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DEL AMOR Y OTRAS PASIONES

(artículos literarios)

Clara Campoamor

DEL AMOR

Y OTRAS PASIONES

(artículos literarios)


Edición e introducción de

Beatriz Ledesma Fernández de Castillejo


CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL

Responsable literario: Javier Expósito Lorenzo

Diseño y cuidado de la edición: Armero Ediciones

© Herederos de Clara Campoamor, 2018

© Fundación Banco Santander, 2018

© De la introducción, Beatriz Ledesma Fernández de Castillejo, 2018

ISBN: 978-84-17264-08-6

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

Beatriz Ledesma Fernández de Castillejo
ENTRE COPLAS Y AMORES…

Las páginas que siguen no son, ni más ni menos, que una serie de conversaciones con Clara Campoamor, la más brillante y audaz oradora de cuantas nos ha dado, y arrebatado, con su agitado y tortuoso transcurrir, la España del siglo xx, y que hoy al fin rescatamos de su largo destierro para reunirlas, por primera vez, en el libro que aquí presentamos.

Escritas en la intemperie del exilio, con esa «gracia bajo presión» de la que hablaba Hemingway, no por dispares y amenas son menos profundas ni intensas. Clara Campoamor fue, por sobre todas las cosas, una mujer apasionada. Y ese fervor vital, ese espíritu indómito que la llevó a vivir muchas vidas en una —y a obtener en ella la mayor conquista de la democracia española— se traslada, irremediablemente, casi como una fatalidad, a todo lo que escribe, dice y hace.

En realidad, mi caso es el siguiente: que si bien tengo edad para considerarme entregada al derecho y al castigo de descansar, mi temperamento y mis energías me lo impiden. Salvo trepar las cuestas de esta mansa ciudad [Lausana], que me fastidian a causa de la presión, o de echar a correr por las calles, la verdad es que me encuentro en las mismas disposiciones briosas que cuando tenía treinta años y, si en mi mano estuviera, volvería a fundar asociaciones, dar conferencias, luchar en el foro etcétera, etcétera, todo lo que ha sido mi vida anterior.1

Y es que la esencia de Clara está hecha de pasión. De fuertes dosis de audacia, de tesón y de talento, pero sobre todo de pasión. Esa fue, sin duda alguna, la fuerza motriz que impulsó sus actos y la piedra angular sobre la que edificó una existencia del todo singular, hecha a imagen y semejanza de su propia personalidad.

La raíz de todo ello está en nuestro temperamento, que es hostil a los de cualquier otro nacional, pero al que no podemos sustraernos. Somos pasión, lucha, vitalidad, y aunque todas tres nos hayan resultado perniciosas e inútiles, estamos encadenados a ellas y vivimos mal fuera de su ambiente. […] Quisiera que permanecieras aquí algún tiempo para darte cuenta exacta de la situación y decirme si no merezco ir a un asilo de alienados, pues que tengo la paz y esto me envenena, o si mi rebeldía es lógica y justificada. Cuando me entrego a escribir sobre el pasado y veo cómo ha sido segado a raíz el fruto de tantísimos esfuerzos, una rabia ciega se apodera de mí y no sé qué sería capaz de hacer. Tú, que te has reído siempre de toda ambición, acaso no me comprendas, pero somos hijos o víctimas de nuestro temperamento y nada podemos contra él.2

Luchadora impenitente, en los foros y tribunas madrileños se forjó el carácter aguerrido de esta defensora tenaz de la democracia y de la igualdad. Su palabra, a menudo situada en esa delgada línea que separa lo ingenioso de lo satírico, brota de una mente lúcida y de un corazón que siempre se mantuvo fiel a sí mismo, por encima de las convenciones de su tiempo y de los intereses partidistas.

Hay también las reuniones mensuales de la Sociedad para el Sufragio, y hasta las reuniones de las Soroptimistas, a todo lo cual estoy lógicamente conectada para pasar el rato y hacerme la ilusión de que aún batallo, cosa que no pasa de ser una sombra, porque jamás he visto un carácter menos batallador que el femenino de aquí. Lo que aquí se echa de menos es precisamente eso: nuestro carácter, explosivo, alegre, comunicativo, vitalísimo. Sospecho que para ellos todo eso sea una manifestación flagrante de nuestra mala educación, y es que ellos son o están terriblemente bien educados… Conclusión: ¿es la buena educación un tesoro?3

Todo lector mantiene un diálogo secreto con los escritores que admira. Este diálogo mío con Clara Campoamor viene de lejos: se remonta al momento en que descubrí ese hilo invisible que me liga a ella a través del estrecho vínculo intelectual y afectivo que la unió a mi tío abuelo, el político y erudito cordobés Federico Fernández de Castillejo4, y emprendí, hace ya casi una década, la investigación cuyos frutos hoy presentamos.

Esta conversación —ahora ya nuestra— no ha languidecido desde entonces, y acaso no lo haga nunca, porque si Clara Campoamor tomó el camino del exilio hace más de ochenta años, hoy ha regresado al fin para quedarse, entre coplas y amores, grabada para siempre en nuestra memoria colectiva.

En el popular semanario argentino Caras y Caretas se publicaron en 1931 y 1932 sendas entrevistas a la abogada y política madrileña. La primera fue realizada en Madrid en diciembre de 1931 por José María Salaverría, periodista prolífico y ensayista incisivo, cuando fue aprobado el derecho al voto femenino. Fruto de ese encuentro, verá la luz en Caras y Caretas, el 30 de enero de 1932, una crónica titulada «Una heroica parlamentaria española. Conversación con Clara Campoamor», en la que encontramos revelaciones casi proféticas como «si la República tuviera que morir por un azar del destino, no sería por las manos de la mujer. Y porque confío profundamente en el alma femenina, es por lo que he defendido con pasión su derecho al sufragio político», o esta otra en la que sostiene que «Los hombres acostumbran hablar de las mujeres guiándose únicamente por prejuicios tradicionales. Creen conocer los secretos del alma femenina, y en realidad no saben nada de nada. Así resultan los eternos engañados».5

Un año más tarde, el 16 de diciembre de 1933, se publicó en ese mismo semanario argentino una extensa y reveladora entrevista, firmada por J. Sánchez de la Cruz, que llevaba por título «Lo que opina una gran española. Clara Campoamor. Interesantes declaraciones sobre la función social de la mujer. Economía. Política. Religión», testimonio único que incluía, además, una fotografía de la propia Clara firmada y dedicada a Caras y Caretas.

A todas luces excepcionales, ambas entrevistas son un diálogo fascinante con Clara Campoamor sobre política, sociología, economía, feminismo, religión, lingüística e idiosincrasia española, en definitiva, sobre todo aquello que hubiéramos querido saber y nunca tuvimos ocasión de preguntarle.

Pero la mayor contribución literaria de Campoamor en la Argentina se encuentra, sin duda alguna, en las páginas de Chabela, revista mensual femenina de la editorial Sopena, donde publicó, entre 1943 y 1945, un nutrido conjunto de ensayos que hoy recuperamos, salvando no pocos obstáculos, para los hijos y los nietos de toda una generación que no pudo leerlos.

Alejada de los escritos combativos y de los alegatos políticos en los que brilló en tiempos de la República, Clara Campoamor nos sorprende ahora con unos ensayos tan diáfanos y rotundos como su propio nombre. Desde un estudio de crítica literaria, «Los tres poetas de Don Juan Tenorio», en el que examina con intuición certera esta figura legendaria, intrínsecamente española, hasta una magnífica oda a los ojos —prodigio de inspiración lírica— titulada «Los ojos, obsesión de poetas», la autora aborda los temas más variados, siempre con esa mirada límpida, con esa lúcida intensidad que son la cifra de su estilo.

Poetas del Siglo de Oro como Quevedo, Góngora o Garcilaso, del Renacimiento como Fray Luis de León o Cristóbal de Castillejo, con sus coplas y amores, y del romanticismo español como José de Espronceda, por citar solo algunos, conviven en esta suerte de antología personal de la poesía hispana de todos los tiempos. Así, el modernista mexicano Amado Nervo, el místico español San Juan de la Cruz, o «la décima musa» novohispana, Sor Juana Inés de la Cruz, primera feminista de América, completan, entre muchos otros, esta vibrante galería de retratos de las letras hispanoamericanas.

Sin embargo, más que concentrarse en una valoración estrictamente literaria, Clara nos habla aquí de las pasiones que fueron la sustancia vital de muchos de los grandes poemas de nuestra lengua: el deseo, la seducción, la obsesión, la traición, el sufrimiento o el abandono. Y, por supuesto, el amor, en sus múltiples formas: platónico, pasional, conyugal, místico… La elección misma de los poetas y de los versos, el hilo de anécdotas y pensamientos

—desde los más hondos hasta los más ingeniosos— con que la autora entreteje sus relatos, todo en este libro es personal, todo en él tiene la presencia íntima, casi confidencial, de Clara Campoamor.

Aunque reflexionan sobre la poesía hispanoamericana de un período histórico definido, la belleza y la magia de estos ensayos residen precisamente en su universalidad. Gracias a su densidad emocional, a la pluralidad de sus puntos de vista, pueden entenderse en cualquier época y desde cualquier lugar.

Luego de un exilio sin fin que nunca logró silenciarla, aunque la acallara con la distancia6, la voz de Clara vuelve a resonar en estas páginas, tan nítida como siempre, pero más lírica y cálida que nunca. Y acaso también más romántica.

Una voz que tiene ecos de Machado, de Zorrilla, y de Bécquer, porque basta leer los ensayos que a continuación presentamos para comprobar la verdad que encierra el popular adagio de este último: «podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía».

La copla —en tanto que composición poética— y el amor —en todas sus variantes— definen estos ensayos donde se asoma, por cada resquicio, entre coplas y amores, Clara Campoamor… Una Clara Campoamor iluminada por una luz nueva.

París, octubre de 2018

PROCEDENCIA DE LOS ARTÍCULOS

«Una heroica parlamentaria española. Conversación con Clara Campoamor», entrevista de José María Salaverría, en Caras y Caretas, Buenos Aires, 30 de enero de 1932.

«Lo que opina una gran española. Clara Campoamor. Interesantes declaraciones sobre la función social de la mujer. Economía. Política. Religión», entrevista de J. Sánchez de la Cruz, en Caras y Caretas, Buenos Aires, 16 de diciembre de 1933.

«Y Cristo dijo: ¡Sí, juro!…», Chabela, Buenos Aires, enero de 1943.

«El gigante quebrado», Chabela, Buenos Aires, abril de 1943.

«Federico Balart, poeta del amor conyugal», Chabela, Buenos Aires, mayo de 1943.

«El poeta de Los amantes de Teruel», Chabela, Buenos Aires, junio de 1943.

«Don Diego, el del amor y la sátira», Chabela, Buenos Aires, julio de 1943.

«Don José de Espronceda, un héroe romántico», Chabela, Buenos Aires, agosto de 1943.

«Bécquer y el dolor de amar», Chabela, Buenos Aires, septiembre de 1943.

«Fray Luis de León, el poeta del alma», Chabela, Buenos Aires, octubre de 1943.

«Manuel Machado, o la sed, la pena y la copla», Chabela, Buenos Aires, noviembre de 1943.

«La esperanza y la bondad fueron las musas tutelares de Amado Nervo», Chabela, Buenos Aires, diciembre de 1943.

«Sor Juana Inés de la Cruz, la décima musa», Chabela, Buenos Aires, enero de 1944.

«Bartrina, o el pesimista y su esperanza», Chabela, Buenos Aires, febrero de 1944.

«El talentoso y erudito Luis de Góngora», Chabela, Buenos Aires, marzo de 1944.

«La triste historia del verdadero Don Juan», Chabela, Buenos Aires, abril de 1944.

«El príncipe de los poetas y su sirena», Chabela, Buenos Aires, mayo de 1944.

«El poeta del madrigal inolvidable», Chabela, Buenos Aires, junio de 1944.

«Coplas y amores de Cristóbal de Castillejo», Chabela, Buenos Aires, julio de 1944.

«Fernando de Herrera, el Divino», Chabela, Buenos Aires, agosto de 1944.

«El donoso Baltasar del Alcázar», Chabela, Buenos Aires, septiembre de 1944.

«Los ojos, obsesión de poetas», Chabela, Buenos Aires, octubre de 1944.

«San Juan de la Cruz, el ruiseñor de los poetas», Chabela, Buenos Aires, noviembre de 1944.

«Los tres poetas de Don Juan Tenorio», Chabela, Buenos Aires, diciembre de 1944.

«Quevedo, el poeta enemigo de las mujeres», Chabela, Buenos Aires, enero de 1945.

«El galano marqués de las Serranillas», Chabela, Buenos Aires, febrero de 1945.

«El señor de Batres, poeta de la virtud», Chabela, Buenos Aires, marzo de 1945.

«El enamoradizo don Juan Álvarez Gato», Chabela, Buenos Aires, abril de 1945.

«El último de los trovadores», Chabela, Buenos Aires, mayo de 1945.

«Juan de Mena, primer literato español», Chabela, Buenos Aires, junio de 1945.

«Carvajal, el precursor del Tenorio», Chabela, Buenos Aires, octubre de 1945.

Clara Campoamor
CONVERSACIONES

UNA HEROICA PARLAMENTARIA ESPAÑOLA.
CONVERSACIÓN CON CLARA CAMPOAMOR

«Si las mujeres mandasen», dice una antigua canción zarzuelera. Pero esto ya se ha realizado, por lo menos en España. Es verdad que todavía no hay una «ministra» en el Gobierno español, pero todo nos induce a presagiar que en un porvenir cercano alguna mujer ha de sentarse entre los ministros de la República. Por el momento hay tres diputadas en las Cortes. Y las mujeres españolas, por una ley de máxima plenitud, pueden desde ahora votar en las urnas como los hombres, participar libremente en los sufragios y elegir a los diputados que ellas prefieran.

¿Cómo se ha consumado semejante prodigio de democracia? La empresa, naturalmente, no ha sido fácil. Ha precisado un poco de heroísmo y la colaboración de un paladín tesonero capaz de todas las obstinaciones, de todas las elocuencias y de la convicción más inquebrantable. ¿Un hombre? No. El paladín del voto femenino en España ha sido una mujer. Ha sido esa mujer que lleva dos nombres tan amables, tan encantadoramente femeniles: Clara Campoamor. La misma que cordialmente accede a aceptar en mi casa mi modesta cena familiar, que yo se la ofrezco en nombre de Caras y Caretas. Así podremos hablar en aire amistoso y franco de una cuestión tan revolucionaria como es la entrada de la mujer española en la nueva política nacional.

José María Salaverría: ¿No le asusta a usted, señorita Campoamor, la grave responsabilidad que ha contraído? Dicen por ahí que ha firmado usted la sentencia de muerte de la República. Muchos aseguran que la mujer española sigue siendo esclava del confesionario, y que solo votará a quienes señalen los sacerdotes.

Clara Campoamor: Todo eso lo conozco. Pero no hago ningún caso de ello. Los hombres acostumbran hablar de las mujeres guiándose únicamente por prejuicios tradicionales. Creen conocer los secretos del alma femenina, y en realidad no saben nada de nada. Así resultan los eternos engañados.

J. M. S.: ¿A pesar de El burlador de Sevilla?...

C. C.: Sí, a pesar del mito de Don Juan. Pero dejemos aparte la literatura. Lo exacto es que los hombres que tratan de política no se han dado cuenta del enorme progreso, de la profunda transformación que se ha operado en estos últimos tiempos en la mujer. Yo rechazo con energía la versión de que la mujer española vive subordinada al sacerdote. En último caso, la que obedezca las inspiraciones del catolicismo no hará otra cosa que cumplir con sus deberes ideológicos, lo mismo que la mujer obrera, al votar por los candidatos socialistas, obedece al mandato de sus principios.

J. M. S.: Como usted sabe, de ahí sacan, señorita, una de sus principales objeciones los adversarios del voto femenino. Suponen que las mujeres españolas se dividen en dos únicas categorías: católicas y proletarias. Según esto, el voto de la mujer hará que el Parlamento se componga casi exclusivamente de diputados reaccionarios y socialistas.

C. C.: Es verdad; así razonan los puros y celosos republicanos. Temen el extremismo de la mujer, y de esos republicanos, en efecto, he recibido en el Parlamento las más furiosas acometidas. Son los que muestran más miedo a las consecuencias de la nueva ley, porque se sienten los menos seguros. Son los que presagian el fracaso de la República ante la conspiración sufragista de las mujeres. ¡No! Si la República tuviera que morir por un azar del destino, no sería por las manos de la mujer. Y porque confío profundamente en el alma femenina es por lo que he defendido con pasión su derecho al sufragio político. Además...

J. M. S.: ¿Aceptará usted un poco de vino en su copa, señorita?

C. C.: No bebo vino, gracias. Además... Hay en esto una cuestión de decoro que no podemos pasar por alto. Después de todas las propagandas democráticas, y cuando creíamos que inaugurábamos un régimen de justicia y de leal libertad, resulta que unos señores se asustan de sus propias ideas y les ponen un límite. Esos señores acuerdan que la mujer no está todavía preparada para el uso de las actividades políticas. Lo cual equivale a declararla irresponsable. Es decir, un ser inferior… ¿Puede consentirse semejante arbitrariedad? ¡Nunca! Si veinte veces se plantease la misma cuestión, veinte veces correría yo a defender con todas mis fuerzas los derechos de la mujer a la igualdad política con el hombre. Por convicción bien razonada, desde luego; pero además, y sobre todo, por decoro.

J. M. S.: Clara, es usted una mujer valiente. Usted misma es el mejor argumento de la causa que defiende. Sabe usted luchar; tiene usted temperamento de luchadora... Esto quiere decir que su vida no ha sido una dulce carrera entre flores.

C. C.: ¡Evidente! Si la vida me ha brindado el regalo de las flores, también es cierto que no se ha olvidado de las espinas. Mi vida puede expresarse con una sola palabra: trabajo. Durante dos años he sido empleada en una oficina de telégrafos; he estudiado a horas perdidas la carrera de Leyes; he trabajado en mi bufete de abogada, al mismo tiempo que pronunciaba conferencias en el Ateneo y discursos políticos en los mítines populares... Pero no me quejo. Como usted puede comprobar, esa vida de lucha y de duro trabajo no ha extinguido ni mi entusiasmo ni mi buen humor.

J. M. S.: Es cierto, señorita. Lo admirable en usted es la ausencia de acritud, la completa eliminación de gravedad, de resentimiento y de pedantería. En eso hace usted justicia al prestigio del eterno femenino. Usted parece aceptar la lucha, no como una penosa fatalidad, sino como una grata obligación de la naturaleza. Así se explica que en el fragor de las contradicciones y ante la furia de tantos intereses partidistas como usted ha venido a defraudar, nunca le ha faltado a usted en el Parlamento la consideración de sus adversarios. Lo cual nos demuestra que la sinceridad y la línea recta pueden ser, hasta en política, el arma que mejor conduce al éxito. Pero es un arma que no se puede escoger...

C. C.: Efectivamente; la sinceridad no se finge. Se es o no se es sincero. En política, otros presumen de hábiles; yo prefiero obedecer a mis impulsos y mis ideas más personales. Para muchos, por ejemplo, podrá ser una enorme habilidad política el promover una revolución con todas las bellas promesas democráticas para luego, a la hora del pago, hacer un oportunista escamoteo con las ideas más esenciales. La República nos prometió a las mujeres la igualdad de derechos con el hombre. Yo no he querido transigir con los oportunistas. Y eso es todo.

J. M. S.: Ahora solo nos queda esperar que la experiencia hable con su lenguaje preciso. Las primeras elecciones que se celebren nos dirán si ha acertado usted o si ha cometido un error. Por mi parte, yo creo que vale la pena poner a prueba a la mujer española. ¿Hay algún otro pueblo latino que conceda el voto democrático a la mujer?

C. C.: Ninguno. España es la primera nación latina que arrostra esa experiencia. Y yo tengo la convicción de que las mujeres españolas serán dignas del honor y la responsabilidad que se les ha conferido. Pronto se han de ver los resultados. Con la intervención directa de la mujer, la política en España va a transformarse profunda y radicalmente.

J. M. S.: Que la transformación sea para mejorar, señorita. ¿Un cigarrillo?...

C. C.: Sí, vamos a fumar. Gracias...

LO QUE OPINA UNA GRAN ESPAÑOLA. CLARA CAMPOAMOR.
INTERESANTES DECLARACIONES SOBRE LA FUNCIÓN SOCIAL
DE LA MUJER. ECONOMÍA. POLÍTICA. RELIGIÓN

Clara Campoamor es una de las mujeres que han figurado en las Cortes Constituyentes. Ha ganado sus posiciones por riguroso «orden de méritos». Hija de periodista —y del gremio ella misma—, a la muerte del padre se encontró frente al problema económico de la vida. Lo resolvió optando a una modesta plaza de telegrafista, que ganó después de pasar por los exámenes y pruebas que en Europa condicionan el ingreso a las carreras administrativas. Después, en 1925, obtuvo su título de abogado.

Ha estado en Praga, Berlín, Ginebra y otras urbes culturales o políticas, siempre entregada con preferencia a la defensa de los derechos femeninos; sin perjuicio de interesarse en la solución de otros problemas de orden más general, como miembro del partido acaudillado por el señor Lerroux, y como persona atenta a todas las sugestiones de la vida colectiva.

La señorita Campoamor está sentada en su despacho, atendiendo el teléfono y repasando al mismo tiempo la correspondencia. La habitación está amueblada sobriamente, dominando en todo el tono oscuro. Solo dos rasgos femeninos se ofrecen a la curiosidad del reporter: las uñas barnizadas de la entrevistada y un ramo de flores en un búcaro...

Opinión sobre la mujer española

«Desde el punto de vista social —nos dice la doctora Campoamor—, la mujer española ha dado pasos decisivos en poco tiempo. Aquí mismo, en Madrid, hace menos de una década que se destacaba en la prensa, como un fenómeno raro, el hecho de que las mujeres asistiéramos a las comidas o banquetes con que se celebraba algún acontecimiento político, artístico o de otro orden cualquiera. Los reflejos aportados por el cine (espectáculo no siempre encauzado de la mejor manera) han dado a la mujer española, probablemente, la visión de otro tipo de vida más independiente y han originado una transformación amplia en el cuadro de las costumbres. Estamos, pues, en un terreno que llamaríamos de esperanza, ya que una vez que lo consuetudinario cristalice en las leyes, el panorama será más halagüeño y justo para el sexo al que pertenezco.

Claro es que, chocando con el anhelo de libertad (mejor percibido en Madrid que en provincias, como centro donde se recogen todas las vibraciones de la vida nacional) está nuestra vetusta legislación. Los conceptos arcaicos sobre limitación de derechos femeninos se reflejan de manera perfecta en nuestras leyes, y solo una reforma profunda de estas en ese particular podrá llevarnos a la deseada identidad de derechos políticos y civiles con el hombre; completando el cuadro con la práctica activa y racional de esas conquistas, a fin de no caer en la paradoja de contar con una legislación adecuada y una falta de amplitud de espíritu para servirse de la misma. He ahí la tarea de organismos como la Asociación Universitaria Femenina Española, que me honro en presidir y que está adherida a la International Federation of University Women, encargados por definición y por su misma razón de ser de preparar a la mujer para la práctica integral de todos sus derechos.

El exministro Albornoz dejó en cartera un proyecto de leyes destinadas al logro o reivindicación de una parte de estas aspiraciones; y si estas todavía no han tomado forma concreta, habrá que esperar que, una vez apaciguadas las pasiones políticas y bien cimentado el régimen actual de gobierno, uno de sus frutos naturales será conceder a estas cuestiones la trascendencia que tienen e incorporar a los códigos lo que ya está plasmado en los espíritus y exige el decoro femenino.»

La mujer en la lucha por la vida

«La lucha por la vida. El argumento decisivo ha sido siempre ese: que el puesto de la mujer está en el hogar. Pero ¿quién garantiza a la mujer ese hogar? Son innumerables las causas que pueden influir para que la mujer carezca del mismo, si no acierta a construirlo con su propio esfuerzo. Además, los problemas económicos se han agudizado de tal modo en nuestra época que son incontables las mujeres que de la noche a la mañana podrían verse en dilemas bochornosos para subsistir, si no tuvieran disciplina para el trabajo y un mínimo de aptitudes para desenvolverse; y no se me objetará que la misma pericia en las tareas domésticas pueda constituir una solución, pues muchos padres y maridos no desearían para sus hijas y esposas el menester de cocineras o mozas de servicio, colocadas en la encrucijada de tener que bastarse a sí mismas.

La mujer de nuestros días ha salido a la calle, ha concurrido a los escritorios, ha llegado a la cátedra y alterna con el hombre en todas sus actividades, porque así lo ha impuesto el tono económico de la vida; y como lo material y lo espiritual se ligan en la sociedad como en el cuerpo humano, es legítimo que la que lleva la contabilidad de un establecimiento o sufre y observa las actividades de una fábrica quiera algún día guiar un automóvil, pronunciar un discurso, servir de testigo en un instrumento público o entrar libremente en un café, sin afrontar las miradas socarronas de los contertulios.»

Galanterías y piropos

«Es una patraña hipócrita —prosigue— la de que la mujer dispone de una fuerza en la galantería del hombre para con ella. Al menos, alardear de sus consideraciones hacia la mujer, en general; aquí es un tema medieval, propio para alguna novela de capa y espada. El hombre es galante con la mujer que quiere o de cuyo físico gusta; pero indiferente, cuando no agresivo, con la otra.

El piropo, depurado en los libros o en el teatro de sus escorias corrientes, puede inducir a error a quien no conozca a fondo la psicología del “hombre de la calle” español. Siempre que más, van saturados de malicia gruesa y guarnecidos de atrevimientos impertinentes los requiebros o dicharachos que la mujer debe soportar en la vía pública. Probablemente el hombre no procede así por maldad, sino en muchos casos por falta de medios de expresión, y en otros influido por el mal ejemplo.»

Disquisición lexicológica

«Estoy a punto de dejar de ser diputado, pues parece que la disolución de las Cortes es inminente», replica la señorita Campoamor a una insinuación nuestra. Y como nos refiriésemos a la terminación masculina que daba a su cargo electoral, observó con gracia: «Las mujeres han recibido con frecuencia designaciones que eran como una irradiación de los méritos profesionales u honoríficos del marido. Así, la mujer del boticario ha sido la “boticaria”; la del general, la “generala”, etcétera. Pues bien. Cuando se trata de cargos, honores o profesiones que la mujer conquista por sí misma, me parecería legítima la terminación uniforme, o sea la de los nombres gramaticalmente llamados comunes, como ocurre con la palabra “pianista” y otras de la misma clase, que convienen a ambos sexos sin más alteración que la del artículo.

Así me propongo expresárselo a un impresor que recientemente me ha enviado unas tarjetas con la palabra “diputada”, ya que es bueno que los vocablos reflejen con propiedad y justo espíritu las cosas por ellos designadas; pero, en fin, en ningún caso sería esta una cuestión que hubiera de restarme media hora de sueño, puesto que a la postre prevalecerá la forma que la costumbre imponga, cuando en las Cortes haya tantos diputados de un sexo como de otro...».

La mujer en la religión

«Yo no creo —continúa la doctora Campoamor— que el espíritu del pueblo español sea antirreligioso, sino lo contrario; en todo caso, las ideas católicas están fuertemente arraigadas en una gran parte del mismo. En otras zonas más selectas o cultas de la sociedad, es posible que prevalezca una especie de religiosidad filosófica, ajena a la observancia de ritos o preceptos.

Las protestas y actos de agresión que ahora han cruzado nuestra atmósfera son expresiones propias de todo régimen de transición y seguramente de desquite.

Las reacciones populares han tomado como blanco el militarismo y el clero, por ser evidente que en ambas instituciones se apoyaba la monarquía desaparecida.

Por lo demás, la poesía que fluye de los armazones religiosos y tantos sistemas teogónicos como a través de la historia han nutrido el espíritu del hombre y han contribuido a mitigar sus vicisitudes, no parece que pueda ser reemplazada por ninguna construcción política. Algunos de los partidos originados en las ideas de igualdad y justicia social aspiran sin duda a constituir por sí mismos una religión. Si ese ideal será alcanzado o no, es de muy difícil pronóstico. Lo incuestionable es que, mientras la criatura no encuentre resuelto el enigma de su origen y fin, como también la explicación de sus sufrimientos y ansiedades, lo mismo en Oriente que en Occidente y en todos los puntos cardinales de la tierra, los grandes fundadores y propagandistas de doctrinas —llámense Buda, Mahoma o San Pablo— hallarán abierto el surco donde germina la semilla de la fe, que es la sabiduría con que las muchedumbres afrontan sus problemas espirituales.

Pero esto, naturalmente —terminó amablemente nuestra gentil entrevistada—, roza desde muy lejos, desde una distancia casi sideral, el problema de una crisis pasajera de cualquier credo o la destrucción lamentable de media docena de conventos».

ARTÍCULOS

Y CRISTO DIJO: ¡SÍ, JURO!...

Decía una mujer de ingenio que los hombres tienen dos pasiones: las mujeres y el celibato.

Justificando esta última, ha dicho también un francés, Chamfort, que, ofreciendo el matrimonio y el celibato graves inconvenientes ambos, debe siempre preferirse aquel estado que admita rectificación, es decir, el celibato.

La sospecha de esa inclinación y el hecho de que, a pesar de ella, suelen ser muy numerosos los casos de promesa de matrimonio por el hombre a la mujer, promesa que a las veces queda incumplida, es, sin duda, por lo que muchas leyes incluyeron sanciones para el incumplimiento de esa promesa, sanciones que se fueron debilitando a través del tiempo, y que si en los siglos pasados comprendían, sobre todo dentro del derecho canónico, hasta la obligación de contraer el vínculo prometido, después, y en base a que en el matrimonio debe, ante todo, presidir el libre concierto de voluntades, se limitaron a la reparación pecuniaria, en unas legislaciones, de los gastos causados con motivo y razón del proyectado matrimonio (como en la española), en otras, además, la reparación, también pecuniaria, por el daño moral causado a la mujer con el rompimiento de la promesa (legislaciones inglesa y norteamericana). En cambio, la Argentina no prevé sino que rechaza toda posibilidad de pedir indemnización por rompimiento de promesa matrimonial.

En las viejas leyes españolas tenía una gran importancia esa promesa. Muchos de sus aspectos los hallamos recogidos en uno de los más conocidos romances de Zorrilla, A buen juez, mejor testigo, que recoge, indudablemente, una tradición relacionada con una antigua talla de Cristo existente en la Vega de la ciudad de Toledo.

Bien conocido es el romance: Inés de Vargas, novia de Diego Martínez, recibe promesa de matrimonio de este, ante el Cristo, antes de partir el mozo para la guerra de Flandes.

Ella lo espera en vano, meses y años, llorando su ausencia todas las tardes al caer el sol desde lo alto del Miradero, en aquellas hermosas quintillas:

¡Ay del triste que consume

su existencia en esperar!

¡Ay del triste que presume

que el duelo con que él se abrume

al ausente ha de pesar!

La esperanza es de los cielos,

funesto y precioso don,

pues los amantes desvelos

cambian la esperanza en celos,

que abrasan el corazón.

[…]

Así Inés desesperaba

sin acabar de esperar,

y su faz se marchitaba,

y su llanto se secaba

para volver a brotar.7

Pero un día vuelve Diego. El mozo soldado es hoy bizarro capitán. Ha cambiado su suerte, y con ella su fidelidad; ya no se acuerda de la engañada. Hace como si no la conociera, y a sus gemidos y lloros contesta desdeñoso:

¡Malditas viejas

que a las mozas malamente

enloquecen con consejas!

Pero ella no se da por vencida. Los versos restantes del poema nos dan la exacta valoración que en lo popular como en lo jurídico tenía la promesa matrimonial.

Inés acude ante el juez para obligar al ingrato a que repare su falta. El valor de esta acción se recoge en el vivo diálogo entre ella y el juez:

—Mujer, ¿qué quieres?

—Quiero justicia, señor.

—¿De qué?

—De una prenda hurtada.

—¿Qué prenda?

—Mi corazón.

—¿Tú lo diste?

—Lo presté.

—¿Y no te lo han vuelto?

—No.

—¿Tienes testigos?

—Ninguno.

—¿Y promesa?

—¡Sí, por Dios!

Que al partirse de Toledo

un juramento empeñó.

—¿Quién es él?

—Diego Martínez.

—¿Noble?

—Y capitán, señor.

—Presentadme al capitán,

que cumplirá si juró.

Observamos el valor que el juez concede a la promesa, aunque no haya testigos de ella, cuando se la dice avalada por un juramento. Lo que nace del respeto que en aquellos siglos, de acendrada fe religiosa, se concedía a la invocación divina para el concierto de promesas humanas. Pero como, una vez citado, el capitán lo que jura… es que él no ha jurado nada, aquí terminaría la demanda de la moza, si esta, súbitamente inspirada ante el desaire, no exclamase:

—Llamadle, tengo un testigo.

Llamadle otra vez, señor.

Y tras las disquisiciones que siguen para personalizar a tal testigo, pregunta, ya exasperado, el juez, y responde, convencida, la muchacha:

—¿Quién fue?

—El Cristo de la Vega

a cuya faz perjuró.

A lo que el juez, perplejo, contesta:

—La ley es ley para todos,

tu testigo es el mejor,

mas para tales testigos

no hay más tribunal que Dios.

Haremos… lo que sepamos;

escribano: al caer el sol,

al Cristo que está en la vega

tomaréis declaración.

En este precioso romance, tan ajustado a las tradiciones, un abogado que conozca las leyes y usos en la materia ve lo bien hilvanado de su trama. En efecto, Inés, ante el tribunal, omite parte de la verdad, y no la menor, defendiéndose como un consumado abogado. Ella, lo que reclama es el cumplimiento de la promesa matrimonial y no la reparación de su perdida honra, que estaba, sin embargo, bien en juego, ya que, además de las visitas nocturnas de Diego al aposento de su amada, antes de marchar a la guerra, hay la seguridad fanfarrona que él hace al partir:

Honra que yo te desluzca

con honra mía se lave;

que por honra vuelven honra

hidalgos que en honra nacen.

Pero es que la promesa de matrimonio que obligaba en aquella época era la promesa contraída con pureza, y no la dada u otorgada con el propósito de facilitar relaciones íntimas. Como él ha comenzado por negar la promesa, y hasta que conociera a la moza, ella tiene el campo libre para encuadrar la promesa de matrimonio en el terreno que más le conviene. En las batallas amorosas, como en todas las batallas, pero sobre todo en las jurídicas, el triunfo depende a veces, más que de la razón que se posea y de la fuerza de los elementos empleados, de saber elegir el terreno en que se da.

Inés conoce el suyo, y lo elige bien. Allí no hay más que una promesa previa, se prueba y se gana el pleito; o no se puede probar, y todo está perdido para la hija de Iván de Vargas.

En magníficos y rutilantes versos encierra Zorrilla la singular escena que termina el romance, en el valle toledano, situado entre el río Tajo y el Alcázar. Pinta el poeta el paisaje, la abigarrada y colorista multitud que ha acudido, estremecida de sorpresa, ante aquel juicio singular en que un juez, con su séquito de golillas y escribanos, va a interrogar nada menos que a Dios, en la imagen que se dice recibiera el juramento.

Hay descripciones que son verdaderos cuadros velazqueños, en los que destaca, con la pintura de la recatada y sombría Inés, la fanfarrona figura del capitán:

Vistiendo coleto de ante,

calzadas espuelas de oro,

valona de encaje blanca,

bigote a la borgoñona,

melena desmelenada,

el sombrero guarnecido

con cuatro lazos de plata

un pie delante del otro,

y el puño en el de la espada.

A continuación viene la escena prodigiosa, que linda con el milagro. El juez ordena al escribano que cumpla con su deber. Adelantándose este, dice:

—Jesús, Hijo de María,

ante nos esta mañana

citado como testigo

por boca de Inés de Vargas,

¿juráis ser cierto que un día

a vuestras divinas plantas

juró a Inés Diego Martínez

por su mujer desposarla?

¿Qué ocurre entonces? Lo que cuenta la tradición y ha quedado prendido en la imagen que se venera: una talla morena y sarmentosa de Cristo, que tiene un brazo clavado en la cruz y el otro caído verticalmente, no por quiebra de la madera, sino expresamente tendido, con su hombro redondeado, en el que brilla el magro músculo. Ocurre la escena que pinta en poesía escalofriante el poeta:

Asida a un brazo desnudo,

una mano atarazada

vino a posar en los autos

la seca y hendida palma,

y allá, en los aires «¡Sí, juro!»

clamó una voz más que humana.

Medrosos e impresionados, vuelven la vista todos los asistentes hacia la imagen del Cristo, así interpelada, la cual

Los labios tenía abiertos

y una mano desclavada.

Ya no queda en el romance histórico sino pronunciar su sentencia el juez, que por medios tan singulares ha visto probada la promesa que invocaba Inés.

Pero esta sentencia, adivinada ya, no necesita llegar a formularse, porque la joven, convulsionada por el milagro, no ha de insistir en llevar su pleito a final trance, sino que, tocada por la gracia divina, así manifestada en su favor, renunciará al esposo mortal, baladrón e infiel, por otro que no la engañe, y, como terminará el poeta:

Las vanidades del mundo

renunció allí mismo Inés

y espantado de sí propio,

Diego Martínez también.

Y de todo aquel cuadro poético, tan lleno de belleza y de sugestiones, solo quedará la imagen que perpetúa una leyenda evocadora y cuajada de valor histórico, en el crucificado moreno de la mano atarazada y desprendida, que ninguna turista joven deja de ir a visitar a Toledo, para rezarle una oración, después de haber puesto un alfilerito a la Virgen milagrosa «de los alfileres», que dicen concede un marido a cambio de esa ofrenda a toda muchacha; marido que las mozas pedirán al Cristo que sea más fiel y también más real en definitiva de lo que lo fue el velazqueño y presumido don Diego, arrepentido al fin de sus malas artes en materias amatorias.

EL GIGANTE QUEBRADO

Si en el alma de todo poeta anida la tesis dramática de la desproporción entre el ansia de lo sublime y lo estrecho de la realidad, ¿qué decir del drama de Gaspar Núñez de Arce, el más lírico de los poetas del siglo xix, que a la tragedia objetiva, pesadumbre eterna del poeta, unía la propia, la de ser un gigante del espíritu, encerrado en el cuerpo mezquino y raquítico de un hombre deformado? ¿Águila caudal, apresada en la estrecha morada de un mezquino gorrionzuelo? ¿Soñador de heroicas empresas, imposibles de realizar ni en la lucha ni en el amor, con su cabeza hermosa de gigante asentada, como por equivocación, sobre un torso desmedrado, bajito, de tórax semiaplastado y hundido?

Y esta tragedia era puramente accesoria e hija de la fatalidad: su cabeza de hermosura varonil, su perfil aquilino y severo, de ojos garzos de mirar profundo, vivo y exaltado; su voz fuerte y honda, que él ahuecaba en la oratoria, todo ello estaba, por desgracia, dentro de aquella «figura frustrada», como dijo de él la condesa de Pardo Bazán, porque el ama que lo criaba lo dejó caer, rodando por una escalera, y del accidente solo se salvó el espíritu, la poderosa psicología, numen creador, y el alma de robusto castellano, que esa hada perversa de los cuentos infantiles encerró, con su intervención, dentro del estuche carnal más inadecuado, en su raquítica pobreza, para los fulgores de su genio.

¿O es que, más bien, esa misma desgracia corporal, desviándole de las rutas de lucha y pasión que hubieran hecho de él un luchador de las contiendas íntimas de la patria, propias de la época en que vivió, le encogió y concentró carnalmente para que, estrujando su dolor y su rabia, pudiera dar de sí cuanto dio en sus cantos y en sus rimas?

Misterios de la vida. Pero si el hombre vive con todo su ser, solo queda en la memoria de las generaciones por sus obras espirituales. Y por ellas vivirá eternamente entre las gentes de habla castellana el pobre deformado corporal, coloso del espíritu y el canto poéticos.

Poeta que miraba hacia dentro, su inspiración inicial es siempre subjetiva. De cómo nos da su verdad interior, y nacen sus versos de sus estados de alma, es indicio su poesía «¡Treinta años!».

Han sido para mi daño

en la vida que disfruto,

un siglo cada minuto,

una eternidad cada año.

Núñez de Arce es un típico representante del casticismo castellano, que, si en la forma tiene por modelo a Quintana, se separa de la frialdad académica de este por toda la oleada del romanticismo. Y si representa el lirismo del xix, lo hace de manera bien diferente a Bécquer, el solitario, o a Campoamor, el filosófico y cerebral. No; en Núñez de Arce no hay sutilezas ni paradojas; es austero, valiente y castizo, tanto en la expresión como en el sentimiento.

Diome la austeridad la honrada tierra

donde nací…

Era un tanto místico, pero lleno de brío, de ritmo y de fuerza. Recordemos la última estrofa de su poema «El vértigo».

¡Conciencia, nunca dormida,

mudo y pertinaz testigo

que no dejas sin castigo

ningún crimen en la vida!

La ley calla, el mundo olvida;

mas ¿quién sacude tu yugo?

Al Sumo Hacedor le plugo

que a solas con el pecado,

fueses tú para el culpado

delator, juez y verdugo.

El paisaje revive en él con broncos y a la vez armoniosos acentos. ¿No se recuerda leyendo la primera de estas décimas aquella figura que nos pinta la voz de Dante como lengua de oro resonando en garganta de bronce?

Alguien le ha llamado el poeta de la duda; porque su alma, mística y creyente, al dolerse de la falta de fe de su siglo, parece como si a la vez diera abrigo a las torturas de su época:

¿Qué busco? ¿adónde voy? ¿por qué he nacido

en esta edad sin fe? Yo soy un ave

que llegó sola y sin amor al nido.

A este nido social, en que vegeta,

mayor de edad, la ciega muchedumbre,

al infortunio y al error sujeta

entre miseria y sangre y podredumbre.

Él necesita la fe. ¿Qué poeta no la ansía, y la busca, y la mima? La fe, en cualquiera de sus manifestaciones, es la materia prima de la alada queja poética. Para él no tiene la duda acentos; pero, a veces, llega a corroerle también el corazón:

La Musa del análisis, que armada

del árido escalpelo, a cada paso

nos precipita en el oscuro abismo

o nos asoma al borde de la nada,

¿no la ves, no la sientes en ti mismo?

¿Quién no lleva esa víbora enroscada

dentro del corazón?...

Pero esos son gritos de hambriento de fe; su espiritualismo no claudica nunca, y la musa severa del poeta se transforma, solo por excepción, en flagelo de burla y socarronería para atacar a Darwin y su teoría:

Que, removiendo lo pasado incierto,

sagaz ha descubierto

el abolengo del linaje humano.

[…]

¿Quién, que estime su crédito y su nombre,

no sabe que es el hombre

la natural transformación del mono?

[…]

Llegó a tal perfección un mono viejo;

y la vivaz materia por sí sola

le suprimió la cola,

le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.

No solo acentos vigorosos, de lírica campanuda, armoniosa y broncínea, debemos al poeta. También tiene acentos tiernos y suaves para cantar al suelo natal, a la adolescencia y al amor. ¿Quién no recuerda su Idilio? ¿Quién no ha arrullado sus melancólicos sueños de juventud con esas estrofas románticas, en que se canta al amor puro, tierno y delicado, que, como conviene al íntimo dolor del poeta, viene a guadañar, implacable, la muerte?

¡Oh recuerdos, y encantos y alegrías

de los pasados días;

oh gratos sueños de color de rosa;

oh dorada ilusión de alas abiertas,

que a la vida despiertas

en nuestra breve primavera hermosa!

¡Volved, volved a mí! Tended el vuelo,

y bajadme del cielo

la imagen de mi amor, casto y bendito.

Lucid al sol las juveniles galas,

y vuestras leves alas

refresquen ¡ay! mi corazón marchito.

¡Preciosa poesía, de tiernos acentos, de vigorosos paisajes de la tierra y delicados paisajes del alma, mezclados a descripciones pictóricas de los dos eternos seres del diálogo amoroso!

¡Hace ya tanto tiempo! Era yo mozo:

negro y sedoso bozo

mi sonrosado labio sombreaba.

El poema todo, con sus ternuras y sus luces, sus dolores y sombras, se encuentra contenido entre las dos estrofas análogas del comienzo y del fin, sin más variante que el motor, ya de placer, ya de dolor, que nubla de lágrimas los ojos del poeta:

Doblaba lentamente la campana:

ancha franja de grana

teñía el cielo de matices rojos;

sepultábase el sol en el ocaso…

¡Ay! yo detuve el paso,

y el llanto del placer cegó mis ojos.

Es el idilio que comienza, con aquella «niña de corazón sencillo y puro», cuyo amor nació ya con la ternura infantil:

Juntos como dos pájaros crecimos,

y juntos compartimos

la pena, el gozo, la inquietud y el llanto.

Y antes de que, al volver al hogar, muerta ella, «el llanto del dolor» ciegue sus ojos, tenemos allí, cantado con ritmo arrullador, el amor candoroso y desbordante de la niña pura:

«Quebrante la pasión que me sofoca

la cárcel de mi boca.

¡He llorado en silencio tantos días!

¿No me roban tu amor otras mujeres?

¿Es verdad que me quieres?

¡Si me engañases, Juan, me matarías!

No sabes que esta bárbara sospecha,

como acerada flecha

me ha traspasado el corazón. ¡Ay! ¡Cuánto,

cuánto he sufrido!» Hablábame gozosa,

y en su mejilla hermosa

la risa se mezclaba con el llanto.

Yo la escuchaba estático… ¡Aún la veo!

¡Aún en el alma creo

que resuena su voz, su voz vibrante

como el último acorde de una lira!

¡Aún me llama, aún suspira,

apasionada siempre y siempre amante!

Es en verdad exquisito hallar, en medio de la lírica vibrante y enérgica de Núñez de Arce, este remanso de amoroso romanticismo del Idilio, que si está empapado en las lágrimas de todo tierno y pujante amor frustrado, tiene el vuelo melódico de una abeja, cuajada de mieles, y tornada en mariposa para esparcirlas con mayor elegante ondular.

Es, además, casi la única poesía de esta naturaleza en toda su obra, y la que contribuye a darnos la fisonomía completa del poeta, que con este aspecto de viril dulzura y de poético arrobo nos muestra el otro yo de su creación, la sed de amor y de ternuras que se hermanaban en él con el autor de los Gritos del combate, de las estrofas «A la muerte de Ríos Rosas» y del famosísimo «Miserere».

A través del Idilio se escapa cuanto de afectivo y hondo encerraba la imagen maltratada por el destino, que encerraba en tosco vaso un alma de purísimo diamante y una mente de alto vuelo, generadora del estro lírico más removedor y vigoroso de la época.

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