Read the book: «Salvación en Sand Mountain»
DENNIS COVINGTON (1948) nació en Birmingham, Alabama, una ciudad industrial fundada tras la Guerra de Secesión. Ni tuvo que arar detrás de una mula, ni recoger algodón, ni sacrificar cerdos, pero leyó con fruición a Faulkner, a O’Connor y a Welty, y cazó muchas serpientes con su amigo Beaver en Village Creek, debajo del puente de la calle 80. Se graduó en Virginia y asistió al Taller de Escritura de la Universidad de Iowa bajo la tutela de Raymond Carver y John Cheever.
Lo único que sabía decir en español era «Soy periodista. Por favor, no dispare» cuando, desesperado por los sucesivos rechazos de la editoriales y con intención de alejarse por un tiempo de un matrimonio cada vez más asediado por las drogas, el alcohol y las infidelidades (tal y como relataría en su devastador libro de memorias Cleaving: The Story of a Marriage), inició el primero de sus doce viajes a El Salvador como corresponsal de un pequeño periódico de Birmingham durante los convulsos años de la Guerra Civil. Allí, en primera línea de fuego, bajo el tableteo de las metralletas, conoció el miedo y dejó de beber. Pero se hizo adicto al peligro. Esa misma adicción, junto a una sed insaciable de éxtasis en experiencias religiosas, le hizo entrar en contacto, esta vez como corresponsal del New York Times, con los manipuladores de serpientes del reverendo Summerford, experiencia que originaría la personalísima travesía espiritual que le llevaría a indagar en sus orígenes y quedar finalista del prestigioso National Book Award en 1995.
Actualmente reside en las altas llanuras del oeste de Texas, entre campos de algodón, armadillos y matojos rodantes. Continúa impartiendo clases de escritura creativa en la High Tech de Lubbock, pero sabe muy bien que la búsqueda aún no ha terminado. Es molecularmente incapaz de mantenerse alejado del epicentro de las tormentas.

Título original:
Salvation on Sand Mountain: Snake Handling and Redemption in Southern Appalachia
Addison Wesley Publishing Company, Inc. 1994
Primera edición Dirty Works: Octubre 2018
© Dennis Covington, 1999
© 1995 de las fotografías: Jim Neel & Melissa Springer
© 2018 de la traducción: Tomás González Cobos
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Se han publicado partes de esta obra en The New York Times, The Chattanooga Review y National Geographic Explorer.
El epígrafe es un fragmento de «Aspectos de lo grotesco en la literatura sureña», de Misterio y maneras, Flannery O’Connor, en traducción de Esther Navío, Ediciones Encuentro, Madrid, 2007.
Traducción: Tomás González Cobos (con la ayuda salvadora de Ione Harris, Tracy Rucinski, Javier Lucini y Dennis Covington)
Diseño de cubierta: Nacho Reig
Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»
Maquetación: Marga Suárez
Correcciones: Marta Velasco Merino
ISBN: 978-84-19288-13-4
Producción del ePub: booqlab
En memoria de
SAM S. COVINGTON
mi padre
Índice
Agradecimientos
Prólogo
1- En busca de señales milagrosas
2- El juicio
3- Ovejas sin pastor
4- Bajo la pérgola de matorrales
5- Jolo
6- Raíces
7- Serpientes
8- Salvación en Sand Mountain
9- Historias de guerra
10- El círculo ampliado: Elvis Presley Saylor
11- La boda
Epílogo
Álbum de fotos
AGRADECIMIENTOS
Estoy especialmente agradecido a Don Fehr, mi director editorial, que concibió este proyecto y lo condujo hasta su finalización; a Vicki Covington, que le robó tiempo a su libro para ayudarme con el mío; y a los artistas Jim Neel y Melissa Springer, que compartieron este viaje conmigo y cuyas fotografías aparecen aquí dentro.
Gracias también a Rosalie Siegel, Paul Haskins, Bill Leonard, Ashley Covington, Laura Covington, Jeanie y Bunky Wolaver, Kat y Jack Marsh, Edna Covington, Cathy Jennings, Maxine Resnick, Judy Katz, Joey Kennedy, Katye Tipton, Walter y Eva Ruth Sisk, Cheryl Simonetti, William Hull, Tim Kelley, Dale Chambliss, Tom Camp, Danny Covington, y a Yvonne Crumpler y el equipo de la Colección Sureña en la Biblioteca Pública de Birmingham. Me siento especialmente en deuda con el trabajo de David Hackett Fischer, Wayne Flynt, Harold Bloom, Thomas Burton, Robert H. Mount, Robert Dunnavant, Jr., y David Kimbrough.
En algunos casos no basta con dar gracias. Que lluevan bendiciones sobre Carl Porter, mi amigo y mentor espiritual; y sobre Carolyn Porter, Charles y Aline McGlocklin, J.L. Dyal, Elvis Presley Saylor, Cecil y Carolyn Esslinder, Gracie McAllister, Bobbie Sue Thompson, Bill Pelfrey, Daisy Parker, Dewey Chafin, Billy y Joyce Summerford, Punkin Brown, Allen Williams, Darlene Collins Summerford, y sobre todos los demás cuya fe ilumina estas páginas.

Este descenso a su interior será, a la vez, un descenso a su región. Será un descenso a través de la oscuridad de lo familiar hasta un mundo donde, como el ciego de los evangelios cuando recupera la vista, ve a los hombres como si fueran árboles, pero que andan.
FLANNERY O’CONNOR, Misterio y maneras
PRÓLOGO
Esta mañana, cuando volvía de comprobar el buzón, me preguntó una vecina si había terminado el nuevo libro.
–Aún no –le dije. No tuve el valor de decirle que ni siquiera lo había empezado.
–Es que quería saber si ha puesto algo de los árboles atrapaespíritus –me preguntó.
¿Árboles atrapa-espíritus?
Me explicó lo que eran: árboles sin hojas plantados en patios rurales para adornarlos con botellas de cristal coloreadas. Entonces me acordé de que los había visto antes. Pensé que solo eran decorativos. Pero mi vecina me dijo que había un propósito en los árboles atrapa-espíritus. Si tienes espíritus malvados, los metes en botellas encajadas en las ramas de un árbol del jardín. Cuanto más colorida la botella, mejor, supongo. Los espíritus malvados se quedan atrapados en las botellas y no pueden hacer daño. Eso es lo que hacen los sureños del mundo rural con los espíritus malvados.
La razón por la que yo no sabía gran cosa de los árboles atrapaespíritus es que soy un chico de ciudad. Nací en Birmingham, una ciudad industrial fundada después de la Guerra de Secesión, y sigo viviendo allí. Mi padre también nació en Birmingham, en 1912, así que él tampoco sabía mucho de árboles atrapa-espíritus. Tenía once hermanos, trabajó para una siderúrgica la mayor parte de su vida y al final murió de enfisema.
Me hice adulto leyendo a los grandes de la ficción sureña como Faulkner, O’Connor, Welty y Warren, pero su Sur no era un mundo que yo conociera de primera mano. Yo nunca tuve que arar detrás de una mula ni recoger algodón o sacrificar a un cerdo. Y cuando visitaba a primos lejanos en el campo, me recordaban lo poco que sabía yo sobre la vida de verdad. Para ellos, yo era un señorito de ciudad. Llevaba pantalones con pinzas en lugar de un peto.
Sin embargo, la primera obra de ficción que escribí se situaba en el campo. Mi primer cuento publicado se llamaba, curiosamente, «Salvación en Sand Mountain».
El hecho es que hace veinticinco años yo nunca había estado en Sand Mountain, pero sacaba el material de la rica literatura sureña, cuya textura nunca había experimentado en persona. Con el tiempo, los escenarios y los personajes de mis obras de ficción comenzaron a parecerse más y más a los del mundo que yo conocía íntimamente, la Ciudad. Empecé a escribir sobre parejas urbanas, con o sin niños, y sobre los dilemas menores a los que se enfrentaban. Me parecía una ficción más honesta, pero me faltaba algo. Los relatos podían haberse situado perfectamente en Portland o Des Moines. Empecé a preguntarme si seguía siendo un escritor sureño. Empecé a preguntarme si todavía existía un Sur.
En un ensayo de 1990 publicado en la revista Time, Hodding Carter III nos dice que no. «El Sur como tal», escribe, «una tierra mítica en perpetua regeneración con una personalidad característica, ya no existe». Me hubiera gustado que Carter hubiera oído el sermón del evangelizador Bob Stanley en una iglesia de manipulación de serpientes en Kingston, Georgia, en junio: «¡Difundid la buena nueva! ¡Salimos de la granja! ¡Bajamos de las montañas! Empezamos como un chorrito, pero pronto seremos un arroyo. Y los arroyos se unen para formar un riachuelo, y los riachuelos se unen para formar un gran río poderoso, ¡y creceremos y nos precipitaremos juntos hacia el mar!».
Para entonces había pasado con los manipuladores de serpientes el tiempo suficiente para saber que el Hermano1 Bob Stanley hablaba de un Sur que residía en la sangre, una región del corazón. Escuchad. La peculiaridad de la experiencia sureña no terminó cuando el gorgojo se comió la cosecha de algodón2. No dejamos de ser un país aparte cuando Burger King llegó a la ciudad sureña de Meridian. Somos un pueblo tan peculiar ahora como antes, y el hecho de que nuestra cultura esté bajo asedio nos ha obligado a ser todavía más peculiares que antes. La manipulación de serpientes, por ejemplo, no se originó en las montañas. Comenzó cuando la gente bajó de las montañas para descubrir que estaban rodeados por una cultura hostil y espiritualmente muerta. Por todas las zonas de la frontera con el mundo moderno –en lugares como Newport (Tennessee) y Sand Mountain (Alabama)–, la gente se replegó. Se atrincheraron. Cuando sus recursos propios fallaron, invocaron al Espíritu Santo. Pusieron sus manos en el fuego. Bebieron veneno. Agarraron las serpientes.
Y lo siguen haciendo. El Sur no ha desaparecido. Si acaso, es todavía más sureño, como en un esfuerzo a la desesperada por salvarse. Y el Sur que aún sobrevive durará más que el que lo precedió. Será más duro y duradero que lo que había antes. ¿Por qué? Porque ha sobrevivido al fuego. Y no me refiero solo al movimiento por los derechos civiles, aunque ciertamente podríamos empezar por ahí. Me refiero a un incendio prolongado, de combustión lenta, a la guerra civil original y a la industrialización que engendró. Me refiero a la colonización del Sur por los emprendedores norteños. Me refiero a la migración a las ciudades, a la epidemia de cólera, a las inundaciones. Me refiero a las guerras a las que se envió a sureños en números desproporcionados durante el siglo XX, a la pobreza que sufrieron. Me refiero a nuestra caída en desgracia. Me refiero al desprecio y el ridículo con el que el país ha abrumado a los sureños blancos pobres, el único grupo étnico de Estados Unidos al que no se le permite tener una historia. Me refiero a la Ciudad, y no a Atlanta. Me refiero a Birmingham.
En el campo, los sureños meten a los espíritus malvados en botellas de colores colgadas de los árboles. Pero permitidme que os cuente lo que hacemos con los espíritus malvados en la Ciudad. Empezamos con el carbón, que un grupo de nuestros antepasados masculinos sacó de la tierra dejándose la vida. Lo calentamos hasta que emite gases venenosos y se convierte en coque, más duro y negro. Luego utilizamos ese coque en el fuego. Lo utilizamos en los altos hornos. Estos hornos son inmensos, con forma de bulbo y cubiertos de óxido. Estoy seguro de que no os gustaría que hubiera uno en vuestro barrio. Llenamos el horno con piedra caliza, mineral de hierro y cualquier espíritu malvado que encontramos por ahí. El mineral de hierro se funde en el fuego alimentado con coque. Las impurezas se pegan a la caliza y forman una escoria que flota sobre el metal fundido. Lo que se queda en el fondo es puro y está a una temperatura altísima. En cierto momento, abrimos un agujero en la base del horno y el hierro fundido cae en cascada, como una cinta roja tan luminosa que apenas se puede mirar. Cuando yo era pequeño, podías ir al viaducto que hay encima de los altos hornos de Sloss, en el centro de Birmingham, y contemplar el río de hierro fundido que corría por el suelo, incandescente, inexorable y tan imprevisible que una noche saltó una chispa mientras Ross Keener, un amigo de mi padre, estaba asomado a la barandilla del viaducto, y le dejó ciego de un ojo.
Ese es el Sur al que me refiero.
Birmingham, verano de 1993
1 Al igual que otras comunidades religiosas, los manipuladores de serpientes utilizan los términos «hermano» y «hermana» para referirse a otros miembros de la congregación con los que no hay parentesco, y recurren también al tratamiento de «tío» y «tía», por lo general para fieles de edad más avanzada. Aunque en español no es lo habitual, he mantenido en la traducción la mayúscula para estos términos por fidelidad al original. (N. del T.)
2 A finales del siglo XIX y principios del XX, el gorgojo del algodón, un coleóptero, devastó las cosechas de dicha planta en el Sur estadounidense, dejando un profundo impacto en su economía. (N. del T.)
1
EN BUSCA DE SEÑALES MILAGROSAS
«Una noche en el este de Tennessee, un predicador que manipulaba serpientes vino y nos dijo:
–Chicos, ¿tenéis serpientes en ese coche?
Le dijimos que no.
–¿Cómo? ¿Me estáis diciendo que no tenéis ninguna serpiente de cascabel en el coche?
–No, señor.
–¿Qué es lo que os pasa? –dijo, abriendo los ojos de par en par–. ¿Estáis locos?»
La primera vez que fui a una misa de manipuladores de serpientes, ni siquiera sacaron serpientes. Fue en Scottsboro, en Alabama, en marzo de 1992, en la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas. Yo había ido a la iglesia invitado por una mujer, miembro de la iglesia, que había conocido mientras cubría el juicio de su predicador, el reverendo Glenn Summerford, a quien habían condenado a noventa y nueve años de cárcel por intentar matar a su mujer con serpientes de cascabel.
La iglesia estaba en una estrecha extensión de asfalto denominada Woods Cove Road, no muy lejos del hospital del condado de Jackson. Recuerdo que era una tarde fresca. El cielo era del color de los albaricoques y acababa de salir una delgada luna creciente color de plata. Aún no se veía ninguna estrella.
Después de cruzar varias vías férreas al otro lado del hospital, vi las luces de la iglesia en la distancia, pero a medida que me acercaba comencé a preguntarme si allí había realmente una iglesia. De hecho, se trataba de una gasolinera y una tienda rural reconvertidas, con una fachada de conglomerado y un campanario en miniatura. En el cartel escrito a mano aparecía el nombre del predicador de tres formas distintas: Glenn, Glen y Glyn. Fuera había media docena de coches aparcados y, aun con las ventanillas de mi coche subidas, podía sentir el ritmo de la música.
Nunca había oído una música similar, un cruce entre el Ejército de Salvación y rock psicodélico: panderetas, guitarra eléctrica, batería, platillos y unas voces que oscilaban de una nota a la siguiente como si a los que cantaban los estuvieran serrando por la mitad. «No me… No me moveré. No me… No me moveré. Como un árbol plantado en el a-agua, oh… ¡No me moveré!».
Hay momentos en los que te encuentras en el umbral de una nueva experiencia y no tienes elección al respecto. O te adentras en la experiencia o te alejas, pero sabes que, con independencia de lo que hagas, habrás alterado tu vida de forma permanente. De una u otra manera, habrá consecuencias.
Yo elegí entrar.
Había alrededor de una docena de hombres y mujeres dando palmas y zapateando. Tenían el típico aspecto ajado, con facciones angulosas, de la gente de los montes Apalaches y conocía a algunos por el juicio. Reconocí la cabeza calva y la barba blanca y rala de Tío Ully Lynn3, con quien había hablado en la sala de los testigos durante un descanso. Parecía vestido con el mismo peto viejo y en sus ojos azul claro residía la misma mirada serena y misteriosa del juicio.
–¿Qué se siente al agarrar una serpiente? –le había preguntado entonces.
–No es fácil explicarlo –me había dicho Tío Ully–. Te encuentras en un estado de devoción. No puedes pensar en nada más. El Espíritu te dice lo que tienes que hacer.
–¿Pero por qué a alguna gente le muerden?
Pensó durante un minuto.
–En esos casos –dijo–, alguien debe de haber malinterpretado al Espíritu.
Decían que, en su juventud, Tío Ully había sido uno de los cantantes de góspel más importantes de Sand Mountain, pero yo entonces no lo sabía. Tampoco sabía entonces que un año después Tío Ully estaría muerto, carcomido por una infección gangrenosa que no tuvo nada que ver con las serpientes. Cuando murió, Tío Ully todavía ingresaba dinero por las canciones que había escrito para su pariente Loretta Lynn, pero esa historia tampoco la conocería hasta después de su muerte. Lo único que sabía esa primera noche era que Tío Ully era manipulador de serpientes y que, teniendo en cuenta que a diferencia de otros él seguía vivo, era un buen intérprete del Espíritu.
Detrás del meneo de la cabeza calva de Tío Ully reconocí a la Hermana Bobbie Sue Thompson, la mujer que me invitó a la misa. Me sonrió e hizo un gesto para que me acercara con ella a la parte delantera de la iglesia, desde donde por lo visto dirigía los cánticos. A su lado había una mujer con una camiseta con un estampado de serpiente. No me sabía las letras de las canciones, pero al parecer daba igual. Cantamos piezas corales, sobre todo: I Saw the Light [«Vi la luz»], Wading through Deep Water [«Caminando en aguas profundas»] y Will the Circle Be Unbroken [«No se romperá el círculo»]. El guitarrista, un gnomo pelirrojo llamado Cecil, tocaba sorprendentemente bien. De pie, junto a él, me encontraba en una posición idónea para echar un buen vistazo a la iglesia.
Dicen que, antes del juicio de Glenn Summerford, acudían a la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas cerca de cien personas cualquiera de las tres noches a la semana que había misa. Es un misterio cómo podía entrar toda aquella gente en un santuario tan diminuto. La iglesia no tenía más de una docena de bancos y el suelo de linóleo estaba abollado como la cresta de una ola. Las paredes blancas estaban desnudas salvo por los cuadros de Jesucristo y un tapiz de la Última Cena. El único calor procedía de un calefactor eléctrico en el centro de la sala. Había unos baños en un pasillo de la parte trasera.
Cuando los cánticos se detuvieron, un hombre bajito y nervudo con bigote y el pelo repeinado se dirigió al púlpito. Llevaba una Biblia en una mano y una caja plana de madera para serpientes en la otra. Vestía una camisa oscura al estilo del Oeste y pantalones con una hebilla en la que se veía una imagen de Jesucristo. No era la típica estampa del esteta apacible con acondicionador en el pelo. Era más bien el carpintero judío con los ojos desorbitados que había expulsado a los mercaderes del templo.
–No soy predicador –se disculpó el hombre. Le faltaban los dientes delanteros de abajo. Después me enteré de que se llamaba J.L.–. Tampoco soy ayudante del predicador. Solo estoy intentando que la iglesia siga abierta.
–Amén –dijo la Hermana Bobbie Sue.
J.L. colocó con cautela la caja de la serpiente en el altar y hubo un silencio incómodo mientras depositaba la Biblia en el púlpito y pasaba lentamente las páginas. Tenía unos dedos cuadrados y las uñas oscuras; manos de obrero. Era un soldador con problemas de corazón que soñaba con tener su propio ganado e inseminarlo artificialmente, según me enteré luego.
–Jesucristo, ayúdale –dijo la Hermana Bobbie Sue.
–El texto va a ser Juan, capítulo tres, versículo dieciséis –dijo al fin J.L.
Leyó con la voz entrecortada, con un dedo en el libro y el entrecejo fruncido. Ya entonces sentí algo curioso con relación a aquel lugar. Cuando hay un silencio y quietud total en un templo como la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas, hasta en esos momentos se genera una sensación de movimiento, como si del techo colgara una bombilla que se balanceara al extremo de una cadena, aunque no había nada parecido. Será un espejismo, pensé. Algo que no es realidad.
–«Porque de tal manera amó Dios al mundo» –leyó J.L.– «que ha dado a Su hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna»4.
–Amén –dijo la Hermana Bobbie Sue.
–Bendito sea Su dulce nombre –dijo la mujer con la camiseta del estampado de serpiente.
J.L. alzó la mirada, reflexionando sobre lo que iba a decir.
–Dios amó tanto al mundo –dijo. Y después–: Oremos.
Seguramente fue el sermón más corto de la historia. Pero no pareció importarle a nadie. Todos se acercaron a la parte delantera, las mujeres con vestidos hasta los tobillos, cuellos de encaje y estampados de flores, los hombres con vaqueros, petos o pantalones de poliéster. Se arrodillaron en el altar improvisado y comenzaron a rezar en voz alta, cada uno una oración distinta. La voz de J.L. se elevó por encima de las demás durante un compás.
–Oh, señor, quédate con nosotros ahora, protégenos en Tu misericordia y, Dios amado, bendice esta nuestra pequeña iglesia, amén, y hazla tuya…
Entonces se alzó otra voz para acompañarle, se unió a la suya y se separó, y cada voz formó un hilo distinto que al mismo tiempo se entretejía con las otras en una especie de canción; subían, bajaban, se reunían y se dispersaban, y por encima de todas, como un contrapunto, fluía la voz de la madre de Glenn Summerford, Tía Annie Mance. Estaba rezando por su hijo, en la cárcel por un delito que según ella no había cometido, y su voz se unía en un dueto con el ruego de otra mujer por sus hijos perdidos, que vivían en la ciudad, en pecado, y justo por debajo de las mujeres estaban la voz áspera de saltamontes de Tío Ully y la voz blues de la Hermana Bobbie Sue. Y por debajo de todas las voces humanas estaba el incesante cascabel de la serpiente en la caja de madera.
Nadie pidió el fin de la oración. Las voces sencillamente decayeron en un ritmo sincronizado que se fue apagando gradualmente, sosegándose en volumen y tono. Los sonidos de la serpiente de cascabel seguían constantes mientras las voces se desensamblaban, pero en última instancia incluso la serpiente quedó en silencio, y la oración concluyó con amenes que fueron apilándose, cada uno encima del anterior, como los finales semisuspirados de un canon.
Salí de mi primera misa en la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas y me pregunté dónde se había ido el tiempo. Eran casi las diez. La luna creciente había desaparecido detrás de Sand Mountain. Habían brotado las estrellas, brillantes como el hielo.
Varios hombres se reunieron en el aparcamiento. Estaban hablando sobre cómo era todo antes de la detención de Glenn, cuando la iglesia se llenaba de familias del condado de Jackson.
–Volverán –dijo Cecil, el guitarrista, y me dio una palmada en el brazo–. Y tú también volverás.
Crecí en una iglesia metodista, pero supongo que sería un tipo raro de metodismo. Era una pequeña congregación en East Lake, un barrio urbano residencial de Birmingham, y de vez en cuando venía un predicador de lo que considerábamos las zonas rurales, de un lugar como East Gadsden, una pequeña población que se desarrolló en torno a una fábrica a los pies de los Apalaches, o de Arab, en la parte alta de Brindley Mountain.
A veces estos predicadores parecían un poco fuera de lugar en nuestro vecindario tranquilo y sobrio, donde las familias de tenderos, fontaneros y oficinistas aspiraban a una respetabilidad de clase media. Los predicadores trataban de animar las misas gritando hasta quedarse roncos. A veces recurrían a tácticas más atrevidas. En mitad del sermón, por ejemplo, al Hermano Jack Dillard, mi favorito, le arrebataba el Espíritu de tal manera que corría hasta el piano y empezaba a aporrear las teclas. Ni siquiera sabía tocar el piano, pero no parecía importar.
El Hermano Dillard creía en la obediencia al Espíritu y animaba a aquellos tenderos y comerciantes a que hicieran lo mismo, aunque no recuerdo haber visto que ninguno siguiera su ejemplo. Obviamente, todos los adolescentes fuimos «salvados» por la gracia divina en aquella iglesia mientras estaba el Hermano Dillard, algunos de nosotros en múltiples ocasiones. El récord lo ostentaba una chica que se llamaba Frances Fuller, que nunca dejaba escapar una oportunidad para arrojarse al altar. A veces le daba un ataque a mitad de camino y alguien iba corriendo a la cocina a por una cuchara para ponérsela en la boca a Frances. El coro continuaba cantando All to Jesus I Surrender [«A Jesús me entrego del todo»] y recuerdo que mi padre agarraba con más fuerza el respaldo del banco que tenía delante hasta que levantaban a Frances y la llevaban de vuelta a su sitio.
Con todo, lo que verdaderamente nos preocupaba era el corazón del Hermano Dillard. Años más tarde le mató. Nos preocupaba porque, cuando predicaba, se ponía a sudar de tal forma que tenía que sacar un pañuelo y secarse la frente, las mejillas y el cuello. Era una costumbre tan familiar que no nos distraía en absoluto de su sermón, ni siquiera el domingo cuando, en lugar de sacar su pañuelo, extrajo por error un peine del bolsillo y comenzó a peinarse el pelo mientras gritaba: «Cuando aún éramos pecadores, ¡Él murió por nosotros!».
Aquellos días estaban repletos de inocencia desesperada y de una luz espiritual que después echaría de menos. Éramos una iglesia pequeña y cándida, siempre vulnerables ante una buena historia sentimental. Por ejemplo, un misionero que financiábamos entonces estaba en Rodesia del Sur. Años más tarde descubrimos que aquel misionero tenía una plantación bastante importante de caucho en la que los aldeanos trabajaban por una miseria. Los jóvenes vivían en unos barracones de la plantación y el propietario organizaba lecturas informales de la Biblia con ellos por la noche. Ese era el motivo por el que recibía el título de misionero y cada mes le mandábamos una parte importante de nuestro presupuesto para misiones extranjeras.
Y también estaba Dr. Doctorin. Dr. Doctorin se presentó en 1958, en un momento en el que los periódicos estaban llenos de noticias de la guerra civil del Líbano, con fotografías de los marines estadounidenses desembarcando en Beirut. Había mucha preocupación tanto por nuestros soldados como por los pobres libaneses. Nos consideramos afortunados cuando Dr. Doctorin se presentó en nuestra iglesia un domingo por la noche para llevar a cabo una ceremonia improvisada de avivamiento5. No pudo elegir mejor el momento. Dr. Doctorin nos contó que acababa de volver de Beirut e hicimos una enorme colecta para él. Recuerdo que lloraba cuando le trajimos las cestas rebosantes.
Fue la última vez que vimos a Dr. Doctorin y no fue hasta muchos años después cuando comencé a preguntarme si realmente era doctor, si su nombre era Dr. Doctorin y si era de verdad de Beirut.
No siempre acertábamos al juzgar a la gente y sus intenciones, pero teníamos una fe sencilla e infantil, algo que Jesús habría visto con buenos ojos. Y si algo me enseñó mi experiencia en aquella iglesia fue a acostumbrarme a efusiones extrañas del Espíritu y a contemplar con ternura a los timadores y a las voces que claman en el desierto6, por muy raros o sospechosos que fueran sus mensajes. Creo que también me puso en contacto con una parte primigenia y temeraria de mí mismo que quizá no habría descubierto de otra manera; se habría quedado arrinconada en algún lugar de mi memoria celular, una herencia cultural que de no ser así habría ignorado. Como veis, al crecer en East Lake, donde la gente se esforzaba tanto por huir de su pasado humilde, yo me hice adulto sin saber mucho de mi historia familiar. En lo que a nosotros respectaba, los Covington solo se remontaban dos generaciones, hasta nuestros abuelos. Mi abuelo materno había sido un detective ferroviario que había muerto de sífilis. El padre de mi padre también había trabajado en trenes, como empleado de correos. Después me enteré de que los Covington no habían vivido siempre en Birmingham, sino que en algún momento nosotros también habíamos bajado de las montañas, y aquellos predicadores sudorosos de ojos desorbitados de mi infancia estaban emparentados conmigo de una forma que nunca había esperado ni apreciado por completo. Retrospectivamente, creo que mi educación religiosa me había señalado siempre el camino hacia un encuentro final con la gente que manipulaba serpientes.
Pese a no haber visto serpientes, mi primer contacto con la iglesia de manipuladores de serpientes había sido emocionante y perturbador. Volví a Birmingham aquella noche en un estado de exaltación y confusión, como si las pupilas de mis ojos espirituales se hubieran dilatado. La sensación era incómoda, pero no del todo desagradable. Quería experimentar más, fuera lo que fuera. Y, por supuesto, sentía que tenía que ver lo que hacían con las serpientes.
Fue la noche siguiente, en mi segunda visita a la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas, cuando sacaron las serpientes. El Hermano Carl Porter había ido a la iglesia de su pueblo, en Kingston, Georgia, para difundir el mensaje. El Hermano Carl, un camionero jubilado cuyo alias de Banda Ciudadana era «Sneaky Snake» [Serpiente Furtiva], tenía aspecto de barbero, o de ser el tío favorito de alguien. Era un hombre modesto que rondaría los cincuenta años, con una nariz un poco chata en la punta. Tenía los ojos juntos y el pelo fino. No había nada en su apariencia que delatara una capacidad singular detrás del púlpito. Al verle por la calle, nunca habrías sospechado que el Espíritu Divino le visitaba con frecuencia o que manipulaba serpientes.
No obstante, para la congregación de la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas, el Hermano Carl era efectivamente un hombre especial. Desde la detención de Summerford, había procurado sustituirle siempre que le era posible. Era sin duda una posición incómoda para él, ahora que Glenn estaba preso, pero supongo que el Hermano Carl consideraba que sus responsabilidades eran una especie de misión.
Aquella noche, el Hermano Carl estaba acompañado de su mujer, Carolyn, y de otros miembros de su iglesia en Kingston, incluida Tía Daisy Parker, una mujer de aspecto severo con un temperamento imprevisible. Tras aproximadamente una hora de cánticos y oraciones, Tía Daisy se puso en pie de un salto y comenzó a profetizar.
–¡Llegará el día –dijo– en que las tripas de la tierra se abran, y algunos serán liberados y algunos devorados!
Entonces comenzó a desfilar. Daisy tenía el pelo canoso recogido en un moño en la nuca. Era delgada, de hombros algo encorvados, y los brazos se balanceaban en el aire mientras desfilaba.
–Y, ¡oh Señor!, algunos saldrán de la cárcel e irán a parar al corazón de Dios, que es donde pertenecen.
El resto de la congregación dijo amén.
–¡Oh, la tierra va a temblar! –dijo–. Arrancará de la pared las cadenas que le apresan. Y el cielo se volverá rojo como la sangre. Habrá humo y confusión por todos lados cuando Dios envíe a su oscuro mensajero sobre los tejados y libere al prisionero de su letargo.
Yo estaba sentado en medio de la congregación, observando a Tía Daisy con creciente consternación. Rezaba para que no viniera en mi dirección. En cualquier otro contexto, la habría tachado de lunática. Pero entonces me di cuenta de que el resto de la congregación no solo parecía consentirla, sino que la comprendían. Estaba profetizando una fuga milagrosa de Glen Summerford y, en aquel momento, tuve la impresión de que aquella revelación se contagió de golpe a toda la congregación.
–Y no hay nada que el mundo pueda hacer para evitarlo –dijo Daisy–. El mundo no tendrá ningún poder que lo pare.
Estaba de pie, cerca del altar, y señaló con el dedo hacia el centro de la congregación, a algún adversario anónimo e invisible.
–No tendrán ningún poder que lo pare.
Y al decir eso, se desvaneció y cayó sobre la primera bancada. ¡Amén! Entonces fue cuando el Hermano Carl se puso en pie para predicar. Tenía una mano en el bolsillo y sonrió hacia Tía Daisy mientras ella se levantaba hasta quedar sentada en el banco. Después me enteré de que el Hermano Carl era como un hijo para ella y que él se tomaba muy en serio aquellas profecías. Sin embargo, en aquel momento pensé que estaba tratando de distanciarse del arrebato de Tía Daisy.
–Hace calor aquí, ¿verdad? –dijo Carl.
Todos rieron. Todos se habían dado cuenta, salvo yo, de que no estaba hablando de la temperatura. Entonces pensé que Carl Porter no era un hombre al que el papel de predicador le hubiera llegado como un talento natural ni confortable. Se acercó dubitativo al púlpito, como un tejón que acabara de asomar la cabeza de su madriguera y no estuviera del todo cómodo con lo que ve. Llevaba una arrugada camisa de vestir blanca, con el cuello abierto, y pantalones de poliéster. Las gafas se le habían deslizado hasta la parte baja de la nariz. Más adelante vería un lado más ostentoso en Carl, pero aquella noche iba vestido con sencillez y comenzó su sermón como si el Señor no quisiera que dijera nada en concreto. Entonces abrió la Biblia.
–Echemos un vistazo aquí, en el segundo capítulo del libro de los Hechos –dijo–. «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde estaban sentados, y se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse».
Cerró la Biblia, la miró durante un segundo, la sostuvo, la volvió a mirar y dijo:
–El Espíritu Santo no vino hasta que no estuvieron todos juntos. –Entonces se giró hacia nosotros–. Eso es lo que dice la Palabra de Dios, y, queridos, la Palabra de Dios expresa lo que quiere decir y quiere decir lo que expresa.
Hubo un coro de amenes entre los parroquianos y Cecil, el guitarrista, dio un punteo a su guitarra eléctrica.
–Se reunieron todos juntos –continuó el Hermano Carl–, ¿y sabéis qué? Este libro no se escribió solo para los apóstoles. No fue algo que ocurrió solo para los apóstoles. Cuando el Espíritu Santo bajó con lenguas de fuego y empezaron a hablar en la lengua desconocida, Dios no estaba pensando en que fueran solo los apóstoles quienes lo hicieran.
Y en ese momento hizo una mueca, como si se hubiera clavado algo al apoyar el pie. Se agachó a un lado del púlpito y volvió a erguirse asintiendo con la cabeza.
–Jesús envió al Espíritu Santo para nosotros –dijo, y golpeó el púlpito con la palma de la mano–. Ya sabéis que algunos se quedan sentados a esperar que venga el Espíritu Santo. Pero ya vino, ¡en Pentecostés! ¡Y ha estado viniendo desde entonces! Lo siento ahora mismo en mí. Uaaaá. Me sube desde los pies hasta la cabeza. Me encanta cuando me llega al pelo.
Salió de detrás del púlpito con la Biblia abierta en una mano.
–Queridos, el Espíritu Santo está aquí mismo, para mí, para vosotros. Pero os voy a decir una cosa, será mejor que estemos juntos si queremos que el Espíritu Santo venga a nosotros, porque el Espíritu Santo no va a venir a un grupo de personas que no estén juntas. –«Amén. Alabado sea Dios», respondió la congregación–. Este Dios que alabamos es un Dios vivo. –«Amén»–. Dios no es un viejo de barba blanca que se sienta en un rincón del cielo. Es un espíritu. –«Amén. Alabado sea Dios»–. Es un espíritu. No tiene cuerpo. El único cuerpo que tiene somos nosotros. –«Amén. Alabado sea Dios»–. Y cuando nacemos de nuevo, ¡nacemos en el cuerpo de Dios!
La mayor parte de la congregación estaba ya en pie, dando palmas, zapateando. El Hermano Carl sacó un pañuelo y se secó la frente. Entonces se quitó las gafas y se las limpió con el pañuelo.
–¡Uf! –dijo cuando se apagó el estruendo–. Estoy contento de ser Suyo, ¿vosotros no? –«Amén. Alabado sea Dios»–. Y estoy contento de que Él sea mío, ¿vosotros no? No me gustaría que fuera de otra forma. No me gustaría tener otro Dios. No, señor. Quiero el de verdad. Y os voy a decir una cosa, esto es de verdad. –Dobló las gafas y se las puso en un bolsillo de la camisa–. Creo que no me habéis oído. ¡He dicho que esto es de verdad!
Los que no estaban ya de pie se levantaron de un salto, con las manos en alto, soltando amenes y alabanzas a Dios.
El Hermano Carl abrió de nuevo su Biblia, pero no se refirió a ella esta vez.
–Fue después de que Le crucificaran –dijo– y las mujeres fueron a la tumba. No Le encontraron allí. Se había ido. Pero un hombre vestido de blanco dijo que se había elevado y se les aparecería más tarde, según había anunciado Él. Y sabéis lo que dijo, ¿no?
«Amén». Todos sabían lo que había dicho.
–Dijo: «Y estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en nuevas lenguas, tomarán serpientes en sus manos, y si beben algo mortífero, no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos, ¡y sanarán!».
Un trabajador del aserradero que se llamaba Willie Southard caminó por el pasillo central, hacia delante y hacia atrás, dando palmas como un metrónomo y alabando el nombre de Jesús.
–Después –dijo el Hermano Carl–, Jesús subió al cielo, donde se sentó a la diestra de Dios. Y sabéis lo que quiere decir eso para los creyentes, ¿no? Quiere decir: «Los discípulos salieron en todas direcciones a proclamar el mensaje. Y el Señor mismo los ayudaba y confirmaba el mensaje acompañándolo con señales milagrosas». Amén.
Dejó la Biblia en el púlpito con un gesto triunfal. Echó una mirada penetrante a la caja de madera con la serpiente, que esperaba en el banco que servía de altar. Era una caja plana, de junturas elegantes, pintada de color café. La parte superior tenía bisagras, mitad rejilla y mitad madera, y las esquinas estaban reforzadas con broches decorativos. El Hermano Carl se inclinó y dio un golpecito en la rejilla. El cascabeleo seco que salió de la caja pareció satisfacerle. Pensé que ese era el momento en que tomaría una serpiente, pero no fue así. Saltó alrededor un poco más mientras Cecil improvisaba con la guitarra. Entonces el Hermano Carl dio un paso titubeante y estuvo a punto de tropezar, pero se enderezó en el último segundo. Se estremeció. Tembló. Alabó y gritó y alabó. Cecil se lanzó a cantar a pleno pulmón una canción que la congregación también cantó, y luego otra.
Estábamos cantando Prayer Bells from Heaven [«Campanas celestiales de oración»] cuando el Hermano Carl abrió por fin la portezuela de la caja de madera y sacó una cascabel de cañaveral. Era gruesa y pálida, de un gris amarillento. Tras sostenerla a la luz, se la pasó a Willie Southard y sacó una víbora cobriza que casi había terminado de mudar de piel.
La víbora era de color bronce y dorada a la luz de la iglesia. El Hermano Carl la sostuvo, observándola con una mirada a medio camino entre la sospecha y el remordimiento. La serpiente probó el aire con la lengua. El Hermano Carl puso su pulgar delante de la cabeza de la serpiente, para que la serpiente lo tocara con la lengua. Después acercó la cara a la de la serpiente. Por un instante, parecieron observarse, hasta que la serpiente retrocedió y volvió a rastrear el aire con la lengua. El Hermano Carl dejó que la serpiente bajara por su costado y la levantó de nuevo. Esta vez la sostuvo en alto, por encima de la cabeza, extendida en parte sobre su antebrazo y el resto sobre las puntas de sus dedos. Era como si exhibiera una hermosa cadena de oro, una pieza elegante de filigrana. Mientras la serpiente se deslizaba lentamente entre los dedos del Hermano Carl, caían al suelo pedazos de su piel. Daba la impresión de que la serpiente estaba en un proceso de reinventarse, como si se forjara un nuevo ser a partir del antiguo.
Tras varios minutos, el Hermano Carl metió las serpientes en la caja. La misa duró otra media hora. El Tío Ully y él ungieron a la madre de Glenn Summerford con aceite, y ella aseguró que era como si le corriera electricidad por los brazos. Cantamos unas cuantas canciones más, dirigidos por la Hermana Sue. Tía Daisy habló en lenguas desconocidas. Pero lo que no podía quitarme de la cabeza cuando salí a la oscuridad de la noche, en el exterior de la iglesia, era la imagen de esa víbora cobriza con piel nueva. ¿En qué me había metido? ¿Qué significaba aquello? Soplaba un aire glacial. Había sido una primavera fría, tardía, y al llegar la mañana las ramas del melocotonero en flor estarían revestidas de hielo.
Oí al Hermano Carl detrás de mí antes de girarme y ver su silueta a la luz amarilla de la puerta abierta de la iglesia. Se acercó al aparcamiento.
–Me han dicho que es escritor –dijo, dándome la mano.
Asentí y me disculpé por tomar notas durante la misa.
–¿Qué está escribiendo? –preguntó.
Le dije que había cubierto el juicio de Glenn Summerford y que estaba escribiendo un libro sobre la manipulación de serpientes.
Apartó la mirada como si no fuera la primera vez que había oído esa respuesta.
–La Biblia dice que Jesús no volverá hasta que se publique el evangelio en cada nación –dijo–. Así que siga escribiendo ese libro. Mientras diga la verdad, será edificante para el cuerpo de Cristo. Será como si estuviera difundiendo el evangelio, ¿no?
Asentí. Aunque me pregunté si el Hermano Carl conocía ya la inevitable traición que se interpone entre el periodista y el tema sobre el que escribe. Me pregunté si estaba listo para el baile que tendría lugar entre él y yo.
3 Ver nota en pág. 20. (N. del T.)
4 Para las citas bíblicas, he recurrido en la mayoría de los casos a la traducción Reina Valera, por ser una de las más utilizadas en el mundo protestante hispanohablante. No obstante, en algunos casos he utilizado otras versiones más modernas para evitar un texto excesivamente arcaico. Tanto la Reina Valera como el resto de traducciones están disponibles en la página web de Bible Gateway. (N. del T.)
5 Los avivamientos, revivals en inglés, son misas o series de misas, principalmente de los movimientos evangélicos, en las que se produce un despertar o renacimiento religioso. En sentido amplio, se refiere a periodos prolongados de renovación del fervor religioso. (N. del T.)
6 «Voices in the Wilderness» es una expresión bíblica que se refiere a personas que expresan opiniones impopulares o ignoradas. (N. del T.)
2
EL JUICIO
Scottsboro, en Alabama, es una población sureña, pero no encaja en el estereotipo. No tiene una desmotadora de algodón desvencijada junto a las vías del tren, ni un bulevar polvoriento adornado con magnolios y casas neorrenacentistas. Es, por contra, una eficiente ciudad con industria textil en las faldas de los Apalaches, en la esquina noreste del estado, a tiro de piedra del río Tennessee. Scottsboro tiene calles anchas y limpias, un próspero distrito comercial y unos sobrios juzgados del condado, en el centro de una plaza sin florituras. Fueron reconstruidos después de la guerra y no me refiero a la Guerra de Secesión. Me refiero a la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, hace sesenta años, los antiguos juzgados ubicados en el mismo lugar fueron el escenario de un juicio espectacular que puso a Scottsboro en el mapa y vinculó para siempre su nombre con la fallida cultura de las plantaciones que se había desarrollado a más de trescientos kilómetros al sur. Nueve jóvenes negros, a los que acabaron llamando los Chicos de Scottsboro, fueron condenados por la violación de dos mujeres blancas, un veredicto que después anuló el Tribunal Supremo de Estados Unidos.
El recuerdo del juicio es una carga que los habitantes de Scottsboro preferirían no soportar. Señalan, con cierto acaloramiento, que los Chicos de Scottsboro ni siquiera eran de Scottsboro, sino que pasaban por allí en un tren de mercancías. Según los lugareños, el presunto delito, el juicio y la lógica difusión nacional fueron accidentes de la historia que han marcado para siempre y de manera injusta a la ciudad.
Los residentes preferirían hablar del presente de Scottsboro, su serena y fotogénica plaza central; su famoso mercadillo del primer lunes de cada mes, que constituye una de las ferias de antigüedades con más solera del Sur; y la central nuclear de Bellefonte, que atrae al área a físicos, ingenieros y otros profesionales. Scottsboro, según sus habitantes, tiene mucho que ofrecer a esos nuevos inmigrantes. La pesca es magnífica en la zona pantanosa del lago Guntersville, la calle comercial cuenta con un restaurante chino y un moderno bar de deportes, y el golf y la vela son actividades de rigor en la colonia Goose Pond, un complejo recreativo de ciento cincuenta hectáreas al sur de los límites del municipio.
Pero hasta un observador casual puede apreciar un tercer Scottsboro, una población bastante distinta de la que está retratada en la historia o la que reflejan los folletos contemporáneos de la cámara de comercio. Su emblema podría haber sido la gasolinera y la tienda reconvertidas en iglesia de Woods Cove Road, la del campanario en miniatura y el letrero que decía «Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas».
Se trata del Scottsboro del reverendo Glenn Summerford y su rebaño, muchas de cuyas familias habían bajado de las montañas después de la Segunda Guerra Mundial y desde entonces han tratado de ganarse la vida y vivir de manera digna. Algunos venían de Tater Knob, al norte de la ciudad, o de Poorhouse Mountain, al oeste. Pero la mayoría provenía de Sand Mountain, al este, una altiplanicie enorme de cuarenta kilómetros de ancho y ciento veinte de largo, uno de los puntos más al sur de los montes Apalaches y una isla de posibilidades en medio de una cultura sureña en crisis.
En el noreste de Alabama, al igual que en el resto del Sur, el progreso desde la Segunda Guerra Mundial ha sido un arma de doble filo: ha supuesto salarios más altos, mejores condiciones de salud y menos aislamiento del mundo, pero también ha significado la pérdida de una forma de vida tradicional. La gente de los montes se enorgullecía de su independencia y autosuficiencia. Cultivaban lo que comían, hacían trueques para obtener lo que no cultivaban y vivían sin las comodidades que no podían elaborar con los materiales que tenían a mano. Pero el contacto con la cultura dominante de las ciudades comenzó a cambiarlo todo. Las nuevas autopistas, el aumento de las rentas y la mejoría de las comunicaciones elevó las expectativas de la gente y provocó una migración desde zonas rurales como el noreste de Alabama hasta los imanes de Nashville, Chattanooga y Birmingham. Las familias se rompieron y se separaron de la tierra. La forma de hablar y las costumbres comenzaron a perderse, como ocurrió con artes antiguas como la adivinación con agua, la rabdomancia, el arrastre de troncos con mulas y la matanza del cerdo. La gente dejó de utilizar expresiones que habían utilizado sus antepasados en el norte de Gran Bretaña durante siglos7. Y ya no se tumbaba a los muertos con platos de sal sobre el estómago, un ritual que antaño se utilizaba para evocar la inmortalidad del alma.
Hoy, las poblaciones de los cruces de Sand Mountain cuentan con nuevas bibliotecas y centros comerciales/centros urbanos, pero por todo el campo te encuentras caravanas quemadas, cementerios de automóviles, granjas de pollos abandonadas y esos símbolos omnipresentes de la alienación cultural: locales de rayos uva y videoclubes abiertos hasta tarde. La marihuana es un importante cultivo comercial en la montaña y las peleas de gallos parecen ser uno de los principales pasatiempos. «Sand Mountain tiene su propia ley», dice un agente federal de la Agencia Antidroga. El atractivo de lo secular y mundano en una región antes enmarcada en el Cinturón Bíblico ha dejado un residuo de desarraigo, ansiedad e ilegalidad.
Y es en este contexto donde a mi juicio se enmarcan los manipuladores de serpientes, unos nómadas espirituales procedentes de las tierras altas que rodean a Scottsboro, de las zonas aisladas de Sand Mountain y los rincones junto al arroyo de South Sauty. Eran refugiados de una cultura contra las cuerdas. Hablaban en lenguas,8 se ungían los unos a los otros con aceite para sanarse y, si se lo pedía el Espíritu Santo, bebían veneno, tocaban fuego y manipulaban serpientes venenosas. Para ellos, la misma Scottsboro era el gran mundo malvado, un lugar que podía tentarte a «dar la espalda al Señor». Sin embargo, ellos habían asumido ese riesgo ante la desesperación económica. Se habían visto arrastrados a Scottsboro con la promesa de obtener trabajo en las fábricas que hacían ropa, alfombras, moquetas y neumáticos. Algunos encontraron un empleo. Todos se encontraron con prejuicios.
–Nos llaman «Jesús-Solo»9, «freaks» y «zumbados fanáticos»10 –dijo la Hermana Bobbie Sue Thompson, una de las más fervientes defensoras de Glenn Summerford en el juicio.
Sin embargo, Sue había aprendido a vivir con la ridiculización. Era parte del precio que, según ella, pagaban los creyentes por ser lo que la Biblia denomina un «pueblo apartado» que estaba «en el mundo, pero no era del mundo».
Cuando los manipuladores de serpientes bajaron a Scottsboro, comenzaron a reunirse en casas de la zona de Tupelo Pike. Su primera iglesia en la ciudad se quemó hasta los cimientos. Ellos sospecharon que fue intencionado, aunque nunca se acusó a nadie. Pero pillaron el mensaje. Así que se mudaron a otras ubicaciones, algunas clandestinas, otras no tanto. Durante un tiempo tuvieron un sitio encima de Five Points y otro en Mink Creek. Cuando se reunían encima de un restaurante que se llamaba Chicken Basket, sus vecinos se quejaron del ruido. Tras reubicarse, les rajaron los neumáticos y les rompieron las ventanas, incluso después de mudarse a la gasolinera reconvertida en Woods Cove Road. Con todo, en este lugar los manipuladores sentían que habían encontrado un hogar permanente. Era un tramo tranquilo de carretera más allá de las vías férreas y lo único que había cerca era un taller mecánico y un solar cubierto de hierba. Allí la congregación no atraía tanta atención hostil como en la ciudad. Y podían tocar las guitarras eléctricas tan alto como quisieran.
Durante las misas en la iglesia, la congregación celebraba su culto al estilo del movimiento de santidad,11 salvo por sus curiosos añadidos ornamentales. Glenn Summerford, un ladrón de poca monta que se había arrepentido y se había dedicado a predicar, manipulaba habitualmente serpientes, bebía estricnina y metía los dedos en enchufes con corriente eléctrica. Pero lo que supuso una auténtica conmoción en Scottsboro, en otoño de 1991, fue que le detuvieran acusado de haber utilizado serpientes de cascabel, el símbolo de la fe para él y sus seguidores, con la intención de matar a su mujer.
La detención de Glenn Summerford solo mereció una breve nota en uno de los periódicos de Birmingham, pero la leí con mucho interés. Acababa de empezar a colaborar con el New York Times y estaba buscando lugares poco trillados en las noticias que sirvieran de escenario para lo que la mesa de información nacional llamaba artículos de «semanario». Yo nunca había estado en Scottsboro, aunque había oído hablar de los Chicos de Scottsboro. A mi jefe le gustó la idea del artículo, así que me puse en marcha. No tenía ni idea de lo que me esperaba.
El viaje, en una mañana luminosa de invierno, fue ideal; me impresionaron las montañas y los lagos al sur de Scottsboro, los patos joyuyos y las barnaclas canadienses. Al llegar, no me costó encontrar el nuevo edificio de ladrillo de los juzgados, con su cúpula original intacta. En el exterior había aparcadas unidades móviles de Chattanooga y Huntsville, y los reporteros y curiosos que no habían podido entrar en la sala merodeaban por los pasillos, que olían a orina y tabaco.
El juicio estaba en su segundo día. La selección del jurado ya estaba hecha, se habían presentado los alegatos iniciales y la testigo estrella de la fiscalía, Darlene Summerford, había comenzado su testimonio inicial en una sala de la primera planta abarrotada de mujeres recias de rostro aguileño y hombres con el pelo repeinado hacia atrás y dentaduras poco agraciadas. Muchos de los detalles de la historia de Darlene Summerford los recogí en el juicio y otros gracias a las conversaciones que mantuve después con ella.
La historia comienza en un pueblo fantasma a la sombra de las dos torres gemelas de refrigeración de la central nuclear de Bellefonte, que aún no ha entrado en funcionamiento. Es una tarde húmeda, la primera semana de octubre, con una luna tan delgada como la uña de una mujer. Se ha levantado viento. Una lata vacía de Coca-Cola rueda por el porche podrido del hotel abandonado del pueblo. A la lata le sigue un remolino de hojas de chopo apelotonadas, que de forma gradual se dispersan y caen a la tierra. A continuación, el aire se queda quieto, en silencio, salvo por el canto de las últimas ranas y el rumor de los tráileres en la autopista 72.
A través de los árboles, por el río Tennessee, avanza una barcaza llena de troncos, derramando un cono de luz en el agua. Cuando la barcaza entra en una curva, la luz toca las orillas y las calles cubiertas de hierba de la población abandonada. Al otro lado de la ciudad, por la autopista, las luces gemelas de los faros de un coche parpadean a través de los árboles. Uno de los pocos árboles está torcido y los faros vomitan su luz a las ramas; el coche, un Chevrolet Chevette con matrícula de Alabama, avanza peligrosamente rápido.
–Tendría que tirarte al río –dice el conductor.
Es un hombre corpulento de pelo canoso con tupé que se remueve en el asiento como si fuera un animal y el coche una jaula. La mujer en el asiento del copiloto, Darlene Summerford, mira fijamente la carretera. Tiene pelo abundante, largo, de color caoba, y el aspecto demacrado y pulcro de las mujeres de los Apalaches del sur. Al igual que el resto, ha sido explotada hasta la médula y carga con un dolor, en este caso un pulgar hinchado y ennegrecido que apoya en su regazo.
–Tendría que haberte tirado en la poza de Woodville –dice el hombre.
–Ve más despacio –dice ella–, me he vuelto a marear.
–Mejor. –La mira–. A lo mejor te estás muriendo de una vez.
–Eso es lo que quieres, ¿verdad?
–Podría querer cosas peores.
–Así podrías ir a ver a tu ramera todos los días –escupe ella.
–¿Quién está llamando ramera a quién? –dice.
–Estoy demasiado mareada para discutir –dice ella–. Dijiste que me ibas a llevar al hospital si iba a Paint Rock contigo.
–Fue ayer cuando dije eso.
–Ya lo sé. Y ya es hoy. Hemos ido a Paint Rock, hemos estado en la licorería, hemos estado en el videoclub, pero no hemos ido a ningún hospital todavía.
–Y no vas a ir a ninguno si es por mí.
Por primera vez desde que han entrado en el coche, Darlene mira a su marido. Es increíble, piensa Darlene, cómo ha conseguido engañarla para que le ayude a montar su coartada, pese a todas las cosas que le ha visto hacer antes. Es un predicador con el extraño nombre de Glendel Buford Summerford, que se presenta como Glenn, aunque ni siquiera ella está segura de si se escribe con una N o dos. Con todo el tiempo que llevan casados, suficiente para tener un hijo de trece años, sería lógico pensar que lo tendría que saber, pero es uno más entre los muchos detalles que ella nunca ha podido descifrar de Glenn. Todavía le parece familiar la cara del hombre, pese al laberinto de luz que se extiende ahora como una telaraña por su rostro, obra del veneno que hay en el cerebro de la mujer. Una de las serpientes de cascabel del hombre ha mordido a Darlene, y sabe que, si mirara desde demasiado cerca esos hilos de luz, vería seres vivos caminando por ellos, caravanas de insectos geométricos que se multiplican ante su mirada; por eso evita mirar otra cosa que no sea el hueco entre los dientes de Glenn, porque, aunque le odia, le recuerda que al menos sabe quién es él.
No es la primera vez que la ha mordido una serpiente. La primera vez fue cuando se enamoró de él. Y otra vez, tiempo después, cuando pensó que el Espíritu Santo estaba obrando en ella, pero seguramente interpretó mal al Espíritu, porque la víbora la mordió en el pecho, justo debajo de la clavícula, durante un estribillo de I Saw the Light [«Vi la luz»]. Pero anoche fue distinto; anoche fue la primera vez que sujetó serpientes sin que fuera idea suya, la primera vez que no fue en una iglesia. Fue en el cobertizo detrás de su casa de Barbee Lane. Allí es donde Glenn guarda las serpientes, las diecisiete, en unas jaulas de madera y dos viejos terrarios unidos con alambre de empacar. Glenn llevaba varios días borracho y furioso por celos. La había acusado de engañarle. La había golpeado, le había tirado del pelo. Por último, le había puesto la pistola en la cabeza y la había obligado a meter la mano en una de las jaulas, y más tarde, después de que una cascabel diamantina la mordiera y ella se hubiera tropezado y caído al suelo al volver hacia la casa, Glenn se había bajado la bragueta y había orinado encima de ella. Así de seria se había puesto la cosa. Hizo que la mordiera una serpiente y la meó, y ahora va conduciendo a toda pastilla por la autopista 72, con la amenaza de tirarla a una poza o al río. Va más borracho que una cuba.
–Tienes que morirte –ha estado diciendo el hombre.
Santo Dios, ¿cómo han llegado hasta este punto? Lleva todo el día intentando aclarar sus pensamientos. Ha sido la primera vez que Glenn intenta matarla de verdad. Y cuando frena para salir de la autopista, alejándose de Scottsboro y del hospital de Jackson County, se da cuenta de que va a lograrlo en su primer intento.
Las luces del coche iluminan la casa de los Sisk, y Darlene reza para que Walter y Eva Ruth miren por la ventana, la vean y se den cuenta de la terrible situación. Sabe que Walter y Eva Ruth la quieren. Siempre tienen algo amable que decirle cuando Darlene va hasta su puerta para pagar los veinticinco dólares del alquiler, que el señor Sisk entrega después al señor Tipton, el abogado propietario de la vivienda. Se imagina la cara conmocionada de Eva Ruth cuando se entere de que Darlene Summerford ha muerto a manos de su marido. El coche pasa junto a la casa de los Cunningham y la de los Chambless, y entonces enfila por Barbee Lane, a través de campos secos de soja y campanillas que parecen brotar, moradas y rosas, a la luz de los faros. Glenn frena lo suficiente para superar sin problemas el canal de drenaje entre los postes de la valla eléctrica, más allá de la caseta de los ponis y la jaula de los perros, y cuando por fin detiene el vehículo junto a una casa conocida de tejado de zinc y revestimiento asfáltico de color marrón, Darlene se estremece al comprender que ha llegado a su casa.
Quiere quedarse en el coche, pero Glenn le hace un gesto para que salga y se dirija a la vivienda. Una vez dentro, la obliga a sentarse a la mesa de la cocina y pone delante de ella un bolígrafo y una carpeta de anillas. Entonces le pone la pistola en la cabeza y le dice que escriba exactamente lo que él diga. La habitación le da vueltas. Apenas ve la página, pero él le aprieta la pistola contra la oreja y ella empieza a escribir cuando él comienza a hablar. Durante un minuto no se percata de sus intenciones. Entonces cae en la cuenta. Quiere que escriba un mensaje de suicidio para su hijo, Marty, que se ha estado quedando con una de las hijas de Glenn desde que empezó la última pelea: «Marty, te quiero. Haz lo que diga papá. Papá estaba dormido. Intenté arreglar las cosas, pero no funcionó. Papá está dormido. No sabe lo que voy a hacer. Salí y me mordió la serpiente. Glenn está dormido. No quiero que nadie me ayude». Implora que le permita parar. Va a vomitar. Se aparta de la mesa, pero no sale nada más que bilis. Glenn la obliga a seguir escribiendo. Está tan borracho que le cuesta hilar las frases y no para de repetir para sí mismo: «Papá está dormido. Papá está dormido. Glenn está dormido». Ella lo escribe todo.
Luego Glenn le ordena que salga, de vuelta al cobertizo, y esta vez la obliga a meter la mano en una jaula con una cascabel de cañaveral. La agarra por el pelo y se lo retuerce alrededor de su mano hasta que nota como si le fuera a arrancar la cabellera del cráneo. No tiene elección, le dice Glenn. O mete la mano por sí misma, o le meterá la cara en la jaula y entonces recibirá la mordedura en la mejilla o el ojo.
–Reza y arregla las cosas con Dios –dice él–, porque esta vez vas a morir.
Ella elige meter la mano, la misma donde recibió la mordedura anoche, y la cascabel de cañaveral se alza y la muerde en el dorso. Esta vez siente las náuseas antes del dolor. Le entran arcadas. Glenn la empuja en dirección a la casa. Se tropieza y cae. Él le da patadas. La agarra del pelo. Cuando se pone en pie, tambaleante, la empuja de nuevo hacia la puerta trasera.
En la cocina, él se sirve otro vodka con zumo de naranja y le hace un gesto para que vaya a la sala de estar. Darlene recuerda agacharse para no golpearse con el marco de la puerta. Y, en la sala de estar, se derrumba en un sillón mullido. Ahora el dolor es insoportable. Entra y sale de una pesadilla tangible. Durante un instante está observando las caravanas de insectos en las autopistas que corren por la parte trasera de su ojo mental; al momento siguiente tiene los ojos reales abiertos, la tele está encendida, llena de interferencias y con un ruido parecido a serpientes de cascabel, y un minuto después logra levantarse lo suficiente para ver que Glenn se ha desmayado en el sofá, con la última copa derramada en el suelo y la pistola aún a mano.
Darlene se esfuerza por seguir despierta. Espera sin moverse, alerta como un radar. Él está inconsciente del todo. Lo sabe por los sonidos que emite. Se levanta del sillón, con cuidado de que no crujan los muelles. Al ponerse en pie, casi se desmaya también, pero ahora está animada por una fuerza profunda, primigenia. Encuentra el teléfono y lo lleva a la cocina. Llama a una de sus hermanas, pero habla con frases cortas y en voz baja.
–Glenn ha hecho que me muerda una serpiente –susurra–. Se ha quedado dormido. Llama a una ambulancia. Los esperaré en la carretera junto a la casa de los Chambless. Diles que no vengan aquí. Diles que no pongan las luces ni las sirenas para no despertarle.
Cuando cuelga, espera un momento para comprobar que Glenn no se mueve. Está quieto. Sale por la puerta trasera y reza para que los perros no se pongan a ladrar. En el exterior, hace una noche clara y fría. El cielo está lleno de estrellas. Puede ver, pero no le va a resultar sencillo. Cuando le ha dicho a su hermana que iría hasta la casa de los Chambless, se olvidó de lo que cuesta moverse cuando te han mordido dos serpientes de cascabel. Se obliga a poner un pie delante del otro, y esto le sirve para llegar hasta el canal de drenaje entre los postes de la valla eléctrica. Se apoya en uno de los postes. Mira hacia la casa. Entonces reúne fuerzas. A lo lejos ve las luces de los Chambless y los Cunningham, y es hacia allí donde se dirige, en parte andando, en parte a gatas. No está segura de si va a vivir o a morir. Lo único que sabe con certeza es que se dirige hacia la luz.
Y después, mucho después, cuando el enfermero la agarra del brazo en mitad de la carretera, es como si la estuviera escoltando a través de una puerta, para entrar en una habitación luminosa donde todo puede explicarse y recibir un nombre. El hombre le dice que no tenga miedo, la engancha a una máquina, le pone oxígeno y le lava la mano, la que recibió las mordeduras. Es una cosa que no requiere gran esfuerzo para el enfermero, pero Darlene lo piensa después, en el camino a la sala de emergencias, y también lo piensa más tarde, esa misma noche, cuando el mismo enfermero la acompaña para entrar en el gran hospital universitario de Birmingham; piensa en lo agradable que resultó que le lavara la mano. Nota la mano casi entumecida del todo, pero aún la siente un poco, una unción suave, caliente y fría a la vez, como si fuera algo que le hubieran dado en la iglesia, y se da cuenta de que ha estado tratando de limpiarse de una u otra cosa desde que tiene uso de razón. Quizá esta vez lo logrará del todo.
Durante el descanso después del testimonio de Darlene, conseguí un sitio pare sentarme en la parte delantera de la sala, en un banco parecido al de las iglesias reservado para la prensa.
–Creo que son todos primos –dijo un periodista mientras regresaba a la sala la multitud de curiosos.
El contraste de apariencia entre la gente que asistía al juicio y nosotros era llamativo. La mayoría de las mujeres, con independencia de su edad, tenía el pelo largo, sin cortar. Llevaban el pelo recogido en moños grises o suelto hasta las caderas y unos vestidos que les cubrían hasta los tobillos. Pocas mujeres parecían llevar maquillaje o joyas, pero entre ellas había algunas jóvenes rebeldes con peinados y pendientes grandes, y eslóganes muy pasados de moda en sus camisetas.
Los hombres, de aspecto sombrío, con el pelo peinado hacia atrás por los lados y fijado con gomina, me inquietaban. Lo que en otro contexto social no habría sido más que el habitual comportamiento decoroso, se convertía aquí en recelo y sospecha. Miraban a los periodistas con los ojos entrecerrados, con ligero aire amenazador. Pero pronto me di cuenta de que sus expresiones no variaban cuando estaban hablando con quienes parecían ser su familia y amigos. Era la misma mirada que tenía Glenn Summerford, quien se sentaba en la mesa del acusado con las manos en el regazo. Vestía una camisa azul cielo y tenía una mirada distante, remota. Caí entonces en que el aspecto perturbador en el rostro de los hombres se debía seguramente a su poca flexibilidad, a la negativa a mostrar sus emociones en público. No tenía tanto que ver con su religión, razoné, sino con su pobreza.
Todos se levantaron cuando el juez Loy Campbell entró en la sala en su silla de ruedas eléctrica. El magistrado acababa de leer en un periódico que durante unas obras habían encontrado la letrina que utilizaban el jugador de béisbol Babe Ruth y su familia, y le pasó la información al jurado antes de dar por reiniciada la sesión.
En la mesa de la acusación, Darlene Summerford se giró para susurrar algo al fiscal del distrito, Dwight Duke. Llevaba calzas y un vestido blanco de punto. Ciertamente había abandonado la iglesia de su marido, pero no se había cortado aún el pelo caoba, y su expresión taciturna y ojos lobunos sugerían una mentalidad salvaje. Cuando miró a alguien en la sala y sonrió, me pregunté qué se siente cuando te muerden serpientes de cascabel. Me pregunté si habría algo de placer en la experiencia, en estar tan cerca de la muerte y sobrevivir. Más tarde me enteré de que Darlene estaba embarazada de cuatro meses –de hecho, lo estaba sin saberlo cuando la mordieron las serpientes– y de que los médicos pensaban que el bebé viviría.
Apenas pude apartar la mirada de Darlene Summerford durante el juicio, incluso al final del día, cuando un inesperado testigo de la defensa subió al estrado. El abogado de la acusación había alegado que Glenn había vuelto a darse a la bebida. En un ataque de celos irracional, había intentado matar a Darlene para que pareciera un suicidio. El abogado de Glenn, Gary Lackey, había argumentado que los dos Summerford se habían vuelto a dar a la bebida, y que la idea de meter la mano en las jaulas de serpientes había sido de Darlene.
Pero la inesperada testigo de la defensa, Tammy Flippo, de veintitrés años, dijo que todos estaban equivocados. Flippo, una mujer con aspecto de ave y el irritante hábito de retorcerse las puntas del pelo mientras hablaba, prestó testimonio ante una sala en silencio, y dijo que era Darlene quien había intentado matar a Glenn con la serpiente, no al revés.
–Me dijo que quería matarle porque ya no quería vivir así –dijo Flippo–. Iba a hacer que la serpiente le mordiera a Glenn en el cuello, pero cuando abrió la caja la mordió a ella.
El testimonio de Flippo encendió la sala.
–¡Está mintiendo! –dijo el exmarido de Flippo, Ollie T. Ingram, acorralándome en el pasillo durante un descanso.
–En mi opinión, está enamorada del pastor –añadió Sylvia Ingram, hermana de Ollie.
Tras el descanso, otros testigos afirmaron que las dos partes querían el divorcio, pero como Darlene tenía miedo a perder la custodia de su hijo de trece años y Glenn quería seguir predicando, el divorcio no era factible, por lo que la muerte del uno o la otra –según qué versión– parecía la única solución.
Al final del primer día de testimonios, no estaba claro quién había intentado matar a quién. Si había alguna certeza era que la recaída en la bebida estaba a la orden del día en esa parte del estado.
Me quedé en Scottsboro esa noche, en un motel barato propiedad de una familia de la India. La habitación olía a curry y alubias carillas, una mezcolanza que reflejaba el estado de mi mente. No sabía a quién creer ni sobre qué iba el juicio. Aunque las declaraciones habían puesto sobre la mesa temas de una sociedad secular llena de problemas –infidelidad, maltrato y alcoholismo–, también se habían planteado cuestiones sobre fe, perdón, redención y, por supuesto, serpientes.
Me imagino que en ocasiones a Darlene le daría la impresión de que era ella la acusada y no Glenn. El abogado de Glenn, Gary Lackey, se había referido a ella como la mujer manipuladora de serpientes más importante del sureste. Había puesto vídeos y fotografías de la pareja manipulando serpientes y había intentado presentar a Darlene como una persona con tendencias suicidas y una obsesión insana con las serpientes. La policía había encontrado fotografías de serpientes de cascabel en su bolso, recordó Lackey.
–Dígame, señora Summerford –le había preguntado durante su declaración–, ¿se encargan ustedes a veces de la reproducción de sus serpientes?
–Claro que no, señor –dijo–. Lo hacen ellas por sí solas.
Los periodistas en la sala se rieron y Lackey le dedicó una mirada irónica al juez.
Comprendí por qué el interés por el juicio de los medios de comunicación enfurecía a algunos de los residentes de Scottsboro, sobre todo al fiscal del distrito, Dwight Duke.
–Al fondo del pasillo –dijo en una sala llena de periodistas– tenemos un juicio con un niño de dieciocho meses muerto a palos. Otro niño muerto. Pero aquí tenemos serpientes y un predicador.
Esa noche, mientras veía las noticias sobre el juicio en un canal de Chattanooga, yo, también, fui consciente de las sensacionalistas prioridades de los medios. Aunque, para ser sincero, a mí también me interesaba más el caso del predicador que manipulaba serpientes que el de la muerte de un niño.
En los alegatos finales del día siguiente, tanto Lackey como Duke parecieron distanciarse de los Summerford, quizá, precisamente, por la manipulación de serpientes.
–Se trata de una familia totalmente desestructurada –dijo Lackey, abogado de Glenn–. A cualquiera de nosotros nos resulta difícil descender a un abismo lleno de víboras y prácticas con las que no estamos familiarizados. –De Darlene, dijo–: No sabemos qué pensar de una persona que lleva fotografías de serpientes en el bolso.
Por su parte, el abogado de la acusación dijo que no estábamos «ante personas razonables». Con esto quería decir que era imposible que Darlene, que no había ido al colegio más que hasta los doce años, pergeñara un plan tan complicado para hacerse con la custodia de su hijo. La prueba de la culpabilidad de su marido, según su lógica, se encontraba en la pobreza de imaginación de Darlene. Por eso presentó al jurado un detalle menor, una cuestión de sintaxis en el fondo, que se encontraba en la nota de suicidio que, según Darlene, le había dictado su marido, obligándola a escribirla.
Duke leyó la breve nota en voz alta y señaló la extraña repetición:
–«Papá estaba dormido. Papá está dormido. Glenn está dormido». Esto no es una nota de suicidio. Es una coartada –concluyó–. Este hombre estaba construyéndose una coartada.
Durante las deliberaciones del jurado, me encontré con Darlene Summerford en un pasillo oscuro de la planta baja del juzgado. Estaba apoyada en la pared, fumando un cigarrillo. De piel blanca y larguirucha, había cierto atractivo en su escualidez. Su rasgo más distintivo eran los ojos, con unas pupilas muy abiertas y una forma casi octogonal.
–Voy a espabilar a esa chica –dijo, señalando con el cigarro a Bobbie Sue Thompson, que justo entonces estaba saliendo por la puerta de los juzgados–. Es una de las novias de Glenn. Prometió casarse con ella el día catorce de este mes.
Darlene me miró y frunció el ceño.
–No le fui infiel. Ni siquiera tenía tiempo. –Había sido Glenn quien había sido infiel, según ella, y recitó una lista de mujeres con las que sospechaba que había tenido relaciones–. Si hubiera cambiado de actitud, podríamos haber tenido una buena vida.
Aun así, la vida nunca había sido maravillosa para ella, dijo Darlene, tampoco antes de estar con Glenn Summerford. Hija de una pareja que recibía un subsidio por discapacidad y tenía trece hijos en Dutton, una población de Sand Mountain, había tenido que luchar para conseguir todo lo que tenía. Los de los servicios sociales le habían quitado un bebé y no estaba dispuesta a permitir que le ocurriera otra vez sin dar batalla.
Empezó a sospechar que las cosas no iban bien entre ella y Glenn cuando él le rompió la mandíbula a la madre de Darlene con un jarrón durante una cena familiar y cuando, poco después, golpeó a su cuñado en la cabeza con unos alicates. Y además estaban la bebida, los ataques de celos y sus infidelidades, que no confesaba a nadie. Pero Darlene aún rezó por Glenn cuando le mordió una cascabel diamantina a mediados de julio. Ella pensó todo el tiempo que él entraría en razón y sentaría la cabeza después de eso. Y quizá entonces tendrían una oportunidad. Pero, aunque Glenn hubiera visto la luz, quizá fuera demasiado tarde pese a todo. Darlene sabía que necesitaba un cambio. Lo que no sabía es la forma que adoptaría ese cambio.
Solo habían pasado cuatro meses desde que la mordieron las serpientes, pero la vida ya había cambiado a mejor. Tenía un trabajo en una fábrica de Andover Togs en Pisgah, una caravana junto a la casa de su madre cerca de Dutton y un terreno de un cuarto de hectárea. El médico le había dicho que el bebé del que estaba embarazada estaba sano. Me dijo que, si volvía a asistir a la iglesia, sería de otro tipo, quizá baptista.
–Lo que está claro es que no me voy a casar con un predicador –dijo. Entretanto, en su mente había solo un objetivo–. Solo quiero justicia –dijo mientras apagaba el cigarrillo con la suela del zapato.
Varias horas más tarde, el jurado declaró a Glenn culpable de intento de homicidio. El veredicto fue recibido en silencio en una sala llena de gente que no parecía comprender muy bien lo que había en juego. Debido a condenas anteriores por hurto y allanamiento de morada con fines delictivos antes de dedicarse a predicar, Glenn se enfrentaba a la posibilidad de pasar la vida en la cárcel en aplicación de la ley de reincidencia de Alabama. Y eso es exactamente lo que ocurrió. El juez Campbell le condenó a noventa y nueve años en la prisión del estado.
El abogado de la acusación había sostenido en todo momento que no se estaba juzgando la manipulación de serpientes. Pero, en cierto modo, el juicio no había tratado de otra cosa. De afrontar los miedos. De asumir riesgos. De tener fe.
–Yo sabía que yo estaba diciendo la verdad –dijo Darlene tras el juicio–. Supongo que algunos decían que yo mentía, pero no sirvió de nada. Porque yo sabía que estaba diciendo la verdad.
Pero lo que mejor recuerdo del juicio fue algo que Darlene Summerford dijo en el pasillo de la planta baja antes del veredicto. Estábamos apoyados contra la pared mientras ella fumaba, con las cabezas tan próximas que nadie más nos podía oír. Le pregunté cómo era sostener serpientes. Darlene sabía que era una pregunta importante. Dio una calada, mirando al techo pensativa, y, pese a todo lo que había sufrido, percibí una nota de nostalgia en su voz cuando al fin habló.
–Te sientes diferente. Es por saber que tienes poder sobre las serpientes.
«Poder sobre las serpientes». En el camino de vuelta a Birmingham aquella noche, me pregunté a qué se refería exactamente. Me encontraba en ese estado de amnesia habitual para la mayoría de los periodistas, la resaca de agotamiento tras el trabajo de campo, antes de comenzar a escribir. El artículo sobre el juicio, que ya entonces estaba elaborando en mi cabeza, tenía una forma predeterminada y un fin lógico. Glenn Summerford había sido condenado. Se había impuesto la justicia. Pero en el momento en que Darlene Summerford me dijo cómo era manipular serpientes, supe que el verdadero relato no habría terminado hasta que yo mismo no lo hubiera visto y experimentado. Para Darlene, el viaje con los manipuladores era cosa del pasado. Para mí, se encontraba en el futuro.
7 Covington añade el ejemplo de la sustitución de la expresión sureña «I’ll swan» por la forma estándar «I’ll swear», que literalmente significa: «Lo juro», pero que también se utiliza para expresar sorpresa. (N. del T.)
8 En las iglesias pentecostales es habitual la práctica de hablar en lenguas o glosolalia, consistente en vocalizar sílabas sin significado aparente que, según los creyentes, pertenecen a un lenguaje divino desconocido para el hablante. (N. del T.)
9 Jesus Onlys es un término peyorativo que alude a la creencia de las iglesias pentecostales en la unicidad divina, siendo Jesucristo su principal manifestación, en contraste con las confesiones tradicionales, que creen en la Santísima Trinidad. El mismo Covington explica el término en la pág. 97. (N. del T.)
10 En inglés el insulto utilizado es holy roller, una denominación peyorativa para miembros de grupos protestantes cuyas ceremonias se caracterizan por expresiones espontáneas de éxtasis religioso, como saltar, bailar, derrumbarse o rodar –de ahí el término roller– por el suelo. (N. del T.)
11 Movimiento de renovación religiosa surgido en el siglo XIX en el seno del metodismo estadounidense. Covington explica sus bases doctrinales en las págs. 122 y 123. (N. del T.)
3
OVEJAS SIN PASTOR
–Supongo que habrá oído lo del Hermano Clyde –dijo Cecil Esslinder, el guitarrista pelirrojo de sonrisa perenne. Estábamos en la plaza de Scottsboro, varias semanas después del juicio de Glenn Summerford, y Cecil entrecerraba los ojos bajo el sol del mediodía.
–Solo sé lo que leí en los periódicos –dije.
–A eso me refiero.
Los periódicos habían publicado que el sábado por la noche, tras la condena de Glenn, a un hombre que se llamaba Clyde Crossfield le había mordido una serpiente de cascabel en la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas. Le habían llevado en helicóptero hasta un hospital en Chattanooga y había sobrevivido, pero algunos miembros de la iglesia pensaban que, para empezar, no le habría mordido si Glenn Summerford hubiera estado allí para rezar a la serpiente antes de que la sacaran.
–El Hermano Clyde actuó como un loco –dijo Cecil–. Sacó la serpiente de la caja, sin más, y se puso a menearse y dar vueltas como si estuviera furioso con la serpiente.
La cascabel mordió al Hermano Clyde en una mano y no le soltó. Cuando logró liberarse de la serpiente, le mordió en la otra mano. Enfurecido, le arrancó los colmillos, la volvió a meter en la caja y se sentó de nuevo con el resto de la congregación. Al principio, parecía que iba a estar bien, según Cecil. Pero veinte minutos después se cayó al suelo. Entonces es cuando llamaron a una ambulancia.
–El Hermano Clyde no estaba ungido para manipular esa serpiente –dijo Cecil–. Hay que estar loco para agarrar una serpiente así.
–Ni siquiera rezó a la caja ni nada –dijo la mujer de Cecil, Carolyn, una mujer bajita de caderas anchas que se apoyaba en el coche mientras trataba de arrancarse un testarudo padrastro.
–¿Conoce a Punkin Brown? –preguntó Cecil.
Negué con la cabeza.
–El Hermano Punkin es de Newport, Tennessee –dijo–. Ese sí que sabe cómo lograr la unción del Espíritu Santo. Se entusiasma tanto que se seca el sudor de la frente con la cascabel. –Cecil hizo una pausa y miró alrededor–. Pero el Hermano Clyde… Será que no está muy bien de la cabeza.
Ocurre constantemente en el Sur: un predicador que deja una iglesia en desgracia. La mayoría de los escándalos son previsibles y banales: sexo ilícito o malversación de fondos de la iglesia. Pero pocos predicadores dejan su iglesia en circunstancias tan singulares como las de Glenn Summerford, y muy rara vez han sido tan grandes los peligros para los que se quedaron.
Cecil y Carolyn Esslinder se habían mantenido fieles a Glenn después de su detención y condena. No ocurrió lo mismo con otros miembros de la iglesia. Algunos se habían puesto de lado de Darlene. Y otros, que habían apoyado a Glenn tras la detención, se desilusionaron por su comportamiento y abandonaron la iglesia incluso antes de que comenzara el juicio. Entre ellos se encontraban Sylvia y Johnny Ingram, que llevaban unos tres años acudiendo a la iglesia. Johnny, un chapista que, en contra de lo habitual entre su gente, había logrado auparse a la clase media, había sido tesorero de la iglesia y había pagado el abogado de Glenn.
–Amábamos al predicador –dijo su mujer, Sylvia.
Pero cuando la cuñada de Johnny, Tammy Flippo, dejó a su marido y a sus hijos para visitar a Glenn mientras estaba en libertad bajo fianza después de su detención, Johnny y Sylvia cambiaron de opinión.
–No elegimos ir a una iglesia donde el predicador hace una cosa y predica la otra –dijo Sylvia.
Las tensiones entre los que estaban de lado de Glenn y los que defendían a Darlene explotaron en amargos insultos el día de la audiencia para establecer quién se quedaría con la custodia de Marty, el hijo adolescente de los Summerford. Aunque la audiencia estaba cerrada al público, el pasillo estaba abarrotado de partidarios de Glenn y Darlene. No llegaron a las manos, pero de vez en cuando uno de un bando o el otro tenía que atravesar una lluvia de abucheos y miradas gélidas. Hasta para un observador neutral como yo, era incómodo cruzar la línea y hablar con ambos lados.
–No son más que un atajo de mentirosos, ladrones, adúlteros e hipócritas –me dijo Darlene mientras fulminaba con la mirada a los miembros de la iglesia que habían permanecido fieles a Glenn. Los acusaba de haberse llevado sus pertenencias personales de la casa situada en Barbee Lane, incluida su mascota, una cacatúa–. Me han robado hasta la ropa interior.
Un testigo reacio de Glenn caminaba de un lado a otro en el extremo contrario del pasillo. Estaba esperando a que le llamaran a la sala. Dijo que conocía a la familia de Darlene, los Collins, desde hacía más de veinte años.
–Era una casa llena de furcias entonces y lo sigue siendo ahora –susurró.
En un hueco en el pasillo, bajo la mirada vigilante de un vicealguacil, se sentaba pensativo el mismísimo Glenn Summerford con su mono blanco de la cárcel. Tenía la mirada alicaída y distante.
–Ni siquiera sabía que Darlene tenía un pájaro –me dijo. Según él, eran Darlene y sus partidarios quienes se habían llevado todo–. Trajeron un camión y robaron un montón de cosas de la iglesia por valor de varios cientos de dólares.
Como era previsible, la versión que tenía Glenn de los hechos por los que había acabado en la cárcel difería de la de Darlene. Me dijo que ni siquiera sabía que la había mordido una serpiente la noche del cinco de octubre.
–Yo la quería –dijo–. No intenté matarla. Yo impedí que se matara.
En las semanas previas a aquella noche, los dos habían vuelto a beber, según él.
–No era agradable estar a su lado –dijo Glenn–. El dieciocho de septiembre la pillé con un hombre, un predicador de la iglesia. Cuando el cinco de octubre le dije que quería el divorcio, intentó matarse.
Según Glenn, Darlene tomó una caja de Sominex, un somnífero, y un bote extrafuerte de Tylenol, un analgésico. Él la obligó a beber agua caliente para vomitar las pastillas. Ella amenazó con matarle. Era una versión parecida a la que el jurado había oído de manera fragmentaria durante el juicio, pero no por boca del propio Glenn. Por recomendación del abogado, no había declarado en defensa propia.
–Si hay un nuevo juicio, testificaré –dijo.
En aquel momento, giró el cuello para mirar por el pasillo, donde sus partidarios y los de Darlene se habían fusionado en dos campos opuestos. Es imposible que viera a Darlene desde allí, pero meneó la cabeza con tristeza como si la hubiera visto.
–Estaba totalmente perdida en el alcohol –dijo. Entonces se acercó más a mí–. La estuve mirando en el juicio. Parecía muerta espiritualmente. Cuando Darlene llevaba una vida recta, tenía un aspecto limpio, agradable. Después, parecía que estaba muerta.
Hablamos un rato más y después le pregunté si había bebido estricnina en la iglesia.
–La he bebido varias veces –dijo.
–¿Y Darlene?
–Cuando llevaba una vida recta de verdad, también la bebía –dijo.
«Cuando llevaba una vida recta de verdad, bebía veneno». Un concepto curioso, pensó el periodista que hay en mí. ¿Pero quién era yo para juzgar?
Nunca tuve la vocación de trabajar de periodista. Quería ser guarda forestal. Pero en la universidad hice cursos de escritura en lugar de forestales, y después de un periodo en el ejército, hice un posgrado en el Taller de Escritores de la Universidad de Iowa. Se me había metido en la cabeza que iba a escribir relatos y a enseñar en una buena universidad de letras progresista del Medio Oeste.
Tras varios rodeos, eso es justo lo que ocurrió. Acabé en la Universidad de Wooster, en Ohio. Entonces estaba en mi segundo matrimonio, con la hermana de un amigo de la infancia. Vicki también era de Birmingham y escritora, aunque aún no era del todo consciente de esto último. Tenía un empleo de trabajadora social en Ohio y acababa de escribir su primer relato. Vicki odiaba los inviernos de Ohio. Yo odiaba la vida académica. Decidí que quería cumplir los treinta en paro, viviendo en un apartamento de Birmingham. A partir de entonces me dedicaría a escribir. La idea tenía un aura romántica. Fue un momento maravilloso cuando dejamos los trabajos, mandamos a paseo el sentido común y nos dirigimos hacia el sur. Sentíamos que nos habíamos embarcado en la rebelión definitiva: habíamos agarrado nuestra vida con nuestras propias manos.
Al principio las cosas funcionaron bien. Conseguí cumplir los treinta en paro en un apartamento de un barrio de Birmingham que se llama Southside. Vicki encontró trabajo de terapeuta en un programa contra el abuso de sustancias en la universidad de la ciudad. Obviamente no me estaba ganando la vida como escritor, así que empecé a dar clases a tiempo parcial en la universidad. Decidimos tener hijos. Vicki se quedó embarazada enseguida, pero perdió el bebé y casi se murió. Pensamos que nunca seríamos capaces de tener hijos después de eso. Y, al igual que muchas parejas sin hijos de nuestra edad, nos sumergimos en el cinismo y la desidia. O, mejor dicho, ahogamos las penas en alcohol, algo que habíamos estado haciendo durante varios años. Pero continuamos escribiendo los dos. A veces publicaban alguno de nuestros relatos en revistas literarias, y yo escribí una novela que fue rechazada por un par de editoriales antes de acabar en una caja debajo de la cama.
Se abrió paso una especie de desesperación. Sentía que no estaba consiguiendo nada con mis textos y mi trabajo de profesor de inglés parecía insignificante y absurdo. Yo quería vivir una aventura antes de cumplir los treinta y cinco, una con riesgos reales. Había estado en el ejército durante la guerra de Vietnam, pero no me habían destinado allí. Quizá tenía la sensación de que no había demostrado ser un hombre. Mi educación como escritor no era completa. En 1983, decidí que quería ir a la guerra y la más cercana que había estaba en El Salvador. Pensé que el periodismo era el vehículo natural. Tomé prestados mil dólares de mi cooperativa de crédito, encontré un fotógrafo, David Donaldson, que también quería ir, y hablé con un periódico de Birmingham para que nos diera acreditaciones de prensa. Nunca había escrito para un periódico. Nunca había salido de Estados Unidos. Lo único de español que sabía era: «Soy periodista. Por favor no dispare».
Me hice periodista en El Salvador. Y allí me ocurrió algo más. Fue más que aprender un oficio y un nuevo idioma. En El Salvador encontré el antídoto a una vida convencional: pasé mucho miedo. Desde entonces no he sido el mismo. En el avión de ida, leí un artículo sobre John Sullivan, un periodista freelance al que, en su primera noche en El Salvador, sacaron del hotel unos hombres armados, le torturaron, decapitaron y emparedaron. En el aeropuerto, los policías armados de la aduana confiscaron mis prismáticos y mi cantimplora de Boy Scout. Nuestro taxista nos metió en la ciudad por los pelos antes de que comenzara el toque de queda. En el exterior del hotel, soldados con armas automáticas detenían a los coches al azar y registraban a los ocupantes. Los teléfonos del hotel estaban pinchados.
En mi primer viaje a las zonas rurales, fui con otros periodistas a una población que había tomado la guerrilla. Mientras caminaba por unas calles empedradas, se oía el tableteo de las metralletas y el estruendo de los disparos de mortero. Los guerrilleros que nos encontrábamos exigían «impuestos de guerra», que pagábamos. Aquella noche, en la cafetería del hotel vino un hombre a nuestra mesa que nos acusó de ser agentes militares estadounidenses y nos pidió que le acompañásemos fuera. Dijo que tenía una pistola en el bolsillo y que, si no íbamos con él, nos mataría en el acto. Los guardias del hotel le atraparon y le echaron. No llevaba ninguna pistola en el bolsillo, pero había logrado el efecto deseado.
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