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Cosimo Schinaia
Inconsciente y emergencia ambiental
Reflexiones para una agenda común entre psicoanálisis y ecología
PRIMERA EDICIÓN
Con el auspicio de:

Schinaia, Cosimo
Inconsciente y emergencia ambiental / Cosimo Schinaia. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Biebel, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
Traducción de: Ricardo Rodríguez.
ISBN 978-987-8362-08-3
1. Psicoanálisis. 2. Ecología. 3. Cuidado del Medio Ambiente. I. Rodríguez, Ricardo, trad. II. Título.
CDD 127
© Cosimo Schinaia
© Ediciones Biebel, 2020
Edición en formato digital: septiembre de 2020
Ediciones BIEBEL
José Juan Biedma 1005, (1405)
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
Tel. (54-11) 4582-3878
www.edicionesbiebel.com.ar info@edicionesbiebel.com.ar • edicionesbiebel@yahoo.com.ar
ISBN: 978-987-8362-08-3
La imagen de cubierta pertenece a Katsushika Hokusai, “La gran ola de Kanagawa”, 1830-1833
Armado de cubierta y diseño de páginas: Cálamus (contacto: calamus.doc@gmail.com)
Conversión a formato digital: Libresque
Libro de edición argentina
Producido en la Argentina
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
A Amedeo y Romilda, Claudio y Carmen, Maria Grazia y Franco
A mis tíos, a mis sobrinos y a mis primos
A Ignazio, Mario, Rocco y a todos mis amigos tarentinos
La persona que destruye el ambiente se destruye a sí misma.
Gregory Bateson, Pasos hacia una ecología de la mente
Al permitir que el hombre sea, la Naturaleza cometió algo más que un error de cálculo: cometió un atentado contra sí misma.
Emil Cioran, Del inconveniente de haber nacido
Nota de la traducción
Como criterio general, para las citas y referencias se ha acudido al texto original o a su versión en español, siempre que existan y sea posible acceder a ellos.
En los datos bibliográficos, los textos de autores en lengua española se reproducen en su versión original en español.
Los textos de autores en lengua italiana se recogen en su versión original en italiano y la traducción en español que ya exista o esté disponible.
Los textos en otras lenguas, en su versión traducida al español (si existe o está disponible). Si no existe (o no se ha encontrado) una traducción española utilizable, se recoge el texto en su idioma original. En los casos en los que esté disponible una traducción al italiano, se incluye también para facilitar la consulta.
En las citas de Freud, si bien están disponibles diversas ediciones en español, se ha optado por la traducción de Amorrortu.
Agradecimientos
Agradezco a Mariano Horenstein por haber prologado la edición argentina del libro. Una vez más demostró la fértil comunión de propósitos en la búsqueda de las interrelaciones entre mundo interno y mundo externo y de sus transformaciones en relación a los cambios históricos y socioculturales.
Agradezco a Lorena Preta, coordinadora del grupo de trabajo Geografías del psicoanálisis de la Sociedad Psicoanalítica Italiana y de la International Psychoanalytical Association, por la cuidada y apasionada presentación del libro, del que emerge una cultura psicoanalítica tan sólidamente arraigada en la tradición como elásticamente capaz de enfrentarse con las nuevas realidades psicosociales.
Agradezco a Luca Mercalli, presidente de la Sociedad Italiana de Meteorología, quien contribuyó en el enriquecimiento del libro con anotaciones y sugerencias originales, ofreciendo su competencia específica a través de una mirada ambiental curiosa y penetrante.
Ignazio Aprile, Riccardo Brunacci, Marie Antoinette Ferroni, Alfredo Lombardozzi, Giacomo Orlando, Mario Pennuzzi, Enrico Pinna, Rocco Saponaro e Jacopo Schinaia leyeron generosamente el libro en sus diversas fases de escritura, acompañándome en su evolución con atentas observaciones y preciosas sugerencias. A ellos y a su paciencia va todo mi afectuoso reconocimiento.
También agradezco a Joseph Dodds, Renee Lertzman, Luc Magnenat y Sally Weintrobe. Sus libros, tan ricos de contribuciones significativas provenientes desde diversas áreas de pensamiento, pusieron en el centro del debate psicoanalítico internacional las temáticas ambientales que fueron para mí preciosas fuentes de inspiración.
At last but not at least. Mi reconocimiento a Norma Cerrudo, quien rápidamente apreció mi manuscrito y concretó este proyecto editorial y a Ricardo Rodríguez, quien realizó la traducción al español.
Prólogo
por Mariano Horenstein
Un prólogo es una especie híbrida que no está del todo ni afuera ni dentro del texto, y requiere a mi entender de la implicación subjetiva de quien lo escribe. Para detallar los meandros del libro en cuestión o su interés para el lector basta una mirada a vuelo de pájaro al índice preciso y la bibliografía copiosa que el autor ha tenido la gentileza de proveernos. Sin embargo, de lo que se trata es de dar cuenta del lugar en el que un libro toca, interesa, a cada uno.
Este libro es una suerte de cantata, un texto firmado por un autor pero a la vez un escrito coral. Se inicia con una invitación amable a la lectura escrita por Lorena Preta, sabia y hermosa fabricante de encuentros (entre ellos, aquél donde pude conocer al autor en Nueva Delhi) e inspiradora de fértiles contaminaciones discursivas como la que Cosimo ensaya aquí.
La cantata termina con un epílogo firmado por el meteorólogo Luca Mercalli, que agradece entusiasmado: ¡Por fin un libro sobre psicoanálisis y emergencia ambiental! Todo el libro puede ser leído como una carta de amor del psicoanálisis a la meteorología, un intento frágil de no desconocer aquello de lo que vienen alertándonos los climatólogos de medio mundo. La alegría del meteorólogo da cuenta que esa carta llegó a su destinatario.
Pero antes de dar cuenta de algunas de las voces del coro que este libro alberga, antes incluso de pensar en la lógica de su construcción, en su método, es preciso que fije las coordenadas, tanto epocales como personales. A fin de cuentas, también para eso están los prólogos.
Escribo estas líneas en un momento particular, inédito, de la especie humana. Una pandemia, originada por un virus minúsculo, ha puesto a la humanidad contra las cuerdas. De algún modo, un fragmento genético nanoscópico que no alcanza siquiera a conformarse como vida autónoma, implica la irrupción –virulenta irrupción– de un elemento real en la vida humana y sus ilusiones de omnipotencia. La naturaleza nos recuerda de una bofetada que existe, y que no somos solo –como Lévi-Strauss demostró– pura naturaleza cultural. Aun en el caso de que la acrobacia que llevara al virus de los murciélagos o los pangolines a los humanos se debiera a ciertas extrañas costumbres gastronómicas chinas.
Entonces, podría pensarse: ¿qué mejor momento para pensar en la ecología que éste?
Confieso que la preocupación por la ecología siempre me pareció una urgencia ajena. Y no porque no me inquietaran el cambio climático o la extinción de especies animales, sino porque en el lejano sur que habito, donde buena parte de la población no tiene cubiertas siquiera sus necesidades alimentarias o habitacionales, me parecía que otros temas tenían mayor relevancia en el corto plazo. Quizás por esto no existen prácticamente los partidos verdes en Latinoamérica, mientras en Europa -donde las necesidades básicas están de algún modo resueltas- tienen un lugar central en la vida política. Cuando el sesenta por ciento de los niños y jóvenes de un país están bajo el umbral de la pobreza, preocuparse por el cambio climático parece –subrayo, parece– una preocupación obscena.
Pero debo también confesar mi miopía en este punto, pues ningún favor le hace una naturaleza devastada a la resolución de la pobreza. Y alguien puede llegar a morirse por efectos ambientales sin tiempo siquiera de desfallecer de hambre. Recuerdo que uno de los primeros trabajos que tuve apenas recibido fue atender a víctimas ecológicas. Se trataba de intoxicados graves por una pérdida de anhidrido sulfuroso de una industria, que en contacto con la humedad de los pulmones de los operarios se convertía en ácido sulfúrico. La gran nube tóxica mató a cuatro personas e hirió a ochenta, envenando además el aire y el río que daba nombre a la ciudad. En ese sentido, el libro de Cosimo funciona como un antídoto frente a mi miopía, despabila como un viento fresco que disuelve una nube tóxica, y se anticipa.
La irrupción de un nuevo virus en la ecología humana y las consecuencias que padecemos realzan la necesidad de esta introducción a la ecología en el discurso del psicoanálisis. Si un editor hubiera pensando en las condiciones ideales para un lanzamiento, no podría haber imaginado mejor circunstancia que la que vivimos.
Aunque paradójicamente, el momento en que este libro aparece en español es un momento en que los ecosistemas logran mitigar los efectos dañinos que nuestra especie suele inflingirles. Hacía muchas décadas que las playas no estaban tan limpias ni el cielo de las ciudades se podía ver tan despejado, ya nos habíamos olvidado el color verdadero del agua que fluía por los canales venecianos y algunas especies animales vuelven a avistarse cuando se las creía perdidas ya. Igualmente, media humanidad encerrada para procurar un módico respeto por la ecología parece un precio demasiado alto a pagar. Si antes muchos usaban barbijo para evitar respirar la polución ambiente, ahora estamos obligados a usarlos para cuidarnos y cuidar a otros del virus de ocasión.
Ahora bien, ¿en qué consiste este libro? Se trata de un entramado complejo de nociones que piensan al psicoanálisis –que es en sí mismo un saber de frontera– en interlocución con otras zonas de frontera. No se trata de un texto que se sienta cómodo en un terreno de especialistas, pero a la vez bien podría ser una introducción a la ecología para psicoanalistas.
Y también lo contrario: un compendio de psicoanálisis para ecologistas.
Está armado con ambición enciclopédica y la enunciación del autor no siempre aparece en primer plano. Como cuando relata los numerosos, entrañables, fragmentos de trabajo clínico y el analista aparece en segundo plano, en el relato sobre las peripecias de cada paciente, así aparece la enunciación de Cosimo en el texto: en pocos momentos explícita, las más de las veces se deja leer entrelíneas. Pues ha trabajado este libro como si se tratara del libro de citas que soñó Walter Benjamin: su tarea autoral se confunde por momentos con la de un montajista.
Quizás sea un gesto de humildad, quizás porque asuma que ya todo está casi dicho y no hay por qué agregar palabras, sino en todo caso darles el marco adecuado de lectura. Lo cierto es que la arquitectura de este libro tiene que ver en parte con un cuidadoso trabajo de edición. Y como todo editor, enuncia y anuncia su mensaje en el modo particular de organizar el material, en su selección, en los recortes que efectúa para llevar a buen puerto un libro que tiene también algo de manifiesto ecológico, incluso de manual de uso del planeta que habitamos.
Excepto cuando el autor se implica subjetivamente, en sus memorias de infancia, en sus conflictos de una Italia que más que nunca aparece como entramado de regiones singulares nunca soldadas del todo en un país. El gran Sebald decía que todo escritor debe mostrar sus cartas en lo que escribe, y Cosimo lo hace de este modo.
Pero este libro no es autobiografía sino una introducción meticulosa a un tema necesario, una puesta a punto bibliográfica que por momentos asusta por la amplitud y extensión de las referencias. Es también un alegato contra el goce oscuro que –junto al deseo como antídoto– habita a la especie humana, esa pulsión mortífera que nos amenaza a diario y que se muestra con presencia mutante en la panoplia de fenómenos que este libro compendia.
¿Es posible, como sugiere el subtítulo del libro, una agenda común entre psicoanálisis y ecología? Me atrevo a pensar que sí y al mismo tiempo que no. Si a veces es difícil fijar una agenda común de discusión aun entre practicantes de la misma disciplina, mucho más aun lo sería en relación a otro campo epistémico, el de la ecología.
Al mismo tiempo, y solo en una aparente contradicción, es necesario poner a dialogar al psicoanálisis con la ecología. No solo con la ecología, también con la arquitectura y con el cine, con la literatura y las artes visuales, con la danza y las matemáticas, con la sociología y la geografía.
Es más, diría que es imprescindible hacerlo, por muchos motivos. Por lo pronto, porque el psicoanálisis se degrada entrópicamente si queda reducido a una repetitiva discusión entre especialistas. Por otra parte, porque desde su inicio el psicoanálisis se ha beneficiado de una interlocución fértil con otros campos de saber, y por lo general los autores más innovadores han bebido siempre en fuentes extrañas a las bibliografías psicoanalíticas. Pero además, porque sería de una mezquindad imperdonable privar a los otros campos de saber de lo que en tanto psicoanalistas pudiéramos aportarles.
Eso no significa que psicoanálisis y ecología –el título de este libro– constituyan un par homogéneo e isomórfico. Al tratarse de campos distintos y quizás inconmensurables, la misma idea de agenda común quizás sea complicada de imaginar. Lo que no implica que no debamos hacerlo.
Lautrèamont, quien inspiró a los surrealistas, hablaba de la belleza que cabía en los encuentros fortuitos, y citaba el encuentro entre un paraguas y una máquina de coser en una mesa de disección. Quizás de lo que se trate es del encuentro, también fortuito, aunque quizás imprescindible, entre inconsciente y medioambiente, en esa agenda imposible –aunque no por eso menos necesaria– que este libro se propone imaginar.
Mariano Horenstein
Sierras Chicas, junio de 2020
Presentación
por Lorena Preta
Quizás se esté presentando un tiempo nuevo en el cual las profundas intuiciones del psicoanálisis, desde Freud en adelante, liberado al fin del estigma como psicoanálisis aplicado o como teoría incompetente fuera de sus fronteras, o como producto sucedáneo de un doctrina “alta” que no soporta contaminaciones de lo real, puede, finalmente, re-encontrar (porque en el pensamiento original del fundador este intento era, sin duda, evidente) el significado profundo de su peculiaridad.
El sentido de un compromiso que consiste en la aplicación de su método para la comprensión de los hechos individuales y colectivos, sin esconder la problemática sino presentándola como objeto imprescindible de consideración.
Es un tiempo hecho de la valoración atenta de una realidad compleja, de los varios niveles que la definen y que nunca pueden perderse de vista sin el agostamiento del pensar y su alejamiento de la práctica de la vida. De la vida tal como se nos presenta hoy −más que nunca− como un proceso peligroso, lleno de ambigüedad y de riesgos, vertiginoso, rápido, también doloroso, que no da tregua ni al pensamiento ni a la acción.
El libro de Cosimo Schinaia literalmente nos arroja dentro del tema más urgente por excelencia: el del medioambiente. Nos arrastra en la problemática ecológica a través de citas cultas pero entendibles, como realidad que tocamos con la mano y que nos afecta a todos.
No quisiera repasar aquí las etapas del pensamiento psicoanalítico y de las demás disciplinas que el libro examina, claramente establecidas y distintas, pero quisiera hablar del sentimiento que me ha suscitado escribiendo esta breve presentación, porque me parece que es representativo de la postura que el autor implícitamente invita a asumir respecto del tema ecológico.
Generalmente, cuando se escribe o se piensa acerca de un tema propuesto, hay necesidad de moverse, en cierto modo, para recuperar referencias personales, lecturas propias, opiniones consolidadas −tal vez actualizándolas. Sin embargo, reflexionando sobre este libro, ese procedimiento resulta casi imposible.
Es necesario entrar en el texto, estar al día, sentir que se ha elegido un campo preciso, comprometido y que los problemas que surgen de la lectura no son eludibles.
La sensación es que el libro es “necesario”, que no podemos movernos de ahí, ganar tiempo, tergiversar. Que estamos frente a una brutalidad de las cosas que nos enfrenta a la realidad tal como es, sin vuelos retóricos o invasiones arbitrarias.
La falta de límites en el estilo es continua, pero solo en el sentido de que el lector es invitado a reconstruir, ampliándolo, su mapa de referencia respecto del medioambiente.
Dentro-fuera, individuo-grupo, naturaleza-cultura son algunos de los binomios para entrar en el viaje ecológico que nos espera. Vínculos que ayudan entre realidad de base que encuentran su sentido solo puestos en relación, porque es su interdependencia la que puede dar cuenta de la complejidad de las cosas. Si se prescindiese de uno de los dos términos o incluso de la interrelación entre todos los mencionados, se haría una amputación, una parcialidad limitadora.
Resulta imposible, entonces, hablar de un imaginario individual sin considerar el colectivo que lo sustenta y que, en realidad, lo determina en una relación de codeterminación recíproca.
Como no deberíamos descansar sobre la imagen de un medioambiente separado de la representación que de él tenemos en nuestro interior y sin poder construir, por ejemplo, una ciudad o una habitación o cualquier objeto que el hombre produce, sin pensar que no sea, de cierta manera, la proyección de nuestras partes psíquicas más o menos conscientes.
No es posible invocar la vieja disputa entre naturaleza y cultura sin considerar que esta contraposición de por sí ya resulta asfixiante si no logra presuponer en este caso la bidireccionalidad que la co-construye. Temas ampliamente tratados en el libro desde varios ángulos.
Sin embargo, esta estructura que conecta, para usar la definición de Gregory Bateson que Cosimo Schinaia cita y destaca, no siempre resulta evidente. Muchas veces vivimos las problemáticas ambientales como desenganchadas una de la otra o las negamos violentamente −y esta parece ser la solución colectiva prevaleciente hasta ahora.
Más que a otro tipo de práctica y de teoría, al psicoanálisis se le ha confiado la tarea de entender por qué, frente a la evidencia de un daño tan grande y peligroso causado al medioambiente, el hombre todavía no quiere darse cuenta de lo que ha sucedido y de lo que vendrá.
Son actualizados los mecanismos de defensa, tan bien descriptos en el libro, como la escisión, la intelectualización, la supresión, el desplazamiento, la represión, la negación. Cada una de estas soluciones, cubriendo la angustia llevada por el conocimiento del peligro, hace imposible la reparación del daño, tanto psicológico como moral, si por ética podemos entender una función específica de la mente que la hace precisamente humana.
Pareciera que se debería esperar que venga de afuera, quizás de civilizaciones extraterrestres, la conciencia del peligro que se cierne sobre nosotros, como en el clásico filme de ciencia-ficción The Day the Earth Stood Still (1951), dirigido por Robert Wise.
Allí la misión extraterrestre es la de convencer a la humanidad de su propia destrucción y buscar soluciones. En realidad, no es eso lo que sucede en el filme, pero lo que nos interesa considerar es que el conocimiento del peligro y la conciencia del daño causado a la biosfera son obstáculos para nosotros mismos, para nuestro interior, en mil modos conscientes e inconscientes, tanto como para hacernos imposible abrir los ojos a la realidad.
La angustia que conmocionaría al individuo, lo aleja de la conciencia y es una forma de defensa, recuerda Schinaia, además de individual, también colectiva. Sin embargo, sería necesario integrar “los sentimientos angustiosos de pérdida” y de finitud para “relacionarnos auténticamente de un modo dinámico e incierto”.
Además, es necesario evitar la exaltación acrítica del mundo natural que termina en “una adhesión fanática a la ideología ecologista” en una suerte de “alucinación” grupal.
Los temas tratados en el libro son muchísimos. Los vértices de observación se cruzan, a veces se oponen, para no descuidar nada en la intención de dar una explicación que respete las tantísimas facetas del problema.
En el transcurso de la lectura encontramos ejemplos clínicos que mezclan las reflexiones, comparando caracteres y vivencias humanas que ilustran claramente cómo en la psicología y en la experiencia de cada cual se pueden crear nudos psíquicos que inducen los comportamientos −como despreciar el agua y otros recursos o el de protegerse de manera obsesiva de los agentes externos vividos como contaminantes− que dan cuenta del entramado entre la esfera personal y la colectiva y aclaran cómo el psicoanálisis puede hacer más que otras disciplinas, cuando la experiencia personal y la dinámica psíquica puedan reflejar los nudos problemáticos de la relación con el medioambiente.
También golpea mucho la referencia personal del autor en un hecho doloroso de la historia italiana, el de la Sociedad ILVA, que provocó muertes por contaminación en la ciudad de Tarento que aún hoy no han sido aclaradas.
Cosimo Schinaia viene de esa tierra y a través del recuerdo de un antes que no está más y que ya solo puede formar parte de la narración de su pasado, nos hace entender no sólo los efectos desagradables de la contaminación y del envenenamiento del agua, de la tierra y del aire sino también la cuestión de la relación de todo esto con las cuestiones del trabajo y el empleo, que no pueden ser descuidados. La paradoja de salvarse de la pobreza y lograr el bienestar promovido por la industria entre la población, al mismo tiempo la condena a generar muerte en la naturaleza y en los hombres.
En las novelas y en los filmes de ciencia-ficción los extraterrestres a veces son conquistadores agresivos y guerreros (a nuestra imagen y semejanza), otras veces son atentos observadores intergalácticos que se dan cuenta de la belleza y de lo extraordinario de nuestro planeta, hecho de agua, de riquísima vegetación, de una variedad desmesurada de vidas biológicas.
Klaatu, Barada, Nikto! sonaba la frase del filme antes mencionado pronunciada en lengua extraterrestre para impedir la represalia contra los humanos agresivos y obtusos. Allí funcionaba, pero nosotros, que todavía tenemos dificultades para encontrar un sistema de traducción que permita la comunicación entre culturas de pueblos diversos en el mundo que habitamos, que incluso en nuestro mundo interno tenemos dificultades para contactarnos con diferentes y múltiples niveles de organización psíquica, ¿seremos capaces de encontrar una fórmula que nos permita detener nuestros propios ataques a la supervivencia de la humanidad?
Quizás conocemos la frase, pero no entendemos que es a nosotros mismos a quien debemos dirigirla.
Introducción
El rol del psicoanálisis
El psicoanálisis me mata cuando entra en todo lugar sin ser invitado y se afirma como interpretación de todas las interpretaciones posibles.
Jean-Bertrand Pontalis, El amor a los comienzos
Este libro nace como natural continuación de los temas abordados en mi libro anterior −Interno Externo. Miradas psicoanalíticas sobre arquitectura y urbanismo. El intercambio osmótico ente lo interno y lo externo, entre consciente e inconsciente, entre organización mental y organización social, entre naturaleza y cultura, los pasajes, los vaivenes entre el “adentro” y el “afuera”, entre el espacio mental y el espacio externo, la constante e inestable redefinición de las las relaciones entre los dos territorios a través de sus cambios, sus transformaciones, sus reorganizaciones se constituyen como una delicada cuestión, en el doble registro intrapsíquico e interpersonal. Estamos rodeados por el medioambiente, respiramos el medioambiente, dependemos del medioambiente y al mismo tiempo lo tenemos incorporado en nuestras mentes, en nuestros sueños, en nuestros conflictos, en nuestras angustias, en nuestros miedos.
Arthur Rimbaud escribió admirablemente en Iluminación (1886): “He tirado cuerdas de campanario a campanario; guirnaldas de ventana a ventana; cadenas de oro de estrella a estrella, y bailo.”
Y Jean-Bertrand Pontalis (1986, p. 57) dice que “se necesitan varios lugares dentro de uno para tener alguna esperanza de ser ellos mismos.”
Del ya citado Interno Externo (Schinaia, 2016, p. XXXIV) rescato:
“Texto (del latín, textus) significa tejido. Deseo que al final la búsqueda y el reconocimiento del hilo rojo de esta textura, de este recorrido de escritura, de este viaje de búsqueda, resulte ágil para el lector, que podrá beneficiarse de mis consideraciones personales en el interior de un cuadro de teorías, observaciones, puntos de vista y reflexiones amplio y complejo, pero absolutamente rico y vital, accediendo ‘al placer a través de la cohabitación de los lenguajes, que trabajan juntos, flanco a flanco’” (Barthes, 1973, p. 4).
Es necesario, entonces, construir espacios contenedores para los intercambios entre el adentro y el afuera que garanticen transiciones, intercambios, interconexiones.
La discusión entre diferentes lenguajes científicos y culturales puede permitir la estructuración de diferentes y originales formas de lenguaje y de experiencia que no son la suma de los lenguajes y de las experiencias del comienzo pero que encuentran su configuración y su vida autónoma y original.
Continuando en el camino comenzado con aquellas consideraciones, mi intención es mostrar cómo el psicoanálisis puede ser un recurso (no un lujo) para explotar adecuadamente y profundizar el estudio de los mecanismos de defensa individuales y comunitarios respecto de la toma de conciencia de los graves problemas ecológicos de hoy, de las catástrofes y de los desafíos con los que nos debemos enfrentar. Teniendo abiertas todas las preguntas, se evidencia la absoluta necesidad de confrontar permanentemente con otros saberes, con otros lenguajes, sin presuntuosas ambiciones colonizadoras ni búsquedas de armonías totalizadoras, pero con la certeza de la significativa peculiaridad de la contribución de la cultura y de la experiencia psicoanalíticas, que pueden ofrecer resortes, instrumentos y procesos para afrontar constructivamente los desafíos ecológicos.
No se trata, ciertamente, de proponer nuevamente el viejo concepto de psicoanálisis aplicado, o sea, la explicación e interpretación subjetiva, a-histórica, sustancialmente reduccionista y enfermiza del intérprete (sin, además, ninguna posibilidad de confirmación o de refutación) de la realidad externa, reportándola al trabajo inconsciente y a su interpretación, sin tener en cuenta la multiplicidad de sus significados.
Jacques Lacan propone en el Seminario VII (1959-60) dedicado a La ética del psicoanálisis, en lugar del mencionado psicoanálisis aplicado, un psicoanálisis implicado, o sea que, si bien su cuerpo teórico es poderoso y muy estratificado en el tiempo, es capaz de enriquecerse de términos teóricos y clínicos en contacto con otras culturas y volverse un organismo vivo y en evolución, capaz de entender e imaginar la humanidad que se está, o mejor, estamos construyendo (Preta, 2019).
Luc Magnenat (2019a, pp. 30-31) describe bien las razones de la inadecuación del concepto de psicoanálisis aplicado:
“La clásica expresión de ‘psicoanálisis aplicado’ a campos diferentes de la clínica me parece inapropiada al menos por tres razones. En primer lugar, pone al psicoanálisis en una posición arrogante en la comparación con el saber que va a explorar. En segundo lugar, expone a la teoría psicoanalítica a una ‘aplicación’ mecánica que no tendría en cuenta el enriquecimiento recíproco que nace del encuentro con los campos artísticos, científicos, filosóficos, religiosos, antropológicos, sociales, políticos, etcétera. La tercera razón, y esencial, es que, interesándose por otros campos de la clínica, el psicoanálisis se priva de su principal instrumento de valoración: la escucha del analista de la escucha consciente e inconsciente que el analizando hace de sus interpretaciones. Es a través de la escucha de la escucha del paciente, en el aprés-coup de la interpretación, que el analista puede valorar la parte de la verdad psíquica contenida en el trabajo interpretativo de la pareja analítica. Fuera de la práctica clínica, cuando se interesa por otros campos culturales, el psicoanalista debe meterse también en la escucha de otra escucha, la de los expertos del campo que va a investigar. El psicoanálisis debe estar ‘interesado’ pero no ‘aplicado’, referido en la etimología ‘inter esse / ser entre’.”
¿Cómo enfrentar la contradicción entre, por una parte, las imágenes del progreso, de lo inagotable, del desarrollo ilimitado y, por otra, el hambre y las informaciones sobre el clima que dramáticamente nos llueven?
¿Qué sucede a las neuronas sentimentales, a las pequeñas voluntades emotivas que, a pesar de las alertas existenciales, siguen amando y soñando y estudian cómo sobrevivir mientras producen pensamientos de fuga? (Neri, 2020)
Para Jenny Offill (2020), nuestra relación con la crisis climática está llena de altos y bajos, locura y arrojos; la amenaza ambiental es un doble a quien hacer frente.
¡Cuán impregnada está de intensa conflictividad la condición humana! Exterminamos las especies vivientes y después nos ocupamos de salvaguardarlas de la extinción; destruimos el ecosistema y damos alarmas para salvar el planeta; construimos casas frágiles en zonas sísmicas y, cuando llega un terremoto, descubrimos virtudes heroicas, arriesgando nuestras vidas para salvar aunque sea una sola persona de los escombros. (De Renzis, 2020)
Sujeto sensible, incandescente, polémico, más particularmente un tema de pregunta y de preocupación, pero también de diferencia y de toma de distancia, el medioambiente se ha vuelto uno de los símbolos indisociables de la sociedad moderna. (Berger y Roques, 2016).
Hoy se piensa mayormente que puede ser estudiado sólo aquello que es mensurable, excluyendo áreas de la subjetividad humana, como nuestros sentimientos hacia la naturaleza y los cambios climáticos y nuestra empatía y conexión con las otras especies (Wentrobe, 2013a).
Jorge Bergoglio (2015, p. 1), comentando el testimonio de Francisco de Asís, afirma comprensiblemente que “la ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las ciencias exactas y de la biología y que nos conectan con la esencia del hombre.”
La actitud cognitiva del papa Francisco está reforzada con las palabras de Alberto Einstein, que había dicho: “No todo aquello que puede ser contado, cuenta, y no todo aquello que cuenta, puede ser contado”1, dando valor, también él, a los aspectos emotivos, subjetivos, que entran en juego en las ciencias experimentales.
De su advertencia deberían sacar provecho muchos discursos ambientalísticos que, basándose solamente en la descripción dramáticamente objetiva de la catástrofe hacia la que vamos, no consideran la fuerza de las defensas psíquicas tanto individuales como grupales que socavan la conciencia de la objetividad del daño provocado y sufrido al mismo tiempo.
Nathaniel Rich (2019), después de analizar a fondo los aspectos políticos, científicos, tecnológicos y económicos de la historia más reciente del conflicto de la crisis ambiental sostiene que la política, la ciencia, la tecnología y la economía por sí solas no alcanzan para conseguir y mantener resultados satisfactorios. Para él es necesario poner en el centro del debate internacional la “dimensión ética” del problema. Para Michel Benasayag (2020), la dimensión ética consiste en la praxis de un hacer orientado a la creación de un paradigma de felicidad y deseo alternativo al hasta ahora conocido, dictado por el sistema capitalista contemporáneo, que propone un modelo de progreso infinito y que orienta las elecciones individuales y colectivas hacia formas agresivas de uso de los recursos naturales.
La sociedad globalizada, el contexto histórico cultural en el que vivimos, marcan significativamente cada subjetividad, tanto de forma individuales como en los vínculos sociales.
Lorena Preta (2018, pp. 199-200) nos advierte de la necesidad de enfrentarnos con los cambios de nuestro psiquismo determinados por las modificaciones de las condiciones ambientales:
“El psicoanálisis, aunque estructurado, al menos desde el punto de vista de su aparato terapéutico, sobre un encuentro directo y exclusivo con la interioridad del paciente, con su mundo fantasmático y pulsional, adicto a la construcción del específico espacio analítico creado por el encuentro de los inconscientes del analista y del paciente, no puede no preguntarse sobre estos grandes cambios y cómo reorientan el pensamiento sobre la psiquis y sus dinámicas.”
Jacques Press pone en evidencia las numerosas dificultades implícitas en el enfrentamiento con una realidad nueva y crítica:
“¿Cómo es posible pensar cuando la casa arde? De pronto se produce un hiato entre, por una parte, la exigencia de la acción conexa con la urgencia de la situación y, por otra, la parálisis de nuestro funcionamiento psíquico, más en un contexto muy particular porque somos los agentes de la destrucción en curso. Existe el riesgo de una teorización concreta de adherir, sin la necesaria distancia, conceptos psicoanalíticos a una situación que necesita nuevos instrumentos de pensamiento para ser aprovechada en su complejidad.” (2019, p. 266)
En el contacto con una nueva realidad es necesario pensar con instrumentos que, refiriéndose a lo conocido, tengan en cuenta los nuevos contextos y sepan interactuar con ellos, siguiendo la sugerencia de Pierre Fédida (2007, p. 52): “El rol del analista es imaginar. [...] Imaginar aquello que otro ha vivido.”
Imaginar también delante de lo que aparece como un agujero, un blanco de imágenes, un vacío sin cavidad. Más radicalmente, imaginar la desaparición, el deshacerse, la cancelación de los rastros (Galiani, 2009).
Escribe René Käes (2013):
“Debemos arriesgar nuevos análisis, fabricar instrumentos mentales, proponer modelos inteligibles para pensar de nuevo y provisoriamente esta relación con lo desconocido que hemos elegido como nuestro modo de ser en el mundo.”
El primer capítulo −Breves notas sobre las principales etapas del proceso de oposición a la emergencia climática− hace balance sobre la crisis ambiental de nuestros días, sobre sus especificidades, sobre las consecuencias y cómo todo el mundo se está equipando para remediar con acuerdos de cooperación, pero también con desacuerdos que atrasan las acciones reparadoras.
El segundo capítulo −Nosotros y el medioambiente− destaca la enterrelación en el interior de la comunidad de todos los viviente y de todas las especies, como antídoto para la destrucción de los ecosistemas. En el medio de la reflexión se pone también la necesidad de una nueva urbanística, que equilibre lo construido con el verde y que tenga como fulcro la reparación de la ciudad. Finalmente se trata el problema de la transmisión transgeneracional y de nuestro legado al futuro de nuestros hijos.
El capítulo tercero −La relación de Freud con el medioambiente− está dividido en dos secciones. En la primera se describe la relación romántica de Freud con la naturaleza, tal como está descripto en sus cartas desde lugares montañosos o marítimos y con algunas anotaciones sobre las ciudades que son propedéuticas para las reflexiones presentes en el ensayo “El malestar en la cultura”, de 1929. En la segunda sección se analizan los pensamientos contradictorios de Freud acerca de la relación hombre-naturaleza en los que más puntualmente manifiesta sus ideas sobre el medioambiente y sus implicancias respecto de la construcción de la civilización y del progreso.
El cuarto capítulo −El psicoanálisis y la crisis ecológica− describe la evolución del pensamiento psicoanalítico después de Freud respecto de la naturaleza y del medioambiente y también una sustancial dificultad de los psicoanalistas a enfrentarse con los temas ecológicos. Harold Searles intenta acercarse a esta temática recién en los años 60, abriendo la puerta a reflexiones que encontrarán nuevos intereses en los 2000, cuando los temas de la polución y del recalentamiento climático se vuelven angustiosamente actuales y se corporiza el estudio de las defensas patológicas, ya sean individuales o grupales, que impiden una plena y madura conciencia de la gravedad de la situación.
El quinto capítulo −La basura− propone el tema de la basura, evidenciando sus diversos significados simbólicos. A través de la exposición de algunas viñetas clínicas se presenta cómo diferentes aspectos neuróticos de la personalidad y diferentes historias personales entran en juego en la relación del hombre con la basura, determinando actitudes inadecuadas, incoherentes y, a veces, riesgosas.
El sexto capítulo −El derroche− enfrenta el tema de los restos y los desperdicios. El tema de los desperdicios de agua y de calor en las casas, o sea, el problema del consumismo en general, se aborda cruzado con partes de algunas historias clínicas con problemáticas generales y la representación de la interdependencia entre mundo interno y características medioambientales.
El séptimo capítulo −La contaminación luminosa y acústica− enfrenta el tema de la relación entre el acceso de luz y de sonido y del rumor de fondo en la sociedad y el atentado al bienestar psicofísico del hombre y de las otras especies. Los reflejos que estos aspectos polutivos tienen en la vida de las personas, por un lado, y las actitudes en los enfrentamientos de la luz y de la oscuridad y de los sonidos y del silencio en las historias y conflictos individuales encuentran una posible elaboración en las vicisitudes de la relación analítica.
El octavo capítulo −De lo individual a lo social− describe la relación entre los mecanismos de defensa individuales, las modalidades defensivas grupales y comunitarias, poniendo de relieve similitudes y diferencias. Se analizan algunos aspectos defensivos de la militancia ambientalista, que puede reducir el impacto comunicativo del mensaje ecologista. La adhesión fanática a la ideología ecologista, la exaltación acrítica del mundo natural, la dramatización obsesiva de las prácticas de defensa ambiental, la oposición al progreso científico, pueden configurarse como un mecanismo de defensa que, enfatizando idealmente la relación del hombre con la naturaleza, en los hechos lo desnaturaliza, transformándolo retórico y sustancialmente inauténtico. También, los esfuerzos directos por proponer sólo acciones prácticas de cambio ambiental, si además son también culposos y terroristas, tienen el riesgo de fallar porque no tienen en cuenta las confusas inversiones afectivas, de la memoria, de los deseos y de las angustias de las personas.
El noveno capítulo −El conflicto trabajo-salud− insiste sobre la permanente contradicción entre bienestar psicofísico y medioambiente salubre y dirigido al trabajo, basándose en un viaje histórico sentimental entre Taranto, lugar donde nací, a Génova, donde vivo, dos ciudades italianas en las que las acerías manifestaron todo su poder polutivo, con graves consecuencias para la habitabilidad y el sostenimiento ambiental.
El décimo y último capítulo −Servidores del futuro− intenta resumir los razonamientos y reflexiones de los capítulos anteriores, hacer balance, tratando de dibujar algunas posibilidades operativas que salen de los cortes nostalgia-utopía, para proponer algunas modalidades de aproximación individual y grupal, real y optimistamente constructivas.
1 Not everything that counts can be counted, and not everything that can be counted counts. La cita aparece por primera vez en el texto de William Bruce Cameron Informal Sociology: A Casual Introduction to Sociological Thinking (New York: Random House, 1963). Einstein habría escrito esta cita en el pizarrón de su oficina en el Institute for Advance Studies de Princeton, New Jersey (USA).
Capítulo 1
Breves notas sobre las principales etapas del proceso de oposición a la emergencia climática
Nuestra tarea es elegir las ventajas del progreso sin caer en sus riesgos.
Jared Diamond, 30 años para salvar el planeta
El 6 de diciembre de 1988 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad una resolución sobre la “Tutela del clima global para las generaciones presentes y futuras de la humanidad”. Sobre esta resolución se construyó todo el proceso general que llevó con los años a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambios Climático de 1992, al Protocolo de Kioto de 1997, ratificado por 192 países, a la Conferencia sobre el Clima de Copenhague en 2009, en la cual las potencias con economías en vía de desarrollo y con abundantes recursos naturales –recursos estratégicos− como China e India, asumieron una actitud reivindicativa, reclamando más tiempo y no aceptando ponerse en el mismo plano que las potencias occidentales, responsables durante dos siglos de una industrialización salvaje y de la devastación del medioambiente.
El texto aprobado por 196 países en la Conferencia sobre el clima en París en 2015 parte de un presupuesto fundamental: El cambio climático representa una amenaza urgente y potencialmente irreversible para las sociedades humanas y para el planeta.
Reclama, por lo tanto, “la máxima cooperación de todos los países” con el objetivo de “acelerar la reducción de las emisiones de los gases que causan el efecto invernadero”. Para entrar en vigencia en el 2020, el acuerdo debe ser ratificado, aceptado o aprobado por al menos 55 países, que representan en conjunto el 55 % del total de las emisiones mundiales de gases que provocan el efecto invernadero.
El acuerdo prevé:
Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2° C. En la Conferencia sobre el clima de Copenhague del 2009, los casi 200 países participantes se pusieron el objetivo de limitar el aumento de la temperatura global respecto a los niveles de la era preindustrial. El Acuerdo de París establece que este aumento está “bien por debajo de los 2°centígrados”, esforzándose hasta detenerse en +1,5°. Para alcanzar el objetivo, las emisiones deben disminuir a partir del año 2020.
Consenso global. A diferencia de hace 6 años, cuando el Acuerdo se había estancado, ahora adhirió todo el mundo, incluidos los 4 más grandes contaminadores: además de Europa, también China, India y los Estados Unidos se han comprometido a recortar las emisiones.
Controles cada 5 años. El texto prevé un proceso de revisión de los objetivos que deberá realizarse cada 5 años. Ya en el 2018 se pidió a los Estados aumentar los cortes de emisiones, para llegar preparados al 2020. El primer control quinquenal será, pues, en el 2023 y seguirán a partir de allí.
Fondos para energía limpia. Los países de la vieja industrialización erogarán 100 millones por años (desde el 2020) para difundir en todo el mundo las tecnologías verdes y “descarbonizar” la economía. Un nuevo objetivo financiero será fijado a más tardar en el 2025. Podrán contribuir también fondos e inversores privados.
Reembolsos a los países más expuestos. El Acuerdo aprueba un mecanismo de reembolsos para compensar las pérdidas financieras causadas por los cambios climáticos en los países geográficamente más vulnerables, que a menudo son también los más pobres.
El principio de equidad climática. Los países ricos deberán descender a 0 emisión en el período de 12 años partiendo de las emisiones actuales, de modo que los países más pobres puedan en compensación elevar los estándares de vida, dotándose de infraestructuras, como rutas, hospitales, redes eléctricas e hídricas.
En ocasión de la Cumbre del G20 de septiembre de 2016 en Hangzhou, los alcaldes de las ciudades más importantes del mundo dirigieron un llamado a los líderes nacionales para enfrentar juntos la amenaza global de los cambios climáticos y para construir un mundo basado en una economía con bajas emisiones y con seguridad climática. Los presidentes de China y de Estados Unidos −y posteriormente la Comunidad Europea− anunciaron la adhesión formal al Acuerdo de París, por lo cual, antes del 2020, tal como fue previsto en el 2015, se da por descontado que el plan será aprobado por más de 55 países. Menos mal, porque, en el 2015, por segundo año consecutivo, se comprobó que la economía mundial creció sin haberse registrado al mismo tiempo un aumento de las emisiones globales de CO22. La organización mundial de la ONU para la meteorología registró una cantidad estable de anhídrido carbónico en la atmósfera superior al umbral psicológico de 400 partes por millón. Esto quiere decir que la masa de CO2 producida en los últimos años comenzó a disminuir, pero no lo suficiente como para que pueda ser reabsorbida por los llamados carbon sinks, los tanques naturales, tales como los océanos y los bosques capaces de removerla de la atmósfera. Según el IV Informe del IPCC (organización internacional dependiente de la ONU que monitorea los resultados de la climatología) con una cantidad de CO2 en la atmósfera igual a 450 partes por millón es lícito esperar un aumento de la temperatura igual a 2,1º, mientras que para llegar a 1 solo grado de calentamiento deberíamos detenernos en una cuota de 350 ppm. Para evitar alterar el clima más allá de lo razonable, la cantidad de anhídrido carbónico presente en la atmósfera debe estabilizarse antes del 2030.
En 2017, la nueva administración Trump de los Estados Unidos puso en discusión la aprobación del Acuerdo de París, mediante la cancelación del Clean Power Plan de su predecesor Barack Obama (que preveía la restricción de las emisiones industriales), la reducción de las centrales a carbón y el rechazo a firmar la declaración conjunta sobre el clima en el G7 de energía de Roma.
Para la postura adoptada por Donald Trump pueden valer las palabras de Paul Hogget (2013):
“En las primeras fases de toda investigación científica […] el escepticismo juega un rol constructivo en la búsqueda de pruebas sólidas. Pero una vez que los resultados son científicamente evidentes, entonces la postura del escéptico se transforma en una testaruda obstinación en la afirmación de cuanto es falso e irracional, o sea, se transforma en perversa. […] El recurso de la ciencia climática en la utilización de estimaciones sobre las tendencias futuras permite al escéptico valerse de eventuales imperfecciones para atacar la verdad. Para el escéptico las estimaciones son sólo eso, no son pruebas. Se solicita la verdad absoluta y, en su ausencia, el valor de verdad resultante de la evidencia y de las teorías es anulado.”
El escepticismo lleva perversamente a la simplificación de los problemas y, por lo tanto, a un relativismo reduccionista, para terminar en el verdadero y auténtico negacionismo climático, que transforma las mediciones científicas en suposiciones no probadas, en conjeturas fantasiosas. En apoyo del negacionismo climático se propuso la tesis según la cual existirían regulares oscilaciones cíclicas de la evolución de las temperaturas. El historiador Emmanuel Le Roy Ladurie (1967) define como “poseídos por el demonio de la ciclomanía” a los defensores de estas tesis, que se demostraron científicamente equivocadas.
Sin embargo, la Unión Europea, China y muchas de las principales economías permanecen fieles al Acuerdo de París, junto al uso creciente de las energías renovables y a la rentabilidad de la llamada green economy (Jamieson y Mancuso, 2017). En cambio, el nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, también él con acentos negacionistas, autorizó nuevos y peligrosos proyectos de deforestación.
La Conferencia sobre el clima de Katowice en 2018, sin embargo, evidenció una notable diferencia entre los objetivos suscriptos en París (evitar el crecimiento de la temperatura que supere el umbral de 2 grados respecto de la era preindustrial) y los compromisos suscriptos voluntariamente por los gobiernos y, por lo tanto, no fueron establecidas reglas para el mercado del carbono3 después del 2020. La trayectoria actual lleva al riesgosísimo aumento de más de 3 grados. Se hizo idea y se transformó en un lugar común que la protección del medioambiente frena el crecimiento, castiga ocupaciones y empobrece a los más pobres. Para algunos discursos, esto podría corresponder a la verdad si, junto con las investigaciones sobre energías renovables, el auto eléctrico y las nuevas tecnologías sostenibles, no se incluyeran soluciones concretas para quien se convierte en víctima del abandono de las energías fósiles.
El informe del Comité Científico de la ONU (IPCC) presentado en Ginebra en 2019 se centra en la relación entre el cambio climático y la salud del suelo, mostrando que cerca de un cuarto de las emisiones de gas con efecto invernadero deriva de un mal uso del suelo, por lo cual es necesario reducir la deforestación, incrementar la reforestación y la forestación (la creación de nuevos bosques, que además, por el proceso de fotosíntesis, favorece el enfriamiento de la atmósfera) y también practicar una agricultura sostenible para consumir menos suelo, teniendo en cuenta que el consumo hídrico para el riego de campos es igual al 70 % del total del consumo humano de agua dulce. Además, propone el paso a una dieta predominantemente vegetal, o sea, conformada por una mayor cantidad de frutas y verduras, cuyo cultivo tiene bajas emisiones de carbono y una menor cantidad de carne roja, por la notable producción de metano, gas de efecto invernadero, en gran parte eructado, pero sobre todo exhalado y transferido en los excrementos, en la crianza (sobre todo en las explotaciones industriales intensivas) por causa de los procesos digestivos principalmente de los bovinos.4 El IPCC estima que del 25 al 30 % del alimento se pierde o se tira, y desde el 2010 al 2016 esto contribuyó del 8 al 10 % del total de la emisión de gases con efecto invernadero producidos por el hombre.
En diciembre de 2019, la ONU organizó en Madrid la Cop25, conferencia que protagonizaron los representantes de cerca de 200 países, quienes debían presentar juntos los caminos elegidos para mejorar las estrategias contra el recalentamiento global a partir de 2020, decididas antes del Protocolo de Kioto y después del Acuerdo de París (2015). Las principales medidas para alcanzar el ambicioso objetivo de reducir a cero las emisiones antes del 2050 consistirían en abandonar los combustibles fósiles, facilitar los fondos para los países en vía de desarrollo, revidar el plan de transporte automovilístico, aéreo y marítimo por medio de un riguroso plan de “descarbonización” energética, incluso a través de los smart grids (redes digitales inteligentes). Lamentablemente no se alcanzó ningún acuerdo sobre las medidas prácticas a adoptar para el cumplimiento de los objetivos prefijados, lo que confirma la extendida subvalorización de los problemas.
Siguen apareciendo enfermedades que migran como viajeros sin paz desde sus originarias regiones tropicales, desde países pobres y remotos, donde son endémicas, a nuevos lugares en los que se adaptan y echan raíces como si fueran residentes en los recientes hábitats que conquistan. Ya no es necesario ir a África para contagiarse la malaria ni, por dar un ejemplo menos dramático, nadar en el océano Atlántico o Índico para encontrar coloridos peces desconocidos que atraviesan el agua junto a nuestro róbalo perdido, desconcertado por estos encuentros cercanos, como podría estar el hombre frente a una invasión de extraterrestres. (Preta, 2017).
Los humanos somos 7.000 millones de personas (de un 1.900.000 que éramos en 1900) y se dice que seremos 9.000 millones en la mitad de este siglo. A pesar de los significativos progresos de los últimos 15 años, el acceso al agua potable limpia y segura es un objetivo inalcanzable para gran parte de la población del mundo.
En el 2015, 3 personas sobre 10 (2,1 millones) no tenían acceso al agua potable y 4,5 millones de personas, igual a 6 sobre 10, no tenían servicios higiénicos seguros. Lo revela el último informe de la Unesco sobre desarrollo hídrico global en el título “Ninguno sea dejado atrás”, publicado con ocasión de la Jornada Mundial del Agua, convocada por la ONU el 22 de marzo de 2019.
Las muertes anuales por polución ambiental son de 5 a 6 millones en el mundo. Un artículo publicado en la revista The Lancet (Landrigan et al., 2017) con la firma de la misma The Lancet Commission on Pollution and Health (un proyecto bienal que involucró a más de 40 autores de varios países del mundo) afirma que las muertes prematuras debidas al agua contaminada y al aire sucio en el 2015 han sido 9 millones. La exposición al aire, al agua y al suelo contaminado mata más personas que la obesidad, el alcohol, los accidentes viales y la desnutrición. Los niños son los más golpeados y afrontan los riesgos más altos porque son víctimas de enfermedades permanentes, discapacidades y muertes que pueden surgir también por breves exposiciones a las sustancias químicas contaminadas en el útero y en la primera infancia.
El informe de 250 científicos de 70 países, el Global Environment Outlook, presentado en la Asamblea de la ONU para el Ambiente en Nairobi en 2019 dice que un muerto prematuro sobre 4 en el mundo se debe a las decadentes condiciones ambientales de la región en la que vive. El riesgo para la población que debe abandonar la propia tierra, sujeta a una progresiva desertificación por eventos meteorológicos extremos, es hoy el 60 % mayor que hace 40 años. La Organización Internacional para la Migración (IOM) calcula que los llamados migrantes climáticos serían hoy 25,3 millones, estimando en 143 millones para el año 2050. Los refugiados ambientales, sobre todo por el aumento del nivel de los mares, causado por el descongelamiento de los hielos y por el aumento de la temperatura del agua, factores que determinan la erosión de extensos tramos costeros, son el triple de los provocados por conflictos armados y están en continuo aumento. En general, el 9% de las migraciones de los últimos 10 años han sido provocadas por motivos ambientales, por cuanto las poblaciones autóctonas dependen más directamente para su subsistencia de los equilibrios en el ecosistema y quien huye de los desastres ambientales está hoy forzado a vivir en la clandestinidad y en la pobreza y, además, a ser sostenido como el enemigo universal, lo siniestro freudiano, cuya culpa consiste en que con su sola presencia atenta contra el bienestar occidental.
El acceso al agua potable segura y a los servicios higiénicos-sanitarios ha sido reconocido como derecho humano en 20105 pero todavía no está asegurado para todos. En el mundo aumentan los movimientos para el reconocimiento del derecho al agua como derecho humano, por el contraste con el global grabbing, el acaparamiento de las cuencas acuíferas por parte de las multinacionales y por la tutela de las comunidades autóctonas, más directamente sometidas al riesgo de contacto con redes hídricas contaminadas, que reducen las resistencias a virus y bacterias, con el consiguiente aumento de los decesos, la caída de la fertilidad masculina y femenina y daños en el desarrollo neuro-cerebral de los niños.
Diversos ámbitos culturales −desde la sociología a la antropología, de la filosofía política a la filosofía de la ciencia, de la psicología a la arquitectura y urbanística, de la climatología a las ciencias ambientales− sostienen la validez de las temáticas ecológicas y la necesidad de afirmar el derecho/deber en el equilibrio climático, en la conservación de los recursos del planeta, en la valorización de la biodiversidad6, en la utilización de energías alternativas al petróleo (como la solar y la eólica), en la lucha por los desperdicios alimenticios7 y al vencimiento programado8, dando lugar a la reutilización, a la regeneración y al reciclaje, evitando la continua artificialización del terreno (sobre todo los litorales) y el deterioro ambiental, por ejemplo, a la formación de islas de desechos viajando en los océanos9, de la muerte de delfines y pájaros ahogados por las bolsas plásticas, del depósito de microplásticos10 que ponen en peligro la salud de los mares11, ya gravemente heridos por la acidificación de las aguas y por la pesca a destajo.
Hay que oponerse a los graves deterioros de la naturaleza y de la biodiversidad, que van desde la desforestación salvaje a la suba del nivel de los mares con graves consecuencias para las costas y las islas, a la destrucción progresiva de las barreras de coral, consideradas los bosques de los océanos, a la drástica reducción (casi hasta la extinción) de las especies vegetales y animales12 de quienes depende el equilibrio de la biosfera.
Sería necesario frenar la extracción continua y el uso inmoderado y desmedido de los combustibles fósiles y, consecuentemente, el incremento de las emisiones de gases con efecto invernadero (en particular, el anhídrido carbónico13) y los relativos desequilibrios climáticos, portadores de enormes desastres ambientales, que van desde aluviones a olas de calor siempre más calientes y a olas de frío siempre más frías.
Convendría darse cuenta de que los trastornos que van desde las sequías extendidas −con el consecuente descenso de la producción alimentaria− al abuso de los fitofármacos en los campos, tanto pesticidas como fertilizantes no siempre aceptados por las leyes, que, además de contaminar nuestro alimento (frutas, verduras y cereales) para conseguir una apariencia estética apetecible −con un desplazamiento de lo “bueno” a lo “bello”, del placer del cuerpo al placer de los ojos−14 matan las abejas y otros insectos polinizadores.
Si bien es cierto que los cambios climáticos, con fenómenos extremos como la glaciación y desglaciación, han existido siempre en la historia del planeta, ellos se han manifestado, sin embargo, en fases temporales mucho más amplias, no tan comprimidas, con tanto aceleramiento, tal como ha sido registrado en nuestro siglo.15
En Hielos. Viaje en el continente que desaparece (2019), escrito con la colaboración de Alberto Flores D´Arcais, el glaciólogo Marco Tedesco, uno de los máximos expertos mundiales en cambio climático, habla de Groenlandia, del país de los hielos, describiendo el peligroso descenso del nivel de las aguas, las locas marchas de los osos blancos hacia el interior en busca de alimento, así como el recorrido siempre mayor de rutas hasta hace un tiempo inviolables, como el legendario “pasaje al noroeste”.
Se debería considerar responsablemente los desequilibrios que van desde la carencia hídrica a la contaminación ambiental, de la cementación sin reglas a la urbanización descontrolada, en suma, aquello que Ron Giblett (2019) llama psicogeopatologías y reequilibrar la relación hombre-naturaleza respecto a los reclamos ocho-novecentistas de un desarrollo ilimitado16, para evitar el riesgo del llamado “efecto mariposa”, por el cual un movimiento de las moléculas generado por el aleteo del insecto puede causar un movimiento de otras moléculas hasta desencadenar un huracán a miles de kilómetros de distancia. La metáfora de la mariposa describe el riesgo que pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden producir grandes variaciones a distancia y en el comportamiento a largo plazo de un sistema complejo.
2 El anhídrido carbónico es un gas insípido, inodoro, invisible y detectable sólo a través de sofisticadas técnicas de monitoreo y reconstrucción. En un artículo de 1896, el químico sueco Svante Arrhenius (1859-1927) estimó que la duplicación del anhídrido carbónico en la atmósfera podría aumentar la temperatura de 5 a 6 grados y, con un cierto sentido ingenuo, sostuvo que el consumo de combustibles fósiles propio de la industrialización aportaría beneficios a la agricultura por causa del fenómeno del efecto invernadero natural y haría más leve el clima de Estocolmo. Calculó que serían necesarios milenios, pero no pudo prever el desmesurado incremento del consumo que se produjo en el siglo XX. En el Códice Arundel, hace unos 500 años, Leonardo da Vinci anticipó el tema del recalentamiento global, imaginando lo que sucedería en el futuro en el planeta y describiendo una tierra quemada por el sol, donde el calor de su superficie extinguiría los seres vivientes “hasta terminar con la naturaleza terrestre”. El Códice Arundel (toma el nombre de su primer dueño reconocido, Henry Howard, XXII° conde de Arundel) es una colección de diseños y escritos de Leonardo da Vinci que comprende 283 folios fechados entre 1478 y 1518, actualmente conservado en la British Library de Londres.
3 Se trata de International Emissions Trading. Los Estados que adhirieron al protocolo de Kioto aceptaron respetar los objetivos de limitación/reducción de las emisiones de gases que provocan el efecto invernadero. Estos objetivos son expresados como niveles de emisiones consentida o “cantidad designada” en un cierto período. Las emisiones consentidas por cada Estado están subdivididas en “unidades de cantidad designada”. El intercambio de emisiones, como establece el art. 17 del Protocolo de Kyoto, permite a sujetos que disponen de unidad de emisión asignada que han sido “guardadas” (emisiones que deberían haber sido consentidas pero que no han sido “utilizadas”) vender estas cantidades a sujetos que superan sus propios límites. Porque el dióxido de carbono es el principal gas del efecto invernadero se habla simplemente de “comercio de carbono”. Las emisiones de carbono están monitoreadas e intercambiadas como cualquier otro bien. Este mecanismo se conoce como “mercado del carbono” (carbon market).
4 El tema de la dieta y, por lo tanto, de la drástica reducción del consumo de productos de origen animal para contrarrestar las emisiones de gas con efecto invernadero, está señalado por el escritor Jonathan Safran Foer (2009; 2019), quien escribe: “Cambiar nuestro modo de comer no será suficiente por sí mismo para salvar el planeta, pero no podremos salvar el planeta sin cambiar nuestro modo de comer.” (Foer, 2019, p. 110)
5 En el 2010, por iniciativa de algunos países latinoamericanos, la Asamblea General de la ONU y después el Consejo de Derechos Humanos aprobaron dos importantes Resoluciones que establecen el derecho el agua y a los servicios higiénico-sanitarios como un derecho humano universal, autónomo y específico. Fue reconocido que se trata de un derecho del hombre esencial para su calidad de vida y al ejercicio de todos los derechos del hombre.
6 La agricultura industrial es responsable en gran parte de la pérdida de la biodiversidad global, por lo que necesitaría pasarse a un sistema agroecológico diversificado y sustentable. Desde mediados del siglo 20 en adelante, con el desarrollo de las semillas híbridas primero y después con las modificaciones genéticas de sus núcleos, se desarrolló un mercado de las patentes. El patentamiento de los productos de la tierra por parte de las grandes multinacionales, generalmente las mismas que producen los fitofármacos y los herbicidas, determina un desequilibrio de los sistemas agrícolas y obliga a los agricultores a abastecerse con ellos, en un régimen de dependencia, incrementando el riesgo de fragilizar sectores enteros a través del abandono de las tradiciones autóctonas de cultivo. En Europa, por ejemplo, según un informe de la OCSE publicado en 2018, las multinacionales detentan el 72% de los derechos de las semillas de tomate cultivado, el 94% de las variedades de pepinos, el 95% de los tipos de zanahorias. Contra las patentes de los productos naturales se expresó en septiembre de 2019 el Parlamento europeo con una moción que reitera que: “Las variedades vegetales y animales, los procedimientos esencialmente biológicos y sus productos, no son de ninguna manera patentables” (Sironi, 2019).
7 En Francia, según una ley del 2005, los supermercados con una superficie de más de 400 metros cuadrados deben firmar un convenio con entidades de caridad para donar los productos no vendidos, obteniendo incentivos fiscales. En 2019 la obligación se extendió a restaurantes, comedores públicos y privados y pequeños negocios alimenticios. El problema más grande, y no sólo en Francia, consiste en los desperdicios de las casas privadas, que representa el 40 % del total.
8 Siempre en Francia, según una ley de 2019, antes del 2023, todos los productos quitados de las estanterías o no vendidos por haber sido superados por un nuevo modelo deberán ser donados a las asociaciones de caridad. Están favorecidos los servicios de reparación, sobre todo de los electrodomésticos, y a las empresas se les pedirá que pongan en los productos a la venta etiquetas con la duración de vida útil prevista para cada artículo. Además, la normativa, que entrará en vigencia en los países de la Unión Europea en el año 2021, prevé la obligación de parte de las fábricas de electrodomésticos, de disponer de repuestos hasta siete años desde el momento de la venta.
9 En el océano Pacífico, hace algunos años, fue individualizada una isla de desechos, un enorme cúmulo de basura flotante, compuesto al menos de un 80% de material plástico, llamada Pacific Trash Vortex o Great Pacific Garbage Patch (gran mancha de basura en el Pacífico), tan grande como –según las estimaciones– una o dos veces el territorio de Texas o incluso con una superficie más grande que la de los Estados Unidos (Moore y Phillips, 2011). Una mancha de los detritos flotantes similar, con densidad comparable, hay en el océano Atlántico (es llamada “North Atlantic garbage patch”).
10 Los microplásticos son pequeñas partecitas de plástico, con una variación de tamaño desde los 330 micrómetros a 5 mm, provenientes de la degradación en el mar de objetos de plásticos grandes por efecto del viento, del movimiento de las olas o de los rayos ultravioleta. Los filamentos plásticos son difíciles de distinguir en el plancton y, por lo tanto, son ingeridos por los organismos marinos, peces y moluscos, con potenciales efectos sanitarios tras el consumo de productos ictícolas. Más adelante, los microplásticos pueden constituir un soporte para la proliferación de colonias de microbios patógenos (Greenpeace, 2016).
11 En 2019 se lanzó en Italia la campaña “Juicio Universal” de sensibilización, información, activación social y de presión hacia las instituciones para promover la primera acción legal contra el Estado italiano para que reconozca la gravedad de la situación, las violaciones a los derechos humanos causadas por los impactos de los cambios climáticos y se adopten metas de reducción de las emisiones de gases para mantener el recalentamiento global cerca del límite prudencial de +1,5°C respecto al período preindustrial.
12 En 2017, 15.364 científicos de 184 países firmaron la declaración “World Scientists’ Warning to Humanity: A Second Notice” en la que, entre otras, se afirmaba: “Hemos desatado un evento de extinción de masa, el sexto en cerca de 540 millones de años, en el que muchas formas de vida actuales podrían ser aniquiladas o extinguidas hacia el fin de este siglo.”
13 El transporte aéreo es particularmente contaminante por cuanto produce anhídrido carbónico más rápido que todas los otros originadores de emisiones de gases con efecto invernadero. El transporte aéreo es una suerte de mancha ciega en el interior de las preocupaciones ambientales. En Francia, 15 diputados de la Asamblea nacional propusieron abolir los vuelos internos de corta distancia.
Escribe Greta Thunberg (2019a, pp. 94-95): “Según el servicio para la compensación climática de Arlanda en Suecia, una persona que vuela en clase económica de Estocolmo a Tokio ida y vuelta produce 5,14 toneladas de anhídrido carbónico. […] Según el Banco Mundial, la media de emisión de un habitante de la India es de 1,7 toneladas al año. En Bangladesh es de 0,5 toneladas.”
Lamentablemente, hoy no existen ni motores ni carburantes alternativos, aunque están en experimentación motores eléctricos para el próximo decenio y ya comenzó la experimentación de aviones pequeños sin carburantes.
14 Se piensa como prototipo la manzana envenenada que la madrastra da a Blancanieves y que tiene una perfecta representación visual en el filme animado de Walt Disney de 1937 Blancanieves y los 7 enanitos (Snow White and the Seven Dwarfs). Su aspecto ilusorio, atractivo y seductor, disfraza el sentido sustancialmente negativo y los riesgos asociados a su valor simbólico. Una investigación dirigida por Stephen D. Porter, David S. Reay, Elizabeth Bomberg y Peter Higgins de la Universidad de Edimburgo en mayo de 2018, aparecida online en el Journal of Cleaner Production en agosto del mismo año, calculó que, en Europa, se descartan entre 3,7 y 51,5 millones de toneladas de productos agroalimentarios porque son juzgados inadecuados para el consumo, no satisfaciendo los cánones estéticos actuales y los estándares de comercialización previstos en las normas europeas. La fruta y la verdura tiradas han generado, en su producción, una media en Europa de 22 millones de toneladas de anhídrido carbónico en un año. Están naciendo movimientos que, creando una red entre granjas, restaurantes, escuelas y consumidores, se oponen al derroche en nombre de la bondad de la imperfección.
15 El permafrost designa una particular condición térmica del subsuelo muy difundida en los climas fríos que actualmente cubren cerca del 25% de la superficie terrestre. La mayor parte del permafrost está localizada en las regiones ártica y antártica. Atrapadas debajo del permafrost permanente, que sirve como cubierta impermeable, se pueden encontrar grandes cantidades de gas metano, acumulado en el transcurso de los milenios. Actualmente, estos yacimientos gasíferos están cerrados naturalmente en la parte superior de las vastas extensiones de terrenos congelados, impermeables incluso a los gases. En el territorio ártico del hemisferio boreal (donde está la mayor parte de la superficie total del planeta y por lo tanto expuestas al congelamiento y descongelamiento) se teme, como consecuencia del derretimiento del permafrost por causa de los movimientos climáticos, la liberación de grandes cantidades de metano a la atmósfera terrestre, que se agregarían a los otros gases que ya favorecen el efecto invernadero, desencadenando un círculo vicioso para el recalentamiento global.
16 El filósofo Paul Virilio sostiene que hoy no es más posible distinguir netamente entre catástrofes naturales y catástrofes industriales, o sea, las causadas por el progreso tecnológico, y escribe: “Con el siglo XXI hemos entrado en la era de la “catástrofe integral”, la que golpea al mundo entero de cualquier modo.” (Virilio, in Daniel Binswanger, 2005, p. 28)
Capítulo 2
Nosotros y el medioambiente
No heredamos la tierra de nuestros antepasados: la tomamos prestada de nuestros hijos. Nuestro deber es restituírsela.17
Proverbio de los aborígenes americanos
Jamás hemos maltratado y ofendido nuestra casa común como en los dos últimos siglos.
Jorge Bergoglio, Laudato si´
La crisis ambiental en nuestros días
El objetivo de la ciencia no es tanto abrir las puertas al saber infinito como poner una barrera a la ignorancia infinita.
Bertolt Brecht, Vida de Galileo
Ninguno ya recordaba con exactitud cuándo había comenzado todo. Quizás porque no había habido un verdadero inicio, porque se había tratado de una lenta e implacable alianza de hechos imperceptibles, de alteraciones mínimas que, al menos en apariencia, cambiaban poco o nada, hasta que, casi de golpe, se habían encontrado en ese desastre.
Bruno Arpaia, Algo, ahí fuera
El escritor Bruno Arpaia en la novela Algo, ahí fuera (2016) describe con exacta sencillez la sensación de maravillado desconcierto que hemos sentido cuando debimos enfrentarnos con los temas de la corrupción medioambiental, con una emergencia inmediatamente peligrosa, determinada por un cambio imprevisto e inesperado, en el cual no es posible reconocer la responsabilidad por cuanto los efectos son una consecuencia involuntaria de las actividades humanas, del antropocentrismo, incluso aquel aparentemente bien intencionado.
Las informaciones científicas disponibles hoy18 son, sin embargo, suficientemente claras y precisas para permitirnos mirar el mundo menos distraídamente sorprendidos, más conscientemente maduros sobre los efectos del Antropoceno.19
Con una óptica de ética ecológica, debemos mirar con ojos limpiamente alarmados, no ingenuamente optimistas o irresponsablemente indiferentes, el consumo ilimitado de los recursos del planeta, temerariamente considerados inagotables.
S. Freud escribió (1906): “Ahora bien, los poetas son unos aliados valiosísimos y su testimonio ha de estimars en mucho, pues suelen saber de una multitud de cosas entre cielo y tierra con cuya existencia ni sueña nuestra sabiduría académica.”20
Las primeras estrofas de la poesía 9 de marzo de 2020 de Mariangela Gualtieri (2020), escrita en ocasión de la pandemia de coronavirus, más que muchos discursos, parecen confirmar la afirmación freudiana:
Esto te quiero decir:
debíamos parar.
Lo sabíamos. Todos sentíamos
que era demasiado furioso
nuestro hacer. Quedarse en las cosas
Todos fuera de nosotros.
Exprimir cada hora – enriquecerla.
Nos debíamos detener
y no fuimos capaces.
Había que hacerlo juntos.
Detener la carrera.
Pero no fuimos capaces.
No había intento humano
que pudiera detenernos...
El escritor Antonio Moresco en El grito (2018), escenificando una especie de noche de la humanidad, denuncia la dramáticamente incipiente tarea del suicidio de la especie que está en marcha, la extinción de la especie humana en el desinterés, en la general eliminación en los órdenes político, económico, social, cultural y también individual. Antonio Moresco hace un cordial llamado a la humanidad y propone “un reinvento de la especie”, porque, citando a Einstein, “No es posible resolver un problema con los mismos modos de pensar con que se lo ha creado”.21
Como alternativa al antropocentrismo, Stefano Mancuso propone mirar al conjunto de las plantas como a una nación con una constitución que se base en los principios generales que regulan la comunidad de los vivientes, la convivencia de todas las especies y no solo la humana.
“Gracias a la fotosíntesis, las plantas producen todo el oxígeno libre presente en el planeta y toda la energía química consumida por los otros seres vivientes. Existimos gracias a las plantas y podremos seguir existiendo solamente en su compañía” (Mancuso, 2019, p. 9)22
Siguiendo las huellas de Walden o la vida en los bosques (1854) de Henry David Thoreau, considerada la primera novela ecológica, Richard Powers en Il sussurro del mondo (2018) describe un mundo natural aparentemente frágil pero sustancialmente fuerte y duradero y destaca cuán importantes son las plantas para el equilibrio del planeta y cuánto los seres humanos, narcisísticamente autocentrados, no dan mucho espacio a su aporte, viéndose solamente en términos jerárquicos respecto de otras formas de vida y valorizando sólo aquello que se les parece:
“Siempre hay bajo tierra tanto como en la superficie. Esto es lo malo con las personas, el problema de sus raíces. La vida corre a su lado, invisible. Justo allí, a su costado. Creando el terreno. El ciclo del agua. Negociando sustancias nutrientes. Formando el clima. Construyendo la atmósfera. Nutriendo y curando y reparando más especies de creaturas de las que las personas pueden contar.” (Powers, 2018, p. 14)
Si Freud, con gran honestidad intelectual, con ocasión de la Primera Guerra Mundial, podía señalar su dificultad por mantener una mirada objetiva sobre los acontecimientos que tan intensamente lo involucraban y comienza su ensayo “Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte”, escribiendo:
“Arrastrados por el torbellino de esta época de guerra, sólo unilateralmente informados, a distancia insuficiente de las grandes transformaciones que se han cumplido o empiezan a cumplirse y sin atisbo alguno del futuro que se está estructurando, andamos descaminados en la significación que atribuimos a las impresiones que nos agobian y en la valoración de los juicios que formamos. Quiere parecernos como si jamás acontecimiento alguno hubiera destruido tanto preciados bienes comunes a la Humanidad, trastornado tantas inteligencias, entre las más claras, y rebajado tan fundamentalmente las cosas más elevadas. ¡Hasta la ciencia misma ha perdido su imparcialidad! […]. Pero, probablemente, sentimos con desmesurada intensidad la maldad de esta época y no tenemos derecho a compararla con de otras que no hemos vivido.” (OC, t. 2, pp. 1094-1095)
Hoy, con la misma honestidad intelectual, podemos afirmar que tenemos herramientas de conocimiento más que suficientes para representarnos concretamente los efectos corrosivos que producen el actual sistema de desarrollo y el consecuente descuido ambiental, induciendo el no reconocimiento de nuestra dependencia de la fecundidad de la biosfera, pero también muchas herramientas de conocimiento suficientemente válidas para analizar nuestras ambigüedades emotivas.
Según Michel Foucault (1984), desde la antigua Grecia se puede observar una problematización constante y detallada del medioambiente y de la valorización diferencial respecto del cuerpo. Los elementos del medioambiente se perciben como portadores de efectos positivos o negativos para la salud: entre el individuo y lo que lo circunda se presupone toda una trama de interferencias por lo cual una cierta conyuntura, un cierto evento, un cierto cambio en el orden de las cosas podrían suscitar estados morbosos en el cuerpo.
La Organización Mundial de la Salud ha puesto de relieve desde hace tiempo, a través de documentos, la estrecha interconexión entre el surgimiento de gravísimas pandemias, como esta última del Covid-19 del año 2020, y el sistema de producción del aliento en el orden mundial, la urbanización, las explotaciones intensivas, la deforestación, la destrucción de los hábitat naturales que obligan a los animales, especialmente a los selváticos, a adaptarse a las nuevas condiciones, difundiendo especialmente agentes patógenos y, más en general, la relación entre medioambiente y salud. En Spillover, una historia de la evolución de las pandemias, David Quammen (2012) retoma estas anotaciones agregando también cómo los viajes exóticos a lugares vedados al hombre han causado muchas infecciones de los animales a los hombres. Spillover, de hecho, es el término que indica aquel momento en el cual un virus pasa a su “huésped” no humano (un animal) al primer “huésped” humano que, a su vez, viajando por el mundo, infecta a otros humanos, provocando el pasaje de las zoonosis a las pandemias globales.
A causa de la epidemia de coronavirus en China, las medidas adoptadas para contener la difusión del virus lograron una notable reducción del consumo de carbón que, junto con la drástica disminución de los vuelos aéreos comportó, consiguientemente, la baja de los niveles de emisión de CO2. Lo mismo sucedió después en los países en los hubo drásticas reducciones de la producción industrial y del tránsito automovilístico y aéreo. Este dato, hacia el interior de un mundo en crisis, demuestra el poder de una acción colectiva en la emisión de CO2 y, además, puede ser considerado un experimento de la real capacidad de contraste con la crisis climática. Bastó un período de pocos meses (en términos cósmicos, menos de un instante) para que todo el ecosistema haya podido obtener beneficio de la hibernación a la que los seres humanos fueron obligados. Las aguas de los mares y ríos se han vuelto más transparentes; el cielo poco a poco ha perdido la grisura que lo caracterizaba, volviendo a ser azul; hemos visto en nuestras ciudades animales, como nunca hubiéramos pensado, deambular por las calles sin automóviles. Vale la pena maximizar estos resultados ambientales, creando a todos los niveles una transición ecológica, en donde la biodiversidad esté protegida y las energías renovables estén más incentivadas que los combustibles fósiles, provocando mecanismos de producción menos nocivos y contaminantes en comparación con el pasado.
Amitav Ghosh, definiendo a nuestro tiempo como la época de las grandes cegueras, escribe que nunca hubo una época en la que los eventos atmosféricos y la geología no pasaran sobre nuestras existencias, pero no han apretado jamás sobre nosotros de un modo tan implacable y directo (2020).
Creo vital y urgente que sobre estos temas los diversos ámbitos culturales y científicos puedan dialogar y confrontarse, si es necesario también polémicamente, para evitar encerrarse en la torre de marfil de una especialidad asfixiante y autorreferencial.
Sostener con decisión y desde muchos puntos de vista la urgente necesidad del equilibrio ambiental no quiere decir terminar automáticamente en la utopía anti-universal de la decadencia serena, sostenida por Serge Latouche (2007),23 cuyos antecedentes se remontan a los socialistas utópicos24 de principios del 800 (Claude Henry Saint-Simon, William Morris, Charles Fourier y Robert Owen) quienes proponen, si bien con acentos diversos, un nostálgico y utópico retorno a la simpleza rural y artesana pero proponiendo la conservación de los bienes comunes y la valoración de la belleza en todas sus manifestaciones, construyendo una concreta transición ecológica, donde la innovación pueda ser un instrumento de acción responsable, que tenga en cuenta la integridad de los ecosistemas y no altere los delicados equilibrios.
“Por ninguna parte se advierte la utilidad de la belleza; tampoco se alcanza a inteligir su necesidad cultural, a pesar de lo cual la cultura no podría prescindir de ella.”25
Junto con la belleza se valorizan el bienestar psicofísico y también el futuro de nuestros hijos y nietos, evitando que los modos negacionistas, las fosilizaciones psíquicas, hoy ampliamente presentes en la psiquis, puedan depositarse y reproducirse en la psiquis de las generaciones futuras, reproduciendo los graves daños que infligimos al medioambiente26, como una hipoteca del antepasado respecto de su descendencia. En la transmisión entre las generaciones se produce un proceso de identificación que condensa una historia que en gran parte no pertenece a las generaciones futuras. Sustrayendo valor al contrato que lega cada uno al semejante y el semejante a cada uno, nosotros a la tierra y la tierra a nosotros, trasmitimos los síntomas, los mecanismos de defensa, la organización de las relaciones objetuales, los significantes, en donde se articulan las formas y los procesos de la realidad psíquica del sujeto singular con las formas y los procesos que se constituyen en los vínculos intersubjetivos, y más en general, en la relación con el ambiente (Kaës, 1993).
La palabra ecología definía originalmente a la parte de la biología que estudia las relaciones entre los organismos viviente y el ambiente, pero sucesivamente se extendió primero a las actividades que inciden en el medioambiente y después al riesgo medioambiental.
Edgar Morin (2016) sostiene que la ecología no debería limitarse a la defensa de los animales o únicamente a los efectos del recalentamiento climático sino que debe tener una mirada de conjunto para afrontar en un cuadro general problemas tales como la degradación del territorio provocado por cierto tipo de culturas27 o las explotaciones industriales, para construir un futuro mejor para el individuo, para la sociedad y para la especie humana.
Masud Khan, tomando prestada la definición del Oxford Inglish Dictionary para Lying fallow: terreno limpio y arado, pero sin sembrar por un año o más, utiliza la imagen sugestiva del campo puesto en barbecho por los campesinos, no exponiéndolo a una explotación intensiva que en el largo plazo lo esteriliza. En la relación analítica “la capacidad de ser como un campo en barbecho” está descripta como:
“Un estado de transición de la experiencia, un modo de ser caracterizado por una tranquilidad vigilante y por una conciencia receptiva, alerta y sensible. […] Quedar ‘como un campo en barbecho’ es, sobre todo, una demostración de la capacidad de una persona de ser espontánea cuando está sola con sí misma”. (Khan, 1983, pp. 198 y 202)
El hombre tiene necesidad de la Tierra, que tiene la necesidad del hombre, quien debe estar abierto al intercambio con los demás elementos del ecosistema cultural y biológico.28
El respeto del medioambiente, entendido ya sea en términos éticos o estéticos, fue puesto de relieve con estilo sobrio y claro también por Jorge Bergoglio (papa Francisco) (2015), quien reitera el derecho de todos los hombres a la belleza, alejándose de aquella pobreza sufriente ideologizada y estilizada que muchas veces estuvo presente en los escritos de la iglesia católica.
Arreglar las ciudades
Mirar las casas es un arte. Se necesita aprender a reconocer cómo el edificio se planta en el paisaje, ya sea urbano o rural, descubrir cuánto espacio ocupa en el mundo, de cuánta parte del mundo se apropia.
Edmund de Waal, La libre con ojos de ámbar
Jorge Bergoglio, criticando la idea de un crecimiento ilimitado, observa:
“El crecimiento desmedido y desordenado de muchas ciudades que se han hecho insalubres para vivir, debido no solamente a la contaminación originada por las emisiones tóxicas, sino también al caos urbano, a los problemas del transporte y a la contaminación visual y acústica. […] Hay barrios que, aunque hayan sido construidos recientemente, están congestionados y desordenados, sin espacios verdes suficientes. No es propio de habitantes de este planeta vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza.” (2015, pp. 39-40)
Escribe Ronald Laing:
“El entorno nos ofrece continuas posibilidades de experiencia, o las reduce. El significado humano fundamental de la arquitectura proviene de eso. El esplendor de Atenas, como lo vio Pericles con tanta claridad, y el horror que inspira el aspecto de muchas modernas megalópolis, residen en el hecho de que la primera favorecía el conocimiento del hombre mientras las segundas lo reducen.” (1967, p. 30)
Joseph Ryckwert (1963, 2000) afirma que las ciudades no crecen según reglas cuasi naturales; antes que una realidad física organizada sobre la base de factores sociales y económicos, ellas tienen una dimensión psicológica y antropológica, siendo el resultado de un tejido entre consciente e inconsciente, por lo cual parecen compartir algo que es propio de los sueños. Para modelar nuestras ciudades y hacerlas nuestra expresión es indispensable la participación permanente de la comunidad, la constante participación de sus expectativas, una idea que parece estar trágicamente olvidada por los organismos de gobierno.
Para Christopher Bollas, cuando se atraviesa una ciudad o se pasea por el propio barrio, cada mirada que cae sobre un objeto interesante puede generar una parte de rêverie, ya que:
“Las ciudades son procesos por demás inconscientes. Existe tal variedad de funciones, de estéticas, de intereses locales y economías que contrastan e influencian recíprocamente, que una ciudad recuerda mucho el aparente caos del inconsciente. O para decirlo mejor, se asemeja extraordinariamente a un individuo común con sus intereses biológicos, sexuales, históricos, espirituales, profesionales, familiares y económicos, donde todos los elementos se encuentran entretejidos en una forma de movimiento que origina una cierta mirada o mentalidad organizadora.” (2000, pp. 29-30)
Maurizio Corrado (2012) propone una nueva idea de ciudad en la cual se cambia la perspectiva con la que se miró el verde, poniendo la arquitectura al servicio del verde y no el verde al servicio de la construcción, entendiendo el verde como el elemento sustancial y no como algo accesorio o superfluo. Maurizio Corrado no piensa la construcción de nuevos jardines sino en una ciudad que lleve dentro de sí el bosque, −nunca más el lugar peligroso por excelencia, al que se oponen las seguridades de la ciudad− el descampado, gran prado rodeado por los árboles del bosque, de los verdaderos y propios prados urbanos naturales, hechos de hierba espontánea y de flores casuales. No se trata sólo de agregar un valor estético sino, cortando el límite entre el espacio de la naturaleza y el espacio construido, mejorar la calidad del aire y aumentar la capacidad del suelo de absorber el agua.
Stefano Boeri (en Gallione, 2019), con el proyecto de reforestación urbana Fiume verde, propuso utilizar en Milán las áreas de las estaciones de trenes fuera de servicio y el cinturón ferroviario que las conecta y las áreas ocupadas por los estacionamientos de automóviles y los patios de las escuelas como motores de un desarrollo urbanístico y ambiental futuro de las ciudades, creando una banda verde de casi 35 km de extensión lineal con más de 1.500.000 m² de nuevos parques. Árboles, bosques urbanos, techos y fachadas verdes en los palacios y arquitectura integradas con la vegetación en las áreas metropolitanas, como Milán, estarían conectadas a la columna dorsal de los Apeninos y al sistema alpino a través de corredores verdes que crearían una gran infraestructura que recorrería toda la península italiana.
Por otra parte, en los últimos años se consolida la tendencia de los proyectos de edificios sostenibles, que se construyen pensando en el bienestar completo de los habitantes y del medioambiente, gracias a la aplicación de principios bioclimáticos en una arquitectura pasiva, que se alimenta a través de fuentes renovables locales, obteniendo altos rendimientos en la reducción de los consumos y valorando la necesidad de la larga duración de los artefactos, su posible recuperación, la resistencia de los ambientes, y la flexibilidad de los usos.
Michelangelo Russo escribió (2016, p. 62):
“Lo contemporáneo es un proyecto eco-sistémico, o sea, un proyecto de nuevas y conscientes relaciones entre la ciudad, el medioambiente, el paisaje y los entornos; constituido por formas innovadoras de acción (a través de ideas como reutilización y reciclaje) y de prácticas sociales e interactivas (cooperación, cohabitación, co-working, hacia nuevas formas de tolerancia y de sostenimiento del pluralismo cultural y étnico).”
Se trata, entonces, de un movimiento dinámico, de una puesta de acuerdo física, emocional y social, expresada a través de la valorización de la relación entre la psiquis humana y el medioambiente habitable que lleva a la construcción de la propia unidad y a la necesidad de contacto con los otros y con el medioambiente.
Richard Sennett (2018) nos recuerda que es absolutamente necesaria la continua reparación de las ciudades y un activo mantenimiento de los territorios.
Renzo Piano propone construir sobre lo construido y define tal operación proyectual como “remiendo de las periferias urbanas”, para evitar que el deterioro haga de esos espacios urbanos una inmensa no man´s land.
“Remiendo –para Renzo Piano (en Merlo, 2018)− significa sitios ligeros, intervenciones de amor que recalifican […] [las periferias, definidas como] tierra de frontera que enciende la imaginación, excita el deseo, esa vida que está en los márgenes de la vida pero que es más vida que la vida. Las periferias son las ciudades que haremos, aquellas que dejaremos, que hablarán de nosotros”.
Kevin Lynch y Gary Hack en Site Planning (1962) trataron la recuperación del suelo y las oportunidades de reutilización de los suelos abandonados, como los depósitos ferroviarios, los lugares para el ganado o las áreas inundables.
Kevin Lynch (1981) sostuvo la importancia de las áreas salvajes urbanas o lugares “abandonados”, en los que los niños podrían encontrar ocasiones de aventuras y sentirse libres.
Vito Cappiello (2017) exhorta a los paisajistas a superar la idea de embellecimiento que acompañó hasta ahora el proyecto de paisaje, de los bellos paisajes, para destacar los aspectos potenciales de instrumento de transformación de los llamados agujeros negros de las ciudades contemporáneas. En estos lugares relegados, abandonados, descartados es necesario un cambio de mirada para transformarlos de rechazo en recurso (energético, material, estético, etc.), de territorio en paisaje.
El filósofo Duccio Demetrio (2005) nos invita, además, a poner mucha atención en las falsificaciones, proponiendo una urbanística auténtica, más que un embellecimiento urbano pseudoreparativo, “unos oasis peatonales mejores”, por ejemplo, que no sea para mejorar efectivamente la habitabilidad de los lugares urbanos.
Esos lugares urbanos que el escritor Patrick Ravignant (1960) ataca en su novela Les cités chauves (1960), donde describe el conformismo de las ciudades peladas, definidas de ese modo porque están hechas de cemento armado y de asfalto y porque el poco verde esconde, como una fea peluca, su propia desolación.
A menudo se proponen soluciones urbanísticas apuradas, populísticas, del todo insuficientes, sustancialmente favorables al deterioro ambiental, pero disfrazadas de un ecologismo de fachada29; se trata de un solución postiza, donde se esconde el diseño completo de la ciudad, proyectada por piezas incoherentes. Se trata de soluciones que evitan ir al corazón de las dificultades, permaneciendo estas sin afrontar y que tienden a aumentar con el paso del tiempo.
La advertencia de Duccio Demetrio vale también para todas aquellas operaciones propagandísticas de orden falsamente reparador que, en vez de incidir concretamente en la reducción de los daños ambientales en general, en realidad los esconden, a través de un enfoque más cosmético que sustancial o, como si fuera poco, logran daños nuevos.
Enrico Testa (2018, p. 19) nos lo recuerda en su poesía Parque urbano:
Llaman parque urbano
a este espacio desolado
en la curva del callejón
que asciende por la colina
a un barrio nuevo.
Único rumor del eco de la autovía
abajo, en la empinada pendiente al mar.
Poca hierba amarrillenta por la aparición
de Sirio.
Bancos oxidados.
Botellas de plástico y latitas
aplastadas.
Falsas terrazas falsas de cemento y
residuos
donde respiran penas jóvenes olivos.
Pensar en las generaciones futuras
Estén contentos con lo que tienen […].
Preocúpense de dejar este mundo
un poco mejor de cómo lo encontraron.30
Robert Baden Powell, último mensaje a sus boy scouts
Según un cuento talmúdico (Ta´anit 23a), Honi Hameagell, el legendario diseñador de círculos, caminando por la calle ve a un hombre que plantaba un algarrobo. Honi le preguntó: “¿Cuánto tiempo debe pasar para que un algarrobo dé frutos?”. El hombre respondió: “Setenta años”. Entonces Honi le dijo: “¿Crees que vivirás otros 70 años?”. El hombre respondió: “Yo encontré algarrobos en el mundo; como mis padres los han plantado para mí, yo planto este para mis hijos”.
El respeto por las generaciones futuras, tan bien representado en el relato talmúdico, está presente también en Karl Marx (1867), quien exhortaba a tratar la tierra como una propiedad perpetua de la sociedad, condición inalienable de existencia y de reproducción de las generaciones sucesivas. Destacando la necesidad de preservar la tierra para las generaciones venideras, Karl Marx tomó la esencia de la idea contemporánea de desarrollo sostenible, cuya definición más célebre se encuentra en el informe Bruntland: “Un desarrollo que responde a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones de cumplir con ellas”.31
El tema fue retomado por Hans Jonas que, con un horizonte de sentido que no concluye con la vida singular, sostiene, basado en el principio de responsabilidad, que nuestros sucesores pretendan un mundo en condiciones al menos no peores de como lo hemos encontrado nosotros. Su imperativo ecológico es: “Actúa de tal modo que las consecuencias de tus acciones no destruyan la posibilidad futura de una auténtica vida humana sobre la tierra.” (Jonas, 1979, p. 16)
Gustavo Zagrebelsky (2017), retomando el pensamiento de Hans Jonas, se opone a las prevaricaciones intergeneracionales, sosteniendo el deber de la moderación en el uso de los recursos ambientales y energéticos y la obligación de respetar los derechos de las generaciones futuras, porque la elección de los padres acerca de su propia vida inevitablemente considerará la vida de los hijos.
“Las sucesivas generaciones no tienen derechos de reivindicar las confrontaciones de las precedentes, pero estas tienen deberes en las confrontaciones con aquellas; tal como la situación de la madre, en las confrontaciones del niño cuando lo lleva en el vientre. También en este caso, si se habla del derecho a la vida del concebido se entienden precisamente los deberes de la gestante. [...] La responsabilidad en la confrontación de quien vendrá después de nosotros no está separada de cómo nos manejamos en nuestra existencia. Si violentamos la naturaleza, si hacemos a la Tierra infecunda e inhabitable, si destruimos las especies vivientes, si reducimos la humanidad a masas pasivas, incultas, manipuladas y manipulables, nos hacemos mal a nosotros mismos. […] Presente y futuro están inextricablemente vinculados. […] La tarea de los vivientes es preservar las condiciones de la vida biológica y su libertad. En primer lugar, para sí mismos, y también para sus hijos, y después los hijos para ellos mismos y para sus propios hijos, sin solución de continuidad.” (Zagrebelsky, 2017, pp. 125, 128 y 130)
Veintiún niños y jóvenes entre los 9 y los 20 años32 intentaron una “acción legal constitucional sobre el clima” contra el gobierno federal norteamericano sosteniendo que:
“a través de medidas legislativas que, a sabiendas, destruyen, ponen en peligro y comprometen el clima y el inalienable sistema que nos ha dado la naturaleza, el gobierno violó los derechos a la vida, a la libertar y a la propiedad de las jóvenes generaciones, además de disminuir el deber de proteger los recursos públicos esenciales.”
La administración Trump intentó archivarla, pero la Corte Suprema se expresó por unanimidad a favor de los jóvenes querellantes, permitiendo que avanzara la causa.
Luc Magnenat (2019c) nos alienta a transformarnos en passeurs de los ideales ecologistas.
No se trata más de aspectos accesorios o compensatorios inherentes al precio a pagar al progreso sino de aspectos centrales, parte integrante, constitutiva del progreso mismo, la necesaria experimentación de nuevas formas de convivencia con la naturaleza en términos no omnipotentes de posesión y conquista, sin las cuales el progreso no puede darse en términos de sostenibilidad y no de destructividad.
“Hoy más que nunca no se puede dar la responsabilidad social sin la responsabilidad ambiental” (Emery, 2007, p. 163)
Jorge Bergoglio (papa Francisco)33 propone un desarrollo sostenible e integral y una economía circular (regeneración; drástica reducción de los desechos y de la contaminación; reciclaje de los materiales) para proteger los ecosistemas y la resolución de las dramáticas consecuencias de la degradación ambiental. Tales acciones van unidas a una justicia social que garantice inclusión y participación de las personas, así como el derecho al destino común de los bienes de la tierra para las generaciones actuales y también para las futuras, renunciando “a la negación del problema, a la indiferencia, a la cómoda resignación, o a la fe ciega en las soluciones técnicas” (2015) y afirma con optimismo: “La humanidad tiene todavía la capacidad de construir nuestra casa común.” (Ibíd.)
En el Sínodo dedicado a la Amazonia en octubre de 2019, los padres sinodales reunidos en el Vaticano pidieron que la Iglesia católica reconozca formalmente un canon ecológico que prevea los pecados contra el medioambiente junto a los pecados reconocidos tradicionalmente.
El físico Fritjof Capra (1988), oponiéndose a la concepción mecanicista cartesiana, propuso una física orgánica, holística y ecológica:
“Ya no se ve al universo como una máquina compuesta de una multitud de objetos, pero debe ser presentado como un todo indivisible, dinámico, cuyas partes estén sustancialmente interconectadas y puedan ser entendidas como estructuras de un proceso cósmico.” (1988, p. 67)
Fritjof Capra y Stefano Mancuso (2019) parten de los estudios de botánica de Leonardo, quien consideraba al mundo viviente interconectado e interdependiente, como una red inseparables de relaciones, pero también pareciera que tienen en cuenta las observaciones de Charles Darwin contenidas en El origen de las especies (1859), donde sostenía la complejidad de las conexiones ecológicas entre los seres vivientes y cuán difícilmente imaginables son las consecuencias cuando se interfiere sobre esas relaciones. Los dos científicos proponen a los hombres de imitar la excepcional capacidad de las plantas para crear redes, la habilidad vegetal de colaboración, por la cual cada árbol está conectado e interactúa con muchos árboles vecinos. La idea de la competencia entre individuos como motor de progreso estaría sustituida con la de la colaboración y mutuo apoyo de las plantas, mucho más remunerativa en términos de resistencia y de desarrollo innovador.
Richard Powers retoma estos conceptos en términos narrativos:
“Está pasando algo maravilloso bajo tierra, algo que recién estamos aprendiendo a ver. Pequeñas alfombras de asociaciones de micorrizas relacionan a los árboles con enormes e inteligentes comunidades dispersas a lo largo de centenares de hectáreas. Juntas forman amplias redes de intercambio de productos, servicios e informaciones. […] No son individuos en un bosque ni eventos separables. El pájaro y el árbol sobre el que se ha posado son una sola cosa. Un tercio o más del alimento que produce un árbol grande puede alimentar a otros organismos. Incluso diversos tipos de árboles forman una sociedad. Cortar un abedul puede hacer sufrir al abeto de Douglas vecino.” (Powers, 2018, p. 294)
Una de las posibles lecturas de El barón rampante (1957) de Ítalo Calvino −donde narra la gesta transgresiva de Cosimo Pivasco, barón de Rondò, quien, a los 12 años, por una pelea con su padre, se trepa a los árboles y decide no bajar nunca más a tierra y vive sobre ellos− consiste en la falta de atención que damos a las plantas, sin reconocer su valor.
“Por encima de los olivos comenzaba el bosque. […] Los robles eran más abundantes y tupidos de lo que hoy parecen […] Más arriba los pinos cedían antes los castaños, el bosque subía por la montaña y no se veían los confines. Este era el universo de savia dentro del que vivíamos [...] casi sin darnos cuenta.” (Calvino, 2011, p. 40)
Por bienes comunes entendemos:
“Los bienes necesarios para la transmisión y para la supervivencia de la vida de los seres humanos; en general, los elementos orgánicos y e inorgánicos que constituyen la biosfera, sin los cuales los seres vivientes estarían privados de la posibilidad de sobrevivir: aire, agua y mar, tierra fértil, alimento, flora y fauna.” (Zagrebelsky, 2017, p. 138)
Para Salvatore Settis, gran opositor de la devastación y de la destrucción del paisaje:
“‘Bien común’ quiere decir tener una mirada previsora, quiere decir invertir en el futuro, quiere decir preocuparse de la comunidad de los ciudadanos, quiere decir priorizar el cuidado de los jóvenes, su formación y sus necesidades.” (Settis, 2013, p. 6)
Por lo tanto, tener en cuenta el “bien común” quiere decir sostener con fuerza el nexo primario entre paisaje y ambiente, evitar la explotación excesiva y no regulada de los recursos, y reconocer las necesidades comunes con otras especies y formas de vida, animales, plantas, minerales, con quienes compartir empáticamente y en equilibrio los recursos del planeta sin colonizaciones antropológicas, teniendo en cuenta la irreductibilidad de lo no humano a lo humano, de su autonomía.
Jared Diamond en Colapso (2005) sostiene, con un equilibrio ajeno de todo catastrofismo, que las culturas del pasado no estuvieron preparadas para reexaminar la relación con el sistema tierra, supieron responder con éxito a los desafíos ambientales, sobreviviendo a situaciones gravemente desastrosas al contrario de aquellas sociedades que no pudieron hacerlo.
En Pasos hacia una ecología de la mente (1972), Gregory Bateson enfrentó en términos decididamente ecológicos el tema de la cultura y del progreso, afirmando en un estudio encargado por una comisión del Senado de Hawai, que todas las actuales amenazas a la sobrevivencia del hombre están reducidas a 3 causas interconectadas:
1 el progreso técnico, que no puede ser evitado, pero que puede ser orientado hacia direcciones adecuadas;
2 el aumento de la población, como primera condición de la estabilidad ecológica es un equilibrio entre la tasa de natalidad y la tasa de mortalidad;
3 ciertos errores en el pensamiento y en el comportamiento de la cultura occidental, tales como nuestra arrogancia (o hybris), en relación con el medioambiente natural.
El reconocimiento del vínculo inescindible de dependencia entre el ser humano y el medioambiente que le proporciona alimento, agua, aire, energía debería llevar a asumir responsabilidades para favorecer las condiciones de habitabilidad global, allí donde una actitud indiferente, si no de ávido y omnipotente uso de los recursos naturales, nos pone frente a una profunda alteración de las condiciones de vida sobre la tierra (Vassallo Torrigiani, 2014).
Llenos de profundo significado son los versos de la poesía La falta de atención de Wislawa Szymborska, que lanza una estocada a una de las enfermedades más difundidas en nuestros días y que a veces es diagnosticada como indiferencia, superficialidad, vacuidad:
Ayer me porté mal en el cosmos.
Viví todo el día sin preguntar por nada,
sin sorprenderme de nada.
Realicé acciones cotidianas,
como si fuera lo único que tenía que hacer.
Aspirar, espirar, un paso tras otro, obligaciones,
pero sin pensamientos que fueran más allá
de salir de casa y volver a casa…
Uno tras otro se fueron sucediendo cambios
incluso en el limitado campo de un abrir y cerrar de ojos…
El cósmico savoir-vivre
aunque calla sobre nuestro asunto,
exige, sin embargo, algo de nosotros:
una cierta atención, un par de frases de Pascal
y una sorprendente participación en este juego
de reglas desconocidas.34
La transformación del medioambiente, determinada globalmente por el “efecto invernadero”, es un dato universalmente adquirido y logró niveles tales de “influenciar cada aspecto de la existencia, desde el éxito en la reproducción del más mínimo plancton de la superficie oceánica a la supervivencia de las grandes culturas urbanas.” (Rifkin, 1981, p. 32)
Uno de los aspectos centrales de la entropía está constituido por su irreversibilidad (Bruno, 2019).
“Un aumento de entropía significa disminución de la energía disponible. Una parte de esta energía no más disponible está representada por la contaminación, energía disipada que se acumula en el medioambiente amenazando gravemente el ecosistema y la salud de todos.” (Rifkin, 1980, pp. 78-79)
Es necesario darse cuenta de que la cultura del uso ilimitado de los recursos naturales, como se afirma, aunque en términos relativos, también desde Freud, se planteó como una cultura de fortísimo crecimiento entrópico (Emery, 2007), por lo que afirmamos con Jeremy Rifkin que es necesario interpretar la situación actual como un “divisoria de aguas crítica”, un punto de inflexión de la historia, si
“los viejos instrumentos de la cultura se vuelven inutilizables. La entropía del medioambiente se vuelve tan algo que se pasa a un nuevo cuadro de recursos energéticos, se crean nuevas tecnologías y se configuran nuevas instituciones sociales, económicas y políticas.” (Rifkin, 1981, p. 121)
Luc Magnenat escribió (2019a, p. 28):
“He aquí la pregunta crucial que debemos hacernos y que interroga a los conocimientos del psicoanálisis sobre nuestro funcionamiento psíquico individual y colectivo: ¿cómo es posible que la humanidad sepa que su modo de vivir la pone en peligro sin ser capaz de modificar tal sistema de vida en relación al peligro que la amenaza? Un individuo que adoptara tal comportamiento sería considerado loco o suicida”.35
Jean-Luc Nancy en Dopo la tragedia (2006) dice que perdimos la capacidad de interrogar a las catástrofes, como hacían los trágicos griegos, y asistimos impotentes a sus repeticiones. Lo sucedido en Australia en 2019 es una prueba de ello. A pesar de que un estudio del gobierno australiano había pronosticado que el recalentamiento global produciría en el país gravísimos incendios cerca del 2020, favorecidos por la sequía y las tormentas, el gobierno anti-ambientalista y los medios anti-ambientalistas difundieron falsas informaciones, culpando por los incendios a los pirómanos y a las asociaciones ambientalistas que impidieron a los bomberos cortar algunos árboles.
Sin embargo, Jared Diamond (2019), partiendo del análisis de algunas graves crisis nacionales, afirma que, recurriendo a un doloroso proceso de autoanálisis y mirando al futuro, los individuos y los grupos pueden afrontar las crisis actuales, tales como los cambios climáticos, a través de un procese de intercambio selectivo, sin ser posible abandonar totalmente la identidad pasada. Jared Diamond propone valorar selectivamente qué partes de la individualidad está funcionando y no deben ser modificadas y cuáles necesitan de un cambio para encontrar soluciones nuevas en armonía con las capacidades y las características de cada uno.
La única respuesta que se oponga a la impotencia y a la apatía, a la que nos empuja la actual catástrofe medioambiental, consiste en intentar encontrar y probar juntos los remedios posibles, como colectividad humana, nunca solos, como individuos particulares.
Anna Ferruta (2020), reflexionando sobre la pandemia de Covid-19, pone en evidencia el placer de la responsabilidad personal, del darnos cuenta de nuestra condición y de la aquellos que dependen de nosotros como antídoto para el miedo y la indiferencia. El placer y la capacidad de restablecer el contacto con la experiencia emotiva de tener fe en los caregiver permite descubrir energías desconocidas, de utilizarlas para uno y de ponerlas a disposición de los demás.
17 We do not inherit the Earth from our ancestors; we borrow it from our children. Duty on us to return it to them.
18 No debemos olvidar la clarividencia que la ciencia-ficción tuvo respecto de las cuestiones ecológicas. Por ejemplo, ha sido un escritor de ciencia-ficción, James G. Ballard, en la novela La sequía de 1964, quien no sólo anticipó los temas del recalentamiento global –aunque en aquellos años no se hablase de la amenaza de un mundo en hipertermia– sino también describió los personajes aceptando pasivamente una situación precaria, como espectadores de la catástrofe, víctimas del propio desierto interior, donde se reforzaba la inacción y el no-pensar.
19 Antropoceno es una palabra acuñada en los años 80 del siglo pasado por el biólogo Eugene F. Stoermer para indicar una nueva era geológica, la actual, en la que la presencia del ser humano y su actividad determinan las condiciones de vida a través de las modificaciones territoriales, estructurales y climáticas en escala planetaria. Si se excluye la Antártida, el 75 % del suelo está bajo presión humana.
20 Freud, S., OC,, t. IX, p. 8. La frase alude a Hamlet (acto I, escena V) de William Shakespeare: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía”.
21 En The New Quotable Einstein (2005), la curadora Alice Calaprice sugiere que esta frase atribuida a Einstein podría ser una paráfrasis de la cita, A new type of thinking is essential if mankind is to survive and move toward higher levels (un nuevo tipo de pensamiento es esencial si la humanidad quiere sobrevivir) extraída del artículo “Atomic Education Urged by Einstein”, New York Times, 25 de mayo de 1946, y más tarde reportada en el artículo “The Real Problem is in the Hearts of Men” de Michael Amrine, New York Times Magazine, 23 de junio de 1946.
22 En septiembre de 2019, en nombre de las comunidades “Laudato si´” que, inspiradas en la encíclica del papa Francisco, se multiplicaron en Italia, Stefano Mancuso, científico y director de LINV (International Laboratory for Plant Neurobiology), junto con Carlo Petrini, presidente de Slow Food, y Domenico Pompili, obispo de Rieti, lanzaron el alegato “Un árbol más”, dirigido “a todo ciudadano de buena voluntad, a cada organización de cualquier naturaleza y orientación, a toda empresa pública o privada, a la extraordinaria red de municipios y regiones de Italia, al gobierno nacional para unirse a nosotros con el objetivo de plantar en Italia 60 millones de árboles en el menor tiempo posible. Un árbol para cada italiano: 60 millones de árboles que desde el primer instante de vida realizan su tarea de mitigar los niveles de CO2 en la atmósfera. Podemos hacerlo hoy, rápido; no incidiría en nuestros estilos de vida, tendría costos irrisorios respecto de otras iniciativas y seguramente funcionaría.” comunitalaudatosi.org. El llamado también fue suscripto por el WWF.
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