impresso de mucho que avía leído y predicado y escrito de Matemáticas, a cuyo estudio fue inclinadíssimo, si no un Sermón panegyrico de nuestros gloriosos patriarcas san Juan de Mata y san Félix de Valois, en Valencia, por Silvestre Esparsa, 1600». J. Rodríguez, Biblioteca valentina…, op. cit., p. 128.

19.Don Romeu de Oblites, jurado en cap de la ciudad. J. Teixidor, Vida de San Vicente Ferrer, apóstol de Europa, Valencia, 1999, vol. I, p. 41.

20.M. de Cruilles, Guía urbana de Valencia antigua y moderna, Valencia, 1875, vol. I, p. 362; M.ª D. Cabanes Pecourt, Los monasterios valencianos. Su economía en el siglo XV, Valencia, 1974, vol. I, p. 115; V. Pons y J. Cortés, «Geografia dels monestirs valencians en la Baixa Edat Mitjana», en Santes, monges i fetilleres. Espiritualitat femenina medieval, Valencia, 1991, p. 81.

21.E. Callado Estela, Mujeres en clausura. El convento de Santa María Magdalena de Valencia, Valencia, 2014, pp. 31 y ss.

22.En Valencia, en los conventos dominicanos y en todas partes. M. Barrio Gozalo, El clero en la España Moderna, Córdoba, 2010, pp. 425-426.

23.ARCSCS. Libro antiguo de la fundación y privilegios del convento de Santa María Magdalena, f. 48bis.

24.E. Martínez Ruiz (dir.), El peso de la Iglesia. Cuatro siglos de órdenes religiosas en España, Madrid, 2004, p. 279.

25.El modelo teórico, aplicado a las religiosas dominicas aragonesas, fue ya resumido por A. Esponera Cerdán, Las dominicas de Albarracín. 337 años de fidelidad y presencia en la ciudad, Albarracín, 1998, pp. 40-44.

26.El texto completo latino de las Constitutiones sororum fratrum Praedicatorum de 1259 puede consultarse en formato CD en Constitutiones et acta capitulorum generalium ordinis fratrum Praedicatorum 1232-2001, Berlín, 2002. Una edición de las mismas, traducidas al castellano, en Regla de nuestro padre san Agustín, Doctor de la Iglesia, y constituciones o manual de las monjas del orden de[l] señor santo Domingo de Guzmán, que en esta reimpresión costea la Provincia de Andalucía del orden de Predicadores, Sevilla, 1765. Remitimos en cualquier caso a P. Raffin, «Brève histoire des constitutions des moniales de l’Ordre des Prêcheurs», Mémoire Dominicaine, 13 (1998), pp. 118-119.

27.Que lo era desde el 24 de abril de 1646. Había hecho profesión religiosa en este mismo convento en diciembre del año 1592. El 25 de julio de 1665 falleció. ARCSCS. Fondo Magdalenas. Libro antiguo de la fundación y privilegios del convento de Santa María Magdalena…Religioses y dots de aquelles, f. 40bis.

28.Cit. L. G. Sempere, Vida de la venerable madre sor Inés de Sisternes…, op. cit., pp. 14-15, a partir de la copia de un antiguo manuscrito hoy desaparecido.

29.E. Callado Estela, «Mujeres, reforma y resistencia. Las dominicas valencianas de Santa María Magdalena en los siglos XVI y XVII», en R. M.ª Alabrús Iglesias (ed.), La vida cotidiana y la sociabilidad de los dominicos, Sant Cugat, 2013, pp. 117-132.

30.Véase sobre el tema V. Beltrán de Heredia, Historia de la reforma de la Provincia de España (1450-1550), Roma, 1939, pp. 185-217, y Las corrientes de espiritualidad entre los dominicos de Castilla durante la primera mitad del siglo XVI, Salamanca, 1941; J. M.ª Garganta, «Los dominicos de la Provincia de Aragón en la historia de la espiritualidad (siglos XIV-XVII)», Teología espiritual, 1 (1957), pp. 98-121; y A. Robles Sierra, «La reforma entre los dominicos de Valencia en el siglo XVI», en Corrientes espirituales en la Valencia del siglo XVI (1550-1600), Valencia, 1983, pp. 183-210.

31.J. M.ª Garganta, «Apuntes sobre el momento tridentino de la Provincia de Aragón», en Atti del Il Concilio di Trento e la reforma tridentina, Roma, 1965, vol. II, pp. 643-646. Destacarían entre tal pléyade de mujeres –vinculadas muchas a fray Luis Bertrán– sor Mónica Antist, sor Catalina de Castro, sor Esperanza y Bernardina Palafox o sor Magdalena Pons. V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., pp. 106 y ss.

32.Aprobado por el capítulo general de Lisboa, celebrado en 1618 con las siguientes palabras: «Acceptamus conventum monialium Calataiubii, fundatum a perillustri don Iosepho de Palafox, catholici regis capellaneo et ecclesiae Caesaraugustanae canonico, cum pactis et conditionibus inter ipsum et Provinciam Aragoniae initis, admittentes eundem dominum fundatorem, tamquam ordinis nostri singularem benefactorem, in vita pariter et in morte ad participationem omnium bonorum spiritualium totius ordinis nostri». Acta capituli generalis Ulyssipone in conventu Sancti Dominici ordinis Praedicatorum celebrati, in festo Sanctissimae Pentecostes III iunii anno Domini MDCXVIII, en M. B. Reichert, Monumenta ordinis Praedicatorum historica. Acta capitulorum generalium VI, Roma, 1902, p. 305. De ello se haría eco el provincial valentino de 1621. Acta capituli provincialis celebrati Valentiae in regio conventu Praedicatorum, prima mensis maii anno MDCXXI, Valencia, 1621, p. 19.

33.En las actas del capítulo provincial dominicano reunido en 1606 puede leerse la aceptación de esta nueva fundación religiosa femenina: «Acceptamus prioratum etiam conventus monialium Sanctae Luciae civitatis Oriolae». Acta capituli provincialis Valentiae in conventu Praedicatorum celebrati, die quintadecima mensis aprilis anni 1606, Valencia, 1606, p. 16. Nada de ella se dice, sin embargo, en los posteriores capítulos generales de la orden de 1609 y 1611.

34.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., pp. 182, 194-195 y 200-201.

35.Cuarta hija del virrey de Cerdeña de este apellido, el 2 de enero de 1575, a la edad de trece años, había vestido el hábito religioso, profesando el 20 de junio del año siguiente. ARCSCS. Fondo Magdalenas. Libro antiguo de la fundación y privilegios del convento de Santa María Magdalena…, Religioses y dots de aquelles, ff. 37vbis-38bis. A su muerte, acaecida el 31 de diciembre de 1621, se organizaron unos sonados funerales. J. Vallejo, Sermón fúnebre predicado en las honras de la madre sor Bernardina de Palafox, Zaragoza, 1622. De ella se hizo eco el capítulo general de Milán reunido un año después: «In eodem monasterio obiit soror Bernardina de Palafox, ipsius monasterii fundatrix, quae nunquam lecto nisi aegra cubavit; quod semel induit, nunquam mutavit indumentum, suis manibus saepius pro necessitate refectum; sacram eucharistiam singulis diebus sanctae Catharinae Senensis exemplo sumebat, tandem gloriosissime obiit». Acta capituli generalis mediolani in conventu Sancti Eustorgii ordinis Praedicatorum celebrati, in festo sanctissimae Pentecostes XV maii anno Domini MDCXXII, en M. B. Reichert, Monumenta ordinis Praedicatorum. Acta capitulorum generalium VI…, op. cit., p. 352.

36.Hija del regente de la Real Audiencia valenciana y más tarde del Consejo de Aragón don Martín Pons de Castellví, había llegado con catorce años de edad al convento de las magdalenas, donde profesó en 1567 y vistió el hábito doce meses después. ARCSCS. Fondo Magdalenas. Libro antiguo de la fundación y privilegios del convento de Santa María Magdalena…Religioses y dots de aquelles, f. 37bis.

37.A. Atienza López, Tiempos de conventos. Una historia social de las fundaciones en la España moderna, Madrid, 2008.

38.A. Esponera Cerdán, «El Concilio de Trento y las monjas dominicas del real monasterio de Santa Catalina de Siena de Valencia», en IVª Jornada de Historia de la orden dominicana en Argentina. Historia, escritura, arte y espiritualidad, s. l., 2009, pp. 6-7.

39.E. Callado Estela, Mujeres en clausura…, op. cit., pp. 77 y ss.

40.«Tomó el ábito a 10 de decienbre 160[4], ciendo priora la madre sor Margarita Gamir. Traxo de dote seyscientas libras y más ciento libras para pita[n]sa y zera. Yzo profeción a 6 de junio 1605 […], siendo priora la madre sor Ysabel Estanya». ARCSCS. Fondo Magdalenas. Libro antiguo de la fundación y privilegios del convento de Santa María Magdalena…Religioses y dots de aquelles, f. 42vbis. Confirmada como priora 20 de marzo de 1640, volvería a ejercer como superiora durante un segundo mandato, iniciado el 26 de abril de 1649 y prolongado tres años más por dispensa apostólica. Ibíd., Priores, ff. 44v-46. Ya fallecida, en el capítulo Provincial de 1665 podría leerse el siguiente elogio fúnebre: «In conventu Sanctae Mariae Magdalenae Valentiae, obiit soror Mariae Capdevila, quae 63 annis quibus habitum induit, laneis semper usa est, super nudo tabulato cubabat. Magistrae novitiarum, et priorissae officia, ambos novennio exercens, zelo religionis excelluit, ieuniis, et orationi assiduat vestibus usa vilibus nova laceris commutabat, suarum rerum largitrix liberalissima, que tandem jeiuniis penitentiis, et infirmitatibus fracta, sancto fine quievit». Acta capituli provincialis celebrati Barchinonae in conventu Praedicatorum Sanctae Catharinae Martyris, die 25 aprilis 1665, Barcelona, s. a., p. 20.

41.ACA. Consejo de Aragón. Leg. 875, doc. 116.

42.Ibíd.

43.L. G. Sempere, Vida de la venerable madre sor Inés de Sisternes…, op. cit., p. 13.

44.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., pp. 235-236.

45.Nacida en Morella, «a 10 de ma[i]g entrà relixosa sor sor [sic] Juliana Gimeno, de edat de digüit anys […] a[n]y 1623». ARCSCS. Fondo Magdalenas. Libro antiguo de la fundación y privilegios del convento de Santa María Magdalena…Religioses y dots de aquelles, f. 48bis. Una breve reseña biográfica de esta monja, en la religión sor Juliana de la Santísima Trinidad, entre los folios 8 y 10 de la obra citada en la nota 66 de este mismo capítulo.

46.Ninguna religiosa de este nombre y apellido figura en los registros conventuales consultados. Se refieren a ella, sin embargo, V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., p. 236, y L. G. Sempere, Vida de la venerable madre sor Inés de Sisternes…, op. cit., p. 171, para quienes la madre Aguilera habría vestido el hábito blanquinegro el año 1612 en Santa María Magdalena, donde falleció en agosto de 1642, tras haber ejercido como priora en el convento de Corpus Christi de Vila-real.

47.Diferentes donaciones efectuaría también al convento de Predicadores. BUV. Ms. 158, D. Alegre, Historia de las cosas más notables del convento de Predicadores de Valencia, año 1666.

48.Según algunos, «entre lo que gastó en comprar las cassas y lo que dio de ornamentos y otras halajas para convento, yglesia y altares passaron de 6 mil ducados; y de que, aún no bien satisfecha su gran piedad, hizo donación de toda su hazienda a dicho convento». BUV. Ms. 852 (19). Varia, p. 704.

49.De allí había venido a Valencia para formarse en la Universidad, donde se había doctorado en Teología el año 1608. Dos décadas más tarde opositó sin suerte a una pavordía terciaria matutina de esta misma disciplina. A. Felipo Orts, La Universidad de Valencia…, op. cit., p. 388. Mayor fortuna tuvo al conseguir plaza de colegial perpetuo en el Real Colegio Seminario de Corpus Christi, que compatibilizó con una intensa carrera literaria, con títulos como Bullae Sanctae Cruciatae expositio, confessariis omnibus, etiam in locis ubi ipsa non contenditur, valde utilis et necessaria, Valencia, 1626; De obligatione asistendi, et tamendi in choro, ut quisque sua obligationi satisfacere possit, et distributiones mereatur accipere, Valencia, 1633; Opus morale in decem decalogi, et quinque Ecclesiae praecepta, Valencia, 1640; Praxis sacramentorum, Valencia, 1646; y Tractatus de iure parochi, sive parochiali, et de vicario perpetuo, ac temporali, Valencia, 1647. V. Ximeno, Escritores del reyno de Valencia…, op. cit., vol. I, p. 354.

50.A. Atienza López, Tiempos de conventos…, op. cit., pp. 449-482.

51.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., pp. 237-238.

52.Vástago de un ilustre linaje valenciano, catedrático de Filosofía del Estudi General, y prior del convento de Predicadores, en 1660 se convertía en obispo de Orihuela, donde falleció un lustro después. C. Fuentes, Escritores dominicos del reino de Valencia, Valencia, 1930, pp. 188-190, y G. Vidal Tur, Un obispado español. El de Orihuela-Alicante, Alicante, 1961, vol. I, pp. 274 y ss.

53.BUV. Ms. 852 (19). Varia, p. 704.

54.Regla de nuestro padre san Agustín, Doctor de la Iglesia, y constituciones o manual de las monjas del orden de[l] señor santo Domingo de Guzmán…, op. cit., p. 56.

55.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., pp. 237-238.

56.La fábrica del edificio se habría formado finalmente –según los relatos locales decimo-nónicos– «ocupando todas las casas que existían en la manzana entera y aislada que hay entre los lindes por norte calle Mayor, sur la de los Desamparados, levante callejón de la casa capitular y por poniente la calle [de] salida a Burriana, cuya afirmación atestiguan los arcos señalados sobre las paredes exteriores de dicho convento tapiadas que formaban entrada a otras tantas casas, entre los que se divisan sacando frente a la calle Mayor tres o cuatro en la salida a Burriana. Es el edificio grande y despejado, mide de superficie 3.138 metros cuadrados, la obra válida y de buena construcción. Es fama de que posee un jardín y otros patios en el centro. La iglesia es hermosa, de orden corintio, de una nave, con buenos altares dorados y la sacristía despejada, pero todo con escasa luz; tiene un buen órgano y en sus retablos se ven algunos cuadros regulares, a pesar que por su oscuridad no puede clasificarse a qué escuela pertenecen». Apuntes históricos de Villareal, 1879, pp. 493-494; L. Nebot Climent, Apuntes históricos de Villareal, 1880, pp. 166-167; y P. Martí Cercós, Apuntes históricos de Villareal, 1893, vol. I, s. p. Los tres conservados, manuscritos, en el Archivo Municipal de Vila-real.

57.BUV. Ms. 852 (19), Varia, p. 704.

58.Cit. L. G. Sempere, Vida de la venerable madre sor Inés de Sisternes…, op. cit., pp. 46-47.

59.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., p. 246.

60.De la saga valenciana de los Crespí, fray Francisco había sido con anterioridad prior del convento de Predicadores del cap i casal. En 1654 ingresaba en el episcopado como obispo de Vic, falleciendo en esta sede, en 1662, a los sesenta años de edad. E. Callado Estela, «Dominico, prior y obispo. Apuntes para una biografía de fray Francisco Crespí de Valldaura (1602-1662)», Anales Valentinos, 66 (2007), pp. 305-319.

61.Hijo con toda probabilidad de don Vicente Pujasons y doña Francisca Sisternes de Oblites y Centoll, había pasado a formar parte del cabildo metropolitano allá por 1642, para ocupar el canonicato vaco por la muerte de don Francisco Sorell. Gozó de cierta influencia entre los prebendados de la catedral, quienes confiaron en él vicario general de la sede vacante en 1649. E. Callado Estela, Tiempos de incienso y pólvora. El arzobispo fray Pedro de Urbina, Valencia, 2011, pp. 27 y ss. En la seo permanecería hasta la fecha de su muerte, acaecida el 16 de noviembre de 1653. ACV. Ms. 691, Llibre de possessions, ff. 112 y 120v.

62.Todo hace indicar que la prole de esta señora habría fallecido ya en 1652, fecha en que la interesada solicitó al Consejo de Aragón que «la pensión que se concedió para uno de sus hijos pueda gozarla ella por habérsele muerto todos». ACA. Consejo de Aragón. Leg. 896, doc. 201.

63.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., p. 246. El mejor relato coetáneo sobre esta enfermedad lo debemos al dominico F. Gavaldá, Memoria de los sucesos particulares de Valencia y su reino en los años mil seiscientos quarenta y siete y quarenta y ocho, tiempo de peste, Valencia, 1651. De su autor se habla en la nota 3 de la segunda parte de este libro.

64.De esta última, en el siglo Teresa Ribera, sabemos que había sido de las primeras religiosas en profesar en aquel cenobio, donde pronto destacó por su estricta vida observante, «por esso la mandaron venir a este santo convento de Carcaxente por una de sus […] fundadoras, siendo assí que sólos tenía treynta y dos años de edad, pero en ellos peinava muchas canas de virtud». Llegó a ser maestra de novicias y varias veces priora de esta nueva fundación, donde falleció en agosto de 1675. La biografía de la madre Ribera entre los folios 23 y 25 de la obra citada en la nota 66.

65.Como en la anterior, véase la nota siguiente.

66.ACICT. Fondo Corpus Christi de Carcaixent. J. Agramunt, Parayso de Dios. Idea del religiosíssimo monasterio de señoras dominicas de la real villa de Carcaxente, f. 3. Había nacido el padre Agramunt en Valencia en 1657, profesando a la edad de quince años. Maestro en Artes y doctor en Teología por la Universidad de Mallorca, enseñó en sus aulas Filosofía, Hebreo y Teología. Fue también examinador sinodal de aquella diócesis y predicador general por su convento. Fallecido en 1732, además de la citada obra y alguna otra referida a lo largo de estas páginas, escribió Devoción al Santíssimo Rosario, Barcelona, 1689; Flor y fruto del más sagrado rosal, Mallorca, 1694; Los tres estados del Sol, Mallorca, 1697; Constituciones de la hermandad de San Raymundo de Peñafort, Valencia, 1704; V. Ximeno, Escritores del reyno de Valencia…, op. cit., vol. II, pp. 234-235.

67.Pues «todo el libro es un delicioso jardín de fragantes bellezas, un ameno paraíso de florecientes virtudes, un agraciado vergel de perfectíssimas flores, que sirviendo de glorioso ornato a la dominicana religión es deleytoso recreo del cordero inmaculado Jesús […]. En cada religiosa muerta que se mensiona en este libro encontrará cada religiosa viva un espejo de armar virtudes […]. Todas las religiosas de este libro se califican de suaves flores. Éstas, en breve ramillete compuestas, ofrece mi veneración al agrado de vuestras reverencias para su exemplar invitación y para que mirándose en los tersos cristales de tan luzidos espejos compongan, emulando virtudes agenas las openciones proprias. Este a sido el único motivo de este pequeño trabajo». ACICT. Fondos Corpus Christi de Carcaixent. J. Agramunt, Parayso de Dios…, Dedicatoria, s. f.

68.L. G. Sempere, Vida de la venerable madre sor Inés de Sisternes…, op. cit., p. 57.

69.F. Fogués Juan, Historia de Carcagente: compendio geográfico-histórico de esta ciudad, Carcaixent, 1934, pp. 77-78.

70.Ibíd., p. 79. Algo diferente sería la interpretación de los hechos ofrecida por P. Sucias y Aparicio, quien en sus inéditas Notas útiles para la Historia del reino de Valencia –conservadas en la Biblioteca Municipal de Valencia y publicadas parcialmente, con introducción de F. Torres Faus, en Carcaixent. Sant Bonifaci Màrtir, 1994– hablaría así de los orígenes de este establecimiento: «Los justicias y jurados de la villa de Carcagente deseaban hacer un convento de religiosas, pues ya tenían el de los padres franciscanos descalzos; y al que quisiese hacerlo daban una porción de terreno que había servido en tiempos anteriores de cementerio de apestados por la peste bubónica del año 1648. Sabedora de todo esto sor Inés Cisternes, religiosa dominica del convento de las Magdalenas de Valencia, dio comienzo a las gestiones para la fundación y pasó a la villa de Carcagente e indagó todo lo necesario. En breve tiempo sacó todas las licencias para poder hacer la fundación».

71.En los que prosiguió el perfeccionamiento de la fábrica conventual. Su templo, finalizado en 1689, constituye a día de hoy el único vestigio de la misma, aún transformado en Auditorio Municipal. Véanse sobre él las referencias de J. Sanchis Sivera, Nomenclátor geográfico-eclesiástico de los pueblos de la diócesis de Valencia, Valencia, 1922, p. 175; E. Tormo, Guía de Levante, Valencia, 1923, p. 203; M. A. de Orellana, Biografía pictórica valentina o Vida de los pintores, arquitectos, escultores y grabadores valencianos, Madrid, 1930, p. 108; E. Moreno Burriel, «El arquitecto barroco Gaspar Dies. Análisis de su intervención en la comarca de Alzira 1681-1701», Al Gezira, 7, p. 437; «Patrimonio Artístico. Los Retablos de Carcaixent», en Carcaixent. Festes Patronals, Carcaixent, 1990, s. p., etcétera.

72.De los nombres de algunas de estas monjas se da cuenta en ACICT. Fondo Corpus Christi de Carcaixent. J. Agramunt, Parayso de Dios…, op. cit., ff. 8 y ss. También en los registros documentales conservados en el actual Archivo Parroquial de Carcaixent. El caso, por ejemplo, de sor Juana Ana de la Cruz o sor Basilia de San Jerónimo. Cit. B. Darás Mahiques, «Les monges dominiques de Corpus Christi de Carcaixent (segles XVI-XVII)», en <www.antoniosabatermira.globered.com>.

73.ACICT. Fondo Corpus Christi de Carcaixent. J. Agramunt, El Parayso de Dios…, op. cit., f. 21. La importancia en el seno de la clausura de los vínculos entre tías y sobrinas ha sido puesta de relieve por I. Poutrin, Le voile et la plume. Autobiographie et saintité féminine dans l’Espagne Moderne, Madrid, 1995, pp. 34, 42, 84 y ss.

74.F. Fogués Juan, Historia de Carcagente…, op. cit., pp. 79-80. Según el mismo autor, «en el siglo XVIII consiguieron ya una posición más holgada, pues llegaron a amortizar un capital de 18.000 libras. Pero más tarde, con motivo de los crecientes impuestos, con el saqueo de los franceses y con la ley de la desamortización, finalmente, vinieron a quedar en la mayor indigencia».

75.Muy a su pesar, por lo que parece, «pues Nuestro Señor la absolbió luego del oficio, descargándola de la cruz de la prelacía. Dos meses governó el convento, con gran satisfación y observancia, al cabo de los quales le dio una enfermedad de ardientes calenturas y dolores, que la llevó a los extremos de la vida». ACICT. Fondo Corpus Christi de Carcaixent. J. Agramunt, Parayso de Dios…, op. cit., f. 23. Con todo, sor Sabina llegaría a sobrevivir a su sobrina, falleciendo el día de Navidad de 1672. Los elogios fúnebres hacia su persona se hicieron hueco en las actas del capítulo provincial celebrado dos años más tarde: «In conventu monialium Corporis Christi de Carcaxent, extremum diem claussit, tamquam sancta opinata (nam sanctam duxit vitam) reverenda mater sor Sabina de Sanctissimo Sacramento, quae in saeculo vocata domina doña Sabina Sisternes de Oblites, iam sexagenaria, et orbata filiis mundum fugiens, et calcans; suis bonis, et sumptibus praedictum monasterium, ad sanctitatis hortulum fervida fundavit: et ut esset in illo vellut vitis abudans, et planta faecundissima, ordinis induit habitum, floruitque, et pululavit magna exempla virtutum, pacientiae, humilitatis, obedientiae, et orationis. Alens virtutes omnes ad charitatis ubera tota in Deo inflamata: et propter Christum fugiens honores temporales rapta ad praelaturam anxiabatur de morte, et moriens quaerens vitam, fe ix fuit nata Deo ipsa die, qua Deus natus fuit propter illam». Acta capituli provincialis celebrati Caesaraugustae in regali Praedicatorum conventu, die 14 aprilis anni 1674, Zaragoza, 1674, pp. 20-21. A su magisterio se atribuye la primera generación de monjas dominicas de Carcaixent, entre las que destacaron sor Raimunda de San José, sor María de los Ángeles, sor Esperanza de Jesús, sor María de la Asunción, sor Agustina de San Nicolás, sor Tecla de Santa María o sor Hermenegilda de San Bernardo. Precisamente, a la desaparición de sor Sabina, seguiria un ruidoso pleito entre la comunidad de Corpus Christi con don Juan Sisternes de Oblites, a raíz de las cuatro mil libras con que la difunta había dotado este convento. AHN. Nobleza. Almodóvar. C 26, D 21.

76.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., p. 259.

77.El castellano Lezana había vestido el hábito blanquinegro en el matritense convento de Atocha, del que fue superior años después. Antes concluiría su formación y sería lector de Artes, maestro de estudiantes, regente del colegio de San Gregorio de Valladolid y prior del convento de Segovia. Falleció en Madrid en febrero de 1668. J. Quétif y J. Echard, Scriptores Ordinis Praedicatorum, París, 1719-1721, vol. II, 2.ª parte, p. 625.

78.J. Aierdi, Dietari. Notícies de València i son regne, de 1661 a 1664 i de 1667 a 1679. A cura de V. J. Escartí, Barcelona, 1999, p. 220.

79.De origen noble y venido al mundo en la localidad gerundense de Perelada, el año 1627, habíase prohijado en el convento de Predicadores de Valencia. En la Universidad de esta ciudad obtuvo una cátedra. Ocupó importantes puestos de responsabilidad, tales como prior del convento dominicano de Tarragona y vicario general de la Provincia de Aragón, antes de ser Provincial en 1665. Un lustro después se convertía en Maestro General de la orden y en 1677 en arzobispo de Valencia, dignidad compatibilizada, desde 1695, con la presidencia del Santo Oficio. En 1699 falleció, dejando para la posteridad una importante obra escrita, particularmente Alimento espiritual, cotidiano exercicio de meditaciones, Barcelona, 1668; Theología mystica. Instrucción del alma en la oración y meditación, Barcelona, 1669; De romani pontificis authoritate, Valencia, 1692-1694, 3 vols.; y Bibliotheca maxima pontificia in qua authores melioris notae qui hactenus pro Sancta Romana Sede, tum theologice, tum canonice scripserunt, fere omnes continentur, Roma, 1695-1699. 21 volúmenes. E. Callado Estela, Por Dios y por el rey. El Inquisidor general fray Juan Tomás de Rocabertí, Valencia, 2008.

80.Cit. E. Callado Estela, Mujeres en clausura…, op. cit., p. 95.

81.Había profesado en septiembre de 1619. Falleció el 1 de marzo de 1689. ARCSCS. Fondo Magdalenas. Libro antiguo de la fundación y privilegios del convento de Santa María Magdalena…Priores, f. 46.

82.Cuya solemne profesión religiosa había tenido lugar en noviembre de 1612. El 23 de octubre de 1679 murió. Ibíd.

83.V. Beaumont de Navarra, Compendio histórico del real convento de Santa María Madalena…, op. cit., pp. 262-263.

84.Ibíd.

85.A. Domínguez Ortiz, Las clases privilegiadas en la España del Antiguo Régimen, Madrid, 1973, p. 331. Las autoridades eclesiásticas valentinas llevaban años luchando contra esta costumbre. Sin ir más lejos, por estas mismas fechas, el arzobispo López de Hontiveros perseguía con saña «a los que freqüentavan los locutorios de monjas, hasta irse en un coche de emboço y arrojarse de repente en las gradas para averiguar personalmente esse desorden». Cit. E. Callado Estela, Inmunidad eclesiástica y delincuencia en el siglo XVII. Los arzobispos de Valencia y la pacificación del reino (1611-1699), Valencia, 2003, p. 104.

86.L. G. Sempere, Vida de la venerable madre sor Inés de Sisternes…op. cit., p. 80.

87.G. García, «Élites cortesanas y élites periféricas…», art. cit., p. 174.

88.F. Pons Fuster, «Monjas y beatas. Mujeres en la espiritualidad valenciana de los siglos XVI y XVII», en E. Callado Estela (coord.), Valencianos en la Historia de la Iglesia II, Valencia, 2008, pp. 241-242. Para los orígenes y avatares de los oratorianos en estas tierras resulta imprescindible el volumen V de J. Marciano, Memorias históricas de la Congregación del Oratorio, Madrid, 1854. Véase también E. Callado Estela, «Don Luis Crespí de Borja, Capitán triunfador en los exércitos reales de la Emperatriz de Cielo y Tierra concebida sin la original culpa», en E. Callado Estela (coord.), Valencianos en la Historia de la Iglesia III, Valencia, 2009, pp. 13-102; «El Oratorio de San Felipe Neri y la controversia sobre las comedias en la Valencia Seiscentista», Hispania Sacra, 127 (2011), pp. 133-153; y Tiempos de incienso y pólvora…, op. cit., pp. 199-212.

89.Doctor en Teología, beneficiado de la catedral de Valencia y bibliotecario capitular con fama de santo, cuyas dotes como predicador popular y director espiritual le convirtieron en habitual de las ternas episcopales. Su biografía oficial en A. Jordán Selva, Sumario de la maravillosa vida y heroicas virtudes del venerable padre doctor Domingo Sarrió, de la Real Congregación del Oratorio de la ciudad de Valencia, Valencia, 1677. Sobre su obra escrita, véase V. Ximeno, Escritores del reyno de Valencia…, op. cit., vol. II, pp. 77-79.

90.Arcediano de Segorbe, buen teólogo y «varón insigne en cátedra, en púlpito, en confessionario, en méritos, en consultas [y] en virtud». J. Rodríguez, Biblioteca valentina…, op. cit., pp. 231-232.

91.V. Ximeno, Escritores del reyno de Valencia…, op. cit., vol. II, pp. 53-54.

Capítulo 2

EL CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE BELÉN

Los días de sor Inés Sisternes de Oblites en el convento de Santa María Magdalena estaban contados. El motivo, otro proyecto culminación del periplo fundacional iniciado décadas atrás; un Nuevo Paraíso de Dios –escribirían los cronistas coetáneos– a la mayor gloria de la observancia. Esta vez extramuros de la misma ciudad de Valencia y dedicado a Nuestra Señora de Belén, cuya consolidación, fallecida en breve nuestra protagonista, iba a revelarse infinitamente más complicada que cualesquiera de los establecimientos dominicanos femeninos que le habían precedido. Hasta el extremo de cuestionarse su viabilidad tanto por parte de la orden de Predicadores como de las autoridades civiles de la capital.

1. LA CUARTA REVELACIÓN

Los orígenes de esta nueva fundación religiosa habrían de relacionarse con la enésima revelación acaecida a la madre Sisternes de Oblites, teóricamente, durante una de sus últimas convalecencias en Na Rovella. Según ésta, Dios le habría avanzado:

Hija, no temas, que no morirás de esta enfermedad, antes quiero que fundes una casa de mi madres en donde seré bienvenido.1

La ocasión para hacerlo coincidiría con las postrimerías del priorato de sor Ángela Tresens y la elección como superiora de sor Mariana Gómez, que daría paso a una etapa de estabilidad en el convento de Santa María Magdalena. Igualmente decisivos resultaron los avales de fray Francisco Faxardo, así como las simpatías del obispo auxiliar don José Barberá.2 La madre Sisternes contaría además con el respaldo económico de uno de tantos fieles atraídos por su reputación. Lo era el caballero don Jacinto Sans Camarelles, adinerado y caritativo clérigo tonsurado que –como a tantas otras obras pías y establecimientos religiosos– ofreció a sor Inés diez mil libras en censos sobre el municipio, para el sustento de doce monjas, y unas casas extramuros para su ubicación, sitas frente al portal de los Inocentes y de las que se reservaba, para uso y disfrute propio, un huerto y varias dependencias, como certificó mediante escritura pública ante el notario Bautista Prósper, el 2 de agosto de 1665.3

Los problemas para la última fundación impulsada por nuestra monja, sin embargo, no tardaron en plantearse. Valencia era una de las grandes urbes de la monarquía más colmada de establecimientos religiosos de toda clase y condición, en su mayoría con apreturas económicas o sencillamente en la ruina.4 Tal panorama explica que los munícipes contradijeran los planes de la madre Sisternes de Oblites, contestados del mismo modo por algunas órdenes regulares temerosas de los efectos que éstos podían acarrear a sus arcas.

El asunto llegaría hasta la corte, como deja leer entrelíneas V. Beaumont de Navarra:

Publicose la resolución de la venerable madre y armose de contradiciones el mundo, porque en Madrid se cerraron todas las puertas al consuelo negándole las licencias. En Valencia, algunos que tenían mucha autoridad lo contradecían.5


A finales de 1665 la reina gobernadora doña Mariana de Austria recababa la opinión al respecto del caso del arzobispo de Valencia don Martín López de Hontiveros. El prelado, primeramente, alabó a la fundadora y su proyecto, al que no ponía inconveniente ninguno en principio, antes al contrario

[…] la madre Inés del Espíritu Santo es religiosa de mucha virtud y crédito y que ha sido fundadora de los conventos […] de Villar[r]eal y Carcaxente, y que ha procurado buscar ocasión cómo fundar otro en esta ciudad. Y aunque en ella ay mucho número de conventos de religiosas, pues llegan a veinte, y los seis o siete de ellos son de descalzas o recoletas, pero por aver de ser éste que se pretende fundar también de recolección y reformación y de regular observancia de santo Domingo, y de muy buen exemplo y del servicio de Dios, como lo son el de Villar[r]eal y Carcaxente, no tendría por inconveniente el que vuestra magestad permitiesse la fundación, como fuesse con caudal y renta suficiente para sustentarse y conservarse.6

El problema radicaba para Hontiveros, precisamente, en esta última condición, es decir las rentas fundacionales con que se contaban, del todo insuficientes para sustentar a la docena de religiosas que debía integrar la comunidad, pues

[…] estando la paga de estos réditos tan atrasada, como es notorio, no son tan prontos y exigibles como era menester. Y a más de ser la cantidad tan corta parece insuficiente para el sustento, vestuario, culto y ornamentos perpetuos del altar y conservación de la casa y edificio y el capellán o religioso que allí huviere de haver. Y si bien el dicho don Jacinto ha dicho en mi presencia que alargará esa donación asta doze mil libras, aunque no lo ha otorgado por auto ni escritura, parece todavía muy corta y no suficiente para las obligaciones que pone […]7

Réditos efectivos, por cierto, sólo después de haberse levantado a expensas de sor Inés –con apenas doscientas libras de su peculio personal– el templo conventual, para el cual no consignaba ningún dinero la donación, que dispensaba además a las futuras religiosas de cualquier dote de ingreso, y por tanto de una posible vía de financiación, «demasiado rigor y desasimiento» según el arzobispo. Tampoco convencía a éste que don Jacinto Sans reservara para sí algunos espacios, concretamente el pequeño huerto, sin el cual las casas cedidas quedarían demasiado cerradas y sin posibilidad de que las monjas pudieran cultivar sus propias frutas, hortalizas o legumbres. Motivos de sobra para que la mitra rehusara la jurisdicción y patronazgo del cenobio ofrecidos por las partes,

[…] por considerar muchos inconvenientes y que no puede tener efecto presentar religiosas que entren sin dote, ni conservarse el convento sin recibir dote en los ingressos; y porque la religión de santo Domingo, a quien el convento ha de estar sugeto en lo espiritual, le podrá regir también y administrar en lo temporal, yo, de mi parte y en nombre de la dignidad arzobispal, renuncio el dicho derecho de sujeción y el de patronazgo.8

Haría suyo doña Mariana de Austria el parecer del prelado valentino, desautorizando la empresa fundacional «hasta que se ajuste todo en la forma conveniente». No sin reservas Sans Camarelles accedió de palabra a las exigencias de la corona, gracias la mediación de los padres Faxardo y Sisternes de Oblites, respaldados en sus gestiones por el don José Barberá, ahora al frente de la diócesis –en calidad de vicario general de la sede vacante– por muerte de don Martín López de Hontiveros en septiembre de 1666. Por lo menos dos mil libras más, la cesión de la casa del portal de los Inocentes en su totalidad y la moderación de las restantes condiciones donaticias prometió al futuro convento, sometido finalmente a la orden de Predicadores.9

La monarca, aun así, exigiría al fundador garantía notarial de su ofrecimiento para dar vía libre al proyecto. Nuevas instancias fueron precisas para que don Jacinto Sans firmara la correspondiente escritura pública, ante el notario Nacianceno Porcar y con fecha de 23 de abril del año siguiente. Sólo entonces se haría efectiva la licencia real para fundarse el establecimiento pretendido,

[…] y assí que se tuvo en las manos tan preciosa garantía, los padres Fajardo y Sisternes procedieron, en nombre de la orden, a tomar posesión de la casa de don Jacinto y a disponerla en forma de convento, distribuyendo las piezas en iglesia, coro, sacristía y morada para las religiosas. En todo esto se invirtieron sobre 605 libras, más de 13 en plata doble por la licencia real […]10

2. EL PARAÍSO DE DIOS

La tarde del 5 de junio de 1667, festividad de la Santísima Trinidad, sor Inés Sisternes de Oblites se trasladó al edificio sobre el cual había de emplazarse el tercer convento de la observancia debido a su impulso, con el título de Nuestra Señora de Belén.11 La nueva comunidad, bajo la autoridad de su fundadora, quedó integrada por algunas de las religiosas más adictas a ésta, reclutadas en Valencia, Vila-real y Carcaixent. De Santa María Magdalena procederían las madres Felisa Grau12 y Margarita Mascarell.13 Sor Inés de la Cruz del Corpus Christi vilarealense, donde se había revelado «monja de grande espíritu».14 Algo similar a la madre Juana del Rosario, en este caso como subpriora de Carcaixent.15


Las primeras vesticiones de hábito tuvieron lugar aquella misma tarde. Para el coro –con los votos de pobreza, castidad y obediencia y la obligación de acudir al rezo coral de las horas canónicas, el oficio de la Virgen y la oración mental– sor Clara María Claramunt,16 sor Ana María Selma17 y sor Marcela Bernat;18 y para la obediencia –con idénticos votos a los de las primeras, pero sin deber de asistir a las plegarias comunitarias y ocupadas más en las labores domésticas del convento– sor Josefa Roig19 y sor Jerónima Añó.20

A ellas se agregarían en los meses siguientes algunas mujeres más, cuyos nombres han llegado hasta nosotros:

A más de las referidas, la misma venerable sor Inés, fundadora, vistió el ábito a las siguientes. Para monja del coro, y en 11 de junio 1667, a Laura Barberá, natural de Valencia, hija legítima de José Barberá y de Laura Rosas; llamóse en la religión sor Laura de San José, professó a 26 de agosto 1668.21 El mismo día tomó el ábito del coro Catalina Martínez, viuda; llamóse en la religión sor Catalina de la Cruz, y al cabo de tres meses dexó el ábito [..]. En 29 de setiembre 1667 tomó el ábito de la obediencia Vicenta Lorente, natural del Chelva, hija de Domingo Lorente y Ángela Solás; llamóse en la religión sor Vicenta de San Miguel […]; por falta de salud le quitaron el ábito […]. En el año siguiente de 1668, a 15 de febrero, tomó el ábito para monja del coro sor María Tudela, natural de Valencia, monja professa y actual su[b]priora del convento de Santa Ana de otra ciudad, hija de Gregorio Tudela, doctor médico y de Máxima Alaiso, legítimos consortes; llamóse en la religión sor María del Santíssimo Sacramento […].22 A 7 de setiembre de otro año 1668 tomó el ábito de la obediencia Catalina Monterde, hija de Domingo Monterde y de Gracia Hernández; llamóse en la religión sor Catalina de Santa Rosa […]. A 12 de setiembre de 1668 tomó el ábito de la obediencia Gertrudis Navarro, hija de Gerónimo Navarro, notario, y Ana Prats; llamóse en la religión sor Gertrudis de San Gerónimo; quitáronla el ábito […]23

Unas y otras quedan recogidas en el cuadro siguiente:


Junto a estas mujeres –y con la ayuda del procurador conventual, quién sino fray Francisco Faxardo, así como los confesores de la comunidad, fray José Martínez24 y fray Pedro Simón, y el sacristán fray Juan Carbonell– la madre Sisternes de Oblites sentó las bases materiales y espirituales de la fundación belemita. De hecho, la adecuación provisional de espacios correría pareja a la introducción de «el más alto grado no sólo de la observancia, sino de la perfección […], la oración larga, la vida en comunidad, sin tener cosa determinada para sus usos las religiosas, la pobreza altíssima, los exercicios de penitencia y humildad freqüentes». Estableció para ello un riguroso sistema de admisión entre las aspirantes a la vida consagrada, supervisado personalmente en evitación de la relajación que había acabado con el lustre de otros conventos hermanos:

Tenía ya prevenidas muchas doncellas de singular virtud y recogimiento, a quienes luego que entrara en el nuevo monasterio avía de vestir el hábito. En su elección hizo discurrir mucho a las madres sor Margarita y sor Felicia, como al padre Faxardo. Traíanla para que viesse algunas donçellas […] y luego que las mirava en la cara […] dezía: Sí, sí, ésta es a propósito, esta es buena. A otras despedía porque no le parecían muy aptas para el rigor de la observancia, sin poderla doblar si una vez se negava a vestirlas el hábito que pedían.25

Algún sinsabor hubieron de ocasionarle a sor Inés tales modos con las familias de las muchachas. Sobre todo aquellas de mayor alcurnia, que atraídas por la fama de la priora trataron de convertir el cenobio en su particular feudo. Tampoco facilitaron en nada el trabajo de la fundadora los primeros aprietos económicos de la comunidad, como refiere L. G. Sempere:

Los réditos del capital fundacional apenas daban lo suficiente para mantenerse doce religiosas que estaban sin dote por cláusula del fundador, y con lo poco que se ingresó de las dotes de las otras se suplía esta falta, viviendo todas muy pobremente, aunque sin los trances del hambre tan perjudiciales en la vida regular. Sin embargo, la venerable sor Inés supo gastar mucho en asistir a la comunidad, componer, arreglar y amueblar el convento.26

Pero no pudo evitar la religiosa las críticas arreciadas por esta situación, procedentes tanto de quienes se habían opuesto a la erección del cenobio, como de sus propias hermanas de hábito rivales. «Muchos sujetos llenábanla de oprobio y de grandes calumnias y con escarnio y descaro inauditos –dejan caer sus biógrafos– se atrevieron a tocar en la fama y el pudor de su virtud y santidad…».27

La salud de la madres Sisternes de Oblites experimentaría un rápido deterioro a raíz de todo ello. En realidad, nunca había disfrutado de un buen estado físico. Continuas indisposiciones venían jalonando la existencia de la fundadora desde su ingreso en el convento de Santa María Magdalena, afectada al parecer por unas calenturas crónicas –hidropesía diagnosticaron algunos– que le ocasionaban «gravíssimos dolores y accidentes». Nueve meses permaneció encamada a poco de vestir el hábito de santo Domingo, llegándosele a administrar la extremaunción. En Vila-real volvió a temerse por su vida. Y peor todavía resultó la recaída experimentada en el convento de Corpus Christi de Carcaixent.28

El postrero trance llegaría a sor Inés en diciembre de 1668. Fue rápido el desenlace, sin que ungüentos y emplastos galénicos lograran posponerlo. A las doce y media de la noche del día 29 expiraba asistida por los padres Faxardo y Martínez. Extraordinarias honras fúnebres y manifestaciones de devoción por parte de los fieles siguieron a su óbito en loor de santidad, como dejó escrito fray Vicente Beaumont de Navarra, con el tono hiperbólico habitual en este tipo de desenlaces:

Colocaron el venerable cadáver en un elevado túmulo en el comulgatorio y su hermano dispuso la retratassen. Para ello, sentáronla en el féretro, y sin arrimo alguno estuvo sentada, como si estuviesse viva, mientras duró hazer la copia, lo que se tuvo por cosa maravillosa. En los tres días que estuvo sin enterrar, atraídos de la fragancia prodigiosa que despedía, desterrose la ciudad toda de Valencia y los lugares de muchas leguas a venerar un cuerpo que fue tan primoroso instrumento de las divinas misericordias. Acudieron sin ser llamadas todas las religiones a cantarla missas y responsos, lo que no se estila si no con personas de santidad famosa. Solemnizóse su entierro con gran pompa, y de allí a ocho días se celebraron sus exequias. Encargóse del sermón el padre Juan Bautista Catalá, de la Compañía de Jesús.29

La finada recibiría sepultura provisional en el vaso mortuorio común de Nuestra Señora de Belén, hasta que en marzo de 1670 se trasladaran sus restos a una capilla particular, a instancias y expensas de su hermano, el padre Onofre Sisternes de Oblites.30 Ese mismo año la orden de Predicadores tributaba a la religiosa un larguísimo elogio fúnebre con ocasión del capítulo general celebrado en Roma

In Sanctae Mariae de Belen Valentiae monialium sacro coenobio diem clausit extremum mater soror Agnes a Spiritu Sancto ex nobili familia Cisternes de Oblites. Haec a primo limine sui ingressus perfectionis metae inhiavit, asperrimis cuiusque generis supra religionis votum arreptis, nec umquam intermissis tyrociniis. Arctioris observantiae foecunda parens, profecto non sine peculiari Dei manu humanis destituta opibus, mundo obsistente, tres ordinis fundavit conventus, Corporis Christi de Villareal, Corporis Christi de Carcaxent et Sanctae Mariae de Bethlehem. In iis soli Deo vacans, nunc novitiorum magistra, nunc priorissa, iuvenculas Deo sacras ad omnem verbo et exemplo sanctimoniam efformavit, salutis propriae, aliarum spiritualis profectus anxia, corpoream curam posthabuit. Hinc septem ultra viginti annos, subiecta morbis febribusque interdum ardore summo correpta, inter acerbissimos dolores nihil de tranquillitate remisit, nihil de hilaritate, de eloquii suavitate ablegavit. Celandarum virtutum studiosa, tegere patientiae documenta nequivit: at ex humilitatis silentio altius erumpunt laudes et plausus, quos apud dynastas et viros exceptione omni maiores vel invita promeruit. Dies decembris ultima anni 1668 fuit illi vitae huius suprema, in qua, pie creditur, ad coeli gaudia evolasse. Et quidem de lacrymarum valle sororibus circumquaque flentibus, sed hymnos Sanctus Spiritus concinentibus, ut morienti esset febrili in aestu temperies, sibi ipsis in fletu solatium. Catervatim ruit populus ad iusta funeris, de vestimentorum reliquiis devote cupidus.31

Meses atrás lo había hecho el capítulo provincial de Aragón reunido en Valencia:

In conventu Sanctae Mariae de Bethlem, cum magna sanctitatis fama diem clausit extremum venerabile mater soror Agnes a Spritu, ex nobile familia Cisternes de Oblites, quae una cum habitu quem in conventu Sanctae Mariae Magdalenae eiusdem civitatis suscepit, sancti patri Dominici spiritum hausit. Regularis observantiae acerrima promotrix, et vivum exemplar. A die professionis, vigilis, ieuniis, ciliciis, aliisque aperrimis exercitiis carnem spiritui servire cogebat. Abstinentia rara, carnium odorem vix ferre poterat. Per viginti septem annos variis afflicta morbis, ardentissimis etiam febribus, sine intermissione laborans, internam animi tranquilitatem inter tot acerbissimos dolores inconcusam, ipsa vultus hilaritate, ac eloquii suavitate ostendebat. Ad arctioris vitae formam aspirans tres conventus, nempe Corporis Christi de Villareal, Corporis Christi de Carcaxent, et Sanctae Mariae de Bethlem civitatis Valentiae, in quibus constitutiones nostrae adamusim observarentur omni ferme humana ope destituta, multis etiam obsistentibus, procellis invictissima devictis constantia, non sine peculiari Dei auxilio fundavit. Ibi soli Deo vaccans contemplationi expansis velis intenta, sorores, quibus, vel novitiarum magistra, vel priorisa praefecta erat ad omnem verbo, et exemplo sanctimoniam efformabat. Spiritualis vitae singularis institutrix, coelestes consolationes, quibus huiusmodi abundare solent profundissima humilitate, alto silentio conticuit, praesertim ubi aliquis evulgationi aditus patebat. Ab omnibus tum saecularibus, tum ecclesiaticis dynastis, tum etiam regularibus viri magno semper habita. Tandem fruendi sponso desiderio, magis quam febribus exaestuans, sororibus licet obortis lachrimis tantae Matris solatio destitui destentibus, hymnos Spiritus Sancti concinentibus altissimae contemplationi intenta, multis post se relictis religiosae institutionis inmortalibus monumentis a vivis excessit die 31 decembris 1668, cuius funeri innumerabilis concursus affluit, cunctis ambientibus aliqua vestium parte donari.32

Era el paso previo a la instrucción de un primer proceso de beatificación cuya suerte ignoraba el último biógrafo de sor Inés a comienzos de la pasada centuria:

[…] luego que murió la santa madre Inés se procedió a incoar el proceso de su beatificación y canonización, según se deduce de las memorias que de aquellos días nos quedaron. No se sabe, sin embargo, la suerte que cupo a este primer proceso, porque entre guerras, pestes y otras calamidades que, desde fines del siglo XVII, han venido trabajando a España, perdiéronse muchísimas riquezas de los archivos y bibliotecas.33


Como quiera que fuese, la muerte libraría a la madre Sisternes de Oblites de las infinitas tribulaciones que las décadas posteriores aguardaban al último de los conventos por ella erigido.

3. TIEMPOS RECIOS

La desaparición de la fundadora supuso un duro golpe para Nuestra Señora de Belén, cuya comunidad se dio por nueva priora a sor Juana del Rosario. Sería esta religiosa quien afrontara las consecuencias que, para las magras arcas cenobiales, supuso el fallecimiento ab intestato de don Jacinto Sans Camarelles, acaecido a finales de 1669. Porque las belemitas no sólo no heredaron nada de su patrono, al que dieron sepultura en el todavía inacabado templo conventual, sino que incluso perdieron parte de los bienes propios que albergaban –a favor de los parientes del intestado y su servidumbre– sin que la superiora pudiera evitarlo. Como lamentó una de aquellas mujeres,

Usaron de tan grande inhumanidad y falta de caridad con nosotras que, a más de no darnos un cabello, nos quitaron muchas cosas que eran nuestras. Teníamos unos carros de cal que el fundador nos quería hazer celdas y no cessaron de recados asta que los dimos […]. Teníamos un quadro grande, muy lindo y devoto, del Nacimiento; se lo quiso llevar a su casa [el fundador] por algunos días [y] no lo vimos más. La señora Paula Escorrihuela nos dio un pollero de damasco, muy lindo, para la sacristía; se lo enviamos para que lo viesse y se hizo dél tancapuertas para su quarto, y no lo vimos más. Y el dicho fundador, que nos mostrava querernos mucho, nos compró una cama para la Virgen Santísima de Agosto […]. Dixo que la quería tener en su casa, se la inviamos y murió en ella […] y no la vimos más. Unos candeleros de plata, que los teníamos por nuestros, sino que los quería tener en su casa y a las festividades los embiava, tampoco los vimos más. Ni la cera que tenía comprada para el Jueves Santo. Nada, nada nos quisieron dar por más súplicas y medianeros que pusimos […]. Todo se perdió, sin tener nosotras un cabello para memoria suya. No heredamos sino pleitos sin provecho y mil pesadumbres y enfados.34

La superiora hubo de salir al paso de tal revés, en Navidad de 1670, solicitando con carácter de urgencia el auxilio de la corona para garantizar la supervivencia de la comunidad. Porque, según sor Juana,

[…] nos allamos al presente neçesitadas por havernos dejado nuestro fundador, que Dios tenga en su santa gloria, cargadas de obligaçiones y faltas de con qué satisfaçer a ellas, como es aber de substentar confesor que nos asiste, un religioso de la hobediençia y un criado, que es lo más ajustado que se puede tener, allándonos fuera de los muros de la ciudad y esto ser de trabajo […]. Tanbién tenemos salariados médico, cirujano y botica; ha todo esto no alcança nuestro caudal a la larga; y más, viéndonos aún sin forma de convento, si no que está casi la mesma suerte que quando entramos en él, aviendo ya çerca de cuatro años.35

Quebrantos todos que bien pudieran haberse resuelto con la herencia de su protector, pasado a mejor vida sin acordarse de Nuestra Señora de Belén, al contrario de lo que siempre había prometido a sus habitadoras, como recordaba la madre del Rosario:

Con las esperanças que tenían las religiosas de que el fundador en su vida le avía de dejar acabado [el convento] con toda perfección, como lo tenía ofreçido, an pasado con la estrechez que se debe entender, mas ahora se an perdido con su vida las esperanças, por no aver dejado ninguna declaraçión de sus buenos deseos, sienten vívamente la incomodidad y las veo desconsoladíssimas, que es lo que me yere el coraçón, y verme tan sin caudal ni favor humano.36

La monarca doña Mariana de Austria descartó cualquier posibilidad de socorrer a las monjas con recursos procedentes de la Real Hacienda, suficientemente castigada por la penuria de los tiempos como para poder afrontar gastos inesperados. No obstante, instaría al virrey de Valencia, don Vespasiano Gonzaga, conde de Paredes, y al nuevo arzobispo, don Luis Alfonso de los Cameros, a buscar soluciones para esta comunidad.

El primero, en febrero de 1671, se limitó a certificar que bastaba para cubrir las necesidades del cenobio la herencia de Sans Camarellas, cuyo derecho disputaban a las religiosas, además de los deudos del difunto, la curia episcopal valentina, dada la condición eclesiástica de éste. Por eso el asunto pendía desde hacía unas semanas en la Audiencia, donde sor Juana del Rosario reclamaba que de tales bienes se dotara competentemente a Nuestra Señora de Belén. Y «esto es quanto puedo dezir a vuestra magestad, que resolverá lo que más fuere de su real servicio», concluía su informe el lugarteniente general del reino.37

Algo posterior sería el parecer del ordinario diocesano, cuya implicación en el litigio por el legado de don Jacinto explicaría su total rechazo a la nueva fundación dominicana:

Más necessidad hay en esta ciudad, y aún en todo el reyno, de reformar convento que de fundarlos de nuevo, porque la devoción de los regnícolas es mucha y no se contiene en lo que se puede, con que es lástima grande lo que algunos religiosos y religiosas padecen, y lo que padecen también los que quisieran y no pueden socorrerlas. Y puedo decir que ninguna fundación se pudiera y aún debiera haver escusado tanto como la de este convento de Belén, por haver como hay en esta ciudad algunos conventos muy reformados y muy exemplares; y en particular, de la mesma religión dominicana, hay el de Santa Catalina, donde se vive muy sanctamente.38

De nada servía ahora lamentarse, añadía el prelado, dependiendo en todo caso la suerte belemita del veredicto de los jueces. Dos eran los posibles desenlaces:

Si este convento funda el derecho que tiene contra los bienes de don Jacinto Sans, hay sobrada hazienda para lo que pretende. Y en caso que no lo funde, o no lo pueda fundar, se podrá pensar cómo se puede suplir o remediar; y quando no haya otro remedio, no podrá faltar el de recogerlas en otro convento.39

No parece que la Real Audiencia diera la razón a las religiosas. Ello explicaría que la madre del Rosario renunciara a un segundo trienio al frente de Nuestra Señora de Belén para regresar a su convento natal de Santa Ana de Murcia, dejando los destinos de sus hermanas de hábito, desde febrero de 1672, en manos de sor Margarita Mascarell, otra de las monjas de confianza de la fundadora.40 Durante cinco mandatos y hasta 1690 –con la sola interrupción del priorato de la madre Felicia Grau, entre 1681 y 1684– asiría esta religiosa las riendas del cenobio, en uno de los momentos más delicados de su corta historia.


Hija de una familia de ilustre prosapia, sor Margarita era hija de don Francisco Mascarell, del linaje catalán de igual apellido asentado hacía más de cuatro siglos entre la oligarquía de la ciudad Valencia,41 y doña Jerónima Pertusa, heredera del caballerizo mayor mosén Juan Pertusa, auxiliar del monarca Jaime I en la conquista del levante peninsular.42 Junto a sus hermanas doña Elvira y doña Teresa ingresó como educanda en el convento de Santa María Magdalena en torno a 1644. Algo más de una década transcurriría hasta tomar el hábito en el mismo cenobio, donde hizo los votos el 26 de noviembre de 1657, a la edad de veinte años y con el nombre de sor Margarita de la Santísima Trinidad.43

Su juventud no fue óbice para destacar en las prácticas ascéticas propias de la observancia más estricta. Disciplinas, ayunos extremos e infintas mortificaciones llamaron pronto la atención de la madre Inés Sisternes de Oblites, quien la acogió bajo su protección. Con ella se trasladarían no en vano a las casas de don Jacinto Sans Camarelles, junto al portal de los Inocentes, para fundar la nueva comunidad belemita, cuyo gobierno asumía ahora sor Margarita, a unos meses tan sólo de la desaparición del principal valedor del cenobio, fray Francisco Faxardo, fallecido en octubre de 1672.44

Aún sin él pudo la madre Mascarell llevar adelante, durante sus sucesivos prioratos, la fábrica conventual, condicionada por la penuria financiera de la fundación que le obligó a solicitar licencia de amortización para afrontar los cuantiosos gastos derivados de la construcción de un nuevo edificio. En los siguientes términos se dirigió a la corona:

[…] habrá quatro años que vuestra real y cathólica magestad fue servida dar lizencia para la fundación que tratava de haçer don Jacinto Sanz ofreciendo dotar dicho convento en cantidad de 12.000 libras en propiedad, que oy responde la dicha Çiudad y con todo efecto se ejecutó la dicha fundación con el real patrocinio de vuestra magestad. Y como entonzes, por el dicho fundador, no se pagó el derecho de amortización devido a vuestra magestad, ni oy el convento se halla con posibilidad para la dicha soluçión, por no tener otra renta que la que le responde dicha Çiudad, que va atrasada çinco años, y con ocasión de ser nueva fundación se ofrecen exçesivos gastos, porque aún no está fabricado el convento.45

Hasta catorce mil libras obtuvo la superiora.46 Cantidad completada con el peculio aportado por las propias monjas a partir de los sacrificios diarios por ella exigidos, a decir de V. Beaumont de Navarra:

Como eran tan inmensos los gastos de la obra, cortas las conveniencias de la casa y no bastavan las limosnas para que se continuasse la fábrica […], arbitraron de común acuerdo regularse en la comida y aplicarse todas a la labor de manos, bordando para varias personas, cosiendo, haziendo puntas y otros exercicios, con que entravan gruessa sumas en el convento.47

Pudieron ponerse así las primeras piedras del claustro el 2 de enero de 1675, según los asientos del Libro de fundación. En concreto, cuenta una de las religiosas testigo de la ópera fabril:

[…] empezó a ensanchar la habitación, que era corta, porque aunque la casa era grande, después de repartidas las oficinas, quedava poco lugar para quince religiosas que éramos. Hizo en el desván de la casa un noviciado, bastante capaz y acomodado. Derribó un tabique y hizo refitorio. Levantó la cerca del huerto para que pudiéramos salir a él con todo recato. Creció el coro y mudó el torno […] Con esto estávamos contentíssimas de ver que, en tan breve tiempo, teníamos este desahogo y conveniencia para cuerpo y espíritu, recreándonos a sus horas en el huerto, lo que ayudava mucho para tener oración y acudir con gusto al cumplimiento de nuestras sagradas leyes y estatutos.48

Seguiría la construcción «del primer quarto, desde la escalera hasta la procura, dos dormitorios, alto y baxo, con diez celdas». Y más adelante la erección del templo, que iniciada el 9 de abril de 1683 se dió prácticamente por finalizada el 21 de mayo de 1690, con la translación al mismo del Santísimo Sacramento y la solemne inauguración de las instalaciones por parte de la comunidad religiosa al completo, encabezada por la madre Mascarell, y en presencia de las primeras autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad. Escuchemos el relato de una de las monjas presentes en la ceremonia:

Digo, pues, que como toda Valencia estava noticiosa de nuestra fiesta, por estar toda la nobleza convidada para ella, assí como amaneció se desterrava Valencia para ver lo que tanto deseavan. Porque, como no podían entrar mientras duró la obra, deseavan este día para cumplir sus deseos, y assí no cessavan de golpear las puertas para entrar. Pero nuestra venerable madre [sor Margarita Mascarell] dio orden que no se abriessen asta las dos horas de la tarde, poco más o menos. Y a esta hora se abrieron las puertas y entró tanta multitud que tal concurso no se ha visto. En esto estávamos todas en la iglesia, y assí como ivan entrando en ella nosotras nos ívamos entrando por el confessonario […]. Llegada la hora de la processión, se hizo con mucha solemnidad y hermosura. Toda la calle entoldada de cortinas y enramada, con música de la seo, toda la comunidad de Predicadores y toda Valencia assistió a la solemnidad, con tres danzas, invenciones de fuegos, cohetes, morteretes que disparavan los polvoristas, sin las salidas que dispararon el sábado en la noche, luminarias los tres días de las fiestas, clarín, dulzaina, pífano y otros instrumentos de alegría […]. Se hizo la processión con la mayor solemnidad, devoción y alegría, que me faltan palabras para explicarlo, porque parecía que nos hallávamos en el Cielo […]. De esta suerte quedó este Diviníssimo Señor colocado con grandíssima reverencia y devoción […]. Lunes, martes y miércoles duraron las fiestas solemníssimas: todos los tres días huvo música o misa de músicos, sermón los mejores sugetos de Valencia […] y mientras se celebravan las misas se disparavan morteretes y otros fuegos. […] Que todo fueron fiestas sobre fiestas, sin que costassen nada a la comunidad, que todo fue de limosna.49

Pese a lo que pudiera parecer el convento de Nuestra Señora de Belén distaba mucho de asemejarse al paraíso pretendido por su fundadora. La priora sor Margarita Mascarell lo había experimentado en su persona a lo largo de los últimos años, como consecuencia una vez más de la observancia regular. Su defensa le enfrentó no sólo a sus propias hermanas de hábito, sino incluso a las autoridades de la orden de Predicadores y la élite capitalina, cuyas hijas, en buen número, habían conseguido incorporarse a la comunidad o aspiraban a hacerlo algún día. Porque, a la muerte prematura de la madre Sisternes de Oblites, habían quedado «muchas cosas en embrión y se permitían ya algunas dispensaciones» –bien para comer carne cualquier día, vestir ligeramente o rezar maitines al caer la tarde, bien con las frecuentes visitas de parientes y amigos o los continuos regalos a las monjas– que jamás ésta habría tolerado.50

Similares hábitos había arruinado otros conventos femeninos, pero también masculinos, como bien sabía sor Margarita Mascarell y en más de una ocasión participó a la madre Castell, según testimonio de esta última:

Era celosíssima en lo que respecta a la observancia, deseando que en todos los conventos la huviesse exactíssima. Hazía quanto le era posible animando por carta y exhortaciones a la observancia de los conventos en que tenía conocimiento. Lastimávase mucho que, en el convento del Pilar, no la huviesse qual el fundador previno en su testamento, dando para ese fin toda su hazienda. Una vez me llamó a la iglesia para que ajustássemos las cuentas de los albañiles; y ajustadas, me dixo: Hermana sor Vicenta, ¿save lo que he pensado? Que escribamos a nuestro padre General para que mande que, en el convento del Pilar, se practique la observancia que su fundador pide, y que vengan tales y tales sugetos, que todos son santos–nombrómelos todos– y con esse buen lado este convento irá cada día de aumento en la observancia, porque como avrá espíritus que fervoricen a las monjas, volarán de virtud en virtud, y los mismos padres se fervorizarán en amor de Dios Nuestro Señor. Y assí, los unos con las otras, serán como unos carbones encendidos y permanecerán continuamente en el fuego del Divino Amor, encendiéndose de manera que estos dos conventos serán un Cielo de abrasados serafines, porque los confessores y predicadores serán siempre del Pilar y con esta santa hermandad es cierto se conseguirá lo que tengo dicho. Parecióme su propuesta y santo dictamen tan pío y bueno que la respuesta fue: Pues, madre, me subo a escrivir a nuestro padre General. Respondió su reverencia: No, no tan presto, porque primero lo hemos de encomendar a Nuestro Señor.51

Por eso la priora trataría de combatirlos en su cenobio con la imposición de una estricta disciplina comunitaria. Dan a entenderlo así las mismas religiosas:

Estava nuestra madre tan fervorosa en la fina observancia que, de día y de noche, no pensava sino cómo adelantarla y aumentarla. Determinó, pues, poner por obra lo que nuestro gran padre y patriarca santo Domingo nos manda en las constituciones, que es comer de ayuno y maytines a medianoche. Con su alto ingenio y mucha prudencia nos iva preparando y disponiendo poco a poco, preguntándonos en la recreación que a qué santo de la religión queríamos imitar. Cada una dezía el suyo y su reverencia respondía: Pues yo ya sé en qué le pueden imitar. Todas dezíamos: Madre, ¿cómo? Respondía su reverencia: Comiendo de ayuno y levantándose a media noche. Para esto nos despreciava la comida de carne y ofreciéndonos el regalarnos con la comida de ayuno, como lo hizo.52

No menos abominaría de las populares devociones de monjas, ya desde su etapa en Santa María Magdalena:

Con el mismo celo aborrecía las correspondencias que el Demonio, con infernal astucia, haze las llamen devociones, siendo el medio más eficaz de que se vale para que los mundanos le roben a Dios los afectos de los coraçones de las esposas de Jesús. No permitía nuestra celossísima madre que en su celda huviesse alguna que la tuviesse; y si tal vez su tía quería admitir a alguna religiosa que no tuviesse celda, le dezía: Sor Fulana, o no has de tener essa indigna correspondencia o, si la tienes, ni de cien leguas has de hablar de ella en mi presencia. Si tal vez regalavan a la devota, no comería nuestra venerable madre de ello aunque le hiziessen pedaços. No dezían muchas veces de quién era el regalo y sólo con pensarlo no lo gustava. Dezía con suma verdad: No quiero cosas ilícitas y que se consiguen a costas de muchas ofensas de Dios Nuestro Señor. Apartó a muchas de tantas correspondencias y malditas devociones. A otras estorvó que no las tuvieran, siendo una continua celadora de la honra de su Crucificado Esposo Jesús, mi Bien, predicando a unas, exhortando a otras y exponiéndose a muchas pesadumbres, sin reparar que fuessen sus amigas.53

Claro que el rigor observado por la superiora contrarió a algunas monjas. Particularmente a las recién llegadas y procedentes de familias pudientes, acostumbradas no tanto a abstinencias y privaciones como a los goces de la vida mundana. La tensión acabaría estallando con el inicio de las obras conventuales a comienzos de 1675, porque «no hallándose pescado dieron de pitanza a la comunidad sardinas». Excusa aprovechada por las religiosas descontentas para acusar de maltrato a la madre Mascarell ante el entonces confesor de la comunidad fray Gerardo de Veo.54 A juicio de varios testimonios, éste

[…] devió de tener buena intención, o porque el Señor lo dispuso assí para corona de nuestra venerable madre, [pues]llenó todo Predicadores que no les dava más que una sardina, coles y calabaça[s] del huerto. Fue esto en tanto extremo que llegó esta noticia a Roma, a nuestro padre General; y en Valencia avía mucho que murmurar.55

En efecto, las reacciones a tales murmuraciones fueron inmediatas. De un lado, los familiares de las muchachas más jóvenes. Como el influyente patricio Gaspar Juan Zapata, que amenazó con sacar del convento a tres de sus hijas, Josefa, Teresa y Vicenta Josefa, todavía por profesar.56 Inquietaríanse igualmente otros conocidos nombres de la Ciudad y Diputación del Reino, también con jóvenes parientes entre estos muros, por ejemplo:

El señor de Andilla [don Manuel Rebolledo] tiene aquí una cuñada, que es la hermana sor Rosalía de los Reyes […]. El señor don Francisco Puchasons57 tiene aquí una cuñada que es la reverenda madre sor Constanza de la Santíssima Trinidad […]. El señor don Juan Bautista Martí58 tenía aquí tres hijas, la hermana sor Teresa María de San José, la hermana sor Isabel María de San Juan Bautista […] y la hermana sor María Manuela de Jesús María, novicia de once años […]. El señor José Vidal59 tiene aquí una hija, que es la hermana sor María Tomasa de Santa Catalina Catalina de Sena […]60

Del otro lado, las mismas autoridades de la orden tomaron cartas en el asunto, concretamente el Provincial de Aragón fray Tomás de Vallgornera.61 Amenazó éste a sor Margarita con la designación de una nueva superiora, subpriora y maestra de novicias, procedentes de Santa Catalina de Siena, de no de sofocarse las turbaciones. Incluso llegaría a personarse en Nuestra Señora de Belén para tomar declaración a sor Margarita, ratificada al final en el cargo parece que a cambio de reconciliarse con sus émulas.62

La tregua estuvo vigente durante un tiempo, como certifica la visita canónica girada por el recién electo Provincial fray Severo Tomás Auter.63 En ella, cuentan las propias religiosas, alabó la armonía de nuevo imperante en la comunidad:

[…] nos dixo en capítulo que este convento era como la granada, que tiene la corteza áspera y dentro tiene los granos tiernos, unidos y cubiertos con un telico; que las paredes del convento eran la corteza, porque por fuera no se parece lo que ay dentro; los granos éramos nosotras, que estávamos unidas entre sí y cubiertas con el telico de la caridad. Salido del coro dixo a los padres maestros que el capítulo avía sido de Laudibus, que no avía qué reprehender, sino que alabar y dar muchas gracias a Dios Nuestro Señor.64

Así se entiende que la madre Mascarell volviera a ser elegida priora, con los votos de la mayoría de sus hermanas y el refrendo del padre Tomás, hasta en dos ocasiones más antes de que sor Felicia Grau se hiciera con el cargo en abril de 1681.65

Sería precisamente con el regreso de la madre Mascarell al priorato, tres años después, cuando los muros belemitas se resintieran de nuevo a raíz de las discrepancias en torno a las observancias exigidas a sus habitadoras. Lo cuenta una de aquellas mujeres:

Permitió Dios, por sus altos juicios, que algunas religiosas se quexassen del intolerable trabajo y tarea continua de la labor, a que se añadió el enfermar algunas que murieron de etiquez. Movióse gran ruido en la ciudad y las religiosas que antes estavan con mucha paz, aora vivían inquietas, desaçonadas y turbadas. No por esso lo estava nuestra venerable madre, tolerándolo todo con increíble paciencia y sufrimiento animada de la gran confianza que tenía en Dios. Con estos trabajos acavó el priorato a 10 de mayo de 1687. Y como estava en el lleno de la obra, determinó toda la comunidad sacar dispensa y bolver a elegirla priora. 66

Durante el último gobierno de sor Margarita se repetirían en Nuestra Señora de Belén escenas similares a las vividas en el pasado, con más gravedad si cabe de creer los testimonios conservados. Incluso la Inquisición estuvo a punto de intervenir, mientras la mala fama de la priora desbordaba definitivamente las fronteras valencianas:

Permitió el Señor que el fuego de las tribulaciones tomasse más fuerças de cada día con la inquietud de las religiosas, haziéndolas creer el común Enemigo que no les dava lugar para confesarsse y que las escuchava en el confessonario. Esta materia creció tanto que la querían acusar a la Inquisición. Y si no fuera por una religiosa, que lo estorvó con sus ruegos y lágrimas, huvieran venido los inquisidores porque avía gran prevención de parte de los seglares deudos de las religiosas. A esto se añadió que, como el gasto de la obra era tan excesivo, todo el dinero que entrava en el convento se lo sorbía la obra, con que el vestir, calzar y el sustento era limitado por no poder acudir a tanto gasto, tomando pie de aquí para dezir que nos matava de hambre y otras mil injurias y desatinos. Extendióse esta fama de manera que llegó a oydos del rey, del reverendíssimo General y no estoi cierta si al sumo pontífice también, con que ya no avía cosa más abatida que la priora de Belén. Por toda España corría la voz de que era una loca desvanecida; que todo lo hazía por vanidad y propia estimación; que era un Nerón que maltratava a las monjas; que las dexaba morir como unas bestias y con suma miseria; y que un tigre no usaría de tales inhumanidades. A este tono dezían otras inumerables injurias, con tanta publicidad que asta los muchachos de la calle tenían qué hablar en esta materia. Llegavan estos ecos a oydos de los prelados y en su consecuencia la aturdían con cartas y pesadíssimas correcciones. 67

Un brote de hectiquez mórbica febril pareció dar la razón a las monjas más críticas con la superiora. Sobre todo después de que, en menos de un mes, la enfermedad se llevara por delante a las hermanas sor Vicenta y sor Teresa Zapata. Su padre responsabilizó de las muertes a la madre Mascarell para mayor descrédito de ésta entre las élites ciudadanas, tan emparentadas con la comunidad belemita. Tenemos noticia de que

La muerte de estas dos religiosas hizo tanto ruido en la ciudad que todos estavan a matar con nuestra venerable madre. El padre, hermanos y deudos vinieron por dos o tres veces al convento, con tales gritos, juramentos y votos que se hundía el locutorio, diziéndole tales injurias, oprobrios y atrevimientos que no son para escritos, ni se dixeran a una pública ramera. Llegó a tanto el desacato que, porque mi hermana sor Clara de Jesús, que era escucha de rexas, les dixo que aquellas cosas no eran para este convento y bolvió por el honor de la venerable madre, bolviendo otro día a visitar a sus hermanas, uno de ellos quiso dispararle a mi hermana una pistola para matarla.68

No es casual que, desde instancias municipales, empezara a hablarse de extinguir la fundación y trasladar a sus integrantes a Santa Catalina de Siena o Santa María Magdalena. El pánico cundió entre las religiosas. Algunas de cierto crédito, como la madre Tiburcia María Llop, abandonaron directamente Nuestra Señora de Belén turbando el ánimo de las novicias, que «todas desseavan ya dejar el ábito y volverse a sus casas», como intentó sor María Tomasa Vidal aún a pesar de la oposición familiar. Para entonces el rechazo hacia la superiora era ya generalizado en buena parte de la capital. De creer los correspondientes asientos del Libro de fundación,

En este tiempo no podían salir de casa el confessor, el fraile lego y licenciado que no bolviessen aturdidos. No oyan por las calles, públicamente, sino blasfemias de nuestra venerable madre, diziendo era una tirana, un Nerón cruel, vana y ambiciosa; que todo lo quería mandar; que matava a las monjas y las hazía ayunar para ahorrar; que las hazía levantar a maytines a medianoche por su propria estimación; que no tenía piedad ni les dava consuelo alguno, sin dexarlas confessar ni tener padres espirituales; que las matava de hambre y ella se hacía buenos bocados; que estava gorda y bien dormida; que no hazía nada más que mandar; que a las monjas se las comía la inmundicia; que las llevava desnudas y descalças, atareadas día y noche sin dexarlas descansar; que no las dexava hablar con sus padres y deudos y que todo lo que estos les traían de regalo se lo quedava para sí. No es ponderable las injurias que a este tono dezían.69

La situación motivó la intervención urgente de la orden dominicana, cuyos conventos masculinos de Predicadores y El Pilar, en Valencia, dieron la razón a los émulos de sor Margarita Mascarell. A través de un par de comisionados –los padres Juan Bautista Escuder70 y José Bono71– se llamó a la obediencia a las monjas belemitas, procurándose tranquilizar a la par a autoridades civiles, familiares y deudos de las religiosas. «Con esto –concluyen las crónicas– se sosegaron y dexaron los intentos de sacar a las monjas a otros conventos, aunque no cessó la contradicción y mala voluntad contra nuestra venerable madre». Es más, fray José Albalat, al frente de la Provincia de Aragón desde hacía poco, evitó dar su apoyo público a la superiora durante la visita canónica al convento, que encargó a un tercero, el padre Abarca.72

Ni siquiera su salida del priorato lograría la rehabilitación de la madre Mascarell, por mucho que se esforzaran las nuevas superioras, sor Vicenta Castell desde 1690 y sor María Tudela a partir de 1693. La primera, de la que se daba cuenta al comienzo de estas páginas, era discípula de su predecesora en el cargo y nativa de este cenobio, donde había profesado en 1670 si se recuerda. Un par de años antes lo había hecho la segunda, como sor María del Santísimo Sacramento, hija del afamado médico valenciano Gregorio Tudela y procedente de otra fundación religiosa.73

Ambas mujeres protegieron a sor Margarita Mascarell, ofreciéndole algunos oficios conventuales –el de sacristana entre ellos–que detentó hasta el final de sus días pese a las recomendaciones en sentido contrario de las autoridades blanquinegras y las quejas de algunas monjas. Así las cosas, el Provincial de Aragón fray Domingo Alda74 aprovecharía su paso por Nuestra Señora de Belén para amonestar a la antigua priora por las nuevas acusaciones contra ella vertidas desde la misma comunidad, en concreto que «ya que no era priora no podía perder el ser avara y amiga de mandar», o que «no dexava gozar a la prelada de las rentas de este convento con el anhelo que tenía de que se cargasse en censos».75

El fallecimiento de la madre Mascarell acabó con sus pesadumbres un 2 de mayo de 1695 sin haber cumplido todavía los sesenta años.76 Sor Vicenta Castell tuvo claro el motivo del fatal desenlace:

Los terribles trabajos que llovieron sobre esta gran sierva del Señor no tienen ponderación quántos y quán grandes fueron en este tiempo. Y assí, lo omito porque se avría de hazer un gran volumen. Sólo digo que estos últimos le quitaron la vida, porque se corrompió de manera que toda la sangre se le convirtió en veneno, como lo dixeron los médicos en su última enfermedad. La visita fue en enero y su reverencia murió a 2 de mayo del año 1695, muriendo como si le tirassen un caravinazo, como se lo escriví yo estando en Predicadores, en una amarga carta, al padre Provincial, diziéndole claramente que su paternidad muy reverendíssima la avía muerto. No me respondió por escrito, pero me embió un sugeto que me dixera quán indignado estava conmigo y lo que merecía por hablarle de aquella suerte. Pero el sugeto a quien le enseñó mi carta lo aplacó y le hizo evidencia de quán poca razón tenía su paternidad reverendíssima de estar sentido y quánta me sobrava a mí para quexarme con fundamento tan pío y santo; con que no se habló más de la materia.77

Ignoraba entonces esta mujer que durante su segundo mandato como superiora del convento –penurias económicas aparte78– viviría en carne propia las amarguras que habían llevado a la tumba a su maestra. Ella misma lo describió con las siguientes palabras:

Digo, pues, que en mi segundo priorato, que entré el miércoles a 19 de setiembre del año 1696 y lo acabé sábado de dicho mes del año 1699. Este triennio fue muy calamitoso y penoso, que huvo mucho que ofrecer al Señor […]. Todos los tres años huvo continuamente enfermas,79 y a tiempos cinco y seis camas, y semanas huvo de nueve camas. Muriéronse quatro religiosas, que fueron la hermana sor Gesualda María del Nacimiento, la hermana sor Inés del Espíritu Santo, la hermana sor Isabel María de San Juan Bautista y la madre sor Ana María de Jesús, y en la vacante la hermana sor Ignacia María del Santíssimo Sacramento […]. Con estas muertes y enfermedades continuas y pocas conveniencias del convento, se passó lo que un solo Dios sabe.80

4. NUEVAS TRIBULACIONES

Tras el verano de 1698 un inesperado regreso del mal hectíquico volvió a colocar a las religiosas de Nuestra Señora de Belén bajo el punto de mira de los dirigentes municipales valencianos, en virtud de los estrechos lazos de sangre entre éstos y aquéllas. En el mes de septiembre la ciudad tomaba las riendas de la situación e informaba al lugarteniente y capitán general del reino, don Alonso Pérez de Guzmán, de la determinación acordada al respecto del cenobio:

Haviendo tenido noticia la Ciudad que en el convento de Belén, del orden del gran patriarca santo Domingo de Guzmán, se havía padecido estos años y actualmente padecía por las religiosas un accidente y enfermedad de tiçcias, de la qual, haviendo muerto dies y siete y que actualmente ay quatro próximas y con dispocissión para confirmarse en la mesma enfermedad, ha dado orden a dos médicos, que son el doctor Miguel Noguera81 y el doctor Juan Bautista Caudí, para que visitassen dicho convento y examinassen el estado de dichas enfermedades y los remedios que se devían aplicar para su curación y que no se extendiesse a las que están sanas, previniendo todo lo necessario para ello.82

El día 26, acompañados por el médico de la comunidad de religiosas, Domingo Martínez, y el prior del convento de Predicadores fray Domingo Rioja,83 ambos galenos rompían la clausura belemita, sin previo aviso a la comunidad, para proceder al examen de religiosas e instalaciones. Las pruebas realizadas a las convalecientes –que «además de aver precedido en todas la expuición de sangre las hallamos con tos, calentura continua y, aunque no mucha, con alguna extenuación»– despejaron cualquier duda acerca de la enfermedad padecida, no así de su origen, ya que según el diagnóstico oficial

[…] no hallando fundamento en que culpar el sitio y disposisión del convento, discurrimos sobre la aspereza en que viven estas señoras, y no se nos ajustó tampoco esta causa, por experimentar en otros conventos de religiosas i gual o mayor retiro, alimento, mortificasión y penitencia y no aver susedido semejante estrago.84

Descartadas tales opciones, se imputó el foco infeccioso al reciente ingreso en el cenobio de una joven doncella hija de Evaristo Barberá, aquejada al parecer de este mal que pronto contagió a otras religiosas. Convenía ahora que la fiebres no se extendieran al resto de la comunidad, para lo cual los médicos determinaron el total aislamiento de las monjas ya dolientes en un cuarto «donde sólo les asistan y sirvan no las religiosas de pocos años, que son las que más peligran […], sí las religiosas mayores, que son las de menos contingencia». Respecto a la enfermería conventual propiamente dicha, recomendábase dividirla en dos partes diferenciadas, «de las quales en la una estarán las nuevas enfermas antes de advertirse el extremo peligro, [y en] la otra donde han muerto todas, se deven picar y reparar [las paredes], y aún y lo que más es mudar el pavimento»; revocado y enlucido al que tampoco debían sustraerse las celdas de las religiosas. Toda la ropa, ajuar y mobiliario sin excepción –desde hábitos y tocas hasta colchones y catres– en contacto con esta estancia deberían ser quemados de inmediato, «y aún todas las alagitas de las difuntas que se ha heredado y passado de unas a otras y generalmente toda la ropa de las sanas». Una última prescripción facultativa velaría por el estado de las monjas todavía sanas, a las que se les prohibió por el momento todo trabajo manual –especialmente «la lavor de los bastidores para bordar»–, que pudiera debilitar su salud y exponerlas más fácilmente a la enfermedad.85

Los efectos de la misma, sin embargo, continuarían sin remitir durante algunas semanas, resintiéndose todavía más la reputación del cenobio pese al espaldarazo que para éste supuso la visita de la Ciudad al completo, con los jurados a la cabeza, iniciada el mes de octubre. Ni un solo ingreso de nuevas religiosas se produjo en este tiempo, mientras las fugas de algunas profesas, bajo el amparo de sus poderosos parientes, estuvieron a la orden del día Para desesperación de la priora sor Vicenta Castell, el rechazo hacia las monjas y quienes con ellas trataban se había generalizado a comienzos de octubre, coincidiendo con la muerte de una de las tres hijas del citado don Juan Bautista Martí. Lo cuenta la misma superiora:

Con la muerte de este angelito creció tanto el tolle tolle y alarido de la ciudad que me faltan ponderaciones para explicarlo. No podían salir de casa el padre confessor, el religioso de la obediencia, ni el licenciado, porque venían aturdidos de los disparates que les decían del convento. En las botigas que ivan a comprar, no les dexavan entrar, diziendo que estavan apestados; que no querían que los apestassen a ellos; que era el convento sepultura de monjas; que avían enterrado tantas; que porque no se supiesse las enterravan sin campanas; que unas muertas y otras que se avían ido a otros conventos, avían dexado el convento sin monjas; que no avían quedado más que tres y que las puertas del convento estavan cerradas porque no avía ninguna, siendo verdad que entonces había 36 religiosas en él; que se morían de hambre [y] ya no entrarían ningunas; que ya estaba todo perdido. Con estos y otros inumerables ultrages motefavan el convento con tanta certeza como si fuera Evangelio; y con tanto desprecio y odio que no avía alma criada que se acercara al torno a pedir una gota de agua. Ni un punto de labor trahían porque no se les pegasse el mal. Porque los que se morían en la ciudad, dezían, era de la ropa que se avía cosido o bordado aquí. Con que no avía otra conversación en calles, esquinas, plazas, estrados y casas, sino murmuraciones e injurias de este despreciado y pobre albergue de Belén.86

Mayor impotencia experimentaría la priora a finales de 1698, una vez empezaron a ejecutarse las medidas exigidas por los médicos de la Ciudad para sanear las instalaciones conventuales, tras la promesa incumplida de un subvención municipal con la que costearlas. Así las cosas, y con más de cuatro mil doscientos escudos adeudados a carpinteros, albañiles y otros profesionales, sor Vicenta solicitó a los jurados «le socorran con pagarle quatro años de las penciones de los censos que le responde, esto es la de los años 1695, 1696, 1697 y 1698, que importan dos mil y quatro sientas libras».87

A la espera del regio consentimiento a tal petición, el virrey de Valencia don Alonso Pérez de Guzman elevó su opinion a la corona. Por lo que sabemos, no agradaba al lugarteniente y capitán general del reino la posibilidad planteada por el convento de Nuestra Señora de Belén, carente de antecedentes hasta donde él conocía. El asunto había sido debatido por varios ministros togados de la Real Audiencia, cuya conclusión no dejaba lugar a dudas sobre cómo proceder en el particular, pues los magistrados

[…] sintieron que el motivo de la sanidad hera muy relevante; que siendo la pobreza del combento tanta y tan preciso el quemar la ropa para que el mal no fuese cundiendo y continuando en el combento, como a continuado por tantos años, se les podría dar socorro competente o de la bolsa del morbo, para reparar el daño que padecían de quemarles la ropa y alaxas. Pero que, siendo esto tan perjudicial a los acrehedores, se procurase disponer de modo que, con instrumento público, se hiciesse imbentario de toda la ropa que se les quitara para quemar con la mayor individuación y que la Ciudad comprase otra para que, partida por partida, se les substituyese en lugar de la que se les quitara, con intervención de algún ministro […], sin entregarles dinero alguno, para evitar, con este modo, el que otras religiosas, y aún éstas, no quisiessen sacar ganancia de sus enfermedades […]88

Hasta el mes de noviembre no hubo respuesta por parte de Carlos II, quien ordenó lo siguiente a Pérez de Guzmán:

[…] he resuelto encargar y mandaros, como lo hago, que con los ministros de esa Real Audiencia que os pareciere dispongáis se junten los acrehedores censalistas y se procure con ellos que den su consentimiento para que, promptamente, se socorra tan urgente nezesidad con la porción que fuere nezesaria por qüenta de lo que este combento ha de haver de las pensiones devengadas de los censos que le responde la Ciudad, pues está interesada la causa pública. Y este caso no puede hazer exemplar, por cuyo motivo tan justificado se puede esperar que vendrán en ello. Y para que hasistan a quemar la ropa y alajas de las religiosas y comprar las que se hubieran de substituir en su lugar, nombraréis ministros y personas de vuestra mayor satisfación, interbiniendo con ellos sugetos de la misma Ciudad y algunos de los acrehedores censalistas para que todo se haga con la devida equidad y justificación, sin que en esto se gaste más de aquello preciso y nezesario […]89

De la ejecución de estas órdenes poco ha llegado hasta nosotros. Conocemos sí que, todavía en Navidad, las monjas belemitas continuaban en una situación económica extrema, apenas mitigada por una limosna municipal de cincuenta libras en especie –traducidas en «una carga de aceite, dos de carbón, una de arroz, un cuenco o dos de huevos y azúcar»– con las que poder malcelebrar aquellas fiestas.90

El nuevo año 1699 volvió a poner de manifiesto la delicadísima situación de la arcas cenobiales, que a punto estuvo de hacer arrojar la toalla a sor Vicenta Castell. A ella volvemos a dar la palabra:

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469 p. 32 illustrations
ISBN:
9788437097015
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