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Muerte en Coslada


Título original: Muerte en Coslada

© Daniel Carazo Sebastián

© Edición electrónica: Petit Camagroc S.L.U., 2021

© Diseño de la cubierta: Underthecoconut (info@underthecoconut.com)

Toda forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo la excepción prevista por la ley. Diríjase al editor

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ISBN: 978-84-123545-4-6

www.loslibrosdelola.es

A Coslada y a los cosladeños.

Por haberme acogido hace veinticinco años.

Y por confiar en mí.

Capítulo 1

Leire vuelve agotada a su casa. Aunque ya se ha vuelto a poner en forma tras haber padecido la infección por el coronavirus —se contagió nada más llegar a Madrid—, su capacidad pulmonar ha quedado algo mermada y, si fuerza algo más de lo debido su carrera matinal, nota que se cansa antes; claro está que no tiene el mismo fondo de siempre. Además, debido al retraso en la reestructuración de los equipos en la comisaría realiza menos actividad física que de costumbre y dedica prácticamente toda su jornada laboral a tareas administrativas. A pesar de todo, consciente de que su situación en la comisaría es temporal y de que mantener un buen estado físico es imprescindible, cada mañana sale a correr por el Parque del Oeste, intentando esforzarse algo más cada día.

Cuando vuelve al pequeño apartamento que tiene alquilado en la calle Conde de Lemos, en pleno centro de la capital, lo primero que hace es quitarse las zapatillas deportivas y despertar a Carmelo: el gato persa que, precisamente el primer día que salió a correr por la zona, recogió de un cubo de basura y que rara vez se digna a madrugar tanto como su adoptante. Después, prepara el cuarto de baño para darse una buena ducha y por fin tomar ese café que ansía desde que ha sonado el despertador, a las seis de la mañana. Deja la cafetera puesta y, justo cuando está entrando en la ducha para abrir el grifo del agua, la canción de los Rolling Stones que emite ruidosamente su teléfono móvil anuncia que tiene que abortar la consecución de tan grato objetivo. Leire protesta lo justo en silencio. Mantiene un recato innecesario al estar sola en casa y se pone el albornoz para no salir desnuda a responder la llamada:

—¿Sí?

—Inspectora… —al otro lado de la línea suena la inconfundible voz de su superior, el inspector jefe Roberto Puig—, no te habré despertado.

Leire sonríe para sí misma. Seguramente, si en ese momento su jefe la viera, estaría más cohibido.

—No se preocupe, jefe, me estaba preparando para salir hacia la comisaría.

—Pues perfecto, porque esta mañana te necesitamos pronto por aquí. Entonces, no te entretengo con explicaciones. Avísame en cuanto llegues.

El inspector Puig corta la llamada antes de que Leire pueda preguntar nada.

La inspectora aún conoce poco a su superior, pero por lo que dicen de él ya sabe que es parco en palabras y que siempre va al grano, por eso no le extraña que le haya dejado con la duda sobre el motivo de su llamada. Además, sin haberse dado todavía esa ducha reconfortante, se alegra enormemente de lo que acaba de escuchar. ¡Por fin la necesitan! Desde que se incorporó a trabajar en su nuevo destino, la comisaría de la calle Leganitos, en el distrito Centro de Madrid —dicen que la que tiene más trabajo de toda España—, no le habían asignado ningún caso. El caos que provocó la maldita crisis sanitaria del coronavirus hizo que todos los planes de ajustes de personal y formación de nuevos equipos de investigación —los que la trajeron a ella desde su comisaría de origen, en Logroño— se quedaran paralizados. Cierto es que la situación ha cambiado mucho y que por fin se están recuperando rutinas perdidas por la pandemia; ahora, en el mes de octubre de 2021, la vacunación masiva de la población, unida a la famosa inmunidad de rebaño por fin alcanzada, está haciendo que la vida haya vuelto poco a poco a la normalidad: ya se puede estar en sitios cerrados sin la mascarilla puesta y trabajar en equipo, unos a lado de otros. Con esos recientes avances en la vida cotidiana, Leire esperaba impaciente su incorporación plena como inspectora de la Policía Nacional que es. Hasta el momento, su jefe nunca la había reclamado, y lo único que eso podía significar era que le iban a ofrecer una investigación.

La inspectora se siente tan eufórica que la ansiada ducha y el desayuno duran bastante menos de lo previsto. Carmelo, ajeno a la vida fuera del pequeño apartamento, no celebra las evidentes prisas de Leire y reclama con insistencia su dosis diaria de mimos y comida. Leire, después de tanto tiempo delante del ordenador y volviendo todos los días sola a su domicilio, ha tomado la costumbre de hablar con su gato:

—¡Carmelito, qué contenta estoy! Al fin parece que mi situación va a cambiar. ¡Voy a volver a salir a la calle! ¡Estoy harta de tanto papeleo!

Ante la indiferencia del felino, quien viendo que ella se prepara para salir sin hacerle caso y sin la más mínima esperanza de caricias se ocupa afanosamente de dar buena cuenta de su comida, Leire termina de arreglarse. Se embute en sus ajustados vaqueros negros, se pone su camiseta de Desigual favorita, coge la cazadora de cuero también negra y se calza las sempiternas deportivas Asics, esta vez de color amarillo fosforito. Satisfecha de la imagen que le devuelve el espejo, sale disparada hacia la comisaría.

Los escasos diez minutos andando que la separan de su lugar de trabajo se le hacen eternos. A pesar del cansancio por la actividad deportiva de la mañana, le habría gustado hacer el trayecto corriendo, pero no quiere llegar sudada y, además, prefiere no mostrase demasiado ansiosa ante su jefe. Se controla y mantiene el paso intentando disfrutar de la vista del Palacio Real, del Teatro de La Ópera y del resto de los edificios típicos del Madrid de los siglos xviii y xix.

Cuando por fin llega a la comisaría, accede por una de las puertas laterales para evitar entretenerse y, sin pararse a saludar a nadie, va directa al despacho del inspector jefe Puig. En el ascensor se distrae pensando en el mejor modo de saludar a su superior; no sabe si hacerlo con respeto jerárquico o con familiaridad de colegas, y en esas está cuando, ya delante de la puerta del despacho y justo antes de animarse a entrar, le llama la atención otra policía que parece estar esperándole.

—¿Inspectora Sáez de Olamendi? Es usted, ¿verdad?

Leire observa un instante a la compañera que la reclama: acento andaluz, más o menos de su edad —no puede evitar pensar que más bajita y gordita—, pelo moreno, liso, corto y de estilo informal. La mujer la mira, esperando su respuesta, con sus grandes ojos marrones fijos en los suyos y muy abiertos.

—Efectivamente, soy yo —responde la inspectora, y se queda a la espera de que le explique por qué ha interrumpido la entrada a su ansiado destino.

—¿Qué tal? —continúa la policía con naturalidad—. Soy la subinspectora Rojas, y creo que vamos a trabajar juntas.

«Una compañera», piensa Leire, «el día no puede ir mejor».

—Pues encantada, subinspectora Rojas. ¿Entras entonces conmigo?

—Martina —responde ella.

—¿Perdón? —se extraña Leire, que no entiende la respuesta.

—Mi nombre. Me llamo Martina. Si me llamas subinspectora Rojas, me temo que no me voy a dar por aludida ni la mitad de las veces que lo hagas, y no porque no me reconozca en mi categoría profesional, que demasiado me ha costado llegar a ella, sino porque a mí todo el mundo me llama así, Martina, y es como mejor respondo… Si no te importa eso, ni que te tutee, claro.

La verborrea de la andaluza deja a Leire descolocada por un momento. Se supone que los subordinados deben tratar de usted a sus superiores, y esta que dice que va a ser su nueva compañera ha empezado saltándose tal regla no escrita. Leire se acuerda de su antigua jefa en Logroño, la inspectora Millán, y de lo mucho que le agradecía que le permitiera un trato de igual a igual, relajando la jerarquía entre ellas; eso les permitió trabajar mucho mejor y además nunca supuso que Leire se olvidara de quién daba las órdenes. Decide entonces imitar a su jefa riojana y dar esa facilidad a su nueva subinspectora:

—De acuerdo pues, Martina, pero con la condición de que entre nosotras soy Leire, y en público la inspectora Sáez de Olamendi. ¿De acuerdo?

La sonrisa de Martina hace entender la aceptación de las condiciones de su jefa, al mismo tiempo que redondea todavía más su cara.

—¿Entramos entonces? —insiste Leire.

—No. De hecho, te estaba esperando para acompañarte al despacho del superjefe. Nos han citado allí.

—¿Del comisario? —se sorprende Leire.

—El mismo, el gran comisario Beltrán López de Ayala. ¡Debe tratarse de algo gordo!

Martina guiña un ojo a la inspectora y se echa a andar por los pasillos saludando a muchos más policías de los que conoce Leire. Esta la sigue, intentando no parecer sumisa, y levanta la mirada ante quienes responden al saludo de Martina. Admira su desparpajo. Viéndola, Leire ansía sentirse realmente integrada en la comisaría, aunque sabe que para ello todavía ha de pasar un tiempo y debe demostrar su valía.

Por fin suben a las plantas superiores del edificio hasta acceder al lugar de trabajo del director de aquella miniciudad, y se plantan delante de la puerta del despacho del comisario. Antes de entrar, Martina se echa a un lado y otorga los honores a su jefa —acto que le gusta a Leire y le confirma que la subinspectora sabe quién es quién en aquella nueva relación—. Se lo agradece y es ella la que llama educadamente a la puerta y espera el permiso antes abrirla.

—¡Adelante! —brama una voz enérgica y apresurada desde dentro.

Las dos policías se miran, intentando forjar un poco más su nueva complicidad antes de afrontar el reto que les van a plantear, y entran decididas al despacho. En el interior, Leire reconoce al instante al orondo inspector jefe Roberto Puig; el cual está sentado delante de una mesa presidida por quien debe de ser el comisario: un señor cercano a la jubilación, con un pelo cano que solo le tapa los laterales de la cabeza, algo pasado de peso y vestido con camisa blanca remangada hasta los codos y corbata azul. Él se levanta, y se acerca a las policías invitándolas a entrar:

—Buenos días, inspectora —se dirige a Leire sin dudar sobre si es ella o Martina la que ejerce el cargo—, estaba deseando conocerte. Siéntate por favor.

Le señala una de las dos sillas vacías que están al lado de la del inspector jefe y, después se dirige a Martina con la misma educación para que se acomode en la otra silla. Cuando ya están las dos ubicadas, el comisario se apoya en el tablero de la mesa, sin pasar a su asiento, seguramente para evitar barreras físicas entre él y sus subordinadas, y prosigue con los prolegómenos de la conversación, dirigiéndose directamente a Leire:

—Por fin nos conocemos personalmente. Recuerdo que hablamos al inicio de tu accidentado viaje de llegada a Madrid. Luego, el inspector jefe me puso al día de todo lo acontecido y de cómo resolviste el caso.

Leire se recuerda al detalle de aquel incidente. Fue su primera —y extraña— investigación como inspectora de la Policía Nacional. Yendo en el AVE desde Zaragoza se vio sorprendida por unas muertes dentro del propio tren. Iba a pedir ayuda a su llegada a Madrid, pero el hecho de que uno de los pasajeros fuera positivo a la infección por coronavirus se lo impidió: le tocó aislarse con el resto de los viajeros, afinar su ingenio para resolver los crímenes y desenmascarar al asesino que viajaba con ella; todo antes de llegar al destino.

—¡Al más puro estilo de Agatha Christie! —continúa el comisario.

No es la primera vez que le hacen tal alusión, pues el caso tiene gran similitud con el de la novela Asesinato en el Orient Express.

La inspectora no sabe qué decir. El comisario se percata de ello y, seguramente acostumbrado a que sus subordinados le escuchen sin intervenir demasiado, no tiene problemas en dirigir el rumbo de la conversación hacia el motivo que desea tratar:

—Con tu ingreso hospitalario posterior por la infección del coronavirus, mi propia enfermedad y cuarentena posterior, y el jaleo de personal que nos ha supuesto la pandemia, no he tenido hasta ahora el placer de felicitarte por ese trabajo, pero quiero que sepas que estaba deseando verte en persona y hacerlo. ¡Menos mal que ya podemos movernos con naturalidad! Estaba hasta las narices de la mascarilla y los aislamientos.

—Se lo agradezco mucho, comisario —responde tímida Leire.

—De todas maneras, entenderás que hoy no te he llamado para hablar de esto.

—Me lo imagino. Usted dirá. Estamos a su disposición —Leire usa el plural para incluir a su compañera en la conversación, acto que a la subinspectora le agrada.

—Al grano, entonces —el comisario se levanta y da la vuelta a la mesa para ocupar de nuevo su puesto habitual—. Sabréis que estamos terminando de reorganizar el equipo de la comisaría. Empezamos antes de la pandemia, pero tuvimos que paralizarlo porque aquí ha tenido que trabajar todo el mundo haciendo de todo… Ha sido una locura.

—Somos conscientes de ello, no se preocupe —responde Leire para demostrar que comprende la situación, pues ella misma ha estado haciendo tareas administrativas desde que se reincorporó después de su baja.

—Pues bien, como suele pasar, un muerto ha acelerado la situación. La gente se empeña en resolver a su manera los problemas, y no hacen más que dificultar nuestro trabajo.

El comisario lo dice transmitiendo cansancio, seguramente fruto de los años que lleva en el cuerpo y de la evidente cercanía de su retirada. Sin decir nada más, da paso a su segundo, el inspector jefe Puig, quien toma la palabra:

—Nos han llamado los compañeros de Coslada. Por lo visto, esta mañana han encontrado un fiambre en la biblioteca. Ellos también están sufriendo los reajustes provocados por el exceso de trabajo y no tienen efectivos suficientes para atender el caso.

Leire atiende las explicaciones de su jefe inmediato mientras internamente siente respeto ante lo que le encargan. Se ve, por fin, ante la tarea de dirigir una investigación, pero con la responsabilidad que le supone su estreno y sabiendo que aún no dispone de equipo ni de lugar fijo de trabajo dentro de la comisaría. Es el momento que lleva tanto tiempo esperando, pero para el que —fruto de su alta exigencia interna— nunca se ve suficientemente preparada. Le vienen a la cabeza todos los miedos que la inundaron cuando, recién conseguido el cargo de inspectora en Logroño, le surgió la posibilidad de pedir el traslado a Madrid. Fue consciente de que dejar su puesto —donde estaba cómoda, conocía a sus compañeros y no había sobrecarga de trabajo— para incorporarse a una comisaría con tan alto nivel de trabajo y complejidad, implicaba mucha más responsabilidad, y eso lógicamente le generó grandes dudas. Entonces ella, que siempre ha sido muy estricta consigo misma, aún sabiendo que no tenía bastante experiencia para dirigir a su propio equipo, y desoyendo los consejos de su propia madre, aceptó presentarse al puesto. Todavía no sabe bien si lo hizo solo como oportunidad profesional o también como vía de escape a su acomodada vida en una provincia en la que no se le ofrecían muchas más posibilidades de crecimiento personal.

—Así que nos encargamos nosotros —la voz del inspector jefe trae de nuevo a Leire de vuelta al despacho del comisario—, que para eso estamos: para comernos los marrones ajenos.

Ante el silencio de Leire, es la subinspectora la que se atreve a intervenir:

—Lo que usted mande, inspector jefe.

La inspectora se sorprende al escuchar la voz de su nueva compañera y entiende que tendría que haber sido ella la que demostrara esa atención y disposición. Se promete a sí misma no volver a distraerse con sus pensamientos y, para manifestar más interés, cambia de postura corporal estirando la espalda y echándose un poco hacia delante, intentando transmitir total atención a las siguientes órdenes. El inspector jefe, mirándola fijamente a los ojos y evaluando seguramente su actitud, le tiende un folio en el que hay impreso el texto recibido en un correo electrónico.

—Aquí está la dirección donde tenéis que presentaros. Tienes el tiempo justo para conocer a tu nuevo equipo, que ya te espera en una de las salas de reuniones de homicidios, y salir pitando hacia allí. A tu mano derecha ya la has visto, y es ella la que te ha ido preparando el terreno —lo dice señalando a Martina.

—A sus órdenes, inspector jefe. No se preocupe, nos ponemos a trabajar inmediatamente —Leire lo dice sin mostrar ninguna duda de su predisposición.

—Por cierto, para ahorrarnos palabras llámame «jefe», que el título es muy largo y, a partir de ahora, vas a tener que dirigirte mucho a mí.

Dicho esto, Roberto Puig se dirige a la puerta del despacho para facilitar a las dos mujeres la salida.

Leire y Martina abandonan sus asientos al mismo tiempo, saludan con un gesto al comisario y se disponen a irse cuando les interrumpe la voz del saludado:

—Suerte, inspectora —la aludida se da la vuelta y lo ve afable detrás de su escritorio—. Os hemos hecho venir a mi despacho para conoceros personalmente y desearos lo mejor en esta comisaría. Aunque vuestro superior inmediato es Roberto, y no podéis tener otro mejor, me tenéis a vuestra entera disposición. Tened cuidado ahí fuera.

Las dos mujeres agradecen las palabras del director de aquel gran entramado policial y, sin más dilación, se dirigen a su nueva ubicación dentro de la comisaría. Como única información llevan impresa la dirección de donde ha aparecido el muerto.

Capítulo 2

La inspectora y la subinspectora esperan en silencio a que llegue el ascensor que las va a devolver a las plantas terrenales del edificio, aquellas donde se ubican los policías de campo que trabajan más en la calle que en los despachos. Una vez dentro del habitáculo, y quizá sabiéndose solas y a salvo de observadores indiscretos, se cruzan la mirada y sonríen abiertamente, las dos al mismo tiempo.

—¡Qué fuerte! —Una vez más es la dicharachera Martina quien rompe el silencio—. ¡El comisario en persona nos ha asignado el caso! Te aseguro que esto no es lo normal por aquí, Leire.

—Será porque soy nueva —responde ella, queriendo contener su alegría para dar una imagen de más seriedad.

—¡O será por la fama que te precede! —insiste la subinspectora—. Ya te digo que el caso que te tocó resolver dentro del tren fue muy seguido y comentado aquí dentro. Cuando nos enteramos de todo lo que desenmarañaste, nos lo íbamos contando de unos a otros y hacíamos apuestas a ver si el que lo escuchaba por primera vez averiguaba quién era el asesino antes de relatarle el final. Además, el no poder recibirte en la comisaría debido a tu cuarentena posterior por el contagio de coronavirus contribuyó a mitificar aún más tu figura; nos imaginábamos a una superpolicía de película… ya sabes.

—Pues no, no sé… —aunque no tiene confianza suficiente con ella, ni se le da bien, Leire intenta seguir la excitación de su compañera—. ¿Y qué os esperabais?, ¿a una chica espectacular tipo Angelina Jolie, o qué?

La subinspectora ríe sincera.

—Además —no puede evitar lamentarse Leire—, llevo bastante tiempo en los despachos, y no es que haya tenido muchas visitas en todos estos meses.

—¡Ni sabíamos que estabas trabajando aquí! —se excusa Martina—. Pero ten por seguro que, si ya eras famosa antes de empezar a trabajar con nosotros, imagínate ahora que te han asignado este caso. ¡El equipo debe de estar loco por conocerte!

Leire, fiel a su personalidad, agradece la orientación que da su compañera a la conversación, pero intenta dejar de lado los halagos para centrarse en el nuevo objetivo que tiene por delante. Siempre le ha ido bien así, sin dejarse influir por lo bueno —o lo malo— que se diga de ella, limitándose a trabajar mucho para sentirse bien consigo misma y ganarse el respeto de sus colegas. Así es como consiguió ascender hasta llegar a inspectora de la Policía Nacional y así es como pretende seguir trabajando. Por eso, en este momento, se obliga a centrase en lo primero que le preocupa y quiere hacer bien: conocer y presentarse a su nuevo equipo de trabajo.

—¿Tú conoces ya a los compañeros? —le pregunta a Martina.

—Sí, los he tenido que citar esta mañana antes de que llegaras, porque son policías a los que se les van asignando casos o investigaciones, según las necesidades de la comisaría. De todas maneras, creo que hemos tenido mucha suerte: somos pocos, pero todos gente seria y con muchas ganas de trabajar… ya lo verás.

El ascensor se para, por fin, en la planta del edificio destinada al departamento de homicidios. Salen Martina delante y Leire detrás, avanzan por los pasillos hasta la sala de reuniones que les han asignado. Mientras recorren las dependencias perciben en el ambiente una actividad constante que, inevitablemente, transmite una sensación de estrés corporativo bastante más evidente de la que han apreciado en las plantas superiores. Allí abajo nadie se fija en ellas, son dos peones más dentro de un gran ejército de profesionales, en el que cada cual demasiado tiene con ocuparse de lo suyo.

Martina se dirige hasta el final de un pasillo y se detiene a la entrada de una sala delimitada por unos paneles de cristal. Dentro, tres policías uniformados están a la espera, sentados cómodamente y charlando entre sí a la vez que toquetean las pantallas de sus móviles. Cuando entra Leire, se callan inmediatamente, guardan los terminales y se ponen todos en pie como muestra de respeto ante un superior. Nada más cruzar la puerta, la inspectora se detiene, mientras Martina pasa por su lado y se coloca junto a los policías, dando a entender que ella es parte del equipo que va a liderar Leire.

Todos miran expectantes a su nueva jefa. Ella, aunque es consciente de que están esperando que intervenga, duda sobre en qué tono va a dirigirse a ellos; su imagen depende de la actitud que adopte, y piensa que esa primera impresión deja impronta y marca el rumbo de las relaciones posteriores. Se toma un tiempo y aprovecha para mirarlos uno a uno. A parte de Martina tiene enfrente a una mujer y dos hombres: uno de los varones es claramente mayor que el otro, y la mujer parece de la misma edad que el joven. Están todos en una postura firme pero relajada, no demasiado marcial. Por fin decide mantener las formas:

—Buenos días… —se interrumpe un momento al darse cuenta de que casi añade un «caballeros», lo cual habría sido poco apropiado habiendo dos mujeres entre ellos—, imagino que ya sabéis que soy la inspectora Sáez de Olamendi, vuestra nueva responsable, y que estáis aquí para que formemos un equipo de investigación de homicidios.

Los tres asienten y se mantienen en silencio. Martina contiene una sonrisa, que Leire capta y no sabe muy bien cómo interpretar. Decide ignorarla y seguir a lo suyo:

—Creo que lo primero es que nos conozcamos. Así que, si os parece, empiezo yo: estoy recién destinada a esta comisaría, vengo de…

—Todos la conocemos, inspectora —interrumpe el mayor de los uniformados—, y sepa que estamos encantados de trabajar con usted.

A Leire le agrada el comentario, y así lo demuestra con un gesto. Ya le había adelantado Martina lo que se hablaba de ella por allí. Aun así, prefiere terminar su breve presentación:

—Te lo agradezco. Solo me gustaría deciros, por si no lo sabéis, que además de ser nueva aquí, también soy nueva como inspectora; de hecho, este será mi primer caso como responsable de un equipo y una investigación. Os lo quiero comentar porque espero de vosotros toda la ayuda y las sugerencias que se os ocurran, de aquí en adelante sería bueno que no os cortéis y no os calléis nada que creáis pueda ser importante. Tenemos un crimen que resolver y nuestro objetivo es que quien lo haya cometido pague por ello, nada más… y eso lo conseguiremos si formamos un buen equipo.

Los policías agradecen ese pequeño discurso. Como parece que ninguno va a lanzarse a seguir con las presentaciones, Leire mira a su subinspectora esperando que los anime. Martina capta enseguida el mensaje:

—Vamos, Abuelo —dice dirigiéndose al que ha hablado antes—, empieza tú, que eres el mayor… ¡Cómo en el colegio! —añade con guasa y arrancando así una sonrisa a los otros dos.

El aludido se adelanta un poco sobre sus otros dos compañeros y se presenta:

—Yo soy el agente Lamata. Y puede llamarme así, Sandalio o Abuelo, como prefiera. Lo de Abuelo es por la edad; soy mayor que mis compañeros y se cachondean por eso. Dicen que a mis treinta años ya debería haber ascendido de grado, pero sepa usted que yo estoy bien así, me gusta mi trabajo.

Leire le sonríe y evita comentar nada. Es verdad que ver a un agente de esa edad no es normal pero, si trabaja bien, a ella le da igual, como si le gusta regular el tráfico de la hora punta en el centro de Madrid. Se dirige entonces al otro agente varón: un policía que no retira la mirada, evidentemente más joven que su compañero, guapo y con un cuerpo espectacular.

—Buenos días, inspectora —interviene este—. Yo soy el agente Ruiz. Llevo poco tiempo en el cuerpo y no le engaño si le digo que mi objetivo es aprender rápido para promocionar y poder incorporarme a los cuerpos especiales de asalto. Esa es mi ilusión desde niño, pero no significa que, durante mi formación como policía, no vaya a darlo todo en cualquier sitio donde se me destine, como es este caso. Estoy encantado de trabajar para usted.

—¡No seas pelota, Cid! —se ríe la subinspectora.

Leire la mira sorprendida.

—¿Cid? —pregunta.

—Sí, inspectora —añade Martina—, es que no lo ha dicho todo. Detrás de esos músculos tenemos a un descendiente de nuestro más antiguo héroe castellano. Aquí el compañero se llama Jonathan Ruiz Vivar. Con este nombre y este cuerpo solo podemos llamarle Cid —acompaña la explicación con una sonora palmada en la espalda del otro, quien ni se inmuta ante el golpe y no puede esconder un gesto de orgullo por el mote que tiene.

Leire asiente y se dirige ya a la última que falta por hablar. Se la ve pequeña al lado de sus compañeros.

—Pues solo faltas tú —la anima.

—Yo soy la agente Flores, inspectora, pero si no le importa, me puede llamar Eli, de Elisenda. Quiero que sepa que he pedido voluntariamente este destino. Martina… —se interrumpe dándose cuenta de su defecto de forma—, quiero decir la subinspectora Rojas, me ha ayudado mucho desde que estoy aquí, y voy con ella adonde haga falta.

La inspectora mira a sus nuevos compañeros, satisfecha del primer contacto. Se lleva una buena impresión del equipo que le han asignado. Todos respetan las formas y al menos dos de ellos, los más jóvenes, han manifestado evidentes ganas de aprender el oficio. Le recuerdan a ella misma cuando empezó, sobre todo Elisenda, con ese cuerpecito tan pequeño pero claramente en forma y una apariencia externa que le hace parecer más joven de lo que es en realidad —algo que seguramente le ha obligado a defender su edad en más de una ocasión—. Respecto al más veterano, el agente Lamata, a pesar de estar un poco fuera de sintonía con sus compañeros, percibe en él que efectivamente parece cómodo con su puesto en el escalafón, lo cual es muy importante para que trabaje bien; es más, demuestra que lleva con calma y aceptación el apodo de Abuelo, que transmite claramente lo que piensan de él sus compañeros.

Leire reflexiona antes de seguir. Los demás esperan sus órdenes para empezar a trabajar. Y entonces se da cuenta de que realmente no sabe ni por dónde empezar, de que ni siquiera se ha fijado en la dirección a la que tienen que ir. Mira con disimulo el papel que le ha dado el comisario y recuerda la ciudad donde se ha cometido el crimen: Coslada. Se lo han marcado como si ya supiera qué hacer con eso, pero ella no conoce esa localidad. Vuelve a mirar el papel que, inconscientemente, mantiene en su mano derecha y, esperando que a alguno de los policías le indique algo, lee en alto el lugar a donde se tienen que dirigir:

—Tenemos que ir a la Biblioteca Municipal de Coslada. Por lo visto, allí es donde ha aparecido nuestro muerto esta mañana.

—Eso está al este de Madrid, inspectora —interviene Cid—, al lado del estadio nuevo de mi Atleti.

Leire no sabe casi nada de fútbol, e ignora el gesto de evidente desprecio que hace el agente Lamata ante la mención al club deportivo, pero el comentario vale para que asigne al agente rojiblanco su primera tarea.

—Pues tú nos dirigirás hasta allí, Cid.

Según van asentándose las piezas en su cabeza, la inspectora va tomando consciencia de las necesidades que tiene que cubrir para empezar a trabajar, de las que ni se ha podido preocupar hasta ahora.

—Por cierto —añade, dirigiéndose a Martina—, ¿tenemos asignado equipo de la científica? Habrá que coordinarse con ellos.

—Lo tenemos, jefa —responde la subinspectora—, pero no están aquí. Vamos a trabajar con el inspector Vich, o el Sabueso, como prefiera llamarlo.

—¿Sabueso? —Leire se sorprende de tanto mote asignado en la comisaría.

—Sí. El apodo le viene de su mentor. Carlos Vich empezó a trabajar de policía como agente de calle, pero dada su formación académica y su pasión por los pequeños detalles, acabó a las órdenes del ya retirado inspector Angulo, a quien todo el mundo conocía como el Sabueso… por sus dotes para encontrar pistas donde nadie era capaz de hacerlo —aclara Martina—. Al jubilarse el inspector Angulo, nadie dudó de que el puesto que abandonaba iba a ser para su pupilo más aventajado e ilusionado. Y así fue. Desde entonces, y a base de mucho trabajo, se ha granjeado una fama extraordinaria y, actualmente, cualquier policía se pone contento cuando sabe que va a trabajar con el inspector Vich.

—¿Y qué formación académica es esa que dices que tiene, si se puede saber? —se extraña Leire.

—Veterinario.

La respuesta provoca un evidente gesto de sorpresa en la inspectora.

—Todo un licenciado en Veterinaria —continúa Martina—. Y además, por lo que cuentan, durante su periodo como sanaperros se especializó en dermatología, de ahí su pasión por la investigación. Dicen que no se cansa de repetir que en esa especialidad hay que ser como un detective y que, para llegar a un diagnóstico, hay que buscar pistas donde nadie las imagina. También comentan que basta con le pongan delante un microscopio para hacerle feliz, ya sea para perseguir asesinos o para diagnosticar enfermedades de la piel de los perros, porque creo que compagina sus dos pasiones y que todavía colabora con muchos de sus colegas veterinarios.

—¡Bueno! —exclama todavía algo sorprendida la inspectora—. ¿Y dónde tenemos al inspector Vich?

—Está viniendo desde Barcelona —aclara Martina—. Es de allí, y cuando puede se escapa a su tierra. Está avisado desde esta mañana a primera hora, y su tren debe estar a punto de llegar a Atocha.

—Perfecto. Pues entonces, Lamata —no se atreve todavía a usar el mote de Abuelo para dirigirse al agente— y Eli, id a buscarle y le lleváis a Coslada.

Los aludidos asienten.

—Y nosotras nos vamos directas a la biblioteca donde nos deben estar esperando. Cid, ¿nos guías?

Leire se gira y, siendo la que está más cerca de la puerta, sale la primera del despacho. El equipo la sigue al instante, contentos de iniciar una nueva investigación. Una vez más, la inspectora se percata de que le falta algo: no ha previsto si se ha solicitado un vehículo para ellos. Se vuelve a mirar a su segunda, temiendo tener que admitir esa falta ante sus nuevos compañeros, pero Martina capta su duda y, antes de que ella diga nada, le enseña una llave que tiene en su mano.

—Si le parece, inspectora, conduzco yo. Me encanta el coche que nos han asignado.

Cada uno va entonces hacia su destino y, en pocos minutos, los tres policías que van directos a localidad vecina de Madrid están sentados en un moderno BMW serie 1 de color azul metalizado —seguramente, de la flota requisada a algún capo de la droga— y salen del garaje de la comisaría. La conductora, que no ha dado opción alguna a su compañero, en cuanto accede a la Gran Vía coloca la sirena en el salpicadero del vehículo, la enciende y pone el coche a una velocidad bastante más rápida de la aconsejada para el tráfico de esas horas. Por si no bastaba con el ruido que emite el distintivo policial, conecta la radio, sube el volumen para poder escucharla por encima del aullar de la sirena y se pone a cantar junto a Pablo Alborán —este lo hace bastante mejor que ella— su famoso tema «Te he echado de menos». Leire va de copiloto intentando concentrarse en los pasos a seguir cuando lleguen a su destino. Cid va en el asiento trasero mirando distraído su teléfono móvil, como si tanto escándalo no fuera con él.

Capítulo 3

El trayecto hasta Coslada, que según el navegador se debería hacer en veinte minutos, lo culminan en poco más de diez. Por la M40 Leire pasa algo de miedo debido a la velocidad que impone la subinspectora y, cuando se incorporan a la desviación que indica la salida al famoso estadio del Atlético o hacia Coslada y bajan la pronunciada cuesta que accede a la localidad, agradece que su compañera decida reducir la marcha.

El acceso no es precisamente bonito. Pasan por debajo de unas vías de tren que alojan varios vagones de transporte de mercancías y desembocan en otra rotonda; la cual, gracias a unas letras de granito, les indica que han entrado en Coslada.

Sin saber nada de su destino, les llaman la atención dichas letras, la gran bandera de España que preside el nombre de la localidad y lo cuidada que está la vegetación de esa rotonda, muy decorada en comparación con lo descuidado del acceso que acaban de atravesar.

Enseguida y sin que se lo tengan que pedir, Cid localiza en el navegador de su móvil la ubicación exacta de la Biblioteca Municipal y activa el manos libres para que Martina pueda seguir las indicaciones hasta su destino. Leire baja la radio y silencia la sirena. Martina se la pasa para que la guarde en la guantera delantera del coche.

La voz mecanizada que emite el teléfono de Cid les dirige hacia la inevitable avenida de la Constitución, presente en todas las poblaciones satélite de cualquier ciudad; la recorren en su totalidad y dejan atrás el Ayuntamiento y multitud de comercios que a esas horas ya bullen en actividad. Al final de la travesía llegan, cómo no, a otra rotonda, donde una gran escultura que representa el busto de una mujer desnuda de cintura para arriba parece vigilar su paso.

—Es «La mujer de Coslada» —lee Cid la indicación del mapa de su móvil.

Pero, quizá por defecto profesional, más que en la escultura se fijan en las instalaciones de la comisaría de la Policía Municipal que se encuentran a la espalda de dicha mujer.

—¡Vaya tela! —exclama Martina—. Si pilláramos nosotros ese edificio para nuestra comisaría. ¡Qué envidia!

Sus compañeros asienten en silencio, dándole la razón, y se lamentan de las diferencias de presupuesto que por desgracia ostentan los diferentes Cuerpos de Seguridad del Estado; de todos modos, como es algo que tienen asumido hace tiempo, no malgastan ni un minuto en tratar ese tema.

La subinspectora saca el coche de la rotonda hacia donde le ordena la sugerente voz del navegador y, nada más hacerlo, la presencia de varios coches de la policía local con las luces de sus sirenas encendidas y bloqueando el acceso a la calle por donde parece que tienen que ir les confirma que han llegado a su destino.

El equipo de policías se acerca con el BMW hasta la cinta policial que les impide el paso. Allí les detiene el gesto enfadado de un agente local, que visiblemente molesto se acerca a la ventanilla de Martina y, eso sí muy educadamente, se dirige a ellos:

—Buenos días, señoras —está claro que no se ha fijado en Cid, sentado detrás—, por aquí no se puede seguir.

Sin esperar respuesta, el policía local levanta la mirada hacia un compañero que controla la salida de la rotonda por donde acaban de acceder —y que les ha permitido pasar sin decir nada— y le chilla:

—¡Coño, Paco! ¡Corta ahí, joder, que ahora tienen que dar la vuelta por prohibido!

Leire se baja del coche y, antes de que se pueda dirigir al agente municipal, recibe una nueva reprimenda de este:

—¡Señora! ¡Espere a que le indique, no se me baje del coche aquí!

La inspectora saca su placa y se la planta delante al funcionario municipal; el cual, enfrascado en su tarea, tarda unos segundos en entender que está delante de una policía nacional. Leire le ayuda presentándose:

—Soy la inspectora Sáez de Olamendi. Vengo con mi equipo para hacernos cargo de la investigación.

El municipal vuelve a mirar el vehículo, extrañado de que no tenga ningún distintivo oficial, y solo parece confirmar la identidad de su interlocutora cuando ve a Cid, vestido con el uniforme corporativo. Se vuelve entonces hacia Leire y cambia radicalmente su actitud:

—Perdone, inspectora, es que al no ver nada en el coche… —enseguida echa mano de la radio y avisa a su superior—. Jefe, los de la Nacional están aquí, se los mando.

El agente levanta la cinta policial que les había detenido y espera paciente a que Leire vuelva a subirse al vehículo para avanzar hacia la zona acotada que les señala con la antena de la radio. Mediante esas señas les indica adónde tienen que dirigirse, vuelve a bajar la cinta policial y se da la vuelta para volver a increpar al tal Paco que, según su opinión, no está haciendo bien su trabajo.

Martina acerca el BMW hasta donde les ha dirigido y lo estaciona a los pies de un señor menudo, trajeado, visiblemente estresado, y a quien, por su manera de dirigirse a los demás, identifican como el jefe aludido por quien les ha permitido pasar. Los tres policías nacionales se bajan del coche y se quedan delante de su nuevo interlocutor. Este, sin tener claro a quién de las dos no uniformadas tiene que dirigirse, les habla en plural.

—Soy el subinspector Díaz, de la Policía Municipal de Coslada. Me van a perdonar, pero el inspector no se encuentra hoy aquí y soy yo el encargado de recibirles.

Leire se adelanta a sus compañeros:

—Hola, subinspector. Soy la inspectora Sáez de Olamendi, encargada del caso. —Y, sin ganas de dilatar más las presentaciones, va directa a su objetivo—: ¿Nos diriges?

El subinspector Díaz la mira de arriba a abajo con poco disimulo, mostrando extrañeza, quizá porque se había hecho otra idea del responsable que se iba a encargar del muerto aparecido en su territorio. Hace un gesto de evidente resignación y, consciente de que eso no le incumbe, decide seguir con la misión que le han encomendado sus superiores directos:

—Por supuesto. Acompáñenme por aquí, por favor.

Gira sobre sí mismo y, mientras habla por la radio que sostiene en su mano derecha, echa a andar en dirección al edificio de enfrente.

Leire le sigue en primer lugar y, ya a la entrada a la biblioteca, hace una señal a Martina para que la acompañe dentro, le pide a Cid que espere allí la llegada de sus compañeros junto al inspector de la científica, para que les pueda franquear el acceso hasta la escena del crimen.

La inspectora, pendiente de todo, se hace una rápida composición del lugar antes de entrar. El edifico está bien señalizado con unas grandes letras corpóreas colocadas en la parte superior que indican que es la Biblioteca Municipal de Coslada. Es una construcción moderna, de dos alturas además de la planta baja, acristalada casi en su totalidad y perimetrada por una valla de hormigón que, desde donde se encuentran, solo permite el acceso al interior por la entrada principal. Es un bloque aislado de los colindantes, con zonas verdes a su alrededor, excepto por uno de sus flancos en el destaca otra edificación decorada con una curiosa pintura, muy colorida, y que se le antoja como una pobre imitación de un cuadro de Miró.

Una vez en el interior de la biblioteca —porque el subinspector Díaz no les da tiempo a que fuera observen nada más— se encuentran con una decoración austera y unos espacios excesivamente amplios y muy bien iluminados gracias a la claridad que dejan pasar los enormes ventanales. La inspectora no se había imaginado un espacio tan atrayente para alojar un templo de la lectura.

Entre la nube de policías que protege el lugar, Leire se fija en una mujer sentada detrás del mostrador de recepción: claramente abatida y agitada, intenta serenarse con los cuidados de dos sanitarios del SUMMA1. No puede pararse a ver más si no quiere perder la pista del subinspector Díaz, quien, cual camarero guiando a sus clientes hacia la mesa reservada, parece que lleva prisa y no se detiene ante nada, ni siquiera para comprobar si sus invitadas le siguen.

Por una ancha escalera ascienden a la planta superior, donde comprueban que el acceso a las salas de lectura está perfectamente controlado, ya que no hay nadie al otro lado de la cinta policial puesta justo al final de los peldaños. Por fin, el subinspector Díaz detiene su andadura para, algo jadeante, dirigirse a las policías nacionales:

—Aquí es.

Y, tras recuperar un poco el aire que le falta por las prisas, sigue explicando:

—Tras comprobar que estaba muerto, hemos aislado la planta. De todos modos, a estas horas de la mañana no creo que haya pasado nadie antes que nosotros; salvo la bibliotecaria, claro, que es quien nos ha avisado.

Leire y Martina observan la sala mientras el municipal sigue relatando:

—El cadáver está en el cuarto de baño —señala una puerta cerrada—. No hemos encontrado nada más, ni objetos personales ni nada que no debiera estar aquí.

La estancia, efectivamente, está como debería estar: sillas, mesas y libros perfectamente ubicados en su sitio; incluso los carros, destinados a almacenar los ejemplares pendientes de distribuir en sus estanterías, vacíos y perfectamente aparcados junto a una pared, donde no molestan el paso de nadie. La puerta del aseo que les indica el subinspector Díaz permanece cerrada, presumiblemente guardando la intimidad del difunto que está tras ella y a la espera de que las dos policías nacionales descubran lo que hay.

Leire está deseando pasar a la escena del crimen, pero no podrá hacerlo hasta que no llegue el inspector de la científica; sabe que ya han pasado por allí la bibliotecaria y los policías que hayan acudido ante la denuncia de esta, por lo que la contaminación de la escena y la destrucción de pistas ya habrá sido suficiente como para que ellas la incrementen aún más. Mientras se ven obligadas a esperar, Leire pide al subinspector que le explique los acontecimientos acaecidos allí esa mañana.

—Nosotros hemos recibido la llamada de la bibliotecaria a primera hora, serían pasadas las ocho y media. Por lo visto, ella ha llegado pronto, como dice que suele hacer últimamente, porque los recortes de personal la obligan a hacer tareas que antes no ejecutaba. Nos ha dicho que siempre es la primera en llegar y que se encarga de comprobar si sus compañeros del turno anterior lo han dejado todo en perfecto estado para los usuarios de la biblioteca. Los lunes como hoy, al estar cerrado desde el sábado a mediodía, hace una ronda más exhaustiva. En esa ronda es cuando se ha topado con el cadáver. Ha debido de pasarlo fatal hasta que ha conseguido llamarnos. Aunque hemos tardado menos de diez minutos en llegar, nos la hemos encontrado aquí en esta planta, sentada en el suelo delante de la puerta cuarto de baño y con una crisis de ansiedad de la que, como habéis visto abajo, todavía no se ha recuperado.

—¿Os ha contado qué es lo que ha visto? —interviene Leire.

—Nos lo ha contado, y lo hemos comprobado —responde el subinspector extrañado por la pregunta—. Lógicamente, los agentes que han respondido a la llamada, cuando han conseguido entender lo que les decía la bibliotecaria, han pasado a la escena del crimen. Ahí dentro —lo dice señalando con la cabeza una vez más a la puerta cerrada del baño— hay un hombre retorcido.

—¿Perdón? —la inspectora se extraña de la expresión usada por el municipal.

—Es como si hubiera muerto con espasmos —continúa este—. Su postura resulta artificial: tiene la espalda arqueada hacia atrás, con una postura tensa… no sé cómo explicarlo, mejor que lo vean ustedes mismos.

—Lo veremos, pero debemos esperar a los de la científica, que estarán a punto de llegar. ¿Podemos mientras…?

Ella no puede terminar la frase porque una voz que derrocha gran energía le hace girarse y centra toda su atención.

—¡Hola, hola, hola!

El pequeño grupo se vuelve y ven llegar a Cid, Lamata y Eli, acompañados de otro hombre: más bajo que ellos pero mucho más vivo en movimientos, pelo escaso, moreno y peinado hacia atrás; sus oscuros ojos no pueden evitar fijarse en todo lo que les rodea; va vestido elegantemente con pantalón de pinzas y una pulcra camisa blanca, completa su atuendo un voluminoso maletín metálico cogido con su mano izquierda, con el que les ha saludado de esa peculiar manera. Leire se imagina que es Carlos Vich, el inspector de la científica, pero no le da tiempo a confirmarlo, ya que él mismo se presenta a la vez que le estrecha firmemente la mano que tiene libre.

—Tú debes ser la inspectora Sáez de Olamendi, ¿no? He oído hablar mucho de ti. ¡Eres la Agatha Christie del asesinato en el tren! ¡Qué pasada! Enhorabuena por aquel caso, compañera.

—Y tú debes ser el inspector Vich, de la científica —confirma Leire respondiendo al saludo y manteniendo la presión del apretón de manos—. Puedes llamarme Leire si quieres —le facilita el trato como policías del mismo rango que son.

—Claro que sí. Leire, mucho mejor —responde jovial el inspector Vich—. A mí llámame Carlos, o Sabueso, que estos se piensan que no conozco mi mote —añade soltando la mano de la inspectora y dando con ella una palmada cariñosa a la gran espalda de Cid.

—Carlos, mejor —decide Leire—. ¿Te han puesto al día mis compañeros?

—¡Y estoy deseando pasar ahí dentro! Tienes un equipo excelente, compañera, y para colmo lo vas a completar con los mejores de la científica, a quienes lidero y que están a punto de llegar. Pero mientras viene mi caballería, si te parece, vamos a ir echando un vistazo ahí dentro.

Al tiempo que dice esto, el inspector Vich deja su maletín en el suelo, lo abre y saca de su interior dos bolsas de plástico que contienen sendos equipos completos de aislamiento para poder acceder al escenario del crimen sin contaminarlo. Entrega uno a Leire, y ejecutan los dos el ritual de colocarse el mono de plástico, calzas, guantes y hasta un gorro que a él le cubre con facilidad el escaso cabello —a la inspectora le cuesta más colocárselo—. Una vez preparados, el Sabueso completa su atuendo con una pequeña cámara de fotos y, visiblemente contento, se dirige a Leire:

—Los pequeños detalles siempre son importantes —explica señalando la cámara de fotos—. ¿Vamos?

1 El SUMMA 112 tiene asignada la misión de la atención sanitaria a las Urgencias, Emergencias, Catástrofes y Situaciones Especiales, en la Comunidad de Madrid.

Capítulo 4

Los dos inspectores levantan la cinta que impide el paso a la zona de la biblioteca que mantienen acotada. Vich delante, Leire detrás siguiendo sus pasos, no quiere alterar el estado del escenario del crimen y llevarse la reprimenda del Sabueso. Sabe por experiencias anteriores que los policías de la científica, por muy sociables que parezcan —como es el caso de su recién conocido compañero—, se transforman en cuanto se ponen en acción y pasan a ser tremendamente exigentes con los protocolos… lo mejor es dejarlos trabajar respetando sus normas. El resto de los policías nacionales y municipales permanecen al otro lado de la cinta, observan el avanzar de sus jefes dispuestos a esperar sus órdenes.

La sala de lectura donde pasan Leire y Carlos Vich se aprecia totalmente normal, no hay nada que a simple vista les llame la atención: mesas limpias, sillas colocadas en sus sitios, estanterías de libros ordenadas… Aun así, el Sabueso va despacio, toma unas cuantas fotografías de la estancia y, al pasar al lado de una columna de libros, se detiene un momento a admirarlos.

—Libros de viajes —comenta—. Curioso… ¿Serían del interés de nuestro muerto?

A la inspectora le sorprende tal observación. Ella tiene tanto interés en entrar al cuarto de baño, donde les espera el cadáver, que no se ha parado a pensar en los posibles motivos de por qué ha aparecido el muerto en esa planta o incluso esa zona de la biblioteca. «Tengo que ir más despacio», piensa, «no puedo dejarme llevar por las prisas, o se me pasarán por alto cosas importantes».

Por fin, el Sabueso se planta delante de la puerta que franquea el acceso al aseo. Leire observa cómo se prepara antes de entrar: mueve el cuello hacia los lados, suelta aire y estira los brazos, cual atleta que calienta antes de iniciar una carrera. Sin darse la vuelta para ver si su compañera está preparada, Carlos Vich abre con cuidado la puerta y accede al interior; eso sí, sujetándola un poco para que Leire pueda entrar tras él. Una vez dentro los dos, dejan que se cierre la puerta y se quedan con la espalda pegada a ella, observando en silencio el cuerpo del hombre que, tirado en el suelo, y efectivamente retorcido de manera incómoda los ha llevado hasta allí.

En la estancia no hay nada que demuestre violencia, o que justifique la muerte de esa persona. Es un cuarto de baño colectivo normal, hasta demasiado limpio para ser de uso público; por no tener, no tiene ni el suelo sucio, parece recién fregado. Solo una de las puertas que dan paso a un váter está medio abierta, y es porque parte del cuerpo inerte del hombre impide que se cierre. Leire aprovecha que Vich no se mueve todavía para observar al muerto con precisión. Intenta grabarse todo lo que ve en la memoria; aunque luego tenga acceso a las imágenes que tomarán los de la científica, considera muy importante esa primera impresión.

El cadáver está tirado en el centro del aseo; a la vista, el cuerpo entero menos la pierna que tiene dentro de la pequeña estancia del inodoro. Se aprecia perfectamente que es un hombre de mediana edad, quizá un poco pasado de peso, con el pelo moreno, moteado por alguna cana y ligeramente rizado; va vestido de manera cómoda: vaqueros y una camisa de cuadros algo pasada de moda que debía de llevar por dentro de los mismos, pero que la caída ha exteriorizado por uno de los laterales. Lleva gafas de montura metálica y clásica que se mantienen sorprendentemente fijas en su posición a pesar de que la postura del varón refleja, como ya les habían advertido, una muerte convulsa: tiene la espalda arqueada incómodamente hacia atrás y la cabeza, siguiendo la forzada línea de la columna vertebral, intenta girar noventa grados hacia una posición antinatural del cuello, como si quisiera tocarse la zona de los hombros con la coronilla. La inspectora, respondiendo a una indicación del Sabueso, se fija en la zona genital del muerto, manchada seguramente de orina, aunque la tela vaquera ha absorbido todo el fluido porque al suelo no ha llegado ni una gota.

Carlos Vich, tras escanear la escena en silencio y con los ojos semicerrados, de repente reanuda la actividad y parece volver de otro mundo; se activa y empieza a tomar fotos del cadáver desde todos los ángulos posibles. Con cuidado se acerca al cuerpo y, sin tocarlo, lo observa despacio, mirándole directamente a la cara, como preguntándole en silencio la causa de la muerte que tiene que averiguar. Leire le deja actuar, indecisa sobre qué se supone que debe hacer ella mientras su compañero está trabajando; es la primera vez que colaboran juntos y, en ese punto inicial de la investigación, la labor del de la científica es vital para el futuro desarrollo del caso. La inspectora permanece absorta, siguiendo los movimientos del Sabueso, cuando le sorprende el golpe que le da en la espalda la puerta de acceso al aseo en la que estaba apoyada. Se gira algo enfadada, dispuesta a reprender a quien haya osado invadir la estancia sin su permiso, pero se ve superada por tres figuras, vestidas con el mismo mono de plástico que ellos, que acceden joviales al interior del cuarto de baño.

—¡Jefe, lo quería todo para usted! —exclama uno de los intrusos—. ¡Ni nos ha esperado para entrar!

El inspector de la científica se yergue y sonríe abiertamente.

—¡Si sois así de lentos, mal vamos! Que yo vengo de Barcelona y ya llevo aquí un rato.

Los dos primeros, cargados con sendos maletines muy parecidos a los de su superior, acceden al interior; y es la tercera figura, claramente femenina a pesar del mono que la recubre, quien se fija en la inspectora:

—¿Y esta?

Leire va a responder, pero el inspector Vich se le adelanta:

—Os presento a la inspectora Sáez de Olamendi. —A la aludida le sorprende que se acuerde de sus apellidos, algo poco frecuente—. Es la responsable del caso —sigue el Sabueso—, así que poneos a sus órdenes.

Los tres recién llegados se vuelven hacia ella y la miran con curio­sidad.

—Inspectora, te presento a los agentes Sanchidrián, Vigo y Zorita —dice orgulloso el Sabueso—, mi caballería. Lo mejor de la policía científica en este país.

Leire les saluda en silencio, con un movimiento de cabeza dirigido a cada uno de ellos, y de vuelta recibe el mismo gesto de saludo. Basta con esa introducción para que el equipo allí reunido se olvide de los formalismos y, dando la espalda a Leire, se pongan a trabajar junto a su líder, como si ella ya no estuviera allí.

—¿Así que este es el difunto?

—Este no se ha muerto en paz, jefe, ¡está retorcido!

—A ver si es que no le daba tiempo a mear… —añade el último de los agentes señalando la mancha de los vaqueros.

Leire observa cómo los cuatro de la científica se vuelcan sobre los maletines —que han depositado, y abierto, en el suelo— y empiezan, sin dejar de hacer comentarios, a realizar lo que es su rutina de trabajo. La inspectora se sabe entonces fuera de lugar. Sale del aseo y los deja solos para continuar con su propio equipo y su parte de la investigación: identificar al muerto, buscar e interrogar a los posibles testigos y empezar a colocar las piezas del puzle que le han ordenado resolver.

Se quita el molesto mono de plástico y demás accesorios, vuelve con sus compañeros y los reúne en un círculo íntimo, un poco apartados del resto de policías municipales, que siguen por allí —excepto el subinspector Díaz, quien seguramente ha desaparecido para dedicarse a otros menesteres—.

—¿Tenemos algo ya?

—Poca cosa, inspectora —responde Martina como interlocutora del grupo—, solo lo que nos han contado los municipales que les ha dicho la bibliotecaria que se ha encontrado el pastel esta mañana. Por lo visto, el muerto venía regularmente por aquí, pero ella dice que no lo conoce personalmente, que era alguien que acudía siempre solo y que no se relacionaba con otros visitantes.

—¿No está identificado todavía?

—Nada, no se han atrevido a tocarlo hasta que no diéramos permiso o hasta que diera orden el juez que, por cierto, creo que ya está en camino.

—Pues entonces tenemos mucho trabajo por delante —suspira Leire—. Martina, tú vente conmigo a hablar con la archivera. Lamata, tú esperarás al juez para ponerte a su disposición, y ya sabes: nos tenemos que llevar bien con él. —El aludido asiente—. Y vosotros —dirigiéndose a Eli y a Cid—, os quedáis esperando a los de la científica y en cuanto salgan les sacáis toda la información posible y pasáis al escenario del crimen para ver lo que observáis. Nos vemos todos luego en la comisaría.

El equipo agradece unas órdenes tan claras y se disgrega. Leire busca a su segunda con la mirada, se sorprende un poco de lo feliz que parece de ir con ella, pero no le da más importancia, y bajan las dos al mostrador de la entrada, donde sigue siendo atendida la bibliotecaria.

Se encuentran a la mujer un poco más tranquila. Parece que el equipo del SUMMA ya no le hacen demasiado caso. Están charlando en un corrillo a su lado, quizá esperando a que alguien se haga cargo de ella para irse tranquilos. La bibliotecaria permanece sentada en uno de los sillones de detrás del mostrador —allí pasa muchas horas a lo largo de su jornada laboral— con la cabeza recostada en el respaldo y los ojos cerrados. Es una mujer relativamente joven que rompe el estereotipo de una bibliotecaria: su pelo, de color rosa, corto y peinado hacia delante, es lo primero que llama la atención, lo lleva dejando despejado un rostro agradable aunque quizá con más maquillaje del necesario; va vestida con pantalones anchos de lino, camisa blanca y un fular enrollado en el cuello. A pesar de estar sentada, es evidente su escasa altura, característica que intenta compensar con unos zapatos negros de gran plataforma para realzar su figura.

Las dos policías se colocan a su lado, y es la subinspectora la que se dirige a ella:

—Buenos días, nos gustaría hablar un momento con usted, si fuera posible.

La bibliotecaria abre los ojos, asustada por la voz que la saca del descanso. Por su gesto, Leire piensa que se había quedado dormida, es muy probable que los sanitarios la hayan sedado o tranquilizado con algún fármaco. La mujer mira a las dos policías, intentando entender quiénes son, o quizá qué hace ella allí, y no en su casa, saliendo de los brazos de Morfeo. Martina se da cuenta de su desconcierto y hace las presentaciones:

—Soy la subinspectora Rojas, y esta es la inspectora Sáez de Olamendi. Nos vamos a hacer cargo de la investigación.

—Hola… —dice algo perdida.

—¿Usted es? —sigue Martina.

—Eva… Eva Rosiñol. Soy la encargada de la biblioteca.

Leire se adelanta a su segunda y toma las riendas de la conversación:

—Hola, Eva. ¿Puedo tutearte?

La aludida asiente a la pregunta de la inspectora, aunque su mirada permanece en Martina.

—Perfecto, Eva —sigue Leire, atrayendo, ahora sí, la atención de la mujer—. Tenemos entendido que eres tú la que has encontrado el cadáver esta mañana. ¿Es así?

La bibliotecaria asiente en silencio, intentando evitar que vuelva a brotar el llanto que ya ha exhibido en demasiadas ocasiones a lo largo de la mañana.

—¿Te importaría repetirnos cómo ha sido, Eva? Entiendo que ya habrás hablado con los municipales, pero sabemos que la versión directa de un testigo siempre es mejor que la transcrita por un tercero. ¿Puedes hacer ese esfuerzo, por favor?

—Claro —responde ella con dificultad—. Esta mañana he llegado la primera, como siempre. Soy la encargada principal de esta biblioteca, y los lunes tengo que abrir y asegurarme de que esté todo recogido y a punto para los usuarios. Desde los recortes provocados por la crisis del coronavirus el fin de semana no viene personal de limpieza, por lo que mis compañeros y yo intentamos dejarlo todo preparado los sábados antes de cerrar; a pesar de eso, a mí me gusta dar una vuelta por todo antes de abrir. Esta mañana, cuando he llegado a la planta de arriba…

Tiene que hacer una pausa para ahogar un sollozo. Se nota que le cuesta rememorar otra vez la escena, y la mano de Martina sobre su hombro le hace saber que agradecen su esfuerzo.

—Estaba todo como siempre —consigue continuar—, nada fuera de lo normal hasta que he entrado al aseo… ¡Ha sido horrible! Ese hombre estaba allí tirado, retorcido… Con esos ojos desencajados…

La bibliotecaria, incapaz de aguantar más la entereza, hunde la cara entre sus manos; aun así, Leire decide obligarla a continuar. Sabe que es el momento en el que va a describirlo todo con más realismo; cuando más tarde vaya a prestar la declaración oficial, más mezclará escenas reales con otras magnificadas por el impacto emocional, y eso les aportará una interpretación sesgada de la realidad.

—¿Nada te llamó la atención antes de entrar al aseo, Eva?

La aludida niega con la cabeza.

—¿Estaba todo tal y como lo dejasteis el sábado? —insiste.

—Todo normal, inspectora, tal cual lo dejamos y como debería estar.

—Entiendo… ¿Conocías a ese hombre? ¿Venía habitualmente por aquí?

—Sí, venía de vez en cuando, y últimamente cada vez más. Se sentaba siempre apartado de la gente y, curiosamente, no cogía libros, solo se ponía a trabajar con su ordenador. Era un hombre muy discreto pero también muy correcto: siempre saludaba y siempre se despedía, pero poco más. Una de esas personas que parece que quieren pasar desapercibidas.

—Entonces imagino que sabrás quién es —pregunta Leire—, tendrá carné de la biblioteca.

—Pues supongo que no… —Eva Rosiñol intenta pensar—. Creo que nunca pidió ningún libro en préstamo. Solo venía, se sentaba con su ordenador y se iba. Nada más. De todas maneras, cuando tengan su nombre lo podemos comprobar.

—¿Aquí puede entrar cualquiera sin carné? —pregunta algo sorprendida Martina.

—Así es. A una biblioteca puede acceder quien quiera a hojear libros, leer la prensa, estudiar… Lo que quieran hacer siempre que respeten las normas. El carné solo hace falta para llevarse libros en préstamo.

—¿Y esta mañana no estaban sus cosas por ningún lado? —cambia de tema la inspectora—. ¿El ordenador ese con el que dices que trabajaba?

—Nada… ¡Solo él! —exclama, hundiéndose de nuevo, la bibliotecaria.

Las dos policías interrumpen sus preguntas para no presionarla más. Está claro que la funcionaria no puede aportar más información. Justo cuando van a despedirse de ella, de la planta superior bajan con sus maletines los agentes de la científica liderados por su jefe, que es el único que se para y se dirige a la inspectora:

—Ya hemos terminado, Leire. Ahí he dejado a tus chicos hurgando en nuestros restos, y a la espera del juez. Por cierto, por si quieres apuntarlo, aunque te mandaré el primer informe esta misma mañana, el difunto se llamaba Gabriel Coscullela Ros; para que vayáis tirando ya de algún hilo.

El inspector Vich dice esto y, sin dejar que Leire pregunte nada más, abandona la biblioteca detrás de su equipo con ese aire dinámico y jovial que ha sorprendido tan agradablemente a Leire.

Capítulo 5

Un par de horas después, todo el equipo está nuevamente en la sala de reuniones, que parece va a ser su lugar de trabajo habitual dentro de la comisaría. Por orden de Leire, la subinspectora se ha encargado de que haya bocadillos de calamares y bebidas para los cinco; es la única manera —respetando el presupuesto— de compensar los extensos horarios de trabajo a los que se va a ver obligada a someter a sus compañeros.

Mientras se reparten la comida, Leire se fija en la dependencia donde se encuentran. Es una estancia austera. La única decoración que tiene, a parte de un viejo retrato del rey emérito, es una pizarra magnética todavía vacía de contenido, a la espera de la llegada de las fotos y los apuntes que ayuden resolver el caso.

Por fin están todos sentados, empezando a dar buena cuenta de sus viandas, excepto la inspectora, que aguanta el ayuno y la postura. Se sienta sobre el tablero de la mesa y empieza a hablar:

—Bien. Pues al menos ya tenemos algún dato y trabajo por delante. Ya sabéis que el muerto se llamaba Gabriel… —tiene que mirar la aplicación de notas de su teléfono móvil para decir el nombre completo— Coscullela Ros. Quiero saber quién era este tipo, a qué se dedicaba, dónde vivía, qué hacía en la biblioteca… Además, si tiene familia, habrá que avisarles de que ha fallecido, porque hasta ahora nadie lo ha debido de echar en falta.

Leire se queda mirando a sus compañeros para ver si se presenta algún voluntario para esa tarea, pues todavía desconoce en qué es fuerte cada uno de ellos. No tiene que esperar mucho porque todos dirigen su mirada hacia Jonatan, que se da por aludido.

—Yo me encargo, inspectora, se me da bien el rastreo de identidades.

—Perfecto, Cid, para lo que necesites nos pides ayuda.

El agente asiente, pero no se mueve de su sitio y se espera para conocer el trabajo de sus compañeros. Leire sigue adelante:

—Por otro lado, algo más que sabemos es que este señor solía ir con un ordenador a la biblioteca, aparentemente a escribir, y no ha aparecido ningún objeto personal suyo, ni por supuesto dicho ordenador. O bien el sábado fue a contemplar el ambiente literario o alguien se ha llevado esas pertenencias, y tiene todas las papeletas de haberlo hecho quien se lo haya cargado.

—Porque damos por hecho que no ha sido una muerte natural —le interrumpe el Abuelo.

—¿Perdón? —Leire se sorprende de la afirmación del agente.

—Que estamos dando por hecho que lo han matado, sin tener todavía los resultados de la autopsia —continúa el agente Lamata—, y digo yo que a lo mejor se ha muerto él solo, porque le ha llegado la hora.

—A ver, Abuelo… —interviene la subinspectora, en defensa del trabajo de su jefa—. ¿De verdad piensas que se ha muerto solito?, ¿así, sin más?, ¿le dio por ir el sábado a la biblioteca, no habló ni se relacionó con nadie, sufrió un parreque en el baño justo a última hora y tuvo la mala suerte de quedarse allí tirado, de esa manera tan forzada que hemos visto, sin que nadie se diera cuenta?

—Solo era una idea, jefa.

—Pues, como es tan buena idea, si a la inspectora le parece bien, te vas a encargar tú de comprobarla preguntando a los sabuesos por su trabajo, ya sabes que les encanta tenernos encima metiéndoles prisa.

Martina mira a Leire buscando su aprobación, quien se la otorga con un asentimiento de cabeza y le permite seguir.

—Te vas a ir a las dependencias de la científica, o al Anatómico Forense si están allí todavía, te tragas la autopsia si es el caso y te traes de vuelta el primer informe, oral y escrito, a ver si te dan la razón o te convencen de que alguien se lo ha cargado.

—Vale, vale —se resigna el Abuelo, algo molesto por la reprimenda—, yo me encargo.

De los tres agentes, solo Elisenda está todavía sin misión, por lo que se revuelve en su asiento. Leire aprecia su discreción, siempre le ha gustado la gente prudente, así que se esfuerza en asignarle rápido una tarea.

—Eli, si no te importa, tú vuelves a Coslada. Me interesa una prospección de lo zona… Ya sabes: cámaras de seguridad de locales cercanas, trabajadores de la zona que estuvieron por allí ese día, cualquier cosa que pueda ser de utilidad. Además, como la noticia ya habrá corrido de boca en boca, seguro que algún vecino quiere aportar su versión de los hechos. Nos vendrá muy bien todo lo que saques en claro para que, cuando sepamos más sobre el difunto, volvamos de nuevo por allí.

—¡Así da gusto! —exclama Martina—. Ya tenemos todos ocupación, por lo que estamos tardando en terminarnos el bocata y empezar a currar. ¡Vamos, equipo!

Los tres agentes, en vez de dar los últimos bocados en la sala, salen con sus bocadillos en la mano, rumbo a sus destinos. Una vez a solas, Martina se vuelve hacia su jefa, quien está mirando, distraída, la pizarra en blanco, como si ya tuvieran allí la solución al caso.

—Bueno, jefa, no he querido decirlo delante de todos, pero… ¿y nosotras?, porque algo tendremos que hacer, ¡que hay que dar ejemplo! —dice con cachondeo.

Leire sonríe ante la actitud de su segunda.

—Nosotras vamos a que nos diga Cid dónde vivía el hombre y nos acercaremos al domicilio.

Encuentran al agente ya absorto en la pantalla de su ordenador. Le piden la primera información que encuentre sobre Gabriel Coscullela Ros, y Cid se pone enseguida a ello. Al minuto comparte los primeros datos, bastante escasos, que aparecen en internet sobre el difunto.

—Normalmente —les explica Cid—, es teclear cualquier nombre en un buscador de internet y aparecen, además de sus posibles logros o cargos profesionales, todas las redes sociales donde esa persona airea habitualmente su vida.

Eso es algo que Leire nunca ha entendido, como sabe cuánto te desnuda ante cualquier amenaza el publicar constantemente tu actividad en las redes sociales, no usa ninguna de ellas a nivel personal. Es verdad que, al ser policía, lo hace por seguridad, pero también porque nunca ha tenido la necesidad de publicar en ningún sitio si está de vacaciones por ahí, o tomando café con su madre, o que a su gato Carmelo le ha gustado la última latita de gambas que le ha comprado. Ella considera que su vida privada es eso, privada, y la comparte de palabra y solo con quien ella quiere o le pueda interesar. Pero, por otro lado, el hecho de que la gente se empeñe en hacer lo que ella evita le viene muy bien para su trabajo como investigadora, es el primer sitio donde cualquier policía busca información para empezar a recabar datos de una persona.

En el caso del muerto, Cid solo encuentra a su nombre una página —muy poco actualizada por cierto— de Facebook. Saben que es del Gabriel a quien investigan por la foto de perfil —que también es la única que hay publicada en la red social—. La imprimen para empezar a rellenar la pizarra blanca. No figura ninguna red social más a nombre de Gabriel Coscullela Ros. A parte de eso, también encuentran, en una página de información empresarial, el nombramiento hace años de Gabriel Coscullela Ros como directivo de una multinacional dedicada a la consultoría y que ellos no conocen.

El resto del trabajo de rastreo informático de una persona ya es un proceso mucho más largo y tedioso, que requiere mucho ir y venir por diferentes páginas de internet. Por eso, las dos policías, para no quedarse allí mirando a su compañero y sin hacer nada, deciden dejar a Cid haciendo su trabajo, no sin antes pedirle que busque, en la base de datos policial del documento nacional de identidad, el último domicilio conocido del difunto.

Se sorprenden al comprobar que Gabriel figura con residencia en Madrid, y no en Coslada, como se podría suponer al haber aparecido muerto en su Biblioteca Municipal. Al no tener todavía ningún dato más relevante, siguen con su intención de desplazarse —con pocas expectativas de que la visita vaya a ser muy fructífera— hasta la dirección del domicilio habitual.

De nuevo se montan en el BMW Serie 1, al que ya se están acostumbrando, y salen del garaje de la comisaría. Martina conduce cantando. Esta vez, junto a Jarabe de Palo la canción de «La Flaca», lo que permite a Leire ir sumida en sus pensamientos y disfrutando de la belleza de la zona centro de Madrid, ya que la dirección que les ha facilitado Cid es en la calle Abtao, cerca del parque del Retiro, y para llegar allí desde la comisaría tienen que atravesar las calles más emblemáticas de la ciudad: la Gran Vía casi en su totalidad, la Plaza de Cibeles, el Paseo del Prado, la Plaza de Neptuno y la estación de Atocha con su monumento a las víctimas del terrible atentado del 11-M. Martina parece entender que su jefa está disfrutando del viaje y respeta su momento. Leire agradece su actitud y sonríe disimuladamente porque se ha percatado de que, cada cierto tiempo, la subinspectora la mira de reojo.

Por fin llegan a su destino: una estrecha calle de edificios medianos, típica de un barrio de clase media y en la que se les hace una difícil proeza aparcar. Martina, harta de dar vueltas decide dejar el coche en un vado permanente, delante del garaje de la finca donde figura el domicilio de Gabriel. Sin dar tiempo a Leire para que comente dicha decisión, saca una vez más la sirena de la guantera y la coloca en el salpicadero del vehículo, apagada pero bien visible, para que a cualquiera que le moleste el coche allí estacionado se lo piense dos veces antes de protestar; o por si pasa por allí algún agente de la Policía Municipal con ganas de apuntarse una multa a su cuenta personal, que sepa que el tanto no se le va a sumar a su balance de resultados.

Las dos policías bajan del BMW e, ignorando las miradas de los transeúntes que se han dado cuenta de su profesión y las observan sin discreción —incluso alguno prepara su teléfono móvil para documentar una posible actuación policial—, entran directamente en el portal del edificio.

Les cuesta un poco acostumbrar la vista a la penumbra interior, y cuando lo hacen se ven delante de un hombre mayor, algo encorvado y vestido con un mono de trabajo azul oscuro que las mira tranquilamente, sin levantarse de la vieja silla de oficina donde está sentado y que tiene estratégicamente colocada para, desde allí, poder controlar a todo el que entra o sale de sus dominios. Ante el silencio del que evidentemente es el conserje de la comunidad, Leire muestra su placa e inicia la conversación:

—Buenos días, señor.

El aludido no responde ni muestra sorpresa ante la entrada de las dos policías, como si fuera algo que pasara allí a menudo. A la inspectora no le queda otra que seguir hablando:

—Venimos preguntando por el señor Gabriel Coscullela —decide no desvelar todavía que están investigando su muerte—, creo que vive aquí.

El portero de la finca se toma su tiempo antes de responder con un marcado acento gallego:

—Vivir… vive, aunque hace tiempo que no lo veo.

—¿Y eso? —interviene Martina.

—Pues se marchó hace unos meses, y todavía no ha vuelto.

—¿Y su familia? —Leire retoma la iniciativa, dando a entender a la subinspectora que la deje a ella.

El conserje vuelve a meditar antes de responder:

—Yo nunca le conocí familia.

A la inspectora le queda claro lo poco explícito que va a ser su interlocutor y que, si quiere sacar algo provechoso de la visita, va a tener que ser muy directa.

—Perdone que no le haya preguntado ni su nombre —intenta acercarse a él emocionalmente.

—Paulino —responde el portero, sin darle más datos.

—Verá, Paulino, creemos que ha podido pasarle algo al señor Coscullela, por eso estamos aquí.

Por toda respuesta, la inspectora recibe una mirada inexpresiva.

—Necesitamos hablar con alguien que nos dé datos de él, o si es posible entrar en su domicilio —decide arriesgarse aún sabiendo que no tiene ninguna orden judicial para acceder a la vivienda.

Tras otra pausa desesperante, el conserje responde:

—Solo se relacionaba con el señor Gabicacogeaskoa, del tercero derecha.

—¡Perfecto! ¿Y podemos hablar con él?

—Tampoco está. Se fue también.

Leire empieza a alterarse con la actitud del portero. Martina se tiene que morder los labios para no intervenir y hacer que el hombrecillo sea más explícito; para relajarse, sale un momento a la calle y dispersa al grupo de gente que todavía está pendiente de ellas esperando que les den algo de entretenimiento.

—Entiendo —responde pacientemente la inspectora—. ¿Tiene usted la llave de su casa?

—Claro. De todas las viviendas.

—¿Y podemos entrar? Entienda que igual le ha pasado algo al señor Coscullela y necesita nuestra ayuda.

La pausa del hombre es más larga de lo habitual, finalmente contesta:

—¿Me enseña otra vez esa placa?

Cuando Paulino comprueba que efectivamente Leire es policía, y Martina también, se levanta y entra en un cuartucho —peor iluminado que la portería—, situado a la espalda de donde está sentado. Sale de él con un gran manojo de llaves y les indica que le sigan.

La extraña comitiva sube andando hasta el segundo piso, y una vez allí se paran delante de la vivienda izquierda. El conserje vuelve a dudar, pero finalmente escarba entre todas las llaves y abre la puerta, la empuja y se hace a un lado dejando bien claro que él no piensa entrar en la vivienda sin el permiso del propietario.

Leire y Martina se miran, dándose el beneplácito mutuamente para cometer lo que saben es una ilegalidad y, cuando comprueban que a ninguna de ellas les supone un problema, se deciden y acceden a la casa del muerto. El ambiente en el interior, cargado y con partículas de polvo en suspensión, evidencia una dilatada falta de ventilación. Nada más pasar al interior se ven directamente en el salón, que es de los que hacen también la función de recibidor. En él no aprecian nada especial; hay un sofá, un sillón —cuyas marcas de desgaste de la tapicería indican que es el preferido por quien vive allí—, un viejo televisor y una estantería llena de libros que cubre toda una pared. Avanzan por un oscuro pasillo y perciben la misma sensación de abandono en el resto de las estancias a las que entran, incluida la cocina y el pequeño cuarto de baño. Nada indica que por allí haya pasado alguien recientemente. La nevera incluso está desenchufada, lo que demuestra que Gabriel, antes de dejar la vivienda, sabía que iba a estar fuera el tiempo suficiente como para no dejar comida en la misma.

Las policías solo se detienen un poco más en el dormitorio principal, donde la cama está perfectamente hecha y el armario parcialmente vacío; es evidente que falta ropa, lo que les vuelve a dejar claro que, cuando Gabriel dejó la casa, lo hizo de manera voluntaria y preparado para estar un tiempo ausente.

—¿Todo bien ahí dentro?

La voz del conserje les hace ser conscientes de que la excusa para entrar a la vivienda era ver si estaba Gabriel o necesitaba ayuda, no registrarla. Leire vuelve rápida a la entrada mientras Martina aprovecha para hurgar en el dormitorio un poco más.

—Todo bien, Paulino, no se preocupe —tranquiliza al portero la inspectora—. El señor Coscullela no está aquí.

—Eso ya se lo he dicho yo antes —responde él mientras mira por detrás de Leire, buscando a Martina.

—Teníamos que asegurarnos. Nunca se sabe.

—Ya…

El conserje no se relaja hasta que aparece en su campo visual la subinspectora y salen las dos de la casa que él les ha abierto sin el permiso del propietario.

Sin mediar más palabras, el pequeño grupo vuelve a la portería y allí, tras una escueta despedida y agradecimiento, las investigadoras salen a la calle, donde ya nadie espera el espectáculo policial.

Capítulo 6

Juan y yo hemos llevado una vida muy parecida, casi en paralelo.

Por casualidad entramos, bastante jóvenes y al mismo tiempo, a la misma empresa a trabajar; eso hizo que, al tener que luchar y prosperar a la vez, nos uniéramos mucho, y la verdad es que nos fue bien. La juventud y la ambición nos hicieron progresar, quizá demasiado rápido; lo cual redobló nuestro esfuerzo para seguir ascendiendo en el escalafón directivo y nos llevó a pensar que todo iba a ser posible: el mundo estaba a nuestros pies.

En aquellos años éramos todo ganas y dedicación al trabajo; bueno, al trabajo y a disfrutar, antes de tiempo, de la vida a la que aspirábamos llegar con la madurez. El floreciente estatus social que nos permitía el salario que ganábamos en la multinacional, unido a la falta de responsabilidades o cargas familiares, hizo posible una vida de cierto desenfreno: jornadas laborales exhaustivas seguidas por noches con fiestas, alcohol y mujeres; todo ello acompañado de algún coqueteo con las drogas para poder soportar tal ritmo de vida. De todos modos, pronto se demostró que aquella situación no se podía prolongar mucho en el tiempo ni estaba hecha para nosotros.

En cuanto tuvimos la oportunidad, cansados de habitar en pensiones baratas, buscamos residencia fija en Madrid. Encontramos dos pisos, uno encima del otro, en el distrito madrileño de Retiro, al lado del pequeño pulmón urbano que en aquellos tiempos otorgaba clase a quien viviera en él. Sin pensarlo demasiado los adquirimos y con ello forjamos todavía más nuestra unión. Íbamos juntos a trabajar, comíamos juntos, incluso tomábamos las copas del after también juntos y, eso sí, dependiendo de los éxitos de cada uno, nos retirábamos nuevamente juntos o cada uno por su lado y con su propia compañía. Solo nos separábamos cuando la empresa nos imponía viajar, pero incluso en esos momentos, el que se quedaba en Madrid velaba por los intereses del que se ausentaba.

Si algún día uno de los dos tenía un problema, el otro le cubría sin dudarlo. Hoy por ti y mañana por mí. Éramos como dos mosqueteros.

Pero pasó el tiempo y, antes de que nos quisiéramos dar cuenta, los nuevos gabrieles y juanes que venían empujando por detrás nos colocaron donde nosotros habíamos puesto a nuestros antecesores: en el armario laboral de los costes salariales demasiado altos para un trabajo que podía hacer cualquier recién llegado con un máster bajo el brazo y por mucho menos dinero, deseoso de conseguir nuestro estilo de vida.

Juan y yo quedamos relegados a tareas cada vez más superfluas o incluso a la formación de nuestros propios depredadores; así, hasta que llegó la hora de bajarnos del tren laboral.

Abandonamos la empresa en contra de nuestra voluntad y, como no podía ser de otra manera, una vez más, juntos. Ante esa nueva situación vital fue la primera vez que mi amigo y yo reaccionamos de manera distinta.

A mí me supuso cierto descanso. Me sentía fatigado por la actividad defensiva de los últimos años y, el verme liberado de todo aquello, junto con una buena situación económica, me permitió vivir tranquilo e intentando disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Pero Juan siempre había sido más inseguro que yo o más inestable, no sé cómo definirlo. Tras el despido, ambos nos habíamos quedado en igualdad de condiciones, pero pronto entendí que él dependía demasiado de los demás; para él fue más importante el aislamiento social en el que desembocó tras el abandono de la empresa que su propio bienestar. Después de toda una vida que giraba alrededor del trabajo, al estar fuera de ese mundo se dio cuenta de que había perdido su forma de vida y, ante la elección de reinventarse o dejarse llevar por el hastío, eligió la segunda opción, que le hundió emocionalmente.

Nuestros amigos —Juan así los consideraba— se transformaron en conocidos; muchos continuaron con sus vidas y empezaron a formar familias, y con ello abandonaron la intensa actividad social que nos había unido hasta entonces. Quienes no lo hicieron tuvieron que adaptarse a las normas impuestas por las nuevas generaciones, asumiendo unas novedades y un estilo de vida que no estaba hecho para nosotros, y del cual nos quedamos fuera, ya que nunca invitaron a dos viejas glorias del mundo empresarial como nosotros.

Juan y yo nos quedamos solos, como al principio, con la diferencia de que él nunca volvió a ser el mismo, y yo tardé en reaccionar a la ayuda que pedía a gritos mi único amigo. Este cambio no fue repentino, fue gradual, muy gradual y, a pesar de todo lo que vivimos tras nuestro despido, fue la causa del final de Juan.

Capítulo 7

Sentadas ya en el coche, Leire y Martina se quedan un momento pensativas, sin ser conscientes de que siguen aparcadas delante de un vado permanente y pueden entorpecer el paso de la calle Abtao. De repente, la subinspectora saca un libro del interior de su cazadora y se queda mirándolo. Leire se sorprende y, sospechando de dónde lo ha extraído, se ve obligada a preguntar:

—¿Y ese libro?

Martina, en vez de responder a su jefa, se limita a dárselo para que lo vea. Leire lo coge pero, sin apartar su mirada de su compañera, le sigue preguntando:

—¿Lo has cogido de la vivienda de Gabriel?

Ella asiente en silencio.

—Sabes que ni siquiera deberíamos haber entrado ahí, ¿no?

Por toda respuesta Martina le señala el libro para que centre su atención en él. Leire lo observa entonces: es un libro fino, de unas ciento cincuenta páginas y titulado Por fin una historia. La portada, poco atractiva para conseguir que un lector se fije en ella, es la foto de unas manos escribiendo al ordenador, y nada más, pero lo que por fin llama la atención de Leire es el nombre del autor: Juan Gabicacogeaskoa.

—¿Este no es el nombre del vecino de Gabriel Coscullela?

Martina asiente una vez más.

—¿Y? —pregunta Leire, algo enfadada por la actitud de su subordinada.

La subinspectora la mira abriendo mucho los ojos, como queriendo que su jefa piense lo mismo que le ha llevado a ella a coger el libro y sacarlo de la casa, pero el gesto serio de Leire le demuestra que no están en la misma onda. Por fin, se resigna a darle una explicación.

—Efectivamente, es el vecino de Gabriel a quien ha hecho referencia el portero, pero no es solo eso lo que me ha llevado a cogerlo. ¿No has visto dónde estaba?

Leire niega con la cabeza mientras trata de recordar todo lo que ha revisado en la vivienda.

—En la mesilla de noche —insiste Martina.

La inspectora sabe que su compañera quiere que ella entienda algo, pero por más que se esfuerza no lo consigue.

—Todos los libros de la casa estaban perfectamente colocados en la estantería del salón —explica Martina—, ordenados como pocas veces he visto una librería personal… Todos menos este, que estaba en la mesilla de noche, al lado de la cama.

—¿Y esa es razón para que lo hayas cogido?

—Pero, Leire, ¿quién se deja un libro ahí cuando hemos comprobado que sabía que se iba a ir de viaje?, ¿y, además, uno que se ve tan usado como este? Es llamativo lo manoseado que está, como si se hubiera leído muchas veces; lo cual, por cierto, contrasta también con el estado impoluto de los demás libros que hemos visto. Y el autor es el único vecino, o persona, con quien nos dice el portero que tenía relación el muerto —explica atropelladamente Martina.

Leire vuelve a centrar su atención en el libro que todavía tiene en sus manos. Al hojear las páginas interiores comprueba que están llenas de anotaciones y marcas de lectura.

—Desde luego le gustaba, eso está claro —concede.

—Verás, Leire —se justifica Martina—, tengo una corazonada con este libro, por eso me lo he llevado sabiendo que no lo debía hacer y que quizá no entenderías mi decisión. Espero no haberte molestado demasiado. Estamos empezando a trabajar juntas y no quisiera estropear el equipo antes de que madure. Te prometo que no volveré a hacer algo así sin preguntarte, pero dame un voto de confianza; al inicio de una investigación nunca se sabe lo que va a ser útil.

Leire agradece las palabras de su compañera, y así se lo hace saber con la mirada. Ella misma ha sufrido muchas veces las imposiciones de sus superiores cuando se le hacían injustas y sabe que, aunque la puede obligar a que le rinda cuentas siempre que quiera hacer algo, eso sería coartar su iniciativa y su aportación personal a la resolución del caso. Va a decirle que no se preocupe, cuando las sobresalta un pitido agudo originado al lado de la ventana derecha del BMW: un coche tiene entrar al garaje que ellas bloquean, y su espera está provocando un atasco en el que el resto de los conductores, animados por el primer toque de claxon, empiezan también a protestar.

Martina asoma una mano por la ventanilla para disculparse, arranca el coche y lo saca de su estacionamiento con una sonrisa en la cara. Cuando ya han dejado pasar al vehículo y puede volver a parar un poco más adelante, en otro vado permanente, le pregunta a su jefa:

—¿Y ahora?

Leire duda. Ya es tarde para volver a la comisaría, por lo que decide terminar la jornada y dejar a Martina que descanse.

—Por hoy creo que hemos terminado. Nos vamos a casa. Eso sí, ¡tú tienes que leerte el libro este sin falta esta noche!

Martina vuelve a sonreír. Arranca nuevamente el coche y, sin preguntar nada, dice:

—Que hemos terminado de trabajar por hoy, perfecto, pero… ¿irnos a casa? De eso nada, Leire. Tenemos que conocernos un poco más, tengo que compensarte mi metedura de pata y conseguir que de verdad no me la tengas en cuenta, así que te llevo a tomar algo. ¡Yo invito!… Y no te preocupes —añade señalando el libro que todavía tiene la inspectora en sus manos—, que me lo leo y te digo algo mañana mismo.

Leire no se ve con ganas de contradecir a su compañera. Por un lado, le da cierto reparo alternar con ella, al fin y al cabo es su subordinada pero, por otro lado, es verdad que le va a venir muy bien salir un poco y conocer a gente de la capital. Desde que está en Madrid no ha tenido ocasión de compartir unas copas con nadie y echa de menos cierta vida social, así que no se opone y deja que Martina la lleve donde quiera.

Martina va conduciendo, Leire le pide que baje un poco el volumen de la radio y que no cante a voz en grito las canciones que se sabe —que son prácticamente todas—, para así poder hacer las llamadas correspondientes al resto de miembros de su equipo. Considera muy importante que se vean arropados, y algo controlados, en las tareas encomendadas. De esta manera también se pone al día de los avances que hayan ido consiguiendo, les da las últimas órdenes del día y aprovecha para convocar una reunión en la comisaría a primera hora de la mañana siguiente. Fruto de esas llamadas, recibe con alegría las palabras de Cid, quien le adelanta que ha estado siguiendo un rastro de Gabriel Coscullela gracias a los pagos efectuados con su tarjeta de crédito; también escucha, aunque con menos ilusión por lo escaso de la información, los pocos avances —por otra parte, lógicos— de Eli en Coslada; y, por último, se desespera un poco porque no consigue localizar al Abuelo en su teléfono móvil.

—Ese lo apaga en cuanto puede, ya te lo aviso —le dice Martina, quien, en vez de cantar, tararea las melodías de las canciones que emite la radio mientras sigue con atención las conversaciones de Leire con sus compañeros.

La inspectora termina sus gestiones telefónicas llamando nuevamente a Eli para pedirle que, antes de que se vaya a casa, solicite al juez de guardia una orden para entrar al domicilio que ellas acaban de abandonar y que lo organice todo para que con dicho permiso se desplace hasta allí un equipo de la científica; si es posible, el del inspector Vich. Por supuesto, no dice nada a la agente de lo del libro que sigue llevando en el regazo.

Guarda su teléfono móvil y mira por la ventanilla del coche, se sorprende al verse de nuevo en la Gran Vía, concretamente doblando por una de las bocacalles que desembocan en ella. Se fija más en el entorno y comprueba que están entrando al barrio de Chueca, famoso por ser epicentro del orgullo gay de la ciudad y fácilmente reconocible por la multitud de banderas y carteles arcoíris que adornan las fachadas de las casas y los escaparates de los comercios. Se gira con curiosidad hacia Martina. Esta, habiendo comprobado que su jefa ha terminado de trabajar, vuelve a subir el volumen de la radio y empieza a hacerle la competencia a David Bisbal y su «Ave María». Leire no le dice nada. Chueca es un barrio famoso no solo por su orientación sexual, sino también por su ambiente nocturno; además, hace tiempo que le apetecía conocerlo, pero no se había decidido a visitarlo sola por miedo a lo que pudieran pensar de ella. Martina percibe y parece divertirse con el estado de sorpresa de su jefa; aun así, decide comprobar la idoneidad de su decisión de ir allí.

—Espero que no te importe que vengamos por aquí, ¿no?

—Para nada. De hecho, quería venir hace tiempo, pero no había tenido la oportunidad.

Mientras accede con el BMW a un aparcamiento subterráneo, la subinspectora, animada, sigue hablando.

—¡Perfecto! Pues yo te lo enseño. Vivo aquí al lado. ¡Es un barrio chulísimo!, y tienes de todo: marcha, calma, cultura, progreso… ¡Yo estoy encantada!

Aparca el coche en una plaza de minusválidos de la primera planta del aparcamiento, lo que provoca que el vigilante del lugar se acerque visiblemente enojado a reprenderla; pero Martina, como si la cosa no fuera con ella, le hace un gesto a Leire pidiéndole calma y se baja sonriente del coche. En cuanto la reconoce, el vigilante cambia radicalmente de actitud y la saluda efusivamente:

—¡Policía! —dice con un marcado acento rumano—. No te conocía el coche. ¿Te han ascendido?

Martina responde jovial:

—¡Ojalá, Velkan, ya me gustaría a mí! Pero anda con cuidado con lo que dices, que hoy vengo con mi nueva jefa.

El tal Velkan observa curioso a Leire, que también se baja del coche —ella, no sabe bien por qué, intenta parecer agradable con el empleado del aparcamiento—, la estudia un instante, y acto seguido se da la vuelta y vuelve a su garita de control mientras va diciendo:

—Okey… Okey… Yo te vigilo el coche, como siempre. No te preocupes. ¡Y aviso a los camellos para que no pasen mierda esta noche!… Ja, ja, ja.

La subinspectora, ante la mirada de sorpresa de Leire, se ve obligada a explicarse:

—Un tipo muy majo, Leire, no malinterpretes sus palabras. Lo conozco desde hace tiempo. De hecho, lo detuve varias veces antes de, yo misma, conseguirle este trabajo, para que se alejara de sus problemas. Me está agradecido y por eso me deja aparcar en la plaza de minusválidos siempre que traigo un coche oficial. A veces, incluso me hace de confidente: cuando se entera de algo más serio de lo normal me lo larga enseguida, y yo se lo digo a los compañeros que patrullan la zona.

Leire la escucha y entiende, lo que le hace sentir cierta envidia. Ha escuchado muchas historias como esa, en las que otros policías mantienen cierta relación con pequeños delincuentes a los que acaban ayudando. Le encantaría tener la suya propia, pero sabe que para eso antes tiene que asentarse en la ciudad y darse a conocer.

Martina dirige la ruta, ya andando, hasta la calle de La Libertad, donde se paran delante de un pequeño bar llamado 80’s Music. El acceso no invita precisamente a entrar: es angosto y no tiene escaparate, lo que impide ver su interior. Ante la lógica reticencia de Leire a lo desconocido, Martina abre la puerta y le hace una seña para que acceda al local delante de ella. La inspectora no puede hacer más que obedecer a su subalterna y pasar al garito. Dentro encuentra un ambiente que la tranquiliza un poco respecto a la impresión que le había dado la imagen exterior del bar: es un local relativamente bien iluminado y decorado en su totalidad con imágenes de conjuntos musicales que reconoce como integrantes de bandas españolas de su época joven. En el interior hay pocos clientes, solo tres o cuatro parejas charlando en las mesas, ni se fijan en ellas. Lo único que molesta un poco a la inspectora es la música, quizá demasiado alta, en la que Leire reconoce —y no le extraña, después de pasar todo el día con Martina— a Jaime Urrutia cantando su «Camino a Soria».

—Bienvenida al Eighties —dice Martina a voz en grito.

La dirige hasta la barra, donde se sientan en sendos taburetes y, cuando se acerca el camarero, lo saluda y lo presenta efusivamente.

—Y este es Berto, ¡el mejor barman de Madrid! ¿Qué tal, guapo?

—¡Muy bien, bonita! —responde el aludido mientras les coloca delante dos posavasos con el logo del local—. ¿Con quién vienes hoy?

—Con mi jefa, así que tráenos lo mejor que tengas para cenar, que le debo una.

—Eso está hecho. ¿Cerveza? —pregunta mirando solo a Leire.

Ella asiente, algo cohibida, sintiéndose una intrusa ante tanta complicidad. El camarero las deja a solas, y Martina aprovecha la situación para explicarse ante su jefa.

—Vengo aquí a menudo, quizá demasiado, pero me sirve de desahogo en los días difíciles de trabajo. Berto es un fenómeno, es como mi psicólogo, ¡pero en vez de pagarle las sesiones, le pago las consumiciones! Ya verás cuando acabe sus tareas y se acerque a nosotras. Es muy divertido cuando tiene que serlo y sabe escuchar cuando percibe que lo necesitas. ¿Te gusta?

Leire asiente mientras observa el local con más detenimiento. Poco a poco va relajándose y entablando una conversación superflua con Martina, cosa que el ambiente —totalmente diferente del laboral— le ayuda a hacer y, por qué no, las tres o cuatro cervezas que progresivamente acompañan a las tapas que les va sirviendo Berto para cenar. Como Martina había pronosticado, más avanzada la noche el barman se sienta con ellas y consigue hacerles reír abiertamente con sus historias sobre los diferentes tipos de clientes que recibe en el bar cada jornada. Leire, desde que está en Madrid, es la primera vez que pasa una noche divertida y social, algo que añoraba desde sus veladas en la calle Laurel de Logroño. No puede evitar acordarse con cierta nostalgia de su antiguo novio, Asier, y de la compañía de su grupo de amigos; todo aquello terminó cuando rompió su relación sentimental y ella pidió el destino a la capital. Pero no se deja llevar por los recuerdos y se esfuerza por disfrutar del momento y de la buena compañía.

Ya son las dos y pico de la madrugada cuando Leire, consciente de lo tarde que es, le dice a Martina que se va a casa. La subinspectora paga la cuenta, como había prometido, y la acompaña al exterior del bar.

—Lo he pasado muy bien. Gracias, Martina.

—Ha sido un placer, Leire, pero se nos ha hecho algo tarde… ¡Ya verás mañana! —dice entre risas—. Te acompaño a coger un taxi, que no estoy para llevarte.

Pasean las dos hasta la Gran Vía y allí consiguen el taxi. Se despiden con dos besos y, mientras el coche se aleja, Leire observa como Martina se queda mirando su partida: una vez más, muy sonriente. Durante el trayecto hasta su casa, reflexiona sobre la suerte que parece haber tenido con la compañera que le han asignado, y también se plantea que debe manejar con cuidado esa relación que ha empezado tan bien, pero que tiene que respetar la jerarquía profesional durante el horario de trabajo.

Por fin, Leire llega a su casa donde su gato, Carmelo, la recibe frotándose enérgicamente contra sus pantalones, en vez de regañarla por haber estado tantas horas fuera del hogar. A ella solo le da tiempo a rellenarle el comedero, desvestirse y dejarse caer desnuda encima de la cama para quedarse enseguida profundamente dormida, sin pensar si quiera —como hace habitualmente— en todo lo que tiene que hacer al día siguiente.

Capítulo 8

El despertador vuelve a emitir su llamada a las seis en punto de la mañana. Leire lo apaga, dispuesta a dormir un poco más, pero Carmelo, que parece prever un nuevo día en solitario, se encarga de espabilarla frotándose esta vez contra su cabeza y emitiendo sus sonoros ronroneos. Al final, la inspectora, conocedora de su necesidad de hacer deporte si quiere aguantar con calma la jornada laboral, se levanta, se enfunda las mallas, escoge la camiseta conseguida en la última media maratón en la que participó, se pone las zapatillas menos gastadas de todas las que tiene y sale a correr por la Plaza de Oriente y por el Parque del Oeste. Una hora larga es lo mínimo que necesita a esas horas para arrancar a sudar y volver cansada. El tiempo destinado al ejercicio matinal le sirve para cumplir con lo que no pudo hacer al acostarse: ordenar sus ideas y planear cómo va a organizar el día.

A las ocho, Leire ya está en la comisaría. Cuando entra en la sala donde el día anterior citó a su equipo, mira distraída la solitaria foto de Gabriel Coscullela Ros que colocaron en la pizarra blanca. Lo observa ahí solo, sin nada más a su alrededor, con la esperanza de que en poco tiempo esa escasez de datos se vea transformada en un laberinto de imágenes, notas y documentos que la lleven a resolver con éxito la investigación.

A los pocos minutos entra en la sala Martina, con signos evidentes de sueño pero, igual que cuando se despidieron, muy sonriente. Las dos se saludan con formalidad. Leire no puede evitar sentir algo de timidez; tiene muy claro que en el horario de trabajo debe comportarse como su jefa, pero no quiere parecer maleducada después de las risas y las confidencias compartidas la noche anterior. La total naturalidad de Martina, quien actúa como si no hubieran salido juntas y se limita a saludar con un correcto «buenos días, inspectora», le ayuda a mantener las formas a pesar del acercamiento personal que han tenido. No les da tiempo a comentar nada más ya que, casi detrás de ella, poco a poco van llegando el resto del equipo y se van sentando alrededor de la mesa, cada uno con un café de la máquina del pasillo en la mano, y todos se fijan en el retrato de Gabriel, que allí expuesto parece presidir la reunión.

—Buenos días a todos y gracias por ser tan puntuales —empieza Leire cuando ya están todos ubicados—. Me gustaría que, en primer lugar, pusiéramos en común un resumen de lo que hicimos cada uno ayer por la tarde. Si te parece, empieza tú, Cid, que ya me adelantaste por teléfono que tienes más datos sobre el muerto. ¿Es así?

El aludido se recoloca en la silla y abre la aplicación de notas de su teléfono móvil. Leire no puede evitar pensar que aquello de las libretas de notas tan típicas de las películas y las series policiacas ya es historia; las nuevas generaciones se manejan estupendamente con las aplicaciones informáticas y llevan toda la información en sus dispositivos móviles.

—Efectivamente, inspectora. Encontré movimientos bancarios suyos por internet; no todo lo que me habría gustado, pero sí datos que lo relacionan con Coslada a pesar de no vivir allí. Tengo que seguir investigando hoy, y espero afinar más sobre esto. La información personal de Gabriel en las redes sociales ya comprobó usted que es muy escasa; me cuesta pensar que todavía exista gente así, sin Facebook o Instagram, pero seguiré buscando, no se preocupe.

Leire reflexiona sobre su propia ausencia personal en esas redes sociales a las que tanta importancia da su agente. Espera que a Cid no se le ocurra buscarla a ella —si es que no lo ha hecho ya—, porque se va a llevar la misma sorpresa que con Gabriel Coscullela. Intenta evitar que se le note externamente la comparación que acaba de hacer mentalmente y deja seguir a su compañero.

—A parte del domicilio que figura como habitual, donde fueron ustedes ayer, sus datos de la seguridad social coinciden con esa zona sanitaria, y su registro del censo también corresponde al distrito de Retiro, con lo cual entiendo que, a pesar de que ha estado una temporada fuera, no era una mudanza definitiva.

—¿Y cómo sabes que ha estado un tiempo fuera? —pregunta siempre tan directa Martina—. Nosotras no hemos dicho nada todavía.

—También por sus movimientos bancarios, jefa —le responde Cid, más coloquial con ella que con Leire—. Casi antes de que yo pidiera autorización, me llego permiso del juzgado para hurgar en sus cuentas bancarias. Solo tenía una, en Bankia; y no muy abultada, por cierto. Los últimos movimientos que comprobé en ella reflejaban diversos pagos en una casa de huéspedes de Coslada.

—¿Se había mudado a Coslada? —pregunta extrañada Eli—. Qué raro, ¿no? Viviendo en Madrid… ¿te alquilas una habitación en Coslada?

—Algo importante para él se traería entre manos —justifica la subinspectora—, y seguramente le ocupaba día y noche… Si no, la verdad es que yo tampoco entiendo ese traslado.

—Sigue, Cid, por favor —Leire quiere centrar la conversación en datos reales, y no en conjeturas.

—Pues poco más, inspectora. Era un hombre sin sorpresas. Los gastos abonados con su tarjeta de crédito le hacen un tipo muy normal y rutinario desde hace tiempo; ya sabe: compras en supermercados, comercios cercanos a su domicilio, esporádicamente algún cine o teatro y cosas parecidas… Todo hasta que hace unos meses decidió viajar y salir de Madrid, para acabar finalmente en Coslada.

—¿Viajó a otro sitio, a parte de a Coslada?

—Bueno, viajar como tal no lo sé, pero después de toda esa rutina que le comento, de repente aparecen un pago para comprar un billete de autobús y otro de restauración en un comercio que todavía tengo que localizar de dónde es y, después de eso, es cuando empieza con los abonos quincenales en el hostal, o lo que sea, de Coslada. Algo raro le tuvo que pasar para que rompiera tanta estabilidad de manera tan abrupta, ¿no cree?

—Supongo que sí —se resigna Leire—. La cuestión es saber qué le llevó a Coslada y, por lo que cuentas, dónde estuvo antes, porque imagino que ese billete de autobús no le habrá llevado precisamente a esta ciudad, ¿no?

—Es de Alsa —lee en alto Cid.

—¿Alsa? —pregunta la inspectora, sin saber a qué se refiere su agente con esa palabra.

—Perdón —aclara Cid—, estaba pensando en alto. Son billetes de la línea de autobuses Alsa. Estos van por toda España. Cruzaré datos de fechas y horarios para enterarme de adónde fue antes de acabar en Coslada.

—Perfecto.

La inspectora se fija entonces en Eli y en el Abuelo, a ver quién de los dos se anima a intervenir primero y dar relevo a su compañero. No se sorprende al ver tomar la iniciativa a la joven agente:

—Yo —empieza Eli—, la verdad es que saqué poca información en la zona de la biblioteca. Los comercios de la calle no tienen cámaras de seguridad, solo he encontrado una en la gasolinera más cercana; ya les he pedido copias de la grabación del sábado a sus responsables, pero no creo que nos aporten nada, porque está bastante apartada del acceso a la biblioteca. Respecto a la gente de por allí, creo que al hablar conmigo buscaban más que yo les diera datos del crimen que aportármelos ellos a mí. Nadie sabía nada del muerto. Todos a los que pregunté se habían enterado de que habían matado a alguien, y poco más; en el barrio no se ha echado de menos a ningún vecino, y nadie conoce a nadie que supiera nada…

—Desesperante —la consuela Martina.

—Y, dentro de la biblioteca, creo que nunca han visto a tanta gente interesada en los libros como ayer —termina Eli—. Por supuesto, pocos lectores y mucho cotilla.

—No te preocupes, guapa. Te tocó lo más ingrato —añade la subinspectora, animándola.

Elisenda le agradece el apoyo con una tímida sonrisa.

—¡Pues ya solo faltas tú, Abuelo! —vuelve a intervenir la Martina—. ¿Qué te dijo el Sabueso? ¿Se mató Gabriel solito o se lo han cargado?

El agente Lamata encaja mal la broma y mira con cierto enfado a su superiora directa. Leire se da cuenta e interviene:

—Subinspectora, lo que aportó ayer el agente Lamata era una sugerencia, y como tal siempre es bien recibida. No hagas broma de eso, por favor.

Martina acepta la reprimenda de su jefa encogiéndose de hombros y sin perder su sonrisa. La inspectora da pie entonces al Abuelo para que se explique.

—Dicen los de la científica que la autopsia confirmó que el motivo de la muerte fue una intoxicación. Como siempre se escudan en que necesitan más tiempo, que les falta procesar muestras, recabar datos y todo eso, pero tienen claro, y así nos lo pasarán en el informe, que en el cuerpo había altos niveles de estricnina.

—¿Estricnina? —pregunta Cid—. Eso es un matarratas, ¿no?

—No seas simple, Cid —le recrimina el Abuelo—. Es un veneno de los clásicos: mata ratas y todo lo que se le ponga por delante. En mis tiempos de agente de cercanía lo sufrí en muchas ocasiones, algún cabrón lo echaba de vez en cuando en los parques para cargarse a los perros de los vecinos. Hay gente con muy mala leche.

—Desde luego —asiente Eli—, hace falta ser capullo.

—Pero no os olvidéis de que estamos hablando de una persona, chicos —les corta Martina—, de que, nos guste o no, y aunque a veces no lo parezca, somos más racionales que los perros. Nosotros no vamos comiendo bolas de carne envenenadas por ahí. Si el muerto tenía estricnina en el cuerpo, es porque alguien se la ha dado.

—O se la ha tomado él solo —insiste el Abuelo en su teoría del suicidio.

—¡Joder, Abuelo! —le recrimina la subinspectora—. Mira que eres cabezón. ¿Tú te suicidarías con estricnina?, ¿no habrá formas más dulces de morir?

Se quedan todos un rato pensativos, mirando la foto de Gabriel —que parece que les sigue vigilando desde la pizarra— y seguramente acordándose de la postura tan forzada que tenía su cadáver; la cual, desde luego, no indicaba que hubiera tenido una muerte placentera.

Llegados a este punto de las explicaciones de la acción del día anterior, Leire duda sobre si darles todos los datos de sus indagaciones en el piso de Gabriel, pero finalmente no lo considera necesario y lo que hace es ponerlos nuevamente a trabajar. Además, y para descartar de una vez la posibilidad del suicidio, quiere llamar personalmente al inspector Vich, pero prefiere hacerlo en privado y así evitar más comentarios del equipo hacia el Abuelo.

Manda a los tres agentes a seguir indagando sobre la identidad y el rastro de Gabriel Coscullela y, cuando ya se queda a solas con Martina, le pide que cierre la puerta de la sala mientras marca el número del Sabueso y pone el altavoz de su teléfono móvil.

—¡Inspectora Sáez de Olamendi! —responde de inmediato el Sabueso—. Ya estaba esperando tu llamada. ¿Cómo va todo?

—Bien, Vich, intentando arrancar con buen pie la investigación.

—Ya te habrá dicho tu hombre que al difunto lo han envenenado, ¿no?

—Me lo ha comentado. Estricnina, me ha dicho.

El inspector de la científica afirma con un sonido, seguramente atento a la conversación y a muchas otras cosas más.

—¿Qué grado de seguridad tenemos, Vich?

—¡Pero, qué pregunta! Pues total. Causa de la muerte: estricnina, al cien por cien, y una dosis alta. ¿No viste cómo estaba de retorcido? Si quieres, te cuento cómo se produce la muerte de una persona cuando ingiere este veneno: se produce una asfixia por parálisis de los músculos respiratorios, previa crisis convulsiva y contracturas musculares generalizadas. Vamos, que es como si te quisieras tocar la cabeza con los pies. Además, ¿recuerdas que se había meado?, pues una cosa más de la estricnina: se te va el pis, y es un pis más oscuro de lo normal, como el que manchó los pantalones de ese hombre.

—Entiendo… —Leire no sabe cómo preguntarle por la teoría del suicidio, ya que ni ella misma se la cree, pero sabe que debe descartar todas las hipótesis—. Una cosa más, ¿crees que pudo ingerir él la estricnina?

—¿Y quién si no, Leire? El muerto es él, ja, ja, ja.

—Me refiero a si pudo ser un suicidio, si pudo tomarla por voluntad propia.

—Bueno, ya sé lo que me dices. No… creo que no es posible. Tal y como estaba, y teniendo en cuenta la dosis que tenía en el cuerpo, la muerte se produjo como mucho unos diez o quince minutos después de tomarla, o incluso menos. Te puedo decir que la tomó disuelta en agua, porque no había restos de comida en el estómago, ni de vómito en el exterior. Si la hubiera tomado él por voluntad propia, habríamos encontrado al menos el recipiente donde estaba disuelta con el agua, porque no creo que le diera tiempo a tomarla en la calle, entrar a la biblioteca y morirse allí dentro. Ni tampoco, si la hubiera tomado dentro del edificio, a recoger sus pertenencias antes de palmarla… No parecería demasiado lógico, ¿no?

—Además, la bibliotecaria le habría visto entrar a última hora, y no fue así —le apoya Leire.

—A este tío se lo han cargado, inspectora. Alguien le dio agua con estricnina, se la bebió por voluntad propia, porque tampoco hemos encontrado ningún signo de haber sido forzado, y quien fuera le dejó morir en el baño mientras recogía las pruebas del delito. Así de fácil.

—Ya, así de fácil —le repite Leire.

—Ja, ja, ja… Me caes bien, Leire. ¡Eres muy natural! Así de fácil para nosotros, en el laboratorio, así de difícil para los que estáis en la calle. ¡Suerte!

Con ese ánimo, el Sabueso corta la comunicación, y las dos policías se quedan mirando el teléfono móvil como si todavía fuera a darles algún dato más. Al rato, Leire reacciona:

—¡Pues vamos! Ahora nos toca a nosotras hacer que nuestra parte sea más fácil.

Martina la mira animada. Se nota que le gusta esa actitud proactiva en su jefa. Se levantan las dos y, mientras se dirigen a por el coche, la subinspectora, como si nada, pregunta:

—¿Te lo pasaste bien ayer?

Leire se turba un poco. No esperaba volver a un trato tan personal estando todavía dentro de la comisaría, pero no quiere ser desagradecida, porque la verdad es que le vino muy bien esa salida nocturna.

—Muy bien. Respecto a eso, me gustaría aclarar…

—No te preocupes —interrumpe Martina—. Tengo claro cuándo somos policías y cuándo podemos ser amigas. Pero llevo toda la mañana preguntándome si disfrutaste anoche. Yo me lo pasé genial.

—Yo también, Martina. Estuvo muy bien y me reconfortó mucho. Hacía tiempo que no salía.

—¡Me alegro mucho! Por cierto, no te pienses que no te he hecho caso, que estas ojeras que tengo evidentemente me han salido por dormir poco, pero no porque nos acostáramos tarde, sino porque después me quedé leyendo el libro tal y como me mandaste.

—¿Te lo leíste entero anoche?

—¡Enterito! Está bastante bien, todo sea dicho. Me entretuvo mucho y se lee de un tirón. Es una novela sobre un tío que se aísla en un pueblo para escribir y conoce a una mujer, la cual resulta que vive de la pasta que hereda de sus parejas. Curiosamente, el autor es también el protagonista de la historia, ¡es el propio Juan Gabicacogeaskoa el que se va al pueblo y conoce a esa mujer!

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321 p. 2 illustrations
ISBN:
9788412354546
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