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LA MELODÍA DEL ABISMO

DIEGO SOTO GÓMEZ
LA MELODÍA DEL ABISMO
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2022
LA MELODÍA DEL ABISMO
© Diego Soto Gómez
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2022.
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ISBN: 978-84-19092-28-1
DIEGO SOTO GÓMEZ
LA MELODÍA DEL ABISMO
Para Dobed.
Índice
Prólogo. El amanecer en sus ojos
PARTE I. LAYABA
1. Torlwan, ninfa centauro
2. Conversaciones con Ardah, Señor de la Mente
3. Layaba, junto al lago
4. La bestia del Nithuyen
5. Ladrones de locura
6. La maldición del amor corrupto
7. El uroboros que rodea la luna
8. Nghya Ki, primera y última encarnación de la justicia, in absentia
PARTE II. IREÓN
9. La sed de la serpiente de Buhlig
10. Ireón más allá de las montañas
11. La distorsión del espejo de Ohs
12. Salteadores, Calcinados y adoradores de Gnije
13. Sombras en la ascensión de Aniho
PARTE III. WEGEOMHO
14. Azgad marcada en la piel
15. Estura en un arpa, ardiendo
16. Con Wegeomho a la espalda
17. Vientos del Knasal
18. El Eón en un ópalo
19. Agua sobre el fuego de Zelgoro
20. Alissa a través del Espejo
Epílogo. El atardecer en sus labios
Miscelánea
Agradecimientos
Prólogo
El amanecer en sus ojos
—Me la arrebataste. Me lo arrebataste todo —le recriminó lanzando aquellas palabras con timidez, cuando era la ira la que pretendía manar de su frágil cuerpo.
La mujer no respondió ante aquella provocación. Se limitó a deslizarse despacio, como un pétalo mecido por una calmada racha veraniega, y se sentó en el lecho, junto a ella, haciendo que la madera gruñese, antes de tomarla de las manos. Sus dedos vestían una piel suave, cálida, casi transparente, como una película de hielo sobre un lago invernal. Unos hilillos purpúreos recorrían el dorso de sus manos, canales, raíces que reptaban a través de unos brazos completamente lampiños hasta perderse por los pliegues de las mangas de su camisa de estopa. Su pecho no hacía movimiento alguno, permanecía estático, dolorosamente inmóvil. El aliento no emitía ningún eco al abandonar sus labios, quizás enmascarado por la suave brisa que besaba la piedra durante aquella fresca noche primaveral.
Cuando Alissa levantó la mirada, vio en el rostro de aquella hermosa joven una dulce sonrisa. Zarcillos negros enmarcaban un semblante que sangraba una belleza oscura, caótica, pura.
—Yo solo la miré, y ella me siguió —dijo con una voz tranquilizada, suave como la caricia de un amante satisfecho tras el éxtasis.
Los dientes de Alissa castañeteaban mientras una tristeza líquida y gruesa superaba la frontera de sus pestañas y se precipitaba. La melancolía constreñía su rostro, obstruía sus fosas nasales y no le permitía rozar la fragancia de aquel ser de aura balsámica, acogedora.
—¿Vienes a por mí? —osó preguntar.
Ella negó y la joven no supo si sentir decepción o alivio. Carecía de la valentía necesaria para ansiar la respuesta.
—¿Quieres verla? —inquirió entonces y, ante la falta de comprensión en la mirada de Alissa, se limitó a sonreír.
—Yo no… —La miró a los ojos manteniéndole la mirada por primera vez—. Yo…
A través de un velo translúcido, el mundo se redujo a los ojos de aquella noble dama que la sostenía, que la mantenía anclada, como un barco en el puerto, a orillas de un mar infinito de aguas tranquilas y corrientes lúgubres. El cielo nocturno y la nieve relampagueante se fueron estrechando mientras la oscuridad de la pupila florecía y un rostro inocente comenzaba a perfilarse entre las sombras, como surgido de una tenebrosa niebla.
PARTE I. LAYABA
1. Torlwan, ninfa centauro
La zona del camino que se abría ante ellas sufría un pequeño encharcamiento y las pisadas de Isola producían un sonido amortiguado y pastoso. El origen de aquel resbaladizo tramo estaba en unas viejas y musgosas rocas de aspecto suave, que parecían sudar, en el borde austral de la senda.
A Alissa le gustaba el barro, su olor evocaba despreocupación, infancia. Hacía que afloraran recuerdos de una época en la que los monstruos eran algo extraño y exótico; las conjuras y las traiciones, vocablos lanzados por bardos y locos; y los mentalistas, brujos tenebrosos que podían hacer que los hombres se mataran con solo pensarlo. Un tiempo distante y feliz en el que todo era mucho más simple. Intentó sonreír, pero lo cierto era que últimamente no le resultaba demasiado sencillo. Además, en aquella época su mundo era mucho más pequeño y sus problemas proporcionalmente más grandes. Hacía algunos meses se había enfrentado a un hombre jaguar en la meseta de Sachia, y vencer en ese combate le había resultado más fácil que derrotar a Mati la Pecosa, hija de una tejedora de Calgaria, a los seis años, en la orilla de un riachuelo de Gradar. Y en Mati pensaba, tratando de que sus labios se curvaran, mientras las patas de Isola exprimían la tierra bajo sus herraduras.
Habían pasado más de cuarenta noches desde su partida, desde que Trescúpulas, su hogar al borde del Abismo, desapareciera a su espalda en aquel brillante amanecer invernal, pero el animal, Isola, seguía avanzando con brío, con la fuerza de una buena yegua giunesa. La había comprado con las ganancias de sus primeros meses de trabajos para el gremio, pero se había enamorado de ella mucho antes. Al fin y al cabo, Alissa había estado presente en su nacimiento, cuando el sanguinolento animal abandonó el cuerpo de su madre, arrastrado al mundo por las manos de dos granjeros que le limpiaron la boca y la nariz antes de que pudiera dar su primer mordisco al aire. Aquel mismo día habló con el dueño, un giuno bonachón de amplio pecho, al que rogó que no se deshiciera del animal hasta que ella pudiera pagar su precio.
Una suave brisa arrastraba el aroma a humedad, lo levantaba desde el oscuro y fértil suelo mientras los alargados e invernales brazos de las hayas chocaban entre ellos. Los ecos secos que producían las ramas trasladaron su mente, devolviéndola a un pasado más cercano, hasta una sesión de entrenamiento a la que había asistido en la villa de Alqeed semanas antes. Allí había visto por primera vez a aquel extraño búho mientras observaba a unos guerreros ghizlan tratar de romperse algún hueso con unas minúsculas espadas de madera, réplicas menos efectivas de las armas de acero que empleaban normalmente. Sentada sobre un muro de la plaza de aquel poblado, que aguantaba estoico en el borde occidental del desierto, con la mirada puesta en un enjuto joven de piel olivácea que hacía frente a dos atacantes con bastante destreza, vio al ave posarse a pocos pasos, altiva, mostrándole la espalda. De plumaje completamente gris, tenía una mancha negra en la espalda, trazada con carbón, que a la chica le recordó a un ojo. Lo consideró un buen augurio, pues aquel era el símbolo del gremio de mentalistas, de los psaiks. Su gremio, su casa.
Después de aquello lo había visto casi a diario. Volaba junto a ella, la observaba con aquella mirada engreída, como si no quisiera mostrar atención. La chica incluso había intentado meterse bajo su plumaje, en su carne, en su cabeza. Pero allí no había pensamientos humanos o recuerdos, solo presente e instinto. Animal. Básico. Al final concluyó que pesaba sobre él alguna clase de embrujo sin esencia, sin olor: algo lo impelía a seguirla. Mantenerlo vigilado era su mejor opción por el momento. Pero era probable que tuviera que deshacerse de él en un futuro cercano, no le gustaba la posibilidad de que alguien observase todos sus pasos. Después de errar durante algunos años, Alissa se había forjado más de una enemistad.
Mientras ella se apeaba y cogía las riendas de Isola para avanzar con más seguridad, el ave se posó en el suelo, a pocos pasos de distancia, sobre las raíces de una haya que quedaba a la derecha del camino. Alissa le dedicó una rápida mirada antes de seguir por el sendero real, la Ruta de los Suspiros, cuidándose de no resbalar, pero entonces el animal ululó con una fuerza inusitada e hizo que la psaik diera un respingo. El ave no había tenido interés en hablar hasta aquel momento, por lo que la mujer se detuvo al instante, a tiempo para ver como el búho giraba ligeramente la cabeza, sin dejar de horadarla con sus poderosos ojos de oro líquido. La joven se lo pensó un momento antes de dejar que su éter fluyera hasta el animal como una prolongación de su mente, sin embargo, cuando estaba a punto de alcanzarlo, la criatura agitó las alas y saltó para volver a posarse en el suelo, una cuerda más atrás.
Alissa frunció el ceño. La había esquivado. Aquel animal era sensible a su poder, a su talento, y eso no era demasiado habitual. Una sorpresa tensa, cargada de desconfianza, se extendió por la parte baja de su espalda.
Carraspeó un poco, notando el sabor del barro en las fosas nasales. Algo crujió cerca de ella, en el sotobosque, y fue entonces cuando se percató de que el búho no había escogido al azar su zona de descanso: se había posado sobre los restos de un sendero medio devorado por la maleza. Era más bien un agujero entre las zarzas abierto por un jabalí, o un tejón, aunque la psaik desconocía que clase de fauna habitaba aquella región.
—¿Quieres que te siga? —le preguntó al animal sabiendo que no iba a recibir respuesta alguna, y su voz le resultó extraña en la quietud, un sonido que no casaba bien con la sosegada sinfonía de la floresta.
El ave giró rápidamente la cabeza, ignorándola y centrando su atención en un trozo de rama que había caído a su izquierda con un tranquilo quejido. Cuando ella hizo el amago de proseguir su viaje, el búho gritó una vez más.
Unos minutos después, tras dejar a Isola amarrada en un árbol, a una distancia prudente del camino, Alissa se abría paso por encima de las raíces de las hayas, que cada vez parecían más evidentes, como si trataran de abandonar el suelo y echarse a caminar. El búho avanzaba sirviéndose de cortos planeos, asegurándose de que conservaba a su seguidora cada vez que sus arrugadas patas alcanzaban la solidez.
Alissa era consciente de que aquello no tenía mucho sentido, considerando la fama del lugar en el que se adentraba. El Bosque de los Suspiros no era un lugar precisamente bucólico si hacía caso de las leyendas. El camino real bordeaba el lado sur de aquel laberinto verde por un motivo esencial: eran muchas las historias que hablaban del Amharh Shia, de aquella tierra fértil en monstruos, maldiciones, y demonios vernáculos que se aprovechaban de viajeros incautos. De sus recuerdos, alientos y carnes.
Mientras perseguía a aquel ojo oscuro por el bosque acudió a su mente una historia que había oído en una ocasión, cerca del Corte, en una villa llamada Coetra, en la falda del monte Faragelton. Era una parada obligatoria para los viajeros que recorrían el camino real, el sendero de Ríorrojo: un hermoso asentamiento douairo, orientado hacia el sur y gobernado por un aqzier de las florestas. No se trataba de uno de aquellos caciques del desierto, sino de un hombre bondadoso llamado Pombal Mozelos, que la había invitado a su casa para disfrutar de las fiestas en honor a Isvar. Allí había actuado una hermosa y robusta trovadora que, con la lira de Alissa, había entonado una preciosa canción compuesta de doce sonetos. Con un registro extrañamente grave, la poetisa había hablado de una mujer deforme que, repudiada por su familia, se había ido al Bosque de los Suspiros para hacer un trato con un hermoso dios arcano y conseguir la beldad que él poseía y otorgaba a voluntad. El vernáculo la hizo a su imagen y semejanza, por lo que la joven volvió a su hogar completamente transformada, mostrando una belleza hipnótica, proporcionada y atrayente. La actitud de los lugareños cambió radicalmente: se vio perseguida, acosada, forzada. No podía estar un segundo a solas, siempre tenía varios pretendientes en su puerta, hombres que ansiaban cortejarla, adueñarse de un rostro que no era el suyo, que no le pertenecía. Aquella mirada que le devolvían las superficies espejadas escondía otro ser, otra alma. No era ella. Tenía algo dentro que trataba de salir. Una noche, concluía el último de los sonetos, la protagonista de la historia, asolada por los fantasmas que la consumían, había degollado a su propio padre y a su sobrino. La moraleja es conocida por todos los niños traileños: no te fíes de un vernáculo del bosque, has de saber que su locura no tiene mesura.
En estado de alerta, a medida que avanzaba iba tanteando el terreno con aquella prolongación de su mente que los mentalistas llamaban éter. Quintaesencia. Acariciaba rocas, ramas, hojas, tallos, insectos, surcaba gotas de rocío, lamía brotes, se introducía por las grietas de las cortezas. Decenas de dedos incorpóreos se abrazaban a todo lo que rodeaba a la bruja, dibujando en el lienzo de su psique una imagen sólida de la escena que se iba abriendo a su paso. No tardó mucho en amortajar una forma extraña, artificial, colgada de un árbol. Alissa no podía verla bien ni mediante su poder, pero aquello que pendía mecido por la brisa rasgó, rompió su quintaesencia e hizo que se replegase hacia ella, que volviera a su cuerpo como un cachorro herido corriendo hacia su dueño. La mujer avanzó con cautela, sin parpadear, sabiendo que aquello que la había incomodado no tenía ni el tamaño de una mano, y descubrió la causa de su desasosiego: un amuleto colgaba por un cordel trenzado de la rama de una de las hayas. Era un trozo de cáscara con una marca grabada, probablemente un anagrama kertiak, la escritura de los cortezas blandas. Había magia en aquella cosa, pero una suerte de hechicería antinatural, estancada, podrida, aislada. Demoníaca.
No tardó en percatarse de que había algunos talismanes más delimitando una suerte de camino angosto que se hundía como un cuchillo en el oscuro corazón de la floresta, apartando troncos con su filo. Miró al pájaro, que la observaba desde una rama, y volvió la vista al camino que la había llevado allí. Debería volver con Isola. En la fonda de Pidamnus, donde había pasado la noche anterior, le habían comentado que las gentes del lago de Layaba, del Nithuyen, tenían un problema con un enorme aforme, una criatura que se dedicaba a devorar las barcas de los pescadores. Al parecer, el duque de Layaba concedería una buena recompensa a aquel que le entregara la cabeza de la bestia. Podría disfrutar de los manjares de la ciudad del lago en menos de cinco días, probablemente en la casa del duque, pero…
Al contemplar el balanceo de los amuletos con la brisa fue consciente de algo: ella conocía aquella magia extraña. Era lo que rodeaba a los tesoros que tanto deseaba, como si la podredumbre buscara el caos. Se retiró la manga de la camisa que vestía y rozó con el dedo la superficie de uno de aquellos círculos metálicos que tenía incrustados bajo la piel. El objeto no emitió ninguna clase de señal, no reconoció el aura oscura de aquella magia, pero la mujer ya había decidido.
Dejando atrás al búho, se abrió paso por la escasa maleza que adornaba aquella desolada estampa. Una brujería cargada de melancolía manaba del suelo, del seno de la tierra, alimentaba la naturaleza, regurgitaba carne. Allí había tenido lugar un suceso terrible y, si se concentraba mucho, podía percibir un olor férreo que no le resultaba para nada desconocido.
Unos diez amuletos después, el bosque empezó a cambiar. El rastro de la sangre había desaparecido del aire de golpe. Las hayas, hasta aquel punto desnudas por el invierno y orando por la pronta llegada de una revitalizante primavera, reverdecían a cada paso que daba. Primero era una, a lo lejos, luego pasó cerca de otra, después ya había un número equivalente de árboles desabrigados y vestidos y unas amapolas granates silvestres brotaban entre la hojarasca. Se detuvo dos segundos para arrancar una de aquellas flores y deslizar uno de sus pétalos por el labio inferior, deleitándose con su esencia y su frescura. Aguzó los oídos al escuchar el discurrir del agua y volvió a seguir la senda marcada por los talismanes flotantes mientras la flor muerta descendía. Ahora ya se movía por el verde. El musgo mullía las raíces y algunos mechones de hierba crecían en zonas del suelo regadas por una luz invernal, allí donde las estiradas manos del dosel esmeralda no conseguían llegar. El sonido del agua jugando, lanzándose por entre las piedras, se hacía más y más evidente a cada paso.
Miró un momento atrás para comprobar si al búho le había dado por seguirla y, al volver la vista al frente, se encontró un campo de hierba baja bañado por un sol calmado, rodeado por un amplio círculo de hayas primaverales. El prado estaba marcado por un diminuto arroyo, una cicatriz, que se movía entre cantos dorados rescatando destellos, jugando con la luz y el sonido, tiñéndolo todo de irrealidad. Se trataba de una bucólica escena de tono verde lima, anegada por un sol blancuzco, ilusorio.
Y allí en medio, tumbada en un esponjoso y verde lecho junto al agua, una criatura la observaba. Era un ser que Alissa no había visto cara a cara, pero sí se había enfrentado a una ilustración suya mientras ojeaba uno de los gruesos volúmenes de leyendas sureñas: Torlwan, la reina centauro. Rostro afilado, pero muy hermoso, grácil, de ojos ligeramente rasgados y claros. Si se tratara de un humano, Alissa habría dicho que era kuhja, un miembro de la raza de los ríos. Su parte animal vestía un pelaje completamente níveo, sin mácula, mientras que su piel tenía un tono ligeramente más oscuro. Poseía cinco famélicos cuernos, más largos que los brazos de Alissa, nacidos de un cabello largo del color de la ceniza que se fundía con una estola de seda violácea, casi transparente, una prenda que se estiraba desde sus hombros y trataba de besar sus codos. Circundaba su talle un cinturón de cuero del que partía una faldilla y ocultaba el punto en el que se producía la unión entre humano y bestia. De una de sus delicadas manos colgaba un laúd plateado que parecía diminuto en comparación a la figura de la criatura.
Sin embargo, a pesar del aura de magia y atemporalidad que envolvía a aquel magnífico ser, lo que más llamó la atención de Alissa fue el collar que pendía de su cuello: las monedas que lo componían, que parecían pegadas a la piel de la criatura por encima de sus senos, eran hermanas de las que la bruja tenía incrustadas bajo la piel y habían sido forjadas al otro lado del mar mediante un tipo de magia prohibida.
Alissa, que no había movido un solo músculo desde el momento en el que la vio, dio un paso al frente, pero fue incapaz de avanzar más. Notó como algo se adueñaba de su éter, lo asía con fuerza y lo inspeccionaba, como si de una magnífica tela que estuviera considerando comprar se tratase.
—Tu quintaesencia es cálida, criatura lacustre, pero huele a muerte —dijo con un tono dulce, etéreo, que parecía surgir de todas direcciones.
Alissa no estaba segura de que aquel ser hubiera movido los labios, sus preciosos labios, y no tenía ni idea de por qué se había referido a ella con aquella expresión.
Estaba aterrada y el sudor perlaba su espalda. Cuando era una aprendiz, sus maestros solían acercarse a su éter y tocarlo, forzarlo a salir, estirarlo, medirlo, pero ninguno de ellos había agarrado aquella prolongación de su ser con supremacía tal, arrebatándole con suma facilidad cada ápice de control. No fueron más que unos pocos segundos, pero la mujer sintió la desnudez, fue consciente de los límites de su propio cuerpo. Hacía demasiados años que no se sentía de aquel modo. El aliento salía de su garganta de forma atropellada.
No sabía cómo responder, en sus libros no decía nada de cómo comportarse frente a aquella criatura, así que decidió mostrar respeto y, al igual que aquellos que la veneraban, hincó una rodilla sobre la húmeda alfombra e hizo una profunda reverencia:
—Noble Torlwan, Danzante del Bosque, me produce un… indecible placer haberme encontrado con vos —recitó con voz trémula y los puños apretados, un gesto que trataba de enmascarar el frío temblor que manaba de sus huesos.
La vernácula se colocó el laúd contra la piel, preparándose para tocar, antes de responder.
—¿Y puedo saber que hay en mí que os ocasione semejante placer, mujer? —Y esta vez sí movió los labios.
La bruja, antes de contestar, se irguió y comenzó a caminar hacia delante, impulsada por una valentía que no sentía, tratando de afianzar cada pie en el suelo y temiendo que el cielo pudiera caer sobre ella en cualquier momento.
—Las historias sobre vos, sobre vuestra belleza, hacen que todos des…
Una cuerda vibró entonces, interrumpiéndola, y Alissa se echó a un lado, con la mano en el rostro. Cuando el aliento que la nota le había robado volvió a ella, solo un instante después, fue consciente de la pátina de sangre que cubría sus dedos. El picante dolor de un corte en el pómulo hizo que apretase los dientes. Aquel acorde la había herido sin que su energía mental, envuelta como un manto sobre su cuerpo, se hubiera percatado. Un mechón de su pelo rubio descansaba en el suelo. Aquella magia poseía un nivel que escapaba de la imaginación de Alissa.
Trató de acompasar su respiración, de que el aire penetrase con normalidad en sus pulmones, atravesando la barrera de sus dientes. Cuando alzó la vista, vio que ella seguía en la misma posición. Sus labios se movieron para decir:
—Mentir es un acto que encierra gran peligro, al crear una senda nueva que elimina la ya recorrida.
—No era mi intención ofenderos, señora —dijo tratando de reprimir un estremecimiento que comenzaba en su cuello y se extendía por cada ápice de su poder, haciendo que ondeara errático como una bandera en medio de una tormenta.
—No lo hagas, pues, hija del Lobo Astado. ¿Qué buscas en mi bosque?
Alissa dudó. Estaba convencida de que el centauro podía ver a través de sus palabras, de su mente. No era consciente de los medios que empleaba para navegar por su ser, pero lo hacía. Aquella advertencia que le había lanzado había sido clara y no sabía si aquel ser alcanzaba a comprender el concepto de clemencia.
—Su collar… —admitió por fin—, las Lunas.
La criatura movió imperceptiblemente la cabeza antes de volver a alzar la voz.
—El Emisario Blanco me lo regaló hace algunos años. Y parece —continuó, levantando la vista y deslizándola por encima del hombro de la bruja—, que ha sido él quien te ha conducido hasta mí.
Alissa no se atrevió a mirar atrás, pero tenía la certeza de que la atención de su interlocutora se había desplazado hasta aquellos grandes e insomnes ojos. Se mantuvo en silencio, considerando aquellas expresiones que le dedicaba, dedicaba, sin embargo, no tenía ni idea de a qué o a quién se refería con ellas. Criatura lacustre, Lobo Astado, Emisario Blanco… No era algo que hubiera escuchado con anterioridad.
—Tenéis motivaciones diferentes. Eso está claro —prosiguió Torlwan—. Así que dime, ¿qué es lo que te impele a ti, humana?
«Ya lo sabes», pensó ella, y en la boca del centauro brilló el amago de una sonrisa.
—La venganza, mi señora —admitió casi sin reflexionar—. La venganza por una traición.
—Si quieres algo de lo que poseo, vas a tener que ofrecerme más. ¿Qué clase de traición es la responsable de tal deseo de venganza, Alissa Triefar?
Aquellas dos últimas palabras hicieron que la joven tragara con fuerza. Conocer su nombre le daba cierta autoridad sobre ella, sobre la situación. Como si yo tuviera algún dominio sobre esto, meditó antes de hablar.
—Mi maestro Galian, el que me introdujo en las artes del mentalismo, era en realidad un ser oscuro que nos engañó y traicionó a todos. Era practicante de rituales prohibidos. Asesinó a dos compañeros y humilló al gremio, a sus amigos, a su familia… Y a mí.
Sabía que eso no iba a ser suficiente, pero guardó unos segundos de silencio para considerar sus opciones antes de proseguir:
—Y quiero venganza porque fue mi primer amor. Me hizo creer que me quería como yo le quise…
Una nueva nota surcó el aire y el éter de Alissa se desintegró. El poder le fue arrebatado en un chasquido, eliminado sin esfuerzo. A pesar de ser una de las maestras mentalistas más reputadas, a pesar de albergar en su seno la brujería de veintinueve Lunas y de un ritual de nigromancia involuntario, su quintaesencia murió sin más, antes de que el aire y la vida comenzaran a abandonar su carne. No era capaz de tomar aliento. Había una mano invisible oprimiendo su pecho, retorciendo su garganta, tratando de asfixiarla. Tomando su aura.
—Yo… —trató de decir, pero solo consiguió lanzar un graznido.
No podía articular palabra porque el aire no atravesaba sus cuerdas vocales. Cayó sobre la hierba, de rodillas, enterró los dedos en el suelo notando como la cabeza se le iba y una arcada crecía en su pecho. Era consciente de que se moría, de que había ofendido de alguna manera a aquel ser. Sin embargo, no podía pensar, no sabía cómo arreglarlo, qué decir. Las lágrimas brotaban de sus ojos. No había mentido. No lo había hecho. Era la verdad. Ella lo había querido. El calor de la asfixia nublaba su juicio, sus pensamientos. La sangre pugnaba por romper la piel de su rostro. Toda su mente era un torbellino en el que giraban los miembros del gremio, Isola, Loan, Veanir, Hoya, el búho, reyes, caballeros, las Lunas y, en el centro, Galian, acunando entre sus brazos a una pequeña sombra. Extendiendo la mano para rozarle el rostro.
Antes de besar el suelo con la frente, unas palabras sin alien-to, surgidas de un pozo tapiado, y arrastradas por una mente en llamas, volaron desde sus labios:
—Le quiero. Yo…
2. Conversaciones con Ardah, Señor de la Mente
No volvió a ver aquel ojo sobre las plumas durante el resto de la jornada. Prosiguió por el camino real, a lomos de Isola, rozando de vez en cuando las cicatrices que habían dejado las Lunas al colarse bajo su piel. Aún le escocían las seis incisiones. Y dolerían durante unas semanas. Lo sabía por experiencia. Al igual que en ocasiones anteriores, había notado como su poder se fortalecía, como aumentaba su éter, pero no se sintió de forma diferente. Aquel talento llevaba asociada una maldición, pero no se trataba de un fenómeno instantáneo. La magia del metal limaría sus sentimientos, su humanidad, como el agua abriendo un cauce, con estoicismo y una firmeza sutil. Casi con cariño.
Acarició el pelaje de Isola y sonrió con tristeza. El amor que sentía por aquel animal era algo que sí le gustaría conservar, aunque sabía que era imposible. No era la primera portadora de aquel embrujo, pero sí la que más cantidad que de él había bebido.
A unas tres leguas de Sklaciatos, cuando llegó a la bifurcación del sendero que llevaba a Kuli, se topó con un viejo refugio, levantado por los ciegos de Fos en uno de los bordes del camino. El culto Doishcalhara no se extendía tan al sur, se practicaba sobre todo al oeste de la región Akaria, pero no era infrecuente encontrar esos sencillos de refugios con la espiga, el símbolo del Dios de la luz, grabada en las vigas de madera. Al fin y al cabo, los nocturnos, al igual que los hosas sutsu, se pasaban la vida en el camino.
Alissa aminoró el paso y estiró su bruma personal para abrazar la escena desde una perspectiva más amplia. Un escalofrío de placer le recorrió la espinilla. Después del encuentro conTorlwan se sentía humillada. Había vomitado el contenido de su estómago, aquel desayuno caldoso y grasiento que le había proporcionado la posadera de Pothi, a los pies de aquella venerada ninfa, cuando el aliento había retornado a su pecho. Recibió el regalo temblando, sabiendo que con un solo pensamiento de la dama centauro su piel volaría libre y sus huesos se convertirían en arena pálida. Pero ahora, sintiendo como aquellos tres bandidos escondidos tras la parte trasera del albergue se agarraban con fuerza a sus armas, el placer amortiguado por las Lunas le inundó la sangre.
Comenzó a salivar.
Saboreó la venganza debajo de la lengua cuando uno de ellos, espada en mano, saltó desde el lateral derecho de la construcción y trató de derribarla de la yegua. En el momento en el que alzó sus pies del suelo, el éter de la joven ya lo tenía amarrado a una pulgada de la pulverulenta tierra, sujeto por millares de cuerdas invisibles que imposibilitan cualquier movimiento, congelado en un aire que había adquirido la consistencia del acero.
El hombre era de tez olivácea, con una pequeña joroba nasal, ojos negros de pestañas largas, y un cabello oscuro que le caía en bucles hasta las orejas. Se trataba de un enesos de pura raza, con unos rasgos que compartían la mayoría de los traileños. Alissa fue consciente en ese instante de que le faltaba muy poco camino para la frontera, y más pronto que tarde esos ojos grandes serían sustituidos por finas rendijas y modales ceremoniosos.
El siguiente individuo, con unas facciones similares a las del primer asaltante, pero con una menor estatura, como si alguien los hubiera copiado sin el material suficiente para terminar la réplica, surgió de la parte trasera del fasshar de los Doishcalhara e intentó arrojarle un hacha de mano, antes de que un brazo incorpóreo barriera la escena y golpeara al sujeto, lanzándolo a varios pasos, haciendo que el arma volara y aterrizara en el camino. El tercero fue más listo y se escabulló por entre los árboles, huyendo de la bruja. Pero Alissa tenía ganas de sangre: una rama surcó el aire girando sobre su propio eje y, con un silbido, se clavó en una de las piernas del corredor, haciendo que el sujeto en cuestión aullara de dolor antes de lanzarse de bruces y dejarse la piel contra la hojarasca.
Había terminado con dos sin mayor dificultad, pero aún le quedaba una víctima con la espada en alto, mirándola acongojado, atrapado en su telaraña mental. La mujer le pasó una mano por el cuello a su montura, que no parecía muy alterada bajo el influjo calmante de Alissa, e hizo que el hombre volador se acercase flotando suavemente. Alargó la mano y le tocó el rostro, sintiendo el pegajoso sudor contra los dedos antes de entrar en su cabeza. Buscando. Buscándolo a él. No era algo que hiciera a menudo, pues la gente solía percatarse cuando un mentalista se colaba en su cabeza y los dogmas del gremio eran muy estrictos a ese respecto. Pero en el caso de aquel asaltador de caminos no tuvo muchos reparos.
No encontró nada acerca de Galian, pero sí escuchó algo interesante acerca de la Unión Condal de Ire, del Decavirato. Algo ocurría con las relaciones entre los diez duques. Había tensiones entre las provincias. En aquella cabeza se hablaba de los herejes de Gnije y de grupos rebeldes que se empeñaban en que volviera la monarquía, de la unificación del continente bajo un mando único. Allí florecían, como zarzales, anhelos de cambio fraguados en tertulias de taberna. La inestabilidad política era algo común en toda Ilargia, sobre todo en la región Akaria, pero lo que veía en aquella cabeza le producía cierto desasosiego. Había algo más, una sombra que no conseguía discernir bien. Un hueco. Muy pocas clases de magia podían dejar un agujero como aquel.
Le dedicó una sonrisa antes de estrujarle la mano contra la empuñadura de su propia arma y romperle todos y cada uno de los huesos de la extremidad. El individuo, sumido en un parón mental, no pudo ni emitir el grito que se estrelló contra los límites de su garganta. Solo cuando el suelo recibió su beso fue capaz aquel sujeto de abrir la boca. Enroscado, lanzó un alarido vesánico que hizo que una bandada de lavanderas huyera hacia el este. Aquel intento de robo había hecho que Alissa, que ya cabalgaba en la misma dirección que las aves, sintiera como el calor volvía a su rostro.
Cuando llegó a Sklaciatos el búho ya estaba aguardándola, posado en el tejado de una de aquellas casas levantadas con ladrillos de adobe, que tanto se usaban en la provincia de Sopere. A pesar de que aquel pueblo todavía pertenecía a la región más húmeda, a Thas, la comarca que abarcaba gran parte del Bosque de los Suspiros, la sequedad de la Ilargia oriental, lejos de los vientos húmedos del Eón, ya se hacía más patente y los habitantes se atrevían a emplear aquellos materiales más sensibles al agua. Pero la madera de las vigas y de las puertas seguía siendo de haya, o de cedro, en las propiedades de los más pudientes.
La mujer le dedicó una rápida mirada de curiosidad al animal que la había llevado hasta Torlwan, pero este pareció ignorarla deliberadamente una vez más. Isola siguió la única senda que atravesaba el pueblo y pronto se encontraron en una suerte de plaza circundada de casas, donde un grupo de Siervos de laTierra predicaba sobre la pureza de los cuerpos que abandonaban la carne, la ostentación, y abrazaban el manto de la humildad. Había seis de ellos, cuatro ancianos y dos jóvenes adeptos, todos con el cuerpo recubierto por aquellos intrincados tatuajes, aquellas marcas que se conocían como runas de purificación o de exorcismo.
El sol estaba poniéndose y Alissa tenía que buscar una fonda, así que se acercó al grupo que había congregado alrededor del Raíz. Un grupo de niños y niñas que se había percatado de la presencia de la forastera se acercó a su caballo por ambos flancos. La mujer sintió una tristeza infinita superar los muros de la maldición viendo como aquellas manitas se alzaban para conseguir alguna limosna de la recién llegada. No era el hecho en sí el que provocaba en ella aquella reacción, sino aquellos rostros sonrientes, llenos de vida. Tuvo que apretar los dientes antes de descabalgar para evitar que el dolor rociase su rostro. Se pasó una manga de la camisa por la cara, justo donde tenía aquellos soles bordados con hilo negro, antes de repartir unos cuantos arctos entre los muchachos, que enseguida la dejaron proseguir su camino.
—… y así mantendréis la pureza de vuestra sangre. Limpia, inmaculada. Y cuando riegue la tierra de la que ha nacido, el Hiaru Ahua la aceptará sin dudar. ¡Volveréis al seno de la madre tierra, donde disfrutaréis del gozoso abrazo de vuestra hermana! Y seréis dichosos ante las puertas abiertas del templo de la noche eterna, pues en vosotros está su ser y a su ánima habéis de volver.
Alissa, a pesar de haber sido criada bajo las enseñanzas de Everión, había presenciado en demasiadas ocasiones aquellas fervorosas muestras de fe, por lo que no hizo mucho caso y se acercó a una mujer de mediana edad que tenía un cántaro apoyado en el suelo, entre las piernas. Esta le habló en una mezcla del cálido y embaucador acento traileño con las formas afectadas de los ireos y le señaló una de las construcciones que rodeaban la pequeña plaza.
El posadero del Hálito Blanco le ofreció alcoba, cuadra para Isola, cena y desayuno por ocho arctos de vellón, un precio bastante ajustado teniendo en cuenta que aquel poblado se encontraba en medio de una de las dos rutas de comercio por tierra más importantes de Ilargia. Cada uno de los caminos reales bordeaba una ribera del desierto: la Ruta de los Suspiros por el oeste, la que había recorrido Alissa en dirección sur, y la Ruta del Azogue por el este, cercada por el Horizonte de Fuego y el mar de laTranquilidad.
Decidió comer primero, ya se quitaría más tarde el polvo del camino. También debía contactar conTrescúpulas para informar, pues ya había pasado más de una semana desde su última conversación con sus compañeros del gremio y necesitaba relatarles lo ocurrido. Devoró con fruición una sopa de pollo con puerro, mojando un sabroso pan de maíz, y lo bajó con una jarra de cerveza de cebada tostada mezclada con miel. Una vez saciado su apetito, pidió un vaso de ron a la posadera y dejó que sus ojos vagaran por los presentes mientras se lo bebía a sorbos. Había algunos comerciantes li-men-ti discutiendo en dos mesas, un par de lugareños hablando cerca de la puerta, una joven dama kuokere de bellas facciones acompañada por un guerrero jicheon cuyos ojos se enlazaron a los de la bruja cuando esta lo escrutó, y un mercenario li-men-ti, probablemente un miembro de los Rebeldes deValtian, aunque jamás lo reconocería. Hacía ya cuarenta y nueve años desde la caída del viejo rey a manos de los duques y aquel hombre no tenía más de treinta años, por lo que pertenecía a aquella organización por un motivo diferente a la lealtad.
También había detrás de la barra, sentada sobre un arcón, balanceándose sobre un gran libro que se abría sobre sus piernas, una niña de unos cinco o seis años de pelo rizado. La joven acariciaba las páginas con sus deditos, como si sostuviera un pequeño animal y no un ajado volumen, mientras sus ojillos se deslizaban aquí y allá y su cabeza se movía ligeramente, asintiendo, como si de un erudito se tratase.
Alissa terminó lo que quedaba en el vaso de un trago y se puso en pie deprisa.
De camino a su estancia, portando un candil que le habían proporcionado, estiró el éter y no encontró nada raro. Ni siquiera fue capaz de dar con su alado amigo, aunque era bastante frecuente que desapareciera durante la noche. Tras atrancar la puerta, dejó la luz sobre la mesa y se fue directa a la jofaina para servirse un poco de agua en uno de los cuencos de barro. De su propia bolsa de viaje extrajo un pequeño frasco con aceite de romero y vertió un generoso chorro en el agua del recipiente antes de aspirar con fuerza. Cuando el líquido tocó la piel de su rostro fue consciente del corte que tenía en la mejilla. No era muy profundo y solo se lo había aclarado con un poco de agua después de volver con Isola, antes de olvidarse de él. Ahora tuvo que frotarlo con fuerza para deshacer la costra que se había formado encima. El contacto con el agua le produjo gran placer y cuando terminó con sus abluciones suspiró satisfecha. Más relajada, notaba como la tensión del día, acumulada en sus músculos, la hacía sentirse pesada, pero no podía irse a dormir aún.
Mientras hurgaba entre sus pertenencias, su mirada se detuvo un momento en la oscilación de la llama, que le recordó a la niña del posadero: adelante y atrás, meciendo el voluminoso tomo. A punto estuvo de extinguir la llama, pero se lo pensó mejor: encerró aquella burbuja, sacó de su bolsa un pequeño fragmento de tela impregnado en sangre de silarillo y lo prendió con la vela antes de apagarla y arrojar el conjuro al suelo. El avisador gemelo ardería enTrescúpulas con la misma intensidad, devorado también por aquellas llamas de fuego negro y el psaik que estuviera de guardia comenzaría una proyección astral a la que la joven podría enlazarse. A más de setenta leguas sería en enlace agotador para el individuo que estableciera el vínculo, pero era obligación de la bruja mantener informados de sus pasos a sus compañeros. Sobre la cama, después de quitarse la capa de viaje y las botas de cuero, cerró los ojos y, dejando a un lado su éter, contuvo la respiración y se dejó fluir en aquel mundo extraño y etéreo que lo inundaba todo. Que los conectaba a todos. No tardó en verse arrastrada, como un pez que había mordido un anzuelo, hacia el lugar al que consideraba su hogar.
Se sintió volar, y caer, descender por entre los bosques de pinos que coronaban las fauces del Abismo.
Al abrir los ojos se encontró a dos hombres frente a ella. El soñador, quien había establecido el vínculo, no se hallaba en la estancia, pero tendría que estar cerca, casi dormido, soportando la tensión del conjuro. Loan, que sonreía ligeramente y la observaba con el ojo de su mente, fue quien arrojó un poco de ceniza, dando forma a sus rasgos y evitando que los dos mentalistas del gremio tuvieran que hablarle al aire. Alissa casi pudo oler el dulce incienso que siempre impregnaba el aire de aquella estancia.
—Bienvenida —dijo sonriendo mientras aplaudía suavemente para limpiar los restos que cubrían su mano.
Aquel hombre era de su misma raza, un rasbach, pero la mezcla de sangre había teñido de bronce un cabello que, con aquellas facciones, debería haber sido rubio como el de Alissa. Se lo había cortado mucho desde la última vez que habían conversado y su nuevo aspecto le daba un aire más juvenil.
El otro individuo, Turaif Ardah, Señor de la Mente y Guardián de Trescúpulas, era un ghizlan en cuerpo y espíritu. Moreno, de ojos negros y penetrantes, siempre vestía con ropajes demasiado holgados de colores vivos y amplias mangas, con pulseras y abalorios colgados de muñecas, cuello y orejas. Se había dejado crecer la barba hasta el ombligo y la llevaba aceitada y trenzada, como dictaba su fe. A diferencia de Loan y Alissa, que habían sido criados bajo la sempiterna mirada de Everión, Ardah pertenecía a la cultura chamán de los ghizlan, que presentaba ciertos paralelismos con el culto de los Siervos, como el respeto a la naturaleza y a la magia arcana. Sin embargo, a diferencia de estos, los ghizlan no veneraban a ningún dios. Sus comunidades rendían culto al agua por encima de todo y por ella emprendían las cruzadas más terribles.
Ardah había llegado a los veinte años al palacio del gremio, al Abismo, huyendo de un aqzier que había prendido fuego a su pueblo, localizado en un oasis pequeño cerca de Shantiyah. Al parecer, una de las hermanas del mentalista había rechazado la propuesta de matrimonio de uno de los vástagos del cacique y este había incendiado todas y cada una de las casas del poblado. Los estudiantes de Trescúpulas conocían aquella historia en sus primeros años de formación y así había llegado a oídos de Alissa. Era como una especie de ritual que les ayudaba a entender la personalidad esquiva de aquel hombre, su frialdad, el profundo odio que sentía por su patria y su poca fe en la bondad intrínseca de su propia raza. Esto último estaba quizás determinado por su fe chamana: para los ghizlan el hombre era el escalón más bajo de la naturaleza, la perversión más absoluta de su espíritu. Había ciertos cultos de los Siervos y de veneración vernácula que compartían esa visión.
—Buenas noches —dijo Ardah acariciándose la oreja hacia delante. Con aquel gesto tan característico de los hombres del desierto lanzaba una cuestión: ¿me escuchas?
—Buenas noches —contestó ella—, me alegro de veros.
—Y nosotros a ti —respondió Loan por los dos, incapaz de contenerse.
Los ojos de la chica se fijaron en los del ghizlan. Muy en el fondo, Alissa culpaba a aquella falta de sensibilidad que mostraba Ardah de todos sus males. El gremio de mentalistas no es como el de los magos guerreros o el de los alquimistas. En Trescúpulas no vivían más de veinticinco personas entre maestros, alumnos y siervos. Y cuando ella había llegado eran aún menos. Nunca lo admitiría, pero en lo más profundo de su ser creía que si aquel hombre se hubiera mostrado algo menos reservado, más abierto, más paternal, ella jamás habría caído tan profundamente enamorada de su mentor. De aquel que siempre tenía una sonrisa o una palabra hermosa para ella.
—¿Hacia dónde la han guiado sus pasos, señorita Triefar? —le preguntó Ardah.
Y con aquella mirada completamente opaca, tampoco podía estar segura de que el ghizlan no la culpara a ella por lo que había ocurrido con Galian.
—Ahora mismo me encuentro en una fonda en Sklaciatos, en el borde oriental del bosque. En pocos días llegaré a Layaba, pero necesitaba hablar con vos sobre algunos asuntos —carraspeó antes de proseguir, aprovechando para poner en orden sus pensamientos—. El ave que lleva a mi lado desde Alqeed me ha… guiado hasta el corazón del bosque. Y allí he conseguido seis Lunas más —confesó.
—Sigue sin gustarme que ese ser te observe. No conocemos su intención —soltó Loan.
—A mí tampoco me hace demasiada gracia —le respondió directamente—, pero me mantengo alerta. Y… no sé —se calló su opinión—. Me guio hasta una criatura. Hasta Torlwan.
Loan abrió mucho los ojos. El rostro de Ardah también se transformó ligeramente. No lo había visto fruncir el entrecejo en muchas ocasiones, aunque fuera levemente.
—¿La ninfa centauro? —preguntó al fin.
Alissa asintió.
—Es un ser con… Su presencia es arrolladora. No había sentido nada así jamás —confesó.
—Un vernáculo. Un dios —dijo Loan con un hilillo de voz.
Con un giro de muñeca se abrió un abanico de silencio y se extendió entre los presentes la sensación de que había una espada pendiendo sobre sus cabezas, sujeta por una hebra arrancada de la crin de un caballo. No era una sensación que le resultara extraña a ninguno. Existía sobre Ilargia una suerte de maldición que azotaba el continente cada cierto tiempo en forma de behemoths. Aquellas bestias, adoradas al igual que los vernáculos, como dioses, por ciertos cultos menores, sentían la llamada del hambre después de hibernar durante años y se saciaban en Ilargia. Además, ellos eran psaiks, estaban ahechos a enfrentarse con criaturas de las que el resto del mundo solo sabía a través de las leyendas.
Después de unos segundos, la chica aprovechó la mudez de sus interlocutores para relatarles los pormenores del encuentro.
—Según la secta goresviana, el emisario blanco es Everión —concluyó Ardah—. Un shiro.
—Eso es una herejía sin sentido —intervino Loan, con un fervor religioso que había desarrollado en los últimos años.
Alissa también había oído hablar de la interpretación que los herejes goresvianos hacían de las sagradas escrituras, pero no se le había ocurrido que tuviera nada que ver con las palabras de la ninfa.
—Encaja —dijo al fin—. Pero no podemos concluir nada con la información de la que disponemos. ¿Qué me dices —se dirigió directamente hacia el ghizlan— del Lobo Astado?
Negó con la cabeza.
—No tengo ni idea.
—Bueno, creo que deberíamos ponerlo por escrito —concluyó Loan—. Yo mismo lo incluiré en nuestra biblioteca y tú puedes completarlo cuando vuelvas.
Ella asintió, preparada para continuar con su relato.
—Hay algo más. Poco después de nuestra última comunicación estuve en la ciudad de Kimnos. Como sabéis, está a unas seis leguas de la villa portuaria de Ephyroupac y tanto comercio como información fluyen bastante bien entre ambas urbes. Por la Ruta de la Sal se escuchan rumores acerca de una conjura. Los fanáticos de Gnije están preparándose para algo, puede que para derrocar el Decavirato —dijo antes de tomar aliento—. Y hoy he leído rumores similares en un salteador de caminos que intentó emboscarme. Hay gentes en el sur que pretenden iniciar un conflicto y extenderlo por toda Ilargia.
Loan tensó la mandíbula. Sabía que no debía preguntar, por respeto a Ardah y, sobre todo, para no ofenderla a ella, pero su rostro se había convertido en un rictus de desasosiego.
—A mí me han informado de algo similar desde Oclealion. Se dice que el Marionetista está detrás de esto —dejó caerArdah.
—¿El Señor del Horizonte?
Ahí estaba la sombra queAlissa no había sido capaz de percibir. Esa figura era como una palabra en la punta de la lengua. La mentalista siempre había considerado que esa facilidad para pasar desapercibido tenía que ser fruto de algún tipo de magia muy poderosa, como si el propio soberano del desierto se valiera de algún sortilegio que hiciera que todo el mundo se olvidara de él.
—Además —prosiguió Ardah—, Asvar Ontium, el propio rey, teme que se produzca una batalla entre los fieles a la vieja sangre y los ejércitos de los duques, una réplica de la guerra de los Infortunados —Pensó un par de segundos antes de alzar de nuevo la voz—. Dentro de unos días será la ceremonia de toma de posesión del nuevo duque de Thaubonia y Bayta Tray, la duquesa de Cahia, es amiga personal. Le escribiré para que te invite a la ceremonia.
3. Layaba, junto al lago
Hacía dos días que había dejado Sklaciatos y atravesado la frontera. Atrás habían quedado los Siervos y las deidades de las florestas. Había cabalgado con calma, pero sin descanso, atravesando los verdes bosques de higueras y helechos que abundaban en aquella región, acompañada en todo momento por su alado guía. Se había desviado del camino real, pues los habitantes de Hai LiTai habían mencionado que se llegaba más rápido a Layaba por las antiguas sendas que bordeaban el Nithuyen por el sur.
Había pasado la noche anterior en una posada que se levantaba a orillas de aquel lago cercado por algarrobos, higueras, laureles y juncos. Por la noche había dado un paseo por la orilla del vibrante espejo y, en la distancia, había dejado que sus ojos volasen a través de las volutas de humo que abandonaban la ciudad: blancas plumas de contornos difusos sobre un lienzo negro. Su éter había rastreado el lago, surcándolo, impregnándose de su pura humedad, buceando en ella. A los psaiks no les gustaba el agua, les resultaba muy difícil hacer que su poder se moviera a través de ella y Alissa no era una excepción. Había dejado aquella poco fructífera tarea a medias para rasgar su lira y regalarles a las criaturas de piel brillante su versión de El primer vuelo de Ateros.
Ahora Isola avanzaba levantando polvo hacia la puerta oeste de la capital de Lithai Hoa, detrás del carromato de un comerciante de ánforas. Alissa vio un par de granjas por el camino, cercadas por campos de trigo de invierno, pero no eran lo suficientemente grandes como para alimentar a la población de más de diez mil habitantes de Layaba. Según le habían comentado unos viajeros aquella misma mañana, la ciudad tenía dos puertas: la de la Enredadera al oeste, más pequeña y menos transitada, y la de Rocavieja al sureste, por la que llegaban los viajeros del camino real a través de la zona más fértil de la provincia, allí donde se extendían la mayor parte de las tierras de cultivo y los olivares más famosos de Ilargia.
Algunas casas de nueva facción con una sola planta se apiñaban contra la muralla, entre ellas una pequeña, de piedra, justo al lado del camino. En la puerta, entre dos torres de vigilancia, había tres centinelas vestidos con armaduras de cuero, de hermosa hechura y tono apagado, que contaban con unas hombreras con forma de hoja acorazonada de las que caían láminas en cuatro capas hasta la cintura y se anudaban al torso por cuatro hebillas. Los vigías trataban de ocultar la clara piel de sus brazos bajo brazaletes enroscados que se anudaban debajo del pulgar. Sus escarcelas les abrazaban las piernas, continuando las formas vegetales del resto de la armadura, y remataban en punta cerca de las rodillas. Llevaban pantalones de un tono amarillo oscuro, el color de la bandera de los Dec, pero no vestían grebas de ningún tipo. Aquellos guerreros li-men-ti tampoco llevaban el casco, pero sí armas colgadas de un cinto que se perdía entre las grietas de sus rígidas vestiduras.
Apenas la miraron al pasar, pues estaban demasiado ocupados riendo de sus propias ocurrencias como para vigilar a los viandantes, que entraban a ritmo irregular en los penetrantes olores de Layaba. La ciudad vieja se abrió ante la psaik y su montura. Avanzó por una calle que tenía el tono de la parte más oriental del desierto, allí donde los volcanes viejos se descomponían y emponzoñaban la palidez de la arena pura con sus oscuros detritos. Las casas eran de ladrillos de adobe, altas, sombrías, y entre ellas discurrían caminos estrechos que huían del calor del sol, pero no conseguían escapar de los efluvios de la vida.
Se apeó de la yegua para maniobrar con mayor facilidad y tomó las riendas para guiar a su montura a través del camino más ancho que encontró. Se topó de frente con un callejón y viró a la izquierda para desembocar en una amplia plaza. A su espalda dejó una construcción grande y alargada con la bandera del duque sobre la puerta que debía ser el cuartel de la guardia y, de frente, al otro lado de la plaza, atisbó entre la gente cuatro torres picudas. No era la primera vez que veía un templo La-gi-hos, pues Nghya Ki, primera y última encarnación de la Justicia, era adorada por doquier. Aunque se suponía que era la región de los lagos en la que se encontraba la psaik la que la había visto nacer.
Se movió por entre aquellas personas de ojos rasgados y escasos ropajes hasta llegar a la estatua que presidía el centro: Kaek Puño Dorado Dec, padre de Viat Dec. El antiguo duque de Lithai Hoa ofrecía un abrazo desde su pedestal, con los brazos abiertos para recibir a la gente, embebiéndose del poderoso sol que lo alumbraba. Aquel hombre, junto con los otros nueve duques y sus ejércitos, había provocado la caída del rey Jinan Galmal, último soberano de Ire. Diez hombres y una hambruna habían arrancado la corona y la cabeza al rey y a toda su prole. Había leyendas, sobre todo entre los rebeldes de Valtian, acerca de la huida de dos nietos del rey. Muchos afirmaban que ahora se escondían en Oyomu, en una de las Olvidadas. Pero Alissa sabía que aquello no era verdad. La dinastía Galmal había seguido el camino del rey hacia el reino submarino de Wa y ahora degustaban sabrosos pescados en salones construidos entre costillares de bestias abisales.
A partir de la estatua, la plaza adquiría cierta pendiente hacia el norte, en dirección al distrito lacustre. Alissa localizó al sureste la loma sobre la que se asentaba la fortaleza del duque, una construcción amurallada de una sola torre, un edificio basto de planta cuadrada, de piedra en lugar de adobe. De los merlones colgaban cuatro grandes banderas de color amarillo con una pequeña barriga allí donde sobresalían los matacanes y, sobre estos, como hecho a propósito, sacaba pecho el puño dorado de los Dec.
Hacia allí se dirigió la bruja.
A pesar de que aquella zona de la ciudad se llamaba Colina Turbia, era la parte más rica de Layaba y las construcciones no estaban tan apiñadas, sino que se habían establecido ciertas nor-mas de cortesía al levantar unas y otras, con respeto, como dentro de una bandada de patos en plena migración. La concurrencia de gente era menor, pero aun así había un goteo constante de individuos que se movían por la calle que llevaba a la torre.
—… pero yo quise venir hoy —le decía una mujer a otra, mientras avanzaban, unos pasos por delante de la bruja—. Ya le dije, se lo dije dos veces, que en unos días saldría para la Extraviada, y yo quería… quería amarrarlo ya.
La Extraviada era como se conocía en el sur a la ciudad de Ireón, capital de Ire, en la provincia de Cahia. Con suerte, Ardah arreglaría las cosas para que Alissa pudiera visitarla en los próximos días.
—¿Se retrasa o no el nombramiento? —dijo la otra con aspereza.
—No, no. Al final no. Eso decía también mi marido, pero no. Al final no… —Y se quedó callada sin saber qué decir a continuación.
Alissa las adelantó tirando de su montura y el sonido de sus voces se fue perdiendo. Antes de entrar en la torre que había visto desde la plaza, se fijó en una figura que la observaba desde el tejado de las caballerizas con una mirada amplia y anaranjada. Su buen augurio, o su escolta, seguía acompañándola.
La torre solo era una parte de la residencia ducal y quizás la construcción más tosca. Frente a la chica se alzaba una casa nobiliaria más baja, de dos pisos, levantada en mármol azulado de Chytheron, con la entrada principal flanqueada por columnas acanaladas rematadas en capiteles de estilo dórico, una hechura heredada del imperio de Valakis cuya procedencia original no estaba del todo clara. A los pies de los pilares había dos guardias vestidos con aquellas armaduras de cuero de estilo vegetal y, frente a ellos, un grupo de lugareños congregados.
Alissa no tuvo que acercarse mucho para enterarse de que el duque ya no concedería más audiencias durante aquella jornada. Pensó en buscar un lugar para comer algo, limpiar el viaje de su cuerpo y descansar, pero un par de ojos seguían fijos en ella y le gritaban que estaba en el lugar correcto, que el momento era ese. Respiró profundamente y dejó que la quintaesencia abandonara su piel y rastreara el lugar. Palpó a tientas hasta encontrar otra entrada a la mansión, pero también estaba custodiada. Se dijo que aquellos guardas estarían más tranquilos que los de la puerta principal, menos acosados por los peticionarios, así que se apartó de la muchedumbre que seguía reunida delante de las pilastras y, dejando las caballerizas a la izquierda, arrastró a Isola.
—Señora —le dijo uno de los centinelas de la puerta lateral una vez se hubo acercado—, no puede estar aquí. El duque no permitirá más interrupciones durante el día de hoy.
—Honorable custodio, mi nombre es Alissa Triefar de Dosheim, maestra de Trescúpulas —comenzó. Notó como los dos hombres se tensaban al escuchar su ocupación. He venido a vuestra hermosa ciudad para ofrecer al excelentísimo señor Viat Dec mi ayuda con la criatura que, según cuentan, está causando cierto malestar entre las buenas gentes de esta tierra. Por supuesto, no quisiera molestar a vuestro señor con este asunto tan mundano, pero si alguno tuviese a bien informar de mi llegada a alguien de su confianza, quizás un consejero, yo quedaría enormemente agradecida.
Tras soltar aquella perorata, le dedicó a cada uno una cautivadora sonrisa que su rostro no estaba acostumbrado a erigir. El guardián más joven miró a su alto compañero y este le devolvió la mirada e hizo un imperceptible gesto en dirección a la puerta. El joven salió y, antes de que volviera, el guarda la miró de arriba abajo y carraspeó un par de veces, agitado. Alissa se dedicó a acariciar el morro de Isola, acostumbrada como estaba a la reacción de la gente ante una robamentes.
El centinela volvió con una dama joven y espigada de unas veinte primaveras, ojos rasgados li-men-ti y una melena caoba que le caía en bucles sobre los hombros. Llevaba un vestido negro de seda con bordados en cintura y mangas y el puño dorado bordado bajo un escote cuadrado que dejaba al descubierto una tersa piel de tono cremoso.
La noble le dedicó una mirada de sorpresa a la recién llegada
—Mi señora, Hai Dec, dama y señora del Nithuyen y primogénita del excelentísimo duque de Lithai Hoa —anunció el hombre que la había traído.
La bruja se acarició las mejillas deslizando las palmas hacia arriba, como si intentase recoger agua de lluvia, al tiempo que flexionaba ligeramente la espalda. A aquel gesto se le llamaba ofrecer. No era la primera vez que trataba con una noble del sur y conocía el protocolo. Sin embargo, la chica se lo saltó y le tomó las manos.
—Señora… —comenzó Alissa.
—Oh, es un placer para mí recibiros, maestra Triefar. Señor Thuot, buscad al palafrenero para que se haga cargo de esta magnífica montura. Y vos —la miró—, haced el favor de acompañarme. No me imaginaba —dijo tirando de ella— que el gremio mandaría a la mismísima maestra Triefar.
La arrastró, con una mano en su hombro a través de la cocina de la mansión y salieron a los jardines interiores, en los que correteaban un par de chiquillos y, algunas damas, sentadas en poyos de mármol, charlaban animadamente. La escena era idílica, pero la visión de aquellos infantes hizo que un dedo invisible se clavara en su garganta. Por suerte para ella no se detuvieron allí, sino que se movieron hacia la puerta más cercana a la torre.
—No se imagina lo mucho que agradecemos su llegada. Es una bendición de Nghya Ki, sin duda —decía mientras tiraba de ella—. He rezado muchísimo, y la justicia ha escuchado mis plegarias. Oh, qué gran honor contar con la inestimable ayuda de una aincara de su nivel.
La enorme puerta se abrió a un salón alargado dividido en dos alturas por un par de escalones. Del techo pendía una gran lámpara de hierro forjado de la que colgaban pequeños cristales que emitían un fulgor blancuzco y, al fondo, dos alargados pendones con el escudo de los Dec flotaban contra la pared, acariciándola. La estancia estaba sujeta por cuatro pares de columnas que se fundían con las paredes laterales, en cuyos capiteles habían esculpido ídolos rechonchos de color claro y gesto sereno. Esas figuras de piedra estaban decoradas con trazos oscuros, probablemente retazos de las sagradas escrituras de los lags, del Bor-i-lek.
«El señor es justo, como justa es su obra».
El duque, sentado a la mesa que ocupaba casi por entero la parte alta de la estancia, charlaba animadamente con una bella dama de tez de ébano opulentamente vestida que tenía un pequeño gato de piel de cristal en el regazo. Mientras la joven Dec se aproximaba a su invitada ambos rostros se fueron girando hacia ellas, dejando que las sinceras sonrisas que habían mostrado hasta hacía unos segundos se diluyeran en sus rostros.
—Padre, señora Sabiou —casi gritó la joven Dec—, es para mí un honor presentarles a la maestra de Trescúpulas, Alissa Triefar. Señorita Triefar, os presento a mi padre, el duque Viat Dec, y a la duquesa de Tholia, Miama Sabiou, que ha tenido el detalle de venir en nuestra ayuda.
Las dos recién llegadas se quedaron a unos pasos de la oscura mesa, viendo como los duques se levantaban. Alissa repitió el gesto que había hecho en la puerta y dijo:
—Excelentísimo señor Dec, siento irrumpir de este modo en su hogar. Gracias por abrirme las puertas de su casa y recibirme con tanta presteza. Excelentísima señora Sabiou, es un placer conocerla. Conocerlos a ambos —se corrigió al final.
Los dos hicieron un asentimiento, que se vio interrumpido por la nerviosa voz de la hija del duque:
—Ha venido para ayudarnos con la bestia del lago.
—Nos honra con su presencia, maestra Triefar —dijo el duque, ofreciendo una sonrisa más comedida que la de su hija.
—El placer es mío, querida —intervino la duquesa, sujetando al animal contra su pecho. Este, adormilado, bostezó sin ganas—. Desde luego. No todos los días tiene una el placer de conocer a una persona de su talento. —Y se giró hacia el duque—. Me alegro mucho de verte, mi compañero, pero el viaje ha sido largo y me gustaría descansar un poco.
—Por supuesto, Mia. Durante la cena podremos charlar de los viejos tiempos. —Y le tomó la mano para besársela.
—Mejor hablaremos de los nuevos. Son mucho más —miró a Alissa antes de proseguir— interesantes. —Se movió alrededor de la mesa sin soltar al animal y se acercó a las chicas antes de volver a hablar—. Un placer, señora. Espero que pueda unirse a nosotros durante la cena. Una aventurera como usted podría hacer las delicias de una vieja aburrida como yo.
—Será un placer, excelencia.
—Y podría también deleitarnos con una de sus canciones. Según dicen, es una de las mejores liristas del mundo. —Y le tocó un hombro con la mano.
—Oh, yo también lo había oído —intervino Hai sin poder reprimirse.
—Es una exageración, me temo, pero estaré encantada de tocar algo si me lo permiten.
La duquesa le dedicó una sonrisa como respuesta, hizo un gesto con la cabeza a Hai Dec y salió de la sala.
—Por favor, maestra Triefar —habló por fin el duque—, tomad asiento junto a mí. —Y señaló la silla que había ocupado la duquesa hasta hacía unos minutos.
La mentalista obedeció mientras la joven que la había acompañado hasta allí ocupaba una butaca al otro lado de la mesa.
—Habéis hecho un largo camino para acudir en nuestra ayuda, noble aincara —dijo una vez se hubieron acomodado los tres, empleando aquella palabra con la que los sureños solían referirse a los mentalistas.
—Lo cierto es que soy una persona muy viajera y siempre he querido visitar las tierras de Campohundido. Además, el señor Ardah es un gran amante del sur de Ilargia —dijo con cautela, consciente de haber omitido la palabra reino. Era peligroso emplear aquella palabra con un duque o alguno de sus leales—. Vivió aquí durante algunos años en su juventud. Cuando llegó a sus oídos que había una criatura asolando a los pueblos en las orillas del Nithuyen, no se lo pensó dos veces y me hizo acudir, excelencia.
—Me alegro, me alegro. La verdad es que esa criatura representa un problema enorme para la economía de la región —dijo haciendo que uno de los siervos que aguardaban de pie se acercara—. Supongo que el viaje habrá sido largo y agotador. ¿Puedo ofreceros algo de comer? ¿O una bebida quizás?
—Estoy bien. Muchas gracias, su excelencia —rechazó la oferta viendo como aquel li-men-ti con hoyuelos en las mejillas se alejaba haciendo una pequeña reverencia.
—Lo que tienes que entender —se metió de lleno en el asunto—, Alissa, es que el lago nos permite vivir aquí —dijo Hai Dec evitando cualquier formalismo mientras su padre despedía al siervo—. En Layaba tenemos muy poca lluvia, los vientos del oeste no consiguen abastecernos y los del este son demasiado calmados y se pierden en el laberinto de la Herradura, se secan tras ascender al Knasal. El agua, para nuestros animales, para los viñedos y arrozales, incluso para los olivos cuando hay sequía, toda la sacamos del Nit. Y ahora apenas…
—¿Cuándo apareció? —preguntó la bruja ante el silencio en el que se sumió la joven. Pero esta vez fue el duque quien, tomando el relevo de su hija, habló.
—No estamos del todo seguros. Hará cosa de unos cuatro meses desaparecieron varias reses que pastaban al norte, cerca del camino real. No le dimos mucha importancia. Los ladrones de ganado han atacado varias veces nuestras tierras en lo que va de año. Y las bestias Jain de las llanuras también suelen moverse bastante hacia el sur y acercarse a beber al lago. Pero lo raro en este caso es que la sangre, el rastro, llevaba al agua. Esto nos puso sobre aviso, pero el primer avistamiento de la bestia fue durante la preparación del Nithuaren, las fiestas del lago.
—El Nithuaren es la ofrenda anual al lago —aclaró la muchacha—. Se celebra un mercado junto al agua, al otro lado de la muralla. Y hacemos decenas de barquitos con las ramas que encontramos en la orilla y los… los dejamos ir, con pequeñas antorchas —dijo con una sonrisa, soñadora—. Verlo es precioso… Pero este año, cuando estábamos preparándolo, una enorme bestia…
No pudo seguir y miró a su padre.
—Un cocodrilo. Blanco. Tan alto como dos hombres. Surgió del agua y se llevó a una de las niñas Xuyen. Pobre familia. Primero unas fiebres acabaron con Mai, y ahora…
Durante el silencio que se extendió, Alissa examinó a aquel hombre que se sentaba frente a ella. Viat Dec tenía tanto en común con su padre como poco con su hija. Achaparrado, de mandíbula cuadrada y cabello abundante del color de las nubes de tormenta, parecía que la estatua de la plaza de Layaba había cobrado vida. Solo compartía con su hija los estrechos ojos limen-ti, que siempre parecían sospechar. Llevaba una camisa larga con el puño de los Dec bordado en el pecho, sobre el corazón, y allí donde terminaban las mangas se dejaban entrever algunas marcas de tinta. Alissa sabía que los seguidores de la primera y última encarnación de la justicia, los La-gi-hos, se tatuaban las enseñanzas de su libro sagrado, del Bor-i-lek. Aquello era más un estilo de vida que una religión y, si bien adoraban a un Dios como los Hijos o los Siervos, los La-gi-hos no creían en un más allá y trataban de ser la mejor versión de sí mismos sin esperar una recompensa. Por ello seguían a rajatabla una serie de preceptos como el ayuno durante uno de cada diez días, la contemplación y el estudio de la naturaleza. No podían beber alcohol ni comer carne de bestias salvajes y no se les permitía tener más de dos hijos. Su dogma establecía que el equilibrio era el fin mismo de la vida y que en él se encontraba la felicidad.
—¿Un cocodrilo? —dijo al fin.
—Sí, una de esas bestias que viven en la parte calmada del Bington, río abajo, cerca de Arniasus —prosiguió el duque—. A veces alguna remonta el cauce y… Pero no, no era uno de esos. No con ese tamaño. Ese mismo día movilizamos todas las barcas para buscarlo, pero no apareció.
—Padre —los interrumpió un joven que había llegado sin hacer mucho ruido—, necesito hablar con vos.
Era una versión masculina de su hermana, unos cinco años más joven. Llevaba unos ropajes similares a los de su padre, pero era más alto que él, y parecía nervioso.
—Mi hijo —lo presentó extendiendo la mano—, Yim. Hijo, esta es la maestra Triefar, que ha venido a ayudarnos con nuestro problema.
Después de las cortesías habituales, el joven volvió su atención al duque.
—Necesito hablar con usted. Se trata de un asunto urgente —le dijo con los brazos encogidos y apretándose las manos.
—Dame unos minutos y, cuando termine con Alissa, te mandaré llamar —soltó tajante, desviando su atención hacia la mentalista.
Después de despedirlo con la mano, el joven dudó y se marchó más nervioso de lo que había llegado.
—Mi hermano Yim es muy joven, y su templanza no ha madurado —dijo la chica con una ligera sonrisa—. Por favor padre, continúe.
—No conseguimos encontrarlo —prosiguió—, pero… —y soltó todo el aire de golpe— los que lo vieron lo describieron como un joven de piel oscura, un kuokere, que surgió del agua. No nadaba. Al parecer salió como si un pescador lo elevara muy despacio, con una cuerda, en medio del lago… Se convirtió en un calamar de Fern completamente negro que se tragó una barca con tres hombres.
Alissa vio que la joven la miraba con gravedad.
—Desde entonces ha habido nueve ataques más. Un alquimista traileño vino a socorrernos, pero no tuvo suerte —dijo la chica—. A veces aparece el joven kuo, pero nunca repite la bestia.
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