Read the book: «Mares de sangre I»
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Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-601-2
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Agradezco a Gabriel Aranda por su asesoramiento en la corrección de este manuscrito
y sus consejos para mejorarlo.
A Donnie por las bellas fotos en mi biografía.
A mi madre por apoyarme y creer en mí siempre.
Y a Andrea, por ser la primera en leer esta historia cuando aún estaba escrita en un cuaderno. A pesar de la distancia, espero que te encuentres bien y que tu vida sea muy prospera.
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Somos humanos y solemos tomar decisiones equivocadas
que repercuten en la vida de seres inocentes
causando más daño del que podemos remediar.
Las decisiones que tomamos pueden tener la mejor de nuestras intenciones.
Sin embargo, tal vez no causen el impacto positivo que esperábamos.
Ten siempre presente que toda acción tiene una consecuencia, en esta y en otras vidas.

Prólogo
Año 725; Era de Piscis, finales de la Edad de Plata.
Hace solo tres meses, Susana había dado a luz a su hijo número trece, este sería el último, sin duda, ella estaba segura de eso. Lo esperaba con ansias y cuando nació supo que su plan, por fin, podría ser concluido.
Entró en el cuarto matrimonial, percatándose de que el bebé dormía. Entonces, sacó un largo velo azul que pasó sobre su cabello, previamente recogido en un tomate, y tapó medio rostro con el nicab, mientras se miraba en el espejo. Sus ojos celestes y cabello casi rubio siempre habían causado desasosiego e intriga, hasta un poco de envidia, ya que las mujeres de su cultura poseían rasgos de origen indígena: pieles tostadas, cabellos negros o castaños oscuros. En cambio, ella era diferente: tez blanca, cabello dorado, contextura delgada y senos firmes y prominentes. Su figura era perfecta y deseable, según creía, aquello había sido el detonante de lo que le sucedió hace años, su culpa era ser diferente, pero ahora se aprovecharía de sus diferencias para terminar de una vez y para siempre con esa vida miserable que llevaba hace casi veintiún años.
Se dirigió a la cuna, donde su pequeño hijo dormía y lo levantó entre sus brazos, con una sonrisa perversa dibujada en su rostro.
—Nos vamos, pequeño engendro. —El niño bostezó entreabriendo sus ojos y mirándola con dulzura—. No lograrás nada con esa mirada, tus otros hermanos la han hecho sin conseguir que me encariñe de ellos, tú no serás la excepción.
Echó unas mantas sobre su hijo y salió de la casa. Se internó en el bosque, el cual conocía bien. Mientras caminaba, recordaba aquel oscuro y doloroso pasado que la había marcado, con el cual cargaba e intentaba sobrellevar solo para cumplir con sus más sombríos objetivos que, según pensaba, le darían la paz que tanto anhelaba.
Cuando se enteró de que estaba embarazada nuevamente, se alegró sobremanera, pero no era una felicidad sana, ni siquiera lo quería realmente, ni a los otros doce. Solo los cuidaba porque era su responsabilidad, responsabilidad impuesta por esa arcaica sociedad que la obligó a casarse con su violador.
Nadie pensó en cómo se sentía, ni en el miedo que le provocaba tal sentencia del jurado. Ella esperaba que sus padres intercedieran impidiendo ese matrimonio, pero ellos se mostraron sumamente complacidos con esa decisión, por lo que no tuvo más opción que aceptarla, a pesar de que pasó semanas encerrada en su cuarto llorando e intentó terminar con su vida tres veces, sin conseguirlo.
Después de casarse, decidió que ella viviría solo para ver a ese hombre hundido en el abismo más profundo. Sí, su vida se volcó hacia el camino de la venganza y por fin la tendría. Años esperando esta oportunidad, no la dejaría escapar, esta vez podría hacer justicia, la justicia que le habían negado hace más de veinte años atrás.
Al cabo de quince minutos llegó a su destino, tras abrirse paso por muchos arbustos y ramas caídas. Era un sector escarpado donde se encontraba una inmensa estrella de trece puntas dibujada sobre la tierra. Esta se veía imponente y diabólica.
Al tocar con el extremo de sus zapatos una de las puntas del gran astro, seis antorchas se encendieron a la vez, iluminando el lugar.
—Llegó la hora de cumplir tu destino, pequeña alimaña. —Miró a su hijo a los ojos, sonriéndole con malicia. Lo dejó en el lugar donde, segundos antes, ella pisaba—. ¡Hijos míos —gritó con voz imponente y profunda, muy segura de sí, mientras alzaba sus brazos hacia el cielo—, vengan con mami, los estoy esperando!
Una oleada de viento arremetió con fuerza, parecía que los árboles no lo resistirían. El cielo se oscureció cubriéndose con nubes grises.
Susana, mientras tanto, rellenaba con unos polvos blancos las grietas que le daban forma a la estrella. Cuando acabó con eso, sus hijos fueron apareciendo de a uno. Parecían hipnotizados, pues sus ojos estaban desorbitados.
La mujer, al verlos, miraba una punta del lucero y ellos se ubicaban en el lugar.
—Antes de comenzar, les diré que no tengo nada en vuestra contra. No tienen la culpa de haber nacido. Creo que no nacieron en la familia correcta, estas son cosas del destino. La vida es cruda y sin sentido. Lamento que ustedes sean los elegidos, pero ni modo. —Suspiró—. Sé que no me están escuchando, pero este discurso es necesario para mí. Pues falta su padre, aunque comenzaremos sin él.
Colocó sus manos sobre los hombros de su hijo mayor, Gahim.
—Me alegra que nos hayas visitado con tu familia, siento que esto termine así, no por ti, sino por tu familia, pero —cerró sus ojos y pronunció—: amrajim tuyam notlemon. —Un relámpago apareció cerca iluminando, por unos segundos, el rostro del joven—. Most beatus ram.
Un tronar de huesos retumbó y Gahim cayó arrodillado, pero manteniendo su espalda erguida, Susana sonrió y continuó con Bana, su segunda hija.
—Preciosa, tú sacaste mis encantos. Lástima, nadie los disfrutará y nunca les sacaste provecho. —Colocó sus palmas sobre los hombros de la chica—. Rosp ruor mastic ball tronar. —El cuerpo de la muchacha se inclinó hacia delante y su espalda se deformó quedando tan puntiaguda como la punta de un triángulo—: Vostar mir. —Bana cayó de bruces, chocando fuertemente su frente contra el suelo y salpicando sangre a su alrededor—. Resp run cal mir —apuntó con su índice al siguiente y este cayó despatarrado al piso—. Cost mal rip allar —pronunció mientras caminaba en dirección a su cuarta hija—: Rasp allar lun ball. —Los brazos de la chica giraron en trescientos sesenta grados quebrándosele sus huesos por completo—. Rap alap rump sssiiiip. —Ella y la chica a su lado cayeron sobre sus rodillas—. Crummulo atar eter ramp yurt siiiir rusp acatar milk rust racatal amp. —Otros dos muchachos apoyaron sus rodillas en la dura y fría tierra impactando sus frentes contra ella y quedando con sus espaldas partidas a la mitad, por lo que sus cuerpos formaban un perfecto triángulo, mientras su líquido vital se deslizaba por el suelo—. Acazio richort roper tak siiip yu.
Otro relámpago acompañado de un trueno iluminó los rostros de tres chicas, a estas se les salieron las costillas de su lugar tensando sus vientres con las puntas de aquellos huesos astillados, obligándolas a caer hacia atrás, quedando en la posición de un perfecto triángulo rectángulo.
—Ripchips laskar rum lark zaaasssp. —Un niño, de unos nueve años, abrió su boca al máximo y se llevó las manos al cuello—. Losco rap arrar lissss. —El chico comenzó a asfixiarse con su lengua—. Ritchi last.
Susana estaba un poco molesta porque se demoraba en perder el conocimiento, así que alzó su palma derecha y la movió como si estuviera limpiando un vidrio con un paño, entonces el muchacho volvió a respirar
—Serás uno de los otros, acaaaar. —Cayó sobre sus rodillas, acto seguido, los huesos de sus piernas se hicieron polvo—: Crak ajar.
Se colocó tras dos de sus hijos, con sus manos en uno de los hombros de cada uno y prosiguió:
—Rash rump look more risp lastik mool, acazio cavenz. —La chica fue la primera en caer arrodillada—. Luyp wik. —Los huesos de su penúltimo hijo se desintegraron, quedando solo una masa de carne y ropas sobre el piso.
Susana caminó lentamente hacia el bultito, del cual salían unas manitas pequeñas que jugueteaban entre sí, aplaudiendo.
—¿A qué juegas? —preguntó sonriéndole desde arriba—: Ahora viene tu turno. —Sacó una navaja—. ¿Quieres jugar con ella?
El bebé, feliz y sonriente, alzaba sus manos, la mujer le entregó el arma desde el filo, por lo que, al instante, se hizo heridas en sus palmas y comenzó a llorar escandalosamente.
—Ay, te heriste, qué pena. —Lo volteó haciendo que sus manos ensangrentadas ensuciaran la punta de esa estrella dibujada sobre el suelo—. ¡Deja de llorar! ¡Yaaaaa, cállate! —El niño lloraba incesante—. ¡Me tienen harta tus lamentos, no sabes otra cosa que llorar, al igual que tus hermanos cuando tenían tu edad, patéticos! Pensar que a mis quince años tuve que cuidar de Gahim y soportar los abusos de tu padre, pero eso se acaba hoy.
Levantó la daga y se la hundió en la espalda, el bebé, al instante, dejó de llorar y la sangre chorreó hasta traspasar las marcas blancas del astro dibujado en la tierra. Retiró el cuchillo y procedió a cortarles el cuello al niño y a la niña que permanecían arrodillados a su lado, estos cayeron sin vida manchando de rojo el interior de la estrella. Prosiguió degollando a sus otros hijos hasta concluir con Gahim.
— Capítulo 1 —
Batalla perdida
Marzo de 1820, Era de Piscis, comienzos de la Edad de Bronce.
A la luz del crepúsculo, un grupo de veinte féminas aparecieron en la linde de un bosque con el objetivo de reconocer el lugar antes de iniciar con la redada programada por su comandante. Mientras se separaban en grupos de dos personas internándose entre la vegetación trotando, dos mujeres, cubiertas por un ajustado traje de dos piezas de color verde oscuro, se detuvieron entre unas araucarias, justo cuando el viento agitaba unas ramas haciéndoles prestar atención a aquel movimiento. Tras un suspiro de alivio de la señora más alta, cuyo cabello era de un rubio casi blanco, el comunicador que mantenía ajustado bajo su hombro izquierdo sonó escuchándose una voz femenina pidiendo instrucciones.
—¡Vamos, a desplegarse! —ordenó la señora rubia, quien estaba al mando de la operación, tocando el botón del transmisor—. ¡Vamos! ¡Apresúrense! ¡Todas a sus puestos!
—Epitafia —le habló una mujer de candentes y carnosos labios rojos, ojos color miel y cabello castaño ceniza recogido en un tomate—. Sinceramente, siento que esto será una masacre en nuestra contra.
—Alma. —Volteó, colocando una mano sobre el hombro izquierdo de su interlocutora—. Es por el bien de nuestra familia.
—Pero para esto debimos pedir ayuda a los de la Estrella.
—Sabes perfectamente que no trabajamos con traidores.
—Pero ellos…
—Las normas de nuestra institución, y de todo el mundo esotérico, son claras. Eso lo tienes más que estudiado.
—Pero este despliegue no nos corresponde a nosotros como CPCE, quizás a la GUINDILLA le competería este caso.
—Sabes perfectamente que es personal, es algo que como familia debemos resolver.
—¡Pero tenemos hijas! —le recordó Alma—. Tú tienes a Esmeralis y yo a Luzbella…
—Mientras ella siga libre, nuestras familias estarán en grave peligro, y lo sabes.
—Todo listo. —Se escuchó la voz de otra mujer a través de un artefacto que permanecía fijo en el hombro derecho de Epitafia—. Esperando instrucciones.
—Enterado —contestó—. Todas, colóquense el fono y desactiven el Toc.
—Estás arriesgando a gente que nada tiene que ver con nuestra maldición al usar contingente de una institución gubernamental. Si algo sale mal, serás destituida o, peor, te desterrarán.
—Eso no sucederá, Alma. —Le sonrió carismática—. Tengo mis influencias.
—Código rojo. —Escucharon un susurro en el oído.
—Ha llegado —murmuró escondiéndose tras unos arbustos, seguida de su acompañante—. Ahí estás —gruñó Epitafia entre dientes.
Una mujer de cabello negro, sumamente descuidado, de tez morena, delgada, cubierta por un vestido largo de color marrón, un tanto deshilachado al final de la falda, aparecía ante sus ojos a una distancia considerable.
—Maldita, muestra tu verdadero rostro.
La apuntó con sus dedos: índice y medio, levantando el pulgar hacia arriba. De ellos salió una luz blanca que le pegó a la recién llegada en pleno pecho. Levantándola unos centímetros del suelo por unos segundos, hasta que, al caer, su aspecto cambió al de una joven rubia y de tez blanca.
—¡Ataquen, ahora! —ordenó Epitafia.
En ese instante, miles de luces comenzaron a salir de distintos puntos del bosque en dirección a la joven rubia, la cual se limitó a recibir aquellos hechizos, moviéndose de un lado al otro sobre el suelo.
—Esto no está bien —repuso Alma—. No puede ser tan fácil.
—Está desprevenida.
—No.
Alma recordó su sueño premonitorio en el que todas debían huir y muchas morían entre los colmillos de vampiros que caían sobre ellas.
—¡Pero mírala! —Reía divertida, apuntando hacia la rubia caída—. Si no puede defenderse. —Tocó el artefacto que tenía en su oreja derecha y ordenó—: Captúrenla, ahora.
Las luces se oscurecieron envolviendo a la mujer en una bola de energía negra y cuando esta se disipó, estaba totalmente inmovilizada, con sus brazos extendidos hacia su espalda y arrodillada sobre el suelo.
—¡Vamos!
Epitafia se trasladó reapareciendo junto a la prisionera.
—¿Qué tal, Portadora del Conocimiento? —se burló—. ¿No que eras tan poderosa? ¿Cómo no pudiste contra nosotras?
La aludida sonrió y su rostro se ensombreció en una mueca maléfica. Sus ojos azules cambiaron a un rojo intenso. Acto seguido, pegó una sonora carcajada que retumbó en el bosque, provocando que a todas se les erizara la piel.
—No sabes con quién te metes, Epitafia.
—Pues no sabes con quién te metes tú ahora.
—Por supuesto que lo sé —pronunció sin dejar de sonreír—. Toda tu casta está maldita, maldita por mí. Dime: ¿qué piensas hacerme si sabes que soy inmortal?
—Una tortura eterna no te vendría mal.
La capturada pegó otra carcajada.
—¿De qué te ríes?
—De lo estúpida que eres al pensar que puedes contra mí.
—Pues estás sometida.
—No por mucho.
—No seas ridícula. —Tocó el artefacto ubicado en su oreja—. Todo listo.
—Y, además, crees que vine sola.
Epitafia escuchó cómo su equipo se desplegaba, a la vez que comenzaban a verse miles de luces en distintas direcciones. Pronto, por el fono y por el Toc, escucharon muchos llamados de auxilio de sus subordinadas.
Al voltear, vio que el artefacto en que estaba inmovilizada la prisionera se resquebrajaba y, antes de que pudiera reaccionar, una luz que salía de aquellas grietas la tiró lejos producto de una onda expansiva.
—¡Epitafia! ¿Dónde estás? —pronunciaba la mujer con voz infantil—. No te escondas, ven aquí, pequeña.
La aludida salió de entre unas matas sumamente enojada. Lanzándole estacas sin control.
Mientras la otra reía divertida, esquivándolas con soltura.
—Te gusta jugar, pequeña —siseó, con voz infantil—. ¿Podrías darme tu mejor tiro? ¡Ops! —Esquivó un chorro de verbena—. Mm…. Veo que no tienes nada mejor, es una lástima. Ahora es mi turno.
Alzó sus brazos con sus palmas extendidas hacia el cielo y ante ellas arremetió un viento huracanado seguido de un relámpago.
—Por mi parte no habrá más juegos. —Esa afirmación sonó terriblemente amenazante—. Prepárate para tu fin.
Golpeó el suelo con su puño y la tierra comenzó a moverse, haciendo que algunos árboles se salieran de raíz, cayendo a su alrededor.
Epitafia había comenzado a retroceder debido a que el suelo se agrietaba, por ello, no pudo percatarse de que las ramas de unos árboles cercanos se movían intentando alcanzarla. Estas consiguieron su objetivo y en pocos segundos la tenían fuertemente atada de pies y manos.
La rubia sonrió y su aspecto cambió a aquel con que había sido vista por primera vez en ese lugar.
—Eres muy ingenua —dijo mientras se acercaba con el sigilo propio de un depredador antes de tirarse sobre su presa—. Ahora tendrás el mismo fin horrible que todas las de tu casta han tenido cuando se enfrentaron a mí.
En ese momento un fuerte viento lanzó a la morena un trecho, hasta que su espalda chocó con el tronco de un árbol y este la aprisionó entre sus ramas.
—Eso no sucederá hoy, Susana —le gritó Alma, apareciendo de entre unos arbustos—. Hoy tu reinado de maldad se acabará.
—Descendiente de Carlos Castilla. —La prisionera pegó una sonora carcajada—. No me esperaba menos de ti, usando a los Elementarios contra mí, ¿qué diría tu bisabuelo?
Alma crispó los dedos de su mano derecha y de la boca de Susana comenzó a salir sangre. Pero antes de que pudiera continuar atacándola, un puntazo en su cabeza, junto a un mareo repentino le hizo perder el contacto visual y caer de rodillas al piso exhausta.
Esto aprovechó Susana para volver al piso.
—¿Sabes, querida? —dijo levantando a su atacante del cabello—. Esta vez te daré ventaja, solo porque me caíste bien y tienes talento.
La empujó, haciendo que resbalara por el suelo un trecho. Alma, al levantar la mirada, vio a la mujer amenazándola con sus colmillos, su rostro estaba desfigurado en una mueca macabra y bajo sus ojos se le marcaban unas negras venas que le daban un toque espectral.
—Corre por tu vida —susurró sin dejar de mostrar sus colmillos—. Sé que estás agotada y no podrás usar tu magia sin esto. —Mostró una varita—. Ahora, corre, antes de que me arrepienta de darte esta oportunidad.
Alma miró a Epitafia, quien aún permanecía atada, esta le movió su cabeza de forma afirmativa.
—¡Alma! —le gritó desde las alturas—. ¡Huye!
Entonces se paró y echó a correr por las sendas del bosque. No podía creer que teniendo el poder para desatar a su prima, no lo hizo, ¿cómo lo olvidó? Si lo hubiese hecho, podrían haber luchado juntas, pero sus ansias de poder le cegaron haciéndole creer que ella sola podía enfrentarse a Susana. Gran error.
Mientras corría, se encontraba con los cuerpos inertes, tirados sobre el suelo, de sus colegas. Sabía que esto ocurriría, se lo dijo a Epitafia, le contó su premonición, pero ella, obstinada, no la escuchó y ahora pagaban por su tozudez.
Pronto, escuchó una risa infantil que salía de entre los árboles, sintió que la observaban y perseguían, pero no lograba ver a nadie.
En ese instante, su adrenalina estaba al máximo y pudo sentir el cosquilleo de la magia subiendo por su columna vertebral, hasta llegar a la punta de los dedos de sus manos. Justo en ese momento, Susana le cayó encima, hundiéndole sus colmillos en el lado izquierdo de su cuello, sintiendo una succión, seguida de un dolor intenso y quemante en todo su cuerpo.
«No te resistas —escuchó en su mente—, solo así dejará de doler».
Alma pegó un grito desgarrador y su atacante salió disparada en dirección opuesta con una estaca clavada en su pecho.
Ella se levantó, tocándose el lado herido con la palma de su mano derecha.
—¡No te lo permitiré! —chilló enojada.
—¿Y qué harás? —Susana se levantaba con la estaca aún clavada en su pecho—. ¡Invocar nuevamente a los Elementarios! —Rio, alzando sus brazos—. No me hagas reír, ambas sabemos que eso te debilita.
—¡Ah!
Alma dio un paso al frente, apoyando su peso en la pierna que dejó atrás y extendió ambos brazos con sus palmas abiertas. Haciendo que la vampira quedara en medio de un remolino de tierra.
«No me hagas reír —escuchó en su mente—, esto es una cosquilla para mí».
El viento se disipó y la vampira no estaba por ningún lado.
De pronto, percibió unos brazos que la sostenían con fuerza desde atrás, seguido de una mano tapándole su boca, junto a algo dulce y quemante bajando por su garganta.
—No más juegos, Almita, querida.
Dicho esto, le dobló el cuello, dejando caer su cuerpo sobre el piso.
—Ar, llévatela —le ordenó a uno de sus secuaces vampiros. El cual acababa de descender a su lado.
— Capítulo 2 —
Corazón herido en reconstrucción
Una niña de cabello castaño rizado, tez blanca y ojos azules se levantaba de su cama y, sosteniendo un oso de peluche en una de sus manos, salía de su habitación, caminando por un largo pasillo hasta llegar al comedor de la casa, en donde se encontraba un hombre sentado en una silla sosteniendo su cabeza con ambas manos, mientras se balanceaba sobre sí mismo.
—Déjame en paz, déjame en paz —repetía en un susurro—. No lo haré, no...
—Papá, ¿cuándo regresará mamá? —le preguntó con su voz infantil—. La extraño.
Al escucharla, el sujeto la miró y toda su angustia desapareció.
—Luz, querida. —Le sonrió—. Tu madre volverá pronto.
—La extraño —aseguró—. Ya lleva mucho tiempo sin regresar.
El hombre se acuclilló a su lado.
—Querida, mamá, tenía unos asuntos que resolver, pero, desde donde esté —la abrazó—, sé que nos ve y jamás te olvidará.
La levantó entre sus brazos, retomando el camino de regreso a su cuarto.
—Ahora, debes dormir.
—Pero mamá…
—Mañana vendrán tus tíos, así que debes dormir para que puedas recibirlos de buena manera, ¿entiendes?
En ese momento la arropaba bajo las mantas de la cama. Seguido de un beso en la frente.
—Duerme, cariño —le sonrió—, todo estará bien.
—No me dejes. —Lo retuvo desde una mano, cuando él le daba la espalda—. No quiero estar sola. Me hace falta mamá, ¿a ti no, papá?
—Por supuesto, cariño. —Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro—. También la extraño.
La niña comenzó a llorar.
—No, no cariño. —Le secó las lágrimas con sus dedos—. No llores. —La abrazó—. ¿Sabes?, esta noche me quedaré contigo, tranquila.
Se acomodó en un espacio del lecho, mientras la consolaba, acariciándole su cabello con una mano y con la otra la retenía en un abrazo.
Al día siguiente, apenas Luzbella despertó, buscó a su padre con la mirada por toda la habitación sin encontrarlo. Entonces, se levantó y en el pasillo fue interceptada por una mujer de aspecto juvenil que solo tenía delineados los párpados con un fina línea negra y sus tupidas pestañas encrespadas le daban un toque sofisticado a sus pupilas color miel, sus labios eran de un rojo intenso y combinaban con sus pómulos siempre rosados y su nariz celestial. Su cabello negro azabache era de un liso perfecto y brillante. Esta, al verla, se le acercó y la levantó entre sus brazos, llevándola de regreso al cuarto.
—Tía, ¿qué sucede? ¿Dónde está papá?
La mujer solo la miraba con un deje de tristeza y preocupación, sin articular palabra alguna.
«1 de enero de 1825:
Desde que mi madre nos dejó, mi vida cambió radicalmente. Mi padre no soportó su abandono y terminó bajo tierra en poco tiempo.
Aún no logro comprender las razones, por las cuales me dejó sola si él sabía que era la persona más importante en mi vida. Estoy segura de que juntos podríamos haber salido adelante, si tan solo no se hubiera cerrado en sí mismo, pero él decidió eso, yo era muy pequeña y no entendía mucho lo que sucedía.
Desde ese momento y hasta ahora he vivido con mis padrinos. En un inicio, tío Manuel me aceptaba por completo, o al menos eso parecía, pero creo que siempre me ha tenido recelo, hasta el punto de descubrir mi verdad, la realidad que mi tía Marcia le ha ocultado por temor a su rechazo.
¡Hoy es ese día espantoso!; si supieras el caos que se ha formado en casa. La reacción de mi tío no fue la esperada, solo se quedó sentado, sin pestañear, no movía un músculo mientras mi tía lloraba. No supe qué hacer y aún no sé cómo enmendar este problema. Me siento horrible porque entiendo que esta situación es absolutamente culpa mía. Por mi causa este matrimonio se ha ido desarmando y no quiero que se rompa definitivamente, por lo que me siento en la obligación de hacer algo, el problema es que no sé qué...».
«2 de enero de 1825:
Día nefasto, la tensión se deja sentir en todo su esplendor. Don Manuel no nos dirige la palabra, es como si no existiéramos para él, eso duele, pero, de igual modo, lo comprendo ¿quién es capaz de soportar esta verdad? En estos tiempos es un completo tabú y si él me acusa a la Santa Inquisición terminaré en la hoguera, estoy completamente en sus manos».
—Luz, mi vida, ¿qué haces despierta a esta hora? —Marcia acababa de entrar en la habitación, cerrando la puerta al instante—. Creo que no es buena idea escribir sobre lo sucedido.
—Tía —dijo la niña abrazándola—, lo siento, en verdad, me siento terrible por todo esto. Desde que llegué a este hogar, sus vidas han ido empeorando.
—No, no te culpes. —Sonrió, separándola de sí—. Este matrimonio ya venía en picada desde mucho antes que llegaras. —Le acarició el cabello—. Luzbellita, eres mi única sobrina y, por tanto, debo velar por tu seguridad; si Manuel te delata, no dudaré en esconderte, eres muy pequeña para vivir tantas atrocidades en tan poco tiempo. —Suspiró—. En verdad, lo siento, pero el que no hayas podido controlar tus poderes hizo que sospechara y, como ves, lo descubrió —prosiguió al ver la cara de reproche en su sobrina—. No es tu culpa, sé que esos dones, con mucha práctica, se logran controlar y yo no soy, precisamente, la persona adecuada para enseñarte. Ese fue el problema, confiemos en el buen criterio de Manuel.
—Desearía que mamá estuviera aquí —lloriqueó Luzbella—, ¿por qué se fue?, ¿por qué no regresa?, ¿por qué nos abandonó?
—Mi pequeña, ella no te abandonó —la recostó bajo las mantas de la cama— y esté donde esté, estoy segura de que te recuerda y cuida. Por los motivos que se haya ido no debes juzgarla, ya que doy fe de cuánto te quería; el dejarte debe haber sido muy doloroso para ella.
Cuando logró tranquilizar a su sobrina, consiguiendo que se durmiera, se retiró a sus aposentos, al entrar encontró a su esposo mirando por la ventana. Entonces contempló aquel pálido rostro alargado de nariz griega y profundas pupilas grises con destellos azules que le habían cautivado el día en que se conocieron. En esos años su cabello negro estaba más largo y ondulado, ahora, en cambio, lo mantenía recortado al casco. Suspiró, recordando con añoranza ese primer encuentro con Manuel que le había parecido tan raro, pero a la vez incitante al sentir esa conexión especial a primera vista, mejor dicho a primer encuentro con el suelo, ya que ambos eran muy torpes en ese tiempo.
—Marcia —la llamó, sin mirarla, pues contemplaba la luna amarillenta que se dibujaba en lo alto del cielo—, esa niña ha destruido nuestras vidas.
—No la culpes, ella no es la responsable —resolló con seguridad—; no nos veamos la suerte entre gitanos, sabes bien que es debido a que no soy fértil.
—¡Marcia! —exclamó escandalizado, mirándola al instante—, sabes perfectamente que aun así te acepté.
—De igual modo, sé que pretendías terminar este matrimonio antes de que Luzbella llegara a nuestras vidas —apuntó firmemente—. Admite que lo pensaste, ¡vamos!, si todo hombre quiere perpetuar su apellido y con una mujer seca como yo, no se tiene futuro.
—¡Marcia, basta! —levantó el tono de su voz—. Yo me casé contigo porque te amaba, sabes que no fue un arreglo entre familias, como es la costumbre. No deberías siquiera dudar de mi amor.
—Pero ¿y ahora? —preguntó la mujer inquieta, como esperando una respuesta negativa—, ¿aún me pertenece tu amor?
—Marcia —susurró con ternura extendiéndole una mano—, a pesar de esto y de todo lo que pueda suceder, te seguiré amando. Nuestro matrimonio terminará cuando nuestras vidas juntos sean intolerables y eso no ha sucedido, ¿o sí?
—No —contestó, aceptándole aquella mano—, entonces, ¿qué pasará con mi niña?
—Lo he pensado mucho —la abrazó—, se quedará en esta casa hasta el día en que contraiga matrimonio.
—¡Oh! —Lo abrazó con fuerza, mientras unas lágrimas resbalaban por sus mejillas—. Gracias, muchas gracias.
—Sé lo que significa esa niña para ti, si hiciera lo correcto, te haría sufrir enormemente —le acarició el cabello con los dedos— y te amo demasiado, además, no soy tan ruin.
«3 de enero 1825 3:15 de la mañana:
Fingí estar dormida para que mi tía se retirara, ya que quería estar sola, pero la verdad es que la soledad me mata. Por otro lado, no puedo dormir, ya que el solo hecho de pensar en mi futuro, me espanta.
Ojalá don Manuel tenga compasión de mí, ruego al cielo que esto se solucione pronto y no me vea cocinada en las brasas de una hoguera.
4:20 de la mañana
Necesito compañía, estoy sola y no puedo parar de llorar. Si estuviera mi madre aquí todo sería distinto, ya casi ni recuerdo cómo eran sus facciones, ¿qué será de ella?, ¿por qué me abandonó?
En verdad la necesito, jamás pensé que me haría tanta falta. ¡Mamá, por favor, regresa! Ya no soporto esta vida miserable y estoy segura de que, si estuvieras aquí, las cosas serían completamente diferentes. Siempre he necesitado comprensión, la cual me ha entregado tía Marcia, pero duele tanto no tener amigos, en este nuevo colegio soy un bicho raro, por lo que nadie quiere estar conmigo.
El cambio a esta nueva vida ha sido, en verdad, doloroso, pues perdí a todos mis amigos. Me duele pensar que estoy sola sin un confidente, un amigo fiel que me dé consejos y ánimo para seguir adelante. Han sido cinco mugrosos años de rechazo, ¡cuánto duele! Ojalá algún día vuelva a hablar con Roberto, la última vez que lo vi fue en el funeral de mi padre».
Cerró su diario, dejando la pluma sobre la contratapa. Pegó un suspiro sentándose sobre la cama.
No sabía qué hacer, quería gritar, correr y reprocharle al fantasma de su madre todo este sufrimiento vivido desde que ella se había marchado sin decir por qué. Se secó las lágrimas con la manga de su chaleco, confundida, sin pensar en lo que hacía, abrió el ventanal que estaba frente a su cama y se tiró al vacío. No le era posible ver, solo sentía el roce del frío viento de la madrugada azotándole en el rostro. Algo amortiguó su caída, parecían brazos, pero pronto se vio sentada en el suelo sobre hojas secas. Levantó su mirada, se puso en pie y corrió sin rumbo por el campo, sin darse cuenta de que había salido de los límites de la hacienda. Cayó de rodillas cubriéndose el rostro con sus manos, llorando profundamente por largo rato, hasta que las lágrimas convulsionantes cesaron. Entonces se sentó abrazando sus piernas y viendo un lago frente a sí.
—¿¡Por qué me abandonaste, por qué!? —gritó enojada—, ¿no pensaste en que algún día te necesitaría? ¡Lo único que sé de ti es tu nombre: Alma! Dime qué tienes de alma si te fuiste sin pensar en tu hija; ¡no sabes cuánto he sufrido sin ti!
«8:05 de la mañana
No sé cómo volví, pero ya estoy aquí y me siento mucho mejor. Creo que me desahogué bastante gritándole a la inmensidad de la noche solitaria y fría, por lejos fue lo mejor que pude hacer. Me siento reanimada, estas palabras, en verdad, me ahogaban, por ello, deseaba sacarlas de mí.... ahora me siento aliviada, completamente libre. Esta es una sensación muy extraña, pero me gusta».
—Mi niña —golpeó la puerta, Marcia—, el desayuno está servido.
—Ya voy, tía —anunció Luzbella, guardando su diario en el cajón del velador—, bajo enseguida. No se preocupe, estoy bien.
¿Por qué dijo eso si no se lo había preguntado? Escuchó los pasos de la mujer perdiéndose por el pasillo.
Abrió la puerta del cuarto y se dirigió al comedor, donde encontró a sus tíos sentados alrededor de la mesa esperándola, eso no era normal.
—Luzbella, toma asiento —le ordenó Manuel, ella obedeció un tanto nerviosa—, las cosas en esta casa cambiarán para ti. Lo he meditado mucho y creo que lo mejor será que no asistas más a esa escuela.
—¿¡Qué!? —saltó Marcia—, ¿cómo puedes decir eso?, ¡ella debe instruirse!... ¿en qué estás pensando?
—Déjame continuar, por favor —intervino el hombre pacientemente—. Es un riesgo que sigas en ese colegio, pues en cualquier momento pueden descubrir tu condición anormal, así que, desde mañana, tendrás un maestro que vendrá a instruirte personalmente, ¿entiendes? —la niña asintió, esto era lo que menos había esperado—. Solo te pediré que intentes ser normal frente a él, nada de magia o esas cosas raras que haces.
—¿Eso quiere decir que permaneceré en esta casa? —repuso ella, Manuel asintió—. ¡Gracias, tío!
—Desde hoy dejo de ser tu tío —espetó con firmeza—, dime señor, solo en público deberé soportar que me digas de ese modo, pero entre nos no lo toleraré.
El desayuno estuvo un tanto tenso, pero digerible. Don Manuel se retiró a los campos de su propiedad, mientras Marcia, un tanto nerviosa, continuó su merienda acompañada de su sobrina.
—Luz, querida —habló de pronto—, prometo buscarte ayuda. En estos lugares siempre existen personas con tus capacidades.
—Lo único que he visto en estos cinco años es gente que tiene miedo a cualquier cosa —contestó sin ganas Luzbella—. Miedo a la Santa Inquisición, miedo a ser tachado extraño y, por tanto, peligroso para el prójimo. ¿Qué sociedad han construido? De lo poco que recuerdo de mi antigua vida, me doy cuenta de la diferencia entre los dos mundos; allá la paz reina, existe el respeto a las diferencias y nadie se esconde, no existe el temor, ni las súper reglas impuestas.
—Mi niña, me habría fascinado ser como mi hermana, pero nací no esotérica, como eran algunas de nuestras ancestras —recordó Marcia—. Siempre soñé ser como ella, pero debí conformarme con esta vida y no puedo hacer otra cosa que aceptarla. Entiendo tu postura, el problema es que esta sociedad ya se construyó así y deberán pasar siglos para que se produzca un cambio de mentalidad. En verdad, desearía que fuera distinto, pero no es posible, lo que debes tener presente es que siempre te protegeré, así que debes tenerme confianza. Puedo ser tu amiga, solo te pido que confíes en mí.
Al día siguiente, después del desayuno, Manuel les presentó al nuevo maestro de la niña. Era un hombre de estatura promedio, cabello negro rizado bien recortado sobre su casco, tez blanca y unos candentes ojos verde agua, vestía con una capa larga hasta el piso.
—Él es don Clemente Mayola, maestro de Humanidades —lo presentó ante las mujeres, después de saludarlo con calidez—. Espero que mi sobrina no se transforme en una molestia para usted, confío en que se comporte. Cualquier inconveniente me lo hace saber.
—¡Cómo no, señor Ribbleton! —convino Clemente cortésmente—. Estoy seguro de que su sobrina es educada, ¿cierto? —la chica asintió, seguido de una reverencia—. Bien, pues, ¿en qué lugar de este hogar tendré el honor de instruirla?
—Acompáñeme —indicó Manuel, guiándolo por el pasillo del vestíbulo a una salita a un lado de la chimenea.
—Manuel no lo sabe —le susurró a su sobrina—, pero me alegra que sea él quien te enseñe.
—¿Por qué? —se extrañó Luzbella.
—Reconozco ese atuendo en cuanto lo veo, no creo estar tan equivocada —murmuró para sí, luego se dirigió a la niña—. Él es como tú, debemos intentar descubrirlo, tal vez de ese modo te pueda ayudar.
La muchacha pasó toda la mañana aprendiendo sobre Ciencias de la Naturaleza, Historia y Castellano sin ningún acontecimiento inusual.
Se tomaron un receso a la hora del almuerzo. Posteriormente, continuaron con Matemáticas, Lengua Fronceisa y Música.
De ese modo, pasaron los meses, ella aprendió con rapidez a tocar el piano y la flauta, más aún la Lengua Fronceisa la dominaba a la perfección y habían comenzado el estudio del Angleish, pero no todo era tan perfecto, ya que en estos seis meses habían sucedido acontecimientos extraños alrededor de Luzbella y el profesor se había percatado de ellos, sin decir una palabra. Cada día eran más notorios, comenzando con una lámpara que volaba, hasta prenderse todas las velas de la sala de música.
—Lo siento, don Clemente —se disculpó Marcia, al ver que las velas se habían encendido solas—, no sé cómo explicarle esto.
—Pequeña, puedes retirarte, por favor. —Miró a su pupila sonriéndole, esta obedeció al instante—. Señora Ribbleton —se puso en pie—, no finja más. La niña es una esoterista; usted y su marido lo saben y han estado protegiéndola, por eso me contrataron. No querían exponerla más a las miradas inquisidoras de sus conocidos. —La miró directamente a los ojos—. Si la Santa Inquisición se entera, no solo ella será enjuiciada, ¿lo sabe? —Marcia incómoda asintió—. Por otro lado, esto quedará entre nos —le sonrió—, tengo quien puede ayudarla, solo necesito su permiso para comenzar.
—Mi marido no puede enterarse —sentenció la mujer—. Él no estará de acuerdo y, por otro lado, ella lo necesita, si no aprende a controlarlos, terminará muy mal.
—Hablaré con su marido personalmente —repuso Clemente— y le explicaré que necesito sacarla de esta casa por unas clases prácticas. No se preocupe, confíe en mí.
«10 de junio de 1825:
Hoy, don Clemente vio cómo se encendieron las velas solas y creo que con este hecho corroboró sus sospechas sobre mi condición. En verdad, espero no estar nuevamente en peligro de muerte. Ojalá, mi tía pueda hacer algo».
—Hoy tendremos clases prácticas —anunció el profesor a su pupila, cuando la tuvo frente a él, junto a la puerta de salida—. No te preocupes, ya hablé con vuestro tío y dio su consentimiento.
—¿Adónde iremos? —preguntó sin preámbulos, mirando a su tía preocupada.
—Confía en él —asintió Marcia—. Tranquila, irás al lugar donde debes estar en estos momentos.
Salieron de la casa sin hablar, Luzbella, aún asustada, caminaba tras del hombre. Se adentraron en el bosque, pasaron por el lago de sus desahogos. Pronto el camino cambió radicalmente, ya que aparecieron unos hongos de metro y medio, era un paraje salvaje, pero bello y bien cuidado. Por allí revoloteaban, unas diminutas mujeres con alas, a gran velocidad.
—¿Qué son —preguntó la niña— esas mujeres voladoras?
—Yo no las veo —apuntó divertido el hombre—, solo tú puedes verlas en este momento, son hadas.
—Clemente, ¿traes a la niña? —le preguntó un hombrecillo que no medía más de un metro de altura. Poseía cabello plateado alrededor de su cabeza, dejando una calva en medio, su rostro era tosco con una nariz ganchuda, labios delgados, ojos verdes y saltones y tez marrón clara. Vestía pantalón color crema, camisa amarillenta, saco verde oscuro y zapatos cafés impregnados de tierra—. Hola, ¿tú eres Luzbella? —preguntó al verla.
—Sí —respondió—, soy yo.
—Él, es Wilkin —anunció Clemente—: gnomo jefe.
—Gracias, pero no necesito de presentaciones. —Miró enojado al hombre—. Muchacha, ¿qué miras tanto?
—Esas hadas —sonrió mirando a las mujercillas aladas—, nunca las había visto.
—Eso quiere decir que eres una niña esotérica, nada especial —apuntó malhumorado el gnomo—. Ahora debemos comenzar tu instrucción.
—Volveré en unas cinco horas más. —Se dirigió a la niña—. Vuestro tío os quiere de regreso antes de las seis de la tarde.
—Para controlar tus poderes —comenzó Will, cuando Clemente se retiró— debes concentrar todas tus energías y lanzadlas con la ayuda de esto. —Le tendió una fina vara de color marrón con diseños de estrellas—. Es una varita, con ella podrás hacer hechizos, en un futuro no la necesitarás, pero para todo comienzo es necesaria, puesto que aún no tienes la capacidad de dominar tus energías. Este instrumento te será muy útil y es de vital importancia que lo lleves siempre contigo, de ese modo, te familiarizarás con ella.
—Y ¿cómo concentraré toda mi magia en esto? —preguntó con la vara en su mano derecha.
—Con práctica —respondió—. Tómala por el mango y apunta a aquella piedra, ¿lista? —ella asintió—, ahora concentra tu mirada en la punta del artefacto. —Luz obedeció—. Imagina a la piedra flotando unos centímetros sobre el suelo, ¿lo ves? —volvió a asentir—, piensa que eso es posible, ten fe, como si estuviera pasando en la realidad, ¿comprendes, lo sientes? —De la punta salió una luz blanquecina que iluminó a la roca hasta hacerla trastabillar, pero no se levantó ni un poco—. Nada mal para ser tu primer intento, tienes potencial. Vamos, hazlo nuevamente. —Después de cinco fallidos intentos, la piedra se levantó por unos segundos cayendo de golpe al piso—. Ahora debes mantenerla en el aire.
En esas cinco horas logró dominar el hechizo, manteniéndola y moviéndola por el aire.
—¡Genial, excelente! —celebraba el gnomo, mientras Luz caminaba con la vara en alto dirigiendo la piedra que se mantenía elevada—. En círculos, ¿podrás? —Agitó su varita en círculos y el objeto volador se movió de la misma forma—. Haz que descienda despacio.
—Ha progresado bastante, señorita —dijo Clemente al ver como la piedra se posaba suavemente sobre el césped—. Mañana seguirás con las lecciones. Will. —Saludó sacándose el sombrero—. Vayámonos, señorita Luzbella.
—Claro. —Sonrió, aproximándosele—. Gracias por todo, señor Wilkin.
Así pasaron los días, semanas y meses, en los cuales la aprendiz practicó miles de encantamientos guiados por el gnomo Wilkin, quien se convirtió, en más que un maestro, su amigo y confidente. Esta relación de complicidad hizo que Luzbella se sintiera por primera vez en mucho tiempo: querida, respetada y escuchada. Mientras compartía en los descansos con otros chicos que eran instruidos por diferentes gnomos. Sin embargo, no tuvo una mayor afinidad con ninguno de sus compañeros como para considerarlos amigos o tan cercanos como lo era su maestro. Además, el hecho de ser la única alumna de Will la hacía diferente y muchas veces sintió que sus compañeros no la aceptaban del todo.
—Bueno, estimada pupila —decía Will—. Hoy es tu última lección, pero esto no es una despedida, pues puedes venir a visitarme cuando quieras, siempre habrá un espacio para ti en este lugar.
»Además, en un año más deberás volver para seguir practicando antes de que ingreses a una academia esotérica —recordó Blokin.
—¿Academia esotérica? —se extrañó Luzbella—, ¿dónde y cuándo?
—Así será —se inmiscuyó Blokin—, cuando usted cumpla quince años. Entonces deberá asistir, pues a esa edad automáticamente estará inscrita en una. Nosotros solo preparamos a los niños antes de ese tiempo para que controlen sus energías y no tengan problemas con ya sabe quiénes.
—Hola. —Un chico de contextura delgada, cabello castaño claro, ojos marrón-verdosos, tez blanca, labios finos vestido con un pantalón plomo, camisa blanca y gillette café, saludaba a los gnomos—. ¿Qué tal, alguna novedad? —Se detuvo a un lado de Luz, mientras la observaba con atención—. Señorita, no la había visto antes por aquí.
—Hola —murmuró un tanto nerviosa—, soy Luzbella.
—Qué bello nombre —opinó esbozando una sonrisa coqueta—, es resplandeciente y hermoso, por cierto.
—¡Ya, galán! —Rio Blokin—. Vienes a practicar, más tarde podrás lucirte, ven...
—Mi nombre es Enrique Mayola —le susurró a la chica—, un gusto conocer a una niña tan hermosa.
—Luz, Luz —llamaba Wilkin—; continuemos con tu entrenamiento, ¡Luzbella!
—¿Ah? —exclamó, sin entender lo que sucedía—, ¿qué?
—Practiquemos de una vez —rezongó el gnomo molesto—. Levanta la vara, vamos, hazlo. Ahora imagina que aparecerá una vela rosada sobre la mesa.
Ella estaba totalmente desconcentrada, solo pensaba en aquel chico, por lo que concretar lo solicitado le fue imposible.
—¡MAL! ¡MAL, MUY MAL! —reclamaba enojado Wilkin—. Hoy ha sido la peor última clase que he tenido en toda mi existencia. Aún no eres capaz de aparecer objetos, así que mañana deberás volver. Sin aprender a invocar este hechizo correctamente no te irás.
—Hola, Will. —Era Clemente—. ¿A qué se debe tu indignación?, ¿no que la señorita Luzbella era perfecta?
—¡Hoy no —contestó exaltado—, desde que llegó su hijo y lo vio no ha sido capaz de realizar ni un solo hechizo!
—¿Es su hijo? —pronunció sin darse cuenta—: Enrique...
—¡Ah!, ya veo. —Esbozó media sonrisa—. Sí, es uno de mis hijos. Me alegra que lo conociera, así podrá establecer una amistad con alguien de su edad.
—Padre —el muchacho acababa de llegar y hablaba tras ella—, señorita, espero volver a verla mañana.
—Por supuesto que la verás —murmuró Will— y creo que por mucho tiempo más.
«31 de diciembre de 1825:
Hoy en las clases con Wilkin conocí a un muchacho que resultó ser hijo de don Clemente y no comprendo qué me sucedió; al verlo tuve una sensación muy extraña, jamás la había experimentado antes. Fue como un magnetismo que no me dejaba pensar en otra cosa que no fuera él. Concentrarme en el entrenamiento me fue imposible y al tenerlo cerca me inquietaba, nervios tal vez eran.... No sé, pero quiero volver a verlo, creo necesario tenerlo nuevamente frente a mí».
—Espero que hoy puedas realizarlo —farfulló Will—. Cuando lo tengas, aparecerá.
Luzbella estaba un poco inquieta, por la ausencia del muchacho. Pero sin él le fue fácil concentrarse; primero apareció una alargada vela blanca, luego un velón rojo de quince centímetros de altura, después un velón azul de treinta y cinco centímetros.
—Me parecen aceptables —opinó el gnomo—. Ahora intenta aparecer un candelabro con tres velas bien ajustadas en él. —Obtuvo lo pedido enseguida—. Has logrado tu nivel, me alegra.
—Will, señorita Luzbella —la joven miró al recién llegado e instantáneamente todas las velas se encendieron—, buenas tardes.
—Hola —susurró ella.
—Siempre tan impuntual. —Blokin acababa de aparecer—. No puede ser como su padre.
—Hola, Blokin —saludó caminando en su dirección—, espero poder charlar contigo hoy —le dijo a Luz cuando pasó por su lado—, intentaré escaparme un momento, y buen hechizo; aún no puedo prender esas malditas velas. —Sonrió y continuó su camino.
—Espero que puedas concentrarte —rezongó Will—, desaparécelas, pero antes apágalas.
Ella quería terminar pronto para ver la práctica del chico que estaba unos metros más atrás. Así que puso todo su empeño y concentración, pero por más rápido que realizaba lo que el gnomo le ordenaba, más y nuevas prácticas le enseñaba.
Cerca de las cuatro y media, Will la dejó libre y se dirigió a ver el entrenamiento de Enrique.
—Muchacho, eres un verdadero desastre —decía el gnomo entre risas—. Ni un solo hechizo bien hecho... Si Will fuera tu mentor.
En verdad, el chico era un desastre, pues no era capaz de levantar ni una hoja. Mucho menos de concentrarse en lo que hacía, ya que cualquier movimiento lo distraía.
—Bien, veo que durante este tiempo no habéis practicado, por tanto, has olvidado todo lo que te había enseñado —dijo divertido Blokin—. Mañana te veo, espero llegues a las nueve. Se puntual una vez en tu vida. Señorita, hasta mañana —se despidió de Luz al pasar por su lado.
—¿Desde cuándo estabas aquí? —le preguntó Enrique al verla—. Viste mi desastroso desempeño.
—Algo así —contestó con una leve sonrisa dibujada en su rostro—, ¿desde cuándo practicas?
—Bueno, a simple vista pareciera que soy un novato, pero la verdad es que este es mi segundo año con él. —Sonrió.
—Si quieres, puedo ayudarte —se ofreció—, sé que es mi primer año, pero he aprendido mucho y creo estar capacitada para hacerte un refuerzo.
—Bueno —aceptó Enrique—, ¿cuándo puedes?
—Después de las clases, podría ser ahora —propuso Luz—: antes de que vuestro padre llegue.
—Buena idea —repuso el chico—: busquemos un lugar, entonces.
Se detuvieron en el lago de sus desahogos.
—Aquí puede ser. —Sacó su varita apuntando a una diminuta roca cercana a la orilla del lago—. Yo comencé con una más grande, pero creo que está bien para ti.
—¡Oh! —exclamó divertido extendiendo la suya—, lo intentaré.
—Como me enseñó Will —recordó—, debes concentrar tu atención en la punta de la vara y visualizar que la roca se levanta, cuando creas que es posible y real, el hechizo saldrá por sí mismo.
—Me parece genial —apuntó el chico, mientras la roca se elevaba describiendo una línea recta y se posaba frente a él—. Tú ya lo dominas a la perfección.
—Sí —contestó—, inténtalo tú.
Al cabo de unos quince minutos, la piedra comenzó a trastabillar y torpemente se elevó por unos segundos cayendo de golpe.
—Bueno, por algo se empieza —le dio ánimos—; inténtalo otra vez.
—Lo dominaré pronto —aseguró guardando su vara—, creo que con la visualización es más fácil. —Sonrió—. ¿Qué edad tienes, para tan elevado nivel esotérico?
—Trece años, ¿y tú? —le preguntó, pero no le dio tiempo para responder—. Si llevas dos años acá debes tener trece también.
—En efecto —contestó—, mi problema es que no practico y no consigo concentrarme, me es muy difícil hacer algo por mucho tiempo.
—Ya veo —razonó—, te ayudaré, mejorarás, te lo aseguro.
—Señorita, hijo, lamento interrumpirlos, pero debemos irnos —recordó Clemente, cubierto por una larga capa ploma cuyas puntas inferiores tocaban la hojarasca—, porque vuestro tío está por llegar.
—Lo sé —dijo acercándose al joven, al cual le dio un beso en la mejilla—, nos vemos mañana.
—¿Ah? —exclamó desorientado.
—Vamos —indicó el hombre dándoles la espalda y continuando su camino. Luz lo siguió, hasta que fue detenida por Enrique, quien tomó su mano derecha.
—¿Sí? —murmuró sonrojada—, ¿qué sucede?
—Solo quería despedirme —le besó la mano que sostenía—, hasta mañana.
Su tía los esperaba en el jardín delantero, al verlos entrar, la abrazó, conduciéndolos al interior del inmueble.
—Ya me inquietaba su retraso —habló Marcia—, si Manuel hubiese llegado antes que ustedes...
—Cálmese, podría solucionarlo de inmediato —aseguró Clemente—, se distrajo con mi hijo, ya se han hecho amigos, ¿es así?
—Supongo que sí —respondió Luz—. Con vuestro permiso, hasta pronto.
«3 de enero de 1826:
Hoy, por primera vez, estuve a solas con Enrique, enseñándole a realizar los hechizos. En verdad, es un desastre, no logra hacer uno solo bien, por lo demás, creo poder ayudarlo a mejorar.
Nos presentamos, él tiene trece años, es todo lo que sé; tal vez eso no es una presentación formal, pero me conformo con saber que lo volveré a ver y podré conocerlo cada día más.
Ocurrió algo extraño, me despedí de él dándole un beso en la mejilla y quedó pasmado, sin reaccionar, yo seguí mi camino hasta que tomó de mi mano y la besó, creo haberme sonrojado. Me pregunto qué es lo que siento por él, es extrañísimo y primera vez que lo siento; en verdad, necesito el consejo de mi madre o el de una amiga y no la tengo, o tal vez sí, pero me da miedo hablar de esto con mi tía».
—Luz, querida —golpeó la puerta, Marcia. La niña automáticamente guardó su diario en el cajón del velador—, debemos hablar —entró, cerrando la puerta con cerrojo—: ha llegado esto para ti. —Le entregó una carta—. Un cuervo la ha traído. —La chica vio el remitente, era de su amigo Roberto Grip. Sin pensarlo, la abrió—. Debo confesarte que ese niño te ha estado enviando cartas desde después del funeral de tu padre.
—¿Qué? —saltó irritada Luzbella—, ¡y jamás me las has entregado!... ¡no sabes cuánto lo necesitaba, siempre quise volver a hablar con él! ¿En qué pensabas? No sabes cuán sola me he sentido todos estos años... él era mi mejor amigo, ¿¡cómo pudiste!?
—Manuel las recibía y yo no podía hacer nada —le informó— porque las escondía, no sé dónde, pero esta vez el cuervo llegó unos minutos después de que él se fue a los campos. El ave te espera en el patio trasero escondida entre el follaje del manzanero —informó su tía—: llévala pronto e intenta que Manuel no te vea.
Cuando su tía salió de su cuarto, la leyó:
«Querida amiga:
Te he enviado mucha correspondencia en estos casi seis años y aún no recibo respuesta de tu parte.
Creo que necesitabas, tal vez, un tiempo de reflexión, en el que querías vivir tu duelo sola y yo solo molestaba. No lo sé, pero, a pesar de eso, te seguiré insistiendo hasta el día que reciba una respuesta de tu parte; al menos un “déjame en paz”, “no mandes más cartas”, cualquier cosa te la agradecería enormemente, pues me preocupa tu silencio.
¿Cómo estás?, ¿qué tal tu nueva vida? Si necesitas un amigo con quien hablar, estaré siempre para ti.
De un viejo amigo que te quiere y espera estés bien,
Roberto Grip.
P. D.: Espero una respuesta esta vez».
Le arrancó una hoja a su diario de vida y comenzó a escribir.
«Querido Roberto:
Hola, tanto tiempo sin saber de ti. En verdad, es mucho para mí, puesto que creía jamás volvería a saber de ti, ya que no sabía cómo enviarte una carta, pero hoy mi tía Marcia me entregó esta contándome lo que sucedió con todas, las que durante estos casi seis años, me has enviado y es que mi tío Manuel las ha recibido todas; mi tía, por su parte, no ha podido encontrarlas, pues él las escondió quién sabe dónde (hasta las puede haber quemado). Siento mucho el no haberte respondido ninguna, la verdad, no sé cuántas son con exactitud, pero han sido seis años, deben ser muchas.
Durante estos años no la he pasado bien, ya que mis nuevos compañeros de escuela no me aceptaban, era un bicho raro a quien molestar. Me sentía completamente sola, sin amigos ni nadie con quien hablar y desahogarme, necesitaba a alguien que me aconsejara y escuchara como lo hacías tú, tanta añoranza de aquella época escolar junto a ti, nuestra infancia. Creo que, si mi familia no se hubiese disuelto, nos habríamos criado juntos.
De una amiga que siempre estará a tu lado y que te quiere mucho,
Luzbella Castilla.
P. D.: Disculpa la hoja es que no tengo pergaminos; las cartas que desees enviarme mándalas a la tercera habitación del lado izquierdo de la segunda planta, junto al membrillero».
Después de entregarle la carta al cuervo, se dirigió al comedor donde, junto a sus tíos, tomó el té.
—¿De qué tratan tus clases prácticas? —preguntó el hombre—. Han sido bastantes meses ya, debes saber mucho.
—Son de botánica —mintió—, muy interesantes y constructivas, por cierto.
—Y cómo va el estudio del froincés —preguntó Manuel con un tono de sospecha—: ¿puedes hablarlo o aún no?
—Bien sur, croyez-le ou pas de domino à la perfection —respondió Luzbella—. Cette langue n’est pas la seule chose, a également apprise à jouer de la flûte et le piano correctement.
—Ya —espetó Manuel—, aprendes rápido, al parecer.
—Luzbellita es una buena estudiante —prosiguió Marcia—, he estado presente en alguna de sus lecciones y es muy aplicada, la concentración es uno de sus fuertes.
Después del té, la chica se fue a su cuarto, abrió el gran ventanal, por el que el año anterior se había lanzado, recordando aquella caída, en la que creyó no quedaría con vida, pero aún lo estaba. La sensación de caída libre, de sentirse en los brazos de la muerte y no morir le pareció extraña. Si mal no recordaba, tuvo la sensación de haber caído en los brazos de alguien, pero eso era realmente descabellado, ya que no vio a nadie y, al reaccionar, estaba sobre hojas secas en el piso. ¿Tal vez su madre desde el más allá la había salvado? ¿Estaría muerta realmente?
—Gracias, mamá, por haberme salvado —agradeció en voz alta a la fresca noche veraniega—, estés donde estés, me alegra que pensaras en mí, quizás moriste, no lo sé, nadie sabe de ti, pero te agradezco tu protección porque, de lo contrario, no lo habría conocido.
—¿A quién? —era Marcia—, ¿hablas del hijo de don Clemente?
—¡Tía! —exclamó—, ¿hace cuánto está escuchando?
—Acabo de llegar —cerró la puerta—, pero dime, ¿de él estás hablando? —la niña no le respondió—. No importa, quizás es muy pronto, pero tengo la esperanza de que algún día confíes en mí —sonrió aproximándosele—, puedo serte de ayuda. Estás en edad de conocer y enamorarte.
—¿Enamorarme? —se extrañó mirándola—, yo no... ¿qué?, pero si...
—Cálmate —colocó sus manos sobre los hombros de Luz—, es algo normal a tu edad, si lo deseas, podemos charlar sobre lo que estás experimentando.
—No —contestó secamente—, le agradezco su interés, pero, en verdad, no me siento cómoda hablando de esto con usted. Es más, ni siquiera sé qué es lo que en verdad siento. Es muy confuso. No sé cómo explicarlo y... no, definitivamente no.
—Solo te diré que enamorarse es la experiencia más maravillosa que, como humanos, somos capaces de experimentar —dijo con añoranza—. Al ver a aquella persona especial por primera vez, te sientes torpe, nerviosa y muy muy pequeña. Después, cuando comienzas a conocerlo, aquí —colocó su mano derecha sobre su pecho—, sientes como te palpita por él, no lo sientes propio, sino compartido, más bien de él. —Suspiró—. La confusión es normal, es parte de la atracción, pero, con el paso del tiempo, eso se aclara y tus sentimientos son parte de ese nuevo mundo, el mundo del amor, en el que, si el sentimiento es correspondido, será el mundo de los dos.
—Tía —la abrazó—, qué hermoso eso del amor.
—Mi niña, si es eso lo que estás experimentando, no debes temerle, sino dejarlo entrar, pero debes cuidarte, ya que esta será tu primera experiencia y, si no termina bien, te marcará de por vida en todas tus futuras relaciones. —La miró a los ojos—. En mí tienes a esa amiga o madre que necesites, tenme confianza, puedo ayudarte.
A la mañana siguiente, la chica se levantó muy temprano, no esperó el desayuno, ni a su tía, ni a que don Clemente llegara y salió de la casa con la clara intención de llegar pronto al lago. No sabía por qué, pero su intuición le decía que debía llegar allí antes de la salida del sol, pues pasaría algo importante. Al hallarse frente al lago se sentó en el pasto. ¿Qué era eso tan importante que la había convocado? Expectante esperaba, la ansiedad y nerviosismo la invadieron poco a poco hasta desesperarla.
—Hija. —Se dio la vuelta encontrando a una mujer pálida de candentes y carnosos labios rojos, ojos color miel y cabello castaño ceniza—. Lo siento, en verdad, desde que me fui no he parado de pensar en cuánto daño te he hecho, te extraño mucho, no sabes cuánto he sufrido por estar lejos de ti, pero no puedo regresar. Ya mi destino cambió y, por ello, no estoy contigo, pero quiero que sepas que estaré siempre a tu lado, cuidándote. Te protegeré con mi vida. —Abrazó a Luz, quien estaba completamente pasmada, sin creer lo que sucedía—. Te quiero infinitamente, hasta más allá del multiverso, eso tenlo siempre presente. —Besó su frente—. El que no esté cerca de ti no significa que no te quiera y mucho menos que te haya abandonado, siempre estaré a tu lado; podrás hablarme y ten la seguridad de que te escucharé.
—Mamá —susurró al fin tomándole una mano, ¡qué fría estaba!—, gracias por venir, espero volver a verte otra vez. Aunque sea en sueños.
—Está bien que lo creas así —le sonrió con lágrimas en sus ojos—, solo deberás pedir verme y lo conseguirás.
—¿Tienes frío? —preguntó torpemente—, estás muy helada...
—No te preocupes, desde hace ya mucho que no lo siento. —Le rodeó la muñeca con una pulsera de lana roja—. Es parte de mi nueva vida, dulces sueños, mi niña.
—Luz, querida, levántate —abrió la puerta encontrando a la niña entre las mantas, la movió un poco consiguiendo que abriera los ojos—, ya es hora, don Clemente llegará dentro de una hora, vamos.
—Me ha despertado del sueño más maravilloso que he tenido jamás —dijo efusivamente, saliendo de la cama de un salto—. Mi madre vino a visitarme, fue hermoso hablar con ella, casi no la recordaba.
—Mi niña —exclamó conmovida—, me alegra mucho, espero que estés más tranquila.
—¿Cómo no estarlo? ¡Esta ha sido la más maravillosa experiencia! —Saltaba, sacando del armario la ropa que se pondría ese día—. Ojalá se repita.
—Estoy segura de que sí —coincidió Marcia—, cuando nuestros seres queridos parten, jamás nos dejan.
Clemente llegó y juntos salieron de la casa. Mientras ella alegremente corría por el campo.
La clase con Wilkin terminó pasado el mediodía. El gnomo se despidió de ella informándole que esta había sido su última clase y que dentro de un año más debía volver para repasar y aprender más con él.
Luz, por su parte, merodeó por el lugar viendo cómo otros gnomos enseñaban a sus respectivos pupilos. Al parecer, aún, Enrique no llegaba. Cerca de las dos de la tarde el chico apareció ante la mirada de Luz, quien lo vio doblar por una esquina del viejo sauce llorón.
—Hola, ¿cómo te encuentras hoy? —preguntó besándole el dorso de su mano derecha—. Esperaba verte entrenando.
—Hola, estoy bien —repuso—, hoy ha sido mi última clase, no me verás más.
—¡Oh! —exclamó—, pero, de todos modos, podemos vernos o puedes venir a visitar a Will y...
—Lo dudo —aclaró Luzbella—, es muy difícil, mi tío no me permitirá salir de casa.
—Pero ¿cómo?
—Es que él no sabe que he practicado magia y si se entera no sé qué sucedería. Gracias a tu padre he podido asistir, ya que él, por un tiempo, me dio clases particulares de Humanidades hasta que me descubrió; entonces habló con él para pedirle su permiso con la excusa de unas clases prácticas de botánica, desde entonces he estado aquí, pero ahora que las lecciones han terminado, no hay nada que me permita volver. Estoy segura de que me encerrará sin derecho a ver nuevamente la luz del día más que por la ventana.
—Pues entonces...
—Muchacho, muchacho —llamaba Blokin—, al fin llegas, pensé que nuevamente no vendrías.
—¿De qué hablas? Si he asistido a todas estas clases —recordó Enrique—, pero creo que hoy me iré...
—¿Por qué? —saltó Luz—. No lo permitiré. Vamos, estaré con ustedes, os ayudaré.
El resto de la tarde, Blokin intentó enseñarle a Enrique, sin conseguir más que diversión al ver cómo fallaba en cada intento. Mientras él reía a carcajadas revolcándose en la tierra, Luzbella tomó el mando. Consiguiendo que mantuviera y moviera una roca en el aire, pero el aterrizaje fue infructuoso, pues, ya sea por mala suerte o inconscientemente el chico lo hacía, las rocas caían sobre la cabeza del gnomo. Al cabo de siete intentos, logró posarla con suavidad sobre el suelo.
—Bien, al fin has conseguido dominar un hechizo básico de neófito —se mofó—, me alegra. Por otro lado, Luzbellita es una buenísima profesora, ¿podrías venir todos los días a enseñarle, mientras yo los superviso?
—Eso desearía, pero me será imposible —respondió cabizbaja.
—Pues ni modo, deberé seguir tratando de instruirte sin éxito, chico. —Le palmeó la espalda a Luz—. Pueden irse, sé que quieren charlar en privado.
—Desearía verte mañana y el resto de mi vida —habló Enrique, mientras caminaban por la orilla del lago—: te aseguro que encontraré la manera de verte, te lo prometo.
—Enrique, me gustaría saber qué somos. —Lo miró a los ojos deteniendo su marcha—. Por más que lo pienso, no sé. Eres lo más parecido a un amigo, pero no estoy segura si lo que siento por ti sea, precisamente, el cariño que se le tiene a un amigo.
—Luzbella, tengo amigas y amigos —entrelazó sus manos con las de ella—, por lo que puedo asegurar de que lo que siento por ti va más allá de una amistad. Quería decírtelo, pero no tan pronto.
—¿Qué sientes? —murmuró nerviosa.
—Es la primera vez que me atrae una niña, me gustas, Luz —aseguró en un susurro—, me gustas desde el primer día en que te vi y no he parado de pensar en ti, es por eso por lo que buscaré la forma de verte, siempre lo haré.
—¿No crees que somos muy chicos para pensar en esto? —preguntó Luz—. No es correcto y...
—No me importa, nada me importa. Solo tú haces la diferencia en mí —le sonrió—; me alegra haberte conocido y el seguir conociéndote me incita a hacer lo imposible por estar a tu lado. —Se abrazaron—. Nuestra historia comienza hoy, si lo permites.
—Por supuesto. —Lo miró de reojo—. Aunque no sé de relaciones.
—Aprenderemos juntos —aseguró Enrique—, lo descubriremos, tenemos mucho tiempo.
Pasaron el resto de la tarde caminando abrazados por el bosque. Contemplaron la puesta de sol, cuando la luna se dejó ver en todo su esplendor, Luzbella volvió a la realidad.
—¡Debo irme! —gritó poniéndose de pie—. Tu padre debe haberme buscado como loco y mi tío. ¡Oh! ¡No!
Salió corriendo despavorida, solo deseaba llegar a casa antes que su tío, aunque eso era prácticamente imposible. Entró al antejardín y frente a la puerta de entrada escuchó la voz de Manuel.
—Don Clemente, buenas noches —lo saludaba—. ¿Cómo estuvo su día con mi sobrina?
—Bien, es una de mis mejores estudiantes —aseguró el hombre—. Bueno, con su permiso, debo retirarme, Margaret me espera en casa.
—Por supuesto —repuso Manuel—. ¿Y Luzbella dónde está?
—En su cuarto —contestó, Marcia, nerviosa—, estaba cansada.
Alguien la retenía de la cintura.
—No grites, soy yo —Enrique le susurró—, puedo ayudarte, ¿dónde queda tu habitación? —Le tomó una mano—. Esto, en parte, es mi culpa por retenerte a mi lado, lo siento, pero puedo ayudarte.
Luzbella lo condujo por el lado derecho de la fachada. Se detuvieron en los potreros y ella le apuntó hacia el gran ventanal del segundo piso.
—Bien. —Se encaramó por las ramas de un árbol cercano a la ventana señalada y le tendió su mano al encontrarse firme en él—. Toma mi mano, vamos, no tengas miedo.
Cuando al fin reaccionó, estaba en el interior de su habitación junto a Enrique.
—Recuéstate, ven. —La condujo al lecho—. ¿Qué te sucede?
—No lo sé —murmuró—, estoy algo confundida y asustada. —La tapó con las mantas—. No te vayas, no me dejes, por favor.
—No me iré. —Movió sus labios describiendo esas palabras—. Viene alguien. —Se escondió bajo la cama, justo cuando la puerta se abría.
—Déjala descansar —rezongaba nerviosa, Marcia—, está cansada, ¡no!
Ambos vieron a Luzbella acostada y aparentemente dormida en su cama. Entonces, el hombre cerró la puerta, mientras su mujer le reprochaba el haber hecho tal escándalo por verla si podía hacerlo al día siguiente. Cuando los pasos y discusiones se dejaron de oír, Enrique salió de su escondite, sentándose sobre la cama.
—No quiero perderte. —Le tomó una mano—. Quédate esta noche conmigo.
—Desearía hacerlo, pero no es posible. —Le acarició el cabello con su mano libre—. No me perderás.
Durante toda una semana, Clemente continuó llevándola con los gnomos. Allí hablaba con Will hasta la llegada de Enrique y continuaba su día ayudándolo a mejorar en sus hechizos, mientras Blokin los observaba dando, a ratos, consejos a Luzbella para mejorar la eficiencia de sus hechizos.
—Hoy ha sido nuestro último día juntos en estas clases —le informó caminando abrazada a él—; tu padre me dijo que sería el último porque tío Manuel ha comenzado a sospechar.
—No importa, prometo mejorar —sonrió afectuosamente— y también prometo ir a visitarte a diario. Si un solo día no voy, te escribiré mi disculpa.
—Te quiero. —Lo abrazó—. Ojalá lo nuestro perdure.
—También te quiero y espero estar a tu lado siempre —aseguró, apretándola contra sí—, te quiero, te quiero, te quierooooo…
«11 de enero de 1826:
Estos días junto a Enrique han sido, de lejos, los mejores de mi estancia en esta casa, me siento querida y aceptada. Su cariño, cuidados y dedicación hacia mí me hacen sentir que ya todo lo malo ha pasado y que a su lado puedo ser feliz.
Sé que es muy pronto para asegurar que es el hombre de mi vida, pero es que en verdad lo que siento por él pasó de ser una mera atracción o un simple me gustas, ahora siento algo intenso y quemante en mi corazón cada vez que estoy a su lado.
Desearía largarme de esta casa y hacer mi vida, mi propia vida junto a él, ya que siento su protección y apoyo. Ojalá mañana pueda verlo, prometió venir apenas salga de sus clases. Espero con ansias su visita».
«12 de enero de 1826: 11 de la noche
Enrique acaba de irse, llegó a eso de la seis de la tarde. Subió a través del membrillero, no sé cómo tuvo tanto equilibrio para caminar por la delgada rama cercana a mi ventana, pero lo hizo...
Conversamos de su día de prácticas, según me dijo, logró realizar el hechizo espantaespectros a la perfección y comenzó con aparición y desaparición de velas, espero lo logre pronto, le di unos consejos para que lo realice con rapidez. También hablamos de nosotros y de lo que cada uno está sintiendo por el otro. Me encanta ser sincera, decirle que cada día esta sensación en mi corazón crece más y escuchar la misma respuesta de él no tiene precio... Me siento segura y querida, ya nada me importa, solo él... Enrique es mi mundo, en el cual estoy dispuesta a permanecer hasta el último de mis días».
Después de levantarse y desayunar, salió al patio trasero donde se encontró con un cuervo negro en el manzanero. ¿Cómo lo pudo olvidar?, había quedado con Roberto que las respuestas debían llegar cada lunes a su cuarto, seguro el ave llegó cuando ella no estaba y como las instrucciones eran claras: «solo entregárselas a ella», se quedó en el árbol de donde despegó la última vez.
Se aproximó desenrollándole el pergamino de su pata. «Vuelvo enseguida», le dijo al ave y corrió al interior de la casa, al estar en su cuarto lo desplegó.
«Amiga:
Me alegra recibir vuestra respuesta, siento enormemente haber desconfiado de tu cariño y lo que hizo vuestro tío no es muy sensato, pero no es de eso lo que deseo comunicarte. Quiero volverte a ver, tengo una forma. Solo debes ir al lago Multicolor, el cual está relativamente cerca de vuestra casa, solo necesito saber cuándo puedes y yo te esperaré allí.
Sin otro particular; esperando que estés bien,
Roberto Grip.
P. D.: Espero con ansias tu respuesta para que pronto nos reencontremos. No puedes imaginar cuánto lo deseo y te extraño una inmensidad.
Aquí te mando unos pergaminos para las próximas cartas, cuando te falten, házmelo saber».
Sacó uno de los papeles que su amigo le envió e inició su escritura:
«Querido amigo:
Estoy bien, más que bien, al fin tengo a alguien que me comprende y me entrega su cariño. Me encantaría que lo conocieras, pero estás lejos y lo más probable es que no pueda salir de mi casa por un largo tiempo, ya que don Manuel no me lo permite y solo desea mantenerme lejos de las miradas curiosas de sus conocidos. En verdad, me encantaría verte y contarte cuánto ha cambiado mi vida con este chico, el problema es que no puedo. Te prometo hacer lo posible por concretar este reencuentro. Cuando lo logre, te haré saber el día y hora en que se realizará.
Esperando estés bien,
Luzbella Castilla».
En la cocina llenó un pequeño cuenco con agua y otro con semillas, los que le llevó al ave, la cual devoró todo. Después de eso, emprendió el vuelo con el pergamino atado en su pata derecha.
Esa noche, Enrique entró por el ventanal que estaba entreabierto, cerrándolo despacio. Se acercó a la cama, viendo a la niña de sus sueños durmiendo, sonrió seguido de una sensación de euforia que controló al instante; sentado ya a su lado, le acarició la mejilla con su mano derecha. Aquellos pómulos rosados, su respiración pasiva, todo en ella le era hermosamente atrayente. No lograba dimensionar cuánto la quería, ni cuánto su cariño hacia ella crecía cada día, solo sabía que deseaba pasar el mayor tiempo posible a su lado.
—¿Enrique? —murmuró bostezando—. ¿Hace cuánto estás contemplando mis sueños?
—No importa —la abrazó—, solo me interesa estar a tu lado, eres mi mundo.
—Y tú el mío —aseguró Luzbella—, te quiero.
—Te extrañé hoy —expresó Enrique—, desearía que pudieras escapar, salir de esta casa, aunque fuera por unas cuantas horas.
—De eso quería hablarte —dijo seriamente, separándose ambos al instante—, necesito tu ayuda, confío en que puedas.
—¿Qué necesitas? —preguntó preocupado—, ¿quieres escapar?
—No, solo salir por unas cuantas horas —le informó—. Es que hoy recibí una carta y quiere verme en el lago Multicolor, no sé dónde queda, pero necesito salir y verlo. Hace seis años que no lo veo y era mi mejor amigo cuando vivía con mis padres.
—Tengo claro cuánto lo quieres, te ayudaré —aseguró, reteniéndola entre sus brazos—. Planearé una forma para sacarte de aquí, te diré cuándo y cómo, no te preocupes.
Durante una semana, Enrique trazó el plan que le daría a Luzbella unas cuantas horas de libertad junto a su amigo de la infancia.
—Está todo listo —saludó el chico, entrando por la ventana—, tus tíos saldrán hoy a un banquete, ¿enviaste la carta a Roberto?
—Sí, pero no he recibido su respuesta —contestó preocupada—. ¿Cuántas horas tendremos?
—Cerca de ocho horas, pero no podrás salir por la puerta —le recordó—. Laureano estará a cargo de la vigilancia, no dejará que nadie entre o salga; así que saldremos por la ventana.
—Luz, querida. —Su tía golpeó la puerta—. Nos vamos.
El chico se escondió bajo la cama, mientras Luzbella la abría. Don Manuel y Marcia estaban fuera.
—Queríamos despedirnos —repuso Manuel— y ver que todo estuviera en orden.
—Está todo bien —contestó cortésmente—, permaneceré todo el día en casa.
El hombre se abrió paso entrando a la habitación e inspeccionó con la mirada hasta detenerse en el ventanal a medio abrir.
—Esa ventana —apuntó, cerrándola— no debería estar abierta.
—¿Por qué? —se extrañó Luz—. No le encuentro lo malo, es solo para refrescar...
—Mandaré que la enrejen —anunció el hombre—. Espero que te comportes, Laureano estará vigilándote.
—Hasta más tarde, amor —se despidió Marcia, sin darle importancia al comentario de su esposo—, puedes disponer de la casa como quieras, pero no tienes permitido salir, cuídate. —Sonrió maternalmente. Su marido solo movió la cabeza asintiendo y cerró la puerta.
—En verdad, tu tío es molesto —dijo Enrique saliendo de su escondite, cuando los pasos de los adultos se dejaron de oír—. Esta no es vida para ti, algún día saldrás de aquí y nos iremos juntos. —Tomó sus manos—. Te quiero.
—También yo. —Sonrió abrazándolo—. Deseo estar el resto de mi vida a tu lado, soy feliz si estamos juntos.
A los pocos minutos vieron la carroza empujada por caballos, en la que iban sus tíos, moviéndose sin prisa hasta perderse al doblar por la esquina de la casona.
—Bien —dijo Enrique abriendo el ventanal y ofreciéndole su mano derecha—, debemos salir ahora. —La chica la aceptó y con cuidado caminaron por la larga rama hasta llegar al súber, donde eran cobijados por muchas hojas que impedían que los viera, sin embargo, ellos podían ver lo que sucedía bajo sus pies—. Laureano —exclamó al ver a un joven de cabello negro y contextura delgada vestido con una camisa y pantalones cafés, su cabeza estaba cubierta con una chupalla, este se acercaba al árbol.
—¿No nos puede ver o sí? —Luzbella estaba nerviosa—. No podremos salir de aquí.
—No, este árbol es muy frondoso, solo nosotros lo podemos ver —contestó apoyándose en el tronco, mientras pasaba sus pies a la siguiente rama—. Saldremos de aquí, aunque él esté ahí.
Pasaron de una rama a otra formando un perfecto círculo, hasta lograr penetrar en el siguiente árbol caminando sobre una delgada rama, la cual no tenía casi hojas.
Luzbella no comprendía cómo Laureano no miraba hacia ellos, en especial cuando ella resbaló, profiriendo un gritito ahogado, en ese instante, Enrique alcanzó a tomarle una mano y tirar hasta sentarla a su lado. Ahora comenzaban a descender del árbol, saltando entre las más juntas por el lado contrario a la casa, donde nadie podía verlos.
Enrique extendió ambos brazos hacia Luzbella, esta se dejó caer en ellos, desde la segunda rama a dos metros de altura. Él, luego de mirarla sonriente a los ojos, la dejó con suavidad parada sobre hojas secas. Entonces, tomó su mano, invitándola a correr a su lado, empujándola con suavidad. Unidos de ese modo corrieron, riendo por lo bajo, varios kilómetros.
La joven se dejaba guiar por el chico, hasta que ambos se detuvieron frente a un inmenso roble blanco.
—Lo conseguimos —reía alegremente la muchacha—, pudimos salir de casa, no sé cómo, pero lo hicimos.
—Dije que así sería —recordó Enrique—, lo prometido es deuda, por tanto, sí o sí debía lograrlo.
—No puedo creer que, a pesar de mi grito, Laureano no nos vio y pareciera que tampoco nos oyó. —Rio nerviosamente—. Siempre te agradeceré por esto.
—Luz —sonrió abrazándola—, lo hago con gusto porque te quiero.
—También te quiero. —Lo abrazó con más fuerza—. Me encantaría hacer mi vida a tu lado… ¿Y cómo llegaremos al lago?
—Pues —colocó la mano izquierda en su nuca, sonriendo continuó—: debemos atravesar una muralla mágica, la cual está aquí, el problema es que la única forma de hacerlo es volando sobre ella y el lago está justo después.
—¿Alguna idea de cómo volar? —siseó ella.
—Sé que soy el de las ideas —contestó bajando el brazo— y… la única que se me ocurre es con escobas, pero tú no sabes cómo usar una.
—Es cosa de que me enseñes, aprendo rápido —repuso exasperada—, ¿tienes algunas?
—Aunque te enseñara, es difícil que logres pasarla, pues al sobrevolarla serías empujada por una fuerza succionante, no lograrías mantener el equilibrio, ni el mando...
—Entonces, ¿qué haremos? —saltó Luz—, salimos de mi casa con un propósito, creí que lo tenías todo planeado y...
—Cálmate. —Rio divertido—. Es broma, no te exaltes. —Levantó su índice en dirección al cielo tras de ella—: Allá viene nuestra salvación.
Luzbella contempló un animal alado gigantesco, cuya piel se apreciaba escamosa de color rojo oscuro. No dejó de mirarlo hasta que este aterrizó a su lado levantando una estela de polvo. Entonces pudo apreciar sus sombríos y profundos ojos negros en cuyo centro había un alargado iris de color azul rey.
En la montura del jinete se divisaba un chico de unos diecisiete años, cuyo cabello castaño rizado le caía grácilmente sobre sus hombros. Su tez era mucho más pálida que la de Enrique, pero compartían un sutil parecido en sus rasgos faciales. Estaba cubierto por una polera negra y un pantalón del mismo color.
—Álvaro, pensé que no vendrías —se adelantó Enrique.
—Sí, pensé en dormir un poco más —contestó con un dejo de ironía—, pero luego recordé: mi hermanito necesita mi ayuda, ha estado molestándome desde hace dos semanas y, claro, ¿qué pierdo si no cumplo mi palabra? A ver.... sí, sí, aunque no lo creas, lo recordé —su mandíbula se tensó justo cuando entrecerró sus verdes ojos achinados, frunciendo sus labios terminó—: cierta información que nuestro padre no debe saber puede ser revelada por mi querido hermanito menor...
—Pues entonces fue una suerte el enterarme de aquella «información clasificada», como la llamas. De lo contrario, no estarías aquí —indicó estirando el brazo con la palma abierta en dirección a Luz— y habrías dejado a esta preciosidad sin un medio de transporte. —El jinete dirigió su mirada en la dirección indicada, al verla profirió un silbido abriendo sus ojos al máximo—: Ella es Luzbella Castilla, mi...
—En verdad, es hermosa —susurró tirando del dogal con los largos dedos de sus manos enrollándose en él, consiguiendo así que el animal caminara hasta quedar a un lado de la muchacha—. Querida, soy Álvaro Mayola, hermano mayor del individuo aquí presente —extendió su brazo derecho hacia ella—, ¿adónde la llevo?
—Ya, tarado —interrumpió Enrique—, más respeto, eres muy mayor para...
—Soy cuatro años mayor que tú, gran diferencia —contestó irritado.
—Diferencia que me haces saber cada día —se defendió—. Vamos, Luz, sube.
Con ayuda de Álvaro y el impulso de Enrique consiguió montarse tras el primero, mientras el otro cruzó sus brazos alrededor de la cintura de Luzbella.
El dragón ascendió lentamente hasta traspasar las nubes, luego, con un gran impulso, se lanzó en una estampida que aumentaba de velocidad. La muchacha cerró sus ojos, pues esa rapidez a tal altura le ponía nerviosa e insegura. Para cuando los volvió a abrir se encontró sobre un lago que tenía los colores del arcoíris. A la distancia se apreciaba una imponente cascada. Al sobrevolar el lago, el animal tocó con sus patas traseras el agua dejando a su paso una estela de polvo colorido. Continuaron su vuelo hasta casi el roquerío de la cascada, pues cerca de él se desviaron hacia la izquierda, posándose con suavidad en el césped, con sus patas traseras, luego apoyó las delanteras.
Enrique descendió de un salto, ayudando a Luz a bajar.
—Bueno, creo que iré a recorrer las tiendas del mundo esotérico —opinó el jinete—, volveré en unas tres o cuatro horas más. —Levantó el dogal—. Nos vemos, muchacho; señorita.
Cuando el animal se perdió tras unas nubes alguien habló desde sus espaldas.
—Luzbella, ¿eres tú? —La aludida se dio media vuelta encontrándose con un muchacho escuálido, alto, de cabello negro rizado, tez pálida, ojos cafés, labios finos casi sin color, vestido con un pantalón, camisa y chaleco con cuello en v negros, este la miraba con nostalgia—. ¿Luz?
Ella solo extendió sus brazos, no supo cómo ni cuándo, ya que al abrir sus ojos lagrimosos tenía al muchacho apretujado contra sí y lloraba, no de tristeza, sino de emoción. Pronto sintió los brazos del chico rodeándole la cintura, seguido de una cálida presión. ¿Qué era eso? Se preguntó; la respuesta le llegó al instante: el calor del afecto, del cariño, de la amistad, del reencuentro después de un tiempo largo de separación.
—Luz —murmuró en su oído con ternura—, te extrañé, no sabes cuánto.
—Yo también, yo también —aseguró lloriqueando, mientras se aferraba con más fuerza a los hombros del muchacho—, me has hecho tanta falta... te necesitaba mucho, amigo...
—Ya, cálmate —le pidió tiernamente Roberto acariciándole el cabello, mientras observaba al otro que contemplaba la escena—. Todo está bien, estoy aquí para ti, siempre lo estaré.
Pasaron quince minutos, en los cuales Luzbella no paraba de llorar, cuando se calmó y secó sus lágrimas, respiró profundo y continuó con la presentación.
—Él es Enrique, quien me ayudó a escapar de casa y reencontrarme contigo —lo presentó, ambos chicos se estrecharon las manos— y como ya habrás notado es...
—Roberto Grip, tu amigo de la infancia —terminó entre dientes, Enrique—. Lo mejor será darles un tiempo de privacidad, estaré cerca, con permiso.
—Supongo... que él es ese niño especial —aventuró Roberto siguiéndolo con la mirada—. ¿Es él?
—Sí —confesó, un tanto sonrojada—, él me... pues me... no sé cómo explicártelo... es difícil y...
—¿Te gusta? —prosiguió—. Me parece un poco pedante y estirado... no me agrada, tú mereces a alguien mejor. —Juntó sus manos con las de ella—. No es para ti.
—Roberto, creo que estás dejándote llevar por la primera impresión —le sonrió comprensivamente—, debes conocerlo más, una charla con él estaría bien... en verdad es un buen chico, me quiere, yo también a él y siento que podríamos estar juntos una eternidad. —Su interlocutor entreabrió los labios como en un gesto de desagrado, no de réplica—. Dale una oportunidad, me encantaría que se llevaran bien, que tengamos una buena relación, que los tres compartamos muchos momentos juntos...
—En verdad, estoy aquí por ti —intervino conduciéndola más cerca del lago—, solo quiero estar contigo, que retomemos nuestra amistad. Deseo recuperar todo el tiempo perdido. —Le sonrió—. Haré lo que sea con tal de estar más cerca de ti.
—¡Oh! —exclamó emocionada—, me harías muy feliz.
—Entre nos —le susurró al oído—, no necesitas un animal alado para atravesar esta barrera al otro mundo, pensé que lo sabías. Ven, sígueme... te lo mostraré.
La condujo por un sendero bien mantenido, parecía ser cuidado a diario, ¿tal vez era parte de la magia de ese nuevo mundo? Caminaron tomados de las manos por largo rato, mientras él le relataba trivialidades de su vida diaria, lo mucho que la extrañaba y le preocupaba desde la última vez que la vio y debió despedirse en el funeral de su padre.
Llegaron al final del sendero, donde unas ramas bajas muy frondosas tapaban el camino, Roberto, imitó el movimiento de una medusa con su mano derecha y las ramas se separaron dejando ver una cueva rocosa oscura, parecía no tener fin.
—Después de ti —le indicó, ella, sin decir una sola palabra, caminó hasta sentir un movimiento de ramas chocando con violencia en su espalda.
Al entrar, la oscuridad se apoderó del lugar hasta que un fuego se encendió en la mano derecha de su acompañante. Eran llamas azules, las cuales crepitaban onduladamente en su palma. Sorprendida y un poco asustada siguió el camino, el cual estaba finamente constituido por enormes rocas de canteras azules, dispuestas de forma circular, tanto en el techo como en las paredes.
—¿A dónde conduce? —preguntó en un hilo de voz—. Es tétrica, no me...
—Relájate —le sonrió—, queda poco, ya estamos llegando y por la llama no te preocupes. No me quema en absoluto; si deseas, puedo enseñarte a invocar tu fuego interno.
—Sorprendente cuánto me falta por aprender —comentó—. Me encantaría, ¿en qué nivel estás?
—En tercer nivel esotérico —respondió—. El próximo año asistiré al colegio.
—Pero aún no tienes edad para ingresar a uno y —se extrañó Luz—, ¿esas clases no comienzan a los quince años?
—Sí, para el común de los niños —respondió—, es decir, si avanzas de nivel puedes ingresar anticipadamente y, con ello, terminar antes tus estudios, todo depende de cuánto progreses en las clases con los gnomos y las calificaciones que obtengas.
—¿Nos califican?
—Por supuesto, de eso depende nuestro cupo en una academia. Si nos va mal, será sumamente difícil que te acepten en alguna institución educacional prestigiosa. ¿Qué tal te ha ido?
—Bien. He aprendido rápido, es más, terminaron mis prácticas. No asistiré hasta el próximo año. ¿Y cómo lograste avanzar tanto?
—Bueno, he entrenado en casa desde que comencé a sentir los primeros cambios en mí... ya sabes, cosas que vuelan, se mueven sin ninguna razón a tu alrededor. Gracias a eso conseguí el cupo antes de tiempo. Ya tuve la prueba de rigor y me aceptaron para el próximo año... me habría gustado comenzar este mismo, pero las reglas son las reglas y por muy avanzado que seas no puedes ingresar a la Academia Aquelarre por mérito académico hasta los trece años y nueve meses como mínimo.
—Tú cumples los trece el veintinueve de enero, por lo que pronto podrás ser seleccionado y…, pues la próxima semana estás de cumpleaños, ¡oh! Me encantaría celebrarlo contigo, pero...
—Tus tíos —terminó—, no te preocupes, me encargaré de ellos.
La miró radiante justo en el momento en que las llamas se desvanecían. Luzbella pensó que todo quedaría a oscuras, pero se hizo la luz, pues habían llegado al final del túnel, sin ella haber advertido aquello. Salieron a un exuberante bosque que conocía bien. Estaban en el mundo mortal, cerca del campo de estudio gnomo.
—Creo que conoces este lugar... lo digo por tu expresión —aclaró—, a través de este túnel llegas directamente al lago. Debí decírtelo, pero mi cuervo ha estado un poco enfermo..., aún no se recupera, por eso no te respondí la carta, lo siento.
—No es conveniente que me vean —entró al túnel, el chico la siguió—, si me ven, tío Manuel me castigará y...
—Lo comprendo —dijo comprensivamente—, solo quería mostrarte un camino más rápido y práctico. ¿De cuánto tiempo dispones?
—Tres horas, como mucho —informó tras consultar el reloj de bolsillo que había heredado de su padre.
—Te enseñaré algunos trucos —dijo apresurando el paso—, estoy seguro de que lograré enseñarte un poco de Magia Elementaria. —La miró cariñosamente—. Dices que aprendes rápido, pues si es así, lo lograrás. No será un gran desafío.
Llegaron al otro lado del túnel, luego doblaron a la izquierda, internándose en el bosque. A cada paso que daban, la impresión de que estaba siendo mantenido a diario le era indudable. El camino se les abría, sin necesidad de luchar con la maleza que en algún momento obstaculizó el tránsito, pero al acercarse a este retrocedía, dejándoles libre el paso.
—Hemos llegado —anunció Roberto, Luzbella vio aparecer ante sus ojos un pequeño riachuelo. El césped y los arbustos se habían encogido dándoles la libertad para moverse—. Te enseñaré un truco fácil, luego nos iremos... no quiero que tengas problemas en casa por no estar en ella a tiempo.
—¿Qué me enseñarás? —saltó sin más, con ansias y mucha curiosidad—. ¿Qué es Magia Elementaria?
—Son prácticas naturales, en otras palabras, la magia palpable en la naturaleza, cada planta tiene su poder curativo, lo cual ayuda a mantener el equilibrio de la vida y la salud por medio de pociones o, como la llaman los mortales, ungimientos. —Acercó su mano al riachuelo—. El agua: gran elemento, de él depende parte de nuestra vida. Por otro lado, nuestro cuerpo está constituido por aproximadamente un 80 % de ella, debido a eso, somos capaces de controlarla. —Finalmente, se sentó sobre sus talones para luego prosternarse sobre el césped, en esa postura respiró con suavidad, pero profundamente—. La tierra y el aire, uno es palpable y duro, mientras el otro es amorfo y pareciera efímero, pero la verdad es que siempre está con nosotros. —Salió de esa postura, entrecruzando sus piernas—. Sin su composición, no existiría la vida en este planeta. En verdad, todo esto es mágico, el cómo se creó este mundo tan perfecto para vivir es un misterio para algunos.
—Creo que todo obedece a un plan divino —opinó ella—, quien lo haya creado, merece la denominación de un dios.
—Es más que eso, un Logos y una Madre Espacio —la invitó a sentarse palpando el suelo con suavidad—, pero no estamos aquí para hablar de eso.
—Claro. —Sonrió aceptando su invitación.
—Intentemos la conexión con la naturaleza. Primero —objetó mirándola—, cierra tus ojos, siente cómo la brisa roza tus mejillas, labios, frente y la manera en que tu cabello oscila. Coloca las palmas sobre la tierra, sin presionar con fuerza, suavemente. La idea es sentir su vibración cálida —la corrigió al ver la forma en que sus nudillos y dedos perdían color—. ¿La sientes? —ella asintió—. Bien, ahora respira profundamente, despacio, sin prisa. —La chica comenzaba a ver una tenue luz blanca, parecía solo un punto lejano, pero crecía con cada inspiración—. ¿Ves una luz? —Movió su cabeza de forma afirmativa—, ¿cuál es su color?
—Blanco —murmuró, parecía estar en una especie de trance—, blanco, cada vez crece más, al inspirar. Quiero seguirla, la estoy... ¡¿sonidos?! Piar de pájaros, una cascada... cada gota que cae de ella es como un cristal rompiéndose, ¿ese sonido? —Lo siguiente lo dijo como una clara afirmación—. Por mi lado izquierdo... atrás se está rompiendo el pétalo de una rosa roja, ¡qué rico aroma! —Sonrió—. Está cayendo—. Roberto miró al lado señalado donde, efectivamente, caía un pétalo rojo de manera ondulatoria—. Es parecido al rasgar de una pluma, pero menos intenso y más lento.
—Estás lista, el siguiente paso es que —le instruyó— esos ruidos los dejes en segundo plano. Ahora concéntrate en el suelo, específicamente en el pasto, deja que este pase entre tus dedos. No muevas tus manos —ordenó al verlas buscar el césped—, solo visualízalo. Cuando lo veas nítido, hazlo crecer, recuerda que debes creer verdaderamente en... —El verde pasto serpenteaba onduladamente, hasta salir por sus dedos separados y seguía su ascenso. No solo aumentaba en altura el que estaba bajo sus manos, sino que todo a su alrededor crecía, el chico estaba anonadado—. ¡Luz! —exclamó poniéndose en pie—, contrólalo, debes dominar su crecimiento... —El pasto seguía expandiéndose, alcanzando sus caderas y Luzbella no se veía—. Déjalo como estaba antes...
—Aún no llega a su verdadera altura —contestó con una voz que no parecía propia, era más profunda y segura—: la naturaleza ha sido intervenida. Ella debería poblar el planeta, es la verdadera dueña.
—Sin duda, te has conectado más de lo que deberías —aseguró, sin perder la calma—. Luz, relájate. —Le puso ambos pulgares entre las cejas—. Relájate, ahora abre tus ojos lentamente y cada vez que lo hagas disminuye la conexión, ¡vamos, hazlo! —exigió con fuerza—. Cuando los tengas por completo abiertos, debes disminuir su espesor y altura, hasta dejarlo como estaba en el minuto en que comenzamos esta práctica.
Un viento fortísimo se dejó sentir, parecía que la naturaleza estaba molesta, pero justo cuando aparecían remolinos a su alrededor, Luzbella abrió sus ojos y toda esa furia abismal cesó y la maleza disminuyó, hasta quedar a ras de suelo.
—Qué sensación tan abrumadora —dirigió su mirada a su desencajado amigo—, es tan intensa. Me sentía superior en todo aspecto, ¿tan potente es esta conexión? ¿Qué te sucede? —prosiguió al ver ese aterrado semblante—. ¿Hice algo malo?
—No, no —tartamudeó—, solo te conectaste más de lo necesario. Creo que con esa conexión podrías dominar fácilmente la naturaleza a tu antojo. —Se colocó de lado mirando el arroyo—. Extiende tu mano al regato. —No hicieron falta más indicaciones, pues el agua se elevó unos centímetros cuando extendió su mano, y al agitarla el afluente describió el mismo movimiento.
—¡Oh! —exclamó y el agua cayó con fuerza, mojándolo—, ¿qué es todo este poder?
—Simple, estás hecha para este tipo de magia —aseguró—. Ahora será mejor que volvamos al lago, debes irte a casa.
Caminaron juntos, pero separados por una pequeña distancia.
—Por curiosidad —aclaró Roberto—, ¿cómo lograste salir, sin ser vista?
—Fue difícil, pero gracias al ingenio de Enrique lo conseguimos. Aunque bastó una semana para urdir el plan. —Sonrió—. Tocó la casualidad de que su padre realizó un baile en homenaje a sus treinta años de casado y Enrique lo persuadió para que invitara a mis tíos.
Al llegar al lugar donde se inició todo, se encontraron con el dragón rojo y dos muchachos hablando de trivialidades familiares.
—Por fin —resopló Álvaro, abriendo sus ojos de par en par—, ¿la ha pasado bien, señorita? —Sin más, se impulsó, quedando sentado en la montura, sin mayor esfuerzo—. A subirse, más tiempo no podemos perder.
—Nos vamos. —Enrique le extendió su mano derecha, ella solo realizó un gesto con ambas manos extendidas a modo de «dame un segundo». Retrocedió, entendiendo la indirecta—. Como prefieras.
De un salto se montó en el tercer puesto.
—Gracias por todo —dijo, abrazándolo—, espero volver a verte pronto. —Al separarse, quedaron tomados de las manos—. Gracias.
Le dio un beso en la mejilla izquierda y con ayuda de dos manos extendidas en lo alto de la bestia alada, montó sin problemas.
Esta ascendió con rapidez y en una fracción de segundos, ya estaban muy alto traspasando las nubes. Sobrevolaron la muralla mágica invisible, con una fuerza de succión centrípeta fueron expulsados, para el animal no significó gran esfuerzo, parecía experto, como si muchas veces la hubiese sobrevolado antes. Descendieron unos metros más allá del roble anterior.
—Dense prisa —opinó el jinete ascendiendo con su dragón—, espero que aún estén en nuestra casa...
Corrieron a más no poder, con ayuda de los nuevos poderes adquiridos por Luzbella no tropezaron con ninguna enredadera o arbusto, ni ramita puntiaguda de baja altura. El camino, por tortuoso y sinsentido, se convertía en un sendero abierto, solo para que ellos transitaran.
El chico trepó hasta la primera rama del manzanero, pero antes de poder ofrecerle ayuda, Luz, estaba parada tras de él.
—Puedo ayudar a que el trayecto sea más expedito.
Él pareció no comprender, ella solo extendió sus brazos con las palmas abiertas y, acto seguido, todas las pequeñas y grandes ramas que constituían el árbol formaron un perfecto puente que ascendía en espiral. Enrique pareció escandalizado, pero no pronunció palabra alguna. Se limitó a subir hasta la delgada rama que los conducía al membrillero.
—Espera —murmuró extendiendo los dedos de su mano derecha y la rama se engrosó lo suficiente como para caminar sobre ella sin riesgo de resbalar.
En el otro extremo ya disponían de un puente circular hasta la gruesa rama que conducía al ventanal. El primero en entrar fue Enrique, seguido de Luzbella.
Justo en ese momento un carruaje entraba a la propiedad. Eran sus tíos.
—Sin duda, hoy has cambiado mucho —comenzó el muchacho manteniendo sus pupilas fijas en las de ella—. Sea lo que sea que te haya enseñado, no me gusta. No es para ti...
—Estoy bien, no te preocupes —aseguró—, ha sido solo un poco de práctica Elementaria, no le veo lo malo y...
—¡No! —espetó perentoriamente—, escúchame, ese tipo de práctica es peligrosa, puede llegar a controlar tu voluntad... no sabrás lo que haces...
—Sé lo que hago —contestó molesta—, no la dejaré, es parte de mí. Nací para ella.
—La conexión fue muy fuerte —era una afirmación un tanto afligida—. Luz, por favor... Comprendo que a estas alturas te será difícil dejarla, pero puedo ayudarte.
—No es Magia Sombría —apuntó—, no le veo lo peligroso. Solo se controlan los elementos.
—Sé lo que te digo. —Cogiéndole las manos continuó—. Aunque no es práctica Sombría, es arriesgada debido a la primera conexión que puedas realizar —ella negaba—, ¡te está manipulando, entiéndelo, ya ha hecho efecto en ti! —levantó su tono de voz, apelando al criterio de ella—. Mírate, os dejo un par de horas con él y has cambiado considerablemente, ¡no es normal, esto no es normal!
—¡Cállate! —le gritó con vehemencia, abriendo el ventanal prosiguió—. Vete. —Él solo la miró preocupado. Negó con la cabeza y se dispuso a salir. Justo cuando tenía una pierna sobre la rama, ella habló—. Esto lo dices porque no te agradó Roberto.
—No he dicho nada sobre él —retrocedió—, solo dije que no apruebo lo que os ha enseñado.
—Si me quisieras tanto como dices —dijo dándose vuelta para mirarlo—, me apoyarías y lo aceptarías.
—Lo acepto —aseguró—, pero no apruebo este tipo de prácticas.
—Noté que te desagrada —recordó—, no te atrevas a negarlo.
—Quizás me dejé llevar por la primera impresión, solo debo conocerlo más —precisó—, es cosa de tiempo, con seguridad nos llevaremos bien. Mientras no continúe enseñándote esas cosas, estará todo en orden.
—Tú no entiendes —negó Luzbella—, vete y no regreses.
Cerró la ventana con un golpe seco, corrió la cortina quedando la habitación en penumbras.
Para cuando sus tíos abrieron la puerta de su cuarto, ella dormía profundamente y nada de lo que hicieron o dijeron logró despertarla.
A la mañana siguiente, un ruido de pequeñas piedritas golpeando en el vidrio de su ventana la despertó. Estiró sus músculos, seguido de un bostezo, se sentó en la cama, colocándose las pantuflas se paró. Luego dirigió sus pasos hacia el cristal y al descorrer la cortina vio bajo el membrillero, a su amigo. Inmediatamente, la abrió, este solo le extendió su mano derecha, soplándola y algo en llamas azuladas se elevó hasta llegar humeando, pero sin fuego, a sus manos, entonces desplegó el papel y leyó:
«¿Damos un paseo de unas cuatro horas? Prometo no retenerte más, solo quiero que conozcas más de mí y nuevos lugares que te encantarán.
P. D.: No te preocupes por tus tíos, me encargué de que duerman un poco más, es decir, las horas necesarias para que podamos pasear».
—Claro, bajo enseguida. —Describió con sus labios aquellas palabras, sin articular sonido.
Roberto las captó al instante asintiendo con una sonrisa en su semblante.
Se vistió rápidamente y, sin pensar en lo que hacía, bajó la escalera y salió por la puerta principal, hasta llegar al membrillero, donde su amigo la esperaba.
Al verla, la abrazó cariñosamente, acto seguido, unió su mano derecha con la izquierda de ella. Caminaron así hasta encontrarse lejos de los límites de la casa.
—¿Qué haremos hoy? —lo interpeló—, ¿practicaremos?
—Tal vez —contestó—, si es que nos queda tiempo. Hoy mi prioridad es mostrarte el otro mundo, específicamente su comercio.
—¿Cómo conseguiste localizar esta casa? —le preguntó.
—Bueno, teniendo en cuenta tu dirección, no fue difícil encontrarla. —Sonrió abiertamente—. El último día que nos vimos, hace casi seis años, hablé con tu tía y ella me la dio. Fue fácil, pero sospeché, por su expresión inquieta, que don Manuel no se lo tenía permitido.
—En efecto —corroboró—, en cuanto llegamos aquí él expresó claramente sus normas, y una de ellas era que no debía tener contacto con nadie que enviara cartas por medio de lechuzas y encantamientos raros, en otras palabras, con nadie que fuera del mundo prohibido anormal al que hasta ese momento pertenecía.
—Ese hombre, en verdad, es una escoria —gruñó—, no debería existir gente como él... Tiene muchas cuentas que pagar, mientras esté con vida. —Acababan de llegar al túnel, él encendió su mano con el mismo fuego chispeante utilizado el día anterior—. Vamos.
Le tendió un brazo, el cual, aceptó con agrado. En medio de la gran cueva rocosa, Roberto se detuvo, palpó una pequeña roca plateada y se abrió otro camino. Lo siguieron hasta salir a una gran avenida repleta de tiendas, al parecer, recién comenzaban con la atención al público.
—Te encantará.
Observaron con detención cada escaparate, mientras él le relataba para qué servían los instrumentos, libros y plantas que veían en cada almacén. Le compró unos cuantos libros de Magia Elementaria, insumos y objetos que le serían de ayuda para la práctica.
—¿Cuánto tiempo dormirán mis tíos? —recordó, cuando entraba nuevamente en la caverna—, ¿disponemos de tiempo aún?
—No —respondió mirando su reloj de bolsillo—, treinta minutos como mucho. Tiempo suficiente para llegar a tu cuarto y esconder estos objetos en la tabla suelta que está bajo tu cama. —Le guiñó un ojo—. Vamos, todos tenemos una y estoy seguro de que cabrán todos. Hasta sobrará espacio.
Caminaron hasta que la muralla empedrada les obstruyó el paso. Palmeó una roca roja oscura y el pasillo se dejó ver. Doblaron a la derecha, continuaron hasta llegar al final. En medio del imponente y agreste bosque, se alzaba ante ellos, con grotesca furia, un vendaval de viento arremolinado, pero a ellos no les importó, parecían no percibirlo.
—Mañana vendré nuevamente —le informó Roberto—, a la hora de siempre y ni te preocupes por tus tíos, dormirán plácidamente.
—Supongo que utilizas magia para sedarlos —se aventuró—, no me gusta, es más, creo que no hay necesidad de hacérselo a mi tía, ella me apoyará de todos modos. Hasta podríamos hablarle y todo estaría en orden... tío Manuel es el problema.
—Pues eso se solucionará pronto. —Le guiñó un ojo—. Tengo la solución que te permitirá salir conmigo, sin tener problemas con él.
—¿Cómo? ¿Cuál es tu plan? —se extrañó—, eso es imposible. ¿Usarás algún encantamiento?
—No. —Rio, atrayéndola hacia sí, al pasarle un brazo por sobre ambos hombros—. Es un secreto. Te prometí que asistirías a mi cumpleaños y no fallaré, es más, hasta podrás salir sin necesidad de esconderte.
—Me parece una idea muy maravillosa, pero si crees tener la solución —levantó los hombros— y en verdad confías en que será infalible... solo te diré que te deseo mucha suerte.
—Bueno —la ubicó frente a sí—, hemos llegado a casa, quiero que para mañana tengas todo el primer capítulo del libro de Magia Básica Elementaria en la Naturaleza leído y estudiado en su totalidad.
—Claro —lo abrazó tiernamente—, no te fallaré.
Cuando estuvo en su habitación. Buscó la dichosa tabla suelta bajo la cama; encontrándola en el lugar señalado. Eso le extrañó, pero guardó los utensilios y libros allí, dejando solo el que debía leer. Se dispuso en el escritorio y comenzó a estudiarlo.
Capítulo 1: Control mente – tierra
Dentro de las prácticas esotéricas comunes, que son aquellas que se realizan a través de un medio canalizador o instrumento básico como «la varita». Esta solo ayuda al principiante a concentrar y canalizar las fuerzas y energías llamadas «sobrenaturales» que, en verdad, son ordinarias a todos y cada uno de nosotros. Sin embargo, la realidad es que solo una minoría de las personas que habitan en este planeta son verdaderamente capaces de liberar esta energía, distribuida en cada uno de los siete chakras de nuestro cuerpo, siendo la glándula pineal la precursora de despertar parte de nuestro encéfalo dormido. Por consiguiente, esas energías se manifiestan a través de acontecimientos físicos inexplicables para los más escépticos, tales como que: se prendan velas sin más, leviten objetos o ronden entidades o «espíritus», con los que se debe lidiar cada día, hasta que estos, mediante nuestra ayuda, puedan encontrar el camino hacia la luz y tranquilidad espiritual que a cada ser le corresponde al separarnos de nuestro cuerpo físico, pasando a un plano de vibraciones etéreas ligado al primer círculo lunar o al Nirvana.
Como se ha dicho anteriormente, los principiantes que recién incursionan en este tipo de estudio necesitan una vara, pero cuando ya se es muy experimentado, longevo o incluso con mayores capacidades psíquicas, ya que le es más fácil y rápido aprender; ese instrumento canalizador les es prescindible. Por tanto, son capaces de valerse por sí mismos, canalizando desde su chispa interna en coordinación con la pineal y los chakras, toda esa energía por medio de la visualización mental y la propia voluntad consciente de que eso «imaginario» es posible y realizable. El creer lo es todo, sin ello no es posible la conexión con la energía circundante que nos rodea y la que está en nuestro interior.
Desde los inicios de la humanidad como civilización, han existido diferentes prácticas mágicas asociadas a la Magia: Sombría, Blanca, Hematomancia, Wicca, Verde, Amarilla, Celestial, Elemental y Elementaria, esta última estudiaremos en todo este tomo.
—Luz, querida —golpeaba la puerta, Marcia—, es tarde, debes levantarte. —Cerró el libro y lo guardó en el segundo cajón del escritorio—. ¿Estás bien?
—Sí, tía —dijo abriendo la puerta—, desperté temprano, pero como todos dormían no quise molestarlos.
—Querida —le sonrió—, estoy segura de que tu vida cambiará para bien, tendrás un futuro prometedor junto a un buen hombre.
—No hablemos de eso ahora —espetó—. Bajaré enseguida, no se preocupe.
Después del desayuno, continuó con la lectura de aquel capítulo que le era extremadamente atrayente y cada palabra le quedaba grabada en su memoria. Terminó de leerlo tres horas después del almuerzo, justo cuando Enrique golpeaba el cristal de su ventana. Ella fingió no verlo, pero el muchacho no se detendría allí, pues mediante un hechizo logró abrirla y penetrar en la habitación.
—Luz, por favor, no me hagas esto —le pidió—; no nos hagamos esto... sabes cuánto te quiero, nos queremos..., ¡caray! No me siento bien desde la discusión que tuvimos ayer y deseo arreglar este malentendido. —Le tomó una mano—. Mírame, ¡mírame! —le suplicó—, no quiero que lo nuestro se termine ni hoy, ni nunca. —Ella suspiró, pero parecía estar bloqueada como si aquellas palabras en la realidad no tuvieran el significado emocional que hubiesen tenido días antes—. ¿Qué te sucede? Ya no eres la misma que conocí... has cambiado.
—Puede ser. —Se puso en pie—. Mis sentimientos no son los mismos, yo, en verdad, no quiero hacerte falsas ilusiones, pero creo que mis prioridades han cambiado y —dirigió su mirada hacia la de él— ya no te siento parte de mí.
—¿Desde cuándo? —pronunció con dolor—, ¿cuándo nuestros corazones dejaron de latir a la par?
—Ayer. Después de probar esa Magia Elementaria, mis sentidos quedaron impregnados de ella —sentenció—. Lo mejor será que nos separemos por un tiempo.
—Insisto —repitió—, puedo ayudarte a salir de ella de la manera más sensata posible.
—Enrique, quiero probar nuevas prácticas... hay tanto que aprender y mi potencial está en su máximo apogeo. —Se paseaba por la habitación—. Quiero explotarlo al máximo y cuando sienta que ha terminado, prometo buscarte. Al menos para hablar, ahora no quiero distracciones, solo deseo enfocarme en mis estudios y poder ingresar por mérito antes al colegio esotérico.
—Comprendo —dicho esto, salió cerrando el ventanal.
Durante el alba del siguiente día, Roberto pasó a buscarla y estuvieron practicando y recordando lo que aquel capítulo describía en sus líneas sobre la forma de influir en el desarrollo de las plantas y mejorar a las enfermas. En esa mañana, Luzbella consiguió mejorar el aspecto de una dalia marchita a otra totalmente viva y colorida.
—Así es como acaba nuestro día, querida —terminó Roberto—. Para mañana quiero que leas el capítulo dos: «Control mente - agua», en él aprenderás todos los movimientos que debes realizar con tu cuerpo para mover ríos, lagos, cascadas e incluso océanos. Claro, no lo haremos tan profundo.
El ejercicio de este capítulo fue tedioso y bastante agotador para la aprendiz, a la cual le costó dominar cada posición, tardando siete días exactos, pero dentro de ese plazo consiguió realizarlos perfectamente.
—Luz, querida —interrumpió su lectura del capítulo tres: «Control mente - fuego»—, hoy tendremos invitados para el almuerzo. —Sin ganas abrió la puerta—. ¡Oh!, ¿qué te está sucediendo? Pareciera que cada día estás más cansada, es como si algo estuviera absorbiendo tus energías. —Le agarró la mejilla derecha, percatándose de unas inmensas ojeras—. Estás totalmente demacrada.
—Tía —murmuró, sin ganas apartándose de esa mano que la sostenía—, tengo mis prioridades y metas que cumplir. —La mujer entró cerrando la puerta con pestillo.
—Por casualidad, ¿estás leyendo algún libro de hechicería Elementaria o Sombría? —apuntó examinándola exhaustivamente—, porque si estás metida en esas prácticas indecorosas, no tienes mi aprobación..., ¡son peligrosísimas! —murmuró sobresaltada—. Tu madre se metió con ellas durante un tiempo y luego se arrepintió enormemente debido a que perdió gran parte de su juventud, por suerte, pudo recuperar al amor de su vida: tu padre.
—No se meta en mis asuntos —rezongó, sentándose sobre la cama, sin ganas—. Estaré bien, no se preocupe. Y solo para que se sienta mejor y deje de decirme que me estoy convirtiendo en una inadaptada social, asistiré al dichoso almuerzo.
—Gracias, cariño —le palpó la mejilla—, estoy segura de que será de tu completo agrado, te hará bien. —Se paró—. La merienda está programada para las cinco de la tarde. —Le sonrió cerrando la puerta tras de sí.
Con esa información le quedaban exactamente cinco horas de estudio, hojeó el capítulo descubriendo que le faltaban cinco hojas para terminarlo. No se demoraría más de treinta minutos, el resto lo dedicaría a releer ciertas partes que no le habían quedado muy claras. Terminó todo eso en tres horas, lo que le dio tiempo más que suficiente para bañarse, vestirse y maquillarse.
—Las cuatro y media —dijo al ver el reloj de bolsillo dorado perteneciente a su padre—: treinta minutos libres.
Se lanzó con brusquedad sobre la cama, respiró hondo cerrando sus ojos. No se percató de que caía en un sueño profundo. Veía nubes blancas, niebla a ras de suelo. A cada paso que daba, se rasgaba la falda de su vestido de encaje rosado, de pronto, el corsé le apretaba, como si alguien estuviera tirando de las cuerdas ubicadas en la parte trasera. No podía respirar, luchaba por soltarse de quien le hacía daño. Sangre, ¡sangre, saliendo de su boca, nariz y oídos! Aquella fuerza brutal le estaba triturando cada órgano.
—Luz, Luz, querida. —Vislumbró a su tía frente a sí—. Despierta, querida, ya han llegado los invitados. —La chica se puso en pie—. Ese vestido rosado te sienta muy bien.
Bajó junto a su tía. En el vestíbulo estaba... no podía ser, pero era.
—Roberto —susurró casi imperceptiblemente, él le ofreció su brazo izquierdo, ella lo aceptó—, ¿es parte de tu plan?
—Lo prometido es deuda. —Esas palabras le parecía haberlas escuchado de Enrique—. Dije que haría lo imposible, y pretendo cumplirlo.
Ingresaron juntos al vestíbulo, donde su tío conversaba con un hombre muy parecido físicamente a Roberto, pero casi de la edad de Manuel, o eso parecía, mientras bebían una copa de coñac.
El almuerzo estuvo marcado por una energía cómoda, simpática y familiar. Era extraño el comportamiento de su tío, tan cálido.
—Por supuesto, no faltaba más. —Escuchó Luzbella que le decía Manuel al padre de su amigo—. Su hijo tiene mi consentimiento, puede visitar y pasear con mi sobrina siempre que lo desee.
Los varones continuaron su conversación en el salón.
Roberto aprovechó esa instancia para arrastrar a su amiga al estudio de don Manuel. Cerrando la puerta mediante magia, luego le habló.
—¿Leíste el capítulo? —saltó; prendiendo el fuego de la chimenea, que estaba casi apagado—. Si no, te ayudaré a...
—Lo leí muchas veces —dijo sentándose en la alfombra frente al fuego—, pero no creo estar preparada, aún.
—Te ayudaré —parecía excitado—, solo observa el movimiento ondulatorio de las llamas. Las chispas que saltan. ¡Vamos, tú puedes! —Le dio ánimos—. Solo concéntrate.
—En verdad estoy exhausta —replicó mirándolo—, ha sido una semana muy intensa. He aprendido mucho y creo que merezco una pausa, para reponer fuerzas.
—Controlar el fuego es una tarea muy peligrosa y difícil. —Se acomodó a su lado derecho—. Espero que logres hacerlo, pues de ese modo podrás dar la prueba especial, que es dentro de tres semanas. Estoy seguro de que te aceptarán en la misma escuela que yo, pero estaremos separados por unas cuantas hectáreas, ya que no es mixto.
—Independiente de eso, nos veremos igual —sonrió—, pero ¿estás seguro de que controlando el fuego me aceptarán?
—Absolutamente —su respuesta era tan segura que le dio ánimos de continuar con lo pedido, observó el fuego con atención—, tu nivel subirá considerablemente.
—La contemplación del Elementario es la conexión necesaria para el dominio de este —dijo para sí, en forma de afirmación— y el convencimiento es la clave. —Extendió su palma en dirección al fuego y sin dejar de mirarlo, prosiguió—. El fuego existe dentro de mí, cada individuo posee un fuego parpadeando en su interior. —Cerró sus ojos y, al abrirlos, Roberto estaba boquiabierto, siguió su mirada hasta encontrarse con una llama proveniente de la palma de su mano—. ¡Oh, por Dios! —Rio, sin poder creer lo que había conseguido—. ¡Lo he logrado!
—Lanzadlo —indicó a la chimenea—, vamos, el impulso adecuado es visualizando como la llama salta de tu mano, un pequeño empujón, así —impulsó la suya con suavidad—, hazlo.
Luz respiró profundamente e hizo el mismo movimiento, pero solo consiguió hacer oscilar la llama en su mano. Entonces imaginó cómo saltaba desde su palma a la chimenea uniéndose al abrasador y cálido fuego, movió nuevamente su mano consiguiendo al fin que esta saliera disparada cayendo entre el anaranjado fuego.
—Bien, muy bien —aplaudió—, lo has conseguido, estos días solo debes practicar todo lo aprendido y mejorarlo, te ayudaré... estarás completamente perfeccionada para la prueba de admisión.
Los siguientes tres días los pasaron juntos en el lago Multicolor, practicando a sus anchas, sin que nadie los mirara raro. La pasaban muy bien. Reían, se abrazaban, jugueteaban y se lanzaban agua, sin nadar en él.
El día anterior al cumpleaños de Roberto se encontraron de frente con Enrique, que paseaba por el lago donde había comenzado una relación con aquella chica que ahora, al parecer, pertenecía a ese muchacho «amigo de la infancia». ¡Ja! Al verlos sintió como una daga penetraba en lo más profundo de su corazón. Luz hacía casi dos semanas no lo veía y ahora se sentía completamente confundida. Un hielo le resbaló por su espalda y se le formó un nudo en la garganta, pero aún con todo eso, continuó su camino, un tanto abrumada y nerviosa.
Esa noche no lograba conciliar el sueño, algo le incitaba a acercarse a Enrique, hablarle para explicarle que aún lo quería y que todo eso de la confusión no era más que un lapsus mental por concentrarse en una meta que estaba pronta a realizarse, pero ¿qué tal si él no tenía ánimos de escucharla? Ella realmente no lo soportaría. El haberlo perdido le parecía tan real. Su tía tenía razón cuando le dijo que introducirse en esos estudios le significaría pérdidas emocionales inmensas, de las cuales se arrepentiría luego.
La tarde siguiente estuvo marcada por el encuentro «casual» con Enrique cuando ellos salían de la casa con dirección al cumpleaños. Ella solo agachó su cabeza, él la contempló desanimado. Roberto, al ver esto, la asió de la cintura, consiguiendo entrelazar los dedos de su mano libre con los de su amiga instándola a apresurarse, sin perder de vista al compungido intruso.
—Hoy la pasaremos muy bien —le susurró al oído adentrándose en el bosque y reteniéndola entre sus brazos—, nos iremos rápidamente, sostente fuerte.
Todo comenzó a dar vueltas, por lo que ella se aferró a sus hombros, cerrando los ojos y dejando de respirar.
—Tranquila. —Escuchó la voz de su amigo en un susurro, mientras unas manos deambulaban por su espalda—. Ya llegamos.
La chica abrió sus ojos, notando que en frente tenía una construcción en piedra caliza de dos pisos, con muchos ventanales.
—Tu casa —musitó—, está tal como la recordaba.
—No ha cambiado —sonrió, tomándole de una mano—, vamos, dentro nos esperan.
La condujo hasta la puerta principal, pero antes de poder empujarla, esta se abrió. Asomándose una niña extremadamente delgada, de largo cabello negro y pupilas ámbar. Esta envolvió al chico entre sus brazos, él rio por lo bajo.
—¡Feliz cumpleaños, hermanito!
—Sí, ya me lo has dicho más veces de las que puedo recordar desde que me levanté. —La separó de sí apuntando hacia su interlocutora—. Ella es Luzbella.
—¡Oh! ¡Lo siento! —La abrazó con calidez—. No me di cuenta de tu presencia, pero me alegra verte otra vez. —Se miraron a los ojos, al percatarse de que la observaba intrigada, se presentó—. Soy Tamara.
—¡Tami!, pero… estás tan grande, ya no te recordaba.
—Tranquila —le sonrió—, ambas cambiamos durante estos años. —Les hizo un ademán—. Entren, todos están en el patio trasero.
Roberto tomó una mano de su amiga, instándola a seguirlo. Tamara, al ver ese contacto, les sonrió dedicándole una pícara mirada a su hermano, adelantándoseles hasta abrir la puerta corrediza de cristal que daba al otro jardín.
—¡El cumpleañero ha llegado! —Alzó sus brazos sobre la cabeza—. ¡A felicitarlo!
Sentados alrededor de una mesa metálica de color negro estaban Bernabé, Bruno, Abel, Rómulo, Galaga e Imelda. Esta última dejó de sonreír al ver que ellos estaban tomados de las manos.
—¡Compadre! —Bernabé se les acercó, saludándola primero con un beso en una mejilla—. Tanto tiempo, Lucecita. —Luego abrazó a su amigo—. ¡Felicitaciones!
—Lucecita —la saludaba Bruno, entrecerrando sus seductores ojos verdes y esbozando media sonrisa—, no pensábamos verte por acá.
—Sí, desde el funeral de tu padre que no sabíamos de ti —intervino Rómulo, sosteniendo a Luz al pasarle un brazo tras sus hombros para continuar susurrándole al oído—, pero nos alegra tu regreso.
—Claro —sonrió incómoda—, gracias.
—Ya, Rómulo. —Lo apartó—. Luz, a todos nos alegra volver a verte. Espero que, esta vez, puedas seguir al lado de mi hermano para siempre.
—Hermanita —la sostuvo de sus hombros, pasándole un brazo por detrás de ellos—, nuestro padre ya se encargó de eso. —Le guiñó un ojo a su amiga—. Ahora no podrán volver a separarnos.
—¡A comenzar con la celebración! —Imelda los interrumpió, entregándoles unos vasos a Luz y a Roberto. Rómulo le ofreció otro a ella, mientras los demás los alzaban—. Te damos la bienvenida, Luzbellita.
—¡Un salud por el cumpleañero! —expresó Galaga.
—¡Hasta el fondo!
Los presentes se bebieron rápidamente el contenido de sus vasos, pero Luz, en cuanto dio un sorbo, notó que era una sustancia viscosa que le ardió al bajar por su garganta, provocándole una tos fulminante.
—¡Luz! —Tamara le sobó la espalda—. Respira.
—¿Qué era eso? —preguntó, recuperándose.
—Wiskolah —respondió Bernabé, entornando sus ojos marrones de tupidas pestañas.
—¿Qué es?
—¡Dah! —exclamó Imelda, moviendo su cabeza de un lado al otro haciendo oscilar su larga y rizada melena negra, con destellos lila, como un látigo—. Alcohol, ¿qué esperabas, jugo de piña?
—Pero somos menores, no podemos beber —recordó Luzbella—. Si sus padres se enteran…
—Por eso, la idea es beberlo rápidamente. —Imelda le quitó el vaso y se lo tomó de un sorbo—. Maravilloso.
—Vamos. —Roberto la asió de la cintura, conduciéndola hasta la mesa. Bajo ella había una caja rectangular blanca de la que sacó una botella de vidrio que contenía una sustancia amarillenta brillante, la vertió en otro vaso entregándoselo—. Es Espuma Limón.
—¿Más alcohol? —dijo, observando aquella burbujeante bebida.
—No es alcohol en sí, pero es un bebestible con sabor a limón que ayuda a mejorar el estado de ánimo de quien lo beba.
—¿Una bebida esotérica?
—Sí, Lucecita —repuso Rómulo, pasándole su brazo izquierdo por sobre sus hombros—, anda, pruébala, te hará sentir mejor.
—Prefiero un jugo o agua. —La dejó sobre la mesa.
—¡Pero Lucecita!
—¡Diviértete!
—No es correcto, puedo tener problemas con mis tíos si regreso en mal estado.
—No te preocupes por eso. —El cumpleañero le guiñó un ojo, ofreciéndole nuevamente el vaso—. Esta noche te quedarás acá.
—¿¡Qué!? —soltó sorprendida—. No puedo, Roberto, dijiste que regresaríamos…
—Calma —le pidió—, mi padre habló con tu tío para que te dejara pernoctar en esta casa por esta vez y lo consiguió.
—¿En serio? —preguntó incrédula. Él asintió—. ¿No tendré problemas luego?
—¡Para nada!
—¡Vienen tus padres! —anunció Galaga.
Los hombres hicieron desaparecer los vasos y la caja prohibida.
—¡Ya están todos! —Carolina, de cabello castaño claro, pupilas marrones y cutis blanquecino perfecto, alzó sus brazos—. ¡Qué maravilla! ¡Luzbellita, querida, nos alegra tenerte de vuelta en nuestro hogar! —La abrazó—. ¿Cómo has estado? Hemos permanecido muy preocupados porque no teníamos noticias de ti, hasta que este bello príncipe consiguió contactar contigo.
—¡Ya, mamá! —rezongó Roberto.
—Solo digo la verdad, terroncito. —Los chicos a su alrededor se tapaban la boca con sus manos para evitar reír fuerte—. Los esperamos dentro.
La mujer entró, pero Desiderio permanecía ensimismado observando bajo la mesa. De pronto, movió su mano izquierda en esa dirección apareciendo la caja, esta levitó hasta quedar entre sus manos.
—No soy idiota —musitó, después de ver las botellas que contenía—, chicos, disfruten la velada, pero sin esto. —Suspiró—. Los esperamos dentro.
El hombre ingresó a la casa rápidamente.
—¡Demonios! —exclamó Rómulo, alzando sus manos de largos dedos—. Será que siempre nos descubrirá.
—Sí, terroncito —se burló Bernabé frunciendo sus anchos y rosados labios—, no debes beber porque eres mi bebecito.
—¡Imbécil! —graznó Roberto.
—Chicos —intervino su hermana—, con Imelda y Galaga ya nos encargamos.
—La tarde y la noche siguen siendo jóvenes —expresó Imelda, sonriendo abiertamente y achinando sus ojos ámbar cubiertos por espesas pestañas que le daban un toque sensual a su mirada—, tenemos un plan B.
—También uno C —recordó Galaga, entrecerrando sus ojos marrones y balanceando su cuerpo de adelante hacia atrás con sus delgadas manos al interior de los bolsillos de su pantalón.
—No nos quedaremos sin provisiones.
Entraron a la casa, en el comedor les esperaba una mesa repleta de comida y una torta se alzaba entre Carolina y Desiderio.
—¿Por qué tan pronto?
—Para que tengan más tiempo de compartir sin pensar en ella.
—No me subestimen. —Entrecerró sus ojos.
—Terroncito, ven, por favor.
Roberto escuchó un par de risas ahogadas de sus compinches tras de sí. Mientras se aproximaba a la mesa, colocándose entre sus padres, estos levantaron sus índices hacia el techo saliendo de ellos una delgada línea ploma que se unió a otras formando un círculo que quedó abierto sobre la cabeza de Luzbella, esta se percató de que los chicos alzaban sus varitas, manteniendo sus ojos cerrados.
—Alza tu vara —escuchó la voz de Tamara en su oído, ante lo cual obedeció— y pronuncia Janmacarup.
—Janmacarup —susurró, viendo que de la punta del artefacto salía esa luz plomiza y se unía con las demás cerrando el redondel.
—Janmadina liquenacarup —pronunciaron sus padres al unísono, los comensales repitieron—, Janmadina liquenacarup, Janmadina liquenacarup. —Inspiraron profundamente—. ¡Liiiiiii!
—¡Feliz Janmacarup a ti! —exclamó alegremente, Tamara.
—¡A ti, a ti! —prosiguió Imelda.
—¡Feliz Janmacarup, Roberto te deseamos a ti!
El cumpleañero sacó la vela encendida de la torta, colocándola entre ambas palmas y tras inspirar esta se elevó hasta quedar en medio del círculo plomizo, del cual se formaron unas líneas que se unieron a la llama. La cual aumentó de tamaño hasta estallar y convertirse en la cabeza de un lobo que mantenía su lengua afuera, luego estiró su cuello y aulló. Tras un estallido, Luzbella percibió una vibración en su varita cayendo sobre ellos unas brillantinas plomas.
—Hijo, haz los honores —le pidió su padre—, ya sabes qué hacer.
El chico asintió, apuntando con sus palmas hacia la torta. Todos pudieron apreciar cómo los ingredientes que la constituían salían de esta mostrando su proceso de elaboración en reversa, quedando la leche contenida en diez vasos, una sustancia amarilla espesa en unos cuencos de madera y un bizcocho blanquecino sobre el plato en que estuvo el pastel.
—Tal como esta miel endulzaba aquella torta, esperamos que dulcifique tu vida. —Carolina le entregó el pocillo con lo señalado.
—Así como este pan alimenta tu cuerpo físico —prosiguió su padre—, que su esencia mística fortalezca tus cuerpos internos con la ayuda de Pavitra Abna.
—En representación al alimento que como madre te di en tus primeros meses de vida, está esta leche —le entregó un vaso con el líquido blanquecino— para que la gloriosísima Erdam Anivid te entregue su ternura y compañía por siempre.
—Que este fuego Elementario —entre las palmas de su padre ondeaban unas flamas celestes— ilumine siempre tu camino.
Carolina lo recibió entre las suyas.
—Siempre debes recordar que el fuego renueva incesantemente tu naturaleza y este es la representación de tu hoguera interna. —Se lo colocó entre las palmas—. ¡Ignis natura renovatur integra!
Roberto lanzó esas llamaradas azulinas sobre el lugar en que se encontraban los materiales que le habían ofrecido sus padres, comenzando a consumirse. Después de un chispazo, él sopló, consiguiendo que el fuego se apagara, seguido de un humo que no dejaba ver ni respirar, provocando una tos generalizada.
—Lo siento, aún no lo domino —se disculpó el cumpleañero, cuando sus padres limpiaban el aire del lugar mediante magia.
—Pronto lo harás, hijo. —Su madre lo alentó, con una mano sobre su hombro derecho.
—No está mal para ser tu segundo intento —comentó Desiderio, entregándole un cuchillo triangular—. Ahora, a repartir el pastel.
Luzbella vio que la torta de chocolate que había sido transformada a sus materiales primarios ahora había vuelto en gloria y majestad, y Roberto comenzaba con la labor de cortar las porciones, mientras Carolina le acercaba los platos para que colocara los trozos en ellos. Hasta que uno flotante quedó frente a ella, entonces lo recibió entre sus manos.
—Compadre, está buenísimo —opinó Bernabé, atragantándose con el pastel—. Has mejorado.
—El del año pasado estaba más o menos —recordó Bruno.
—Más o menos malo —se burló Rómulo—, más malo me atrevería a afirmar.
—¡Rómulo! —lo reprendió Imelda, este arqueó sus finos labios incoloros y su nariz de tucán se arrugó de un lado mostrando su molestia—. Más respeto.
—Ya, idiota —Roberto le ofreció un vaso con leche—, tómatela. —El aludido bebió un sorbo—. Está especialmente envenenada para que te calles de una vez.
El chico escupió la leche que acababa de ingerir nuevamente.
—No hay nada envenenado —corrigió Carolina, haciendo desaparecer la leche derramada con un hechizo—. No le hagas caso, Romulito.
Su esposo no pudo contenerse y dejó escapar una sonora carcajada. Mientras sacaba de un cajón un álbum que contenía unos pequeños discos redondos y se los entregaba a su hija. Esta, junto a Galaga, escogió el disco introduciéndolo en un aparato redondo que giraba produciendo sonidos musicales muy pegajosos.
El cumpleañero se acercó a Luz, justo antes de que Imelda se le aproximara a él, tomándole de una mano.
—¿Bailamos?
—Claro —aceptó.
El chico la condujo hasta el salón, en donde comenzó a hacerla girar en sí misma varias veces, hasta que la tomó de la cintura alzándola. Tras un brinco, cuando le depositó los pies en el suelo, se separaron moviendo sus brazos a la altura de sus pechos, dando cortos pasos hacia la derecha e izquierda.
Los siguientes en entrar fueron Bruno y Tamara, que se ubicaron más al centro, iniciando aquellos alocados pasos de baile, riendo sin parar.
Galaga intentó invitar a Imelda, pero esta se rehusó sentándose junto a Rómulo alrededor de la mesa del comedor.
—Compadre, no le hagas caso —le susurró Bernabé—, sabes que está loquita por ya sabes quién. Mejor búscate otra.
—No hay más mujeres acá con las que bailar ahora.
—No me refería a eso. ¡Venga! —Lo instó a entrar al salón—. Acá encontraremos con quién bailar.
Bernabé se inmiscuyó entre Tamara y Bruno, iniciando un bailoteo entre los tres. Galaga se quedó apoyado en el umbral con sus huesudas manos sobre sus brazos, hasta que Tamara fue por él.
—No, tranquila, estoy bien…
—No seas necio —lo condujo, caminando ella en reversa—, baila con nosotros.
Los chicos los rodearon, consiguiendo que formaran parte del grupo. Tamara lo liberó comenzando a saltar en medio del triángulo enloquecida y con sus ojos cerrados. Solo se dejaba guiar por la música. A ratos sentía que la tomaban de la cintura y, si estaba de frente a quien lo hacía se le colgaba del cuello o le retenía de las manos, dependiendo del ritmo que resonaba en el lugar. De ese modo, bailó con todos los muchachos que estaban a su alrededor.
En cuanto a los otros dos, bailaron juntos sin que nadie se inmiscuyera entre ellos. Roberto disfrutaba de su cercanía, le fascinaba su aroma y la suavidad de su piel. Algo le atraía a ella con una fuerza casi incontrolable. Durante una pieza con melodías románticas logró pegarla lo suficiente a su cuerpo, pudiendo, por un breve instante, rozar sus labios. Pero ella instintivamente se separó de él, terminando ese contacto.
—Iré por algo de beber.
En el comedor encontró a Rómulo charlando con Imelda, por lo que desvió la mirada aproximándose a un jarrón que contenía un líquido amarillo. Llenó un vaso con este y lo bebió aprisa, percibiendo un sabor a limón junto a una sensación de profunda relajación. Al terminárselo se sirvió otro, cuando volteó vio a los padres de su amigo salir por la puerta principal.
—¿Te sirvo más? —Rómulo estaba a su lado con la jarra entre sus manos—. Ya lo volviste a vaciar.
—Cierto —comprobó dirigiendo su atención al vaso—, no lo había notado. —El chico vertió más en él—. Gracias.
Salió de allí, encontrándose con Roberto en el vestíbulo.
—Luz, lo siento, yo…
—Tranquilo. —Le tomó de una mano, conduciéndolo al cuarto de baile—. Sigamos. —Comenzó a saltar, entregándole el vaso. Este bebió un poco, percatándose de que era Espuma Limón—. ¡Guju!
—¡Eh! —exclamó Rómulo alzando sus brazos—. ¡Los adultos se han marchado!
Los presentes aplaudieron, vitoreando felices. Imelda tomó una de las manos que Rómulo mantenía en el aire y él unió la otra con la que le quedaba a ella libre.
—¡Eh! —exclamaron al unísono con sus brazos alzados, ingresando al salón. Tamara y Bruno fueron los primeros en pasar por debajo del puente que habían formado, prosiguiendo Galaga con Bernabé y, finalmente, Roberto con una eufórica Luzbella. Continuaron pasando por debajo de los brazos que cada pareja alzaba, hasta que se formó un enredo de personas, y Roberto terminó bailando con Imelda, mientras que Luzbella quedó con Rómulo en esquinas opuestas del salón.
—Lucecita —reía el muchacho al verla saltar—, jamás te había visto tan animada.
—Tengo sed.
—Espera —la sostuvo de la cintura, entregándole una botella con un líquido transparente—, aquí tienes algo que te refrescará.
—¿Qué es?
—Un té helado de limón con menta, endulzado —le mintió—, te gustará, bébelo.
La chica se lo empinó, momento que él aprovechó para echar un vistazo hacia la otra esquina. Viendo que Imelda había conseguido proceder con lo acordado y permanecía colgada del cuello de Roberto mientras se besaban apasionadamente.
—Lucecita —recibió la botella vacía—, estás muy animada.
—¿Y por qué no estarlo?
—¡Ey! —la detuvo—, ¿para dónde vas?
Se lo quitó de encima de un empujón que lo hizo caer al suelo. Luz rio apuntándolo con un índice. Luego volteó, metiéndose entre los otros muchachos que bailaban.
—Eso te pasa por traidor. —Tamara estaba acuclillada a su lado—. No esperaba menos de Luz.
—Pero a tu hermanito no le va mal, ¿eh?
—Él puede hacer lo que le dé la gana porque es su cumpleaños, pero tú no lograrás tu cometido.
—Yo no estaría tan seguro.
—Lo lamento, pero no me despegaré de ella. No sé cómo lograste emborracharla, pero de ahí no pasará —le sonrió irónica—, lindura.
Entre saltos y vueltas, Luzbella se abrió paso hasta una mesita en que había unas botellas y tomó una al azar procediendo a beberla, mientras lo hacía su cuerpo trastabilló hasta chocar con la pareja que aún compartía un acalorado momento. Entonces, Roberto se percató de que estaba besándose con Imelda, pues, hasta ese momento, pensaba que lo hacía con Luz debido a un hechizo ilusorio que le permitió confundir al chico con una máscara energética provisoria. Esta pasó por en medio de ambos, sin percatarse de quiénes eran y salió al vestíbulo.
—¡Imelda, pero…!
—¿Me dirás que no te gustó?
—Eres una…
—¡Cuidado con lo que dirás! —le previno, apuntándolo con su índice.
La empujó, haciendo que chocara con la pared y procedió a salir de allí. En el patio trasero se encontró con Luzbella, sentada mirando la luna.
—Luz. —Se acomodó a su lado.
—¿Te has preguntado a dónde van nuestros seres queridos cuando fallecen?
—Sí.
—¿Qué les sucederá?
—Pues, por lo que he estudiado, depende de cómo se hayan comportado en este plano.
—¿Cómo es eso? —Le prestó atención, él se fundió en sus pupilas.
—Según el Sagrado Libro de los Muertos —prosiguió él— tienen tres opciones: ir al Nirvana, al Avitchi o retornar de inmediato en otro cuerpo físico.
—¿Qué es el Nirvana?
—Es un lugar al que vas a tomarte un tiempo de reposo en el otro plano, es como ir por unas largas vacaciones espirituales.
—¿Desde allá pueden vernos?
—Sí.
—¿Crees que mis padres estén allá? —Él vaciló un momento antes de contestar, pues vio que los ojos de su amiga estaban muy brillantes y su barbilla comenzaba a temblar.
—Por supuesto. —Le acarició las mejillas con sus pulgares—. Deben estar descansando y cuidándote desde esa dimensión celestial. —Ella lo abrazó—. Cuando nuestros familiares mueren, jamás nos dejan.
—Eres un gran amigo, gracias por regresar a mi vida.
—Siempre estaré para ti.
—¡Chicos! —Tamara se les acercaba con unas botellas en sus manos—. ¡Comenzaremos con la invocación! —les anunció entregándoselas, estas contenían un líquido azul rey—. Síganme.
Él se levantó ayudándola a pararse. Luzbella apoyó su cabeza en el hombro derecho de su acompañante y él la atrajo de la cintura. De ese modo, caminaron tras Tamara hasta que salieron de las inmediaciones internándose en el frondoso y selvático bosque. El terreno se volvió empinado y agreste, pero entre Tamara y su hermano lograron contenerlo, haciendo retroceder a los arbustos y enredaderas. Se detuvieron frente a los demás, que juntaban un montículo de leña.
—Bien, daremos por iniciado este segundo año de invocaciones —proclamó Tamara alzando sus brazos, consiguiendo que un par de relámpagos los iluminara—. Antes de invocar a nuestros fuegos internos quiero aclararles que esto no es un juego, así que espero seriedad y respeto. Lo que verán esta noche puede marcarlos de por vida, así que lo mejor para aquellos miedosos es retirarse. —Miró a Galaga, quien movía sus pupilas incesantemente saliendo de ellas destellos azules mientras jugueteaba con su flequillo azabache cambiándolo de lado de forma incesante, hasta que se detuvo al partirlo a la mitad y colocarlo a ambos lados, tras sus orejas—. Habiendo dejado las normas claras, comenzaremos. —Extendió sus palmas, sobre estas se encendió un fuego azulino. Desde su derecha comenzaron a aparecer esas llamas en las palmas de los concurrentes hasta terminar en las de Luzbella. Tamara lanzó las flamas sobre los troncos y los demás lo hicieron en el mismo orden anterior—. Ahora tomen el contenido de sus botellas.
El líquido era dulce, sumamente adictivo, por lo que el beberlo era agradable. Luz se percató de que las lanzaban a la hoguera, ella hizo lo mismo al terminarse su contenido. En ese momento sintió que Roberto tomaba su mano izquierda y Tamara le tendía la suya, entonces la aceptó cerrando el círculo.
—Por el poder sagrado de Reficul y las esferas del Avitchi te invocamos para que nos des las respuestas que necesitamos —recitó Tamara—. Tenemos absoluta claridad del pacto que hacemos al invocarte y estamos dispuestos a pagar por tu ayuda. Este fuego Elementario es un símbolo de nuestro compromiso para contigo, pues te ofrecemos nuestro sagrado fuego para que hagas con él lo que estimes conveniente, ¡oh!, gran maestro.
—Sssssss —comenzaron a sisear los demás.
—Sanatás —pronunció con seguridad—, permítenos entrar en tus territorios para hurgar en los misterios que rondan la vida y la muerte de este multiverso y encontrar las respuestas que buscamos.
Luz, que permanecía con sus ojos cerrados, percibió que su mano izquierda había sido liberada. Entonces, aflojó la presión en la otra que sostenía, mientras pegaba unos pestañazos para acostumbrarse a la luminosidad que emanaba aquella hoguera.
—Todos deben verter un poco de su sangre sobre el fuego mientras le hacen su consulta, esta debe ser mental. —Se hizo un corte en su antebrazo izquierdo, derramando su líquido vital entre las llamas—. Cada uno verá su propia verdad.
En ese instante, se quedó inmóvil contemplando el fuego. Al mirar hacia los otros, Luzbella se percató de que realizaban el mismo procedimiento quedándose ensimismados contemplando las flamas azulinas. Ella se acercó con su varita en su mano derecha, realizándose un corte con la punta de esta y dejando caer su sangre mientras pensaba en su padre, sin articular pregunta alguna. De pronto, sintió un calor en su herida y al voltear su antebrazo vio que la incisión había desaparecido, impresionada dio un paso atrás, pero su atención se fijó en las altas llamas, en ellas aparecía su figura, cuando tenía tan solo ocho años, caminando por un pasillo.
«—Papá —llamaba con su vocecita infantil—, papá.
Llegaba al comedor, proseguía su búsqueda por las demás habitaciones hasta entrar en la cocina, donde divisaba a una persona colgando de una viga del techo. Rodeó la mesa, hasta quedar frente al suicida, pero no podía ser, ¡ese era su padre!
—¡Ah! ¡Papi! —gritaba con sus manitos tapándose la boca, mientras lágrimas caían por sus mejillas—. ¡No! ¡Papi! ¡Papi!
Percibió que unos brazos la movían, pero ella se zafó subiéndose a la mesa y aferrándose a una pierna del hombre, llorando desconsoladamente.
—Luz, baja, por favor. —Escuchaba una voz masculina infantil a lo lejos—. Luz, suéltalo…
—¡No, no! —repetía—. ¡Déjame! ¡Papá!
—¡Mamá! —esa voz infantil, pero masculina se alejaba—, ¡papá!
La niña siguió llorando, aferrada al cadáver, hasta que sintió unas manos adultas que la separaban de su progenitor.
—¡Chiquita, tranquila! —una voz femenina, que pudo identificar como la de Carolina, le susurraba con ternura al oído—. Todo está bien, tus tíos ya llegarán.
—Mi papi —sollozaba.
—Kinasomnium.
Cayó dormida en los brazos de la mujer y esta la llevó a su cuarto. Acostándola bajo las mantas de la cama, continuando con un contacto afectuoso sobre sus cabellos.
—¡No! —Carolina escuchó un grito femenino que le hizo erguirse y salir. Encontrándose con Marcia escandalizada—. ¡Esto no es posible!
—Por favor, cálmese —le pidió—. Debe estar tranquila para enfrentarse a su sobrina.
—Dicen que ella lo vio así —apuntó al colgado— y ¿por qué permanece allí? ¡Deberían haberlo bajado ya!
—Debemos esperar a que lleguen los servicios de emergencia. No podemos pasar por encima de los protocolos —le explicó Desiderio.
—Marcia, relájate —le susurró su marido, tocándole con sus pulgares el centro de sus palmas—. Olvidarás esto, ahora espera a que la niña salga del cuarto y no dejes que venga para acá.
La mujer caminó hacia el pasillo como hipnotizada, los otros dos lo observaron sorprendidos.
—Ustedes encárguense de esto —les indicó—. Me haré cargo del desastre que le causó a su hija antes de que despierte.
Caminó por el pasillo, encontrándose con su esposa mirando el vacío, siguió hasta ingresar en el cuarto de la niña, hallándola dormida. Se acercó a ella colocando sus pulgares en el entrecejo y los índices en las sienes.
—Neshtrim majmue —musitó, chocando su frente en sus pulgares. Después de unos minutos, prosiguió—. Eso recordarás y de ese modo te comportarás de aquí en adelante».
Luzbella volvió a la realidad, sobresaltada y profundamente herida. Roberto, a su lado, la observaba preocupado. Para su suerte, ellos eran los únicos fuera del trance.
—Luz, lo siento, no era mi intención que vieras eso.
Ella se levantó, emprendiendo la huida colina abajo, pero en un momento tropezó, comenzando a rodar hasta que su cabeza impactó con algo duro y no supo más de la realidad. Su amigo la encontró segundos después.
—¡Luz! —Se deslizó por la pendiente, parecía que la tierra mantenía sus pies pegados a ella. En cuanto llegó a un lado de la accidentada se dejó caer de rodillas—. ¡Lo siento! No debí hacer esta invocación, soy un estúpido. —Al encontrarle el pulso, se tranquilizó, pues estaba dentro de lo normal. Entonces la levantó entre sus brazos y la llevó hasta la casa, donde la recostó en una cama del segundo piso.
—¡Roberto! —Su madre estaba parada en el umbral—. Sabía que no debíamos dejarlos, pero ¿qué le hiciste?
—Ella resbaló y se golpeó en la cabeza. —La mujer la examinaba—. No fue mi culpa.
—¡Fuera!
—Pero…
—¡He dicho que salgas!
—No quiero dejarla…
—Si no sales, tu padre se enterará de esto y será peor para ti.
—Bien —alzó sus palmas a modo de rendición—, pero estaré en el pasillo. No me iré.
Él se quedó fuera del cuarto, acuclillado a un lado de la puerta. Hasta que sus compinches llegaron riendo, produciendo un ruido estrepitoso.
—¡Compadre! —exclamó Bernabé, esbozando una pícara sonrisa—. Te hacíamos con Lucecita en otro nivel.
—¿Hermano? —Tamara se arrodilló a su lado—, ¿qué tienes?
—Luz se accidentó —les informó—, la encontré tirada al pie de la colina sangrando.
—¿¡Qué!?
—Mamá la está examinando.
—Estamos en problemas —tartajeó Rómulo—, saben, yo mejor me voy.
—Sí, es lo mejor. —Lo siguió Imelda—. Hasta pronto.
La puerta del cuarto se abrió, dejando ver a Carolina con un semblante ensombrecido.
—Sus padres se enterarán de lo que hicieron esta noche, se los aseguro —apuntó hacia el final del pasillo—. Ahora, a sus cuartos.
—¿Cómo está Luz? —le preguntó Roberto, cuando sus amigos se habían metido en otras habitaciones.
—¡Malditos críos! —susurró molesta, pegándoles unas bofetadas a ambos hijos que los hizo volar unos centímetros cayendo de soslayo al suelo—. En especial tú —apuntó a Tamara—, una niña de tu edad no debe practicar ese tipo de rituales. —La tironeó del cabello—. Te has metido con fuerzas que no conoces y has despertado recuerdos que Luz había bloqueado.
—Sé que podrás solucionarlo —soltó Roberto, pero su madre le dedicó una mirada asesina, por lo que desvió su atención al suelo—, lo siento.
—Claro que lo arreglaré —aseguró—, pero ustedes, en especial tú —se dirigió a su hija, mientras le enredaba los dedos en el cabello obligándola a pararse al jalar de él—, tendrán una penitencia ejemplificadora.
—Mamá —gimió Tamara—, no le digas a papá.
—No lo haré porque sé cómo reaccionará, pero no se librarán de su castigo. —La empujó con tal fuerza que, al chocar con su hermano, ambos cayeron al piso—. ¡Lárguense de mi vista! ¡Ahora!
Los hermanos apresuraron el paso hasta refugiarse en uno de los cuartos.
Horas después, la enferma abrió sus ojos lentamente, intentando enfocar las imágenes realizando fuertes pestañazos, hasta que distinguió dos sombras que la observaban con atención.
—¡Has despertado! —se alegró Tamara, dedicándole una amplia sonrisa—. ¿Cómo te sientes?
—Apaleada —expresó, apoyándose en el respaldo de la cama con ayuda del chico—. ¿Qué me sucedió?
—Bueno, según todo nos lo indica —prosiguió Tamara—, bebiste más de la cuenta y mi hermano tuvo que traerte a la cama anoche.
—Recuerdo que —se quedó pensando— fui por algo de beber y me serví algunos vasos de limonada.
—Luz —Roberto le susurró con ternura—, eso no era limonada —esta lo miró sorprendida—, era Espuma Limón.
—¡No!
—¿Qué más bebiste?
—Pues Rómulo me entregó una botella que era de té helado, sabía a limón con menta —Tamara no pudo evitar soltar una risita— y después de eso, no recuerdo más.
—Sí, linda, perdón —le pidió disculpas, la muchacha—. Eso que te dio, sin duda, era Mojito.
—¿Alcohol?
—Así es.
—¿Qué pasó luego?
—Bueno, lo que vi fue que lo empujaste. Te reíste en su cara y seguiste bailando con nosotros —le relató—. Luego fuiste por algo de beber y, mientras te refrescabas, te desplomaste. —Miró a su hermano—. Para tu suerte, este bello príncipe estaba a tu lado y te recibió entre sus brazos.
—¿Sus padres lo saben?
—No, ellos no estaban.
—¿Recuerdas algo más?
—No —contestó, después de meditarlo un rato.
—¿Quieres desayunar?
—No me vendría mal.
Salió de la cama, caminando entre los dos hermanos. En la cocina se encontró con los dueños de casa. Carolina le entregó un tazón con chocolate, indicándole que tomara asiento.
—Supe que fuiste la primera en acostarte.
—¿Sí?
—Hablamos con tus tíos —prosiguió Desiderio—, iremos a dejarte después del desayuno.
—¿Qué dijo mi tío?
—Que podías regresar antes de las seis de la tarde —le informó Carolina—, te dio un par de horas más.
—Si gustas, puedes quedarte a almorzar.
—¿Qué dices? —Roberto entrelazó sus dedos en una de sus manos.
—Por mí está bien —expresó feliz. Su amigo sonrió, justo cuando Tamara le entregaba un sándwich—. ¿Y los demás?
—Se fueron hace una hora.
—¿Qué hora es? —preguntó engulléndose su pan.
—Las once de la mañana —le informó—. A las tres de la tarde es el almuerzo.
Al terminar el desayuno, salieron al patio trasero. Entonces ella se percató de que tenían piscina.
—¿Quieres nadar un rato? —le preguntó Tamara—. Puedo prestarte ropa.
—Me encantaría —se alegró—, pero acabamos de comer…
—Tranquila —la atajó Roberto—, en nuestro mundo existe la solución para meterse después de comer sin riesgo a acalambrarse.
—Ven, vamos por ropa adecuada.
Roberto entró minutos después, encontrándose con su madre.
—¿Qué traman?
—Luz quiere nadar y me preguntaba si tienes Bochicramps.
En la mano de la mujer apareció una botellita con un líquido marrón.
—Nada de cadenas en el agua, ¿entendido?
—Entendido. —Recibió lo solicitado.
—Solo nadar.
—Así será.
—Se lo diré a tu hermana. —Suspiró—. Luzbellita ya ha sufrido mucho como para que ustedes le hagan más daño. —Él asintió, disponiéndose a salir—. Hijo, el que ustedes hayan vuelto a su vida debe ser algo positivo para ella, no lo arruinen.
—Sí, mamá.
—Una estupidez más y no vuelves a verla.
Escucharon las voces de las muchachas acercándose, por lo que la conversación terminó. Cuando ellas entraron, Carolina las interrumpió.
—Hija, necesito de tu ayuda un momento. —Les sonrió—. Roberto te acompañará, mientras, disfruten chapotear en la piscina.
El muchacho estaba aturdido mirando a su amiga, pues aquellos pescadores y la polera le quedaban muy ajustados a sus curvas. Luzbella se le aproximó sonriendo y él la siguió, hasta que la vio zambullirse en el agua.
—¿Vendrás? —le preguntó, asomando su cabeza.
—Por supuesto.
Se quitó la camisa y los pantalones, quedando con un short negro. De ese modo, se zambulló saliendo a flote a su lado. Ella le lanzó agua a la cara e inició la huida nadando, él se sumergió alcanzándola sin problemas, reteniéndola de la cintura y provocando que soltara un gritito seguido de una risa. La rodeó, sin soltarla, hasta quedar en frente quitándole el cabello del rostro.
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