Read the book: «¿Cuánto bebes?»

Font::

¿CUÁNTO BEBES?

DAVID NUTT

¿CUÁNTO BEBES?

EL ALCOHOL Y TU SALUD

Título original: Drink?

Obra publicada por primera vez en Gran Bretaña en 2020 por Yellow Kite, un sello de Hodder & Stoughton, Hachette UK.

© Del texto

David Nutt

© De la traducción

NEMO Edición y Comunicación, SL

© Next Door Publishers S.L.

Primera edición: marzo 2022

Esta publicación es el resultado de lo acordado con Rachel Mills Literary Ltd.

Editor: Oihan Iturbide

Diseño: Ex.Estudi

Corrección: NEMO Edición y Comunicación, SL


Next Door Publishers S.L.

c/ Emilio Arrieta 5, entlo. dcha., 31002 Pamplona

+34 948 206 200

info@nextdooreditores.com

www.nextdoorpublishers.com

ISBN: 978-84-124767-5-0

DEPÓSITO LEGAL: NA 175-2022

Gráficas Alzate

Impreso en España

Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Este libro combina resultados de investigaciones con opiniones de su autor. En ningún caso es un sustituto del asesoramiento médico de su profesional de la salud y el autor/editor no asume ninguna responsabilidad al respecto.


ÍNDICE

Nota del editor

Prefacio

Introducción

1. Cómo afecta la bebida a tu organismo y tu cerebro

2. Efectos nocivos del alcohol en la salud

3. AAA: Alcohol, Accidentes y Agresividad

4. Cómo afecta el alcohol a tu salud mental

5. Hormonas y fertilidad

6. Cómo afecta el alcohol a tu calidad de vida

7. Adicción: ¿tengo un problema con el alcohol?

8. Efectos beneficiosos del alcohol a nivel social

9. Cómo beber con sentido común

10. Adolescentes y alcohol

11. ¿Podemos solucionar la crisis del alcohol?

Conclusión

Pautas del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social en torno al consumo de alcohol en España

Referencias

Agradecimientos

NOTA DEL EDITOR

El texto aquí recogido hace referencia al sistema político, económico y social del Reino Unido. No obstante, a pesar de las divergencias que se puedan encontrar con respecto al modelo español, la mayor parte del contenido, y lo esencial del mismo, no solo es comprensible para cualquier lector, sino que, en particular nosotros, los ibéricos, nos sentiremos especialmente interpelados.

El editor

PREFACIO

En general, la gente me recuerda como aquel asesor del Gobierno del Reino Unido en materia de drogas que perdió su cargo en 2009, tras haber afirmado que la política gubernamental en este aspecto no se fundamentaba en hechos probados. Pero también soy médico y, como todos los médicos, a lo largo de mi carrera me he enfrentado a los desafíos que el alcohol plantea a nuestros pacientes y a nuestros compañeros de profesión.

Sin duda, perjudica muy gravemente la salud. Nada menos que la mitad de los pacientes que ocupan las camas en las unidades de traumatología están allí ingresados debido a lesiones relacionadas con el alcohol. De hecho, los fines de semana los servicios de urgencias de nuestros hospitales se abarrotan de personas ebrias. El alcohol y la medicina se encuentran tan estrechamente ligados como el dinero y la banca.

Sospecho que la verdadera razón de mi despido fue haberme atrevido a afirmar en un programa radiofónico, en horario de máxima audiencia, que la droga más perjudicial en el Reino Unido era el alcohol. Por aquel entonces, el Consejo Asesor sobre el Uso Indebido de Drogas (ACMD, por sus siglas inglesas) del Reino Unido ni siquiera permitía que el alcohol se considerara una droga, pese a que todos los científicos del país teníamos la certeza de que sí lo es.

Las pruebas concluyentes en las que fundamenté mi declaración fueron el resultado de un complejo y minucioso análisis nunca antes realizado en torno a los efectos nocivos provocados por las drogas. Desde entonces, se han llevado a cabo estudios similares en Europa y Australia, y todos ellos han llegado a la misma conclusión: el alcohol también es la droga más perjudicial para los ciudadanos.

El motivo fundamental por el que el alcohol ocupa la primera posición en la escala de sustancias perjudiciales es que a muchos de nosotros nos gusta consumirlo. Por lo general, en los países occidentales del primer mundo, más del 80% de los adultos beben alcohol. De este porcentaje, solo una quinta parte tiene problemas derivados de su consumo; sin embargo, estos problemas también tienen un enorme impacto en el resto de nosotros, sobre todo en sus familiares y amigos. El alcohol está vinculado a altos niveles de violencia (tanto dentro como fuera del núcleo familiar), accidentes de tráfico, pérdidas de empleo y múltiples enfermedades. En el Reino Unido, los costes derivados del control de personas en estado de embriaguez se elevan a más de siete mil millones de euros anuales, y los de sanidad superan los tres mil quinientos millones1.

Pese a ello, la mayoría de nosotros seguimos bebiendo y, sin embargo, no llegamos a desarrollar problemas con el alcohol. Esto nos indica que existen diferentes factores sociobiológicos que influyen en el modo de relacionarnos con la bebida. En mi opinión, comprender esos factores puede ayudarnos no solo a cada uno de nosotros, sino también a nuestros Gobiernos para tomar decisiones más sensatas y saludables respecto al consumo de alcohol. Un objetivo, por cierto, que este libro pretende alcanzar con un lenguaje que todo lector pueda entender sin problemas.

A nivel personal, el alcohol se ha convertido en una constante a lo largo de mis cuarenta años de investigación médica. A finales de la década de los ochenta, dirigí durante dos años la Unidad de Investigación de Pacientes Hospitalizados en el Instituto Nacional sobre Abuso de Alcohol y Alcoholismo (NIAAA, por sus siglas inglesas) en los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas inglesas) de Maryland, Estados Unidos. Desde entonces, y ya de vuelta en el Reino Unido, he seguido investigando los aspectos que influyen, a nivel cerebral, tanto en el disfrute como en los problemas con el alcohol, además de tratar a pacientes con complicaciones derivadas de su consumo.

Por otro lado, también soy copropietario, junto con una de mis hijas, de una vinoteca en el barrio londinense de Ealing. En mi vida están presentes lo bueno y lo malo del alcohol; además, con mis conocimientos, experiencias e ideas espero explicar por qué una molécula tan simple puede producir semejante cantidad de placer y dolor al mismo tiempo.

Nota

1. Precio de la libra esterlina el 1 de enero del 2020: 1,18 euros. (N. del E.).

INTRODUCCIÓN

Era mi primer día en Cambridge y, no sé bien cómo, todos los estudiantes del primer año de Medicina acabamos encontrándonos los unos a los otros. De aquel grupo, nueve decidimos ir un bar situado a la vuelta de la esquina.

Nos acomodamos allí para pasar la tarde. Era el típico pub inglés de los años sesenta: mesas pegajosas y alfombras aún más pegajosas, con un ambiente tan cargado de humo que había dado un barniz amarillento a las paredes y el techo. Aunque yo no solía beber con asiduidad, creo recordar que tomé tres pintas de la cerveza local Greene King. Casi todos los demás se tomaron quizá entre cuatro y cinco, lo que me pareció una auténtica barbaridad. El local cerró a las diez y media de la noche. Alguien dijo que guardaba varias botellas de vino en su habitación, así que regresamos a la sala de estudiantes y allí nos quedamos bebiendo.

El ambiente se volvió bastante ruidoso y estridente, como cabría esperar de un grupo de jóvenes pipiolos de dieciocho años echándose unas risas. Pero, de repente, uno de los chicos rompió a llorar, no de forma discreta, sino muy escandalosa, con abundantes lamentos y lágrimas. Tan intenso fue aquel desbordamiento de emociones negativas que temí que fuera a suicidarse. Le pregunté a un amigo que había estudiado con él si deberíamos llamar a una ambulancia. Pero este me respondió: «Qué va, no te preocupes, siempre hace eso. Mañana ni siquiera se acordará».

Y, en efecto, no se acordó. Pero no pude evitar preguntarme cómo había podido el alcohol convertir a alguien con semejante éxito académico, alguien tan aparentemente confiado y agradable, en un despojo balbuceante. Y empecé a pensar: «¿Qué nos dice esto sobre el alcohol?». Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que ese fue el comienzo de mi fascinación por las drogas (incluido el alcohol) y por cómo afectan al cerebro, a la persona y al conjunto de la sociedad.

Como médico, he asistido de primera mano a los múltiples estragos que provoca el alcohol, desde enfermedades hepáticas y cáncer hasta actos violentos y accidentes de tráfico. Lo que está claro es que no tienes por qué ser un sintecho alcohólico para perjudicar tu organismo o tu cerebro a fuerza de empinar demasiado el codo. También puede ocurrirte siendo un gran triunfador, como mi amigo de la universidad.

De hecho, él no era el único que tenía problemas con el alcohol en aquel grupito. El amigo con quien había estudiado y que me aseguró que no le pasaba nada también era un alcohólico empedernido. Por desgracia, tuvo problemas con este tema toda su vida, y murió de insuficiencia hepática a los cuarenta años. El alcohol arruinó su prometedora carrera y, de hecho, su vida entera. Sí, sus historias son casos extremos, aunque son más frecuentes de lo que creemos.

Hoy, cincuenta años después de aquello, quiero compartir lo que he aprendido acerca del alcohol. No estoy aquí para sermonearte ni para juzgarte, independientemente de si estás bebiendo demasiado o si te preocupa estar excediéndote. He escrito este libro para ayudarte a tomar decisiones bien fundamentadas e inteligentes en torno a la bebida. Durante el proceso de escritura, incluso he acabado reflexionando una vez más sobre lo que yo mismo bebo y el modo en que lo hago. No suelo beber demasiado y soy consciente de todos los riesgos, pero aun así puedo ver lo fácil que es caer en un consumo abusivo.

Siempre he defendido la misma postura: el alcohol es una droga y no debe tomarse a la ligera. Quizá esto suene extraño en nuestra cultura, donde tomar una copa y, de hecho, emborracharse es algo que se acepta de forma generalizada. Sin embargo, esta postura también la comparten casi todos los médicos, científicos y expertos en adicciones, dada la enorme cantidad de efectos perjudiciales que el alcohol tiene sobre la sociedad y la salud de las personas.

El Informe sobre la situación mundial del alcohol y la salud 2018 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indicó que, en 2016, más de tres millones de personas murieron como resultado del uso nocivo del alcohol. Un artículo reciente de la British Medical Journal (BMJ) lo resumía así: «Al igual que el tabaco, el alcohol mata lentamente a algunos consumidores a través de las enfermedades que provoca. Pero, a diferencia del tabaco, el alcohol también mata rápidamente, a través de lesiones y envenenamientos» [1]. El alcohol es responsable de más del 5 % de la carga mundial de morbilidad; de hecho, se estima que la muerte de unas treinta mil personas al año en Inglaterra, Escocia y Gales2 es atribuible al alcohol [2]. Las principales causas de mortalidad son las enfermedades cardiovasculares, que provocan infartos y accidentes cerebrovasculares. Luego están las enfermedades hepáticas y diversos tipos de cáncer, así como los accidentes, especialmente de carretera; y defunciones por suicidio.

No pretendo asustarte, solo quiero dar a conocer los hechos para que puedas tomar tus propias decisiones. Es cierto que, desde 2010 más o menos, y al igual que en la mayor parte de Europa, nuestros hábitos de consumo de alcohol han ido en la dirección correcta, es decir, en descenso. Sin embargo, el punto de referencia que se toma es muy elevado, ya que en el Reino Unido bebemos casi el doble de lo que bebimos en la década de 1960. Actualmente, la proporción de personas que beben más de catorce unidades semanales sigue siendo una de cada cinco (casi un tercio de los hombres y una de cada seis mujeres).

En el Reino Unido, se nos da particularmente bien eso de beber. Según el informe «Global Drug Survey», los británicos se emborrachan un promedio de 51,1 veces al año, es decir, una vez por semana. Y uno de cada diez adultos se emborracha cinco o más días por semana.

Dos tercios de las personas que consumen más de catorce unidades semanales aseguran que les resultaría más difícil reducir el consumo de alcohol que aplicar otros cambios en su estilo de vida, como hacer más ejercicio, moderar su tabaquismo o alimentarse de forma más sana. Si has escogido este libro, imagino que podrías ser una de estas personas. Quizás en el pasado sentiste cierto alivio al leer algún artículo periodístico donde se afirmaba que el consumo «moderado» (en particular, de vino tinto) era beneficioso para nuestra salud. Sin embargo, como veremos en el capítulo 2, la verdad es que ningún nivel de consumo de alcohol se encuentra exento de riesgos.

Puedes disfrazar el alcohol de cerveza con limón, de mojito o de botella de dos litros de sidra de alta graduación. Pero, sea cual sea el camuflaje escogido, sigue tratándose de una molécula que aprovecha la química de nuestro cerebro para provocar una amplia gama de efectos. Incluso, en algunas personas, la adicción. Hasta que no asumas esto, correrás el riesgo de subestimar su poder.

El cambio producido durante los últimos cincuenta años (la duración de mi carrera) en nuestro modo de consumir alcohol supone un excelente ejemplo de cómo el marketing ha alterado nuestra percepción. El alcohol solía ser un producto que se compraba en ocasiones especiales, y para ello debías acudir a una tienda especial (una bodega o un bar) en horario restringido. Dado que los sucesivos Gobiernos, desde la década de 1970 en adelante, liberalizaron nuestro acceso a la compra de alcohol, y también prolongaron de forma masiva sus horarios de venta al público, ahora lo metemos en nuestra canasta o carrito del supermercado como un elemento más de la compra semanal.

Si te paras a pensarlo, verás hasta qué punto el alcohol se encuentra arraigado en cada parcela de nuestras vidas: bebemos para estrechar lazos sociales; bebemos juntos para cerrar acuerdos de diversos tipos, incluso comerciales; bebemos para celebrar el nacimiento de un bebé y para compadecernos mutuamente cuando alguien fallece3.

Cuando uno de mis sobrinos cumplió dieciocho años, fui a comprarle una tarjeta de felicitación. Contabilicé hasta veintitrés tarjetas de celebración de los dieciocho hasta que logré encontrar una que no se centrara en el alcohol. ¿Qué tipo de mensaje es ese para un joven? Por suerte, parece que ese grupo etario (o algunos de sus miembros) ha empezado a beber menos. Es absurdo que, una vez alcanzada la mayoría de edad, todo tenga que girar en torno al alcohol, sin embargo esas tarjetas demuestran que alcanzar la mayoría de edad y el consiguiente permiso para consumir alcohol se consideran uno de los principales puntos de inflexión en la vida de una persona.

El alcohol tiene glamur e historia: empapa nuestro arte y nuestra cultura. De hecho, se considera que el alcohol es casi tan antiguo como la sociedad humana (según algunas teorías, los orígenes de la agricultura no estaban en la búsqueda de alimentos, sino en la obtención de cultivos para producir alcohol).

Los romanos tenían sus bacanales y los griegos, sus simposios, ambos animados por el vino. Nosotros tenemos nuestras despedidas de soltero, nuestros clubes del vino y de la cerveza, las fiestas de Navidad en la oficina y las cenas de celebración.

En los siglos XIII y XIV, la Iglesia católica se convirtió en el principal suministrador de alcohol, ya que los monjes poseían gran parte del conocimiento cultural relativo a la elaboración del vino y la cerveza. La cerveza más antigua, producida de forma ininterrumpida, se remonta a casi mil años y proviene de un monasterio alemán. En la actualidad, una sola empresa acapara un tercio de la producción mundial de cerveza.

Beber (y beber en exceso) forma parte de nuestras referencias culturales: desde los cuadros de Toulouse-Lautrec hasta James Bond. Por lo que sabemos, la bebida favorita del primero era la absenta, la bebida parisina del momento, mezclada con brandi. Y si yo bebiera tantos martinis como 007, también estaría agitado4. ¡Debería llamarse el hombre del hígado de oro!

Aunque, por supuesto, no todas las referencias culturales son positivas. En la novela La taberna (L’Assommoir), de Émile Zola, una mujer intenta desesperadamente mantener unida a su familia mientras su marido cae en el alcoholismo. Sin embargo, también la protagonista acaba sucumbiendo a la misma adicción y muere en la miseria. En la película Judy, aclamada por la crítica, Renée Zellweger revive la tristeza de los últimos años de Judy Garland, marcados por el alcohol.

Siempre he defendido que la única diferencia entre el alcohol y cualquier otra droga reside en que el alcohol es legal. Esta postura me ha causado problemas, ya que, por razones obvias, ni el Gobierno británico ni la industria de las bebidas quieren que tratemos el alcohol como una droga. Sin embargo, yo soy científico y, cuando observamos el modo en que esta sustancia afecta a los neurotransmisores del cerebro (ver capítulo 1), es obvio que sus efectos cerebrales se asemejan bastante a los de otras drogas; y aun así, es la más consumida. Además, ninguna otra droga potencia el ácido gamma-aminobutírico (GABA), la serotonina y la dopamina a la vez que bloquea el glutamato y la noradrenalina. El alcohol genera un verdadero cóctel de efectos neurotransmisores.

Entre 2010 y 2019, coescribí tres artículos [3] en los que se demostraba que el alcohol es la droga más perjudicial en el Reino Unido, Europa, Australia y, probablemente, todo el mundo occidental. Llevamos a cabo un análisis para clasificar las sustancias legales e ilegales, incluidas la heroína, la cocaína, el crac y la metanfetamina, así como el tabaco y el alcohol. Este último obtuvo la puntuación más alta no tanto por los efectos nocivos que provoca en el individuo, sino principalmente por los terribles efectos que provoca en los demás: los llamados «bebedores pasivos» si se prefiere (más información sobre esto, en el capítulo 11).

En mi primer empleo serio, trabajé de aprendiz de psiquiatría en la sala de urgencias del Guy’s Hospital, al sureste de Londres. Uno de mis primeros pacientes llegó en un estado terrible de psicosis limítrofe. Se trataba de una mujer que había venido directamente desde su banquete nupcial, donde, durante una pelea de borrachos, sus hermanos le habían propinado una paliza a su nuevo marido. Por desgracia, esta historia se repite de múltiples formas en los servicios de urgencias de todo el Reino Unido los viernes y sábados por la noche.

Efectivamente, la enorme cantidad de perjuicios que provoca el alcohol se debe en gran medida al número de personas que beben. Si la mitad de los adultos consumiéramos metanfetamina, por ejemplo, la sociedad se encontraría en un estado mucho peor. Sin embargo, a nivel personal, el alcohol provoca muchos efectos nocivos que dependen del nivel de consumo. Algunos de ellos pueden resultar menos obvios, como su relación con el cáncer de mama (que no se determinó hasta hace poco) o la cantidad de años de consumo (de diez a veinte) que deben transcurrir para acabar dañándote el hígado.

Quizá confías en que nada de esto te toque de lleno. A la mayoría de nosotros nos encantan los efectos a corto plazo del alcohol (la diversión, la sociabilidad, la distensión…) y esperamos que, a largo plazo, nuestra salud no se vea afectada.

Pero si cada semana bebes por encima (o incluso por debajo) de catorce unidades5 (ciento doce gramos), te conviene saber los riesgos que eso entraña para tu salud. Espero que este libro te lo aclare. La industria de las bebidas tiene claro que el alcohol es una sustancia tóxica. Si se descubriera hoy, se ilegalizaría como alimento. El consumo inocuo de alcohol quedaría limitado a una copa de vino al año si le aplicáramos los criterios de las normas alimentarias [4]. ¿Tomarías un nuevo medicamento si te dijeran que puede aumentar el riesgo de contraer cáncer, demencia o alguna enfermedad cardíaca, o que puede acortar tu vida? No lo tocarías ni con un palo. Sin embargo, el alcohol ocupa un lugar especial en nuestra cultura.

Lo que me gustaría es ayudarte a reflexionar sobre tu forma de beber. Que seas consciente de los riesgos a los que te expones si superas los límites recomendados6. Que seas consciente de que, incluso si no siempre puedes ceñirte a esos límites, no debes acabar dándote por vencido e ignorarlos por completo. Que aprendas a controlar tu consumo de alcohol. Y que quizá, en ocasiones, te abstengas de beber.

A ser posible, lo que me gustaría que evitaras es echarte alcohol por el gaznate de forma irreflexiva. Cuando hayas leído este libro, tal vez optes por unirte a ese creciente número de personas que deciden no seguir bebiendo. O tal vez concluyas que eres feliz bebiendo exactamente como hasta ahora, pero al menos habrás tomado esa decisión tras haberte informado como es debido.

Porque beber alcohol debe ser, ante todo, un acto consciente. Tendrías que percibirlo como algo especial, algo que se aproximara más (me atrevería a decir) al modo en que se percibía en otros tiempos. Convierte el acto de beber en un placer activo y positivo, en lugar de un acto reflejo, un hábito, algo que siempre has hecho o una automedicación para el estrés o la ansiedad.

Yo te aconsejaría que trataras de reducir tanto como pudieras tu consumo de alcohol hasta aproximarte al límite recomendado a la vez que maximizas tu diversión y placer. Y que tengas, al menos, dos días libres por semana. Espero poder ofrecerte ideas sobre cómo lograrlo.

No te culpo si bebes demasiado. La sociedad no solo nos inicia en el alcohol a una edad temprana diciéndonos que no hay nada más divertido, sino que, tal y como descubrirás en el capítulo 7, es muy fácil caer en una adicción psicológica o física al alcohol.

Espero que este libro te sirva de ayuda para que empieces a reconquistar tu potestad respecto a cuánto bebes, para que sepas decidir qué cantidad es la adecuada para ti y te ciñas a ella. ¡Brindemos por eso!

Yo te aconsejaría que trataras de reducir tanto como pudieras tu consumo de alcohol hasta aproximarte al límite recomendado a la vez que maximizas tu diversión y placer. Y que tengas, al menos, dos días libres por semana. Espero poder ofrecerte ideas sobre cómo lograrlo.

Notas al pie

2. En España, el consumo de alcohol per cápita es superior a la media europea. Más de 20.000 personas mueren al año en nuestro país como consecuencia de un consumo excesivo de alcohol. (Datos obtenidos de la Sociedad Científica Española de Estudios sobre el Alcohol, el Alcoholismo y las otras Toxicomanías). (N. del E.).

3. Tradición anglosajona. (N. del E.).

4. En la versión original de las películas de James Bond, el personaje pide un Dry Martini «agitado no mezclado» («Shaken, not stirred»), no obstante, el doblaje al español lo tradujo al revés «mezclado, no agitado». Mezclar o agitar tienen propósitos distintos, cuando se agita una bebida la estamos enfriando y, por tanto, diluyendo. El Dry Martini se mezcla, pero no se agita. (N. del T.).

5. La Unidad de Bebida Estándar (UBE) es una forma rápida y práctica de conocer los gramos de alcohol consumidos. En España, la UBE contiene 10 g de alcohol, que es lo que nos encontramos en un vaso pequeño de vino de 100 ml, una caña de cerveza de 200 ml, una copa de jerez de 60 ml o un carajillo de 25 ml. (N. del E.).

6. El límite recomendado en España es de 10 g de alcohol al día en mujeres y 20 g del alcohol al día en hombres. (N. del E.).

Cómo afecta la bebida a tu organismo y tu cerebro 1

DEL PRIMER SORBITO A LA MAÑANA DEL DÍA SIGUIENTE: EL PERIPLO DEL ALCOHOL

Realicemos un breve recorrido por tu cerebro y tu organismo cuando están bajo los efectos del alcohol. Tu primera bebida comienza con un simple sorbo, adaptando una frase de Mao Tse Tung7.

De hecho, te sorprendería lo complicado que resulta convencer a alguien para que beba alcohol por primera vez. El alcohol puro tiene un sabor repugnante, por lo que nadie (excepto, quizá, un alcohólico) lo bebería. Incluso en los diversos formatos en que lo compramos, a menudo es amargo y ácido, y muchas veces francamente desagradable, por lo que necesitamos mezclarlo con otra bebida. Algunos de los sabores bajo los que se presenta el alcohol (sabor a vino o a lúpulo, por ejemplo) son bastante extraños y, por lo tanto, acaban siendo un gusto adquirido.

Uno de los trucos más efectivos para que las personas encuentren más apetecible el alcohol es agregarle edulcorantes, algo que también se hace en los laboratorios con las ratas. Cuando los científicos las usan en sus investigaciones sobre los efectos del alcohol, una práctica habitual es endulzarlo para asegurarse de que estas lo beben (un alcopop para ratas, como si dijéramos). De hecho, me atrevería a afirmar que la razón principal por la que se comercializan alcopops8 extradulces (y, a menudo, de vivos colores) es para atraer a los consumidores primerizos que aún no han adquirido el gusto por el alcohol, también conocidos como adolescentes.

También te asombrará la rapidez con que adquirimos ese gusto. Muy poco después de los primeros sorbos, nuestro cerebro aprende que, a los pocos minutos de haber paladeado ese abrupto sabor, aparecen agradables sensaciones de calidez, relax y, tal vez, una mayor sociabilidad. Así, en cuanto estas agradables sensaciones quedan asociadas al sabor, el olor, el entorno, la rutina o el ritual, nos empieza a gustar ese sabor. A menudo, he escuchado afirmaciones como estas: «Me encanta el sabor del Vega Sicilia/Torres de la cosecha de 1984». Y yo respondo: «Si le dieras eso a tu hijo, lo escupiría. Ese sabor te encanta como resultado de un gusto adquirido, y este proviene de los efectos que tiene en ti el alcohol. Bueno, y de que sabes que es realmente caro, por supuesto».

Este efecto del aprendizaje, una vez más, también puede extrapolarse a las ratas: cuando se consigue que una rata beba el alcohol suficiente, continuará bebiéndolo, incluso si no sabe a nada.

Otra sensación que muchas personas aprenden a apreciar es la del calorcillo que notan cuando el alcohol baja por la garganta; algo que te resultará familiar si bebes licores y, sobre todo, si alguna vez has tomado chupitos. Puedes encontrarlo agradable porque tu cerebro anticipa que estás a punto de recibir el placentero impacto del alcohol. Dado que los licores vienen a ser alcohol en formato diluido, esa cálida sensación resulta menos intensa que si te pusieras alcohol puro en la lengua o en una herida. Eso te ardería (y dolería de verdad).


CUADRO 1

¿EL ALCOHOL CARO ES MEJOR PARA TU ORGANISMO?

No puedes pagar con dinero la prevención de los efectos nocivos en tu organismo. Tal vez se argumente que el vino tinto y la cerveza incluyen determinados componentes beneficiosos para la salud (puedes consultar el capítulo 2 para ahondar en esto), sin embargo, no los incluyen en la cantidad suficiente como para compensar los efectos nocivos del etanol, la sustancia química más tóxica del alcohol. Por otro lado, si no sufres tanta resaca cuando tomas bebidas de mejor calidad, es posible que se deba a que las estás saboreando más y, por lo tanto, bebiendo menos (lo cual no tiene nada de malo). Pero me temo que la respuesta a la pregunta de antes es, sencillamente, que no.

Estos dos elementos (el sabor y la sensación en boca), unidos al aspecto de tu bebida favorita y el lugar y hora en que sueles consumirla, hacen que tu cerebro se prepare para experimentar los efectos del alcohol.

Conforme el líquido fluye hacia el estómago, comienza su absorción a través de las paredes del estómago y luego a través del intestino delgado. El alcohol se desplaza por el torrente sanguíneo hasta el hígado, donde comienza a metabolizarse; el principal subproducto resultante es el acetaldehído. A continuación, esta mezcla de alcohol y acetaldehído fluye por el torrente sanguíneo hasta el corazón y, posteriormente, también atraviesa la barrera hematoencefálica para penetrar en el cerebro.

El alcohol es una molécula t an minúscula que su absorción se produce con bastante rapidez: a los cinco o diez minutos del primer sorbo, comenzarás a notar los primeros efectos en tu organismo. Puede que empieces a sentir más calor y un cierto rubor, ya que el alcohol permite que los vasos sanguíneos de la piel se dilaten, en un proceso denominado «vasodilatación».

EN EL INTERIOR DE TU CEREBRO

Cuando esa combinación de alcohol alcanza el cerebro, comienza a provocar todas esas cosas que hacen que nos guste. Se podría equiparar el funcionamiento del cerebro con el de una máquina electroquímica. Esta máquina consta de una red con unos doscientos mil millones de neuronas; los mensajes entre estas llevan todos nuestros pensamientos y procesos. Todo el rendimiento que produce tu máquina (los actos de estar despierto o dormido, almacenar recuerdos, tragar, etc.) es el resultado de estos millones de mensajes que revolotean por la red neuronal.

Cada mensaje viaja a lo largo de la neurona gracias a impulsos eléctricos, pero la conexión que salva la distancia entre neuronas, llamada «sinapsis», es de tipo químico. Por otro lado, las sustancias químicas que salvan esa distancia se denominan «neurotransmisores».

Lo que es importante conocer para entender el funcionamiento del alcohol es que, al igual que otras drogas, funciona en el nivel de esta conexión química.

Existen en torno a ochenta tipos distintos de neurotransmisores (mensajeros químicos), e incluso más modelos aún de receptores en los que se insertan. Cada receptor lo activa un neurotransmisor diferente.

Los dos neurotransmisores más habituales y potentes (porque, en efecto, son los interruptores que encienden y apagan el cerebro) son el GABA y el glutamato. En esencia, ambos conforman el núcleo del cerebro. Se encargan de todas las tareas básicas: desde dormir hasta asentar recuerdos y pensar.

El glutamato activa el cerebro y el GABA lo desactiva. Cuando el glutamato liberado atraviesa la sinapsis, activa la siguiente neurona, lo cual incrementa la actividad del cerebro. En cambio, el GABA hace lo opuesto.

Ambos trabajan codo con codo, como el yin y el yang. Necesitamos el GABA para controlar el glutamato, porque, si se produce un exceso de glutamato, el sistema se sobrecarga, lo cual conduce a un grave aumento de la ansiedad o incluso a sufrir un ataque y un posible daño cerebral.

Por lo tanto, nuestro cerebro ha evolucionado de tal modo que, cada vez que se libera glutamato, también se libera GABA. Se trata de un sistema maravillosamente equilibrado.

Existe otro tipo de neurotransmisor: el «neuromodulador», llamado así porque modifica la respuesta del cerebro en lugar de afectarlo de manera directa. Así pues, si sufres un accidente de coche, el glutamato asentará ese recuerdo (por ejemplo, que conducías a noventa y seis kilómetros por hora y que ibas por la A3), pero la emoción quedará codificada por un neuromodulador llamado noradrenalina. Esto aporta información adicional a ese recuerdo, pero no conforma su componente principal.

Los neuromoduladores funcionan como una copia de seguridad del GABA y el glutamato, ya que casi todas las respuestas de salida cerebrales utilizan más de un neurotransmisor.

Veámoslo con un ejemplo. Creemos que, al menos, cuatro neurotransmisores nos mantienen despiertos (acetilcolina, orexina, histamina y noradrenalina), mientras que, como mínimo, cuatro nos provocan somnolencia (GABA, adenosina, serotonina y endocannabinoides). Esto significa que, si uno falla, los demás pueden servir de respaldo. Así, por ejemplo, alguien con narcolepsia tendrá una deficiencia en el neuromodulador denominado orexina, y le costará mantenerse despierto porque las copias de seguridad no siempre son lo bastante potentes.

Los nombres de algunos neuromoduladores te resultarán muy familiares. Al igual que la noradrenalina, también la serotonina y la dopamina participan en muchos procesos, sobre todo de carácter emocional. Luego están las endorfinas, que en realidad son un tipo diferente de molécula llamada «péptido», diminutos fragmentos de proteína.

Todas las diversas drogas y sustancias alterantes de la consciencia que consumen los seres humanos actúan sobre múltiples combinaciones de sistemas neurotransmisores y neuromoduladores. El alcohol se perfila como una de las que tienen mayor influencia en ese aspecto, ya que afecta a una enorme variedad de receptores y, por lo tanto, a la mayoría de las neuronas (si no a todas). Por eso puede provocarnos tantas variedades de efectos y experiencias.

TU CEREBRO BAJO LOS EFECTOS DEL ALCOHOL

Como puedes ver, el cerebro es una máquina increíblemente evolucionada y muy bien equilibrada. Pero si le agregamos alcohol, ese equilibrio se disuelve como un terrón de azúcar en una taza de té caliente (o, más bien, de ponche caliente).

Lo primero que hace el alcohol es activar el sistema calmante GABA, para que empieces a sentirte relajado (es lo mismo que hace el Valium). Por eso bebemos, sobre todo en las fiestas.

Casi todos sufrimos ansiedad social en mayor o menor medida, pero el alcohol elimina nuestros miedos e inhibiciones. Sus efectos tranquilizantes son también el motivo por el que, en cuanto en un avión se apaga la señal del cinturón de seguridad, el carrito de bebidas comienza a desplazarse por el pasillo, ya que volar produce ansiedad a mucha gente.

No obstante, si activas en exceso el sistema GABA, corres el riesgo de desactivar partes de tu cerebro que preferirías mantener activadas (por ejemplo, tu juicio o incluso tu consciencia). Y si bebes muchísimo alcohol y el sistema GABA se potencia al máximo, acabas desactivando tu cerebro, al igual que ocurriría con un anestésico, por lo que dejas de respirar. Una forma de morir debido al alcohol es esa: la llamada «intoxicación etílica».

Volviendo a lo de nublar el juicio, ¿alguna vez te ha pasado que tenías intención de beber solo un par de copas, pero luego has perdido el control y has acabado poniéndote fino? ¿A qué se debe eso? Una de las principales razones es que la parte del cerebro que te ordena que mantengas el control (llamada «corteza frontal») es la primera que el alcohol desactiva.

De hecho, las partes del cerebro que se encargan de preservar tus capacidades de discernimiento y control son muy sensibles al alcohol. Quizá ocurra que también se te nuble el juicio respecto a otros asuntos, como tu atractivo o tus habilidades como bailarín o conversador.

Si sigues bebiendo, acabarás superando la tasa máxima de alcoholemia permitida al volante9 y los efectos se duplicarán: además de estimular el GABA, el alcohol comenzará a bloquear tus receptores de glutamato (no olvides que este es el neurotransmisor que te mantiene despierto). A medida que tu nivel aumente, comenzarás a emborracharte seriamente. Si llegas a alcanzar los 0,9 g, empezarás a perder, además, la capacidad de asentar recuerdos. A esto lo llamamos «laguna mental».

Conforme aumenta la concentración de alcohol en sangre, diversos neuromoduladores nuevos también se ven afectados. Y cada uno influirá de un modo específico en diferentes partes del cerebro.

Los más importantes son tres:

1. En primer lugar, un incremento del nivel de alcohol en sangre aumenta los efectos de la serotonina, un potenciador del estado de ánimo que también te vuelve más empático. Su acción proserotonina es también la que hace que otras personas nos resulten más atractivas (el llamado «efecto embellecedor del alcohol»). En ese sentido, tiene un efecto similar al del MDMA o el éxtasis.

Por otro lado, la estimulación de otro receptor de serotonina, esta vez ubicado en los nervios del estómago, es lo que te provoca náuseas. Hablamos bastante a la ligera de vomitar a causa del alcohol, pero, de hecho, el vómito resulta crucial, ya que evita nuestra muerte. Este mecanismo de supervivencia es una de las razones por las que el alcohol ha pervivido en nuestra cultura durante siglos. El vómito elimina la cantidad suficiente de alcohol para que puedas seguir con vida.

2. En segundo lugar, beber libera dopamina, la cual interviene en el ánimo, la motivación y la energía. Este factor influye en el efecto estimulante del alcohol, ya que te hace sentir más eufórico y activo, y te genera sentimientos de energía y entusiasmo. Te vuelve más escandaloso (un efecto que la cocaína también produce).

La dopamina es uno de los transmisores que establece patrones de conducta, por lo que tiene importancia en la adicción. La liberación de dopamina puede explicar por qué algunas personas quedan atrapadas en hábitos que comienzan resultándoles divertidos (o, al menos, no perjudiciales), pero que acaban siendo muy dañinos, como retorcerse el cabello o morderse las uñas. La dopamina también es el motivo por el que, cuando te emborrachas, no puedes evitar enzarzarte en discusiones absurdas sobre temas irrelevantes.

3. En tercer lugar, el subidón que te provoca el alcohol proviene de las endorfinas, que son los opioides naturales de tu organismo, el sistema cerebral de reducción natural del dolor y también lo que genera euforia en los corredores. Este sistema de recompensas te brinda una especie de placer muy relajado y, en algunas personas, también puede conformar un factor clave en su adicción. Diversos estudios han demostrado que, cuando los efectos de las endorfinas se bloquean con nalmefeno (un medicamento para tratar el alcoholismo), algunos adictos pueden dejar de beber [5]. Mediante sofisticadas imágenes cerebrales, hemos podido observar que este efecto guarda relación con las interacciones cerebrales entre endorfinas y dopamina.

Esta enorme variedad de efectos es lo que hace que el alcohol resulte tan apetecible. Además, como todos somos diferentes, se insertará en tu química cerebral específica de un modo distinto a como lo hará en la de un amigo tuyo. ¿Quizá bebes para reducir tu ansiedad? ¿O como válvula para liberar estrés, al acabar la jornada laboral? ¿O para animarte antes de salir por ahí? ¿O para reunir el valor necesario con el que enfrentarte a algo? En gran parte, el atractivo del alcohol para muchas personas reside en que logran suplir sus carencias de personalidad, y se convierten en el tipo de persona que les gustaría ser.

Y SIGUES BEBIENDO...

Continúas bebiendo y, llegados a este punto, es probable que ya estés balbuceando. Tu memoria se atranca debido al efecto del glutamato, así que te estás repitiendo como el ajo.


CUADRO 2

ESAS BEBIDAS QUE TE ALTERAN LA MENTE

Aquello que bebes está tan repleto de sustancias psicoactivas (sustancias químicas que modifican la química de tu cerebro) como cualquier otra droga. El tipo de alcohol que más abunda en las botellas de los estantes de las bodegas es, con diferencia, el etanol (fórmula química: C2H5OH). Durante la fermentación, la glucosa de las materias primas se descompone principalmente en etanol, aunque siempre producirá también otros tipos de alcohol, que difieren en proporciones y estructura química en diversas bebidas. Incluso lo que se nos vende como alcohol con máximo grado de pureza (por ejemplo, el vodka) es una combinación de varios tipos de alcohol. El único puro es el etanol producido de forma sintética.

Así, por ejemplo, algunos análisis de whisky han llegado a detectar en su contenido unos cuatrocientos tipos diferentes de alcohol. Esto se debe a que, cuanto más tiempo se almacena o «se añeja» un whisky, más se fusionan algunos tipos de alcohol para formar otros más complejos llamados «congéneres». Estos se encuentran en todas las bebidas alcohólicas (aunque el whisky los contiene en mayor cantidad que ninguna), y se cree que su funcionamiento en el cerebro se asemeja al del alcohol etílico sencillo (etanol), aunque quizá pueden embriagar todavía más. Cada whisky tendrá su propia combinación de alcoholes y congéneres, y es esta mezcla la que crea todos los matices de su «aroma» y, por lo tanto, su sabor.

Curiosamente, de conformidad con la Ley de Sustancias Psicoactivas de 2016, todas las sustancias psicoactivas recreativas se prohibieron, excepto el etanol, la cafeína, la nicotina y el tabaco. Por aquel entonces, afirmé que me parecía algo absurdo. No en vano, se acababa ilegalizando todo tipo de alcohol, pues no hay un solo producto alcohólico en el mercado que no incluya congéneres. La cerveza contiene unos ciento cincuenta y el vino, doscientos. No bebemos etanol puro.

Aparte de su propia combinación de cientos de alcoholes diferentes, el vino, la cerveza y la sidra también incluyen compuestos vegetales aromáticos llamados «terpenos», que provienen de las uvas, el lúpulo o las manzanas. Puede que hayas oído hablar de los terpenos, ya que también aportan al cannabis su peculiar olor. Hasta no hace mucho, se creía que los terpenos contribuían exclusivamente al sabor, pero ya se baraja la posibilidad (aún no investigada en profundidad) de que también sean psicoactivos.

Quizá también te parecen hilarantes muchas cosas, incluidas las que estás repitiendo sin parar, posiblemente debido a tus sistemas de GABA y serotonina. Además, el alcohol bloquea los centros neuronales que controlan la coordinación, de ahí que digamos coloquialmente que una persona muy borracha «no se tiene en pie».

Con ese aumento en los niveles de dopamina y ese descenso en tu autocontrol, es posible que te dé por discutir. También puede que, debido a la merma en tu capacidad de discernir, acabes haciendo cosas poco inteligentes (fumar cuando ya lo habías dejado, conducir, hacer carreras subido en un carrito de la compra…).

Un caso realmente triste fue el de una joven de dieciséis años, Natalie Dursley, a quien una ambulancia recogió tras haberse desplomado en una discoteca. Estaba tan desorientada que abrió las puertas del vehículo en plena carretera, cayó fuera y murió. Este ejemplo ilustra a la perfección la pérdida total de discernimiento que puede producirse cuando estás borracho. En esencia, le has puesto las cosas muy difíciles a tu cerebro (un efecto que me gusta equiparar con el de un virus informático).

Si sigues bebiendo, vas derecho a la anestesia, a un cierre del sistema. De hecho, la anestesia médica también afecta a los sistemas de GABA y glutamato: una que te suministren en una intervención quirúrgica sencilla activa el GABA para dormirte, mientras que la que se utiliza para una intervención más compleja desactiva el glutamato, que es lo que te mantiene despierto y activo. Por eso, necesitas ventilación asistida, porque ya no puedes respirar de forma autónoma.

Antes de que apareciera la anestesia moderna, cuando a un marinero debían amputarle una extremidad lesionada, primero le hacían coger una buena cogorza. Esto tiene una explicación muy sólida: el alcohol amortigua el dolor, así como la memoria.

El hecho de que el alcohol afecte tanto al GABA como al glutamato (doble impacto) es lo que lo vuelve tan peligroso. Ambos regulan no solo nuestra capacidad de mantenernos despiertos, sino también la de mantenernos con vida. Por eso, algunas personas mueren de intoxicación etílica. Si bebes lo suficiente, puedes dejar de respirar. A continuación, incluyo una breve guía por etapas sobre cómo evoluciona la embriaguez [6].

TODO DEPENDE DEL CONTEXTO

Hay tantas experiencias bajo el influjo del alcohol como personas. En cada caso, las peculiaridades dependen más del entorno y las expectativas que de cualquier singularidad que presente la propia bebida. El subidón que provoque una lata caliente de gin-tonic en un tren de cercanías abarrotado no tendrá nada que ver con el de la misma cantidad de martini en un elegante bar de hotel, por ejemplo. Y tomar unas copas antes de salir de discotecas dista un mundo entero de saborear una copa de jerez con tus padres en Navidad. Hay quien bebe antes de ir a dormir para relajarse y hay quien bebe antes de ir a una reunión de negocios para ganar confianza (aunque esta segunda práctica es bastante desaconsejable).

Buckfast Tonic Wine resulta interesante como (involuntario) experimento social y ejemplifica de maravilla cómo los efectos del alcohol interactúan con los propósitos individuales. Aunque, al principio, los monjes de la abadía de Buckfast en Devon lo elaboraban como tonificante, «Buckie» (como se lo conoce popularmente) es un vino potente y fortificado (15% de alcohol) con abundante cafeína añadida. Una botella contiene el equivalente a casi cinco expresos dobles.

Primero se comercializó como un tónico para personas que sufrían carencias de energía, ya que la cafeína combate los efectos sedantes del alcohol. Quizá estés al tanto de que Buckie se ha convertido en la bebida de culto entre los hinchas de fútbol escoceses (quienes la conocen como wreck the hoose juice10), pues estos beben una botella (o incluso más de una) antes de salir a buscar gresca. Una encuesta escocesa realizada entre delincuentes juveniles determinó que el 43% de quienes habían bebido alcohol antes de cometer alguna infracción admitieron que su bebida predilecta era Buckfast.

Sigue siendo el mismo vino que cuando se comercializaba como tónico, pero ahora se utiliza para un propósito completamente distinto. En 2014, el Gobierno escocés debatió sobre si Buckie debería dejar de venderse en botellas de vidrio, ya que algunos informes advertían de que se usaban como armas, según el periódico Scotsman [7]. Si bien esta ley no llegó a aprobarse y Buckie sigue vendiéndose en botellas, ahora también está disponible en latas (tal vez para reducir el riesgo que suponen las botellas rotas).


CUADRO 3

¿QUÉ VA OCURRIENDO CONFORME MÁS BEBES?

LAS ETAPAS DE LA EMBRIAGUEZ

El aumento de tu contenido de alcohol en sangre influye en cómo te sientes y te comportas, así como en los diferentes neurotransmisores de tu organismo.


Concentración de alcohol en sangre Sensaciones Neurotransmisores
20 mg% Relax, estado de ánimo ligeramente alterado, leve incremento del calor corporal ¿GABA? Endorfinas
50 mg% Menos inhibición, más volumen de voz, más gestualidad, menos coordinación y enfoque visual GABA. Serotonina
80 mg% Pérdida de coordinación, equilibrio, habla, audición y tiempos de reacción GABA. Endorfinas
100 mg% Dificultad para hablar, merma en los tiempos de reacción y el control físico GABA. Dopamina
150 mg% Euforia, la coordinación se reduce tanto que existe peligro de caer al suelo, aumenta la dificultad de caminar y hablar, posibles vómitos GABA. Serotonina y dopamina
250 mg% Confusión, estupor y desorientación, pérdida de capacidad de respuesta al dolor, pueden darse las primeras náuseas y vómitos, difícil mantenerse en pie y caminar de forma autónoma, comienzan las lagunas mentales GABA + bloqueo de glutamato
300-400 mg% Posible pérdida de consciencia GABA + bloqueo de glutamato
400 mg% Estupor GABA + bloqueo de glutamato
500 mg% Coma GABA + bloqueo de glutamato
600 mg% Parada respiratoria y fallecimiento GABA + bloqueo de glutamato

Por supuesto, la violencia y el alcohol son viejos aliados. Es una de las razones por las que la mayoría de los recintos deportivos y festivales ya no permiten la entrada de recipientes de vidrio (la otra es que los borrachos son muy torpes).

TODO DEPENDE DEL MOMENTO

Otro factor adicional es en qué momento bebes a lo largo del día. Lógicamente, cuanto más somnoliento estés, más probabilidades hay de que te venza el sueño debido al alcohol. Por eso, algunas personas mezclan estimulantes y alcohol, como en el Buckie: los primeros para mantenerte despierto y el segundo para quitarte la ansiedad. De hecho, «estimulantes con tranquilizantes» es la combinación más popular en la historia del consumo de drogas.

Otro ejemplo de esto lo conforman la cocaína y el alcohol. Si nos remontamos a la década de 1890, cuando la cocaína era legal, existía un vino italiano llamado Mariani que contenía ambas sustancias. Y lo avaló el papa, nada menos. Puede que hayas escuchado ciertos rumores acerca de que David Cameron, Boris Johnson y otros miembros del Bullingdon Club consumían, presuntamente, cocaína y alcohol en fiestas [8]. La razón por la que alguien haría esto es, quizá, para lograr beber más durante más tiempo. Curiosamente, cuando, en la década de 1990, el Gobierno islandés aprobó una ley que permitía beber alcohol durante las veinticuatro horas, acabó produciéndose un aumento en el consumo de anfetaminas [9].

Uno de los problemas de la cocaína y el alcohol es que actúan de forma conjunta en el organismo para producir una nueva sustancia química: el cocaetileno (CE). El CE viene a ser una variación de la cocaína, con una acción más prolongada, que permanece en el organismo durante horas en lugar de minutos, por lo que resulta más tóxico para el corazón. Esto explica la estrecha relación que hay entre consumir cocaína, beber alcohol y sufrir ataques cardíacos.

El efecto estimulante/tranquilizante también justifica la popularidad del Red Bull con vodka, también conocido como «Vodka Rush»11. Algunos estudios realizados en animales han demostrado que los efectos que produce esta mezcla alteran el cerebro [10]. Tal vez un Vodka Rush te parezca muy poco sofisticado para tu gusto y prefieras un expreso martini, pero no te engañes: lo que le estarías haciendo a tu cerebro no sería tan distinto.

Posiblemente, alcohol con tabaco es la combinación más común de todas. Muchas personas descubren que, una vez adquieren el hábito de fumarse un cigarrillo acompañado de una copa, les cuesta no combinarlos. Esto puede deberse a que fumar intensifica el impacto del alcohol en la dopamina. Aunque también puede deberse a que el alcohol te desinhibe, por lo que tras una copa pierdes la voluntad de no fumar.

Tampoco cabe duda de que emborracharte más rápido (y, por lo tanto, incrementar más rápido tu nivel de alcohol en sangre) implica que vencerás mucho antes tus inhibiciones. Si bebes deprisa, quizá te percates de que tu capacidad de discernir se ha esfumado y acabes sintiéndote sobrepasado por el alcohol antes incluso de comprender que estás borracho. Por otro lado, lo alta que sea la graduación de ese alcohol que estás bebiendo también tiene importancia aquí, pues, cuanto más rápido logres emborracharte, antes comenzará a suceder todo lo malo.

Eso explica por qué no es buena noticia que las bebidas hayan ido adquiriendo cada vez más graduación en los últimos cincuenta años, aproximadamente. Durante las décadas de 1960 y 1970, cuando yo era estudiante, la mayoría de las cervezas de fermentación tanto alta como baja que se vendían en los bares tenían entre un 3 y un 4% de alcohol. Luego llegó la Heineken, con un 5%, y ahora suelen tener entre 4 y 5%. Pero también el vino ha ido adquiriendo cada vez más graduación, por lo general del 11 o 12% al 13 o 14%.

Se ha demostrado que algunas bebidas también incrementan tus niveles de alcohol en sangre más rápido que otras, por ejemplo, el champán más que el vino. De hecho, la gente suele emborracharse más rápido con bebidas espumosas.

LOS RIESGOS POTENCIALES DE LA TOLERANCIA AL ALCOHOL

La toxicidad del alcohol varía según tu genética, pero también según tu experiencia acumulada como bebedor. Es lo que conocemos por tolerancia al alcohol: la capacidad de tu organismo y tu cerebro para acondicionarse a él y sobrellevarlo. La tolerancia se desarrolla muy rápido porque tu cerebro aprende muy deprisa, y espera que le ofrezcas alcohol. En una semana de vacaciones, al inicio puede que te emborraches con una o dos copas de vino, por ejemplo. Sin embargo, ya en los últimos días, podrías necesitar una botella entera para alcanzar el mismo estado.

Sin embargo, desarrollar una alta tolerancia siempre entraña ciertos riesgos. Una vez fui a casa de un amigo y, cuando nos sentamos a ver el partido de rugby, me ofreció un trago. Acepté y me sirvió una copa llena de whisky escocés. Le di un sorbo y él se sirvió la misma cantidad. Mientras yo iba tomándome la mía a sorbos, él apuraba una y otra vez la suya y se servía más. Para cuando finalizó el partido, se había bebido una botella entera de whisky (¡salvo mi copa!). Su tolerancia al alcohol estaba por las nubes.

La triste historia de Amy Winehouse ejemplifica otro riesgo de la tolerancia al alcohol: las consecuencias de perderla. Tras seis semanas de terapia, la cantante volvió a consumir la cantidad que consumía antes de la rehabilitación. Pero, como había perdido su tolerancia al alcohol, aquella cantidad se había vuelto tóxica para ella.

Si lo piensas bien, esta tolerancia viene a ser dependencia (o, al menos, su origen). Así que, si al echar la vista atrás descubres que tu consumo de alcohol ha aumentado progresivamente, te emplazo a que leas el capítulo 7, donde explico en más profundidad cómo funciona la tolerancia.

¿POR QUÉ YO ME EMBORRACHO, PERO MI AMIGO NO?

Puede deberse a varias razones (y es probable que a más de una a la vez). Ante todo, está el factor tolerancia: quizá tu amigo se ha habituado a beber mucho más que tú, por lo que su cerebro está preparado para combatir los efectos del alcohol. Si pertenece a un sexo distinto al tuyo, eso también marcará la diferencia. Aunque un hombre y una mujer beban lo mismo, el nivel de alcohol en sangre será más elevado en la mujer. Esto es no solo porque las mujeres suelen tener menor estatura, sino también porque, proporcionalmente, el cuerpo de la mujer alberga un mayor porcentaje de grasa y un menor porcentaje de agua, y el alcohol se diluye en el contenido de agua corporal.

Si tu amigo ha comido algo antes, el tipo de alimento y la cantidad ingerida también van a marcar una diferencia, ya que la comida ralentiza la absorción de alcohol en el estómago. Por eso, algunas personas aseguran que beben medio litro de leche antes de salir de fiesta por la noche. Esto no es simple sabiduría popular; ciertamente, la leche no tendrá un gran efecto por sí misma, pero el líquido los llenará e hidratará, de modo que se sentirán menos sedientos. La grasa, como ocurre con otros alimentos que la contienen, retrasa el vaciamiento gástrico. Dado que el estómago absorbe solo el 20 % del alcohol, esto ralentiza la absorción de alcohol en la sangre [11] y [12].

Luego están los factores genéticos. Quizá la genética de tu amigo le permite metabolizar el alcohol más rápido. A algunas personas les cuesta especialmente, sobre todo después de que el organismo lo haya convertido en acetaldehído. Esta incapacidad ocurre con mayor frecuencia en personas de ascendencia japonesa, china y coreana [13]. Como resultado, estas sufren los efectos negativos muy rápido (en particular, experimentan mucho antes las sensaciones de rubor y embriaguez).

Algunas personas, sobre todo los hijos de hombres alcohólicos, parecen haber heredado cerebros «infrasensibles» al alcohol. Esto significa que, desde la primera vez que beben, ya presentan una tolerancia mayor que la de sus iguales. Se trata de una especie de tolerancia predeterminada que parece jugar a su favor al principio, pero que, con el tiempo, puede llevarlos a beber más y, por lo tanto, a un mayor riesgo de sufrir daños por consumo de alcohol.

LO QUE VIENE DESPUÉS...POR QUÉ TE DA POR COMER MÁS DURANTE LAS BORRACHERAS

¿Sueles terminar las noches de fiesta comprándote un kebab, una hamburguesa u otra comida de tu agrado? No se sabe con certeza por qué tenemos tanta hambre después de haber estado bebiendo.

Un motivo podría ser que el alcohol modifica la producción de azúcar en el hígado, por lo que te vuelves hipoglucémico; en otras palabras, alcanzas un bajo nivel de azúcar en sangre, lo cual te provoca hambre. También podría deberse a que comer, al igual que fumar, es un modo de potenciar tu sensación de recompensa-placer. O, si estás a dieta o restringiendo los alimentos de alguna forma, podría ocurrir que el efecto reductor de inhibición del alcohol sobre el GABA suavice tu determinación de no comer. Probablemente, existe una razón similar que explique por qué las personas ebrias tienen más posibilidades de mantener relaciones sexuales.

POR QUÉ TE DESPIERTAS AGOTADO PERO SOBREEXCITADO

Al tener efectos sedantes, el alcohol te sume en un sueño muy profundo. Esto explica por qué la gente que se duerme borracha hace cosas raras, como levantarse para orinar en el armario. Tan profundo es su sueño que su cerebro consciente permanece dormido mientras que, de alguna forma, otra parte les ordena que orinen. Y, dado que los terrores nocturnos (intensas experiencias semejantes a pesadillas, pero en las que incluso puedes moverte) también se producen en este estado de sueño profundo, si tienes propensión a ellos, el alcohol puede provocarlos (ahondaremos en ello en el capítulo 6).

El efecto sedante se prolonga durante cuatro horas más o menos. Una vez transcurrido este tiempo, puede que despiertes con dolor de cabeza y, tal vez, con una sensación de parpadeo luminoso en los ojos, sintiéndote alerta a la vez que afligido; seguramente, te resulte difícil retomar el sueño. Si no te despiertas, es probable que duermas mal o de forma irregular.

Esto sucede porque tu cerebro sabe que la embriaguez es potencialmente peligrosa, de modo que no quiere caer en ella. En cuanto comenzaste a beber la noche anterior, tu cerebro empezó a cambiar. Dado que el alcohol bloquea los receptores de glutamato, se regula al alza el sistema del mismo, para lo cual aumenta la cantidad de dichos receptores.

Después, a medida que tu nivel de alcohol en sangre desciende durante la noche, te quedas con demasiados receptores y, por lo tanto, con mucha actividad de glutamato. Por eso estás muy despierto y alerta, y por eso te parece que el mundo tiene demasiada luz, demasiado ruido… Que tiene demasiado de todo, en general.

BIENVENIDO A TU RESACA

¡Buenos días! O quizá no tan buenos. La gente suele contar chistes de resacas como este: «¿Qué es lo mejor para una resaca? Beber mucho la noche anterior». Incluso existe una franquicia de películas supertaquilleras que giran en torno a lo desconcertados, indispuestos y arrepentidos que nos sentimos a la mañana siguiente. Pero lo que está sucediendo durante una resaca es más grave que eso: se trata de abstinencia. De acuerdo, los síntomas no son tan fuertes, desagradables y potencialmente mortales como los que puede sufrir un alcohólico. Pero no importa de qué lo disfraces: tu cerebro y tu organismo se están absteniendo del alcohol.

Podemos definir la resaca como una experiencia donde se aúnan diversos efectos fisiológicos y psicológicos desagradables, resultantes de la ingesta media o elevada de alcohol. Por lo general, aparece unas diez horas después de haber alcanzado el máximo nivel de alcohol en sangre, aunque esto varía dependiendo de factores como el sexo, el peso e incluso la disposición genética. Sin embargo, algunas personas no sufren la más mínima resaca: según algunos informes, entre el 3% [14] y el 23% [15] de la población es inmune a ellas. No es de extrañar que estas personas tengan más probabilidades de convertirse en bebedores empedernidos, al no experimentar esta consecuencia disuasoria.

Tal vez sepas por experiencia que la resaca puede durar entre unas pocas horas y más de veinticuatro. El alcohol afecta a muchos sistemas de tu organismo y tu cerebro, por lo que la resaca es, necesariamente, compleja, y de ahí las infinitas modalidades de sufrimiento. Hay más de cuarenta y siete síntomas posibles (puedes consultarlos en la tabla 1), y es probable que tengas tu propia combinación personalizada; en cualquier caso, van desde trastorno del sueño y deshidratación hasta ansiedad, tensión, estado emocional negativo e incluso déficits de atención, de memoria y de habilidades psicomotrices. Los síntomas dependerán de cuánto hayas bebido, pero también de lo que hayas bebido. Los alcoholes añejos y los madurados en barrica contienen muchos congéneres (ya hablamos de ellos antes), y se cree que estos pueden agravar las resacas. ¿Qué conclusiones sacamos? Aunque ya no estés borracho, lo más probable es que rindas poco en el trabajo, aparte de que quizá no sea una gran idea que conduzcas. En Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades estimaron que los costes económicos derivados de las resacas por consumo de alcohol ascendieron en 2010 a unos doscientos cuarenta y nueve millones de dólares [16].

QUÉ OCURRE EN TU CEREBRO Y TU ORGANISMO

Las investigaciones adolecen de lagunas respecto a lo que sucede en nuestro organismo durante una resaca. Pero lo que sí sabemos es que es un estado multifactorial causado por diversos cambios bioquímicos y neuroquímicos, así como por la estructura genética de cada individuo.

1. Te has suministrado veneno. Una de las formas de metabolizar el alcohol es mediante la enzima llamada «alcohol deshidrogenasa» (ADH). A medida que esta enzima descompone el etanol, produce el venenoso y carcinógeno acetaldehído, el cual se convierte relativamente rápido en acetato, para finalizar como dióxido de carbono y agua. Sin embargo, algunas personas presentan variantes genéticas de las enzimas relevantes que aceleran o deceleran la degradación. Los estudios realizados a personas que tardan en descomponer el acetaldehído extraen como conclusión que esto les produce desagradables sensaciones: desde rubores hasta náuseas y taquicardia [17]. Por lo tanto, algunos de los síntomas de la resaca pueden provenir de la presencia de acetaldehído.

Se considera que el elevado consumo de congéneres también agrava la resaca. Sus concentraciones son más altas en el vino tinto y los licores destilados (por ejemplo, el brandi), mientras que en licores claros (como el vodka) son más bajas. Los congéneres incluyen acetaldehído, acetonas, histaminas y metanol. De hecho, se cree que el metanol, resultante de la fermentación del azúcar, es uno de los factores más decisivos en la producción de síntomas de resaca.

La enzima alcohol deshidrogenasa (ADH) metaboliza el metanol a un ritmo más lento que el etanol para generar formaldehído (el cual se usa para preservar cadáveres) y ácido fórmico (presente en las picaduras de abejas y hormigas), ambos altamente tóxicos.

2. Tus neurotransmisores se han vuelto locos. Antes he explicado los cambios producidos en el glutamato y el GABA, tus principales sistemas neurotransmisores. Se ha demostrado en roedores que el grado de desequilibrio entre ambos (es decir, demasiado glutamato y escaso GABA) se correlaciona con la intensidad de la abstinencia [18].

3. Tienes inflamación. Esta se produce cuando tu organismo está dañado, como respuesta parcial del sistema inmunológico. Pese a ser una consecuencia natural, puede resultar altamente destructiva. Hoy en día, la inflamación crónica se considera un factor significativo en múltiples problemas de salud prolongados, desde diabetes hasta cáncer y, como veremos en el próximo capítulo, cirrosis hepática.

El alcohol activa este proceso porque daña los vasos sanguíneos y el intestino, lo cual hace que el organismo reaccione en consecuencia. La respuesta inflamatoria es desagradable y los síntomas abarcan desde náuseas o vómitos hasta dolor de cabeza, turbación, temblores y depresión clínica. Esta última ocasiona cambios de humor y deterioro cognitivo, así como déficits de memoria y aprendizaje. Por eso, un fármaco antiinflamatorio, como el ibuprofeno, puede ayudar a aliviar los síntomas de la resaca.

Disfunción mitocondrial. El alcohol también daña el ADN mitocondrial, sobre todo en el hígado. Las mitocondrias, que podríamos definir como las máquinas que producen energía en cada célula, son vulnerables a los daños de los radicales libres producidos por el alcohol a través del acetaldehído. Para su suministro de energía, las células cerebrales dependen de las mitocondrias, y cualquier daño provocado a estas últimas, por leve que sea, puede liberar toxicidad en varias regiones del cerebro.

LOS CUARENTA Y SIETE SÍNTOMAS DE LA RESACA

En una encuesta realizada a mil cuatrocientos diez estudiantes holandeses, estos fueron los síntomas que mencionaron. Se enumeran de más a menos frecuentes. Así, el 95,5% de los encuestados dijo sentir fatiga, mientras que solo el 1,8% declaró tener pensamientos suicidas [19].

TABLA 1 SÍNTOMAS DEL ALCOHOL


Síntoma %
Fatiga (sensación de cansancio) 95,5
Sed 89,1
Modorra ligera 88,3
Somnolencia 87,7
Dolor de cabeza 87,2
Boca seca 83,0
Náuseas 81,4
Debilidad 79,9
Estado de alerta reducido 78,5
Problemas de concentración 77,6
Apatía (carencia de interés/preocupación) 74,0
Incremento en tiempo de reacción 74,0
Disminución del apetito 61,9
Torpeza 51,4
Nerviosismo 49,5
Vértigo 48,0
Problemas de memoria 47,6
Molestias gastrointestinales 46,7
Mareos 46,0
Dolor de estómago 44,7
Temblores 38,9
Problemas de equilibrio 38,6
Desasosiego 36,8
Escalofríos 34,4
Transpiración 33,9
Desorientación 33,8
Misofonía 33,3
Fotosensibilidad 33,1
Afecto embotado (menos manifestaciones emocionales) 29,9
Dolor muscular 29,4
Pérdida del sentido del gusto 28,0
Arrepentimiento 27,1
Confusión 25,8
Culpa 25,2
Gastritis 23,4
Impulsividad 22,7
Sofocos/escalofríos 21,4
Vómitos 20,8
Taquicardia 19,4
Depresión 18,9
Palpitaciones 17,0
Tinnitus (zumbidos o pitidos auditivos) 16,8
Nistagmos (movimientos repetitivos e involuntarios de los ojos) 16,1
Ira 10,1
Problemas respiratorios 9,7
Ansiedad 7,4
Pensamientos suicidas 1,8

¿QUÉ ORIGINA LOS SÍNTOMAS DE LA RESACA?

1. Hipersensibilidad a la luz y los sonidos. Esto se debe al efecto rebote del glutamato.

2. Dolor de cabeza. Podría deberse a la misma razón, aunque cabría sumar además que el acetaldehído dilata los vasos sanguíneos de la cabeza. Según indican también recientes investigaciones, el alcohol puede hacer que tu sistema inmunológico ataque tu organismo. Por lo visto, puede activar tus células inmunológicas, que se supone que te protegen de insectos y toxinas mediante la liberación de sustancias químicas que provocan irritación en los vasos sanguíneos y los nervios, lo cual puede producirte dolor (incluso de cabeza).

También entra en juego un factor de deshidratación debido al efecto diurético del alcohol (lo que significa que te hace orinar más). Puedes beber toda el agua que necesites antes de irte a dormir, pero, por supuesto, eso interrumpirá tu sueño si tienes que levantarte para ir al baño.

3. Síntomas estomacales. Puesto que el alcohol daña el revestimiento del estómago y del intestino, puede acabar provocándote diarrea y náuseas. También puede producir una ligera inflamación en el páncreas (no en vano, la pancreatitis o inflamación de páncreas suele vincularse con el consumo abusivo de alcohol).

CÓMO PREVENIR UNA RESACA

1. Bebe menos. Esta parte ya la conoces.

2. Suaviza el ritmo. Por lo general, tardas una hora en procesar una unidad (10 ml/8 g) de alcohol. Cuanto más despacio bebas, más oportunidades tendrás de procesarlo, ya que tu nivel máximo de alcohol en sangre no será tan elevado, y se ha demostrado que esto produce menos resaca.

3. Mezcla con agua tus bebidas alcohólicas. Otras formas de diluir son agregar más hielo; añadir, o bien refrescos al vino, o bien limonada a la cerveza; o combinar licores con bebidas sin alcohol. Eso sí, mejor sin burbujas, ya que las bebidas gaseosas pueden hacer que absorbas el alcohol más rápido.

4. Bebe medidas más pequeñas. A menor capacidad de la copa o vaso, menos alcohol durante el transcurso de la noche.

5. Bebe licores claros. Al parecer, los congéneres agravan las resacas, y este tipo de licores los contienen en menor cantidad. Según un estudio, el vodka produce menos resaca que el whisky, por ejemplo (aunque tanto los consumidores de vodka como los de whisky durmieron mal y encontraron dificultades para concentrarse al día siguiente) [20].

POR QUÉ DEBERÍAS ALEGRARTE DE TENER RESACA

Beber con sensatez implica saber moderarte, y esto último puede resultarte más sencillo si tienes claro en qué medida te perjudicará el alcohol al día siguiente. En la década de 1980, dirigí la unidad de investigación de pacientes hospitalizados por consumo de alcohol en los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Cuando entrevisté a los alcohólicos que tratábamos e investigábamos allí, me llamó la atención que casi ninguno había sufrido resacas. Así pues, podría concluirse que jamás habían tenido impedimentos para excederse con la bebida.


CUADRO 4

REMEDIOS PARA LA RESACA: ¿SON DE FIAR?

Las resacas no pueden «curarse». Lo más que puedes hacer al respecto es atenuar los síntomas.


Antiinflamatorios. Tómate un ibuprofeno antes de acostarte o cuando despiertes (a ser posible, tras haber ingerido algún alimento, ya que puede resultar demasiado agresivo para el revestimiento del estómago).
Betabloqueantes (atención: ¡estos solo se venden bajo receta médica y su uso no está autorizado para la resaca!). Lograrán ralentizar la sensación de palpitaciones en tu cabeza, ya que reducen la frecuencia cardíaca. No estoy seguro de si producen más efectos.
Sacar un clavo con otro clavo. Esto es lo peor que puedes hacer. Si crees que beber más alcohol curará los síntomas de la resaca, en realidad tan solo la estás prolongando, pues lo que haces es seguir enviando alcohol a tu cerebro. ¡Ni se te ocurra!
Hidratación. Medio litro de agua antes de acostarte y otro medio al levantarte. Las bebidas isotónicas y las que contienen electrolitos también ayudan a reponer sales. No hay estudios al respecto, pero la teoría tiene lógica. Eso sí, yo no te recomendaría que te enchufes a una bolsa de hidratación intravenosa a menos que te hayan ingresado en el hospital.
Alimentos. Es posible que despiertes con bajos niveles de azúcar en sangre, por lo que ingerir carbohidratos te hará sentir mejor. Los huevos contienen muchos de los nutrientes que necesitas en estos momentos.
Cafeína. Si no te provoca náuseas, cualquier fuente de cafeína te ayudará a despejarte. Un refresco de cola (con o sin burbujas) contiene tres componentes que pueden ayudarte: carbohidratos, líquidos y cafeína.
Probióticos. Sabemos que los probióticos reducen el síndrome del intestino permeable, y un estudio muy acotado que se realizó con bebedores empedernidos demostró que los sujetos habían reducido sus niveles de inflamación en el organismo. Esto promete.
Hierbas/suplementos. En la mayoría de los casos, no disponemos de pruebas concluyentes. Pero podría valer la pena tomar un complejo de vitamina B. En estos momentos, algunas empresas están desarrollando tratamientos combinados de todo en uno para acelerar el proceso de metabolización del alcohol. Caro pero prometedor.
Mantenerte activo. En teoría, cualquier tipo de ejercicio te ayudará a acelerar tu metabolismo y, por lo tanto, a quitarte la resaca. Sin embargo, veo improbable que te apetezca hacer esto.

Sin embargo, en una investigación en línea realizada en estudiantes holandeses de dieciocho a treinta años que habían sufrido alguna resaca últimamente, solo un pequeño porcentaje (13,4 %) confesó que, de haber una cura para la resaca, incrementaría su consumo de alcohol. La mayoría (el 71,6 %) afirmó que no lo incrementaría [21]. De todos modos, no olvidemos que este estudio preguntaba a los encuestados lo que creían que harían, no lo que harían en realidad.

Así que, resumiendo, aunque sufrir resaca puede reducir las probabilidades de que caigas en el alcoholismo, confío igualmente en que los demás datos de este capítulo te ayuden a entender el peligro potencial que presenta un exceso de alcohol cuando recorre tu organismo y tu cerebro.

Notas al pie

7. El 5 de enero de 1930 Mao Tse Tung escribió una carta para criticar algunas ideas pesimistas que se estaban extendiendo dentro del Partido. El título de la carta fue Una sola chispa puede incendiar la pradera. (N. del E.).

8. En inglés, neologismo por la contracción de alcohol y pop. Designa las bebidas alcohólicas de agradable color y sabor, y aspecto de refresco, aunque, en realidad, tienen bastante más graduación alcohólica que una cerveza. (N. del T.).

9. En España, la tasa máxima de alcoholemia permitida al volante es de 0,5 g de alcohol por cada litro de sangre (80 mg%). (N. del E.).

10. Expresión escocesa en jerga, intraducible al español. Una alternativa aproximada sería «jugo destrozacasa» o «zumo destrozacasa» (ya que «hoose» es como los escoceses pronuncian la palabra inglesa «house»). Con esta expresión, los hinchas hacen referencia a los actos violentos que suelen sucederse tras haberse excedido bebiendo Buckie. (N.del T.).

11. Algo así como «subidón de vodka». (N.del T.).

Efectos nocivos del alcohol en la salud 2

¿QUÉ NIVEL DE CONSUMO SE CONSIDERA INOCUO?

¿Existe un nivel de consumo de alcohol que resulte inocuo? Esta pregunta me la hacen constantemente.

Me gustaría devolverte esa pregunta: ¿Qué aceptas tú, como individuo responsable de tu propia salud, en términos de riesgo?

Al fin y al cabo, si te dijera que, si bebes un gin-tonic hoy, morirás mañana, no te lo beberías. ¿Verdad que no te tomarías una píldora venenosa?

Pero ¿y si te dijera que beberte media botella de vino diaria durante cuarenta años te restará un año de vida?

La realidad del alcohol es la siguiente: beber aumenta el riesgo de perjudicar tu salud, pero no está tan claro cómo influye el nivel de consumo que elijas. Nuestros conocimientos relativos son a nivel médico y poblacional; sabemos que existe una estrecha relación entre el consumo de alcohol y la muerte prematura. La esperanza de vida de los bebedores empedernidos se reduce debido a múltiples trastornos. Se ha demostrado que el alcohol influye en más de doscientas de las diversas enfermedades identificadas en la «Clasificación estadística internacional de enfermedades y problemas relacionados con la salud» (CIE). El consumo de alcohol es una de las cinco causas principales de enfermedad y discapacidad en casi todos los países de Europa. En el Reino Unido, actualmente es la principal causa de mortalidad en hombres de entre dieciséis y cincuenta y cuatro años, lo que representa más del 20% del total. Según estimaciones, del total de adultos menores de sesenta y cinco años fallecidos en Europa en 2004, se atribuían al alcohol más de tres cuartas partes de las muertes por cirrosis hepática, el 7% de las producidas por cáncer y el 25% de las ocasionadas por lesiones [22]. El Gobierno británico afirma que el alcohol supone el tercer factor principal de riesgo de muerte y discapacidad, por detrás del tabaquismo y la obesidad. Una lista bastante aterradora, ¿verdad?

Dicho esto, el panorama no está tan claro a nivel individual. Algunas personas fallecerán a causa de una enfermedad directamente relacionada con su consumo de alcohol (por ejemplo, cirrosis). Otras tendrán una muerte prematura porque el alcohol habrá contribuido a una afección (por ejemplo, por derrame cerebral). Y las hay que sobrepasan los cien años de edad y juran que empinar el codo a diario explica su longevidad.

Cuando se trata de drogas, incluido el alcohol (o, de hecho, cualquier actividad que entrañe riesgos), a más moderación, más inocuidad. Viendo las cifras, la regla estaría clara: si quieres aprovechar tu vida al máximo, no pruebes ni una gota.

Lo mismo ocurre si deseas sacar el máximo partido a tu salud: abstente de beber alcohol, porque no tiene nada de saludable. Pero si deseas obtener los beneficios que te aporta el alcohol a nivel de sociabilidad, eso ya es otra cosa.

Lo que te conviene determinar entonces son los riesgos que estás dispuesto a asumir para alcanzar el placer que deseas obtener. Los riesgos quedan determinados por tu edad, sexo y genética; pero, sobre todo, por cuánto bebes y con qué frecuencia. Lo que puedes hacer es calcular la dosis que te proporciona el máximo de diversión bajo una cantidad de riesgo razonable (a tu parecer, claro). No es una regla universal. Y, en realidad, la decisión la tomas tú.

Para cuando hayas terminado este libro, deberías poder decir: «He tomado la decisión de beber esta cantidad. He decidido que los beneficios compensan con creces mi miedo a los daños».

Quiero que logres averiguar lo poco que necesitas para obtener los efectos que deseas.

Pero, antes que nada, necesitas informarte sobre todos los riesgos y daños potenciales de consumir alcohol. Justo eso pretende brindarte este capítulo: datos sobre los efectos que tiene el alcohol en tu salud física.

Dudo que a casi nadie nos hayan explicado con claridad los riesgos reales de la bebida, y ese es uno de los problemas. El Gobierno británico indica que catorce unidades semanales suponen una cantidad con «riesgo bajo», tanto para hombres como para mujeres. Este límite no es arbitrario, sino muy objetivo, pues lo estableció un grupo de expertos basándose en todas las pruebas concluyentes de las que disponían. Pero ¿sabías que, si te mantienes dentro de esos niveles, tu riesgo de morir debido a una afección relacionada con el alcohol es de aproximadamente el 1 % (quizá un poquito menos)? Según las directrices, este nivel de riesgo se equipara al de otros riesgos habituales, como conducir. Un 1 % es el nivel de riesgo que los expertos consideran asumible.

Pero la pregunta que deberías formularte es la siguiente: ¿es ese el nivel de riesgo que estoy dispuesto a asumir?

En el pasado, nos aseguraron que beber (sobre todo, vino tinto, pero también otros tipos de alcohol) aportaba beneficios para la salud cardiovascular. No cabe duda de que es un mensaje sumamente atractivo. Sin embargo, ¿podría ser que estés usando ese argumento como excusa para beber más de la cuenta? Recientemente, se puso de manifiesto que la ingesta de alcohol incrementa el riesgo de cáncer y también que, en realidad, ningún nivel de consumo de alcohol es saludable.

Un estudio concluyó que incluso un par de copas más de cuatro días a la semana aumenta el riesgo de muerte prematura en un 20% [23].

¿Quizá bebes más de catorce unidades semanales y te interesa saber a qué riesgos te enfrentas? ¿Quizá, una vez hayas recopilado toda la información, decidas reducir tu consumo o dejar la bebida?

Ante todo, debes tomar conciencia de lo que estás haciendo, y mi objetivo es precisamente ayudarte a ello. De ti depende. A fin de cuentas, como ya dije, no hay un nivel de consumo de alcohol que esté exento de riesgo. Sin embargo, cuando reduces las cantidades que bebes, también reduces los riesgos de perjudicar tu salud.

Otro factor que hace que los riesgos para la salud derivados del consumo de alcohol resulten tan difíciles de evaluar es que existen muchas afecciones a las que este puede conducir, cada una con sus propios riesgos, desde cirrosis hepática hasta varios tipos de cáncer y enfermedades cardiovasculares.

Comparémoslo con el tabaquismo: tras cincuenta años de recopilación de datos, ha quedado claro que es la causa principal de cáncer del pulmón y que eleva el riesgo de contraer una enfermedad cardiovascular. Dicho esto, así como el tabaquismo aumenta el riesgo de padecer dos afecciones específicas, quizá beber por encima de unos límites «inocuos» no genera un riesgo tan elevado de contraer ninguna dolencia particular, pero sí contribuye a muchas otras afecciones.

¿QUÉ RIESGOS PLANTEA EL ALCOHOL?

Todos somos conscientes de que fumar y tener sobrepeso es perjudicial para nosotros. Y si fumamos o comemos en exceso, sabemos que no deberíamos hacerlo.

Sin embargo, consumir alcohol también presenta el mismo tipo de riesgo crónico o a largo plazo, lo que significa que te va matando de forma gradual. El eminente estadístico David Spiegelhalter utiliza el concepto «microvida» para explicar la rapidez con que esto se produce.

Una microvida equivale a treinta minutos menos de tu esperanza de vida. Si eres un hombre de treinta años, perderás una microvida por fumarte dos cigarrillos, o por cada día que pases con cinco kilos de sobrepeso, o por cada siete unidades de alcohol que consumas. Esas siete unidades pueden ser desde dos pintas de cerveza de alta graduación con 6% de alcohol hasta tres pintas de cerveza de 4%, tres gin-tonics dobles y medio (medidas de los bares de 25 ml) o tres vasos medianos (175 ml) de vino con 13% de alcohol. Además, esto se agrava si bebes una cantidad superior, debido al aumento exponencial de los daños provocados por el alcohol (para más información, puedes consultar la tabla 2) [24].

TABLA 2 REDUCCIÓN DE LA VIDA POR CONSUMO DE ALCOHOL


Consumo Vida acortada en años
14 unidades (límite actual en el Reino Unido para hombres y mujeres) 0,4 años
21 unidades (límite anterior en el Reino Unido para hombres) 0,8 años
35 unidades (media botella de vino diaria) 2 años
70 unidades (1 botella de vino diaria) 7 años
140 unidades (2 botellas de vino diarias) 21 años
20 cigarrillos diarios 8 años
Tener 5 unidades de índice de masa corporal (IMC) diarias por encima de una masa corporal de 22,5 unidades, es decir, un IMC de 27 2,4 años menos
Tener 5 kg de sobrepeso 0,9 años

Por otro lado, cuanto más bebes, más aumentan los riesgos del alcohol. La figura 1 muestra que, tanto en hombres como en mujeres, ese aumento no es lineal, sino exponencial, lo que implica que los peligros crecen proporcionalmente cuanto más bebes. Las flechas indican que reducir el consumo de alcohol de 100 a 50 gramos diarios se traduce en una disminución real del riesgo de muerte de 16 a 2. En otras palabras, reducir a la mitad el consumo reduce el riesgo por ocho.

Otro problema está en que ni el Gobierno británico ni los médicos hacen hincapié en el vínculo entre el alcohol y las enfermedades con tanta contundencia como lo hacen con el tabaquismo: no vemos imágenes de hígados enfermos o tumores de cáncer de mama en la etiqueta de una botella de Rioja, por ejemplo.

Un factor que complica aún más las cosas es que, si bien cualquier nivel de tabaquismo (incluso un solo cigarrillo) aumenta el riesgo de contraer cáncer de pulmón y enfermedades cardíacas, no ocurre lo mismo con todas las afecciones.

Respecto al tabaquismo, el gráfico que muestra su riesgo parece una línea recta que aumenta de forma proporcional cuanto más fumas. En cambio, la relación alco-hol-riesgo varía según cada afección. En las enfermedades cardiovasculares, los problemas comienzan con dos o más unidades (una pinta de cerveza) diarias y se aceleran conforme el nivel de consumo aumenta. Esta relación no se representa con una línea recta, sino más bien con una especie de curva, sobre todo cuando el consumo es abusivo (ver tabla 2).

La buena noticia, si observamos la forma de la curva, es que moderar la cantidad partiendo de un elevado consumo logrará disminuir el riesgo de daños mucho más que si lo hacemos partiendo de un nivel de consumo muy inferior (ver tabla 2). Así pues, reducir cuatro unidades diarias cuando se mantiene un alto nivel de consumo de, por ejemplo, diez unidades (o sea, pasar de diez a seis) tendrá un efecto mucho mayor en la salud que bajar de cinco a una.

Lo que esto significa en la práctica es que, si bebes mucho, de verdad merece la pena reducir tu consumo. Dado que los daños a la salud cardiovascular no comienzan desde cero, hemos acabado teniendo la sensación de que hay una forma de beber «exenta de riesgos». Sin embargo, en el siglo XXI, los investigadores han comenzado a descubrir más sobre el vínculo entre la bebida y, en particular, el cáncer, donde los daños parecen comenzar en un nivel muy inferior. Por esto, y tal vez (de forma discutible) para la salud cerebral, cuanto más fumes o bebas, e independientemente del nivel de ingesta con el que comiences, más probable será que acabes desarrollando un problema de salud.


FIGURA 1 REDUCIR EL ALTO CONSUMO TIENE UN IMPACTO DECISIVO EN LOS EFECTOS PERJUDICIALES

Fuente: http://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/0269881113512038


CUADRO 5

¿ESTÁS ACORTANDO TU VIDA?

Esto es una estimación del impacto que el consumo de alcohol tendrá a diferentes niveles en tu esperanza de vida.

Dado que se trata de un cálculo basado en promedios, nada garantiza que se te pueda aplicar con exactitud. Aun así, es útil conocerlo, ya que al menos ofrece cierta relación de proporcionalidad a la cantidad de riesgo que estás asumiendo.

Te habrás percatado de que cuanto más bebes, peor te sientes debido a la naturaleza exponencial de los efectos perjudiciales que el alcohol tiene en tu salud. Es decir, el daño aumenta mucho más rápido que la cantidad de alcohol que ingieres.

El impacto del alcohol y otros factores de riesgo se explica aquí en términos de pérdida de microvidas. Cada microvida es un período de media hora, y se usa porque un millón de medias horas equivale a cincuenta y siete años, lo que corresponde, aproximadamente, a una vida adulta de exposición. A continuación, indico la cantidad de vida perdida tras haber bebido cada semana a diferentes niveles durante un período de cuarenta años. También he incluido algunas estimaciones relativas al tabaquismo y el sobrepeso.

Además, históricamente, la mayoría de nosotros hemos crecido con la idea de que se puede consumir alcohol dentro de unos «límites exentos de riesgo» establecidos por el Gobierno británico. Aquellas antiguas recomendaciones se basaban en lo que se conocía en la época acerca de sus efectos nocivos (sobre todo, daño hepático y efectos cardiovasculares). No obstante, el uso de aquella expresión nos dejaba convencidos de que si un consumo de catorce unidades semanales estaba «exento de riesgo», ¿cómo iba a ser mucho peor beber dos, tres o incluso cinco unidades más por semana?

Pero en la actualidad tenemos más información. Por eso tales límites, ahora se denominan «pautas de consumo de bajo riesgo».

En enero de 2016, estas pautas se establecieron en catorce unidades semanales tanto para hombres como para mujeres, repartidas en unos pocos días, con otros varios sin probar alcohol durante la semana [25]. En la práctica, esto podría traducirse en dos pintas diarias de cerveza con 4% de alcohol o dos copas diarias de 175 ml de vino con 13% de alcohol, repartidos a lo largo de tres días semanales, intercalando días de consumo cero. En niveles más bajos, hombres y mujeres se exponen a un riesgo similar, pero el de los hombres se incrementa más rápido conforme aumenta el consumo (y por ese motivo, entre otros, el límite de los hombres se redujo a catorce unidades, equiparándose al de las mujeres) [26].

Estas pautas se desarrollaron en consulta con expertos que analizaron todas las pruebas existentes. De hecho, hoy afirman de forma contundente que ningún nivel de consumo de alcohol está exento de riesgos cuando se trata de cáncer.

Curiosamente, pese a que los Gobiernos de todo el planeta tienen acceso a los mismos datos científicos, las pautas varían. El tamaño o unidad estándar de bebida cambia en los diferentes países de ocho a veinte gramos. Y las pautas de consumo de bajo riesgo también varían enormemente: de diez a cuarenta y dos gramos diarios para las mujeres, y de diez a cincuenta y seis gramos diarios para los hombres; mientras que las pautas semanales se incrementan de noventa y ocho a ciento cuarenta gramos para las mujeres y de ciento cincuenta a doscientos ochenta gramos para los hombres [27].

¿Qué factores influyen en tu riesgo de sufrir daños de salud?

 La frecuencia con que bebes.

 La cantidad que bebes.

 Tu salud general. Cuanto peor sea tu salud por otros motivos, más te perjudicará el alcohol.

 Tu edad. Cuanta más tengas, mayor será tu vulnerabilidad frente a daños de salud.

 Tu sexo. Los riesgos de salud no son iguales para hombres que para mujeres.

 Tu herencia genética.

 La cantidad de años que has estado bebiendo. Con frecuencia, los problemas de salud derivados del alcohol solo comienzan a manifestarse entre diez y veinte años después de haber comenzado a consumir.

 La edad a la que empezaste a beber. Cuanto antes hayas comenzado, peores pueden ser los problemas de salud derivados.

 Familia con antecedentes de alcoholismo. Si la tuya los tiene, aumenta la probabilidad de que adquieras una dependencia.


CUADRO 6

¿QUÉ SE CONSIDERA UN CONSUMO INTENSIVO DE ALCOHOL?

Significa emborracharse, en vez de limitarse a pasarlo bien con el alcohol. Implica alcanzar tal grado de ebriedad que se pierda el control (lo cual, en algunas personas, equivale a beber de forma descontrolada, es decir, muchísimo más de lo que pretendían o de lo que les conviene).

Un consumo intensivo de alcohol se define como «beber mucho alcohol en un corto espacio de tiempo o beber para emborracharse». Y la clasificación oficial es de dos combinados de 60 ml en una sola sesión para mujeres y tres para hombres.

Consumir alcohol de forma intensiva no solo genera más problemas a quienes incurren en ello (por ejemplo, realizar acciones que pueden tener un impacto negativo en su entorno laboral, sus relaciones e incluso su vida general: desde orinar en público hasta situaciones muy graves, como abusar sexualmente de otras personas), sino que puede tener un impacto significativamente mayor en la salud que beber la misma cantidad distribuida a lo largo de varios días. Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Sussex determinó que el consumo intensivo de alcohol daña más el cerebro que la misma cantidad de alcohol tomada de manera más repartida [28].

Puedes fallecer debido a un consumo intensivo, incluso si no te sientes particularmente borracho. Las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de morir por esta causa. Una constitución promedia más reducida conlleva que toda ingesta de alcohol se traducirá en mayores niveles de alcohol en sangre. Ese fue, tristemente, el caso de Paula Bishop, quien, en 2017, durante el transcurso de un día de vacaciones en Fuerteventura, bebió unas cuantas cervezas pequeñas, dos copas de vino y cuatro cafés irlandeses (se cree que un total aproximado de quince unidades). Presentaba un nivel de alcohol en sangre de cuatro gramos por litro, es decir, cuatro veces la tasa máxima de alcoholemia permitida al volante. Pero, según declaró su esposo, ella no parecía particularmente borracha [29]. (Ojo, aquí tenemos otra lección: las medidas pueden ser mucho mayores en otros países).

El consumo intensivo de alcohol también puede ponerte en riesgo de sufrir daños o agresiones. Esto se debe a que, cuando alcanzas ese estado de embriaguez, no eres consciente de lo que ocurre a tu alrededor.

Por otro lado, es probable que este consumo intensivo aumente las posibilidades de volverse adicto, pues produce efectos cerebrales más extremos. Esto significa que el cerebro debe realizar más cambios adaptativos para compensar. Creo que algún día se podrá demostrar que estos cambios suponen el inicio de una pendiente resbaladiza hacia la dependencia del alcohol.

Algunas personas, sobre todo jóvenes, incurren de forma intencionada en el consumo intensivo de alcohol. Beben para «pillar una cogorza» o «agarrarse un buen pedo», para perder el control, para olvidar su vida cotidiana. Sin embargo, otras personas lo hacen contra su propia voluntad. Salen para tomar «solo un par» de copas y luego acaban perdiendo el control. Estas personas pueden recibir un tratamiento de nalmefeno, un medicamento que bloquea el subidón de endorfinas que provoca el alcohol y que contribuye a la pérdida de control (y, por lo tanto, a beber más).

PRINCIPALES FORMAS EN QUE EL ALCOHOL ACORTA TU ESPERANZA DE VIDA
HÍGADO

Cuando pensamos en alcohol y salud, esto es lo primero que nos viene a la mente, pues todos sabemos que beber demasiado perjudica el hígado. Aunque no es el daño principal causado por el alcohol (ese dudoso honor se lo llevan las afecciones cardiovasculares), ciertamente, es muy importante y, por desgracia, se está volviendo cada vez más común [30].

Una característica de la cirrosis hepática es que el abdomen de la persona se hincha y retiene agua. Durante la formación de estudiantes de Medicina, una práctica habitual consistía en examinar a estos pacientes, posar una mano a un lado del abdomen y luego dar un golpecito en el otro lado con la mano libre. Este golpecito enviaba, a través del fluido, una onda que se podía percibir con la otra mano (a esto lo llamamos «estremecimiento de líquido» u «onda de líquido»). Cuando yo estudiaba Medicina, solía haber escasos pacientes de este tipo, aunque en Francia eran relativamente comunes, por lo que a la cirrosis alcohólica la llamábamos «la enfermedad francesa». Desde entonces, las políticas que ha adoptado el Gobierno francés han logrado reducir significativamente la incidencia de la cirrosis, a la vez que las políticas en el Reino Unido han hecho que aumente (puede leerse más al respecto en el capítulo 9). Por lo tanto, ahora es la enfermedad inglesa (y, en ocasiones, la escocesa).

El alcohol es un veneno y el hígado se encarga de descomponer los venenos, así como otras drogas y sustancias químicas. Por eso el alcohol, al igual que otros venenos, puede destruirte el hígado. El problema es que casi nadie sabe que sufre daño hepático hasta que este se encuentra en estado muy avanzado (y puede que para entonces ya sea demasiado tarde).

1. Hígado graso. El primer estadio de la enfermedad hepática se denomina esteatosis hepática, que significa «hígado graso». El hígado produce grasa a partir de las calorías del alcohol y la almacena en sus células. También puedes tener hígado graso debido al sobrepeso, a una resistencia a la insulina o a la diabetes (es muy habitual sufrir de hígado graso por factores que nada tienen que ver con el alcohol).

El problema es que casi nadie percibe los síntomas durante este estadio inicial del daño hepático. Tal vez sientan una pequeña molestia abdominal por encima del hígado (que se encuentra en la parte superior derecha del abdomen), quizá un ligero ardor de estómago o náuseas.

Si tu médico de cabecera sospecha que tienes hígado graso, pedirá que te realicen un análisis de sangre. También podría proponerte un análisis mediante FibroScan, una técnica de ultrasonido especializada que puede medir la cicatrización y el cambio graso en el hígado.

Se ha demostrado que muchas personas de mediana edad que beben dentro de un término «medio» padecen de hígado graso. Según la organización benéfica Drinkaware, te encuentras en situación de riesgo si bebes más de ocho unidades diarias (en caso de ser hombre) o cinco (en caso de ser mujer), ¡durante tan solo dos o tres semanas, que viene a ser lo que duran unas simples vacaciones largas! De acuerdo con el NHS, si te abstienes de consumir alcohol durante dos semanas, puedes revertir la enfermedad del hígado graso (después de esto, te conviene beber dentro de las pautas recomendadas, naturalmente). No obstante, el tiempo de recuperación dependerá de la gravedad de tu enfermedad, entre otros factores, y en especial del sobrepeso.

2. Hepatitis alcohólica. Casi todo el alcohol que bebes se descompone en el hígado y pasa a ser energía más acetaldehído, que, con un átomo de carbono más que el formaldehído (utilizado para conservar los tiburones y las vacas del artista Damien Hirst12), se convierte en un agente decapante aún más tóxico que el alcohol. Este veneno también arranca el proceso de inflamación.

Si incurres en un consumo muy intensivo de alcohol (quizá entre media y una botella entera de licor o diez unidades en el transcurso de una noche), podrías contraer hepatitis alcohólica aguda. En ese caso, tu hígado se inflamaría por la gran cantidad de alcohol ingerido. Algunas personas incluso llegan a fallecer debido a la inflamación de un hígado muy graso.

Sin embargo, es más habitual desarrollar hepatitis alcohólica aguda tras haber pasado tres o cuatro días bebiendo. Hoy detectamos esta enfermedad en jóvenes bebedores compulsivos; de hecho, hay pabellones abarrotados de estos pacientes de corta edad. El riesgo de muerte alcanza un punto crítico la noche en que se cumple la edad legal para tomar alcohol (dieciocho años en el Reino Unido y España, veintiuno en los Estados Unidos), pues la gente presiona al cumpleañero para que beba, impulsada por lo que considera un gesto amable. Para los padres de estos niños, aquello se convierte en el peor día de sus vidas.

El consumo intensivo de alcohol es particularmente peligroso porque, una vez muere el hígado, suele morir también el enfermo. La única forma de recuperarse es mediante un trasplante de hígado. Sin embargo, este tipo de consumo no es la razón que subyace tras la mayoría de los casos de hepatitis alcohólica. De hecho, esta enfermedad se diagnostica con mucha más frecuencia a bebedores empedernidos crónicos.

También hay otro tipo de hepatitis que se detecta en consumidores de alcohol: la hepatitis autoinmune. Cuando tu hígado comienza a verse perjudicado por el alcohol y se inflama, se vuelve más vulnerable a ataques del sistema inmunológico.

Por último, si sufres algún otro tipo de hepatitis cuya causa no sea el alcohol (por ejemplo, hepatitis A, B o C), entonces beber incrementa de forma muy seria el riesgo de fallecimiento por esta enfermedad.

3. Cirrosis. Se trata del tipo más grave de daño hepático. El hígado presenta una gran capacidad regenerativa (de hecho, gracias a ella es posible recuperarse del hígado graso), pero puede alcanzar un punto sin retorno llamado «cirrosis».

Así como puedes macerar fruta fresca en alcohol para cocinar un pudin alemán rumtopf, el alcohol también macera tu hígado durante esta enfermedad. La cirrosis se produce cuando, durante décadas, la mezcla de alcohol y acetaldehído impregna los tejidos hepáticos y empieza a bloquear la actividad metabólica por completo. Los tejidos ni siquiera pueden degradarse, ya que las enzimas que suelen encargarse de digerir las células muertas (y que son las mismas que se ocupan de descomponer un cadáver) también mueren. En semejante estado, el hígado se solidifica de forma gradual.

Conforme incrementas tu tolerancia al alcohol y, con ella, la cantidad que bebes, también van muriendo cada vez más porciones de tu hígado, de modo que lo que debería ser un órgano suave, esponjoso y lleno de sangre se convierte en algo seco, duro y leñoso.

El hígado pierde su capacidad de producir lo que necesita, como enzimas y determinadas hormonas. De hecho, en cuanto comienza a estropearse, su tolerancia al alcohol desaparece porque ya es incapaz de metabolizarlo. Es entonces cuando, con solo beber pequeñas cantidades, te emborrachas. Si salta a la vista que te está ocurriendo eso, deja de beber de inmediato, pues te enfrentas a una insuficiencia hepática terminal.

A medida que este tejido fibroso bloquea el hígado cada vez más, la sangre también encuentra más complicado fluir a través de él. Dado que casi toda la sangre del intestino pasa por el hígado, a alguna parte tiene que ir, de modo que comienza a atravesar diminutos vasos en las paredes del intestino y el esófago, y estos comienzan a transportar mucha más sangre de la que deberían. Estas venas se dilatan y abultan más de la cuenta, formando lo que conocemos por varices esofágicas e intestinales, bastante parecidas a las de las piernas cuando tienes venas varicosas.

Por lo general, el primer síntoma que lleva a alguien a descubrir que padece una enfermedad hepática grave es cuando comienza a vomitar sangre, debido a que se le ha reventado uno de estos vasos. En el hospital, se puede detener la hemorragia de los vasos mediante intervención quirúrgica o introduciendo un tubo de presión en el esófago, pero el mayor problema es que, llegados a ese estadio de la enfermedad, ya difícilmente puede repararse el hígado.

En los últimos estadios cirróticos, ya eres incapaz de producir las enzimas necesarias para digerir alimentos. Otra función clave del hígado es crear las proteínas que tu organismo necesita para producir sangre. Así pues, cuando el hígado ya no te funciona, los niveles proteicos descienden y se te forma en el abdomen la retención de líquido antes descrita. Es justo esta alteración metabólica la que hará que tu corazón deje de latir.

Si sigues desempeñando alguna función hepática, es posible que sobrevivas con cirrosis durante unos pocos años. Eso sí, serás altamente vulnerable a contraer infecciones letales, pues tu organismo se sobrecargará con facilidad al carecer del nivel adecuado de proteínas en la sangre.

Otra función que desempeña el hígado es descomponer las toxinas que produce el microbioma para evitar que lleguen al cerebro. Por eso los enfermos que entran en este estadio experimentan confusión y delirios (un fenómeno llamado «encefalopatía hepática»), ya que su cerebro está siendo envenenado por estas sustancias. Los médicos pueden administrar antibióticos para acabar con los parásitos intestinales, pero esto solo brinda un alivio temporal. Llegados a este punto, la esperanza de vida es muy corta, a menos que se realice un trasplante.

Un caso típico de cirrosis es el de George Best, alcohólico crónico que no solo acabó con su propio hígado, sino que tuvo la suerte de que le trasplantaran uno sano…, que también acabó destrozando.

Quizá te preguntes hasta qué punto es conveniente derrochar un recurso tan limitado y valioso con una persona que puede recaer en la bebida. Te explico cómo lo veo yo: la gran mayoría de los bebedores no acaba siendo dependiente. Y, puesto que el alcohol es legal, no podemos culpar a las personas que lo prueban y terminan volviéndose adictas. Ellas jamás pretendieron convertirse en alcohólicas, pero tuvieron la mala suerte de acabar así. ¿Con qué derecho sancionamos a alguien por tener mala suerte?

No es necesario que seas el típico alcohólico que bebe día y noche para que mueras de cirrosis. Un breve estudio que realizó el principal experto en alcohol y enfermedades hepáticas del Reino Unido, el profesor Nick Sheron, descubrió que un tercio de los pacientes con daño hepático grave inducido por el alcohol jamás se había planteado siquiera que sus niveles de consumo pudieran estar por encima de lo normal. Pero, sin darse cuenta, habían cumplido los criterios de consumo excesivo. Solo el 9% mostró claros signos de dependencia aguda.

La mayoría no habían perdido el control sobre su forma de beber, más bien habían sido clasificados como bebedores empedernidos. En palabras del profesor Sheron: «Casi todos los pacientes que presentan una enfermedad hepática debida al alcohol parecen bebedores tremendamente controlados o sociales, que mantienen relativo control sobre sus vidas, y quizá no tienen la sensación de que su consumo de alcohol suponga un grave problema de salud hasta que se les diagnostica una enfermedad hepática en fase terminal. Llegado ese momento, el hígado ha quedado dañado hasta tal punto que solo el 30% lograrán sobrevivir a largo plazo».

En realidad, desconocemos por qué algunas personas contraen cirrosis y otras no. Suponemos que tiene algo que ver con la respuesta inmunitaria y la genética del organismo, quizá agravado por una mala alimentación.

Los patrones de consumo de alcohol también parecen influir. Según el Million Women Study, quienes beben a diario tienen mayor riesgo de contraer cirrosis que quienes no lo hacen, y las mujeres que beben, principalmente, durante las comidas tienen menor riesgo que las que beben sin comer. Todo apunta también a que las mujeres pueden ser más susceptibles a los efectos tóxicos del alcohol en el hígado [31].

Pero el mensaje importante para todo el mundo es este: el alcohol puede matarte incluso sin que seas dependiente (en el sentido de anhelar el alcohol o tener problemas para dejar de beber).

4. Cáncer hepático. Toda inflamación crónica puede derivar en cáncer. Por lo tanto, una de las otras posibles consecuencias de la cirrosis es el cáncer hepático primario, es decir, el que comienza en el hígado. Si sufres cirrosis, tienes de por vida un riesgo del 12% de desarrollar cáncer hepático. Resulta muy difícil de tratar y su diagnóstico suele ser terminal [32].

The free sample has ended.

$7.84

Genres and tags

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
13 November 2024
Volume:
330 p. 18 illustrations
ISBN:
9788412476750
Publishers:
Illustrators:
Copyright Holder::
Bookwire
Download format:

Similar books