Read the book: «La zanahoria es lo de menos»
DAVID MONTALVO
LA ZANAHORIA
es
lo de menos

Colección Viva
Editado por LID Editorial Mexicana
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La editorial respeta íntegramente los textos de los autores, sin que ello suponga compartir lo expresado en ellos.
© David Montalvo, septiembre 2015
© LID Editorial Mexicana 2015, de esta edición
ISBN: 978-607-9380-28-1
eISBN: 978-607-9380-27-4
Editora de la colección: Claudia Herrán Monedero
Ilustración de portada e interiores: Grupo Pictograma para ZP Studio
Maquetación: ZP Studio S.A. de C.V.
Impreso en México | Printed in Mexico
Primera edición: septiembre de 2015
Te escuchamos. Escríbenos con tus sugerencias, dudas, errores que veas o lo que tú quieras. Te contestaremos, seguro: queremosleerteati@lideditorial.com
Índice
Prólogo
Introducción
PRIMERA ETAPA: PREPARAR
CAPÍTULO 1 Intoxicado ¿yo?
CAPÍTULO 2 Los personajes tóxicos
CAPÍTULO 3 Hábitos que producen acidez emocional
CAPÍTULO 4 El síndrome MEP
Detox emocional 40 días.
Acciones y compromisos a realizar
SEGUNDA ETAPA: DESINTOXICAR
CAPÍTULO 5 Esa pequeña molestia
CAPÍTULO 6 Pesos emocionales
CAPÍTULO 7 Los JED (Jugos emocionales desintoxicantes)
Detox emocional 40 días.
Acciones y compromisos a realizar
TERCERA ETAPA: MANTENER
CAPÍTULO 8 Suplementos emocionales
CAPÍTULO 9 Perfección cero
CAPÍTULO 10 La puerta a una vida emocionalmente saludable
Detox emocional 40 días.
Acciones y compromisos a realizar
ANEXO: DETOX EMOCIONAL 40 DÍAS
A Paola, gracias por decir sí,
para iniciar juntos el viaje
más importante de nuestras vidas.
A mi padre (†), por más de ocho
años de silencio en los que
aprendí que la zanahoria siempre
ha sido lo de menos.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje.
Antonio Machado
Hu-Ssong propuso a sus discípulos
el siguiente relato:
—Un hombre que iba por el camino
tropezó con una gran piedra.
La recogió y la llevó consigo.
Poco después tropezó con otra.
Igualmente la cargó. Todas las
piedras con que iba tropezando
las cargaba, hasta que aquel peso
se volvió tan grande que el hombre
ya no pudo caminar. ¿Qué piensan
ustedes de ese hombre?
—Que es un necio, —respondió
uno de los discípulos—. ¿Para
qué cargaba las piedras con que
tropezaba?
Dijo Hu-Ssong:
—Eso es lo que hacen aquellos que
cargan las ofensas que otros les
han hecho, los agravios sufridos,
y aun la amargura de las propias
equivocaciones. Todo eso lo
debemos dejar atrás, y no cargar
las pesadas piedras del rencor
contra los demás o contra nosotros
mismos. Si hacemos a un lado esa
inútil carga, si no la llevamos con
nosotros, nuestro camino será más
ligero y nuestro paso más seguro.
Catón
Pró-logo
A ustedes lectores que iniciarán un viaje por su interior con este libro:
Los prólogos suelen ser una parte del libro que, a menudo, queda sin leer, abandonados al silencio o al franco olvido, esperando que un explorador de las palabras decida algún día entrar en su territorio.
Su significado es interesante:
pro = antes, logo = palabra, expresión
Así, un prólogo es algo que antecede a las palabras y a lo que va a ser expresado. Debería ser, por tanto, un texto que introduce sin desvelar o revelar, sin mostrar demasiado, sin eliminar el misterio. Asumimos con respeto nuestra misión desde el afecto y estima que tenemos por el autor y el respeto y admiración que sentimos por su obra.
El autor
La zanahoria es lo de menos nace del viaje que el autor emprende a través de paisajes emocionales inciertos, atravesando zonas de tempestades y dificultades. Él mismo nos comenta generosamente algunas de sus experiencias de vida, y precisamente cuando la palabra proviene de una fuente vivencial se legitima para ser dicha, cuando su energía es un puente de unión entre el autor y el lector, porque cuenta con el poder de la sinceridad y la coherencia.
David es una persona con una gran fuerza interior. Es generoso, afable, de trato muy próximo. La palabra y la comunicación juegan un papel muy importante en su vida, así como los vínculos personales. Confía firmemente en las personas y en la vida.
Es un gran investigador y divulgador en el campo del desarrollo humano, un apasionado del mundo de las emociones y sentimientos.
Su capacidad de influencia se basa en su coherencia personal y en su capacidad de convertir el sustantivo AMOR en el verbo AMAR. Esta es su misión de vida.
La creación
El libro que tienen entre sus manos puede llegar a ser un libro de trabajo si así lo eligen, puesto que está repleto de perlas de sabiduría que pueden recolectar. David, excelente conocedor del tema, se vale de numerosas metáforas y teje su discurso intercalando ideas inspiradoras, relatos y numerosos ejemplos que explican y aclaran. Su prosa ágil y amena y su lenguaje claro y siempre bien escogido facilitan la comprensión de un contenido sencillo a la vez que profundo, que invita a pasar a la acción.
El planteamiento del libro sintoniza plenamente con nuestro modelo de Ecología Emocional, que ofrece un planteamiento ecosistémico y creativo para CAPACITARNOS en el arte de vivir vidas emocionalmente sostenibles, equilibradas y armónicas y llegar a ser personas más creativas, amorosas, pacíficas y autónomas. Este planteamiento compartido con David ha permitido nuestro encuentro y generar sinergias con vistas a lograrlo.
Con él compartimos que, en efecto, padecemos mayor contaminación emocional que atmosférica, y esto es así porque trasladamos afuera lo que llevamos en nuestro interior.
Si vivimos emocionalmente contaminados e intoxicados, reproducimos en todos los ecosistemas externos en los que participamos este clima desequilibrante generado en nuestro universo interior.
Este libro aporta respuestas clave a los problemas generados por un clima emocional tóxico que causa un sufrimiento totalmente evitable. Esto es de suma importancia porque el lector contará con un medio efectivo para sortear «problemas» que arrastra desde hace tiempo.
Se trata en suma de aprender a gestionar mejor las crisis y las emociones caóticas que se generan, y de promover la «higiene emocional» diaria. Porque, como dijo Gandhi, «si cada día nos arreglamos el cabello, ¿por qué no hacemos lo mismo con el corazón?»
Con la metáfora de la carreta cargada, el burro y la zanahoria, de forma divertida pero muy seria al mismo tiempo, entramos sin apenas darnos cuenta en una cuestión básica para poder avanzar hacia una vida emocionalmente sostenible.
Viajamos con carretas tan cargadas que para poder continuar viviendo esta vida desequilibrada e insostenible, necesitamos el estímulo o la promesa de la zanahoria. Y así, nos cuenta el autor, enfocados en la zanahoria no nos damos cuenta de que el problema real es la carga pesada de la carreta. ¿Acaso es posible el bienestar personal si vivimos emocionalmente intoxicados?
El autor propone realizar un detox emocional, de forma similar al detox que muchas personas realizan cuando su cuerpo físico está descompensado. Lógico es aplicar una estrategia similar al cuerpo emocional. Pero ¿cómo se puede hacer? Esto es lo que el lector descubrirá en este libro, que ofrece una gran cantidad de herramientas aplicables para momentos difíciles y procesos de desierto emocional.
La acción
La indiferencia más grande es no hacernos cargo de nuestra propia vida. El autor nos recuerda una idea de Boris Cyrulnik, psiquiatra y neurólogo francés: «Nuestro origen no es necesariamente nuestro destino».
¿Cómo hacemos un detox emocional? David nos propone en este libro muchos «cómo»: remover, quitar, limpiar, reacomodar y reajustar lo que nos impide avanzar de forma más ligera por la vida.
También nos comparte una serie de Jugos Emocionales Desintoxicantes compuestos de un elevado contenido de valoresacción necesarios. Lo mejor es que todos disponemos de sus ingredientes clave y no dependemos de nadie para prepararlos y consumirlos.
¡Detectemos, pues, los hábitos que nos producen acidez emocional; revisemos nuestras creencias desadaptativas; desactivemos la carga de rencores, resentimientos y culpas; soltemos los apegos; quitémonos las capas tóxicas y desnudemos el alma, para descubrir como somos realmente y llegar a lo más valioso de ese universo del interior!
Gracias, David Montalvo, por este regalo de sabiduría en la forma de este libro. A partir de su lectura estamos convencidos de que todos vamos a prestar mucha más atención a la carga de la carreta que a la zanahoria que nos distrae.
JAUME SOLER Y MARÍA MERCÈ CONANGLA
Fundadores del Institut D´Ecología Emocional de Barcelona
Introducción
La carreta, el burro y la zanahoria
No sirve de nada ir deprisa si no sabes a dónde vas. Lo importante es caminar en la dirección correcta.
Antoine de Saint-Exupéry
Cuenta una parábola que si quieres hacer que un burro se mueva, necesitas colocar un palo del que cuelgue una zanahoria delante del animal, de tal manera que este camine hacia ella pero nunca la alcance.
Desde hace muchos años, esta historia ha tenido diferentes versiones, aunque en esencia el mensaje es el mismo. Quiero parafrasearte mi versión favorita de dicha parábola:
Trata de un señor que tenía que llevar sus zanahorias al mercado muy temprano para venderlas a un buen precio, y una vez cargada su carreta, partió.
Sin embargo, al poco andar el burro se detuvo y para obligarlo a que avanzara, el hombre lo golpeó con un palo. El burro respondió al castigo y recorrió un trecho, mas cuando se olvidó del dolor, volvió a detener la marcha.
El dueño de las zanahorias volvió a golpear al burro, y así transcurrió un buen rato. Por suerte para el pobre asno, el hombre se compadeció al fin de él y recordó que a su preciado animal de carga le gustaban las zanahorias, y le dio a comer una de ellas como recompensa, lo que motivó al burro a mover la carga hacia el mercado.
Estuvo un rato haciendo esto con las zanahorias y dándose cuenta de que si seguía así, se le iban a acabar y también su ganancia. Posteriormente se le ocurrió la creativa idea de utilizar el palo del castigo para colgarle en un extremo una zanahoria, subió a su carreta solo poniendo la hortaliza frente a las narices del burro, y el animal emocionado anduvo a buen paso tratando de alcanzar lo que tenía enfrente, logrando llegar así al mercado.
El burro creía que algún día podría alcanzar esa zanahoria y el amo siguió aplicando la misma técnica. El hombre trataba de motivar al animal repitiéndole que mañana seguramente tendría más fuerza, puesto que hoy casi la atrapaba con los dientes; como la zanahoria tocó su hocico, la sintió más cerca que nunca y esa noche el buen borrico soñó no solo con aquella, sino en una pradera donde corría casi sin sentir el pasto hasta llegar a un granero donde había cientos de zanahorias.
Al día siguiente, todo está preparado para alimentar la esperanza. El carretero ha dejado a su familia en la cama, y hacia las cinco de la mañana se dispone a salir con su burro, pero ahora para vender huevos de su granja. No olvida la zanahoria. Esa mañana fría al hombre le da por cantar para no aburrirse. La hortaliza es lo único que se ve al frente de su carreta.
El burro solo dedica rebuznos para una zanahoria que, piensa, hoy seguramente alcanzará. Al animal le emociona la idea puesto que imagina que algunos otros de su especie seguramente sí han logrado la hazaña.
Algún sábado excepcional, por el volumen de ventas que ha hecho, el hombre siente algo de pena por su burro, por lo que lo premia con la anhelada zanahoria al regresar a casa .
Se conforma con poco, piensa el hombre, basta una zanahoria para hacerlo feliz. «Y eso que te he tenido cuatro meses prometiéndote la zanahoria», le dice al burro, pensando que la bestia no entiende.
«Que eres un tonto, hijo mío», le sigue diciendo al pobre burro; y durante cuatro meses vuelve a ponerle la zanahoria delante, asegurándose de que no podrá alcanzarla, al menos no durante el trayecto entre su granja y el mercado.
En esta historia que, se dice, se popularizó desde 1800 gracias al padre del utilitarismo, el filósofo inglés Jeremy Bentham, al referirse a la motivación del ser humano con base en evitar el dolor y conseguir el placer, la zanahoria resulta ser el deseo, el incentivo o la meta, y el palo, el artilugio o método con el que se engaña al animal que no ve más allá.
Las zanahorias pueden ser diferentes motivos y necesidades. Algunas pueden ser superficiales y otras muy nobles y loables: ser inmensamente ricos o al menos ganar más, tener la pareja soñada, salud, un cuerpo envidiable, amor y aprobación de los demás, mejorar el puesto en la empresa, acceder al retiro a los sesenta años, comprar una casa en la playa, empezar una organización de ayuda social.
¿Cuántas zanahorias nos han o nos hemos prometido?
Todos andamos en busca de estas exquisitas zanahorias, aunque no sepamos ni cómo vamos ni a dónde queremos llegar; muchas veces ni siquiera nos cuestionamos para qué las queremos alcanzar. Somos los primeros en sujetarlas al palo y seguirlas sin detenernos, cual robots, creyendo que al atraparlas se nos revelará la fórmula de la felicidad. «Cuando sea rico…», «Cuando sea delgado…», «Cuando me amen…», «Cuando me trate mejor mi jefe…», «Cuando me den el ascenso…», «Cuando empiece mi negocio…».
Sinceramente, el problema real del burro (en la historia y en la vida) no es alcanzar o no la zanahoria, sino la carga de la carreta que lleva su dueño, tan pesada que impide al animal andar libremente y que, para moverse, se ve obligado a seguir una fantasía.
Echando mano de este símil zoológico, aunque está claro que no somos burros, sí existe una semejanza en cómo nos comportamos y por qué sufrimos.
Sufrimos y nos complicamos la vida por estar tan enfocados en la zanahoria y por la molestia de llevar una carga tan pesada en la carreta; el resultado es que ni se alcanza la zanahoria ni se disfruta el viaje.
Y aunque la zanahoria puede ser brillante, deseada y atractiva, a final de cuentas se vuelve solo un impedimento para alcanzar lo que deseamos, pues lo que realmente estorba es todo lo que nosotros mismos permitimos que se eche a la carreta: rencores, fantasmas del pasado, emociones incorrectamente manejadas, malas actitudes, pensamientos negativos, creencias que ya no funcionan, heridas no sanadas, pérdidas o rupturas mal tratadas.
Si hoy te preguntara, ¿cuánto pesa tu carreta?, ¿podrías decirme? O al menos, ¿sabes todo lo que tienes ahí?
La propuesta de este libro es que nos olvidemos de la zanahoria (aunque sea un poco) y nos enfoquemos en liberarnos de toda la carga que está frenando nuestros pasos, para que de esa manera disfrutemos el viaje y, desde luego, sus recompensas, que no necesariamente son zanahorias colgadas a un palo y a una distancia inalcanzable.
Para eso, y después de haberlo aplicado y compartido con cientos de personas, me permití crear para ti este práctico método de detox emocional, en tres etapas (preparar, desintoxicar y mantener), que recorreremos juntos para ver qué es todo aquello que traes cargando en la carreta de la vida y no te deja avanzar.
Además, al final del texto, te sugeriré cuarenta sencillas acciones compiladas que podrás disfrutar y que te invito a experimentar, y después a compartir con toda tu gente cercana, para que este libro no quede solo en palabras huecas, sino que lo puedas practicar como un estilo de vida.
Es momento de hacer un alto y ver cuántas cajas repletas de cosas innecesarias traemos a cuestas. Es momento de desintoxicarnos internamente y de soltar todo lo que no sirva, incluida, si es necesaria, una que otra zanahoria, ya que al final es lo de menos: lo que importa es la libertad de gozar el camino. Es decir, realmente aquello que debemos considerar como lo más valioso para nuestras vidas.
Al menos por hoy, olvidémonos de la zanahoria, vaciemos la carreta y disfrutemos el viaje.
DAVID MONTALVO
PRIMERA ETAPA: PREPARAR
Identificar oportunidades

La vida que has llevado hasta ahora
no tiene por qué ser la única que tengas.
Anna Quindlen, novelista estadounidense
y premio Pulitzer de periodismo
Mientras no hagas consciente lo inconsciente este
último dominará tu vida y tú
lo llamarás destino.
Carl Gustav Jung, psicólogo y psiquiatra suizo
CAPÍTULO 1
Intoxicado, ¿yo?
Todo cambio profundo empieza desde adentro. Somos responsables de ese cambio. No es buscar generarlo porque estemos descompuestos o dañados, en realidad somos creados de manera perfecta. Cambiamos como una posibilidad de evolucionar e ir sintonizando cada vez con nuestra mejor versión. Requerimos descargar la más reciente actualización de ese software del que estamos hechos.
Esto lo creo y lo he experimentado en más de una ocasión. Aunque a veces queremos obtener respuestas desde afuera, la verdad es que la reinvención auténtica de la vida y de los negocios sucede desde adentro.
El mundo exterior es siempre un reflejo del interior.
La historia del burro y la zanahoria con que inicio este libro la había escuchado hace muchos años, pero no fue sino hasta hace algunos meses que me la volví a topar y que hice conciencia no tanto del animal ni de la zanahoria, sino de la carreta completamente saturada y que era jalada por el animal con un enorme grado de dificultad. ¿Qué tanto llevaría a cuestas?
En esa parábola perdían todos: el dueño del burro porque este no se movía, y el burro porque no alcanzaba la zanahoria. Pero todo estaba centrado en la carga que llevaban. En lo que traían por dentro.
Shawn Achor, psicólogo estadounidense de la Universidad de Harvard y experto en felicidad y psicología positiva, dice muy claro: «Si conozco tu mundo exterior puedo predecir el diez por ciento de tu felicidad a largo plazo. El otro noventa por ciento proviene no del exterior, sino de la manera en que lo gestionamos internamente».
Es fundamental entender que todo procesamiento sucede en el interior. Bajo esa premisa llegamos a la conclusión de que el verdadero crecimiento radica en la capacidad que tenemos de entrar en nosotros y, desde ahí, hacer los ajustes necesarios para conectar con la vida que deseamos.
Pero (sí, desde luego hay un pero) estamos tan bombardeados por el exterior, tan expuestos al acelere constante, que pocas veces nos damos oportunidad de interrogarnos siquiera si lo que estamos haciendo y experimentando hoy es lo que realmente deseamos para el resto de nuestra vida. Vivimos en estado automático, apagando fuegos día a día, tratando de sobrevivir a costa de lo que sea.
Hace poco conocí a una persona a quien llamaremos Rafael. Un hombre de 45 años, gerente comercial de una importante compañía, casado, tres hijos, deportista y exitoso en su trabajo. Me pidió ayuda porque dentro de toda esa aparente felicidad que pudiera pensarse que tenía, él se encontraba vacío. «Me siento en el desierto, no sé qué me depara la vida», me comentaba con un cierto grado de angustia.
En medio de la plática, le hice tres preguntas:
-¿Qué es lo más importante para ti?
-¿Para qué naciste?
-¿Y qué estás haciendo al respecto?
Al principio se quedó en silencio, pasaron unos segundos y poco a poco comenzó a compartirme lo que probablemente traía guardado desde hacía muchos años: me decía que lo más importante para él eran sin duda su esposa y sus hijos, y que su deseo más profundo era ayudar a los demás, pero que al no haber intentado hacer nada al respecto, desde hace varios años dejó el tema a un lado. Ahora solo se refugiaba en las cuatro paredes de su oficina, haciendo lo que «todo el mundo hacía» para lograr encajar en la sociedad, según platicaba.
Lo cuestioné sobre su esposa, me confesó que tenía mucho tiempo de no tener pequeños detalles con ella, que ya la relación estaba en un punto muy tenso y que incluso habían caído en la terrible y peligrosa rutina. Cuando le pregunté sobre sus hijos, me dio una respuesta similar: «Bueno, trato de pasar tiempo con ellos, de darles lo mejor, pero sinceramente sí me falta mostrarles mi afecto y mi cariño».
Y así seguimos platicando de lo que aparentemente para él era lo más importante, pero que había dejado a un lado por lo menos importante.
En coaching hay una poderosa y muy conocida herramienta de autodiagnóstico a la que se le llama «Rueda de la vida», en donde la persona se califica de acuerdo con sus principales áreas: física, mental, espiritual, emocional, social, financiera, etcétera. Le pedí a Rafael que hiciera este ejercicio en casa y se sorprendió mucho al darse cuenta de que estaba por debajo de la media en lo que él consideraba más importante. Tenía llena su carreta de cosas sin significado para él.
Tiempo después me envió un mensaje por correo electrónico. Me escribía que pensaba mudarse a otro país para empezar de cero, pues sentía que ahí encontraría las respuestas.
Justo ese mismo día yo acababa de terminar de leer un maravilloso libro: ¡Despierta, estás vivo! (que, por cierto, te recomiendo ampliamente), escrito por el doctor Arnold Fox, así que decidí compartirle un fragmento del mismo:
«Podemos mudarnos, encontrar un nuevo trabajo o cónyuge, cambiarnos el nombre y hacernos una cirugía de nariz, pero una actitud negativa rápidamente hará que el “nuevo tú” sea tan infeliz y esté tan enfermo como el antiguo. Pero si el problema está dentro de ti, también lo está la solución».
En otras palabras, como yo mismo lo veo y se lo compartía a Rafael: si estás dentro de un túnel oscuro en tu vida, recuerda que así como tuvo una entrada, también hay una salida. Esa siempre es la buena noticia en cualquier crisis.
Tiempo después colaboré con una empresa cuyo personal no lograba alcanzar los resultados esperados.
Cuando platicaba con el director de Recursos Humanos, él achacaba la situación a la falta de profesionalismo, entrega y compromiso de su gente, sobre todo en algunos departamentos. Percibía que ya habían caído en una zona de confort.
Como en muchas organizaciones, al momento de brindarles algunas de mis conferencias y seminarios, y haciendo un poco de trabajo interrogatorio, me pude dar cuenta de que las principales áreas de oportunidad no eran la falta de trabajo o la falta de entrega que el director ponía en tela de duda. Era un asunto que provenía completamente de la raíz de la compañía. En poco tiempo habían tenido muchos cambios en los niveles altos de la organización y eso les estaba cobrando factura. También, como en el caso de Rafael, tenían un desorden en su carreta.
Existían problemas desde cómo «bajaba» la comunicación desde la dirección general a los empleados. Había mucho ruido entre lo esperado por los directores y lo ejecutado por el personal; en realidad, desde ahí empezaban las trabas. No era que unos estuvieran bien y otros mal, sino que trabajaban en canales y frecuencias completamente diferentes. Y desde esa raíz había que trabajar.
Estoy convencido de que cuando cambias, todo cambia. Por esa razón, tanto a Rafael como a esta organización les propuse lo que ahora quiero compartir contigo: limpiar desde adentro. Y ¿cómo hacerlo? Con un detox emocional.
Toxicidad emocional
Desde que nacemos, aunque ya traemos una genética determinada, adoptamos actitudes y creencias que van forjando la personalidad. Acorde con lo que observamos o con lo que escuchamos de voces ajenas, creamos nuestros propios filtros. Hay muchos factores externos que moldean nuestra forma de ver la realidad.
Nos condicionamos con base en el ambiente al que llegamos. Podemos nacer y crecer en un ambiente tanto sano como hostil, tanto amoroso como indiferente, con padres ausentes o sobreprotectores, padres conservadores o liberales, padres que basan su educación en el miedo o en el respeto. Padres que están involucrados en un negocio familiar y desean el mismo futuro para los hijos. Padres que se ubican por encima de los hijos para satisfacer sus propias necesidades.
A pesar de que vivir en estos ambientes para muchos puede ser la condena fatal —incluso ya escucho a algunos decir: «Es lo que me tocó, no hay de otra»—, la verdad de las cosas es que desde luego nos influye, pero no nos condena a una historia, y más cuando ni siquiera es nuestra propia versión, sino una previamente diseñada por otros. Las cosas no son tan malas como parecen, porque quienes nos reciben nos condicionan, pero no nos determinan.
Nuestra historia es única, pero la que hemos vivido hasta ahora no tiene que ser la única que tengamos. Siempre es posible escribir una nueva y reconstruirnos una mejor experiencia al vivir.
¿Siempre? Por supuesto, aun en las condiciones más desfavorables.
Pero para que esto suceda, para lograr reescribir lo que sí queremos, es fundamental abrir ciertas cajas internas para ver lo que contienen, darles una buena sacudida, limpiarlas, sacar lo que ya no sirve, botar lo innecesario y reacomodarlas en los sitios que les corresponde.
Muchas de estas cajas están tan empolvadas y sus cerraduras tan oxidadas, que su apertura se vuelve toda una odisea.
Esas cajas que todos llevamos dentro están repletas de creencias, actitudes, experiencias, recuerdos, situaciones tanto fáciles como difíciles, de éxito como de fracaso, de aceptación como de rechazo.
A todo ese conjunto de archivos que no nos ayuda, que nos impide desarrollarnos o que simplemente nos estanca y que está dentro de cada una de estas cajas internas, le llamo toxicidad emocional.
La toxicidad, desde el punto de vista químico, se define como «La capacidad o la propiedad de una sustancia para causar efectos adversos sobre la salud. Y una dosis tóxica es la cantidad determinada de una sustancia que podría esperarse que, en condiciones específicas, ocasionara daños a un organismo vivo determinado» (fuente: GreenFacts.org).
Las cosas no son tan
malas como parecen,
porque quienes nos reciben nos
condicionan, pero no nos determinan.

Hoy se habla mucho a nivel mundial sobre una intoxicación del organismo. Existe un debate en la comunidad médica sobre este tema. Algunos doctores más ortodoxos creen que si el cuerpo estuviera intoxicado, esto se reflejaría en una enfermedad clara, comprobable y detectable a simple vista.
El problema es que el hecho de no mostrar externamente una patología o la ausencia de síntomas no significa que no existe una intoxicación o desequilibrio. Cuántas personas delgadas conocemos que en apariencia se ven muy sanos pero por dentro, debido a su mala alimentación, viven en un desbalance terrible que tarde o temprano les cobrará un alto precio.
Lo que no podemos negar es que en nuestra época, más que nunca, estamos expuestos a productos químicos, a radiación, a alimentos con alto grado de pesticidas, herbicidas y fertilizantes artificiales, aire y agua más contaminados, aparatos electrónicos con importantes campos de radiofrecuencia y otros elementos que han alterado nuestra vida.
Este concepto «tóxico», que particularmente se refiere al impacto en nuestro bienestar y salud física, lo podemos trasladar al interior y también tiene una participación importante desde la perspectiva de la salud emocional y el desarrollo psicosocial.
Si definiéramos de manera más concreta el concepto de toxicidad emocional sería: la consecuencia, efectos y resultados negativos debido a emociones, sentimientos, pensamientos y conductas mal gestionadas interiormente.
Se basa en elementos muy comunes y con los que convivimos a diario como son el rencor, las heridas no sanadas, vivir en el pasado, el odio, la desesperanza, la frustración, la incertidumbre, el mal humor, el sedentarismo, los pensamientos derrotistas o las creencias paralizantes, y muchos otros que explicaré a lo largo de este libro.
Este tipo de toxicidad puede ser mucho más grave que la de naturaleza física, ya que va carcomiendo el interior, produce lamentables consecuencias y se convierte en una parálisis que impide pasar a la acción e incluso genera hastío de seguir viviendo.
Cuando alguien dice que está harto de su vida, más que poner atención a las circunstancias que lo rodean, sería interesante echar un vistazo a su interior para conocer su grado de toxicidad emocional.
En la historia del burro y la zanahoria, cuando vivimos en estado tóxico es como si saturáramos nuestra carreta llenándola de cajas y cajas y quisiéramos que aquella corriera como un Ferrari. Eso no solo es imposible, sino que además, por el mismo peso que lleva, en cualquier momento la carreta tronará y se desbordará.
Ello le sucede a millones de personas y cientos de organizaciones que se sobresaturan de cajas sin resolver y quieren correr sin detenerse. En cualquier momento la carreta de la vida estaría gritándonos un mensaje: «BASTA, no puedo más».
Para poder reconstruir desde adentro, entonces, primero hay que echarle un vistazo al orden de las cajas, gestionar sus contenidos y corregir lo que sea necesario.
Para eso existe el detox emocional.
¿Y eso qué es?
Detox proviene de la palabra inglesa detoxification (desintoxicación) y es el proceso para neutralizar o eliminar toxinas del cuerpo. Es una forma para limpiar, nutrir y «resetear» el organismo, restaurándolo de adentro hacia afuera para generar balance y equilibrio. Recuerda que cuando una computadora se cicla o empieza a trabajar con lentitud, solemos reiniciarla para conseguir un mejor desempeño.
Aunque su popularidad ha aumentado en estos últimos años, la verdad es que, más que una palabra de moda, es una práctica milenaria.
El detox típico de la actualidad se realiza en espacios que van desde uno, tres a veintiocho días, según las necesidades de quien lo realiza, y comúnmente se lleva a cabo alimentándose de agua, té y jugos verdes o de frutas y verduras. Algunas variantes permiten ciertos alimentos más sólidos, pero se privan de algunos otros que acidifican el organismo (más adelante veremos este concepto) y, desde luego, de cualquier tipo de químico.
El objetivo es el mismo: limpiar y darle un descanso al organismo de la saturación y excesos que pudiera tener (alcohol, harinas, grasas trans, lácteos, comida chatarra, carbohidratos procesados, azúcar, refrescos, etcétera).

La toxicidad emocional es la consecuencia, efectos y resultados negativos debido a emociones, sentimientos, pensamientos y conductas mal gestionadas interiormente.
Realmente este proceso nace, se crea y se desarrolla para una cuestión puramente física, y aunque ciertos detoxs (he conocido, leído y aplicado diversos a lo largo de mi vida) tocan un poco la relación que existe entre la depuración física con la emocional, siempre el centro de atención es el cuerpo.
Precisamente porque soy un viajero frecuente de este tipo de «procesos naturales» para el beneficio de mi salud, y sobre los que ya cada quien tendrá sus reservas sobre si está a favor o en contra, desde la experiencia puedo compartirte una nueva visión sobre este sistema de liberación física, pero ya completamente enfocada a la limpieza interior.
El detox emocional que te propongo es el proceso de remover, quitar, limpiar, reacomodar y reajustar lo que nos esté impidiendo avanzar de forma más ligera por la vida. Es una saludable y positiva manera para trabajar en nuestro desarrollo personal y profesional.
Desde luego que esto puede causar miedo a muchos, especialmente a quienes no les gusta entrar a fondo para ver cómo están sus vidas. Pero la verdad es que para avanzar hay que moverse, y para moverse, hay que quitar lo que estorba. En otras palabras, para andar hay que vaciar la carreta.
¿Por qué es importante un detox?
¿Recuerdas cuando nuestros padres y abuelos contaban que antes la vida era más sencilla que podían comer de todo sin problema que incluso eran generaciones con menos obesidad que las de ahora?
Por un lado tenían razón. Hace poco estaba en un supermercado precisamente pensando: ¿quién iba a imaginar que hace cuarenta años uno viniera a estos lugares para surtir leche de almendra o de quinoa, pollo sin hormonas, lechuga, espinaca y tomate orgánico o pan sin gluten? Antes todo eso no estaba precisamente al alcance de tu mano, hoy hasta tiene su sección aparte.
Aunque este tipo de productos ahora «especiales» lleva muchos años, al menos en mi país la adopción en el mercado es más reciente. Este boom se ha dado porque ahora las personas tienen más conciencia sobre la importancia del autocuidado y de llevar una mejor calidad de vida.

El detox emocional que te propongo es el proceso de remover, quitar, limpiar, reacomodar y reajustar lo que nos esté impidiendo avanzar de forma más ligera por la vida.
Cada vez observamos a más gente que se ocupa de lo que consume por sus cinco sentidos y no solo por lo que ofrece el mercado de forma rápida.
La vida de nuestros abuelos no fue la misma que la de nuestros padres, pero en la de nuestros padres, comparada con nuestra generación, sin duda creció la brecha, y así será con la de nuestros hijos y nietos. No se requiere ser visionario para llegar a esta conclusión. Por lo tanto, no podemos permanecer ajenos a esa realidad.
Y en este punto, sin el afán de defender a nadie, solo quiero aclarar que definitivamente, a diferencia de generaciones pasadas, el tiempo, el cambio y los saltos cuánticos de la tecnología han ido de la mano, dejándonos como herencia gran cantidad de enfermedades, bacterias, residuos tóxicos y muertes sin sentido. Algunos incluso han llegado a decir que vivimos en una sociedad gravemente enferma.
Precisamente, así como pasa con el tema alimenticio, si «escarbamos un poco» en el corazón de las personas, podemos darnos cuenta de que por el estrés, el ajetreo, la rutina, las noticias, los impulsos para buscar el placer por el placer mismo, la alta demanda de esfuerzo y de trabajo, así como los recursos mal utilizados, hemos caído en una sociedad dormida y también enferma emocionalmente.
No pretendo crear un discurso político ni tengo la intención de levantar una bandera a favor de nadie, ni pedirte que hagamos una marcha para protestar. Siempre he creído, y lo digo mucho en mis conferencias, que quejarse no sirve de nada. Respeto a quien lo hace, pero siento que es mucho más saludable y positivo abrazar nuestra propia responsabilidad. Cambia la forma de ver las cosas y las cosas cambiarán de forma.
Sirviéndome de esta comparación de lo que vivimos como sociedad, así como no podemos evitar ni controlar en todo el mundo el maltrato a los animales, los pesticidas en los cultivos o las toxinas en los alimentos, sí está en nuestras manos la decisión de cuidar nuestro entorno, tener una alimentación más adecuada y de alguna manera ser más conscientes, y por lo tanto, más amigables con nuestro ecosistema.
Tampoco podemos evitar los males del mundo, ni lo que hace o deja de hacer el vecino, ni lo que hicieron o dejaron de hacer nuestros padres, pero sí podemos despertar y ponernos en acción para ser más responsables con nuestra propia realidad, con lo que nos toca.
Si reiteramos que detox significa «resetear el organismo», y si realmente queremos colaborar para que este mundo sea un mejor lugar donde vivir para todos, podemos decir que es indispensable aceptar la invitación a «resetear» la vida para acceder a una más ligera, más simple, sin tanto drama y con mayor calidad.
Además, la crisis depurativa abre la puerta a nuevos mundos, a nuevos espacios en tu vida. Un detox emocional puede doler, es un viaje que llega a causar mareo y vértigo, pero las recompensas son incontables. Vale la pena.
¿Cómo saber cuándo es necesario?
Así como la mayoría de las enfermedades surge por emociones mal gestionadas, también dice mi gran amiga y autora Tere Bermea:
«Los dolores físicos y emocionales pueden ser nuestros amigos, ya que sin ellos no sobreviviríamos. Ellos nos protegen y nos despiertan para que nos ocupemos de nuestras necesidades».
El detox emocional es precisamente ocuparnos de nuestra vida, recordar que la verdadera emoción es estar vivos. Lo normal, y a lo que estamos llamados, es la salud y el equilibrio, no la enfermedad y el desorden, por dentro y por fuera.
Esos dolores físicos y emocionales son solo avisos para reiniciarnos interiormente. Aunque este método de desintoxicación es un proceso constante y permanente, hay claras señales o focos rojos que no podemos dejar de ver y que indican que es el mejor momento para realizarlo.
Aquí te comparto algunos de los síntomas que indican que es importante hacer un alto para revisar la carreta:
1)Estás más enfocado en la zanahoria (llegar a tus metas) que en experimentar el viaje.
2)Ya no disfrutas tu vida de la misma manera.
3)Sientes que estás cargando demasiado sobre tus espaldas y no sabes cómo deshacerte de eso.
4)Vives acompañado de los fantasmas del pasado o de lo que pudo haber sido y ya no es.
5)Te preocupas y te causa ansiedad tu futuro.
6)Estás en estado de estrés la mayor parte del tiempo.
7)Vives con demasiada prisa. Todo es urgente.
8)Has dejado de convivir con calidad con las personas que más quieres.
9)Te has perdido de eventos, experiencias o encuentros que antes te eran sumamente importantes.
10) Has dejado de practicar ese pasatiempo que tanto disfrutabas porque «no hay tiempo».
«Los dolores físicos y emocionales pueden ser nuestros amigos, ya que sin ellos no sobreviviríamos. Ellos nos protegen y nos despiertan para que nos ocupemos de nuestras necesidades».

11) Estás teniendo roces y conflictos constantemente con tu pareja, tus hijos, tus colaboradores o tu jefe.
12) La mayor parte del tiempo la pasas con el médico. Cada día «te duele algo».
¿Cuál de estos focos rojos te hace sentido?
No te asustes si te identificas con más de uno. Muchas veces perderse ayuda a encontrarse. ¿Cuántas veces no has advertido que de no haber vivido determinada experiencia no serías la persona que hoy eres?
La verdad es que las crisis personales o los puntos de quiebre pueden ser las mejores «excusas» para hacer cambios en tu vida, y qué mejor que hacerlo consciente cuanto antes, ¿no?
¿Quiénes son candidatos?
Decía Aristóteles: «La felicidad es el sentido y el propósito de la vida, el objetivo y la finalidad de la existencia humana». Y Pascal lo expresaba también a su manera: «Todos buscamos la felicidad. Sin excepción. Aunque cada uno emplee distintos medios, todos deseamos alcanzarla».
Así, todos somos candidatos, ya que el detox emocional es un método indispensable para todo aquel que esté trabajando en su felicidad, no como una meta lejana o un sueño romántico, sino como una decisión y un proceso personal cotidiano.
Desde luego que no es el único, pero al menos ha sido el que a mí me ha funcionado y que ha tenido excelentes resultados con quien lo he aplicado a lo largo de estos años.
Por supuesto que la idea de empezar cuanto antes y de ir a la acción se vuelve una prioridad para aquel que desee pulir el diamante que lleva dentro y moldearse de acuerdo con su mejor versión, con su esencia, con quien realmente es y no con quien se le ha contado que es.
¿Qué tan intoxicado estás? (Grados de toxicidad: alto, medio, bajo)
Sin caer en juicios o etiquetas, he querido catalogar tres grados de toxicidad. Sin duda se trata de una visión muy personal, según lo constaté después de entrevistar a cientos de personas en diferentes circunstancias con el fin de tener una variable un poco más objetiva, y con miras también a que nuestro progreso sea más visible e incluso un tanto medible.
De alguna manera, en diferentes etapas de nuestra vida todos presentamos alguno de los tres grados de toxicidad. Aquí hay que realizar un ejercicio de honestidad para saber en dónde nos encontramos.

Pudiera darse el caso de que estás saliendo de un grado alto, por ejemplo, pero todavía no estás como deseas, sientes que todavía hay algunos rezagos o toxicidad que sacar.
Los tres grados de toxicidad son:
Alta: aunque para otras personas este grado de toxicidad pudiera ser muy evidente, quien lo vive ya lo ha asociado a su ritmo normal de vida, por lo que es más complicado hacerlo consciente. Muchas veces, lamentablemente, la persona se da cuenta de su situación cuando esta ya la sobrepasa o cuando hay un evento de consecuencias graves.
Si existiera una frase que ejemplificara este grado de toxicidad sería: «No me soporto ni yo mismo».
Algunas características son:
✓ Has perdido interés por tus actividades
✓ No descansas lo suficiente
✓ Lloras sin motivo aparente
✓ No duermes
✓ Tienes exceso o falta de hambre
✓ Vives en conflicto con la mayoría
✓ Te has vuelto muy irritable, todo te molesta
✓ Sientes enojo y coraje la mayor parte del tiempo
✓ Quisieras desconectarte del mundo
Media: en este grado es muy normal sentir un estancamiento. Por momentos la persona puede sentirse realizada, pero la mayor parte del tiempo no se siente del todo satisfecha con su vida, no está conforme con lo que hace. Algunas actividades le resultan muy pesadas. Hay cierta parálisis para la acción, vive de manera sedentaria a nivel emocional y todavía está resintiendo algunas experiencias del pasado que no ha logrado solucionar.
Algunas características son:
✓ Relaciones de pareja o amistad inestables
✓ Malos hábitos de alimentación y descanso
✓ Pérdida de interés o desesperanza de materializar sus sueños
✓ Vida ajetreada y rutinaria
✓ Falta de vida espiritual
✓ Patrones de pensamiento limitantes
✓ Procrastinación o aplazamiento de planes
✓ Nostalgia por el pasado
✓ Se mueven en entornos tóxicos
✓ Les cuesta mucho hacer realidad lo que se proponen
Baja: este grado, aunque pareciera inofensivo, no lo es, porque es al que menos atención le damos y si se deja pasar puede convertirse en poco tiempo en toxicidad media o alta. Es en el que se encuentra prácticamente toda la población debido a lo que estamos expuestos, como lo comentaba anteriormente. Sin caer en un caos total, sí existe cierto desorden interno que puede impedir que disfrutemos del momento presente.
Las características de la toxicidad baja son:
✓ Angustia para tomar decisiones
✓ Falta de claridad en las prioridades
✓ No saber decir no
✓ Poco tiempo para lo importante
✓ Brincar en el pasado, en el presente y en el futuro, sin gozar de ninguno
✓ Poca inversión en uno mismo
✓ Baja inteligencia emocional
✓ Represión de emociones
✓ Adicción a la tecnología, imposibilidad de desconectarse
✓ Falta de plenitud y realización personal y profesional
Este es solo un breve análisis para que descubras el grado en que te ubicas. De cualquier manera, en capítulos posteriores podrás encontrar herramientas para bajar el grado de tu toxicidad, sea cual sea en la que te halles.
Efectos secundarios de hacer un detox emocional: ¿qué se logra?
La primera vez que hice un detox en mi vida fue hace unos nueve años. En ese momento hice la famosa cura con sirope de savia que consiste en solo alimentarte con una mezcla de dicho sirope, agua, limón y cayena, y algunos tés herbales. Fueron diez días intensos. No probé nada más que eso.
Nunca se me va a olvidar que, cuando inicié el proceso, mi coach me pidió que comprara una libreta para anotar todas las emociones, sensaciones y pensamientos que surgieran a partir del primer día.
Yo no sabía de qué me hablaba, pues lo único que quería era bajar unas libras. Pero ella me lo aclaró: «Cuidado, van a salir todos tus demonios. Vas a conocer partes de ti que no conocías y hay que tener mucha claridad al respecto».
Pues tenía razón, sí salieron (no todos) muchos de mis demonios. Pasé por el enojo, la tristeza, la frustración, el coraje, la alegría, la excitación en todos esos días.
La verdad es que las crisis personales o los puntos de quiebre pueden ser las mejores «excusas» para hacer cambios en tu vida, y qué mejor que hacerlo consciente cuanto antes.

Más allá de que ahora no me parece la mejor vía para desintoxicarse, no puedo negar que fue muy liberador.
¿Por qué te cuento esta historia? ¿Saldrán tus demonios?
Porque si bien los candidatos para un detox somos todos, pocas son las personas que toman con seriedad y responsabilidad su éxito y su bienestar. Si tú eres de ese grupo, primero que nada quiero darte la bienvenida y un gran aplauso.
Pero también deseo ser lo más transparente y honesto contigo, y tengo la obligación moral de confesarte lo siguiente: cada vez que uno inicia un detox, y mucho más cuando el tema no es físico sino emocional, existen efectos secundarios.
Sí, sí pasan cosas después de seguir este método, sale la parte que te encanta pero también la que no te gusta de ti, sale lo que has mantenido en la oscuridad, pero también aquello que te hace brillar.
La buena noticia es que estos efectos son valiosos beneficios y, en general, tu vida en perspectiva no volverá a ser la misma de antes; no por mí, mucho menos por este libro, sino por las decisiones que tomes, los compromisos que asumas y las acciones que emprendas de ahora en adelante.
¿Cuáles son algunos de estos efectos secundarios?
✓ Introspección y reflexión personal
✓ Cerrar círculos y concluir etapas
✓ Dejar algunas personas en el camino
✓ Vivir más desapegado a lo material
✓ Moverte de lugar, hacer cosas diferentes
✓ Resolver asuntos pendientes del pasado
✓ Ser más consciente
✓ Aumentar tu capacidad de resiliencia
✓ Enfrentarte a tus sombras
✓ Mayor sensibilidad e intuición
¿Empezamos?
Si seguimos haciendo lo que siempre se ha hecho, continuaremos consiguiendo los mismos resultados.
Williams Edwards Deming, estadista estadounidense
Una de las cosas que más le decían a la psiquiatra, escritora de origen suizo e impulsora de la tanatología, Elisabeth Kübler-Ross, cuando dialogaba con pacientes terminales, era: «Me hubiera gustado atreverme más en la vida».
¿El detox emocional se da por arte de magia? Por supuesto que no. Hay que atreverse y ponerse las pilas. Lo que está en juego es tu felicidad y lo vale, ¿no?
¿Para qué esperar a estar en una situación límite, si hoy podemos actuar?
También hay que irse poco a poco, paso a paso, para que el reinicio de vida sea perdurable y no solo, como decimos en México, una «llamarada de petate».
Recuerda que ningún cambio importante es inmediato. Como en cualquier proceso de detox físico, en donde para lograr el éxito se requiere de disciplina y dedicación antes, durante y después de empezar, en el caso del detox emocional sucede de forma muy similar.
Por tal razón, y para que además fuera más práctico para ti, decidí separar este libro en tres etapas:
Preparar: antes de empezar a colocar los cimientos, hay que desmontar el terreno. Aunque yo sé que muchos preferirían ir directo a la segunda parte, es importante primero hacer una radiografía de vida para conocer honestamente lo que hay por dentro, por ejemplo: el grado de toxicidad en el que estás.
Desintoxicar: aquí te doy el banderazo de salida para iniciar el proceso en el que irás poco a poco deshaciéndote de las cajas y archivos tóxicos que no necesitas.
Mantener: el verdadero éxito del detox no está en hacerlo sino en su seguimiento y mantenimiento. Aquí se da una etapa de reorganización de vida sumamente interesante y productiva.
Aunque desde que empiezas este método comienzas a sentirte de maravilla, no te desesperes ni te angusties si no logras ver cambios impactantes a los primeros días de haber iniciado.
Robin Sharma, el afamado autor de El monje que vendió su Ferrari, lo dice de forma clara y contundente: «Si vas demasiado aprisa, en realidad haces más lento el proceso».
Ve a tu ritmo, tómate tu tiempo, pero no dejes de avanzar y de ir vaciando de tu carreta todo aquello que no necesitas.
CAPÍTULO 2
Los personajes tóxicos
Reinventarse es transformar tu forma de ser, no quien eres, no es convertirse en una persona diferente porque ya eres un ser completo.
Mario Alonso Puig, médico cirujano y autor español
Siempre me interesé por la medicina. Pero no como aquel que dice: «Quiero ser bombero, futbolista, policía o astronauta», y quien después de un tiempo olvida la idea. Lo mío era muy en serio.
No sé de dónde saqué la idea o en qué momento surgió, pero desde que era muy niño pasaba horas jugando con artilugios médicos.
Con decir que, en uno de mis cumpleaños, mi mamá y yo nos confabulamos y decidimos hacer una fiesta de disfraces (en pleno mes de marzo) que sirviera de pretexto para usar mi recién adquirida bata de doctor.
Toda la fiesta era alusiva al mundo médico: la piñata y el pastel tenían forma de ambulancia, los dulces estaban dentro de unos botecitos con etiqueta que figuraban ser medicinas, hasta tenía mi propio estand para atender con mi estetoscopio, mi termómetro y mis jeringas de plástico a todo aquel invitado que se dejara.
En esos años devoraba libros de medicina para niños. Todavía guardo algunos de ellos. Me asombraba el diseño tan preciso del cuerpo humano, la cantidad de huesos, de órganos y cómo todo funcionaba como una máquina perfecta. Ir al médico para mí no era un asunto de miedo o angustia, sino de aprendizaje y asombro. Al día de hoy sigo admirando a quien entrega su vida para ayudar a sanar a otros.
Nunca se me va a olvidar que un día, lamentablemente, murió uno de los conejos que tenía como mascota en casa. Además de ponerme algo triste por la pérdida, me surgió mucha curiosidad. Incluso tenía la intención de usar un cuchillo, según yo para operar y revivir al animalito; quería conocer lo que traía dentro. No estaba seguro de que fuera a tener lo mismo que nosotros (según dictaba mi inocencia infantil), y me emocionaba la idea de investigar.
Y aunque me decidí por dejar al conejo en paz y darle santa sepultura, mi inquietud por la medicina siguió por muchos años más.
Por diferentes circunstancias (que ahora agradezco), faltando seis meses para entrar a la universidad, y aparentemente dispuesto a estudiar la carrera de Medicina, decidí cambiar el rumbo e ingresé a la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Para mis padres fue una sorpresa porque ya se hacían a la idea de que iban a tener al primer médico de la familia, pero para mí se trataba de seguir la intuición, esa voz interior que siempre habla pero a la que pocas veces le hacemos caso.
Aunque aparentemente me fui por otro camino, nunca dejé de lado el tema de la salud. Al contrario, en la actualidad estoy más cerca de él, sobre todo después de convivir con médicos y enfermeras a lo largo de ocho años debido a la larga enfermedad de mi padre. Y desde luego por mi profesión como coach emocional, en donde en esencia puedo contribuir, aunque sea un poco, al bienestar de los demás.
Hoy me sigue llamando poderosamente la atención la posibilidad de conocer el universo extraordinario que alberga nuestro interior. Sigue la misma cosquilla de curiosidad que me hacía querer abrir al pobre conejo, pero ahora enfocándome en ayudar a las personas a descubrir ese espacio, a que lo abran ellos mismos y así puedan obtener las herramientas que necesitan.
Hace algunos meses, una amiga me pidió que la acompañara a visitar a una joven con leucemia que se encontraba en el hospital de Nutrición de la Ciudad de México, uno de los institutos nacionales de salud más reconocidos y de mayor trayectoria en el país.
La muchacha acababa de salir de terapia intensiva, el diagnóstico no era muy favorable y su padre, quien estaba en la búsqueda de todo tipo de alternativas para apoyar a su hija, contactó a mi amiga para pedirle ayuda.
Siempre he creído que cuando algo tiene que pasar, todo conspira para que así suceda. Como dicen: «Cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no, ni aunque te pongas». Así, se dio la «causalidad» de que justo el único día que mi amiga tenía disponible para hacer el viaje y en el que la paciente podía recibir visitas, yo iba a dar una conferencia en la Ciudad de México por la mañana, e iba a tener la tarde libre. Por tal motivo, no dudé en ningún momento en decir que sí.
La experiencia fue conmovedora desde la llegada. Conocimos a la familia de esta joven, nos platicaron un poco la historia y realizamos los trámites correspondientes para que nos dejaran entrar a visitarla.
Cuando entré, me sorprendió su estado. Ella tenía poco cabello, estaba muy delgada pero con una sonrisa cautivadora. Seguimos el protocolo correspondiente de colocarnos la vestimenta necesaria, usar el desinfectante de manos y sentarnos en el pequeño sillón, a unos pasos de donde estaba la paciente. Aunque teníamos ganas de abrazarla, nos pidieron desde antes de entrar que, por su delicada situación, no podíamos tener contacto físico.
Platicamos más de una hora con ella. A mí se me hicieron minutos. Traté de darle algunas palabras de alivio y esperanza. En la conversación, ella se cuestionaba dónde había quedado Dios en su vida, quería conocer la razón de su enfermedad, y como es habitual en estos casos, surgía en su interior la típica pregunta: ¿Por qué a mí?, que sinceramente solo se logra contestar con otra pregunta: ¿Y por qué no a mí?
En ese encuentro hubo algo que me dejó muy reflexivo: antes de despedirnos, ella se nos quedó viendo fijamente a los ojos e hizo una pregunta que hasta al día de hoy tengo presente:
«¿Verdad que voy a seguir viviendo?».
¿Qué le podíamos contestar?
¿Le decíamos la verdad, según lo que nos habían platicado sus familiares, que el caso era muy difícil? ¿O le decíamos la «mentira piadosa» para hacerla sentir bien en medio de esa enfermedad devastadora?
En realidad la respuesta no la sabía ella, pero tampoco nosotros, ni sus familiares, ni siquiera los doctores; ellos podían dar un diagnóstico, mas a ciencia cierta nadie sabe el día o la hora exacta de nuestro momento final.
Por esa razón pensé que era mucho más sano y positivo ser sincero, objetivo y realista.
Medité por unos segundos la respuesta, tomé aire y le dije:
—Por supuesto que vas a vivir, si por vivir entiendes disfrutar cada instante, más allá de las circunstancias. Y pase lo que pase, salgas hoy o en meses o suceda algo inesperado, vas a estar extraordinariamente bien, ya que tú no eres tu enfermedad, ni tu cáncer, ni las quimioterapias. Tú eres lo que llevas dentro.
No sé si fue lo mejor que le podía decir, pero al menos la sentí más tranquila.
Algo que reafirmé en ese encuentro, por lo que ella me platicaba, es que nos da miedo dejar de vivir no tanto por el hecho de la muerte misma, sino por todo lo que dejaríamos pendiente, sin resolver.
Llegamos a creer que lo que nos define es el exterior y por ese motivo, como una cebolla, valga la comparación, el ser humano se va construyendo una infinidad de capas alrededor de él para sobrevivir en el mundo, para ser aceptado e integrado.
Parte del proceso de desintoxicación emocional que propone este libro es ir quitándonos las capas poco a poco para desnudar el alma, para descubrirnos como realmente somos y llegar a lo más valioso de ese universo interior.
Ella ya salió del hospital, se encuentra estable hasta ahora, y aunque es un proceso lento, estoy seguro de que más que el cáncer, ella se enfocará en verse desde adentro, solucionar lo inconcluso y comenzar a valorar y disfrutar que sigue con vida.
Muchos me preguntan: ¿cómo puedo saber si existe un desbalance o desequilibrio interno o si traigo un montón de capas que no he descubierto que me están haciendo daño?
Uno de los indicadores que nunca falla es nuestro mismo cuerpo. Por más capas que nos echemos encima para, presuntamente, acorazarnos de los «peligros» del exterior, cuando hay una intoxicación nuestro organismo nos habla de diferentes maneras por medio de un simple dolor de cabeza, un mareo, gripe, fiebre, dermatitis, una inflamación en el abdomen o una colitis.
El problema, y la actitud más habitual que tomamos, es querer solucionar todo con una simple pastilla y olvidarnos del asunto. Normalmente le ponemos atención al síntoma pero no a la causa. Algunos ni siquiera usan la pastilla, solo dejan que pase el tiempo, sin darle la mayor importancia al malestar.
Nos da miedo dejar de vivir no tanto por el hecho de la muerte misma, sino por todo lo que dejaríamos pendiente, sin resolver.

Emocionalmente también funcionamos de manera muy similar. Nuestras reacciones, sobre todo esas que nos duelen, que no entendemos o que surgen aparentemente de la nada, también nos hablan de que algo necesita ajustes. Nuestras actitudes y respuestas frente a determinadas situaciones son solo reflejos de lo que estamos procesando internamente.
Si estamos muy irritables o sensibles, si tomamos todo de forma personal, reaccionamos agresiva o pasivamente, o simplemente mediante maneras no habituales o fuera de la media, significa que hay algo por dentro que está intoxicado. Hay que revisarlo con toda la seriedad del caso, como se enfrenta un problema de salud.
Los cinco personajes
Para tener mayor claridad en este proceso interno, quiero compartirte algunas personalidades tóxicas.
Cada una de ellas tiene una toxina mental más preponderante y que es la causa de que sigamos hospedándolas, como si se tratara de una especie de predisposición genética. En realidad, es solo la persistencia de algo que echó raíz en nosotros, por lo que la asumimos como una presencia habitual y natural.
Estas personalidades las vamos adoptando y haciendo propias como esas capas de cebolla, muchas veces sin siquiera darnos cuenta.
Quiero hablarte de las que para mí son los cinco principales personajes tóxicos y cómo, cada uno, tiene sus respectivos patrones de comportamiento, que si no son bien gestionados, pueden causar altos grados de toxicidad y dañar nuestro estado general de bienestar.
Como en muchos conceptos de este libro, podrás identificarte con más de un personaje o hasta podrás decir: «Ese le queda perfecto a mi suegra»; «Este seguro es el de mi esposo»; «Mi jefe encaja perfecto en esta descripción». Es normal, todos tenemos un poco de todo, y muchos nos ponemos el disfraz según corresponda.
A veces también somos más camaleónicos y nos movemos de uno a otro rol en diferentes etapas en la vida, pero con ninguno nos sentimos conformes.
Lo importante es que conozcas estos personajes y veas de qué forma te has ido construyendo tu propio disfraz tóxico, y sobre todo sincerarnos para descubrir si alguno de ellos está más presente que los demás.
Vamos con el primero.
Primer personaje: el negativo
Joseph Joubert, ensayista y moralista francés, escribió en cierta ocasión: «Usted no puede evitar que los problemas golpeen a su puerta. Pero no hay necesidad de ofrecerles una silla».
Este personaje tiende a sentar a sus problemas frente a él, tanto los existentes como los inventados, e inclusive les da hospedaje el mayor tiempo posible.
Su toxina mental preponderante es el pesimismo. Y si compartimos la definición de la RAE del pesimismo como la «Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable», entendemos que el filtro del negativo está ajustado para visualizar el punto negro en la pared blanca, el frijol en el arroz, la mancha en la camisa o la dificultad en la solución.
El negativo distorsiona su visión a raíz de experiencias o desilusiones previas. Suele ser una persona con un pasado sin sanar o sin solucionar. De ahí la frase: «Detrás de una persona complicada, hay una historia similar».

Nuestras actitudes y respuestas frente a determinadas situaciones son solo reflejos de lo que estamos procesando internamente.
Las personas negativas creen que las cosas siempre pueden estar mejor, y aunque esta idea pudiera parecer buena para aquellos que buscan el crecimiento constante, el problema es que las primeras se olvidan de lo bueno que tienen enfrente, del regalo que nos hace siempre el presente cuando las cosas se dan sin complicaciones, excusándose en lo que pudiera o debiera ser, y eso lo vuelve un círculo vicioso en donde nunca están satisfechos con los resultados.
Esta inconformidad pesimista por la vida está muy marcada por la queja constante. Hace algún tiempo conocí a una persona que había sido rechazada en sus últimas diez entrevistas de trabajo, en empresas de diferentes giros, y cuando le pregunté qué creía que estaba pasando, me contestó: «Es que en México no hay empleo, las cosas cada vez están peor, hay una conspiración del sistema contra nosotros». Esa es la actitud típica del personaje negativo.
El negativo sufre porque si bien su forma de ver las cosas funciona como un escudo de realismo para no ilusionarse demasiado con algo o con alguien, la verdad es que pensar así no lo hace inmune a que viva situaciones que no quiere. De hecho, es más común que las experimente al estar huyendo de ellas constantemente. Lo que resistes, persiste.
Segundo personaje: el generalizador
El problema no es si es el vaso está medio lleno o medio vacío, para este personaje todos los vasos del mundo son iguales en tamaño, color, material y cantidad de agua, según la experiencia que él ha tenido con algún vaso en su pasado.
Siguiendo con las definiciones, según la RAE generalizar es «Abstraer lo que es común y esencial a muchas cosas, para formar un concepto general que las comprenda todas». Esto es, meter todo y a todos en una misma canasta. Su toxina mental preponderante es la ansiedad de que todo encaje en lo que él considera significativo.
El generalizador usa palabras como las siguientes: «todos», «siempre», «nosotros», «usualmente», «generalmente». Y está también muy asociado a dar recomendaciones como «ellos tienen que…», «deben…», «necesitan…». Se autoproclama como profeta o gurú del mundo y observa a los demás con una actitud incluso despectiva.
Según la Programación Neurolingüística, en su concepto de metamodelo, uno de los primeros aportes de John Grinder y Richard Bandler, existen tres categorías de limitantes que moldean las experiencias y que nos llevan a generalizar:
-Limitantes neurológicas: en donde se cree que la función del sistema nervioso, del cerebro y de los sentidos son eliminativos y no productivos. Por ejemplo, en el caso de una mujer embarazada que sufre un asalto y pierde a su bebé en ese momento, su cerebro recordará esa sensación de pérdida pero no necesariamente la cara del asaltante o lo que había a su alrededor. A manera de protección, el cerebro abstrae algunas cosas, pero bloquea todo lo que considera innecesario o, algunas veces, doloroso recordar.
-Limitantes sociales: tenemos filtros sociogenéticos y percibimos la realidad según el lugar donde nacimos, el lenguaje que aprendimos, la cultura que adoptamos. Un occidental en la India podría decir: «¡Qué rara es la gente acá!», y si un indio visita un país de América tendría una experiencia similar.
El negativo sufre porque si bien su forma de ver las cosas funciona como un escudo de realismo para no ilusionarse demasiado con algo o con alguien, la verdad es que pensar así no lo hace inmune a que viva situaciones que no quiere.

-Limitantes individuales: como su nombre lo indica, las experiencias son individuales y van creando un marco de referencia para observar todo lo que nos sucede. Creamos nuestros modelos del mundo a partir de nuestra historia personal. Si a un hombre se le incendió su casa por una vela que dejó prendida durante la noche, seguramente no solo dejará de usar velas, sino que incluso tendrá una referencia negativa cuando vea que alguien más lo hace.
Estas limitantes condicionan nuestra manera de ver al mundo, aunque no necesariamente sea la correcta para todos, y caemos en el personaje generalizador.
Un ejemplo típico es cuando una mujer tuvo una mala experiencia con su padre, quien era alcohólico y golpeaba a su madre. Si no se trabaja o se sana esa etapa de su vida, en cuanto se encuentre en la búsqueda de pareja será más propensa a generalizar que todos los hombres son iguales, y aun a creer, de manera consciente o inconsciente, que ella probablemente tendrá la misma suerte que su madre. No por nada vemos cómo se repiten los patrones de generación en generación.
O alguien que tuvo un jefe difícil en una importante corporación, en el futuro, si no lo hace consciente, «siempre» relacionará dificultad, estrés, tensión y angustia con trabajar en una gran empresa.
Además de esto, frases como: «Todos los millonarios son malos», «El ejercicio siempre cura la tristeza», «La educación es carísima», «La lluvia deprime», «El trabajo en mi país siempre es mal pagado»; «Al amar generalmente sufres», «Todos los brasileños son extraordinarios jugadores de futbol», «Los niños con infancias difíciles nunca podrán superarlas», «Todos tienen que leer este libro», son ejemplos del personaje generalizador.
Tercer personaje: el fatalista
«No lleves nunca a cuestas más de un tipo de problemas a la vez. Hay quienes cargan con tres: los que tuvieron, los que ahora tienen y los que esperan tener», dijo el autor y clérigo estadounidense del siglo XIX, Edward Everett Hale.
Para el fatalista, todo es un caos. No solo se cae, sino que se enamora del piso. Se preocupa no solo por lo que le sucede actualmente, sino por lo que pudiera suceder, que siempre para él es un problema sin solución; como un elefante que está corriendo frenéticamente hacia a él con toda la intención de aplastarlo y sin que se pueda defender.
Su toxina mental más preponderante es maximizar o agrandar todo lo que le pasa. Para este personaje, las crisis son el pan de todos los días y algo de lo que no se puede escapar, como si estuviera condenado a su fatal destino.
Cree en el determinismo de los eventos, en donde su libertad queda ajena a toda acción. Muchos creen que Dios o la naturaleza es quien los castiga, enviándoles experiencias difíciles como consecuencia de lo que hacen.
Para él, si alguien tiene una opinión diferente, la plática ya se convierte en una confrontación, una discusión es una contienda mano a mano, una ruptura es la pérdida de la felicidad, una enfermedad es la antesala de la muerte. Se inunda en una lluvia ligera o piensa que se acabará el mundo al ver el movimiento de los árboles. Un comportamiento que roza lo paranoico.
Una asistente a mis conferencias me comentaba que, cada vez que recibía una llamada de su madre, se ponía a temblar tan solo al escuchar su voz, porque el tono empleado por su progenitora era el de alguien que estuviera afrontando una gran tragedia, cuando lo único que quería expresar la bendita señora es que se había acabado el tomate para la sopa del almuerzo.
Recuerdo también que hace algún tiempo mi hermana estaba de visita en la Ciudad de México. Su esposo había salido a juntas de negocios y ella se encontraba en el cuarto piso de un hotel con mis sobrinos. De pronto, hubo un temblor y ella entró en pánico.
Para el personal del hotel era un poco más común, ya que la de México es una ciudad en donde no pocas veces tiembla, pero para mi hermana, al ser su primera vez, la referencia mental que tenía al respecto era de que algo muy malo e inevitable iba a suceder.
Desde esa ocasión ella prefiere hospedarse en el primer piso. Para muchos es precaución, pero sin duda influyó mucho el evento previo del temblor. Como menciona el doctor Puig: «El software mental se fabrica fundamentalmente a través de experiencias».
El filósofo romano Marco Tulio Cicerón también habla del fatalismo pero con este otro ejemplo: «Si tu destino es curar esta enfermedad, curarás tengas o no un médico; de la misma manera, si tu destino es no curarla, no la curarás, llames o no al médico; tu destino es, o bien uno, o bien otro; por tanto, no conviene llamar al médico».

La toxina mental preponderante del fatalista es maximizar todo lo que le pasa. Las crisis son el pan de todos los días y algo de lo que no puede escapar, son su fatal destino.
El fatalista, además de vinculado con el miedo, está muy conectado también con la indiferencia y con la pereza. En nuestros tiempos observamos a personas preguntándose: ¿para qué me alimento sanamente, si de algo me tengo que morir?; ¿para qué trabajo por mis proyectos si como quiera nunca me salen bien?; ¿para qué me esfuerzo si mi jefe nunca va a reconocerme y siempre me pagará lo mismo?
Este personaje piensa y se imagina consecuencias particularmente negativas, haga lo que haga. Aunque la verdad de las cosas no siempre sucederá eso que fatalmente espera. Como dijo Mark Twain: «He tenido miles de problemas en mi vida, la mayoría de los cuales nunca sucedieron en realidad».
Cuarto personaje: el historiador
Nos encontramos físicamente en el presente, pero emocionalmente, ¿dónde vivimos?
Carl Jung, psiquiatra y psicólogo suizo, expresó: «Todo depende de cómo vemos las cosas y no de cómo son en realidad». El historiador reside en el pasado, en la memoria. Y desde ahí observa al mundo.
En el baúl de sus recuerdos se quedaron estancados sus sueños, ilusiones, metas y proyectos. Todo lo que piensa actualmente está en relación con lo que pasó en el ayer. Para este personaje, él es víctima de un pasado que no merecía.
La nostalgia es su toxina mental preponderante. Este personaje es un fabuloso contador de historias con tintes nostálgicos. La película Big Fish (El gran pez), de Tim Burton, es un buen ejemplo para entender a lo que me refiero.
Los historiadores son personas que suelen inmortalizar emocional y mentalmente lo que, según ellos, sucedió, lo que vieron, lo que escucharon, lo que les hicieron y hasta lo que dejaron de hacer otros.
Recordar no es el problema, como tampoco lo es la nostalgia en sí misma, y más cuando se presenta de manera inevitable y necesaria, no como un bálsamo tóxico o de plano un cilicio para autoflagelarnos.
El asunto está en que el historiador, como aquel profesor que tuve y que en cada clase repetía cómo Estados Unidos nos robó parte de nuestro territorio, lo hace con dolor, tristeza o resentimiento. Esto significa que, en el presente, su pasado tiene un importante significado que no ha sido solucionado o al que no le ha dado vuelta a la página.
Hace tiempo leí una frase, cuyo autor desconozco, pero que me hizo pensar en esto:
«El pasado cobra importancia cuando el presente la empieza a perder».
Y ahí es donde está el conflicto: cuando se deja de vivir y de disfrutar por estar ciclado con lo que ya fue o ya no será.
La correcta o incorrecta gestión de las experiencias del pasado y de las emociones es lo que determina el futuro de las personas. La visión del historiador se distorsiona y la percepción del mundo se altera por los fantasmas del pasado que todavía circulan en su vida.
Eckhart Tolle, autor del libro El poder del ahora, dice claramente: «Ya sabes cómo funciona la mente. Reinterpreta gradualmente el pasado, de modo que lo que consideras cosas que realmente pasaron, tal vez no sucedieron. O tal vez ocurrieron; pero cuando pasaron era en el ahora, el único momento en que pueden suceder las cosas».
La mente edita el pasado a nuestra conveniencia para elevarnos o hundirnos.
El historiador se siente víctima de un pasado que no merecía. La nostalgia es su toxina mental preponderante.

Hace poco llegó conmigo un emprendedor que había sufrido un ataque de ansiedad a causa de sus malos hábitos y de la fuerte carga de estrés a la que se hallaba expuesto.
Estaba bloqueado en todos sus proyectos, según me platicaba. Sin embargo, mientras conversábamos pude darme cuenta que lo que más le inquietaba, cual piedra en el zapato, no era lo que actualmente hacía, sino que se sentía comprometido con su padre para seguir sus pasos y dirigir en un futuro el negocio familiar.
Su papá se la pasaba hablándole de la época dorada de la compañía y de todo lo que esperaba de él. El emprendedor no sabía cómo decirle que no, y eso lo estaba matando por dentro.
El padre del joven seguía muy anclado al pasado, tanto, que quería que su descendencia continuara manteniendo ese recuerdo vigente. Pero cuando pudieron hablar, honesta y asertivamente, el señor entendió que su hijo estaba llamado a construir su propia historia en el presente, por más diferente que fuera a la que él tuvo en su momento.
Un caso similar era el de una señora que había sufrido violencia de adolescente, y que a sus cincuenta y tantos años seguía como acuciosa historiadora de sí misma, recordando el lamentable suceso y platicándoselo a quien se topara enfrente, pero desde el miedo y el rencor, en lugar de hacer algo para cerrar esa cicatriz.
Definitivamente, usar al pasado como principal referencia puede convertirse en la principal distracción para estar en totalidad aquí y ahora, y es algo que el historiador generalmente aplica en su vida.
Quinto personaje: el separado
Es interesante la cifra que menciona el doctor Arnold Fox: «Noventa por ciento o más de las personas que inundan los consultorios médicos sufren de problemas generados por la soledad, el aislamiento, el distanciamiento o la separación de familiares y amigos, insatisfacción e infelicidad general».
Ese aislamiento o distanciamiento se da por una toxina mental muy potente pero más común de lo que creemos llamada soberbia. Es la sensación de creerse superior, por encima del resto, y que solo lleva a desconectarnos negativamente del mundo.
A una persona que solo está preocupada por lo que a ella le interesa, sin importarle nada ni nadie, y creyendo que no necesita aprender o conocer nada nuevo para crecer, le he querido llamar separado.
San Agustín lo expresa de una manera muy gráfica y didáctica: «La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano».
El separado vive hinchado pero enfermo. Paradójicamente, en un estado solitario. Nada puede satisfacer sus necesidades o llenar sus vacíos, vacíos que se hacen más grandes al seguir con esta personalidad. Se siente tan lleno de su arrogancia y de un orgullo mal entendido, tan lleno de sí mismo, que ya no le cabe nada más.
Cuando alguien considera que el daño que se está ocasionando en nuestro planeta, por mencionar un ejemplo, es ajeno a él y tira la basura donde se le ocurre, o cuando no es capaz de detenerse un poco para escuchar a alguien que suplica su ayuda, simplemente se encuentra debajo del disfraz de este personaje.
El separado se puede ver mucho en las salas de espera de la política o en niveles altos de algunas organizaciones, en donde la búsqueda del poder se convierte en el motor principal de las acciones. Claro, sin estar exentas algunas personas que, si bien ajenas a posiciones importantes, creen que el mundo gira alrededor de ellas y ese pensamiento las lleva a comportamientos soberbios.
Este personaje ha estado más de moda en nuestros tiempos, ya que como en alguna ocasión dijo el autor argentino Jorge Bucay: «El mundo es tan sofisticado, tan alejado de la naturaleza, que cada vez nos resulta más difícil acceder a lo sencillo».
Es un ser que vive la mayor parte del tiempo en el exterior, en la superficialidad y las banalidades del día a día. Se conforma con obtener logros, reconocimientos y éxito a costa de lo que sea. Rara vez se toma el tiempo para observar un paisaje, elevar una oración, disfrutar de una taza de té o de la compañía de un ser querido.
El separado no solo se distancia de la gente o del mundo, se aleja tanto de sí mismo que llega un momento en que ya no logra encontrarse. Ese fue el caso de Luis, amigo de alguien muy allegado a mí, que vivía en este personaje y no quería salir del círculo, como si fuera una forma de suicidio lento.
Esta persona vivía en una actitud separada (hablaba mal de todo el mundo, exesposa, hermanos, amigos, incluso los que le hacían favores a menudo, entre otras cosas).
Tuvo dos hijos, y se separó de una mujer que pintaba como al diablo. Con el tiempo se fue haciendo cada vez más arrogante. Y muy tóxico, en especial desde la separación.
Incluso mi amigo le recomendó a Luis hace años que tomara como fuerza, como motor, los años felices que vivió de casado para salir adelante, pero lo tomaba a broma o no hacía caso. Solo quería que le presentaran amigas casaderas, divorciadas o viudas, a las que por salud y cautela mi amigo nunca le presentó (así evitaba estropearle la vida a mujeres que podían estar mucho mejor si continuaban solas). Se fue descuidando mucho, lucía desaseado y se veía mucho mayor.

El separado vive en un estado solitario. Nada puede satisfacer sus necesidades o llenar sus vacíos. Se siente tan lleno de arrogancia y de un orgullo mal entendido, que ya no le cabe nada más.
Al ver su comportamiento, que cada vez era peor, mi amigo dejó de buscarlo, y Luis también dejó de insistir al ver que no iba a obtener nada. El problema es que, en silencio, Luis se estaba destruyendo.
Murió de un absceso hepático, por fuertes problemas con el alcohol, pero decía que no era alcohólico porque si iba a un lugar y no había lo que él deseaba beber, no bebía una gota, sin comentar que en cuanto llegara a su casa se prepararía varios tragos para completar, o incluso para rebasar si se sentía deprimido. Una dosis diaria que observó por décadas. Vivió engañándose de ese modo hasta, tristemente, los últimos días de su vida.
Darle forma a lo que nos sucede
Cuanto más intoxicados estemos, mayor será nuestra tolerancia al veneno, y cuanto más desintoxicados, más sensibles nos volveremos a las situaciones o experiencias tóxicas.
La gente me pregunta: ¿de qué sirve conocer o saber cuál es mi personaje?
Precisamente para sensibilizarnos más, detectar de forma más fácil todo lo tóxico y así poder tomar las medidas correspondientes.
Además, recuerda que apenas estamos empezando. Esta selección y descripción es solo un ejercicio de honestidad e introspección para ver si tenemos poco o mucho de cada uno. A lo mejor algunas cosas ya las sabíamos pero no las queríamos ver, y hay otras que quizás están tan profundas que no las tomamos en cuenta por ahora, pero que después, mientras sigamos caminando, nos harán sentido.
Para poder avanzar hay que observar no únicamente lo que está en la punta, sino también lo que está debajo del iceberg. Por eso me gusta ponerle nombre y apellido a lo que nos pasa, para que no solo quede en buenas intenciones, sino que logremos un progreso más visible y muchas veces hasta medible. Sin importar si tienes algo de negativo, generalizador, fatalista, historiador o separado.
Para poder avanzar hay que observar no únicamente lo que está en la punta, sino también lo que está debajo del iceberg.

Tampoco pretendo hacer un juicio o dividir a buenos y malos. Creo más bien que hay personas que actúan destructivamente, al seguir frescas sus cicatrices emocionales. Muchos de nuestros resultados hoy son solo consecuencias de las heridas que no hemos curado.
Dice el proverbio chino: «No puedes evitar que aves de tristeza vuelen sobre tu cabeza; pero sí puedes evitar que aniden en tu pelo». Yo agregaría aves de angustia, desesperación, rencor, soledad, amargura, etcétera.
Estoy seguro de que este proceso de detox emocional te ayudará a «parar las antenas», a sanar esas heridas recientes y pasadas, y a quitarte poco a poco todas esas telarañas y nidos no deseados en tu vida personal y profesional.
CAPÍTULO 3
Hábitos que producen acidez emocional
¿Puedes recordar quién eras antes de que el mundo te dijera quién deberías ser?
Danielle LaPorte, autora y emprendedora canadiense
En noviembre de 2008, el neurocirujano Eben Alexander despertó con un fuerte dolor de cabeza y algunas molestias en la espalda. Horas después, su vida pendía de un hilo. Estaba en coma y con pocas posibilidades de sobrevivir debido a una rara infección en el cerebro.
El autor del éxito en ventas del New York Times, La prueba del cielo, un afamado médico de más de cincuenta años y con una vasta experiencia en su ámbito profesional, estuvo durante siete días aislado del mundo. Él mismo lo narra así en su libro: «En este tiempo, la totalidad de mi neocórtex —la superficie exterior del cerebro, la parte del mismo que nos convierte en humanos— estuvo desconectado. Inoperativo. En esencia, ausente».
Sus vivencias extracorporales, conocidas como ECM (experiencias cercanas a la muerte), y por las que pasó en esos días según cuenta en su texto, si bien desataron una fuerte controversia entre sus colegas —en especial porque para muchos ese tipo de temas no tiene cabida en su formación y esquema científicos—, lo llevaron a una importante reflexión sobre lo que estaba haciendo con su vida y, además, a abrirse a la posibilidad de levantar el velo de su mente de médico y poder ver más allá de lo terrenal.
Algunos años antes, en 1999, la cirujana ortopedista Mary Neal, también estadounidense, y por cuya formación se consideraba a sí misma una mujer sumamente escéptica, tuvo una experiencia similar al sufrir un accidente en kayak, en Chile, y quedar atrapada en el fondo del río.
Estuvo muerta clínicamente de veinte a treinta minutos antes de ser resucitada. En ese tiempo ella también dice haber tenido algunas vivencias espirituales, narradas en su libro Ida y vuelta al cielo.
Para Mary, el evento en el kayak fue un parteaguas en su vida que la llevó a replantear sus actividades, a soltar el control de las cosas, a descubrir su propósito y a gozar más del presente. En su libro lo describe como un viaje espiritual.
Tiempo después del incidente sufrió la muerte de su hijo mayor, y ella confiesa que sin los aprendizajes de aquella experiencia en Chile, no hubiera sido posible procesar su pérdida con la entereza y la confianza con que consiguió hacerlo.
«Me intriga que haya tantas personas con tanto miedo a la muerte que dejan de disfrutar la vida; están tan preocupados por el mañana que nunca ponen atención al presente… estar en la Tierra es una gran oportunidad», nos comparte en su libro la doctora Neal.
Las historias de los doctores Alexander y Neal no nos son ajenas. He conocido y disfrutado de sus libros y visto algunas de sus entrevistas, y al leerlos y escucharlos me queda muy claro que sus relatos son más cercanos de lo que creemos.
Tal vez no todos hemos estado a punto de morir, pero sí hemos atravesado dificultades inesperadas o puntos de quiebre, solo que con diferentes tramas y personajes. Aunque a veces, por conveniencia y miedo a pensar en ello, preferimos alejarlos de nuestra mente diciéndonos: «Esto no es para mí», «Jamás estaré en la misma situación».
El común denominador de estas dos historias de personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte, así como de las cientos que conocemos o con las que nos toparemos, es que después de lo sucedido, quien las digiere adecuadamente y entiende que todo sucede por una razón más allá de toda lógica, comienza a hacer ajustes en su vida.
O desde la óptica de este libro: descubre que la zanahoria es lo de menos y comienza a vaciar su carreta y a disfrutar del paisaje.
Algunas otras, claro, permanecen igual, pero la mayor parte sí decide cambiar el switch y se toma muy en serio esa anhelada segunda oportunidad.
Algo en lo que concordamos quienes nos hemos especializado en el desarrollo humano, sobre todo al referirnos a la gestión del cambio y a la posibilidad de reinventarnos, es que en lo primero que hay que enfocarnos, como rayo láser, es en nuestros hábitos cotidianos; ellos son reflejo de nuestras decisiones y, a su vez, son la causa de los resultados que obtenemos.
Los hábitos, si los entendemos como los comportamientos que se repiten de forma regular, suelen estar tan arraigados en nuestra vida que funcionan en piloto automático y, sin darnos cuenta, nos impactan positivamente o cobran facturas muy altas.
Ahí, en esa zona a la que a veces no queremos acceder, es en donde se marca la diferencia entre los que materializan lo que desean y los que solo observan lo que pasa, y atribuyen todo a la suerte o al destino.
Cuando ejercemos una acción automatizada, aprendida en el pasado y que en su momento funcionó, es como si durmiéramos a nuestra mente consciente y menguara el esfuerzo por hacer o pensar en cómo hacer algo, por lo que realizamos dicha actividad casi con los ojos cerrados.
«Me intriga que haya tantas personas con tanto miedo a la muerte que dejan de disfrutar la vida; están tan preocupados por el mañana que nunca ponen atención al presente».

Uno, por ejemplo, no hace un grandísimo esfuerzo o diseña un complejo mapa mental para cepillarse los dientes o para amarrarse las agujetas. Como decía mi madre cuando yo aprendía a andar en bicicleta: «Lo que bien se aprende, jamás se olvida».
Mientras no exista alguna situación que de forma abrupta interrumpa el comportamiento, o no haya un acto de conciencia que nos despierte de ese letargo mental, seguiremos actuando de la misma manera de siempre, creyendo inconscientemente que es la mejor y la más práctica forma de hacerlo.
Según el concepto de cerebro triuno —límbico, neocórtex o racional y repitiliano o primitivo— este último es el que se enciende y se ocupa de hacer, sin razonar tanto. Este cerebro no tiene la capacidad de pensar, ni de sentir, solo de actuar mediante impulsos o de forma instintiva.
Desde que abrimos los ojos al despertar por la mañana, hasta que los cerramos al concluir el día, estamos conectados con este cerebro por medio de hábitos y rituales, al grado de que son parte integral de nuestra personalidad. Estos van desde lo primero que hacemos al levantarnos de la cama, la forma de asearnos, el orden en cómo nos vestimos, si primero nos ponemos las calcetas y después el pantalón o viceversa, la preparación del café, la manera de conducir a nuestro lugar de trabajo, lo que comemos y cómo lo comemos, hasta la dinámica que utilizamos para ponernos la pijama antes de dormir.
En fin, a lo largo de toda nuestra vida realizamos una serie de cosas, algunas menos trascendentes que otras, en sentido automático.
Nadie nace con una serie de hábitos bien definidos o determinados. Algunos dicen que tenemos cierta predisposición a aprenderlos, pero la verdad prefiero creer que estos se van formando y adquiriendo con el pasar de los años, debido a las circunstancias y exigencias del entorno. Vamos integrando los hábitos que, en determinado momento, llegamos a creer que necesitamos para funcionar.
En esta vida acelerada o, como le llaman algunos, en esta «jungla de asfalto», basada en la competencia y en donde el más fuerte, el más inteligente y el que más corre es el que sobrevive, somos más propensos a adueñarnos de ciertas formas de comportarnos que pueden causarnos estragos a nivel interior, muchas veces sin advertirlo.
El verdadero reto en este detox emocional radica en traer a la superficie de la conciencia esos comportamientos que están un poco escondidos para poder calibrar cuáles siguen funcionando bien para nosotros y cuáles hay que comenzar a erradicar, todo con miras a seguir construyendo nuestra mejor versión.
El pH y la acidez emocional
En química existe un término llamado potencial de hidrógeno, el cual se abrevia pH.
El pH es la medida de acidez o alcalinidad en una disolución acuosa, según lo definió el bioquímico danés S.P.L. Sørensen a principios del siglo XX.
La escala tradicional del pH va del 0 al 14. Se considera una disolución ácida la que tiene un pH menor a 7, y alcalina la de pH igual o superior a 7. Del pH igual a 0 se dice que es neutro.
Hoy, en cuestión de salud, se le ha puesto gran atención al tema y se ha hecho una destacada labor para divulgar y propagar la importancia de equilibrar nuestro pH.

En esta vida acelerada, basada en la competencia y en donde el más fuerte, el más inteligente y el que más corre es el que sobrevive, somos más propensos a adueñarnos de ciertos comportamientos que pueden causarnos estragos a nivel interior.
El concepto se ha retomado también en los procesos de desintoxicación, ya que en esa búsqueda de balance muchas personas se interesan por alimentarse de forma alcalina, dado que normalmente nuestros hábitos tienden a acidificar el organismo.
Es importante conocer y ayudarnos en este proceso porque, por ejemplo, si se produce una alta acidificación interior, en las células, los tejidos, los órganos o en la sangre se genera un desequilibrio que es la antesala a diversas enfermedades. Por el contrario, cuando consumimos alimentos alcalinizantes, ese pH se equilibra para poder neutralizar la parte ácida.
Nuestro pH puede ser medido y lo podemos conocer con algunos aparatos especializados, tiras de papel indicadoras o con exámenes de laboratorio.
La recomendación es que estemos ligeramente alcalinos, 7.45 aproximadamente. Por debajo o por encima de este valor ya estaríamos hablando de una posible enfermedad. Este valor sugerido, con ligera tendencia a lo alcalino, contribuye a un mejor funcionamiento del organismo, nos mantiene sanos y además ayuda a retrasar el envejecimiento.
Algunos ejemplos de alimentos típicamente ácidos son el café, las harinas, el azúcar, algunas proteínas, edulcorantes artificiales, lácteos, embutidos y grasas.
Por otra parte, la mayoría de las frutas, verduras y vegetales como la manzana, el limón, el apio y las espinacas, así como los jugos verdes, las almendras, la canela, el jengibre, el té verde, el polen de abeja o el bicarbonato, por mencionar algunos, son ejemplos de alimentos altamente alcalinos.
Un ejemplo claro lo vemos en el desayuno: una persona que por la mañana come hot cakes con miel de maple (que incluye jarabe de maíz), crema batida y tocino, acompañados de varias tazas de café, estará acidificando su organismo; en contraste con alguien que desayuna un jugo verde que contiene piña, apio, espinaca, nopal y perejil.
Al consumir esto último, en lugar de los hot cakes, nos alcalinizamos y ayudamos a nuestro organismo a desintoxicarse, limpiarse y descansar, lo que se traduce en equilibrio.
Una vez explicado a grandes rasgos el concepto del pH desde la visión química, quiero compartirte que, como parte de este libro, he querido adoptar tal concepto pero desde la perspectiva de los comportamientos que usualmente tenemos.
A nivel personal, existen ciertos hábitos bastante ácidos que también producen ese desequilibrio, y que pueden convertirse en la puerta que permita al caos entrar e imponerse en nuestra vida.
Equilibrar nuestro pH emocional representa vivir en orden, saludables y con bienestar. La acidez emocional por lo tanto existe, y es un desequilibrio interior que se produce como consecuencia de vivir, consciente o inconscientemente, con comportamientos perjudiciales y contrarios a nuestra esencia.

He seleccionado cinco hábitos que considero se encuentran permeados en nuestra sociedad y a los que estamos expuestos a diario a nivel personal y profesional, todos ellos lo suficientemente ácidos para provocar serias complicaciones emocionales.
Haremos una revisión general de cada uno de ellos, y hoy tal vez logres descubrir que gran parte de las situaciones difíciles por las que atraviesas tienen más que ver con la acidez emocional en la que vives, que con la suerte o los designios divinos.
Primer hábito: la prisa
En nuestros tiempos todo urge, todo es para hoy, time is money.
Vivimos en la cultura de la inmediatez. Pareciera de lo más difícil, por no decir imposible, combinar la productividad con un ritmo pausado. A quien va lento por la vida se le considera fuera de lugar, se le tacha de flojo o de incompetente.
La prisa es uno de los hábitos más enraizados culturalmente y uno de los más difíciles de detectar, porque constantemente estamos recibiendo impulsos para vivir contra reloj y llegamos a perder la noción del tiempo. Creo que todos en algún momento hemos padecido esto.
Algo que me sorprende mucho es cómo las estaciones del año y las festividades cada vez están más pegadas unas con otras, por lo que ya ni tiempo da disfrutarlas. Y ello ocurre en gran parte debido al consumismo.
Al menos en México (y me consta que en muchos otros países sucede igual), vas a un supermercado en el mes de julio y no solo tienen las promociones de verano, sino que ya están colocando las novedades de las fiestas de Independencia que se celebran en septiembre.
Vas en agosto y prácticamente te saturan, además de lo acumulado por las fiestas patrias, con la venta de disfraces para la fiesta de Halloween que se celebra a finales de octubre y del Día de Muertos que se conmemora el 2 de noviembre, y de pronto, solo unas semanas después, en algunos lugares ya comienzas a ver cómo empiezan a llenar los pasillos de pinos de Navidad.
He llegado a creer que, en algún momento, las tiendas venderán al mismo tiempo chocolates en forma de corazón, flores primaverales, dulces en forma de conejos de Pascua, calabazas gigantes para decorar, calaveras de dulce y esferas navideñas. Es impresionante.
Ese mismo acelere que está en el exterior es solo un reflejo de lo que llevamos en nuestro interior, en donde estamos enjaulados corriendo incansablemente en la rueda, como el hámster.
Existe una metáfora muy utilizada en los negocios y que he llegado a escucharles a algunos colegas: «Cada mañana, en el África, una gacela se despierta; sabe que deberá correr más rápido que el león, o este la matará. Cada mañana en el África, un león se despierta; sabe que deberá co-rrer más rápido que la gacela, o morirá de hambre. Cada mañana, cuando sale el sol, y no importa si eres un león o una gacela, mejor será que te pongas a correr».
¿Qué pasaría si en lugar de ser león o gacela que persiga la zanahoria, elijo ser tortuga? ¿Quiere decir que no lograría mi propósito? Puedo ser una tortuga que disfruta cada paso, que se sienta libre y realizada con lo que hace, ¿no es así?
Seguramente muchos ejecutivos o directores de importantes compañías me dirán que, identificado con esa actitud, no soy apto para entrar en su mundo de competencia de leones y gacelas que buscan estar siempre en los primeros lugares.
Pero ¿sabes?, pasa el tiempo y, a la larga, muchas de las personas que creen que la rapidez es la madre de la eficacia, tarde o temprano terminan fundidos, pagando precios muy altos. Un proverbio chino dicta: «Quien anda con suavidad llega lejos». Y yo le agregaría: «Quien anda con prisa, nunca llega».
Como aquella historia en donde un general le dice a su soldado:
—¡Vamos, soldado, ande un poco más rápido!
—¿Y para qué tanta prisa, jefe? No vamos a ninguna parte.
—En ese caso, corramos y acabemos de una vez.
Ese mismo acelere que está en el exterior es solo un reflejo de lo que llevamos en nuestro interior, en donde estamos enjaulados corriendo incansablemente en la rueda, como el hámster.

¿Cuántos viven corriendo, pero solo se cansan, se agotan, se tensan, se desquician y no llegan a ningún lado?
Hoy me da gusto conocer a muchas personas en importantes puestos que laboran en las organizaciones con las que colaboro como conferenciante, que son sumamente productivas sin necesidad de correr. Y no solo eso, sino que además tratan de contagiar ese espíritu de slow down a su gente.
Considero que alguien que trabaja en paz, enfocado en dar lo mejor, por supuesto, pero sin esa manía de vivir con prisa o urgencia, siempre resultará ser un mejor elemento para cualquier empresa.
Platicando con un amigo psiquiatra, llegamos a la conclusión de que hoy el tiempo no es lo que se valora, sino la cantidad de actividades que uno logra colocar en la agenda con el fin de sentirse ocupado. Y entre más pronto las pueda realizar, mejor se siente uno. Existe un proverbio árabe que también hace alusión a esto: «Los occidentales tienen el reloj, los orientales poseen el tiempo».
Muchos minutos «aprovechados» pero toda una vida desaprovechada, precisamente por estar cuidando esos minutos.
Tremendo, ¿no?
La prisa nos causa ansiedad, tensión, presión desmedida, incertidumbre, desvalorización, desenfoque. Se convierte entonces en un asesino del disfrute y en un fuerte bloqueo para estar presente aquí y ahora. Es, sin lugar a dudas, un hábito altamente acidificante.
Segundo hábito: el estrés
Según la afamada base de datos de Estados Unidos, MedlinePlus, el estrés es:
«Un sentimiento de tensión física o emocional. Puede provenir de cualquier situación o pensamiento que lo haga sentir a uno frustrado, furioso o nervioso. Es la reacción de su cuerpo a un desafío o demanda. En pequeños episodios el estrés puede ser positivo, como cuando ayuda a evitar el peligro o cumplir con una fecha límite. Pero cuando el estrés dura mucho tiempo, puede dañar su salud».
Hace tiempo, en una entrevista para un medio de comunicación me preguntaban que cuál creía yo era la razón por la que, a pesar de tantos libros, cursos y terapias que se han desarrollado para reducir el estrés, seguimos padeciéndolo y se ha convertido cada vez más en una bola de nieve difícil de parar.
Mi respuesta fue algo como esto:
Vivimos estresados porque no estamos dispuestos a perder ni a desencajar con lo que aparentemente la sociedad espera de nosotros, por ese pensamiento de frustración y de impotencia de que las cosas no salgan como uno espera o cree controlar. Es nuestra manera más habitual de reaccionar y de adaptarnos.
¿Recuerdas a Vince Lombardi? ¿Aquel ícono del deporte estadounidense, entrenador de futbol americano, que en los años sesenta promulgó su célebre frase: «Ganar no lo es todo, es lo único»?
Esa idea de Lombardi es para mí la explicación perfecta para describir a la zanahoria de la que te he estado hablando a lo largo de este libro.
Esta cultura triunfalista, de obtener el logro por el logro, nos ha ocasionado tremendos problemas. Algunos siguen adoptando aquella frase para todo lo que hacen, y buscan únicamente ganar y el reconocimiento de los otros, por encima de lo que sea o de quien sea.
Quiero compartirte una breve historia en relación con esto, que es de mis favoritas y que escuché hace varios años:
Un grupo de exestudiantes, muy reconocidos en sus carreras y en el ámbito profesional, se reunieron para visitar a su viejo profesor de la universidad.
La conversación se centró en las quejas que estos hacían sobre el estrés en el trabajo y en la vida cotidiana.
Luego de ofrecerles algo de beber, el profesor fue a la cocina y regresó con café y una gran variedad de tazas: de porcelana, plástico, vidrio, cristal, comunes, caras, exquisitas. Les pidió que tomaran una y se sirvieran café.
Cuando todos los estudiantes tenían su taza en mano, el profesor dijo:
—Si se han fijado, todas las tazas bonitas y caras han sido tomadas, pero han dejado las más comunes y las más baratas. Aunque es normal que quieran solo lo mejor para ustedes, ese es el origen de sus problemas y del estrés que padecen.
Lo que en realidad querían era café, no la taza, pero inconscientemente tomaron las mejores tazas y hasta las estuvieron comparando con las de los demás.
—Fíjense bien, —prosiguió— la vida es el café, pero sus trabajos, el dinero y la posición social son las tazas. Esas tazas deberían tan solo ser herramientas para contener la vida, lo que hay dentro; la vida no será ni mejor ni peor ni cambia dependiendo de la taza.
A veces, al concentrarnos solo en la taza dejamos de disfrutar el café que hay en ella. Por lo tanto, no dejes que la taza te deslumbre, es mejor que aprendas a disfrutar del café.
Hace poco platicaba con un buen amigo y me contaba que el café más delicioso que había probado fue luego de subir una montaña. Que al llegar a la cumbre del cerro del Potosí en México, bebió en una taza desgastada de peltre el mejor de toda su vida; «y he tomado capuchinos en Praga y París, pero nada que ver con aquel café merecido luego de caminar cuesta arriba no sé cuántas horas; la taza era lo de menos, lo importante era su contenido», me decía.
Vivir pensando solo en la taza desde luego que es estresante y muy desgastante, porque al tratar de quedar bien con todos, quedas mal contigo mismo.
Antes de convertirse en hábito, el estrés empieza como un leve dolor de cuello o espalda. El problema es que cuando no se vigila, en menos de lo que creemos se vuelve un estrés crónico que produce otros problemas que van desde el cansancio, malestares estomacales o inflamaciones y falta de concentración, hasta afecciones cardiacas, depresión o ataques de ansiedad.
Y luego ya creemos que vivir con él es lo normal.

Vivimos estresados porque no estamos dispuestos a perder ni a desencajar con lo que la sociedad espera de nosotros, por ese pensamiento de frustración y de impotencia de que las cosas no salgan como uno espera.
¿Has conocido personas que dicen: «Vivo estresado, el estrés es parte de mí, no conozco otra manera de trabajar»?
Yo sí, y es triste darse cuenta de los precios que se pagan, y más triste creer que no hay otra salida ni opción a su situación.
Algunos textos marcan que la primera persona que utilizó el concepto fue Walter Cannon en 1928.
El tema se ha desarrollado ampliamente con el transcurso de los años; tan es así que la psicología social ya le puso nombre al síndrome de sentirse quemado o desgastado por dentro por esa sobrecarga de estrés. Lo han bautizado burnout.
El burnout es un padecimiento que viven sobre todo doctores, voluntarios, enfermeras, nutricionistas, terapeutas, docentes, personas que regularmente ayudan o cuidan a otras personas, así como nuevas profesiones que se han ido integrando a la investigación como la nuestra, la de los conferencistas. Sinceramente no creo que nadie sea inmune a padecerlo.
Otra de las personas a las que le debemos mucho de lo que hoy conocemos sobre nuestras reacciones en momentos complicados, y a quien aparentemente se le atribuye la palabra estrés, es Hans Selye, un médico y fisiólogo austrohúngaro que radicó en Canadá a mediados del siglo pasado y fue un divulgador apasionado del concepto.
En la tesis que desarrolló, demostraba que muchos de los trastornos físicos de algunos de sus pacientes no eran propiamente causados por la enfermedad diagnosticada, sino por el estrés en el que se encontraban inmersos.
Hay una anécdota en la que se cuenta que una vez le preguntaron a Selye qué podían hacer para aminorar el estrés y su respuesta fue: «Quiere más a tu vecino».
Pudiera parecer simplista, pero la verdad es que el estrés nos desconecta de las bendiciones de la vida, de los instantes mágicos y memorables, de los pequeños detalles, como tener una buena comunicación con la persona al lado.
Adam J. Jackson, un reconocido orador inglés, también comparte esta visión y dice que, para él, la fórmula antiestrés implica primero no preocuparse por las cosas pequeñas. Y segundo, recordar que casi todas las cosas en esta vida son pequeñas.
El estrés es un hábito que produce rápidamente acidez tanto física como emocional.
¿Qué tanto convives con él?
Tercer hábito: la victimización
Sentir que el mundo nos debe algo, que Dios nos castiga o que se ha planeado una conspiración en nuestra contra y por eso nos sucede lo que nos sucede, suena a argumento de alguna película de ciencia ficción, pero no, es solo la forma de vivir de muchos.
Muchas personas piensan que nadie tiene una historia tan sufrida como la de ellos, que no los comprenden porque no han vivido lo mismo, que ellos realmente la han pasado mal; llegan a decir: «Para penas, ¡nomás las mías!». Con tal de conseguir aceptación, van por la vida contando lo que yo llamo sus «leyendas dramáticas», construyendo monumentos a su pasado para que los demás se compadezcan y aprueben sus carencias.
La victimización es un hábito inconsciente que se activa cada vez que sucede algo que no queremos o creemos que no merecemos. Va acompañado de frases como: «¿por qué yo?», «todo me pasa a mí, tan bueno que soy», «¿qué hice para merecer esto?», «solo soy una víctima de las circunstancias», «el mundo la trae contra mí», «si tan solo Dios me escuchara».
Es una especie de estancamiento en la nostalgia, en el abrigo de tiempos que la persona consideró mejores o en los que no acaecían aún «fatalidades» en su contra, y que a fin de cuentas no sirve para confortar, sino que duele cada vez que se acude a ella, porque no deja seguir adelante, lastra a quien la convoca, como si se tratara de un grillete espiritual.
Quiero decirte que es muy bello refugiarse en ciertas zonas de nuestro pasado pero para recordar o para aprender, nunca para quedarse allí y culpar a los demás, al destino o a Dios, de no darnos lo que esperábamos y así hacernos de una coartada para justificar una actitud actual desagradablemente tóxica.
Sentir que el mundo nos debe algo, que Dios nos castiga o que se ha planeado una conspiración en nuestra contra y por eso nos sucede lo que nos sucede, es la forma de vivir de muchos.

Ser víctima es la postura más fácil, ya que no te pide que tomes ninguna responsabilidad y, por lo tanto, se antoja un hábito tremendamente cómodo.
Sin embargo, al ser una postura pasiva, tampoco te mueve hacia ningún lado, solo te mantiene en ese círculo vicioso interminable de búsqueda de culpables o explicaciones, apelando siempre al pasado con mentalidad acusatoria y sin duda rencorosa, aunque no haya culpables reales. Desde luego que los resultados no son nada agradables ni positivos.
Quienes asumen el papel de víctimas buscan en otros lo que ellos mismos no han podido solucionar. Creen que sus padres y sus infancias difíciles son los causantes de sus desgracias del presente, o sus exparejas son las responsables de que ellos no logren encontrar el amor, o sus jefes odiosos que no valoran el increíble trabajo que realizan.
Es autocompasión, en muchos casos válida pero mal entendida, porque al sentir lástima por ellos mismos buscan protagonismo y aceptación del exterior, cuando el principal rechazo radica en su interior.
La paradoja es que esa compañía y atención que busca la persona que vive con este hábito suele llegar, pero de manera momentánea, porque al ser una actitud tóxica los demás tarde o temprano, al darse cuenta de ello, se alejan con justificada razón.
Puede parecer un hábito más ajeno de lo que realmente es. La verdad es que es algo con lo que también nos topamos a diario en situaciones muy típicas.
Por ejemplo, cuando un oficial de tránsito nos levanta una multa por una falta que cometimos al conducir y buscamos justificaciones y decimos que todos son corruptos y que solo buscan generar multas para enriquecerse. O cuando criticamos a los políticos por sus múltiples fallas, desde nuestro juicioso lente, y creemos que ninguno merece estar en donde está, y que nosotros podríamos hacerlo mejor. Cuando algún automovilista no nos deja pasar para cambiar de carril y le queremos decir un par de improperios por su falta de amabilidad, si bien nosotros mismos no somos conductores amables ni modelo. Cuando el maestro de nuestro hijo no le da la mejor nota por su desempeño, y comenzamos a criticar el sistema educativo, sin aceptar que tenemos un vástago poco aplicado. Cuando nuestro jefe directo no reconoce alguna de nuestras labores y despotricamos contra lo mal que nos trata la empresa. Hay una carencia total de autocrítica y solo una visión de queja frente a todo y contra todos.
Recuerdo que, antes de impartir una de mis conferencias, me encontraba detrás del escenario a punto de entrar, y una persona que estaba ayudando en la organización del evento se me acercó y me dijo: «No tengo el gusto de conocerle, pero pues a ver si es tan bueno y sí logra motivarme, porque yo estoy muy mal. Soy un buen reto para usted».
A esta persona le contesté: «Temo decepcionarte, pero como para mí cada quien se motiva solo, no puedo hacer nada si tú no te lo permites. Tampoco hago milagros. De hecho, el reto es tuyo, no mío».
Esta persona es otro ejemplo claro de víctima: aquella que avienta la pelotita a otros para que solucionen sus propios problemas.
Quienes viven este hábito tienen una extraordinaria memoria… para lo que les conviene, claro. Nunca olvidan una ofensa o un mal trato, porque recordar con lujo de detalle lo que otros hicieron o, aparentemente, «les hicieron» es lo que alimenta su postura de víctima.
Tienen una deformación clara de la realidad que incluso puede rayar en lo paranoide.
Un hábito que, sin lugar a dudas, produce acidez emocional.
Cuarto hábito: el drama
Cuenta la tradición sufi que iba la peste camino a Bagdad cuando se encontró con un pastor. Él le preguntó a dónde iba. La peste le contestó: «A Bagdad, a matar a diez mil personas». Después de un tiempo, la peste volvió a encontrarse con el pastor, quien muy enojado le dijo: «Me mentiste. Dijiste que matarías a diez mil personas y mataste a cien mil». Y la peste respondió: «Yo no mentí, maté diez mil, el resto… se murió de miedo».
Eso es el drama: la distorsión de la realidad, una visión borrosa de las cosas en donde los sucesos se magnifican y se manipulan, creando fantasías basadas en el miedo y la tragedia. «Los hechos nos afectan no por lo que son en sí mismos, sino por lo que pensamos acerca de ellos», dijo Gurdjieff, el escritor armenio.
Como lo menciono en mi libro Los elefantes no vuelan, algunos que se topan con un pequeño e inocente elefante llegan a creer que están observando a un gigantesco mamut dispuesto a aplastarlos en cualquier momento.
La mente puede ser la mayor guionista de telenovelas de la historia, comenta T. Harv Eker, autor de Los secretos de la mente millonaria. Somos capaces de crear situaciones que nunca han pasado y que tal vez ni siquiera sucedan.
Nos las creemos, inventamos personajes, les ponemos adjetivos, imaginamos finales fantasiosos y hasta los aderezamos con detalles traumáticos. De verdad que a veces esos relatos sobrepasan lo que vemos en la televisión o en el cine.
Cuando uno vive en el drama solo le da más poder a sus pensamientos para seguir navegando en la tristeza. Pareciera que si nacieron pobres tienen que seguir siendo pobres; si algunos parientes han tenido problemas de alcoholismo, depresión o suicidio, ellos terminarán igual. Si siempre han tenido problemas, deben seguir teniéndolos. Como si fuera una maldición de la cual es imposible escapar.
Muchas personas que tienen este hábito piensan que si cortan la parte que no les ha gustado de su vida dejarán de ser ellos mismos y ya nada sería igual. Y por tal razón no desean cambiar. Prefieren quedarse en el papel dramático.
El drama no es un invento reciente. Lo empezamos a escuchar desde que éramos niños. Esa mezcla de tragedia y comedia ha existido desde siempre, y miles de seguidores, patrocinadores y propagadores se han dedicado a difundirla.
Mi madre me contaba que en sus épocas de juventud, cuando alguien reía mucho era común espetarle el refrán: «Si ríes mucho hoy, mañana llorarás». O bien, al sentirse felices, muchos pensaban que «La caída será muy fuerte» y «La vida nos la cobrará.»
Ni siquiera se daban oportunidad de vivir un momento agradable porque ya estaba puesta la carta sobre la mesa que pronosticaba más y más drama al día siguiente, por lo que no era muy difícil familiarizarse con esa actitud. Lo peor es que muchos aún siguen viviendo con esa programación.
Nos enseñaron que si las cosas estaban bien, tarde o temprano tendrían que estar mal. No todo podía ser perfecto. Y si estaban mal, nos recordaban con profunda tristeza cómo en algún momento estuvieron bien. Recuerdo la frase: «Todo tiempo pasado fue mejor». Nunca se vivía aquí y ahora. El punto era no sentirse plenamente satisfecho.
Algunos observaron al papá llegar cansado, ajetreado y fastidiado del trabajo, y asociaron la labor con una pesada carga. Otros se daban cuenta de las cuentas por pagar, de cómo papá le gritaba a mamá o de lo difícil que era vivir en pareja. El pan de cada día, para muchos, eran la queja y la angustia.
Que si no hay trabajo, que si la crisis, que si todos son corruptos, que si el jefe no da el aumento, que si todos los ricos son malos, que tienes que sufrirle para lograr algo, entre otros, eran los reclamos que se hacían, por desgracia, demasiado normales en sus conversaciones.
El hábito del drama es la venda en los ojos y las cadenas en las manos que nos impiden sentir u observar lo bueno de la vida; solo nos deja libre la boca para poder criticar y quejarnos, sin ni un ápice de sentimiento positivo o placentero. Los colores se vuelven grises y la alegría se torna desasosiego.
Y cuando el drama deja de ser una actitud pasajera y se convierte en un hábito recurrente y acidificante, se vuelve un constante autocastigo donde siempre hay finales tristes y para muchos agonía, desaliento e intranquilidad a cada minuto.
Llegamos a convertirnos en todo aquello que no queremos. Nos volvemos víctimas de eventos pasados y futuros, de miradas y conversaciones de otros, de diálogos internos que solo lastiman.
El problema, es que este hábito se alimenta constantemente. No vayamos muy lejos: si María, por ejemplo, tiene una discusión con su marido, y en lugar de solucionarlo con él sale en búsqueda de consuelo a un café o a un bar con sus amigas, seguramente el drama aumentará cuando cada una se desahogue con su trágica historia, y desde su perspectiva le darán un sinfín de recomendaciones: «Déjalo, es un desgraciado, no te merece, todos son iguales».
Claro, no todos los casos son parecidos, habrá algunas que lo tomen solo como un rato de distracción y relajación, pero es un hecho que muchísimas personas se enganchan con lo que otros les dicen o les recomiendan, haciéndose más nudos mentales.
El drama surge normalmente de la escasez de emociones, pensamientos y sentimientos positivos. Se convierte en un juego psicológico de consecuencias perniciosas, porque no solo el protagonista es quien lo vive, sino que crea tensión en el ambiente y por lo tanto sus relaciones personales, familiares y laborales terminan seriamente dañadas, y la mayoría de las veces, como en el hábito de la victimización, culmina en absoluta soledad.
En pocas palabras, el drama genera desgaste de cualquier incomodidad, enfermedad de cualquier malestar, tragedia de cualquier experiencia y caos de cualquier dificultad.
Quien vive en el drama suele exagerar y magnificar la menor falta de atención de parte de otro. Tenía un conocido, que gracias a Dios alejé muy a tiempo de mi vida, con el que si por alguna razón había acordado reunirme para salir y le hablaba, con suficiente tiempo, para pedirle que nos encontráramos diez minutos después de la hora original, era tal su drama que me decía: «Sabes qué, no creo que tengas interés en verme, mejor aquí la dejamos, y nos vemos otro día».
El drama es un hábito que se programa desde que uno abre los ojos pensando: «Hoy será una mañana realmente pesada»; «es un mal día para vender, está lloviendo mucho»; «amanecí con el pie izquierdo, seguramente así me irá el resto del día»; «todos mis cumpleaños suelen ser aburridos»; «siempre que llego tarde al trabajo, me va mal». Es raro el día en el que no se quejan.
Cuando alguien vive en el drama, crea conflictos donde no existen, discusiones sin sentido y se ahoga en un vaso de agua. Culpan a la crisis, al gobierno, al divorcio, a la pérdida de empleo, al término de la relación y hasta a las peticiones supuestamente no escuchadas por Dios del control de su bienestar.
Cuando menos lo piensan, la queja se convierte en el principal deporte de su vida. Voltean a ver el jardín del vecino porque se ve más verde que el suyo; generan todo un drama y, de pronto, se dan cuenta de que el suyo es artificial. Pero aun así su pensamiento sigue en el jardín del otro.
El hábito del drama es la venda en los ojos y las cadenas en las manos que nos impiden sentir u observar lo bueno de la vida.

Este teatro mental nos coloca lentes totalmente subjetivos, y como dice el viejo proverbio: «El bosque nos tapa el árbol». El que vive así no disfruta, no goza. Siempre hay algo que está mal o debería de haber de más o de menos. El blanco es negro y el negro es blanco.
El drama no permite al hombre sentir o creer que puede irle bien en su vida. Lo envuelve en un mundo irreal y esclavizante lleno de odio, rencor y pesimismo. Vive con angustia por estar todo el tiempo pensando en lo malo que pueda pasar.
Su paz y tranquilidad se convierten en marionetas del «me vio, no me vio»; «me habló, no me habló»; «me dijo, no me dijo».
En el drama no hay buenas experiencias. Es, sin lugar a dudas, un hábito que hay que dejar de practicar en nuestra vida cuanto antes.
Quinto hábito: procrastinar
Hay una gran diferencia entre darle tiempo a las cosas para que sucedan y en nunca darse el tiempo para que pasen. Lo primero es paciencia, lo segundo es postergar.
El hábito de procrastinar parece ser es el más inofensivo de todos, porque a simple vista no hace daño. ¿Qué importa si atraso un poco mis metas y mis proyectos? ¿Qué tiene de malo?, te podrías preguntar. Algunos hasta dicen de broma: «No dejes para hoy lo que puedes hacer mañana».
El problema comienza cuando pasan los días, los meses y los años y no hay ningún avance en nuestro trabajo, en nuestros emprendimientos, en nuestra salud, en la relación con nuestra pareja, en nuestras finanzas.
Seguimos igual que siempre, parados en el mismo sitio, con las mismas quejas y con resultados similares a los ya obtenidos.
Procrastinar es la acción de posponer actividades o situaciones importantes, que sabemos que necesitamos realizar, y elegir otras más irrelevantes o que nos pueden llegar a agradar más, como estar en Facebook para no trabajar en los pendientes de la oficina; encender la televisión para evitar esa plática tan necesaria con tu esposa; decir que el lunes empiezas la dieta, aunque eso se repita cada semana; pasar el rato viendo videos irrelevantes en Internet con tal de no cumplir con tus obligaciones.
Todo sea por estirar más el tiempo para que eso no llegue o no se realice, ya sea por miedo, ansiedad, saturación aparente, desánimo o apatía.
Postergamos cosas tan cotidianas como arreglar nuestro cuarto, limpiar nuestra bandeja de correos, pagar una multa, sacar la basura, lavar la ropa, pasear al perro, hasta algunas más trascendentes como nuestros tiempos de descanso, algunos encuentros y aun nuestras tristezas.
Afortunada o desafortunadamente para muchos, hay cosas que son inevitables y que aunque queramos postergarlas, tarde o temprano llegarán, y nunca salen bien cuando no se les da la importancia requerida en tiempo y forma.
Aunque en el hábito de la prisa una de las principales excusas es no tener tiempo, paradójicamente, procrastinar es un problema de administración y organización del mismo.
Existen dos causas por las que considero que adoptamos tan fácilmente este mal hábito: por evasión y por autosabotaje. Lo primero porque, como lo decía anteriormente, lo más fácil siempre será quedarse paralizado y no hacer lo que nos corresponde. A veces nos da miedo realizar algunas actividades porque sabemos que al hacerlas, ello nos traerá nuevas responsabilidades y exigencias, por eso mejor nos inventamos mil excusas.
También para muchos la procrastinación es su mejor salida, porque esa situación que tienen enfrente la conceptúan como algo difícil, desafiante o algunas veces hasta tedioso, y el solo hecho de pensar en encararla les genera ansiedad, inquietud, preocupación o incertidumbre, y mejor deciden evitar experimentar estos sentimientos. Como evitar pedir un aumento por el miedo a que me encomienden más tareas de las que ahora tengo.

El problema inicia cuando pasan los días, los meses y los años sin avance en nuestro trabajo, en nuestros emprendimientos, en nuestra salud, en la relación con nuestra pareja, en nuestras finanzas.
Pero existen situaciones que definitivamente no podemos postergar a la ligera. Una vez conocí el caso de dos hermanos distanciados por problemas con una herencia. Tal era su orgullo de no sentarse a platicar, porque realmente la situación se podía resolver hablando y sincerarse frente a frente, que cada vez que alguien intentaba reunirlos, cada uno por su lado se inventaba una excusa para cambiar la fecha del encuentro. Así estuvieron por años.
Lo triste es que esa reunión nunca se dio. Uno de ellos falleció en un accidente automovilístico y solo se pudieron reencontrar en el funeral, ya no de la forma que hubieran querido, puesto que se la pasaron evadiendo lo que ambos sentían y posponiendo su reconciliación.
Y la segunda causa, el autosabotaje, es porque inconscientemente existe un patrón mental de miedo al fracaso, y sabemos que mientras más nos tardemos en emprender una acción más prolongaremos ese desafío, y por eso preferimos la comodidad. Aunque sea algo que nosotros siempre hayamos deseado. Nosotros mismos somos nuestro principal obstáculo.
El caso de una persona que no tiene empleo y justo cuando le hablan para una importante entrevista, llega tarde. O cuando a alguien le ofrecen un proyecto pero tarda demasiado tiempo en decir que sí, no porque no lo quiera, sino porque no sabe cómo lidiar con la oportunidad.
La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia, dijo Albert Einstein. Tu vida se mueve según tú te muevas. Entre más dejes que el tiempo avance, más complicado será retomar y darle prioridad a lo que es importante para ti.
Hay que hacer un análisis profundo de este hábito y recordar que, como dijo Robert Frost, el célebre poeta estadounidense: «Para salir de un camino, hay que atravesarlo».
CAPíTULO 4
El síndrome MEP
¿Por qué se han de temer los cambios? Toda la vida es un cambio.
H.G. Wells, escritor y filósofo británico
Desde hace algunos años, México y Estados Unidos presentan un serio problema con el tema de la obesidad. Aunque se le ha puesto algo de atención desde los años cincuenta, hoy las cifras son ya alarmantes. No hay forma de no darse cuenta de lo que sucede.
Ambos países ocupan los primeros puestos en la clasificación mundial y, por si fuera poco, no dan muestras de detener su avance. Más del 70% de sus habitantes sufre de sobrepeso u obesidad. En Latinoamérica, el 56% de los adultos lo padece, comparado con un promedio global del 34%, según un reporte del Overseas Development Institute.
Es una pandemia que no solo atenta contra la esperanza de vida de muchos, sino que además representa facturas millonarias para el sector salud. Tan solo en Estados Unidos se estima que el problema llegará a generar alrededor de 47 trillones de dólares las próximas dos décadas. Para los mexicanos, dentro de dos años el gasto será de 202 mil millones de pesos.
El tema ha sido centro de debates, encuentros y múltiples discusiones, pero entre más se dialoga, más se elevan los números y no hay un cambio positivo palpable.
La industria fitness cada vez crea más alternativas y la gente las busca, las adopta y hasta las promueve; no por nada es una de las más redituables hoy en día. Sin embargo, no pasa nada, solo dan un poco de ilusión estimulante que luego se convierte en frustración.
Se intenta salir del problema con ideas fantasiosas o soluciones mágicas, luego se aterriza en la realidad y el golpe suele ser duro. Muchos especialistas han llegado a considerar que estamos en una lucha que parece perdida y que tristemente seguirá golpeando a la mayoría de la población conforme pase el tiempo.
La fuerte influencia y el poder de las firmas multinacionales de bebidas y alimentos, en particular las estadounidenses, han puesto más trabas que puentes.
Estados Unidos, por medio de instituciones de salud pública, grupos médicos y apoyándose en la Organización Mundial de la Salud (OMS), se está enfrentando sin éxito a los grandes gigantes de esa industria, quienes llevan a cabo todo tipo de estrategias maquiavélicas para seguir comercializando sus productos, a pesar de que conocen el alto precio que pagan los ciudadanos.
¿Cuál es el problema entonces? ¿Dónde está el origen de un asunto que a finales del siglo XX se percibía como una pequeña fuga en la tubería, pero que ahora se ha convertido en una explosión y nadie sabe cómo detenerla?
Mucho se deriva, según el documental Fed Up de la presentadora de televisión Katie Couric, de las industrias alimenticias que se protegen diciendo que la situación que están viviendo los millones de personas con obesidad, diabetes y otros padecimientos, se debe en particular a tres cosas: decisiones personales, falta de voluntad y sedentarismo. Es decir, no asumen la menor responsabilidad del problema.
En esta reveladora producción —a la cual, por cierto, te invito a darle un vistazo, ya que de manera clara, con datos duros y testimonios, presenta esta situación tan alarmante en Norteamérica— se habla de cómo la mayoría de las empresas venden esta idea.
¿Por qué somos y estamos en una sociedad gorda y enferma? Porque las personas no están activas, porque no se ejercitan o porque sencillamente no se pueden controlar al comer.
¿Cuál es la solución que dichas corporaciones proponen? ¡Activarse! ¡Salir a correr! ¡Hacer deporte! ¡Comer menos! ¡Distraerse en otras cosas! Y listo, así el asunto se arregla.
Tú y yo sabemos que no es así de sencillo. Desde luego que no quiero descartar las bondades y múltiples beneficios de hacer deporte, pero es curioso que esos emporios solo hablan del ejercicio como solución y nunca dicen que uno de los factores principales de esta crisis de salud pública se debe a los alimentos procesados que comercializan a diestra y siniestra.
Hoy, por mencionar algunos ejemplos, se sabe del daño y la adicción que provocan el azúcar, los edulcorantes o el jarabe de maíz. Nos bombardean con espacios comerciales perfectamente producidos que anuncian alimentos que tienen estos ingredientes y, a la par, con infomerciales de productos mágicos para adelgazar o para tener una musculatura envidiable. ¿No suena esto perverso?
Si acaso, en letras pequeñas, casi imperceptibles, pudiera aparecer la leyenda «Come frutas y verduras» o «Aliméntate sanamente», pero será casi imposible toparte con una campaña en la televisión en donde aparezcan avisos precautorios como «El azúcar mata»; «No consumas productos endulzados artificialmente»; «¿Quieres vivir más años? No compres productos de McDonald´s, come manzanas»; «No tomes refrescos de cola, solo agua». Desde luego que las respectivas marcas y fabricantes nunca lo permitirían.
¿Qué tiene que pasar para que, como sucede en las cajetillas de cigarros, aparezcan en determinados productos su potencial nocivo para la salud? Transcurrieron muchos años y se ejerció mucha presión, pero al fin el consumidor de tabaco tiene a la vista, en imágenes conmovedoras que no admiten réplica, el peligro mortal que conlleva fumar.
¿Será necesario llegar a este extremo en la industria alimenticia y señalar la adicción y daño que causa mucho de lo que consumimos a diario?
«Un estudio poderoso publicado recientemente en el American Journal of Clinical Nutrition demuestra que los alimentos más altos en azúcar y con un mayor índice glicémico son adictivos de la misma manera que la cocaína y la heroína», afirmó el doctor Mark Hyman, investigador y director médico de The UltraWellness Center en Massachusetts.
Por lo tanto, el punto no está solo en lo que comemos o en el daño que puede hacer a nuestro organismo, sino que además ciertos productos a los que estamos expuestos todo el tiempo a través de los medios resultan ser tan atractivos y llamativos que, después de consumirlos, como cualquier adicción hacen que nuestro cuerpo nos pida más de lo mismo y, por ende, nos cuesta más trabajo dejarlos.
Mientras sigamos alimentándonos de la forma desordenada como lo hacemos hasta ahora y consumiendo lo que las grandes industrias nos pongan enfrente, será imposible erradicar el problema.
La solución no está en adquirir los tenis más ligeros del mercado y salir a correr al parque recreativo más cercano, sino en primero darle una revisada a lo que ponemos en nuestro plato. Y vaya, sé que es una tarea titánica, te lo digo desde el estrado de la experiencia personal; pero, al final, hacernos más conscientes es un gran regalo para nuestro futuro.
¿Por qué razón te hablo de esto? Porque desde hace muchos años he notado que existe una similitud tremenda entre la crisis de la obesidad y la crisis de salud emocional que vivimos a nivel mundial.
De entrada, una de las primeras semejanzas que observo es la forma en la que el mundo percibe mentalmente ambas situaciones.
Por ejemplo, así como las industrias alimenticias se excusan y se dedican a dar soluciones superficiales o pequeñas a un problema tan profundo y grande, muchos hacen lo mismo con alguien que vive en depresión, desánimo o tristeza, argumentando que eso se debe fundamentalmente a su poca fuerza de voluntad, su debilidad mental o su falta de agallas. Razones que distan mucho de la realidad; no obstante, la mayoría está convencida de que se trata de las verdaderas razones de la problemática.
Como en el caso de la obesidad, el grueso de la población quiere atacar las consecuencias, pero no revisar las causas. Quiere cambiar la fachada de la casa, dejando el desorden en el interior.
Si yo tuviera la mala voluntad de decirle a las personas que están en esas situaciones emocionales complicadas, cosas como las que sugiere la industria de los alimentos a la gente obesa, «no sales del problema porque no quieres», «te falta voluntad», «necesitas echarle ganas», «eres muy débil de mente», aumentaría su frustración y además no me prestarían nada de atención.
Contrario a lo que muchos piensan, no todo lo que nos sucede se arregla con dosis de buena actitud. No podemos vivir tan por encima, sin fijarnos en el fondo.
Estoy convencido de que existe algo mucho más fuerte y que está dentro de nosotros que nos paraliza como un grillete invisible en el tobillo, impidiéndonos caminar.
Justo me pasó, al escribir este libro, cuando le propuse a algunos amigos, asesores, participantes de mis conferencias y clientes de coaching la idea de realizar un detox emocional. La mayoría quería empezar cuanto antes, pero al mismo tiempo, les daba miedo dar el primer paso.
No era falta de actitud o de echarle ganas. Decían sentirse tan bloqueados y varados en sus vidas, con mucha neblina en el camino, con una agenda llena de pendientes y una fuerte carga de estrés, que no les daba la mente para pensar en una desintoxicación. Sinceramente, su respuesta me parecía de lo más normal. No los justificaba, pero sí los comprendía. Por la dinámica de mi trabajo estoy consciente de que uno de los grandes problemas que tiene la gente para lograr lo que desea es no poder empezar. Algunos dicen que es por falta de impulso, otros se refieren a no tener tiempo, y otros sencillamente no tienen idea de cuál es el ABC para lograrlo.
Como adelantaba, en el desarrollo personal y profesional, en desórdenes alimenticios y en crisis emocionales, todavía existen muchos que creen que las razones por las que no tenemos resultados son únicamente la falta de motivación, poca determinación o mala planeación.
Incluso muchas empresas invierten millones de dólares para que su fuerza laboral refuerce al menos dos de estas habilidades, sin dedicar un tiempo considerable a las raíces, los motivos, los significados y la esencia de la persona.
Por eso reitero:
El ser humano tiene esa manía de querer dar soluciones rápidas sin analizar concienzudamente cuáles son los diques que él se ha construido. No puedes ver lo que hay frente a ti, si tú mismo te has puesto una pared.
Así como en el tema de la productividad o de la obesidad, el equilibrio interior no sucede por azar o por magia. No es solo tener el impulso o saber cómo empezar. Por supuesto, la motivación, la determinación o la estrategia son puntos muy explícitos, importan, pero son solo la punta del iceberg.
Existen otras cuestiones más veladas en la profundidad del océano emocional y que es importante sacarlas a la luz si queremos avanzar.
«La humanidad se ve abocada a una situación crítica que requiere planteamientos urgentes, creativos, comprometidos y radicales. Si no evolucionamos, pereceremos. Es momento de tomar conciencia de que el camino seguido hasta ahora requiere corrección de dirección y sentido. Es preciso firmar la paz con la Tierra y con la humanidad, y solo podremos hacerlo si antes firmamos la paz con nosotros mismos», escribieron mis amigos y mentores españoles Mercè Conangla y Jaume Soler, creadores del modelo de Ecología Emocional.
La vida rápida, rápido pierde sentido. La vida light, tarde o temprano pierde el sabor.
Un cuerpo delgado no se forma con una pastilla, una hora de ejercicio extremo y a veces ni siquiera con una operación bariátrica; la paz interna y el bienestar tampoco se crean solo con muchas ganas, lindos pensamientos, un rato de meditación, nobles deseos o buenas intenciones. Es un camino largo, pero emocionante a la vez.
Conozco personas que no solo quieren hacer un detox emocional, sino que están conscientes de que lo necesitan, algunos hasta con cierta urgencia, pero debajo de esa necesidad también se esconde un miedo lo suficientemente fuerte que les impide aceptar el compromiso para que la limpieza suceda.
Por esa razón, muchos prefieren quedarse en el mismo estado de siempre, algunos otros deciden elegir las recetas más fáciles, aunque en el fondo sepan que no les funcionarán o no les llevará a ningún lado. Ambos obtienen el mismo resultado: nada cambia en sus vidas.
El ser humano tiene esa manía de querer dar soluciones rápidas sin analizar concienzudamente cuáles son los diques que nos hemos construido. No puedes ver lo que hay frente a ti, si tú mismo te has puesto una pared.

¿Cuál es ese miedo escondido? A entrar en acción. Y esto va en relación con sus experiencias del pasado, ya que no creen alcanzar los cambios esperados por los fracasos anteriores que han tenido; como quien hace la dieta de moda por algunos días, y al no adelgazar lo que le prometieron en la publicidad, termina por creer que ninguna dieta funciona, y piensa que su caso está perdido.
Al estar escribiendo este libro consideré prudente que la primera parte, antes de entrar de lleno a la fase de DESINTOXICAR, fuera la de PREPARAR, en el contexto del análisis personal, precisamente para ahorrarnos tiempo, gasto de energía y drama, como una manera de ir soltando de la mente cualquier mito, paradigma, miedo u objeción que pudiera existir.
Necesitamos estar en constante revisión y calibración para colocar los cimientos correctos de lo que queremos construir. No podemos empezar algo si no estamos listos. Estas páginas que hemos recorrido hasta ahora significan arar la tierra, limpiar el terreno, preparar nuestro sendero.
Es importante confrontarnos y descubrir todo aquello que tenemos pendiente para que, de esta forma, podamos comenzar a desintoxicarnos un poco más limpios y sin tantas telarañas mentales.
También en este momento del trayecto, los obstáculos de la soberbia y la negación pueden hacerse presentes, con esa vocecita que te dice: «No necesitas remover ni ajustar nada de tu vida, tú estás muy bien así». No te preocupes, es parte de la resistencia de entrar en ti y descubrir muchas cosas que tal vez no te gusten. Pero créeme, enfrentando el proceso esa sensación irá pasando poco a poco.
De cualquier manera, si al final de esta parte consideras que todavía es conveniente volver a leer alguno de los capítulos para tener mayor claridad en lo que requieres dejar ir, puedes detenerte, regresar a alguna página y releer todo aquello que consideres valioso y que, tal vez, pasaste por alto.
Ve a la siguiente parte en cuanto te sientas preparado. Solo sé muy honesto, y que el miedo no sea el que te frene o el que tome la decisión por ti.
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