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Horizontes de la hipótesis tensiva

Claude Zilberberg



Colección Biblioteca Universidad de Lima

Horizontes de la hipótesis tensiva Primera edición digital: abril, 2019

© De los originales en francés: Claude Zilberberg

© Selección de textos: Claude Zilberberg y Desiderio Blanco

© De la traducción: Desiderio Blanco

© De esta edición:

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Versión e-book 2019

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Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN 978-9972-45-483-7

Índice

PROJET DE PRÉFACE

PROYECTO DE PREFACIO

PRIMERA PARTE. ENSAYOS SEMIÓTICOS

I Los cuatro resortes semióticos del valor

1. La intersección

2. La resolución operativa de las magnitudes

3. La alternancia elemental

4. La pertinencia esquemática de la concesión

5. Final

II Saludo al evento

1. Reparto de la veridicción

2. Del evento al modo

3. Los modos de eficiencia

4. Los modos de existencia

5. Los modos de junción

6. Estructura del evento

7. Final

III Alcances del tempo

1. El plano del contenido

1.1 El campo de presencia

1.2 El evento

2. El plano de la expresión

2.1 Las prácticas literarias

3. Las prácticas visuales

3.1 La fotografía

3.2 La pintura

4. La práctica musical

5. A modo de conclusión

IV Elogio de la concesión

1. Inflexiones macrosintácticas

1.1 Ajuste de lo sensible y de lo inteligible

1.2 Rehabilitación de la temporalidad

1.3 La sintaxis temporal

2. Inflexiones microsintácticas

2.1 La sintaxis intensiva

2.2 Reciprocidad del sistema y del proceso

2.3 Dignidad de la concesión

3. Final

V Umbrales, límites, valores

1. De la proxémica a la profundidad

2. Pregnancia del aspecto

2.1 Aproximación lingüística al aspecto

2.2 Aproximación semiótica al aspecto

3. La textura prosódica del objeto

3.1 Prosodia y seducción

3.2 Prosodia y cocina

4. La dinámica aspectual

4.1 La dimensión aporética del sentido

4.2 Variaciones aspectuales y afectos

4.3 Tensiones aspectuales e interpretación

5. Para terminar

VI Estructura tensiva de la responsabilidad

1. La base semiótica de la responsabilidad

1.1 El aparato semiótico de la responsabilidad

1.2 La consecuencia como problema

2. Fisonomía del desastre

2.1 Centralidad del desastre

2.2 La posición de Voltaire en Zadig

3. Desarrollo de la responsabilidad

3.1 Responsabilidad y modos de eficiencia

3.2 El juicio ético

3.3 Grandeza y miseria de la responsabilidad

4. Final

INTERMEDIO

I Poética de la imagen, según Gaston Bachelard

1. Demandas epistemológicas

2. Los modos semióticos

3. El valor

4. Las subvalencias

5. Foremas e incrementos

6. Los estilos sintácticos

7. Final

II Arquitectura, música y lenguaje en Eupalinos, de Paul Valéry

1. Cuestiones previas

2. Acercamientos a la problemática

3. Una «divina analogía»

3.1 La isotopía musical

3.2 Edificación del sujeto

3.3 La construcción del objeto

3.4 El momento estético

4. De las formas al lenguaje

4.1 Relanzamiento figural

4.2 Malas razones

4.3 De la forma generada a la palabra generadora

5. Disensión entre el construir y el formar

6. Para terminar

SEGUNDA PARTE. ANÁLISIS TENSIVOS

I Retorno a «Buen pensamiento matinal», de Arthur Rimbaud

1. Ensayo de lectura de Rimbaud

1.1 Establecimiento del texto

1.2 Segmentación del texto

1.3 Análisis de la primera secuencia

1.4 Análisis de la segunda secuencia

1.5 Análisis de la tercera secuencia

1.6 Esquema narrativo

1.7 Conclusión

2. Relectura de «Buen pensamiento matinal», de Rimbaud

2.1 La segmentación

2.2 El método

2.3 La primera estrofa

2.4 La segunda estrofa

2.5 La tercera estrofa

2.6 La cuarta estrofa

2.7 La quinta estrofa

2.8 Para concluir

II «Los conquistadores», de José María de Heredia

1. Los modos semióticos

2. Los valores

3. Las valencias

3.1 El tempo

3.2 La tonicidad

3.3 La temporalidad

3.4 La espacialidad

4. Del acuerdo al desacuerdo

5. Consideraciones finales

6. Para terminar

III Nostalgia del país natal, según Joachim du Bellay

1. La poética

2. La constitución del actante

3. Los valores

IV Otra interpretación de «Los gatos», de Charles Baudelaire

1. Los valores

2. Formulación de la hipótesis

3. La conversión

4. Configuración del campo de presencia

5. Para terminar

V Pequeña semiótica de la languidez

1. El ataque

2. Pequeña semiótica de la suavidad

3. Actantes en divergencia

4. De la sacudida a la euritmia

5. Para terminar

VI La avaricia como forma de vida

1. El proyecto

2. Los modos semióticos

3. Los estilos sintácticos

3.1 La sintaxis intensiva de los aumentos y de las disminuciones

3.2 La sintaxis extensiva de las selecciones y de las mezclas

3.3 La sintaxis juntiva de las implicaciones y de las concesiones

4. El teorema de La Bertellière

5. El esquema existencial de la avaricia

6. La sublimación del oro

VII El jardín como forma de vida

1. El paradigma del jardín

2. Facticidad de la naturaleza en el jardín de Julia

2.1 La dimensión de la «sensibilidad»

2.2 La dimensión de la «inteligencia»

3. Para terminar

BIBLIOGRAFÍA

ÍNDICE DE NOCIONES Y TEMAS

Projet de préface

Attentif à toutes les suggestions, Greimas surprit son auditoire en déclarant sans préparation: «Il faut sortir de Propp». La raison de cette exhortation? La narrativité dérivée de Propp devenait manifestement un poncif, et il convenait de prendre distance.

Une première tentative consista à faire appel à l’esthésie, mais le compte n’y était pas. L’esthésie n’a pas donné lieu à une conceptualisation comparable à celle qui a découlé de la narrativité proppienne.

C’est à partir de cet arrière-plan que nous proposons l’hypothèse tensive. Quel est le mérite de ce recours? La forme de l’hypothèse tensive tient au fait qu’elle se présente comme une grandeur flagrante, ininterrompue et qu’elle place l’événement dans la dépendance du mode d’efficience. Une grandeur semble en mesure d’ordonner, de coordonner le champ sémantique de la discursivité. Cette grandeur, c’est l’événement que le dictionnaire déchiffre en ces termes: «Ce qui arrive et qui a de l’importance pour l’homme».

Il suffit de placer cette définition en regard des définitions des modes sémiotiques pour se rendre compte que l’événement est le syncrétisme apparemment résoluble. De là l’omniprésence de l’événement: que vaudrait un monde sans événements? Les modes sémiotiques fournissent la transition entre les volets intensif et extensif.

Claude Zilberberg

(2014)

Proyecto de prefacio

Atento como siempre a todas las sugerencias, Greimas sorprendió un buen día al auditorio de su seminario al declarar sin preparación alguna: «Es necesario salir de Propp». ¿La razón de tal exhortación? La narratividad derivada de Propp se había convertido manifiestamente en algo trivial, en un lugar común, y era ya conveniente tomar distancia.

Una primera tentativa consistió en apelar a la estesia, pero la ventaja terminaba ahí. La estesis no dio lugar a una conceptualización comparable a la que se derivó de la narratividad proppiana. A partir de ese trasfondo, sin embargo, hemos propuesto la hipótesis tensiva. ¿Cuál es el mérito de este recurso? La forma de la hipótesis tensiva se debe al hecho de que [la magnitud que entra en el campo de presencia] se presenta como una magnitud flagrante, [es decir, en el mismo instante en que se produce], ininterrumpida, y que instala el evento* en la dependencia del modo de eficiencia. Una magnitud parece que es capaz de ordenar, de coordinar el campo semántico de la discursividad. Dicha magnitud es el acontecimiento, que el diccionario descifra en los siguientes términos: «Lo que acontece y tiene importancia para el hombre» (Petit-Robert).

Basta con poner esta definición frente a las definiciones de los modos semióticos para darse cuenta de que el acontecimiento es un sincretismo aparentemente resoluble. De ahí la omnipresencia del acontecimiento: ¿qué valdría un mundo sin acontecimientos? Los modos semióticos proporcionan la transición entre los aspectos intensivos y extensivos (Zilberberg, 2015a).

Claude Zilberberg

(2014)

El agravamiento de la enfermedad que padece Claude Zilberberg le impide desarrollar en extensión el anterior «proyecto» que me envió cuando todavía podía hacerlo. Claude aprobó los textos por mí elegidos y traducidos, y él mismo propuso el título del libro.

Por mi parte, me permito añadir dos indicaciones:

1. En cuanto a la traducción de la palabra événement, he seguido siempre el mismo método: cuando el término es usado por Zilberberg como parte del metalenguaje dentro de su teoría de la hipótesis tensiva, lo he traducido por la palabra evento, por la sencilla razón de que el DRAE lo define de la manera siguiente: «Acaecimiento. Eventualidad, hecho imprevisto, o que puede acaecer». El rasgo por mí subrayado es el que mejor define, según Zilberberg, el evento, pero no es registrado por la Academia de la Lengua ni para acontecimiento, ni para suceso, ni para acaecimiento. ¿Por qué ahora he traducido événement por evento, primero; por acontecimiento, después? Sencillamente porque el cotexto nos indica que el término en cuestión se usa, unas veces como «metalenguaje», y otras como término del lenguaje ordinario, referido a todo lo que acontece o puede acontecer, sea imprevisto o no, inesperado o no.

2. Entre los análisis incluidos en este libro, hay tres que merecen una atención especial porque ofrecen dos acercamientos diferentes a un mismo texto.

a. El primero es del mismo Zilberberg y se titula «Retorno a “Buen pensamiento matinal”, de Arthur Rimbaud». El primer acercamiento lo publicó en 1971, en una obra colectiva dirigida por Greimas con el título de Essais de sémiotique poétique; el segundo apareció en Nouveaux Actes Sémiotiques, 107-108, en el 2006, o sea, con una distancia de 35 años entre ambos análisis del mismo poema. Eso contiene varias enseñanzas. En primer lugar, esa experiencia nos habla de la evolución de la semiótica como disciplina científica; de su evolución y enriquecimiento tanto en el aspecto teórico como metodológico. En segundo lugar, muestra la eficiencia de la aplicación de ambos niveles de la hipótesis tensiva al análisis de un mismo texto. Creemos que esa experiencia es altamente ilustrativa tanto de las diferentes maneras que tiene el investigador o el analista para enfrentar el estudio de un discurso cualquiera, como de la evolución que en esos treinta años ha experimentado la semiótica.

b. El segundo es un acercamiento tensivo a un soneto famoso de Charles Baudelaire titulado «Los gatos», analizado por primera vez desde una perspectiva estructuralista por Jakobson y Lévi-Strauss en 1962. En este caso, Zilberberg vuelve sobre un poema analizado por dos distinguidos autores, con la indicación de que se trata de «otra interpretación» en sentido musical, interpretación que no pretende anular ninguna de las anteriores ni de las posteriores, sino que, como la «interpretación» de un director de orquesta, se coloca al lado de otras interpretaciones posibles. Lo único que nos queda es compararlas: a unos les gustarán más unas y a otros, otras. Eso es todo. Por nuestra parte, queremos añadir la observación de que el análisis de Jakobson y Lévi-Strauss carga el acento sobre las estructuras fonológicas más que sobre la organización del sentido. Eso era lo dominante en el Círculo de Praga por aquellos años.

c. El tercero es el análisis de la «avaricia» como «pasión» que figura en el libro Semiótica de las pasiones, firmado por Greimas y Fontanille, estudio que comprende todo el capítulo 2 de la obra, y que se debe principalmente a Fontanille, razón por la cual Zilberberg le dedica amicalmente a él su acercamiento formalmente tensivo.

En los tres casos, sería muy provechoso para los lectores de esos textos, los más antiguos y los más modernos, releer con atención los tres pares de análisis.

Por el momento, no tengo nada más que añadir, si no es lamentar que Claude Zilberberg no haya podido desarrollar el proyecto de prefacio para este libro, que no tiene edición, como libro, en francés.

Desiderio Blanco

PRIMERA PARTE

I
Los cuatro resortes semióticos del valor

[…] el lazo que se establece entre las cosas preexiste, en ese dominio, a las cosas mismas, y sirve para determinarlas.

Saussure1

El concepto de valor no deja de ser embarazoso por dos motivos al menos. En primer lugar, es requerido por gran número de disciplinas y de prácticas: valores morales, sociales, estéticos, pictóricos, musicales, algebraicos, financieros… En segundo lugar, en el dominio lingüístico y semiótico, el concepto de valor es a su vez atraído por una familia importante de términos, pues, según Saussure (2002): «Nosotros no establecemos ninguna diferencia seria entre los términos de valor, sentido, significación, función o empleo de una forma; estos términos son sinónimos» (p. 66). La divergencia en el primer caso, la convergencia en el segundo indican los límites de este estudio. Nosotros no aspiramos a elaborar una teoría general del valor; nos proponemos solamente mencionar las propiedades semánticas del concepto de valor, que la hipótesis tensiva está en capacidad de discernir.

1. LA INTERSECCIÓN

En los discursos, la complejidad es frecuentemente invocada: ¿qué es lo que no es complejo? Pero la frecuencia de empleo deja un saldo de imprecisión y de ambigüedad. Para el habla corriente, complejo significa la mayoría de las veces «complicado»; el Petit-Robert lo define así: «Que contiene numerosos elementos difíciles de analizar». El lexema complejo insiste sobre la pluralidad y la heterogeneidad, «que contiene, reúne varios elementos diferentes». Para la semiótica greimasiana, el término complejo pertenece a las estructuras elementales de la significación: reúne los contrarios [s1] y [s2]. La semiótica en su conjunto ha ignorado este término que, por lo demás, cumple un gran papel en el pensamiento mítico (Mauss, Cassirer), el cual supera fácilmente la contrariedad.

Por lo que atañe a la lingüística y a la semiología, el motivo de la complejidad proviene del mismo Saussure (1974): «La lengua, por decirlo así, es un álgebra que no tendría más que términos complejos» (p. 205). Conviene añadir de inmediato que el término complejo está puesto en concurrencia: (i) con el de oposición: «[…] unidad y hecho de gramática no son más que nombres diferentes para designar aspectos diversos de un mismo hecho general: el juego de las oposiciones lingüísticas» (p. 205); (ii) con el de diferencia: «unidad y hecho de gramática no se confundirían si los signos lingüísticos estuvieran constituidos por otra cosa que no fueran diferencias» (p. 206); (iii) después de catálisis, con el término de relatividad:

[…] solo existen estas diferencias, y […] por eso mismo, todo objeto por el que se interesa la ciencia del lenguaje es precipitado en una esfera de relatividad, la cual escapa por completo y gravemente de lo que se entiende de ordinario por «relatividad» de los hechos. (Saussure, 2002, p. 66)

La expresión operativa de esa determinación se encuentra en el pasaje siguiente: «Pero siendo la lengua lo que es, desde cualquier lado que se la aborde, no se encontrará en ella nada simple; por todas partes y siempre, ese mismo equilibrio complejo de términos que se condicionan recíprocamente» (pp. 168-169). Saussure apela constantemente a la estructura, puesto que el término que sintetiza el enunciado analítico: «equilibrio complejo de términos que se condicionan recíprocamente», no es otro sino el de estructura, el cual en la pluma de Hjelmslev (1972) se convertirá en «una entidad autónoma de dependencias internas» o, en una palabra, una estructura (p. 27).

Si la interdependencia define la estructura, ¿cuál es el garante de la interdependencia? El capítulo noveno de los Prolegómenos a una teoría del lenguaje (Hjelmslev, 1971b) ofrece la respuesta:

Los «objetos» del realismo ingenuo se reducen entonces a puntos de intersección de esos haces de relaciones, lo cual quiere decir que solo ellos permiten hacer una descripción de los objetos, que no pueden ser científicamente definidos y descritos más que de esa manera. (pp. 40-41)

Sobre el modelo de la intersección de la categoría del verbo y de la categoría del nombre en las lenguas indoeuropeas (Cassirer, 1998, t. 1, cap. III, IV, § 3), consideramos el espacio tensivo como el lugar de intersección de la intensidad como suma de los estados de alma y de la extensidad como suma de los estados de cosas, dualidad que tomamos a su vez del subtítulo de Semiótica de las pasiones (Greimas y Fontanille, 1994)*. A fin de designar el resultado de la intersección de la intensidad y de la extensidad, proponemos el término tensividad2, que vale como antecedente imaginario que el análisis viene a resolver al proyectar en el enunciado magnitudes «que se condicionan recíprocamente».

2. LA RESOLUCIÓN OPERATIVA DE LAS MAGNITUDES

La aproximación semiótica a la definición presenta dos características. En primer lugar, desde la perspectiva hjelmsleviana, la definición se presenta a sí misma como división; en segundo lugar, la definición participa de un «sistema de definiciones», que pretende, en lo posible, reducir el número de axiomas. La hipótesis tensiva no contradice esa opción, y planteamos que el recurso al espacio tensivo permite «ver» la dependencia organizadora. Sea el esquema decadente simplificado:


El valor V tiene por definientes la dualidad de las valencias v1 y v2, que son las proyecciones respectivas de V sobre las dimensiones de la intensidad y de la extensidad. Pero, en ese estado, el esquema deja escapar la relación de la dependencia propia de la estructura. La hipótesis tensiva cree que puede superar esa dificultad postulando que el producto de v1 por v2 obedece a un estructurante principio de constancia: k ≈ v1 × v2. Por continuidad, v1 se vuelve posiblemente en el cociente de k por v2, y, en ese caso, k se convierte en un dividendo. Esta sobredeterminación de la significación por las operaciones elementales de la aritmética esclarece la participación de los valores: en el caso del valor de absoluto, el divisor es uno (1) y la foria, indivisible; mientras que en el caso del valor de universo, el divisor es posiblemente lo infinito (∞), lo que aminora otro tanto el número del cociente. Entrevemos el antecedente de la exigencia de la determinación que constituye todo el costo de la noción de estructura. Desde el punto de vista epistemológico, conviene recibir los datos de la percepción como otras tantas cuestiones: «Se trata de encontrar la construcción (oculta) que identifica un mecanismo de producción con una percepción dada» (Valéry, 1973, p. 1283). Este bosquejo de tratamiento del valor permite comprender cómo un percepto y un concepto «comunican» el uno con el otro. La hipótesis del principio de constancia es un punto de vista inédito sobre la complejidad, que ha sido el objeto del primer punto.

3. LA ALTERNANCIA ELEMENTAL

En este estadio, el análisis en busca de dependencias distingue entre valencias intensivas y valencias extensivas. La intensidad controla la tensión entre /fuerte/ y /débil/, mientras que la extensidad toma a su cargo la tensión entre /concentrado/ y /difundido/. Entre las combinaciones posibles, la hipótesis tensiva retiene dos parejas prioritarias: [intenso + concentrado] y [débil + difundido], que son los términos polares de un arco esquemático. La combinación [intenso + concentrado] la aceptamos como un valor de absoluto, y la combinación [débil + difundido], como un valor de universo. Esta partición define la estructura del campo de presencia. El diagrama que sigue manifiesta el lugar que cada uno de esos valores ocupa en el espacio tensivo.

Los términos que retenemos pertenecen a un grupo que es definido por la energía que encierra: «Lo sincrónico es una actividad, una ενέργεια. La sincronía es la teoría de los procedimientos lingüísticos. La δυναμις es el principio más elemental del lenguaje; de él nada escapa, cualquiera que sea el punto de vista adoptado» (Hjelmslev, 1976, p. 56). Cada uno de esos valores obedece así a una lógica interna que, por supuesto, es formulada a posteriori: la /fuerza/ presupone la /concentración/; en cambio, la /debilidad/ presupone la /difusión/, la /dispersión/.

Concentrando la foria sobre una sola magnitud, el valor de absoluto es exclusivo, mientras que repartiendo la foria sobre un número variable de magnitudes, el valor de universo es distributivo. Si el valor de absoluto anda a la búsqueda de lo único, el valor de universo busca lo universal. Aunque pertenecen al mismo sistema, cada valor puede constituir un punto de vista: el valor de universo reprochará al valor de absoluto su arbitrariedad, y este reprochará a aquel su aceptación de la mediocridad.

No se puede evitar la pregunta: ¿cuál es el alcance de este modelo? Sobre este punto, la semiótica greimasiana hace tiempo que asignó a la narratividad un alcance de universalidad, que Propp (1981) no había considerado, pues escribía: «Pero las cosas se complican por el hecho de que la claridad, en la estructura de los cuentos, solo es tal para los campesinos, y aun para unos campesinos poco tocados por la civilización». En ese sentido, el esbozo de tipología de los valores que proponemos parece que conviene al análisis político de nuestro tiempo, dado que ella trata de desenmarañar la organización de los poderes.

La concentración de los poderes confía los tres poderes a un solo sujeto, régimen que merece la denominación de monocracia. Los pensadores del siglo XVIII hablaban de despotismo, los del siglo XX se han visto confrontados con la dictadura o con el totalitarismo. La distribución de la foria corresponde a la policracia. Los antiguos hablaban de república; los modernos, de democracia:


Tocamos aquí la cuestión de la adecuación, de la aplicabilidad y, más prosaicamente, de la actualidad. En cuanto forma de vida, el modelo proppiano3 es inactual. Inversamente, ante la cuestión trágica del totalitarismo, nuestra actualidad nos invita a superar el doble inconveniente de tener que pensar estructuras sin vivencias y vivencias sin estructura.

4. LA PERTINENCIA ESQUEMÁTICA DE LA CONCESIÓN

A partir del diagrama presentado anteriormente, la búsqueda del sentido puede ser aprehendida como la travesía de un paradigma (Zilberberg, 2015b, pp. 109-145). Esta búsqueda se expresa por el paso de un valor de absoluto a un valor de universo. La condición requerida es doble: paso de /fuerte/ a /débil/; luego, paso de /concentrado/ a /difundido/. Hemos propuesto en otra parte (Zilberberg, 2006, pp. 93-102) esquematizar esos recorridos decadentes según la [atenuación → aminoración], pero si la aminoración se realiza, ¿el proceso queda con eso agotado? Aquí, la concesión hace oír su voz: la aspectualidad que acabamos de tener en cuenta es una aspectualidad intrasecuencial, que el despliegue de la concesión viene a virtualizar instalando un posible más allá de la secuencia expresada: a pesar de que la tarea por cumplir haya terminado, yo la llevo más adelante. El esquema implicativo a dos tiempos: [atenuación → aminoración] deja lugar a un esquema concesivo de tres tiempos [repunte → redoblamiento → superación]. Así:


La manifestación de la concesión tiene algo de heroico, que Fontanier (1968) ha captado muy bien a propósito del paradojismo, al que describe en estos términos:

El paradojismo, que viene a ser lo que se llama comúnmente alianza de palabras, es un artificio de lenguaje por el cual ideas y palabras, ordinariamente opuestas y contradictorias entre sí, se encuentran aproximadas y combinadas de manera que, dando la impresión de que se combaten y se excluyen recíprocamente, golpean la inteligencia con el más sorprendente acuerdo, y producen el sentido más verdadero, como el más profundo y el más enérgico. (p. 137)

Como se ve, la concesión se halla en la base del asombro, de la sorpresa, desde el punto de vista subjetal; y del evento (Zilberberg, 2008)*, desde el punto de vista objetal. Que la figura del evento se encuentra colocada en el más alto puesto de la jerarquía tensiva lo confirma con fuerza este juicio de Arendt (2004): «No son las ideas, sino los eventos los que cambian el mundo» (p. 343). El evento, pues, confirma el valor.

5. FINAL

Nos gustaría, para terminar, insistir en los puntos siguientes. (i) El estructuralismo francés ha puesto el acento en la oposición, pero, a consecuencia de un malentendido inadvertido, esta ha sido pensada como disjuntiva, mientras que la oposición conjunta magnitudes que sin su intervención seguirían siendo extrañas la una a la otra: «En la lengua, todo se reduce a diferencias, pero todo también se reduce a agrupamientos» (Saussure, 1974, p. 215). En este sentido, nosotros instalamos la intersección como una de las condiciones de la estructuración. (ii) La resolución operativa de las magnitudes prolonga el punto precedente. Sobre el modelo de la sílaba propuesto por Saussure y seguido por Hjelmslev, se trata de elaborar un modelo propio para la unidad examinada. El modelo de la sílaba es distinto del modelo fonológico adoptado por el estructuralismo francés (Lévi-Strauss, Greimas). El modelo silábico apela a las categorías de consonante, de vocal, de sonante, y para Saussure, en los Principios de fonología, a las categorías de «implosión» y de «explosión». Autorizados por ese precedente, recurrimos a las nociones de «producto», de «cociente» y de «dividendo» para calificar las magnitudes semánticas. (iii) Tratándose de la alternancia elemental, el dilema se encuentra entre la trascendencia y la inmanencia: ¿de quién es deudora la teoría? El marxismo y el psicoanálisis se presentan abiertamente como teorías trascendentes, en la acepción epistemológica del término. Para el marxismo, el valor tiene un referente: el trabajo. A partir de ese valortrabajo, la lucha de clases regula el reparto de la plusvalía con ventaja para unos y desventaja para otros. Para el psicoanálisis, el referente es el inconsciente, con su dispositivo actancial particular, que transforma a la madre y al padre del infante, respectivamente, en objeto de deseo y en obstáculo para el deseo. Para la hipótesis tensiva, no existe antecedente singular de ese orden. Son las condiciones mismas de la enunciación, a saber, la tensión [fuerte vs. débil] para la intensidad, y la tensión [concentrado vs. difundido] para la extensidad, las que se encuentran en la base misma de la dualidad entre los valores de absoluto y los valores de universo. Dejando de ser circunstancias, las condiciones se convierten en obreras que concurren a la producción de la significación. (iv) La concesión es un capítulo de una problemática más vasta: la dinámica del discurso. La lingüística confía al verbo y a las categorías que le están asociadas el cuidado de organizar esa dinámica. Preocupada por el discurso, la hipótesis tensiva se interesa por una magnitud desdeñada, el evento, pues es la que verdaderamente dinamiza el discurso. Con este antecedente, el evento no es pensable sin un «sobrevenir» y este sobrevenir mismo presupone la concesión.

(Junio, 2012)

II
Saludo al evento*

Cada cosa que ves es un acontecimiento y cada idea, un acontecimiento, y tú mismo, que te percibes por acontecimientos (y que eres un acontecimiento en este instante), eres también capacidad de acontecimientos, y ella misma es uno de ellos.

Valéry

1. REPARTO DE LA VERIDICCIÓN

La problemática de la veridicción, tal como se infiere de la presentación que se hace en Semiótica 1 (Greimas y Courtés, 1982), es, por tomar una expresión de Hjelmslev (1971a), un «resultado definitivo» (p. 11)**, aunque susceptible de ser tomado a cargo por un «punto de vista nuevo». Si consideramos la estructura mínima del decir: decir es decir algo a alguien, los momentos de esa estructura reciben las denominaciones cómodas siguientes:


Las modalidades veridictorias han privilegiado la comunicación en detrimento de la predicación, como lo muestra la elección de los términos utilizados para calificar las deixis: «secreto» y «mentira». A nosotros nos gustaría atenernos brevemente a esta magnitud: «algo», examinándola desde el punto de vista del valor: ¿qué es lo que merece, qué es lo que vale la pena ser dicho, ya sea que ese decir se dirija a otro o a uno mismo?, ¿qué es ese «qué», que en el corazón de «algo» reclama irresistiblemente el decir, el hacer-saber? ¿En virtud de qué condiciones soy llevado a pensar que otro me agradecerá, a fin de cuentas, que le comunique ese «algo» a cambio de ese quantum de atención que me concede?1.

Como puede verse ya, nos orientamos en una dirección totalmente contraria a la que sostienen las modalidades veridictorias: estas últimas se adecúan a una retórica de la retención para la cual la preservación del secreto por el recurso a la mentira es la regla, mientras que nuestra problemática es exactamente inversa, la de la divulgación. Divulgar es definido por el diccionario como «poner algo en conocimiento del público» [del vulgo]. En tal sentido, nos inclinamos hacia la estructura tensiva canónica que ve en el contenido la intersección de la intensidad y de la extensidad. En el caso de una semiótica de la retención, la conservación de la intensidad, aquí la del secreto, exige su concentración en la medida en que su divulgación es pensada como dispersión y pérdida; la divulgación es, en ese caso, negadora.


Pero si la pertinencia o, lo que es lo mismo, la acentuación se desvía de la intensidad a la extensidad, en una palabra, si la divulgación se convierte en «algo bueno», asistimos a una inversión del valor: la divulgación del contenido valioso es significada y aprobada como reparto altruista, empático, mientras que la confiscación del secreto es ahora moralizada y reprobada. Sea la estructura siguiente:


Así, proyectando la estructura tensiva elemental del decir, accedemos a los estilos2 enunciativos de la retención y de la divulgación: según el estilo retensivo, es la intensidad, más exactamente el evitamiento de su decadencia, la que es pertinente. En cambio, para el estilo divulgante, es la extensidad, cuya expansión es favorecida actualmente por la instantaneidad y por la gratuidad de la información, la cual retiene el «acento de sentido».

2. DEL EVENTO AL MODO

Nos gustaría ahora, al lado del concepto de modalidad, cuya eficacia se ha probado, no ya introducir, sino ampliar la noción de modo, que ya se utiliza en lingüística y en semiótica: en semiótica, con la problemática de los modos de existencia, inaugurada por Saussure y desarrollada por Greimas; en lingüística, con los modos del verbo. La definición de «modo de…» que da el Micro-Robert de los escolares, como «forma particular con la cual se presenta un hecho, se cumple una acción», reúne o confunde los dos aspectos. Se trata de responder a la pregunta: desde el punto de vista semiótico, ¿de qué un hecho es hecho?

Antes de avanzar en el análisis, tenemos que subrayar que el hecho tiene por correlato intenso el evento o, lo que viene a ser lo mismo, que el hecho es el resultado del debilitamiento de las valencias paroxísticas de tempo y de tonicidad, que constituyen las marcas del evento. Dicho de otro modo, el evento es el correlato hiperbólico del hecho, así como el hecho se inscribe como el diminutivo del evento. El evento es algo raro, tanto más cuanto más importante es: el que afirma su importancia insigne desde el punto de vista intensivo, afirma explícita o tácitamente su unicidad desde el punto de vista extensivo, mientras que el hecho es numeroso. Todo pasa como si la transición, el «camino» que conduce del evento al hecho, se presentase como una división de la carga tímica que todo evento encierra. Para mediar la dependencia de nuestros discursos con los eventos y los hechos, basta con imaginar, con entrever por un instante la desolación, el aburrimiento definitivo de un mundo del que los eventos y los hechos hubieran desertado. Pascal y Baudelaire son insuperables sobre este punto. A la hora en que la astrofísica se centra en la historia del cosmos y en el evento que la funda, a la hora en que, todas las isotopías confundidas, la novedad se convierte en el valor que servir y que apoyar, mal se comprendería que la semiótica continuara comportándose como si el evento no existiese.

Introducimos el concepto de modo con el propósito y con la esperanza de desenredar en lo posible, de resolver ese sincretismo existencial, ese precipitado de sentido que constituye, tanto colectiva como individualmente, el evento. A beneficio de inventario, distinguimos tres suertes de modos: los modos de eficiencia, los modos de existencia y los modos de junción, de los cuales debemos hacer al menos un esbozo.

3. LOS MODOS DE EFICIENCIA

El contenido y la denominación se toman de la obra de Cassirer, y más cerca de la problemática –central en su espíritu– del «fenómeno de expresión». En el tercer tomo de Filosofía de las formas simbólicas (1998), podemos leer: «Porque toda realidad efectiva que captamos es menos, en su forma primitiva, la de un mundo preciso de cosas, erigido ante nosotros, que la certeza de una eficiencia viviente experimentada por nosotros»*. Si tomamos en serio esta opinión, es decir, si la aceptamos como directriz y poiética para la comprensión del pensamiento mítico, nos conducirá a rechazar la «tentación algebraica» preconizada, aunque por razones distintas, por Saussure3 y por Hjelmslev4. En cuanto a la terminología, admitiremos que, grosso modo, el «fenómeno de expresión» para Cassirer y la «sustancia del contenido» para Hjelmslev se refieren a las mismas magnitudes: aquellas que aluden comúnmente a la afectividad. A pesar de que estos dos maestros hayan, salvo error o ignorancia de nuestra parte, permanecido ajenos el uno al otro, ambos han abordado la misma cuestión: la de la precedencia que se debe observar entre la forma y la sustancia. Hjelmslev, en este punto, es el continuador de Saussure (1974) cuando este último afirma: «Dicho de otro modo, la lengua es una forma y no una sustancia» (p. 206). La afectividad, por lo que concierne al plano del contenido, se encuentra, pues, expulsada; luego, reintroducida. Sin embargo, Cassirer (1998, t. 3) rechaza la legitimidad de ese doble gesto:

Ciertas teorías psicológicas desconocen los puros fenómenos de expresión cuando los hacen nacer de un acto secundario de interpretación, explicándolos como productos de la «empatía». El defecto capital de esas teorías y su prôton pseudos consiste en invertir el orden de los datos fenoménicos. Para eso deben previamente suprimir la percepción, convertirla en un complejo de simples contenidos de la impresión sensible para después reanimar ese «material» muerto de la sensación, gracias al acto de penetración afectiva. Pero la vida que así le toca en reparto es, en último análisis, obra de la ilusión psicológica. (p. 92)

Por esa misma razón, nosotros hemos formulado la tensividad como una «determinación», en la cual la intensidad subjetal es la constante y la extensidad, la variable.

Con el término eficiencia, Cassirer designa, pues, la aserción por el sujeto de una afección5. A fin de disponer de un metalenguaje operativo y adecuado, admitiremos que el modo de eficiencia designa la manera como una magnitud se instala en el campo de presencia: si ese proceso es efectuado a pedido, según el deseo del sujeto, en ese caso, retendremos la modalidad del «llegar a» [parvenir]; si la magnitud surge contra toda espera, negando ex abrupto las anticipaciones razonables, los cálculos minuciosos del sujeto, hablaremos de la modalidad del «sobrevenir» [survenir]. Desde el punto de vista paradigmático, el modo de eficiencia es estructurado por la distensión del «llegar a» y del «sobrevenir».

Esta exposición sumaria requiere de cuatro observaciones. (i) La pregnancia del «sobrevenir» es sin duda tan antigua como el mundo, puesto que la filosofía ha reconocido y reconoce en el asombro, en el thaumazein de los griegos, el corazón de nuestros afectos y de nuestros pensamientos. Esa preeminencia ha sido reconfirmada por Descartes (1991) en su análisis intacto de la admiración:

Cuando el primer encuentro de un objeto nos sorprende, y lo juzgamos nuevo o muy diferente de lo que antes conocíamos, o bien de aquello que suponíamos que debía ser, eso hace que lo admiremos y que nos asombre. Y como eso puede ocurrir antes de que podamos conocer si ese objeto nos conviene o no nos conviene, me parece que la admiración es la primera de todas las pasiones. (pp. 108-109)

(ii) Al sostener que esa pregnancia de lo sobrevenido es tan antigua como el mundo, queremos decir que lo divino es inseparable, en gran número de sociedades, de un surgimiento, de una epifanía:

Se dice en particular que la expresión manitu es empleada siempre que la representación y la imaginación son excitadas por algo nuevo y extraordinario: si durante la pesca uno atrapa un ejemplar de una especie aún desconocida de peces, eso hace nacer de inmediato la expresión manitu. (Cassirer, 1998, t. 2, p. 104)

La modalidad del «sobrevenir» estaría, pues, vinculada con la exclamación, que nosotros consideramos como el pivote de la estructura frástica. Pero esto es aún demasiado decir; según Cassirer (1998, t. 2), la pertinencia deber ser atribuida no a la exclamación, sino rendida a la interjección: «Las expresiones wakan y wakanda entre los sioux parecen remontarse etimológicamente a interjecciones que traducen el asombro» (p. 104). El evento es esa magnitud extraña, por decirlo así, extraparadigmática, o más bien que se manifiesta primero en el plano sintagmático por una anticipación, y espera por ese mismo hecho su identidad paradigmática. La fórmula del evento comprendería, de esta manera, una anticipación sintagmática y un retraso paradigmático. El evento rompe el ajuste sintónico ordinario de lo sintagmático y de lo paradigmático.

(iii) Desde el punto de vista figural, el «sobrevenir» y el «llegar a» son regímenes de valencias dirigidos por el tempo.


Las magnitudes postuladas son ante todo cuantitativas, pero nosotros aceptamos la hipótesis según la cual las diferencias cualitativas concentran diferencias cuantitativas, movilizando dos argumentos. El primero estipula que la gradualidad, a la cual, según parece, Saussure se adhería6, queda fuera de alcance si las magnitudes no se presentan mentalmente como divisibles. En segundo lugar, sin esa misma divisibilidad, la sintaxis estaría condenada al «todo o nada», condenada a desconocer las virtudes, en otro tiempo consideradas superiores, del matiz y de la lentitud. En la semiótica greimasiana, esa carencia figural fue suplida con la aspectualidad, es decir, con un dato figurativo.

Si volvemos ahora a nuestro diagrama, las dos tensiones conservadas [subitaneidad vs. progresividad] y [brevedad vs. longevidad] se ajustan una a otra por medio de aumentos y de disminuciones correlacionadas. Pero, cualesquiera que sean sus méritos, el diagrama deja escapar un dato semiótico capital: la característica. Un diagrama no es nunca más que la proyección de un análisis y de sus resultados: el acoplamiento de por lo menos dos definiciones. Partiremos, pues, de nuestro análisis, y nos esforzaremos luego en generalizar.

En los Cuadernos (1973), Valéry, atormentado por los secretos del tiempo, anota: «El tiempo largo se hace sentir durante… El tiempo corto se hace sentir después» (p. 1329). La distensión paradigmática o morfológica [largo vs. breve] sigue siendo, en un sentido, incompleta si no comprende también una marca sintagmática: [simultaneidad vs. posterioridad]. La lectura de los Cuadernos muestra de inmediato que para la primera frase Valéry tiene en mente un proceso, cuyo agente es el sujeto, mientras que con la segunda se refiere a la sorpresa. De tal modo, la extensión temporal es la del actuar y la de la paciencia que el actuar razonado supone; y la brevedad es la del padecer que lo inesperado y brusco impone al sujeto. Entendemos por característica la junción, la connivencia singularizante de la paradigmática y de la sintagmática; la característica misma reside, pues, en la intersección de la morfología y de la sintaxis, intersección que constituye una preocupación permanente de la reflexión hjelmsleviana:

Lo sintagmático y lo paradigmático se condicionan constantemente. […] nos vemos obligados a introducir consideraciones manifiestamente «sintácticas» en «morfología» —incluyendo en ella, por ejemplo, las categorías de la preposición y de la conjunción, cuya sola razón de ser se encuentra en la sintaxis—, y a colocar en la sintaxis hechos plenamente «morfológicos», reservando forzosamente a la «sintaxis» la definición de casi todas las formas que se pretende haber reconocido en «morfología». (Hjelmslev, 1972, p. 189)

(iv) En fin, y esta será nuestra cuarta y última observación, a fin de dar cuenta de la complejidad que los discursos nos presentan, debemos introducir una distinción suplementaria entre modos de eficiencia directores y modos secundarios o asociados. El «sobrevenir» y el «llegar a» se inscriben por ahora como modos directores. (a) El «llegar a» está asociado a dos modos secundarios: el auxiliar [subvenir], que, después de la virtualización de su clasema, toma el relevo del «llegar a» cuando el sujeto operador no alcanza el resultado que se había fijado; y el proveer [provenir] toma el lugar del «llegar a» cuando el proceso tiene por agente supuesto un sujeto no-humano; una de las dimensiones de la reflexión de Spinoza (1955) concierne justamente a la mutación-conmutación del «llegar a» antropomorfo en proveer [provenir]: «Tal es esta libertad humana que todos se vanaglorian de poseer y que consiste solamente en que los hombres tienen conciencia de sus apetitos e ignoran las causas que los determinan» (pp. 303-304). El paradigma propio de este modo de eficiencia reside en la dependencia de las vicisitudes paradigmáticas y sintagmáticas que afectan la identidad y la eficacia del sujeto operador. (b) Por su lado, el «sobrevenir» se muestra la mayor parte de las veces como la denegación del prevenir en su acepción genérica, según el Micro-Robert: «III, 2.° Impedir con sus precauciones (un mal, un abuso). “Más vale prevenir que curar”». En La dialéctica de la duración (1978), Bachelard cree que debe definir el sujeto en estos términos: «La conciencia pura se nos presentará como una potencia de espera y de acecho» (p. VI), pero el espectáculo del mundo muestra que si esta definición está motivada, es porque el sujeto, y sin duda el viviente en general, es ese ser que siempre puede ser sorprendido, tomado por sorpresa, desprevenido, y que si buscamos el objeto necesario de los verbos esperar y acechar elegidos por Bachelard, solo encontramos uno: lo inesperado, a tal punto que Greimas mismo tituló «La espera de lo inesperado» el último capítulo de De la imperfección*, como deferencia a la gravedad del «sobrevenir».

En fin, la complementariedad antagonista del «llegar a» y del «sobrevenir» parece hallarse, según una medida que resulta muy difícil de precisar, en el principio, en la base de los grandes estilos estéticos, puesto que el estilo clásico, de acuerdo con la descripción que de él hace Wölfflin, está del lado del «llegar a», mientras que el estilo barroco, centrado en el aparecer y en la aceleración, asume el «sobrevenir». A este respecto, el arte moderno ha dado ampliamente la razón a Baudelaire cuando este último anunciaba en el texto titulado «Exposición universal de 1855» (1954b) el advenimiento de lo «bizarro»: «Lo Bello es siempre bizarro. […] Digo que contiene siempre un poco de bizarría, de bizarría espontánea, ingenua, no buscada, inconsciente, y que esa bizarría hace que lo bello sea Bello. Esa es su matrícula, su característica» (p. 691). En estas condiciones, si cada arte es claramente, a partir de las exigencias y de los recursos del plano de la expresión que contiene, una «deformación coherente», la totalidad virtual de las artes —de las cuales las obras de Edgar Faure y de André Malraux dan una idea— constituye una mímesis, así como la totalidad de las lenguas, por sí mismas «subjetivas», conformaba para Humboldt nuestra objetividad.

4. LOS MODOS DE EXISTENCIA

Seremos más breves a propósito de los modos de existencia, en la medida en que esta categoría es una de las adquisiciones de la lingüística y de la semiótica. Categoría que tiene por germen la dualidad [virtual vs. real], afirmada por Saussure en el quinto capítulo del Curso de lingüística general (1974), relativo a la diferencia entre las relaciones paradigmáticas y las relaciones sintagmáticas: «La relación sintagmática se da in praesentia; reposa en dos o más términos igualmente presentes en una serie efectiva. Por el contrario, la relación asociativa [paradigmática] une términos in absentia en una serie mnemónica virtual» (p. 208). Oportunamente, Semiótica 1 (Greimas y Courtés, 1982) introduce el término complejo que se halla a la vez in praesentia e in absentia: el término actualizado7, el cual caracteriza en el plano figural la disjunción entre el sujeto y el objeto de valor, y en el plano figurativo, la privación de un bien. Nos encontramos así en presencia de una tríada, pero heterogénea, puesto que la virtualidad interesa al sistema; la actualización y la realización, al proceso: la primera, al proceso narrativo; la segunda, al proceso lingüístico. Posteriormente, este número sería llevado a cuatro en Semiótica de las pasiones (Greimas y Fontanille, 1994), pues la obra añadía a las tres ya adquiridas la potencialización. En principio, esas cuatro operaciones deberían permitir describir la circulación, la entrada, la salida y el retorno de las magnitudes en el seno del campo de presencia; sin embargo, ese objetivo no se alcanzó de inmediato, según nuestra opinión, por dos razones: hacía falta tiempo para comprender que la virtualidad y la virtualización, a pesar de su radical común, no tenían nada que ver la una con la otra; y tuvo que pasar algún tiempo para poder clarificar las relaciones de presuposición y para discernir los protocolos seguidos en los discursos (Fontanille y Zilberberg, 2004; Zilberberg, 1997).

En los estrechos límites de este trabajo, nos contentaremos con justificar la distinción entre modos directores y modos asociados. El par director está constituido por la alternancia entre la mira y la captación. La mira, que el Micro-Robert define en estos términos: «Tener en vista, esforzarse en alcanzar (un resultado). “Tenía en la mira ese puesto desde hace tiempo”», se halla en la base del modo de eficiencia «llegar a» gracias al rasgo inmanente /esfuerzo/; la mira se inscribe como mediación entre la actualización y la realización. El caso de la captación es diferente al de la mira: designa el estado del sujeto de estado como «presa» del «sobrevenir», de la «admiración» cartesiana; en una palabra, el estado del sujeto primero asombrado, impresionado, luego marcado por «eso que le ha ocurrido», estado que corresponde a la potencialización, a la formación de ese misterio: el sobrevenir. La captación forma así una «buena» transición entre el sobrevenir y la potencialización.

El juego de los modos de existencia, los cuales dependen de los modos de eficiencia, exige dos observaciones. En primer lugar, nos hace asistir a un proceso intrigante: la emergencia, en el «océano» de la duración, de un «comienzo», de una novedad: «Eso que nos golpea, persiste y se proyecta sobre las cosas siguientes. Lo intenso tiene una cualidad propia, que consiste en persistir más allá de la duración de su causa» (Valéry, 1973, p. 1235). Esa persistencia halla su base en la continuidad del sujeto de estado.

En segundo lugar, los modos de existencia son solidarios con el estado de sorpresa del sujeto; debemos decir por eso que el sujeto asombrado satura en cierta forma el proceso: el sujeto capta aquello que lo capta a sí mismo. Captar un evento, un sobrevenir, es ante todo ser captado por ese sobrevenir, y ese es el término que hemos tomado del análisis de Cassirer (1998, t. 3): «Porque toda experiencia vivida de expresión no es nada más que una prueba padecida; es un ser-captado más bien que un captar, y esa “receptividad” contrasta nítidamente con la “espontaneidad” sobre la cual se funda toda conciencia de sí en cuanto tal» (p. 95). La directividad de los modos de existencia resulta así:


En fin, si la potencialización es asimilada a la puesta en memoria, la virtualización es la figura inversa y corresponde al olvido, que puede ser absoluto o relativo. Por lo común, gracias a la intercesión de otro, la virtualización accede al campo de presencia, aunque el sobrevenir, a través de la figura de la reminiscencia, puede, como se lee en Rousseau y en Proust, proyectar la reminiscencia en el campo de presencia. El psicoanálisis freudiano atribuye a la censura y a la represión la efectividad de la virtualización, y la actividad del psicoanalista consiste en deshacer las máscaras que la condensación y el desplazamiento han colocado sobre los contenidos.

5. LOS MODOS DE JUNCIÓN

Consideramos el término junción en una acepción distinta de la que propone Semiótica 1 (Greimas y Courtés, 1982)*, para quien la junción designa «la relación que une el sujeto al objeto, es decir, la función constitutiva de los enunciados de estado». Desde la perspectiva de nuestra investigación, el término se refiere a la condición de cohesión, en virtud de la cual un dato, sistémico o no, es afirmado; por este hecho, está próximo a la noción de dependencia. Hjelmslev (1972) adelanta, como el núcleo definicional de la estructura, que «el lenguaje [es] esencialmente una entidad autónoma de dependencias internas, en una palabra, una estructura» (p. 27). Las estructuras elementales de la significación en la concepción greimasiana presentan dos rasgos, a nuestros ojos innegables: (i) son denominadas lógico-semánticas, es decir que son razonables; (ii) poseen en principio la posibilidad de la complejidad, aunque sin explotarla debidamente y, por eso mismo, favorecen, al momento de elaborar el cuadrado semiótico, las estructuras antagonistas de la contrariedad y de la contradicción. A la inversa, en el capítulo undécimo de los Prolegómenos (1971b), que trata de las funciones, Hjelmslev toma en cuenta la posibilidad de un término complejo, la constelación, que sería, si tenemos en cuenta la necesidad que regula la interdependencia y la determinación, el caso de lo fortuito.

A partir de esta tensión, introducimos nosotros la categoría del modo de junción y distinguimos en su interior el modo implicativo y el modo concesivo. En el caso de la implicación, el derecho y el hecho están en concordancia el uno con el otro; su esfera es la de la implicación: si a, entonces b, y de ordinario, en concordancia también con la causalidad legal, tiene por «emblema» el puesto que. En el caso de la concesión, el derecho y el hecho están en discordancia el uno con el otro. La esfera de la concesión, según los gramáticos, es la de la «causalidad inoperante»; tiene por «emblema» la pareja formada por a pesar de que o aunque y sin embargo o no obstante: aunque a, no obstante b, o a pesar de que a, sin embargo b.

La concesión es ciertamente menos rara de lo que se cree; por ejemplo, la definición de la estructura no toma en cuenta el quantum de concesión que comporta, puesto que el término dependencia se halla en el corazón de la definición hjelmsleviana de la estructura, a pesar de que la noción de dependencia forma parte de la lista de términos considerados por Hjelmslev como indefinibles. La concesión está doblemente ligada a la noción de límite: desde el punto de vista de la extensión, marca un límite, pero, al mismo tiempo, debe limitarse a sí misma; si no, recrearía sin pretenderlo una regularidad que acaba de interrumpir.

6. ESTRUCTURA DEL EVENTO

Como se habrá podido apreciar, el evento en nuestra propia aproximación es un sincretismo resoluble como intersección de los tres modos siguientes: el sobrevenir por el modo de eficiencia, la captación por el modo de existencia, la concesión por el modo de junción. El sincretismo puede ser recibido de dos maneras: como un hecho, o bien como una concordancia en la acepción gramatical del término, como una adecuación entre categorías. En el estudio titulado «Ensayo de una teoría de los morfemas», Hjelmslev (1972) admite que entre las categorías se puede ejercer «cierta afinidad»:

Así, sin que haya conformidad absoluta entre las categorías que acabamos de establecer y algunas categorías nocionales, hay, no obstante, alguna afinidad que hace que una categoría nocional se preste a ser formada en una categoría morfológica familiar dada, y que se pueda prever un optimum allí donde esta afinidad desemboque en una armonía absoluta entre forma y substancia. (pp. 200-207)

Esto nos obliga a formular ahora una pregunta: si tal categoría, que aquí es el evento, se presenta como una integración de modos, que a su vez son dados en alternancia, ¿cuáles serían los correlatos que corresponderían a la integración del «llegar a» en cuanto dependiente del modo de eficiencia, de la mira en cuanto dependiente del modo de existencia y, en fin, de la implicación en cuanto dependiente del modo de junción?

Varias respuestas son posibles. Para la semiótica greimasiana, la respuesta sería la noción de estado como sincretismo del «llegar a», de la mira puesta en la permanencia, de la implicación en cuanto consolidación. Un fragmento de los Escritos (2002) de Saussure, lamentablemente no del todo desarrollado, avanza la distinción [evento vs. estado], que recogemos:

Tal vez solo en lingüística existe una distinción sin la cual los hechos [lingüísticos] no serían comprendidos en ningún grado. […] Tal es en lingüística la distinción entre el estado y el acontecimiento [evento*]: porque uno se puede preguntar si esa distinción, una vez reconocida y aceptada, permite aún la unidad de la lingüística […]. (p. 233)

Una segunda posibilidad existe a partir de la lectura de los Cuadernos de Valéry. El término acontecimiento está poco representado en el índice de los Cuadernos y con frecuencia es descalificado8. En un fragmento reflexivo, leemos: «Ego. Remarco una vez más que las cosas humanas me interesan menos cuanto más se alejan de lo ordinario de la vida y se imponen por acontecimientos y no por funcionamientos [el subrayado es del autor]» (Valéry, 1973, p. 186). El autor nos propone, pues, la pareja [acontecimiento vs. funcionamiento].

Existe una tercera posibilidad, que tomamos de los análisis magistrales, inigualados, y tal vez inigualables, de la pintura holandesa realizados por Claudel (1973). Podemos leer allí:

Quiero decir que [los cuadros] no constituyen simplemente una presencia, ellos la ejercen. A través de ellos se establece una solidaridad eficaz entre nosotros y ese mundo de allá atrás abandonado por el sol. Llevamos con nosotros bastante pasado como para amalgamarlo con el de ellos, y el modo en que tenemos que sufrir nuestra propia existencia no es extraño a esa utilización de la duración, a esa consolidación del rostro por la expresión, que los habilita para la persistencia. (p. 184)

Las naturalezas muertas, y sobre todo los retratos, están del lado del ejercicio, es decir, del «llegar a» y de la lentitud, del lado de la mira: «[…] sentimos […] la plenitud de un alma que se dirige a la nuestra y la provoca a la conservación, alguien que ofrece su rostro»; en fin, del lado de la implicación, o sea, de la necesidad.

Recogemos de todo esto tres términos posibles: el estado, el funcionamiento y el ejercicio. ¿Cuál elegir? De manera intuitiva, sin más, admitimos que de los tres el bello término ejercicio se encuentra más cerca de actuar que los otros dos. El término estado es muy poco dinámico, a pesar de que podemos invocar un hacer llamado estativo; el de funcionamiento resulta demasiado organicista. Dicho esto, el ejercicio y el evento se presentan como integraciones concordantes de los tres modos semióticos reconocidos.


7. FINAL

A estas dos integraciones categoriales, el ejercicio y el evento, corresponden dos grandes orientaciones discursivas: el discurso del ejercicio y el discurso del evento. Solo por comodidad de la exposición, relacionamos el discurso de la historia con el discurso del ejercicio, tal como se ha desarrollado en la tradición occidental, y el discurso mítico con el discurso del evento.

Así entendido, el discurso mítico, en razón del «desencanto del mundo» (Weber)9, estaría, según algunos, perdiendo velocidad, pero para Jullien (2001) parece que el evento imanta nuestros afectos y, en consecuencia, nuestros pensamientos:

Por eso yo me pregunto si, con ese título, la cultura europea no podría ser definida toda entera como una cultura del evento: por la ruptura que produce y por todo lo inaudito que inaugura, por la focalización que permite y, en consecuencia, por la tensión que introduce y, también, por el pathos que crea, el evento concentra un prestigio al que nunca ha renunciado. Ella [la cultura europea] jamás ha podido renunciar a él porque está apasionadamente (pasionalmente) adherida al carácter fascinante, inspirante del evento. (p. 88)

Por otro lado, el discurso histórico, que tenía tradicionalmente por objeto, a partir del tamiz de los eventos, el juego de los efectos y de las causas, el juego de los fines y de los resultados, tiende a alejarse de la «escoria de los acontecimientos» para interesarse por la minucia de los ejercicios y de los funcionamientos, y deja así un espacio vacante, disponible para el discurso mítico. De ahí que algunos pensadores, especialmente Foucault en El orden del discurso (1976), le pidan que otorgue al acontecimiento la misma consideración que la tradición y el consenso de los historiadores han otorgado hasta ahora al determinismo: «Es preciso introducir la “suerte” como categoría en la producción de los acontecimientos. Ahí se hace sentir aún la ausencia de una teoría que permita pensar las relaciones entre el azar y el pensamiento» (p. 61). Arendt propone incluso ir más lejos, invitándonos a recentrar la historia a partir de la categoría del acontecimiento, en una palabra, a devolver a toda la historia su dimensión intrínsecamente mítica, en último término: milagrosa. En su libro La condición del hombre moderno (2004), escribe:

Este carácter de inesperado, de sorpresa, es inherente a todos los comienzos, a todos los orígenes. Así, el origen de la vida en la materia es una improbabilidad infinita de procesos inorgánicos; como el origen de la Tierra desde el punto de vista de los procesos del universo, o como la evolución del hombre a partir de la vida animal. Lo nuevo tiene siempre en su contra las posibilidades aplastantes de las leyes estadísticas y de su probabilidad, la cual, prácticamente, en las circunstancias ordinarias, equivale a una certeza. Lo nuevo se presenta siempre como un milagro. (p. 234)

La alternancia discursiva obtenida reúne la problemática de la fiducia y la de su reparto en regímenes fiduciarios distintos. Ese reparto no es del tipo [presencia vs. ausencia], sino que aquí proyecta un discurso dirigido por una fiducia bien identificada; allá un discurso que estaría exento de todo investimiento fiduciario, pero repartido entre dos regímenes fiduciarios diferentes, de los cuales los tres modos semióticos que hemos reconocido serían, una vez más a beneficio de inventario, los presupuestos plausibles. Con esta consideración, la modalidad del creer es más bien una metamodalidad, que no solamente dirige las otras modalidades, sino que puede afectarla a ella misma: el que cree, cree al menos que el verbo creer tiene un sentido10.

(Febrero, 2006)

III
Alcances del tempo

Le plus nécessaire et le plus difficile dans la musique, c’est le tempo*.

Mozart

La situación del tempo es una de las más singulares. Si el lugar del ritmo y de la prosodia no es discutido, no ocurre lo mismo con el tempo; este es simplemente ignorado. Sin embargo, numerosos son los analistas y los creadores que le atribuyen una importancia mayor. Por nuestra parte, nos proponemos moderar esa desigualdad.

Hemos abordado anteriormente esta misma problemática en un texto titulado «Defensa del tempo» (Zilberberg, 1995). Posteriormente, los términos de la hipótesis tensiva se han ido precisando cada vez más (Zilberberg, 2015a), y creemos estar en capacidad de completar aquel esbozo.

1. EL PLANO DEL CONTENIDO

Plantear el enigma del tempo a partir del enunciado considerado canónico, aquel que atribuye a la magnitud S el predicado P, es, según creemos, una empresa desesperada. Por tanto, la evitaremos1.

1.1 El campo de presencia

Adoptaremos como razón directriz las modalidades de la constitución del campo de presencia. El campo de presencia es un artificio cómodo que permite representar(se) los estados de conciencia del sujeto, los cuales están constituidos por las magnitudes que entran o salen del campo de presencia. En relación con ese «detalle» interviene el tempo, puesto que esas magnitudes entran o salen forzosamente a una velocidad que puede ser evaluada. Si esa velocidad es elevada, diremos que nos hallamos en presencia de la modalidad del «sobrevenir» [survenir]; si, por el contrario, esas entradas y salidas se producen lentamente, «con suavidad», diremos que estamos en presencia de la modalidad del «llegar a» [parvenir].


1.2 El evento*

Esta distribución elemental está cargada de consecuencias. En primer lugar, la aspectualidad se convierte en parte comprometida de un paradigma, en la medida en que se opone a la instantaneidad; la aspectualidad se presenta como el análisis de un proceso que la instantaneidad excluye. En segundo lugar, el evento, figura central del «sobrevenir», ocupa, según la hipótesis adoptada, el lugar que la percepción tiene comúnmente. En último lugar, el modo semiótico se encuentra en el origen de la afectividad en la medida en que el «sobrevenir» y el «llegar a», cada uno con su estilo propio, son… afectantes, derivación que es minuciosamente analizada por Descartes en Las pasiones del alma (1991):

Cuando el primer encuentro de un objeto nos sorprende, y lo juzgamos nuevo o muy diferente de lo que antes conocíamos, o bien de aquello que suponíamos que debía ser, eso hace que lo admiremos y que nos asombre. Y como eso puede ocurrir antes de que podamos conocer si ese objeto nos conviene o no nos conviene, me parece que la admiración es la primera de todas las pasiones. (pp. 108-109)

Bajo la autoridad del «sobrevenir», la emoción se presenta como una mutación, como una revolución del sujeto: «La sorpresa es un “tiempo” durante el cual uno no se reconoce. Esto sugiere que la “no-sorpresa” (el curso ordinario de las cosas) es el estado de reconocimiento continuo, y que el no-reconocimiento es aquí una insensibilidad relativa» (Valéry, 1973, p. 1067).

Desde el punto de vista lingüístico, tomar en cuenta el tempo invita a revisar la jerarquía de los tipos frásticos. Mate y átona, la frase declarativa debería ceder el puesto a la frase exclamativa tónica y «brillante». Ese proceder es común en escritores tan diferentes como Fontanier (1968): «La exclamación tiene lugar cuando uno abandona de golpe el discurso ordinario para dejarse llevar por los impulsos impetuosos de un sentimiento vivo y súbito del alma» (p. 370), y Gracq (1985): «Los ritmos naturales, protectores y casi naturalmente transportadores, ceden de golpe por todas partes a la irrupción inesperada de lo desenfrenado, al presentimiento de la jungla humana» (p. 24). Todo pasa como si la frase declarativa tuviera por vocación ser deshecha por la frase exclamativa: «No hay sorpresa si no hay edificio que sea instantáneamente destruido […]» (Valéry, 1973, p. 900).

Si el evento tiene por resorte el modo de eficiencia, la sorpresa que lo sostiene depende del modo de existencia, el cual controla la tensión entre la captación y la mira. Si el «sobrevenir» es manifestado por la captación, por la admiración según Descartes, el «llegar a» es manifestado a su vez por la mira.


Según la captación, el sujeto padece, mientras que, según la mira, el sujeto actúa, o al menos se encuentra en capacidad de actuar. Así, Valéry (1973), que ha captado el valor de la conmutación inherente a la sorpresa, ve en la aceleración experimentada [éprouvée] la razón de la transformación de la sucesión:

Sorpresa. El acontecimiento inesperado [evento] se propaga más rápidamente que cualquier otra perturbación. Se adelanta a todo. Se adelanta a la memoria. De tal manera que él llega antes que los acontecimientos que le son anteriores. Él los recibe. Oscilaciones. No-composiciones. (p. 1313)

2. EL PLANO DE LA EXPRESIÓN

La estructura tensiva, es decir, el juego de las valencias intensivas de tempo y de tonicidad, depende del «esquema», o sea, según Hjelmslev (1972), de una «forma pura», independiente de toda realización (p. 80). La aplicación, la proyección de esa «forma pura» sobre un plano de la expresión aceptado, define una práctica a disposición de los sujetos. Nos dedicaremos primero a las prácticas literarias y después a las prácticas visuales.

2.1 Las prácticas literarias

La disimetría entre el valor reconocido al ritmo y el reconocido al tempo es particularmente fuerte, a tal punto que la poética y el ritmo resultan casi sinónimos, como se puede apreciar en la obra de Octavio Paz titulada El arco y la lira (1972). El hecho literario es caracterizado, entre otras cosas, por las diferencias de extensión de las unidades reconocidas, por orden creciente: el verso y la imagen, la frase, el texto y, en fin, la obra. En cada etapa, la intervención del tempo dinamiza lo dicho.

2.1.1 La imagen

Al margen de las acepciones corrientes, existen dos empleos personales de la palabra imagen: el que hace Aristóteles en la Retórica y el que hace Bachelard especialmente en la introducción a La poética del espacio. El de Aristóteles corresponde a lo que hemos llamado «sintaxis intensiva de los aumentos y de las disminuciones» (Zilberberg, 2015a, primera parte, cap. 5), mientras que el de Bachelard pertenece a la «sintaxis juntiva», que se preocupa de las concesiones y de las implicaciones.

El examen de la imagen que plantea Bachelard en La poética del espacio confirma la pertinencia superior que creemos que hay que acordar al modo de eficiencia. Recordemos que el modo de eficiencia se define por la tensión que se produce entre el «sobrevenir» realizante y el «llegar a» actualizante. Como los surrealistas, Bachelard (1997) rechaza el «llegar a» y sus derivados aceptados: «[…] nada prepara una imagen poética, sobre todo no la cultura en el modo literario, tampoco la percepción en el modo psicológico» (p. 16). La imagen depende únicamente del «sobrevenir» y del acontecimiento mayor [evento] que la determina y la impone:

Es preciso estar presente, presente a la imagen en el instante de la imagen; si hay una filosofía de la poesía, esa filosofía debe nacer y renacer con ocasión de un verso dominante, con el éxtasis mismo de la novedad de la imagen. (Bachelard, 1997, p. 1)

Por el evento, la imagen apreciada contiene una concesión latente: «La vida de la imagen se cifra toda ella en su fulguración, en el hecho de que una imagen es la superación de todos los datos de la sensibilidad» (Bachelard, 1997, p. 15). El modo de eficiencia da cuenta a menos costo de la tensión entre la metáfora, solidaria del «sobrevenir», y la comparación, solidaria del «llegar a» (Ricœur, 1977, p. 37).

2.1.2 La frase

En el segundo nivel, el de la frase, es significativo que el paradigma propuesto por Baudelaire (1954) reproduzca las modalidades corrientes del tempo:

La frase poética puede imitar (y por esa vía tocar al arte musical y a la ciencia matemática) la línea horizontal, la línea recta ascendente, la línea recta descendente; puede subir en vertical hacia el cielo sin sofocarse, o descender perpendicularmente hacia el infierno con la rapidez de toda pesantez; puede seguir la espiral, describir la parábola o el zigzag que configura una serie de ángulos superpuestos. (p. 1383)

Baudelaire (1954) ha formulado también las direcciones semánticas de su estética: «Aquello que no es ligeramente deforme tiene un aire insensible, de donde se sigue que lo irregular, es decir, lo inesperado, la sorpresa, el asombro, constituyen una parte esencial y la característica de la belleza» (p. 1194).

2.1.3 El texto

La problemática del texto está dominada por la influencia del relato. Mallarmé se dedicó a rechazar esa dependencia. El comentario al texto «Un coup de dés jamais n’abolira le hasard» [Una tirada de dados jamás abolirá el azar] de Mallarmé (1954) convoca las subvalencias del tempo, a saber, la aceleración y la ralentización, para dar cuenta de la dinámica de ese texto a todas luces singular:

La ventaja, si yo tengo derecho a decirlo, de esa distancia imitada que mentalmente separa grupos de palabras o palabras entre sí simula acelerar unas veces y otras ralentizar el movimiento, lo esconden, lo requieren incluso según la visión simultánea de la Página, tomada esta como unidad, así como lo es por lo demás el Verso o la línea perfecta.

La poética de Mallarmé comporta una dimensión concesiva evidente, puesto que según Valéry (1957) se propone «componer la simultaneidad de la visión con la sucesividad del hablar» (p. 625). En consecuencia, y tomando como modelo la música, habría lugar para buscar el matiz del tempo propio del texto abordado, a la manera como se hace en la música, donde un trozo se define primero por su garbo: allegro, andante, scherzo, adagio, lento.

2.1.4 La obra

La obra, considerada como el conjunto de los enunciados, ¿encierra un garbo significante? Una valiosa nota de Proust (1971) a propósito de Balzac lo deja entender:

Bien mostradas por (La Fille aux yeux d’or, Sarrazine, La Duchesse de Langeais, etcétera) las lentas preparaciones, el tema que se amarra poco a poco, luego el estrangulamiento final. Y también la interpolación de tiempos (La Duchesse de Langeais, Sarrazine) como en un terreno donde están mezcladas lavas de épocas diferentes. (p. 299)

3. LAS PRÁCTICAS VISUALES

La fotografía y la pintura se hallan en estrecha relación la una con la otra. Desde el punto de vista diacrónico, la pintura es anterior a la fotografía, y desde el punto de vista sincrónico, la fotografía admite la reproducción, que no es el caso de la pintura: cada cuadro de pintura es único.

3.1 La fotografía

Desde el punto de vista paradigmático, la fotografía conoce la alternancia de lo «difuso» y de lo «nítido»: «[Lo difuso] introduce el régimen de lo inconcluso y traduce la fluencia del acontecimiento; bajo el espesor veridictorio de lo difuso donde el observador tiene que desenmarañar el ser del parecer, algo está en vías de llegar» (Beyaert-Geslin, 2006, pp. 18-32). La sumisión de la fotografía con respecto al tempo se presenta así:

Sin embargo, la alternancia de lo «difuso» y de lo «nítido» concierne todavía a la aspectualidad, a la veridicción y a la categoría mítica del evento.

3.2 La pintura

Las relaciones entre el tempo y la pintura están lejos de ser simples. La pintura del Renacimiento estaba sometida a la técnica llamada «a la témpera», la cual imponía la rapidez de la ejecución, aunque, en realidad, lo que estaba en la mira era la lentitud y, desde el punto de vista subjetal, la paciencia. La invención de la pintura «al óleo» permitió «la paciencia inagotable de un Jan van Eyck» y una «precisión casi científica», según Gombrich (2001, p. 240). Si adoptamos el punto de vista de Wölfflin, desarrollado en Conceptos fundamentales en la historia del arte (1985a), el arte del Renacimiento pone en la mira lo «nítido», el arte barroco, lo «difuso»:

En el primer caso [el estilo lineal], el espectador deberá dejarse llevar por la línea, sin resistencia a fin de gozar de la forma. En el segundo caso [el estilo pictórico], reinan las sombras y las luces. Sin ser propiamente ilimitadas, no tienen fronteras acusadas. (p. 22)


Para los pintores modernos y para su portavoz Van Gogh, el valor elegido, más precisamente la valencia seleccionada, es la vivacidad del tempo:

Ante todo, lo que se entiende por «ejecutar brillantemente una pintura» es lo que los viejos holandeses hacían con sumo agrado. De ejecutar un cuadro con algunos golpes de brocha no se quería ni hablar, pero ahí están los resultados. Y eso es lo que muchos pintores franceses comprendieron; un Israëls lo comprendió admirablemente: es preciso ejecutar el tema de una sola vez. (Citado por Grimaldi, 1995, p. 87)

El mismo reparto tensivo se puede leer en la obra de Bacon: «En Francis Bacon la tela tiene sus partes hirvientes, donde reina una efervescencia, en oposición a sus partes neutras, en las que no pasa nada» (Leiris, 1996, p. 93).


La integración del tempo en el plano del contenido tiene como consecuencia que el plano de la expresión pictórica deba añadir a la línea y al color el «toque» para incorporar la enunciación al enunciado:

[…] uno advierte […] de una parte, y eso a contrapelo de la tendencia a borrar la acción de la mano de la que dan testimonio en nuestros días el pop-art, el op-art, etcétera, un lirismo desenfrenado del «toque» personal, arriesgado y llevado por una especie de salvajismo que llega a trastrocar en profundidad la estructura de la cosa representada […]. (Leiris, 1996, p. 30)

4. LA PRÁCTICA MUSICAL

Si la dependencia de la música respecto del tempo no ofrece nada más que decir, lo que queda por examinar es el tenor del plano del contenido. Según la musicóloga Gisèle Brelet (1949), la alternancia de los contenidos es solidaria de la alternancia de las formas de la expresión:

Todo pasa como si la vivacidad debiera remediar la débil densidad musical, acoplarse al movimiento de la atención que resbala con abandono y con facilidad sobre las armonías y sobre los ritmos inmediatamente inteligibles. De la lentitud se puede decir, inversamente, que está en relación con la complejidad armónica y rítmica, con la densidad musical de la obra, con su sutileza y con su riqueza. (p. 378)


5. A MODO DE CONCLUSIÓN

La formulación de esa dependencia estructural fue propuesta por Pascal (1954): «Es preciso ver de un solo golpe la cosa con una sola mirada y no por el progreso del razonamiento […]» (p. 1092).

En la medida en que un mismo esquema puede captar planos de la expresión distintos, las semiosis así realizadas establecen necesariamente entre sí relaciones metafóricas; de esta manera, la musicalización de la pintura y la picturalización de la música caen por su peso. Por su parte, Valéry (1957) considera en los siguientes términos la «universalidad del tempo»:

La velocidad máxima en el mundo real absoluto es la del reflejo (la de la luz es una pura ficción, una escritura). Pero el hombre no puede sentir nada más rápido que el cambio suyo más rápido. Esa velocidad hay que introducirla en las ecuaciones psicológicas universales. Tomarla como unidad. Esa velocidad juega en todos nuestros pensamientos, está implicada en todas nuestras ideas, y no puede ser de otra manera. (p. 805)

Ahora se comprende que el desconocimiento del tempo forma parte importante de las contrariedades, de las catástrofes, de las desgracias vividas por los sujetos. Por eso, según el general Douglas MacArthur: «Las batallas perdidas se resumen en dos palabras: demasiado tarde».

(2013)

IV
Elogio de la concesión
1. INFLEXIONES MACROSINTÁCTICAS

De una teoría que ha logrado llegar a la persistencia, y ese es el caso de la teoría semiótica greimasiana, se puede decir gustosamente que «se desarrolla», pero de hecho parece más bien que se corrige, que «rectifica», como aseguraba Bachelard, las insuficiencias, las dificultades, las prevenciones diversas que sus decisiones iniciales, en la euforia de los comienzos, ocultaban. La teoría semiótica greimasiana toma —y tiene razón al hacerlo— «a diestra y a siniestra», pero ante todo de Saussure y de Hjelmslev. De Saussure adopta dos postulados: (i) el postulado de la relatividad1 de las unidades que considera; y (ii) el postulado de la inmanencia, que se puede aceptar como la resultante del postulado precedente y de la disociación de la sincronía y de la diacronía. De Hjelmslev asume la distinción entre el sistema y el proceso, y la subordinación principal de este a aquel2.

La adopción de esas premisas desemboca en el recorrido generativo (Greimas y Courtés, 1982)3, presentado como modelo que integra las categorías reconocidas como pertinentes. En la presentación gráfica se proponen dos ejes: (i) un eje «vertical», que lleva de la «profundidad» lógico-semántica a la «superficie» discursiva; y (ii) un eje «horizontal» que separa una columna semántica y una columna sintáctica. La intersección de esas dos columnas se efectúa no sin dificultades: la sintaxis profunda es, según los términos mismos de Semiótica 1, una sintaxis formal, mientras que la sintaxis de la narratividad de superficie es una sintaxis a la vez actancial y conceptual (Greimas y Courtés, 1982)4. Sin embargo, con el paso del tiempo, esas posiciones se han ido debilitando.

1.1 Ajuste de lo sensible y de lo inteligible

En primer lugar, la primacía de la inmanencia no ha sido suspendida, pero, si la expresión está permitida, ha sido moderada y acondicionada. Lo sensible, el cuerpo sintiente, las pasiones, la afectividad, el «fenómeno de expresión» en la terminología de Cassirer, han hecho valer sus derechos. Al lado de los valores-formas del plano de la expresión, los valores-fines de la narratividad y del esquema narrativo, aferentes al plano del contenido, esperaban su turno y su adecuado tratamiento. Esta voz en sordina ya se dejaba escuchar aquí y allá en la teoría greimasiana: desde el punto de vista sintáctico, el cuadrado semiótico funcionaba en razón de sus investimientos fóricos; la sintaxis propia del cuadrado semiótico, lejos de ser indiferente a los contenidos que se le confiaban, trataba de manera preferencial la pareja [vida vs. muerte] respecto del idiolecto, y la pareja [naturaleza vs. cultura] respecto del sociolecto. En esas condiciones, no es ilegítimo considerar que la semiótica ha procedido a una catálisis de envergadura poniendo fin a la hipótesis, ilusoria pero muy cómoda, de lo inteligible.


La relación entre lo inteligible y lo sensible no es de oposición, sino de colusión, puesto que el análisis ha descubierto ante todo relaciones de dependencia: «Una dependencia que cumple las condiciones de un análisis será llamada función» (Hjelmslev, 1971b, p. 55). En esas condiciones, el concepto de tensividad ha sido introducido ¿como intersección?, ¿como línea de junción? Como proyección de la intensidad, de lo sensible, sobre la extensidad, sobre lo inteligible, dando a la intensidad la atribución de la rección estructurante. En el Ensayo sobre el origen de las lenguas, Rousseau pedía a una prehistoria por él imaginada que garantizara la ascendencia de lo sensible sobre lo inteligible, sin duda porque, según la episteme de su época, la anterioridad y la antigüedad de que esta disponía —a la letra— era la auctoritas, es decir, la autoridad misma.

1.2 Rehabilitación de la temporalidad

En segundo lugar, el divorcio de la sincronía y la diacronía —preconizado por Saussure en el Curso de lingüística general (1974) y que es ciertamente, a la par con la elección de la diferencia como «constancia concéntrica» (Hjelmslev), la firma misma del maestro ginebrino— es puesto en duda en esa misma obra: «[…] si todos los hechos de sincronía asociativa y sintagmática tienen su historia, ¿cómo mantener la distinción absoluta entre la diacronía y la sincronía? Eso resulta muy difícil desde el momento en que se sale de la fonética pura» (Saussure, 1974, p. 232). Por su parte, Greimas, después de haber sostenido que las estructuras elementales eran «acrónicas», en cierta manera, platónicas, admite:

En lingüística las cosas ocurren de otra manera: el discurso guarda las trazas de operaciones sintácticas anteriormente efectuadas:


El término sí es, sin duda, el equivalente de oui, pero conlleva al mismo tiempo, en forma de presuposición implícita, una operación de negación previa. (Greimas y Courtés, 1982)5

La redacción de esa declaración es indicativa, puesto que, si la primera afirmación [oui] se limita a constatar, la segunda [sí] enuncia una necesidad no negociable, reconocida, entre otros, por Pascal (1954): «La memoria es necesaria para todas las operaciones de la razón» (p. 1115).

La extrañeza de la temporalidad respecto del sentido nos parece una posición insostenible, y precisamente ¿no es acaso a la sintaxis a la que le corresponde hacer que la sincronía y la diacronía «se comuniquen» entre sí? Por nuestra parte, acogemos el «resumen» de Ricœur en la conclusión de Temps et récit [Tiempo y narración] (1985, t. 3): «Tener el relato por guardián del tiempo» (p. 349), pero —con la reverencia debida— invirtiendo y ampliando los términos: «el tiempo es guardián del sentido», con una precisión importante, a saber, el reconocimiento de los paradigmas específicos de la temporalidad vivida, y no simplemente concebida. ¿Conviene, además, apostar con Ricœur sobre la «inescrutabilidad» del tiempo, es decir, recibir el tiempo como una magnitud totalmente cierta y, por tanto, no analizable? Personalmente, no lo creemos. Uno de los paradigmas insistentes del tiempo opone, en cuanto que compone, bajo la autoridad del tempo, la brevedad y la longevidad, la evanescencia y la persistencia, el aparecer y su salvaguarda, es decir, el recurso ininterrumpido a la indispensable función save de la computadora. Es significativo que Greimas y Ricœur, en divergencia en muchos otros aspectos, acudan ambos, sin embargo, al mismo verbo clave: guardar. El tiempo, a semejanza de las magnitudes semióticas identificadas, se convierte en parte comprometida de una red que tiene en cuenta dos especies de relaciones concebibles: (i) las relaciones transitivas que precisan la relación del tiempo con el espacio, con el tempo y con la tonicidad; y (ii) las relaciones reflexivas que oponen el tiempo a sí mismo. De esta suerte, la pregunta prejuiciosa se enuncia ahora: ¿la temporalidad está o no fuera de red? Fuera de red, el tiempo solo es sentido; en red, puede ser aprovechado y «empleado» [es decir, puesto al servicio del sentido].

A este respecto, es significativo que Saussure (2002), «contra» varios pasajes del Curso de lingüística general, avance, sin desarrollarla, una distinción heurística:

Tal vez solo en lingüística existe una distinción sin la cual los hechos no serían comprendidos en ningún grado. […] Tal vez es en lingüística la distinción entre el estado y el acontecimiento, pues uno puede preguntarse si esta distinción, una vez reconocida y comprendida, permite aún la unidad de la lingüística […]. (p. 233)

Parret ha mostrado que es muy difícil captar el resultado de las indagaciones continuas de Saussure en los manuscritos y que el movimiento constante de su pensamiento inquieto consiste no en resolver, sino en retomar y ampliar una pregunta ya desconcertante con otra pregunta más desconcertante aún. La actitud de Hjelmslev (1985) sobre este punto es mucho más aceptable, más fácil de tratar y más acomodable: «No es necesario considerar el lenguaje como algo complicado; se lo puede considerar como algo simple» (p. 73). Nosotros aceptamos, pues, la distinción entre el estado y el acontecimiento-evento como lo «simple», sin buscar en nombre de algún escrúpulo su punto de ruptura. El estado y el evento no solo son las efigies respectivas de la longevidad y de la brevedad, sobre todo no son conceptos, sino deformables para el discurso, es decir, magnitudes a propósito de las cuales el discurso puede intervenir: la brevedad es lo que es, pero es también —¿sobre todo?— extensible, de la misma manera en que la longevidad se puede contraer. No es, pues, de extrañar que ese balanceo entre evento y estado se encuentre como principio de la alternancia entre el arte del Renacimiento y el arte barroco, según el análisis de Wölfflin (1985a):

La aparición de la realidad que es captada ahora, es decir, una cosa completamente distinta de aquello a la que da forma el arte lineal [del Renacimiento], cuya visión está siempre condicionada por el sentido plástico. […] Uno [el arte del Renacimiento] es el arte de lo que es, el otro [el arte barroco] es el arte de lo que aparece. (p. 52)

1.3 La sintaxis temporal

Las oposiciones paradigmáticas relativas a la temporalidad inspiran a la sintaxis, puesto que las operaciones sintácticas elementales consisten, según el caso, en alargar lo breve o en abreviar lo largo. Ilustraremos esto brevemente. El 20 de diciembre del 2003, Dominique de Villepin, ministro de Relaciones Exteriores, escribía en el diario Le Monde, a propósito del fracaso relativo del proyecto de Constitución de la Unión Europea en Bruselas:

Dejemos, por consiguiente, al tiempo y al diálogo retomar su curso natural para llegar a un acuerdo serio y, sobre todo, ambicioso. Europa, hoy, tiene necesidad de audacia y de altura de miras; no puede seguir funcionando sobre la base de textos en rebaja, salidos de compromisos laboriosos, incomprensibles para los ciudadanos y condenados, desde su adopción, a una duración de vida limitada.

Después de todo, el enunciador considera que el fracaso es imputable a un «sobrevenir», es decir, a una aceleración que él deplora, y propone sustituir ese «sobrevenir» enojoso por un «llegar a» gratificante, esperando que el tiempo retorne a su «curso natural», es decir, a una poiética* de la lentitud, garante aquí de los progresos deseados. Se trata de desligarse de la «brusquedad»6 del evento y de adoptar el «paso a paso», el modo de ser del estado; en breve, de proceder por «grados»7, restituyendo progresivamente esa duración que el evento ha virtualizado.

Según Cassirer (1998, t. 1), esa distinción es gramaticalizada en muchas lenguas:

Muchas de esas lenguas [indoeuropeas] han forjado, para distinguir la acción momentánea de la acción que dura, un medio fonémico propio, ya que las formas que sirven para expresar la acción momentánea son construidas a partir de la raíz verbal acompañada de una vocal radical simple, mientras que las formas que expresan una acción que dura son constituidas por la raíz verbal acompañada de una vocal radical compleja [o sea, reforzada por medio de un diptongo]. De manera general, se distingue de ordinario en la gramática de las lenguas indoeuropeas, a partir de Curtius, la acción «puntual» de la acción «discursiva» [que discurre]. (p. 193)8

Ignorando la deuda que el discurso mantiene con la lengua que lo precede, la especulación filosófica ha elegido ahondar en lo que ha preferido llamar las aporías del tiempo. Sin embargo, para el sujeto en la lucha con las contingencias y con las exigencias de la existencia ordinaria, el tiempo solo vale por sus usos y por sus empleos, en pocas palabras, por las latitudes prácticas que ofrece o no en cada circunstancia al sujeto. Hemos propuesto en otra parte (Zilberberg, 2006) distinguir tres especies de tiempo distintas por su contenido y por su utilidad desigual, a nuestro modo de ver.


El estilo temporal elegido por el ministro de Relaciones Exteriores, Dominique de Villepin, se deja describir sin demasiadas dificultades: (i) él se propone regresar de la captación a la mira prospectiva; en efecto, parece razonable pensar que el fracaso ha sorprendido a los dirigentes reunidos, si no habría que admitir que estos últimos deseaban solamente hacer ver a pleno día la amplitud de los desacuerdos alcanzados; (ii) ese fracaso se convierte para el tiempo demarcativo en un pivote temporal cómodo, que divide un antes y un después de Bruselas; (iii) para el tiempo fórico, el texto citado deja entender que un cambio de tempo, aquí una desaceleración, es deseable y que, según una fórmula famosa, es urgente «dar tiempo al tiempo», es decir, alargar el tiempo, puesto que esa posibilidad tan valiosa forma parte de nuestras más raras prerrogativas semánticas. Así, el tratamiento analítico, razonado, de la temporalidad evita al sujeto (a los sujetos) la aceptación del no-sentido: el «tiempo» de la Constitución europea aún no ha llegado; nada, pues, está perdido.

En tercer lugar, así como Saussure terminó por moderar el corte entre la sincronía y la diacronía, de la misma manera Hjelmslev (1972) propone ajustar entre la sintaxis y la morfología una reciprocidad que él considera esclarecedora:

Lo sintagmático y lo paradigmático se condicionan constantemente. […] Es forzoso introducir consideraciones manifiestamente «sintácticas» en «morfología» —incluyendo en ella, por ejemplo, las categorías de la preposición y de la conjunción, cuya única razón de ser es sintagmática— y colocar en la «sintaxis» la definición de casi todas las formas que se pretende haber reconocido en «morfología». (p. 189)

Es claro que el último punto, a saber, el retorno en gracia de la diacronía, y la reciprocidad de la morfología y de la sintaxis van en el mismo sentido y encuentran una problemática recurrente: la relación que existe entre la calidad y la cantidad. Esta dialéctica corresponde a la definición de las unidades y a su tratamiento por la microsintaxis.

2. INFLEXIONES MICROSINTÁCTICAS

El estructuralismo de los años sesenta privilegió una posibilidad estructural en detrimento de otras igualmente posibles: la oposición [s1 vs. s2], sobre la base de la estabilidad del intervalo [s1 ⇔ s2], de suerte que si [s1] y [s2] son conmutables uno con otro, el valor del intervalo que acerca el uno al otro no lo es. Nuestra hipótesis directriz, a saber, la dependencia de la extensidad respecto de la intensidad, conduce a la rehabilitación del concepto de medida: «Es preciso reconocer, asimismo, que la captación de una “cosa” o de un acontecimiento empírico incluye también un acto de estimación» (Cassirer, 1998, t. 2, p. 53)9. Desde este punto de vista, la distinción promovida por Saussure entre el acontecimiento y el estado puede ser recalificada, identificando —desde el punto de vista discursivo— el acontecimiento-evento con la precipitación de una desmesura.

2.1 La sintaxis intensiva

En el análisis valencial esbozado en nuestro ensayo «Précis de grammaire tensive» (Zilberberg, 2002)* se proponen tres hipótesis «razonables». (i) Las magnitudes son momentos singulares de un continuum orientado «analizable»; ese continuum es progresivo o regresivo: en el primer caso, para [s1 ≈ 1] y para [s4 ≈ 0], su aspectualización encadena un repunte: [s4 → s3], luego un redoblamiento: [s2 → s1]; en el segundo caso, una atenuación: [s1 → s2], luego una aminoración: [s3 → s4]. (ii) La «buena estructura», la que «hace juego» y, por lo mismo, la que autoriza a los sujetos su juego, no es binaria, sino cuaternaria; a partir de la secuencia [s1 — s2 — s3 — s4], planteamos que dos intervalos se adelantan a los otros: el intervalo amplio [s1 ⇔ s4] y el intervalo restringido [s2 ⇔ s3]. Como ya lo hemos indicado, se da un intercambio incesante entre la calificación de las cantidades. (iii) La definición de una unidad comprende ahora dos aspectos: singular, con el que se opone a la unidad que tiene enfrente respecto al intervalo del cual depende, pero esas dos unidades, por el hecho de pertenecer al mismo intervalo, se oponen juntas a las otras dos unidades que dependen del otro intervalo.

Así las magnitudes forman parte importante de una red* y, por lo tanto, la identidad de una magnitud se convierte en la suma virtual, móvil, de las relaciones posibles. Los ejemplos, como bien se sabe, vienen en socorro del razonamiento. El espacio directivo tiene por oposición de base [abierto vs. cerrado]10, pero esta pareja no es más que una parte de la red que añade a cada término de la pareja de base un correlato modal: lo /cerrado/ es lo que se puede abrir, lo /hermético/ es lo que es imposible de abrir en las mismas condiciones; lo /abierto/ es lo que se puede cerrar, lo /demasiado abierto/ [le /béant/] es lo que no se puede cerrar sin un esfuerzo superior. Si adoptamos como término ab quo lo /abierto/, se alcanza, después de poner en marcha la atenuación, luego la aminoración, lo /hermético/; inversamente, si adoptamos como término ab quo lo /hermético/, se alcanza por repunte y después por redoblamiento lo /demasiado abierto/ [le /béant/]. Sea la declinación siguiente:

Si adoptamos [s1 → s4] como dirección prevalente [del discurso] y apuntamos, por ejemplo, a s2, esta magnitud es para [s1] diminutiva, para [s3] superativa, para [s4] suprema. Pero, en la medida en que conviene [reservar] forzosamente a la «sintaxis» la definición de casi todas las formas que se pretende haber reconocido en «morfología», los «medianos» /abierto/ y /cerrado/ deben ser considerados como operadores, es decir, como infinitivos, de las otras tres magnitudes. Conservando [s2] como pivote, alineamos en este orden la serie: [s2 → s1] = abrir lo demasiado abierto; [s2 → s3] = abrir lo cerrado; [s2 → s4] = abrir lo hermético. Este reparto es ante todo el de la tonicidad, siempre que el sintagma abrir lo cerrado sea, referido a los otros dos, átono e implicativo, a partir de una catálisis elemental: ¿qué hacer en presencia de algo /cerrado/ más que —tarde o temprano— abrirlo? Los dos sintagmas tónicos, abrir lo demasiado abierto y abrir lo hermético, se inscriben por relatividad como concesivos, pero por razones distintas: abrir lo demasiado abierto como resultado recursivo del redoblamiento, y por este motivo lo calificaremos de hiperbólico; por lo que concierne al sintagma abrir lo hermético, lo calificaremos de concesivo fundándonos en la catálisis siguiente: «aunque sea hermético, ¡yo lo abro!». Autentificada, la concesión, en los términos en que nosotros la abordamos, establece la performancia como hazaña. Sea el sistema siguiente, que tiene el mérito, insigne a nuestro entender, de establecer —o de recobrar— una continuidad ventajosa entre la lengua preocupada por la frase, y la retórica, interesada en el discurso.

Aduciremos dos argumentos más. (i) Los sintagmas concesivo-hiperbólicos y concesivo-superlativos son, en razón de su posición en el seno del sistema y del ardor de sus valencias intensivas, «vigilados» por el sincretismo. (ii) La concesión discursiva ajusta las dinámicas respectivas del programa y del contraprograma según dos posibilidades simétricas e inversas una de la otra: la concesión es benéfica cuando el programa propuesto como deseable prevalece sobre el contraprograma que se le opone y lo resiste; la concesión es desastrosa cuando el contraprograma enojoso se impone en detrimento del programa puesto en marcha por el sujeto.

En los Prolegómenos (1971b), Hjelmslev desconfía de la catálisis de una catálisis, pero la inteligibilidad del ejemplo escolar que proponemos bien merece una doble catálisis: (i) de la cualidad hacia la cantidad estimada, si retomamos el término de Cassirer; (ii) de esta cantidad subjetiva hacia el gasto y el esfuerzo que hay que aportar, es decir, el cuerpo, pero un cuerpo en cierto modo paradigmático, el cual, ante los requerimientos del no-yo, con razón o sin ella, responde: puedo o no puedo. Sea el doble desplazamiento: [cualidad → cantidad → corporeidad]. La enunciación es doble: predicativa y encarnada, excepto por un detalle, a saber, que las prótesis prodigiosas de las que el hombre de hoy dispone han añadido al limitado cuerpo humano de antaño un cuerpo casi infinito, sin retirarle, no obstante, el privilegio de decir, al término de la cadena, lo que él es «exactamente».

El intervalo «corriente» [s2 ⇔ s3] puede ser amplificado y proyectado sobre [s1 ⇔ s4], pero puede igualmente ser objeto de una atenuación y, después, de una aminoración hasta terminar en la indiscernibilidad. «Entre» lo /cerrado/ y lo /abierto/, el diccionario propone aún lo /entornado/ y lo /entreabierto/. La consulta de los diccionarios de referencia ofrece estos datos:


Uno estaría tentado a formular la hipótesis de que el intervalo [s2 ⇔ s3]: [abierto vs. cerrado] de englobado se convierte en englobante del intervalo inédito [entreabierto vs. entornado], lo que daría gráficamente:


Sin embargo, este diagrama, siendo de hecho plausible, no toma en cuenta la sobredeterminación sintáctica de las magnitudes morfológicas identificadas, sobredeterminación delicada que los diccionarios se han abstenido de desdeñar. Esto nos lleva a pensar que, a pesar de su proximidad semántica manifiesta, lo /entreabierto/ y lo /entornado/ no pertenecen al mismo espacio: (i) lo /entreabierto/ tiene por horizonte la «mira» de lo /abierto/ y una decadencia de lo /cerrado/; a propósito de lo /entreabierto/, el analista dudará sobre el punto de saber si la atenuación de lo /cerrado/ es solamente incoativa: «muy poco abierto», o imperfectiva: «abierto a medias»; (ii) en el caso de lo /entornado/, los dos diccionarios acuden a una precisión normativa: para el Littré, «estar mal cerrado»; para el Robert, «mal ajustado»; la mira es ahora la de lo /cerrado/ y se inscribe en un proceso que no alcanza su término. Para poner en evidencia esta diferencia, colocamos cada vez en la «abscisa» la mira.


Nuestro propósito no es hacer una semiótica del matiz. Esta interviene en el dispositivo a modo de plano de la expresión, a modo de manifestante. Nuestra preocupación apunta a sorprender la ambigüedad y la inestabilidad mismas del matiz, o según los términos de Saussure, a captarlo como evento, como conflicto, y no como estado. Tomamos de Claudel un análisis brillante donde establece que la vivencia del matiz es muy interrogativa. A propósito del cuadro El indiferente, de Watteau, Claudel escribe en L’oeil écoute (1973):

No, no; no es que él sea indiferente, ese mensajero de nácar, ese preludio de la Aurora; digamos más bien que oscila entre el vuelo y la marcha, y no es que esté ya bailando, sino que uno de sus brazos extendido y desplegando con el otro en toda su amplitud el ala lírica, mantiene un equilibrio cuyo peso, a medias conjurado, no conforma más que un mínimo elemento. Está en actitud de salida y de entrada, escucha, espera el momento justo, que lo busca en nuestros ojos, desde la punta temblorosa de sus dedos hasta la extremidad de ese brazo extendido, él calcula, y el otro brazo volátil con la amplia capa se prepara a secundar el salto. ¡Mitad corzo, mitad pájaro, mitad sensibilidad y mitad discurso, mitad equilibrio y mitad ya el alivio! ¡Sílfide, prestigio, y la pluma vertiginosa que se prepara para el párrafo! El arco ha comenzado ya esa larga posición sobre la cuerda, y toda la razón de ser del personaje reside en el impulso mesurado que se prepara a tomar, borroso, anonadado en su propio torbellino. Así el poeta ambiguo, inventor de su propia prosodia, que no se sabe si vuela o si camina su pie, o esa ala, cuando quiere desplegarla sobre ningún elemento extraño, sea la tierra, o el aire, o el fuego, o esa agua que se llama éter, ¡para nadar en ella! (p. 241)11

El binarismo tajante que opera según el «de dos cosas una» es aquí inoperante. Si nos preguntamos de dónde proviene exactamente la «resonancia» de esta página, nos parece que se debe, según una medida que habría que determinar, a su posicionamiento temporal. Se sitúa en el punto de intersección de la temporalidad enunciva del proceso y de la temporalidad enunciativa del observador; este último es invitado a arbitrar a cada instante entre el ya y el aún no, a moderar la precipitación del ya por la instalación del aún no, recurriendo al presto del ya. Como lo dejaba entender Hjelmslev, si la oposición tiene un fondo, es más sintáctico que morfológico, o aún mejor: el ropaje morfológico sirve de cobertura y de pantalla a la actividad sintáctica.

Más precisamente, este análisis de Claudel, cuyo estatuto es metasemiótico, recae sobre lo que nos gustaría llamar el paradigma tensivo de la actualización, paradigma que el par [ya vs. aún no] resume sin duda12, pero que, por este mismo hecho, es preciso desarrollar. Lo que el observador acecha es lo que en música se llama el ataque, es decir, la sobredeterminación «cinética» y tónica de la incoatividad:

La aserción del aún no propone que, para el observador, una cantidad de tiempo [∆] separa la actualización del proceso de su realización; esa cantidad [∆], a partir de experiencias anteriores, por decirlo así, capitalizadas, es evaluada como larga o como breve, pero esas apreciaciones pueden, por reflexividad y por recursividad, oponerse a ellas mismas. En el caso de la brevedad, la actualización más breve está confiada a lo /inminente/, es decir, «lo que se va a producir en muy poco tiempo» (Micro-Robert); la contracción de esta duración produce lo /actual/: «lo que existe, lo que pasa en el momento en que se está hablando», o incluso, según la jerga mediática, lo /directo/. En el caso de la longevidad, es la magnitud /tarde/: «después de un tiempo considerado como largo», que es tomado en cuenta y retenido como pertinente; la valencia inferior es lo /diferido/, la valencia superior es lo /retardado/ o lo /aplazado sine die/. En razón de la presión de la etiqueta y del protocolo, cada sociolecto dispone en este punto de una escala minuciosa y coercitiva de retrasos que le es propia. Sea la red siguiente:


En forma de diagrama que exhibe la progresividad interna de las magnitudes tensivas:


La dependencia de las definiciones disponibles en los diccionarios corrientes está lejos de ser evidente. Como ejemplo, para lo /inminente/, el Micro-Robert propone: «lo que va a producirse en muy breve tiempo», definición que juega a la vez con la actualización, con la identificación de una dirección y con la reabsorción de una magnitud. Pero, para restituir a esos rasgos su característica sistémica, conviene restablecer en cada eje las zonas aspectuales que controla:


Lo que hay que definir, aunque la fórmula es probablemente generalizable, es la complejidad de lo /inminente/. En una primera aproximación, lo /inminente/ compone, de una parte, la aminoración del aún no: «en muy poco tiempo», y, de otra parte, el redoblamiento de la abreviación para la secuencia: «lo que va a producirse». Esta abreviación arrastra al sujeto hasta el punto crítico donde el «ya», que el Micro-Robert define como «desde ahora», cede el lugar —si nos atrevemos a decirlo— al «ahora». Los lexemas, pero tal vez sobre todo los adverbios, por su «transparencia», regulan la amplitud diferencial de las operaciones tensivas que se efectúan.

El término complejo del tipo: «¡mitad equilibrio y mitad ya el alivio!», define una alternancia entre dos regímenes fóricos que la clarividencia personal de Claudel designa como prosódicos. Cada uno de esos regímenes solo se beneficia de un predominio momentáneo: si es dominante, el «equilibrio» inhibe el «alivio» por el tiempo que el punto de ruptura tarde en llegar, mientras que el progreso del «alivio» aminora secretamente el «equilibrio». Saussure (1974) es ciertamente el «hombre» de la diferencia, pero es igualmente el de la complejidad: «La lengua es, por decirlo así, un álgebra que solo dispone de términos complejos» (p. 205). Desde nuestro punto de vista, esa complejidad es la que proviene del espacio tensivo, la cual se transmite jerárquicamente a las magnitudes que ese espacio acoge. El espacio tensivo es ante todo fórico y, en consecuencia, las magnitudes «son» vectores orientados y mesurados, mociones y, por analogía, más participios de presente que señalan una valencia de evento que participios de pasado que señalan una valencia de estado. Sea:


2.2 Reciprocidad del sistema y del proceso

La minuciosidad del texto de Claudel permite penetrar por una de las vías de la asunción del sentido en discurso, a saber, el procedimiento explicitado hace posible pasar del sistema, en cuanto lugar de espaciamientos, al proceso, en cuanto lugar de enfrentamientos. Retomaremos, por ser cómodo, el caso de la temporalidad fórica, puesto que «habla» a todos y cada uno de nosotros. El término ab quo es la alternancia, cuya «sede», para Saussure, «está en el cerebro». En la medida en que, según Hjelmslev (1972), «por esa función entre lo paradigmático y lo sintagmático se explica su condicionamiento recíproco» (p. 189), nosotros estamos en capacidad de transformar la alternancia paradigmática del tipo [largo vs. breve] en coexistencia sintagmática del tipo [largo ⇔ breve], dando al signo [⇔] la función de representar simplemente la resolución de la virtualidad propia de las oposiciones paradigmáticas. La coexistencia sintagmática y la desigualdad valencial de los términos-medida, que necesariamente toman cuerpo, aparecen ahora como las condiciones de posibilidad de la actividad sintagmática que designamos como una efectuación sintáctica. En efecto, en razón de esa contigüidad, el trabajo de la diferencia puede intervenir haciendo valer, según la doxa actual, la superioridad de lo /breve/ sobre lo /largo/; y, según una doxa cada vez más pasadista [amante del pasado], la superioridad de lo /largo/ sobre lo /breve/. En el primer caso, la operación discursiva puesta en marcha será la abreviación; en el segundo, el alargamiento. La coexistencia sintagmática es el término medio entre la alternancia paradigmática y la efectuación sintáctica, entre la morfología y la sintaxis. En el cuadro siguiente, el signo [⇔] representa la contigüidad sintagmática; la letra [r] entre corchetes, la rección eficiente como principio de una dirección semántica identificable; los caracteres en negrita indican el término regente; los caracteres corrientes, el término regido.

Esta problemática está presente, con variantes terminológicas notables y por preocupaciones distintas, en la mayor parte de las teorías orientadas al discurso. La preocupación recurrente de Hjelmslev de abolir la antigua división entre morfología y sintaxis13 estaba ya explícita en Saussure (1974): «Pero esa distinción [entre morfología y sintaxis] es ilusoria. […] Lingüísticamente, la morfología no tiene objeto real y autónomo; no puede constituir una disciplina distinta de la sintaxis» (p. 224). Por su parte, Jakobson retoma la distinción saussuriana entre relaciones in absentia, relativas al código, y relaciones in praesentia, relativas al mensaje. Sin embargo, cierto desequilibrio subsiste en desventaja de las segundas: las relaciones in absentia son dirigidas por un principio llamado de equivalencia, mientras que las relaciones in praesentia se contentan con la simple contigüidad. Reconciliando la lingüística saussuriana y la retórica «restringida» (Genette), Jakobson (1985) procede a una condensación respecto de la lingüística y a una inducción respecto a la retórica:

El desarrollo de un discurso puede hacerse a lo largo de dos líneas semánticas diferentes: un tema (topic) lleva a otro tema, sea por similaridad, sea por contigüidad. Lo mejor sería sin duda hablar de proceso metafórico en el primer caso, y de proceso metonímico en el segundo, ya que encuentran la expresión más condensada, uno en la metáfora, otro en la metonimia. (p. 61)

Si, en este pasaje, Jakobson (1985) otorga a ese principio la mayor extensión, en otros pasajes reserva esa característica para el metalenguaje, y, sobre todo, como se sabe, para el lenguaje poético (p. 220). Sin embargo, la indecisión desaparece cuando uno observa el uso analítico que Lévi-Strauss, tanto por sí solo como en colaboración con Jakobson, ha hecho de esa dualidad creadora, sin retroceder ante la postulación de un determinismo retórico: «[…] verificando así esa ley del pensamiento mítico según la cual la transformación de una metáfora termina en una metonimia» (Lévi-Strauss, 1984, p. 158).

La hipótesis de Jakobson ha sido tomada como un descubrimiento y como una novedad, aunque equivocadamente. En «Teoría general de la magia», que data de 1902, Mauss, contemporáneo de Saussure, identificaba ya la tríada categorial que se convertiría en la carta magna del estructuralismo:

Es posible desprender, de entre el follaje de las expresiones variables, tres leyes dominantes. Se las puede designar a todas ellas como leyes de simpatía, si es que se comprende bajo la palabra simpatía, la antipatía. Estas son las leyes: de contigüidad, de similaridad, de contraste; las cosas en contacto están o permanecen unidas, lo semejante produce lo semejante, lo contrario actúa sobre lo contrario. (Mauss, 1971)14

La semiótica greimasiana admite igualmente la reciprocidad de la sintaxis y de la semántica, aunque a partir de otras premisas. El cuadrado semiótico proporciona una dualidad de puntos de vista: definicional y procesual, lo cual permite que la sintaxis y la semántica fundamentales se comuniquen entre sí. No es ilegítimo considerar que la sintaxis se convierta, en la acepción hjelmsleviana del término, en semántica, aunque la sintagmatización de las magnitudes, lejos de ser un artefacto, parece más bien la resolución de un sincretismo ventajoso: «[…] el término contradicción designa al mismo tiempo una relación entre dos términos, donde la negación de un término provoca la aparición de otro término» (Greimas y Courtés, 1981)15. Esta sinonimia está a veces atestiguada por el léxico; así, en francés, el nombre ouverture [abertura] abre —aspectualmente hablando— toda «la extensión de la zona semántica» (Hjelmslev), ya que puede designar, según el Micro-Robert: «1. La acción de abrir; el estado de lo que está abierto. 2. El espacio libre, vacío, por el cual se establece la comunicación o el contacto entre el exterior y el interior». Y podríamos multiplicar los ejemplos.

La reciprocidad de la morfología y de la sintaxis ha sido puesta en duda por Brøndal (1943). Según este autor, entre la morfología, que trata de la «forma interior» de la palabra, y la sintaxis, que tiene por objeto la frase, existe una solución de continuidad no negociable; las mismas funciones pueden ser aseguradas por palabras diferentes: «La naturaleza o el carácter fijo de una palabra dada no entraña una función sintáctica única y necesaria» (p. 9). Esta separación está vinculada sin duda a una suerte de «división del trabajo», pero el rasgo más claro es ciertamente la presencia de un diferencial, excedentario respecto a la sintaxis, deficitario respecto a la morfología:

El discurso, en este sentido, es una totalidad rítmica, un orden en el tiempo (por tanto, irreversible) donde cada elemento (fónico o semántico) toma su lugar y cumple el rol asignado a ese lugar. Por ese valor de posición, las palabras abandonan los limbos del diccionario para vivificarse, para adquirir un sentido preciso y, al mismo tiempo, un carácter real y personal. La lengua, considerada in abstracto, se convierte así, por el mecanismo psicofisiológico, en cosa viviente y vivida. (Brøndal, 1943, p. 55)

Las características sui generis de la sintaxis son las siguientes: (i) la sintaxis presenta una dimensión prosódica que la morfología no podría proporcionar, el discurso es una «totalidad rítmica»; (ii) la sintaxis está localizada, en el sentido en que cada unidad recibe un «lugar», según Saussure un «valor»16, que la singulariza; (iii) es subjetivante, e incluso escuchando sus connotaciones, vivificante. En Greimas se encuentra un eco de estas preocupaciones a propósito de la problemática de los modos de existencia17.

La posición de Benveniste coincide, aunque por vías diferentes, con la de Brøndal. A partir de la doble característica de las unidades lingüísticas, Benveniste18 distingue el conjunto de las unidades distribucionales e integrables, el sistema restrictivo de la lengua, y el conjunto de las unidades distribucionales y no integrables19; la frase y, por inducción, el discurso: «La frase es la unidad del discurso». Benveniste lo explica así: la frase comporta una sola posibilidad, la predicación, susceptible sin duda de modalidades distintas, pero que no cuestionan su carácter «aparadigmático»*. Lo que es notable a los ojos de Benveniste no es una continuidad casi orgánica, «jerárquica» según Hjelmslev, sino más bien una solución de continuidad, una paradoja liberadora:

La frase, creación indefinida, variedad sin límites, es la vida misma del lenguaje en acción. De eso concluimos que con la frase abandonamos el dominio de la lengua como sistema de signos, y entramos en otro universo, el de la lengua como instrumento de comunicación, cuya expresión es el discurso. (Benveniste, 1974, pp. 129-130)20

Este reparto inesperado puede, sin embargo, ser entendido de otra manera. Ciertamente el relato no es el discurso, pero Greimas (1973) ha mostrado que el relato y el mito sobrepasan la frase y funcionan como integrantes de ella (pp. 219-269), rebasamiento que prohíbe el sintagma «gramática narrativa» como un oxímoron. La misma interrogante puede ser formulada a propósito de la novela francesa del siglo XIX: si Stendhal colocaba la novela bajo el signo de la libertad, Balzac estimaba que existían en materia de novela reglas que el novelista tenía que respetar, y él confía en Las ilusiones perdidas a d’Arthez la tarea de hacérselo conocer a Lucien de Rubempré; pero es con seguridad a Proust (1971) a quien se debe la formulación más penetrante a propósito de la novela balzaciana:

Bien mostradas por Balzac (La Fille aux yeux d’or, Sarrazine, La Duchesse de Langeais, etcétera) las lentas preparaciones, el tema que se amarra poco a poco, luego el estrangulamiento final. Y también la interpolación de tiempos (La Duchesse de Langeais, Sarrazine) como en un terreno donde están mezcladas lavas de épocas diferentes. (p. 299)

En el mismo espíritu, la Poética de Aristóteles, en razón de la preeminencia que le otorga a la peripecia y sobre todo al reconocimiento, ha sido aceptada como una gramática de la tragedia. Los géneros discursivos, codificados o no, de los que los géneros y los subgéneros literarios no son más que una parte más bien modesta, vendrían a ocupar esa vacante, esa indeterminación, formulando imperativos tanto más estrictos cuanto que no corresponderían a «nada»…

2.3 Dignidad de la concesión

Desviando un tanto una observación de Vendryés (1958): «[El francés] es una fuerza que solamente se puede definir por la meta a la cual tiende; es una realidad en potencia que no llega al acto; es un devenir que no termina jamás» (p. 285), Merleau-Ponty en La prosa del mundo (1999) ve en esa imperfectividad21 definitiva, en esa «cavidad siempre futura», la antinomia inapreciable de un lenguaje con la posibilidad de estar siempre más allá de sí mismo:

El poder del lenguaje no está ni en ese devenir de intelección hacia el cual se dirige, ni en ese pasado mítico del que provendría; radica por entero en su presente, en cuanto que logra ordenar las pretendidas palabras clave para hacer que digan más que lo que han dicho jamás, que se superen como productos del pasado y nos den la ilusión de superar toda palabra y de llegar a las cosas mismas, porque, en efecto, sobrepasamos todo lenguaje dado. (p. 58)

Y, sin embargo, siempre más acá de sí mismo:

Hay, ciertamente, un interior del lenguaje, una intención de significar que anima los accidentes lingüísticos, y hace de la lengua, a cada momento, un sistema capaz de recuperarse y confirmarse a sí mismo. Pero esa intención se adormece a medida que se cumple; para que su deseo se realice, es preciso que no se lleve a término, y para que algo sea dicho, es necesario que no sea dicho absolutamente. (Merleau-Ponty, 1999, pp. 51-52)

Si no nos equivocamos, la mayor virtud del lenguaje tiene, en el espíritu de Merleau-Ponty, por principio espiritual su imperfectividad creadora.

A partir de estas relecturas rápidas y sumarias de los textos fundadores de la lingüística y de la semiótica, no se trata de designar un «ganador» descalificando a los otros como «perdedores». Si nos encontramos en presencia de una complejidad que oscila entre la profesión y la denegación, ¿cómo tratarla «prácticamente»? Creemos que la concesión permite convertir con todo conocimiento de causa, es decir, discursivamente, una contradicción exclusiva en coexistencia de hecho, o según una fórmula inigualable: «ménager la chevre et le chou» [«nadar entre dos aguas»]. En efecto, si el sistema controlase de parte a parte el proceso, todo estaría ya dicho, y la novedad solo sería apariencia: la ilusión disipada, que pareciera que no ha hecho más que disponer de otra manera las magnitudes ya establecidas en el repertorio. Conviene, pues, inscribir como recurso la posibilidad del proceso para superar, exceder el sistema que lo controla. ¿Cómo? El sistema admite en ascendencia el algoritmo elemental:

Es necesario que el redoblamiento sea recategorizado aspectualmente hablando. Esa recategorización —más exactamente, sin duda: esa sublimación— es aceptable a condición de movilizar simultáneamente la concesión y la recursividad: aunque el redoblamiento haya tenido lugar, yo reitero, según un pleonasmo22 legitimado por el credo baudelairiano relativo a la incondicionalidad de la progresividad23, el redoblamiento; en breve, yo redoblo el redoblamiento aplicándole a sí mismo la operación que él autoriza. Respecto a la tensión perenne entre el hecho y el derecho, admitiremos que, en esta circunstancia, siempre crítica, la concesión viene a restablecer el hecho en sus derechos: «[…] hablando o escribiendo, no nos referimos a cualquier cosa que está delante de nosotros, distinta de toda palabra, lo que tenemos que decir es el exceso de eso que vivimos sobre lo que ya está dicho […]» (Merleau-Ponty, 1999, pp. 158-159). Así como la narratividad excede la narración, del mismo modo admitiremos que la concesividad, término que resume un estilo relacional preciso, excede la concesión gramatical.

La concesión es valiosa porque participa de la alternancia mayor a nuestros ojos:

«llegar a» vs. «sobrevenir»

En efecto, para los gramáticos, la concesión está del lado del «sobrevenir»:

[…] cuando una acción o un estado parece que contienen cierta consecuencia, la oposición nace del hecho de que una consecuencia contraria, inesperada, se produce; a eso de le llama concesión o la causa contraria. Tipo: «A pesar de que tuvo fiebre muy alta, se salvó». (Wagner y Pinchon, 1962, p. 600)

¿Es preciso decirlo? Lo inesperado tiene aquí valor de marcado, y lo esperado, valor de no-marcado; sea ahora:


En estas condiciones, un oscuro principio de equivalencia o de compensación regula, más acá o más allá de la gramática expresada, el reparto de las valencias intensiva y extensiva:


Esta red puede ser proyectada en forma de diagrama:


Desde el punto de vista sistémico, la concesión viene a intercalarse entre la afirmación y la denegación: admite la coexistencia de hecho de magnitudes que la doxa, orgullosa de su superioridad numérica, tiene por incompatibles, como lo muestra el siguiente fragmento de Nietzsche (2012):

La creencia fundamental de los metafísicos es la creencia en la antinomia de los valores. Aun los más prudentes, aquellos que han jurado de ómnibus dubitandum [hay que dudar de todo], no se han preocupado de emitir una duda sobre este punto, mientras que aquí la duda era más necesaria. Porque uno se puede preguntar primeramente si existen antinomias, y en segundo lugar, si esas apreciaciones populares, esas antinomias de valores sobre las cuales los metafísicos han impreso su sello, no son tal vez simples juicios superficiales, perspectivas provisionales, tomadas desde un ángulo particular, de abajo arriba, «perspectivas de rana» en cierto modo, por usar una expresión familiar de los pintores. (p. 22)

3. FINAL

Porque es simple, esta estructura ilustra, a nuestro parecer, el ejercicio en discurso de la mira obstinada del valor. La concesión debe imperativamente ser singular; aunque por lo demás sería altamente deseable, la duplicación del sobrevenir es mortífera y, en ese sentido, el lugar común «la excepción confirma la regla» no debe ser aceptado como un truismo ni como un desplante, sino como un axioma valioso: la concesión remite a la excepción, por cuanto la implicación, por su lado, establece una regla que la conforta. La reduplicación ¿no esboza ya por sí misma una regla, la cual, según expresión que tomamos de Merleau-Ponty cuando reflexiona sobre la ambivalencia de la relación del sujeto con la lengua, afirma que el sujeto no puede menos que «destruirla realizándola»?24. Si en tal universo de discurso no hay, como escribe Cassirer (1998, t. 2), más que «un solo plano de ser», la exclusividad sobrevenida funda y resume el valor. Todo pasa como si, desde el punto de vista discursivo, el contenido del contenido se identificase con el rigor de la exclusividad que se ejerce tanto en su contra como en su provecho: «La idea de Infinito es Deseo. Consiste, paradójicamente, en pensar más que lo que ha sido pensado, conservándolo, así, en su desmesura con relación al pensamiento; consiste en entrar en relación con lo inasible, al mismo tiempo que se le garantiza su estatuto de inasible» (Lévinas, 1972, p. 50).

A partir de nuestro diagrama, dos modelos discursivos se miden el uno con el otro: (i) un universo dominado por la emergencia, por la subitaneidad inconcebible del evento, recibido como un milagro, que el Micro-Robert describe justamente como «algo contra todo lo esperado»; el impacto valencial es tal que apela necesariamente a la rememoración25; (ii) un universo dirigido por la regla, la mayor parte del tiempo realzado como regla y no proponiéndole al sujeto otra alternativa sino la espera —sin alegría— de lo esperado.

(Marzo, 2004)

V
Umbrales, límites, valores

[…] es una inmensa satisfacción elegir domicilio en el número, en lo ondulante, en lo fugitivo y lo infinito.

Baudelaire

La problemática de los umbrales y de los límites es ciertamente una de las más interesantes que uno podría proponer o proponerse. Tiene ante todo una dimensión existencial inmediata, ya que la ética, para la mayor parte tanto de los moralistas como de los inmoralistas, es un asunto de umbrales y de límites. La reflexión moral en los moralistas severos permite entrever una tensión entre umbrales y límites, puesto que rechazan el reparto ordinario entre los primeros y los segundos. El proverbio francés: «Qui vole un œuf vole un bœuf»* instala entre umbrales y límites una continuidad, una dinámica no resistible. Montaigne no piensa de otra manera cuando escribe en los Ensayos: «En segundo lugar, la fealdad del engaño no depende de la diferencia entre los escudos y los alfileres. […] Me parece más justo concluir así: “¿Por qué no engañaría a los escudos si engaña a los alfileres?”». Conviene añadir enseguida que los muchachos tienen un sentimiento muy vivo de estas nociones, o más exactamente de estas funciones aspectuales. En efecto, un muchacho que quiera detener las bromas pesadas de su compañero podría recurrir a la fuerza o utilizar la fórmula «¡no exageres!», es decir, hacer saber a su enunciatario que con seguridad un umbral, y tal vez un límite, ha sido franqueado, que un exceso acaba de tomar cuerpo y que ese exceso espera una resolución. Umbrales y límites aparecen como «puntos sensibles»: cuando son aproximados, alcanzados o sobrepasados, desencadenan programas y contraprogramas modales, tanto de asimilación como de disimilación.

Umbrales y límites no solamente tienen una existencia sincrónica. Desde el punto de vista diacrónico, se puede observar, en dominios y en períodos estrictamente definidos, un desplazamiento de un umbral hacia un límite, en la medida en que un límite es reubicado, a lo largo de la duración, en la posición ocupada por un contenido que hasta entonces tenía valor de umbral. Lo que en materia de justicia penal se llama la humanización de las penas muestra claramente que la práctica de los suplicios, que era el límite de la antigua justicia, ha sido abandonada y que la práctica de la prisión, que tenía antes valor de umbral, se ha convertido en el nuevo límite en la justicia moderna. El antiguo grado se ha convertido en el nuevo límite. De inmediato se plantea la cuestión de saber si entre umbrales y límites la relación es asimétrica (es decir, irreversible) o simétrica (o sea, reversible)1.

1. DE LA PROXÉMICA A LA PROFUNDIDAD

Esta función de la regulación inmanente resalta igualmente a propósito de lo que se conoce en semiótica, con un término insuficiente, como la proxémica. En la investigación de los efectos, con frecuencia inesperados, de la proxémica, los sociólogos han precedido a los semiotistas. Goffman (1979) da cuenta de la siguiente observación de Simmel:

Una esfera ideal envuelve a cada ser humano. Aunque varíe de volumen en las diferentes relaciones y según la persona con la que se establece la relación, no se puede penetrar esa esfera so pena de destruir al mismo tiempo la personalidad del individuo. El honor de una persona forma en torno de ella una esfera de ese género. Una manera de hablar muy sorprendente significa un insulto al honor de alguien con la expresión «pisarle los pies»: el radio de esa esfera indica el límite que otra persona no puede franquear sin que atente contra el honor. (p. 70)

El término profundidad nos parece más apropiado que el de proxémica, por su superior generalidad. En la relación del sujeto con el objeto «malo», lo tolerable tiene por manifestante un umbral y lo intolerable, un límite. Si se admite que no hay términos, sino solamente confrontaciones entre programas y contraprogramas, según los casos dominantes o recesivos, dentro de lo tolerable, el programa de negación del objeto «malo» choca contra un contraprograma de preservación del objeto que lo domina. En el caso de lo intolerable, por el contrario, el programa de aniquilación del objeto «malo» se impone al contraprograma de preservación del mismo objeto. Los valores respectivos del programa y del contraprograma definen así grados de profundidad. A esta confrontación actual entre programa y contraprograma, la lingüística le ha dado el nombre de concesión. Se podría considerar la sustitución de proxémica por profundidad, o, en concordancia con los rasgos específicos de cada uno de esos términos, confiar el tratamiento de las operaciones de acercamiento a la proxémica y el tratamiento de las operaciones de alejamiento a la profundidad. La homogeneidad funcional de los dos conceptos autoriza tanto la sustitución como la complementariedad.

2. PREGNANCIA DEL ASPECTO

La problemática de los umbrales y de los límites concierne, en un momento o en otro, a las grandes categorías lingüísticas y semióticas, pero particularmente al aspecto, a menos que el aspecto no sobredetermine secretamente otras categorías. Si los puntos de vista lingüístico y semiótico están próximos uno de otro en el punto de partida, el punto de vista semiótico se presenta, o debería presentarse, como una generalización del punto de vista lingüístico, y conviene, por esta misma razón, que aparezca en primer lugar.

2.1 Aproximación lingüística al aspecto

La aproximación lingüística se caracteriza por su carácter restrictivo, y también por su indecisión entre modelo binario y modelo ternario. En primer lugar, los lingüistas no se preocupan del aspecto más que a propósito del proceso, mientras que el aspecto «atraviesa» igualmente otras categorías. El modelo binario opone, según la terminología, lo culminado a lo no-culminado, lo perfectivo a lo imperfectivo; el modelo ternario alinea la incoatividad, la duración y la terminatividad. Este reparto en dos sistemas no tiene nada en sí mismo de incómodo: el sistema más numeroso sirve normalmente de interpretante del otro sistema; lo no-culminado, reconocido por el modelo binario, será tenido como un sincretismo de incoatividad y de duratividad, considerados por el modelo ternario.

La aproximación lingüística se caracteriza igualmente por su prudencia, en el sentido en que evita preguntarse si las categorías mismas forman un sistema; es decir, evade examinar si las relaciones de presuposición enlazan entre sí esas categorías. En ese ámbito, el aspecto está en relación íntima con la temporalidad, aunque la aspectualidad tiene una ventaja sobre ella, a saber, el consenso definicional del que es objeto, mientras que la temporalidad se sustrae, se fragmenta o se opone a sí misma. En segundo lugar, son numerosas las lenguas que disponen de distinciones aspectuales, pero no de distinciones temporales. Sin embargo, la conclusión que de ahí se ha sacado resulta incierta, puesto que la teoría lingüística no impide en estos casos, una vez que la sorpresa ha pasado, considerar que la aspectualidad es sincrética y que la temporalidad está implicada en el aspecto.

Finalmente, la cuestión de saber si la aspectualidad es autónoma y suficiente o presuponiente y demandante no ha sido ordinariamente planteada. Para Brøndal, por el contrario, la aspectualidad tiene como presupuesto la transitividad en cuanto categoría o función, lo cual significa que lo no-culminado es solidario de la transitividad; y lo culminado, de la intransitividad. Pero, para el lingüista danés, la intransitividad como funtivo tiene por garante la detención y la inmovilización, mientras que la transitividad puede ser reclamada por el impulso, por la animación o por la reactivación. Un sistema elemental se puede presentar así:


Si, como lo indicaba Hjelmslev (1976), «la transitividad, la rección que es el principio constituyente y fundamental de toda organización gramatical, tanto de la sintaxis como de la morfología, se encuentra en el fondo del lenguaje», resulta forzoso constatar que la problemática de los umbrales y de los límites no es restringida, sino que, por el contrario, se propaga a través de la lengua en su conjunto, y ejerce algo como un derecho de fiscalización sobre las otras estructuras.

2.2 Aproximación semiótica al aspecto

El modelo teórico que vamos a aplicar se basa a la vez en elementos de Greimas y de Bachelard. El trabajo que hemos de efectuar debería desembocar, en principio, en una generalización comparable a aquella llevada a cabo por Greimas a partir de las investigaciones de Propp sobre el cuento maravilloso, que le permitieron extraer los resortes de una narratividad generalizada independiente de los contenidos temáticos singulares que tomaba a su cargo. Para eso, debería haberse apoyado en Bachelard, en la medida en que este ha señalado, en El nuevo espíritu científico (1985), que la extensión tenía también valor de fundación. Dentro de los límites de este trabajo, creemos que los puntos siguientes merecen ser puestos de relieve: el lugar de la aspectualización en el recorrido generativo propuesto por Greimas, la tensión propia del aspecto, así como la relación entre el aspecto y el valor, entre la aspectualización y la valuación.

• El lugar de la aspectualización en el recorrido generativo. El recorrido generativo propuesto por Greimas (Greimas y Courtés, 1982) asigna como «residencia» de la aspectualización las estructuras discursivas, y ambos autores la conjuntan con la temporalidad según dos modalidades por lo demás distintas, y tal vez contradictorias; en todo caso, heterogéneas. En primer lugar, el aspecto sería una «sobredeterminación de la temporalidad»; en segundo lugar, el aspecto correspondería al orden de la expresión, puesto que interesaría a los manifestantes. Bastantes razones han sido aducidas recientemente para hacer que la aspectualización de las estructuras de «superficie» se deslice hacia las estructuras «profundas». Solo nos detendremos en aquellas que interesan al tema de reflexión propuesto, pues conducen a una mejor comprensión del objeto y a la conexión entre la aspectualización y la modalización.

Existe al menos un punto en común entre Propp y Freud, y es el rol motor, movilizador de la carencia, incluso si el contenido de la carencia es muy diferente desde una y otra perspectiva. En concordancia con la orientación generalizante de la semiótica, conviene añadir que el exceso puede reivindicar una parte al menos igual a la de la carencia en la iniciación del proceso. Ahora bien, la carencia y el exceso se presentan como interfaces entre la aspectualización y la modalización, ya que su núcleo definicional apela a la noción de límite: la carencia se presenta como un déficit respecto de tal límite, mientras que el exceso aparece como una superación de dicho límite. La volición y la obligación, en su forma más general, intervienen como acomodaciones, y localmente como «variantes combinatorias», como «variedades» en la terminología glosemática. La volición se presenta como proyecto de colmación, de relleno de ese intervalo y como resolución de ese defecto2, en la misma medida en que la obligación es calificable como retorno, retrogradación hacia el valor que define el límite, y como anulación del incremento atestiguado. La sintaxis se ocupa de esos objetos singulares, apenas distintos del sujeto, que son la carencia y el exceso; y el esfuerzo del sujeto se comprende precisamente en los términos indicados: la violencia de la carencia proviene del hecho de hacer valer un umbral como límite, así como la violencia del exceso procede del hecho de querer hacer valer un límite como un umbral, ya que el límite sobrepasado se convierte, al menos provisionalmente, en un umbral. En ambos casos, esa violencia cifrada en el objeto reclama una contraviolencia, que es el acto mismo del sujeto. Y esa tensión es, sin duda, uno de los secretos del tiempo, puesto que, según Valéry (1973), «el tiempo es conocido por una tensión y no por el cambio» (p. 1324).

• La tensión propia del aspecto. El observador requerido por la aspectualización no opera de la misma manera cuando afirma el estadio no-cumplido que cuando afirma el estadio cumplido del proceso. Resulta razonable pensar que la incoatividad y la terminatividad dependen de una función demarcativa, mientras que la duratividad compromete una función segmentativa. La demarcación se convierte en esas condiciones en la guardiana legítima de los límites, mientras que la segmentación tendría a su cargo los umbrales.

Para quien tome en serio la hipótesis del isomorfismo entre la forma de la expresión y la forma del contenido, resulta normal encontrar en el plano del contenido esas funciones que son soberanas en el plano de la expresión. Y con esta condición, o con esta inducción, la aspectualización introduce una «ritmización» del contenido, ya que la demarcación determinaría las detenciones-acentos, tiempos «fuertes» del ritmo, mientras que la segmentación debería contentarse con las pausas, con los tiempos inacentuados.

Las proyecciones de esas dos funciones canónicas son distintas por completo; en efecto, la demarcación tiene por funtivos la pareja primero vs. último, en tanto que la segmentación instala la pareja precedente vs. siguiente. Es claro que la aspectualización y la profundidad tienen, por decirlo así, el mismo objeto.

La resonancia semiótica y fiduciaria de estas dos funciones aspectuales merece ser puesta de relieve. En la medida en que la demarcación «contiene» por siempre la segmentación, esta última implica la repetición, mientras que la demarcación reclama la evenemencialidad, es decir, eso que únicamente tendrá lugar una vez. El juego del imperfecto y del pretérito perfecto simple lo muestra inmediatamente: el imperfecto se halla bajo el signo de la segmentación y el pasado simple [el pretérito perfecto simple], bajo el de la demarcación; la diferencia entre «él tiraba» y «él tiró» no concierne prioritariamente a la temporalidad, sino a la profundidad; la sustitución del primer sintagma por el segundo equivale a un «efecto de zoom in», así como la sustitución inversa opera una «colocación a distancia». Del mismo modo, el pasado simple hace prevalecer los límites y borra los umbrales en la misma medida en que el imperfecto, tiempo que se podría calificar de «miope», no retiene más que los umbrales y deja escapar los límites.

Entendámonos: las lenguas, de conformidad con lo arbitrario que las sustenta, ponen a disposición de los microuniversos de sentido sincretismos más o menos «fuertes». Un sincretismo puede ser considerado «débil» cuando concierne a funtivos segmentativos, como en el caso de la duratividad, puesto que de ella se puede decir que «no distingue» entre precedente y siguiente. En cambio, el sincretismo merece ser calificado como «fuerte» cuando confunde los funtivos demarcativos, es decir, cuando el discurso rehúsa disjuntar la extremidad primera de la extremidad última, como en las configuraciones extremas —simétricas e inversas bajo esta relación— del «punto» y de la «eternidad».

• Aspectualización y valuación. Las relaciones entre el aspecto y el valor son diversas. El aspecto, no hace falta decirlo, pertenece a la problemática saussuriana del valor, pero también se relaciona con esos valores subjetales implícitos en los afectos. A este respecto, los funtivos demarcativos y segmentativos son generadores de afectos poderosos: entre el primero y el último (de la clase), ganar con o sin desafío, dejar su nombre en el diccionario, obtener el Premio Nobel… Para los moralistas del siglo XVII francés, los programas narrativos están al servicio de un solo programa de base, la «vanidad», la cual consiste en disputar o conservar el lugar primero. Nadie lo ha dicho mejor que Pascal (1954):

La vanidad está tan motivada en el corazón del hombre que un soldado, un patán, un cocinero, un ganapán se jacta de su condición y quiere tener admiradores; y hasta los filósofos quieren lo mismo. Y los que escriben en contra quieren tener la gloria de haber escrito bien; y los que los leen quieren tener la gloria de haberlos leído. Y yo que escribo esto tengo tal vez el mismo deseo; y tal vez aquellos que lo leerán […].

Como si existir fuera lo primero y solo lo primero.

En segundo lugar, el aspecto no solamente está vinculado con la duración, sino también, y sobre todo tal vez, con el tempo, con la velocidad, cuya importancia para la descripción y la interpretación de la significación sigue siendo desconocida. El tempo interviene como condición soberana, es decir que el valor de la velocidad regula la manifestación de las dos funciones aspectuales indicadas: la velocidad elevada y la aceleración favorecen la demarcación, puesto que disminuyen la distancia subjetal entre primero y último; a la inversa, la lentitud y la desaceleración hacen que los umbrales emerjan, y alejan, relativamente se entiende, los límites de incoatividad y de terminatividad. Las distinciones caras a los historiadores, que han pretendido cubrir con denominaciones extensivas —a saber «a corto plazo», «a mediano plazo», «a largo plazo»—, son por catálisis decisiones de tempo. Con tal velocidad, duraciones largas y más o menos delimitadas pueden ser recorridas, y pueden ser avanzados modelos interpretativos, a condición de que su escala sea «acertada». Pero con tal lentitud, la textura cambia y se pueden concebir relaciones de consecución entre precedente y siguiente3. Funcionalmente hablando, la demarcación y la segmentación se convierten en «variantes combinatorias» de tempo, y en el plano epistemológico, en valores extensivos discontinuos de una variable intensiva continua. La celeridad instala la demarcación como dominante y la segmentación como recesiva; y, por la misma exigencia de estructura, la lentitud permuta esos valores en favor, esta vez, de la segmentación y en desventaja de la demarcación. La exaltación de la rapidez promueve el salto de límite a límite; en cambio, la tranquilidad de la lentitud se atiene al paso de umbral en umbral.

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Release date on Litres:
17 October 2024
Volume:
537 p. 213 illustrations
ISBN:
9789972454837
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