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Historias de mi abuela
Ella M. Robinson

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Historias de mi abuela
Recuerdos felices acerca de Elena G. de White
Ella M. Robinson
Título del original: Stories of My Grandmother. Happy Memories About Ellen G. White Review and Herald Publishing Association, Hagerstown, MD, Estados Unidos, 1995.
Dirección: Jael Jerez
Traducción: Claudia Blath
Diseño de la tapa: Romina Genski
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Ilustración de la tapa y del interior: Sandra Kevorkian, Shutterstock (Banco de imágenes)
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2005 Descendientes de la Familia Robinson. Todos los derechos reservados.
© 2014, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana. Esta edición en castellano se publica con permiso del dueño del Copyright.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-370-8
| Robinson, Ella M.Historias de mi abuela : Recuerdos felices acerca de Elena G. de White / Ella M. Robinson / Dirigido por Jael Jerez / Ilustrado por Sandra Kevorkian. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Claudia Blath.ISBN 978-987-798-370-81. Vida cristiana. I. Jerez, Jael, dir. II. Kevorkian, Sandra, ilus. III. Blath, Claudia, trad. IV. Título.CDD 248.4 |
Publicado el 01 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
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Prólogo
Estas historias de Elena de White, mi abuela, son verídicas. Los relatos de las visiones han sido verificados por cientos de testigos confiables, algunos de los cuales han dejado informes escritos acerca de los acontecimientos y las circunstancias que los acompañaron. Los detalles y las conversaciones se basan sobre su correspondencia personal y sus diarios, sus historias y las de su hijo, William Clarence White, que fue mi padre; y sobre información recogida de algunos familiares y amigos de ella. Sumo algunos detalles recogidos en mis 33 años de íntima relación con mi abuela.
Ella M. Robinson
Capítulo 1
La vida en la casa de la abuela
Me senté a mirar a mi hermana, que peinaba el cabello suave y plateado de mi abuela, y a escuchar las historias que ella podría contar.
La abuela se sentó en su sillón cerca del hogar. Ya había terminado su trabajo por ese día. Yo subí corriendo las escaleras para buscar el peine y el cepillo, pero mi hermana menor llegó antes que yo. Así que, me senté a mirar cómo peinaba el cabello suave y plateado de la abuela, y a escuchar las historias que ella podría contar mientras tejía a dos agujas. ¡Tendré que ser un poco más rápida la próxima vez, para que Mabel no me gane!
–¿Qué estás haciendo, abuela? –pregunté.
–Estoy tejiendo calcetines gruesos para los obreros de la imprenta de Basilea, Suiza, y otros países donde los inviernos son muy fríos.
–¡La imprenta de Basilea! Allí es donde yo nací, ¿verdad, abuela? –preguntó Mabel.
–Sí. Los obreros allí vivían en departamentos en la Casa Editora.
–Entonces no me adoptaron, ¿verdad? Ella me dijo que me habían adoptado –Mabel me lanzó una mirada despectiva.
–No, Mabel, tú no eres adoptada; aunque si lo fueses, te amaríamos de igual modo –respondió la abuela–. Pero ¿de dónde sacaste esa idea, Ella?
–Porque cuando vi a Mabel por primera vez, alguien me dijo que el doctor trajo al bebé en su maletín.
Nos largamos a reír a carcajadas, y la abuela se reía con nosotras.
En ese momento, papá entró a la sala para hablar con la abuela, así que esa noche no escuchamos ninguna historia. Pero la referencia al nacimiento de Mabel en la imprenta de Basilea me llevó, en mis recuerdos, muchos años atrás, a la noche en que mamá me pidió que le alcanzara un pedazo de bizcocho a la bebé, para que lo mordisqueara mientras le preparaban la comida en la lámpara de alcohol. Tímidamente, me levanté de la cama y salí al largo pasillo oscuro. Pero, todo el temor se me pasó cuando, al pasar por la habitación de la abuela, vi una luz que brillaba debajo de su puerta. Entonces supe que no estaba sola. La abuela estaba despierta, y ocupada escribiendo. Debió de haber sido entre las dos y las cuatro de la madrugada, porque ese era su horario habitual para comenzar a trabajar.
Recuerdo un sábado cuando la abuela predicó en el salón de actos de Basilea. Un hombre a su lado traducía cada oración al francés, mientras ella hablaba. Entonces, otro lo repetía en alemán, para un grupo en otra parte del salón. Nuestra madre escribía los sermones de la abuela en taquigrafía y los pasaba en limpio con una lapicera, porque no teníamos máquinas de escribir en ese entonces. Ella seleccionaba partes para folletos y luego trabajaba con el traductor, para pasarlos al francés. A veces, cuando tenía poca ayuda, entraba en la sala de tipos y ella misma fijaba los tipos.
Como mamá estaba muy ocupada, “tía Sara” McEnterfer, la secretaria y compañera de viajes de la abuela, cuidaba a la bebé Mabel. Con frecuencia yo quedaba al cuidado de la cocinera, una joven dulce y aplicada llamada Christina Dahl. Yo tenía cinco años en ese entonces. Una de mis principales diversiones era vigilar hasta que Christina estuviese absorta en alguna tarea culinaria complicada; entonces, me escabullía de la cocina, bajaba a la sala en puntillas y golpeaba a la puerta de la abuela.
Si la encontraba escribiendo, me quedaba en silencio a su lado, hasta que dejaba la lapicera. Esa era la señal para una de las deliciosas charlas que tanto me gustaban. Ella me hablaba acerca de su niñez o de sus viajes; o quizá de algún gatito o pony; de los interesantes niños que conocía en el tren...
A veces, yo me sentaba, en un banquito, a sus pies. Ella me daba una tijera sin punta y me dejaba recortar ilustraciones que había guardado de revistas. Una vez, cuando recorté la torre de una iglesia, me dijo dulcemente:
–Debes recortar los bordes con cuidado, para no arruinar las lindas ilustraciones.
Cuando veía que me cansaba, iba hasta su tocador, sacaba una pastilla de menta o una manzana, y me decía que le pidiera a Christina que lo guarde en el estante para mí, hasta la hora de la comida. Nunca pensamos siquiera en darle un mordisco a algo entre comidas.
–Y cuando termines –decía ella–, ven que vamos a dar una vuelta a la manzana.
Una vez nos perdimos, y como no sabíamos hablar francés, alemán ni italiano, llegamos tarde al almuerzo.
Nunca olvidaré la paliza que me dio mi papá por tirar una caja de bloques de piedra sobre el duro piso de cerámica, después de prometer que estaría callada durante una reunión de comisión. La abuela, al ver mis lágrimas, me sentó en su falda y me consoló. Me explicó que el castigo era para ayudarme a recordar que nunca más debía hacer ruido durante una reunión.
Estuvimos en Suiza durante dos años. Mamá trabajaba largas horas en la oficina, y contrajo tuberculosis. Cuando la abuela regresó a los Estados Unidos, nuestra familia fue con ella. Fuimos a vivir a Boulder, Colorado, con la esperanza de que el aire fresco y vigorizante y el sol tibio ayudaran en la recuperación de mamá. Pero nos llevamos una desilusión, y tuvimos que dejarla junto al abuelo Jaime White en el cementario Oak Hill, en Battle Creek, Míchigan.
La abuela nos abrió su corazón y su casa. Pero, cuando se decidió que debía ir a Australia para ayudar a los misioneros que allí trabajaban y que nuestro padre, W. C. White, iría con ella, él compró una casita en las afueras del pueblo e hizo arreglos para que la señorita María Mortensen cuidara de nosotras, dos niñitas huérfanas. María había cuidado de mamá durante su última enfermedad, y nos amaba a nosotras y a ella.
–¿Por qué no podemos ir contigo, papá? –le rogamos.
–Es posible que la abuela y yo viajemos mucho, y quizá no tengamos casa propia por algún tiempo. Además, no hay escuela de iglesia, para que ustedes asistan. Aquí, en Battle Creek, Mabel puede ir al jardín de infantes con los huérfanos que el Dr. Kellogg atiende; y Ella, tendrás el privilegio de asistir a la primera y única (hasta ahora) escuela de la Iglesia Adventista en todo el mundo –respondió con ternura.
Pasaron cuatro largos años. Entonces, un día abrimos una carta de papá proveniente de Australia. Decía:
“Queridas hijas, encontré a una encantadora joven que accedió a ayudarme para formar un nuevo hogar. Ella será su madre, y podremos estar juntos otra vez. El pastor E. R. Palmer está viniendo a Australia para organizar la obra del colportaje aquí. Y hemos hecho arreglos para que ustedes viajen con él Él y su esposa las cuidarán, y velarán para que lleguen sanas y salvas”.
Lloramos al dejar a nuestra querida María, que había sido tan buena con nosotras. Pero el viaje a Australia estuvo cargado de emociones, ya que nos detuvimos en Honolulú, Samoa y Auckland.
Papá, May Lacey –quien sería nuestra nueva mamá–, la abuela y su secretaria estaban de viaje visitando iglesias en Victoria y Tasmania, cuando llegamos a nuestro nuevo hogar, así que la mesa era reducida; no obstante, si lo recuerdo bien, estaba lista para diez personas. Me encantó que Edith, una chica de catorce años, un año mayor que yo, se sentara junto a mí. Del otro lado de la mesa, junto a mi hermana, estaba Nettie, que era unos dos años mayor que Mabel. Por supuesto que queríamos saber por qué Edith y Nettie estaban allí, y si vivirían con nosotras en la familia de la abuela.
–Cuando tu abuela se enteró de que a mi padre se le hacía difícil cuidar de mí y de mi hermano, mientras trataba de ganarse la vida al mismo tiempo, ella me buscó. “Edith”, me dijo, “¿te gustaría ser mi hijita por un tiempo?” Parecía tan amable que le dije: “Sí, me gustaría”. Así que, aquí estoy –dijo Edith.
–Y también nos buscó a nosotros –dijo la mamá de Nettie, una mujer pequeña, no mucho más alta que Nettie–. Vinimos de Escocia después de que el padre de Nettie murió. Mandé a llamar a mi hermana y a mi otra hija, pero su barco se perdió en el mar. Por eso, Nettie y yo nos quedamos solas en Sídney.
–Abrí un negocio de sombreros para señoras, pero no me fue bien. Habíamos conocido la verdad acerca del sábado y decidimos guardarlo sin importar el costo. Mientras me preguntaba si debía cerrar el negocio o continuar con él, tu abuela se me acercó para decirme: “Hermana Hamilton, ¿quisiera venir, con Nettie, a vivir conmigo?” Pronto, mis dos nietas estarán llegando de los Estados Unidos, y necesitaré una institutriz para ellas. También podrá ayudarme cosiendo para mi familia de ayudantes.
Al extremo de la mesa estaba sentado un muchacho de 17 años, llamado Willie MacCann. Willie era el mayor de nueve hermanos. Después de que sus padres asistieran a las conferencias bíblicas, decidieron obedecer a Dios y guardar el sábado. Así es que el padre de Willie perdió un puesto bien remunerado, y tuvo que depender de trabajos ocasionales para ganarse la vida. Durante esos tiempos de la depresión, era difícil encontrar trabajos esporádicos. Ni bien la abuela se enteró de que la comida escaseaba para esta familia, compró mercadería por cincuenta dólares y se las llevó a su casa.
Mientras conversaba y oraba con los padres, animándolos a permanecer firmes a pesar de las dificultades, Willie entró en la sala.
–¿Te gustaría ser mi jardinero? –preguntó la abuela–. Puedes encargarte del caballo, la vaca y las gallinas, desmalezar el jardín y hacer quehaceres domésticos.
Willie estaba encantado. La abuela le pagaba lo suficiente para evitar que la familia pasara miseria, hasta que el señor MacCann encontró un empleo estable.
En ausencia de mi papá, había un hombre de unos 35 años que tomaba el papel de anfitrión. Había estado detenido lejos de su hogar, sin dinero. Era inteligente y concienzudo, así que la abuela lo tomó y le ofreció el trabajo de llevar la contabilidad de la oficina, copiar y llenar documentos, y actuaba como agente de negocios de la casa. Emily Campbell, una de las asistentes de oficina de la abuela, hacía las veces de anfitriona.
Mientras comíamos, Annie Ulrick entró a esperar en la mesa. Siempre se negaba a comer con la familia, porque las criadas nunca hacían esto en Alemania, de donde provenía. Mientras levantábamos la mesa y lavábamos los platos, la señora Hamilton nos habló de Annie.
–Ella asistió a la misma serie de conferencias bíblicas que Nettie y yo –explicó la señora Hamilton–. Y decidió, al igual que el resto de nosotros, que lo más importante era obedecer a Dios. Sus padres se enojaron tanto cuando dejó su iglesia y se unió a los adventistas del séptimo día, que la echaron. Tu abuela nos dijo: “Annie está sola en el mundo; debemos hacer lugar para ella en nuestro hogar”. Así que, invitó a Annie para que fuese su cocinera. Annie había sido camarera en Alemania; antes no sabía nada de cocina, pero estaba aprendiendo rápido ahora.
A media tarde, Marian Davis, la asistente literaria de la abuela, nos llevó a su habitación, que quedaba arriba.
–Su abuela está escribiendo un libro sobre la vida de Cristo –nos dijo–. Estas páginas escritas a máquina, esparcidas en el piso, deben ir en uno de los capítulos. Dediqué meses a leer los sermones de su abuela, que fueron taquigrafiados mientras ella hablaba. También, clasifiqué cientos de páginas de artículos, diarios y cartas; y copié las cosas más hermosas escritas allí sobre Jesús. Ahora estoy compaginando estas selecciones para completar los capítulos que ella estuvo escribiendo. Esto le ahorra mucho tiempo. Cuando vuelva de su viaje, revisará estos capítulos y hará cambios y agregados.
Cuando la señorita Davis terminó de recopilar las mejores cosas que la abuela había escrito sobre la vida de Cristo, tenía más material que podían ponerse en un libro. Con los capítulos que la abuela había escrito especialmente para el libro, había suficiente para tres libros: El Deseado de todas las gentes, Palabras de vida del gran Maestro y El discurso maestro de Jesucristo; además de mucho material que quedó para El ministerio de curación. La abuela, en algún momento, escribió o dijo todo lo que incluyen estos libros. La señorita Davis la ayudaba a compaginarlo en capítulos y a cerciorarse de que todo estuviese copiado correctamente.
Cuando los viajeros regresaron del exterior, la mesa ocupaba casi todo el largo del comedor. La abuela siempre tenía una gran familia. Estaban sus asistentes regulares que informaban sus entrevistas y sermones, y copiaban y duplicaban sus cartas y artículos. Además de ellos, generalmente tenía entre uno y seis muchachos y chicas en su casa, a quienes cuidaba como a sus hijos. Cuando se enteraba de alguna persona enferma, desanimada o desafortunada, la única duda era si podría haber lugar en la mesa para otro plato, o un rincón en algún lugar de la casa para otra cama.
Casi un año después de que Mabel y yo llegamos a Australia, la Asociación compró una extensión de terreno maderero de 607 hectáreas, para establecer la escuela de capacitación Australasiana. La abuela compró un pequeño terreno contiguo y fue a Cooranbong a supervisar la limpieza, la plantación del huerto y el jardín, y la construcción de su casa. Yo tuve el honor de acompañarla.
La abuela tenía 68 años en ese entonces. Ella y yo vivíamos juntas, en una carpa grande. Cerca de allí había otra carpa para los obreros y una tercera, que se usaba como comedor, con una casucha detrás para la cocina. A menudo, temprano por la mañana, yo corría la cortina que separaba mi rincón de la carpa del de la abuela y me asomaba para verla recostada en la cama con almohadas, o sentada en su sillón con una tabla en su falda, escribiendo a la luz del farol de kerosén.
Para ahorrar tiempo a los obreros mientras construían su casa en Avondale, la abuela misma iba a los aserraderos para comprar los materiales necesarios, y por supuesto yo iba con ella.
Su primera preocupación, después de construir su casa, fue hacer quitar los árboles grandes de un pedazo de terreno, para usarlo como huerta. Me encantaba observar a seis yuntas de bueyes arando. Se requerían muchos restallidos del látigo y gritos para estimular a Bola de Nieve, Frutilla y Novato, los vagos, a que hicieran su parte.
Cuando la abuela salía con su yunta de caballos a dar una vuelta por el campo, a veces yo la acompañaba. En el vivero, ella eligió sus propios árboles para el huerto. El dueño del vivero le preguntó:
–Señora de White, ¿quisiera que le muestre cómo deben plantarse?
–Primero, permítame decirle cómo pienso hacer que hagan el trabajo –respondió ella con una sonrisa–. Le pediré al jornalero que cave un pozo profundo en la tierra y que le ponga tierra fértil, luego algunas piedras grandes, luego más tierra fértil. Después de esto, alternará capas de tierra y fertilizante hasta llenar el hoyo, y luego pondrá los árboles.
–Está claro que usted no necesita ninguna clase sobre cómo plantar árboles –dijo él.
Un año después de que los durazneros de tres años fueran plantados, dieron la fruta más deliciosa que haya probado alguna vez. La abuela también plantó uvas, damascos, nectarinos y ciruelos.
Pronto, papá hizo construir nuestra casita cruzando la calle, frente a Solana, la casa de la abuela. Durante la época de frutas, con frecuencia escuchábamos que alguien golpeaba la puerta antes del desayuno. La abuela entraba con una canasta de duraznos, cosechados de su huerto mientras el rocío todavía caía sobre ellos. Elegía un durazno rosado y lo ponía en el plato de mamá, luego se paseaba alrededor de la mesa dejando un durazno en cada plato. “Trae un plato, May”, decía. Mamá traía una fuente, y la abuela vaciaba la canasta de duraznos en ella. Luego, nos deseaba buen provecho y regresaba a cosechar otra canasta llena para su familia.
Una vez, la abuela y yo fuimos en busca de una vaca. Era hora del ordeñe cuando llegamos a la granja. Como amaba a los animales, a ella no le gustaba cómo ordeñaban en las granjas de esa parte del país. Entonces, dijo al granjero:
–Si le dieran a la vaca un poco de grano para comer mientras la ordeñan y luego la tratan con cuidado y le hablan con calma, no necesitarían atarle las patas. Ella aprenderá a quedarse quieta, y estará mucho más contenta y cómoda.
Nos llevamos una vaca llamada Molly, y la largamos en el pastizal de la abuela. Cada tarde, íbamos juntas para traerla a casa, a fin de ordeñarla. Caminábamos por el sendero que llevaba al bosque de eucaliptus, escuchando el cencerro atado al cuello de Molly. Cuando lo oíamos, yo saltaba troncos y arbustos agitando un palo, mientras la abuela se quedaba en el sendero llamando: “¡Vamos, patrona! ¡Vamos, patrona!” Luego regresábamos a casa juntas, llevando a la vaca delante de nosotras.
Un día, cuando Molly estaba mugiendo por su ternero, vi que la abuela la abrazaba por el cuello y decía a la compungida madre cuánto lamentaba que le hubiesen quitado el ternero.
Sin importar dónde viviéramos, si había animales domésticos alrededor, la abuela se hacía amiga de ellos. Ni bien pisaba el granero, el pony relinchaba una bienvenida y estiraba el cuello para las caricias que sabía que recibiría. La abuela no soportaba ver animales abusados porque, como decía, “ellos nos pueden hablar de sus sufrimientos”.
Una vez, mientras iba en el carruaje con ella, vimos a un hombre que estaba golpeando a una yegua débil y delgada, que luchaba para tirar de una carreta con mucha carga en una colina empinada.
–Sara –dijo rápidamente–, ¡detén la carreta!
Luego, habló al hombre:
–Señor, ¿perdió usted la razón? ¿No ve que esa pobre criatura está haciendo lo mejor que puede?
Por extraño que parezca, el hombre se disculpó, luego quitó la mitad de la carga y la apiló al costado del camino, diciendo que lo haría en dos viajes.
A menudo, cantábamos mientras viajábamos por los caminos rurales. Pero, lo que más recuerdo es las veces que nos sentábamos a su lado frente al hogar, mientras nos contaba historias de los días en que el abuelo y ella viajaban y trabajaban para construir una iglesia fuerte.
Capítulo 2
Tarea para una adolescente
–¡Elena! ¡Elena! ¿Estás enferma? No hubo respuesta.
–¿Se desmayó? ¿O está...?
Preocupadas, cuatro damas se inclinaron sobre la figura postrada de una muchacha de 17 años.
–¡No respira!
–Noto que tiene pulso.
–Hay señales de vida. Tiene los ojos abiertos, pero parece que no nos ve.
Las cuatro mujeres esperaron asombradas, pero no tenían ningún motivo para alarmarse. Elena estaba completamente bajo el control de Dios. En ese momento ella no las veía, ni escuchaba lo que decían. Estaba escuchando a un ángel que le hablaba, y contemplaba una escena que pasaba como una película delante de sus ojos. Estaba en una visión celestial.
Elena Harmon había estado visitando la casa de una amiga, donde ella y otras cuatro mujeres oraban juntas. Casi dos meses antes, hubo personas de muchas confesiones religiosas, llamadas adventistas debido a su creencia en la segunda venida de Cristo; ellos habían sufrido un chasco porque Jesús no vino a la Tierra el día que habían fijado. Muchos grupos pequeños como este habían estado estudiando la Biblia y orando, para que Dios les mostrara dónde se habían equivocado al interpretar las profecías.
El Salvador contemplaba con amor a estas personas desconsoladas, que habían estado tan seguras de que él vendría ese día de octubre de 1844 para llevarlas al cielo. Ahora había enviado un ángel para asegurarles, mediante esta visión, que realmente estaba llegando para llevarlas, pero no inmediatamente. Con paciencia, debían esperar un poco más.
¿Cuál fue la escena que vio Elena? En su visión, como la describió más tarde, le pareció estar subiendo cada vez más alto. Se dio vuelta para buscar a sus amigos adventistas, pero no podía verlos. Un ángel le dijo:
–Mira otra vez, y observa un poco más arriba.
Así lo hizo, y vio al pueblo adventista que avanzaba a lo largo de un sendero angosto y alto, por encima del mundo, hacia la Ciudad Santa, ubicada al final del sendero. Jesús los guiaba, y quienes fijaban su vista en él eran salvos. Una luz brillante al comienzo del sendero alumbraba todo el camino, para que sus pies no tropezaran. El ángel que había venido para mostrar estas cosas a Elena dijo que esto era el “clamor de medianoche”.
El “clamor de medianoche” fue un término muy utilizado durante el último verano de 1844. Provenía de la parábola de Cristo de las diez vírgenes, en la que se escuchaba un clamor a medianoche: “¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!” Las vírgenes representaban a la iglesia de Cristo que aguarda, y el clamor de medianoche anunciaba que Jesús estaba viniendo. Era un llamado a prepararse para encontrarse con él. De modo que, en aquellos días, cuando la gente hablaba del clamor de medianoche se estaba refiriendo al gran despertar, cuando cientos de pastores de muchas partes del mundo contaban a la gente que Jesús vendría en el otoño de 1844.
En su visión, Elena vio que algunos de los que viajaban por el sendero se cansaban. Decían que la ciudad estaba muy lejana; que hubiesen esperado entrar antes. Entonces Jesús levantó su brazo derecho, y una luz se difundió por sobre el grupo de peregrinos.
Algunos rechazaban la luz, diciendo que no era Dios quien los había guiado hasta entonces. Para ellos la luz se apagó, dejando sus pies en tinieblas; y tropezaban, perdían de vista a Jesús y se caían del sendero. Pero, muchos de los que viajaban siguieron avanzando a lo largo del sendero celestial. En sus frentes estaba escrito “Dios” y “Nueva Jerusalén”.
Oyeron la voz de Dios que anunciaba el día y la hora en que Jesús regresaría, y vieron una nubecita negra en el cielo. Observaban en silencio, mientras la nube se acercaba cada vez más a la Tierra, haciéndose cada vez más brillante y más gloriosa hasta brillar como fuego. A su alrededor había miles de ángeles, y encima un arco íris. Los ángeles entonaban la música más bella que alguna vez se haya oído.
Y allí, sentado en la nube, estaba Jesús, con muchas coronas en su cabeza. En su mano derecha sostenía una hoz filosa y en la izquierda, una trompeta de plata. Cuando los que esperaban contemplaron la escena gloriosa, sus rostros empalidecieron. Parecía que los ojos de Jesús, como llamas de fuego, los examinaban una y otra vez. Con temor, exclamaron:
–¿Quién podrá mantenerse en pie? Mi manto ¿está sin mancha?
Los ángeles dejaron de cantar, y hubo un lapso de silencio. Entonces Jesús habló:
–Los que tienen manos limpias y corazón limpio podrán mantenerse en pie; mi gracia es suficiente para ustedes.
Con estas palabras, los rostros de los que esperaban se iluminaron. Los ángeles volvieron a cantar, mientras la nube seguía acercándose a la Tierra.
Cuando terminó la visión, Elena contó a sus amigas lo que había visto, y se alegraron mucho. Ella estaba feliz, porque pensó que había cumplido con su deber. Pero casi una semana después, el ángel que le había hablado en la visión se le apareció por segunda vez, diciendo que debía contar a otros lo que había visto.
El grupo de adventistas de Portland, con frecuencia, se reunía en su casa para orar y estudiar la Biblia. Quien encabezaba el grupo le pidió a Elena que relatara la visión en la siguiente reunión, pero ella temía que no le creyeran lo que tenía para decirles. En vez de ir a la reunión, se subió a un trineo y viajó más de 6 kilómetros, hasta la casa de una amiga.
Allí, en solitario en una habitación de arriba, pasó todo el día orando a fin de que Dios la eximiera de tener que narrar la visión. Pero no se sentía feliz, porque sabía que Jesús no estaba complacido con ella. Aun cuando oraba, se sentía sola y con miedo, casi olvidada por Dios. Finalmente, cuando la noche estaba cercana, se rindió y prometió que daría el mensaje.
Para cuando llegó a la reunión de oración, la gente se había ido. Pero la siguiente vez que se reunieron Elena les relató toda la visión; y se sorprendió enormemente cuando todos los presentes escuchaban con mucho gusto. Estaban felices porque ahora estaban seguros de que Jesús todavía los guiaba, y porque el clamor de medianoche era una luz radiante que brillaría a lo largo de todo su camino al cielo. Entonces, comenzaron a ver su error de pensar que la purificación del Santuario significaba que Jesús regresaría a la Tierra en ese momento.
Un día, el padre de Elena le preguntó:
–¿Por qué te ves tan alicaída? ¿Cuál es el problema?
Sin levantar la vista, ella respondió:
–Tú sabes, papá, que Dios me ha pedido que les cuente a los demás lo que él me mostró. ¿Por qué elegiría a alguien tan débil como yo para hacer esta gran obra? ¿Cómo puedo irme de casa y viajar de un lugar a otro? ¡Si tan solo pudieses ir conmigo! Pero, sé que tú no puedes dejar tu trabajo.
El señor Harmon era pobre y mantenía a su familia fabricando sombreros.
–Sara puede ir contigo –respondió él, animándola.
Sara era su hermana mayor.
–¿Cómo pueden dos muchachas viajar de pueblo en pueblo? –preguntó Elena–. ¿Quién pagará nuestro viaje? ¿Quién organizará las reuniones por nosotras? Y si la gente se reuniera, ¿cómo haría para que me escuchen? Solo se reirían de mí.
Las dificultades parecían enormes.
Cuando Elena tenía apenas nueve años, sufrió lesiones graves en un accidente. Tenía la cabeza lastimada y la nariz quebrada, lo que le dificultaba la respiración. Durante tres semanas estuvo inconsciente, y por muchos años sufrió los efectos de ese accidente. Tenía los pulmones tan debilitados que le dolía respirar. Con frecuencia, de noche, tenía que dormir recostada con almohadas, para poder respirar. Su corazón también era muy débil. El médico de la familia dijo que viviría tres meses, o menos, probablemente.
Mientras Elena hablaba de las dificultades que enfrentaba, su papá la abrazó y le dijo con ternura:
–Elena, si Dios te llamó para hacer una obra para él, te fortalecerá lo suficiente como para hacerlo, y te abrirá el camino para comenzar. Oraremos por ti en nuestra reunión de esta noche.
Dios envió una bendición especial mientras oraban por Elena. Ella recibió nuevo coraje, de modo que estuvo dispuesta a ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa que pudiera.
Uno o dos días después, el cuñado de Elena, que vivía en un pueblecito a 48 kilómetros de distancia, llegó en un trineo.
–¿Me acompañas de regreso, Elena? –preguntó–. María quiere que la visites.
Elena sintió que Dios estaba abriendo el camino para que ella diera el mensaje, y que debía ir. Era pleno invierno al norte de Nueva Inglaterra; cada inhalación de aire helado le causaba dolor en los pulmones. Pero se abrigó bien y, sentada en el piso del trineo, se puso un pesado manto de búfalo sobre la cabeza.
Cuando llegaron, su hermana dijo:
–Me alegra que hayas venido; habrá una reunión esta noche en MacGuire’s Hill. ¿Vendrás con nosotros?
En ese entonces, los adventistas no tenían iglesias propias. Cuando Elena llegó al lugar de reuniones, se encontró con un salón grande, lleno de gente ansiosa por escuchar su descripción de la visión. No obstante, cuando se puso de pie para hablar, su voz era tan débil y ronca que apenas se la oía. Lo intentó por cinco minutos, mientras los oyentes se inclinaban hacia adelante para captar lo que decía.
Entonces, de repente y para sorpresa de todos, su voz cambió. Sonaba como una campana. Habló durante dos horas, describiendo los viajes del pueblo de Dios a la Santa Ciudad, la venida de Jesús y el hogar celestial. Se derramaron muchas lágrimas; pero eran lágrimas de gozo. Todos los corazones se animaron. Cuando Elena se sentó e intentó hablar con los que estaban más cerca, su voz fue tan ronca como antes, y solo podía susurrar.
Algunos se preguntan por qué Dios escogió a alguien tan débil para llevar sus mensajes a su pueblo. Había una razón. Cuando ese grupo de adventistas vio a Elena en su debilidad, de pie y tratando de hacer que ellos escucharan, y luego cuando el poder de Dios vino sobre ella, permitiéndole hablar con claridad, ellos supieron que no lo estaba haciendo en solitario: Dios la estaba ayudando.
Esa noche, cuando el grupo se despidió, hubo gritos de alegría.
–¡Vamos a casa! ¡Vamos a casa!
Algunos de los que observaban cómo los amigos de Elena la sostenían mientras regresaba al trineo, recordaron las palabras del apóstol Pablo: “Lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte [...] a fin de que nadie se jacte en su presencia”.
Durante la reunión, un joven llamado Hazen Foss se quedó escuchando afuera de la puerta. Dirigiéndose a un amigo, dijo:
–Esa visión es muy similar a la que Dios me dio a mí.
Sus amigos conocían su triste historia. Dos veces le había sido dada la visión, y dos veces se negó a relatarla. Entonces Dios le dijo que era eximido de la obra y que le sería dada a uno de los hijos más débiles de Dios.
Esto lo atemorizó. Por lo tanto, reunió a un grupo de personas, pero cuando comenzó a hablar no pudo recordar ni una palabra.
–Dios me ha quitado la visión –exclamó–. ¡Estoy perdido!
Y salió corriendo del lugar.
Al día siguiente de escuchar hablar a Elena, preguntó si podía verla en la casa de su hermana.
–Quiero hablar contigo –dijo–. El Señor me dio un mensaje para su pueblo, y yo me negué a dárselo. Anoche te escuché hablar. No te niegues a obedecer a Dios. Sé fiel en hacer la obra que él te da; y la corona que yo podría haber tenido la recibirás tú.
Demasiado tarde aprendió que es temerario decir que no a Dios.
En una oportunidad, el Señor dio a Elena un mensaje urgente para los creyentes de Portsmouth. El trayecto requería viajar en tren, pero no había dinero para los boletos. Sin embargo, Sara y Elena se prepararon para ir, confiadas en que el Señor abriría el camino.
Se vistieron para el viaje, y estaban a punto de salir caminando de la casa para recorrer la corta distancia hasta la estación, cuando Elena miró por la ventana y vio que un hombre a quien conocía conducía rápidamente hasta la puerta. El caballo estaba cubierto de sudor. Entró corriendo a la casa y preguntó:
–¿Alguien necesita dinero aquí? Sentí la impresión de que alguien necesita dinero aquí.
Las muchachas rápidamente le contaron que estaban yendo a Portsmouth para cumplir el mandato de Dios, pero no tenían dinero para los boletos. Él les entregó dinero para el viaje de ida y de vuelta.
–Súbanse a mi carro, y las llevaré hasta la estación –dijo.
De camino a la estación, él les contó que el caballo había querido hacer los 19 kilómetros desde su casa con tanta rapidez que se le hizo difícil hacer que no galopara todo el camino. Elena y Sara apenas alcanzaron a sentarse en el tren cuando este partió. Estaban en camino.
Elena Harmon, quien posteriormente llegaría a ser mi abuela, se embarcó en el trabajo de toda su vida. Nunca dudó cuando Dios la enviaba con sus encargos. En ocasiones, a pesar de las aparentes imposibilidades ella sabía que Dios proveería la salida.
Capítulo 3
La jugarreta que fracasó
–¿Quién es ese hombre en la sala principal, que está hablando con papá? –le preguntó a su madre un día, al entrar a la casa.
–Es Otis Nichols, un adventista de Dorchester, Massachusetts. Quiere que tú y Elena vayan algunos días a su casa. Dos predicadores autoproclamados están enseñando doctrinas extrañas, que han confundido y desanimado a algunos creyentes de allí. Quiere que escuchen de Elena el relato de sus visiones y, si es posible, poner fin a sus enseñanzas fanáticas.
Cuando el señor Nichols regresó a su casa, Sara y Elena fueron con él. Poco después de llegar, dos hombres, un tal señor Sargent y un señor Robbins, pasaron por la casa por un mandado. Cuando terminaron lo que tenían que hacer, dijeron al señor Nichols:
–Nos quedaremos para pasar la noche aquí, si a usted no le parece mal.
–Sí, de hecho –respondió el señor Nichols– por favor, pasen ya mismo; las hermanas Harmon están aquí, y tendrán la oportunidad de conocerlas.
El señor Sargent miró al señor Robbins, y este miró al señor Sargent. De repente, ambos decidieron que debían volver de inmediato a Boston.
El señor Nichols se sintió decepcionado.
–Qué pena –dijo–. Pero tendrán la oportunidad de conocer a las hermanas en Boston. Estamos planeando llevar a la hermana Elena con nosotros, para que hable al grupo el día de reposo.
Cuando dijo día de reposo, en realidad estaba pensando en el domingo, porque todavía no entendía que el domingo no es el día de reposo.
–De acuerdo –respondieron los hombres–, daremos aviso de que la señorita Harmon hablará en Boston el próximo día de reposo, y nos encontraremos allí.
Esa noche, durante el culto familiar, a Elena le fue mostrado, en una visión apacible que duró solo un momento, que no debía ir al norte hasta Boston el domingo, sino a Randolph, una ciudad que queda a unos 16 kilómetros al sur de Boston.
Cuando le contó al señor Nichols, este protestó:
–No podemos ir a Randolph. Prometí a los hombres que nos encontraríamos con ellos en Boston. ¿Cómo puedo faltar a mi palabra?
–Todo saldrá bien –dijo Elena–. El Señor me mostró que debemos ir a Randolph. Lo entenderemos cuando lleguemos allí.
Al dejar la casa del señor Nichols, los dos hombres enviaron un anuncio de que no habría reunión en Boston esa semana; todos los creyentes debían reunirse en Randolph. Pensaron que le estaban haciendo una jugarreta ingeniosa a Elena Harmon. En Boston encontraría una casa vacía, mientras que todos a los que ella esperaba hablarles estarían en Randolph, escuchándolos predicar a ellos.
De acuerdo con el anuncio, el domingo de mañana los dos hombres se reunieron con los creyentes adventistas en la casa de Thayer, en Randolph. Estaban sumamente complacidos por haber sido más listos que los esposos Nichols y que las hermanas Harmon. El señor Sargent, que fue quien más habló, había estado diciendo a la gente que ya había pasado el tiempo en que los cristianos debían trabajar.
–Hermanos –dijo–, estamos en el año del Jubileo, cuando todos debieran descansar.
No mencionó nada acerca de las mujeres que tenían que cocinar, limpiar la casa y hachar leña mientras sus esposos descansaban. Estos hombres estaban diseminando esta enseñanza fanática por todas partes. Los prudentes preguntaban: “¿Cómo podremos vivir así? ¿Cómo mantendremos a nuestra familia?” Los hombres respondían: “Que los ricos vendan sus posesiones y den a los pobres. Entonces no habrá necesidad de que ninguno trabaje”.
Ese día en particular, el señor Sargent estaba predicando esta doctrina extraña. Luego, comenzó a hablar de las visiones.
–Ustedes han oído acerca de esas visiones de Elena Harmon –dijo–. No las escuchen; son del diablo.
Alguien llamó a la puerta. La familia Nichols entró con Sara y Elena Harmon. Sargent se detuvo a mitad de una oración, demasiado sorprendido como para continuar. Abruptamente pidió al señor Robbins que anunciara el himno final.
–Nos volveremos a reunir después del almuerzo –dijo.
El almuerzo terminó pronto, y la gente volvió a la sala, ansiosa por ver lo que sucedería a continuación.
En la oración de apertura, el Espíritu del Señor dio una visión a Elena. Esto desagradó a Sargent y a Robbins. Era lo último que querían que la gente viera, porque sabían que Elena se oponía a la enseñanza extraña. Todas las miradas permanecían fijas en dirección a la joven que estaba en visión. De tanto en tanto, ella pronunciaba palabras de consuelo y esperanza.
Debo hacer algo para apartar la atención de ella, pensó el señor Robbins para sus adentros. Entonces, se puso en pie y anunció un himno, pero casi nadie se sumó a los dos hombres que cantaban. El señor Sargent levantó su Biblia y comenzó a leer a los gritos, tratando de ahogar la voz de Elena.
–¿Podrían dejar de cantar y leer, por favor? –fue el pedido de la audiencia–. Queremos escuchar lo que está diciendo la hermana Elena.
Eso era justo lo que los dos hombres no querían. Siguieron gritando y cantando hasta que ambos quedaron roncos, y les temblaban tanto las manos que apenas podían sostener los libros. Pero la voz de Elena, que parecía estar conversando con alguien en la visión, resonaba clara y nítida. Se podía oír cada palabra.
Todos en la sala podían ver que ella estaba bajo el control de un poder divino. Observaban sus movimientos solemnes y el hecho de que no respiraba, incluso cuando repetía frases que se le decían en visión frente al atento grupo. Había susurros:
–Su mensaje no puede ser del diablo; está lleno de ánimo y consuelo, y del amor de Dios.
–Sus palabras son como una voz del cielo.
–Sin duda, estos hombres nos han estado mintiendo.
–Esta visión me hace acordar a las visiones que Dios daba a los profetas en los tiempos bíblicos.
El señor Thayer se puso en pie.
–Me dijeron que las visiones que vienen de Satanás pueden detenerse colocando una Biblia abierta sobre la persona que tiene la visión. Señor Sargent, ¿quisiera hacer esta prueba?
El señor Sargent se negó.
En ese momento, Elena estaba descansando en una silla en un extremo de la sala, recostada contra la pared. El señor Thayer levantó una gran Biblia familiar de la mesa y la puso sobre el pecho de ella.
Inmediatamente ella levantó la Biblia con una mano. Avanzó hasta el centro de la sala, levantó la Biblia por sobre su cabeza, y exclamó:
–¡El testimonio inspirado de Dios!
Durante una hora sostuvo esa pesada Biblia con una mano por sobre su cabeza, y daba vuelta las páginas con la otra mano. Sin mirar el libro, señalaba con el dedo los mismos versículos que estaba repitiendo.
–Veamos si los está citando correctamente –sugirió alguien.
Puso una silla al lado de Elena y se subió, para poder mirar la Biblia por encima. Exclamó, sorprendido:
–La hermana Elena da vuelta las páginas y señala con el dedo exactamente los textos que usa. ¡Sin mirar, los cita correctamente!
Otros también se subieron a la silla para comprobarlo personalmente, y decían con asombro:
–¡Esto es maravilloso! No está viendo esos pasajes con sus ojos naturales. Se los muestran en su visión.
Las palabras que ella pronunciaba trajeron esperanza a la gente. Podían ver que Dios les hablaba a ellos mediante su débil y humilde mensajera.
Después de un rato, Elena buscó pasajes que describían el castigo de los malvados en el día del Juicio. Mientras tanto, el señor Sargent y el señor Robbins se mostraban turbados y callados. ¿Qué harían ahora? El grupo esperaba ansioso. ¿Confesarían su pecado? Pero eran demasiado orgullosos. Al cierre de la reunión, se fueron sin reconocer que habían estado equivocados.
El señor Robbins había alardeado frente a Sarah Harmon en cuanto a que podía lanzar un hechizo sobre Elena y sacarla de visión. Pero aquí, ante la presencia del poder de Dios, tuvo miedo incluso de intentar cumplir con su amenaza.
Cerca de la puesta de sol, encendieron velas. Mientras Elena estuvo en visión no respiró, ni era consciente de nada de lo que sucedía en la sala. Ahora comenzó a respirar, y a reparar en las personas que estaban a su alrededor.
Esta es la visión más larga de la que haya registro. Duró casi cuatro horas.

Exclamó sorprendido:
–La hermana Elena da vuelta las páginas y señala con el dedo exactamente los textos que usa.
Capítulo 4
El predicador joven y apuesto
¿Te gustaría saber cómo Elena Harmon, mi abuela, conoció a Jaime White, su esposo? Esta es la historia.
Un día, William Jordan y su hermana invitaron a Elena a hacer un viaje a Orrington, un pueblo situado a 240 kilómetros al noreste.
–Vamos a devolver un caballo y un trineo que nos prestó un joven pastor adventista, llamado Jaime White. Está teniendo problemas con algunos fanáticos. Si vienes con nosotros, podrías ayudarlo a resolverlos.
Muy pronto, los tres estaban deslizándose sobre la nieve al ritmo de los cascabeles y el compás de los cascos de los caballos. Después de un trayecto que debió de haber requerido casi dos días, llegaron a destino al final de la tarde. Cansada del largo viaje, Elena prestó poca atención al joven pastor que le presentaron esa noche.
A la mañana siguiente, después de orar juntos, los tres decidieron acompañar a Jaime White, el joven pastor, a visitar a una familia que vivía cerca del pueblo. Jaime los llevaría con el caballo y el trineo que le habían devuelto.
Cuando llegaron al lugar, vieron varios trineos en el patio y preguntaron:
–¿Están teniendo una reunión hoy?
–No –les dijeron–. Estas personas vinieron por varios recados. Parece que llegaron casi al mismo tiempo.
Elena recordó la promesa de que un ángel iría con ella. ¿El ángel habría reunido a estas personas para que pudieran oír el mensaje de Dios?
Invitaron a todos a la sala de estar, y pidieron a Elena que les hablara de sus visiones. Ella se puso en pie y comenzó a hablar, pero fue interrumpida por un fuerte grito de “¡Gloria, aleluya!” Algunos comenzaron a aplaudir, saltar y gritar. Elena dejó de contarles su historia y les habló con seriedad:
–¿Esa es la forma de actuar como cristianos? Yo no leo en la Biblia que Cristo y sus discípulos alguna vez se hayan comportado de una forma tan indecorosa. ¿No es él nuestro ejemplo?
Jaime White abrió entonces su Biblia y les leyó que Dios es un Dios de orden, no de confusión; que el Espíritu Santo habla al corazón mediante un “silbido apacible y delicado”. Dijo:
–Satanás está llevándolos a actuar de este modo, para que sus vecinos odien el nombre de adventistas y nunca más quieran oírlos hablar sobre la venida de Jesús.
Después de un rato el ruido se fue apagando, y Elena continuó relatando su historia.
Al salir de esta casa el grupo salió a visitar a otras familias, y durante las siguientes semanas celebraron reuniones en varios pueblos cercanos. A veces, se encontraban con gente que tenía ideas extrañas. Un hombre predicaba que Jesús había vuelto a la Tierra, que había resucitado muertos y los había llevado al cielo.
–¿Sabe que cuando Jesús venga en poder y gloria se oirá la trompeta de Dios alrededor de todo el mundo, los santos que duermen serán resucitados para vida, y los que estén vivos serán transformados y “arrebatados [...] con ellos [...] para recibir al Señor en el aire”? ¿Ya ha sucedido esto? Ciertamente, usted todavía no ha visto a Cristo venir con poder y gloria.
Algunos creían que era su deber hacer largas peregrinaciones a pie para obtener la salvación. Otros ayunaban, rehusando cualquier alimento durante días, e insistían en que sus amigos hicieran lo mismo. Algunos aceptaban todas las ideas que entraban en su mente como si fueran del Señor. Ni bien captaban la noción de que debían hacer determinada cosa se apresuraban para hacerla, sin detenerse a preguntarse si estaban complaciendo a Jesús y obedeciendo las instrucciones que les había dado en la Biblia.
Una reunión había comenzado en una casa, cuando Jaime White llegó junto con Elena y sus amigos. Alguien desde adentro los vio venir, y cerró la puerta con llave. “En el nombre del Señor” Elena abrió la puerta con llave y entraron. ¡Con qué cuadro extraño se encontraron! Una mujer estaba acostada en el suelo, llorando lastimeramente y advirtiendo a los demás que no escucharan a Elena Harmon. Elena se arrodilló a su lado, y “en el nombre de Jesús” reprendió al espíritu demoníaco que la poseía. La mujer se levantó y se sentó en silencio con los demás. No volvió a molestar mientras Elena hablaba al grupo acerca de Jesús, que hace que sus seguidores sean buenos, puros y sensatos.
Día tras día, el grupo iba de casa en casa dando los mensajes de Dios y reprendiendo a los fanáticos. En muchos lugares, se encontraban con creyentes turbados por estos religiosos ruidosos. Algunos se quedaron con la impresión, por sus gritos, de que los adventistas eran alborotadores. Algunos de sus vecinos hasta se habían quejado de ellos con la policía.
En la entrada de un pueblo había centinelas apostados, para hacer volver a cualquier predicador que llegase para celebrar reuniones. Pero el trineo que llevaba a los mensajeros del cielo entró tranquilamente entre el control. Elena nuevamente recordó la promesa de que un ángel iría con ella, y agradeció a Dios porque el ángel cerrara los ojos de esos centinelas.
Las últimas reuniones que tuvieron fueron felices. Los alborotadores se habían apaciguado, y los mansos seguidores de Jesús agradecieron a Elena Harmon y a los Jordan por haber venido desde tan lejos para ayudarlos, a ellos y a su joven pastor, a poner en orden sus reuniones.
En la última reunión en Orrington, se le informó a Elena, en una corta visión, que su obra allí había terminado y que debía regresar a Portland inmediatamente.; de lo contrario, estaría en peligro. Dos espías fueron vistos asomándose a las ventanas; pero como las ventanas eran altas y los adoradores estaban arrodillados en oración, los hombres se fueron e informaron que no había nadie en la casa.
Temprano a la mañana siguiente, Jaime White, Elena y los Jordan subieron a un bote de remos con un amigo de Jaime, y navegaron río abajo hasta Belfast. Allí, Elena y los Jordan abordaron un vapor que los llevaría de regreso, mientras Jaime y su amigo regresaron remando a Orrington. Allí se enteraron de que unos agentes habían ido a la casa donde vivía el predicador y que lo estaban buscando. Jaime y su amigo fueron arrestados, azotados y arrojados a la cárcel. Pero fueron liberados cuando los agentes se enteraron de que de ningún modo ellos eran responsables por los disturbios de los cuales se quejaba la gente.
Jaime no podía evitar sentirse preocupado por Elena. ¡Era tan joven y tan frágil, y estaba rodeada de tantos peligros! ¡Cuánto necesitaba que alguien fuera con ella y la protegiera! Pero, es poco probable que se le haya ocurrido pensar en que alguna vez él sería ese legítimo protector, porque él escribió que ninguno de los dos pensó en casarse en ese momento.
Sin embargo, no parece extraño que más adelante él le haya pedido que sea la compañera de su vida. Él estaría contento de compartir sus pruebas y peligros. Él sentía que se necesitaban el uno al otro; que podían lograr más para el Señor juntos que separados.
–Y además, Elena, yo... te amo. Estuve orando al respecto.
Elena respetaba y admiraba a este joven apuesto, que además era un cristiano ferviente. Pero, antes de darle su consentimiento para casarse ella quería estar segura de que era la voluntad de Dios. Le respondió:
–Jaime, yo también voy a orar para que el Señor nos haga saber cuál es su voluntad.
Y para su alegría, sentía cada vez más que Dios quería que trabajaran juntos. La respuesta no vino mediante una visión. El Espíritu Santo le habló apaciblemente a su corazón, así como habla a todos los hijos de Dios que oran sinceramente pidiendo orientación para escoger al compañero de la vida.
Recién cuando Jaime y Elena estuvieron seguros de que esa era la voluntad de Dios, se casaron.
Entre los registros de la familia White hay un documento pequeño, pero precioso: el certificado de matrimonio de Jaime y Elena White. Nunca se halló ninguna mención a invitaciones impresas, regalos, damas de honor o ramilletes; ni siquiera de un vaporoso vestido blanco de novia ni de una luna de miel. Evidentemente, Jaime y Elena eran demasiado pobres. Además, les esperaba un trabajo importante. Cada momento posible y cada centavo disponible debía destinarse a trabajar para anunciar las buenas nuevas del regreso de Jesús.
Jaime estaba feliz, porque verdaderamente amaba a Elena; y Elena estaba feliz, porque amaba a Jaime. Y ambos amaban a Dios.
Capítulo 5
El capitán se convenció
–Estuve pensando que es hora de que visitemos a nuestros amigos de Topsham –dijo Jaime White a su joven esposa un día.
Elena estaba contenta con la sugerencia. Temprano el viernes de mañana, Jaime enganchó el caballo al trineo de la familia y viajaron casi 50 kilómetros para estudiar la Biblia con sus amigos. El sábado se reunieron en el hogar de los Curtiss. Estaban contentos de ver entre sus viejos amigos a un capitán de barco jubilado, llamado José Bates. Este hombre había oído a Elena relatar sus visiones, pero no estaba seguro de que fuesen del Señor. No creía en las visiones modernas.
Los cristianos de aquellos días escuchaban hablar mucho acerca del “profeta” mormón José Smith, y de Ann Lee, líder de los “Shakers”. Ambos afirmaban que Dios había enviado un ángel para hablar con ellos. Pero, las visiones de ellos dos eran muy diferentes de las visiones dadas a los profetas de Dios en los tiempos bíblicos. Sus enseñanzas eran contrarias a la Palabra de Dios.
A causa de estos errores, muchos no se fiaban de nadie que profesara tener visiones. Decían que es posible que Dios haya hablado a los profetas en los tiempos bíblicos, pero que no hablaba a su pueblo de este modo en la actualidad. Los pastores decían a sus congregaciones que las visiones celestiales eran cosa del pasado.
Pero algunos estudiosos de la Biblia creían que Dios todavía hablaba a su pueblo mediante visiones, así como había prometido que lo haría en los últimos días. Por cierto, pensaban ellos, mientras Satanás envía a sus ángeles para engañar a los hombres, Dios estaría enviando mensajes del cielo para advertir y guiar a su iglesia.
Durante la reunión en el hogar de los Curtiss Elena de White recibió una visión, y José Bates la observó con atención. Era un hombre honesto, que quería conocer la verdad. Con una sonrisa radiante en su rostro, mientras caminaba por la sala aparentaba ver algo a la distancia. Luego, la escuchó hablar. ¡Pero, qué extraño! ¡Qué maravilloso! Casi no podía creer lo que veía y oía: ¡ella hablaba, pero no respiraba! En suaves tonos musicales, ella describía lo que veía.
–Veo cuatro lunas –dijo.
Decía ver varios planetas; uno rodeado con hermosos cinturones o anillos de colores.
El capitán Bates, de repente olvidó que él no creía en visiones.
–¡Está viendo Júpiter! –dijo él.
A medida que ella seguía describiendo lo que veía, él decía:
–¡Es Saturno lo que ella está describiendo!
Y luego:
–¡Ahora está viendo Urano!
Ella no había mencionado ningún planeta en particular, pero el marinero José Bates había estudiado durante años los cielos y había leído mucho acerca de las estrellas. Sabía de lo que ella estaba hablando.
Después de un rato, ella comenzó a describir los “cielos abiertos”, una entrada a la región más gloriosa del más allá, que resplandecía de luz.
El capitán Bates se paró de un salto.
–¡Cómo me gustaría que Lord William Rosse estuviese aquí!
–¿Quién es Lord William Rosse? –preguntó Jaime White.
–Es el gran astrónomo inglés –fue la respuesta entusiasta–. Me gustaría que escuchara a esta señora hablar de astronomía, y que oyera su descripción de los “cielos abiertos”. Está a la vanguardia de cualquier cosa que haya leído sobre el tema.
Desde aquel entonces, José Bates nunca dudó de que las visiones de Elena de White fuesen sobrenaturales- Mientras comparaba sus enseñanzas con la Biblia, se convenció de que los mensajes que ella daba no eran propios, sino la voz de Dios que hablaba a su pueblo.
En una oportunidad antes de esta visión, el capitán Bates había intentado conversar de astronomía con Elena, pero descubrió que ella no estaba familiarizada con el tema. Sabía que decía la verdad cuando, posteriormente, ella dijo que nunca había abierto un libro de astronomía. Él también sintió la impresión de que Dios le había dado esta visión en presencia suya, para que él no volviera a dudar.
En su estudio de las Escrituras, el capitán Bates había aprendido que Jesús y sus discípulos no cambiaron el día de reposo cristiano del séptimo día de la semana al domingo, el primer día, sino que el cambio lo habían hecho los dirigentes eclesiásticos muchos años después de la ascensión de Cristo. Escribió un folleto explicando las razones por las que creía que todos los cristianos debían guardar el día de reposo sabático del Mandamiento, pero no tenía dinero para publicarlo.
Al retirarse del mar, vendió su barco por once mil dólares. En aquellos días, se lo consideraba un hombre rico; pero ahora era pobre, porque había gastado toda su fortuna en difundir el mensaje adventista. Sin embargo, el impresor accedió a imprimir el folleto sobre el sábado y esperar su paga. Cuando el folleto salió de la imprenta, la cuenta fue pagada por un amigo que ocultó su identidad, y el pastor Bates hizo que el folleto circulara gratuitamente. Le entregó un ejemplar a Jaime White. (A veces llamaban al ex capitán de barco “pastor Bates”, porque dedicaba mucho tiempo a predicar y a dar estudios bíblicos.)
Jaime y Elena lo leyeron con mucho cuidado. ¡Quizás el pastor Bates tuviese razón! Debían saber exactamente lo que decía la Biblia, porque sin duda querían obedecer a Dios en todas las cosas.
El folleto estaba impreso con letras tan pequeñas que la señora de White no podía leerlo. Le dolía la vista y la cabeza. Jaime leía un párrafo en voz alta, y luego buscaba los textos; porque aunque el folleto era pequeño, estaba repleto de versículos bíblicos. A menudo, mientras estudiaban, Jaime y Elena se arrodillaban y pedían a Dios que enviara su Espíritu Santo, como había prometido, para guiarlos a la verdad.
Con ese estudio se convencieron de que Jesús nunca había dicho nada acerca de cambiar el día de reposo del séptimo al primer día de la semana. Ni Jesús ni sus discípulos guardaron el domingo, ni enseñaron a los demás que debían guardarlo.
Una y otra vez leían que Dios, después de crear el mundo, bendijo el séptimo día, lo santificó y se lo dio a Adán y a Eva, y a todos los que vivirían en el mundo, a fin de recordarles su poder creador. Y leyeron textos que decían que el sábado sería la señal entre Dios y su pueblo para siempre. Cuando Jaime y Elena comprendieron la importancia del sábado, comenzaron a observarlo inmediatamente.
El frío invierno pasó, y llegó la primavera. A menudo mis abuelos se encontraban con sus amigos en Topsham. Elena había escrito acerca de una visión que tuvo al comienzo de la primavera, durante un estudio bíblico en la casa de Howland:
“Mientras orábamos, el Espíritu Santo descendió sobre nosotros. Estábamos muy felices. Pronto perdí el conocimiento de las cosas terrenas y quedé arrobada en una visión de la gloria de Dios”. Luego, dijo: “Un ángel me llevó desde la Tierra a la Santa Ciudad. Con Jesús, entré en el templo del cielo.
“Pasé al Lugar Santísimo. Allí vi el arca de oro [...] Jesús levantó la cubierta del arca, y vi las tablas de piedra en las que estaban escritos los Diez Mandamientos. Me asombré al ver una aureola luminosa que circundaba el cuarto Mandamiento, lo que me llamó poderosamente la atención, y lo hacía brillar más que cualquiera de los otros nueve”.
La señora de White estudió cuidadosamente para descubrir si el Mandamiento había sido cambiado. ¿Decía: “Acuérdate del primer día de la semana para santificarlo”? Ella estaba segura de que si Dios hubiese cambiado el día de reposo habría cambiado la leyenda en las tablas de piedra en el arca del cielo. Pero, todavía se podía leer: “El séptimo día es reposo para Jehová tu Dios”; el mismo que Dios grabara en las tablas de piedra, para que Moisés las pusiese dentro del arca sagrada.
Jaime, Elena y los demás adventistas no habían comenzado a guardar el sábado porque José Bates lo estaba predicando, sino porque lo habían aprendido por sí mismos al estudiar la Biblia con mucho cuidado. Y ahora Dios les había dado esta visión, para asegurarles que entendían las Escrituras correctamente, y que era su deber obedecer el cuarto Mandamiento y enseñar a los demás a obedecerlo. La señora de White registró la visión y la instrucción del ángel.
Le dijo que Dios tenía muchos hijos que guardaban el primer día de la semana porque creían que Jesús y sus discípulos habían cambiado el día de reposo. En estos últimos días, cuando hay grandes conflictos sobre la Tierra, la verdad del sábado se está enseñando más plenamente. Muchos cristianos sinceros están renunciando al día de reposo producido por el hombre y están comenzando a guardar el santo día de Dios.
Pronto esto les acarreará gran persecución y sufrimiento. Los observadores del sábado serán acusados de causar los problemas del mundo. Pero, Jesús estará con su pueblo fiel; y antes de la destrucción final del mundo, vendrá a salvarlos.
Capítulo 6
Una tormenta en el mar
Una vez, un vapor en el que Jaime y Elena viajaban se topó con una tormenta. El barco se balanceaba de un lado al otro, y las olas se estrellaban contra las ventanas. De repente, una araña de luces cayó al piso. Los platos de la mesa del desayuno tintineaban en todas direcciones. Una señora se cayó de su camastro, en medio de paquetes y cajas que se deslizaban por el piso del camarote.
–Señora de White, ¿no le da terror? –le preguntó otra dama–. ¿Se da cuenta de que es probable que nunca lleguemos a tierra firme?
–No tengo nada que temer –respondió ella con tranquilidad–. Busqué refugio en Cristo. Y si terminé mi obra, bien puedo descansar en el fondo del océano, como en cualquier otro lugar. Pero, si mi obra todavía no terminó, todas las aguas del océano no bastarían para ahogarme. Mi confianza está en Dios, y él nos llevará a tierra seca, si es para su gloria.

Algunas de las mujeres confesaban sus pecados y clamaban a Dios pidiendo misericordia. Otras invocaban a la virgen María.
Algunas de las mujeres confesaban sus pecados y clamaban a Dios pidiendo misericordia. Otras, invocaban a la virgen María para que las salvara. Una clamó, aterrada: “¡Oh, Dios, si nos salvas de la muerte, te serviré para siempre!”
Pocas horas más tarde, el vapor desembarcó a salvo. Mientras los pasajeros descendían, la señora de White escuchó que una mujer exclamaba con sorna: “¡Gloria a Dios! ¡Me alegra poder pisar tierra otra vez!” Se dio vuelta para ver quién estaba hablando, y descubrió que era la misma dama que había prometido servir al Señor para siempre, si tan solo le salvaba la vida ese día.
Mirándola fijamente a los ojos, la señora de White dijo:
–Haga memoria de hace algunas horas, y recuerde sus votos.
La mujer se alejó de ella despectivamente.
En otro viaje en buque, la señora de White estaba contando a algunas jóvenes de la terrible tormenta por la cual habían pasado ella y su esposo.
–Los cristianos siempre debieran estar listos para cerrar su tiempo de prueba al morir, o en la venida de Jesús –les dijo.
–Así es exactamente como hablan los milleritas –dijo una de las jóvenes–. Son las personas más engañadas de la Tierra. Cierto día, esperaron a que Cristo viniera; hubo grupos en diferentes lugares que se pusieron túnicas para la ascensión, fueron a los cementerios, se subieron a los techos de las casas y a las colinas, y oraron y cantaron hasta que se pasó el día.
–¿Alguna vez has visto a alguna de esas personas vestidas con túnicas de ascensión? –preguntó la señora de White.
–No, yo no las vi, pero un amigo que sí las ha visto me lo contó. Y es algo tan sabido en todas partes que lo creo como si hubiese estado allí.
–¡Ah, sí! –dijo otra del grupo–. Los milleritas de la ciudad donde vivo se pusieron túnicas de ascensión.
–¿Y los viste con las túnicas puestas? –preguntó la señora de White.
–No, no los vi; no estaban en mi ciudad. Pero, todos contaban que se hicieron túnicas de lino blanco para la ascensión y las usaron. Todos lo creen.
Entonces la primera mujer, al ver la expresión dubitativa de la señora de White, dijo en forma concluyente:
–Yo sé que fue así. Estoy tan segura como si los hubiese visto yo misma.
–Bueno, creería que si era tan común ponerse las túnicas de ascensión, sin duda podrían darme los nombres de algunos de los que lo hicieron –dijo la señora de White.
–Seguro –fue la respuesta convincente. Estaban las hermanas Harmon, de Portland. Mis amigos me contaron que ellos vieron a las hermanas saliendo del cementerio con las túnicas puestas. Como pasó el tiempo, ambas muchachas se volvieron infieles.
Una dama miembro del grupo, que había estado escuchando en silencio, no pudo evitar reírse.
–Quizá no sepan que están hablando con una de las hermanas Harmon –dijo–. La que está sentada a su lado es Elena Harmon. Ella y yo fuimos compañeras de escuela. Conozco a las hermanas Harmon de casi toda la vida, y sé que el rumor de que se hicieron túnicas de ascensión es mentira. Yo no soy millerita, pero estoy segura de que nunca pasó nada de eso.
Hubo un silencio vergonzoso.
–Probablemente, todas las historias sobre las túnicas de ascensión sean tan falsas como esta –dijo la señora de White–. La túnica que debemos llevar puesta cuando Jesús venga es la túnica de un carácter puro y sin pecado.
En sus viajes, los White con frecuencia compraban boletos que solo le daban derecho a viajar en las cubiertas inferiores. Esta forma de viajar no era cómoda, pero era más económica. Cansados de viajar y de predicar, por las noches se acostaban en los bancos duros o sobre las cajas de mercaderías o los sacos de grano, usando sus maletines como almohadas y cubiertos con sus abrigos. A veces, en las frías noches de invierno, tenían que levantarse y caminar por la cubierta para conservar la temperatura. En verano, el calor sofocante y el humo del tabaco hacían que ellos se acercaran a los bordes del barco para recibir la brisa refrescante.
Muchas veces me hubiese gustado preguntar a mi abuelo: “¿Por qué llevabas a mi abuelita de un lado a otro en esos duros viajes costeros, y en esos tediosos viajes en barcazas, cuando habría sido mucho más fácil ir en tren?”
Un día, mientras echaba un vistazo a algunas cartas viejas escritas por Jaime White, encontré la respuesta a mi pregunta:
“Generalmente, vamos de Boston a Portland en el barco de vapor. El boleto cuesta solo un dólar. Para ir directo en tren, el boleto costaría tres dólares”.
Así eran ellos, pensaba mientras leía esta suave indirecta en una carta dirigida a un hermano que estaba viniendo a una de las conferencias. Aquellos pioneros sufrían cualquier clase de privaciones, con tal de ahorrar algunos preciosos dólares para poder viajar un poco más lejos y encontrar más familias que necesitaban la bendita esperanza del Salvador pronto a venir.
Pasaban cosas asombrosas en esos viajes. Una vez, Jaime y Elena, junto al capitán Bates, pasaban por el Estado de Nueva York para asistir a una conferencia bíblica. Salieron en un barquito, pero después de un tiempo vieron que se acercaba un barco más grande. Como necesitaban hacer trasbordo a este barco, le hicieron señas para que se detuviera. Pero siguió camino. Mientras sobrepasaba a su barco, Jaime tomó a Elena de la mano, y ambos saltaron al otro barco y cayeron a salvo a bordo.
–¡Tome, este es su pago! –gritó Bates al capitán, sosteniendo un billete de un dólar.
Él también saltó a la barcaza más grande. Pero, a esta altura estaba casi fuera de su alcance. Tocó el borde con el pie, pero se cayó al agua. Sujetando la billetera en una mano y el dólar en la otra, comenzó a nadar detrás de la barcaza. Se le cayó el sombrero, y por tratar de salvarlo perdió el dólar, pero todavía seguía aferrado a su billetera. Finalmente, la barcaza grande se detuvo y subieron a Bates a bordo. El agua barrosa le chorreaba de la ropa y le rebalsaba por los zapatos.
Al desembarcar del barco, fueron a la casa de una familia adventista de nombre Harris, para que el pastor Bates pudiese secarse. Allí, encontraron a la señora Harris en cama con un terrible dolor de cabeza, una dolencia que acarreaba por años. Les pidió que oraran por ella, y así lo hicieron. También le dijeron que consumir tabaco de mascar le acarreaba problemas.
–¡Me alegra tanto que me lo hayan dicho! –dijo–. Nunca más lo volveré a usar. ¡Me alegro por el accidente, que los trajo hasta aquí!
Todos estaban contentos, incluso el capitán Bates. Ese fue el final de los fuertes dolores de cabeza.
Al abordar la siguiente barcaza, Jaime White dijo:
–No llegamos a nuestra cita programada para el sábado, pero conozco a una familia adventista cercana. Pasemos el sábado con ellos.
A última hora del viernes de tarde llegaron a la casa. Un niñito corrió al campo para llamar a su padre, que les dio una calurosa bienvenida cuando supo que guardaban el sábado. Pasaron un sábado agradable, estudiando la Biblia juntos. La caída en el canal fue positiva para dos familias.
Esta no fue la única vez que un aparente desastre terminó poniendo a estos fervorosos obreros en contacto con gente que, de lo contrario, quizá nunca hubiesen conocido. Jaime y Elena White tuvieron muchas de estas experiencias. Años más tarde, mientras viajaban por Míchigan en coche con otros obreros, se perdieron. El conductor, aunque conocía bien el camino, se confundió y se salió de la ruta por la cual viajaban. Era viernes, y la distancia hasta Vergennes, donde planificaban celebrar reuniones sabáticas, estaba a solo 24 kilómetros; sin embargo, aquel día viajaron 65 kilómetros antes de llegar a destino. Durante horas viajaron por densos bosques, siguiendo huellas de ruedas apenas visibles; que, con frecuencia, estaban bloqueadas por troncos y árboles caídos. Entretanto, prestaban atención para encontrar una casa donde pudieran recibir indicaciones.
Hacía calor, no tenían comida y no encontraban agua por ninguna parte. Al pasar al lado de algunas vacas que pastaban, los sedientos viajeros trataron de acercarse lo suficiente como para conseguir algo de leche. Pero, las vacas no dejaban que se les acercaran extraños. Dos veces la señora de White se desmayó, y su esposo oró por ella.
Finalmente, divisaron una cabaña de troncos en un claro, donde fueron bien recibidos y les ofrecieron refrescos. Mientras se quedaron un rato a descansar, a comer y a averiguar el camino, conversaron con la familia. Antes de irse, Elena les dio un ejemplar del librito Experience and Views [Experiencia y visiones].
Durante años, se preguntaban por qué les habría tocado pasar por ese cansador traqueteo, especialmente en viernes, antes de sus importantes encuentros sabáticos. Veintidós años después, en una reunión campestre de Míchigan, lo descubrieron.
Al final de un culto, una mujer pasó al frente y sujetó, ansiosa, la mano de la señora de White.
–¿Recuerda cuando se perdió hace muchos años y se detuvo en una cabaña de troncos en los bosques? –le preguntó–. Les dimos refrescos. Y usted nos habló acerca de Jesús y de las bellezas del cielo. Habló con tanto fervor que quedé encantada, y nunca me olvidé de sus palabras.
–Nos dejó un librito. Se lo prestábamos a los vecinos a medida que se asentaban cerca de nosotros, y lo leímos hasta que ya casi no quedaba nada de él. Desde aquel entonces, el Señor ha enviado pastores a que nos prediquen; y ahora hay un lindo grupo que guarda el sábado, que data su primera experiencia en la influencia de ese librito.
Entonces fue fácil comprender que la providencia de Dios los había guiado, incluso en ese día agotador.
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