Read the book: «Alejandra. La toma de Ilión. El rapto de Helena.»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 102

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por LUIS ALBERTO DE CUENCA Y PRADO .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1987.
Las traducciones, introducciones y notas han sido llevadas a cabo por: MANUEL FERNÁNDEZ -GALIANO (Alejandra) y EMILIO FERNÁNDEZ -GALIANO (La toma de Ilión y El rapto de Helena) .
REF. GEBO216
ISBN 9788424931254.
LICOFRÓN
ALEJANDRA

INTRODUCCIÓN
1.
Testimonios
Los testimonios sobre Licofrón son muy escasos: pueden hallarse, junto con sus también exiguos fragmentos trágicos, en la colección de B. Snell (Tragicorum Graecorum Fragmenta , I, Gotinga, 1971, págs. 273-278, núm. 100) y en lo recopilado por M. Gigante en las págs. 371-379 de la reimpresión de la traducción y comentario de E. Ciaceri a que varias veces nos referiremos. El más importante, dentro de su brevedad, es el correspondiente artículo del léxico Suda , que nos lo presenta como natural de Cálcide, ciudad de la isla de Eubea. Su padre fue Socles, pero también se le menciona como hijo adoptivo del historiador Lico de Regio 1 , autor, entre otras cosas, de historias de Libia y Sicilia que, sin duda, fueron útiles al futuro poeta. El léxico lo describe como gramático, es decir, filólogo, y como uno de los siete autores de tragedias que, hacia el año 285 2 , constituían en Alejandría la llamada Pléyade (tratada no sólo en los manuales corrientes, sino también, por ejemplo, en la obra de P. M. Fraser, Ptolemaic Alexandria , I, Oxford, 1972, págs. 619-621). Termina el Suda anotando que Licofrón escribió la Alejandra , a la que denomina «el poema oscuro» por antonomasia.
Juan Tzetzes, el autor del comentario paralelo a que tanto nos referiremos, en su tratado Sobre la comedia (I 19) agrega que Ptolemeo II Filadelfo, que reinó en Egipto entre el 285 y el 246, encargó a Licofrón la ordenación y edición de los manuscritos cómicos de la biblioteca alejandrina, así como al también autor trágico y epigramatista Alejandro el Etolo la de las tragedias. Si terminó esta labor, es de suponer que estuviera trabajando en Alejandría hasta bastante después del 280; y toda esta combinación de fechas indicaría un nacimiento no posterior al 310 3 . Otro pormenor verosímil es que nuestro poeta, autor, como veremos, de una dilatada obra teatral y crítica, no debió de morir muy joven. Ovidio (Ibis 531-532) dice, en versos muy repetidos: utque cothurnatum cecidisse Lycophrona narrant, / haereat in fibris fixa sagitta tuis , lo que significaría, si los antiguos no fueran tan aficionados a inventar finales extraños para las vidas de los escritores, la muerte causada por un dardo, aunque no precisamente (el adjetivo se limitaría a indicar obras compuestas para el teatro) que, de un modo novelesco, nuestro autor pereció actuando en un escenario, tal vez —podríamos fantasear inconteniblemente— a manos de algún miembro descontento del público (como lo hacen los escoliastas de Ovidio: el espectador estaba irritado porque el trágico presentaba en escena a personajes desnudos; o porque sus obras criticaban a los príncipes; o, sencillamente, porque Licofrón era enemigo suyo).
El propio Juan Tzetzes (Chil . VIII 204) vuelve a situarlo como coetáneo de Filadelfo, y Antígono de Caristo (en Dióg. Laerc., II 133) afirma que Licofrón fue amistosamente acogido por otro ciudadano de Eubea, el filósofo Menedemo de Eretria. Como sabemos que éste se trasladó en el 278 a la corte de Antígono II Gonatas, rey de Macedonia entre 283 y 239, un tal hecho indicaría relación con aquel país; pero además parece (cf., sin embargo, infra ) que Licofrón fue autor de la tragedia histórica Los Casandreos , relacionada con los azarosos sucesos que a lo largo de varios decenios se desarrollaron en Casandrea, ciudad fundada en 316 sobre el lugar de la antigua Potidea por Casandro, rey entre 305 y 297: retirada a Casandrea en 288 de Demetrio Poliorcetes, que había perdido el trono ante Pirro, y suicidio, con tal motivo, de su esposa Fila, hija de Antípatro; matanza allí, en 280, de los hijos pequeños de Arsínoe, hija de Ptolemeo I Soter y viuda de Lisímaco, por obra de Ptolemeo Cerauno, hermanastro de la propia reina con quien ésta acababa de casar, como consecuencia de lo cual ella abandonó a su marido, que había de morir en 279, y pasó a Egipto, donde contrajo nupcias incestuosas con su hermano Filadelfo; tiranía en la ciudad de Apolodoro entre 279 y 276; liberación gracias a Gonatas, posiblemente celebrado en la obra 4 .
En todo caso, volviendo a Menedemo (que, por lo demás, pudo tratar a Licofrón en Eubea), los frs. 2-4 Sn. corresponden a un drama satírico así llamado 5 en que no habría burla del filósofo, como asegura Ateneo (55 d ), sino elogio de él en tono humorístico (Sileno se queja a los Sátiros del coro de la sobriedad de los banquetes dados por Menedemo, en que son tan malos los alimentos como abundantes las discusiones filosóficas hasta el amanecer). Terminaremos con este tema mencionando los dos artículos publicados por Ch. Picard en 1950 y 1951 acerca de dos copas de plata del siglo III conservadas en París que presentan a los escritores Arato, Menedemo y Teócrito junto con sendas Musas y al lado de Licofrón con Casandra, lo cual situaría aún mejor a nuestro poeta en los inicios de dicho siglo.
2.
Obras de Licofrón
Volvemos a Juan Tzetzes, que, en su comentario, manifiesta extravagantemente que las tragedias que escribió son 46 o 64. El Suda cita veinte, entre ellas dos con el título común de Édipo , pero no Menedemo , y añade que Nauplio fue objeto de una revisión 6 . Los suplicantes, Los Casandreos, Los Maratonios, Los Pelópidas y Los aliados , con sus títulos en plural, indican que se trata de obras con coro; Los Casandreos, Los Maratonios, El huérfano y Los aliados parecen, de acuerdo con la moda del momento, versar sobre temas no mitológicos y la segunda de ellas pudiera ser tan histórica como la primera, de cuya existencia, por lo demás, dudamos como luego se verá; Elefenor, Heracles, Nauplio y Telégono tendrían argumentos extraídos de temas, según se puede comprobar en nuestro índice, predilectos de Licofrón; y, en fin, el único fragmento conservado textualmente aparte de los de Menedemo , el 5 Sn., de Los Pelópidas , contiene una banal reflexión, evidentemente tomada a Eurípides (Alc . 669-672), sobre el hecho de que aquellos mismos que pensaban desear la muerte retroceden ante ella si se les presenta. Apuntaremos (cf. infra ) que teóricamente pudo escribir una tragedia llamada Casandra y que, aparecido hace bastante más de treinta años un hoy famoso papiro, el 2382 de Oxirrinco, de los siglos II -III d. C., en que se trataba la bien conocida historia herodotea (I 8 ss.) de los reyes lidios Candaules y Giges, y, como quiera que sus descubridores 7 pensaran como autor en Frínico, contemporáneo más viejo de Ésquilo, fuimos varios (y yo el primero 8 ) los que pensamos en la posibilidad de un fragmento de drama helenístico. Pues bien, M. Gigante, en «Un nuovo frammento di Licofrone tragico» (Par. Pass . VII [1952], 5-17) y «De fragmento tragico in quo de Gyge agitur» (Dioniso XVII [1955], 7-8) y en la referida y reciente colección de fragmentos atribuye también este trozo 9 a Licofrón; sobre lo cual volveremos luego.
El comentario de Tzetzes añade algo muy coherente con la moda literaria alejandrina, con el barroquismo de Licofrón y con la probablemente imprescindible necesidad de adular a sus monarcas con que se encontraban los gramáticos de la Biblioteca y Museo: el poeta gozaba de cierta celebridad por sus rebuscados anagramas, como los que combinaban las letras del nombre de Ptolemeo dando «de miel» o las de Arsínoe, cuyo onomástico se convertía en «violeta de Hera». Y, finalmente, sabemos también 10 por Ateneo (485d ) que Licofrón escribió (ésta sería la causa de su llamada a Alejandría) un tratado sobre la comedia (cf. infra ) al menos en nueve libros (quizá unos quince): sus grandes errores en este campo fueron censurados por Eratóstenes y otros, como un tal Diodoro, autor (cf. At., 478 b ) de un Contra Licofrón , pero tal vez estos ataques resultaban excesivos.
3.
La «Alejandra»
Su escrito más conocido, sin duda más largo y, desde luego, más singular es la Alejandra . No queremos, a este respecto, abrumar al lector con materia que puede hallar por doquier. Es mucho, por ejemplo, lo discutido sobre la estructura del poema, a veces con innecesaria cirugía 11 mediante seclusiones o trasposiciones que acomoden el esquema a los prejuicios del filólogo. Diremos únicamente que comienza (versos 1-30) hablando el guardián que, tras la marcha de Paris, viene a contar a Príamo lo que ha oído profetizar a Casandra; sigue la profecía de ésta (31-1460) y termina el poema con las últimas palabras del propio cancerbero (1461-1474). El oráculo mismo contiene cuatro grandes secciones: destrucción de Troya (31-386), destino de los héroes que no volverán (387-1089, de los que el último grupo de tres es un epílogo), destino de los que regresarán (1090-1282, de los que 1090-1098 son de prólogo y 1281-1282 de epílogo) y futuras luchas entre Europa y Asia (1283-1450, de los que los ocho primeros constituyen otro prólogo); a lo que sigue una queja (1451-1460) acerca de la inutilidad de estas profecías por culpa de Apolo. La mitad exacta de la obra, verso 737, está solamente cuatro más adelante del 733, que constituye el centro justo del episodio también central y más interesante, el de las aventuras de Odiseo (648-819). Todo ello es revelador de notables esfuerzos en pro de una simetría casi total; así como también la modalidad impecable y estricta de los trímetros yámbicos. A. del Ponte («Lycophronis Alexandra: la versificazione e il mezzo espressivo», St. It. Filol. Cl . LIII [1981], 101-133) ha estudiado bien este inteligente virtuosismo métrico que se impone a sí mismo severas restricciones 12 , pero utiliza como ágiles medios expresivos otras libertades, así la no sumisión a la ley de Knox, la flexibilidad en el comportamiento ante oclusiva más líquida, un moderado encabalgamiento. Todo ello es indicio de estilo cuidadísimo («Lycophron pursues his puzzling theme with a vigour and sustained concision of style which commands the admiration of any reader appreciative of formal technique», dice A. W. Bulloch en pág. 548 de P. E. Easterling y B. M. Knox, The Cambridge History of Classical Literature. I. Greek Literature , Cambridge, 1985), aunque ciertos pormenores, como con frecuencia ocurre en la composición literaria, nos ofrezcan a un poeta algo más cansado y relativamente negligente en los últimos trozos.
Otro tema archidiscutido es el género literario y objeto con que fue escrita la Alejandra . Si bien la existencia de prólogo y epílogo a cargo del guardián, que ejercería una función comparable a la de los mensajeros usuales, así como el metro empleado, recuerdan a la tragedia, nadie puede pensar seriamente que el autor haya tenido jamás la idea de verla representada. Ni aun cabría la lectura pública, incluso ante el más refinado de los cenáculos, pues la obra resultaría totalmente ininteligible sin comentarios o, al menos, estudio reposado. Alguien la ha definido como monólogo épico-lírico en metro yámbico, y la denominación no es descabellada. Poco importa, en fin, este extremo. El caso es que el poema resulta desmesurado, absurdo espécimen del gusto típicamente alejandrino por lo erudito, rebuscado, aun pedantesco. En él se sublima la ya viejísima tradición del enigma o adivinanza, en que a su vez han confluido elementos muy diversos.
De una parte el uso preliterario, popular, religioso y, naturalmente, no sólo griego del «tabú» relacionado con la magia de los nombres. Al oso hay que llamarle «el comedor de miel» para que no se irrite al ver en el conocedor de su nombre a alguien que puede aniquilarlo como al Rumpelstilzchen del cuento universal. I. Waern (Gês ostéa. The Kenning in Pre-Christian Greek Poetry , Upsala, 1951) ha mostrado muy bien, con aducción en el título de una cita del trágico Quérilo (fr. 2 Sn.: «los huesos de la tierra son las piedras») y de la palabra técnica que en los Escaldas islandeses designa el estilema, un tal origen para metáforas quizá ya literarias y artificiales en Hesíodo («portador de su casa» es el caracol en Op . 571) o en Ésquilo (como «la que trabaja en las flores» se designa a la abeja en Pers . 612). Es éste un tema interesantísimo, que, como hace notar Mascialino (aprovecharé la ocasión para agradecer aquí la gran amistad con que me ha enviado, dándome permiso para utilizarla, la valiosa parte inédita del original de su edición que lastimosamente no pudo ser publicada por razones de espacio), fue bellamente tratado por Jorge Luis Borges, entre otros lugares, en Los «kenningar» , que puede hallarse en las págs. 368-381 de sus Obras completas (Buenos Aires, 1974): allí hay muchísimos ejemplos escandinavos, a los que Mascialino añade otros de Licofrón, como las naves de los versos 22 y siguientes 13 o del 230, donde viene muy a cuento otro kenning gongorino, «velera paloma».
Junto a esto tenemos la cantera inagotable de la fábula animalística, con representación zoomórfica de vicios y virtudes, que se inicia en Hesíodo y Arquíloco, a lo que hay que sumar el enigma, antiquísimo también. La Esfinge, naturalmente citada más de una vez por Licofrón, pone en un brete a los tebanos con su problema; Calcante —o varios Calcantes— y Mopso se ven ante problemas peliagudos en otros lugares de nuestro poeta. Pero ya desde los legendarios tiempos de Cleobulo, uno de los Siete Sabios, y su hija Cleobulina, pasando por poemas atribuidos a Hesíodo (frs. 266-268 M.-W.) y por Teognis (257-266) hasta Las avispas de Aristófanes (21-23), encontramos abundantes testimonios de adivinanzas que culminan en las supuestas lápidas sepulcrales de los epigramas helenísticos de Leónidas, Alceo de Mesene, Antípatro el sidonio y Meleagro (Anth. Pal . VII 421-425 y 427-429) y en los tecnopegnios o poemas figurados de Simias, Teócrito, Dosíadas y otros, la deliberada oscuridad de cuyos textos intriga al lector orientándolo hacia la figura que debe reconocer. Pero no podemos detenernos más en este punto ni tratar el matiz simposíaco de muchos de estos enigmas (recuérdense el Banquete de los Siete Sabios de Plutarco, Los dipnosofistas de Ateneo, incluso el Satiricón de Petronio), ni menos aún la proyección en Licofrón del típico estilo oracular, intencionadamente ambiguo, que informa tantos ejemplos de Heródoto y otros autores.
4.
Fuentes
El problema de las fuentes, parece que utilizadas en general directamente, está bastante claro: Homero, desde luego (249-306 y 648-792 son resúmenes respectivamente de la Ilíada y Odisea ); todo el ciclo épico, desde los Cantos ciprios de Estasino hasta la Telegonía de Eugamón; probablemente Estesícoro, muy interesado siempre por las cosas de Occidente y del que los papiros cada vez nos van ofreciendo más material interesante; el ditirambo XXIII de Baquílides, del que nos dice Porfirión que sirvió de precedente para la oda I 15 de Horacio, el Pastor cum traheret , con su vaticinio de Nereo que a su vez iba a ser imitado en la Profecía del Tajo de fray Luis; el Agamenón de Ésquilo, en que tan gran papel desempeñan los desvaríos oraculares de Casandra (el verso 1460 de la Alejandra es claro trasunto de Ag . 1050 y en los 1258-1259 de esta tragedia ve la profetisa a la leona, Clitemestra, durmiendo con el lobo, Egisto, mientras el noble león está ausente); el drama perdido Alejandro de Eurípides, con su larga profecía de la hermana del protagonista, obra que hoy conocemos mejor gracias a nuevos fragmentos papiráceos 14 ; y, en el campo de la prosa, Heródoto por lo que toca al gran drama de las contiendas entre Europa y Asia. Otro interesante hecho es la anterior existencia de otro Licofrón, por el que su tocayo debió de sentir al menos cierto interés: es un retor del s. IV al cual Aristóteles (Rhet . 1405 b 35-1406 b 19) menciona, con Gorgias y Alcidamante 15 , a quienes ahora citaremos, como representante del estilo «frío» o insulso, con frases rimbombantes del tipo de «el cielo de muchos rostros de la tierra de grandes cumbres» o glosas atrevidas del estilo de aquella en que a Jerjes se le llama «varón gigantesco»; pues bien, lo curioso es que, en efecto, el poeta de la Alejandra emplea la misma expresión para la misma persona en el verso 1414.
Hasta aquí los precedentes más obvios. Debemos, sin embargo, otras aclaraciones a St. Josifović, que, como coronación de una serie de estimables trabajos publicados desde 1939 en la ciudad eslavonia de Novi Sad y por desgracia poco accesibles, ha redactado un necesario y útil suplemento al artículo licofroneo de Ziegler («Lykophron», en Realenc ., Supplementb., XI, Stuttgart, 1968, cols. 888-930). Allí encontramos posibles contactos entre Licofrón y el fr. 6 Sn. de Mosquión, poeta trágico del s. III , y, sobre todo, dos secciones dedicadas al evidente influjo en nuestro poeta de Los Persas de Timóteo de Mileto (que debió de vivir aproximadamente entre el 450 y el 360 y fue autor de un ditirambo, cf. supra , titulado Nauplio , escritor bien conocido por la increíble hinchazón y barroquismo de su estilo) y de Antímaco, muerto antes del 348, poeta docto por excelencia, que hubo de sufrir ataques de Calímaco por su prolijidad y que llama ya (fr. 35 W.) Erinis a Deméter (como, por otra parte, el propio Calímaco en el fr. 652 Pf.) y trata, con lenguaje tan pomposo como el de la Alejandra (fr. 84 W.), el tema del salto de Aquileo que hallamos en nuestros versos 245-248.
Todo esto no ofrece al menos problemas cronológicos, pues los autores últimamente citados son palmariamente anteriores a los principios del s. III . Pero, cuando se trata de escritores afines a Licofrón por su estilo, vocabulario y temática, pero cuyas fechas se rozan con las de él, resulta necesario, y lo contrario sería aquí improcedente y complicado, reservarse la opinión sobre influencias en uno u otro sentido mientras no quede clara —y probablemente nunca lo estará— la grave cuestión que al final tratamos. Si la Alejandra , como luego se verá que opinan muchos, puede pertenecer a fechas muy posteriores a las citadas por nosotros al principio, las relaciones estilísticas y de influencias con Calímaco y Apolonio, filólogos ambos de la biblioteca de Alejandría y nacidos uno y otro ni mucho antes ni mucho después del 300; con Euforión de Cálcide, compatriota por tanto de Licofrón, nacido el 275 y autor de la extravagante colección de oráculos llamada Quilíades 16 ; con el dificilísimo Nicandro de Colofón, imitador de su conciudadano Antímaco según un escolio, cuya fecha es un verdadero problema; y aun con el libro III de los Oráculos sibilinos , datable en la mitad del s. II , requerirían reconsideración muy detenida. En todo caso, la similar veta estilística y literaria que corre por todos estos textos singulares es evidente.
5.
Licofrón y Occidente
Estos problemas cronológicos y biográficos vienen a sumarse a otros de carácter histórico, geográfico y etnológico si se trata de enjuiciar los conocimientos de Licofrón respecto al mundo occidental y su procedencia. No cabe duda de que una de las originalidades de su poema consistía en la llamada de atención al público culto apartándole de los manidos temas de la Hélade propia y minorasiática e interesándole por toda una parte de Europa llena de pujantes singularidades y en que tal vez Roma empezara ya a descollar como una promesa. El hecho de que su padre adoptivo Lico fuera natural de la itálica Regio y hubiera escrito lo que al principio se citó no podía dejar de contribuir en ese sentido; y no hay duda de que el poeta hubo de tener presente, de una manera más o menos inmediata según se le suponga una fecha más o menos tardía, al gran Timeo, natural de la siciliana Tauromenio, cuya vida se sitúa aproximadamente entre los años 350 y 250, autor de una historia de los países itálicos y occidentales que en sus 38 libros abarcaba todo el material desde los orígenes hasta la muerte de Agatocles en el 289. Pero hay muchos puntos oscuros, agravados, en nuestro caso, por la insuficiencia de nuestros conocimientos en torno al mundo itálico. De todos modos, se observa felizmente una tendencia actual a tratar estos temas de la que sin duda brotarán resultados positivos al menos de modo parcial 17 .
6.
El oscuro Licofrón
Tales son los materiales que el poeta, laboriosa y conscientemente, envuelve en un manto de rebuscada oscuridad. La crítica moderna ha sido dura para con él: aunque algunos filólogos se abstienen cautamente de opinar, otros emiten juicios muy severos.
Así, por ejemplo, J. GEFFCKEN , en «Zur Kenntniss Lykophrons», Hermes XXVI (1891), 567-579: «Lykophrons Zweck ist die völlige Verwirrung des Lesers»; A. y M. CROISET , en página 674 de Manuel d’histoire de la Littérature grecque , París, s. a.10 : «Lycophron reprit les procédés du vieux style lyrique, ceux de Pindare et d’Eschyle, mais employés sans mesure et sans goût, entassés les uns sur les autres sans le moindre répit, dans une intempérance effroyable de pédantisme, de savoir mythologique, le tout compliqué de l’obscurité proverbiale des oracles. Au total, l’oeuvre de Lycophron ne manquait pas de quelque talent, mais elle n’avait plus rien à voir avec le bon sens». O, en los últimos treinta años, Q. CATAUDELLA , en pág. 276 de Storia della Letteratura greca , Turín, 19716 : «ma il suo valore poetico era già dai tempi antichi riconosciuto pressochè nullo, e non sarà certa sostenutezza di linguaggio, certa imitazione del fare eschileo o pindarico, che ci indurrà a riconoscergliene qualcuno»; G. TARDITI , en pág. 329 de Storia della Letteratura greca dalle origini al V secolo d. C ., Turín, 1973: «il solito pesante bagaglio di erudizione»; A. LESKY , en pág. 775 de Historia de la Literatura griega , tr. esp., Madrid, 1968: «se comprende que en medio de todas estas agudezas no quede mucho espacio para la poesía»; A. KÖRTE y P. HÄNDEL , en pág. 234 de La poesía helenística , tr. esp., Barcelona, 1973: «se trata de un poema para un público reducido, afeado por todos los defectos de la exageración»; A. W. BULLOCH , op. cit ., 548-549: «Lycophron’s very insistence on the awkward as a vehicle for virtuoso performance becomes perverse, and the poem falls exhaustingly flat»; o, con más dureza que nadie, M. HADAS , en pág. 193 de A History of Greek Literature , Nueva York, 19624 : «to modern readers the work, happily unique in its kind, appears to be the chef d’oeuvre of an erudite madman»).
Evidentemente, tantas y tan tremendas críticas, y junto a ellas la ausencia de grandes elogios en los tratados de historia de la Literatura, hacen necesario un nuevo examen de la obra.
Sería absurdo negar que Licofrón es deliberadamente oscuro para el lector incluso culto. No olvidemos que perteneció en Alejandría al refinado círculo de eruditos un poco neuróticos a los que, en su fr. 12 D., describe Timón de Fliunte comiendo a costa ajena en la populosa Egipto, encerrados entre libros y discutiendo incesantemente en la jaula de las Musas; un mundo superintelectual que compite en mostrar ingenio y agudeza en el hallazgo de novedades lexicográficas o figuras retóricas poco o nada accesibles a aquel vulgo al que tanto despreciaba Calímaco (Hymn . II 106-112; Ep . XXVIII 1-4; fr. 1, 25-28 Pf.). En el caso, por ejemplo, del poimandría que luego citaremos, el poeta podría enorgullecerse de que ni el más docto de sus colegas filólogos comprendería la palabra sin una explicación del propio autor.
No es nuestra misión aquí juzgarlo en este aspecto, ni menos condenarlo. Ni decir, cosa bien conocida, que Licofrón era un poeta difícil, sino intentar mostrar por qué lo es.
Resulta posible que haya en esta oscuridad un pueril deseo de deslumbrar al público, de épater le bourgeois . C. von Holzinger, a cuya edición, publicada en 1895 y reimpresa en 1973, debe tanto esta versión, escribe (páginas 30-32) unos párrafos sensatos al respecto a los que añadiremos unas consideraciones personales.
Nunca han faltado en la literatura griega —dice Holzinger— autores difíciles: los pitagóricos; Heraclito el también llamado oscuro; el abstruso Ferecides de Siros; el propio Píndaro, que en Ol . II 83-86 se jacta de que sus poesías necesitan de intérpretes para el vulgo; Ésquilo; el Platón de los mitos y las disquisiciones seniles; Tucídides, del que afirma Dionisio de Halicarnaso (De Thuc. iud . 51 y 55) que son contados los que le entienden, y aun éstos con un comentario delante. Pero en todos estos autores, muchos de los cuales son geniales, la dificultad reside en la elevación del pensamiento y la gran densidad intelectual del contenido, que no cabe en los cauces del vocabulario y sintaxis normales; mientras que esa otra veta barroca antes aludida, que comienza con Gorgias, Agatón, los citados Timóteo y Antímaco, Alcidamante y continúa a través de la mencionada cohorte alejandrina, parece —sigue Holzinger— como si estuviera presidida por la verdadera manía de envolver temas normales, aun banales, en ropajes que los desfiguren y enigmaticen. En palabras agudas de Quintiliano (VIII 2, 18), estos retores y poetas o poetastros producen la impresión de que obedecen a una voz interior que, en términos similares a los de aquella famosa anécdota que entre nosotros se cuenta de Eugenio d’Ors, les insinúa tentadoramente con un mandato mágico: «oscurece».
Pero esto no es todo. En un libro excelente de Tadeusz Sinko, que desgraciadamente no está traducido a otras lenguas, al menos que yo sepa, hay unos párrafos muy acertados sobre Licofrón. Habla el autor (págs. 528-529 del tomo II 1 de Literatura grecka , Cracovia, 1947) de la bien conocida línea literaria que constituyen en la Francia del siglo XIX el simbolismo de Mallarmé, que toma como modelo de su oscura poesía al español Luis de Góngora, y sus repercusiones en Paul Valéry y en otros. Anota Sinko que Alfred Thibaudet, en el curso de una polémica sobre la «incomprensibilidad» de estos poetas, distinguió entre autores «claros», que escriben para el mundo, y escritores «oscuros» o «herméticos», que escriben para sí mismos o, todo lo más, para un grupo de amigos con los que se reúnen en el café o en la Academia. Pero hay unos párrafos en las págs. XXXVIII-XXXIX de la edición de Mascialino que me han ayudado mucho. Yo me atrevería a establecer una mayor subdivisión a este respecto.
Hay escritores claros para sí y para el mundo: poetas sin complicaciones, fácilmente inteligibles. Pongamos aquí, dentro de la literatura española, a Federico García Lorca.
Hay autores que yo calificaría de oscuros para sí, cuyo mundo espiritual tiene complicaciones, repliegues y profundidades que ni ellos llegan tal vez a conocer bien. Estos poetas escriben quizá para aclararse a sí mismos los misterios de la vida y de las almas: buscan, si es que no la poseen, una clave de las cosas materiales y psíquicas, pero no tienen necesidad de vocablos raros ni figuras preciosistas: aunque las palabras sean cotidianas, su contenido es difícil de captar para el profano, para el no iniciado en el escritor y su vida interior. Es la poesía hermética moderna. Mascialino cita a Mallarmé, Pablo Neruda, Stefan George; yo añadiría, quizá dando demasiada extensión al término «hermético», a Saint-John Perse, Guillén, Montale, Aleixandre, Seferis, Hammarskjöld, Senghor, incluso Unamuno y Antonio Machado en sus poemas más «intelectuales». Todos ellos aparentemente claros para el lector, infinitamente difíciles para quien quiera sintonizar con ellos de verdad.
En otro grupo —y tal vez no sea casual que aquí vayan escritores británicos o americanos, connacionales directos o indirectos de John Lyly y John Donne, coetáneos los dos de Góngora—pondría yo a autores difíciles en cuanto a fondo y forma, poseedores ciertamente de un sentimiento no bien definido y hermético para los demás, pero que, por otra parte, no se esfuerzan lo más mínimo en poner las cosas fáciles al lector. Poetas de renombre hoy absolutamente universal a quienes no hay manera de leer sin sus correspondientes Tzetzes, abundantes por fortuna: James Joyce, Ezra Pound, T. S. Eliot.
Y, finalmente, un último sector en que sitúa Mascialino a los que tienen un contenido claro en sí, pero oscurecido por una clave compuesta de vocablos, giros sintácticos o figuras retóricas inusitadas. A lo cual yo añadiría una deliberada alteración del orden lógico de la narración.
Mascialino menciona a Maurice Scève, cuya muerte debió de coincidir casi exactamente con el nacimiento de Góngora, y a su confusísima obra Délie, objet de plus haute vertu , cuyo propio nombre es ya a la vez una alusión a Ártemis, la casta diosa de Delos, y, con un transparente anagrama, a «l’idée», la idea platónica que rige el mundo. Verdaderamente a este autor lo conozco mal y no puedo juzgar por el momento acerca de si su oscuridad es solamente formal o atañe también al fondo. Pero sí estoy más familiarizado con Góngora, que fue objeto de muchas burlas y necesitó de comentaristas y de la paráfrasis paralela de Dámaso Alonso. Ante ella se ve que el poeta no es tan difícil como parece, pues todo se comprende bien en cuanto se desmonta el complicado mecanismo de los vocablos y figuras. Así, cuando dice:
¡Oh del aire de Júpiter vendado
pollo —si alado no, lince sin vista —
político rapaz…! ,
que nadie entendería sin aclaraciones previas, Dámaso Alonso explica que Cupido tiene los ojos vendados, pero su vista es tan penetrante como la de un lince; lleva alas como un ave y, muy perspicaz y certero, podría ser hijo del águila de Júpiter. Esto no es demasiado oscuro.
Y tal vez no resulte inadecuado hacer aquí un pequeño inciso no inactual sobre la generación española del 1927, que, como es sabido, en tal año, con motivo del tercer centenario de la muerte de Góngora, organizó un homenaje al genial cordobés en desagravio por la forma negativa en que lo trataba la crítica de entonces, como consecuencia de lo cual se produjo la manera gongorista que prevaleció en la poesía española hasta aproximadamente el 1945; y sobre Miguel Hernández y su interesante Perito en lunas , escrito en 1933, cuando el autor tenía veintitrés años, cuyo título recuerda a «experto en estrellas», epíteto que aplica Meleagro a Arato en Anth. Pal . IV 1, 49; sin que sea posible una influencia, puesto que Miguel era un hombre sin ninguna cultura y, por otra parte, Meleagro no había sido traducido al español hasta hace muy poco, en mi versión de los epigramas helenísticos que abajo citaremos. Se trata más bien de un especie de atmósfera alejandrina.
El libro de Miguel consta de cuarenta y dos estrofas de ocho versos, cada una de las cuales es lo que Gerardo Diego llama un «acertijo poético», en que un objeto concreto —una palmera, un cohete, una sandía; afortunadamente tenemos la clave en el ejemplar de un amigo que, al dictado de Hernández, anotó las soluciones de los enigmas— se oculta hasta desaparecer bajo un verdadero montón de metáforas. El ataúd es un «final modisto de cristal y pino» (y otra vez parece que únicamente a coincidencia casual debe ser atribuido el hecho de que esta imagen aparezca ya nada menos que en Homero, Il . III 57, «te habrías revestido de un manto de piedras», y en el «habiéndose puesto una triple túnica de tierra» de Ésquilo, Ag . 872); el pozo es una «torre redonda, / subterráneo quinqué, cañón de canto», etc. Es muy importante que la obra lleve como lema global una cita de Valéry
— je m’enfonce au mépris
de tant d’azur oiseux —,
como parciales otras de Góngora y, al final de la estrofa XIII, un verso de este último, «a batallas de amor, campos de pluma», que fue erigido por Mallarmé como motto de la escuela simbolista entera.
Pero aún hay más. En el año del centenario de Góngora hacía tres solamente que André Breton había publicado su Manifeste du surréalisme , y nueve desde la aparición de los Calligrammes , en que Apollinaire había recogido la tradición helenística de los ya citados tecnopegnios (hace poco acaban, por cierto, de ser publicados con carácter póstumo unos poemas de este tipo escritos por Seferis); otro de los representantes de la nueva escuela, Louis Aragon, había visitado España en 1925; en 1927, la revista Litoral edita un homenaje a Góngora lleno de poesía surrealista; en 1929 se estrena la famosa película Le chien andalou , de Luis Buñuel; y del mismo año es también Sobre los ángeles , de Rafael Alberti, donde leemos «un rey es un erizo sin secreto», verso en que diríamos ver al Nauplio del 1093 de Licofrón haciendo que las gallinas se subleven contra los gallos, o «vi que el mar verdadero era un muchacho que saltaba desnudo».
A estos extremos metafóricos no llega el autor de la Alejandra; pero no carece de justificación que, en una fecha tan tardía como 1950, cuando el antiguo pintor surrealista Salvador Dalí hacía tiempo ya que pintaba con arreglo a los más clásicos módulos, la revista francesa La nef haya publicado un Almanach Surréaliste du Demi-siècle en que se celebra un potlatch , especie de fiesta tribal de los indios de América, con solamente ocho invitados, uno de los cuales es precisamente Licofrón, que, si fuera más accesible, se habría convertido en un generalmente reconocido precursor de nuestra poesía actual tanto por parte de quienes gustan de ella como de los que no la entienden («it is not surprising… that detractors of modern verse like to exhibit him as a dreadful warning against the perils of intellectualism», como dice J. Press en pág. 13 n. 1 de The Chequer ’d Shade. Reflections on Obscurity in Poetry , Londres, 1963).
7.
Medios estilísticos
Hemos convenido, pues, en que éste sería un autor básicamente claro si no oscureciera deliberadamente su poesía (y ello tanto más puesto que de imitar el estilo oracular se trata, y la prueba 18 es que en los fragmentos del Menedemo y Los Pelópidas no hay nada de ello).
Veamos ahora algunos de sus procedimientos. Por ejemplo, el orden de lo que pudiéramos llamar narración, que aquí es una descripción de futuros hechos puesta en boca de Casandra. Ya los antiguos hablaban, como es sabido, de la alteración del orden o hýsteron próteron , que solían atribuir a Homero, pero fijándose en cambios mínimos, como en un pasaje de la Ilíada (I 251, «se criaron y nacieron juntos») o en otro de la Eneida de Virgilio (II 353, moriamur et in media arma ruamus ). Más importante, sin embargo, es la oposición, ya iniciada desde el propio Homero, entre narraciones lineales e ininterrumpidas, como las de la propia Ilíada , y el procedimiento más artístico de lo que se llama hoy en cine flash back , que encontramos en la Odisea; algo así como el contraste en la manera de contar los mitos, por ejemplo, de Estesícoro, a juzgar por lo que conocemos de sus fragmentos, y Píndaro.
No podemos, pues, reprochar a Licofrón que haga abundante uso de un recurso que mantiene el interés del lector y evita la monotonía. Holzinger, por ejemplo, nos hace notar que el mito de los Argonautas se nos reparte en tres lugares distintos, a lo que yo puedo añadir que la verdad entera sobre Palamedes se nos da a lo largo de cuatro, y los mitos juveniles de Teseo en seis pasajes, comenzando en el verso 100 y terminando en el 1335. Obsérvese también lo que el propio Holzinger nos muestra sobre los versos 258-286: primero Aquileo mata a Héctor, éste es enterrado, el propio Aquileo es enterrado también; después Aquileo permanece en la corte de Licomedes, salta desde la nave a la costa de Troya, Héctor intenta prender fuego a la flota. Pero todo ello, eso sí, con una organización perfecta, de modo que, una vez recogido en índices todo lo narrado por Licofrón, apenas faltará (aunque nótese lo dicho al final sobre Neoptólemo) en ello un solo hecho de toda la materia mitológica del ciclo épico. Y tampoco en eso puede ser más «moderno». Recuérdese la famosa y hermosa novela de Aldous Huxley, Eyeless in Gaza , en que, si se ponen en orden cronológico dentro de la narración sus capítulos, la desordenada serie es 27, 40, 28, 1, 15, 2, etc.; o la no menos célebre Rayuela , de Julio Cortázar, que, en el prólogo, propone al lector dos maneras de enfrentamiento con ella: o leyendo los capítulos marcados como 1 a 56, y nada más, o intercalando lo que él llama «capítulos prescindibles», puestos en desorden, de modo que tiene uno que andar saltando como una rana del 73 al 1 y 2 y luego al 116 y 3 y 84, etc. Todo esto, al parecer, entra dentro de la moderna teoría del lector no sólo contemplativo y pasivo, sino también activo y colaborador del autor, y no hay duda de que Licofrón empezó ya antaño a hacernos trabajar con este procedimiento.
8.
Vocabulario
Entre los rasgos estilísticos más notables del poeta 19 figura la riqueza y rareza de su vocabulario, acerca del que es preciso, junto al ya antiguo, pero útil estudio de I. Konze, De dictione Lycophronis, Alexandrinae aetatis poetae (Münster, 1870), el manejo del Lexikon zu Lycophron , Hildesheim, 1975, de Maria Gracia Ciani 20 , con el cual y con la ayuda de los léxicos de la Gualandri que luego se mencionarán podemos comprobar las cifras que en tiempos dio Scheer. Si aprovechamos el interesante dato que ofrece la señora L. Berkowitz 21 , según la cual el texto de nuestro autor tiene 8213 palabras, y, puesto que los vocablos de Licofrón son 3164 en el índice de la Ciani, la proporción entre ellos y el número total de palabras es del 0,38, o, dicho de otro modo, cada palabra aparece, por término medio, algo menos de tres veces.
Más significativo aún es el tema de los hápax eirēména . Scheer señalaba 328, incluidos los nombres propios. Mi recuento hecho sobre el léxico de la Ciani asciende a 300 nombres comunes y 176 nombres propios únicos, esto es, 476; y 100 nombres comunes y dos nombres propios prima dicta , es decir, supuestas innovaciones de Licofrón. En total, 578 rarezas lexicográficas, un 18 por ciento respecto al total de los vocablos: uno de cada cinco o seis vocablos es raro. Resulta un porcentaje notabilísimo, único, desde luego, en la literatura griega.
No me queda ahora lugar para referirme a puntos ya señalados por otros, como la elección de vocablos a partir de dialectos muy distintos (harmoî procede del de Siracusa; ánis es una palabra beocia; ptélas , otra laconia; thḗr por ‘léōn’ era usado entre los cefalenios) o el empleo de términos latinos (Neptounís , a lo cual habría que añadir los cuatro ejemplos de Graikoí , en 532, 891, 1195 y 1338, y el de Graikítēs en 605 para referirse a los Helenos, mientras no aparece nunca Danaós y solamente una vez Achaiós y otra Héllēn ) o egipcios (phṓssōn, hérpis, pérra ).
Creo, por otra parte, haber sido el primero en observar un importante aspecto negativo, la deliberada ausencia de ciertos vocablos «vulgares». Con este fin he seleccionado los 158 términos más usuales en Eurípides y los he comparado con los 147 más frecuentes en Licofrón, aquellos que comprenden al menos ocho líneas en el léxico de la Ciani. Solamente ocho palabras empleadas por el último no están en Eurípides: dos son utilizados por Homero, tres por Ésquilo o Sófocles, dos por Heródoto; una tan sólo aparece en época helenística, tal vez un primum dictum de Licofrón, phoibázō . Y, en cambio, nada menos que 42 vocablos muy comunes en Eurípides han sido intencionadamente evitados por el autor de la Alejandra .
A ello he añadido una segunda prueba catalogando los 151 vocablos que, según el libro de M.ª E. Martínez-Fresneda (Vocabulario básico de Heródoto , Madrid, 1966), aparecen 75 veces o más en el historiador. Todos están en Eurípides, mientras que en Licofrón faltan nada menos que 47. Aun teniendo en cuenta las limitaciones impuestas al poeta por su tema y la relativamente pequeña extensión de su obra, resulta evidente que muchísimos términos usuales han sido omitidos adrede por él.
Y, en todo ello, compuestos artificiales y sofisticados; abstractos por concretos; peculiaridades de sufijación; amontonamiento de epítetos; refinamientos lexicográficos combinados con extrañas caídas en el vulgarismo como el escházosan del verso 21 (donde, es cierto, habla el guardián); retorcimientos sintácticos; un repertorio de tropos y figuras capaz de hacer las delicias de cualquier retórico; virtuosismo (en que, claro está, nos ha hecho incurrir a la fuerza también a nosotros) en la adecuación a un metro estricto de centenares de futuros; etc.
9.
El enmascaramiento
Y sobre este fondo —lo cual a unos enfurece y a nosotros nos divierte— un eterno juego en que al lector se le engaña, se le marea, se le trae de acá para allá con tanto borrar huellas y sembrar falsas pistas. Los mitos, como decíamos, nunca están contados de una vez, sino espolvoreados, si así puede decirse, a lo largo del poema de modo que se complementen o, en ocasiones, se contradigan, lo cual no es culpa del autor, sino de la propia complicación de los hechos mitográficos griegos; de pronto surgen digresiones aparentemente inacabables; los dioses y personas, de acuerdo en esto con la más ortodoxa tradición oracular, no son casi nunca citados de modo directo. Éste es su truco preferido: el enmascaramiento de los dioses o héroes. Inútil es buscar en Licofrón los nombres de Afrodita, Apolo, Ártemis, Atenea, Dioniso, Hécate, Hera, Perséfone, Posidón, Rea; Zeus, en cambio, aparece nueve veces, quizá por la comodidad métrica de las formas de su nombre; diez Hades y una Plutón; cinco Crono; tres Ares, pero una de ellas es dudosa; una Hefesto. De los semidioses y héroes se salvan alguna vez Éaco (pero intencionadamente se nos engaña con un Aiákeios que se refiere a Ayante), Atlante, Dárdano, Heracles (una vez), Perseo, pero nunca hallamos a los Dioscuros ni a Jasón, Medea, Proteo o Teseo. Caribdis está dos veces, pero Escila nunca, y así sucesivamente.
También brillan por su ausencia la mayor parte de los personajes del ciclo troyano. Faltan Hélena, Neoptólemo o Pirro, Odiseo, Paris, pero hay una alusión al nombre del segundo en el oulamṓnymos del verso 183. La propia Casandra solamente es citada una vez, pero como Alejandra 22 . Aquileo es mencionado en una única ocasión para ser puesto en relación con Medea; Ayante nunca, y encima, con gran malicia, se nos ofrece, además del adjetivo antes citado, un Aías que en realidad es genitivo de Aîa y un genitivo Aíantos que corresponde al nombre de un río al que también se designa de otros modos muy perturbadores. Oinṓnē no es la amante de Paris, sino la isla de Egina; el adjetivo héktōr no tiene nada que ver con Héctor, únicamente citado a propósito de una forma de cortarse el pelo que estaba de moda en el sur de Italia; Calcante se da como nombre de dos personas diferentes; encontramos un Teucro, pero no es el hermano de Ayante, sino el antepasado de toda la dinastía troyana; a Ifigenia se la llama Îphis, y luego Graîa , pero después resulta que así se denomina la ciudad de Tanagra, y, cuando esperaríamos que aparecieran las Graîai , que guiaron el camino de Teseo, no se las nombra. Estas tretas a veces son desesperantes.
En cambio, los personajes insignificantes del ejército griego o de Troya, Cefeo, Múnito, Praxandro, Prilis, ésos sí reciben sus auténticos nombres, porque el enigma no es necesario. Y lo mismo ocurre con las denominaciones geográficas. Ya se habló antes de los nombres panhelénicos: nadie busque en Licofrón a Atenas, Chipre, Delfos, Eubea, Mileto, Olimpia, Tebas; sólo una vez aparecen Corinto y Creta y, junto a ellas, encontramos ciudades exiguas como Giteo o Letrina. Y, en cuanto a ríos, el Danubio es Istro, pero también Celtro; el Nilo es Tritón; y así sucesivamente.
Se plantea, pues, para Licofrón la necesidad de sustituir los nombres omitidos, y verdaderamente sale del paso con gran ingenio. Para los dioses y algunos héroes dispone del procedimiento de la advocación; pero no, naturalmente, las muy sencillas, como Baco, Cipris o Palas, que el poeta emplea, pero rara vez. Prefiere, en cambio, tomarlas de los más remotos lugares o templos, y en gran cantidad: he contado en mi índice 26 nombres distintos para Atenea, 23 para Zeus y Apolo, trece para Afrodita, nueve para Posidón. Pero, además, induciendo a confusión al lector con el empleo de la misma advocación para dos dioses o héroes: Zērynthía es Afrodita y Hécate; Longâtis , Atenea y la misma Hécate; Hoplosmía , Atenea y Hera; Candáōn , Hefesto y Ares; como Mámertos se designa a Ares y como Mamérsa a Atenea; Hermes es llamado Kadmîlos y Kádmos , sin ninguna relación con el héroe tebano; a Zeus se le denomina Erechtheús , y otra vez Agamémnōn , pero Agamenón recibe también el nombre de Zeus; y todo ello, repito, con gran picardía y deseo de desorientar al lector menos culto.
Por lo que toca a los héroes menores, Licofrón recurre a varias perífrasis: la designación a partir de una acción realizada por personajes como Proteo («el que partió con rumbo a la tierra»), Teseo («el que extrajo las armas») o Medea («la asesina de su hermano y sus hijos»); o del origen (la propia Medea es Kytaïkḗ o Kolchís ); o de características psicológicas (Paris es un «nauta lascivo»); o de algún símbolo (el mismo Paris es la antorcha con que soñó su madre); o de relaciones de parentesco: Teseo es el hijo de Posidón; Jasón, el nieto de Creteo; Odiseo, el hermano de Etón, de quien declara serlo en uno de sus relatos ficticios (nótese qué astucia aquí la del propio Licofrón). Y todavía otras veces la complicación es mayor: Sinón, primo del propio Odiseo como hijo que era de Ésimo, hermano de Anticlea; Casífone, prima de Glaucón, hijo de Pasífae, y de Apsirto, hijo de Eetes, por proceder ella de la unión de Odiseo con Circe. Aquí hace falta ser un experto en Mitología para resolver el enigma.
10.
El bestiario
Pero el más singular de los métodos consiste en la formación de lo que he llamado yo en mi índice, constituido por los nombres de 61 animales, bestiario licofroneo.
No todos ellos, pero sí casi todos los componentes de este curioso muestrario zoológico están empleados para representar a determinados héroes en función de las características de éstos. Se trata del tipo de metáfora que llama Trifón (Trop ., pág. 192, 12) «a partir de seres vivos y aplicada a seres vivos» y en que, según Quintiliano (VIII 6, 9), in rebus animalibus aliud pro alio ponitur; y Licofrón demuestra ciertamente mucho ingenio en su empleo. Aparecen, claro está, con más frecuencia los conocidos prototipos del león como representante del valor, el toro de la fuerza, el perro del vicio, la serpiente de la perfidia, el lobo de la rapacidad. Pero también desfilan por estos versos otros animales menos explotados en este sentido: el buitre, que representa la agresiva lujuria de Zeus y Apolo; el cangrejo, usado para designar al viejo Fénix, con su arrugada piel; varias especies más o menos afines, cerceta, foja, gaviota, con que se alude a navegantes; el pagro, que simboliza el cadáver desnudo de Ayante ahogado; el rascón, que caracteriza a la lasciva Hélena; etc. Y no nos extraña habilidad tan consumada en el autor de esta obra enigmática en todo el sentido de la palabra si, como dice Aristóteles en su Retórica (1405 b 3-5), «de enigmas bien construidos se pueden sacar metáforas adecuadas, porque las metáforas implican el enigma». Pero también añade el filósofo (1406 b 21-22) que la verdadera metáfora no lleva consigo el empleo de conjunciones «como» o similares: «la imagen (eikṓn ) es también metáfora, ya que la diferencia es pequeña; porque si se dice (Hom., Il . XX 114) que ‘Aquileo saltó como un león’, esto es una imagen, pero cuando se dice ‘saltó el león’, eso sí que es una metáfora».
Ahora bien, en Licofrón encontramos algunas veces estos eikónes con conjunciones hōs (293, 790) o bien hoîa (121, 387). En ello no ofrecen gran variación estilística respecto a él los tenidos hoy por mejores poetas modernos ni su maestro Góngora, que nos presenta a las sedientas muchachas yendo a beber a la fuente «cual simples codornices al reclamo». Recuérdese a Apollinaire («je suis fidèle comme un dogue / au maître»), a Mallarmé («contre la nudité peureuse de gazelle / qui tremble, sur le dos, tel un fol éléphant, / renversée…»; aquí la metáfora animal es doble), a García Lorca («las navajas de Albacete, / bellas de sangre contraria, / relucen como los peces»; o bien «la iglesia gruñe a lo lejos / como un oso panza arriba»).
Tampoco se diferencia en casi nada el método estilístico de Licofrón respecto a nuestros poetas actuales cuando vemos en el verso 1203 (aquí la metáfora es a partir de seres inanimados y aplicada a vivos ) a Crono (a quien además se llama Centauro para complicar más la imagen) convertido en tumba de sus hijos. En Miguel Hernández son frecuentes estas metáforas con construcción verbal como «para hacerme / ruiseñor de las desdichas»; «en su mano los fusiles / leones quieren hacerse»; o «los cuerpos que parecen / potros batalladores». Y, en cambio, el poeta griego resulta más refinado estilísticamente que los modernos cuando, a juzgar por los ejemplos del léxico de la Ciani, no hallamos en Licofrón ninguna metáfora del tipo más sencillo, el que utiliza Antonio Machado en «la estrella es una lágrima / en el azul celeste».
Ni me ha sido posible encontrar ningún ejemplo de metáfora apositiva que ya aparece (Ag . 1223-1224) en Ésquilo 23 y que nos sale al paso con frecuencia en Apollinaire («le phénix, ce bûcher qui soi-même s’engendre»), Valéry («grande mer… / hydre absolue, ivre de ta chair bleue, / qui te remords l’étincelante queue») y Lorca («el monte, gato garduño, / eriza sus pitas agrias»). Pero sí, en cambio, de la que pudiéramos llamar predicativa, que surge al menos una vez en los versos 357-358 de Licofrón (literalmente, «por la fuerza y como una loca seré arrastrada, paloma, al nido del buitre») y que emplean Valéry («mon coeur m’arrache aux morts que hâlait mon sommeil / et vers mon but, grand aigle éclatant de puissance») y Machado («guerreros y adalides que han de tornar cargados / de plata y oro a España en regios galeones, / para la presa cuervos, para la lid leones»).
Pero en lo que descuella extraordinariamente Licofrón, a quien evidentemente había servido de mucho la lectura, por ejemplo, de lugares de Ésquilo como Ch . 248-249 24 , es en la metáfora directa, en que el símbolo ocupa sin más el lugar de la persona o cosa simbolizada: «hasta que el león (Heracles) imploró a Zeus teniendo en su regazo el cachorro (Ayante) de su amigo (Telamón)»; o bien, hermosamente, «lloro a los dos ruiseñores (Laódice y Políxena)». Ésta es una de las características que más afín hacen al poeta helenístico respecto a poetas de nuestros días que escriben, muy de acuerdo con el gusto de sus lectores, «quisiste apaciguar la sed de las panteras», como Miguel Hernández, o «los densos bueyes del agua / embisten a los muchachos», como Federico García Lorca.
Ahora bien, lo que sí habríamos agradecido a Licofrón sus lectores, al menos cuantos estudiamos su obra tantos siglos después, es que, al menos, no hubiera creado intencionadamente confusión con sus metáforas zoológicas; y así los libros dedicados a comentarle habrían podido ser menos gruesos. Veamos, por ejemplo, los versos 553-559, hermosos por otra parte, en que se describe la famosa lucha de los Dioscuros con los hijos de Afareo. Uno de éstos, Idas (el uso sin más del pronombre es uno de los trucos predilectos de Licofrón) mata al león (Castor) cuando éste se preparaba a luchar contra el toro (Idas otra vez); Polideuces (nuevo pronombre) hiere el costado del buey (Linceo); y el carnero (Idas una vez más) arroja una piedra a Polideuces (un tercer pronombre). La confusión es enorme.
Bien, pero, por lo menos (tal es la opinión de Holzinger, que me parece acertada), hay una especie de clasificación zoológica: los Dioscuros, más valientes, están representados por la familia de los félidos; los hijos de Afareo, por la de los bóvidos. Pero ¿qué ocurre cuando son el león y el lobo los que confluyen en una misma persona? De ello veremos algo al final.
11.
El poeta en la Antigüedad
Todas estas oscuridades, para bien o para mal, han dado a Licofrón una gran fama. El gramático Aristófanes de Bizancio le ha leído y critica precisamente el vulgarismo de que hablábamos (lo cual, por cierto, puesto que el crítico murió hacia el 180, habla en contra de la fecha tardía, a que luego nos referiremos, para la Alejandra ); pero después, a lo largo de siglos, deja de hablarse del poema. Es muy dudoso que Horacio (O . I 2, 7-20) deba nada, en su descripción del diluvio, a los versos 80-85 de Licofrón; difícil resulta, en cambio (nótese lo dicho al final), que desconociera su poema el Virgilio que escribe las profecías post eventum de la Sibila y Anquises en el libro VI de la Eneida (aparte de similitudes léxicas como VI 88 con respecto a nuestro 284); la mencionada alusión de Ovidio a la flecha es un misterio. Nada dicen de la Alejandra ni, al parecer, Cecilio de Caleacte; ni el pseudolonginiano Sobre la sublimidad , que normalmente la habría censurado; ni Dionisio de Halicarnaso, ni Quintiliano; sí, por el contrario, Estacio, que considera como una hazaña (Silu . V 3, 156-157) que su difunto padre entendiese a Calímaco y supiese penetrar (en el texto que presentamos hay una conjetura) en las cavernas del negro Licofrón, latebras… Lycophronis atri y que por su parte (cf. F. Delarue, «Sur deux passages de Stace», Orpheus XV [1968], 13-31) utiliza al poeta de Cálcide en Theb . IV 393-405.
Pero las cosas cambian desde el momento en que el gramático Teón, que trabajaba en Alejandría bajo Augusto y Tiberio, comentó a Calímaco, Apolonio y Teócrito, pero también a Licofrón: al parecer tenemos un mísero fragmento de su comentario en el Pap. Ox . 2463, de los siglos II-III d. C. (núm. 2861 P.), que explica una palabra muy característica de los rebuscados métodos de nuestro poeta, la citada poimandría del verso 326, que no sería el recipiente sobre el que fuera cortado el cuello de Políxena, sino, más de acuerdo con los datos arqueológicos en cuanto a sacrificios rituales, una zanja. Porque, según cuenta Plutarco, Qu. gr . 299 c-e , estando el héroe beocio Pemandro fortificando la ciudad llamada, según él, Pemandria y luego Tanagra, un albañil saltó una zanja o foso para demostrarle la poca calidad de la obra, ante lo cual el héroe, encolerizado, le lanzó una piedra que mató por error a su propio hijo Leucipo.
Esta llamada de atención sobre Licofrón sería causa de que más tarde se dedicaran también a él dos filólogos menores, llamados Sextión y Filógenes. En el siglo II d. C., Clemente de Alejandría dice (Strom . V 50, 3) que las obras de Euforión, Calímaco y Licofrón son estudiadas en los gimnasios para ilustración de los estudiantes de gramática; Luciano (Lexiph . 25) se burla del léxico del último y Artemidoro, en su Onirocrítica (IV 63), lo tiene por fuente de las más extravagantes historias. Agréguese que los lexicógrafos y escoliastas tardíos citan nada menos que 175 versos del poema.
12.
Papiros, manuscritos, escolios y paráfrasis
La Alejandra era leída en Egipto a juzgar 25 por la conservación de cuatro papiros muy fragmentarios de este autor: el Pap. Mon . 156, del siglo I d. C. (núm. 1286 P.), y los de Oxirrinco 2094 y 3445 (del mismo rollo copiado en el siglo II d. C.; el primero es el núm. 1285 P.) y 3446 (de dicho siglo). A esto hay que añadir el presunto fragmento del comentario de Teón ya mencionado; unos restos muy dudosos de escolios del Pap. Soc. It . 724, del siglo III d. C. (núm. 1287 P.); posibles citas en los Pap. Ox . 1087 y Pap. Soc. It . 1173 (núms. 1186 y 1209 P., respectivamente); y la citada posibilidad de que el papiro de Giges (núm. 1707 P.) corresponda, como piensa Gigante, a una de las tragedias perdidas de Licofrón.
Y, en definitiva, la Alejandra es de las no muchas obras de la Antigüedad clásica que han superado la prueba del tiempo transmitiéndose íntegras en muchos manuscritos. De L. Bachmann en su edición de 1830 es el mérito de haber catalogado esta ingente masa; de E. Scheer, el de ser autor de la excelente y durante decenios fundamental edición, publicada entre 1881 y 1908 y reimpresa en 1958, con inclusión de paráfrasis y escolios a que en seguida volveremos; de L. Mascialino, primeramente en su citada bilingüe y después en la labor editorial que le confió la casa Teubner (Lycophronis Alexandra , Leipzig, 1964), el de haber intentado basar sus resultados críticos en una selección de tan abundante y dispar material. Los filólogos parecen conformes en que hubo un arquetipo en minúscula, hoy perdido, que ponía ya en parangón, como nosotros lo hacemos y como es absolutamente necesario si se quiere que Licofrón sea entendido, el texto con una paráfrasis más o menos acertada; en que desde muy pronto, y con base en los comentarios de Teón y sus seguidores, surgieron escolios, también muy necesarios; en que, dentro de los manuscritos, el Parisinus Coislinianus 345, del siglo X , y Vaticanus Marcianus 476, del XI , merecen primacía frente a una pléyade de textos muy contaminados por la erudición bizantina, de los que Mascialino selecciona como auxiliares cuatro, el Vaticanus 1307 (del XI ), Parisinus 2723 (del XIII ), Parisinus 2403 (del XIII ) y Palatinus Graecus 218 (del XIV ); y, finalmente, en que también las paráfrasis se dividen en dos grupos, un tipo antiguo e intercalado en el texto que aparece en el citado Coislinianus y otro más reciente, pospuesto e incompleto (hasta el verso 1065) que ofrece el igualmente mencionado Marcianus; así como hay escolios, por ejemplo otra vez los de este último, que se distinguen bien de otros sobre los cuales se ha redactado el útil comentario tan mencionado aquí, igualmente conservado, que en el siglo XII comenzó Isaac Tzetzes y terminó su hermano Juan. En el primer tomo (1881) de la fundamental edición de Scheer pueden hallarse al pie las dos paráfrasis; en el segundo (1908), los escolios con un pequeño índice (págs. LXIII-LXIV) de autores citados por ellos; Isabel Gualandri, con una paciencia infinita, ha redactado un Index nominum propriorum quae in scholiis Tzetzianis ad Lycophronem laudantur (Milán, 1962) y, como repertorio de palabras raras, un Index glossarum quae in scholiis Tzetzianis ad Lycophronem laudantur (Milán, 1965). Anotaré finalmente que un escoliasta (pág. II 398 de la citada ed.) se ha vengado no sin donosura de los ingentes trabajos a que le sometió el poeta con unos curiosos yambos que traduzco y en los que hay referencias a glosas extrañas de los versos 20, 349, 376, 538, 607 y 1432:
Con enormes esfuerzos entretejes vocablos
repelentes y bárbaros que nadie nunca usó:
«gōleiá», «grṓnēs», «oûsa», «tykísmasin» y «orthánēn»
con «krímna» y «lykopsían», sólo para que suden
los jóvenes, ¡oh, necio Licofrón!, nada más
que palabras vacías y llenas de delirio .
Acabaremos con este árido capítulo anotando que Mascialino, en una prueba de amor a España, inició una breve rebusca de manuscritos de Licofrón conservados en nuestro país, ninguno al parecer muy valioso. Él menciona el M 9 de Salamanca, del XVI , copiado por el propio Hernán Núñez el Pinciano, y los escorialenses 6 (R.I. 6, del XV ), 9 (R.I. 9, del XVI ) y 18 (R.I. 18, del XIII ); y pudiera haber citado el 413 (X. IV. 18, del XVI , que fue robado y volvió luego a la colección) y aun el 87 (∑. II. 7, del XV , en dos de cuyas hojas están copiadas historias «de los libros de Licofrón», concretamente las de Enone [57 ss.] y Panopeo [930 ss.]). Además, en la Biblioteca Nacional de Madrid existen otros tres manuscritos licofroneos: el 8 (4551), del siglo XV ; el 256 (4808), del XVI (sobre el cual cf. A. Bravo, «Una nota sobre el Matritensis B. N. 4808», Habis IX [1978], 77-82), y una hoja de guarda (ff. 189 r.-v .) del 98 (4641), escrita a mediados del XIV , que contiene los vv. 38-58.
13.
Licofrón en el mundo moderno
Anotaremos también (cf. págs. 27, 32, 61, 67 y 69 del tomo III de la Biblioteca de traductores españoles de M. Menéndez y Pelayo, Madrid, 1953) que existe una traducción latina inédita de la Alejandra con los escolios de Tzetzes, realizada en 1639 por el fecundo humanista Vicente Mariner, en el manuscrito inédito 9869 de la Biblioteca Nacional de Madrid. Y nuestro amigo Félix Piñero hace notar que ya en 1585 Juan de la Cueva cita a Licofrón. En efecto, él ha descubierto, en el manuscrito 10182 de la B.N., un pliego suelto que contiene impresa la Epístola a Cristóbal de Sayas de Alfaro , que en sus versos 439-444 dice:
Licofrón, que es oscuro, y dan cansancio
sus anagramatismos y sus modos
de hablar, y concluyen sus mordaces
que su intérprete es digno de más gloria
que no él, usurpándole la suya .
Sin embargo, la mención de los anagramas, ausentes en la Alejandra , y la alusión a Tzetzes más bien permiten pensar en un conocimiento indirecto de nuestro escritor.
Algo parecido es probable que ocurriera con el famoso Ben Jonson (1572-1637), autor, en The Poetaster , de muy graciosos versos bastante similares a los mencionados:
…to read
(but not without a tutor) the best Greeks ,
as Orphaeus, Musaeus, Pindarus ,
Hesiod, Callimachus and Theocrite ,
high Homer; but beware of Lycophron ,
he is too dark and dangerous a dish .
Lo demás es filología moderna (22 ediciones, a las que hay que sumar la suya, anota la última de Mascialino a partir de la Aldina de Venecia, 1513, en que Licofrón aparecía editado con Píndaro, los Himnos de Calímaco y Dionisio el periegeta; no son muchas, en cambio, las traducciones, de las que creemos que la última es la de P. Quignard, Lycophron. Alexandra , París, Mercure de France, 1971) y crítica literaria.
Poca, por desgracia. Licofrón ha sido siempre patrimonio exclusivo de un número limitadísimo de personas, y así los capítulos que a su «Nachleben» puedan dedicar los manuales o enciclopedias resultan paupérrimos. Teóricamente debería haber sido estimado o imitado en el sarampión culterano de la Europa del XVI , cuando florecen en Francia el simbolismo anagramático del citado Maurice Scève y la «Pléiade» de Ronsard, en Inglaterra el eufuismo, en España lo gongorino, en Italia el marinismo; y, sin embargo —quizá por falta de estudios al respecto—, apenas nos constan sino unos barroquísimos yambos latinos en que José Justo Escalígero —¿cómo no iba a hacerlo aquel filólogo excepcional?— tradujo la Alejandra; del XVIII lo único que sabemos es que a Federico Augusto Wolf le gustaba la obra y que H. G. Reichard tuvo la humorada de anteponer a su edición de 1788 la profecía de una muchacha de Magdeburgo poco antes de la conquista de la ciudad por Tilly; nada se nos dice de nuestro poeta en relación, por ejemplo, con Apollinaire y los suyos; y ahora las inclemencias de nuestros tiempos, como dice un gran amigo nuestro, no están para muchas «licofronerías».
Pero sí creemos necesario mencionar aquí, como colofón de este pequeño inventario de medios filológicos para el estudio de Licofrón, varias publicaciones de los últimos años, en parte más recientes que el núcleo primitivo de este estudio.
En 1982 el poeta de Cálcide ha recibido un hermoso homenaje con dos volúmenes gemelos bellamente presentados por el editor napolitano Gaetano Macchiaroli. Uno de ellos contiene la al principio citada reimpresión de los interesantes texto, traducción y comentario licofroneos de Emanuele Ciaceri que aparecieron por primera vez en Catania, 1901, y a los que ahora Marcello Gigante, promotor de la empresa entera, ha añadido los testimonios y fragmentos que mencionábamos.
El segundo es otra reimpresión, la de una bella traducción italiana, provista de notas, que publicó, en Nápoles y nada menos que en 1812, Onofrio Gargiulli, a cuyos empeños traductorios (también se ocupó de Teognis) dedica Gigante un apéndice en las páginas 113-143.
Sería, por otra parte, un rasgo de absurda modestia el no mencionar nuestro artículo «Altes und Neues in der Alexandra des Lykophron», publicado en Literaturwiss. Jahrb . XXI (1980), 7-19, y resumido en Jahres- und Tagungsbericht der Görres-Gesellschaft , 1978, 125-126, donde se recoge lo más importante de cuanto trata esta introducción en cuanto a la fecha del poema y en lo que atañe a las características estilísticas de nuestro original yambógrafo.
14.
La fecha de la «Alejandra»: interpretación tradicional
Y aquí podríamos terminar, si no nos quedara el rabo por desollar, la última y más profunda oscuridad del oscuro Licofrón.
Todo el gran problema gira sobre dos pasajes concretos: 1226-1235, en que Casandra profetiza las glorias de Roma, simbolizadas en Rómulo y Remo, descendientes de Eneas, y 1439-1450, en que se habla de alguien que humillará a otros y con el cual un tercero más tarde luchará y se reconciliará.
Los versos 1439-1445, según la interpretación tradicional, contendrían una referencia a Alejandro Magno y deberían parafrasearse:
hasta que establezca (1440) la paz el gran Alejandro (simbolizado, cf. sch . a 1441, «habla de Alejandro», en un rojizo león; la cita de la Tesprotia y las alusiones a Dárdano y Éaco se explican por la ascendencia de Olimpíade, cf. 800-805 y lo que decimos, también sobre Calastra, en nuestra paráfrasis a estos versos), que hubo de exterminar a su propia familia (al subir al trono dio muerte a su primo carnal Amintas, hijo de Perdicas III, hermano de Filipo; a Cleopatra, la reina que había suplantado a Olimpíade, con la niña Europa, hija de ella y del propio padre del rey; a Átalo, tío de Cleopatra, y a muchos otros; a no ser que haya aquí referencia al trato dado a sus propios parientes los Helenes, por ejemplo, con la destrucción de Tebas en el 335) y obligó a los Persas (descendientes del argivo Perseo, cf. 1413) a adularle y cederle (tras la definitiva derrota de Darío III en 331) la supremacía sobre Europa y Asia (1445) a que antes aspiraban ellos (sobre la macedonia Galadra, cf. 1342; sobre el lobo, cf. otro sch . que repite «habla de Alejandro»).
15.
La tesis interpolatoria
Mas difíciles aún resultan 1446-1450: meth’ héktēn génnan , literalmente «después de la sexta generación», es enigmático, y el pariente de Casandra dista mucho de quedar claro quién es. La similitud de las expresiones de 1229 («de la tierra y el mar») y 1448 («por tierra y mar») haría pensar que aquí también se habla de los romanos a no ser que se acepten las algo sutiles explicaciones de Wilamowitz a que vamos a referirnos; pero, aparte de otras dificultades que afectan también a los versos anteriores (falta de tacto, por ejemplo, en las alusiones a crímenes de Alejandro, un exceso de barroquismo por el que Licofrón une al león y el lobo en el mismo símil), siguen planteándose dudas históricas bien explicadas por el famoso escolio que, con referencia a 1226-1235, opina que el poema debe ser atribuido a otro Licofrón que el autor de tragedias, porque éste, «si fue familiar de Filadelfo, no pudo referirse a los romanos». Tzetzes opinó que esto era una «tontería» y nadie de momento se volvió a acordar de ello, pero Charles James Fox en 1800 y 1801 escribió sobre el asunto unas cartas a G. Wakefield que Döderlein publicaría en 1829 y en las que hace notar que la situación de Roma entre el 280 y el 270 (terminadas las segunda y tercera guerras Samnitas, del 326-306 y 298-291 respectivamente; avasallados los etruscos y de momento los galos en 283; resueltas de modo favorable las guerras con Tarante y Pirro, comenzadas respectivamente en 281 y 280, con el triunfo de Beneventum en 275, la retirada del epirota en 274 y las tomas de Tarante y Regio en 272 y 270, pero sin que, hasta el comienzo de la primera guerra Púnica en 264, hubiera el menor indicio de que Roma se iba a proyectar fuera de la península) no está acorde con las exageradas manifestaciones de Licofrón en el primer pasaje, cree que en el segundo puede tratarse de alianzas de Roma con Filipo V de Macedonia (que reinó entre el 221 y el 179) o Ptolemeo V Epífanes de Egipto (rey entre el 204 y el 197) y acude, en suma, al quizá fácil expediente de considerar ambos lugares comó interpolaciones tardías, a que, como veremos, vuelven ahora Fraser y Stephanie West. Ésta es la solución a que se acogen F. G. Welcker (Die griechische Tragödie , III, Bonn, 1841, 1260), la edición de Scheer en 1881 y el artículo de F. Cauer en 1886.
16.
Hipótesis conciliadoras
Otro bienintencionado intento es el de H. F. Clinton (Fasti Hellenici , III, Oxford, 1841, pág. 13), aunque no resuelva ni con mucho todos los problemas. El prestigio de Roma, también en el aspecto marítimo, justificaría al menos en parte (algo prometedor se había visto en aquel país para que cundiera, con Timeo y Lico, el interés histórico hacia él) la vislumbre de Licofrón después del 260, el año del triunfo naval en Milas de Gayo Duilio durante la primera guerra Púnica. Tal viene a ser la opinión (Munich, 1920) de la sexta edición de la Geschichte der griechischen Literatur de W. Christ y W. Schmid (II 1, página 176), que se atiene, en cambio, a la tesis de la interpolación para el segundo lugar; mientras que, en 1942, A. Momigliano, que luego, como veremos, cambió de opinión, pensaba en una fecha algo anterior, entre el 270 y el 264.
El ingenio, no siempre acertado, de U. von Wilamowitz-Moellendorff buscó en 1883 otra solución de que también se arrepentiría con el tiempo: los éxitos de las guerras Samnitas ya habrían alcanzado cierto renombre incluso fuera de Italia; es indudable que Calímaco y Euforión leen la Alejandra; sería aceptable, pues, la fecha tradicional, pero no una anterior al 309, año de la muerte del Heracles citado en 801 (pero en 1889 P. Guenther rebajaba en dos años este terminus post quem aduciendo el 307 como fecha del incendio de Egesta por Agatocles, a que aludiría el luto de las mujeres de allí en 968-977), ni posterior al 283, en que accede al trono Antígono Gonatas y antes del cual, bajo los hijos de Casandro o Demetrio Poliorcetes, habría sido peligroso no omitir, como aquí, la parte que el propio Casandro tomó en el referido asesinato; la boda de Alejandro Magno con Barsine sería el signo de la reconciliación entre Europa y Asia citada al final; las seis generaciones ascenderían de Casandra a Dárdano y a su padre Zeus (para lo cual hay que cubiletear un poco con la no segura seriación de los reyes de Troya que damos al principio de nuestra paráfrasis) y descenderían por otra rama a Perseo; el pariente de la doncella sería, pues, un persa, quizás el mencionado Artabazo, que fue derrotado y luego honrado por Alejandro.
Algo parecido leemos en las págs. 30 y sigs. de la obra de Ciaceri recién reeditada: la dualidad de símbolos zoológicos se resuelve admitiendo que el león es Alejandro y el lobo su lugarteniente Antípatro el viejo; las seis generaciones serían las trascurridas entre la expedición de Jerjes (480-479), momento máximo de la hostilidad entre Europa y Asia, y las campañas del gran macedonio (pero las cuentas no salen del todo bien, pues seis períodos de treinta años nos llevan al 300); el pariente de Casandra sería cualquier persa primero avasallado y luego reconciliado con los conquistadores.
17.
La teoría «pírrica» y otras
Bastante éxito tuvo la opinión de Holzinger, formulada en 1895 y que queda muy aclarada con las notas de los lugares correspondientes de nuestra paráfrasis. La Alejandra habría quedado terminada antes del 274, año en que el inquieto Pirro, de regreso de Italia, arrebató el trono, que había de conservar por muy poco tiempo, a Antígono Gonatas. El pariente de Alejandra mencionado en el verso 1446 sería el famoso enemigo de Pirro, Gayo Fabricio Luscino. La discutida frase del verso 1229 significaría algo así como «no sólo de la tierra itálica, como hasta ahora, sino empezando a aventurarse en los mares». Ésta es la tesis que aceptamos cuando redactábamos la traducción y paráfrasis de este poema, hace ya más de diez años, y ello aun con conciencia de las objeciones que cabe oponerle: génna difícilmente puede significar «año»; es raro que no se hable de Alejandro Magno, y tanto de Pirro, personaje de relieve muy inferior; la teoría exige que se considere la obra como anterior a la estancia en Alejandría de Licofrón que no dejaría de conllevar elogios de Filadelfo; el participio del verso 1450 se compagina mal con las necesarias ideas de «retener» o «recuperar», etc. Aun así, tanto L. Hensel en 1908 (con insistencia en la anterioridad de Licofrón respecto a Euforión) como Th. Sinko en 1949 acogen esta conjetura, como también parcialmente, y en 1913, P. Corssen, para quien el león y lobo del final serían respectivamente Alejandro y Pirro, y las seis generaciones de 1446, que siguen siendo aún hoy un problema no resuelto, estarían representadas por los reyes que mediaron entre los dos (Filipo III Arrideo; Casandro; sus tres hijos, Filipo IV, Antípatro y Alejandro; y Demetrio Poliorcetes).
Otras modalidades de la tesis «antigua» las hallamos en E. Ciacieri (1901; el león es Alejandro y el lobo su regente durante la campaña oriental, el viejo Antípatro, ante quien los griegos tienen que ceder; esto lleva la obra muy atrás, hasta las cercanías del 302, lo que estaría de acuerdo con su carácter inmaduro), W. Rollo (1928; posterior al 275), A. Momigliano (en un segundo artículo de 1945; su obra sobre Licofrón puede hallarse reimpresa en Secondo contributo alla storia degli studi classici , Roma, 1960; el pasaje de las Lócrides, 1141-1173, se hallaría relacionado con la reinstauración del mencionado tributo por Antígono Gonatas), Ch. Picard (cf. supra ) y P. Lévêque («Lycophronica», Rev. Ét. Anc . LVII [1955], 36-56; un hecho tan relativamente insignificante como la muerte de Heracles no podría ser mencionado mucho tiempo después sin desorientación del lector, lo cual no convence, pues eso es lo que a Licofrón suele gustarle; la obra respondería a un clima de «fermentación de neoorfismo oracular» en la Alejandría de Filadelfo).
18.
La dotación «flamininiana»
Más importante resulta otra teoría defendida por filólogos y, lo que importa más, historiadores del mayor prestigio. En 1827, dos años antes de la publicación de la correspondencia de Fox, ya el insigne B. G. Niebuhr había considerado posible que no sólo los dos grupos de versos, sino la Alejandra entera fuese obra de alguien que quería celebrar, con una profecía post eventum , la conquista de Grecia por Roma y fusión de ambas culturas y pueblos después del 197, año de la batalla de Cinoscéfalas. Es decir, en momento posterior al fin de la primera guerra Púnica (241), anexión de Córcega y Cerdeña (238), intervención en Iliria (228), victoria de Clastidium y sumisión de los galos (223), segunda guerra Púnica (219-201) y, en fin, contienda con Filipo V comenzada en el 200 y terminada con dicho triunfo; más aún, la obra debería haber sido escrita después del 188, el de la paz de Apamea, en que el rey Antíoco III de Siria tuvo que reconocer la superioridad romana en Oriente.
La tesis quedó bastante olvidada hasta 1904, fecha en que K. J. Beloch (Griechische Geschichte , III 2, págs. 478 y sigs.) piensa en la posibilidad de dos Licofrones: el hijo del historiador Lico, del siglo III (nótese en el parecido de los nombres), y un hijo de Socles (de ahí todas las confusiones sobre paternidad adoptiva, etc.) que habría escrito el poema hacia el 190. A ello han venido a sumarse sucesivamente varios autores: la hipótesis hoy innegablemente goza de una boga inmerecida, tanto más cuanto que se presenta ante los principiantes avalada nada menos que por dos artículos del Pauly-Wissowa y, por ejemplo, una obra seria y reciente como la de C. A. Trypanis (Greek Poetry from Homer to Seferis , Londres, 1981, págs. 300-302 nn. 35-37: «general grounds favour the later dating»).
Veamos sus pormenores. F. Skutsch («Euphorion», en Realenc ., VI, 1907, cols. 1174-1190) cree tener motivos seguros para opinar que el autor de la Alejandra ha leído a Euforión; S. Sudhaus (1908) llama la atención sobre los honores o más bien verdadero culto que en Grecia se tributó a Tito Quintio Flaminino, el vencedor de Cinoscéfalas y proclamador de la libertad de la Hélade en los juegos Ístmicos del 196, que gustaba de oírse llamar Enéada; el sesudo artículo enciclopédico de K. Ziegler acumula multitud de argumentos impresionantes 26 ; al año siguiente, el propio Ziegler vuelve a la carga 27 como años más tarde («Lykophron», en Der kleine Pauly , Stuttgart, 1969, páginas 815-816); J. Perret, en Les origines de la légende troyenne de Rome (281-31 ), París, 1942, págs. 346-366, etc., sugiere como fuente de muchos de los hechos itálicos cantados en 1226-1280, en lugar de Timeo, al analista Fabio Píctor, de principios del siglo III ; y, en fin, Josifović, en su citado y relativamente reciente artículo de la Realenc ., se pronuncia decidida y positivamente en favor de esta tesis precisando más en lo cronológico (la obra debió de ser compuesta entre la referida batalla y los citados juegos Ístmicos) y aun añade alguna argumentación un tanto especiosa (el llamar Tito a la Aurora sería un homenaje al gran general; la alusión en 272 al peso en oro del cadáver de Aquileo recordaría las manifestaciones de Polibio, XVIII 26, y Livio, XXXIII 29, sobre la exigencia de cincuenta talentos por parte de Flaminino como indemnización por la muerte de otros tantos soldados; las mujeres de la familia de los Quintios, según Plinio, Nat. hist . XXXIII 21, tenían prohibido el uso de alhajas de oro como las de Crotón celebradas en el verso 859).
Todo ello nos llevaría a una nueva versión y paráfrasis a partir de 1446:
…y, seis generaciones después, un luchador
impar, pariente mío, que a su lanza se oponga
por tierra y mar y luego con él haga la paz ,
celebrado será como el mejor amigo
[1450] que sólo las primicias del botín se llevó .
…hasta que (mucho antes del propio poeta) establezca (1440) la paz el gran Alejandro, que hubo de reducir a sus propios afines los helenes y obligó a los persas a adularle y cederle la supremacía sobre Europa y Asia (1445) a que antes aspiraban ellos; y, seis generaciones después (cf. supra), un pariente mío (Tito Quintio Flaminino, romano y, por tanto, descendiente de Eneas), excelente militar (que en 197 venció en Cinoscéfalas), concertará una paz honrosa (para ambos bandos) con Filipo V (la expresión resulta equívoca como aplicada genéricamente a cualquier rey macedonio) y se encontrará después en las mejores relaciones con los helenes, entre otras razones porque se contentó con una indemnización de mil talentos (1450).
19.
Su refutación
La teoría se presta a multitud de objeciones:
a) todas las que formulábamos frente a la tesis tradicional en relación con Alejandro;
b) el uso de génna como «reinado»;
c) la mencionada supresión de reyes en la lista de los de Macedonia;
d) el gran maestro de la Filología helenística que es RUDOLF PFEIFFER dice en la pág. XLIII del tomo II (Oxford, 1953) de su Callimachus: «si respicias quot res et vocabula Lycophro et Callimachus ex iisdem fontibus prompserint, Alexandram potius tertio saeculo tribuas quam altero»; y en pág. 120 de su libro citado en n. 6 de nuestra pág. 12: «this penchant for glosses is characteristic also of the treatise Perì kōmoidías , and the inclination to enigmatical obscurity would be in harmony with a tendency we observed in the Technopaegnia of the early third century B. C. I am therefore disposed, after examining Lycophron’s scholarly work, to accept the traditional date of Alexandra as correct»;
e) en A. W. BULLOCH , op. cit ., 549, leemos: «Rome’s military prowess impressed Alexandria at this time… and Lycophron’s account… of Aeneas’ settlement of Latium is consonant with the interest in early Roman history to be found in other Greek writers such as Timaeus or Callimachus»;
f) un buen conocedor de la protohistoria itálica, EUGENIO MANNI , declara en la pág. 8 de su citado artículo de 1961: «Licofrone ĕ anteriore a Timeo»;
g) el propio MANNI , en la pág. 178 del artículo de 1963 que mencionábamos, tratando del tributo de las vírgenes Lócrides en relación con el fr. 89 C. de Euforión, dice: «Callimaco ed Euforione scrivono dopo il Phōkikòs pólemos (entre el 280 y el 250), Licofrone prima di esso»;
h) recuérdese lo dicho al principio sobre la copa de plata estudiada por Picard y en que aparece Casandra con Licofrón y éste formando pareja con Menedemo;
i) es muy interesante el enfoque de A. Hurst 28 , para quien algunas de las alusiones a hechos de la época de Flaminino que se ha creído ver no responden al mecanismo estructural de los enigmas licofroneos, mientras que, en cambio, sí es posible, en el présbistos en phíloisin del v. 1449, hallar una referencia a los cambios de embajadores que caracterizaron las relaciones de Roma con Filadelfo en el 273;
j) yo también en modesta escala («Sobre el fragmento trágico del P. Oxy . 2746», Mus. Philol. Lond . III [1978], 139-141) he aportado algún dato acerca del pequeño fragmento trágico 29 , en que dialogan el coro, Príamo, Deífobo y Casandra, la última de las cuales parece prever o intuir clarividentemente la lucha de Héctor y Aquileo en el canto XXII de la Ilíada , y donde he hallado grandes concomitancias lingüísticas con la Alejandra . La similitud es impresionante: de las veinticuatro palabras importantes que contiene el papiro, catorce están en dicho poema y una en un fragmento trágico de Licofrón. Hallamos, por ejemplo, póda en fin de trímetro como en las nueve apariciones del disílabo de esta voz en la Alejandra y otras muchas expresiones paralelas. Aunque resulte aventurada mi hipótesis de que aquí podemos tener un trozo de una supuesta tragedia de Licofrón llamada Casandra (que en la lista del Suda habría desaparecido a beneficio de unos Casandreos inexistentes de que antes hablábamos; recuérdese que dramas del tipo de Elefenor, Heracles, Nauplio y Telégono tratan temas caros al autor de nuestro poema) o de Los suplicantes mencionados por el mismo léxico (la obra se referiría a la embajada de Príamo ante Aquileo; el término aparece en Il . XXIV 158 = 187 y 570) o Los aliados , lo que sí se deduce es:
1.
La plena confirmación del carácter helenístico del fragmento.
2.
Que resulta improbable que, como sugiere Coles, éste proceda del Héctor de Astidamante, cuya fecha es demasiado alta.
3.
Que, en cambio, también lo es que la Alejandra pertenezca a una fecha tan baja como una posterior a la batalla de Cinoscéfalas;
k) después de esto he pasado a comparar el léxico de la Alejandra con el de los citados fragmentos dramáticos de Licofrón 30 y de sus colegas de la Pléyade. De cinco de ellos no hay nada directo, pero de Sosíteo (cuyos fragmentos están en el núm. 99, págs. 269-273, de la colección de Snell) se nos han conservado una cita del Aetlio (fr. 1 Sn.), dos de un drama satírico llamado Dafnis o Litierses (frs. 2-3 Sn.) y uno de otro drama satírico (fr. 4 Sn.; evidentemente nada podía aportar al respecto el nuevo y breve fragmento lírico de una tragedia de Sosíteo identificado recientemente por ITALO GALLO , «Un frammento di Sositeo nell' Index stoicorum ercolanese?», en Teatro ellenistico minore , Roma, 1981, págs. 157-178). Pues bien, a pesar de la diferencia de género que plantean los referidos dramas, los resultados de la búsqueda 31 muestran semejanzas no menos extraordinarias en cuanto a elección de palabras y lugares métricos;
l) una especie de contraprueba podríamos hallarla en la comparación léxica entre el fragmento citado de Giges, licofroneo según Gigante, y la Alejandra . De las 38 palabras significativas del papiro, 21 no están en el poema; once nunca figuran en la misma sedis metrica; y tan sólo seis coinciden con los usos y posiciones licofrónicas (especialmente un participio que aparece situado igual que el de 1372 y ánakta y boḗn cuyos equivalentes del largo poema, cuatro veces en cada caso, surgen igualmente colocados). Todo ello, si bien apuntando, como decíamos, a una época helenística, no es suficiente para localizar el fragmento en tiempos de la Pléyade.
20.
Otra vez la interpolación
Estas consideraciones parecen invalidar la tesis que hemos llamado «flamininiana»; pero ahora hemos de detenernos en la teoría reasumida hace seis años por P. A. Fraser en su artículo (que, por cierto, tuvo la bondad de enviarme, porque era poco accesible) «Lycophron on Cyprus», en Report of the Department of Antiquities Cyprus, 1979 , Nicosia, 1979, págs. 328-343. Fraser, excelente conocedor del tema alejandrino, como demuestra su magistral y citada obra en tres tomos sobre la Alejandría ptolemaica, no solía salirse en ella de la tesis tradicional: así en los citados párrafos referentes a la Pléyade (I 619-621); o en I 764-767, donde adscribe a Licofrón a la generación de Timeo (aunque, como éste vivió cien años, aproximadamente del 350 al 250, y escribió en época ya muy madura, entre el 300 y 275, el concepto resulta bastante elástico); o en II 872-873 n. 7, en que se atiene a lo generalmente admitido sobre relaciones de Licofrón con Menedemo, que, según dijimos, llegó el 278 a la corte de Macedonia; o, sobre todo, en II 1065-1067 n. 331, en que leemos textualmente: «I regard one and the same Lycophron as the scholar of the reign of Philadelphus, the tragic poet, and the author of the Alexandra ».
Pero, después de escrito aquel libro (y el firmante no puede arrojar la primera piedra contra quienes cambian de opinión), Fraser se fija en el apartado chipriota de la Alejandra (447-591) y no sólo ha demostrado que el pasaje responde al hecho de que, siendo entonces la isla posesión de los Ptolemeos, algo había que decir de ella, sino que investiga las fuentes de los poco interesantes acontecimientos citados en la sección y llega a la conclusión de que Licofrón se basó en una fuente primaria, Eratóstenes de Cirene, y otra marginal, Filostéfano, alumno de Calímaco que escribió un libro Sobre Chipre; y también puede haber influjos de un Jenágoras natural probablemente de Rodas que disertó Sobre las islas . Todos estos eruditos corresponden al siglo III ; Eratóstenes puede haber muerto hacia el 200; Filostéfano alcanzó el 221; resulta, por tanto, difícil que los haya utilizado el Licofrón tradicional, nacido, como dijimos, hacia el 310. La conclusión de Fraser nos lleva para este pasaje (y él mismo reconoce que sería arriesgado suponer otra interpolación más, ésta de origen chipriota, que representara tan bien el difícil estilo del original) a una fecha posterior al 285-246, reinado de Ptolemeo Filadelfo; lo cual presupone o un Licofrón trabajando en la extrema ancianidad —otra vez la tesis «procrustea» de los intentos, que citábamos, de Wilamowitz y Momigliano en los respectivos artículos primerizos o de Clinton para prolongar lo más posible la vida del calcideo— o un Licofrón II del que Fraser no se atreve a sostener claramente que haya llegado a conocer la paz de Apamea en 188.
Permítanos el gran historiador que dudemos sobre sus conclusiones; y resumamos ideas recientes de una buena filóloga, colaboradora nuestra en la edición de la Odisea de la Fundación «Lorenzo Valla», Stephanie West.
El propio Fraser, luchando heroicamente en el último lugar mencionado contra los inevitables escollos de los versos 1226 ss. y 1446 ss., apunta la posibilidad de que haya sido demasiado ligeramente abandonada la «unfashionable theory of interpolation» a que tampoco nosotros hicimos mucho caso al mencionar las famosas cartas de Fox. Pues bien, nadie podrá dejar de considerar importantes dos recientes artículos de la señora West, del último de los cuales dice que surgió en definitiva de ideas expuestas por Fraser en una clase.
El primero de ellos («Notes on the Text of Lycophron», Cl. Quart . XXXIII [1983], 114-135) contiene una inteligente observación, la de que, precisamente porque a Licofrón como escritor se le creía capaz de cualquier audacia («a todo se atreve, a todo se lanza, todo lo escribe», dice el escoliasta a 1253, tan exasperado como aquel cuyos versos leíamos antes), la crítica del XIX y XX , valerosa en la emendación de autores difíciles como Esquilo, ha sido bastante respetuosa con lo transmitido por los códices licofroneos incluso cuando éstos pecan contra el sentido o la sintaxis. La West se lanza, pues, a detectar corrupciones, por ejemplo, en 767, 788, 892, 894, 1157; y hace notar con acierto que, dada la forma estíquica, generalmente no encabalgada, en que escribe el de Cálcide, no debe sorprendernos que de los manuscritos hayan caído versos, pongamos por caso, después de 931 o 1389. Ahora bien, los casos más intrigantes siguen siendo los dos largos pasajes de colorido anacrónicamente romano. No nos choca, pues, que nuestra colega se acoja al expediente de la interpolación para 1226-1280 32 y 1441-1450.
La autora se arroja, por tanto, bravamente a proponer aquí, con caída además de uno o más versos después de 1441, una interpolación nada menos que de edad augústea, en que la profecía mesiánica estaba en el aire y que dio ocasión a un adulador del César 33 para, al modo de Virgilio (recuérdese, p. ej., la citada profecía de Anquises en En . VI 791 ss.), pero con menos genio que él, cantar unas hazañas que, seis generaciones después del importante «tournant» de Cinoscéfalas (es decir, hacia el 17 a. C.), eclipsaron a Alejandro.
El segundo artículo de la investigadora británica («Lycophron Italicised», Journ. Hell. St . CIV [1984], 127-151) es más y menos atrevido a la vez. Retira, en efecto, la sugestión relativa a Augusto como «over-ingenious» (n. 93), pero señala una serie de versos, casi la séptima parte del poema (688-737, 805-811, 951-1010, 1027-1033, 1075-1086 y otra vez 1226-1280 y 1441-1450), como interpolaciones «italocéntricas» de un «Deutero-Lycophron» que «is to be sought among the artists of Dionysus active in Southern Italy». Y que, siendo un excelente conocedor de Licofrón I, ha remedado, no siempre con total éxito, su estilo con trozos redactados «a la mayor gloria de Roma», sin que ello excluya la posibilidad de que, instaurada esa especie de «revival» licofroneo, los interpoladores sean más de uno. En cuanto a fechas, la autora se muestra prudente: si, según Estéfano de Bizancio, el gramático Teón se ocupó de lugares de 1226-1280, este pasaje andaría en labios de todos precisamente durante los reinados de Augusto y Tiberio, en que, como dijimos, ejercía aquél su actividad crítica.
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