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El quinto sol
El quinto sol
Una historia diferente de los aztecas
CAMILLA TOWNSEND
Traducción de
Mario Zamudio Vega

Primera edición, 2021
© Oxford University Press 2019 | Fifth Sun. A New History of the Aztecs was originally published in English in 2019. This translation is published by arrangement with Oxford University Press. Libros Grano de Sal, SA de CV, is solely responsible for this translation from the original work and Oxford University Press shall have no liability for any errors, omissions or inaccuracies or ambiguities in such translation or for any losses caused by reliance thereon.
Traducción de Mario Zamudio Vega
Diseño de portada: León Muñoz Santini y Andrea García Flores
D. R. © 2021, Libros Grano de Sal, SA de CV
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ISBN 978-607-99099-7-0
Índice
Agradecimientos
Glosario
Notas sobre la terminología, la traducción y la pronunciación
Introducción
1. La senda de las siete cuevas | Antes de 1299
2. Los pueblos del valle | 1350 a 1450
3. La ciudad en el lago | 1470 a 1518
4. Unos extraños para nosotros de aquí | 1519
5. Una guerra para acabar con todas las guerras | 1520-1521
6. Los primeros días | 1520-1560
7. La crisis: los indios responden | Década de 1570
8. Los nietos | 1570 a 1630
Epílogo
Apéndice | Cómo se ha estudiado a los aztecas
Notas
Bibliografía
Créditos de ilustraciones
A Luis Reyes Garcíay Rafael Tena,dos gigantes
Agradecimientos
Como bien lo sabían los aztecas, nadie logra nada solo. Sin duda, debo mi capacidad para escribir este libro a los cientos de personas cuya vida ha influido en la mía a lo largo del camino: aquellos que me criaron y me amaron, me educaron o estudiaron conmigo, trabajaron a mi lado como colegas o compartieron sus conocimientos sobre la América Latina temprana. La lista es tan larga y la influencia tan variada que en ocasiones me parece abrumador tan sólo pensar en ello. Por favor, sepa cada uno de ustedes que siento la gratitud que les debo y que, como los mexicas —hoy conocidos más frecuentemente como aztecas—, espero pagar mi deuda con el universo con la forma en que vivo mi vida y con los esfuerzos que hago en nombre de las personas del futuro.
Hay dos grupos de personas que me ayudaron mucho en este proyecto y cuyos nombres debo registrar individualmente. Un grupo está formado por los especialistas en náhuatl cuyo trabajo hizo posible esta obra. Dediqué el último libro que publiqué a dos gigantes intelectuales recientemente fallecidos, James Lockhart y Luis Reyes García, cuyas traducciones de textos en náhuatl formaron la piedra angular de gran parte de mi propia obra; en esas páginas, también hice patente mi agradecimiento a las fallecidas Inga Clendinnen y Sabine MacCormack. Desde entonces, he pensado que no debería esperar a que la gente pase al otro mundo para expresar mis deudas en voz alta. Vaya mi agradecimiento más profundo a Michel Launey y Rafael Tena, dos hombres modestos que han hecho contribuciones impresionantes con su trabajo en náhuatl; ustedes me recuerdan a Nanahuatzin, aunque espero sinceramente que no sientan que su trabajo es un sacrificio.
El otro grupo comprende a los intelectuales mexicanos —maestros, profesores, investigadores, escritores, editores y cineastas— que en los últimos años han acogido personalmente mis contribuciones y me han ofrecido las suyas, enriqueciendo así, sin medida, este libro. Agradezco humildemente (en orden alfabético) a Sergio Casas Candarabe, Alberto Cortés Calderón, Margarita Flores, René García Castro, Lidia Gómez García, Edith González Cruz, María Teresa Jarquín Ortega, Marco Antonio Landavazo, Manuel Lucero, Héctor de Mauleón, Erika Pani, Rodrigo Reyes, Ethelia Ruiz Medrano, Marcelo Uribe y Ernesto Velázquez Briseño; la combinación en todos ustedes del orgullo por su herencia, su apertura hacia los demás y su perspicacia intelectual me ha inspirado más de lo que puedo expresar.
No debo parecer artificialmente poética y dejar de mencionar las cuestiones del sustento diario; sin duda, los mexicas nunca habrían sido tan ingenuos. Hace algunos años, la American Philosophical Society me concedió una beca que me permitió viajar para visitar la Biblioteca Nacional de Francia y ver el trabajo de don Juan Buenaventura Zapata y Mendoza. Me entró el gusanillo y, desde entonces, me he dedicado al estudio de los anales en náhuatl. Más recientemente, una beca de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation y un año sabático que me concedió la Universidad de Rutgers me permitieron hacer la investigación necesaria sobre el género del xiuhpohualli. Un premio Public Scholar del National Endowment for the Humanities me permitió dedicar todo un año a escribir, sin tener que dar clases.
La investigación no habría sido posible sin los años de arduo trabajo llevado a cabo por miembros de las instituciones que salvaguardan los anales y otros textos importantes. Varios de ellos me hicieron sentirme bienvenida a lo largo de los años: la Biblioteca y el Archivo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en la ciudad de México, la Biblioteca Nacional de Francia, la British Library, la biblioteca de la Universidad de Upsala en Suecia, la Biblioteca Pública de Nueva York y la biblioteca del American Museum of Natural History.
Agradezco a mi familia por ser quienes son. Cynthia, mi hermana, y Patricia, mi cuñada, son las mujeres más valerosas: sus hijos y nietos hablarán de ustedes con amor y admiración. John, mi pareja, y Loren y Cian, mis dos hijos, me han hecho sentir orgullosa de conocerlos, porque han enfrentado los desafíos de la vida: a lo largo de los años, ustedes tres me han compartido con muchos otros —estudiantes, unos padres que envejecían, hijos adoptivos anteriores y los personajes históricos que viven en mi mente—, pero ustedes son mis seres queridos más preciosos, siempre.
Glosario
La mayoría de los siguientes términos proviene originalmente del náhuatl (N) o del español (E).
acolhuas (N). Grupo étnico de habla náhuatl que habitaba el territorio al oriente del gran lago, en la cuenca central de México, en los siglos XIV y XV. El grupo abarcaba varios altepeme distintos, incluidos el conocido como Texcoco y una ciudad en el sitio de Teotihuacan.
altépetl (pl. altepeme) (N). Término náhuatl para toda entidad étnica, política y territorial, sin importar cuán grande haya sido, pero que se usaba con mayor frecuencia para referirse a una entidad étnica local. Una aproximación sería nuestra noción de “ciudad-Estado”.
anales (E). Término europeo para un tipo de registro histórico de alguna cultura mediante un recuento año por año (a diferencia de una crónica, que presenta ciertos hechos o ciertas personas). Los estudiosos han utilizado este término para referirse al xiuhpohualli de los nahuas.
audiencia (E). El tribunal superior de Nueva España, que residía en la ciudad de México. En ausencia de un virrey en funciones, era el concejo de gobierno de la Nueva España.
aztecas (N). Gentilicio derivado del nombre del sitio mítico de Aztlán dado a los mexicas y popularizado por investigadores muy posteriores a su época.
cabildo (E). Cualquier ayuntamiento organizado al estilo español. Se usaba para referirse al concejo indígena local que gobernaba los asuntos internos de su comunidad.
cacique. Palabra indígena arawak o caribeña con el significado de “gobernante”, utilizada a menudo como el equivalente de tlatoani. Con el tiempo, la palabra se usó para describir a cualquier persona indígena prominente de un linaje noble.
calli (N). Literalmente, “casa” u “hogar”. A menudo, una metáfora importante de las entidades políticas más grandes. También era uno de los cuatro nombres rotativos de los años.
calpulli (N). Literalmente, “gran casa”. Una parte constituyente clave de un altépetl. Podríamos pensar en un barrio político combinado con una parroquia religiosa.
chalchihuite (N). Piedra verde preciosa, traducida al español como “jade”. Los nahuas valoraban sumamente la gema y, por lo tanto, servía como una metáfora de aquello muy querido.
chichimecas (N). Literalmente “pueblo de perros”. Utilizado en náhuatl para referirse a los pueblos “salvajes” o nómadas que no eran agricultores y vivían sobre todo de la caza. Los mexicas se sentían orgullosos de su herencia chichimeca.
chinampa (N). Parcela artificialmente elevada y construida en aguas poco profundas para la agricultura intensiva.
cihua o cíhuatl (N). Literalmente “señora, mujer o dueña”, pero con muchos significados integrados: una cihuapilli era una mujer noble o incluso una mujer diosa. Cihuacóatl (literalmente, “mujer serpiente”) era el título del funcionario de mayor rango y jefe de los ejércitos del huey tlatoani mexica.
cofradía (E). Hermandad religiosa laica. Fue establecida con frecuencia por los pueblos indígenas y africanos en la América Latina colonial para el apoyo mutuo en cuestiones como pagar los funerales.
colhuas (N). Grupo étnico que habitaba el centro de la cuenca central de México en el siglo XIV.
doctrina (E). Pueblo de indios recién convertidos en el que todavía no había parroquia.
don/doña (E). Tratamiento antepuesto al nombre propio. Aplicado por los nahuas durante el periodo colonial temprano únicamente a la nobleza de España y a su propia nobleza local de más alta condición.
encomienda (E). Concesión posterior a la conquista del derecho a recibir mano de obra y tributo de un altépetl indígena por medio de sus mecanismos existentes. Salvo unos cuantos casos, siempre fueron entregadas a españoles.
frailes descalzos (E). Orden mendicante cuyos miembros van completamente descalzos o sólo usan sandalias, símbolo de su voto de pobreza.
fray (E). Apócope de fraile que se usa como tratamiento delante del nombre propio.
gobernador (E). Gobernador y jefe del cabildo indígena. Al principio, la posición fue ocupada por los tlatoque, pero, más tarde, se celebraban elecciones entre todos los pipiltin o nobles. En ocasiones, se le llama “juez” o “juez gobernador”.
guardián (E). Prior de un establecimiento monástico.
guerra florida (N). Una especie de guerra ritual anterior a la conquista que consistía en simulacros de batallas que, en ocasiones, tenían como resultado la muerte. En náhuatl es xochiyáoyotl, de xōchi-, “flor”; yao-, “guerra”, y -yō- (derivativo).
hue or huey (N). Grande o grandioso. Puede referirse a un periodo de tiempo y, por lo tanto, a alguien o algo viejo o antiguo, y puede implicar un elevado estatus político. Un huey tlatoani es un jefe superior o supremo, un rey de reyes.
macehualli (pl. macehualtin) (N). Indígena del común. En ocasiones, los indígenas lo usaban para referirse a sí mismos como grupo, en oposición a los españoles.
marqués (E). Marqués, señor de una región fronteriza. Varios virreyes llevaron el título, pero, cuando los nahuas lo usaban sin un nombre específico, se referían a Hernán Cortés o a su hijo legítimo.
mestizo (E). Persona de ascendencia mixta, española e indígena.
mexicas (N). Grupo étnico que dominaba el centro de México en el momento de la llegada de los españoles. Ahora se les conoce con mayor frecuencia como aztecas.
nahuas (N). Indígenas que hablan el idioma náhuatl. Los mexicas, así como decenas de otros grupos de México, eran nahuas.
náhuatl (N). Lengua oficialmente dominante que se había convertido en lingua franca en el México central al momento de la llegada de los españoles.
Nueva España (E). Gran jurisdicción colonial que se centró en la ciudad de México e incluía gran parte del México actual.
otomíes (E). Grupo étnico cuyos individuos se dispersaron por varios lugares del centro de México. Los nahuas los consideraban “bárbaros”; probablemente tenían un reclamo previo sobre la tierra.
pilli (pl. pipiltin) (N). Noble indígena.
pinome. Hablantes del idioma pinotl, o popoluca, que vivían al oriente del valle central y tenían un reclamo previo sobre la tierra. Los nahuas los consideraban “inferiores”.
pulque (E). Bebida alcohólica hecha de savia fermentada del maguey.
quauhpilli (N). Literalmente “caballero águila”. Un noble en virtud de sus hechos o méritos, más que en virtud de su nacimiento. En ocasiones, se trataba de gente del común que ascendía después de su éxito en el campo de batalla o, en ocasiones, de nobles traídos de otros altepeme.
Tacuba (E). Término utilizado en español para referirse al altépetl tepaneca de Tlacopan.
tecpan (N). Literalmente, “lugar donde está el señor”. En un principio, el palacio de un tlatoani; después de la conquista, solía referirse a una casa comunitaria donde se reunían los indígenas.
Tenochtitlan (N). Originalmente, un pequeño pueblo establecido por los mexicas en un islote del lago de Texcoco y, finalmente, la capital de un gran altépetl. Después de la conquista, fue el sitio de la fundación de la ciudad de México. La gente de la ciudad se llamaba tenochca.
tepanecas (N). Grupo étnico de habla náhuatl que habitaba el territorio al occidente del gran lago de la cuenca central de México. El grupo contenía varios altepeme distintos, incluidos los conocidos como Azcapotzalco y Tlacopan.
teuctli (pl. teteuctin) (N). Señor, cabeza de una casa dinástica, con tierras y sirvientes.
tlacuilo o tlahcuiloh (pl. tlacuiloque) (N). Persona encargada de pintar o “escribir” imágenes o palabras. En la época colonial, podía utilizarse para referirse a un escriba.
tlatoani (pl. tlatoque) (N). Literalmente, “el que habla” y, de manera implícita, el que habla en nombre de un grupo. Gobernante dinástico de un altépetl. En ocasiones se aplicaba a una alta autoridad española, como el virrey.
Tlaxcala (N). Un gran altépetl en las afueras del valle central que no fue conquistado por los mexicas y sus aliados. Los tlaxcaltecas fueron de los primeros en aliarse con los españoles.
tochtli (N). Literalmente, “conejo”. A menudo se usaba como metáfora para referirse a la mala fortuna. También era uno de los cuatro nombres rotativos del año.
Tollan (N). Literalmente, “lugar de tules”, llamado a menudo Tula en español. Gran ciudad del centro de México. En las historias antiguas, el nombre solía referirse a una comunidad utópica del pasado lejano.
topile (N). Persona que ostenta un cargo, por ejemplo un gobernante. La palabra pasó fácilmente de la época precolonial a la colonial.
totonacas (E). Grupo étnico de las regiones montañosas y costeras del oriente de México que ahora habita en los actuales estados de Hidalgo, Puebla y Veracruz.
Triple Alianza (E). Solía referirse a la alianza del siglo XV entre las familias gobernantes de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan. En realidad, no existió una alianza formal ni una liga política, pero el entendimiento fue real.
-tzin (N). Sufijo náhuatl empleado con mayor frecuencia como honorífico, aunque en ocasiones simplemente buscaba transmitir el afecto por una persona o por un objeto de condición humilde.
virrey (E). Representante del monarca español en una región del Nuevo Mundo. Al principio, sólo había dos, el de la Nueva España y el de Perú.
visitador (E). Inspector. Los visitadores eran enviados regularmente por la corona española para investigar a los gobiernos locales de la América española, en un sistema de control y equilibrio de poderes.
xiuhpohualli (N). Literalmente, “cuenta de los años” o “cuenta anual”. Registro histórico tradicional utilizado por los nahuas para sus narraciones orales, transcrito con frecuencia en forma de textos escritos después de la conquista. Los estudiosos suelen llamarlos “anales”.
Notas sobre la terminología,
la traducción y la pronunciación
Transmitir la historia de un pueblo a personas ajenas a él en términos que la gente entienda y apruebe conlleva ciertos desafíos. En el caso que nos ocupa, incluso el nombre presenta una situación difícil, porque, técnicamente hablando, nunca hubo “aztecas”. Ningún pueblo se llamó a sí mismo de esa manera. Es una palabra que los eruditos comenzaron a usar en el siglo XVIII para describir al pueblo que dominaba el centro de México en el momento de la llegada de los españoles. Su uso resulta confuso a menudo, porque algunas personas emplean el término como lo hicieron los intelectuales de los siglos XVIII y XIX; otras lo usan para describir no solamente al grupo dominante, sino también a todos los que fueron gobernados por ellos, que incluyeron pueblos que se extienden por la mayor parte del centro de México y algunos otros que se dispersaron más ampliamente hacia el sur, hasta El Salvador. En este libro, el término azteca se usa para referirse al pueblo que dominó la región desde su altépetl, la ciudad-Estado de Tenochtitlan, así como a todos aquellos que vivían en la cuenca central y estaban estrechamente aliados con ellos.1 A pesar de que la palabra azteca aparece en el título y en la introducción, donde se necesita como herramienta de comunicación, no la uso con mucha profusión en el resto del libro. Si me refiero al grupo étnico que llegó al poder, empleo la palabra que ellos usaban, mexica, y, si estoy hablando de sus aliados cercanos, también los llamo por el nombre que ellos se daban; si me refiero a los pueblos diseminados por el centro de México que compartían un idioma y una perspectiva cultural, muchos de los cuales fueron conquistados por los propios mexicas, aunque no todos, los nombro como ellos se llamaban a sí mismos: nahuas. Utilizo el término azteca únicamente cuando hago el análisis de las percepciones posteriores de tiempos pasados; así, los lectores se enterarán de lo que generalmente se cree que fueron o hicieron los “aztecas”.
Hay un problema similar con todos los pueblos que vivieron en el continente americano mucho antes que otros. Con el tiempo, se han utilizado diferentes términos para referirse a ellos, algunos peyorativos, otros no. Hoy en día, los individuos pertenecientes a comunidades descendientes de diversas regiones suelen tener diferentes preferencias sobre cómo deberían llamarse: en Canadá, tienden a preferir la formula “naciones originarias”, mientras que, en México, el de “indígenas”; en Estados Unidos, algunos eligen “nativos americanos”, mientras que otros prefieren “indios americanos” o solamente “indios”. Cada grupo tiene razones históricas válidas para su preferencia; sin embargo, yo no elijo entre todos esos términos, sino que los uso de forma indistinta.
También hay innumerables decisiones que es necesario adoptar respecto de la traducción de las palabras. Cuando, por ejemplo, los mexicas deseaban que sus oyentes entendieran que una mujer de una familia noble provenía del linaje que daría origen a los herederos, la llamaban inhueltiuh, “su hermana mayor”. Ese término es problemático, por lo que pensé en sustituirlo por la palabra “princesa”, pero quienes conocen a los mexicas saben muy bien que en náhuatl no existe una palabra que signifique eso con exactitud. Otro ejemplo: cuando la gente se reunía por la noche para una celebración, los animadores les narraban su historia y la cantaban en secuencias variadas. Cuando escribo sobre esos historiadores, que también eran artistas, en ocasiones me refiero a ellos como “bardos”, pero otros pueden optar por “narradores y cantantes de historias”; simplemente, no hay una solución perfecta para las cuestiones de ese tipo relacionadas con la traducción. Las notas al final del libro ayudarán a aquellos lectores que busquen una mayor especificidad.
Presentar los nombres de las personas en un idioma extranjero también puede ser difícil: la palabra chimalxóchitl no fluye con facilidad en las lenguas de los pueblos de lenguas europeas, por lo que un lector que batalle con el nombre puede perder el significado de la oración; sin embargo, si la muchacha se llamase simplemente Flor de Escudo, ¿quedaría atrapada en un mundo de nombres encantadores y poéticos?; ¿nos sentiríamos sutilmente superiores a ella si no se llamase Isabel o María? En este libro, intento dar solución al problema, moviéndome de un lado a otro entre los dos posibles nombres, pero siempre recurriendo a la traducción al español cuando el párrafo podría resultar desconcertante si no se hace así.
En lo concerniente a la pronunciación aproximada, tres reglas ayudarán a los lectores a pronunciar la mayoría de las palabras en náhuatl con relativa facilidad. Primera: la consonante tl se pronuncia suavemente. Segunda, cuando la h va seguida por la letra u, es muda: la intención es producir únicamente el sonido de la u. La palabra náhuatl ilustra ambas reglas. Tercera, finalmente, la letra x representa el sonido sh del inglés. Dado que el sonido sh es común en náhuatl, pero no en español, vale la pena recordar esa pauta. La gente que a menudo llamamos “aztecas”, por ejemplo, se llamaban a sí mismos “mexica”, que se pronuncia me-shi-ka, por lo que la palabra xóchitl, que significa “flor”, se pronuncia entonces sho-chitl. Para aquellos que deseen introducirse más a fondo en ese hermoso lenguaje, hay disponibles varios libros excelentes.2
Finalmente, como en el libro abundan las palabras en náhuatl trasliteradas al español, se han escrito con las reglas de acentuación de esta lengua (respetando desde luego las sílabas tónicas en aquélla) y se han compuesto casi siempre en redondas y no en cursivas, como suele hacerse con los vocablos en otro idioma, para no producir una tipografía demasiado cambiante.

FIGURA 1. La familia real tenochca.

FIGURA 2. El valle de México en 1519.
Introducción

La pluma que se desplazaba sobre el papel crujió levemente y después emitió algo semejante a un chirrido, cuando de golpe fue arrastrada hacia atrás, en un ángulo extraño, para tachar una palabra. La tinta emborronó el papel. El escritor hizo una pausa; necesitaba pensar. Eso no era lo que había querido decir. Miró fijamente el pálido folio que yacía sobre la mesa de madera. El autor era un indígena mexicano descendiente de unos inmigrantes que alguna vez habían llegado de las desérticas tierras del norte, pero su vida era muy diferente de la de sus antepasados. Era el año 1612 y, al otro lado de la ventana, la luz del sol bañaba las calles de la ciudad de México, brillando contra los azulejos de colores, las aldabas de metal, las paredes de liso adobe. Las gentes, apresuradas, iban y venían, riendo y conversando, vendiendo sus productos, instando a sus hijos a apresurarse también, algunas en español, otras en “mexicano”, como llamaban los españoles al idioma de los indios. Dentro de su oscura habitación, don Domingo —o Chimalpahin, como se llamaba a sí mismo en honor de uno de sus bisabuelos— se sintió en paz. Estaba ocupado. Habían pasado casi 100 años desde la llegada de los españoles, pero los personajes que tenía en la cabeza habían vivido 300 años antes; los escuchaba en su imaginación: “Por favor”, suplicaba un tlatoani derrotado al hombre que lo había vencido: “Xicmotlaocollili yn nochpochtzin” [Ten piedad de mi hija]. El jefe habló en la lengua de los mexicas y don Domingo escribió sus palabras en ese idioma. Creía en el tlatoani derrotado, sabía que antes había vivido y respirado, algo tan cierto como que el propio Chimalpahin estaba vivo ahora. Su amada abuela, que había muerto apenas unos años antes, había sido una niña en los años inmediatamente posteriores a la conquista española; su infancia había estado poblada por ancianos que habían vivido su vida en otros tiempos, por lo que don Domingo sabía con cada fibra de su ser que esos tiempos no habían sido míticos. Se volvió para mirar su fuente, una envoltura con viejos papeles hechos jirones, en los que alguien más había descrito los acontecimientos muchos años antes. Trató de encontrar el lugar correcto en medio de la densa escritura. Estaba cansado y pensó en detenerse por ese día, pero siguió adelante: su objetivo era nada menos que preservar la historia de su pueblo como parte del patrimonio mundial, y todavía tenía que escribir cientos de páginas más.
Cuando desciende desde las vertiginosas alturas de una de las pirámides de México, el visitante casi espera sentir la presencia del espíritu de una princesa mexica; una persona menos inclinada a viajar podría esperar que ocurriera una epifanía respecto de la vida de los antiguos mexicanos mientras visita un museo y contempla, a través del cristal, un asombroso cuchillo de pedernal, vuelto a la vida aparentemente por los ojos color turquesa que tiene incrustados, o mientras admira una diminuta rana dorada atrapada por el artista cuando el animal se preparaba para saltar. Sin embargo, nadie esperaría escuchar a una princesa mexica burlándose de sus enemigos en las estanterías de una biblioteca; pero eso es exactamente lo que me pasó un día, hace unos 15 años.
Por lo general, se cree que las bibliotecas son lugares muy tranquilos, ya sea que alberguen estantes de libros antiguos, encuadernados en pergamino, o filas de computadoras; sin embargo, otra forma de pensar en una biblioteca es que se trata de un mundo de voces congeladas, capturadas y accesibles para siempre gracias a uno de los avances humanos más poderosos de todos los tiempos: la escritura. Desde esa perspectiva, una biblioteca se convierte de repente en un lugar muy ruidoso: en teoría, contiene fragmentos de todas las conversaciones que el mundo haya conocido; en realidad, no obstante, es casi imposible escuchar algunas de esas conversaciones; incluso alguien que intentara con desesperación distinguir lo que grita una inhueltiuh, una “hermana mayor” mexica, una princesa, por ejemplo, generalmente tendría dificultades para hacerlo. La inhueltiuh, la hermana mayor, aparece en la cima de la pirámide, haciendo frente a un sacrificio brutal, pero, por lo general, permanece en silencio. La voz que recubre la escena es la de un español, quien nos dice que está seguro de lo que la muchacha debe de haber pensado y creído. En lugar de las palabras de la inhueltiuh, escuchamos las de los frailes y los conquistadores, cuyos escritos se alinean en los estantes de la biblioteca.
Durante generaciones, aquellos que han querido conocer la vida de los antiguos indígenas americanos han estudiado los objetos descubiertos en las excavaciones arqueológicas y han leído las palabras de los europeos que comenzaron a escribir sobre los indios casi tan pronto como se encontraron con ellos. De esas fuentes, más que de ninguna otra, los académicos han extraído sus conclusiones y las han considerado justificadas; sin embargo, ha sido un esfuerzo peligroso que inevitablemente ha conducido a distorsiones. Para hacer una comparación, nunca se habría considerado aceptable afirmar que se entiende la Francia medieval si únicamente se tuviese acceso a unas cuantas decenas de excavaciones arqueológicas y cien textos escritos en inglés, sin ningún texto escrito en francés o latín; en el caso de los indios, no obstante, las normas que se han aplicado son diferentes.
La imagen que se tiene de los mexicas es espeluznante: los cuchillos de pedernal con ojos incrustados, las piedras de sacrificio, los tzompantli o hileras de calaveras, todo imprime en la imaginación unas imágenes imborrables. Hoy en día, los miramos y luego inventamos la escena que los acompañaba: la palabra hablada, la música y el contexto; imaginamos orgías de violencia, como la representada en la película Apocalypto. Los libros de texto presentan las mismas imágenes y enseñan a los jóvenes que los pueblos autóctonos más nobles esperaban ser liberados de un régimen de mucha crueldad; los libros escritos por los españoles del siglo XVI también alientan a los lectores a creer que las personas a las que los conquistadores derrotaron eran extremadamente bárbaras, que Dios quiso el fin de su civilización porque comprendía todo lo que iba en contra de la naturaleza humana; incluso los textos escritos por unos observadores más comprensivos —los españoles que vivieron en una comunidad indígena y aprendieron el idioma— están llenos de condescendencia hacia un pueblo que nunca llegaron a comprender e interpretan los acontecimientos con base en una serie de expectativas europeas y, en el mejor de los casos, en consecuencia, consideran que las decisiones que los indios tomaron eran extrañas.
Los mexicas nunca se reconocerían en esa imagen de su mundo que se presenta en libros y películas. Se consideraban a sí mismos como personas humildes que habían aprovechado al máximo una situación difícil y habían demostrado su valentía y, por lo tanto, alcanzado su recompensa. Creían que el universo se había derrumbado cuatro veces anteriormente y que estaban viviendo bajo el quinto sol, gracias al valor extraordinario de un hombre común. Los ancianos contaban la historia a sus nietos: “Decían que antes que hubiese día en el mundo, que se juntaron los dioses […] Dixeron los unos a los otros dioses.” Las divinidades pidieron un voluntario de entre los pocos seres humanos y animales que andaban a tientas en la oscuridad. Necesitaban a alguien dispuesto a inmolase y, así, dar nacimiento a un nuevo amanecer. Un hombre que era muy engreído dio un paso adelante y dijo que lo haría. “¿Quién será otro?”, preguntaron los dioses, pero su pregunta fue contestada por el silencio: “Y ninguno dellos osaba ofrecerse a aquel oficio. Todos temían y se escusaban.” Los dioses llamaron a un hombre tranquilo que estaba sentado por ahí, escuchando; se llamaba Nanahuatzin. Él nunca se había considerado un héroe, pero aceptó la tarea de inmediato, porque los dioses habían sido buenos con él en el pasado. Los dos hombres se prepararon para el sacrificio: el orgulloso héroe recibió hermosos y preciosos accesorios, pero Nanahuatzin sólo recibió baratijas de papel, cañas y agujas de pino. Por fin llegó el momento y el héroe se adelantó: “Y como el fuego era grande y estaba muy encendido, como sintió el gran calor del fuego, hubo miedo; no osó echarse en el fuego; volvióse atrás. Otra vez tornó para echarse en el fuego haciéndose fuerza, y llegándose detúvose […], pero nunca se osó echar.” Los dioses se volvieron hacia Nanahuatzin y le dijeron: “Y como le hubieron hablado los dioses, esforzóse y, cerrando los ojos, arremetió y echóse en el fuego. Y luego comenzó a rechinar y respendar en el fuego, como quien se asa.” Después de que los dioses “estuvieron gran rato esperando, comenzóse a parar colorado el cielo, y en toda parte apareció la luz del alba”. Sin ostentación, Nanahuatzin hizo lo necesario para salvar la vida en la tierra.1
Los mexicas eran grandes narradores de historias y escribieron muchas de ellas en el siglo XVI, en los años posteriores a la conquista: los frailes españoles les enseñaron a los jóvenes mexicas a transcribir el sonido por medio del alfabeto latino y los jóvenes utilizaron esa nueva herramienta para poner por escrito muchas de las interpretaciones orales que hacían de su historia, aunque ésa no había sido la intención original de los españoles: los afanosos frailes les enseñaron el alfabeto a los niños para que pudieran estudiar la Biblia y los ayudaran a difundir los principios del cristianismo; no obstante, los estudiantes mexicas no se sintieron limitados en las maneras de aplicarlo. No se sorprendieron por el principio de la escritura, debido a que su gente ya tenía una tradición de símbolos pictográficos normalizados que habían empleado durante mucho tiempo para crear hermosos libros de hojas plegadas, algunos para que los sacerdotes hicieran sus vaticinios y otros para el uso de los funcionarios que mantenían los registros de los pagos de tributos y de los límites de las tierras. Ninguna de esas obras sobrevivió a las hogueras de los conquistadores, pero el hecho de que alguna vez hayan existido resultó ser importante: los mexicas vieron de inmediato lo valioso que sería adoptar el nuevo sistema fonético: podrían usarlo para registrar cualquier cosa que quisieran y escribirla no solamente en español, sino también para representar el sonido de las palabras y oraciones en su propio idioma, el náhuatl.
En la intimidad de sus propios hogares, lejos de la mirada de los españoles, lo que los hablantes de náhuatl escribieron con mayor frecuencia fue su historia. Antes de la conquista, tenían una tradición llamada xiuhpohualli, que significa “cuenta del año” o “cuenta anual”, si bien los historiadores occidentales aplicaron a esas fuentes el término anales. En los viejos tiempos, los historiadores experimentados se ponían de pie y narraban la historia de su pueblo en reuniones públicas en los patios de los palacios y los templos; procedían cuidadosamente, narrando año tras año, y, en los momentos de mayor dramatismo, diferentes oradores se adelantaban para cubrir el mismo periodo una vez más, hasta que todas las perspectivas tomadas en conjunto daban la comprensión de toda la serie de acontecimientos. El patrón imitaba el formato rotativo y recíproco de todos los aspectos de su vida: en su mundo, las tareas eran compartidas o pasaban de un grupo a otro, de modo que ningún grupo tuviera que ocuparse de algo desagradable todo el tiempo o que a ninguno se le concediera un poder ilimitado siempre. En esas representaciones, se relataban por lo general historias que eran de interés para el grupo más numeroso: el surgimiento de gobernantes y, más tarde, su muerte (oportuna o inoportuna), las guerras que libraron y las razones de esas guerras, los fenómenos naturales notables y las celebraciones importantes o las horripilantes ejecuciones. Aunque había preferencia por ciertos temas, los textos difícilmente carecían de personalidad: diferentes comunidades y diferentes individuos incluían detalles distintos. Los cismas políticos eran ilustrados por medio de un colorido diálogo entre los dirigentes de las diferentes escuelas de pensamiento. En ocasiones, los oradores incluso se deslizaban al tiempo presente al pronunciar las líneas de tales dirigentes, como si fueran actores de una obra de teatro, y, de cuando en cuando, hacían preguntas a voz en cuello a las que se esperaba que algunas personas de entre el animado público dieran respuesta.2
Después de la conquista, los jóvenes adiestrados en el alfabeto latino comenzaron a escribir lo que narraban varios ancianos, transcribiendo cuidadosamente sus palabras en papel y, después, almacenando los folios en un estante especial o en una caja bajo llave, otra innovación muy apreciada que los españoles habían traído. A medida que avanzaba la época colonial y cada vez menos personas recordaban los tiempos antiguos, el género se volvió más conciso, un simple registro anual de los principales acontecimientos; no obstante, los autores se aferraron con tesón al formato tradicional de año por año, que en general incluye el calendario del antiguo régimen, avanzando de la parte superior de la página a la parte inferior o, en algunas ocasiones, de izquierda a derecha, a lo largo de una extensa tira. El estilo desmintió el estereotipo de que los indígenas americanos necesariamente pensaban de manera cíclica, debido a que esos relatos siempre eran lineales, planteaban teorías de causa y efecto, ayudaban a los lectores u oyentes a comprender cómo habían llegado al momento presente y les enseñaban lo que necesitaban saber sobre el pasado para avanzar hacia el futuro. Algunos escritores eran descendientes de los propios conquistadores mexicas; algunos más, de los amigos y colegas de estos últimos, y otros, de sus enemigos. Don Domingo Chimalpahin, originario de la conquistada ciudad de Chalco, fue el más prolífico de esos historiadores indígenas: llenó cientos de páginas con una caligrafía muy clara y utilizó materiales que otras personas habían escrito en tiempos más cercanos al momento de la conquista, así como las representaciones que la gente hacía para que él las transcribiera. Durante el día, trabajaba para los españoles en una de sus iglesias, pero, por las tardes, el tiempo era suyo.
Durante un tiempo excesivamente prolongado, poco se ha hecho con los xiuhpohualli, los anales: están escritos en una lengua que relativamente pocas personas pueden leer y su enfoque de la historia es muy diferente del de los occidentales, por lo que puede ser difícil entenderlos y, en consecuencia, han parecido preferibles otras fuentes, a partir de las cuales fueron escritos algunos libros excelentes;3 no obstante, vale la pena considerar cuidadosamente las historias mexicas: recompensan la paciencia, tal como acostumbraban hacer los propios mexicas.
En los anales, podemos escuchar a los mexicas, que hablan, cantan, ríen y gritan. Resulta que el mundo en el que vivían no puede caracterizarse como naturalmente mórbido o vicioso, a pesar de que ciertos momentos sí lo eran: tenían complejos sistemas en materia de política y comercio que eran muy efectivos, pero eran conscientes de haber cometido errores: estaban agradecidos con sus dioses, aunque en ocasiones lamentaban la crueldad de sus divinidades; criaban a sus hijos para que hicieran lo correcto por su propia gente y se avergonzaran del egoísmo, aun cuando algunas personas mostraban a veces ese rasgo; creían profundamente en que debían apreciar la vida: bailaban de alegría, cantaban sus poemas y les encantaba un buen chiste; no obstante, mezclaban los momentos de ligereza, humor e ironía con las ocasiones cargadas de patetismo o gravedad. No podían soportar un piso sucio, porque parecía indicar un desorden más profundo; sobre todo, eran flexibles: a medida que las situaciones cambiaban, demostraron repetidamente ser capaces de adaptarse. Eran expertos en sobrevivir.
Un día, en una biblioteca, algunas palabras en náhuatl de uno de los textos de Chimalpahin cayeron de repente en su lugar y escuché a una inhueltiuh, una hermana mayor mexica, que les gritaba a sus enemigos: la habían capturado y ella exigía que la sacrificaran. Sorprendentemente, se desvió del guión que, según me habían enseñado, uno debía esperar: no amenazaba a sus enemigos ni sucumbía ante ellos como una víctima maltratada, ni estaba prometiendo, moralista o fatalistamente, morir con el propósito de apaciguar a los dioses y mantener intacto el universo; no, estaba furiosa por una situación política específica sobre la que, finalmente, yo había leído ya lo suficiente como para comprenderla: estaba demostrando su arrojo. En ese momento, comprendí que esas personas a las que estaba empezando a conocer comprendiendo sus propias palabras eran demasiado complejas como para encajar en los marcos que les habían sido impuestos desde hacía mucho tiempo, unos marcos basados en las fuentes antiguas: los silenciosos restos arqueológicos y los testimonios de los españoles. Sus creencias y prácticas cambiaban a medida que las circunstancias lo hacían, y solamente al escucharlas hablar sobre los acontecimientos que experimentaron pude llegar a comprenderlas realmente. No podía acercarme a su mundo con una comprensión preconcebida de quiénes eran ni en qué creían, para después aplicar esa visión como la clave para interpretar todo lo que dijeron e hicieron: solamente avanzando con sus propios relatos de su historia, prestando mucha atención a todo lo que ellos mismos expresaron, pude llegar a comprender sus creencias en evolución y su sentido de sí mismos en transformación.
Este libro, que tiene sus raíces en los anales en lengua náhuatl, propone cinco revelaciones sobre los mexicas. Primera: aunque se ha supuesto que su vida política giraba en torno a esa creencia suya motivada religiosamente en la necesidad del sacrificio humano para mantener felices a los dioses, los anales indican que esa noción nunca fue primordial para ellos. De forma tradicional, se ha dicho que los mexicas creían que tenían que conquistar a otros pueblos para obtener el número requerido de víctimas, o alternativamente —como han afirmado algunos cínicos— que tan sólo afirmaban que debían hacerlo por esa razón con el propósito de justificar su deseo inherente de dominio; sin embargo, las propias historias de los mexicas indican que entendían con claridad que la vida política no giraba en torno a los dioses o a las afirmaciones sobre los dioses, sino en torno a la realidad de los cambiantes desequilibrios de poder. En un mundo en el que los gobernantes tenían muchas esposas, un gobernante podía engendrar literalmente decenas de hijos, entre los cuales se desarrollaban facciones en función de quiénes eran sus madres. Una facción más débil en una ciudad-Estado podría aliarse con una banda de hermanos perdedora de otra ciudad-Estado y, juntas, podrían derrocar repentinamente al linaje familiar dominante y cambiar el mapa político de una región. Los escritores de los anales explicaron casi todas sus guerras desde el punto de vista de esa forma de Realpolitik basada en los sexos; los prisioneros de guerra que terminaban enfrentando el sacrificio eran por lo general da-ños colaterales de esas luchas genuinas. Solamente hacia el final, cuando el poder mexica había aumentado de manera exponencial, surgió una situación en la que decenas de víctimas fueron brutalmente asesinadas con regularidad y con el propósito de hacer una espeluznante declaración pública de poder.
Segunda: ha habido una problemática tendencia a considerar que algunas personas del mundo mexica eran malas y otras, buenas. ¿Qué más podría explicar la convivencia de los brutales guerreros al lado de los gentiles agricultores de maíz, o a los esclavistas en una tierra de hermosa poesía?; sin embargo, los mismos individuos podían ser agricultores en una temporada y guerreros en otra; el hombre que al anochecer soplaba la caracola y cantaba profundos poemas podía ordenar a una aterrorizada esclava que lo visitara más tarde esa noche. Al igual que otras culturas dominantes, ejercían la mayor parte de su violencia en los márgenes de su mundo político, y esa decisión hizo posible la riqueza que permitió que creciera y floreciera una ciudad gloriosamente hermosa, una ciudad llena de ciudadanos que tenían el tiempo de ocio y la energía para escribir poesía, preparar aromáticas bebidas de cacao y, en ocasiones, debatir sobre la moral.
Tercera: ha corrido una gran cantidad de tinta sobre la interrogante de si los europeos habrían podido derrocar un reino como ése, pero cada generación de eruditos ha ignorado ciertos aspectos de la realidad que los propios mexicas reconocieron explícitamente en sus escritos. Hasta finales del siglo XX, los historiadores condenaron a los mexicas al fatalismo y la irracionalidad, reprimiendo regularmente las abundantes pruebas de su inteligente estrategia. En tiempos más recientes, se asumió que un odio generalizado contra los mexicas provocó que otros pueblos se aliaran con los españoles y, en consecuencia, los derrotaran; sin embargo, la familia real mexica estaba emparentada con casi todas las familias gobernantes en aquella tierra. Algunos pueblos los odiaban, pero otros aspiraban a ser como ellos. Lo que es evidente en todas partes de los anales históricos es el reconocimiento de un gran desequilibrio de poder tecnológico en relación con los españoles recién llegados, desequilibrio que exigía un rápido ajuste de cuentas. Algunos pensaban que era posible que la crisis corriente fuese la ocasión de la guerra que pusiera fin a todas las guerras y muchos querían estar del lado de los vencedores a la hora de entrar en una nueva era política.
Cuarta: aquellos que vivieron la guerra con los españoles y luego sobrevivieron a la primera gran epidemia de enfermedades europeas descubrieron con sorpresa que el sol seguía saliendo y poniéndose, y que aún tenían que hacer frente al resto de su vida. Casi no había tiempo para compadecerse de sí mismos. Los niños sobrevivientes se estaban convirtiendo en adultos con sus propias expectativas y los niños nacidos después del cataclismo no tenían recuerdos de los acontecimientos que habían atemorizado a sus mayores. Asombrosamente, los anales revelan que no fueron sólo los jóvenes quienes demostraron estar dispuestos a experimentar con los nuevos alimentos y técnicas, animales y dioses traídos por la gente del otro lado del mar. Algunos que ya eran adultos cuando llegaron los extraños ayudaron a demostrar la importancia del alfabeto fonético, por ejemplo, o de aprender a construir una nave más grande que cualquier canoa anterior o una torre rectangular en lugar de una piramidal. No todos mostraron esa curiosidad y ese pragmatismo notables, pero muchos sí lo hicieron; además, la gente demostró ser experta en la protección de su propia cosmovisión, incluso al mismo tiempo que adoptaba los elementos más útiles de la vida española.
Finalmente, en el transcurso de las dos generaciones siguientes, cada vez más personas se vieron obligadas a lidiar con la enormidad de las políticas económicas extractivas que los españoles introdujeron y un número incluso mayor experimentó una mayor injusticia en función de su raza; incluso entonces, no obstante, no fueron destruidos y lograron mantener el equilibrio. Al igual que muchos otros pueblos en otras épocas y lugares, tuvieron que aprender a aceptar su nueva realidad para no perder la razón. Ciertos personajes de la generación de los nietos, como el historiador Chimalpahin, se dedicaron a escribir todo lo que podían recordar sobre la historia de su pueblo con el propósito de que no se perdiera para siempre, y se convirtieron en verdaderos eruditos, aun cuando los españoles no los reconocieron como tales. Sus esfuerzos son los que ahora nos permiten la reconstrucción de lo que su pueblo pensaba en otros tiempos. En resumen, los mexicas fueron conquistados, pero también se salvaron a sí mismos.
Los narradores mexicas de la historia, que antaño la representaban en las noches iluminadas por las estrellas, serían los primeros en recordarnos que, más allá de cualquier lección que podamos derivar de ella, la historia real es emocionante. El drama de la especie humana constituye por sí mismo un buen relato y el pasado mexica no es una excepción: toda historia suya que se escriba debe explorar la experiencia de un pueblo antes muy poderoso que enfrentó un desastre indescriptible y sobrevivió lo mejor que pudo. A pesar de la importancia de la conquista española, ésta no fue una historia del origen ni un final absoluto: los mexicas habían vivido durante siglos y todavía se encuentran entre nosotros. Hoy, alrededor de 1.5 millones de personas hablan su idioma y muchas más se consideran herederas de los mexicas. En el pasado, los libros sobre ellos abordaron tan sólo el periodo inmediatamente anterior a la conquista, lo que condujo al crescendo de la conquista en un capítulo final, o comenzaron con un capítulo introductorio sobre los tiempos prehispánicos y la llegada de los europeos, para luego presentar un estudio del México posterior a la conquista. Este libro aborda el trauma de la conquista, pero también se ocupa de la supervivencia y la continuidad, una paradoja que refleja la naturaleza de la experiencia real vivida tras cualquier guerra devastadora. En él, la conquista española no es introductoria ni culminante: es un eje fundamental.
La historia comienza en el pasado lejano. En la antigüedad, el gran sistema de comercio mundial mesoamericano se extendía hasta el actual estado de Utah, en Estados Unidos; por ejemplo, un mineral ornamental —al que a menudo nos referimos como jade— viajaba por rutas comerciales desde la cuenca central de México hasta el santuario interior del cañón del Chaco, en lo que ahora es Nuevo México, y la turquesa del norte se abría camino hacia el sur. Cuando los grandes estados productores de maíz del centro de México cayeron, las noticias pasaron de boca en boca a los pueblos nómadas de lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos y, en épocas de sequía o privaciones, muchos grupos numerosos hicieron caso de los rumores y se mudaron al sur, buscando conquistar tierras fértiles y tener una nueva vida. No tenían caballos, pero aprendieron a viajar ligeros, a moverse a una velocidad asombrosa y emplear tácticas mortales. Ola tras ola, tomaron la cuenca central; los nombres de sus dirigentes y de los dioses que los aconsejaban se convirtieron en leyenda, y surgió una serie de grandes civilizaciones que fusionaron las prácticas de los antiguos productores de maíz con las ideas de los innovadores y atrevidos recién llegados. Los últimos migrantes del norte que llegaron constituían un grupo llamado mexicas: su llegada tardía podría haber sido lo que los convirtió en la gente más desaliñada de la cuenca central, porque, en las historias que contaban, se enorgullecían de haber sido desvalidos alguna vez y juraban que ascenderían.
A medida que los pueblos de la cuenca central competían por el poder y por el acceso a los recursos, las alianzas políticas aumentaban y disminuían. Una mujer que se casaba con el enemigo para proteger una alianza podía descubrir de repente que las alianzas habían cambiado y, por lo tanto, verse degradada a una simple concubina; sin embargo, sus hijos podrían no aceptar el cambio y, en lugar de ello, optar por luchar por el poder. Itzcóatl, hijo de un gobernante mexica y una esclava, aprovechó de manera brillante las fisuras que había en toda la región y, de esa manera, pudo ayudar a que su linaje familiar ascendiera a una posición prominente. Ese mundo no era uno estable, de creencias inmutables, sino un mundo cambiante y que constantemente se alteraba, muy parecido al de la Europa temprana. La religión del pueblo era violenta y hermosa a la vez; para agradecer a los dioses por lo que tenían, en ocasiones hacían un sacrificio supremo: el de la vida humana; no obstante, no dedicaban la mayor parte de su tiempo a la muerte, sino a proteger la vida de su pueblo y trabajar con la vista puesta en el futuro.
A finales del siglo XV, la aldea de los mexicas en una isla de un lago se había convertido en una ciudad de clase mundial, comunicada con tierra firme por tres calzadas. Por todos lados se alzaban grandes pirámides pintadas, rodeadas de impresionantes jardines. La biblioteca del gobernante contenía cientos de libros y la música y el baile que tenían lugar en el palacio dieron renombre a la ciudad; sin embargo, lo que hizo posible toda esa belleza y esa alta cultura fueron las medidas cada vez más draconianas de los gobernantes mexicas, su organización y control burocráticos cada vez más estrictos en varios ámbitos de la vida, la violencia ritualizada que regularmente representaban ante el público y la guerra que no temían librar en los bordes de su reino. La vida en el valle era estable y algunas personas eran realmente grandes artistas; sin embargo, los mexicas, como muchos otros en posiciones comparables en la historia del mundo, optaron por no pensar demasiado en el destino de aquellos en la periferia —devastada por la guerra— del mundo que habían creado.
A ese campo de batalla zarparon los españoles, la primera vez, en 1518 y, con un propósito más serio, en 1519. En ese punto, la cronología del libro se restringe: en los capítulos 1 al 3 se abarcan varias décadas y, en los capítulos 6 al 8, se hace lo mismo, pero los dos capítulos centrales, el 4 y el 5, están dedicados a la llegada de los europeos y abarcan los años de 1518 a 1522 con gran detalle. Quizá, de alguna manera, eso da demasiado poder a los fanfarrones conquistadores, pero fue un momento realmente crítico para los mexicas y merece una consideración cuidadosa. Aunque la historia de la llegada de Hernán Cortés ha sido contada muchas veces, aquí se hace de manera diferente, dado que se ofrece la historia de una pérdida militar, antes bien que espiritual, de los indios. Los mexicas no creían que el dios Quetzalcóatl caminara entre ellos ni se sintieron impresionados por la visión de María o de uno de los santos. Moctezuma Xocoyotzin, el gran rey, simplemente se descubrió con un poder militar menor que el de los recién llegados, y lo reconoció. Parte de la historia estaba en manos de las personas a las que los mexicas habían convertido en enemigos, entre ellas, una joven a la que los españoles llamaron Malinche, cuyo pueblo había estado sometido a una fuerte presión por Moctezuma antes de la llegada de los españoles, y ella actuó como intérprete para los recién llegados.
La guerra contra los españoles fue un periodo horrible en el que toda clase de personas —Malinche, por ejemplo, así como la hija cautiva de Moctezuma— simplemente hicieron todo lo posible para mantenerse con vida. Además de la destrucción propia de la guerra, el número de muertos por la viruela que trajeron los españoles llevó a algunos nativos a creer que todos morirían…, pero no fue así: aquellos que habían llegado a conocer mejor a los recién llegados comenzaron a aconsejar a los pueblos de la cuenca central —los mexicas y aquellos segmentos de la población que hasta entonces se habían mantenido leales a ellos— que optaran por la paz y salvaran la vida. Como gobernantes supremos, los españoles representaban una ventaja: eran más poderosos que los mexicas, lo que significaba no sólo que podían derrotarlos, sino también que podían insistir en que cesara toda guerra entre los pueblos de las regiones que ahora dominaban. Muchos optaron por esa posibilidad y, en consecuencia, dieron la victoria a los recién llegados.
En las primeras décadas después del triunfo de los españoles, la gente descubrió que enfrentaba cambios abrumadores en muchos aspectos, pero que la vida era la de siempre en otros, aunque variaba considerablemente de un lugar a otro. En la gran ciudad de los mexicas, tanto la hija de Moctezuma como Malinche, por ejemplo, hicieron todo lo posible para evitar la desesperación y salvar los escollos de la vida junto a los arrogantes y poderosos recién llegados; sin embargo, en un pequeño pueblo del occidente, que hasta entonces había permanecido prácticamente intacto, un joven que había aprendido el alfabeto latino de los frailes le enseñó a su padre todo lo que se podía hacer con él y, trabajando juntos, escribieron lo que vendría a ser el primer libro escrito en náhuatl permanentemente legible.
Ahora bien, en esa época de cambio abundaban las contradicciones. En América, en el lapso de aproximadamente una generación de los europeos que se establecieron por primera vez en ella, los indígenas casi siempre montaron una resistencia sostenida, lo cual fue tan cierto entre los reductos mexicas como en cualquier otra parte. En el caso de México, la década de 1560 estuvo llena de crisis recurrentes: en la cuenca central, se dijo a los mexicas por primera vez que tendrían que pagar un impuesto o tributo tan grande como cualquier otro pueblo conquistado, y las protestas tanto de hombres como de mujeres provocaron que muchos fueran encarcelados y vendidos como esclavos con la obligación de trabajar. Los registros que llevaron de sus discusiones con los españoles hablan elocuentemente tanto de la cólera como del dolor y su vida conmovió a los españoles enajenados que también estaban considerando rebelarse. El hijo de Malinche y Hernán Cortés fue brutalmente torturado en lo que era un procedimiento perfectamente legal en los tribunales medievales: la simulación de ahogamiento, similar al “submarino” de la actualidad. A finales de esa década, los indios habían hecho ver a los españoles cuáles eran los límites de su sufrimiento, pero los españoles también les habían dejado en claro cuáles eran los límites de su libertad.
Hacia 1600, las últimas personas que recordaban los días anteriores a los europeos habían muerto o estaban agonizantes y entonces hubo numerosos esfuerzos entre sus nietos por poner por escrito lo que sabían de ese mundo del pasado. Uno de esos historiadores fue don Domingo Chimalpahin, el indio de Chalco que trabajaba para la iglesia de San Antón, en la puerta sur de la ciudad; otro fue don Hernán de Alvarado Tezozómoc, nieto de Moctezuma Xocoyotzin. Parte de lo que escribieron constituye un relato fascinante y horripilante de la época colonial que vivieron; sin embargo, sus manuscritos hacen algo más que registrar sus propios tiempos tumultuosos: dejan entrever la manera en que al menos algunas personas nativas pensaban sobre lo que les había ocurrido y cómo imaginaban su futuro. Serían los últimos durante muchos años que escribieran analíticamente en su calidad de intelectuales indígenas. A partir de entonces, la pobreza y la opresión predominaron en gran medida en sus comunidades hasta el siglo XX, cuando la reserva de ira recordada surgió en la forma de revolución y rebelión, y finalmente se abrieron nuevas perspectivas sobre las tradiciones antiguas.
La historia de los mexicas es un panorama grandioso y dramático, pero también está llena de personas reales que experimentaron la historia en su calidad de individuos. Es cierto que, en ocasiones, puede ser difícil analizar a esas personas desde nuestro punto de vista, por lo que, para facilitar la observación de su mundo, ahora tan extraño para nosotros, cada capítulo empieza con la unión de varias fuentes para crear una viñeta sobre una sola persona que vivió en esa época. Se trata de un acto imaginativo y, quizá, peligroso en una obra de historia; sin embargo, conjurar el mundo de cualquiera que haya muerto hace mucho tiempo, incluso reyes y presidentes a quienes supuestamente conocemos bien, también es un acto imaginativo, pero que se lleva a cabo regularmente. Si tenemos mucho cuidado a la hora de aprender todo lo que podamos antes de intentar salvar las distancias más grandes y adentrarnos en territorios aún más extraños, creo que haremos lo correcto. Mediante la recreación cuidadosa del mundo de Chimalpahin y el de la generación de su abuela, podemos escuchar con mayor claridad qué tienen que decirnos, no únicamente su sustancia, sino también su tono. Chimalpahin y sus iguales querían que la posteridad los escuchara —lo dijeron claramente en sus escritos—, por lo que deberíamos escucharlos por su bien; sin embargo, también deberíamos hacerlo por nosotros mismos, porque, ¿quién puede decir quién es el más capacitado, ellos o nosotros, si podemos hablarnos satisfactoriamente a pesar del abismo del tiempo y las diferencias? ¿No nos hacemos más sabios y fuertes cada vez que comprendemos la perspectiva de unas personas a las que antes desestimamos?
1. La senda de las siete cuevas
Antes de 1299

La muchacha escuchó en su cabeza las voces de quienes la amaban, esos que la habían mimado, le habían cantado, le habían dicho que era su joya preciosa y brillante, su luz, su pluma sedosa. Sabía que ya nunca más escucharía esas voces. Le habían advertido que las cosas podrían llegar a eso, que un día podría ser capturada en la guerra y perderlo todo, que toda flor es frágil. Ahora, lo peor había ocurrido realmente. Por un tiempo, el terror puso su mente en blanco, pero, después de dormir unas cuantas horas, pudo recordar lo que su madre y su abuela le habían enseñado que debía hacer.
Así fue como, en ese año de 1299, Chimalxóchitl contempló su propia muerte y encontró el valor para abandonar esta vida terrenal con la dignidad y el título que le corresponden a una mujer de la realeza. Al menos así lo decía su pueblo en las historias que contaban de ella muchas generaciones después.1 A veces no la llamaban Chimalxóchitl, Flor de Escudo, sino la más valiente Chimalexóchitl, que significa “flor portadora de escudos”. Sus antepasados, que se remontaban a seis o más generaciones, habían estado entre los últimos que abandonaron las tierras resecas y devastadas por la guerra en el actual suroeste de Norteamérica y emprendieron una caminata a través del extenso desierto en busca de las tierras meridionales mencionadas por los rumores. Habían pasado unos 200 años antes de que sus descendientes llegaran a la cuenca central de México y las historias sobre la fertilidad de la tierra habían resultado ser ciertas: en ellas, la preciosa planta de maíz crecía fácilmente; sin embargo, descubrieron que las mejores tierras ya habían sido conquistadas por otras bandas de guerreros provenientes del norte, un pueblo que era tan bueno con el arco y la flecha como el abuelo de Chimalxóchitl y sus guerreros. A falta de una mejor opción, los parientes de Flor de Escudo se contrataron como mercenarios y lucharon en las batallas de otros pueblos a cambio del derecho a que su asentamiento no fuera molestado, a cazar algunos venados y a plantar un poco de maíz.
Ahora bien, el año 1299 había traído la desgracia a su pueblo. En realidad, su suerte había sido tan poca que, más tarde, un narrador insistiría en que no todo había sucedido en un año 2 Ácatl [caña], como todos decían, sino en un año 1 Tochtli [conejo]. El conejo siempre estuvo asociado con el desastre; incluso tenían un viejo dicho: “Estábamos realmente enconejados”, que significaba “Estábamos realmente en dificultades”.2 Sea lo que fuere, el padre de Chimalxóchitl consideró que su gente ya era lo suficientemente fuerte como para dejar de vivir con temor: se proclamó un gobernante independiente, es decir, un tlatoani, que significa “el que habla” e, implícitamente, el portavoz del grupo. Su declaración indicaba que ya no pagarían tributo a otros ni trabajarían como mercenarios para ellos; incluso se burló del tlatoani más poderoso de la región para asegurarse de que había dejado las cosas en claro. Algunos dijeron que había ido muy lejos cuando pidió como esposa a la hija del tlatoani principal, pero que, cuando ella llegó, la sacrificó.3 Como no estaba loco, es más probable que sus burlas hayan consistido en atacar a uno de los aliados del hombre poderoso o en rehusarse a obedecer una de sus órdenes directas; sin embargo, cualquiera que fuera su demostración de arrogancia, resultó en un importante error de juicio.
Coxcox, el tlatoani del pueblo colhua, encabezó personalmente la partida de guerreros que llegó a destruir a los advenedizos. La partida estaba formada por guerreros de seis comunidades que atacaron al unísono: mataron sin piedad a los intrusos y únicamente mantuvieron vivos a unos cuantos guerreros para llevárselos como prisioneros a las ciudades que los habían derrotado. Las mujeres jóvenes fueron separadas y llevadas a su nueva vida como concubinas. Chimalxóchitl y su padre, Huitzilíhuitl (Pluma de Colibrí), fueron llevados a Colhuacan, la ciudad colhua más importante. El corazón de Huitzilíhuitl lloró por su hija, cuya ropa desgarrada mostró su cuerpo a la vista de todos y la expuso a la vergüenza, y le suplicó a Coxcox que se apiadara de la muchacha y le diera algo para que cubrirse. Coxcox se volvió y la miró, para luego echarse a reír, y su pueblo siempre recordaba que había dicho: “¡No! Se quedará como está.”
Por lo tanto, Chimalxóchitl se encontró atada de pies y manos, aguardando bajo vigilancia para saber cuál sería su destino; sin embargo, los días pasaron, alargando el tormento. Los colhuas estaban buscando en los pantanos de los alrededores a los sobrevivientes que habían escapado después de la batalla. Contaban con que el hambre haría que finalmente muchos de ellos salieran, y así ocurrió. Cuando comenzaron a llegar a Colhuacan, algunos arrastrados por los captores, algunos por voluntad propia para ofrecerse a actuar como esclavos a cambio de su vida, Chimalxóchitl aún era una cautiva avergonzada. Había sido capaz de resistir cuando nadie de su pueblo estaba allí para verla, pero ya no podía soportarlo entonces, por lo que le pidió a uno de su pueblo que le llevara tiza y carbón. Sus captores lo permitieron, quizá porque los divertía: la muchacha, atada, se esforzaba por marcarse a la manera antigua con esas sustancias blanca y negra. Después se puso de pie y se puso a gritar: “¿Por qué no me sacrifican?” Ella estaba dispuesta, los dioses estaban dispuestos; los colhuas sólo se deshonraban a sí mismos demorándose, como si no tuvieran el valor para sacrificarla. Más tarde, algunos de los bardos dirían que sus palabras avergonzaban a los colhuas y que éstos querían callarla, por lo que encendieron la pira; otros dijeron que algunos de su pueblo valoraban más el honor de la muchacha que su propia vida, por lo que dieron un paso adelante y llevaron a cabo el sacrificio ellos mismos cuando ella les dio la orden. Mientras las llamas se elevaban, Chimalxóchitl se mantuvo de pie: ya no tenía nada que perder. Las lágrimas corrían por sus mejillas y les gritaba a sus enemigos: “Pueblo de Colhuacan, voy a donde mora mi dios. Los descendientes de mi pueblo se convertirán en grandes guerreros; ¡ya lo verán!” Después de su muerte, los colhuas lavaron su sangre y sus cenizas, pero no pudieron limpiarse el temor que sus palabras habían despertado en ellos.
Muchos años más tarde, cuando su pueblo había alcanzado un gran poder y, posteriormente, lo había perdido de nuevo con la llegada de los cristianos, algunos dirían que quizá Chimalxóchitl en realidad nunca había vivido; después de todo, en algunas de las historias su nombre era Azcalxóchitl (una especie de flor que podríamos llamar “lirio” o “azucena”) y, en algunas otras, no había sido la hija del tlatoani, sino su hermana mayor, destinada a ser la madre del siguiente tlatoani en algunas comunidades. Si ni siquiera los bardos podían ponerse de acuerdo sobre unos elementos tan básicos de la trama, ¿por qué creer la historia?
No es necesario creer que podemos escuchar las palabras exactas de una conversación que tuvo lugar en 1299 para saber que lo esencial es cierto. Las pruebas arqueológicas y lingüísticas, así como los anales históricos escritos de múltiples ciudades mexicanas, indican que los antepasados de la gente ahora conocida como aztecas descendieron del norte en el transcurso de varios siglos y que quienes fueron los últimos en llegar se encontraron sin tierra, y más tarde tuvieron que competir por el poder en el fértil valle central.4 Sabemos que hicieron la guerra y reconocemos el significado simbólico de las hijas y hermanas principales, criadas con el propósito de que fueran las madres de los jefes de la siguiente generación; incluso sabemos que la gente del valle educaba a sus hijas nobles para que fueran casi tan estoicas como sus hermanos cuando habían sido hechos prisioneros, y que Chimalxóchitl y Azcalxóchitl eran nombres indígenas comunes de las hijas de los nobles. En resumen, la historia de Chimalxóchitl pudo haber sido la historia de más de una joven mujer.
Todas esas jóvenes, así como sus hermanos guerreros, aprendían su historia mientras se sentaban alrededor del fuego por la noche y escuchaban a los narradores de historias. Todos se enteraban de que su pueblo había venido del lejano norte y había cruzado montañas y desiertos para buscarse una nueva vida para todos, y que sus tlatoque llevaban los sagrados fardos de sus dioses a su nuevo hogar. Las historias diferían ligeramente, pero había ciertos puntos en común y podemos agregar a la mezcla las pruebas de la arqueología y de los mapas lingüísticos para formarnos una visión coherente de lo que sucedió. La narrativa tiene todas las características de un drama épico.
La historia se remonta a una época desconocida para Chimalxóchitl, excepto quizás en mitos y sueños, en el noreste de Asia, en la época de la última Edad de Hielo, hasta la época en que se pobló el continente americano. Para entonces, la humanidad había emergido de África y había deambulado por todas partes y vivido en casi todas las regiones del Viejo Mundo. Más tarde, cada grupo aprendería a amar el carácter de la tierra que llamaba hogar, desde los helados fiordos de Escandinavia hasta los áridos promontorios de la meseta del Decán en la India; sin embargo, hace 20 mil años o más, la tierra no era tan variada: en muchos lugares todavía estaba cubierta por los glaciares en gradual retroceso y los “hogares” todavía no estaban marcados tan claramente. Los pequeños grupos de personas seguían a las grandes presas de un lugar a otro y los valientes cazadores las derribaban con sus lanzas, relativamente frágiles. La mayoría de los estudiosos piensa que, a partir de hace unos 13 mil años, algunos grupos que vivían en el noreste de Asia cruzaron por el estrecho de Bering hasta Alaska: en esa época, el estrecho estaba cubierto de hielo y ese puente terrestre tenía varios kilómetros de ancho. Los conflictos armados o la escasez de recursos empujaron a oleadas de personas a atravesar ese estrecho al menos en tres ocasiones diferentes. Ellos, o sus hijos y nietos, continuaron persiguiendo los mastodontes, los caribúes y cualquier otro animal que valiera la pena para alimentarse; gradualmente, poblaron dos subcontinentes: Norteamérica y Centroamérica. Aquí y allá, encontraron algunos grupos que los habían precedido en el nuevo hemisferio, aparentemente viajando en canoas costa abajo. Hace unos 14 mil años, antes de que el puente terrestre hiciera posibles las migraciones masivas, algunos pueblos con pocos miembros habían llegado tan lejos como el sur de Chile. En un lugar ahora llamado Monte Verde, un niño pisó el barro junto a una hoguera encendida para cocinar y dejó una clara huella para que los arqueólogos la encontraran innumerables generaciones más tarde.5
Después terminó la Edad de Hielo, hace unos 11 mil años: el hielo se derritió y el nivel del mar subió y cubrió el puente terrestre, separando el Viejo Mundo del Nuevo. Algunas de las piezas de caza gigantescas se extinguieron, la temperatura aumentó y florecieron más plantas. En todas partes, grupos de personas curiosas y hambrientas experimentaron comiendo más flores, frutos, raíces, semillas y tallos de plantas. No importaba que vivieran donde el clima era cálido o fresco, o si la tierra era boscosa y sombreada, o cálida y seca, lo hicieron en todas partes; sin embargo, pese a lo común de sus acciones, las diferencias que comenzaron a surgir en esa época serían de capital importancia para la historia humana en los milenios posteriores. Cuando los pueblos del continente euroasiático se reunieron más tarde con los del continente americano, las decisiones que los seres humanos habían tomado respecto de la agricultura en esos primeros tiempos determinarían su destino, en el sentido de que el pasado estableció el grado de fuerza relativo de cada grupo humano. Es una historia que vale la pena narrar si deseamos comprender tanto el ascenso como la caída de los mexicas.
En la mayoría de los lugares, los hombres eran los que cazaban y las mujeres las que recolectaban. En su vida, siempre al borde de la supervivencia, correspondía a estas últimas la observación de todo lo existente en el mundo natural: vieron que las plantas crecían a partir de las semillas; sembraron en la tierra húmeda algunas semillas de sus plantas favoritas y volvieron al año siguiente a recoger los frutos de su trabajo, cuando la caza llevó al grupo de regreso al mismo lugar. Aprendieron, por ejemplo, que si recolectaban semillas únicamente de los arbustos que producían más bayas, la próxima generación de plantas produciría más de éstas. Las mujeres les dijeron a los hombres lo que habían deducido y aquellos que apreciaban la supervivencia las escucharon. Casi en todo el mundo, los grupos humanos se convirtieron en agricultores de tiempo parcial; sin embargo, la caza y la pesca siguieron como las actividades principales: los seres humanos dependían de la carne para obtener las proteínas que necesitaban para vivir.6
Los grupos humanos se convirtieron gradualmente en agricultores de tiempo completo cuando y donde tenía sentido hacerlo; es decir, cuando la caza disminuía, se dedicaban a cultivar la flora local, en lugar de sólo tratar de cazar; además, también tenían en su entorno una constelación de plantas ricas en proteínas que podían sostener la vida humana:7 sucedió primero —hace aproximadamente 10 mil años— en el Creciente Fértil, una franja de tierra entre los ríos Tigris y Éufrates (en el actual Irak), donde el trigo y los guisantes disponibles hicieron de la agricultura una opción obvia cuando la caza excesiva de venados comenzó a hacerlos desaparecer. En otros lugares, como Nueva Guinea, donde los plátanos y la caña de azúcar eran las plantas más sabrosas disponibles, los seres humanos experimentaron con entusiasmo con los vegetales dulces, pero continuaron dependiendo del jabalí y otros animales de caza para alimentarse; no fueron tan tontos como para dedicar su vida al cultivo de postres de tiempo completo, y el trigo y los guisantes nativos del Medio Oriente no existían en su mundo. Es probable que eso no haya importado en el largo plazo, excepto por el hecho de que la agricultura de tiempo completo tuvo unos efectos enormes y trascendentales: aquellos que dedicaron su vida a la agricultura de tiempo completo tuvieron que abandonar el estilo de vida nómada y, así, pudieron construir grandes edificios y objetos pesados, experimentar con la forja de metales, la alfarería y los telares; a su vez, podían almacenar los excedentes de los alimentos y, consecuentemente, aumentar su población. Tuvieron que diseñar la manera de compartir el agua mientras irrigaban y desarrollaron nuevos tipos de herramientas; entonces comenzó a tener sentido dividir las tareas y permitir que la gente se especializara en un campo u otro, y las invenciones proliferaron. Con el tiempo, en resumen, el estilo de vida sedentario de los agricultores de tiempo completo produjo civilizaciones más poderosas.
No es que los agricultores hayan sido necesariamente más felices que los cazadores-recolectores, o más inteligentes o éticos, ni siempre inventaron las mismas cosas en el mismo orden ni tampoco lo que esperaríamos que hubieran inventado. Los antiguos agricultores andinos, por ejemplo, jamás pensaron en hacer pasar las fibras de las plantas a través de un cedazo para manufacturar un papel en el que pudieran escribir, como lo hicieron en el Viejo Mundo; en cambio, “escribían” haciendo nudos y trenzas a lo largo de cordones de colores que ataban para “grabar” sus oraciones y registrar los impuestos. Y los europeos, famosos más tarde por sus guerras, no fueron quienes crearon los primeros explosivos; los supuestamente pacíficos y autónomos chinos fueron quienes lo hicieron. Lo importante es que los pueblos agricultores siempre desarrollaron civilizaciones más poderosas en el sentido de ser capaces de derrotar a los pueblos que no habían desarrollado armas y bienes comparables, y cuyo número de habitantes no había aumentado de manera equivalente.
Los pueblos del Creciente Fértil fueron los primeros en hacer el cambio, pero su nueva forma de vida no fue la única durante mucho tiempo. El trigo y los guisantes se extendieron rápidamente al cercano Egipto, la Europa meridional y Asia, donde los pueblos empezaron a dedicarse mucho más a la agricultura que antes. En Egipto, los pueblos agricultores incluyeron plantas locales, como el higo; en Europa, agregaron la avena y otros cultivos a la mezcla, y, en China, la gente estaba experimentando con el cultivo de más arroz y mijo. Las grandes poblaciones ya podían vivir en ciudades permanentes —impensables para una población de cazadores-recolectores— y pronto las rutas comerciales entre las ciudades fomentaron un intercambio que dio a los pueblos de todo el continente euroasiático acceso regular a las plantas domesticadas favoritas de los otros y a las nuevas invenciones.
Finalmente, la existencia o inexistencia de la agricultura dejó de explicar las diferencias de poder en Eurasia o la capacidad de los pueblos para vencer en una guerra: con solamente unos cuantos siglos de diferencia entre ellos y sus vecinos, los agricultores pronto descubrieron que sus inventos más inteligentes y sus mejores armas podían ser comprados, prestados o robados por los pueblos que los rodeaban y seguían siendo nómadas; una vez que los nómadas tenían tales bienes en sus manos, se volvían tan poderosos o más que los agricultores: las tribus germánicas emplearon métodos romanos contra sus antiguos conquistadores; los mongoles de las llanuras del norte de Asia obtuvieron caballos y armas de metal de los chinos y, más tarde, cuando Gengis Kan y sus hombres llegaron galopando desde el norte, los granjeros se pusieron a temblar, con buenas razones.
Mientras tanto, al otro lado del mar, en América, los antepasados de Chimalxóchitl aún eran cazadores-recolectores, con un interés por la agricultura únicamente de medio tiempo, durante al menos cinco milenios después del momento en que la agricultura había surgido con gran fuerza en el Viejo Mundo. Las plantas comparables al trigo y los guisantes simplemente no existían allí. Más tarde, los americanos serían conocidos por su dependencia del maíz, además del frijol y la calabaza; sin embargo, el maíz antiguo, la planta llamada teosintle, no era más que un pasto silvestre con una mata de pequeños granos, más pequeños que el maíz actual. El trigo antiguo era casi exactamente igual al trigo de hoy en día, pero el teosintle no era tan nutritivo. Tuvieron que pasar miles de años de esfuerzos de las mujeres de México para convertir esas pequeñas matas en lo que después reconoceríamos como mazorcas de maíz: en ocasiones, plantaban los granos más grandes de las matas más grandes, de la misma manera como experimentaban con otras plantas; mientras tanto, ellas y los hombres seguían a los venados y otras piezas de caza, porque, incluso cuando las mazorcas comenzaron a adquirir un tamaño substancial, raspar los granos y comerlos todavía dejaba con hambre a una persona. Por último, las mujeres comenzaron a notar que, cuando comían maíz al mismo tiempo que comían frijoles, se sentían más satisfechas.8 El auge de la agricultura en América fue un proceso tardado y prolongado que se desarrolló de manera irregular, mucho más que en Europa; no obstante, el cambio ocurrió finalmente: hacia el año 3500 antes de nuestra era, unos cuantos grupos ya cultivaban maíz en México seriamente y, ya en el año 1800 antes de nuestra era, muchos más estaban haciendo lo mismo;9 sin embargo, hubo varios milenios de retraso en comparación con el Viejo Mundo, un hecho que sería muy importante en el futuro, como lo descubrirían los descendientes de Chimalxóchitl.
En las zonas costeras y ribereñas de Mesoamérica, algunos pueblos habían establecido aldeas permanentes, incluso sin tener acceso a plantas importantes y ricas en proteínas, porque podían dedicarse durante todas las estaciones a la recolección de diferentes tipos de mariscos. Esos pueblos, que ya tenían una tradición de vida sedentaria, pueden haber estado más interesados que otros en los beneficios de la agricultura. Ya en el año 1500 antes de nuestra era, cerca de la costa sur del golfo de México, en lo que hoy se llama el istmo de Tehuantepec, los olmecas comenzaron a establecerse en ciudades impresionantes y a vivir principalmente del maíz y los frijoles que plantaban:10 construyeron grandes y resistentes edificios donde almacenaban los alimentos excedentes y su población aumentó con rapidez en relación con otros grupos; dividieron el trabajo necesario y las distinciones permitieron que algunos grupos de la población se volvieran más poderosos que otros; desarrollaron un calendario y sus talentosos artistas se volvieron escultores expertos: con sus esculturas honraban a unos dioses o jefes, o a unos jefes-dioses —no se ha podido saber qué eran exactamente—, mediante la creación de gigantescas representaciones de sus cabezas. Más adelante en el curso de la historia de sus descendientes, otras talentosas personas crearon una forma de escritura, trazando símbolos en tabletas para representar palabras, como 10 Cielo, el nombre del dios Venus. Claramente, esos pueblos se enorgullecían de todo lo que habían logrado y hacían ofrendas de gratitud a sus dioses: sus esculturas e inscripciones ponen de relieve ese tema.
Sin sorpresa alguna, quizás, el complejo cultural formado por el maíz y el frijol se extendió hacia el oriente y el occidente a partir del istmo y, con él, la influencia olmeca se expandió y los elementos de su grandeza dieron alas a la imaginación de los demás.11 Al oriente, las grandes pirámides de piedra se alzaron pronto sobre el follaje de la selva y los artesanos mayas que las construyeron les añadieron pintura hecha de cal o pigmentos vegetales; otros habían aprendido a tejer hilos retorcidos de algodón silvestre para obtener hermosas telas y pronto los pendones de colores ondeaban con la brisa. Tallaron sus escritos en grandes losas —que colocaron frente a las pirámides para que todo el mundo las viera—, en las que conmemoraban los triunfos de sus reyes y remarcaban la afirmación de su grandeza. En ocasiones, pintaban en vasos y platos ceremoniales caracteres mucho más pequeños, los cuales se convirtieron en verdaderos poemas: un día, aproximadamente en el año 800, por ejemplo, un artesano experto hizo una taza para beber chocolate caliente como regalo para un joven príncipe, relacionando así el mundo terrenal con el mundo divino y, al mismo tiempo, honrando tanto a un poderoso príncipe como a un dios creador: “Aquel que dio su lugar al espacio abierto, que dio su lugar a la Noche Jaguar, fue el Señor de la Cara Negra, el Señor de Cara de Estrella.”12
Ahora bien, los pueblos nunca se dejaron llevar del todo por sus reflexiones filosóficas: cuando la población maya excedía el número para el que sus tierras podían proporcionar alimentos o necesitaban un recurso en particular, hacían una guerra brutal contra sus vecinos más débiles. En consecuencia, varios reinos llegaron a ser realmente poderosos, pero una y otra vez se levantaban y caían: no hubo un solo Estado maya que haya dominado a otros permanentemente. En lo que los investigadores llaman el periodo Clásico, que duró hasta algún momento entre el año 800 y el 900 de nuestra era, la victoria decisiva de un linaje real en particular condujo a menudo a la construcción de la arquitectura monumental que ha resistido la prueba del tiempo; durante el Posclásico, por el contrario, la mayoría de los reinos mayas fueron relativamente pequeños, pero aun así muchos fueron en verdad impresionantes, como Chichén Itzá, en la parte central del norte de la península de Yucatán.
Mientras tanto, hacia el occidente, otras culturas influidas por los olmecas echaron raíces y florecieron. La civilización de Monte Albán, por ejemplo, cerca de la actual Oaxaca, gobernó sobre un gran valle, al que el gobierno central atraía a los representantes de muchos concejos de diferentes aldeas, y, en la cuenca central, en el corazón de México, una ciudad-Estado llamada Cuicuilco floreció alrededor del año 200 antes de nuestra era y excedió con creces en poder a sus vecinos, hasta un día del siglo I de nuestra era en que el cercano volcán Xitle hizo erupción y la lava cubrió por completo la ciudad (el volcán hizo su labor tan a fondo que los arqueólogos mexicanos se vieron obligados incluso a usar dinamita para descubrir parte de la ciudad). La desaparición de Cuicuilco creó un vacío de poder, pero esa situación no duraría. Casi todos los pueblos del centro de México se habían convertido en cultivadores de maíz en esa época y algunos de ellos se jactaban de sus impresionantes artes y artesanías, y de su numerosa población: sin duda, uno de ellos se convertiría en un gran Estado y tomaría el lugar de Cuicuilco.13
Un pueblo asentado en un lugar llamado Teotihuacan fue el que lo hizo. Su ciudad surgió del vacío con tal poder que, aun siglos después de su caída, sus ruinas fueron conocidas por Chimalxóchitl y su pueblo. Cuando sus antepasados llegaron del norte, se detuvieron en su paso sobre una cordillera que rodeaba el valle central en el corazón de la región y admiraron el panorama que tenían ante sí. Todos los que llegaron por ese camino lo hicieron y, para una persona con una experiencia ordinaria, era una vista que verdaderamente inspiraba una gran admiración. El valle era en realidad una cuenca sin salida: los humedales de sus llanuras, que con frecuencia se inundaban, eran perfectos para la agricultura y la cadena de montañas que lo rodean formaba literalmente una barrera contra el mundo exterior. Parecía ser el verdadero centro de la tierra, creado como una especie de lugar encantado. En la cuasi oscuridad del amanecer, las aldeas dispersas eran visibles, porque las mujeres ya se habían levantado y encendido sus hogueras, y esos rayos de luz brillaban en la oscuridad como cúmulos de estrellas en medio de la negrura del cielo.
Quizás ese mismo mes, o un poco más tarde, los nómadas fueron a examinar las grandes ruinas que se encuentran en la mitad septentrional del valle, unas ruinas que eran famosas en su mundo y que podían verse a la distancia desde varios kilómetros. Es probable que Chimalxóchitl nunca las haya visto, porque las doncellas no se exhibían mucho en tiempos de guerra, pero sin duda su padre o su abuelo vieron esas ruinas en los días previos a que comenzaran los problemas, cuando los hombres del grupo pasaban el tiempo recorriendo el lugar como bandas de mercenarios. Esas ruinas eran un lugar sagrado: los primeros en llegar del norte les habían dado un nombre en su propio idioma, Teotihuacan, por el que fueron conocidas siempre a partir de entonces; ese nombre vinculaba el lugar con lo divino, porque significa ya sea “lugar del pueblo que se convirtió en dioses” o “lugar de los que tenían grandes dioses”, dependiendo de lo que cada cual entendiera.14
Más tarde, los descendientes de los recién llegados imaginaron Teotihuacan como el lugar del nacimiento de su mundo; decían que era el lugar donde se había inmolado Nanahuatzin, su valiente héroe. En ocasiones, narraban la historia con grandes detalles: decían que, cuando los primeros cuatro mundos imperfectos, cada uno con su propio sol y sus criaturas vivientes, habían sido destruidos y la tierra había quedado en la oscuridad, todos los dioses se habían reunido en Teotihuacan: “y allí, de tiempo inmemorial, todos los dioses se juntaron y se hablaron, diciendo: ‘¿Quién ha de gobernar y regir el mundo? ¿Quién ha de ser el sol?”15 Tenían mucha fe en uno llamado Tecuciztécatl, quien se ofreció como voluntario, y le hicieron el honor de ofrecerle un tocado bifurcado de plumas de garza por su sacrificio y otros obsequios, pero eligieron a Nanahuatzin por ser un hombre común y corriente. Cuando fue la medianoche y llegó el momento, Tecuciztécatl se dio cuenta de que no se atrevía a sacrificarse, y fue Nanahuatzin, el hombre ordinario, quien cerró los ojos y se arrojó a las llamas “para que el alba pudiera romper”. Gracias a su valentía y a su sufrimiento, se convirtió en el sol, y todos los dioses lo honraron; su rostro se había vuelto tan brillante que nadie podía mirarlo. Repentinamente, Tecuciztécatl, inspirado por la valentía del otro, encontró el valor que necesitaba y también se arrojó, y se convirtió en la Luna. Después, dos animales comunes, el jaguar y el águila, modestos pero valientes, se lanzaron de la misma manera y así demostraron ser grandes guerreros. Teotihuacan, creía la gente, era el lugar del comienzo de todo.
Los primeros llegados del norte que se toparon con las inspiradoras ruinas de la ciudad deben de haber quedado atónitos ante lo que veían: la antigua ciudad yacía entre dos grandes pirámides, cada cual alineada con una imponente montaña a sus espaldas; cada una rendía homenaje al poder, a la divinidad de la tierra misma. Entre ellas había una gran avenida y, a cada lado de ésta, se alineaban las casas, las escuelas y los templos de un pueblo que se había desvanecido mucho tiempo antes. Al doblar por las calles laterales, que estaban dispuestas en un patrón de cuadrícula, y deambular entre los restos de ese mundo anterior, los nahuas encontraron cientos de viviendas que daban a pequeños patios, con paredes pintadas, acueductos y agujeros, que habían sido utilizados como letrinas. En el recinto del templo, unas serpientes talladas se deslizaban por las grandes escalinatas, mientras que unas gigantescas cabezas de serpiente emplumada sobresalían de los muros a la altura de los ojos. Esas criaturas eran del color pálido de la roca, pero los parches de colores aquí y allá eran la prueba de que, alguna vez, habían estado pintadas con colores muy vivos.
En el pasado, los murmullos de la vida de la ciudad habían sido audibles desde una buena distancia y, en la época de Chimalxóchitl, las ruinas todavía narraban esa historia. Entre los siglos III y VII, a raíz de la destrucción de Cuicuilco por el volcán Xitle, la población de la ciudad de 52 kilómetros cuadrados llegó hasta la asombrosa cifra de 50 mil habitantes. Los hogares más suntuosos pertenecían a la nobleza, pero cada barrio era impresionante por derecho propio y cada uno tenía su propio carácter y estaba dedicado a un oficio. El barrio más grande era el de los artesanos expertos en la obsidiana, que trabajaban con ese material volcánico, semejante a vidrio negro, haciendo puntas de lanza, cuchillos, estatuas, joyas y espejos: en realidad, la ciudad había sido fundada cerca de una importante mina de obsidiana y, cuando ésta se agotó, los pobladores encontraron otra mina a 70 kilómetros de distancia y dispusieron que los esclavos de los Estados conquistados les llevaran la piedra. Los alfareros también eran conocidos por su gran pericia y, al igual que los productos de obsidiana, sus obras eran enviadas a cientos de kilómetros de distancia, donde las intercambiaban por otros bienes. En unos pequeños barrios de la ciudad vivían comerciantes de otras regiones, cuya presencia garantizaba la continuidad del comercio a larga distancia: en los restos de lo que cocinaban y en los depósitos de basura dejaron indicios de sus propias maneras de hacer las cosas. Alrededor de la ciudad, en un gran círculo, se encontraban las chozas de los campesinos y sus canales de riego; no obstante, los agricultores no eran los únicos que alimentaban la ciudad: otros alimentos llegaban como pago de tributo de pueblos menos poderosos. Al parecer, la ciudad incluso hizo la guerra contra algunos de los reinos mayas, muy al sureste —o llevaba a cabo intercambios con ellos—, porque, más tarde, la influencia de Teotihuacan se hizo visible allí.16
Alrededor del año 500, las élites de la ciudad organizaron la fundación de otra ciudad —que, más tarde, el pueblo de Chimalxóchitl llamó Chalchihuitl, el nombre que le dieron a la piedra verde que hoy llamamos jade—, en el sitio de un gran yacimiento de piedras preciosas, muy al norte. Ese sitio, hoy en el estado de Zacatecas, en el centro-norte de México, se llama ahora Alta Vista. En ese lugar había habido durante varios cientos de años un asentamiento que se transformaría en un lugar grandioso: el centro ceremonial fue diseñado como una copia del de Teotihuacan. La nueva ciudad fue acusada no solamente de continuar agotando el precioso jade, sino también de proteger la ruta hacia los actuales estados de Arizona y Nuevo México, de donde provenían la turquesa y otros artículos, pero la gente que vivía en Chalchihuitl había hecho más que eso, porque había llevado consigo el conocimiento del calendario que se usaba en Teotihuacan y, allí, en el desierto, se convirtieron en expertos observadores de los astros: alinearon su mundo construido con el mundo celestial y la gente acudía de varios kilómetros a la redonda para rendir culto, tal como lo habían hecho en Teotihuacan.17
Alrededor del año 650, una gran crisis sacudió el mundo de todos los que vivían bajo el dominio de Teotihuacan. Los obreros, los campesinos e incluso los esclavos que habían llegado como cautivos de guerra se levantaron en una revuelta: quemaron los palacios y los recintos ceremoniales, pero dejaron intactas las viviendas de la gente común. Los arqueólogos saben que eso no fue una invasión extranjera: los enemigos extranjeros siempre intentan destruir los hogares y los medios de vida de la gente común, pero no destruyen la gran arquitectura monumental, de la que esperan apoderarse para sí. No se requiere tener mucha imaginación para pensar en el tipo de coerción que tuvo que darse en Teotihuacan con el propósito de mantener una metrópoli en un mundo sin autopistas ni líneas de suministro de ferrocarril o motores para ayudar a los proyectos de construcción; añádase a ello el hecho de que una gran sequía parece haber asolado la región en esa época y la rebelión no parece haber sido un misterio que necesite explicación sino un suceso que sólo esperaba el momento adecuado para producirse.18
La caída de Teotihuacan creó otro gran vacío de poder. Había un suministro casi inagotable de pueblos nómadas que vivían en el norte y que sabían del valle central debido a las prósperas redes de comercio de larga distancia, y esos nómadas estaban armados y eran peligrosos. Los pueblos del hemisferio habían estado cazando sus presas y matándose entre sí con sus lanzas durante muchos milenios y habían llegado a ser expertos en el diseño y la producción de lo que Chimalxóchitl había llamado atlatl, “lanzadera”, un dispositivo que aumentaba considerablemente la distancia que cualquier hombre habría podido alcanzar sin él; sin embargo, no mucho antes de la caída de Teotihuacan, había llegado del ártico un nuevo invento: el arco y la flecha, los cuales no existían cuando los primeros migrantes cruzaron el estrecho de Bering y, aunque ya entonces se habían vuelto omnipresentes en el Viejo Mundo, eso todavía no había ocurrido en el Nuevo. El arco y la flecha no representaban una ventaja definitiva sobre el atlatl en la caza, solamente ofrecían ventajas definitivas en la guerra con otros hombres, porque podían matar desde una distancia mayor y permitían atacar con sigilo. Tal vez ésa fue la razón de que ese tipo de tecnología no se hubiera desarrollado marcadamente en el Nuevo Mundo, escasamente poblado, donde era mucho más fácil dirigirse a territorios no poblados que atacar a los vecinos; no obstante, alrededor del año 500 de nuestra era, el arco y la flecha ya habían llegado al suroeste de Norteamérica y al norte de México, y rápidamente se habían convertido en un elemento importante del armamento de cada guerrero.19
Grandes oleadas de nómadas conquistadores descendieron hasta el centro de México: según parece, la sequía o las luchas de poder, o ambas, los expulsaron de sus territorios. Se trataba de gente que, en su mayoría, eran hombres jóvenes, quienes, cuando comenzaron su desplazamiento, viajaban sin las mujeres y los niños con el propósito de moverse con mayor rapidez, y aprendieron a enorgullecerse de su capacidad para mantenerse en movimiento sin quejarse, incluso bajo un sol abrasador. Dado que nada los ataba a un solo lugar, podían atacar con la velocidad del rayo pueblos sedentarios que vivían en aldeas agrícolas para después desaparecer nuevamente en el desierto, donde era imposible rastrearlos. Podían llevarse los alimentos almacenados de los agricultores, sus armas, sus piedras preciosas y sus mujeres, y, si los intrusos se quedaban el tiempo suficiente en un lugar para entablar batallas importantes, generalmente ganaban todas las que emprendían gracias a sus arcos y sus flechas, de los que, en un principio, carecían los otros pueblos. Más adelante, si así lo decidían, los recién llegados podían fijar los términos para su futura permanencia en el lugar.
Los nómadas afirmaban que sus arcos y flechas eran mágicos y narraban historias acerca de ellos, historias que se transmitieron de generación en generación, hasta que Chimalxóchitl las escuchó en forma de historias entretenidas sobre sus antepasados:
Vivían armados con el arco y la flecha. Se dice que tenían flechas con picadura de abeja, flechas de fuego, flechas que seguían a las personas; incluso se decía que sus flechas podían buscar cosas: cuando los hombres iban a cazar, una flecha suya podía ir a cualquier parte; si estaban cazando algo en las alturas, la veían volver con un águila; si la flecha no encontraba nada en las alturas, pues entonces bajaba y se dirigía a otra presa, quizá un puma o un jaguar, una serpiente o un venado, una codorniz o un conejo. ¡La gente los seguía para ver qué les había traído su flecha!20
En esa época, en América todavía no había caballos; las especies equinas antiguas se habían extinguido mucho tiempo antes y todavía no habían aparecido las que más tarde llegarían con los españoles. Así, no debemos pensar en los apaches de los siglos posteriores, que llegaban galopando a las aldeas agrícolas en sus ponis pintos (caballos cimarrones). Entre los dirigentes guerreros más famosos de los nómadas se encontraba un hombre que, según las leyendas, se llamaba Xólotl. Éste nunca podría haber aparecido a caballo en la cima de una colina como Gengis Kan, el famoso mongol; en esencia, no obstante, Xólotl era una especie de Gengis Kan a pie: dondequiera que fuese, tenía la misma bravuconería y la misma aura de victoria, aunque la mantenía por sí solo, en su propia persona, sin la ayuda de un corcel en el que pudiera confiar. Su apodo significaba “pequeño sirviente”, un mote irónico cuya intención era hacer hincapié en su poderío mortal.21
En realidad, la analogía con Gengis Kan es mucho más profunda: sin duda, los mongoles ganaron sus batallas, pero fue la alta cultura china la que finalmente absorbió a los nómadas, no al revés: fueron los mongoles quienes cambiaron su propio estilo de vida para convertirse en agricultores y comerciantes, y algunos de sus hijos aprendieron a escribir. De igual manera, la cultura antigua del centro de México fue la que absorbió a los recién llegados bárbaros, como se les llamaba (y como ellos se llamaban con orgullo a sí mismos). Los descendientes de los recién llegados finalmente se establecieron y se convirtieron en sembradores de maíz, y sus hijos se hicieron expertos en el complejo calendario antiguo del centro de México.
En esos mismos años, muy al norte, en el Nuevo México de hoy, los anasazi construyeron templos y viviendas extraordinarios a lo largo de una extensión de casi 15 kilómetros del cañón del Chaco del río San Juan.22 Los intrincados edificios de ladrillo de tres y cuatro plantas deslumbran a los visitantes incluso hoy: en su colorido apogeo, cuando miles de personas acudían a las ceremonias religiosas anuales, deben de haber sido realmente impresionantes. En la parte más antigua de la urbanización más extensa (llamada ahora Pueblo Bonito), los constructores custodiaban los preciosos jades y las plumas de quetzal que habían llegado del lejano México. Los chacoanos alinearon sus edificios con los ciclos solares y lunares, al igual que los pobladores de Chalchihuitl, por medio de los cuales los chacoanos comerciaban con los mexicanos. Después del colapso del Chaco, sus pobladores se desplazaron hacia el sur en cantidades cada vez mayores, porque, para la gente del norte, el sur era el meollo de las leyendas en las historias que narraban en torno a las hogueras.
Quizá lo que poseía un aspecto más místico era el calendario del sur: algunos elementos de la escritura fonética habían avanzado del istmo central hacia el oriente, a la región maya, uniéndose a las tradiciones de esa región e influyendo en ellas, mientras que la tradición de la escritura no había avanzado hacia el poniente con mucha fuerza. La escritura que existía en esa región era principalmente “logográfica”, es decir, consistente en imágenes simbólicas, sin una representación fonética del habla del tipo que los mayas estaban creando. Por otra parte, el complejo sistema del calendario había llegado a casi todos los pueblos del centro de México y una versión en particular había echado raíces allí. Todos los niños llevaban la cuenta de los elementos básicos del sistema, aunque únicamente los sacerdotes sabios se aventuraban en el ámbito de las ramas más esotéricas de la ciencia. El tiempo consistía en dos ciclos continuos: uno era un calendario solar, que consistía en 18 meses de 20 días cada uno, más cinco aterradores días en blanco o sin nombre al final, para un total de 365 días, mientras que el otro era un calendario puramente ceremonial, que consistía en 13 meses de 20 días cada uno, para un total de 260 días. Las dos corrientes de tiempo eran paralelas, por lo que, en cualquier día, uno sabía dónde estaba situado tanto en relación con el sol como en lo concerniente al tiempo ceremonial. En un plano mucho más simple, se podría argumentar que hoy hacemos algo similar: sabemos en qué día del año estamos, es decir, lo relacionado con nuestra posición respecto del sol y, al mismo tiempo, seguimos una serie de siete días con nombres de dioses griegos totalmente arbitrarios y continuos, y así sabemos que es martes o jueves.
Los dos ciclos de tiempo volvían a su punto de partida al final de cada 52 años solares; consecuentemente, un “paquete” de 52 años, como lo llamaban, era tan importante para ellos como lo es un siglo en la actualidad. Para nombrar cada año, lo vinculaban al número más importante del calendario ceremonial: el 13. Los 52 años fueron divididos en cuatro grupos de 13 cada uno, de la siguiente manera: 1 Ácatl [caña], 2 Técpatl [pedernal], 3 Calli [casa], 4 Tochtli [conejo], 5 Ácatl, 6 Técpatl, 7 Calli, 8 Tochtli, 9 Ácatl, 10 Técpatl, 11 Calli, 12 Tochtli y 13 Ácatl, para luego comenzar a partir de 1 Técpatl, 2 Calli, y así sucesivamente. Los sacerdotes y su pueblo estaban orgullosos de ese conocimiento del calendario, que les fue revelado por los dioses y que se basaba en una medición cuidadosa y en el mantenimiento de registros.23
O bien, quizás el placer, no la cuenta, es el meollo del prestigio cultural del reino del sur. El elemento de la forma de vida del centro de México que parece haberse extendido más fácilmente que cualquier otro fue la noción de una plaza central rodeada de estructuras piramidales, donde la gente se reunía y se compartían eventos culturales, y donde casi siempre había una cancha con paredes inclinadas en dos de sus lados. En esa cancha, los atletas jugaban ante su pueblo, sirviéndose de las caderas para mantener en juego una pelota de goma hasta que finalmente anotaban un tanto si lograban que la pelota tocara el suelo del lado del equipo contrario. A menudo, había un anillo de piedra tallada a cada lado de la cancha y solamente los más hábiles podían lograr que la pelota lo atravesara. La multitud gritaba de emoción y frustración, mientras miraba los dramáticos juegos. Más tarde, cuando surgieron los imperios, los juegos ocasionalmente serían a muerte, con el sacrificio del equipo perdedor, pero esa rara práctica no fue lo que causó que el juego de pelota se mantuviera durante decenas de generaciones; antes bien, era la emoción del juego y la alegría que provocaba. La plaza del pueblo, con sus templos piramidales y su juego de pelota, se extendió por México y, por último, también llegó al norte.24
A pesar de lo glorioso de los reinos del sur, Chimalxóchitl se enorgullecía de ser descendiente de los chichimecas del norte, de los bárbaros, más que de su descendencia de la cultura de los sembradores de maíz y los encargados del calendario con los que se habían mezclado: a su muerte, gritó como una doncella guerrera. La historia que le habían enseñado, de la que creía firmemente que formaba parte, se centraba en los nómadas, no en los que habían ocupado el valle antes de su llegada. Decenas de esos relatos todavía sobreviven, escritos en su idioma por las primeras generaciones de su pueblo que aprendieron el sistema de transcripción fonética. Cada relato es un poco diferente de los demás, dependiendo de si proviene de su pueblo o de un pueblo vecino, de si fue escrito en la primera o en la tercera generación después del contacto con los europeos, de si fue tomado de un narrador que se inclinaba por el humor o de uno que prefería los grandes dramas. Considerados en conjunto, aunque pueden contradecirse entre sí en ciertos detalles, revelan mucho sobre su mundo.25
Casi todos los nómadas creían provenir del noroccidente, de Chicomóztoc, el “lugar de las siete cuevas”. Algunos grupos decían que su origen específico se llamaba Aztlán, palabra de significado incierto pero que probablemente quería decir “lugar de la garza blanca”. ¿Dónde se encontraba Aztlán? No lo sabemos y quizá nunca lo sepamos. Probablemente era un nombre mítico, utilizado para ocultar el hecho de que los antepasados habían emigrado varias veces. Los recién llegados hablaban náhuatl, idioma que pertenece a la familia de lenguas indígenas uto-nahua. Esas lenguas comprenden desde la de los utes (originarios de lo que hoy es el estado de Utah) hasta el propio náhuatl. Entre esas regiones, otros pueblos, como los hopi, también hablan un idioma uto-nahua. Hace miles de años, a lo largo de esa ruta lingüística, los habitantes de aldeas vecinas seguramente se entendían entre sí, pero un ute no habría podido entender a un nahua. Es posible, incluso muy probable, que algunas de las poblaciones nómadas fueran originarias de lugares tan lejanos como Utah y que otras lo fueran del norte de México. Ninguna persona hizo todo ese recorrido nunca; en la época de Chimalxóchitl, nadie podría haber tenido o llevado consigo recuerdos de una infancia pasada en Aztlán; lo que llevaban consigo era el recuerdo común de un hogar o unos hogares abandonados hacía mucho.26
Como todos los seres humanos, los bárbaros chichimecas parecen haber pasado la mayor parte del tiempo formando alianzas con otros grupos y decidiendo cuándo y dónde romperlas. Ése era el meollo de su estrategia política cuando se abrieron paso hasta llegar al poder en el centro de México: se sentían orgullosos de sus alianzas y, aunque sabían que éstas eran la esencia de la vida, sus historias revelan que también se sentían culpables por la ira y los cismas. En sus narraciones, la peor de esas crisis casi siempre había ocurrido en ese antiguo lugar utópico llamado Tula; no obstante, realmente existía una ciudad llamada Tula, que adquirió importancia aproximadamente 300 años después de la caída de Teotihuacan, no muy al norte de ese sitio antaño grandioso, aunque Tula nunca fue tan grandiosa como Teotihuacan y su periodo de supremacía fue relativamente breve; tan sólo unos cuantos grupos de los nahuas procedentes del norte realmente pasaron algún tiempo allí. Sin embargo, casi todas las antiguas historias en náhuatl mencionan al glorioso pueblo tolteca, con sus impresionantes artes y artesanías, y aluden a una crisis política que tuvo lugar en Tula como si hubiera sido un momento fundamental para cada grupo con una historia que contar. Eso se debió al hecho de que la palabra tolteca se usó para describir a cualquiera de los pueblos de artesanos del centro de México que habían habitado el área durante muchas generaciones y a que la referencia a un lugar llamado Tula (que significa “lugar de cañas” o “tierra pantanosa”, como era la mayor parte del valle central) fue una manera simbólica de hablar del primer momento importante de todo grupo nómada al establecerse con los lugareños. Las tensiones, al parecer, siempre fueron horrendas.27
Una de las primeras historias nahuas —probablemente la primera—de las que fueron registradas con el alfabeto latino comienza en Tula. Allí, los bárbaros, que ya tenían algunas relaciones con la gente civilizada (y por eso se les llama tolteca-chichimecas), establecieron su hogar con los decentes nonohualcas, quienes tenían vínculos más estrechos con los pueblos más antiguos del centro de México. Los bárbaros chichimecas solían imponerse a los demás, pero no fue exactamente culpa de ellos el hecho de que mostraran un comportamiento tan rudo y ordinario, porque uno de los dioses más maliciosos los había engañado: les dejó un expósito para que lo encontraran, se apiadaran de él y lo criaran como propio. No teniendo manera de saber que el único propósito de la criatura era causarles problemas, ellos lo adoptaron. En un cuento obsceno diseñado para atraer la atención del auditorio, el narrador de 1540 describió así la crisis que siguió:
Y cuando era ya un joven Huémac ordenó que su casa la custodiaran los nonohualcas. Y luego los nonohualcas le dijeron: —Así será, oh mi príncipe, haremos lo que tú deseas. Así los nonohualcas custodiaron la casa de Huémac. En seguida Huémac pidió mujeres, dijo a los nonohualcas: —Dadme una mujer, yo ordeno que ella tenga las caderas gruesas de cuatro palmos. Le respondieron los nonohualcas: —Así se hará, iremos a buscar a una de caderas de a cuatro palmos de ancho. Y luego le dan la mujer de caderas de cuatro palmos. Pero Huémac no se contentó. Dijo a los nonohualcas: —No son tan anchas como yo quiero. Sus caderas no tienen cuatro palmos. Luego con esto se enojaron mucho los nonohualcas. Se marcharon irritados.28
El auditorio tenía que reír, pero, a medida que la historia se desarrolla, las cosas no hacen sino empeorar. Huémac procedió a hacer lo más terrible que alguien podría hacerles a las mujeres de un pueblo conquistado: en lugar de aceptarlas como esposas secundarias, ordenó que fueran sacrificadas. Ató a las cuatro a una mesa de obsidiana y allí las dejó, aguardando su destino. Ante eso, los nonohualcas se hartaron; naturalmente, culparon a los chichimecas que habían acogido a Huémac y lanzaron un ataque contra ellos. En su cólera, estaban a punto de alcanzar la victoria, cuando los chichimecas les rogaron repentinamente que desistieran. Su jefe gritó a voz en cuello: “¿Acaso fui yo quien comenzó, acaso fui yo quien pidió una mujer para que luego nos enfrentáramos, nos hiciéramos la guerra? ¡Muera Huémac por causa del cual nos hemos enfrentado…!”, y, combatiendo juntos, los dos grupos lograron derrotar a ese enemigo absurdamente malvado, pero, en cierto sentido, ya era demasiado tarde: habían matado a muchos hijos de unos y otros: “Y cuando hubieron llegado a Tollan, se convocaron, se reunieron los nonohualcas dijeron: —Venid y oíd qué clase de gente somos. Quizás hemos hecho una transgresión. Ojalá que por causa de ella no sean dañados nuestros hijos y nietos. ¡Vayámonos, dejemos esta tierra!” Así, los nonohualcas partieron esa misma noche. El resto de la historia es un relato sobre ellos mismos y sobre los esfuerzos de los chichimecas abandonados por encontrar la paz y la estabilidad sin la ayuda de los aliados que habían perdido.
Solos y vulnerables, los chichimecas se convirtieron nuevamente en nómadas, y ahora se aclara el mensaje final de las historias nahuas: no solamente contaban historias emocionantes sobre la forja de alianzas y las dramáticas crisis que los separarían. Lo que en realidad aprendió Chimalxóchitl cuando, siendo niña, escuchaba a los ancianos alrededor del fuego, fue que su pueblo estaba destinado a sobrevivir. Su creador se haría cargo de ello. Uno de los historiadores hizo que un personaje dijera:
Aquí nos ha destinado, nos ha vertido, nuestro creador, nuestro hacedor. ¿Acaso aquí ya esconderemos nuestro rostro y nuestra boca? [es decir, ¿tendremos que morir?]. ¿Qué es lo que dice, de qué manera nos pone a prueba nuestro creador, nuestro hacedor […]? Él sabe si ya aquí nos destruirá. ¿Cómo lo dispondrá en su corazón? ¡Oh tolteca! Tengamos confianza en lo alto, ¡anímense!29
Chimalxóchitl comprendió que su pueblo merecía sobrevivir porque sus miembros amaban la vida y luchaban por ella, echando mano de su inteligencia, su amor y su ferocidad, cada uno a la vez, según fuera necesario, y se esperaba que los jóvenes continuaran con la misma tradición.
Según este relato, los chichimecas-toltecas se descubrieron viviendo como sirvientes de otra tribu antigua más poderosa. Fueron degradados, sufrieron hambre, no podían adorar a sus propios dioses de forma apropiada. No tenían armas ni forma de luchar. Pero con ingenio idearon un plan. Se ofrecieron a asumir la responsabilidad de manejar las festividades de una fiesta religiosa próxima. Había que ejecutar un baile que requería armas. Su líder fue a hablar con los jefes de los señores, pidiéndoles permiso para que su gente recogiera fragmentos de armas para usarlos en la actuación. Regresó con el permiso necesario y se dirigió a los jóvenes de su comunidad con lágrimas en los ojos. El destino de su pueblo estaba ahora en sus manos. “¡Oh, hijos míos; oh, tolteca, id con voluntad!”, gritó. El relato seguía así:
Luego ya se dispersan para ir a pedir prestado, les dicen a los habitantes:
—A ti te pediremos prestadas tus insignias viejas, tu escudo viejo, tu macana vieja; no nos vayan a dar sus propiedades buenas y las rompamos.
Les responden:
—¿Qué van a hacer? Dónde las van a usar?
Dicen:
—Escuchen, danzaremos para los tlatoque, con ellas bailaremos en el hogar, en el interior de la casa, del pueblo, de ustedes.
Contestan:
—¿Acaso quieren nuestras insignias buenas?
Dicen: —No, oh hijo, sólo aquellas insignias viejas que están tiradas por ahí, donde arrojan el agua de nixtamal. Nosotros las repararemos y con ellas alegraremos a los tlaloque, nuestros teuhctli. […]
Luego ya andan por todos lados, andan buscando por los patios, entre las casas. Llegan, en algunas partes, a la hora de la comida y bebida pero no los invitan; a su costa inventan cosas, se ríen de ellos.
Y ellos se dedican a recoger las insignias viejas, los ichcauipilli viejos, los arcos viejos, los escudos viejos, las macanas viejas, buscan y recogen por todas partes.30
Trabajaron noche tras noche, pacientemente, pegando, cosiendo y reparando con cuidado, haciendo que los escudos y las lanzas emplumados y pintados fueran realmente hermosos. Por fin estaban listos para luchar por la libertad de su pueblo, la cual por supuesto pronto obtuvieron.
Cada grupo de nahuas tenía sus propias tradiciones e historias, que eran variaciones de ese tema de valentía y supervivencia. El pueblo de Chimalxóchitl se llamaba mexica. Compartían versiones de los cuentos comunes a casi todos los nahuas, pero también contaban historias únicas de su propio grupo; decían, por ejemplo, que, después de que Chimalxóchitl muriera, el señor de Colhuacan les dio tierras a los sobrevivientes de su pueblo, a cambio de las cuales tenían que trabajar como sus sirvientes. Así, él se entretenía dándoles tareas imposibles y amenazándolos con castigos terribles si no lograban llevarlas a cabo: tenían que mover una chinampa —una parcela cultivable armada en un terreno pantanoso mediante la construcción de una base hecha de cestería y rellena de tierra, por lo que nada podía ser menos móvil—, tenían que capturar un venado sin perforar su piel ni romper sus huesos y tenían que derrotar a un enemigo desarmado. En cada caso, se las arreglaron para cumplir con la tarea, ya fuese mediante el engaño o, en el último caso, el uso de una violencia inaudita (después de emboscar a los enemigos que se les designó, les cortaron la oreja izquierda para demostrar que los habían derrotado y las colocaron en una canasta), y en cada ocasión que regresaban con el señor de Colhuacan con la tarea cumplida, él y su gente se maravillaban y se preguntaban entre sí: “¿Quiénes son estos mexicas?”31
Finalmente, Coxcox, el rey de los colhuas, decidió deshacerse de sus inoportunos invitados. Les dijo que podían construir un templo para su propio dios, pero en todo momento tuvo la intención de retractarse y luego hacer que su gente lo destruyera por su insolencia. Oculto entre los arbustos, observaba mientras preparaban la consagración de su templo. Repentinamente, el dios del pueblo decidió intervenir: “Mientras se estaba haciendo el sacrificio, los mexicas y Coxcox oyeron que el cielo aullaba. En ese momento, un águila descendió y se posó en la cima del techo de paja del templo, como si allí tuviera su nido.” Coxcox supo entonces que no podía destruir ese pueblo que tenía la bendición de una poderosa divinidad y decidió desterrarlo. Ellos volvieron a deambular, pero lograron sobrevivir.
No muchos años después de 1299, a mediados del siglo XIV, un águila se posó ante los mexicas en el lugar donde estaban acampando y decidieron que esa ave quería que construyeran una ciudad permanente en ese lugar. Ése ya no era el mundo de la leyenda: el asentamiento era algo real y quizá la gente de verdad vio que al menos una auténtica águila se posó allí, un ave que veneraban, y eso los motivó a encontrar una buena razón para quedarse. Se encontraban en una isla de un gran lago, un lugar que nadie más había reclamado, probablemente porque la tierra era muy pantanosa: en ella crecía en abundancia el nopal, con su fruto comestible, la nochtli, la tuna, especialmente nutritiva, y había peces que ellos podían pescar, aves acuáticas que podían cazar y algas que podían recolectar; era un mundo viviente y lleno de colores. Los mexicas miraron a su alrededor y decidieron que definitivamente podían hacer que ese sitio funcionara como su hogar; así, la ciudad que construyeran se llamaría Tenochtitlan32 y pronto tendría un tlatoani, su gobernante, y ya no le deberían nada a nadie más. Eso era lo que el padre de Chimalxóchitl había intentado organizar años antes, pero había actuado prematuramente. Una generación o dos más tarde, a mediados del siglo XIV, los mexicas estaban mejor preparados para defenderse y, en esa ocasión, comenzaron sin imprudentes declaraciones de guerra contra sus vecinos.
¡Si tan sólo Chimalxóchitl lo hubiera sabido! Su pueblo, asediado, errante y completamente exhausto, iba a encontrar un poco de paz incluso antes del final de la vejez que ella podría haber vivido. En su hogar en la isla, su pueblo comenzó a transformarse en los grandes personajes que ella había querido que fueran; no obstante, tal vez fue mejor que ella no supiera con certeza qué alturas iban a alcanzar; si hubiera conocido el bien futuro que los aguardaba, también habría conocido la agonía futura: tendría que morir como todos, sabiendo únicamente que, para sus descendientes, el destino traería sin duda bendiciones y situaciones dolorosas; tendría que morir como todos, esperando que aquellos que vinieran después demostrarían la misma resolución de ser tan fuertes como ella había sido.
2. Los pueblos del valle
1350 a 1450

Hacia 1430,1 Itzcóatl, Serpiente de Obsidiana, se sentía seguro de haber ganado el gran juego de su vida. Estaba suficientemente convencido de que sería capaz de retener la posición de tlatoani de los mexicas —en realidad, de ser el huey tlatoani de todo el valle central—, de que se apartaría por un tiempo de los campos de batalla y de que ordenaría la quema ceremonial de unos libros. Todas las antiguas historias pintadas que llevaron a sus lectores a esperar un futuro diferente del que él tenía en mente —aquellas que llevaron al pueblo a creer que los hijos de su medio hermano estaban destinados a gobernar o que Tenochtitlan debía seguir solamente como un altépetl menor—debían ser arrojadas a una hoguera en un gran sacrificio a los dioses.2 Las pinturas en los rollos de piel de venado y en los libros plegables con gruesas hojas hechas a partir de fibras de maguey —y todas las historias que contenían— chirriaron y crujieron en el rojo fuego antes de convertirse en cenizas.3 Había un antiguo acertijo en náhuatl: “¿Qué cosa y cosa van jugando las plumas coloradas que se llama cueçalli y van tras ellas los cuervos?”, y la respuesta era la tlachinolli, una conflagración.4 Para Itzcóatl, debe de haber sido satisfactorio observar las negras nubes de humo que se alzaban; probablemente sabía que muchas personas ya estaban diciendo que sólo había obtenido su poder gracias al brillante desempeño militar del hijo de su medio hermano, cuya alcurnia era superior;5 a la larga, no obstante, no importó lo que se dijera: fue él quien surgió como el gran huey tlatoani. Sus hechos serían literalmente tallados en piedra y él se encargaría de que sus descendientes gobernaran. Sería conocido por haber llevado a su pueblo a un punto de inflexión: estaba a punto de sacarlos de la oscuridad y la debilidad, y llevarlos a una extraordinaria posición de fuerza.
El mundo de Itzcóatl nunca tuvo la intención de que él gobernara. Aunque su padre había sido tlatoani de los mexicas durante varias décadas, el propio Itzcóatl era tan sólo el hijo de una de las mujeres del tecpan (el complejo habitacional del palacio) que estaba lejos de ser de gran alcurnia; sus medios hermanos, de madres más importantes, tenían nombres que se remontaban al siglo XIII, como su hermano Huitzilíhuitl, Pluma de Colibrí, llamado así por el tlatoani que había sido padre de la enérgica Chimalxóchitl. El nombre de Itzcóatl era sólo suyo: nadie antes que él lo había llevado ni se transmitiría a sus descendientes. La historia de su vida resultó excepcionalmente esclarecedora.
El cacique que era padre de Itzcóatl se llamaba Acamapichtli, nombre que, adecuadamente, significa “puñado de cañas”, porque era él quien había sido investido como el primer tlatoani de los mexicas después de que construyeran su ciudad en el pantano rebosante de cañas de tule de la isla. El pueblo mexica había logrado convertirse por fin en una entidad independiente y se hizo amigo de sus ora amigos, ora enemigos: el pueblo de Colhuacan. El padre de Acamapichtli era un mexica que se había casado con una mujer colhua de cierta categoría, pero él mismo había sido asesinado durante uno de los periodos de rencor. El hijo había sobrevivido a la violencia y, a mediados del siglo XIV, los mexicas habían solicitado que se le permitiera convertirse en su tlatoani; obviamente, en su calidad de hijo de una mujer colhua, haría que su pueblo se mantuviese fiel a Colhuacan, y así se había resuelto. Los mexicas tuvieron por fin un tlatoani reconocido con su propia y simbólica esterilla o trono de cañas; desde el punto de vista de los nahuas, finalmente habían llegado.6
Es cierto que su isla estaba disponible sólo porque nadie más la quería. Los pueblos de la cuenca central habían vivido durante mucho tiempo cultivando maíz y frijol, pero las condiciones pantanosas del área central del lago les impedían depender completamente de la agricultura. No es que los mexicas hubieran abandonado el proyecto por completo; habían observado que a sus rivales, los xochimilcas (a cuyos guerreros los mexicas les habían cortado las orejas en un pasado ya distante), les iba muy bien con la construcción de las chinampas en la orilla meridional del lago. Se trataba de vergeles construidos arduamente en aguas poco profundas con la acumulación de lodo y limo, para luego fijar parte de la tierra sobre el nivel del agua mediante la construcción de un muro de madera o una larga estera de tule que lo rodeaba. Aunque era difícil construir las chinampas, eran sumamente fértiles, por lo que los mexicas se apresuraron a seguir el ejemplo de sus vecinos. También llegaron a ser muy hábiles en la pesca y expertos en la recolección de huevos de aves, y aprendieron a recolectar ciertos tipos de insectos, así como unas algas verdiazules muy nutritivas. Cuando Itzcóatl era niño, pasaba sus días yendo y viniendo en una canoa (a la que él llamó su pequeña acalli, que literalmente significa “casa del agua”) y, después, aportando a la olla familiar lo que lograra atrapar. Así llegó a amar ese brillante mundo acuático que conocía tan bien, y todo su pueblo hizo lo mismo: los artistas que había entre ellos se volvieron expertos en pintar en las paredes y sobre pieles de venado, y a menudo representaban en sus obras pequeños cangrejos de río y conchas en espiral que encontraban en las aguas verdiazules.
En algunas ocasiones, los temas de la música y las canciones de sus veladas también se inspiraban en las vibrantes aguas del lago. Alguien soplaba una caracola, otro hombre batía un tambor decorado con piedras preciosas de color verdiazul, un tercero podía bailar, con las piernas cubiertas de sartas de cascabeles. En ocasiones, el estado de ánimo era dolorosamente triste: el reino de Tláloc, el dios de la lluvia, y el de Chalchiuhtlicue o Falda de Jade, su esposa, podía ser un mundo triste que a menudo representaba no solamente la vida, sino también la muerte. “Lloro. ¡¿Qué habremos hecho para merecer esto?!” El cantor podía asumir la personalidad de un pez, tal vez la de uno más débil, oculto entre las cañas mientras hablaba con uno más fuerte: “Soy una perca; tú eres una trucha.” En momentos más felices, el pueblo de Itzcóatl cantaba con frecuencia, no sobre el oscuro mundo acuático, sino sobre los pájaros que revoloteaban en la luz. En otras ocasiones, en momentos especialmente inquietantes, podían reunir las dos tradiciones, la acuática y la aérea, y cantar cierto poema en voz alta, rememorando sus raíces históricas y haciendo referencia a su orgullosa tradición guerrera representada por el águila y el jaguar: “Te escondiste [con el sentido de “te moriste”] entre el mezquite de Chicomoztoc. El águila gritaba, el jaguar chilló. Y tú, un pájaro quechol, volaste desde el campo [de batalla] hacia Quenonamican [lugar desconocido].”7 “Quenonamican” era una manifestación del mundo de los muertos, un lugar especial que recibía los espíritus de aquellos lo suficientemente valientes como para morir en la guerra o para ser sacrificados. Mientras cantaban a la luz de la hoguera, los mexicas sentían que tenían motivos para agradecer a los dioses que los habían llevado a ese momento: no había pasado mucho tiempo desde que todavía eran nómadas, dependientes del pueblo colhua o de cualquiera que los aceptara temporalmente como arqueros pagados. Ahora hacían la guerra sólo cuando querían; ahora tenían una ciudad propia. Es cierto que el agua todavía amenazaba con arrebatársela: las cañas crecían por todas partes y sus cuadradas casas de adobe no duraban mucho en esas condiciones pantanosas, por lo que tenían que reconstruirlas muy a menudo; no obstante, el pueblo se hizo extremadamente práctico para la construcción de diques, calzadas y canales, y pronto pudo construir calles como las de otras ciudades. En los barrios vivía un extenso grupo de familiares, un calpulli (“casa grande”, literalmente), con sus propias familias que los encabezaban y que asumían la responsabilidad de organizar las partidas de trabajo y de guerra en apoyo de Acamapichtli, su tlatoani, quien, a su vez, les tenía una mayor deferencia; esas familias eran llamadas pilli —pipiltin, en plural—, equivalente a “noble”. Otras familias eran llamadas macehualli —macehualtin, en plural—, lo que significaba que eran superiores a la gente del común; etimológicamente, se refería a aquellos que merecían tener tierras y, por lo tanto, su propio espacio en el sistema de gobierno.
Más o menos en esa época, el pueblo tomó la decisión colectiva de añadir una capa de grava a su santuario original de adobe —donde el águila supuestamente se había posado—, con el propósito de contar con una plataforma de base que fuera lo bastante sólida como para comenzar a construir una gran pirámide.8 Algunos sacerdotes se dedicaron a cuidar el templo y comenzaron a escribir libros pintados para la posteridad: con su historia registrada en pieles de animales, los sacerdotes podían anunciar que el pueblo había llegado al final de un ciclo de 52 años, que ya era hora de “empacar” ceremonialmente los años, tal como ellos lo expresaron. Así, celebraron un gran día festivo y lo marcaron como un momento significativo en sus historias.
Dado que los mexicas se tomaban en serio su pasado, implícitamente también tomaban en serio su futuro. El tlatoani Acamapichtli, el noble mitad colhua que había alcanzado la autoridad gracias a sus estrechas relaciones con el poderoso altépetl de Colhuacan, también tomó una novia colhua noble. Algunos decían que se llamaba Ilancuéitl, Faldón de Anciana, mientras que otros decían que ese nombre debe de haber pertenecido a su madre. Ahora bien, dado que se trataba de un nombre simbólico elegido, fácilmente pudo haber pertenecido a ambas mujeres. Sin duda, cualquiera que haya sido su nombre, la esposa colhua no esperaba ser la única mujer de Acamapichtli, pero se entendía que ella sería la principal o la primera esposa, no cronológicamente, sino en el sentido de que sus hijos gobernarían en la generación siguiente. Tiempo más tarde, los bardos de otros calpulli afirmarían que era estéril y que fue otra mujer de su propia ciudad (cualquiera que hubiere sido, dependiendo de quién contara la historia) la que finalmente había amamantado a los herederos de Acamapichtli, aunque los niños fueron hechos pasar como hijos de Ilancuéitl. Sea como haya sido, de lo que no hay duda es de que no existía el concepto de primogenitura; habría sido completamente impráctico en un mundo tan fluido, en el que el pueblo necesitaba en el gobierno un tlatoani muy competente, no uno que tuviera el cargo simplemente porque, por causalidad, había nacido primero.
Sin duda, por supuesto, los niños de mayor edad tenían una ventaja sobre los más jóvenes: a medida que crecían los hijos de la esposa más poderosa de un tlatoani, su personalidad y sus habilidades atléticas relativas hacían que uno de ellos fuera percibido como el heredero más probable, mientras que sus hermanos de la misma madre aceptaban la expectativa de que serían sumos sacerdotes o jefes militares poderosos que estarían a su lado, y todos serían igualmente bien recompensados por sus esfuerzos con obsequios de tierras y otras formas de riqueza, por lo que para todos esos hermanos era muy ventajoso apoyar al que parecía el más apropiado para llegar a ser el tlatoani.9 En el caso que nos ocupa, el niño que fue preparado para ser el heredero se llamaba Huitzilíhuitl, Pluma de Colibrí, en honor del tlatoani del siglo XIII del mismo nombre.
Además de sus hermanos de la misma madre —los otros hijos de la noble esposa colhua de Acamapichtli—, Huitzilíhuitl tenía muchos medios hermanos, entre ellos Itzcóatl, Serpiente de Obsidiana. La madre de Itzcóatl no había sido una esposa de importancia; en realidad, había sido una esclava, una hermosa mujer de la cercana ciudad de Azcapotzalco. La gente decía que había pasado sus días vendiendo verduras en la calle antes de ser entregada al tlatoani. A los nobles les gustaba mucho apostar y frecuentemente apostaban sus esclavos, o quizás había sido utilizada para saldar algún otro tipo de deuda o presentada al huey tlatoani como un presente para ganarse su favor.10
Puede parecer improbable que un futuro huey tlatoani mexica pudiera ser hijo de una esclava, y el tema de la esclavitud en el mundo azteca tradicionalmente ha sido controvertido. Debido a que los aztecas fueron menospreciados porque durante mucho tiempo se les consideraba unos salvajes caníbales, los investigadores serios se han mostrado reacios a escribir cualquier cosa que pueda percibirse como una detracción de su valor moral, y asociarlos de alguna manera con las sociedades esclavistas más famosas difícilmente ayudaría. De esta manera, a menudo se difundió la idea de que, por definición, los esclavos de los mexicas eran prisioneros de guerra que serían sacrificados, con el propósito de satisfacer una compulsión religiosa, y que los sirvientes domésticos eran una categoría completamente diferente: un grupo de personas que se habían vendido de forma voluntaria como esclavos temporales para pagar deudas o que habían sido condenados a la esclavitud como castigo por un crimen; hoy en día, no obstante, los especialistas reconocen que la realidad era muy diferente: algunos prisioneros de guerra (hombres, por lo general) eran realmente sacrificados, mientras que algunos sirvientes domésticos se habían obligado a sí mismos a serlo o habían sido vendidos por su tlatoani como castigo, pero también había muchas otras personas esclavizadas. Como en el antiguo mundo mediterráneo, en los hogares de los hombres ricos y poderosos había numerosas esclavas capturadas en alguna guerra, algunas de las cuales eran princesas y podían ser tratadas casi como esposas, dependiendo de las circunstancias, mientras que otras eran mujeres del común; la madre de Itzcóatl era una de estas últimas.11
Ahora bien, sería un error suponer que la madre de Itzcóatl fue maltratada. Es posible que lo haya sido, pero, dado lo que Itzcóatl logró más tarde, es poco probable. Comúnmente, en toda Mesoamérica, se entendía que los hijos de las mujeres esclavizadas nunca eran esclavos; en realidad, era esencial que esa condición no fuera hereditaria, porque, de lo contrario, muchas ciudades habrían tenido pronto más esclavos que ciudadanos libres y su mundo se habría desgarrado. Así, incluso en sus peores momentos, la madre de Itzcóatl habría sabido que los hijos que tuviera con el tlatoani serían privilegiados y es posible que se haya sentido orgullosa y esperanzada por el futuro de su joven hijo; sin embargo, aun cuando hubiera albergado ambiciones en lo concerniente a él, nunca habría creído posible que algún día gobernaría, porque ese privilegio estaba reservado a los hijos de las mujeres nobles de los altepeme más poderosos;12 no obstante, los tiempos de crisis suelen producir resultados inesperados, y eso es lo que se llegaría a demostrar en ese caso.
Mientras tanto, el niño llamado Itzcóatl creció esperando servir a su tlatoani, su medio hermano, como un guerrero leal, y así fue: Huitzilíhuitl, el heredero, se convirtió en tlatoani, gobernó exitosamente durante 24 años, conquistó numerosos altepeme más pequeños y vulnerables, y exigió tributo a todos ellos. Los hombres de Tenochtitlan salían de su isla con cierta frecuencia y empezaron a darse a conocer como un grupo unido, armado y peligroso. Antes de partir, bailaban y también cuando regresaban, vistiendo hermosos tocados que los transformaban en bestias aterradoras: águilas, jaguares, serpientes y coyotes. Sus escudos, decorados con plumas iridiscentes, llevaban las imágenes de tales criaturas, aunque también podían incluir un elemento de alejamiento irónico con su alter ego animal, el que, por ejemplo, no representaba a un coyote, sino a un hombre que bailaba como un coyote sobre las patas traseras.13 Esos entusiastas guerreros se aliaban fácilmente con otros para vencer a aquellos que intentaban dominarlos o que poseían recursos que ellos necesitaban con urgencia. Xochimilco e incluso el antes dominante Colhuacan fueron reducidos a altepeme secundarios. En resumen, Huitzilíhuitl comenzó a poner en el mapa el nuevo pueblo de Tenochtitlan y, a partir de entonces, fue convirtiéndose en una pequeña ciudad. En las narraciones en torno a las hogueras nocturnas, la lista de las conquistas de Huitzilíhuitl era larga.
Podría decirse que la guerra más importante que libró Huitzilíhuitl fue contra Cuauhnáhuac —la actual Cuernavaca—, la región meridional donde el algodón silvestre se reproducía tan fácilmente que la gente había comenzado a cultivarlo y usarlo para hacer telas; era un cultivo valioso, porque el algodón no crecía en las regiones montañosas, y por ello Cuauhnáhuac era un altépetl rico y su tlatoani, un hombre poderoso. Este último tenía también una hija “muy admirable”, la encantadora Miyahuaxíhuitl, Gema de la Flor del Maíz, a quien muchos tlatoque miraban con interés como posible esposa. Los tlatoque de todas partes “la pidieron”, utilizando el término más respetuoso para referirse a una relación matrimonial. Cuando los emisarios de Huitzilíhuitl abordaron al tlatoani de Cuauhnáhuac con ese propósito, éste se burló de ellos. Aunque el pueblo de Tenochtitlan iba en ascenso, no era de ninguna manera la alianza que él tenía en mente para su hija: “¿Qué dice Huitzilíhuitl? ¿Qué le proporcionará a mi hija allí, en medio de las aguas?”, y el tlatoani no pudo evitar un poco de sarcasmo: “¿Acaso la vestiría con las fibras de las plantas del pantano, puesto que hace sus propios taparrabos con ellas?” Después, decidió pasar del habitual discurso circular a un estilo más directo y les dijo: “Vayan. Díganle a su tlatoani Huitzilíhuitl que nunca más volverán aquí.”14
Después de eso, los narradores de la historia optaron por apartarse de una descripción realista de los acontecimientos; decidieron no detenerse en la carnicería de la guerra que siguió ni en los muchos años que duró, porque, tiempo después, los dos pueblos se convirtieron en aliados:15 era mejor olvidar esas cosas. Por el contrario, recurrieron a un viejo mito nahua para interpretar lo que había sucedido: decepcionado, Huitzilíhuitl se retiró para orar al dios de su pueblo, Huitzilopochtli, que significa “zurdo de patas como un colibrí”, el cual, por lo tanto, tenía los poderes especiales asociados tanto con los zurdos como con el colibrí suspendido (y temible) en el aire, y estaba especialmente vinculado al tlatoani Huitzilíhuitl, cuyo nombre significa “pluma de colibrí”. Como siempre, el dios le dijo al suplicante lo que debía hacer y naturalmente Huitzilíhuitl procedió a hacer lo que el dios le había indicado: “Se plantó dentro de los límites del tlatoani de Cuauhnáhuac y, después, disparó un dardo —una caña bellamente pintada y elaborada maravillosamente, en cuyo centro tenía insertado un jade precioso, el más valioso y el de resplandor más brillante—; el dardo cayó en medio del patio donde estaba confinada la doncella Miyahuaxíhuitl.” La joven se maravilló y lo recogió, y, sintiendo el poder de la piedra y experimentando un extraño deseo por ella, de repente se la echó a la boca. Hipnotizada, la joven se tragó accidentalmente la preciosa gema y —al igual que otras jóvenes en muchas otras historias antiguas de los indígenas americanos— concibió un niño.16
Según parece, los narradores nahuas de la historia y su embelesado auditorio dijeron en ese momento que la broma le fue jugada al orgulloso tlatoani de Cuauhnáhuac: su amada hija había sido engañada y tendría un hijo de un padre que de ninguna manera habría elegido para sí, pero reconocieron que la situación estaba repleta de ironía: la encantadora Miyahuaxíhuitl pudo haber derramado lágrimas esa noche, pero la muchacha aparentemente impotente al final volvería en sí: su hijo, después de todo, recibió el nombre de Moctezuma Ilhuicamina (que más tarde sería conocido como Huey Moctezuma o como Moctezuma el Viejo)17 y estaba destinado a gobernar a los mexicas y a muchas decenas de miles de otras personas.18
Ahora bien, por el momento, en el complejo del palacio de Tenochtitlan, Huitzilíhuitl, el huey tlatoani de los mexicas, probablemente no prestaba mucha atención a un niño nacido de una mujer de Cuauhnáhuac tomada en la guerra. Encabezaba a su gente de la manera más eficiente posible en una serie de campañas militares con el propósito de ampliar el territorio que gobernaba, y pudo tener tanto éxito gracias en gran medida a que, bajo su mando, Tenochtitlan se había convertido en un cliente, por así decirlo, de la que en esos momentos era la ciudad-Estado más poderosa de la región: el huey altépetl era Azcapotzalco, la ciudad-Estado del pueblo tepaneco, un grupo de nahuas que habían llegado mucho antes que los mexicas y dominaban los bordes occidentales del gran lago del centro del valle.19 Después de cada victoria, por supuesto, los tepanecas tomaban las mejores tierras para ellos, pero una buena parte la reservaban para su altépetl asociado, Tenochtitlan, o, si los vencedores decidían que los vencidos no debían perder sus tierras sino pagar tributo, a algunas aldeas se les pedía que les pagaran a los tepanecas a partir de ese momento y a otros se les ordenaba entregar bienes a los mexicas. No se sabe con certeza por qué los mexicas fueron elegidos el altépetl asociado favorito; probablemente la naturaleza pantanosa de su territorio insular les permitía desplazarse con mayor facilidad que otros pueblos: dado que no tenían mucha tierra cultivable, no estaban tan vinculados a los ciclos de la siembra y la cosecha. Ninguna ciudad del centro de México tenía un ejército permanente; todos los hombres eran guerreros potenciales y debían mezclar la lucha con la agricultura; sin embargo, los mexicas vivían tanto de los peces, los huevos de aves y las algas como del maíz, lo cual significaba que, para empezar, eran relativamente pobres en comparación con otros y contaban con una alimentación menos nutritiva; por lo tanto, dada la colaboración estrecha con los tepanecas, que eran un pueblo altamente agrícola, su capacidad de desplazamiento en cualquier época del año les daba una especie de poder.
Sin sorpresa alguna, dada la relación política de dependencia, Huitzilíhuitl tomó como novia a una muchacha de un pueblo de los tepanecas y la hizo su esposa principal, lo que significaba que se esperaba que sus hijos gobernaran después de él20 (el pueblo se llamaba Tlacopan y más tarde sería un lugar importante; los españoles, que no podían pronunciar ese nombre, lo convirtieron en Tacuba). Cuando Huitzilíhuitl murió, Chimalpopoca, Escudo Humeante, uno de los hijos de la esposa tepaneca de Huitzilíhuitl, se convirtió en el nuevo tlatoani, exactamente como se esperaba.
Para entonces, el gobernante de Tenochtitlan ya era completamente reconocido por todos como el tlatoani, el “hablante” en nombre de una comunidad independiente y autónoma. En el mundo nahua, cada comunidad que se jactaba de tener su propio tlatoani se llamaba altépetl, palabra que literalmente significa “cerro-agua”, porque, en los viejos tiempos, los nahuas casi siempre se establecían no solamente donde había un cerro para poder defenderse, sino también una fuente de agua. Después de que Chimalpopoca se convirtiera en tlatoani, hubo varios días de oraciones, seguidos de una gran fiesta y una ceremonia en la que Chimalpopoca se sentó en la estera de cañas y prometió proteger a su pueblo como su tlatoani. En ese momento, los mexicas ya eran lo bastante poderosos como para tomarse muy en serio: los discursos públicos y los compromisos asumidos entre Chimalpopoca y su pueblo duraron horas; finalmente, un sacerdote acribilló al joven gobernante con preguntas retóricas a las que el nuevo tlatoani y el pueblo debían responder “No” con toda firmeza:
¿Vendrán los enemigos a conquistar el reino o pueblo en que vives? ¿Es a tu cargo de pensar con temor y con temblor si por ventura se destruirá o solará el pueblo, y habrá gran turbación y aflicción? [¿Se derrumbará el altépetl en la guerra? ¿Estará rodeado por enemigos?] […] ¿O por ventura vendrá tiempo en que nos hagan a todos esclavos y andaremos serviendo en los más bajos servicios?21
“¡No!”, respondieron todos, y “¡No!”, nuevamente. Ganarían las guerras, no las perderían; no serían esclavizados. Entonces, para demostrar su destreza, Chimalpopoca inició la primera campaña militar requerida de todo nuevo tlatoani. Regresó victorioso, y su pueblo se mostró optimista. Chimalpopoca gobernó durante aproximadamente diez años y puso a muchos pueblos nuevos bajo el dominio de los mexicas.
Entonces, mientras gobernaba Chimalpopoca, una gran crisis sacudió el mundo político de los mexicas. En 1426, Tezozómoc, el huey tlatoani de la poderosa ciudad llamada Azcapotzalco, a la que había gobernado desde 1370, falleció en su cama. El tlatoani tepaneca había personificado el poder en el valle durante tantos años que, cuando murió, sus gobernados se miraban unos a otros con incertidumbre. De golpe, los hijos del viejo tlatoani lanzaron sus ataques, pero no lo hicieron para defender el territorio de su familia, como era de esperarse; por el contrario, se volvieron unos contra otros con resolución asesina.
Eso parece desconcertante al principio, pero resulta menos cuando se piensa en el hecho de que la poliginia había provocado una situación en la que abundaban los potenciales pretendientes a tlatoani de cualquier altépetl. Los nahuas estaban tan acostumbrados al fenómeno que no lo veían como un problema; por el contrario, lo veían como un resultado claramente positivo y, en realidad, no estaban del todo equivocados, dado que, independientemente de lo que nos diga nuestra sensibilidad moderna, la poliginia tiene muchos beneficios: ofrece placeres obvios al hombre mayor con múltiples esposas, e incluso las esposas en tales situaciones aseguran con frecuencia que llevar mujeres más jóvenes al hogar es una ayuda para ellas a medida que envejecen, porque muchas manos hacen que el trabajo sea más ligero. No cabe duda de que las esposas nahuas nunca buscaron o esperaron que su esposo sintiera por ellas un amor romántico; no las sorprendía que los hombres fueran volubles ni nadie en su mundo las culpaba por ello. Además, la poliginia eliminaba por lo general toda posibilidad de que un tlatoani muriera sin herederos y generaba un verdadero clan de hombres jóvenes que se enorgullecían de las relaciones entre ellos y se mantenían unidos en tiempos de crisis.
Tal, al menos, es la teoría. En la realidad, incluso una mujer que nunca ha esperado una relación permanente con un hombre puede resultar lastimada cuando es reemplazada por una rival, y el dolor quizá no sea únicamente de la mujer, sino también de sus hijos: “Ah, madre —decía una canción náhuatl—, estoy muriéndome de tristeza aquí en mi vida con un hombre. No puedo hacer bailar el huso. No puedo arrojar la lanzadera de mi telar.”22 La cantante estaba asumiendo el lugar de una esposa cautiva y quería decir que, en su situación de mujer ajena al hogar del hombre, no esperaba gozar de una vejez digna a medida que sus hijos se hacían cargo gradualmente de la riqueza y de los deberes familiares; después de todo, no obstante, eso sólo hablaba del dolor personal, que quizá careciera de importancia en un sentido político. Lo que es mucho más importante, en un sentido más amplio, es que el sistema únicamente podía funcionar bien cuando la gran mayoría del pueblo estaba del todo de acuerdo respecto de cuál esposa era la principal, es decir, cuando todos pensaban de manera similar en cuanto a cuáles eran los hijos que debían heredar. Si había dudas importantes al respecto, la guerra civil era inminente, puesto que las facciones de medios hermanos que se creían con ese derecho, nacidos de diferentes madres y divididos por un odio visceral originado en la infancia, estaban dispuestas, preparadas y listas a dirigir a la gente en defensa de sus diferentes visiones del futuro de su pueblo.
Los anales nos dicen que la guerra estalló en esos momentos en los altepeme de todo México, una y otra vez.23 Al principio, la generalización de los combates parece confusa, pero, cuando se examina más de cerca, por lo general se ajusta a ciertos patrones. En el mundo nahua, debido a que las diferentes esposas de un tlatoani a menudo provenían de distintos altepeme, los conflictos fratricidas también solían tener una dimensión étnica. Sin duda, cuando Maxtla, hijo de Tezozómoc, de Azcapotzalco, se levantó contra su medio hermano, el presunto heredero, y lo mató,24 estaba dando por hecho que recibiría ayuda del altépetl natal de su madre, y así fue. Al mismo tiempo, se volvió en contra de los antiguos aliados de Azcapotzalco, cuyos linajes de nobles estaban unidos mediante matrimonios con los de la familia materna del medio hermano al que había matado, específicamente, la del linaje de nobles del altépetl de Tlacopan. Eso significa que Maxtla asimismo tenía en la mira a Chimalpopoca, el tlatoani de Tenochtitlan, cuya madre también era originaria de Tlacopan. Los historiadores nahuas ofrecen diferentes versiones de una historia terrible de traición y muerte; según uno de ellos, Maxtla invitó a Chimalpopoca a su casa, fingiendo que era para darle la bienvenida a la ceremonia de celebración de su ascenso como nuevo tlatoani, para luego estrangularlo.25
Como quiera que haya ocurrido, hubo un gran pandemónium en Tenochtitlan: se consideró que las fronteras con Azcapotzalco estaban cerradas (los historiadores usaron el término que significaba “bloqueadas”), una vez que quedó entendido que las personas que cruzaran al territorio del otro podían ser atacadas. Durante muchos años, las decisiones políticas del pueblo tenochca habían dependido de la voluntad del huey altépetl de Azcapotzalco: ¿qué debían hacer ahora? Durante un breve periodo de 60 días, el joven hijo de Chimalpopoca gobernó y, de pronto, cayó. Su nombre era Xíhuitl Témoc, Cometa Caído.26 El apelativo parece demasiado perfecto como para haber sido su verdadero nombre: el niño tenía antepasados con ese nombre, pero uno se pregunta si los bardos se lo aplicaron después de los acontecimientos, como ocurría a menudo. No se sabe exactamente cómo murió, pero quizá fue en algún tipo de batalla o escaramuza. No parece probable que Maxtla también lo haya asesinado, porque seguramente este último sabía lo que le había sucedido a su padre, Chimalpopoca, y habría aprendido a mostrarse precavido respecto de esa clase de desastres.
Es probable que Xíhuitl Témoc haya sido traicionado de alguna manera por Itzcóatl; después de todo, fue este último quien llegó al poder a continuación. Para entonces, Itzcóatl tenía al menos 40 años; nadie menciona cuándo nació, pero había vivido durante los 24 años que su medio hermano Huitzilíhuitl fue tlatoani, más otros diez bajo su sobrino, Chimalpopoca, y debe de haber sido concebido al menos unos años antes de la muerte de su padre. Por consiguiente, pudo haber tenido mucho más de 40 años en 1426, porque moriría 14 años después de lo que entonces se consideraba como la vejez. Como fuera, era sin duda un dirigente guerrero con experiencia, en contraste con los hijos todavía pequeños de Chimalpopoca, lo cual podría explicar que el pueblo lo siguiera en esa situación de urgencia; sin embargo, el hijo de Huitzilíhuitl y la princesa de Cuauhnáhuac también estaba disponible, al igual que otros hijos, entre ellos uno llamado Tlacaélel, que había nacido en la última década del siglo XIV y ya ocupaba un alto cargo,27 por lo que no había una necesidad genuina de que la familia real recurriera a Itzcóatl, el hijo del abuelo Acamapichtli y la muchacha esclava. Itzcóatl, la “serpiente de obsidiana”, debe de haberse distinguido por contar con muchos años más o con unos antecedentes muy respetables, pero otros también poseían esas cualidades. Asimismo, debe de haber tenido carisma, ambición y una mente sutil.
Los planes de Itzcóatl consistían en aprovechar el mismo tipo de fisuras que, de entrada, habían llevado a esa extraordinaria situación: entendía claramente que la poliginia formaba parte del meollo mismo de la política y que era un problema que debía tomarse extremadamente en serio. Planeaba aliarse con la derrocada familia noble de Tlacopan, pero iba a necesitar más que eso para ganar la guerra que tenía en mente. Maxtla no habría matado a su medio hermano de madre tlacopana si no hubiera creído que tenía suficientes aliados que lo respaldarían cuando se hiciera con el poder. En consecuencia, Itzcóatl necesitaría otros aliados: personas que se unieran a él porque tenían mucho más que ganar que perder si ponía en tela de juicio las condiciones del sistema poligínico en el que todos estaban enredados. Por consiguiente, se dirigió a otro altépetl que padecía una guerra civil producto de una poliginia similar y se puso del lado de los que estaban perdiendo en ese momento y que tenían una gran necesidad de aliados, pues estaban enojados hasta la desesperación. Itzcóatl corría un gran riesgo: años más tarde, algunos de los historiadores afirmaron que muchos de sus partidarios le habían rogado que simplemente implorara piedad a Maxtla, que dejara que éste nombrara a un tlatoani que fuera su títere (tal vez eso fue realmente lo que el desafortunado Xíhuitl Témoc, Cometa Caído, había sido) y que se olvidara de todo lo demás. Le insistieron en que pagarían cualquier tributo que Maxtla estableciera, antes que verse obligados a enfrentar una matanza, pero Itzcóatl no escuchó a esos consejeros; antes bien, envió emisarios a un lugar llamado Texcoco.
En el lado oriental del lago, en la orilla opuesta a la de los tepanecas, el grupo étnico dominante había sido durante muchos años el pueblo de habla náhuatl conocido como acolhua. Su huey altépetl era Texcoco, llamado en ocasiones el París del México antiguo: tan hermosos eran sus edificios y tan finas sus obras de arte. Durante años, al igual que Tenochtitlan, Texcoco había dependido de alguna manera de Tezozómoc, el huey tlatoani de Azcapotzalco (parecido a un padrino de la mafia) que había muerto en forma repentina, por lo que, en tales circunstancias, naturalmente, el huey tlatoani de Texcoco había tenido como esposa principal a una de las hijas de Tezozómoc y sus hijos estaban preparados para heredar el poder.28
Ahora bien, entre las mujeres del tlatoani de Texcoco había una que le gustaba mucho más: se trataba de Matlalcíhuatl, Mujer Verdiazul, una mujer noble tenochca, hija probablemente de Huitzilíhuitl y, por lo tanto, hermana del asesinado Chimalpopoca.29 Texcoco, un antiguo altépetl ya bien establecido, estaba más irritado que Tenochtitlan bajo el opresivo dominio de Azcapotzalco (después de todo es más fácil, para un niño nuevo en el barrio, aceptar el mando de un chico carismático que le propone que se hagan amigos que, para un antiguo residente que alguna vez dirigió la pandilla local, ceder su lugar a tal personaje). Quizá para dejar en claro su posición política, el tlatoani de Texcoco favoreció en ocasiones más de lo que era prudente a los hijos de Matlalcíhuatl que a la descendencia de su principal esposa azcapotzalca.
Mientras tanto, como resultado del gran poder de Azcapotzalco, una joven noble texcocana había sido entregada como esposa secundaria al hijo de Tezozómoc, el huey tlatoani,30 por lo que se entendía que sus hijos no debían heredar: en realidad, su condición en su nueva casa reflejaba necesariamente la de su ciudad natal respecto de Azcapotzalco: Texcoco era el altépetl más débil y, por consiguiente, sus hijos eran inferiores respecto de sus medios hermanos de madre tepaneca. Es posible que Tezozómoc incluso haya utilizado a la muchacha para subrayar la dependencia de la ciudad natal de esta última frente a él, al hacer que desempeñara funciones menores en las ceremonias o en los actos públicos. Como fuera, a la joven noble le pareció que su condición era humillante y que su vida en general era miserable; no obstante, no era una prisionera y se decidió a huir de su casa, y se encontró con otro hombre de su ciudad natal, donde, simplemente, actuó como si estuviera en libertad de casarse. A los narradores de historias les encantaba cuando llegaban a ese pasaje en las noches iluminadas por las estrellas, porque les permitía representar parte del diálogo que les encantaba transmitir:
Cuando Tezozómoc supo que su nuera se había casado y que la había tomado Cacancatlyaotl en Tetzcoco, se enojó muchísimo. Luego llamó a su hermano mayor nombrado Tecolotzin, y a él y a otros que le acompañaron les dijo: […] he oído y sabido que Cacancatlyaómitl se echó en Huexotla con la mujer que fue de vuestro hermano menor Chalchiuhtlatónac y durmió con ella. Oíd, hijos míos que estáis aquí, la sola causa por que estoy enojado y tengo pena.31
Más tarde, cuando estalló la guerra y los tepanecas descubrieron que el hijo de la mujer y de su tlatoani también estaba viviendo en las tierras de sus abuelos maternos en Texcoco, y combatía del lado de su madre, no de su lado, se pusieron lívidos. “¿Qué dice el bellaco de Cihuacuecuénotl? ¿acaso quiere hacer la guerra a su padre?”32
En las historias que se contaban, las mujeres eran las causantes de esas guerras: “Se dijo que hubo guerra por culpa de una concubina”, escribió un historiador en otro caso;33 sin embargo, en la década de 1420, la guerra todavía no había llegado realmente a Mesoamérica debido a una esposa que se hubiese fugado —ella era únicamente una metáfora para referirse a los arrogantes texcocanos—, sino debido a una situación política más importante. El tlatoani texcocano había decidido que era lo suficientemente poderoso como para correr el riesgo político de perseguir sus propias metas. Insistió en que los hijos que tenía con su esposa mexica heredarían de verdad, lo que indicaba que ya no aceptaría la condición de Texcoco como altépetl dependiente de Azcapotzalco. El cambio de su relación con sus esposas equivalía a hacer un importante pronunciamiento público. Tezozómoc y los azcapotzalcas no aguardaron más: cientos de ellos cruzaron el lago al amanecer en decenas de canoas bordeadas por sus escudos de brillantes colores. Las canoas se deslizaron silenciosamente por las tranquilas aguas y, de repente, los guerreros se precipitaron a tierra y se pusieron a matar sin piedad.34
Los texcocanos enviaron pronto al joven noble hijo de un azcapotzalca que vivía entre ellos para intentar hacer las paces, pero el esfuerzo fue en vano, porque los hombres de Tezozómoc lo mataron. Finalmente, el viejo tlatoani texcocano también cayó muerto en una escaramuza: había pagado un precio muy alto por intentar deshacerse del yugo de Azcapotzalco. Algunos decían que su hijo con Matlalcíhuatl, su esposa mexica, atestiguó la muerte de su padre desde lo alto de un árbol donde se ocultaba; quizá fue así, pero otros decían que en ese momento se estaba ocultando en lo profundo de una cueva, lo cual puede haber sido más probable, pero igualmente podría haber sido un recurso poético. En la tradición narrativa mesoamericana, los momentos cruciales de transición giraban con frecuencia en torno a las cuevas, de cuya oscuridad surgía una nueva forma o fuerza. El nombre del niño era Nezahualcóyotl, Coyote Hambriento, y ya sea que hubiera sido testigo o no del asesinato de su padre, sin duda su muerte quedó grabada en su conciencia. Nezahualcóyotl huyó y se ocultó en Tlaxcala, un pueblo del oriente que no se encontraba bajo el dominio de Azcapotzalco; parece haber sido allí a donde los emisarios de Itzcóatl fueron a buscarlo años después, durante la gran crisis política. Los dos señores, Nezahualcóyotl e Itzcóatl, estaban emparentados por medio de Matlalcíhuatl, la madre mexica de Nezahualcóyotl: Itzcóatl tenía ahora una oferta que hacer a su joven pariente.35
Itzcóatl le explicó a Nezahualcóyotl que tenía en mente una triple alianza: si las familias texcocanas que eran leales a Nezahualcóyotl peleaban contra Maxtla de Azcapotzalco junto con los mexicas y el pueblo recientemente degradado de Tlacopan, probablemente podrían ganar. La victoria sobre Azcapotzalco, el huey altépetl más poderoso del valle, les produciría recompensas extraordinarias. Los días de Nezahualcóyotl como mendigo habrían terminado: se convertiría en el tlatoani reconocido de Texcoco, en lugar de ser el medio hermano ridiculizado del tlatoani en el poder.
Nezahualcóyotl le respondió a Itzcóatl que no sería una tarea fácil reunir a familias leales que lo siguieran a la batalla, porque, después de que Tezozómoc alcanzara el poder, había convertido a sus propios nietos (los hijos de su hija con el viejo tlatoani texcocano) en los tlatoque de la mayoría de los altepeme de la región. Incluso se decía que Tezozómoc había hecho que su gente les preguntara a los niños de cada altépetl, que no tenían más de nueve años, si su tlatoani en el poder era el legítimo. A esa edad, los niños no tenían la cautela necesaria para sopesar sus respuestas: expresaban la posición política de su familia tal como se había discutido en la intimidad de sus propios hogares, y algunas de las familias de los niños que hablaban de ello habían sido brutalmente castigadas desde la llegada de Tezozómoc al poder;36 sin embargo, el temor que habían ocasionado esos actos también había llevado a la ira. Consecuentemente, Nezahualcóyotl le dijo que estaba dispuesto a unirse a la alianza: él reuniría a todos los seguidores que pudiera.
Las batallas que siguieron a continuación fueron brutales, pero, pueblo por pueblo, los partidarios de Maxtla, el azcapotzalca, fueron derrotados. En aproximadamente un año —las fuentes varían respecto de la fecha—, Itzcóatl pudo proclamarse tlatoani de los mexicas. Así, implícitamente, se convirtió en el huey tlatoani de todo el valle; pronto, hizo que Nezahualcóyotl fuera proclamado ceremonialmente tlatoani de Texcoco y, menos de un año después, habían matado entre ellos a todos los restantes medios hermanos azcapotzalcas de Nezahualcóyotl y a los esposos de sus medias hermanas azcapotzalcas. Sus historiadores lo registraron: “Nezahualcóyotl buscó a los descendientes de Tezozómoc en todos los lugares donde gobernaban, y las conquistas se hicieron en tantos lugares como se encontraron.” El propio Maxtla huyó y desapareció en 1431.37
Los tlatoque de Tenochtitlan (del pueblo mexica), Texcoco (del pueblo acolhua) y Tlacopan (del pueblo tepaneco) gobernaban ya el valle como un triunvirato no oficial, pues no hubo una declaración formal a tal efecto. Las generaciones posteriores dirían que establecieron una Triple Alianza, aunque, en sentido literal, no existiera dicha institución; no obstante, en un sentido de facto, ciertamente existió lo que podríamos llamar una triple alianza, con minúsculas. Nadie se movía en el valle central sin que al menos uno de los tres tlatoque lo supiera y, allende las montañas que los rodeaban, en las tierras que poco a poco conquistaron, tenían muchos espías. Trabajaron unidos para derrotar a sus enemigos y entre los tres dividieron juiciosamente los pagos de tributos resultantes: los mexicas, que tenían la población más numerosa y habían desempeñado la parte más importante en la guerra, obtuvieron la mayor proporción, pero tuvieron cuidado de no exigir algo que resultara excesivo y pudiera causar resentimientos entre sus aliados más cercanos.38
Los tres tlatoque tejieron una red muy compleja entre todos. En cierto sentido, la disposición política de los territorios se mantuvo casi sin cambios y, en general, cada altépetl continuó gobernándose a sí mismo, eligiendo a su tlatoani como mejor convenía al pueblo y rotando tareas y responsabilidades entre los diversos segmentos que lo componían, de la misma manera imparcial de siempre. Si varios altepeme tenían una tradición de gobernarse a sí mismos como una unidad, como un huey altépetl, al menos en sus asuntos externos, entonces esa tradición también se conservó en general.39 En el plano local, se mantuvo una especie de democracia, en el sentido de que los pueblos continuaban discutiendo en su seno los asuntos locales y llegaban a soluciones que complacían a la mayoría de sus habitantes, arreglo que se permitió incluso a los que no eran nahuas y habían sido conquistados. El triunvirato del valle central estaba convencido de que así debía ser, siempre y cuando esas otras comunidades lucharan junto a ellos cuando se les solicitara hacerlo, participaran en las obras públicas —como la construcción de caminos o grandes templos— y pagaran a tiempo el tributo asignado. “Eso no era Roma”, comentó sucintamente una historiadora, lo que significa que los mexicas no tenían interés en aculturar a los que conquistaban ni deseaban enseñarles su idioma, o atraerlos a su capital, o incluirlos en su jerarquía militar.40
Ahora bien, a pesar del mantenimiento de la tradición local, la región cambió profundamente en un sentido económico: cada uno de los altepeme que cayeron bajo el dominio del triunvirato debía pagar el tributo que le fuera asignado. A menudo, las exigencias económicas eran muy complejas: a una parte de un altépetl más importante podía asignársele pagar tributo, por ejemplo, a la cercana ciudad de Texcoco, su huey altépetl regional; sin embargo, de conformidad con los términos del acuerdo de paz, el siguiente altépetl del mismo huey altépetl tendría que pagar sus tributos a Tenochtitlan. Esos altepeme podían pagar una parte del tributo (como cierta cantidad de fardos de algodón) una vez al año y otra parte (como algunos costales de maíz o frijol) tres veces al año. Por necesidad, el calendario se aplicó cada vez con más congruencia en cada vez más territorios, porque los recaudadores de tributos que Itzcóatl enviaba eran puntuales y la gente tenía que estar preparada para recibirlos. Los diferentes pueblos habían adoptado el calendario en diferentes momentos, por lo que un año 1 Ácatl [caña] de un altépetl podía ser un año 2 Tochtli [conejo] de otro y, por consiguiente, se vieron obligados a tratar de sincronizar sus cuentas del tiempo; no obstante, aunque comenzaron a estar alineados, los calendarios nunca estuvieron completamente sincronizados.41
En cierto grado, Itzcóatl estableció el mismo tipo de sistema de recaudación de tributos que había estado en funcionamiento bajo Tezozómoc en los viejos tiempos, y probablemente bajo otros antes que él en el pasado más remoto, pero ahora la red de poder del valle central se extendió mucho más: con tres altepeme trabajando juntos, los ejércitos que podían enviar eran más numerosos y las calzadas que podían construir eran más extensas. Los altepeme que antes se encontraban lejos del antiguo poder de Tezozómoc estaban ahora al alcance del valle central; muchos se resistieron, pero la tendencia fue que los que luchaban contra las nuevas disposiciones terminaran perdiendo, y entonces se enfrentaban al pago de tributos a perpetuidad que hacía estremecer la columna vertebral de todo tlatoani prudente: tenían el deber no únicamente de enviar maíz, frijol, cacao y algodón, sino también de suministrar personas para ser sacrificadas en las ceremonias religiosas del valle central. Un tlatoani sabía que ese tributo significaba que se vería obligado a hacer constantemente la guerra contra sus vecinos si quería evitar que los hijos de su propio pueblo fueran a la piedra del sacrificio, lo cual era suficiente para hacer que lo pensaran dos veces antes de resistirse; a los tlahtohqueh se les había inculcado desde una temprana edad que un buen tlatoani era responsable, uno que evitaba las batallas que quizá perdiera y que preservaba la vida de su pueblo para proteger el futuro de su altépetl. Un tlatoani impetuoso podría ser calificado peyorativamente como “niño”.42
Si un pueblo había luchado enérgicamente contra los mexicas con algún grado de éxito significativo y, no obstante, había terminado perdiendo, entonces su destino era incluso peor; por ejemplo, los huaxtecos, establecidos al nororiente, lucharon como animales salvajes y su reputación se fijó en la tradición local junto con su triste destino:
lo mesmo hicieron los soldados y valerosos hombres de todas las provincias, de suerte que ninguno vino sin presa de hombres o mujeres, porque entrando por la ciudad quemaron el templo y la robaron y saquearon, matando viejos y viejas, mozos y mozas, tomando a merced a todos los que la pedían, y esto con tanta crueldad y con determinación de destruir aquella nación y no dejar memoria della.43
Su historia sería una lección para otros altepeme potencialmente recalcitrantes, y así fue. Después de esa batalla, los cautivos fueron atados en largas filas y llevados a Tenochtitlan (o tal vez a territorio acolhua o tepaneca). Los aterrorizados prisioneros pasaron por otros pueblos como los suyos, con sus casas de adobe de techo plano agrupadas en plazas a las que daban sus patios, donde las mujeres charlaban mientras trabajaban, moliendo maíz y haciendo tortillas, y mientras sus hombres laboraban en las milpas cercanas.44 A medida que se acercaban a la capital, los pueblos que estaban más estrechamente entrelazados con el centro de poder eran visiblemente más ricos y sus edificios y pirámides religiosas, algunas construidas incluso de piedra o madera, eran más grandes.45
Los derrotados habitantes de Xochimilco estaban construyendo una gran calzada que iba desde la isla hasta la orilla meridional del lago, y a lo largo de esa calzada caminaron los prisioneros. La mayoría de ellos eran distribuidos entre los diferentes linajes después de una batalla, pero los que habían sido tomados por un guerrero en particular eran enviados al templo del barrio de su captor para ser sacrificados en las festividades religiosas locales o, si eran mujeres jóvenes que él quería para sí, eran llevadas a su casa. Algunos eran enviados a los dos templos principales de la ciudad, uno dedicado a Huitzilopochtli (el dios protector de los mexicas) y el otro a Tláloc (el dios de la lluvia). Los que no eran necesarios para ninguno de los dos templos eran vendidos en un mercado de esclavos (había uno enorme en Azcapotzalco) y podían ser comprados por los barrios que necesitaran víctimas para los sacrificios ceremoniales o, en algunas ocasiones, por los hombres que buscaban concubinas. Ocasionalmente, las esclavas compradas para el sacrificio podían convencer a sus nuevos amos de que las mantuvieran vivas para trabajar en su casa.46
En torno a la práctica azteca del sacrificio humano han surgido algunas ideas horrendas y erróneas. Según algunas novelas, películas e incluso algunos de los libros de historia más antiguos, cientos de personas a la vez eran obligadas a subir por los estrechos escalones de las pirámides hasta la cima, donde se les extraía el corazón y después sus cuerpos eran arrojados escaleras abajo, mientras la multitud gritaba, casi en éxtasis. En realidad, no obstante, parece haber sido una experiencia sumamente silenciosa y fascinante para los espectadores, muy parecida a como sospechamos que fue en otros mundos antiguos, como el de los celtas;47 las personas que la observaban habían ayunado y se mantenían de pie sosteniendo flores sagradas. Según parece, en las primeras décadas de la vida de Tenochtitlan, cuando el altépetl aún estaba cobrando fuerza, sólo unas cuantas personas pudieron haber sido sacrificadas en los días mensuales de la festividad religiosa y, antes de morir, siempre fueron tratadas como si estuvieran en un sanctasanctórum. Después de un sacrificio, el guerrero que había capturado y presentado a la víctima conservaba sus restos (el cabello y las vestiduras ceremoniales) en un arcón especial hecho de cañas, en un lugar de honor en su casa, durante todo el tiempo que viviera.
La mayoría de las víctimas eran hombres, prisioneros de guerra clásicos, aunque no todos lo fueron. En una festividad anual, por ejemplo, una muchacha capturada en la guerra era llevada del templo local a la casa de su captor; en el dintel de la puerta ella dejaba la huella de su mano —que había empapado en pintura azul—, una marca sagrada que duraría años y le recordaría a la gente el obsequio que había hecho de su vida; después, la llevaban de vuelta al templo para enfrentar el cuchillo de pedernal. Entre los pueblos indígenas existía la antigua tradición de no ceder ante los enemigos, un estoicismo que significaba un gran honor. En ocasiones, los que iban a morir podían entregar su vida sin dejar que sus enemigos los vieran siquiera sollozar, aunque en ocasiones no podían; un hombre recordó tiempo más tarde: “Algunos realmente lloraron.”48
Como todos sus vecinos nahuas, los mexicas creían que le debían todo a sus dioses; sus sacerdotes les explicaron luego a los españoles: “Ellos nos enseñaron, / todas sus formas de culto, / sus modos de reverenciar [a los dioses]. / Así, ante ellos acercamos tierra a la boca, / así nos sangramos, / pagamos nuestras deudas, / quemamos copal, / ofrecemos sacrificios. […] los dioses, son por quien se vive.”49 Cada grupo de nahuas había llevado consigo los fardos sagrados dedicados a su propia deidad en las largas marchas desde Aztlán y, en el caso de los mexicas, las reliquias que habían protegido año tras año fueron las de Huitzilopochtli, hasta que lograron enterrarlas bajo un templo permanente. Otros altepeme habían llevado las reliquias de Tláloc, el dios de la lluvia, o las de Chalchiuhtlicue, Mujer de Falda de Jade, su consorte en el mundo del agua; otros honraban a Quetzalcóatl, Serpiente Emplumada, el dios del viento, que estaba en su casa tanto en la tierra como en el cielo, el que cruzaba las fronteras, protector especial de los sacerdotes, y algunos más estaban dedicados a Tezcatlipoca, Espejo Humeante, un dios travieso que conducía a la humanidad en una danza para ayudar a los tlatoque y los guerreros a lograr el cambio por medio del conflicto. Cihuacóatl, Mujer Serpiente, también era conocida con muchos otros nombres, pero siempre fue sagrada para las parteras; a menudo llevaba un escudo y una lanza, porque ayudaba a las madres que parían a capturar un nuevo espíritu del cosmos. Había muchos dioses y diosas, cada uno de los cuales aparecía con una gama de rasgos posibles; hoy no siempre entendemos sus características tan bien como nos gustaría, porque los nahuas no escribieron libremente sobre ellos en la época colonial: podían escribir abiertamente sobre la historia, pero era peligroso escribir sobre los dioses; sin embargo, sabemos que, al igual que en la antigua Grecia, todos los altepeme honraban y creían en una gama panteísta de dioses, no sólo en la deidad en particular que los había protegido.50
Los dioses les pidieron a los seres humanos que apreciaran lo que se les había dado y que hicieran sacrificios, principalmente sangrándose a sí mismos, pero, en ocasiones, incluso haciéndoles el último presente: la vida humana. Si los seres humanos se negaran a hacerlo, su frágil mundo podría llegar a su fin. Otros mundos anteriores habían terminado en desastre: los nahuas nunca olvidaban que vivían bajo el quinto sol, el de Nanahuatzin. En días más remotos, probablemente les ofrecieron uno de sus propios hijos, lo cual parece haber sucedido en todo el mundo en las primeras eras, antes de que existiera la escritura para documentar la práctica de manera permanente: en la Biblia hebrea, por ejemplo, Hiel, el betlemita, comienza a reconstruir la ciudad de Jericó enterrando a su primogénito bajo la puerta; asimismo, en la tradición inglesa, cuando Godofredo de Monmouth se refiere a Merlín, dice que éste tuvo que convencer al rey Vortigern de que no lo sacrificara para sostener la torre que este último estaba construyendo.51 La noción de un joven que muere por su pueblo no es, de ninguna manera, exclusiva de los nahuas.
Lo que hubiere sido, a medida que los mexicas prosperaban no sacrificaban a sus propios jóvenes, sino a un número cada vez mayor de prisioneros de guerra. En ocasiones, tanto ellos como todos los otros grupos nahuas habían sacrificado a sus enemigos: la muerte de Chimalxóchitl, Flor de Escudo, en la hoguera en 1299 era prueba de ello; sin embargo, los mexicas eran casi siempre los vencedores; ya no eran ellos los sacrificados ocasionalmente y el número de sus víctimas aumentó de forma gradual: la política y los resultados de las guerras influían en los números de los que morían en algún año dado; hacían los sacrificios pese a que solían orar con devoción, pese a que escribían poemas desgarradores y hermosos, y adornaban sus paredes con imágenes de conchas que parecían tan reales que uno podría imaginarse en un mar eterno, todo lo cual trascendía las luchas de la vida terrenal.52 ¿Sabían que el mundo no se resquebrajaría como el jade si no sacrificaban seres humanos vivos? ¿Reían cínicamente ante el terror que inspiraban y el poder político que ejercían como resultado? Tal vez hubo algunos estrategas brillantes y algunas personas experimentadas y con una visión de futuro que lo hicieron, quizá como Itzcóatl. No habrían sido los únicos entre otros gobernantes del mundo; sabemos que hubo algunos griegos y romanos, por ejemplo, que pusieron en tela de juicio la existencia misma de los dioses, pero no dejaron que eso debilitara su visión del mundo.53 Sin duda, hubo muchos mexicas que, simplemente, nunca reflexionaron sobre eso, como la gente que, en tantas ocasiones y lugares, decide no ver el dolor que inflige a otras personas cuando le es más conveniente no hacerlo. ¿Podemos culparlos? ¿Deberíamos culparlos?
O quizá sí pensaron en ello, como debe de haberlo hecho el propio Itzcóatl, y decidieron que, independientemente de sus puntos de vista filosóficos, no había otra opción. Después de todo, no vivían en un Estado moderno y liberal, donde la mayoría tiene garantizadas ciertas protecciones; simplemente, no podían permitirse demasiada generosidad, porque el mundo real en el que habitaban era tan peligroso como el cosmos que imaginaban. Los mexicas habían estado del otro lado durante más años que los que querían recordar: durante generaciones, habían sido sus propios guerreros y doncellas quienes habían enfrentado el fuego y el cuchillo de pedernal; incluso en la nueva era, si comenzaran a perder sus guerras en algún momento, sería su turno otra vez. Ellos lo sabían: por eso enviaban a sus hijos a practicar las artes de la guerra y por eso aprendieron a construir macanas con navajas de obsidiana incrustadas en ellas. Entre las palabras de amor dedicadas a sus “palomitas”, las madres les enseñaban a sus hijos que el mundo era un lugar lleno de peligros:
Acá en este mundo vamos por un camino muy angosto y muy alto y muy peligroso, que es como una loma muy alta, y que por lo alto della va un camino muy angosto, y a la una mano y a la otra está gran profundidad, hondura sin suelo. Y si te desviares del camino hacia la una mano o hacia la otra, cayeras en cual profundo. Por tanto, conviene con mucho tiento seguir el camino.54
La imagen de las madres que enseñan a sus hijos a vivir con esas realidades es convincente: todo lo que sabemos sobre los mexicas nos dice que las madres valoraban mucho a sus hijos, más que cualquier otra cosa en la vida: les decían que eran preciosos, como gemas pulidas o plumas iridiscentes, tesoros dignos de un huey tlatoani. Les advertían de los peligros y les rogaban que fuesen responsables, que cuidaran de sí y de su pueblo para que el altépetl existiera siempre;55 los hijos escuchaban atentamente las palabras de su madre. Ese mundo estaba lejos de ser uno en el que la figura materna fuese menospreciada o en el que las mujeres aparecieran como objetos sexuales que uno pudiese intercambiar. En primer lugar, por lo general, únicamente los hombres de familia noble, los de la clase pilli, los pipiltin, tenían derecho a tomar numerosas esposas y llevar a su casa a las mujeres que habían hecho cautivas en el campo de batalla, porque era necesario ser rico para darse el lujo de hacerlo; sin embargo, incluso en esa situación, para todo niño era importante en un altísimo grado saber de qué madre era hijo. Ahora bien, se debe admitir que, desde el punto de vista de un hombre de la élite, las mujeres pueden haber sido intercambiables en cierta medida, pero ésa no fue la experiencia de la mayoría de las mujeres. La mayoría de la gente era de la clase macehualli, los macehualtin, y, en familia, el esposo vivía con la esposa cuya tilma había sido atada a la suya en una ceremonia formal. En ocasiones, en una casa convivían varias generaciones o varios hermanos, pero, incluso en esas casas, cada mujer tenía su propio hogar en su propia habitación de adobe que daba al patio común. La mujer criaba a sus propios hijos y les enseñaba a ayudarla en las labores que todo el mundo consideraba como esenciales. En un mundo sin guarderías, restaurantes, aspiradoras o tiendas, ¿quién se habría atrevido a pensar que el cuidado de los hijos, la preparación de los alimentos, la limpieza y la confección de la ropa no eran actividades esenciales? Nadie, según parece, porque las fuentes indígenas no dan constancia de que se faltase al respeto a las mujeres, ni siquiera de que hubiera una velada misoginia. Los deberes de las mujeres eran complementarios de los de los hombres y todos entendían que así debía ser; la casa, el calli de cuatro paredes, era un símbolo del universo mismo.56
Por ello, debemos tomar en serio todo lo que decían las mujeres, porque su propio pueblo lo hizo: ellas consolaban a sus hijos, pero, al mismo tiempo, les advertían en términos claros que debían aprender a ser despiadados para mantener el orden, para cumplir con su deber, para quitar la vida o dar la vida en las guerras eternas, si fuera necesario; debían estar dispuestos a ser como el valiente pero modesto Nanahuatzin, que había saltado al fuego para hacer vivir el quinto sol para su pueblo. Es muy probable que esas madres se hubieran sentido confundidas si alguien hubiera tratado de hablarles sobre “el bien y el mal”; habrían dicho que todas las personas tenían la capacidad de hacer el bien o de hacer daño, que no era posible dividir a las personas en dos campos sobre esa base: para hacer el bien, una persona tenía que dejar a un lado el egoísmo y hacer lo que se consideraba mejor para mantener vivo a su pueblo, y para que tuviera éxito en el largo plazo. Se esperaba que todos pensaran en el futuro; aunque no siempre era fácil: con frecuencia, el destino de uno consistía en hacer lo que uno no quería hacer. De alguna manera, la apuesta por la vida o la muerte en el juego a ser “el mejor de todos” hacía que fuese más agotador que gratificante.
Para que el sistema funcionara en el largo plazo, Itzcóatl y, más tarde, sus herederos debían elegir con cuidado sus objetivos militares; tenían que estar relativamente seguros de la victoria, basándose en cálculos racionales, no en promesas divinas. Por fortuna, los sacerdotes de más alto grado pertenecían a las familias nobles gobernantes y también parecían entenderlo así; al menos, los dioses a los que oraban nunca exigían que emprendieran guerras imposibles de ganar. Había algunos focos de resistencia más poderosos que la mayoría y tenían que ser manejados con cuidado: el más conocido era el huey altépetl de Tlaxcala, una gran ciudad-Estado compuesta por cuatro altepeme independientes, con cuatro tlatoque diferentes pero unidos, ubicados justo al oriente de la cuenca central. Tlaxcala era un pueblo relativamente rico; su nombre significa “lugar de las tortillas”. Estaba situado de manera segura en su propio valle, que podía defenderse con facilidad, rodeado de bosques de pinos que servían como refugio para venados, aves y otras piezas de caza. Sus habitantes también eran nahuas y habían llegado casi al mismo tiempo que los mexicas —incluso compartían algunos de los mismos mitos e historias—, y no iban a cederles ni un centímetro si podían evitarlo. Al principio, los mexicas lanzaron varios ataques contra ellos, pero quedó claro que iban a quedar atrapados en un callejón sin salida, por lo que, probablemente como resultado de ello, los mexicas iniciaron lo que llamaron xochiyáoyotl o “guerra florida”, una especie de juegos olímpicos que tenían lugar cada pocos años y en los que los vencedores, en lugar de ganar una corona de laureles, se salvaban de la muerte. No está claro si esos juegos se desarrollaban en una cancha de juego de pelota o en un campo de batalla, pero probablemente era esto último. El sistema funcionaba bien para mantener alerta a los jóvenes guerreros incluso en tiempos en que no había una guerra real, y eso hacía innecesario explicar a alguien por qué se permitía que Tlaxcala siguiera existiendo sin tener que pagar tributo: el mundo en general podía asumir que se dejaba en paz a Tlaxcala con el propósito de que hiciera las veces de enemigo en el encuentro ceremonial de xochiyáoyotl. Nadie necesitaba analizar el hecho de que hacer a un lado la política general habría sido demasiado destructivo para los recursos de los mexicas, si acaso eso fuera posible: dejar a Tlaxcala como un enemigo libre con una función reconocida era una estrategia inteligente; los gobernantes no podían haber previsto que, un día en el futuro, eso les costaría caro, cuando un nuevo enemigo, más fuerte que ellos, desembarcara en sus costas y encontrara unos aliados a la medida.57
Incluso un gobierno muy exitoso en la guerra por fuerza enfrentaba ciertos problemas. En el mundo que Itzcóatl sorteó con tanto éxito, las guerras continuas podían dificultar que los mexicas comerciaran con pueblos lejanos. Si la posibilidad de un ataque siempre era inminente, pocas personas desearían acercarse a los mexicas o sus aliados, ni siquiera para discutir acuerdos comerciales mutuamente beneficiosos. Quizá por esa razón, no sólo los mexicas, sino todos los nahuas, como si se hubieran puesto de acuerdo, aceptaban la existencia de ciertas ciudades comerciales neutrales a lo largo de las costas y de las riberas de los ríos que llevaban tierra adentro desde el mar. Cerca de donde antiguamente habían vivido los olmecas, por ejemplo, había un pueblo costero llamado Xicallanco en el que, aunque estaba enclavado en territorio maya, vivían numerosos comerciantes nahuas: ellos facilitaban el comercio con los pueblos orientales mediante la compra de textiles y cacao, hermosas conchas, plumas de aves raras y, en su momento, las aves mismas, así como otros artículos de lujo, que vendían a cambio de los bienes manufacturados por los artesanos de Tenochtitlan, así como por los esclavos “sobrantes” de las guerras emprendidas por los mexicas y sus aliados: mujeres y niños que no habían sido sacrificados, sino que habían sido entregados a los comerciantes de larga distancia. Más al sur, frente a la costa, la isla de Cozumel era otra de esas zonas neutrales, y había varias más.58
Ahora bien, en la mayor parte del mundo mesoamericano no había treguas permanentes: la guerra y la expansión fueron perennes, porque el Estado mexica necesitaba hacerse con más riquezas a medida que sus familias nobles poligínicas se volvían más numerosas; era necesario mantener al pueblo en un estado de suspenso con el propósito de que sus antiguas alianzas perduraran, en lugar de que se desmoronaran debido a desacuerdos de poca importancia, y, si se deseaba que el santuario interior del valle únicamente conociera la paz, las zonas de batalla debían estar alejadas. Tal habría sido una historia familiar para cualquier huey tlatoani; atrás habían quedado los días en que el padre de Chimalxóchitl, la doncella guerrera, podía declarar la guerra o tomar decisiones basadas en sus propias necesidades y deseos, o en los de unos cuantos compañeros: Itzcóatl había ganado su apuesta, había alcanzado un poder, una riqueza y una gloria superiores a cualquier sueño de infancia, pero, como resultado, había forjado un complejo organismo político que, a pesar de todo el poder de que se jactaba, no podía gobernar tan sólo haciendo declaraciones.
Una de las mayores amenazas para el predominio de Itzcóatl lo acechaba muy cerca de casa: ya fuese porque realmente los amaba o porque matarlos habría precipitado la guerra civil, o por ambas razones, Itzcóatl no mató a los hijos sobrevivientes del difunto tlatoani, Huitzilíhuitl, Pluma de Colibrí, su medio hermano, y ellos, presumiblemente por una mezcla de esas mismas razones, continuaron apoyándolo. Ellos eran los que, por la ley de la costumbre, deberían haber gobernado, no Itzcóatl, pero fue él quien unió a los mexicas en una época de crisis terrible, encontró aliados útiles para ellos y condujo a todos a la victoria; por lo tanto, todos trabajaron juntos durante los cuatro años del reinado de Itzcóatl. Un sobrino, Tlacaélel, era un guerrero activo y exitoso que se forjó un gran nombre como Cihuacóatl: el nombre de esa diosa se había convertido en un título reservado para el hombre que era el segundo al mando después del tlatoani: el gobernante que manejaba los asuntos internos. A los partidarios del antiguo linaje real de Huitzilíhuitl —muchos de ellos hijos y nietos de Tlacaélel— les gustaba decir que Itzcóatl realmente le debía todo a Tlacaélel, que éste era quien había derrotado a Maxtla, el villano tepaneca, y que su inteligente estrategia había ayudado a Itzcóatl a gobernar en los tiempos más difíciles. Cuando se toman en consideración todos los anales, no únicamente los escritos u organizados por los descendientes de Tlacaélel, esa versión de los acontecimientos pone a prueba la credulidad: si Tlacaélel hubiera sido en verdad tan indómito, él mismo habría surgido como tlatoani, antes que el hijo bastardo de una esclava; con todo, es evidente que poseía una fuerza importante que era necesario tomar en cuenta: quizás había quedado satisfecho con el poder y los ingresos que recibía de Itzcóatl, porque mantuvo su lugar y llegó a convertirse en asesor de cuatro tlatoque durante varias décadas. Un consejo de cuatro hombres de todo el linaje gobernante trabajó estrechamente siempre con la persona que ostentaba el cargo de tlatoani, y Tlacaélel, el Cihuacóatl, era la cabeza de ese consejo.59
Con el propósito de garantizar la continuidad del acuerdo, era esencial resolver amigablemente la cuestión de la sucesión. Años antes, Itzcóatl se había casado con una mujer del entonces poderoso huey altépetl de Azcapotzalco; el hijo que tuvo con ella recibió el nombre de Tezozómoc, en honor al viejo huey tlatoani cuya muerte había desatado el pandemonio, pero Itzcóatl no podía presentar a un hijo que era mitad azcapotzalca como el futuro huey tlatoani de su pueblo, no después de la reciente guerra a muerte contra Azcapotzalco; por lo demás, no habría sido posible mantener a raya a los hijos nobles de Huitzilíhuitl si ellos hubieran pensado que iban a ser excluidos para siempre de la sucesión. Por consiguiente, es probable que, incluso antes de que Itzcóatl muriera, se entendía que Tlacaélel mantendría sus tierras y sus títulos a perpetuidad, y que Moctezuma Ilhuicamina, el hijo de Huitzilíhuitl con la princesa de Cuauhnáhuac, sería el próximo en la línea para gobernar. Moctezuma fue un antepasado de aquel que se haría mundialmente famoso por su encuentro con Hernán Cortés: se trataba de un guerrero poderoso —Moctezuma significa “frunce el ceño como un señor”— cuyos parientes maternos vivían en la importante región productora de algodón. Lo más significativo es que se trataba de un hombre razonable, pues estuvo de acuerdo en hacer lo que con frecuencia hacían los altepeme nahuas, mucho menos importantes, es decir, alternar el poder entre diferentes linajes en una rotación políticamente conveniente: estuvo de acuerdo con que, aunque él mismo gobernara, sus propios hijos no gobernarían después de él; antes bien, seleccionaría a una hija o una sobrina querida para que se casara con uno de los nietos de Itzcóatl (un hijo del hijo al que se pasó por alto: Tezozómoc), quien sería elegido como tlatoani en su momento. Al igual que Itzcóatl, Moctezuma renunciaría a la oportunidad de que uno de sus propios hijos lo sucediera, también en el entendido de que, finalmente, un nieto suyo tendría el cargo. De esa manera, permitirían que el péndulo de poder se balanceara de un lado a otro entre los dos linajes familiares, uniéndolos así, en última instancia, por medio del nacimiento de un niño descendiente de todos ellos, con lo que el corazón del huey altépetl permanecería en paz.60
Itzcóatl tenía toda la razón en el sentido de que su sucesor necesitaría contar con paz y estabilidad en su círculo íntimo; aunque no podía haber previsto exactamente dónde surgirían los problemas más graves, sabía que, en esta vida, nada nunca permanece igual y que, por lo tanto, ningún tlatoani estaba realmente seguro. Fue una suerte que él y sus parientes resolvieran sus diferencias de manera tan eficaz, porque cimentaron ese poder en su manejo estratégico de la tendencia a formar facciones inducida por la poliginia. Quizá fue su mayor golpe de brillantez, lo que más los distingue en lo que a la política se refiere.
El joven Moctezuma Ilhuicamina estaba destinado a gobernar durante 29 años y, a lo largo de ese tiempo, expandió espectacularmente el territorio mexica y solidificó el control sobre los altepeme rebeldes conquistados en años anteriores; no obstante, sus éxitos no fueron fáciles: relativamente pronto durante su gobierno, una gran sequía afligió a su pueblo, la langosta asoló su territorio en la década de 1450 y, en 1454, la cosecha de maíz no rindió lo suficiente ni lo haría durante los cuatro años siguientes. Los sacerdotes suplicaban a los dioses que se apiadaran de la gente impotente que sufría —la gente común y los niños pequeños— y entonaban sus oraciones a Tláloc en voz alta:
Aquí está la gente común, los macehualtin, los que son la cola y las alas [de la sociedad]. Están pereciendo. Sus párpados se hinchan; su boca se seca; se vuelven huesudos, encorvados, demacrados. Delgados son los labios de los comunes y blanquecina su garganta. Con ojos pálidos viven los bebés, los niños [de todas las edades]: los que se tambalean, los que se arrastran, los que pasan el tiempo volcando tierra y macetas, los que viven sentados en el suelo, los que yacen en los tablados, los que llenan las cunas. Toda la gente enfrenta tormento, aflicción; son testigos de lo que hace sufrir a los seres humanos.61
En el campo, los adolescentes salían de casa en busca de comida, con la esperanza de al menos evitarles a sus padres la necesidad de alimentarlos, y frecuentemente morían, solos, en algún cerro o en algún bosque, y la gente encontraba más tarde sus cuerpos, medio devorados por los coyotes o los buitres.62 En la ciudad, el pago de los tributos ya no llegaba regularmente y los habitantes no tenían con qué alimentarse. Los tiempos eran tan malos que algunas familias podían vender un hijo a los comerciantes que viajaban al oriente, al país de los totonacas o los mayas, allí donde la sequía no era tan grave y la gente estaba interesada en comprar niños a bajo precio: como esclavos, se decían sus padres, sus hijos no morirían de hambre, pero los mexicas se juraron que nunca más se permitirían volver a ser tan vulnerables.
Tan pronto como pudo, Moctezuma montó otra campaña militar, esta vez contra un antiguo aliado que antes había sido subyugado por los mexicas, pero que se había mostrado descontento durante la sequía. El lugar se llamaba Chalco —un poderoso altépetl nahua dentro del valle central, justo al suroriente del lago—, cuyo nombre significa, precisamente, “a orillas de las aguas de jade”.63 Ya antes hubo algunas escaramuzas, pero la guerra comenzó muy en serio en 1455: duró diez años, pero, al final, el altépetl de Chalco ya había dejado de existir; la mayoría de los chalcas todavía vivían, pero su linaje real había sido expulsado. En lo sucesivo, anunció Moctezuma, el pueblo chalca ya no se gobernaría a sí mismo, sino que sería gobernado de acuerdo con los decretos de su nuevo huey tlatoani: los dioses le habían dado ese poder. Su hermano Tlacaélel, el Cihuacóatl, tomó como esposa principal a una hija del linaje real chalca y posteriormente tomó las riendas del poder y nombró caciques a los hombres que los mexicas eligieron: “Y, durante [los siguientes] 21 años —dijo un escritor de anales—, hubo un gobierno de extranjeros”.64
En los patios de Tenochtitlan, los poetas y los narradores de historias volvieron a contar el relato de la grandeza de su altépetl: bajo un cielo iluminado por las estrellas, tomaban en las manos sus libros pintados, los libros nuevos que exhibían, pintados desde la época de la conflagración de Itzcóatl. Las historias revisadas hacían parecer que se esperaba que Itzcóatl ascendería al poder en lugar de los hijos de Huitzilíhuitl y que Tenochtitlan, no Azcapotzalco, estaba destinada a gobernar el mundo conocido. Los bardos señalaban las imágenes simbólicas de los templos en llamas que representaban las conquistas que los mexicas habían logrado. Luego comenzaban a hablar: pasaban de una a otra según las perspectivas de los diversos componentes del altépetl, contando su historia como un todo, tejiendo los hilos en uno solo, para usar su metáfora de la lanzadera del telar. Sus animadas voces se proyectaban en la noche.
Los mexicas habían recorrido un largo camino —recordaban los oradores a su auditorio— desde los últimos días de Chimalxóchitl, más que trágicos. Habían sido errantes cazados —literalmente, en ciertos momentos, después de la guerra con Colhuacan—, pero, bajo Huitzilíhuitl, Chimalpopoca, Itzcóatl y Moctezuma Ilhuicamina, habían desarrollado estrategias y combatido y disputado por una posición con tanto éxito que los pueblos de los alrededores, que antes abusaron de ellos, ahora les temían, y el hambre ya solamente los acechaba de manera intermitente. En ocasiones, era cierto, se sentía como si todavía estuvieran apenas aguantando, que todavía había una amenaza a cada paso.
Con todo, no era así la mayor parte del tiempo: la mayoría de las veces se sentían muy exitosos; sus historias estaban cargadas de un sentido de sí mismos como unos desvalidos que habían llegado a ser los mejores. Nadie les había dado nunca nada. Habían sido realistas y estrategas, y estaban decididos a seguir siéndolo; sabían que, cada año, habría sucesos nuevos para añadirlos a su historia. Todos los pueblos nahuas estaban orgullosos de la duradera vida de su altépetl, su “cerro-agua”, la comunidad que sobrevivía a todos los individuos; sin embargo, al igual que Chimalxóchitl, los mexicas añadían una arrogancia adicional a su orgullo: no consideraban que simplemente se encontraban en equilibrio entre los días que se habían ido y los días por venir, sino que miraban hacia el futuro.
3. La ciudad en el lago
1470 a 1518

Afuera, el brillante sol abrasaba las losas del patio; dentro de los gruesos muros de adobe, todo era frescura y sombra. Una tarde de 1479, Quecholcóhuatl, un joven noble de Chalco, hizo una pausa en el umbral del tecpan del huey tlatoani mexica y dejó que sus ojos se acostumbraran a las sombras. “Estaba considerando qué juicio emitiría el tlatoani”, explicó un hombre de su altépetl muchos años después.1 Quecholcóhuatl nunca había sentido tanto temor en sus entrañas, porque, por las miradas que intercambiaban sus compatriotas, podía afirmar que creían que había sido convocado al tecpan para enfrentar un castigo brutal. Pensaban que sería escoltado a una de las temidas jaulas de madera por las que era famosa la ciudad capital; desde allí, lo llevarían a morir en la hoguera. “¿Moriremos todos en la hoguera?”, se preguntaban sus amigos. A Quecholcóhuatl le fue casi imposible avanzar, siguiendo las señas de los sirvientes, pero lo hizo. Su nombre significa “flamenco serpiente”; ¿era un nombre elegido, en consonancia con la ropa hermosamente coloreada y finamente bordada que usaba cuando hacía una interpretación musical ante el huey tlatoani, como apenas acababa de atreverse a hacer.2 Las borlas oscilaban mientras él caminaba. Aquí, en Tenochtitlan, él representaba al huey altépetl de Chalco y no quería que esos mexicas vieran su temor, sino sólo su orgullo. Se armó de valor y dio un paso tras otro.
A más de 500 años, es imposible saber con exactitud lo que sucedió ese día en el tecpan (palacio) de Axayácatl, Escarabajo de Agua. El relato con el que contamos fue escrito al menos 100 años después de lo sucedido por alguien que obviamente no podía haber estado presente; sin embargo, es mucho lo que se puede extraer de él. El autor fue Chimalpahin, el historiador nahua que vivió en la ciudad de México a principios del siglo XVII. Chimalpahin también era originario de Chalco, donde su amada abuela había conocido en su infancia a Quecholcóhuatl, aunque, para entonces, éste ya era un anciano y había adoptado el nombre cristiano de don Jerónimo.3 Por consiguiente, el historiador chalca obtuvo su información de parientes ya ancianos que habían conocido a personas del antiguo régimen; la historia que registró encaja perfectamente con numerosas otras fuentes que arrojan luz sobre una variedad de temas, incluidas las relaciones políticas entre Tenochtitlan y Chalco, los patrones arquitectónicos de Tenochtitlan e incluso las costumbres culturales de la ciudad; por ejemplo, casi al mismo tiempo que Chimalpahin analizaba ese acontecimiento con su abuela, algunos mexicas le comentaban al fraile español Bernardino de Sahagún lo aterrador que era presentar piezas musicales ante el huey tlatoani, porque éste podía castigar a un artista inepto.4 En consecuencia, no hay razón para dudar de la esencia del relato de Chimalpahin; en realidad, se puede aprender de él si se analiza en el contexto de otras fuentes, porque el autor describe vívidamente la vida en la corte imperial de Tenochtitlan.
Hacia 1479 habían pasado casi 15 años desde que Chalco había sido destruida por los mexicas y sus linajes nobles habían sido disueltos. Ya había pasado suficiente tiempo como para que hubiera una nueva generación de jóvenes adultos que no recordaban claramente los horrores de la guerra; no obstante, no había pasado el tiempo suficiente para que el pueblo chalca olvidara sus antiguos linajes nobles ni el autogobierno del que había disfrutado durante siglos. Por ello, la generación de Quecholcóhuatl se había vuelto impaciente: habían comenzado a hablar entre sí y a insistir en que Tenochtitlan les diera un lugar en la mesa del consejo y los tratara como parientes iguales, como lo hacían con las otras potencias principales del valle central.5
Quecholcóhuatl y sus compañeros cantores y tamborileros se presentaron ante el huey tlatoani Axayácatl en su tecpan. Estaban allí únicamente para entretenerlo, o eso habían dicho, porque en realidad habían elegido con cuidado su canción con una intención política en mente: la pieza se llamaba “La canción de la mujer chalca” y, cuando entonaron la letra, presentaron una protesta de ese tipo.6 El cantor adoptó el personaje de una mujer prisionera de guerra, una concubina. Todos en su mundo entendían el paralelismo entre una mujer cautiva y un altépetl conquistado. En tiempos ordinarios, en los matrimonios ordinarios, se entendía que las mujeres eran complementarias de los hombres y de ninguna manera inferiores a ellos, pero, en tiempos de guerra, el sexo femenino en verdad sufría. Una mujer cautiva lamentaba su destino, no necesariamente porque estuviera sometida a una violencia cotidiana, sino porque había perdido el sentido de sí misma como un ser humano merecedor de honores; ya no podía enorgullecerse de la idea de que sus hijos heredarían su lugar y llevarían adelante su linaje familiar. Se había convertido en alguien nulo en términos sociales, un objeto sexual sin poder duradero, una portadora de niños relativamente carentes de importancia; en resumen, había perdido su futuro. El cantor variaba las reacciones de la mujer de una estrofa a otra: en ocasiones, coqueteaba, como lo habría hecho cualquier muchacha en una situación así, tratando desesperadamente de recuperar cierto sentido de control sobre su propia vida. “Y, ¿si tuviera que complacerlo?”, se preguntaba, y gritó: “¡Ve a poner carbón a la olla y enciende un gran fuego!”; finalmente, en caso de que la cuestión todavía no estuviera clara, comenzó a hacer alusiones directas al sexo e incluso al pene del tlatoani:
Tal vez arruinarás la pintura de mi cuerpo.
Mirarás acostado lo que llega a ser una flor de xiuhquecholli [flamenco]
Te pondré dentro de mí…
Es una flor preciosa de maíz tostado, una flor del flamenco, del cuervo.
Estás echado en tu estera de manta florida.
Él descansa adentro.
Estás echado en tu estera dorada.
Él descansa en la casa, cueva de plumas.
Entonces, repentinamente, en los siguientes versículos de la canción, la joven descubre que su corazón se rompe; recuerda cómo solía ser su vida y que su familia había pensado que sus hijos serían el futuro de su pueblo: “Cuando yo era niña noble, de mí se habló, del matrimonio al que podría entrar.” Todas sus esperanzas se habían perdido y no creía poder soportarlo: “Es para enfurecerse. Es para romper el corazón, aquí en la tierra. A veces me preocupo y me angustio. Me consumo de rabia. En mi desesperación de golpe digo, ay!, niño, que yo muera.” Manoce nimiqui, “que yo muera”, es una declaración muy fuerte.7
En la presentación de esa tarde, otro noble de Chalco había sido originalmente el músico principal, pero el calor o su temor a lo que podría ser el castigo del grupo, o ambas cosas, habían hecho que se desvaneciera. Quecholcóhuatl sabía que su propio destino y el de su altépetl estaban en la balanza: si querían convencer a Axayácatl de que tomara en consideración los sentimientos de Chalco sobre la situación del momento, el entretenimiento tendría que ser magnífico. Dio unos pasos en torno a su compatriota inconsciente; él mismo tomó la iniciativa y, en la interpretación, dio lo mejor de sí: hizo que el tambor de dorados bordes vibrara con fuerza y hablara en voz alta;8 él cantó con sentimiento. La canción terminó con el ofrecimiento de la concubina de vivir con el tlatoani, su nuevo señor, sin rencor, si tan sólo fuera tratada con respeto: “Que no decaiga tu corazón […] he aquí tu mano, que junto a mi mano esté, ve tomándome. Alegraos. En tu estera de flores, donde tú estás, muchachito, dulcemente entrégate al sueño, queda en calma, niño mío, tú, señor, tú, Axayácatl.”
De pronto, en medio de la interpretación, el gobernante comenzó a prestar atención: “Salió del interior, donde estaba con sus mujeres y se dispuso a bailar. Cuando llegó a la pista de baile, Axayácatl alzó un pie, completamente feliz de escuchar la música, y comenzó a bailar y moverse en círculos.” Llevaba un tocado de oro adornado con ramilletes simbólicos de plumas: cada elemento representaba no sólo su propia condición, sino también la relación de su ciudad con las demás; la diadema cuidadosamente trabajada era en sí misma un objeto asombroso. Cuando los tlatoque se unían al baile, se consideraba un gran honor, una ocasión trascendental: las señales eran buenas; los chalcas se sintieron esperanzados; no obstante, cuando la canción terminó, el tlatoani volvió a sus habitaciones y envió un mensajero para que hiciera venir al artista principal. Los chalcas no sabían qué pensar, pero temían lo peor.9
Cuando Quecholcóhuatl llegó ante Axayácatl, lo encontró rodeado de sus mujeres —todas vestidas con hermosas faldas y blusas bordadas, ribeteadas con piel de conejo teñida o plumas de loro amarillas u otros coloridos aditamentos—10 e hizo las tradicionales muestras nahuas de reverencia, arrodillándose y haciendo el gesto de recoger tierra y llevársela a los labios.11 Dijo algo como: “Oh, huey tlatoani, envíame a la hoguera, a mí, que soy tu vasallo, porque hemos hecho mal en tu presencia.” La denigración de sí mismo era un estilo cortés de saludo y, evidentemente, Quecholcóhuatl pensó que podría serle útil para la ocasión;12 no obstante, resultó ser demasiado cauteloso: “Axayácatl no quería escuchar esas palabras”; al tlatoani le había gustado la canción y le había gustado la cantante. Llevó a Quecholcóhuatl a la cama inmediatamente y le pidió que le prometiera cantar sólo para él; Chimalpahin afirma que incluso les dijo con alegría a sus esposas: “Mujeres, levantaos, y acudid a su encuentro, sentadlo entre vosotras, que llega vuestro rival.”13
Comprender la naturaleza de la relación homosexual entre los mexicas ha sido durante mucho tiempo un tema difícil, porque los académicos han dependido en gran medida de fuentes producidas bajo los auspicios de los frailes, en respuesta a preguntas directas y marcadamente críticas sobre el tema.14 Las personas que respondían esas preguntas eran muy conscientes de que no debían aprobar la práctica y hacían algunos comentarios negativos, pero es difícil saber qué pensaban realmente. En años posteriores, los escritores indígenas del siglo XVII describieron los brutales castigos impuestos por la iglesia a los hombres homosexuales, pero aparentemente no les hacían mucha gracia tales escenas; en todo caso, parecían apenas desaprobarlas. “Uno [de los hombres] se llamaba Diego Enamorado […]. [Las autoridades] no especificaron las razones por las que los ahorcaron.”15 A partir de las pocas fuentes disponibles, es evidente que, antes de la conquista, no había una categoría de personas que vivieran todo el tiempo como homosexuales en el sentido actual del término; no obstante, las fuentes en lengua náhuatl producidas fuera del ámbito de los españoles sugieren que muchos varones optaban en ocasiones por tener relaciones sexuales con otros hombres. Había una gama de posibilidades sexuales durante el tiempo de uno en la tierra, entendidas como parte de la alegría de vivir y, sin duda, no era inaudito que los varones tuvieran relaciones sexuales entre sí durante las celebraciones relacionadas con las ceremonias religiosas y, presumiblemente, también en otras ocasiones.16 Sea lo que fuera, el huey tlatoani Axayácatl era un guerrero famoso, un hombre que engendró muchos hijos y podía sentirse atraído tanto por un hombre como por una mujer. Chimalpahin, el historiador de los chalcas, comentó más tarde: “El huey tlatoani realmente amaba a Quecholcóhuatl porque lo hizo bailar”, y no emitió ningún juicio en absoluto, a menos que quizás haya mostrado un poco de orgullo, porque la canción de Quecholcóhuatl se convirtió en un éxito entre muchas generaciones, con repetidas interpretaciones a lo largo de las décadas, y dio fama a su ciudad natal, según dijo: “Debido a eso, Amaquemecan fue [alguna vez] un altépetl famoso que ahora parece pequeño y carente de importancia.”
En esa época, la relación del cantante con el huey tlatoani fue en definitiva una fuente de gran orgullo. Para tranquilizar a los chalcas que, muy tensos, esperaban en el patio, Axayácatl envió a Quecholcóhuatl afuera, llevando en alto unos regalos simbólicos: un atuendo completo —capa, taparrabos y sandalias— bordado con jade, todo lo cual había sido propiedad del huey tlatoani. Los compañeros de Quecholcóhuatl sabían lo que significaban tales obsequios, porque el obsequio público era un lenguaje político, un código que todos conocían. En Anales de Cuauhtitlan, por ejemplo, todo lo que el narrador tuvo que hacer para establecer que Maxtla, el huey tlatoani azcapotzalca, era abusivo y planeaba deshacerse de Nezahualcóyotl fue declarar lacónicamente: “Sólo le dio una tilma.”17 Cuando los chalcas vieron la riqueza de los bienes ofrecidos por Axayácatl, dejaron escapar un fuerte grito de alegría y aquellos que habían tenido más confianza se volvieron para burlarse de los que habían predicho sólo muerte y oscuridad: su risa resonó con fuerza.18
Esa noche, los músicos visitantes celebraron en la ciudad más grande del mundo conocido. Fueron alojados en el centro de la isla, en una casa reservada a los artistas.19 Tenochtitlan estaba dividida en cuatro barrios: Moyotlan, Atzacualco, Cuepopan y Zoquiapan, cada uno de los cuales ocupaba aproximadamente una cuarta parte de la ciudad. Al igual que en el caso de la mayoría de los altepeme del conglomerado, los habitantes de cada barrio construyeron sus mejores edificios en el área de las “cuatro esquinas” donde se unían los cuadrantes, creando así un área verdaderamente urbana en el centro de un mundo fundamentalmente agrícola: en torno a los bordes de la pantanosa isla tenían sus chinampas (los jardines flotantes en el agua fangosa) y reservaban ciertas áreas para la pesca y la búsqueda en el agua de los huevos de aves y otros manjares. En el centro de la isla, donde estaban alojados los visitantes, se alzaba el recinto del templo, que incluía la enorme y brillante pirámide dedicada a su dios Huitzilopochtli y, al lado, el edificio dedicado a Tláloc, el dios de la lluvia; directamente detrás de ellos estaba el tecpan de Axayácatl, el cual recibía agua corriente fresca, cuyo suministro era provisto por un acueducto de arcilla que tenía su origen en un cerro en la costa occidental del lago y cruzaba sobre una calzada que llegaba a la isla, parte de un extraordinario sistema de abastecimiento de agua que incluía diques y esclusas, así como calzadas y otros acueductos.20
El tecpan del antiguo huey tlatoani, en el extremo más alejado del recinto del templo, estaba dedicado a otros fines, distintos de los de vivienda de la realeza ahora que Moctezuma Ilhuicamina había muerto. Los tlatoque más poderosos dejaban unos restos arquitectónicos impresionantes de su tiempo en el poder, visibles para todo el mundo de todos los tiempos (o eso esperaban), y el Estado encontró muchos usos prácticos para ellos: en esa área central, por ejemplo, los cautivos de guerra que iban a enfrentar el sacrificio en un futuro cercano estaban muy vigilados, algunos de ellos alojados suntuosamente y otros, mucho menos, dependiendo de la función ceremonial que debían desempeñar.21 No muchos años antes, los chalcas habían estado entre los prisioneros, pero ya no era así. Cerca de allí, el huey tlatoani de los mexicas mantenía una especie de zoológico lleno de animales obtenidos como tributo de altepeme distantes y dispersos que habían sido sometidos; algunos de éstos también enfrentarían el cuchillo de pedernal en los días sagrados, pero muchos serían exhibidos permanentemente como testimonio del poder mexica: los visitantes pudieron haber visto animales fascinantes, como reptiles, jaguares, lobos y leones de montaña, entre decenas de diferentes criaturas.22 A diferencia de lo que ocurre en la naturaleza, los visitantes no necesitaban temer el aullido de un animal, mientras que, en las tierras boscosas, si repentinamente se escuchaba el aullido o el grito de un animal carnívoro, algunas personas temían que eso significara que pronto serían tomadas prisioneras y esclavizadas o asesinadas, o que sus hijos se convertirían en prisioneros.23 Ahora bien, durante la noche que Quecholcóhuatl pasó en la ciudad no tenía nada que temer, sino mucho que esperar: él y sus compañeros se concentraron en la posibilidad de que su amada Chalco recuperara cierto grado de independencia.
Sus anfitriones les ofrecieron comida y ellos tuvieron un festín: los tamales estaban adornados con diseños decorativos en la parte superior, como una concha marina rodeada de frijoles rojos. Los huéspedes pudieron elegir entre guajolote, venado, conejo, langosta o rana, todos guisados con chiles de diversos tipos. Como guarnición había hormigas aladas mezcladas con sabrosas hierbas, picantes salsas de jitomate, cebolla y calabaza fritos, hueva de pescado y maíz tostado; además, había toda clase de frutas, tortillas con miel y dulces hechos con semillas de amaranto. A decir verdad, un antiguo sirviente contó una vez 2 mil platillos diferentes hechos para el huey tlatoani de los mexicas, que después fueron distribuidos para que los probaran sus consejeros, sirvientes y artistas. Al final de la comida, siempre llegaba el chocolate: granos de cacao machacados, preparados con agua caliente y aromatizados con miel y varios tipos de flores secas, como vainas de vainilla o rosas; para hacerla aún más especial, la bebida se servía en jícaras talladas o pintadas, a menudo provenientes de tierras muy lejanas.24
Ahora bien, quizá no era el zoológico ni la comida lo que los visitantes recordaban especialmente en años posteriores: lo primero que siempre recordaban las personas que veían la ciudad era su belleza, lo cual se debía a los jardines —que se desbordan de los tejados planos de las casas de la gente común, además de los jardines del huey tlatoani—, en los que las flores más hermosas de México —muchas con nombres que nunca han sido traducidos con exactitud a las lenguas europeas— florecían entre unos árboles cuyas fascinantes formas podían hacer que parecieran encantados; en grandes jaulas de madera, finamente labrada, revoloteaban y cantaban las aves más brillantes de las selvas orientales y meridionales: quetzales y loros, flamencos y patos de mechón, periquitos y faisanes —innumerables clases que no podían contarse—. Cuando los pájaros se metían entre el follaje y luego reaparecían rápidamente, los colores de sus alas brillaban a la luz del atardecer, como destellos de magia, resultado de algún hechizo, igual que en las historias que la gente contaba en Chalco. A medida que la oscuridad avanzaba, aparecían las estrellas y los sacerdotes las observaban y cartografiaban, pero la gente común tan sólo las admiraba: en ocasiones, los mexicas bromeaban diciendo que las estrellas parecían palomitas de maíz esparcidas en el cielo nocturno.25
¿De dónde había salido esa ciudad? Entre 1470 y 1490, Tenochtitlan estaba muy lejos de ser la ciudad un tanto desaliñada y pantanosa habitada por Itzcóatl cuando éste hizo su primer intento por hacerse con el poder; sin embargo, bajo él y luego bajo Moctezuma Ilhuicamina, las victorias se habían multiplicado hasta que la riqueza y el poder relativo de los mexicas llegaron a ser realmente significativos. El valle central de México contenía ya alrededor de 1.5 millones de personas, agricultores en su mayoría. En el centro mismo de la fértil cuenca, en esa pequeña isla de poco más de 14 kilómetros cuadrados, vivían hasta 50 mil personas.26 Contando a los habitantes de otros altepeme que se agrupaban en la orilla más alejada del lago, frente a la isla, había probablemente un total de 100 mil habitantes en toda la extensión del área urbana: el ritmo del aumento de la población de Tenochtitlan había superado al de otras regiones. Ello se debió, en parte, a que la riqueza y el dominio político de la ciudad alentaron la inmigración, pero las victorias en las guerras también llevaron más mujeres cautivas a la ciudad y, como cualquier demógrafo podría predecir, más úteros dieron a luz más bebés, por lo que era evidente que las relativamente pocas chinampas de las afueras de la ciudad no podían alimentar una población tan numerosa y sus habitantes tenían que obtener gran parte de sus alimentos de las regiones rurales de la cuenca. El éxito de los mexicas en las guerras hizo posible exigir mayores cantidades de alimentos como tributo y, además, su población en aumento hizo que fuera económicamente atractivo para los pobladores de la cuenca llevar alimentos de forma voluntaria para venderlos a cambio de las artesanías, cuya producción se había vuelto muy importante para los habitantes de la urbe. En ese contexto, la ubicación de la ciudad en una isla en el centro de un gran lago hizo muy fácil que su mercado se convirtiera en un gran centro de distribución comercial, que unía a todos los pueblos que vivían cerca de las orillas del lago circundante.
Debido a que la ciudad había crecido tan rápido desde cero, en lugar de evolucionar gradualmente, como el antiguo París o la vieja Londres, su construcción fue planeada y organizada. Los edificios se extendían a lo largo de unas calles ordenadas y rectas; las casas comunes consistían en construcciones de adobe en tres o cuatro lados de un patio central; en los techos planos había jardines y, en ocasiones, unas pequeñas habitaciones adicionales, utilizadas con frecuencia para almacenamiento. En general, cada mujer tenía su propio hogar —ya sea que las mujeres de la casa fueran las esposas o las suegras y nueras— y cada cual tenía su propio suministro de cihuatlatqui, el ajuar de mujer dispuesto en cestas y cajas ordenadas: husillos y telares, metates y ollas, escobas y cestos de basura, así como ropa y joyas para las adultas y los niños. En un lugar destacado de la casa, los hombres guardaban sus propios enseres colgados de la pared: las armas hechas a mano, los tocados de batalla y los recuerdos de guerra, todo cuidadosamente acomodado. No había muebles: la gente se sentaba y dormía sobre petates, cómodos y gruesos, y almohadas.27
Sobre esas simples estructuras se alzaban los grandes templos de los barrios en forma de pirámides y, cerca de cada uno de ellos, los complejos habitacionales de la nobleza, muy decorados. Por sobre todo ello se alzaban los grandes templos gemelos de la plaza central, bordeados por el tecpan del tlatoani, donde los visitantes chalcas hacían sus representaciones. Itzcóatl había comenzado hacía mucho tiempo el proceso de convertir el sencillo santuario que una vez estuvo en el centro de la isla en una estructura adornada sobre una amplia plataforma de piedra. Desde entonces, había habido varias etapas más de construcción y cada una había realzado el esplendor de los dos templos, porque los arquitectos y los constructores de la ciudad —a sueldo del huey tlatoani del momento—nunca descansaban. Un primer acueducto, construido para llevar agua dulce a la isla, se había derrumbado en una inundación en 1449, justo antes de que comenzara la gran hambruna, y, recientemente, bajo Axayácatl, se había construido uno nuevo mucho más alto y con dos canales de agua, para que, aun cuando uno necesitara ser limpiado o reparado, no hubiera interrupción en el flujo de agua.28
Los mexicas pudieron lograr todo eso con tanto éxito debido en buena medida a que la transición a la próxima generación de gobernantes se había desarrollado dos veces relativamente sin complicaciones: Tezozómoc, el hijo de Itzcóatl, había mantenido su palabra y renunciado voluntariamente a la posibilidad de gobernar, como se había acordado mucho tiempo antes (aceptando a cambio tierras y tributarios en Ecatepec, cerca de Azcapotzalco), y Moctezuma Ilhuicamina, del linaje de Huitzilíhuitl, Plumas de Colibrí, había sucedido a Itzcóatl; después de la muerte de Moctezuma, la selección de un gobernante se hizo entre los hijos de Tezozómoc, también según lo acordado. Los hijos mayores de éste habían nacido de esposas cuyos matrimonios precedieron el ascenso de Itzcóatl y su familia, pero el más joven, Axayácatl, era hijo de Atotoztli, una de las hijas de Moctezuma. Es probable que la joven haya sido en realidad nieta de Moctezuma (hija de una hija de éste que se había casado con Tlacaélel), aunque los bardos no estaban de acuerdo sobre esa filiación. Como fuera, Atotoztli tenía una estrecha relación con Moctezuma: era alguien con cuyos hijos él estaba directamente relacionado y de quienes quería imaginar que algún día ocuparían el petate del huey tlatoani. Axayácatl, pues, era el hijo de Tezozómoc a quien Moctezuma deseaba como sucesor.
Antes de morir, Moctezuma hizo todo lo posible para asegurarse de que el consejo de nobles eligiera apoyar al muchacho cuando él mismo hubiera fallecido; sobornaba y amenazaba, y, siempre que le era posible, mostraba al joven Axayácatl en una posición ventajosa. Su estrategia dio resultado: después de su muerte, en el acostumbrado consejo de miembros de la familia gobernante, dos de los medios hermanos mayores de Axayácatl, Tízoc y Ahuízotl, alzaron la voz para oponerse e insultaron al joven príncipe en términos burdos: “¿Es realmente un guerrero varonil? ¿Realmente toma cautivos? ¿No son realmente […] esclavos que compra y trae aquí para que parezca que es un guerrero varonil?”;29 sin embargo, aunque los dos hermanos mayores insistían en que se les considerara a ellos mismos si hubiera otra transición en vida de ellos, abandonaron sus quejas cuando les fueron otorgados altos cargos militares y lucrativas fuentes de ingresos. Axayácatl se convirtió en huey tlatoani en 1469, inmediatamente después de la muerte de Moctezuma, lo cual parecía ser un buen augurio para la consolidación del poderío mexica.30
Desgraciadamente para el joven y atlético Axayácatl —quien de verdad se deslizaba como un escarabajo de agua sobre la superficie del lago en una canoa de guerra—, un problema específico relacionado con la sucesión nunca se resolvió y luego estalló en una crisis. Muchos años antes, poco después de que los mexicas poblaran su isla y comenzaran a hacer de ella su hogar, surgió una especie de desacuerdo interno y un grupo disidente estableció una aldea separada en la costa norte, donde se hicieron conocidos porque albergaba el mercado más grande de la isla, que comerciaba con las aldeas del perímetro del lago. Su altépetl independiente se llamaba Tlatelolco y tenía su propio tlatoani, porque el grupo separatista, más pequeño, no deseaba vivir y trabajar bajo el poder del tlatoani del grupo más numeroso;31 sin embargo, a pesar de la división, los tlatelolcas también eran mexicas, con una historia y un orgullo compartidos, y continuaron enfrentando al mundo exterior junto con la gente de Tenochtitlan. Cuando Maxtla de Azcapotzalco asesinó a Chimalpopoca en 1426, envió a algunos de sus familiares a matar también al tlatoani de Tlatelolco, por lo que, sin dudarlo, los tlatelolcas se unieron a Itzcóatl cuando éste arengó a los mexicas de Tenochtitlan para que lo siguieran y derribaran a Azcapotzalco. Durante el siguiente medio siglo, Tlatelolco se desempeñó como el socio menor de Tenochtitlan, ayudando a la ciudad más grande a conseguir sus victorias y recogiendo una parte de las ganancias: la gente de Cuauhtinchan (en el oriente) y la de Toluca (en el occidente), por ejemplo, recordaban más tarde la prepotencia de los tlatelolcas que recaudaban los tributos en nombre de Tenochtitlan.32
Ahora bien, para 1470, los habitantes de Tlatelolco ya estaban muy resentidos; creían que el ascenso meteórico de Tenochtitlan se debía al apoyo militar que los tenochca siempre habían recibido de ellos —sus parientes de la costa septentrional de la isla— y, por lo tanto, sentían que tenían derecho a una mayor parte de la riqueza y el poder disponibles; además, ellos eran los que operaban el gran mercado patrocinado por todos los pueblos del valle; sin duda, estaban irritados porque Axayácatl se había convertido en huey tlatoani, en lugar de uno de sus medios hermanos mayores, algunos de los cuales tenían una madre tlatelolca; si uno de estos medio tlatelolcas se hubiera convertido en huey tlatoani, Tlatelolco podría haber esperado mayores ganancias en el futuro, por lo que ahora querían dejar en claro que ya no apoyarían incondicionalmente a Tenochtitlan, a menos que hiciera algunos cambios. Moquihuixtli, el tlatoani tlatelolca, comenzó a hacer lo que los tlatoque nahuas solían hacer en tales situaciones: reorganizó sus relaciones matrimoniales para hacer una declaración sobre la sucesión. Moquihuixtli expresó que su esposa tenochca ya no sería su consorte principal y que sus hijos no heredarían el poder; en realidad, afirmó que ella no tendría hijos porque, sin duda, él no tendría relaciones sexuales con ella, y agregó con sarcasmo que una mujercita tan delgada y de aspecto tan frágil no podía atraer a ningún hombre, y que él prefería a sus otras mujeres. No queda claro si Moquihuixtli realmente creía que obtendría mejores condiciones de Tenochtitlan o si quería provocar una guerra e intentar derrocar a Axayácatl. Esto último parece factible, porque Moquihuixtli era conocido por sus declaraciones belicosas que rayaban en lo irracional o que incluso se pasaban de la raya.33
Como haya sido, la joven esposa tenochca contra la que Moquihuixtli se volvió se llamaba Chalchiuhnenetzin, Muñeca de Jade, hermana de padre y madre de Axayácatl. Cuando el joven huey tlatoani escuchó lo que Moquihuixtli estaba diciendo, envió públicamente a su hermana ricos obsequios como gesto de apoyo político, pero Moquihuixtli se los quitó y también la fina ropa que ella había llevado al matrimonio, con lo que la obligó a pedir prestadas las burdas faldas y blusas de las mujeres que trabajaban en el tecpan; finalmente, según el chismorreo y los narradores, incluso la golpeó y la hizo mantenerse desnuda junto con las otras mujeres mientras él las miraba de arriba a abajo. Chalchiuhnenetzin tuvo que dormir entre los metates en que se molía el maíz para hacer la harina, pero tal vez la ropa prestada y la adopción del papel de sirvienta la ayudaron: un día pudo escapar, presumiblemente recorriendo de incógnito las calles, y se dirigió al tecpan de su hermano, donde le contó todo a Axayácatl: “Les dio [a sus aliados] escudos y macanas de guerra con cuchillas de obsidiana. He escuchado lo que dice; hay consultas por la noche […]. Dice que nos destruirá a los mexicas-tenochcas, que el único huey altépetl será el de Tlatelolco.”34
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