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CARLOS SIMOS
PESADILLAS DE UNA NOCHE SIN FIN

Simos, Carlos
Pesadillas de una noche sin fin / Carlos Simos. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-1767-8
1. Novelas de Terror. 2. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Arte de tapa: Emilse Silva
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Índice
PORTADA
CRÉDITOS
ÍNDICE
ÚLTIMAS PALABRAS
LA NOCHE DEL LOBO
LA MATERIALIZACIÓN ERRANTE
AQUELLO QUE SE AGITA EN LAS PROFUNDIDADES
LA VISITA
EL CONDENADO
LA RATA
LA MEDITACIÓN DE YASÚF KHAN
EL REPUGNANTE CASO DE OLIVAR FUNES
LA EXTRAÑA CIUDAD EN EL CIELO
EL ÁRBOL DE LA NOCHE DORMIDA
SINOPSIS
Las pesadillas no entienden de edades o géneros, pueden llegar en cualquier momento para recordarnos lo poco que nos conocemos.
N. del A.
Durante la hora de lectura, el alma del lector está sometida a la voluntad del escritor.
E.A. Poe.
Nos prometieron que los sueños podrían volverse realidad. Pero se les olvidó mencionar que las pesadillas también son sueños.
Oscar Wilde.
Siempre me he preguntado por qué hay restricciones de edad para películas y videojuegos, pero nunca para libros.
El Pasajero 23 de Sebastian Fitzek.
Últimas palabras
Siempre he tenido la suerte de tener una buena memoria, aunque muchos de mis recuerdos más ocultos a veces aparecen de manera inconsciente, en momentos en los que desearía que no lo hicieran.
Alguna vez amé a alguien, lo recuerdo bien. Su nombre era Victoria Mor. Su hermoso cabello castaño caía ondulado por sobre sus hombros y relucía bajo el sol, sus ojos eran tan hermosos que fácilmente se convertían en excusas para poemas y brillantes elogios. Su sonrisa tenía el particular sortilegio del canto de las sirenas, aquellas que tentaron al mismo Ulises, y su esbelto cuerpo era sin duda obra de una naturaleza orgullosa de su creación.
Cuando la conocí tenía unos diecisiete años y era muy introvertido. Desde muy joven, mi timidez dificultaba una relación con cualquier mujer que se me acercara. En cierta época, en la que estudiaba en una escuela privada de música, tuve la suerte (o desdicha) de conocer a esta joven mujer solo dos años mayor que yo. Naturalmente, me sentí atraído a ella de una forma que me asustaba y cuando estaba en su presencia en alguna clase, los nervios y la pérdida de razón hacían de mí una persona retraída. Todas las sensaciones que uno pueda conocer recorrían mi cuerpo, pero sinceramente, no podría explicar si eran buenas o malas.
Con el correr del tiempo, me acerqué a ella de forma más apacible y personal hasta que logramos conocernos mejor, pero siempre teniendo nuestro límite de compañeros de clases. En cambio, yo pretendía algo más; ya no era el mismo, si antes no creía en Dios, con esta aparición era capaz de defender totalmente su existencia, pues no podía creer que un ser tan hermoso solo pudiera ser creación de la tierra sin haber tenido antes su origen en el mismo cielo.
Los meses siguieron pasando y al sentir que el silencio incontrolable que me alejaba de ella me asfixiaba, creí que ya era tiempo de expresar mis sentimientos. En efecto, estaba perdidamente enamorado de aquella mujer y no dejaría que nadie más la obtuviera, ignorando aún si estaba pretendida. Entonces, comencé a hacer averiguaciones sobre sus gustos, pasatiempos o aficiones a través de compañeros en común y tuve la gracia de enterarme de que no solo estaba sola en su vida, sino que también sentía una atracción hacia mí. Como imaginarán, esta noticia llenó mi corazón de una alegría incontrolable y días después le confesé mi infinito amor obteniendo la misma respuesta de su parte.
Comenzamos a vivir en pareja, yo abandoné mis estudios de música, aunque ella siguió, y me dediqué al estudio a la antropología, campo que se me dio muy bien. Éramos felices y durante siete años estuvimos juntos en perfecta armonía y profesándonos un amor mutuo que con los años crecía gradualmente, uniéndonos de manera casi sagrada. Sentía mi futuro escrito junto a mi amada Victoria hasta el fin de nuestros días, y ella me había confesado lo mismo: simplemente, no podíamos estar separados. Un día sin vernos era como si algo le hubiera ocurrido al otro y cuando nos encontrábamos, nuestros ojos brillaban como cuando se encuentra un tesoro perdido por miles de años. Obviamente, en una vida pasada seguro nos amamos o fuimos un solo espíritu, un solo fuego quemándose en la eternidad y luego, separados por el tiempo consumiéndose en la desgracia, resplandeciendo de vez en cuando con la esperanza de volver a unirse. Pero este era nuestro tiempo: yo jamás la abandonaría y ella tampoco.
Un día como cualquier otro, volvía de mi trabajo. Había logrado convertirme en un respetado profesor universitario, ganaba lo suficiente como para mantenernos cómodamente sin que nos faltara lo esencial para cada día. Había llegado por fin a mi hogar y, después de comer algo, llamé preocupado a la casa de los padres de Victoria, ya que me había dicho que allí estaría, y a pesar de que no me hablaba en horario de trabajo, lo hacía puntualmente, apenas salía de él. Me gustaba que estuviera tan pendiente de mí.
El teléfono sonó unas seis veces, pero no me contestaba. Corté, esperé cinco minutos mientras buscaba algo de beber en mi heladera, saqué una pequeña botella de cerveza y volví a intentar; pero nada. Esta vez, la contestadora me comunicó el límite del intento. Traté una y otra vez, sin resultados. Comprendí entonces que seria necesario ir a buscarla, posiblemente el teléfono estuviera descompuesto, o ella estaría dándose una ducha y no habría nadie allí para contestar o quizás… quizás tenía muchas excusas.
Finalmente, después de media hora llegué a casa de su familia, vi que había muchos autos estacionados en la vereda contigua a su hogar. Sorprendido, me dirigí a la puerta pensando que habría algún tipo de reunión, pero también sintiendo un miedo inconsciente y, que por momentos sin explicación alguna, me hizo dudar de tocar la puerta, pero al fin lo hice. Enseguida, me atendió su prima Natalia quien tenía la expresión más dolorosa que pueda experimentar un ser humano. Al verme ahí paralizado en mi desconcierto, su rostro cambió y mostró piedad y lástima. Comprendí vagamente lo que estaba sucediendo, pero quedé mudo y, al instante, ella me abrazó con fuerza, estallando en lágrimas. En ese momento, no atiné a hacer nada, quedé petrificado, tenía la esperanza de que Victoria saliera a mi encuentro. Pero no ocurrió.
—Lo siento, Demian —dijo entre lágrimas Natalia—. Lo siento tanto, ha ocurrido algo terrible. Victoria…Victoria ha muerto.
Y entonces cayó de rodillas. Yo me sentí desvanecer en la oscuridad, como si un viento tormentoso me desintegrara sobre un inmenso mar de penurias en la noche sin fin que ahora caía sobre mí. Me sentí frio y sin vida. El tiempo pareció detenerse, mis piernas se aflojaron y caí también de bruces junto a su prima, y aunque ella me abrazó, yo no sentí consuelo alguno, en realidad no sentí nada, solo una cruel mano que apretaba sin piedad mi cuello. De pronto, mi vista se nubló por las lágrimas y me perdí en las tinieblas.
Otros familiares salieron a recibirme y al verme en ese estado me llevaron adentro, pero no estuve consciente de eso hasta que el llanto y los lamentos me regresaron a lo que yo consideraba irreal. Miré a mi alrededor y ya nada tenía color. Junto a mí, la madre de Victoria descargaba su tristeza y tomaba mi mano, pero yo seguía inmóvil hasta que de forma inconsciente, unas palabras salieron de mis labios.
—¿Qué le ocurrió? ¿Dónde está?
Hubo un silencio repentino, algunos de los familiares se miraron entre ellos y luego uno de sus primos habló. Parecía soportar el dolor mejor que el resto.
—Tuvo un accidente. Un conductor ebrio la atropelló mientras iba a buscarte al trabajo. En este momento la están preparando para el velorio. Ella tenía noticias para ti…
Yo le exigí que continuara, sostenido por los débiles brazos de mi suegra.
—Ella se había enterado hoy de que estaba embaraza, Demian. Y corría a decírtelo entusiasmada.
Mi dolor había alcanzado un estado emocional que las dimensiones de este mundo no podrían contener. Me levanté del sillón y me fui de ese lugar, nadie me dijo nada, nadie me detuvo. Caminé sin rumbo fijo en la oscuridad de aquel día y comencé a maldecir al cielo y al infierno, aunque luego les imploré a ambos que me llevaran con mi querida Victoria.
¡Oh, qué terrible dolor! Aún recuerdo verla en su ataúd, tan hermosa como si el tiempo no transcurriera para ella. Deseaba el imposible milagro de que abriera sus ojos y me viera, pero de nada valieron mis rezos aquel día. Me quedé todo el tiempo junto a ella, pero al sepulcro no fui. No soportaba ver cómo la sepultaban para siempre en la tierra de los muertos, y menos darle lugar a mi siniestra imaginación, para que en noches de infinita soledad, me torturara con pesadillas de gusanos devoradores y carne putrefacta, arruinando hasta el tiempo de la Resurrección, aunque eso fuera un falso consuelo, su inquebrantable belleza.
Pero con el tiempo, las pesadillas comenzaron a atormentarme y no había noche en que no despertara con su llamado; un grito horripilante, como si sufriera la agonía de una soledad eterna en medio de un mar de silencios. Entonces, comprendí que era necesario ir a verla al cementerio. Ella sabía que no había ido y sufría mi ausencia. ¡Oh, Victoria! Nada me pondría más triste y más contento que estar a tu lado, en muerte o vida. Desde entonces, comencé a ir todos los días y pasé algunas horas sentado junto a su lapida conversando con ella como si me pudiera oír, aunque estoy seguro de que sí podía. Así mis noches fueron más tranquilas, sin embargo después de un tiempo, otras pesadillas comenzaron a atacarme: la de los gusanos devoradores y la putrefacción. Sentí la aterradora necesidad de ir en su búsqueda… de desenterrarla y salvarla de ese horroroso castigo. En efecto, una noche ya avanzada en horas, me dirigí al cementerio llevando una pala y entré cuidadosamente por otro lado para evitar a quienes vigilaban el nefasto mundo de los muertos.
Llegué hasta su lecho y comencé a cavar con una locura impaciente. Con cada palada, mis fuerzas parecían aumentar más y más y mi emoción crecía con vehemencia. Al fin, como la locura atormentaba mi juicio, comencé a reírme de forma estúpida, pero con motivo, pues había llegado hasta la prisión de madera. Obviamente, antes de quitar los últimos vestigios de tierra, mi empresa se vio interrumpida por los guardias, quienes habían escuchado el desgarrador sonido de mis carcajadas en aquel silencio perpetuo.
No fui a la cárcel por razones obvias. Muchos de los familiares de ella me tuvieron compasión, aunque otros me odiaron. Pero ¿qué puede importar eso cuando noche a noche, pesadillas funestas me atacan sin piedad? Un año he pasado soportando esta tortura y ya no aguanto más, es hora de que me reúna con mi enamorada Victoria en la eternidad o en el sufrimiento, no importa. Esta noche estaré junto a ella. Estas son mis últimas palabras, queridos amigos y familiares. Sepan entenderme. Mi sangre está abandonando lentamente mi cuerpo en esta siniestra soledad, en la densidad del silencio y las penumbras de la noche en la que ya no veré salir el sol. ¡Ah, sí! Todo se está yendo al fin, todo se desvanece a mi alrededor… y las visiones aparecen nuevamente. Una sombra alargada junto al umbral de mi casa, una sombra hermosa que lentamente descubre su bello rostro. Oh amada Victoria
Nota: Esta nota fue encontrada en la casa de Demian Belfer, dos días después de haber sido escrita, el 13 de abril de 19**. Su cuerpo yacía tendido sobre el escritorio de su máquina de escribir y sus manos aún estaban sobre el teclado. Sus muñecas presentaban varios cortes, producidos por una navaja que se encontraba en el suelo, entre sus pies. Se sabe que las últimas palabras del texto fueron escritas ya sin el uso correcto de sus facultades mentales, quizá debido a la severa pérdida de sangre, por ello el desvarío y la falta de punto final.
*
00:45 a.m. Naín se incorpora de su cama súbitamente. Un sudor frio recorre todo su cuerpo. La pesadilla ha sido realmente vívida y con una naturalidad inquietante levanta sus brazos. A la luz de la luna que entra por la ventana de su cuarto, logra cerciorarse de que sus muñecas están bien. No lo puede creer y ríe. ¿Cómo podría haberle sucedido algo si tan solo ha sido un mal sueño? O más que eso, una horrible pesadilla.
LA NOCHE DEL LOBO
Un lobo se acerca a la sombría autopista, sus ojos amarillos resplandecen en la oscura noche de otoño. Tómas Grahn lo sabe. Alumbrados por las incandescentes luces de su auto, esas esferas escrutadoras se alejan del camino. Un lobo esperando encontrar su presa quizás, o perdido y alejado de la manada buscando donde ir. Ya no importa, no más que los problemas del propio Tómas.
Conoce muy bien el camino por donde va, lo ha hecho varias veces. La desolada Ruta 52, desde Hanikan hasta Rio Desbordado, unas tres horas de viaje en las que normalmente a altas horas de la noche no la transita nadie salvo, por supuesto, algún que otro camión o colectivo llevando pasajeros. El sabe que no tiene que estar ahí. Por primera vez, se encuentra ante una situación que lo supera por momentos; ha discutido con Megan, su esposa, antes de ir a trabajar por la mañana. Una discusión que había tomado forma tiempo atrás y que era cuestión de días para que se tornara verdaderamente insoportable. Pero más insoportable aún es que el problema incluyera a sus dos pequeños hijos: Braian que ya tiene unos nueve años, y la pequeña Elizabeth de tan solo seis.
La joven pareja, que lleva pocos años de casados, había conseguido un hermoso hogar en la calle Transito Diurno, en Hanikan, un tranquilo vecindario donde habían decidido vivir después de tener a Braian. Casi tres años después, llegaría Elizabeth y la familia por fin quedaría bien asentada. Con el correr del tiempo, Tómas había pasado de empleo en empleo sin tener nada fijo hasta que por fin, uno de sus hermanos le había conseguido algo decente al sur de la ciudad a hora y media de viaje, y he ahí que los problemas comenzaron a aparecer. Cierta desconfianza era casi inevitable, o la frialdad causada por el cansancio del trabajo, sumado al largo viaje, hacía que Tómas llegara a su hogar y apenas le dedicara tiempo a sus hijos. En última instancia, Megan entraba en su vida al compartir la cama por las noches. Noches en las que Tómas debía acostarse temprano para salir puntualmente y, nuevamente, a destino.
En una de esas mañanas en la que Tómas se levantaba forzosamente, había recibido la primera queja, sin embargo no quiso ahondar demasiado en eso para no perder los preciados minutos del desayuno, creyendo quizás que era algo propio del día y nada más. Pero los días siguientes fueron iguales. Las quejas eran también por la noche, y aunque Megan entendía la obligación de su marido, no podía evitar estar afligida por la rutinaria y fría convivencia que estaban transitando, hasta que un día marcó el principio y el fin; el principio de algo nuevo, y el fin de lo que tanto habían vivido. Mientras Megan hacía sus reclamos, Tómas dejó escapar como quien busca una bocanada de aire al estar atrapado bajo el agua, algo que lo marcaría para siempre: “¡No elegí esta vida! ¡¿Acaso no crees que si estuviera solo sería más fácil!?”
El silencio se adueñó de la casa. Megan jamás se había imaginado tal respuesta ante sus reclamos de una vida más unidos. Ella solo lo quería tener más cerca y alejar las sombras que generaban las dudas de la distancia. Tómas se marchó sin decir más, pero cuando regresó por la noche, Megan y sus dos pequeños hijos ya no estaban.
Tómas se encuentra solo en la desolada y fría ruta. Son aproximadamente la 1:30 a.m. y el estéreo de su Chevy SS 350 color rojo solo engancha una vieja estación de blues que nadie conduce. Dejan correr las pistas de la computadora toda la noche, invadiendo con tonadas olvidadas a algún nostálgico amante que se está solo con su botella de añejo whisky, tarareando y recordando; justo lo que Tómas hace en ese momento. Las líneas de aquella ruta se suceden una tras otra, a lo lejos, la oscuridad de lo desconocido, viejos e interminables árboles que desaparecen a su paso. Al mirar por el espejo retrovisor, se da cuenta de que a pesar que la oscuridad delante de él se aleja pero lo espera, por detrás lo persigue incansablemente.
Saca su celular después de varios kilómetros para ver si tiene algún mensaje o llamada, aún sabiendo que si así fuera, el elevado volumen de su aparato lo alertaría, pero omite siempre esa señal. Esto es un reflejo que su cuerpo no puede evitar: sus manos toman cada tanto el celular para ver si alguien se ha acordado de él. Eso sí, él no llamará, no porque no quiera hacerlo, sino porque aún no encuentra las palabras, no sabe qué preguntar o qué decir ante la nota escrita de Megan señalándole que se marchaba a casa de su madre con sus hijos hasta que encontraran una solución. Por esa razón, de vez en cuando pasea por el directorio de su celular, pasando por encima y por debajo el número de su esposa. Cuando decide cerrar la tapa, el aparato resbala de sus manos y cae cerca de sus pies. Sin aminorar la marcha, Tómas se agacha a buscarlo, pero sus manos, tanteando la oscuridad, no alcanzan el objeto. Por fin, sus dedos reconocen el plástico tibio e inconscientemente aprieta unos de los botones del celular para llenar sus ojos de luz. Se queda un instante viendo el número de Megan, que extrañamente cubre toda la pantalla del móvil. Tómas recuerda que está manejando y se incorpora de nuevo, mira la ruta un poco intrigado, se recuerda a sí mismo que no debe volver a hacer eso: un camión de frente en ese momento, más el leve desvió de su automóvil, podrían significar el final del viaje. Suspira desconcertado, mira el celular y lo deja en el asiento de al lado, saca de su campera un paquete de cigarrillos, lo abre, y con su boca extrae uno. Luego, deja el paquete en compañía del celular y de otro bolsillo saca un encendedor, un viejo Zippo que su abuelo le había regalado cuando se había puesto de novio con Megan. Prende el cilindro y la brasa ilumina su rostro dentro del vehículo, deja escapar como siempre ese humo que nunca aspira la primera vez, mientras deja el encendedor también en el asiento del acompañante. Da una pitada, seguida de una gran bocanada de aire, pero antes de que pudiera terminar de expulsar todo el humo, una silueta irreconocible, tal vez un venado u otro parecido, cruza delante del automóvil.
Los fuertes faroles alumbran la mitad del cuerpo que choca con fuerza contra la parte derecha del coche y se tambalea. Tómas, sorprendido por la rapidez del impacto y aún con el cigarrillo en la boca, no atina qué hacer. Primero, trata de volantear hacia la izquierda fruto de un impulso inconsciente o un reflejo al rápido suceso, pero el auto ya está totalmente fuera de control. Después de un brusco giro, se dirige fuera de la ruta, hacia la derecha. Los pies no encuentran los frenos y el auto topa con un obstáculo que lo hace girar por el aire. Da dos vueltas antes de acomodarse correctamente sobre el suelo inclinado, fuera del camino, dejando al auto de regreso a Hanikan. Todo está en silencio. La emisora continúa con su viejo blues mudo de palabras. Tómas todavía conserva el cigarrillo en su boca. Sus manos aprietan con intensidad el volante; siente sus dedos transpirados resbalar suavemente sobre este. Perplejo, toma el cigarrillo con su mano derecha temblando y agacha su cabeza suspirando; “no puede ser”. Da una gran bocanada, luego dirige su mirada hacia lo que las luces de su auto, aún prendidas, alumbran: el vacío oscuro del exterior. No ve nada raro y decide entonces bajar a inspeccionar. Se dirige directamente a la ruta que se encuentra silenciosa, tira el cigarrillo y mete sus manos en los bolsillos del jean. La noche está helada y una leve brisa del oeste choca contra su rostro, las luces de su auto incrementan el vaho exhalado de su boca, pero nada más… la ruta se encuentra totalmente desierta. Decide caminar hacia el sur, donde llega el límite de lo visible gracias a los brillantes ojos de su maquina. Ningún animal, ningún rastro de cualquier otra cosa que hubiese podido ocasionar el accidente. Queda un poco confundido y regresa a su auto, después de entrar hace una mueca de perplejidad y niega algo que desconoce, otro capricho de su cuerpo; luego, se vuelve al asiento de al lado y se percata de que sus cosas ya no están ahí. Tampoco están lejos, el giro descontrolado del automóvil solo las movió de lugar y se encuentran debajo del mismo asiento. Deja los cigarrillos con el encendedor de vuelta y toma su celular. El número de Megan invade nuevamente la pantalla, lo cierra y lo tira encima de sus otras cosas y vuelve a negar con una sonrisa irónica en su rostro.
Ya es hora de volver al camino. Tómas apaga la radio y se dispone a encender nuevamente el auto, gira la llave, pero tras un par de intentos no arranca. Trata otra vez, el potente V8 vuelve a girar haciendo parpadear las luces, pero nada. Intenta una tercera vez y lo logra. El vehículo regresa al camino mientras el afortunado hombre se dice a sí mismo: “por supuesto que la tercera es la vencida”, y vuelve a sonreír como un remedio contra lo que acaba de suceder. Prende la radio, preguntándose para qué la había apagado, pero a pesar de que busca en el dial, solo encuentra aquella solitaria estación de blues que de mala gana vuelve a dejar. Después de todo, era mejor escuchar esas tristes melodías que el inquietante silencio del desafortunado viaje. Mientras su mente divaga por otros lugares y fechas, y después de haber recorrido unos siete kilómetros, el auto comienza a sacudirse mientras avanza hasta aminorar la marcha. Al darse cuenta de esto, Tómas se hace a un lado de la ruta mientras se pregunta qué sucede ahora.
Por fin se detiene, y Tómas da un suspiro de cansancio apoyando su cabeza sobre el volante mientras repite una y otra vez: “ahora qué, ahora qué…”. Abre el capot y se baja del auto, busca en la parte de atrás una de esas portátiles pequeñas que se conectan en la batería, y comienza a buscar la falla. Unas mangueras se habían desconectado y había estado perdiendo nafta durante el corto trayecto que había hecho después del accidente. “¡Esto es imposible!” se regaña a sí mismo mientras golpea por encima del capot. Se queda un momento en silencio y sube nuevamente al auto. Comienza a pensar seriamente que es hora de llamar a su esposa y explicarle lo que está sucediendo, después de todo no está en sus planes pasar la noche a la intemperie hasta que alguien lo auxilie. Piensa unos minutos, toma su celular y marca el número. Tres veces suena hasta que alguien contesta.
—¿Hola? —La voz de su mujer.
—Hola Megan, soy yo.
—¿Tómas? No creí que fueras a llamar, y menos a estas horas.
Tómas se frota la frente con la mano y baja del auto apoyándose luego en la puerta apenas la cierra.
—Escúchame, leí tu nota al llegar a casa. Entiendo por lo que estamos pasando y quiero arreglar las cosas, lo pensé durante todo el día en mi trabajo. No quiero que estemos mal, no quiero que terminemos así.
Megan suspira.
—Yo tampoco quiero terminar así Tómas, pero no me has dejado opción… ¿sabes? Los niños preguntan por ti, no sé qué decirles. Pero antes que entiendan ellos, debes entender tú primero…
Tómas interrumpe.
—¡Lo entiendo! Créeme que lo entiendo, por eso quiero arreglar las cosas, no quiero que mi trabajo nos afecte a nosotros ni a los niños. Megan te amo, sabes que es así.
Un silencio prolongado.
—Yo también te amo, cielo…debemos hablar. Tenemos que buscar una solución.
—Justamente, me dirigía a casa de tu madre para encontrarnos…
—¿Qué? ¿A estas horas? ¿Dónde te encuentras?
—Creo que a mitad de camino. El auto se averió y estoy aquí tirado. No he traído herramientas ni nada.
—¡Tómas! ¿Cómo se te ocurre viajar a estas horas? ¿En qué estabas pensando?
—Por favor Megan, no era un momento para pensar cuando llegué a casa, hice lo primero que se me ocurrió. No vamos a empezar a pelear, ¿no?
Un suspiro del otro lado de la línea.
—No…está bien. Hay una estación de servicio a la entrada de la ciudad, ¿verdad? Llamaré, quizás ellos tengan alguna grúa o algo. Te avisaré en unos minutos.
—Bien –—contestó Tómas—, aquí estaré.
Cinco minutos pasaron antes de que el celular de Tómas volviese a sonar.
—¿Amor?
—Ya los he llamado, cielo. Se dirigen hacia allá con una grúa, prende las balizas del auto para que te puedan identificar.
—Gracias, prometo ir a casa de tu madre apenas llegue, ¿de acuerdo? Te amo.
—Yo también, Tómas. Te enviaré el número de la estación para que lo agendes por si acaso.
—Bien. Nos vemos pronto.
—Adiós.
Tómas entra al auto y prende las balizas. Y espera, solo espera a que vengan por él, mientras aún sigue escuchando esa vieja estación de radio.
Han pasado alrededor de unos treinta y cinco minutos, pero no hay nadie a la vista, nadie hacia Hanikan, nadie hacia Río Desbordado. Piensa en llamar nuevamente a la estación de servicio creyendo que en el lapso de tiempo que ha transcurrido es suficiente como para que llegaran y así lo hace; pero el hombre de aquel lugar con voz grave y saturada por el cigarrillo, le dice que están en camino y que aguarde con paciencia. Tómas no tiene esa paciencia, y mientras se encuentra dubitativo contemplando la oscuridad, lejos a la derecha y adentrándose en el bosque, ve un pequeño brillo. Trata de agudizar la vista, pero no alcanza a distinguir lo que es y decide bajar del auto para observar mejor. El frío se ha vuelto insoportable y Tómas tiembla y le rechinan los dientes. Avanza unos pasos más para contemplar aquel brillo amarillo, y piensa que quizás es el hogar de alguien. Después de todo, no sería la primera vez que una persona decidiera vivir lejos de la ciudad.
Tómas regresa a su coche, quita las llaves y abre el baúl. Allí tiene un bidón de nafta que de nada le sirve en ese momento, y unos trapos sucios que utiliza para limpiarse cuando trabaja con sus herramientas. Luego, se pone a buscar al costado de la ruta algo que le sirva para hacer un hisopo y tener luz adicional por el tiempo que fuera, todo servirá. Después de un rato de buscar, encuentra por fin una varilla de hierro, es perfecta. Regresa al baúl y envuelve la parte superior con algunos trapos y luego, la humedece con nafta, eso le daría unos cuantos minutos de luz, quizás más.
Después de sacar sus cigarrillos, el encendedor, el celular del auto y dejar las luces bajas, empieza a transitar aquella oscuridad sin hacer uso del hisopo. El brillo no parece estar a más de doscientos metros de él, pero el camino se ve obstaculizado por incontables árboles que se suceden uno tras otro. Tómas sigue por el borde de la autopista, queriendo estar justo frente a esa luz antes de adentrarse en el sombrío bosque. Escucha sonidos que jamás ha distinguido antes e ignora la existencia de muchas criaturas que se ocultan en las sombras.
De lo único que realmente es consciente, que su cuerpo verdaderamente siente, es un frío mortal que parece aumentar hasta el punto de hacerlo mover torpemente por la hierba.
Cuando por fin llega frente a la luz de esa misteriosa casa, esta de repente se apaga. A Tómas le parece raro, pero luego normal. No es hora de estar levantados, piensa. Aún así, aquel lugar que en un principio le pareció muy cerca, ahora le resulta extrañamente más lejano. Tómas decide adentrarse en las penumbras, saca su encendedor y prende el hisopo. Este ilumina con intensidad sus alrededores y muchas cosas que se hallaban ocultas en las tinieblas comienzan a moverse, a huir de un lado para el otro. Tómas se inquieta por un momento, pero sabe que no tiene mucho tiempo antes de quedarse sin luz. Comienza a caminar lentamente hacia el este, donde imagina que se encuentra el origen de esa luz que antes había visto; y mientras lo hace, le envía un mensaje de texto al hombre de la estación para comunicarle donde se encuentra de no regresar al auto para cuando lleguen. Tropieza muchas veces, aunque el camino está casi limpio de árboles. Aún así, misteriosos seres de la noche escapan de él y su luz, de sus torpes pisadas y agitada respiración a causa de la helada.
Su luz apenas espanta la oscuridad y por fin divisa un gigante cuerpo oscuro delante de él. Se acerca y en efecto, con un suspiro, comprueba que se trata de aquella casa que le pareció inalcanzable. Su hisopo empieza a parpadear, a extinguirse, así que lo arroja a un lado y abre la portezuela de rejilla para golpear la puerta principal, cubierta de pequeñas ventanillas en su mitad superior. Golpea dos veces y espera. Nada. Intenta nuevamente, dando tres golpes fuertes pero nadie parece enterarse. Tómas, que no soporta ya el frio, acerca su rostro a una de las ventanillas cubriendo su cara con las manos, buscando ver mejor en las tinieblas del interior. Se queda un momento así, pero no llega a distinguir lo que hay dentro, solo nota algunas cosas tiradas por doquier y nada más. Al no saber qué hacer, mira hacia los costados pero solo el silencio contesta sus pensamientos. Luego, misteriosamente la puerta se abre un poco, haciendo sonar sus goznes. Tómas duda, empuja la puerta con su mano y decide entrar aunque sea para que lo escuchen. Vuelve a saludar en voz alta, pero nadie responde. Avisó que iba a entrar, pero nada, solo silencio. Tómas por fin se adentra en la oscuridad y oye el eco de sus pasos al avanzar sobre extrañas cosas desperdigadas en el suelo. Trata de escrutar las tinieblas, pero sus ojos no encuentran nada. Al fin, ve como se prende una luz al fondo de un pasillo, al lado de una escalera y una silueta atraviesa la puerta de un lado a otro. Rápidamente, se dirige hacia ella anunciando su presencia y pidiendo permiso, pero cuando llega se sorprende al ver que no hay nadie. Se encuentra en una cocina muy descuidada y maloliente. Hacia su izquierda, descubre una puerta. Piensa que quizás la persona se ha ido por allí. Cuando se pone en marcha, la luz titila. Busca el interruptor, pero todo queda en penumbras, excepto por un lejano y tenue resplandor a lo lejos. Desde el umbral, observa como un suave fulgor desciende por las escaleras, se dirige lentamente hasta el pie de las mismas y vuelve a llamar, pero sin respuesta. Decide subir lentamente, tomado de la baranda mientras observa que el brillo proviene de unos de los cuartos. Cuando lo alcanza, la luz se apaga. Tómas se asusta; algo está mal en ese lugar e inmediatamente escucha lo que parecer ser un niño rezando. Estos susurros se convierten en risas. Tómas pregunta quien anda ahí y cuando lo hace, las risas callan.
Tras unos segundos, escucha unos pasos que se acercan a él, y luego las risas vuelven. Alcanza a ver una desfigurada silueta al momento que esta lo empuja escaleras abajo. Cae con brusquedad y justo cuando piensa que el suelo detendría su caída, algo se quiebra, siente cómo lo atraviesa, rueda un poco y choca contra una dureza. Se queda un momento en el piso quejándose, por suerte no se ha lastimado gravemente. Cuando se incorpora, descubre que se encuentra en un cuarto y la brillante luz de la luna llena entra por las ventanas. Se incorpora y mira hacia adelante. Hay una puerta cerrada. Se acerca exaltado, la abre y se sorprende todavía más cuando ve la escalera por la que había caído al revés; está de tal manera que ahora él puede descender por ella. Se toma de los cabellos y se pregunta qué está sucediendo. Después de un momento, decide descender. Ahora su deseo es otro: llegar hasta la entrada de esa casa y salir de ahí para regresar a su auto. Mientras lo hace, saca su celular del bolsillo y se da cuenta que está dañado por la caída y de alguna manera se ha quedado tildado en el número de Megan. De nada le vale presionar las demás teclas. Al llegar al último escalón, solo alcanza a divisar un largo pasillo, pero este también está diferente a como lo había visto la ultima vez. Usa las barandas del pasillo como una escalera para descender hasta que sus pies se apoyan en suelo firme. Avanza en la oscuridad, saca su celular para alumbrar el camino, pero aún así no es suficiente. Al caminar, divisa una silueta delante de él. Se acerca lentamente y ve que es un viejo muñeco de porcelana sentado en el suelo, con un traje negro y despeinados cabellos, sus ojos miran hacia arriba y de su cuello cuelga una llave. Pero en su mano izquierda tiene una nota. Tómas la toma suplicando a Dios y lee: “Lo que podría haber sido sin tu familia, ¡recupérala!”. Retira la llave del cuello del muñeco. Por un momento, la observa en su mano, cierra los ojos mientras se toma de la cabeza y empieza a rogarle a Dios que lo saque de ahí. El miedo lo descontrola, ya no puede pensar con claridad. Y ahí se queda, en el suelo, alejando al silencio con sus recuerdos.
Después de un momento, ve otra luz al final del pasillo, en lo que parece ser un cuarto. Esperando encontrar que todo ha vuelto a la normalidad, se levanta y se dirige hacia allí. Si bien es una luz fuerte y amarilla, no parece tener origen. Al cruzar el umbral, todo a su alrededor está sumido en tinieblas, pero esa luz frente a él crece y, justo en ese momento, escucha un sonido que le resulta familiar. Tómas queda confundido, aquel sonido no es otro que el de un vehículo que se acerca a él rápidamente. Ante la sorpresa, cubre su rostro con el brazo derecho y salta hacia la izquierda mientras siente un fuerte golpe en la cadera. Sale despedido con violencia y cae estrepitosamente al suelo. Después de un momento, se reincorpora con dificultad y observa a lo lejos, con toda la oscuridad apoderándose de él, un haz de luz tan diminuto, tan tenue que no llega casi a distinguirlo. Al cabo de unos segundos, se mueve de un lado al otro, como escrutando lo desconocido y se apaga. Tómas queda nuevamente sumido en las tinieblas. Grita una vez. Descarga su ira y sigue gritando.
De repente, la luz se prende, siente otros sonidos. “¿¡Quién demonios eres!?”, grita desaforadamente y oye una respuesta a lo lejos: “¿¡sere soinomed neiuq!?” Tómas no lo entiende y sale de aquel cuarto para encontrarse en el pasillo que antes descendía y ahora cuenta con cientos de puertas, una tras otra. Aunque recorre el lugar de un lado al otro, solo halla más puertas, y todas cerradas. Cuando está al borde de la desesperación, recuerda la llave que tenía y la prueba en todas las cerraduras, pero cada una que abre solo deja paso a la oscuridad. Tómas no se arriesga, sigue probando hasta que por fin da con una puerta que proyecta una luz tan blanca y pura que lo enceguece. Cuando entra, todo se aclara: se encuentra en un cuarto celeste y a su lado hay una ventana con blancas cortinas. Se acerca para ver qué hay del otro lado y descubre con sorpresa que es de día y que la vista da hacia una calle con autos estacionados del lado de las veredas. No comprende qué sucede, pero entonces una mano se posa en su hombro. Se voltea y ve a una mujer que parece una enfermera y le dice que todo va a estar bien. Quiere hablarle, pero de repente no puede abrir la boca; desesperado intenta llevarse la mano a ella pero tampoco puede, ni siquiera el cuerpo. Logra desplazar sus ojos para descubrir horrorizado que está en una camilla. Indudablemente, se halla hospitalizado en algún lugar.
Después de que la enfermera se va, entran su mujer y sus hijos. Lo saludan, le hablan un momento cada uno, pasan un tiempo con él y se marchan. Todo ese tiempo Tómas quiere gritar, pero no puede. Quiere moverse, pero una fuerza invisible se lo impide. Cae la noche y con ella, lágrimas de sus ojos. De repente, un delgado haz de luz acompañado de un sonido de goznes viene de su izquierda. Mueve los ojos y con dificultad, nota que la puerta del cuarto se abre tan solo un poco: alguien entra, lo escucha aunque no sabe quién es hasta que al fin, un niño se le acerca. Lo conoce muy bien… es él mismo cuando era pequeño. Se horroriza. La criatura lo mira un momento, posa la mano en su aterrada frente en un gesto de cariño y sobre el estómago, deja sentado un muñeco de porcelana, el mismo que había hallado en el pasillo. Después de eso, el niño se marcha. Tómas se lo queda observando. De repente, el muñeco, que aún tenía sus ojos hacia arriba, dirige su vista hacia él, saca un gran alfiler de su espalda, se incorpora y se lo clava en la frente. Tómas salta profiriendo un grito y el muñeco sale despedido hacia el suelo. Se levanta enfurecido y lo pisotea hasta destruirlo por completo. Rápidamente, se dirige hacia la puerta, pero está cerrada. Busca en sus bolsillos pero tenía el pijama del hospital. Siente frio en el pecho y nota que de su cuello cuelga la llave que había encontrado. Abre la puerta, pero enseguida escucha el grito más horripilante y sombrío que se hubiera podido imaginar alguna vez. Se vuelve hacia ese lamento funesto y descubre que el muñeco que había destruido está otra vez entero y sentado en el suelo. Una nueva nota descansa en su mano izquierda: “¡No lo hagas! Busca otra manera…”. Tómas no entiende, aprieta con fuerza el arrugado papel y se dirige hacia la puerta, ya ciego por el desconcierto que lo invade, a un paso de la locura inexorable, ahogándose más y más en la irracionalidad. Cruza el umbral, esta vez de un suave dorado, el dorado de una luz que alumbra tenue un cuarto, más bien un gran comedor, con sillones, una mesa y un televisor. Tómas sonríe. Es su hogar.
Después de mirar a su alrededor, oye unas voces que provienen desde la cocina, una conversación casi alegre que disputan dos niños, y una carcajada femenina. Tómas se dirige al lugar desde donde le llega lo que es música para su alma, y observa a su familia almorzando. Él, desconcertado pero lleno de una alegría absurda, toma su lugar en la mesa y al instante siente su pecho destrozarse en mil pedazos. Unas garras de hierro salen de las patas de la silla y del borde de la mesa; lo aprisionan, siente sus labios metiéndose dentro de su boca, como tragándoselos, y comienza a gemir de dolor. En ese momento, su esposa lo atiende y trata de tranquilizarlo, sin embargo Tómas no entiende lo que sucede. Una vez más, se encuentra paralizado.
Al fin mira el reflejo de la ventana delante de la mesa y, con tremendo horror, es testigo de una imagen pesadillesca donde él está en silla de ruedas y con un cuello ortopédico, totalmente paralizado. No puede ser real. Megan manda a dormir a los niños mientras preparaba su propio cuarto. De pronto, la pequeña Elizabeth se acerca y mira fijamente a su padre.
—¿No recuerdas nada, verdad Papi? —Luego, dubitativa acaricia su rostro— La policía llamó a mami, ella dijo que habías tenido un accidente mientras ibas a buscarnos. Sí te acuerdas de cuando fuimos al hospital a visitarte, ¿verdad? Te llevé un dibujo donde estábamos tú y yo en el parque y me hamacabas como aquella vez, ¿recuerdas Papi? Pero la enfermera no nos dejó estar mucho tiempo –unas lágrimas caen de los ojos de la pequeña—, quiero que regreses por favor, nunca más me voy a ir, te lo prometo.
Elizabeth le da un suave beso y se marcha.
Tómas no puede estar más horrorizado; se siente desvanecido, como arena arrojada al mar, como un espejo quebrado en cientos de partes. Por un momento, piensa que todo se trata de una pesadilla de la que pronto despertará. Quizás, el accidente en medio de la ruta fue más grave de lo que suponía y todavía permanece desmayado dentro de su auto, teniendo este sueño de nefastas visiones.
Megan llega y lo saca de la cocina para llevarlo al cuarto a descansar, pero en ese momento, mientras cruzan el living, Tómas observa la llave que él había utilizado para abrir las puertas de aquella extraña casa sobre un modular, y piensa que si está ahí, significa que puede huir de aquella horrible pesadilla. Al fin, Megan lo ubica en un pequeño elevador al lado de la escalera y lo sube mientras ella va por los escalones, observándolo con amor y tristeza. Luego, lo lleva hasta el cuarto y acuesta en la cama. Lo mira fijamente a los ojos un momento.
—Dime algo mi amor, por favor –Espera en silencio, ahoga un llanto y continúa—. Por favor amor, dime algo.
Pero nada. Tómas solo fija su visión en la salida de ese lugar.
—¿Qué fue lo que ocurrió esa noche? —pregunta su mujer— ¿Cómo pudiste llamarme estando accidentado? ¿Qué fue lo que ocurrió? Entiendes que te encontraron dentro del auto incapacitado para moverte, no pudiste haberme llamado cuando me dijiste que habías tenido el accidente—. Ni una respuesta, Megan lo observa un momento y comprende que es en vano—. Te amo. Buenas noches.
Tómas espera a que su esposa se duerma. Pasa horas tratando de moverse, y reuniendo todas sus fuerzas consigue un espasmo. Aunque adolorido, sigue agitándose interiormente, hasta que por fin conseguir ladearse y caer de la cama. Todo está oscuro, pero distingue la salida del cuarto. Inesperadamente, siente que sus miembros responden a sus deseos a pesar del dolor casi insoportable. Aprieta los labios, mueve un brazo hacia delante, luego adelanta el otro y avanza con dificultad, empujándose también con los dedos de los pies hasta salir de ahí. Su meta es el living: comprende que tendrá que descender por las escaleras. Las contempla un momento hasta que toma coraje suficiente y se desliza. A pesar de hacerlo con cuidado, pronto pierde el equilibrio y cae. Unas imágenes invaden su desquiciada y atormentada mente, imágenes de aquellos días en que surgieron los problemas, cuando encontró la nota de su esposa y decidió ir por ella y sus hijos. Imágenes del camino oscuro y mortuorio, del choque...
Porque justo en ese momento, no supo qué había sido hasta que abre los ojos y se encuentra nuevamente dentro de aquella maldita casa. Se incorpora lentamente, desorientado. Puede moverse con soltura ahora. Siente un bulto en su bolsillo derecho; una nota abollada, la desenvuelve y un mensaje se tiñe de sangre: “ahora todo vuelve a empezar”.
LA MATERIALIZACIÓN ERRANTE
La historia que estoy a punto de contarles no es de esas que uno espera que la crean, es más, yo mismo no la hubiera creído si me la hubieran contado antes de mi investigación, la cual hoy maldigo. Pero aún así, debo quitarme este peso de encima, deshacerme de esta pesadilla que hasta hoy me acosa incansablemente.
Al no importarme lo que piensen sobre esto no será necesario dar nombres, lugares o un año específico, salvo claras excepciones. No quiero involucrar a personas a quienes si les importa su vida.
Les diré que me especializo en el área de la criminología y la antropología. Soy, o era, escéptico y agnóstico, se me respetaba y respaldaba en muchas ocasiones.
Gracias a esta profesión, hace varios años atrás me habían solicitado para una investigación policial a un grupo de estafadores. La Policía Internacional estaba muy interesada en desenmascararlos. Sin embargo, no eran como otros grupos. No pertenecían a ninguna mafia en particular, no eran tampoco un grupo clandestino que operaba tras cuentas bancarias o similares. No, estos estafadores eran personas que no se conocían entre ellos, operaban muy rara vez. Es más, lo hacían en diferentes lugares y muy sigilosamente. A estas personas se las conocía como “médiums”: especialistas en contactar gente fallecida, en calmar las angustias de quienes habían perdido un ser querido y necesitaban saber de él. Pero como todo trabajo, tenía también un costo que los bolsillos de aquellas victimas sabrían pagar muy bien. Quizás como anécdota, podría agregar que dicho pedido se había dado justo cuando mi madre había fallecido apenas días antes. Realmente no sentí su pérdida, pero sí me resultó curioso que justo me llamaran para investigar este tipo de casos donde la comunicación con el más allá resultaba ser en realidad desde el “más acá”.
No lamento, o lamentaba mejor dicho, decir que no sentí su pérdida, pues mi madre nunca fue una mujer muy cariñosa conmigo, o por lo menos, dejó de serla en el momento que mi padre falleció cuando yo tenía apenas siete años de edad. A partir de entonces, su corazón se volvió frío para conmigo y durante un tiempo solo fuimos ella y yo. Por supuesto, al ser hijo único exigía de mí más de lo que yo siempre podía ofrecer y todo se dificultó aún más cuando mis tías vinieron a vivir con nosotros. El deber de la educación, la religión y los buenos modales se hicieron en extremo insoportables; cada una de ellas siempre tenía una tarea para mí y no pude librarme de su autoritarismo y decepciones hasta que fui mayor, con voluntad y dinero suficiente como para abandonar ese nido de buitres mal agradecidos. La siguiente vez que vi a mi madre fue dentro de su ataúd.
Volviendo a lo que nos concierne, para este caso necesitaba prepararme muy bien y consulté cuanto material había sobre el tema, aunque debo confesar que ninguno me llamo más la atención que el trabajo del querido doctor Cesare Lombroso, fallecido hace unos años atrás. Importante criminólogo, pero lamentablemente no muy respetado, y mucho menos después de haber publicado su criticado libro “Hipnotismo y Espiritismo”, una crónica cruda y vertiginosa sobre estas actividades paranormales, según él, muy poco vistas. De todas maneras, yo pensaba en indagar más y llegar al fondo del asunto, descubrir el secreto que se ocultaba detrás de la cortina de lo desconocido, las sombras de lo ignorado, y salvar a esa gente que estaba siendo engañada. Claro, pero todo esto antes de saber lo que hoy sé.
Un sábado a la noche, mientras llovía, recibí la llamada del secretario del jefe de la Policía Internacional, Robert C. pidiéndome una cita en su despacho personal. Acepté sin recibir mucha información a cambio, pero el lunes tuvimos la reunión y me contó toda la historia. Por momentos, reía y negaba tales cuentos, él por supuesto reía conmigo. Iniciamos una buena amistad. Tras varias idas y venidas, y de muchos diagnósticos elaborados en base a hipótesis, accedí a ayudarlo a él y sus subordinados.
Tomó mucho tiempo infiltrarme y ganarme la confianza de la gente indicada que me acercaría a aquellos estafadores. Sin embargo, cuando por fin había logrado tener acceso a esas sesiones, nos lamentamos de que no fueran lo que esperábamos, solo eran falsos exorcismos o posesiones. Pero todo cambió al cabo de unos meses. La noticia había llegado a mi casa: una carta de invitación. Como era costumbre, sin remitente ni destinatario, solo una tarjeta color escarlata con mi nombre y la dirección donde se llevaría a cabo la sesión espiritista. Era justo lo que buscábamos. Me habían contado que las personas que podían asistir eran elegidas en secreto y notificadas mediante cartas.
La cita era para un jueves 5 de abril de 19**. Para mi sorpresa, había que ir antes de que empezara a caer la noche. La reunión se llevaría a cabo en la Calle Outdoor, en la visitada Zona de Inmigrantes. Cuando me dirigí al lugar, seguido sigilosamente por la Policía Internacional, noté un edificio, probablemente un viejo hotel para huéspedes de diversos lugares, lúgubre e inhóspito, y entré después de un rato. Adentro, la humedad y el frio se apoderaban de un ambiente ciertamente abandonado; a un lado y al otro, las puertas de las habitaciones yacían hinchadas y malgastadas. Al final del pasillo había una curva hacia la izquierda, y al cruzarla, una escalera llevaba al segundo piso, y así el mismo recorrido hasta el último. La nota indicaba que allí sería la sesión.
Al llegar, golpeé y solo el silencio contestó. Pensé que, quizás, por el visor de la puerta alguien estaría viendo, pero cuando estaba por golpear otra vez, abrieron. Era un viejo colega, con quien había empezado a investigar estas sesiones y debatido los resultados que esas misteriosas tardes nos ofrecían por largas noches. Eso sí, había una clara diferencia entre ambos: él creía fervientemente en eso, incluso tenía a su médium personal. En cambio, yo estaba por hacerlo caer ante la justicia por su complicidad en esas estafas.
Cuando entré, noté un profundo silencio, mayor que el que dominaba en el edificio. Me sorprendieron las penumbras y los rostros apagados que allí se hallaban; tristes y sombríos, a pesar de la compañía desconocida y la nostálgica esperanza de recibir aquello que deseaban: saber que su ser querido se encontraba bien y tranquilo. Por mi parte, no me podía distraer con tal escenario, debía cumplir mi función como el profesional que era y desenmascarar aquel fraude.
Después de un buen rato, la sesión comenzó. Todos quedaron expectantes ante la aparición de una mujer de poco más de cincuenta años, que solo saludó a los allí presentes con un asentimiento de cabeza y se sentó en una silla junto a la pared, en el centro del cuarto. La misma se hallaba detrás de unas cortinas que formaban una cabina, y al cerrarse nadie podría ver lo que ocurría dentro. Cuando se sentó y soltó un gran suspiro, un hombre se levantó desde el otro extremo del cuarto y le preguntó a una de las personas allí presentes con quién deseaba encontrarse. Era una mujer joven de expresión triste que había confesado querer ver a su hermana recientemente fallecida. Todo trascurrió entre susurros que por el silencio podían oírse con claridad. El hombre se acercó a la médium y le habló al oído secretamente, se alejó y la espiritista pidió silencio y concentración cuando parecía entrar en trance. En ese momento, la médium realizó movimientos raros y compulsivos, el hombre misterioso se acercó con presteza y cerró las cortinas cuando la mujer empezó a emitir sonidos raros. Nadie pareció sorprenderse, como si estuvieran acostumbrados a este tipo de sesiones, pero yo debía armarme de valor y desentrañar lo que estaba sucediendo. Solo esperé un par de minutos, mientras me debatía entre correr y abrir esa cortina o avisar a los agentes que esperaban afuera para entrar. Aprovechando la distracción, me acerqué despacio a una de las ventanas de aquel cuarto. Metí mi mano por detrás de las cortinas e hice señas para que se movilizaran. Enseguida, las cortinas de la cabina se corrieron; la médium se encontraba con la aparición, pero la función no duró mucho, ya que la policía irrumpió bruscamente en la habitación y desenmascaró a los estafadores.
La supuesta aparición no resultó ser más que una joven que se prestaba para cualquier tipo de “materialización”, quien solo debía andar de un lado a otro sin emitir palabra alguna, con un velo en el rostro y así la gente creía fervientemente lo que veía sin juicio alguno. Incluso, un doctor de turno se prestaba para hacer los estudios correspondientes, sabiendo que todo era una farsa.
La misión fue un éxito: muchas otras sesiones y engaños fueron descubiertos y sus protagonistas presos. Yo me sentía conforme con mi trabajo aún cuando no entendía el de otros profesionales que sí creían en el fenómeno. A pesar de ello, nunca fui descubierto y podía cumplir mi labor libremente. Todo se volvió una rutina con el tiempo.
Recuerdo que un día, en una de esas sesiones, una persona me recomendó una médium que nunca aparecía en público sino que atendía particularmente. Este hombre estaba muy emocionado, pues me había dicho que no se comparaba con las que solíamos ver. Esto había sido hacía tiempo, cuando desenmascarábamos a los mentirosos.
Un 23 de julio, fui a visitar a aquella médium en una zona alejada del centro de la ciudad, acompañado de la policía. Vivía en una casa maltratada y solitaria. Golpeé la puerta y esperé largo tiempo hasta que un muchacho obeso, encorvado y de considerable altura me atendió. Estaba descalzo y vestido con prendas sucias, nunca había visto apariencia semejante. El muchacho me hizo pasar y esperar en una sala contigua al lugar donde se realizaba la sesión hasta que la médium terminara su turno. Al cabo de un tiempo, una mujer salió de allí con lágrimas en los ojos y mi nombre fue pronunciado desde la lejanía. Me dirigí hacia aquella sala; la mujer me señaló un viejo sillón escarlata en medio de la sala. Y allí me senté esperando el truco, mientras era sometido a las diversas preguntas de la espiritista. Después, silencio. Oscuridad. Unas voces apenas perceptibles comenzaron a surgir de la nada e invadieron el ambiente. Solo ella y yo. A pesar de mi incredulidad, empezaba a escuchar voces familiares y percibí entonces en el rostro de la médium, gestos que me resultaron perturbadoramente conocidos. No me atreví a levantarme y dar aviso de tal falsedad a los federales, ya que algo estaba ocurriendo, algo que estaba totalmente ligado a mí. Cuando sentí el impulso de levantarme y cerciorarme de lo que estaba pasando, la médium dio una bocanada de aire como quien se ahoga y llega de golpe a la superficie. Nada. Después, ella me pidió que me fuera.
Durante varias noches no pude dormir y tuve extraños sueños en los que despertaba debido a ruidos inesperados en mi hogar sin entender lo que eran. Decidí regresar por mi propia cuenta a ese lugar para tratar de descubrir lo que pasaba. Pero el muchacho que siempre atendía la puerta, se deshacía de mí postergando las citas hasta que un día me aseguró una reunión con la médium.
Una noche me recibieron, y me senté en el viejo sillón. Ella ya estaba detrás de una vieja mesa, esperándome, sabía que yo era un prestigioso investigador, pero ni siquiera me miró. Hubo un silencio profundo y funesto. Ella estuvo paralizada hasta que por fin aparecieron las señales: las cortinas y la mesa comenzaron a moverse. Aprovechando que estaba sentada, me levanté rápidamente y corrí hacia las ventanas para buscar el artefacto que supuestamente movía las cortinas, pero no había nada. Hice lo mismo con la mesa, pero no encontré pruebas de un engaño. Algo estaba sucediendo, aunque nada se comparaba con lo que pasaría después. Una cosa había comenzado a salir de la boca de la médium mientras yo permanecía estupefacto; una especie de materia amorfa, como una prolongación de su cuerpo, amarilla, brillante y repulsivamente húmeda. Tomaba formas, mientras la espiritista parecía sufrir mucho entre asquerosas arcadas. Cuando me dispuse a abalanzarme hacia ella para sacar una muestra, gran parte de la materialización volvió a la médium. La parte que logré tomar se metió violentamente en mí; a través de mi piel.
Oscuridad, silencio. Abrí los ojos y me encontré en el suelo con un gran dolor en el pecho. Estaba sorprendido por lo que había visto; sabía de casos así, donde las médiums expulsaban de su cuerpo cierta materia orgánica. Charles Richet lo había llamado ectoplasma basado en sus experiencias de trabajo con las conocidas médiums Eva Carriére y Eusapia Paladino. Pero yo no había tenido la oportunidad de conocer a aquellas mujeres, las únicas que no dejaban lugar a dudas en sus sesiones. Sin embargo, tenía mi propia experiencia con esta espiritista que jamás dio su nombre.
Al momento de levantarme, se acercó su ayudante como si hubiera oído todo y me sacó de ahí mientras la mujer permanecía desvanecida sobre la silla. Cuando pregunté por ella, el muchacho solo me pidió que me fuera y que volviera en un par de días. Me fui sorprendido, pues no podía creer lo que había visto y esa noche ni siquiera pude dormir.
Me contacté con algunos colegas al día siguiente para consultarles sobre las cosas que había presenciado, siempre ocultando mi asombroso encuentro con el fenómeno, pero nadie me daba una respuesta concreta. Muchos se burlaban del caso y con verdadera razón, habían presenciado tantos fraudes que ya no se podía creer en este tipo de cosas. Sin embargo, yo sabía lo que había visto, todo había quedado grabado en mi memoria, en mis pesadillas. Necesitaba ver a esa mujer otra vez, saber lo que había pasado, entender la situación… el dolor en mi pecho, ese que volvía por las noches y no me dejaba dormir.
Al pasar unos días, volví. La ciudad parecía estar dormida aquella tarde gris y nebulosa, atravesé el viejo portón del patio y caminé hacia la puerta. Toqué un par de veces y de nuevo me atendió aquel hombre, pero esta vez no me dijo nada y solo me invitó a pasar. Estuve sentado un momento hasta que me llamaron al cuarto de la médium. Por fuera aparentaba tranquilidad aunque por dentro me moría de impaciencia. Al fin cuando me senté, ella salió de otro cuarto dentro del mismo y se sentó nuevamente detrás de esa vieja mesa redonda y maltratada. Me miró un instante y me dijo:
—Usted ha cometido un gran error Dr. Frank, hizo algo de lo cual ya no hay vuelta atrás.
Yo me hice el indiferente, pero no pude evitar preguntar lo que de verdad había ocurrido y la respuesta no fue mejor que el recibimiento.
—Usted ha tomado parte de lo que se estaba materializando en mí —dijo señalándome— y como no dejó terminar la sesión correctamente, no sabremos nunca qué era lo que estaba a punto de aparecer. Pero de algo estoy segura Dr. Frank, esa materialización tenía mucho que ver con usted ya que aceptó su cuerpo rápidamente. Cuando se marchó intenté retomar el contacto pero no volvió a aparecer, así que imagino que ahora eso vivirá con usted hasta el fin de sus días.
A pesar de lo que yo había visto en la sesión anterior, y si bien comenzaba a creer en ciertas cosas, no podía aceptar lo que me acababa de decir aquella médium. Me parecía algo absurdo, así que simplemente me levanté y me marché. Antes de ir a mi casa, pasé por un viejo bar. Necesitaba tomar algo, y ya siendo noche avanzada me dirigí a casa a dormir, pero no tenía idea de lo que allí me esperaba. Dios, si tan solo alguien lo hubiera visto… el horror, el terror de vivirlo; de sentirlo en lo más profundo de mi ser.
Cuando llegué, me senté en la cama un momento y leí algunos de los informes que había hecho sobre los diversos casos, mientras intentaba recordar lo que había sucedido ese día. Luego, me acosté y seguí leyendo un poco más. Creo que me quedé dormido con los casos del Dr. Lombroso y fue ahí cuando comencé a tener pesadillas: sarcófagos fuera de sus tumbas y gritos que venían desde dentro de ellos, cuervos que se posaban sobre los ataúdes como vigilando a los muertos y un suelo lleno de rostros lamentándose ante el olvido de sus seres queridos. Abrí los ojos y cuando pensé que estaba despertando, me sentí paralizado, ahogado y que alguien presionaba sobre mi pecho. Después padecí convulsiones y algo comenzó a salir de mi boca entre fluidos y horribles estertores, como si lo estuviera vomitando. Algo que era demasiado grande para mí. Luego, una cosa pegajosa pasó por mi garganta y paladar y varios fragmentos húmedos y ásperos se deslizaron por mis oídos. No podía moverme, sentí un dolor horrible hasta que sentí que me caía desde gran altura hasta mi cama y todo volvió a la normalidad. Abrí los ojos y no me sentí solo en mi cuarto; prendí la lámpara para ver mejor y ahí estaba…
Oh Dios, allí estaba ella al pie de mi cama vestida de largas sedas blancas que le cubrían incluso rostro y manos. Pero la podía reconocer claramente, pues sus ojos de un increíble negro atravesaban aquella tela funesta y horripilante: era mi difunta madre, muerta hacía más de veinte años. Estaba totalmente paralizado, no podía respirar ni hablar, mucho menos cuando creí escuchar, casi como un susurro ahogado y húmedo: “me has decepcionado Frankie…siempre me has decepcionado”
Ella tendió su mano hacia mí y yo estuve a punto de gritar del terror, en el momento en que se abalanzó sobre mí y todo comenzó otra vez, pero a la inversa y con más dolor, lo que provocó que me desmayara a los pocos segundos.
Desperté por la mañana, muy cansado y adolorido y ya nadie estaba conmigo. Aquel día no encontré consuelo alguno, ni ayuda ya que incluso la misteriosa médium había desaparecido. Su casa estaba en venta y al parecer nadie en el vecindario sabía de sus antiguos inquilinos ni habían visto nada tampoco. Quise creer inútilmente que todo había sido una terrible pesadilla y recibí la siguiente noche con gran pesadumbre. Traté de soportar lo más que pude el abrazador sueño, pero fue inútil, y apenas cerré los ojos, la horrible experiencia se repitió y el espectro de mi difunta madre apareció más corrompido y profanado que antes. Casi todas las noches que siguieron hasta el día de hoy fueron iguales. Temo dormir, temo que vuelva a aparecer para castigarme, insultarme por no creer o por haberla olvidado. Trato de ser razonable, pero estoy al borde de la locura. Quiero que mi historia se sepa, que alguien me ayude aunque solo encuentro penas y desilusión. Quizás el arma que me acompaña mientras escribo estas líneas puede ser mi última salida, mi santo remedio, solo ella podría acabar con este sufrimiento. Cito en este momento de desconsuelo las sabias palabras del doctor Lombroso: “En el mundo de lo psíquico, estamos muy lejos de conseguir certezas científicas”.
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