Read the book: «La Sociedad de los Sueños»
Carlos Piñeiro y Enrique Peixoto
La Sociedad de los Sueños

Piñeiro, Carlos
La sociedad de los sueños / Carlos Piñeiro ; Enrique Peixoto. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2368-6
1. Cuentos. I. Peixoto, Enrique II. Título
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Índice
1 Prefacio
2 I. El sueño de Foucault
3 II. Significado
4 III. Perfume en Lisboa
5 IV. Asurbanipal, Jezabel y Edmundo
6 V. Aquelarre
7 VI. El demonio y la espada
8 VII. ¿Dónde estoy?
9 VIII. El tío querido
10 IX. El sueño de los locos
11 X. Cuatro almas
12 XI. Subte desde Oriente
13 XII. Viaje cuántico
14 XIII. Caos, tormenta y ADN
15 XIV. El reloj y el fantasma
16 XV. Laberinto
17 XVI. La Sociedad de los Sueños
18 Agradecimientos
Landmarks
1 Tabla de Contenidos
DEDICATORIA
A mi familia
A mis amigos
A la noche
A la eternidad que vive en lo fugaz
Carlos Piñeiro
A mi familia
A mis amigos
A los sueños
Lato
Prefacio
Mayo de 2020. Pandemia. Confinamiento. Todo se altera radicalmente. La ciudad es un fantasma sin cuerpos. Es de noche. Estábamos disfrutando de lo que se convertiría en un nuevo rito para afrontar esta anormalidad. Compartíamos una copa de vino entre dos amigos de toda la vida a través de las pantallas del celular. ¿Qué estabas haciendo? Estaba leyendo un libro acerca de los sueños. ¡No te puedo creer! Yo también estaba leyendo un libro sobre los sueños. Pura sincronicidad, como diría Jung.
El vino hacia su efecto. Nos alejaba de la cotidianidad tan extraña en esos días y nos acercaba a otro mundo. El argumento de una novela distópica surge sin saber bien de donde. Los personajes empiezan a tener rostro ante nosotros. Una copa más… Tenemos que escribirlo. Mejor que sea un libro de cuentos, atravesados por un hilo común. Nos acordamos del Decamerón, donde unos jóvenes se van al campo a narrar historias en medio de la epidemia de la peste negra.
A la noche siguiente, uno de nosotros lee un cuento recién escrito. Está basado en un sueño real. Nos encanta. Pasa una noche más y el otro responde con otro cuento. El rito del vino ahora incluye lectura de cuentos y de algunos ensayos sobre los sueños. Surge una duda. ¿Se puede escribir esto a duo? ¿Por qué no? Si tenemos una amistad que comenzó cuando teníamos seis años. Tenemos que hacerlo.
Habíamos pasado muchos años hablando de esta extraña y fascinante dimensión del plano onírico. Esa noche de mayo algunos sueños surgieron desde lo más profundo de nosotros como una revelación que sentimos como mandato de escribir este libro. Algunos de estos cuentos están basados en sueños, hechos y sucesos reales. Sucesos difíciles de creer en este mundo. Un mundo donde todo es calculable, medible y explicable. Donde la razón tecnocientífica se vanagloria de poder observar y explicar desde la trayectoria de los planetas más lejanos hasta el comportamiento de las partículas subatómicas y la sinapsis de las neuronas como base material de nuestros pensamientos. En ese mundo organizado hasta el detalle por el pensamiento racionalista moderno iniciado por Descartes, nacieron estas dieciséis historias apasionantes acerca del tiempo, los sueños, el amor, la religión. ¿Género fantástico? ¿O atisbos de otra realidad humana no mensurable, calculable ni explicable por la razón científica? ¿Es posible que haya pasado desapercibido el hecho de que todo el edificio de la Filosofía moderna racionalista occidental, fue creado principalmente sobre la base de las ideas de Descartes, a partir de tres sueños que tuvo?
Preguntas que abrirán más interrogantes en estos cuentos. El lector podrá decidir si son solo relatos fantásticos, o señales brumosas de otro plano de la realidad.
I. El sueño de Foucault
El alma, prisión del cuerpo.
La visibilidad es una trampa.
–Michael Foucault
Hay un muro. No debería haber un muro aquí. Pero lo hay. Trata de sortearlo. Comienza a caminar a tientas hacia su derecha. Trata de ver el fin del muro, pero todo alrededor es una niebla espesa y grisácea. No puede ver más allá de unos centímetros. Siente que le falta el aire, comienza a caminar más rápido; más rápido; se agita, siente cómo la desesperación se va apoderando de su cuerpo y de sus sentidos; cada vez se le hace más difícil respirar. Entonces para abruptamente. Recupera el aliento. Se dice que es absurdo, que no puede dejarse ganar así por un miedo irracional. No hay nada que temer. Respira hondo. Comienza a recobrar el aplomo. Hay niebla y hay un muro. Un muro que debe terminar en alguna parte, así que es solo cuestión de tener paciencia y encontrar la salida. Ya más tranquilo, recomienza la caminata. Camina y camina. Se está habituando a avanzar a tientas y hasta comienza a gustarle; es como andar a ciegas; cada paso puede ser un pasaje a algo inesperado y sorprendente. Sabiendo que en cualquier momento puede recobrar la visión, sus sentidos comienzan a agudizarse. Siente un olor dulzón, como a tierra mojada. Casi es feliz. Ahora frunce el ceño. El olor está mutando; se torna ácido, casi putrefacto. Se inquieta. ¿Cuánto ha caminado? Horas. Algo anda mal, ha perdido la noción del tiempo. Le duelen las piernas. Toca el muro, un muro rugoso. Quizá no sea muy alto. Comienza a escalar; apoya un pie sobre una protuberancia saliente y después una mano; ahora, otro pie. ¡¡Ahhh!! Un grito desgarrador brota del muro. El corazón casi se le sale del pecho, pierde equilibrio y cae al suelo. No se ha hecho daño, pero está asustado. Instintivamente corre hacia el otro lado del muro. Da unos pasos y choca violentamente contra otro muro. Está sin habla, a punto de llorar. No puede ser, no puede ser, no es posible. Toca el muro temeroso, con los ojos entrecerrados debido a que no ve nada a causa de la niebla. Este muro es distinto. Es rugoso, tiene algo que lo cubre. ¿Son ramas? ¿Plantas? Está mojado, pegajoso; algo se le pega en la mano y no puede despegarlo. Intenta, pero es en vano. También se le ha fijado un pie. Siente que el hedor se hace más penetrante; ya es casi insoportable. Se le ha atorado la mano izquierda tratando de zafar la derecha y tiene una comezón punzante en la nuca que se hace cada vez más intensa; le pica con desesperación y retuerce todo su cuerpo tratando de rascarse, de restregarse contra el muro, pero le es imposible. Casi vomita del olor y la piel le pica tanto que se la arrancaría. Por fin, logra rascarse y siente un alivio inmenso. Se rasca cada vez más fuerte; más fuerte; casi se hace daño. Algo anda mal; se rasguña con tanto frenesí que comienza a sangrar; ya no le pica, le arde, pero no puede parar de rascarse y rasguñarse cada vez con más fuerza. Quiere parar. ¡No puede! Está sangrando. ¡Basta! ¡Basta! Pero la mano no obedece la orden. Insiste autónoma y furiosa mientras una masa gelatinosa se le pega al cuerpo. ¡No! Grita horrorizado. Toma conciencia de que no ha podido liberar sus manos, totalmente presas de la masa pegajosa. ¡No es su mano la que lo sigue lastimando sin piedad! ¿De quién es? Empieza a llorar y a gritar. En su desesperación oye un eco, un eco que viene de todos lados. No es un eco, es una especie de risa, si puede llamarse así a ese sonido que nace como arrancado del suelo y de las paredes. Algo le sujeta el tobillo. Intenta liberarse. Es como una raíz, pero no. Le sujeta todo el pie con destreza y firmeza como si fuera... ¡¿Qué es?! Es una mano. Una garra inhumana con una fuerza increíble que aprieta cada vez con más tenacidad; ya casi le revienta la pierna mientras la nuca ya no tiene piel y la mano se ensaña con sus huesos y con sus arterias. No soporta el dolor; intenta chocar su cabeza contra el muro. Pero ya no hay muro; solo piel, manos y esa masa pegajosa. Y hay una ráfaga de viento negro, una especie de aliento nauseabundo que sale de ese muro que no es un muro que ahora se mueve al ritmo de ese aliento que ensordece y retuerce el estómago. Otra mano ha tomado su otro pie; y otra, su muñeca. Y escucha o siente un chasquido sordo y un dolor agudo que le atraviesa todos los huesos. Se ha quebrado su pie y siente la sangre que corre hasta la tierra, de la cual siente surgir miles de manos o lombrices o raíces; y siente algo como unos dientes que le arrancan parte de su pie. Y su cuello está a punto de quebrarse; y grita; grita y llora hasta que no tiene voz, pero su masa de cuerpo casi aniquilada no cesa de intentar el grito mudo y sordo: «Quiero, quiero, quiero...».
Abro los ojos, trago saliva y logro respirar. Es de noche; sin embargo, la luz de la luna se filtra por la ventana. Puedo divisar el techo del cuarto, que logra tranquilizarme. Ya no hay muros con manos; ahora solo hay un techo, el techo reconocible de mi cuarto. Los límites reconocibles y tranquilizadores de una realidad que no se sale de sus códigos y de sus leyes. La realidad. ¿La realidad? Ese feroz interrogante cotidiano. Ese lejano sinsentido incomprensible. Me quedo mirando el techo, buscando formas en la penumbra, hasta que me duermo.
A la mañana siguiente, se levanta con ganas. Se mira en el espejo, anuda su corbata, se calza el traje. Sin embargo, no deja de hacer gestos para amoldar su persona a la máscara social. Como si el cuerpo lo rechazara y no se dejase envolver en esa tela áspera. Mueve el cuello, le aprieta demasiado el botón de la camisa. Mira el reloj. Ya es tarde y se decide a ir a la oficina de una vez. Sale, por fin, a la calle. Es el mismo trayecto de siempre. Llega al edificio de siempre, a sus oficinas en el distrito neurocientífico edificado en la ex Reserva Ecológica de la ciudad. Los guardias lo saludan amigablemente mientras, con un gesto casi de autómata, mira hacia el lector facial de seguridad y se dirige hacia uno de los molinetes de la entrada. Se enciende la luz verde. Con su pierna derecha presiona sobre la barra de acceso y entra. Está adentro.
Es el año 2061. El profesor Sebastián Gueta está preocupado. Cincuenta años antes esto no significaba nada. Una mala pesadilla, una mala noche. Pero ha pasado mucho tiempo. Y, ahora, estos sueños son perseguidos. Son un delito. Una prueba irrefutable de desadaptación. Desde que el gran Panóptico de Sueños fue instaurado a escala global, soñar así puede ser muy peligroso. El Panóptico registraba los sueños de todos los ciudadanos, que eran analizados por un ejército de psiquiatras del Ministerio de Seguridad Neurocientífica. Allí se descubrían todo tipo de personas desviadas, agresores sexuales, enemigos de la sociedad. De acuerdo con el nivel de alarma, las personas podían recibir desde una pena de terapia forzada en un centro de reeducación neurosocial hasta ser recluidas en una prisión. Como psiquiatra investigador del Ministerio, podría borrar el registro de esta pesadilla. No quedaría ningún rastro de esa mala noche. Pero Gueta nunca había tenido que recurrir a esto. Su vida era apacible, tranquila. Tenía acceso a muchos privilegios y a todos los vicios que esta sociedad le permitía. No podía entender por qué, pero ahora tenía que hacer algo. Si bien la pesadilla no tenía escenas de violencia hacia terceros, sí tenía signos de destrucción y era ominosa. Si fuese analizada, sería observada minuciosamente por los censores. Así que, a pesar de los riesgos, se impuso con fuerza en su mente lo que tenía que hacer. Simplemente borraría el registro electromagnético del sueño. Con esta convicción, cerró la puerta de su despacho y, con una velocidad maquinal, como guiado por una fuerza exterior, buscó el registro de su pesadilla. Tuvo un primer impulso de ver el film. Tenía una curiosidad morbosa. Nunca había visto en la pantalla su propio sueño traducido por el Panóptico. ¿Cómo se vería? ¿Cuán fiel a su producción onírica sería? Era una práctica prohibida. La visión reiterada de los propios sueños generaba distorsiones psíquicas: muchos psiquiatras que no habían podido resistir la tentación de intentarlo habían terminado sufriendo psicosis delirantes. Así que reprimió ver su propia ensoñación y, con decisión, eliminó el archivo y, luego, la copia de respaldo. Ya estaba hecho. Como si nada hubiese sucedido. Sintió un gran alivio al borrar algo tan desagradable y se sirvió una taza de café. Entonces vio a través del vidrio que Mariela le hacía señas para ver si podía pasar. La doctora Mariela Trento era muy hermosa; tenía cabellos negros y unos ojos azules muy penetrantes. Le hizo el ademán de que ingresara. Se la veía preocupada.
—¿Qué pasa? —inquirió Gueta.
—Quiero que veas esto porque nunca vi nada igual.
—Decime.
—Tengo dos sueños que monitoreé. Sueños oscuros. Expresados en un lenguaje encriptado, pero yo creo ver signos de desadaptación, de conducta violenta. En fin, sin asesinatos, pero con mucha destrucción y sangre. Y son idénticos.
—No le veo nada raro. Sueño recurrente, quizás un sueño traumático. Pasalos al sector de Definición de Perfil Psicosocial para que evalúen si necesitan una terapia forzada.
—No me entendiste. ¡Los sueños son absolutamente idénticos! En cada detalle, en los colores, en todo. ¡Pero son de dos personas distintas!
—Sabés que eso es imposible.
—Miralos vos mismo. ¿Puedo usar tu computadora?
Gueta asintió con la cabeza y, entonces, la doctora Trento entró en la red y proyectó los dos sueños de los sujetos en la pantalla que ocupaba toda la pared. Los verían los dos al mismo tiempo para que se convenciese con sus propios ojos de que eran absolutamente iguales.
Gueta se acomodó en la silla y comenzó a mirar. Al principio estaba oscuro, parecía de noche, no se veía mucho. De pronto, apareció un muro.
Me sobresalto. Algo no está bien. Me digo que no puede ser, pero hay algo en la atmósfera que ya me dice que es así. Reconozco la niebla espesa y grisácea, la misma agitación, la desesperación, la dificultad para respirar, los mismos diálogos conmigo mismo tratando de calmarme. No puede ser. Y empieza la caminata y a escalar el muro, hasta que llega al hedor horrendo; y, luego, comienza la mano a despedazarlo; y la risa; y el olor nauseabundo. Y la pesadilla termina con las mismas palabras: «Quiero, quiero, quiero...».
Estaba shockeado. Sin palabras. No podía decirle a Mariela que él también había tenido ese sueño tan peligroso. Nadie podía saberlo. Pero ¿qué significaba que tres personas tuvieran la misma visión onírica hasta en los más mínimos detalles? Su mente pensaba vertiginosamente. Por fin, un nombre se le apareció en su mente. Solo una persona podía ayudarlo con esto.
El viejo profesor Junger Hans. Hans era una leyenda de la vieja guardia, de la época de la prehistoria de la psiquiatría. Además de psiquiatra era neurocientífico. Había sido echado de la comunidad científica y se le habían retirado todos los títulos académicos luego de que, ya instalado el Panóptico de Sueños, había comenzado a soñar cosas muy extrañas. Nunca se supo la razón de la excomunión. Era un secreto hermético y se tejían toda clase de leyendas. Era un nombre maldito en la ciencia actual, pero él tenía que verlo. Solo Hans podía mostrarle alguna llave para este misterio.
—¡Sebastián! —era Mariela, que aún estaba ahí.
—Dejame pensarlo. Ahora tengo que salir.
Salió del despacho y llegó hasta las cocheras del ministerio. Arrancó su auto y condujo a toda velocidad. Su mente corría más veloz aún. Era consciente hasta de los procesos físico-químicos que estaban teniendo lugar en ese torrente vertiginoso de pensamientos. Sintió la necesidad de sus neuronas de descargarse ante el incremento de la tensión cerebral. Sintió que, a pesar de las descargas, no cesaban de incrementar su presión. ¿Cuánto tiempo aguantaría en este estado? ¿Colapsaría? ¿Le estallaría el cerebro? Sacudió la cabeza al darse cuenta de su deplorable condición. Por fin, llegó al departamento del profesor. Vivía en el último piso del histórico Palacio Barolo, en la avenida de Mayo. Se anunció. Extrañamente, Hans ni le preguntó el porqué y lo invitó a subir, como si supiese que él vendría. Estaba tan impaciente. Se asombró cuando la misma leyenda en persona le abrió la puerta. Había leído sus libros y escuchado mil historias acerca de él. Lo había admirado y después se había decepcionado al punto de odiarlo. Y ahí estaba el enigmático profesor frente a él, con esa mirada de lince que parecía ver más allá y atravesar las cosas. Con esa sonrisa cálida y cautivante que había sido el sello de su existencia. Nada en el mundo parecía poder perturbar a este hombre. Lo invitó a sentarse en el sofá y le ofreció un whisky.
—Parece necesitarlo —le dijo.
Este hombre parecía saber las cosas antes de que se manifestaran. Ya más calmado por esa presencia de autoridad inexplicable, pudo, por fin, relatarle el extraño e imposible suceso.
Hans lo había escuchado todo en silencio sin dejar entrever ninguna emoción. La ansiedad de Gueta iba en aumento. No era solo un sueño más que analizar. Era su carrera y su vida lo que estaba en juego. No le había dicho nada de que uno de los soñantes era él mismo. Por fin, Hans comenzó a hablar.
—Muy bien, joven Gueta, le contaré una historia. Pero le aclaro que la negaré ante cualquier extraño. Deje su teléfono aquí arriba —y señaló la mesa.
Gueta cumplió el pedido como si fuese una orden.
—Desde siempre los hombres vieron designios ocultos en los sueños: el destino, oráculos, mensajes del más allá. Los antiguos solían leer en ellos señales ocultas, profecías, misivas cifradas de los dioses o del universo y sus fuerzas misteriosas. Con el tiempo, si bien estas ideas perduraron en el pensamiento de las personas comunes en forma de supersticiones, llegó el momento del imperio de la Ciencia. La mayoría de los investigadores académicos veían a estas manifestaciones como fenómenos erráticos, sin explicación y sin ningún interés. Pero otros las sometieron a la investigación científica. Hasta que llegó ese gran hito, cuando la neurociencia descubre varios hechos impresionantes. Primero, la posibilidad de traducir en imágenes las señales eléctricas del cerebro cuando sueña. El desvelo de la Ciencia entonces parecía posible. Ya no solo se podía medir todo, no solo se podía cuantificar la intensidad del impulso agresivo y la probabilidad de que ese impulso se consumara. ¡No! ¡¡Ahora se podía ver todo!! Cada detalle del sueño. El segundo hecho bisagra fue cuando la Ciencia, sin saberlo y en su afán de ir siempre más allá, también abrió un campo inimaginable al control totalitario del mundo. Con la excusa de la seguridad y el bienestar social, se inventó el Panóptico de Sueños, ese gran complejo de máquinas informáticas y cibernéticas con las cuales se podía monitorear los sueños de todas las personas del mundo. Al principio fue un escándalo. Todas las voces de la bioética y de la democracia intentaron impedirlo. Después de una gran resistencia social que lideramos los más importantes científicos en aquella época, fuimos calumniados, acusados, perseguidos, algunos encarcelados y otros empujados al suicidio. Finalmente, lograron implantar el Panóptico y las terapias forzadas, todo mezclado con viejas técnicas de control social como la industria cultural y las redes sociales. Fue un salto cualitativo en la tecnología del control social. Siempre los hombres fueron guiados por representaciones, por imágenes. Pero ahora se trataba de meterse en sus sueños, de no dejar de colonizar ningún espacio, de avanzar hacia un control totalitario del mundo. ¡Los muy perversos llamaron al dispositivo El sueño de Foucault!
—«La visibilidad es una trampa» —murmuró Gueta.
Hans sonrió al reconocer las palabras del filósofo:
—Este gobierno de tecnocientíficos ha creído develar el misterio de lo humano. Piense que, ahora, hasta los sueños y los deseos más oscuros pueden ser medidos, monitoreados y controlados. Creen que han descubierto la gramática del sueño, que trabajaría como una especie de álgebra muy compleja. No puedo decirle qué significan estos tres sueños. Solo espero que no sea una señal de lo que más temo. Que no se hayan animado a hacer lo que siempre anhelaron. Ejecutar, por fin, ese proyecto que habían abandonado por temor a sus consecuencias impredecibles y catastróficas: El Proyecto Psicosis. Intervenir directamente en las bases moleculares que definen nuestros sueños, en las conexiones neuronales que nos permiten soñar. Ya no solo leerlos, evaluarlos y dictaminar la peligrosidad y el tratamiento de los ciudadanos, sino intervenir directamente en el mecanismo complejo de formación de sueños, recuerdos, ideas, deseos. Siempre les fascinó esa capacidad que tenía la mente de borrar los recuerdos, de sustituirlos, de embellecerlos y de someterlos a algún tipo de elaboración.
Hans hizo una pausa y lo miró fijamente.
—Piénselo bien, Gueta. ¿Qué puedo lograr a partir de esas premisas?
—No entiendo —Gueta estaba aturdido—. Si se puede eliminar un recuerdo, por ejemplo... —titubeó—. Borrar un recuerdo tiene el efecto de hacer desaparecer una realidad. Deshacer lo sucedido, borrarlo como si nunca hubiese existido. La realidad sería modificable por un simple signo negativo. Por la mera negación de lo real.
—¡Exacto! Podrían hacer desaparecer una realidad. De ahí a implantar otras imágenes, otras sensaciones, otra narrativa, habría solo un paso. Crearían otra realidad. Y la llamo realidad, ya que desde la caverna de Platón sabemos que solo tenemos acceso a una imagen de la realidad. No a la realidad misma. Siempre el poder ha querido que sus narrativas dominen. Pero ¿qué pasaría si esas imágenes se implantaran en la mente como una producción psíquica que los humanos sentirían como el recuerdo de sus vivencias o como la expresión de su más íntima subjetividad? Sería un tipo de realidad psíquica que ellos verían como constitutiva de su identidad. Una especie de lente a través del cual podrían leer la realidad. Hasta ahora nunca lo han logrado, pero ¿qué pasaría si están experimentando con esto?
—Eso sería tan peligroso. Violaría todas las normas éticas de la biotecnología. Podría ser...
—Piense, Gueta, vaya más allá de lo sabido.
Los puntos ciegos intentaban conectarse vertiginosamente en el cerebro de Gueta. Por fin algo se iluminó en su cabeza:
—Algo así decía Foucault: que quizás el alma no es una ilusión o un efecto ideológico. Pero si existe, tiene una realidad producida en la superficie interior del cuerpo por un poder que se ejerce sobre aquellos a los que se vigilan y controlan, sobre aquellos que están sujetos a un aparato de producción. Esto podría ser... —dijo Gueta, y titubeó horrorizado.
—Dígalo, Gueta. Podría ser una mutación antropológica sin precedentes y cuyos resultados podrían ser catastróficos. Si se han atrevido a intervenir, a manipular las neuronas y a implantar sueños en la mente de las personas, pueden estar a punto de desatar una catástrofe. ¿En qué se convertiría el ser humano? Parafraseando a Foucault, ¿qué sería si su alma fuese una ilusión producida sobre aquellos a quienes se sujeta a un aparato de producción de sentido? No solo el ser humano sufriría una transformación radical, sino que estaríamos todos expuestos a un peligro ilimitado.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Porque han estado jugando con fuerzas que desconocen. No tienen la menor idea de lo que puede resultar de esa intervención. ¿Están jugando a ser Dios? Puedo contarle mil historias que han borrado de los libros científicos. Algunas son sueños, otras realidades. Sueños que atraviesan la realidad. Saltos de tiempo. El viejo Jung hablaba de unas sincronicidades inexplicables. Un mundo que desafía todas las leyes científicas conocidas hasta ahora. Ya no volverá a ver el mundo como antes después de escuchar estos relatos.
Hans pareció dudar un momento. Se incorporó y tomó un libro de su biblioteca. Se lo extendió a Gueta como quien entrega un gran tesoro:
—Será mejor que lea este libro.
Gueta lo tomó entre sus manos y miró la tapa: sobre el fondo de una galaxia tenía grabado en azul brillante el símbolo del infinito que, en uno de sus lados, se disgregaba estallando en cristales y objetos enigmáticos. Sin saber porque, le hizo pensar en una bandada de pájaros volando. Leyó el título:
—¿La Sociedad de los Sueños?
—En este libro encontrará algunas respuestas, pero se le abrirán muchas más preguntas. Puede pensar a cada historia como un mundo cerrado, hermético e independiente, o como piezas de un gran rompecabezas que se entrelazan por aristas insospechadas. Quizá debería leer el último relato para terminar de entender lo que estamos hablando. No solo le sugiero que lo lea. Es vital que lo haga. Solo así entenderá lo que realmente ocurrió entonces. Pero no se apresure. Disfrútelo. Mejor si lo lee tomando una copa de vino. Si todo va a arder, no concibo una forma mejor de ver el espectáculo.
A Gueta le intrigó el nombre de la primera historia: El sueño de Foucault. Pero más intriga le causó el título del segundo relato:
—Significado.
—Esa historia le sorprenderá. Me la contó mi padre, Franz. Cuando llegó a la Argentina, corría el 2020, justo antes de que se desatara la Gran Pandemia; conoció la historia en un bar, de la boca de un abogado muy seductor y verborrágico que terminó siendo el mejor amigo de mi padre. Espero que disfrute estas historias.
Gueta se quedó mudo. Miró otra vez el libro entre sus manos. Levantó la vista pensativo y vio, a través del ventanal, un grupo de pájaros que volaba mientras el sol caía sobre la avenida de Mayo. Había pasado toda su vida profesional estudiando los sueños desde el panóptico. Quizás había llegado el momento de ver los sueños con otros ojos.
II. Significado
Era una noche, el bar estaba lleno. ¿Por qué me encontraba allí? Un sitio realmente extraño, nunca había estado en aquel lugar. ¿Dónde quedaba? Todo era claro y difuso al mismo tiempo en el tiempo. Me sentía seguro y confuso a la vez, una sensación en la que el caos y el orden eran parte de una misma cosa. ¿Estaba ebrio? Tenía la convicción de que debía estar ahí por alguna razón que desconocía, si bien me encontraba confundido en una especie de estado de borrachera, de esas que también dan claridades absolutas. En esa observación noté que el espacio tenía una ambientación de los años treinta: la gente no parecía la cotidiana.
A partir de un momento, recuerdo esta inusual situación de forma fragmentada, como un film cortado, como fotografías que aparecían y desaparecían, donde, por momentos, las cosas tenían algún significado narrativo, pero ningún significado esencial para mí. Sin embargo, presentía que sí era una historia esencial; también una sensación temporal donde no había antes ni después y donde las fotografías estaban desordenadas en esa narración, como si fueran un rompecabezas. En mi rara noche disruptiva, recuerdo entablar una conversación con una agradable pareja de jóvenes que irradiaban bondad a un lugar de grises y claroscuros. Creo que estábamos bebiendo cervezas y que la mayoría de las personas borrosas bebían lo mismo. ¡¿Dónde estoy?! ¡¿Pero dónde estoy?! Podía ser cualquier lado de Europa del Este; sin embargo, parecía una Polonia de otra dimensión y temporalidad.
¡Qué vago momento! ¿Serían los whiskys que había tomado algunas horas antes? No creo, a pesar de los eventos no me sentía tan bebido. La joven pareja que llamaba mi atención era un matrimonio: ella, una bonita rubia de rizos dorados y recogidos, tímidos ojos azules y de amable sonrisa; él, un joven muy apuesto de cabello negro y tez muy blanca, muy extrovertido, simpático y de mirada fuerte de ojos oscuros. No recuerdo bien de qué estábamos charlando hasta que, para sorpresa mía, les expresé lo siguiente:
—Tienen que irse de este país mucho antes del primero de septiembre de este año. Un evento terrible que cambiará al mundo sucederá en este lugar y, si ustedes se encuentran aquí, correrán un gran riesgo.
Sentí que les transmitía un mensaje espontáneo, como si conociera a los destinatarios y tuviera el compromiso de salvarlos por algún designio extraño del destino. Él, en ese momento, rio y pensó que yo estaba desvariando o que simplemente estaba loco. Volví a insistir —más serio y enérgico esta vez— en que debían abandonar el país. En ese instante, transmití tal convicción que me tomaron en serio; quedaron impresionados, asustados, como si estuvieran ante una revelación que atemorizaba sus espíritus.
¿Por qué en esa confusión tenía tanta claridad en una charla con desconocidos? Como si mi ser fuera una manifestación del todo, sin pasar por el pensamiento, para ejecutar esa misteriosa misión revelada en el instante mismo de mis palabras. Era una marioneta de algo que no entendía pero ejecutaba. Su única reacción a lo desconcertante fue realizar algunas preguntas:
—¿Cómo puedes saber eso? ¿Cuál sería el evento? ¿Quién eres? ¿De dónde eres?
Mientras el hombre me planteaba estos interrogantes, su pareja se desdibujaba y su rostro tomaba un semblante de temor; y comenzaba a verla borrosa, en parte etérea, como si ella fuera una proyección mezclada con su identidad corpórea. A los interrogantes contesté lo único que sí sabía muy bien. Que era argentino, que había nacido en 1967 y que conocía lo que iba a suceder. Dentro de poco comenzaría una guerra en la que su nación sería devastada; mientras lo expresaba, estaba más sorprendido por la extraña charla, por la extraña temporalidad y por la aún más extraña ubicación. ¡Me preguntaba a mí mismo cómo era posible! Como últimos recuerdos me dijeron sus nombres, Ewa y Pawel, y vi que se transmutaron entre nieblas, partiendo hacia el infinito oscuro. Así desaparecieron repentinamente cuando desperté.
Aquella mañana, a diferencia de otras, recordé este sueño, un sueño que quedó marcado en mi cabeza. Sin lugar a dudas, tenía algún significado: porque sentía, presentía y postsentía extrañísimas impresiones. Comencé el día aún más cansado que cuando me había acostado por la noche después de haberme bebido un par de whiskys; parecía que la experiencia onírica había sido un viaje por un océano de profundas emociones. Sin embargo, la historia que me tenía como protagonista en la dimensión del sueño nada tenía que ver conmigo y, a su vez, me despertaba curiosidad. No podía sacarme de la cabeza el enredo de sensaciones incomprensibles.
Esa mañana apuré un par de cafés y comencé mis rutinas diarias, nada diferente a los últimos años. Venía pensando, hacía varios meses, que quería cambios en mi vida: emociones nuevas, nuevos horizontes y aventuras. Ya no tenía gracia alguna una vida monótona para mí; tenía una necesidad impostergable de generar algo fantástico y extraordinario. Deseaba tanto cambiar que, incluso, no me importunaba si fuera por azar. Cualquier cosa con tal de salir de aquel laberinto social y rutinario que me angustiaba. Estas ideas venían rondándome en la cabeza y en aquel día, de extraña noche, se sumaban con más fuerza a la curiosidad del sueño.
Así transcurrieron toda la mañana y toda la tarde, con esos vaivenes mentales, mientras cumplía con mis habituales quehaceres. Estaba ansioso por terminar la jornada e ir a tomar unos tragos para ordenar las ideas. Era una costumbre que me gustaba, realmente un esparcimiento que me regalaba dos veces a la semana. Apreciaba ir a beber solo, oír música, pensar y charlar ocasionalmente con extraños. No era usual ir un martes a beber. Generalmente, iba a distraerme los miércoles y los viernes. Ese martes lo necesitaba.
Finalmente, llegó el ambicionado atardecer de un día soleado y frío. Encontrándome en el centro de Buenos Aires, siendo las siete y unos minutos, entre a un pequeño bar cercano, llamado Dada. Me senté en una banqueta en la barra con forma de L invertida, de espalda a la ventana que daba a la calle. Miraba las estanterías que estaban enfrente y a mi costado izquierdo: estaban repletas de valor líquido, de pociones para tratar de olvidar, recordar, imaginar; en definitiva, de bebidas espirituosas. Pedí una copa de vino; de fondo se podía escuchar un poco de jazz. Llamó mi atención un tema musical que había oído en algunas oportunidades; no sé cuándo ni dónde, pero me agradaba. Le pregunte al psicólogo/bartender si conocía el nombre de la canción. Fue a ver su lista, volvió y me dijo con su antiacento inglés: «We’ll Meet Again, de una tal Vera Lynn o algo así». Entonces recordé que aparecía en viejas películas de la época de la Segunda Guerra Mundial.
No habría más de siete personas: en una mesa, dos parejas y, en la parte más larga de la L de la barra, tres oficinistas entretenidos. Quizá pertenecían a algún estudio jurídico o a algo relacionado con las finanzas de la City porteña. Llegada la copa que invitaba al pensamiento, comencé a repasar el sueño. Me preguntaba cuál sería el significado y, en mis reflexiones, me decía: «¿Cuál es el escenario de los sueños? ¿Qué dimensión espacial tienen? ¿En qué tiempos transcurren?»
Mi mente vagó por recuerdos de lecturas relacionadas con Descartes, deteniéndome en un pasaje de su tan comentada experiencia respecto a este universo que se encuentra generalmente por las noches, salvo alguna siesta inolvidable. Rememoré que el joven filósofo, una noche fría de noviembre de 1619, tuvo tres sueños que cambiaron su vida, las matemáticas, e iniciaron un cambio en la dirección del pensamiento occidental. Pensaba en la magnitud que un sueño podía tener en el mundo interior de un ser y de qué manera podía influir en la historia de la humanidad, llevándola a lugares insospechados y cambiando, así, el devenir de la historia. Replicaba en mi memoria que el gran pensador había soñado con dos acertijos. Uno se le apareció al azar cuando abrió un libro de poemas en latín: ¿quod vitae sectabor iter? (¿qué camino he de seguir en la vida?). Entonces, en el mismo sueño, apareció una presencia de la nada y recitó otro verso: ¿Est et non? (¿qué es y qué no es?). Estos interrogantes serían claves y disparadores, en su vigilia, de una revolución del intelecto.
En este divague mental y placentero, seguía con incógnitas irresueltas con respecto a mi experiencia onírica, tan vívida como si hubiera sido una realidad confusa; sentía como vibraciones presentes de significado y, racionalmente, no encontraba ningún significado.
La música seguía acompañando mis cavilaciones junto con la segunda copa de un maravilloso malbec cuando entró en el bar un colega al que no veía hacía mucho tiempo, el doctor Piñeiro. Llegó acompañado de una mujer de mediana edad verdaderamente interesante: su presencia era impactante y poseía un aura que podría decir que vislumbraba. Él era un profesional del derecho, especialista en marcas y patentes, quizás uno de los mejores del país. Nos saludamos con un gran abrazo; él estaba muy efusivo y se sentó a mi lado con su amiga, que se presentó como Elisa.
Comenzamos a charlar con el doctor: me comentó que era una noche para festejar y que era el invitado de la acasualidad, porque la doctora Elisa había registrado un invento revolucionario y que no habría más información por cuestión de secreto profesional, solo tragos y alegría. Ordenó una botella de vino para acompañar el momento. La bella doctora era poseedora de un cabello muy oscuro y largo, tez muy blanca, ojos claros de mirada poderosa y una sonrisa agradable; me recordaba a alguien, pero no sabía a quién. Tenía momentos introvertidos y otros expresivos en la plática. La charla ocasional me sacó de los pensamientos irresolutos, de las incógnitas del sueño y me volqué de lleno en el reducido festejo ocasional.
Pregunté el apellido de Elisa, me dijo que era Nowak. En ese instante, uno de los tres oficinistas que estaban desde el inicio de la tarde se acercó a Piñeiro. Se conocían y se pusieron a hablar, así que tuve oportunidad de charlar con ella más reservadamente. Me despertaba interés el origen de su apellido, le pregunté y me contestó que era polaco. Debía reconocer que me atraía mucho y que tenía un encanto no solo visual; se entreveía sensualidad. Sentí una conexión de ambos cuando comenzamos a charlar; me había logrado sacar del espacio en que me encontraba antes de su llegada; era como comenzar a navegar por un destino aleatorio. Elisa me contó que su familia era de la provincia de Misiones, de la ciudad de Apóstoles, donde había muchos colonos polacos. Descubrí que era muy extrovertida, a pesar de no parecerlo. Despertó curiosidad en mí la historia de los inmigrantes polacos en Misiones y me siguió contando que ella pertenecía a la segunda generación en Argentina.
—Mis abuelos vinieron meses antes del inicio de la Segunda Guerra porque mi abuela pertenecía a la colectividad judía y la situación era compleja en esas épocas en la región. Ellos arribaron a Buenos Aires y se fueron para Misiones, trabajaron la tierra y, poco tiempo después, Alemania y Rusia invadieron Polonia; tuvieron mucha suerte. Y yo tuve más suerte aún —me dijo simpáticamente— porque, si no, no estaría aquí. Lamentablemente, la familia de mi abuela fue asesinada y mi abuelo perdió, también, parte de la suya luchando en la guerra.
Avivó un gran interés en mí la historia de su familia, quedé impresionado; además, tenía otra vez sensaciones inexplicables, muy potentes. Prosiguió recorriendo la apasionante historia de sus abuelos contada tantas veces por su familia con orgullo. El abuelo era un personaje muy especial y querido, se notaba por la forma en que Elisa se expresaba acerca de él. Sin lugar a dudas, fue el héroe de la familia. Dejó a salvo a su esposa en Argentina e, indignado por la ocupación y desintegración de su amado país, decidió volver a Europa para participar de las fuerzas aliadas en el Cuerpo Expedicionario Polaco que luchó muy duramente en la batalla de Montecassino, en Italia. Terminada la guerra, sobrevivió y volvió a Argentina a encontrarse con su mujer. Su patria había quedado bajo la influencia de la URSS. Él y todo el cuerpo expedicionario que buscaba la libertad de su nación ya no tenían lugar en su tierra, pero pudieron pelear por el honor de esta. Se notaba que a Elisa le encantaba hablar de su familia y, sobre todo, de las historias y cuentos de su abuelo.
Tuve un presentimiento sorpresivo, segundos antes de que Elisa continuase así su relato:
—Lo más curioso de los cuentos de mi abuelo es cómo decidió venir a Argentina. Mi abuelo contó que había tenido un sueño premonitorio: en este sueño él estaba en un bar con mi abuela cuando un misterioso mensajero de un país lejano le dijo que Polonia sería invadida y que sobrevendrían calamidades inimaginables; se lo dijo de tal forma que despertó sugestionado. El mensajero era un argentino, por eso decidió venir a este país; siempre nos pareció muy curioso.
Súbitamente, me invadió un pensamiento como un rayo, relacionado con las meditaciones anteriores al ingreso de Elisa. ¡Pensé que había estado en dos bares en poco menos de un día —uno tenía la geografía del sueño y, el otro, la geografía de la vigilia—! ¡Los bares más exóticos y extraordinarios que encontraría en el tiempo! Sentí un escalofrío y una sensación de que todo no era porque sí; sentí que estaba todo conectado. Como una sincronización sin explicación razonable, estaba asistiendo a un fenómeno existente.
Le hice la última pregunta:
—¿Cómo se llamaban tus abuelos?
—Ewa y Pawel —contestó ella, y mi vida cambió.
III. Perfume en Lisboa
Siempre mantente atento a las formas de nutrir tus sueños.
–Lao Tse
Cuídate de tus sueños, son las sirenas de las almas.
Cantan, nos llaman, los seguimos y jamás volvemos.
–Gustave Flaubert
I. Una técnica peligrosa
Cuenta una antiquísima leyenda que Lisboa fue fundada por Ulises luego de la guerra de Troya, en su larga odisea por volver a su hogar, Ítaca, y al amor de su mujer, Penélope. Sin embargo, para mí, la bellísima Lisboa era el lugar donde Sofía me había declarado nuestra íntima guerra de Troya. Más allá de todo su amor, la belleza de su risa, su carácter y su humor desopilante, algo oscuro en ella siempre pujaba por estallar como una granada. Regular como un reloj suizo en sus explosiones, las puertas del dulce caballo se abrían cada cuatro meses para dejar salir soldados ávidos de sangre.
Esa última vez todo explotó en Lisboa, después de un hermoso viaje en donde atravesamos los pueblos blancos de Andalucía, nos bañamos en el mar azul de Mojácar, bebimos vino bajo una luna llena en Córdoba, cantamos flamenco en Sevilla y en Granada y cruzamos la frontera para entrar en Portugal. Allí recorrimos cada playa y cada pueblito del sur. Y nos amamos en la belleza de Tavira. Y sentimos la inmensidad en los acantilados y el viento en el rostro. Todo era amor. Hasta que llegamos a Lisboa.
Los primeros días fueron hermosos, pero, súbitamente, el clima se enrareció una vez más y ella, sin motivo explicable, inició la batalla con su precisión de calendario maya. Habían pasado cuatro meses de luna de miel, pero, otra vez, algo profundo y desconocido en ella necesitaba destruir todo. Así que en el vuelo de regreso yo me dediqué a leer, mientras ella se quejaba de otros pasajeros, de la comida, de la vida. Por momentos me tomaba de la mano como queriendo tender un puente. Puente que rápidamente desandaba. Ella estaba muy lejos.
De regreso en Buenos Aires, luego de unas explicaciones incomprensibles que me dio, decidí terminar y dejamos de vernos. Aunque ya habíamos peleado varias veces, esta vez parecía el final. Los días que siguieron a la ruptura se alargaron hasta hacerse interminables. La promesa de una nueva vida me llamaba a cada rato, en sinuosas formas de mujeres hermosas, de labios rojos que susurraban un destino de placer y lujuria y de voces femeninas que mezclaban carácter y dulzura. Amigos que invitaban a conversaciones delirantes interminables producto de esa cálida fusión entre las copas de vino y la amistad. Nada de eso me consolaba. La extrañaba demasiado. Así que rechazaba cada invitación del destino y me recluía en el recuerdo.
Un día me dije que ya era suficiente y decidí ir a una cena en la casa de mi amigo Hernán. Hernán no tenía demasiado filtro para los amigos, por lo que siempre solían aparecer personajes algo extraños y extravagantes. Esta vez no fue diferente. Como lo había previsto, había en la sala un poeta bastante estrafalario. Su vestimenta era de lo más exótica, en el límite de lo ridículo. Llevaba sobre la cabeza un sombrero bombín —similar al que usaba el inmortal vagabundo de Charles Chaplin—, el cual lo hacía aún más ridículo en Buenos Aires, donde nadie usaba un sombrero y, menos, uno así. Estaba rodeado de un círculo de mujeres y hombres, a los que tenía magnetizados contando alguna historia. No podía dejar de pensar que el relato debía ser una gran mentira. Aunque sentía rechazo por el personaje, algo en él me atraía poderosamente. Algo en el dibujo de las formas que hacía con la gesticulación de sus manos o, quizás, cómo parecía mover a su auditorio al son de la narración. No pude resistirme más a su influjo: me acerqué al grupo y escuché cómo seguía la historia.
—El marqués de Saint-Denys —dijo el personaje— logró dominar en el siglo XIX la técnica del sueño lúcido. Como lo oyen. Logró navegar conscientemente por sus sueños. Y no solo eso. Estando en un palacio en las afueras de París, cerca de Versalles, se rociaba todas las noches con determinado perfume. Su idea era fijar la conexión entre ese aroma y su experiencia en ese lugar paradisíaco. Ya de vuelta en su casa, le ordenó a su criado que colocase cada noche en su almohada unas gotas de ese perfume. Por unas noches no pasó nada, pero, a la tercera velada, ese hermoso lugar se le apareció en sueños. Sintió la brisa del campo, vio los alerces del camino a la casa y soñó, una y otra vez, con esa experiencia plena de placer, como si la estuviese viviendo. Podríamos decir que logró decidir lo que soñaba: inducir su sueño y, luego, navegar en él.
Al terminar esa frase, me miró intensamente, como hipnotizándome, y me dijo:
—Qué poder. ¿No es cierto, Carlos? Elegir los sueños. ¿Puede, acaso, haber mayor libertad que esa? —y se sonrió maliciosamente.
¿Cómo podía saber mi nombre? Estaba azorado y con la boca abierta. Miré al personaje que no dejaba de mirarme burlón, como sabiendo el estupor que me había causado.
—Sin embargo, no todo fue tan feliz para nuestro marqués de Saint-Denys —prosiguió el personaje sin dejar de mirarme—. Después de un tiempo, sus sueños comenzaron a descontrolarse y a generarle mucha angustia. Algo ominoso se le aparecía de diversas formas. Más intentaba escapar de esas situaciones y controlar sus pesadillas, más siniestras y amenazantes se tornaban. Las fuerzas de los sueños son incontrolables. No hace mucho tiempo, fui contactado por la más extraña de las logias: La Sociedad de los Sueños. La experiencia que vivimos con mi novia, Andreea, fue aterradora. Fuimos contratados por esta cofradía para recrear una experiencia milenaria de los antiguos: la incubación onírica. Los médicos griegos la practicaban como método de curación. Llegó a tener gran trascendencia en Grecia, donde muchos aristócratas viajaban hasta Epidauro en búsqueda de esos templos para la incubación onírica y del médico de mayor reputación en esas prácticas, Asclepio. Pero esa es otra historia. Solo puedo decirles que, en esa incubación del mundo de hypnos, puede vivirse el cielo o el infierno. ¿Estarán dentro de nosotros? —dijo, terminando su exposición y mirándome, otra vez, de forma perturbadora—. ¿Te animarías a zambullirte en esas fuerzas, Carlos?
Sentí, claramente, que ese hombre me desafiaba. Había logrado despertar algo en mí, pero no sabía bien qué era. Sonreí despectivamente, me di media vuelta y me fui hacia otra habitación, pero, aun allí, seguía inquieto. ¿Qué me había querido decir? Por fin, decidí que era el momento de irme.
En la cama de mi casa, no podía dormir. No estaba pensando en ella. Creía que ese hombre me había contado esa historia por algo. Y, por cómo se dirigía hacia mí, parecía saber muy bien el porqué. Por fin, entendí. Misteriosamente, este hombre parecía poder leer los deseos profundos: él había captado mi necesidad de volver a esos momentos con Sofía donde habíamos sido tan felices. ¿Y si fuese cierto? ¿Si se pudiese incubar un sueño o influir de alguna forma en nuestro inconsciente para decidir con qué soñar? ¿Si se pudiese navegar conscientemente en el mundo onírico? Necesitaba experimentar. Recordé que tenía su vestido estampado con lunas y guitarras, ese que le había regalado en Granada. Se me cruzó una idea extraña. Era una locura, pero ¿por qué no? Así que, sin pensarlo demasiado, tomé el vestido y sí, tenía aún ese aroma que era una mezcla de su perfume y su piel.
Cerré los ojos y aparecieron ante mí las calles de Granada a la vera del río y se veía La Alhambra iluminada y a unos cantaores flamencos entonando: «Sucia de besos y arena, yo me la lleve del río. Me porté como quien soy. Como un gitano legítimo». Abrí los ojos. Increíble. Había inducido un recuerdo. Me acordé de que habíamos sido felices hasta el último día en Lisboa, donde todo se rompió. Ella no se había puesto ese vestido desde entonces. Se me impuso la idea de hacerlo otra vez. Sacudí la cabeza. Era una locura. Deseché la idea mientras seguía sacudiendo la cabeza, riéndome. «¡Qué caminos extraños busca el olvido!», pensé. Dejé el vestido sobre la almohada y me quedé dormido leyendo, una vez más, Las mil y una noches.
Huelo el inconfundible olor de su piel con una intensidad inusual. Su perfume me embriaga y se mezcla con el de sardinas asadas, y ahí estoy en mi restaurante favorito en Lisboa. Ella se queja porque quiero ir a ese viejo reducto que se ha quedado detenido en el tiempo. Pienso que, en cualquier momento, aparecerá Fernando Pessoa con su traje de siempre, ya que no tengo dudas de que este es su lugar, donde cada noche cenaba solo antes de proseguir con sus escritos en su buhardilla de la rua Coelho da Rocha. Lo veo guiñarme el ojo, como un fantasma, y esfumarse en la calle. Sofía me convence de ir a caminar hacia el centro, donde hay más turistas, y caemos en un bar a tomar una copa de vino mientras escuchamos a una cantante que susurra canciones de fado. Ella ríe con la risa de siempre y todo es un momento hermoso, pleno de humor, de poesía y de llantos melancólicos de guitarra. Nos quedamos hasta que el bar cierra, como queriendo estirar infinitamente ese momento. Al salir vemos la luna grande y brillante y nos volvemos en moto deambulando por toda Lisboa, sin rumbo, solo por el placer de sentir el viento en nuestros rostros. Y yo acelero más y más, solo para que ella me abrace como si no me fuese a soltar nunca. Y nos seguimos riendo el resto del camino hasta que llegamos a la casa donde nos hospedamos. Y yo solo quiero subir a la habitación y tenerla. Y ella me insiste en quedarnos en el patio que tiene naranjos y tomar otra copa de vino. Y me mira y me dice:
—Quiero que esta noche no termine nunca.
El tiempo se detiene, deja de pasar, y estamos arriba en la cama y nos amamos. Una y otra vez. Con un furor que tiene miel, jazmines y naranjos, y todo el perfume de ella me penetra hasta convertirse en parte de mi piel.
Desperté. No podía creer la sensación de realidad de tenerla conmigo. Tuve el absurdo impulso de buscarla al otro lado de la cama. Sin embargo, lo que me costaba creer aún más era cómo habían funcionado las técnicas de incubación de sueño. A partir de ese momento, aunque sabía que no debía hacerlo, no pude evitar encontrarme con ella todas las noches. En sueños. Recorríamos Portugal y todo era una felicidad inimaginable. Caminábamos como flotando por las calles de empedrado y por la costa del sur de Portugal. Por alguna extraña razón, siempre me la encontraba allí. Era tan intensa la sensación de realidad y de placer de esos sueños que se convirtió, para mí, en una especie de adicción.
Pasaron semanas. No podía dejar de usar mi nueva droga. Esto era muy distinto que recordar. Tenía la potencia de convicción de la realidad. Era como si, además de volver a vivir con ella nuestros momentos más felices, tuviéramos nuevas experiencias. Y todo era placer y más placer, totalmente depurado de los momentos agrios de conflicto. Y estaba dominando cada vez mejor la técnica del sueño lúcido. Ahora podía tener cierto control sobre el sueño. Era totalmente consciente de que soñaba y podía hasta elegir a qué parte de la ciudad ir. O irnos a la playa y bañarnos en ese azul intenso. Sin embargo, no lograba salir de Portugal. Quería volver a viajar con ella por Andalucía y disfrutar esa cena con tapas y vinos bajo las estrellas de Granada, pero no había manera de salir de Portugal. Estaba obnubilado por ese mundo onírico y, aunque sabía que debía olvidarla, no lo hacía y rechazaba mujeres que me llamaban con cualquier excusa. La tentación de los placeres del sueño lúcido me ganaba, por el momento. Los sueños estaban teniendo mucha más potencia que la realidad. Hasta que una noche algo cambió.
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