Read the book: «Ni una boda más»



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A mis hermanas, Randa y April.
Las hermanas son nuestras primeras y eternas amigas,
yo soy feliz de tenerlas a ustedes.

Capítulo 1
Era irónico, pero cada vez que Violet Abrams llegaba a Las Dudas, Alabama, sentía una gran incertidumbre. No ayudaba tampoco el hecho de que, en casa, en la capilla que solía ser su favorita, se estuviera llevando a cabo una gran ceremonia sin ella.
Sí, hoy todo era muy irónico.
Tal vez estaba usando el término irónico de forma equivocada. Las palabras nunca habían sido su fuerte. Era capaz de capturar imágenes que podían decir mil palabras sin necesidad de pronunciar ni una sola.
O al menos, solía hacerlo.
Antes de que un imbécil que le había jurado que sería su “por siempre y para siempre” se burlara de sus planes. Obviamente él no había querido caer en las definiciones clásicas de siempre, eternamente, sin excepción.
Lo que la llevó hasta la molesta palabra nunca. Como cuando juró que nunca jamás volvería a vivir en Las Dudas, Alabama. No a menos que alguien la arrastrara por los pelos.
Sin embargo, allí estaba el anuncio que le daba la bienvenida al pueblo.
Los recuerdos de la última vez que estuvo en Alabama emergieron, impulsándola a mirar por el espejo retrovisor.
Violet hizo un gesto con la barbilla y aferró con más fuerza el volante. Trataba de dejar atrás el pasado. Buscaba el lado bueno de las cosas y apartaba las ideas y emociones negativas. Mientras mis mejores amigas están en Spanx, enfundadas en vestidos entallados y arriba de tacones criminales, yo voy muerta de risa en estos cómodos pants de yoga.
El empleado del 7-Eleven en el que se detuvo a recargar gasolina y cafeína definitivamente se dio cuenta. La observó con atención y, como todavía llevaba el maquillaje del día anterior, se sintió un tanto halagada.
Aunque se fijó demasiado en su trasero.
Fue curioso pero la mujer en el pasillo de las papitas también le miró el trasero. Y Violet se preguntó si por accidente estaba dando la vibra equivocada, gracias a todo lo que había despotricado últimamente sobre los hombres.
Cuando Violet quitó el tapón del tanque de gasolina y vio su reflejo en el espejo lateral del auto todo cobró sentido. Sus pants de yoga color lila eran tan transparentes que dejaban ver con claridad los brillantes corazones rosas y la leyenda de sus bragas: “nos vemos, por ahora”.
Estaba de más decirlo, pero adiós a Victoria’s Secret.
Aunque fue supervergonzoso, al menos llevaba ropa interior linda y no calzones de abuelita.
Mírame, soy optimista.
Los frenos rechinaron cuando detuvo el auto frente a la Pastelería Maisy, haciendo que la carpeta que Violet detestaba, pero que no se atrevía a tirar, se deslizara desde debajo del asiento del copiloto.
Tanto trabajo. Tantas imágenes hermosas que alguna vez la alegraron. Todas dentro de una abultada y brillante carpeta color púrpura que hacía que le dieran ganas de llorar. Precisamente ahora que estoy trabajando con el pensamiento positivo. Muchas gracias, no me ayudas, señora Carpeta, así que vete a… tu lugar.
Violet se estiró por encima de la consola y empujó la maldita carpeta debajo del asiento, junto con la botella de refresco vacía y las envolturas de caramelos de cuatro horas de viaje en carretera desde Pensacola, Florida.
Ah, ¿y si llamo a esto un sabático? No, mejor un viaje de autodescubrimiento. Como en Comer, rezar y amar.
O Alma salvaje, pero sin tanta caminata y con menos rollo al aire libre.
La última página de esas inspiradoras memorias acudió a su mente: Y al final descubrí que comer pastelitos en una habitación con aire acondicionado y corpulentos cazadores solitarios que se bañan con regularidad es el verdadero camino a la felicidad.
Ah, ya me siento iluminada. Como era una chica de todo o nada, Violet unió sus manos en posición de rezar y añadió un “Namasté”.
Funcionó como por arte de magia. La incertidumbre, junto con toda la mierda que se retorcía en su interior, se alivió al ver las letras doradas que anunciaban en el escaparate “Pastelería Maisy”.
Se sintió llena de emoción y jaló de ambos lados la coleta despeinada hasta que la liga chocó con su coronilla. Para asegurarse de que esta vez su trasero llamara menos la atención, Violet sacó su sudadera de la caja que estaba en el asiento delantero.
Marcos multicolores sobresalían del interior de la caja y dejaban ver parte de las imágenes que contenían. Lo suficiente para saber en qué boda habían sido tomadas. La diadema magenta con joyas pertenecía a Leah, la primera en casarse de su grupo de amigas. La otra foto estaba al revés, mostraba los vestidos malva que Amanda había elegido para sus damas de honor junto con los tacones plateados que les cortaban la circulación en los dedos.
El siete era el número de la suerte de Violet. Pero la boda de Maisy marcó la séptima ocasión en la que participó como dama de honor y después de que resultara un desastre, Violet renunció a todo lo que tuviera que ver con ellas. "Ni una boda más", se había prometido.
El problema era que resultaba difícil no pensar en bodas cuando: a) tu trabajo más importante tiene que ver con ellas y b) tus fotos favoritas son de las bodas de tus mejores amigas.
Piensa en Maisy, en cupcakes y en mejillas de bebé. En cuanto tuviera estas tres cosas ni siquiera tendría que trabajar en reprimir sus emociones conflictivas.
Violet salió del auto y puso la alarma, a pesar de que Las Dudas era uno de esos idílicos lugares donde el único crimen es no saludar.
Todas sus pertenencias estaban allí, incluyendo su carísima cámara Canon 5D Mark IV que alguna vez se sintió como una extremidad más.
Allí voy otra vez. Maisy y yo tenemos un plan y todo estará bien si consigo llegar a las últimas horas del día.
Cuando entró, la campanilla de la puerta de la pastelería repiqueteó, al tiempo que Maisy se despedía de un cliente con un: “Hasta luego, ¡que tenga un dulce día!”.
–¡Violet! –chilló Maisy tan fuerte que el cliente se sobresaltó. Su media hermana rodeó el mostrador corriendo y Violet se apresuró dando un par de zancadas.
Un instante antes de que se encontraran, Violet vaciló, solo era una ligera duda de si ir con todo, ya que nunca habían hecho el combo de grititos y abrazos.
Pero Maisy cubrió la distancia que las separaba y le dio un abrazo, digno de una pitón, que le sacó el aire. Quedarse sin aliento nunca había sido tan tranquilizador.
Por su complicada dinámica familiar no estuvieron cerca cuando crecieron y los abrazos que antes intercambiaban solían ser rápidos y robóticos. Sus conversaciones habían sido más o menos siempre las mismas hasta los últimos meses.
–Estoy tan feliz de que estés aquí –dijo Maisy–. Obviamente, la pastelería necesita una remodelación… pero no es que tengas que empezar de inmediato. Llevo todo el día esperándote y ya estás aquí y, por si no lo notaste, estoy muy emocionada.
–Creo que el término correcto sería “tengo un subidón de azúcar”.
Maisy se rio y se acercó como si estuviera a punto de revelar sus secretos comerciales.
–También invertí en una máquina de café expreso. Tras muchas noches sin dormir, pasó de ser un deseo a una necesidad.
Sonó la campanilla de la puerta y Maisy vio que entraba una familia de cinco miembros.
–No te preocupes por mí –dijo Violet, moviendo la cabeza de un lado a otro para liberar la tensión del cuello tras el largo viaje–. Echaré un vistazo y empezaré a hacer planes. Nos pondremos al día cuando cierres la tienda.
Maisy asintió y se acercó para ayudar a la familia a estudiar el muestrario de golosinas. El aire se llenó con su charla y Violet se preguntó cuántos expresos y cupcakes habría tomado Maisy, y si una buena cantidad de azúcar y cafeína le ayudaría también a ella para contrarrestar el sabor agridulce que sentía en la garganta.
Estar aquí era… surreal.
Hablando de surrealismo, ¡centrémonos en el arte! Violet colocó las manos en las caderas y estudió las sucias paredes de la pastelería. Definitivamente necesitaba una remodelación, pero estaba segura de que podría mejorar los desolados muros blancos y las polvosas decoraciones.
Podía pintar la parte inferior del mostrador delantero con un color más oscuro para que la vitrina llamara más la atención. Los suelos de madera eran hermosos y, con una pulida, y tal vez una capa de barniz, serían perfectos.
Hay mucho potencial. Al observar cómo Maisy colocaba sus azucaradas obras de arte en una caja rosa pálido mientras sonreía a sus clientes, le resultó obvio que su hermana hacía lo que le gustaba. De la nada, una ola de cariño golpeó a Violet con tanta fuerza que le temblaron las rodillas. Era genial ver a Maisy en persona otra vez.
Había creído que las llamadas telefónicas se desvanecerían, sobre todo desde el nacimiento de Isla hacía un mes. Los bebés recién nacidos consumen mucho tiempo y Violet lo habría comprendido.
Pero, por el contrario, ella y Maisy hablaban cada vez más. Y cuando Violet se quebró, soltó la sopa y le dijo que hoy sería horrible, Maisy insistió en que viniera y se quedara con ella una temporada. Al menos hasta que se repusiera.
–No quiero ser imprudente –dijo Violet, pero Maisy chasqueó la lengua y le dijo que con su esposo trabajando lejos de casa estaba desesperada por un poco de compañía. Además, tenía una habitación extra, sin cargo.
Como no quería sentirse como una vividora, insistió en que hicieran un trato: Violet remodelaría la pastelería mientras estuviera en la ciudad. Lo cual le tomaría, si lo hiciera a su manera, solo un mes. Dos, a lo mucho.
–¡Que tenga un dulce día! –se despidió Maisy del último cliente del día. Volteó el cartel de la puerta para cerrar y se dirigió hasta donde estaba Violet, que miraba todavía la pared.
Los muros en blanco solían transmitirle vibras de una felicidad cosquilleante. Por desgracia, la chispa no se encendió como por arte de magia.
–¿Y? –preguntó Maisy–. ¿Qué te parece?
–Como dicen, el lugar tiene potencial. Y el suelo es increíble –dio una patadita como para comprobar lo que decía–. Con pintura nueva, unas notas de color, obras de arte bien colocadas, reflejará cómo se siente la gente cuando prueba uno de tus deliciosos postres.
La sonrisa de Maisy era muy parecida a la de su madre, pero a diferencia de las “sonrisas” que Cheryl Hurst le dirigía a Violet, la de Maisy era genuina.
–Estoy tan contenta de que estés aquí para ayudar. Cuando compré el lugar, me tuve que concentrar en sustituir los electrodomésticos. Después de eso, apenas tenía dinero para los ingredientes. Ahora por fin tengo los medios para renovar el resto, pero, gracias a mi adorable bebé, no tengo el tiempo. Además, no soy buena en decoración.
–Sí, recuerdo tu habitación de cuando eras niña. Era como si un daltónico la hubiera decorado.
–Oye, no estaba tan mal –Maisy le dio un empujoncito en el hombro.
–Como alguien con entrenamiento en colores complementarios –apuntó Violet después de soltar una risita–, puedo decir con total seguridad que sí estaba muy mal. Sobre tu cama también tenías un póster de ese tipo cavernícola de cabeza grande, nariz enorme y boca extrañamente pequeña.
Maisy suspiró tan fuerte que resonó entre las paredes.
–Era un póster de One Tree Hill, si no captaste el encanto de Nathan Scott es porque no viste la serie.
–Sí la vi, Lucas Scott era mucho más guapo que su hermano.
–¿Lo dices en serio? Tiene la cara aplastada. Y nunca abre los ojos por completo.
Violet iba a comenzar a discutir, pero prefirió cerrar la boca.
–Buen punto en esa última parte, pero tenía una cabellera genial. Además, los paliduchos de pelo oscuro no son mi tipo.
Maisy se escondió detrás de la oreja un mechón de pelo castaño que había escapado de su cola de caballo.
–¿Descartarías a un tipo solo por eso?
Aunque a Violet nunca le había gustado el apellido Hurst, no le quedaba más que aceptar el mismo tono café rojizo oscuro en su cabello que el de su padre, su media hermana y su medio hermano. Cada vez que los visitaba, ese era el rasgo característico que hacía que los lugareños exclamaran: “Vaya, eres toda una Hurst”.
Era perturbador Cuando era adolescente lo llevaba rubio para no confundirse con la familia a la que nunca había pertenecido.
Por supuesto que la idea de mantenerse alejada de cualquier parecido con su padre había sido una teoría absurda, al menos una que no le había evitado el dolor, pero de todas formas se había aferrado a esa fantasía. En los últimos meses demasiadas cosas habían cambiado y Violet anhelaba lo familiar.
–Tengo un sistema muy preciso. Básicamente, miro a alguien y si es un tipo sexy que me da alas durante años y años, decido que ese es el indicado.
Como esa afirmación era verdad, la broma no tuvo gracia.
Antes de que Maisy pudiera compadecerse, Violet agitó una mano en el aire. Se había vuelto buena en fingir que la pérdida de una década entera de planes no la había afectado.
–En fin, ese era mi antiguo sistema, antes de que renunciara a los hombres en general. ¿Quién los necesita?
–Yo –suspiró Maisy y con tono soñador añadió–... Solo desearía que el mío no estuviera tan lejos.
Violet se estremeció, pero no solo porque las palabras se sintieron como un pinchazo en el corazón.
–Lo siento. Eso fue insensible de mi parte. Sé cuánto lo extrañas, Travis es uno de los buenos.
Esta vez, fue Maisy quien agitó una mano en el aire.
–No pasa nada. Entiendo lo que quieres decir –colocó su brazo alrededor de los hombros de Violet y apoyó la cabeza en su hermana–. Espero que algún día, cuando conozcas a la persona adecuada, cambies de opinión.
Muy lindo deseo, pero Violet ya había decidido que la persona “correcta” no estaba en su destino y, la mayoría de los días, estaba en paz con eso.
No era como si casarse fuera su principal objetivo en la vida. Y a pesar de lo que su ex o cualquier otra persona que hubiera estado en su vida durante la última década pudieran pensar, su casi obsesión con la planificación de su propia boda en realidad no tenía nada que ver con la celebración.
En el pasado, cuando la musa de la fotografía solía ser benévola, las bodas eran su trabajo favorito. Se emocionaba y dominaba el arte de capturar momentos sin seguir un guion: el padre de la novia abrumado por dejar de ser el hombre principal en la vida de su hija; los abuelos recordando el día de su propia boda mientras compartían un baile; los niños escondiendo pedazos de pastel en sus elegantes trajecitos; y las damas de honor riendo juntas, trabajando para asegurar que la novia tuviera el día perfecto.
Luego estaban los votos. Esa era su parte favorita de las bodas y lo que siempre la hacía llorar. La declaración ante todo el mundo de que elegías a esta persona para pasar con ella toda tu vida, y la promesa de seguir haciendo todas esas pequeñas cosas que las hacían sentir amadas.
Por siempre y para siempre… El pinchazo en el corazón se convirtió en una puñalada, una que reabrió viejas heridas.
–¿Violet? ¿Estás bien?
Violet parpadeó, molesta al notar esa humedad que se aferraba a sus pestañas.
–Lo siento. Estoy tan acostumbrada a trabajar en silencio que empecé a repasar en mi mente posibles combinaciones de colores.
Una huella de escepticismo se dibujó en los labios de Maisy, pero fue amable y evitó llamarla mentirosa, mentirosa, plan de boda desastrosa.
–¿Significa que mi idea podría funcionar? –preguntó llena de esperanza.
Durante la escuela de arte, Violet había incursionado en varios medios. La teoría era que emprender un trabajo con poca presión haría que sus jugos creativos fluyeran.
A medida que la imagen de la pastelería renovada tomaba forma en su mente, la chispa que antes había buscado en vano, comenzó a centellar.
–Unas rayas o unos grandes lunares de colores alegres irán en esa pared divisoria –una familiar corriente eléctrica recorrió su piel y le aceleró el pulso. No era tan intensa como cuando miraba a través de la lente de su cámara, pero le susurró que la pasión estaba todavía en algún lugar en su interior–. También podríamos pintar y retapizar las sillas para que hagan juego.
–Confío en ti –dijo Maisy, y Violet sintió un tironcito en el centro del pecho.
El teléfono de Maisy pitó.
–Es hora de recoger a Isla de la guardería. Solía ser organizada, pero tenerla me frio el cerebro. Perdí la noción del tiempo, así que necesito poner una alarma. De vez en cuando regreso con ella para terminar el trabajo y hoy va a ser uno de esos días.
–¿Te importa si me quedo y hago una lluvia de ideas?
Además de que deseaba aprovechar la chispa creativa, Violet no quería ver gente. En especial no quería ver a su padre y a su esposa. Con todo lo que le ocurría hoy en día, no era capaz de manejar un incómodo encuentro con el resto de los Hursts.
–Para nada –Maisy se quitó el delantal y lo tiró en una mesa cercana–. ¿Pero podrías hacerme un favor? Preparé la masa para un par de tandas de cupcakes pero estaba esperando a que el horno se precalentara. ¿Puedes meterlos?
–¿Solo meterlos? –era una petición simple, pero la sola idea de cualquier cosa que implicara hornear la ponía nerviosa. Le había dicho a Maisy que con gusto le ayudaría a vender y a comer cosas, pero que no esperara ayuda en la cocina.
–Sí. Pon el temporizador quince minutos –Maisy abrió la puerta–. La guardería no está lejos, así que volveré pronto.
Solo hay que meter los cupcakes y poner un temporizador. Suena bastante simple.
–Antes de que me olvide, ¿hay almendras en alguno de los pasteles? No es que vaya a comerlo todo, pero también podría hacerlo y preferiría no entrar en un choque anafiláctico cuando lo haga.
–No te acerques a los panecillos de semillas de amapola ni a las garras de oso. Aunque en esos se pueden ver las almendras trozadas en la parte superior. Aparte de eso, puedes comer lo que quieras –repuso riendo.
Violet rodeó la pared que separaba el frente de la pastelería de la cocina. Encontró dos bandejas gigantes de cupcakes con masa color rosa, amarillo y café. De repente, se le antojó un helado napolitano.
Al abrir la enorme puerta del horno el calor le golpeó el rostro. ¡Guau! Apuesto a que este lujoso equipo prácticamente hornea solito los cupcakes.
Su teléfono pitó mientras metía la segunda bandeja. Violet lo sacó vibrando de su bolsillo y como se trataba de su compañera de habitación de la universidad que había sido la responsable de su primera vez como dama de honor, respondió.
–¿Hola?
–Oh, cariño –la saludó Leah–. ¿Cómo estás?
Mierda. Debería haber sabido que no debía responder. Todo lo que esa conversación iba a hacer era recordarle exactamente qué día era.
–Estoy bien. Estoy con mi hermana y…
–Tu boda habría sido mucho más elegante. El vestido de la novia hace que los invitados se sientan totalmente incómodos. Un solo movimiento de la chica y se le escapa un pezón, yo estoy a punto de hacer el jueguito pasivo agresivo de “Rock Your Body” para revivir cuando Justin Timberlake le arrancó el top a Janet Jackson y dijo que fue un problema de vestuario. Amanda y yo te enviamos fotos por el chat del grupo para que lo veas por ti misma.
Violet cerró la puerta del horno con la cadera y miró fijamente los extraños botones y controles. Y ella que pensaba que la estufa de su apartamento era desconcertante. Presionó uno, cinco, y buscó el botón del temporizador.
–Benjamin tomó su decisión y honestamente espero que sean felices juntos –las palabras le rasparon al salir y le dejaron la garganta adolorida, en carne viva. Aunque trataba de ser una mejor persona, todavía no lo conseguía.
–Le doy a este matrimonio menos de un año –soltó Leah.
“Seis meses”, escuchó Violet en el fondo, lo que significaba que Amanda estaba allí y estaban sentadas juntas.
–Solo prométeme que si el bastardo vuelve arrastrándose hacia ti, no lo aceptarás de nuevo.
Al tiempo que Violet presionaba más botones sonó un bip, bip. En el reloj digital no se veía que iniciara la cuenta regresiva, así que continuó presionando botones.
–No lo haré, lo juro. Ahora mismo, estoy intentando no pensar en él o en la boda en absoluto.
Ni en el hecho de que le propuso matrimonio cuando llevaban solo dos meses y se está casando tan solo seis después de haberla conocido.
–Lo sé, lo sé. Pensamos que te haría sentir mejor saber que Crystal se ve muy vulgar. Tú eres mucho más divertida y realista…
En realidad eso quiere decir más sosa, pero con una personalidad ingeniosa que compensa la simplicidad.
–Pero ahora también estoy pensando… –Leah pasó del modo chismoso al llorón en dos segundos, lo que significaba que había estado disfrutando de la barra libre–. Es mi culpa por presentarlos a ustedes dos en primer lugar. No iba a venir a esta farsa de boda por principios, pero Ben es el mejor amigo de Casey, bua, debes saber que sé que el imbécil nunca te mereció. Vas a encontrar a alguien mucho mejor.
Si le decía a Leah que había renunciado a los hombres solo la haría llorar más. Y luego jalaría a Amanda para que pudieran hacer FaceTime y se lamentaran por cómo se sentía. Tal vez incluso le sugerirían amigos solteros, a pesar de que habían estado en el mismo grupo de amigos desde siempre y conocían a la misma gente.
Violet le aseguró que estaba bien y le sugirió que fuera a disfrutar del baile con su esposo, que era un gran tipo.
Como no estaba segura de si había ajustado bien el temporizador, puso una alerta en su teléfono, haciendo lo posible por ignorar el chat de grupo que habían titulado La Tripulación de las Damas de Honor. Como sus amigas de la universidad tenían vidas ocupadas y se conectaban en diferentes momentos, lo habían creado para mantenerse en comunicación sin importar lo que pasara.
Se formaron gotas de sudor y el calor empujó a Violet hacia el frente de la pastelería, donde se enganchó con una galleta de azúcar escarchada.
Se sentó en la orilla de una mesa y frotó la pantalla de su teléfono contra la tela gastada de sus pants de yoga. Comenzó a quemarse el muslo, urgiéndola a darle vuelta a su celular y a estudiar las fotos de la boda de su ex que no quería ver en absoluto. ¿Por qué se torturaba de ese modo?
Como si otra persona estuviera a cargo de su cuerpo, giró el teléfono. Sin su permiso, su pulgar tocó el mensaje de Leah. Y allí estaban. Su exprometido y su nueva esposa sonrojada.
Yo también me sonrojaría si llevara ese vestido. El escote del vestido de Crystal se prolongaba hasta la mitad del ombligo. En una mujer delgada, de pechos pequeños, podría pasar por elegante, pero las tetas falsas de Crystal estaban a punto de desbordarse. La cinturita de avispa mostraba el hecho de que, a diferencia de Violet, Crystal no necesitaba perder diez kilos, y la falda y la cola estaban adornados con ¿qué iba a ser? cristales.
Tal vez el vestido era de lo más atrevido, pero no se podía negar lo radiante que estaba la novia.
Leah había añadido un GIF de Heidi Klum haciendo caras, con la palabra guau abajo, y Amanda había añadido un puaj que mostraba a Britney Spears con cara de que acaba de ver algo desagradable.
Con la tortura en pleno apogeo, Violet se metió la última galleta en la boca y pasó a la siguiente foto que había enviado Amanda.
Su corazón dejó de latir al ver el ramo de la novia y el color de los vestidos de las damas de honor. La imagen se desdibujó cuando sus ojos se llenaron de lágrimas sin derramar.
Había tantos colores, pero ¿púrpura? ¿En serio? ¿Benjamin no pudo decirle a Crystal, Ey, espera, el color favorito de Violet es el púrpura y he visto fotos en una carpeta de bodas de ensueño que son similares de un modo inquietante a todo lo que has elegido?
¿Cómo se atrevían a quitarme eso? ¡Está en mi propio nombre!
Ya sin control de su cuerpo, Violet salió furiosa de la pastelería. Abrió de un tirón la puerta del pasajero de su coche y buscó la estúpida carpeta que no quería volver a ver.
La liga del pelo se enganchó en uno de los tornillos debajo del asiento, un agudo dolor acompañó al tirón que la liberó. Se sintió un poco mareada al extraer la carpeta. Como burlándose de ella, brilló bajo los últimos rayos de luz del día.
Violet tomó el encendedor de la guantera y como una tromba se internó en el callejón junto a la pastelería.
“Algún día, ¡mi trasero redondito!”. Algún día solía ser la mentira favorita de Benjamin. La promesa con la que la engañó durante toda una década.
Nos casaremos después de graduarnos de la universidad.
Después de que consiga este trabajo.
Cuando tengamos más dinero ahorrado.
Estoy tan estresado ahora mismo, cariño. Esperemos hasta después de que consiga el ascenso.
Algún día pronto, pero en serio necesito un coche nuevo y es la inversión más inteligente.
Después de cada boda a la que asistían juntos, y en la mayoría de ellas Violet participaba, Benjamin la miraba amorosamente a los ojos y le decía: “Nena, somos los siguientes”.
Había esperado diez años.
Cuando estaba por finalizar la recepción de Maisy, donde fue, otra vez, dama de honor, Violet se puso a buscar a su novio. Estaba decidida a decirle que ya era hora de que fijaran una fecha y que dieran el maldito paso de una vez.
Cuando finalmente lo encontró en una habitación abandonada del salón de banquetes, una de las invitadas estaba sentada a horcajadas sobre él, con la falda alrededor de la cintura y la lengua de Benjamin en su garganta.
“Ese imbécil”. Violet lanzó su carpeta de boda contra la pared exterior de la pastelería. Una mezcla de satisfacción e ira la recorrieron al ver las páginas esparcidas por el suelo sucio.
Se puso en cuclillas y arrancó más páginas, lo que no fue fácil, ya que había deslizado todas las hojas en protectores de plástico reforzado. Sacudió las brillantes páginas de revistas con sus hermosos pasteles de varios niveles y vestidos de novia y ramos, todos en varios tonos de púrpura.
Eso debería ser suficiente leña para prenderle fuego al resto, pensó mientras giraba el pulgar sobre el encendedor.
Una llama azul y anaranjada chisporroteó, no podía esperar a que creciera para que terminara con sus esperanzas y sueños perdidos.
***
–Para los vestidos de las damas de honor, estoy pensando en ombligueras y faldas cortas –dijo Ford mientras se dejaba caer en el sofá para la que sería la primera de muchas reuniones de planificación de boda según les habían anunciado–. No tan cortas como para que deba esconder mi paquete, pero quiero mostrar estas piernas musculosas que me ha dado el entrenamiento como bombero.
Addie, una de sus mejores amigas y la futura novia, se rio y Lexi se sonrojó. Los tres cachorros de pastor alemán que le entregaron a principios de la semana se alborotaron.
Desde el otoño pasado, varios eventos inesperados habían sucedido al interior de su unido grupo de amigos. Su amigo Shep, Will Shepherd como casi todo el mundo lo conocía, se había casado con Lexi, la rubia debutante que ahora recargaba su cabeza contra Ford. Luego, en medio de todas las actividades previas a la boda, dos de sus otros amigos más cercanos se enamoraron.
Al principio, Ford odió la idea de Tucker y Addie. Pero al ver todo el esfuerzo de Tucker para ganarse a la chica que estaba a su lado, lo bien que estaban juntos, y lo más importante, cuando se dio cuenta de que el grupo no se iba a dividir por su matrimonio, se sumó a los preparativos. Ahora estaban a punto de casarse.
Cuando Murph, conocida como Addison Murphy en el resto del pueblo, le pidió que fuera parte de su cortejo de honor, por supuesto dijo que sí. Haría casi cualquier cosa por sus amigos.
Lexi, otra de las damas de honor junto con Alexandria, la hermana de Addie que tenía la suerte de quedar fuera de los preparativos de la boda por vivir en el estado vecino, extrajo de un sobre una carpeta gigante y unas cuantas revistas gruesas de su bolso. Las dejó caer sobre la mesa de café que estaba junto a los juguetes de los perros y los controles remotos, donde contrastaban con el montón de ejemplares del Alabama Outdoor News.
–Esto debería servir para empezar –dijo, con cuaderno y bolígrafo en mano.
–¿Para empezar? –Addie contempló la pila de revistas–. ¿Vamos a comenzar un incendio? Porque eso es lo que ese montón de tonterías me provoca.
Lexi suspiró y cruzó una pierna sobre la otra, la falda de su vestido rojo revoloteó con el movimiento.
Como dijo, haría cualquier cosa por Murph, que siempre había sido uno de los muchachos, pero los planes de boda se pasaban un poco de la raya. Los ojos de la chica estaban abiertos como platos y suponía que los suyos estaban igual, pero hacía mucho tiempo que había jurado no dejar a ningún hombre atrás.
Como él era parte de las damas de honor y Addie no tenía idea sobre cosas de chicas, Lexi era la única con experiencia en todo lo que una boda implicaba, de modo que ahí estaban, mirando una carpeta con códigos de colores.
Addie alcanzó el paquete de cervezas Naked Pig Pale Ale. Después de tomar un gran sorbo de la botella, levantó la carpeta de la mesa con vacilación.
Que le pusieran delante un incendio que combatir, un excursionista perdido que encontrar, o una fuerza destructiva de la naturaleza con la que lidiar, y se lanzaba sin miedo. Pero ¿el embrollo de una lista de cosas por hacer para una boda? Vaya, estaba a punto de llorar como un niño pequeño que busca a su mami.
Era de locos. Por desgracia, después de la reunión tenía que entrenar a los cachorros en búsqueda y rescate, así que más le valía permanecer sobrio.
Ford tomó una cerveza sin alcohol y la abrió. Murph pasó la página hasta la sección llamada “Mesas” y entrecerró los ojos.
–Um, supongo que empezaremos con… ¿decoraciones de mesa? –le echó una mirada a Ford, como si él tuviera idea de qué tipo de adornos poner. ¿No bastaban la vajilla y los platillos? El resto era un estorbo durante la comida. Al inclinarse para ver por encima del hombro de Addie, el cuero del sofá crujió.
–Claro. Esos manteles se ven bien –dijo, señalando las hileras de tela multicolor. Lexi frunció el ceño.
–Esos no son para las mesas, son para las sillas.
–¿Las sillas necesitan manteles? –preguntó, y Lexi suspiró.
Addie le dio un codazo.
–Sí, ¿no lo sabías, Ford? Así, en vez de usar el mantel como servilleta, te limpias en la silla.
–Una solución inteligente –todos rieron, Lexi frunció los labios.
Desde que comenzaron con esto de ser parte del cortejo de Shep como damas de honor, Addie se había vuelto más cercana a Lexi, pero en momentos como este se ponía de manifiesto lo diferentes que eran. Si dependiera de Addie y Tucker, harían una ceremonia pequeña. Sin embargo, la costumbre del lugar era que las bodas se organizaban tanto para los miembros de la familia y la gente del pueblo como para la pareja. Era más fácil seguir la corriente que lidiar con las críticas el resto de sus vidas.
Los cachorros empezaron a juguetear y a ladrar y sus gruñidos llenaron el aire. Pyro, el fiel pastor alemán negro de Ford, alzó la cabeza desde su cama junto a la chimenea. Aunque ya estaba retirado, Pyro no podía evitar ayudar. Por eso era el mejor perro de rescate de todo Alabama.
Por eso y porque Ford, que entrenaba a las unidades K-ninas para misiones de búsqueda y rescate, lo había entrenado personalmente desde que era un cachorro juguetón.
Lexi lanzó una mirada a los perros.
–No niego que tu nueva camada es ridículamente linda, pero así no podemos planear una boda. Son muy ruidosos.
–Ruidosos. Te sorprenderás de lo mucho que mejorarán en una semana, más o menos.
Ford todavía no elegía el nombre de los cachorros, pero el más inquieto levantó su pierna y orinó en el zapato de tacón alto de Lexi.
A su favor, Lexie no gritó ni regañó al cachorro. Pero arqueó la ceja mirándolo para dejar en claro que el lugar de Ford estaba en la casa del perro.
–Por favor, ¿me puedes servir un hors d’oeuvre para acompañar mi odeur du pipí? Ah, claro. No tienes de esas cosas.
Decir que Lexi estaba acostumbrada a hacer de anfitriona era quedarse corto. Solía dejarla ser, pero si los cachorros se quedaban mucho tiempo solos destruirían la casa.
–Saqué carne seca y un paquete de cervezas, ¿no?
–Creo que acabamos de elegir el menú de la boda –dijo Addie–. Carne seca y cerveza para todos.
–Oye, oye –Ford le dio una mordida al extremo de carne seca de Addie, y luego ambos dieron mordiscos gigantes.
A juzgar por la expresión de desprecio en la cara de Lexi, los dos terminarían en la casa del perro.
–La próxima reunión la haremos en tu casa –dijo Ford en tono apaciguador.
–Sé que es abrumador, pero estoy aquí para ayudar –Lexi se inclinó sobre la mesa de café y pasó a una página marcada como “Paleta de color”–. Una vez que escojamos cuáles son tus colores y fijemos otros detalles importantes, el resto será muy sencillo.
–Lo único que quiero es que no sea rojo carmesí –atajó Addie–. Sin ofender –añadió porque sabía que ese color había sido uno de los favoritos de Shep en su boda–. Pero trabajo para la universidad de Auburn y sería vergonzoso que en mi boda los entrenadores se pregunten si soy una traidora por usar los colores de la competencia.
–¡Vamos, águilas guerreras! –Ford levantó su cerverza.
Lexi se pellizcó el puente de la nariz.
–Otra vez no. Ya se los expliqué. Me gusta el rojo. Y aunque me doy cuenta de que dije “elige lo que quieras”’, una boda color naranja universidad sería horrible. Dudo que quieras que tus damas de honor se vean como si se hubieran escapado de la cárcel.
–Considerando el tipo que está a mi lado, no sería raro –bromeó Addie.
Pyro levantó la cabeza y ladró, Ford se enderezó de inmediato. Si los cachorros ladraran no se inmutaría, pero Pyro no ladraba a menos que hubiera una razón.
–¿Qué pasa?
Pyro saltó de su cama y ladró de nuevo, su nariz apuntaba a la chimenea.
–McGuire –le dijo Addie, con un tono de regaño en la voz–. ¿No hablamos de que apagarías la radio para estar presente? ¿Y sobre cómo tienes que evitar sobrecargarte de trabajo?
Sus amigos lo habían sermoneado porque nunca se tomaba un descanso y respondía a todas las llamadas, sin importar lo grande o pequeño que fuera el asunto. A veces eran del pueblo de al lado y él aparecía cuando ya todo había terminado. Intentaba recuperar el equilibrio en su vida pero, hasta ahora, había fracasado.
El problema era que no quería nunca más tener que cargar en su consciencia con otro “¿y si…?”.
Cuando Ford escuchó el pitido en su beeper, se puso de pie y tomó su radio de encima de la chimenea. Presionó el botón y escuchó el mensaje. Había humo en la Pastelería Maisy.
–Es un incendio.
Aunque en todo el condado había varios paramédicos, en la ciudad eran pocos los bomberos voluntarios. Fue casi un alivio tener una razón válida para atender la llamada sin tener que dar explicaciones de cómo había pasado la noche. Lexi y Addie asintieron con la cabeza.
El botón de encendido crujió cuando Ford prendió la radio.
–Estoy respondiendo a la situación en la Pastelería Maisy.
–Recibido –repuso el de la base–. La persona que llamó dijo que no hay mucho humo, pero prefiere pecar de precavida. Darius está cerca de la estación y va a llevar el camión, por si acaso.
Las llaves de Ford tintinearon cuando las tomó de la repisa de la chimenea mientras Pyro se ponía a su lado, listo para entrar en acción.
–Me reuniré con él allí.
***
Ahora me doy cuenta de lo que nos faltaba. Por qué nunca pude fijar una fecha de boda. La explicación que Benjamin le dio a Violet después de atraparlo in fraganti la desgarró de lado a lado, pero la jabalina a su corazón expuesto llegó cuando le explicó que con Crystal fue amor a primera vista.
–Y si lo piensas –había dicho, dando la estocada final–, qué bueno que ella y yo nos conociéramos antes de que tú y yo cometiéramos un gran error y nos casáramos.
–Ahora verás cuál fue tu error –dijo Violet al tiempo que los engranajes de metal se clavaban en la almohadilla de su pulgar mientras volvía a encender la llama que se había apagado. Bajó el encendedor hasta las páginas arrugadas de las revistas de novias, pensando en lo catártico que sería ver el fuego consumir todo el montón.
Las sonrientes novias se retorcieron sobre sí mismas cuando los bordes se enroscaron ennegrecidos. Los protectores de hojas de plástico se fundieron con los papeles que Violet había recortado con devoción para añadirlos a su colección.
Entonces una brisa se levantó, el montículo que había formado se encendió de naranja brillante. Un par de páginas parcialmente quemadas revolotearon y volaron separándose de la parte superior del montón, una de ellas aterrizó sobre la hierba seca, que se encendió.
–¡No, no, no! –Violet la pisoteó, persiguió la otra hoja e hizo lo mismo. Mientras su corazón latía por la adrenalina, pensó en lo fácil que era que el fuego se extendiera sin control.
En un instante, Violet regresó a su cuerpo y la mujer desquiciada que la había poseído la abandonó.
Eso había sido una estupidez muy peligrosa.
Y después de todo, no iba a cambiar nada.
Se quitó la sudadera y la usó para apagar el fuego, cuando las llamas comenzaron a extinguirse con los últimos destellos y chispas, dio también unos pisotones. Tan pronto como estuvo segura de que la pila de papeles se había apagado, se dejó caer al suelo.
Sintió el peso de la derrota sobre ella, sacó la carpeta derretida de debajo del montón chamuscado, la abrazó contra su pecho y soltó las lágrimas que había tratado de contener todo el día.
Olfateó en el aire y juró que olía a un humo diferente del que había acompañado a la quema de las páginas de la revista. ¿Era un olor menos químico, acaso?
Bajó su carpeta destrozada y la miró con atención, para comprobar que no estaba en llamas.
Le ardían los ojos y los vapores acre le quemaban la nariz.
¿Qué rayos…? Se puso de pie al ver que de la puerta trasera de la pastelería emergían bocanadas de humo gris.
¡Los cupcakes!
Corrió y con la punta de los dedos tocó la manija antes de aferrar el metal con toda la mano. Como no se quemó la palma, jaló la puerta.
Por suerte, no estaba cerrada con llave. Pero al entrar y ver el humo y las llamas que salían por los bordes de la puerta del horno y subían por la pared, dejó de sentirse tan afortunada.
Echó una rápida mirada, pero no pudo ubicar el extintor de incendios, así que tomó un guante de cocina y trató de abrir la puerta.
No se movía, el calor que se filtraba por su piel se intensificaba, lo que hacía imposible que siguiera intentándolo.
–Espera. ¿Por qué estás a trescientos grados? –le gritó al horno cuando vio la temperatura en la pantalla.
Como el aparato no le respondió y el humo se hacía cada vez más denso, marcó al 911, esperando que en este pueblo de mala muerte no tardaran una eternidad en responder.

Capítulo 2
Ford pisó el acelerador de su Dodge Ram Cummins Diesel, el motor rugió y salió disparado por las calles secundarias de la ciudad antes de frenar y cruzar la calle principal.
Clavó la nariz de la camioneta en el callejón entre la Pastelería Maisy y la tienda de manualidades de Lottie, y corroboró que sí había humo.
Ford hizo una rápida evaluación.
Color: blanco. Volumen: escaso. Velocidad: baja. Densidad: fina.
Llegar solo no era una buena idea, pero esperar a que el fuego creciera tampoco lo era.
De un salto bajó del vehículo y tomó su hacha, junto con el botiquín. Los incendios no eran muy comunes en esta época del año, de modo que había dejado el traje de protección en el camión de bomberos. Se le aceleró el pulso cuando escuchó una voz femenina gritar:
–¿Por qué no abres? No puedo apagar el fuego si no me dejas que abra –seguida de una tos seca que hizo que Ford se apresurara hacia la puerta con Pyro pisándole los talones.
Una mujer parecida a Maisy, aunque no del todo, estaba parada frente al horno. Con guante de cocina manoteaba contra las llamas al tiempo que murmuraba cosas sobre que su hermana había confiado en ella y que era el día más mierda de la historia.
Ford se interpuso entre la chica y el horno, y la empujó hacia atrás. El sofocante aire se filtró a través de su camisa que se adhirió con fuerza a la piel. La voz de la experiencia se hizo cargo de la situación y se enfocó en la evacuación del edificio.
–¿Hay alguien más dentro?
–No, solo estoy yo –contestó la chica tosiendo–. Por eso…
–Yo me encargo, señorita. Por favor, salga del edificio.
Con suavidad Pyro le mordió los pantalones y tiró de ella, tratando de convencerla de que se salvara.
Como no se movió, Ford estuvo a punto de dejarse llevar por la adrenalina para sacarla y llevarla afuera. Pero su cerebro ya se había puesto en modo analítico y le daba vuelta a los hechos tan rápido como su corazón le martilleaba el pecho.
No había nadie más en la pastelería y el fuego estaba contenido en el horno. Sofocar la fuente de calor será el curso de acción más seguro y rápido para todos.
Ford se subió la camisa para cubrirse nariz y boca, y se concentró en inhalar y exhalar por las fosas nasales.
–Retroceda.
Con el hocico contra las piernas de la mujer, Pyro la empujó hacia la puerta abierta y Violet pareció notar al perro por primera vez. Retrocedió, dándole a Ford el espacio que tanto necesitaba.
El maldito enchufe no quería soltarse del tomacorriente y una creciente sensación de urgencia se apoderó de la base de su cráneo. Aferró el mango del hacha y usó el borde de la hoja para liberar el plástico duro.
Con el oxígeno agotándose en el horno, una pequeña corriente de aire podría convertirse en un gran problema así que, aunque se pudiera, ahora abrir la puerta del aparato no era una buena idea. Ante el riesgo de que se propagara el fuego y de que la pastelería se incendiara, no podía dejar allí el horno.
En cuanto baje la temperatura, me ocuparé del fuego.
Se escuchó una sirena cada vez más y más fuerte, Ford colocó una mano en la espalda de la mujer y la sacó del local. Darius condujo el camión de bomberos hasta la puerta.
Él y Ford se pusieron el equipo de protección. Los gruesos guantes dificultaban un agarre firme, pero los protegían de las quemaduras. Hacer pasar el horno gigante por la puerta trasera fue como dar a luz a un elefante, pero por fin se las arreglaron para maniobrar el aparato hasta el centro del callejón, donde esperaron a ver si ameritaba que lo rociaran con la manguera.
Tras haber contenido el peligro, Ford fue a buscar a la mujer que había estado en la cocina intentando apagar el fuego por sí misma sin mucho éxito.
Pyro estaba a su lado, observando la conmoción, listo para entrar en acción si era necesario. A veces Ford pensaba que su perro era tan adicto a la adrenalina como él, lo que no siempre era bueno ya que los había metido en apuros más de una vez. Retirarse o arrepentirse era el incómodo dilema que lo perseguía desde hacía tiempo.
–Buen chico –dijo Ford, al tiempo que rebuscaba entre dos capas de tela y sacaba un premio para Pyro.
–Lo siento mucho –se disculpó la mujer con un movimiento de cabeza–. Puede que haya dejado los cupcakes demasiado tiempo, pero no entiendo cómo se incendiaron. O por qué la puerta no abría.
Ford terminó de acariciar la cabeza de Pyro y se enderezó.
–Estaba en modo de autolimpieza. Eso provoca que la temperatura suba y quema todo lo que hay dentro para que luego se pueda limpiar la ceniza.
El rostro de la chica, lleno de tizne, palideció.
–¿Y si adentro había dos bandejas gigantes de masa para cupcake?
–Hierven y comienza el fuego.
La joven se tambaleó y Ford se apresuró a sujetarla por los hombros, preocupado de que sus rodillas no la resistieran. Pyro brincó alrededor de sus piernas, mirando a Ford y la chica intermitentemente, esperando órdenes de cómo ayudar.
–Estará bien –le aseguró a su perro–. Solo está un poco en shock.
La joven se tapó el rostro con una mano.
–Más bien estoy mortificada y con ganas de que la tierra se abra y me trague entera.
–Entonces Pyro y yo tendríamos que excavar para sacarte y creo que estarás de acuerdo en que ya hemos tenido suficientes emociones por hoy.
Apartó la mano y, al levantar la barbilla, él la vio por primera vez. Su cabello era del mismo color del café que a él le gustaba: una de crema y dos de azúcar; cara en forma de corazón manchada de tizne y lo que sospechaba eran rastros de rímel; y una nariz algo prominente que llamaba la atención sobre sus iris, de un profundo tono café que casi se fundía con sus dilatadas pupilas.
Continuó mirando en las profundidades, buscando… ¿qué? ni siquiera estaba seguro qué era lo que buscaba, pero fuera lo que fuera, estaba relativamente seguro de haberlo encontrado.
Pyro ladró y lo despertó del hechizo. La gente comenzaba a reunirse en la boca del callejón, como una multitud de polillas entorno a una llama, literalmente.
La chica bajó la cabeza y con una mano se cubrió para taparse el rostro.
–Oh, genial. ¿Por qué aparece todo el pueblo?
–Es probable que hayan visto el humo o que hayan escuchado o visto el camión de bomberos. No solo es gigante y rojo con luces intermitentes, sino que rara vez sale. Además, no hay mucho que hacer en la ciudad. Es probable que esto aparezca en la primera página del periódico.
La chica gimió. Y aunque él sabía que no debía decirlo, su aspecto desaliñado sugería que había tenido un día de mierda como ella decía.
–Y yo que trataba de pasar desapercibida.
–Un pequeño consejo: Las Dudas no es el lugar para esconderte si estás huyendo. No se nos da mucho lo del bajo perfil.
Dejó escapar un resoplido, que en parte era risa y en parte sollozo, pero al menos la había hecho sonreír un poco. La chica dio un paso atrás, alisó la despeinada coleta en la parte superior de su cabeza y frunció el ceño al tocar un mechón que sobresalía como la cresta de un gallo. Con un resoplido, dejó caer los brazos.
–Gracias por tu ayuda…
Él le tendió una mano.
–Ford. Ford McGuire.
–Suenas muy tipo Bond, James Bond, presentándote así –dijo y deslizó su pequeña mano en la de él. Como si hubiera tocado el extremo de un cable, una sacudida atravesó su brazo, y tuvo que hacer un esfuerzo por no darle un apretón más allá de la cortesía.
Una naricita húmeda empujó la mano que el bombero dejó caer y Ford le dio una palmadita en la cabeza a su peludo compañero.
–Y este es Pyro.
Una chispa de burla se adivinó en el rostro de la joven, suavizando su exasperación y haciendo que él quisiera decir algo más ingenioso.
–¿Un bombero con un perro llamado Pyro?
–Me gusta pensar que soy listo –repuso Ford–. ¿Y tú eres…?
–¡Violet! –Maisy se abrió paso entre la multitud y la cautivadora incendiaria que tenía delante de él corrió hacia la mujer dueña de la pastelería.
Chocaron en un abrazo y la joven, Violet, comenzó a disculparse mientras Maisy preguntaba si estaba bien. Un comentario sobre si estaba bien y sobre no iniciar un incendio antes de que la conversación se transformara en palabras chillonas que Ford ya no pudo descifrar.
Easton se acercó, vestido con su uniforme de policía. Se saludaron con un gesto de cabeza y Ford le dio un rápido resumen. Dadas las travesuras que habían hecho de chicos, los amigos a menudo bromeaban sobre cómo habían podido terminar del lado correcto de la ley. Tener a su amigo ayudándole en las emergencias era muy útil y siempre que deleitaban al resto de la pandilla con sus historias, hacían lo que hacen los pescadores: con cada relato, las aventuras que tenían se hacían más grandes.
Ya con Easton al tanto de la situación, ambos guardaron silencio y la voz de Violet se elevó por encima del estruendo.
–… no estoy segura de cómo voy a pagarlo, pero si el horno se echó a perder, trabajaré en la esquina de la calle más cercana para conseguirte uno nuevo.
Como no era ajeno a las exageraciones, Ford captó el sentido de la frase. Sin embargo, la idea de la Violet curvilínea parada en la esquina… A pesar de que últimamente él estaba fuera de circulación, podría no ser capaz de contenerse.
No es que alguna vez hubiera pagado por ello, pero llevaba tanto tiempo y… Esto ya está tomando un rumbo extraño.
–No seas ridícula –dijo Maisy, abrazando de nuevo a Violet–. Me alegro de que estés bien.
–Sí, pero ¿y si tú hubieras estado allí? ¿O Isla? –alzó el tono de voz, sus palabras teñidas por el pánico–. ¿Está bien? ¿Dónde está?
–Ella está bien. Lottie, la dueña de la tienda de manualidades de al lado, la está cuidando mientras yo arreglo esto.
–Bueno –Violet retorció las manos y una lágrima gorda recorrió su mejilla.
Ford sintió su presión elevarse debajo de sus costillas, su instinto de ayudar se activó, aunque nunca había sido muy hábil para lidiar con las lágrimas femeninas.
Pyro lloriqueó y le lanzó una mirada a su amo, preguntando en silencio cómo consolarla. Cuando él asintió, Pyro se acercó y frotó su nariz contra su mano.
Violet dejó que la olfateara antes de acariciar su peluda cabeza.
–Me olvidé de agradecerte, ¿no? Intentabas mantenerme a salvo y yo estaba demasiado agobiada para ponerte atención.
Supongo que yo también debería poner mi nariz contra su mano. A ver si me pasa los dedos por el cabello. Probablemente sacaría la lengua y jadearía como lo hacía Pyro. Más tarde esa noche, discutiría con su perro sobre cómo él había hecho la mayor parte del trabajo y Pyro había conseguido la mayor parte de la atención.
Un destello púrpura atrapó la atención de Ford y se puso en cuclillas junto al neumático del camión de bomberos y sacó la… Aghhh. La carpeta de boda de Lexi debió de impresionarle más de lo que pensaba, porque juraría que se parecía a la que había visto poco antes en su mesa de café. Solo que arrugada y salpicada de grasa y de ceniza negra.
–Noooo –chilló Violet, saltó hacia él y le arrebató lo que fuera que tenía entre las manos. Abrazó contra su pecho el paquete de papeles y la brillante cubierta púrpura.
–Lo siento. Es solo… privado –dobló y recogió los papeles sueltos, algunos de los cuales definitivamente se habían quemado, sin mencionar los separadores plásticos que se habían derretido–. De todos modos, perdón otra vez por todos los problemas y gracias por tu ayuda. De nuevo. Sí, así que… –se enderezó con tanta fuerza que la parte superior de su cabeza golpeó contra la barbilla del bombero, haciendo que sus dientes chocaran entre sí.
–¡Auch! –dijo Violet al tiempo que se sobaba la cabeza y retrocedía como si él hubiera sido el responsable–. Voy a levantar esto.
Tan solo unos instantes antes, él había querido arrancarle una sonrisa, pero la mueca que ahora se dibujaba en el rostro de la chica tenía un toque maniaco. Hablando de cambios bruscos de humor.
Parte de la reciente sequía en su vida tenía que ver con su indiferencia por salir a conocer gente. Había renunciado a las relaciones serias hacía unos cuantos años. Aun así, después de una misión de búsqueda y rescate en el sur, las citas casuales perdieron su atractivo. Las interacciones superficiales no parecían valer la pena y su vida no le dejaba tiempo para actividades poco satisfactorias.
Pero Violet… Era innegable que había algo intrigante en ella.
Aunque, ¿quién lo diría? Era la primera vez en años que sentía la chispa con una mujer y al parecer ella estaba en medio de la planificación de una boda.
Probablemente, su propia boda.
***
Violet examinaba fijamente el interior carbonizado del horno junto con Maisy, a pesar de que no tenía ni idea de cómo saber si el daño había sido tan serio como para requerir uno nuevo.
¿Se podía saber con solo mirar?
La culpa se instaló en su intestino, junto con un duro bulto de injusticia que la hizo querer dar un zapatazo. Había estado tratando de ayudar y evitar un desastre y, en uno de sus ya clásicos movimientos, solo había empeorado las cosas.
Como cuando intentó demostrar que estaba muy bien y programó una sesión de fotos de compromiso apenas dos días después de que Benjamin se mudara. Entonces se desvaneció y tuvo una crisis nerviosa que terminó con el reembolso de la sesión de la pareja y los remitió a otro fotógrafo.
No era de extrañar que ya no estuviera inspirada.
¡Diablos! No era de extrañar que Benjamin no hubiera querido darle un anillo. Además de ser la ñoña de la que él a menudo se burlaba, era un completo y total desastre. Algo de lo que era muy consciente delante del fornido bombero que estaba a unos cuantos metros de distancia. Sin duda había pensado que estaba loca por la forma en la que le arrancó la carpeta de las manos.
La idea de que él viera sus esperanzas y sueños fallidos…
Incluso en este momento, hizo que su piel se sintiera demasiado tensa.
Tras tomar su carpeta chamuscada la fue a esconder en uno de los gabinetes de la cocina. Luego regresó al callejón para enfrentar el desastre que había causado.
Y para enfrentar también al sexy bombero de voz profunda y perfecta para las palabras sucias. Por no hablar del mentón desaliñado y de los brazos con cicatrices, que exhibía ahora que se había quitado la chaqueta de bombero.
Su compañero bombero también era guapo, unos centímetros más bajo que Ford, pero más fornido. Y también llevaba un anillo de bodas que contrastaba con su piel más morena. La escena evocaba escenarios de fantasías de bomberos. Solo que en la vida real, la mortificación mermaba su capacidad de apreciar el banquete para la vista que tenía ante sus ojos.
Si Violet no pensara que Ford y su perro intentarían revivirla, se desmayaría de la vergüenza.
Como si su hermanastra sintiera que necesitaba consuelo, Maisy la abrazó.
–Le pudo pasar a cualquiera.
Violet se sorbió los mocos, porque no era como que el tipo que estaba del otro lado de Maisy fuera a mirarla dos veces, ni siquiera en su mejor día, ni aunque estuviera bien arreglada.
–Es muy lindo que digas eso, pero soy la chica que no sabe ni siquiera meter unos cupcakes en el horno.
–Maisy tiene razón –intervino Ford para quitarle importancia al asunto–. Sucede todo el tiempo.
Ahí estaba de nuevo esa voz profunda. Aguzó el oído, rogando porque dijera algo más. El único defecto del tipo era su pelo oscuro que le llegaba hasta la barbilla, irresistiblemente despeinado y que contrastaba con su piel clara.
No es que el estilo “así-me-levanté” no le gustara. Completaba el look sexy de chico campirano que pescaba con sus propias manos y luchaba con cocodrilos por diversión.
Sí, lo bueno es que no le gustaban los tipos de cabello oscuro y piel clara, porque claramente era lo único que se interponía en su camino. Aghh, ¿podría ponerse peor este día?
Al menos la multitud en la entrada del callejón había disminuido, la mayoría de los mirones había decidido que la parte emocionante había terminado y se habían marchado.
–Espera –dijo frunciendo el entrecejo–. Dijiste que el camión de bomberos no sale muy a menudo.
Ford le sonrió torciendo un poco los labios lo que le hizo recordar las películas viejitas de Elvis que su abuela, su Bubbie como ella la llamaba, solía ver.
–No muy a menudo. Cuando hay un incendio es porque una fogata se sale de control o algún electrodoméstico provoca un corto circuito. Tostadoras, licuadoras –le dio una palmadita al ennegrecido cacharro junto a ellos–, hornos.
–Aunque se ve bastante mal, no creo que esté dañado –dijo Maisy–. Pero, si así fuera, tengo un seguro para estas eventualidades.
En un intento de tranquilizar a Maisy, Violet asintió, pero pudo oír a su ex en su cabeza. Clásico de Violet. Tienes todo un plan de boda y de vida bien trazado, con los puntos a seguir, pero vas a la tienda y no eres capaz de regresar con la única cosa por la que fuiste.
En incontables ocasiones se ponía a preparar la cena para luego olvidarse por completo de la comida. Benjamin se frustraba tanto, decía que las comidas quemadas eran un desperdicio y se quejaba porque la casa olía siempre a humo.
Eres la persona más desorganizada que conozco, le decía con frecuencia.
Los pulmones de Violet se contrajeron. Parte de los motivos por los que insistía en la organización era para ayudar a manejar su TDAH. La atención dispersa y la incapacidad para concentrarse eran los síntomas más conocidos, pero la otra cara de la moneda consistía en estar tan inmersa en las actividades que disfrutaba que se olvidaba de todo lo demás.
Por mucho que lo intentara, se perdía a menudo en la edición de fotos o en añadir imágenes inspiradoras a su carpeta de boda. Lo que parecían minutos se convertían en horas y cuando salía del relajante mundo dentro de su cabeza encontraba uno caótico, lleno de confusión. Y, lo peor de todo, con un Benjamin decepcionado.
Eso alimentaba su ansiedad y, a partir de ahí, le resultaba casi imposible hacer algo bien.
Por fin, los bomberos y el policía se marcharon y Maisy cerró la pastelería. Le dio a Violet las llaves de la casa y le dijo que se sintiera como en su propio hogar mientras recogía a Isla.
Después de aventar sus bolsas en la recámara de invitados y de ducharse, Violet volvió a sentirse medio humana.
Tan pronto como entró en la sala, Maisy señaló los dos vasos de vino que había servido. En lugar de tomar uno, Violet agitó sus dedos con el clásico movimiento de dame.
–Lo primero es lo primero. He estado esperando todo el día para acurrucarme con mi sobrina.
Isla estaba calientita, olía a aceite de bebé y llevaba puesta una pijama con una estrella en el trasero.
Violet se instaló en el sofá, colocó a su sobrina en su regazo antes de alcanzar el vino y tomar un sorbo. Devolvió la copa al posavasos y luego pasó un nudillo por la mejilla regordeta de Isla.
–Un día, cuando seas mayor, la tía Violet te dirá lo que no debes hacer con tu vida, porque resulta que es una experta en el tema.
–Detente. La gente que lo tiene todo resuelto es aburrida, por no decir molesta –Maisy levantó su copa–. Y piénsalo de esta manera. A partir de ahora, el resto de tu estancia solo puede mejorar.
–¿Todavía estás segura de que me vas a aguantar tanto tiempo?
Maisy meneó la cabeza como si hubiera hecho una pregunta absurda.
–Todo el mundo comete errores, Vi. ¿Sabes cuántos pasteles he arruinado en mi pastelería? He probado tantas combinaciones raras que me han hecho desear no tener papilas gustativas. Pero después de cada decepción, dejo la masa y vuelvo a intentarlo. Así es como se me ocurrió mi tarta de tres moras y avellanas, famosa en esta zona. Y en caso de que no te acuerdes, yo te rogué que vinieras a visitarme.
La vehemencia de su media hermana sorprendió a Violet. En el pasado, había sentido como si Maisy, y en realidad todo el clan Hurst, siguiera un guion haciendo por ella solo lo “apropiado”.
–Bueno, haré todo lo que esté en mis manos para evitar causar más fiascos –repuso Violet–. Y si no vuelvo a ver un camión de bomberos, estoy del otro lado.
–¿Estás segura de eso? Entre tú y Ford parecía haber… –Maisy se inclinó hacia Violet–, ¿me atrevo a decir, chispas?
Violet cerró los ojos, como si eso la ayudara a retroceder en el tiempo y a borrar lo desastrosa que fue delante del tipo.
–Las únicas chispas eran las del horno, pero en serio ¿por qué él tiene que ser tan irresistiblemente sensual? ¿Y por qué tengo yo que ser tan sosa?
–Te veías… –Maisy hizo una mueca y le dio una palmadita en la rodilla a Violet–. Digamos que encantadoramente despeinada.
–Supongo que es bueno que haya renunciado a los hombres –repuso Violet después de gemir.
–Eso es lo que digo sobre el chocolate todos los días, pero como te darás cuenta mis caderas no son precisamente más estrechas –el brillo de alegría en la expresión de Maisy le produjo un destello de aprensión–. Sabía que te gustaban los chicos de pelo oscuro.
Negó con la cabeza y los cabellos aún húmedos tras la ducha le hicieron cosquillas en el cuello y en las mejillas.
–No… no es solo el pelo, ¿recuerdas? Claro, puedo reconocer que ciertos miembros de la especie masculina de pelo oscuro y piel clara no son del todo desagradables. Eso no cambia el hecho de que no son mi tipo.
–Mmm…
Isla comenzó a moverse y a inquietarse, y Violet la sentó y miró sus grandes ojos azules. Con dos dedos, formó un rizo con el mechón de pelo de su sobrina.
–En cambio, a ti te fascina el pelo oscuro y la piel de marfil. Ya lo creo –besó la mejilla regordeta de Isla–. Mua, mua, mua. ¿Estás lista para muchos abrazos y pellizcos en los cachetes? ¿Qué tal una fiesta nocturna donde bebemos mucha leche y nos quedamos dormidas en el sofá?
Isla abrió la boca como si tuviera una respuesta preparada. Hizo ruiditos y el corazón de Violet se derritió, junto con el estrés del día. Si hubiera seguido el primer borrador de su plan de vida, a estas alturas ya tendría uno, si no es que dos hijos. Pero cada vez que mencionaba la idea de un bebé, Benjamin salía con su famosa respuesta: “Seguro, algún día”.
Hoy en día, y con esta edad, no necesito un hombre para tener un bebé. Solo su esperma y puedo tenerlo sin tener citas, así que… ¡ja!
Naturalmente, ella querría un donador grande, fuerte y valiente. Algo así como Ford, el bombero arrojado, que sabía qué hacer y que fue amable con ella, a pesar de su actuación irracional.
Aunque dudaba mucho de que esa clase de hombre frecuentara los bancos de esperma. Pero antes de que terminara trazando un plan con puntos a seguir y una carpeta llena de posibles nombres, artículos para bebés y cuartos de ensueño, supuso que debía poner su vida, es decir, su carrera, en orden.
Primero, rellenaré mi pozo de la creatividad ayudando a Maisy con la decoración de la pastelería, ya luego veré dónde estoy y haré un plan a partir de ahí.
Violet puso a su sobrina contra su hombro y se acurrucó cerca de ella, y en ese momento, su vida no le pareció un caos. Era culpable de apilar una cosa mala sobre otra hasta sentir que el peso aplastaba su espíritu.
Que la hubieran arrestado precisamente cuando estaba en su punto más bajo no había ayudado, pero era otro hito en el espejo retrovisor que esperaba dejar atrás.
Maisy apoyó su codo en el respaldo del sofá y luego las lágrimas le llenaron los ojos.
–Me lo perdí, Vi. Podríamos habernos divertido mucho juntas cuando te quedabas con nosotros durante los veranos, pero estaba tan enfadada de que mi padre engañara a mi madre y que no pudiéramos seguir adelante porque…
–Por mi culpa –terminó Violet, con la voz entrecortada–. Me temo que fui una niña egoísta y horrible. Yo siempre quise una hermana y luego tuve una y, en lugar de abrazarte, mantuve mi distancia.
Como niñas había sido difícil no comparar. Maisy tenía una nariz pequeña y respingada, preciosos ojos azules y cejas delicadas que no necesitaban ser domadas todo el tiempo. Tenía el amor de papá a raudales y Violet recordaba haberse preguntado cómo sería tener un padre de tiempo completo que se enorgullecía de ella durante la cena, como hacía papá con Maisy y con su hijo, Mason.
–Está bien.
–No, no está bien. Ahora que Travis no está, nuestras llamadas son la única razón por la que no he perdido la cabeza. Me encanta Isla, pero el resto de mi familia como siempre está ocupada y extraño la conversación adulta. No puedo decirte lo contenta que estoy de tenerte aquí –apartó la lágrima que rodó por su mejilla–. Me gustaría intentar recuperar el tiempo perdido y darnos la oportunidad de ser hermanas conforme a la definición más clásica.
Violet sintió un nudo en la garganta.
–Para ser honesta, también me he sentido sola. Me encantaría robarte tus Barbies y tomar prestada tu ropa sin preguntarte y… cualquier otra cosa que hagan las hermanas.
Maisy se rio y abrazó con suavidad a Violet, incluyendo a Isla en el abrazo grupal.
–Gracias por estar aquí.
Aunque Violet quería señalar que solo había traído calamidades a su vida, decidió que este no era el momento para el autodesprecio. A pesar de que le ponían los nervios de punta los incómodos encontronazos entre su padre y su esposa, Violet se concentró en el afecto que la invadía y que curaba lentamente viejas heridas.
Era agradable sentir que tenía una hermana, no solo porque compartían el mismo ADN, sino por elección. Lo que hizo que el título de media hermana saliera sobrando.
Una hermana y una sobrina, un lugar donde estar y una pastelería que decorar.
El sentido de propósito, que desde hacía tiempo la eludía, la llenó de ánimo y le inyectó una muy necesaria dosis de optimismo, sin caer en “ser positiva”. Tal vez un día, en un futuro no muy lejano, podría arreglárselas para por fin poder dejar el pasado en donde pertenecía.

Capítulo 3
Mientras le daban la vuelta al Lago Jocassee, Ford se tropezó con la maraña de correas. Su padre solía decir que un perro era de mucha ayuda, dos perros eran la mitad y tres perros no eran más que problemas.
Solía no estar de acuerdo, pero esta mañana, podía ver más o menos lo que su papá quería decir.
Por supuesto, su padre también aplicaba la misma teoría para Ford y sus dos hermanos. Papá les asignaba tareas separadas y convertía todo en una competencia. En lugar de trabajar juntos, los chicos competían para ver quién se ganaba los elogios de papá.
El pasado inundó sus pulmones y su respiración se volvió demasiado superficial como para contrarrestar el esfuerzo que hacía.
La perspectiva de la supervivencia del más apto había hecho que sus relaciones terminaran siendo tóxicas: en lugar de impulsar a los hermanos a ser mejores, los había orillado a jaloneos entre ellos. Y por ese motivo Ford se negaba a usar ese método.
No ayudaba que los arneses de los cachorros tuvieran correas de seis metros de largo. El primer paso en el entrenamiento de búsqueda y rescate requería una longitud mayor. Una vez que se acostumbraban a los arneses, Ford usaba una almohadilla de olor y los recompensaba hasta que pudieran oler a larga distancia sin distraerse.
Pyro miró a los cachorros, su exasperación era evidente. Llegado el momento de trabajar, tenía un estilo igual al de Ford.
Ford se divertía y eso ayudaba a diluir las vibras negativas que surgían cuando pensaba en su familia y aminoró la marcha lo suficiente para inclinarse y acariciar a Pyro en el costado.
–Son jóvenes todavía. Una vez que los entrenemos, estos ejercicios saldrán mejor.
Pyro alzó las cejas y después soltó algo parecido a la versión perruna de un suspiro.
Ford sintió que lo invadía una ola de cariño, le ajustó el bozal y el perro puso los ojos en blanco.
–¿Te estás poniendo viejo y gruñón conmigo, muchacho? Pronto estarás ladrándoles a los niños para que salgan de nuestro jardín.
En respuesta, Pyro ladró y echó a correr, como si estuviera decidido a demostrar que todavía tenía la misma energía y fuerza que los más jóvenes.
Los cachorros echaron a correr tras él, intentando igualar las largas y rápidas zancadas de Pyro.
Las fibras de las cuerdas rozaban la palma de la mano de Ford conforme los perros se entrecruzaban y sus rodillas crujieron cuando se enderezó y retomó el paso. La hembra de la camada era la más concentrada y su hermano mayor era el de máxima resistencia.
Mientras tanto, el cachorro con la cara más oscura y el temperamento más animado se distraía con cada brizna de hierba y con las ondas en el agua. Vagaba cerca de la orilla y sus patas llenas de lodo eran un desastre.
–Vamos –dijo Ford, con una nota severa en la voz y dando un suave tironcito. Esta semana, gracias a los bribones caninos, sus tiempos de correr habían bajado y eran una mierda. Sí, seguro es por eso. Bien pensado.
Aunque lo negara, cuando los cachorros lo miraban con sus enormes ojos dorados, se convertía en un gran tonto. Una sensación de ternura lo invadía y tenía que recordarse a sí mismo que era un trabajo y que no podía simplemente ponerse a jugar con los perritos.
Nada de contacto visual. Debes. Permanecer. Firme.
Finalmente, él y su tropa peluda lograron un ritmo decente.
Pero entonces el cachorro distraído alzó las orejas.
–No, por favor –alcanzó a decir, a pesar de que el animalito ya estaba girando en dirección del lago.
La inercia del cachorro lo impulsó hacia adelante y tropezó con la rama que sus hermanos habían esquivado con facilidad.
Cayó y se deslizó de hocico por el lodo. Pataleaba con las patas traseras intentando detenerse.
Ford sacudió la cabeza, rio y enderezó al cachorro.
–Amigo, te caíste. Eso requiere cierta recalibración, pero primero tienes que volver a poner las patas debajo de ti. ¿No es mejor así?
El cachorro le lamió el brazo y dejó un rastro pegajoso antes de echar a correr tras sus hermanos. Su ladrido quejumbroso parecía decir ¿Cómo se atreven a dejarme atrás?
Cuando regresaron a la camioneta, Ford revisó el reloj del tablero.
Debido al incendio y al retraso de la sesión de entrenamiento, no había tenido tiempo de ducharse o cambiarse para la noche de póquer. Menos mal que sus compañeros lo aguantaban, limpio o no.
También sería la oportunidad perfecta para socializar a los cachorros con la gente y con Flash, el perro de Tucker. Con la mente despejada, Ford condujo la corta distancia hasta la casa flotante y se estacionó junto a la fila de camionetas.
–¿Se van a portar bien? –les preguntó a los cachorros.
El cachorro con TDAH de inmediato mordió la oreja de su hermana, así que no. Como para entrar a la casa flotante era necesario recorrer una pasarela de madera, Ford levantó a las tres bolas de pelo y las llevó al interior, seguido por Pyro.
A pesar de que apenas había espacio para dos personas y un perro, y no para un grupo de tipos con perros, los chicos los recibieron con gusto.
–Espero que no les importe –dijo al tiempo que deslizaba la puerta corrediza de la cubierta. Dejó afuera a los cuatro pastores alemanes. Por suerte, Tucker había puesto una barandilla a prueba de cachorros para su labrador blanco, que ya casi era un perro adulto.
Flash saludó a los recién llegados con un ladrido de emoción. En apariencia y en personalidad, él y Pyro eran polos opuestos, pero se llevaban bien.
Pyro ya tiene a quien ponerle los ojos en blanco.
Después de asegurarse de que no había ninguna agresión con los nuevos cachorros, Ford cerró la puerta de cristal y dejó abierta apenas una rendija. Luego caminó por el estrecho pasillo que separaba la cocina de la sala de estar y se instaló en su lugar habitual en la mesa circular.
Addie repartió y, una vez que Ford miró sus cartas, se acercó a ella para tomar la bolsa de Doritos y una botella de cerveza.
–Qué asco, Ford –dijo Addie, apartándose–. Apestas.
Él la rodeó con el brazo y metió su cara debajo de su axila. La bolsa de papitas crujió entre ellos.
–Tal vez has estado con Crawford demasiado tiempo como para recordar cómo huele un hombre de verdad.
Con expresión divertida, Addie le estampó un buen puñetazo contra sus sólidos oblicuos.
–Número uno, un hombre de verdad se ducha. Y número dos, gracias a esa apuesta sobre quién podía cruzar más rápido la piscina del centro comunitario, y a que decidiste hacerlo en ropa interior porque según tú era más aerodinámico y, con todo y todo, yo gané, ya sé lo que tienes –se encogió de hombros–. Eh… y no estoy impresionada.
Vaya, tenía que recordar eso.
–¡Teníamos diez años! Eso fue antes de alcanzar la pubertad y, créeme, esa etapa fue generosa –Ford se enderezó y comenzó a deshacer en broma el nudo del cordón de sus shorts de baloncesto–. Te lo voy a demostrar.
Tucker puso su mano en el antebrazo de Ford.
–¿Qué te parece si evito que te demanden?
–Cómo si me fuera a demandar –murmuró Ford–. Si realmente se lo enseñara, Murph enterraría mi cuerpo en una fosa y nunca nadie más me encontraría.
–Es verdad –repusieron a la vez Easton y Shep, y Addie sonrió como si fuera el mejor cumplido que había recibido.
–Ayyy, gracias, chicos. Yo también los quiero.
Comenzaron la primera ronda de póquer y, después de tomar un trago de cerveza, Ford giró el cuello y se olió la axila. No olía tan mal. Solo a desodorante usado y una saludable dosis de humo.
–Escuché que hubo un incendio en la Pastelería Maisy hoy –dijo Shep, probablemente por el olor de la evidencia.
–Es cierto, ¿cómo estuvo? –Addie lanzó un par de fichas de póquer al centro de la mesa–. Los rumores oscilan entre una llamada falsa y un infierno ardiente donde salvaste a mujeres y niños, pero un término medio parece más acertado.
–Fue un caso fácil. No hubo heridos y el fuego estaba contenido en el horno, así que lo desenchufé. Luego Darius y yo lo llevamos al callejón para que se enfriara –igualó la apuesta de Addie y su mente voló hacia la intrigante mujer responsable de la llamada de emergencia de hoy–. Y… uh, conocí a la hermana de Maisy. ¿Alguien la conoce? –todos lo estudiaban, entrecerrando los ojos como rendijas. El juego se hizo lento–. ¿Qué? Es solo curiosidad, pensé que tal vez ustedes la conocían de antes.
Cuando iban en el colegio, Ford no había prestado mucha atención al alcalde Hurst y a su familia. Su naturaleza rebelde y su infame familia lo hacían desconfiar de las figuras de autoridad.
Una a una, Addie colocó tres cartas boca arriba sobre la mesa.
–Tú ganas. Pensé que Maisy Hurst solo tenía un hermano mayor. ¿Te acuerdas de Mason? Era corredor cuando estábamos en primer año y ahora es entrenador el fútbol universitario.
Eso si le sonaba familiar. Pero Violet definitivamente no.
–¿Es ella? –Easton lanzó dos fichas blancas y una azul al centro–. Por un segundo pensé que estaba viendo doble y había dos Maisys. Cuando levanté el informe, la chica se veía agotada.
Agotada. Adorable. Sintió una punzada.
–Ah, solo se sentía mal. Es que activó el modo de autolimpieza sin querer. Podría haberle pasado a cualquiera, supongo.
Shep se retiró y también Tucker.
Ford se dijo que era mejor olvidarse del asunto, pero recordó esos grandes ojos cafés y la forma en que habían despertado algo que había enterrado y dado por muerto. No pudo evitarlo. Quería saber más sobre Violet.
Quería saber por qué se había puesto tan nerviosa cuando él recogió su carpeta. ¿Serían planes de boda? ¿O él había llegado a esa conclusión por la reunión que habían tenido?
Ella mencionó que quería pasar desapercibida. Tal vez era una espía del gobierno, con una brillante carpeta, enviada para infiltrarse en Las Dudas. Sí, eso tenía sentido. La mayoría de los espías tenían dificultades con los dispositivos electrónicos más simples.
Si estaba comprometida, sería mejor averiguarlo cuanto antes para apartarla de su mente. Porque no se metería en un asunto así y la sola idea de una mujer deseosa de casarse le provocaba ganas de salir corriendo, así que todos salían ganando, ¿no?
Easton le dio un codazo.
–Hermano. Es tu turno.
–Doblo la apuesta –no era la mejor idea, teniendo en cuenta que había estado pensando en Violet en lugar de prestar atención a las caras de sus amigos o calcular sus probabilidades.
Sácala de tu cabeza. De todas formas, no es como si tuvieras tiempo extra ahora mismo. Estaba hasta el cuello entrenando a una bulliciosa camada y eso lo tendría ocupado de primavera a verano. Lo cual, como paramédico, era su temporada alta. La gente pescaba, hacía excursiones y acampaba más. Los niños iban en bicicleta, saltaban en trampolines y encontraban escondites “secretos” para guardar fuegos artificiales.
Aunque sus amigos se preocupaban a menudo por su incapacidad para relajarse, su carrera era lo que más disfrutaba en la vida. Ningún día era igual a otro, lo que alimentaba su apetito por la aventura y, en muchos sentidos, era su manera de ayudar a equilibrar el universo.
Usar las habilidades de supervivencia, que había aprendido de la forma más dura, para ayudar a la gente que quería volver con su familia. Solo porque su historia no hubiera tenido un final feliz no significaba que las de los demás estuvieran condenadas al mismo destino.
Al final de la ronda, los tres que no se habían retirado revelaron sus cartas. Easton ganó por mucho lo que le valió una maldición de Addie. La chica odiaba perder.
Ford también odiaba perder. Pero en las siguientes rondas, su pila de fichas de póquer se redujo y pareció no importarle.
Más que nada porque el rostro de Violet seguía dando vueltas en su mente. Tal vez era por el complejo de héroe que sus amigos lo acusaban de tener, pero ella parecía necesitar ayuda. Del tipo que iba más allá de apagar un horno en llamas.
No tienes tiempo para personas inestables y complicadas. Ya has estado allí, ya lo has hecho y perdiste hasta la camiseta.
Hubo un momento en que ella se había caído contra él. La broma de James Bond y la forma en que se burló del nombre de Pyro. El estremecimiento que recorrió su brazo después de que ella pusiera su pequeña mano en la suya.
–Por si no te has dado cuenta, McGuire –dijo Easton–, estás perdiendo. Entonces, ¿por qué demonios estás sonriendo?
Ford parpadeó con rapidez lo que lo devolvió al momento presente y resistió el impulso de apilar sus fichas, una vieja costumbre que había aprendido a reprimir.
–¿Qué uno no puede ser un hombre feliz?
–No –repusieron a coro.
–No cuando estás perdiendo –añadió Murph.
Easton repartía las cartas e hizo una pausa.
–Se trata de la hermana de Maisy, ¿no? ¿Nuestro chico está pensando en darle otra oportunidad al amor?
–Aww. Crecen tan rápido –dijo Tucker mientras se llevaba una mano al pecho de forma dramática.
–¿Qué es esto, el Club de los Gatos Artesanos? –preguntó Ford, haciendo alusión al grupo de señoras del pueblo que se reunía para hacer manualidades, chismorrear y que usaban sudaderas de gatitos–. Menos chisme y más póquer.
Shep se acercó a Easton para tomar los Doritos.
–Deja de hacerte el loco y suelta la cerveza.
Ahora toda la atención se concentró en Shep.
–¿Qué? Estoy rodeado de adolescentes todo el día. Y siempre dicen “suelta la sopa”, pensé que decir “suelta la cerveza” sonaba un poco más adulto.
Como Shep había sido la pesadilla de los profesores cuando era chico, siempre se burlaban de que él ahora fuera profesor. Era también miembro del consejo escolar y algunas de las señoras mayores del pueblo se ofrecieron como voluntarias porque estaban seguras de que Will Shepherd era todavía, de algún modo, incorregible.
–Como sea –dijo Shep–. Yo soy cool y estoy en onda, mientras que ustedes ya usan frases de señores –lamió el polvo naranja de las yemas de los dedos antes de recoger sus cartas–. Volvamos a la chica que conociste en la pastelería. Debe ser muy sexy.
–No dije eso –Ford alzó la voz después del flop, esperando que sus amigos dejaran el tema por la paz.
–Ya la has mencionado dos veces.
–No, la mencioné una vez y ustedes asumieron que estaba pensando en ella cuando sonreí. Estaba pensando en… algo más.
Los amigos estallaron en risas y se arrepintió de haber sacado a relucir a Violet. Evidentemente había un acuerdo tácito de que el juego no se podía reanudar hasta que Ford se sincerara.
–Eh. Ella es linda en una forma de desastre perdido y andante. Pero también es algo volátil y estoy seguro de que todos recordamos por qué “me retiré”. Sin duda, mi camioneta si se acuerda.
En algunos estados, el amor que sentía por su camioneta debía ser considerado ilegal, pero la chica nunca lo había defraudado. La enorme parrilla, la barra estabilizadora y los grandes faros le permitían transitar por terrenos difíciles sin problema.
Trina, que había sido su inestable novia durante el colegio y el infausto año posterior a que se graduara de la universidad, tenía cambios de humor erráticos. Todo iba bien y de pronto ella se le echaba encima.
No solo no podía hacer nada bien, sin importar lo mucho que lo intentara, su relación empezó a interferir con las llamadas de emergencia. Trina le exigía que se quedara a discutir, aunque él siempre perdía, incluso cuando la salud y ocasionalmente la vida de las personas pendían de un hilo.
Cuando Ford finalmente le dijo que ya no quería seguir, de forma definitiva, Trina rayó el capó de su camioneta con una llave.
–¿Qué es “cal-ron”? –había preguntado Tucker cuando salieron del bar La Vieja Estación de Bomberos y vio la obra de Trina.
–Creo que dice “cabrón” pero le costó escribir la bolita de la letra B y le faltó el acento en la O.
Durante dos meses enteros, había conducido su camioneta “cal-ron”, sin dinero ni tiempo para arreglarla. Cuando su querido papá lo vio, se rio y le echó limón a la herida con su “Te lo dije, hijo. Todas se vuelven locas tarde o temprano”.
–A mí me gustan las mujeres un tanto volátiles –intervino Easton y Ford hizo todo lo posible por no reaccionar, a pesar de la extraña y tóxica incomodidad que sintió en la barriga. Con seguridad no eran celos.
Seguro era… una indigestión. Sí. Por no cenar y luego comer papas fritas y beber cerveza. Tenía que ser eso.
Easton se levantó y por alguna extraña razón, el ruido de sus fichas contra la mesa crispó los nervios de Ford.
–Y también tiene un buen trasero.
Ford volteó con rapidez y habló con la mandíbula apretada.
–Ya basta, Reeves.
Un ooh recorrió la mesa, junto con un “lo sabía” de Easton.
Okay, era cierto. Ford también le había mirado el trasero en esos pants de yoga. Había hecho todo lo posible por contenerse, pero entonces ella se inclinó a ver el horno y… bueno, a través de la fina tela de los leggins pudo ver corazones y un indicio de letras, y por un momento se deleitó antes de recordarse a sí mismo que era un caballero.
–Saben, se me olvida por qué salgo con ustedes, tarados –era su turno de nuevo y, como tenía una mano de mierda, se retiró–. Hablando de mujeres, Shep, la tuya está muy organizada. ¿También planea el tiempo que pasan entre las sábanas? ¿Te da una paliza si te sales del programa?
Shep lo volteó a ver. Una sonrisa cruzó su rostro.
–¿Adivina lo que hemos tenido que hacer como padrinos hasta ahora? –su sonrisa se transformó en la mueca de un villano malvado–. Na-da.
–Ni una maldita cosa –corroboró Easton.
Addie se estremeció.
–Lo siento –dijo dirigiéndose a Ford–. No pensé en la parte de la planificación cuando te pedí que fueras mi madrino de honor.
–Estoy bromeando, me gusta –pasó un brazo sobre sus hombros y esta vez ella no lo empujó. Si Addie tenía que soportar la planificación, él estaría a su lado en cada sesión por más detallada que fuera.
–Sí, yo también –dijo Addie, y Tucker rio–. Nena, por lo general eres mejor disimulando.
Ella lo pateó bajo la mesa. Sus ojos se iluminaron cuando Tuck gruñó y se frotó la espinilla.
–¿Y adivina qué vamos a hacer mañana? Degustación de postres en Pastelería Maisy.
Las expresiones burlonas de los padrinos se desdibujaron de sus rostros.
–Como padrinos, también deberíamos asistir y asegurarnos de que consigan el pastel y el glaseado correctos –dijo Shep.
Addie volteó su cola de caballo sobre su hombro.
–Lo siento, chicos. Es estrictamente para damas de honor. Y para mi abuelita-niña de las flores, ya que es imposible decirle que no a mi nonna.
Y para Maisy y su hermana, Ford añadió mentalmente. Tratándose del pastel, él estaba apuntadísimo. Y si volvía a ver a Violet porque era parte del cortejo nupcial…
Bueno, había peores formas de pasar un sábado por la mañana.

Capítulo 4
Cuando entró en la pastelería una oleada de aire dulce recibió a Violet. Inhaló y se deleitó con el aroma, como lo haría un buen adicto. Si quería volverse a poner en pie sin tener que cargar con kilos de más, la única manera de hacerlo era inhalar y cerrar la boca.
Terminó de escribir su respuesta en el chat de La Tripulación de las Damas de Honor. Leah y Amanda eran las más activas, pero Camille, Alyssa, Morgan y Christy respondían de vez en cuando con la misma rapidez.
VIOLET:
Hasta ahora sobrevivo a la vida de provincia. En la tienda de Martin’s Trading Post hay pintura, herramientas y ropa de camuflaje por si alguna vez me decido a hacer una excursión campirana.
LEAH:
Si lo haces, voy a necesitar fotos.
AMANDA:
¡Yo también! Y al parecer te lo tenemos que recordar, ya que ayer no tomaste fotos de los bomberos sexys, o sea, las fotos son LO TUYO.
Corrección, las fotos eran lo suyo, pero sus amigas habían estado tan preocupadas cuando se enteraron de la boda de Benjamin que no les quiso confesar que había dejado la fotografía. No solo porque se estresaban, sino porque a lo mejor creerían que era su deber confrontar a su ex y ya se habían hecho mucho daño.
VIOLET:
Tal vez ya envié una foto del camuflaje, pero no la pueden ver porque está funcionando bien.
Se rio de su propia broma y sacó las muestras de pintura que había recogido del Martin’s Trading Post, junto con un bolígrafo. Apoyó las tarjetas de la paleta de colores contra la antigua pared blanca de la pastelería, comprobando qué tonos quedaban mejor con la iluminación y los suelos de madera.
El ruido de las cacerolas significaba que Maisy ya estaba horneando.
–A qué no adivinas a quién vi corriendo en el parque con una manada de perros. Después de ayer, planeo evitarlo a toda costa, así que me escondí en un callejón como si estuviera huyendo de los paparazzi, pero…
Violet se quedó congelada en su lugar. Sintió el pulso palpitar en las sienes. Por favor, por favor, que sea solo un sueño.
–¿Qué? –preguntó Ford que estaba delante del horno. Se pasó el brazo por la frente y, por supuesto, el movimiento levantó su camiseta lo suficiente para mostrar una raya de abdominales tonificados y una línea de pelo oscuro que conducía a… bueno, a donde conduce ese tipo de vello–. Me interesa escuchar el resto de la historia.
Maisy se paró detrás de él, con sus ojos caricaturescamente abiertos, con lo que dejaba en claro que sí, que todo era tan incómodo como parecía y que ruborizarse estaba por completo justificado.
–Ford vino temprano para revisar el horno y asegurarse de que funcionaba correctamente. ¿No es muy amable de su parte?
El señor Soy un Buen Tipo sonrió.
–Encantado de servirles. Violet, tal vez pueda ayudarte a esconderte de quien te estés escondiendo. Soy muy bueno jugando a las escondidillas.
–Te equivocas –musitó Violet–. No eres bueno para esconderte. No solo eres un tipo grandote, sino que apareces por todas partes.
Su sonrisa se ensanchó.
Y al igual que en la mañana, cuando vio sus largas y musculosas piernas trotando con su manada de adorables perros, Violet decidió fingir que Ford no estaba allí.
Sostuvo ante Maisy tres muestras de color.
–Me gustaría que la pastelería sea tan bonita como tus pasteles, pero no quiero que los colores opaquen los postres –abanicó las cartas para alinear el muestrario de modo que se apreciaran los distintos tonos–. Esto es lo que pienso hacer con los colores de acento.
Maisy sacudió la harina de las palmas de sus manos.
–Como ya fuiste tan amable en señalar, no soy nada buena en lo que respecta al diseño, así que en serio, decide tú.
–¿Quieres mi opinión? –preguntó una voz ronca desde detrás de Violet quien se sobresaltó, y luego apretó los dientes cuando oyó que el chico reía por lo bajo. ¿Por qué había estado pensando tanto en este tipo desde ayer por la tarde?
–No –repuso, lanzándole una aguda mirada a su atuendo–. Es claro que combinar no es tu fuerte.
Ford dejó caer la mandíbula, pero luego se echó a reír. El sonido de su risa rompió el hielo que rodeaba su corazón.
Con toda honestidad, su atuendo era como él. Deportivo. Masculino. Algo que ella no debería estar mirando.
La campanilla de la puerta sonó y Violet se precipitó a dar la bienvenida a los primeros clientes del día.
–¿En qué puedo ayudarles? –preguntó y dejó caer las muestras de pintura en el mostrador, dirigiéndose a las tres mujeres que acababan de entrar.
Una señora mayor con rizos grises y blancos se adelantó, con una emoción infantil en su rostro mientras observaba los dulces detrás del vidrio.
–Estamos aquí para la degustación de pasteles, pero mientras esperamos, me encantaría dar una probadita a los brownies.
Violet trató de identificar el acento. ¿Alemán, tal vez? Aunque no estaba segura.
–Lucia, sabes muy bien que no debes comer eso –dijo con tono severo la mujer morena que estaba detrás–. Tu nivel de azúcar en la sangre subirá lo suficiente con la prueba de pasteles.
Violet recorrió con la mirada las golosinas, buscando la etiqueta que había visto el día anterior.
–Oh, tenemos estos brownies que son…
–Absolutamente deliciosos –dijo la mujer más joven del grupo, la de la edad de Violet. Su cola de caballo oscura sobresalía de una gorra azul y naranja de la Universidad de Alabama, su rostro sin maquillaje e impecable. Eso no era justo: Violet necesitaba media docena de productos y maquillajes para lucir así de fresca y alegre–. Pero mi nonna está quitando el azúcar de su dieta.
Levantó las cejas. Era obvio que intentaba mandarle un mensaje a Violet, pero ella estaba perdida.
Nonna. Eso es italiano, ¿verdad?
Lucia frunció el entrecejo mientras estudiaba a Violet.
–¿Por qué no te conozco? Conozco a todo el mundo.
–Nonna, esa no es forma de presentarte –la chica de la gorra de béisbol se puso una mano en el pecho–. Hola, soy Addie Murphy, la novia. Ella es mi abuela, Lucia, y mi madre, Priscilla.
–Violet –respondió. Parecía que esperaban algo más, pero no tenía intenciones de contar la historia de su vida, aunque la miraran esperando que lo hiciera.
–Bien, Priscilla –dijo Lucia–, ya me trajiste hasta aquí, tienes pruebas de que Addison no me deja comer azúcar. Ahora, como tú no eres una dama de honor ni la niña de las flores, como yo, te puedes ir.
¿La niña de las flores? Violet tenía demasiada experiencia en todo lo relacionado con las bodas, así que le llevó un segundo comprender lo que suponía. Y simplemente adoró la idea de una mujer caminando por el pasillo y lanzando pétalos.
–Después del supermercado, volveré para recogerla.
Lucia tomó del brazo a Addie.
–Addison me llevará a casa, ¿verdad, querida?
–Claro, Nonna. Descubriste y te aprovechas de mi debilidad para decirte que no.
Priscila vaciló un instante y Addie levantó la voz.
–Excepto cuando se trata del azúcar y de alimentos altos en colesterol, porque eso es por tu propio bien.
Aparentemente satisfecha, Priscilla salió de la pastelería, pero se detuvo y sostuvo la puerta para que pasara una rubia belleza sureña. Retro y clásica con un toque moderno y labios rosa brillante, de un tono que Violet desearía conseguir. En serio, ¿ser atractiva era un requisito de la ciudad?
La mujer entró como una exhalación. Sus tacones repiqueteaban sobre el suelo de madera.
–Siento llegar tarde. Mi coche no arrancaba, así que conduje la camioneta de Will y… Oh, cielos. Mi carpeta y las revistas estaban en la cajuela de mi coche.
–No te preocupes por eso –dijo Addie antes de dirigirse a Violet–. Ella es Lexi, una de mis damas de honor. Mi hermana vive fuera del estado, así que estamos esperando solo a alguien más.
Maisy se asomó, limpiándose las manos en el delantal.
–En realidad, tu otra dama de honor ya está aquí. Vino temprano para revisar mi horno.
Genial. Violet ni siquiera había empezado a pintar y su hermana ya actuaba como si los vapores la afectaran. Revisar mi horno sonaba como una alusión abiertamente sexual, sobre todo porque Ford la había seguido desde la cocina y sonreía burlonamente.
Le guiñó un ojo a Violet y ella se cruzó de brazos con un resoplido. Si él pensaba que eso era todo lo que se necesitaba para ganársela, tenía que esforzarse bastante más.
Pasó junto a ella y rodeó el mostrador para abrazar a Lucia, que lo saludó con un beso en la mejilla. Luego abrazó a la hermosa rubia y terminó chocando puños con la novia.
–Ah, así que ya conociste a mi dama de honor, mi madrino –dijo Addie–. ¿O preferimos llamarlo caballero de honor? –ladeó la cabeza un poco–. ¿Amigo de honor?
Ford se encogió de hombros.
–No soy exigente. Y aunque me siento perdido con el resto de los planes de la boda, estoy totalmente calificado para la degustación de pasteles –giró la muñeca y miró su reloj–. Sin embargo, solo tengo una hora antes de que tenga que volver a casa. El mal no da tregua y todas esas cosas.
Violet se quedó boquiabierta con la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Intentaba procesar lo que ocurría. Cada vez que visitaba esta ciudad, descubría una nueva capa estrambótica. Tal parecía que lo no tradicional era el nuevo tradicional.
Lo cual, siendo honesta, no era lo que esperaba de un lugar que creía olvidado por el tiempo. Si no tuviera ya una idea hecha sobre Las Dudas, le parecería hasta refrescante.
–¿Te importaría ayudarme con las muestras? –le preguntó Maisy, jalándola del brazo.
–Mientras no me necesites para hornearlas –repuso, burlándose de sí misma.
Una vez que colocaron las muestras en el centro de la mesa más grande, Violet se apartó. Es hora de que termine de hacer los planos para estas paredes.
Su confiable libreta le servía como un pequeño escudo y un objeto al que aferrarse, pero la gente, que entraba y salía de la pastelería, y la conversación del cortejo de la boda no dejaban de despertar su curiosidad.
Si Violet no hubiera escuchado las palabras “amigo de honor”, asumiría que Addie y Ford eran la pareja prometida. Era obvio que eran muy cercanos, pero se trataba de algo más ligero que un romance. Mientras degustaban las muestras entre mmm y yumis, se reían, bromeaban y se empujaban los hombros, como si fueran espectadores casuales en lugar de estar eligiendo uno de los pilares de una boda.
–¿Están prestando atención? –preguntó Lexi, y tanto Ford como Addie se enderezaron en sus asientos, como dos niños que se habían metido en problemas en la escuela. La rubia bajó el bloc de notas que había sacado de su bolso Louis Vuitton y murmuró algo sobre el pastel de almendras.
Ford miró por encima del hombro en dirección a Violet. Demasiado tarde, ella se giró para contemplar la pared y luchó contra el impulso de golpearse la cabeza contra el muro, porque la sorprendió mirando. Pero ella había estado observando la dinámica de grupo, no a él.
No es que hubiera pasado por alto el modo en que él le pasaba bocados extras a Lucia, su risa fácil y su encanto despreocupado. Pero eso solo significaba que tenía un lado intrigante que atraía a las mujeres para luego joderlas.
Un mujeriego hecho y derecho. Puedo olerlo a un kilómetro de distancia. Ahora mismo.
Había sido ingenua al pensar que la relación de compromiso que tenía con Benjamin, había cancelado sus dotes de mujeriego. Como ese modo que tenía de observar a otras mujeres cada vez que salían. Según ella era el típico macho incapaz de controlar sus ojos. Pero ahora se daba cuenta de que su novio nunca había dejado de buscar a alguien más guapa y mejor que ella.
A veces pasaba una semana entera sin que Benjamin le pusiera atención y encima la criticaba por distraída. Con el tiempo, ella se enfadaba, y entonces él se disculpaba y tenía algún gran detalle para tranquilizarla y le daba una falsa sensación de seguridad.
Por eso yo ya terminé con el tema de los hombres.
Nada de volver a caer en sus trucos. No, no, no.
Violet se concentró en las pegatinas multicolores que había descubierto en Etsy. El plan original era comprar plantillas de esténcil, pero encontró unos puntos de vinilo brillantes, caprichosos y del tamaño perfecto.
–Disculpa… –escuchó, seguido de una rasposa voz que decía “Se llama Violet”.
–Disculpa, Violet –por el rabillo del ojo vio aproximarse las brillantes uñas en las manicuradas manos de la dama de honor rubia–. ¿Podría pedirte tu opinión sobre algo?
Despacio, Violet volteó hacia la mesa donde estaba el grupo que organizaba la boda. Cuatro pares de ojos estaban sobre ella, pero por alguna razón, su mirada se dirigió al único par de ojos masculinos. Bajo esa luz, no podía decir si eran color avellana o verde, ¿y qué importaba eso?
Se aclaró la garganta.
–No estoy segura de poder ayudarlos. Solo pregúntenle a Ford: la cocina y yo no somos una buena combinación.
Maldita sea. ¿Por qué se había puesto sola en el centro de atención para que contaran el vergonzoso relato del desastre de ayer?
Lexi se puso de pie y tomó a Violet de la mano.
–No te preocupes –la condujo hasta el asiento a su lado el cual, para su mala fortuna, era también contiguo al de Ford–. Solo necesito otra perspectiva femenina. Aunque Addie es técnicamente femenina, le falta la parte del cerebro que cuida de los adornos, los vestidos y que se asegura que el pastel sea la pièce de résistance que debe ser.
Aunque esta chica Lexi era mucho más sofisticada de lo que Violet jamás sería, estaba de acuerdo con ella. En efecto, el pastel mejoraba cualquier celebración, pero un pastel de bodas simbolizaba el compromiso de proveerse el uno al otro. Cortar desde el nivel inferior significaba longevidad.
Addie se desplomó en su silla, con las piernas separadas.
–Lexie no se equivoca. Me he decidido por el chocolate blanco con crema de frambuesa, pero en cuanto a estilo, estoy perdida. Para mí el objetivo del pastel es darle un mordisco lo antes posible, no ponerme a ver cuán elegante es. Y los grandes pasteles extravagantes me asustan porque sé que chocaré con la mesa, la derribaré y lo arruinaré todo.
–En este caso, tú serás la novia, así que la gente te perdonará –Lexi le lanzó una expresión semiseria–. No te atrevas a tirarlo, aunque no es el objetivo, y no puedo creer que tenga que decir eso, pero siento que debo hacerlo.
–Sí –Ford le dio un puñetazo juguetón a Addie en el brazo–. Deja de intentar sabotear tu propia boda. Pero si derribas el pastel, declararé una pelea de comida, y le daremos un giro a la fiesta. Será como estar de nuevo en sexto año, cuando le pegaste a Derek Wheeler con tu manzana por decir que las chicas no podían lanzar tan bien como los chicos.
–Me metí en muchos problemas, pero mi castigo no duró tanto como su ojo morado –resopló Addie.
La mirada asesina que Lexi les lanzó hizo que Violet quisiera escabullirse, pero no pareció molestar a Ford en lo más mínimo.
Addie hizo una mueca de disculpa.
–Lo siento. En serio, no podría importarme menos cómo se ve el pastel. Estoy segura de que lo que haga Maisy será increíble.
–¿Ves a qué me refiero cuando digo que necesitamos otra perspectiva femenina?
Violet no pudo evitar mirar a la abuela.
–Yo también soy mujer –afirmó Lucia–. Pero yo digo que hay que hacer que el pastel sea más fácil de disimular debajo de las narices de mi nuera, y tal parece que esa no es una respuesta aceptable –recorrió su silla hacia atrás–. Hablando de contrabando, voy a ir a buscar los brownies antes de que regrese mi oficial de libertad condicional.
Para ser una mujer mayor, ciertamente era veloz. Se apresuró a la caja registradora, comenzó a señalar los dulces, y Brooke, la chica de 19 años que trabajaba a tiempo parcial en la pastelería, los colocó en una caja.
Lexi suspiró.
–Si Maisy no estuviera tan ocupada, le pediría ayuda con mi maldito equipo de bodas. Si no me hubiera dejado la carpeta en el coche, al menos tendría ejemplos. De todos modos, ¿podrías opinar? Por ejemplo, ¿en cuántas bodas has visto que el pastel no tenga más de un nivel? Addie decía cosas como, ¿por qué no tener un pastel plano gigante? Como si fuera una barbacoa o la fiesta de jubilación de alguien.
Demasiado consciente del tipo a su lado y de lo pesada que era su mirada, Violet se lamió los labios.
–Admito que he estado en muchas bodas, de hecho, he sido dama de honor siete veces. Y cada pastel ha sido una obra de arte escalonada. Me encanta ver la forma en que una pareja se expresa de maneras diferentes, desde la decoración, los vestidos de las damas de honor, los esmóquines y, ah, el vestido de novia.
Sintió un hormigueo que recorría todo su cuerpo, la chica superromántica que solía ser se asomaba una vez más.
»Hay tantas opciones y variaciones, y aun así, cada novia siempre se las arregla para elegir la combinación perfecta para ella. Es posible ver lo maravillosa que se siente, no solo por el vestido y la decoración, sino porque se está comprometiendo con la única persona especial que la ama por dentro y por fuera.
Oops. Violet se vio atrapada en las docenas de ceremonias que había presenciado en persona, a través del lente de su cámara, y en las páginas de las revistas, se olvidó por un momento que ya no estaba obsesionada con la planificación de la boda perfecta.
Había renunciado a todo ello. Ahora estaba en el camino recto y sin obstáculos. Solo había sido un derrapón en su vida.
El collar de perlas rosas con el que Lexi jugueteaba combinaba a la perfección con su vestido aguamarina.
–Alabado sea el Señor, por fin alguien lo entiende. En serio, te amo… –enarcó las cejas–. Eres Violet, ¿verdad?
Por lo inquieto que se veía Ford, era claro que Violet lo había asustado con su discurso apasionado. ¿Se había alejado de ella, o era su imaginación? De cualquier manera, asustarlo solo podría ser beneficioso tratándose de su decreto de no-más-hombres.
Así que en lugar de tratar de disimular lo que ya había dicho, pensó en el folleto de cuatro páginas de pasteles de boda en su carpeta.
–Sí, y creo que puedo ayudar aún más –lo menos que podía hacer era echar una mano, ya que Lexi estaba planeando el evento prácticamente sola–. ¿Quieres que el pastel sea de una textura o de diferentes texturas para cada nivel? ¿Qué tal una decoración en la parte superior? Últimamente he estado pensando en ramos con flores que caen en cascada hasta abajo. ¿Qué flores has elegido?
Lexi le dio un golpecito a su libreta con su bolígrafo de oro brillante.
–¿En qué flores piensas, Addie?
–Sí –repuso Addie. Al ver que Lexi y Violet abrían la boca sorprendidas, arrugó la nariz–. ¿No es esa la respuesta correcta?
Violet sonrió, tratando de restarle importancia a la conmoción que le había causado a Addie.
–Por lo general, una novia elige las flores que le gustan. O puede elegir con base en los colores que ha seleccionado.
Addie se mordió la uña del pulgar.
–Um, tampoco he escogido colores.
–No te preocupes. ¿Qué tipo de flores te gustan?
Addie se encogió de hombros y miró a Ford, quien imitó el gesto. Viendo sus interacciones desde este ángulo, Violet se dio cuenta de que no actuaban como una pareja en absoluto. Más bien como hermanos, aunque ella no sabía bien lo que eso significaba.
–Vamos –dijo Lexi, y extendió su mano sobre la mesa para cubrir la de Addie–. Seguro que has visto flores en algún lugar y pensaste, me gustan.
–Los dientes de león amarillos me hacen feliz.
–Luego se vuelven blancos y puedes soplarlos y pedir deseos y toda esa mierda –añadió Ford.
Lexi entornó un poco los ojos sin dejar de sonreír.
–Esas son hierbas. Inténtalo de nuevo.
Addie enrolló la punta de su cola de caballo alrededor del dedo.
–Oh, ¿qué hay de esas pequeñas florecitas blancas que se abren por la mañana? Tienen un toque de rayas rosas o púrpuras en el interior. Accidentalmente destrocé un arriate la última vez que jugamos a Fugitivo.
–¿Hablas de las campanillas moradas? Porque esas también son hierbas, querida –Lexi se frotó un par de dedos en la frente–. Déjame adivinar, ¿ahora quieres un ramo de hierba?
Addie se rio.
–Hierba. Esa sería una buena forma de mantener a todos tranquilos durante la ceremonia y la recepción.
–Yo voto por la hierba –terció Ford–. Después de todas las bromas que hemos hecho a nuestros conciudadanos, es la única manera de que se relajen y disfruten de la fiesta.
–Excelente punto. Aunque quizás debamos poner una cerca de alambre de púas alrededor del pastel por si les da un poco de hambre antes de tiempo. ¿Qué decoración es esa? ¿Granja chic?
–Más bien, amor en los tiempos de prisión, creo.
–Amigo, más tarde vamos a tener que hablar sobre el amor en los tiempos de prisión –Addie le dio una palmadita en la rodilla a Ford–. Aquí hay una pista y un consejo todo en uno: nunca dejes caer el jabón.
Los dos se echaron a reír, olvidándose de las flores.
Con un movimiento del brazo, Lexi señaló al par de amigos.
–¿Ves a lo que me enfrento? Una novia a la que no le importan las decoraciones ni las flores y su chico de honor, que es tan despistado como ella en asuntos de boda.
–Ya te dije que elijas en mi nombre lo que creas mejor –le recordó Addie, con una pizca de ofensa en sus palabras.
–Pensé que cambiarías de opinión una vez que nos metiéramos de lleno en el asunto. Todo el pueblo va a estar allí, libre de los efectos de las drogas, y si voy a hacer la mayor parte de la planificación, al menos necesito una caja de resonancia. Pedirles un poco de retroalimentación es como hablar al vacío.
Addie se limpió las lágrimas de la risa.
–Lo siento, Lexi. Eres increíble por hacerte cargo de todo esto y sin ti estaría perdida, así que no dejes que mi falta de gusto femenino te ahuyente. Haré mi mejor esfuerzo. Lo prometo –le dio un codazo a su amigo.
–Sí, yo también –secundó Ford, dándole a su vez un codazo a Violet.
Volteó a verlo. Sus instintos olvidaron recordarle que no debía mirarlo, pero era demasiado tarde. Se le secó la boca. La vista de su cara de cerca no le hizo justicia. A diferencia de muchos de los chicos de Pensacola, su barba no estaba perfectamente arreglada, era indómita, con un par de días de crecimiento fuera de control. Una esquina de su boca era un poco más alta que la otra, como si tuviera preparada siempre una sonrisa.
¡Hola, no le mires los labios!
Al acordarse del codazo que hizo que se concentrara demasiado en su fisonomía, le preguntó:
–¿Qué? Yo apenas llegué.
–¿Dónde está mi nonna? Al menos debe tener una opinión sobre las flores. Todavía se escapa al patio de los vecinos por las noches para regar las flores que sembró cuando ellos estaban fuera de la ciudad –Addie se asomó a la parte delantera de la pastelería, pero Lucia ya no estaba allí–. Oh, genial, ya se me perdió. Te apuesto lo que quieras a que fue a la cafetería a ver si alguien le dejaba pedir una hamburguesa con papas fritas. Mi madre me va a matar en serio.
Al verlos a todos distraídos, Violet decidió despedirse.
–Bueno, parece que ya todo está bajo control –alejó más su silla de la mesa–. Tengo que volver al trabajo. Estoy planeando la remodelación de la pastelería y…
–Vamos, Violet –la interrumpió Ford, como si se conocieran desde hace años en vez de horas. Colocó su mano sobre la que ella tenía en la mesa y su corazón comenzó a latir, pum, pum, pum–. Ayuda a un par de tipos y a una desesperada planificadora de bodas.
Por un segundo se sintió confundida, pero luego se dio cuenta de que Ford consideraba a Addie como a un chico.
–Debí haber mencionado que soy una dama de honor en recuperación –hablar de opciones de boda y mostrar la evidencia de cuánto material había reunido eran cosas totalmente diferentes, y ni loca les mostraría su carpeta a Lexi y a Addie mientras Ford estaba allí.
Más que nada, sería demasiado doloroso. No debió de haberse sentado a la mesa con ellos en primer lugar.
Como de costumbre, la alarma en su cabeza sonó en segundo plano.
La recuperación era una pendiente resbaladiza por la que había estado muy cerca de caer de cabeza.
–¿Cómo va todo por aquí? –quiso saber Maisy mientras se acercaba a la mesa–. Siento mucho no tener un álbum de opciones de pastel. Hasta ahora, solo he hecho un par de pasteles de boda, pero si tienes tú una foto, puedo hacerlo.
El tono de disculpa en la voz de su hermana hizo mella en Violet.
–Me siento tan poco preparada –dijo Lexi–. Tal vez debería ir a casa y volver con la carpeta.
–¡No! –dijeron Addie y Ford al unísono, y la chica añadió–: No quiero que te tomes tantas molestias cuando yo debería ser capaz de resolver algo tan simple.
Una parte de Violet quería sugerir que buscaran fotos de pasteles en sus teléfonos, pero el servicio de internet en la ciudad era lento y desigual, y era difícil tomar una decisión con base en imágenes en miniatura.
La campanilla de la puerta sonó de nuevo y Maisy se volvió para saludar a sus clientes. Los sábados eran días ocupados y ahora mismo la mejor manera de ayudar a su hermana era hacer precisamente la última cosa que deseaba.
¿Por qué yo?
–Bueno, está bien. Ahora vuelvo. Traeré algo que podría ayudar.
El lado positivo de la situación: usar su carpeta para el bien, tal vez la ayudaría a dejar atrás todo lo que representaba.
***
Maldición, ¡qué bien huele!
El perfume de Violet se mantuvo en el aire y Ford tal vez le puso demasiada atención mientras salía de la pastelería.
¿Qué demonios quiso decir con ese comentario de “dama de honor en recuperación”? Hizo que sonara como si vestirse de colores y sostener un ramo de flores fuera una adicción que necesitaba dejar. Pero no significaba que no estuviera comprometida, y si le gustaban las bodas tanto como sugería su discurso… Puaj.
Una vez que ella se fue, le resultó más fácil concentrarse, pero no como si de repente se hubiera convertido en un experto en pasteles de boda. A menos que fuera útil saber que él era capaz de comerse un pastel entero. Para complicar aún más las cosas, cada vez estaba más consciente de la hora.
Ford tenía cosas que hacer, pero no quería herir los sentimientos de Lexi o de Murph. Addie entendería que su agenda de entrenamiento de cachorros era muy apretada, pero ella siempre estaba para él cuando la necesitaba. Addie lo escuchaba siempre sin juzgar cuando le hablaba de las dificultades del trabajo y cuando, a veces, le confesaba que estaba harto.
Le había tomado meses abrirse con ella sobre el desastre que dejó el último huracán y todo lo que había sucedido cuando bajó al golfo. Por supuesto Addie le había dicho que no debía sentirse culpable. Le aseguró que la gente tenía que descansar de vez en cuando y que cualquiera podría haber cometido el mismo error, pero él no estaba tan convencido.
La campanilla de la puerta sonó detrás de Violet.
Aunque el día anterior la había encontrado un tanto desaliñada y demasiado cautivadora, hoy estaba menos agobiada, su pelo castaño caía en ondas suaves sobre sus hombros. Su blusa era de un rojo tan intenso como su rostro cuando entró en la cocina hablando de esconderse de él. Aunque seguía siendo un gran fan de sus pants de yoga, los ajustados jeans que llevaba también mostraban su figura de manera muy agradable.
Al acercarse, vio el brillante objeto púrpura entre sus manos. El mismo objeto que ella le había arrebatado en el callejón.
Se sentó entre él y Lexi y dejó caer la carpeta sobre la mesa. Luego movió sus dedos a lo largo de las pestañas, murmurando hasta que llegó a la sección media. Una página se deslizó al abrir el libro y con rapidez la escondió debajo de la cubierta posterior.
–Aquí tienes. Varios pasteles para revisar.
Ford le echó un vistazo a la página titulada “Mis pasteles de boda soñados”.
–Guau. Eso es… intenso. Nivel asesino serial-obsesivo, pero la víctima son los pasteles.
–Ford. Sé amable –la esposa de Shep colocó una mano en el hombro de Violet–. Ignóralo. Lo que quiso decir es gracias.
No, lo que quiso decir fue carajo, tiene toda su boda planeada. Y no debería haberle tocado la mano o haber bromeado con ella en la cocina y ¿por qué odiaba tanto la idea de que estuviera comprometida?
Addie apoyó los antebrazos y se inclinó sobre la mesa.
–Son preciosos. Ya veo lo que quieres decir sobre las flores, aunque el púrpura no es realmente mi color –giró la carpeta para tener mejor visibilidad–. A pesar de que entiendo tu aversión hacia los dientes de león, Lex, me gusta el amarillo. ¿Qué hay de las margaritas y los girasoles? ¿Son hierbas? Sé que están en el campo, pero quiero que la decoración combine con lo que siento cuando recuerdo que me caso con Tucker: felicidad.
Sin previo aviso, Lexi se lanzó sobre Violet y le rodeó el cuello con los brazos. Las patas de la silla se tambalearon por el impacto y Ford puso la mano en el respaldo para que no se cayeran. Aunque no le importaría ver a las dos mujeres juntas en el suelo, nadie iba a sufrir una conmoción cerebral en su presencia.
–Violet, eres una hacedora de milagros –dijo Lexi y la soltó, pero sin reducir la distancia entre ellas–. Addie escogió un color y una flor. O flores, según el caso, pero por fin tengo algo con lo que trabajar.
Otro papel brillante cayó de la carpeta cuando Addie volteó la página. Emocionada señaló la imagen central.
–Es este. Un pastel como este, pero con margaritas.
–Y un pastel –la voz de Lexi salió a una octava que Ford creía que solo los perros podían oír. Cuando regresó a su propio asiento, Violet lucía un tanto perpleja, pero en su rostro se dibujó una sonrisa.
Lexi tomó a Addie del brazo y la arrastró hacia el mostrador de la pastelería y llamó a Maisy. Pasaron unos segundos silenciosos y luego Violet levantó su barbilla con orgullo.
–¿Ves?, ni estoy obsesionada ni soy una intensa. Hago milagros.
–Discúlpame –dijo impasible.
Violet se cruzó de brazos, con lo que se enfatizó su escote. Sin poder contenerse, sus dedos se crisparon ante la urgente necesidad de jalar la silla de la chica para acercarla hacia él. Quería preguntarle sobre esa ridícula carpeta y por qué no llevaba un anillo de compromiso.
–¿Por qué suenas tan sarcástico? –preguntó–. Sí, me conociste en un día de mierda…
–El más mierda, si mal no recuerdo. Sonaba como si no solo tuviera que ver con el incendio –en lugar de que la situación se calmara, acababa de despertar a la bestia.
Sus fosas nasales se ensancharon.
–Bien. Tienes razón, solo que preferiría que fingiéramos que lo del incendio nunca ocurrió.
–Me parece perfecto. Aunque no estoy seguro de poder decir lo mismo del horno.
Violet exhaló como si él hubiera consumido cada gramo de su paciencia. Cosa que casi lograba.
–El punto es que por lo general no soy así. Un manojo de nervios que crea un desastre a su paso. Incluso diría que soy relativamente sensata, en especial considerando todo lo que he pasado.
Con un gesto de la barbilla, Ford señaló hacia la carpeta.
–Supongo que la razón por la que te escondiste de mí esta mañana e hiciste ese comentario de dama de honor en recuperación es porque estás comprometida y ahora eres la estrella.
Por un instante, Violet no pudo cerrar la boca, luego parpadeó y sacudió la cabeza.
–No, no y no.
Ford sintió como sus pulmones se contraían con una extraña amalgama de alivio y aprehensión, como si encarara a un oso y no pudiera decidirse entre maravillarse ante su presencia o retroceder lentamente con las manos en alto.
Aunque su respuesta no fue nada directa, pasó por alto hablar de por qué se escondía y qué significado tenía su comentario anterior. ¿Se lo guardó a propósito para resultar exasperante? ¿Y por qué él no podía dejar de hurgar?
–¿Entonces por qué tienes toda tu boda planeada? –podía parecer autosabotaje, pero necesitaba conservar su ingenio. Desde que Violet se sentó con ellos, sus pensamientos estaban revueltos. Quería tentarla a acercarse y alejarla al mismo tiempo.
–Ay, no. Ni siquiera empieces. Te sientas ahí como un juez, pero apuesto a que tienes en tu casa una pila de revistas de vida salvaje o de autos, o cualquier otro pasatiempo de pueblerinos que te guste. Es lo mismo, solo que el mío está mejor organizado.
Con ese toque divertido era mucho más difícil cortar la charla. La gatita tenía garras y le gustó la forma como las había sacado.
–Suena como si quisieras que te invite a mi casa.
–Con lo grande que es tu ego, dudo que quede espacio para mí –Violet empezó a alejar su silla y él presionó con las palmas sus propios muslos para evitar pedirle que se quedara.
Si lo hiciera, también tendría que disculparse por ser un imbécil por lo de la carpeta y por la broma sobre iniciar un incendio. Pedir disculpas no era uno de sus muchos talentos, y cuanto más rápido huyera, más rápido podría apartarla de su cabeza.
–Gracias por recordarme por qué he renunciado a los hombres –murmuró Violet. Dio un paso para alejarse.
La puerta se abrió y sonó la campanilla. Violet soltó un gritito y cambió abruptamente de rumbo. Se lanzó hacia la mesa, saltó la silla y se dejó caer al suelo al lado de los lodosos Adidas de Ford.
–Mierda, mierda, mierda.
Ford pasó la mirada del alcalde Hurst y su esposa, Cheryl, a la chica que intentaba fundirse con su pierna.
–¿Hay algo en lo que pueda ayudarla, señorita?
–¡Shhh! Cállate –siseó.
–Bueno, si vas a ser así de mala… –se movió como si fuera a ponerse de pie.
–Espera –Violet se sujetó de su pierna y le clavó las uñas en los músculos de la pantorrilla mientras lo mantenía en su lugar–. Lo siento, ¿está bien? Aunque eres un gallito, no debí haberte dicho que te callaras.
–¿Nadie te ha dicho que tus disculpas son un tanto insuficientes?
Los Hursts caminaron hasta la caja registradora y Violet se escondió más. A gatas se arrastró hasta el otro lado.
Un enorme y ruidoso camión pasó por la calle principal. Le urgía una reparación a su escape, y el alcalde Hurst miró con dejadez por la gran ventana de la pastelería.
Como un koala, Violet se enroscó alrededor de la pierna de Ford y su cabeza rozó el interior de su muslo. Si llevaran más tiempo de conocerse y no hubiera la posibilidad de confundir una broma con una petición seria, Ford habría soltado un comentario inapropiado del tipo “Ey, ya que estás ahí abajo…”.
La catalogó no solo como volátil y temperamental, sino que además tenía algunos tornillos sueltos.
¡Bien por sus instintos!, pero ¿qué hacer con el calor que recorría sus entrañas? Y no era la única parte de su ser que estaba despertando. Hacía mucho tiempo que una mujer no estaba tan cerca de… Definitivamente, no pienses en eso o la situación se pondrá todavía más dura.
–No me mires así –gritó en un susurro Violet y Ford se preguntó si estaba dejando adivinar sus pensamientos perversos–. Me doy cuenta de que esto no ayuda exactamente a lo que decía sobre ser sensata, pero es una circunstancia atenuante.
–Mi amigo Tucker aprobaría tu jerga legal…. es abogado.
–Es el prometido de Addie, ¿verdad?
Ford asintió, sofocando el deseo de pasar sus dedos por los mechones de pelo sedoso que le cubrían la rodilla.
–¿Cuál es la circunstancia atenuante, entonces, Madam Foreman?
–Ja, ja –Violet inclinó la cabeza, intentando mirar bajo su muslo, aunque él dudaba que pudiera ver mucho más que sus pantalones deportivos–. Larry Hurst es mi padre biológico. Solo reconoce mi existencia cuando es absolutamente necesario y la última vez que vi a Cheryl, me dijo que estaba arruinando la boda de Maisy con mi dramatismo.
–¿Tú, dramática? ¡Nooooo! –el sarcasmo ya era el tono entre ellos, pero el rostro de Violet reflejaba dolor y Ford se arrepintió al instante de sus palabras. Si ella no le devolvía el golpe, le quitaría la diversión y él no tenía intenciones de cruzar al territorio de los sentimientos dolorosos–. También pareces enérgica en extremo. ¿Te gustaría ir a pasar el rato con algunos cachorros?
–¿Estás tratando de atraerme a tu oscura camioneta sin ventanas? –ese era el hilo conductor al que él quería aferrarse. Antes de que Ford pudiera responder, ella añadió–: ¿Sabes qué? Ni siquiera me importa. Cualquier cosa con tal de salir de aquí. Vámonos.

Capítulo 5
Ford imitó el sonido de un pájaro y Violet se congeló en su lugar, temiendo moverse o parpadear, incluso respirar.
Ya estuvo. Voy a tener que escalar al tipo y estrangularlo.
Pero claro, con eso delataría su presencia. Le había pedido que la sacara a escondidas de allí, y en lugar de eso el tipo hacía ruidos que llamarían la atención de los intrusos.
Sin embargo, Addie fue la única que volteó a verlos.
Ford hizo unas cuantas señales con la mano y de pronto la voz de Addie se volvió estridente. Empezó a hablar en voz alta sobre lo emocionada que estaba por la boda y de cómo el alcalde y su esposa estarían allí, ¿verdad?
Larry y Cheryl se concentraron en Addie, con lo que Ford aprovechó para ponerse de pie, de espaldas al mostrador. Luego tiró de Violet para que se pusiera delante de él. Su aliento cálido le rozó el lóbulo de la oreja y se le puso la piel de gallina.
–Camina conmigo ahora…
Con la punta de sus tenis le dio un golpecito en los talones y comenzaron a avanzar pegaditos con toda la sincronización que podía lograr dos personas que apenas se conocen. Los torpes pasos delataban que Ford se esforzaba por acompasar sus largas zancadas con los pasitos de la chica, pero en poco tiempo, salieron por la puerta de la pastelería.
El sonido de la campanilla la hizo acelerar el paso, alejándose del escaparate que asomaba a la calle.
–Gracias –habló por encima del hombro–. Eres un gran escudo.
–Encantado de ayudarte –Ford deslizó su mano hacia la baja espalda de Violet y sintió que le ardían las puntas de los dedos. La condujo hacia la enorme camioneta negra con grandes ruedas.
Violet arrastró los pies.
–Espera, ¿a dónde vamos?
–A entrenar a los cachorros –repuso, al tiempo que abría la puerta del pasajero–. Ese era el trato, ¿recuerdas?
–¿Trato? Más bien pienso que quieres sacar ventaja de mi desesperada situación.
–¿Por qué no pueden ser ambas cosas? Ahora, ¿puedes subir con tus pequeñas piernitas o necesitas un empujón?
A pesar de su puff… no-seas-absurdo, Violet no estaba segura de si conseguiría subirse. Se apoyó en el escalón de metal y se sujetó al asiento. Aunque le costó trabajo, no se atrevería a pedirle ayuda para subir a una camioneta que claramente sobrecompensaba algo.
El motor rugió como si también tuviera algo que demostrar. Y allí estaba ella, recorriendo la calle principal con un hombre que era poco más que un extraño. ¿Cómo se las arreglaba siempre para meterse en situaciones tan estrambóticas?
Si ese era su don, encontraría el recibo porque quería devolverlo.
–Entonces, ¿los Hursts son tus padres?
Negó con la cabeza. ¿Este tipo hablaba en serio? Ni siquiera debería de molestarse en fingir que no conocía la historia de la telenovela de su familia. Cada vez que visitaba Las Dudas, podía escuchar las murmuraciones. Notaba las miradas curiosas.
En este pueblo anormalmente pequeño, Violet era notoria por tratarse de un error. Su parecido físico era el recordatorio de una infidelidad. Así que no podía culpar a Cheryl por no ser su fan.
–Me sorprende que no hayas oído hablar de mí.
Ford hizo el cambio de velocidad para acelerar.
–¿Por qué? ¿Eres famosa?
–Más bien infame. Soy la hija bastarda de Larry Hurst. Algunas personas prefieren el término “hija del amor” para que no suene tan rudo, como si llamar resortera a una bomba contrarrestara su poder destructivo. Pero papá dejó bien en claro que de amor no tenía nada.
Durante años, escuchó muchas veces las discusiones entre Larry y Cheryl por las visitas pactadas en el acuerdo de custodia.
No significó nada.
Yo estaba muy borracho y ella estaba allí.
Si pudiera retractarme, lo haría.
En el interior de la cabina, Ford la miró entrecerrando los ojos.
–No presto mucha atención a los chismes de la ciudad.
–Vamos. ¿Nunca has oído hablar de mí, la hija que estropeó el perfecto matrimonio entre el amado alcalde y su bella esposa? –no había ayudado en nada que su mamá hubiera ocultado la existencia de la niña durante ocho años hasta que Violet insistió en buscar a su padre y conocerlo–. Cada verano, mis visitas agitaban el avispero y los susurros y las miradas eran inevitables.
Era una vieja historia, por eso no entendía por qué emergía ese dolor residual. Lo que comenzó como un sueño sobre el encuentro con su padre terminó como una pesadilla en la que varias vidas se arruinaron. Mamá solía consolarla: insistía en que su padre la amaba y que quería una relación con Violet, de ahí las visitas. Pero, con toda franqueza, cuando la chica estaba lejos de su hogar y su madrastra la miraba con tanto desdén, era difícil de creer.
Violet sospechaba que su papá había solicitado las visitas más por “hacer lo correcto” y no tanto porque quisiera una relación.
Ford viró hacia un camino de terracería.
–Ahora que lo mencionas, me suena conocido. Una de las muchas razones por las que ignoro los chismes es porque mi familia fue siempre blanco de ellos. Desde hace un siglo, los McGuire han sido las famosas manzanas podridas de Las Dudas. Pero a lo largo de los años he descubierto que no existen las supuestas familias perfectas. Todo el mundo enfrenta sus batallas, solamente que algunas personas son mejores que otras para ocultarlo.
Sorprendentemente sincero. Y atinado también.
La casa blanca que se alzaba frente a ellos tenía cortinas azules, un porche y un gran patio. Y tal como se lo había prometido…
–¡Perritos! –Violet se catapultó fuera de la camioneta y los pastores alemanes corrieron hacia la valla, asomando sus oscuras naricitas por entre los tablones.
Pyro saltó la valla como si nada. Ford se inclinó y le dio una palmadita en la cabeza.
–Hola, chico. ¿Cómo se portaron los enanos?
El perro respondió con un medio gimoteo, medio gruñido, como una niñera que respira aliviada tras una dura jornada.
Ford rascó el grueso pelo negro alrededor del cuello hasta que la lengua rosada del perro colgó y sus quejas se transformaron en jadeos.
–El mundo necesita más perros de búsqueda y rescate increíbles como tú, lo que significa que necesitamos entrenarlos. Podemos manejar eso, ¿no, chico?
Pyro dio un brinco, como si aceptara la misión y animó a su amo a que se diera prisa. Por un segundo, Violet sintió que algo se ablandaba en su interior. Ya que el tipo la había salvado de un encuentro incómodo, se permitió darse el gusto de sentir un par de segundos más esa sensación.
Sus dedos buscaron la cámara que colgaba alrededor de su cuello, pero no la encontró.
Era la primera vez en mucho tiempo que buscaba su cámara, deseosa de capturar el momento.
La magia se desvaneció. No podría ver y analizar después ese trozo de vida.
Ford le abrió la puerta y tres bolitas de pelo negras con café se abalanzaron sobre ella de inmediato, agitando las orejas al saltar.
Violet se tiró al suelo y dejó que se subieran a su regazo. Uno de los cachorros aprovechó la invitación y apoyó sus patas sobre su seno derecho para alcanzarla y lamerle la barbilla.
–Gracias, amiguito. ¿O eres niña? No estoy segura y no quiero avergonzarte levantándote la cola delante de todos.
Uno de los cachorros prefirió llamar su atención mordisqueando las agujetas de sus zapatos. Jaló y comenzó a tirar de su pie.
Una sombra bloqueó el sol, por lo que Violet alzo la mirada, más y más y más arriba.
–Son adorables –le dijo a Ford.
–Son indisciplinados.
El cachorro que al parecer adoraba el sabor de su maquillaje le siguió lamiendo el rostro. Violet pasó sus manos alrededor del cuerpo peludo, justo detrás de las patas delanteras, y lo levantó en el aire.
–¿Eres indisciplinado? ¿O solo te gusta hacerle pasar malos ratos?
El cachorro ladró.
–Estoy de acuerdo –repuso Violet–. Es superdivertido. Pero entonces Ford te empieza a insultar. No me digas que también te ha llamado obsesivo y demasiado dramático.
El perrito soltó otro ladrido chillón. Violet bufó y apuntó el hocico del cachorro hacia Ford.
–Dile que lo sientes –exigió.
Ford sacudió la cabeza, pero las comisuras de su boca temblaron con una sonrisa.
–Solo para aclarar, no te dije dramática. Lo di a entender usando el sarcasmo.
–Oh, perdóname.
Una risita se escapó al tiempo que Ford se inclinaba al nivel del cachorro. Acarició su peluda cabeza y luego sus ojos, decididamente más verdes que color avellana, se dirigieron a Violet.
–Veo que te gusta la diversión y los juegos, pero la razón por la que te engatusé es para que me ayudes con la parte del trabajo.
–Hmm. No lo mencionaste mientras me atraías hacia tu camioneta sin ventanas.
Ford alzó una ceja. Esa curva infame la tenía subyugada, contemplando cómo se convertía en súbdito del tipo. Era evidente que su sentido común se había ido de vacaciones.
–Te permito sentarte en la ventanilla en mi grande y malvada camioneta, pero que esto sea una lección para ti. Esto es lo que pasa cuando te dejas mimar por los cachorros.
Violet giró al cachorro y rozó su nariz contra el húmedo hocico.
–Bueno, si este es mi destino, que así sea.
El cachorro que le desató las agujetas ahora perseguía a un saltamontes y Violet lamentó no haberlo consentido cuando tuvo la ocasión.
–¿Cómo se llaman?
–Todavía no tienen nombres –repuso Ford, aún en cuclillas. Violet se preguntó si no le dolerían los muslos. Acto seguido se dio cuenta de que estaba examinando sus musculosas piernas y era algo que no debía hacer en absoluto porque… ¡rayos!
–Eso es muy triste.
–Te propongo un trato…
Violet suspiró, hondo y fuerte.
–Oh, no, no otro trato.
–Se llama quid pro quo.
–Debería haber pedido el quo, ¿o más bien el quid?, antes de aceptar la misión de rescate.
El tercer cachorro se dio la vuelta, así que Violet se recostó en la hierba y lo alcanzó. Lo colocó sobre su pecho, así que tenía a los tres perritos arrastrándose sobre ella. Pyro seguía con los ojos sus movimientos y los de los cachorros. Violet dio una palmadita en un sitio a su lado.
El perro se dejó caer junto a ella para poder también recibir caricias.
–Confía en mí –continuó Ford–. Es un trato que te va a encantar.
–Creo que cada vez que alguien empieza una frase con “confía en mí”, es un buen indicador de que debo correr. Hay una cosa llamada patrón masculino de falsedad y…
–Dios mío, mujer, ¿alguna vez dejas de parlotear? –preguntó al tiempo que se pellizcaba el puente de la nariz. Si no hubiera aderezado la frase con una sonrisa y un guiño, Violet se habría ido. Pero ahora quería escuchar la propuesta.
Apretando al cachorro más peludo contra su pecho, se sentó y se quitó el flequillo de la cara.
–¿Por qué no me haces esa propuesta que no podré rechazar y vemos? –hizo un gesto como si cerrara su boca con una cremallera.
–Si me apoyas con una hora de entrenamiento, dejo que me ayudes a ponerles nombre.
Lo mejor hubiera sido rechazar la oferta y volver a la pastelería, pero tal vez Larry y Cheryl seguirían allí, o cerca de allí. Sacó su teléfono y envió un mensaje a Maisy explicando por qué se había escabullido e informándole que estaba con Ford.
Le mostró la pantalla al chico.
–Ahí lo tienes. Ahora mi hermana sabe que estoy contigo, así que será mejor que te comportes.
Por supuesto, completó el mensaje con una rápida selfie con los cachorros y añadió “porque hay perritos”. Además, también podría enviarla al chat de La Tripulación de las Damas de Honor.
–Muy bien, señor Bombero. Tenemos un trato.
Ford le tendió la mano y cuando ella colocó su palma en la suya, sintió un hormigueo en la piel.
–Trato hecho. Pero ¿quieres conocer la letra chiquita? No tengo intención de comportarme.
***
Para entrenar a los cachorros a encontrar un objeto o persona a través del aroma, había unos artefactos llamados almohadillas de olor. Según Ford, a medida que los perros mejoraban y se acostumbraban a rastrear, las almohadillas se colocaban cada vez más lejos.
Después de que Ford le diera un resumen de cómo funcionaban, dejaron en casa a un triste Pyro, porque no debía de participar en esta misión. A los cachorros les pusieron los arneses con sus largas correas y se dirigieron a la parte de atrás de la casa de Ford, enclavada en una zona boscosa y con un camino que conducía al lago.
–No quiero confundir a los cachorros con demasiados olores, así que deberíamos separarnos –Ford estudió a los tres peludos–. Pero ahora me pregunto cuál de los tres será más fácil que manejes.
Violet levantó al cachorro macho que había jugado con las agujetas de sus zapatos, y su corazón casi implosionó cuando el animal ladeó la cabecita y la miró.
–Quiero a este.
–Oh, no creo que puedas manejarlo. Tiene TDAH.
–¡Ay! Igual que yo –mucha gente bromeaba sobre el TDAH y nunca le había importado. Bueno, hasta que Benjamin puso los ojos en blanco y le preguntó si había tomado sus medicinas. Pero, a la vez, avisarles a las demás personas le ayudaba a sentirse mejor consigo misma porque no se sentía grosera si perdía el hilo de la conversación–. Es una combinación perfecta… oh, ¡mira una ardilla!
A Ford se le escapó una carcajada que sorprendió a los dos cachorros a sus pies. La miraron a ella y luego a él, alzando sus peludas cejas color café.
–Dudo que dos distraídos sean una buena combinación.
–Oye, solo porque alguien se distraiga con facilidad no significa que no pueda hacer las cosas. –Violet apretó más al perrito y sintió que se derretía de amor–. Se lo vamos a demostrar, ¿verdad? –añadió con una entonación como la que se usa para hablar con los bebés.
Las cuatro patas del perrito se agitaron en el aire, como si estuviera dispuesto a demostrar que Ford se equivocaba.
–Ya quedó. Distracto está conmigo –lo bajó al suelo, acarició el suave pelo del perrito y tomó una almohadilla de aromas. Se dirigieron en dirección opuesta a Ford y al resto del equipo.
Apenas se alejaron lo suficiente como para que no pudiera ver a los demás, dejó que el pequeño olfateara la almohadilla.
La colocó a un par de metros, tal como Ford le había dicho, pero Distracto seguía… bueno, distraído. Rodeó un árbol escuálido e hizo pipí en él.
Un pájaro amarillo con negro aterrizó en el suelo y comenzó a dar saltitos, y Distracto remolcó a Violet lejos de la almohadilla.
Con el tirón le sacudió el hombro, por lo que tuvo que apresurar el ritmo para seguirle el paso.
–Amigo, vamos por el camino equivocado. Tenemos que volver.
El cachorro lo entendió, porque de inmediato cambió de dirección. Durante dos largos segundos.
Entonces el viento hizo temblar un arbusto. El cachorro le ladró, el sonido que emitía era tan insignificante y agudo que Violet a su vez dejó escapar un chillido, era demasiado adorable para ponerlo en palabras.
El cachorro atacó entonces la rama que se balanceaba y… perdió el interés. Después de eso, orinó en otro tocón.
A cada segundo, Violet se impacientaba más y pateó el suelo mientras esperaba que el cachorro terminara con su asunto.
–¿Qué te da de beber Ford? No entiendo como una vejiga tan pequeña como la tuya puede contener tanto líquido.
Distracto le respondió con un guau.
Violet agitó la almohadilla de olor en dirección a Distracto, así que, por supuesto, el perro se dirigió en la dirección opuesta.
–No, espera. Es por aquí.
Un insecto con una asquerosa cantidad de patas llamó la atención del perro, quien lo aplastó con su pata, lo que hizo estremecer a Violet. ¿Pero quién era ella para evitar que un insecto menos se arrastrara por el mundo?
Después de eso, vio una alfombra de follaje verde con flores miniatura color púrpura y entonces fue ella la que se distrajo y se acercó a mirar más de cerca.
–No, no te las comas –dijo, deteniendo al cachorro cuando intentó masticar los pétalos. En su lugar, mordió el dedo de Violet y ella dejó que la babeara para que no se comiera las plantas.
Esas flores se verían tan lindas en un ramo de novia. Como las flores de la ilusión pero en versión púrpura.
No es que necesitara más ideas. Era igual que con lo de buscar su cámara: algo natural. Planear una boda durante diez años producía ese efecto de catalogar cada objeto que pudiera añadir otro toque de perfección.
A lo largo de los años, sus gustos habían cambiado, pero por suerte tenía tiempo más que de sobra para actualizar su carpeta de la inutilidad.
Basta con ese tema.
Violet se incorporó y miró a su alrededor mientras Distracto tiraba de la correa de un lado a otro.
–Oye, ¿dónde quedó la almohadilla?
Tuvieron que ir en zigzag antes de encontrar su objetivo. Como temía que Distracto hubiera olvidado el olor, Violet lo dejó oler de nuevo y luego le dio uno de los premios para perros de su bolsillo.
–Encontrar esta almohadilla significa más premios. ¿Lo entiendes?
La reubicó a unos metros de distancia y empezaron de nuevo.
Y por “empezar de nuevo” se refería a otra ronda de saltamontes, brizna de hierba y mosca.
Finalmente, Violet se arrodilló sobre la mullida hierba y las rodillas de sus jeans se humedecieron.
–Escúchame. Si Ford se entera de que ni siquiera logramos llegar una sola vez a la almohadilla, esto no tendrá final –le dio una palmadita en la cabeza, luchando por no dejarse conquistar por sus grandes ojos cafés–. Te gusta estar conmigo, ¿verdad?
Distracto se sentó y se rascó la barbilla con la pata trasera. Apenas Violet se hizo cargo de rascarlo, se subió a su regazo y hundió la nariz en el hueco del codo de la chica.
–Ves, esto no ayuda.
Así como tampoco ayudaba que le hablara como si fuera un bebé.
Tengo que mostrarme firme.
Con suavidad, colocó al cachorro en el suelo. Sacó uno de los premios en forma de hueso y lo agitó delante de él. Luego, Violet se alejó despacio a un metro de distancia. Le ardían los muslos por estar en cuclillas, pero Distracto se dirigía de nuevo hacia la almohadilla.
La emoción se apoderó de ella y alejó sus pensamientos de la tensión de sus piernas.
–Buen trabajo, amigo. Ahora que hemos recuperado el terreno perdido, solo tenemos que hacer un par de metros.
Otro despiste. Entonces una mariposa apestosa tuvo que aparecer, revoloteando con sus alas amarillas mientras volaba bajo.
Distracto fue tras ella, pero Violet recogió la correa y lo detuvo en seco.
–Me estás matando, pequeñín.
Los ojitos tristes del cachorro la hicieron sentir como una tarada. Violet miró a su alrededor y al no encontrar rastro de Ford, puso a Distracto un metro más allá de donde habían empezado. Partió en dos uno de los premios en forma de hueso y lo acercó a su cara.
–Te dejaré comer eso, pero tienes que prometerme que harás lo de la almohadilla. Te daré el resto cuando lo hagas. ¿Trato hecho?
Como el cachorro colocó una pata sobre su pierna, tratando de arrebatarle el premio con desesperación, Violet lo movió de arriba abajo y él imitó el movimiento con el hocico. Aunque era una forma forzada de asentir, valía para sellar el acuerdo.
–Así está bien –Violet lo acercó a un metro de la almohadilla y le dio la primera mitad del hueso.
Pero antes de que pudiera hacer que el cachorro la siguiera, porque, desde luego, no lo estaba haciendo, se escuchó un fuerte carraspeo, seguido de un profundo: “¿Qué crees que estás haciendo?” que la hizo saltar.
Se dio la vuelta para encontrarse con Ford de pie, de brazos cruzados, acompañado por los otros dos cachorros sujetos por sus correas.
–Hola –el tono de su voz era muy alto, contenía un toque de culpabilidad que delataba que la había atrapado.
Ford meneó la cabeza.
–Oye, ¿en serio?
–Oh, ¿prefieres que sea más formal? Hola, Ford como sea que te apellides. Es un gusto encontrarte en el pantanoso bosque de Alabama. Hace tanto tiempo que no tengo el placer de tener compañía en mi paseo de mediodía.
Ford apretó los labios, obligándose a no sonreír, pero unas arrugas se dibujaron en las esquinas de sus ojos.
–Violet.
Cuando se acercó, se le secó la garganta.
–¿Mmm hmm?
–Te vi haciendo trampa. No puedes darle un premio hasta que encuentre la almohadilla.
–Teníamos un trato.
–Lo sé. Y tú lo rompiste.
–Me refería a Distracto y a mí –se volvió hacia el cachorro, como si él la respaldara. Él, a su vez, le ladró a un arbusto, levantó la pata y volvió a hacer pipí–. Mira, le dije que le daría la mitad de la recompensa ahora y que tendría el resto cuando encontrara la almohadilla.
Las puntas de los zapatos de Ford chocaron contra los suyos y su pulso se aceleró tanto que la dejó mareada.
–No se le da antes. Al parecer voy a tener que confiscar los premios y los repartiré cuando yo lo considere oportuno.
Violet escondió la mano detrás de la espalda, con los dos huesos restantes apretados en un puño.
–Está haciendo lo mejor que puede.
–No. Eres una encubridora –Ford extendió su palma abierta y le hizo un gesto para que le entregara los premios.
–No, yo… está bien, tal vez un poco, pero dame otra oportunidad.
Mientras la rodeaba para tratar de arrebatarle los premios de la mano, sus pechos chocaron entre sí. Violet alejó el brazo lo más posible. La tela crujió con el roce, sintió que un remolino le recorría el estómago y contuvo un escalofrío cuando las puntas de sus dedos callosos rozaron su brazo.
Cuando empezó a abrir los dedos uno a uno dejó escapar un chillido. El cachorro a sus pies ladró y se metió entre ellos.
Entonces Distracto los sorprendió a ambos con un gruñido.
Violet estaba asombrada y Ford quedó boquiabierto.
El bombero volteó a ver al cachorro y Violet hizo una mueca de dolor, temerosa de que Distracto estuviera a punto de meterse en problemas.
En lugar de eso, un toque de orgullo y alegría se dibujaron en el rostro de Ford.
–Vaya, vaya. Debes ser más motivadora de lo que pensaba si está dispuesto a enfrentarme para defenderte.
Solo que como el cachorro seguía gruñendo, sus hermanos se sumaron a la lucha. Daban vueltas y saltaban, ladrando y, en algún momento, comenzaron a perseguirse entre ellos en lugar de defender su honor.
Al parecer ese era el inconveniente de confiar en un perro guardián que se distrae con facilidad. Ford y Violet voltearon e intentaron que los cachorros se calmaran, pero las correas comenzaron a enrollarse alrededor de sus piernas. Violet sujetó los brazos de Ford al darse cuenta de que la gravedad jugaba en su contra.
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