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Índice de contenido

Jane Eyre

Prefacio

Volumen I

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Volumen II

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Volumen III

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII. Conclusión

Autora

Notas

Singular desde su complicada infancia de huérfana, primero a cargo de una tía poco cariñosa y después en la escuela Lowood, Jane Eyre logra el puesto de institutriz en Thornfield Hall, para educar a la hija de su atrabiliario y peculiar dueño, el señor Rochester. Poco a poco, el amor irá tejiendo su red entre ellos, pero la casa y la vida de Rochester guardan un estremecedor y terrible misterio.

Charlotte Brontë

Jane Eyre

Prefacio

Al no ser necesario hacer un prefacio a la primera edición de Jane Eyre, no lo hice. Esta segunda edición requiere unas palabras, tanto de agradecimiento como de comentario diverso.

Debo expresar mi agradecimiento a tres sectores.

Al público, por su indulgencia al aceptar una narración sencilla con pocas pretensiones.

A la prensa, por su honrado apoyo a un aspirante desconocido.

A mis editores, por su ayuda y su tacto, su energía, su sentido práctico y su generosidad para con un autor desconocido sin recomendaciones.

La prensa y el público solo son personificaciones imprecisas para mí, y debo darles las gracias de forma imprecisa; pero mis editores son de carne y hueso, como también lo son ciertos críticos magnánimos, que me han alentado como solo las personas nobles de gran corazón saben animar a un luchador desconocido. A estas personas, es decir, a mis editores y a estos buenos críticos, les digo: caballeros, les doy las gracias desde el fondo de mi corazón.

Habiendo mencionado de esta forma lo que les debo a aquellos que me han ayudado y aprobado, dirijo mi mirada a otro grupo; un grupo pequeño, por lo que sé, pero no por eso debo descuidarlo. Me refiero a unos cuantos timoratos o criticones que desconfían de tales libros como Jane Eyre, a cuyos ojos, todo lo que se sale de lo común está mal; y cuyos oídos detectan, en todas las protestas contra la intolerancia —padre de todo delito—, una ofensa contra la piedad, regente de Dios sobre la tierra. A estos recelosos, quisiera proponer algunas distinciones evidentes, y recordarles ciertas verdades básicas.

El convencionalismo no es la moralidad. La santurronería no es la religión. Atacar aquella no es defender esta. Quitarle al fariseo su careta no significa alzar la mano contra la Corona de Espinas.

Estos asuntos y hechos son diametralmente opuestos; son tan diferentes como lo son el vicio y la virtud. Los hombres los confunden con demasiada frecuencia; no deberían hacerlo; las apariencias no deben confundirse con la verdad; las rígidas doctrinas humanas, que tienden a alborozar y regocijar a solo unos pocos, no deberían sustituir el credo redentor de Cristo. Existe —repito— una diferencia; y es una acción buena, no mala, marcar fuerte y claramente la línea divisoria entre ambos.

Puede que al mundo no le agrade ver separadas estas ideas, pues siempre ha acostumbrado a mezclarlas, prefiriendo que los signos externos se hagan pasar por el valor intrínseco, y dejar que los muros blanqueados se tomen por pulcros santuarios. Puede que odie a los que se atreven a examinar y desenmascarar —a levantar el oropel para descubrir el vil metal— a penetrar el sepulcro y mostrar los restos mortales; pero, por mucho que quiera odiarlos, está en deuda con ellos.

A Ajab no le agradaba Miqueas, porque no le vaticinaba nunca nada bueno, sino solo malo: probablemente le gustase más el hijo adulador de Quenana. Sin embargo, Ajab hubiera podido librarse de una muerte cruenta si hubiera hecho oídos sordos a la adulación para escuchar buenos consejos.

Existe hoy día un hombre cuyas palabras no las plasma para deleitar oídos delicados, quien, a mi modo de ver, se presenta ante los grandes de la sociedad como se presentó antaño el hijo de Jimla ante los reyes de Judá e Israel, y dice una verdad tan profunda como aquel con una fuerza igualmente profética y vital y un porte tan intrépido y osado como el suyo. ¿Es admirado en los lugares importantes el autor satírico de La Feria de las Vanidades? No lo sé; pero pienso que si algunos de aquellos a los que arroja el fuego griego de su mordacidad y a los que muestra el hierro candente de su denuncia hicieran caso de sus advertencias, quizás ellos o su progenie se librasen de un Ramot Galad fatal.

¿Por qué he mencionado a este hombre? Lo he mencionado, lector, porque veo en él un intelecto más profundo y más original de lo que han reconocido hasta ahora sus contemporáneos; porque lo considero el principal reformador social del momento, el maestro de aquellos que trabajan para que el sistema torcido de las cosas se enderece; porque creo que ningún comentarista de sus escritos ha hallado aún el paralelismo que le corresponda o los términos que caractericen debidamente su talento. Dicen que se parece a Fielding: hablan de su ingenio, su humor, su sentido de lo cómico. Se parece a Fielding como se parece un águila a un buitre: Fielding se arroja sobre la carroña, pero Thackeray no lo hace nunca. Su ingenio es brillante y su humor atractivo, pero ambas cualidades se corresponden con su genio serio tanto como los brillantes relámpagos, jugueteando bajo los bordes de las nubes estivales, se corresponden con el rayo mortal que se oculta en sus entrañas. Finalmente, he aludido al señor Thackeray porque a él —si es que acepta este tributo de un total desconocido— he dedicado esta segunda edición de Jane Eyre.

CURRER BELL.

21 de diciembre de 1847.

Volumen I

Capítulo I

No pudimos salir a pasear aquel día. De hecho, aquella mañana habíamos pasado una hora deambulando entre los arbustos desnudos; pero, desde la hora del almuerzo (cuando no había visita, la señora Reed comía temprano), el frío viento invernal había traído unas nubes tan oscuras y una lluvia tan penetrante que volver a salir de la casa era impensable.

Yo me alegré: nunca me gustaron los paseos largos, sobre todo en las tardes frías; me horrorizaba volver a casa a la caída de la tarde con los dedos helados y el corazón entristecido por las reprimendas de Bessie, la niñera, y humillada por saberme físicamente inferior a Eliza, John y Georgiana Reed.

Los tales Eliza, John y Georgiana se encontraban reunidos en torno a su madre en el salón: esta estaba echada con aspecto totalmente feliz en un sofá junto a la chimenea, rodeada de sus retoños, que, en aquel momento, ni reñían ni lloraban. A mí me había dispensado de reunirme con el grupo con el pretexto de que «lamentaba verse obligada a mantenerme a distancia, pero que, hasta que Bessie no le confirmara y ella no observara por sí misma que intentaba de todo corazón adquirir un temperamento más sociable y propio de mi condición de niña, y unos modales más atractivos y alegres —algo, por así decirlo, más ligero, franco y natural—, realmente debía excluirme de los privilegios otorgados solamente a los niños contentos y felices».

—¿Qué dice Bessie que he hecho? —pregunté.

—Jane, no me gustan los quisquillosos ni los preguntones. Además, encuentro verdaderamente desagradable que una niña conteste de esta manera a sus mayores. Ve a sentarte en algún sitio; y hasta que no tengas cosas agradables que decir, quédate callada.

Al lado del salón había una pequeña salita, donde me escabullí. Había una librería; enseguida me hice con un tomo, asegurándome de que contuviera muchas ilustraciones. Me encaramé al poyo de la ventana, encogí las piernas y me quedé sentada a lo turco; allí, habiendo corrido casi del todo la cortina de lana roja, me hallaba doblemente retirada del mundo.

A mi derecha, me ocultaban los pliegues de tapicería escarlata, y, a mi izquierda, estaban las lunas transparentes de la ventana, que me protegían, sin separarme, del melancólico día de noviembre. A ratos, al volver las hojas de mi libro, estudiaba el aspecto de la tarde invernal. A lo lejos se divisaba una pálida capa de niebla y nubes; más cerca, el césped mojado, los arbustos zarandeados por la tormenta y la lluvia incesante que barría el paisaje, salvajemente empujada por una ráfaga larga y lúgubre.

Volví a mi libro: La historia de las aves británicas de Bewick, cuyo texto me interesaba poco en términos generales; sin embargo, contenía ciertas páginas introductorias que, aun siendo una niña, no podía pasar por alto. Eran aquellas páginas que trataban de los nidos de las aves marinas, de «las rocas y promontorios solitarios» ocupados solo por ellas, de la costa de Noruega, tachonada de islas desde su punto más meridional, Lindeness o Naze, hasta Cabo Norte:

Donde el Mar del Norte, en gigantescos remolinos,

bulle en torno a las desnudas islas melancólicas

del lejano Thule; y el embate del Océano Atlántico

se agolpa entre las tormentosas islas Hébridas.

Tampoco escapaba a mi atención la mención de las desiertas orillas de Laponia, Siberia, Spitzbergen, Nueva Zembla, Islandia, Groenlandia, con «la vasta extensión de la zona ártica y las desoladas regiones de espacio monótono, ese depósito de escarcha y nieve, donde sólidos campos de hielo, acumulados en montañas alpinas y pulidos por siglos de inviernos, rodean el polo y concentran los múltiples rigores del frío extremado». Formé una idea propia de estas regiones de mortal palidez: llenas de sombras, como todas aquellas nociones medio comprendidas que pululan por los cerebros de los niños, indistintas pero extrañamente impresionantes. Las palabras que figuraban en estas páginas introductoras se relacionaban con las imágenes que les seguían, y explicaban la roca que se erguía solitaria en un mar de olas y espuma, el barco destrozado y abandonado en una costa desolada, la luna fina y pálida que, a través de jirones de nubes, espiaba un barco que naufragaba.

No puedo saber qué sentimiento poblaba el cementerio solitario con sus lápidas grabadas, su puerta, sus dos árboles, su horizonte plano, circundado por un muro roto, y la luna creciente recién salida, que atestiguaba la caída de la tarde.

Los dos barcos navegando en un mar aletargado me parecían fantasmas marinos.

Pasé rápidamente el diablo que sujetaba el fardo de un ladrón a su espalda: me inspiraba terror.

También me lo inspiraba la negra figura cornuda sentada a solas en una roca, que vigilaba a lo lejos a una muchedumbre agrupada alrededor de una horca.

Cada imagen contaba una historia, a menudo misteriosa para mi comprensión rudimentaria y mis sentimientos imperfectos, pero fascinante a pesar de ello; tan fascinante como los cuentos que Bessie contaba a veces en las tardes de invierno, si estaba de buen humor. En aquellas ocasiones, habiendo acercado su tabla de planchar a la chimenea del cuarto de los niños, nos permitía sentarnos alrededor, y mientras ella se ocupaba de fruncir las puntillas de la señora Reed o plegar los bordes de sus gorros de dormir, alimentaba nuestra ávida curiosidad con historias de amor y aventuras sacadas de viejos cuentos de hadas y romances, o (como descubrí más tarde) de las páginas de Pamela y Henry, Conde de Moreland.

Con el Bewick en mi regazo, era feliz, por lo menos feliz a mi manera. Lo único que temía era que me interrumpieran, lo que sucedió demasiado pronto. Se abrió la puerta de la salita.

—Eh, ¡señora Morros! —gritó la voz de John Reed. Enseguida se calló, ya que la habitación estaba aparentemente vacía.

—¿Dónde demonios estará? —continuó—. ¡Lizzy! ¡Georgy! —llamando a sus hermanas—. Joan no está aquí; decidle a mamá que ha salido bajo la lluvia, mal bicho que es.

«Menos mal que he corrido la cortina», pensé, deseando con todas mis fuerzas que no descubriese mi escondrijo. De hecho, no lo hubiese encontrado por sí mismo, ya que no era muy agudo ni de vista ni de ingenio, pero Eliza se asomó a la puerta y dijo enseguida:

—Seguro que está en el poyo de la ventana, Jack.

Salí inmediatamente, porque temblaba ante la idea de que Jack me fuera a sacar a la fuerza.

—¿Qué quieres? —le pregunté con torpe timidez.

—Di «¿qué quiere usted, señorito Reed?» —fue su respuesta—. Quiero que vengas aquí —y, sentándose en una butaca, me hizo seña de que me acercara y me quedara de pie ante él.

John Reed era un colegial de catorce años, cuatro más que yo, que tenía solo diez; era grande y gordo para su edad, con la piel mate y enfermiza, facciones groseras en un rostro ancho, brazos y piernas pesados, manos y pies grandes. Solía atracarse en la mesa, por lo que era bilioso, de ojos apagados y legañosos y mejillas fláccidas. En aquellas fechas debía estar en el colegio, pero su querida madre lo había llevado a casa durante un mes o dos «por su delicada salud». El maestro, el señor Miles, aseguraba que estaría perfectamente si se le enviasen menos pasteles y dulces; pero el corazón de su madre rechazaba tan dura opinión y se empeñaba en creer la idea más benigna de que su mala salud se debía al exceso en los estudios y, quizás, a la añoranza de su casa.

John no quería mucho a su madre ni a sus hermanas, y a mí me odiaba. Me fastidiaba y maltrataba, no dos o tres veces a la semana ni dos o tres veces al día, sino todo el tiempo: cada uno de mis nervios lo temía, cada pedazo de carne que cubría mis huesos se encogía cuando él se acercaba. Había momentos en los que me desconcertaba el terror que me producía, ya que no tenía ninguna defensa posible contra sus amenazas ni sus malos tratos; los criados no querían ofender a su joven amo poniéndose de mi parte, y la señora Reed era sorda y ciega en este asunto: jamás lo vio pegarme ni lo oyó insultarme, a pesar de que ambas cosas ocurrían en su presencia de vez en cuando, aunque más frecuentemente a sus espaldas.

Acostumbrada a obedecer a John, me acerqué a su sillón; invirtió unos tres minutos en sacarme la lengua cuan larga era sin dañar la raíz; sabía que no tardaría mucho en pegarme y, aunque temía el golpe, reflexionaba sobre el aspecto feo y repugnante del que había de asestarlo. Me pregunto si leyó estas ideas en mi cara porque, de repente, sin decir palabra, me pegó con todas sus fuerzas. Me tambaleé y, al recobrar el equilibrio, retrocedí un paso o dos.

—Eso por tu impertinencia al contestar a mamá hace un rato —dijo—, y por tu manera furtiva de meterte detrás de las cortinas, y por la mirada que tenías en los ojos hace dos minutos, ¡rata asquerosa!

Habituada a las injurias de John Reed, nunca se me hubiera ocurrido contestarle; mi preocupación era aguantar el golpe que estaba segura seguiría al insulto.

—¿Qué hacías detrás de la cortina? —me preguntó.

—Leía.

—Enséñame el libro.

Volví junto a la ventana para cogerlo.

—No tienes por qué coger nuestros libros; dependes de nosotros, dice mamá; no tienes dinero, pues tu padre no te dejó nada, y deberías estar pidiendo limosna, no viviendo aquí con nosotros, hijos de un caballero, comiendo lo que comemos nosotros y llevando ropa comprada por nuestra querida madre. Yo te enseñaré a saquear mi biblioteca, porque es mía: toda la casa es mía, o lo será dentro de unos cuantos años. Ve y ponte al lado de la puerta, apartada del espejo y de las ventanas.

Así lo hice, sin darme cuenta al principio de lo que pretendía, pero cuando vi cómo levantaba el libro y lo apuntaba, y se ponía en pie para lanzarlo, instintivamente me eché a un lado con un grito de miedo, pero demasiado tarde. Arrojó el tomo, me dio, caí y me golpeé la cabeza contra la puerta, hiriéndome. El corte sangraba, y el dolor era fuerte, pero mi terror había disminuido y otros sentimientos acudieron en su lugar.

—¡Eres perverso y cruel! —dije—. ¡Eres como un asesino, un tratante de esclavos, un emperador romano!

Había leído la Historia de Roma de Goldsmith, y ya tenía opinión propia sobre Nerón, Calígula y los demás. En mi fuero interno, había visto más similitudes, pero nunca pensé decirlas en voz alta de este modo.

—¿Qué? ¿qué? —gritó—. ¿Será posible que me diga estas cosas? ¿La habéis oído, Eliza y Georgiana? Se lo voy a contar a mamá, pero primero…

Se abalanzó sobre mí. Sentí cómo me cogía del pelo y del hombro, pero se las veía con un ser desesperado. Para mí era realmente como un tirano o un asesino. Sentí deslizarse por mi cuello unas gotas de sangre de la cabeza, y era consciente de un dolor punzante. Estas sensaciones eran temporalmente más fuertes que el miedo, y me defendí frenéticamente. No sé exactamente lo que hice con las manos, pero me llamó «¡rata! ¡rata!» y berreó con fuerza. Llegaban refuerzos: Eliza y Georgiana habían salido corriendo en busca de la señora Reed, que había subido al piso superior. Entonces entró en escena, seguida por Bessie y Abbot, su doncella. Nos separaron; oí que decían:

—¡Vaya, vaya! ¡Qué fiera, atacar así al señorito John!

—¿Se ha visto alguna vez semejante furia?

Entonces intervino la señora Reed:

—Lleváosla al cuarto rojo y encerradla ahí —cuatro manos cayeron inmediatamente sobre mí y me llevaron escaleras arriba.

Capítulo II

Me resistí durante todo el camino, algo inusitado por mi parte, que reforzó la mala impresión que Bessie y Abbot ya estaban predispuestas a albergar sobre mí. A decir verdad, estaba alterada, o más bien «fuera de mí», como dirían los franceses; me daba cuenta de que un solo momento de rebeldía ya me había hecho merecedora de extraños castigos, y, como cualquier esclavo rebelde, estaba dispuesta, desesperada como me sentía, a hacer lo que fuera.

—Sujétele los brazos, señorita Abbot; parece un gato salvaje.

—¡Qué vergüenza, qué vergüenza! —gritaba la doncella—. ¡Qué comportamiento más escandaloso, señorita Eyre! ¡Mira que pegar a un joven caballero, hijo de su benefactora! ¡Su amo!

—¿Amo? ¿Mi amo? ¿Es que yo soy una criada?

—No, es menos que una criada, ya que no hace nada por ganarse el pan. Venga, siéntese, y reflexione sobre su maldad.

Ya me tenían en la habitación indicada por la señora Reed, donde me habían sentado en un taburete; mi primer instinto fue levantarme como un resorte, pero dos pares de manos me detuvieron en el acto.

—Si no se está quieta, tendremos que atarla —dijo Bessie—. Señorita Abbot, présteme sus ligas. Las mías se romperían enseguida.

La señorita Abbot se volvió para quitar de su gruesa pierna la liga solicitada. Estos preparativos para atarme, con la humillación adicional que aquello suponía, calmaron un poco mi agitación.

—No te las quites —dije—. No me moveré.

Y para demostrárselo, me agarré con las manos a mi asiento.

—Más vale que así sea —dijo Bessie, y al comprobar que me tranquilizaba de veras, me soltó. Ella y la señorita Abbot se quedaron con los brazos cruzados, mirándome la cara dubitativas y con el ceño fruncido, como si no creyeran que estaba en mi sano juicio.

—Nunca antes había hecho esto —dijo Bessie al fin, volviéndose hacia la doncella.

—Pero siempre lo ha tenido dentro —fue la respuesta—. Muchas veces le he dicho a la señora mi opinión sobre la niña y ella estaba de acuerdo conmigo. Es una criatura retorcida. Nunca he conocido a una niña tan pequeña con tantas artimañas.

Bessie no contestó, pero poco después dijo, dirigiéndose a mí:

—Debería darse cuenta, señorita, de que está en deuda con la señora Reed. Ella la mantiene. Si la echara, tendría que ir al hospicio.

Yo no tenía respuesta a sus palabras, que no me cogían de nuevas, pues mis primeros recuerdos incluían indicios en este sentido. Este reproche sobre mi dependencia se había convertido en una especie de sonsonete en mis oídos, doloroso y opresivo, y solo comprensible a medias. La señorita Abbot siguió:

—Y no debe considerarse igual que las señoritas Reed o el señorito, solo porque la señora, en su bondad, le permite educarse con ellos. Ellos tendrán una gran cantidad de dinero y usted no tendrá nada; a usted le corresponde mostrarse humilde e intentar agradarles.

—Lo que le decimos es por su bien —añadió Bessie, en un tono algo más suave—; debe intentar hacerse útil y agradable, y entonces quizás tenga siempre un hogar aquí. Pero si se vuelve apasionada y grosera, la señora la echará, estoy segura.

—Además —dijo la señorita Abbot—, Dios la castigará. Podría hacer que muriera en mitad de una de sus pataletas, y ¿adónde iría entonces? Vamos, Bessie, dejémosla. Por nada del mundo tendría yo un corazón tan duro como el suyo. Rece sus oraciones, señorita Eyre, cuando se quede sola; porque si no se arrepiente, algo malo podría bajar por la chimenea para llevársela.

Se marcharon, echando la llave al salir por la puerta.

El cuarto rojo era una habitación de huéspedes rara vez usada, o, mejor dicho, nunca, a no ser que la afluencia ocasional de visitantes a Gateshead Hall obligara a utilizar todos los aposentos disponibles. Sin embargo, era una de las habitaciones más grandes y majestuosas de la mansión. En el centro, como un tabernáculo, se erguía una cama con enormes columnas de caoba, rodeada de cortinas de damasco de un rojo oscuro. Las dos grandes ventanas, de persianas siempre bajadas, estaban medio veladas por pliegues y guirnaldas de la misma tapicería. La alfombra era roja; una tela carmesí vestía la mesa que estaba al pie de la cama; las paredes eran de un tenue color beige con un tinte rosado; el armario, el tocador y las sillas eran de caoba antigua con una pátina oscura. En medio de estas sombras profundas se alzaban, altos y de un blanco deslumbrante, los colchones y las almohadas de la cama, cubiertos con una nívea colcha de Marsella. Casi igualmente imponente, cerca de la cabecera de la cama, había una butaca, también blanca, de grandes cojines, con un escabel delante, que a mí me recordaba un trono mortecino.

Esta habitación era fría, ya que pocas veces se encendía la chimenea; era silenciosa, por hallarse alejada del cuarto de los niños y de la cocina; solemne, porque rara vez entraba nadie. Solo la criada entraba los sábados para quitar del espejo y de los muebles el polvo acumulado a lo largo de la semana, y la misma señora Reed la visitaba, muy de tarde en tarde, para revisar el contenido de un cajón oculto en el armario, donde se guardaban diversos pergaminos, su joyero y una miniatura de su difunto marido, y en estas últimas palabras yace el secreto del cuarto rojo: el maleficio que lo hacía tan solitario a pesar de su esplendor.

El señor Reed había muerto nueve años antes. Fue en este cuarto donde echó su último aliento; aquí estuvo de cuerpo presente; de aquí sacaron los hombres de la funeraria su ataúd; y, desde aquel día, una sensación de melancólica consagración había evitado que se frecuentase.

Mi asiento, en el que Bessie y la amargada señorita Abbot me habían dejado cautiva, era una otomana baja, junto a la chimenea de mármol. La cama se alzaba ante mí; a mi derecha se encontraba el armario alto y oscuro, con reflejos apagados de diferente intensidad realzando el lustre de sus paneles; a mi izquierda estaban las ventanas con cortinas; entre ellas, un gran espejo reflejaba la majestuosidad vacía de la habitación. No estaba del todo segura de que hubieran cerrado con llave, por lo que, cuando me atreví a moverme, me levanté para comprobarlo.

Desgraciadamente, sí: nunca hubo cárcel más segura. Al volver, tuve que pasar por delante del espejo, y mis ojos, fascinados, exploraron involuntariamente las profundidades allí reveladas. Todo parecía más frío y más oscuro en aquel hueco quimérico que en la realidad. La extraña figura que me contemplaba, con el rostro y los brazos pálidos matizando la oscuridad, y los ojos relucientes de miedo moviéndose entre tanta quietud, realmente tenía el aspecto de un espíritu. Me recordaba uno de esos diminutos fantasmas, mitad hada, mitad duende, que en los cuentos nocturnos de Bessie salían de las cañadas cubiertas de helechos de los páramos, apareciéndose ante los ojos de los viajeros tardíos. Volví a mi taburete.

En ese momento me embargaba la superstición, aunque todavía no le había llegado la hora de su victoria final. Todavía tenía la sangre caliente, todavía el ímpetu de esclava rebelde me llenaba de amargo vigor, todavía tenía que contener el embate de pensamientos retrospectivos antes de amedrentarme ante el presente desolador.

Toda la tiranía violenta de John Reed, toda la altiva indiferencia de sus hermanas, toda la aversión de su madre, toda la parcialidad de las criadas vinieron a mi mente turbada como el sedimento oscuro de un pozo turbio. ¿Por qué siempre sufría, siempre era intimidada, acusada y condenada? ¿Por qué no podía agradar? ¿Por qué eran inútiles mis intentos de granjearme el favor de nadie? A Eliza, cabezota y egoísta, la respetaban. A Georgiana, con un genio malicioso, llena de corrosivo rencor y con un porte insidioso e insolente, la mimaban todos. Su belleza, sus mejillas sonrosadas y sus rizos dorados parecían deleitar a todos los que la contemplaban y procurarle impunidad por cualquier defecto. A John nadie lo contradecía, y mucho menos castigaba, aunque retorcía el pescuezo de las palomas, mataba los polluelos, azuzaba a los perros contra las ovejas, robaba la fruta y destrozaba los brotes de las plantas más bellas del invernadero. También llamaba «vieja» a su madre y a veces la insultaba por tener la tez tan oscura, como la suya propia. La desobedecía descaradamente y a menudo rompía o estropeaba sus ropas de seda y, a pesar de todo ello, era su «cariñito». Yo no me atrevía a cometer ninguna falta; me esforzaba por cumplir con todas mis obligaciones y se me llamaba traviesa y molesta, arisca y ruin, día y noche, día tras día.

Todavía me dolía la cabeza, que sangraba por el golpe y la caída que había sufrido. Nadie había reñido a John por pegarme sin motivo, pero yo, por haberme vuelto contra él para evitar más violencia irracional, cargaba con la desaprobación de todos.

«¡Es injusto, es injusto!» decía mi razón, llevada por el doloroso estímulo a investirse de un poder precoz aunque pasajero. Y la resolución, igualmente espoleada, instigaba a algún resorte dentro de mí a buscar la manera de rehuir tanta opresión, como escaparme o, si eso no era posible, nunca volver a comer ni a beber y dejarme morir.

¡Qué consternación padeció mi alma esa fatídica tarde! ¡Qué tumulto en mi cerebro y qué insurrección en mi corazón! ¡Pero en medio de qué oscuridad y gran ignorancia se libró aquella batalla mental! No tenía respuesta a la incesante pregunta interior de por qué sufría así. Ahora, después de no quiero decir cuántos años, lo veo claramente.

Yo era una nota discordante en Gateshead Hall. No me parecía a ninguno de los de allí, no tenía nada en común con la señora Reed ni con sus hijos, ni con la servidumbre por ella elegida. De hecho, si ellos no me querían, tampoco yo los quería a ellos. No estaban obligados a mirar con cariño a una criatura que tenía tan poco en común con todos ellos, una criatura heterogénea, tan diferente de ellos en temperamento, capacidad y propensiones, una criatura inútil, incapaz de servir sus intereses o proporcionarles placer, una criatura odiosa, que alimentaba sentimientos de indignación por su trato y de desprecio por sus criterios. Sé que, de haber sido una niña optimista, brillante, desenfadada, exigente, guapa y juguetona, aunque hubiese sido igualmente desvalida y una carga, la señora Reed habría aguantado más complacida mi presencia. Sus hijos habrían abrigado hacia mí mayores sentimientos de cordialidad, y las criadas habrían estado menos dispuestas a convertirme siempre en chivo expiatorio.

La luz del día empezó a abandonar el cuarto rojo. Eran más de las cuatro, y la tarde nubosa cedía ante el crepúsculo gris. Oía la lluvia batirse sin cesar contra la ventana de la escalera, y el viento aullar en el bosquecillo de detrás de la casa. Por momentos me iba quedando helada como la piedra y empecé a descorazonarme. Mi estado habitual de humillación, inseguridad y profunda depresión apagó las brasas de mi ira disminuida. Todos decían que era mala y quizás tuvieran razón. ¿Acaso no acababa de pensar en dejarme morir de inanición? Eso sí era un delito. ¿Merecía morir? ¿Era un destino atractivo la cripta bajo el presbiterio de la iglesia de Gateshead? En esa cripta, tenía entendido, yacía el señor Reed y este recuerdo lo trajo a mi mente y pensé en él cada vez con más espanto. No lo recordaba, pero sabía que había sido tío mío, hermano de mi madre, que me había acogido en su casa al quedarme huérfana, y en su última hora había exigido a la señora Reed que prometiese criarme y educarme como uno de sus propios hijos. Probablemente la señora Reed considerase que había mantenido su promesa y realmente creo que lo había hecho en la medida de sus posibilidades. Pero ¿cómo iba a querer a una extraña de otra sangre después de la muerte de su marido, por comprometida que estuviese? Debía de ser de lo más irritante encontrarse obligada por una promesa impuesta a hacer de madre a una niña rara a la que no era capaz de amar, y ver a una forastera poco simpática entrometiéndose permanentemente en su grupo familiar.

Se me ocurrió un pensamiento singular. No tenía ninguna duda de que, de haber seguido vivo, el señor Reed me habría tratado con afecto. Ahora, al mirar la cama blanca y las paredes oscuras, echando de vez en cuando una ojeada fascinada al espejo de brillo apagado, empecé a recordar las historias que había oído sobre los muertos inquietos en sus tumbas por la violación de sus últimos deseos, que regresaban a la tierra para castigar a los perjuros y vengar a los oprimidos. Y pensé que el espíritu del señor Reed, molesto por los agravios sufridos por la hija de su hermana, podía salir de su morada en la cripta de la iglesia o en el mundo desconocido de los muertos, y alzarse ante mí en esta habitación. Enjugué mis lágrimas y acallé mis sollozos, temerosa de que una señal de pena extremada pudiera despertar una voz sobrenatural para que me consolase, o llamar de las tinieblas un rostro resplandeciente para inclinarse sobre mí con extraña lástima. Esta idea, aunque en teoría era un consuelo, me pareció que sería terrible si se hacía realidad. Intenté con todas mis fuerzas reprimirla, procuré ser fuerte. Sacudiendo la cabeza para quitarme el cabello de los ojos, levanté la cabeza e intenté mirar intrépida por la habitación. En ese momento apareció una luz en la pared. Me pregunté si era un rayo de luna que penetraba por algún resquicio de la persiana. Pero no; la luz de la luna no se movía, y esta sí; ante mis ojos, se deslizó por el techo y tembló encima de mi cabeza. Ahora puedo suponer que este haz de luz probablemente fuera el reflejo de una linterna de alguien que cruzaba el jardín, pero entonces, con la mente propensa a abrigar ideas de horror y con los nervios sacudidos por la agitación, creí que la luz móvil y veloz era el mensajero de una aparición del más allá. Me latía rápidamente el corazón, me ardía la cabeza; mis oídos se llenaron con un sonido que me pareció el batir de alas, sentí algo junto a mí, me sentí oprimida, ahogada; mi resistencia se derrumbó. Corrí hasta la puerta y la sacudí desesperadamente. Se acercaron pasos apresurados por el corredor, giró la llave y entraron Bessie y Abbot.

—Señorita Eyre, ¿está enferma?

—¡Qué ruido más espantoso! ¡Me ha atravesado! —exclamó Abbot.

—¡Sacadme de aquí! ¡Llevadme al cuarto de los niños! —grité.

—¿Por qué? ¿Se ha hecho daño? ¿Ha visto algo? —preguntó de nuevo Bessie.

—Oh, he visto una luz y pensaba que venía un fantasma —había cogido la mano de Bessie y ella no la apartó.

—Ha gritado adrede —declaró Abbot, con cierto desprecio—. Y ¡qué grito! De haber sufrido un gran dolor, se le podría perdonar, pero solo quería traemos a todos aquí. Conozco sus tretas.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó otra voz autoritaria, y se acercó por el corredor la señora Reed, su tocado agitado por la prisa y sus ropas crujiendo tempestuosamente—. Abbot y Bessie, creía haber dado instrucciones de que Jane Eyre permaneciese en el cuarto rojo hasta que acudiera yo misma.

—La señorita Jane gritó muy fuerte, señora —dijo Bessie suplicante.

—Dejadla ir —fue la respuesta—. Suelta la mano de Bessie, niña; no te vas a librar de esta manera, te lo aseguro. Odio los engaños, especialmente los de los niños. Es mi deber enseñarte que tus trucos no funcionarán. Ahora te quedarás una hora más, y solo en el caso de total sumisión y tranquilidad te dejaré salir.

—Oh, tía, ¡piedad! ¡Perdóneme! No puedo soportarlo, ¡castígueme de alguna otra manera! Me moriré si…

—¡Silencio! Esta violencia me repugna —y seguro que era verdad. A sus ojos, yo era una actriz precoz; me consideraba realmente un compendio de pasiones virulentas, un espíritu innoble y de duplicidad peligrosa.

Habiéndose retirado Bessie y Abbot, la señora Reed, hastiada de mi angustia ya frenética y mis sollozos incontrolados, me empujó bruscamente y cerró la puerta con llave, sin más palabras. La oí alejarse y, poco después de que se hubo marchado, supongo que sufrí una especie de ataque, y perdí el conocimiento.

Capítulo III

Lo siguiente que recuerdo es despertarme como si hubiera tenido una espantosa pesadilla y ver ante mí un terrible fulgor rojo, cruzado por gruesas barras negras. También oí voces, que hablaban con un sonido hueco, como amortiguado por el correr de aire o de agua. Mis facultades se hallaban confusas por la agitación, la incertidumbre y un sentido predominante de terror. Al poco rato, me di cuenta de que alguien me tocaba; ese alguien me levantó e incorporó con más ternura de la que nadie antes me hubiera mostrado. Apoyé la cabeza en una almohada o un brazo, y me sentí tranquila.

Cinco minutos más tarde se disolvió la nube de perplejidad: supe que me encontraba en mi propia cama, y que el fulgor rojo era la chimenea del cuarto de los niños. Era de noche, ardía una vela en la mesilla, Bessie estaba al pie de la cama con una palangana en la mano, y había un señor sentado en una silla cerca de la cabecera, inclinado sobre mí.

Sentí un alivio inenarrable, una sensación tranquilizadora de protección y seguridad, al saber que había en la habitación un extraño, una persona ajena a Gateshead y a la señora Reed. Dejé de mirar a Bessie, cuya presencia me era mucho menos odiosa que la de Abbot, por ejemplo, para escudriñar el rostro del caballero, al que conocía: era el señor Lloyd, el boticario, a quien la señora Reed tenía por costumbre llamar cuando las criadas estaban enfermas. Para ella misma y sus hijos, llamaba a un médico.

—Bien, ¿quién soy yo? —preguntó.

Pronuncié su nombre y le extendí la mano al mismo tiempo. La cogió y dijo, sonriendo: «Nos pondremos bien enseguida». Después me tumbó y, dirigiéndose a Bessie, le encargó que se ocupase de que no se me molestara durante la noche. Habiendo dado más instrucciones e insinuado que volvería al día siguiente, salió, muy a mi pesar. Me había sentido tan protegida y apoyada mientras estaba cerca de mi cama, que, al cerrar la puerta tras de sí, la habitación se oscureció y mi corazón flaqueó con el peso de una tristeza indecible.

—¿Cree usted que podrá dormir, señorita? —preguntó Bessie con un tono bastante dulce.

Apenas me atreví a contestarle, por si su tono se volviera áspero de nuevo.

—Lo intentaré.

—¿Quiere beber o comer algo?

—No, gracias, Bessie.

—Entonces creo que me iré a dormir, porque son más de las doce. Pero puede llamarme si quiere alguna cosa durante la noche.

¡Qué amabilidad más asombrosa! Me dio valor para hacerle una pregunta.

—Bessie, ¿qué me ocurre? ¿Estoy enferma?

—Supongo que se puso enferma de tanto llorar en el cuarto rojo. Pronto estará bien, sin duda.

Bessie entró en el cuarto de la doncella, que estaba cerca. Le oí decir:

—Sarah, ven a dormir conmigo al cuarto de los niños. Por nada del mundo quisiera estar a solas con esta pobre criatura esta noche: podría morir. Es tan extraño que haya tenido ese ataque: me pregunto si ha visto algo. La señora ha sido demasiado dura con ella.

Volvió con Sarah y se acostaron. Estuvieron susurrando entre sí durante media hora antes de dormirse. Oí fragmentos de su conversación, suficientes para enterarme de cuál era el tema principal.

—Algo se ha cruzado con ella, todo vestido de blanco, y luego se ha desvanecido… un gran perro negro detrás… tres fuertes toques en la puerta… una luz en el cementerio, encima de su tumba…, etc., etc.

Por fin se durmieron las dos. Se apagaron el fuego y la vela. Yo pasé la noche de espantosa vigilia. El terror dominaba todos mis sentidos, un terror que solamente los niños pueden sentir.

No me sobrevino ninguna enfermedad grave ni prolongada como consecuencia del incidente del cuarto rojo. Solo dio una sacudida a mis nervios, cuya secuela me acompaña hasta el presente. Ah, señora Reed, a usted le debo muchos sufrimientos mentales, pero debo perdonarla, porque no sabía lo que hacía. Al atormentar mi pobre corazón, usted creía que corregía mi predisposición al mal.

Al mediodía del día siguiente ya estaba levantada, vestida y sentada, envuelta en una manta, al lado de la chimenea del cuarto de los niños. Me sentía físicamente debilitada y deshecha, pero mi peor enfermedad era una indescriptible desdicha mental, una desdicha que me arrancaba lágrimas silenciosas. En cuanto me enjugaba una lágrima de mi mejilla, otra ocupaba su lugar. Sin embargo, pensé, tendría que estar contenta, porque ninguno de los Reed estaba ahí. Habían salido en el carruaje con su madre. También Abbot estaba cosiendo en otra habitación, y Bessie, al ir de aquí para allá guardando juguetes y arreglando cajones, de vez en cuando me dirigía palabras de una bondad inusitada. Este estado de cosas debía parecerme un paraíso de paz, acostumbrada como estaba a una vida de reproches incesantes y humillaciones ingratas, pero, de hecho, mis nervios atormentados estaban en tal estado que ninguna tranquilidad podía apaciguarlos, y ningún placer calmarlos.

Bessie había bajado a la cocina y subió con una tarta sobre un plato de porcelana de alegres colores, en el que había un ave del paraíso, envuelta en una guirnalda de convólvulos y rosas, que siempre había despertado en mí la más ferviente admiración. Muchas veces había pedido que me dejaran coger el plato en la mano para examinarlo mejor, pero hasta ahora se me había considerado indigna de semejante privilegio. Ahora este valioso recipiente fue colocado en mi regazo, y se me animó cordialmente a que comiese el redondel de delicado hojaldre que yacía sobre él. ¡Flaco favor! Llegaba demasiado tarde, como la mayoría de los favores ansiados y negados durante tanto tiempo. No podía comer la tarta, y el plumaje del pájaro y los colores de las flores parecían extrañamente desvanecidos. Guardé el plato y la tarta. Bessie preguntó si quería leer un libro; la palabra «libro» sirvió de estímulo transitorio, y le rogué que me trajera Los viajes de Gulliver de la biblioteca. Había leído este libro con deleite una y otra vez. Lo consideraba un relato de hechos verdaderos, y encontraba en él un hilo de interés más profundo que en los cuentos de hadas. En cuanto a los elfos, que había buscado infructuosamente entre las hojas y flores de la dedalera, debajo de las setas y tras la hiedra que tapaba recónditos huecos en los viejos muros, me había resignado a aceptar la triste verdad: todos habían dejado Inglaterra por algún país bárbaro con bosques más silvestres y frondosos y una población más escasa. Sin embargo, como consideraba que Lilliput y Brobdingnag eran lugares reales de este mundo, no me cabía duda de que algún día, tras un largo viaje, vería con mis propios ojos los campos, casas y árboles menudos, las personas diminutas, las minúsculas vacas, ovejas y pájaros de un reino, y el maizal, alto como un bosque, los mastines descomunales, los gatos monstruosos y los hombres y mujeres gigantescos del otro. No obstante, al recibir entre mis manos el apreciado volumen, al volver las hojas y buscar en las ilustraciones maravillosas el encanto que, hasta ahora, nunca habían dejado de proporcionarme, lo encontré todo inquietante y lúgubre. Los gigantes eran enjutos trasgos, los pigmeos, diablos maliciosos y terribles, Gulliver, un tristísimo vagabundo por regiones temibles y espantosas. Cerré el libro, ya que no me atrevía a leerlo más, y lo dejé en la mesa junto a la tarta sin tocar.

Como Bessie ya había terminado de limpiar y arreglar el cuarto y se había lavado las manos, abrió un cajón repleto de maravillosos retales de seda y raso y se puso a confeccionar un gorrito nuevo para la muñeca de Georgiana. Mientras tanto, canturreaba; esta era su canción:

En los días que íbamos errantes,

hace tanto tiempo.

Yo había oído la canción muchas veces y siempre me había encantado, porque Bessie tenía una voz dulce, o así me lo parecía a mí. Pero esta vez, aunque seguía siendo dulce, la melodía me pareció infinitamente triste. A veces, cuando estaba distraída por sus tareas, cantaba el estribillo con voz baja y pausada.

«Hace tanto tiempo» recordaba la cadencia más triste de un canto fúnebre. Pasó a cantar otra balada, esta realmente lastimera.

Mis pies están doloridos y mi cuerpo fatigado

el camino es largo, y las montañas escarpadas;

el crepúsculo caerá pronto, lúgubre, sin luna,

sobre los pasos de la pobre huerfanita.

¿Por qué me han mandado tan lejos y tan sola

donde se extienden los páramos y se elevan las rocas?

Los hombres son crueles, y solo los ángeles

velan los pasos de la pobre huerfanita.

La brisa nocturna sopla suave y remota;

las estrellas iluminan un cielo sin nubes;

Dios, en su bondad, prodiga cuidados,

consejo y esperanza a la pobre huerfanita.

Aunque me caiga al cruzar el puente roto

o me pierda en el lodazal, atraída por los fuegos fatuos

mi Padre celestial, con promesas y afecto,

acogerá en su seno a la pobre huerfanita.

Hay un pensamiento que me debe dar fuerzas:

aun privada de refugio y familia,

el Cielo es mi casa, hallaré descanso;

Dios es amigo de la pobre huerfanita.

—Ande, señorita Jane, no llore usted —dijo Bessie al acabar. Igualmente hubiera podido decirle al fuego «¡No ardas!», pero ¿cómo había de adivinar el hondo sufrimiento que yo padecía? El señor Lloyd volvió a presentarse durante la mañana.

—¿Qué, ya levantada? —me dijo al entrar en el cuarto de los niños—. Bueno, Bessie, ¿cómo se encuentra?

Bessie respondió que yo estaba muy bien.

—Entonces debería tener una cara más alegre. Ven aquí, señorita Jane. Te llamas Jane, ¿verdad?

—Sí, señor: Jane Eyre.

—¿Has llorado, señorita? ¿Por qué? ¿Te duele algo?

—No, señor.

—Me imagino que llora por no poder salir con la señora en el coche —intervino Bessie.

—¡No es posible! Es muy mayor para llorar por semejante tontería.

Yo opinaba igual y, como la acusación falsa hirió mi amor propio, contesté enseguida:

—En mi vida he llorado por tal cosa: detesto salir en el coche. Lloro porque estoy muy triste.

—¡Qué vergüenza, señorita! —dijo Bessie.

El buen boticario parecía estar algo perplejo. Yo estaba de pie ante él y me miró fijamente con sus pequeños ojos grises, no muy brillantes, y creo que, desde la perspectiva de ahora, me parecerían astutos. Tenía un rostro de facciones duras pero expresión bondadosa. Después de contemplarme a su antojo, preguntó:

—¿Por qué te pusiste enferma ayer?

—Se cayó —interrumpió de nuevo Bessie.

—¿Se cayó? ¿Cómo un bebé? ¿Es que no sabe andar aún, con la edad que tiene? Debe de tener ocho o nueve años.

—Me tiraron —fue mi explicación escueta, arrancada por el deseo de salvar mi amor propio—, pero no me puse mala por eso —añadí, mientras el señor Lloyd tomaba una pizca de rapé.

Cuando guardaba la cajita del rapé en el bolsillo de su chaleco, se oyó la campana que anunciaba la comida de las criadas. Él supo su significado, y dijo a Bessie:

—La llaman, Bessie; puede marcharse. Yo le daré un sermón a la señorita Jane hasta su vuelta.

A Bessie le hubiera gustado más quedarse, pero hubo de marcharse porque en Gateshead Hall se exigía una puntualidad estricta en las comidas.

—Si no fue la caída lo que te puso enferma, ¿qué fue? —prosiguió el señor Lloyd después de la marcha de Bessie.

—Me encerraron en un cuarto donde hay un fantasma, hasta que se hizo de noche.

Vi cómo el señor Lloyd sonreía y fruncía el ceño a la vez.

—¡Un fantasma! Pues sí que eres un bebé, después de todo. ¿Tienes miedo de los fantasmas?

—Del fantasma del señor Reed, sí. Murió y se le veló en esa habitación. Ni Bessie ni nadie se atreve a entrar allí por la noche, si pueden evitarlo. Fue cruel encerrarme sola sin una vela, tan cruel que creo que no se me olvidará nunca.

—¡Tonterías! ¿Por eso estás tan triste? ¿Tienes miedo ahora, a la luz del día?

—No, pero volverá a caer la noche dentro de poco, y, además, estoy triste, muy triste, por otras cosas.

—¿Qué otras cosas? ¿Puedes contarme alguna?

¡Con qué fuerza deseaba contestar a esa pregunta, pero qué difícil era encontrar las palabras! Los niños tienen sentimientos pero no saben analizarlos, o si los analizan parcialmente, no saben expresar con palabras los resultados de tales análisis. Sin embargo, como temía perder esta primera y única oportunidad de aliviar mi pena compartiéndola, después de un momento de turbación, intenté darle una respuesta sincera, aunque escueta.

—Por un lado, no tengo ni padre ni madre ni hermanos.

—Pero tienes una tía amable, y primos.

Vacilé de nuevo, y luego proseguí con torpeza:

—Pero John Reed me tiró y mi tía me encerró en el cuarto rojo.

El señor Lloyd volvió a sacar la cajita del rapé.

—¿No te parece que Gateshead Hall es una hermosa casa? —me preguntó—. ¿No estás muy agradecida de tener tan magnífico lugar donde vivir?

—No es mi casa, señor, y Abbot dice que tengo menos derecho a estar aquí que una criada.

—¡Bobadas! No puedes ser tan tonta como para querer dejar tan espléndida mansión.

—Si tuviera adonde ir, la dejaría encantada. Pero no podré alejarme de Gateshead Hall hasta que sea mayor.

—Puede que sí. ¿Quién sabe? ¿No tienes más parientes que la señora Reed?

—Creo que no, señor.

—¿Nadie por parte de padre?

—No lo sé. Se lo pregunté a mi tía una vez y me dijo que quizás tuviese algunos parientes pobres y humildes llamados Eyre, pero que no sabía nada de ellos.

—Y si los tuvieses, ¿te gustaría ir a vivir con ellos?

Reflexioné. La pobreza atemoriza a los adultos y aún más a los niños, que no tienen idea de lo que es ser pobre, trabajador y respetable; solo relacionan la palabra con ropa andrajosa, comida escasa, chimeneas apagadas, modales toscos y vicios denigrantes. Para mí, la pobreza era sinónimo de degradación.

—No, no me gustaría vivir con personas pobres —fue mi respuesta.

—¿Aunque te trataran con amabilidad?

Negué con la cabeza. No creía posible que los pobres pudieran ser amables. Y además, aprender a hablar como ellos, adoptar sus modales, ser inculta, crecer para convertirme en una de las pobres que a veces veía amamantando a sus niños o lavándose la ropa en las puertas de las casitas de la aldea de Gateshead, no me consideraba tan valiente como para comprar mi libertad a tal precio.

—Pero ¿tan pobres son tus parientes? ¿Son de clase trabajadora?

—No lo sé. Mi tía me dice que, si existen, deben de ser unos mendigos, y no me gustaría ponerme a mendigar.

—¿Te gustaría ir a la escuela?

Me puse a reflexionar de nuevo. Apenas si sabía lo que era la escuela. A veces Bessie la nombraba como un lugar donde se sentaba a las señoritas en duros bancos, se les enseñaba a andar derechas con tablas a la espalda, y se les exigía que fueran extremadamente refinadas y correctas. John Reed odiaba su escuela y no tenía nada bueno que decir de su maestro, pero los gustos de John Reed no me servían de ejemplo, y si las impresiones de Bessie sobre la disciplina escolar (basadas en lo que le habían dicho las señoritas de la casa donde había servido antes de venir a Gateshead) me resultaban algo aterradoras, los detalles de las habilidades adquiridas por esas mismas señoritas me resultaban muy atractivas. Hablaba de las bellas pinturas de paisajes y flores que ejecutaban, de las canciones que cantaban y las piezas que tocaban, de las labores que realizaban, de los libros que traducían del francés; al escucharla, mi espíritu anhelaba emularlas. Además, la escuela sería un cambio completo, significaría un largo viaje, alejarme totalmente de Gateshead y emprender una nueva vida.

—Sí que me gustaría ir a la escuela —dije, después de tanto reflexionar.

—Vaya, vaya, ¿quién sabe lo que puede pasar? —dijo el señor Lloyd, levantándose. «Esta niña necesita un cambio de aires y de ambiente —añadió para sí—, sus nervios están deshechos».

Volvió Bessie y, al mismo tiempo, se oyó acercarse el coche sobre la gravilla de la entrada.

—¿Será su señora, Bessie? —preguntó el señor Lloyd—. Quisiera hablar con ella antes de marcharme.

Bessie le pidió que bajara a la salita y lo acompañó. Deduzco, por lo que sucedió después, que en la entrevista que tuvo lugar entre él y la señora Reed, el boticario se atrevió a recomendar que me enviara a la escuela. Dichas recomendaciones fueron escuchadas, porque, como dijo Abbot a Bessie mientras cosían en el cuarto de los niños después de acostarme una noche, «la señora estaba bastante contenta de deshacerse de una niña tan difícil y arisca, que siempre parecía andar espiando a todo el mundo y maquinando maldades a espaldas de todos». Creo que, para Abbot, yo era una especie de Guy Fawkes[1] infantil.

Por la conversación entre Abbot y Bessie, también me enteré de que mi padre había sido un clérigo pobre, que se había casado con mi madre en contra de los deseos de los suyos, que lo consideraban inferior a ella; que mi abuelo se enfadó tanto por su desobediencia que la desheredó; que al año de su matrimonio, mi padre contrajo el tifus en una visita a los pobres de la gran ciudad industrial donde tenía su parroquia, donde había una epidemia de esa enfermedad; que contagió a mi madre, y que ambos murieron con un mes de diferencia.

Cuando Bessie supo esta historia, suspiró y dijo:

—La pobre señorita Jane es digna de compasión también, Abbot.

—Sí —contestó Abbot—, si fuera una niña simpática y bonita, su desamparo nos inspiraría lástima, pero ¿quién va a preocuparse por semejante birria?

—Nadie, a decir verdad —asintió Bessie—. En cualquier caso, en las mismas circunstancias, una belleza como la señorita Georgiana daría más pena.

—Sí, adoro a la señorita Georgiana —convino Abbot apasionadamente—. ¡Angelito, con sus largos rizos y sus ojos azules, y esos colores que tiene, como salida de un cuadro! Bessie, me apetece tomar tostadas con queso para cenar.

—A mí también, con una cebolla al horno. Anda, vámonos para abajo.

Y se marcharon.

Capítulo IV

Mi conversación con el señor Lloyd y la charla que había oído entre Bessie y Abbot me sirvieron de aliciente para querer ponerme bien, pues veía la posibilidad de un cambio, que deseaba y esperaba en silencio. Pero este tardaba en llegar: pasaron días y semanas; había recuperado la salud, pero no se había vuelto a mencionar el asunto que me hacía cavilar. La señora Reed me contemplaba a veces con mirada adusta, pero apenas me dirigía la palabra. Desde mi enfermedad, había trazado una línea más marcada aún para separarme de sus hijos, asignándome una pequeña alcoba, donde dormía sola, y condenándome a comer sin compañía y a pasar el tiempo en el cuarto de los niños, mientras que mis primos estaban casi siempre en el salón. Ni una palabra dijo, no obstante, de enviarme a la escuela, aunque yo tenía el íntimo convencimiento de que no soportaría por mucho tiempo tenerme bajo su techo, ya que su mirada delataba más que nunca la aversión invencible y profunda que le inspiraba mi presencia.

Eliza y Georgiana, supongo que obedeciendo órdenes, me hablaban lo menos posible, y John adoptaba un gesto irónico cuando me veía. Una vez intentó pegarme, pero como me vio dispuesta a resistirme, espoleada por el mismo sentimiento de ira y rebeldía que me había instigado a defenderme en la ocasión anterior, decidió renunciar, y salió corriendo, echando maldiciones y jurando que le había roto la nariz. Verdad es que había asestado a ese atributo prominente suyo el puñetazo más fuerte que había podido, y viéndolo acobardado, no sé si por el golpe o por mi mirada, sentí un fuerte impulso de sacarle partido a mi ventaja, pero ya estaba él con su madre. Oí cómo empezó a balbucear cómo «la antipática de Jane Eyre» lo había atacado como un gato salvaje, pero ella lo interrumpió bruscamente:

—No me hables de ella, John. Te he dicho que no te acerques a ella, que no es digna de tu atención. No quiero que ni tú ni tus hermanas os relacionéis con ella.

En este punto, me asomé por encima de la barandilla de la escalera y dije impulsivamente, sin medir mis palabras:

—Ellos no son dignos de relacionarse conmigo.

Aunque la señora Reed era una mujer algo corpulenta, al oír esta extraña y osada declaración, subió velozmente las escaleras, me levantó en vilo y me llevó al cuarto de los niños, donde me aplastó contra la cama y me prohibió que me moviera de allí o volviera a decir una palabra durante el resto del día.

—¿Qué le diría mi tío si viviera? —pregunté casi involuntariamente. Digo involuntariamente porque fue como si mi boca hubiese pronunciado las palabras sin el consentimiento de mi voluntad: había hablado algo dentro de mí que estaba fuera de mi control.

—¿Qué has dicho? —susurró la señora Reed, y en sus ojos grises, generalmente tan fríos, se asomó un atisbo de miedo. Me soltó el brazo y me contempló como si de verdad no supiera si era una niña o un diablo. ¡Ahora sí la había hecho buena!

—Mi tío Reed está en el cielo y puede ver todo lo que hace y piensa usted, y mi mamá y mi papá también. Todos saben cómo me encierra todo el día, y que le gustaría verme muerta.

La señora Reed se recompuso enseguida, me sacudió violentamente, me dio de bofetones y se marchó sin decir palabra. En cambio, Bessie se ocupó de sermonearme durante una hora, diciéndome que era sin duda la niña más malvada y vil jamás criada en el seno de una familia. La creí a medias, porque en ese momento solo abrigaba en mi pecho malos sentimientos.

Pasaron noviembre, diciembre y la mitad de enero. La Navidad y el Año Nuevo se celebraron en Gateshead con la alegría acostumbrada: intercambiaron regalos, celebraron cenas y fiestas nocturnas. Por supuesto, yo era excluida de todas las diversiones. Mi parte de la diversión consistía en ver cómo acicalaban todos los días a Eliza y Georgiana, cómo bajaban estas al salón ataviadas con finos vestidos de muselina con fajines de color escarlata, peinadas con complicados tirabuzones; en oír cómo se tocaba el piano o el arpa, las idas y venidas del mayordomo y el lacayo, el tintineo de cristal y porcelana cuando se servía el refrigerio y el ronroneo de la conversación cada vez que se abrían las puertas del salón. Cuando me cansaba de esta distracción, me retiraba del descansillo de la escalera al silencioso y solitario cuarto de los niños, donde me sentía triste, pero no desconsolada. A decir verdad, no me apetecía en absoluto estar en compañía, ya que entre la gente solía pasar desapercibida. Si Bessie se hubiera mostrado amable y simpática, habría considerado un privilegio pasar las veladas tranquilamente con ella, y no bajo la mirada terrible de la señora Reed en una habitación repleta de damas y caballeros. Pero Bessie, en cuanto vestía a sus señoritas, se iba a las bulliciosas regiones de la cocina o al cuarto del ama de llaves, llevando la vela consigo. Me quedaba sentada con una muñeca en el regazo hasta que agonizaba el fuego, mirando de vez en cuando por encima del hombro para asegurarme de que no hubiera en el cuarto sombrío nada peor que yo misma, y, cuando no quedaban más que las brasas, me desnudaba deprisa, desatando lo mejor que podía los nudos y cintas de mi ropa, y me refugiaba del frío y la oscuridad en mi camita. Siempre llevaba conmigo mi muñeca; los seres humanos necesitamos algo para amar, y, a falta de objetos más merecedores de mi amor, procuraba hallar placer en el cariño hacia una figura fea y ajada como un espantapájaros. Recuerdo con perplejidad el absurdo amor que sentía por esa muñeca, casi imaginándome que tenía vida y sentimientos. No podía dormir sin tenerla envuelta en mi camisón, y, cuando la tenía ahí, sana y salva, era relativamente feliz por creerla feliz a ella.

Las horas se me hacían eternas mientras esperaba la partida de los invitados para oír los pasos de Bessie en la escalera. Algunas veces subía antes, para buscar el dedal o las tijeras, o para llevarme un pequeño tentempié: un bollo o una tarta de queso. Se sentaba en mi cama mientras comía, y cuando acababa, me remetía la ropa, me besaba dos veces y decía: «Buenas noches, señorita Jane». Cuando estaba así de cariñosa, Bessie me parecía la persona más guapa y amable del mundo, y deseaba con todo mi ser que estuviese siempre tan amable y que dejara de reñirme y castigarme sin motivos, cosa que a veces ocurría. Creo que Bessie Lee debió de ser una joven de grandes cualidades naturales, puesto que lo hacía todo con inteligencia, y tenía un gran don para contar historias, o, por lo menos, así la juzgaba yo, gracias a los cuentos que relataba. También era bonita, si no me falla la memoria. Recuerdo una mujer esbelta con el pelo negro, ojos oscuros, facciones agradables y cutis transparente; pero tenía un genio caprichoso y vivo, con una idea escasa de lo que era la justicia; pero, así y todo, no había en Gateshead Hall nadie a quien quisiera más.

Era el quince de enero, sobre las nueve de la mañana: Bessie había bajado a desayunar y mis primos aguardaban la llamada de su madre. Eliza se estaba poniendo el sombrero y el abrigo para salir a dar de comer a las gallinas, ocupación que era de su gusto, como lo era también vender los huevos al ama de llaves y guardarse el dinero así ganado. Tenía talento para el comercio, y una gran afición al ahorro, que demostraba no solo vendiendo huevos y pollos, sino también regateando con el jardinero para proporcionarle semillas, plantas e injertos. Este obedecía órdenes de la señora Reed de comprar a la señorita todo lo que quisiera venderle. Eliza hubiera vendido su propio cabello con tal de sacar beneficio. En cuanto al dinero, al principio lo guardaba en lugares diversos, envuelto en un trapo o un papel de papillotes, pero como una criada descubrió algunos de estos escondrijos y tenía miedo de quedarse sin su tesoro, consintió en confiarlo a su madre, al interés abusivo del cincuenta o sesenta por ciento, que recogía puntualmente cada trimestre, llevando las cuentas en una libreta con afanosa exactitud.

Georgiana se encontraba sentada en una banqueta delante del espejo, peinándose y adornando sus cabellos con flores artificiales y plumas descoloridas, encontradas, entre otros muchos tesoros, en un cajón del desván. Yo estaba haciendo mi cama, ya que Bessie me había ordenado terminar antes de que volviese (a menudo me utilizaba como una especie de doncella para ordenar el cuarto y quitar el polvo, y otras cosas). Después de estirar la colcha y doblar mi camisón, me acercaba a la repisa de la ventana para ordenar algunos cuentos y muebles de juguete que estaban desperdigados allí, cuando me detuvo una orden de Georgiana de no tocar sus cosas (las pequeñas sillas, espejos, platos y tazas eran de su propiedad). Luego, a falta de otra cosa que hacer, me puse a echar el aliento sobre las flores de escarcha de la ventana para despejar un sitio en la luna por donde mirar los jardines, donde todo estaba dormido y petrificado por la helada intensa.

Desde esta ventana se podía ver la casita del portero y la entrada de coches, y en cuanto hube limpiado un hueco en la escarcha lo bastante grande para mirar a su través, vi abrirse de golpe la puerta y entrar un carruaje. Lo observé con indiferencia mientras subía por la calzada de entrada; venían muchos coches a Gateshead, pero ninguno traía a nadie que a mí me interesase. Se detuvo en la puerta de la casa, sonó el timbre, y entró el recién llegado. Como todo aquello no me importaba, mi atención se fijó enseguida en el espectáculo más interesante de un petirrojo hambriento, que piaba entre las ramitas peladas de un cerezo clavado en la pared junto a la ventana. Las sobras de mi desayuno estaban aún en la mesa, así que desmenucé un panecillo y estaba forcejeando con la ventana para dejar las migas en el alféizar, cuando entró Bessie corriendo al cuarto de los niños.

—Señorita Jane, quítese el delantal. ¿Qué hace ahí? ¿Se ha lavado la cara y las manos esta mañana?

Pegué otro tirón a la ventana antes de contestar, porque quería asegurarme de que el pajarito tuviera su pan. La ventana cedió, eché las migas, cayendo algunas sobre el alféizar y otras sobre el cerezo. Luego cerré la ventana y respondí:

—No, Bessie. He terminado de quitar el polvo ahora mismo.

—¡Qué niña más pesada y descuidada! Y, ¿qué hace ahora? Está toda colorada como si hubiese estado tramando algo: ¿para qué quería abrir la ventana?

No tuve que molestarme en contestar, pues Bessie tenía demasiada prisa para oír mis explicaciones. Me llevó a la fuerza al lavabo, donde me restregó enérgicamente y muy deprisa la cara y las manos con agua y jabón. Me cepilló el cabello con fuerza, me quitó el delantal, me llevó apresuradamente a lo alto de la escalera y me ordenó que acudiera enseguida a la salita, donde me esperaban.

Le habría preguntado quién me esperaba, y si la señora Reed estaba allí, pero Bessie ya se había marchado, cerrando la puerta a sus espaldas. Bajé lentamente. Hacía casi tres meses que no me llamaba la señora Reed a su presencia, y, confinada durante tanto tiempo en el cuarto de los niños, tenía miedo ahora de invadir las terribles regiones del salón y el comedor.

Me quedé de pie en el desierto vestíbulo, con la puerta de la salita enfrente, temblando y acobardada. ¡Qué timorata me había vuelto en aquellos tiempos el miedo, nacido de los castigos injustos! Me daba miedo volver a subir las escaleras, y me daba miedo entrar en la salita. Estuve ahí dudando agitada durante diez minutos, pero debía entrar.

«¿Quién querrá verme a mí?» me pregunté, forcejeando con ambas manos con el duro picaporte, que se resistió unos segundos a mis esfuerzos. ¿A quién iba a ver además de la señora Reed: a un hombre o a una mujer? El picaporte cedió, la puerta se abrió, pasé y, haciendo una gran reverencia, levanté la vista para contemplar ¡una columna negra! o así me pareció a primera vista la figura alta y estrecha, vestida de negro, que se erguía sobre la alfombra. La cara severa que hacía las veces de capitel en lo alto de este pilar se asemejaba a una máscara tallada.

La señora Reed estaba en su puesto acostumbrado junto a la chimenea. Me hizo señal de que me acercase, y así lo hice. Me presentó al pétreo forastero diciendo:

—Esta es la niña de la que le he hablado.

Él, porque era un hombre después de todo, volvió lentamente la cabeza hacia mí y, después de examinarme con ojos inquisitivos y brillantes bajo unas pobladas cejas, dijo con voz solemne y grave:

—Es pequeña. ¿Cuántos años tiene?

—Diez años.

—¿Tantos? —respondió incrédulo, mientras seguía escudriñándome durante algunos minutos. Luego se dirigió a mí:

—¿Cómo te llamas, niña?

—Jane Eyre, señor.

Al pronunciar estas palabras, alcé la vista: me pareció muy alto, pero yo era muy pequeña; tenía grandes facciones, tan duras y severas como todas las líneas de su cuerpo.

—Dime, Jane Eyre, ¿eres buena?

Me era imposible responderle afirmativamente; el mundillo que yo habitaba opinaba lo contrario, por lo que me quedé callada. La señora Reed respondió en mi lugar, sacudiendo la cabeza expresivamente y diciendo:

—Cuanto menos se diga sobre ese asunto, mejor, señor Brocklehurst.

—Siento mucho oír eso. Tenemos que hablar, ella y yo —y abandonando su postura perpendicular, se acomodó en un sillón enfrente de la señora Reed—. Acércate —me dijo.

Crucé la alfombra, y me colocó justo delante de él. Ahora que lo tenía a mi altura, ¡qué cara tenía, con una gran nariz y una boca de enormes dientes!

—No hay nada más triste que ver a un niño malo —dijo— y peor todavía, a una niña. ¿Sabes adónde van los niños malvados cuando mueren?

—Van al infierno —fue mi respuesta rápida y ortodoxa.

—Y ¿qué es el infierno? ¿Puedes decírmelo?

—Un pozo lleno de fuego.

—¿Te gustaría caer en ese pozo y arder para toda la eternidad?

—No, señor.

—¿Qué debes hacer para evitarlo?

Pensé un momento y, cuando por fin contesté, mi respuesta fue algo menos ortodoxa:

—Debo mantenerme sana y no morirme.

—¿Cómo vas a mantenerte sana? Mueren niños más pequeños que tú todos los días. Hace un par de días, enterré a un niño de cinco años, un niño bueno, cuya alma estará en el cielo. Me temo que no se podría decir lo mismo de ti si te fueras a morir.

Como no sabía despejar sus dudas al respecto, bajé los ojos y miré los dos grandes pies plantados sobre la alfombra. Suspiré, deseando estar muy lejos de allí.

—Espero que haya salido del corazón ese suspiro y que te arrepientas de haberle causado molestias a tu bondadosa benefactora.

«¡Benefactora, benefactora! —dije para mí—, todos la llaman mi benefactora. Pues, si es así, ¡vaya cosa desagradable que es una benefactora!».

—¿Rezas tus oraciones por la mañana y por la noche? —prosiguió mi interlocutor.

—Sí, señor.

—¿Y lees la Biblia?

—A veces.

—¿Disfrutas de ello?

—Me gustan el Apocalipsis y el libro de Daniel, el Génesis y el de Samuel, y parte del Éxodo, y algunos trozos del de los Reyes, las Crónicas, Job y Jonás.

—¿Y los Salmos? Espero que también te agraden.

—No, señor.

—¿No? ¡Qué escándalo! Tengo un niño más pequeño que tú que se sabe de memoria seis Salmos, y cuando se le pregunta qué prefiere, si una galletilla de jengibre para comer o un Salmo para memorizar, dice: «¡El Salmo! Los ángeles cantan Salmos y yo quisiera ser un angelito aquí en la tierra», y le damos dos galletas para premiar su devoción infantil.

—Los Salmos no son interesantes —comenté.

—Eso demuestra que tienes mal corazón, y debes rezar para que Dios lo cambie y te dé uno puro, que te cambie el corazón de piedra por otro de carne.

Estaba a punto de preguntarle cómo se iba a llevar a cabo esta operación de cambio de corazón, cuando interrumpió la señora Reed diciéndome que me sentara, antes de reemprender ella misma la conversación.

—Señor Brocklehurst, creo que insinué en la carta que le escribí hace tres semanas que esta niña carece del carácter y la naturaleza que desearía que tuviese. Si la quisiera admitir usted en la escuela Lowood, agradecería que la vigilaran de cerca la directora y las profesoras, para corregir su peor defecto: una tendencia a la mentira. Menciono este hecho en tu presencia, Jane, para que no intentes abusar de la confianza del señor Brocklehurst.

Con razón temía y odiaba a la señora Reed, ya que gustaba de herirme de forma cruel. Nunca fui feliz en su presencia; por mucho que me esforzara por obedecerle y agradarle, rechazaba siempre mis esfuerzos y me pagaba con sentencias como esta. Al pronunciarla ante un extraño, su acusación me llegó al corazón. Percibí veladamente que conseguía eliminar toda esperanza de la nueva fase de mi vida, que iba a empezar por deseo de ella. Aunque no hubiera sabido expresar el sentimiento con palabras, sentí que sembraba la aversión y la crueldad en mi camino futuro, y me vi transformada, ante los ojos del señor Brocklehurst, en una niña astuta y maliciosa, pero ¿qué podía yo hacer para remediar esta impresión?

«Nada puedo hacer», pensé, mientras luchaba por suprimir un sollozo y enjugaba algunas lágrimas, testimonio impotente de mi angustia.

—La mentira es realmente un defecto odioso en un niño —dijo el señor Brocklehurst—, se aproxima a la falsedad, y todos los mentirosos tendrán su lugar en el fuego y el azufre del infierno. Sin embargo, se la vigilará, señora Reed. Hablaré con la señorita Temple y las profesoras.

—Me gustaría que se la educara de acuerdo con sus expectativas —prosiguió mi benefactora—, para que sea útil y se mantenga humilde. En cuanto a las vacaciones: con su permiso, las pasará en Lowood.

—Encuentro muy juiciosas sus decisiones, señora —respondió el señor Brocklehurst—. La humildad es una virtud cristiana, especialmente oportuna para las alumnas de Lowood. Por lo tanto, doy instrucciones para que sea cultivada con gran esmero. He estudiado la mejor manera de subyugar sus tendencias mundanas hacia el orgullo, y el otro día tuve una agradable prueba de mi éxito. Mi segunda hija, Augusta, fue a visitar la escuela con su madre, y a su vuelta exclamó: «Vaya, papá, ¡qué discretas y modestas son todas las chicas de Lowood, con su cabello recogido y sus largos delantales con las faltriqueras de hilo colgando, casi parecen las hijas de gente pobre!». «Miraron mi vestido y el de mamá como si nunca hubieran visto ropa de seda».

—Apruebo totalmente ese estado de cosas —respondió la señora Reed—. Aunque hubiera buscado por toda Inglaterra, no habría encontrado un sistema más apropiado para una niña como Jane Eyre. La conformidad, señor Brocklehurst, defiendo la conformidad en todas las cosas.

—La conformidad, señora, es la más importante de las obligaciones cristianas, y se observa en todas las disposiciones de la institución de Lowood: comida sencilla, ropa sin adornos, alojamiento sobrio, disciplinas espartanas. Tal es la norma de la casa y sus habitantes.

—Muy bien, señor. Entonces ¿puedo contar con la admisión de la niña como alumna de Lowood, donde la educarán según su posición y expectativas?

—Sí, señora, la colocaremos en ese jardín de plantas escogidas, y confío en que mostrará agradecimiento por el privilegio inestimable de haber sido elegida.

—La enviaré allí tan pronto como sea posible, señor Brocklehurst, pues le aseguro que estoy ansiosa por librarme de una responsabilidad que se estaba haciendo demasiado fastidiosa.

—No lo dudo, señora. Y ahora me despido de usted. Volveré a Lowood en una semana o dos; mi buen amigo, el archidiácono, no me permitirá dejarlo antes. Mandaré avisar a la señorita Temple que debe esperar a una nueva niña, para que no haya problemas con su llegada. Buenos días.

—Adiós, señor Brocklehurst. Dé recuerdos de mi parte a la señora Brocklehurst y a su hija mayor, y a Augusta y Theodore, y al pequeño Broughton.

—Así lo haré, señora. Niña, aquí tienes un libro que se llama La guía de los niños. Léelo piadosamente, en especial la parte que trata de «la historia de la muerte terriblemente repentina de Martha G…, una niña mala entregada a la falsedad y la mentira».

Con estas palabras, el señor Brocklehurst me entregó un librito encuadernado, y, habiendo pedido su coche, se marchó.

Nos quedamos a solas la señora Reed y yo. Pasaron en silencio algunos minutos; ella cosía y yo la observaba. En aquel entonces, la señora Reed debía de tener unos treinta y seis o treinta y siete años. Era una mujer de complexión robusta, cuadrada de hombros y con extremidades fuertes, no muy alta y corpulenta sin ser obesa. Tenía la cara algo grande con la mandíbula desarrollada y sobresaliente, la frente baja, la barbilla prominente, mientras que la boca y la nariz eran de formas regulares. Bajo las claras cejas brillaban unos ojos sin compasión; el cutis era oscuro y opaco y el cabello rubio. Tenía una constitución sana y nunca caía enferma. Era una administradora capaz e inteligente, que tenía totalmente bajo control su casa, sus propiedades y sus inquilinos. Solo sus hijos desafiaban y burlaban su autoridad. Vestía bien, con una presencia y un porte que realzaban sus ropas elegantes.

Sentada en un taburete bajo, a unos metros de su sillón, observaba su figura y examinaba sus facciones. Sujetaba en la mano el librito que relataba la muerte fulminante de la mentirosa, que me había sido entregado como advertencia intencionada. Lo que acababa de suceder, lo que había dicho sobre mí la señora Reed al señor Brocklehurst y el tono de su conversación reciente me herían. Cada palabra que había oído pronunciar me había dolido vivamente, y una oleada de resentimiento me invadió.

La señora Reed levantó la vista de su labor y sus ojos se fijaron en los míos, y, al mismo tiempo, sus dedos interrumpieron sus ligeros movimientos.

—Sal de la habitación y vuelve al cuarto de los niños —me ordenó. Debió de encontrar insolente mi mirada, porque habló con una ira exacerbada que intentaba contener. Me levanté, me dirigí a la puerta; volví, crucé la habitación hasta la ventana y luego me acerqué a ella.

Sentía la necesidad de hablar: me habían agraviado, y tenía que desquitarme, pero ¿cómo? ¿Qué fuerza tenía yo para vengarme de mi adversaria? Hice acopio de energía y me lancé con estas palabras:

—No soy mentirosa. Si así fuera, diría que la quiero a usted. Pero le aseguro que no la quiero: me desagrada usted más que nadie en el mundo a excepción de John Reed. En cuanto a este libro sobre la mentirosa, puede usted dárselo a su hija Georgiana, puesto que ella es la que dice mentiras y no yo.

Las manos de la señora Reed yacían quietas sobre su labor, sus ojos gélidos seguían fijos en los míos.

—¿Qué más tienes que decir? —preguntó, con un tono más apropiado para hablar con un adversario adulto que con una niña.

Su mirada y su voz despertaron en mí una gran antipatía. Con todo el cuerpo temblando, dominado por un nerviosismo incontrolable, proseguí:

—Me alegro de que no sea pariente mía. En toda mi vida volveré a llamarle tía. Nunca vendré a visitarla cuando sea mayor, y si me preguntan si la quería o cómo me trataba usted, diré que solo pensar en usted me pone enferma y que me ha tratado con una crueldad despiadada.

—¿Cómo te atreves a hablar así, Jane Eyre?

—¿Que cómo me atrevo? ¿Cómo me atrevo, señora Reed? Porque es la verdad. Usted cree que no tengo sentimientos y que puedo vivir sin amor y bondad, pero no es así y no tiene usted compasión. Recordaré cómo me volvió a encerrar cruel y violentamente en el cuarto rojo, aunque desfallecía, me moría de pena, y gritaba: «¡Piedad, piedad, tía Reed!». Y me impuso ese castigo porque su hijo malvado me golpeó sin ningún motivo. A cualquiera que me lo pregunte, le contaré esto mismo. La gente cree que usted es una buena mujer, pero es mala y dura de corazón. ¡Usted sí que es falsa!

Antes de acabar este discurso, mi alma empezó a ensancharse con la mayor sensación de libertad y triunfo que jamás había experimentado. Era como si se hubiera roto un lazo invisible, dejándome inesperadamente libre. Con razón me sentía así: la señora Reed parecía asustada, su labor se cayó de su regazo, levantó las manos, empezó a mecerse y torció la cara como si fuera a llorar.

—Jane, estás equivocada, ¿qué te ocurre? ¿Por qué tiemblas de esta manera? ¿Quieres beber un poco de agua?

—No, señora Reed.

—¿Quieres alguna otra cosa? Te aseguro que quiero ser tu amiga.

—No es verdad. Le ha dicho usted al señor Brocklehurst que tenía mal carácter, que era mentirosa. Yo me encargaré de que en Lowood todos sepan lo que es usted y lo que ha hecho.

—Jane, no entiendes estas cosas. A los niños hay que corregirles los defectos.

—La mentira no es uno de mis defectos —chillé con voz salvaje.

—Pero eres apasionada, Jane, tienes que reconocerlo. Ahora vuelve al cuarto de los niños, querida, y échate un rato.

—Yo no soy su «querida», y no puedo echarme. Envíeme pronto a la escuela, señora Reed, porque aborrezco vivir aquí.

«Sí que la enviaré pronto a la escuela», murmuró la señora Reed para sí, y, recogiendo su labor, salió bruscamente de la habitación.

Me quedé sola, vencedora de la batalla. Había sido la batalla más dura que había librado, y mi primera victoria. Estuve parada un rato sobre la alfombra, donde antes había estado el señor Brocklehurst, y disfruté de la soledad del conquistador. Al principio, sonreía y me sentía exaltada, pero este intenso placer se fue calmando al mismo tiempo que los latidos de mi corazón. Un niño no puede discutir con sus mayores, como yo lo había hecho, no puede dar rienda suelta a su ira, como yo lo había hecho, sin experimentar después una punzada de remordimiento y arrepentimiento. Mi mente era un fuego ardiente con llamas devoradoras y vivas cuando acusé y amenacé a la señora Reed; el mismo fuego, negro y apagado tras agotarse las llamas, hubiera servido para representar mi ánimo después, cuando media hora de reflexiones me mostró la locura de mi comportamiento y lo desolador de mi posición odiosa y odiada.

Era la primera vez que probaba la venganza. Me pareció un vino aromático, cálido y chispeante en el paladar; pero dejó un regusto metálico y corrosivo que me daba la impresión de haber sido envenenada. De buena gana habría ido a pedirle perdón a la señora Reed, pero sabía, en parte por experiencia y en parte por instinto, que esta era la manera de conseguir que me rechazara con doble desprecio, lo cual hubiera estimulado de nuevo los impulsos tumultuosos de mi carácter.

Más me valdría ejercitar otra habilidad que no fuera la de pronunciar palabras airadas; más me valdría cultivar sentimientos menos violentos que la negra indignación. Cogí un libro, uno de cuentos árabes, y me senté a leer. Era incapaz de entender el tema: entre yo y las páginas que solían maravillarme se interpusieron mis pensamientos. Abrí la puerta de cristal de la sala que daba al jardín, donde todo estaba tranquilo, dominado por la escarcha, sin que el sol o el viento lo aliviasen. Me cubrí la cabeza y los brazos con la falda de mi vestido y salí a pasear por una zona apartada. No hallé placer ni en los árboles silenciosos, las piñas caídas, ni los restos del otoño: la hojarasca rojiza, barrida por el viento hasta formar heladas pilas. Me apoyé en una valla y contemplé un campo vacío, cuya hierba estaba quemada y descolorida, donde no había ninguna oveja pastando. Era un día gris de cielo encapotado, que amenazaba nieve; de hecho, caían a intervalos algunos copos, que se depositaban en el duro sendero y en el prado helado, y no se derretían. Sintiéndome desgraciadísima, me pregunté una y otra vez en un susurro: «¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?».

Enseguida oí la llamada de una voz clara:

—Señorita Jane, ¿dónde está? Venga a comer.

Sabía que era Bessie, pero no me moví. Al rato oí sus pasos ligeros por el sendero.

—¡Criatura traviesa! —dijo— ¿por qué no acude cuando se la llama?

En comparación con los pensamientos que me habían ocupado la mente, me alegró la presencia de Bessie, aunque, como siempre, estaba algo enfadada. El caso es que, después de mi lucha con la señora Reed y mi victoria sobre ella, no estaba dispuesta a preocuparme por el enojo pasajero de la niñera, pero sí quería disfrutar de su alegría lozana. La rodeé con los dos brazos, diciendo:

—Venga, Bessie, ¡no me riñas!

Este gesto era más natural y abierto de lo que yo solía permitirme, y, de alguna manera, pareció agradarla.

—Es usted una niña extraña, señorita Jane —dijo, mirándome— una criatura solitaria y errante. Se irá a la escuela, supongo.

Asentí con la cabeza.

—¿No le dará pena dejar a la pobre Bessie?

—Poco le importo yo a Bessie. Siempre me estás riñendo.

—Porque es usted una criatura tan rara, tímida y asustadiza. ¡Debería ser más resuelta!

—¿Para qué? ¿Para que me peguen más?

—¡Tonterías! Pero sí es verdad que tiene las cosas difíciles. Decía mi madre cuando vino a verme la semana pasada que no le gustaría ver a un hijo suyo en la posición de usted. Ahora, vayamos adentro. Tengo buenas noticias para usted.

—No me lo puedo creer, Bessie.

—¡Pero, niña! ¿Qué quiere decir? ¡Con qué ojos más tristes me mira! Bueno, la señora y los señoritos van a salir a merendar esta tarde, y usted merendará conmigo. Le pediré a la cocinera que le haga un pastelillo, y luego me ayudará usted a repasar sus cajones, pues pronto tendré que hacer sus maletas. La señora tiene intención de que se marche en un día o dos, y tiene que elegir los juguetes que quiere llevarse.

—Bessie, tienes que prometerme que no me reñirás más hasta mi partida.

—De acuerdo, pero ha de ser buena, y no tenerme miedo. No se asuste si levanto un poco la voz: eso me irrita muchísimo.

—Creo que nunca volveré a tenerte miedo, Bessie, porque me he acostumbrado a ti, y pronto tendré otro grupo de personas a quienes temer.

—Si los teme, la despreciarán.

—¿Como tú, Bessie?

—Yo no la desprecio, señorita. Creo que la quiero más que a los demás.

—No se nota.

—¡Qué mordaz! Habla usted de una manera diferente. ¿Qué la ha hecho tan atrevida y osada?

—Pues que pronto me habré marchado, y, además… —iba a contarle algo de lo que había pasado entre la señora Reed y yo, pero lo pensé mejor y decidí no mencionarlo.

—¿Así que se alegra de dejarme?

—En absoluto, Bessie. En este momento, lo siento bastante.

—«¡En este momento!». ¡Con qué frialdad lo dice la señorita! Supongo que si le pidiera un beso, me lo negaría, diciendo que preferiría no hacerlo.

—Estaré encantada de darte un beso. Agacha la cabeza —Bessie se agachó, nos dimos un abrazo, y la seguí, bastante consolada, hasta la casa. La tarde transcurrió tranquila y armoniosamente, y por la noche Bessie me contó algunos de sus cuentos más cautivadores, y me cantó algunas de sus canciones más dulces. Incluso para mí, la vida contenía momentos de felicidad.

Capítulo V

Apenas habían dado las cinco de la mañana del diecinueve de enero cuando entró Bessie en mi cuarto con una vela, encontrándome ya levantada y casi vestida. Me había levantado media hora antes de su llegada y me había lavado la cara y vestido a la luz de la media luna, cuyos rayos se filtraban a través de la estrecha ventana que estaba junto a mi cama. Iba a salir de Gateshead aquel día en una diligencia que pasaba ante la portería a las seis. Bessie era la única persona que se había levantado; había encendido el fuego del cuarto de los niños, donde se dispuso a prepararme el desayuno. Hay pocos niños capaces de comer cuando están nerviosos por la idea de un viaje, y yo tampoco pude. Habiendo insistido en vano para que tomase unas cucharadas de la leche hervida con pan que me había preparado, Bessie envolvió en papel unas galletas, que puso en mi bolsa, me ayudó a ponerme la pelliza y el sombrero, se cubrió con un chal y salimos ambas del cuarto. Cuando pasamos delante de la habitación de la señora Reed, me preguntó:

—¿Quiere entrar a despedirse de la señora?

—No, Bessie. Ella vino a mi cuarto anoche cuando habías bajado a cenar, y me dijo que no hacía falta despertarla a ella ni a mis primos por la mañana, y que recordara que siempre había sido mi mejor amiga, y que por esto siempre hablara bien de ella y le estuviera agradecida.

—¿Qué dijo usted, señorita?

—Nada. Me tapé la cara con las mantas y me volví hacia la pared.

—Eso no estuvo bien, señorita Jane.

—Estuvo perfectamente, Bessie. Tu señora no ha sido mi amiga, sino mi enemiga.

—Oh, señorita Jane, ¡no diga eso!

—¡Adiós, Gateshead! —grité, al pasar por el vestíbulo y salir por la puerta principal.

La luna se había ocultado y estaba muy oscuro. Bessie llevaba una linterna, cuya luz iluminaba los escalones mojados y la gravilla empapada por el reciente deshielo. Hacía un frío tan intenso esa mañana invernal que me castañeteaban los dientes al apresurarme por el camino. Había luz en la casita del portero. Cuando llegamos allí, encontramos a la portera encendiendo fuego. Mi baúl, llevado allí la noche anterior, estaba atado con una cuerda junto a la entrada. Faltaban pocos minutos para las seis, y poco después de dar esa hora, el retumbar lejano de ruedas anunció la llegada de la diligencia. Me acerqué a la puerta y vi aproximarse rápidamente sus faroles en la oscuridad.

—¿Se va ella sola? —preguntó la portera.

—Sí.

—Y ¿a qué distancia está?

—Cincuenta millas.

—¡Qué lejos! Me sorprende que la señora Reed la deje ir tan lejos sola.

Se detuvo la diligencia con sus cuatro caballos, repleta de pasajeros. El mozo y el cochero me metieron prisa a voces, subieron mi baúl y a mí me arrancaron de los brazos de Bessie, a quien me había aferrado besándola.

—Cuídenmela bien —gritó al mozo, quien me levantó y metió dentro.

—Sí, sí —fue la respuesta. La puerta se cerró de golpe, una voz exclamó «¡Vámonos!» y emprendimos el camino. De esta manera me separaron de Bessie y de Gateshead, de esta manera me transportaron a regiones desconocidas y, según mi parecer de entonces, remotas y misteriosas.

Recuerdo muy poco del viaje, solo sé que el día se me hizo increíblemente largo, y me pareció que recorríamos cientos de millas. Pasamos por varios pueblos, y el coche se detuvo en uno muy grande; se llevaron los caballos, y los pasajeros nos apeamos para comer. Me llevaron a una posada, donde el mozo quiso que comiese algo. Como no tenía apetito, me depositó en una sala enorme con una chimenea en cada extremo, una araña de luces colgando del techo y una balconada roja en lo alto de la pared, llena de instrumentos musicales. Estuve deambulando un rato, sintiéndome muy rara, y con un miedo desmedido de que entrase alguien para secuestrarme, pues creía en la existencia de secuestradores por haber oído relatar muchas veces sus hazañas en los cuentos de Bessie junto al fuego. Por fin, regresó el mozo y me volvió a embarcar en la diligencia. Luego, mi protector subió a su propio asiento, tocó su cuerno hueco y nos alejamos por las «calles empedradas» de L…

Por la tarde llovió y hubo algo de neblina. Con la llegada del crepúsculo, empecé a tener la sensación de estar lejísimos de Gateshead. Ya no atravesábamos pueblos, y el paisaje era diferente: se erguían grandes colinas grises en el horizonte. Al caer la noche, bajamos por un valle ensombrecido por los bosques que lo rodeaban, y mucho después de que la noche hubiera oscurecido del todo el paisaje, oí crujir los árboles, sacudidos por un viento fuerte.

Arrullada por este sonido, me quedé dormida por fin. No llevaba mucho tiempo durmiendo cuando me despertó el cese del movimiento. La puerta se abrió y vi, a la luz de los faroles, el rostro y la ropa de una persona con aspecto de criada.

—¿Hay aquí una niña llamada Jane Eyre? —preguntó. Contesté que sí; me sacaron, bajaron mi baúl, y la diligencia se alejó en el acto.

Estaba entumecida de estar sentada tanto tiempo, y aturdida por los ruidos y movimientos del coche. Reponiéndome, miré alrededor. El aire estaba cargado de lluvia, viento y oscuridad; sin embargo, divisé ante mí un muro con una puerta abierta, por la que pasé con mi nueva guía, quien la cerró con llave a nuestras espaldas. Ahora se vislumbraba una casa o casas, porque el edificio tenía una gran extensión, con muchas ventanas, algunas de las cuales tenían luz. Anduvimos por un ancho sendero lleno de charcos y cubierto de piedrecillas, y entramos en la casa por una puerta. La criada me llevó por un pasillo hasta un aposento con chimenea, donde me dejó sola.

Después de calentarme los dedos agarrotados en las llamas, miré a mi alrededor. No había ninguna vela, pero la luz tenue de la chimenea alumbraba, a intervalos, paredes empapeladas, alfombras, cortinas y lustrosos muebles de caoba. Era un salón, no tan lujoso como el de Gateshead, pero bastante cómodo. Estaba tratando de averiguar lo que significaba un cuadro que había en la pared, cuando se abrió la puerta y entró una persona con una luz en la mano, seguida de cerca por otra.

La primera era una señora alta de cabello y ojos oscuros, de rostro pálido y frente amplia. Estaba parcialmente envuelta en un chal, y tenía una expresión seria y un porte erguido.

—Esta es una niña muy pequeña para viajar sola —dijo, dejando en la mesa la vela. Me miró detenidamente un minuto o dos, y luego prosiguió—: Convendría acostarla pronto, pues parece cansada. ¿Estás cansada? —me preguntó, poniéndome la mano en el hombro.

—Un poco, señora.

—Tendrás hambre también, sin duda. Que cene alguna cosa antes de acostarse, señorita Miller. ¿Es la primera vez que te separas de tus padres para ir a la escuela, pequeña?

Le expliqué que no tenía padres. Preguntó cuánto tiempo hacía que habían muerto, cuántos años tenía yo, cómo me llamaba, si sabía leer y escribir y si sabía coser. Después me tocó suavemente la mejilla con el índice y, diciendo que esperaba que fuera buena, se despidió de mí y de la señorita Miller.

La señora que dejamos en el salón debía de tener unos veintinueve años y la que me acompañó parecía algo más joven. La primera me impresionó por su voz, su aspecto y su porte. La señorita Miller era más vulgar, de tez rubicunda y expresión preocupada, apresurada de movimientos, como alguien que siempre tuviera infinidad de cosas que hacer. Tenía aspecto, de hecho, de lo que después averigüé que era en realidad: una profesora subalterna. Me condujo por una habitación tras otra y un corredor tras otro de un edificio grande y destartalado, hasta que, saliendo del silencio total y algo deprimente de la parte de la casa que habíamos atravesado, nos acercamos al murmullo de muchas voces y entramos en un aposento largo y ancho con dos grandes mesas de pino en cada extremo, y dos velas ardiendo en cada mesa. Sentadas en bancos alrededor, había chicas de todas las edades, desde los nueve o diez años hasta los veinte. A la luz tenue de las velas, me pareció que había un número infinito, aunque realmente no eran más de ochenta. Iban vestidas con uniforme de tela marrón de corte un poco anticuado y largos delantales de hilo. Era la hora del estudio, por lo que estaban ocupadas en aprender de memoria la tarea del día siguiente, y el murmullo que había oído era la repetición susurrada de la lección.

La señorita Miller me indicó que me sentara en un banco junto a la puerta, y acercándose al fondo del largo aposento, gritó:

—Supervisoras, recoged los libros y guardadlos.

Se levantaron cuatro muchachas altas de diferentes mesas y fueron recogiendo los libros, que se llevaron. La señorita Miller volvió a ordenar:

—Supervisoras, traed las bandejas de la cena.

Salieron las chicas altas y regresaron al rato, cada una llevando una bandeja con raciones de alguna cosa que no pude identificar y una jarra de agua con un vaso en el centro de cada bandeja. Repartieron las raciones, y las que querían beber lo hacían en uno de los vasos, comunes para todas. Cuando me tocó el turno a mí, bebí, pues tenía sed, pero no probé la comida, porque me sentía incapaz de comer por el nerviosismo y el cansancio. Sin embargo, pude ver que la comida era una fina torta de avena partida en trozos.

Una vez finalizada la comida, la señorita Miller leyó las oraciones y las muchachas se marcharon de dos en dos al piso de arriba. Ya vencida por el agotamiento, apenas me di cuenta de cómo era el dormitorio. Solo me percaté de que era muy largo, como el aula. Esa noche iba a dormir con la señorita Miller, quien me ayudó a desvestirme. Una vez acostada, miré la larga fila de camas, que fueron ocupadas enseguida, cada una por dos chicas. A los diez minutos, apagaron la solitaria luz y, en el silencio y la oscuridad total, me quedé dormida.

Pasó deprisa la noche; estaba demasiado cansada para soñar siquiera. Me despertó solo una vez el ruido del viento, que soplaba en ráfagas furibundas, y de la lluvia, que caía a raudales, y observé que se había acostado a mi lado la señorita Miller. Cuando volví a abrir los ojos, sonaba una campana estridente. Las chicas estaban levantadas, vistiéndose. Era todavía de noche y ardían una o dos débiles velas en el cuarto. También yo me levanté de mala gana, pues hacía un frío espantoso. Me vestí lo mejor que pude a pesar de los escalofríos y me lavé cuando quedó libre un lavabo, lo cual tardó en ocurrir, ya que había solo uno por cada seis chicas, colocados en soportes en el centro del cuarto. Sonó de nuevo la campana, nos formamos de dos en dos y de esta manera bajamos la escalera y entramos en el aula fría y mal alumbrada, donde la señorita Miller leyó las oraciones y después gritó:

—¡Formad clases!

A continuación, hubo un gran tumulto que se prolongó unos minutos, durante el cual exclamó varias veces la señorita Miller «¡Silencio!» y «¡Orden!». Cuando se calmaron, las vi a todas formadas en cuatro semicírculos, delante de cuatro sillas en las cuatro mesas. Cada una tenía en la mano un libro, y, en cada mesa, ante la silla vacía, había un gran libro, como una Biblia. Siguió una pausa de varios segundos, inundada por un débil murmullo indistinto de números. La señorita Miller fue de clase en clase acallando este sonido indefinido.

A lo lejos se oyó el tintineo de una campana y entraron tres señoras, que se dirigieron a las mesas y se sentaron. La señorita Miller se sentó en la cuarta silla vacía, la más cercana a la puerta, ocupada por las niñas más pequeñas. A esta clase inferior fui llamada y colocada en el último lugar.

Ahora empezó el trabajo en serio: se repitió la oración del día y se recitaron algunos textos de la Sagrada Escritura, y a esto siguió una lectura prolija de capítulos de la Biblia, que duró una hora. Para cuando se hubo completado este ejercicio, había amanecido del todo. La campana infatigable sonó por cuarta vez; las clases se formaron, y marchamos a desayunar a otra habitación. ¡Qué contenta me sentía ante la idea de comer algo! Estaba casi enferma de hambre, ya que había comido tan poco el día anterior.

El refectorio era una habitación enorme y tenebrosa de techo bajo, y, sobre dos largas mesas, humeaban grandes fuentes de algo caliente, que, sin embargo, y con mucha congoja por mi parte, despedía un olor muy poco apetecible. Presencié una manifestación colectiva de disgusto cuando llegaron los vapores de la colación al olfato de las destinatarias. Desde las filas más avanzadas, las muchachas altas de la primera clase, se elevó el susurro:

—¡Repugnante! ¡La avena está quemada otra vez!

—¡Silencio! —ordenó una voz, no la de la señorita Miller, sino de una de las profesoras principales, una figura pequeña y morena, elegantemente vestida, pero de aspecto algo malhumorado, que se instaló en la cabecera de una mesa, mientras que una señora más robusta presidía otra. Busqué inútilmente a la que había visto la noche anterior, pero no se la veía. La señorita Miller ocupaba el otro extremo de la mesa en la que yo me había sentado, y una extraña señora mayor de aspecto extranjero, la profesora de francés, como supe más adelante, se sentó en el lugar correspondiente de la otra mesa. Bendijimos la mesa con una larga oración y cantamos un himno; una criada trajo té para las profesoras y empezó la comida.

Famélica y algo desmayada, devoré una cucharada o dos de mi ración sin pensar en el sabor, pero una vez aplacada el hambre más acuciante, me di cuenta de que tenía delante un rancho nauseabundo, pues la avena quemada es casi tan mala como las patatas podridas: ni la misma inanición la hace tragable. Las cucharas se movieron con lentitud, y vi cómo cada muchacha probaba la comida e intentaba tragarla, pero, en la mayoría de los casos, desistieron enseguida. Se había acabado el desayuno y nadie había desayunado. Dimos las gracias al Señor por lo que no habíamos recibido, cantamos otro himno y salimos del refectorio hacia el aula. Yo estaba entre las últimas en salir y, al pasar por las mesas, vi a una de las profesoras coger una fuente de la sopa y probarla; luego miró a las demás y todos los rostros mostraban descontento, y una de ellas, la corpulenta, susurró:

—¡Qué mejunje más abominable! ¡Qué vergüenza!

Durante el cuarto de hora que pasó antes de reanudar las clases, hubo un gran barullo en el aula. En este espacio de tiempo, parecía permitirse hablar en voz alta con toda libertad, y se aprovecharon las muchachas de este privilegio. Toda la conversación versó sobre el desayuno, vilipendiado por todas por igual. ¡Pobres criaturas! Era su único consuelo. La señorita Miller era la única profesora presente en el aula y estaba rodeada de un grupo de chicas mayores, que hablaban con gesto grave y hosco. Oí a algunos labios pronunciar el nombre del señor Brocklehurst, lo que provocó que la señorita Miller moviera la cabeza con desaprobación. Sin embargo, no se esforzó mucho por frenar la ira de todas, ya que seguramente la compartía.

Un reloj dio las nueve y la señorita Miller salió del círculo que la rodeaba para ponerse en el centro de la habitación, donde gritó:

—¡Silencio! ¡A vuestros sitios!

Se impuso la disciplina. A los cinco minutos, el alboroto confuso se convirtió en orden, y un silencio relativo tomó el lugar del clamor de voces. Las profesoras principales tomaron sus puestos puntualmente, pero aún había una sensación de espera. Distribuidas en bancos en los lados de la habitación, inmóviles y erguidas, estaban las ochenta muchachas. Formaban un grupo singular, con su cabello retirado de las caras, sin un rizo a la vista, sus vestidos marrones cerrados hasta el cuello, rodeado de una estrecha pañoleta, sus faltriqueras de hilo (parecidas a las bolsas de los escoceses) atadas delante de sus vestidos, haciendo las veces de costureros, sus medias de lana y zapatos rústicos abrochados con hebillas de latón. Más de veinte de las así vestidas eran muchachas crecidas, o, mejor dicho, mujeres, y no les sentaba bien el uniforme, que hacía que incluso las más guapas tuviesen un aspecto extraño.

Yo aún las observaba a ellas, y a intervalos a las profesoras, ninguna de las cuales me agradaba del todo, pues la corpulenta era un poco basta, la pequeña bastante torva, la extranjera severa y grotesca, y la pobre señorita Miller colorada y curtida, y agotada por el exceso de trabajo, cuando, en el momento que pasaba mis ojos de un rostro a otro, se levantaron todas simultáneamente, como accionadas por un mismo muelle.

¿Qué ocurría? Como no había oído ninguna orden, estaba desconcertada. Antes de recuperarme, se sentaron de nuevo y como vi que todos los ojos se dirigían a un mismo punto, miré también hacia allí y vi a la persona que me había recibido la noche anterior. Estaba de pie al fondo de la larga habitación, junto a una de las chimeneas que ardían en los dos extremos, examinando gravemente, en silencio, las dos filas de muchachas. La señorita Miller se acercó a ella, pareció hacerle una pregunta y, tras recibir la respuesta, regresó a su sitio y dijo en voz alta:

—Supervisora de la primera clase, ve por los globos terráqueos.

Mientras se acataba su orden, la señora consultada por la señorita Miller caminó lentamente por la habitación. Supongo que debo de estar dotada de una gran capacidad de veneración, pues aún recuerdo la sensación de admiración con la que seguí sus pasos. Vista a plena luz del día, era alta, rubia y de formas armoniosas; los ojos oscuros, de mirada benévola, rodeados de largas pestañas, aliviaban la palidez de su amplia frente; su cabello castaño oscuro estaba recogido en rizos abiertos en las sienes, según la moda de aquel entonces, en que no se estilaban ni bandas lisas ni tirabuzones largos; su vestido, también de la moda de la época, era de paño morado, adornado con una especie de remate español de terciopelo negro; en su cintura brillaba un reloj de oro (los relojes eran menos corrientes entonces que ahora). Para completar el cuadro, que el lector añada facciones refinadas, un cutis pálido y transparente y un porte elegante, y así se hará la idea más fiel del aspecto de la señorita Temple que las palabras puedan dar. Después supe que su nombre de pila era Maria, pues lo vi escrito en un devocionario que me dejaron para ir a la iglesia.

La directora de Lowood (pues este era el cargo de esta señora) se sentó ante dos globos terráqueos que estaban colocados en una de las mesas, congregó a la primera clase a su alrededor y comenzó a impartir una lección de geografía. Las clases inferiores también fueron convocadas por sus profesoras y durante una hora se sucedieron las lecciones de historia y gramática, seguidas por otras de caligrafía y aritmética, y lecciones de música impartidas por la señorita Temple a algunas de las muchachas mayores. La duración de las lecciones era regida por el reloj, que por fin dio las doce. Se levantó la directora y dijo:

—Tengo unas palabras que dirigir a las alumnas.

Se había producido cierto alboroto al cesar las lecciones, pero se apagó con el sonido de su voz. Prosiguió:

—Esta mañana se os ha servido un desayuno que no habéis podido comer, y debéis de tener hambre, por lo que he mandado preparar un almuerzo de pan con queso para todas.

Las profesoras la miraron con algo de sorpresa.

—Yo asumo la responsabilidad —añadió, a modo de explicación para estas, e inmediatamente abandonó la habitación.

Poco después, se repartió el almuerzo para deleite de todas las alumnas, y se nos ordenó: «¡Al jardín!». Cada una se puso un sombrero de tosca paja con cintas de percal de colores, y una capa de paño gris. Yo me equipé del mismo modo y me dirigí afuera con todas las demás.

El jardín era amplio, rodeado de un muro tan alto que ocultaba cualquier vista del exterior. A un lado había un pórtico cubierto, y unos senderos anchos bordeaban los muchos parterres del centro, cada uno de los cuales era asignado a una alumna para que lo cultivara. Sin duda, estaría muy bonito en la época de las flores, pero en esas fechas de finales de enero, todo era desolación y podredumbre invernal. Me estremecí al mirar a mi alrededor. El día era poco propicio para el ejercicio a la intemperie; no llovía, pero todo estaba ensombrecido por una niebla amarillenta y el suelo todavía rezumaba humedad por las lluvias del día anterior. Las muchachas más fuertes correteaban y jugaban, pero otras, pálidas y delgadas, buscaron refugio y calor en el pórtico, y mientras la espesa niebla les calaba hasta los huesos y las hacía tiritar, oí a varias toser repetidamente.

Hasta el momento, no me habían dirigido la palabra, ni parecían verme. Estaba sola, pero estaba acostumbrada a la sensación de aislamiento, y no me abrumé. Me apoyé en una de las columnas del pórtico, me envolví en mi capa, e, intentando olvidarme del frío que me atormentaba por fuera y el hambre que me roía por dentro, me dediqué a la tarea de observar y pensar. No merecen mención mis reflexiones, por indefinidas y rudimentarias: apenas sabía dónde estaba. Gateshead y mi vida pasada parecían perdidos en lontananza, el presente era vago y extraño, y no me podía imaginar el futuro. Miré el jardín, que parecía de convento, y luego la casa, un edificio grande, la mitad vieja y gris, y la otra mitad nueva. La parte nueva, que contenía el aula y el dormitorio, tenía ventanas con celosías y parteluces, que le daban aspecto de iglesia. Encima de la puerta, había una lápida con la leyenda:

«Institución Lowood. Esta parte fue reconstruida en el año… por Naomi Brocklehurst, de Brocklehurst Hall, de este condado. “Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los Cielos” (Mateo, 5,16)».

Leí estas palabras una y otra vez, porque creía que contenían un significado que era incapaz de comprender. Todavía me estaba preguntando qué querría decir «institución», e intentando descubrir la conexión entre las primeras palabras y el versículo de las Sagradas Escrituras, cuando el sonido de una tos a mis espaldas me hizo volver la cabeza. Vi a una chica sentada en un banco de piedra. Estaba inclinada sobre un libro, cuya lectura parecía absorber su atención. Pude ver el título del libro, Rasselas, que se me antojó extraño y, por eso mismo, atractivo. Al volver la hoja, levantó la vista, y aproveché para decirle:

—¿Es interesante el libro? —Ya me había decidido a pedírselo prestado algún día.

—A mí me gusta —respondió, después de una breve pausa, durante la cual me examinó.

—¿De qué trata? —continué. No sé de dónde saqué la valentía para iniciar una conversación con una extraña, pues este paso era contrario a mi naturaleza y mis costumbres. Creo que su actividad tocó una fibra de simpatía en mí, ya que también disfrutaba de la lectura, aunque de un tipo más frívolo e infantil, pues no era capaz de digerir ni comprender las lecturas serias y trascendentales.

—Puedes mirarlo —contestó la muchacha, ofreciéndome el libro.

Así lo hice, y, tras examinarlo brevemente, me convencí de que el texto era menos atrayente que el título. Para mi gusto frívolo, Rasselas parecía algo aburrido, ya que no vi nada relacionado con hadas ni genios, y la letra tan apretada no mostraba la variedad a la que estaba acostumbrada. Se lo devolví, lo cogió en silencio y, sin decir palabra, estaba a punto de retomar a su lectura, cuando me atreví a interrumpirla de nuevo:

—¿Puedes decirme lo que significa la leyenda de la lápida de la puerta? ¿Qué es la Institución Lowood?

—Esta casa donde vas a vivir.

—¿Y por qué la llaman «institución»? ¿Es que no es igual que las demás escuelas?

—Es una escuela en parte benéfica; tú y yo y todas nosotras dependemos de la caridad. Supongo que eres huérfana, ¿no has perdido a tu madre o tu padre?

—Murieron ambos antes de lo que pueda recordar.

—Bueno, pues todas las muchachas han perdido a uno de sus padres o a los dos, y esta es una institución para educar a las huérfanas.

—¿Es que no pagamos? ¿Nos mantienen gratis?

—Pagamos, o pagan nuestros familiares, quince libras al año.

—Entonces, ¿por qué lo llaman benéfico?

—Porque quince libras no son suficientes para la manutención y la enseñanza, y el resto lo cubren las donaciones.

—¿Quién hace las donaciones?

—Diversas damas y caballeros caritativos de esta zona y de Londres.

—¿Quién fue Naomi Brocklehurst?

—La señora que edificó la parte nueva de la casa, tal como pone la lápida, cuyo hijo la supervisa y administra ahora.

—¿Por qué?

—Porque es el tesorero y administrador del establecimiento.

—¿Entonces la casa no es de la señora del reloj, que ordenó que comiéramos pan y queso?

—¿De la señorita Temple? No. ¡Ojalá fuera así! Ella tiene que justificarse ante el señor Brocklehurst por todo lo que hace.

—¿Él vive aquí?

—No, vive en una casa grande, a dos millas de aquí.

—¿Es un buen hombre?

—Es clérigo, y se dice que hace muchas buenas obras.

—¿Y has dicho que la señora alta se llama señorita Temple?

—Sí.

—¿Cómo se llaman las otras profesoras?

—La de la cara colorada se llama señorita Smith y supervisa el trabajo y corta los vestidos y pellizas, pues hacemos nuestra propia ropa. La pequeñita de pelo negro es la señorita Scatcherd, quien enseña historia y gramática y repasa la lección de la segunda clase. Y la del chal, que lleva un pañuelo atado con una cinta amarilla, es madame Pierrot, de Lisle, Francia, y enseña francés.

—¿Te gustan las profesoras?

—Sí, bastante.

—¿Te gusta la pequeñita morena, y la Madame…? No sé pronunciar su nombre como tú.

—La señorita Scatcherd es impaciente y debes tener cuidado de no ofenderla, y madame Pierrot no es mala persona.

—Pero la señorita Temple es la mejor, ¿verdad?

—La señorita Temple es muy buena e inteligente. Está muy por encima de las demás, porque sabe mucho más que ellas.

—¿Tú llevas mucho tiempo aquí?

—Dos años.

—¿Eres huérfana?

—Mi madre se murió.

—¿Eres feliz aquí?

—Haces demasiadas preguntas. Ya te he contestado bastantes, y ahora quiero leer.

Pero en ese momento sonó la campana anunciando la comida, y entramos todas. El olor que llenaba el refectorio no era mucho más apetecible que el que nos había deleitado por la mañana. Sirvieron la comida en dos fuentes enormes de hojalata, que despedían un vaho con fuerte olor a sebo rancio. Descubrí que el rancho consistía en un guiso de patatas mezcladas con extrañas tiras de carne rancia. Distribuyeron un plato bastante abundante de este mejunje a cada alumna. Comí lo que pude y me pregunté si comeríamos igual todos los días.

Inmediatamente después de comer, nos trasladamos al aula, donde se reanudaron las lecciones, que siguieron hasta las cinco.

El único suceso interesante de la tarde fue que vi cómo la chica con la que había hablado en el pórtico fue expulsada de la clase de historia por la señorita Scatcherd, quien la mandó ponerse en el centro de la gran aula. El castigo me pareció extremadamente degradante, en especial para una chica tan mayor, pues debía de tener trece años o más. Esperaba que mostrara señales de aflicción y vergüenza, pero me sorprendió que no llorase ni se ruborizase. Se quedó de pie, seria y tranquila, blanco de todos los ojos. «¿Cómo puede soportarlo con tanta serenidad?» me pregunté. «Yo, en su lugar, quisiera que se me tragara la tierra. Pero ella parece pensar en cosas más allá del castigo y de su situación, en algo lejano que no se ve. He oído hablar de soñar despierto, ¿será eso lo que le sucede? Sus ojos miran el suelo, pero estoy segura de que no lo ve… parece mirar hacia dentro, en su corazón. Creo que mira sus recuerdos, no lo que tiene delante. Me pregunto qué clase de chica es, si buena o mala».

Poco después de las cinco, tomamos otra colación, que consistió en una pequeña taza de café y media rebanada de pan moreno. Devoré el pan y tragué el café con fruición, pero habría comido otro tanto, ya que tenía hambre aún. Luego hubo media hora de recreo y después estudio, seguido del vaso de agua y el trozo de torta de avena, las oraciones y la cama. Así transcurrió mi primer día en Lowood.

Capítulo VI

El día siguiente comenzó como el anterior, levantándonos y vistiéndonos a la débil luz de las velas, pero esta vez tuvimos que prescindir de la ceremonia del aseo porque el agua de los lavabos estaba helada. Había cambiado el tiempo la noche anterior, y un gélido viento del noreste, que silbó entre los resquicios de las ventanas del dormitorio toda la noche, nos hizo tiritar en nuestras camas y convirtió el agua de los jarros en hielo.

Antes de acabar la larga hora y media de oraciones y lectura de la Biblia, creí morirme de frío. Por fin llegó la hora del desayuno, y aquella mañana no estaba quemada la avena. La calidad era pasable, pero la cantidad escasa. ¡Qué porción más pequeña me había correspondido! Hubiera querido tomar el doble.

En el curso del día me destinaron a la cuarta clase, y me asignaron tareas y ocupaciones como a las demás. Hasta entonces había sido espectadora de la vida de Lowood, pero a partir de ese momento había de convertirme en partícipe. Al principio, al no tener costumbre de memorizar, las lecciones me parecieron largas y arduas. También me desconcertaba el cambio frecuente de una tarea a otra, por lo que me alegré cuando, alrededor de las tres de la tarde, la señorita Smith me puso en las manos una tira de muselina de dos yardas de longitud, junto con una aguja, un dedal y los demás útiles, y me mandó sentarme en un rincón tranquilo del aula para hacerle un dobladillo. En ese momento, la mayoría de las alumnas también estaban cosiendo, pero todavía había un grupo leyendo alrededor de la silla de la señorita Scatcherd, y en el silencio que reinaba, se podía oír el tema de su lección, cómo respondía cada una y los reproches o recomendaciones de la señorita Scatcherd ante cada actuación. Era la historia de Inglaterra, y entre las lectoras se encontraba mi amiga del pórtico. Al principio de la lección había estado a la cabeza de la clase, pero, por un error de pronunciación o por no hacer caso a la puntuación, de repente fue enviada al último lugar. Incluso en ese puesto poco prominente, la señorita Scatcherd continuó prodigándole una especial atención, dirigiéndole frases como estas: «Burns (pues así se llamaba, al parecer; a todas las chicas nos llamaban por el apellido, como en las escuelas de chicos), Burns, tienes el zapato ladeado, pon bien el pie inmediatamente». «Burns ¡qué manera de sacar la barbilla!». «Burns, insisto en que mantengas la cabeza erguida. No te quiero tener delante de esta guisa», y así sucesivamente.

Cuando hubieron leído dos veces el capítulo, las chicas cerraron los libros y se prepararon para contestar a las preguntas. La lección había versado sobre parte del reinado de Carlos I, y las preguntas fueron acerca de tonelajes, gravámenes y fletes, que la mayoría parecía no saber contestar. Sin embargo, cada pregunta era resuelta al instante por Burns, cuya memoria parecía haber retenido la esencia de todo el texto y por lo tanto contestó correctamente a todos los puntos. Yo esperaba que la señorita Scatcherd elogiara su atención, en vez de lo cual gritó de repente:

—¡Qué chica más sucia y desagradable! ¡No te has limpiado las uñas hoy!

El silencio de Burns, que no contestó, me sorprendió. «¿Por qué no explica que no ha podido ni limpiarse las uñas ni lavarse la cara, ya que el agua estaba helada?» pensé.

La señorita Smith requirió mi atención, pidiéndome que le sujetara una madeja de hilo y, mientras ella hacía ovillos, me hablaba de vez en cuando, preguntándome si había ido antes a la escuela, si sabía bordar, coser y tejer. No pude seguir enterándome de los movimientos de la señorita Scatcherd hasta que hube acabado. Cuando regresé a mi puesto, esta última impartió una orden cuyo significado no cogí, pero Burns abandonó el aula enseguida para ir a un cuartucho interior donde se guardaban los libros, de donde volvió al instante llevando en la mano una vara. Entregó a la señorita Scatcherd ese siniestro instrumento con una reverencia, y serenamente, sin que se lo mandaran, desabrochó su delantal. La señorita Scatcherd le asestó en el acto y con vigor una docena de golpes en el cuello con la vara. Burns no derramó ni una lágrima, ni cambió en nada la expresión de su cara, como pude observar durante una pausa que tuve que hacer en mi costura, porque mis dedos temblaban de furia impotente e inútil ante este espectáculo.

—¡Muchacha rebelde! —exclamó la señorita Scatcherd— no hay manera de corregir tus costumbres desaliñadas. Llévate la vara.

Burns obedeció. Observándola detenidamente cuando salió del cuarto de los libros, vi cómo guardaba en el bolsillo el pañuelo, y que todavía brillaba en su mejilla la huella de una lágrima.

La hora de recreo por la tarde me parecía el rato más agradable del día en Lowood. El pedazo de pan y el trago de café servidos a las cinco renovaban nuestra vitalidad si no saciaban nuestro apetito. Se relajaba la tensión del día y el aula parecía más cálida que por la mañana, ya que se permitía que ardieran los fuegos con más vigor para suplir la falta de las velas, aún no encendidas. El anochecer, la algarabía tolerada y la confusión de muchas voces nos daban una sensación placentera de libertad.

En la tarde del día que presencié el castigo impartido por la señorita Scatcherd a su alumna Burns, deambulé sin compañía entre los bancos y mesas de grupos alegres de chicas, pero sin sentirme sola. Cuando pasaba por delante de las ventanas, de vez en cuando levantaba las persianas para mirar afuera, donde caía mucha nieve, tanta, que formaba montoncitos en las lunas inferiores, y, acercando el oído al cristal, podía distinguir del alegre alboroto de dentro el aullido desconsolado del viento en el exterior.

Con toda probabilidad, de haberme separado recientemente de una buena casa y de unos padres bondadosos, esta habría sido la hora en que más los hubiera echado de menos. El viento me habría entristecido y el oscuro caos habría perturbado mi tranquilidad. Pero siendo otro mi caso, me proporcionaron ambas cosas una extraña emoción y, sintiéndome temeraria y febril, hubiera deseado que el viento aullase más fuertemente, que se incrementase la oscuridad y que la confusión se convirtiese en clamor.

Saltando por encima de los bancos y deslizándome por debajo de las mesas, me aproximé a una de las chimeneas, donde encontré a Burns, arrodillada junto al guardafuegos alto de alambre y absorta en la lectura de un libro a la débil luz de las brasas.

—¿Todavía estás con Rasselas? —le pregunté al acercarme.

—Sí —dijo—, y acabo de terminarlo.

Cinco minutos más tarde, lo cerró, con mucho gusto por mi parte. «Ahora —pensé—, quizás consiga hacerla hablar». Me senté a su lado en el suelo.

—¿Cuál es tu nombre de pila?

—Helen.

—¿Vienes de lejos?

—Del norte, cerca de la frontera con Escocia.

—¿Volverás alguna vez?

—Espero que sí, pero nadie puede saber seguro lo que pasará en el futuro.

—Debes de tener ganas de abandonar Lowood.

—No, ¿por qué? Me enviaron aquí para educarme, y sería inútil marcharme antes de lograr ese objetivo.

—Pero esa profesora, la señorita Scatcherd, te trata con tanta crueldad.

—¿Crueldad? ¡En absoluto! Es muy estricta, y le disgustan mis defectos.

—Si yo estuviera en tu lugar, la odiaría. Me resistiría a sus castigos. Si me pegara con la vara, la arrancaría de sus manos y la rompería delante de sus narices.

—Probablemente no lo harías, pero si lo hicieras, el señor Brocklehurst te expulsaría de la escuela, y eso apenaría mucho a tu familia. Es mucho mejor aguantar con paciencia un dolor que solo tú sientes que precipitarte a hacer algo cuyas consecuencias afectarían a toda tu familia. Además, la Biblia nos enseña a devolver bien por mal.

—Pero parece vergonzoso que te azoten y te manden estar de pie en el centro de una habitación llena de personas, a ti, que eres tan mayor. Yo soy mucho más pequeña, y no lo soportaría.

—Sin embargo, sería tu obligación soportarlo, si no puedes evitarlo. Es tonto decir que no puedes soportar lo que te depara el destino.

La escuché admirada. No podía comprender esta doctrina de aguantarlo todo, y menos aún comprendía o compartía su indulgencia hacia su castigadora. De todas maneras, pensé que Helen Burns veía las cosas desde un prisma invisible a mis ojos. Sospeché que ella tenía razón y yo no. Pero no quise ahondar en el asunto, y, como Félix[2], lo aplacé hasta un momento más propicio.

—Dices que tienes defectos, Helen. ¿Cuáles? A mí me pareces muy buena.

—Entonces aprende de mí y no juzgues por las apariencias. Como dijo la señorita Scatcherd, soy negligente. Soy incapaz de mantener ordenadas las cosas, soy descuidada, se me olvidan las normas, leo en vez de aprender las lecciones y no tengo método. A veces digo, como tú, que no puedo soportar que me sometan a reglas sistemáticas. Todo esto es una provocación para la señorita Scatcherd, que es ordenada, puntual y meticulosa por naturaleza.

—Y malhumorada y cruel —añadí, pero ella calló y no dio muestras de admitirlo.

—¿La señorita Temple te trata con tanta severidad como la señorita Scatcherd?

Al oír pronunciar el nombre de la señorita Temple, se asomó una sonrisa en su rostro serio.

—La señorita Temple es toda bondad. Le duele ser severa con cualquiera, incluso con las peores alumnas de la escuela. Ella percibe mis errores y me informa de ellos con dulzura, y si hago algo digno de alabanza, me elogia generosamente. Es una gran muestra de mi naturaleza desastrosa que ni sus amonestaciones tan suaves y racionales me influyen suficientemente para corregir mis defectos. Y sus elogios, aunque los tengo en gran estima, tampoco me estimulan para ser siempre cuidadosa y previsora.

—Eso sí que es curioso —dije—; es tan fácil ser cuidadosa.

—Para ti sin duda lo es. Te observaba en clase esta mañana y vi que ponías mucha atención. No te distraías mientras la señorita Miller explicaba la lección y te hacía preguntas. Yo, en cambio, me distraigo continuamente. Cuando debería escuchar a la señorita Scatcherd y poner atención a todo lo que dice, a menudo ni siquiera la oigo, sino que caigo en una especie de ensoñación. A veces creo estar en Northumberland y me parece que los ruidos que me rodean son los del burbujeo de un arroyo que pasa por Deepden, cerca de casa. Luego, cuando me toca responder, tienen que despertarme, y como no he oído lo que se ha dicho, sino mi arroyo imaginario, no tengo respuesta.

—Sin embargo, ¡qué bien respondiste esta tarde!

—Fue por pura casualidad, pues el tema sobre el que leíamos me interesaba. Esta tarde, en lugar de soñar con Deepden, me preguntaba cómo un hombre con tantos deseos de hacer el bien pudo actuar tan injusta e indiscretamente como algunas veces lo hizo Carlos I. Pensé que era una lástima que, con toda su integridad y rectitud, no pudiera ver más allá de las prerrogativas de la corona. ¡Ojalá hubiera podido ver más allá para darse cuenta del cariz del llamado espíritu de la época! No obstante, me gusta Carlos I, lo respeto y lo compadezco, pobre rey asesinado. Sus enemigos fueron peores, ya que derramaron sangre que no tenían derecho a derramar. ¿Cómo se atrevieron a asesinarlo?

Helen hablaba para sí, pues se había olvidado de que no la entendía, de que era casi ignorante del tema del que hablaba. La hice regresar a mi nivel.

—¿Y también se te va el santo al cielo cuando es la señorita Temple quien da la lección?

—No, la verdad es que no muchas veces, porque la señorita Temple suele decir cosas más nuevas que mis propias reflexiones. Me resulta especialmente agradable el lenguaje que utiliza, y la información que comunica a menudo es exactamente lo que yo quiero saber.

—Entonces, ¿con la señorita Temple eres buena?

—Sí, de manera pasiva. No me esfuerzo, sino que sigo mis inclinaciones. La bondad de ese tipo no tiene mérito.

—Sí que tiene mérito. Eres buena con los que son buenos contigo. Yo no aspiro a más. Si la gente fuera siempre bondadosa y obediente con los crueles e injustos, los malos se saldrían siempre con la suya. Nunca tendrían miedo, por lo que nunca cambiarían, sino que serían cada vez peores. Cuando nos pegan sin motivo, debemos devolver con creces el golpe, estoy segura, para asegurarnos de que no nos vuelvan a pegar.

—Espero que cambies de opinión al hacerte mayor. De momento, eres una niña sin preparación.

—Pero lo siento así, Helen. No debo querer a los que insistan en no quererme a mí, por mucho que intente agradarles. Debo resistirme a los que me castigan injustamente. Es tan natural como querer a los que me muestran afecto, o someterme al castigo que considero merecido.

—Esa doctrina es la de los paganos y las tribus salvajes, pero los cristianos y las naciones civilizadas la repudian.

—¿Cómo? No entiendo.

—No es la violencia lo que vence al odio, ni la venganza lo que cura mejor la injuria.

—Entonces, ¿qué es?

—Lee el Nuevo Testamento y fíjate en lo que dice Jesucristo y en cómo actúa. Haz de sus palabras tu norma y de su conducta tu ejemplo.

—¿Qué dice?

—Ama a tus enemigos; bendice a los que te maldigan; haz el bien a los que te odien y traten mal.

—Entonces tendría que amar a la señora Reed, lo que no puedo hacer, y tendría que bendecir a su hijo John, lo que es imposible.

A su vez, Helen Burns me pidió que me explicara, y me puse enseguida a contar atropelladamente la historia de mis penas y resentimientos. Amargada y agresiva cuando me excitaba, hablé tal como sentía, sin reserva ni cortapisas.

Helen me escuchó pacientemente hasta el final. Yo esperaba que hiciera algún comentario, pero nada dijo.

—Bueno —pregunté impaciente— ¿no es una mujer mala y sin sentimientos la señora Reed?

—No dudo de que te haya tratado mal, porque no le gusta tu tipo de carácter, como ocurre entre la señorita Scatcherd y yo. Pero ¡con qué detalle recuerdas todo lo que te ha hecho! ¡Qué impresión más profunda parece haberte causado su injusticia! Ningún mal trato marca tan a fondo mis sentimientos. ¿No serías más feliz si intentaras olvidar su severidad y las emociones tan apasionadas que te inspiraba? Creo que la vida es demasiado corta para pasarla fomentando la mala voluntad y recordando los agravios. Todos estamos cargados de defectos en este mundo, y así debe ser, pero pronto llegará el momento de deshacernos de ellos, cuando nos deshagamos de nuestros cuerpos corruptibles. El envilecimiento y el pecado nos abandonarán junto con nuestros pesados cuerpos, y solo quedará el resplandor del espíritu, el impalpable principio de la vida y del pensamiento, tan puro como cuando salió de nuestro Creador para darnos vida. Regresará al lugar de donde salió, quizás para llegar a un ser más noble que el hombre, ¡quizás para pasar por escalas de gloria desde la pálida alma humana hasta fundirse con el serafín! Estoy segura de que no se le permitirá degenerar, por el contrario, del hombre al demonio. No, no puedo creer eso. Tengo otra creencia, que nadie me ha enseñado y de la que hablo rara vez, a la que me aferro porque me complace, pues ofrece esperanza a todos los seres. Y es que la eternidad es un descanso, un gran hogar, y no un espanto y un abismo. Además, esta creencia me permite distinguir claramente entre el criminal y su delito, y me permite perdonar a aquel de todo corazón mientras aborrezco este. Con esta creencia, la venganza no me preocupa, la humillación no me repugna intolerablemente y la injusticia no me abruma. Vivo tranquila, esperando el final.

La cabeza de Helen, siempre inclinada, se hundió un poco más al terminar esta frase. Me di cuenta por su mirada de que ya no quería hablar conmigo, sino quedarse a solas con sus propios pensamientos. No tuvo mucho tiempo para meditar, porque se acercó poco después una supervisora, una muchacha grande y tosca, y exclamó con fuerte acento de Cumberland:

—Helen Burns, si no vas ahora mismo a ordenar tu cajón y guardar tu labor, le diré a la señorita Scatcherd que venga a verlo.

Suspiró Helen al perder su momento de ensoñación y, levantándose, obedeció sin demora, sin contestar a la supervisora.

Capítulo VII

Mi primer trimestre en Lowood me pareció un siglo, y no precisamente el siglo de oro. Consistió en una lucha tediosa con las dificultades de acostumbrarme a nuevas normas y tareas inusitadas. Me inquietaba más el temor del fracaso en estas cuestiones que la dureza física de mi vida, que no era poca.

Durante enero, febrero y parte de marzo, las grandes nevadas y, más tarde, el deshielo, hicieron casi impracticables los caminos, por lo que solo salíamos del jardín para ir a la iglesia; sin embargo, dentro de esos muros teníamos que pasar una hora al aire libre cada día. Nuestras ropas eran insuficientes para protegernos del frío intenso. No teníamos botas, y la nieve se metía dentro de nuestros zapatos y se derretía. Las manos sin guantes se entumecían y se nos llenaban de sabañones, y los pies también. Recuerdo claramente la desazón enloquecedora que padecía por este motivo cuando se me inflamaban los pies por las noches, y el tormento de introducir en los zapatos por las mañanas los dedos agarrotados e hinchados. La escasa cantidad de comida también era motivo de angustia. Nosotras, con el apetito que corresponde al desarrollo infantil, apenas recibíamos bastante para mantener con vida a un inválido. Esta falta de alimentos generaba el abuso de las chicas más jóvenes por parte de las mayores, que, cuando tenían ocasión, privaban a aquellas de su ración con zalemas o amenazas. Muchas veces, habiendo repartido entre dos pretendientes el trozo de pan moreno de la merienda y sacrificado la mitad de la taza de café a otra, me tragaba el resto con lágrimas furtivas provocadas por el hambre.

Los domingos de invierno eran días melancólicos. Debíamos caminar dos millas hasta la iglesia de Brocklehurst, donde celebraba el servicio nuestro protector. Salíamos con frío y llegábamos con más aún, y durante el rito matutino casi nos quedábamos paralizadas. Estaba demasiado lejos para regresar a almorzar, así que, entre servicio y servicio, nos administraban una ración de fiambre, en las mismas cantidades exiguas que de costumbre.

Al término de la ceremonia vespertina, volvíamos por una carretera accidentada y expuesta al gélido viento invernal, que soplaba por encima de una cordillera de montañas nevadas del norte, casi despellejándonos las caras.

Recuerdo a la señorita Temple caminando ligera y veloz entre nuestras filas decaídas, arropada con su capa de cuadros, que aleteaba al viento, alentándonos con sus palabras y su ejemplo a mantenernos animadas y marchar, como decía, «como fornidos soldados». Las otras pobres profesoras estaban, por lo general, demasiado abatidas para intentar ponerse a animar a las demás.

¡Qué ganas teníamos de acercarnos al resplandor y el calor de un fuego vivo cuando regresáramos! Pero ese placer nos era negado, por lo menos a las más pequeñas, pues las chimeneas del aula eran rodeadas en el acto por una fila doble de muchachas mayores, y detrás quedábamos las pequeñas en grupitos, los brazos ateridos envueltos en los delantales.

La hora de la merienda traía un poco de consuelo bajo la forma de una doble ración de pan (una rebanada entera, y no media), con el regalo añadido de una fina capa de mantequilla. Era el banquete semanal, esperado por todas de domingo a domingo. Solía arreglármelas para quedarme con una porción de esta liberal colación, aunque invariablemente me obligaban a sacrificar el resto.

Pasábamos la noche del domingo recitando de memoria el catecismo y los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo, y escuchando un largo sermón leído por la señorita Miller, cuyos bostezos incontenibles delataban su cansancio. A menudo estas actividades eran interrumpidas por una representación del papel de Eutico[3] por media docena de niñas pequeñas. Estas, vencidas por el sueño, solían caerse, si no desde el tercer piso, por lo menos del cuarto banco, y las levantaban medio muertas. La solución era empujarlas al centro del aula y obligarlas a estar allí de pie hasta después del sermón. Algunas veces les fallaban las piernas, y caían al suelo todas revueltas, en cuyo caso las apuntalaban con los taburetes altos de las supervisoras.

Todavía no he mencionado las visitas del señor Brocklehurst, que estuvo ausente durante la mayor parte del primer mes desde mi llegada, quizás por haber alargado su estancia con su amigo el archidiácono. Su ausencia suponía un alivio para mí. No hace falta que diga que tenía mis motivos para temer su llegada. Sin embargo, por fin llegó.

Una tarde (ya llevaba yo tres semanas en Lowood), sentada con una pizarra en la mano luchando con una división de varias cifras, al levantar los ojos, distraída, hacia la ventana, vislumbré el paso de una figura, cuya silueta enjuta reconocí casi por instinto; cuando, dos minutos más tarde, se levantó toda la escuela en masa, incluidas las profesoras, no hizo falta que mirase para saber a quién saludaban de aquella manera. Cruzó el aula de dos zancadas y se detuvo al lado de la señorita Temple, también de pie, la misma columna negra que me había contemplado tan amenazadora sobre la alfombra de Gateshead. Miré de reojo aquella obra arquitectónica. Había acertado: era el señor Brocklehurst, con un abrigo abrochado hasta arriba, y con un aspecto más largo, estrecho y rígido que nunca.

Tenía mis propias razones para estar preocupada por aquella aparición: recordaba demasiado bien las insinuaciones alevosas de la señora Reed sobre mi carácter, y la promesa hecha por el señor Brocklehurst de informar a la señorita Temple y las profesoras de mi naturaleza perversa. Todo ese tiempo había temido el cumplimiento de esta promesa, había esperado a diario la llegada del «hombre que iba a venir», cuyos informes sobre mi vida y obras pasadas habían de tacharme para siempre de niña malvada. Ya había llegado. Se puso al lado de la señorita Temple, hablándole al oído. No dudé de que le estuviera revelando mi vileza, y la vigilé con penosa ansiedad, esperando ver cómo, en cualquier momento, me volvería sus ojos oscuros llenos de rechazo y desprecio. También agucé el oído y, como estaba sentada cerca de donde estaban ellos, oí la mayor parte de lo que dijo, lo que alivió momentáneamente mi preocupación.

—Supongo, señorita Temple, que servirá el hilo que compré en Lowton; me pareció que era precisamente de la calidad adecuada para las camisetas de percal, y elegí las agujas para el mismo fin. Dígale a la señorita Smith que se me olvidó apuntar las agujas de zurcir, pero le enviaré algunos paquetes la semana próxima, y que de ninguna manera debe repartir más de una a la vez por alumna, ya que, si tienen más, son descuidadas y las pierden. Y por cierto, señorita, quisiera que se cuidase mejor de las medias de lana. La última vez que estuve aquí, me acerqué a la huerta para examinar la ropa tendida, y había bastantes medias negras en mal estado. A juzgar por el tamaño de los agujeros que tenían, pude ver que no habían sido bien remendadas.

Hizo una pausa.

—Se seguirán sus instrucciones, señor —dijo la señorita Temple.

—Y, señorita —continuó—, la lavandera me cuenta que a algunas chicas les dan dos cuellos por semana. Es demasiado, pues las normas establecen uno solo.

—Creo que puedo explicárselo, señor. A Agnes y Catherine Johnstone, unos amigos las invitaron a tomar el té en Lowton el jueves pasado, y yo les di permiso para ponerse cuellos limpios para la ocasión.

El señor Brocklehurst asintió con la cabeza.

—Por esta vez lo pasaré por alto, pero procure que no ocurra muy a menudo. Y otra cosa me sorprendió también: me he enterado, por el ama de llaves, de que dos veces en los últimos quince días se ha servido a las chicas un refrigerio de pan y queso. ¿Cómo puede ser esto? He repasado las normas y no he encontrado ninguna referencia a los refrigerios. ¿Quién ha introducido esta innovación y con qué autoridad?

—Debe considerarme responsable a mí, señor —contestó la señorita Temple—; el desayuno fue tan malo que no pudieron comerlo las alumnas, y no me atreví a dejarlas en ayunas hasta la hora de comer.

—Permítame un momento, señorita. Está usted enterada de que es mi propósito, al educar a estas muchachas, no acostumbrarlas a los lujos y excesos, sino hacerlas fuertes, pacientes y abnegadas. Si por casualidad ocurre algún contratiempo, como una comida estropeada o con mucho o poco condimento, no se debe neutralizar su pérdida mediante su sustitución por una delicadeza mayor, mimando de esta forma el cuerpo y obviando el objetivo de esta institución. Al contrario, debe contribuir a la educación moral de las alumnas, animándolas a sacar fuerzas de flaquezas en momentos de privaciones pasajeras. En estas ocasiones, sería oportuno un breve sermón, en el que una profesora juiciosa hablaría de los sufrimientos de los primeros cristianos, los tormentos de los mártires y las exhortaciones del mismo Jesucristo, que llamó a sus discípulos para que tomasen su cruz y lo siguiesen, y advirtió que no solo de pan vive el hombre, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios; y a sus consuelos divinos, «bienaventurados los que tenéis hambre o sed por mí». Señorita, cuando pone usted pan y queso en las bocas de estas muchachas en lugar de avena quemada, es posible que esté alimentando sus cuerpos terrenales, pero ¡cómo priva usted sus almas inmortales!

Mientras tanto, el señor Brocklehurst, de pie ante la chimenea con las manos a la espalda, observaba majestuosamente a la concurrencia. De pronto, parpadeó como si algo lo hubiera deslumbrado o escandalizado, y dijo con palabras más atropelladas que de costumbre:

—Señorita Temple, ¿qué… qué le ocurre a esa muchacha del cabello rizado? ¿Pelirroja, señorita, y cubierta de rizos? —y señaló con mano temblorosa el objeto de su ultraje con el bastón.

—Es Julia Severn —respondió con voz queda la señorita Temple.

—Julia Severn, señorita. ¿Y por qué motivo tiene ella, o cualquier otra, el cabello rizado? ¿Por qué, desafiando a todas las leyes y principios de esta casa evangélica y benéfica, se muestra tan abiertamente mundana como para llevar el cabello hecho una maraña de rizos?

—Los rizos de Julia son naturales —contestó la señorita Temple, con voz aún más baja.

—¡Naturales! Sí, pero no nos conformamos con lo natural. Quiero que estas muchachas sean hijas de Dios. ¿Por qué semejante exceso? He dado a entender una y otra vez que quiero que se recojan el cabello de manera recatada y sencilla. Señorita Temple, a esta muchacha hay que raparle del todo; haré venir al barbero mañana. Y veo a otras con un exceso parecido. Que se dé la vuelta esa chica alta. Diga que se levanten todas las de la primera clase y se vuelvan hacia la pared.

La señorita Temple se pasó el pañuelo por los labios, como para borrar una sonrisa involuntaria, pero dio la orden y, cuando se enteraron las chicas de la primera clase de lo que pretendía de ellas, obedecieron. Echándome hacia atrás en mi banco, pude ver las miradas y muecas con las que comentaban la orden. Fue una lástima que el señor Brocklehurst no las viera también, ya que quizás se hubiera dado cuenta de que, por mucho que manipulase el exterior de estas chicas, el interior estaba mucho más allá de su interferencia de lo que imaginaba.

Estudió el envés de estas medallas humanas durante unos cinco minutos y después dictó sentencia. Sus palabras cayeron como un toque de difuntos:

—¡Que se recorten todos esos moños!

La señorita Temple pareció objetar.

—Señorita —prosiguió él— he de servir a un Amo cuyo reino no es de este mundo. Es mi misión mortificar los deseos carnales de estas muchachas, enseñarles a vestirse con recato y sobriedad, y no con ropas caras y tocados complicados. Cada una de las jóvenes que tenemos delante lleva un mechón de cabello que la misma vanidad hubiera podido trenzar. Este, repito, debe ser cortado. Piense en el tiempo que pierden, en…

En este punto, la entrada de otras tres visitas, unas damas, interrumpió al señor Brocklehurst. Les habría convenido llegar un poco antes para escuchar su sermón sobre la vestimenta, pues venían esplendorosamente ataviadas de terciopelo, seda y pieles. Las más jóvenes del trío (guapas muchachas de dieciséis y diecisiete años) llevaban sombreros de castor gris a la moda de entonces, adornados con plumas de avestruz; de debajo de las alas de estos elegantes tocados caía una abundancia de finos mechones primorosamente rizados. La señora mayor venía envuelta en un costoso chal de terciopelo con adornos de armiño, y lucía un tupé de rizos a la francesa.

La señorita Temple saludó a estas damas con deferencia como la señora y las señoritas Brocklehurst, y fueron conducidas a un puesto de honor delante de la concurrencia. Parece ser que habían llegado en el carruaje con su reverendo pariente, y que habían efectuado un registro de las habitaciones de arriba, mientras él estaba ocupado en tratar de negocios con el ama de llaves, interrogar a la lavandera y sermonear a la directora. Empezaron a dirigir varios comentarios y reproches a la señorita Smith, encargada de la ropa blanca y la inspección de los dormitorios, pero no tuve tiempo para escuchar lo que hablaban porque otros asuntos llamaron más mi atención.

Hasta ese punto, aunque me enteré de la conversación del señor Brocklehurst con la señorita Temple, no dejé de tomar precauciones para salvaguardar mi persona, precauciones que pensé serían eficaces si conseguía pasar desapercibida. A tal efecto, me había echado atrás en el banco y, con apariencia de estar ocupada con la aritmética, me había ocultado la cara tras la pizarra. Quizás hubiera evitado que me viesen de no ser por la pizarra traicionera, que se me escapó de las manos y cayó estrepitosamente al suelo, atrayendo así todas las miradas. Supe que había llegado mi hora y, al agacharme para recoger los dos trozos de la pizarra, me armé de valor para enfrentarme a lo peor. Y llegó.

—¡Niña descuidada! —dijo el señor Brocklehurst, y enseguida— es la nueva alumna, por lo que veo —y, antes de que pudiera respirar—: No debo olvidarme de decir unas palabras sobre ella.

Y, en voz muy fuerte, ¡qué fuerte me pareció!:

—¡Que se adelante la muchacha que ha roto la pizarra!

No hubiera podido moverme por propia voluntad, pues estaba paralizada. Pero las dos chicas mayores sentadas a ambos lados me pusieron en pie y me empujaron en dirección al temido juez. La señorita Temple me acompañó ante su figura, susurrando un consejo.

—No tengas miedo, Jane. Yo he visto que ha sido un accidente; no te castigarán.

Estas palabras amables me atravesaron como un puñal.

«Un minuto más y me despreciará por hipócrita», pensé, y esta idea me llenó de furia contra los Reed y los Brocklehurst de este mundo. Yo no era Helen Burns.

—Que acerquen ese taburete —dijo el señor Brocklehurst, señalando uno muy alto, del que se acababa de levantar una supervisora. Le obedecieron.

—Coloquen a la niña en él.

Y allí me colocó no sé quién. No estaba en condiciones de fijarme en detalles; solo era consciente de que me habían puesto a la altura de la nariz del señor Brocklehurst, a quien tenía a una yarda de distancia, y de que debajo de mí se extendía un mar de pellizas de color naranja y morado, y una nube de plumas plateadas.

El señor Brocklehurst se aclaró la garganta.

—Señoras —dijo, volviéndose a su familia—, señorita Temple, profesoras y muchachas, ¿ven todas ustedes a esta niña?

Por supuesto que me veían; sentía sus ojos como espejos ustorios sobre mi piel quemada.

—Ven ustedes que aún es joven; observan que posee la forma habitual de la infancia. Dios, en su bondad, le ha otorgado la misma forma que a los demás. No se ve ninguna deformidad que la distinga. ¿Quién iba a pensar que el Maligno ha encontrado en ella su instrumento? Sin embargo, lamento decir que es así.

Siguió una pausa, que aproveché para tranquilizar mis nervios y empecé a pensar que ya había pasado el Rubicón, y que tenía que enfrentarme a mi prueba, ya que no podía evitarla.

—Queridas niñas —continuó el clérigo de mármol negro con emoción—, esta es una ocasión triste y melancólica, porque es mi deber advertiros que esta niña, que habría podido ser un cordero de Dios, se halla descarriada; no es miembro del verdadero rebaño, sino una intrusa. Debéis guardaros de ella y rehuir su ejemplo; evitad su compañía; si hace falta, excluidla de vuestros juegos y conversaciones. Profesoras, vigílenla, no pierdan ninguno de sus movimientos, sopesen sus palabras, examinen sus acciones, castiguen su cuerpo para salvar su alma, si tal salvación es posible, ya que (mi lengua titubea al decirlo) esta jovencita, esta niña, nativa de una tierra cristiana, peor que muchas paganas que rezan a Brahma y se arrodillan ante Krisna, ¡esta niña es una embustera!

Siguió una pausa de diez minutos, durante la cual yo, ya recuperada de mi nerviosismo, observé a todas las Brocklehurst de sexo femenino sacar sus pañuelos y aplicarlos a sus ojos, mientras la señora mayor se balanceaba y las dos jóvenes susurraban: «¡Qué vergüenza!».

El señor Brocklehurst continuó:

—Su benefactora me lo contó. Esa señora pía y caritativa que la adoptó siendo huérfana, como si fuera hija propia, y cuya bondad y generosidad pagó con tan tremenda ingratitud que su excelente patrocinadora se vio obligada a apartarla de sus verdaderos hijos, por si su perverso ejemplo contaminase su pureza, la ha enviado aquí para ser curada, como los antiguos judíos mandaban a los enfermos al lago Bezata; les ruego, profesoras y directora, que no permitan que las aguas se estanquen a su alrededor.

Con esta sublime conclusión, el señor Brocklehurst se abrochó el botón superior del abrigo, murmuró algunas palabras a sus familiares, que se levantaron e hicieron una reverencia a la señorita Temple, después de lo cual todas estas personas importantes salieron ceremoniosamente de la habitación. Volviéndose en la puerta, habló mi juez:

—Que se quede media hora en el taburete, y que no le dirija la palabra nadie durante el resto del día.

Allí estaba, en lo alto; yo, que había dicho que no podría aguantar la vergüenza de estar de pie en el centro de la habitación, estaba expuesta a la vista de todas sobre un pedestal infame. No existe lenguaje para describir mis sensaciones, que se atropellaron de golpe, quitándome el aliento y oprimiéndome la garganta. En ese momento pasó una muchacha y levantó los ojos para mirarme. ¡Qué luz tan extraña los iluminaba! ¡Qué sensación tan extraordinaria me embargó! ¡Cómo me animó esa nueva sensación! Era como si hubiera pasado un mártir, un héroe, ante un esclavo o víctima, llenándole de fuerza. Reprimí la histeria que sentí, alcé la cabeza y me afiancé en el taburete. Helen Burns hizo una pregunta trivial sobre su trabajo a la señorita Smith, que la riñó por su insignificancia, después de lo cual regresó Helen a su puesto, sonriéndome al pasar de nuevo. ¡Qué sonrisa! La recuerdo claramente, y sé que era la manifestación de un intelecto agudo y de verdadero valor, que iluminó sus facciones acusadas, su rostro delgado, sus ojos grises hundidos como el reflejo de un ángel. Sin embargo, en ese momento Helen Burns llevaba en el brazo el «distintivo de desordenada». Apenas una hora antes, había oído a la señorita Scatcherd condenarla a un almuerzo de pan y agua al día siguiente, por haber manchado de tinta un ejercicio al copiarlo. ¡Tal es la naturaleza imperfecta del hombre! Tales manchas existen en los planetas más perfectos, y ojos como los de la señorita Scatcherd solo ven las pequeñas imperfecciones y son incapaces de apreciar todo su brillo.

Capítulo VIII

Antes de acabar la media hora, dieron las cinco; se acabaron las clases y se marcharon todas a merendar al refectorio. Me atreví a bajar. Era casi de noche; me refugié en un rincón, donde me senté en el suelo. Empezó a ceder el sortilegio que me había mantenido con fuerzas, para dar lugar a una reacción de tan inmensa pena que me tumbé con la cara contra el suelo. Lloré amargamente; no estaba conmigo Helen Burns, no había nada que me sostuviera. Hallándome sola, me abandoné y regué las tablas con mis lágrimas. Había querido ser tan buena y lograr tanto en Lowood: hacer tantas amigas, ganarme el respeto y el cariño de todas. Ya había progresado considerablemente. Aquella misma mañana había sido la primera de mi clase y la señorita Miller me había felicitado calurosamente. La señorita Temple había demostrado su aprobación con una sonrisa, y había prometido enseñarme a dibujar y permitirme aprender francés si seguía mejorando de la misma manera durante dos meses más. Además, tenía buena acogida entre las otras alumnas; las de mi misma edad me trataban de igual a igual, y nadie me molestaba. Ahora, me veía una vez más aplastada y pisoteada. ¿Lo superaría alguna vez?

«Nunca», pensé, deseando fervientemente morirme. Mientras expresaba este deseo entre sollozos entrecortados, se acercó alguien, sobresaltándome. Helen Burns se aproximaba de nuevo; su llegada a la habitación vacía apenas era visible a la luz del fuego agonizante; me traía café y pan.

—Anda, come algo —dijo, pero aparté la comida, sintiendo que se me atragantaría una gota de café o una miga de pan en aquellos momentos. Helen me contempló, probablemente sorprendida. No pude contener mi desasosiego, aunque lo intenté, y seguí llorando desconsolada. Ella se sentó a mi lado en el suelo, rodeó las rodillas con los brazos y apoyó la cabeza en ellos: en aquella postura se quedó callada como una india. Yo fui la primera en hablar:

—Helen, ¿por qué te quedas con una niña que todos creen que es una embustera?

—¿Todos, Jane? Vaya, solo ochenta personas han oído que te llamasen así, y hay cientos de millones en el mundo.

—¿Qué me importan esos millones a mí? Las ochenta que yo conozco me desprecian.

—Estás equivocada, Jane; es probable que no haya ni una en toda la escuela que te desprecie, y estoy segura de que hay muchas que te compadecen.

—¿Cómo pueden compadecerme después de lo que ha dicho el señor Brocklehurst?

—El señor Brocklehurst no es un dios, ni siquiera es un gran hombre a quien admiramos; se le quiere poco aquí, y no ha hecho nada para que se le quiera. Si te hubiera tratado como una protegida especial, hubieras encontrado enemigas, declaradas u ocultas, por todas partes. Tal como están las cosas, la mayoría te apoyaría si se atreviera. Es posible que las profesoras y las alumnas te traten con frialdad durante un día o dos, pero esconden sentimientos de amistad en sus corazones. Si perseveras con tu buena conducta, estos sentimientos pronto aflorarán más claramente por haberse suprimido temporalmente. Además, Jane… —hizo una pausa.

—¿Sí, Helen? —dije, poniendo mi mano en la suya. Frotó suavemente mis dedos para calentarlos y siguió:

—Aunque todo el mundo te odiase y te creyese mala, mientras tu propia conciencia te aprobara y te absolviera de toda culpa, no estarías sin amigos.

—No, ya sé que tendría buena opinión de mí misma, pero no es suficiente. Si no me quieren los demás, prefiero morirme. No puedo soportar sentirme sola y odiada, Helen. Mira, para ganar tu afecto o el de la señorita Temple o de cualquier otra a la que de verdad quiero, de buena gana me dejaría romper un hueso del brazo, o me dejaría embestir por un toro, o me pondría detrás de un caballo encabritado y dejaría que me coceara el pecho…

—¡Calla, Jane! Le das demasiada importancia al cariño de los seres humanos. Eres demasiado impulsiva y vehemente. La mano soberana que creó tu cuerpo y le dio vida, te ha provisto de otros recursos aparte de tu ser, débil como el de las demás criaturas. Además de esta tierra y la raza de hombres que la puebla, existe un mundo invisible y un reino de espíritus; este mundo nos rodea, pues está en todas partes, y estos espíritus nos vigilan, ya que su cometido es cuidarnos. Y aunque nos estuviéramos muriendo de pena y vergüenza, aunque el desprecio nos persiguiera y el odio nos aplastara, los ángeles verían nuestros tormentos y reconocerían nuestra inocencia (si es que somos inocentes, como yo sé que tú lo eres de la acusación del señor Brocklehurst, basada en lo que le ha dicho la señora Reed; veo una naturaleza sincera en tus ojos ardientes y tu frente despejada), y Dios solo espera la separación del espíritu de la carne para colmarnos de recompensas. ¿Por qué, entonces, hemos de dejarnos abrumar por la angustia, cuando la vida acaba tan pronto y la muerte promete la llegada de la felicidad y la gloria?

Me quedé callada. Helen me había apaciguado, pero en la tranquilidad que me brindó había un elemento de inenarrable tristeza. Tuve una sensación de desdicha mientras hablaba, pero no supe de dónde provenía, y cuando, después de hablar, respiró aceleradamente y tosió, olvidé por un momento mis propias penas para dejarme invadir por una imprecisa preocupación por ella.

Apoyé la cabeza en su hombro y la rodeé con mis brazos. Me estrechó contra ella y descansamos en silencio. No llevábamos mucho rato así, cuando entró otra persona. Un viento incipiente barrió del cielo unas nubes oscuras, dejando libre la luna, cuya luz entraba a raudales por la ventana, iluminándonos a nosotras y a la figura que se aproximaba, que reconocimos enseguida como la de la señorita Temple.

—He venido adrede a buscarte, Jane Eyre —dijo—, quiero que vengas a mi cuarto. Ya que está contigo Helen Burns, que venga ella también.

Seguimos a la directora, pasando por intrincados pasillos y subiendo una escalera antes de llegar a su habitación, donde ardía un buen fuego, que le daba un aspecto alegre. La señorita Temple le dijo a Helen Burns que se sentara en una butaca baja junto a la chimenea y, sentándose ella en otra, me llamó a su lado.

—¿Ya ha acabado todo? —preguntó, mirándome la cara—. ¿Has lavado tus penas con tantas lágrimas?

—Me temo que nunca podré hacer eso.

—¿Por qué?

—Porque me han acusado injustamente, y ahora usted, señorita, y todas las demás, pensarán que soy mala.

—Pensaremos de ti lo que tú nos demuestres ser, niña. Sigue portándote bien y yo me daré por satisfecha.

—¿De verdad, señorita Temple?

—De verdad —dijo, rodeándome con el brazo—. Y ahora, dime, ¿quién es esa señora a la que el señor Brocklehurst llama tu benefactora?

—La señora Reed, esposa de mi tío. Mi tío está muerto, y la dejó encargada de cuidarme.

—Entonces, ¿no te adoptó por su propio gusto?

—No, señorita. Lamentó tener que hacerlo. Pero, según me han contado a menudo las criadas, mi tío, antes de su muerte, la obligó a prometer que siempre cuidaría de mí.

—Bueno, Jane, ya sabes, y por si no lo sabes, yo te lo digo, que a un criminal acusado siempre se le permite hablar en su defensa. Te han acusado de mentir. Defiéndete ante mí lo mejor que puedas. Di lo que recuerdes, pero no añadas ni exageres nada.

En el fondo de mi corazón resolví ser de lo más moderada y exacta. Reflexioné unos minutos para ordenar coherentemente lo que iba a decir, y le conté toda la historia de mi triste infancia. Como estaba exhausta por la emoción, mi lenguaje era más sumiso que cuando solía hablar de ese triste tema, y al acordarme de lo que Helen me había advertido sobre el resentimiento, infundí mi relato de menos hiel y amargura que de costumbre. Contenida y simplificada de esta manera, pareció más creíble, y me dio la impresión al narrarlo de que me creía plenamente la señorita Temple.

En el curso del relato, mencioné que el señor Lloyd había ido a verme después de mi ataque, porque nunca olvidé el episodio del cuarto rojo, tan espantoso para mí. Al contarlo, era casi inevitable que me dominase la emoción, porque nada podía suavizar mi recuerdo del espasmo de angustia que me embargó cuando la señora Reed ignoró mi súplica de perdón y me encerró por segunda vez en el cuarto oscuro y embrujado.

Cuando acabé, me miró la señorita Temple durante unos cuantos minutos en silencio, y después dijo:

—He oído hablar del señor Lloyd; le escribiré y si su respuesta corrobora tu versión, haré que te absuelvan públicamente de todas las acusaciones. Por lo que a mí respecta, ya estás absuelta, Jane.

Me dio un beso y me mantuvo a su lado (donde yo estaba muy a gusto, pues sentí un placer infantil al contemplar su rostro, su vestido, sus escasos adornos, su frente clara, sus rizos brillantes y sus ojos oscuros y risueños), mientras se dirigía a Helen Burns.

—¿Cómo estás tú esta noche, Helen? ¿Has tosido mucho hoy?

—Creo que no demasiado, señorita.

—¿Y el dolor de pecho?

—Está algo mejor.

La señorita Temple se levantó, le cogió la mano y le tomó el pulso, después de lo cual volvió a su butaca. Al sentarse, la oí suspirar con voz queda. Se quedó pensativa unos minutos, luego se animó y dijo alegremente:

—Pero esta noche sois mis huéspedes y debo trataros como tales.

Tocó la campana.

—Barbara —dijo a la criada que acudió a su llamada—, todavía no he tomado el té. Trae la bandeja y pon tazas para estas dos señoritas.

Pronto llegó la bandeja. ¡Qué bonitas me parecieron las tazas de porcelana y la tetera, colocadas en la mesita redonda junto a la chimenea! ¡Qué aromáticos el vapor de la infusión y las tostadas! Sin embargo, para mi disgusto (pues empezaba a tener hambre), de estas vi que había muy pocas, y la señorita Temple, dándose cuenta de ello también, dijo:

—Barbara, ¿puedes traer un poco más de pan con mantequilla? No hay bastante para tres.

Salió Barbara pero volvió al poco tiempo, diciendo:

—Señorita, dice la señora Harden que ha mandado la misma cantidad de siempre.

Sepan ustedes que la señora Harden era el ama de llaves, una persona muy del gusto del señor Brocklehurst, compuesta de ballenas y hierro a partes iguales.

—Bien, entonces —respondió la señorita Temple—, tendremos que conformarnos, supongo, Barbara —al retirarse la criada, añadió con una sonrisa—: Afortunadamente, esta vez tengo medios para suplir la deficiencia.

Habiendo invitado a Helen y a mí a acercarnos a la mesa, y colocado delante sendas tazas de té con una deliciosa, aunque escueta, tostada, se levantó y abrió un cajón, de donde extrajo un paquete envuelto en papel que, al destaparse, resultó contener una torta de semillas de tamaño respetable.

—Pensaba daros un trozo para llevaros —dijo—, pero como hay tan pocas tostadas, debéis comerlo ahora —y se puso a cortar generosas porciones.

Comimos la torta como si fuera néctar y ambrosía, y no era menos agradable la sonrisa de satisfacción con que nos observaba nuestra anfitriona saciar nuestros apetitos con las exquisiteces que tan generosamente nos había brindado. Una vez terminada la colación y retirada la bandeja, nos reunió de nuevo en torno al fuego. Nos sentamos una a cada lado de ella e inició una conversación con Helen que me pareció un privilegio presenciar.

La señorita Temple siempre tenía tal aire de serenidad, un porte tan señorial y un lenguaje tan delicado que impedían que cayera en apasionamientos y emociones vehementes, y hacían que el placer de los que la miraban y escuchaban se tiñera de un sentimiento predominante de respeto. Así me sentí yo en aquella ocasión, pero Helen Burns me llenó de asombro.

La comida reconfortante, el fuego cálido, la presencia y la amabilidad de su querida profesora, o algo más, algo de su propia mente única, habían despertado una fuerza dentro de ella. Esa fuerza brillaba en sus ardientes mejillas, que antes siempre había visto pálidas y exangües. También brillaba en la luz de sus ojos líquidos, que habían adquirido una belleza aún más llamativa que los de la señorita Temple, una belleza causada no por su color ni las largas pestañas, ni las cejas bien dibujadas, sino por su sentimiento, su profundidad y su esplendor. Se le asomó el alma a los labios y fluyeron las palabras de no sé dónde. ¿Es lo bastante grande y vigoroso el corazón de una chica de catorce años para contener tal fuente rebosante de elocuencia pura y fervorosa? Esas eran las características del discurso de Helen aquella noche memorable para mí. Parecía que su espíritu se precipitara para vivir tanto en muy poco tiempo como muchos en una larga existencia.

Conversaron sobre temas de los que yo nunca había oído hablar, de naciones y épocas pasadas, de países lejanos, de secretos de la naturaleza descubiertos o intuidos. También hablaron de libros, ¡cuántos habían leído! ¡Qué grandes conocimientos poseían! Además, parecían conocer muchísimos nombres y autores franceses. Pero mi asombro alcanzó su cenit cuando la señorita Temple le preguntó a Helen si dedicaba algún minuto a recordar el latín que le había enseñado su padre, y cogiendo de una estantería un libro, le pidió leer y traducir una página de Virgilio. Obedeció Helen, y mi capacidad de admiración aumentaba con cada renglón que recitaba. Acababa de terminar cuando sonó la campana para anunciar la hora de acostarse. No podía haber demora, y la señorita Temple nos abrazó a las dos, diciendo al mismo tiempo:

—¡Que Dios os bendiga, hijas mías!

Abrazó a Helen un rato más que a mí, la soltó de mala gana, la siguió con la vista hasta la puerta, suspiró apenada por ella y por ella enjugó una lágrima en su mejilla.

Al llegar al dormitorio, oímos la voz de la señorita Scatcherd, que estaba registrando los cajones. Acababa de abrir el de Helen Burns y, cuando entramos, saludó a Helen con un mordaz reproche y le dijo que al día siguiente habría de llevar media docena de prendas mal dobladas sujetas en el hombro.

—Mis cosas estaban realmente desordenadas —murmuró Helen en mi oído—. Pensaba ordenarlas, pero se me olvidó.

A la mañana siguiente, la señorita Scatcherd escribió con letras claras la palabra «Desaliñada» en un trozo de cartón, que fijó como si fuera un amuleto en la amplia frente dócil, bondadosa e inteligente de Helen. Lo llevó esta hasta la noche, pacientemente y sin resentimiento, considerándolo un castigo merecido. En cuanto se retiró la señorita Scatcherd después de las clases de la tarde, corrí hacia Helen, lo arranqué y lo tiré al fuego. La rabia que ella era incapaz de sentir me había reconcomido el alma todo el día y grandes lágrimas ardientes me quemaron las mejillas, porque el espectáculo de su triste resignación me llenó de una pena indecible.

Aproximadamente una semana después de los incidentes relatados aquí, la señorita Temple recibió respuesta del señor Lloyd, al que había escrito; parece ser que lo que dijo corroboró mi versión. La señorita Temple reunió a toda la escuela y anunció que se habían investigado las acusaciones hechas contra Jane Eyre y que se complacía en declararla totalmente absuelta de todas las imputaciones. Las profesoras me estrecharon la mano y me besaron, y un murmullo de placer recorrió las filas de mis compañeras.

Liberada de esta manera de tan pesada carga, me puse enseguida a trabajar de nuevo, decidida a enfrentarme con todas las dificultades que se me presentasen. Me esforcé mucho, y mis esfuerzos tuvieron el éxito correspondiente. Mi memoria, de natural no muy buena, mejoró con la práctica, y los ejercicios me agudizaron la inteligencia. Al cabo de unas semanas, me subieron de clase y en menos de dos meses se me permitió iniciarme en francés y dibujo. Aprendí los dos primeros tiempos del verbo Être y ejecuté mi primer boceto de una casita (cuyos muros, dicho sea de paso, rivalizaban en inclinación con la torre de Pisa) en el mismo día. Aquella noche, me olvidé de prepararme en la imaginación la cena de Barmecida[4], que consistía en patatas asadas o pan blanco y leche fresca, con la que solía distraer mi apetito insatisfecho. En lugar de esto, me deleité imaginando en la oscuridad dibujos perfectos, obra de mis propias manos: casas y árboles, rocas y ruinas, grupos de vacas al estilo de Cuyp, delicadas pinturas de mariposas sobrevolando capullos de rosa, de pájaros picoteando cerezas maduras, de nidos de abadejo con huevos perlados, con guirnaldas de hiedra alrededor. También contemplaba la posibilidad de traducir fluidamente alguna vez un libro de cuentos en francés que me había mostrado madame Pierrot ese día, pero me quedé plácidamente dormida antes de solucionar el problema con plena satisfacción.

Bien pudo decir Salomón: «Mejor es comer hierbas con quienes nos aman que un buey con quienes nos odian».

No habría cambiado Lowood, con todas sus privaciones, por Gateshead, con sus lujos cotidianos.

Capítulo IX

Pero las privaciones, o, mejor dicho, las penalidades de Lowood disminuyeron. Se acercaba la primavera; de hecho, ya había llegado. Desaparecieron las escarchas invernales, se derritieron las nieves y se suavizaron los vientos cortantes. Mis maltrechos pies, torturados e hinchados por el viento gélido de enero, empezaron a curarse con los suaves aires de abril. Las noches y las mañanas dejaron de helarnos la sangre en las venas con sus temperaturas canadienses. Ya era soportable la hora de recreo que pasábamos en el jardín. A veces, en los días soleados, era incluso agradable y acogedor, y los arriates marrones se cubrieron de un verdor que aumentaba día a día, y nos hacía pensar que la esperanza se paseaba por allí durante las noches, dejando las huellas cada vez más alegres de sus pasos cada mañana. Se asomaban flores entre las hojas: campanillas, alazores, prímulas moradas y pensamientos dorados. Los jueves por la tarde, cuando teníamos medio día de fiesta, dábamos paseos y encontrábamos flores más bonitas aún en los bordes de los caminos, bajo los setos.

Descubrí también que existía un gran placer, un goce sin más límites que el horizonte, fuera de los altos muros de nuestro jardín. Este placer consistía en un panorama de nobles cimas rodeando un gran valle, rico en sombras y verdor, con un límpido arroyo, lleno de oscuras piedras y remolinos centelleantes. ¡Qué diferente era esta escena vista bajo el cielo plomizo de invierno, endurecida por la escarcha y amortajada por la nieve, cuando las brumas mortecinas flotaban al impulso del viento por los picos amoratados, y bajaban por los prados hasta mezclarse con la helada niebla del arroyo! Este era un torrente turbio y furibundo entonces, que hendía con su rugido el aire bajo la lluvia o el granizo y destrozaba el bosque de sus orillas, que ostentaba solo filas y filas de esqueletos.

Abril dio paso a mayo, un mayo alegre y sereno, lleno de días de cielos azules, un sol apacible y suaves brisas del oeste o del sur. La vegetación maduraba vigorosamente; los grandes esqueletos de olmos, fresnos y robles recobraron su vitalidad majestuosa; brotó una profusión de plantas silvestres en los recovecos, infinitas variedades de musgo llenaron los huecos, y el sol parecía reflejarse en la exuberancia de las belloritas amarillas, cuyo destello vi iluminar los rincones más oscuros con su maravilloso lustre. Disfruté plenamente de todo esto a menudo, sin vigilancia y casi sola; pero esta inusitada libertad y este goce tenían un motivo, que ahora me corresponde relatar.

¿No parece este un lugar agradable para vivir, con las colinas y bosques alrededor y el arroyo en medio? Desde luego era agradable, pero distaba mucho de ser sano.

La cañada donde yacía Lowood era una trampa de niebla y de pestilencia que, con la llegada de la primavera, engendró una epidemia de tifus, que invadió las aulas y los dormitorios de nuestro orfanato, convirtiendo la escuela en hospital.

El hambre y los resfriados mal curados habían predispuesto a la mayoría de las muchachas para el contagio. Cuarenta y cinco de las ochenta alumnas cayeron enfermas a la vez. Las clases se abandonaron y las normas se relajaron. A las pocas que estábamos bien nos permitían hacer lo que quisiéramos, ya que la enfermera insistía en que necesitábamos mucho ejercicio para mantenemos sanas, y aunque no hubiera sido así, nadie tenía tiempo libre para vigilarnos o controlarnos. Las pacientes recibían toda la atención de la señorita Temple, que pasaba todo su tiempo en la enfermería, saliendo solo para dormir unas cuantas horas por la noche. Las profesoras estaban ocupadas haciendo las maletas y demás preparativos para la partida de las chicas afortunadas que tenían familias y amigos dispuestos a alejarlas del foco de infección. Muchas, ya enfermas, volvieron a sus casas para morir; otras murieron en la escuela y fueron enterradas discreta y rápidamente, puesto que la naturaleza del mal desaconsejaba cualquier demora.

Así, mientras la enfermedad se había instalado en Lowood y la muerte lo visitaba a menudo, mientras convivían la tristeza y el miedo entre sus muros, mientras las habitaciones y los pasillos estaban invadidos por los olores hospitalarios de las drogas y los sahumerios que pugnaban por vencer los efluvios de mortandad, ese mayo soleado brillaba sin nubes sobre las hermosas colinas y los bellos bosques del exterior. El jardín también relucía de flores; las malvarrosas habían brotado altas como árboles; las azucenas habían germinado, los tulipanes y las rosas florecían; los macizos reventaban de estátice rosa y margaritas de color carmesí; la eglantina despedía su aroma a especias y manzanas por la mañana y por la noche. Y todos estos tesoros fragantes no tenían más cometido para la mayoría de las internas de Lowood que proporcionar de vez en cuando un ramo de flores para sus ataúdes.

Pero yo y las otras chicas sanas disfrutábamos plenamente de las bellezas del lugar y de la estación. Nos permitían deambular como gitanas por el bosque desde la mañana hasta la noche. Hacíamos lo que se nos antojaba e íbamos adonde queríamos, y teníamos una vida mejor también. El señor Brocklehurst y su familia no se acercaban a Lowood en esas fechas, por lo que nos libramos de su intervención en los asuntos domésticos. La cocinera malhumorada se había marchado, espantada por el miedo a contagiarse; su sucesora, antes matrona del dispensario de Lowton, no conocía las costumbres de su nuevo hogar y nos alimentaba con relativa liberalidad. Además, había menos que alimentar, ya que las enfermas comían poco. Nos llenaba más los cuencos del desayuno y, cuando no tenía tiempo de preparar un almuerzo formal, lo que ocurría con frecuencia, nos daba un gran trozo de pudin o una gruesa rebanada de pan con queso, y nos lo llevábamos al bosque, donde cada una comía opíparamente donde más le gustase.

Mi lugar preferido era una roca ancha y lisa que se erguía blanca y seca en el centro del arroyo, a la que solo se accedía vadeando el agua, hazaña que yo realizaba descalza. La roca era lo bastante amplia para acomodar sin estrecheces a otra chica y a mí; ella era mi compañera predilecta en aquel entonces, una tal Mary Ann Wilson, un personaje perspicaz y observador, cuya compañía me deleitaba, en parte porque era ingeniosa y original, y en parte porque tenía una manera de ser que hacía que me sintiera cómoda. Unos cuantos años mayor que yo, sabía más del mundo y me contaba muchas cosas que me gustaba oír. Gratificaba mi curiosidad y era tolerante con mis defectos, permitiéndome dar rienda suelta a mi charloteo. Tenía el don de la narrativa y yo el del análisis; a ella le gustaba dar información y a mí preguntar, por lo que nos llevábamos maravillosamente y sacábamos mucho placer, si bien poco provecho, de nuestra compañía mutua.

Mientras tanto, ¿dónde estaba Helen Burns? ¿Por qué no pasaba yo estos días de libertad con ella? ¿La había olvidado, o era tan voluble que me había cansado de la pureza de su compañía? Es indudable que esta Mary Ann Wilson era inferior a mi primera amiga, ya que solo me contaba historias divertidas y se entregaba conmigo al chismorreo picante y mordaz que me complacía. En cambio, Helen, si la he retratado fielmente, estaba cualificada para dar a los que teníamos el privilegio de tratarla un ejemplo de cosas más elevadas.

Así es, lector. Yo sabía esto, y aunque soy un ser imperfecto, con muchos defectos y pocas cualidades que me rediman, nunca me cansé de Helen Burns, ni dejé de abrigar hacia ella un sentimiento de afecto tan fuerte, tierno y respetuoso como cualquiera que haya cobijado mi corazón. No podía ser de otro modo, puesto que Helen siempre y en todas las circunstancias me mostró una amistad serena y leal, nunca agriada por el mal humor ni turbada por la irritación. Pero Helen estaba enferma; llevaba unas cuantas semanas alejada de mi vista en no sabía qué habitación. Me dijeron que no estaba en la parte de la casa destinada al hospital de las enfermas de tifus, pues no era este su mal, sino la tisis. Yo, en mi ignorancia, pensé que la tisis era una cosa sin importancia, y que los cuidados y el tiempo la curarían.

Ratificó esta idea mía el hecho de que, una o dos veces, en las tardes cálidas y soleadas, bajaba con la señorita Temple, que la sacaba al jardín. Pero en esas ocasiones no se me permitió acercarme para hablar con ella; solo la veía desde la ventana del aula, y no muy claramente, por hallarse ella envuelta en mantas y sentada muy lejos, en el pórtico.

Una tarde a principios de junio, me quedé largo rato en el bosque con Mary Ann. Nos habíamos separado de las demás, como de costumbre, y nos habíamos alejado mucho, tanto, que nos perdimos, y tuvimos que preguntar el camino en una casita solitaria en la que vivían un hombre y una mujer que cuidaban de una manada de cerdos semisalvajes que se alimentaban de bellotas en el bosque. Cuando regresamos, la luna había salido y había un caballo que sabíamos era del médico en la puerta del jardín. Mary Ann comentó que suponía que alguien estaría muy enfermo si habían mandado llamar al señor Bates a esas horas de la tarde. Ella entró en la casa y yo me quedé unos minutos para plantar en mi parcela del jardín unas raíces que había arrancado del bosque, temerosa de que se marchitasen si las dejaba hasta la mañana siguiente. Una vez hecho esto, me rezagué aún un poco, porque las flores despedían un aroma muy dulce bajo el rocío y la tarde era muy apacible y cálida. El resplandor del oeste auguraba buen tiempo para el día siguiente y en el este la luna brillaba majestuosa. Observaba y disfrutaba de estas cosas con placer infantil, cuando se me ocurrió pensar por primera vez:

«¡Qué triste estar echada en una cama en peligro de muerte! Este mundo es tan bello que sería terrible tener que dejarlo para ir quién sabe adónde».

Después, mi mente hizo su primer intento serio de comprender lo que le habían inculcado sobre el cielo y el infierno, y, por primera vez, lo rechazó, perpleja. Por primera vez, mirando atrás, a cada lado y adelante, vio un abismo insondable en todas partes. Sintió que el único punto sólido era el presente; todo lo demás eran nubes sin forma y una profundidad vacía, y tembló ante la idea de tambalear y caerse en ese caos. Mientras pensaba en esta nueva idea, oí abrirse la puerta principal. Salió el señor Bates con una enfermera. Después de acompañarlo a montar en su caballo y partir, iba a cerrar la puerta, pero corrí hacia ella.

—¿Cómo está Helen Burns?

—Muy mal —fue su respuesta.

—¿Es a ella a quien ha visitado el señor Bates?

—Sí.

—¿Y qué dice de ella?

—Dice que estará poco tiempo entre nosotros.

Esta frase, si la hubiese oído el día anterior, me habría transmitido solo la noción de que se la iban a llevar a su casa en Northumberland. No habría sospechado que significaba que se estaba muriendo, pero ahora lo supe en el acto. Comprendí claramente que los días de Helen Burns en este mundo estaban contados, que se la iban a llevar al mundo de los espíritus, si es que existía tal lugar. Experimenté una gran sensación de horror, seguida de un fuerte sentimiento de pesar, y después el deseo, la necesidad, de verla, por lo que pregunté en qué cuarto estaba.

—Está en el cuarto de la señorita Temple —dijo la enfermera.

—¿Puedo ir a hablar con ella?

—No, pequeña, no es buena idea. Y ahora debes entrar. Cogerás la fiebre si te quedas fuera bajo el rocío.

La enfermera cerró la puerta principal, Yo entré por la puerta lateral que conducía al aula. Llegué justo a tiempo; la señorita Miller estaba llamando a las alumnas para acostarse.

Podían ser dos horas después, probablemente cerca de las once, cuando, no habiendo podido conciliar el sueño y juzgando, por el silencio total que reinaba en el dormitorio, que todas mis compañeras yacían en brazos de Morfeo, me levanté sigilosamente, me puse el vestido encima del camisón y me deslicé descalza fuera del dormitorio para ir en busca del cuarto de la señorita Temple. Estaba en el otro extremo de la casa, pero conocía el camino. La luz de la despejada luna estival, que se asomaba por las ventanas del corredor, me permitió encontrarlo sin dificultad. El olor de alcanfor y vinagre quemado me advirtió que me aproximaba a la enfermería, y pasé deprisa, temerosa por si la enfermera de noche me oía. La posibilidad de ser descubierta me horrorizaba, pues debía ver a Helen, debía abrazarla antes de que muriese, debía darle un último beso, intercambiar con ella una última palabra.

Habiendo bajado una escalera, atravesado una parte del edificio y conseguido abrir y cerrar sin hacer ruido dos puertas, me hallé ante otra escalera, que subí, y por fin me encontré frente al cuarto de la señorita Temple. Se veía luz a través del ojo de la cerradura y por debajo de la puerta. Un profundo silencio invadía las inmediaciones. Acercándome, descubrí que la puerta estaba entreabierta, quizás para que circulase algo de aire en el cuarto mal ventilado de la enferma. No queriendo perder tiempo y dominada por impulsos de impaciencia, con el alma y los sentidos angustiados, la abrí del todo y me asomé, buscando a Helen con los ojos, temerosa de hallarme ante la muerte.

Cerca de la cama de la señorita Temple, medio oculta por las cortinas de esta, se encontraba una camita. Vi la silueta de un cuerpo bajo las mantas, pero las cortinas ocultaban el rostro. La enfermera con la que había hablado en el jardín estaba dormida en un sillón. Una vela sin despabilar llameaba débilmente en la mesa. La señorita Temple no estaba a la vista. Después me enteré de que la habían llamado a atender a una paciente que deliraba en la enfermería. Me adelanté y me detuve junto a la cama. Tenía la mano en la cortina, pero preferí hablar antes de retirarla. Todavía me espantaba el horror de encontrarme con un cadáver.

—Helen —susurré—, ¿estás despierta?

Se movió, retiró la cortina ella misma y vi su cara, pálida y demacrada, pero serena. Parecía tan poco cambiada que mis temores se disiparon al instante.

—¿Eres realmente tú, Jane? —preguntó con su dulce voz de siempre.

«Vaya —pensé—, no va a morir; están equivocados. No podría hablar tan tranquilamente ni tendría este aspecto apacible si así fuera».

Me subí a la cama y le di un beso. Tenía la frente fría, y la cara delgada y fría, como sus manos y muñecas, pero sonreía como antes.

—¿Por qué has venido, Jane? Son más de las once; he oído el reloj hace unos minutos.

—He venido a verte, Helen. Me he enterado de que estás muy enferma, y no podía dormirme sin antes hablar contigo.

—Has venido a despedirte, entonces. Es probable que hayas venido justo a tiempo.

—¿Es que te marchas a algún sitio, Helen? ¿Te vas a casa?

—Sí, a mi casa eterna, mi casa final.

—No, no, Helen —me detuve, afligida. Mientras me esforzaba por reprimir mis lágrimas, a Helen le sobrevino un arrebato de tos. Sin embargo, no despertó a la enfermera. Cuando hubo pasado, quedó exhausta un rato, y después susurró:

—Jane, estás descalza. Túmbate y tápate con la colcha.

Así lo hice, me rodeó con el brazo y me acurruqué junto a ella. Tras un largo silencio, prosiguió, aún susurrando:

—Soy muy feliz, Jane, y cuando te enteres de que me he muerto, no debes afligirte, porque no hay motivos para ello. Todos hemos de morir algún día, y la enfermedad que se me lleva no es dolorosa, sino suave y lenta, y mi mente está descansada. No dejo a nadie que me vaya a llorar mucho. Solo tengo a mi padre, que se ha casado hace poco y no me echará de menos. Al morir joven, me evitaré muchos sufrimientos. No tenía las cualidades ni el talento adecuados para forjarme un buen puesto en el mundo. Habría estado constantemente metida en problemas.

—Pero ¿adónde vas, Helen? ¿Puedes verlo? ¿Puedes saberlo?

—Creo y tengo fe; me voy con Dios.

—¿Dónde está Dios? ¿Quién es Dios?

—Es mi Creador y el tuyo, y nunca destruirá lo que ha creado. Tengo una fe ciega en su poder, y confío plenamente en su bondad. Cuento las horas hasta que llegue el fatídico ser que me ha de devolver a Él y revelármelo.

—Entonces, Helen, ¿estás segura de que existe el cielo y de que van allí las almas cuando se mueren?

—Estoy segura de que existe un estado futuro. Creo que Dios es bueno. Puedo entregarle mi alma inmortal sin recelos. Dios es mi padre, es mi amigo; lo quiero y creo que Él me quiere a mí.

—¿Y yo volveré a verte, Helen, cuando muera?

—Vendrás a la misma región de felicidad y serás recibida por el mismo Padre poderoso y universal, sin ninguna duda, querida Jane.

Pregunté de nuevo, pero esta vez solo con el pensamiento. «¿Dónde está esa región? ¿Existe realmente?». Y me abracé más estrechamente contra Helen, que me era más querida que nunca. Sintiéndome incapaz de soltarla, yacía con la cara oculta en su cuello. Poco después, dijo con tono dulcísimo:

—¡Qué cómoda estoy! Ese último arrebato de tos me ha cansado un poco y siento que puedo dormirme ahora. Pero no me dejes, Jane; me gusta tenerte cerca.

—Me quedaré contigo, queridísima Helen, nadie me alejará de aquí.

—¿Estás calentita, querida?

—Sí.

—Buenas noches, Jane.

—Buenas noches, Helen.

Me dio un beso y se lo devolví, y pronto nos dormimos las dos.

Cuando abrí los ojos, era de día. Me había despertado un movimiento inusitado. Levanté la vista y noté que me sujetaban unos brazos. Me sostenía la enfermera, que me llevaba por los corredores de vuelta al dormitorio. No me reprocharon por abandonar mi cama, ya que tenían otra cosa en que pensar. En ese momento quedaron sin respuesta mis múltiples preguntas, pero un día o dos más tarde, descubrí que la señorita Temple, al volver a su cuarto al amanecer, me había encontrado en la cama, con la cara contra el hombro de Helen Burns y mis brazos alrededor de su cuello. Yo estaba dormida y Helen… muerta.

Su tumba se encuentra en el cementerio de Brocklehurst. Durante los quince años siguientes a su muerte, solo un túmulo de hierba la cubría. Ahora marca el lugar una lápida de mármol gris, inscrito con su nombre y la palabra Resurgam.

Capítulo X

Hasta aquí he contado con detalle los sucesos que conformaron mi insignificante existencia. He dedicado a los diez primeros años de mi vida casi el mismo número de capítulos. Pero esto no va a ser una autobiografía al uso; solo pienso evocar aquellos recuerdos que sé tendrán cierto interés. Por lo tanto, pasaré casi por alto un espacio de ocho años. Solo harán falta unas líneas para mantener la conexión de la narración.

Cuando la fiebre tifoidea hubo cumplido su misión de devastación en Lowood, fue desapareciendo poco a poco, pero no sin antes llamar la atención del público hacia la escuela, por su virulencia y el número de víctimas. Se investigó el origen de la epidemia, y gradualmente salieron a la luz hechos que provocaron una gran indignación en la opinión pública. La naturaleza malsana del lugar, la cantidad y la calidad de la comida, el agua fétida con la que se preparaba, la ropa y el alojamiento deficientes: todas estas cosas se conocieron, y su conocimiento produjo un resultado mortificante para el señor Brocklehurst pero prometedor para la institución.

Varios personajes ricos y caritativos del condado donaron dinero para la construcción de un edificio mejor acondicionado en un lugar más adecuado, se establecieron nuevas normas, se introdujeron mejoras en la dieta y el vestuario, y los fondos fueron confiados a un comité para su gestión. Al señor Brocklehurst, dada su riqueza y la importancia de su familia, no se le pudo dar de lado, y le fue reservado el puesto de tesorero, pero unos caballeros más amplios de miras y comprensivos fueron nombrados para ayudarlo a desempeñar sus funciones. También compartió el cargo de inspector con personas capaces de combinar lo razonable con lo riguroso, la comodidad con la economía y la compasión con la rectitud. Con estas mejoras, la escuela se convirtió, con el tiempo, en una institución útil y noble. Yo continué entre sus muros, después de la reforma, ocho años, seis de alumna y dos de profesora, y, tanto en un caso como en el otro, doy fe de su valor e importancia.

Durante esos ocho años, mi vida fue uniforme, pero no desdichada, porque me mantuve activa. Tuve a mi alcance el medio de lograr una esmerada educación. Me impulsaron la afición por algunas de las asignaturas y el afán de medrar en todas ellas, junto con el gran placer que sentía al complacer a mis profesoras, sobre todo a las que quería. Me aproveché al máximo de las ventajas que se me brindaron. Con el tiempo, me convertí en la primera de la primera clase, y después en profesora, cargo que desempeñé con gusto durante dos años, hasta que cambió mi situación.

La señorita Temple, pese a todos los cambios, siguió siendo la directora de la escuela. Yo debía a sus enseñanzas la mayor parte de mis conocimientos, y su amistad y su compañía fueron un constante consuelo para mí. Me hizo las veces de madre, maestra y, en la última época, compañera. En este periodo, se casó y se trasladó con su marido, un clérigo, muy buena persona y casi digno de tal esposa, a un condado lejano, como consecuencia de lo cual la perdí.

Desde el día de su partida, yo no fui la misma. Con ella se marcharon mi sensación de estabilidad y las asociaciones que habían hecho de Lowood casi un hogar para mí. Me había imbuido parte de su manera de ser y muchos hábitos suyos. Mis pensamientos se habían hecho más armoniosos, y mi mente se había poblado de sentimientos más controlados. Me había sometido al deber y al orden, estaba tranquila, creía estar contenta. A los ojos de los demás, y generalmente incluso a los míos propios, parecía una persona disciplinada y sumisa.

Pero se interpuso entre la señorita Temple y yo el destino, en forma del reverendo señor Nasmyth. La vi montar en un coche de posta con su ropa de viaje poco tiempo después de su boda, y vi cómo el coche subía la colina y desaparecía al otro lado. Después, me retiré a mi cuarto, donde pasé a solas la mayoría del medio día de fiesta que nos habían concedido en honor a la ocasión.

Estuve casi todo el tiempo paseando por la habitación. Creía que solo lamentaba mi pérdida y pensaba en repararla, pero cuando acabé de reflexionar, me di cuenta de que había acabado la tarde y, avanzada la noche, hice otro descubrimiento: se había obrado en mí un proceso de transformación. Había desechado mi mente todo lo que esta se había apropiado de la señorita Temple, o mejor dicho, ella se había llevado consigo el espíritu sereno con el que me había rodeado, y, al marcharse, me había dejado en mi elemento natural, y sentí removerse viejas emociones. No tenía la sensación de haber perdido un apoyo, sino una motivación; no me faltaban fuerzas para estar sosegada, sino los motivos para el sosiego. Lowood había sido mi mundo durante algunos años, sus normas y sistemas eran mi única experiencia. Me acordé de que el mundo real era grande y que, a los que tenían el valor de lanzarse a él para buscar la verdadera vida, ofrecía una amplia gama de esperanzas y temores, de sensaciones y emociones entre sus peligros.

Me acerqué a la ventana, la abrí y me asomé. Allí estaban las dos alas del edificio, el jardín, los alrededores y el horizonte montañoso. Mis ojos pasaron por alto todos los objetos salvo las lejanas cimas azules. Quise traspasarlas, pues me pareció una cárcel todo lo que encerraban sus límites de roca y brezo. Seguí con la vista la blanca carretera que serpenteaba al pie de una montaña y desaparecía en un desfiladero. ¡Cómo me hubiera gustado seguirla más allá! Recordé que había viajado por esa misma carretera en un coche, recordé haber bajado por aquella colina en el crepúsculo. Pareció haber transcurrido una eternidad desde el día de mi llegada a Lowood, y jamás había salido desde entonces. Había pasado todas las vacaciones en la escuela porque la señora Reed nunca me llamó a Gateshead. Ni ella ni ningún miembro de su familia me había visitado jamás. No había tenido ningún contacto, ni por carta ni de palabra, con el mundo exterior. Todo lo que conocía de la vida eran las normas de la escuela, las obligaciones y hábitos de la escuela, las ideas, voces, caras, frases, costumbres, preferencias y antipatías de la escuela. Pensé que no era suficiente. En una tarde me cansé de la rutina de ocho años. Anhelaba la libertad, ansiaba la libertad, recé por conseguirla, pero parecía alejarse, llevada por el suave viento. Desistí e hice un ruego más modesto, por un cambio, un estímulo; pero también se disipó. «Por lo menos —grité desesperada—, ¡concédeme una nueva servidumbre!».

En ese punto, una campanada me llamó a cenar.

No pude reanudar el hilo de reflexiones hasta la hora de acostarme, y entonces una profesora que compartía conmigo la habitación me impidió volver al tema que me atraía tanto con su profuso charloteo. ¡Cómo deseaba que el sueño la hiciera callar! Pensé que si podía volver a las ideas que me habían llenado la mente al mirar por la ventana, se me ocurriría una solución para aliviarme.

Por fin roncaba la señorita Gryce, una galesa gruesa, cuyos problemas respiratorios siempre me habían parecido un fastidio. Pero esa noche oí con satisfacción las graves notas, que significaban que me libraba de interrupciones; renacieron inmediatamente mis pensamientos medio borrados.

«¡Una nueva servidumbre! Tiene posibilidades —me dije para mí, pues no hablé en voz alta—. Sé que las tiene, porque no parece demasiado atractivo. No se parece a palabras como Libertad, Emoción o Goce, que son palabras verdaderamente encantadoras, pero solo son sonidos para mí, tan huecos y fugaces que escucharlas es perder el tiempo. ¡Pero Servidumbre! Debe de ser viable. Cualquiera puede servir; yo he servido aquí durante ocho años, ahora solo quiero servir en otro lugar. ¿Conseguiré mi propósito? ¿Es factible? Sí, mi objetivo no es tan difícil, si tuviera un cerebro lo bastante activo para encontrar el medio de lograrlo».

Me incorporé en la cama con el fin de que se despejara mi cerebro. Hacía frío esa noche y me cubrí los hombros con un chal antes de ponerme a pensar de nuevo con todas mis fuerzas.

«¿Qué es lo que pretendo? Un nuevo puesto en una nueva casa, entre caras nuevas, y bajo circunstancias nuevas. Esto es lo que quiero, porque es inútil querer algo mejor. ¿Cómo hacen los demás para conseguir un puesto nuevo? Acuden a sus amigos, supongo; yo no los tengo. Hay muchos otros que no tienen amigos, que deben buscar sin ayuda y velar por sí mismos, ¿cómo se las arreglarán?».

No pude saberlo, no encontré respuestas, así que di orden a mi cerebro de que buscara una solución rápidamente. Se puso a funcionar cada vez más intensamente. Noté cómo latía el pulso de mis sienes, se esforzó caóticamente mi cerebro durante una hora, pero sin hallar resultados. Febril a causa de mis vanos intentos, me levanté y di vueltas por el cuarto, corrí la cortina, miré las estrellas, tirité de frío y me deslicé de nuevo en la cama.

Un hada buena debió de depositar la solución sobre la almohada en mi ausencia porque, al tumbarme, acudió del modo más natural a mi mente: «Los que buscan empleo se anuncian; debes poner un anuncio en el Herald del condado de…».

«¿Cómo? Si yo no sé nada de anuncios».

Las respuestas acudían ahora rápida y fluidamente:

«Debes enviar el anuncio y el dinero para pagarlo en una carta dirigida al editor del Herald; debes echarla al correo en Lowton a la primera oportunidad. Las respuestas deben ir dirigidas a J. E. en la estafeta de correos. Puedes ir a preguntar si ha llegado alguna una semana después de mandar tu carta, y si es así, actuar en consecuencia».

Repasé dos o tres veces mi plan y lo asimilé mentalmente hasta plasmar claramente su forma. Sintiéndome satisfecha, me dormí.

Al despuntar el alba, me levanté. Tenía el anuncio escrito y metido en un sobre con la dirección puesta antes de que sonara la campana para levantarse. Ponía:

«Una joven con experiencia en la enseñanza (¿acaso no llevaba dos años de profesora?) desea encontrar un puesto con una familia con hijos menores de catorce años (pensé que, al tener yo apenas dieciocho, era mejor no encargarme de la instrucción de alumnos más cerca de mi propia edad). Está cualificada para enseñar las disciplinas normales de la educación inglesa, además de francés, dibujo y música (en aquel entonces, lector, esta ahora corta lista de talentos hubiera sido bastante completa). Dirigirse a J. E., Estafeta de Correos, Lowton, Condado de…».

Permaneció encerrado todo el día en mi cajón este documento. Después de la merienda, pedí permiso a la nueva directora para ir a Lowton, con la excusa de realizar algunos pequeños recados para mí y una o dos compañeras. Me lo concedió y me marché. Eran unas dos millas de paseo y llovía, pero las tardes aún eran largas. Visité una o dos tiendas, deslicé la carta en el buzón y regresé bajo una fuerte lluvia con la ropa empapada, pero con el corazón ligero.

La semana siguiente se me hizo larga, pero por fin acabó, como todas las cosas bajo el sol, y me encontré una vez más camino de Lowton al final de un día agradable de otoño. Por cierto, era un camino pintoresco, que pasaba junto al arroyo y por los bonitos recovecos de la cañada. Pero ese día pensaba más en las cartas que pudieran estar esperando en el pueblo al que me dirigía que en los encantos de los prados y las aguas.

Mi supuesto propósito en esta ocasión era hacerme medir los pies para encargar un par de zapatos, por lo que primero atendí ese asunto y, una vez realizado, crucé la calle apacible y limpia desde la zapatería a la oficina de correos. Cuidaba de esta una anciana con anteojos en la nariz y mitones negros en las manos.

—¿Hay cartas para J. E.? —pregunté.

Me miró fijamente por encima de sus anteojos, después abrió un cajón entre cuyo contenido hurgó largo rato, tanto, que empezaron a disiparse mis esperanzas. Por fin, habiendo sostenido ante sus ojos un documento durante casi cinco minutos, me lo pasó por encima del mostrador, acompañando su acción de otra mirada curiosa y desconfiada: era para J. E.

—¿Solo hay una? —pregunté.

—No hay más —dijo. La guardé en el bolsillo y me encaminé a casa. No podía abrirla, puesto que eran ya las siete y media y el reglamento exigía que estuviera de vuelta a las ocho.

Me esperaban varias tareas a mi regreso: vigilé a las chicas durante la hora de estudio; luego me tocó leer las oraciones y acompañarlas a la cama, y después cené con las demás profesoras. Incluso cuando por fin nos retiramos a dormir, la ineludible señorita Gryce era aún mi compañera. Nos quedaba un corto cabo de vela en la palmatoria y temía que siguiera hablando hasta agotarlo. Afortunadamente, la cena pesada que había comido tuvo un efecto soporífero sobre ella, y antes de terminar de desvestirme, ya roncaba. Quedaba una pulgada de vela; saqué la carta y rompí el sello, que llevaba la inicial F; el contenido era breve.

«Si J. E., que se anunció en el Herald del condado de… del jueves pasado, posee los conocimientos que menciona y puede proporcionar referencias satisfactorias en cuanto a su carácter y eficiencia, se le puede ofrecer un puesto para instruir a una sola alumna de menos de diez años de edad, con un sueldo de treinta libras al año. Se ruega a J. E. que envíe las referencias, el nombre, dirección y todos sus datos a: Señora Fairfax, Thornfield, cerca de Millcote, Condado de…».

Estuve mucho tiempo examinando el documento; la letra era anticuada y un poco vacilante, como la de una anciana. Esta circunstancia era satisfactoria, ya que me había preocupado el secreto temor de que, al actuar por mi cuenta y sin consejos, me arriesgaba a hallarme en un apuro, y, por encima de todo, deseaba que el resultado de mis esfuerzos fuese respetable, correcto y en règle. Pensé que una señora mayor no era mal ingrediente del asunto que tenía entre manos. ¡La señora Fairfax! La veía vestida con un traje negro y un velo de viuda, quizás distante, pero amable, un modelo de respetabilidad inglesa. ¡Thornfield! Indudablemente era el nombre de su casa, un lugar primoroso y ordenado, estaba segura, aunque fracasaron mis esfuerzos por imaginar un plano de la propiedad. Millcote, Condado de…: repasé mis conocimientos del mapa de Inglaterra, y los vi, tanto el condado como el pueblo. El condado de… estaba a setenta millas más cerca de Londres que el lejano condado donde residía, lo que me parecía una recomendación. Ansiaba estar en un lugar lleno de vida y movimiento. Millcote era un pueblo industrial grande a orillas del río A…, seguramente un sitio de bastante actividad. Tanto mejor: por lo menos sería un cambio total, aunque no me atraía mucho la idea de las altas chimeneas con sus nubes de humo. «Pero —me dije— seguramente Thornfield estará alejado del pueblo».

En aquel momento se hundió la base de la vela y se apagó la mecha.

Al día siguiente había muchas cosas que organizar. Ya no podía guardar para mí mis planes, sino que debía comunicarlos para lograr mi propósito. Pedí entrevistarme con la directora y me recibió durante el recreo de mediodía. Le conté que tenía la posibilidad de conseguir un nuevo puesto con un sueldo dos veces mayor que el actual (en Lowood me pagaban solo quince libras al año). Le rogué que comunicara la noticia al señor Brocklehurst o a otros miembros del comité, para averiguar si me permitirían nombrarlos como referencias, y consintió, solícita, en hacer de intermediaria en el asunto. Al día siguiente, informó al señor Brocklehurst de la noticia, y este dijo que había que escribir a la señora Reed, puesto que era mi tutora natural. Se redactó una carta para esta señora, a la que contestó que yo podía hacer lo que me viniera en gana, ya que hacía tiempo había renunciado a interferir en mis asuntos. Esta carta pasó al comité y, finalmente, después de lo que me pareció una demora fastidiosa, se me dio permiso formal para mejorar mi situación si podía. También añadieron que, como siempre había tenido un buen comportamiento, tanto de alumna como de profesora, en Lowood, me entregarían inmediatamente un certificado, firmado por los inspectores de la institución, dando fe de mi buen carácter y aptitudes.

Al cabo de una semana recibí este certificado, del que envié una copia a la señora Fairfax, y me llegó la contestación de esta señora, declarándose satisfecha y fijando una fecha quince días más tarde para que asumiera el puesto de institutriz en su casa.

Me puse a hacer los preparativos enseguida y los quince días pasaron volando. No poseía mucha ropa, aunque sí suficiente para mis necesidades, y me bastó el último día para preparar mi baúl, el mismo que había traído de Gateshead ocho años atrás.

Se ató el baúl con cuerdas y se le fijó una etiqueta. Media hora después, había de recogerlo un mensajero para llevarlo a Lowton, adonde yo misma iba a dirigirme al día siguiente de buena mañana para coger el coche. Había cepillado mi vestido de viaje de tela negra, y preparado mi sombrero, guantes y manguito. Busqué en todos los cajones por si me olvidaba de algún objeto y, no teniendo otra cosa que hacer, me senté e intenté descansar, pero no pude. Aunque había pasado todo el día de pie, no podía reposar ni un instante, por estar demasiado nerviosa. Se cerraba una fase de mi vida esa noche, y se abriría una nueva al día siguiente. Era imposible dormir en el intermedio: debía vigilar ansiosa el cumplimiento del cambio.

—Señorita —me dijo una criada en el pasillo, donde erraba como alma en pena—, abajo hay una persona que quiere verla.

«Será el mensajero, sin duda», pensé, y me apresuré a bajar sin hacer preguntas. Cuando, camino de la cocina, pasé por el cuarto de estar de las profesoras, cuya puerta estaba entreabierta, alguien salió apresuradamente.

—¡Es ella, estoy segura! ¡La habría reconocido en cualquier sitio! —gritó la persona que se puso ante mí y me cogió de la mano, deteniéndome.

Miré y vi a una mujer vestida como una criada bien arreglada, una matrona, aunque todavía joven, guapa y vivaz, con el cabello y los ojos negros.

—Bueno, ¿quién soy? —preguntó con una voz y una sonrisa que reconocí a medias—. ¿No me habrá olvidado, señorita Jane?

Inmediatamente la abracé y besé extasiada. «¡Bessie, Bessie, Bessie!» fue lo único que dije, haciéndola reír y llorar a la vez. Entramos ambas en la sala, donde, junto a la chimenea, se encontraba un niño de tres años, con traje de pantalón de cuadros escoceses.

—Es mi hijo —dijo Bessie enseguida.

—Entonces, ¿estás casada, Bessie?

—Sí, desde hace casi cinco años, con Robert Leaven, el cochero, y además de este, que se llama Bobby, tengo una niña a la que he puesto Jane.

—¿Y no vives en Gateshead?

—Vivo en la portería, ya que se ha marchado el antiguo portero.

—Bueno, ¿cómo están todos? Cuéntamelo todo, Bessie. Pero siéntate primero, y tú, Bobby, siéntate aquí en mis rodillas, ¿quieres? —pero prefirió acercarse tímidamente a su madre.

—No se ha hecho muy alta, señorita Jane, ni muy gruesa —prosiguió la señora Leaven—. Supongo que no le han dado demasiado bien de comer en la escuela. La señorita Eliza le saca la cabeza y los hombros, y la señorita Georgiana le dobla en anchura.

—Georgiana será guapa, ¿verdad, Bessie?

—Mucho. Se fue a Londres el invierno pasado con su madre y la admiró todo el mundo y se enamoró de ella un joven lord, pero la familia de él se opuso al matrimonio, y ¿qué le parece? él y la señorita Georgiana trataron de escaparse, pero los encontraron y los detuvieron. Fue la otra señorita Reed la que los descubrió. Creo que le tenía envidia. Ahora ella y su hermana se llevan como el perro y el gato, siempre están riñendo.

—¿Y qué hay de John Reed?

—Bueno, no le va tan bien como quisiera su madre. Estuvo en la universidad pero le… dieron calabazas, creo que se dice. Entonces sus tíos querían que fuese abogado, que estudiase leyes, pero es un joven tan disipado que no sacarán nada de él, me parece.

—¿Qué aspecto tiene?

—Es muy alto. Algunos dicen que es bien parecido, pero tiene unos labios tan gruesos…

—¿Y la señora Reed?

—La señora está robusta y tiene buen aspecto, pero creo que está muy inquieta, no la complace el comportamiento del señorito John, que gasta grandes cantidades de dinero.

—¿Ella te ha mandado aquí, Bessie?

—Desde luego que no. Pero hace mucho que yo tenía ganas de verla y cuando me enteré de que había llegado una carta suya, y de que se marchaba a otra parte del país, decidí ponerme en camino para verla antes de que se alejara.

—Me temo que te he decepcionado, Bessie —dije riendo, pues me di cuenta de que la mirada de Bessie, aunque expresaba afecto, no mostraba ni un atisbo de admiración.

—No, señorita Jane, en absoluto. Es usted refinada, parece una señora, y no esperaba más, porque de niña no era ninguna belleza.

Sonreí por la franqueza de la respuesta de Bessie. Me pareció correcta, pero confieso que su contenido no me dejó indiferente. A los dieciocho años, la mayoría de nosotros queremos agradar, y el convencimiento de que nuestro aspecto no acompaña este deseo nos produce todo menos placer.

—Pero me imagino que será muy lista —continuó Bessie, como para consolarme—. ¿Qué sabe hacer? ¿Sabe tocar el piano?

—Un poco.

Como había uno en la sala, Bessie se acercó a él y lo abrió, pidiéndome que me pusiera a tocarle una melodía. Toqué uno o dos valses, y quedó encantada.

—¡Las señoritas Reed no tocan tan bien! —dijo ufana—. Siempre dije que usted las superaría en los estudios. ¿Sabe dibujar?

—Ese cuadro que está sobre la chimenea es uno de los míos —era una acuarela de un paisaje, que había regalado a la directora en agradecimiento por su intervención en mi favor ante el comité, y ella la había mandado enmarcar y barnizar.

—¡Qué precioso, señorita Jane! Es tan bonito como los cuadros del profesor de dibujo de la señorita Eliza, por no hablar de los de las señoritas, que no hacen nada parecido. ¿Y ha aprendido francés?

—Sí, Bessie, lo leo y lo hablo.

—¿Y sabe hacer labores en muselina y lienzo?

—Sí.

—¡Oh, qué señora está hecha, señorita Jane! Sabía que sería así. Usted saldrá adelante con o sin la atención de sus familiares. Hay una cosa que quería preguntarle, ¿ha tenido noticias de la familia de su padre, los Eyre?

—Jamás.

—Bueno, ya sabe que la señora siempre ha dicho que eran pobres y desdeñables. Puede que sean pobres, pero creo que son tan señores como los Reed, porque un día, hace casi siete años, vino a Gateshead un tal señor Eyre, que quería verla. La señora le dijo que estaba usted en la escuela, a cincuenta millas de distancia. Pareció muy decepcionado, pues no podía detenerse, porque se iba de viaje al extranjero en un barco que salía de Londres un día o dos después. Tenía todo el aspecto de un caballero, y creo que era hermano de su padre.

—¿A qué país extranjero se iba, Bessie?

—A una isla a miles de millas, donde hacen vino, me lo dijo el mayordomo…

—¿Madeira? —sugerí.

—Sí, sí, esa palabra era.

—¿Y se marchó?

—Sí, no se quedó mucho tiempo en la casa. La señora lo trató muy altivamente, y después lo llamó «comerciante ruin». Mi Robert cree que era comerciante en vinos.

Bessie y yo estuvimos conversando sobre los viejos tiempos durante una hora más, después de lo cual se vio obligada a dejarme. La vi de nuevo unos minutos al día siguiente en Lowton, mientras esperaba la diligencia. Nos separamos finalmente en la puerta de la posada Brocklehurst Arms. Cada una emprendió su propio camino: ella, hacia la cima de la colina de Lowood para coger el coche que la había de llevar de regreso a Gateshead, y yo me subí al vehículo que me iba a conducir hacia nuevas obligaciones y una nueva vida en desconocidos parajes cerca de Millcote.

Capítulo XI

Un nuevo capítulo de una novela se parece a veces al nuevo decorado de una obra de teatro; cuando se levanta el telón esta vez, lector, debes imaginar que ves una habitación de la George Inn de Millcote, el papel pintado de sus paredes ostenta los grandes dibujos típicos de tales posadas; típicos también son la alfombra, los muebles, los adornos sobre la chimenea y las láminas, entre las que se encuentran un retrato de Jorge III, otro del príncipe de Gales y una representación de la muerte de Wolfe. Todo esto se ve a la luz de una lámpara de aceite que pende del techo, y de un magnífico fuego, junto al cual me hallo yo sentada envuelta en una capa y tocada con un sombrero. Mi manguito y mi paraguas yacen sobre la mesa, y yo me ocupo en calentarme y quitarme el entumecimiento producido por dieciséis horas de exposición a la intemperie de un día de octubre. Salí de Lowton a las cuatro de la madrugada y, en estos momentos, el reloj del pueblo de Millcote da las ocho.

Lector, aunque pueda parecer que estoy cómodamente instalada, no tengo el espíritu muy tranquilo. Pensé que cuando parase aquí la diligencia, habría alguien esperando para recibirme. Miré a mi alrededor ansiosamente al bajar los peldaños de madera que había colocado un mozo para ese fin, esperando oír pronunciar mi nombre y ver algún tipo de vehículo esperando para llevarme a Thornfield. No había nada parecido a la vista, así que inquirí a un criado si había preguntado alguien por la señorita Eyre y me contestó negativamente, por lo que no tuve más remedio que pedir que me acompañara a un cuarto privado, donde ahora me encuentro esperando, mis pensamientos turbados por toda clase de dudas y temores.

Es una sensación muy extraña para una persona joven y sin experiencia encontrarse totalmente sola en el mundo, alejada de todo lo conocido, insegura de poder alcanzar su destino e incapaz, por muchos impedimentos, de volver al lugar de origen. El encanto de la aventura dulcifica la sensación y el sentimiento de orgullo la suaviza, pero un latido de miedo la turba. El miedo se apoderó de mí cuando, al cabo de media hora, todavía estaba sola. Se me ocurrió tocar la campanilla.

—¿Hay un lugar aquí cerca llamado Thornfield? —pregunté al criado que acudió a mi llamada.

—¿Thornfield? No lo sé, señora. Preguntaré en el mostrador.

Desapareció pero volvió enseguida:

—¿Se llama usted Eyre, señorita?

—Sí.

—Una persona la espera.

Me levanté de un salto, recogí el manguito y el paraguas y me apresuré a salir al corredor de la posada. Un hombre estaba al lado de la puerta abierta y, en la calle iluminada por una farola, vi un vehículo de un caballo.

—Este será su equipaje, supongo —dijo el hombre algo bruscamente al verme, señalando mi baúl, que estaba en la entrada.

—Sí.

Lo cargó en el vehículo, una especie de calesa, y después subí yo. Antes de que cerrase la puerta, le pregunté a qué distancia estaba Thornfield.

—A unas seis millas.

—¿Cuánto tardaremos en llegar?

—Hora y media, tal vez. Cerró la puerta, se encaramó a su asiento en el pescante y emprendimos el camino. Íbamos a paso lento y tuve tiempo de sobra para reflexionar. Me alegraba estar tan cerca del final de mi viaje, y, recostándome en el vehículo cómodo, si no elegante, me entregué tranquilamente a mis meditaciones.

«Supongo —pensé—, a juzgar por la sencillez del criado y del coche, que la señora Fairfax no será una persona muy elegante. Tanto mejor; solo una vez he vivido entre gente refinada y fui muy desgraciada. Me pregunto si vive sola con la niña. Si es así y si es mínimamente agradable, me llevaré muy bien con ella. Pondré todo mi empeño en ello, pero, desgraciadamente, no siempre es suficiente. Por lo menos, en Lowood me lo propuse, perseveré y lo conseguí, pero recuerdo que con la señora Reed mis mejores propósitos fueron siempre rechazados con desprecio. Ruego a Dios que la señora Fairfax no resulte ser una segunda señora Reed; pero, si lo fuera, no estoy obligada a quedarme con ella. Si las cosas salen mal, puedo volver a poner un anuncio. Me pregunto cuánto faltará ahora».

Bajé la ventanilla y me asomé. Habíamos dejado atrás Millcote. A juzgar por el número de luces, debía de ser un lugar de grandes proporciones, mucho mayor que Lowton. Nos hallábamos, por lo que pude ver, en una especie de ejido, pero había casas dispersas por toda la zona. Me pareció un lugar diferente de Lowood, más poblado y menos pintoresco, más emocionante y menos romántico.

La carretera era mala y la noche nublada. El conductor dejó que el caballo fuera al paso, y realmente creo que la hora y media se alargó hasta las dos horas. Por fin se giró y dijo:

—Ya falta poco para Thornfield.

Me asomé otra vez. Pasábamos ante una iglesia cuya torre vi ancha y baja contra el cielo, y cuya campana estaba tocando el cuarto. También vi una estrecha galaxia de luces sobre una colina, señalando una villa o aldea. Unos diez minutos más tarde; se apeó el cochero para abrir unas puertas, que se cerraron de golpe después de pasar nosotros. Subimos lentamente por una calzada hasta encontrarnos ante la fachada larga de una casa. Brillaba una vela tras la cortina de un mirador; las demás ventanas estaban a oscuras. El coche se detuvo en la puerta principal, abierta por una criada. Me apeé y entré.

—Haga el favor de venir por aquí, señora —dijo la muchacha, y la seguí a través de un vestíbulo cuadrado rodeado de altas puertas. Me acompañó a una habitación, cuya iluminación doble de velas y chimenea me deslumbró al principio, en contraste con la oscuridad a la que se habían acostumbrado mis ojos. Sin embargo, cuando recuperé la vista, se me presentó delante un cuadro acogedor y agradable.

Una habitación pequeña y cómoda, una mesa redonda junto a un fuego alegre y, sentada en un sillón anticuado de respaldo alto, la señora mayor más encantadora imaginable, con velo de viuda, vestido negro de seda y delantal inmaculado de muselina blanca: exactamente como había visualizado a la señora Fairfax, solo un poco menos elegante y más plácida. Hacía calceta; un gato grande estaba sentado gravemente a sus pies: no faltaba detalle para completar el ideal de felicidad doméstica. Es difícil concebir mejor presentación para una nueva institutriz; no había esplendor que me abrumara, ni elegancia que me desconcertara. Al entrar yo, se levantó la anciana y se adelantó amablemente para recibirme.

—¿Cómo está usted, querida? Me temo que habrá tenido un viaje pesado, ¡va tan despacio John! Debe de tener frío, acérquese al fuego.

—¿La señora Fairfax, supongo? —dije.

—Sí, así es. Siéntese, por favor.

Me llevó hasta su propio sillón y empezó a quitarme el chal y a desatar las cintas de mi sombrero. Le rogué que no se molestase tanto.

—Vaya, no es molestia. Seguro que tiene las manos entumecidas de frío. Leah, prepara un poco de ponche caliente y unos emparedados. Aquí tienes las llaves de la despensa.

Y sacó del bolsillo un manojo de llaves de aspecto doméstico, que entregó a la criada.

—Venga, acérquese más al fuego —continuó—. Ha traído su equipaje, ¿verdad, querida?

—Sí, señora.

—Mandaré que lo suban a su cuarto —dijo, saliendo apresurada.

«Me trata como si fuera una visita —pensé—. No esperaba semejante recibimiento. Preveía solo frialdad y distancia; no corresponde con lo que he oído hablar del trato a las institutrices, pero no debo regocijarme demasiado pronto».

Regresó, quitó personalmente de la mesa su calceta y uno o dos libros para hacerle sitio a la bandeja que traía Leah, y me sirvió ella misma el tentempié. Me sentí algo confusa al verme objeto de más atenciones que nunca antes hubiera recibido, y menos de parte de una persona superior, pero como ella no parecía encontrarlo fuera de lugar, pensé que lo mejor sería aceptarlo como algo natural.

—¿Tendré el gusto de ver a la señorita Fairfax esta noche? —pregunté después de comer.

—¿Qué ha dicho, querida? Estoy algo sorda —respondió la buena señora, acercando su oído a mis labios.

Repetí más claramente mi pregunta.

—¿La señorita Fairfax? ¡Oh, quiere usted decir la señorita Varens! Así se llama su futura alumna.

—¿De veras? Entonces, ¿no es su hija?

—No, yo no tengo familia.

Debería haber insistido con mis preguntas para averiguar qué relación tenía con la señorita Varens, pero recordé que no era cortés hacer demasiadas preguntas, y estaba segura de que me enteraría más adelante.

—Estoy tan contenta —prosiguió, sentándose frente a mí y colocando el gato en su regazo—, estoy tan contenta de que haya venido usted. Será muy agradable tener compañía aquí. Por supuesto, siempre es agradable, pues Thornfield es una casa estupenda, aunque esté algo abandonada en los últimos años, pero es un lugar respetable. Sin embargo, en invierno, ya sabe usted, se está un poco triste sin compañía, incluso en los mejores sitios. Digo sin compañía, aunque Leah es una muchacha agradable, desde luego, y John y su mujer son muy buenas personas, pero al fin y al cabo solo son criados, y una no puede conversar con ellos como iguales: hay que mantenerlos a distancia para no perder la autoridad. Sin ir más lejos, el invierno pasado (si recuerda usted, fue muy riguroso, y cuando no nevaba, llovía o hacía viento), no vino a la casa un alma excepto el carnicero y el cartero entre noviembre y febrero, y me ponía muy melancólica sentada sola noche tras noche. A veces me leía Leah, pero creo que no le gustaba mucho la tarea, pues recortaba su libertad. En primavera y verano, me las arreglaba mejor; el sol y los días largos alegran muchísimo. Y luego, al principio del otoño, vinieron la pequeña Adèle Varens con su niñera. ¡Qué vitalidad trae un niño a una casa! Y ahora que está usted aquí, estaré contentísima.

Me embargó una gran simpatía por la encantadora señora mientras la oía hablar; acerqué mi sillón al suyo y le comuniqué mi sincero deseo de que mi compañía le resultara tan agradable como esperaba.

—Pero no la tendré levantada tarde esta noche —dijo—, ya son las doce, lleva todo el día viajando y debe de estar cansada. Si ya tiene los pies bien calientes, la acompañaré a su cuarto. He hecho preparar para usted el cuarto contiguo al mío. Es pequeño, pero pensé que le agradaría más que uno de los cuartos delanteros más grandes, que tienen muebles más elegantes, pero son tan tristes y solitarios que yo misma nunca duermo allí.

Le agradecí su elección considerada y, sintiéndome realmente fatigada después del largo viaje, me declaré dispuesta para retirarme a dormir. Cogió una vela y salimos de la habitación. Primero fue a ver si la puerta principal estaba bien cerrada, sacó la llave de la puerta, y seguimos hasta el piso de arriba. Los peldaños y el pasamanos eran de roble y la ventana de la escalera era alta con vidrieras reticuladas. Tanto la escalera como el rellano que daba a los dormitorios parecían pertenecer más a una iglesia que a una casa. Un aire frío, como subterráneo, invadía la escalera y la meseta sugiriendo ideas lúgubres de vacío y soledad, por lo que me alegró, al entrar en mi cuarto, ver que era pequeño de tamaño y amueblado de un modo moderno y sencillo.

Después de despedirse amablemente la señora Fairfax, cerré la puerta y miré alrededor, y la impresión inquietante que me habían producido el amplio vestíbulo, la oscura escalera y la larga y fría galería fue prácticamente anulada por el aspecto más alegre de mi cuarto, y recordé que, tras un día de fatiga física y ansiedad mental, por fin me encontraba en un refugio seguro. Me invadió un sentimiento de gratitud y me arrodillé junto a la cama y di gracias a Dios, sin olvidarme, antes de levantarme, de pedirle ayuda para el camino que se abría ante mí y fuerza para merecer la amabilidad que se me había brindado tan cordialmente antes de ganármela. Mi cama estaba libre de inquietudes aquella noche y mi cuarto de miedos. Cansada y contenta a la vez, me dormí profundamente enseguida y, cuando me desperté, ya era de día.

La luz del sol reluciendo entre las alegres cortinas azules de quimón daba a mi cuarto un aspecto animado e iluminaba las paredes empapeladas y el suelo alfombrado, tan diferentes de las desnudas tablas y el yeso manchado de Lowood que me llenó de gozo contemplarlos. Las cosas externas tienen un gran efecto en los jóvenes: pensé que empezaba una fase más bella de mi vida, llena de flores y placeres, además de espinas y trabajos. Despertados por el cambio de escena y la nueva esfera de esperanzas, mis sentidos estaban alterados. Me es imposible definir qué es lo que esperaba, pero sé que era algo placentero, quizás no para ese día ni ese mes, sino para un momento indefinido del futuro.

Me levanté y me vestí cuidadosamente, porque así lo exigía mi naturaleza, aunque con ropa sencilla, pues no poseía ninguna prenda que no estuviera hecha con absoluta simplicidad. No solía descuidar mi apariencia ni desatender la impresión que podía causar. Al contrario, siempre quise tener el mejor aspecto posible para suplir mi falta de belleza. Algunas veces lamentaba no ser más agraciada y hubiera querido tener mejillas sonrosadas, una nariz correcta y una boca de piñón. Hubiera querido ser alta, elegante y desarrollada de proporciones. Pensé que era una desgracia ser tan pequeña, pálida y con rasgos tan marcados e irregulares. ¿Por qué tenía estas aspiraciones y pesares? Era difícil saberlo, ni yo misma lo sabía, pero había una razón lógica, y natural también. Sin embargo, una vez cepillado y recogido el cabello muy tirante, puesto el traje negro (el cual, aunque de estilo espartano, por lo menos me ajustaba perfectamente), y colocado el cuello limpio, pensé que tenía un aspecto lo suficientemente respetable como para presentarme ante la señora Fairfax y para que mi nueva alumna no me recibiera con antipatía. Después de abrir la ventana y dejar ordenadas las cosas del tocador, salí del cuarto.

Crucé la larga galería alfombrada, bajé por los peldaños resbaladizos de roble hasta llegar al vestíbulo, donde me detuve un momento. Miré algunos cuadros que colgaban en la pared (recuerdo que uno representaba un hombre adusto con coraza y otro una señora con el cabello empolvado y un collar de perlas), una lámpara de bronce que pendía del techo, un gran reloj con caja de roble extrañamente tallado, negro como el ébano por los años y los pulimentos. Todo me parecía muy elegante e impresionante, pero yo estaba poco acostumbrada al lujo. Estaba abierta la puerta principal acristalada y crucé el umbral. Era una espléndida mañana de otoño: el sol brillaba sereno sobre los bosquecillos ocres y los campos aún verdes. Alejándome por el césped, volví la cabeza para ver la fachada de la mansión. Tenía tres plantas de proporciones no enormes, pero sí considerables; era una casa solariega, no la mansión de un noble, y las almenas le daban un aspecto pintoresco. Su fachada gris destacaba sobre una grajera, cuyos moradores volaban por encima del césped hasta un gran prado, separado del terreno de la casa por una valla hundida, y donde un conjunto de enormes espinos nudosos y anchos como robles explicaban la etimología del nombre de la casa[5]. Más lejos había unas colinas, no tan altas como las de Lowood ni tan escarpadas, por lo que no parecían una barrera separándonos del mundo de los vivos. Pero eran unas colinas silenciosas y solitarias, que parecían dotar a Thornfield de un aislamiento que no esperaba hallar tan cerca del bullicioso pueblo de Millcote. Una aldea, cuyos tejados se entremezclaban con los árboles, yacía en la ladera de una de estas colinas, y más cerca de Thornfield se encontraba la iglesia parroquial, cuya torre daba a una loma que estaba entre la casa y la entrada.

Todavía disfrutaba de la vista apacible y el aire agradable, todavía escuchaba encantada los graznidos de los grajos, todavía observaba la fachada amplia y vetusta, pensando que era un lugar muy grande para ser la morada de una señora tan pequeña como la señora Fairfax, cuando esa misma señora apareció en la puerta.

—¿Qué, ya de paseo? —dijo—. Veo que es usted madrugadora —me aproximé a ella y me recibió con un beso afable y un apretón de manos.

—¿Qué le parece Thornfield? —preguntó, y le contesté que me gustaba mucho.

—Sí —dijo—, es un lugar bonito, pero me temo que vaya a echarse a perder si al señor Rochester no le da por venir a habitarlo permanentemente, o, por lo menos, visitarlo más a menudo. Las grandes casas y buenas propiedades necesitan la presencia del amo.

—¡El señor Rochester! —exclamé—. ¿Quién es?

—El dueño de Thornfield —respondió en voz baja—. ¿No sabía usted que se llamaba Rochester?

Por supuesto que no lo sabía; nunca había oído hablar de él. Pero a la anciana su existencia le parecía un hecho universalmente difundido, que todos deberíamos conocer por instinto.

—Yo creía —proseguí— que Thornfield le pertenecía a usted.

—¿A mí? ¡Válgame Dios, qué idea! ¿A mí? Si solo soy el ama de llaves, la administradora. Es cierto que soy pariente lejana de los Rochester por parte de la madre, es decir, mi marido lo era. Era clérigo, párroco de Hay, la aldea de la colina, y la iglesia de la entrada era suya. La madre del actual señor Rochester era una Fairfax, prima segunda de mi marido, pero jamás alardeo del parentesco; no me importa nada, me considero simplemente un ama de llaves normal; mi señor se comporta correctamente, y no espero más.

—¿Y la niña, mi alumna?

—Es pupila del señor Rochester, y él me encargó que le buscase una institutriz. Pretende que se eduque en el condado de…, según tengo entendido. Aquí viene, con su bonne, como llama a su niñera —así se explicaba el enigma: esta viuda afable y bondadosa no era ninguna dama, sino una empleada como yo. No la apreciaba menos por ello; al contrario, me alegré más aún. La igualdad entre ella y yo era real y no el resultado de su condescendencia. Tanto mejor; mi situación era mucho más libre por ello.

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03 November 2025
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650 p. 1 illustration
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9782378078478
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