Read the book: «La vida es una nube azul»

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© LOM ediciones Primera edición en LOM, agosto de 2019 ISBN impreso: 9789560011909 ISBN digital: 9789560012890 RPI: 302.811 Portada: fotografía de Laura Nahuelpán y dibujo de Andrea Kallfvray Chihuailaf Iver Primera edición: Universidad de la Frontera, Temuco, 2016 Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Para mi madre, Laura Nahuelpán

para mi padre, Carlos Chihuailaf

para mis abuelos Malle y Papay

para mi amigo Jaime Valdivieso

en el Azul de su memoria

para mis hijas e hijos

para mis nietas y nietos

Pun fey allkvtukeyiñ vl, epew ka fill ramtun inal kvtral mew neyentu nefiyiñ ti nvmvn kvtral kofke ñi kuku ka ñi ñuke ka ñi palu Maria, welu ñi chaw egu tañi laku egu –Logko lechi lof mew– welu kvme az zuwam pukintu keygu. Pichikonagen chi zugu nvtram kaken welu ayekan chi pu kom zugu nu. Welu fey mu kvme kimlu ti vlkantu trokiwvn. Fillantv pvram niel chi mogen, welu pichike inakan zugu nu wilvf tripachi kvtral, pu ge mu, pu kvwv mu. Luku mu metanieenew ñi kuku allkvken wvne ti kuyfike zugu tati aliwen egu ka kura ñi nvtramkaken ta kulliñ ka ta che egu. Fey kamvten, pikeenew, kimafimi ñi chum kvnvwken egvn ka allkvam ti wirarchi zugu allwe ellkawvn mu kvrvf mew

Índice

  La nube Azul de Elicura Chihuailaf

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La nube Azul de Elicura Chihuailaf

Elicura Chihuailaf es una voz poética profunda y reconocida que nos ha permitido acercarnos al sentir y las vivencias de los mapuche. Su escritura y su voz son los medios que él ha utilizado para hablar de la historia y las legítimas demandas de su pueblo. Su palabra tiene el ritmo de la vida que lo rodea desde su infancia y tiene la virtud de transmitir una sabiduría ancestral, vinculada a la tierra, a las tradiciones de su pueblo y a una existencia con trascendencia y sentido de futuro.

Desde hace años leo a Elicura con interés y admiración, tanto por la calidad de su palabra como por las enseñanzas que proporcionan sus textos. Es uno de los escritores y poetas más representativos de un pueblo que debemos conocer y amar porque es el portador de nuestras raíces y nuestro futuro. Oralitor, poeta y ensayista, cuenta con una amplia obra en los ámbitos de la poesía y el ensayo. Autor, entre otros, de los poemarios El invierno y su imagen, En el país de la memoria, De sueños azules y contrasueños. Casi veinte años atrás, en 1999, publicó su libro Recado confidencial a los chilenos, que ha devenido en un texto clásico para conocer la cultura mapuche y hacer de ese conocimiento una pieza esencial para el diálogo entre los chilenos y los mapuche.

La vida es una nube azul es un libro de memorias en el que aborda diversos episodios de su vida, desde que era un niño que jugaba en medio de la naturaleza de su comunidad natal hasta sus días actuales, en los que se mantiene vinculado a su tierra y a un quehacer poético que trasciende las fronteras y las lenguas. En este libro recrea distintos aspectos de su infancia junto a sus padres profesores y a sus hermanos; expone distintos aspectos de la vida cotidiana de su pueblo, aspectos relacionados con la visión de mundo de los mapuche, la relación con la naturaleza y con los chilenos, la explotación indiscriminada de los recursos naturales, la lucha de su pueblo por sus derechos y sus tierras. Sus primeros recuerdos están centrados en su núcleo familiar, y entre otras cosas nos dice: «sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí con los animales y la gente. Nada más me decía: hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos, que suelen esconderse en el viento».

Los primeros capítulos de este libro de recuerdos están dedicados al Guillatún, celebración mapuche que congrega a las familias de una comunidad, una ceremonia de «agradecimientos y petición de energía universal» en la que, según nos cuenta, «la gente va de un lugar a otro para encontrarse con sus parientes y amistades, para –a orillas de las fogatas– brindarse al arte de la conversación y revitalizar de este modo los lazos visibles e invisibles de la sangre, del aire, del agua, del fuego, de la tierra a la que pertenecemos».

Luego de los años de infancia, la memoria del poeta recorre su época estudiantil y universitaria, sus primeros encuentros con el mundo chileno, marcados por la marginalidad y el racismo. Significativos son sus recuerdos sobre la discriminación sufrida por sus padres, reflejada, entre otras cosas, por la obligación de comunicarse solo en lengua castellana que le imponían sus profesores y otros chilenos con los que debían relacionarse. Discriminación que en el caso de su padre no fue obstáculo para que se convirtiera en un líder de su gente, alcanzando el cargo de regidor por la comuna de Cunco. Y esa misma preocupación por los demás fue heredada por Elicura, quien desde temprana edad mostró interés por ayudar a sus amigos, mapuche o chilenos, en tareas colegiales inicialmente y luego enfrentando problemas que eran comunes a todos los jóvenes, sin distinciones de ninguna clase. Eso y su posterior labor de poeta lo libraron de sufrir las discriminaciones que en muchos sentidos afectaron a sus mayores.

Sus recuerdos también abordan los años de la Unidad Popular y la participación de los mapuche en el gobierno de Salvador Allende. Sigue con el golpe militar y la dictadura, la que generó diversas formas de persecución y muerte dirigidas contra las comunidades y dirigentes indígenas, y que no hizo más que profundizar la guerra del Estado chileno contra el pueblo mapuche, iniciada con la mal llamada Pacificación de la Araucanía, una guerra que persiste hasta nuestros días para proteger los intereses de imperios económicos chilenos y extranjeros. De esta misma época rescata sus inicios como poeta y sus primeras relaciones con vates y escritores de otros lugares del país. Importantes son sus reflexiones sobre la lucha de su pueblo por la autonomía, sobre el arte de la conversación como principal medio de entendimiento entre las personas, y sobre el respeto a la diversidad en todos sus sentidos. Sobre esto último, señala: «cada cultura es una delicada flor que hay que cuidar para que no se marchite, para que no desaparezca, porque si alguna se marchita o pierde, todos perdemos».

La vida es una nube azul es un libro importante y hermoso. Importante por las reflexiones que contiene y los episodios de vida que nos cuenta. Hermoso por sus imágenes y por su lenguaje, que combina las metáforas del poeta con los nombres de las cosas y de los seres que nos rodean. Como señalara el escritor Jaime Valdivieso en la primera edición de este libro: «en su escritura, por fortuna para chilenos y mapuche, se da una visión panorámica de lo que es un mundo moral, una categoría espiritual y cosmogónica distinta a la otra nuestra, la occidental, y que junto a ella puede conformar y estimular a una síntesis que nos ayude a una vida mejor, más cercana a los valores naturales, solidarios, que con menos cosas materiales les dan un mayor sentido a la vida y a la muerte».

La vida es una nube azul contiene las memorias de un autor que ha convertido su palabra poética en la voz de su pueblo. Un libro de altas resonancias que nos habla de una forma de relación con la naturaleza imprescindible para conservar el mundo que habitamos, y la práctica de ese arte de la conversación tan propio del mapuche y que está en la base del entendimiento entre las personas. Un libro necesario en estos días en los que el estilo de vida que se nos impone hace olvidar los sentimientos esenciales que dan sentido a la existencia del hombre y su entorno. La palabra de Elicura Chihuailaf debe quedar en nuestros corazones como una música que nos invite a la reflexión y que nos acompañe a diario como el silbido de los pájaros, el ruido de la lluvia o las hojas de los árboles cayendo sobre los techos de las casas.

Ramón Díaz Eterovic.

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Mi gente dice que somos hijos e hijas de la Madre Tierra. Que así como nuestra Madre vive bajo el influjo de Kvyen la Luna y de Antv el Sol, que la privilegian con las denominadas Estaciones del Año, cada uno de nosotros es habitado también por todas ellas, aunque siempre hay una que nos preside, dicen. Así, cuando una persona se caracteriza por su solemnidad, se dice que está presidida por la Luna de los Brotes Fríos, el Invierno; si una persona es alegre, está presidida por la Luna del Verdor, la Primavera; si es apasionada, está presidida por la Luna de los Frutos Abundantes, el Verano; si su actitud frecuente es de nostalgia se dice que está presidida por la Luna de los Brotes Cenicientos, el Otoño

Hoy cuando empiezo a ordenar estos apuntes que como Sueños han entrado a habitar mis pensamientos, y giran, ruedan, en la conversación que se hace cada día más intensa y tal vez más profunda entre mi espíritu y mi corazón… En su amanecer la causalidad me despertó con el sonido del viento, que ha golpeado mi ventana y la ha vuelto mustia, ocre, color de despedida. «Llegó la Luna de los Brotes Cenicientos», me está diciendo

Ayer, después del mediodía, en el otoño que me preside (mi interior-exterior), el sonido del aún caudaloso río Allipén –que está al norte de nuestra comunidad– vino a adormecerse entre las ramas del notro, de los hualles y castaños, y en el antiguo bosque que bordea nuestra Casa Azul. Por todas partes anda ensoñándose el río. Cuando sucede esto es señal de que vendrá la lluvia se sigue diciendo nuestra gente y así lo comprendemos y constatamos todos

Llueve, llovizna, amarillea el viento en la memoria de mi niñez y de mi ancianidad. La condición dual que nos rige en la totalidad de nuestra existencia. Itro Fill Mogen / biodiversidad: la totalidad sin exclusión, la integridad sin fragmentación de la vida, nos está diciendo la sabiduría de nuestras Ancianas, de nuestros Ancianos. ¿Recuerdas que somos apenas una pequeña parte del universo, abrazados por la dualidad de su energía a la que nos abrazamos? Porque somos hermanos y hermanas de las estrellas y de la brizna del más grande y del más pequeño ser vivo aún no nombrado que nos mira en todo instante desde lo aparentemente invisible, y que nos nombra y nos pide que lo nombremos para por fin mirarse y mirarnos –cara a cara– desde las flores del jardín que son nuestros pensamientos… Por eso nos seguiremos diciendo: los insectos cumplen su función. Nada está de más en este mundo. El universo es una dualidad, lo positivo no existe sin lo negativo. La tierra no pertenece a la gente. Mapuche significa Gente de la Tierra

Mas hay también aquellos seres vivos que estaban y desaparecieron, y esos que apenas asoman desde sus estaciones para recordarnos que la palabra añoranza nos acecha desde la acción depredadora de unos pocos que acometen a nuestra Tierra con su codicia y egoísmo, parapetados en la debilidad de nuestra defensa de la naturaleza

Frente a esa triste realidad nos preguntamos: ¿qué fue de los pudúes, de las tornasoladas cantaurias, de las pequeñas serpientes, de las diversas ranas y del michay? ¿Qué ha sido del saúco que con sus flores blancas y sus bayas azul negruzco retrocede lentamente hacia las sombras, y de los coleópteros que con su azul acuatizaban sobre el refulgir de los esteros? ¿Qué fue de los ciervos y guanacos y de la dura madera de la luma, y de los saltillos de agua que resplandecían en los cerros de Werere? Ahora las últimas lloicas y pájaros carpinteros vienen de cuando en cuando a consolarnos

Está amaneciendo y ha dejado de llover. Las bandurrias llenan con sus graznidos nuestro despertar. En el oriente las nubes blancas se transforman en arreboles de la mañana, en esperado fulgor de la imaginación. Después la luz del optimismo hace suya la tarea de mostrarnos otra vez el cielo azul. Y el sol, el Sol que se ocupa de animar la palidez de nuestra Luna Llena –amada madre Luna–, que parece avergonzada por no haber alcanzado a esconder la desnudez de su fertilidad

Bajo los ramales de los castaños y del nogal se van quedando las huellas del otoño. Caen, vuelan las hojas que parecen pájaros que remontan hacia abajo. Poco a poco se irá borrando también la Luna de los Brotes Cenicientos. La vida es breve y maravillosa, nos están diciendo nuestras Abuelas, nuestros Abuelos. Me apresto entonces a contemplar intensamente este tiempo de mi espíritu. Respiro y me dispongo a escuchar la memoria de lo venidero que –como antaño– retorna y es nuevo… una vez más

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¿Pewmaymi? ¿Pewmatuymi? ¿Soñaste?, me dice la lluvia. ¿Qué soñaste? Y busco una respuesta en los días en que empiezo a vislumbrar las primeras imágenes de mi infancia a orillas del fogón de la ruka, la casa familiar en nuestra lof comunidad, en Kechurewe. En el centro de sus llamas las pequeñas tormentas del Sol y en su humareda el misterio de Wenuleufv el Río de Cielo, mientras en el constante chisporroteo de los leños nacían y morían las estrellas. Lo cotidiano e inmediato es la réplica de lo que sucede al mismo tiempo en el universo infinito; la resonancia del pasado y del futuro. Así dice nuestra gente

¿En qué momento –me digo– tomé conciencia de los relatos de mis abuelos y de los cantos de mi tía Jacinta y del aroma del pan cociéndose en la ceniza caliente? ¿Y de las manos sanadoras de mi madre y de mi padre? ¿Y del agua de la tetera haciéndose neblina en el centro del fuego o brillando en los pequeños pocillos del mate que animaba la conversación?

Rememorando esos días, me digo: en este sur, ¿hay algo más hondo que el silencio después de la lluvia? ¿Hay algo más evocador que el silbido del viento resbalando entre las cornisas de una casa de madera? La Casa Azul de piso y medio (aledaña a nuestra ruka, nuestra casa mapuche-pewenche) construida sobre esta colina abrazada por la arboleda y por la verdeazulada proximidad del bosque que oigo resollar. ¿Cuál es tu palabra, tu pensamiento?, me dice junto al silencio de la noche

No sé, no sé. Sólo puedo decir que tuve el privilegio de nacer y crecer en el diálogo constante entre nuestra tradición y la denominada «modernidad». Mirando y escuchando desde la plenitud de la naturaleza. Soy el menor de cinco hermanos (tres hombres y dos mujeres). Elicura significa Piedra Transparente; Chihuailaf, Neblina extendida sobre un lago; Nahuelpán, Tigre Puma

Nuestra ruka familiar tenía dos puertas, una –la principal– que se abría hacia el este y la otra hacia el sur, que era la más próxima a la entrada oriente de la Casa Azul. Tenía una abertura –con una cubierta– en el techo, para la salida del humo, y dos aberturas –a la altura de ambos extremos– que cumplían también esa función y a la vez de entrada de la luz. La sombra y la luz, la penumbra precisa para la honda intimidad del silencio, el canto, el relato, el consejo, la Conversación

En todas las siguientes descripciones me ayudan mi madre, Laura, y mi hermana Rayén. En una esquina estaban las meñkuwe (grandes vasijas de greda) y baldes en los que se guardaba el agua, que en la noche permanecía cuidadosamente cubierta; aun así era reemplazada por agua fresca de la mañana, pues decían que espíritus negativos podrían haberla contaminado aprovechándose de la oscuridad

Inclinados en la pared había coligües, de distintos tamaños y grosores, que cumplían las más diversas funciones (para espantar a las aves o como brazos para dar vueltas el pan en el rescoldo eran las más frecuentes). En el centro, el kvtraltuwe el fogón rodeado de piedras de regular tamaño pues tenían que –con eficiencia– sujetar el fuego y las cenizas. Esa ceniza, ese rescoldo, que nos alegraba con sus aromas a papas asadas, a tortillas, a queso dorado. Desde el horcón de la ruka bajaban dos cadenas medianas que sostenían un travesaño de madera de luma desde el que –sujetados por horquillas de alambre de considerable grosor– pendían siempre dos ollas de fierro (que en mi memoria me regalan aún el aroma –el aliento– de los choclos, las mazorcas recién cocidas) y dos o tres teteras frecuentemente requeridas para el mate que giraba haciendo aún más reconcentrada la conversación familiar

En el extremo poniente había dos baúles en los que mi gente guardaba los comestibles, y dos o tres barricas que contenían harina cruda, afrecho, cereales; también un gran cajón, destinado a las papas, puesto sobre maderos que lo alejaban del suelo (para facilitar la aireación) y dos vasijas de greda, una para el muday –bebida de kachilla trigo o gvilliw piñón– recién fabricado, al que podíamos recurrir los niños, y otra con muzay fermentado. Desde el techo de esa zona pendían tres o cuatro zarandas de coligüe en las que se ordenaban –para secarlos– quesos, carne, hierbas medicinales, «orejones» (frutas en delgadas rodajas puestas además sobre una llepv o balai). Y en un rincón, encima de un trozo de árbol, la kuzi piedra de moler trigo. Más un altillo en el que estaban los cueros de oveja y los tejidos (mantas, choapinos, pontro / frazadas) que se ponían sobre los wanku asientos o se extendían a orillas del fogón. La tierra estaba tan transitada que llegaba a brillar, apretada como si fuera piso de madera, meticulosamente barrida cada mañana

En las paredes había colgantes de distintos productos: ajíes, ajos, maíz seco, cebollas, ristras de frutos secos. Y afirmados en ellas, el witral telar y un secador de madera para extender las mantas mojadas; a veces uno o dos yugos con sus cabestros extendidos. En distintos sectores, próximos a las paredes, se distribuían los zapallos y alcayotas más alguna cesta con manzanas

La ubicación de las cosas y la realización de las acciones se correspondían con las normas derivadas de cada espacio: zomo ñi eltukawe espacio femenino; wentru ñi eltukawe espacio masculino; pichikeche ñi eltukawe espacio de los niños

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Por las noches oímos los cantos, cuentos y adivinanzas a orillas del fogón, respirando el aroma del pan horneado por mi abuela, mi madre o la tía María, mientras mi padre y mi abuelo –Lonko / Jefe de la comunidad–observaban con atención y respeto. Hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica. Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía. Las grandezas de la vida cotidiana, pero sobre todo sus detalles, el destello del fuego, de los ojos, de las manos

Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí con los animales y con la gente. Nada más, me decía, hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos, que suelen esconderse en el viento… Así me digo y les estoy diciendo en mi poema Kallfv Pewma mew Sueño Azul

Las voces, los sonidos, las imágenes de mi infancia son las que –me parece– permanecen con mayor nitidez en mi memoria. Me emociona con frecuencia la clara sensación de libertad y ternura de esos días, rodeados por las y los integrantes de nuestra numerosa familia, incluidos tías, tíos, primas, primos (algunos aparecían y desaparecían en diferentes lapsos de tiempo) y también por otras personas –familiares o no– que llegaban de visita o, simplemente, porque debido a los más diversos motivos habían sido acogidas por mis padres y mis abuelos. Entre ellos recuerdo a Hipólito, azadón al hombro, cantando: «Las campanas del rosario, por qué no repicarán…». El fuego de nuestra ruka estaba siempre encendido. Por las noches se cubría con una delgada capa de ceniza (de la Luna, decían). Las llamas del fogón representan las llamas del Sol que nunca deben apagarse para que continúe la vida en la Tierra

Con cierta frecuencia –sobre todo por las tardes– nos gustaba columpiarnos sentados en el extremo de una rama de coigüe o sobre una tabla amarrada a un cordel que pendía del castaño. Pvllchvwkantun se dice columpiarse. A veces mi hermano y hermanas mayores organizaban juegos a los que nos «invitaban» a participar, a mi hermano Carlitos y a mí. Jugábamos al awarkuzen el juego de las habas, a las visitas, a las escondidas, al pillarse, al lefkantun carreras a pie desnudo, a las carreras en zancos de coligües, a buscar objetos escondidos entre el pasto o en los huecos de los árboles o entre las raíces de los árboles que habían sido destroncados y se ocupaban como cercos (para nosotros casi todos los lugares eran un awkantuwe espacio de juegos para los niños y niñas)

Pero lo más memorable para mí eran las «tardes culturales» dirigidas por mis hermanos Arauco y América. Hacíamos representaciones de escenas cotidianas o de escenas rituales, especialmente del choykepurun o tregvlpurun baile del avestruz o del treile, que requería de indumentaria y plumaje; y vl cantos, konew y epew, adivinanzas y relatos de la tradición protagonizados por zorros, perdices, garzas, pumas y otros animales y aves, o diversos textos aprendidos por nuestro hermano y hermanas en la escuela de la comunidad

A Carlitos y a mí nos agradaba mucho salir a caminar por los bosques próximos a nuestra casa y, sobre todo, cabalgar en pelo y saltar sobre los troncos de los árboles que habían sido derribados por el viento (más de una vez nos caímos, aunque los golpes eran atenuados –pensábamos– por el colchón de hojas del bosque); mi hermanito montado en la Kurv / Kurü Negra y yo en la Zomo Dama, siempre acompañados por nuestros perros. Con frecuencia cumplíamos también con la recomendación de ver si los vacunos andaban juntos y lo mismo las ovejas, a las que detectábamos rápidamente porque a la oveja-guía le colgaban un cencerro en su cogote. A veces teníamos que arrearlas hasta el corral aledaño a la casa

Cuánto recuerdo esas travesías en las distintas Lunas del año: la diversidad de hojas, de pájaros, de insectos, de animalitos. Las ramas movidas por el viento que revela las distintas cadencias de la arboleda; cada árbol posee su ritmo, su pausa propia, como las personas o los animales al andar. Y a veces la neblina o el aire tibio, la nieve, la llovizna o la lluvia maravillosa. El sonido de los esteros, la intensidad de sus aromas, la luz. ¡La luz!, la humedad, las texturas de las hojas y los troncos de los árboles: canelos, coigües, hualles, robles, ulmos, laureles, radales, lingues, avellanos, olivillos, mañíos, tepas, lumas, arrayanes, temu, maitenes. El colorido de las bayas –azules y blancas– de los espinos y de las flores silvestres, de las enredaderas y de los diversos hongos. El misterio de la negatividad y positividad esplendorosa

En mi pensamiento está también la blanquecina aparición de los digüeñes que cuelgan resplandecientes –o se aferran a los nudillos– en los hualles de la primavera. Hongos que bajábamos sacudiendo las ramas con largos coligües, y que comíamos hasta hartarnos, mientras también los acumulábamos en una bolsa para en casa cortarlos en delgadas rodajas para preparar una ensalada, agregándole trocitos de ajo, cilantro picado, una pizca de merken / ají rojo, seco y ahumado, sal y vinagre de manzana (mi aderezo predilecto). Un platillo con un fresco y sabroso color anaranjado que la familia compartía y disfrutaba acompañándolo con papas cocidas

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A lo menos una o dos veces en la semana nos despertábamos al amanecer –wvn– con la letanía de mis abuelos que, solos o acompañados por mis padres y/o por alguno de mis tíos y tías, realizaban la llellipun rogativa en el sitio destinado para ello en el lado oriente del huerto. Es en el momento en que se asoman los primeros rayos del Sol, ligaf pvrapan Antv. ¡Oo, Kushe - Fvcha Genechen; Kushe- Fvcha Genmapun! Anciana-Anciano Sostenedor de la Gente; Anciana-Anciano Sostenedor de la Tierra, decían vueltos hacia el levante. La reiterada interjección que siempre me conmovía: Oooo...!

En los días de primavera y verano la familia se afanaba en el proceso de ordeñar las vacas, cuyos terneros y terneras habían sido encerrados en un pequeño corral contiguo al galpón. La primera fase era el acarreo del agua desde el witrunko estero, a unos cien metros de la casa o desde la wvfko vertiente que está algo más distante; todo dependía del caudal. Esta era una tarea en la que nos gustaba colaborar

En medio del a veces estridente mugido de los vacas se procedía a manear a las más lecheras primero; la Pilmaikeñ Golondrina era una de las predilectas de nuestra madre. Todos conocíamos sus respectivos caracteres y en consecuencia era el cuidado –la tensión o la tranquilidad– con la que se procedía. Seguidamente se lavaban sus ubres y se iban sacando uno a uno los terneritos y terneritas desde el corral. Hermosas escenas de cariño entre madres e hijas / hijos que llegaban impetuosos a mamar; y mientras sacábamos la primera leche, el calostro, las vacas lamían alegres a sus alegres crías. También abrazábamos a los terneros más tranquilos mientras hacían uso del derecho a mamar otro poco para por fin ser apartados y concluir la tarea de la ordeña. Todavía escucho con claridad el sonido de los chorros iniciales de la leche golpeando el fondo de las jarras. Con frecuencia, algunos de esos chorros nos los lanzábamos directamente a nuestras bocas en regocijado adelanto del desayuno

Una parte de la leche se destinaba al consumo del día y una mayor cantidad se iba depositando en una meñkuwe o en un fondo enlozado, donde se agregaba el suero y se dejaba reposar en la sombra para obtener la cuajada con la que preparaban el queso. Nuestra tía María era la encargada de cultivar el suero en un metawe cántaro, utilizando para ello una «pajarilla», como le llamaban al librillo ahumado de un vacuno. Con la nata de la leche se hacía mantequilla. Para unos la tarea finalizaba con el arreo de los animales hasta el estero; para otros concluía con el lavado de todos los utensilios: baldes, jarras, trapos, cordeles, maneas. Mas cuando la cuajada estaba lista, seguía la fresca y sabrosa faena de preparar el quesillo, que comíamos a puñados. Y finalmente, envuelto en un paño blanco y puesto en una adovera, la admirable aparición del queso fresco soltando el suero hasta llegar a ser el queso que, ya maduro, consumíamos –sobre todo en el invierno– derretido y dorado sobre el pan o las papas

Este quehacer en torno a la ordeña era sólo un corto período en el año. Lo habitual era que después de la llellipun de nuestros abuelos y el acarreo del agua, la familia se reuniera a compartir el desayuno. ¿Soñaste? ¿Qué soñaste? Y se iluminaba el sol de la conversación. Nuestro laku abuelo paterno –a quien los niños llamábamos «Malle, tío» porque de ese modo lo nombraba un nutrido número de parientes que llegaba de visita a nuestra casa– nos ofrecía sus papas doradas y, a veces, camotes o trozos de zapallos recién sacados del rescoldo del fogón y a los que nosotros agregábamos miel, de esa que él mismo había cosechado. Nuestra abuela Papay (mamita) nos ofrecía mvltrvn catutos, panes de trigo cocido en olla de greda. Los granos los trituraban en la kuzi piedra de moler y con las manos le daban la forma tradicional de extremos aguzados. Nuestra mamá nos daba la leche, a la que de cuando en cuando agregaba chocolate en polvo que compraba a los vendedores que venían de Cunco; y panqueques o pan con algún dulce que ella misma fabricaba con membrillos, frutillas, moras, murtillas, ruibarbo, mosquetas (que ha sido siempre mi preferido). Nuestra tía María era quien preparaba los huevos cocidos, fritos o revueltos; huevos azules de las kollonkas las gallinas nativas: mapuche. Los hombres de la casa, que al atardecer del día anterior habían amontonado los leños en el inatuwe costado de la ruka, se preparaban para después ocuparse de los animales o de los sembrados

Nuestras y nuestros mayores siempre cuidaban que el agua contenida en las meñkuwe estuviera a la sombra y con su correspondiente cubierta, ya fuera en el exterior o interior de la casa; sobre todo, y esto sigue siendo muy importante, se preocupaban de que ello se cumpliera estrictamente con el agua que permanecía en la noche, pues decían y nos siguen diciendo que los espíritus negativos pueden apropiarse de ella (como lo he referido) y generarnos pensamientos proclives a su energía. Por eso el primer quehacer de la mañana era traer agua de la vertiente

Temprano había comenzado el chillido de los cerdos, siempre hambrientos; el graznido de los gansos y de los patos; el cacareo de las gallinas. Nuestro abuelo sacaba las ovejas del corral y ensillaba su caballo con su montura viajera –de uso diario– o con su montura tallada, que solía mantener bien protegida para las ocasiones especiales. Nuestros padres –profesores en la escuela de la comunidad– y nuestro hermano y hermanas mayores ya habían partido a clases

Dependiendo de la época, con mi hermano Carlitos nos íbamos a la quinta, y entre los durazneros, perales, membrillares y manzanos jugábamos con nuestros perros hasta cansarnos. Llegaba así el momento de subirnos al manzano, próximo a nuestra Casa Azul, que habíamos convertido en una especie de guarida donde manteníamos algunos juguetes de madera, nuestros tambores de lata y lolkiñ / ñolkiñ (instrumento de viento que nosotros mismos fabricábamos con un trozo –un metro, más menos– de rama de saúco1 que ahuecábamos con un fierrecillo caliente). Desde esa perfumada cima podíamos ver el movimiento de nuestra gente y oír claramente si alguien nos llamaba

A finales del invierno solíamos navegar sobre las aguas que inundaban las orillas de un bosquecito de canelos y temu; un borde lleno de junquillos, sobre una superficie de un intenso verdor amarillento. Nuestra embarcación era una antigua batea de lavar ropa que había sido desechada por sus grietas y que nosotros habíamos sellado acuñando trapos viejos en ellas. Nos impulsábamos con una paleta de madera, mas la verdad es que la mayor parte del tiempo nuestros perros eran los viajeros –no siempre voluntarios– a los que paseábamos a lo largo y ancho de la pequeña laguna

1 Saúco: su nombre procede del griego «Sambuké», que significa flauta

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Hablo de ese tiempo en que las forestales con sus plantaciones de eucaliptos y pinos en las cercanías de nuestra comunidad, y en las comunidades aledañas, no existían aún. Asomaba el año sesenta. Las estaciones eran todavía más nítidas que hoy. Las tormentas eléctricas se sucedían con frecuencia; especialmente en el verano eran un verdadero espectáculo que en su dualidad nos regalaba la naturaleza: relámpagos que iluminaban grandes espacios de cielo y arboleda; truenos que hacían temblar las casas y los corazones; rayos cuyo serpentear era como un látigo en la quietud del aire tibio o en la agitación de la ventolera desatada. Era la vida en su expresión nativa. La vida

Los árboles sobre los que caía algún rayo solían arder varios días, pues casi siempre dicha descarga eléctrica actuaba combustionando sus raíces… Un mediodía de fuerte tormenta corrí hacia el estero en ayuda de mis tías María y Jacinta que habían ido a buscar agua fresca. Cuando iba recién en el primer tramo de la bajada de la colina el bosque fue iluminado por un relámpago que seguido por el estruendo de un trueno sobre las nubes más pareció una explosión, luego un chasquido –al que sucedió un leve silencio– sobre la copa de un enorme roble. Desde su follaje se asomó el rayo dibujando su perfecto zigzag a lo largo del tronco hasta desaparecer entre el pastizal que rodeaba a este formidable árbol. Herido de muerte, el roble titubeó un instante. Como un hombre altísimo y fornido que intenta dar un último paso comenzó a quejarse, a crujir, hasta caer desplomado –remeciendo el suelo– partido irremediablemente en dos. Al comenzar a abrirse, como gruesos hilos de sangre, brotó su savia desde su pulpa rosada. Me pareció que ese fluido era la vertiente sobre la que navegaban mesas, sillas, casas, escritorios, catres, cunas, ataúdes…

También los meulen –remolinos del espíritu del viento– eran más numerosos e intensos. En otoño me impresionaban verdaderamente los pequeños o enormes conos de hojas mustias, girando, recorriendo la colina y los caminos en torno al lugar que habitamos. Para nosotros se trataba de espíritus traviesos, pero los adultos consideraban que algunos eran espíritus negativos, razón por la que había que tratarlos con cuidado, no dejarse envolver por sus mantos polvorientos, por sus vestidos de ensueños funestos

Las noches de más oscura oscuridad, desde el entorno de nuestra ruka o desde el ventanal del segundo piso de nuestra Casa Azul, solíamos atisbar la aparición de la Anchimallen / Antv Malen la Niña del Sol, que es una luz como llama de fuego (semejante a un fuego fatuo); una niña que salta, que juega, que va y viene recorriendo un área bien definida a orillas de un bosquecillo en el bajo de nuestra colina. Se dejaba ver sobre todo en noches de verano, pero también en noches de invierno sin lluvia, para después de un rato adentrarse en la arboleda (¿sabrá que los niños la seguimos aguardando?)

No sé a qué hora de la noche pasábamos desde la ruka a la Casa Azul a dormir; aunque desde mediados de la primavera, y sobre todo en el transcurso del verano, era frecuente que mis abuelos y nosotros o toda la familia se quedara disfrutando de la calidez del fogón, sobre los mullidos / cardados cueros de ovejas. Arrullados nosotros por el murmullo de la conversación

Nuestros padres nos habían contado que mi abuelo y mi abuela tuvieron una ruka a orillas del estero al que a veces íbamos a buscar el agua. Nosotros no la conocimos. La única evidencia visible de ella es el álamo que aún amarillea junto a un bosque de walles y canelos. Digo la única huella porque de tanto escuchar el relato acerca de esa antigua ruka y de la costumbre en nuestra cultura de que cuando se abandona una casa se dejan también allí todos los utensilios que pertenecieron a ella: platos, ollas, jarros, cucharas, cántaros…, nos despertó la curiosidad de constatarlo en el lado observable de la realidad. Ir de lo imaginado a lo visible

Tiempo de pensarlo y repensarlo Carlitos y yo acordamos pedir permiso a la tierra del lugar, y anhelantes nos dimos a la tarea de hacer pequeñas excavaciones y en el terreno blando enterrar aguzados coligües en repetidos intentos de tocar los objetos que estarían allí. Fue así como

–casi sin sorprendernos, por la casi certeza de lo anunciado– encontramos algunos de ellos: pequeños cántaros, platos de greda y de madera, y cucharas. Cuando se las llevamos a nuestros padres nos lo hicieron devolver todo de inmediato a su lugar, junto con la justa reprimenda que nos recordó el respeto a nuestras costumbres (la ternura también a veces duele). Creo que ese hallazgo, que nos dejó –en definitiva– muy impresionados, fue una revelación de lo visible e invisible, lo concreto y lo imaginado que habita en la Palabra

Es verdad. Una casa, una bandera, un amor, un hijo / hija, una nota musical, un movimiento, un objeto, un número…, existe primero en la Palabra que aprehendemos de la naturaleza, de su finito e infinito. La Palabra que aprendemos en el arte del Nvtram / de la Nvtramkan, del Conversar / de la Conversación; arte que se evidencia en la capacidad de Escuchar, que es lo más difícil de aprender, sigue diciendo nuestra gente. La Palabra Poética que no es artilugio y, por lo mismo, no es verso necesariamente sino –ni más ni menos– la permanente búsqueda de lo mejor que habita en la dualidad que somos. Por eso, nos dicen: ¿de qué sirve nombrar la Palabra Poética si no es para convertirla en una manera de vivir?

Llueve. Llueve copiosamente en estos días en que se aproxima el solsticio de invierno y con él nuestro We Tripantv Año Nuevo, mientras las Pléyades navegan regresando o –más probablemente– han recalado en su lugar de luz en el firmamento... Me emociona el sonido de la lluvia sobre el techo de la casa, su brillo sobre las hojas de los árboles, sobre los pastos y los caminos. Aunque los inviernos se van tornando cada vez más secos; el año pasado casi no llovió y hubo poquísima nieve en el sector en que está nuestra comunidad. Aumentan las plantaciones de eucaliptos y pinos que están secando las napas y, en consecuencia, las fuentes sobre las superficies aledañas a ellas. Plantaciones que han venido disminuyendo el caudal de los esteros, amenazando y dañando a nuestros bosques porque cortan el ciclo de la lluvia. La Forestal Mininco –junto a las forestales Arauco, Constitución y Valdivia, y otras que han devastado los suelos desde Santiago al sur– avanza también ahora por la superficie de la comuna de Cunco

La música de las palabras, gesto y sonido que nos regala nuestra Mapu Ñuke Madre Tierra –dice nuestra gente. En las palabras respira el canto del agua, del viento, de los pájaros, de los insectos, de los animales; el colorido y la danza de las flores, de los pastos, de los hongos, de los arbustos, de los árboles; sus aromas, sus formas, sus texturas que comparten –en el silencio y en la contemplación– las piedras y las personas, están diciendo nuestras Ancianas y nuestros Ancianos

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La Casa Azul en que nací está situada en una colina, rodeada de hualles, un sauce, nogales, castaños, un aromo primaveral en invierno, un sol con dulzor a miel de ulmos, chilcos rodeados a su vez de picaflores que no sabíamos si eran realidad o visión: ¡tan efímeros! En invierno sentimos caer los robles partidos por los rayos. En los atardeceres salimos bajo la lluvia o los arreboles a buscar las ovejas (a veces tuvimos que llorar la muerte de algunas de ellas navegando sobre las aguas)

Con el consentimiento de mis abuelos, nos contó mi padre, pidió ayuda a los vecinos de la comunidad y pidió permiso al bosque para cortar algunos de sus robles apellinados que después llevaron en carretas troceras al aserradero de Cunco. Mi viejo querido, entonces un joven de veintitantos años, hijo del Lonko de Kechurewe, Juan Chihuailaf y de Rosinda Reumay, había acordado casarse con la que sería nuestra ñuke madre, Laura Nahuelpán, hija de Toribio Nahuelpán –Lonko de Liumalla (zona de Villarrica)– y de Pascuala Nahuelpán. El mafvn casamiento se celebró en la comunidad de Liumalla

Mis padres se conocieron en Temuco, en los años treinta, participando en la lucha organizacional de los estudiantes mapuche que tras varios encuentros y discusiones habían logrado conformar el Centro de Estudiantes Mapuche «Newentuaiñ» (Hagamos Fuerza Unidos), en el que mi padre fue elegido presidente y mi madre secretaria. Ambos, como todos los jóvenes y las jóvenes mapuche de esa época, habían salido al exilio de la ciudad siendo excepcionalmente bilingües algunos, como en el caso de mi madre (una de las esposas de mi cheche abuelo materno era española), o sin saber nada de castellano, como en el caso de mi padre, con todo el inimaginable sufrimiento que tuvieron que soportar –a pocos kilómetros de sus comunidades– en un otro país, clasista y excluyente (para no decir racista), como fue y sigue siendo este país aún llamado Chile

Ñi chaw mi padre –que había vuelto a Quechurehue convertido en profesor normalista, para trabajar en la escuela de la comunidad y quedarse a vivir con sus padres– había decidido construir una gran casa de madera, de piso y medio, contigua a la ruka de mis abuelos, la que unos cuantos años después se transformaría en una casa azul. Nuestra Casa Azul. No hubo rukatun trabajo comunitario en la construcción de una ruka, porque la técnica para erigir estas «modernas» edificaciones aún pocas personas mapuche la habían aprendido. Para esa hermosa tarea –nos dijo– contrató a un maestro chileno y a dos peñi (hermano mapuche) aprendices de maestros; y tuvo la ayuda de cuatro jóvenes de nuestra comunidad que deseaban conocer y aprender este oficio. Los gruesos y largos postes de la base (cada piso de la casa tiene ochenta metros cuadrados) fueron hechos a filo de hacha…, solía decir mi padre aún admirado de la destreza de los hombres que dieron forma a esos durmientes

Aparte de su amplitud, la casa era sencilla y austera, y se conserva casi igual en la actualidad. Tenía un gran comedor y tres dormitorios: el de mis abuelos, el de mis padres (que después cedieron a mi hermano Arauco, instalándose ellos en una pieza ubicada en el lado norte del segundo piso) y el que ocupaba nuestra tía María, hija de una de las esposas de mi abuelo. Por el lado sur había un corredor semicerrado –o semiabierto– en el que guardaban las monturas y aperos de las cabalgaduras, entre otras cosas. En el segundo piso había tres dormitorios y una sala de estar que nosotros llamábamos kintunentunwe mirador, porque tenía una ventana grande que llegaba hasta el piso, dividida en pequeños cuadrados con sus respectivos pequeños vidrios. Una vitrina maravillosa para ver la llegada o retirada del viento sobre la arboleda, y de la neblina, de la lluvia o del sol; o los días de tormenta eléctrica y las noches con luna y estrellas. Tenía también una ventana de similares características, aunque más pequeña, mirando hacia el sur; y estantes con libros y diarios amontonados en el piso. Era la sala que comunicaba con la escalera

En el lado sur poniente estaba el cuarto que ocupábamos con mi hermano Carlitos. Tenía una ventana que daba hacia la quinta (que está en un declive de nuestra colina) desde la que solíamos ver las primeras flores del guindo, de los cerezos, manzanos y membrillares más cercanos a la casa, teniendo como fondo el verdor de la pampa con sus bosquecillos y en el horizonte el cerro Rukapillan la Casa del Espíritu Superior, que es un volcán apagado –dicen. A veces se escuchan sus ruidos subterráneos y sus truenos que retumban en el trumao de nuestra colina que está en su cordón volcánico

La altura de las paredes era bastante reducida y mi catre de madera se ubicaba en el lado más bajo del cielorraso, así los días de lluvia –que eran frecuentes también en verano– me dormía con su música en mis oídos (dulce y cósmico auricular). Desde la medianía del otoño, y casi todo el invierno, el agua era como una cascada sobre el techo de zinc, como un río que resonaba a su vez sobre el techo del corredor del primer piso… Qué maravillosa sensación de cobijo y ensoñación. Un recuerdo que me emociona profundamente, porque en la medida que crecí y fui conociendo otras realidades me di cuenta de que no en todas partes era como aquí

No obstante, lo que recuerdo aún con más intensidad son los preparativos para las nevazones de cada año. Era como un sueño o como una visión. Dos señales que nos anunciaban la nieve: el cielo demasiado blanquecino cuando el día estaba nublado, o cuando las laderas de los cerros de Huerere tenían extensas muestras de nieve. Entonces comenzábamos a avizorar que lo más probable sería que también nevara sobre nuestros campos ese mismo día o por la noche (que era siempre el momento que esperábamos). Si cuando pasábamos desde la ruka a la Casa Azul estaba cayendo agua nieve, dejábamos a la vista los calcetines de lana que nos tejía nuestra mamá; las chalinas y gorros; nuestras mantas de lana y las botas. Y nos dormíamos... vigilantes

De pronto algunas ráfagas de viento golpeaban la casa, desde ellas se abría y comenzaba a crecer el silencio más hondo; a veces alumbraba la luna y su pálida luz nos guiñaba desde la ventana. Dormitábamos hasta que sentíamos el sonido del hielo que se deslizaba sobre las latas del techo. ¡Petu pirey! / ¡Está nevando!, nos decíamos mutuamente con mi hermano Carlitos, y nos sentábamos en el borde de nuestras camas; luego nos acercábamos a la ventana… Y ahí, brillando como hilos de luna, la nieve sonriente, mirándonos desde todas partes. Y los treiles cantando a diestra y siniestra, pájaros guardianes advirtiendo la luz de la nieve y sospechando de las sombras

Encendíamos la vela y comenzábamos a vestirnos. No demoraba el movimiento en las piezas vecinas; todos advertidos: ¡Pireley! / ¡Está nevando! Nuestras hermanas –que ocupaban el dormitorio del centro– casi siempre preferían seguir durmiendo. Nuestra mamá prendía los dos lamparines y un farolito del mirador. Nosotros ya bien arropados bajábamos sigilosamente por la escalera, pues junto a ella –en el primer piso– estaba el cuarto de nuestros abuelos. Transcurrido no sé cuánto tiempo desde nuestros preparativos, a la hora en que cruzábamos hacia la ruka se había acumulado bastante nieve. Esa nieve que caía en remolinos que a ratos parecían cascadas alumbradas por el reflejo de su propia blancura. Animábamos el fogón y pronto las teteras estaban otra vez hirviendo. Preparábamos el mate para tomar unos «amargos» y nuestra mamá nos daba chocolate caliente. A mí me gustaba calentar también unos mvltrvn (como conté, panes tradicionales de trigo molido en piedra, llamados «catutos» en castellano) y unos pocos millokiñ bolitos de arvejas o porotos

Nos poníamos los guantes de lana y nos echábamos en los bolsillos unas piedras que habían sido calentadas en el rescoldo del fogón. Mi mamá me dice que aun así –al finalizar la faena– nos entrábamos a la casa llorando de frío, pero yo creo que debe haber sido más bien una táctica nuestra para obtener una ración extra de chocolate caliente. En el sitio de cada invierno, delante del jardín, dábamos inicio a la tarea de juntar la nieve con una especie de rastrillo que consistía en una tabla de regular tamaño a la que en un extremo se le había hecho un agujero para allí pasar una vara que oficiaba de mango

La nieve que amontonábamos la íbamos golpeando con pequeñas paletas de madera, hasta que nuestro padre se sumaba a la tarea, golpeando entusiastamente con una gran pala. Hacíamos tres rodados, de distintos tamaños: uno para la base, otro para la parte intermedia –la panza– y otro más pequeño para la cabeza. Casi siempre eran dos «monos», un niño y un adulto, que decorábamos con carbón (los ojos), madera (la nariz) y piedras (boca, orejas y ombligo); también una tira de género en la cabeza, a modo de trarilonko cintillo de lana o de plata en el atuendo tradicional, y bufanda. Coronado, no siempre, con un sombrero o chupalla

Dependiendo del hielo, de nuevas nevazones y de la lluvia, nuestras esculturas duraban diez a quince días. Para nuestros familiares y vecinos en la comunidad esos «monos» se transformaron en una especie de visión, a la que venían a tocar y a sonreír. Cuando empezaban a derretirse los volvíamos a apretar con las manos hasta que al fin se tornaban transparentes y –como todo en el círculo de la vida– finalmente se hacían parte de la tierra, escurriéndose entre el pasto desde donde los habíamos tomado para darles forma. Y nos dejaban algo de tristeza y mucho de esperanza, pues –con la ayuda de nuestros padres– esperábamos despertar a sus espíritus el invierno siguiente

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En la Casa Azul, en la que ahora escribo estos recuerdos, nacimos los cinco hermanos Chihuailaf Nahuelpán. Los días de lluvia solíamos jugar en el mirador del segundo piso o en un rincón del amplio comedor del primer piso, en el que a veces mi padre se reunía con sus hermanos y hermanas: Antonio, agricultor y presidente de la organización mapuche «Unión Araucana»; Jacinta, vlkantufe poeta, tejedora de hilos y palabras; Alberto, profesor y director de la escuela de Kechurewe; Andrés, profesor en la Escuela Nº 1, en Temuco; Laura, profesora en una comunidad camino a Vilcún; Ricardo, jefe de tasadores en Impuestos Internos, en Temuco; María, ñiminkafe tejedora y agricultora. A los que se agregaba mi madre y algún invitado o invitada que se encontrara de visita (familiares o amistades venidos desde Villarrica, Loncoche, Temuco, Valparaíso o Santiago)

Como mi padre, todos mis tíos y tías fueron monolingües del mapuzugun y tuvieron que aprender castellano, aunque el mayor y el menor, Antonio y Ricardo, nunca lograron una pronunciación del todo correcta. Eran múltiples las anécdotas que se contaban, pero ellos nunca se molestaron por eso, diría que –muy por el contrario– lo disfrutaban como niños; sobre todo tío Antonio, que era el más mutro. Él –con el reiterado consejo de sus padres y cuando sus hermanos menores aún no obtenían sus títulos de profesores primarios– asumió que había que acceder al sistema del invasor porque «las familias crecen, pero las tierras no estiran» y algunos / algunas tenían que ir a los pueblos y a las ciudades y quedarse un tiempo allí o quizás para siempre. Al fin y al cabo esas poblaciones fueron instaladas sobre nuestro territorio, decían

Mi abuelo, en permanente diálogo con sus hijos respecto de esas disquisiciones, en su condición de Lonko, reunió –dicen– a su comunidad, conversó con ella (estaban también ahí sus hijos, futuros profesores), y poco tiempo después comunicó su visionaria decisión: como ya no éramos un país independiente, había que construir una escuela, y una vez edificada formar una comisión que acompañaría a su Werken Mensajero, su hijo Antonio, a hacer los trámites –en Temuco y en Santiago– para oficializar la idea. Consecuentemente, donó el terreno para que se construyera ahí la primera escuelita de Kechurewe. En la misma escuela en la que nuestro tío Antonio ofició de primer profesor. Moisés, un joven chileno que fue uno de sus alumnos, ahora ya «adulto mayor», le contó a su hija Cecilia que aprendió de su maestro que «el Tierra es rezondo como un fola»

En el comedor –que ocupaba toda la mitad longitudinal de la casa– había una salamandra (estufa a leña), una mesa de madera, extendible, con diez sillas; dos sillones individuales y uno para tres personas, y una larga y angosta banqueta de madera; un aparador con vitrina de vidrio; un escritorio; dos sostenedores de madera, redondos, en los que mi mamá y mi abuelita ponían maceteros con flores. Y una mesita sobre la que estaba la victrola con cuatro o cinco sobres, cada uno de los cuales contenía varios discos de acetato: valses, rancheras y corridos mexicanos, foxtrot, cuecas, sevillanas, jazz y otros. Entre ellos había algunos que me llamaban mucho la atención: uno de la cantante lírica Rayén Quitral; uno de la hermosa morena Ester Soré, la «negra linda» (apelativo que –me parece– da cuenta del racismo de la burguesía chilena); y los dos discos que el Trío Nahuelpangui grabó para la famosa casa disquera RCA Víctor

El Trío Nahuelpangui estaba formado por Efraín Nahuelpán (primera voz; sus instrumentos eran el kultrun y la pifillka), y Armando y José Nahuelpán (segunda y tercera voces; sus instrumentos eran las guitarras). Estos músicos fueron innovadores en la música mapuche y chilena. En los años sesenta / setenta se sumaron a la gira de «Chile ríe y canta» que dirigía René Largo Farías; conciertos en los que participaban Rolando Alarcón, el grupo Cuncumén (con Víctor Jara), Quilapayún, entre otros. Su canción «Kuri Wentru» –autoría de Efraín Nahuelpán– fue incluida en el segundo volumen de «Chile ríe y canta», junto con temas de Violeta Parra y de Ángel Parra, de Sofanor Tobar y de Rolando Alarcón (cantada por Quilapayún), entre los que recuerdo. Sus creaciones fueron interpretadas también por músicos chilenos, como su canción «Wecha Kona», que fue recreada por la Orquesta y Coro de Vicente Bianchi, quien –como se sabe– ha sido reconocido por su musicalización de poemas de Pablo Neruda

Las canciones del Trío Nahuelpangui (Efraín es hermano de mi madre, y Armando y José sus primos) son parte de la memoria de nuestra gente, que suele corear sus «mapuchinas», sus canciones basadas en los ritmos de nuestras danzas tradicionales: purun, mazatun y choykepurun

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También con mi abuelo compartimos muchas noches a la intemperie. Largos silencios, largos relatos que nos hablaban del origen de la gente nuestra, del Primer Espíritu Mapuche arrojado desde el Azul. De las almas que colgaban en el infinito, como estrellas. Nos enseñaba los caminos del cielo, sus ríos, sus señales. Cada primavera lo veía portando flores en sus orejas y en la solapa de su vestón, o caminando descalzo sobre el rocío de la mañana. También lo recuerdo cabalgando bajo la lluvia torrencial de un invierno entre bosques enormes. Era un hombre delgado y firme…

¿Kiñe pichipvtremtun, Malle? / ¿Una fumadita, Malle?, le decíamos a nuestro abuelito cuando hacía una pausa en su conversación y aspiraba su cachimba (su pipa) o su boquilla. Él tenía la costumbre de invitar sobre todo a Carlitos y a mí, sus dos nietos menores, a mirar las estrellas. Uno a cada lado, sentado sobre una larga basa de pellín: a veces en la que estaba delante del huerto, otras veces en la que estaba delante del jardín. La ceremonia comenzaba con su parsimonioso preparativo del tabaco para la cachimba de piedra o de liar el pitillo para la boquilla de madera que él mismo había tallado. Cuando su elegida era la boquilla, desde el bolsillo de su vestón sacaba el diminuto cuadernillo de papel que compraba a los vendedores que solían pasar cargando dos grandes cestas, una en cada brazo, llenas de las más diversas mercaderías: condimentos, yerba «argentina», espejos, piedra lumbre, fósforos, velas, peinetas, azul (producto para despercudir la ropa blanca), hojas de afeitar, etcétera. Los vendedores venían desde Cunco o desde Las Hortensias, los dos pueblitos más cercanos a nuestra comunidad

Nuestro laku abuelo –a veces en silencio, a veces emitiendo un melodioso sonido con sus labios apretados y usando su garganta como si fuera un instrumento de percusión o de viento (que nos regalaba el espíritu del baile o la visión del vuelo)– humedecía sus dedos para separar con paciente cuidado el fino papel que procedía a retirar del cuadernillo. Después, desde otro bolsillo, sacaba una pequeña bolsa de género que contenía el tabaco mezclado con las hierbas medicinales que cada verano él secaba en un cajón instalado sobre un tronco y que guardaba cada atardecer. Ponía los materiales sobre una de sus piernas o nos daba la tarea a nosotros: uno sosteniendo la boquilla y el otro la bolsita con el tabaco, mientras él acariciaba el papel hasta enroscarlo

Concluido el proceso encendía su cigarro y resoplaba hacia el cielo, levemente interrumpido por las ramas de un gran ciprés; luego hacia la tierra y hacia nosotros, llenando el ambiente con su aromático «incienso» que hacía más envolvente el perfume del jardín. Un verdadero ritual. Después comenzaba a hablar, a hablarnos pausadamente en mapuzugun (el idioma de la Tierra), porque sabía sólo unas cuantas palabras en castellano, ¿entende?, decía de vez en cuando para cerciorarse que íbamos siguiendo la ilación de su pensamiento. Kimimi ta iñche, fvcha Malle, le decíamos. No, no eran discursos como los que le oíamos cuando se reunía con la comunidad, eran –me parece ahora– como poemas mínimos, inspiraciones que destellaban como las estrellas

¿Ka kiñe pifurpvtrem, Malle? / ¿Otra fumadita, Malle?, decíamos prontamente nosotros, y él nos pasaba la cachimba / la boquilla o la sostenía en nuestras bocas, mientras lanzábamos al aire la humareda. ¡Kurache …! Gente de Piedra, me decía con tanto cariño que mi corazón aún atesora el timbre de su voz que me sigue nombrando. Abuelo querido. Inchiñ ta Antv ka Kvyen femgeyiñ, decía; umagtukeyiñ, welu wilvfkvlewekeyiñ ta petu repele welu ñi lonko mew fey tukulgepakeyiñ. Somos como el Sol y la Luna, decía; nos dormimos, pero seguimos brillando en la memoria de los que están despiertos y nos recuerdan

Ta inchiñ ka fey mew mvleyiñ. También nosotros somos de allí, nos decía mirando la Luna y las estrellas (que aquí en Kechurewe se ven tan cercanas). Fey mew ragiñkonkvley ta ñi pvllv ta iñ pu zoykim Kuyfikeche. Entre ellas están los espíritus de nuestros antepasados más sabios, decía. Feychi Kallfvpvle wiñotualu inchiñ. Hacia ese Azul regresaremos, decía, nombrando las constelaciones y sus estrellas: Wenuleufv el Río del Cielo, la Vía Láctea; Pvnon Choyke Rastro del Avestruz, la Cruz del Sur; Wvñelfe Lucero del amanecer, Venus; Yepun Estrella del anochecer, Júpiter; Kvyen Luna (Apon Kvyen Luna Llena; Newe Kvyen Luna Menguante; Llag ragiñ apon Kvyen Cuarto creciente; We Kvyen Luna Nueva); Gaw Waglen / Gulu Poñi Estrellas amontonadas como si fueran papas, Pléyades; cherufe meteorito; afogkvlen el brillo final de una estrella que ha muerto… La Luna es la hermana mayor de la Tierra por eso está siempre cuidándola, incluso de día a veces, como si fuera una madre para nuestra Madre Tierra

Sin duda Carlitos miraba al abuelo con la misma admiración que yo. Estas conversaciones a la intemperie eran un gran regocijo y aprendizaje para ambos. Por eso, siempre repito que mi abuelo –como Lonko y, por lo mismo, profundo conocedor de nuestra cultura– era un filósofo, un astrónomo, un verdadero poeta. Quizás, ¿quién lo sabe?, si hubiese accedido a la cultura occidental habría buscado la posibilidad de ingresar a la universidad para indagar con nuevos instrumentos el conocimiento del espíritu humano, es decir, el conocimiento de nuestro universo y de otros universos que se asoman –asombrándonos– desde el Azul que nos habita

Sí, porque el espíritu mapuche –nuestra energía de vida– vino desde el Azul, mas no de cualquier azul, sino desde el Azul del oriente, desde donde se levantan la Luna y el Sol –decían mi abuelo, mi abuela y mis padres–. El Azul profundo y prístino que se produce en el lugar en que se reúnen a dialogar el brillo de las últimas sombras de la noche y la primera luz de la mañana (antes que asomen los rayos del Sol). Es un lugar que parece una línea de separación / de frontera, pero es en realidad un río, su abrazo; el universo que se abraza a sí mismo, en su dualidad. ¿No es acaso lo que sucede con nuestro espíritu y nuestro corazón en los instantes en que la oscuridad de la tristeza se consume en el lento rielar de la alegría?

Debo en gran parte a mi abuelo (mas también a mi abuela y a mis padres) mi interés por la lectura de todo libro que tenga relación con la astronomía; desde cuentos para niños como Para atrapar la Luna, de Dinie Akkerman y Paul van Loom, hasta las obras del reconocido físico inglés Stephen Hawking, su fascinante teoría acerca de los denominados «agujeros negros»: Historia del tiempo. Del Big Bang a los agujeros negros, La teoría del todo, La clave secreta del universo, El tesoro cósmico, El gran diseño. También mi lectura de un par de manuales de astronomía y de algunos otros libros como el de María Teresa Ruiz, cuyo título me atrajo inmediatamente por lo que había escuchado siempre de nuestros y nuestras Mayores: Somos hijas e hijos de la Madre Tierra; hermanos y hermanas de las estrellas. Bueno, ese libro de la astrónoma chilena se llama «Hijos de las estrellas. La astronomía y nuestro lugar en el Universo». También «Nebulosas planetarias: la hermosa muerte de las estrellas» de Silvia Torres y Julieta Fierro

El gesto, el sonido, la música, el trazo infinito, el inconmensurable movimiento de vida del Universo. Cómo no conmoverme leyendo «Mundos lejanos. Sistemas planetarios y vida en el Universo» de Dante Minniti, o «Supernovas. El explosivo final de una estrella» de Mario Hamuy y José Maza: «El cielo estrellado en una noche sin Luna es un espectáculo que no ha dejado indiferente a ningún pueblo. Desde tiempos inmemoriales, el hombre aprendió a distinguir, entre miles de estrellas visibles, es a simple vista, un grupo de cinco «vagabundos» o planetas; el Sol y la Luna completaban el cielo, que giraba en torno a la Tierra en 24 horas. Los otros puntos luminosos en el firmamento fueron situados en la «esfera de las estrellas fijas», que no se mueven ni cambian en modo alguno, salvo su rotación diaria»

En un diálogo2 entre el científico chileno Claudio Teitelboim y mi gran amigo –escritor y poeta– Jaime Valdivieso, dicen:

«C.T.: El hombre siempre ha tendido a ser un visionario (…).hay dos grandes misterios que en el fondo son el mismo, que es el comienzo del universo y el porqué de la existencia humana

«J.V.: A propósito de grandes físicos, hemos mencionado varias veces a Hawking. Este físico hace tres preguntas con respecto al origen y enigmas del universo. Me gustaría saber con cuál de esas interrogantes se queda usted. Son las siguientes: a) ¿Existe realmente una teoría unificada que descubriremos algún día si somos lo suficientemente inteligentes? b) No existe ninguna teoría definitiva del universo, sino una sucesión infinita de teorías que describen el universo cada vez con mayor precisión.

c) No hay ninguna teoría del universo, los acontecimientos no pueden predecirse más allá de un cierto punto, ya que ocurren de manera aleatoria y arbitraria

«C.T.: Lo que pasa es que la elección entre las tres es una falacia, yo creo que las tres pueden darse simultáneamente. Porque allí hay una serie de reglas del juego que están implícitas. Yo creo que no va a ser ninguna de las tres. De pronto uno se va a dar cuenta que una de las llamadas teorías era un pedazo de otra cosa, es decir va a haber armonía, va a ver una cosa con muchas posibilidades»

Venimos del Azul infinito. En nuestro espíritu hay un sendero de estrellas. Pero así como a las estrellas no las vemos en el día (¿Chew amukeiñ ta waglen mew? /¿Adónde se van?, decía mi abuelo), la pálida luz de la cotidianidad no nos deja ver nuestra constelación interior; por eso necesitamos de la penumbra del silencio y de la contemplación para visualizar nuestro derrotero, en el que también nacen y mueren esas estrellas llamadas ensueños o ilusiones. En lo visible e invisible la vida es un misterio, por eso la muerte es un misterio, nos están diciendo. Esta dualidad es el gran movimiento universal de lo que conocemos y desconocemos, y de lo que hoy apenas sospechamos. Es una verdad que se sigue reiterando en todos los tiempos y en todas las culturas del mundo: inspiramos y espiramos; respiramos y dejamos de respirar. Ese era el sentido de la conversación de mi abuelo, y es lo que nos siguen diciendo nuestras Ancianas, nuestros Ancianos

Después, y hasta hoy, yo he seguido mirando el cielo, preguntando, leyendo, observando el firmamento: Melipal Estrellas los Cuatro Azadones / los Cuatro Lados, Estrellas de Escorpión; Tranalvkay las Boleadoras Tendidas, Estrellas de Centauro; Malal Ufisa Corral de Ovejas, Corona Austral… Sí, abuelo Malle, aún recuerdo que Papay y nuestra ñaña / pariente mayor Florinda Kaniulaf también decían que «la Madre Luna es la hermana mayor de nuestra Madre Tierra, por eso la cuida y le regala femineidad, ternura y fertilidad para su abrazo con la luz del Padre Sol»

2 Jaime Valdivieso: Ciencia y poesía. Santiago: Lom, 1995

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«A veces pasan los días sin lluvia. De repente se asoman nubarrones y empieza a soplar viento cordillerano o corre norte. Entonces se forman las nubes sobre el mar, suben hacia el firmamento y llegan a tapar todo el cielo. Noches y días enteros sigue lloviendo a veces, así que se forman charcos y aguazales sobre la tierra

«A veces aparece el sol mientras que está lloviendo; «anchv mawvn lluvia con sol» se llama este fenómeno. Cuando pasa eso, hay relmu arco iris, que se extiende en forma arqueada por el firmamento. Algunas veces se halla acompañado de un segundo arco iris, llamado «lawv mollfvñ, sombra de sangre»; no tiene colores tan pronunciados ni sube tan alto en el cielo». Leo estos fragmentos en las Memorias del Lonko Pascual Koña, antes que se extinga la débil luz de la vela que se derrite finalmente sobre la palmatoria

Llueve. El resplandor de la Luna Llena acrecienta el misterio de la noche. En este otoño la lluvia es un recuerdo que abraza a nuestra casa. Abril: lluvias y recuerdos mil, escuché decir a alguien en el pueblo… Recuerda porque recordar es vivir dos veces, pero no añores porque añorar es entristecerse, escuché también decir. Pienso en este instante en las iwiñkofke, las sopaipillas dorándose en la olla de fierro, su sonido repartiendo alegría a toda la familia. Pienso en la trutruka, instrumento de música tradicional de nuestro pueblo que, junto con el lolkiñ (ambos de viento), sigue siendo mi predilecto. Las recuerdo afirmadas en las paredes de nuestra ruka. Eran lineales y medían entre dos y tres metros (las trutruka actuales son circulares y de plástico) y las fabricaban de un coligüe que era partido en todo su largo para ahuecarlo sacando desde su interior el material algodonoso; se forraba con intestino de animal y se amarraba con un cordón también de intestino o con un cordón vegetal que iba en espiral en toda la extensión del coligüe. En el extremo contrario al que se soplaba iba un cuerno de vacuno (antaño era un entramado vegetal, dicen)

Me agradaba mucho el ritual de humedecerlas cada vez que se iban a utilizar. Este consistía en llenar el cacho con agua y levantar muy lentamente la trutruka, evitando que el reservorio se girara obligando a un nuevo llenado. Después venía el gorgoreo del agua bajando hasta el boquete, que tapábamos con el dedo pulgar, levantando y bajando tres o cuatro veces el instrumento –con la misma agua– según la calidez o el frío del tiempo. Para un niño, como yo entonces, era todo un desafío que exigía cierta fuerza y equilibrio. El siguiente desafío era tocar, en lo posible, cada vez mejor, porque –considerando la potencia de su sonido– no sólo toda la familia escuchaba, sino también el vecindario. Hasta hoy día, cuando mi barba y bigote se han tornado casi blancos, frecuentemente al atardecer interpreto una breve melodía con mi trutruka, para comunicarme con mi familia y con la gente de mi comunidad; para comunicarme con la naturaleza y con el universo

Pienso por eso ahora en los días en que empezaba la agitación de los preparativos previos a la celebración del Gillatun, nuestra ceremonia principal de agradecimiento y petición a la energía universal, Genechen Espíritu Sostenedor de la Gente y Genmapun Espíritu Sostenedor de la Tierra. Mi abuelo, como Lonko –Cabeza, Jefe– de nuestra comunidad, era el encargado de dirigir el gran ceremonial acordado por todos –como parte de nuestra Az Mapu, la cultura / las Costumbres de la Tierra– y que se efectuaba en general cada cuatro años (cada dos era el Pvchigillatun pequeña celebración preparatoria de la principal). Aunque sabíamos que se aproximaba la realización de esta gran rogativa comunitaria, lo primero que nos llamaba la atención eran las banderas azul y blanca que se plantaban en el frontis –aunque algo distante– de la casa

Cada vez –y con bastante antelación– nuestro abuelo enviaba a su Werken Mensajero para invitar a otros Lonko y a sus respectivas comunidades a que vinieran a acompañarnos en el Gillatun; en algunos casos especiales él mismo preparaba su caballo y, después de conversar –a veces largamente– con nuestra abuela, salía a cumplir con tan significativa misión. A la espera de su regreso nosotros reanudábamos nuestros juegos o cumplíamos con pequeñas tareas que nos habían asignado, como ir a recoger ramitas de hualle que había botado el viento o traer un balde de agua desde el estero o recorrer la huerta para cerciorarnos de que ni los cerdos ni las ovejas hubieran decidido entrar allí a disfrutar de su verdor

En esos días de quehaceres cargados de espíritu de Gillatun empezaba a ser más frecuente el eco de las trutruka y de las cornetas en la brisa de la comunidad, sonidos lejanos que –poco a poco– llenaban de expectación nuestras mentes deseosas de vida. En las zarandas cerca del fogón, rodeadas de humo, el negror de las carnes charquedas daba cuenta de que ya estaban en su punto para el consumo. En el extremo más fresco de la ruka había dos zarandas con quesos que solíamos cortar en rebanadas o en cubos y ensartado en palillo de maqui lo acercábamos a las brasas. Una vez dorado y aún gorgoreando –me regocija recordarlo otra vez– lo comenzábamos a saborear en su mismo soporte o sobre un trozo de pan cocido en el rescoldo o sobre un mvltrvn. Y el mate, como de costumbre, de mano en mano girando en torno al fuego, animando el habla y su silencio: el arte de la Conversación

A unos cuantos días del Gillatun mi padre y mis tíos –con la ayuda de algunos vecinos– procedían al sacrificio de al menos dos animales que, con bastante anterioridad, habían elegido y apartado con tal fin. Recuerdo este hecho porque que mis hermanos y yo solíamos participar de esta tarea que no siempre resultaba fácil, pues los escogidos eran siempre vacunos o caballares jóvenes. Sobre un largo mesón dejaban extendidos los cúmulos de carne. Mis tías, mi mamá y algunas vecinas, observadas por las cabezas de los animales, se afanaban en trocear la carne que iban colgando sobre los coligües que habían sido instalados a la sombra de los maquis. Los corderos y aves era lo último que se sacrificaba

En la penumbra de nuestra ruka estaban listas las tinajas con muday, contenido también en varias damajuanas (envases de vidrio de cinco o diez litros cada una). Las barricas colmadas de harina cruda. Sobre una pequeña mesa se ordenaban los mates y las bolsas de yerba, y afirmadas contra sus patas las grandes bolsas de azúcar y de sal que mi padre había ido a buscar –en carreta viajera– al pueblo. Había además un inusual ajetreo de personas que iban y venían, para hablar con nuestro abuelo (que solía estar a veces secundado por su hijo Antonio) por asuntos relativos al ceremonial; con mi padre, a cargo de la coordinación de los medios para cumplir con las actividades asignadas a nuestra familia; o también con nuestra abuela o con nuestra madre. Era un ambiente de espiritualidad y de fiesta

Carlitos y yo solíamos sentarnos en el pasto, a poca distancia de las banderas que flameaban y a veces restallaban en el viento. Cuánta ensoñación de la niñez que aún me conmueve. En el círculo de la vida somos presente porque somos pasado (tenemos memoria) y sólo por eso somos futuro, nos dijeron, y nos sigue diciendo nuestra gente

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221 p. 2 illustrations
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9789560012890
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