Read the book: «7 900 millas»

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Cris Ginsey

Cris Ginsey nació en Málaga y es psicóloga y escritora en sus minutos libres. A pesar de comenzar escribiendo fantasía desde pequeña, lo primero que publica en internet son relatos eróticos bajo el seudónimo de «Miss Ginsey» desde 2011. Es en 2015 cuando se atreve a escribir historias con más contenido y profundidad, que se pueden catalogar como comedia erótica-romántica, primero en su blog personal (La bollería de Ginsey, que comparte con Anna Pólux) y más tarde en plataformas de lectura online, historias como Las dos caras del amor, escrita a cuatro manos y con más de 400 000 lecturas en total. En el año 2017 autopublica dos libros, La tentación vive al lado y Cantando bajo la nieve; con LES Editorial publica en 2018 Cosas del Destino: El diario de Claire Lewis y Cosas del Destino: El efecto mariposa, escritas junto con Anna Pólux, y en 2019, 12 700 km, su último libro en solitario, que continúa con 7 900 millas (2021). Su pasatiempo favorito es la creación de la personalidad de sus protagonistas y su círculo más cercano, intentando que sean complejas y realistas, para que las lectoras puedan verse reflejadas en ellas y aprender juntas en el viaje de cada lectura.

@MissGinsey | @labolleriadeginsey

Conocer a Virginia ha cambiado los esquemas de Amanda, la distancia puede llegar a dar mucho miedo y echarse de menos es cada vez más doloroso. Tras las videollamadas interminables siempre necesita más. La rutina en Melbourne no es sencilla y su nueva relación de pareja trae problemas que no se esperaba. Poco a poco se da cuenta de que su idea de vida perfecta es en realidad un refugio donde se esconde de sus verdaderos sueños. Perseguirlos supondría decirle adiós a demasiadas cosas que no es capaz de dejar atrás y enfrentarse a un muro que no sabe si podrá saltar, pero por primera vez en mucho tiempo hay alguien por quien merece la pena intentarlo.

La historia de amor de Gina y Amanda continúa en 7900 millas, esta vez a través de los ojos de la australiana. Cris Ginsey nos habla en este libro del amor a distancia, de la familia y la amistad, la salud mental y cómo el pasado nos puede afectar en el presente y, sobre todo, en el futuro.

7 900 millas

Cris Ginsey


Primera edición: febrero de 2021

© Cris Ginsey, 2021

© Letras Raras Ediciones, S. L. U., 2021

© Antonia Leiva (@ansdrela), ilustración de la portada, 2021

LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S. L. U.

www.leseditorial.com info@leseditorial.com

ISBN: 978-84-17829-38-4

IBIC: FA, FP, FRD

Producción del ePub: booqlab

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

Sin tu ayuda este libro no existiría,

así que es para ti.

¿Quieres escuchar la banda sonora de esta historia?

Contenido

Cris Ginsey

Sinopsis

Créditos

Dedicatoria

Playlist

Anteriormente en 12 700 km

1 Un truco de magia

2 Kilómetros hacia Virginia

3 No es fácil decir adiós

4 Vuelta a la rutina

5 Sueño americano

6 Cerca

7 Cita a distancia

8 La conversación

9 El plan perfecto

10 Reencuentros

11 Primer día en San Francisco I

12 Primer día en San Francisco II

13 La falda de flores

14 La guerra de las galaxias

15 De vuelta a Melbourne

16 Reencuentros

17 Cambios de rutina

18 Miedo

19 Nuevos planes

20 She Keeps Me Warm

Epílogo

Anteriormente en 12 700 km

Gina es una chica que vive su vida feliz, practica deporte y le encanta estar con sus amigos, hacen reuniones regulares y se entretienen con juegos de mesa, especialmente con el Catán. Además, escribe fanfics lésbicos que sube a internet y tiene bastantes seguidoras.

Esta historia empieza dos años atrás con el cumpleaños de Gina, en ese momento conocemos a Teri, un crush muy grande de nuestra protagonista. Una chica rubia y muy mona a la que invita a su cumpleaños y ¡acepta! Entre palabras insinuantes y guiños se besan, tienen sus sensualidades y se fuman juntas el primer porro de Gina.

El drama surge cuando su hermana, Patrice, y también deportista, la pilla fumando, lo que no le gusta nada de nada. Discuten, sale cabreada a la calle seguida por Gina y… se ve involucrada en un accidente. En el presente descubrimos que Patrice perdió una pierna y que todos los planes que tenía para su vida se han venido abajo. La buena relación de las hermanas se ha esfumado y Gina lleva años arrastrando un gran sentimiento de culpa.

Teri sigue en su vida, no de forma romántica (se acuestan alguna que otra vez) y ya no es rubia ni mona, ahora ha salido del cascarón y se muestra como realmente es.

A pesar de ser un grupo bastante unido, su mejor amiga es Liv, que al inicio del libro tiene una relación con Elliot, el mejor amigo de Gina. Pero Liv se da cuenta de algo, rompe con Elliot y confiesa que no puede dejar de mirar con ojitos a cierta chica examante de Gina: Teri. Gina descubre más tarde ¡que a Teri también le gusta Liv! Aunque ellas no se dicen nada, Gina las shippea mucho. La primera parte nos deja con la incógnita, ¿Teriv será real?

En ese grupo también están Tom y Jerry, que pasan de estar bastante presentes a desaparecer sin motivos aparentes. Y Elliot empieza a ir más a su pueblo natal con Gina, una vez que esta retoma la relación con su hermana… En este reencuentro tiene mucho que ver la nueva persona que ha aparecido en su vida: Amanda.

Pero volvamos atrás.

Como ya sabemos, Gina escribe fanfics, y una de sus lectoras fieles le hace una crítica que le sorprende: escribe demasiadas sensualidades. En un primer momento, Gina se mosquea un pelín, pero después empiezan a hablar y todo bien. Vaya, más que bien. Mejor que bien porque se acaban enamorando, pero… —siempre hay un pero— esta chica, Amanda, es de Australia y a Gina le pilla un poquito lejos. Aun así, llega un punto en que necesita conocerla en persona, así que lo da todo para ir a un torneo de voleibol mundial que se celebra en Sídney.

El encuentro es bonito, pero Gina pensaba que Amanda sentía lo mismo (spoiler, siente lo mismo), sin embargo, descubre que le ocultó algo, algo realmente importante: Amanda tiene novio.

Pero también Amanda está enamorada de Gina, y lo confirma cuando la ve por primera vez en persona. Si no se ha atrevido a dejar a su novio, ha sido porque llevan mucho tiempo juntos, lo quiere y siente que le debe mucho por su apoyo tras la prematura muerte de su padre.

Finalmente, cada una vuelve a su ciudad natal, Amanda acaba dejando a su novio, Gina y ella no dejan de hablar y planean el próximo encuentro. Esta vez, por fin, se dan su primer besito (y los siguientes), sensualidades, todo es bonito y hermoso. 12700 km termina con una despedida llena de promesas.

En esta segunda parte conoceremos más a Amanda, su pasado, sus relaciones, su día a día, sus pensamientos y sus miedos. Es algo tímida, ya lo sabemos, y aun así se va a abrir, nos va a mostrar cosas que ni ella es capaz de mirar. También que a veces es necesario echar la vista atrás para impulsarse hacia delante.

Te deseo una feliz lectura de la segunda parte de esta historia. Agárrate bien fuerte a los asientos de este avión, porque ya sabes lo que dicen… una relación a distancia no es algo fácil, y tal vez Gina no sea la persona que impulse a Amanda a dar un paso adelante.

1
Un truco de magia

Febrero de 2002

—Ten cuidado, Jacob —suplicó su madre mientras su padre subía las escaleras hacia el desván.

—Tranquilas, esto lo tengo más que controlado.

—No le va a pasar nada —tranquilizó a su mamá—. Papá es el mejor mago de la historia y puede protegerse de todo.

Nada más terminar la frase su padre tropezó, nunca supo si queriendo o de verdad, pero las hizo reír a su madre y a ella. No tardó más de dos minutos en volver a bajar con una pequeña sonrisa asomada a los labios.

—La trampa está puesta, ningún ratón asustará más a mis chicas —dijo con voz grave—. Mirad lo que he encontrado. —Sacó una linterna gigantesca—. ¿No te apetece hacer excursiones como las de antes? Seguro que a Mandy le encantan las historias de miedo junto a la hoguera —murmuró con voz tenebrosa.

—¡Sí! ¡Sí! —dijo rápidamente, alzando los brazos y mirando a su madre, que a su vez observaba a su padre con gesto poco convencido.

—Pero tiene seis años…

—Soy mayor.

—Es mayor, Mariam, e irá con nosotros y un guía.

—No lo sé… —dudó.

—Por favor —pidió ella con las palmas de las manos unidas debajo de la barbilla.

Le encantaban las fotos que tenían sus padres de todas las veces que habían ido de camping para hacer rutas y ver animales. A ella le gustaba verlas y a su padre enseñárselas.

—Una excursión en familia de un par de días y vemos si le gusta —accedió la mujer—. Y porque sé que te hace ilusión —le dijo a su padre, que sonrió ampliamente y se acercó para darle un beso en los labios.

Ella se puso roja con la escena y desvió la vista hacia otro lado, aunque continuó mirando de reojo, porque sus papás se querían mucho. Su papá le dijo una vez que a su mamá le daba miedo que se hiciera daño, pero él siempre le aseguraba que ella era valiente y que podía hacerlo todo. Así que lo intentaba y si no le salía bien, sus padres siempre le decían que la siguiente vez lo haría mejor. Como cuando en el colegio perdía contra sus compañeros jugando al señor lobo y ellos jugaron con ella hasta que una vez ganó.

—Tenemos que celebrarlo —dijo su padre de repente, y ella lo miró con una sonrisa mientras la cogía en brazos—. Dime qué te apetece comer.

—¡Pizza!

—Está bien, dime de qué la quieres, pero tiene que ser rápido, muy rápido.

—Eh… eh… —Se ponía muy nerviosa siempre que no lo tenía del todo claro, su padre ya la había depositado en el suelo, frente a la puerta de la entrada, y tenía en la mano su varita negra de puntas blancas—. Eh…

—Cariño, se acaba el tiempo, la varita empieza a temblar.

Ay, que estaba temblando de verdad…

La observó conteniendo el aliento cuando su padre apuntó con ella hacia la puerta, salió confeti no sabía de dónde y sonó el timbre. Alzó las cejas, totalmente sorprendida al descubrir al repartidor de pizza justo allí y se giró hacia su madre sin variar la expresión de su rostro. Se la encontró sonriendo ampliamente, en cuanto la mujer le vio la cara imitó su gesto sorprendido y a ella se le escapó una risita.

—Vaya, han traído dos… —Su padre abrió las cajas para comprobarlo después de pagar y despedirse del chico—. Jamón y queso, y la otra de beicon. ¿Te gustan?

—¡Sí! ¡Sí!

—Preparemos la mesa entonces y ¡a cenar!

—¡Voy a lavarme las manos! —dijo emocionada, echando a correr hacia el baño. Su papá era el mejor mago de la historia de verdad.

Antes de llegar al lavabo volvió a sonrojarse al escuchar el sonido de otro beso.

***

Noviembre de 2005

—¡Papá!

Puso morros al no verlo por ninguna parte, y empezó a correr por el jardín de la casa de sus abuelos. Su padre la asustó al cogerla en brazos emitiendo un gruñido y ella soltó varias carcajadas mientras le hacía cosquillas.

—Para, para —suplicó sin aliento por tanto reír.

El hombre acabó soltándola en el suelo y se agachó para quedar a su altura y mirarla fijamente.

—Has encontrado el lugar del tesoro, pero no te lo he puesto tan fácil. —Ella aplaudió sin querer, presa de la emoción del momento—. He hecho un mapa.

Su padre le tendió un pedazo de papel y ella lo sujetó, intentando localizar en aquellos dibujos lugares conocidos donde podría haber escondido el tesoro. El árbol del columpio, la casita de madera, los troncos para la chimenea del abuelo… Lo giró, intentando que todo quedara como ella lo veía desde su posición, y su padre se levantó, dispuesto a acompañarla en su búsqueda. Rio al descubrir el regalo mal escondido entre unos arbustos del jardín y lo cogió contenta, no perdió el tiempo y se sentó allí mismo, en el césped, para poder abrirlo. Su padre la imitó, acomodándose frente a ella, y cuando arrancó el papel violeta que lo envolvía se encontró con la figura de un hada.

Abrió la boca con sorpresa y miró a su padre.

—Mentira.

—Verdad. —Le sonrió.

—Pero dijiste que…

—Te la hemos comprado entre todos, no te preocupes, Amanda. Eres muy joven para estar preocupada por el dinero.

Cerró los ojos al sentir que le acariciaba la mejilla y se levantó para abrazarlo, dejando antes la figura sobre el papel arrugado.

—¡Me encanta, papá!

—Ahora podré contarte los cuentos de hadas con una gran protagonista —dijo mientras la estrechaba entre sus brazos.

—¡Sí! Cuéntame uno ahora.

Le encantaban las historias de hadas de Escocia, su padre se las sabía todas. O casi todas, porque siempre había tenido la teoría de que algunas se las inventaba, pero le quedaban muy bien, así que ella se las creía y le parecían igual de fascinantes.

—La abuela ya casi tiene lista tu comida de cumpleaños.

—Una rápida, por favor.

Unió las manos bajo la barbilla y su padre miró hacia los lados, comprobando que nadie lo vería rendirse a aquel ruego, antes de suspirar.

Siempre siempre acababa cediendo ante sus súplicas.

***

Mayo de 2009

—Papá está en la panadería, ¿tienes ganas de tu dulce de chocolate?

Sabía que se lo preguntaba porque estaba muy callada, pero le contestó encogiéndose de hombros mientras seguía mirando el suelo. No tenía hambre, no después de tantos días aguantando la misma historia en el instituto.

—¿Te ha pasado algo? —dijo finalmente su madre y ella volvió a contestar con el mismo gesto—. Cariño.

—Me han insultado.

La mujer dejó de caminar, se puso frente a ella para mirarla y le apartó un mechón de pelo escapado de la coleta.

—¿Qué? ¿Qué te han dicho?

—Carabollo.

—¿Por qué?

—Porque soy la hija de los panaderos.

—¿Y ser la hija de los panaderos es malo? —Volvió a encogerse de hombros—. ¿Te acuerdas de lo que te dijo tu padre?

—Que el pan se come todos los días.

—Estamos dando a la gente algo que se consume diariamente, ¿crees que tus compañeros no comen pan o bollería?

—Sí, en el recreo comen…

—Seguro que si gente como tu padre no hiciera pan, lo echarían de menos.

—Pero también dicen que nuestra familia es la más pobre de Melbourne y que nos moriremos de hambre.

—¿Por qué dicen eso?

—Porque nos robaron.

—Nos recuperaremos, Mandy.

Asintió con un movimiento de cabeza, aunque tenía ganas de llorar. Su madre no quedó muy satisfecha con aquella conversación, pero volvieron a retomar el camino hacia la panadería. Le daba mucha pena cada vez que llegaban y se la encontraban vacía, pero su padre no dejaba de hacer pan o bollería ni un solo día. Se aseguraba de tener género de sobra para los que decidieran comprar allí.

Quizás algún día se llenaría de gente.

—Ya estás aquí, cariño —saludó su padre con una gran sonrisa. Esa que nunca perdía.

—Hola, papá —dijo al pasar el mostrador para acceder a la trastienda.

Se sentó en la mesa y se colocó la mochila sobre las piernas sacando los libros y libretas que necesitaba para hacer los deberes.

Los escuchó hablar fuera, pero no prestó demasiada atención, porque ya estaba llorando. Le molestaba que su padre y su madre trabajaran tanto para no conseguir nada. Se merecían todo lo mejor, porque eran los mejores padres del mundo, y le hacía daño que fueran objeto de burla e insultos en el instituto a causa de su negocio.

—Mandy, cariño.

Era su padre y lo miró, sorbiéndose la nariz e intentando que no se notara que estaba llorando, a pesar de que sabía que resultaba evidente. El hombre le secó la mejilla con los dedos.

—Siempre se meten conmigo.

—¿Por ser la hija del panadero? —Ella asintió—. ¿Sabes? No me arrepiento de nada ni debería importarnos eso que dicen, porque creo que es un trabajo muy bonito. Tuve que dejar los estudios cuando el abuelo falleció. —Eso no lo sabía—. Me encargué de la panadería desde entonces, y admito que es muy duro y sacrificado, pero me encanta venir aquí cada mañana, aunque solo compren pan cinco personas. Sé que esas cinco personas lo disfrutan y agradecen poder tenerlo sobre la mesa.

—Pero no me gusta que digan cosas malas de vosotros.

—La gente va a hablar siempre, Mandy. Nos vaya bien o nos vaya mal. Es imposible que lo que hacemos le guste a todo el mundo. Tenemos que aprender a centrarnos en nosotros mismos y preguntarnos si lo estamos haciendo bien y si merece la pena. Si es lo que realmente queremos hacer, si nos gusta…

—¿Y te gusta?

—Este trabajo me encanta, cariño. —Su padre le apartó el mismo mechón que volvió a escapar de su coleta—. Lo que más me gusta es cuando vienes del instituto y meriendas aquí con nosotros, y cuando te manchas por todas partes de chocolate —dijo divertido, pasándole el pulgar por la barbilla.

Soltó una risita al sentirlo y se apartó de él, pero se acordó de que en su instituto no entendían lo increíble que era aquel lugar y su sonrisa se desvaneció de nuevo. ¿Cómo podían no disfrutar de ese sitio, de lo que su padre hacía con tanto cariño…?

—Dicen que somos unos pobres, que nunca tendremos dinero y que nos moriremos de hambre —dijo entristecida y se limpió un par de lágrimas que trataban de escapar por sus mejillas—. No me gusta ir a clase, es una mierda.

—Eh, nada de palabrotas, jovencita.

—Lo siento —murmuró agachando la cabeza—. Pero ellos siempre las dicen…

—No te pongas a su altura. Nos habrán robado. —Oyó unos pasos y al mirar hacia la puerta vio a su madre asomada observando la escena—. Y no tendremos mucho dinero, pero tenemos educación, nos tenemos entre nosotros y somos gente buena, Mandy. No lo olvides.

—Os quiero mucho —susurró y desvió la vista a su madre, que se acercó a ella para abrazarla. La mujer la apretó contra su pecho mientras su padre le agarraba la mano y se la besaba.

—Y nosotros a ti.

—Por cierto, en casa te espera una sorpresa.

—¿Qué sorpresa? —preguntó, dejando atrás aquel malestar e intrigada por la forma en que su padre la miraba con media sonrisa.

—Una sorpresa saltarina.

***

Junio de 2010

—¡Sìthiche!

No sabía cómo corría tanto, llevaba persiguiéndolo un rato, porque como sus padres lo pillaran fuera de la jaula iban a castigarla. Pero es que no podía tenerlo encerrado tanto tiempo, le daba mucha pena.

—¡Sìthiche! —susurró, porque escuchaba voces en la cocina, y su mascota se dirigía directa a ella.

Demonios, iban a pillarla.

—Tienes que decírselo, Jacob.

Paró en seco al escuchar la voz de su madre, ¿estaba llorando?

—Quizás el tratamiento funciona y nos ahorramos asustarla.

—Ahora soy yo la que te lo pide, por favor. Tiene catorce años, no es justo, tiene que saberlo.

¿De qué hablaban?

—No puedo hacerlo, Mariam. No quiero que tenga que enfrentarse a la idea de que su padre…

Silencio, silencio, porque a su padre se le había roto la voz. Se asomó a la puerta y los vio abrazados, lloraban los dos. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué lloraban? ¿Había pasado algo en la panadería? ¿Les habían robado otra vez?

—¿Y qué vas a decirle si pierdes el pelo?

—Me raparé mañana mismo, no pasa nada.

Su madre se separó de él y lo sujetó por los hombros, jamás los había visto así, mirándose de esa forma tan seria. ¿Por qué iba a perder el pelo su padre?

—Jacob, no seas valiente ocultándolo. Sé valiente explicándoselo.

—Mandy no se merece esto, es todavía una niña y no quiero que… No puedo hacerle esto, ¡joder!

Le sorprendió que su padre dijera una palabrota. Respiró profundo y entró a la cocina. Su padre siempre le decía que tenía que ser valiente y quizás en ese momento necesitaba que lo fuera de verdad, por los tres. Quería que supiera que podía decirle lo que fuera que necesitara decir.

—M-me lo podéis contar. No tengas miedo, papá —dijo convencida, aunque le temblaba la voz.

Sus padres la miraron y entonces Sìthiche hizo acto de presencia, saltando por la cocina. Oh, no… Tenía que pensar algo rápido, porque sus padres miraron a su mascota a la vez antes de devolver la vista a ella.

—Os prometo que quería meterlo en la jaula, pero se me ha escapado y…

Su padre la envolvió en un abrazo y ella se lo devolvió, sin saber qué estaba pasando. Por primera vez en su vida le pareció que era él quien lo necesitaba y no ella.

—Mi niña —dijo en un susurro y le besó el pelo, enseguida sintió que su madre se unía al abrazo—. No sabéis lo afortunado que soy a vuestro lado.

***

Octubre de 2010

No recordaba un día en el que no hubiera llorado. Todos y cada uno de ellos, porque no soportaba ver cómo su padre se iba apagando. No lo soportaba, era sofocante, doloroso y horrible. Sollozó y Cyndi la abrazó con más fuerza.

—Nadie está preparado para estas cosas, Amanda —dijo Cyndi mientras le acariciaba el pelo.

—Solo quiero estar con él, pero no me dejan —protestó entre lágrimas—. Yo también quiero pasar las noches allí, aunque me duela verlo así.

Su amiga estaba siendo un soporte increíble durante esos meses, y se veían a diario, porque la rubia insistió en que necesitaba desconectar aunque fuera por un rato. Pero no era fácil, cuando no estaba con su padre de forma física lo estaba mentalmente.

—Mi madre dice que, si quieres, te lleva al hospital, ya lo sabes.

—Tranquila, cogeré el primer autobús que pase.

—Sigue teniendo esperanza, Amanda.

—La tengo, sé que se va a recuperar, va a volver a casa y estaremos como siempre.

—Seguro que sí.

Dejó que Cyndi la abrazara una vez más antes de levantarse de la cama y dirigirse a la salida de la casa. Se despidió de la madre de su amiga y fue directamente a la parada del autobús que la llevaría de vuelta al hospital. Allí ya la conocían, la saludaban hasta por su nombre. Fue directamente a la habitación de su padre y se encontró a su madre allí, echada sobre la cama y agarrándole la mano. Parecía que los dos dormían, así que trató de no hacer ruido al dejar el bolso sobre el sofá.

Por una parte quería mirarlo, pero por otra verlo así le hacía daño y le daba mucho miedo. Su padre siempre había estado bronceado y su piel ahora estaba pálida, sus brazos fuertes fruto de tantos años trabajando en la panadería se habían debilitado y en esos momentos juraría que estaba incluso más delgado que ella —y eso que desde que supo de su enfermedad tanto su madre como ella habían bajado de peso—, pero había algo que se mantenía inalterable: su sonrisa. A veces le daban ganas de gritarle que dejase de actuar delante de ella, que ver su sonrisa también la hacía llorar. Él quería hacérselo más fácil, protegerla, o eso pensaba ella.

Lo miró de reojo y aguantó las lágrimas mientras se ocupaba de arreglar el jarrón de flores que tenía siempre preparado a su lado. No sabía si le gustaban, pero sonreía al verlas y eso era lo importante. Contempló las marchitas unos segundos antes de separarlas de las que aún estaban frescas. ¿Al final todo es así? Vas apagándote hasta que ya no estás vivo. Hasta que te marchitas.

Ella no quería que su padre muriera, ¿por qué le había pasado eso a él? Si nunca le había hecho daño a nadie, si era bueno, si la hacía reír y la sorprendía con todos sus trucos de magia.

Sintió que la agarraban de la mano y miró a su padre con ojos tristes.

—Sonríe, cariño —le dijo mientras él ya lo hacía.

—Me cuesta mucho —murmuró.

—Siento estar así en el mes de tu cumpleaños.

—No es culpa tuya, papá.

Su madre abrió los ojos y la miró desde el otro lado de la cama, era evidente que había estado llorando. Habían pasado los meses más horribles de sus vidas, pero seguían confiando en que se recuperaría. En agosto pasó unos días bastante bien, pero una vez entró septiembre empezó a empeorar otra vez y tuvieron que cambiarle el tratamiento a otro más fuerte.

—Ven aquí conmigo —le dijo su padre y ella se tumbó a su lado, dejando que le rodeara el cuello con el brazo en el que no tenía las vías—. No os hacéis una idea de lo afortunado que soy de teneros aquí a las dos.

—Os quiero mucho —murmuró, escondiendo el rostro en el pecho de su padre, se le escapó un sollozo y sintió la caricia de su madre en el brazo.

—Y nosotros a ti, Mandy —dijo la mujer.

***

Noviembre de 2010

—Está muy guapa —escuchó la voz de su padre que hablaba desde la cama, ella se hacía la dormida en el sofá e intentó no llorar para que no supieran que estaba escuchándolos—. Cansada y triste —murmuró apenado—, pero muy muy guapa.

—Se parece a ti.

—No mientas, está claro que es igual de guapa que su madre.

Su padre rio y escuchó el sonido de un beso.

—Qué tonto eres.

Sonrió sin querer y esperó que no la pillaran haciéndolo, porque no le gustaba espiar sus conversaciones, pero era la única forma que tenía de enterarse de la verdad, de cómo estaba su padre realmente.

—Siento todo esto, Mariam. Lo siento de verdad. —Abrió un poco un ojo y vio cómo entrelazaban sus manos—. He intentado aguantar por vosotras, te lo prometo.

Ella ya estaba llorando otra vez

—Lo sé, eres muy fuerte y estoy convencida de que vas a poder con esto.

—No, Mariam, no puedo más. Son muchos meses luchando y no puedo más, estoy agotado.

No, papá...

—¿Qué quieres decir, Jacob?

—Que siento mucho dejaros a Mandy y a ti… Que siento haber perdido esta lucha… Que siento dejaros un negocio que no funciona, tantas deudas, estos meses horribles… —Su padre respiró profundamente, ambos estaban llorando—. Solo espero que no os echen de nuestra casa, que aguantéis un poco más, que encuentres un trabajo en el que te paguen bien...

—Jacob, no digas tonterías, por favor. No puedes irte.

—Mariam… —Su padre tosió y ella apretó la manta fuerte con el puño—. Lo siento, de verdad, y os quiero muchísimo y os voy a echar mucho de menos. Y no sabes cómo me jode perder contra esta mierda.

—Jacob…

—Déjame decírtelo, por favor. Gracias por haberme dado la oportunidad de pasar estos años increíbles a tu lado, gracias por haberte enamorado de mí a pesar de ser un tonto, por haber querido formar esta increíble familia conmigo… Amanda y tú habéis sido toda mi vida. Sois mis mejores recuerdos y no me voy a olvidar de ellos, te lo prometo.

—No te despidas, Jacob, aún nos queda mucho tiempo juntos.

—Quiero que te enamores de nuevo, Mariam.

—Yo no…

Al final a ella se le escapó un sollozo, su madre se calló y los dos la miraron.

—Mandy, ven —dijo su padre, que otra vez sonreía, aunque apenas podía mantener los ojos abiertos—. ¿Preparada para un nuevo truco de magia?

—Papá…

—Dime, cariño, ¿qué te gustaría cenar? —No pudo contestar porque lloraba demasiado—. A mí me apetece una de jamón y queso —siguió el juego que compartían desde que era una niña—. Abre mi mano. —Lo hizo y vio unos billetes en ella—. Tráelas para que cenemos en familia, ¿vale?

—Vale, papá.

—Qué mayor te haces… No sabes lo orgulloso que estoy de ti —dijo con los ojos iluminados—. Dale un beso a tu padre, y no tardes, que me muero de hambre.

Se inclinó y le besó la mejilla antes de serenarse y secarse las lágrimas. Hacía semanas que su padre no comía nada.

Cuando volvió con las pizzas, su papá ya se había ido.

***

Noviembre de 2010

Le era imposible dejar de llorar y mucha gente se quedaba mirándola cuando pasaba caminando por su lado, pero ella tenía un objetivo muy claro en la cabeza. Paró frente a la panadería y miró fijamente la fachada unos minutos antes de arrancar el cartel de «Cerrado por enfermedad», arrugarlo y tirarlo al contenedor correspondiente más cercano.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano antes de sacar las llaves que había cogido de casa sin pedir permiso y abrió la puerta. La panadería llevaba cerrada desde julio y se notaba por todos lados que no había entrado nadie en mucho tiempo. Lo primero que hizo fue acercarse al mostrador, casi podía ver a su padre tras él, sonriente como siempre, recibiéndola con un dulce a la vuelta del colegio. Se le escapó un sollozo y se dirigió a la trastienda, a la zona de los hornos y de la pequeña oficina, donde sus padres hacían las cuentas y ella los deberes.

Vio aquella fotografía enmarcada en la que aparecían los tres frente a los hornos mientras calentaban pan, la cogió y la abrazó contra su pecho, arrodillándose en el suelo al notar que sus piernas eran incapaces de sostenerla.

Su papá se había ido.

Su papá se había ido, pero ella podía hacer que siguiera un poco allí.

Se levantó, fue hacia el mostrador y colocó la imagen de su familia junto a la caja, de cara al público. Esa panadería era de su familia y su padre iba a estar orgulloso de ella, estuviera donde estuviese. Buscó las cosas para limpiarlo todo a fondo, quería prepararlo para abrir al día siguiente. Ni el negocio iba a hundirse, ni iban a tener más deudas, ni su madre ni ella se iban a quedar en la calle, porque aquello tenía que funcionar. Tenían que hacer más pan, cuanto más pan hubiera más pan comprarían.

O eso pensaba ella.

Tardó varias horas en dejarlo todo limpio y tuvo que encender las luces a mitad del proceso, porque se le hizo de noche. Nunca había amasado ni calentado pan, pero había visto a su padre hacerlo millones de veces, así que con la libreta donde tenía apuntadas las cantidades y su memoria empezó a hacer la primera tanda de barras de pan.

No salió bien, se le quemó todo y se asustó cuando vio salir tanto humo del interior del horno. Sacó la bandeja y se le cayó al suelo, al ver las barras completamente negras empezó a llorar de nuevo. Casi de inmediato la abrazaron por la espalda y pudo reconocer el olor de su madre.

—Mamá… —sollozó y se giró para poder abrazarla ella también.

—No me des estos sustos, por favor. No desaparezcas así.

—Lo siento mucho, yo solo quería…

—Lo sé, cariño. Lo sé.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo entre lágrimas y se separó para mirarla—. ¿Qué vamos a hacer sin papá?

—Papá nos quiere ver unidas, no quiere que nos hundamos.

—No quiero que se vaya…

Aunque ya se había ido.

—Va a estar siempre con nosotras. Me lo prometió y te aseguro que tu padre siempre cumple sus promesas.

Su madre lloraba también, y su voz rota le hacía aún más daño. Se quedaron unos minutos abrazadas sin moverse de allí, después se separó para mirarla.

—¿Qué hacías aquí?

—Quiero que la panadería funcione. Quiero aprender a hacer pan, quiero que esto funcione… por papá.

Su madre pareció dudar unos segundos, con los ojos aún bañados en lágrimas, y observó el sitio de forma detenida.

—¿Lo has limpiado todo? —Asintió al escuchar la pregunta—. ¿Quieres que te enseñe cómo hace el pan la familia Simpson?

2
Kilómetros hacia Virginia

Enero de 2011

Su madre le sonreía desde su cama, llevaba sentada allí desde que ella había empezado a vestirse tras salir de la ducha. Sentía que su cara no podía estar más roja y al final se giró para suplicarle que dejara de mirarla así, porque estaba dándole mucha vergüenza.

—Mamá, por favor...

—Estás muy guapa.

—Por favor —suplicó de nuevo.

—Vale, vale. —Su madre rio a la vez que levantaba las manos y alcanzó la revista que había al final del colchón para disimular, porque sabía que en realidad no la estaba leyendo.

Contempló su reflejo en el espejo y se puso los pendientes, mirando de reojo cómo su madre la observaba. Bueno, no iba a decirle nada más, porque la mujer estaba ilusionada con eso que llamaba «cita», lo que la ponía aún más nerviosa.

—Es muy mono —habló, sin poder estar un segundo más en silencio.

—¿Lo has visto acaso? —preguntó al girarse.

—Siempre te acompaña hasta la panadería, claro que lo he visto.

—¿Cómo sabes que ese es Corey?

—Porque no dejas de hablar de él.

Era cierto, casi siempre le hablaba a su madre de lo que Corey le contaba o de lo que hacía cuando le acompañaba a la panadería tras las clases de teatro. Y la verdad era que se había fijado en él y le gustaba un poco.

—Es mono, ¿verdad? —acabó cediendo, a pesar de la calidez de sus mejillas.

—¿Te gusta?

—Sí…

—Lo dices como si no estuvieras segura.

—Me da vergüenza hablar de esto… —confesó—. Sí, sí que me gusta. Es muy atento y divertido, y siempre intenta animarme cuando estoy triste.

—¿Ves? Ya me gusta para ti. —Le guiñó un ojo—. Sabes que puedes contármelo. No voy a juzgarte por que salgas con chicos, tienes quince años.

—Lo sé, mamá. —Se sentó a su lado en la cama y la mujer se acercó para colocarle bien un mechón de pelo.

—Estoy muy contenta por ti.

—Yo estoy contenta por las dos.

—¿Por las dos?

—La panadería —explicó—. Por fin tiene el reconocimiento que merecía.

—Ya sabíamos que si la gente les daba una oportunidad a los ingredientes secretos de tu abuelo, sería un éxito. —Se sonrieron—. Además de que tenemos a la mejor decoradora de interiores —dijo con cariño, acariciándole la mejilla.

—¿De verdad?

—La panadería está preciosa y es gracias a ti.

Sabía que no iba a aguantar demasiado, pero su recuerdo seguía muy presente en sus vidas, apenas habían pasado dos meses. Cada vez que hablaba de la panadería se ponía a llorar. Trabajaba allí por las tardes, porque su madre quería que terminara la educación obligatoria antes de sumarse a la plantilla definitivamente.

—Mamá…

—Chsss… no llores, cariño.

Su madre la abrazó y ella se aferró a su cuerpo, cerrando los ojos para poder sentirla más cerca. Estar así con su madre era perfecto, pero echaba de menos poder perderse en el abrazo conjunto de sus padres, y aunque trabajar, el colegio, el diario, el teatro y, en esos instantes, Corey la tenían demasiado ocupada como para hundirse en sus pensamientos más tristes, seguía pensando en él diariamente. Lo tenía presente siempre.

—Lo echo de menos —susurró y sintió los labios de su madre besándole la coronilla.

—Yo también, mi vida.

***

Septiembre de 2012

—Toma, no quiero que se me olvide dártelo —dijo Corey y ella puso una mueca de sorpresa al ver una pequeña cajita adornada con un lazo—. Dáselo a tu madre cuando la veas.

—¿Qué es? —preguntó con interés.

—Me dijiste que el martes fue su cumpleaños y le cogí algo, es una tontería.

Se llevó la cajita al pecho y lo miró con ilusión. Siempre siempre había sido así de atento con su madre, y con esas cosas conseguía que se enamorara un poco más de él.

—Es todo un detalle, Corey. Muchas gracias.

El chico le dedicó un gesto tímido antes de inclinarse hacia ella, acortando las distancias. Se lamió los labios, preparándose para recibirlo, y sonrió levemente al sentir cómo la besaba con suavidad. Siempre lo hacía así y a ella le encantaba. Le acarició la mejilla y deslizó la mano hasta perderla entre sus rizos. Se había dejado el pelo más largo y de un tiempo a esa parte no podía evitar acariciárselo, cuando se conocieron lo tenía rapado y le gustaba mucho el cambio.

Entreabrieron la boca y no tardó en sentir la lengua de su novio pidiendo permiso para entrar, ella se lo permitió y acompañó el movimiento con un pequeño suspiro. Escuchó su nombre escaparse de los labios de Corey y sus dedos apretados en su cintura. No era la primera vez que estaban así, los dos tumbados en la cama del chico y besándose, pero sí fue la primera vez que alargaron el momento, que se dejaron llevar, tal vez por eso terminó sintiendo algo distinto, algo nuevo.

—Dios, Mandy, lo siento. Lo siento mucho.

Corey se apartó de su cuerpo hasta arrodillarse en la cama y ella tardó unos segundos en reaccionar, porque no se lo había esperado. Cuando se incorporó lo vio ruborizado y con un cojín sobre su regazo. Suponía que tapaba lo que ella acababa de sentir en el muslo.

—N-no pasa nada, Corey…

Sentía cálidas las mejillas y no podía dejar de alternar la mirada entre las manos de su novio y su rostro ligeramente enrojecido por lo que había pasado.

—Mandy… Y-yo… No sé qué decir.

Ella se mordió el labio con el corazón acelerado y se acercó a él para volver a besarlo con suavidad, de la misma forma que siempre. Cuando se separó de él sentía nervios y vergüenza, y estaba segura de que Corey iba a decir algo, pero en el último segundo el chico cambió de idea y le devolvió el beso, esperaba que hubiese entendido lo que quería decirle, porque no sabía si le saldría en voz alta.

Nunca habían hablado sobre el sexo, llevaban más de un año saliendo y no habían ido más allá de aquellas minisesiones de besos. Cyndi ya lo había hecho, varias veces, de la primera hacía ya bastante tiempo… Quizás era hora de dar ese paso y sabía que con Corey iba a ser muy especial.

Volvió a tumbarse en la cama arrastrándolo con ella, y Corey se sostuvo sobre el antebrazo, evitando que sus anatomías entraran en contacto, y le acarició la mejilla.

—¿Estás segura de esto, Mandy? —preguntó en un tono tembloroso que le hizo estarlo un poco más.

Ella asintió con un movimiento de cabeza como única respuesta y recibió su boca en un nuevo beso.

***

Mayo de 2013

—Buenos días, Amanda —saludó Richard, el repartidor que acudía a la panadería con harina y otros ingredientes cada semana.

—Hola, Richard. ¿Cómo estás? —lo saludó y comenzó a hacer hueco para que pasara tras el mostrador.

—Muy bien, hoy hace un buen día. Ni frío ni calor. —Le sonrió—. ¿Y tu madre? ¿No está hoy?

—Sí, está dentro haciendo cuentas, queremos reformar esa parte… —señaló el lugar al que se refería antes de seguir hablando— y hacer una cafetería también.

—Ah, sí, me lo comentó la semana pasada. Me parece una gran idea.

—Gracias. Puedes dejarlo donde siempre.

Richard llevaba trabajando con ellas desde hacía varios años y estaba completamente colado por su madre. Escuchó la voz de la mujer saludándolo y sonrió para sus adentros antes de centrar su atención en un nuevo cliente.

Una vez terminó de despachar a la clientela, se sorprendió al ver entrar a Corey con esa sonrisa tan bonita y se acercó a él para darle un beso en los labios.

—¿Cómo estás?

—Me voy a volver loco, tienes razón.

—Te lo dije. —Le acarició la mejilla con cariño y él volvió a besarla.

—Te envidio porque no vas a la universidad.

—Y yo te envidio a ti porque vas la universidad. —Corey la atrajo hacia él para envolverla en un abrazo.

—Corey, me había parecido escucharte. —Su madre salió en ese momento, seguida por Richard, que se despidió de ellas antes de marcharse.

—Hola, Mariam, ¿cómo estás?

Ella lo abrazó por la cintura y Corey por los hombros.

—Muy bien, tengo que pedirte que vengas este fin de semana a cenar.

—¿Es una súplica? —bromeó el chico alzando las cejas y las dos rieron.

Corey había cogido mucha confianza con su madre después de tanto tiempo juntos.

—No me obligues a hacerlo —le respondió entre risas—. Por favor, estoy nerviosa —acabó suplicando, colocándose las manos bajo la barbilla para darle más efecto.

—¿Qué pasa este fin de semana? —preguntó interesada.

—Viene Richard a cenar.

***

—No puedo, Mandy.

Su madre lo confesó a medio arreglar, escondiendo el rostro entre las manos, sentada en el tocador de su habitación.

—Mamá…

—Voy a llamarlo y a decirle que no venga.

Se adelantó a ella y cogió su teléfono, alejándolo para que no lo pudiera alcanzar. Después se agachó y apoyó las manos en sus rodillas, mirándola con ojos tristes.

—Mamá, papá quería que…

—Pero no puedo —dijo a media voz y con lágrimas deslizándose por sus mejillas—. Todavía quiero a tu padre y no me siento bien haciendo esto.

—Vas a querer a papá siempre. —Se quedaron mirándose unos segundos en silencio—. Imagina que no es una cita, es un amigo que viene a cenar con tu hija y su novio, solo vais a conoceros mejor fuera de la panadería, no tiene por qué pasar nada entre vosotros hoy, ni nunca si tú no quieres.

—¿Por qué eres así?

—Así, ¿cómo? —dijo con timidez y bajando la mirada a sus manos cuando su madre las sujetó entre las suyas.

—Estás dándole consejos a tu madre.

—Porque quiero que seas feliz.

—Normalmente los hijos no quieren que sus padres conozcan a otras personas cuando…

—Sería absurdo ponerme en plan inmadura porque mi madre quiera estar con alguien. Además, era el deseo de papá, que volvieras a enamorarte, y Richard es muy simpático. Me cae bien.

—No estoy muy segura, Amanda.

—Date una oportunidad.

***

—Gracias por venir esta noche, mi madre estaba muy nerviosa… —dijo al meterse junto a Corey en la cama.

—Gracias a tu madre por invitarme. —Le sonrió y ella se acercó para besarle la frente.

—¿Estás cansado? —susurró, acomodándose en el colchón sin dejar de mirarlo mientras jugueteaba con sus rizos rebeldes.

—Mucho, pero me ha venido bien desconectar de los exámenes finales.

—Cuando tengas el título en Medicina vas a olvidar muy rápido estos días —dijo y le acarició con los dedos la frente y la nariz—. Estoy muy orgullosa de ti, ¿lo sabes?

—Lo sé. —Se sonrieron y Corey buscó sus labios en un beso rápido.

Después ella se colocó bocarriba y su novio se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza en su pecho. Sonrió y lo abrazó tras darle otro beso, esa vez en la coronilla. Le acarició la espalda para que se relajara y facilitar que se durmiera.

—¿Has puesto el despertador? —preguntó Corey de repente.

—Lo tengo siempre puesto.

—¿No puedes ponerlo para un poco más tarde? —La apretujó más con su brazo—. Por favor, así dormimos un poco más.

—Pero tengo que ir a trabajar…

—He traído el coche, te dejo en la puerta antes de irme.

—¿Seguro?

—Seguro. Solo media hora más.

—Está bien.

Estiró su brazo libre y cogió el reloj para atrasar la alarma antes de volver a abrazarlo, notando cómo se iba quedando dormido poco a poco.

***

Abril de 2014

—Mandy, respira conmigo —dijo Corey al teléfono, pero ella no podía dejar de sollozar.

—¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Está pasando otra vez?

—No, cariño, seguro que no. Tu madre tendrá una explicación, será una simple cualquiera.

—¿Cómo lo sabes?

—Escúchame, mi amor, mándame las fotos y te digo. —Ella se limpió las lágrimas de las mejillas, pero enseguida fueron sustituidas por más—. Para algo he estudiado Medicina, aunque te aseguro desde ya que no será nada.

—V-vale, te las mando.

—Y no te preocupes.

—Voy a colgar y te las envío, pero no tardes, por favor —pidió.

—Te lo prometo y, si me necesitas, sabes que estoy allí en dos segundos.

—Lo sé.

Colgó el teléfono, miró la ecografía que había encontrado escondida en un cajón y se puso a llorar de nuevo. Y no habría pensado que se trataba de nada malo si no fuera porque, uno, estaba escondida y, dos, su madre no le había dicho absolutamente nada de que iba al médico. ¿Por qué no se lo había dicho si se lo contaban todo?

Le envió las fotos a Corey y justo en ese momento escuchó que llamaban a su puerta. Se sorbió la nariz y buscó un clínex a la vez que se giraba para ver a su madre entrar, distinguió media sonrisa en su rostro, pero al verla llorando enseguida desapareció dando pasó a un gesto preocupado y no tardó en tenerla al lado.

—Mandy, ¿qué ha pasado? ¿Por qué lloras? —Su madre la tomó por las mejillas, acariciándoselas con los pulgares, y ella sollozó de nuevo, porque ¿qué iba a hacer si ella se iba también?

—Mamá… —dijo en un hilo de voz y la abrazó por la cintura, escondiendo el rostro en su vientre.

—Dios… —la escuchó decir y cuando levantó la vista descubrió que miraba el escritorio—. Ya lo has visto…

—No he querido husmear, pero buscaba el reloj que me dejaste una vez y…

Se incorporó secándose las lágrimas y conectando sus miradas.

—¿Y qué piensas?

—Que no quiero que te vayas tú también.

Su madre frunció el ceño al oírla, como si no le encontrara sentido a aquella respuesta, y eso la descolocó, así que frunció el ceño ella también.

—Cariño… —dijo y observó la ecografía antes de volver a mirarla—. Estoy embarazada.

Por un momento le costó reaccionar y dejó que el alivio más grande de su vida levantase aquella pesada losa que llevaba horas aplastándole el pecho. Dos segundos después abrió la boca para hablar, pero no le salió la voz, así que cogió la ecografía y la contempló con sorpresa antes de empezar a llorar de nuevo por razones diferentes.

—¿D-de verdad? —preguntó repentinamente ilusionada.

—De verdad —confirmó la mujer y ella posó la mano sobre su barriga.

—¿Voy a tener un hermano?

—O una hermana. —Su madre a esas alturas también se había emocionado—. No te lo he dicho antes porque no sabía cómo ibas a reaccionar, sé que lo de Richard quizás está yendo demasiado rápido, pero es mi culpa, cariño, es mi culpa, porque a veces me siento débil y me da la impresión de que no estoy haciéndolo bien, de que mereces más, de que necesito ayuda…

—¿Ayuda?

—Quiero darte lo mejor, Amanda, quiero darte todo lo que tu padre quería darte, y ahora estoy embarazada y Richard vendrá a vivir aquí... Quizás pueda hacerlo ahora.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre has querido estudiar, así que tu padre y yo abrimos una cuenta para poder pagarte la universidad, me hizo prometerle que seguiría ingresando dinero en ella, todo el que pudiera, pero tuve que usarla para pagar facturas y me sentí muy mal por ello, fatal —dijo en un hilo de voz—. Dios, tu padre se habría enfadado seguro. Cuando se trataba de ti… —suspiró entre lágrimas antes de sonreír, porque siempre lo hacía al recordarlo—. Luego la panadería empezó a ir muy bien y ya hace varios meses que hay dinero suficiente en esa cuenta y nunca me he atrevido a decírtelo, porque… —agachó la mirada.

—Porque… —la ayudó.

—Te necesitaba a mi lado, Mandy. —Se sostuvieron la mirada en silencio, le encantaba que tuvieran la confianza suficiente como para decirse esas cosas y llorar juntas, pero no se había esperado que su madre reconociera algo así tan a las claras—. He sido una egoísta, te quería aquí conmigo, pero no te mereces eso, cariño. Tú no.

—Mamá…

—Ese dinero es tuyo y vas a poder estudiar lo que querías, o si te interesa otra carrera ahora, aunque eso implique que te vayas de aquí. Seré una de esas madres pesadas que llaman a sus hijas a todas horas, porque necesito saber que estás bien, pero te doy permiso para colgarme e ignorarme de vez en cuando.

—No voy a ir a ningún lado.

—Demonios, Amanda, no te preocupes por mí, la madre aquí soy yo. ¿Sabes lo que me dijo tu padre? —preguntó con un sollozo y ella negó—. Estaba enfadado porque no podría verte graduándote en Periodismo, pero… —A su madre se le quebró la voz y ella la abrazó fuerte, con la garganta contraída y aquel dolor punzante en el pecho, cada vez que hablaban así de su padre terminaban llorando las dos, imposible de evitar—. Nos está viendo, Mandy, lo siento por todos lados.

—Yo también —confesó mientras su madre le acariciaba el pelo.

—Vas a tener un hermano, tengo que aprender a no quereros solo para mí. Es vuestra vida, no la mía… Y quiero que seáis felices. Quiero que seas feliz, Mandy.

—No quiero irme a ningún lado, mamá —repitió—. Es mi vida y está aquí —dijo y se apartó de su cuerpo para poder mirarla a los ojos—. Mi vida ahora está en la panadería, es lo que me hace realmente feliz.

Antes tenía otros sueños, muchos planes por hacer, hablaba de estudiar Periodismo y marcharse de allí. Antes no sabía lo que pasaría después, que los planes cambiaban y los sueños también. Que el suyo pasaría a ser cumplir el de su padre.

***

Enero de 2015

—¿Y cuándo dices que os casáis? —preguntó Cyndi.

—¿Qué?

—Corey y tú.

—¿Qué dices? Somos muy jóvenes para casarnos.

—¿Te quieres casar con él? ¿Tener hijos?

—Cyndi, no me planteo esas cosas ahora mismo…

Sonrió de forma tímida, dando un sorbo a su refresco.

—Vamos, Mandy, mientras yo te cuento que he dejado a mi vigesimoprimer novio, tú sigues con Corey en el paraíso. Esto se pone serio.

—Ha sido serio desde el principio.

Se rio mientras observaba a su amiga.

—Sí, bueno, ya me entiendes. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

—Desde 2011.

—¿Tanto?

—Sí.

—Tu primer beso, tu primer novio, tu primera vez, tu primer y último marido. Es idílico.

—Idílico. No me creo que tú hayas dicho eso.

—Lo sé, lo sé. —Cyndi descansó la barbilla sobre la mano inclinándose hacia ella sobre la mesa—. La universidad es lo peor.

—No bromees, estás pasándotelo bomba.

Ambas soltaron una risita.

—Ojalá estar pasándomelo bomba en la universidad contigo.

—Bueno, digamos que he sido afortunada y tengo trabajo.

—Me alegra que la panadería vaya tan bien…

—Y yo. Seguro que mi padre está moviendo hilos allí arriba para ponérnoslo fácil.

—Seguro. —Cyndi le sonrió—. Y seguro que a Corey le encanta.

Estaba a punto de contestarle que seguro que sí, pero su móvil empezó a sonar justo en ese momento, al comprobar quién llamaba descubrió que era Richard y descolgó al instante con el corazón latiéndole como loco. El novio de su madre no la llamaba casi nunca, así que estaba segura de lo que iba a decirle.

—Mandy, vamos hacia el hospital. Tu hermano está a punto de nacer.

***

Enero de 2016

—¿Qué prefieres? ¿La ciudad o las Highlands?

Aquella pregunta llamó su atención y dejó el jarrón de flores a medio arreglar, dos interrogantes y ya estaba sonriendo. Desvió la mirada a Corey, que estaba tumbado en su cama, llevaba unos minutos extrañamente callado y jugueteando con su teléfono.

—¿Hablas de Escocia?

—Sí, claro. Las Highlands están en Escocia, ¿no?

Ella se levantó de la silla frente al escritorio y caminó hacia la cama.

—¿Estás planeando un viaje, Corey?

Demonios, es que la llevaba a Escocia y se desmayaba. Literalmente.

—¿Qué dices? Para nada.

—¿En serio? —preguntó y se miraron divertidos.

—Tienes que creerme.

—Pues no te creo —negó en tono risueño mientras se acomodaba sobre él.

—Vale, he estado pensando que cuando empiece a trabajar y ahorre suficiente dinero iremos a Escocia —dijo mirándola fijamente, y ella tuvo que sonreír al verlo tan serio, porque significaba que lo decía de verdad—. Pero tiene que ser un viaje largo, tenemos que verlo todo.

—Debes de ser el mejor chico del mundo.

Corey unió sus labios de forma muy suave.

—A lo mejor —murmuró antes de besarla de nuevo—. Creo que tengo mucha suerte de que quieras estar conmigo.

La frase activó una fibra sensible en su interior e iba a contestarle, pero el chico atrapó sus labios a la perfección.

—Te quiero —susurró Corey antes intercambiar posiciones colocándola cuidadosamente sobre el colchón.

Se miraron unos segundos antes de darse un nuevo beso.

—Y yo a ti —suspiró y cerró los ojos al sentir cómo le acariciaba la pierna por encima de las medias que llevaba ese día.

Se le agitó la respiración cuando su novio empezó a besarle el cuello y no tardó en sentir que Corey estaba excitándose. Se mordió el labio inferior y deslizó la mano entre sus cuerpos para acariciarlo sobre el pantalón, pero el chico la frenó, buscó el inicio de sus medias y empezó a bajárselas.

El móvil que había dejado hacía un rato sobre la mesilla sonó en ese momento, anunciando la llegada de una notificación, y su mente abandonó aquella cama por una décima de segundo para hacer una rápida visita al mundo online, ¿sería la escritora?

La voz de Corey la trajo de nuevo a la realidad.

—Llevo todo el día pensando en esto.

A pesar de que a veces intentaban hablar más durante el sexo para decirse qué les gustaría hacer, era algo que les seguía dando un poco de pudor a ambos, así que Corey no dio más detalles, pero lo dejó todo bastante claro cuando la desnudó de cintura para abajo y se deslizó sobre su cuerpo en dirección sur hasta quedar con la cabeza entre sus piernas.

Demonios.

***

Octubre de 2016

No se podía creer que hubiera llegado el momento, pero así era. Observó las llaves que tenía en la mano y sintió ganas de llorar al ver el llavero personalizado que le regaló Corey cuando alquiló ese piso, por un lado se veía la bandera de Escocia y por el otro simplemente ponía «Algún día».

Algún día.

Encajó la llave en la cerradura y abrió como normalmente hacía, pero con el corazón desagradablemente acelerado, porque en la panadería el trato entre ellos había quedado raro y seguro que Corey intuía que algo iba mal. Lo confirmó en cuanto se encontró con su mirada al entrar en el salón.

—Amanda… —dijo en tono inseguro y se levantó acercándose a ella, quiso saludarla como siempre, pero no encontró sus labios esa vez.

Por fin fue diferente, porque tenía que serlo, porque estaba cansada de disimular y de fingir que no deseaba saludar así a otra persona. Tras haber esquivado sus labios buscó de nuevo su mirada, quería ser valiente a pesar de que la opresión en su pecho le dificultaba respirar con normalidad.

—¿Podemos sentarnos? Necesito decirte algo.

El silencio que siguió a aquello le resultó muy incómodo, y eso era nuevo entre ellos. Nuevo y doloroso. Era difícil decirle adiós, pero tenía que hacerlo, porque hacía tiempo que sabía que quería estar con Virginia. Había ensayado miles de formas de hacerlo, pero en el momento más crítico no le salían las palabras, ¿cuáles eran las más adecuadas? ¿Habría algunas que no hicieran daño al chico con el que había compartido tanto?

—¿Ha pasado algo?

Casi no habían empezado y ya podía ver lágrimas acumulándose en los ojos claros de Corey, así que los suyos se humedecieron de inmediato.

—Lo siento —susurró mientras se sentaba en el sofá—. Siento mucho que haya pasado esto.

—¿Qué…?

Su forma de decirlo debió de confirmar sus miedos, porque al chico le cambió la cara y se puso pálido.

—No sé ni cómo decirlo, Corey, pero… —Tomó aire y se enfrentó a su mirada—. No podemos seguir juntos.

A aquellas palabras les siguieron varios segundos de silencio, en los que el chico procesó la información antes de preguntar.

—¿He hecho algo mal? Sea lo que sea puedo mejorarlo, Amanda, sabes que puedo… —El chico se levantó del sofá para arrodillarse frente a ella y apoyó una mano sobre su rodilla mientras con la otra le sujetaba una de las suyas—. Sé que últimamente no hemos pasado por nuestros mejores momentos, pero tenemos planes que… —A Corey se le rompió la voz y, por un segundo, escondió la cara en su brazo ahogando un sollozo, así que ella se echó a llorar también—. Podemos hacerlo juntos, cariño, siempre lo hemos conseguido todo juntos.

—Te debo tantísimo, Corey… —musitó, acariciándole la mejilla—. Pero no puedo, esta vez no podemos solucionarlo. He… conocido a alguien. Hay otra persona.

—¿Qué? —lo preguntó en un hilo de voz.

—Llevo meses hablando con alguien por internet y en verano la conocí en persona. No tenía planeado que esto pasara, Corey, pero… me he enamorado de ella. Lo siento.

El chico la miró sin decir una palabra, sin cuestionar aquel inesperado pronombre, no dijo nada. A lo mejor porque, de repente, el deterioro de su relación durante los últimos meses le encajaba mucho mejor y acababa de entender que no había sido culpa suya, que no había hecho nada mal, así que no podía deshacerlo. Que no había nada que arreglar. Aún en silencio, Corey escondió la cara en sus muslos, sin soltarle la mano, y sollozó. Ella se unió a su llanto y le acarició el pelo, buscando su consuelo.

No iba a conseguirlo, pero los dos se merecían que al menos lo intentara.

***

Diciembre de 2016

Era tonta, era muy tonta.

Se sentía nerviosísima y acababa de rechazar otro de los besos de Virginia. Se moría por que la besara, pero a la vez no la dejaba hacerlo y lo estaba estropeando todo. Le entraron ganas incluso de llorar, porque todo iba tan bien… hasta que empezó a ser así de tonta.

Virginia le acarició el dorso de la mano con la suya y ella la miró un segundo antes de obligarse a ser valiente y entrelazar sus dedos. Era tanto lo que sentía con aquellos gestos, excesivamente simples e inocentes, pero le disparaban las pulsaciones y le hacían cuestionarse qué pasaría cuando al final la besara. ¿Se quedaría paralizada? Seguro. No iba a estar a la altura y parecería una inexperta… Llevaba muchísimo tiempo esperando aquel momento y se lo había imaginado infinidad de veces, pero ahora que había llegado, no sabía cómo iba a reaccionar cuando pasase y le daba miedo.

Resultaba tan ridículo que ni siquiera podía explicarlo.

—Vale, ven aquí —escuchó la voz de Virginia a su lado al llegar al mirador y decidió dejarse llevar por todo aquello. Vivirlo y ya está—. ¿Puedo?

La californiana se colocó tras ella y le rodeó la cintura con un brazo, sintió un escalofrío al notar cómo se acercaba a su cuerpo apoyando la barbilla en su hombro. Todo era muy intenso, ¿qué iba a pasar cuando se besaran?

—Claro que puedes.

—Mira ese punto de ahí.

Virginia extendió el brazo al frente, señalando un punto concreto del firmamento, y ella se vio rodeada por el calor más alucinante del mundo, perdida en un semiabrazo que olía muy bien. Se obligó a asentir con la cabeza, para que supiera que estaba haciendo caso a sus indicaciones, pero tenía la boca seca y el corazón a mil, así que no estaba cien por cien atenta a aquella improvisada clase de Astrología.

—Es la Estrella Polar, si la encuentras, podrás ver las dos Osas. ¿La ves?

—Creo que sí.

Virginia se acercó un poco más, pegándose completamente a su espalda, y el calor a su alrededor aumentó un par de grados por lo menos. Sintió que perdía el equilibrio ante la invasión de su espacio y tuvo que agarrarse al brazo con el que la californiana la sujetaba por la cintura. Así se estaba mucho mejor, con ella le sobraba sitio por todos lados.

—¿Recuerdas el tatuaje de mi costado? Su forma.

—Sí.

—Si sigues mi dedo, verás cómo la dibujo… —susurró y su dedo empezó a delinear aquella figura invisible en mitad de un cielo plagado de estrellas.

Virginia se estaba equivocando de constelación y ella sonrió sin querer al percatarse de su error. Dudó de si debía avisarla, pero al final giró la cabeza lo justo para poder admirar su perfil y se decidió a corregirla.

—¿No es esa la Osa Menor? Tu tatuaje es la Osa Mayor.

—Mierda. —La chica soltó una carcajada—. Estoy nerviosa, lo siento.

Estuvo a punto de unirse a su risa, pero se limitó a sonreír con algo muy nuevo despertando en el interior de su cuerpo al ver cómo la americana se mordía el labio inferior, en ese momento se paró el tiempo, literalmente. Los ojos de Virginia brillaban divertidos y sus mejillas se chivaban de que estaba un poco avergonzada bajo aquel manto estrellado, todo a su alrededor se había vuelto aún más cálido y sintió que el brazo de Virginia temblaba ligeramente cuando lo tensó en torno a su cintura para acercarla a ella.

Los ojos se le cerraron de forma automática en cuanto aquellos labios que tanto había mirado a través de una webcam encontraron los suyos. Decidió no pensar y dejarse llevar, aquello era cosa de dos y las dos querían tanto que daría igual si alguna fallaba en algo, si algún detalle hacía que ese beso no fuera completamente perfecto. De momento lo estaba siendo.

Ay, que lo estaba siendo…

Virginia atrapó su labio inferior entre los suyos entreabiertos y al sentirlos así de húmedos le recorrió un escalofrío, le sorprendió la facilidad con la que respondió a su beso, buscando más contacto porque no quería que acabara tan pronto. Le devolvió movimientos igual de suaves y sintió frío en los labios cuando la californiana se separó apenas unos milímetros, pero su aliento se los calentó de nuevo cuando suspiró contra su boca así de cerca.

Se perdió en el marrón de su mirada, deseando que aquel instante pudiera durar para siempre.

—Demonios —dijo Virginia, y le regaló una sonrisa increíble.

Aquella imitación de su forma de hablar consiguió que se le calentaran las mejillas.

—Qué tonta eres —contestó, sonriendo sin querer, sospechaba que aquel gesto iba a permanecer muchas horas en su rostro.

Apartó la mirada, intentando asimilar que se habían besado y que había sido maravilloso, que quería repetirlo muchas veces más… Que lo necesitaba en ese mismo momento.

Miró de nuevo a la chica que conseguía hacerla sentir bien incluso estando a miles de kilómetros de distancia, Virginia acunó su mejilla con la mano y ella se dejó llevar al sentir que la invitaba a girar la cabeza en busca del ángulo perfecto para volver a besarla.

Demonios.

3
No es fácil decir adiós

Diciembre 2016

Nada más abrir los ojos se encontró con los de Virginia fijos en ella y el corazón le dio un pequeño salto en el pecho. Miró a su alrededor para poder ubicarse y recordó que la noche anterior habían terminado en la autocaravana, en aquellos momentos los rayos del sol la iluminaban completamente. Las dos seguían desnudas y observó a la californiana, se fijó en su anatomía tapada a medias por una sábana y al levantar la vista en busca de sus ojos la descubrió sonriendo de esa forma.

Seguro que estaba roja otra vez.

Le dio un golpe en el brazo antes de acurrucarse escondiendo la cara en su cuello y respiró profundo al sentir que le rodeaba la cintura con el brazo. Se quedó unos segundos de más con la nariz apretada contra su piel, sin ganas de separarse de su cuerpo, no podía creerse que hubiera llegado el día de la despedida.

Malditos kilómetros, maldita distancia.

Minutos después salió de su escondite, apoyó la mejilla en su hombro y disfrutó de las caricias de las yemas de sus dedos en la espalda. Habían sido los mejores días de su vida, eso lo tenía muy claro, y no solo por ella, sino también por el viaje familiar y por haber conocido mejor a Liv y a Teri. A pesar de los múltiples aspectos positivos, tenía que admitir que lo mejor de todo había sido poder descubrir a Virginia en una faceta mucho más íntima, el sabor de sus labios y la forma en la que besaba. Las dos últimas noches.

Demonios, lo hacía todo muy bien.

Cerró los ojos al sentir cómo presionaba los labios sobre su sien y de repente aquella sensación de vergüenza desapareció, dando paso a la tristeza. ¿Cómo iba a estar tanto tiempo sin sus besos y sin poder sentirla de esa manera?

—Buenos días, Mandy.

—Buenos días, Virginia.

Se medio incorporó para ver su rostro, apoyando la barbilla sobre su pecho aún cubierto por la sábana.

—¿Has dormido bien?

Ay, seguro que se estaba ruborizando otra vez, lo sabía por la forma en la que la estaba mirando.

—Muy bien.

Dormir habían dormido poco, a decir verdad. Le daba vergüenza admitir que tenía agujetas. Quizás debería empezar a hacer ejercicio si quería estar a la altura de la californiana la próxima vez.

—Qué tonta eres —protestó cuando la vio adoptar aquella expresión insinuante, pero lo dijo sonriendo, no podía evitarlo.

Con Virginia era así siempre, le resultaba imposible no sonreír con cada payasada que se le ocurría.

No le dio tiempo a decir ninguna más, porque la californiana tiró con suavidad de su nuca y atrapó sus labios en un beso de buenos días. Aguantó un suspiro y se centró en disfrutar de aquel contacto que tanto iba a echar en falta los próximos meses. La forma en la que se besaban le recordaba a la de la mañana anterior, cuando se despertaron después de hacer el amor por primera vez.

Sí, con Corey fue feliz y cada vez que se besaban ella confirmaba lo enamorada que estaba de él, pero nunca se había sentido como se sentía con Virginia. Aquel pensamiento la invitó a sonreír en mitad del beso y cuando se separaron se perdió en el marrón de su mirada.

—No sé cómo voy a vivir sin esto —susurró la californiana mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar, le encantaba la forma tan delicada en la que la tocaba siempre y adoraba que pensaran así de parecido—. Creo que es lo que más voy a echar de menos.

—¿Besarme? —preguntó y deslizó las yemas de los dedos por su hombro y parte de su cuello, sonriendo al verla estremecerse—. Yo también voy a echar de menos besarte.

—También, pero me refería al contacto ocular. Tengo escalofríos cada vez que miro tus ojos directamente.

—A mí también me pasa —confesó, y era cierto, porque sin una pantalla de por medio la sensación era muy diferente.

Sonrió automáticamente al ver la dentadura perfecta de Virginia. Fue en lo primero en lo que se fijó al conocerla, en lo increíble que era su sonrisa, y adoraba sentirla entre besos. Aún no sabía si creerse eso de que nunca había llevado aparatos.

—Virginia… —susurró agitada al sentir cómo la recostaba contra el colchón mientras le besaba el cuello muy lento. Sin necesidad de nada más ya estaba excitada.

En varias ocasiones se había preguntado cómo sería la californiana en la intimidad, sobre todo cuando empezó a leer sus escenas eróticas, se la imaginaba sexi, dominante y casi brusca, pero en su primera vez con ella no fue así. Hubo muchos besos y toneladas de mimos por parte de las dos, pero la noche anterior la cosa cambió un poco, Virginia se dejó llevar y le enseñó su cara más insaciable. Le daba vergüenza incluso pensarlo, pero jamás había disfrutado tanto en la cama, y eso que Cyndi no dejaba de insinuar que quizá echaría de menos algo en concreto entre las sábanas. Bobadas. Ni una sola vez sintió que faltara nada en el cuerpo de Virginia.

—Esto también lo voy a echar de menos, Mandy.

Dios… su voz era increíblemente erótica cuando la escuchaba así de cerca del oído.

Quién le iba a decir que el acento americano le haría sentir aquellos escalofríos.

Virginia paseó los labios sobre su piel, ascendiendo por su cuello y recorriendo su mandíbula hasta acabar de nuevo de lleno en su boca, besándola con profundidad.

—¿Y si nos escuchan?

Se preocupó, porque seguro que Liv y Teri estaban en algún lugar de la caravana.

—Si te sientes incómoda, paro. Solo tienes que decirlo.

Ay, era tan mona, tan atenta…

La sujetó por la nuca y la atrajo de nuevo hacia ella, las dos entreabrieron los labios a la vez para no perder el tiempo y ella suspiró contra su boca al sentir que Virginia apartaba la sábana y se colocaba bien sobre su cuerpo, quedando piel con piel.

***

Llevaba roja un rato, porque Teri no dejaba de mirarla con media sonrisa insinuante mientras las cuatro desayunaban juntas en la mesa de comedor de la caravana.

Dios, lo que le gustaba avergonzarla.

Virginia le había asegurado que sus amigas no las habían escuchado ni la noche anterior ni aquella mañana, pero esa mirada azul con sonrisa pícara a juego estaba poniéndola nerviosa.

Liv, en cambio, estaba algo seria, decía que le dolía la cabeza y tenía una pequeña herida en el labio, al parecer habían bebido demasiado la noche anterior y ella no se acordaba de nada, pero Teri aseguraba se lo había hecho en una pelea en el casino. Parece ser que Liv se había pasado un poco exigiendo más fichas e insultando a todos los que se le ponían a tiro, aunque no se pronunció ante las palabras de la ojiazul.

Se sentía culpable, porque habían pasado la noche fuera para darles intimidad a Virginia y a ella, y entre copa y copa decidieron dormir en el hotel del casino para no molestarlas. Casino, bebidas, labios partidos y una resaca de las que no te dejan recordar nada. Casi parecía sacado de una película.

No podía estar tranquila pensando en su viaje de vuelta a San Francisco. Dos de tres tenían resaca y la que no había bebido la noche anterior estuvo demasiado ocupada con otros asuntos como para dormir lo suficiente.

Sonrió al sentir que Virginia la tomaba de la mano y la mantuvo sobre su muslo por debajo de la mesa. Buscó su mirada y casi no le dio tiempo a encontrarla antes de que los ojos se le cerraran solos cuando los labios de la californiana se fundieron con los suyos en un beso suave. Al separarse de ella conectó con el marrón de su mirada y notó que su corazón comenzaba a latir desbocado, cada vez un poco más rápido.

—Me encanta cuando te sonrojas —le dijo al oído, y ella le propinó un pequeño golpe en el brazo antes de permitir que la rodease con él y la apretara contra su cuerpo.

Se iniciaba la cuenta atrás para la despedida y estaba segura de que le sería imposible contener las lágrimas. Tenían que separarse tras el desayuno e iba a echar mucho de menos poder abrazarla de esa forma cada vez que le apeteciera. Sabía que Virginia intentaba mantener el tipo, pero se estaba aguantando las ganas de llorar incluso más que ella, quería jugar el papel de la dura, pero ya le había dicho que no hacía falta que se esforzara, que podían llorar juntas.

—Terminamos de recoger y te acompaño al hotel.

—Te vamos a echar de menos, australiana —dijo Teri.

—Mucho —añadió Liv.

—Ay… —se quejó mientras se limpiaba unas lágrimas que se le habían escapado—. Lo siento. Yo también os voy a echar de menos.

Virginia le besó la sien y Liv la envolvió en un caluroso abrazo. Sentía que había creado un vínculo nuevo con la mejor amiga de Virginia, uno bastante intenso, se inició en el momento en el que se quedaron hablando a solas la segunda noche que pasaron allí, cuando Teri se enteró de que a Liv le gustaban las chicas. De una forma u otra las dos habían vivido una historia parecida, ella también se enamoró de una chica al mismo tiempo que mantenía una relación seria con un chico. Ambas aprendieron que el género de las personas era lo menos importante para llegar a enamorarte de ellas.

Virginia y ella se levantaron de la mesa a la vez y dejó que la californiana la abrazase mientras caminaban hacia la habitación, donde estaba su maleta a medio hacer, y entre las dos buscaron los pijamas que perdieron durante la noche. Seguro que estaba roja otra vez.

¿Se acostumbraría alguna vez a aquellas situaciones?

—Toma, Mandy —escuchó la voz de la americana a su espalda y, tras girarse, sonrió al ver lo que le tendía, a pesar de que estaba llorando.

—No seas tonta.

—Quiero que te los quedes.

La muy boba había doblado un jersey, uno de los que ella había dicho que le encantaban, y cuando Virginia le contestó que se los regalaba pensó que era una de sus bromas. Comparó el color de sus pantalones con la prenda y lo eligió como sustito del que se había puesto aquella mañana. Le estaba un poco grande, pero olía a Virginia, así que era perfecto, la sensación de estar rodeada por ella provocó que se le escaparan unas cuantas lágrimas más. La californiana la estrechó entre sus brazos y ella se escondió en su cuello mientras lloraba abrazada a su cintura.

—No sé cuándo voy a poder dejar de llorar.

—Sí, a mí también me pasa, que una vez que empiezo no puedo parar…

—De momento estás aguantando —susurró—. Te envidio.

—Ya verás cómo me voy a poner cuando te vayas.

—No quiero irme.

—Ni yo que te vayas, Mandy.

Se separó de ella y sonrió a duras penas cuando Virginia deslizó los pulgares por sus mejillas para secárselas, a pesar de que seguía llorando. Siempre le acariciaba de forma delicada —en cualquier situación—, pero algo se le removió por dentro al sentir aquella suavidad. Se puso de puntillas y la besó, la americana siempre parecía sorprenderse si era ella quien tomaba la iniciativa de aquella forma, y le gustaba notarlo. Tenía razón al decir que el contacto directo entre sus labios y sus miradas iba a ser lo que más echaría de menos en esos largos meses que les esperaban.

Acarició su espalda sobre la camiseta que llevaba y recibió su lengua cuando pidió permiso para introducirla en su boca. Se encontraban en mitad de la cuenta atrás y cada vez quedaban menos besos que darse hasta la próxima. Atrapó su labio inferior con los suyos antes de separarse, manteniendo las frentes unidas y los ojos cerrados.

—Mierda. —Se sorprendió al escuchar aquella palabrota y, al mirarla, se encontró con que Virginia estaba llorando—. Menuda mierda —se quejó de nuevo mientras se restregaba el rostro con el antebrazo.

Llevó las manos a sus mejillas, esta vez fue ella quien se las secó con los pulgares y se preguntó si Virginia había sentido lo mismo al acariciarla de esa forma hacía unos segundos. Se sonrieron, a pesar de que ambas seguían llorando, y la californiana le besó la muñeca y cubrió con la mano la que ella mantenía sobre su mejilla.

—Vale, creo que está ya todo listo —le salió la voz un tanto rota—. No quiero que lleguemos tarde al aeropuerto por mi culpa.

—Tendré que despedirme de Micky, Mariam y Richard.

—Y yo de Liv y de Teri.

Hizo pucheros y Virginia la besó una vez más.

—Me encanta que te lleves tan bien con Teri y Liv, muchas gracias por quedarte hablando con ella la noche que empezó esta tensión entre Teriv.

—Tienes unas amigas increíbles.

—Tú también. —Virginia le rodeó la cintura con los brazos—. Cyndi estará loca por saber todos los detalles.

—Es muy cotilla, pero no le voy a contar nada.

Virginia se rio y ella se quedó unos segundos enganchada a su sonrisa antes de permitirle atrapar sus labios de nuevo, y se dejó llevar a donde quisiera llevarla. Buscó aire cuando su espalda se encontró con la pared de aquella pequeña habitación y deslizó los brazos por los hombros de la californiana para rodearle el cuello. Ese beso fue algo más intenso y menos delicado que los anteriores, pero no podía quejarse, porque también iba a añorar esos momentos en los que se buscaban de forma mucho más necesitada.

***

—Te voy a echar de menos —dijo en un murmullo mientras escondía la cara en su cuello.

—Joder, y yo a ti.

A esas alturas Virginia ya no se molestaba en disimular que estaba llorando, y aquello provocaba que ella lo hiciera el doble, entre las dos habían construido un círculo vicioso en el que se retroalimentaban con más y más lágrimas.

—¿De verdad que no puedes quedarte? En mi cama cabemos las dos. Apretadas, pero cabemos.

Al separarse de Virginia, se rio flojito por lo tonta que era y después volvió a besarla rápido, porque su madre, su hermano y Ricky saldrían en cualquier momento del hotel, pero tenía algo muy claro, y era que su último beso antes de regresar a Australia no iba a ser el que se dieron en la autocaravana.

—Te prometo que nos vamos a ver mucho antes de lo que pensamos —murmuró Virginia y ella la estrechó más fuerte entre sus brazos.

—Puedo volver yo —le dijo, acariciándole el pelo—. No gasto nada viviendo con mi madre y Richard. Podría intentar cogerme vacaciones en… ¿junio? ¿julio?

—A veranear en California, qué lista eres.

—¿Te parece bien?

—Solo deja que pague la mitad del viaje con el dinero que gane…

—No, Virginia, tú vives con tus amigos y tienes muchos gastos.

—Pero…

—¡Aquí estáis! —la voz de Mariam las sorprendió y a ella le hizo gracia ver cómo Virginia adoptaba ese gesto nervioso y daba un paso atrás para separarse de ella.

¡Ya era hora de verla avergonzada! Y se estaba poniendo un poco roja.

—Hola, Mariam.

Su madre había salido del hotel sola, seguramente para que Richard no las sorprendiera en aquella actitud cariñosa, hablaría con el novio de su madre sobre su relación en cuanto se le presentara la ocasión, porque no tenía motivos para ocultarla.

—Tranquilas, chicas, que en nada os volvéis a ver.

—Ojalá —dijo al tiempo que alcanzaba la mano de Virginia y entrelazaba sus dedos.

La notó fría y sudada, signos inequívocos de nerviosismo.

—Micky tampoco quiere irse, está arriba llorando mientras Richard lo termina de vestir —explicó—. No sé por qué tardan tanto.

Su madre miró la puerta de salida del hotel con el ceño fruncido.

—¿Quieres que suba yo?

—Subid para ver cómo van, yo voy llamando al taxi.

—Insisto, Mariam… —dijo Virginia, refiriéndose a llevarlos en la autocaravana.

—Vuelvo a rechazar tu oferta, Virginia. —Su madre le sonrió—. Ni loca os hago entrar al aeropuerto en ese bicho enorme.

—De verdad que Teri está encantada de poder trastear con ese bicho.

—De verdad que os lo agradezco. —Su madre le dio un suave apretón en el brazo—. Id arriba y decidles que aligeren el paso, que al final llegamos tarde.

Tiró de la mano de Virginia y subieron a la habitación donde Richard debía de seguir peleándose con Micky para que terminara de vestirse.

—Me parece muy tierno que te pongas tan nerviosa con mi madre.

—Chsss…

La californiana la miró divertida y aprovechó para besarla entre risas mientras subían en el ascensor, ella la llamó tonta una vez más. Se notaba por todos lados que habían llorado, pero intentaban disimular lo mejor que podían

—¡Gina! —Su hermano se enganchó a la pierna de la californiana nada más cruzaron la puerta—. Llévame a tu tasa.

Le encantaba verlos interactuar, se derretía por dentro cuando Virginia lo cogía en brazos o cuando se agachaba frente a él para quedar a la misma altura. Y no sabía si se comportaba de esa forma con él porque ella estaba delante o porque, efectivamente, los niños se le daban así de bien. Se fijó en la expresión de su rostro y supo que era una mezcla de ambas, con más cantidad de la segunda opción.

—¿Quieres venir a California, Micky? Te enseñaré a hacer surf.

—¿Sabes surfear? —preguntó Richard con interés y Virginia puso esa sonrisita traviesa que adoraba.

Richard no tenía el mismo efecto en ella que su madre.

—No, pero por Micky aprendo.

—Si vienes algún día a Melbourne, te enseño yo —dijo el hombre de forma amable.

—¿De verdad?

—Por supuesto.

—Genial, ahora tengo tres motivos para ir a Melbourne. —Virginia sonrió ahora ampliamente—. El surf, Mandy y el pequeño Micky —dijo mirando a su hermano.

Quizás no fue consciente de que lo dijo en voz alta, pero Ricky debió de captar el mensaje, porque la miró por unos segundos en silencio y aparentemente extrañado antes de seguir guardando cosas del niño en la maleta. Cuando devolvió la vista a Virginia la vio un poco más seria mientras paseaba a Micky en brazos, rodeada por el ambiente sutilmente tenso que acababa de invadir la habitación.

—Micky, tienes que ponerte este abrigo. —Terminó con aquel incómodo paréntesis enseñándole la pequeña prenda a su hermano—. ¿Te acuerdas de los aviones?

—¡Sí!

—¿Quieres volver a verlos?

—¡Quiero entrar!

—Ponte el abrigo y entramos en uno.

Se acercó a ellos y cogió en brazos a Micky para dejarlo de pie sobre la cama.

—¿Gina viene a tasa?

Señaló a la californiana y Virginia soltó una risita que trataba de sonar ligera, pero era evidente que escondía tras ella unas ganas gigantescas de volver a llorar. A ella casi se le escapó una lágrima sin querer.

Ya se imaginaba que la despedida sería difícil, pero no estaba preparada para aquella intensidad.

—Algún día vendrá a casa, ¿vale? —le prometió al pequeño.

—¡Vale!

Micky lo exclamó con la felicidad escapándosele hasta por las orejas, ojalá fuera tan fácil. Se limpió disimuladamente la mejilla y decidió cambiar de tema.

—¿Te acuerdas de cómo se llama donde guardan los aviones?

—Alporto.

—Ae… —lo ayudó mientras estiraba el abrigo para que metiera los brazos.

—Aelporto.

—Aeropu…

—¡Puerto!

—Muy bien, Micky. —Sonrió orgullosa y le dedicó una rápida mirada a Virginia, que los contemplaba con un brillo especial en los ojos.

Nada más abrocharle el abrigo, la americana se acercó al niño.

—¿Quieres que vayamos volando?

—¡Sí!

Lo cogió en brazos emitiendo lo que se suponía que era el sonido de un avión y lo hizo volar por la habitación. Ella se mordió el labio mientras los miraba, con un nudo en la garganta de emoción, cuando cayó en la cuenta de que Richard la observaba con el ceño ligeramente fruncido. Le dio la impresión de que el hombre empezaba a darse cuenta de ciertas cosas, que estaba atando los cabos que no le convenía que atara en aquellos momentos. Aún no. Apartó la mirada de él y cogió la mochila de su hermano, antes de salir de la habitación junto a Virginia y un Micky volador.

—Te esperamos abajo, Richard. No tardes, mamá se está poniendo nerviosa.

Se apresuró en cerrar la puerta tras decirlo y se dirigieron hacia el ascensor.

—¿Demasiada tensión? —preguntó la californiana mientras esperaban que llegara a su planta—. Lo siento, no he pensado antes de hablar.

—Tranquila, quizás no lo ha entendido así.

—Menuda cara ha puesto, me ha dado miedo.

Se tuvo que reír y le acarició el brazo con que sostenía a su hermano, su bíceps estaba tenso... Demonios, iba a echar de menos eso también.

Menuda obsesión.

Qué vergüenza.

—¿Por qué te sonrojas? ¿Te dará vergüenza hablar con él? —preguntó en tono burlón.

Si ella supiera…

—La verdad es que Richard no suele meterse demasiado en mi vida —confesó, entrando en el ascensor—. Las conversaciones serias las tengo con mi madre, y en este caso está contenta.

—Eres muy valiente, ¿lo sabes? —dijo mirándola fijamente—. Supongo que debería darme prisa y decírselo a mis padres yo también… Sospecharán con tantos viajes no justificados a Melbourne, ¿no? Eso o podría clasificarme para más campeonatos en Australia.

—No, que apenas tuvimos tiempo para vernos. —Se apoyó en su hombro, rodeándole el brazo con los suyos. No quería separarse de ella.

—Te advierto que quizás me vuelva loca esperando hasta verano.

—Y yo —confesó, soltando un suspiro bastante obvio.

—Ey, mírame —le pidió la californiana y ella alzó la cabeza para conectar sus miradas desde muy cerca.

Se estremeció al sentir que atrapaba sus labios con delicadeza y ambas rieron cuando Micky depositó uno con sonido incluido en la mejilla de Virginia.

—Te ha manchado. —Tuvo que limpiarle, porque los besos de su hermano eran un poco babosos.

Virginia la besó en la mejilla estilo Micky y ella protestó entre risas limpiándose el exceso de humedad de la cara.

¿Cómo iba a poder estar tanto tiempo sin ella?

***

La cabezota de Virginia insistió en acompañarla en un taxi a pesar de sus protestas, porque era evidente que a la americana no le sobraba el dinero. Al final consiguió pagar ella el de ida y le coló un billete en el bolsillo del abrigo para el de vuelta sin que se diera cuenta, ya que estaba muy ocupada llevándole la maleta hacia el interior del aeropuerto.

Demonios, a excepción de las palabrotas, aquella chica era prácticamente perfecta.

—No vamos a poder besarnos una vez que crucemos esta puerta, ¿verdad? —preguntó la chica.

—Si estuviera solo mi madre … —dijo intentando que no notara que volvía a llorar, pero debió de resultar demasiado evidente porque Virginia se giró hacia ella nada más escucharla.

—Joder, Mandy, no llores —pidió frenando su avance y acunando una de sus mejillas con la mano.

—Lo siento, pero es que… —La miró directamente a los ojos—. Demonios, voy a echarte mucho de menos desde el momento en el que me suba a ese avión y… —Suspiró antes de morderse el labio al ver que los ojos de la californiana se humedecían también—. Virginia…

Su sollozo fue acallado por sus labios, que atraparon los suyos firme y suave, de forma lenta y delicada. ¿Aquel iba a ser su último beso? Tenía que ser una broma de mal gusto, ¿por qué dolía tanto aquella despedida? Nunca se había sentido así por dentro, desesperada por poder parar el tiempo y así evitar lo inevitable. No podía respirar bien, pero le daba igual, porque necesitaba mucho más su boca, así que respondió a su beso acercándose más a su cuerpo, sujetándola por el brazo y la cintura. La sintió sollozar contra sus labios y cerró los ojos con fuerza, uniendo sus frentes. Le tocaba a ella ser la fuerte, porque a esas alturas la conocía a la perfección y sabía que Virginia, por muy segura de sí misma que pudiera parecer, tenía miedo.

—Los días pasarán volando, ya lo verás —dijo antes de darle un corto beso en los labios.

—Pero tú tienes que esperar un día menos que yo, no es justo —bromeó entre lágrimas.

¿Cómo podía ser tan tonta y adorable al mismo tiempo?

Cuando le habló a Cyndi de cómo era Virginia, le dijo que le gustaba cada pequeño detalle que la convertía en ella, le contó lo mucho que se reían juntas y la facilidad que tenía para hacerla sonreír y su amiga decidió que si existían las almas gemelas, Virginia era la suya.

Ese pensamiento hizo que su corazón se acelerara un poco más, si era posible, y observó aquellos ojos marrones cubiertos de lágrimas y aquella sonrisa entristecida, diferente a las que la tenía acostumbrada, pero seguía siendo suya. Se mordió el labio y se armó de valor para decírselo, porque tras meses conociéndose en profundidad a través de internet y después de aquel fin de semana tan perfecto, lo sentía muy intenso. Estaba perdidamente enamorada de ella a pesar de la distancia.

—Te quiero —susurró sin apartar la mirada de sus ojos, aunque empezaba a notar que sus mejillas quemaban.

A veces pensaba que era una locura eso de admitir que la quería o que estaba enamorada de ella, porque llevaban hablando casi un año, pero en total no habían estado juntas ni una semana completa, si contaban los días de ambos viajes. Pero en ese momento le parecía lo más honesto que había dicho en su vida, aquel último encuentro le había dejado todo muy claro.

Virginia la besó de nuevo y susurró lo mismo contra sus labios antes de volver a atrapárselos con el doble de energía, mientras volvía a secarle las mejillas con los pulgares. Sus lenguas se encontraron en el interior de su boca y le apretó los brazos con los dedos, seguramente Virginia se daría cuenta de que estaba temblando.

—Tenemos que entrar ya —se obligó a decir tras unos minutos más de besos y caricias, de intentos por memorizar cada sensación y movimiento—. Voy a perder el avión.

—Es un truco para que no tengas que irte —susurró Virginia, acariciándole la nariz con la suya—. Si se va el avión, te tienes que quedar.

—Ojalá.

—Ojalá.

Se sonrieron y se besaron una vez más, la última.

Caminaron de la mano hasta que divisaron a sus familiares a lo lejos y de inmediato echó de menos el calor de su palma, ya la echaba de menos a ella y eso que aún la tenía a la vista. ¿Cómo iba a ser cuando ya no la tuviese al lado?

Virginia se despidió de su madre y de Richard, por la cara de este último supo que aquella conversación pendiente ya no era del todo necesaria. Tenía pensado contárselo una vez estuvieran en Melbourne, durante alguna de sus cenas, quizás, pero ya estaba dicho, sin palabras y con evidencias de las innegables. Intentó aguantar el tipo con todas sus fuerzas, pero cuando Virginia se agachó frente a Micky para darle un abrazo de despedida su hermano le limpió un par de lágrimas con las manos abiertas y ella se puso a llorar, una vez más, como una tonta ante aquella escena. La abrazó con mucha fuerza tras incorporarse y quedaron frente a frente, respiró el olor de su piel y sollozó bajito contra su cuello mientras Virginia le acariciaba la espalda. Le dio lo mismo confirmárselo a Richard todavía más alto. Necesitaba aprovechar hasta el último segundo con ella.

Al separarse de su cuerpo, tomó a californiana por las mejillas y la besó, notó que se sorprendía, pero tras un par de segundos se lo devolvió igual de suave. Apostaba a que se sentía como ella, el mismo nudo en la garganta y aquella desagradable presión en el estómago.

—Te quiero —le repitió y volvió a unir sus labios—. Te voy a echar mucho de menos —dijo antes de besarla de nuevo—. Tened mucho cuidado en la carretera. Avísame de todo, por favor.

—Te lo prometo —susurró la californiana y la besó por última vez—. Te quiero.

La miró unos segundos, intentando memorizar su rostro visto así de cerca, quería poder evocar aquellas facciones cada día que estuvieran separadas. La abrazó fuerte una última vez, se separó de su calor y caminó hacia atrás sin soltar su mano hasta que fue estrictamente necesario.

—Adiós, Virginia.

—Adiós, Mandy.

Demonios, tenía la sensación de llevar despidiéndose días, le dolía el cuerpo entero, de verdad. No sabía cuántas despedidas les quedaban por delante, pero estaba segura de que en ninguna de ellas estaría preparada para decirle adiós.

4
Vuelta a la rutina

Hacía tiempo que no se despertaba tan desganada, esa mañana tenía más ganas que nunca de quedarse un rato más en la cama, porque en sus sueños había estado con Virginia y no quería alejarse de aquello tan pronto. No podía creerse que ya hubiera pasado el fin de semana en Moapa Valley, tenía la sensación de haber estado allí dos minutos en lugar de cuatro días.

Suspiró y se obligó a incorporarse para quedar sentada sobre el colchón con aquel sentimiento de tristeza invadiéndola. Cogió el móvil de la mesita de noche y se le iluminaron los ojos al ver los mensajes de buenos días de Virginia, aunque le salió también un gesto lleno de nostalgia y un poco triste. La echaba demasiado de menos y no había pasado ni un día desde que se despidió de ella en el aeropuerto.

VIRGINIA: Buenos días, escocesa.

VIRGINIA: Te echo de menos y no tengo ganas de ir a clase.

VIRGINIA: No me puedo creer que ayer me despertara contigo y hoy no.

VIRGINIA: Menuda mierda.

VIRGINIA: Perdón, es que es una mierda de verdad.

VIRGINIA: Voy a prepararme para ir a clase.

VIRGINIA: (foto frente al espejo con cara de tontita)

VIRGINIA: Lo sé, lo sé, echas de menos este cuerpo.

VIRGINIA: Yo echo de menos el tuyo… :-P

VIRGINIA: ¿Soy rara si estoy tonteando contigo mientras duermes?

VIRGINIA: Sí, creo que sí.

VIRGINIA: Ya estoy en clase.

VIRGINIA: Espero que te despiertes bien.

VIRGINIA: Te echo mucho de menos.

AMANDA: Buenos días, tontita. Yo también echo de menos tu cuerpo, tu cara, pero sobre todo tu sonrisa. Y me quedaría en la cama, pero tengo que ir a trabajar. Esperaba verte a mi lado al despertarme, y hoy te perdono las palabrotas. Te aviso cuando salga de la ducha. ¿Cómo va tu clase? ¿Es interesante?

Dejó el móvil en la mesita de noche, se estiró y se levantó para ir directa a la ducha. Se hizo una coleta y se desnudó, sonrojándose cuando descubrió en su piel un par de marcas de las noches pasadas con Virginia. Al menos la californiana fue considerada y no se las hizo en sitio visibles. Quizás debería haberle mordido ella también, así se acordaría de esos momentos más a menudo.

No tardó mucho en ducharse, pensando que esa jornada en la panadería se le iba a hacer muy cuesta arriba, todas las emociones que había coleccionado durante aquellos cuatro días eran muy intensas y estando tan lejos pesaban mucho. La atraían hacia el suelo. Todo era distinto tras su primer beso con Virginia.

Aquel recuerdo la tuvo sonriendo como una tonta mientras se vestía, porque se lo había imaginado muchas veces, incontables, pero la realidad fue muchísimo mejor.

¿Cuánto faltaba para poder besarla otra vez?

Decidió responder la foto de Virginia con una suya, porque siempre le preguntaba cómo iba vestida, al principio creía que sus razones eran completamente inocentes, pero tras conocerla un poco más sabía de sobra cuáles eran sus intenciones reales. Aun así, continuó mandándole fotos, porque le gustaba que le dijera todo lo que pensaba y sentía al verla. Le encantaba que no supiera reprimirse. Tendría que pedirle consejo para aprender a dejarse llevar, porque ella pensaba y sentía mucho más de lo que decía en voz alta.

Fue a despertar a Micky y le acarició la mejilla con un dedo de forma delicada, el niño abrió los ojos como si los párpados le pesasen cien kilos, parecía que no era la única a la que le iba a costar volver a la realidad. Saludó a su hermano, lo cogió en brazos y notó cómo volvía a quedarse dormido sobre su hombro antes incluso de llegar a la cocina. Tuvo que espabilarlo de nuevo para que se sentase en su sillita, hizo el desayuno para ambos y preparó café de más para su madre y para Richard. Se sentó frente a un café y una tostada con aguacate y comprobó su teléfono mientras Micky bebía la leche con frutas usando una pajita, el pobre sorbía casi por inercia.

Eso sí que había sido un cambio importante, porque normalmente su móvil podía estar metido en el bolso todo el día u olvidado en la habitación, pero desde que hablaba con la californiana lo llevaba siempre consigo. Casi desde el principio, y eso que en aquellos momentos iniciales no tenía en mente nada más que charlar con una chica que escribía muy bien.

Se dio cuenta de que tenía una notificación en Twitter, un mensaje privado, y le gustó ver que era Liv.

LIVIA__9: Ey, Mandy, espero que estés bien y que hayas encontrado todo en su sitio en tu vuelta a Melbourne.

LIVIA__9: Y que no eches mucho de menos a la idiota de Gina.

LIVIA__9: O al menos que estés llorando un poco menos que ella.

A las amigas de Virginia les encantaba ponerla en evidencia, aunque ella ya sabía que había estado llorando, porque el día anterior, cuando hablaron por teléfono, lo hicieron las dos. Menudas tontas.

LIVIA__9: Te escribo porque me he dado cuenta de que no tengo tu número de teléfono y… necesito contarte algo.

LIVIA__9: Me siento cómoda hablando contigo.

LIVIA__9: Aprovecho para darte las gracias por quedarte conmigo y escucharme en Moapa Valley.

A_SÌTHICHE: Hola, Liv. Estoy bien, triste porque sí que echo de menos a Virginia, pero bien. Estamos en una relación a distancia y ahora toca esperar hasta la próxima vez... ¿Cómo estás tú? Te doy mi número de teléfono y hablamos por WhatsApp. Creo que Moapa Valley nos ha servido para conocernos mejor y yo también estoy muy cómoda contigo. Háblame cuando puedas y apunto tu teléfono.

Al salir de la conversación con Liv, vio la que compartía con GILLEY-B y sonrió por aquel paralelismo, lo último que hicieron Virginia y ella en aquel chat fue intercambiar sus teléfonos. Se mordió el labio y empezó a teclear.

¿Le haría ilusión tener una notificación en Twitter?

Donde empezó todo.

A_SÌTHICHE: Te quiero, tontita.

Todo era más intenso que antes del ansiado beso, hasta escribirle «te quiero» en un mensaje privado de Twitter le parecía mucho más profundo. ¿Se podrían guardar esas conversaciones? Porque quería tenerlas para el recuerdo.

—Buenos días, cariño —escuchó la voz de su madre y dejó de mirar el móvil para servirle café en su taza—. Muchas gracias.

—Buenos días —le devolvió el saludo y observó que Micky seguía sorbiendo lentamente con los ojos entrecerrados, por eso lo levantaba siempre antes, porque tardaba una eternidad en desayunar—. A alguien se le han pegado las sábanas hoy —se burló del pequeño.

—Buenos días, Micky, ¿cómo ha dormido mi niño? —preguntó su madre y el niño abrió un poco los ojos antes de volver a sorber de la pajita mientras la mujer le acariciaba la mejilla—. Una vez llegue a la guardería se le pasa el sueño, como siempre.

—Seguro. —Rio antes de tomar un sorbo de café.

—La próxima vez deberíamos guardarnos un día libre para adaptarnos antes de la vuelta al trabajo.

—¿Has pasado mala noche? —se preocupó.

—Me costó un poco dormir. —Su madre le dedicó su mirada con brillo especial, cuando recibía una de esas sabía que algo en ella le había recordado a su padre—. Tú ni siquiera estarás cansada, ¿verdad?

—La verdad es que no.

—¿Qué tal tu chica? —cambió de tema, y el elegido provocó que el corazón le bombeara como loco en el pecho—. Venga, no te pongas tontorrona y cuéntame algo, no quise molestarte en el avión ni cuando llegamos, porque supuse que querías hablar con ella.

—Sí que hablé con ella —confesó—. Siento si no os hice mucho caso, pero ayer fue un día… complicado.

—Me lo imagino, cariño, no debe de ser fácil. Sois muy valientes, se nota que os queréis mucho.

—Demonios, qué vergüenza.

Se tapó el rostro con las manos mientras escuchaba a su madre reírse.

—Me cayó muy bien. Se ve que es una buena chica.

—Tú también le gustaste a ella. Siento no haberte contado nada antes, pero me daba un poco de miedo tu reacción.

—Confieso que sospeché algo cuando decidiste romper con Corey, pero como no me dijiste nada lo dejé pasar. Que sea una chica me ha sorprendido, no voy a decirte que no, pero me da igual si estás con un chico, con una chica o sola toda tu vida. Yo lo único que quiero es que seas feliz, y punto.

Y lo sabía de antemano, porque la relación que mantenía con su madre siempre había sido muy estrecha, pero igualmente se emocionó al escucharlo.

—Soy muy feliz, aunque esté llorando.

Su madre le tendió la mano por encima de la isleta y ella la estrechó con la suya.

—Es normal que ahora te sientas así, demasiadas emociones juntas: estos días con Gina, separarte de ella, hablarlo conmigo... —Pudo ver que a Mariam se le humedecían los ojos—. No te pongas a llorar, Amanda, que me lo pegas siempre.

Sonrió al escuchar su tono de protesta y le apretó la mano.

—Lo siento, tengo que acostumbrarme a las despedidas y ya sabes que me emociono cuando hablo contigo de estas cosas...

—¿Ya sabéis cuándo os volveréis a ver?

—Aún no tenemos nada seguro, pero en principio habíamos pensado vernos en invierno.

—Qué envidia. Se os pasará rápido.

—Qué tonta. —Se rio, secándose las mejillas con las manos.

—Mandy, cógete más días de vacaciones y repártetelos a lo largo del año. Disfruta de tu relación con Virginia.

No, esa conversación no, por favor.

—Mamá, ya sabes que no me gusta faltar. Una panadería no debería cerrar, nuestro trabajo es que las personas tengan su ración de pan diaria… o de galletas Anzac, no se puede vivir sin galletas Anzac, mamá.

—Qué bien te ha enseñado tu padre.

Su madre negó con la cabeza con media sonrisa y ella quiso sonreír también, pero no le salió del todo.

***

Ese día hacía bastante calor, menudo contraste con el tiempo en Nevada, y entre que tenía sueño, que estaba loca por hablar con Virginia y que la temperatura ambiente no ayudaba, iba demasiado lenta y el tiempo se le echaba encima. Aquel era otro de los motivos por el que no le convencían las vacaciones, el cuerpo se le acostumbraba demasiado rápido a la rutina de descanso y luego le costaba mucho trabajo recuperar el ritmo.

Sonrió al ver llegar a su amiga, habían quedado en verse aquella mañana. Entró con el bolso enorme que le regaló ella misma en cuanto se enteró de que buscaba un modelo práctico para los apuntes de la universidad. Llevaba gafas de sol, un vestido veraniego, sombrero a juego con el bolso, zapatos con plataformas y una sonrisa enorme dibujada.

—Hola, Cyndi. El café como siempre, ¿no?

—Sí, y pónmelo para llevar, por favor. Solo tengo diez minutos.

—¿Qué tal las clases?

—Estresantes, este año va a acabar conmigo. Me voy a volver loca.

—Siempre lo dices y nunca pasa.

Se rio y le ofreció el café a Cyndi antes de tenderle un dulce como regalo de la casa, siempre lo hacía con ella.

—Necesito algún adelanto, Mandy —susurró inclinándose hacia ella con los antebrazos apoyados sobre el mostrador.

—Ya sabes que…

—… te da vergüenza —terminó su frase—. Lo de Corey me lo contaste de forma superficial y como ya sabía cómo funcionaba la cosa, no insistí, pero lo de Gina lo necesito con detalles y notas en los márgenes. ¿Y si un día me acuesto con una chica? Ahora eres tú la que tiene que iluminarme a mí.

—Cyndi, estamos en la panadería, aquí no. —Se cruzó de brazos y la miró con curiosidad—. Acostarte con una chica, ¿desde cuándo tienes esa idea?

—Nunca digas nunca, Amanda. —Cyndi le guiñó un ojo—. ¿Os besasteis?

Evocó aquel momento bajo las Osas, su primer beso, y sonrió sin querer al recordar que Virginia se equivocó al señalarlas porque estaba igual de nerviosa que ella.

—Vale, tu cara lo dice todo —la rubia se contestó a sí misma y mordió el dulce, observándola con media sonrisa—. Gracias por alimentarme, siempre salgo de clase muerta de hambre. Dime cuánto te debo.

—Te invito a todo si no me preguntas nada más.

—No me compensa, quédate con el cambio. —Su amiga depositó un billete en el mostrador y ella negó con la cabeza, divertida por la situación, mientras lo metía en la caja y cogía el cambio—. ¿Os habéis acostado?

—¡Cyndi! —susurró.

Esperaba que nadie la hubiera escuchado…

—Mandy, nadie está pendiente de nuestra conversación, esto solo me interesa a mí —dijo antes de dar un sorbo rápido al café—. Sí o no.

—Sí.

—Madre mía. —La muy tonta empezó a abanicarse con la carpeta que llevaba en la mano—. ¿Cómo es? Dímelo. ¿Mejor? ¿Peor?

—Distinto.

—¿Pero mejor o peor?

—No creo que sean los adjetivos adecuados, Cyndi. Para mí ha sido increíble, porque ha sido con ella —confesó con las mejillas teñidas de rojo—. Además, no es que tenga mucho con lo que comparar…

—Es cierto. —Cyndi puso morros mientras pensaba de qué otra forma podía satisfacer su curiosidad—. He leído que el sexo lésbico dura unas mil horas, ¿es verdad? —¿También había estado buscando información?—. Madre santa, te habrá tenido ocupada toda la noche. Mira qué carita tienes. Enséñame esos bíceps, nena.

Estaba rojísima, no le hacía falta verse para saberlo, el calor que sentía en el rostro era prueba suficiente.

—Eres tonta.

—Bueno, no insistiré. ¿Crees que si me das el número de Gina me lo contará ella?

—¡Cyndi!

—Ay, vale, vale.

La rubia se terminó el dulce y la observó con una mezcla de diversión y picardía dibujada en el rostro.

—Nos dijimos «te quiero» —confesó tras unos segundos en silencio que aprovechó para apuntar la consumición de Cyndi en una libreta.

—¡Qué bonito! Qué monas sois. Me encanta —lo decía de verdad, lo vivía así de intenso—. ¿Os sacasteis fotos?

—Muchas.

—Me las tienes que enseñar, que solo he visto la que tienes puesta en WhatsApp.

Y esa foto en concreto le encantaba, se la sacó Liv, en ella Virginia salía abrazándola por la espalda, sus brazos le rodeaban la cintura y tenía la barbilla apoyada en su hombro. Lo que más le gustaba era la sonrisa de la californiana, estaba completamente obsesionada con ella.

—¿Cuándo podemos vernos para hablar tranquilamente?

—El fin de semana, puedo cambiar el turno con mi madre y tener la tarde libre.

—Iré a recogerte a la hora de siempre.

—Está bien.

—Me tengo que ir, pero ve quitándote la vergüenza, porque quiero detalles.

—Sabes que no.

—¡Yo te lo cuento todo a ti!

—Porque quieres, yo no te pido nada.

—Te arrepentirás, Simpson.

—Hablamos luego. —Y negó con la cabeza al ver la forma en la que su amiga le guiñó el ojo.

***

VIRGINIA (nota de voz): Hemos vuelto de entrenar, me he pedido primera para la ducha, así que cuando salga podemos hablar. ¿Qué prefieres? ¿Teléfono o Skype? Te echo de menos. Te quiero.

Escuchó un «ñoña» de fondo en la voz de Liv y le hizo gracia.

AMANDA (nota de voz): Vale, cariño, cuando salgas me avisas y hablamos. Te quiero y te echo muchísimo de menos.

Estaba a punto de aprovechar aquellos minutos para poner una lavadora con la ropa del fin de semana, pero le sonó el móvil y volvió a sentarse en la silla del escritorio. En un primer momento pensó que sería Virginia, pero se encontró con un mensaje de WhatsApp en su conversación con Liv. La chica seguía escribiendo, y menos mal, porque menuda exclusiva.

LIV: Hola, Mandy.

LIV: Voy a contarte algo y me contestas cuando puedas.

LIV: Teri y yo nos acostamos la noche que pasamos en Las Vegas.

LIV: Tenía que soltarlo ya, porque me siento fatal.

LIV: Se lo contaré a Gina… quizás mañana, no lo sé.

LIV: Quiero que habléis, lo necesitáis.

LIV: No quiero meterme en medio con mis problemas.

LIV: Y no sé por qué, pero quería decírtelo a ti antes.

AMANDA: ¿En serio? ¿Cómo pasó? ¿Te has confesado? ¿Por qué te sientes fatal?

LIV: No, no le he dicho nada.

LIV: Joder.

LIV: Soy idiota por pensar que iba a cambiar algo.

LIV: Pero… fue muy intenso.

LIV: Nos gastamos muchísimo dinero en el casino, todo el de Teri, porque no me dejó ni poner un centavo.

LIV: Nos acabamos enfadando porque perdíamos todo el rato y dijo que prefería gastarse el dinero en beber, así que fuimos a la habitación, acabamos con el minibar y pedimos más cosas.

LIV: Te juro que me daba vueltas todo, bebí de más, y… me arrepiento y no volveré a hacerlo, pero también tomamos otras cosas que no debíamos.

LIV: Ya sabes.

LIV: Hay momentos que no recuerdo bien, lo confieso.

LIV: Le pedí perdón por no haberle dicho que era bisexual.

LIV: Nos reímos.

LIV: Y al final…

LIV: Nos besamos.

LIV: Y no paramos.

LIV: No creo que quieras saber detalles.

¡No se lo podía creer! Aquella era una información muy fuerte, le habría gustado ponerse en plan madre con ella por lo de beber en exceso y tomar drogas, pero Liv no necesitaba eso, así que lo dejó pasar para centrarse en el presente.

AMANDA: ¿Y por qué estás mal? ¿No querías estar con Teri?

LIV: Sí, pero no estando borracha, no hemos mencionado nada de lo que pasó.

LIV: Me desperté y se había ido.

LIV: Me enfadé mucho.

LIV: Joder, seguro que no se acuerda de nada.

LIV: A saber con cuántas hace esto todos los días.

LIV: ¿Qué me hace ser especial?

LIV: No lo soy, seguro.

LIV: Una más de las chicas de Teri.

AMANDA: ¿Por qué no le preguntas directamente? Quizás ha habido un malentendido.

LIV: ¿Y si me dice que no me lo tome en serio y quedo como una estúpida?

LIV: Me sentaría fatal que me dijera eso, que fue solo un polvo.

LIV: Un error.

LIV: Que no se acuerda y que no me lo tome tan en serio.

AMANDA: ¿Por qué va a ser un error? Has dicho que os besasteis. Si has destacado eso significa que no fue directamente a otra cosa.

LIV: Sí.

LIV: Y, joder, besa muy bien.

LIV: Y teniendo en cuenta todo lo que había bebido…

LIV: Ah, una cosa, no me peleé con nadie esa noche. Se lo inventó Teri.

LIV: Lo del labio es por el piercing que tiene en…

LIV: Sus partes.

LIV: Ya sabes.

Demonios. Pero ¿cómo era eso posible? Prefirió no preguntar.

AMANDA: Habla con ella, Liv. No sabes si Teri se acuerda o no. ¿Y si se siente como tú? ¿Y si quería acostarse contigo y no con cualquier otra chica?

LIV: A Teri le gustan todas, recuerda las palabras de Gina.

AMANDA: ¿Y si tú le gustas más?

LIV: No lo creo.

LIV: ¿La has visto? Es perfecta.

AMANDA: También te he visto a ti y no tienes nada de qué quejarte. Creo que deberíais hablar, en serio. Tenéis muchas cosas que aclarar y no esperes a que ella dé el paso, simplemente dalo tú, porque si no lo das vas a estar siempre en el mismo sitio.

LIV: Eres un pozo de sabiduría…

LIV: Ahora entiendo por qué Gina vuelve a hablar con Patrice.

LIV: Gracias por escucharme.

LIV: Bueno, por leerme.

AMANDA: Aunque parezca que Teri es fácil, creo que es muy complicada, es más cerrada que tú y seguro que necesita que des los pasos por ella, simplemente aclara las cosas sin bebidas de por medio. Ah, y habla con Virginia, seguro que te puede ayudar más que yo, conoce muy bien a Teri. No te preocupes por nosotras, para Virginia sus amigas son sagradas. Desahógate con ella, lo necesitas.

LIV: Tienes razón.

LIV: ¿De verdad no te importa?

AMANDA: De verdad, nosotras podemos hablar en otro momento.

LIV: Gracias, Mandy. Eres increíble.

Su móvil anunció otra notificación, vio que era Virginia y su corazón empezó a latir más fuerte.

VIRGINIA: Ya estoy, Mandy.

VIRGINIA: No te lo he dicho antes porque estabas trabajando, pero me he acordado de la foto de esta mañana y tengo que decirte algo sobre esa falda.

VIRGINIA: No dejo de pensar en… mí de rodillas, tú de pie y con la falda puesta.

VIRGINIA: Y ahora que sé de primera mano cómo sabes…

VIRGINIA: Me es más difícil no imaginármelo.

Las mejillas se le calentaron de golpe, esta chica no tenía ningún filtro y en el fondo le encantaba. Tendría que practicar un poco para dejar de ser tan tímida, al menos delante de Virginia, porque estaba claro que la californiana no reprimía ni un solo pensamiento de los que se le pasaban por la mente.

VIRGINIA: Prométeme que la próxima vez lo haremos…

VIRGINIA: Por fi.

VIRGINIA: Por fi.

«Por fi». Era una pervertida muy mona. Se quedó enganchada a la parte de «la próxima vez», porque le gustaba escucharla hablar de ellas en futuro, a lo mejor en un futuro sin tanta distancia de por medio.

AMANDA: Haremos todo lo que quieras.

Ni se lo pensó antes de contestar. Se lanzó del tirón y sin analizarlo antes.

VIRGINIA: :-P

VIRGINIA: ¿Todo?

AMANDA: Todo.

VIRGINIA: Genial, pero déjame cambiar la frase.

VIRGINIA: Haremos todo lo que queramos.

AMANDA: Así es más interesante… Una cosa, he hablado con Liv, creo que es de tu interés, pero no te voy a contar nada.

VIRGINIA: ¿Perdona? ¿Desde cuándo sois mejores amigas?

AMANDA: Desde este fin de semana… ;-) Ve a decirle que estás disponible. Necesita hablar contigo.

VIRGINIA: ¿Qué ha pasado?

AMANDA: Que te lo cuente ella y luego hablamos nosotras, ¿vale?

Virginia se iba a morir cuando se enterara de lo que pasó en Las Vegas aquella noche en la que ellas apenas pudieron dormir.

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313 p. 6 illustrations
ISBN:
9788417829384
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