Read the book: «Secretos del ayer»

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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Elizabeth August
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Secretos del ayer, n.º 1464 - febrero 2021
Título original: Marrying O’Malley
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-145-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
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Capítulo 1
VOLVER a Lost River no formaba parte de los planes de Wolf O’Malley. Pero hacía un par de días que se había enterado de la muerte de su padre, acaecida dos meses atrás. La noticia lo conmocionó, pero no había ido a presentar sus últimos respetos a su padre. Había ido por el respeto que conservaba a la memoria de su madre y para reclamar lo que le correspondía por derecho. No quería nada que hubiera pertenecido a los O’Malley; era la dote que su madre aportó cuando se caso, una tierra que había pertenecido a su familia durante generaciones, lo que había ido a reclamar. Willow O’Malley murió cuando él tenía diez años, pero el tiempo no había apagado su recuerdo. Wolf sabía que el espíritu de su madre no descansaría tranquilo mientras su tierra siguiera en manos de Katherine O’Malley, la segunda esposa de Frank.
No había enviado aviso de su llegada. La sorpresa era siempre una ventaja, y, en lo que a Katherine se refería, habría sido una tontería no utilizar cualquier ventaja con la que uno pudiera contar. La noche anterior se había quedado en Phoenix, con intención de hacer patente su presencia cuando se presentara esa mañana a las nueve en el bufete de Brandford Dillion. Pero una mezcla de emociones le habían impedido descansar. Se había levantado antes del amanecer, y ahora, mientras los primeros rayos de sol asomaban por el horizonte, se encaminaba hacia la tumba de su padre, al cementerio en el que se hallaban enterradas cuatro generaciones de los O’Malley. Frente a una de las tumbas había una mujer. Su fuerte pelo negro estaba sujeto en una larga coleta que le llegaba a la cintura. Vestía unos gastados vaqueros, camisa azul y zapatillas deportivas.
Wolf se detuvo junto a un árbol cercano para observarla. Era bonita, de evidente ascendencia mejicana. Entrecerró los ojos al reconocerla. Había madurado, había perdido su aspecto de niña picaruela, pero estaba seguro de que aquella mujer era Sarita Lopez. ¿Qué hacía allí, ante una tumba de los O’Malley? Que el recordara, no tenía ninguna relación con la familia. Mientras la observaba, la mujer inclinó la cabeza y unió las manos en actitud de orar.
Abandonando la protección del árbol, Wolf entró en el cementerio vallado.
Sarita se irguió de repente al oír el ruido de pasos. Nadie solía acudir tan temprano al cementerio. Maldijo entre dientes. Lo último que quería era que alguien averiguara que solía visitar las tumbas de los O’Malley.
Pensando frenéticamente en alguna excusa plausible, se volvió hacia el intruso. Al principio, su mente se negó a asimilar lo que vio. Los rasgos faciales del hombre alto y musculoso que vio frente a ella eran más duros de lo que recordaba, pero no había duda de su identidad. El color abandonó su rostro. A la vez que sus rodillas se debilitaban, dos fuertes manos la sujetaron por los brazos.
–Nunca pensé que fueras la clase de mujer que se desmaya –dijo Wolf.
–¡Creía que estabas muerto! –exclamó ella. Por un instante, consideró la posibilidad de que su imaginación le estuviera jugando una mala pasada. Pero lo cierto era que podía sentir con toda nitidez el calor que irradiaban las manos de aquel hombre a través de la tela de su blusa.
Sorprendido por las palabras de Sarita, Wolf miró la lápida de la tumba ante la que le había visto depositar una flor. Llevaba su nombre. Según la inscripción, hacía seis años que había muerto. Un amargo sabor invadió su boca mientras la rabia que creía conquistada volvía. Al ver que las mejillas de Sarita recuperaban su color normal, la soltó.
–¿Llegó a enviar mi padre una partida de búsqueda?
La fría mirada y la firmeza que denotaba la dura línea de su mandíbula eran tal como Sarita las recordaba. A pesar de todo, le costaba creer que realmente estuviera allí.
–Los restos del avión en el que ibas fueron encontrados en la ladera de una montaña. Las autoridades canadienses tardaron dos semanas en conseguir que un equipo de rescate llegara al lugar. Encontraron los restos de dos cuerpos. Por lo que sé, no había mucho que identificar. El avión ardió tras el impacto. Ya que el piloto y tú erais los únicos que figurabais a bordo, se llegó a la conclusión de que los muertos erais vosotros.
–Un leñador amigo del piloto se presentó a última hora y acordamos llevarlo de vuelta a su casa. Quedaba de camino. Al parecer, el pilotó no se molestó en añadir su nombre a la lista de pasajeros y nadie debió fijarse en que entraba en el avión.
–¿Pero cómo saliste tú del avión? –preguntó Sarita, confundida. –Las autoridades dijeron que fue un accidente terrible.
–Mi cinturón de seguridad debía estar defectuoso. Debí salir lanzado por la ventanilla del avión y me golpeé con algo en la cabeza, porque perdí el sentido. Cuando desperté me encontraba a unos quince metros del avión carbonizado, en bastante mal estado, pero vivo –la amargura de su voz se intensificó–. Supongo que no hubo nadie lo suficientemente interesado como para cuestionar la identidad de los cadáveres. Mi muerte suponía una solución tan buena como cualquier otra para los conflictos que tenía con mi padre.
Todo el mundo en el pueblo sabía que Wolf se fue por los amargos sentimientos que existían entre él y su padre. Era posible que no le importara, pero Sarita pensó que merecía saber que su muerte afectó mucho a su padre.
–Estoy segura de que no sintió eso. Tomo casi a diario el atajo del cementerio para rezar ante la tumba de mis padres y de mi abuela. Vi a tu padre muy a menudo aquí. En la fecha de tu cumpleaños traía algo especial… una pluma, una roca. El dolor que vi en su rostro me convenció de que lamentaba que las cosas no se arreglaran entre vosotros.
Saber que su padre había sentido remordimientos provocó una momentánea grieta en la armadura de cinismo de Wolf, pero los recuerdos la sellaron de inmediato.
–Su arrepentimiento llegó un poco tarde.
Sarita aún tenía dificultades para asimilar el giro de los acontecimientos.
–¿Cómo sobreviviste? ¿Dónde has estado?
–Un viejo leñador me encontró y me ayudó a recuperarme. Por primera vez tras la muerte de mi madre encontré la paz junto a él en los bosques. Y ya que nadie fue a buscarme, supuse que nadie me echaba de menos, así que me quedé –Wolf miró a Sarita, volviendo a sentir curiosidad por su presencia en aquel lugar–. ¿Por qué estás aquí? Nunca nos llevamos demasiado bien.
Ella misma se había hecho aquella pregunta muchas veces, aunque sin lograr encontrar una respuesta. No había motivo para que la muerte de Wolf la hubiera afectado como lo hizo. Su orgullo le impidió dejarle ver que lo había echado de menos, de manera que se encogió de hombros.
–Tras la muerte de tu padre, pensé que alguien debía recordarte –no queriendo darle la oportunidad de interrogarla más a fondo, Sarita se alejó.
Wolf la miró. Tenía razón respecto a que probablemente no quedaba nadie que lamentara su muerte. Katherine, su madrastra, le enseñó a ser desconfiado y cortante. Para cuando se fue a inspeccionar las posesiones de su padre en Alaska, había conseguido alejar a mucha gente de su lado.
Recordó a Joe Johnson, el viejo leñador que lo encontró. «La rabia confunde la mente y abotarga los sentidos», le decía en muchas ocasiones. «Hace que te conviertas en la presa en lugar de en el cazador».
Wolf se volvió hacia la tumba de su padre. No había sido totalmente sincero con Sarita. Admitió a regañadientes que, al menos en parte, se quedó en los bosques con Joe para esconderse, para huir de los constantes enfrentamientos con su madre.
–No volveré a ser vencido por esa diablesa con la que te casaste –prometió, volviendo a recuperar el control de sus emociones.
Cuando el cosquilleo que sentía en la parte trasera del cuello cesó, Sarita miró por encima de su hombro y vio a Wolf mirando la tumba de su padre. Una sonrisa curvó brevemente sus labios. Quiso gritar de alegría. ¡Estaba vivo! Había sido como si un golpe de aire fresco la acariciara, confiriendo al día un nuevo sentido de energía y renovación.
Un instante después la sonrisa se transformó en ceño fruncido. No tenía sentido que el hecho de que Wolf estuviera vivo significara tanto para ella. Tenían la misma edad y habían crecido en el mismo lugar. Y desde el principio, Wolf O’Malley y ella se habían llevado mal. Una repentina vergüenza hizo que se ruborizara. Probablemente, Wolf estaría pensando que debía estar muy sola para malgastar su tiempo deteniéndose frente a la tumba de un hombre que ni siquiera fue su amigo.
Y no podría culparlo si pensaba eso. Había habido muchas ocasiones en que se había planteado eliminar aquellas visitas de su ruta matutina. Pero no lo había hecho. Pensó en aquello mientras seguía su camino hacia el pueblo.
–Parece que has visto un fantasma –dijo Gladys Kowalski, la compañera camarera de Sarita, cuando ésta entró en el Cactus Café. La bonita rubia de treinta y dos años agitó su cuerpo, imitando un exagerado escalofrío–. No sé cómo eres capaz de pasar por ese cementerio cada mañana.
–Las almas infelices rondan los lugares donde murieron, no sus tumbas –replicó Sarita, incapaz de recordar cuántas veces habían intercambiado aquellas frases Gladys y ella.
Su compañera siguió mirándola.
–No, en serio. Esta mañana tu expresión me dice que algo te ha conmocionado realmente.
Sarita no pensaba ponerse a hablar de Wolf O’Malley. Además, pensó que tal vez él no quería que se supiera que había vuelto. Había elegido una hora muy temprana para visitar el cementerio.
–Lo que sucede es que hay algo extraño en el ambiente, ¿no te parece? –preguntó, encaminándose al cuarto trasero para ponerse un mandil.
–¿Qué hace que mis dos encantadoras camareras parezcan a punto de tener una discusión esta mañana? –preguntó Jules Desmond, dueño y chef del café, cuando las dos mujeres entraron en la cocina–. Las peleas no son buenas para la digestión de los clientes.
–Tampoco lo es tu comida con todo ese picante que le pones –replicó Gladys.
Jules, de cincuenta y ocho años, viudo, calvo y un poco grueso, puso una exagerada expresión de disgusto.
–Eso ha sido un golpe bajo.
Arrepentida, Gladys pasó un brazo por sus hombros.
–Tienes razón. Lo cierto es que tu comida es muy buena.
Jules volvió a sonreír.
–¿Qué pasa entre vosotras?
–Nada –aseguró Sarita.
Jules se mostró decepcionado.
–En Nueva York siempre había algún sabroso cotilleo con que empezar el día, o al menos una disputa entre dos empleados a los que había que aplacar. Aquí no pasa nada.
–El médico te mandó aquí para que cuidaras de tu salud. Se supone que debes vivir en un entorno sano y relajado –le recordó Gladys.
–Ya lo sé, pero me gustaría que hubiera algo más excitante que hacer que preguntarme si Charlie Gregor va a pedir hoy su tortilla con pepinillos o sin ellos.
–Puede que lo consigas. Sarita dice que siente algo extraño en el ambiente.
Jules miró a Sarita.
–Puede que tengas razón. Mary Beth vino anoche a preparar tartas, pero además de las de siempre, preparó una de grosella y otra de coco.
–Supongo que vuelve a estar embarazada –dijo Gladys–. O puede que se haya peleado con Ned. Ambas cosas le producen ataques de comer dulce.
Una llamada en la puerta hizo que todos se volvieran hacia ésta.
–Parece que Charlie ha llegado –dijo Jules, mirando el reloj de la pared–. Y justo a tiempo. Es hora de abrir.
–Apuesto cincuenta centavos a que pide pepinillos –dijo Gladys mientras salía de la cocina.
–Yo no apuesto nada –replicó Sarita–. Esta mañana no me sorprendería ni aunque pidiera chucrut.
Glays se volvió a mirarla.
–Has dicho en serio lo de que había algo extraño en el ambiente, ¿no?
–Te aseguro que hoy podría aguardarle una gran sorpresa a este pueblo.
Gladys fue a decir algo pero fue interrumpida por una nueva y más sonora llamada a la puerta.
Sarita lamentó no haber mantenido la boca cerrada. Ella no era ninguna cotilla. Cuando Wolf O’Malley quisiera que la gente supiera que había vuelto, así se lo haría saber.
–Será mejor que abras antes de que Charlie tire la puerta abajo.
Comprendiendo que no iba a sacar nada más de su compañera, Gladys sonrió.
–Eso sí sería una noticia. Cliente hambriento destroza puerta de cafetería para conseguir comida. Probablemente conseguiríamos que empezaran a venir un montón de curiosos de Fenix a desayunar –dijo, antes de abrir.
–Ya era hora –gruñó Charlie, pasando a ocupar su mesa de siempre junto a la ventana. Alto y sólo un poco encorvado por la edad, con la piel muy arrugada y siempre moreno por toda una vida pasada al aire libre, con noventa y siete años era el residente más anciano del pueblo y, según algunos, el más cascarrabias.
–Hoy hay algo extraño en el ambiente –dijo–. Tomaré café solo, huevos revueltos, beicon, pan y galletas.
–Tienes razón –dijo Gladys a Sarita al pasar junto a ella camino de la cocina–. Charlie ni siquiera ha pedido una tortilla.
A lo largo de los siguientes minutos fueron llegando los clientes habituales de la mañana. El sheriff y un par de agentes se unieron al alcalde en la mesa de siempre.
Bradford Dillion ocupó su asiento habitual en la parte trasera. Mayor, desgarbado en su traje de tres piezas, había sido desde siempre el abogado de la familia O’Malley. A Sarita le caía bien y agradecía que su mesa estuviera en la zona que le correspondía atender.
También agradecía que no lo estuviera la de Greg Pike. Éste también era abogado. De unos cuarenta y cinco años, atractivo y siempre bien vestido, era considerado un buen partido por muchas mujeres del pueblo. Pero para Sarita resultaba demasiado adulador. Siempre tenía algo halagador que decir, pero a ella no le sonaba sincero. Como siempre, Henry Jarrot, el presidente del banco de Lost River y antiguo socio de Frank O’Malley, se unió a él en la mesa.
–Sarita –Greg Pike le hizo una seña.
Ella sabía lo que quería.
–¿Qué puedo hacer por usted, señor Pike? –preguntó, acercándose a la mesa.
–¿Está listo tu abuelo para vender esa tierra carente valor?
–Él no la considera carente de valor. La considera mi herencia.
–Le estamos haciendo una oferta magnífica por ella. Nadie más va a quererla. Si yo estuviera en tu lugar trataría de convencerlo. Podeís quedaros la casa y dos o tres acres a su alrededor. Así seguirá conservando su hogar y su jardín y no tendrá que ocuparse de los de los demás para sacar algo de dinero. En cuanto a ti, tendrías una buena cantidad en el banco.
–Nos va muy bien como estamos. Mi abuelo acepta trabajar en los jardines de otros porque le gusta mantenerse ocupado. Como ya le he dicho en otras ocasiones, la tierra forma parte de él –Sarita miró a Pike con suspicacia. No entendía por qué se mostraba tan interesado en los setenta acres de tierra de su abuelo–. Además, no comprendo por qué le interesa tanto la tierra de mi abuelo. Hay muchas otras propiedades que podría comprar por menos dinero.
–Katherine… la señora O’Malley es dueña de la tierra adyacente y está pensando en construir un balneario para la gente con dinero de Phoenix –explicó Greg Pike–. Quiere asegurar la intimidad de sus clientes teniendo las tierras que rodearán los edicificios principales, y también quiere contar con terreno suficiente para que puedan montar a caballo. Además, piensa que ese riachuelo que hay en el cañón de tu abuelo sería como un oasis en medio de esta árida tierra.
–Paul Glasgow ya intentó un negocio parecido y se arruinó.
–Pero él no contaba con un pintoresco riachuelo… –la protesta de Greg murió en su garganta. Se quedó boquiabierto y Sarita vio que Henry Jarrot se ponía pálido como una sábana. Enseguida notó el repentino silencio reinante. Todo el mundo miraba hacia la puerta. Incluso antes de volverse supo quién había entrado.
–Que me aspen –murmurór Charlie–. Hablando de resurgir de entre los muertos…
–No puede ser –murmuró Hanry Jarrot, revelando con su tono que el giro de los acontecimientos no le gustaba nada.
–¿Wolf? ¿Wolf O’Malley? –Bradford Dillion se había levantado y se encaminaba hacia el recién llegado con la mano extendida–. ¿De verdad eres tú?
–En carne y hueso –contestó Wolf, avanzando hacia el viejo abogado. Suponiendo que Sarita ya habría puesto a la gente al tanto de su llegada, había decidido que sería una pérdida de tiempo mantenerse oculto hasta ir al bufete de Bradford. Pero, por las expresiones de todos los presentes, comprendió que no había acertado. Era evidente que Sarita no había contado nada–. Pensaba desayunar algo antes de ir a verte.
–Siéntate conmigo, muchacho, siéntate. Eres una visión reconfortante para unos ojos cansados –Bradford combinó el apretón de manos con un abrazo.
–A Katherine O’Malley no le va a gustar nada esto –murmuró el sheriff en un tono que llegó a los que estaban sentados a su mesa y cerca de ella, incluyendo a Sarita. Ésta vio que el alcalde y los otros agentes asentían.
–Vas a tener que decirle algo –dijo Greg a Henry–. Asegúrate de que realmente es él.
Sarita vio de reojo cómo se transformaba la asombrada expresión de Henry en otra más amistosa.
–Wolf. Has regresado de entre los muertos. Qué sorpresa –dijo, levantándose y encaminándose hacia los dos hombres.
Wolf se detuvo y se volvió hacia el antiguo socio de su padre.
–Henry –dijo, alargando la mano.
Henry la estrechó y añadió una palmada a los hombros de Wolf.
–Llámame cuando quieras hablar del asunto.
Wolf alzó una interrogante ceja.
–Tu padre nunca cambió su testamento –explicó Bradford–. Katherine se quedó con la casa, una buena suma de dinero y todas sus pertenencias personales, pero el resto, incluyendo el negocio, se dividió igualmente entre ella, tú, tu hermanastra y tu hermanastro.
Wolf lo miró.
–¿Y la tierra de mi madre?
–Toda tuya –aseguró Bradford.
Wolf suspiró, aliviado.
Sarita, que se había retirado unos pasos, vio que Greg apretaba el puño en torno a la servilleta. Sin duda, el giro de los acontecimientos no le había gustado nada. Era la tierra de la madre de Wolf, adyacente a la del abuelo de Sarita, la que Katherine había destinado a su balneario. De hecho, era raro que Greg no hubiera salido corriendo a avisar a Katherine O’Malley. Debía querer averiguar todo lo posible antes de hacerlo.
Aún avergonzada de que Wolf la hubiera encontrado ante su tumba, habría preferido mantenerse apartada. Pero ésa habría sido una actitud cobarde, y su orgullo le impedía mostrar cobardía ante él. Cuando Henry Jarrot volvió a su mesa, Sarita se acercó a la de Bradford.
–¿Quieres algo de beber antes de decidir lo que vas a desayunar? –preguntó, dirigiéndose a Wolf en tono eficiente.
Él la miró. Sarita Lopez nunca se había comportado como él esperaba que lo hiciera.
–Al parecer, eres muy buena guardando secretos –murmuró.
–Supuse que cuando quisieras que la gente supiera que habías vuelto se lo harías saber –replicó Sarita.
Él asintió.
–Te lo agradezco.
Alegrándose de haber seguido sus instintos, Sarita pensó que era la primera vez que Wolf y ella no discutían tras la segunda frase.
–¿Sabías que había venido? –preguntó Bradford, también en voz baja.
–He querido visitar la tumba de mi madre –explicó Wolf–. Nos hemos encontrado en el cementerio. Sarita ha creído que era un fantasma.
Agradeciendo que no hubiera mencionado que la había encontrado ante su tumba, Sarita vio que Wolf la miraba como diciendo que estaban en paz. Volviendo a su papel de camarera, preguntó:
–¿Quieres algo de beber mientras miras el menú, o sabes ya lo que vas a tomar?
Wolf miró el menú.
–Café y el especial Cowhand con huevos revueltos.
–Enseguida –mientras se alejaba, Sarita vio que los demás clientes lanzaban disimuladas miradas a Wolf. Y, a diferencia de otras mañanas, las conversaciones eran un mero murmullo.
Cuando fue a dejar el pedido de Wolf en la ventana de la cocina, Jules le hizo una seña para que pasara al interior. Sabiendo que antes o después iba a tener que hablar con él, pasó.
–¿Quién es el tal Wolf O’Malley? –preguntó Jules, tratando de vigilar lo que cocinaba a la vez que echaba un vistazo a los clientes–. Ésta es la primera cosa excitante que pasa en el pueblo desde que Norma Alexander atrapó a Ruper Gordon espiándola por la ventana del dormitorio.
–Es el hijo mayor de Frank O’Malley. Todo el mundo creía que había muerto –contestó Sarita–. Y ahora debo volver con los clientes.
Pero antes de que pudiera escapar, Gladys entró en la cocina.
–¿No os parece excitante? A su excelencia, la señora Katherine O’Malley, no le va a gustar nada.
Jules parecía confundido.
–¿No le alegrará saber que su hijo está vivo?
–No es su hijo –explicó Gladys–. Es su hijastro. Su madre era Willow Pluma Azul.
–¿Una india? –preguntó Jules, cada vez más interesado.
Gladys asintió.
–De pura sangre cherokee. No la recuerdo bien. Pero sí recuerdo que era muy bonita.
Jules volvió a mirar por la ventana de la cocina.
–Sí, se nota que tiene sangre de nativo americano.
–Willow Pluma Azul O’Malley era preciosa y una de las mujeres más dulces del mundo –dijo Sarita, recordando la amabilidad que Willow había mostrado siempre con todos–. Murió a causa de alguna complicación relacionada con la gripe cuando Wolf tenía diez años. Su padre se casó con Katherine cuando cumplió los doce. Él y su madrastra nunca se llevaron bien.
–Mi Roy siempre ha dicho que Katherine quería librarse de Wolf para que sus hijos lo heredaran todo –en respuesta a la interrogante mirada de Jules, Gladys añadió–: Preston O’Malley fue fruto de un matrimonio anterior de Katherine. Ésta se aseguró de que Frank lo adoptara para que pudiera compartir la herencia. Claudia es hija de Frank y Katherine, pero creo que sólo la tuvo para satisfacer a Frank. Cualquiera puede darse cuenta de que Katherine sólo piensa en Preston.
Jules asintió.
–Está claro que lo ha mimado demasiado.
Sarita sólo había escuchado a medias. Estaba recordando lo mal que se tomó Wolf la muerte de su madre. A pesar de que nunca se llevaron bien, se sintió obligada a ofrecerle sus condolencias. Él le respondió con un gruñido y Sarita nunca volvió a acercarse. Y ahora no quería cotillear sobre él. Señaló con la cabeza el beicon, que se estaba haciendo en exceso.
–Será mejor que nosotras volvamos con los clientes y que tú prestes atención a lo que cocinas –dijo a Jules.
Suspirando, Jules volvió su atención al fogón.
–Parece que la vida se va a volver realmente interesante por aquí durante una temporada –dijo Gladys mientras salían de la cocina.
–Supongo que «interesante» es una palabra tan buena como cualquiera –replicó Sarita, dudando que Katherine O’Malley hubiera usado ese mismo adjetivo.
Capítulo 2
SARITA miró el reloj. Eran casi las tres. Las horas normales de atender a los clientes eran entre las siete de la mañana y las dos de la tarde. Recordando constantemente a la gente que estaba semi retirado, Jules se reservaba el resto del día para trabajar en las recetas del libro de cocina que estaba escribiendo, o para jugar al golf, su segunda pasión. Normalmente, los últimos clientes se iban a las dos y media. Sin embargo, ese día el local seguía casi lleno. Y Jules no estaba ayudando a que los clientes se fueran. En lugar de repetir una y otra vez que se estaba haciendo tarde, no paraba se servir café por todas las mesas y de meterse en las varias conversaciones que había sobre el regreso de Wolf de la tumba.
Todos opinaban que Katherine se pondría furiosa, y que era una mujer a la que no convenía enfrentarse.
–Pero Wolf O’Malley puede ser igualmente peligroso –dijo Vivian Kale, lo suficientemente alto como para que todos la oyeran.
Varias personas asintieron.
Sarita sabía lo que estaban pensando. Su sentido de la justicia le impidió permanecer en silencio.
–Nunca se confirmaron los rumores.
–¿Qué rumores? –preguntó Jules de inmediato.
–Algunas personas piensan que Wolf empujó a Katherine por las escaleras cuando tenía quince años. Se rompió el brazo –explicó uno de los hombres.
–Ella dijo que se cayó sola –les recordó Sarita.
–Sí, pero nadie la creyó –argumentó Vivian–.Y, según recuerdo, Frank envió de inmediato a Wolf a la academia militar.
–Porque su mujer había tratado de librarse de Wolf desde el principio. No me extrañaría que se hubiera inventado lo de la escalera –Charlie entró en la conversación. Sarita agraceció que aún estuviera allí. Al menos, Wolf contaría con un cliente a su favor.
–La rotura de su brazo no fue ninguna invención –replicó Vivian.
–Puede que no tuviera planeado rompérselo –dijo Charlie.
–Nunca te ha gustado Katherine O’Malley –protestó Vivian–. Habrías estado del lado de Wolf aunque le hubieras visto empujarla.
Charlie la taladró con la mirada.
–Nunca mentiría por un hombre ni por una mujer.
–Vamos, vamos. Calmaos –dijo Jules.
Uno de los hombres rió.
–Esto no es nada con lo que debe estar pasando ahora en casa de O’Malley.
Los demás asintieron, casi al unísono.
–Yo estoy con Katherine –dijo otro cliente.
–Tú no estabas cuando Wolf regresó tras acabar sus estudios –replicó otro–. Nunca he visto a un hombre más frío y controlado.
–Y parece que no ha cambiado mucho en seis años –dijo Vivian–. Hace un rato me he cruzado con él y me ha lanzado una mirada que me ha producido escalofríos.
Vivian estaba sacando de quicio a Sarita.
–Probablemente está harto de que la gente se haya pasado el día mirándolo como si fuera un marciano.
Vivian bufó.
–No sé por qué estás tan empeñada en defenderlo. No recuerdo que fuerais especialmente amigos.
Sarita se sorprendió por la intensidad de su afán por defender a Wolf. Era casi una necesidad.
–No lo éramos, pero no creo que esté bien condenarlo basándose en un cotilleo sin fundamento.
–Es evidente que a Bradford Dillion le gusta –dijo Jules–. Siempre he considerado que tiene un criterio muy justo.
–Bradford Dillion era amigo de la madre de Wolf y de su familia. No creo que le pareciera bien el matrimonio de Frank con Katherine –dijo Vivian.
Sarita tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no plantar un plato de tarta en la cara de la mujer. Pero lo cierto era que aquella mujer siempre la había desquiciado.
–Y el hecho de que Katherine haya dejado clara su intención de solicitar al juzgado que retire a Dillion como albacea de los bienes de Frank y ponga a Greg Pike en su lugar puede tener algo que ver con la alegría de Dillion al ver a Wolf. Wolf luchará a brazo partido para lograr que los deseos de su padre se sigan al pie de la letra, sobre todo cualquiera que vaya contra Katherine –dijo uno de los hombres que se hallaba en la parte trasera.
–Si yo fuera Katherine O’Malley, contrataría un guarda espaldas –Vivian asintió enfáticamente a la vez que hablaba.
La paciencia de Sarita estaba a punto de llegar a su límite.
–Eso es lo más absurdo que he escuchado –al ver que Charlie fue el único que la apoyó con un gruñido, estalló. Dedicando una penetrante mirada a todos los reunidos, preguntó–: ¿Acaso no tenéis nada mejor que hacer para pasar la tarde que dedicaros a cotillear?
Jules la miró con preocupación y luego miró con expresión de disculpa a los clientes.
–Son más de las tres –dijo.
En un suave revuelo de actividad, todos pagaron y se fueron.
Cuando Jules, Gladys y Sarita se quedaron solos, ésta se preparó para ser despedida. En lugar de ello, su jefe la miró con verdadero interés.
–Nunca te he visto perder el control. ¿Acaso fue Wolf O’Malley un viejo amor cuya llama aún no se ha extinguido?
–Ni siquiera sabía que lo conocías –murmuró Gladys, observándola–. No se puede decir que esta mañana os hayáis comportado como viejos amigos.
–Asistimos juntos a la escuela. Y tienes razón, no éramos amigos. Pero he sentido que alguien debía defenderlo. Esto ha sido como un linchamiento –no queriendo responder a más preguntas, Sarita miró a Jules y dijo–: Y ahora, ¿vas a despedirme, o limpiamos el bar para poder irnos a casa?
–Ha sido un día muy largo. Limpiemos el bar.
Tanto Gladys como Jules dejaron en paz a Sarita mientras recogían, pero ella notó que, de vez en cuando, le lanzaban una mirada cargada de curiosidad, y se alegró cuando finalmente pudo volver a casa.
La vieja casa ranchera de adobe en la que vivía con su abuelo estaba a un par de millas del pueblo. Cuando hacía mal tiempo utilizaba el coche. De lo contrario, prefería andar. Mientras se acercaba pudo ver a Luis Lopez en el porche, sentado en su silla de mimbre, tallando un trozo de madera. La silla estaba balanceada sobre sus patas traseras y él tenía los pies apoyados en la barandilla.
–¿Te has enterado de la noticia, abuelo? –preguntó Sarita, subiendo las escaleras del porche.
Él sonrió, y las arrugas de su curtido rostro se volvieron aún más pronunciadas.
–Si te refieres al regreso de Wolf O’Malley, sí. Estaba ocupándome del jardín de la señora Yager cuando la joven Ballori vino a decírmelo. Al parecer, su vuelta ha causado un verdadero revuelo.
Sarita asintió.
–Este giro de los acontecimientos hará que Greg Pike deje de darnos la lata para comprar esta tierra.
–Eso habría sido lo lógico –la sonrisa de Luis abandonó su rostro–. Pero lo cierto es que cuando he regresado a casa me lo he encontrado en el porche, esperando a hacerme una oferta aún mejor. Dice que ya que tenemos el arroyo en nuestra propiedad, Kate aún puede construir el balneario.
–Cuando se empeña en algo, es como un perro con un hueso –murmuró Sarita.
–He estado pensando que tal vez deberíamos vender.
El rostro de Sarita reveló su conmoción.
–No puedes hablar en serio. Amas esta tierra.
–Soy viejo. Estoy satisfecho con mi vida. Pero tú…tú podrías utilizar el dinero para viajar, para ver el mundo.
Sarita vio la preocupación que había en los ojos de su abuelo y adivinó lo que estaba pensando realmente.
–Me gusta este sitio. Esta tierra forma parte de mí tanto como de ti. Es el lugar al que pertenezco. Y si quisiera ver mundo, tengo lo suficiente ahorrado como para hacer un viaje.
–Podrías ir a la universidad.
También habían tenido antes esa discusión.
–No quiero ir a la universidad. Me gusta mi vida tal como es.
–Te has tomado demasiado en serio la promesa que le hiciste a tu padre de cuidarme. Has restringido tus oportunidades. Trabajas en el café, vienes a casa, trabajas en el jardín, montas tu caballo y me cuidas. ¿Qué clase de vida es ésa?
–Una vida pacífica –Sarita admitió para sí que, a veces, su vida parecía carecer de plenitud, pero no pensaba admitirlo ante su abuelo. Su madre y su abuela murieron siendo ella muy joven. Su padre y su abuelo la criaron. Tras la muerte de su padre, ella fue la única que quedó para cuidar del hombre que tenía ante sí, y no pensaba eludir ese deber.
–Me preocupa lo que pueda pasarte cuando me haya ido. No quiero verte sola en el mundo. Deberías tener un marido y una familia.
Habían tenido aquella conversación cientos de veces antes. La respuesta normal de Sarita solía ser que le iría muy bien sola, que le gustaba ser una mujer independiente. Las palabras se formaron en la punta de su lengua, pero cuando abrió la boca se oyó decir:
–De acuerdo. Admito que me gustaría encontrar un marido y tener una familia. Pero no estoy tan desesperada como para tomar tu dinero y salir a recorrer el mundo y sus universidades.
Un destello de triunfo iluminó la mirada de Luis.
–Podrías ir a quedarte con mi primo José en Méjico –dijo–. La última vez que estuviste te hicieron cuatro proposiciones de matrimonio.
–Querían una esposa norteamericana para poder venir a vivir a este país.
–No tienes suficiente fe en ti misma. Puede que uno o dos tuvieran esa idea en mente, pero no los cuatro. Sé con certeza que Greco estaba enamorado de ti.
–Pues lo superó con mucha rapidez. Dos meses después de mi marcha se había casado y nueve meses más tarde era padre de gemelos.
–Lo rechazaste y se vio obligado a seguir adelante con su vida.
–Para ser alguien tan desesperadamente enamorado como decía, se movió rápidamente, ¿no te parece?
Luis entrecerró los ojos.
–Quiero verte casada, con un marido que te cuide.
–No necesito que nadie me cuide –dijo Sarita, impaciente–. ¡Hombres! Si fuera un hombre no te preocuparía tanto que me casara.
–Estás equivocada. Querría que tuvieras una esposa que te cuidara. Cuando Dios ordenó a Noé que agrupara a los animales por parejas, lo hizo por un motivo. El hombre cuida de la mujer y la mujer del hombre. Juntos forman un todo.
–Me siento completa sin necesidad de un marido.
–Buenas tardes –dijo una voz masculina, a la vez que su dueño giraba en la esquina de la casa.
Sarita se volvió, sorprendida.
–Supongo que he olvidado mencionarte que Wolf va a quedarse con nosotros –dijo su abuelo.
–He pasado por aquí para echar un vistazo a mi propiedad cuando he visto el cartel de habitación en alquiler –dijo Wolf, subiendo las escaleras del porche.
Sarita lo miró.
–¿Tú y yo bajo el mismo techo?
–Sé que solíamos pelearnos de pequeños, pero ahora somos adultos. Supongo que sabremos controlarnos.
–Claro, por supuesto –Sarita sabía que sonaría infantil si expresaba en alto sus dudas, pero la idea de la continua presencia de Wolf en la casa ya empezaba a causarle inquietud. «Tiene razón. Madura», se dijo.
–Le he dicho que podía utilizar la cocina, siempre que la limpie luego, claro está. Y va a pagar un extra por la cena –dijo Luis–. Le he advertido que no habrá nada sofisticado. Esta noche he preparado un guiso con patatas. He pensado que podías hacer unas tortitas de maíz.
–Como no –dijo Sarita.
Wolf asintió aprobadoramente.
–Guiso y tortitas de maiz. Va a ser una cena estupenda.
Superando la sorpresa que le había producido ver a Wolf, Sarita empezó a preguntarse cuánto habría oído éste de la conversación que estaba teniendo con su abuelo. Las voces viajaban con facilidad por el aire. Irguió los hombros, orgullosa. ¿Qué más daba que Wolf supiera que iba camino de convertirse en una solterona? Aunque no lo hubiera oído, lo habría sabido antes o después. Sabía que tenía veintiocho años. Y era evidente que no estaba casada. Si seguía allí una temporada, averiguaría que tampoco tenía perspectivas de futuro en ese aspecto.
–Voy a ver que tal va el guiso.
Tras removerlo, no pudo evitar asomarse disimuladamente a la ventana del cuarto de estar. Wolf estaba sentado en una silla junto a su abuelo, hablando del tiempo. Sarita sonrió burlonamente al admitir para sí que había temido que estuvieran hablando de ella. «Eres el último tema de conversación que interesaría a Wolf O’Malley», dijo su voz interior.
Moviendo la cabeza, fue a preparar la habitación de huéspedes. Había terminado y iba a salir cuando se fijó en una bolsa de viaje de cuero que se hallaba junto a la pared. La miró con el ceño fruncido, pensando que lo mejor para todos sería que Wolf se buscara otro alojamiento.
–No hay nada que muerda dentro de la bolsa.
Volviéndose rápidamente, Sarita vio a Wolf en el umbral de la puerta, mirándola con gesto impenetrable.
–Estaba preparando tu habitación –dijo.
Él permaneció en el umbral, bloqueando la salida.
–Si te preocupa que pueda haceros daño a ti o a tu abuelo, te prometo que no será así.
Sarita frunció el ceño, confundida.
–Ni siquiera se me había pasado ese pensamiento por la cabeza.
Wolf la miró con gesto incrédulo.
–Sé las historias que Katherine ha contado sobre mí. Todo el mundo cree que yo la tiré por las escaleras.
–No todo el mundo. Yo nunca la creí, ni tampoco mi padre, ni mi abuelo.
La expresión de Wolf no cambió.
Sintiendo que debía probar sus palabras, Sarita añadió:
–Sabíamos que si lo hubieras hecho, lo habrías admitido.
–Es una pena que mi padre no tuviera la misma fe en mí –replicó Wolf con amargura.
–Por lo que he oído, Katherine puede ser muy persuasiva.
–Pues esta vez se va a encontrar con la horma de su zapato –dijo Wolf con determinación.
Sarita se sintió repentinamente preocupada por él. Había visto a Katherine en acción y sabía que podía ser una enemiga temible.
–Ten cuidado –advirtió.
–Pienso tenerlo.
Sarita estuvo a punto de ofrecerle su ayuda, si la necesitaba, pero recordó la última vez que trató de hacerlo. Decidió que no tenía sentido pasar por una nueva situación de bochorno.
–Debo volver a la cocina –se acercó hacia la puerta.
Wolf se apartó para dejarle pasar. La observó mientras se alejaba. Esa mañana, Bradford le había ofrecido una habitación en su casa y él la había aceptado. Pero al pasar junto a la tierra que le había hecho regresar, había visto el cartel de Habitación en Alquiler en la propiedad de Lopez. Aún sentía curiosidad por su encuentro con Sarita en el cementerio, de manera que llamó a Bradford para decirle que había cambiado de planes.
Empezó a deshacer su bolsa de equipaje, pensativo. Era evidente que a Sarita Lopez no le hacía gracia que estuviera allí. En ese caso, ¿por qué iba a visitar su tumba? Su explicación de que pensaba que alguien debía recordarlo no le parecía consistente.
–Joe siempre decía que tratar de leer la mente de una mujer es más difícil que descubrir por qué creo Dios a los mosquitos –murmuró para sí–. Y tenía razón –su expresión se volvió irónica–. Excepto en lo referente a mi madrastra –a ella la entendía bien. Era una mujer mal criada y egoísta, capaz de hacer lo que fuera para conseguir lo que se proponía.
Sonrió mientras metía su ropa en los cajones de la cómoda. Había ido allí dispuesto a pelear por la tierra que era suya, pero ya no había necesidad de pelear. No sólo tenía la tierra; también era suya parte de la fortuna de su padre y un porcentaje de los beneficios del negocio familiar. Y estaba decidido a hacer que su presencia se notara.
El ruido de la puerta de un coche al cerrarse llamó su atención.
–¿Dónde está? –preguntó una conocida voz femenina.
Wolf bajó al vestíbulo, deteniéndose a unos metros de la puerta mientras Katherine entraba.
–Así que estás vivo –dijo, mirando a Wolf de arriba abajo–. Estaba en Houston cuando Greg me llamó para contarme la noticia. Tenía que venir a comprobarlo personalmente.
–¿Greg Pike? –preguntó Wolf en tono totalmente relajado, como si la presencia de Katherine no lo afectara en lo más mínimo–. Bradford me ha dicho que lo habías contratado como abogado. Me dijo que incluso trataste de eliminarlo a él como albacea del testamento de mi padre para sustituirlo por Pike.
Los ojos de Katherine destellaron de rabia.
–Bradford Dillion era el abogado de tu padre. Nunca le han interesado mis asuntos.
–Bradford Dillion es un hombre honorable.
Katherine se encogió de hombros como si aquello no significara nada para ella.
–No he venido aquí para hablar sobre Bradford Dillion. ¿Cuánto va a costarme que desaparezcas de mi vida?
–Pienso quedarme. Aquí están mis raíces.
La rabía hizo que las mejillas de Katherine enrojecieran. Tras soltar un bufido de disgusto, se dio la vuelta y salió de la casa, ignorando a Sarita y a Luis.
–Así que vas a hacerte una casa en la tierra de Willow –dijo Luis cuando el coche de Katherine se alejó.
Wolf se encogió de hombros.
–Aún no he decidido lo que voy a hacer, pero no hay motivo para que Katherine lo sepa.
Sarita volvió al cuarto de estar, del que había salido al oír las voces. Se había puesto muy tensa durante la confrontación de Katherine y Wolf, dispuesta a intervenir si ella trataba de hacerle daño. Conmocionada por la fuerza del inesperado sentimiento de protección que despertaba en ella Wolf, continuó hasta la cocina y se sentó en una silla. «Contrólate», se dijo. Wolf O’Malley era la última persona del mundo que necesitaba o quería protección.
–Me disculpo por lo que acaba de suceder.
Sarita se volvió y vio que Wolf se encaminaba al fregadero. No queriendo que pensara que él era el motivo de que se encontrara tan alterada, dijo:
–Tu madrastra siempre me ha asustado un poco.
–A mí también –admitió Wolf, sonriendo.
La inesperada expresión juvenil de su rostro afectó a Sarita de un modo extraño.
–¿Vasos? –preguntó él, señalando los armarios.
–En el de la izquierda –recordando sus modales, Sarita añadió rápidamente–. ¿Prefieres un te frío, o soda?
–Sólo agua –Wolf llenó un vaso, bebió medio y lo dejó en la encimera. Luego miró a Sarita pensativamente–. Según recuerdo, tú y yo no nos llevamos demasiado bien desde el primer día.
Sarita bajó la mirada mientras su mente volvía a los días de su infancia. A una milla y media de allí, Frank O’Malley construyó unos corrales y establos para que Willow O’Malley tuviera caballos y pudiera cabalgar en la tierra que ella aportó como dote a la boda. Incluso antes de que supiera andar, Willow llevaba a su hijo a cabalgar con ella.
Frank O’Malley contrató a Luis para que se ocupara de los establos y de los caballos. Cuando Sarita apenas tenía cinco años, Luis empezó a llevarla consigo, de manera que su camino y el de Wolf se cruzaron muy pronto.
Sarita alzó la mirada.
–Siempre tratabas de mandarme.
–Porque siempre estabas haciendo algo con lo que podías dañarte.
Los ojos de Sarita destellaron, desafiantes.
–Teníamos dos caballos y yo tenía mi propio pony. Mi abuelo me enseñó cómo cuidar de ellos. Yo sabía lo que hacía.
Wolf recordó a la niña de oscuro pelo que lo había mirado con la misma intensidad que la mujer en que se había convertido.
–Supongo que aún sabemos cómo sacarnos mutuamente de quicio.
–Eso parece –admitió ella.
Otro distante recuerdo del pasado regresó a la mente de Wolf.
–Aún me debes las gracias.
Sarita sabía a qué se refería. Por entonces tenían catorce años. Había salido a cabalgar sola y su caballo se había desbocado a causa de una serpiente, derribándola de la montura. Cuando el caballo llegó solo a los establos, su abuelo organizó una búsqueda. Fue Wolf quien la encontró. A pesar de su combativa relación, Sarita experimentó una inevitable excitación al ver que era él quien había acudido en su rescate. Entonces Wolf lo estropeó todo.
–Soportar un sermón de media hora en ese tono de sabelotodo que tenías anuló cualquier sentimiento de gratitud que hubieras podido despertar en mí.
Wolf la recordó sentada en una roca, con la camisa desgarrada y una pierna ensangrentada. No le gustó nada verla herida. Aún ahora, el recuerdo le molestó.
–No deberías haber salido a cabalgar sola.
–Era lo suficientemente mayor como para no necesitar carabina.
–Es evidente que no lo eras.
–Teníamos la misma edad, y tú te creías cualificado para cabalgar solo –espetó Sarita.
Wolf se apartó de la encimera.
–Parece que aún nos mezclamos como agua y aceite –fue hasta la puerta y miró a Sarita–. Pensaba que tal vez visitabas mi tumba porque te remordían nuestras continuas peleas. Al parecer estaba equivocado.
Mientras sus pasos se alejaban, Sarita sintió deseos de gritar. Nadie era capaz de sacarla de quicio como Wolf O’Malley.
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