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LA ESTRUCTURA TENSIVA
Claude Zilberberg


Colección Biblioteca Universidad de Lima
La estructura tensiva
Primera edición digital, marzo 2016
© Claude Zilberberg, 2012
© De la edición francesa: Presses Universitaires de Liège, 2012.
© De la traducción: Desiderio Blanco
De esta edición:
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ISBN versión electrónica: 978-9972-45-336-6
Índice
Presentación
Primera parte: la estructura tensiva
1. El momento teórico
2. El espacio tensivo
2.1 Una circularidad virtuosa
2.1.1 La intersección
2.1.2 De la complejidad a la homogeneidad
2.1.3 El anclaje
2.1.4 La terminología
2.2 Cantidad no numérica y principio de constancia
2.2.1 Los valores como producto
2.2.2 De la correlación a la implicación
2.3 La manifestación
2.4 La condición tensiva de la predicación
2.5 La representación gráfica
2.6 El aparato aspectual de las dinámicas tensivas
3. Los modos semióticos
3.1 Inventario
3.1.1 El modo de eficiencia
3.1.2 El modo de existencia
3.1.3 El modo de junción
3.2 Modos semióticos y manifestación
4. La deducción tensiva
4.1 Los valores
4.2 Las valencias
4.3 Las sub-valencias
4.4 Los foremas
4.4.1 El tempo
4.4.2 La tonicidad
4.4.3 La temporalidad
4.4.4 La espacialidad
4.5 Los incrementos
5. Las estructuras tensivas
5.1 La matriz
5.2 La sintaxis tensiva
5.2.1 La sintaxis juntiva
5.2.2 La sintaxis intensiva
5.2.3 La sintaxis extensiva
5.3 La semántica tensiva
5.3.1 La semántica juntiva
5.3.2 La semántica intensiva
5.3.3 La semántica extensiva
5.4 Integración de la sintaxis y de la semántica
6. Para terminar
Segunda parte: nota sobre la estructura de los paradigmas
7. La aproximación saussuriana al paradigma
8. Primera aproximación
9. Dinámica de los valores sistémicos
10. Tempo y control del sentido
11. Poesía y sistematicidad
12. Analítica de la decadencia y de la ascendencia tensivas
13. Dualidad de los modelos
14. La cuestión
15. Para terminar
Tercera parte: sobre la dualidad de la poética
16. Los modos semióticos
17. Wölffin
18. Poética del «llegar a»
19. Poética del «sobrevenir»
20. Para terminar
Glosario
Bibliografía
Presentación
El texto que presentamos aquí se propone establecer la centralidad de los modos semióticos, y más precisamente, la del modo de eficiencia, es decir, de aquel modo que concierne a la tensión entre el «sobrevenir» y el «llegar a» [parvenir]. Porque el sobrevenir no es una magnitud como las otras: incondicionado, encierra su propia referencia y transmite esa cualidad a la magnitud que lo manifiesta, que es el «evento» [acontecimiento súbito, inesperado]. A falta de poder producir el evento, lo que nos incumbe es proponer una teoría que responda por él en los términos indicados por René Thom: «crear una teoría de la significación cuya naturaleza sea tal que el acto mismo de conocer sea una consecuencia de la teoría»1. El evento existe como posibilidad pura, pero «inexiste» como letra. Después de acontecer, recibe del discurso dominante la fianza cuya ausencia él conlleva. El «sobrevenir» y el «llegar a», provistos de sus derivados, valen también para la hipótesis misma: el «sobrevenir» impone su temática, es decir, las interrogaciones que él proyecta, y el «llegar a», mal que bien, avanza sus respuestas.
El orden del «evento» y el orden del discurso andan mal avenidos. El evento surge de improviso y rompe con la temporalidad ambiente: en el orden del evento no existe anterioridad. El orden del discurso inventa, imagina una anterioridad que juzga razonable; el discurso transpone el evento en el orden que le es propio. En sus manifestaciones más exigentes, el arte moderno se propone justamente volver a ese momento imprevisto del surgimiento que hace que el discurso sea superfluo o impropio.
El «sobrevenir» y el «llegar a» participan de una gramática del afecto que se anda buscando. El «sobrevenir» afecta a las sub-valencias de tempo y de tonicidad llevándolas a su paroxismo, mientras que el «llegar a» tempera esa foria ardiente distribuyéndola en un tiempo y en un espacio ampliados. Esos funcionamientos se hallan en la base de la dualidad de los valores: valor de absoluto, concentrado y exclusivo, y valor de universo, difundido y distribuido.
Hjelmslev tiene el mérito de haber identificado, por una parte, el análisis y la definición, por otra, la jerarquía y lo complejo de los análisis. Modestia aparte, nosotros hemos esbozado un proceder comparable en el capítulo cuarto. En divergencia con Semiótica 1. Diccionario, que procede por enriquecimiento de una pareja empobrecida [s1 vs. s2], nosotros procedemos por análisis de una tensión capital, aquella que confronta los valores de absoluto que apuntan a la unicidad, a lo incomparable, y los valores de universo, que apuntan a la universalidad. Estas dos clases de valores, a su vez, son analizables en valencias, respectivamente, intensivas y extensivas. Las valencias intensivas se resuelven en sub-valencias de tempo y de tonicidad; las valencias extensivas se resuelven en sub-valencias de tiempo y de espacio. Las subvalencias son analizadas en foremas que estructuran las vivencias de los sujetos. Finalmente, los foremas dan lugar a los incrementos, que son a la vez el límite actual del análisis y la “moneda sencilla” de la significación.
La hipótesis de la matriz se nos ha impuesto a raíz de una constatación, a saber, la autoridad de la aspectualidad sobre la estructura semiótica. Más acá de los semas, existen, a título de manifestados, los grados y los límites, y a título de manifestantes, por una parte, los repuntes y los redoblamientos, y las atenuaciones y las aminoraciones, por otra. Tales aspectualizaciones desembocan en la distinción entre super-contrarios y sub-contrarios. La matriz resume un conjunto de relaciones estructurantes.
El último punto concierne a la relación entre el eje paradigmático y el eje sintagmático, y la opción de la monotonía. El eco alcanzado por la semiótica greimasiana se debe a que proponía para la sintaxis un modelo simple y eficaz: el cuadrado semiótico. Esa sintaxis era tácitamente recibida como exclusiva, y, por añadidura, como universal. Si nosotros vemos en ella un estilo sintáctico, es porque sabemos que los grandes estilos se dan por pares. En sus trabajos, Jakobson y Lévi-Strauss mantenían una dualidad: la tensión entre la contigüidad y la semejanza; de ahí, la pregunta-objeción: ¿de qué dualidad participa el cuadrado semiótico?
A partir de esa apertura, proponemos distinguir tres estilos sintácticos: la sintaxis intensiva de los aumentos y de las disminuciones; la sintaxis extensiva de las selecciones y de las mezclas, y la sintaxis juntiva de las implicaciones y de las concesiones.
Haremos lo mismo con el componente semántico. Dicho esto, no negamos la sintaxis propia del cuadrado semiótico: solo que veremos en ella una sintaxis marcada por la necesidad, y la recibimos como una posibilidad entre otras.
Un trabajo prospectivo no podría evitar la pregunta sobre la homogeneidad: ¿todas esas parejas coexisten sin fricciones las unas con las otras? Es difícil responder con exactitud porque es la duración la que generalmente opera ese trabajo de decantación. La trinidad de los modos semióticos y la trinidad de los estilos sintácticos y semánticos pueden ser dispuestas así:

PRIMERA PARTE
1. El momento teórico
El ser es, por turnos, condensación que se dispersa y dispersión que se condensa.
G. BACHELARD
Existen dos clases de espíritus, los que acceden de entrada al control sin necesidad de repetir, y los que se reconocen de buen grado en el verso de Boileau: «Veinte veces al oficio someted vuestra obra», jamás satisfechos, y queriendo, osando creer que el último ensayo es menos malo que el precedente. Este es nuestro caso personal, y es la razón por la cual hemos titulado este ensayo, después del Breviario de gramática tensiva1 y de los Elementos de gramática tensiva2, La estructura tensiva.
Después de todo, la teoría es un género que subsume una clase de posibles, los cuales son para unos exclusivos, para otros, conjugables. Los temas de la alternancia son conocidos, y sin la menor pretensión de exhaustividad, nosotros distinguimos tres parejas: (i) la pareja inmanencia vs. trascendencia: la teoría hjelmsleviana es el ejemplo mismo de la opción inmanente: el análisis del lenguaje no le debe nada a nadie; en cambio, la teoría psicoanalítica resalta el punto de vista trascendente en la acepción epistemológica del término; (ii) la pareja diacronía vs. sincronía: el punto de vista diacrónico ha prevalecido por largo tiempo. Concluir el análisis de un régimen de sentido consistía en trazar la historia de su desarrollo. El punto de quiebre es conocido: a Saussure le debemos la distinción entre dos lingüísticas: una lingüística diacrónica que trata de las transformaciones y una lingüística sincrónica que trata de los estados sistémicos. Esa separación es el principal mérito de Saussure en opinión de Cassirer. En el Ensayo sobre el hombre, que compuso al final de su vida, escribe:
En realidad, el estudio del lenguaje no constituye el objeto de una ciencia, sino de dos ciencias. En tal estudio, es necesario distinguir siempre dos ejes, el “eje de la simultaneidad” y el “eje de la sucesión”. La gramática, por naturaleza y por esencia, pertenece al primero3.
(iii) la pareja formalismo vs. humanismo: esta pareja concierne al lugar del sujeto. El sujeto con sus preocupaciones, con sus expectativas y con sus afectos ¿es un intruso en un sistema que no lo necesita?, ¿o, por el contrario, ocupa un lugar cuyo tenor tenemos que definir? La tentación «algebrista» existe en Saussure, sin duda amparada en la audacia de la famosa Memoria: «La lengua es por decirlo así un álgebra que solo tendría términos complejos»4. La misma tentación está igualmente latente en la obra de Hjelmslev con la noción de «esquema»: Hjelmslev elige, por ejemplo, la r francesa:
La r francesa es definida como una entidad opositiva, relativa y negativa; la definición dada no le atribuye ninguna cualidad, cualquiera que sea5.
Hjelmslev no tiene ninguna dificultad en confesar la orientación algebraica de su proceder:
Esta concepción de la lengua ha sido retomada y desarrollada por Sechehaye, quien, en un trabajo de 1908, sostiene con razón que se puede concebir la lengua bajo un aspecto algebraico o geométrico, y simbolizar sus elementos arbitrariamente a fin de fijar su individualidad, pero no su carácter material6.
Esta preconización fue severamente criticada por Jakobson:
De hecho, tratar de reducir el lenguaje a sus invariantes últimas por medio de un simple análisis de su distribución en el texto y sin referencia a sus correlatos empíricos, es precipitarse a un fracaso seguro. Si, en inglés, comparamos las dos secuencias /ku/ y /uk/, no obtendremos ninguna información sobre la identidad del primer segmento en uno de esos ejemplos, con el segundo segmento en el otro, a no ser que pongamos en juego las propiedades sonoras comunes a la /k/ inicial y final en las dos posiciones7.
La semiótica greimasiana, en la medida en que ha favorecido la narratividad proppiana y el recorrido del sujeto, se presenta como una semiótica humanista:
En efecto, el esquema narrativo constituye como un marco formal donde viene a inscribirse el “sentido de la vida” con sus tres instancias esenciales: la calificación del sujeto, que lo introduce en la vida; su “realización” por algo que “hace”; en fin, por la “sanción” —a la vez retribución y reconocimiento— que es la única que garantiza el sentido de sus actos y que lo instaura como sujeto según el ser8.
Sin embargo, a este respecto, surge una dificultad: la semiótica, por tener como objeto la construcción de la significación, depende, según Hjelmslev, no de la forma del contenido, sino de la sustancia del contenido, la cual concierne solamente al sistema de las «evaluaciones» propias de una cultura, aunque, a la letra, la semiótica aplica, con referencia a la concepción hjelmsleviana, un método que no le corresponde…
A partir de esas tres parejas de oposiciones, es posible esbozar el «perfil» sumario de una teoría reconocida. Así, el psicoanálisis puede, en razón del estatuto asignado al inconsciente, ser caracterizado como trascendente, diacrónico; en fin, como humanista. Mas la teoría lacaniana, que considera que «el inconsciente está estructurado como un lenguaje», es, en algunos límites, formalista. Entiéndase bien; en el estado actual, cada una de esas parejas funciona según el modo del «o… o…», es decir, según el modo de la alternancia, mientras que una teoría suficiente demanda el modo del «y… y…», o sea, el modo de la coexistencia de ambos modos, a la manera de lo que preconiza Lévi-Strauss a propósito del segundo par cuando desea disponer de un «esquema único (…) que permita integrar el punto de vista de la estructura y el del acontecimiento»9.
Si nos limitamos a la teoría semiótica propiamente dicha, la teoría es susceptible de optar por dos corrientes. Según Hjelmslev, la teoría debe revestir la forma de una jerarquía, que el sistema de definiciones que figura al final de los Prolegómenos formula así: «clase de clases» (cuarta definición); a decir verdad, las cinco primeras definiciones forman un complejo, de suerte que cada una de ellas constituye un «punto de vista» sobre ese complejo. Esa decisión entraña varias consecuencias: (i) el punto de partida, la primera esquicia, en la medida en que es conservada en las fases ulteriores, decide todo el asunto. Por tal razón, Hjelmslev se preocupa, principalmente en el estudio titulado La estratificación del lenguaje, de precisar el orden de las esquicias fundadoras:
La distinción entre contenido y expresión es la primera encrucijada; la de forma y sustancia es la segunda; y la distinción de forma y de sustancia está subordinada a la que se da entre los planos10.
(ii) la operación mayor, el análisis, recae sobre una dependencia y no sobre una oposición, como recomendaban los de el Círculo Ligüístico de Praga. En efecto, si uno eligiera como objeto una oposición, el análisis sería superfluo y se convertiría en una suerte de pleonasmo; (iii) como el análisis, por decirlo de alguna manera, sería exclusivo, habría de ser también transitivo, es decir que el analizante termina siendo el analizado. Hay una paradoja virtuosa en la concepción hjelmsleviana del análisis: esta última separa para reunir, divide para enlazar. En este sentido, la teoría, para Hjelmslev, es «deductiva».
A pesar de reclamarse seguidora de Hjelmslev, la concepción greimasiana de la teoría es en varios aspectos su antítesis. Por el crédito atribuido al análisis, el proceder hjelmsleviano va de lo complejo a lo simple, a las «figuras», mientras que, para Greimas, se presenta como un «recorrido que va de lo más simple a lo más complejo, de lo más abstracto a lo más concreto»11. En segundo lugar, Greimas, en el artículo relativo al recorrido generativo que figura en Semiótica 1, distingue para cada nivel un componente semántico, o morfológico, y un componente sintáctico12, mientras que uno de los objetivos que se desprenden de Hjelmslev es la recusación de la cesura inmemorial entre la sintaxis y la morfología:
(…) la clasificación de los funtivos en invariantes y variantes que estamos planteando derrumbará la base de la bifurcación tradicional de la lingüística en morfología y sintaxis13.
En tercer lugar, la posición de Greimas hasta Semiótica de las pasiones se caracteriza por la prevalencia de la racionalidad:
(…) las instancias generativas más profundas aparecen constituidas por las formas lógico-semánticas (lo cual permite economizar el concepto de interpretación) (…)14.
De la imperfección vuelve sobre esta orientación intelectualista introduciendo el concepto de estesis, definida como «fusión total del sujeto y del objeto». Sin embargo, si ampliamos el marco, la dirección adoptada por De la imperfección puede ser interpretada como una catálisis de gran amplitud, la cual propone el orden de la significación como presuponiente, y la afectividad, particularmente la que emerge bajo las especies del sobrevenir, como presupuesta. Nosotros retomamos por nuestra cuenta los bellos análisis de Cassirer relativos a lo que él llama en la Filosofía de las formas simbólicas el «fenómeno de expresión». Este «fenómeno de expresión» significa para el sujeto cierto estilo modal marcado por la pasividad, si no por la pasibilidad (A. Hénault):
Pues toda experiencia vivida de expresión no es ante todo más que una prueba padecida: es un «ser-captado» más que un «captar», (…)15.
Para el objeto, la intensidad vivida del «fenómeno de expresión» impone la secundariedad modal de la percepción:
[La percepción] no se resuelve jamás en un simple complejo de cualidades sensibles —como claro u oscuro, frío o caliente—, sino que se acomoda en cada caso a una tonalidad de expresión determinada y específica; jamás está regulada exclusivamente por el «qué» del objeto, sino que más bien capta el modo de su aparición global, el carácter de lo seductor o de lo amenazante, de lo familiar o de lo inquietante, de lo tranquilizador o de lo amedrentador que reside en ese fenómeno tomado puramente como tal, independiente de su interpretación objetiva16.
Cassirer excluye formalmente que la afectividad pueda ser insertada en una objetividad que la precedería:
[Esta interpretación] debe previamente anular la vida de la percepción, convertirla en un complejo de simples contenidos de la impresión sensible para reanimar enseguida ese «material» muerto de la sensación gracias al acto de penetración afectiva. Pero la vida que así le toca en suerte por partijas sigue siendo en último análisis una simple apariencia, obra de la ilusión psicológica17.
Bajo esta premisa, las estructuras profundas son más bien «tímicosemánticas» que no «lógico-semánticas». Esa anterioridad tanto funcional como existencial del «fenómeno de expresión», es decir, del afecto, permite comprender por qué su manifestación preferencial recibe la forma de la subitaneidad y del evento. Volveremos sobre esto a propósito del modo semiótico de la eficiencia.
En último lugar, Greimas considera el tránsito de un nivel llamado «profundo» a un nivel denominado «superficial» como una «conversión». Ese tránsito se efectúa según dos modalidades: (i) un principio de conservación, o de persistencia, en virtud del cual la esquicia entre la semántica y la sintaxis está presente en todos los niveles; (ii) un principio de «enriquecimiento», de aumento del sentido, ya mencionado, que va de lo simple hacia lo complejo:
(…) es preciso reconocer que la generación de la significación, al introducir nuevas articulaciones en cada etapa de su recorrido, aporta al mismo tiempo un “enriquecimiento” o un “aumento” del sentido, dado que la significación no es otra cosa sino “articulación”18.
El paso del nivel fundamental, donde no intervienen más que la interdefinición semántica y la interacción sintáctica, hacia el nivel superficial no deja de ser problemático: no todo parece ocurrir como si el recorrido generativo fuese el mal y el remedio: ¿el desarrollo del recorrido generativo no reintegra las magnitudes que había suspendido para constituir justamente el nivel fundamental, especialmente el tiempo y el espacio, esos guardianes del sentido?
La amplitud de las divergencias entre los procederes respectivos de Hjelmslev y de Greimas suscita la perplejidad. ¿Son superables? El proceder greimasiano supone, bajo beneficio de inventario: (i) la tripartición de los niveles; (ii) la dirección ascendente de lo simple hacia lo complejo; (iii) la reciprocidad de la semántica y de la sintaxis a la altura de cada nivel. Para que esta aproximación entre en concordancia con la primacía y la continuidad del análisis, preconizados por Hjelmslev, basta, según creemos, con postular, siguiendo a Hjelmslev, una dirección descendente de lo complejo hacia lo simple que es, desde el punto de vista metalingüístico, el plano de la expresión de la preeminencia del análisis. Nuestra posición es susceptible de dos interpretacionesevaluaciones divergentes: o una interpretación peyorativa, generalmente identificada con el eclecticismo, o una interpretación positiva, la de la metáfora, la del bricolaje según la lectura que de él propone Lévi-Strauss en las primeras páginas de El pensamiento salvaje.
2. El espacio tensivo
Uno espera que los conceptos sean interdefinidos, pero esta demanda supone una condición que resulta fácil de catalizar: es necesario que esos conceptos «comuniquen» los unos con los otros, es decir que ocupen el mismo espacio.
2.1 UNA CIRCULARIDAD VIRTUOSA
El primer requisito concierne a nuestro recurso a la noción de «espacio tensivo». Esta noción de espacio es polisémica y requiere una decisión: la noción de espacio es, según creemos, esencialmente «conjuntiva»; el espacio es el horizonte de toda pluralidad captada. Enunciar simplemente: «un triángulo y un cuadrado» es decir que esos dos objetos habitan el mismo espacio:
Que A y B no formen cada uno por separado un mundo en sí, sino que pertenezcan a un conjunto, es lo que quiere decir la observación en el espacio. Tal es el sentido del “lado a lado”. Si cada objeto fuese un ser en sí, no existiría el “lado al lado”. No podríamos absolutamente establecer una relación entre ellos1.
El epíteto «tensivo» precisa el contenido de las magnitudes en contacto o en vecindad: la tensividad es el lugar, o el frente de contacto donde se juntan, se reúnen la intensidad, como suma de los estados de alma, y la extensidad, como suma de los estados de cosas. Esa proyección de las magnitudes en un mismo espacio presenta la doble ventaja de virtualizar la linealidad del plano de la expresión [en lenguaje oral y escrito] y de visualizar las magnitudes de contenido en convergencia unas con otras. Por convención, colocamos la intensidad en la «ordenada» y la extensidad, en la «abscisa»:

2.1.1 La intersección
La semiótica greimasiana jamás ha sido indiferente a las cuestiones epistemológicas, y al titular su texto fundador Semántica estructural, Greimas marcaba su vinculación con el estructuralismo, a pesar de que el doble patronazgo de Hjelmslev y de Lévi-Strauss oculta un malentendido sin duda poco discernible en la época. En efecto, el estructuralismo de Lévi-Strauss es ajeno al de Hjelmslev. Para este último, la palabra-maestra es la de dependencia:
Se entiende por lingüística estructural un conjunto de investigaciones que se apoyan en una hipótesis según la cual es científicamente legítimo describir el lenguaje como si fuera esencialmente una entidad autónoma de dependencias internas2.
Para Hjelmslev, el análisis-descripción de un objeto se reduce, pues, a descubrir las dependencias por las cuales el objeto, en cuanto «punto de intersección», se convierte en significante:
Las relaciones o las dependencias que el realismo ingenuo tiene por secundarias y que presuponen los objetos, son para nosotros esenciales: ellas son la condición necesaria para que existan puntos de intersección3.
De inspiración jakobsoniana, el estructuralismo de Lévi-Strauss pone por delante el concepto de oposición, el cual no figura en el índice de definiciones de los Prolegómenos.
Dicho esto, la lectura de Semiótica 1. Diccionario no deja ninguna duda al respecto: el estructuralismo de Greimas está más próximo de Hjelmslev que de Jakobson, a pesar de lo que se dice en las primeras páginas de Semántica estructural.
La intersección, en cuanto regla constitutiva del objeto [semiótico], proporciona al análisis y a la definición que lo resume una complejidad que hay que desenmarañar. La intersección «mística» de la intensidad y de la extensidad en [S] permite al analista proponer [s1] y [s2] como definientes de [S]. Por su simplicidad, este esquema gráfico permite igualmente visualizar a la vez tanto el objeto [S] como su resolución [s1 + s2]. Accedemos así a una doble equivalencia: (i) equivalencia objetal de la intersección y de la complejidad, esta en cuanto principio y razón de aquella; (ii) equivalencia operativa del análisis y de la definición, que autoriza dos enunciados mayores: el análisis es una definición en la medida en que la definición es un análisis.
Quedan por identificar [s1] y [s2]. [s1] pertenece a la dimensión de la intensidad. La intensidad que nosotros proponemos es la intensidad subjetal, la intensidad vivida, y por catálisis, la intensidad medida. ¿En qué consiste experimentar un afecto sino en tomarle ante todo y personalmente la medida? Convendría, después de haber leído el siguiente fragmento de Cuadernos de Valéry, invertir el protocolo predicativo habitual entre la norma y la desviación de la norma:
El alma es el acontecimiento de un Demasiado o de un Demasiado poco.
«Normalmente», no existe4.
La norma es virtualizada como norma y son las desviaciones de la norma las que acceden a la pertinencia según dos modalidades: la modalidad objetal del más y la modalidad subjetal del demasiado. Para fijar las ideas, /caliente/ pertenece a la modalidad objetal del «más»; /ardiente/, a la modalidad subjetal del «demasiado». Examinaremos más adelante el paradigma de los posibles intensivos.
La extensidad, orientada hacia los estados de cosas, tiene que ver con la densidad del campo de presencia: si las magnitudes son poco numerosas, diremos que la modalidad de la concentración es la válida; si es a la inversa, diremos que es la modalidad de la difusión la que será elegida. Bajo esta consideración, el espacio tensivo se encuentra provisto de dos regiones cuyas características son, según una fórmula que tomamos de Lévi-Strauss, «simétricas e inversas» una con relación a la otra: (i) una región del estallido o del brillo, definida por la intersección de la fuerza y de la concentración; (ii) una región de la dispersión, definida por la intersección de la debilidad y de la difusión.
Así:

La aprehensión del objeto como intersección es una de las claves de la apertura del paradigma.
2.1.2 De la complejidad a la homogeneidad
En materia de epistemología, no se trata de ninguna manera de hacer tabla rasa de las conquistas logradas ni de ignorar la episteme contemporánea. Se trata solamente de operar una transferencia de acento, de desplazar una ponderación entre magnitudes consagradas. Dos nociones no han recibido, en nuestra opinión, la atención que merecen: la complejidad y la homogeneidad. Comenzaremos por recordar que el hecho de tomar en cuenta la complejidad debe ser atribuido a Saussure. «La lengua es, por decirlo así, un álgebra que no tendría más que términos complejos»5, y el de la homogeneidad, a Hjelmslev:
El factor particular que caracteriza la dependencia entre la totalidad y sus partes, que la diferencia de una dependencia entre la totalidad y otras partes y hace que los objetos descubiertos (las partes) puedan ser considerados como internos y no externos a la totalidad (es decir, al texto) parece ser la homogeneidad de la dependencia: todas las partes coordinadas que resultan del solo análisis de una totalidad dependen de esa totalidad de una manera homogénea6.
Cierta complementariedad se deja entrever entre las dos nociones: la complejidad significa la preeminencia de la relación en detrimento de la ilusión predicativa, según la cual el objeto, como si fuera un costal, contendría los predicados que la observación a fuerza de atención y de paciencia llevaría al discurso; por su lado, la homogeneidad interviene como fianza, como garante fiducial de que es siempre la misma dependencia la que es captada. La complejidad constitutiva de las magnitudes formula una localidad; la homogeneidad, una continuidad conservadora.
Por reflexividad y reciprocidad, las nociones de intersección, de dependencia, de complejidad, de análisis y de definición se apoyan las unas a las otras. En primer lugar, la complejidad, la intersección en cuanto característica general, y la dependencia como constante no revocable, proporcionan al análisis su objeto: «Una dependencia que cumple las condiciones de un análisis será llamada función»7. En segundo lugar, la definición, que Hjelmslev acepta como una «división»8, concierne, con toda evidencia, a una complejidad en el plano de la expresión, a una dependencia en el plano del contenido. Dicha complejidad no tiene nada que ver con la problemática del eje llamado complejo, obtenido por acercamiento concesivo de [s1] y de [s2]: [s1] vs. [s2] → [s1 + s2].
2.1.3 El anclaje
Nadie duda ni un solo instante de que el sujeto sea un ser sensible, por catálisis: un ser «sensible a», pero el lugar de la sensibilidad en la economía de la significación crea problemas: el sentido ¿es la respuesta a las preguntas?9, o ¿a las subitaneidades de las que da testimonio la sensibilidad? ¿O es a la inversa: la sensibilidad es ella misma el conjunto de respuestas posibles a las preguntas que el sentido, en razón de sus transgresiones, de sus propias incertidumbres le dirige [al sujeto sensible]?
En cierta medida, el hecho de tomar en cuenta lo sensible obliga a tomar la narratividad al revés: si la narratividad ve en el sujeto un sujeto de hacer, un sujeto activo, la admisión de lo sensible conduce a dar lugar a un sujeto del padecer: un sujeto pasivo [o pasivizado]. La vivencia íntima del sujeto de estado en esa circunstancia se impone a las «miras» del sujeto operador.
La hipótesis tensiva10 admite como punto de anclaje, puesto que alguno hace falta, la distinción entre los estados del alma y los estados de cosas. Sin embargo, esta dualidad en cuanto tal pertenece al plano de la expresión: proporciona la escena, pero no la pieza por representar. Desde nuestro punto de vista, lo que importa es el tipo de relación que conviene postular. A los ojos de Hjelmslev, la relación más “interesante” es la «determinación»11, la rección, en la terminología tradicional, la cual coloca en presencia una de otra una «constante» y su «variable». Según la formulación conservada por Hjelmslev: la «variable» determina la «constante», o más sencillamente: la constante en posición de regente rige la variable en posición de regida. Con estas precisiones, proponemos lo sensible como regente, y lo inteligible, en cuanto regido, y aceptamos el déficit modal de este último respecto del primero como uno de los secretos del afecto: «Lo propio del mundo intelectual consiste en ser trastornado siempre por el mundo sensible»12. Lo sensible, según la morfología y la sintaxis que le son propias, tal vez no sea más que esa acentuación, esa desigualdad creadora, ese control unas veces despótico, otras liberal, que ejerce sobre lo inteligible.
2.1.4 La terminología
Para Hjelmslev, las categorías de la forma de la expresión y las de la forma del contenido son idénticas, pero es claro que la terminología que las expresa ha sido tomada principalmente del plano de la expresión. La terminología greimasiana privilegia, por lo demás es comprensible, la narratividad, es decir, una posibilidad situada. Una terminología debe ser, en cuanto sea posible, parlante, es decir, transparente: la coalescencia de lo sensible y de lo inteligible nosotros la designamos con el término de tensividad, y, referida al análisis y al acoplamiento subsiguiente, tomamos de Hjelmslev el par de prefijos in- y ex-, pareja que es uno de los resortes de su terminología13, y designamos ahora lo sensible como intensivo y lo inteligible como extensivo. Sin cultivar la paradoja, diremos que la tensividad no es nada, nada más que la junción de la intensidad y de la extensidad, así como la sílaba14 no es nada más que la junción, el espacio de encuentro de una magnitud vocálica y de una magnitud consonántica. El cuadro siguiente resume nuestro proceder:

Una magnitud tensiva —precisaremos en un instante su condicionalidad— es, pues, una magnitud compleja, portadora de dos rasgos: por una parte, un rasgo intensivo (Cassirer diría un «acento de sentido»); por otra parte, un rasgo extensivo. Lo cual no deja de tener consecuencias. En efecto, la hipótesis tensiva en el estado actual de su desarrollo, la problemática hjelmsleviana del análisis y el estatuto de la definición en los Prolegómenos son «variedades» de un mismo funcionamiento. Esa convergencia surge de las tres consideraciones siguientes: (i) la esquicia de la tensividad conduce al enfrentamiento cara a cara de la intensidad y de la extensidad; (ii) un análisis tiene por plano de la expresión una dualidad y por plano del contenido, una dependencia: «Una dependencia que cumple las condiciones de un análisis será llamada función15», de ahí la dependencia de la extensidad respecto de la intensidad; (iii) finalmente, por reciprocidad, tenemos razones para aceptar la pareja de la intensidad y de la extensidad como la definición de la tensividad:
Esto nos lleva a la definición de la definición: por definición entendemos una división, sea del contenido de un signo, sea de la expresión de un signo16.
En cierto sentido, la definición, al sustituir el contenido definido por una «cadena de contenidos de signos», dispersa ese contenido definido. Si admitimos con Cassirer que el proceder del pensamiento es «circular», es decir que
la conexión supone la división, así como la división por su lado no tiene otra meta que preparar y hacer posible esa conexión17,
si, además, reconocemos en la definición el grado cero de la predicación, entonces, el isomorfismo de las magnitudes consideradas se establece así:

2.2 CANTIDAD NO NUMÉRICA Y PRINCIPIO DE CONSTANCIA
El estructuralismo considera las magnitudes que somete al análisis como absolutas, y con bastante frecuencia ignora la variabilidad cuantitativa. A la inversa, los pintores oponen el tono franco, portador de brillo [estallido], al tono quebrado, atenuado por la mezcla con otro tono. El punto de vista tensivo trata la cualidad absoluta como un caso particular, y concibe toda magnitud como un objeto que la sintaxis tensiva, según uno u otro de los tres estilos sintácticos enumerados más adelante, está dispuesto a tratarlo.
2.2.1 Los valores como producto
Esa asimetría introduce la singularidad del espacio tensivo. La correlación inversa tiene por sintaxis íntima un principio de constancia que se puede formular así: si la intensidad y la extensidad varían en razón inversa la una de la otra, entonces, el producto de las valencias respectivas de dos valores distintos será tendencialmente constante y su norealización eventual, evenemencial, sería para el (los) sujeto(s) como un objetivo que realizar. Como puede apreciarse en el diagrama siguiente:

Este razonable principio de constancia del que acabamos de hacer la hipótesis significa que los productos «místicos» [V1 = i1 x e 1] y [V2 = i2 x e2] tienden hacia una constante virtual reguladora. En la dimensión de la intensidad, las valencias se distinguen unas de otras o como aumentos o como disminuciones; en la dimensión de la extensidad, como selecciones o como mezclas. La hipótesis del principio de constancia autoriza un paso suplementario hacia la singularidad del espacio tensivo: si el producto de las valencias /i/ y /e/ tiende a una constante, entonces, /i/ se convierte también en el cociente de dividir / V1/ por el divisor /e/. Si /e/ aumenta, /i/ disminuye, de suerte que /e/ funciona ahora como divisor e /i/ como un cociente. Según la terminología propuesta en Éléments de grammaire tensive [en español: Semiótica tensiva], un repunte en la dimensión de la extensidad tiene por correlato inmediato o próximo una atenuación en la dimensión de la intensidad. La medida intensiva y el número extensivo varían en razón inversa la una del otro, como muestra el siguiente ejemplo tomado de Rousseau y que debemos a D. Bertrand:
Durante mis cortas prosperidades muchas personas recurrieron a mí, y jamás en todos los servicios que pude hacerles ninguno de ellos fue desatendido. Pero de esos primeros favores hechos con afecto y con efusión del corazón fueron naciendo cadenas de compromisos sucesivos que yo no había previsto y de los cuales no podía ya liberarme18.
Este análisis de Rousseau ofrece un doble interés: (i) muestra la dependencia de un estado de ánimo, aquí «efusión del corazón» del destinador respecto de un estado de cosas, el número de ocurrencias del don; (ii) «hace ver» cómo una multiplicación en una dimensión se convierte «concesivamente» en división para el valor; así, esquemáticamente para el texto de Rousseau:

Los aumentos y las disminuciones intensivos vividos, que conmueven, en cuanto manifestantes, el campo de presencia, tienen por manifestado el juego reglado, la regulación actualizada de las dimensiones: por una parte, el sujeto formula el valor como el producto de las valencias que conjunta; por otra parte, por homogeneidad o circularidad virtuosa, formula la medida íntima, propioceptiva, del afecto como el cociente del valor dividido por el número actual del campo de presencia. La interdefinición, que es una exigencia epistemológica no negociable para Hjelmslev, remite aquí más bien a la densidad de la red relacional subyacente. De este trabajo de ajuste, de esta búsqueda de una exactitud cuantificable pero no contable, H. Michaux presenta en el bello texto titulado Dessiner l’écoulement du temps [Dibujar el fluir del tiempo] un análisis ejemplar centrado en la precisión del tiempo:
Cada cual trata, sin que nadie se lo indique, de conservar su tempo… (…) Por un balance sabio y constante entre las incitaciones que uno acepta y las incitaciones que uno rechaza; por un equilibrio complejo donde las pequeñas ralentizaciones y las pequeñas aceleraciones se encuentran ingeniosamente compensadas19.
Por ese juego de remisiones, la divergencia subjetal de la medida y del número, el principio de constancia y la formulación del valor intensivo como cociente, singularizan el espacio tensivo.
La hipótesis de la «intersección» como producto exige aun otros dos motivos: (i) la afirmación corriente según la cual el todo es superior a la suma de las partes es cierta, sin duda, ¿pero cómo fundarla? Eso no está dicho. Sin pretender agotar la cuestión, podemos decir por medio de metáforas que el tempo y la tonicidad son los ingredientes, y la hipótesis del producto, la receta; (ii) existe el misterio del «acento», de los «picos» de la intensidad, de los estados paroxísticos, y más generalmente, puesto que hemos reconocido en la medida una «intersección»: «Se trata de hallar la construcción (oculta) que identifique un mecanismo de producción con una percepción dada»20, es de esperar que «en alguna parte» surja un principio de desmesura. No andamos lejos de la retórica y nos movemos en torno a la hipérbole, que Fontanier aborda en los siguientes términos:
La Hipérbole aumenta o disminuye las cosas con exceso, y las presenta bien por encima o bien por debajo de lo que son, con vistas, no a engañar, sino a acercar a la verdad misma, a fijar, por lo que dice de increíble, lo que hay realmente que creer21.
Frente a todas las problemáticas que mantienen alguna conexidad entre sí, tenemos que anticipar: la hipérbole se encuentra en la intersección de dos sintaxis; por una parte, la sintaxis intensiva, que procede por aumentos y por disminuciones, y por otra parte, la sintaxis juntiva, la cual procede, según el caso, por implicación o por concesión. El mérito de Fontanier es raro y singular, ya que procede a realizar la catálisis del rasgo concesivo de la hipérbole.
2.2.2 De la correlación a la implicación
La legitimidad del arco que une las dos regiones en contraste del espacio tensivo es indirecta. Supone la autoridad de un principio de constancia que regula esa cantidad no numérica que asedia a la diferencia. Esa característica no numérica de la cantidad semiótica de ninguna manera impide efectuar algunas operaciones elementales. Como ya se ha indicado, la operación decisiva es sin duda esta: si se multiplica mentalmente la cifra de la intensidad por la de la extensidad, el producto actualizado sería tendencialmente constante. Sea simplemente: [i × e = k].
Para ilustrarlo, acudiremos a las reflexiones de Baudelaire sobre el juego y el trabajo, que figuran en Fusées [Bengalas]. Veamos el pequeño corpus siguiente:
El trabajo, fuerza progresiva y acumulativa, conlleva intereses como el capital, en las facultades como en los resultados.
El juego, incluso dirigido por la ciencia, fuerza intermitente, será vencido, por fructuoso que sea, por el trabajo, por pequeño que sea, si es continuo22.
Un poco de trabajo, repetido trescientas sesenta y cinco veces, da trescientas sesenta y cinco veces un poco de dinero, es decir, una suma enorme. Al mismo tiempo, se adquiere gloria.
De igual manera, una multitud de pequeños goces constituyen el bienestar23.
El trabajo no es el único que conserva las almas momificadas24.
La vida solo tiene un encanto verdadero: es el encanto del Juego25.
Es claro que el antagonismo vivencial del trabajo y del juego pertenece al resorte de la gramática tensiva: (i) el juego, bajo el ángulo de la intensidad, es fuerte, pero desde el ángulo de la extensidad, intermitente, es decir, concentrado en algunos momentos; (ii) de manera simétrica e inversa, el producto del trabajo, en relación con la intensidad, es del orden de la “pequeñez”, pero en relación con la extensidad: cotidiano. Así:

Lo que se esboza aquí es una gramática predicativa, es decir, una regulación de la predicación. De la predicación ordinaria, aceptando que está trunca, y que, por lo mismo, es incierta; no controlada, no dependiente, la predicación está fuera de sistema y no remite más que a la alternancia básica de «o… o…». Volvamos a nuestro esquema e inscribamos en el arco de las equivalencias: [S1] definido en el eje de la intensidad por [s1] y en el eje de la extensidad por [no s2], y [S2] definido en el eje de la intensidad por [no s1] y en el eje de la extensidad por [s2]. Así:

La lógica de este dispositivo simple no es la del «o… o…», sino más bien la del «si… entonces», es decir, la lógica de la implicación. Lo que define [S1] es la exigencia actual: si [s1], entonces [no s2] y otro tanto vale para [S2]. La problemática cambia de contenido puesto que ahora tiene por objeto la pregunta: ¿cómo se pasa de [S1] a [S2]? Nuestra respuesta es la siguiente: tal es precisamente la función esencial del evento, puesto que, según Valéry: «La sorpresa es siempre posible»26. Es, por lo demás, una de las aporías propias de la noción de evento: es a la vez singular y serial. Radicalmente improbable, el evento hace pasar sin transición, es decir, concesivamente, de una primera implicación a una segunda implicación:

La semiótica del evento no es una semiótica de la oposición, sino una semiótica de la interdependencia, de la solidaridad y de la inconciliación que le está asociada:
Todo acontecimiento brusco afecta al todo.
Lo brusco es un modo de propagación27.
Un ejemplo tomado de Balzac nos convencerá fácilmente. En Ilusiones perdidas, Balzac ha captado los efectos tímicos repentinos del descubrimiento de la inmensidad del número por Lucien de Rubempré:
Sorprendido por esta muchedumbre en la cual se sentía extraño, este hombre de imaginación, experimentó como una inmensa disminución de sí mismo. Las personas que gozaban en la provincia de alguna consideración, y que encontraban allí a cada paso una prueba de su importancia, no se acostumbran a esa pérdida total y súbita de su valor. Ser alguien en su tierra y no ser nadie en París, son dos estados que necesitan transiciones; y aquellos que pasan demasiado bruscamente de uno a otro, caen en una especie de aniquilación28.
La primera observación que se impone concierne al hecho de que el análisis de Balzac se encuentra con el de Valéry en el sentido de que la magnitud que decide el contenido de las magnitudes es en ambos casos el tempo, la prevalencia del tempo, a saber, la irrupción de eso «brusco» que Balzac con toda pertinencia acopla a la «transición», es decir, a la lentitud y a la progresión que ella autoriza. No necesitamos añadir nada a estos análisis magistrales. El análisis tensivo se contenta con ubicar adecuadamente las magnitudes reconocidas en el espacio tensivo.

Este luminoso texto de Balzac comparte otra enseñanza relativa a la autoridad del tempo. La búsqueda del sentido se presenta como la travesía de tal paradigma por el sujeto, la cual puede hacerse paso a paso o de una sola vez. En el primer caso, el trámite proporciona al sujeto una satisfacción que reposa en el control del proceso por el sujeto; en el segundo caso, un éxtasis, eventualmente negativo como es el caso descrito por Balzac. La conmutación vivida por Lucien de Rubempré puede ser analizada así:

Una segunda enseñanza puede extraerse del análisis de Balzac a partir de la pregunta: ¿cómo se obtiene este «no ser nadie»?; ¿cuál es la receta de ese «no ser nadie» si extendemos la noción de receta más allá de sus límites habituales? El principio de constancia que suponemos propone una hipótesis: si planteamos-evaluamos el quantum imaginario de carga tímica, de foria, es en Angulema divisible por «uno», admitiendo que Mme. de Bargeton lo concentra, lo resume en su sola persona; por «n» si designamos así el número restringido de personas que admite en su salón. Esa carga tímica, cuyo recuerdo acompaña a Lucien, es divisible en París por «∞», puesto que la «multitud» es, por el hecho de su renovación, si no de derecho al menos de hecho, infinita. Entonces:

Espíritu eminentemente concesivo, Baudelaire, en el poema en prosa Les foules, procede a la inversión de los términos de esa estructura tensiva:
Multitud, soledad: términos iguales y convertibles por el poeta activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad tampoco sabe estar solo entre una multitud agitada29.
La calificación «no ser nadie» se presenta ahora como el cociente de la carga tímica por el número atribuido a la extensidad. Por sí misma, esta estructura es trascendente, de donde la pregunta: ¿cómo accede esa estructura al discurso? Por la modalidad, aquí, del no poder no ser, de tal manera que esa reconversión modal instala en inmanencia, es decir, al alcance del sujeto, dicha estructura.
Los dos ejemplos analizados muestran los límites de la noción de oposición. Lo que está en cuestión es el desarrollo sintagmático de una doble concesión. A propósito del valor respectivo del trabajo y del juego para Baudelaire: aunque «pequeño», el trabajo produce, repetido día tras día, una «suma enorme», mientras que el juego, aunque «fructífero», «será vencido por el trabajo». Lo mismo ocurre con la notoriedad personal, según Balzac; varía en razón inversa del número de sujetos; disminuye cuando el efectivo de sujetos crece:

2.3 LA MANIFESTACIÓN
El isomorfismo adelantado a propósito de la estructura de las dimensiones y de las sub-dimensiones tiene sin embargo sus límites. La primera singularidad concierne a la manifestación, es decir, al hecho de que la aprehensión de la intensidad por el sujeto y la de la extensidad difieren notablemente una de otra: las sub-dimensiones del tempo y de la tonicidad demandan mediaciones, relevos tangibles; así la rapidez no se conoce sino como tal distancia recorrida en tal duración; lo cual es más cierto aun de la tonalidad. De manera general, la calidad, que participa de lo indecible, espera la cantidad justa que la expresará:
En efecto, hay que comprender desde ahora que existe más y no menos en una organización cuantitativa de lo real que en una descripción cualitativa de la experiencia. (…) Estudiando las fluctuaciones de la cantidad, tendremos medios para definir el carácter indefinible de las cualidades particulares30.
La noción hjelmsleviana de «manifestación», no sin semejanza con la noción de «esquematismo» en Kant, asegura la transición entre el «esquema» y el «uso»31. En ese sentido, podemos decir que la intensidad está en posición de manifestada, y la extensidad, en posición de manifestante.
Si Hjelmslev establece una solución de continuidad entre la manifestada y la manifestante, nuestra problemática es diferente; nosotros suponemos entre los dos órdenes de magnitudes una diferencia solamente relativa que se debe a la divergencia de los objetos: (i) en el caso de la intensidad, el objeto es una medida propioceptiva descriptible en términos de sub-valencias de tempo y de tonicidad; (ii) en el caso de la extensidad, el objeto es un número exteroceptivo descriptible en términos de sub-valencias de espacialidad y de temporalidad. Por eso hemos afirmado que, a fin de cuentas, el sentido como praxis se identificaba con el comercio, con el ajuste «siempre recomenzado» de una medida intensiva y de un número extensivo. Esta divergencia subjetal singulariza el espacio tensivo.
2.4 LA CONDICIÓN TENSIVA DE LA PREDICACIÓN
La hipótesis tensiva interesa forzosamente a la cuestión de la predicación. El lugar de la predicación en la teoría del discurso sigue siendo incierto: desde el punto de vista sintáctico, depende de la gramática; desde el punto de vista semántico, se ubica más bien del lado del léxico y de sus posibilidades, que consideramos que son numerosas. El discurso trata la mayor parte del tiempo de motivar la prevalencia de tal o cual predicado, por ejemplo: el mar sigue siendo peligroso; la cólera es mala consejera… La lista de los topoi, de los lugares comunes en tal momento permitiría hacer un bosquejo del universo de la doxa propia de una determinada cultura. La hipótesis tensiva aborda esta cuestión de manera diferente. El predicado es dual: compone, la mayor parte del tiempo, después de catálisis, dos sub-valencias en correlación, y tales que la variación de la constante determine una variación de la variable. La magnitud semántica no es predicado definitivo de la “cosa en sí” (das Ding an sich), sino una magnitud sometida a condiciones. Cuando en una de sus máximas, Alain escribe: «Todo trabajo es un placer para el aficionado [amateur], todo trabajo es penoso por su duración», es claro que la significación existencial del trabajo depende de la aspectualización en la primera proposición, de la temporalización en la segunda. Sencillamente:

Al término de este análisis, en un dispositivo jerárquico saturado, las magnitudes categorizantes a nivel global se convierten por transitividad en definientes a nivel local.
2.5 LA REPRESENTACIÓN GRÁFICA
Esta representación se nos presenta como una metáfora relativa, porque no están, por un lado, las palabras, y, por otro, el espacio, sino a veces las palabras en el espacio, a veces el espacio en las palabras32. En el libro III de la Retórica, Aristóteles trata de las figuras y principalmente de la imagen y de la metáfora, de manera que, más que oponerlas, las acerca. El punto de visa elegido es el de la persuasión, es decir, el de la eficacia discursiva. A propósito de los entimemas, Aristóteles insiste en la rapidez de la recepción:
Se sigue de esto necesariamente que la elocución y los entimemas son elegantes cuando son rápidamente comprendidos33.
El segundo rasgo es el del estallido:
Esta expresión: «Es el momento en que Grecia lanzó un grito», en algunos aspectos, es una metáfora y pone el hecho ante los ojos [hipotiposis]34.
Este rasgo presupone la foria:
Entiendo por «poner una cosa ante los ojos» indicar que esa cosa es actuante35.
En fin, Aristóteles menciona lo que nosotros venimos llamando concesividad:
Es necesario, cuando uno emplea la metáfora, como lo hemos dicho anteriormente, extraerla de objetos propios (del tema), pero no muy evidentes. En filosofía, por ejemplo, tienes que considerar la semejanza que hay en aquellos objetos que tienen entre sí una gran diferencia36.
Estos cuatro rasgos, estas cuatro propiedades tensivas: la rapidez, el estallido, la foria y la concesividad, convienen a la representación gráfica, tal como nosotros la entendemos37.
El primer rasgo, la rapidez, tiene que ver con el privilegio indiscutible de la espacialidad, a saber, con la simultaneidad. En efecto, a partir de Leibniz principalmente, el tiempo es el referente de las sucesiones y el espacio el de las coexistencias. Si aceptamos que el espíritu no puede considerar al mismo tiempo más que un número limitado de magnitudes, la presentación diagramática y la presentación en red permiten abarcar de un solo golpe38 una pluralidad restringida. Sin embargo, si el efectivo de la pluralidad aumenta, la temporalidad virtualizada, por catálisis, es restaurada. Esta aprehensión inmediata es portadora de estallido en la medida en que, nos dice Aristóteles, nos la «pone ante los ojos», es decir, lo más cerca posible. La presentación diagramática se pone delante del observador, proponiéndole sin reticencia alguna, sin segundas intenciones, un sistema radicalmente simple. El sujeto abarca en el mismo movimiento un campo y sus accidentes más notables, doblemente determinados: determinados con relación a los ejes postulados y determinados los unos con relación a los otros.
El diagrama es comparable a un mapa, es decir, una magnitud susceptible de dos aproximaciones canónicas: una aproximación paradigmática, que distribuye territorios distintos por sus modos de vida, o bien una aproximación sintagmática, que precisa los caminos que recorrer. La presentación diagramática está en concordancia con una de las hipótesis directrices de este ensayo, a saber, que el sentido como efectuación consiste en la travesía más o menos restringida de un paradigma identificado. Interpretarlo como una transformación es tener en cuenta un tempo impetuoso que virtualiza la profundidad aspectual de los procesos y de las actividades39. Asegurar que /blanco/ se opone a /negro/ no es decir gran cosa. La cuestión semántica consiste en preguntarse cómo se pasa de /blanco/ a /negro/. Cómo, según el caso, acelerar ese desplazamiento, o bien cómo ralentizarlo; cuántas pausas conviene programar por adelantado; cuáles son los frenos, las resistencias que se van a encontrar. En una palabra, se trata de sorprender el sentido «haciéndose» [o sea, «en acto»].
El último rasgo, hemos dicho, se refiere a la concesividad. Aristóteles subraya que la filosofía debe descubrir una semejanza en la diferencia, operación a la cual es fácil aplicar el protocolo lingüístico de la concesión. La hipótesis tensiva considera, sin estar en condiciones de dar la prueba científica, que, en el caso de la correlación inversa, la inversión de signos es el plano de la expresión de un principio de constancia en el plano del contenido. Combinaciones diferentes por su manifestación participan de la misma inteligibilidad. Volveremos sobre esto.
2.6 EL APARATO ASPECTUAL DE LAS DINÁMICAS TENSIVAS
Una magnitud, desde el punto de vista tensivo, es un contínuum analizable en función de la dirección ascendente o decadente [descendente] elegida. En ese sentido, una magnitud está siempre en devenir, es un devenir que va unas veces de la plenitud a la nulidad, notada «cero»; otras veces, de la nulidad a la plenitud, notada «uno». Filtrado por el aspecto, el devenir ascendente se escinde en [repunte vs.redoblamiento] y no comporta más que una sola cesura. Cuando el devenir es decadente, se escinde en [atenuación vs. aminoramiento] y tampoco comporta más que una sola cesura. Nos encontramos en presencia de una estructura muy general: la de las modulaciones aspectuales, que no está ligada a un estrato particular. La red de estas modulaciones aspectuales elementales se establece así:

La inscripción de estas modulaciones aspectuales en un gráfico presenta una dificultad en cuanto a la orientación de un eje. Para establecerla, usamos una estructura propia de la representación de los paisajes en la pintura conocida como clásica: sabemos que los pintores y diseñadores para comunicar al observador la ilusión de profundidad adoptaron un código muy general en virtud del cual la pequeñez significa alejamiento y lo grande, proximidad:

El repunte, significado por /pequeño/, es solidario del /alejamiento/, que atenúa el /infinito/ a título de virtualidad; pero la prosecución del acercamiento, que aumenta el tamaño del objeto representado, significa el aminoramiento de la distancia; para dar cuenta de la progresión de esta cantidad negativa convendría invertir la dirección del eje de la abscisa:

La paráfrasis de este diagrama se apoya en la proposición siguiente: al paso de la atenuación al aminoramiento en la dimensión de la distancia corresponde, en la dimensión del tamaño, el paso del repunte al redoblamiento. El paso de la atenuación al aminoramiento se realiza como un acrecentamiento a la proximidad; la orientación de la flecha da cuenta de esta positividad. Este diagrama representa un espacio cercano, comparable con el detalle en las monografías consagradas a los pintores. Este espacio les conviene a las estructuras locales y, especialmente, a la matriz, de la que hablaremos más adelante.
3. Los modos semióticos
Designamos con la expresión de «modos semióticos» tres parejas de funciones que dan cuenta de la entrada de las magnitudes en el campo de presencia. A beneficio de inventario, distinguimos: el modo de eficiencia, el modo de existencia y el modo de junción. Comenzaremos por describir estos modos semióticos.
3.1 INVENTARIO
Para nuestra búsqueda, que versa sobre el descubrimiento de las condiciones que permiten el surgimiento del evento, el modo de eficiencia requiere en primer lugar nuestra atención.
3.1.1 El modo de eficiencia
El modo de eficiencia —término que tomamos de Cassirer1— designa el estilo, la manera en virtud de la cual una magnitud se instala en el campo de presencia. La alternancia propuesta se da entre el «sobrevenir», es decir, penetrando como por fractura en el campo de presencia del sujeto; y el «llegar a», es decir, progresivamente, y para el sujeto de acuerdo con la paciencia. En efecto, el «sobrevenir» y el «llegar a» difieren, ante todo, por su tempo: «rápido y súbito» en el caso del «sobrevenir», ralentizado en el caso del «llegar a». Desde el punto de vista enunciativo, el «sobrevenir» tiene por plano de expresión la exclamación en los términos señalados por Fontanier:
La Exclamación tiene lugar cuando uno abandona de golpe el discurso ordinario para dejarse llevar de los impulsos impetuosos de un sentimiento vivaz y súbito del alma2.
El análisis de las relaciones entre el juego y el trabajo en el imaginario de Baudelaire reproduce, como hemos visto, los términos del modo de eficiencia: el juego, en razón de la intensidad de los afectos incomparables que determina3, está del lado del «sobrevenir», mientras que el trabajo cotidiano está en concordancia con lo que Baudelaire llama en Mon cœur mis à nu «la universal y eterna ley de la gradación»:
Estudiar en todos sus modos, en las obras de la naturaleza y en las obras del hombre, la universal y eterna ley de la gradación, de lo poco a poco, de lo pequeño a pequeño, con las fuerzas progresivamente crecientes, como los intereses en materia de finanzas.
Lo mismo ocurre con la habilidad artística y literaria; y lo mismo pasa con el tesoro variable de la voluntad4.
Nuestro segundo ejemplo será tomado de la penetrante obra de Wölfflin. Este autor no deja ninguna duda sobre el hecho de que el arte del Renacimiento, en razón del tempo moderado que adopta, se halla bajo el signo de «llegar a» [du parvenir], de lo que aparece, mientras que el arte barroco, por el tempo rápido, ágil, que lo caracteriza, está del lado de lo aparecido. Si nuestros análisis de los de Baudelaire y de Wölfflin se consideran válidos, queda claro que el hacer semiótico, poiético, inventivo de los sujetos no recae sobre el plano del contenido, que formula los posibles existenciales a disposición de los sujetos, sino sobre el plano de la expresión elegido: en condiciones iguales, el trabajo como forma de vida ¿no es al juego lo que el arte del Renacimiento es al arte barroco?
La puesta en relato de los procesos entorpece con frecuencia el discernimiento del modo de eficiencia. Conservamos el término de proceso como término genérico que admite —acabamos de verlo— como derivados, según Cassirer, «actividades» y «processus»5. Es claro que el reconocimiento del evento hace prevalecer el processus, en cuanto realización concesiva de un improbable. Pero la puesta en relato, jamás contemporánea del sobrevenir que describe, puede presentar un processus como una actividad, lo cual constituye la propensión del discurso histórico, o a la inversa, a presentar una actividad como un processus, retirando a los sujetos sus prerrogativas alegando que los hechos se deben a causas extrañas y a finalidades distintas de aquellas que los sujetos se atribuyen.
3.1.2 El modo de existencia
El modo de existencia formula los correlatos subjetivos del modo de eficiencia. Siempre a beneficio de inventario, el modo de existencia concierne a la tensión entre la mira y la captación. La mira está por definición de cara al «llegar a». Según el Micro-Robert: «Tener en vista, esforzarse en esperar (un resultado)». «Tenía en vista (esperaba) ese puesto desde hace tiempo», definición en concordancia con la definición de «llegar a» [parvernir]. «3.º Llegar a (tal resultado propuesto)». Por su parte, la captación es un padecer, una pasividad, de acuerdo con los análisis de Cassirer, ya citados anteriormente:
Porque toda experiencia vivida de expresión no es más que una prueba padecida: se trata de un «ser-captado» más que de un «captar», y esta «receptividad» contrasta nítidamente con la «espontaneidad» sobre la cual se funda toda conciencia de sí mismo en cuanto tal6.
La «captación» es aquí un padecer, una pasividad.
El segundo correlato es relativo al paradigma del «proceso» que acabamos de esbozar. La mira es solidaria de la «actividad» en la misma medida en que la captación se halla en consonancia con el «processus» [progreso]. La lengua francesa ofrece sobre este punto un índice valioso, puesto que el verbo survenir [sobrevenir] admite un giro impersonal, que no acepta parvenir [llegar a]: «Si (se) presenta un visitante, dile que no estoy».
El tercer correlato recae sobre el modo de presencia*, próximo del modo de existencia sin, no obstante, confundirse con él. La temporalidad de la mira es anticipadora, proyectiva, mientras que la de la captación es retrospectiva y conservadora. Según eso, la mira va asociada a la actualización; la captación, a la potencialización. La tensión entre la mira y la captación se declina como sigue:

3.1.3 El modo de junción
Por modo de junción entendemos un sobrevenir adicional que ve que tal magnitud hasta entonces extraña se instala entre las magnitudes ya establecidas en el campo de presencia: una de dos; o bien la magnitud ingresante se halla en concordancia con esas magnitudes, ya instaladas, o bien en discordancia. Como esas magnitudes se encuentran repartidas en clases homogéneas, si la magnitud nueva posee las características de una clase atestiguada, el protocolo silogístico se ejerce por derecho, y el modo de junción, bajo esta condición, se presenta como una implicación, que tiene por resorte el «si… entonces…». Si, por el contrario, la magnitud sobreviniente no entra en ninguna de las clases preexistentes, puede ser rechazada, o bien mantenerse como clase as one, apelando a la concesión en el plano del contenido, y al «aunque…» en el plano de la expresión. La concesión hace prevalecer, por lo menos en lo inmediato, el hecho sobre el derecho.
La obra de Wölfflin proporciona, a propósito del tratamiento del color, un ejemplo relativo a la diferencia entre el arte del Renacimiento y el arte barroco, que le sucedió. El arte clásico siguió una práctica implicativa fundada en el recuerdo del mismo color en diferentes ambientes con ligeras variaciones, mientras que el arte barroco «emancipa el color», lo trata por sí mismo, y procede de tal suerte que un determinado color que sobrevenga crea un evento cromático suficiente por sí mismo:
En la Susana de Rembrandt, ante el vestido que la bañista ha dejado en el suelo con su rojo destellante, realzado además por la proximidad del cuerpo de una tonalidad marfileña que centellea desde lejos como si fuera proyectado más allá de la tela, no podemos equivocarnos en cuanto a la significación objetiva de esa mancha de color; (…) Sin duda, esa masa roja es difícil de captar; uno experimenta “picturalmente” la presencia de ese rojo de ascuas que parece escurrirse por las cintas que caen para recogerse más abajo en las sandalias en un charco de fuego; pero lo que decide el efecto es el carácter único de ese color que se ordena por sí mismo, sin relación con el conjunto del cuadro7.
La dinámica juntiva de esa «masa roja» es concesiva y su destello —«rojo brillante», «centella», «masa roja», «rojo de ascuas», «charco de fuego»— tiene valor de razón. De paso, la lectura de ese cuadro por Wölfflin cuando señala el «carácter único de ese color» está conforme con la estructura básica de la tensividad:

El momento histórico analizado por Wölfflin descubre una práctica concesiva que sucede a una práctica implicativa en cuanto manifestación: ¿cómo interpretarlo? Literalmente, afirmando que en el plano pictórico nos encontramos en presencia de una búsqueda del destello que mitigue el debilitamiento resultante de la dispersión cercana. Esa búsqueda no puede culminar sin cuestionar la homogeneidad que controla el campo de presencia:
(…) el resultado es siempre una imagen que sorprende por su novedad y su extrañeza, por familiares que puedan ser las formas de las cosas, tomadas una a una8.
Sensible a la detonación del evento9, el cuadro barroco se presenta casi como una concesión en la concesión. Más cerca de nosotros, la misma configuración puede descubrirse en Baudelaire. Este último anota la disforia de una práctica estética estabilizada, si no paralizada:
Todo el mundo concede sin dificultad que, si los hombres encargados de expresar lo bello se sometieran a las reglas de los profesoresjurados, lo bello mismo desaparecería de la tierra, pues todos los tipos, todas las ideas, todas las sensaciones se confundirían en una vasta unidad, monótona e impersonal, inmensa como la noche y como la nada10.
Para suspender ese programa que ve crecer la entropía, Baudelaire apela a un contra-programa que utiliza como recurso la irrupción de lo «bizarro»:
Lo Bello es siempre bizarro. (…) Sostengo que [lo bello] contiene siempre un poco de bizarrería, de bizarrería ingenua, no buscada, inconsciente, y que esa bizarrería lo hace ser particularmente Bello11.
Esa irrupción de lo «bizarro» debe ser «ingenua, no buscada, inconsciente», es decir, ha de escapar al «llegar a» [parvenir] y a la mira voluntaria que lo sostiene. En los dos casos, asistimos a la sobrevenida [o venida inesperada] de una figura «difícil de captar». El hecho prevalece sobre el derecho.
La balanza entre la implicación y la concesión es circunstancial y no de principio. La distribución en clases semánticas es cultural y no ontológica; tiene por base, por lo general no declarada, la fiducia [confianza], el crédito que los sujetos le atribuyen. En su Théorie générale de la magie, M. Mauss ha formulado «tres leyes dominantes»:
Son las leyes de contigüidad, de similaridad, de contraste: las cosas en contacto están o se mantienen unidas, lo semejante produce lo semejante; lo contrario actúa sobre lo contrario (…) Se podrían reunir las tres fórmulas en una sola, y decir: contigüidad, similaridad y contrariedad, valen como simultaneidad, identidad, oposición, en pensamiento y en hecho12.
Queda claro que estas tres «leyes» proporcionan a la concesión un vasto campo de aplicación. Que el pensamiento mágico sea concesivo con relación al pensamiento científico no deja ninguna duda, ¿pero lo es también en relación con el pensamiento mágico mismo? En un primer tiempo, la lectura de los buenos autores deja pensar que el pensamiento mágico hace un uso abusivo de la implicación, especialmente a propósito de la identificación de la parte con el todo. Según Mauss:
La parte vale por la cosa entera. Los dientes, la saliva, el sudor, las uñas, los cabellos representan integralmente a la persona; (…) La separación no interrumpe la continuidad (…)13.
Cassirer le hace eco:
El todo y sus partes están íntimamente entrelazados y, por decirlo así, ligadas las unas al otro por el destino, — y así permanecen incluso cuando en los hechos las partes son arrancadas del “todo”14.
Sin embargo, podemos arriesgar una interpretación tensiva que no procede de la comparación entre el pensamiento mágico y el pensamiento científico, sino de la consideración de los fines puestos en la mira por el pensamiento mágico. Este está preocupado por la pérdida [déperdition] de la potencia, y, con respecto a la narrativa canónica, menos interesada en la reabsorción de la carencia que en su prevención, ve en el alejamiento espacial y/o temporal los promotores de esa pérdida. De ahí la pregunta: ¿cómo hacer fracasar una implicación enojosa? Por medio de la concesión: aunque A esté distante en el espacio o lejana en el tiempo, no deja de actuar sobre B. El pensamiento mágico, orientado hacia el evento, y el pensamiento racional, orientado hacia el sistema, no habitan la misma región del espacio tensivo:
El primero [el pensamiento racional] se satisface con llegar a captar el evento individual en el espacio y en el tiempo como casos especiales de una ley universal, no va más allá de la individualización, ni se pregunta sobre el “porqué” del aquí y del ahora en cuanto tales. El segundo [el pensamiento mágico], al contrario, dirige esta pregunta del “porqué” a lo particular, a lo singular y al instante único15.

En el caso examinado, la concesión tiene por condición de posibilidad ese reparto valencial, puesto que la incompletitud de cada proceder proporciona al otro su espacio legítimo de despliegue.
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