Read the book: «Seducción en África - Deseos del pasado - Peligroso chantaje»
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28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 463 - febrero 2021
© 2014 Elizabeth Lane
Seducción en África
Título original: A Sinful Seduction
© 2013 Kat Cantrell
Deseos del pasado
Título original: The Baby Deal
© 2014 Katherine Worsham
Peligroso chantaje
Título original: A Bride’s Tangled Vows
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-168-9
Índice
Créditos
Índice
Seducción en África
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Epílogo
Deseos del pasado
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Epílogo
Peligroso chantaje
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
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Capítulo Uno
San Francisco, California, 11 de febrero
Cuando pasó de página y leyó el titular, Cal Jeffords sintió como si le hubiesen pegado una bofetada: «Dos años después, la viuda y el dinero siguen sin aparecer».
Cal soltó un improperio y estrujó la hoja del periódico. Lo último que necesitaba era que le recordasen que hacía ya dos años del suicidio de su socio y mejor amigo, Nick.
Más que el titular, lo que le había enfurecido había sido la foto de archivo que acompañaba el artículo, en la que se veía a Nick con su esposa, Megan. Eso era lo que había hecho que le hirviese la sangre: el recuerdo de aquella mujer, tan hermosa como una estrella de cine, con su ropa de firma, y la espantosa falta de humanidad que la había hecho capaz de robar a una fundación benéfica y luego dejar a su marido para que cargase con la culpa.
Con un gruñido de frustración, arrojó el periódico a la papelera. No tenía la menor duda de que todo aquello había sido cosa de Megan, pero dos años después el cómo y el porqué seguían atormentándolo. ¿Habría coaccionado a Nick para que la obedeciera?
¿Podría ser que el tren de vida que llevaban debido a los caros gustos de Megan hubiese llevado a su amigo a desviar todo ese dinero de la fundación benéfica de J-COR? ¿O lo habría hecho la propia Megan y habría obligado a su marido a cargar con la culpa? Ocasiones no le habían faltado para desviar el dinero, e incluso había hallado indicios de que lo había hecho.
Sin embargo, el día después de que el escándalo se hiciese público, encontró a Nick desplomado sobre la mesa de su despacho, con la pistola con la que se había quitado la vida aún en la mano.
Tras el funeral, Megan se había esfumado, y el dinero robado, que estaba destinado a aliviar el sufrimiento de los refugiados del Tercer Mundo, jamás se había recuperado.
No hacía falta ser un genio para atar los cabos. Incapaz de permanecer sentado por más tiempo, Cal se levantó y fue hasta el ventanal. Desde su despacho, que estaba en el piso veintiocho del edificio de J-COR, había una vista magnífica de la bahía y del Golden Gate. Más allá, se extendía el Pacífico hasta perderse en el horizonte.
Megan estaba por ahí, en alguna parte. La imaginaba en algún paraíso lejano, viviendo como la mujer de un sultán con los millones que le había robado a su fundación.
Sin embargo, aunque había supuesto un golpe para los recursos con los que contaba la fundación para sus proyectos humanitarios, no era la pérdida de ese dinero lo que le molestaba. Lo que le enfurecía era que alguien hubiese tenido la indecencia de llevarse un dinero que estaba destinado a hacer llegar comida, agua potable y medicamentos a lugares donde reinaba la miseria más absoluta.
Y el que Megan no se hubiera retractado de sus actos la hacía aún más despreciable. Podría haber devuelto el dinero, y él no le habría hecho ninguna pregunta. Y si de verdad fuera inocente, como le había asegurado, podría haberse quedado y ayudarle a encontrar el dinero.
Pero en vez de eso se había dado a la fuga, lo cual no había hecho más que reafirmar a Cal en la certeza de que era culpable. No habría huido si no hubiera tenido algo que ocultar. Y era endiabladamente hábil ocultando sus huellas. Ninguno de los detectives privados a los que había contratado había logrado dar con ella.
Sin embargo, él no era un hombre que se rindiese fácilmente. Algún día la encontraría; y cuando lo hiciese, de una manera u otra, Megan Rafferty pagaría por lo que había hecho.
–Señor Jeffords…
Cal se volvió al oír su nombre. Su secretaria se había asomado a la puerta abierta del despacho.
–Está aquí Harlan Crandall, y dice que necesita hablar con usted. ¿Tiene tiempo, o prefiere que le dé cita para otro día?
–No, dígale que pase.
Crandall era el último en la larga lista de detectives privados que había contratado para averiguar el paradero de Megan. Hasta la fecha no había dado muestras de que fuera a obtener mejor resultados que sus predecesores, pero si se había presentado allí sin pedir cita tal vez tuviese alguna información que darle.
El detective, bajo y calvo, entró con un portafolios ajado de cuero bajo el brazo.
–Siéntese, señor Crandall –le dijo Cal, haciendo él otro tanto–. ¿Tiene noticias para mí?
–Eso depende –Crandall soltó el portafolios sobre la mesa, lo abrió y extrajo una carpetilla–. Me contrató para que buscara a la señora Rafferty. ¿Sabe usted su nombre de soltera?
–Por supuesto, y usted también debería haberlo averiguado; es Cardston, Megan Cardston.
Crandall asintió y se subió las gafas.
–En ese caso puede que sí tenga algo para usted: mis fuentes han dado con ella, y está trabajando como enfermera voluntaria para su fundación.
Cal frunció el ceño.
–Eso es imposible; tiene que haber algún error.
–Bueno, eso puede decidirlo usted mismo echándole un vistazo a estos documentos –dijo el detective, tendiéndole la carpeta.
Cal la abrió y se encontró con varias fotocopias de solicitudes de viaje y listados de personal. Sin embargo, lo que llamó su atención fue una fotografía borrosa en blanco y negro.
Cal se quedó mirándola. La Megan que recordaba llevaba el largo cabello platino en un elegante recogido, lucía pendientes de diamantes y un maquillaje perfecto. Incluso en el funeral de su marido parecía una estrella de Hollywood, excepto por los ojos enrojecidos.
La mujer de la foto parecía más delgada y algo mayor. Llevaba gafas de sol y una camisa de color caqui. Tenía el cabello corto y castaño claro, y no iba maquillada. Tras ella, de fondo, no había nada excepto el cielo.
Cal escrutó la firme línea de la mandíbula, la nariz aristocrática, los sensuales labios… El rostro de Megan estaba grabado a fuego en su mente, y aun con los ojos cerrados habría sabido que era la mujer de la fotografía.
Sabía que había trabajado como enfermera quirúrgica antes de casarse con Nick, pero le costaba creer que la mujer de la fotografía fuese de verdad la mujer que llevaba buscando dos largos años. Solo había un modo de asegurarse.
–¿Dónde se tomó esta fotografía? –inquirió–. ¿Dónde está ahora esta mujer?
Crandall retiró el portafolios de la mesa y lo volvió a cerrar.
–En África.
Arusha, Tanzania, 26 de febrero
Megan agarró el cuerpo resbaladizo del recién nacido y le dio una palmada en las nalgas. Nada. Le dio otra palmada, más fuerte, murmurando repetidamente: «Vamos, vamos, por favor…». Hubo un instante de silencio, y de pronto el pequeño rompió a llorar. Aquel llanto era el sonido más hermoso que había escuchado nunca, y las rodillas le flaquearon de alivio. El parto había sido muy difícil, un parto de nalgas que había durado varias horas. Que la madre y el bebé estuvieran vivos no podía considerarse sino un milagro.
Tras pasarle el bebé a su joven ayudante, se secó la frente con la manga de la bata y alcanzó un paño para secarle también el sudor a la madre. El calor era húmedo y pegajoso.
La luz de una única bombilla titilaba, y atraídas por su brillo, algunas polillas revoloteaban fuera, cerca de las ventanas abiertas, golpeándose contra la malla antimosquitos.
La mujer abrió los ojos cuando se inclinó sobre ella.
–Asante sana –le susurró en suajili, la lengua franca de África oriental. «Gracias».
–Karibu sana –contestó ella.
Hizo un nudo alrededor del cordón umbilical con una tira de algodón y lo cortó. Con suerte el bebé crecería sano y no tendría el abdomen hinchado y los miembros raquíticos, como los pobres niños que se había desesperado por salvar de morir de hambre en Darfur, la región más devastada de Sudán, donde los mercenarios de un cruel dictador habían diezmado a la población tribal.
Megan había pasado los últimos once meses en Sudán, trabajando para la división médica de la Fundación J-COR en campos de refugiados. Dos semanas atrás, al borde del colapso físico y emocional, la habían destinado a otro lugar donde su labor no fuese tan agotadora y pudiese recuperarse.
Comparado con los campos de refugiados, aquella pequeña clínica a las afueras de la ciudad de Arusha, en Tanzania, era el paraíso. Sin embargo, estaba decidida a volver en cuanto hubiese recobrado las fuerzas.
Había pasado demasiados años con la sensación de ir a la deriva, de que no tenía ningún propósito en la vida, y ahora que lo había encontrado, iba a sacar el máximo partido a sus conocimientos y a la formación que había recibido. Y por eso volvería adonde más necesaria era su ayuda: a Darfur.
Para cuando la placenta se desprendió, su ayudante ya había limpiado al bebé –un niño–, y lo había envuelto en una mantita de algodón. Ansiosa, la madre extendió sus manos para tomarlo y lo tumbó sobre su pecho.
Megan levantó la sábana para comprobar la gasa. De momento parecía que todo iba bien. Se quitó la bata y los guantes de látex y le dijo a su ayudante:
–Vigila la gasa; si sangra demasiado, ven y despiértame.
La joven enfermera africana en prácticas asintió. Sabía que podía fiarse de ella, así que salió tranquila.
No fue hasta que estaba lavándose las manos en el grifo que había fuera cuando se dio cuenta de lo cansada que estaba. Se irguió y se masajeó los riñones con las manos.
La luna brillaba sobre el tejado de chapa ondulada de la clínica. Por lo baja que estaba en el cielo supo que debía ser muy tarde. No tenía muchas horas por delante para dormir. Pronto llegaría la algarabía de los pájaros de la selva, llamándose unos a otros con las primeras luces del alba, señalando el comienzo de un nuevo día.
Al menos ese lo había terminado felizmente, con un parto con éxito y un bebé sano, y eso le hacía sentir que estaba haciendo bien las cosas. Aun cansada como estaba, sabía que no tenía derecho a quejarse de nada. Aquella era la vida que había escogido, y la vida que había dejado atrás –la ropa cara, las joyas, los coches, la enorme casa… – parecía que no hubiese sido más que un sueño. Un mal sueño que había terminado con el suicidio de Nick y los titulares en los periódicos.
Intentó apartar de su mente aquella horrible semana, pero había algo que no podía olvidar: el rostro espantado de Cal, el frío desprecio en sus ojos grises, y las últimas palabras que le había dirigido: «Pagarás por esto. Sé que eres responsable y te voy a hacer pagar por ello».
Ella no había desviado ni un centavo. Ni siquiera había sabido que faltaba ese dinero hasta que se había destapado el escándalo. Pero Cal jamás lo creería; había confiado en Nick hasta el final.
No le había quedado otro remedio más que huir a un lugar donde no la encontraría nunca. Pero todo eso ya pertenecía al pasado, se recordó mientras subía las escaleras del porche del bungalow de ladrillo que servía de alojamiento a los voluntarios. Ahora era una persona distinta, con una vida con la que se sentía más plena de lo que se había sentido nunca. ¡Si tan solo pudiera acabar con las pesadillas!
Mientras su jet privado sobrevolaba el Cuerno de África, Cal abrió la carpeta que le había dado Harlan Crandall. Un tipo listo, Crandall. Era el único al que se le había ocurrido buscar a Megan en el último sitio que nadie hubiera imaginado que elegiría para esconderse: entre los voluntarios de la mismísima fundación a la que había robado.
Los papeles fotocopiados que contenía la carpeta indicaba dónde había estado realizando su labor de voluntaria: Zimbabue, Somalia y, durante la mayor parte de ese año, Sudán.
Había estado en los destinos más duros del programa de voluntarios, y por decisión propia. ¿Por qué estaba haciendo aquello? No le cabía en la cabeza que la viuda de su amigo, acostumbrada al lujo y la sofisticación, estuviese trabajando de voluntaria en uno de los lugares con más miseria del mundo. ¿Y qué diablos había hecho con el dinero? Con todo el dinero que había robado podía estar viviendo a lo grande, incluso con más ostentación que durante su matrimonio.
Sacudió la cabeza al pensar en los caros caprichos que su amigo le había dado a su mujer. Para él su esposa tenía que tener lo mejor. Aquello siempre le había parecido un derroche, pero se conocían desde el instituto, y estaba seguro de que su intención había sido buena.
También habían ido a la misma universidad, aunque Cal había estudiado ingeniería; y Nick, marketing.
Él había diseñado unos refugios modulares muy ligeros, que podían ensamblarse con facilidad en caso de desastre natural para alojar temporalmente a las personas que perdiesen sus casas, y que también podían utilizarse en la construcción y en parques nacionales.
Nick le había dicho que él podía ayudarle a promocionarlos y comercializarlos, y con ese fin habían creado juntos la empresa J-COR. Los dos se habían enriquecido con aquel negocio, pero ambos habían estado de acuerdo en que aquello no era suficiente, y después de proporcionar varios de aquellos refugios de forma gratuita a varias personas víctimas de desastres naturales en distintas zonas del mundo, a Cal se le había ocurrido que hicieran una fundación con fines humanitarios. Él se había encargado de la logística, y Nick de las finanzas y de recaudar los fondos necesarios.
Pocos años después la fundación había ampliado sus proyectos, proporcionando también comida y atención médica allí donde eran necesarias. Nick se casó con Megan, una enfermera a la que había conocido en un acto benéfico, y él ejerció de padrino en la boda, pero ya entonces ella no le había parecido de fiar. Era demasiado hermosa, demasiado correcta, demasiado reservada. Ya entonces había vislumbrado algo bajo esa fachada, una intención oculta.
Sus maneras, frías y distantes, contrastaban enormemente con el carácter cálido y abierto de Nick, y contrastaba aún más por todos los caprichos que él le daba: una casa de miles de millones de dólares, un Ferrari, un collar de diamantes y esmeraldas…
Megan había empleado su nueva posición social con la supuesta intención de «ayudar» a recaudar fondos para la fundación. Y desde luego que habían recaudado mucho dinero de los eventos benéficos que Nick y ella habían organizado en su casa, pero buena parte de ese dinero, sin que nadie lo supiera, estaba siendo desviado.
Tres años más tarde, tras una auditoría fiscal rutinaria, el castillo de naipes se había derrumbado, y el resto de la historia se había convertido en carnaza para la prensa sensacionalista.
Cal estudió la fotografía, que parecía haber sido tomada desde una distancia considerable, con un teleobjetivo, y había sido agrandada. Megan probablemente ni sabía que le habían hecho esa foto.
Estaba mirando hacia la izquierda, y se fijó en que en las gafas de sol se podía ver el logotipo del fabricante. Eran unas gafas caras, muy caras, y recordaba haberla visto con esas mismas gafas en otra ocasión. Parecía que no había dejado atrás su gusto por el lujo.
Era una suerte que la hubiesen enviado a Arusha. Dar con ella en una zona azotada por los conflictos armados como Sudán habría sido un infierno. Pero Arusha era una importante zona turística, con su propio aeropuerto internacional.
Era adonde se dirigía su jet privado, y sabía cómo llegar a la clínica porque ya había estado allí antes. De hecho, si quisiera, podría contratar a un par de gorilas y tenerla en su jet, de regreso a Estados Unidos, en un par de horas.
¿Pero luego qué? Aunque la idea era tentadora, sabía que no podía secuestrarla en territorio extranjero sin una orden de arresto. Además, ¿de qué serviría? Megan no era tonta, y sin duda sabría que, a excepción de su firma en los cheques que nunca habían llegado a las arcas de la fundación, no tenía pruebas sólidas de que se hubiese quedado con el dinero. Si ella se reiteraba en lo que había dicho en declaraciones a la policía, que no sabía nada de la desaparición de ese dinero, no tenía nada que hacer.
La única manera que tenía de averiguar la verdad, se dijo, era ganándose su confianza. Quizá así lograría que se le escapase alguna pista, por pequeña que fuera, que pudiera conducir a Crandall al lugar donde había depositado el dinero robado.
El jet comenzó a descender. Si hubiese hecho buen tiempo habría podido ver el Kilimanjaro, pero las nubes lo ocultaban, y a lo lejos un par de relámpagos iluminaron el cielo. Era la época de lluvias, y lo más probable era que aterrizasen en medio de un aguacero.
Poco después, las primeras gotas de lluvia golpeaban ya las ventanillas, y el sonido le recordó a una noche lluviosa, tres años atrás, en San Francisco. La noche de la fiesta de Navidad de la compañía, que se celebraba en el Hilton. Sobre las once se había tropezado con Megan, que venía del pasillo que conducía a los aseos. Estaba pálida y tenía los labios húmedos, como si se los hubiese mojado. Se paró a preguntarle si estaba bien, y ella se rio.
–Sí, claro que sí; solo un poco… embarazada.
–¿Quieres que te traiga algo? –le había preguntado, sorprendido de que Nick no le hubiese dicho que iban a tener un bebé.
–No, gracias. Como Nick tiene que quedarse, le diré que me pida un taxi. En mi estado no me conviene estar de fiesta hasta tan tarde.
Al verla alejarse, Cal se había quedado pensando que aquella era la primera vez que la había visto feliz de verdad. ¿Sería feliz ahora?, se preguntó, intentando imaginarla trabajando en un campo de refugiados. El calor, las moscas, la pobreza, las enfermedades… No, le era imposible imaginarla en esas circunstancias.
* * *
Megan se dejó caer en un banco fuera de la clínica, al resguardo de la lluvia por un tejadillo de hojalata. El día había sido tan ajetreado como de costumbre. Los familiares habían ido allí con un carro para llevarse a la madre primeriza y su bebé, pero después había habido un goteo incesante de pacientes con dolencias que iban del impétigo a la malaria. Incluso había estado ayudando al médico residente mientras daba puntos y vacunaba a un chiquillo que había sido tan bobo como para molestar a un joven babuino.
Estaba anocheciendo, y ya habían cerrado la clínica. El médico y su ayudante se habían ido a la ciudad, con sus familias, y Megan estaba sola en el pequeño complejo cercado por muros, que incluía el edificio de la clínica, un generador, una lavandería, un aseo y un bungalow con dos habitaciones y una cocina para los voluntarios como ella. Los arbustos en flor y los árboles alegraban un poco la vista en medio de tanta austeridad.
Megan cerró los ojos e inspiró el olor a humedad. En la árida Sudán, donde el aire polvoriento estaba cargado con el hedor a miseria, había añorado la lluvia. Volver allí no sería fácil, pero era allí donde más necesaria era su ayuda.
De pronto oyó el ruido de la campana de la puerta de entrada, una campana improvisada con un cencerro colgado de una cadena. Abrió los ojos y se levantó, pero luego vaciló. Si alguien necesitaba ser atendido no podía decirle que se marchara, pero estaba sola. Podían ser unos matones con intención de robarles medicamentos, dinero, o simplemente para destrozar y hacer daño.
Cuando volvió a sonar la campana salió corriendo bajo la lluvia hasta el bungalow, sacó la pistola que guardaba bajo la almohada y se la metió en el bolsillo del pantalón. Luego agarró un chubasquero, se lo puso y corrió hasta la puerta de chapa de hierro. Estaba cerrada con una cadena y un candado.
–Jina lako nani? –inquirió con su limitado suajili, preguntando por el nombre de quien fuera que estuviese al otro lado.
Hubo un momento de silencio, y de pronto una voz masculina inquirió en la oscuridad:
–¿Megan, eres tú?
Las rodillas le temblaron. Cal… ¿Cómo la había encontrado?, se preguntó. No quería verlo, ni hablar con él, pero esconderse solo haría que pareciese una tonta.
–¿Megan? –la llamó de nuevo, exigiendo una respuesta.
Sin embargo, en ese momento no podía articular palabra. Debería haber imaginado que Cal no se daría por vencido hasta dar con ella.
Se sacó la llave del bolsillo y la introdujo con manos temblorosas en el candado. Luego retiró la cadena, abrió la puerta y se echó a un lado.
Cal entró y se detuvo frente a ella. Parecía más alto de lo que lo recordaba, y sus ojos grises más fríos bajo el ala del sombrero, por el que chorreaba la lluvia.
Sabía qué quería. Después de dos años aún continuaba buscando respuestas. Y ahora que había dado con ella la bombardearía sin piedad con preguntas sobre la muerte de Nick y el paradero del dinero robado.
El problema era que ella no tenía la respuesta a esas preguntas. ¿Cómo podría convencer a Cal de que lo que le había dicho era la verdad, de que la dejase en paz?
Capítulo Dos
Cal miró el chubasquero de plástico barato y la cara cansada bajo la capucha y notó una repentina tirantez en el pecho. Sí, era Megan, pero no la Megan a la que recordaba.
–Hola, Cal –lo saludó–. Veo que no has cambiado mucho.
–Tú sí –contestó él–. ¿Podríamos ponernos a cubierto de la lluvia?
Ella le señaló hacia atrás con el pulgar, en dirección al bungalow.
–Puedo ofrecerte un café, pero no mucho más. No he tenido tiempo de ir de compras.
–En realidad, tengo un taxi esperando fuera –respondió él–. Iba a invitarte a cenar conmigo en mi hotel.
Ella le miró con unos ojos como platos. Parecía nerviosa, pensó. Claro que tenía mucho que ocultar.
–Es muy amable por tu parte, pero no hay nadie más aquí; tengo que quedarme y…
Cal le puso una mano en el hombro, y ella se estremeció como un cervatillo, pero no se apartó.
–No pasa nada, he hablado con el doctor Musa por teléfono. No le importa que te tomes un par de horas libres. De hecho, me ha dicho que no te vendría mal una buena cena. Me ha dicho que iba a mandar a su sirviente para que se quede al cargo mientras estés fuera.
–Bueno –titubeó ella–, entonces iré un momento a lavarme un poco y a cambiarme. Ahora ya no me lleva tanto tiempo –añadió con una risa forzada.
–Bien, voy a abrir para que pueda entrar el taxi.
Minutos después, mientras esperaba en el porche del bungalow, llegó Benjamin, el joven sirviente del doctor Musa, y justo en ese momento salió Megan, vestida con una blusa blanca, unos pantalones color caqui y una cazadora gris oscura.
Saludó a Benjamin con una sonrisa y le dio algunas indicaciones antes de volverse hacia él para decirle que ya podían irse.
Cal se levantó un lado de la gabardina para guarecer a Megan de la lluvia mientras subía al coche.
–¿Cuándo has llegado? –le preguntó ella cuando el taxi se puso en marcha.
–Hace un par de horas. Fui al hotel a dejar las maletas, me aseé un poco, llamé al doctor Musa y fui a buscarte.
–¿Y a qué has venido? ¿Ha ocurrido algo?
Él se rio con ironía.
–No que yo sepa. Podría decir que estoy de paso, pero dudo que me creyeses, ¿me equivoco?
Había escepticismo en los ojos pardos de Megan.
–No, no te creería –una media sonrisa asomó a sus carnosos labios, que parecían estar pidiendo un beso.
Aunque nunca le había caído bien, siempre le había parecido muy atractiva.
–Te conozco bien, Cal, si has venido en busca de respuestas, haberte ahorrado el viaje. No tengo la menor idea de dónde puede estar ese dinero. Supongo que Nick se lo gastaría, y supongo que por haber estado casada con él, eso me hace culpable a mí también, pero si crees que lo tengo debajo del colchón, o que lo tengo en una cuenta bancaria en Dubái, lo siento, pero te equivocas.
Típico de ella ser tan directa. En eso al menos no había cambiado, pensó Cal.
–¿Por qué no dejamos aparcado ese tema por el momento? Me interesa más saber por qué te fuiste, y qué has estado haciendo estos dos años.
–Ya lo imagino –un brillo le relumbró en los ojos a Megan antes de que apartara la vista–. Bueno, por el precio de un buen filete, supongo que se me ocurrirá alguna historia que contarte, entretenida cuanto menos.
–Sé que no me decepcionarás –dijo Cal en un tono lo más neutral posible.
Tenía que estudiar con detenimiento a aquella nueva Megan antes de trazar un plan de ataque. Aunque tras sus palabras se adivinaba a la mujer de hierro de antaño, parecía tan frágil que tenía la sensación de que a la más mínima presión se derrumbaría.
Sabía que la habían enviado allí para que descansara y se restableciera. Los documentos que le había entregado el detective no explicaban por qué, pero el doctor Musa le había expresado su preocupación por su salud y su estado mental cuando habían hablado por teléfono.
Sin saber por qué, se acordó en ese momento del perfume que Megan solía llevar. Tenía un nombre francés que no conseguía recordar, pero siempre lo había excitado. Parecía que ya no llevaba perfume, pero tenerla tan cerca dentro del taxi estaba teniendo en él el mismo efecto.
Siempre y cuando el fin justificara los medios, no veía por qué no podía intentar seducirla mientras estuviese allí. Además, en la cama tal vez podría hacer que se le soltara la lengua, y si no, al menos, satisfaría aquel oscuro deseo largo tiempo reprimido.
Megan no había pasado mucho tiempo fuera de la clínica desde su llegada a Tanzania, y no conocía aún el hotel Hatari, construido en el siglo XIX y recientemente reformado. El inmenso vestíbulo estaba decorado en tonos crema y marrón, con sillones orejeros, sofás de cuero, y había un bar y un restaurante que ofrecía un menú de platos internacionales.
Cal le tomó por el codo y la condujo a la entrada del restaurante. Megan era de una estatura media, pero se sentía pequeña a su lado, que debía medir por lo menos un metro noventa, y era ancho de hombros y atlético.
No le sorprendía que la hubiese encontrado. Cuando se le metía algo en la cabeza, Cal Jeffords tenía la fiera determinación de un pitbull. Y había hecho un viaje demasiado largo como para marcharse sin conseguir algo que hiciese que hubiese merecido la pena.
Lo que le había dicho del dinero era la verdad, pero no la creía. Para él era culpable porque su firma figuraba en los cheques de las donaciones que había endosado y le había dado a Nick para que los depositara en el banco.
Cuando se sentaron a la mesa a la que los llevó el camarero, dejó que Cal pidiera, y escogió lo mismo para los dos: un solomillo de ternera con champiñones, verduras salteadas y una botella de merlot para acompañar.
Megan sintió su mirada sobre ella mientras el camarero les llenaba las copas y colocaba una cesta de pan recién horneado entre las velas encendidas.
–Come pan –le dijo Cal levantando su copa–. Hay que poner algo de carne en esos huesos flacos.
Megan arrancó un pedacito del pan y lo masticó en silencio.
–Sé que he perdido peso, pero resulta doloroso sentarse frente a un plato lleno de comida cuando la gente a tu alrededor se muere de hambre.
Cal entornó los ojos.
–¿A eso se debe todo este cambio de vida, a un sentimiento de culpa?
Ella se encogió de hombros.
–Durante el tiempo que estuve casada con Nick creía que lo tenía todo: una casa grande, coches, fiestas… –tomó un sorbo de vino–. Cuando todo se derrumbó y supe que el estilo de vida que llevábamos estaba quitándole el pan de la boca a mucha gente, sentí náuseas. De modo que sí, puedes llamarlo culpa. Llámalo como quieras. No me arrepiento de la decisión que tomé.
Cal se tensó, delatando una ira apenas contenida.
–¿La decisión de marcharte sin decirme nada?, ¿sin decirle nada a nadie?
–Sí –Megan lo miró a los ojos–. Nick dejó tras de sí un buen lío. Y si no me hubiese marchado, seguiría en San Francisco, recogiendo los platos rotos.
–¿Me lo vas a contar a mí, que he tenido que hacerme cargo?
–Yo tampoco habría podido hacer mucho para ayudar. La casa estaba hipotecada, cosa que no supe hasta que el banco me llamó después de la muerte de Nick. Les dije que se la quedaran. Y los coches estaban a nombre de Nick, no a mi nombre. Supongo que tu compañía se quedaría con ellos, junto con los muebles y las obras de arte. Yo empaqueté la mayor parte de mi ropa y mis zapatos y los doné a la beneficencia, y mis joyas las vendí para conseguir dinero para el viaje. Solo efectivo, porque sabía que los pagos que hiciese con mis tarjetas de crédito podrían ser rastreados.
–¿Rastreados por mí?
–Sí, pero también por los reporteros, que no dejaban de acosarme, y por la policía, que parecía creer que les daría respuestas distintas cuando me interrogaran por enésima vez.
–Si te hubieras quedado yo podría haber hecho que las cosas fueran más fáciles para los dos, Megan.
Ella sacudió la cabeza.
–Sabía que ni la policía, ni los medios, ni tú me dejaríais tranquila, y lo que había dicho era la verdad; no tenía nada más que decir. Tenía la esperanza de que pensarías que había muerto. Y en cierto modo así fue.
El camarero regresó en ese momento con los platos de ambos. El solomillo estaba increíblemente tierno, pero la ansiedad le había quitado a Megan el apetito. Tomó algunos bocados, mirando de tanto en tanto a Cal, como un ratón que mordisquea nervioso el trozo de queso en una trampa.
Cal había envejecido de un modo sutil en esos dos años. Las facciones se le habían endurecido ligeramente, y su cabello rubio oscuro mostraba ya algunas canas. Era evidente que a él también le habían dolido la traición y el suicidio de Nick y, como ella, estaba lidiando con el dolor a su manera.
–Me estaba preguntando… cuando te presentaste como voluntaria en Zimbabue, en la clínica para enfermos de SIDA, si el director del proyecto sabía quién eras.
–No, era africano, y Zimbabue está muy lejos de San Francisco. En mi pasaporte seguía teniendo mi apellido de soltera, y estaban muy necesitados de una enfermera como para hacer demasiadas preguntas.
–¿Y cuando te enviaron a otros destinos?
–Una vez entré en la lista permanente de voluntarios, prácticamente podía ir donde quisiera. Al principio no me atrevía a permanecer en un sitio mucho tiempo, así que me moví mucho de un sitio a otro. Luego me fui dando cuenta de que parecía que no tenía por qué preocuparme.
–¿Y cuando estuviste en Darfur? ¿Qué ocurrió allí?
Aquella pregunta la sacudió por dentro. Un vago recuerdo se le revolvió en el interior, silencioso y frío como una serpiente, pero lo reprimió.
–Estuviste allí once meses –insistió él–, y te enviaron aquí para que te repusieras; algo debió de pasar.
Megan se encogió de hombros y bajó la vista al mantel para disimular el malestar que le provocaba aquel tema.
–No es nada; solo necesito descansar, eso es todo. Estaré lista para volver dentro de un par de semanas.
–No es eso lo que dijo el doctor Musa. Me dijo que tienes ataques de ansiedad, y que no quieres hablar de lo que pasó.
Megan, que ya no podía aguantar más, estalló de pura indignación.
–No tenía derecho a decirte nada de eso, y tú no tenías derecho a preguntarle.
–La fundación que dirijo es la que paga su salario, y eso me da todo el derecho a preguntar –los ojos grises de Cal se clavaron en ella–. El doctor Musa cree que tienes estrés postraumático. Fuera lo que fuera lo que te pasó, Megan, no vas a volver allí hasta que seas capaz de enfrentarte a ello, así que para empezar podrías contármelo.
Estaba presionándola demasiado, acorralándola. La ansiedad estaba apoderándose de ella. Presintiendo lo que estaba a punto de ocurrir, se obligó a soltar el tenedor, que cayó ruidosamente sobre el plato.
–No lo recuerdo –le espetó con voz desgarrada–. Es igual, solo necesito algo de tiempo para reponerme. Y ahora, si no te importa, tengo que volver a la clínica.
La voz se le quebró al pronunciar esas últimas palabras, y al ver que estaba perdiendo el control sobre sí misma se levantó, dejó la servilleta en la mesa, tomó su bolso y salió a toda prisa del restaurante.
Tenía que haber un lavabo de señoras cerca, donde pudiera estar a solas hasta que el corazón dejara de latirle como un loco. La experiencia le había enseñado a reconocer los síntomas cuando estaba a punto de tener un ataque de ansiedad. Sin embargo, excepto atiborrarse a tranquilizantes, poco control tenía sobre el terror irracional que estaba apoderándose de ella.
Al llegar al vestíbulo miró a su alrededor, en busca de un cartel que indicase dónde estaban los lavabos. Miró hacia la recepción, pero el recepcionista estaba ocupado. «Es igual», se dijo, podía encontrarlo sola. ¿Pero dónde estaba?, se preguntó impaciente, con los latidos resonándole en los oídos. ¿Dónde? ¿Dónde?
Cal, que no se esperaba esa reacción, se había quedado inmóvil por un momento, patidifuso, pero luego se levantó y fue tras ella. No había llegado muy lejos; la encontró en el vestíbulo, mirando en una y otra dirección con los ojos muy abiertos, como un animal acorralado.
Sin decir nada, la asió por los hombros y la hizo volverse hacia él. Megan se resistió, pero solo a duras penas. Estaba temblando.
–Déjame –masculló–, estoy bien.
–No, no estás bien. Vamos.
Cal la llevó hasta una puerta por la que se salía a un patio interior. A cubierto de la cortina de agua que seguía cayendo, Cal la atrajo hacia sí y la rodeó con sus brazos. La notaba tensa, y podía sentir los fuertes latidos de su corazón contra su pecho y la ligera presión de sus senos.
Había dejado de resistirse, pero continuaba temblando. Tenía la respiración entrecortada, y sus manos se habían cerrado con fuerza sobre la tela de su camisa. Era evidente que estaba aterrada.
¿Qué podía haberle ocurrido? Había visitado los campos de refugiados de Sudán, un infierno donde decenas de miles de personas se hacinaban en tiendas de campaña sin suficiente comida, sin suficiente agua, y en unas condiciones muchas veces insalubres.
Las organizaciones no gubernamentales y las Naciones Unidas hacían lo que podían, pero había tanta necesidad… Y Megan había pasado allí once meses.
Pero había algo más, estaba seguro. Lo que la había asustado de aquella manera no podían ser las difíciles condiciones de vida en los campos de refugiados. No, debía haberle ocurrido algo a ella, algo que la había aterrado de tal modo que la más breve alusión la hacía estremecerse como una hoja.
Pero él había ido allí por el dinero robado, se recordó. Megan era culpable, y no podía dejarse llevar por la compasión. Sin embargo, en ese momento necesitaba que alguien la reconfortase, y tal vez sería una buena de manera ganarse su confianza.
–Está bien, no pasa nada –murmuró contra su sedoso cabello–. Aquí estás a salvo; conmigo estás a salvo.
Mientras le acariciaba la espalda a través de la cazadora, Cal, que no era un santo, notó que estaba excitándose. Tal vez fuera una reacción poco delicada dada la situación, pero no era algo que pudiese controlar.
Sus relaciones amorosas siempre eran superficiales y no duraban demasiado. Estaba volcado en J-COR y en la fundación; no tenía tiempo para nada serio. Prefería los romances apasionados en los que el sexo era el modo de solucionar cualquier discusión. Probablemente por eso su cuerpo había reaccionado así, instintivamente, excitándose para hacer olvidar a Megan sus preocupaciones con placer.
Sí, el deseo estaba ahí, prendiendo fuego a sus caderas, encendiendo el ansia de tomarla en volandas, llevarla a su habitación y besarla y acariciarla hasta hacer que gimiera de placer. Quizá eso fuera lo que necesitaba para recobrar las fuerzas y la confianza en sí misma: unas semanas de descanso, comer bien, y sexo.
Pero eso no iba a pasar esa noche; lo que necesitaba en ese momento era consuelo y apoyo, no a un tipo con un calentón encima.
Se dio una bofetada mentalmente y se echó un poco hacia atrás para darle espacio.
Megan ya parecía más calmada.
–¿Quieres hablar de ello? –le preguntó.
Ella suspiró y se apartó de él.
–Estoy bien. Perdona, me siento como una tonta.
–No tienes por qué; he visto esos campos. Han debido ser once meses de puro infierno para ti.
–Esa pobre gente sí que vive un infierno: no tienen dónde ir, ven a sus hijos morir de hambre y de enfermedad, y las mujeres…
–Megan, no puedes torturarte con eso.
–No puedo sacármelo de la cabeza. Y por eso pienso volver tan pronto como haya recobrado las fuerzas.
–Es una locura. Podría impedírtelo, ¿sabes?
–Si lo intentaras, encontraría otra manera de ir allí a ayudar –le espetó ella, mirándolo desafiante–. Vuelve al restaurante y termínate la cena –añadió–. Puedo tomar un matatu para volver a la clínica.
–¿Uno de esos pequeños autobuses que más que autobuses son chatarra? Acabarías teniendo que andar varios kilómetros sola, bajo la lluvia. Te llevaré yo.
La habría invitado a subir a su habitación para que se diera una ducha y que pasara la noche en la otra habitación, pero estaba seguro de que ella habría rehusado.
Sin embargo, se le estaba ocurriendo una idea. A primera hora del día siguiente haría unas cuantas llamadas. Tal vez fuera justo lo que necesitaba para que Megan se repusiese y para ganarse su confianza.
Capítulo Tres
Cal se había ofrecido a llevar a Benjamin de vuelta a casa del doctor Musa en su taxi. No había mucha distancia, pero para cuando llegaron el jet lag ya estaba empezando a hacerle mella. Le costaba mantener los ojos abiertos
–¿No quiere entrar, señor? –le preguntó el chico cuando se bajó del taxi–. Puedo hacerle un té.
–En otra ocasión, gracias. Saluda al doctor de mi parte y dile que le llamaré mañana.
Cuando el taxi continuó en dirección al hotel, Cal se puso a repasar mentalmente la velada con Megan, que tan bruscamente había acabado. Desde luego, no había resultado como él esperaba. La había encontrado tan frágil, y a la vez tan increíblemente seductora, que lo había descolocado.
Estaba claro que con unas cuantas salidas nocturnas no iba a vencer su resistencia. Tendría que pasar más tiempo con ella, mucho más tiempo, y en un ambiente mucho más calculado, para que se sintiese cómoda. Un safari fotográfico sería perfecto: unos cuantos días explorando los hermosos espacios salvajes de África, y la clase de lujos y caprichos que podía ofrecer una agencia enfocada a los turistas con dinero.
Al día siguiente pondría el plan en marcha. Primero, para hacer las cosas bien, le pediría permiso al doctor Musa para llevarse a Megan un par de semanas. Si fuera necesario incluso podía hacer que mandasen a otro voluntario para que se ocupase de la clínica en su lugar.
Y en cuanto a lo de organizar el safari, aunque fuese precipitado, no debería suponer ningún problema. La estación lluviosa era temporada baja, y la mayoría de las agencias estarían encantadas de complacer a un cliente dispuesto a pagar bien.
No le contaría nada a Megan hasta que lo tuviese todo preparado. Tal vez discutiría con él cuando se lo dijese. Y hasta era posible que se pusiese terca y se negase rotundamente a acompañarlo. Pero al final iría con él; aunque tuviese que sedarla y secuestrarla.
Era el plan perfecto, porque las tardes en un safari, cuando empezaba a caer el sol, eran tranquilas y no se hacía mucho más aparte de comer, beber, descansar y charlar. Y en cuanto a las noches… No, mejor no adelantar acontecimientos; dejaría que la naturaleza siguiese su curso.
Y al día siguiente le mandaría también un correo electrónico al detective Crandall. Si había conseguido encontrar a Megan, quizá también fuera capaz de destapar algo que no supiese acerca de los últimos meses de vida de Nick. Y podía que incluso lograse encontrar el dinero que faltaba.
Pero en ese momento, se dijo con un bostezo, lo único que quería era llegar al hotel, meterse en la cama y dormir.
Acostada en la cama de la clínica, protegida por una mosquitera, Megan se revolvía de un lado a otro, presa de las pesadillas, reviviendo lo que había ocurrido en Darfur.
Saida solo tenía quince años. Era una chica preciosa, de ojos brillantes, y tenía la agilidad y la gracia de una gacela, como la gente de su tribu, los fur. Como hablaba bastante bien el inglés y toda su familia había muerto, Megan le había dado el puesto de intérprete en la enfermería del campamento. Era muy lista, y prometía, pero se había enamorado de un chico llamado Gamal, y su amor por él la volvió descuidada. Una noche, cuando estaba haciendo la ronda para ver cómo seguían los pacientes, se encontró la cama de Saida vacía.
Esa mañana le había confesado con lágrimas en los ojos y en secreto dónde se reunía con Gamal, en un pozo seco que había fuera del campo. Tenía que estar allí ahora, pensó.
Abandonar el campo de refugiados por la noche estaba prohibido, porque fuera merodeaban los despiadados mercenarios yanyauid, que recorrían el desierto como perros salvajes en busca de una presa.
Megan decidió salir a buscar a los dos jóvenes antes de que ocurriera una tragedia. Tomó una pistola y se aventuró en la oscuridad.
En su sueño todo se volvió borroso, como si una niebla la envolviera. Atravesaba corriendo las áridas colinas bajo la débil luz de la luna. A lo lejos vio el tronco retorcido de una acacia muerta, y a sus pies el pozo seco, un gran agujero rodeado por un círculos de piedras.
Cerca de él vio a los dos enamorados, abrazados el uno al otro, ajenos a todo lo que les rodeaba. De pronto, una sombra con turbante se aproximó a ellos por detrás. Y luego otra, y otra más. Megan levantó la pistola, apuntó, y el tiempo pareció ralentizarse.
Antes de que pudiera apretar el gatillo, una mano enorme y sudorosa le tapó la boca. Un intenso dolor la sacudió cuando aquel hombre le dobló el brazo para que dejara caer la pistola. Intentó luchar, revolviéndose y arañándolo, pero el hombre era mucho más fuerte que ella. Incapaz de moverse o de chillar, solo pudo observar espantada el destello de un cuchillo en la oscuridad antes de que se hundiera hasta la empuñadura en la espalda de Gamal, que cayó al suelo fulminado.
Los gritos de Saida desgarraron la oscuridad a medida que los demás yanyauid se acercaban, rodeándola. Uno de ellos la empujó al suelo. Otros dos le separaron las piernas. Megan oyó cómo le arrancaban la ropa, y Saida volvió a chillar una y otra vez…
Megan abrió los ojos sobresaltada. Estaba temblando, empapada en sudor, y el corazón le palpitaba violentamente, en medio del silencio que reinaba en la habitación.
Se incorporó y hundió el rostro en las manos. No recordaba cómo había logrado escapar; solo sabía que a la mañana siguiente encontraron muerto a Gamal, y que no había ni rastro de Saida.
Continuó trabajando en el campo, con la esperanza de que el tiempo la ayudase a olvidar, pero incluso allí en Arusha seguía teniendo pesadillas, y cada vez iban a peor. Tal vez el doctor Musa tuviese razón; tal vez tuviese estrés postraumático. Pero lo único que podía hacer era intentar olvidar.
El miércoles era el día de vacunaciones en la clínica. Mientras su ayudante se encargaba del papeleo y el doctor Musa de los casos más urgente, Megan estuvo horas poniendo inyecciones. La mayoría de los pacientes eran niños y bebés, y salían de la clínica llorando. Adoraba a aquellos pequeños y era feliz con poder ayudarlos, pero al llegar la tarde tenía un buen dolor de cabeza.
Mientras se tomaba un par de aspirinas, se preguntó qué habría sido de Cal. Hacía un par de días que no lo veía. ¿Podría ser que se hubiese dado por vencido y se hubiese marchado? No, no parecía propio de él. Había ido allí en su busca, y no se iría de allí sin respuestas.
Y no era solo eso lo que le preocupaba. La otra noche, cuando la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí para calmarla, notó que se había excitado, y estuvo a punto de apartarlo y salir corriendo cuando, gracias a Dios, él mismo se separó para dejarle espacio.
En los últimos meses era como si algo dentro de ella hubiese muerto. Las cosas que había presenciado la habían afectado de tal modo que dudaba de que pudiese volver a tener relaciones íntimas.
Había sido consciente de ello por primera vez hacía unos meses, cuando un médico voluntario de uno de los campos de refugiados en los que trabajaba la había invitado a cenar. Era un tipo atractivo, y la verdad era que había agradecido poder olvidar durante unas horas la crudeza de la realidad que se vivía en el campo.
Sin embargo, cuando la besó, después de la cena, en su tienda de campaña, se sintió bastante incómoda. Había intentado comportarse como si no pasara nada, pero a medida que sus caricias se volvieron más íntimas, el rechazo inicial ascendió en una espiral hasta convertirse en pánico. Al final se zafó de él y salio de la tienda mientras él le gritaba: «¿Qué diablos te pasa? ¿Es que eres frígida, o algo así?».
Después de aquello no había vuelto a intentar tener relaciones con nadie, y aunque esperaba que solo hubiese sido algo pasajero, la reacción que había tenido con Cal le había confirmado sus sospechas de que no lo era.
No, el problema no había desaparecido, y si lo que Cal tenía en mente era intentar seducirla, se iba a llevar un chasco. Por eso, y por muchas otras razones, esperaba que de verdad se hubiera ido y no volviera a verlo.
Sin embargo, no fue eso lo que pasó. A la mañana siguiente, cuando estaba desayunando un café y un plato de huevos revueltos, entró en el recinto al volante de un todoterreno.
Cuando se detuvo frente al bungalow, el doctor Musa salió de la clínica con una sonrisa, como si Cal y él se trajesen algún tipo de broma entre manos.
Cal se bajó del todoterreno y, dirigiéndose a ella, le dijo:
–Recoge tus cosas. Te vienes conmigo; ahora.
Megan se levantó de la mesa, fue hasta los escalones del porche y se quedó mirándolo con los brazos cruzados.
–¿Has perdido la cabeza? ¿Con qué derecho vienes aquí y te pones a darme órdenes como si tuviera seis años?
Cal entornó los ojos.
–Soy el presidente de la Fundación J-COR, y tú una voluntaria. Y ahora mismo vas a venirte conmigo a un safari fotográfico de diez días. Ya lo he hablado con el doctor Musa –miró al médico, que la miró a ella y asintió–. La persona que va a reemplazarte llega esta tarde, así que el doctor no se quedará sin ayuda. Está todo arreglado.
–¿Y yo no tengo ni voz ni voto?
–El doctor Musa está de acuerdo conmigo en que con tu trabajo aquí no estás descansando lo suficiente; necesitas un descanso de verdad, y eso es lo que estoy ofreciéndote.
–¿Y si me niego qué harás, arrastrarme a la fuerza?
–Si no me dejas más remedio…
Cal ni siquiera parpadeó, y Megan se dio cuenta de que sería capaz de hacerlo.
En fin, se dijo, lo de irse unos días de safari no sonaba tan mal. Tal vez incluso acelerara su recuperación. Pero ¿cómo iba a sobrevivir a diez días con él? Apretó la mandíbula y le contestó:
–Muy bien, iré, pero con una condición: si para cuando volvamos estoy ya repuesta, quiero que vuelvan a destinarme a Darfur.
Cal enarcó una ceja.
–¿Crees que es buena idea?
–Es donde más falta hace mi ayuda. Además, sin ese objetivo no puedo justificar el desperdiciar diez días por ahí de vacaciones.
Cal frunció el ceño, pero finalmente asintió.
–De acuerdo, pero mientras estemos de safari tienes órdenes de relajarte y pasarlo bien. Es lo que cualquier médico te prescribiría, y como tú has dicho: tienes que estar completamente restablecida si quieres volver a Darfur.
Megan escrutó su rostro en silencio. Cal no había ido allí para malgastar su tiempo y su dinero llevándosela de safari para que se recuperara. Los siguientes diez días serían un tira y afloja constante y tendría que estar todo el tiempo en guardia.
–Bueno, ¿qué me dices? –insistió él.
Megan se volvió hacia la puerta del bungalow, se detuvo y giró la cabeza para mirarlo el tiempo justo para que viera que no estaba sonriendo.
–No tardaré mucho en recoger lo que necesito –le dijo–. El café está caliente; tómate una taza mientras esperas.
La avioneta sobrevoló en círculo el cráter Ngorongoro, un verdadero jardín del Edén en medio de la sabana. Él ya había estado allí, pero era la primera vez que Megan lo veía, y la observó con curiosidad mientras miraba por la ventanilla el verde lecho del cráter de casi veinte kilómetros de diámetro.
–Es increíble –murmuró fascinada.
–Es todo lo que queda de un antiguo volcán que entró en erupción en tiempos prehistóricos –le explicó Cal–. Los geólogos dicen que debía ser tan grande como el Kilimanjaro; ¿te imaginas?
–Impresionante –murmuró Megan.
Cal admiró su delicado perfil, recortado contra el cristal de la ventanilla. Incluso con gafas de sol, sin maquillaje, y con el cabello revuelto por el viento, era una belleza. No le extrañaba que Nick hubiese estado dispuesto a darle todo lo que le pidiese.
–Podríamos haber venido en todoterreno en menos de un día –comentó–, pero quería que vieras el cráter por primera vez así, desde el aire.
–Es precioso; te deja sin aliento –murmuró ella sin apartar los ojos del paisaje–. ¿Por qué está tan verde?, la estación lluviosa apenas acaba de empezar.
–El cráter tiene manantiales que lo mantienen regado todo el año. Los animales que viven aquí no tienen que migrar cuando llega la estación seca.
–¿Vamos a ver animales hoy? –inquirió ella, entusiasmada como una niña.
Una vez se había resignado a ir con él, se había dejado llevar por el espíritu de la aventura; y Cal, a pesar de su plan y de que desconfiaba de ella, se encontró contagiándose de su entusiasmo.
–Eso depende del itinerario que haya preparado nuestro guía, Harris Archibald. Se reunirá con nosotros cuando aterricemos. Te caerá bien. Es una reliquia viviente; todo un personaje. Ah, y te aviso de que le falta un brazo y que te contará al menos una docena de versiones distintas de cómo lo perdió. No tengo ni idea de cuál es la verdadera.
–¿Y esta noche vamos a dormir en tiendas de campaña? –le preguntó Megan mientras la avioneta se alejaba del cráter.
Él se rio.
–Pareces una niña en su primer día de campamento. Espera y verás. Quiero que sea una sorpresa.
La avioneta aterrizó en una pista que era poco más que una larga franja despejada en medio de la alta hierba. Cuando se bajaron, soplaba una brisa fresca que traía olor a lluvia. Al oeste, en la lejanía, una nubes plomizas se cernían sobre el horizonte, y se vio el destello de un relámpago.
Megan contó en silencio hasta que retumbó el trueno. La tormenta todavía estaba lejos, pero parecía que se estaba moviendo deprisa. El piloto había descargado sus pertenencias y se había vuelto a subir a la avioneta para marcharse. Si no aparecía el guía, Cal y ella se quedarían tirados allí, en medio de ninguna parte, sin un sitio donde guarecerse de la tormenta y de los depredadores.
Claro que no iba a dejar que Cal viera que estaba nerviosa. Giró la cabeza para mirarlo y le dijo con una sonrisa.
–Bueno, comienza la gran aventura.
Sin embargo, no logró engañar a Cal, que le dijo:
–No te preocupes; Harris vendrá; todavía está por ver que ese viejo zorro haya perdido un cliente.
Y estaba en lo cierto, porque en ese momento Megan vio un vehículo aproximándose a lo lejos, un Land Rover salpicado de barro, con los laterales abiertos y techo de lona. Al volante iba un hombre negro y alto, y junto a él un hombre blanco entrado en años, con barba y bigote entrecanos, más bajo y grueso, ataviado como un explorador, con un salacot, una camisa, unos pantalones caqui y unas botas.
El piloto se despidió de ellos agitando la mano y poco después se elevó, perdiéndose en la distancia. Ya tenían los nubarrones negros casi encima. Cal tomó las bolsas y fueron hasta el Land Rover, que se había detenido a pocos pasos de ellos.
Cuando se subieron, después de poner sus cosas en la parte de atrás, el conductor siguió con la vista al frente, pero el guía se volvió y le lanzó una mirada a Megan con la que, si no fuera por su edad, podría haberse llevado un bofetón.
–¡Madre mía, Cal! –exclamó con acento británico–. Me habías dicho que ibas a traer a una dama, pero no me habías dicho que tuviese tanta clase. Ahora tendré que comportarme.
Cal se rio.
–Mi amigo Harris Archibald no necesita presentaciones –le dijo a ella, y luego, volviendo la cabeza hacia el guía añadió–: Harris, ella es la señorita Megan Cardston.
–Un placer conocerle, señor Archibald –lo saludó Megan.
Ya le había tendido la mano cuando se dio cuenta, azorada, de que era el brazo derecho el que le faltaba, pero el hombre se rio y le estrechó la mano con la izquierda.
–Puede llamarme Harris; no me van mucho los formalismos.
–Cierto –intervino Cal–, pero te tomo la palabra con eso de que vas a comportarte.
–¡Ah!, por eso no tiene que preocuparse, señorita –contestó el guía–, aprendí hace mucho a no coquetear con las acompañantes de mis clientes, ¿lo ve? –dijo señalando el brazo amputado–. Un marido celoso con un rifle y mala puntería.
Cal puso los ojos en blanco, y Megan, recordando lo que le había dicho de las historias del guía, reprimió una sonrisa.
–¿Y el conductor?, ¿no va a presentármelo?
Harris la miró sorprendido, como si la mayoría de sus clientes ignoraran a su conductor negro.
–Se llama Gideon –dijo–, Gideon Mkaba. Con él estamos en buenas manos.
–Hujambo, Gideon –lo saludó Megan, tendiéndole la mano.
–Sijambo –le respondió el conductor con una sonrisa, estrechándosela.
–Bueno, ¿y adónde vamos, Harris? –preguntó Cal.
El guía sonrió.
–¡Ya creía que no ibas a preguntar! ¡Vamos a ver elefantes!, toda una manada junto al río.
Cuando el conductor volvió a poner en marcha el motor, otro relámpago rasgó el cielo, seguido del estruendo del trueno, y empezó a llover. La cortina de agua, empujada por el viento, los salpicaba sin clemencia.
–¡Pisa el acelerador, Gideon! –gritó Harris, por encima del ruido de la tormenta–. ¡Los elefantes no van a estar ahí todo el día!
–¡Pero si está lloviendo! –protestó Megan, que estaba temblando por lo mojada que tenía ya la ropa.
Harris se giró y le sonrió divertido.
–¡Disculpe, señorita, pero eso a los elefantes les importa un pimiento!
Capítulo Cuatro
Ver descender a los elefantes hasta el río había sido increíble, pero Megan estaba calada hasta los huesos, y se llevó una grata sorpresa cuando llegaron a su destino. Había pensado que dormirían en una tienda de campaña, y en vez de eso se encontró con que se alojarían en un complejo turístico de lujo con bungalows.
Lo que no le hizo tanta gracia fue descubrir que Harris había malinterpretado su relación con Cal. Había reservado un bungalow para los dos con una sola cama.
–No te preocupes; me ocuparé de eso –le dijo Cal–. Mientras te das una ducha y te cambias iré a hablar con el gerente; seguro que tienen algún bungalow libre.
Cuando se hubo marchado, Megan entró en el cuarto de baño y se desvistió. Aquello era la gloria, pensó mientras se daba una ducha caliente, pero no debía acostumbrarse. En los campos de refugiados muchas veces tenía que apañárselas con un cubo de agua fría, y hasta eso allí era un lujo.
Cal le había prometido que le dejaría volver a Darfur si superaba los ataques de ansiedad. Quería volver, tenía que volver. Dedicarse a aquellas pobres gentes que no tenían nada había hecho que sintiese que su vida tenía un propósito después de que todo su mundo se hubiese derrumbado.
Había sido tan ingenua que no había descubierto lo del desvío de fondos de la fundación hasta unos días antes de que Nick se suicidara. Había dado por hecho que su marido era rico, y había gastado dinero alegremente. ¿Cuánto del dinero robado había pagado su extravagante estilo de vida? No tenía forma de saberlo, pero, aunque no pudiese devolver el dinero, al menos podría compensar a las personas a las que estaba destinado ese dinero poniéndose a su servicio.
Ya se había vestido y estaba secándose el corto cabello cuando llamaron a la puerta. Era Cal.
–No ha habido suerte –le dijo–. Por lo visto esta noche ha llegado un grupo grande de turistas y no les queda ningún bungalow libre. Incluso les he preguntado si no tendrían una cama supletoria; nada.
–¿Y no podrías compartir bungalow con Harris?
–Él también tiene solo una cama. He ido a decirle que se había equivocado al hacer la reserva y el viejo granuja se ha limitado a sonreír y a decirme que no ve dónde está el problema y que saque provecho –paseó la mirada por el bungalow, que salvo por el cuarto de baño, era una única habitación en forma de L. Cerca de la ventana había un sofá y dos sillones alrededor de una mesita baja–. En fin, dormiré en el sofá.
Megan comprendió que no le quedaba más que aguantarse.
Mientras Cal se duchaba, abrió la bolsa de la cámara digital que él le había comprado en Arusha y se puso a hojear el manual de instrucciones.
Unos minutos después salió del baño recién afeitado, peinado y vestido con unos vaqueros y un polo de manga larga. A pesar de su atuendo informal, su porte, llevara lo que llevara, siempre tenía un aire elegante.
–Pareces salido de la portada de la revista GQ.
Él sonrió.
–Y tú Ingrid Bergman en ¿Por quién doblan las campanas? –respondió–. ¿Nos vamos a cenar?
Todavía estaba lloviendo, pero había un paraguas en un rincón de la entrada. Cal salió al porche y lo abrió para resguardar a Megan mientras cerraba la puerta con llave. Luego se aventuraron bajo la lluvia por el camino de ladrillo hasta el restaurante.
El complejo turístico había sido en sus orígenes una plantación de café cuyos propietarios alemanes se habían exiliado al final de la Primera Guerra Mundial. Los jardines y algunos de los antiguos edificios se habían conservado, y habían sido magníficamente restaurados. Un alto muro de ladrillo rodeaba la propiedad, protegiéndola de los animales salvajes.
Harris estaba esperándolos en el restaurante. Ya estaba contento por el whisky que había estado tomando, y les hizo la cena muy entretenida con sus anécdotas. Megan agradeció su presencia, porque le evitó estar a solas con Cal y le ahorró la conversación incómoda que seguramente habrían tenido. Le caía bien el viejo pícaro, a pesar de su propensión al alcohol y las palabrotas. Incluso cuando flirteó con ella descaradamente se lo tomó con buen humor.
–¿Quiere acompañarme al bar a tomar una copa antes de retirarse? –le preguntó Harris guiñándole un ojo cuando el camarero se llevó los platos del postre–. Incluso podríamos dejar que viniese el rancio de Cal si nos lo pide con amabilidad.
–Gracias, pero apenas puedo mantener los ojos abiertos –dijo Megan levantándose–. No puedo hablar por Cal; a lo mejor a él sí le apetece esa copa.
Los dos caballeros se habían levantado por cortesía con ella, y Cal le dijo a Harris:
–A mí tendrás que disculparme también; ha sido un día largo y sé que querrás que mañana salgamos temprano.
–¿Por qué?, ¿dónde vamos mañana? –inquirió Megan.
–Espera y verás –la picó Cal–; así es más divertido.
Cuando salieron, la lluvia había cejado y las nubes se habían alejado, dejando tras ellas un cielo cuajado de estrellas. De las hojas de los árboles caían gotas de lluvia mientras regresaban a su bungalow.
–¿A qué hora nos espera Harris mañana? –le preguntó Megan.
–Sobre las seis. Es mejor salir temprano si queremos ver animales. Puede que se pase la mitad de la noche bebiendo, pero no te preocupes, mañana será el primero en levantarse.
–Conoces muy bien a Harris. ¿Cómo lo conociste?
–En parte fue cuestión de suerte. Hace unos años llevé a uno de nuestros principales donantes a ver algunos de nuestros proyectos en África. Era aficionado a la caza, y quería ir de safari mientras estuviera aquí. Harris estaba disponible y le contraté.
–¿Y tú también cazaste?
–No, yo solo los acompañé y tomé algunas fotos. Harris pensó que era un blandengue, y seguramente lo sigue pensando, pero nos hicimos amigos. Desde entonces le he mandado a otros clientes, pero lo de la caza nunca ha ido conmigo; abatir a esos hermosos animales solo por diversión…
–Vaya, eso me gusta de ti –le dijo Megan con sinceridad–. Y ahora que lo pienso, todavía no te he dado las gracias por «ordenarme» a venir a este safari. Hasta ahora ha sido increíble.
Megan esperaba que él dijera algo, pero Cal se quedó callado y se recordó que no la había llevado allí por placer.
–He estado pensando –continuó ella– que si intentas dormir en el sofá, como eres tan alto, estarás muy incómodo y no dejarás de moverte en toda la noche, y no dormiremos ninguno de los dos, así que mejor dormiré yo en él y tú te quedas con la cama. Yo soy más bajita y después de haber estado trabajando en campos de refugiados puedo dormir en cualquier parte. Fin de la discusión.
–De acuerdo –respondió él tras un breve silencio–. Me inclino ante tu sentido común. Pero por lo menos, para que no me sienta mal por mostrarme tan poco caballeroso, elegirás tú primero la almohada que quieras.
Habían llegado al bungalow.
–¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí? –le preguntó Megan mientras abría la puerta–. Por decirme eso no vas a estropear ninguna sorpresa, ¿no?
–Usaremos este sitio como campamento base unos cuantos días, así que puedes deshacer el equipaje. Después… bueno, ya te enterarás en su momento.
–Perdona, pero estoy acostumbrada a ser yo quien controle mi vida.
–Lo entiendo, pero durante los siguientes nueve días tu única responsabilidad es relajarte y pasarlo bien. Dejémosle la organización a Harris; para eso le pago.
–¿Y tú qué sacas de esto?
Por el respingo que dio Cal, parecía que no se había esperado esa pregunta. Al ver que no respondía, Megan se dispuso a entrar en el bungalow, pero antes de que pudiera cruzar el umbral, Cal le puso una mano en el brazo y le dijo:
–Todavía es temprano. Sentémonos un rato aquí en el porche. Te traeré una manta por si te da frío.
–Gracias.
Megan se sentó en el banco del porche a esperarlo y, momentos después, Cal regresó con una manta ligera de lana, lo bastante grande como para taparlos a los dos cuando se sentó a su lado.
Megan se sintió abrumada por su proximidad; siempre había encontrado a Cal intimidante como un león. Había algo en él que mermaba la confianza que tenía en sí misma.
–Antes me has hecho una pregunta –dijo Cal.
El corazón a Megan le dio un vuelco.
–Es verdad. No me debes nada, Cal, y no hay motivo para que tengas ninguna deferencia conmigo. De hecho, tengo la sensación de que aún me culpas de la muerte de Nick, así que… ¿por qué invertir tu tiempo y tu dinero en este safari? Por eso te lo pregunto; ¿qué esperas sacar tú de esto?
Cal se movió en el asiento.
–Quizá poner paz en mi conciencia; o al menos obtener algunas respuestas. No he conseguido superar la muerte de Nick. Durante años fue mi mejor amigo, y creía que lo conocía, pero parece que estaba equivocado. Quiero pasar página, pero para eso necesito comprender a Nick, entender qué lo llevó a suicidarse. Necesito verlo a través de tus ojos.
Megan tragó saliva. Tal y como había imaginado, no le había preguntado directamente por el dinero, pero hablar de aquello hacía que le aflorasen emociones dolorosas. Y sabía que era ella quien había sacado el tema, pero, aunque habían pasado dos años, aún no se sentía preparada para hablar de su matrimonio.
–No creo que pueda ayudarte –le dijo–; cuando se descubrió el desvío de fondos y Nick se quitó la vida para mí fue un golpe, igual que para ti.
–¿Y has podido pasar página?
Megan se quedó pensando cómo responder a aquella pregunta. Su modo de afrontar la muerte de Nick había sido huir, pero el pasado seguía ahí, como una cicatriz imborrable, y ahora Cal quería reabrir la herida y hurgar en ella.
–Quizá podamos ayudarnos el uno al otro –insistió él–. Creo que hablar nos haría bien a los dos.
–¿Hablar sobre Nick? –Megan sacudió la cabeza–. Si eso es lo que quieres de mí, has venido hasta aquí para nada; todavía me resulta demasiado doloroso hablar de él.
Cal alzó la vista hacia el cielo estrellado, y Megan estudió en silencio su perfil: la nariz aristocrática, la barbilla cuadrada, que le daba un aire de obstinación.
–Bueno, pues si no quieres hablar de él, ¿por qué no me hablas de ti? –insistió Cal–. No sé mucho de ti, excepto que eres enfermera. ¿Dónde te criaste?
Incluso hablar de su infancia era algo duro para ella, pero sabía que Cal no se iba a dar por vencido.
–Crecí en Arkansas, en un pueblo del que ni siquiera habrás oído hablar.
Cal la miró y enarcó una ceja.
–Nunca lo hubiera imaginado. No tienes acento sureño.
–Nací en Chicago y viví allí hasta los seis años. Mis padres murieron en un accidente de coche en Nochevieja. El conductor que los embistió iba borracho y no tenía seguro.
–Lo siento; debió ser muy duro para ti.
–Mi abuela se hizo cargo de mí, y se ocupó de criarme educándome «en la rectitud moral», como le gustaba decir. Era una buena mujer, y su intención era buena, pero estaba anclada en el siglo pasado y era muy estricta. Me pegaba con una vara cuando hacía algo mal, porque decía que así alejaba de mí al diablo, me hacía aprender de memoria largos pasajes de la Biblia, y todos los domingos me hacía ir a misa con ella a escuchar al pastor predicar furioso sobre el fuego del Infierno y la condena de las almas pecadoras.
–Cielos –murmuró Cal.
–Éramos tan pobres que llevábamos ropa de la caridad que nos daban en la iglesia, pero mi abuela tenía su casa en propiedad, junto con el terreno sobre el que se alzaba, y cuando murió, a mis diecisiete años, de un infarto, los recibí en herencia. Los vendí para pagarme los estudios en la universidad y nunca miré atrás.
–Y así fue como te hiciste enfermera, a imagen y semejanza de la abnegada Florence Nightingale.
Cal había dicho aquello en un tono sarcástico, pero teniendo en cuenta la vida de derroche que habían llevado Nick y ella, no podía culparlo por la imagen que tenía de ella.
–Bueno, al principio tenía mis sueños idealistas respecto a qué iba a hacer con mi título de enfermería –le dijo–, pero para cuando acabé los estudios no me quedaba un centavo, y el trabajo mejor pagado que pude encontrar fue en la consulta privada de un cirujano plástico de San Francisco.
–Ya. Y apuesto a que el buen doctor no contrataba a enfermeras feas.
–¿Cómo puedes decir algo tan horrible? –lo increpó Megan, reprimiendo un impulso de pegarle una bofetada.
Ya había dejado caer la máscara –no tenía ningún interés en conocerla mejor–, y volvía a tratarla de esa forma despectiva, como había hecho antes de la muerte de Nick.
–Hacía bien mi trabajo –le espetó–. Pero sí, teníamos que proyectar una determinada imagen: ir bien peinadas, maquilladas, llevar uniformes entallados… ¿Y sabes qué? Me daba igual. Después de haberme vestido durante años con ropa de segunda mano, resultaba agradable poder comprarme mi propia ropa y tener dinero para ir a una peluquería o hacerme la manicura. Aprendí muchas cosas de las mujeres que iban allí a operarse o a hacerse retoques: dónde comprar ropa buena, cómo vestirme con elegancia. Algunas incluso me invitaban a sus fiestas benéficas, y así fue como conocí a Nick. Y ya conoces el resto de la historia.
–Sí. Cenicienta fue al baile, conoció al apuesto príncipe, y vivieron felices por siempre jamás… o lo que fuera que pasó en realidad.
La ira prendió en Megan como una llama en un reguero de gasolina. Había intentado ser paciente y sincera con él para que Cal le pagase con sarcasmo y desprecio. Se volvió hacia él iracunda.
–Ahora me toca a mí hacer las preguntas, Cal Jeffords –le dijo–. ¡Yo no robé ese dinero!, ¡ni maté a Nick! ¡No he hecho nada inmoral o ilegal! ¿Con qué derecho te crees a juzgarme? ¿Qué he hecho para que me odies de esa manera?
–¿Odiarte? ¡Maldita sea, Megan, lo único que quiero es comprender qué pasó y comprenderte a ti? ¿Por qué tienes que hacerlo todo tan difícil?
–Eres tú el que hace que todo sea difícil –le espetó ella–. No has venido aquí a pasarlo bien; has venido porque quieres algo de mí. ¿Por qué no eres sincero conmigo por una vez para variar? ¿A qué estás jugando?
Cal maldijo entre dientes, la agarró por los hombros, atrayéndola hacia sí, y sus ojos se clavaron un instante en los de ella antes de que tomara sus labios con un beso violento, demoledor.
Capítulo Cinco
El ardor del beso de Cal sacudió a Megan, y la invadió una sensación tan intensa, tan abrumadora, que no habría sabido decir si era placentera o no. El pulso se le disparó al tiempo que el pánico se apoderó de ella, y llevada por aquel miedo sin sentido, empezó a golpear a Cal con los puños, angustiada.
Los labios de él se despegaron de los suyos, y la asió por los hombros para apartarla. Su rostro reflejaba desconcierto, pero le habló con calma.
–Megan, no pasa nada. Nadie va a hacerte daño.
La serenidad en su voz la ayudó a frenar aquel ataque de ansiedad. Se obligó a respirar. No había ningún peligro, se dijo con firmeza, hundiendo el rostro entre las manos. El único peligro estaba en su mente. El pánico fue menguando, pero aún estaba temblando.
–Perdóname, Megan; no debería haberme dejado llevar.
Cuando logró reunir el valor suficiente para levantar la cabeza y mirarlo a los ojos, Megan hizo un esfuerzo para hablar.
–Estoy… estoy bien. Pero no vuelvas a hacerlo, por favor –le susurró.
Cal exhaló un largo suspiro y se puso de pie.
–Relájate; voy a traerte algo de beber.
Fue adentro y al cabo de un rato regresó con un botellín de agua. Megan tomó unos cuantos sorbos espaciados, se concentró en el olor de la hierba mojada y el chirrido de los grillos, y poco a poco los latidos de su corazón se fueron calmando.
–¿Mejor? –le preguntó Cal.
Ella asintió.
–Un poco. Supongo que no estás acostumbrado a que una mujer reaccione así cuando la besas, pero no pienso pedirte disculpas. Te has pasado de la raya. ¿En qué estabas pensando?
Cal soltó una risa que sonó forzada.
–No voy a intentar siquiera responder a esa pregunta. ¿Puedo hacer algo más por ti?
–No, gracias; creo que lo que necesito es estar un rato a solas para acabar de calmarme.
–Comprendo. Iré a hacerle compañía a Harris en el bar. Tú no te irás a ninguna parte, ¿verdad?
–Solo a la cama –el ataque de ansiedad la había dejado exhausta. Apenas tenía fuerzas para hablar–. Llévate la llave; con un poco de suerte puede que ya esté dormida cuando llegues.
–De acuerdo. Descansa, mañana tenemos un largo día por delante. Olvidémonos de lo que ha pasado y divirtámonos –Cal se dio la vuelta para marcharse, pero giró la cabeza y añadió–: No volverá a pasar, Megan, tienes mi palabra. No volveré a asustarte de ese modo. Y tienes razón en que no me debes ninguna disculpa; soy yo quien debe disculparse: siento mucho haberte alterado de ese modo.
Incapaz de articular una respuesta, Megan apartó la mirada y oyó cómo se alejaban sus pasos. Ya estaba más calmada, pero el beso de Cal le había desatado un torbellino. Era un hombre atractivo, pero nunca se había imaginado en un contexto íntimo con él. Siempre se había mostrado frío y desdeñoso con ella.
Sin embargo, no lo habría descrito como frío cuando había tomado posesión de sus labios. Con el último hombre que la había besado, el médico del campo de refugiados, no había sentido nada. Con Cal, en cambio, había experimentado una sobrecarga sensorial tan fuerte que la había aterrado. ¿Qué podía significar aquello? ¿Estaba superando el trauma, o estaba empeorando? ¿Qué pasaría si dejase que la besara de nuevo?
Temblorosa, se rodeó la cintura con los brazos. De momento, al menos, había pocas probabilidades de que eso ocurriera; Cal le había prometido que no volvería a hacerlo. Y ella, si sabía lo que le convenía, se aseguraría de que cumpliese esa promesa.
En cualquier caso, esa noche había descubierto algo: Cal no era el problema, sino ella, se dijo, y se levantó y entró en el bungalow.
* * *
Cal no estaba de ánimos para sentarse en el bar con Harris, y al final acabó paseando a la luz de la luna con un enjambre de pensamientos dándole vueltas en la cabeza.
No había entrado en sus planes besar a Megan esa noche, pero había ocurrido y, aunque el beso solo había durado unos segundos, su apetito no había hecho sino aumentar. De hecho, ni siquiera después del modo en que había reaccionado Megan lo había abandonado el deseo de llevársela a la cama y darle tanto placer que acabase desapareciendo el terror que la había asaltado.
Sin embargo, la reacción frenética de Megan le había abierto los ojos. No solo estaba agotada por el tiempo que había pasado trabajando en los campos de refugiados de Darfur. Y no estaba simplemente traumatizada por las cosas que había visto allí. No, le había ocurrido algo a ella.
Como no había cobertura no podía utilizar el teléfono móvil, pero en la recepción había unos cuantos ordenadores algo anticuados pero funcionales con conexión a Internet para el uso de los huéspedes. Se sentó en uno de los que estaban desocupados, accedió a su cuenta de correo electrónico y revisó los mensajes que había recibido. Luego se puso a escribirle un mensaje al director de personal de la Fundación J-COR solicitándole una copia de los informes de evaluación psicológica de Megan y su historial médico de los últimos dos años.
Se suponía que esos documentos eran confidenciales, pero como presidente de la fundación tenía el poder para pasar por encima de las reglas.
Había ido a África para hacer justicia por el robo del dinero y la muerte de Nick, pero no había contado con aquellas complicaciones ni con la inesperada fragilidad mental de Megan, ni con que él sentiría de pronto el impulso de ayudarla, de rescatarla. Ni mucho menos había contado con que se implicaría emocionalmente como se estaba implicando.
Algo despertó a Cal. Abrió los ojos y se incorporó. Cuando los sentidos empezaron a despejársele, oyó unos gemidos ahogados y movimientos bruscos que provenían del sofá.
Apartó las sábanas, encendió la lámpara de la mesilla de noche y se bajó de la cama. Cuando llegó junto a Megan, vio que se le habían enredado por completo las sábanas y que en medio de sus pesadillas se movía de un lado a otro, intentando liberarse.
–Megan… –la llamó suavemente–. Megan, despierta, estás soñando.
Visiblemente atormentada, ella siguió moviéndose y farfullando. Con cuidado, le desenredó la sábana de las piernas. Aquello pareció calmarla un poco, porque dejó de revolverse, aunque su expresión seguía siendo tensa y asustada. Cal alargó la mano y le apartó un mechón de la frente, que estaba perlada de sudor.
–No pasa nada –murmuró–. Estás a salvo. Estoy aquí, contigo.
Megan abrió los ojos y lo miró aturdida.
–¿Cal?
–Estabas soñando.
Megan sollozaba, nerviosa, y Cal recordó que cuando le había entrado el ataque de ansiedad en el hotel había dejado que la abrazara, y eso parecía haberla ayudado. Sin embargo, cuando la había besado se había puesto frenética, así que decidió que sería mejor no tocarla sin su permiso.
–¿Quieres que te abrace?
Megan vaciló, pero luego asintió, y la rodeó suavemente con sus brazos, apretándola contra su pecho. Ella se aferró a él como una niña asustada.
«Megan, Megan, ¿qué te asustó de esa manera? ¿Qué puedo hacer para ayudarte?».
Hacía algo de frío en la habitación, y al mirar el reloj vio que aún era demasiado temprano para levantarse.
–Deja que te lleve a la cama conmigo –le dijo–. Te doy mi palabra de que no voy a intentar nada. Allí estarás más cómoda y te sentirás más tranquila conmigo a tu lado. ¿Te parece?
Como ella no dijo que sí pero tampoco que no, la alzó en volandas, y ella se agarró a sus hombros. La depositó con suavidad sobre el colchón, la tapó, rodeó la cama para acostarse él también y apagó la luz. Aunque Megan estaba acurrucada lejos de él, notó por el movimiento de la sábana que aún estaba temblando.
–¿Estás bien? –le preguntó.
–Se me pasará.
–Cuéntame que estabas soñando.
¿Estaría presionándola demasiado? No estaba seguro de que Megan fuera a contestarle, pero después de inspirar temblorosa, finalmente habló.
–Había una chica que solía ayudarme cuando estaba en Darfur. No tenía más que quince años; era una chica muy guapa. Una noche salió del campo para estar a solas con un chico del que estaba enamorada. Fui tras ellos porque era peligroso estar fuera del recinto, por los yanyauid, pero cuando llegué era demasiado tarde.
–¿Los mataron?
–Mataron al chico. A ella la… la violaron. Nunca la encontraron.
–Y tú lo presenciaste todo.
–No pude hacer nada.
–Lo siento muchísimo, Megan, debió ser horrible.
Sin pensarlo, le pasó un brazo por los hombros y pensó que ella se apartaría, pero aquel gesto pareció calmarla y se acurrucó contra él.
–Duérmete –le dijo en un susurro–. Ya no tendrás más pesadillas; estoy aquí, a tu lado.
Megan suspiró, y poco después su respiración se hizo más suave y acompasada. Se había dormido.
Cal pensó horrorizado en lo que acababa de relatarle. Sentía una admiración tremenda por los voluntarios que trabajaban en los campos de refugiados. Era una labor que exigía valor, compasión, y la fortaleza necesaria para mirar a la muerte a la cara. Nunca hubiera creído que Megan tuviera esa fortaleza, pero era evidente que el tiempo que había pasado en Darfur le había pasado factura.
Había oído hablar de los yanyauid, mercenarios a sueldo del gobierno de Sudán, cuya misión era masacrar a la población negra. Conocidos como los jinetes del diablo porque iban a caballo o en camello, atacaban a los civiles inocentes y los asesinaban, les robaban y violaban a las mujeres.
Ahora que la mayor parte del trabajo sucio estaba hecho, los grupos de yanyauid se habían convertido en bandidos, y habían llegado incluso a robar los camiones de las Naciones Unidas que transportaban víveres y suministros a los campos de refugiados. Los refugiados tenían pocas cosas de valor que pudiesen robarles, pero si los yanyauid se encontraban con una mujer indefensa…
Megan había demostrado un valor tremendo al salir en busca de los dos chicos en mitad de la noche. Gracias a Dios que al menos había logrado regresar al campo de refugiados sana y salva. Quizá ahora que le había hablado de lo que había ocurrido pudiese empezar a reponerse.
Sin despertarse, Megan se movió para cambiar de postura. Cal observó su elegante perfil, recortado contra la almohada. La mimada reina de hielo a la que había conocido en San Francisco se estaba diluyendo en sus recuerdos.
Y cada vez le costaba más identificar en ella a la esposa florero, fría y acostumbrada a vivir por todo lo alto, que había llevado a su mejor amigo a suicidarse.
Él mismo había visto los cheques, las generosas donaciones de los actos benéficos de los que se encargaba Megan y que nunca habían llegado a la cuenta bancaria de la fundación. La firma que había visto en esos cheques era la de ella, pero ese dinero había sido desviado a una cuenta conjunta en otro banco, una cuenta a nombre suyo y de Nick. Los extractos informáticos iban al ordenador que tenían en casa, registrados a nombre de Megan, y para cuando se había descubierto el robo, aquella cuenta conjunta estaba casi sin un centavo.
¿Cómo podía no creer que había estado implicada en el robo? ¿Habría algo más que no supiera? Quería creer que Nick era inocente, o en el peor de los casos que había hecho aquello solo para complacer a su esposa, que siempre quería más.
Sin embargo, la mujer que yacía junto a él no parecía la clase de mujer capaz de manipular a su marido para hacerle robar. Sobre todo cuando el dinero en cuestión era dinero destinado a los refugiados a los que llevaba atendiendo ya dos años.
¿Habría provocado en ella un cambio la muerte de Nick, haciendo que se arrepintiera de su proceder en el pasado? ¿O tal vez siempre había estado equivocado con respecto a ella?
* * *
Megan se despertó sola en la cama. El bungalow aún estaba a oscuras, pero se oía el agua de la ducha, y por debajo de la puerta del cuarto de baño se veía luz.
Se incorporó y encendió la lámpara de la mesilla de noche. Entonces recordó que había tenido una pesadilla y cómo Cal la había calmado y la había llevado a la cama con él. Y no había tenido más pesadillas en toda la noche; increíble pero cierto.
Justo cuando estaba bajándose de la cama salió Cal del baño ya afeitado, peinado y vestido.
–Buenos días, dormilona –la saludó con una sonrisa–. Estaba a punto de despertarte.
–¿Qué hora es? –inquirió Megan con un bostezo.
–Las cinco y media. Harris quiere que nos pongamos en marcha a las seis, así que venga, ve a ducharte y a vestirte. Luego iremos a desayunar.
–¿Adónde vamos a ir hoy?
–Ya lo verás; es una sorpresa.
–¿Por qué insistís Harris y tú en tratarme como si tuviera cinco años? –protestó mientras entraba en el baño, y oyó a Cal reírse mientras cerraba la puerta.
Media hora después ya habían desayunado, y Gideon los esperaba fuera, al volante del Land Rover.
–¡Damas a bordo! –dijo Harris con mucho teatro, y le guiñó un ojo antes de sentarse junto a Gideon–. Si me lo permite, señorita Megan, le diré que está radiante esta mañana. ¿Lista para su sorpresa de hoy?
–¡Adelante con ella!
Megan saludó a Gideon y, al volverse para poner su mochila en la caja de la camioneta, tras el asiento, vio lo que parecía un pequeño bloque de cemento roto.
–¿Para qué es esto? –le preguntó a Harris con sorna, levantándolo–. ¿Para tirárselo a algún león que se ponga agresivo y nos persiga?
Harris se rio.
–No, lo utilizo como cuña para bloquear las ruedas del vehículo. Créame, si se pincha una rueda o se tiene que aparcar en una pendiente es mejor no tener que ir a buscar una roca. Puede uno encontrarse con una sorpresa desagradable oculta en esa hierba tan alta.
–Bueno, basta de cháchara y vámonos –dijo Cal, y subió atrás con Megan.
Capítulo Seis
El Land Rover descendía por la serpenteante carretera de tierra que bajaba hasta la caldera del cráter del extinto volcán Ngorongoro. Al descubrir que era allí donde iban, se había entusiasmado como una niña a la que llevaran al circo.
–Toma, mira a ver si ves algún animal –le dijo Cal a Megan, tendiéndole los prismáticos.
Megan los tomó y buscó por el paisaje que se extendía carretera abajo.
–De momento lo único que veo es la hierba y la maleza. ¡Esperad, creo que veo algo! –dijo señalando un grupo de manchas oscuras en la distancia, a su derecha.
Harris asintió.
–Búfalos. Tienen bastante mal genio. Podemos acercarnos con el vehículo, pero no sería buena idea hacerlo a pie. Yo aprendí la lección hace un tiempo. ¿Veis esto? –dijo señalándose el brazo amputado–: un búfalo enorme. Estuvo a punto de matarme.
Cal miró a Megan con una ceja enarcada, y ella le respondió con un guiño y una sonrisa.
Megan tomó la cámara, pero no se atrevía a levantarla para tomar una foto porque temía que los búfalos cargasen contra ellos. Harris había dicho que tenían muy mal genio, pero aquellos parecían acostumbrados a los vehículos. Cuando pasaron a unos cincuenta metros de la manada, los búfalos apenas levantaron la cabeza para mirarlos. Entre ellos había varias garzas blancas, que no parecían temerlos, buscando insectos entre la hierba.
–Se les ve muy tranquilos, ¿no? –le dijo Megan a Cal–. ¡Y mira, allí hay una cría, y allí hay otra!
–Razón de más para andarnos con ojo –respondió él–. Son animales con un fuerte sentido del grupo, ferozmente protectores.
–Deberíamos ver más crías –dijo Harris–. Ahora que han empezado las lluvias tienen más hierba para alimentarse y reproducirse.
Megan miró hacia delante y vio un grupo de elegantes gacelas Thomson pastando. Las franjas negras de su piel relucían con el sol de la mañana.
De pronto algo las asustó. Las cabezas y las colas se levantaron como resortes, y las gacelas echaron a correr, saltando como si fueran criaturas aladas.
Gideon miró a Harris, que asintió.
–Un león, tal vez. Ve más despacio.
¡Un león! A Megan el corazón le dio un vuelco. Llevaba dos años en África, pero en los sitios donde había trabajado quedaban pocos animales salvajes.
El Land Rover estaba abierto por los lados, dejándolos expuestos al ataque de cualquier animal. Harris llevaba un rifle colgado de la carrocería, junto a su asiento, pero no parecía preocuparle no tenerlo a mano.
Megan miró a Cal, que debió notar su ansiedad y le puso una mano en la espalda. Ella se sentó más cerca de él. No era que Cal fuese a poder él solo con un león, pero al menos se sentía un poco más segura.
El Land Rover tomó una curva, y de pronto vieron a dos leonas tumbadas en la hierba, a solo un tiro de piedra de ellos. Gideon frenó despacio. La de mayor tamaño estudió al vehículo y a ellos con ojos tranquilos, y abrieron las fauces con un bostezo que dejó al descubierto unos colmillos largos como dedos.
–Madre e hija, diría yo –susurró Harris–. Mirad, la madre parece que está preñada, y seguramente la hija se quedará con ella para ayudarle a criar a los cachorros. Adelante, señorita, haga una foto; están posando para usted.
A Megan le temblaban las manos cuando enfocó a las leonas y apretó el botón de la cámara. El clic sonó con fuerza en el silencio reinante, pero las leonas apenas se inmutaron. Gideon estaba a punto de continuar cuando Harris le puso una mano en el brazo.
–Espera –le susurró–. Aquí viene el padre.
La hierba se movió, y Megan se quedó sin aliento cuando vieron aparecer al león. Con porte majestuoso y sin prisa, parecía más interesado en las hembras que en el Land Rover y en ellos, insignificantes humanos. No tenía necesidad alguna de demostrar quién era el rey.
Megan consiguió hacer unas cuantas fotos más antes de que se pusieran en marcha de nuevo, dejando a los leones en paz. Harris se volvió y les dijo con una sonrisa traviesa:
–¡Eso sí que es vivir bien! Las hembras crían a los cachorros y también se ocupan de procurar el sustento. Y el viejo león no tiene que hacer nada más que luchar por mantener su territorio y hacer el amor.
–¡Ah!, ¡mirad! –exclamó Megan señalando–. ¡Allí hay cebras! ¿Y qué es eso que hay allí, cerca de la carretera, esos animales oscuros?
–Jabalíes –dijo Harris–. Toda una familia. Remueven la tierra con el hocico en busca de comida.
–¡Y hay crías! –Megan los enfocó con la cámara y les hizo una foto–. ¡Qué pequeñitos!, ¡son una monada! –miró a Cal–. ¿Cómo es que tú no estás haciendo fotos?
Cal le regaló esa sonrisa de galán de Hollywood y respondió:
–Ya tengo un montón de fotos de otros viajes; prefiero verte disfrutar a ti.
Lo que le había dicho era la verdad. Ver a Megan mientras recorrían el cráter era como estar con una niña pequeña en Disneylandia. Estaba tan entusiasmada que cada minuto a su lado era emocionante.
Una vez más volvió a recordar a la antigua Megan, la deslumbrante reina de hielo con la que se había casado Nick –el peinado y el maquillaje perfecto y ropa de diseño– y se preguntó cuál era la verdadera.
Pararon a almorzar en un área vallada de descanso que había en una elevación del terreno, con mesas de picnic y una vista panorámica de la pradera a sus pies.
–Todavía no puedo creerme que no saltase sobre nosotros uno de esos leones –dijo Megan tras tomar un sorbo de su botella de agua–. ¿Qué harías si ocurriera algo así, Harris?
–Dispararía al aire para intentar asustarlo. Me metería en un buen lío si disparase a un animal; como le he explicado antes esta es una zona protegida. Lo mejor que uno puede hacer es intentar leer su lenguaje corporal. Si parecen inquietos, hay que guardar las distancias. Esos leones que hemos visto antes estaban muy tranquilos; si los hubiese visto en tensión le habría dicho a Gideon que diese un rodeo para evitar pasar cerca de ellos.
–¿Y te ha pasado alguna vez que algún animal haya cargado contra el vehículo?
–Solo una vez, un rinoceronte blanco en Tarangire. Hizo una abolladura de todos los demonios en la puerta y me aplastó el brazo –dijo Harris señalándose el brazo amputado.
Megan le lanzó una mirada divertida a Cal, y los dos sonrieron.
La brisa que soplaba era más algo más fresca. Harris miró hacia el borde del cráter, en la distancia, donde unos nubarrones negros se cernían sobre el horizonte.
–Deberíamos volver ya –dijo–, pero como tenemos tiempo de sobra tomaremos una carretera distinta; podríamos ver algo nuevo.
El cielo se estaba oscureciendo porque las nubes, que se movían muy deprisa, ocultaban el sol. Gideon había tomado una carretera secundaria que cruzaba una pradera salpicada de matorrales. Una manada de cebras y otra de ñus pastaban en la distancia.
–Por aquí es por donde vi a ese rinoceronte blanco –dijo Harris–. Si sigue por aquí a lo mejor tenemos suerte y lo vemos; mantened los ojos abiertos.
Apenas había dicho eso cuando se desató la tormenta. Los truenos retumbaban en el horizonte mientras la manta de lluvia convertía la carretera de tierra en un barrizal.
Gideon maldijo entre dientes, pero Harris no se alteró en lo más mínimo.
–¿Qué es un poco de lluvia? –dijo con buen humor.
El techo de lona los resguardaba del aguacero, pero la lluvia entraba por los lados igualmente, empujada por el viento; y Megan estaba ya empapada.
Un poco más adelante se toparon con otra manada de búfalos, más numerosa que la primera. Los rayos y los truenos debían haberlos asustado, porque estaban nerviosos, resoplando, como al borde de una estampida. Megan pensó en lo que había dicho Harris sobre leer el lenguaje corporal de los animales, y aquellos desde luego le transmitían una sensación de peligro muy real.
Gideon parecía estar de acuerdo con ella, porque había pisado el acelerador en un intento por alejarse de los ñus sin agitarlos más aún, y con el vehículo bamboleándose por la carretera embarrada Megan se encontró temblando no solo de frío, sino también de miedo.
Como si lo hubiese intuido, Cal la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí. Megan se apretó contra él, como quien se aferra a una roca para sentirse más seguro.
De pronto una silueta oscura y pequeña, un jabalí, atravesó corriendo la carretera. Gideon pisó el freno de inmediato, y evitaron chocar con él, pero el Land Rover derrapó en el barro y cuando se paró una de las ruedas traseras quedó atrapada en una zanja encharcada al borde de la carretera.
Gideon pisó el acelerador para intentar que el vehículo se moviera, pero la tierra estaba era tan resbaladiza que las ruedas no agarraban, y lo único que hacían era salpicar barro y agua a raudales.
Durante unos segundos nadie habló, pero Megan se imaginó qué debían estar pensando los otros: la lluvia podía durar horas, y empeoraría el estado de la carretera aún más. Y aunque pidieran ayuda por radio, dudaba que nadie pudiese llegar hasta ellos antes de que la tormenta amainase. Y si querían sacar el vehículo de aquella zanja, uno de ellos tendría que echarle valor a pesar de los búfalos y bajarse para empujar.
Como Gideon era quien mejor conocía el vehículo, lo lógico era que permaneciera al volante, y con un solo brazo Harris no podría empujarlo, con lo cual solo quedaba Cal, que al fin y al cabo era el más fuerte de los tres.
Los búfalos estaban observándolos muy quietos. Estarían a menos de cincuenta metros, una distancia que un animal como ese podría cubrir fácilmente en un abrir y cerrar de ojos.
Harris levantó el rifle del soporte de la puerta, donde iba sujeto.
–Yo te cubriré –le dijo a Cal–. Si se acercan dispararé al aire para intentar asustarlos.
–¿Y por qué no lo haces ya? –inquirió Megan.
–Es arriesgado –respondió Harris–. Podría ponerlos más agresivos. Lo mejor es intentar no agitarlos aún más.
–¿Puedo hacer algo para ayudar?
–Rezar –contestó el guía. Miró a Cal–. Mantén la cabeza gacha y quédate cerca del vehículo. ¿Listo?
–Listo.
Cal fue a la caja del Land Rover, donde iban sus mochilas, y pasó por encima de la puerta abatible para bajarse del vehículo. Megan contuvo el aliento. Solo podía ver la cabeza y los hombros de Cal.
–¡Dale! –le gritó este a Gideon, empujando el Land Rover.
El conductor pisó el acelerador, pero las ruedas apenas se movieron un par de centímetros, escupiendo barro, antes de que la rueda trasera volviese a hundirse en la zanja.
Cal maldijo entre dientes.
–¿Y si probaras a dar marcha atrás? –preguntó.
–Ya lo he intentado antes; nada –dijo Gideon.
–He visto que en la caja de la camioneta hay una pala –comentó Cal–. ¿Y si intentamos cavar a lo largo, para hacer un surco por el que pueda salir la rueda que se ha atascado?
–Mejor no intentarlo –contestó Harris. No estaba mirándolo a él, sino a la manada de búfalos–. Demasiado movimiento podría ponerlos nerviosos.
Con los rayos de la tormenta, que restallaban en el cielo como látigos, los búfalos estaban cada vez más agitados, resoplando, moviendo la cabeza y piafando. El más grande de la manada, que tenía unos cuernos curvados enormes, se había puesto al frente.
–¡Intentémoslo otra vez! –le gritó Cal a Gideon–. ¡Dale!
El conductor pisó el acelerador y Cal empujó con toda la fuerza que pudo, pero no había manera.
–Necesitamos algo para que se apoye la rueda atascada –dijo Cal jadeante–. No sé, tal vez una piedra que podamos meter en la zanja.
¡Una piedra! Megan se acordó del trozo de cemento que había visto en la caja del Land Rover. Podría servir, pero Cal no podría meterlo debajo de la rueda mientras empujaba. Necesitaría a alguien que lo hiciera, y podría hacerlo ella.
Los búfalos se estaban agrupando tras el líder de la manada, pero Megan se obligó a apartar la vista de ellos y a concentrarse en lo que iba a hacer. Harris y Gideon estaban pendientes de la manada y no la vieron pasar a la caja, pero Cal sí.
–¿Qué diablos estás haciendo? –le espetó frunciendo el ceño.
Megan levantó el trozo de cemento.
–Toma, sujeta esto –le dijo pasándoselo.
Cal lo tomó, pero cuando la vio pasar una pierna por encima de la puerta abatible para bajar al suelo con él, la increpó:
–¡Por el amor de Dios, Megan, quédate donde estás!
–Necesitas que te ayude alguien –le contestó ella, ya en el suelo.
Le quitó de las manos el trozo de cemento, se arrodilló, con la lluvia chorreándole por el pelo y la ropa, y lo puso contra la rueda atascada, intentando no pensar en los búfalos.
–Dile a Gideon que vuelva a intentarlo.
–Está bien, pero ten cuidado; la rueda podría resbalarse hacia atrás y aplastarte la mano. Y si uno de esos búfalos carga contra nosotros, métete debajo del vehículo, ¿de acuerdo? Ahí estarás segura.
Megan asintió.
–¿Lista? –le preguntó Cal, poniéndose en posición de empujar.
–Lista.
–¡Dale otra vez, Gideon!
Gideon volvió a pisar el acelerador y Cal empujó con todas sus fuerzas. La rueda atascada se movió unos centímetros, lo justo para que Megan pudiera empujar el trozo de cemento por debajo de ella.
¿Bastaría con eso?, se preguntó echándose hacia atrás. Parecía que estaba funcionando, porque la rueda se movió un poco más hacia delante.
–¡Vamos, un poco más! –masculló Cal sin dejar de empujar.
Megan se puso a su lado y empujó también. Centímetro a centímetro, el Land Rover avanzó, y fue tomando velocidad poco a poco a medida que salían del barro.
–¡Sí, señor, lo conseguimos! –exclamó Harris riéndose.
Cal levantó a Megan y la aupó por encima de la puerta abatible antes de subir detrás de ella. Megan, ya sentada en la caja del Land Rover, se volvió para mirar a los búfalos mientras se alejaban. El líder de la manada había empezado a correr hacia ellos, pero al ver que se iban se paró, resopló, y sacudió la cabeza.
Cal, que estaba cubierto de barro desde el pelo hasta las botas, como probablemente lo estaba ella, la asió por los hombros y la miró preocupado.
–¿Estás bien?
Megan le sonrió.
–Nunca había estado mejor. ¡Lo logramos!
–¡Megan, estás loca! ¡Podrías haberte matado!
La atrajo hacia sí, estrechándola con fuerza contra su pecho, y por un momento Megan se olvidó por completo de Harris y de Gideon. La adrenalina le corría por las venas, y se sentía como la heroína de una película de acción.
–¡No sé si eres una inconsciente, o la chica más guapa y valiente que he conocido! –exclamó Cal entre risas mientras la abrazaba.
Entre sus brazos, Megan se sentía segura, y su risa era como una droga. De pronto sintió un impulso inexplicable: quería que la besase, que la besase de verdad.
Sin embargo, después de cómo había reaccionado la última vez, estaba segura de que Cal no volvería a hacerlo ni en sueños. Por eso, si quería un beso de él, solo había una cosa que podía hacer, se dijo, y dejándose llevar por la euforia del momento le pasó una brazo por el cuello y tiró de él hacia sí para apretar sus labios contra los de él.
Capítulo Siete
Megan notó que Cal se tensaba, y por un momento se le encogió el corazón, pero él se recuperó rápidamente del shock, porque lo notó sonreír contra su boca antes de que tomara las riendas. Sus labios se fundieron con los de ella, y la besó de un modo tan sensual, que Megan sintió un cosquilleo delicioso entre las piernas.
El temor aún estaba ahí, adormecido en las profundidades de su conciencia, pero el beso de Cal la arrastró como la marea, y paladeó la dulzura de algo que creía perdido.
Al cabo, sin embargo, y demasiado pronto a juicio de ella, Cal puso fin al beso.
–No estamos solos –murmuró en su oído.
Megan miró hacia delante y se encontró a Harris vuelto en su asiento, mirándolos con una sonrisa divertida.
–¡Que me aspen! –dijo guiñándoles un ojo–. Ya sabía yo que antes o después acabaríais «entendiéndoos». Solo ha hecho falta una tormenta, una rueda atascada en el barro y una manada de búfalos.
–Vista al frente, viejo granuja –le dijo Cal con una sonrisa socarrona.
Cal la ayudó a volver a su asiento antes de hacer él otro tanto, y cuando estuvo sentado de nuevo a su lado le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí.
El corazón a Megan le latía con fuerza mientras pensaba en el arriesgado paso que acababa de dar. ¿Significaba aquello que estaba recuperándose, o sería simplemente que se había dejado llevar por la emoción del momento?
Estaba ansiosa por volver a estar bien. Quería vivir sin miedo a las relaciones íntimas, poder volver a hacer el amor, e incluso tal vez casarse y tener hijos; eso era lo que siempre había querido.
Por primera vez vislumbraba un brillo de esperanza. Había luchado contra la atracción que sentía por Cal desde que lo había conocido, pero ya no había razón para seguir luchando. Su fortaleza la hacía sentirse segura, y aquel beso le había dejado una sensación maravillosa. Sin embargo, no estaba segura de que debiese arriesgarse más, sobre todo sabiendo como sabía la razón por la que Cal había ido allí. ¿Podía fiarse de que no intentaría manipularla o que no usaría su vulnerabilidad en su contra? La noche anterior se había portado muy bien con ella, pero no estaba segura de que pudiera confiar en él, ni de que ella no se dejaría llevar demasiado.
Durante el trayecto de regreso, Cal, calado hasta los huesos, estaba deseando llegar para darse una ducha caliente, ponerse ropa seca, cenar… y quizá algo más.
Megan iba acurrucada a su lado, y el contacto entre sus cuerpos era la única fuente de calor en medio de la incesante lluvia. Cuando le apretó suavemente el hombro con la mano, ella lo miró y le sonrió. Lo que había hecho había sido increíble, bajarse del vehículo a pesar del peligro para ayudarle con la rueda. ¿Cuántas personas en la misma situación habrían dado una muestra así de valor?
Y el beso, sin duda, había requerido también mucho valor. Después de la reacción de pánico que había tenido la noche anterior, aquel beso lo había pillado desprevenido. Hubiera sido cual hubiera sido su intención, a nadie le amargaba un dulce, desde luego, pero no sabía muy bien qué esperar en adelante.
Era evidente que Megan quería algo, pero no iba a presionarla. «Sé paciente», se dijo a sí mismo. Dejaría que tomase las riendas y la seguiría. Al fin y al cabo, ¿no había sido su intención seducirla desde un principio? Si eso era lo que Megan tenía en mente, estaba haciendo justo lo que esperaba que hiciera. Tal vez así conseguiría, tal y como había pensado, que se abriese y le contase la verdad sobre el dinero robado.
Todavía estaba lloviendo cuando llegaron. Gideon paró el vehículo delante del edificio principal. Harris pasó dentro, probablemente para entrar en calor en el bar con un vaso de whisky; y Cal y Megan se dirigieron a su bungalow.
Ya dentro, Cal se sacó un chelín del bolsillo y le dijo:
–¿Echamos a cara o cruz quién se ducha primero?
Mirándolo a los ojos, Megan le quitó la moneda de la mano.
–Es una ducha muy amplia –le dijo.
Cal captó el mensaje enseguida, aunque a Megan le temblaban los dedos cuando dejó la moneda sobre la mesita de la entrada.
Tenían la ropa llena de barro, así que pensaron que lo mejor sería quitársela dentro de la ducha, para que se enjuagara un poco. Megan abrió el grifo de la ducha, entró y empezó a desabrocharse la blusa con dedos temblorosos.
Cal, que estaba quitándose el cinturón, lo dejó encima del lavabo junto a su reloj y su cartera y fue con ella.
–Deja que te ayude –le dijo.
La oyó aspirar por la boca cuando le rozó uno de los senos con los nudillos. Tenía que ir despacio, se recordó. Megan estaba intentando poner de su parte, y lo último que quería era asustarla y que volviera a encerrarse en su caparazón.
Sus ojos pardos lo miraron nerviosos cuando acabó de desabrocharle la blusa y quedó al descubierto el sujetador, negro y de encaje. Cal reprimió un gemido cuando su miembro se levantó.
Se moría por acabar de quitarle la ropa, llevarla a la cama y hundirse en su interior, pero dejarse llevar por las prisas podía arruinarlo todo. Si quería hacerla suya, tenía que ser paciente y dejar que ella marcase el ritmo. Eso si era capaz de controlarse.
Cal tenía la camisa a medio desabrochar. Repitiéndose que no tenía por qué estar nerviosa, Megan le desabrochó el resto de los botones, hasta la cinturilla de los pantalones. Había estado casada cinco años; la desnudez y el sexo no eran nada nuevo para ella. Además, deseaba aquello, lo necesitaba. ¿Por qué entonces el corazón le martilleaba contra las costillas de aquella manera?
El chorro de la alcachofa arrastró el barro de la ropa, tiñendo de marrón el agua que caía al plato de la ducha antes de que se fuera por el desagüe. A Megan le recorrió un escalofrío de excitación cuando Cal le bajó la blusa por los hombros, la deslizó por sus brazos y la arrojó fuera de la ducha.
–Mírame, Megan –le dijo con esa voz aterciopelada, tomándola por la barbilla con el pulgar.
En sus ojos, que siempre le habían parecido fríos, ardían las llamas del deseo. Megan le puso una mano en la mejilla.
–Bésame, Cal –susurró.
Cal inclinó la cabeza y le rozó suavemente los labios. Aquel leve contacto hizo que una ráfaga de calor la invadiera, haciéndola aún más consciente de hasta qué punto lo necesitaba. Cuando los labios de Cal tomaron los suyos respondió al beso, y él la atrajo hacia sí. Su boca abandonó la de ella unos instantes para desviarse hacia la mejilla, el lóbulo de la oreja, el cuello… y después volvió a asaltar sus labios.
Cal le quitó el sujetador y lo arrojó al suelo, y luego hizo lo mismo con sus pantalones y las braguitas. Finalmente estaba desnuda en sus brazos. Se sentía algo avergonzada porque estaba muy delgada, pero a él no pareció importarle.
Cal tomó una pastilla de jabón, la frotó entre sus manos para hacer espuma y comenzó a enjabonarla, empezando por los hombros y bajando por la espalda. La tensión fue abandonando su cuerpo, y exhaló un suspiro. Cerró los ojos, y casi ronroneó de placer cuando las palmas de las grandes manos de Cal se cerraron sobre sus nalgas. La atrajo hacia él, apretando sus caderas contra las de él y, a través de los pantalones mojados de Cal, Megan notó su miembro erecto.
Un recuerdo difuso cruzó por su mente, avivando los rescoldos que dormían en su interior. Megan se forzó a bloquear el miedo. Quería que Cal le hiciese el amor, quería creer que podía curarse, lo deseaba.
Cal volvió a inclinar la cabeza para tomar sus labios y la besó con ternura y sensualidad.
–Quiero acariciarte todo el cuerpo –le susurró, girándola para colocarla de espaldas a él.
Sus manos jabonosas se deslizaron por los senos, acariciándolos, sopesándolos, frotándole los pezones con los pulgares hasta arrancarle un gemido de la garganta.
–Eres tan preciosa…
Una de las manos de Cal permaneció en su pecho, pero la otra se deslizó hacia su vientre y acarició el triángulo de vello entre sus muslos. Megan quería sentir el calor líquido que le provocarían sus dedos al adentrarse entre sus pliegues, pero cuando se movieron un escalofrío la recorrió, y cuando empezó a tensarse supo que estaba perdiendo la batalla contra sus miedos.
Quizá estaban yendo demasiado deprisa, pensó. Tal vez si fueran más despacio… Se volvió hacia él.
–Tú también necesitas enjabonarte –le dijo forzando una sonrisa–. Deja que te lave la espalda.
Ignorando la expresión ligeramente perpleja de Cal, lo hizo girarse, le quitó la camisa y la arrojó fuera de la ducha.
Tenía una espalda magníficamente esculpida, ancha, bronceada y musculosa. Megan se deleitó con el tacto de su piel, deslizando sus manos jabonosas desde los hombros hacia abajo. Poco a poco su temor fue disminuyendo. Si iban a hacerlo, se dijo, lo único que tenía que hacer era relajarse y dejar que la naturaleza hiciese el resto.
Megan alargó las manos hacia la cinturilla de sus pantalones, pero vaciló. Cal se rio, se bajó la cremallera y luego los pantalones junto con los calzoncillos para arrojarlos fuera de la ducha con el resto de la ropa.
–No pares ahora –le dijo–. Estoy disfrutando con esto.
Haciendo caso omiso al nerviosismo que sentía, Megan le enjabonó los prietos glúteos. Tenía un cuerpo perfecto, sin un gramo de grasa y perfectamente proporcionado. Cualquier mujer estaría encantada de irse a la cama con él. Sus manos acariciaron cada contorno, y pronto notó que la respiración de Cal se volvía entrecortada por la excitación.
A ella se le había disparado el pulso, pero no estaba segura de si era de deseo, o por aquel terror incomprensible que sentía desde aquella trágica noche en Darfur.
Cal se aclaró la garganta.
–Creo que ya tengo la espalda más que limpia. Si quieres lavarme el resto del cuerpo, soy todo tuyo. Sino, no tienes más que decírmelo, cerraré el grifo, e iré a por unas toallas. Estoy deseando secarte.
Megan bajó la vista a sus manos. El corazón le dio un vuelco al imaginar la erección de Cal entre sus manos, brillante como mármol húmedo. Sabía lo que Cal quería, y ella también lo deseaba, pero aquel terror sin nombre estaba volviendo a alzarse en su interior, paralizándola.
–Megan, ¿qué ocurre? –inquirió él, mirándola preocupado, antes de cerrar el grifo.
Ella había empezado a temblar. Se rodeó el cuerpo con los brazos. Llorar tal vez podría ayudarla, pero no había derramado una sola lágrima desde aquella espantosa noche.
–Lo siento –dijo con un nudo en la garganta–. Pensé que podía hacer esto, Cal, pero no puedo. Hay algo dentro de mí que no está bien, algo que no puedo controlar –bajó la vista al desagüe, deseando poder desaparecer por él, como el agua.
–Te enfriarás si seguimos aquí dentro –dijo Cal.
Salió de la ducha y tomó uno de los dos albornoces blancos que había colgados detrás de la puerta. Su dulzura enmascaró su comprensible frustración cuando se lo echó sobre los hombros. Megan metió los brazos en las mangas y anudó el cinturón. Poco a poco los latidos de su corazón iban calmándose, y para cuando se obligó a mirarlo, él ya se había puesto el otro albornoz.
–Esperaba que esto no pasase –murmuró Megan–, pero debería haber imaginado que pasaría. Me siento como una tonta.
–Agradezco tu sinceridad –le dijo él–. No querría hacer el amor con una mujer que no estuviese disfrutando.
–¿Ni siquiera si ella quisiese disfrutar? –inquirió Megan–. ¿Crees que quiero estar así, que me entre pavor cuando intento tener relaciones íntimas? Lo único que quiero es volver a ser una mujer normal. Por eso decidí intentarlo. Pero no ha funcionado. Ni siquiera contigo.
«Ni siquiera contigo…». Ya era demasiado tarde; aquellas palabras habían abandonado sus labios. El sutil cambio en la expresión de Cal le dijo lo que había interpretado al oírlas. No era simplemente un hombre más para ella; era un hombre que significaba algo.
A pesar de la tensión entre ellos por el suicidio de Nick y el robo del dinero, había cosas que admiraba de él, como su fuerza, su determinación… y eso le había hecho abrigar esperanzas de que pudiese aligerar parte de su carga y ayudarla a recuperarse.
–Ven, vamos a sentarnos.
Cal le puso una mano en la espalda y la condujo fuera del baño, hasta el sofá. Cuando se sentaron, él desdobló una manta que había sobre el respaldo y los tapó a ambos. Megan subió los pies al sofá y se acurrucó junto a él, apoyando la cabeza en su hombro.
–Hoy has estado increíble en el cráter –le dijo Cal–. Y lo digo en serio.
–Alguien tenía que ayudar.
Cal le pasó un brazo por los hombros, solo como un gesto amistoso, con la intención de reconfortarla.
–Eres una mujer muy valiente, Megan, y fuerte. Solo ahora estoy empezando a darme cuenta de lo fuerte que eres. Pero hay algo que te aterra, que te paraliza. ¿Cuándo empezaste a tener estos ataques de ansiedad?
–¿Ya está intentando psicoanalizarme, doctor Freud? –le espetó ella, apartándose de él y poniendo los ojos en blanco.
–Solo intento comprender qué te pasa. Y si pudiera ayudarte… Ese incidente con el que tienes pesadillas, cuando fuiste tras la chica y el chico y aparecieron los yanyauid, ¿cuándo ocurrió?
–Hace cinco o seis meses.
–¿Y dónde estabas cuando lo presenciaste? Si tenías miedo de intentar ayudarles…
–No, sí que estaba intentando ayudarles. Llevaba una pistola conmigo, pero antes de que pudiera usarla alguien me agarró por detrás y me la quitó. No podía moverme, ni gritar. Solo podía observar aterrada –Megan sintió que se le revolvía el estómago–. No me pidas que siga hablando de eso, por favor. No quiero hablar de eso.
Cal exhaló un suspiro.
–Está bien, solo una pregunta más: ¿cómo conseguiste escapar?
Megan tragó saliva.
–No lo sé. Quizá los yanyauid me dejaron marchar porque era americana. O quizá llegó alguien del campo de refugiados y salieron huyendo. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en la enfermería.
–¿De verdad no sabes qué ocurrió?
–Probablemente perdí el conocimiento y alguien me encontró. Es la única explicación posible que tiene sentido –agitada, apartó la manta y se levantó del sofá–. No más preguntas, Cal –le reiteró–. No quiero hablar de eso –fue hasta el armario donde había colgado su ropa–. ¿No es casi la hora de la cena? Me muero de hambre, así que si me disculpas voy a vestirme –tomó un par de prendas sin siquiera mirarlas y se volvió hacia él bruscamente–. Y lo de la ducha no ha pasado; no quiero que volvamos a hablar de ello.
* * *
Cal miró a Megan, que estaba sentada frente a él, charlando animadamente con Harris mientras cenaban. Desde que le había preguntado por el incidente en Darfur apenas le había hablado. Era evidente que sus preguntas la habían incomodado, pero, precisamente por eso, con más razón, sentía que tenía que llegar al fondo de aquella cuestión, aunque de un modo más sutil, por supuesto.
En la ducha había estado impaciente por hacer el amor con ella, pero ya cuando estaba desvistiéndolo había tenido la sensación de que Megan estaba forzándose demasiado. De hecho, para cuando se había derrumbado y había admitido que no podía continuar, él ya estaba preparado para dar marcha atrás. Como le había dicho, acostarse con una mujer aterrorizada no era precisamente su idea de pasarlo bien.
«Ni siquiera contigo». Aquellas palabras angustiadas de Megan regresaron a su mente, palabras que le habían revelado que no era simplemente otro hombre para ella. Lo deseaba, y saber eso hizo que se reafirmase en su determinación de ayudarla a liberarse de su miedo.
Se acordó de que ese día aún no había revisado su correo electrónico. Después de la cena se excusaría e iría al vestíbulo a conectarse a Internet para hacerlo. Ya deberían haber contestado al correo en el que solicitaba el informe de Megan.
Para cuando terminaron el postre estaba empezando a impacientarse, y se sintió aliviado cuando Megan aceptó la invitación de Harris de tomar una copa en el bar. Con la promesa de que se reuniría con ellos después, se dirigió al vestíbulo. Los ordenadores estaban ocupados por un grupo de turistas, pero en cuanto uno quedó libre se sentó y se conectó a su cuenta de correo.
Allí estaba el archivo con el informe, como había esperado. Sin embargo, era bastante largo, y no iba a leerlo en un lugar público, con un montón de gente a su alrededor esperando su turno, así que lo guardó en una memoria y fue a recepción a pedir que se lo imprimieran.
Luego fue en busca de un lugar más privado donde pudiera leerlo. Cerca del restaurante había una pequeña biblioteca, así que entró allí, se sentó en unos de los gastados sillones de cuero, y empezó a leer.
Las primeras páginas eran un listado de las tareas que había realizado Megan como voluntaria, una evaluación de su trabajo. Tuvo que pasar varias hojas hasta llegar a lo que estaba buscando: su historial clínico, que incluía un informe del médico sobre el incidente de aquella noche en Darfur.
Mientras lo leía, su espanto fue en aumento. «Dios mío… Megan, Megan».
Capítulo Ocho
Con creciente espanto, Cal volvió a leer el informe del médico: habían encontrado a Megan inconsciente fuera del campo, llena de magulladuras, moretones, manchada de sangre y con la ropa arrancada. La habían llevado a la enfermería, donde un examen había confirmado que había sido violada, y probablemente más de una vez.
Durante cuatro días había permanecido en estado de shock, y se detallaban los medicamentos que le habían dado, como antibióticos, un sedante, un abortivo, y otros para prevenir enfermedades de transmisión sexual.
El médico había intentado que la trasladaran a un hospital, pero no había ningún avión disponible, y al quinto día, cuando aún estaban esperando que les proporcionaran uno, Megan abrió los ojos y se incorporó. Había insistido en que no necesitaba que la llevasen al hospital, y que le permitieran volver al trabajo. Parecía haberse recuperado por completo, pero cuando le habían preguntado por el incidente les había dicho que no recordaba nada después de que los mercenarios atacaran a la chica.
Con el corazón en un puño, Cal leyó el último párrafo:
Tras consultarlo con el resto del equipo médico he tomado la decisión de que, dado el frágil estado emocional de la señorita Cardston, sería peligroso decirle que fue violada. Mi recomendación es que se someta a terapia cuando se encuentre en condiciones de contarle lo que ocurrió, para que pueda superar el trauma emocional. Entretanto, como parece estar en buena forma física y necesitamos toda la ayuda posible, no veo razón para que no se le permita volver al trabajo.
De modo que Megan no lo sabía. Aturdido, Cal se dejó caer contra el respaldo del sillón. No le extrañaba que sintiese pavor ante la sola idea del sexo. Ni que tuviese ataques de ansiedad. Su mente consciente había bloqueado los recuerdos de la violación, pero su subconsciente sí lo recordaba, y reaccionaba con pánico.
¡Lo había hecho todo mal!: la había acribillado a preguntas que le habían hecho sentirse vulnerable y atacada, y había sido tan estúpido y engreído como para creer que sus problemas podrían solucionarse con un revolcón. Y el hecho de que Megan se hubiese mostrado tan dispuesta a intentar tener relaciones con él, y de que estuviese tan desesperada por volver a sentirse normal, lo hizo sentirse aún más ruin.
Los papeles se le resbalaron del regazo y cayeron al suelo. Cal los recogió y los dobló a la mitad. No se sentía preparado para volver al bar y hablar con Megan como si nada, y menos en presencia de Harris, con sus pícaras insinuaciones.
Tenía que evitar que Megan viese aquellos documentos. Lo más prudente sería destruirlo o quemarlo, pero quizá si los repasase en otro momento podría comprender mejor la situación de Megan. Por el momento se los llevaría al bungalow y los escondería en su mochila.
Cal había escondido el informe dentro del mapa que llevaba, había vuelto a guardar este en su mochila, y en ese momento estaba sentado en el banco del porche, preguntándose qué debía hacer.
Por supuesto, no podía decirle a Megan lo que había descubierto. Estaba seguro de que, cuando supiese lo que había hecho, se pondría furiosa con él. Lo que le preocupaba era cómo reaccionaría cuando se enterase de lo que revelaba aquel informe.
No podía ser él quien se lo dijese, y estaba de acuerdo con el médico en que necesitaría ayuda profesional para superar el trauma. Por el momento, lo único que podía hacer era comportarse como si no hubiese leído aquel informe. Megan era lista, y si mostrase lástima o preocupación en exceso por ella, se daría cuenta de que pasaba algo y querría saber qué era.
Por primera vez se encontró preguntándose si Megan no habría sufrido ya bastante. Si era culpable del robo del dinero, había pagado con creces por ello. Si volviese a los Estados Unidos tendría que enfrentarse a la justicia, a la demanda que él había presentado en su contra cuando había huido del país.
Tal vez podría retirar la demanda y… ¿Pero en qué estaba pensando? Seguía sin saberse dónde estaba el dinero, y su mejor amigo estaba muerto. ¿Cómo podría dejarlo pasar? Necesitaba respuestas.
–¿Cal?
La voz de Megan lo sobresaltó.
–¿Estás bien? ¿Por qué no has vuelto? Harris estaba preocupado por ti.
–Perdona, es que había parado de llover y me apetecía tomar el aire, y me puse a pasear y al final acabé aquí –se excusó él.
–¿Seguro que va todo bien? –insistió ella, yendo junto a él–. El recepcionista mencionó que le habías pedido que te imprimiera unos documentos.
–Cosas de trabajo; necesitaban que diese el visto bueno a algo.
–Como no volvías pensé que había pasado algo y que estarías haciendo el equipaje para marcharte.
–No me iría sin decírtelo. Siéntate; hace una noche agradable, y es pronto para irse a dormir.
Megan tomó asiento, pero a una distancia prudencial. Probablemente todavía se sentía incómoda después de lo de la ducha. Después de lo que había leído no quería sino abrazarla con fuerza, consolarla por el horror que había pasado, pero contuvo el impulso, haciendo un esfuerzo por apuntalar los muros emocionales que lo ayudaban a mantenerse centrado, a pensar con claridad.
–¿Se ha molestado Harris porque lo hayamos dejado solo? –le preguntó a Megan, por hablar de algo.
–Espero que no. Me ha dicho que mientras pudiese seguir bebiendo a cuenta tuya, no tenía queja alguna –Megan alzó la vista hacia las estrellas–. Tengo la sensación de que es mejor persona de lo que quiere hacernos creer.
–Sí, yo pienso lo mismo. Lo negaría si se lo preguntaras, pero sé de buena tinta que está pagando la educación de los hijos de Gideon, y ningún otro guía se preocupa tanto por sus clientes como él. Le confiaría mi vida a ese viejo granuja.
Megan lo miró y esbozó una sonrisa.
–Siempre quise que Nick me trajera con él a África cuando venía por asuntos de la fundación, pero cuando se lo pedía me decía que no me gustaría; ¿te lo imaginas?
Cal sacudió la cabeza.
–No después de ver cómo estás disfrutando de este safari.
Un par de años atrás habría estado de acuerdo con Nick en que su esposa, mimada y acostumbrada a una vida de lujos, no se sentiría cómoda en aquellas tierras salvajes, pero ahora veía que había estado equivocado, y de pronto se encontró preguntándose si Nick se habría molestado en conocer de verdad a su mujer.
–No me gustan solo los paisajes y los animales –le respondió ella con una sonrisa–. También me gusta África por su gente, como esas pobres almas de Darfur. Han sufrido agravios inimaginables, han perdido sus hogares y a sus seres queridos, se han llevado a sus hijos a luchar como soldados, pero he visto tanto coraje en los campos de refugiados, tanta generosidad… Es el modo en que se preocupan los unos de los otros y comparten lo poco que tienen. Son la razón de que quiera volver a ese espantoso lugar; tengo que volver.
Él la miró y sacudió la cabeza. Seguía sin comprender que después de lo que le había ocurrido no hiciese sino pensar en volver.
–Eres una mujer increíble, Megan.
–No, son ellos quienes son increíbles. Me han mostrado a la persona que debía ser, la persona que aún estoy intentando ser. Sé que a un hombre como tú puede que le suene sensiblero, pero es la verdad.
–¿A un hombre como yo? –Cal enarcó una ceja, divertido–. ¿Cómo se supone que debo tomarme eso?
–Bueno, espero que no te lo tomes a mal, desde luego. Siempre me has parecido un hombre muy pragmático, más preocupado porque se haga lo que hay que hacer que por los sentimientos.
–En otras palabras, un cínico insensible.
–Yo no he dicho eso –replicó ella–. Al echar la vista atrás, pienso que Nick no me conocía en absoluto, pero también pienso que tal vez era porque yo no me conocía a mí misma. Me convertí en lo que él quería que fuese.
Cal la miró sorprendido.
–Creía que Nick y tú erais el matrimonio perfecto –apuntó sondeándola–. O al menos eso era lo que parecía.
Megan alzó de nuevo la vista al cielo.
–Fingíamos bien, pero no, no todo eran vino y rosas.
–¿Habrías seguido con él?
–¿Te refieres a si no se hubiese suicidado cuando se desató el escándalo por lo del dinero? Yo también me he hecho alguna vez esa pregunta; me educaron en la idea de que los votos matrimoniales son sagrados, pero cuando tu pareja te engaña y no le importa estar haciéndote daño, esos votos acaban pareciéndote una condena en prisión. Quizá si no hubiera perdido el bebé…
A Cal el estómago se le encogió al oír aquello. ¡De modo que Nick había estado engañándola! Nick y él habían sido amigos desde el instituto, y siempre había pensado que era una persona honorable, pero si había sido infiel a su esposa… ¿de qué más habría sido capaz?
–¿Qué pasó con el bebé? –le preguntó–. Nick solo me dijo que lo habías perdido.
–No me sorprende. Yo esperaba que tener un hijo arreglase las cosas entre nosotros, que lo obligase a tomarse nuestro matrimonio más en serio, pero no fue así. Y en cuanto al aborto que tuve… –se encogió de hombros–. Simplemente pasó porque tenía que pasar; no podría haberse prevenido. Al menos eso es lo que me dijo el médico. Yo siempre había querido tener hijos, pero tal vez no lo quiera Dios.
–Quizá trabajar en los campos de refugiados haya sido una forma de dar salida a tu instinto maternal –apuntó él.
–¿Otra vez intentando psicoanalizarme?
–Ni se me pasaría por la mente –replicó él–. Pero ya que ha salido el tema, ¿no crees que te iría bien buscar ayuda profesional para acabar con los ataques de ansiedad y las pesadillas?
–Tal vez –respondió ella, con una nota de desconfianza en la voz. Soltó una risa forzada y añadió en broma–: Si encuentro a un buen curandero…
–Megan, aquí no encontrarás la ayuda que necesitas –dijo Cal volviéndose hacia ella y mirándola a los ojos–. Vuelve conmigo a los Estados Unidos y busca un terapeuta. Si puedo ayudarte en lo que sea, puedes contar conmigo.
A Megan se le pusieron los pelos de punta. Por eso había ido Cal allí, pensó. Quería convencerla para llevarla de vuelta a Estados Unidos, donde podría llevarla ante la justicia, y quizá incluso hacer que la arrestaran. ¡Y pensar que había empezado a confiar en él! ¡Qué tonta había sido!
–Sé que tú intención es buena, Cal –mintió–, pero no pienso abandonar África. Lo que me pasa no es nada que no pueda curar el paso del tiempo y mantenerme ocupada haciendo algo útil.
–Pero volver al sitio donde… –Cal no terminó la frase, como si hubiese estado a punto de decir algo inconveniente.
–¿Es que no lo ves? Es exactamente lo que tengo que hacer: volver a Darfur y enfrentarme a lo que ocurrió. Si me enfrento a ello y soy capaz de superarlo, los recuerdos ya no tendrán poder para seguir asustándome.
Cal resopló de frustración.
–¡Maldita sea, Megan!, si me escucharas…
–Deja de atosigarme, Cal; no soy una niña.
–Estás trabajando para mi fundación, y puedo hacer que te envíen a casa para que te sometas a tratamiento psicológico.
–No si dimito. Y créeme, hay un montón de ONG que estarían encantadas de contar con una enfermera con experiencia –Megan se levantó–. Estoy demasiado cansada para seguir discutiendo. Si me disculpas, voy a acostarme. ¿Hacemos una tregua?
–Claro –Cal se levantó también con un suspiro–. Voy al bar con Harris; que descanses. Mañana también tendremos que levantarnos temprano.
Ella asintió, y estaba entrando ya por la puerta cuando él la llamó. Megan se volvió.
–Acuéstate en la cama; te prometo que me comportaré como un perfecto caballero.
¿Como un caballero? ¿Era así como llamaba a alguien que había atravesado medio mundo para perseguir a una mujer porque la creía culpable sin tener pruebas contra ella? ¿Acaso creía que no sabía que la demanda que había interpuesto caería sobre ella en cuanto pusiera un pie en los Estados Unidos? Irritada, entró en el bungalow y cerró tras de sí. ¡Si pudiera dar portazo a sus sentimientos con la misma facilidad!
Capítulo Nueve
Megan se despertó y abrió los ojos. A excepción del haz de luz de luna que entraba por la ventana, la habitación estaba a oscuras. El ruido suave de la respiración a su lado y el calor humano que notaba a sus espaldas le indicaron que en algún momento a lo largo de la noche Cal había vuelto al bungalow y se había acostado a su lado.
Se estiró, desperezándose, y se dio la vuelta. Cal estaba despierto, con la cabeza apoyada en un brazo. ¿Habría estado velando su sueño?
–Hola –lo saludó en un susurro–. ¿Te he despertado?
Cal sacudió la cabeza.
–¿Has vuelto a tener pesadillas?
–No, pero no siempre las tengo. ¿Cuánto hace que has llegado?
–Un par de horas. Estabas durmiendo como un lirón –contestó él–. ¿Te apetece charlar un rato?
¿Charlar? Megan se imaginaba qué quería decir con eso en realidad. Estaba preparándose para acorralarla y acribillarla a preguntas sobre Nick y el dinero robado, o del incidente en Darfur, o incluso de lo que había pasado en la ducha esa tarde. ¿Por qué tenía que ser siempre ella la que respondiese preguntas?
–Yo ya he hablado bastante; preferiría escuchar para variar. Cuéntame algo de ti; ¿dónde creciste?
–En Fresno. Vivíamos en la típica casa blanca con su valla de madera, una barbacoa en el jardín de atrás y un monovolumen aparcado en la parte de delante. Seguro que te estoy aburriendo. ¿No te está entrando sueño?
–Ni pizca –Megan se movió, y su cadera rozó la de él.
Aquel contacto le desató un impulso repentino, un ansia por acurrucarse contra él y dejar que la envolviera su calor, pero luchó contra la tentación, diciéndose que eso solo confundiría aún más a Cal, y haría que diese por hecho que quería algo más.
Y sí, tal vez quería más, pero sería frustrante para él si de nuevo la paralizase el miedo, y horriblemente humillante para ella. Lo mejor sería dejarlo estar. Suspiró, y lo instó:
–Sigue, estoy escuchándote.
Por la descripción que le había hecho a Megan de la casa en la que había crecido, podría parecer una infancia idílica, pero para que se hubiera mantenido así habría tenido que omitir las peleas entre sus padres, los gritos.
Aquellas peleas habían hecho que muchas veces saliera de casa y deambulara por las calles durante horas, por temor a lo que pudiera ver si volvía demasiado pronto, le confesó. Hablar de aquello era doloroso, pero Megan se había abierto a él, se lo debía.
–Mi madre nos dejó cuando yo tenía once años –prosiguió–. Y mi padre se aseguró de que supiera que se había ido con otro hombre, un hombre que le había dicho que no quería cargar con un mocoso.
–¿Eras hijo único?
–Sí, por suerte.
–¿Y tu madre nunca volvió?
–Años después supimos que había muerto de cáncer. Para entonces yo ya estaba en el instituto. No puedo decir que la culpara por marcharse; mi padre era bastante duro con ella, y quizá fue la única salida que encontró. Pero que ni siquiera se despidiese de mí o me escribiese una carta… eso fue difícil de aceptar.
–Cuánto lo siento, Cal…
Él apretó la mandíbula. Si había algo que no podía soportar era que una mujer mostrase lástima por él, y esa lástima, viniendo de ella, era aún peor.
–No hay nada que sentir –replicó, antes de que Megan pudiese seguir compadeciéndose de él–. Lo superé sin problemas. Mi padre vendía coches, y cuando no estaba trabajando estaba bebiendo con sus amigotes. Yo empecé a buscar pequeños trabajos que pudiera hacer cuando acababan mis clases: cortar el césped de nuestros vecinos, meter en bolsas la compra de los clientes en el supermercado, hacer de socorrista en la piscina municipal… Eso evitaba que me metiese en problemas, y el dinero que ganaba lo fui ahorrando. Me compré mi primer coche, me compraba yo mismo la ropa, y no sacaba malas notas. Y hasta salí con algunas chicas y jugué en el equipo de rugby.
–Y así fue como conociste a Nick.
–Sí, y el resto ya lo conoces.
Nick y él se habían hecho amigos, y su amistad había durado hasta que Nick acabó con su vida de un disparo. Pensar en aquello también resultaba aún tremendamente doloroso.
Megan se movió y su olor inundó el aire.
–Sé que sentías un gran afecto por él, Cal –dijo–. Yo también; le quería. Nick tenía algunas cualidades maravillosas, pero nos hizo daño a los dos. Yo me he esforzado por perdonarle y pasar página, y espero que tú también lo hayas hecho.
A Cal se le había hecho un nudo en la garganta. No había palabras para decir lo que sentía en ese momento, y aunque las hubiese encontrado, habría sido incapaz de articular palabra. Lo único que pudo hacer fue rodear a Megan con el brazo y atraerla hacia sí, en medio de las emociones descarnadas que se agitaban en su interior. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Era agradable tenerla entre sus brazos, aunque no fuera a haber nada más, y poco a poco la tensión fue abandonándolo. Giró la cabeza, la besó en la frente y le susurró:
–Duérmete, Megan.
* * *
¿Podría ser que estuviese empezando a reponerse? Quizá fuera pronto para responder afirmativamente a esa pregunta. Los últimos tres días habían sido muy tranquilos, con visitas al cráter Ngorongoro y al río donde los elefantes iban a beber. Habían visto cocodrilos, hipopótamos, más leones, un leopardo y un rinoceronte negro.
Megan se sentía viva, y no había tenido pesadillas en esos tres días. En cuanto a Cal, habían establecido una especie de tregua. Él la trataba como a una amiga, y mantenía las distancias con ella fuera y dentro de la cama. Y aunque no fuera exactamente lo que ella quería –y había veces en que ansiaba más–, por lo menos se sentía segura con él.
Esa noche, a la hora de la cena, Harris les explicó que al día siguiente partirían hacia el Serengeti.
–Esta es la época de la gran migración, que tiene lugar todos los años en la estación de las lluvias –le explicó a Megan–. No verá nada semejante en ningún otro lugar de la tierra: ñus, cebras… cientos de ellos marchando hacia los pastos del sur. Un auténtico festín para los carnívoros. Supongo que esa parte no será un espectáculo muy agradable para una dama, pero creo que usted es una chica fuerte; al fin y al cabo ha estado en Darfur.
Cal la miró, y Megan vio cruzar una sombra por sus ojos antes de que apartara la vista. ¿Estaría pensando en sus pesadillas y en los ataques de ansiedad, de los que le había prometido que no le diría nada a Harris? ¿Le preocupaba cómo reaccionaría a ese espectáculo violento de la migración al que se había referido el guía?
Cuando acabaron el postre, como se había vuelto ya costumbre, Megan se levantó y se excusó para ir al bungalow a darse una ducha y relajarse, mientras Cal se quedaba a hacerle compañía a Harris. Así ella tenía tiempo para estar a solas, y se aseguraban de que Harris no bebiese demasiado. Cal le había expresado su preocupación por el viejo guía, y Megan se había mostrado de acuerdo en que era mejor no dejarlo solo en el bar.
Después de ducharse y ponerse el pijama y la bata, se acurrucó en el sofá y se puso a leer una novela negra que había tomado prestada de la biblioteca del edificio principal. Al leer la descripción de la contracubierta le había parecido que podría ser interesante, pero no era lo que había esperado, y no solo se imaginaba cómo iba a acabar, sino que al echarle un vistazo a las últimas páginas, vio que estaba en lo cierto.
Dejó el libro en la mesita frente al sofá y se recostó contra los mullidos cojines, intentando imaginar cómo sería el Serengeti. Había visto un documental sobre la migración en un canal de naturaleza, pero estar allí, presenciarlo en directo, iba a ser algo excitante y memorable.
Cuanto más lo pensaba, más deseaba haberle hecho a Harris todas las preguntas que se le estaban ocurriendo: cuánto tardarían en llegar, qué verían de camino allí…
Quizá si mirara un mapa podría hacerse una idea. Entonces se acordó de que Cal tenía uno; que lo había visto consultarlo y guardarlo en su mochila.
Se levantó y fue al armario, donde estaba la mochila de Cal. Abrió la cremallera, sacó el mapa y cuando fue a desdoblarlo cayeron al suelo unos papeles impresos. Cuando se agachó para recogerlos vio un nombre en la parte superior de unos de ellos: su nombre.
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