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La decadencia del relato K

Darío Lopérfido

La decadencia del relato K

GALERNA

Índice

Portada

Portadilla

Legales

Agradecimientos

Introducción

Constitución, fanatismo y decadencia

Convivencia y fanatismo

Economía

Relaciones internacionales

Una conversación con Sandra Pitta

Prensa y libertad de expresión

Justicia

Derechos humanos

El Vaticano

Revisionismo histórico y romantización de la violencia

Entrevista a Loris Zanatta. Realizada junto con Alejandro Bongiovanni

Educación

Una conversación con Juan José Sebreli

Palabras finales

Bibliografía


Lopérfido, Darío EduardoLa decadencia del relato K / Darío Eduardo Lopérfido. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-950-556-807-91. Ensayo Político. 2. Política Argentina. I. Título.CDD 320.82

© 2021, Darío Lopérfido

©2021, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

ISBN 978-950-556-807-9

Primera edición en formato digital: abril de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Diseño y armado de tapa: Margarita Monjardín

Diseño y diagramación del interior: Pablo Alarcón | Cerúleo

A mi amor, Vinnie Blache

Desde el punto de vista intelectual, me gustaría decir lo siguiente: cuando estás estudiando cualquier materia o considerando cualquier filosofía, pregúntate solamente cuáles son los hechos y cuál es la verdad que esos hechos muestran. Nunca te dejes influir por lo que tú deseas o por lo que crees, o por lo que crees que traería más beneficios sociales. Toma en cuenta única y solamente los hechos. Eso es el asunto intelectual que tengo que decir.

BERTRAND RUSSELL

El que controla el pasado controla también el futuro.

El que controla el presente controla el pasado.

GEORGE ORWELL, 1984

Agradecimientos

A Juan José Sebreli, Loris Zanatta, Sandra Pitta, Diego Dillenberger, María Victoria Baratta, Ricardo López Göttig, Luis María Palma, Marcelo Gioffre, Daniel Hadad, Román Lejtman, Fundación Apolo, Fundación Libertad, Infobae, Gonzalo Garcés, Alejandro Bongiovanni, Vinnie Blache.

A Antonio Fratamico por la investigación periodística.

Introducción

Cuando el régimen comunista de Alemania Oriental celebró sus cuarenta años, sus líderes se aplaudían a sí mismos. Nadie creía ya en sus discursos, pero seguían repitiéndolos por costumbre. Pocos meses después cayó el Muro de Berlín y la Alemania comunista dejó de existir. ¿Qué podemos aprender de esto? Que cuando el relato político decae, el fin de esos políticos no está lejos.

También el relato kirchnerista, ahora, está llegando a su fin. Como pasaba con las peroratas de Erich Honecker o Nicolae Ceausescu, ya nadie les cree. Los ciudadanos están cansados de que los políticos sean los únicos que tienen un buen pasar económico, de la corrupción, de la obscenidad con la que roban, de la facilidad con la que desaparecen gente y asesinan fiscales. De que ninguno de ellos esté preso hoy, pagando el precio por sus delitos.

El relato kirchnerista está cayendo. La realidad es dura y los hechos son irrefutables. Lo penoso es que millones de ciudadanos depositaron su confianza en la actual dirigencia, algunos por convicción, otros por revancha o como “voto castigo”. Y hoy todos somos un poco más pobres. El kirchnerismo ha logrado que cada vez más jóvenes no vean un futuro en la Argentina y decidan emigrar en busca de oportunidades, como ya lo hacen tantos venezolanos que escapan del infierno chavista. Justamente, muchos de ellos depositaron sus esperanzas en la Argentina, se instalaron aquí y ahora emigran por segunda vez, porque entienden que nuestro país está inmerso en el mismo proceso. Ya lo vivieron: los gobiernos populistas enriquecen a la casta política mientras empobrecen al ciudadano y, cuando las papas queman, siempre encuentran un chivo expiatorio. Ayer fue el campo, luego Clarín, después TyC Sports (que nos había “secuestrado los goles”). Hace poco fue Vicentin y hoy es la Justicia. Cuando el kirchnerismo dice que “va por todo”, no miente. Su meta es destruir las instituciones de la república, sumir al pueblo en la pobreza y la ignorancia y hacerle creer que puede vivir gracias al Estado, es decir, gracias a Cristina.

Y el relato sigue. Pero ya nadie cree en el relato.

Cada vez más argentinos, según las encuestas, creen que el futuro será peor. No hay futuro en un país donde con poco más de $40.000 estás bajo la línea de pobreza, pero si cobrás un poco más, ya pagás ganancias. No hay futuro en un país que no respeta la propiedad privada, donde una vida vale un celular, donde las empresas son denostadas y a los empresarios se les llama “amarretes”, porque en ese país las empresas prefieren bajar sus persianas a seguir viviendo para el Estado y su casta, y más todavía cuando esa casta los castiga y los maltrata. La decadencia a la que nos ha llevado el kirchnerismo en todos los ámbitos —económico, social, cultural— es indescriptible. Parafraseando a Ortega y Gasset, cuando una sociedad se encuentra en decadencia busca algo de qué aferrarse. Pero hoy la sociedad argentina no sabe a qué aferrarse. La sociedad argentina, que es muy resiliente y emprendedora, tropieza con las barreras que pone el kirchnerismo para el desarrollo. Es una sociedad enjaulada por una clase política que solo piensa en sí misma.

Pero el relato K está en decadencia. Y, como dije, cuando el relato decae, el fin de los políticos que lo sostienen no suele estar lejos.

¿Por qué digo que el relato está en decadencia? En primer lugar, porque la sociedad reacciona. Es visible en las marchas ciudadanas que se sucedieron en 2020 y que seguirán, probablemente, en 2021. La clase media trabajadora argentina está diciendo basta. Muchos están decididos a involucrarse en política, a ofrecer su granito de arena, porque no quieren dejarles un país en ruinas a sus hijos. Por otro lado, cada vez entendemos mejor lo que está en juego. Tiempo atrás titulé un artículo mío “Mafia o república” (Infobae, 2020). Esa es la verdadera grieta. Entre las fuerzas republicanas y la mafia. Como señala Ortega y Gasset: “La civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a ultima ratio. Ahora empezamos a verlo con claridad, porque la ‘acción directa’ consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio; en rigor, como única razón. Es ella la norma que propone la anulación de toda norma, que suprime todo intermedio entre nuestro propósito y su imposición. Es la carta magna de la barbarie”. Eso es lo que el kirchnerismo ha hecho: ha invertido el orden y ha proclamado la violencia como prima ratio, como ley primera. El kirchnerismo entiende que las cosas se resuelven con la fuerza, en vez de con el diálogo. Y a todo el que piensa diferente, lo castiga. Argentina hoy está en un punto de quiebre, y utilizando palabras de Sarmiento, debemos elegir entre civilización o barbarie.

Sin más, le doy al lector la bienvenida a mi libro, y le aviso que aquí verá sinceridad pura, sin medias tintas, sin pelos en la lengua, porque ese es uno de mis mayores bienes, la sinceridad. No habrá correctismo político, porque no lo necesito. Aquel que piense que con el kirchnerismo se puede debatir y puede haber un diálogo está equivocado. No existe algo así como el kirchnerismo moderado. En todo caso, puede haber algún peronista moderado, pero no kirchneristas. El kirchnerista es fanático por naturaleza, y con los fanáticos y violentos que solo pretenden destruir la república no hay diálogo posible. Como bien pregona Karl Popper, uno de los filósofos liberales más importantes del siglo XX, no debemos confundir libertad con dar rienda suelta a que nos gobiernen los fascistas. Es decir, la tolerancia tiene sus límites, porque, con la premisa de ser tolerantes, pueden nacer grupos fascistas. La tolerancia ilimitada puede llevar a la desaparición de la tolerancia. Por eso sostengo que con los kirchneristas no hay diálogo posible. Es ingenuo pretender dialogar con aquellos que clausuraron el debate público y destrozaron la convivencia pacífica en Argentina.

Constitución, fanatismo y decadencia

El kirchnerismo no se limita a transgredir la Constitución nacional; su proyecto mismo, en gran medida, es bastardearla, denigrarla, pisotearla. Así han creado una horda de fanáticos que desprecian nuestras leyes, porque solo reconocen como ley las órdenes de la líder. Este fanatismo, con el paso del tiempo, está llevando a la Argentina a la decadencia. La decadencia moral, intelectual, pública, económica y social que vive hoy el país, y de la que no será fácil salir, en gran parte fue generada por el kirchnerismo y su banda de fanáticos seguidores.

Una de las mejores definiciones de democracia que he escuchado la refiere como la gestión de las diferencias. En cada sociedad todos somos diferentes y pensamos diferente; eso genera contraposición de opiniones y, entonces, la democracia viene a gestionar esos conflictos generados por las diversas formas de ver la vida. Esta definición, en mi caso, es dolorosa, porque me recuerda que a menudo no nos damos cuenta del valor de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Por desgracia, en la Argentina esto sucede cada vez más. El valor de la democracia radica en que puedan convivir personas de diferente raza, sexo, religión, tradición, ideología política, en un mismo país, en un mismo espacio, y no asesinarse o maltratarse unos a otros por esas diferencias. Y el rol de un gobernante es, justamente, gestionar las diferencias. Entender que todos somos diferentes, que tenemos distintas pasiones, distintos objetivos, distintas formas de ver la vida, distintas formas de concebir el mundo, pero que a la vez todos somos iguales, es decir, iguales ante la ley, y que desde el Estado no se puede hacer diferencias para favorecer a unos por sobre otros, nos permitirá entender que la democracia es convivir, de manera pacífica, con gente que no es igual a uno. Y para quienes nos gobiernan, entender esto es primordial, porque justamente el gobernante de turno debe entender que las diferencias hay que gestionarlas y no eliminarlas. Solo los fascistas intentan eliminar las diferencias.

Para gestionar las diferencias y, entonces, asegurar la perdurabilidad de la democracia en el tiempo, nacen las constituciones y, con ellas, el Estado de derecho. Una constitución nacional asegura el imperio de la ley (que el poder político esté supeditado al derecho, es decir, que ningún político esté por encima de la ley), la división de poderes del Estado (para dividir tareas, legitimidades, y asegurar el control mutuo entre legislativo, ejecutivo y judicial), el reconocimiento de derechos y libertades fundamentales de las personas ante los poderes públicos (para asegurar libertades frente al ejercicio del poder), un Poder Judicial que vele por los derechos subjetivos y supervise los actos de los otros poderes y un control de la legalidad de los actos públicos (que la Justicia controle, por ejemplo, que los decretos de Alberto Fernández sean legales y no inconstitucionales, como todos los que ha firmado desde el principio de la cuarentena). Por eso el kirchnerismo, desde que tomó el poder, no ha dejado de pisotear la Constitución. Hoy en día no existe la división de poderes, no existe el respeto de los derechos y libertades individuales, no hay control de la legalidad de los actos públicos y hay abusos de poder por todas partes.

Recuerdo que en la apertura de sesiones del Poder Legislativo del año 2015, Cristina Fernández de Kirchner, como presidente, acusaba al Poder Judicial de “partidizarse” y afirmaba que “el partido judicial se ha independizado de la Constitución” (Infobae, 2020b), cuando una importante cantidad de personas que trabajaban en el Poder Judicial, además de jueces y fiscales, marcharon pidiendo por el esclarecimiento de la muerte del fiscal Nisman. Para Cristina, todo aquel que contradiga su pensamiento y sus palabras está en contra de la patria. Ella se cree la encarnación de la patria y si alguien la acusa de algo o piensa de manera contraria a ella y lo expresa públicamente, corre riesgo su vida. Contradecir a Cristina es un deporte de alto riesgo. Cristina Fernández de Kirchner no entiende de división de poderes, no entiende de constituciones, no entiende de Estado de derecho, no entiende de libertades. O estás con ella o sos su enemigo. Y esa visión de la política es la que ha impuesto en la sociedad.

Así como en aquel momento acusó al Poder Judicial de partidizarse, desde la asunción de Macri como presidente y el cambio de rumbo de las causas judiciales en las que ella está denunciada o imputada, una vez más pasó a acusar al Poder Judicial de politizarse, pero esta vez sin afirmar que este poder del Estado se habría partidizado, sino que directamente forma parte de una conspiración para encarcelar a los líderes políticos que “luchan por el pueblo”. Ya no habló más de “partido judicial”, y comenzó a hablar de “lawfare”. Tuvimos que recurrir a los diccionarios para entender qué quería decir Cristina. La expresidenta, sencillamente, quiere convencernos de que existe una “guerra judicial” en su contra, y así como ella toma este término para victimizarse, también lo hacen Correa en Ecuador y Lula en Brasil. Todas personas intachables, que no se enriquecieron en la función pública, que no pagaban sobreprecios en las obras públicas. Todas personas de bien. ¿Es pura casualidad que todos estos personajes estén acusados de corrupción? La mejor solución, para ellos, es denunciar una persecución judicial en su contra, es plantarse en el plano de víctima. Y así, nuevamente, dicen que la justicia se politiza. Con ese argumento quieren exculparse, pero con ese argumento, también, bastardean la división de poderes y la Constitución.

Existen ciertas diferencias fundamentales entre el kirchnerismo y las fuerzas constitucionales. Quienes aceptamos la Constitución como ley suprema aceptamos la democracia como régimen. En cambio, el kirchnerismo (sin manifestarlo abiertamente) propone un régimen autoritario al plantear que Cristina es la líder del pueblo, dado que ella es quien identifica las necesidades de ese pueblo. Mientras haya democracia, según ellos, va a haber una élite política. Y la élite es la oligarquía, por eso el kirchnerismo siempre propone “más democracia”, más “pueblo”, para finalmente imponer su sistema autoritario de pensamiento único.

Las fuerzas constitucionales, al aceptar la democracia, aceptan también el pluralismo político. El kirchnerismo, por su parte, prefiere eliminar las diferencias. ¿Cuántas veces escuchamos a Cristina decirnos que “el pueblo ha sido oprimido” y que los que no son kirchneristas no son “pueblo”? Hasta el actual jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, dijo que los que se manifestaban contra el kirchnerismo no eran “pueblo”. O el mismísimo presidente dijo que, cuando termine la cuarentena, la “gente de bien” va a manifestarse a favor del Gobierno. Eso es una fuerza antidemocrática. Pensar que si no sos kirchnerista no sos argentino es obviamente antidemocrático. Nadie tiene la capacidad de decir quién es “pueblo” y quién no. Todos somos pueblo, todos somos ciudadanos.

Y, por último, los que aceptamos la Constitución como ley suprema, al aceptar la democracia, aceptamos la forma representativa de gobierno. Es decir, aceptamos que el pueblo gobierna por medio de sus representantes. El kirchnerismo, en cambio, sostiene una promesa de una democracia directa, gestionada por el pueblo. Y como existe un líder que sabe interpretar las necesidades del pueblo, ese líder será quien gobierne (Cristina). ¿Cuántas veces escuchamos que, con la excusa de traer más democracia, pedían intervenir la Justicia? Hasta llegaron a decirnos que querían reformar la Justicia para que el pueblo elija a sus jueces y fiscales, o que era necesario un cambio en la Constitución nacional, en aquellos momentos en los que se hablaba de “Cristina eterna”. Afortunadamente, no hay Cristina eterna, porque si hoy la Argentina está en decadencia, con “Cristina eterna” ya estaríamos en el infierno. Si Dante Alighieri viviera, tendría que reescribir la Divina comedia solo para generar un nuevo círculo para Cristina.

El kirchnerismo cree que la Constitución mantiene los intereses de unos pocos. Para el kirchnerismo, la raíz de los problemas de Argentina es la Constitución. Por eso, porque pretenden, en principio, no respetar la Constitución actual y (si pueden hacerlo) modificarla o crear una nueva, son antidemocráticos. Para el kirchnerismo las diferencias no se gestionan: se eliminan. Y eso, queridos amigos, es fascismo. Lo único que crearía el kirchnerismo, si lograsen modificar la Constitución o imponer una nueva, sería una democracia totalitaria (Talmon, 1956).

Fascismo es censurar a la UBA para que no organice una charla con Sergio Moro, el exjuez brasileño que llevó adelante los juicios conocidos como Lava Jato y encarceló a políticos de todos los colores y a gran cantidad de empresarios por la corrupción y cartelización de la obra pública. Fascismo es que encierren a la gente en sus casas y utilicen a la policía para controlar quién puede moverse por las calles, quién puede ir a trabajar, mientras Alberto viaja de provincia en provincia visitando gobernadores a placer, recibiendo dirigentes en Olivos, almorzando o cenando con quien le plazca y sacándose fotos para mostrarlo. Fascismo es escrachar a un abuelo que quería darles diez dólares a sus nietos para que ahorren, en épocas del primer cepo cambiario. Resulta que ese abuelo, llamado Juan Carlos Durán, era abogado, y presentó un amparo en la Justicia para poder comprar los diez dólares y regalárselos a sus nietos, ya que eran abanderados de sus colegios. Y Cristina usó las herramientas del Estado (como las cadenas nacionales) para escrachar a un simple ciudadano y lo tildó de “amarrete”, porque para Cristina era poco dinero diez dólares. Fascismo puro. La asimetría de poder entre un presidente y un ciudadano de a pie es abismal. Cuando un hecho de ese estilo sucede, el miedo nos invade, porque recordemos que, en otra cadena nacional, Cristina dijo: “Solo a Dios hay que tenerle miedo… y a mí un poquito también”, y los bufones de turno la aplaudían sin parar (no se sabe si por festejarle sus dichos o por miedo, justamente).

Fascismo es crear un organismo que controle contenidos mediáticos (NODIO) en la Defensoría del Público, con Miriam Lewin a la cabeza, para decir qué periodista puede decir qué cosa y qué periodista no, o arrogándose la facultad de decirle al público qué periodistas escuchar y cuáles no. Fascismo es tener intendentes y gobernadores atornillados al poder desde hace quince años o más y que los niños de sus distritos, en los actos escolares, los alaben diciéndoles cuán buenos líderes son, o jurando la bandera por ellos. Fascismo es utilizar en las escuelas libros de texto en los que se habla mal de algunos líderes políticos y bien de otros. Fascismo es haber logrado que mucha gente le impida a otra hablar sobre los derechos humanos si no pertenece a algún tipo de agrupación política. Fascismo es limitar la libertad de expresión adoctrinando a los medios de comunicación a través de la pauta publicitaria.

El kirchnerismo es un populismo berreta. O un populismo tercermundista. Y es que sin dudas el kirchnerismo es populismo, pero enfrente todavía tiene a una sociedad que lucha por sus derechos; y es berreta o tercermundista porque continuamente muestra la hilacha.

El populismo tiene algunas ideas básicas que el kirchnerismo aplica a rajatabla. Una de ellas es que la sociedad está dividida en dos grupos, el pueblo y la élite. No hace falta mencionar el sinnúmero de veces que escuchamos a Néstor Kirchner y a su esposa hablar de la élite, de los oligarcas, de la burguesía. Incluso en 2020, uno de sus fieles esbirros, Jorge Taiana (quien lamentablemente representó al país como canciller), vinculó la muerte de Dorrego con Macri por entender que pertenecen a la misma “burguesía”. Allí es donde se ve la hilacha. La idea básica populista es dividir al pueblo entre los de arriba y los de abajo, pero cuando quieren llevar eso a la realidad, hacen conexiones intertemporales que nunca hubieran sido posibles. Lo tragicómico de este tipo de situaciones es que aún Taiana nos representa (claramente, a mí no me representa, pero, como sociedad, él es uno de nuestros representantes). Parece increíble que tengamos una clase política con tan poco conocimiento, o con ideas tan estrafalarias metidas en su cabeza que los llevan a vincular la muerte de alguien con un presidente que gobernó el país casi doscientos años después.

Y una segunda premisa del populismo es que estructura el debate público en términos morales, no programáticos. O sea, esta división entre pueblo y élite está cargada moralmente. El pueblo es un sujeto político bueno, virtuoso, y se lo idealiza como tal. Por eso el kirchnerismo (como la Iglesia) ejerce un culto a los pobres. Les gustan tanto los pobres que los multiplican. Ser “del pueblo” está bien. Ser de “la élite” está mal. Como si alguien rico nunca pudiese haber sido pobre en el pasado. Y así es como destruyen la meritocracia. Si ser rico está mal, esforzarse, mejorar, trabajar duro y ganar dinero deja de tener sentido. Por eso el discurso albertista y de todo el arco kirchnerista contra la meritocracia. Nos dicen que no quieren una sociedad meritocrática, sino una “solidaria”, como si ambas cosas no pudiesen ir de la mano. El problema es cómo ser solidarios si no tenemos algo para dar. Si ponemos cada vez más palos en la rueda para que la gente pueda crear sus empresas, generar trabajo y, ganando dinero, hacerse rico, ¿cómo podemos ser solidarios? ¿Qué puedo darle a alguien si no tengo nada? El amor no se come, las declaraciones tampoco. Quizá el kirchnerismo entiende que solidaridad es lo que hacen ellos: usar los recursos del Estado (que le sacan a la gente con impuestos) para repartir a diestra y siniestra. ¡Con plata ajena cualquiera es solidario! Y lo peor de todo es que cuando lo hacen, salen a relucir que hay un “Estado presente”. O quizá entienden que la solidaridad es hacer lo típico que hacen los políticos cuando alguien se ve agraviado: publicar un tuit en el que dicen “me solidarizo con…”. ¿Esa será la solidaridad que ellos pregonan?

Lo más cínico o hipócrita de esta idea que divide a la sociedad entre “pueblo” y “élite” es que los Kirchner son ricos, pero no forman parte de la élite (aparentemente). Según ellos, forman parte del “pueblo”. ¿Cómo es posible que Florencia Kirchner, que tiene cuatro millones de dólares en cajas de seguridad, innumerables propiedades y hoteles utilizados para lavar dinero sucio, y que estudió en Nueva York, sea parte del pueblo? ¿Cómo es posible que Máximo Kirchner, que nunca tuvo un trabajo en blanco (hasta ahora, que es diputado) y tiene millones de pesos en sus cuentas bancarias, sea parte del pueblo? ¿Cómo es posible que Cristina, que compró propiedades durante la dictadura a precio vil y luego las alquiló o vendió, o que habiendo trabajado dos tercios de su vida en el ámbito público usa relojes Rolex y carteras Louis Vuitton, sea parte del pueblo? ¿Acaso el pueblo usa Rolex? ¿Acaso el pueblo puede llegar a comprarse carteras de cuatro mil dólares? ¿Acaso todo el pueblo puede estudiar en Nueva York? ¿Acaso el pueblo tiene hoteles a su nombre? ¿Acaso el pueblo tiene cuatro millones de dólares?

Y volviendo a la definición de democracia que mencioné párrafos atrás, para el kirchnerismo la política no pasa entonces por gobernar para gestionar las diferencias, sino que entiende que la política pasa entre “pueblo” y “enemigos del pueblo”. Y todo aquel que piensa diferente a como piensa Cristina es un enemigo del pueblo. Por eso creen necesario eliminar (o dominar) las instituciones de control, el Poder Legislativo y el Poder Judicial. Porque le permiten a Cristina ser “la líder del pueblo”, sin intermediarios. Y es esta división entre pueblo y sus enemigos la que ha generado una inmensa cantidad de esbirros a la orden del poder, que se limitan a hacer caso a lo que la reina manda; así como ha generado una horda de fanáticos que lo único que hacen es repetir los mensajes que el kirchnerato transmite, sin importar si lo que dicen es verdad o mentira. Así es como nació el fanatismo kirchnerista y, con él, la intolerancia. Y así vamos institucionalizando la violencia, y se convierte en algo que nos pasa en el día a día, que divide familias, que divide amistades, que separa (o une) parejas. Ahora resulta que hasta en las aplicaciones de citas la gente comenta su simpatía política, como forma de filtro. Así se juntan nuevas parejas por afinidad política, así se divide cada vez más la sociedad argentina. Así es como de un lado quedan los fanáticos intolerantes, con quienes no se puede charlar, con quienes los datos, los hechos y la realidad no tienen sentido alguno, y los que valoramos la democracia y creemos que una sociedad se debe construir entre todos, valorándonos a cada uno como persona, como individuo, como igual pero, a la vez, diferente.

También es importante señalar cómo el kirchnerismo ha generado una decadencia en el vocabulario y una decadencia en la palabra y los valores y significados que ella otorga. La indigencia intelectual del politburó kirchnerista ha bastardeado el lenguaje y ha generado que muchas palabras pierdan su valor y se vacíen de contenido.

Una de las palabras más utilizadas por el kirchnerismo, por ejemplo, es “social”. Previo al kirchnerato, la palabra “social” prácticamente no era utilizada. Con el advenimiento de Néstor al poder, y más todavía con Cristina como presidente, se le fue dando un uso intensivo a la palabra “social” que, llegado el día de hoy, ya no tiene significado alguno. Esta situación se asemeja a esa fábula que dice que había un niño muy bromista en una aldea, que era pastor de ovejas, y que siempre que sacaba las ovejas a pastar por los campos volvía corriendo al pueblo gritando que un lobo las había matado, y que cuando los habitantes del pueblo acudían al lugar de los hechos, las ovejas estaban vivitas y coleando, disfrutando del campo, y el joven comenzaba a reírse a carcajadas porque sus vecinos habían creído su engaño. Tras repetir varias veces la broma, los vecinos del pueblo dejaron de creerle. Y un buen día, efectivamente apareció un lobo y mató a las ovejas. El joven salió corriendo desesperado a contarlo a los habitantes del pueblo, pero estos ya no le prestaron atención. Esta metáfora refleja muy bien cómo el kirchnerismo utiliza algunas palabras y les da un uso tan abusivo que, con el tiempo, esas palabras pierden su valor.

Desde que los Kirchner están en el poder, todo pasó a ser social. Lo que antes se denominaban “piquetes” ahora son “protestas sociales”. La economía pasó a ser “economía social”. Los proyectos de vivienda pasaron a ser “vivienda social”. El género de una persona pasó a ser “género social”. Los dirigentes de agrupaciones piqueteras pasaron a ser “dirigentes sociales”. La innovación pasó a ser “innovación social”. La historia pasó a ser “historia social”. Y hasta parte de la legislación pasó a llamarse “legislación social”. Se han encargado de incorporar a la fuerza esa palabra, en todos los ámbitos, a tal punto que la palabra “social” ya no tiene valor alguno. Si todo es social, ya nada es social.

Lo mismo sucede con la palabra “soberanía”. Cuando se estatizó YPF, nos dijeron que se hacía para conseguir “soberanía energética”. Si se referían a la autosuficiencia energética, nada tiene que ver ser autosuficientes con ser soberanos o que una empresa sea estatal. Luego, cuando estatizaron Aerolíneas Argentinas, nos dijeron que se hacía por la “soberanía”, así de simple y genéricamente. ¿Qué tiene de soberano tener una aerolínea que pierde dinero todos los días (que es solventado con los impuestos de la gente) y que tiene un monopolio sobre los vuelos en Argentina y eso hace que todos viajemos más caro? Y en 2020 quisieron estatizar Vicentin, para tener “soberanía alimentaria” y tener una “empresa testigo” del mercado de cereales y oleaginosas. ¿Cómo será posible que expropiando una empresa que compra y vende granos tendremos “soberanía alimentaria”? ¿Qué quiere decir “soberanía alimentaria”? ¿Acaso los alimentos no llegan a algún punto del país? ¿Tener una empresa como Vicentin va a hacer que todos comamos fideos gratis?

Otro de los conceptos bastardeados es el de los “derechos”. Nos han afirmado hasta el hartazgo que se creaban nuevos derechos, o que se “ampliaban” derechos, a tal punto que ya se desdibuja lo que es un verdadero derecho. Si tenemos derecho a todo, no hay responsabilidad sobre nada, y se pierde el valor de los verdaderos derechos. Si tenemos derecho a todo, no tenemos derecho a nada, porque cualquiera podría decir que tiene derecho a quitarme lo que es mío. Tener demasiados derechos y pocas obligaciones es la mejor forma en que una sociedad cave su propia tumba. Por eso se habla aquí de decadencia. Porque se le ha hecho creer a la sociedad que tiene derecho a todo, y cuando la gente incorpora esa idea, justifica todas sus acciones diciendo que “tiene derecho a”, y se terminan las obligaciones y las libertades.

Por eso Argentina está en decadencia, porque creemos que tenemos derecho a todo y que no tenemos responsabilidad sobre nada. Clara muestra de esto fue la organización del funeral de Estado por la muerte de Maradona. Lo organizó el Gobierno nacional, la seguridad estaba a cargo de la ministra Sabina Frederic. La situación se descontroló, la gente saltaba las rejas de la Casa Rosada y empujaba para poder saludar a su ídolo. La policía repelió a los instigadores de los actos delictivos y el Gobierno nacional no tuvo mejor idea que culpar al gobierno de la ciudad por la “represión”. Si desde la más alta esfera del poder se nos dice que hagamos lo que queramos y que no hay consecuencias, ¿cuál es el resultado esperable? Si no se penaliza a quienes vandalizaron la Casa Rosada, cualquier persona, cualquier día, puede ir a tirar una reja abajo y romper un busto de un expresidente y bañarse en la fuente del patio interno de la casa de gobierno.

Estamos ante una decadencia total. El kirchnerismo ha utilizado a la militancia como un vehículo de idiotización de sus seguidores, y ha logrado un resultado excelente: una banda de fanáticos justificadores seriales de cada insensatez que llevan adelante. El Gobierno nacional actual no tiene rumbo, no tiene un norte y está llevando al país a un abismo sin igual. El kirchnerismo es el espacio portador del atraso y la mediocridad. Y si bien la clase media alguna vez creyó en esta banda de ladrones, hoy se está dando cuenta de que su relato está acabando, de que está en decadencia, y como esta asociación mafiosa sabe que está ante su final, está destrozando todo lo que toca y se está llevando todo lo que queda a su paso. La destrucción de las instituciones de la democracia que se ve día a día es el claro ejemplo de que el relato K está en decadencia, que trata de llevar adelante sus últimos manotazos de ahogado porque sabe que va a morir.

Y, en el medio, una sociedad que sufre las consecuencias, pero que está despertando y está reclamando justicia, transparencia, democracia y república.

Convivencia y fanatismo

En mayo de 2003, cuando el kirchnerismo llegó al poder, la sociedad argentina no tenía el nivel de conflictividad social que percibimos hoy en día. Si bien recién salíamos de un proceso muy duro, como había sido la caída del gobierno de Fernando de la Rúa (del cual formé parte y no tengo ningún prurito en asumirlo), los hechos de violencia y la consecuente seguidilla de presidentes en pocos días que finalizó con Eduardo Duhalde como primer mandatario, todos los argentinos entendimos entonces que al país se lo sacaba adelante trabajando, generando cambios en la política y en la economía que permitieran encarrilar el país en una senda de crecimiento sostenido. Pero luego vino Néstor Kirchner, que, por más que muchos lo extrañen, fue el ideólogo de la dinastía K. Para quien todavía lo dude, basta con mirar lo que sucede hoy en Santa Cruz, una provincia gobernada por los K desde 1991, que sin coparticipación y las ayudas económicas del Estado nacional no podría subsistir. El programa fue el mismo: pagarle a la militancia con cargos públicos, hacer crecer el Estado para obtener obediencia y, mientras tanto, volverse rico.

Para sostenerse en el poder, el kirchnerismo empezó con un relato. Pero, en la realidad, Néstor Kirchner se vio beneficiado por una soja a 600 dólares la tonelada y por la devaluación practicada por Remes Lenicov durante el gobierno de Duhalde, que luego sostuvo Roberto Lavagna. Este no es un detalle menor, ya que muchos consideran a Lavagna como uno de los mejores ministros de Economía de la democracia, pero la verdad es que solo continuó la tarea de Remes Lenicov y fue ministro en épocas de bonanza económica gracias a los precios de los commodities. Con este contexto favorable, el kirchnerismo inició su proyecto de colonización del Estado nacional. Néstor Kirchner no creía que fuera a llegar a presidente. De hecho, obtuvo poco más del 20 % de los votos y accedió a la presidencia cuando Carlos Saúl Menem se bajó del balotaje. Como era un presidente sin apoyo popular, pero con el apoyo del aparato peronista (Duhalde y los barones del conurbano), Kirchner tuvo que construir su propio poder. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que desde el Estado, con recursos “infinitos”?

Así fue como traicionó a Duhalde y empezó a crear su propia militancia. Como para pagarle a la militancia necesitaba plata, y no es verdad que el Estado cuenta con recursos infinitos, impuso las retenciones al campo (sí, vienen desde su presidencia: en 2008 sencillamente el tema explotó porque intentaron abusar de ellas) y nació un enemigo, un chivo expiatorio. A su vez, en la búsqueda de aliados para construir poder, Kirchner decidió descolgar los cuadros de los dictadores de los 70. Con eso se compró a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y a una gran parte de la sociedad que vive estancada en el pasado. De a poco, fue sembrando la semilla del odio. Fue haciendo amigos en los medios, fue comprando voluntades a través de contratos con el Estado, pauta publicitaria, obras públicas y financiamiento de proyectos que nunca fueron terminados.

Hasta 2008, quienes se jubilaban tenían la oportunidad de elegir entre un sistema de capitalización (jubilaciones privadas, por medio de las AFJP) y un sistema de reparto (jubilaciones estatales, por medio de ANSES). Pero aquel año el gobierno se dio cuenta de que populismo sin plata no funciona y entonces estatizaron las AFJP con el argumento de que eran un resabio del “neoliberalismo” de los 90 y “jugaban a la timba financiera con la plata de la gente”. También decidieron subir las retenciones a la exportación de cereales (con una alícuota elevadísima para la soja) por decreto. El nivel confiscatorio de este impuesto provocó un escándalo de tal magnitud que se decidió enviar un proyecto de ley al Congreso: esto acabó con el famoso voto “no positivo” del vicepresidente Julio César Cleto Cobos. Allí comenzó la grieta total, que aún hoy marca la agenda política. Si uno busca videos en internet, podrá encontrar que “el campo” se movilizaba con cortes de ruta en todo el país y en la Ciudad de Buenos Aires, mientras el kirchnerismo movilizaba todo su aparato de organizaciones sociales al Congreso de la Nación. El país estuvo en vilo toda una noche por la resolución de las retenciones. El resultado agrietó todavía más al país y alimentó como nunca el fanatismo y el odio.

Fuera del Congreso, militantes kirchneristas celebraban con fuegos artificiales, anticipando un triunfo. “El pueblo ya ganó”, decían. Cuando llegó la hora del voto de Cobos, gritaban: “¿Qué te ofrecieron, hijo de puta?”; “Definite, la c… de tu madre”. Vitoreaban: “Nunca más, nunca más, un aliado radical”. Una vez emitido su voto, lo tildaron de “traidor”, “vendepatria”, y empezaron los disturbios contra las vallas que rodeaban el Congreso. En avenida Sarmiento, la movilización de las organizaciones rurales festejaba. Como bien declaró Mario Massaccesi aquella noche al ser entrevistado por un medio: “Cortes y manifestaciones similares y, en el medio, quince cuadras donde parece que se dividiera un país”. A partir de ahí, la construcción de los enemigos del kirchnerismo se exacerbó. Los productores rurales pasaron a ser “oligarcas”, “burgueses” y “cipayos”, y la horda de fanáticos pasó a ser “el pueblo”.

Se instaló definitivamente el odio como forma de relacionarse con el otro. O estabas con “el pueblo”, o eras “oligarca”. Así surgieron los D’Elía irrumpiendo en marchas contra el kirchnerismo y afirmando: “No tengo problema en matar a toda la oligarquía”; así Clarín dejó de ser un aliado y pasó a ser un nuevo enemigo; así hubo convocatorias a escupir, tirar piedras y pegarles a las imágenes de Mirtha Legrand, Héctor Magnetto y otros; y así todo el que no opinara como el relato oficial quería pasaba a ser un enemigo de la patria, del pueblo. Y quienes defendemos la república pasamos a ser odiados.

Enrique Krauze, un gran pensador mexicano y padre del “decálogo del populismo”, afirma que una de las principales características de todo líder populista es la de buscar chivos expiatorios (y, si no existen, crearlos) para fustigarlos, denostarlos y echarles la culpa de todos los males que le suceden a una nación. Algo que Néstor y Cristina Kirchner hicieron cada vez que les tocó gobernar. Pero el problema, recordemos, no era social. El problema era político. Al kirchnerismo se le había terminado la caja, y para hacer política, en el modelo peronista, se necesita caja. Y esa caja sale del bolsillo de todos los argentinos mediante el pago de impuestos. A la juventud había que bancarla, a Milagro Sala había que bancarla, a los nuevos amigos del poder había que ofrecerles contratos, a los nuevos medios adictos había que garantizarles pauta publicitaria, a los constructores de carreteras que terminan en la nada había que pagarles. Y todo tiene un retorno.

En el medio, la sociedad argentina quedó entrampada en una espiral de violencia verbal y física. Porque D’Elía no solo expresaba su deseo de matar a la oligarquía, sino que irrumpía en marchas opositoras al gobierno agrediendo físicamente a la gente. Y lo peor de todo es que este personaje nefasto tenía un cargo público. Entre 2003 y 2006, fue subsecretario de Tierras para el Hábitat Social de la Nación, cargo creado con el único objetivo de pagarle por los trabajos sucios que hacía para la corona. Y no solo él recibió beneficios económicos, sino toda su familia y hasta su mano derecha. Alcanza con buscar en Google un poco: la esposa y los hijos de D’Elía tenían cargos de subsecretarios o directores nacionales.

Todos los defensores del kirchnerismo tuvieron o tienen algún cargo en el Estado, o contratos con el Estado. Si bien defender un gobierno por plata está mal, lo peor del kirchnerismo fue la generación de una masa de fanáticos que compraron dócilmente el relato. Mucha gente creyó de verdad que los problemas de Argentina pasaban porque “el campo no es solidario”, o porque Clarín ya no decía lo que Néstor Kirchner quería. Cada día se inventaba un relato nuevo para sostener la debacle y los errores del gobierno. Si el dólar pegaba un salto brusco, la culpa era de Shell por comprar dos millones de dólares. Si las jubilaciones eran bajas, la culpa la tenían las AFJP y el “neoliberalismo de los 90”. Si subía el precio del combustible, era culpa de las petroleras y había que estatizar YPF. Si teníamos una deuda externa difícil de pagar, era culpa de los “fondos buitre” (deuda enteramente negociada por Néstor Kirchner y Lavagna). Y, cuando comenzó la pelea con Clarín, los medios pasaron a ser los causantes de todos los males de Argentina.

La justificación básica a todas estas intervenciones estatales era, como en todo populismo, tener “más y mejor democracia”. Pero con estas acciones, lo que ha demostrado el kirchnerismo es su voluntad de lastimar la democracia, erosionarla.

Con estos hechos, y la institucionalización de la violencia como forma de relacionarse con el otro, la convivencia pacífica, principal característica de la democracia, dejó de existir. Se incentivó el fanatismo desde el Estado. Se instauró la idea de que la política es la guerra. Se utilizó a todos los grupos sociales posibles para defender ideas que el mundo ya no debate. Si un abuelo quería regalarle diez dólares a su nieto para que ahorrara, la presidenta lo tildaba de “amarrete”, cuando la verdadera noticia era que no hubiese podido comprar dólares porque en Argentina había cepo. Un jefe de Estado, como Cristina Fernández, no debe burlarse de un ciudadano. Un jefe de Estado debe ser un modelo. Si desde el máximo lugar de poder se recurre al patoterismo, la burla, el lenguaje chabacano, ¿qué queda para los “ciudadanos de a pie”?

Los militantes kirchneristas, financiados con la plata de todos, se convirtieron en una manada de fanáticos que defienden lo indefendible. Defienden a Cristina Kirchner porque Cristina paga la lealtad con dinero. Los trabajadores honestos del país se vieron cada vez más perjudicados, cada vez más odiados. La política pasó a atravesar nuestra vida diaria y aún hoy nos tiene estancados en un odio visceral que será difícil de erradicar. Se separaron familias, se separaron parejas, se separaron amistades. Antes de los Kirchner, los argentinos no nos odiábamos. Comprendíamos que todos juntos debíamos luchar por un país mejor.

El kirchnerismo cometió un gravísimo pecado: creó una legión de fanáticos que no razona. Consideran al otro un enemigo y quieren eliminarlo. Eso demuestra una precariedad intelectual sin parangón. El kirchnerismo convirtió en fanática a mucha gente, o alimentó el fanatismo previo; como me gusta llamarlo, el montonerismo tardío. Lo peor del fanatismo es que genera una espiral de violencia de la cual es muy difícil salir. Recordemos a Perón, que desde el exilio incentivó a los grupos armados como Montoneros, ERP y otros, y al volver a gobernar estos grupos le exigieron que la “revolución” sea llevada adelante desde el Estado. Como Perón hizo caso omiso, se terminó con la Triple A y, finalmente, con una dictadura.

Afortunadamente, en la actualidad no hemos vuelto a esos niveles de violencia. Pero el kirchnerismo ha generado un monstruo difícil de controlar. En la actualidad, para una organización social cortar una calle y hacer un piquete es tan fácil como para cualquiera de nosotros cambiarse las medias. Las organizaciones sociales están tomando tierras, usurpando la propiedad privada. De tanto defender las minorías, de tanto dinero derivado hacia ellos para ganarlos como adeptos, hoy esos adeptos se convirtieron en vecinos incómodos (por decirlo diplomáticamente). Milagro Sala usó el dinero para enriquecerse, comprarse Mini Coopers y Smarts, construir casas y otorgarlas a cambio de obediencia (que implica, directamente, trabajar para ella). Si no se hacía lo que ella mandaba, se perdía la casa. Dejamos que crecieran los “pueblos originarios” en el sur y hoy toman tierras, vandalizan iglesias y queman casas. Dejamos que creciera un Juan Grabois, y hoy lo tenemos usurpando terrenos y campos para hacer la supuesta “revolución agraria”.

La forma de hacer política del kirchnerismo, usando a todas las minorías para su proyecto de poder mafioso, ha dividido y enfrentado a la sociedad, y ha hecho que nuestra civilización se convierta en barbarie. Y ahí vemos la decadencia del relato K. Ellos incentivaron el odio y hoy no lo pueden controlar. Se les fue de las manos. Plantearon que el Estado resolvería los problemas de las minorías y no ha hecho más que exacerbarlos. Hoy, Argentina es tierra de nadie. Todo puede pasar.

Lo sorprendente de la situación es que hay vastos sectores que se debaten entre absurdas apelaciones al “fin de la grieta”, sin explicar cómo se termina la grieta con gente que quiere terminar con la república.

Economía

Néstor Kirchner asumió su mandato el 25 de mayo de 2003. El PBI de Argentina en aquel año, según datos del Banco Mundial (2020), era de 127.587 millones de dólares. Kirchner tomó el mando de la nación con una economía en franco crecimiento. Eso se debía principalmente a que, como mencioné antes, Jorge Remes Lenicov había tomado la decisión de congelar las tarifas de gas y electricidad y que el Estado las subsidiara (para abaratar los costos a los privados y reactivar la economía) y también de salir de la convertibilidad y devaluar la moneda. Esta devaluación hizo que la Argentina se tornara atractiva para inversiones extranjeras, ya que los salarios argentinos se pesificaban y por lo tanto, en dólares, terminaban siendo mucho más baratos y competitivos en el mundo. Al mismo tiempo, los productos argentinos pasaron a valer muchos menos dólares, lo cual generó un rápido incentivo a las exportaciones y, con ello, el crecimiento de las industrias que exportaban o el nacimiento de nuevas industrias. Roberto Lavagna sucedió a Remes Lenicov como ministro de Economía durante la presidencia de Duhalde y continuó como ministro durante el gobierno de Néstor Kirchner. Es decir, Lavagna tomó el mando de una economía ya encarrilada en la senda del crecimiento.

El primer gobierno kirchnerista se encontró, entonces, con una economía pujante, con una recuperación del empleo que asombraba al mundo y que supuestamente era tomada como ejemplo. Pero esta economía estaba basada en algunos pilares difíciles de sostener en el tiempo. Por ejemplo, una de las bases del crecimiento económico eran las exportaciones agrícolas, ya que los valores de los cereales a nivel internacional estaban en sus máximos históricos (la tonelada de soja a más de seiscientos dólares). Por eso se decía que había “viento de cola”. El crecimiento económico argentino se vio coadyuvado por el contexto internacional y por factores internos. Cuando los commodities agrícolas perdieron su valor, la economía empezó a declinar. Así, hubo un crecimiento sostenido del PBI hasta 2008, llegando a un valor de 361.558 millones de dólares. Es decir, el PBI argentino había crecido casi un 200 % en cinco años. Pero con la caída de los precios internacionales de los commodities el Estado comenzó a recaudar menos dinero. Entonces intentaron subir las retenciones a la exportación de soja y otros cereales y oleaginosas; y esto desata el conflicto con “el campo”.

Todos recordamos aquel fatídico 2008, cuando la sociedad argentina comenzó a dividirse entre buenos y malos (supuestos buenos y malos). Los que se posicionaban como buenos se autodenominaban “pueblo”, los malos eran llamados “oligarcas”. Los “oligarcas” eran productores rurales y el “pueblo” reclamaba quitarles lo que ellos producían, con algún fin que nunca se pudo descubrir. Se convenció a la mitad del país de que los productores rurales eran culpables de todos los males de la nación y se los estigmatizó como hacía mucho tiempo que no se veía en Argentina. El gobierno comenzó a utilizar todas las herramientas del Estado para presionar a los productores rurales (AFIP, IGJ, AFI, ONCCA y tantos otros organismos), así como los sindicatos. No se conocía el destino del dinero recaudado por retenciones, pero se exigía aumentarlas porque los productores “son ricos burgueses y ganan mucho”. Lo que no supo entender la sociedad es que si ganaban mucho, era porque trabajaban mucho. A partir de ahí se instauró la idea de que el Estado argentino puede adueñarse de la producción y de la riqueza ajena. Se institucionalizó el robo y se utilizó a parte de la sociedad para sostener el relato que justificara ese robo.

Durante 2008, el PBI argentino cayó casi un 10 %. En paralelo, y desde 2003, el kirchnerismo tuvo que ir formando su propio poder, y por eso aumentó constantemente la cantidad de empleados estatales. Según CIPPEC (2012), el Estado nacional contaba hacia 2003 con aproximadamente 90.000 personas en planta permanente o transitoria, y entre 10.000 y 15.000 contratados. Hacia 2012, ese número había aumentado a 130.000 personas en planta permanente o transitoria, y aproximadamente 60.000 contratados. Es decir, había aumentado un 71 % la cantidad de empleados estatales, solo tomando como área de estudio al Estado nacional, sin contar las provincias. Toda esa estructura de gente no es otra cosa que militancia rentada con sueldos pagados por todos los ciudadanos. Para eso quería plata el kirchnerismo, para eso dividió a la sociedad. Para solventar los salarios de la militancia, porque kirchnerismo sin plata es difícil de sostener.

Existieron también diversos casos que demostraron la hipocresía del kirchnerismo y el uso de los recursos del Estado (de todos los argentinos) para beneficio político. Néstor Kirchner aplicó en la nación el mismo esquema de cooptación de voluntades que había aplicado en Santa Cruz. La política al servicio de los políticos para llenarse los bolsillos de dinero y nada más que para eso. Mientras tanto, la sociedad se veía asombrada por el crecimiento económico que tenía.

En 2005 salió a la luz el primer escándalo: Skanska. Dentro de lo que era el “Proyecto de expansión de gas 2005”, se pretendía construir el gasoducto norte y el gasoducto sur. Para que la empresa sueca (Skanska) fuera la adjudicataria de la licitación, se le solicitó el pago de coimas utilizando facturas falsas y beneficiando así a los actores políticos que intervinieron en la adjudicación del trabajo. ¿Quiénes estaban involucrados? Julio de Vido (ministro de Planificación), José López (secretario de Obras Públicas, famoso por practicar un nuevo deporte olímpico, el lanzamiento de bolsos sobre medianeras), Néstor Ulloa (gerente general de Nación Fideicomisos S. A.) y casi una treintena más de personas que intervino. ¿Y cuál era el monto de dinero desviado para pagarle a la política? $13.949.829,87, que en aquel momento representaban algo así como 4.650.000 dólares. Hoy el caso sigue sin resolver. En 2019 se solicitó que el expediente fuera adjuntado a la famosa causa de los cuadernos (Infobae, 2019).

Otro caso escandaloso de robo a los argentinos fue la estatización de las AFJP. Como se mencionó anteriormente, en Argentina había un sistema de jubilaciones de capitalización privado donde cada persona aportaba parte de su salario a una cuenta que administraba una empresa. A su vez, la empresa invertía ese dinero para generar rentabilidad suficiente como para que lo ahorrado por la persona no perdiera valor y, al alcanzar la edad para jubilarse, recibiera su paga mensual. Así, mientras más dinero aportaba la persona (siempre un mismo porcentaje, pero los montos variaban por la diversidad de salarios), más alta era su jubilación. Muchos hablan del “robo de las AFJP”, o señalan que “daban jubilaciones miserables”, pero el tema nunca se trató en profundidad. El sistema de capitalización existe en diversas partes del mundo y funciona excelentemente bien. Normalmente, este tipo de empresas son reguladas por el Estado y se estipula su nivel de ganancias. Este fue el quid de la cuestión. En Argentina, las empresas de capitalización de aportes jubilatorios tenían permitido cobrar comisiones entre tres y cuatro veces más de lo que ganaban en otras partes del mundo. ¿Por qué sucedió esto? Pues porque el Estado y las leyes creadas por nuestro Congreso lo aprobaron.

En los 90, cuando se creó el sistema de capitalización, una inmensa cantidad de personas se volcó a él, ya que las jubilaciones que percibían por medio del sistema de reparto (estatal) eran una vergüenza. Más del 70 % de los jubilados cobraba la mínima, que en aquel entonces era de 100 dólares.

Las AFJP tenían en su poder más de 10 mil millones de dólares en acciones y eran acreedores del 55 % de la deuda estatal. Con el default del 2001, el 50 % de su cartera de bonos estaba en cesación de pagos, por lo que perdieron rentabilidad. Sin embargo, las jubilaciones no se vieron en riesgo.

Cuando Néstor Kirchner llegó al poder en 2003, comenzó el ataque a las AFJP. Primero, se estableció un privilegio para que el Banco Nación sea quien más afiliados tuviera como aportantes. Luego, se les prohibió a las AFJP invertir en el exterior y se les pidió que colocaran el dinero que tenían afuera en bonos del gobierno (con los que se salió del default) pero con una quita del 70 %. Siguieron perdiendo rentabilidad.

En 2007 se habilitó la vuelta al sistema de reparto de aquellas personas que así lo quisieran. Un 80 % decidió quedarse en el sistema de capitalización (todos recordaban las miserables jubilaciones que daba el Estado). Había cuatro millones de aportantes activos y el total de afiliados era de seis millones.

En el mes de diciembre de 2008, al fracasar el intento de suba de retenciones conocido como “la 125”, lo que complicaba la supervivencia del gobierno de Cristina porque se estaba quedando sin caja, decidieron promover la estatización del sistema de jubilaciones y eliminar completamente el sistema de capitalización. Todo el dinero que poseían las AFJP pasó a conformar el famoso Fondo de Garantía de Sustentabilidad, que en aquel momento rondaba los treinta mil millones de dólares. O sea, las AFJP, que invertían el dinero de los aportantes en acciones, bonos y otros instrumentos para poder pagar las jubilaciones en el futuro, de un día para otro fueron confiscadas y sus activos pasaron a manos del Estado. Ese dinero quedó a merced de los burócratas fanáticos del subdesarrollo. Pero no era dinero contante y sonante, sino dinero invertido en acciones de empresas. El Estado entonces pasó a poseer paquetes accionarios de diversas compañías argentinas que cotizaban en bolsa. Y Guillermo Moreno, ex secretario de Comercio Interior de la Nación, fue el representante designado por el Gobierno para las reuniones de accionistas de las empresas en las que las AFJP habían invertido. En ese marco tuvieron lugar las disparatadas escenas de Moreno a los gritos en una reunión de accionistas del Grupo Clarín. Fascismo puro. Burócratas estatales que se sienten con el poder de decirles a las empresas lo que tienen que hacer.

Dijeron que “recuperábamos las jubilaciones” y nos salvaban de las manos malas de capitalistas salvajes. Pero resultó que el 80 % de esas personas no querían ser salvadas por el Estado. Querían seguir teniendo una jubilación privada, pero el kirchnerismo les impuso una jubilación estatal. Otra vez, el Estado metiéndose en la vida de la gente. De nuevo, fascismo.

Recordemos lo dicho anteriormente: las AFJP solo se adaptaron a lo que la ley les permitía. Cuando fueron creadas, los legisladores decidieron cuál podía ser el porcentaje de comisiones que cobrarían y las empresas se adaptaron a ello. Después, los mismos políticos que habilitaron esas comisiones sostenían que las AFJP eran malas y estafaban a la gente. Parece un chiste, pero no. Es la capacidad de los políticos argentinos de afirmar una cosa un día y, al día siguiente, decir otra diametralmente opuesta.

Durante el gobierno de Mauricio Macri se decidió cambiar la fórmula de cálculo de las jubilaciones y pensiones. Se calcularía sobre la base de los aumentos salariales y de la inflación, beneficiando así a los jubilados, porque esto aseguraba que no se perdiera poder adquisitivo frente a una subida de la inflación. Cuando se trató la ley de movilidad jubilatoria, se estima que las mal llamadas “organizaciones sociales” arrojaron diez toneladas de rocas contra el Congreso, y desde los medios se le dio una cobertura inusitada al tratamiento de la ley tendiente a instalar que se estaba perjudicando a los abuelos, que Macri “no tenía corazón”, que era “insensible” y su gobierno “neoliberal”, que “ajustaba a los abuelos”. El kirchnerismo volvió al poder y anuló aquella fórmula. Los aumentos de jubilaciones y pensiones fueron establecidos por decreto y la nueva fórmula tomada para el cálculo jubilatorio efectivamente perjudica a los jubilados. Ajustaron el gasto con los abuelos y no hubo un solo disturbio y ni una sola roca arrojada contra el Congreso. ¿Será que la preocupación por los jubilados no es genuina? ¿Será que todo depende del color político? ¿Será que los números son de libre interpretación?

Pareciera ser que en Argentina los datos, los hechos, no tienen valor. El debate se gana con violencia, con prepotencia, no con datos y con lógica. Por eso estamos en decadencia. Quienes valoramos los datos y los hechos actuamos con la convicción de que se puede debatir con todo el mundo. Pero, lamentablemente, los violentos se imponen. Hay ciertos sectores de la política con los cuales es imposible dialogar. Esta visión de amigo-enemigo se ha plasmado en el día a día y se ha convertido en lo cotidiano.

Así como se construyó un relato para justificar la estatización de las AFJP, también se construyó un relato para justificar la estatización de Aerolíneas Argentinas. Nos dijeron que los españoles habían vaciado la empresa y se habían llevado todo el dinero para los bolsillos de los dueños. Puede o no ser verdad, pero nada justifica estatizar una empresa. Si una empresa privada no funciona, quiebra. Sencillo. La visión romántica y nostálgica sobre Aerolíneas propone que se “recupera soberanía” y que todos los países tienen una “aerolínea de bandera”. La diferencia radica en que, en esos países, las aerolíneas son privadas y el Estado elige una como aerolínea de bandera por su historia, nombre y representatividad para el sentir nacional, pero nada de eso tiene que ver con la soberanía.

La “recuperación” de Aerolíneas conllevó una importante cantidad de millones de dólares como resarcimiento al Grupo Marsans (que la controlaba) y, como si fuera poco, la empresa nunca logró generar ganancias. Se estimaba que, en su momento, sobrevivir le insumía dos millones de dólares diarios en subsidios. Si la soberanía cuesta dos millones de dólares diarios, prefiero no tener aerolínea de bandera. La mayor hipocresía de tener una aerolínea de bandera es que esos dos millones de dólares diarios salen del Estado, lo que significa que entre todos los argentinos, desde el más pobre hasta el más rico, sostenemos Aerolíneas Argentinas con nuestros impuestos. La ironía del caso es que no todo el mundo puede viajar en avión, por varias causas: primero, porque los aviones no llegan a todas las ciudades del país; y segundo, porque un pasaje de avión es muy caro y no todos pueden pagarlo. Además, con todas las malas decisiones del kirchnerismo en términos de política aeroportuaria se ha logrado que una innumerable cantidad de empresas aeronáuticas se fuera del país. A menor oferta, menos competencia. De este modo, Aerolíneas Argentinas ostenta casi el monopolio sobre los cielos argentinos y puede poner el precio que quiera a sus pasajes.

Para empeorar aún más las cosas, ese año el gobierno tuvo una actitud mafiosa y le impuso reglas sin ningún sentido a Latam (impedirle volar, tener que pagar el sueldo de todos sus empleados) y la empresa respondió informando que se iba del país. El sueño de La Cámpora y de los sindicalistas en todo su esplendor. Pretendían que no hubiera competencia y que solo pudiera volar Aerolíneas Argentinas. La clase media y los pobres, con el pago de sus impuestos, financian a quienes viajan en avión. Quienes viajan en avión pagan pasajes más caros que en cualquier lugar del mundo porque no hay competencia. Decenas de directores y gerentes engordan sus bolsillos. La sociedad trabajando y aportando para beneficio de unos pocos: la definición misma del funcionamiento de la mafia.

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190 p. 1 illustration
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9789505568079
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