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Madrugada sin retorno
Eduardo Fernández Jurado
Madrugada sin retorno
ediciones doce calles
Créditos
1ª Edición: abril 2020
Diseño de portada: Doce Calles
Fotografía: Ángel Luis González
© de los textos: Eduardo Fernández Jurado
© de la presente edición:
Ediciones Doce Calles S.L.
Apdo. 270 Aranjuez. 28300 (Madrid)
Tel.: (+34) 91 892 22 34
docecalles@docecalles.com
ISBN: 978-84-9744-300-5
Impreso en España
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Dedicatoria
«A la memoria de los fusilados en el Cementerio
del Este durante la represión franquista (1939-1944)»
«A Ángel Luis González Galazo y a todos
los que despiertan la memoria dormida»
«A Sergio Olid por su interés, gracias»
«A Alicia Mencias, por todo lo que nos das»
ÍNDICE
Créditos 6
Dedicatoria 7
Prólogo 11
Introducción del autor 13
La Espantá. Historia de una decepción 15
La enfermedad 17
El discurso 27
Los hermanos 37
Las elecciones 45
La sublevación 51
El verano 61
La guerra 85
Mi madre 95
El final 107
Pablo 115
Torrijos 135
El hambre 151
14 de abril 171
La sentencia 183
La muerte 197
El archivo 211
Bibliografía consultada 219
Biografías 223
Anexo 227
PRÓLOGO
La ya famosa Memoria Histórica es algo que acompaña a la política de este desdichado país desde que acabó nuestra Guerra Civil; se puede afirmar sin miedo al error, que ya este es un tema histórico.
Así, Eduardo Fernández Jurado, lo aborda desde un punto empírico y estructura los capítulos de Madrugada sin retorno de manera trifásica: en primer lugar, cuenta la historia de su protagonista, hombre que con fría evidencia presiente que su muerte está cercana y su deseo (podríamos hablar de “su última voluntad”) es encontrar los restos de su hermano mayor, ajusticiado por las medidas vengativas que llevaron a cabo los vencedores de nuestra contienda intestina durante la incipiente posguerra; de forma inmediata, el relato es interrumpido por cierta suerte de archivo histórico que va exponiendo los hechos acontecidos en España desde la proclamación de la II República hasta los años seguidamente posteriores a nuestra Guerra Civil; por último, el relato narra la historia de una familia durante esos mismos años. Hacia el tercer capítulo de la obra (Los hermanos), el lector va inquiriendo que esa tercera parte de los capítulos es lo que en la actualidad se conoce como una “precuela” del primer relato; o mejor, que nuestro relato principal, el que inicia la obra, es la secuela del último, el que la cierra.
Expuestas así las cosas, esta última novela de Eduardo Fernández Jurado exige un poco más de esfuerzo de los lectores que las anteriores (El vino en bota y Avalado sea Dios). No es que sea difícil, sino que si bien antes el relato era expuesto y el lector iba siguiendo esa senda, ahora la intención es la de que sea el lector el que vaya construyendo el relato, que vaya tirando de esas tres madejas y el receptor vaya tejiéndolas para terminar en tres historias, en tres narraciones que devienen en una sola. Es una única historia, quizás la de casi todos los españoles; por este motivo, resulta este relato próximo, cercano y, en definitiva, emotivo.
Es asimismo una característica del autor que los hechos de sus novelas se sucedan con un ritmo familiar, sin abruptos saltos ni largas detenciones descriptivas, por lo que la lectura resulta amena y entretenida y el reto que el autor nos propone, fácil de superar.
Sin embargo, no deja de ser Madrugada sin retorno la obra más lírica de su autor. A la narrativa en tercera persona se le une esta vez la lírica primera persona, y esta novela es nutrida por abundantes personificaciones y, como no podía ser de otra manera, por el recurso más utilizado desde principios del siglo xx: la metáfora.
Por último, es importante mencionar que Eduardo Fernández Jurado tiene acostumbrados a sus lectores a historias en las que el viaje es su elemento principal: Avalado sea Dios es un viaje de búsqueda al estilo de la leyenda de Jasón y los Argonautas, y un viaje de regreso al estilo de la Odisea; Madrugada sin retorno no es un viaje geográfico, sino cronológico: un viaje en el que la memoria recorre setenta años luchando contra poderosos enemigos, el mismo paso del tiempo y, sobre todo, las políticas del gobierno y de la propia población, políticas antirrepublicanas en principio y contra la Ley de Memoria Histórica, después. Pero la memoria se convierte en un sagaz detective que inicia un indagatorio recorrido de examen y pesquisa; es esta una investigación en la que no pueden faltar los archivos, los testigos, los entornos, los responsables, las víctimas…
Estos aspectos se ven encarnados en los personajes: la antítesis olvido-recuerdo es vivida por personajes que pretenden recordar y otros (¡incluso dentro de la propia familia!) que creen que es mejor olvidar; la investigación es encarnada por los propios protagonistas de la historia que no dudan en satisfacer el deseo de nuestro moribundo personaje principal. Todo ello hace que conceptos abstractos y tan propios de la lírica más oscura como memoria, investigación, muerte, tomen vida y devengan en cercanos, asequibles y fáciles para los receptores.
En definitiva, la Memoria Histórica se convierte en algo de lo que no podemos escapar, un cicatrizante necesario para sanar las heridas que este país aún sufre, único suministro que puede servir y aportar lo imprescindible: dignidad, honor… PAZ.
Sergio Olid Heredero
INTRODUCCIÓN DEL AUTOR
El camino de la memoria es sinuoso y empedrado cuando ha sido adormecido por la anestesia del miedo. Relatos de mayores, contados al calor de una chimenea en invierno, o al relente de la brisa que calme el calor en verano. Contados a media voz, de oreja a oreja, para que no se expandan más allá del corro de confianza que crean los presentes. Recuerdos que están en las alacenas del olvido, cual pucheros viejos de barro que ya han cumplido su cometido y que solo sirven para adornar. Sin tocarlos, solo mirarlos, con añoranza, porque el paso del tiempo los ha dotado de la vejez que provoca que se puedan agrietar y se derramen las historias que aún están por cerrar.
Miedo que se alargó, que aletargó el recuerdo, que arrinconó la memoria que nunca debió volverse senil. Memoria que apenas se delegó de padres a hijos, para no hacer del sufrimiento una herencia yerma, que lo único que pudiera engendrar fuera rencor y odio.
Infancias sin memoria, pese a la presencia en los relatos, pero nubladas por el consabido consejo paternal: Tú oír, ver y callar y de esto chitón. Siempre acompañados por el gesto de la cremallera que cierra la boca. Recuerdos que revolotean, que son retales de nuestras vivencias, que magnifican lo vivido, lo añorado, incluso lo soñado. Que están ahí, para recordarnos que tuvimos un pasado impregnado de historia que no se puede ignorar porque se enquista, y al final llega el olvido.
Olvido que se envolvió en lágrimas, creando una distancia que el tiempo marcó. Que se trata de recuperar a través de la memoria que queremos avivar, para acortar el tiempo, para hacerla presente aportando lo que nunca debió faltar: el recuerdo.
Recuerdo que nos llega a través de la memoria maniatada, obligada por el adoctrinamiento recibido en las escuelas de paredes presididas por crucifijos custodiados por retratos de jerárquicos señores. Pizarras enlutadas, donde el maestro plasmaba —más con convencimiento adoctrinado que con sabiduría—, el ideario a seguir, para crear en las mentes sin labrar una forma de pensar encorsetada en una sola idea.
Idea que se ensalza en la construcción de mausoleos, construidos por manos que un día lucharon por la libertad, para abocarnos al olvido y suplantar la memoria libre.
LA ESPANTÁ.
Historia de una decepción
Que mi madre tirara de mi para que no me detuviera cuando pasábamos delante de aquel edificio, no era impedimento para que yo no despegara mis ojos de aquellas mujeres que se asomaban a sus ventanas. Nunca me dijo que hacían allí, ni que era ese edificio, pero a pesar de mi corta edad, yo lo sabía... Era la cárcel de mujeres de Ventas.
No solo ese edificio atraía mi atención. A unos doscientos metros de nuestra casa estaba la Plaza de Toros. La proximidad del famoso coso y la afición de mi padre, crearon en mi el deseo de ser torero y mas cuando me dijo que yo me llamaba Ángel Luis por su torero favorito: Ángel Luis Bienvenida. Poco hizo falta para que se derramara mi imaginación. Felipe, un gallo que yo crié y enseñé a envestir a un delantal de mi abuela, fue suficiente para montarme mis corridas de toros en las que la chiquillería me aplaudía y aclamaba al grito de ¡ole! y ¡torero! Pero todo se truncó, para desilusión de mi padre, el día que me llevó a una capea y salí espantao al ver de cerca los retoños cuernos de un tierno becerro. Ya no quería ser torero y mis deseos profesionales tomaron otros derroteros.
La prisión de Ventas, la Plaza de Toros, el gallo Felipe y la cara de decepción de mi padre, cuando le dije que ya no iba a ser torero, sino que quería ser Guardia Civil, nunca desaparecerán de mi memoria.
LA ENFERMEDAD
La lluvia moría en el asfalto de la amplia campa, donde los trailers maniobraban para acularse y descargar sus mercancías. Los goterones, que caían del techo de la nave, creaban una cortina intermitente de agua en las puertas de los muelles de carga y descarga. El día era gris, ideal para que brotara en mí la nostalgia, porque atrás quedaban cuarenta años de trabajo que la enfermedad había truncado. Me quedé mirando el empapado patio, y la memoria me transportó a mis diecisiete años, cuando entré a trabajar como mozo de almacén, recomendado por un amigo de mi padre. Una amalgama de recuerdos que iban desde mi primer día de trabajo, pasando por el primer sueldo con el que le compré una cruz de oro a mi madre, que ella no se había quitado desde entonces, hasta la tarde antes en la que había firmado mi jubilación anticipada. También, la mañana que nació mi hijo Alex, que salí corriendo loco de contento, sorteando todo lo que encontraba a mi paso en busca de los vestuarios, cuando me dieron la noticia de que mi mujer, Rita, había dado a luz. Miles de anécdotas alimentaron mi mente, que al igual que las gotas que creaban los charcos, desaparecerían con el paso del tiempo, pero que regresarían de vez en cuando; como la lluvia.
Mi destino dentro de la empresa ya no estaba en los muelles. Los últimos años los había pasado en las oficinas de logística, pero siempre que podía me escapaba, aunque fuera cinco minutos, a ver el movimiento de los camiones: como se retorcían para acular, escuchar el ruido que provocaba el aire al ser aplicado el freno de mano, oler la mezcla de humo, gas-oil y goma caliente... Todo un cóctel de sentidos que a mí me agradaba, que solo percibía en el lugar donde había crecido y forjado como un hombre. Ese lugar era la nave. Crucé la puerta y salí por última vez, dando por finiquitada una etapa, que se había truncado por la enfermedad heredada de mi padre: cáncer de colon.
Su enfermedad me robó la preocupación por la mía y también dejó en un segundo plano mi nueva situación de jubilado. Lo que más deseaba era pasar el mayor tiempo posible con mi padre. El cáncer poco a poco le estaba ganando la batalla, debido a que se lo diagnosticaron demasiado tarde. El compartir enfermedad nos acercó, y desde que era niño, no recuerdo haber pasado tanto tiempo a su lado. Muchas tardes iba a visitarlo, y hablábamos de los tiempos pasados, de cuando era joven y de la guerra. No le preguntaba por su enfermedad, eso se lo dejaba a Rita, que lo hablaba con mi madre por teléfono.
La guerra llenaba gran parte de nuestras amenas charlas. Sentía que todo lo que me contaba me atrapaba. Nunca había tenido curiosidad por lo acontecido en aquellos años. ¿Por qué ahora sí? ¿Me estaría haciendo mayor? ¿Sería la proximidad de su muerte lo que aceleraba mis ganas por saber? Eran un montón de preguntas las que yo me hacía y que dejaba sin respuesta, pero su pasión contándome lo que él vivió me cautivaba y me transportaba como si yo lo estuviera viviendo.
Lo que narraba me proporcionaba más preguntas que me crearon una obsesión: ¿por qué una guerra? ¿para qué? ¿por qué esa herida no se cerró? Cuando volvía a casa leía libros y buscaba en internet, pero aunque encontrara todo tipo de explicaciones sobre las causas, motivos y desarrollo de aquellos años fatídicos para España, no era igual que cuando me lo contaba mi viejo; así era como yo le llamaba a escondidas. Me narraba sus vivencias, que aunque eran escuetas y no dejaban de ser las mismas siempre, me servían para hacerme una idea casi real de lo ocurrido.
—¿A su hermano lo mataron en la guerra? —levantó las cejas cuando le pregunté, el movimiento fue rápido y denotaba sorpresa, pero a su vez parecía que le ayudaba a recordar.
—Mira, Ángel, a mi hermano le fusilaron cuando acabó —recalcó.
—¿Qué diferencia hay entre matar y fusilar?
Su rostro expresivo me indicó que tenía una respuesta. Dio un sorbo de agua y movió la lengua, entre sus labios secos, antes de contestarme.
—Al que moría en el frente se le mataba, pero a los que cuando acabó la guerra se les llevaba a las paredes para quitárselos de en medio, se les fusilaba. —Acabó la frase haciendo hincapié en la última palabra, echando su cuerpo hacia delante y abriendo bien los ojos para que me quedara claro—. Se los llevaban sin explicación alguna, luego te comunicaban dónde estaba preso, si no se lo habían cargado al momento, y si estaba encerrado se producía una larga agonía hasta que le juzgaban; fue el caso de mi hermano.
Con mi bombardeo de preguntas provocaba que se desperezara su pasado. No siempre encontraba respuesta al momento, alguna vez, me las daba a los dos o tres días. El tiempo había desfechado sus recuerdos, pero él se esmeraba en complacerme rebuscando en su memoria.
—Lo único que tenían en común los que morían en el frente y a los que se les fusilaba, era que todos morían por defender sus ideas —continuó—. Fueron años duros para los que defendieron a la República. Se les perseguía, y a los familiares cada dos por tres se los llevaban para hacerles las mismas preguntas. Había que machacarlos, recordar que tener ideas de izquierdas en este país ya no estaba permitido. —Volvió a beber agua, a mojarse los labios, para continuar con su triste narrar de lo que el percibió siendo un niño—. Recuerdo que apenas se hablaba de lo ocurrido, y en las familias que hubo algún fusilado, ni nombrarlo. Esa era una de las penas que tenían mis padres, que no podían hablar de su hijo con libertad.
—No entiendo eso que dice, ¿por qué no se podía hablar de los muertos propios? —inquirí.
—Porque los rojos, como ellos decían, habían hecho mucho mal a la patria, al pueblo, a los curas… Hablar de un rojo, aunque estuviera muerto, era… —dudó en calificarlo—, no sé que decirte… un pecado, por eso mismo ellos les mataban: por ser el mal. Para ellos matar un rojo no era pecado, al contrario… ¡qué contrariedad! —reflexionó, a la vez que movía la cabeza para sacudirse las dudas; así lo interprete.
—Padre, nunca entenderé que la Iglesia permitiera que se matara a la gente por sus ideas.
Se revolvió en su asiento antes de contestarme. Mis dudas habían aclarado las suyas y me respondió con rabia.
—¡La Iglesia era la que señalaba a quién se tenía que purgar!
—¿Purgar?
—Pues claro, hijo, para ellos alguien que no tuviera sus mismas ideas era un enemigo de la patria y de Dios... y de sus privilegios. ¡Que en la mayoría de los pueblos los curas tenían en cuenta quién iba a misa! ¡Que en las confesiones se averiguaban muchas cosas!
Algunos episodios me los repetía, pero yo no le interrumpía, me gustaba oírselos narrar. Le venía bien. Era la manera que tenía de evadirse de la enfermedad que, cuando se la diagnosticaron, le llevó a una profunda depresión. Los cuidados de mi madre y el que yo compartiera enfermedad con él le habían levantado el ánimo, a mí también, pero no se había desprendido de ese mal carácter que siempre había demostrado y que con la enfermedad se le había agudizado.
Mi madre o yo le aconsejábamos que tenía que cambiar, ser más amable y no empeñarse en demostrar que podía ser una persona insociable; nos miraba con indiferencia. Era la manera que él tenía de llevarnos la contraria. Yo pensaba que se había vuelto como un niño caprichoso, que cuanto más le prohibías hacer una cosa más la hacía. Pero era mi padre, con sus defectos y sus virtudes, que también las tenía, aunque las mostrara a cuentagotas.
Cuando estaba con sus nietos experimentaba un cambio radical, y se desbordaba en atenciones hacia ellos, saliendo a relucir aquel niño que no fue porque la guerra le arrebató su infancia. Les contaba cómo pasó de ser el más pequeño de la casa a ser el único hombre, al fallecer su padre a los tres años de emigrar del pueblo a Madrid, a consecuencia de un infarto. Les hablaba de su hermano Pablo, al que fusilaron al acabar la guerra, siendo más explícito con ellos que lo había sido con mi hermana y conmigo.
—Abuelo, cuéntanos cuando cayó la bomba cerca de ti.
Raúl, el hijo de mi hermana, siempre le pedía que comenzara narrando la misma historia. Mi padre no se negaba en complacerle y exageraba uno de los recuerdos que siempre le habíamos escuchado. Su niñez no quería recordarla, pero la comprimía en varias anécdotas, fabulando e hinchando la verdad para dejar a sus nietos con la boca abierta. Uno de aquellos momentos, y que a Raúl tanto gustaba, era la bomba que casi lo mata y que hizo un agujero en el asfalto que se podía ver el metro de Madrid.
Raul y Pablo, los pequeños, se imaginaban a su abuelo como a un héroe, que había sido capaz de esquivar la bomba más grande que ellos podían imaginar y que un inmenso avión alemán escupió de sus tripas.
—Abuelo, háblanos de tu hermano, el que se llamaba igual que yo.
Era otra de las peticiones de Pablito, el más pequeño de los hijos de mi hermana, quién se la solicitaba. Mi padre no mostraba el mismo ánimo cuando hablaba de su hermano, pero nunca desoía los deseos de sus nietos. Les contaba que fue alcalde, y que era tan grande que casi no entraría por la puerta, y los dos pequeños se miraban fascinados por las historias, tan verdaderas para ellos, que su abuelo contaba y que tiempo atrás había contado a Marta y a Alex. La hija mayor de mi hermana Carmen se aburría con las historias del abuelo. Marta, pensaba que había que olvidar el pasado, que no conducía a nada recordar la guerra. Alex, mi hijo, era diferente a su prima. Era partidario de recuperar la memoria. Le gustaba hablar con su abuelo, y se sentía afortunado por tener a alguien que había vivido aquella etapa tan negra de nuestra historia.
Lo que había hecho mi padre con los dos, ahora lo hacía con Pablito y Raul.
—Y tú abuelo, ¿a qué jugabas? —insistía Raúl.
Mi padre reía antes de contestarle, porque para sus dos nietos siempre había un gesto agradable.
—Yo no jugaba. —Le miraron extrañados, ellos no entendían que un niño no jugara—. Desde bien pequeño tuve que trabajar. Sí os diré que me gustaba retener el agua cuando estábamos regando, para luego soltarla y ver como discurría por los surcos con más fuerza.
—Y a eso ¿cómo se juega? —Pablito no entendía a su abuelo.
—Era una manera de divertirme mientras que ayudaba a mis padres y hermanos en la huerta. Había que estar muy atento con la azada para llevar el agua por donde me mandaba mi padre—. Movía las manos simulando el recorrido del agua entre los surcos de la tierra fértil.
Los niños le miraban fascinados, aunque no supieran que era una azada, un surco o un simple huerto. Que el abuelo fuera otro cuando estaba con ellos reconfortaba a mi madre. Ella también intervenía cuando Pablo y Raúl la requerían si dudaban de lo que narraba el abuelo, porque la exageración, acompañada con los gestos, a veces se desbordaba, creando en los pequeños dudas.
—Abuela, ¿es verdad lo que dice?
—Pues claro que es verdad, nosotros no teníamos juguetes —les hablaba con voz cariñosa, envuelta en un halo de tristeza—, pero éramos muy felices.
—¿No tenías muñecas como Marta cuando era como nosotros?— Raúl no dejaba de preguntar.
—¡Uy, muñecas dice! —los abuelos rieron a la par—. Ojala hubiera tenido yo una muñeca de aquellas que eran de cartón, con los ojos y la boca pintados —decía con añoranza moviendo la cabeza.
—Eso era para los ricos… nosotros éramos pobres —puntualizaba mi padre—, bastante teníamos con tener para comer.
—¿Tan pobres como el señor que se pone en la puerta del super a pedir?
Volvían las risas por las ocurrencias de Pablito. Raúl enseguida mandaba callar a su hermano para que el abuelo continuara con sus historias.
—¿Os he dicho que yo no fui al colegio?
—Entonces si no has ido al cole, ¿cómo es que sabes leer?
—Raúl le arrebató la pregunta a su hermano.
—Me enseñó Pablo…, era muy listo.
Y así era como mi padre se transformaba en una persona afable, que se podía pasar las horas que hiciera falta hablando con sus nietos, transportándose, junto con ellos a su niñez, dejando apartado al viejo gruñón que se empeñaba en ser con mi madre y sus dos hijos.
Memoria
A principios del siglo xx, España estaba envuelta en una serie de sucesos (Guerra de Marruecos, terrorismo, corrupción política, agitaciones obreras, separatismo catalán...), que desembocaron en un golpe de Estado el 13 de septiembre de 1923 por parte del General Miguel Primo de Rivera. El rey Alfonso XIII fue condescendiente con el golpe de Estado, dando de lado a la democracia existente hasta el momento. Se derogó la Constitución de 1876, y Primo de Rivera se proclamó único jefe del gobierno provisional. El objetivo era desalojar a los políticos del poder para acabar con el caciquismo existente. La población, el cambio político, lo aceptó entre la indiferencia y la aprobación. La derecha católica y la patronal lo recibieron con entusiasmo. Los comunistas y anarquistas no estaban de acuerdo con la situación impuesta. Los socialistas no reprobaron su descontento.
El primer gobierno se denominó Directorio Militar y el 3 de diciembre de 1925 se creó el Directorio Civil. Los militares dieron paso a los políticos que no tuvieran que ver con la etapa anterior al golpe de Estado.
El crecimiento industrial europeo de los años veinte, dotó a España de una bonanza económica que tendría su fin al terminar la década con la dimisión del General Primo de Rivera, el 27 de enero de 1930. El Rey se apresuró en aceptarla.
6 de febrero de 1926
La helada caída durante la madrugada, había dejado un manto blanco que el tímido sol, que poco a poco iba apareciendo, se encargaba de deshacer para que empapara la hierba que ya no tenía su verdor por culpa del invierno que tocaba a su fin. Una fina capa de hielo cubría el remanso de agua del arroyo donde las mujeres lavaban la ropa.
Luisa bajó temprano a lavar. Un par de golpes con un canto fue suficiente para desquebrajar el frío hielo. No quería ponerse de parto y encontrarse con las cosas de su humilde casa sin hacer. Lo primero, la camisa de su Lorenzo, su marido, que se la había manchado de vino el día de la fiesta de San Blas. Esperaba su octavo hijo, si era niña igualaría la balanza entre hombres y mujeres en su hogar, si naciera varón éstos serían mayoría. Se arrodilló para comenzar a frotar la ropa contra la lancha de piedra. Su avanzado estado de gestación le impedía lavar con soltura. Mojada y enjabonada, la frotaba con fuerza contra la lancha de piedra; pasado un rato, el agua fría le amorató las manos. Estaba sola, el ruido del arroyo era su única compañía. Colocaba la ropa lavada, antes de enjuagarla, a su derecha, sobre una roca. Al girarse, para continuar lavando, sintió un dolor fuerte en su tripa y notó cómo un líquido pegajoso corría por sus piernas. La experiencia de sus siete partos anteriores le dijo que había roto aguas. Su bebé se había presentado sin avisar, porque no había tenido ninguna contracción que le hubiera alertado del parto. Luisa, en lugar de ponerse nerviosa, se arrastró ayudada por las manos hasta la roca. Apoyó su espalda, flexionó las piernas, y empujó con todas sus fuerzas para que su bebé viera la luz. Escuchó a alguien acercarse, y con su esfuerzo emitió un grito, para que quien andaba cerca del arroyo la viera. Era la Angustias, que al oírla soltó su cesto de ropa y se acercó apresurada a la roca donde Luisa estaba pariendo sola.
—¡Pero mujer! —No sabía qué hacer, dudó, pero rápido ayudó a Luisa—. Venga, sigue empujado que ya está aquí.
Luisa se agarraba con sus manos a la hierba que le servía de cama, sintiendo que a la vez que su cuerpo se vaciaba, nacía el llanto de su hijo. Angustias, cogió de su cesto una sábana y envolvió al recién nacido antes de dárselo a su madre. El instinto maternal le alertó de que entre sus brazos tenía un niño. Miro a la improvisada comadrona que también estaba emocionada.
—Es un niño —certificó.
Angustias, se lavó las manos en el arroyo antes de acercarla una colcha para que se cubrieran.
—Acurrúcate con esto, a la que yo voy a buscar al Lorenzo.
—Tomó la vereda que la llevaba al pueblo. Luisa, mientras, limpió con saliva la cara de su bebe sin despegarse de él, para darle el mismo calor que tenía cuando estaba dentro de su cuerpo.
Lorenzo, con andar apresurado, encabezaba el séquito de sus siete hijos. Al llegar junto a su mujer, observó que todo estuviera en orden, y cuando comprobó que era así, le dio un beso y se apartó para dar paso a sus hijas. Las tres mujeres se arrodillaron junto a su madre. Benita la primera, que para eso era la mayor. Luisina y María, la comían a besos, mientras que ella les presentaba a su nuevo hermano. Pepe, Pablo, Loren y Antonio se situaron detrás de su padre, desprendiendo gestos de alegría entre los cuatro. El recibir un hermano, después de seis años, que eran los que tenía María, era motivo suficiente para estar contentos. Todos sabían que habría que aportar más para sacar al nuevo miembro de la familia; pero eso no iba a ser obstáculo.
Corría el año de 1926 cuando nació Alejandro, que era como las mujeres de la casa decidieron llamar al nuevo miembro, oponiéndose a los deseos de su padre que pretendía llamarle igual que a un antepasado suyo de nombre impronunciable.
EL DISCURSO
Era la Navidad de 2008. Como todos los años nos juntábamos en la casa de mis padres. Ese año mi viejo, había hecho mucho hincapié en que acudiéramos todos. Mi hijo Alex había discutido con la novia por el empeño de su abuelo. Desde que estaban juntos, ya hacía seis años, se iban todas las navidades a una casa que tenían los padres de ella en la comarca de El Bierzo; pero ese año mi hijo no iba a defraudar a su abuelo. Mi mujer, Rita, no se había tenido que ocupar de preparar nada de cena, al igual que otros años; la cabezonería de mi padre aquel año había ido más allá, ordenándonos de que no aportáramos nada, que ellos se encargaban de todo. Mi hermana, Carmen, y su marido, José Luis, junto a sus tres hijos, habían llegado mucho antes que nosotros. A mi hermana le gustaba adornar la casa ese día a su antojo, colocando en un rincón del salón un sobrecargado árbol de Navidad; también lo hacía porque a ella y a mi cuñado, que era un cocinillas, les gustaba ayudar a mi madre a preparar la cena. Los tres niños, Marta, Raúl y Pablito, se sentaban alrededor del abuelo para que este les contara alguna batallita, aunque a Marta, la mayor, le aburría; ya eran muchos años escuchando las mismas historias.
—Ángel ¿qué vino has traído?... Porque el año pasado te luciste, con tanto ribera del no sé qué, aquello no había cristiano que se lo bebiera.
Ese fue el recibimiento de Nochebuena que me dio al verme entrar en el salón. Mis tres sobrinos se levantaron para demostrarme el cariño que me tenían con sus besos y sus abrazos; los que él no me daba.
—Usted no tiene que beber. —Le susurré al oído, a la vez que le daba un par de besos, los que jamás era capaz de dar aunque lo deseara; era su manera de ser—. Si madre se entera que bebe, nos da la noche.
—Eso de que yo no puedo beber lo has dicho tú, que eres muy listo —me contestó, lanzándome una mirada que indicaba que yo no era nadie para decirle lo que tenía que hacer—. A ver qué vino has traído y déjate de monsergas, que ya tengo suficientes con las de tu madre —insistió.
—Está en la cocina, luego lo verá —le dije, dejando que atendiera a sus nietos, que le solicitaban, con insistencia, para que les contara un consabido chiste de los suyos.
En la cocina se respiraba Navidad, la que a mí me transportaba a mi juventud, la que a mis cincuenta y ocho años no había olvidado. A mi madre se le notaba en el rostro la alegría de vernos a todos allí, juntos, en especial a mi hijo Alex, que se prodigaba poco en ir a ver a sus abuelos.
—¡Ya está bien que se te vea el pelo! —exclamó la abuela, mientras le comía a besos —¿Has visto al abuelo? Ve a verle, corre, que le vas a dar una alegría.
Alex se fue al salón a darle la sorpresa a su querido abuelo, y los que estábamos en la cocina callamos por un momento para escuchar el recibimiento que le dispensaba.
—¡Coño! Pero si es el desaparecido —escuchamos desde la cocina, mientras que nos mirábamos y sonreíamos, porque nos habíamos hecho ilusiones de que mi padre fuera más tierno en el recibimiento con su nieto. Mi madre, continuó con su trajín, decepcionada, sin prestar atención a lo que se escuchaba desde el salón—. Yo pensaba que te habías olvidado de la abuela Ana y de mí... ¿Te ha dejado la novia que vengas a verme?...
—Cuñao, ¿un vinito? —me preguntó José Luis, que me tendió una copa, dando por hecho que no se la iba a rechazar.
—Padre no cambia —manifestó decepcionada mi hermana, mientras que mostraba la copa al aire para que su marido, Rita y yo le acompañáramos en el brindis.
—¿Qué tal está de lo suyo? —pregunté, a la vez que se oía desde el salón una conversación distendida entre abuelo y nietos.
—El médico dice que todo está igual... —Se encogió de hombros y volvió a llevarse la copa a la boca para apenas mojarse los labios y continuar—. El cáncer no va a más y dice el doctor que ya no le volverán a dar quimio, a su edad ya no la aguantaría.
Los tres nos miramos, nuestro gesto de resignación indicaba que aceptábamos la situación. La edad de mi padre marcaba la pauta de su enfermedad.
Marta entró en la cocina, se abrazó a Rita, la niña siempre había tenido buen aprecio hacia mi mujer.
—¿Qué haces aquí? ¿te aburre lo que cuenta el abuelo? —le preguntó.
—Ha sido comenzar el himno y rápido le ha dicho a Pablo que apagara la tele, ¿por qué el abuelo se niega a ver al Rey?
Entonces fue cuando los tres reímos con ganas, incluso mi madre, que llevaba callada todo el tiempo que estuvimos en la cocina, presa de satisfacción de vernos a todos juntos.
—Es una historia muy larga que el abuelo tiene en su cabeza— aclaró su madre, a la vez que Marta comenzó a ayudar a su abuela a colocar las bandejas con los dulces.
—Ya, si yo lo sé, porque todos los años hace lo mismo, pero...¿a él qué más le da? Eso que cuenta de la guerra, de su hermano el que murió...
—Al que fusilaron, Marta— la interrumpí para puntualizar.
—Bueno tío, al que fusilaron, eso ocurrió hace mucho tiempo, hay que olvidar.
—No se debe olvidar prima —le dijo Alex que acababa de entrar en la cocina para unirse a la conversación—. El abuelo tiene todo su derecho a guardar la memoria de su hermano, y si él entiende que el Rey, como bien dice, es cómplice, pues apaga la tele porque no le apetece verle la cara.
—No me fastidies, Alex, que no se puede estar siempre así, removiendo el pasado.
—Bueno, vale ya de discusión, que vosotros no vais a arreglar el mundo y comenzad a poner la mesa que se hace tarde—. La abuela intentó zanjar la conversación entre sus nietos, que por momentos estaba subiendo de tono—. Qué pesadez, siempre con la misma historia...
—Abuela no hay que olvidar —replicó Alex, a la vez que la abrazaba—. Y tú Marta, parece que no quieres entender al abuelo.
—Te vuelvo a decir lo mismo, que hay que dejar a un lado el pasado y mirar hacia adelante. Que la República ya es historia primo.— Marta se acercó a Alex, le guiñó un ojo, y se fue con unos platos que llevaba en sus manos hacia el salón, dando así por concluida la conversación para satisfacción de la abuela.
—No te enfades con ella, ya sabes cómo es —le dijo mi cuñado, el padre de Marta.
—No, si yo no me enfado —calló por un momento para continuar en un tono más bajo y resignado, a la vez que cogía una copa de vino—. Lo que digo es que no hay que olvidar...
—Venga, dejad la cháchara y todos a la mesa —ordenó mi madre.
Nos sentamos a cenar y mi padre miró su reloj, comprobando que el Monarca ya había acabado el discurso navideño. No tardó en ordenar a Pablito que encendiera el televisor.
—Ya ha acabado el mamarracho ese —dijo.
Alex y yo nos miramos, conteniendo la risa, mientras que Marta hizo un gesto de desacuerdo con el abuelo, pero sin que este lo notara. Su madre, que enseguida se percató, y para que la conversación no volviera a los derroteros políticos, llenó otra vez las copas de vino, pero esta vez con el que yo había traído.
—¡Venga, familia, un brindis por nosotros!
Todos nos levantamos para brindar, excepto mi padre, que miraba la copa que mi hermana le había llenado escasamente.
—Vamos, padre, levántese y brinde —dijo Carmen, pero él la miró muy serio antes de empezar a hablar.
—¿Tú crees que con lo que me has echado yo puedo brindar la última Navidad que voy a pasar con vosotros?
El silencio se apoderó del salón. Todos estábamos quietos, en pie, con las copas en la mano, cabizbajos, sin saber qué hacer, solo mi madre le recriminó sus palabras.
—¿Pero por qué dices eso?, no sabes lo que dices.
—Si sé lo que digo y vosotros también. Todos sabemos que me queda poco tiempo.
Mi madre le miró, las lágrimas surcaron su rostro y mi padre con la punta de sus dedos se lo secó. Acto seguido cogió la botella de vino y rellenó la copa, con lo que él entendió que era lo adecuado para un buen brindis, se levantó para ponerse a nuestra altura y nos la ofreció para que brindáramos. Yo fui el primero que choqué su copa y a continuación todos me imitaron, creando el sonido alegre que producían los cristales al ser chocados entre sí. La cena transcurrió con normalidad, pero tratando de no hacer comentario alguno a las palabras del viejo, mi viejo, nuestro viejo. Tan solo al final de la noche, cuando ya habíamos tomado los postres y todo ya era más distendido, Raúl, el mediano de los hijos de mi hermana, le preguntó por la maniática costumbre de apagar la televisión cuando salía el Rey.
—¿A ti te parece de maniáticos lo que yo hago? —Le correspondió a su nieto con otra pregunta, cruzando sus ojos cansados con los joviales de Raúl.
—No sé... me parece extraño. —El niño no sabía qué contestarle.
—Pero, abuelo, con ellos llegó la democracia —intervino Marta—, después de cuarenta años de dictadura.
—Eso no fue así, querida prima —contestó Alex, que parecía que se la tenía guardada desde la conversación de antes de la cena—, todo estaba atado y bien atado, como el dictador dijo antes de morir.
—¡Ya estamos otra vez! —protestó la abuela, con cara de hartazgo, porque no le gustaba que se hablara de la guerra, de lo pasado, y menos aquel día tan señalado.
—Déjalos, Ana, es bueno que opinen y que aprendan el uno del otro —intervino mi padre.
—Pero respetando lo que opina cada uno —apostilló José Luis, en un gesto de apoyo a su hija.
—Ése es el problema, que la derecha no ha respetado nunca. —Alex miró a Marta, esperando respuesta, al igual que todos nosotros—. Han humillado a los perdedores siempre, y no van a dejar que busquemos y enterremos a nuestros muertos, como al tío Pablo —a mi padre se le iluminaron los ojos al escuchar el nombre de su hermano en boca de su nieto—, que vete a saber en que cuneta está enterrado.
—Pero, Alex, que no hay que remover el pasado, al menos eso es lo que yo pienso —contestó Marta, que no dilapidó la respuesta a su primo—. Además, yo no soy de derechas, y menos de la derecha a la que tú te refieres.
La tertulia continuó, no ya solo entre ellos dos, si no que intervenimos todos. Mi padre nos miraba con sus ojos iluminados, satisfecho de que sus recuerdos se expandieran entre sus hijos y sus nietos. Mi madre a su lado, ya había aceptado la tertulia, por eso, porque veía que era una simple conversación en que cada uno exponíamos nuestras ideas y que no iba a desembocar en una discusión; el respeto se palpaba.
Cuando ya la Nochebuena tocaba a su fin y todas las ideas estaban expuestas, mi padre volvió a intervenir, el respeto que le teníamos se hizo silencio para escucharle. Los colores de las luces cambiantes del árbol se reflejaban en su rostro, parecía que solo le iluminaban a él, haciéndole protagonista, que lo era. Todos intuíamos que lo que se prestaba a decirnos era de suma importancia.
—A mí ya no me dará tiempo, pero quiero que busquéis a mi hermano Pablo y que cuando lo encontréis, le deis sepultura como se merece. —Nunca había escuchado hablar a mi padre en ese tono, la voz no le temblaba y la tarea que nos encomendó fue como una orden, aunque él no pretendiera que fuera así—. Pienso que es la mejor manera de honrar su memoria y ya de paso la de mis padres, vuestros abuelos, que nunca supieron realmente dónde está enterrado. Y ahora me voy a dormir, que ya va siendo hora.
Se levantó de su mecedora, en la que pasaba la mayoría del tiempo, y ayudado por su bastón dio dos cortos pasos, se paró frente a mí, solo un instante, el suficiente para transmitirme con su semblante serio, que yo era el principal encargado de cumplir su último deseo. Mi madre le agarró del brazo y le acompañó a la habitación. Ninguno hablamos, ni nos movimos del sitio que ocupábamos alrededor de la mecedora, que poco a poco iba cesando en su balanceo. Sus palabras habían calado muy hondo en todos nosotros, porque mi padre se había despedido en vida, dejándonos un encargo que teníamos que realizar para que él descansara tranquilo. Marta y Alex se miraron, al igual que yo con Rita. Pablito y Raúl estaban desconcertados y miraron a sus padres, tratando de que les explicaran lo que habían escuchado de boca de su abuelo, porque no les pareció que aquellas palabras envueltas en seriedad fueran una de sus batallitas. Todos estábamos atrapados por su deseo, solamente había que llevarlo a cabo.
Memoria
Tras la dimisión del General Miguel Primo de Rivera, el rey Alfonso XIII hizo una tentativa, fallida, de reflotar la debilitada monarquía. Intentó volver a instaurar el sistema constitucional y parlamentario, pero los partidos dinásticos no tenían la suficiente fuerza como para llevar a cabo la estrategia del Rey. Después de varios rechazos, consiguió un gobierno de “concentración monárquico”, compuesto por partidos liberales y conservadores. Tras las elecciones municipales, los partidarios de la República se impusieron. La noche del 14 de abril, el Rey, junto a su familia, partió hacia el exilio. Se instauró la II República. Alfonso XIII en una carta que publicó el diario ABC el día 17, dejaba claro que asumía su derrota, y con gran dolor comenzaba diciendo: Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo...
La ilusión de los contrarios a la monarquía se desbordó, que vieron en la República la solución a una España caciquil, atrasada y antidemocrática. Tachan, con jubilo, el gesto del Rey de “espantada”. Por el contrario, los afines se sienten abandonados. Se instauró un gobierno provisional, presidido por Niceto Alcalá Zamora, hasta el 31 de octubre, que por desavenencias, presenta su dimisión. Es sustituido por Manuel Azaña —que hasta entonces ejercía como Presidente del Gobierno—. El 10 de diciembre vuelve a ser elegido Presidente de la República Niceto Alcalá Zamora, y estará en el cargo hasta 7 de abril de 1936, en el que fue sustituido en el cargo, otra vez, por Manuel Azaña, pasando a ser Presidente del Gobierno el abogado afín a la República Santiago Casares Quiroga hasta el comienzo de la sublevación.
La II República, se dividió en dos partes, llamadas bienios. El primero Social-Azañista (1931-1933) y el segundo Radical-Cedista (1934-1936).
La característica principal de la República, fueron las reformas y contrarreformas que se aplicaron en los cinco años que duró. En el primer bienio se aplican una serie de reformas en lo social, agrario, territorial, religioso y educativo. Se intenta crear un estado laico y moderno, en el que los grandes beneficiados sean las clases más bajas. En el segundo bienio, los partidos de derechas, acusaron a la izquierda de desordenes públicos durante su mandato para aplicar las contrarreformas, y así recuperar los derechos perdidos por los militares, terratenientes, la Iglesia y la clase burguesa alta.
A pesar de las desavenencias entre las dos partes —derechas e izquierdas—, todo había cambiado en lo político. Las mujeres ya tenían voz y voto, la gente podía opinar libremente y expresar sus deseos en las urnas. Aquellos aires nuevos que había traído la II República en 1931, tomarían nuevos bríos para las clases más humildes en 1936, si como se presumía ganaban los partidos de izquierdas (Frente Popular) las elecciones de febrero.
Enero de 1936
El intenso aroma que había dejado el pan al ser cocido en el horno, inundaba la sobremesa de un domingo de enero de 1936. Era día de descanso tras la dura semana de trabajo. Los ocho hijos se reunían ante la chimenea. Por un lado los cinco varones con el padre; por otro las tres hijas con la madre. Todos tenían algo que aportar y que decir en sus tertulias tan distintas: unas hablaban de los chismorreos del pueblo, a la vez que se peinaban o acicalaban las uñas; a los otros la situación política del país copaba toda su conversación. El único que estaba en tierra de nadie era el pequeño Alejandro, que asistía ignorante a la tertulia de sus hermanos mayores, tratando de entender lo que hablaban.
—Si los partidos de izquierdas ganan las elecciones, como se dice, lo jornaleros viviremos mejor, recuperaremos los derechos que nos dieron las reformas que implantó Azaña y que la derecha nos ha quitado cuando han mandado ellos —decía Pablo, el hermano mayor.
—Pero que sepáis, hijos, que los jornaleros tendremos que seguir trabajando gobierne quién gobierne —apostilló el padre, Lorenzo, mirando a cada uno de ellos, para que entendieran sus palabras.
—Pero con derechos —respondió Pepe, el segundo de los varones, que ya estaba casado, pero pasaba bastante tiempo en casa de sus padres.
—Y los derechos de la mujeres, ¿para cuándo? —preguntó Benita a sus hermanos y a su padre, dejando por un momento de pintarse las uñas, para intervenir en la conversación de los hombres.
—Con la llegada de la República ya pudisteis votar —contestó Pablo.
—Gracias al voto de las mujeres ganó la derecha —aclaró Antonio, dejando claro con un gesto que no eran palabras suyas—, o eso se dice.
—Pero ahora no será así. —Benita ya estaba metida de lleno en la conversación con sus hermanos—. Además, querido Antonio, lo que dices son habladurías de taberna —dijo, alargando la “o” del nombre de su hermano en tono chulesco—, si hay derechos, que sean por igual para hombres y mujeres. Que yo también trabajo en el campo igual que el mejor hombre.
—¡Benita hija! —exclamó la madre—, no hables así, que esos no son modales de una mujer, y dejad la política a un lado que eso no nos da de comer—. A Luisa no le gustaba aquel tipo de conversación, y menos que su hija mayor interviniera como un hombre más.
Al otro lado de la sala, Luisina y María estaban a lo suyo, empeñadas en prepararse el pelo, las uñas y perfilarse los labios con carmín, para presumir por la tarde, si el tiempo lo permitía, en el paseo dominical. De vez en cuando le daban un manotazo a su hermano pequeño, Alejandro, por fisgar en sus cosas.
LOS HERMANOS
En el día de Navidad las palabras de mi padre en la cena de Nochebuena, aún retumbaban en mi cabeza. Me habían cogido como un jarro de agua fría, aun sabiendo su edad y la enfermedad que tenía. Volvíamos a su casa, a comer con ellos, con la agradable noticia de que Alex venía con nosotros, para disgusto de su novia. El corto trayecto en coche que separaba mi casa de la de mis padres por las desiertas calles de Carabanchel lo hicimos en silencio. Ninguno de los tres nos atrevimos a decir nada sobre lo dicho en la cena por el abuelo, pero eran aquellas palabras las que nos obligaban a volver aquel 25 de diciembre. Al llegar, lo primero que hice fue alzar la mirada en busca de la ventana de la casa. Allí, en el segundo piso, tras los cristales, como siempre estaba mi madre, mirando, esperando nuestra llegada. Vieja costumbre que adoptó cuando mi hermana y yo salíamos de jóvenes y de la que no se había desprendido ni con el paso de los años. Abrió antes de que llamáramos a la puerta y nos recibió con un silencioso: —Buenos días, pasad—. Su sigilo indicaba que él seguía en la cama. Su rostro se esclareció al ver de nuevo a su nieto. La comida de Navidad iba a ser más intima que la cena, porque mi hermana y su familia no venían. No tardó en levantarse, lo notamos al escuchar el sonido de su bastón al contacto con el suelo.
—Hombre, ¿pero qué haces tú de nuevo aquí? —estaba sorprendido al ver otra vez a Alex.
—¡Abuelo...! —se abrazó a él emocionado.
Rita fue enseguida con mi madre a la cocina. Los tres nos quedamos en el salón, alrededor de la mesa camilla, alumbrados por las parpadeantes luces del árbol, que daba la sensación de que no habían dejado de hacer su colorido trabajo en toda la noche.
—¿Dónde está el vino peleón que trajiste anoche?, porque apenas bebí—. Fueron las primeras palabras que me dirigió. Era su manera particular de abrir una conversación.
—Ése nos lo bebimos, para comer he traído otro.
Alex sacó de la bolsa una botella de Protos, que mi padre miraba como si su nieto hubiera sacado oro de un arcón. Mi hijo la descorchó, para alegría de su abuelo, porque no iba a esperar a la comida. Rellenó tres copas, sin hacer distinción en el contenido en la que correspondía a mi padre.
—Brindemos ¡Por nosotros! —exclamó, introduciendo la nariz en el cuenco de la copa para absorber el aroma del rico caldo, para dar a continuación un sorbo pequeño, que remató con un exagerado chascar de labios, demostrando que más que el grato sabor del buen vino estaba alegre.
Pero si mi padre estaba feliz, Alex lo estaba a la par. La presencia suya el día de Navidad era producto de las palabras de su abuelo la cena de Nochebuena. Yo le conocía, y sabía que a partir de aquella noche haría todo lo que fuera por pasar el mayor tiempo posible con su abuelo Alejandro. Las preguntas por parte del uno y las respuestas por parte del otro comenzaron a sucederse. Parecía que había un pacto entre abuelo y nieto. No daban tiempo a que yo pudiera intervenir, lo que provocaba en mí una envidia sana al ver que el abuelo contestaba sin reparo a todas sus preguntas. Él siempre me había contestado a medias, limitándose, muchas veces, a enseñarme un montón de fotos y recortes de periódico que guardaba con celo dentro de unas carpetas, pero que no levantaban mi curiosidad, debido al poco empeño por su parte de hablar del pasado. Con la enfermedad compartida, se había abierto un poco más, al igual que yo con él.
El Protos me estaba sabiendo estupendo, ya no solo por la calidad del formidable vino, sino porque Alex estaba consiguiendo que de su boca saliera lo que yo no había logrado nunca, que mi padre hablara de lo ocurrido con su familia a partir de la triste guerra. Sabía que si quería que le ayudáramos a encontrar a su hermano, tenía que contarnos lo que jamás antes había contado. Alex y yo seríamos sus herramientas, y él nos prestaría sus memorias para poder realizar su último deseo.
—Abuelo, ¿cuántos hermanos erais?
—Ocho, tres mujeres y cinco varones, yo era el pequeño. Apenas tenía diez años cuando estalló la guerra. —Comenzó a balancearse en la mecedora, parecía que aquel pausado vaivén le ayudaba a agitar sus recuerdos—. Los veo tal si fuera ayer, yo siempre estaba alrededor de ellos, escuchando, aprendiendo. Entonces no había posibilidad de ir al colegio y al instituto, eso no existía. Pero de mis hermanos aprendí mucho, en especial de Pablo.
—Movió la cabeza al nombrar a su hermano mayor—. Era grande, casi no entraría por esa puerta —señaló con la mano la del salón, haciendo un gesto exagerado de cómo era su hermano—. Luego estaba Benita, que me regañaba porque yo era muy travieso, pero yo la quería mucho, era mi segunda madre; Pepe, Loren, Antonio, Luisa, María y así hasta llegar a mí. Loren era Guardia de Asalto, de él tengo pocos recuerdos, murió en Francia; Pepe trabajaba en el campo, junto a mi padre. En el tema de política era... cómo se dice... ¿más radical? —me miró, dando opción a que interviniera por primera vez en la conversación entre ellos dos con un escueto sí—. Al Antonio es al que más recuerdo, porque vivió después de la guerra, y luego estaban las dos chicas, Luisina y María, que no se separaban la una de la otra.
La afable tertulia, en la que yo era un simple espectador, fue interrumpida por Rita, que traía los cubiertos para preparar la mesa de la comida de Navidad. No tardamos en estar sentados y la conversación se reanudó entre ellos dos. Rita y mi madre me acompañaron en la escucha.
—Abuelo, digo yo que si su hermano era el alcalde del pueblo, sería porque se metió en política.
—Más o menos, pero antes la política no era igual a la de ahora. En aquellos tiempos uno se hacía político para ayudar a sus paisanos. No hacían falta carreras universitarias, y en algunos casos valía con unos simples conocimientos básicos, que mi hermano los tenía y de sobra. Lo que había que tener era intención de cambiar las cosas y ayudar a los demás.
—Su hermano tendría que pertenecer a algún partido, digo yo.
—No me acuerdo muy bien, lo tengo que tener en algún recorte de periódico o papel, de esos que tengo guardados en las carpetas. —Silenció por un momento, la memoria le había fallado—. Lo que tengo seguro es que era de izquierdas, todos éramos de izquierdas. Es más, mi padre y mis hermanos pertenecían al sindicato de agricultores o algo así.
—Entonces, lo que no entiendo, abuelo, es... —dudó, no sabía cómo iba ha encajar la siguiente pregunta —¿por qué le fusilaron?
—Si no lo entiendes tú... ¿Piensas que yo lo podía entender con trece años?, que era los que creo que tenía cuando ocurrió esa desgracia. —Calló un instante—. Perdí a uno de mis hermanos, que para mí eran lo más.
Levantó la copa e hicimos un brindis, en silencio, en el que solo sonó el ruido de los cristales, y después todos nos sentamos, excepto mi madre, que comenzó a servir los platos con su sonrisa perenne.
Memoria
Las elecciones que se avecinaban crearon una nueva ilusión en las clases menos pudientes. El posible triunfo de la izquierda se veía con optimismo, porque, si ganaban, se reanudarían las reformas que paralizaron los partidos de derechas durante el segundo bienio. Se daría respuesta a las demandas de las clases populares, aplicando las reformas agrarias, laborales, eclesiásticas y militares; que eran las causantes del distanciamiento de la sociedad española en dos grupos: ricos y pobres.
Se repartirían las tierras, entre los jornaleros y campesinos pobres —expropiándoselas a los grandes terratenientes, en especial a los del sur—; los obreros tendrían mejores condiciones laborales, sueldo mínimo, asistencia sanitaria, indemnizaciones por despido, vacaciones remuneradas...; la Iglesia había que separarla del Estado, limitar su influencia sobre la población, prohibirla ejercer la educación y desarrollar cualquier actividad económica, sobre todo en lo industrial, que no tuviera que ver con la Iglesia; organizar y modernizar la estructura militar ofreciendo jubilaciones anticipadas a los oficiales, anulando los ascensos de los últimos años, en especial a los africanistas, y acabar con la corrupción militar.
Todo sería bueno para un sector de la sociedad, que hasta el momento había sido la gran perjudicada a lo largo de la historia por los sistemas y gobiernos de turno. Pero, como era de esperar, todas las reformas azañistas encontrarían una fuerte oposición en los terratenientes, la Iglesia, los patronos y militares que, si ganaban las izquierdas, verían amenazados sus intereses.
Febrero de 1936
Los nuevos tiempos, que auguraban progreso, a Lorenzo no le gustaban, y solo veía que aquellos cambios, que a los agricultores y jornaleros tanto entusiasmaban, traerían problemas. Luisa era de la misma opinión que su marido. Ella lo único que quería es que sus hijos fueran buenos trabajadores, es lo que pedía, no deseaba nada más. Ambos, pensaban que siendo cumplidores en el trabajo los dueños de las tierras se fijarían en ellos y no les faltaría un jornal.
—Pablo no me gusta que te hayas afiliado a un partido político —le dijo su padre, que andaba preocupado—, no creo que tú soluciones nada.
—Padre, en Izquierda Republicana queremos cambiar el destino de este país, que a la clase trabajadora se nos tome en serio. Que dejemos de ser la mano de obra barata de los terratenientes. —Pablo se encrespaba al hablar de política—. Ya hemos estado mucho tiempo callados y es hora de hablar, de demostrar a los señoritos que tenemos derechos.
—Mira hijo, todo eso está muy bien, pero... El rico siempre ha sido rico y el pobre siempre pobre...
—Pues tendremos que cambiarlo, no podemos estar trabajando por las migajas que nos quieran dar, mientras que ellos se enriquecen a costa de nuestro sudor.
Lorenzo sabía que su hijo tenía razón, aunque su mentalidad no le dejaba entender que hubiera una España en la que no hubiera distinción de clases, en la que ricos y pobres fueran iguales ante la ley y ante la Iglesia, sí, ante la Iglesia, que estaba más cerca de la clase pudiente que de los necesitados.
Pablo, junto a sus hermanos Pepe y Lorenzo, acudían siempre que podían después de las labores del campo a Madrid. Allí iban a mítines, charlas, coloquios... todo lo relacionado con el partido. Izquierda Republicana[1] estaba presidido por Manuel Azaña, y lo refunda con las nuevas siglas en 1934. El partido estaba integrado dentro del Frente Popular; coalición de izquierdas que pretendía derrocar a la CEDA[2], en las elecciones de febrero. Pablo había quedado prendado de la oratoria y del poder de convicción de Azaña, desde que le escuchó por primera vez en octubre de 1935 en un mitin en los Campos de Comillas. Su pasión se la había trasladado a sus hermanos. Cuando volvían al pueblo, venían hablando y debatiendo lo escuchado en aquellos mítines que les fortalecían en sus pensamientos de izquierdas. Luego, no les faltaba tiempo para que en cualquier momento expresaran sus ideas en el casino a sus paisanos, en especial Pablo, que incluso debatía con los sindicalistas agrarios que iban por el pueblo.
—Tenemos que hacer una revolución agraria, y demostrar a los terratenientes que no dependemos de ellos para trabajar las tierras ¡La tierra para quién la trabaja! —exclamaba convencido cuando tenía ocasión.
—Pero hay que ir con cuidado, Pablo —le aconsejaba algún presente—, no será fácil, los dueños de las tierras no están por la labor de cederlas al campesinado. Ya lo vimos con el anterior gobierno.
—Nosotros trabajaremos las tierras y les daremos la parte que les corresponda, haremos una reparto justo de los beneficios —insistía, haciendo un alarde de buenas intenciones, pero a la vez llenas de utopía.
—Pablo, ¿con la Iglesia qué hacemos? —alguien preguntó, creándole dudas, porque la Iglesia a él no le incomodaba.
—No lo sé, ¿tú qué harías? —Su indiferencia le obligó a contestar con otra pregunta a su paisano.
—Ya sabes que, si por mí fuera, no quedaba ni un solo cura.
—Pero esa no es la solución —contestó—, tenemos que crear una sociedad en la que quepamos todos, y en la que la Iglesia se dedique solo a sus menesteres.
—¡Ya estamos hartos de que nuestros hijos pasen hambre, y que la Iglesia tan solo se dedique a enseñarles a rezar, mientras los curas llenan la panza! —contestó ensalzado.
—¡Y que nuestros pequeños se mueran! —gritó otro.
—¡Pues todo eso lo podemos cambiar con nuestro voto, en las próximas elecciones, si votamos a los partidos de izquierdas! —les contestó, a la vez que levantaba el brazo y cerraba el puño.
Algunos, con aplausos y gestos de aprobación a las palabras de los que más debatían, refrendaban lo que allí se decía, otros callaban, y algunos tomaban nota para luego ir a contárselo a su amo. Pero a Pablo no tardaron en ofrecerle un puesto en Izquierda Republicana. Su carisma entre la gente del pueblo no había pasado inadvertido para los dirigentes del partido que controlaban las zonas de influencia de la comarca.
—¿Quieres presentarte por tu pueblo como alcalde?
No dudó y el sí no se hizo esperar. Tenía la oportunidad, la que él tanto deseaba, de ayudar a los suyos. El convencimiento que le daban sus ideas no le hicieron recapacitar en la dura labor que le esperaba si en las elecciones de abril salía elegido. Pero antes tenía que producirse lo que se esperaba: el triunfo del Frente Popular, con Manuel Azaña a la cabeza y derrotar a la inestable derecha de la CEDA y a los radicales, que habían dominado en el último bienio de la República, con cuatro presidentes distintos. Gobiernos que habían beneficiado a los terratenientes, militares y curas, volviendo a crear una brecha importante entre ricos y pobres, al derogar muchos beneficios, en especial agrarios, que se había conseguido en el primer bienio.
LAS ELECCIONES
La sobremesa de aquel día de Navidad fue la más larga que yo recuerdo. Alex no apartaba su mirada del abuelo y mi padre no cesaba de contestar a sus ingenuas preguntas. Mi hijo estaba fascinado. Yo, seguía sumido en mi satisfacción de ver cómo los dos me regalaban ese momento.
—¿Quién ganó las elecciones?
—El Frente Popular, y recuerdo a mis hermanos dar saltos de alegría, comparable a... cuando ahora a la gente le toca la lotería de Navidad —explicó, haciendo la comparación para que Alex entendiera el momento.
—Supongo que el presidente sería Azaña.
—Pues claro, lo que no me acuerdo quién era el Presidente de la República, esta cabeza mía a veces se me queda en blanco.
—Niceto Alcalá Zamora, abuelo —apuntó Rita.
—Eso, Alcalá Zamora —recalcó mi padre, agradeciendo con un gesto a su nuera por haberle ayudado en su lapsus mental.
—Pero si tú eras muy pequeño, ¿cómo te acuerdas?
—Porque a veces de tanto escuchar y rememorar las cosas uno siente que las ha vivido y yo lo viví, aunque como tú dices era muy pequeño.
—¿Pero tu hermano ya estaba en política? —insistió Alex.
—No, eso fue después de las elecciones, no sé muy bien cómo llegó a ser alcalde y ahora que lo pienso, nunca me lo había preguntado.
Los cafés, dulces y licores que mi madre y Rita nos sirvieron, no interrumpieron la grata conversación. Mi padre estaba retrocediendo a su niñez, a sus recuerdos con sus hermanos y sus padres, a su pueblo, a todo lo vivido en aquellos días tan convulsos, que seguramente, si no hubieran sido así, él no recordaría. Pero la muerte de Pablo y la represión vivida por ser simplemente padres o hermanos del alcalde rojo, les marcaría de por vida. Él, en un empeño provocado, retorcía sus recuerdos para satisfacer la curiosidad de su nieto.
—Pero abuelo, ¿por qué todo se complicó? —Alex quería saber más.
—Porque no querían que los pobres tuviéramos derechos
—contestó tajantemente, pero desviando su vista hacia mi.
—Hijo, exactamente no fue así. —Alex también me miró, los dos estaban esperando mi aclaración, en especial mi padre que sospechaba lo que iba a decir; ya lo habíamos hablado varias veces—. Al ganar las elecciones la gente se echó a la calle. La quema de conventos, la ocupación de tierras y algún atentado por parte de la ultraizquierda no gustaron a la derecha y en especial a una parte de los militares —mi padre movía la cabeza en un gesto de desacuerdo—, luego el asesinato de Calvo Sotelo fue la excusa perfecta para que los militares se sublevaran... —Mi padre me quitó la palabra.
—Ellos unos días antes asesinaron a José del Castillo —replicó—, que encima era Guardia de Asalto, como mi hermano Loren —apuntó.
—¿Qué es un Guardia de Asalto? —Para Alex, esa categoría militar le era desconocida.
—Pues como la policía republicana —le aclaré—. Fueron de los pocos que estuvieron fieles, en su totalidad, al gobierno.
—Ésos fueron los hechos que encendieron la mecha que hizo explotar la guerra —mi padre no quería seguir con la conversación—, si no hubieran sido esos, hubieran sido otros.
—¿Tan importantes eran aquellos dos señores para que hubiera una guerra? —Alex estaba desconcertado, tanta información le descolocaba.
—Calvo Sotelo era monárquico y Castillo, como ha dicho el abuelo, guardia republicano. Pero eso solo fue la excusa para que los militares se sublevaran. La conspiración llevaba tiempo fraguándose, no fue flor de un día. —Mi padre asentía con la cabeza, dando a entender a su nieto de que en eso estaba de acuerdo conmigo.
Echó su cuerpo para atrás, amoldándose al respaldo de la mecedora. Suspiró y bebió un sorbo de agua, dándonos a entender que ya no quería seguir hablando. Hablar durante tanto tiempo de lo vivido no le gustaba. La emoción le embriagaba y le provocaba que también se inundaran sus recuerdos de lágrimas, aunque su carácter no le dejaba mostrarlas.
Memoria
El 16 de febrero de 1936 se celebraron elecciones en España. La victoria del Frente Popular fue por estrecho margen ante la derecha. Esta no tardó en tacharlo de “pucherazo”. Manuel Azaña era el nuevo presidente del Gobierno de la República y, para la España rural, se presentaba un futuro alentador, si la reforma agraria propuesta por la izquierda se llevaba a cabo. Pero no todo tomaría los cauces de la normalidad. Las luchas internas dentro de las izquierdas entre republicanos de clase media, socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos de izquierdas, crearon un clima de desacuerdo que lo único que hizo fue favorecer a la derecha. La ultra derecha, desde antes de las elecciones, ya había incitado a los militares para dar un golpe de Estado, aunque éstos eran reacios porque no lo veían claro. Algunos militares, que habían sido “invitados“ a sublevarse lo habían rechazado, otros lo deseaban, agarrándose al descontrol que se había creado desde que ganó las elecciones el Frente Popular, los menos, se postulaban a favor del gobierno constitucional republicano. El gobierno de Azaña y luego de Casares Quiroga, no fue capaz de hacer respetar la Constitución y, con un gobierno que se tambaleaba, surgió un proceso revolucionario que se transformó en huelgas, manifestaciones, incendios provocados de iglesias y conventos, ocupación de tierras, confiscación de propiedades y violencia política. Había programadas elecciones municipales para abril, pero con el caos reinante fueron suspendidas.
Abril de 1936
En el pueblo era alcalde don Salustiano, un burgués de clase media de Unión Republicana. El hombre ya era mayor y la situación política que se estaba cociendo no le invitaba a seguir defendiendo a sus paisanos. Por otro lado, las presiones que recibía por los caciques del pueblo, le convencieron de que lo mejor era dimitir. También al ser anuladas las municipales, vio que era el momento de marcharse y dar paso a sus compañeros de alcaldía de Izquierda Republicana. Dentro del partido nadie quería hacerse cargo de los destinos políticos del pueblo. La situación era complicada, pues la gente de derechas tampoco estaba por la labor de coger la alcaldía con el ambiente tan raro. Todas las miradas se tendieron sobre Pablo. El empuje que le proporcionaba su juventud, hizo de él el único candidato posible, aunque no se pronunciaba. Sus dudas venían por la negativa de sus padres a que fuera alcalde, ellos pensaban que le podía traer problemas. El apoyo familiar venía por parte de sus hermanos, en especial de Pepe, que deseaba que hubiera una pequeña revolución agraria dentro del pueblo.
—Pablo, tenemos que hablar —le dijo su padre, a la vez que se quitaba las alpargatas para descansar sus pies después de una larga jornada de trabajo.
—Usted dirá, padre.
—Sé que a tu edad yo no debo decirte lo que está bien o está mal —Lorenzo hablaba con prudencia a su hijo mayor—, pero no creo que sea el momento de que asumas la alcaldía.
—Aún no he decidido nada —hizo una pausa, sacó un cigarro de la pitillera y ofreció otro a su padre—, pero alguien se tiene que hacer cargo.
—¿Por qué tú? —le increpó su madre—. Digo yo que habrá otro, con tanto listo que hay y solo se habla de ti, ni que fueras la solución a todos los problemas de este jodío pueblo.
—Madre, repito que aún no he tomado una decisión. —Sus palabras pausadas contrastaban con las de su madre, que se alteraba con solo pensar que su hijo pudiera ser el alcalde en tan críticos momentos—. Si la tomara, usted no se preocupe que no pasará nada.
—No pasará nada..., no pasará nada —relataba Luisa—. Mira si está pasando en Madrid, que están quemando conventos y la gente está todos los días de huelgas de esas. Lo que hay que hacer es trabajar porque todos los días hay que comer y dejarse de tonterías.
—Aquí que no venga nadie a tocar a las monjas del convento —apuntó Benita, que estaba al acecho de lo que hablaban sus padres con su hermano —¡faltaría más!
—Si decido ser alcalde, ya me encargo yo de que eso no ocurra, estad tranquilas.
El deseo de las gentes del pueblo y la falta de alguien que se hiciera cargo de la alcaldía, disiparon las dudas de Pablo. También el apoyo de sus hermanos Pepe, Lorenzo y Antonio —aunque este último en menor medida—, le ayudaron a dar el sí. No pasaron tres días desde la conversación con sus padres, cuando en una reunión en el consistorio con Salustiano, el alcalde saliente, y los otros cuatro ediles colaboradores, tomó el cargo. Las reacciones, por la parte pudiente del pueblo, no se hicieron esperar; creando en éstos un recelo que no iba acorde con las intenciones del nuevo alcalde.
—Que se ande con cuidado... por su bien es mejor dejar las cosas como están —le decía don Ubaldo, antiguo matador de toros y el mayor terrateniente de la comarca a Luis, el boticario.
—Anda por ahí alentando a la gente, ofreciendo las tierras que no son suyas —apuntó el boticario, con el culto que le veneraba al mayor cacique de aquellas tierras—. Don Ubaldo, perdone usted que le diga con todos mis respetos, esto no me gusta, los jornaleros andan crecidos.
—Tranquilo, Luis, esto no puede durar mucho y si quieren trabajar tendrán que entrar por el aro y si no que se atengan a las consecuencias.
Pablo sabía que tenía que contar con todos los elementos del pueblo y no tardó en ir a ver a don Ubaldo a la finca que éste poseía a las afueras; no más de un kilómetro la separaban del pueblo. Lo suficiente para que en ese trayecto, el nuevo alcalde, pensara en cómo tenía que presentarse y en lo que le iba a proponer a la persona más influyente de la comarca.
—Buenos días —dijo Pablo al llegar a la casa y encontrarse con el torero retirado. Estaba a la entrada, sentado en una silla, observando todo lo que ocurría dentro de sus posesiones—. Me llamo... —no le dejó acabar.
—Ya sé quién eres, y si vienes a pedirme algo ya te puedes ir por donde has venido—. El recibimiento no fue de lo más alentador.
—No he venido a pedirle nada, tan solo a presentarme, y decirle que los jornaleros están dispuestos a trabajar en sus tierras para sacar el mayor beneficio para ambas partes.
Don Ubaldo era alto, detalle que quedó plasmado al levantarse de su silla. Su rictus serio se endureció al oír las palabras calmadas y serenas de Pablo. No tardó en responder.
—Yo decido cómo trabajo mis tierras y a quién contrato —puntualizó mucho la frase, señalando con la mano la tierra que ambos pisaban, para dejar claro, con el contundente gesto, que eran suyas.
—Eso está claro, que las tierras son suyas. Pero el trabajo es de los jornaleros y ellos ahora tienen sus derechos —respondió Pablo, viendo que sus palabras chocaban con la soberbia de aquel hombre.
—A mí, ningún gobierno de ideas marxistas me dice quién trabaja mis tierras —sentenció, dejando a las claras, con su inamovible gesto contundente, de que eran sus últimas palabras.
No valía responder. Pablo había entendido que por muy buena voluntad que él mostrara no le iba a dar la oportunidad de ejercer de alcalde. Se dio la vuelta sin despedirse, tomando el camino de regreso que llevaba al pueblo.
LA SUBLEVACIÓN
El abuelo, después de la sobremesa y de su obligada cabezadita, como decía él, volvió desatado en su narrar. No había terminado de contar detalladamente lo que Alex y yo le preguntábamos, cuando ya se notaba en su rostro que estaba dispuesto a seguir respondiendo a lo próximo que le consultáramos. De vez en cuando tomaba un trago de agua, para aclararse la garganta, porque no quería que nada le entorpeciera su relato. Por otro lado, mi hijo, era una esponja. Absorbía todo lo que su querido abuelo contaba. Incluso llegó a tomar notas, porque todo detalle, nombre o fecha nos podría valer para acometer la tarea que nos había encomendado el día antes.
—Después de que fuera alcalde su hermano ¿qué pasó?
—No sé —le costaba recordar, se puso las manos entrelazadas sujetándose la sien y la vista clavada en el techo del salón, como si aquella postura le ayudara a esclarecer sus recuerdos—. Creo recordar que fueron días intensos. Mis hermanos hablaban mucho entre ellos, solo recuerdo que una vez Pepe y Pablo discutieron.
—¿No recuerda por qué? —pregunté, ante la atenta mirada de Alex, al parecer le sorprendía que los dos hermanos discutieran.
—Pepe se arrimó a algún comunista que conoció en Madrid y recuerdo que mi madre le reprendió por sus ideas tan revolucionarias. Pero eso son algunos recuerdos vagos que tengo, en realidad ellos se llevaban bastante bien. —Se levantó ayudándose con su garrota, fue un momento al baño, no tardó en volver. El breve descanso parecía que le había refrescado la memoria—. Los días posteriores al golpe de Estado fueron muy ajetreados. Yo me tuve que emplear en ayudar a mis padres en el cuidado de la tierra, ya que mis hermanos iban y venían de Madrid, y cuando no, tenían reuniones del sindicato agrario. Pablo se pasaba la mayoría del día en la alcaldía. Entre mis hermanas y yo les suplíamos.
—Abuelo, ¿se acuerda qué pasó el 18 de julio?
—Pues claro que me acuerdo, ¿tú te crees que eso se olvida?
—le miró con rostro enojado, la pregunta de Alex parecía que le había ofendido—. Como tú bien has dicho —me miró —asesinaron a Castillo y luego los compañeros de este a Calvo Sotelo, eso ya dije antes que fue el detonante, pero ya estaban las cosas torcidas. Mi hermano Pablo andaba preocupado o eso creo recordar. Me vienen a la memoria las reprimendas de mi madre a mis hermanos por meterse en política, menos a Loren, porque ella entendía que era su trabajo. —Calló y tomó el aire que por momentos le faltaba. Después de un largo suspiro continuó—. Franco, los moros, la Pasionaria, Azaña, Mola, África, las milicias, la legión... Un montón de nombres y lugares que yo, con diez años, me tuve que familiarizar, se grabaron en mi mente a fuego. No se hablaba de otra cosa. Mi padre no decía nada, pero se multiplicaba en mantener las tierras que nos daban de comer, porque mis hermanos estaban inmersos en los problemas que se avecinaban, porque veían desilusionados cómo los parabienes que se presumían con la victoria del Frente Popular se iban al traste por culpa de los militares y los curas.
—Pero ese día, ¿qué pasó ese día? —Alex insistió en que le contara el día de la sublevación militar.
—En realidad, que yo recuerde, aquel día no pasó nada.— Sus ojos se tornaron cristalinos—. Todo ocurrió después, porque el golpe de Estado fue en serio, y recuerdo cómo mis hermanos, Pepe y Antonio, se alistaron a las milicias con el sindicato agrario, como otros tantos del pueblo. Bajaban a Madrid a la instrucción y volvían por la noche; así todo el verano. Loren estaba casi todo el tiempo en el cuartel, apenas le veíamos.
—Padre, ¿su hermano Pablo no se alistó en ninguna milicia? —quise aclarar mi duda.
—Tu tío no salía del pueblo. Trataba de calmar a la gente, pero creo que debía de andar preocupado. Todos lo estaban.
—Usted siempre me ha dicho que su hermano se ocupó de evacuar a todo el que quiso salir del pueblo —apunté, viendo a mi padre negar con la cabeza.
—Eso fue en el mes de noviembre, antes ocurrieron muchas cosas.
Mi padre llamó a mi madre, que seguía en la cocina con Rita, y ella no tardó en venir. Se levantó del sillón torpemente con la ayuda de mi madre y se fue lentamente a su habitación. Alex y yo comprendimos que ya no nos iba a contar nada más de sus recuerdos. Sin darnos cuenta, se había acabado el día de Navidad, en el que el viejo nos había desembuchado un trocito de su memoria.
Memoria
La violencia política era constante entre los partidarios de la derecha y los defensores del gobierno elegido en las urnas en febrero. Se produjeron varias reyertas en las que los muertos de ambas ideologías se llegaron a contar por cientos. Los cedistas acusaron al gobierno de no controlar a la población e incitaron a los militares a dar un golpe de Estado. La idea de declarar un estado de guerra se venía cocinando desde antes de las elecciones, pero no se encontraba el momento. Franco y Mola eran los cabecillas de la sublevación, con el propósito de instaurar un Gobierno Militar[3]. Al mando estaría el general Sanjurjo, que contaría con el apoyo del 70% de los militares, más los carlistas, los monárquicos, los falangistas[4], y la CEDA[5]. Mola fue el “director” de la trama, que así es como se le conocía. El fin era recuperar los derechos de las viejas clases dominantes y derogar las reformas que había aprobado el reciente gobierno del Frente Popular; apenas habían pasado seis meses desde que se celebraron las elecciones.
El Frente Popular estaba más pendiente de sus luchas internas que de apaciguar a la población. Niceto Alcalá Zamora fue destituido como presidente de la República, pasando a ocupar el cargo Manuel Azaña, que dejó la presidencia del gobierno a Casares Quiroga. Los socialistas no eran parte del gobierno, por deseo propio de Largo Caballero, que buscaba una revolución proletaria, al contrario que Indalecio Prieto, que era más partidario de apoyar a la República. Los socialistas también estaban divididos.
El asesinato del guardia de asalto José del Castillo, por parte de la ultra-derecha, tuvo respuesta un día después con el asesinato del diputado monárquico Calvo Sotelo. Esto provocó a los militares, dando Mola la orden de Estado de Guerra el 17 y 18 de julio de 1936. La primera en sublevarse fue la guarnición de Melilla. Franco no tardó en llegar a Marruecos, procedente de Canarias, a bordo del Dragón Rapid (aunque dudó hasta el último momento en unirse a la rebelión). El alzamiento no triunfó como se esperaba en todas las provincias. Un tercio de la península estaba en manos de los sublevados. En las grandes capitales (Madrid, Valencia, Bilbao, Barcelona...) fracasó. La guerra había comenzado.
18 de julio de 1936
Aquel día María era la muchacha más feliz de todo el pueblo. Su madre había encargado a la costurera que le hiciera un traje; Paqui se llamaba la aprendiz de modista, que aunque nadie le había enseñado el arte de la aguja y el dedal, se daba muy buena mano en componer vestidos. Había sido un buen año de hortalizas, y con la demasía en lo ganado, Luisa compró, cuando fue a Madrid, un paño estampado en la plaza de Pontejos. La chiquilla estaba radiante, y nada más que hacía mirarse en el único espejo grande que había en toda la casa: el del interior del armario de sus padres. Era su primer vestido en propiedad, siempre había heredado los de su hermana Luisina, y que esta, heredaba a su vez, de su hermana Benita, total, que cuando llegaban a ella ya eran de tercera mano.
—Deja de mirarte en el espejo y quítate el vestido, que ya lo estrenarás el día del apóstol Santiago. —Luisa miraba con orgullo a su hija, que ya era una mocita de dieciséis años.
—Por favor madre, déjeme que lo estrene hoy domingo —suplicó María, poniendo todo su empeño en el gesto para convencer a su madre, y ya de paso a su padre, que estaba en la sala.
—Déjala mujer, si total, qué más da que lo estrene hoy o el día del santo.
—Lo que yo digo no vale para nada, siempre está su padre para darle lo que la niña pida por su boca —protestó Luisa, sabiendo que había perdido la batalla desde el momento que María se agarró a su padre para corresponderle con un puñado de besos.
—Antes de irte a misa, te vas a la tienda de Jeremías y traes una libra de harina. —María no dejaba de sonreír; se había salido con su empeño—. Y le dices que te lo apunte.
—Sí, madre.
No había que perder tiempo. Rápido se dispuso a obedecer, pero antes de cruzar el umbral de la puerta, su hermana Luisina se acercó y le dijo algo al oído.
—Ya de paso ves al Pepín, que estará ayudando a su padre.
—A mí ese no me gusta, pero tú si que tonteas con el Tele, que me lo han dicho —contestó entre dientes a su hermana.
—Ja, pero si ese es de tu edad... y un chuleta.
La discusión quedó zanjada cuando Luisa les lanzó una mirada imperativa. Las dos se fueron a realizar las tareas que les había encargado: María a la tienda y Luisina a tender la colada.
Bajó la cuesta que llevaba a la plaza, en los soportales estaba la única tienda del pueblo: la de Jeremías, en la que se podía comprar desde un cuartillo de leche hasta unas alpargatas y enterarte, sin desembolso alguno, de los últimos chismorreos del pueblo.
En el trayecto, de vez en cuando, se miraba su bonito vestido blanco, estampado con flores de distintos colores. Era su gran oportunidad para deslumbrar al tímido hijo del tendero, por el que sentía atracción, aunque se lo hubiera negado a su hermana.
María entró en la tienda con la doble intención de comprar lo encargado por su madre y de ver a Pepín. El ruido que hizo la campanilla al ser tocada por la puerta, fue seguido de un chistar al unisono por varias mujeres, Jeremías y Pepín, que se apiñaban alrededor de una radio que había en el mostrador. El hijo del tendero, al ver que era María la que agitó la sonora campanilla, se espantó cual conejo para ir a esconderse en la madriguera: la trastienda.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja. Nadie contestó al momento, seguían atentos a las noticias que daba el flamante aparato. Arrimaban las orejas para que ninguna de las ondas se perdiera. Nadie prestó atención a su vestido.
—Está hablando el presidente —aclaró una chica de la edad de ella, que con el dedo en los labios le indicó que mantuviera silencio—. Al parecer ha habido un golpe de Estado.
—¿Qué dices?
—Lo que oyes, María, que los militares ayer se sublevaron en Melilla, pero dice el presidente que todo está controlado. Yo no sé, a mí esto... pero ¿dónde vas?
María no dio tiempo a la muchacha a acabar la frase, la dejó con la palabra en la boca. Su afán era llegar a su casa y contarle a su madre lo que había escuchado en la tienda. Poco ya le importaba Pepín y su vestido estampado.
—¡Madre, madre! —gritaba con desesperación—. ¡Ay madre! —exclamó al llegar frente a ella.
—¿Pero, hija, qué te ocurre?, ni que hubieras visto al demonio.
—¡Los militares, madre, que se han sublevado!
Luisa puso los brazos sobre los hombros de María, la miró fijamente, mientras su hija se recuperaba del sofoco, mas por lo que había escuchado que por la carrera.
—¿Dónde lo has oído? ¿no serán habladurías? —no soltaba a su hija, a la que incluso llegó a hacer daño en los hombros—, que mira que la gente habla mucho y tú eres muy exagerá.
—En la tienda, madre, lo escuchaban en la radio.
—No os preocupéis que esto no llegará a nada —dijo Lorenzo, que había entrado en la casa, al ver las caras de preocupación de su mujer y su hija—. Será como lo de Sanjurjo, nada de nada.
—¡Qué sanjurjo, ni sanjurja, ni niños muertos! —los nervios se apoderaron de Luisa.
—Tranquilizaos las dos que no va a pasar nada.
En los días sucesivos la incertidumbre crecía. Las noticias que llegaban del alzamiento, vía Madrid, no hacían pensar, cómo había vaticinado Lorenzo, que no iba a ocurrir nada. Franco no tardó en cruzar el estrecho al mando de los regulares y legionarios. En Madrid se pedían armas, lo que provocó uno de los primeros conflictos armados de la iniciada guerra, el asalto al Cuartel de la Montaña. Pepe y Antonio se alistaron, como la mayoría de los jóvenes, en las milicias populares; había que defender la República, que veía cómo los militares sublevados avanzaban hacía Madrid.
Pablo trataba de apaciguar a sus paisanos, aunque los partidarios del alzamiento se empeñaban en hacerle responsable de todo lo que ocurriera a partir del 18 de julio. La visita de don Ubaldo a la alcaldía, acompañado por el boticario y el párroco, cogió por sorpresa al alcalde. Era raro ver al terrateniente fuera de sus terrenos, no así a los otros dos, que estaban pendientes de todos los movimientos que ocurrían en el pueblo desde que se produjo la sublevación.
—No estás cumpliendo con tu obligación de alcalde —le recriminó don Ubaldo nada más entrar en el despacho—, esto se te va de las manos, te viene grande.
—Pero esto ¿a qué viene? —preguntó Pablo, que le había cogido por sorpresa la irrupción en el despacho de los tres, que iban con la intención de reprenderle—. Entran ustedes aquí, sin llamar, dando voces...
Don Ubaldo continuaba con las malas formas, no dejando acabar al alcalde.
—Ayer varios campesinos, entre los que se encontraba uno de tus hermanos, amenazaron con ocupar mis tierras. —No dejaba de dar voces, queriendo demostrar con su postura altiva, que no iba permitir que a nadie se le ocurriera pensar en lo suyo como parte de las reformas agrícolas que había aprobado la República—. También sé que varios han ido a Madrid a por armas, pero que sepáis que no me dais miedo, ya se encargarán los militares de poner orden.
—Mire usted —la voz pausada y embaucadora del cura contrastaba con la bravuconería del matador—, la ira y la soberbia de algunos jóvenes del pueblo les condena ante Dios, tiene usted, desde su posición de alcalde, que reprenderlos para que no sigan obcecados en hacer el mal.
Pablo estaba atónito escuchando, sin interrumpir, mascullando una respuesta que no encendiera el ambiente más de lo que ya estaba, observando cómo el boticario no articulaba palabra, pero que aprobaba, con su pose altanero lo que decían sus dos acompañantes.
—Debemos de estar tranquilos. —Las palabras de Pablo eran en tono conciliador—. La situación provocada por el golpe de Estado contra la República, se solucionará más pronto que tarde.
—Yo digo que no se le ocurra a ningún campesino poner un pie en mis tierras —el terrateniente continuaba con sus advertencias—, porque me lo llevo por delante, sea quién sea —miró desafiante al alcalde, dejando claro que sabía qué hermano había sido el que le había amenazado con ocupar su tierra: Pepe.
Don Ubaldo abrió la puerta, no dando opción a Pablo a la réplica, porque tenía que ser quien dijera la última palabra para demostrar que era él quien dominaba, aunque gobernara un alcalde de izquierdas. Salió primero, escoltado por el farmacéutico, pero no por el cura, que se quedó rezagado para decirle algo.
—El libertinaje que se está apoderando de la gente es obra del demonio...
—Por favor padre, salga de aquí y deje los sermones para la homilía del domingo.
El cura abandonó el despacho con su frase a medio terminar, pero con la sonrisa constante en su cara, que distaba mucho de la del alcalde, que veía cómo la situación provocada por la sublevación poco a poco se trasladaba al pueblo que gobernaba.
La preocupación a Pablo le acompañaba, se había hecho su compañera. Su rostro serio hablaba por sí solo, y su madre se lo notó nada mas entrar por la puerta.
—Pasa y siéntate a la mesa que te estamos esperando para comer —Luisa movió la cabeza en desacuerdo con lo que estaba ocurriendo—, y deja los problemas a un lado que al final caerás enfermo.
Se sentó, no sin antes clavar la mirada en su hermano Pepe, que estaba allí, y que se hacía el despistado removiendo con la cuchara la sopa. Entendía que lo que le había dicho al terrateniente ya había llegado a oídos de su hermano.
—¿Qué le has dicho a don Ubaldo? —Pepe no contestó, estaba dando cuenta de la sopa, evadiéndose, dando a entender que la pregunta no iba con él.
—¡Contéstame Pepe! —el tono de voz de Pablo creció.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Lorenzo, repartiendo su mirada para sus dos hijos.
—Lo único que le he dicho es que si no va a trabajar la tierra que se la ceda a los campesinos, que ellos le sacarán provecho.
—¡Tú no eres quién para decirle lo que tiene que hacer ni a él ni a nadie! —Pablo ya no se contuvo, su tono de voz era fuerte—. ¡Bastantes problemas hay para que tú me crees más!
—Hermano, ellos van a ser los que te creen los problemas
—dijo Pepe sin alterarse, no dejando de comer—. Están crecidos con la sublevación, andan contando las horas que les quedan a Franco y a Mola para tomar Madrid.
—Las milicias no se lo permitiremos —intervino Antonio—. No dejaremos que nos quiten nuestros derechos.
—Pero qué derechos ni niños muertos, ¿qué dices hijo? Nadie de esta casa cogerá un arma, ¡¿entendido?!, que para eso están los militares y ya bastante tenemos con Loren. —Luisa no quería que sus hijos se involucraran en algo que no les correspondía.
—Lo que ocurre en Madrid es de Madrid, pero lo de este pueblo me incumbe a mí y no permitiré que mís hermanos me traigan problemas —Pablo seguía mirando a Pepe.
—Las ideas comunistas, que no sé quién te ha metido en la cabeza, no son buenas, Pepe, no son buenas —le recriminó su madre.
—Qué quiere madre, que estemos toda la vida callados, como han hecho usted y padre. Que los ricos llenen sus bolsillos gracias a nuestro trabajo, a cambio de nada. No, eso se tiene que acabar, tiene que haber igualdad, porque todos merecemos los mismos derechos. —Nadie interrumpió a Pepe, sabían que tenía razón, pero lo de la igualdad a sus padres les quedaba lejano y extraño, porque no lo habían conocido.
—Hay que andarse con ojo, la situación de vuestro hermano no nos beneficia en nada —explicó Lorenzo.
Se calzó las alpargatas para volver al campo a continuar labrando la tierra que necesitaba de su cuidado. Todos imitaron a su padre, la vida continuaba a pesar de que un grupo de militares se empeñara en que no fuera así.
Alejandro, el pequeño, estaba asustado. No entendía por qué sus hermanos habían discutido. ¿Todo cambiaba porque Pablo fuera alcalde? ¿Por qué sus padres estaban de parte de Pablo? Si Pepe quería trabajar una tierra, ¿dónde estaba el mal?, si eso era lo que les habían enseñado: trabajar la tierra.
El ver a sus hermanos discutir le hacía sentirse mal, y el pequeño siempre utilizaba el mismo recurso: se arrimaba al regazo de su hermana mayor, Benita. Ella le pasaba la mano por el pelo y le acariciaba la cara, sabía que le consolaba. A Alejandro le reconfortaba.
EL VERANO
Las fiestas navideñas habían quedado atrás. El Día de Reyes fue el último que estuve con el viejo, no hablamos de la guerra, lo que me sorprendió. Él se pasó todo el día disfrutando de sus nietos más pequeños: Pablito y Raúl. Cómo estaba su salud, me llegaba a través de mi mujer Rita. Todos los días llamaba a mi madre para preguntarle cómo se encontraban o si necesitaban alguna cosa. Yo me había acostumbrado a que ella se encargara de ese cometido, lo que ocasionaba que me lo echara en cara, porque decía que eso me correspondía a mí. A Rita no le faltaba razón. Yo había cogido la costumbre de ir a dar mi paseo todas las mañanas, que terminaba en el kiosco de prensa de mi amigo Paco. Allí ojeaba los periódicos de manera gratuita a cambio de darle conversación a mi amigo.
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