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César Biernay Arriagada

MACABROS 2
EVIDENCIAS QUE DESBARATARON LA COARTADA PERFECTA


EXPEDIENTES DESCLASIFICADOS DE HOMICIDIOS EN CHILE


BIERNAY ARRIAGADA, CÉSAR

Macabros 2. Evidencias que desbarataron la coartada perfecta.

Defectos en un crimen perfecto / César Biernay Arriagada

Santiago de Chile: Catalonia, 2021

ISBN: 978-956-324-930-9

ISBN Digital: 978-956-324-931-6

CRIMINOLOGÍA

364

HISTORIA DE CHILE

983

Diseño de portada: Mateo Infante Vergara

Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M. Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

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Primera edición: diciembre, 2021

ISBN: 978-956-324-930-9

ISBN Digital: 978-956-324-931-6

Registro de Propiedad Intelectual N°

© César Biernay Arriagada, 2022

© Editorial Catalonia Ltda., 2022

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Santiago de Chile

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Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

Prólogo

Prólogo del libro I

Introducción. Siete crímenes documentados

El balurdo de los cuenteros Moyano El cuento del tío (1946)

Hampa criolla

Cambiazo y escapazo

El “cuento del tío”

Pedro Urdemales

Los hermanos Moyano

Abracadabra

Tipología y modus operandi

Balurdo a un clic

El quinto Moyano

El fin de una era

La llave la tiene el mayordomo El Caso Portal Lyon (2002)

Caracol de Providencia

El ascenso de Óscar

Brazo derecho

La carta

Tricolor fin de semana

Líneas de investigación

Largo y sinuoso camino

Fuerza irresistible

Nueva Providencia

San Antonio de cabeza El crimen de Juanito Miranda (2002)

Amor en el puerto

La demanda

La partida de Juanito

Un difícil caso judicial

La declaración del Choro del Puerto

Ayúdeme, presidente

La coartada bajo la lupa

La arremetida de los procesados

Huelga de hambre

Nuevo fallo

Juanito regresa

La viuda del criminal

Un caso histórico

El tatuaje de Milenko El crimen de Leydi Torrealba (2005)

El subinspector Paredes

Roberto, la pareja

Patricio Bello, el primer pretendiente nortino

Hallazgo en el centro comercial

Ariel, amigo de Romina

Claudio, el compañero de andanzas

Leydi Melissa

Perfil de la víctima

La evidencia está en las bolsas

¿Quién vigila al vigilante?

El pasado te condena

Caso cerrado

Profesionalismo detectivesco

Epitafio para un crimen

La Marcha de las Balizas Azules El Caso Nolli (2011)

Entre réplicas y escombros

Un poco de historia

Dos jóvenes con ADN policial

Tras la pista de la chatarra

“El Rambo Chileno”

Persecución del Lima Lima

La trampa

Sin escapatoria

Negocios sucios

Destello azul

La Mano de Fátima El Caso de la Colombiana (2016)

Cuando el río suena

Piedras trae

Bolsas sospechosas

Cinco pétalos

La respuesta está en la uña

Homicida en cámara

Edwin y Yuliana

Cien días

Nudo doble

La noticia en Colombia

Reflexiones de un crimen macabro

Brebaje a la medianoche El Caso del Profesor Nibaldo (2018)

Clases nocturnas

Búsqueda implacable

Paseo en lancha

Peritaje al tórax

Triángulo mortal

Ciencia, tecnología y liderazgo

Malta con sushi

Contradicciones

Juicio oral

“Me encontraron y me mataron”

Agradecimientos

Notas

A Matilda.

Mi dulce guerrera.

Prólogo

La investigación criminal se ha ido transformando cada vez más en un tema de alto interés ciudadano. No solo ya como atención consuetudinaria a las noticias que siempre destacan los aspectos más sensacionalistas de los diversos hechos criminales, sino ya como un atavismo asociado al propósito de construir una mejor vida en sociedad. Con el increíble desarrollo de los sistemas de información y con las nuevas tecnologías comunicacionales, existen hoy en día muchos más medios para informarse en forma directa y relevante sobre hechos que en el pasado se diluían en la memoria social, rodeados de un limitado conocimiento público. Hoy las acciones criminales interesan mucho más por su generalizada incidencia y los riesgos evidentes que representan para cada ciudadano, y por la generalizada conciencia acerca del negativo impacto en la vida social que se asocia a su práctica creciente y generalizada. Por ello, el seguimiento de las investigaciones criminales, dotado con mucho mejores y adecuados medios informativos, se convierte en un legítimo interés y un derecho irrenunciable para el hombre y la mujer medios.

Como un conjunto de saberes interdisciplinarios y acciones sistemáticas integradas para conocer una verdad relacionada con el fenómeno delictivo, la investigación criminal ha ido cobrando creciente importancia en la sociedad. Esta aspira a protegerse adecuadamente de la incidencia del crimen, comprendiendo aquí no solo el crimen violento que envuelve maltrato y hasta el asesinato, sino que también el crimen “intelectual” basado en el engaño y el uso de artimañas de todo tipo para timar a las víctimas y hacerse parte de sus recursos. La investigación criminal comprende el manejo de estrategias que contextualizan el papel de la víctima, del delincuente y del delito como tal, reconstruyendo los acontecimientos y dejando siempre una enseñanza en materia de prevención, como asimismo también en cuanto al debido castigo. Por esa razón, la atención a la investigación criminal ha ido creciendo, puesto que de ella emanan lecciones en el campo de la prevención y control del delito.

Vicente Lago Montejo, en su obra La práctica de la investigación criminal. Inspección técnico-ocular (ITO)1, sostiene que los orígenes de la investigación criminal se remontan al primer fratricidio en la historia de la humanidad, así consignado en la Biblia. El asesinato ocurre por mano de Caín sobre su hermano Abel, y la investigación del hecho, sostiene el autor, se refiere al cuestionamiento hecho por Dios: “¿Dónde está Abel tu hermano?”. Caín mintió y dijo: “No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”. Luego de lo cual el Señor dijo: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la Tierra”.

Esto puede ser considerado solamente una descripción admonitoria sobre la diferencia entre el bien y el mal; pero, más allá, puede leerse como un paradigma de lo que ha sido la investigación criminal a lo largo de la historia humana: la búsqueda del o los responsables por hechos delictivos y que se basa, antes que nada, en el cuestionamiento a los sospechosos, además de la recolección de piezas de evidencia. En el caso bíblico no se menciona al sitio del suceso ni la investigación de evidencias, pero lo que debe recogerse del caso es la investigación emprendida por Dios, para atribuir responsabilidad al implicado principal. Hay que observar este caso como un anuncio de lo que ha sido un factor que ha acompañado siempre al desarrollo humano: la actividad criminal.

Necesitamos aprender más del criminal, de su mentalidad y de los problemas que seguramente, en muchos casos, explican conductas patológicas que causan inmenso daño a los demás. La criminalidad ha acompañado a la civilización y al progreso de la humanidad todo el tiempo, haciéndose siempre más sofisticada y maligna. Varias disciplinas, incluyendo la sociología, la antropología social, la economía y, por cierto, la sicología, han venido uniendo las fuerzas emanadas de sus respectivos campos de conocimiento, para buscar la verdad y tener explicaciones que ayuden a entender la raíz del delito y la imposición del debido castigo, así como en la prevención y tratamiento de la falta. El enorme desarrollo que ha experimentado la criminología, con todos los ingredientes que hoy le proporciona la ciencia y la tecnología, ha ido además constituyendo una batería de mayores fuerzas y conocimientos para buscar la verdad y prevenir. Como lo plantea Lago Montejo, la investigación criminal orienta su esfuerzo a establecer la verdad de los hechos y la responsabilidad sobre los mismos. Por otra parte, la Criminalística estudia un hecho sometido a investigación criminal, con el objetivo de descubrir o comprobar científicamente el delito e identificar al delincuente. El aparato jurídico, por su parte, es el encargado de penar los delitos, para así poder corregir las conductas y castigar a los infractores, una labor que a menudo se cumple con dificultades. Pero todo esto envuelve un sistema aumentado y enriquecido a lo largo del tiempo, casi al mismo tiempo que el crimen ha crecido en todas sus manifestaciones, como producto de la mayor riqueza existente en la humanidad, pero también como resultado de las enfermedades que distorsionan la mente de muchos seres. Dentro de ellas, sin lugar a dudas, figura la violencia que siempre ha existido pero que hoy se practica quizás de un modo más desproporcionado y generalizado.

César Biernay Arriagada nos ofrece en este texto siete relatos sobre hechos policiales chilenos investigados y cerrados de acuerdo a los protocolos policiales y judiciales. Relatos que nos transportan al mundo criminal, con todas sus lógicas y en la plenitud de sus estilos de vida. Muchos de ellos obedecen a crudas descripciones de crímenes cometidos en la siempre esperada impunidad por parte del delincuente, actos que sobrepasan la comprensión de la gente normal y que llevan envuelta decisiones violentas destinadas a arrebatar la vida o causar el mayor daño físico posible. No se intenta en estos relatos desmenuzar los hechos sobre la base de alguna teoría contrafactual. El texto nos refiere los hechos acaecidos y su posterior interpretación sobre la base de la investigación criminal acometida, en el marco de una causa formalmente establecida. De ese modo, el autor describe el escenario y los antecedentes de los hechos punibles. Al contarse con los siete relatos, el lector tiene la oportunidad de establecer comparaciones sobre hechos en esencia similares, pero que se distinguen rotundamente por las características del hechor (o hechores) y las circunstancias propias de la relación entre víctima(s) y victimario(s).

En una descripción que goza de vasta pulcritud literaria, cuidado por los detalles envueltos y respeto por los hechos principales y situaciones circundantes, Biernay nos introduce en cada caso de manera muy apropiada. Es cuidadoso en dar a conocer los antecedentes de las personas envueltas, como asimismo familiariza al lector con el carácter de vida de los personajes, como asimismo respecto a su recorrido laboral o personal. Además, nos sitúa bien en la época correspondiente y en las circunstancias en que la misma colabora a la descripción del caso delictivo. Los personajes son descritos por medio de un destacable estilo literario, al punto de que muchas veces el lector considerará que se trata de entes ficticios salidos de la mente del autor, más que de personas que actuaron en el mundo real y en un país como el nuestro, aunque en distintas circunstancias de tiempo y espacio. Biernay describe el escenario de los hechos y los antecedentes de los principales protagonistas con cuidado y celo descriptivo, para así envolver al lector en la trama de los hechos. Y su relato, novelado y bien escrito como es, coloca al lector en una situación de juez respecto a los hechos y su desenlace.

En la obra de Biernay se incluye un relato que no versa sobre un crimen físico, como el asesinato y/o descuartizamiento que sí se contienen en los otros seis relatos incluidos. Se trata del primer cuento: “El balurdo de los Cuenteros Moyano”, que lleva como subtítulo “El cuento del tío (1946)”. Es destacable, porque ello probablemente constituye la acción criminal más corriente en nuestro medio: el engaño, la mentira y la obtención de ganancias indebidas sobre la base de la buena fe de la víctima. En el pasado lo fue el “paquete chileno”, que se hizo popular más allá de nuestras fronteras y que, como todo este tipo de engaño, radica en buscar a personas confiadas y un tanto cándidas. También típicos actos como la recepción de una inexistente herencia que otra persona se ofrece para cobrarla, obteniendo así ciertos recursos para efectuar los trámites. O como la ya tradicional historia de la venta del cerro Santa Lucía, u otros espacios públicos, a desprevenidos acaudalados visitantes de regiones principalmente. El autor sí nos previene acerca de que este mismo tipo de engaño —superado, porque hay más información y las personas cuentan con un mayor bagaje educativo— tiene ahora versiones más sofisticadas y vinculadas a la moderna tecnología comunicacional. Pero, en el fondo, es el mismo fundamento: personas confiadas que aspiran a obtener una suculenta ganancia de capital producto de una “oportunidad” a la que accede de manera gentil por medio de interpósita persona.

En este trabajo se destaca a lo largo de todos sus capítulos, de manera muy justa y pertinente, la calidad del trabajo detectivesco llevado a cabo por oficiales de la PDI. En todas estas historias los detectives a cargo se destacan por su empeño y gran profesionalismo para encontrar la verdad de los hechos. Eso domina todos los casos descritos, que en realidad obedecen a una selección formulada por el autor sobre la base de un total de casos registrados y debidamente cerrados. Lo importante de destacar es que siempre el empeño policial lleva a la verdad sobre el caso en particular, y que el compromiso casi personal de los oficiales a cargo lleva a resultados que innegablemente son irrefutables y reproducen una lógica investigativa siempre impecable. Junto con aprender el lector que el crimen nunca paga y que el criminal debe afrontar penas ejemplares para así educar duramente a los miembros de la sociedad, también asimila que hay un profesionalismo y un compromiso de los investigadores que llevarán irrefutablemente a la verdad. Todo esto es aún más digno se ser mencionado cuando, en los días presentes, el salto científico y tecnológico de la investigación criminal ha adquirido mucha importancia y notorio desarrollo en nuestro medio.

El trabajo de César Biernay es meritorio. Joven profesional funcionario de la Escuela de Investigaciones, ha llevado adelante un trabajo de búsqueda muy intenso, puesto que los casos envuelven gran cantidad de antecedentes, en base a los cuales ha también ha obtenido información adicional para así completar convenientemente su relato. Con eso ha logrado una obra convincente que se constituye en un segundo aporte en la misma línea de relato, contando con su anterior publicación: Macabros.Esta línea de publicaciones enriquece convenientemente la información que precisa el ciudadano, y se constituye en un claro insumo educativo sobre el crimen y su debido castigo, mediante una sólida y profesional investigación criminal, además de constituir material de importancia para la formación de los nuevos detectives. Además, y como se ha dicho, esta línea editorial también pone de relieve la jerarquía del trabajo policial que se lleva a cabo en Chile, con el aporte decidido de la Policía de Investigaciones de Chile (PDI), y que nos asegura que el delito se investiga con los mejores estándares profesionales, para así dar paso a los procesos judiciales que correspondan sobre la base de los antecedentes elaborados con excelencia profesional. Esta publicación sirve de relevante testimonio a este respecto.

Prof. Luis A. Riveros

Miembro de Número de la Academia Chilena

de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile

Ex rector de la Universidad de Chile

Santiago, 15 de julio de 2021

Prólogo del libro I

“La Ética no es otra cosa que la reverencia por la vida”, señaló alguna vez el médico, ensayista y Premio Nobel de la Paz, Albert Schweitzer. No obstante ello, ese antiguo impulso humano que pretende desconocer sin más la profunda legitimidad del otro en cuanto otro sigue vigente cual salvaje sin control y que, a veces, desatado, termina por quitar el derecho más preciado de toda existencia humana como es la vida misma. Es ahí donde el investigador policial entra en escena para contribuir a rescatar la justicia perdida y cimentar los caminos que conducen a la paz social y a la sana coexistencia humana.

En efecto, la historia de la criminalidad es tan antigua como el hombre mismo. Ahí está para ser revisada y aprender de ella, pues sus hechos nos permiten hurgar en lo más profundo de la conciencia humana y desde ahí tratar de entender al hombre en toda su complejidad. Aun con toda la tecnología logarítmica que ofrece hoy la sociedad de la información, los impulsos humanos que decantan en macabros homicidios constituyen un misterio difícil de resolver.

Pero ahí está el detective para escudriñar en lo más profundo del alma humana y, por medio del saber científico, llegar a la verdad y a la justicia. Por cierto que lo anterior es un reto sublime que jamás se constituye para un investigador policial en una utopía inalcanzable, sino que en un desafío profesional siempre posible y necesario. En cada homicidio no solo hay dolor y desesperanza, sino que también una oportunidad única para aprender y corregir.

Es en este contexto que surge el presente libro. Es un rescate documental que nos ofrece siete espeluznantes casos policiales desde la perspectiva del homicida, de la víctima y del investigador policial, que a partir de las evidencias que ofrece el sitio del suceso reconstruye un pasado que, como tal, se coloca al servicio de la justicia. Lo que hay detrás de estas páginas es un esfuerzo por conocer las complejidades del actuar humano, a fin de motivar la siempre necesaria reflexión.

Pero esta tarea también cumple con el deber de preservar el legado de nuestros antecesores, quienes transmitieron y consolidaron el bello saber inserto en el arte de investigar, a fin de descubrir las certezas ocultas bajo la falsedad, el engaño y la mentira.

Al revisar las páginas de Macabros, el lector se encontrará con siete casos policiales presentados de tal manera que es posible desmenuzar los crímenes en sus partes más pequeñas, identificando sus motivaciones más hondas. Valga eso sí una aclaración en este punto, por cuanto en las siguientes páginas no hay novelados personajes ni descripciones narrativas emanadas del flujo inspirador de Agatha Christie, Ramón Díaz Eterovic o Boris Quercia Martinic. Cada investigación documental aquí expuesta se sustenta en la realidad conforme a una rigurosa bibliografía, así como en entrevistas con los actores relevantes de cada caso criminal, hecho que merece ser especialmente destacado.

El autor revela, además, las particularidades y complejidades de la investigación profesional de los delitos, describiendo los protocolos forenses, las primeras diligencias y los medios de prueba que se han constituido en la evidencia irrefutable en los salones de la justicia. Su pluma nos permite “libar” el bello saber de la profesión del detective. En este escenario, no pretendo detallar las historias de cada caso policial de este texto, pues lo que me mueve es despertar la curiosidad del lector para que pueda observar las luces y sombras de la existencia humana.

El autor detrás de este esfuerzo es un académico con oficio, pero también un funcionario de la PDI motivado en rescatar el aprendizaje acumulado por años de experiencia policial. César Biernay Arriagada es bibliotecario documentalista y profesor de la Policía de Investigaciones de Chile, cualidades que le han permitido documentar y transmitir los aspectos más recónditos de diversos casos policiales chilenos. Estamos frente a un profesional inquieto y curioso, que no solo ha navegado en las aguas de su saber, promoviendo un permanente rescate del patrimonio institucional, sino que también se ha atrevido a cruzar fronteras e ir más allá, avanzando por las sendas de la historia y la literatura.

Macabros es otro fruto de la curiosidad del autor. Es un trabajo digno de destacar y un esfuerzo por reconocer la enorme importancia social que tiene la función del detective. En síntesis, en las páginas que a continuación se despliegan es posible conocer parte de una humanidad herida, pero también un rescate de su dignidad que solo es posible a partir de la justicia y del noble trabajo del detective.

Arturo Herrera Verdugo

Ex Director General de la

Policía de Investigaciones de Chile

Introducción
Siete crímenes documentados

La dinámica editorial chilena consideró durante el siglo pasado la publicación de libros, monografías y folletines de crónicas policiales, para satisfacer el interés de los lectores amantes del crimen y del relato detectivesco. Ya sea narrando en exclusiva un homicidio noticioso o bien compilando varios casos en un solo tomo, diversos malhechores fueron eternizados en estas páginas, develando sus motivaciones, modus operandi y las pistas dejadas en el sitio del suceso, que lo condujeron a la pena capital.

El libro de Claudio Espinosa titulado Los más sensacionales crímenes en Chile es un ejemplo de ello. Editado en 1966 por editorial Zig-Zag, en 227 páginas desarrolla quince homicidios ocurridos en Chile, que acapararon la opinión pública y que mantuvieron en vilo a la sociedad de la época. Crímenes y casos célebres, de Santiago Benadava, por su parte, publicado por Editorial Lexis Nexis en 2002, en 202 páginas aborda sucesos policiales nacionales y extranjeros, con énfasis en la astucia criminal. Existen muchos otros ejemplos similares, pero cuyas páginas desarrollan un solo caso, como la historia de “El Rucio” Hans Pozo, o “El Tila” Roberto Martínez o las memorias de José Roberto Rubio, “El Loco Pepe”, en su libro La vuelta al pago en 82 años. Sin duda éxitos editoriales, cuyo género en las primeras décadas de este siglo compite con la oferta de sagas hollywoodenses, novelas fantásticas y cómics alternativos.

Así las cosas, encontrar en estos tiempos obras que en un solo volumen triangulen homicidas, víctimas y detectives exige hurguetear en repisas y estantes de varias librerías para hallar algún tesoro. Muchas veces se debe recurrir a libreros antiguos —que escasean cada día más—, en la búsqueda de estas joyas. Los eventos de libros usados o ferias de las pulgas, incluidos los puestos de libros a la salida de universidades, oxigenan el espíritu de los seguidores de la narrativa policial.

Un viejo escritor reconocido en estas andanzas literarias es René Vergara. En 1937, con veintiún años de edad, ingresó a la PDI, y tras algunos años de permiso retomó su desempeño policial en 1944. Esta labor la desarrolló paralelamente como profesor de Criminalística en la Escuela Técnica de Investigaciones, primero en calidad de ayudante y como docente titular después. En 1946 fue ascendido a detective 1° y representó a la institución en el Primer Congreso Panamericano de Policías. Se lo reconoce como uno de los fundadores de la Brigada de Homicidios Metropolitana, creada en 1949, y como un destacado colaborador en la investigación criminal de emblemáticos casos policiales, tales como el Tucho Caldera, el Chofer Arenas y Francisco Varela, alias “El Viejo del Saco”. René Vergara realizó cursos de perfeccionamiento en Scotland Yard, además de ejercer como comisionado de las Naciones Unidad para investigar un magnicidio en Bolivia. En 1957 se acogió a retiro con el grado de subprefecto, siendo contratado por el gobierno venezolano como asesor del Ministerio de Justicia. Su experiencia en la investigación criminal lo llevó a novelar decenas de diligencias policiales, cuyo detective, “el Inspector Cortés”, personificó sus grandes hazañas contra el crimen. Admirador de Agatha Christie, firmó sus primeros relatos como Hércules Poirot.

Homologar su trabajo literario es una quimera, pero novelar casos reales, sucedidos e investigados en el país es un desafío asumido con respeto y responsabilidad, sobre todo ante el extendido debate de criminólogos sobre el origen del mal. Si bien recientes estudios del genoma humano confirman la ausencia del gen criminal en la espiral de ADN, en contraposición al llamado “cromosoma del crimen” o el “delincuente nato” de Cesare Lombroso, la crueldad que registran los inhumanos actos de personas aparentemente normales mantiene viva la duda acerca de si hombres y mujeres nacen buenos o malos: lo que en un país es considerado delito puede no ser interpretado como tal en otro. Ello se da incluso en diferentes estados dentro de un mismo país. De este modo, no puede la ciencia asociar códigos biológicos con delitos tales como el estupro, la estafa o el uxoricidio, aunque bien podría en el corto plazo detectar eslabones de conductas impulsivas y violentas.

Así, al igual que en la primera entrega de Macabros, la línea temática de los siete crímenes mantiene como eje lo espeluznante y la disquisición sobre el bien y el mal. En la trama de los casos, puramente reales, intervienen móviles inentendibles para gente normal y armas homicidas que casualmente estaban en el lugar del delito, como esperando su momento de aparecer en escena. Homicida, víctima e investigador policial se triangulan en espantosos casos policiales que superan la ficción, cuyos asesinos intentaron ocultar las pistas bajo un aparente limpio procedimiento, para asegurar de este modo la ejecución de un crimen perfecto. Sin embargo, el detective, que observa cuando mira y escucha cuando oye, develó los acertijos con apoyo del método y de una cuota de perspicacia.

En “El balurdo de los cuenteros Moyano” se abordan los antecedentes históricos del timo y la estafa en América, junto con el devenir de un grupo de hermanos que hicieron gala de sus triquiñuelas con el argumento del “cuento del tío”, engañando a miles de desprevenidos provincianos. En el caso “La llave la tiene el mayordomo” se narra la vida y tragedia de un hombre que, en busca de un buen destino, incurrió en el robo, las drogas y la violencia. En “San Antonio de cabeza”, en tanto, se describe a una madre que apeló hasta las últimas instancias para hacer justicia por su hijo, en un espeluznante homicidio que dejó entrever el perfil criminal de un deshumanizado padre.

En el capítulo “El tatuaje de Milenko”, ambientado en el norte grande del país, se narran los sucesos y malas decisiones que unieron en un violento hecho de sangre a una bella joven y su amante. En “La marcha de las balizas azules” se abordan los detalles del mediático caso Nolli, cuyo criminal asesinó con suma frialdad a un subcomisario y a una inspectora, transformándola en la primera mujer mártir de la PDI.

En “La mano de Fátima”, el río Mapocho es testigo de una historia de celos de una pareja de colombianos que buscaron en Chile el paraíso de sus vidas. Por último, en “Brebaje a la medianoche” se cuenta pormenorizadamente un crimen que enlutó las ciudades de Quilpué y Villa Alemana, y que quedó al descubierto en un paseo en lancha por el muelle Prat.

Los criterios de selección de los crímenes, para esta entrega de la Colección RH, mantienen la intuición y el enigma como hilos conductores. A excepción del primer caso, las crónicas se circunscriben al presente siglo, en hechos que el lector informado recordará ante la amplia cobertura mediática que se desarrolló en cada uno de los homicidios. El relato de los hermanos Moyano constituye un inédito aporte al patrimonio cultural del país, que fue posible gracias al trabajo documental de historiadores, teóricos y académicos. Todos ellos coinciden, de alguna u otra manera, en que el interés criminológico y policial que despierta la figura del cuentero encuentra su justificación en la necesidad de reconocer la habilidad del delincuente en su dominio de la idiosincrasia local. Las víctimas, persuadidas por la ambición, adquieren un rol activo en el desarrollo mismo del delito, en el que resulta sorprendente admitir que ellas otorgan créditos y confianza a sujetos absolutamente desconocidos.

Además, la selección consideró crímenes de diferentes regiones del país, desde Tarapacá hasta la Metropolitana, en ciudades como Iquique, San Antonio y Santiago, caracterizando con especial atención tres elementos fundamentales. El primero de ellos es el arma homicida. Cortante, contundente o de fuego, premeditada o improvisada, que existió en el lugar del hecho para fines distintos a los pecaminosos propósitos del asesino. Estas se describen adjetivamente para el asombro del lector, develando el alcance del impulso criminal. Materializadas en martillos, cuchillos o sedantes, estas marcan el hito del crimen en que se termina con la vida de la víctima y se inicia la búsqueda del victimario.

Otro elemento es el móvil, ya sea el dinero, los celos o una promesa, que motivó a homicidas de ambos géneros a atentar contra la vida de personas inocentes. Ello se describe con fina minuciosidad, en el entendido de que estas motivaciones persisten hoy en la mente de hombres y mujeres que día a día maquinan hechos de sangre. Y, finalmente, el indicio, oculto y esquivo a veces, que se disfraza entre los enseres del sitio del suceso para dar chances de escapatoria al brutal asesino. Un giro en un cajero automático, una uña esmaltada o una particular bolsa de basura constituyen la punta de una madeja que se logró desenvolver en beneficio de la verdad y la justicia. La fijación, levantamiento, traslado y custodia de evidencias, según los protocolos y normas legislativas, contribuyen a su análisis pericial y científico, que brindará en el juicio oral el medio de prueba irrefutable y pieza fundamental del sistema penal chileno.

Difícil fue tanto la tarea de novelar sucesos reales, manteniendo inalterable la verdad de los hechos, como documentar una crónica con la pluma fluida de un relato detectivesco. La narración híbrida entre novela y crónica, con el sustento bibliográfico propio de un ensayo académico, además de complejizar la labor de quienes categorizan las obras literarias, es un estilo que exige al escritor soltar la mano. Por la formación bibliotecológica y pedagógica del autor, que prescribe citar la fuente, ninguno de los relatos que contiene este tomo incurren en párrafos de ciencia ficción o se inspiran en su propia imaginación. La aspiración por satisfacer las expectativas de quienes estudian el fenómeno criminal, como asimismo alcanzar nuevos lectores constituyéndolos en detectives y jueces al paso de la lectura, orienta el empeño por publicar la segunda entrega de esta colección.

Junto con ello, además de brindar una lectura atractiva a quienes gustan de este género literario, el presente trabajo busca reflexionar en torno a la importancia de considerar, en la educación tradicional y familiar, la enseñanza de la cultura económica. Muchos crímenes germinan por el sobreendeudamiento o por las ansias de adquirir bienes y servicios inalcanzables. Asimismo, con estos relatos se busca trazar la reflexión hacia la inteligencia emocional, que busca en cada uno conocer y reconocer sus emociones, su sensibilidad y el control del comportamiento ante situaciones complejas. Si bien el crimen nunca llegará a cero, el anhelo permanente es minimizar los índices de criminalidad, ante lo cual están llamados todos los entes de la sociedad, civiles y estatales, formales e informales.

Con premeditación y alevosía, y en reconocimiento a miles de hombres y mujeres que con su formación policial y su sexto sentido de la perspicacia trabajan día y noche en beneficio de la justicia, la invitación es a adentrarse en los entresijos de la mente criminal en las siguientes crónicas de siete crímenes casi perfectos.

Este libro se terminó de escribir en junio de 2021, a cincuenta años del ataque al cuartel central de la Policía de Investigaciones de Chile.

El BALURDO DE LOS
CUENTEROS MOYANO

* * *

El cuento del tío (1946)

Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que si es cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.

Enrique Santos Discépolo, “Cambalache”.

Hampa criolla

Estafadores y timadores son parte del inventario en la historia criminal chilena. Existieron, existen y existirán mientras haya una víctima para la fechoría en el lugar y momento adecuados. Su modus operandi, sin embargo, ha mutado en el tiempo, desde imberbes relatos de truhanes bandidos de campo hasta urdidas maquinaciones de gerentes impecablemente vestidos, de cuello blanco y corbata.

Abordar la génesis del timo en los archivos de la investigación criminal chilena es rememorar a los viejos detectives, aquellos que pasaban lista en la unidad a las ocho de la mañana y luego armaban su desayuno de campeones, con café de trigo y marraqueta. En esos desayunos colectivos se conversaba de todo, de diligencias pasadas, de boliches donde levantar información y de convictos rehabilitados dispuestos a colaborar en casos pendientes; en la matutina merienda se repasaban antiguos sucesos policiales y se rememoraba a los agentes pesquisas de los albores de la institución. Desde aquellos años la policía civil marcaba diferencia con su símil uniformada, más cercana a la investigación que a la prevención, viviendo intensamente, y en cada cuartel, su estrecha relación con el maleante. Se hacía unidad afirman los coetáneos, tanto en las diligencias diarias como en los servicios nocturnos.

El generoso desayuno se justificaba ante las fortuitas jornadas de trabajo, en las que fácilmente se podía llegar a las cinco, seis o siete de la tarde sin almorzar. Por ello el desayuno debía ser abundante. Los viejos detectives desayunaban consomé, pasaban lista los días sábados y pagaban sus atrasos reiterados solventando una paila de huevos a un compañero de labores. Era otra policía, en sintonía con el país al que se debía.

Cuando un detective cumplía su rol en el servicio de guardia se premunía de su propia máquina de escribir. La pobreza era franciscana; la cinta de máquina escaseaba, por lo que cada uno debía portar la suya, muchas veces reciclada de otra máquina ya en desuso; no había fotocopiadoras y cuando aparecieron las primeras en las librerías de esquina, la copia era demasiado cara. En ese entonces, para multicopiar un parte se usaba papel calco, en cuyo procedimiento el oscuro folio se interponía entre el original y la que constituiría el duplicado en indisoluble triada. Cuentan que, en aquellos partes delicados con muchas copias, se vieron turros de hasta tres calcos en un solo rollo de máquina, con un original y tres duplicados. Esta sensacional maniobra era un recurso de guapos, ya que el oficial que tecleara esa máquina de escribir debía cumplir con la condición de tener bien ejercitada la musculatura de su antebrazo para golpear con fuerza cada letra del parte. También debía asumir la redacción del oficio con la debida precaución para no equivocarse, ya que una letra errónea debía borrarse cuatro veces, distinguiendo entre copia y calco, copia y calco.

Esos pliegos blanquinegros avanzaban línea a línea en la máquina Olivetti, girando en el rodillo ante el tecleo disonante, pausando en cada renglón tras el sonido de la campanilla. Para los nuevos detectives, el arte de multicopiar un parte a la antigua es historia. Hoy, ante un error de tipeo se puede volver atrás, como habitualmente se estila al redactar un documento en formato Word. Antes se debía borrar con corrector líquido, agitando previa y rítmicamente el pomo de liquid paper, para luego estilar la condensada gota blanca que lucía en la punta del minúsculo pincel. La memoria de agentes más antiguos recuerda que antes se borraba con typex, una lengüeta de máscara blanca que se interponía entre el papel y el abanico de aceradas letras de la máquina de escribir, en cuyo procedimiento se debía volver a marcar el error, para emblanquecer la falta ortográfica, y continuar con el relato. Y al recapitular más atrás, los errores se enmendaban con el clásico lápiz goma, un celeste bolígrafo de madera, en cuyo corazón no había grafito oscuro sino alba goma de borrar, y que en su parte posterior disponía de un adminículo en forma de escobilla que permitía barrer los restos de goma que quedaban sobre el roneo.

Pero como el desabastecimiento era extremo, sucedía con frecuencia que en la sala de guardia no había ni corrector líquido, ni typex, ni lápiz goma. Ante ello, para borrar una letra mal tipeada, los policías con más experiencia borraban con el filoso borde de la hoja de la máquina de afeitar. El papel se raspaba suavemente, sin llegar a traspasarlo, pero con pulso de cirujano, royendo levemente la tinta marcada para luego superponer encima la letra correcta. Más de alguna vez sucedió que, tras el trabajo impecable de un detective raspando el papel, el torpe funcionario de guardia volvía a equivocar la letra, debiendo proceder de nuevo sobre el papel roído. Nunca nadie se dio por vencido y los documentos se entregaban a tiempo, en forma y fondo.

Durante esa policía, en la que la gomina y la colonia inglesa daban sello y distinción al agente, germinaron en el hampa delincuentes de bajo botín pero de reiterada frecuencia. Uno de ellos era el monrero, hábil criminal que entraba a las casas premunido de un diablito o una herramienta similar, haciendo palanca en alguna ventana o puerta para facilitar su ingreso y sustraer especies. Otro delincuente era el cartillero, sujeto que ofrecía cartillas a la salida de los hipódromos que promocionaban la apuesta clandestina. Las patinadoras, por su parte, eran esbeltas mujeres que adornaban las aceras nocturnas de la capital ofreciendo sus servicios sexuales. En este sórdido ambiente delictivo se hallaba al cuentero, llamado así por recurrir en sus delitos al “cuento del tío”.

Cambiazo y escapazo

La experiencia indica que existen varias acciones delictivas conocidas como cuentos. Su denominador común es la simulación de un acto aparentemente real, por un sujeto activo-participativo (delincuente), ante un sujeto pasivo (víctima) que se ve envuelto en la trama que, por su propia codicia, ingenuidad o confianza, es conducido al error (engaño, estafa). Estos elementos, “simulación y error[,] componen el desdoblamiento del engaño, ya que el primero crea una falsa representación de la realidad y el segundo es una consecuencia de la actividad desplegada para simular” (Erazo et al., 1995, p. 3).

Más allá de la escueta definición del Diccionario de la Lengua Española (RAE y Asale) que define cuento como “relación, de palabra o por escrito, de un suceso falso o de pura invención”, el cuento se puede configurar desde distintas figuras delictivas. Sus distintos matices moldean formas diferentes del engaño, según la relación entre el sujeto activo, el pasivo y sus resultados. Cuando el cuentero, por ejemplo, simula la condición de empleado para acceder maliciosamente a una casa y sustraer especies de propiedad ajena, fingiendo ser carabinero, empleado de teléfonos o de una corporación de caridad, se trata de “usurpación de funciones” (Cavada, 1934b); cuando el cuentero ofrece a su víctima una especie o bien mueble de ciertas características y en último momento lo cambia por otro de menor cuantía, se habla del “cambiazo”, con su consiguiente “escapazo” cuando se aleja raudamente de la víctima para no ser apresado; cuando el criminal ofrece el envío de una encomienda tras el depósito del monto asociado a la venta, sin cumplir lo pactado o cumpliendo a medias con el trato, se trata de una modalidad de “estafa”.

La variante a considerar en estos relatos se asocia al fraude que se comete mediante el engaño. A precisar, según el cuerpo normativo vigente, toda estafa es una especie de engaño, pero no todo engaño es una estafa. De hecho, el título respectivo del Código Penal se intitula “estafa y otros engaños”. Dicho término se asocia al timo, que para Julio Vicuña (1910) “es sinónimo de robo y estafa, nombre con que en el caló jergal se designa el cuento del tío” (p. 138).

Al mirar concienzudamente el cuento para su análisis policial, se logra identificar cuatro elementos. La citada simulación, que se da cuando el engañador hace aparecer un hecho como real cuando en realidad no lo es. Este embuste no basta para construir una simulación, pues esta debe ir acompañada de artificios o falsas apariencias externas que induzcan a la víctima a formarse, por sí misma, una representación o juicio de la realidad que no corresponde con ella.

El otro elemento es el ya mencionado error, considerado como una falsa representación en la que se ve inducido un sujeto pasivo ante el amplio panorama de apariencias que ejecuta el sujeto activo, como consecuencia de la dinámica entre ambos. La disposición patrimonial es otro elemento del cuento, que constituye el acto de voluntad por el cual la víctima provoca una disminución de su patrimonio, ya sea mediante la entrega directa de dinero o de cosas, la adquisición o renuncia de un crédito o de una simple omisión, como el no reclamar un derecho dentro de un plazo legal.

Y el cuarto elemento es el perjuicio, menoscabo en el patrimonio del sujeto pasivo en relación directa con la disposición patrimonial. Existe por tanto una relación de causalidad entre los elementos de simulación que inducen al error, provocando la disposición patrimonial que ocasiona perjuicio (Erazo et al., 1995, p. 5).

El cuento, por tanto, es un fraude que en la legislación chilena se circunscribe a lo expresado en los artículos 467, 468 y 469 del Código Penal, por cuanto el que defraudare a otro en la sustancia, cantidad o cualidad de las cosas que le entregare en virtud de un título obligatorio, será penado con diferentes tipos de presidio. Se incluye quien defraudare a otro usando nombre fingido, atribuyéndose poder, influencia o crédito supuestos, aparentando bienes, crédito, comisión, empresa o negociación imaginarios, o valiéndose de cualquier otro engaño semejante.

El “cuento del tío”

En Uruguay, Argentina y Chile se conoce como el “cuento del tío” al relato que un timador expone a su víctima, en cuya situación simulada interpone la figura ficticia de un tío que le encomienda el depósito de un fajo de billetes, con el propósito de engañar y apropiarse de dinero o bien ajeno. Para Ventura Maturana, la explicación está dada “porque el cuentero se presenta ante la víctima tomando como pretexto de que un tío suyo lo ha mandado a entregar esa cantidad de dinero que representa el balurdo, a una parte donde teme que se lo puedan quitar” (Maturana, 1924, p. 152).

El balurdo es un fajo de billetes falsos, confeccionado de modo que parezca real a la vista del más escéptico transeúnte. En el lunfardo argentino se lo conoce como paco, igual que en Brasil, como sinónimo de paquete. “Hacer un paquete” se asocia además con el juego de naipe de la brisca, en el que el jugador que revuelve las cartas arma el mazo según sus intenciones. Cuando sus compañeros de juego lo descubren afirman que el naipe está paqueteado; “en un glosario puertorriqueño, el paquetero es definido como un embaucador, persona que dice paquetes, mentiras, cosas inverosímiles” (Galeano, 2016, p. 417).

El “cuento del tío” se conoce en Brasil como “conto do vigario”, en tanto que en la región andina (Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia) se lo conoce como “paquete chileno”, asociando el engaño con la idiosincrasia nacional. Si bien los teóricos le otorgan raigambre española, resulta de especial interés que a este timo se lo vincule directamente con Chile. “El cuento del paco era conocido en la región andina, de Chile a Colombia, también como el balurdo y paquete chileno” (Galeano, 2016, p. 416).

Por otra parte, según la especificación del engaño, el “cuento del tío” puede denominarse de otras formas, tales como “toco mocho”, en Argentina, para referirse al timo del falso fajo de billetes; “filo misho”, en Brasil, o al citado “cambiazo”, cuando un producto ofrecido es cambiado por otro de menor calidad al momento de cerrar la venta.

El “cuento del tío” fue una de las variantes más recurrentes de los cuenteros de la primera mitad del siglo XX en Chile. Para Julio Vicuña (1910), este subterfugio consiste en “obtener dinero de alguna persona dándole en garantía un paquete cerrado que el estafador dice contener joyas o dinero, cuya procedencia él explica por medio de un cuento”, aludido muchas veces a un tío lejano que le cedió una suculenta herencia (p. 76).

Así, la figura del supuesto tío se asocia con el relato de los primeros estafadores de este ilícito que “engañaban a sus víctimas convenciéndolas de que había recibido una abultada herencia de un tío lejano y que necesitaba dinero para hacerla llegar al país” (Galeano, 2016, p. 396). El cuentero prometía a su presa devolver el favor con una ganancia suculenta, lo que nunca se concretaba ya que el embustero huía con la contribución de su víctima. “Otras veces es la tía caritativa que le ha mandado entregar ese paquete con dinero a alguna institución religiosa”, pero con la condicionante de que, “como la tía no quiere que sepan su nombre, le ruega a la víctima que lo entregue ella y que[,] mientras va a dejarlo, le deposite algo de menos valor en garantía de que no se apropiará de esa suma” (Maturana, 1924, p. 153).

La diferencia del cuentero con otros criminales está dada en que este no derrama sangre en su actuar, recurriendo a su ingenio para obtener dividendos y responsabilizar en parte a su víctima apelando a su propia ambición. En este orden ideas, hubo tantos sistemas distintos para el cuenteo como estafadores y timadores existían; “era tanta la variedad de los delincuentes de este tipo como sistemas de engaño se puedan inventar” (Palma, 2011, p. 93). Los cuenteros de principios de siglo pasado recurrían a su capacidad para engatusar a incautos por medio de la perspicacia, jamás por la fuerza. Ello los hace distintos y por ello los méritos en profundizar sus motivaciones más ocultas.

A saber, en los primeros años del 1900, fraudes, estafas y malversaciones eran elementos de la dinámica social atribuibles para algunos a la oligarquía dominante. Estas irregularidades “pasaron a formar parte del paisaje cotidiano y se ligaron en fuerte medida a la ‘crisis moral’ diagnosticada por muchos contemporáneos” (Palma, 2011, p. 92). Para Maturana, uno de los más frecuentes cuenteros que se burló de beatas y huasos fue Robustiano Valenzuela, alias “El Don”. Más adelante en el siglo, la Revista de Criminología y Policía Científica incluye en su sección “Galería de delincuentes” a hábiles cuenteros, entre los cuales destacan Julio César Coletti Yepto, alias “El Chimbiroco”, cutis blanco, cabello y ojos castaño, que operaba con su compañero Agustín Donoso Camus, alias “El Rucio de la casa de Vidrio”; Luis Alberto Silva Berríos alias, “El Chico Lucho”, de cutis moreno medio, cabello castaño y ojos verdosos, especialista en el cuento y que actuaba conjuntamente con Armando Díaz Bobadilla, conocido como “El Cabezón”; Luis Alberto Torres Suzarte, alias “El José Arnero”, cutis moreno medio, cabello castaño canoso y ojos café oscuro, compañero de Manuel Aránguiz Esquivel, alias “El Lengua”. Se observa que todos ellos actuaban en duplas, jamás solos.

La galería de delincuentes también describe a las cuenteras de la época, tales como María Rosa Acevedo Córdova, alias “La Vieja Cuca”, cutis moreno medio y ojos negros, que se ofrecía como lavandera, para luego vender o empeñar la ropa que conseguía bajo el pretexto de lavarla; este delito lo cometía junto a María San Juan, alias “La Bailarina”, de cabello castaño claro y ojos café claro, que engañaba con el mismo modus operandi; Raquel del Carmen Zamora Leyton, alias “La Negra Chica”, cutis moreno oscuro y cabello castaño, también cuenteaba bajo el disfraz de lavandera, y Ester Castillo Novoa, alias “La Tuerta”, cutis moreno medio y cabello castaño, que timaba en la Caja de Crédito Popular (la tía rica) con la técnica del balurdo, eligiendo como víctimas a los niños que momentos antes empeñaban sus artículos.

Si bien algunos teóricos afirman que el origen del cuento en Chile y América migró desde Europa a las costas del Atlántico sudamericano, la narrativa española clásica personificó a embusteros y pícaros ladrones campesinos en figuras como Bagauda Burdunello, evolucionando en América como Simón el Bobito (Puerto Rico), Pedro Malasartes (Brasil) o Perurimá (Paraguay). Pero, sin duda, el ícono literario del cuentero chileno lo constituye un clásico del campesinado conocido como Pedro Urdemales, “un personaje fascinante, siendo como es, o como lo retrata la literatura, tretero, burlador, gran enredador, invencionero; en definitiva, un grandísimo pícaro” (Laval, 1997, p. 9). Tal cual. Hablar de cuenteros es hablar de este referente obligado en la tradición oral chilena.

Pedro Urdemales

Los relatos de “Urde Males”, juego de palabras que evoca la astucia para maquinar una treta, constituyen el ícono de los engaños, entuertos y burlas ingenuas en Chile.

Su historia se remonta en el país a 1885, cuando en Yungay se imprime la “Historia de Pedro Urdemales”. Sin embargo, existen antecedentes previos que sitúan su nacimiento en tiempos de la Edad Media, con asiento en España (Laval, 1997, p. 5). Un texto del siglo XVI, titulado Libro de consejas de don Pedro Urdemales, da cuenta de este astuto personaje, capaz de asumir diferentes roles en la sociedad con tal de conseguir diferentes propósitos en base a engaños, ejerciendo su astucia y habilidad sin compasión de sus víctimas, aunque estas fueran mujeres, ancianas o personas con capacidades diferentes.

Otro antecedente bibliográfico da cuenta de que en Madrid, en 1615, el autor del Quijote de la Mancha publicó su rimbombante Comedia famosa de Pedro Urdemalas, cuyo ingenio y astucia “excede al mayor y se puede ver que es el mismo embaucador de nuestros cuentos”, aludiendo al mismo embaucador del campesinado chileno (Laval, 1997, pp. 5-6). Incluso, Ramón Laval desliza en su obra Cuentos de Pedro Urdemales que, si bien la génesis de este timador data desde la Edad Media en España, bien podría tratarse de historias sobre nuestros pícaros campesinos que los conquistadores llevaron a la península.

Desde lo policial, el teórico Diego Galeano estudió el timo a nivel latinoamericano, afirmando que la génesis del cuento en el continente “comienza con una serie de relatos que muestran la presencia de esta modalidad de estafa en la década de 1870 y en el espacio rioplatense, que parece haber sido su primer foco de irradiación” (Galeano, 2016, p. 397). Desde entonces hasta 1930, la modalidad del cuento como estafa se habría ramificado por diversas ciudades del continente, llegando, entre otras, a Valparaíso y Santiago.

Uno de los antecedentes del cuentero estaría dado por el ladrón de hoteles, figura paradigmática de la criminalidad de fines del siglo XIX, de fuerte presencia en la cultura popular por diferentes narraciones. Este delincuente usaba fino calzado y elegante vestimenta, se desplazaba con gestos de urbanidad, ostentando su aparente dinero, fingiendo ser un burgués, que se hospedaba en un hotel generalmente con la excusa de un viaje de negocios. El delito del ladrón de hoteles “consistía en abandonar el hotel mostrándose indignado por los robos que él mismo cometía, sin levantar sospechas” (Galeano, 2016, p. 399). Este tipo de engaño se vincula con el cuentero, por cuanto su órbita de acción se centra en las zonas urbanas, contiguas al mercado y centros comerciales, donde el anonimato facilita simular personalidades diferentes, lo que no aplica en zonas rurales, lejos de la vida económica, con asentamientos humanos pequeños y familiares.

De esta manera, el radio de acción de los cuenteros se circunscribe a las ciudades, no en el campo, ya que, en “las grandes ciudades, la frenética circulación de dinero y la interacción entre anónimos eran, como en el caso de los ladrones de hoteles, condiciones de posibilidad del trabajo de estos embusteros. El “cuento del tío” requería de espacios donde la movilidad poblacional fuera intensa, donde se concentraran migrantes del interior del país y del extranjero, porque las típicas víctimas de estas estafas interpersonales eran los ‘recién llegados’, los nuevos habitantes metropolitanos” (Galeano, 2016, p. 399).

Según lo señalado, la génesis de los cuenteros en el Cono Sur del continente se asocia además a la inmigración de grandes contingentes europeos a las urbes sudamericanas, “pero también en aquellas [ciudades] se experimentaban flujos de migración interna” (Galeano, 2016, p. 396). Es decir, si bien en cada país el fenómeno de los cuenteros se vincula con su historia más profunda intrínsecamente relacionada con el foráneo, transversalmente se asocia con la viveza criolla, con la habilidad de cada lugareño en su contexto delimitado.

En efecto, en la historia precolombina nacional, y también en los siglos de la guerra de Arauco, la estafa entre los mapuches no constituía un crimen que mereciese sanción, sino que, por el contrario, se la consideraba un acto de astucia que dignificaba al burlador y envilecía a la víctima. Por esta razón, para no recibir burlas del resto de la comunidad, el afectado no denunciaba jamás el delito. Si un mapuche pedía justicia a fin de recuperar las tierras, objetos o animales estafados, el veredicto del ulmen o lonko —el que estaba regido invariablemente por las normas tradicionales para casos semejantes— “decía al agraviado, defendiendo con ello al ofensor koila ngunen nieifui2, proverbio que, dentro de la noción moral del araucano, juzga como habilidad la mentira, como arte de engañar a los que no son parientes” (Guevara, 1911, p. 21). De esta costumbre proviene, sin duda, aquella peculiar desconfianza que ha caracterizado a algunos miembros de este pueblo.

Esta desconfianza se extrapola a las víctimas urbanas y rurales de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Maturana, en su libro Las investigaciones del delito, lo confirma, señalando que “es lo más corriente que la víctima no diga que la sustracción del dinero o especie de que fue objeto se debió a un “cuento del tío”, que sirve para identificar al delincuente de oficio, sino que manifiesta que se trata de un asalto o simplemente de un hurto. La víctima, una vez que examina el paquete que le ha entregado el cuentero, se da cuenta de la burla y para no ponerse en ridículo, para que no se lo crea ‘un pasado’ [engañado], bota o despedaza el balurdo y el ‘cuento del tío’ lo calla. Cuesta mucho convencer a la víctima de que debe decir la verdad del hecho a los agentes de seguridad” (Maturana, 1924, p. 154).

Con frecuencia se tiene la concepción de que la víctima se encuentra indefensa frente a un acto criminal cualquiera y se supone que ha realizado todo lo humanamente posible por evitar ser víctima del delincuente. Sin embargo, en “un análisis profundo de la relación interpersonal que se mantiene en el caso de los cuentos, debemos advertir que la víctima juega un rol importante en la génesis y desarrollo del delito; sin la participación activa de ella, este delito jamás podría haberse consolidado” (Blanco et al., 1984, p. 47).

Consumar este delito exige la más alta confianza entre los malhechores, que generalmente operan en clanes o familias. La condición de los participantes es que se conozcan con antelación, desarrollando la capacidad de cooperación e improvisación ante la posibilidad de advertir dificultades en la ejecución del delito3. Así, la clave en la dinámica del cuento está en la comunicación y el lenguaje gestual.

En la narrativa española muchos personajes asumieron llana o tangencialmente la impronta de este timador, cuya imagen podía mutar en un sinfín de apariencias dependiendo de la ocasión: caballero o peón, hombre o mujer, cura o pagano, cuya versatilidad da muestra de un personaje hábil y perspicaz. No hay oficio que no practique o herramienta que no domine, extrapolándose en el tiempo en el albañil chileno o plomero aficionado, conocido como “maestro chasquilla”. A pesar de obtener dinero nunca tiene nada, carece de amigos y familiares. En la calle los conoce a todos, pero nadie lo reconoce. Diversas fuentes describen al Pedro urdidor de males como el estafador común y corriente que vive y sobrevive gracias al ingenio; antihéroe por excelencia, pícaro andante, vagante en un mundo miserable y ajeno.

Este perfilamiento como cuentero en el hampa nacional exige cabal adiestramiento y preparación, además de habilidad mental, pulcro manejo de la comunicación y capacidad de convicción, cualidades que elevan a este timador en una especialidad restrictiva dentro del medio criminal. Para Blanco et al. (1984), “se ha podido detectar verdaderas familias de cuenteros, que se transmiten las diferentes modalidades del cuento. Aún más, la consumación de este delito exige la más absoluta confianza entre los autores. El conocimiento previo entre los participantes permite desarrollar la posibilidad de advertir dificultades en la ejecución del delito. La comunicación y el lenguaje gestual adquieren una relevancia vital para alcanzar el éxito” (p. 47).

Efectivamente, entre las décadas del 30 y el 80 operó en la capital del país una de las bandas de cuenteros más reconocidas del hampa criolla nacional, conformada por cuatro diestros hermanos.

Los hermanos Moyano

Si bien Francis Fukuyama, futurólogo y asesor de políticas públicas en Estados Unidos, declaró que, aun con los avances médicos y estudios en profundidad sobre el genoma humano, no se ha encontrado el eslabón de ADN que confirme en la esencia de las personas la conducta criminal, resulta altamente interesante, desde la mirada criminológica actual, identificar el mismo patrón delictual en una misma familia. “Si hay algo políticamente más polémico que la asociación entre inteligencia y herencia, son los orígenes genéticos del crimen” (Fukuyama, 2002, p. 60), afirmó el teórico tras abordar los históricos intentos por relacionar la conducta criminal con la biología. Un ejemplo que confronta esta teoría fueron los cuenteros Moyano, cuatro hermanos unidos por el devenir criminal, cuyo análisis delictual requiere remontarse a los inicios del siglo XX.

Manuel Moyano Allende es un joven oriundo de Curacaví que a comienzos del 1900 viajó a la capital en busca de un mejor futuro. Encontró trabajo como peón en el fundo Santa Julia del sector oriente de Santiago. Amadora León Urra, en tanto, oriunda de Tunca en la Región de O’Higgins, llegó a la ciudad con el mismo propósito. Se conocieron y decidieron unirse en matrimonio, avecindándose en Ñuñoa, en una modesta casa en calle Reina Margarita.

El 15 de diciembre de 1906, en Santiago, nace el primogénito, Domingo Moyano León. A los tres años, en 1909, nace su hermano Juan José. Si bien el padre Manuel fue muy estricto en la formación de sus hijos, su ejemplo se desmoronaba, pues bebía con excesos. Amadora en tanto, para subsistir, complementaba el ingreso familiar con labores de lavado de ropa.

Domingo y Juan asistieron a la escuela de “Los Padres Pasionistas”, pero no aprendieron a leer. Pronto dejaron el establecimiento y, analfabetos, comenzaron a trabajar como ayudantes en la construcción. El 27 de diciembre de 1916 nació un nuevo hermano, Guillermo Moyano León, y tres años más tarde, el 29 de noviembre de 1919, nace Eduardo del Carmen, el cuarto Moyano. La dinámica se repitió, ya que si bien estudiaron en la misma escuela no aprendieron a leer y desertaron para dedicarse a colaborar en trabajos de albañilería.

Del matrimonio también nació la pequeña Berta, que apoyaba a su madre en las tareas de lavado de ropa. El padre Manuel nunca dejó de beber, acrecentando el consumo en sus últimos años, falleciendo a causa del alcoholismo en 1926, con poco más de sesenta años de vida. A su muerte, los hermanos recurrieron donde su tío Eustaquio Moyano Allende, quien vivía en la calle Lynch, contiguo al Canal San Carlos, donde poseía y administraba un prolífico almacén. El tío no quiso recibirlos ante el evidente estado de pobreza de sus sobrinos. Por orden de la señora Amadora nunca volvieron a visitar a su tío.

La falta de dinero los llevó a mudarse de domicilio, dejando la modesta casa en Ñuñoa y comenzando un largo periplo. Primero se trasladaron a calle Santa Elena esquina Victoria y luego a Camilo Henríquez en Santiago. Posteriormente vivieron en calle Borgoño próxima a la Panamericana Norte, en lo que hoy es Villa España, para luego trasladarse a la calle Puerto Nuevo, de Quinta Normal, donde la vida se tornó aún más difícil. Su madre comenzó con malestares a causa del sacrificado trabajo de lavandera en tanto Berta comenzó a beber.

Así, la ausencia del padre Manuel resintió la dinámica familiar. Los continuos traslados afectaron el informal empleo de la sostenedora de casa y Berta modificó sus conductas a causa del vicio. Con este desalentador escenario, doña Amadora y su hija fallecieron pocos años después de la muerte del jefe de hogar.

Sin sus padres, ni apoyo femenino en su dinámica hogareña, los hermanos debieron hacer frente a la vida. Los Moyanos más grandes, Domingo y Juan José, se acercaron al domicilio de doña Blanca Rosa Romero, en calle Aldunate N° 319, de la Población Pueblo Hundido en Renca, solicitando en arriendo un modesto cuarto que mantuvieron de por vida. Los Moyanos menores en tanto, Guillermo y Eduardo, se trasladaron a una pieza ubicada en calle Borgoño N° 275, en la Población Bulnes (inmediata a la Población Pueblo Hundido).

Iniciada la década del treinta, los Moyanos entraron a trabajar en la construcción como oficiales de un maestro que les pagaba la suma de diez pesos diarios. Si bien el dinero que percibían en la construcción les servía para vivir, lo recibían a cambio de una rutina sacrificada. La pobreza y carencias infantiles, junto al analfabetismo y falta de apoyo materno y paterno palpitaban día a día en los hermanos Moyano. Ello, sumado a un difícil entorno social donde vivían, significó que paralelo a su trabajo remunerado se desenvolvieran en el mundo del delito, siendo arrestados en varias oportunidades por lesiones, ebriedad y hurto, registrando muchas detenciones en los calabozos de la Policía de Investigaciones.

Mientras los hermanos Moyano permanecían en las mazmorras, esporádicamente al comienzo, pero asiduos visitantes después, aprendieron de otros delincuentes los trucos del juego de azar “la mona”. Tras producirse a fines del treinta la hambruna y cesantía que provocó la caída del oro blanco, de las salitreras pampinas llegaron nortinos a Santiago con la novedad de estos fraudulentos juegos de azar.

Así, los hermanos Moyano practicaban en la vía pública este juego, que consistía en tres fichas circulares idénticas en tamaño y color, con la diferencia de que una estaba ilustrada con la imagen de una esbelta mujer (recortada del diario), y que tras revolverlas con la cara invertida se debía adivinar la ficha de “la mona”. Lo jugaban en calle Ahumada en el centro de Santiago (antes de que la arteria vehicular fuera paseo peatonal), donde en poco más de una hora ganaban entre cuatrocientos y seiscientos pesos en apuestas ilegales engañando a la gente, ya que mientras uno revolvía las fichas ante la multitud de curiosos el otro Moyano se hacía pasar por seguro apostador, incitando a los demás a apostar en falso, perdiendo su dinero. Al volver a casa los fraternos hermanos se repartían el botín.

Con este margen de ganancias, al poco tiempo los Moyano dejaron su trabajo en la construcción, alternando la práctica del juego de azar con juergas y convites. El trasnoche santiaguino era amenizado en aquel entonces por veladas boxeriles, boites bailables y centros nocturnos, donde emplumadas artistas y vedetes trasandinas constituyeron el preludio de la incipiente Tía Carlina.

Si bien los Moyanos fueron analfabetos, llama profundamente la atención la habilidad innata y desarrollada respecto al estudio del comportamiento social y los recursos comunicacionales que potenciaron para cautivar a su entorno en sus ilícitos. Lo anterior está en sintonía con los teóricos de la estafa, por cuanto “llama la atención en estos delincuentes la facilidad de expresión, su aparente altruismo, sus maneras insinuantes de inspirar confianza, de atraerse a las víctimas con demostraciones de protección o de dejarse engañar por ellas mismas; visten con decencia y su aspecto es el de un hombre de bien caído en desgracia” (Maturana, 1924, p. 152).

Fue en la década del treinta cuando los Moyanos se especializaron en el arte del engaño. Practicaban a diario las apuestas ilegales en las arterias de la ciudad con poca vigilancia policial, entre las que destacaban los sectores de Franklin, Diez de Julio y Plaza Italia4, como también zonas de alto tráfico de peatones, como el Club Hípico, Hipódromo Chile y Estación Central. También frecuentaban los alrededores de Santiago donde se realizaban carreras a la chilena y funcionaban ramadas. Se tiene conocimiento de que, si bien los hermanos Moyano no salieron del país para cometer sus engaños, frecuentaron Rancagua y el puerto de San Antonio para la comisión de sus ilícitos.

Ante la sospecha de ser apresados por personal policial, los hermanos Moyano escapaban con usual habilidad, sorteando calles y pasajes sin ser arrestados. Cuando los detenían eran trasladados al galpón de la Sección Pesquisa, que operaba como calabozo en la calle de los suspiros, ubicado en Teatinos con General Mackenna, mismo lugar donde se encuentra actualmente el Cuartel Central de la PDI. En aquel entonces, los delincuentes que ingresaban a detención en la categoría de juegos de azar eran considerados “livianos”; es decir, no eran considerados peligrosos. Maturana lo confirma, al señalar que el maleante que comete el cuento es considerado en la jerga policial como un delincuente liviano, por tratarse de un delito contra las personas, en el cual prevalece la astucia, la habilidad para hacer incurrir en el error al sujeto pasivo, ocasionando daño a su hacienda pero no a su vida. Ellos “eligen sus víctimas entre gente bonachona, confiada, sencilla; entre aquellos a quienes se les puede hacer pasar gatos por liebres” (Maturana, 1924, p. 152). Así, durante varios años los hermanos Moyano se presentaban en la mañana y en la tarde en el cuartel, pasando todo el día jugando la mona.

Compartir la celda con otros delincuentes les permitió a los Moyano aprender a usar el balurdo y leer la mente de sus víctimas. Personas honradas y honestas caían en el burdo relato centrado en el turro de billetes, perdiendo su dinero u objetos de valor. Para Erazo et al., “cual hábiles cazadores dirigieron su accionar en presas insertas en el mundo de imaginación y ambición de una pronta fortuna, en la quimérica ilusión de ver multiplicados sus ahorros en un gran fajo de billetes, caídos de un supuesto ‘distraído’, y de un segundo hombre que gentilmente deseaba solo la amistad de aquello, pagando el secreto, antes que regresara el dueño de esa fortuna, llevando así a incautos a una pronta desilusión al descubrir más tarde el hábil engaño” (Erazo et al., 1995, p. 11).

Domingo, Juan José y Eduardo del Carmen adoptaron la misma especialidad delictual de cuenteros del balurdo y en el modus operandi actuaban entre sí como compañeros de delitos. Para engañar a los campesinos que viajaban desde el campo a la ciudad, Domingo vestía de huaso, como sus víctimas, con pantalón a líneas, cinto y manta, haciéndose conocido en el hampa como “El Huaso”. Juan José y Eduardo, en tanto, por ser los hermanos menores eran conocidos cada uno como “El Huaso Chico”, aunque este último, para diferenciarse del primero, era conocido además como “El Guayo”. Guillermo, por su parte, era conocido en sus andanzas como “Ño Gaete”, aunque por su afición a operar tanto con el cuento del balurdo como con el juego de la mona, en compañía de su mujer, tenía el alias de “El Huaso Pepero”5.

Domingo “El Huaso Moyano” fue detenido por primera vez en 1929 por ebriedad y porte de armas prohibidas (quisca); al año 1932 registra dos detenciones más por hurto, robo y juego de azar (la mona); al año 1940 suma doce detenciones por practicar el juego en la vía pública engañando a la gente; en los años siguientes suma detenciones por lesiones, robo, hurto y hasta homicidio, pero en ella no fue procesado como asesino, confirmando que la especialidad del cuentero se categoriza dentro de los delitos livianos. Al analizar su ficha delictual sorprende que desde 1946 a 1968 registra doscientas cincuenta detenciones por vagancia y otros delitos menores en diferentes juzgados del crimen de menor cuantía, siendo el último registro el 6 de enero de 1979 por vagancia en la Tercera Comisaría Judicial.

Juan José, “El Huaso Chico”, fue detenido por primera vez en 1929 registrando a 1936 tres aprehensiones por atentado a la autoridad; a 1940 registra ocho detenciones por juego de azar y seis por hurto; el año 1948 también registra una detención por homicidio, pero no como victimario; a 1962 registra 155 detenciones por vagancia, sospecha y delitos menores, sumando a 1965 treinta nuevas detenciones por los mismos delitos; entre 1966 y 1968 sumó veintisiete detenciones por vagancia en diferentes juzgados de menor cuantía de Santiago; entre 1968 y 1971 registra treinta y tres detenciones por el mismo delito y desde 1971 a 1977 sumó cuarenta y ocho nuevas detenciones, siendo la última en Nochebuena un 24 de diciembre de 1977, en la Quinta Comisaría Judicial del Servicio de Investigaciones.

Eduardo, “El Huaso Chico” (“El Guayo”), fue detenido por primera vez en 1937 por asalto y robo, registrando a 1977 cuarenta y dos detenciones por vagancia; en 1947 registra una detención por homicidio —sin participación material en los hechos—, una agresión a un funcionario de Investigaciones en el mismo año y una orden de aprehensión por desobediencia. En el gabinete de identificación de la PDI aparece registrado también como Eduardo del Carmen León, omitiendo el apellido Moyano que desde la década del treinta era signo de cuentero. Su último registro data del 9 de octubre de 1985 por vagancia en la Tercera Comisaría Judicial.

Guillermo, “El Huaso Pepero”, fue detenido por primera vez en 1929 por contusiones; entre 1932 y 1940 registra doce detenciones por juegos de azar y otros delitos menores, como hurto y desorden; entre 1941 y 1946 registra treinta detenciones por sospecha y tres detenciones por juego de azar (pepito paga doble); a 1973 registra doce nuevas detenciones por juego de azar y doce detenciones por vagancia. También actuaba bajo los nombres supuestos de Guillermo León o Guillermo León Valenzuela, omitiendo el apellido Moyano, por la misma razón que lo hizo su hermano Eduardo6.

En su historial delictual, los hermanos Moyano desarrollaron una gran habilidad mental y poder de convicción. A su haber engañaron a hombres y mujeres de distintas edades, incluso con mayor instrucción.

Abracadabra

La noche anterior al día en que iban a operar, los hermanos Moyano cortaban y ordenaban el fajo de papeles, confeccionando un fino balurdo, simulando un turro de genuino papel moneda al envolverlo externamente en un billete falso o real, generalmente del más alto valor existente.

Así, el balurdo estaba formado por fajos de papeles de diario o de envolver que simulaban en dimensión y tacto un paquete con billetes. También “se confecciona por fajos de boletines de réclames, del tamaño y forma de un billete, que tienen en el reverso el diseño de este último” (Maturana, 1924, p. 152).

Arribaban temprano, aproximadamente las 07:00 horas, al lugar donde actuaban, ya sea la Estación Central, la Plaza Almagro o la Estación Pirque en Plaza Italia, todos ellos sectores de tránsito de pasajeros, provincianos imberbes e ingenuos. Los hermanos Moyano tenían bien desarrollado el ojo criminal, pues casi nunca fallaban en la elección de sus víctimas, que visitaban la capital por algún trámite o diligencia personal, sin intuir que eran observadas y seleccionadas como protagonistas del inminente mal urdido.

Juan José, por lo general, se hacía pasar por el “gil” que dejaba caer el balurdo a los pies de la víctima, simulando un descuido y continuando con su recorrido. En supuesta accidentalidad o evento casual, al agacharse la víctima a recoger el atractivo fajo de dinero simultáneamente se le acercaba Domingo, quien le decía: “La suerte es para los dos”.

Su traje de huaso, acento y lenguaje hablado lograban convencer a la víctima de que estaban frente a un hecho verídico. El cuentero Domingo le pedía a la víctima que guardara rápidamente el “dinero” para repartírselo luego en un lugar más seguro. Mientras esto acontecía, se desarrollaba el segundo acto de la obra cuando Juan José nuevamente aparecía en escena. Presunto dueño del “dinero”, consultaba a ambos si habían visto caer un fajo de billetes de su propiedad, que portaba para depositar en la cuenta bancaria de un tío suyo.

Juan José aseguraba que el fajo extraviado constituía una gran suma de dinero y que al parecer lo habría extraviado en ese preciso lugar. Aquí intervenía la ambición de la víctima, aquella complicidad necesaria para alcanzar la magia, haciéndola cómplice del hurto de hallazgo al expresar que no sabía nada al respecto. El “gil” se alejaba para simular la búsqueda del fajo en otro lugar, dejando a la pareja sola. Domingo y la víctima se alejaban a otro lugar, más solitario, pidiendo a este último apurar la suculenta repartija, sin necesidad de contar uno a uno los billetes, sino equiparando el monto estimado con lo que portara de valor, dinero en efectivo o especies, ya que en cualquier momento podría volver el dueño.

Otra variante era pedirle a la víctima que se llevara el fajo y que se reunieran más tarde, en otro lugar, a repartir el dinero, exigiendo como garantía la entrega de un objeto de valor, “entonces solicita de la víctima le tenga en su poder ese dinero, mientras él va a inspeccionar el peligro que pueda haber; pero para ello exige que se le entregue otra cantidad de dinero menor, el reloj, alguna prenda u otro objeto en garantía de que la víctima no huirá con la gruesa suma de dinero que simula el balurdo” (Maturana, 1924, p. 152).

La víctima aseguraba hacer un negocio redondo al quedarse con el turro de billetes, entregando a cambio una suma en efectivo inferior a lo que ganara con el fajo. Con el trato cerrado, ambos siguen sus respectivos rumbos. Como un niño cuando abre un regalo de Navidad, la víctima ilusionada desarma el balurdo en la soledad de un microbús, en el asiento vacío más alejado, y, al abrirlo, descubre que son papeles de diario recortados. Los autores del timo, en tanto, en ese mismo minuto están dividiéndose las ganancias en efectivo o empeñando las prendas adquiridas, contando una nueva embaucada a su haber.

La persona estafada, en tanto, no se atrevía a denunciar para no quedar en ridículo, solo miraba por la ventana del microbús las veredas capitalinas colmadas de gente desconocida, viendo en cada una de ellas el dolo, la astucia y el engaño.

Tipología y modus operandi

El modo de operar de los cuenteros es consecuencia y resultado de la observación permanente que el criminal realiza en su entorno. El delincuente “sabedor de estas circunstancias y, más aún, de la idiosincrasia o del carácter del chileno medio, basa toda su acción delictiva en estos principios. Existe toda una planificación previa de la trama delictual y, por supuesto, están estudiadas las variantes de la misma que entran en acción dependiendo de la actitud y disposición que asuma la víctima” (Palma, 2011, p. 47).

Para Blanco et. al. (1984), eran varios los tipos de cuentos. Además del “cuento del tío” con el recurso del balurdo, otras formas de estafar son tan variadas como astutas.

Para el “cuento de la lotería”, los timadores utilizan un boleto de polla o lotería adulterado, de tal modo que aparece premiado con una alta suma de dinero. La víctima se escoge en un lugar financiero o en la llegada de los buses y trenes provinciales. Sin concurrencia de público, escogen a su víctima y con pretextos fingen buscar la dirección de un médico o abogado (profesionales letrados y confiables a comienzos de siglo), dicen ser campesinos y no conocer la ciudad. Dicen además no saber leer, no tener tiempo para acudir a la agencia de lotería y requieren revisar el cartón con los números sorteados. En escena aparece un cómplice, que por coincidencia lleva un diario. Al ver el listado, la víctima se entera de que el boleto está premiado y comienza a vislumbrar la posibilidad de quedarse con el boleto para cobrarlo. El segundo delincuente le insinúa a la víctima que vaya a cobrarlo y que deje sus prendas en garantía. Así, en forma voluntaria y a insinuación del segundo cuentero, se aleja dejando en custodia las pertenencias que nunca volverá a ver.

El “cuento de la lotería” se conoce en Argentina, Brasil y Uruguay como “toco mocho”, a través del cual “ofrecen a un gil venderle un boleto premiado de la lotería, por no tener tiempo para ir a cobrarlo (…) la víctima, individuo ambicioso de ganar dinero fácil, acepta en vista de la utilidad pingüe que recibirá” (Cavada, 1934, p. 11). Así, cuentero y víctima se unen en la trama de la ambición, característica que no se da en otros ilícitos asociados a la estafa.

El “cuento del mandado”, en tanto, lo realizaba el sujeto que previamente consulta y hace averiguaciones de determinada familia, tales como lugares de trabajo, horarios, nombres, entre otros. Posteriormente concurre a la casa escogida aduciendo traer noticias de los familiares en el extranjero o de provincia, siendo portador de una encomienda, la que se encuentra en aduana y necesita dinero o cualquier especie de valor para retirarla. Las víctimas entregaban lo solicitado por el mensajero, por el conocimiento que demuestra de la dinámica familiar, siendo embaucadas.

El “cuento de las cajitas” lo realizaba un sujeto bien vestido que concurría a domicilios de personas que publicaban avisos en la prensa, vendiendo joyas de alto valor comercial. Concurría a la vivienda indicada, observaba las joyas a la venta, las pesaba y regateaba sin llegar a acuerdo. Días más tarde consultaba si mantenía las joyas a la venta y acudía con dos cajas de idénticas características. Una vacía y otra llena de clavos. Pide volver a ver las joyas y dice que por el alto costo un familiar vendrá más tarde con el dinero, pero mientras pide guardar las joyas en la caja ya que las quiere para regalo. Al descuido, la cambia por la caja llena de clavos y se retira con la promesa de volver más tarde. No regresa, pero deja los clavos en recuerdo.

El “cuento de las suplantaciones” es aquel en el que, como se ha mencionado, el cuentero simula ser un funcionario de algún servicio básico con el propósito de ingresar a un domicilio y robar especies con o sin violencia (Cavada, 1934c). Así, “falsos policía, falsos eléctricos, falsos fontaneros, falsos vendedores viajeros o comerciantes, engrosaban la lista de ladrones que se presentaban en casas o tiendas a concretar sus propósitos mediante el recurso de la mentira artificiosa” (Palma, 2011, p. 94).

Balurdo a un clic

Generalmente, el criminal que llega a cometer este tipo de ilícito se inicia como lanza o en alguna actividad delictual liviana, desembocando finalmente, a veces como consecuencia de la edad, en el recurso verbal para engatusar a sus víctimas.

Como se ha expuesto, ser cuentero exige todo un adiestramiento y preparación además de habilidad mental, fácil manejo de la comunicación y poder de disuasión en las personas, constituyendo al cuentero como una especialidad restrictiva dentro del hampa, que en la actualidad se puede encasillar en el ciberdelito y en estafas mediante llamados telefónicos desde la cárcel.

También se encuentra la usurpación de identidad en las redes sociales, a veces porque la víctima no ha tomado los suficientes resguardos en el uso de redes sociales o porque el victimario encuentra en el anonimato la forma de hacer daño. Esta suplantación o usurpación supone la apropiación de los derechos y facultades que emanan de la víctima y que son de su uso exclusivo, como nombre y apellido, datos bancarios, cuentas en redes sociales, fotos privadas, etc.

En cuanto a su modus operandi, este delito es cometido a través de la creación de un perfil falso en una red social, donde comúnmente se emplea para ello los datos personales de la víctima, accediendo a su perfil de forma indebida y utilizándolo maliciosamente a nombre del titular, para publicar anuncios, comentarios o incluso haciendo uso de sus datos personales para identificarse con terceras personas a través de email, whatsapp o skype, entre otros medios; las motivaciones de los delincuentes jóvenes son hacer una broma o dar un escarmiento a la persona con quien se ha discutido algún tema, pero para los delincuentes adultos, la motivación es causar un daño más evidente, perjudicando la imagen de un persona (famosa de TV, animadora o actriz), su fama y reputación, o adjudicarle un hecho delictivo. Muchas víctimas no denuncian por temor a que se descubra la suplantación o vergüenza lisamente, respecto de lo cual la legislación es bastante escasa, imprecisa y enfocada al mundo analógico, lo que complica la persecución de este tipo de delito.

Un delito más grave lo constituye el grooming, concebido como cualquier acción que tenga por objetivo mirar o socavar moral y psicológicamente a una persona, con el fin de conseguir su control a nivel emocional. Si bien esta actividad puede producirse en cualquier instancia, es particularmente grave en los casos en los que una persona realiza estas prácticas contra un niño o niña, con el objetivo de obtener algún tipo de contacto sexual. Su modus operandi se ejecuta en primera instancia usando chats o cámaras; el abusador contacta a un niño o niña haciéndose pasar por otro menor; busca crear lazos de confianza a fin de obtener la mayor información posible de sus hábitos, cuentas de redes y nuevas variantes de contactos posibles; luego trata de disminuir las inhibiciones del niño o niña mostrándole imágenes de contenido pornográfico, hasta lograr que el menor se desnude frente a la cámara o envíe fotografías de tipo sexual; finalmente comienza el chantaje cuando el abusador amenaza con hacer públicas las fotografías si el niño o niña no accede a enviarle más imágenes. En ocasiones, el criminal busca concertar una cita para abusar sexualmente de él o ella, cuyo delito no está tipificado como tal en la legislación chilena.

El ransomware (“secuestro de datos”, del inglés ransom, que significa rescate, y de ware, que es un acortamiento de software) es el delito asociado a un virus informático que impide el acceso a la información del usuario, tales como documentos, imágenes, videos, entre otros; posterior a ello el criminal pide un rescate para recuperar la información. Así, se habla de virus troyano cuando se engaña a los usuarios disfrazándose de programas o archivos legítimos (benignos), tales como fotografías, archivos de música o archivos de correo, con el objetivo de infectar o causar daño. Los primeros casos conocidos nacieron como algo lúdico y de fácil traspaso o desbloqueo de la información, pudiendo eliminar, con una combinación de teclas, los mensajes emergentes con falsa información. En las últimas versiones es imposible, por cuanto la información es codificada y la única manera de acceder a ella es a través de claves utilizadas para dicha codificación, las cuales posee el delincuente y que solo entregará previo pago del rescate. Se dice que su información está “secuestrada”, exigiendo el pago sin pretextos ni evasivas.

De esta forma, se evidencia que internet ofrece una amplia gama de amenazas que cualquier usuario está propenso a sufrir. El pago por anticipado, por ejemplo, es una estafa muy común en las redes sociales; se publica un artículo de interés general con un precio reducido en relación con el mercado formal; se entabla el acuerdo de compra y venta y el estafador solicita la primera transferencia para asegurarle el producto, estableciendo una fecha determinada para el envío, el que nunca sucede.

El phishing (“pescar datos”) es una modalidad de estafa que se caracteriza por un envío masivo de correos fraudulentos con los que, por lo general, se intenta suplantar a una entidad bancaria o de otra índole, advirtiendo a la víctima que debe remitir sus datos bancarios para actualizarlos a fin de aumentar la seguridad de su cuenta. De esta manera, la víctima accede a una página web fraudulenta y con ello el “pescador” (criminal que con su correo masivo busca “pescar” a alguna persona ingenua) hace uso malicioso de la cuenta y del dinero.

El pharming corresponde a una vulneración informática de sitios de internet auténticos, con la que se busca redireccionar a las víctimas a sitios falsos, cuya finalidad es obtener sus datos personales y bancarios. Un phishing puede llevar a un pharmingmediante la instalación de un software malicioso.

La “estafa nigeriana” corresponde a una modalidad de estafa antigua, a través de la cual un sujeto desconocido se contacta con la víctima, principalmente por correo electrónico y este le hace creer que existe una herencia o una suma importante de dinero a la cual puede acceder siempre y cuando este deposite una suma de dinero por anticipado, dinero que será utilizado para los gastos administrativos de dicho proceso. Su variante es la venta de vehículos o propiedades, en la cual el dinero se pide para trámites administrativos mediante el criminal como intermediario ante los dueños que se encuentran aparentemente en el extranjero (Nigeria).

El “cuento del A B C” consiste en la estafa en que un delincuente, interesado en un producto determinado, ofrece en el mercado electrónico un producto por el mismo precio del que desea; a un comprador interesado le da los datos de transferencia del vendedor que ofrece el producto de interés del delincuente, y así la tercera persona transfiere, simulando que el estafador pagó por el producto de su interés.

El “cuento de la novia ucraniana” usa un viejo modus operandi, en que los estafadores se hacen pasar por hermosas mujeres de Europa oriental que buscan parejas. Seducida la víctima, la novia señala que no tiene dinero para viajar al destino soñado de vivir juntos. Varones de distintas edades transfieren los montos solicitados, anhelando un caluroso encuentro que nunca se concreta. Esta estafa evolucionó al sextortion (“extorsión sexual”), cuando la víctima es chantajeada por fotos íntimas que subió en la conversación virtual con una interlocutora (o interlocutor).

En otros cuentos virtuales, se encuentra en internet la oferta de cupones de descuento, tanto para empresas nacionales como extranjeras; avisos del banco indican que se debe verificar sus accesos informáticos para obtener suculentos premios por ser el visitante número mil de una página determinada, accediendo a cuentas bancarias con fines fraudulentos.

El quinto Moyano

Con este marco tecnológico, en la globalizada sociedad de la información, la historia del cuento no se detiene. La herencia de los hermanos Moyano muta en el tiempo en constante evolución mientras exista una víctima que pueda caer en una simulada realidad. Si bien los cuenteros Moyano fueron una agrupación delictual conformada por cuatro hermanos, el análisis de los registros policiales da cuenta de un quinto integrante.

Miguel Luis León Morales, chileno, alias “El Cojo”, nacido en Santiago el 17 de junio de 1943, hijo de Carlos León y Aída Morales, estudios básicos, último domicilio conocido en calle Yungay Nº 263 en Quinta Normal, poseía ficha de cuentero en la PDI. Fue compañero de delito de los hermanos Moyano cuando alguno de ellos se enfermaba. Al ser detenido en numerosas oportunidades junto a estos, pasó a ser conocido como un Moyano más pese a no tener vínculo de parentesco. Sus fechorías en compañía permanente de los Moyano replicaron las marcas al rojo que se estampaban en la Europa medieval para identificar a los maleantes7. Murió el 10 de noviembre de 1994.

Todo detective de la policía chilena antigua, que interactuó con la marginalidad delictual de esos años, recuerda claramente la subrepticia vida, licenciosa y oculta, viciosa y libertina de los hermanos Moyano. El ex prefecto de la PDI José Jorquera Lagos, por ejemplo, jefe de la Prefectura Occidente en 1995, conoció de cerca el modus operandi de estos timadores cuando se dedicó a la investigación criminal en 1967. Más aún cuando fue destinado a la Asesoría Técnica de la institución, donde cumplió funciones entre 1973 y 1988, en las dependencias de Informática y Análisis y Procesamiento de Datos. A partir de su interacción con los hermanos Moyano afirmó que

su sistema de vida era propio de la clase baja y su sector de operaciones abarcaba primordialmente el centro de Santiago, la Estación Central y un terminal de buses que hace algunos años existía en la Plaza Almagro. Recuerdo que estos hermanos contaban el cuento del balurdo y sus víctimas generalmente eran campesinos que provenían del sur. José se hacía pasar por gil, en tanto su hermano Domingo era el que se acercaba a recoger. Estos no eran delincuentes que opusieran resistencia a su detención. Todos estos hermanos figuran como solteros en sus respectivas fichas. No se les conoció convivientes como tampoco hijos, y, conforme a lo que recuerdo, estos habitualmente pernoctaban en hospederías ubicadas en las calles Aldunate y Esperanza cuando los sorprendía la noche, ya que eran bastante pobres y sus cuentos les servían escasamente para solventar gastos de alimentación y alojamiento. Los hermanos vestían muy mal y a pesar de que en 1985 ya tenían una avanzada edad, todavía estaban activos en la comisión de este delito, por los cuales obtenían exiguas cantidades de dinero que solamente les alcanzaba para sufragar sus necesidades básicas. Eran sujetos característicos por los abrigos que vestían siempre y eran apodados “los huasos”, y esto era seguramente porque usualmente elegían como víctimas a estos personajes, a los cuales incluso imitaban en su forma de hablar, dando con ello mayor confianza a la víctima. Nunca se tuvo conocimiento de que hayan obtenido cantidades importantes de dinero producto de estos ilícitos, pero sí se puede indicar que estos eran bastante periódicos, lo que queda en evidencia con las múltiples detenciones que registraban a su haber (Erazo et al., 1995, p. 17).

Para Jaime Romero Romero, nochero de edificios, la historia de los hermanos Moyano es parte de su vida. En su casa habitación de calle Aldunate de la Población Pueblo Hundido vivieron los hermanos Moyano por más de treinta años. Romero recuerda que, desde el año 1948, cuando tenía solo 7 años, “mi madre Blanca Romero, les arrendó una pieza del inmueble que habitamos, a Domingo y Juan José. Recuerdo que estos se dedicaban a contar el cuento del balurdo en las inmediaciones de la Estación Central, escogiendo como incautos a los huasos que llegaban desde el sur en tren, para lo cual salían temprano de la casa y llegaban bastante avanzada la tarde, incluso en algunas ocasiones se perdían por varios días, presumiendo que esto era cuando resultaban detenidos por la policía”. Y luego agrega: “Estas personas nunca produjeron desórdenes en nuestro hogar, pues se comportaban tranquilamente en la casa. Es más, que yo recuerde, jamás vino la policía a buscarlos aquí” (Erazo et al., 1995, p. 20).

Blanca Rosa Romero fue entrevistada en 1995 a fin de conocer más detalles sobre la vida de los hermanos Moyano, afirmando que

eran tranquilos, ya que nunca me produjeron problemas aquí. Tenía conocimiento que operaban con el cuento del balurdo, pues en la misma pieza preparaban los fajos de billetes. Esta labor la hacían generalmente de noche. Como anécdota, puedo contar que en una ocasión mi hijo, que en ese entonces tenía 7 años, fue a intrusear a la pieza de esos hermanos y vio un balurdo sobre un velador y llegó hasta donde yo estaba a contarme que el tío José tenía harta plata. En su inocencia, mi hijo pensaba que se trataba de un fajo de billetes verdaderos. Cuando regresaban a la casa y les había ido bien, no eran mezquinos y me pasaban algo de dinero para la compra de víveres. Nunca supe que ganaran mucho dinero, pero lo que obtenían les alcanzaba para mantenerse. Jamás tuve problemas de dinero con ellos, recuerdo que aquí a la casa nunca vino la policía a buscarlos, por lo que presumo que no se sabía que vivían conmigo o bien tenían otras caletas (Erazo et al, 1995, p. 22).

Los hermanos Moyano no dieron entrevistas, solo brindaron declaraciones policiales en el marco de alguna de las tantas detenciones. Sin embargo, en 1995, para un trabajo de investigación académica en el Instituto Superior de la Policía de Investigaciones, actual Academia Superior de Estudios Policiales (Asepol), el último Moyano vivo fue entrevistado a fin de indagar en el modus operandi de este oficio y en la historia familiar de los Moyano. Y este relató lo siguiente: “Cuando yo tenía alrededor de diez años falleció mi padre a causa de que bebía mucho vino blanco, lo que le provocó un soplo al corazón. Recuerdo perfectamente que era muy severo con nosotros y nos golpeaba por cualquier maldad que hiciéramos. Si él hubiera estado vivo, creo que no habríamos llegado al camino del delito. Pese a que junto a mis hermanos fuimos a la escuela, no logré aprender a leer, solo a sumar”. Luego continúa: “También recuerdo de esa época que siempre vivimos arrendando, en diferentes lugares de la capital, llegando finalmente todo el grupo familiar a la Población Bulnes. Esto debió ser aproximadamente el año 1950. Pasado unos años me marché a Conchalí junto a Blanca, mi mujer, con la cual convivo hasta la fecha (1995)”.

Blanca Rosa Pizarro Henríquez fue pareja de Guillermo, compañera de vida y de delito. Trabajó por más de cuarenta años en la pilastra de frutas y verduras del Mercado Tirso de Molina en Recoleta. Vivían en el pasaje Mario Neira N° 65, en una relación de la cual no tuvieron hijos por problemas biológicos de Guillermo. En 1985, Blanca enfermó con las madrugadas, los fríos, la artritis y su diabetes, dedicándose a las labores de la casa. Para la misma investigación académica, afirmó que Guillermo “siempre fue bueno para la farra y mujeriego, que no se preocupaba mayormente por los problemas y necesidades del hogar, sin embargo, yo no tuve problemas debido a que ganaba mi propio dinero”. Blanca confirmó además que el juego lo practicaban en calle Ahumada e Hipódromo de Chile. Dijo también que Guillermo no trabajó el “cuento del tío” con sus hermanos, sino que se especializó en el “pepito paga doble” y que salió a “trabajar” a la calle hasta en sus últimos días.

Guillermo manifestó también que “en este juego (la mona) ganamos bastante dinero porque en esos años rendía más la plata. Cuando fuimos detenidos y llevados a Investigaciones, que en esos tiempos solo era un galpón, pudimos aprender de otros delincuentes detenidos, como usar el balurdo. Buscábamos la plata en sectores tales como Estación Central, Franklin y Arturo Prat, donde era fácil jugar ya que no existía presencia policial; otros lugares a los que también concurríamos eran calle 10 de Julio y Plaza Italia, pero principalmente en la calle Ahumada. Posteriormente mis hermanos se dedicaron al balurdo, dejándome a mí junto a mi mujer dedicados al juego de la mona”. Para luego continuar diciendo:

Nunca salimos a trabajar fuera de Chile, lo que más lejos fuimos fue en la ciudad de San Antonio, durante el verano donde un amigo de nombre “Carlitos Palma”, matarife, actualmente [1995] debe tener cerca de los ochenta años, creo que se encuentra enfermo del corazón. Con el dinero obtenido nos dábamos la gran vida, buenos asados, cazuelas. En cuanto a mis otros hermanos, cuando ellos salían uno bebía y el otro lo cuidaba, ya que el alcohol los ponía un poco violentos y de esta forma evitaban tener peleas. Yo andaba bien vestido, con buen reloj, los sombreros valían $45, de los que usaban los detectives quienes andaban muy bien vestidos, entre ellos recuerdo al “Huaso Canales”, Roberto Schmidt, al señor Rencoret y al señor Villagrán que trabajó el sector de Conchalí, creo que aún vive. De la policía móvil me recuerdo de un funcionario de nombre Guillermo Caamaño y otro de apodo el “Chico Margoso”, nos controlaban bastante, hacían buena labor y nos dejaban sin jugar.

A partir de esta entrevista se comprobó que en cuanto al dinero obtenido solo les permitía solventar el gasto diario “pese a la larga trayectoria que tuvieron en el camino delictual, no se les conocen bienes muebles o inmuebles, lo que es indicativo de la mala administración de los dineros obtenidos” (Erazo et al., 1995, p. 32). En efecto, no compraron casas ni vehículos, no poseían ahorros ni cuentas bancarias. En palabras del propio Guillermo, “como éramos analfabetos nadie nos aconsejó para sentar cabezas y haber ahorrado algo, recuerdo que en una ocasión un amigo veguino con plata, actualmente fallecido, don Segundo Avendaño, me ofreció prestarme [sic] dinero para que comprara una casa y una bodega y así establecerme tranquilamente y asegurar el futuro, quedé de ir a darle una respuesta, cosa que finalmente nunca hice... éramos todos muy ahuasados8” (Erazo et al., 1995, p. 24).

El fin de una era

Los hermanos Moyano, singulares personajes que durante varias décadas operaron en Santiago haciendo del “cuento del tío” su sustento de vida, delinquieron en el mismo delito hasta el día de su muerte. Fueron ampliamente conocidos por diversas generaciones de policías, estigmatizando al cuentero nacional con su larga trayectoria. Si bien no cometieron homicidios, registrando detenciones en esta categoría solo por ser testigos de hechos de muerte, la presente desclasificación porta el propósito de confirmar la categoría de “livianos” de los criminales de este delito, especialidad que apuesta por la ambición y complicidad de las víctimas y no por hechos de sangre, con violencia y alevosía.

El primer Moyano en fallecer fue Juan José, “El Huaso Chico”, a raíz de un ataque al corazón el 9 de junio de 1978. Al año siguiente falleció Domingo Moyano, “El Huaso”, por insuficiencia respiratoria el 19 de enero de 1979. Ambos sufrieron los ataques en la habitación en que se hospedaban en Renca, murieron en la posta central y fueron sepultados en el mismo cementerio católico de Santiago.

Eduardo Moyano, alias “El Guayo”, en tanto, tras el alejamiento de su hermano Guillermo cuando se fue a vivir con su pareja Blanca, pernoctaba en hospederías o en la calle. Estuvo largo tiempo en el Hogar de Cristo tratando su adicción al alcohol, en la que recaía cada vez que lograba un avance. Murió el 12 de mayo de 1987 a causa de cirrosis. Fue sepultado en el mismo camposanto que sus hermanos.

El último en morir fue Guillermo Moyano, que, según lo confirman los antiguos locatarios de La Vega Central, frecuentaba este centro comercial hasta sus últimos días realizando su ilegal actividad. El “Huaso Pepero” falleció el 9 de junio de 1998.

De los hermanos no quedaron hijos. No hubo descendencia excepto por Domingo, quien junto a una conviviente criaron una niñita, pero desafortunadamente falleció a los tres años de edad. Quizás no tuvieron descendencia por esa rara “selección natural”. No se tiene registro si el papá tuvo hijos antes de salir de Curacaví, deslizando la posibilidad remota de que quizás operaron otros hermanos Moyano en tiempo y espacio paralelos.

Al analizar su dinámica criminal y sus innumerables anotaciones por vagancia, se evidencia que los hermanos Moyano en actividad nunca tuvieron domicilio conocido. Se mantuvieron siempre inubicables, salvo para el viejo sabueso policial. Se buscaron sus tumbas a fin de verificar lo que sucede con muchos criminales que después de muertos son venerados por los feligreses, tales como Emile Dubois, el “Genio del Crimen”, o Jorge del Carmen Valenzuela, el “Chacal de Nahueltoro”, que por los pecados cometidos en la Tierra pueden sortear el purgatorio concediendo favores a los mortales. Por los años que han pasado y sobre todo porque ninguno de los cuatro hermanos Moyano dejó descendencia, ubicarlos fue una difícil tarea. Tras insistir varios días con esta investigación se logró un acercamiento a su sepulcro; sin embargo, ante la falta de familiares interesados en preservar su recuerdo, y tras no recibir mantenimiento ni contacto familiar, a los pocos años sus tumbas fueron trasladadas a la bóveda 5 e incorporadas a una fosa común.

Pareciera ser que el linaje Moyano porta en su flujo sanguíneo la herencia genética del pícaro Urdemales, cuya versatilidad de los cuatro consanguíneos dio muestras de habilidad y perspicacia en el arte del engaño. Producto del timo circuló generoso dinero por sus manos, pero vivieron y murieron con lo justo, sin ostentar propiedades o enseres, carentes de amistades duraderas y descendencia. Los Moyano conocían a todos los miembros de la sociedad, pero nadie los pudo reconocer antes del crimen. Los Moyano, estafadores básicos pero complejos a la vez, vivieron y sobrevivieron gracias a su ingenio, y en constante estado de vagancia dejaron este mundo miserable para descansar en una fosa común, por la eternidad, ocultos entre los demás.

Por siempre se desconocerá el paradero de los hermanos Moyano. Murieron para siempre, en su propia ley.

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La Llave la tiene
el Mayordomo

* * *

El Caso Portal Lyon (2002)

Epistemológicamente, le doy gran importancia al ser de las cosas existentes, pero también se la doy al sujeto, y escarbo no en sus representaciones, sino en las palabras que las visten, porque allí ubico el problema.

René Vergara, El pasajero de la muerte.

Caracol de Providencia

Antes del actual modelo urbano de bulevar y centros comerciales, basado en la dispersión horizontal de locales con pasillos lineales y terrazas de comida, en los años setenta ciudades como Vancouver y Nueva York portaron la lógica espacial del caracol. Apoyado por las vanguardias futuristas italianas de principios del siglo XX, el modelo de tiendas en formato de elipse propuso recorridos rampantes y aceleraciones continuas a través del manejo plástico del espacio, subiendo y bajando sin peldaños, proponiendo lo que los expertos llamaban un recorrido en movimiento.

Con gran expresividad exterior y una maximización de la superficie interna, la disposición integrada de la vereda, elevándola en torno a un vacío central, proponía una nueva forma de divagar entre objetos, logrando multiplicar las vistas de los pisos y generando además una nueva relación con el vacío central. Esta innovación en el diseño estructural moderno fue la piedra inicial de la concepción del caracol comercial.

A pesar de que en esa época había entrado en obsolescencia en Estados Unidos, en los ochenta esta moda en construcción llegó con fuerza al dibujo planimetral santiaguino, haciendo gala de la tradición arquitectónica europea moderna. La influencia de las galerías comerciales del siglo pasado, en una nueva concepción sobre estética urbanística, fue vista con buenos ojos por las autoridades gubernamentales y militares chilenas. Un recorrido helicoidal ascendente, como el ánima de un arma de fuego, permitía la superación de la horizontalidad estática hacia una elevación continua. Algunos afirman que el caracol es un producto intrínsecamente chileno, inspirado en la obra de Frank Lloyd Wright con adaptaciones del museo caracol de Nueva York o de la tienda caracol de California. Esta fórmula comercial privilegió el lucro por metro cuadrado, donde boutiques de moda conglomeraban a la clase alta de aquellos años y que muchos querían imitar.

El primer caracol comercial en Chile nació de la conversación entre Osvaldo Fuenzalida, Eugenio Guzmán y Melvin Villarroel, siendo este último quien “domesticó el vacío” a través de la espiral y la luz cenital (eje óptico perpendicular al suelo), que fue clave en la vida social a comienzos de los setentas (De Simone, 2012). Diseñado en los sesenta pero construido en 1973, el caracol Los Leones plasmó los conceptos de movilidad y flujo del diseño arquitectónico, que distinguieron a este centro comercial como un lugar de culto para la generación de jóvenes, según la “Revista Vivienda y Decoración”, de El Mercurio.

El caracol capitalizó en su vacío central los conceptos de visibilización social; es decir, la rutina dominical del “ver y ser vistos”, que luego se verían replicados en los pasillos de los malls y shopping centers convencionales. Así, las tiendas comerciales en estas elipses acaracoladas proliferaron en la capital en comunas como Ñuñoa, Providencia y Santiago centro, con diversos grados de éxito. En solo cinco años, desde 1976 a 1981, más de quince caracoles fueron construidos, expandiendo la experiencia a regiones con el mismo éxito e impacto en la cultura económica nacional. Los caracoles favorecieron la efervescencia comercial que se retomaría luego de superada la crisis económica y restablecida la confianza sociopolítica. Así, la extensión llevó el caracol a provincias como Curicó, Rancagua, Talca, Quillota, La Serena, Valparaíso y Viña del Mar. Como un símbolo de modernidad, la articulación helicoidal sorprendía a los visitantes, quienes entendieron al caracol como la llegada del libre consumo con cara descentralizadora.

Desde 1976 a 1981, la oficina de arquitectos de Guzmán y Villarroel construyó la galería Plaza de Armas, el caracol Los Pájaros y el Portal Lyon, todos con innovaciones al modelo original. El caracol era ideal para la multiplicación vertical del área comercial en zonas densas, por lo que tanto en el centro de Santiago como en los de otras ciudades se convirtieron en iniciativas rentables.

Entrada la década de los ’80, la articulación en espiral dio frutos en lo que también era un proceso de expansión de la capital, tales como el caracol del persa Lo Ovalle, tras inaugurarse la línea 2 del metro, articulando el caracol con una explanada que recibe a los pasajeros. Por otro lado, el ya famoso caracol de Ñuñoa, buscó otorgar lujo y densidad a un comercio basado en el peatón. En otra iniciativa experimental, el caracol de Recoleta adoptó una estética colonial que lo relaciona mejor con el entorno en este criollo eje lineal de alta importancia para el comercio santiaguino.

Importante es destacar que, en esta evolución explosiva, llegó un momento en que el caracol fue cada vez menos publicitado como tal. Perdió prestigio y se estigmatizó su estructura, ante lo cual los promotores buscaron eludir su nombre en las estrategias de publicidad. Paralelamente, el caracol fue escudriñado por arquitectos y críticos urbanos, tomándolo incluso como mal ejemplo en el crecimiento de la ciudad.

En este contexto, ubicado en avenida Providencia N° 2198 y compuesto por ochenta y siete locales, el edificio del Portal Lyon omite el nombre “caracol” aunque porta estas características helicoidales, para evitar ser desacreditado por el manto pesimista que comenzaba a cubrir este diseño estructural, ridiculizado socarronamente por los nuevos arquitectos y vilipendiado por la descontenta y reprimida ciudadanía de la naciente generación de los ochenta.

Emplazado en la transitada esquina de Providencia con Nueva de Lyon, este centro comercial brinda dos accesos, norte y sur, un ascensor y azotea. Sus vitrinas mantienen la sintonía con la panorámica comunal, en vidrios de espejo que resaltan y extienden el progreso y avance de esta sofisticada arteria. El Portal Lyon dispone de sala de guardia, sala de personal, bodegas y oficina de administración. Dispone de un acondicionado subterráneo y de algunas escaleras que conectan los pasillos en espiral. En el punto neurálgico de Providencia, y en el augurio económico de principios de la década del dos mil, este centro comercial se vio empañado por un macabro hecho de sangre.

El ascenso de Óscar

Un 27 de diciembre de 1972, Nelly dio a luz a Óscar Alberto Agurto Gómez, quien portó el apellido de su progenitor, aunque su padre se mantuvo ausente. Desde el comienzo de su existencia solo vivían tres en la modesta casa: él, su madre y su abuela.

Óscar era un niño especial. Fue hijo único. Ante la extensa jornada laboral de Nelly, como secretaria en un hospital y único sustento económico de la familia, no tenía el tiempo necesario para su hijo. Fue un escolar disciplinado que nunca tuvo problemas con los demás, aunque no consiguió notas sobresalientes. Él se hacía cargo de su abuela. Del colegio se iba directo a casa a atenderla: la aseaba, alimentaba y cuidaba, dándole sus mejores atenciones, ya que la consideraba su verdadera madre.

Tras la muerte de su abuela sintió profundo interés por conocer a su padre y, aunque su madre siempre esquivó el tema, Óscar supo conseguir el mínimo de información necesaria para iniciar su búsqueda. Un día, sin que su madre lo supiera, llegó a un taller mecánico donde trabajaba su padre. Al verse, conversaron sobre sus vidas. El viejo mecánico creyó que su hijo venía por encargo de su madre en busca de dinero, pero Óscar le recalcó que ella nada sabía y que solo quería cumplir su anhelo de conocerlo. La plática fue breve, pero lo suficiente como para reconocer que no existía interés en su padre en estrechar vínculos. Óscar se regresó a casa, satisfecho por conocerlo pero desilusionado. El encuentro no fue como se lo esperaba. Debía seguir su camino, pensó, y jamás volvió a verlo.

Transcurrieron sus años de escolar con notas regulares y malas. Le desesperaba ver a su madre sacrificándose por él. Así, cursó estudios hasta segundo medio y decidió buscar su destino. Contra la voluntad de su madre, a principios de los noventa, se empeñó en conseguir trabajo en algo que lo sacara adelante. No quería ser una carga para su mamá. Por un aviso en el diario supo de un llamado para el cargo de auxiliar de aseo en un centro comercial de Providencia. Presentó su currículum en la administración del Portal Lyon, donde comenzó sus funciones el 12 de noviembre de 1990. Primero permaneció a prueba durante dos meses, para luego ser contratado como titular en el cargo de auxiliar de limpieza en la comunidad del edificio.

Su trabajo lo desempeñó con esmero. Madrugaba para no llegar atrasado y se quedaba más tarde para cumplir con todas sus misiones. Se sentía pleno en el ejercicio de sus funciones, conoció a mucha gente y sus compañeros lo acogieron rápidamente. Un locatario le hizo precio por un producto que obsequió a su madre con su primer sueldo.

En el concurrido local funcionaba una junta de vigilancia compuesta por los propietarios de los 87 locales comerciales. En 1994, cambió la administración del edificio, haciéndose responsable un administrador que permaneció fugazmente en el cargo. Tuvo problemas y se retiró con apenas tres meses de trabajo. La administración la asumió la señora Rosa Herrera Cienfuegos, que venía saliendo de su viudez y que conocía la dinámica del edificio de cuando tenía unos locales comerciales en ese caracol.

De este modo, en 1995 la señora Rosita se hizo cargo de la gestión y control de la comunidad del edificio Portal Lyon. Entre sus principales responsabilidades se encontraba la recolección de los dineros por concepto de pagos de gastos comunes, además de los seguros de los locales, remuneración del personal y todo lo concerniente a la mantención del edificio. Óscar continuaba en el cargo de auxiliar de aseo, pero sus buenos servicios y excelente disposición constituyeron un importante apoyo a la gestión de la administradora. Con el tiempo, y esporádicamente, Óscar comenzó a efectuar labores como guardia del recinto, especialmente los fines de semana y festivos. Estos servicios eran considerados como turnos extra, mejorando sus ingresos económicos. Por esos años, y por intermedio de un compañero de tareas, conoció a Jacqueline, operadora de ventas en una AFP, quien se transformaría en su esposa. Todo ingreso económico extra le servía para consolidar su relación, aunque ello fuera a costo de tiempo para su familia. Con el despido de algunos guardias los turnos especiales fueron gradualmente aumentando, y Óscar, con su permanente disposición, se fue ganando la confianza de la jefa al demostrarle su apoyo.

Una mañana, la señora Rosita le informó a Óscar que, ante los problemas que la comunidad del edificio presentaba en temas de protección y vigilancia, se contrataría una empresa de seguridad particular, lo que era muy buena noticia ya que, por su entrega y compromiso demostrado, le ofrecía el cargo de mayordomo. Óscar aceptó y, así, la señora Rosita lo ascendió, contratándolo con el nuevo cargo, que si bien era un reconocimiento a su noble desempeño, era también un desafío mayor al constituirse como un ayudante en las labores propias de la administración.

La empresa privada de seguridad de nombre “Tupahue” no respondió a las expectativas de la comunidad del edificio. Tras dos años trabajando con esta modalidad, el comité de administración decidió volver al sistema de guardias dirigidos por la señora Rosita. Óscar estaba afiatado en su cargo de mayordomo, demostrando amplios conocimientos sobre la mantención del caracol y hábil dominio del personal. Se le veía siempre muy diligente, ya sea con carpetas de documentos, talonarios de cheques y hasta con el martillo. Se finiquitó el contrato con la empresa privada, se contrató a dos guardias diurnos y uno para la noche, a los cuales fiscalizaba diariamente, empoderándose de su misión en la administración.

Brazo derecho

La señora Rosita, paulatinamente incorporó nuevas tareas al cargo de Óscar. Era mayordomo del edificio, controlando las distribuciones de luz, de agua, grifería, shaft de energía eléctrica y hasta el sellado con tapagoteras en las planchas de la azotea. Junto con ello, asumió el apoyo a las funciones administrativas, tarea que debía cumplir la administradora del edificio. Le penaba su cuarto medio no rendido, y se vio en la obligación de aprender el sistema de control del portal, sobre todo en la parte contable de ingresos y egresos. Para el desarrollo de estas tareas pasaba la mayor parte del tiempo con Rosita en su oficina. Su funcionamiento fue eficaz, ante lo cual su jefa le comenzó a delegar mayores funciones, a costa de su familia.

Así, además de mantener el edificio, controlar a los guardias y tener a la vista el martillo, el alicate y el destornillador ante cualquier desperfecto, ahora accedía al computador de la oficina de la administración, redactaba cartas de cobranza, resúmenes diarios e ingreso de datos a la planilla. Óscar recepcionaba dinero en efectivo y cheques de parte de los propietarios y arrendatarios de los locales del caracol. Cancelaba los gastos comunes y realizaba depósitos en la cuenta corriente del edifico. Mensual y religiosamente, Óscar, el mayordomo, le daba la cuenta a Rosita, la administradora, del recibo y transferencia de dichos valores, además de efectuar anualmente la auditoría. Rosita nunca observó algún tipo de problema y su relación se hizo cada vez más estrecha y la relación entre ambos se desarrolló con mayor confianza.

En agosto del 2001, con motivo del nacimiento de su hijo, la señora Rosita visitó el modesto departamento de Óscar y Jacqueline en avenida San Pablo, obsequiando un regalo para el recién nacido. La señora Rosita buscaba afianzar su amistad con el mayordomo, comprendía que él le rendía más allá de las funciones por las cuales estaba contratado. No solo le sobreexigía en la administración del Portal Lyon, sino que además le solicitaba cooperación en sus negocios particulares, relacionados con corretajes de propiedades. Rosita le pedía al mayordomo que mostrara los departamentos que ofrecía e incluso que los entregara a los clientes. Más de una vez concurrió a su domicilio particular, ubicado en la calle Las Malvas Nº 170 en Las Condes, a realizar el aseo, limpieza de vidrios y jardín. Hasta de garzón ofició en una fina velada. Cada una de estas tareas fue remunerada.

Rosa Herrera no buscó un nuevo compañero para su vida. Asumió sola su viudez, entregando su apoyo a sus hijos, brindando compañía a su madre viva y departiendo con amigas. Cada fin de semana largo desarrollaba un panorama diferente y cuando la semana ofrecía un “día sándwich” ella se lo tomaba. Pero la comunidad del edificio notó su ausencia, veía cómo sus horarios y obligaciones con la comunidad del Portal Lyon se los tomaba a la ligera y comenzaron a expresarle su malestar.

La administradora Rosita dividía su media jornada de trabajo en todas sus obligaciones, sean estas la empresa de corretajes, la gestión del edificio y otros asuntos. A juicio de los locatarios y de los propios funcionarios del caracol, ella hizo mal uso del personal a su cargo, designándole tareas particulares, tales como ir a pagarle cuentas o ir a mostrar departamentos. Hubo semanas en que Óscar el mayordomo realizaba con más frecuencia esas tareas que las propias de la administración del edificio Lyon. Los locatarios así lo veían y se organizaron para manifestar su disgusto. Una carta fue redactada y firmada por todos ellos, un guardia le sacó una fotocopia y Óscar se la hizo llegar a la jefa Rosita.

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