Read the book: «El pedagogo»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 118

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por MERCEDES LÓPEZ SALVÁ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1998.
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN , 1988.
REF. GEBO229
ISBN 9788424931582.
INTRODUCCIÓN
1. El legado cultural de Alejandría
La ciudad egipcia de Alejandría, fundada por Alejandro Magno el año 331 a. C. y dedicada a las ciencias y las artes gracias a la protección de los Ptolomeos, fue, mucho antes de la aparición del cristianismo, cuna del helenismo 1 , crisol intelectual de una civilización en la que se fundían las culturas oriental, egipcia y griega y a la que se añadió desde el primer momento la cultura hebrea 2 . Por su localización estratégica, en la encrucijada de las rutas de África y Asia, Alejandría era un centro mercantil y cultural de primer orden que rivalizó y tomó el relevo de Atenas.
El legado que encuentra Clemente hacia el año 180 d. C., cuando entra en la superpoblada metrópolis (un millón de habitantes) de Alejandría, tras haber recorrido la Italia meridional, Siria y Palestina, es inmenso: una Biblioteca incomparable 3 , iniciada por Demetrio Falereo; un Museo que era la verdadera universidad del helenismo 4 ; la industria del papiro dedicada especialmente a la colaboración con la actividad intelectual; la traducción griega, realizada entre los siglos III y I a. C., de la Biblia hebrea (la Biblia de los Setenta); la obra del filósofo judío Filón, en la que, desde los tiempos de Jesús y Pablo, demostraba que la religión judaica podía ser comprendida en los mismos términos racionales de la filosofía griega; el centro cristiano más antiguo de ciencias sagradas dirigido por su maestro Panteno, la escuela de Alejandría o didaskaleíon; la herencia pastoral de diez obispos catalogados en la ciudad; la influencia en las escuelas gnósticas cristianas de Valentín, Basílides (120-161) y Carpócrates (130-160); el ímpetu que en Egipto poseían la afición a las ciencias ocultas, a la teosofía y a los misticismos religiosos (ya anteriormente a su conversión, Clemente parece haber sido iniciado en Atenas en los misterios de Eleusis); y, evidentemente, el importantísimo papel que aún tenían los filósofos paganos, especialmente un cierto ecleticismo asimilado sincréticamente por la Academia, la escuela peripatética y el estoicismo, pero también los filósofos epicúreos, cínicos, escépticos y neopitagóricos, así como el notable interés dado a la investigación científica y al cultivo de las ciencias exactas y naturales.
Las corrientes culturales con las que rivaliza el cristianismo —no sólo en Alejandría—, durante los siglos II y la primera mitad del III, pueden ser agrupadas en dos grandes bloques. Por un lado, las de ámbito externo al propio cristianismo —las religiones paganas y el judaísmo, las corrientes filosóficas— y, por otro, las que ha de combatir desde su propio ámbito interno, especialmente el gnosticismo cristiano y el montanismo.
Durante el siglo II , la literatura cristiana se caracterizó especialmente por su carácter apologético. Iba dirigida al mundo exterior, tanto a frenar la actitud agresiva del paganismo 5 , a justificar frente al Estado y frente a la majestad del Emperador la posibilidad de un nuevo culto, a contestar a las críticas de superstición y fanatismo con que los filósofos la tildaban 6 , como, especialmente, a desvanecer la opinión de que el cristianismo era una amenaza creciente contra el Imperio universal de Roma. Pero la literatura cristiana se dirigía también, evidentemente, hacia el propio interior de la iglesia, sobre todo en los trabajos antiheréticos. Esta doble respuesta, externa e interna a un tiempo, obliga a los cristianos a poner los cimientos de la teología. Este viraje supone, por primera vez, la confrontación directa con el pensamiento —especialmente, filosófico— de una época. De ahí que los cristianos del siglo II deban ser, a su vez, filósofos. Es ésta la razón por la que algunos eruditos han llegado a hablar de la «helenización del cristianismo», dado que «con el uso del griego penetra en el pensamiento cristiano todo un mundo de conceptos, categorías intelectuales, metáforas heredadas y sutiles connotaciones» 7 . Sin embargo, como después tendremos ocasión de comprobar con Clemente de Alejandría, el nuevo discurso teológico irá mucho más allá en sus intenciones, intentará presentarse como la continuación de la Paideía griega clásica.
Esta respuesta bifronte —externa e interna— queda reflejada paradigmáticamente en la obra del primer filósofo cristiano que se enfrenta al problema: Justino (100-165). Así, en su Diálogo con Trifón (o Diálogo contra el judío Trifón), Justino afirma que, aunque haya muchas tendencias filosóficas, sólo hay una filosofía (por eso, los que se dicen filósofos no lo son): «La filosofía es verdaderamente lo mayor que poseemos y lo más venerable; sólo ella nos lleva a Dios. Pero lo que en el fondo es la filosofía y la razón por la cual ha sido enviada a los hombres se le escapa a la masa. Si no, no habría en la filosofía estas tendencias diferentes, como los platónicos, los estoicos, los peripatéticos, etc., ya que esta ciencia es una» (I 6-1 y 2). Y, del mismo modo, aunque haya muchas personas que se adhieren a diferentes sectas en el cristianismo (marcionitas, valentinianos, etc.) y se llaman cristianos, no lo son porque sólo hay un cristianismo (I 35, 6). La doble respuesta tiene, pues, ya en los apologistas una conclusión muy clara: así como sólo hay un cristianismo, también sólo hay una única filosofía, de la cual el cristianismo es su continuación, ya que ni el platonismo ni el resto de sistemas griegos nos muestra esa verdadera filosofía 8 .
Justino no hacía sino comenzar junto a otros una tradición de teólogos apologistas 9 , de escritos antiheréticos papales o episcopales 10 o de refutaciones teológicas 11 , que llegaría hasta el mismo Clemente de Alejandría y Orígenes, conformando un peculiar intellectus fidei christianae frente a las diversas corrientes culturales de la época.
Sin embargo, nadie pudo escapar a la influencia del sincretismo helenístico. El esfuerzo intelectual de los teólogos y filósofos cristianos sólo puede comprenderse, si se tiene en cuenta que la Alejandría que habitó el joven Clemente, allá por el año 180, contaba con una notable presencia del judaísmo, de las religiones paganas y de los cultos orientales, y que, aunque los dioses olímpicos griegos estaban en franca decadencia, el orfismo y las asociaciones dionisíacas alcanzaban Asia y todo Egipto.
Los primeros judíos de la Diáspora que llegaron a Alejandría fueron llevados por Ptolomeo I, y, luego, siguieron llegando durante todo el siglo III , hasta conseguir, bajo el reinado de Ptolomeo II, la instalación de tres sinagogas. Ya en el siglo II a. C., los judíos suponen un mundo aparte dentro del mundo griego, aunque estaban acostumbrados al idioma y nomenclatura griegos, aunque habían adoptado las formas externas de la civilización helénica, y aunque algunos descuidaran la circuncisión o practicaran los juegos atléticos griegos. Edificaron sus sinagogas marcando distinciones con el pueblo griego. En Leontópolis, por ejemplo, Onías, en el 160 a. C., bajo Ptolomeo VI, construyó una copia reducida del Templo de Jerusalén, al que los judíos de Egipto acudieron como centro religioso hasta el 73 d. C. A partir del siglo I , el número de judíos aumenta considerablemente, hasta conseguir, después de la Era cristiana, ocupar más de dos de los cinco barrios de Alejandría. La Ley judía seguía imperante dentro de las sinagogas suplantando, a menudo, la de los tribunales griegos, hasta llegar a convertirse en un derecho acordado oficialmente. Desde el siglo I d. C., los judíos no eran considerados simples metecos, sino que por su gran número formaron un políteuma, convirtiéndose así en «colonos» casi autónomos. Los politeúmata judíos eran gobernados por un etnarca o por una reducida junta de arcontes. Sin embargo, en Alejandría nunca alcanzaron a poseer la plena ciudadanía, dado que ésta incluía la adoración de los dioses de la ciudad. En cambio, sí poseían la isopoliteía o ciudadanía potencial, por la cual su previa apostasía los convertía en plenos ciudadanos.
La reacción judía frente al helenismo provocó también un movimiento propio interno apologético, donde se intentó demostrar la superioridad de la Biblia sobre las doctrinas filosóficas (Aristobulo, por ejemplo, en el 150 a. C.), o conciliar el platonismo y el estoicismo con la fe judía (Filón, 40/30 a. C.-40/50 d. C.). Clemente, sin duda, conoció e, incluso, comentó sus obras 12 . De modo que la doctrina teológico-filosófica judaica, especialmente la de Filón, penetró en todas las ramas del neoplatonismo, pero también en la filosofía árabe y en la propia escolástica cristiana a través del Pseudo Dionisio y de Máximo Confesor.
Por otro lado, desde Babilonia se hacía notar el influjo de la creencia en la haimarméne o doctrina del Destino basada en el culto a las estrellas, que desde Alejandría se extendió por todo el Mediterráneo. Con frecuencia la vía de escape a ese determinismo se buscó desde la Gnosis 13 , la Magia o las religiones mistéricas, las cuales apelaron durante mucho tiempo a Sérapis e Isis como los dioses principales del helenismo en Alejandría y en gran parte de Egipto. Sérapis, por ejemplo, contó con cuarenta y dos templos dedicados a él 14 . La destrucción del Serapeion de Alejandría y de su estatua el año 391 por el obispo Teófilo fue, a la postre, el mejor símbolo del triunfo del cristianismo. Del mismo modo, y previo al saqueo del Serapeion, el culto cristiano a la Virgen incorporó características de la diosa de los Mil Nombres e, incluso, aprovechó estatuas de Isis para representar posteriormente a la Virgen.
Por lo que respecta a la filosofía, en el siglo II predomina la corriente platónica y neopitagórica; a menudo, ambas a la vez mezcladas con elementos procedentes de doctrinas aristotélicas y estoicas o de las religiones orientales. Este movimiento se inicia en Roma con Publio Nigidio Fígulo, aunque el centro principal del neopitagorismo reside en Alejandría, donde desarrolla una extensísima literatura. Dentro de ella pudo tener especial interés para el cristianismo la obra, escrita por Filóstrato de Lemnes (170-249) —y encargada por la mujer de Septimio Severo, cruel perseguidor del cristianismo—, sobre la vida de un neopitagórico del siglo I : Apolonio de Tiana. La obra Vida de Apolonio pretendía proponer la vida del «filósofo» como la forma más pura de religión y fue aprovechada especialmente por Hierocles, Sosiano de Bitinia y Porfirio para contraponerla a la vida de Cristo o a la doctrina cristiana.
De especial interés es la obra de Numenio de Apamea (Siria, 160-180), influido por la doctrina del estoico y ecléctico Posidonio (135-51 a. C., considerado el mayor genio enciclopédico griego después de Aristóteles, y originario también de Apamea), pues sus teorías son recogidas en la apología de Justino. En ellas se expresa la fe en el poder del conocimiento humano tal como se manifiesta en el espíritu primitivo e inocente. Según Posidonio, y posteriormente Numenio, los primeros hombres poseían una gran sabiduría debido a su aproximación a los dioses. Este conocimiento primitivo con carácter de revelación divina, ya defendido por Platón como más perfecto (Filebo 16c5), se daba en los pueblos más antiguos (brahmanes, judíos, magos y egipcios). Por eso, Numenio considera a Platón un Moyses attikízon 15 . La tarea del filósofo en el siglo II , dirá Numenio, consistirá en retornar a la sabiduría de esos antiguos pueblos. Por eso, aquella única filosofía que anteriormente vimos defendida por Justino (Diál, con Trifón I 6-2) y que se identifica ahora con el cristianismo coincide, a su vez, con la de aquella revelación mencionada por Numenio y Posidonio. No hay, por lo tanto, ocasión en que los apologistas cristianos no intenten conciliar o completar el platonismo con su propia fe. Queda constancia de que también Clemente de Alejandría conoció la doctrina de Numenio (Strom. I 22) y de que ésta, en parte, determinó su respuesta. Según Jaeger:
Cuando se enfrenta a un fenómeno que le es difícil aceptar, pero que no puede negar, por ejemplo, el rango espiritual de la filosofía platónica, tiene que suponer que todo se deriva de Moisés, y que Platón es un Moyses attikízon, o bien admitir que es el Antiguo Testamento del mundo pagano, sea cual fuere su relación con la tradición hebrea. Como verdadero cristiano, Clemente no puede creer que los filósofos griegos, si fueron capaces de reconocer parte de la verdad, hayan podido alcanzarla por puro azar y sin ninguna dispensación divina. Desde este punto de partida, su pensamiento teológico avanza hacia una nueva concepción de la divina providencia. De acuerdo con los historiadores griegos de la filosofía, Clemente distingue entre una filosofía de los bárbaros y otra de los griegos, esto le hace más fácil el ver un plan en la evolución de la mente humana. Las dos se complementan una a otra y, así, Clemente reconoce en la filosofía, aunque no sea perfecta, la propaideía del gnóstico perfecto. La verdadera paideía es la religión cristiana, es decir, el cristianismo en su forma teológica, tal como es concebido por el propio sistema de gnôsis cristiana de Clemente, ya que es obvio que la interpretación del cristianismo como gnôsis per se implica que es la paideía divina 16 .
Por lo tanto, El Pedagogo de Clemente de Alejandría y, posteriormente, la obra de Orígenes abren una nueva etapa de la historia que deja ya atrás la mera obra apologética y constituye, en gran medida, «la enorme tarea de crear una teología cristiana que sólo podía ser una teología filosófica, ya que esto es lo que significa la palabra griega theología » 17 .
Esta nueva teología se enfrentará luego con la importante obra del platónico Celso (178-180), quien, en su Doctrina verdadera, contesta a Justino afirmando que, si bien es cierto que la filosofía pagana estaba escindida en multitud de escuelas, no menos cierto es que en el cristianismo hay también gran número de sectas: judaizantes, simonianos, marcelianos, carpocracianos, marcionitas, etc. A su vez, contesta a la afirmación de que los filósofos griegos habían plagiado sus doctrinas de la sabiduría primitiva judaica. Según Celso, Platón no copió a Moisés, sino que Moisés tomó la circuncisión de los egipcios y su sabiduría de otros pueblos anteriores (asirios e indios). Si Moisés es un corruptor de doctrinas anteriores, el cristianismo es la corrupción de una corrupción, la corrupción de la doctrina judía. Esta polémica anticristiana será continuada aún por Porfirio (Contra los cristianos), Hierocles (Discurso amigo de la verdad), Libanio (Discursos) y Juliano el Apóstata (Contra los galileos). Orígenes, en su Contra Celso (248), brillando a un altísimo nivel filosófico, dará buena cuenta del libro de Celso (cf. Contra Celso I 14 y 16) y, posteriormente, Eusebio, ya a comienzos del siglo IV , en su Demostración evangélica (I 2, 1) continuará la polémica. Acaba así una primera fase del diálogo entre cristianismo y filosofía griega, donde, curiosamente, será el cristianismo y no el paganismo quien acabará asumiendo la defensa de los derechos de la razón.
2. Los escritos de Clemente
Al final de la introducción a El Pedagogo afirma Clemente:
«De esta manera, el Logos —que ama plenamente a los hombres—, solícito de que alcancemos gradualmente la salvación, realiza en nosotros un hermoso y eficaz programa educativo: primero, nos exhorta [nos invita a la conversión]; luego, nos educa como un pedagogo; finalmente, nos enseña» (I 1, 3).
Los tres objetivos atribuidos al Logos divino en la vida del cristianismo corresponden a lo que se ha dado en llamar, en los escritos de Clemente, su trilogía. Tres obras que intentarían desarrollar el cometido 1.°) del Logos-Protréptico, o exhortador a la conversión, 2.°) del Logos-Pedagogo o formador moral del bautizado, y 3.°) del Logos-Maestro que conduce al buen cristiano al Conocimiento perfecto o Gnosis.
La primera obra, El Protréptico, nos aproxima aún más a la tradicional teología apologética de todo el siglo II , donde es claramente manifiesto el esfuerzo racional por colaborar en la creación de un discurso de exhortación que favorezca la conversión del pagano, criticando, al mismo tiempo, las creencias paganas en misterios ocultos o en la mitología antigua. Aunque, en el caso de Clemente, está ya ausente una nota típica de la mayor parte de apologistas anteriores: la defensa del cristianismo contra las falsas acusaciones y calumnias de las que era objeto.
Cual si de un programa educativo griego se tratara, la acción del Logos divino es progresivamente ascendente. La exhortación, primero, la educación, después, y, por último, la enseñanza responden a un plan previa y racionalmente planeado. Esta lógica sucesión, entre El Protréptico y El Pedagogo al menos, queda explicitada al comienzo de la introducción antes mencionada. Dice Clemente, aprovechando la distinción de la naturaleza humana realizada por Aristóteles 18 :
«De las tres cosas que hay en el hombre: costumbres, acciones y pasiones, el Logos Protréptico se ha encargado de las costumbres... Un Logos preside también nuestras acciones: el Logos Consejero; y un Logos cura nuestras pasiones: el Logos Consolador 19 ... Ahora, actuando sucesivamente en calidad de terapeuta y de consejero, aconseja al que previamente se ha convertido, y, lo que es más importante, promete la curación de nuestras pasiones. Démosle, pues, el único nombre que naturalmente le corresponde: el de Pedagogo » (Ped. I 1, 1.3-7).
El Logos de Dios —término, como nos recuerda Henri-Irénée Marrou, empleado conscientemente por Clemente de forma ambigua, en tanto que designa a la vez el discurso redactado, la razón humana, la razón increada, el Verbo divino, la Segunda Persona de la Trinidad, el Salvador, Cristo, Jesús 20 — asume, por tanto, las tres funciones principales adaptadas a los tres elementos constitutivos del hombre. En cuanto Logos-Pedagogo su función es práctica, la de
«educador, no experto, no teórico (cf. I 1, 4); su objetivo es la mejora del alma, no la enseñanza, como guía que es de una vida virtuosa, no erudita» (Ped. I 1, 1.3).
El Pedagogo cumple una tarea intermedia y esencial entre la conversión y la vida perfecta.
Queda, pues, aún por realizar la tercera tarea de la acción del Logos: la enseñanza del Maestro que conduce a la Gnosis. Todo parece indicar que Clemente tenía intención de componer una tercera obra titulada El Maestro y que estaría dedicada al nivel superior de iniciación religiosa (posteriormente realizada por Orígenes) o alta teología. Ésta consistiría en una enseñanza sistemática, científica, de contenido dogmático, donde se realiza la exégesis de los enigmas y parábolas de las Escrituras y donde las enseñanzas más elevadas alimentan la contemplación o theoría del gnóstico. ¿Coincide esta intención con la tercera obra conocida de Clemente titulada Stromáteis (Tapices)? Los especialistas no llegan a un acuerdo. J. Quasten afirma, junto con algunos otros, que «Clemente no poseía las cualidades que se requieren para escribir esta clase de libros» y que «abandonó, pues, su plan primitivo y escogió el género literario de los Stromáteis» 21 . H.-I. Marrou, sin pronunciarse definitivamente, afirma que, al menos en alguna ocasión, los Stromáteis cumplen la función atribuida al Logos-maestro 22 .
Sea o no ésta la intención de los Stromáteis, es indudable que Clemente sigue en sus escritos el modelo de enseñanza común a las escuelas filosóficas del helenismo, tan practicado por los efebos atenienses en los concursos literarios durante los años 180-192 d. C. 23 . Desde los tiempos de Aristóteles las leyes del género estaban fijadas. Las introducciones exhortativas en forma de Protréptico, animando, por ejemplo, al estudio de la filosofía o a la elección de la medicina, pueden encontrarse en Aristóteles, Epicuro, los estoicos Cleantes, Crisipo y Posidonio. Galeno (contemporáneo de Clemente), o en el mismo Hortensius de Cicerón (cuya lectura supuso la «conversión filosófica de S. Agustín 24 ). El paralelo entre la «conversión a la filosofía» y la «conversión religiosa» no pasó desapercibida a Clemente 25 . Al mismo tiempo, el esfuerzo de purificación moral que, como segunda etapa, corresponde al Pedagogo aparece también como una etapa clásica obligatoria que prepara al nivel de estudios superiores contemplativos impartidos por el Maestro.
Por último, al hacer coincidir la enseñanza del Logos-Maestro con la verdadera Gnosis, Clemente parece intentar aprovechar la doctrina gnóstica de la época, que afirmaba que la realidad divina (Primer Principio o Superprincipio) se manifiesta en Inteligencia (Noûs) y Verbo (Lógos) u Hombre Primordial. La verdadera Sophía por la que los hombres serán regenerados y salvados será identificada, en Clemente, con el Logos-Hijo o enseñanza de Dios transmitida en las Escrituras y, especialmente, en el Nuevo Testamento (Ped. I 2, 4 y 6). De este modo, el aprendizaje, la formación y el conocimiento deben ser ahora tarea de la religión:
«La religión es una pedagogía que comporta el aprendizaje del servicio de Dios, la educación para alcanzar el conocimiento de la verdad, y la buena formación que conduce al Cielo» (Ped. I, 7, 53; cf., también, I 12, 99).
3. La figura del pedagogo
El paidagogós (en latín, paedagogus) designaba en la Antigüedad (donde se reconocía el estilo de vida aristrocrático) al servidor, normalmente un esclavo. El pedagogo estaba encargado de «conducir al niño» a la escuela. Se trataba de ayudar al joven amo a llevar su pequeña maleta, la linterna para alumbrarle el camino o, inclusive, llevar al mismo niño. Pero, sobre todo, su papel consistía en protegerlo contra los peligros de la calle, tanto físicos como, especialmente, morales. Dado que la inmoralidad griega con frecuencia se cebaba en los niños, la misión del pedagogo consistía en velar por el comportamiento del muchacho y en exigir de él unos modales correctos y dignos. La costumbre antigua atribuía a esta exigencia, por tanto, implicaciones morales. De ahí que el «pedagogo» fácilmente pasara, de ser mero acompañante, a convertirse en formador del carácter y de la moralidad. Este ascenso de la consideración e importancia de su papel como elemento básico de la educación infantil tomó forma real, bajo la época del helenismo y del Imperio romano, en la figura del paedagogorum custodia.
El pedagogo ahora complementaba la tarea de padres y maestros. Según Quintiliano, el pedagogo no se separa del niño ni siquiera en la casa, puede, a veces, realizar también el papel de repetidor o studiorum exactor 26 , ayudándole en los deberes o a estudiar la lección, siempre —claro está— subordinado a las directrices del maestro cualificado o didáskalos. Sin embargo, el servicio técnico de instructor o maestro, remunerado económicamente, nunca fue considerado propiamente como educación, ni siquiera bien visto. Era considerado oficio humilde y menospreciado, precisamente, por ser oficio en el sentido comercial del término, por ser retribuido. Especialmente en el caso de la pederastia, pero no necesariamente sólo en ese caso, para el mundo griego la educación residía en «las relaciones profundas y estrechas que unían de modo personal a un espíritu joven con una persona de más edad, que era el mismo tiempo su modelo, su guía y su iniciador» 27 . Fundamentalmente la educación consistía en la formación moral, en la formación del carácter y del estilo de vida.
Por tanto, la figura del pedagogo en Grecia responde mejor a la de tutor (G. W. Butterworth) o a la de preceptor (H.-I. Marrou), que a la de educador (Stählin) o instructor (W. Wilson). Perpetuaba, en parte, dentro de la burguesía helenística, el papel del «ayo» de los héroes homéricos. Por eso —dice Marrou—, el pedagogo, ese humilde esclavo, desempeñaba en la educación del niño un papel más importante que el del maestro de escuela: «Este último no es más que un técnico que se ocupa de un sector limitado del entendimiento; el pedagogo, por el contrario, permanece al lado del niño durante toda la jornada, lo inicia en los buenos modales y en la virtud, le enseña a comportarse en el mundo y en la vida (lo cual es más importante que saber leer)» 28 .
4. El «Pedagogo» de Clemente de Alejandría
«La pedagogía es, según se desprende de su mismo nombre, la educación de los niños» 29 , dice Clemente. Y algo más adelante: «Consideramos que la pedagogía es la buena conducción de los niños hacia la virtud» 30 . De manera análoga a la educación moral pagana, Clemente propone una formación moral cristiana:
La palabra «pedagogía» engloba diversos significados: puede referirse al que es guiado y aprende; al que dirige y enseña; en tercer lugar, a la educación misma; finalmente, a las cosas enseñadas; por ejemplo, los preceptos. La Pedagogía de Dios es la que indica el camino recto de la verdad, con vistas a la contemplación de Dios; es también el modelo de la conducta santa propia de la ciudad eterna 31 .
Como formador moral del bautizado, la figura del Logos-Pedagogo llamado, sucesivamente, educador, experto, guía de una vida virtuosa, médico y fortalecedor del alma (curador de pasiones), modelo sin defecto, guía infalible y certero, persuasivo y no temible, etc., se identifica con Jesús:
«Nuestro Pedagogo: se llama Jesús» 32 . «Nuestro Pedagogo... es el Santo Dios, Jesús, el Logos que guía a toda la humanidad; Dios mismo, que ama a los hombres, es nuestro Pedagogo» 33 . «Jesús, nuestro Pedagogo, nos ha diseñado el modelo de la verdadera vida, y ha educado al hombre en Cristo» 34 .
Esta propuesta de un nuevo «formador moral» o «pedagogo» va dirigida, en el caso de Clemente, tanto contra la antigua Ley educadora de los judíos (la Ley mosaica), como contra la educación moral pagana helenística.
En el judaísmo de la diáspora, y más concretamente en el judaísmo alejandrino, la vida religiosa era eminentemente una vida práctica, encarnada en el conocimiento y aplicación de la Ley revelada: la Torah. Ésta era transmitida, tanto desde la propia educación familiar, como, y especialmente, desde un sistema de enseñanza colectiva basada en las escuelas rabínicas organizadas en tres grados: la lectura de la Biblia, el estudio de los comentarios jurídico-exegéticos de la Mishna y, por último, el Talmud. Utilizando el texto de S. Pablo en la Epístola a los Gálatas (3, 23-25):
Antes de llegar la fe, estábamos sujetos a la custodia de la Ley (mosaica), a la espera de la fe que había de revelarse. De suerte que la ley fue nuestro Pedagogo para elevarnos a Cristo, para que fuésemos justificados por la fe. Mas, llegada ésta, ya no estabamos bajo el (antiguo) Pedagogo.
Clemente concluye:
¿Es que no os dais cuenta de que ya no estamos bajo esta ley, bajo el yugo del temor, sino bajo el Logos de libertad, el (nuevo) Pedagogo? 35 .
En primer lugar, hubo una antigua alianza para el pueblo antiguo; la ley educaba al pueblo con temor, y el Logos era su Ángel. Pero el pueblo nuevo y joven ha recibido una nueva y reciente alianza... El mismo Pedagogo que en otro tiempo dijo: «Temerás al Señor tu Dios», nos exhorta ahora: «Amarás al Señor tu Dios» 36 .
Hay, por tanto, una acción continuadora del Logos que comienza en Moisés y los profetas y se desarrolla en toda la historia del pueblo elegido. La noción de una nueva «Pedagogía divina» aplicada a la humanidad que encontramos en la obra de S. Ireneo 37 es, pues, adaptada ahora por Clemente frente a la antigua pedagogía judía.
Sin embargo, la nueva Paideía propuesta por Clemente pretendía ser, sobre todo, una alternativa a 1) las escuelas helenísticas y 2) a la propia paideía griega.
Como constata Marrou 38 , es cierto que los primeros cristianos no crearon una escuela de inspiración religiosa, distinta y rival de la escuela pagana de tipo clásico. Pero, ¿acaso no es cierto también que algunos, como Justino, Clemente, Orígenes o Hipólito de Roma, no cejaron de intentar la creación de una escuela superior de teología cristiana capaz de hacer sombra a la alta cultura filosófica pagana o al propio movimiento gnóstico herético?
Gracias a la Oratio panegirica (Discurso de despedida) del capadocio Gregorio el Taumaturgo, conocemos el sistema de enseñanza teológica que Orígenes seguía en Cesarea. Después de una exhortación a la filosofía, proseguía con un curso preliminar que adiestraba a los estudiantes para la educación científica mediante un ejercicio mental constante; por último, el curso científico comprendía la lógica y la dialéctica, las ciencias naturales, la geometría y la astronomía y, al fin, la ética y la teología. Según J. Quasten, «el curso de ética no se reducía a una discusión racional de los problemas morales, sino que daba toda una filosofía de la vida» 39 . Gracias a Eusebio, sabemos que Orígenes adaptó ingeniosamente a dicha escuela los métodos característicos de la enseñanza superior de tipo helenístico 40 .
No cabe, pues, duda de que, tanto en el autor de El Pedagogo como en Orígenes y otros, había claramente la intención de plantear una pedagogía alternativa a la de la época, aunque este objetivo no se consiguiera, por distintas razones, hasta la aparición de la escuela monástica de Oriente con los Padres del Desierto en Egipto.
Con todo, el plan más ambicioso de la teología Clementina y del propio Orígenes no radicaba en la mera posibilidad de proponer una alta escuela alternativa (en este caso, de teología) sino —con palabras de Jaeger— en «enfrentarse a la idea cultural de los griegos como un todo» 41 . No se trataría tanto de subrayar el papel del Pedagogo como el de la nueva Paideía o programa pedagógico que éste lleva consigo. El Logos-Pedagogo cristiano encarnaría, así, un nuevo ideal de existencia humana:
Pero, cuando Cristo es visto como el educador de la humanidad, es contrastado, por ello, con toda la idea griega de cultura, pues tal es el significado exacto que la palabra paideía había alcanzado en el curso de su historia. El uso de la palabra «pedagogo», en este sentido exaltado, indica que ya no significa el esclavo que en los siglos clásicos de Grecia tenía la función de llevar y traer al niño a la escuela, sino que está más cerca del significado filosófico que Platón dio a la palabra paidagogeîn en las Leyes, donde define de esta forma la relación de Dios con el mundo: «Dios es el pedagogo de todo el mundo» (Leyes X 879b). Esta transformación del significado y rango de la palabra fue la consecuencia necesaria de la dignidad filosófica que Platón había dado al concepto de paideía. Y fue esta dignidad teológica platónica la que hizo posible que Clemente presentara a Cristo como pedagogo de todos los hombres 42 .
El cristianismo podía, en este caso, cumplir una misión paidéutica nueva: ser iniciador de la civilización cristiana. Bajo esta nueva perspectiva, la filosofía griega es degradada (también en Orígenes) a ser una propaideía de la teología cristiana, verdadera y nueva paideía cuya fuente es el Logos divino. Frente a la antigua afirmación de Isócrates proclamando la paideía griega:
Nuestra ciudad ha dejado al resto de la humanidad tan atrás, por lo que respecta a la inteligencia y al discurso, que sus discípulos se han convertido en maestros de todos; el nombre «griego» ya no señala a un hombre en particular, sino a este tipo de inteligencia; quienes participan en nuestra paídeusis son llamados «griegos» con preferencia a aquellos que sólo tienen la naturaleza física en común con nosotros 43 ,
podemos encontrar ahora la respuesta de Clemente:
Así como hay un estilo de vida propio de los filósofos, otro, de los rétores, otro, de los luchadores, así también haya una noble disposición del alma, que corresponde a la voluntad amante del bien, y que es consecuencia de la pedagogía de Cristo. Tal educación confiere a nuestro comportamiento una radiante nobleza 44 .
Respuesta que no dudará en hacer suya la razón de los filósofos:
La filosofía se define como el estudio de la recta razón... El comportamiento propio del cristiano es una actividad del alma racional inspirada en el buen juicio, y en el deseo de verdad... La vida de los cristianos, que ahora enseñamos, es un conjunto de acciones racionales, la práctica perseverante de lo que nos enseña el Logos, que nosotros llamamos fe 45 .
Del mismo modo que hará, posteriormente, Orígenes:
Ruégote que tomes de la filosofía griega aquellas cosas que puedan ser conocimientos comunes o educación preparatoria para el cristianismo, y de la geometría y astronomía lo que puede ser útil para la exposición de la Sagrada Escritura, a fin de que lo que los discípulos de los filósofos dicen de la geometría, y música, y gramática, y retórica, y astronomía, a saber, que son siervas de la filosofía, podamos decirlo nosotros de la filosofía misma en relación con el cristianismo 46 .
5. Estructura de la obra
El Pedagogo es una obra claramente dividida en dos partes. La primera, que corresponde al libro I, es un largo preámbulo que fundamenta y justifica el papel de una pedagogía cristiana y sus caracteres principales. Los libros II y III componen la segunda parte y responden al tema anunciado y propio de la acción del «Pedagogo», es decir, intentan ser un tratado amplio de moral práctica, pensado especialmente para el joven cristiano de Alejandría. Porque, del mismo modo que la vida pagana dispone de deberes, el cristianismo, para alcanzar la vida «feliz», debe conocer los deberes cristianos:
«Los (deberes) que están prescritos para la vida pagana, ya son conocidos por casi todos; mas los relativos a la vida feliz, y merced a los cuales se conquista la vida eterna de allí arriba, podemos examinarlos esquemáticamente, a partir de las mismas Escrituras» (Ped. I 13, 103).
La «pedagogía» del Logos-Jesucristo dicta ahora deberes, da consejos, exhorta, propone modelos a imitar, en otras palabras, establece un «modelo de vida cristiana» 47 .
Dicho objetivo práctico queda, sin embargo, definido en la primera parte del libro. En ella se nos dice que el Logos «con su obrar y sus palabras nos prescribe lo que debemos hacer, y nos prohíbe lo contrario». Además, el Logos-Pedagogo posee otro lenguaje: el didáctico. Éste es «escueto, espiritual, de notable precisión», el propio del arcano 48 . Dos son, por tanto, los objetivos prácticos del Pedagogo justificados en la primera parte:
a) El prescriptivo o método parenético: que dicta preceptos y conduce a la obediencia 49 .
b) El didáctico, que pone ejemplos de conducta. Ya sea 1) de imitación y elección del bien (género exhortativo y laudatorio); o 2) de rechazo de malos ejemplos (género de censura o disuasión) 50 .
Ambos objetivos persiguen el fin propio del Pedagogo: la salud o mejora del alma, que la distingue, al mismo tiempo, de la tarea del Logos-Maestro, porque —afirma Clemente— «salud y conocimiento no son lo mismo; aquélla se obtiene por la curación (Pedagogo), éste, en cambio, por el estudio (Maestro)» 51 . La obtención de dicho fin permite establecer, a su vez, una jerarquía ética de doble dirección —ascendente o descendente, dependiendo, respectivamente, de si fijamos nuestra atención en el modelo mayor o menor— compuesta por:
1) la de aquel que no comete la más leve falta (Dios),
2) la de quien no comete ningún pecado deliberado (el sabio),
3) la de quien no comete demasiadas faltas involuntarias (los bien educados),
4) la de quien permanece en el pecado el menor tiempo posible (el recién converso).
En la segunda parte, Clemente pasa a la descripción y al consejo de deberes concretos, lo que, sin duda, nos permite hoy a nosotros poseer, probablemente, uno de los mejores frescos de la vida cotidiana de la época. Es, por lo tanto, la parte menos rigurosa y la más descriptiva y compleja. En ella los detalles más concretos de la vida diaria son repasados: el arte de comer, la bebida, el lujo de la vajilla y del mobiliario, los modales que deben mantenerse durante un banquete, los adornos y perfumes, el dormitorio, las reglas para dormir, la conducta sexual de los esposos, la procreación de los niños, el vestido, el lujo de la vestimenta, el calzado, las joyas, la belleza espiritual, la crítica a la coquetería femenina y masculina, la pederastia, el aseo, el trato a los criados y a los animales domésticos, los baños, los ejercicios físicos, y todo ello mezclado de vez en cuando con algunos capítulos más teóricos en los que diserta sobre la riqueza, el lujo o los ejemplos bíblicos de conducta. Esta extensa descripción de la «jornada de un cristiano» finaliza en un par de capítulos de recapitulación (el XI y XII) que conectan de nuevo con la primera parte de la obra gracias a la exposición del famoso «Himno de Cristo Salvador».
La obra intenta proponer una moral racional claramente influida por la filosofía, en la que el Logos-Pedagogo es más que nunca, en su divinidad, razón, espíritu lógico o razonable. De ahí que, más que escisión entre filosofía pagana y cristianismo, podamos hablar en Clemente de yuxtaposición de autoridades y de penetración íntima 52 . La filosofía —en cuanto que propaideía — es ahora ratificada en su componente moral por la nueva paideía moral derivada de las Escrituras: la moral ascética cristiana. La facilidad de derivación, el eclecticismo y montaje de las enseñanzas bíblicas con ejemplos filosóficos o de la tradición histórica, y viceversa, es constante en la segunda parte del libro. Ello indica claramente que el recurso a remitirnos con frecuencia a la cultura clásica supone, a diferencia de la etapa apologística de rechazo y defensa, el comienzo de una asimilación selectiva de la cultura anterior, mucho más armónica y conciliadora, en Clemente, que refutadora. La incorporación de Homero, Platón, Aristóteles, los poetas líricos, los trágicos, los historiadores, los comediógrafos e, incluso, los filósofos epicúreos y estoicos es una muestra clara de que el cristianismo de comienzos del siglo III , a diferencia del aislacionismo judaico, se enraiza en la sabiduría mundana del helenismo y, sin diluirse en él, consigue forjar, si no una escuela cristiana, sí una cultura propia, que incorpora y hace suyo el «ideal civilizado» y aristocrático del legado griego, especialmente los ideales estéticos y éticos: el equilibrio armónico, la proporción exacta, el justo medio o el «nada en exceso».
En definitiva, El Pedagogo debe leerse como ejemplo, a un tiempo, de aplicación de la moral cristiana «mundana» —es decir, como historia social del cristianismo— y de espejo aproximado del modelo de vida o historia costumbrista del mundo helénico alejandrino ya en su finalización. Tal vez por ello, H.-I. Marrou ha dicho de El Pedagogo que podemos extraer de él «un cuadro, pintoresco y colorista», de la «jornada de un rico alejandrino alrededor de los siglos II -III », el equivalente a la «jornada del romano», de nuestros viejos manuales de antigüedades: El Pedagogo representa para su medio y para su tiempo un testimonio que corresponde, en vivacidad al menos, al de El Satiricón de Petronio para la Italia del siglo I » 53 .
ÁNGEL CASTIÑEIRA
1 Helenismo significaba, originalmente, hacer uso gramaticalmente correcto del griego, es decir, emplear un lenguaje libre de barbarismos y solecismos. A partir del siglo III a. C., la palabra significa: adopción de los usos griegos o de la forma y cultura griegas de vivir. En el mundo cristianizado, especialmente en los Padres de la Iglesia griegos, fue empleado para referirse no sólo a la cultura griega, sino especialmente al culto y a la religión paganos. (Cf. W. JAEGER , Cristianismo primitivo y Paideia griega [trad. esp.], México, 1952, págs. 13-14, n. 6.)
2 Cf. FLAVIO JOSEFO , Antigüedades judaicas XIX 5 .
3 Según Tzetzes, la Biblioteca «externa» de Alejandría contenía 42.800 volúmenes, mientras que la Biblioteca principal de Palacio contenía unos 400.000 volúmenes «mezclados» (rollos mayores) y unos 90.000 «no mezclados» o «simples» (pequeños rollos de papiro). Cf. FR . COPLESTON , Historia de la filosofía, vol. I: Grecia y Roma, Barcelona, 1974, pág. 383.
4 El Museo estaba dotado de Jardín Botánico, Observatorio Astronómico, Anfiteatro de Anatomía y laboratorios, además de la Biblioteca principal de Palacio ya mencionada. El Museo fue levantado bajo el poder de Ptolomeo Soter (323-283 a. C) en el centro de la ciudad, junto al Palacio real, en el barrio aristocrático o Brûcheien.
5 Así, por ejemplo, la obra de Luciano de Samosata, Sobre la muerte de Peregrino (año 170).
6 Por ejemplo, Cornelio Frontón de Cirta en su Discurso, o el platónico Celso en su libro Doctrina verdadera (año 178), donde afirma: «al adherirse a una doctrina es necesario dejarse llevar por la razón; si no, se cae en todo tipo de prácticas oscuras y uno se deja engañar por gente perversa» (recogido por ORÍGENES , en Contra Celso I 9).
7 Cf. JAEGER , Paideia, pág. 14. La misma afirmación la encontramos también en la escuela de Harnack.
8 Cf. E. VILANOVA , Història de la teologia cristiana, vol. I: Des dels orígens al segle XV, Barcelona, 1984, pág. 111.
9 Cuadrato, Aristides de Atenas, Aristón de Pela, Taciano el Sirio, Milcíades, Apolinar de Hierápolis, Atenágoras de Atenas, Teófilo de Antioquía, Melitón de Sardes.
10 Sotero, Eleuterio, Víctor I, Ceferino, Dionisio de Corinto, Pinito de Cnosos, Serapión de Antioquía.
11 Teófilo de Antioquía, Felipe de Gortina, Agripa Castor, Modesto, Rodón, Máximo, Musano, Cándido, Apión, Sexto, Heráclito, Hegesipo, Ireneo de Lyón.
12 La doctrina de Aristobulo nos ha llegado, entre otros, por el propio CLEMENTE (cf. Strom. V 14, 27). H.-I. MARROU habla de «la influencia, tan marcada» que ha ejercido sobre Clemente la obra de Filón de Alejandría. «Filón —dice— no es citado nunca en El Pedagogo; sin embargo, cuántas veces se le siente, subyacente: basta poner los textos en paralelo; se constata fácilmente que tales páginas de nuestro tratado no son sino de Filón, transpuesto casi literalmente, hábilmente recompuesto. El gran pensador judío, alimentado en el mismo medio de cultura alejandrina, suministraba a Clemente un precioso modelo y estimulaba a realizar la transposición de la herencia clásica en un clima nuevo de pensamiento y de piedad bíblicos», cf. «Introduction générale», en Clément d’Alexandrie. Le Pédagogue, París, 1960, págs. 68-69.
13 Frente a la posición de los «historiadores de la Iglesia» (Lipsius, Hilgenfeld, Harnack, de Faye, Burkitt), el estudio de los últimos descubrimientos manifiesta que al inicio de la Era cristiana ya existía una gnosis cristalizada en sistemas (cf. VILANOVA , Historia de la teologia..., pág. 117). El mismo año que Clemente llegaba a Alejandría (100), IRENEO DE LYÓN escribía cinco libros titulados Contra las herejías, donde trataba el tema de la gnosis comparando su complejidad con un «cultivo de setas» (I 29, 1). H. CH . PUECH ha estudiado la diversidad de movimientos gnósticos en Ann. Coll. Fr. 53 (1953), 163 y sigs.
14 CLEMENTE polemizará virulentamente contra las religiones paganas de misterios, proponiendo que la gnôsis que ofrece la teología cristiana era el único misterio verdadero del mundo (Protrepticus, caps. 1 y 2). Según JAEGER , «los misterios son la paideía de los gnósticos (Strom. VII 1). Su maestro es Cristo», Paideia, pág. 85.
15 Cf. fr. 9 (Fragmenta Philosophorum Graecorum, ed. MULLACH , III, París, 1881, pág. 166 [cit. por JAEGER , Paideia, pág. 91]).
16 Ibid., págs. 91-92.
17 Ibid., pág. 76, n.8.
18 ARISTÓTELES utiliza dicha distinción para analizar el poder expresivo de la danza (cf. Poética 1447a28).
19 Clemente utiliza el vocabulario de filosofía moral extraído del estoicismo. En SÉNECA (Ep. 95, 65) podemos encontrar el equivalente en latín (exhortatio, suasio, consolatio).
20 Cf. MARROU , «Introduction...», pág. 8.
21 Cf. J. QUASTEN , Patrologia, vol. I, Madrid, 1968, pág. 327.
22 «Introduction...», págs. 9-10.
23 Cf. H.-I. MARROU , Historia de la educación en la Antigüedad (trad, esp.), Madrid, 1985, pág. 492, n. 8.
24 Cf. Confesiones III 4, 7-8.
25 El mismo MARROU señala dicho paralelismo, cf. Historia..., pág.
26 I 3, 14.
27 MARROU , Historia..., págs. 52-53.
28 Ibid., pág. 286.
29 Ped. I 5, 12.
30 Ibid., I 5, 16; cf., también, 1 7, 54.
31 Ibid., 1 7, 54.
32 Ibid., I 7, 53.
33 Ibid., 1 7, 55.
34 Ibid., I 12, 98; cf., también, 1 11, 97.
35 Ibid., I 6, 30-31.
36 Ibid., I 7, 59-60; cf., también, I 11, 97.
37 Adv. haer. IV 25, 2-3.
38 MARROU , Historia..., pág. 405.
39 QUASTEN , Patrologia, I, pág. 353.
40 EUSEBIO , P.E. VI 18, 3-4.
41 JAEGER , Paideia, pág. 89.
42 Ibid., pág. 90, n. 29.
43 Panegírico 96, 47 ss.
44 Ped. I 12, 99.
45 I 13, 101-103.
46 Epístola a Gregorio el Taumaturgo (13, 1).
47 Cf. Ped. I 10, 95 y 98.
48 Ibid., I 3, 8.
49 Ibid., I 1, 2.
50 ibid., I 10, 89.
51 Ibid., I 1, 3.
52 Cf. MARROU , «Introduction...», pág. 57.
53 Ibid., págs. 86-87.
BIBLIOGRAFÍA
1. Ediciones y traducciones de la obra
Ofrecemos a continuación una relación cronológica de las principales versiones de El Pedagogo —en algún caso, parciales—, cuya conservación debemos a los desvelos e inestimable devoción filológica del humanista y bibliófilo bizantino ARETAS , arzobispo de Cesarea de Capadocia.
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NOTA DEL TRADUCTOR
La presente traducción ha sido realizada sobre el texto griego de las autorizadas ediciones de El Pedagogo, ya reseñadas en nuestra Bibliografía, de Les Éditions du Cerf, París, 1960, 1965 y 1970.
Livre I: Introd. y nn. de HENRI- IRÉNÉE MARROU , y trad. de MARGUERITE HARL .
Livre II: Trad. de CLAUDE MONDÉSERT , y nn. de HENRI- IRÉNÉE MARROU .
Livre III: Trad. de CLAUDE MONDÉSERT , y nn. de CHANTAL MATRAY .
También hemos cotejado, en todo momento, la edición de J.-P. Migne y su versión en lengua latina:
Clementis Alexandrini opera quae exstant omnia (Series graeca), VIII-IX, París, 1891.
LIBRO I
1. ¿Qué promete el Pedagogo?
Hemos establecido para vosotros, [1 ] hijos míos, una base de verdad 1 , fundamento 2 inquebrantable de conocimiento del sagrado templo del gran Dios; una bella exhortación, una apentencia de vida eterna que se alcanza por obediencia racional y que ha sido fundamentada en el terreno de la inteligencia.
De las tres cosas que hay en el hombre: costumbres, acciones y pasiones, el Logos-Protréptico 3 se ha encargado de las costumbres; guía de la religión, subyace al edificio de la fe cual quilla de un navío. Gracias a Él abjuramos gozosos de nuestras viejas creencias, y nos rejuvenecemos para alcanzar la salvación, cantando con el profeta: «Qué bueno es Dios para Israel, para los que tienen un corazón recto» 4 .
[2] Un Logos preside también nuestras acciones: el Logos-Consejero; y un Logos cura nuestras pasiones: el Logos-Consolador. Pero es siempre el mismo Logos, el que arranca al hombre de sus costumbres naturales y mundanas, y el que, como pedagogo, lo conduce a la única salvación de la fe en Dios.
[3] Pues bien, el guía celeste, el Logos, recibía el nombre de Protréptico puesto que nos exhortaba a la salvación —ésta es la denominación especial que recibe el Logos encargado de estimularnos, tomando el todo el nombre de la parte—; toda religión es, en efecto, protréptica, ya que genera en el razonamiento la apetencia de vida, de la presente y de la futura.
[4] Pero ahora, actuando sucesivamente en calidad de terapeuta y de consejero, aconseja al que previamente ha convertido y, lo que es más importante, promete la curación 5 de nuestras pasiones. Démosle, pues, el único nombre que naturalmente le corresponde: el de Pedagogo.
El Pedagogo es educador, no experto, no teórico; su objetivo es la mejora del alma, no la enseñanza, como guía que es de una vida virtuosa, no erudita.
[2 ,1] Aunque el mismo Logos es también maestro, no lo es todavía. El Logos-Maestro expone y revela las verdades dogmáticas; el Pedagogo, en cambio, en tanto que práctico, nos ha exhortado primero a llevar una vida moral, y nos invita ya a poner en práctica nuestros deberes dictando los preceptos que deben guardarse intactos y mostrando a los hombres del mañana el ejemplo de quienes antes han errado su camino.
Ambos métodos son altamente eficaces: uno conduce [2] a la obediencia; es el género parenético 6 ; el otro, que reviste la forma del ejemplo, se subdivide, a su vez —paralelamente—, en dos modos de proceder: consiste uno en que imitemos el bien y lo elijamos; el otro, en que nos apartemos de los malos ejemplos rechazándolos.
De esto se sigue la curación de las pasiones. El Pedagogo, [3 ] con ejemplos consoladores, fortalece el alma; y, como si de dulces remedios se tratara 7 , con sus preceptos, llenos de calor humano, cuida a los enfermos conduciéndoles hacia el perfecto conocimiento de la verdad. Salud y conocimiento no son lo mismo; aquélla se obtiene por la curación, éste, en cambio, por el estudio.
Un enfermo no podría asimilar nada de las enseñanzas [2] hasta que no estuviera completamente restablecido; la prescripción que se dicta a los que aprenden no tiene el mismo carácter que la que se da a los que están enfermos: a los primeros, se les administra para su conocimiento; a los segundos, para su curación.
Así como los enfermos del cuerpo necesitan un médico, [3] del mismo modo los enfermos del alma precisan de un pedagogo, para que sane nuestras pasiones. Luego acudiremos al maestro, que nos guiará en la tarea de purificar nuestra alma para la adquisición del conocimiento y para que sea capaz de recibir la revelación del Logos.
De esta manera, el Logos —que ama plenamente a los hombres—, solícito de que alcancemos gradualmente la salvación, realiza en nosotros un hermoso y eficaz programas educativo: primero, nos exhorta; luego, nos educa como un pedagogo; finalmente, nos enseña.
2. El Pedagogo nos dirige a causa de nuestros pecados
[4 ] Nuestro Pedagogo, pequeños, es semejante a su Padre-Dios, de quien es precisamente Hijo, sin pecado ni reproche y sin pasiones en su alma 8 , Dios sin mancha en forma de hombre 9 , cumplidor de la voluntad del Padre, Verbo-Dios, que está en el Padre, que está a la derecha del padre 10 , Dios, incluso por su figura.
[2] Es para nosotros modelo sin defecto; debemos procurar con todo empeño que nuestra alma se le parezca. Él, totalmente libre de pasiones humanas, es el único juez, por ser el único impecable. Nosotros, en cambio, debemos esforzarnos, en la medida que podamos, por pecar lo menos posible, pues nada es tan apremiante como alejarnos, en primer lugar, de las pasiones y enfermedades, y evitar depués la recaída en el hábito de pecar.
[3] Lo mejor es, sin duda, no cometer de ningún modo la más leve falta: lo que afirmamos, ciertamente, ser privativo de Dios; en segundo lugar, no cometer ningún tipo de pecado deliberado, lo que es propio del sabio; en tercer lugar, no caer en demasiadas faltas involuntarias, lo que es propio de los que reciben una educación genuina. Finalmente, propongámonos permanecer en el pecado el menor tiempo posible, ya que es saludable que los que han sido llamados a la conversión renueven su lucha.
Me parece que el Pedagogo habló muy bien por boca [5 ] de Moisés: «Si alguno muere repentinamente cerca de él, su cabeza consagrada quedará al punto mancillada y deberá rasurarse» 11 . Al decir «muerte repentina», se refiere al pecado involuntario. Y su mancha, dice, ensucia el alma. Por eso sugiere el remedio de que se rasure rápidamente la cabeza; y exhorta a cortar los cabellos de la ignorancia que oscurecen la razón, para que, al quedar libre de la densa espesura que es el mal, la razón, que tiene su sede en el cerebro, retorne al arrepentimiento. Un poco [2] más adelante añade: «los días precedentes eran irracionales» 12 ; esto se refiere claramente a los pecados cometidos contra razón. A la falta involuntaria la llamó «una muerte repentina»; al pecado, «un acto irracional». Por eso el Logos-Pedagogo tiene la misión de dirigirnos, para apartarnos del pecado «irracional».
Considera ahora este pasaje de la Escritura: «por eso, [3] he aquí lo que dice el Señor» 13 . En el pasaje que sigue se pone claramente de manifiesto lo que es el pecado anterior, ya que sigue el justo juicio; esto está muy claro —por lo que dicen los profetas: «Si no hubieses pecado, no habrías sido objeto de estas amenazas», y «por eso, he aquí lo que dice el Señor», o bien «puesto que no habéis escuchado estas palabras, he aquí lo que dice el Señor»—. Éste es, sin duda, el motivo de la profecía: la obediencia y la desobediencia; la primera, para que nos salvemos, y la segunda, para ser educados.
[6 ] Así que el Logos, nuestro Pedagogo, es, por sus exhortaciones, quien cura las afecciones contra natura de nuestra alma. La curación de las enfermedades del cuerpo se llama propiamente medicina, y es un arte que enseña la sabiduría humana. Pero el Logos del Padre es el único médico de las debilidades humanas; es curador 14 y santo ensalmador del alma enferma. Así dice: «Salva, Dios mío, a tu siervo que en ti confía. Ten piedad de mí, Señor, [2] pues a ti clamaré todo el día» 15 . «La medicina, según Demócrito 16 , cura las enfermedades del cuerpo, pero la sabiduría libera al alma de sus afecciones.» El buen pedagogo, que es la Sabiduría, el Logos del Padre, el que ha creado al hombre, se cuida de la totalidad de su criatura, y cura su alma y su cuerpo como médico total de la humanidad.
[3] El Salvador dice al paralítico: «Levántate, toma la camilla sobre la que estás tendido y vete a casa.» Y, al punto, el que estaba sin fuerzas, recuperó su fuerza. Y al muerto le dijo: «Lázaro, sal»; y el muerto salió de su tumba, tal como estaba antes de morir, ejercitándose así para la resurrección.
[4] Cura, en verdad, igualmente al alma en sí misma con sus preceptos y sus gracias. Con los consejos tal vez la curación se demora, pero, generoso en gracias, nos dice a nosotros pecadores: «Tus pecados te son perdonados» 17 .
[5] Nosotros, por un acto simultáneo a su pensamiento, nos convertimos en niños, participando, merced a su poder ordenador, del rango más privilegiado y seguro. Dicho poder ordenador se ocupa, en primer lugar, del mundo y del cielo, de las órbitas del sol y del curso de los demás astros, y todo ello en función del hombre; luego se ocupa del hombre mismo, en torno al cual despliega toda su solicitud.
Considerando al hombre como su obra suprema, puso [6] su alma bajo la dirección de la prudencia y de la templanza y dotó al cuerpo de belleza y armonía. Y en las acciones humanas inspiró la rectitud y buen orden propio de ellas.
3. El Pedagogo ama al hombre
El Señor, como hombre y como [7 ] Dios, nos ayuda en todo. Como Dios, perdona nuestros pecados; como hombre, nos educa para no caer en ellos. Y es natural que el hombre sea caro a Dios, porque es su criatura.
Las otras realidades de su creación las hizo Dios sólo con una orden; al hombre, en cambio, lo ha modelado con sus propias manos y le ha inspirado algo propio de Él 18 . Esta criatura que ha sido creada por Dios a imagen [2] suya, o bien la ha creado por ser en sí misma digna de ser elegida, o la ha modelado por ser digna de elección por algún otro motivo.
Si el hombre es por sí mismo un ser digno de elección, [3] Dios, que es bueno, ha amado a este ser bueno; el especial atractivo está dentro del hombre, y precisamente por eso lo denomina «soplo» de Dios. Mas si el hombre ha sido objeto de elección por razón de otras cosas, Dios no tenía otro motivo para crearlo que la consideración de que, sin el hombre, no hubiera podido manifestarse su bondad de Creador, ni tampoco el hombre hubiera podido llegar al conocimiento de Dios; porque, de otro modo, es decir, si el hombre no hubiera existido, Dios no habría creado aquello por lo que el hombre existe; y este poder que Dios mantenía oculto, su voluntad, lo llevó a su plenitud por su potencia creadora externa; recibió del hombre el fruto de su misma creación: el hombre; vio lo que tenía, y el hombre llegó a ser lo que Dios quiso. Y es que nada hay que Dios no pueda.
[8 ] Así pues, el hombre que Dios ha creado es digno de elección por sí mismo; ahora bien, lo que por sí mismo es digno de elección es naturalmente apropiado precisamente para quien él es digno de elección por sí mismo, y, por tanto, es también aceptado y amado por éste. Pero, ¿puede algo ser digno de amor para alguien sin que sea amado por él? El hombre, según hemos demostrado, es un ser digno de ser amado; por consiguiente, el hombre [2] es amado por Dios. ¿Cómo no va a ser amado aquel por quien el Unigénito, el Logos de nuestra fe, ha descendido desde el seno del Padre? El Señor, que, sin lugar a dudas, es la razón de nuestra fe, lo afirma claramente al decir: «El mismo Padre os ama porque vosotros me habéis amado» 19 ; y, de nuevo: «Y los ha amado como a Mí» 20
[3] ¿Qué desea, pues, y qué nos promete el Pedagogo? Con sus obras y sus palabras nos prescribe lo que debemos hacer y nos prohíbe lo contrario; todo está muy claro. En cuanto al otro género de lenguaje, el didáctico, es, sin duda, escueto, espiritual, de notable precisión, contemplativo. Pero, de momento, vamos a dejarlo al margen.
Debemos corresponder en el amor a quien amorosamente [9 ] guía nuestros pasos hacia una vida mejor y vivir según las disposiciones de su voluntad, no sólo limitándose a cumplir lo que prescribe y evitar lo que prohíbe, sino también apartándonos de ciertos ejemplos e imitando, como mejor podamos, otros, a fin de realizar por imitación las obras del Pedagogo, para que así se cumpla aquello de «a imagen y semejanza».
Aprisionados en la vida como en una gran penumbra, [2] necesitamos un guía infalible y certero. Y, como dice la Escritura, no es el mejor guía el ciego que lleva de la mano a otros ciegos hacia el barranco, sino el Logos de mirada penetrante, que conoce a fondo los corazones.
Así como no existe luz que no alumbre, ni objeto en [3] movimiento que no se mueva, ni amante que no ame, tampoco hay bien que no nos sea provechoso y que no nos conduzca a la salvación.
Amemos, pues, los preceptos del Señor con nuestras [4] obras. El Logos, al encarnarse 21 , ha dejado bien claro que la misma virtud es la que dirige la vida práctica y la contemplativa. Si tomamos, pues, el Logos como ley, comprobaremos que sus preceptos y enseñanzas son camino corto y rápido que nos llevará a la eternidad, pues sus mandatos rebosan persuasión, no temor.
4. El Logos es igualmente el Pedagogo de hombres y de mujeres
Pues bien, abracemos, aún más, [10 ] esta buena obediencia y entreguémonos al Señor, agarrándonos al sólido cable de la fe en Él, sabiendo que la virtud es la misma para el hombre que para la mujer 22 .
[2] Porque si existe un único Dios para los dos, también hay un único Pedagogo; para ambos una sola Iglesia, una única moral, un único pudor, alimento común y común vínculo matrimonial. La respiración, la vista, el oído, el conocimiento, la esperanza, la obediencia y el amor, todo es igual. Los que tienen en común la vida también tienen en común la gracia y la salvación; y, en común también, la virtud y la educación.
[3] «En esta vida —se nos dice— toman mujer y se casan»; sólo aquí en la tierra se distingue la hembra del varón, «pero no así en la otra vida» 23 ; en el otro mundo, los premios merecidos por esta vida común y santa del matrimonio no son exclusivos del varón o de la mujer, sino de la persona, una vez liberada del deseo que la divide en dos seres distintos. El nombre de «persona» es común al hombre y a la mujer.
[11 ] Según creo, los áticos usaban indistintamente el nombre de «niñito», para referirse al sexo masculino y al femenino, a juzgar por el testimonio del autor cómico Menandro, en su obra La azotada:
hijita mía 24 ..., porque el niñito siente
por naturaleza un especial afecto por las personas 25 .
[2] «Corderos» es el nombre común por simplicidad del macho y de la hembra; y «Él, el Señor es nuestro pastor» 26 por todos los siglos, amén. «Sin el pastor no deben vivir ni las ovejas ni cualquier otro animal, ni los niños sin el pedagogo, ni los criados sin su amo» 27 .
5. Todos los que residen en la verdad son niños ante Dios
Resulta claro que la pedagogía 28 [12 ] es, según se desprende de sumismo nombre, la educación de los niños. Pero quedan por examinar los niños y a los que se refiere simbólicamente la Escritura, y luego asignarles el pedagogo. Los niños somos nosotros.
La Escritura nos celebra de muchas maneras, y nos llama alegóricamente con diversos nombres para dar a entender la simplicidad de la fe.
Por ejemplo, en el Evangelio se dice: «El Señor, deteniéndose [2] en la orilla del mar junto a sus discípulos —que a la sazón se hallaban pescando—, les dijo: ‘niños, ¿tenéis algo de comer?’». Llama «niños» a hombres que ya [3] son discípulos. «Y le presentaban niños», para que los bendijera con sus manos, y, ante la oposición de sus discípulos, Jesús dijo: «Dejad a los niños y no les impidáis que se acerquen a mí, pues de los que son como niños es el reino de los cielos» 29 . El significado de estas palabras [4] lo aclara el mismo Señor, cuando dice: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» 30 . Aquí no se refiere a la regeneración, sino que nos recomienda imitar la sencillez de los niños.
[5] El Espíritu profético nos considera también niños: Dice: «Los niños, habiendo cortado ramas de olivo y de palmera, salieron al encuentro del Señor gritando: ‘Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor’.» Luz, gloria y alabanza con súplicas al Señor, he aquí lo que parece significar, en la lengua griega, el Hosanna.
[13 ] Me parece que la Escritura cita alegóricamente la profecía que acabo de mencionar, para reprochar a los negligentes: «¿No habéis leído nunca que de la boca de los niñitos y lactantes sacaste alabanza?» 31 .
[2] También el Señor, en el Evangelio, estimula a sus discípulos: los incita a que le presten atención, porque ya le urge ir hacia el Padre; intenta despertar en sus oyentes un deseo más intenso, revelándoles que dentro de poco va a partir, y les muestra la necesidad de recoger los frutos abundantes de la verdad, mientras el Logos aún no haya subido al cielo.
[3] De nuevo los llama «niños» diciéndoles: «Niños, yo estaré poco tiempo entre vosotros»; y, de nuevo, compara con el Reino de los Cielos «a los niños que están sentados en las plazas públicas y que dicen: para vosotros tocamos la flauta, mas no bailasteis; nos lamentamos, mas no os golpeasteis el pecho» 32 , y prosiguió con otras palabras [4] semejantes a éstas. Pero no es el Evangelio el único que siente así; los textos proféticos hablan de la misma manera. Por ejemplo, David dice: «Alabad, niños, al Señor, alabad el nombre del Señor» 33 ; dice también por medio de Isaías: «Heme aquí con los niños que me confió el Señor» 34 .
¿Te maravillas de oír que el Señor llama «niños» a [14 ] quienes los paganos llaman hombres? Me parece que no comprendes bien la lengua ática, en la que se puede observar que aplica el nombre de «niñitas» a hermosas y lozanas muchachas, de condición libre, y el de «niñitas», a las esclavas, jóvenes también ellas. Gozan de estos diminutivos por estar en la flor de su juventud.
Y cuando el Señor dice: «Que mis corderos sean colocados [2] a mi derecha», alude simbólicamente a los sencillos, a los que son de la raza de los niños como los corderos, no a los adultos, como el ganado; y si muestra su predilección por los corderos, es porque prefiere en los hombres la delicadeza y la sencillez de espíritu, la inocencia. Asimismo, cuando dice: «cachorrillos lactantes» 35 , se refiere a nosotros alegóricamente; lo mismo que cuando afirma: «como una paloma inocente y sin cólera».
Cuando, por boca de Moisés, ordena ofrecer «dos crías [3] de palomas o una pareja de tórtolas» para la expiación de los pecados, está diciendo que la inocencia de las criaturas tiernas y la falta de malicia y resentimiento de los polluelos es agradable a los ojos de Dios, y da a entender que lo semejante purifica a lo semejante; pero también que la timidez de las tórtolas simboliza el temor al pecado.
La Escritura atestigua que nos da el nombre de «polluelos»: [4] «Como el pájaro lleva bajo sus propias alas a sus polluelos» 36 , esto mismo somos nosotros: los polluelos del Señor. De esta forma tan admirable y misteriosa el Logos subraya la simplicidad del alma en la edad infantil.
[5] Una vez nos llama «niños»; otras, «polluelos»; otras, «niños de pecho»; otras, «hijos»; a menudo, «criaturas», y, en ocasiones, «un pueblo joven» y «un pueblo nuevo». Y dice: «A mis servidores les será dado un nombre nuevo»; llama «nombre nuevo» a lo reciente y eterno, puro y simple, infantil y verdadero. «Y este nombre será bendito en la tierra» 37 .
[15 ] Además, nos llama a veces alegóricamente «potros», porque desconocen el yugo del mal y no han sido domados por la maldad. Son simples y sólo dan brincos cuando se dirigen a su padre, no son «los caballos que relinchan ante las mujeres de los vecinos, como los animales bajo yugo y alocados», sino los libres y nacidos de nuevo 38 ; los orgullosos de su fe, los corceles que corren veloces hacia la verdad, prestos a alcanzar la salvación y que pisotean y golpean contra el suelo las cosas mundanas.
[2] «Alégrate mucho, hija de Sión; pregona tu alegría, hija de Jerusalén; he aquí que tu rey viene hacia ti, justo y portador de tu salvación, manso y montado en una bestia de carga, acompañada de su joven potro» 39 .
No bastaba con decir tan sólo «potro», sino que se ha añadido «joven», para mostrar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud junto con su sencillez.
[3] Nuestro divino domador nos cría a nosotros, sus niños, tal como a jóvenes potros; y si en la Escritura el joven animal es un asno, se considera en todo caso como la cría de una bestia de carga. «Y a su potro, dice la Escritura, lo ha atado a la vid»; a su pueblo sencillo y pequeño lo ha atado al Logos, alegóricamente designado por la vid: ésta da vino, como el Logos da sangre, y ambas son bebidas saludables para el hombre: el vino para el cuerpo, la sangre para el espíritu.
El espíritu nos da testimonio cierto, por boca de Isaías, [4] de que nos llama también corderos: «cual pastor, apacentará su rebaño y, con su brazo, reunirá a sus corderos» 40 , queriendo decir mediante una alegoría que los corderos, en su sencillez, son la parte más tierna del rebaño.
Sin duda también nosotros honramos con una evocación [16 ] de la infancia los más bellos y perfectos bienes de esta vida llamándolos paideía y «pedagogía» 41 . Consideramos que la pedagogía es la buena conducción de los niños hacia la virtud. El Señor nos ha indicado de manera bien clara qué hay que entender por «niñito»: habiéndose originado una disputa entre los Apóstoles sobre «quién de ellos era el más grande», Jesús colocó en medio de ellos a un niñito y dijo: «El que se humille como este niñito, éste es el más grande en el Reino de los Cielos» 42 .
Ciertamente, no utiliza el término «niñito» para referirse [2] a la edad en la que aún no cabe la reflexión, como algunos han creído 43 . Y cuando dice: «Si no llegáis a ser como estos niños, no entraréis en el Reino de los Cielos», no hay que interpretarlo de una manera simplista.
[3] No, nosotros no rodamos por el suelo como niños, ni nos arrastramos por tierra como serpientes, enrollando todo nuestro cuerpo en los apetitos irracionales; al contrario, erguidos hacia lo alto, merced a nuestra inteligencia, desprendiéndonos del mundo y de los pecados, «apenas tocando tierra con la punta del pie» —por más que parezca que estamos en este mundo—, perseguimos la santa sabiduría. Mas esto parece una locura para quienes tienen el alma dirigida hacia la maldad.
[17 ] Son, por tanto, verdaderos niños los que sólo conocen a Dios como padre y son sencillos, ingenuos, puros, los enamorados de los unicornios 44 . A los que han progresado en el conocimiento del Logos, el Señor les habla con este lenguaje: les ordena despreciar las cosas de aquí abajo y les exhorta a fijar su atención solamente en el Padre, imitando a los niños.
[2] Por esa razón les dice: «No os inquietéis por el mañana, que ya basta a cada día su propio afán» 45 . Así, manda que dejemos a un lado las preocupaciones de esta vida para unirnos solamente al Padre.
[3] El que cumple este precepto es realmente un párvulo y un niño, a los ojos de Dios y del mundo; éste lo considera un necio; aquél, en cambio, lo ama. Y si, como dice la Escritura, «hay un solo maestro que está en los Cielos» 46 , es evidente que todos los que están en la tierra deberán ser llamados —con razón— discípulos. Y, en efecto, la verdad es así: la perfección es propia del Señor, que no cesa de enseñar; en cambio, el infantilismo y la puerilidad son propias de nosotros que no cesamos de aprender.
La profecía ha honrado con el nombre de «hombre» [18 ] a quien es perfecto, y, por boca de David —refiriéndose al demonio— dice: «El Señor detesta al hombre sanguinario» 47 , y lo llama «hombre» porque es perfecto en la malicia; mas el Señor es llamado «Hombre», porque es perfecto en la justicia. Por eso, el Apóstol en la Epístola [2] a los Corintios dice: «Os he desposado con un solo hombre para presentaros como casta virgen a Cristo» 48 , es decir, como criaturas santas, y sólo para el Señor.
Y en la Epístola a los Efesios, con total claridad reveló [3] el objeto de nuestra investigación, diciendo: «Hasta que lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de la edad de Cristo, para que no seamos ya niños fluctuantes, dejándonos llevar por todo viento de doctrinas, al compás del engañoso juego de los hombres y de la astucia humana en la acechanza del error; sino que, viviendo en verdad y amor, crezcamos hacia él en todo» 49 .
Y dijo esto «para la edificación del cuerpo de Cristo», [4] «que es la cabeza» 50 , y el único varón perfecto en justicia. Nosotros, niños pequeños, si nos guardamos de los vientos de las herejías que con su soplo arrastran hacia el orgullo y no confiamos en quienes pretenden imponernos otros padres 51 , alcanzaremos la perfección, porque somos Iglesia, ya que hemos recibido a Cristo como cabeza.
[19 ] Ahora debemos fijar nuestra atención en la palabra «infante» 52 , que no se refiere a los que carecen de razón; éstos son los «necios». El «infante» es el «nuevamente dulce», porque «dulce» es el que tiene pensamientos de mansedumbre, y ha adquirido nuevamente un carácter delicado y dulce.
[2] Esto ya lo manifestó claramente el bienaventurado Pablo: «Pudiendo hacer valer nuestra autoridad, por ser apóstoles de Cristo, nos hicimos dulces en medio de vosotros, como una madre que cría a sus hijos» 53 .
[3] El «infante» es un ser dulce; de aquí que sea más ingenuo, tierno, sencillo, sin doblez, sincero, justo en sus juicios y recto. Esto es el fundamento de la sencillez y de la verdad. «Hacia quién, pues, voy a dirigir mis ojos —dice la Escritura— sino hacia el ser dulce y apacible?» Éste es el lenguaje de una doncella: tierno y sincero; por eso se acostumbra a llamar a la muchacha, «virgen cándida», y al muchacho, «candoroso».
[4] Somos cándidos cuando somos dóciles, fácilmente moldeables en la bondad, y la cólera no hace mella en nosotros, ni <provoca> tampoco el menor resentimiento de maldad ni falsedad. La generación pasada era falsa y tenía el corazón duro; nosotros, en cambio, que formamos un coro de infantes y un pueblo nuevo, somos delicados cual niños.
[5] En su Epístola a los Romanos, el Apóstol declara alegrarse «de los corazones sin malicia» 54 y, al mismo tiempo, matiza el significado del término «infantes»; «Quiero que seáis avispados para el bien y puros para el mal.»
No concebimos el nombre de «infantes» en un sentido [20 ] negativo, de privación 55 , aunque los hijos de los gramáticos concedan un sentido privativo a la sílaba nē-. Si los detractores de la infancia dicen de nosotros que somos «necios», mirad cómo blasfeman contra el Señor, pues tildan de necios a los que han encontrado refugio en Dios.
Si, por el contrario —y esto merece una especialísima [2] atención—, aplican el nombre de «infantes» a los seres sencillos, regocijémonos de este título. Infantes son, en efecto, los espíritus nuevos que han recobrado su razón en medio de tanta locura, y se yerguen en el horizonte según la nueva alianza.
Muy recientemente Dios se ha dado a conocer por la venida de Cristo: «pues nadie ha llegado a conocer a Dios sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo revela». Son [3] los nuevos los que constituyen el pueblo nuevo en oposición al pueblo antiguo, y conocen los nuevos bienes. Nosotros poseemos la fértil ventaja de la edad, la juventud sin vejez, y en la que, con plenitud de fuerzas, nos encaminamos hacia el conocimiento, siempre jóvenes, siempre dulces, siempre nuevos, pues necesariamente son nuevos los que participan del nuevo Logos.
Así como lo que participa de la eternidad suele asemejarse [4] a lo incorruptible, así también el nombre que expresa nuestra condición de niños llena de primavera nuestra vida, dado que la verdad en nosotros no envejece, y dicha verdad informa nuestra conducta.
[21 ] La sabiduría es siempre joven, idéntica a sí misma, no conoce mutación alguna 56 . «Los niños —dice la Escritura— serán transportados a hombros y consolados sobre las rodillas; como la madre consuela a su hijo, así os consolaré yo» 57 . La madre lleva en brazos a sus pequeños, y nosotros buscamos a nuestra madre, la Iglesia 58 .
[2] Lo que de por sí es débil y tierno, y, por su misma fragilidad, necesitado de ayuda, es agradable, dulce y encantador; a una criatura así Dios no la deja de su mano. Así como los padres y las madres miran con más agrado a sus pequeños: los caballos, a sus potros; los bueyes, a sus becerros; el león, al cachorro; el ciervo, a su cervatillo, y el hombre, a su hijo, así también, el Padre de todos acoge a los que en Él buscan cobijo y, habiéndolos regenerado con su espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, les presta singular ayuda, lucha por ellos, y por eso los llama «hijos».
[3] Me referiré ahora a Isaac, el hijo. Isaac significa «risa». El rey, curioso, lo vio jugar con Rebeca, su esposa y colaboradora. El rey, llamado Abimelek, representa, en mi opinión, cierta sabiduría supramundana, que contempla desde lo alto el misterio del juego infantil.
[4] El nombre de Rebeca significa «constancia». ¡Oh juego lleno de sabiduría! La «risa» es ayudada por la «constancia», mientras el rey observa. Se regocija el espíritu de los niños en Cristo, cuya vida transcurre en la constancia. Y ése es el juego divino.
[22 ] Es el mismo juego al que, según Heráclito 59 , jugaba Zeus. ¿Qué otra ocupación conviene a un ser sabio y perfecto que la de jugar y regocijarse con constancia en el bien, administrando rectamente los bienes y celebrando al mismo tiempo las fiestas santas con Dios?
El mensaje profético puede interpretarse también de [2] otra manera: nosotros nos alegramos y reímos por nuestra salvación como Isaac; aquél se reía porque había sido liberado de la muerte, y se divertía y se alegraba con su mujer, que es la ayuda de nuestra salvación, la Iglesia. Lleva el nombre de «constancia», que viene a significar solidez, sea porque ella, sola, permanece siempre airosa a través de los siglos, sea porque está constituída por la constancia de los creyentes, es decir, de nosotros, que somos miembros de Cristo 60 . El testimonio de «los que perseveran hasta el final» 61 y la acción de gracias que se le rinde por ellos son el juego místico, y la salvación auxiliadora que acompaña a la noble alegría de corazón.
El rey es Cristo, que, desde arriba, observa nuestra risa [3] y, «asomándose por la ventana» 62 , como dice la Escritura, contempla la acción de gracias, la bendición, la alegría, el gozo, la constancia colaboradora y la trabazón de todo, su Iglesia; él muestra tan sólo su rostro, el que faltaba a su Iglesia, que, por lo demás, es perfecta gracias a la cabeza del rey.
Pero ¿dónde estaba la ventana por la que se mostraba [23 ] el Señor? Era la carne, por la que se ha hecho visible 63 . El mismo Isaac —ya que es posible interpretar el pasaje desde otro punto de vista— es el sello del Señor: niño en tanto que hijo —porque era hijo de Abraham, como Cristo lo es de Dios—; víctima como el Señor. Mas no fue inmolado como el Señor; Isaac sólo llevó la madera para [2] el sacrificio, como el Señor el madero de la cruz. Su sonrisa tenía cierto aire misterioso: profetizaba que el Señor nos colmaría de gracias, a quienes hemos sido redimidos de la perdición por la sangre del Señor.
Pero Isaac no sufrió. Así que, no solamente reservó la primacía del sufrimiento para el Logos, como es natural, sino que, además, por el hecho de haber sido inmolado, apunta simbólicamente a la divinidad del Señor. Porque Jesús, después de haber sido sepultado, resucitó sin haber sufrido la corrupción 64 , del mismo modo que Isaac fue liberado del sacrificio.
[24 ] Voy a citar, siguiendo con mi propósito, otro testimonio de suma importancia: el Espíritu Santo, cuando profetizó por boca de Isaías, dio al mismo Señor el nombre de «niño»: «He aquí que nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo, cuyo imperio reposa sobre su hombro y se le ha dado el nombre de Ángel de Gran Consejo» 65 . [2] ¿Quién es este niño, a cuya imagen somos también nosotros niños? De su grandeza nos habla el mismo profeta: «Consejero admirable, Dios poderoso, Padre eterno, Príncipe de la paz, que dispensa con largueza la educación, y cuya paz no conoce límite» 66 .
[3] ¡Oh gran Dios! ¡Oh niño perfecto! El Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo. ¿Cómo no va a ser perfecta la pedagogía de este niño, si se extiende a todos nosotros que somos niños, guiando a todos sus pequeños? Él ha extendido sus manos hacia nosotros 67 , máxima garantía de nuestra fe. Juan que es «el profeta más grande entre 4 los nacidos de las mujeres» testifica acerca de este niño: «He aquí el cordero de Dios» 68 , dado que la Escritura llama corderos a los niños pequeños, y ha denominado «cordero de Dios» al Logos Dios, hecho hombre por nosotros, deseoso de asemejarse en todo a nosotros, el Hijo de Dios, el pequeño del Padre.
6. Contra los que suponen que los términos «niños» y «párvulos» aluden simbólicamente a la enseñanza de las ciencias elementales
Con razón podemos atacar 69 a [25 ] los que encuentran satisfacción en las continuas querellas. El nombre de «niños» y de «párvulos» no se nos da por el hecho de haber recibido una enseñanza pueril y despreciable, como alegan calumniosamente los henchidos de saber. Porque, al ser regenerados, hemos recibido lo que es perfecto, lo que constituía el objeto mismo de nuestra afanosa búsqueda. Hemos sido iluminados; es decir, hemos conocido a Dios. Y no es imperfecto quien ha llegado a conocer la suprema perfección.
No me llenéis de oprobio si os confieso que he conocido a Dios; porque el Logos ha tenido a bien decir: «éste es libre».
Así, después del bautismo del Señor, se oyó desde el [2] Cielo una voz que daba testimonio del Hijo amado: «Tú eres mi hijo amado, yo te he engendrado hoy» 70 .
Preguntemos a los sabios 71 : ¿El Cristo que hoy ha sido reengendrado es ya perfecto, o —lo que sería del todo absurdo— le falta alguna cosa? De darse esto último, forzoso es que aprenda; pero es imposible que aprenda alguna cosa, porque es Dios. Pues nadie podría ser más grande [3] que el Logos, ni ser maestro del único Maestro. ¿Reconocerán, entonces, nuestros adversarios, bien a su pesar, que el Logos, nacido perfecto del Padre perfecto, ha sido reengendrado perfecto según la prefiguración del plan divino? Y si ya era perfecto, ¿por qué, siendo perfecto, se bautizó? Porque convenía —se dice— cumplir la promesa hecha al hombre.
De acuerdo, también yo lo admito. ¿Recibió, entonces, la perfección en el momento mismo de ser bautizado por Juan? Es evidente que sí. ¿Y no aprendió de él nada más? No. ¿Recibió la perfección por la sola recepción del bautismo y se santificó por la venida del Espíritu? Así es.
[26 ] Lo mismo ocurre con nosotros de quienes el Señor fue el modelo: una vez bautizados, hemos sido iluminados; iluminados, hemos sido adoptados como hijos; adoptados, hemos sido hechos perfectos; perfectos, hemos sido inmortales. Está escrito: «Yo os dije: dioses sois, y todos hijos [2] del Altísimo» 72 . Esta obra recibe diversos nombres: gracia, iluminación, perfección, baño. Baño, por el que somos purificados de nuestros pecados; gracia, por la que se nos perdona la pena por ellos merecida; iluminación, por la que contemplamos aquella santa y salvadora luz, es decir, aquella por la que podemos llegar a contemplar lo divino; y perfección, decimos, finalmente, porque nada [3] nos falta. Pues, ¿qué puede faltarle a quien ha conocido a Dios? Sería realmente absurdo llamar gracia de Dios a lo que no es perfecto y completo: quien es perfecto concederá, sin duda, gracias perfectas.
Así como todas las cosas se producen en el instante mismo en que Él lo ordena, así también, al solo hecho de querer Él conceder una gracia, ésta se sigue en toda su plenitud; pues por el poder de su voluntad se anticipa el tiempo futuro. Además, principio de salvación 73 es la liberación del mal.
Sólo quienes hemos alcanzado las fronteras de la vida, [27 ] somos ya perfectos, y ya vivimos quienes hemos sido separados de la muerte. Seguir a Cristo es la salvación: «Lo que fue hecho en Él, es vida» 74 . «En verdad, en verdad os digo —asegura—, el que escucha mi palabra y cree en quien me ha enviado, tiene la vida eterna, y no es sometido a juicio, sino que pasa de la muerte a la vida» 75 . De modo que el solo hecho de creer y ser regenerado es [2] la perfección en la vida, porque Dios no es jamás deficiente. Así como su voluntad es su obra y se llama «mundo», así también su decisión es la salvación de los hombres y se llama Iglesia.
Él conoce a los que ha llamado, y a los que ha llamado los ha salvado; así, los ha llamado y salvado al mismo tiempo. «Porque vosotros, dice el Apóstol, sois instruidos por Dios» 76 .
No nos es lícito considerar como imperfecto lo que [3] Dios nos ha enseñado, y esta enseñanza es la salvación eterna del Salvador eterno, al cual sea la gracia por los siglos de los siglos, Amén. El que ha sido regenerado, como el nombre indica, siendo iluminado ha sido liberado al punto de las tinieblas y, por eso mismo, ha recibido la luz.
[28 ] Como aquellos que, sacudidos del sueño, se despiertan en seguida interiormente, o mejor, como aquellos que intentan quitarse de los ojos las cataratas, y no pueden recibir la luz exterior, de la que se ven privados, pero, desembarazándose al fin de lo que obstruía sus ojos, dejan libre su pupila, así también nosotros, al recibir el bautismo, nos desembarazamos de los pecados que, cual sombrías nubes, obscurecían al Espíritu Divino; dejamos libre, luminoso y sin impedimento alguno el ojo del espíritu 77 , con el único que contemplamos lo divino, ya que el Espíritu Santo desciende desde el cielo para estar a nuestro lado.
[2] Esta mixtura de resplandor eterno es capaz de ver la luz eterna, pues lo semejante es amigo de lo semejante; y lo santo es amigo de Aquel de quien procede la santidad, que recibe con propiedad el nombre de «luz»: «Porque vosotros erais en otro tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor» 78 , de ahí que el hombre, entre los antiguos, fuera llamado, según creo, «luz» 79 .
[3] Sin embargo —se dice—, aún no ha recibido el don perfecto; también yo lo admito; con todo, está en la luz, y no le sorprende la oscuridad. Ahora bien, entre la luz y la oscuridad no hay nada; la consumación está reservada para la resurrección de los creyentes, y no consiste en la consecución de otro bien, sino en tomar posesión del objeto anteriormente prometido. No decimos que se den [4] al unísono ambas cosas: la llegada a la meta y su previsión. No son, ciertamente, cosas idénticas la eternidad y el tiempo, ni el punto de partida y el fin. Mas ambas se refieren al mismo proceso y tienen por objeto un único ser. Y así, puede decirse que el punto de partida es la fe [5] —generada en el tiempo— y el fin es la consecución —para toda la eternidad— del objeto prometido.
El Señor mismo ha revelado claramente la universalidad de la salvación con estas palabras: «Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y le resucite yo en el último día» 80 .
En la medida en que es posible en este mundo —que [29 ] es designado simbólicamente como «el último día», «reservado» hasta que se acabe—, nosotros tenemos la firme convicción de haber alcanzado la perfección. La fe, en efecto, es la perfección del aprendizaje; por eso se nos dice: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» 81 .
Pues bien, si nosotros, que hemos creído, tenemos la [2] vida, ¿qué otra cosa nos resta por recibir superior a la consecución de la vida eterna?
Nada falta a la fe, que es perfecta en sí y acabada. Si algo le faltara, no sería perfecta; ni sería tal fe, si cojeara lo más mínimo. Después de la partida de este mundo, los que han creído no tienen ninguna otra cosa que esperar: han recibido las arras aquí abajo y para siempre. Este futuro que ahora poseemos por la fe, lo poseeremos [3] del todo realizado después de la resurrección; de modo que se cumpla la palabra: «Hágase en vosotros según vuestra fe» 82 .
Donde se halla la fe, allí está la promesa, y el cumplimiento de la promesa es el descanso final; de suerte que el conocimiento está en la iluminación, pero el término del conocimiento es el reposo, objetivo final de nuestro deseo.
[4] Así como la inexperiencia desaparece con la experiencia y la indigencia con la abundancia, así también, necesariamente, con la luz se disipa la oscuridad. La oscuridad es la ignorancia, por la que caemos en el pecado y nos cegamos para alcanzar la verdad. El conocimiento, por tanto, es la luz que disipa la ignorancia y otorga la capacidad de ver con claridad.
[5] Puede decirse también que el rechazo de las cosas peores pone de manifiesto las mejores. Pues lo que la ignorancia mantenía mal atado, lo desata felizmente el conocimiento. Dichas ataduras quedan rápidamente rotas por la fe del hombre y por la gracia de Dios. Nuestros pecados son lavados por el único remedio curativo: el bautismo del Logos.
[30 ] Quedamos lavados de todos nuestros pecados y, de repente, ya no somos malos; es la gracia singular de la iluminación, por la que nuestra conducta ya no es la misma que la de antes del baño bautismal. Y como el conocimiento —que ilumina la inteligencia— surge al mismo tiempo que la iluminación, así, de súbito, sin haber aprendido nada, oímos llamarnos discípulos; la instrucción nos fue conferida anteriormente, pero no puede concretarse en qué momento.
La catequesis conduce a la fe; y la fe, en el momento [2] del santo bautismo, es ilustrada por el Espíritu Santo. El Apóstol ha explicado con gran precisión que la fe es la única y universal salvación de la humanidad, y que es un don —igual y común para todos— del Dios justo y bueno: «Antes de llegar la fe, estábamos sujetos a la custodia [3] de la ley, a la espera de la fe que había de revelarse. De suerte que la ley fue nuestro Pedagogo para elevarnos a Cristo, para que fuésemos justificados por la fe. Mas, llegada ésta, ya no estamos bajo el Pedagogo» 83 .
¿Es que no os dais cuenta de que ya no estamos bajo [31 ] esta ley, bajo el yugo del temor, sino bajo el Logos de la libertad, el Pedagogo? Más adelante, añade el Apóstol unas palabras que excluyen toda acepción de personas: «Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois un cuerpo en Cristo Jesús» 84 .
Así pues, no son unos, «gnósticos», y otros, «psíquicos» [2] en el mismo Logos; todos los que han rechazado la concupiscencia de la carne son iguales y «pneumáticos» ante el Señor.
Por otra parte, añade aún el Apóstol: «Todos nosotros hemos sido bautizados en un solo espíritu para formar un solo cuerpo, ya judíos, ya griegos, ya esclavos, ya libres; y todos hemos bebido una única bebida» 85 .
Sin embargo, no está fuera de lugar utilizar el mismo [32 ] lenguaje de esta gente, cuando sostienen que el recuerdo de las cosas buenas es un «pasar por el filtro» 86 del espíritu. Entienden por «filtración» la separación del mal, operación que se consigue por el recuerdo de las cosas buenas. El que llega a recordar el bien se arrepiente necesariamente de sus malas obras; el mismo espíritu, alegan ellos, se arrepiente y se eleva presuroso hacia lo alto. Así también nosotros, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y renunciamos a sus males pasando «por el filtro» del Bautismo, corremos hacia la luz eterna, como [2] hijos hacia el Padre. «Jesús, rebosante de gozo bajo la acción del Espíritu Santo, dice: Yo te alabo, Padre, Dios del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, y las ha revelado a los más pequeños» 87 . «Pequeños»: así nos llama nuestro Pedagogo y Maestro, a nosotros que estamos mejor dispuestos para la salvación que los sabios de este mundo, quienes por creerse sabios han quedado ciegos.
[3] Rebosante de júbilo y de alegría, Jesús reclama, como con el balbuceo de los niños: «Así es, Padre, pues así fue tu beneplácito.» Por eso, lo que se mantuvo oculto a los sabios y a los prudentes de este siglo, fue revelado a los más pequeños. Y es que son pequeños, sin duda, los hijos de Dios, pues han depuesto al hombre viejo 88 , se han quitado la túnica de la maldad y se han revestido de la incorruptibilidad de Cristo 89 , a fin de que, renovados, pueblo santo, regenerados, conservemos al hombre sin mancha alguna y seamos niños cual criatura de Dios, purificada de la fornicación y del vicio.
Con gran claridad el bienaventurado Pablo nos ha resuelto [33 ] la cuestión en su Primera carta a los Corintios: «Hermanos, no os comportéis como niños en la cordura; en la malicia, sí comportaos como ellos; mas, en la cordura, como hombres maduros» 90 . Por otra parte, añade: [2] «Cuando yo era pequeño razonaba como un niño, hablaba como un niño» 91 , aludiendo a su vida conforme a la ley; no quiere decir con esto que ya entonces fuese sencillo; por el contrario, como insensato, perseguía al logos, pues pensaba como niño, y blasfemaba al Logos, porque hablaba como un niño.
En efecto, el término «niño» tiene un doble sentido. [3] Pablo dice de nuevo: «Cuando me hice hombre, acabé con las cosas de niño.» No se refiere al escaso número de años, ni a una medida determinada de tiempo, ni a otras enseñanzas secretas de doctrinas propias de hombres adultos y bien formados 92 , cuando afirma haber dejado y superado la niñez y las cosas infantiles. Él llama «niños» a los que viven bajo la ley y están turbados por el miedo, como los niños por el «coco» 93 ; llama, en cambio, «hombres» a los que son dóciles al Logos e independientes. Nosotros, que hemos creído, somos salvados por voluntaria elección, y, si sentimos temor, ello no es fruto de nuestra insensatez 94 , sino de nuestra cordura. El mismo [4] Apóstol testifica acerca del particular, al afirmar que los judíos son los herederos según la antigua Alianza, y que nosotros lo somos según la promesa: «Mientras el heredero es un niño, aunque sea propietario de sus bienes, no se diferencia en nada del esclavo, ya que está bajo la tutela de sus tutores y administradores, hasta la fecha señalada por el padre. Así, nosotros, en nuestra niñez, estábamos sometidos a los elementos del mundo. Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, y para que recibiéramos la adopción filial» 95 .
[34 ] Mira cómo reconoció que eran niños los que estaban bajo el temor y el pecado, y, en cambio, dio el nombre de «hijos» a los que están bajo la fe, asimilándolos a los adultos, para diferenciarlos de los pequeños que están bajo la ley. Dice: «Ya no eres esclavo, sino hijo; y por ser hijo, eres también heredero por medio de Dios» 96 . Y ¿qué le falta al hijo, después de la herencia?
[2] Es muy sugestivo interpretar así este pasaje: «Cuando era niño —es decir, cuando era judío: Pablo era, en efecto, de origen hebreo— razonaba como un niño», porque seguía la Ley. «Pero desde que me hice hombre» ya no tengo pensamientos de niño, es decir, de la Ley, sino pensamientos de hombre, es decir, de Cristo, sólo de aquel a quien la Escritura —como apuntábamos más arriba— llama hombre, «he dejado las cosas de niño». En efecto, la condición de niño en Cristo es la perfección en comparación con la Ley.
[3] Llegados a este punto, debemos abordar la defensa de nuestra condición de niño y tratar, además, de dar una explicación de las palabras del Apóstol: «Os di de beber leche, como criaturas en Cristo; no alimento sólido, pues aún no podíais tomarlo, como tampoco ahora» 97 .
No creo que deba interpretarse este pasaje en sentido judaico. En efecto, citaré, por contraste, este otro texto de la Escritura: «Os conduciré a una tierra próspera, que mana leche y miel» 98 .
La comparación de estos textos revela una seria dificuitad [35 ] de comprensión. Si la infancia con su régimen alimenticio de leche es principio de la fe en Cristo, y se la desprecia como infantil e imperfecta, ¿cómo el supremo reposo del hombre perfecto y «gnóstico», que ha ingerido alimento sólido, de nuevo es honrado con leche infantil?
Quizás el «como», al mostrar una comparación, revela [2] una analogía; a buen seguro, el pasaje debe interpretarse así: «Os di de beber leche en Cristo», y, tras una breve pausa, añadir: «como a niños», de modo que esta pausa en la lectura permita esta interpretación: «Os he instruido [3] en Cristo con un alimento simple, verdadero, natural y espiritual.» Tal es la substancia nutritiva de la leche, que brota de los pechos que rebosan amor; de manera que en conjunto puede entenderse así: como las nodrizas alimentan con su leche a los recién nacidos, así también yo, con el Logos, que es la leche de Cristo, os infundo un alimento espiritual.
Así pues, la leche perfecta es un alimento perfecto, [36 ] que conduce a la meta sin fin. Por esta razón, para el eterno reposo se promete esta misma leche y miel. Con razón el Señor promete aún leche a los hombres justos, para mostrar que el Logos es, a la vez, álfa y ōméga, principio y fin 99 .
Algo de esto vaticina ya Homero, cuando, sin proponérselo, llama a los hombres justos
seres que se alimentan de leche 100 .
[2] Pero también puede interpretarse dicho pasaje de la Escritura desde otro punto de vista: «Yo, hermanos, no pude hablaros como a hombres espirituales, sino como a seres carnales, como a niños en Cristo» 101 .
Por carnales puede entenderse los recientes catecúmenos, [3] todavía niños en Cristo. A quienes ya han creído por el Espíritu Santo, los llamó «espirituales», y a los recién catequizados y que no han sido purificados 102 , los llamó «carnales»; naturalmente, los llama «carnales» porque, al igual que los paganos, tienen aún pensamientos [4] carnales. «Puesto que en vosotros hay envidia y discordia, ¿no sóis acaso carnales, y no os comportáis humanamente?» 103 . De ahí que el Apóstol diga: «os di de beber leche» 104 , que viene a significar: os he derramado conocimiento, que, a través de la catequesis, os nutrirá hasta la vida eterna. Ahora bien, la expresión «os di de beber» es el símbolo de una participación perfecta. En efecto, son los adultos los que «beben», los niños, en cambio, «maman».
«Mi sangre, dice el Señor, es verdadera bebida» 105 . [5] ¿Quizá cuando dice: «os di de beber leche», alude a la perfecta alegría en el Logos, que es leche, al conocimiento de la verdad? Y lo que a continuación dice: «no alimento sólido, pues aún no podíais» 106 , puede aludir a la clara revelación que, a modo de alimento, se hará cara a cara en la vida futura. «Porque ahora vemos, como reflejado [6] en un espejo —dice el Apóstol—, mas luego cara a cara» 107 . Y aún añade: «pues ahora no podéis, porque sóis carnales», puesto que albergáis pensamientos propios de la carne, deseos, amores, celos, cóleras, envidias; no porque aún estemos «en la carne» 108 —como algunos han creído— 109 . Porque con faz angélica, veremos cara a cara la promesa.
Si la promesa se realiza tras nuestra partida de esta [37 ] tierra, y se refiere a «aquello que jamás ojo alguno vio, ni pasó por mente de hombre» 110 , ¿cómo prentenden algunos 111 conocer, sin el concurso del Espíritu, sino mediante el estudio, «lo que jamás oreja oyó», o sólo aquello «que ha sido arrebatado hasta el tercer cielo»? Y aun éste ha recibido la orden de callarse.
Si, por el contrario —como también puede suponerse—, [2] el conocimiento del que se enorgullecen es una sabiduría humana, escucha la Ley de la Escritura: «Que no se gloríe el sabio en su sabiduría, que el fuerte no se gloríe en su fuerza 112 ; el que se gloríe, gloríese en el Señor 113 .» Pero nosotros, «que hemos sido instruidos por [3]Dios» 114 , nos gloriamos en el nombre de Cristo. ¿Cómo, pues, no suponer que el Apóstol ha pensado en la «leche de las criaturas» en este sentido? Si los jefes de la Iglesia, a semejanza del buen Pastor, son los pastores y nosotros somos su rebaño, cuando el Apóstol afirma que el Señor es la leche del rebaño, ¿acaso no se expresa así para mantener la coherencia de la alegría? En este sentido debemos interpretar el citado pasaje: «Os di de beber leche, no alimento sólido, porque aún no erais capaces» 115 : esto no significa que se trate de un tipo de alimento distinto de la leche, pues en esencia son lo mismo. Igualmente, el Logos es siempre el mismo; fluido y dulce como la leche; sólido y consistente como el alimento sólido.
[38 ] Sin embargo, aunque interpretamos el texto así, podemos pensar que la predicación es leche derramada con largueza, y alimento sólido, la fe, que por la catequesis se ha constituido en fundamento; la fe tiene más consistencia que lo que entra por el oído, y se la compara por eso al alimento sólido en cuanto se ha incorporado al alma. [2] El Señor nos da a conocer este alimento en el Evangelio de San Juan, mediante símbolos: «Comed mis carnes y bebed mi sangre», dice, aludiendo alegóricamente con las palabras comida y bebida a la manifestación de [3] la fe y de la promesa. La Iglesia —que, como el hombre, se compone de múltiples miembros— se reaviva, se desarrolla, se cohesiona y adquiere consistencia por este doble alimento: la fe es su cuerpo; la esperanza, su alma. Como también el Señor está constituido de carne y sangre. La esperanza, en realidad, es la sangre de la fe; gracias a ella y al alma se conserva la fe. Y si la esperanza se desvanece, a modo de un flujo de sangre, la vitalidad de la fe desaparece.
Pero si los que tienen ganas de disputas, siguen sosteniendo [39 ] que la leche significa las primeras enseñanzas, es decir, los primeros alimentos, mientras que el alimento sólido simboliza los conocimientos espirituales, por más que pretendan situarse en la cima del conocimiento, deben saber que, si llaman comida al alimento sólido, a la carne y a la sangre de Jesús, se enfrentan, por su orgullosa sabiduría, a la simplicidad de la verdad.
La sangre es, sin duda, el primer elemento generado [2] en el hombre; algunos, incluso, se han atrevido a sostener que constituye la substancia del alma. Ciertamente la sangre se altera por una cocción natural, una vez que la madre ha dado a luz. Por una especie de simpatía de ternura palidece y se vuelve blanca, para que el niño no se asuste. La sangre es, además, lo más fluido de la carne; algo así como carne en estado de fluidez; a su vez, la leche es lo más sabroso y refinado de la sangre.
Este alimento tan apetecible para el recién nacido no [3] es otra cosa sino sangre que se transforma, ya se trate de la sangre aportada al embrión y que le es enviada por el cordón umbilical de la matriz o se trate de la mera sangre menstrual, cuyo ciclo natural ha quedado interrumpido. Y se prepara por una efusión natural de la sangre, cuando Dios —que engendra y alimenta a todos los seres— la hace fluir hacia los pechos ya dilatados y es alterada por un soplo caliente.
[4] En efecto, en el momento del parto queda cortado el conducto por el que circulaba la sangre hasta el embrión, se produce una interrupción del circuito y la sangre lleva hacia los pechos la dirección de su impulso y éstos se dilatan por hacerse el aflujo muy abundante: y la sangre se transforma en leche de la misma manera que se transforma, en una ulceración, en pus.
[5] También puede ser que por la dilatación de las venas que hay en los pechos, debida a la distensión del parto, la sangre fluya a los alvéolos naturales de los pechos. Entonces el pneüma impulsado desde las arterias vecinas se mezcla con la sangre, que, aun manteniendo íntegra su sustancia, al desbordarse, se vuelve blanca y se transforma en espuma por este choque. Experimenta la sangre algo parecido a la mar, que, bajo el embate de los vientos, «escupe espuma salina» 117 . Con todo, la sangre mantiene su sustancia.
[40 ] De manera semejante, también los ríos, en su impetuoso curso, azotados por el viento, con el que se funden en toda su superficie, «bullen de espuma» 118 ; también nuestra saliva se hace blanca por efecto del pneûma. Partiendo de estos hechos, ¿qué hay de absurdo en pensar que la sangre por efecto del pneûma se transforme en lo más brillante y lo más blanco? Sufre, en efecto, un cambio [2] cualitativo, no sustancial. Con toda seguridad, sería muy difícil encontrar algo más nutritivo, más dulce y más blanco que la leche. Pues bien, el alimento espiritual se le asemeja; es, en efecto, dulce, por la gracia; nutritivo como vida; blanco como el día de Cristo; y ha quedado bien claro que la sangre del Logos es como leche.
Pues bien, así se le aporta al recién nacido la leche [41 ] que se preparaba en el parto, y los pechos que hasta entonces se dirigían erguidos hacia el marido se inclinan ahora hacia el niño, aprendiendo a ofrecerle el alimento fácil de digerir elaborado por la Naturaleza para su saludable nutrición. Los pechos no están como las fuentes, repletos de leche ya preparada, sino que, transformando dentro de sí mismos el alimento, elaboran la leche que fluye de ellos.
Éste es el alimento apropiado y conveniente para un [2] niño recién nacido y recién constituido, alimento elaborado por Dios —padre nutricio de todos los seres generados y regenerados—, como el maná que llovía del cielo para los antiguos hebreos, el alimento celeste de los ángeles. Sin duda, las nodrizas también hoy llaman «maná» a los [3] calostros, por homonimia con aquel alimento. Las mujeres embarazadas, al llegar a ser madres, manan leche; pero Cristo, el Señor, el fruto de la Virgen, no llamó bienaventurados los pechos de la mujer, ni los juzgó nutricios, sino que, cuando el Padre, amante y benigno, esparció como lluvia el Logos, se convirtió él en alimento espiritual para los que practican la virtud.
¡Admirable misterio! Uno es el Padre de todos, uno [42 ] el Logos de todos, y uno el Espíritu Santo, el mismo en todas partes; una sola la virgen que se ha convertido en madre; me complace llamarla Iglesia. Esta madre única no tuvo leche, porque es la única que no fue mujer; es al mismo tiempo virgen y madre; íntegra como virgen, llena de amor como madre. Ella llama por su nombre a sus hijos y los alimenta, amamantándolos con la leche santa, con el Logos infantil.
[2] No tuvo leche porque la leche era ese niño bello e íntimo, esto es, el cuerpo de Cristo. Con el Logos alimenta al joven pueblo, que el mismo Señor trajo al mundo con dolor carnal y al que envolvió en pañales con su preciosa [3] sangre. ¡Santo parto! ¡Santos pañales!
El Logos lo es todo para esa criatura: padre y madre, pedagogo y nodriza. Dice: «Comed mi carne y bebed mi sangre.» He aquí el provechoso alimento que el Señor nos depara: nos ofrece su carne y nos derrama su sangre. Nada les falta a los niños para su desarrollo.
[43 ] ¡Extraordinario misterio! Se nos manda despojarnos de la vieja corrupción de la carne —como también del viejo alimento— y seguir un nuevo régimen de vida: el de Cristo; y, recibiéndolo, si nos es posible, hacerlo nuestro y meter al Salvador en nosotros para destruir así las pasiones de la carne.
[2] Pero quizás no quieras entenderlo en este sentido, y prefieras una explicación más común; escucha, pues, ésta: la carne es una alegoría del Espíritu Santo, ya que la carne ha sido creada por Él. La sangre alude alegóricamente al Logos, puesto que, como sangre preciosa, el Logos irriga nuestra vida; la mezcla mutua es el Señor, alimento de las criaturas. El Señor es, en efecto, Espíritu y Logos. [3] El alimento, es decir, el Señor Jesús, el Logos de Dios, es el Espíritu hecho carne, carne celeste santificada. El alimento es la leche del Padre, por quien únicamente nosotros, las criaturas, somos amamantados. Y Él, Logos «amado», quien nos alimenta, ha derramado su sangre por nosotros, salvando así a la Humanidad.
[4] Nosotros, que por su mediación hemos creído en Dios, nos refugiamos en el regazo del Padre «que hace olvidar» 119 , es decir, en el Logos. Solamente Él, como es natural, ofrece a los pequeños, a nosotros, la leche del amor; y sólo son realmente felices quienes maman de este pecho.
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