Read the book: «Discursos III»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 234

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por GONZALO DEL CERRO CALDERÓN.
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1997.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO329
ISBN 9788424932589.
INTRODUCCIÓN
Las declamaciones
En las declamaciones el sofista se sumerge en una época histórica o legendaria y compone un discurso ficticio que atribuye a un orador contemporáneo1. El argumento de once de las declamaciones conservadas de Elio Aristides es histórico —del s. V y IV a.C.— y sólo uno se sitúa en una temática legendaria; en concreto, la relativa a la embajada que los aqueos enviaron para que Aquiles volviera a combatir a su lado (Ilíada IX).
Las declamaciones constituyeron un género sumamente popular entre los autores de la Segunda Sofística y en general en la época en la que se dio esta corriente literaria2. Sin embargo y a pesar de que tenemos noticias de otras muchas, la relación de declamaciones conservadas es escasa y se reduce a una de Herodes Ático, dos de Polemón, cuatro de Luciano y tres de Lesbonacte3. Habida cuenta del número de declamaciones que la Antigüedad nos ha legado, las doce de Aristides forman un apartado fundamental para conocer las vicisitudes del género en época imperial.
No tenían estas obras por sus contenidos una función política, social o cívica, al menos, no resultaba evidente. Incluso en los autores de la época hay ocasionalmente críticas o reconocimiento del carácter libresco y ajeno al marco socio-político en el que se componían estas declamaciones4. Es cierto que a veces se camufló tras la recuperación del pasado clásico griego una voluntad polémica y levantisca que Plutarco denunció en sus Consejos políticos (814 A-C), cuando decía que no se debía utilizar Maratón, Eurimedonte y Platea para soliviantar los ánimos de los griegos5. Pero en Aristides el pasado griego no es en modo alguno un instrumento antirromano, sino expresión de un reconocimiento satisfecho de la tradición histórica de los helenos a la que vuelve su mirada con fruición para mostrar su talento retórico6.
El empleo de tanto esfuerzo y de no poco talento para reconstruir con minuciosidad unos muy elaborados discursos, ajenos en apariencia a la realidad que circundaba al sofista, provoca en el lector moderno una sensación de sorpresa e incluso de cierto escándalo7. Sin embargo, el éxito que tenían las declamaciones y la atención que le prestaban los sofistas prueban que en torno a ellas había un conjunto de elementos que les otorgaban notoriedad y atractivo. Algunas de las melétai hubieron de pronunciarse en medio de celebraciones cívicas por sofistas que además de gozar de prestigio solían ser auténticos patronos de las ciudades en las que vivían y que, por ello, contaban con un público fervoroso8. También con frecuencia las pugnas y pujas entre los sofistas hubieron de contribuir al aumento del interés del auditorio ante el espectáculo de las rivalidades incruentas, pero feroces de estos hábiles artesanos de la palabra9. A todo ello se sumaba, cuando se pronunciaban las declamaciones, una puesta en escena y un «directo», que sin duda aumentaban el colorido y la capacidad de convocatoria del espectáculo. Estas circunstancias, que por desgracia con frecuencia se desconocen, contribuyen a explicar algo mejor el atractivo de estas composiciones para el público y los autores de los siglos I, II y III d. C.
1 Sobre las declamaciones y allí más bibliografía, cf. B. P. REARDON, Courants littéraires grecs des IIe et IIIe siècles après J. C., París, 1971, págs. 99-119; ELIO ARISTIDES, Discursos I, B. C. G. 106, Madrid, Gredos, 1987, págs. 51-55.
2 Cf. G. KENNEDY, «The Sophists as Declaimers», en G. W. BOWERSOCK (ed.). Approaches to the Second Sophistic, University Park, Pensilvania, 1974, págs. 17-22.
3 Cf. las referencias que ofrece y en general la excelente introducción de L. PERNOT, Les Discours siciliens d’Aelius Aristide (Or. 5-6): Étude Littéraire et Paleographique, Édition et Traduction, Nueva York, 1981, pág. 11.
4 PERNOT, Discours..., pág. 26.
5 F. GASCÓ, «Maratón, Eurimedonte y Platea: un comentario a Plutarco, Praecepta gerendae reipublicae 814 AC», en A. PÉREZ JIMÉNEZ, G. DEL CERRO CALDERÓN (eds.), Estudios sobre Plutarco: Obra y Tradición, Málaga, 1990; Ciudades griegas en conflicto (s. I-III), Madrid, 1990, págs. 54-66.
6 Sobre el uso del pasado por Dión de Prusa y E. Aristides, cf. F. GASCÓ, Ciudades griegas..., págs. 54-66. Habría que reconsiderar parte de los planteamientos y conclusiones que E. L. BOWIE propuso en «Los griegos y su pasado en la Segunda Sofística» (M. I. FINLEY [ed.], Estudios sobre historia antigua, Madrid, 1981, págs. 185-231, en el sentido de que el uso del pasado tenía para los griegos de los siglos I al III d.C. un valor más neutral que el propuesto por este autor.
7 Esta sensación no decrece cuando se le atribuye una función de práctica escolar o docente a las melétai, algo que como explicación de conjunto para el género no es en absoluto convincente; cf. PERNOT, Discours..., págs. 13 y sigs.
8 G. W. BOWERSOCK, Greek Sophists in the Roman Empire, Oxford, 1969; cf. el capítulo dedicado a las ciudades de los sofistas.
9 F. GASCÓ, Ciudades griegas..., págs. 81-87 y allí más bibliografía.
V-VI
DISCURSOS SICILIANOS
INTRODUCCIÓN
Los discursos sicilianos (V-VI L-B; XXIX-XXX D) 1
La Sicilia de época clásica fue un tema especialmente estimado en el s. II d. C. hasta el punto de llegar a convertirse en un argumento escolar2, en motivo para referencias ilustradas3 en el marco geográfico seleccionado por algunas novelas4 o en el argumento de algunas declamaciones5. Pero la expedición ateniense a Sicilia durante la Guerra del Peloponeso, en la que se reconocía un suceso fundamental en el desarrollo de un acontecimiento bélico que conmocionó la historia de Grecia, alcanzó una especial difusión. Este interés por la isla ofrece las referencias culturales por las que se pudo predisponer Aristides para escribir dos melétai relacionadas con la desastrosa expedición a Sicilia realizada por los atenienses durante la Guerra del Peloponeso.
Para componer estas dos declamaciones, también llamadas Discursos sicilianos, Elio Aristides recurrió a las fuentes que se han conservado y que documentan el suceso6: Tucídides (VI-VIII), Diodoro Sículo (XII 82, 3-XIII 35) y Plutarco (Vida de Nicias 12-30 y Vida de Alcibíades 17-21). Sin duda pudo recurrir a otras obras que la tradición no nos ha legado, pero de ser, así éstas habrían sido redundantes en su información, pues todos los hechos que menciona están recogidos en las fuentes citadas. De estos tres autores mencionados, las preferencias de Aristides se inclinan decididamente por Tucídides, historiador por el que, como sus contemporáneos, siente veneración7. El resultado, como indica Pernot, viene a ser una precisa versión retórica en forma de dos discursos contrapuestos de los hechos narrados en lo fundamental por Tucídides8. En los discursos se debate en la Asamblea de Atenas la oportunidad de enviar refuerzos a abandonar la empresa de Sicilia. La discusión se sitúa concretamente tras el envío por Nicias de una carta en la que enumeraba las dificultades por las que pasaba la fuerza expedicionaria ateniense.
Los Discursos sicilianos tuvieron una importante difusión y alcanzaron reputación desde el mismo s. II d. C., y ya por entonces eran tenidos por «clásicos» recientes y estudiados en las escuelas de retórica9.
No hay indicios ni internos ni externos en estas dos declamaciones que permitan establecer una fecha precisa o aproximada de cuándo pudieron ser escritos10.
Tanto para estas dos declamaciones como para las demás me ha sido de inestimable ayuda la traducción y notas de C. A. Behr contenidas en su P. Aelius Aristides, The Complete Works. Volume I. Orations I-XV Leiden, 1986.
1 Los números romanos y letras mayúsculas remiten a las ediciones (L-B = LENZ y BEHR; D = DINDORF) y al orden que los discursos ocupan en las mismas.
2 Cf. J. BOMPAIRE, Lucien écrivain, Imitation et création, París, 1958, pág. 335 y «Le décor sicilien dans le roman grec et dans la littérature contemporaine», Revue des Études Grecques 90 (1977), 55-68; PERNOT, Discours..., pág. 31 n. 22.
3 PERNOT, Discours..., págs. 22 sig.
4 En concreto la de Quéreas y Calírroe; cf. PERNOT, Discours..., pág. 32.
5 PERNOT, Discours..., págs. 34 sig.
6 Sobre las fuentes para estos dos discursos, cf. W. BURCHARDT, Quibus ex fontibus Aristides in orationibus Siculis et Leuctricis scribendis hauserit, tesis doc., Rostock, 1895, y PERNOT, Discours..., págs. 36-43.
7 La estima por Tucídides en la época aparece documentada en varios pasajes de la obra de LUCIANO, Cómo se debe escribir historia, y en la práctica historiográfica algo posterior de Dión Casio, cf. F. GASCÓ, Casio Dión. Sociedad y política en tiempo de los Severos, Madrid, 1988, págs. 16 y sigs.
8 Cf. PERNOT, Discours..., págs. 81-87 (sobre los discursos contrapuestos), 41-43 y 89-100 (sobre las fuentes oratorias utilizadas por Aristides) y 43-57 (sobre la utilización de Tucídides).
9 PERNOT, Discours..., págs. 19-21.
10 PERNOT, Discours..., págs. 21-24.
V. PRIMER DISCURSO SICILIANO (SOBRE EL ENVÍO DE AYUDA A LOS QUE ESTÁN EN SICILIA)1
Introducción
Atenienses, dejo a otro acusar a Nicias [1] y decir que, por una parte, no quería zarpar de aquí desde el principio y que, por otra, o exagera las desgracias haciéndolas más y más grandes o, si éstas en efecto son así, él es el responsable único. Pues no se aviene con la naturaleza de un hombre prudente desear acusar de forma temeraria a cualquier conciudadano y, si somos justos, le debemos estar agradecidos a Nicias por sus hazañas del pasado2. Y para que veáis, atenienses, cuánto disto de toda voluntad de discordia3 o deseo de denigrarlo, comenzaré mi discurso a partir de este aspecto.
[2] Hay dos cuestiones sobre las que deliberáis, la primera es sobre si debéis enviar a buscar el ejército o mandar ayuda, y la otra sobre si se le debe quitar el mando a Nicias, en caso de que prevalezca la opción de enviar ayuda. Sostengo que es necesario que Nicias conserve el mando además de los que elegís ahora, y que nada se haga sin contar con él. Escuchad lo que sigue sobre que no es posible llamar a los de allí y sobre que es necesario enviar a quienes los ayuden.
Valoración de la situación y proyecto
[3] En primer lugar, atenienses, desterrad el presente desaliento en la deliberación al considerar que la situación de allí seproduce sin vuestra intervención. Pues ni somos inferiores a los enemigos en preparativos, ni, por supuesto, afirmaríamos que nuestras naturalezas son inferiores. Si por estos motivos fuera, este asunto hubiera llegado a su término hace tiempo [y no hubiera resultado peor de lo que se hubiera podido pedir]4. Lo que ha producido una pérdida de tiempo ha sido que no se emprendiera una acción rápida, y que los generales no navegaran enseguida contra Siracusa5, y también que tuvo lugar una revuelta en el campamento cuando Alcibíades se había marchado6, Lámaco se había muerto7 y Gilipo había conseguido llegar8. Nada más me inquieta, ojalá hable con [4] la ayuda de los dioses. Pues, ¿dónde se hubiera levantado esta muralla, en la actualidad un obstáculo9, de no haber venido ayuda de Lacedemonia? O en lo que respecta a la ayuda, y no me refiero a ésta, ¿cuándo hubieran tenido tiempo los siracusanos para enviar a buscar ayuda, si alguien les hubiera hostigado desde el principio10 o si con una actuación rápida hubieran dificultado el socorro que venía, si se hubieran dado cuenta a tiempo y no hubieran permitido que los de Sicilia llegaran a tener una fuerza igual a la de los nuestros11? Pero ahora la lentitud de uno o dos hombres12 y el azar del momento nos obliga a deliberar sobre lo ya pasado. Pues incluso el propio Nicias da testimonio de en qué medida éramos superiores en todos los aspectos13.
¿Por qué digo ahora esto? No con voluntad de acusar a [5] Nicias ni porque la situación esté peor así tanto por haber llegado a este punto de una manera o de otra, sino porque es de la mayor importancia para el futuro. Ciertamente si los enemigos nos superaran por completo, acaso vacilaría. Pero puesto que en todo y en todas partes les hemos vencido con actuaciones correctas, es sin duda posible tomar [6] precauciones y enderezar lo que suceda en el futuro. Reflexionemos sobre que hay muchas cosas de los asuntos de allí que no podemos dejar. En primer lugar, atenienses, a todos es dado darse cuenta de la inoportunidad de suspender lo decidido y como niños echarse atrás, por ser fáciles de animar14, pero también prontos a la hora de abandonar. Y también estre los megarenses, beocios15 y entre todos cuantos habitan ciudades grandes o pequeñas, es importante que se considere necesario mantenerse en lo decidido y que la emisión de un decreto es el límite de todas las discrepancias. Ciertamente a ninguno más que a nosotros ello nos resulta conveniente. En cuanto que sois los más sabios de los helenos y los mejores en decidir lo que es necesario para vuestros asuntos y en juzgar lo que otro dice, en esa misma medida es necesario que caiga sobre vosotros una mayor vergüenza, si resulta que suspendéis lo que habíais dedicido16. Se cumpliría necesariamente uno de los dos supuestos: o que pareciera que al principio hicisteis un decreto fuera de razón o que después os equivocasteis.
[7] Ciertamente, no es cuestión de decir que desde el principio hubo pocas deliberaciones entre nosotros o que resolvimos en una pequeña parte del día todo el asunto. Incluso pasaré por alto que desde el mismo comienzo de la guerra acordasteis que los siracusanos eran enemigos y que ayudaríais a los helenos de allí en apuros y omitiré las expediciones que habéis enviado para la empresa17. Pero al [8] mismo tiempo que deliberábamos sobre enviar esa gran expedición, ¿qué argumento no fue esgrimido18 o qué tiempo no fue empleado o a quién se impidió hablar? Incluso al final en asamblea para deliberar sobre los preparativos cuando compareció Nicias y de nuevo se opuso desde el principio más o menos con los mismos argumentos que ahora están en la carta, que Sicilia es muy grande y que ni es fácil de ocupar ni de mantener19, incluso si la conquistáramos, atenienses [...]20. Se pueden decir dos cosas: que no nos encolerizamos, hasta el punto de impedirle decir lo que le parecía, y que tras escucharle todo, aún más nos afirmamos en zarpar21. Como era de esperar, atenienses. Pues, en [9] la medida de lo posible, todos los tales discursos son más de los que impelen y mueven que de los que disuaden. Pues el tamaño y perímetro de la isla es un premio adecuado al atrevimiento de la empresa y que estén mezclados los habitantes de la isla y estén en desacuerdo va en nuestro favor. Pues si todos tuvieran un solo linaje, serían finalmente difíciles de persuadir o forzar, pero mezclados y con aportaciones de todas partes tienen para nosotros la condición de aliados no menos que de enemigos. Pues no podrían unirse, de forma que podemos utilizar a unos de aliados contra los otros22. De la misma manera que, en mi opinión, es más fácil ocupar una ciudad enfrentada por facciones, [10] así una isla que desde el principio está dividida. Todavía más, atenienses, antes de que nuestra flota arribara a Sicilia, los siracusanos tuvieron alguna ayuda de los aliados, pero con la situación presente los que antes eran forzados a obedecerles, si permanecían a su lado, eran vacilantes partícipes de sus asuntos, pero si se cambiaban de bando, se convertían en terribles enemigos. La guerra removió bien todas estas cuestiones. Ahora, por su repentino éxito y porque parecen haberse recuperado inesperadamente, aparentan ser sumisos. Pero si tuviera lugar una nueva expedición, en poco tiempo descubriríais, atenienses, que la grande y poblada Sicilia era vuestra.
[11] En un principio, convenceros para hacer la expedición requirió por igual de discursos como de un detenido examen. Pero en la actualidad, si se observara la empresa en su conjunto, se apreciaría que es conveniente y que no está por encima de nuestras posibilidades llevarla a término [y que no es imposible ejecutarla] si lo queréis23. Pues del mar hemos dominado tanto cuanto era posible y en lo que hace a la tierra nadie podría mencionar batalla alguna, de cuantas han tenido lugar hasta ahora, que no hayamos vencido [12] por diferencia24. Pero ¿cómo no va a estar fuera de lugar que consideremos que no debemos arriesgarnos, porque hemos vencido tantas veces, y porque ahora no ha resultado una sola batalla según lo proyectado, estimemos sin remedio la situación? Los siracusanos saben ser atrevidos después de haber fracasado muchas veces y de forma continua; por el contrario, nosotros, que hemos cosechado tantas victorias sobre ellos25, ¿no haremos lo mismo? Y a partir de los sucesos, que juzgamos un descalabro, ¿no creeremos que no es bueno doblegarse fácilmente? ¡Vamos, por Zeus! [13] Si alguno en Siracusa, cuando tenían fracaso tras fracaso, hubiera dicho que era necesario terminar la guerra y entregarnos la ciudad, y hubiera conseguido persuadirlos, ¿hubiera sido posible que hubiera venido Gilipo en su ayuda o, por Zeus, si hubiera venido, qué haría? ¿Y cómo? De ninguna forma. Ahora creo que por afianzar sus esperanzas y ser siempre superiores a los obstáculos han sacado tanto provecho de ello que parece que combaten26 en plano de igualdad. Que algo de todo el conjunto de circunstancias [14] haya resultado según su plan no se debe temer, como tampoco debemos parecer inferiores a ellos en tener esperanza, y, puesto que todos los hombres nos han considerado no sólo capaces de ejecutar lo decidido, sino también de sobresalir todavía más en momentos de dificultades27, no destruyamos a la ligera esta reputación que hemos ganado para nosotros en el tiempo pasado.
Y ciertamente cuando a pesar de que Nicias, que estais [15] ba absolutamente en contra de la expedición, ha estado a su mando y a pesar de la pérdida de tiempo, hemos tenido una tan gran superioridad en las operaciones, es evidente que al principio no nos equivocamos con lo que decretamos. Por otra parte, si la tentativa tiene sentido, aunque no hayamos progresado mucho, es evidente que, si ahora asediamos la propia Siracusa y controlamos su territorio dependiente, fácilmente otra expedición en un abrir y cerrar de ojos conseguiría [16] todo lo demás. Pues no creáis que si los siracusanos se animaron cuando llegó Gilipo con dos trirremes28, cuando llegue el contingente que enviemos, no tendrán mayores esperanzas nuestros soldados, para los que habrá un gran motivo de ánimo al ver a los suyos y al considerar el número de las situaciones que enderezaron.
[17] Ciertamente, atenienses, al principio votar contra la expedición era propio de sensatos, pero ahora volverse atrás, después de haberlo decidido e incluso haber enviado un contingente tan importante y ser evidente para todos por lo que ha sido planeado, será para todos una señal evidente para que pueda ser calificado de dos maneras, de irreflexión y cobardía. De irreflexión, si nada de estas cosas hubiéramos visto al principio, de cobardía, si diera la impresión [18] de que huimos de los siracusanos. Ningún beneficio estimable hay en todo esto, de manera que por su causa tuviéramos que soportar semejante vergüenza, más aún siendo atenienses, con los que no se aviene considerar por mucho tiempo si hemos de sufrir algo, sino si por acometer tal acción alcanzáramos una buena reputación. Ni se podría decir que hay algo que ganamos al soportar.
Pues no hay razón para que los que somos objeto de asechanzas reaccionemos con enemistad, ya que tanto si cumplimos la empresa como si no, a la enemistad añadiremos la impresión de ser inferiores29. Por tanto huir resulta [19] más una vergüenza que un beneficio, pero no si me hacéis caso. Pero puesto que es necesaria la enemistad, la corresponderemos con una acción acorde, y sabremos que por ejecutarla en los términos planeados nos libramos nosotros de los enemigos, pero que si huimos del problema nos dejamos atrás unos enemigos. Así pues, al escoger lo que es adecuado conseguiremos al mismo tiempo ayudarnos, en tanto que una conducta vergonzosa sólo aporta perjuicios.
El momento actual de la guerra en Sicilia
Ninguno de vosotros piense que la situación [20] es distinta a cuando enviamos la expedición y por eso la retiraremos, si triunfa esta opinión. Pues no la enviamos entonces animados por la paz con los lacedemonios30. Hay una prueba importante de ello, atenienses. Pues mientras se disputaba todavía la guerra, incluso mucho antes de la paz, emprendimos estas empresas31. Pe ro [21] ¿qué fue lo que nos hizo animosos para la campaña?32 Lo más justo, atenienses, y lo que cualquiera que estuviera bien dispuesto para con nosotros deseaba33: ánimo por nuestros recursos y la conveniencia de conseguir el control del mar por esta conquista, que vendría a fortalecer no poco nuestra posición y producir muchas dificultades al Peloponeso34. Ciertamente no se ha de considerar si por entonces estábamos en paz, sino si conviene para la marcha de la guerra lo hecho por nosotros allí y que se decida cuando la guerra está en su punto álgido, si se deben indagar con rigor las primeras acciones.
[22] Y, en efecto, ni la fortificación, ni las deserciones han de ser consideradas obstáculos35. Pues si fuéramos a atacar por tierra a los peloponesios tomando a los nuestros que están en Sicilia, tendría algún sentido. Pero si es necesario permanecer dentro de las murallas, aunque enviáramos dos veces su número, no veo el beneficio que está asociado con hacerles volver e incluso si no es lo más perjudicial de todo para el cerco, que algunos dicen que sufrimos, que todos [23] sean reunidos sin hacer nada. Yo creo que los esclavos no se escapan ahora por considerar con desdén nuestro número, sino por querer desde el principio pasar desapercibidos y por pensar que nada les sucederá, una vez que estén entre los enemigos, haciendo uso de una naturaleza acorde a la de los esclavos, que es la más contraria tanto de nombre como por las pretensiones a la de los amos36. Pues a cambio de ser bien tratados, sienten odio y desean vengarse por lo que sería razonable estar agradecido. Esta naturaleza es no estar en modo alguno bien dispuesta para con los amos. [24] Yo encuentro, incluso con respecto a las deserciones, que la expedición es de lo más oportuno. Pues al vernos huir atacarán por despreciamos, pero si nos ven animosos, al punto, si acompaña la fortuna, mejorarían su disposición natural. Incluso lo que ahora hacen aquí, a los que de ellos transportemos en las naves, no podrán hacer allí. Por el contrario, de la misma forma que ahora se pasan al enemigo que controla el territorio, si controlamos nosotros el territorio allí y le ocurre al enemigo lo mismo que a nosotros aquí, no podrán pasarse al otro bando, sino que verosímilmente sus partidarios más bien se pasarán a nosotros.
Fuera de estas cosas no se ha de contemplar si de todo [25] lo que va a suceder soportaremos algo más o menos, sino si seremos constantes en todo ello en provecho de grandes resultados y si nos sentiremos pagados por los hechos mismos. Considero mucho mejor, pensando en ventajas ulteriores, liquidar las dificultades presentes antes que no poder resolver éstas y desdeñar voluntariamente aquéllas. Sin [26] duda por lo que hace a la guerra lo más conveniente es el traslado de las operaciones a Sicilia. Pues si hubiéramos decidido luchar contra los lacedemonios en la manera que ellos nos desafiaron, otro sería el discurso. Pero ahora, ¿qué decidimos desde el principio? Permitirles saquear nuestro territorio, y que nosotros utilizáramos nuestros barcos y no prestar atención al saqueo de la tierra, puesto que tenemos mucha, sino presionar en el Peloponeso, considerando que no es el luchar con los que están aquí cerca lo que es bueno para nuestros asuntos, sino el hacer daño a las tropas que tienen fuera37.
No consideréis que es menos conveniente en el conjunto [27] dominar Sicilia que navegar en torno al Peloponeso, ni que sería mejor desalojar a los de Decelía que arrebatarles sus recursos externos. Pues si no pueden enviar nada a Sicilia ni recibir nada de allí, pero todas estas cosas están bajo vuestro control, no hay cosa que mejor les pueda destruir [28] o que más les haga dudar de lo que se ha de hacer. Si estimamos más el Helesponto que el Ática por el suministro de trigo, ¿en qué medida se debe valorar más a Sicilia que al Helesponto? Pues uno controla el transporte de los barcos desde el Ponto, pero la otra viene a equivaler a ambos territorios38, pues asegura el transporte de todo lo procedente [29] de Sicilia hasta el Pireo. Pero a los que llevan con dificultad los asuntos de aquí y la fortificación de Decelía, yo les diría en primer término que es de lo más sorprendente abandonar toda el Ática y al mismo tiempo molestarse por la fortificación de Decelia, como si los del fuerte no tuvieran [30] más problemas que nosotros. Consideremos a continuación —¡así se vuelvan contra los otros las palabras de mal agüero!— si la situación es ahora peor para la ciudad y digna de mayor preocupación que en aquel tiempo, cuando todos los peloponesios y sus aliados devastaban el territorio circundante y la peste apremiaba haciendo que las relaciones con los enemigos parecieran de paz39 y todo estaba lleno de humo, de piras funerarias40 y destrucción dentro y fuera de la ciudad. Yo encuentro que en toda la guerra hubo tantos muertos —¡así no se vuelva a repetir, [31] Zeus Salvador!—, cuantos causó la peste. Si abrumados por el dolor hubiéramos terminado la guerra, como algunos nos sugerían, ¿es posible que hubiéramos realizado alguna de las muchas y hermosas acciones de después? No es posible. Por el contrario, creo que al llevar la situación del momento con ponderación y confiar en mejores tiempos los derrotamos en muchas batallas navales41 y finalmente al conseguir capturar vivos a los que estaban en Pilos los condujimos con sus armas aquí42. La guerra gusta de recompensar con tales cosas a los que pasan fatigas y penalidades. Y no sólo nosotros lo reconocemos así sino que hay un imponente ejemplo de nuestros padres, que abandonaron a los hijos, mujeres, ciudad y territorio por creer que nada es más temible que retirarse indignamente43. Si al escuchar [32] hablar de la transformación del Monte Atos o el Helesponto se hubieran quedado al punto anonadados como en una tragedia, o después de esto, cuando consiguieron la victoria en Artemisio, viéndose forzados a huir hacia el interior de la Hélade por el número de las naves que los perseguían, hubieran considerado que iban a esforzarse sin fin y que la guerra los desbordaba, y todavía peor, si, cuando por fin vieron toda el Ática llena de enemigos y fuego, no hubieran soportado ver y considerar todo ello con valentía y con un temple más que humano, por así decirlo44, ¿dónde estarían tantos trofeos?, ¿dónde estaría nuestra hegemonía sobre los helenos?, ¿dónde los propios helenos?, ¿qué hecho habría tenido lugar de los que, por hablar después de realizados, no es digno vivir sin haberlos realizado? Es necesario que con estos ejemplos anteriores no seamos peores con respecto a lo por venir, con la idea de que el bienestar y el placer proceden de los trabajos y de que las mayores hazañas esperan a los mejores hombres.
[33] Dicen algunos que los de Segesta engañaron en lo que dijeron sobre las riquezas45. Yo estoy de acuerdo en que, si la expedición la hubiéramos hecho por los de Segesta, sería necesario admitir las acusaciones contra ellos. Sin embargo, si los de Segesta y Leontinos facilitaron un pretexto46 para la expedición, pero las cráteras y la carrera hasta Egina eran propias de quienes querían otra cosa47, ¿por qué charlaremos sin sentido de estas cosas? Pues, si los de Segesta llegaron a ser nocivos para nosotros, no conviene que por este motivo los imitemos ni, porque ellos mintieran por necesidad, es adecuado que por tal motivo decretemos a propósito algo contrario a nosotros mismos ni, puesto que fallamos en conseguir los recursos de los de Segesta, conviene que seamos privados voluntariamente de otros muchos recursos y no parecidos a los que esperábamos de ellos.
[34] Todavía quiero decir sobre esto lo que sigue. Atenienses, si confiados en las riquezas de Segesta y en las esperanzas, que éstos nos presentaron, si confiados en tales cosas decidimos que eran recursos suficientes para hacer la guerra, marchemos de Sicilia, hagamos venir a los de allí, sea toda la argumentación en vano, por no ser acorde con el tema. Pero si aquéllos, por ser bárbaros, hicieron promesas para parecer por encima de lo que eran, pero nuestra fuerza procedía de otro sitio [....]48, hagamos memoria de una acción nuestra acorde con la situación presente.
Hubo un tiempo, atenienses, en que unos de los nuestros [35] saqueaban con doscientas trirremes, e incluso más, el territorio del rey, en tanto otros acampaban en torno a Egina; mientras, los corintios marcharon contra Mégara49 pensando o bien en obligar a moverse a los que asediaban Egina, o bien en sorprender sin socorro a los de Mégara. Sin embargo, nosotros conseguimos un tercer ejército —eran los más viejos y los más jóvenes de la ciudad50—, que mandó Mirónides, y enfrentándonos con los corintios les vencimos en las puertas de Mégara y de nuevo, como se negaron a admitirlo, conseguimos otra victoria en las proximidades del trofeo. Observando esto y considerando que [36] ha sido concedido a la ciudad por su buena fortuna el tener ánimo, es adecuado que por temor no se pida volver aquí a los de Sicilia, pues los que están en el Pritaneo51 no guardan mejor Atenas. Pero, si es necesario mandar ayuda a los de allí, cosa que yo no discuto, que se envíe la apropiada y que se reparen las naves que hacen agua con refuerzos, que darán tiempo para reponerse y ánimo para no temer al ejército que Gilipo reúne en Sicilia. Pero se ha de prever quiénes se opondrán con el envío de mensajeros o nos conseguirán un ejército, venta de Sicilia o del sitio que sea, y se ha de decir adiós a hablar en términos de que, si ocupáramos Sicilia, no sería fácil de conservar. Pues, yo querría, atenienses, que Sicilia ya estuviera así, ya que considero que es la tierra más idónea para conservarla de forma estable. [37] Veamos el ejemplo del rey, que posee Chipre distando tanto no sólo de Chipre, sino incluso del mismo mar y todo ello por medio de la flota fenicia52, y aún controla a los propios fenicios que tienen las naves, sin tener ninguna propia, por así decirlo. Paso por alto hablar de Cilicia y de [38] la región alrededor. ¿Cuál es el motivo, atenienses, de que quien tiene una superioridad en conjunto, aunque no en las mismas cosas, someta todo a su poder y controle todo con facilidad haciendo uso del recurso del miedo? Después de estos argumentos, atenienses, es imposible que un gran imperio se establezca, si algunos asustan a los que lo intentan, por pensar que no lo conservarán, si se llega a tener éxito. [39] Pero ahora aquí se podría ver que el ejercicio del poder es divino, pues se salva a sí mismo. De la misma forma que en las casas particulares es difícil manejar a uno o dos esclavos, en tanto que muchos se neutralizan los unos a los otros, de la misma forma en los imperios el número de los sometidos confirma la fuerza a los que los han reunido, pues todos se temen los unos a los otros. Así Sicilia, añadida a nuestras posesiones de aquí, será mantenida a salvo por ellas y las mejorará y se convertirá, si se ha de decir la verdad, en vínculo del imperio. Derrotados muchos hombres y de todos los linajes, no sólo no tendrán escapatoria, sino que considerarán bueno todo mal que no exceda sus males presentes.
Los posibles peligros en caso de no decidir de forma adecuada
¡Ojalá tengamos sólo este motivo de [40] temor! Pero veo a los otros más próximos que éstos si movemos, atenienses, la flota de Sicilia. No es necesario que sepa esto por los oráculos de Bacis y Anfílito53, sino que os anticipo, bien lo sé, que siracusanos, selinuntios y todos los enemigos de allí vendrán aquí, si mandamos venir a la flota. Pues los haremos venir a ellos no menos que a los nuestros, si decidimos lo que algunos aconsejan. No bastará a los siracusanos no haber sufrido daño alguno, sino que esto lo pondrán en la cuenta de la fortuna y de los lacedemonios, que les liberaron, en tanto que a nosotros nos considerarán enemigos, como si los hubiéramos subyugado y ahora sólo fuera posible la venganza.
Ciertamente es de admirar, atenienses, que se repute temible [41] para la ciudad que nuestros trirremes estén en el puerto de los siracusanos, pero que naveguen los de los siracusanos y los aliados hacia el Pireo, lo consideren favorable para la situación. Si alguien nos garantiza que éstos mantendrán la paz y no querrán devolver a los lacedemonios el favor, que éstos les han prestado ahora, pensemos que está en nosotros decidir lo que queramos de estas posibilidades. Pero si no vamos a huir de ellos, de forma que no estaremos forzados a defendemos allí donde nos ataquen, ¿por qué llenaremos de confusión el Ática abandonando Sicilia?, ¿por qué hemos de traer aquí la guerra, si es posible controlarlos, para que no salgan de su territorio de grado o a su pesar? ¿Acaso nos es difícil decidir en torno a ellos, pero no es lo peor de todo que ellos decidan sobre nosotros? Y ciertamente no sólo es peligroso traer a los de allí, sino que también los de aquí no parecerá que son tan dignos como los de antes.
[42] Me indigna que los peloponesios no duden en fletar otras naves para ayudar a los de Sicilia y, sin embargo, nosotros no nos atrevemos a hacerlo en nuestro propio favor. Condenamos al exilio a los generales Pitodoro y Sófocles y exigimos dinero al tercero de ellos54, porque volvieron de Sicilia y participaron allí en las alianzas, pero nosotros mismos haremos volver fracasada una expedición tan grande, que será necesario que venga no según unos acuerdos, sino que —me avergüenzo de decirlo— parecerá una fuga. Pero cuando, atenienses, huyamos de hombres que están cercados por una muralla y nos escapemos de la isla por entender la salvación un beneficio ¿dónde depositaremos nuestra confianza?, ¿qué guerra será la que nos espera? [43] ¿No recordaremos, atenienses, aquel día en el que enviamos las naves mientras cantábamos peanes y levantábamos las cráteras e imitábamos la procesión y alegría de las empresas terminadas? ¿No sentiremos vergüenza del mismo sol, si viene a ser testigo de dos cosas tan diferentes, de la gran brillantez y gloria de entonces frente a la humillación [44] de ahora? ¿Qué botín nos traerán a su vuelta, atenienses, o qué acción de gracias elevaremos a los dioses por sus hechos o qué epinicios cantaremos aquí con ellos? o ¿en qué carrera competirán unos contra otros cuando vuelvan, semejante a la muy recientemente tenida? No volverán de otra manera, sino con el silencio, incluso de los jefes de los [45] remeros, tan sólo no sintiendo vergüenza del mar. Después casi odiamos a los que en las confrontaciones gimnásticas abandonan antes de tiempo y de forma indigna, en especial si hacen la renuncia justo antes de la victoria55. Sin embargo, ¿después de haber emprendido tal confrontación y casi haber terminado la empresa con el bloqueo de Siracusa, con Sicilia casi en nuestras manos, vamos a dejar escapar el galardón de la victoria? Ciertamente no, atenienses. Bien lo sabéis. Bastará para los refuerzos con sólo ser vistos y todo lo de los siracusanos se desvanecerá. Y tanta ventaja sacarán de Gilipo, cuanto mayor haya sido el sitio. Lo más sorprendente de todo es que Nicias —¿quién puede [46] estar menos animado con respecto a estas cosas que él?— dejó en vuestras manos la elección afirmando que habia dos posibilidades, o enviar refuerzos o hacerles volver, y no os privó de esperanza de una vez por todas y ello a pesar de estar atemorizado, añadiré que atemorizado desde el mismo principio, pero vosotros, que escuchabais estas mismas cosas de él y que le enviasteis a su pesar, determinaréis de antemano que no es posible conseguir nada de allí. En modo alguno. Por el contrario, haced memoria [47] de las cosas dichas antes, incluso preguntando a los demasiado inseguros si desde el principio tenían esta misma opinión o estaban con vosotros. Si confiesan que coincidían con vosotros, pensad que se acusan de cambiar de criterio, pero si pensaban de otra manera, considerad que se equivocaban por dos razones, en primer lugar, si, antes de llegar a una decisión, cuando era necesario responder [se callaron], y en segundo lugar56, si sostienen ahora con violencia la opinión en la que fueron vencidos.
Peroración
[48] Para que veáis cuánta seguridad acompaña a mi opinión, escuchad lo principal. Marchándoos de allí terminaréis con todas las esperanzas y ni siquiera os quedará un sueño de los asuntos de allí. Pero si enviáis socorro, no os equivocaréis en alguna de estas dos cosas: o conseguiréis Sicilia, como yo pienso, o, si esto es imposible, ciertamente será posible zarpar a salvo de allí. [49] Pero después, si prevalece lo peor, queda lo que algunos ahora consideran lo mejor, ¿qué separa una opinión de la otra? Es necesario enviar generales que pasarán por encima de su lentitud aprovechándose de su edad y experiencia. Esta parte de la carta me agrada —que sea necesario actuar así—, para que no quedemos atrás de los enemigos57, pues si pudiéramos anticiparnos a ellos en estas cuestiones o bien no reaccionarán o nada podrán.
1 El título propiamente fue el de Discursos sicilianos en tanto que lo que se pone entre paréntesis era un resumen del argumento; cf. PERNOT, Discours..., pág. 349.
2 Nicias recuerda sus méritos en la carta en la que pide socorro; cf. TUCÍDIDES, VII 15.
3 Hay un juego de palabras entre philonikías y el nombre del general Nicias, cf. PERNOT, Discours..., pág. 351.
4 Se trata de una glosa; cf. LENZ, Aristeidesstudien, págs. 122 y sigs.; PERNOT, Discours..., pág. 352.
5 Un pronto ataque a Siracusa era la estrategia defendida por Lámaco (TUC., VI 47-49). El retraso en llevarlo a cabo fue, según TUCÍDIDES, motivo para que los siracusanos cobraran ánimo (VI 63).
6 Se refiere a la fuga de Alcibíades a Esparta, cuando se exige su vuelta a Atenas para ser juzgado; cf. TUC., VI 88.
7 Sobre la muerte de Lámaco en una escaramuza contra los siracusanos mientras los atenienses pretendían construir el muro y eran hostigados por las tropas enemigas, cf. TUC., VI 101.
8 Sobre cómo surge el proyecto de enviar a Gilipo, hijo de Cleándridas, en socorro de los siracusanos y las vicisitudes anteriores a su llegada a Sicilia, cf. TUC., VI 93, 104. Sobre su llegada, cf. TUC., VII 2.
9 Se refiere a la muralla levantada por los siracusanos en sentido transversal a la de los atenienses, que impedía que éstos cumplieran sus objetivos de cerco; cf. TUC., VII 4, 6, 11, 42.
10 El texto presenta problemas críticos; cf. PERNOT, Discours..., pág. 354.
11 El texto también en este caso presenta alguna dificultad (cf. PERNOT, Discours..., pág. 354). Acepto la enmienda propuesta por BEHR (P. Aelius Aristides..., I, pág. 482 n. 7).
12 Alcibíades y Nicias.
13 Efectivamente, en la carta enviada por Nicias a Atenas para pedir refuerzos o que se les hiciera regresar reconoce que sus tropas, en especial la flota, se encontraban al comienzo de la campaña en Sicilia en superioridad de condiciones; cf. TUC., VII 12.
14 El texto tiene una laguna que se suple de forma dispar; cf. PERNOT, Discours..., págs. 356 y sig.; BEHR, P. Aelius Aristides..., I. pág. 482 n. 11.
15 Son dos de los grandes enemigos de Atenas.
16 No obstante, Nicias desde el mismo momento en que fue designado para estar al frente de la expedición propuso ante la asamblea revocar la decisión de acometer la empresa siciliana; TUC., VI 9-14.
17 Se refiere a la primera expedición en el 427; cf. TUC., III 86.
18 TUCÍDIDES incluye dos parejas de discursos contrapuestos de Nicias y Alcibíades en donde se supone que se aducen los argumentos en favor y en contra de la expedición a Sicilia (VI 9-23).
19 TUC., VI 11.
20 Cf. PERNOT, Discours..., pág. 359.
21 En efecto, TUCÍDIDES cuenta cómo las palabras de Nicias tuvieron el efecto contrario y estimularon a la mayoría a enviar la expedición a Sicilia (VI 24).
22 Cf. PERNOT, Discours, pág. 360.
23 El texto está corrupto. LENZ, Aristeidesstudien, págs. 123 y sig.; R. PERNOT, Discours..., pág. 361; BEHR, P. Aelius Aristides, I, pág. 482, n. 17 (no recoge bien la corrección de Pernot).
24 Es una exageración (cf. TUC., VII 6) y en parte se contradice con lo que dice al final del parágrafo siguiente (12) en donde efectivamente habla de un «descalabro».
25 TUC., VI 70, 94, 97, 98, 100, 103; VII 5.
26 Para la traducción cf. PERNOT, Discours, pág. 363.
27 Cf. los textos de TUC., I 70 y DEMÓSTENES, 38, 1, en los que puede fundarse esta idea sobre los atenienses, cf. PERNOT, Discours..., pág. 364.
28 Sobre la llegada de Gilipo y del corintio Pitón y los efectos que causó en siracusanos y atenienses, cf. TUC., VII 1-7.
29 Cf. PERNOT, Discours..., pág. 367.
30 Se refiere a la paz de Nicias; cf. TUC., V 18-19.
31 Alude a la primera expedición a Sicilia; cf. TUC., III 86-87.
32 TUC., VI 24.
33 El texto presenta problemas; cf. PERNOT, Discours..., pág. 369; BEHR, P. Aelius Aristides, I, pág. 482 n. 23.
34 Así lo argumentó Alcibíades en el discurso que dirigió a los espartanos una vez que se pasó a su bando; cf. TUC., VI 90.
35 Cuando Alcibíades se pasó a los espartanos les aconsejó que fortificaran Decelía en el Ática (cf. TUC., VI 91; VII 18). Ello se llevó finalmente a cabo y significó un notable revés para la marcha de la guerra, entre otras cosas, porque se convirtió en refugio de más de 20.000 esclavos atenienses que pudieron huir allí; cf. TUC., VII 27. Esta estrategia de los peloponesios fue, no obstante, una de las posibilidades vistas por Pericles al comienzo de la guerra; cf. TUC., I 142.
36 PERNOT entiende que esta última frase bien puede ser una glosa (Discours..., pág. 370).
37 Se reitera con estas palabras la estrategia diseñada por Pericles para la guerra (TUC., I, 43).
38 El Helesponto y el Ponto Euxino.
39 TUC., II 47-57.
40 Se puede traducir también como «incendio» o «llamas», cf. BEHR, P. Aelius Aristides, I, pág. 482 n. 28.
41 Se refiere a las victorias de Formión en Patras y Naupacto (TUC., II 83-84, 90-92).
42 Está aludiendo a los espartanos capturados en Esfacteria (TUC., IV 38-41).
43 Las Guerras Médicas son un tema recurrente a lo largo de toda la Segunda Sofística, cf. PERNOT, Discours..., pág. 373-375; F. GASCÓ, «Maratón, Eurimedonte y Platea: un comentario a Plutarco, Praecepta gerendae reipublicae, 814 AC», en A. PÉREZ JIMÉNEZ, G. DEL CERRO CALDERÓN [eds.], Estudios sobre Plutarco: Obra y tradición, Málaga, 1990.
44 En el Panatenaico desarrolla Aristides estos temas de las Guerras Médicas de forma muy amplia (I 92-209).
45 TUC., VI 6.
46 Se encuentra esta idea en TUC., IV 60; VI 6, 33.
47 Se refiere a las libaciones que se debían hacer antes de la marcha y a las carreras que se iniciaban al salir del puerto entre los barcos, cf. TUC., VI 32; PERNOT, Discours..., págs. 376 y sig.
48 El texto presenta dificultades y PERNOT indica la existencia de una laguna (Discours..., pág. 378).
49 Cf. TUC., I 104-5; E. ARIST., I 214-217.
50 TUCÍDIDES, I 105.
51 Es el «hogar de la ciudad» donde ardía el fuego perpetuo. En él se recibía a los extranjeros a los que se deseaba honrar. Parece dudoso que fuera la Tolos; cf. P. J. RHODES, The Athenian Boule, Oxford, 1972, pág. 16, n. 5.
52 Sobre los fenicios como fuerza naval del rey persa cf. TUC., I 16, VIII 46.
53 Parece que la fuente de inspiración para la mención de estos dos adivinos asociados es PLATÓN, Téages 124d (Cf. PERNOT, Discours..., págs. 383 y sigs.).
54 El tercero fue Eurimedonte, cf. TUC., IV 65.
55 Son frecuentes las comparaciones agonísticas en Aristides, cf. PERNOT, Discours..., pág. 387.
56 El texto está corrupto y se ofrecen diversas soluciones; cf. PERNOT, Discours..., págs. 388 y sigs. (sigo su propuesta en la traducción); BEHR, P. Aelius Aristides..., II, pág. 483 n. 41.
57 TUC., VII 15.
VI. SEGUNDO DISCURSO SICILIANO (EN FAVOR DE LO CONTRARIO)1
Exordio
Pedir a los dioses, atenienses, que la [1] ciudad conozca este éxito y todos los demás es para mí lo más agradable y sé que está al alcance de todos. Pero, cuando considerasteis por primera vez el tema de Sicilia, yo pensé que era necesario un buen consejo y ahora necesitáis aún más. Pues en un solo y mismo día deliberamos sobre la ampliación de nuestro poder y sobre nuestra salvación. No me son desconocidas las palabras que escucharíais con más agrado, pero la situación se halla en un punto tal, que no es posible eludir la necesidad, ni aun si lo quisiera. Es mucho mejor ofenderos, si viene el caso, al convenceros e instruiros, que pasar por alto que os tropecéis con vosotros mismos.
Estoy pertrechado y dispuesto, pero pido que se me [2] conceda hablar con franqueza. Pues si fuera preciso que hicierais algo contrario a vuestra opinión al escucharme, estaría bien que tomarais precauciones. Pero puesto que está en vuestro poder escoger lo que os plazca, considerando lo que se dice, no es correcto eludir la decisión, sino escoger lo mejor tras poner las dos posibilidades una al lado de [3] otra. Además de esto, si el placer que producen los discursos tuviera el poder de orientar los sucesos, sería una desgracia no escoger esta forma de hablar en público2. Pero puesto que los sucesos no resultan en la forma en que son dispuestos los discursos, sino que según resulten las cosas al final, así parece que son los discursos pronunciados al principio sobre ellas, es necesario que se acepten los discursos hechos con buena voluntad y no echar a perder en [4] una pequeña parte del día todo el futuro. Puesto que no es propio de una persona sensata en los negocios dar a cambio algo de gran valor por poco, verdaderamente tampoco es equiparable el encanto ocasional de un discurso con la ulterior seguridad de todos3.
La retirada es posible
[5] Primero voy a contestar a lo último de lo que se ha dicho4. Después trataré de examinar lo demás, en la medida de lo posible. Afirmo que unos y otros pensáis bien, atenienses, tanto los que desde el principio teníais la idea de que no era necesario navegar a Sicilia y conserváis los mismos argumentos, como los que ahora tenéis la opinión contraria habiendo votado entonces con la mayoría. Pues unos calculaban desde el principio lo que era más conveniente, mientras que los otros muestran con los hechos que preveían lo que iba a suceder. Mientras fue posible tener esperanza, estaban con vosotros, pero cuando la experiencia evidencia la realidad, se sitúan en [6] virtud de lo que se ha puesto de manifiesto. Era, según creo, propio de una persona que gusta de las disputas querer mantenerse en lo decidido al principio, pero propio de quienes tienen cabeza y de los que quieren salvar a la ciudad adaptarse a las circunstancias. Los decretos no enderezan los hechos bélicos, sino que según esté la situación en la guerra, así han de ser los decretos en torno a ella.
Ésos no dicen otra cosa sino que, puesto que al principio [7] fuimos arrastrados, por ello mismo también ahora debemos equivocarnos haciendo del mal un remedio del mal5. Sin embargo, yo, a partir de lo que me encuentro escuchando en vuestra compañía6, considero que lo contrario hubiera sido lo mejor para vosotros, si desde el principio lo hubiéramos rechazado. Ciertamente lo mejor para todos los hombres [8] es captar el futuro por medio del cálculo. Pues es signo de las dos mejores cosas: éxito y buena deliberación. Si para los que se equivocaron en escoger lo mejor, no es posible en una segunda oportunidad cambiar de posición a partir de las circunstancias presentes, se les quita lo que es más propiamente humano, aprender de la experiencia, de forma que por necesidad sea ilimitada la desventura. Además, [9] si alguno os preguntara en qué aspecto más importante difiere una ley de un decreto, encontraríais que las leyes descubriendo lo justo de una vez por todas establecieron el orden común para siempre, en tanto que los decretos están asociados con las necesidades7. De la misma forma en que los sucesos acaecen de una u otra manera según las circunstancias, así las circunstancias producen y liquidan decretos y decisiones. Y con razón, hablamos, en la ley, con los conciudadanos de tal manera que basta formular lo mismo por siempre, pero los decretos han sido descubiertos para los de fuera y para las eventualidades de la guerra. Por tanto ninguno de ellos es estable ni inconmovible ni imposible de [10] ser suprimido. Pero si se ha dicho que es posible suprimir las propias leyes, si en algo perjudican, no sería criticable rehacer un decreto sobre la expedición y la campaña. Pero yo no afirmo que vosotros vayáis a suspender nada de lo decretado. Pues si se puede mostrar que nosotros decretamos que no sería posible volver de nuevo aquí, sería otro discurso. Pero aquello se cumplió y no dificultéis una segunda iniciativa.
El análisis de las presentes circunstancias
[11] ¡Vamos, pues, por los dioses! Si alguno desde el principio hubiera podido presentaros con precisión el futuro —sería, según parece, un dios, pues ningún hombre sería capaz de oponerse a los que entonces os incitaban— en el sentido de que la situación llegaría a tal extremo que nuestra primera preocupación sería por los expedicionarios antes que por Sicilia, ¿hay alguien tan loco o desgraciado hasta el punto de comprometer a la ciudad en tales gastos y peligros después de ver la situación [12] a la que se ha llegado?8 No lo creería9. Por tanto, haréis volver a los hombres, que de haber previsto lo que iba a suceder no hubierais enviado, una vez que conocéis lo sucedido. Más, si son distintas las circunstancias10, atenienses, cuando tomamos la decisión y ahora cuando la cambiaremos, si os persuado. Pues entonces, en tregua con los lacedemonios y tras haber vencido con brillantez en la guerra de casa y sin enemigos, actuábamos de forma arrogante, como era de esperar11. Pero ahora veis a los enemigos desde la muralla, y en vez de aquella fastidiosa y pesada invasión anual de nuestro territorio acampan ahora constantemente ante nuestras puertas12, y ha resultado, si hay que hablar con seriedad, un asedio en toda regla. Hemos gastado parte de nuestro dinero13 en esta buena expedición y nos hemos servido de otra parte en ocasiones anteriores, los esclavos huyen todos los días y hemos disminuido en un número tal, como para que se pudiera guarnecer de forma suficiente la mayor ciudad después de la nuestra. Veamos si [13] parecerá que nos conocemos o guardamos de forma adecuada la ciudad, si asediados nosotros intentamos hacer lo propio a otros allende los mares y, antes de poder abandonar nuestras murallas, navegamos contra otros perdiendo de vista el Ática y sin ser capaces de gobernar sobre los de casa queremos gobernar sobre los habitantes de Sicilia, helenos y bárbaros al mismo tiempo. Por el contrario, es dado hacer tales cosas no a los que están en necesidad, sino a los que prevalecen.
[14] Así están las cosas aquí. Pero ¿qué sucede allí? No están mejor que éstas, sino en un estado más preocupante, en la medida que tienen lugar en tierra extraña y es mayor la carencia de lo necesario14 y tienen peligros más apremiantes. Las naves hacen agua, los marinos están en desorden, el dinero se ha esfumado, la mayor parte de los comerciantes se han ido, los esclavos han desertado, los enemigos atacan15, hemos sido derrotados en una batalla, el transporte de víveres ha caído en manos enemigas, Sicilia ha hecho defección, Gilipo se ha ido para traer refuerzos, hemos resuelto de forma contraria a nuestros ruegos y más allá de lo esperable16. Somos despreciados por unos17, ante otros calumniados18, tan sólo los más débiles, los inútiles en momentos de necesidad, restan como amigos19. El dinero de los de Segesta se ha esfumado20. Dicen que los siracusanos no cederán en nada, si no reciben una compensación acorde [15] con la agresión. ¿Y ahora, soportaremos esto, atenienses? Y, sin que se acomoden los hechos a lo que decretamos, ¿consideraremos adecuado seguir con lo decretado, como si bastara, aunque no termináramos de comportarnos como locos, o como si los siracusanos fueran a seguir el conflicto con nosotros según nuestros deseos? Y de los tres generales enviados uno ha muerto21, el otro se ha pasado al enemigo y ha quedado uno, al que enviamos allí contra su voluntad, ¿a éste le agregaremos ahora de nuevo otros? ¿Y no reputaremos como signo de todo el conjunto, de que cuidamos allí nuestros intereses de manera desigual a nuestra fuerza, si el que nos hizo concebir esperanzas en esta empresa está ahora con los enemigos, nos hemos visto forzados a recurrir al hombre que más se opuso a todo ello? Pero, como si buscáramos un añadido a nuestros males, ¿enviaremos otros generales y otro ejército y nos enzarzaremos en una contienda? ¿Por qué nos animamos, atenienses?, [16] ¿acaso por cosechar de forma estable nuestros frutos? Pero sí podrían caer en manos de nuestros enemigos. Entonces, ¿por el número de hoplitas y hombres de a caballo? Temo hablar, pero estoy obligado. Terminamos, atenienses, con las personas alistadas y trastornamos inoportunamente el orden militar. Pues las tropas que eran necesarias que quedaran para la salvación de la ciudad, después de reclutarlas a la sombra de Segesta y Leontinos las enviamos hacia el oeste y ahora hemos puesto las cosas no lejos de la moraleja de la fábula22. Pues por el deseo de empresas mayores y lejanas... Pero omitiré las palabras de mal agüero.
Sin embargo, no creo equivocarme si, para que no perdamos nuestras posesiones, os hago una propuesta. ¿No [17] imitaremos, atenienses, a los médicos que no permiten que progresen los flujos en el cuerpo, sino que detienen la inflamación antes de que el cáncer se difunda por todas partes23? ¿No controlaremos los deseos desmedidos, sino que, vista la primera desgracia, añadiremos otra y dificultaremos la situación con nuevos caballos, hombres y recursos y alimentaremos la guerra con un mal alimento, como si alguien descuidando una hoguera trajera para sofocarla madera, virutas y leños con la idea de dominar el fuego por este procedimiento?
La expedición ha fracasado
[18] No paséis vosotros, atenienses, por algo tan estúpido ni os engañéis a vosotros mismos, como los que cierran los ojos para no ver lo que no quieren. Por el contrario, al ver hasta qué punto ha llegado la situación y en tanto tenéis la oportunidad y capacidad de decidir, parad y no queráis ver de las dos vías posibles la que va en contra vuestra y no reconocer la que va a vuestro [19] favor. En lo que hace a necesidad y carencia de lo imprescindible, la situación no se encuentra en tales términos como para que nos reprochemos a nosotros mismos el haber emprendido la empresa de forma cicatera, sino que todo se ha hecho por la brillantez y pertrechos de la expedición, pero hemos fracasado por obra de la fortuna y por dejar escapar nuestra ventaja inicial —ésta fue nuestra ocasión— y por no atacar Siracusa en el momento de su mayor temor. Por todo ello acúsese a Nicias y a quien se quiera. La oportunidad se ha esfumado y no sería posible recuperarla, ni si enviáramos dos veces tantos hombres. Vistos de forma repentina, sorprenden los pocos a los muchos [20] y los débiles a los fuertes, pero cuando disponen la guerra con tranquilidad, los que han temido cosas terribles son mucho más hábiles para defenderse que los que atacan, tanto por la rabia a causa del miedo pasado, como por la fuerza acumulada durante el ocio.
Por la carta me parece que Nicias ha llegado a la misma [21] conclusión que defendió entonces. Pues al intervenir, atenienses, queriendo disuadiros de la campaña pidió un número tan alto, que creía que no se lo concederíais, para que desde este proyecto dierais un giro hacia la necesaria paz, con lo que es evidente que no llegamos a esta situación por escasez de recursos, pues embarcó con todo lo que pidió. Al escribir por la situación de allí, me parece manifiesto que tiene vergüenza de deciros pura y simplemente que debéis llamarles de vuelta. Y añade como para animarnos que existe la posibilidad de o bien hacer volver a los de allí o bien de enviar un socorro tan importante, que bastara para resolver las dificultades de allí. Por tanto, atenienses, si ahora acaece [22] lo mismo que entonces y os decidís en favor de la ayuda y del envío, de cuantos el quiera, pero encontrarán las mismas dificultades...24 Por Zeus, ¿no sucederá lo mismo? ¡Ojalá no, Zeus y todos los dioses! Yo quiero no que no suceda, sino que no haya ocasión ni de temer por ello. Pero creo que todos sabemos que ahora no sólo nos hemos reunido para rogar como en un templo, sino para considerar el tema en su conjunto. Es necesario que en nuestros ruegos pidamos a los dioses los dones mayores y más placenteros, pero en las deliberaciones, quienes después no quieren hacer reproches a los dioses y a ellos mismos, es necesario que escojan lo más seguro a partir de los datos presentes.
[23] Que se me diga qué dios, pues ciertamente ningún hombre sería adecuado, es necesario que tomemos como garante para tener confianza como para que la fuerza expedicionaria desplazada de nuevo25 controle la situación allí y ningún nuevo peligro nos anuncie Nicias. Porque, por Zeus, ¿ha dicho que les hagamos volver o que enviemos quienes les ayuden? Pero él mismo al marcharse de aquí pidió esto y aquello como si fuera suficiente y, sin embargo según su testimonio de ahora nada de ello parece haber [24] bastado. ¿Qué pasaría si os equivocarais por segunda vez o Nicias estuviera entre decir la verdad y atender vuestro deseo? ¿No escogeremos, atenienses, lo que es claro y manifiesto antes que lo velado e incierto, que rápidamente nos confundiría de nuevo? Por el contrario experimentaríamos lo mismo que si unos angustiados y asustados por los pasajeros de una nave en peligro fletaran de nuevo otra nave por el mismo riesgo. En tales circunstancias, los salvadores sacan a los náufragos del agua, no se sumergen con ellos.
La guerra en Sicilia es imposible
[25] Y ciertamente, atenienses, si enviamos un contingente tan numeroso, como para que fuera una ayuda evidente para ellos, se dejará muy debilitada la posición de los de aquí, de forma que a los que enviemos en ayuda de los de allí también será necesario buscarlos para que ayuden a los de aquí26. Pero si nos dividimos con los dos objetivos, por una parte, de no dar la impresión de abandonar a aquéllos y, por otra, de poder mantener la situación aquí, temo que consigamos lo contrario de lo que pretendemos: prestar ayuda insuficiente a unos y a otros, incompleta para cada uno a causa del otro, y después estaremos sentados en mitad de los dos27. Temo [26] por el Pireo por saber que los peloponesios intentaron penetrar en él incluso al principio de la guerra28, antes de haber sufrido el más mínimo descalabro naval. Temo también por los que marchan, no vaya a irles peor de lo que se puede decir con buen agüero y aun pretendiendo ser de auxilio para los de allí, necesiten quienes vayan a salvar a ambos. Pues si en una, atenienses, en sólo una batalla naval fueramos derrotados —así los dioses vuelvan esto contra los hijos de los siracusanos y los que están de acuerdo con ellos—, no sólo no podremos controlar la situación allí, sino que ni podremos encontrar cómo huir29. Pues al punto será cerrado el puerto, y nos veremos poco menos que sorprendidos en las ensenadas de los enmigos. Y ¿qué pedirán que se haga entonces éstos que ahora están despreocupados? ¿O pedirán que se envíen refuerzos para impedir el aprovisionamiento de los siracusanos, con lo que lograrán apoderarse de ellos? Sí, por Zeus, pero temerán esta segunda expedición. Cobrarán mayor ánimo conscientes de [27] que dominaron la primera expedición. Incluso considerarían que así ya hay un testimonio nuestro de que reconocemos que la situación no marcha bien. Pues al enviar a éstos ahora parecerá que no estamos con ánimo, sino asustados.
[28] Pues bien, cada una de las posibilidades por separado tiene un gran peligro, ya sea disminuir las fuerzas de aquí, ya hacer una expedición allí con el número de hombres que sea. Pero, ¿cómo se opone una cosa a la otra? Con lo que aquí va mal, cobra ánimo el enemigo de allí, de forma que, si resistieran por un poco de tiempo, no pasarían más peligros, pero al suceder de nuevo algo allí fuera de lo planeado, [29] todos los de aquí compartirían el peligro. No digo que sea derrotada nuestra expedición o que ellos sean superiores en todo, sino que si sólo llegara un rumor engañoso o un comentario de que hemos fracasado, todo estaría trastornado y cambiado, no habría nadie de los que os obedecen a vosotros por obligación, que al punto no se pusiera de parte de los lacedemonios. Pero si se nos priva, atenienses, de los aliados e ingresos30, ¿qué nos queda? No lo voy a [30] decir, pero todos lo ven. Después nos recuerdan que desde el mismo comienzo se decidió no combatir con los peloponesios en nuestro territorio31, sino luchar en expediciones y periplos. Pero no quieren recordar, a pesar de ser lo más razonable, que este mismo hombre Pericles que nos persuadió a ello también nos convenció de no ampliar el imperio durante la guerra32. Pues yo, atenienses, entiendo que nuestra ciudad en tanto supera a todas las ciudades, que no sólo podría vencerlas una a una, sino que incluso a algunas de ellas asociadas en sus respectivos pueblos, pero ciertamente no es superior a la naturaleza humana ni es sensato [31] que tal se le demande. De la misma forma sostengo que vosotros solos venceríais a todos los peloponesios y también que no os resultaría difícil ocupar Sicilia, si tuvierais sólo de enemigo a los siciliotas. Lo mismo digo incluso de los asuntos de Italia, que no se os hubieran escapado si hubierais estado libres de lo demás. Pero si va a ser necesario luchar al mismo tiempo contra los peloponesios, los de Sicilia, tanto helenos como bárbaros, y además de con éstos con los que se les unan del continente de enfrente33, no puedo tener ánimo, sino incluso temo que nuestras esperanzas son excesivas. Pues este episodio de la guerra tiene [32] el peligro de convertirsenos en mayor que el conflicto principal, puesto que consideramos que es necesario someter Sicilia, Italia y Cartago y prácticamente a todos los hombres, para que trayéndoles aquí vayamos contra el Peloponeso. Pero a mí, atenienses, —y ninguno me tome por difícil— me parece que lo que primero conviene y es necesario es lo contrario, someter el Peloponeso, para que por su medio dominemos a los de fuera, y que más bien es necesario por ellos someter a los otros que atacar a los de allí inoportunamente por causa de éstos.
Sobre que no debéis confiar en el rumor de que gran [33] parte del contingente de los siracusanos está por nosotros, escuchad34. Nadie, atenienses, de los que habitan Sicilia, de los helenos o de los bárbaros, odia a los siracusanos y es favorable a nosotros por igual, sino que os diré cómo me parece que es su actitud. Ellos, en tanto ninguno de nosotros había llegado a Sicilia, sentían aversión hacia los siracusanos, de la misma forma que muchos de nuestros aliados hacia nosotros, pues creo que nadie de buen grado quiere ser un esclavo. Pero al hacer acto de presencia un contingente tan grande, y enviado de nuevo otro por nosotros, y puesto que es manifiesta nuestra intención, no les odiarán a ellos más de lo que nos temerán a nosotros, de forma que nos hemos convertido en conciliadores para ellos35. Pues preferirán con mucho a los de casa e iguales, aun si es necesario verse algo sometidos a ellos36, que a los extraños y forasteros. Esto es lo que temo y además de ello, atenienses, la maledicencia de los lacedemonios, por la que somos vilipendiados como si hubieramos sobrepasado a todos en gobernar por la fuerza.
[34] Es de lo más absurdo abandonar el Ática para librarnos de luchar y de peligros, pero preferir arrostrar todo tipo de riesgos por los de Siracusa. ¿Acaso no habéis escuchado la carta en el sentido de que, si no se toma la muralla a la fuerza con un destacamento numeroso, nuestra situación en tierra se puede dar por terminada37? En efecto, es sorprendente evitar estos mismos peligros por nuestras casas y propiedades y sufrirlos por una tierra extraña y por lo que nada nos compete. Y ciertamente aquí la batalla se libraría contra los peloponesios y beocios, pero allí contra estos mismos38 y contra otros aún más numerosos, los originarios [35] de la propia isla y los de donde la fortuna quiera. Y nada diría sobre la custodia del territorio si lo hubieramos ocupado, pues desconocería por completo la situación presente. Sin embargo, podría decir sobre el ejemplo de Chipre que el rey39 gobierna Chipre y todo el territorio sin interrupción desde el suyo propio, pero es que antes de bordear el cabo Malea40, todo el territorio a la derecha es hostil.
Pero dejemos esto. Que alguno de los dioses nos conceda [36] Sicilia y lo demás, si lo queréis, y yo, que todo lo temo, os lo garantice. Pero ¿por qué se deben temer miedos y peligros lejanos pasando por alto los que están ante los ojos? Con respecto a esto dígase que Sicilia es grande, buena y ventajosa para la guerra. Pero que no se cambien para nosotros los apelativos ni que nos pase lo del persa41, quien después de escuchar a Mardonio sobre que Europa era grande, buena y no peor que Asia para poseerla, vino a descubrir que su seguridad era una ganancia estimable. Pues cuando una acción no es desde un principio posible, todo lo demás son charlas insustanciales y sombras.
No es una vergüenza retirarse de Sicilia
—Por Zeus, sí es vergonzoso huir de [37] Sicilia— ¿Acaso si fuera posible conquistarla huiríamos o en cualquier eventualidad? Pues si vamos a huir y es posible conquistarla, muéstrese cómo es posible. Pero si huiríamos en cualquier eventualidad es porque no consideran importante otra cosa que el salvarse. Todavía les preguntaría de buen grado si acaso consideran vergonzosa la vuelta de las trirremes y soldados. Pero ciertamente rogamos desde el principio por recibirlos sanos y salvos. ¿O no sienten vergüenza por esto, sino en el caso de que vuelvan sin éxito en la empresa? Si la vergüenza está aquí, ¿cómo se consigue más, si permanecen hasta que tener éxito sea imposible? A mí, por el contrario, atenienses, me parece que hay mayor vergüenza en esta posibilidad. [38] Pues si se quedan con intención de hacer algo y después sufren más de lo que ahora han sufrido, ¿cómo no sucederá lo que he dicho? Pero cuando decimos que sólo sentiríamos vergüenza de que no hagan nada, la petición de que vuelvan ahora no comporta vergüenza alguna. Pues ella no ha estropeado aún más la situación allí, sino que la expedición de entonces ha demostrado que nosotros deseamos imposibles, de forma que se deben pedir cuentas a los que nos persuadieron de la expedición, no a los que nos aconsejan la vuelta. Por ellos estamos forzados a huir, como ellos mismos dicen, habiendo sido posible haber permanecido [39] en nuestro territorio desde el principio. Pero yo no diría, atenienses, que esto es una fuga, en modo alguno. Pues si no nos atreviéramos a resistir a éstos en sus ataques, con razón se diría que es cobardía. Sin embargo, si les atacamos porque sí, si prospera el asunto, es de prudencia proseguir, pero marcharse si fracasa. Pues las guerras por la primacía tienen su dinámica en cobrar ánimos, si es posible la victoria, pero si no, lo segundo, no terminar peor que [40] al principio. De la misma forma, creo, vemos a los buenos hombres de negocios, quienes, si no pueden conseguir más, no perjudican voluntariamente lo que ya tienen, sino que lo intentan, si es posible, sin ponerse agresivos, si algo se les opone. Con tales consideraciones, atenienses, no es necesario que Nicias se retire ahora de la muralla42 ni que se retiren los soldados que tantos combates han librado, según parece, ya que se comprometieron de una vez por todas. Locura y estupidez es todo esto.
[41] Recordad unos pocos y destacados casos de que nada fuera de lo normal ni de la naturaleza humana haremos, si no llevamos un asedio de forma interminable. Sé que en Tesalia realizamos una campaña en favor de Orestes, pero como no prosperaba, volvimos de nuevo aquí con él43. También sé que después de ir contra Eníadas en Acamania, como no fue posible tomarla44, volvimos; el general era Perieles, no Nicias. Sé además que ocupamos no un poco de Beocia, como ahora dicen estos de Siracusa, sino que la tomamos en su totalidad y que de nuevo la abandonamos, cuando fuimos derrotados, por valorar más la seguridad de los capturados en la batalla45. Recordad que en pro de la paz devolvisteis Acaya y otras zonas a los peloponesios46. Pero ya que renunciasteis de buen grado a las ventajas conseguidas en la guerra, para que hubiera paz, ciertamente es razonable que en tales circunstancias bélicas y problemas no se quieran duplicar las dificultades. Pero estas son dificultades más que dobles y no inferiores por sus efectos a quitarnos el ánimo.
Tened también presente que los lacedemonios después [42] de invadir cada año el Ática no sentían vergüenza de retirarse otras tantas veces después de trastornarnos cuanto podían. Y por Zeus que irrumpían en nuestra tierra mientras les era posible. Pero cuando tuvieron miedo por su territorio, cesaron. Ahora de nuevo montan guardia en Decelia, ya que la situación les es favorable. Tal es la naturaleza de la oportunidad y de lo posible. Ningún hombre lo hace todo según lo predice ni las guerras se doblegan a los deseos, sino que resuelve las más de las cosas la fortuna, la que deberían conocer y observar los que participan de ella en lo que dé.
[43] Aparte de todo ello este su argumento es contrario al más prudente, que anuncia que, si nada consiguieran los que ahora marchan, será posible hacer regresar a ambas expediciones. Pues si es vergonzoso huir en cualquier circunstancia que sea, aún será más vergonzoso, cuando la vuelta afecte a las dos expediciones47. Pero si la necesidad es poderosa, ¿por qué tenéis que asustar con palabras pasando por alto los hechos? La retirada ahora es tanto mejor cuanto que en un cambio de fortuna nos retiraremos tras ganar batallas, atenienses, por tierra y mar y casi haber ocupado Siracusa, dejando a todos los hombres pruebas de dos cosas, de nuestro buen ánimo en la contienda y de adecuación a las circunstancias, y ningún siracusano o selinuntio48 ni ningún otro de los de allí se jactará a nuestra [44] costa ni podrá decir que nos han echado. Pues todos los hombres sabrán que, mientras fue un asunto entre ellos y nosotros, no pudieron resistirnos, sino que, sólo cuando los lacedemonios y corintios atacaron junto con otros antiguos enemigos, fue necesario considerar las nuevas circunstancias. De forma que se agrega no sólo seguridad, sino también [45] buena opinión a esta forma de pensar. Éstos temen que se dé la impresión de huir —pero yo pido a los dioses no tener razón—, yo temo, por el contrario, que después de ser superiores no podamos huir y nos pase lo mismo que a los que juegan a los dados, a los cuales es posible ver cuándo van perdiendo, aunque indemnes en la mayor parte, cómo la porfía mezclada de rabia les lleva al desastre final49.
Incluso me parece que sucederá lo contrario y que el [46] envío de ayuda no implica la ocupación de Sicilia o la vuelta de nuevo de los hombres, en tanto que el mandarlos llamar ya es liquidar la situación de allí, como recientemente habéis oído50. Pero si nosotros, mientras haya ocasión, los mandamos llamar y nos juntamos todos, afirmo que con la ayuda de los dioses habrá esperanza para la situación de allí, como antes también sucedió cuando según las oportunidades enviamos expediciones y después pudimos atacar con más fuerza51. Si nos precipitamos hacia lo imposible, sostengo que alguno de nosotros considerará el fracaso una ganancia, si sólo sucede que hemos fallado en la empresa y no nos pasa nada más. Después ¿qué general, atenienses, [47] tendrá ánimo para traer todo el contingente aquí, cuando, según lo anunciado por vosotros, parece que habéis votado en contra de que regresen ni siquiera unos pocos, antes de llevar a cabo aquello por lo que fueron enviados?52 Ahora cuando también Nicias teme vuestros comportamientos, ¿qué pensará que va a sufrir después de no haberse cumplido vuestras expectativas por dos veces? Por tanto, o enviáis a hombres para que venzan o..., no quiero agregar la otra posibilidad. En lo que yo digo todo está oportunamente [48] a vuestro alcance, tanto ocupar Sicilia, si es posible, como que éstos queden a salvo, si la ocupación no tiene lugar. Pues si es fácil poner en orden todo lo de aquí recurriendo a todo nuestro poder, es fácil hacer una nueva expedición naval contra Sicilia. Pero si la empresa es enorme, ¿por qué vamos a encontrar nuevas dificultades más allá de nuestras fronteras para nosotros porque no tenemos [49] bastante con lo de aquí? Voy a exagerar. Si dijeramos que la situación en Sicilia es igual y compartida con la del enemigo —si esto fuera así, yo diría que nosotros somos superiores en mucho—, todos nosotros sabemos con seguridad que no tanto beneficio obtendríamos en Sicilia, si tuvieramos éxito, cuantos problemas nos resultarían de fracasar. Cuando el miedo es mayor que la esperanza, ¿cómo no será oportuno tomar precauciones?
No hay que temer represalias siracusanas
[50] Me asombro de que los que temen que los Siracusanos vengan contra nosotros recomienden hacer una expedición contra ellos, como si fuera sin riesgos53. No obstante, yo pienso que los siracusanos no están tan fuera de sus cabales como para que, libres de unos problemas inesperadamente, se procuren de buen grado otros nuevos, especialmente, sabiendo por nosotros mismos que no resulta ventajoso mandar una expedición tan importante desde casa. Sin embargo, haría votos a todos [51] los dioses para cogerles aquí. Pues no nos enfrentaremos con un número de sus naves igual al que dispondrán allí por su seguridad, pero al mismo tiempo creo que aprenderán la ley de las grandes y lejanas expediciones54. Con ella chocó el rey de los persas en su expedición aquí, pero también chocaron los cartagineses al cruzar el mar hacia Sicilia con miles de hombres en su fuerza terrestre y naval55. No es posible por igual guardar lo propio y apoderarse de tierras muy lejanas, sino que el castigo sigue al atrevimiento. Los lacedemonios, que lo saben, nada cuidan tanto como las expediciones a tierras lejanas. Pues ciertamente no son los menos poderosos de los helenos por haber conseguido poco a poco su superioridad.
La historia de Atenas es maestra
Pero si se debe decir algo soslayando [52] lo demás, si se nos presenta una situación de urgencia, no se debe por tal motivo agregar de buen grado a esto lo que no es conveniente, sino que se debe distinguir entre rechazar a los que vienen en nuestra contra y no querer rehuirles. Pero yo tengo miedo, por una parte, de lo que he dicho hace poco56; tambien tengo miedo, por otra, contemplando los malos augurios por los misterios, ya que no los desvelasteis de forma digna, antes de que nosotros zarpáramos, y también al contemplar cómo han quedado los Hermes57, y, por fin, al considerar que quien nos aconsejó todo esto está maldito y que las familias sacerdotales han lanzado maldiciones contra él solo en público58. También me acuerdo de la expedición de Egipto59, que hábilmente ha pasado por alto y que supuso la pérdida de doscientas de nuestras naves y eso que ya poseíamos una parte de Egipto no inferior a toda Sicilia. Y no paramos ahí, sino que pasado el tiempo, fueron otras cincuenta naves en socorro de las de allí, y no sólo no ayudaron a aquellas sino que perdieron [53] además lo que se había ganado. Con éste, con este ejemplo siento escalofríos, atenienses, y ni de noche ni de día me abandona su recuerdo. Pido de todos vosotros que os guardéis de Sicilia como de Egipto, no forjéis muchos ejemplos semejantes. Pensad que no le hubiera pasado tal desgracia a la ciudad o el segundo envío no se hubiera destruido, si diciendo estas cosas entonces, os hubiera persuadido a no navegar contra Egipto desde el principio, pero si [54] no, al menos, a no enviar trirremes por segunda vez. Pero si todos sabéis que os equivocasteis en aquello por el criterio de los que la aconsejaban y por tener en menos a los que se oponían, mirad no vayáis vosotros mismos a ser castigados por la derrota de nuestra opinión. Tened presente que ni con la importante y gran victoria en Chipre resultó que adquiriéramos la propia Chipre, sino que marchándonos la abandonamos60. Todos vosotros sabéis igualmente que es insalubre el territorio, donde se halla el campamento61.
[55] Si no tienen todo ello presente, no debe ser insoportable pensar en que, si despedidos con peanes, les recibiremos derrotados, sino lo que sería lo más terrible, si, a los que enviamos en su día para aumentar el imperio y con tal apariencia, los mandaremos llamar con otros cantos, y la carrera62 de entonces hasta Egina no les permitirá ahora llegar a salvo a sus puertos.
Peroración
He dicho. Ruego a los dioses por dos [56] cosas: que o bien estéis de acuerdo o que me equivoque y yo solo sea acusado de cobardía.
1 Sobre el título del discurso, cf. PERNOT, Discours..., pág. 349.
2 Nicias en su carta establece también esta oposición; cf. TUC. VII 14.
3 En TUCÍDIDES la seguridad es un tema recurrente (VI 18, 23, 24, 83, 86; VII 14).
4 Se refiere a lo dicho en V 47.
5 Sobre esta sentencia, cf. III 534 en donde la utiliza también. Tiene un fundamento clásico-literario en HERÓDOTO III 53; TUC., V 65; SÓFOCLES, Áyax 362 (PERNOT, Discours..., págs. 395 y sigs.; BEHR, P. Aelius Aristides..., I, págs. 473 n. 558 y 483 n. 3).
6 Se refiere a la carta de Nicias.
7 Para la diferencia entre ley y decreto en el pensamiento ateniense de entonces Pernot trae oportunamente a colación el libro de J. DE ROMILLY, La loi dans la pensée grecque, París, 1971, págs. 202-212.
8 Cf. PERNOT, Discours..., pág. 398.
9 Cf. PERNOT, Discours..., pág. 399.
10 Precisamente en el discurso anterior se insistía en que las circunstancias no habían cambiado con respecto a cuando se decidió enviar la expedición (V 20).
11 Se refiere al éxito conseguido al final de la Guerra Arquidámica y a la impresión que dejó en los atenienses; cf. PERNOT, Discours..., pág. 399.
12 Se refiere a que ocupan Decelía. El contraste entre las invasiones anuales y la ocupación de Decelía por los peloponesios también se lee en TUC., VII 10.
13 TUC., VI 31; VII 28.
14 Cf. TUC., VI 21-22.
15 Se trata de una lección discutida, cf. PERNOT, Discours..., pág. 402.
16 Se trata de un resumen de las desgracias acaecidas en Sicilia y de la difícil situación en la que se encontraba el ejército ateniense tal como es descrita por Nicias en la carta que envía a Atenas (TUC., VII 11-15).
17 Cf. TUC., VI 33-35, 49, 63.
18 Cf. TUC., VI 75, 83, 87.
19 Cf. TUC., VII 14.
20 Los de Segesta al comienzo de la guerra, para estimular a los atenienses, hicieron ostentación de riquezas (TUC., VI 8). El tema de los recursos y riquezas de Segesta como estímulo para la expedición fue discutido en el anterior discurso (V 33-34).
21 Se refiere a Lámaco, hijo de Jenófanes, estratego plenipotenciario con Nicias para la expedición en Sicilia, que murió en combate contra los siracusanos (TUC., VI 101).
22 Se refiere a la moraleja de la fábula de ESOPO (133 PERRY), en la que un perro por querer apoderarse del pedazo de carne que su imagen reflejada tenía en la boca pierde el que llevaba (PERNOT, Discours..., pág. 406; BEHR, P. Aelius Aristides..., I, pág. 483, n. 10).
23 El texto ha sido utilizado para intentar fechar el discurso, por entender que podía aludir a algún problema físico similar al que tuvo Aristides en 148 d. C. (XLVII 61 y sigs. Cf. BEHR, Sacred Tales, págs. 166, 168, n. 17). De todas manera resulta difícil intentar fechar estos discursos por tales indicios (PERNOT, Discours..., págs. 23 y sig.).
24 Cf. PERNOT, Discours..., pág. 409.
25 Hay distintas conjeturas para enmendar el texto; cf. PERNOT, Discours..., pág. 410; BEHR, P. Aelius Aristides..., I, pág. 483, n. 13. He seguido la propuesta de BEHR.
26 Sobre la difícil situación de los atenienses por librar una guerra en dos frentes, cf. TUC., VII 28.
27 Sobre el uso de los proverbios en los Discursos Sicilianos, cf. PERNOT, Discours..., págs. 105 y sigs. En torno a los paralelos de este proverbio, cf. BEHR, P. Aelius Aristides..., I, pág. 484 n. 14.
28 Fue un intento de los peloponesios al comienzo de la guerra, queriendo coger desprevenidos a los atenienses demasiado confiados en su superioridad naval (TUC., II 93).
29 Las tres derrotas navales en Sicilia son tratadas por TUCÍDIDES en VII 41, 52, 56, 72-73.
30 Sobre los problemas financieros atenienses y los remedios que pusieron, cf. TUC., VII 28.
31 Tal fue el proyecto estratégico que trazó Pericles al comienzo de la guerra (TUC., I 143).
32 TUC., I 144; II 65.
33 Se podía referir a Cartago o a Italia. Parece más probable que se aluda a Italia; cf. PERNOT, Discours..., pág. 415.
34 Cf. V 9-10.
35 Cf. TUC., VI 33.
36 Sobre la interpretación del pasaje, cf. PERNOT, Discours..., pág. 417.
37 Cf. TUC., VII 11.
38 Los beocios llegaron algo más tarde, cf. TUC., VII 11.
39 El rey persa aparece mencionado, como es habitual, simplemente como «el rey».
40 Es el más oriental de los tres cabos que están más al sur en el Peloponeso.
41 El persa es Jerjes.
42 Cf. PERNOT, Discours..., pág. 423.
43 Se trata de Orestes, hijo de Equécrates, rey de los tesalios que estaba destarrado en Tesalia y que convenció a los atenienses para que le restauraran en el trono en torno a los años 457-56. Cf. TUC., I 111.
44 TUC., I 111.
45 TUC., I 113.
46 Sobre la Paz de los Treinta Años, cf. TUCÍDIDES., I 225, 278; III 270; VII 26.
47 Cf. V 48.
48 Sobre Selinunte, enemiga de Atenas y objetivo militar durante la guerra, cf. TUC., VI 47-48.
49 Era proverbial comparar la guerra con un juego de dados, ESQUILO, Siete contra Tebas 414; cf. PERNOT, Discours..., pág. 428.
50 Cf. V 48.
51 TUC., III 86; VI 1.
52 Cf. TUC., VII 48.
53 Cf. V 41.
54 En una asamblea de los siracusanos celebrada para deliberar en torno a la expedición de los atenienses, cuenta Tucídides cómo intervino Hermócrates para decir que las expediciones navales emprendidas por helenos y bárbaros lejos de sus casas nunca tuvieron éxito, cf. TUC., VI 33. A esta «ley» parece aludir el texto de Aristides.
55 Alude a la batalla de Hímera; cf. HERÓD., VII 165-167, y DIOD. SÍC., XI 20-24.
56 En el parágrafo 45.
57 Se refiere a la profanación de los Hermes, llevada a cabo, al parecer, por Alcibíades y sus amigos en las vísperas de la expedición a Sicilia. Cf. TUC., VI 28.
58 Fueron los Eumólpidas y Cérices, porque Alcibíades había profanado los misterios; cf. TUC., VI 28; PLUT., Alcibíades 18 y sigs.
59 En el año 459 a.C. los atenienses fueron llamados a Egipto para que les ayudaran a mantener la sublevación contra el rey persa Artajerjes (TUC., I 104).
60 La victoria, según TUC. (I 112), la alcanzaron los atenienses sobre fenicios, cilicios y chipriotas.
61 Se trataba de una zona pantanosa (TUC., VII 47).
62 Cf. la nota 26 al discurso anterior.
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