Read the book: «Anales. Libros XI-XVI»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 30

Asesores para la sección latina: SEBASTIÁN MARINER BIOORRA (†).
JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por LISARDO RUBIO FERNÁNDEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1980.
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN , 1980.
ISBN 9788424930585.
NOTA PREVIA
Al igual que en la de los libros I a VI, publicada en el vol. 19 de esta colección, en esta traducción de los libros XI a XVI de los Anales se ha tomado como base la 3.a edición de E. KOESTERMANN (Cornelii Taciti Libri qui supersunt, t. I: Ab Excessu Diui Augusti, Leipzig, «Bibliotheca Teubneriana», 1971), con las salvedades siguientes:
XI 28,1; véase nota 86 .
XII 2,3; véase nota 99 .
XII 54,1; véase nota 207 .
XIII 9,2; véase nota 262 .
XIII 26,2; véanse notas 284 y 285 .
XIV 16,1; véase nota 363 .
XV 40,1; véase nota 456 .
También se ha tenido en cuenta la reciente edición de P. WUILLEUMIER (Tacite, Annales. Livres XI-XII. Livres XIII-XVI, París, «Les Belles Lettres», 1976-78), con traducción francesa, así como el muy notable comentario del mismo KOESTERMANN , Cornelius Tacitus, Annalen, vols. III-IV, Heidelberg, Carl Winter, 1967-68. Para otras indicaciones generales y bibliográficas acerca de los Anales, puede consultarse nuestra Introducción al vol. 19 de esta serie. Al Prof. Lisardo Rubio agradecemos las numerosas sugerencias con que ha mejorado esta traducción y sus notas.
LIBRO XI
SINOPSIS
Año 47 d. C. (caps. 1-22)
Año 48 d. C. (caps. 23-38)
CAPÍTULOS :
1-4.
Condenas varias.
5-7.
Debate sobre la abogacía.
8-10.
Problemas del Oriente.
11.
Juegos Seculares.
12.
Mesalina y Silio.
13-15.
Claudio como censor.
16-20.
Asuntos de Germania.
20-21.
Historia de Curcio Rufo.
22.
Problemas internos; historia de la cuestura.
23-25.
Entrada de los galos en el senado; medidas sobre el senado y patriciado; lustro y censo.
26-38.
Culminación y castigo de los escándalos de Mesalina: su muerte.
LIBRO XI
1. *** 1 pues creyó 2 que Valerio Asiático, dos veces cónsul, había sido tiempo atrás su 3 amante; y como además ambicionaba sus jardines, construidos por Luculo 4 y que él estaba embelleciendo con notable magnificencia, lanza a Suilio a acusar a uno y otro. Se le añade a Sosibio, preceptor de Británico 5 , con la misión de advertir a Claudio, como haciéndole un favor, que se guardara de una fuerza y unas riquezas que amenazaban a los príncipes; que Asiático, principal [2] instigador del asesinato de ⟨Gayo⟩ César 6 , no había temido confesarlo en la asamblea del pueblo romano, ni gloriarse incluso del crimen; que, tras haberse hecho famoso por ello en la Ciudad y una vez que su reputación se había extendido por las provincias, se disponía a marchar junto a los ejércitos de Germania, dado que, por haber nacido en Viena 7 y apoyarse en múltiples y poderosos parentescos, tenía facilidades para provocar revueltas entre los pueblos de su nación. Y Claudio, sin investigar nada más, despachó [3] tropas a toda prisa, como si se tratara de sofocar una guerra, al mando de Crispino, prefecto del pretorio, quien dio con él junto a Bayas y lo arrastró encadenado a la Ciudad.
2. Y no se le dio oportunidad de comparecer ante el senado: se le toma declaración en la alcoba, en presencia de Mesalina y acusándolo Suilio de haber corrompido a los soldados, a los que alegaba que con dinero y deshonestidades se tenía ganados para toda clase de infamias, luego de adulterio con Popea, y por último, de ser un afeminado. Ante esto venció el reo su silencio y estalló diciendo: «Pregunta a tus hijos, Suilio; ellos confesarán que soy un hombre» 8 . Comenzó entonces su defensa, que causó mayor emoción en Claudio, pero que incluso a Mesalina le arrancó lágrimas. [2] Al salir de la cámara para enjugárselas previene a Vitelio para que no deje escapar al reo; ella personalmente se apresura a perder a Popea, poniendo a su lado a quienes, aterrorizándola con la idea de la cárcel, la empujaran a una muerte voluntaria, tan sin que lo supiera el César que, pocos días después, teniendo a su mesa a su marido Escipión, le preguntó por qué no se sentaba con él su esposa, y él le respondió que su mujer había cumplido su destino.
3. Mas cuando Claudio estaba dando vueltas a la idea de absolver a Asiático, Vitelio le recordó entre lágrimas lo viejo de su amistad, y las atenciones que juntos habían tenido para con Antonia 9 , madre del príncipe; pasó luego revista a los servicios de Asiático al estado, y a su reciente campaña contra Britania 10 , así como a cuantos otros hechos parecían conciliarle la misericordia, para concluir proponiendo que se le permitiera elegir libremente su muerte; y al momento habló Claudio pronunciándose por la misma clase de clemencia. Después, cuando algunos le aconsejaron [2] la abstención de alimento y una muerte suave, Asiático les dijo que declinaba por completo el favor; se entregó al tipo de actividades que acostumbraba 11 , se bañó, comió de buen humor, y tras decir que hubiera sido más honroso para él perecer por las malas artes de Tiberio o la violencia de Gayo César que por el engaño de una mujer y la impúdica lengua de Vitelio, se abrió las venas, no sin antes inspeccionar su pira funeraria y ordenar su traslado a otro sitio para que la espesura de los árboles no resultara dañada por los ardores del fuego; tanta entereza tuvo en sus últimos momentos.
4. Tras esto se convoca al senado, y Suilio continúa amontonando acusados: dos caballeros romanos ilustres, ambos apellidados Petra. Y la causa de su muerte fue que habían facilitado su casa para los encuentros de Mnéster 12 y Popea. Pero a uno de ellos se le imputaba [2] haber tenido un sueño en el que habría visto a Claudio ceñido con una corona de espigas vueltas hacia atrás, y que por aquella visión había pronosticado una escasez de trigo. Algunos cuentan que vio una corona de vid con las hojas blanquecinas, y que lo había interpretado en el sentido de que al caer el otoño moriría el príncipe. De lo que no hay duda es de que uno u otro sueño le valió su muerte y la de su hermano. Se [3] votaron para Crispino un millón y medio de sestercios y las insignias de la pretura. Añadió Vitelio la propuesta de un millón para Sosibio por ayudar a Británico con su magisterio y a Claudio con sus consejos. Cuando se le preguntó su voto a Escipión dijo: «Como pienso sobre la conducta de Popea lo mismo que todos, haced cuenta que digo lo que todos»; gesto de elegante compromiso entre el amor conyugal y sus obligaciones de senador.
5. A partir de entonces la crueldad de las acusaciones de Suilio fue continua, y su osadía tuvo muchos imitadores; pues, al tomar para sí todo el poder de las leyes y la autoridad de los magistrados, el príncipe [2] había dejado campo libre para el pillaje. Por entonces no había mercancía más venal que la perfidia de los abogados, hasta el punto de que Samio, caballero romano insigne, que había dado a Suilio cuatrocientos mil sestercios, al descubrirse su prevaricación se dio muerte en su casa dejándose caer sobre una espada. [3] En consecuencia, por iniciativa del cónsul designado Gayo Silio, de cuyo poder y perdición hablaré a su tiempo 13 , se levantaron los senadores haciendo valer la Ley Cincia 14 , por la que está establecido de antiguo que nadie reciba dinero o dones por defender una causa.
6. Después, cuando alborotaron aquellos contra quienes se preparaba tal condena, Silio, que era enemigo de Suilio, arremetió con dureza recordando ejemplos de los viejos oradores, que habían considerado la fama y la gloria en la posteridad como el premio de la elocuencia; que de otro modo la más hermosa y la principal de las artes liberales quedaba mancillada por sórdidas mercaderías; que tampoco la integridad permanecía a salvo si se miraba a la magnitud de los honorarios. En cambio —decía— si los pleitos no se [2] hacían para provecho de nadie, habría menos; ahora se favorecían las enemistades, las acusaciones, los odios y las injusticias, de manera que, al igual que la virulencia de las enfermedades proporciona ganancias a los médicos, así también la podredumbre del foro les suponía dinero a los abogados. Los invitaba a recordar a Gayo Asinio, a ⟨Marco⟩ Mesala y, entre los más recientes, a Arruncio y a Esernino 15 : habían llegado a las más altas cimas sin corromper su vida ni su elocuencia. Ante tales palabras del cónsul designado, con [3] las que los otros estaban de acuerdo, ya se estaba preparando un decreto por el que se los incluía en la Ley de Concusión, cuando Suilio, Cosuciano y los demás, que veían que lo que se establecía no era un juicio —pues se procedía contra culpables manifiestos—, sino una pena, asedian al César pidiendo perdón para sus acciones pasadas.
7. Una vez que asintió, comienzan ellos a argumentar: ¿quién era tan soberbio como para presumir con sus esperanzas una fama duradera? Lo que se hacía era proporcionar un apoyo a la necesidad práctica, de manera que nadie se encontrara a merced de los poderosos por falta de abogados. Ahora bien, la elocuencia no era un don gratuito: se abandonaban los intereses familiares para dedicarse a los asuntos ajenos. Muchos se ganaban la vida en la milicia, otros cultivando los campos; nadie se esfuerza por algo cuyo fruto no haya previsto antes. Asinio y Mesala, colmados de recompensas [2] en las guerras entre Antonio y Augusto, o los Eserninos y Arruncios, herederos de grandes fortunas, bien podían haber adoptado un aire magnánimo; pero a la mano estaban los ejemplos de cuánto cobraban [3] por sus discursos Publio Clodio o Gayo Curión 16 . Ellos —decían— no eran más que unos modestos senadores que en una república tranquila no buscaban más que las recompensas propias de la paz. Debía pensar en los plebeyos que resplandecían en la abogacía; si se suprimían las recompensas a esos estudios, también los estudios [4] mismos perecerían. El príncipe, juzgando que si estas consideraciones no eran muy honorables tampoco carecían de sentido, limitó los honorarios a un máximo de diez mil sestercios; los transgresores serían procesados por concusión.
8. Por el mismo tiempo Mitridates, de quien ya conté 17 que había reinado sobre los armenios ⟨y que por orden de Gayo⟩ 18 César había sido puesto en prisión, volvió a su reino animado por Claudio y fiado en el apoyo de Farasmanes 19 . Éste, rey de los hiberos y hermano de Mitridates, le anunciaba que los partos andaban en discordia y que, ante la incertidumbre del poder supremo, no tenían cuidado de los asuntos menores. [2] En efecto, Gotarzes, entre otras muchas atrocidades, había provocado la muerte de su hermano Artábano, la de su mujer y la de su hijo, lo cual suscitó [3] miedo en los otros, que llamaron a Vardanes 20 . Éste, presto siempre a las grandes empresas, recorre en dos días tres mil estadios y, cogiendo desprevenido a Gotarzes, le produce tal pánico que lo desbarata; y no tarda en hacerse con las provincias vecinas, salvo la de Seleucia 21 , que rechazó su dominio. Encendido contra aquella gente en una ira excesiva para las conveniencias del momento porque ya habían hecho defección a su padre, se empeña en el asedio de la plaza fuerte protegida por el río que pasa ante ella, por un muro y por abundantes provisiones. Entretanto Gotarzes, reforzado [4] con la ayuda de los dahas y los hircanos 22 , reemprende la guerra, y Vardanes, obligado a dejar Seleucia, trasladó su campamento a los llanos de la Bactriana 23 .
9. Entonces, divididas las fuerzas del Oriente sin que se viera claro de qué lado se inclinarían, se dio a Mitridates la oportunidad de ocupar Armenia, con la ayuda de los soldados romanos para tomar las fortalezas de las alturas y también la del ejército hibero, que campeaba por los llanos. Los armenios no opusieron resistencia una vez desbaratado el prefecto Demonacte, que había intentado presentar batalla. Provocó una breve [2] dilación Cotis 24 , rey de la Armenia Menor, al que habían recurrido algunos de los notables; luego se sometió ante una carta del César, y todo se puso de parte de Mitridates, el cual adoptó una actitud demasiado dura para un reinado incipiente. Los caudillos partos, [3] cuando estaban ya preparándose para la guerra, hacen repentinamente un pacto al enterarse de una conjura del pueblo que Gotarzes descubrió a su hermano; se reunieron, y tras algunas vacilaciones iniciales, estrechándose las manos pactaron ante un altar de los dioses vengar la deslealtad de los enemigos y hacerse concesiones [4] mutuas. Pareció Vardanes más capacitado para conservar el reino, y Gotarzes, por que no hubiera lugar a rivalidades, se marchó al fondo de la Hircania. Cuando Vardanes regresa se le entrega Seleucia, a los siete años de su defección, no sin deshonor de los partos, a quienes una sola ciudad había burlado por tanto tiempo.
10. Visitó luego las más importantes provincias, y ya se disponía a recuperar Armenia, si no fuera que lo echó atrás Vibio Marso, legado de Siria, amenazándolo con una guerra. Pero entretanto Gotarzes, arrepentido de haber cedido el reino y llamado por la nobleza, cuya servidumbre es más dura en la paz, [2] reúne tropas. Le salieron al encuentro junto al río Erindes; tras duro combate en su paso se impuso Vardanes, y en combates prósperos sometió a los pueblos que había en medio, hasta el río Sindes 25 , el cual separa a dahas y arios 26 . Allí se puso un término a su fortuna, pues los partos, aunque vencedores, se negaban [3] a una campaña lejana. En consecuencia, tras levantar monumentos en los que daba fe de su poder y de que con anterioridad ninguno de los Arsácidas había logrado tributos de aquellas gentes, se vuelve cargado de gloria y, por ello, más cruel y más intolerante para con sus súbditos. Éstos, tras tenderle una trampa, lo mataron cuando estaba desprevenido y dedicado a la caza, en plena juventud, pero ilustre como pocos de los reyes viejos si hubiera buscado en la misma medida el amor de su pueblo que el miedo de los enemigos. Con el asesinato de Vardanes surgieron perturbaciones [4] entre los partos, que dudaban sobre a quién elegirían como rey. Muchos se inclinaban a favor de Gotarzes, algunos por Meherdates 27 , descendiente de Fraates entregado a nosotros como rehén. Al cabo se impuso Gotarzes, y una vez en el poder, con su crueldad y excesos, empujó a los partos a dirigir al príncipe romano ocultos ruegos pidiéndole que permitiera a Meherdates asumir el trono de sus padres.
11. En el mismo consulado, ochocientos años después de la fundación de Roma, sesenta y cuatro tras los que había dado Augusto, se celebraron los Juegos Seculares 28 . Dejo de lado los cálculos de uno y otro príncipe, suficientemente tratados en los libros en que narré la historia del emperador Domiciano. Pues también éste celebró Juegos Seculares, y en ellos tuve yo 29 participación especial por estar investido del sacerdocio quindecinviral y ser entonces pretor. Esto no lo cuento por jactancia, sino porque el colegio de los quindecínviros tiene ese cometido desde antiguo, y los magistrados oficiaban en la mayor parte de las ceremonias. [2] En ocasión en que asistía Claudio a los juegos circenses, cuando unos muchachos nobles a caballo representaron el juego de Troya 30 , y entre ellos Británico, el hijo del emperador, y Lucio Domicio, que por adopción pasó luego a heredar el imperio con el apellido de Nerón 31 , el favor de la plebe, que fue más vivo hacia Domicio, [3] se tomó como un presagio; y se contaba entre el vulgo que en su infancia había tenido junto a sí unos dragones como guardianes 32 , fábulas derivadas de fantásticas narraciones extranjeras; pues el propio Nerón, que en nada pretendía denigrarse a sí mismo, solía contar que en su habitación sólo se había visto una culebra.
12. Pero esta inclinación del pueblo era un resto del recuerdo de Germánico, del cual aquél era el único descendiente varón 33 ; además, la lástima por su madre Agripina aumentaba por la crueldad de Mesalina, que, aunque dañina siempre y entonces más exaltada, no podía suscitar falsas imputaciones y acusadores, entretenida como estaba a causa de un amor nuevo y próximo [2] a la locura. En efecto, ardía de tal modo por Gayo Silio, el más bello de los jóvenes romanos, que eliminó de su matrimonio a Junia Silana, dama noble, para gozar en exclusiva de su amante. A Silio no se le ocultaban ni el escándalo ni el peligro; pero si se negaba era segura su perdición, y tenía cierta esperanza de pasar desapercibido; recibía además grandes recompensas y se consolaba cerrando los ojos al futuro y gozando del presente. Ella iba a menudo a su casa, [3] no a escondidas, sino con gran acompañamiento; lo seguía paso a paso y lo colmaba de riquezas y honores, y al fin, como si hubiera ya cambiado la fortuna, los siervos, libertos y lujos del príncipe se veían en casa del amante.
13. Pero Claudio, que sin saber nada de su matrimonio se dedicaba a desempeñar funciones de censor 34 , reprimió con severos edictos la licencia del pueblo en el teatro, pues se habían atrevido a lanzar ultrajes contra el ex cónsul Publio Pomponio 35 —que daba obras a la escena— y contra ilustres damas. Además dio una [2] ley contra la saña de los prestamistas, prohibiéndoles prestar a los hijos de familia con la condición de pagar después de la muerte de los padres. También llevó a la Ciudad unos manantiales de agua desde las colinas Simbruinas 36 , y todavía añadió y difundió nuevas letras, tras averiguar que tampoco el alfabeto griego había sido empezado y completado de una vez.
14. Fueron los egipcios los primeros en representar los pensamientos, por medio de figuras de animales—sus documentos, los más antiguos de la historia humana, se pueden ver grabados en piedra—, y consideran que fueron ellos los inventores de las letras; que luego los fenicios, por su dominio del mar, las introdujeron en Grecia y se llevaron la gloria de lo que habían recibido [2] como si lo hubieran inventado ellos. En efecto, se cuenta que Cadmo 37 , llegado en una flota fenicia, fue el que enseñó tal arte a los pueblos griegos todavía incultos. Algunos narran que Cécrope 38 el ateniense o Lino 39 el tebano, o el argivo Palamedes 40 en los tiempos de Troya, inventaron las formas de dieciséis letras, y que luego otros y especialmente Simónides 41 inventaron [3] las restantes. En Italia los etruscos las aprendieron del corintio Demarato 42 y los aborígenes, del arcadio Evandro 43 ; la forma de las letras latinas es la de las griegas más antiguas. Pero también nosotros tuvimos pocas en un principio, y luego se añadieron más. Pues bien, siguiendo tal ejemplo, Claudio añadió tres letras 44 , que, en uso durante su reinado y olvidadas luego, se ven todavía ahora en los bronces de publicación de los plebiscitos fijados por los foros y templos.
15. Después informó al senado sobre el colegio de los harúspices 45 , para que no se perdiera por la desidia la ciencia más antigua de Italia. Les recordó que muchas veces en circunstancias adversas para la república se había llamado a los harúspices, por cuyo consejo se habían restaurado los ritos y conservado luego con más propiedad; que los notables etruscos por propia iniciativa o por impulso del senado romano habían cultivado esta ciencia y la habían propagado en sus familias; que eso se hacía ahora con menor diligencia por el desinterés público ante las artes provechosas, y por estar en auge las supersticiones extranjeras. Y cierto que por el momento todo iba bien, [2] pero había que dar gracias a la benevolencia de los dioses, haciendo que los ritos sagrados cultivados en las situaciones difíciles no se olvidaran en la prosperidad. En consecuencia se promulgó un decreto del senado [3] para que los pontífices miraran qué se había de conservar y robustecer en la disciplina de los harúspices.
16. El mismo año 46 el pueblo de los queruscos 47 pidió a Roma un rey, dado que en las guerras intestinas había perdido a sus nobles, y sólo les quedaba un personaje de sangre real que estaba retenido en la Ciudad y se llamaba Itálico. Era hijo de Flavo, hermano de Arminio 48 , y su madre era hija de Actumero, príncipe de los catos 49 ; tenía prestancia física y estaba ejercitado en armas y caballos a la manera patria y a la nuestra. Así pues, el César lo proveyó de dinero, le dio una escolta y lo exhortó a tomar sobre sí con magnanimidad la gloria de su gente, recordándole que él era el primero que, nacido en Roma y no como un rehén, sino como ciudadano, marchaba a un dominio extranjero. [2] A su llegada resultó grato a los germanos, y como, al no estar implicado en ninguna discordia, trataba a todos con la misma consideración, era celebrado y agasajado, dándose a veces a la amabilidad y a la templanza, que a nadie desagradan, y las más al vino y a los excesos, gratos a los bárbaros. Y ya su fama brillaba entre las gentes próximas, y aún más lejos, cuando, desconfiando de su poder los que se habían encumbrado con las facciones, se marchan a los pueblos limítrofes afirmando que se quitaba a Germania su antigua libertad [3] y que se impone el poder romano: ¿acaso no había nadie nacido en la propia tierra que pudiera ocupar el lugar principal sin que se colocara por encima de todos al hijo del espía Flavo? De nada valía —decían— que se pusiera por delante el nombre de Arminio; incluso aunque su propio hijo criado en tierra enemiga hubiera venido a reinar, podría temerse a quien estaba absolutamente contaminado por una crianza, una servidumbre y un modo de vida extranjeros; y si Itálico pensaba igual que su padre, ningún otro había empuñado las armas contra su patria y sus dioses penates con más saña que él.
17. Con estas y similares arengas lograron reunir grandes fuerzas; no eran menos los que seguían a Itálico, pues les recordaba que no había irrumpido entre ellos por la fuerza, sino que lo habían llamado considerando que en nobleza precedía a los demás; en cuanto a su valor, les decía que experimentaran ellos mismos si se mostraba digno de su tío Arminio y de su abuelo Actumero; que no se avergonzaba de que su padre no [2] hubiera quebrantado nunca la fe que había dado a los romanos con el consentimiento de los germanos; que la palabra libertad constituía un pretexto falso en quienes eran en su vida privada unos degenerados, para la comunidad una ruina, y que no tenían esperanza más que en la discordia. El pueblo acogía estas palabras [3] con entusiásticas aclamaciones, y en la gran batalla que se dio entre los bárbaros salió vencedor el rey; después, sin embargo, empujado por su prosperidad a la soberbia, fue destronado y restablecido otra vez con la ayuda de los lombardos 50 , dañando por igual al poder de los queruscos con sus éxitos y sus adversidades.
18. Por el mismo tiempo los caucos 51 , libres de disensiones intestinas y alegres por la muerte de Sanquinio 52 , mientras llegaba Corbulón hicieron incursiones por la Germania Inferior al mando de Gannasco. Era éste un canninefate 53 por nacimiento, mercenario auxiliar durante largo tiempo y luego desertor, que con naves ligeras se dedicaba a la piratería devastando especialmente el litoral de la Galia, pues no ignoraba que [2] se trataba de gentes ricas y poco guerreras. Pero Corbulón entró en la provincia con gran diligencia y pronto consiguió la gloria, de la cual fue inicio aquella campaña, en la que llevó las trirremes por el curso del Rin, y las restantes naves, según las posibilidades de cada una, por los estuarios o los canales. Tras hundir las barcas enemigas y ahuyentar a Gannasco, cuando vio la situación del momento bastante arreglada, redujo a la vieja disciplina a aquellas legiones desacostumbradas por la pereza al trabajo y las fatigas, pero felices con el pillaje, ordenando que nadie se saliera de la columna ni entablara combate si no se le había ordenado. [3] Las guardias y servicios de día y de noche se hacían con armas, y cuentan que a un soldado, por cavar desarmado en el recinto, y a otro porque lo hacía armado sólo con un puñal, los castigó con la muerte. Aunque esto es excesivo y no es seguro que no le haya sido imputado sin fundamento, toma origen en la severidad de aquel general; no cabe duda de que fue inexorable con los grandes delitos aquel a quien se atribuía tanta dureza incluso frente a las faltas leves.
19. Por lo demás, el temor ante tales medidas produjo efectos contrarios en el ejército y en los enemigos: nuestro valor aumentó, y se quebrantó la soberbia de los bárbaros. También el pueblo de los frisios 54 , que tras la revuelta surgida de la derrota de Lucio Apronio 55 se nos mostraba hostil o poco seguro, entregó rehenes y se asentó en las tierras señaladas por Corbulón; asimismo les impuso un senado, magistrados y leyes. Además, para evitar que desobedecieran sus órdenes, [2] estableció entre ellos un puesto fortificado, tras enviar comisionados que atrajeran a los caucos mayores 56 a someterse y que, al propio tiempo, atacaran por medio de engaños a Gannasco. La emboscada que se le tendió no resultó inútil, ni tampoco vergonzosa en el caso de aquel desertor que había violado la fe jurada. Pero con su muerte se soliviantaron los ánimos de los [3] caucos, y Corbulón no dejaba de suministrar motivos para la revuelta, en medio de comentarios favorables de la mayoría, mas no sin que algunos los hicieran adversos: en efecto, ¿por qué provocaba al enemigo?; las adversidades caerían sobre el estado, y si el éxito lo acompañaba, resultaba temible para la paz un hombre que se destacaba y difícil de soportar para aquel príncipe cobarde. En consecuencia, Claudio prohibió nuevos ataques contra las Germanias, hasta el punto de que mandó retirar las guarniciones más acá del Rin.
20. Cuando ya Corbulón estaba montando su campamento en territorio enemigo le llegó la carta. Ante este hecho inesperado, y aunque en él se mezclaban muchos sentimientos —miedo del emperador, desprecio de los bárbaros, escarnio de los aliados—, sin decir más que: «¡Felices los generales romanos de antaño!», dio la orden de retirada.
Sin embargo, para que los soldados se sacudieran el [2] ocio, cavó entre el Mosa y el Rin un canal de veintitrés millas destinado a evitar las incertidumbres del Océano 57 . Con todo, el César le concedió las insignias del triunfo, a pesar de haberle negado la guerra.
[3] Y no mucho después consigue el mismo honor Curcio Rufo, por haber abierto una mina para buscar filones de plata en el territorio de Mattio 58 ; su provecho fue escaso y poco duradero, pero las legiones hubieron de sufrir fatigas y bajas, cavar canales y hacer bajo tierra trabajos que serían duros incluso a cielo abierto. Sometidos a tales faenas, y como se veían obligados a soportarlas en varias provincias, los soldados escribieron una carta secreta en nombre de los ejércitos, rogando al emperador que a aquellos a quienes fuera a dar los mandos militares les concediera el triunfo por anticipado 59 .
21. Acerca del origen de Curcio Rufo, de quien algunos contaron que era hijo de un gladiador, no quisiera declarar falsedades, pero me da vergüenza relatar la verdad. Después de pasar de la adolescencia, incorporado al séquito de un cuestor al que había correspondido el África, cuando se encontraba en la ciudad de Adrumeto y andaba solo al mediodía por los soportales vacíos, se le apareció la figura de una mujer de aspecto sobrehumano y oyó una voz que le decía: «Tú eres, Rufo, el que ha de venir a esta provincia como procónsul». [2] Con tal augurio medraron sus esperanzas y, vuelto a la Ciudad, por la generosidad de sus amigos y también por su agudo ingenio consigue la cuestura y luego la pretura, frente a candidatos nobles, por recomendación del príncipe, ocasión en que Tiberio trató de disimular sus poco honrados orígenes con estas palabras: «Curcio Rufo me parece nacido de sí mismo». Tuvo luego larga vejez y, usando para con sus [3] superiores de una sombría adulación, de la arrogancia para con sus inferiores, y poco tratable para sus iguales, obtuvo el mando consular, las insignias del triunfo y, al cabo, la provincia de África; muriendo allí cumplió el presagio sobre su destino.
22. Entretanto en Roma, sin causas visibles ni luego conocidas, el caballero romano insigne Gneo Nonio es descubierto armado de espada en el corro de los que saludaban al príncipe. El caso fue que mientras lo desgarraban en los tormentos, sin negar acerca de sí mismo, no dio a conocer cómplices, sin que sepa si los ocultaba.
En el mismo consulado 60 propuso Publio Dolabela [2] que se celebrara todos los años un espectáculo de gladiadores a expensas de quienes alcanzaran la cuestura. Entre nuestros mayores tal cargo había sido una recompensa [3] a la virtud, y a todos los ciudadanos, si confiaban en sus buenas cualidades, les estaba permitido pretender las magistraturas; ni siquiera en consideración a la edad se hacían distinciones que impidieran alcanzar en la primera juventud el consulado y las dictaduras. Por lo que mira a los cuestores, fueron instituidos [4] cuando todavía gobernaban los reyes, según muestra la ley curiata restablecida por Lucio Bruto 61 . Además, conservaron los cónsules el poder de escogerlos hasta que también tal magistratura pasó a conferirla el pueblo. Los primeros a quienes se nombró fueron Valerio Potito y Emilio Mamerco, sesenta y tres años tras la expulsión de los Tarquinios 62 , con la misión [5] de asistir al ejército. Luego, al aumentar el volumen de los asuntos, se añadieron otros dos, encargados de Roma. Más tarde se duplicó el número, cuando ya Italia era tributaria y se sumaban los impuestos de [6] las provincias. Después, por una ley de Sila 63 , se crearon veinte para completar el senado, al que él había atribuido la vista de los juicios, y aunque luego los caballeros recuperaron los juicios 64 , la cuestura se concedía por la dignidad de los candidatos o por el favor de los electores y a título gratuito, hasta que con la moción de Dolabela quedó como sometida a subasta.
23. En el consulado de Aulo Vitelio y Lucio Vipstano 65 cuando se trató de completar el senado, los notables de la Galia llamada Comata 66 , que ya tiempo atrás habían conseguido la condición de federados y la ciudadanía romana, pidieron el derecho de alcanzar cargos en la Ciudad, lo que provocó muchos y variados comentarios. Ante el príncipe se enfrentaban [2] los intereses contrapuestos: se afirmaba que Italia no estaba tan decaída que no fuera capaz de proporcionar un senado a su capital; que antaño los indígenas les habían bastado a los pueblos consanguíneos, y que no había que avergonzarse de la antigua república. Aún más, se recordaban todavía los ejemplos de virtud y de gloria que la casta romana había dado según las viejas costumbres, ¿era todavía poco el que ya los vénetos [3] e ínsubres 67 hubieran irrumpido en la curia, para meter ahora en ella a una tropa de extranjeros, como a un grupo de cautivos?; ¿qué honor les quedaba ya a los nobles supervivientes o a algún senador pobre del Lacio, si lo había? Decían que todo lo iban a llenar aquellos [4] ricachones cuyos abuelos y bisabuelos, jefes de pueblos enemigos, habían destrozado a nuestros ejércitos por la violencia de las armas y habían asediado en Alesia 68 al divino Julio. Y todo esto eran cosas recientes; pues ¿qué decir si se recordaba a quienes al pie del Capitolio y de la ciudadela de Roma habían caído a manos de aquel mismo pueblo? 69 ; que gozaran en buena hora del título de ciudadanos, pero que no pretendieran rebajar las insignias del senado y los honores de los magistrados.
24. El príncipe no se dejó impresionar por estos y parecidos comentarios; no sólo se pronunció al momento contra ellos, sino que además, convocando al senado, empezó a hablar en estos términos 70 : «Mis mayores, de los que Clauso —el más antiguo—, siendo de origen sabino, fue admitido a un tiempo en la ciudadanía romana y entre las familias patricias 71 , me exhortan a proceder con parejos criterios en el gobierno del estado, trayendo aquí a lo que de sobresaliente [2] haya habido en cualquier lugar. En efecto, tampoco ignoro que a los Julios se los hizo venir de Alba 72 , a los Coruncanios de Camerio 73 , a los Porcios de Túsculo 74 ni, por no entrar en detalles de la antigüedad, que se hizo entrar en el senado a gentes de Etruria, de Lucania y de toda Italia; que al fin se extendió ésta hasta los Alpes, para que no sólo algunos individualmente, sino también tierras y pueblos se unieran a nuestro [3] nombre. Tuvimos entonces sólida paz interior; también gozamos de prosperidad en el extranjero cuando fueron recibidas en nuestra ciudadanía las gentes de más allá del Po, cuando, con el pretexto de nuestras legiones repartidas por el orbe de la tierra, incorporando a los provinciales más valerosos, se socorrió a nuestro fatigado imperio 75 . ¿Acaso nos pesa que los Balbos 76 desde Hispania y varones no menos insignes desde la Galia Narbonense hayan pasado a nosotros? Aun quedan descendientes suyos, y no nos ceden en amor a esta patria. ¿Cuál otra fue la causa de la perdición [4] de lacedemonios y atenienses, a pesar de que estaban en la plenitud de su poder guerrero, si no el que a los vencidos los apartaban como a extranjeros? En cambio, nuestro fundador Rómulo fue tan sabio que a muchos pueblos en un mismo día los tuvo como enemigos y luego como conciudadanos 77 . Sobre nosotros han reinado hombres venidos de fuera; el que se encomienden magistraturas a hijos de libertos no es, como piensan muchos sin razón, algo nuevo, sino que fue práctica de nuestro viejo pueblo. Se objetará que [5] hemos guerreado con los senones: ¡como si los volscos y los ecuos 78 nunca hubieran desplegado sus ejércitos contra nosotros! Fuimos cautivos de los galos, pero también hubimos de entregar rehenes a los etruscos y de tolerar el yugo de los samnitas 79 . Y con todo, si se [6] pasa revista a todas las guerras, ninguna se terminó en tiempo más breve que la que hicimos contra los galos, y desde entoces hemos tenido una paz continua y segura. Unidos ya a nuestras costumbres, artes y parentescos, que nos traigan su oro y riquezas en lugar [7] de disfrutarlas separados. Todas las cosas, senadores, que ahora se consideran muy antiguas fueron nuevas: los magistrados plebeyos tras los patricios, los latinos tras los plebeyos, los de los restantes pueblos de Italia tras los latinos. También esto se hará viejo, y lo que hoy apoyamos en precedentes entre los precedentes estará algún día».
25. Por un decreto del senado que siguió al discurso del príncipe obtuvieron los primeros los eduos 80 el derecho de senadores en la Ciudad. Fue ésta una concesión a su antigua alianza, ya que son los únicos de los galos que usan el título de hermanos del pueblo romano.
[2] Por los mismos días el César hizo entrar en el número de los patricios a los más antiguos del senado y a los que habían tenido padres ilustres, pues quedaban ya pocas de las familias que Rómulo había llamado de las gentes mayores y Bruto de las gentes menores 81 , y se habían agotado incluso las que añadiera ei dictador César por la Ley Casia y el príncipe Augusto por la Ley Senia 82 . Estas medidas provechosas para la república se adoptaban con gran alegría de aquel censor 83 . Inquieto por el modo en que a los hombres [3] de mala fama podría alejarlos del senado, empleó un medio suave y recién inventado en lugar de la antigua severidad: ordenó que cada cual reflexionara sobre sí mismo, y pidiera el derecho de abandonar su dignidad; se otorgaría fácilmente la venia, y él presentaría al mismo tiempo los nombres de los senadores separados y dimitidos, de manera que mezclados el juicio de los censores y el pudor de los que se retiraban voluntariamente mitigaran la ignominia. Con tal motivo el [4] cónsul Vipstano propuso que se diera a Claudio el título de padre del senado, puesto que el de padre de la patria se había hecho de corriente uso, y los méritos nuevos para con la república debían honrarse con títulos hasta entonces no usados; pero él mismo detuvo al cónsul como excesivamente inclinado a la adulación. También hizo la clausura del lustro, en el que se [5] censaron 5.984.072 ciudadanos 84 . Y por entonces tuvo fin su ignorancia con respecto a su casa; no mucho después se vio obligado a conocer y castigar los escándalos de su esposa, para más tarde arder en el deseo de un matrimonio incestuoso.
26. Ya Mesalina, hastiada por la facilidad de sus adulterios, se lanzaba a placeres desconocidos, cuando también Silio se puso a urgirla para romper con los disimulos, movido por una fatal ausencia de cálculo o pensando que los peligros mismos serían el remedio [2] de los inminentes; le decía que, desde luego, no habían llegado a aquel punto para esperar a la vejez del príncipe 85 ; para los inocentes los planes inofensivos; que para el escándalo manifiesto había que buscar una protección en la audacia. Le hacía ver que tenía cómplices llenos de los mismos temores; que él era soltero, sin hijos y que estaba dispuesto al matrimonio y a adoptar a Británico. Le aseguraba a Mesalina que conservaría el mismo poder, y en condiciones más firmes, con tal que se previnieran de Claudio, que era tan dispuesto a la ira como incauto ante las asechanzas. [3] No acogió Mesalina estas palabras con gran entusiasmo, no por amor a su marido, sino porque temía que Silio, tras alcanzarlo todo, acabara por desdeñar a la adúltera, y que aquel crimen aprobado en medio de los peligros lo apreciara más tarde en su verdadero valor. Sin embargo, la alusión al matrimonio la llenó de ardiente deseo por la magnitud de la infamia, que es, para los que ya lo han hecho todo, el último de los placeres. Y sin esperar más que la ocasión en que Claudio marchaba a Ostia para ofrecer un sacrificio, celebra su boda con toda solemnidad.
27. No ignoro que parecerá fabuloso el que haya habido mortales que, en una ciudad que de todo se enteraba y nada callaba, llegaran a sentirse tan seguros; nada digo ya de que un cónsul designado, en un día fijado de antemano, se uniera con la esposa del príncipe, y ante testigos llamados para firmar, como si se tratara de legitimar a los hijos; de que ella escuchara las palabras de los auspicios, tomara el velo nupcial, sacrificara ante los dioses, que se sentaran entre los invitados en medio de besos y abrazos y, en fin, de que pasaran la noche entregados a la licencia propia de un matrimonio. Ahora bien, no cuento nada amañado para producir asombro, sino lo que oí a personas más viejas y lo que de ellas leí.
28. Lógicamente, la casa del príncipe estaba horrorizada, y en especial aquellos en cuyas manos se hallaba el poder y que, si cambiaban las cosas, más tenían que temer, bramaban no ya en coloquios reservados, sino abiertamente, diciendo que mientras la alcoba del príncipe la había hollado un histrión 86 , cierto que se lo había deshonrado, pero había permanecido lejos el peligro de su ruina; ahora, en cambio, un joven noble, de distinguida belleza, con talento y en la proximidad del consulado, se aprestaba a una más alta esperanza; y no era un misterio lo que quedaba después de tal matrimonio. Sin duda se apoderaba de ellos el miedo [2] por considerar a Claudio un imbécil sometido a su esposa, y que muchas eran las muertes ordenadas por Mesalina. Pero a su vez el mismo buen carácter del emperador les hacía confiar en que, si lograban ellos imponerse ante lo atroz del crimen, podrían acabar con ella, condenada antes que juzgada; la cuestión estaba en si se llegaba a escuchar su defensa, y en lograr que los oídos de Claudio se cerraran incluso ante su confesión.
29. En un primer momento Calisto, de quien ya hablé a cuento del asesinato de Gayo César 87 , Narciso, que había tramado la muerte de Apio, y Palante, que entonces gozaba de excepcional favor, trataron de si intentar apartar a Mesalina del amor de Silio con secretas [2] amenazas, disimulando todo lo demás. Después desistieron, temiendo verse ellos arrastrados a la perdición; Palante por cobardía y Calisto también porque, conocedor de la corte en el reinado anterior, consideraba que el poder se conserva más seguramente con medidas cautas que violentas. Persistió en el empeño Narciso, cambiando el plan solamente en el sentido de no ponerla sobre aviso con comentario alguno acerca de [3] la imputación y del acusador. Atento a la ocasión, como el César se demoraba largo tiempo en Ostia, a dos cortesanas a cuyo cuerpo estaba el príncipe especialmente acostumbrado, con dádivas y promesas, y haciéndoles ver que, quitada de en medio la esposa, tendrían más poder, las empujó a hacerse cargo de la delación.
30. Entonces Calpurnia —así se llamaba una de las cortesanas—, cuando tuvo acceso privado al César, echándose a sus rodillas clama que Mesalina se ha casado con Silio; al tiempo, pregunta a Cleopatra, que estaba allí al quite, si también ella se había enterado, y, cuando le responde que sí, ruega que se haga venir a Narciso. Éste pide perdón para sus hechos pasados de [2] haberle disimulado a los Ticios, Vettios y Plaucios 88 , diciéndole que tampoco ahora iba a hacer acusaciones de adulterio, para que no tuviera que reclamar su casa, sus esclavos y los restantes ornamentos de su grandeza; más bien debía dejar que Silio disfrutara de esas cosas, pero devolviéndole a su esposa y rompiendo su contrato de matrimonio 89 . «¿Te has enterado —le dijo— [3] de tu repudio? Pues el matrimonio de Silio lo ha visto el pueblo, el senado y el ejército, y si no te das prisa en actuar, el marido se habrá hecho con la Ciudad.»
31. Entonces llama a sus principales amigos e interroga en primer lugar a Turranio, prefecto del suministro de grano, y luego a Lusio Geta, jefe de los pretorianos. Una vez que estos dos le dicen la verdad, los demás rivalizan en pedirle indignados que marche a los cuarteles, que se asegure las cohortes pretorianas, que se preocupe más de su seguridad que de la venganza. Se sabe con certeza que Claudio se llenó de tal pavor que no cesaba de preguntar si era él dueño del imperio y si Silio era un simple ciudadano.
Pero Mesalina, con una ostentación más desenfrenada [2] que nunca, en pleno otoño, celebra en su casa un simulacro de la vendimia. Se movían las prensas, rebosaban los lagares y mujeres ataviadas con pieles saltaban como bacantes que ofrecieran un sacrificio o se hallaran en estado de delirio; ella misma, con el cabello suelto, agitando un tirso, y a su lado Silio coronado de hiedra, llevaban coturnos, movían violentamente la [3] cabeza entre el clamor de un coro procaz 90 . Cuentan que Vettio Valente se subió en su frenesí a lo alto de un árbol, y que, cuando le preguntaron qué veía, respondió que una tremenda tempestad que venía de la parte de Ostia, ya fuera que tal fenómeno apuntara, ya que unas palabras pronunciadas al azar se transformaran en un presagio.
32. Entretanto ya no se trataba de un rumor, sino que de todas partes llegan mensajeros anunciando que Claudio se ha enterado de todo y que viene dispuesto a la venganza. En consecuencia Mesalina se marcha a los Jardines de Luculo, y Silio a sus asuntos del foro para disimular su miedo. Cuando los demás escapaban a la desbandada se presentaron unos centuriones y pusieron cadenas a cada cual según lo hallaban, en público o en [2] escondrijos. Sin embargo Mesalina, aunque lo adverso de su situación le menguaba el raciocinio, decide sin vacilar salir al encuentro y presentarse ante su marido, recurso al que había acudido con frecuencia, y mandó avisar a Británico y a Octavia para que fueran a abrazar a su padre. Además, suplicó a Vibidia, la más anciana de las vírgenes Vestales, que se hiciera oír del [3] pontífice máximo, que implorara clemencia. Y entretanto, acompañada solamente por tres personas —en tal soledad se había quedado de repente—, tras recorrer a pie toda la ciudad; en un carruaje de los que se usan para recoger los desperdicios de los jardines toma el camino de Ostia, sin que nadie sintiera por ella compasión alguna, porque se imponía sobre todo lo monstruoso de sus infamias.
33. No era menor el agobio de la parte del César, pues no se fiaban demasiado de Geta, prefecto del pretorio, igualmente tornadizo para el bien y para el mal. En consecuencia, Narciso, tomando consigo a los que abrigaban los mismos miedos, afirma que no hay otra esperanza de salvación para el César que el transferir sólo por aquel día el mando militar a uno de sus libertos, y se ofrece él mismo para tomarlo; y para que en el curso del viaje a la Ciudad no tuvieran tiempo de hacerlo arrepentirse Lucio Vitelio y Largo Cécina 91 , pide y obtiene asiento en el mismo vehículo.
34. Se repitió luego insistentemente que entre las exclamaciones contradictorias del príncipe, ya acusando los escándalos de su esposa, ya volviéndose al recuerdo de su matrimonio y a la tierna edad de sus hijos, Vitelio no hizo más que decir: «¡Qué fechoría, qué crimen!». Narciso, desde luego, lo animaba a hablar claro y a contar la verdad, pero no pudo apartarlo de responder con medias palabras y que se podían hacer derivar hacia donde se quisiera, ni a Largo Cécina de seguir su ejemplo. Ya estaba a la vista Mesalina y le [2] pedía a gritos que escuchara a la madre de Británico y Octavia, cuando el acusador ahogó sus palabras hablando de Silio y de sus bodas; al mismo tiempo entregó un memorial que atestiguaba sus excesos, para distraer la mirada del César. No mucho después, cuando [3] ya entraba en la Ciudad, se pretendía presentarle a los hijos comunes, pero Narciso ordenó que los retiraran. A Vibidia no pudo alejarla e impedirle que, con no poco encono, reclamara que no se hiciera perecer a una esposa sin defensa. En consecuencia Narciso le respondió que el príncipe la escucharía y le brindaría la oportunidad de excusarse de la imputación; entretanto debía marcharse la virgen y ocuparse de sus ceremonias sagradas.
35. A todo esto Claudio guardaba un asombroso silencio y Vitelio parecía no saber nada: todo estaba a las órdenes del liberto. Manda que se abra la casa del amante y que se lleve allí al emperador. Y ante todo le enseña en el vestíbulo la estatua del padre de Silio proscrita por un decreto del senado, y luego los bienes familiares de los Nerones y los Drusos 92 , que se habían [2] convertido en pago de su deshonra. Inflamado y mientras estallaba en amenazas lo llevó a los acuartelamientos, donde ya había hecho formar a los soldados; ante ellos, al dictado de Narciso, pronunció breves palabras, pues la vergüenza ponía coto a su dolor aunque éste fuera justo. Al momento se levantó un clamor prolongado de las cohortes reclamando los nombres de los culpables y exigiendo su castigo. Llevado Silio ante el tribunal no intentó defenderse ni provocar demoras, [3] y pidió que se apresurase su muerte. La misma entereza hizo desear la muerte rápida a los caballeros romanos ilustres. Y ordena que Ticio Próculo, puesto por Silio como guardián de Mesalina y a pesar de que se ofreció a declarar, Vettio Valente, que confesó, y Pompeyo Úrbico y Saufeyo Trogo, cómplices, sean llevados al suplicio. También Decrio Calpumiano, prefecto de vigilancia 93 , Sulpicio Rufo, procurador de los juegos, y el senador Junco Virgiliano fueron castigados con la misma pena.
36. Sólo Mnéster provocó dudas, pues rasgando sus vestidos le pidió a gritos que mirara las marcas de los azotes y que se acordara de la orden que le había dado de someterse a las órdenes de Mesalina; que otros se habían hecho culpables a causa de larguezas o de esperanzas desmedidas, pero que él lo era por necesidad; y que nadie habría perecido antes que él en caso de que Silio se hubiera hecho con el poder. El César se [2] impresionó por estas palabras, y cuando ya parecía inclinado a la misericordia lo empujaron sus libertos a que, tras haberse dado muerte a tantos hombres ilustres, no se preocupara por un histrión; el que hubiera cometido tan grandes delitos por propia voluntad u obligado nada importaba.
Tampoco se admitió la defensa del caballero romano [3] Traulo Montano; era éste un joven morigerado pero de gran belleza, y en una misma noche Mesalina lo había hecho venir y lo había despedido, pues era caprichosa por igual para la pasión y para el hastío. A Suilio Cesonino y a Plaucio Laterano se los libra de la muerte, a este último por los egregios méritos de su tío; Cesonino se vio protegido por sus vicios, pues se decía que en aquel círculo infame había desempeñado papel de mujer.
37. Entretanto Mesalina, en los Jardines de Luculo, trataba de prolongar su vida, amañaba ruegos no sin esperanza y por momentos llena de ira: ¡tanta soberbia exhibía en sus momentos postreros! Y si Narciso no hubiera acelerado su asesinato, habría logrado volver la perdición sobre su acusador. Pues Claudio, tras [2] volver a casa y calmarse con un prolongado banquete, una vez que se calentó con el vino, manda que vayan y avisen a aquella desgraciada —pues tal palabra cuentan que usó— que al día siguiente compareciera a pronunciar su defensa. Cuando se oyó esto y se veía que languidecía su ira, que volvía el amor, y temiendo, si no se actuaba con decisión, a la proximidad de la noche y al recuerdo del lecho de la esposa, corre Narciso y ordena a los centuriones y al tribuno que estaba de guardia que ejecuten el asesinato: así lo mandaba el emperador. Como vigilante y encargado de darles prisa se les [3] pone a Évodo, uno de los libertos. Este marchó por delante a los jardines con toda rapidez, y la encontró tendida en tierra, y sentada a su lado a su madre Lépida, la cual no se había llevado bien con su hija cuando ésta se hallaba en la prosperidad, pero que ante su angustia suprema se había movido a misericordia; estaba aconsejándole que no esperara al ejecutor: su vida ya había pasado, y no debía pretender más que [4] una muerte honrosa. Pero en aquel ánimo corrompido por las pasiones no quedaba sombra de honestidad; se prolongaban sus lágrimas y sus inútiles quejas, cuando los que llegaban forzaron la puerta y el tribuno se quedó en pie en silencio ante ella, en tanto que el liberto la increpaba con injurias abundantes y propias de un esclavo.
38. Sólo entonces entendió a fondo su situación, y tomando un puñal lo blande en vano, a causa del temblor, contra su cuello y su pecho, hasta que es atravesada por la espada del tribuno. El cuerpo le fue dejado [2] a su madre. Se anunció a Claudio, el cual estaba a la mesa, que Mesalina había perecido, sin aclararle si por su mano o por la ajena; tampoco él lo preguntó; pidió una copa y continuó haciendo los honores acostumbrados [3] al banquete. Ni siquiera en los días siguientes dio señales de odio o de alegría, de ira o de tristeza, en fin, de afecto humano alguno; tampoco al ver a los acusadores felices o a sus hijos doloridos. Y le ayudó a olvidarla el senado decretando que el nombre y las efigies de ella fueran removidos de los lugares públicos y privados. Para Narciso se decretaron los honores de [4] cuestor, bien poca cosa para el orgullo de aquel hombre que se movía por encima de Palante y de Calisto. Era algo justo, desde luego, pero de lo que debían surgir efectos perniciosos 94 .
1 Nos hallamos en el año 47 d. C., séptimo del reinado de Claudio, el torpe hermano de Germánico elevado por azar al imperio en el 41, tras el asesinato de su sobrino Calígula. Aquí concluye la extensa laguna central de los Anales, motivada por la pérdida total de los libros VII a X y de la primera parte de este libro XI. Acerca de la distribución temática de los libros perdidos pueden hacerse conjeturas diversas. Si se admite que los Anales fueron concebidos según una estructura de tres héxadas, divididas a su vez en tríadas unitarias, parece razonable suponer que los reinados de Calígula (años 37 a 41) y Claudio (años 41 a 54) se repartieran la héxada central de manera que los libros VII a IX correspondieran al primero, y que ya el X estuviera dedicado —como lo están el XI y el XII, conservado completo— al relato de los tiempos de Claudio. Este cálculo no tiene más inconveniente que el de atribuir igual extensión de texto a dos reinados de muy dispar duración, aunque en última instancia la duda principal se limitaría al libro IX, pues tampoco parece probable que la historia de Calígula se relatara en un solo libro. Los libros XIII a XVI —y el último de ellos se nos ha conservado sólo en su primera mitad— están dedicados a Nerón, sin alcanzar más que al antepenúltimo año de su reinado, el 66 d. C. Cabría pensar que en el esquema o proyecto de los Anales se le atribuyeran, como a Tiberio, seis libros, con lo que el total de la obra vendría a ser de dieciocho; sin embargo, no puede asegurarse que existiera realmente ese esquema de héxadas ni que, de haber existido, Tácito llegara a desarrollarlo hasta el final, según puede verse en la nota 564. El libro XI en su estado actual nos introduce directamente en el episodio de la condena de Valerio Asiático por maquinación de Mesalina, la primera de las esposas del Claudio emperador; como fuente complementaria sobre este suceso puede verse DIÓN CASIO , LX 29, 4-6.
2 Mesalina, esposa de Claudio, según se colige por el contexto.
3 De Popea, por el contexto.
4 El famoso sibarita de la época de César; sus famosos jardines cubrían la zona donde hoy se halla la Plaza de España en Roma.
5 Único hijo varón de Claudio, habido con Mesalina.
6 El emperador Calígula, asesinado en enero del año 41 d. C.
7 Vienne, en el Delfinado, a orillas del Ródano.
8 El sarcasmo de Asiático parece comprenderse mejor si se admite con KOESTERMANN que uno de los hijos de Suilio era el Cesonino citado en XI 36, 4, que habría desempeñado papel de mujer en las orgías de Mesalina y su círculo.
9 Antonia la Menor, hija de Octavia —la hermana de Augusto— y de Marco Antonio, casada con Druso y madre de Germánico y Claudio.
10 Parece que en el año 43 d. C., correspondiente a la parte perdida de los Anales.
11 Era un notable gimnasta, al que el propio Claudio llama «prodigio de la palestra» en su discurso conservado por la Tabula Lugdunensis (Corpus Inscriptionum Latinarum XIII 1668, II 14).
12 Conocido actor de pantomima también citado en XI 36 y, tal vez, en XI 28, 1.
13 Véase XI 12 y 26-36.
14 Del año 204 a. C.
15 Serie de celebridades de la oratoria de época imperial; Asinio Polión y Mesala Corvino fueron, tal vez, los más notables oradores del tiempo de Augusto.
16 En SUETONIO , César 29, 1, aparece Curión como un tribuno violento y venal.
17 En alguno de los libros perdidos.
18 La conjetura que rellena la laguna es debida a KOESTERMANN . El Gayo César citado es, naturalmente, Calígula.
19 Véase VI 32 y sigs.
20 Artábano IV y Vardanes eran, ambos, hijos de Artábano III.
21 Ciudad fundada por Seleuco Nicátor hacia el 300 a. C. en la ribera del río Tigris. Corresponde a la actual Tell Umar, cerca de Bagdad; véase VI 42, 1.
22 Pueblos situados al SE. del Mar Caspio; véanse II 3, 1; VI 36, 4; VI 43, 2.
23 Reino situado en el extremo NE. del antiguo Imperio Persa; venía a coincidir con el territorio del actual Afganistán.
24 Hijo del Cotis de Tracia citado en II 64.
25 Ni el Erindes ni el Sindes parecen identificados.
26 Los arios habitaban en el centro de Persia.
27 Era nieto de Fraates IV, en cuanto que hijo de Vonones; véase II 1 y sigs.
28 Los juegos se inauguraron el 21 de abril del 47 d. C. Augusto había celebrado los suyos en la primavera del 17 a. C., ocasión para la que Horacio compuso su Camen Saeculare. Los Ludi Saeculares constaban de una serie de sacrificios solemnes a divinidades varias, según las prescripciones de los Libros Sibilinos, para celebrar la entrada en un nuevo saeculum. El cómputo de las fechas se vio con frecuencia alterado, tanto por el abandono como por el celo de los organizadores. Augusto había fijado la duración del saeculum en 110 años, Claudio se quedó en los 100, y pretendía conmemorar con sus ludi el octavo siglo de la fundación de Roma.
29 Domiciano celebró sus Ludi Saeculares en el año 88 d. C. Es éste uno de los escasos pasajes en que Tácito nos da noticias sobre su propia vida. Como ya se indicó en su momento, el colegio de los quindecínviros tenía a su cargo la custodia de los Libri Sibyllini ; véase VI 12. Tácito se remite a una parte perdida de las Historias.
30 Cabalgata de jóvenes nobles en la que se evocaba la epopeya troyana.
31 El futuro emperador Nerón, que sólo pasó a llamarse así tras su adopción por Claudio (véase XII 25), era hijo de Agripina —hija de Germánico y la primera Agripina— y de su primer marido Domicio, apellido que, por tanto, le correspondía.
32 Véase SUETONIO , Nerón 6, 4.
33 En cuanto que hijo de Agripina, la hija de Germánico. A pesar de tratarse de una familia numerosa, el hado adverso que la persiguió eliminó prácticamente su descendencia.
34 El espíritu mediocre, erudito y detallista de Claudio sentía predilección por esta magistratura, abandonada desde comienzos del Imperio, y que él restauró y ejerció con diligencia.
35 Apreciable poeta dramático de obra perdida, en la que se contaba una tragedia sobre Eneas. Tuvo también una carrera militar notable.
36 Se trata del famoso acueducto y fuente del Aqua Claudia, que existen todavía. Las colinas Simbruinas se localizan en el alto curso del río Aniene, afluente del Tíber por su izquierda.
37 Mítico fundador de Tebas al que, en efecto, la tradición atribuye la importación a Grecia de un alfabeto fenicio.
38 Fundador mítico de la monarquía ateniense, y prototipo de héroe benefactor de la humanidad primitiva.
39 Cantor al que el mito presenta como muerto por Apolo por haber osado rivalizar con el arte musical del dios.
40 Héroe mítico de proverbial inteligencia.
41 Simónides de Ceos, poeta lírico que vivió entre los siglos VI y v a. C.
42 Padre de Tarquinio el Mayor, el primer rey etrusco de Roma; véase TITO LIVIO , I 34, 2.
43 Los aborígenes, literalmente «los autóctonos», eran los pobladores del primitivo Lacio en la saga de los orígenes de Roma. Evandro, según la misma tradición, había emigrado desde la Arcadia griega al que llegaría a ser solar de la ciudad, donde luego prestaría su ayuda al recién llegado Eneas (véase VIRGILIO , Eneida VIII 51 sigs.). Los recientes hallazgos de restos griegos de la cultura micénica en el área del Palatino romano parecen proporcionar una base real a la leyenda de Evandro.
44 Las litterae Claudianae, de efímera vida, fueron: el digamma inuersum, una especie de F invertida, destinada a notar la u consonántica; un signo, de forma para recoger el oscuro medius sonus u/i de los dobletes tipo optumus/optimus; por último, el llamado antisigma, una especie de C vuelta a la izquierda, para el grupo ps, a la manera de la psi griega, y de modo paralelo a la X latina; sobre el tema puede verse A. TRAINA , L’alfabeto e la pronunzia del latino, 4.a ed., Bolonia, 1973, pág. 19.
45 La haruspicina, legado de la dominación etrusca en Roma, era una disciplina adivinatoria ejercida sobre las entrañas de las víctimas sacrificadas. Acerca de ella pueden verse interesantes observaciones en el discurso de CICERÓN De haruspicum responso, en el que trata de rebatir las acusaciones que le valió el haber demolido, para reconstruir su casa incautada cuando su exilio, el templo de la Libertad edificado sobre el solar.
46 Continúa el año 47 d. C.
47 Pueblo germano asentado entre los ríos Weser y Elba.
48 Puede verse la escena del enfrentamiento entre los dos hermanos en II 9-10.
49 Vecinos de los queruscos, entre el Rin y el Weser; su nombre pervive en el del actual territorio de Hessen.
50 Tribu sueva instalada, por entonces, más allá del Elba.
51 Situados entre los ríos Ems y Elba.
52 Legado de la Germania Inferior.
53 Los canninefates habitaban en territorio de la actual Holanda.
54 Pueblo costero, entre los ríos Ems y Elba.
55 Sobre tal combate véase IV 73.
56 Los caucos mayores estaban separados de los menores por el río Weser.
57 El canal permitiría pasar de uno a otro río sin aventurarse a salir al mar. Parece ser que el que hizo cavar Corbulón subsiste en el que actualmente une las ciudades holandesas de Leiden y Delft, con una longitud de más de 30 kms.
58 En el actual Hessen, en el emplazamiento de Wiesbaden.
59 Para evitar —sarcástico razonamiento— que se procuraran la recompensa a costa del esfuerzo agotador de la tropa. No hay datos a favor ni en contra de la identificación de este triunfador con el autor de la Historia de Alejandro Magno, acerca del cual no se posee indicación precisa alguna.
60 De Claudio y Lucio Vitelio, año 47 d. C.
61 El fundador de la república romana en el 509 a. C. Una lex curiata era la que había sido votada en la asamblea de las treinta curias en que Rómulo había dividido a la población de Roma.
62 Es decir, en el año 447 a. C.
63 En el año 81 a. C., por la Lex Cornelia de XX quaestoribus, bien conservada en una tabla de bronce que la publicaba (Corpus Inscriptionum Latinarum I2 587).
64 Sila había eliminado los jurados de caballeros, creados en tiempo de los Gracos en el marco de las reformas democratizantes del último tercio del siglo II a. C., para traspasar las vistas al senado controlado por él. En el año 70 a. C., en el curso del proceso de desmontaje de la dictadura silana, se restablecieron los jurados, aunque también entraban en ellos senadores y tribunos del erario; véanse XII 60 y nota 225.
65 Comienza la narración del año 48 d. C.
66 Es decir, «la de cabello largo», para distinguirla de la togata, «la que viste de toga» o Narbonense, mucho más romanizada.
67 Pueblos de las regiones circundantes de las actuales Venecia y Milán. La Galia Cisalpina —entre Apeninos y Alpes— había obtenido de Julio César la plena ciudadanía romana en el año 49 a. C.
68 Alesia estuvo situada en la actual Alise-Sainte-Reine, Departamento de Côte d’Or. El acontecimiento de referencia, decisivo en la conquista de las Galias, tuvo lugar en el año 53 a. C.; véase CÉSAR , Guerra de las Galias VII 68 sigs.
69 En la famosa clades Gallica del año 390 a. C., cuando la tribu celta de los senones conquistó Roma.
70 Este discurso de Claudio, que produce sobre sus aptitudes una impresión mucho más favorable que la que Tácito transmite habitualmente, está, indudablemente, reelaborado por el historiador con objetivos artísticos. Poseemos en la Tabula Claudiana de Lyon (Corpus Inscriptionum Latinarum XIII 1668) una versión directa de las palabras del emperador.
71 Véanse IV 9, 2 y XII 25, 2.
72 Véase IV 9, 2; de Alba Longa, cerca del actual Castelgandolfo, procedía la familia de los Césares, la cual se tenía por descendiente de Julo, hijo de Eneas.
73 Ciudad del primitivo Lacio, de incierta localización.
74 En los Montes Albanos, a unos 30 kms. al E. de Roma; entre los Porcios hay que recordar a Catón el Viejo, precisamente de Túsculo.
75 Alude a las colonias de militares veteranos asentados en las provincias.
76 Los Balbos eran una notable familia gaditana en la que destacaron dos miembros frecuentemente confundidos por llevar ambos el mismo nombre: Lucio Cornelio Balbo. Eran tío y sobrino; para distinguirlos se los cita a veces como L. C. B. el Mayor y L. C. B. el Menor. Ambos, colaboradores de César, alcanzaron los mayores éxitos: Balbo el Mayor fue el primer extranjero que consiguió el consulado (año 40 a. C.), y Balbo el Menor el primer extranjero que obtuvo el triunfo por sus hazañas militares en África; véase sobre el tema L. RUBIO , «Los Balbos y el Imperio Romano», en Anales de Historia Antigua y Medieval, Buenos Aires, 1949, págs. 67-119, y 1950, págs. 142-199.
77 El caso más conocido entre estos sinecismos que agrandaron la primitiva Roma es el que integró en ella a los sabinos; véase TITO LIVIO , I 11 y 13.
78 Pueblos situados al E. y SE. del Lacio, y que desde largo tiempo atrás se hallaban totalmente integrados en la vida romana.
79 Cuando el rey etrusco Porsenna conquistó Roma al poco tiempo de la legendaria expulsión de los reyes en 509 a. C., y cuando en 321 a. C. los romanos sufrieron el desastre militar de las Horcas Caudinas.
80 Tribu gala asentada en el actual territorio de Borgoña.
81 Las gentes maiores de Rómulo correspondían a los 100 primeros senadores nombrados por él. La tradición más general sobre las gentes minores, que habrían sido creadas por el rey Tarquinio Prisco (TITO LIVIO , I 35, 6), no se acuerda con la versión que sigue Tácito. Sí consta que Bruto elevó a 300 el número de los senadores (TITO LIVIO , II 1, 10).
82 En los años 45 a. C. y 30 a. C., respectivamente.
83 Claudio, aludido, sin duda, con ironía.
84 El lustrum era un rito quinquenal de purificación de la Ciudad, periodicidad de la que derivó el empleo del término para referirse a períodos de cinco años. La ceremonia estaba ligada a la conclusión del censo. Para la recta valoración del exacto y precioso dato que Tácito nos transmite, debe tenerse en cuenta que se refiere a varones adultos ciudadanos romanos en estricto sentido. Se sabe que el censo de Augusto en el año 28 a. C. había dado un resultado de 4.063.000, cantidad que 20 años más tarde se habría elevado a 4.233.000, tal vez como resultado de las leyes que favorecían el matrimonio y la natalidad. KOESTERMANN —cuyo comentario seguimos en esta notacalcula, sobre la base que nos da Tácito, que el total de la población romana del imperio podía superar los 20 millones de almas.
85 El texto —non eo uentum, ut senectam principis opperirentur — es de interpretación discutida. KOESTERMANN y WUILLEUMIER prefieren una correspondiente a la traducción «no se veían ante la necesidad de esperar a la vejez del príncipe». Nosotros nos hemos pronunciado por la que, entre otros, defiende J. H. Müller; véase la correspondiente nota en la edición de FURNEAUX .
86 En este punto nos apartamos del texto de KOESTERMANN , tal vez dependiente en exceso del discutido manuscrito Leidensis. Seguimos el de WUILLEUMIER —sobre Bipontini—, que estimamos más ajustado al testimonio —por otra parte nebuloso en este lugar— del Mediceus; dum histrio cubiculum principis insultauerit es el texto que adoptamos, y haría referencia a un adulterio de Mesalina con el pantomimo Mnéster, véanse XI 4 y XI 36. El texto de KOESTERMANN es dum inservit cubiculum principis adulterio, aducido con poca convicción, y dejando constancia de que considera como probablemente acertado el de Bipontini.
87 El emperador Calígula, asesinado en enero del año 41 d. C.; el pasaje aludido corresponde a la parte perdida de la obra.
88 Anteriores amantes de Mesalina.
89 Es evidente el sarcasmo que, buscando irritar a Claudio, llevan las palabras de Narciso.
90 Se describen los gestos y atributos propios de las bacanales; entre ellos el tirso, bastón coronado por una piña, las guirnaldas de hiedra y los coturnos o zapatos de suela alta. Tal clase de orgía hacía referencia, claro está, al patronato de Baco sobre la viticultura.
91 Vitelio había sido cómplice en las maquinaciones de Mesalina (véase XI 2); Gayo Cécina había sido colega de Claudio en el consulado del año 42.
92 El padre de Silio había sido condenado en el año 24 d. C.; véase IV 18-20. Nerón y Druso eran los principales sobrenombres utilizados en la familia Claudia.
93 Los uigiles estaban encargados de prevenir y extinguir los incendios.
94 En este último párrafo el texto está, sin duda, corrompido o mutilado. Algunos editores suponen que debe separarse del contexto precedente por una laguna de imprecisa extensión.
LIBRO XII
SINOPSIS
Año 48 d. C. (caps. 1-4)
Año 49 d. C. (caps. 5-24)
Año 50 d. C. (caps. 25-40)
Año 51 d. C. (caps. 41-51)
Año 52 d. C. (caps. 52-57)
Año 53 d. C. (caps. 58-63)
Año 54 d. C. (caps. 64-69)
CAPÍTULOS :
1-9.
Matrimonio de Claudio con Agripina; consecuencias inmediatas.
10-21.
Guerras del Oriente en el año 49.
22-26.
Asuntos internos varios: adopción del joven Nerón.
27-40.
Guerras en Germania y Britania.
41-43.
Asuntos del interior: ascenso de Nerón.
44-51.
Guerras del Oriente en el año 51.
52-53.
Asuntos internos del año 52.
54-55.
Perturbaciones en el Oriente.
56-63.
Asuntos internos de los años 52 y 53: matrimonio de Nerón y Octavia; exenciones fiscales.
64-69.
Final del reinado de Claudio: su envenenamiento y entronización de Nerón.
LIBRO XII
1. Con el asesinato de Mesalina 95 se trastornó la casa del príncipe, pues entre sus libertos surgió una disputa sobre quién elegiría mujer para Claudio, hombre poco acostumbrado a la vida de célibe e inclinado a dejarse dominar por una esposa. En no menor grado ardían las intrigas de las damas: cada una hacía valer su alcurnia, su hermosura y sus riquezas, presentándolas como dignas de tan alto matrimonio.
[2] Pero la mayor duda estaba entre Lolia Paulina, hija del ex cónsul Marco Lolio, y Julia Agripina, hija de Germánico; a ésta la apoyaba Palante y a aquélla Calisto; en cambio Narciso favorecía a Elia Petina, de la familia de los Tuberones. Claudio, que se inclinaba ya en un sentido ya en el otro según escuchaba a cada consejero, llama a capítulo a los discordantes y les ordena exponer sus opiniones de manera razonada.
2. Narciso le hablaba de su antiguo matrimonio, de la hija común —pues a Antonia la había tenido de Petina— 96 , de que nada cambiaría en su hogar si volvía a él la esposa ya conocida, la cual en modo alguno miraría con odios de madrastra a Británico y Octavia, prendas tan próximas a las suyas propias. Calisto decía [2] que quedaba excluida por su larga separación, y que si la tomaba de nuevo, por eso mismo se llenaría de soberbia; era mucho mejor que desposara a Lolia, la cual no había tenido hijos, y por ello estaría al margen de rivalidades y sería para sus hijastros una madre 97 . Por su parte Palante alababa sobre todo en Agripina [3] el que trajera consigo a un nieto de Germánico 98 , verdaderamente digno de la condición imperial, la cual uniría a una noble estirpe y a los descendientes de la familia Claudia 99 , evitando que aquella mujer, de fecundidad probada y en el vigor de la juventud, llevara a otra casa el brillo de los Césares.
3. Prevalecieron estos argumentos, ayudados por las seducciones de Agripina, que, llegándose a él frecuentemente con el pretexto de su parentesco, subyuga a su tío 100 de tal manera que, preferida a las otras y sin ser todavía su esposa, usaba ya de los poderes detal. [2] Pues, cuando estuvo segura de su matrimonio, trazó un plan más amplio, preparando la boda de Domicio 101 , a quien había tenido de Gneo Ahenobarbo, y Octavia, hija del César; pero esto no podía hacerse sin un delito, porque el César había comprometido a Octavia con Lucio Silano, y al joven, ilustre ya por otros motivos 102 , condecorándolo con el triunfo y la magnificencia de unos juegos de gladiadores 103 , lo había presentado al favor del pueblo. De todos modos, nada parecía cuesta arriba en el ánimo de un príncipe en el que no había ni juicio favorable ni odio que no fuera inspirado y ordenado.
4. Y así Vitelio 104 , que bajo el título de censor encubría sus serviles falacias y sabía prever los poderes que se avecinaban, a fin de prepararse la gracia de Agripina se comprometió en sus planes, lanzando acusaciones contra Silano, cuya hermana Junia Calvina, tan hermosa como provocativa, había sido no mucho antes [2] nuera de Vitelio. De ahí partió la acusación, y arrastró a la infamia el amor de los dos hermanos, no incestuoso aunque poco prudente. El César le prestaba oídos, más dispuesto a escuchar las sospechas contra [3] su yerno por el amor que tenía a su hija. Silano, que desconocía las insidias y precisamente era pretor aquel año, se vio de pronto removido de la dignidad senatorial por un edicto de Vitelio, a pesar de que la elección se había hecho tiempo atrás y el lustro estaba clausurado 105 . Al mismo tiempo Claudio rompió el compromiso y se obligó a Silano a dimitir de su magistratura; incluso el único día que le quedaba de pretura fue atribuido a Eprio Marcelo.
5. En el consulado de Gayo Pompeyo y Quinto Veranio 106 el matrimonio pactado entre Claudio y Agripina estaba ya confirmado por la fama y por un amor ilícito; pero todavía no osaban celebrar la ceremonia solemne al no haber precedente de un tío que hubiera tomado como esposa a la hija de su hermano; incluso se temía al incesto, y que, si no reparaban en él, resultara una calamidad pública. No salieron de su vacilación [2] hasta que Vitelio se encargó de llevar a término el asunto con sus mañas. Preguntó al César si obedecería a los mandatos del pueblo o a la autoridad del senado, y cuando le respondió que él era un ciudadano más, incapaz de resistirse al general consenso, le mandó esperar en el Palacio. Vitelio entra en la curia, y [3] proclamando que se trata de la razón de estado pide la venia para hablar antes que los otros, y comienza a decir que las pesadas fatigas del príncipe con las que cuida del orbe de la tierra, necesitan de apoyo, para que, libre de cuitas domésticas, pueda dedicarse al bien común; ¿y qué alivio puede resultar más honesto para el espíritu de un censor que el de tomar una esposa, compañera en la prosperidad y en los peligros, a la que confiar sus pensamientos íntimos, sus hijos pequeños, y no por ser hombre dado al lujo o a los placeres, sino tal que había cumplido las leyes desde su primera juventud?
6. Después de esta introducción favorablemente acogida y a la que siguieron muchas señales de aprobación de los senadores, volviendo a empezar dijo que, puesto que todos aconsejaban que el príncipe se casara, convenía escoger a una mujer insigne por su nobleza, por su fecundidad y por su honestidad; y que no hacía falta investigar mucho para ver que Agripina iba por delante en cuanto a lo ilustre de su linaje; por otra parte había dado prueba de su fecundidad, y a ello se [2] unía la honestidad de sus costumbres. Pero lo realmente egregio era que, viuda por providencia de los dioses, se uniera a un príncipe que sólo conocía sus propios matrimonios; habían oído a sus padres —les decía—, y lo habían visto ellos mismos, que se arrebataban a otros sus esposas según el gusto de los Césares 107 ; bien lejos estaba eso de la presente moderación; más bien había de establecerse un ejemplo de cómo un emperador [3] debía tomar esposa; cierto que eran algo nuevo entre nosotros las bodas con las hijas de los hermanos, pero otros pueblos las celebraban solemnemente y ninguna ley las prohibía; también las bodas con primas hermanas, largo tiempo ignoradas, se habían hecho frecuentes con el correr de los años; la costumbre se acomoda a la conveniencia, y también aquello se convertiría en algo habitual.
7. No faltaron quienes rivalizaron en precipitarse fuera de la curia protestando que, si el César vacilaba, usarían de la fuerza. Se congrega una multitud confusa, la cual clama a voces que tal era el ruego del pueblo romano. Claudio, sin esperar más, se presenta en [2] el Foro ante aquella gente que lo felicitaba, y entrando en el senado pide un decreto por el que también para lo sucesivo se consideren lícitas las nupcias entre los tíos y las hijas de sus hermanos; sin embargo, no apareció sino uno que deseara tal matrimonio, el caballero romano Aledio Severo, del que casi todos decían que se movía por complacer a Agripina. Con esto se produjo [3] una subversión en la ciudad: todo quedó a merced de una mujer, pero que, a diferencia de Mesalina, no hacía escarnio con su capricho de los intereses romanos; era más bien una servidumbre estricta y como impuesta por un hombre; al exterior severidad y, sobre todo, soberbia; en el plano doméstico nada de escándalos si no eran exigidos por la dominación. Su afán desmedido de oro se disimulaba bajo el pretexto de proporcionar recursos a aquel reinado.
8. El día de la boda Silano se dio la muerte, ya porque hubiera mantenido hasta entonces su esperanza de vivir, ya porque hubiera escogido aquel día para hacerlos a ellos más odiosos. Su hermana Calvina fue expulsada de Italia. Claudio añadió la orden de que se celebraran ritos según las leyes del rey Tulo, y una expiación por los pontífices en el bosque sagrado de Diana 108 , ante la burla de todos por haber escogido semejante ocasión para castigar y expiar un incesto. Mas Agripina, para no hacerse famosa solamente por [2] sus malas acciones, logra el perdón del exilio y al mismo tiempo la pretura para Anneo Séneca 109 , pensando que sería un gesto popular en razón del brillo de sus estudios, y también para que la infancia de Domicio se desarrollara bajo tal maestro y aprovecharan ambos de sus consejos con vistas a sus esperanzas de dominación; de hecho Séneca era considerado leal a Agripina por el recuerdo del bien que le hiciera, y enemigo de Claudio por resentimiento de la injusticia padecida.
9. A continuación se decidió no vacilar más, y con grandes promesas inducen al cónsul designado Mammio Polión a presentar una propuesta en la que se solicitaba de Claudio que desposara a Octavia con Domicio, lo que no parecía desproporcionado a la edad de [2] uno y otro, y abriría más altos caminos. Polión se pronuncia en términos no muy distintos a los recientemente empleados por Vitelio 110 ; Octavia es desposada, y convertido Domicio, además de su anterior parentesco 111 , en prometido y luego en yerno, se veía igualado a Británico por las maniobras de su madre y las artes de quienes, por haber acusado a Mesalina, temían 112 la venganza de su hijo.
10. Por el mismo tiempo los legados de los partos enviados para reclamar a Meherdates, según ya referí 113 , comparecen ante el senado y empiezan a exponer su embajada en estos términos: ellos no venían allí ignorantes de su pacto ni traicionando a la familia de los Arsácidas, sino que reclamaban al hijo de Vonones, nieto de Fraates, contra la dictadura de Gotarzes, igualmente intolerable para la nobleza y para la plebe; ya había exterminado con sus matanzas a sus hermanos, parientes, incluso a los lejanos; a ellos añadía ahora a sus mujeres grávidas y a sus hijos pequeños aquel hombre inepto para la paz, desafortunado en la guerra, que disimulaba su cobardía con la crueldad; ellos tenían [2] con nosotros una amistad antigua y oficialmente establecida, y debíamos ayudar a unos aliados que, iguales en fuerzas, cedían ante nosotros por respeto; nos daban en rehenes a los hijos de sus reyes para, si llegaban a aborrecer a sus gobernantes, tener la posibilidad de acudir ante el príncipe y el senado para obtener un rey hecho a nuestras costumbres y mejor.
11. Una vez que expusieron estas y similares razones, el César comienza a hablar de la grandeza romana y de la deferencia de los partos, y se igualaba al divino Augusto recordando que a él también le habían pedido rey 114 ; omitió el recuerdo de Tiberio, aunque también éste había enviado a uno 115 . Añadió luego consejos [2] —pues estaba presente Meherdates— en el sentido de que no pensara en un poder absoluto y en unos esclavos, sino en ser el guía de unos ciudadanos, y que practicara la clemencia y la justicia, virtudes tanto más gratas cuanto que desconocidas por los bárbaros. Volviéndose luego a los legados colma de alabanzas a [3] aquel hombre criado en la Ciudad, y cuya moderación hasta la fecha estaba probada; añadió, sin embargo, que había que tener paciencia con el carácter de los reyes y que no eran provechosos los cambios repetidos; que el estado romano había llegado a tal saciedad de gloria que también deseaba la paz para los pueblos extranjeros. Acto seguido se encomendó a Gayo Casio, que gobernaba Siria, el cometido de acompañar al joven hasta la ribera del Éufrates 116 .
12. Por aquel tiempo Casio descollaba sobre todos por su conocimiento de las leyes; en cuanto a las dotes militares, durante la paz permanecen ignoradas, pues la calma pone en igualdad a los animosos y a los indolentes. Sin embargo, en cuanto era posible no existiendo una guerra, procuraba Casio restaurar las antiguas costumbres, ejercitar a las legiones, y actuar con la misma previsión y cautela que si amenazara el enemigo, ⟨pensando⟩ que eso era lo digno de sus mayores y de la familia Casia, celebrada también entre aquellas [2] gentes 117 . En consecuencia, llamando a los que habían decidido reclamar al nuevo rey, instaló su campamento junto a Zeugma 118 , donde el cruce del río resultaba especialmente fácil. Una vez que llegaron los notables partos y el rey de los árabes 119 Acbaro, advierte a Meherdates que los vivos ímpetus de los bárbaros se desmoronan ante la vacilación o se mudan en perfidia, y [3] que, por tanto, acelere su empresa. Este consejo fue desdeñado por engaño de Acbaro, quien, a aquel joven inexperto y que cifraba la suma fortuna en la molicie, lo retuvo por muchos días en la ciudad de Edesa. Y a pesar de que Carenes 120 lo llamaba y le hacía ver que todo sería fácil si iba pronto, no marchó directamente a Mesopotamia, sino que se desvió hacia Armenia, en aquellos momentos impracticable por estar empezando el invierno.
13. Después, cuando fatigados por las nieves y montañas se acercaban a los llanos, se unen a las tropas de Carenes, y cruzando el río Tigris atraviesan la tierra de los adiabenos 121 , cuyo rey Izates había adoptado exteriormente la causa de Meherdates, aunque ocultamente era más fiel a Gotarzes. Con todo, se apoderaron [2] durante la travesía de Nínive, la antiquísima capital de Asiria, y de una fortaleza muy famosa porque allí, en la última batalla entre Darío y Alejandro, habían sucumbido las fuerzas persas 122 . Entretanto Gotarzes, [3] junto al monte llamado Sanbulos 123 , hacía votos a los dioses del lugar, con especial veneración hacia Hércules 124 . Este dios, en un tiempo determinado, advierte a los sacerdotes durante el sueño que dispongan junto al templo caballos equipados para la caza. Los caballos, una vez que se les han puesto aljabas cargadas de flechas, marchan a los bosques, donde pasan la noche vagando, y vuelven al cabo con las aljabas vacías y la respiración jadeante. A su vez el dios da a conocer en una visión noctura los lugares de su peregrinación por las selvas, y en ellos se encuentran fieras abatidas por todas partes.
14. Por lo demás Gotarzes, que todavía no había robustecido suficientemente su ejército, usaba del río Corma 125 como protección, y aunque se lo provocaba al combate con acosos y desafíos, continuaba con dilaciones, cambiaba de emplazamiento y despachaba agentes con la misión de corromper al enemigo y comprar su traición. Hace defección Izates el adiabeno, luego el rey de los árabes Acbaro con su ejército, por la volubilidad típica de aquel pueblo y porque la experiencia demuestra que los bárbaros gustan más de pedir [2] reyes a Roma que de conservarlos. Meherdates, privado de tan fuertes apoyos y sospechando la traición de los demás, optó por la única posibilidad: dejar el asunto en manos de la fortuna e intentar la batalla. Y Gotarzes no rehuyó la lucha, envalentonado ante un enemigo disminuido. Se combatió con gran matanza y resultado ambiguo hasta que Carenes, tras desbaratar a los que le hacían frente, fue demasiado lejos y se vio [3] envuelto por la espalda por una tropa fresca. Entonces Meherdates, perdida toda esperanza y por fiar en las promesas de Parraces, cliente de su padre, fue encadenado con un engaño y entregado al vencedor. Éste, increpándolo como si no fuera su pariente y no perteneciera a la familia de los Arsácidas, antes bien como a extranjero y romano, le manda cortar las orejas y le perdona la vida, tanto para hacer ostentación de clemencia como para vejarnos a nosotros. Luego murió Gotarzes de enfermedad, y fue llamado al reino Vonones, que entonces gobernaba a los medos. No tuvo este rey éxitos ni fracasos dignos de recuerdo: gozó del imperio brevemente y sin gloria, y el gobierno de los partos pasó a su hijo Vologeses.
15. Pero Mitridates del Bósforo 126 , errante tras la pérdida de su poder, al saber que el general romano Didio y el grueso del ejército se habían alejado tras dejar en el nuevo reino a Cotis, joven inexperto, y unas pocas cohortes al mando de Julio Áquila, caballero romano, menospreciando a uno y otro andaba soliviantando a los pueblos y atrayéndose a los desertores; al fin, tras reunir un ejército, expulsa al rey de los dandáridas 127 y se apodera de su reino. Cuando esto se supo y se pensaba [2] que de un momento a otro iba a invadir el Bósforo, Áquila y Cotis, desconfiando de sus propias fuerzas, puesto que Zorsines, rey de los siracos 128 , había reanudado las hostilidades, buscaron también ellos apoyos extranjeros, y enviaron embajadores a Eunones, que gobernaba al pueblo de los aorsos 129 . No les costó trabajo conseguir una alianza, pues hacían valer el poder romano frente al rebelde Mitridates. En consecuencia, pactaron que Eunones haría la guerra de caballería, y que los romanos se encargarían del asedio de las ciudades.
16. Avanzan entonces en columna organizada, cuyo frente y retaguardia protegían los aorsos, la parte central las cohortes y los bosforanos armados por nosotros. Así se logró repeler al enemigo y se llegó a Soza, plaza fuerte de la Dandárica, abandonada por Mitridates y que, en vista de la ambigua actitud de la población, pareció oportuno guarnecer dejando allí un destacamento. Luego marchan contra los siracos y, tras cruzar [2] el río Panda, rodean la ciudad de Uspe 130 , situada en lugar elevado y protegida por muros y fosos, si bien los muros, construidos no en piedra, sino con cañizos y trenzados de mimbre rellenos de tierra, no podían hacer frente al asalto; además se levantaron torres más altas que con teas y picas hostigaban a los sitiados. Si la noche no hubiera interrumpido el combate, el asedio se hubiera comenzado y terminado dentro de un mismo día.
17. Al día siguiente enviaron parlamentarios pidiendo gracia para las personas libres; ofrecían entregar diez mil esclavos. Los vencedores desdeñaron la propuesta, porque parecía una crueldad degollar a quienes se hubieran rendido, y difícil poner guardia a tanta multitud; mejor era que cayeran según las leyes de la guerra. Y así se dio a los soldados que ya habían escalado [2] el muro la señal de degüello. Con la matanza de los de Uspe se provocó el miedo en los demás, quienes pensaban que ya no había nada seguro una vez que se allanaban por igual ejércitos, fortificaciones, lugares impracticables o eminentes, ríos y ciudades. Así pues Zorsines, tras mucho sopesar si atender al bien de Mitridates, que se hallaba en situación extrema, o al del reino de sus padres, una vez que se impuso el interés de su pueblo entregó rehenes y se postró ante la efigie del César, con gran gloria del ejército romano, que sin sufrir bajas y vencedor llegó hasta tan sólo tres días de marcha del río Don, dejando constancia de ello. [3] Mas en el regreso cambió la fortuna; en efecto, algunas de las naves —pues volvían por mar— fueron arrojadas a las costas de la Táuride 131 y rodeadas por los bárbaros, que dieron muerte al prefecto de una cohorte y a muchos de los auxiliares.
18. Entretanto Mitridates, que ya nada podía esperar de las armas, deliberaba sobre a quién probar implorando misericordia. A su hermano Cotis, antaño traidor y luego enemigo, lo temía; de los romanos presentes ninguno poseía autoridad bastante para que se tuvieran en mucho sus promesas. Se volvió a Eunones, que no abrigaba contra él resentimientos personales y sí tenía bastante fuerza por el pacto de amistad recientemente concluido con nosotros. En consecuencia, disponiendo [2] su atuendo y expresión del modo más apropiado a su presente fortuna, entró en su palacio, y abrazándose a sus rodillas le dijo: «Yo, Mitridates, a quien por tantos años han buscado los romanos por tierra y por mar, aquí estoy por propia voluntad; haz como te plazca con este descendiente del gran Aquémenes 132 , único título que mis enemigos no me han quitado.»
19. Eunones, conmovido por lo ilustre del personaje, por el cambio de su fortuna, y por aquella invocación que no lo rebajaba, hace levantar al suplicante y lo alaba por haber escogido al pueblo de los aorsos y a su diestra para pedir perdón. Al tiempo envió al César embajadores con una carta de este tenor: los generales del pueblo romano y los reyes de [2] las grandes naciones tenían, en primer lugar, una amistad fundada en el paralelo de su fortuna; pero, además, él compartía con Claudio la victoria; era un modo egregio de poner fin a las guerras el terminarlas perdonando; así a Zorsines, vencido, nada se le había arrebatado, y para Mitridates, dado que era más culpable, no pedía el poder ni la corona, sino que no fuera arrastrado en triunfo ni pagara sus culpas con la cabeza.
20. Pero Claudio, aunque clemente con los nobles extranjeros, dudó si sería más procedente acogerlo cautivo con la garantía de la vida o reclamarlo con las armas. Por una parte lo movía el resentimiento de las vejaciones y el deseo de venganza, pero por otra se le hacía ver que se trataba de emprender una guerra por caminos impracticables y un mar sin puertos; además, había de por medio reyes belicosos, pueblos errantes, tierras improductivas, el hastío de la lentitud, los peligros de la precipitación, la escasa gloria que habían de obtener los vencedores y la gran infamia que sufrirían en caso de ser rechazados. ¿Por qué no echaba mano a la oferta, y salvaba a aquel desterrado, para quien, en su miseria, la vida, cuanto más larga fuera, había [2] de ser tanto más un suplicio? Convencido por estas consideraciones escribió a Eunones que Mitridates, desde luego, había merecido los castigos extremos, y que a él no le faltaban fuerzas para aplicarlos; pero que había sido parecer de los mayores el usar en igual grado de benevolencia con los suplicantes y de saña con los enemigos; y que los triunfos se ganaban sólo sobre pueblos y reinos enteros.
21. Entregado entonces Mitridates y reenviado a Roma por Junio Cilón, procurador del Ponto, se decía que se había expresado ante el César en términos más altivos que los que correspondían a su situación; sus palabras se difundieron entre el vulgo en esta versión: «No he sido enviado a ti, sino que he vuelto; y si no lo crees, suéltame y búscame.» Permaneció además con expresión inalterada mientras era mostrado al pueblo, rodeado de guardias, junto a los Rostros. Se concedieron a Cilón las insignias del consulado y a Áquila las de la pretura.
22. En el mismo consulado 133 Agripina, terrible en sus odios y enemiga de Lolia porque había sido su rival en el matrimonio del príncipe, preparó contra ella imputaciones y un acusador que le echara en cara tratos con caldeos 134 y magos, y el haber consultado al oráculo de Apolo de Claro 135 acerca de las nupcias imperiales. Acto seguido, Claudio, sin escuchar a la acusada, [2] tras hablar ampliamente en el senado de su nobleza, de que era hija de una hermana de Lucio Volusio, de que tenía por tío abuelo paterno a Cotta Mesalino, de que anteriormente había estado casada con Memmio Régulo 136 —pues de su matrimonio con Gayo César 137 nada decía intencionadamente—, añadió que era responsable de planes perniciosos para el estado, y que había que quitar al crimen la ocasión de realizarse; propuso que, en consecuencia, se confiscaran sus bienes y fuera exiliada de Italia. Y así a la desterrada se le dejaron de sus inmensas riquezas cinco millones de sestercios. También Calpurnia, dama noble, se ve perdida [3] porque el príncipe había alabado su belleza, sin apasionamiento alguno, antes bien en un comentario casual, por lo que la ira de Agripina no llegó al extremo 138 . A Lolia se le envía un tribuno que la empuje a la muerte. Fue también condenado por la Ley de Concusión Cadio Rufo, acusado por el pueblo de Bitinia 139 .
23. A causa de su particular reverencia para con el senado, se concedió a la Galia Narbonense el que los senadores de la provincia pudieran ir a visitar sus posesiones sin autorización especial del príncipe, privilegio que se aplicaba a Sicilia 140 . La Iturea 141 y la Judea, muertos sus reyes Sohemo 142 y Agripa 143 , fueron añadidas a la provincia de Siria. Se estimó conveniente restablecer y continuar para lo sucesivo el augurio de la Salvación 144 , interrumpido durante veinticinco años. [2] También el César amplió el Pomerio 145 de la Ciudad, a la manera antigua según la cual, a quienes han logrado dilatar el imperio, se les concede asimismo extender los confines de la Ciudad. Sin embargo, los generales romanos, a pesar de haber sometido a grandes naciones, no habían ejercido tal derecho, con la excepción de Lucio Sila y el divino Augusto.
24. En cuanto a los reyes, en este punto, se ha hablado diversamente ya de su vanidad ya de su gloria. En lo que mira al origen de la construcción y al primitivo Pomerio que estableció Rómulo, no me parece fuera de lugar hacer algunas disquisiciones. Digo, pues, que el surco que limitaba el recinto de la ciudad se comenzó en el Foro Boario 146 —donde todavía podemos ver la estatua en bronce de un buey, porque ese animal se unce al arado—, de manera que abrazara el gran altar de Hércules 147 ; luego se pusieron mojones de piedra a intervalos fijos por la falda del monte Palatino hasta el altar de Conso 148 , luego hasta las Curias Viejas 149 y después hasta el santuario de los Lares 150 . El [2] Foro Romano y el Capitolio se cree que fueron añadidos a la Ciudad no por Rómulo, sino por Tito Tacio 151 . Más tarde se amplió el Pomerio según las vicisitudes de la fortuna. Los límites que en esta ocasión fijó Claudio son fáciles de reconocer y de ellos hay constancia escrita en las actas oficiales.
25. En el consulado 152 de Gayo Antistio y Marco Suilio se acelera el trámite de la adopción de Domicio por iniciativa de Palante, que, estrechamente ligado a Agripina en cuanto que muñidor de sus bodas y luego como partícipe de su deshonestidad, azuzaba a Claudio diciéndole que pensara en el bien del estado, que rodeara de una protección la infancia de Británico. Alegaba que también así, en la casa del divino Augusto, aunque podía descansar en sus nietos, habían gozado sus hijastros 153 de un lugar privilegiado; que Tiberio, además de su propia estirpe, había adoptado a Germánico 154 ; que también él debía echar mano de un hombre joven que tomara sobre sí una parte de sus preocupaciones. Vencido por estos argumentos pone [2] por delante de su hijo a Domicio, tres años mayor que aquél 155 ; en el senado pronunció un discurso según los mismos términos que había escuchado de su liberto. Hacían notar los enterados que hasta la fecha no había habido adopción alguna entre los Claudios patricios 156 , y que desde Atto Clauso 157 se habían continuado sin interrupción.
26. En fin, se dieron gracias al príncipe, con una más escogida adulación para Domicio; además se votó una ley por la que éste pasaría a la familia Claudia y tomaría el nombre de Nerón. También se ensalza a [2] Agripina con el título de Augusta 158 . Consumado todo esto, no hubo nadie tan inaccesible a la piedad que no se sintiera entristecido por el destino de Británico. Abandonado poco a poco incluso por sus esclavos, recibía con sarcasmo las más que inoportunas atenciones de su madrastra, dándose cuenta de su falsedad. En efecto, cuentan que no era de natural poco inteligente, ya fuera verdad, ya porque favorecido por sus peligros conservara tal reputación sin haberla probado.
27. Pero Agripina, para hacer ostentación de su poder también ante las naciones aliadas, consiguió que se enviaran veteranos y una colonia a la ciudad de los ubios, donde había nacido, a la cual se la puso un nombre derivado del suyo 159 . Se daba además la coincidencia de que a aquel pueblo, cuando había pasado el Rin, lo había recibido en nuestra alianza su abuelo Agripa 160 .
Por el mismo tiempo se produjo una conmoción [2] en la Germania Superior ante la cercanía de los catos 161 entregados al pillaje. Al fin el legado Publio Pomponio ⟨envía⟩ a los auxiliares vangiones y németes 162 , añadiéndoles caballería aliada, con la orden de adelantarse a los saqueadores o de rodearlos de improviso cuando estuvieran dispersos. A la pericia del jefe siguió [3] la habilidad de los soldados: se dividieron en dos columnas, y la que marchó por la izquierda rodeó al enemigo recién vuelto, gastado por la disipación subsiguiente al pillaje y cargado de sueño; aumentó la alegría el hecho de que lograran librar de la esclavitud, al cabo de cuarenta años, a algunos supervivientes del desastre de Varo 163 .
28. Los que habían marchado por la derecha y por un itinerario más corto, se encuentran de camino con el enemigo, que osa presentar batalla y al que causan una mayor matanza, y cargados de botín y de fama se vuelven al monte Tauno 164 donde estaba a la espera Pomponio con las legiones, por si los catos, deseosos de venganza, proporcionaban ocasión de una batalla. Sin embargo, temerosos de verse rodeados de un lado [2] por los romanos y del otro por los queruscos 165 , con los que tenían eterna discordia, enviaron a la Ciudad embajadores y rehenes. Se concedió a Pomponio el honor del triunfo, pequeña parte de su fama entre la posteridad, para la que va por delante la gloria de su obra de poeta 166 .
29. Por el mismo tiempo es expulsado de su reino Vannio, colocado en el trono de los suevos por Druso César 167 . En la primera época de su reinado obtuvo gloria y la adhesión de su pueblo; luego, con el paso del tiempo, cambió hacia una actitud de soberbia que le valió verse rodeado al tiempo por el odio de sus vecinos y por las discordias domésticas. Los promotores de la expulsión fueron Vibilio, rey de los hermunduros 168 , y Vangión y Sidón, hijos de una hermana de [2] Vannio. Claudio, aunque recibió repetidas solicitudes, no interpuso sus armas entre los bárbaros en discordia, limitándose a prometer a Vannio refugio seguro en el caso de que se viera expulsado; además escribió a Palpelio Histro, que estaba al frente de la Panonia, con la orden de que dispusiera sobre la ribera 169 su legión y tropas auxiliares escogidas de la misma provincia para proteger a los vencidos e imponer respeto a los vencedores, no fuera que, ensoberbecidos por su fortuna, [3] perturbaran también nuestra paz. Y es que se avecinaba un contingente inmenso, lugios 170 y otros pueblos, movidos por la fama de la inmensa riqueza del reino, que Vannio había amontonado a lo largo de treinta años con pillajes y exacciones. Éste contaba con unas tropas propias de infantería, y caballería de los sármatas jáziges 171 , inferiores en número a la multitud de los enemigos, y por ello había determinado defenderse en fortalezas y prolongar la guerra.
30. Pero los jáziges, que no soportaban el asedio y andaban vagando por los campos próximos, hicieron inevitable el combate, porque los lugios y hermunduros habían irrumpido por aquella parte. Entonces, Vannio sale de sus castillos y es desbaratado en la lucha; a pesar de su adversa fortuna, se hizo merecedor de alabanza por haber combatido él mismo con las armas en la mano y por las heridas que recibió a pecho descubierto. El caso fue que se refugió en la flota que lo esperaba [2] en el Danubio; lo siguieron de inmediato sus clientes, a quienes se dieron tierras y fueron asentados en Panonia. Vangión y Sidón se repartieron el reino, dando señaladas muestras de lealtad hacia nosotros; tuvieron en grado sumo el amor de sus súbditos, ya fuera por su natural, ya por la condición propia de los esclavos, mientras se convertían en sus dominadores, y una vez que lo consiguieron, un odio aún mayor.
31. Pero en Britania el propretor Publio Ostorio se encontró 172 con una situación de disturbios: los enemigos habían invadido las tierras de nuestros aliados, y con mayor violencia por pensar que un general recién llegado no les saldría al paso con un ejército que no conocía y cuando el invierno había empezado ya. Él, [2] que sabía que son los primeros acontecimientos los que engendran el miedo o la seguridad, lleva a toda prisa sus cohortes ligeras, y tras matar a los que le resistieron, persiguió a los que se dispersaron a fin de que no se reagruparan de nuevo. Como una paz hostil y poco fiable no permite descansar al general ni al soldado, se dispone a quitar las armas a los sospechosos y a dejar controlada con una serie de campamentos toda la región [3] del lado de acá de los ríos Trent y Severn. Fueron los primeros en resistirse los icenos 173 , pueblo poderoso y no quebrantado por guerras, dado que se había unido voluntariamente a nuestra alianza. Instigados por éstos, los pueblos vecinos escogieron para presentar batalla un lugar rodeado por un rudimentario terraplén y de entrada angosta, a fin de que no diera [4] paso a la caballería. El general romano, aunque llevaba tropas aliadas, sin la fuerza de las legiones, intenta romper aquella fortificación, y distribuidas las cohortes, dispone también los escuadrones para desempañar misiones de infantería. Entonces, a una señal dada, irrumpen por el terraplén y desbaratan al enemigo impedido por su propio encerramiento. Ellos, conscientes de su rebeldía y viendo cerradas las salidas, hicieron muchas y grandes hazañas. En este combate Marco Ostorio, hijo del legado, alcanzó el honor propio de quien ha salvado a un ciudadano 174 .
32. En fin, con el desastre sufrido por los icenos se aquietaron los que dudaban entre la paz y la guerra, y el ejército fue llevado contra los decangos 175 . Se devastaron los campos y se saqueó por doquier, sin que el enemigo osara presentar combate; y si algunos intentaron hostigar a la columna desde lugares escondidos, su engaño fue castigado. Y ya se había llegado no lejos del mar que mira a la isla de Hibernia 176 , cuando las discordias surgidas entre los brigantes hicieron retroceder al general, decidido a no intentar nuevas conquistas sin haber asegurado las precedentes. Los brigantes se calmaron, desde luego, una vez [2] que se dio muerte a las pocos que habían tomado las armas y se concedió el perdón a los demás; pero el pueblo de los sílures 177 se mostraba insensible tanto al rigor como a la clemencia, de manera que hicieron la guerra y hubo que someterlos acampando entre ellos a las legiones. Para lograrlo más rápidamente, se lleva desde la colonia de Camuloduno 178 a las tierras ocupadas una fuerte tropa de veteranos como garantía contra rebeliones y para acostumbrar a los aliados a respetar las leyes.
33. Se marchó luego contra los sílures que, aparte su natural valentía, confiaban en las fuerzas de Carataco, al cual muchos peligros y muchos éxitos habían elevado de manera que sobresalía por encima de los demás caudillos britanos. Mas en aquella ocasión —aunque superior por su astucia, y por lo engañoso del terreno, inferior por el contingente de sus soldados—, traslada la guerra al territorio de los ordovices 179 , y tras ganarse a los que temían nuestra paz, decide probar la suerte de una batalla decisiva. Para el combate escogió un lugar tal que sus entradas, salidas y todo lo demás nos fuera desfavorable a nosotros y lo mejor para los suyos: por una parte lo rodeaban montes empinados, y por donde podía tener un acceso fácil amontona piedras a manera de muro; además corría al lado un río de vados inseguros y grupos armados estaban colocados delante de las fortificaciones.
34. Añadíanse a esto los caudillos de aquellos pueblos, que iban de un lado para otro arengándolos, dándoles ánimos, neutralizando el miedo, encendiendo su esperanza y dirigiéndoles otras exhortaciones propias para animar al combate. El propio Carataco corría de acá para allá, y les aseguraba que aquel día, aquella batalla, había de ser el inicio de la libertad recuperada o de la eterna servidumbre; invocaba además los nombres de sus mayores, que habían logrado rechazar al dictador César, gracias a cuyo valor, libres de las hachas y de los tributos, conservaban intactas las persosonas de sus esposas e hijos. Cuando decía esto y cosas parecidas clamaba a voces el pueblo, y cada cual se comprometía por los dioses de su gente a no ceder ante los proyectiles y las heridas.
35. Desconcertó tal entusiasmo al general romano; además, el río que cerraba el paso, la valla que habían añadido, las cimas que se cernían sobre ellos, todo el contorno hostil y guarnecido de defensores le producía miedo. Pero los soldados pedían combate, gritaban que nada es inexpugnable para el valor; también los prefectos y tribunos, expresándose en términos parecidos, [2] avivaban el ardor del ejército. Entonces, Ostorio, tras observar los puntos impenetrables y los que permitían el paso, lleva adelante a la tropa enardecida y pasa sin dificultad el río. Cuando se llegó al terraplén, en la lucha con armas arrojadizas hubo más heridos entre los nuestros y en muchos puntos se iniciaban matanzas; una vez que, armada la tortuga 180 , se deshicieron aquellos rudos e informes agregados de piedras y se llegó al cuerpo a cuerpo en terreno igual, los bárbaros se retiraron a las cimas de los montes. Pero también allá [3] se lanzó la infantería tanto ligera como pesada, aquélla hostigándolos con sus venablos, ésta atacando en orden cerrado, con lo que se desbarataron las filas de los britanos que no tienen protección alguna de corazas ni cascos; y si resistían a los auxiliares eran abatidos por las espadas y venablos de los legionarios; si se volvían hacia ellos, los derribaban los sables y lanzas de los auxiliares. Resplandeciente fue aquella victoria; cayeron prisioneras la mujer y la hija de Carataco, y sus hermanos se entregaron sin condiciones.
36. Carataco mismo, como generalmente la adversidad trae inseguridad, aunque invocó la protección de Cartimandua, reina de los brigantes 181 , fue encadenado y entregado a los vencedores al noveno año 182 del comienzo de la guerra en Britania. De ahí surgió su fama, que trascendió de la isla y se extendió por las provincias próximas, e incluso se propagaba por Italia; todos ansiaban ver quién era aquel que por tantos años había despreciado nuestro poder. Ni siquiera [2] en Roma era desconocido el nombre de Carataco, y el César, al ensalzar su propia honra, añadió gloria al vencido. En efecto, se convocó al pueblo como si se tratara de un espectáculo insigne; formaron armadas las cohortes pretorianas en el campo que se extiende ante sus cuarteles. Entonces pasaron los clientes del [3] rey, se hicieron desfilar sus medallas, sus torques 183 y cuantos trofeos había conquistado en guerras exteriores; después fueron exhibidos sus hermanos, su esposa y su hija y, al final, él en persona. Las súplicas de los demás, dictadas por el miedo, no estuvieron a su propia altura; pero Carataco, sin bajar los ojos y sin implorar misericordia, una vez que subió a la tribuna habló en estos términos:
37. «Si cuanta fue mi nobleza y fortuna tanta hubiera sido mi moderación en la prosperidad, hubiera venido a esta ciudad más como amigo que como cautivo, y no hubieras desdeñado acoger en paz y en alianza a un hombre nacido de esclarecidos mayores y que imperaba [2] sobre tantos pueblos. Mi suerte presente es tan triste para mí como gloriosa para ti. He tenido caballos, hombres, armas, recursos: ¿qué hay de extraño en que los haya perdido a mi pesar? Pues si vosotros pretendéis imperar sobre todos, ¿se sigue de ello que todos [3] acepten la servidumbre? Si se me hubiera arrastrado aquí tras haberme entregado al momento, no hubieran resplandecido ni mi fortuna ni tu gloria. Por otra parte, a mi suplicio lo seguirá el olvido de mí; si, en cambio, respetas mi vida, seré un ejemplo duradero [4] de tu clemencia.» El César le respondió haciéndole gracia de la vida a él, a su mujer y a sus hermanos. Ellos, liberados de las cadenas, rindieron también homenaje a Agripina, que estaba a la vista en otra tribuna no lejana, con las mismas palabras de alabanza y gratitud que emplearon para con el príncipe. Era algo francamente nuevo e insólito en la tradición de los antiguos: una mujer ocupando un sitial ante los estandartes romanos; ella misma reclamaba su participación en el imperio ganado por sus mayores.
38. Cuando luego se convocó al senado, los padres hablaron extensamente y en términos magníficos del prendimiento de Carataco; decían que era algo no menos glorioso que cuando habían presentado Publio Escipión a Sífax, Lucio Paulo a Perses 184 y otros generales a reyes encadenados ante el pueblo romano. Se [2] votan para Ostorio los honores del triunfo; hasta entonces había tenido éxito, pero luego su suerte vaciló, ya porque, una vez eliminado Carataco, se hubiera relajado la disciplina de nuestro ejército como si la guerra hubiera terminado, ya porque los enemigos sintieran inflamarse su afán de venganza al dolerse por un rey tan grande. El caso es que rodean al prefecto de [3] campamento y a las cohortes legionarias dejadas para establecer puestos fortificados en tierras de los sílures; y si, al transmitirse la noticia, no se les hubiera prestado rápido socorro desde las fortalezas próximas a aquellas tropas asediadas, hubieran perecido; con todo, cayeron el prefecto, ocho centuriones y los soldados más decididos. No mucho después desbarataron a los nuestros que se dedicaban al forrajeo y a los escuadrones enviados a socorrerlos.
39. Entonces Ostorio les opuso sus cohortes ligeras, mas no por ello lograba detener la desbandada; hasta que al fin entraron en combate las legiones, con cuya fuerza se igualó la lucha y luego llevamos la mejor parte. El enemigo escapó con poco daño porque ya declinaba el día. Se sucedieron repetidos combates, [2] y con mayor frecuencia a la manera de los asaltos de bandoleros: por sotos y pantanos, según la fortuna y valor de cada cual, de manera improvisada o con un plan, por cólera o por ambición de botín, a veces a una orden dada y otras sin saberlo los jefes. Era especialmente encarnizada la resistencia de los sílures, exasperados por haberse divulgado unas palabras del general romano en el sentido de que, al igual que antaño los sicambros 185 habían sido aniquilados o trasladados a la Galia, así también el nombre de los sílures debía [3] borrarse de raíz. Ocurrió así que sorprendieron a dos cohortes auxiliares que por codicia de sus prefectos se habían entregado al pillaje sin precauciones; y repartiendo con largueza los despojos y cautivos iban arrastrando también a los otros pueblos a la defección, cuando, agotado por el peso de sus inquietudes, abandonó esta vida Ostorio; los enemigos se alegraron pensando que a aquel jefe no despreciable lo había hecho perecer si no una batalla, sí la guerra.
40. El César, al conocer la muerte del legado y a fin de que la provincia no estuviera sin gobernador, nombró en su lugar a Aulo Didio 186 . Aunque éste se trasladó rápidamente allá, no encontró la situación en condiciones: entretanto había sufrido un revés la legión a cuyo frente estaba Manlio Valente; además el enemigo dio gran eco al suceso a fin de asustar al general recién llegado, mientras que éste exageraba lo que oía a fin de obtener más gloria si arreglaba la situación y más legítima disculpa si lograban resistirle. También ese fracaso nos lo habían causado los sílures y extendían por todas partes sus correrías, hasta que [2] acudió Didio a rechazarlos. Ahora bien, tras el apresamiento de Carataco, el jefe de mayores conocimientos militares era Venucio, del pueblo de los brigantes, según ya recordé más arriba 187 ; durante largo tiempo nos fue leal y se protegió bajo las armas romanas, cuando tenía en matrimonio a la reina Cartimandua; pero luego, surgida entre ellos la separación y acto seguido la guerra, había tomado las armas también contra nosotros. Con todo, al principio la lucha era sólo [3] entre ellos, y Cartimandua, con astutas artes, logró apoderarse del hermano y los parientes de Venucio. Por ello se encendieron sus enemigos, estimulados por la ignominia de verse sometidos al imperio de una mujer, y con un fuerte ejército de jóvenes guerreros escogidos invaden su reino. Los nuestros lo habían previsto, y se enviaron como ayuda unas cohortes que libraron duro combate, el cual, dudoso en su comienzo, tuvo un final más favorable. Similar éxito conoció en [4] la lucha la legión que mandaba Cesio Nasica; pues Didio, agobiado por los años y colmado de honores, se contentaba con dejar actuar a sus subalternos y con rechazar al enemigo. Todas estas acciones, aunque llevadas [5] a cabo por dos propretores a lo largo de varios años, las he expuesto seguidas, no fuera que separadas no tuvieran el mismo valor con vistas a su memoria; ahora vuelvo al orden del tiempo.
The free sample has ended.