Read the book: «Miss Tacuarembó»

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MISS TACUAREMBÓ

DANI UMPI


Índice

  Cubierta

  Portada

  Uno

  Dos

  Tres

  Cuatro

  Cinco

  Seis

  Siete

  Ocho

  Nueve

  Diez

  Once

  Doce

  Trece

  Catorce

  Quince

  Dieciséis

  Diecisiete

  Dieciocho

  Diecinueve

  Veinte

  Veintiuno

  Veintidós

  Veintitrés

  Veinticuatro

  Veinticinco

  Veintiséis

  Veintisiete

  Veintiocho

  Veintinueve

  Treinta

  Treinta y uno

  Treinta y dos

  Treinta y tres

  Treinta y cuatro

  Treinta y cinco

  Treinta y seis

  Treinta y siete

  Treinta y ocho

  Treinta y nueve

  Cuarenta

  Cuarenta y uno

  Cuarenta y dos

  Cuarenta y tres

  Cuarenta y cuatro

  Cuarenta y cinco

  Cuarenta y seis

  Cuarenta y siete

  Cuarenta y ocho

  Cuarenta y nueve

  Cincuenta

  Cincuenta y uno

  Cincuenta y dos

  Cincuenta y tres

  Cincuenta y cuatro

  Cincuenta y cinco

  Cincuenta y seis

  Cincuenta y siete

  Cincuenta y ocho

  Cincuenta y nueve

  Sesenta

  Sesenta y uno

  Sesenta y dos

  Sesenta y tres

  Sesenta y cuatro

  Sesenta y cinco

  Sesenta y seis

  Sesenta y siete

  Sesenta y ocho

  Sesenta y nueve

  Setenta

  Setenta y uno

  Setenta y dos

  Setenta y tres

  Setenta y cuatro

  Setenta y cinco

  Setenta y seis

  Setenta y siete

  Setenta y ocho

  Setenta y nueve

  Ochenta

  Ochenta y uno

  Ochenta y dos

  Ochenta y tres

  Sobre el autor

  Créditos

Uno

Por entonces en mi casa aún no había televisor color. Teníamos uno blanco y negro de escasas pulgadas y casi no funcionaba. El color llegó el día en que cumplí seis años. Lo recuerdo perfectamente, porque mientras todos mis amiguitos recién bañados me acosaban con regalos y besos prolijos, yo permanecía absorta, ida, frente a mi reflejo brillante en la pantalla pixelada, acariciando los botones suaves del control remoto.

Los sueños podían volverse realidad. Se lo había pedido a Cristo. Cristo estaba a mi lado, de mi lado, con un televisor color virgen para mis ojos grises, en medio de mi pequeño cumpleaños, rodeándome con niños perfumados que yo apenas conocía. En la cocina se amontonaba gente del barrio que veía todos los días, y familiares de los que nunca recuerdo los nombres. Observaban mi felicidad sosteniendo vasos con sidra. Finalmente tuve mi sueño al alcance de la mano, y lo encendí ansiosa.

Hicimos mucha fuerza con Carlos para que mi deseo me fuera concedido. Durante dos meses, al comienzo de cada misa dominical cerrábamos los ojos al unísono, pensando en el televisor color que yo quería. Un televisor divino, totalmente plateado, con sonido estéreo efervescente. Cuando el padre Costa decía “El Señor esté con ustedes”, nosotros, en lugar de contestar “y con tu espíritu”, nos mirábamos mudos y cerrábamos los ojos, apretando fuertemente la tenue oscuridad que lográbamos aprisionar, para no abrirlos hasta el ofertorio. Recién entonces, con las venas anchas tiñendo de sangre toda la parroquia, abríamos los párpados calientes e hinchados, mirando la cruz sin pestañear. Entonces el rojo de nuestra mirada se diluía y ocurría el milagro: toda la parroquia cantaba y Cristo crucificado se reía. Juro por Carlos y por mí que Cristo se reía. Carlos es testigo. Cristo se reía y me decía en silencio: tu deseo será concedido. Entonces nosotros también reíamos de felicidad, uniéndonos al coro de ancianas:

Tú has venido a la orilla

no has buscado ni a sabios ni a ricos

tan sólo quieres que yo te siga

Señor

me has mirado a los ojos

sonriendo has dicho mi nombre

en la arena

he dejado mi barca

junto a Ti buscaré otro mar

Cuando nuestras voces eran más fuertes que la de mi madre, la canción terminaba y todos se acercaban hasta el padre Costa a comulgar, menos nosotros, lógicamente. Entonces yo metía mi dedo índice en la boca, sobre la lengua, y le daba gracias a Cristo, porque sabía que algún día mi deseo se haría realidad, sólo para mí.

Y un día, en medio de mi sexto cumpleaños, entré al dormitorio con los ojos vendados. Todos mis nuevos amigos entonaban tímidamente un “Que los cumplas feliz” sin música, impregnados en Pibe’s y Coqueterías. Mi madre me sacó la venda y allí estaba mi televisor. Y allí estaba yo. Y allí estaba Cristo, asegurándome que siempre estaría conmigo y cumpliría todos mis deseos, siempre y cuando yo concurriera a misa cada domingo y permaneciera con los ojos cerrados hasta el ofertorio.

Dos

—¿Por qué recurrió a nosotros, Haydée?

—Porque quiero recuperar a mi hija Natalia, que no veo desde hace seis años.

—Usted se conectó con la producción del programa hace dos meses, ¿verdad?

—Es cierto.

—En aquella oportunidad mencionó que su hija guardaba un gran rencor hacia usted, como pudimos apreciar en el tape…

—Efectivamente.

—¿Por qué usted quiere reencontrarse con su hija, Haydée?

—Porque una hija es una hija. Siempre la quise y estoy dispuesta a escuchar sus reproches… sólo quiero saber si está bien. No puedo vivir sin saber dónde está…

Haydée llora.

—Si la viera ahora, ¿qué le diría, Haydée?

—Le diría que la quiero. Eso… que la quiero, que nunca dejé de pensar en ella, que…

Haydée continúa llorando.

—¿Qué más?

—Creo que nada más. Sólo quiero encontrarla para decirle que la quiero.

El conductor mira a la cámara.

—Señoras y señores. Éste es el llanto de una madre que busca desesperadamente a una hija. Un llanto sincero y conmovedor. No se mueva de su asiento. No cambie de canal. Volvemos después de unos consejos comerciales.

La tribuna aplaude.

Tres

Tú has venido a la orilla

no has buscado a sabios ni a ricos

tan sólo quieres que yo te siga

Señor

me has mirado a los ojos

sonriendo has dicho mi nombre

en la arena he dejado mi barca

junto a Ti buscaré otro mar

Abrí los ojos y le agradecí casi sin lágrimas. Cristo me sonrió dulcemente y me dejó ir. Prometí hacerle un acto de bien para retribuir su amor y me ofrecí voluntariamente a ayudar a mi madre en la feria de postres de la parroquia.

El salón parroquial estaba hecho un desastre. Mi madre había llevado una escoba porque la de la parroquia siempre la robaban las chicas que estudiaban dactilografía, unas alocadas. Yo estaba acostumbrada a lidiar con el polvo y la mugre de los pisos de mi casa, pero aquello era demasiado y mis medias nuevas eran demasiado blancas. Todo era demasiado. Bajo el polvo, el piso relucía como recién encerado y mi madre le desnudó el brillo con sólo pasarle un trapo húmedo luego de un par de barridas. Yo sabía barrer, no era como esas gemelas pálidas y de trenzas duras, hijas de la catequista amiga de mi madre. Yo era mucho más despierta, mucho más simpática y mucho más inteligente que esos dos merengues. Yo era muy activa, sobre todo en mi casa y en sitios como la parroquia. Yo también sabía cómo sacar brillo con un manotazo húmedo.

Guardamos las sillas que sobraban en la piecita del fondo y colocamos dos manteles nuestros sobre un par de caballetes con una tabla torcida. Lo hicimos solas y mis medias no se ensuciaron tanto. Cuando todo quedó como mi madre había pensado, nos sentamos frente a la mesa vacía, rodeadas de olor a lavandina y cuadros de santos lánguidos. Me di cuenta de que sentía una especie de alivio latiendo acompasadamente en mi pecho. Mi madre intentó no mostrarse emocionada ante mi acto de amor, pero lloró.

—Gracias —dijo de corazón.

No le respondí. No tenía nada que agradecerme. No lo hice por ella. No lo hice por la feria de postres. No lo hice por la parroquia. No lo hice por Dios. Lo hice por mi televisor resplandeciente y por mi Cristo risueño clavado en una cruz, siempre dispuesto a concederme deseos.

Cuatro

Yo nunca creí en Dios, pero sí creí en Cristo (en el Cristo de aquella parroquia, para ser más específica).

Cinco

—Señoras y señores, volvemos a un nuevo bloque de nuestro programa. Como seguramente recordarán, en el bloque anterior la señora Haydée nos comentaba, desesperadamente, que quería reencontrarse con su hija Natalia. ¿No es así, Haydée?

—Efectivamente.

—Nuestra platea y toda la teleaudiencia es testigo de este llamado sincero, de corazón. La señora Haydée ha viajado desde Tacuarembó, Uruguay, país hermano, para gritar más fuerte su pedido desgarrador. Observen estos ojos.

Primer plano de los ojos de Haydée, humedecidos discretamente.

—Señoras y señores, estos ojos no mienten. Han venido desde muy lejos… ¿Cuántas horas de viaje realizó, Haydée?

—No sé… muchas. Cinco desde Tacuarembó a Montevideo y otras cinco o seis hasta Buenos Aires.

—Señoras y señores, en esta mirada hay mucho más que diez horas de esperanza. Y, como acostumbramos a presenciar en nuestro programa, sabemos que no fue un viaje en vano. Pero antes veamos un tape sobre Haydée y su pueblo.

La cámara se esfuma en un televisor del decorado y una voz en off comienza a describir Tacuarembó sobre una imagen soleada de Haydée comprando verduras en una feria callejera.

Seis

Mi madre me mandó sola a la feria.

Después de mi barrida en el salón parroquial comenzó a verme y a tratarme casi como a una señorita. Comentaba los programas televisivos conmigo y me preguntaba qué quería de postre para el domingo.

—Una tarta de frutillas —dije, y allí estaba yo, con un bolso de plástico, eligiendo un kilo de frutillas en la feria, como una señora grande, como una niña educada. Elegí las más gordas y las más rojas de las más baratas, guardé el cambio íntegro en mi bolsillo y volví sin comerme ninguna. De regreso a casa toqué timbre en lo de Carlos, que demoró en atenderme.

—Dale, vamos a casa a comer una tarta de frutilla. Avisale a tu madre y me acompañás.

—No puedo.

—Dale, va a estar riquísima y vos tenés que estar conmigo. Esta tarta también es un regalo de Cristo y vos siempre me acompañás cuando yo recibo estos regalos…

—No puedo.

—¡Carlos! ¿No te acordás qué fue lo que pedimos hace tres semanas en misa?

—Sí, una tarta de frutillas, pero no puedo.

—¡Carlos! Si vos no me acompañás, Cristo no me va a dar nada más. Dale, vení.

—No puedo.

—¡Carlos! —gritó su madre desde la cocina—. ¿Qué son esos gritos?

—No es nadie —gritó bajito.

—¡Carlos! —volvió a gritar su madre, acercándose a la puerta con unos guantes de goma—. Ya te dije que no quiero volverte a ver jugando con nenas.

—No vino a jugar, vino a invitarme a comer en su casa.

—¡Carlos! Entrá para adentro.

Carlos entró. Nadie volvió a gritar.

—Carlos está en penitencia y no puede ir.

Unos guantes de goma tomaron el picaporte. Lenta y ruidosamente comenzaron a cerrar la puerta, mirándome a los ojos.

—Es sólo una tarta —dije, pero ella continuó su gesto y me cerró la puerta en la cara.

Carlos me miraba desde la ventana enrejada, con las manos apoyadas en el vidrio y los ojos petrificados en mis frutillas. De pronto los guantes de goma cerraron las cortinas y la sombra frágil de mi amigo permaneció en silencio, respirando flores bordadas en punto cruz, con una tela, un vidrio, una ventana, unas rejas, una calle y la vereda de enfrente entre él y el horizonte.

Luego de almorzar le alcancé un pedazo en un tupperware y quedamos en encontrarnos en misa.

Frente a Cristo, cuando todos se pusieron de pie y el padre Costa entró en acción ruidosamente, cerramos los ojos y pedimos sudando que la madre de Carlos se muriera. La sangre de mis ojos bañó mi mirada. La luz que entraba por los vitrales traspasaba mi piel y mis venas, dibujándome el rostro ensangrentado de la madre de Carlos en los párpados. Nos costó no abrirlos antes del ofertorio, pero no lo hicimos.

Cada vez que se abrían y se topaban con la sonrisa de Cristo, estaban fatigados, pero llenos de esperanzas. Cristo siempre nos decía que nuestro deseo se haría realidad, pero pasaban los domingos, nos deshacíamos en oscuridad ante la cruz y la madre de Carlos nunca se moría.

Nunca se murió.

Siete

Con seis años comencé a ir a la escuela y, como era previsible, no me gustó. No lograba adaptarme a aquel espacio tan amplio y mi madre no hacía nada al respecto, comentando con la maestra que mi pánico era lógico pues nunca había hecho el preescolar. Ponerme la túnica me daba frío, inclusive en verano. Creo que nunca podría andar vestida de blanco: parece que todo el mundo se acaba y sólo tu cuerpo es testigo. Vestirse de blanco es una sensación que no se parece a nada. Ir a la escuela es una sensación horrible que se parece a nada.

Llegaba sudando a clases. El trayecto era interminable. El sol del mediodía me pesaba más que la mochila, aun en invierno, pero debía seguir. Cada paso que daba costaba un suspiro. Mi túnica inmaculada resplandecía en medio de la calle y los vecinos me observaban callados, seguramente conspirando en mi contra, entre el canto de las chicharras. Muchas veces quise escaparme de ese trayecto; irme a caminar por ahí sin túnica o encerrarme en mi dormitorio bajo las sábanas en las siestas silenciosas.

Carlos no podía acompañarme. Su madre se lo había prohibido, entre otras cosas.

Durante las primeras clases no hacía más que llorar y volvía por el medio de la calle con la cara derretida, la boca seca y los ojos erizados, rojos. Cuando todo eso terminaba, corría a abrir la puerta de mi casa para sentarme frente a mi televisor nuevo con un vaso de cocoa. Sólo así el dolor desaparecía de mi rostro y mi paladar. Sólo así la calma llegaba a mi cabeza y mi entorno encontraba lentamente su sitio; me acomodaba en el sillón como una gorda asumida: cada cosa ocupaba su lugar y cada palabra de mi boca se decía en el momento correcto. Sólo necesitaba un televisor. Sólo necesitaba mi televisor color.

La pantalla resplandecía en silencio mientras mis dedos hurgaban en el control remoto, buscando el volumen a tientas. Cuando lo encontraban, comenzaban a subirlo de a poco, hasta ensordecer a mamá. De la pantalla salían chispas, saltaban en el aire por la estática o por la felicidad de mi sonrisa elástica. Una travesura. A veces lo hacía a propósito, para verla gritar sin escucharla. Poco a poco Lucía Méndez comenzaba a bailar con un vestido rojo frente a su propia imagen, al ritmo de la música tierna de un piano y un coro susurrante. Yo me petrificaba con el vaso entre los labios. Entonces Lucía acomodaba los holgados rulos de su pelo castaño entre los hombros y comenzaba un nuevo capítulo de Vanessa.

Siempre amé sus teleteatros. Aún hoy puedo ver las mismas historias en el cable; cada vez que lo hago me preparo un vaso de cocoa y comienzo lentamente a subir el volumen de sus conversaciones. Cada vez más alto. Cada vez más alto, hasta que mis tímpanos respiran hondo y se ensanchan para abarcarlo todo.

Ocho

—Cuéntenos, Haydée, cuándo fue que usted comenzó a sentir un poco de distancia con su hija. Se sabe que llegado el momento los hijos crean sus propios espacios, pero ¿qué fue lo patológico en su comportamiento?

—No sé… muchas cosas. No quiero decirlas porque no me gustaría que sonaran como reproches.

—Dígalas, por favor, Haydée.

—Hace muchos años, cuando ella comenzó a ir a la escuela, más o menos, solía coleccionar estampitas. Yo se las conseguía en la parroquia o se las pedía a las hermanas que venían cada tanto. Tenía una colección grande, con casi todas las santas, y las guardaba en una caja. Un día, mientras yo limpiaba los pisos de la parroquia, las encontré rotas dentro de uno de los jarrones del Santísimo. Entonces se las pegué con cinta adhesiva y sin decir una sola palabra se las regresé al cajón de su mesa de luz, donde las guardaba.

—¿Ella reaccionó de alguna manera especial ante su gesto?

—Sí. Las volvió a romper y nuevamente las encontré en el jarrón.

Nueve

Tú has venido a la orilla

no has buscado a sabios ni a ricos

tan sólo quieres que yo te siga

Señor

me has mirado a los ojos

sonriendo has dicho mi nombre

en la arena he dejado mi barca

junto a Ti buscaré otro mar

Abrí mis ojos asustados, sin poder soportar la mirada de Cristo desde su cruz. Debía comentárselo a Carlos, pero no lo pude hacer hasta la siesta. Apenas tragué la última cucharada del postre corrí hasta su casa y lo tomé de la mano para llevarlo al parque y contarle mi secreto.

—¿Que qué? ¡Estás loca!

—No, no estoy loca, te digo que Cristo me devolvió las estampitas. Volvieron a aparecer en mi cajón.

—Seguro que fue tu madre.

—No, fue Cristo.

—¿Y cómo sabés?

—Porque mientras todos cantaban, yo le pregunté, “¿fuiste vos?, ¿fuiste vos?”, y al abrir los ojos me respondió que sí.

Diez

—Y bueno… ella tenía un amiguito. Un amiguito medio rarito. Siempre estaban juntos. Todo el tiempo, todo el tiempo. Carlos, se llamaba. Estoy segura de que ellos se siguen viendo. Se querían mucho. Carlos también se fue de su casa más o menos en la misma fecha que mi hija…

En la pantalla aparece la foto de un niño con un gesto tímido, a medio reír, los hombros encogidos, los dientes muy blancos, el pelo levemente alborotado y los labios apenas arqueados. La imagen se esfuma, la pantalla se llena de luz y comienza un nuevo corte comercial. Una señora promociona un jabón en polvo, acariciando unas toallas blanquísimas. Hunde la mano en la tela esponjosa, la saca y deja una huella.

Once

—Vos me habías dicho que ibas a limpiar la grasera y de esto que te cuento hace tres meses… así me ves ahora, Carlos.

—Te juro que la limpié, linda.

—No parece. Mirá: fideos verdes. Hace tres meses que no comemos fideos verdes.

—Están verdes porque están podridos, linda.

—Están podridos porque hace más de tres meses que no se limpia la grasera.

—¡Yo la limpié, linda! ¿No te acordás? No me los tires porque me da asco. Estás muy nerviosa, linda. Me voy al club.

—Sí, andate. ¿Cómo querés que no esté nerviosa si llego al apartamento y me lo encuentro todo inundado con esta mierda?

—No es mierda. Estás demasiado nerviosa y te molesta cualquier insignificancia, linda.

—Terminala con eso de los nervios.

—Terminala vos… aunque creo que yo estaría igual de nervioso. Aparecer por primera vez en televisión y en ese programa… como que no entrás a la fama por la puerta grande, linda. ¿Ya hiciste las valijas?

—Llevo una sola. No te creas la medida de todas las cosas, lindo.

—¿Ya la hiciste, linda?

—Cuando la compré ya estaba hecha.

—Me voy antes de que comience el especial de chistes malos. Si en tu debut televisivo comenzás a hacer esos chistes… Te dije que no me tiraras esos fideos podridos.

—Son verdes.

—¡No me los tires! ¡No, no!

Doce

Una chica envuelta en Escape recién vaporizado me despeina violentamente el jopo que acabo de peinarme, me empolva la nariz sin rozar mi piel y me grita “¡ahora!” en la oreja. Alguien me empuja como si yo no supiera caminar, ahogándome en un mar de aplausos y música new age que no logra tranquilizarme. Los focos me encandilan un poco, pero logro ver que algunas personas de la tribuna se paran a aplaudir como si yo fuera Enya, y que una cámara está entorpeciendo el camino que supuestamente debo recorrer. No sé si es éste el momento en que debo doblar a la izquierda; el conductor me ayuda y dice “aquí está su madre”. Estaba para la derecha. La veo y llora con los brazos abiertos. Enya comienza a gritar “sail away, sail away, sail away”. Bajo velozmente dos peldaños del decorado y la abrazo para impresionarla. Mi madre suda de emoción, me besa y acaricia mi pelo entre monosílabos atolondrados. Su pelo está hecho un desastre, parece cortado por una hoz. No sé si tengo mi pelo en orden, pero rápidamente me olvido de él. La música se vuelve susurrante, ininteligible; los secretos celtas que se habían infiltrado en mi subconsciente para darle un sentido a mi vida se esfuman en menos de un segundo, dejándome en el estado de siempre. Me indican que me siente al lado de mi madre. Lo hago. El decorado parece un mausoleo de cuarta. Continúa besándome, destilando violentamente Yaninne D., y yo retribuyo su afecto con una sonrisa calurosa. Le damos la espalda a la cámara principal y el conductor, con un gesto brusco, nos recuerda nuestra posición inicial. De repente Enya viene por la revancha y vuelve a gritar “sail away, sail away, sail away”, provocando en la tribuna una especie de efecto dominó de aplausos copiosos y festivos que llevarían al tope cualquier aplausómetro honesto y justo. Las butacas son cómodas pero permanezco en el borde, como si hiciera equilibrio. Los de la tribuna parecen gallinas. La música se corta. Dejan de aplaudir y mi madre grita “¡Gracias, gracias, gracias!”. Mi madre nunca cambia, no puede estar en ningún sitio sin hacer el ridículo.

De repente vienen a mi cabeza miles de recuerdos similares, camuflándose entre sí. En un momento tan atípico debería descartarlos a todos, pero uno sobrevive y comienzo a verlo nítidamente en la luz cegadora de los focos; veo a mi madre en una clase de catequesis, hace años, muchos años:

—A ver, ¿quién me dice qué diferencia hay entre una piedra y una planta?

Nadie contesta.

—Una piedra no crece ni se muere. Una planta nace y muere —respondo yo, que ya había presenciado la misma clase con otro grupo.

—¡Natalia! Tú no eres de esta clase. Recuerda que sólo viniste aquí a es-cu-char. ¿Entendido? Pero igual agradezco la respuesta.

Odiaba cuando mi madre me trataba de tú; simplemente deseaba que no me tratara.

—¿Y entre una planta y un animal?

—Las plantas no ven —contesta alguien.

—¿Y entre un animal y una persona?

—Las personas hablan —contesta alguien.

—Pero… ¿un perro puede leer?

—¡Nooooooooooooooooooooooooo! —gritan todos, yo inclusive.

—¿Puede una gata aprender a coser y enseñar a sus gatitos?

—¡Nooooooooooooooooooooooooo!

—¿Podría un caballo haber inventado el automóvil, para que no lo hicieran tirar el carro?

—¡Nooooooooooooooooooooooooo!

—¿Podríamos poner una clase de Catecismo para perros?

—¡Nooooooooooooooooooooooooo!

—¿Por qué no?

No hay respuesta.

—¿Por qué no?

No contestan.

—Porque no tienen alma, no tienen espíritu —se responde mi madre, escribiendo “alma” en el pizarrón. Encierra la palabra en un círculo.

No se emiten comentarios.

—Nosotros —prosigue mi madre—, además del cuerpo tenemos un alma, un espíritu. El cuerpo es lo que se ve, lo que se toca, lo que ocupa lugar. El espíritu no se ve, pero vive, comprende, quiere. Nosotros pensamos, entendemos, recordamos, queremos, porque tenemos alma, espíritu.

—Las cosas que no se ven no existen —dice, intrépidamente, la misma voz que respondió la diferencia entre la planta y el animal.

—Hay muchas cosas que existen y no las podemos ver, por ejemplo, la memoria, el miedo, la inteligencia, el cariño. Y esas cosas ni se ven ni se tocan porque son del alma, del espíritu.

—Pero la inteligencia se ve.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es la inteligencia? ¿Redonda?, ¿puntiaguda?, ¿amarilla?…

Algunos chicos se ríen, sobre todo los de la primera fila.

—Es amarilla y puntiaguda —respondo yo.

—¡Natalia! Voy a tener que ordenarte que vuelvas a casa.

—La inteligencia es amarilla y puntiaguda —repito.

—¡Natalia! Te veo en casa.

—Yo sé que la inteligencia es amarilla y puntiaguda.

—¿Ah, sí? ¿Y cuándo la viste?

—Nunca, pero me lo dijeron.

—¿Ah, sí? ¿Y quién te lo dijo?

—Cristo.

—¡Natalia! Te veo en casa.

—Pensé que nunca te iba a volver a ver —susurra, abrazándome nuevamente.

—Ya, ya…

—Pensé que te ibas a ir para siempre, que ibas a estar muerta por ahí.

—Ya, ya…

—Recé mucho por ti. Mucho. Dios sabe que recé por ti.

—Ya, ya…

—Todas las noches decía mis oraciones con los ojos llenos de lágrimas y el Señor me…

—Ya, ya, mamá. Tranquila, no hagas el ridículo, como siempre.

—Bueno —grita una voz—, comienza el cuarto bloque. ¡Aplausos!

Vuelve a sonar nuevamente la música en el estudio, los focos vuelven a encandilarme y algunos vuelven a pararse en la tribuna. Mi madre ha vuelto a mi vida. Mi madre me avergüenza. Me siento como una japonesa nacida de una coreana.

Trece

—No te llevo más a mis clases de catequesis, Natalia. Molestás todo el tiempo.

—Y vos decís siempre lo mismo.

—¡No me contestes, atrevida! Siempre hacés lo mismo: molestar. Quién sabe lo que habrás hecho. Hoy vino la madre de Carlos a hablar conmigo.

—¿A hablar de qué?

—Cosas de madres. Quién sabe lo que habrás hecho. No quiere que Carlos juegue contigo, no quiere que se vean. Tenés tu dormitorio hecho un desastre… Dice que sos mala influencia para su hijo.

—Yo no hice nada.

—Acordate de arreglar tu ropero… No sé qué habrás hecho.

—Yo no hice nada.

—Tenés el ropero muy desarreglado. Todos tus vestidos están arrugados.

—Yo no hice nada.

—¡Cortala!

Catorce

—Perdoname, linda, no es que me haya olvidado de grabarlo, sino que Enrique siempre graba las apariciones de Tortonese en el programa de Susana Giménez y se equivocó de cassette. Lo pasó por arriba.

—¡¿Cómo que lo pasó por arriba, Carlos?! Vos me estás mintiendo.

—No, no te estoy mintiendo, linda. No te podés imaginar cómo me siento. Me siento horrible. Te juro que no fue mi culpa. Lo grabé del principio al final, le saqué los cortes y todo. Fue Enrique. No se dio cuenta y…

—Vos me estás mintiendo.

—¡No! Fue Enrique. Ese estúpido. Creo que lo voy a dejar.

—Vos me estás mintiendo.

—Cortala. Te juro que no, por Cristo te juro que no.

—Sos estúpido. Dejar el videograbador en manos de Enrique…

Odio a Enrique. Ese chico es un inexistente que se cree ingenioso y divertido por el simple hecho de ser gay. Apuesto que en su cabeza, en lugar de cerebro, tiene Coca Cola sin gas. Si supiera defenderme lo provocaría.

—Sí, soy un estúpido, perdoname, linda.

—No te perdono nada. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo justifico mi viaje en el trabajo?

—No sé, linda. Si querés yo voy y hablo con tu supervisora…

—Lo único que me faltaba.

—Me siento horrible, linda.

—¿Y yo? Bueno, voy a cortar porque se me termina la tarjeta, como es larga distancia los cómputos pasan volando. Estúpido… ¿Les diste de comer a Sofía, Dorothy, Rose y Blange?

—Sí, pero…

—¡Pero qué!

—Cuando vengas te explico.

—¡¿Qué hiciste, puto de mierda?!

—Creo que Dorothy se murió, linda.

—¡¿Cómo que creés?!

—Está flotando panza arriba entre los camalotes de plástico.

—Sacala inmediatamente porque va a infectar toda la pecera y se van a morir las otras. ¡Sos de terror! ¿Pagaste los gastos comunes? ¿Limpiaste la grasera? ¿No me llamó nadie? ¿No sabés si vino tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu.

Quince

Estamos sentadas con mi madre en un bar de Recoleta. Un camarógrafo, un iluminador y un sonidista rodean nuestra mesa sin dejarle paso al mozo (un chico divino con un valiente tatuaje en el pulgar de su mano derecha). Desde la mañana mi visita a Buenos Aires se ha vuelto una especie de The Truman Show tercermundista, pero ahora me siento como en The Real World. Quise ponerme algo más formal, pero el vestido de algodón que traje estaba completamente arrugado en el fondo del bolso, así que me vine de jeans (la camisa también es de jean, de jean color crudo). El mozo me trae la sacarina que le pedí y me acaricia la mano con su dedo tatuado. Pide perdón susurrándome torpemente, pero yo sé que lo hizo a propósito. De repente se ha vuelto de noche. Todas las mesas tienen velas de miel encendidas menos la nuestra, porque al iluminador se le antojó que deben estar apagadas. Deberíamos mantener una conversación natural con mi madre pero, lógicamente, no puedo; me siento rígida, como una tabla de surf, como envuelta en papel vegetal, como si estuviese recién bronceada con un factor dos. El sonidista me pide que repita lo que acabo de decir. “Yo también estoy feliz”, grito sin quitarles los ojos a las lágrimas de mi madre emocionada.

El sonidista pide silencio y ordena a una chica de la producción que espante a un gato que anda en la vuelta, intentando devorar una paloma. El sonidista no es feo, pero el mozo es más lindo. Es el más lindo de todos. El ranking es el siguiente: 1º) el mozo, 2º) el sonidista, 3º) el iluminador (aunque es un poco veterano, pero bien conservado), 4º) el camarógrafo (está un poco gordito, es cierto, ¡pero es de simpático!), 5º) el yuppie de la mesa de al lado, con cara de sietemecino no desarrollado y cuerpo esculpido, que constantemente atiende llamadas a su celular, indignando a todo el equipo y sobre todo al sonidista. El yuppie lleva Davidoff, como el setenta por ciento de los yuppies y el cincuenta por ciento de los rubios. El camarógrafo no lleva perfume. El iluminador lleva CK One, un clásico no muy original que te vuelve un tanto neutral e impersonal en las multitudes (anula toda posibilidad de éxito y no te deja propenso a grandes oportunidades), pero que funciona muy bien en ambientes laborales tensos, porque no molesta. (Se nota a la legua que el que usa el iluminador es original y no un “nuestra alternativa a CK One”.) Igual es un perfume muy trillado y bastante vulgar. ¿Qué se puede esperar de una fragancia unisex cuya finalidad empresarial es que exista un frasco en cada hogar, perfumando a todos los miembros de la familia por igual? El sonidista lleva también uno de Calvin Klein, anterior al CK One: Escape. También es un perfume vulgar a esta altura. Pensé que ya nadie lo usaba. La gente se hartó rápidamente de él, aunque es muy recomendable para los morochos intensos como el sonidista. De todos modos creo que es demasiado dulce para su rostro y esta hora del día, más aun teniendo en cuenta que es una fragancia muy perdurable y que seguramente amanecerá sintiendo en su piel ese olor tan fuerte, como de insecticida. Pobre chico. El punto a favor que le da Escape es que acentúa su aspecto masculino y su virilidad, supuestamente. El mozo (y creo que por esa razón les gana a todos) lleva Jazz, de Yves Saint Laurent, que desde 1988 no ha sido superado dignamente por ningún otro perfume masculino. Jazz es el perfume masculino que más me excita. Aplicado en la piel correcta (abstenerse pelirrojos y personas con piel traslúcida) resulta sumamente sensual y seductor. Es un perfume urbano, un tanto nostálgico, para uso casual, inspirado en cabarets parisinos, que evoca la elegancia de antros subterráneos con mucha alcurnia. Una fragancia de conquista nocturna, ideal para bolichear, para salir a bailar sin hacer cortocircuito con ambientes tóxicos, llenos de humo y aire viciado. Una fragancia muy porteña. A los chicos jóvenes, siempre y cuando estén vestidos formalmente y peinados con cierta discreción, les da un aire de madurez, pues está ideado para personas de más de treinta y cinco. Da un toque bohemio e intelectual de clase media alta, una actitud bastante demodé pero siempre oportuna, porque escapa de la media. A los nerds puede darles un poco de onda, porque es el perfume ideal para charlas divagadas de chicos que usen camisas. También sirve para aquellos que son muy flaquitos y acomplejados, pues inspira seguridad y decisión. Jazz no desentona en la vida diaria porque no cansa, el envase es cómodo (bien diseñado en blanco y negro, evocando contrastes rítmicos, teclas de piano), y sirve para cualquier estación del año. Jazz es perfecto. Es, por lejos, el mejor perfume para un heterosexual soltero que busca pasión y excesos desenfrenados. Su presencia resulta embriagadora; primero sientes lavanda, bergamota, albahaca y anís; te acercas un poco más a su piel y te encuentras con geranios, claveles, canela; cuando lo tienes cerca de tus labios, sientes sándalo en tu nariz, ámbar, tonka y lo más lujurioso: cuero. ¡Por Dios! Ese chico sabe lo que tiene puesto, porque eligió Jazz y no Live Jazz, como inconscientemente lo hacen muchos. Live Jazz es una fragancia nefasta. La única decepción que ha creado Yves Saint Laurent, supuestamente para celebrar el décimo aniversario de Jazz. No es lo mismo y no lo supera. Jazz es un perfume firme, persistente, pero Live Jazz es livianísimo, casi etéreo. Jazz es la Biblia para el hombre y Live Jazz es simplemente autoayuda, algo para sobrellevar la mediocridad. El mozo entra en la cocina y me mira tras la puerta de vidrio. Sabe perfectamente lo que estoy pensando.

El camarógrafo se empecina en tomar mi perfil derecho; debería mover mi rostro porque no me favorece, pero tenemos totalmente prohibido mirar la cámara. Ahora mi madre comienza a pedirme perdón por vigésima vez en lo que va de la tarde (ya me lo ha pedido unas setenta veces ante cámaras ayer y otras cincuenta en el hotel donde nos alojamos anoche, como ensayando para hoy). Aunque anteriormente nunca había experimentado esta situación, puedo afirmar que me siento un poco primitiva, un poco grosera. Por lo general siempre soy grosera, pero ahora más. Me siento muy grosera e introvertida, como haciendo girar una golosina demasiado dulce con la lengua. Mi madre también es grosera. Apuesto a que no sabe diferenciar el macramé del crochet. Me doy cuenta al observar los dedos enormes de sus manos, que evidencian su falta de tacto. Mi madre no me deja hablar; insaciable, apurada. Como si este encuentro fuera una especie de recompensa que debe aprender a administrar en tiempo récord y pasar a una prueba superior. Habla en tono de discusión, con una voz altísima y muletillas pueblerinas que yo había olvidado, llena de mañas verbales poco divertidas, poco predecibles para mí. No se agota, no puede aguantarse, no puede detener su monólogo. Por el momento intento acatar la situación. Dice las palabras como sin pronunciarlas, como si hasta el momento sólo hubiera usado su boca para morder, y al abrirla frente a su hija las palabras se desentumecieran después de años y se le escaparan despavoridas, por su cuenta, cual tentáculos descontrolados. Monstruoso. La miro fijo a los ojos, pero esa aparente atención es un simple acto evasivo para intimidarla, perturbarla un poquito, unos segunditos, desconcentrar sus emociones. Por suerte se dilatan mis pupilas. Vuelvo a mis adentros furiosa y me escapo al exterior radiante. “Yo también estoy feliz”, repito.

Todo el tiempo estuve pensando que había cometido un error grande en mi vida, pero no podía especificar cuál; todos son demasiado pequeños ante la enormidad de este bochorno televisado. Mi madre pide perdón nuevamente, se seca las lágrimas con su mano húmeda y trae a la mesa muchos recuerdos, muchas excusas con voz quebrada, mientras arruga una servilleta como si fuera papel higiénico. Casi no hablo, casi no la escucho. Las cámaras me inhiben. Mi madre me inhibe. No puedo parar de pestañear. Desde que estoy en esta situación estoy inhibida, no hago más que distraerme, aturdirme y evadir el momento. Es que Buenos Aires es tan linda. Le pregunto por los avances forestales en los campos tacuaremboenses.

Dieciséis

Mi madre habla de reconciliación y de recomenzar nuestra relación como si plantara chicles y germinaran.

Diecisiete

Para mi séptimo cumpleaños me regalaron un perfume Mujercitas que me duró dos veranos. Recuerdo el último capítulo de Vanessa con el halo dulce y almendrado de esa fragancia que nunca podía detenerse en mi piel. Mi pequeña fiesta comenzó más tarde de lo previsto, porque por nada del mundo podía perderme el desenlace. Fue un poco más grande que la fiesta del año anterior, con niños que yo conocía y podían regresar a sus casas a cualquier hora. En la misa de la mañana, el cura Costa pidió por mí y mi cumpleaños cuando todos estaban de pie.

No pude ver tranquila el final de Vanessa porque mi madre estaba histérica limpiando la sala, arrastrando las sillas de cármica de un lado a otro, secando el piso recién lavado con el turbo y ordenando los adornos de cerámica de la repisa sin ningún criterio. No recuerdo exactamente qué pasó, pero el perfume Mujercitas de entonces permanece en mi cerebro, reposando.

Lo que menos interesa de un teleteatro es el final.

La ayudé a cortar las pizzas.

Vanessa corría por la ciudad, en cámara lenta; sus rulos holgados se agitaban al compás de sus pasos y volvían a sus lugares como atraídos por un imán incrustado en el medio de su diminuto cerebro; giraba la cabeza hacia la cámara y nos sonreía con los labios apenas rosados, apenas abiertos, como cuando una está verdaderamente feliz. Continuaba corriendo como saltando al vacío, como trotando en la luna, como una alienígena desafiando la ley de gravedad en un territorio enemigo. Vanessa corría y yo quise correr como ella. Con las primeras amigas que llegaron a la fiesta comenzamos a correr por la vereda de casa cual Vanessa en su último capítulo. Mi madre nos miraba sonriente desde la ventana de la cocina, sosteniendo una jarra de jugo amarillo. Pensaba que jugábamos a los astronautas, pero no, todas éramos Vanessa corriendo en cámara lenta.

Llegó Carlos y se incorporó a nuestro juego. Nuestros cuerpos parecían pesar más que el de Vanessa y no lográbamos imitar exactamente aquel movimiento haragán, pausado y distendido; una vez que nuestros pies tocaban el suelo, permanecían inmóviles durante unas milésimas de segundo para dar otro paso. No era lo mismo. Parecíamos zombies borrachos bailando break-dance; éramos una versión patética de los primeros videos de Michael Jackson. El único que imitaba a Vanessa perfectamente era Carlos, que acompañaba cada paso con livianos ademanes femeninos. A mi madre no le gustó esa actitud de Carlos ante el vecindario risueño y nos ordenó que termináramos nuestro juego. Entramos. Lo primero que sirvió fue la pizza que yo había cortado.

Luego fuimos al patio. Jugamos un rato a hacer fotos de Parchís. Yo era Yolanda y Carlos era Tino. Fue un verdadero regalo de cumpleaños, pues Carlos siempre hacía de Yolanda y yo terminaba haciendo de Gema, o de alguno de aquellos rubios que nunca supe cómo se llamaban. No continuamos el juego porque sólo podíamos jugar cinco y el resto se aburría mirándonos. Pusimos un disco de Parchís y comenzamos a hacer coreografías con Carlos, pero dejamos de ser el centro de atención cuando llegaron las rubias gemelas, con sus dos trenzas duras y dos walkie-talkies. Eran de esos muy potentes que se escuchan perfectamente a cuadras de distancia.

—¡Miren lo que nos trajo nuestra madrina de Buenos Aires!

—Son dos teléfonos.

—Pero de verdad y sin cable. ¡Miren!

—Ponete más lejos… más… más…

—¡Hola! ¿Me escuchás, María Paula? Cambio.

—Sí, María Noel, te escucho. Cambio. ¿No son divinos?

—Sí —contestaron todos.

—No me gustan —contesté yo, furiosa. No podía ser que esas dos chilindrinas amaestradas arruinaran mi fiesta de esa manera, con un par de cachivaches japoneses. No me lo merecía. Quise echarlas, pero sabía que mi madre nunca echaría de nuestra casa a las hijas de una catequista.

—¿Dónde estás, María Paula? Cambio.

—Estoy en el cumpleaños de Natalia. Cambio.

Estúpidas.

Gracias a esos malditos aparatos y a esas malditas criaturas tuve un pésimo cumpleaños, del que mi memoria sólo rescata imágenes inconexas de Vanessa corriendo, respirando Mujercitas.

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131 p. 2 illustrations
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9789878473291
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