Read the book: «Mi Combate por los Niños Autistas»

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Edición: Primera en castellano. Septiembre de 2021

Lugar de edición: Barcelona, España / Buenos Aires, Argentina

ISBN: 978-84-18095-87-0

Depósito legal: M-18577-2021

Código Thema: MKJA [Autism & Asperger’s Syndrome]

Código Bisac: FAM048000 [Autism Spectrum Disorders]

Código WGS: 579 [Humanities, art, music / Special education]

Copyright (c): Odile Jacob, 2013

Título original: Mon Combat pour les Enfants Autistes

Copyright de esta edición: © 2021, Miño y Dávila srl / Miño y Dávila editores sl

Cet ouvrage a bénéficié du soutien des Programmes d'aide à la publication de l'Institut français.

Esta obra cuenta con el apoyo de los Programas de ayuda a la publicación del Institut français.

Traducción: Nora Woscoboinik

Ilustración de cubiertas: Juan Augusto Laplacette

Armado y composición: Laura Bono

Prohibida su reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de los editores. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.


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Índice de contenido

Prefacio a la edición argentina

Algunas consideraciones generales

La evolución de las clasificaciones internacionales: ¿regresión o confusión nosológica?

Los tratamientos multidimensionales: sobre lo que no podemos ceder

La potencialidad autista del viviente psíquico

Pero, ¿dónde debemos situar el cursor entre lo normal y lo patológico?

Prólogo

PRIMERA PARTE. “El encuentro con Vincent, un niño ‘curado’”

Capítulo 1. Una mañana con Vincent

Los comienzos de la vida de Vincent

“Cuando nací, yo no estaba ahí”

Capítulo 2. Los cuatro grandes “desafíos” del desarrollo de un bebé. Genética y Epigenética

Devenir una persona. ¿Pero cómo?

La cuestión del impacto del entorno

Capítulo 3. ¿Cómo logramos sentirnos una persona? Intersubjetividad y subjetivación

El sí-mismo y el otro

La noción de brecha intersubjetiva

El establecimiento de lazos preverbales

La metáfora de la araña

El sentimiento de ser alguien

El lugar del otro

El “yo” de la gramática y el “yo” de la persona

Capítulo 4. Cómo un bebé aprende a comunicar. Comunicación verbal y comunicación no verbal

Comunicación analógica y comunicación digital

La voz materna: una ópera para el bebé

Ganarle al caos

SEGUNDA PARTE. Autismo infantil: las grandes cuestiones que se debaten en la actualidad

Capítulo 1. ¿Autismo(s) o trastorno(s) generalizado(s) del desarrollo? La vaga noción del espectro autista

El autismo en las grandes clasificaciones

Los tres grandes criterios actuales del autismo

Las diferentes formas de autismo

¿Por qué hablamos de “trastorno generalizado del desarrollo”?

Por una visión global del autismo

Capítulo 2. ¿Hay una epidemia de autismo? La discusión sobre la frecuencia

Capítulo 3. ¿Una enfermedad o una discapacidad?

Capítulo 4. Padres y profesionales frente al autismo: ¿cuál es la situación actual?

Capítulo 5. ¿Una nueva relación entre las familias y la medicina?

Capítulo 6. El lugar de los psiquiatras de niños y de los psicoanalistas con los niños autistas

TERCERA PARTELos avances espectaculares en la comprensión de la enfermedad

Capítulo 1. ¿Los autistas son extraterrestres? La cuestión de una dimensión autista en cada uno de nosotros

Capítulo 2. ¿Existe una forma de inteligencia autista particular?

Capítulo 3. La noción de modelo polifactorial y el consecuente tratamiento multidimensional

Factores primarios y secundarios

La dialéctica entre factores primarios y factores secundarios

La necesidad absoluta de una atención multidimensional

Capítulo 4. El concepto central de polisensorialidad. Cómo sienten y perciben el mundo los niños autistas

La comodalización de los flujos sensoriales desde el punto de vista cognitivo

La vivencia de exterioridad del objeto: una convergencia entre psicoanálisis y cognición

Capítulo 5. El surco temporal superior “en vedette”

El autismo como fracaso del acceso a la intersubjetividad

Dos estudios de IRM en 2004

Anomalías del surco temporal superior en sujetos autistas

Capítulo 6. Sobre ciertos estereotipos sensoriales

Capítulo 7. ¿Existen mecanismos autistas no autistas?

CUARTA PARTE. Ayudar a los niños autistas y a sus familias.Alegato por una atención integrada

Capítulo 1. Diagnóstico, detección y evaluación. Mitos y realidades

Las diferentes situaciones de alerta

Breve historia de la detección clínica temprana

Un diagnóstico complejo

Por una detección precoz

Capítulo 2. El derecho absoluto e indiscutible a la escolarización

Capítulo 3. Los diferentes tipos de atención y la cuestión de su evaluación

Capítulo 4. Por un tratamiento multidimensional

¿Qué podemos hacer durante el primer año de vida?

El segundo año de vida

¿Y después?

Por último, ¿qué entendemos por “tratamiento multidimensional”?

Capítulo 5. El rol de las psicoterapias en la atención de los niños autistas

La verbalización de los afectos

La interpretación de las angustias arcaicas

La construcción del yo corporal

Un lugar para el enfoque psicoanalítico

Capítulo 6. El sufrimiento de los padres y los hermanos

Ayudar a los padres

Ayudar a los hermanos y hermanas

Capítulo 7. Los Centros de Recursos para el Autismo

Capítulo 8. El papel de la Alta Autoridad de Salud

Las recomendaciones de la HAS

La HAS en cuestión

A modo de conclusión

Anexos

Anexo 1. Factores primarios y secundarios del modelo polifactorial

Ejemplos de factores primarios (de vulnerabilidad) en el autismo

Anexo 2. Una reseña de los métodos y herramientas de diagnóstico

El diagnóstico nosográfico

El diagnóstico funcional

El diagnóstico etiológico y la búsqueda de patologías asociadas

De la evaluación a la atención

Anexo 3. Los principales enfoques conductuales, psicoterapéuticos y de rehabilitación45

Intervenciones sobre el comportamiento y el desarrollo

Anexo 4. El comunicado de la CIPPA con motivo del Día Nacional del Autismo

Referencias bibliográficas

Prefacio a la edición argentina

Bernard Golse

23 de febrero de 2021

En primer lugar, me gustaría aprovechar esta oportunidad para expresar públicamente mi profunda gratitud y reconocimiento a Nora Woscoboinik-Scheimberg por la traducción de este libro.

Es desde hace muchos años, una gran amiga a la que admiro infinitamente y que se involucra con gran inteligencia en el trabajo con niños pequeños en sufrimiento psíquico, particularmente en la Sociedad Argentina de Primera Infancia, SAPI, filial argentina de la Asociación Mundial de Salud Mental Infantil (WAIMH).

Como psicóloga y psicoanalista, trabajó durante varios años en París dentro de la Asociación de Salud Mental del distrito 13 de París, una institución pionera y prestigiosa fundada, en particular, por Serge Lebovici, a quien personalmente debo tanto.

Conocí a Nora cuando realizaba, para mi formación, una observación de bebés según el método de Esther Bick bajo la dirección de Françoise Jardin, y desde entonces nunca nos hemos perdido de vista, gracias a múltiples encuentros en diversas ocasiones en Europa, Brasil o Argentina.

No dejo de alegrarme de esta fidelidad de los vínculos que es sin duda uno de los condimentos de la vida.

Desde la publicación de este libro en su versión francesa en 2013, ha corrido mucha agua bajo el puente... ¡como decimos en francés! Pero todavía hay muchos problemas que debemos afrontar.

Después de algunas consideraciones generales, quisiera en este prefacio insistir principalmente en tres líneas de pensamiento: la evolución de las clasificaciones internacionales como triste testigo de una regresión y de una confusión nosológicas en el campo de los trastornos autistas, la importancia del lugar de la psicoterapia sobre la que no podemos ceder dentro de los tratamientos multidimensionales, y finalmente la cuestión de la potencialidad autistica tal vez propia del viviente psíquico.

Algunas consideraciones generales

El autismo puede definirse como el fracaso más grave de los procesos de acceso a la intersubjetividad, es decir, a la diferenciación que permite al niño reconocer la existencia del otro.

Esta definición tiene el mérito de ser aceptable para todos los profesionales, independientemente de su horizonte teórico (neurobiológico, psiquiátrico, psicopatológico, cognitivo o psicoanalítico).

Sabemos hasta qué punto las teorías de B. Bettelheim, a menudo caricaturizadas, pueden haber culpabilizado a los padres que se sintieron acusados de ser la causa del autismo de sus hijos.

La historia es la que es y, por desgracia, no podemos retroceder en el tiempo, aunque sea para aclarar ciertos malentendidos.

Actualmente, ningún psicoanalista razonable piensa que esta patología, tan grave y dolorosa, pueda explicarse únicamente por causas relacionales.

Sabemos que el desarrollo del niño, al igual que sus trastornos, se juega en el exacto entrecruzamiento de factores internos (particularmente genéticos) y externos (entre los cuales está el encuentro con el trabajo psíquico del otro), de ahí la noción de un modelo polifactorial que ahora parece ser el más plausible y que, como tal, impone con toda naturalidad un enfoque multidimensional.

En esta perspectiva se están desarrollando apasionantes reflexiones en la interfaz de las neurociencias y el psicoanálisis, particularmente en el seno de la CIPPA*,1 de la que soy presidente y de la que existe ahora una rama latinoamericana muy activa.

Sin embargo, si algunos psicoanalistas fueron capaces, hace unas décadas, de mostrarse fanáticos de una causalidad puramente psicógena del autismo infantil, hoy son los partidarios de una causalidad puramente orgánica los que recogen la antorcha del fanatismo, en nombre de un pseudocientificismo que es, en realidad, un verdadero cientismo.

El asunto podría ser solo un debate entre especialistas, si nuestros dirigentes políticos no se inmiscuyeran imprudentemente.

Después de haber impuesto un cambio de terminología en los años noventa (el autismo salió entonces del campo de las enfermedades mentales para integrarse en el de la discapacidad), el Estado pretende hoy −en Francia pero no sólo allí− elegir el tipo de terapia a aplicar (en particular, el método conductual “Applied Behaviour Analysis” conocido como ABA).

Los invito a imaginar ¿qué pasaría si le dijeran a los cardiólogos que el infarto de miocardio debe cambiar de nombre y cuál es el tratamiento que debe prescribirse a los pacientes?

Prefiero dejar la pregunta abierta por el momento...

La evolución de las clasificaciones internacionales: ¿regresión o confusión nosológica?

El autismo se ha convertido en un trastorno del llamado “del neurodesarrollo”, de naturaleza puramente endógena, y se encuentra incluido en el DSM-4**2 dentro de la clasificación de “Trastornos Generalizados del Desarrollo” (TGD), denominación que corresponde a una verdadera regresión en el pensamiento nosológico, ya que estas categorías deberían permitir normalmente definir entidades cada vez más precisas, homogéneas y específicas, mientras que los TGD agrupan, en bloque, las patologías autistas en sentido estricto (los TGD típicos), los TGD atípicos (el síndrome de Rett, las psicosis desintegrativas y el síndrome de Asperger) y los denominados TGD no especificados (entidad imprecisa y fundamentalmente acientífica en la que pueden incluirse las tres cuartas partes de las patologías psiquiátricas graves de la infancia y, en particular, las denominadas patologías límite).

El recién publicado DSM-5 difiere del DSM-4 en varios aspectos en lo que respecta a las patologías autistas:

- Su perspectiva metodológica ya no es categórica, sino principalmente dimensional.

- Los distintos TGD del DSM-4 pasan a llamarse “Trastornos del Espectro Autista” (TEA).

- En la actualidad, dos tipos de disfunciones son suficientes para hacer un diagnóstico de TEA: los trastornos de la comunicación y los intereses restringidos.

- El síndrome de Asperger deja de ser un TEA y representa un trastorno de la comunicación singular e individualizado.

Como resultado de esta extrema confusión nosológica, la frecuencia del autismo, que solía ser de un caso por cada 5.000 o 10.000 nacimientos, se diluye ahora en la de los TEA tal como se definen en el DSM-5***3 y se estima en 1 caso por cada 100, ¡o incluso más, en la población general!

Por supuesto, no ha habido ninguna epidemia autista, sino sólo un cabildeo (lobbying) frenético para hacer prevalecer el vago concepto de TEA, trastornos a los que el método ABA (no más validado que cualquier otro) sería susceptible de aplicarse sin distinción alguna...

Podemos ver el jugoso mercado que se avecina aquí...

Sin embargo, nuestros dirigentes tendrían que ocuparse de garantizar y sostener la calidad de nuestros continentes de acción (equipamiento suficiente en las distintas áreas de tratamiento) sin pretender dictar el contenido de las acciones, cuya evaluación cualitativa no es en absoluto su responsabilidad.

Me parece que lo que está en juego es el respeto a los niños y a la libertad de las familias.

Los tratamientos multidimensionales: sobre lo que no podemos ceder

¡El todo-psicoanalítico ha fracasado, pero el pedagógico, el todo-educativo o el todo-reeducativo también fracasarán, y cualquier técnica que pretenda tener razones para reclamar o imponer el monopolio del tratamiento sería de hecho muy sospechosa!

La lógica de la hipótesis etiológica polifactorial nos obliga a ofrecer un tratamiento multidimensional lo mas precoz posible, para no privarnos de ninguna vía de acceso potencialmente eficaz.

Por supuesto, es importante respetar al máximo las trayectorias de las familias y, al mismo tiempo, defender firmemente que, en el marco de una integración escolar digna de ese nombre, se pueda llevar a cabo conjuntamente una acción en los tres niveles: el pedagógico (siempre), el reeducativo (lo antes posible) y el psicoterapéutico (siempre que sea necesario, es decir, muy a menudo).

Cualquiera sea el método utilizado, toda psicoterapia de un niño autista tiene como objetivo hacerle sentir, como decía F. Tustin, que el otro existe y que no es amenazante, lo que en el fondo remite, a través de los afectos y las emociones, a la cuestión del acceso a la intersubjetividad, cuyo fracaso constituye el núcleo de la patología autista.

Ser autista da lugar, en ciertos momentos, a un sufrimiento psíquico extremo, y salir del autismo tampoco es fácil, porque el niño autista descubrirá entonces el mundo y los objetos que lo componen (objetos animados e inanimados), que pueden ser vivenciados por él como objetos terroríficos.

Teniendo en cuenta el polémico contexto actual, el objetivo de este libro es poner en evidencia el innegable interés de las psicoterapias psicoanalíticas de niños autistas, tan denostadas en la actualidad y a las que, sin embargo, no podemos ni debemos renunciar.

El lector verá así la utilidad de la verbalización de los afectos, de la interpretación de las angustias más arcaicas, del dar sentido a ciertos comportamientos atípicos en el marco de las sesiones, y de la ayuda en la edificación del Yo corporal del niño.

Es importante ayudar al niño a experimentar su piel como un envoltorio corporal (E. Bick) suficientemente contenedor y limitante (lo que evoca G. Haag cuando dice que se trata de ayudar al niño a obtener una “sensación de entorno” distinta de la que le ofrece el caparazón autista), una envoltura cutánea que remite al concepto de “Yo-piel” de D. Anzieu.

Pero también es importante ayudar al niño a diferenciarse intracorporalmente, a vivir su cuerpo como suficientemente hermético (esfinterización de la imagen corporal), y finalmente a aceptar sustituir sus flujos sensoriales aprisionantes por flujos relacionales (D. Houzel).

Con un niño autista, no se trata de encontrar y señalar al culpable de sus dificultades (que, por otra parte, no existe), sino ayudarlo a estar en contacto con su propio mundo interno, a darle forma y sentido, y a superar los obstáculos emocionales que le son propios para favorecer el despliegue de su desarrollo cognitivo.

Todo esto solo es posible gracias a la formación del psicoanalista que, por su empatía, su experiencia de la transferencia y la contratransferencia, está particularmente capacitado para descifrar los mensajes que el niño le envía sin saberlo. Su formación le permite identificarse profundamente con las experiencias físicas y emocionales del niño autista para ayudarlo a construirse e individualizarse progresivamente, y todo ello demuestra la importancia de estos enfoques psicoterapéuticos para los niños autistas que, sin ninguna perspectiva causal, complementan eficazmente la gama de otras medidas de atención incluidas en un proyecto multidimensional obviamente indispensable.

La potencialidad autista del viviente psíquico

Si bien el DSM-5 da lugar a una regresión y a una confusión epistemológica muy perjudicial, su objetivo dimensional plantea, sin embargo, la cuestión muy interesante de una potencialidad autista que sería propia del viviente psíquico.

En efecto, sabemos hoy que el acceso a la intersubjetividad −y a la subjetivación que resulta de ella− es fruto de la sincronización de los diferentes flujos sensoriales procedentes del objeto, una articulación sensorial que permite experimentar al objeto en exterioridad en relación con uno mismo.

Por ello, suelo insistir en tres axiomas que me parecen esenciales:

- No hay acceso posible a la comunicación (general o lingüística) sin un acceso previo a la intersubjetividad.

- No hay acceso posible a la intersubjetividad sin una articulación de los diferentes flujos sensoriales procedentes del objeto (que puede concebirse tanto en términos de mantelamiento meltzeriano como en términos de co-modelización cognitiva).

- Por último, no es posible articular estos diferentes flujos sensoriales sin el establecimiento de ritmos suficientemente compatibles entre los mismos, ya sea que esta sincronización polisensorial se efectúe a nivel central (sustancia reticulada del tronco cerebral), a nivel periférico (esfínteres sensoriales) o a nivel interactivo.

Esto permite comprender que la construcción del objeto no es una conquista estable y definitiva del desarrollo, sino que, por el contrario, hay, a lo largo de la vida, un proceso permanente de construcción y deconstrucción del objeto.

Este proceso es tan rápido y fluido en el individuo “sano” que no obstaculiza su funcionamiento ni su desarrollo psíquico, mientras que en los niños autistas o en riesgo de serlo, la no sincronización o desincronización polisensorial puede obstaculizar más o menos gravemente el funcionamiento de los distintos sectores del crecimiento y la maduración psíquica (cognición, comunicación, psicomotricidad y socialización).

Pero, ¿dónde debemos situar el cursor entre lo normal y lo patológico?

Aquí es donde la estructura dimensional del DSM-5 resulta delicada pero potencialmente interesante.

Por mi parte, es en todo caso la ocasión de afirmar enérgicamente que la proclamación de una frecuencia del 1% o más de niños autistas es del orden de una broma siniestra, pero que la idea de que existe una potencialidad 100% autista en cualquier organismo psíquico vivo me parece por el contrario bastante plausible.

Estos son los comentarios introductorios de este libro, publicado en Francia hace unos años, pero que plantea cuestiones que me parecen todavía actuales.

Muchas gracias de nuevo a Nora Woscoboinik-Scheimberg por haber asumido esta ardua tarea de traducción, que permitirá al público argentino e hispanohablante conocer una serie de posiciones francesas que, afortunadamente, no soy el único en defender.

Habiendo trabajado durante mucho tiempo con varios países sudamericanos, tengo la sensación de que en Europa (y más concretamente en el sur de Europa) tenemos el mismo objetivo, el de articular los logros de la psicopatología y el psicoanálisis con los formidables avances de las neurociencias.

Solo esta actitud me parece hoy capaz de permitirnos seguir buscando el sentido de los trastornos psíquicos y, al hacerlo, garantizar a nuestros pacientes un estatus de dignidad debido a todo ser humano, ya sea que se encuentre en gran dificultad o en gran sufrimiento.

La biología por sí sola nunca podrá resumir la totalidad de lo vivo y, en el ámbito del autismo, esto es precisamente lo que este libro pretende atestiguar.

1* Coordinación Internacional de Psicoterapeutas Psicoanalistas y miembros asociados que se ocupan de Personas con Autismo.

2** Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales-4.

3*** Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales-5.

Este libro está dedicado a todos los niños autistas que conocí, que atendí y que me enseñaron tanto sobre la vida psíquica y sobre mi profesión. Agradezco también a los muchos padres de niños autistas que tuvieron la valentía y la honestidad de no juntar sus voces con aquellas que transmiten el odio, el menosprecio y el miedo.

Este libro está dedicado igualmente a todos los equipos profesionales que están con esos niños cada día, que comparten sus sufrimientos sin desalentarse y que sin embargo son actualmente fácil e injustamente atacados.

Por último quiero atestiguar mi profunda admiración por mi equipo increíblemente competente, entusiasta y creativo, y sobre todo a la Dra. Laurence Robel, maravillosa colaboradora, formada en el campo de las neurociencias y de la psicopatología y que dirige actualmente el departamento “autismo” del servicio de psiquiatría infanto-juvenil que dirijo en el Hospital Necker-Enfants Malades de París.

Prólogo

El autismo infantil fue declarado “gran causa nacional” en 2012, lo cual aparentemente es una buena noticia. En realidad, teniendo en cuenta la ausencia total de consenso en la comunidad científica nacional e internacional, sobre los orígenes de esta patología tan dolorosa, podemos preguntarnos si esta declaración circunstancial no ha finalmente obstaculizado al pensamiento, a la inteligencia, a la templanza y a la tolerancia mucho más que aportado beneficios reales y concretos a los niños concernidos. Es como si, a imagen de los niños autistas, corriéramos el peligro de estancarnos nosotros mismos en oposiciones radicales, en clivages costosos y dañinos. ¡El autismo aparentemente nos “autistiza” aunque no es contagioso! Esta es una de las primeras lecciones.

Los niños autistas tienen mucha dificultad a articular sus sensaciones en el seno de una polisensorialidad armoniosa. Esto es sin duda lo que obstaculiza fundamentalmente el acceso al reconocimiento del otro como un individuo distinto y separado de ellos. Por ejemplo, presentan una gran dificultad para acoplar sus diferentes sensaciones para conformar pares sensoriales contrastados; para ellos lo suave es radicalmente distinto de lo áspero, lo duro de lo blando, lo liso de lo arrugado, lo caliente de lo frío, lo convexo de lo cóncavo: para ellos estas experiencias son independientes. De alguna manera nosotros hacemos lo mismo cuando nos oponemos entre profesionales o incluso entre padres y profesionales; los partidarios de “lo duro” estarían del lado de las técnicas de aprendizaje y la reeducación mas forzadas, mientras que los partidarios de “lo blando” estarían del lado de las psicoterapias y las técnicas vinculares presentadas a menudo como “vagas”. Esta oposición no tiene ningún sentido. Ya que como dijo J. Hochman “tratarse permite aprender, y aprender incontestablemente hace bien”. Por eso defendemos a largo de todo el libro el interés de los tratamientos multidimensionales e integrados. Son los que permiten evitar el clivage entre las técnicas puramente comportamentales (aprender por aprender incluso sin comprender) y los enfoques para los que la emergencia del deseo precede indispensablemente todo aprendizaje, ¡en una atmósfera que nos recuerda el desierto de los tártaros de Dino Buzzati!

En realidad, esto tiene algún sentido, porque nos muestra la intensidad con la que la dinámica del funcionamiento autista se difunde a su alrededor, cómo acaba infiltrándose en los comportamientos de todos los que conviven o están cerca de los niños autistas (ya sean padres o profesionales), y cómo impregna nuestras formas de hacer y de pensar, e incluso nuestros diferentes modelos teóricos. Existe, pues, una “fuerza penetrante activa” de la dinámica autista (R. Roussillon, 2002) en el corazón mismo del entorno de los niños enfermos: esto es algo importante que el autismo ya nos ha enseñado, y a lo que debemos estar muy atentos.

*

El autismo nos enseña también algo sobre las raíces de lo humano y de la humanización, sobre todo cuando sabemos que un niño solo puede constituirse como un sujeto si (y solo si) la idea de sujeto le precede y le concierne. Los niños autistas, a menudo tan hermosos y armoniosos, confrontan a sus familiares con un sufrimiento indescriptible, el sufrimiento de no ser reconocidos en su existencia como seres humanos, como auténticos interlocutores de la relación. ¿Existe algo más terrible para un padre que no poder captar la mirada de su hijo, de no oírle jamás pronunciar «papá» o «mamá», de no saber nunca si está bien o si está mal? ¡Parece tan sencillo para los otros niños! ¿Cómo no culparse o sentirse culpable de algo? Los padres de niños autistas no necesitan a los psicoanalistas... para culparse a sí mismos de una manera totalmente irracional. A menudo tenemos que trabajar sobre ese sentimiento primario de culpa antes de poder establecer realmente una alianza con ellos; tenemos que hacerles comprender que nuestros modelos teóricos no los incriminan de ninguna manera, pero que, en cambio, no hay mejor tema que las dificultades del desarrollo del niño para alimentar este sentimiento de culpa que se anida tan profundamente en el corazón de la psiquis humana, y que a veces nos da la impresión (¿un poco megalomaníaca?) ¡que somos responsables de todo, lo que nos evita una vivencia de pasividad que refuerza aun más el sufrimiento!

*

El desarrollo saludable del niño se juega siempre en el exacto entrecruzamiento, en la interfaz, en la intersección de factores endógenos (es decir, la parte personal del sujeto, con su equipamiento genético, biológico, psicológico o cognitivo...) y factores exógenos (o sea el medio ambiente en sentido amplio, metabólico, alimenticio, ecológico... pero también con todos los efectos de encuentro relacional y los efectos de “a-posteri” que están asociados).

Me parece que este esquema se aplica también a los trastornos del desarrollo y, en particular, los del desarrollo psicológico y afectivo. Sin embargo, en la actualidad existe un consenso que nos quiere hacer creer que el desarrollo y los trastornos del desarrollo se inscriben en una lógica lineal que se encuentra en el término tan popular, actualmente, de «trastorno del neurodesarrollo». Este término no tiene nada de sorprendente en sí mismo, pero el riesgo es que muchos de los que se refieren a él lo entiendan como reenviando a una causa del autismo puramente orgánica o endógena (en particular, genética). Sin embargo, hoy sabemos con certeza que, si bien existen factores de riesgo endógenos innegables, es necesario que la patología se fije y se organice por efectos de encuentro con particularidades del medio ambiente en sentido amplio.

Creer que el concepto de desarrollo es un concepto simple es un error; querer hacerlo creer es una estafa intelectual, ya que siempre hay que tener en cuenta el sufrimiento psíquico en toda su complejidad. Esto también es algo que la patología autística nos enseña o nos lo recuerda.

*

Cuando asumí el cargo de jefe de servicio del Hospital de día para niños autistas muy pequeños que Michel Soulé fundó en 1972 en el Instituto de Puericultura de París, todos los equipos del sector de psiquiatría infantojuvenil del barrio 14 de París del que Michel Soulé era entonces responsable estaban preparando una gran fiesta. Cada equipo de este sector había preparado una escena o un sketch; el equipo del hospital de día que iba a dirigir de 1983 a 1993, había preparado una farandola veneciana en honor de Michel Soulé que adoraba las fiestas, Italia y el arte barroco. Esta farandola había sido pensada y planeada antes de mi asunsión, y grande fue mi sorpresa cuando, al final de esta maravillosa secuencia con candelabros, música de Vivaldi, humo y pancartas psicodélicas en nombre de LSD1, oí al equipo cuyo destino iba a presidir durante casi diez años, exclamando: ¡«Viva el autismo, el autismo vencerá»!

Yo era todavía muy joven cuando llegué al distrito 14 de París con la ambición, ni más ni menos, de “erradicar” el autismo infantil al menos de esta parte de la ciudad. Escuchar esa frase me marcó profundamente y me intrigó durante mucho tiempo viniendo de un equipo formidable pero que, sin embargo, tenía como tarea primaria el cuidado de los niños autistas. Me ha llevado mucho tiempo comprender todo lo que estas palabras contenían, en realidad, de respeto hacia los niños autistas que tanto nos enseñan sobre los comienzos de la vida psíquica, sobre la necesidad de superar nuestra propia tendencia al clivaje y la importancia de respetar un mínimo de complejidad en nuestra visión del desarrollo humano.

*

Por todas estas razones, tengo la sensación de que el año de odio y agresividad que acabamos de vivir en Francia no beneficia a nadie. Absolutamente a nadie, y sobre todo ni a los niños autistas ni a sus padres*.

Realmente espero que esta gran ola de subjetividad irracional pueda ser superada pronto. Si esto se logra, entonces se lo deberemos a los propios niños autistas, y eso es lo que quiero transmitir en este libro. Quizás, pero solo entonces, podremos decir, sin ambigüedad alguna: ¡Viva el autismo, el autismo vencerá!

PRIMERA PARTE
“El encuentro con Vincent, un niño ‘curado’”

Si la patología mental es del orden del espanto, el desarrollo normal es, lo olvidamos con demasiada frecuencia, del orden del... ¡Milagro! De hecho, todo bebé, una vez nacido físicamente, tiene que nacer también psíquicamente, y para ello tiene que poner en marcha toda una serie de mecanismos extremadamente complejos y delicados. Es notable observar que la gran mayoría de los niños logran hacerlo sin dificultad, mientras que los niños autistas se pierden en estas primeras etapas de crecimiento y maduración psíquicos.

Por eso me pareció útil empezar hablando de un niño en particular: Vincent, que fue capaz de poner en palabras −años más tarde y de forma muy conmovedora− los comienzos de su aventura autista, abriéndonos así a la comprensión de algunas vías de desarrollo que obviamente se encuentran obstaculizadas en el autismo infantil.

Capítulo 1
Una mañana con Vincent

¿Quién mejor que los propios niños autistas puede enseñarnos cómo es realmente la vivencia autista? Hay muchos testimonios de ex autistas adultos, y conocemos la riqueza del de Temple Grandin (1986), pero los testimonios de niños son más excepcionales. ¿Es realmente posible “curar” el autismo? La cuestión es más que delicada, pues ¿qué se entiende exactamente por el término “cura”? En todo caso, y volveremos a este tema más adelante, el futuro de los niños autistas ¡incluso en Francia! ha cambiado mucho en los últimos decenios, y algunos niños autistas, quizás sin normalizarse totalmente, acceden a la comunicación y al lenguaje, a una auténtica escolarización y a una relativa autonomía social y profesional, aunque conserven algunas «cicatrices» psíquicas de este período tan doloroso de su historia temprana. Quisiera relatar aquí el testimonio de este niño, Vincent, que conocí personalmente y que me hizo reflexionar mucho.

Los comienzos de la vida de Vincent

Conocí a Vincent cuando tenía un poco más de dos años, y presentaba un autismo típico, muy grave. Nunca fui su psicoterapeuta, pero como consultante de referencia, tuve la responsabilidad de coordinar el dispositivo de su tratamiento multidimensional que continuó durante muchos años, asociando primero la escolarización en preescolar con maestra integradora (AVS: auxiliar de la vida escolar), y luego en la escuela primaria con currícula adaptada en una clase de integración escolar (CLIS), un tratamiento fonoaudiológico, una psicoterapia individual y una orientación a padres basada en una muy buena alianza terapéutica con ellos.

No voy a detenerme en los detalles de su historia, que le pertenecen, pero lo que puedo atestiguar es que a lo largo de los años he visto a Vincent emerger de su burbuja autista, acceder poco a poco a la comunicación, a la simbolización y al lenguaje y convertirse −gracias a su energía propia y también gracias a todo el trabajo realizado por sus padres profundamente afectados por esta prueba existencial– en un niño muy vivaz y muy conmovedor por su atención al mundo que lo rodea.

Algunos niños como Vincent me han hecho pensar que el concepto de resiliencia, desarrollado por Boris Cyrulnik (2001) se puede aplicar aquí en la medida en que estos niños que han estado cerca de la muerte psíquica, no sólo han sobrevivido mentalmente a esta catástrofe, sino que parecen haber adquirido una riqueza y una sensibilidad particulares que tal vez no habrían podido establecer sin esta dolorosa travesía del desierto, y no sin el trabajo psíquico que sus padres tuvieron que realizar para intentar comprenderlos y ayudarlos a llegar hasta nosotros, de alguna manera. Algunos de ellos adquieren una mirada casi estética, artística y filosófica sobre su entorno, y nos impresionan por el sentimiento que nos dan de haber sido como iniciados a una especie de misterio −iniciación traumática que habrían tenido que asumir en cuanto a la cuestión de los orígenes de su vida psíquica−. Por supuesto, existe en nosotros una parte subjetiva que explica lo que sentimos en contacto con ellos, pero de todos modos, el episodio que quiero relatar aquí es muy reciente.

“Cuando nací, yo no estaba ahí”

Vincent tiene hoy un poco más de 11 años, y está en cuarto grado. De todo este largo proceso, conserva sobre todo una voz aguda, con un ritmo un poco lento y monótono (más adelante nos referiremos a estas características de la prosodia del lenguaje de los niños autistas), pero es extremadamente entrañable y sutil.

Un día, en una consulta trimestral de seguimiento de la evolución, lo recibo primero solo sin sus padres. Es un sábado por la mañana y el servicio está particularmente tranquilo. De repente, después de unos minutos de conversación, lo escucho decir, para mi gran sorpresa: «Te acordás, cuando yo era pequeño, tuve problemas». Este acceso a una cierta narratividad retrospectiva me conmueve infinitamente, y como no soy su terapeuta sino sólo su médico consultante, me autorizo a comunicarle mis sentimientos positivos hacia él. Le respondo entonces lo siguiente: «Por supuesto que me acuerdo, y pienso que es también por esas dificultades que te has convertido en el niño maravilloso que eres hoy». Esto parece conmoverlo, y lo veo absorberse en un movimiento reflexivo muy intenso. Entonces decido proseguir: «Pero con tus palabras de hoy, ¿cómo podrías intentar hablarme de tus dificultades de antaño?». Luego de un largo silencio durante el cual siento a Vincent como adentrado en sí mismo buscando una respuesta en lo más profundo de sí, y después de un tiempo de espera muy impresionante, le escucho decir esta frase absolutamente extraordinaria: “Cuando yo nací yo no estaba ahí”.

¿Qué podemos pensar de esta formulación? Por supuesto, el acceso al lenguaje reescribe profundamente los recuerdos tempranos, y lejos de mí está la idea de que esa frase equivale a la narración directa de su experiencia. Pero, ¿no podemos pensar que esta posibilidad de poner en palabras su vivencia inicial, años después del encierro autístico, es uno de los elementos que han permitido su «cura» y de la cual son un testimonio? En todo caso, ¿cómo se puede expresar mejor la diferencia entre el nacimiento físico y el nacimiento psíquico?

Cuando nací, yo no estaba allí… La mayoría de los niños nacen al mismo tiempo tanto física como psíquicamente, mientras que los niños autistas pueden experimentar un desacoplamiento terriblemente angustiante de estos dos tipos de nacimiento. Le debo mucho a Vincent por enseñarme a considerar este posible desacoplamiento, y por eso este libro le está dedicado, así como también a todos los niños autistas que nos ayudan a comprender lo que sucede en las primeras etapas de vida y en las que, por desgracia, ellos quedan estancados a veces de forma duradera.

Capítulo 2
Los cuatro grandes “desafíos” del desarrollo de un bebé.
Genética y Epigenética

Como todos los bebés, cuando Vincent nació tuvo que tomar su lugar en el mundo y, muy particularmente, en el mundo familiar que lo recibía y había deseado su nacimiento. Como todos los bebés, necesitaba vivir, construir su espacio de seguridad, existir poco a poco como persona y aprender a equilibrar los momentos de placer y displacer. Esto Vincent no pudo conseguirlo. La constelación familiar en el momento de su nacimiento estaba muy trastocada por una grave depresión materna y por los desplazamientos múltiples tanto en Francia como en el extranjero de un papá muy ocupado. Por supuesto, y seamos muy claros sobre este punto: ningún contexto familiar alcanza para provocar el autismo en un niño y esto lo veremos a lo largo de todo el libro; en cambio, por más doloroso que sea escucharlo y admitirlo, para los niños portadores de riesgos ciertas características familiares pueden dificultar los cuatro grandes “hitos” del desarrollo, esenciales para que un bebé pueda devenir una persona.

Devenir una persona. ¿Pero cómo?

Cuando el bebé sale del vientre de su madre, y después de un período prenatal en el que sus diferentes aparatos sensoriales se han ido estableciendo sucesivamente, aparecen necesariamente cuatro grandes “desafíos”:

- La construcción de la autoconservación: es la que permite que se inicien las grandes funciones vitales del organismo sin las cuales el recién nacido no podría sobrevivir físicamente. Michel Soulé decía que era necesario que “el bebé opte por la vida”.

- La construcción del apego: es lo que va a permitirle al bebé regular mejor la distancia espacial física justa con el otro para poder construir su espacio de seguridad –es toda la teoría del apego que J. Bowlby desarrolló–.

- La construcción de la intersubjetividad: es lo que va a permitirle al bebé regular mejor la distancia psíquica justa con el otro para poder sentirse existir como una persona (volveremos sobre este punto en el próximo capítulo).

- La construcción de la regulación de las experiencias de placer y de displacer (hasta ahora, el psicoanálisis es probablemente la disciplina que mejor ha hablado de este tema): es la que permite al niño regular de la manera más eficaz sus experiencias emocionales, llevándolo a buscar las experiencias de placer, a huir de las experiencias de displacer, a modificar su entorno para evitar el displacer, y a saber aplazar ciertas experiencias de placer para obtener, posteriormente, un placer aun mayor (“saber esperar”).

La cuestión del impacto del entorno

La pregunta que queda por responder aquí es la de los aspectos genéticos y medioambientales de la puesta en marcha de estos cuatro grandes desafíos. De todos los mamíferos, el bebé humano es sin duda el más inmaduro al nacer. Freud lo señaló ya en 1926 en su libro Inhibición, síntoma y angustia, en el que señala que todo ocurre un poco como si, en la especie humana, el embarazo se encontrara, de alguna manera, amputado de un cuarto semestre.

En todo caso, un recién nacido humano, incluso nacido a término, no está totalmente “terminado”, y es mucho más dependiente de su entorno que los bebés de otras especies mamíferas (se sabe, por ejemplo, que el potrillo sabe caminar desde el nacimiento, así como el pequeño becerro, por solo mencionar estos dos ejemplos tan conocidos). Este “inacabamiento” primero del ser humano (la neotenia) hace que el bebé humano sea muy frágil, vulnerable y dependiente del medio ambiente. Sin embargo, si esta característica ha sido seleccionada por la evolución darwiniana, es posible que tenga algunas ventajas. Entre ellas, podemos imaginar que este inacabamiento es fuente de diversidad. Detengámosnos por un momento en esta hipótesis.

Debido a la duración del embarazo relativamente breve (¿acortado?) de nuestra especie, el bebé humano es el único de todos los mamíferos que nace antes de que la construcción de su cerebro haya terminado. Por supuesto, ya hubo una primera fase muy activa de construcción cerebral y de sinapto-génesis2 que le permite, como ya hemos dicho, implementar de manera secuencial sus diferentes aparatos sensoriales (primero el tacto, luego el olfato, luego el gusto, luego la audición y finalmente la visión), pero la segunda gran fase de la organización cerebral tendrá lugar después del nacimiento, y se extenderá incluso durante los tres o cuatro primeros años de vida.

En otras palabras, la mayor parte de la construcción del cerebro humano se realiza «al aire libre», después de la salida del bebé del cuerpo de la madre, a diferencia de los bebés de otras especies de mamíferos que nacen con un cerebro, por así decirlo, terminado y de entrada operativo de manera bastante autónoma. Esto tiene consecuencias. En efecto, no disponemos de muchos más genes que algunos animales bastante primitivos como la mosca, por ejemplo, ¡unos 35.000 genes! La gran diferencia entre la mosca y nosotros, seres humanos, es que la mosca no es más que el producto de sus 35.000 genes, mientras que nosotros somos el producto de nuestros 35.000 genes, pero también de lo que hoy llamamos epigénesis, es decir todos los mecanismos que gobiernan la expresión de nuestro genoma. Nuestro genoma es lo que es y, por ahora, antes de la era de las futuras terapias génicas, no podemos modificarlo. En cambio, nuestro entorno parece susceptible de influir en la expresión de nuestro genoma, es decir, activar o, por el contrario, inhibir la actividad de ciertos genes o partes de nuestros cromosomas. Más allá del hecho de que los mecanismos íntimos de esta regulación puedan pasar en parte por procesos de metilación3, y cuya exploración recién está empezando, es muy posible pensar que esta influencia de nuestro entorno sobre la expresión de nuestros genes es cuantitativamente más importante que la actividad de los mismos genes.

Se imponen entonces dos observaciones: por una parte, como la construcción del cerebro humano se termina de realizar en contacto con el entorno postnatal, la epigénesis cerebral hace que cada bebé humano organice su arquitectura cerebral de manera diferente y específica, ya que cada bebé nace en un entorno particular; y, por otra parte, cuando hablamos de «medio ambiente», es necesario entender este término en el sentido más amplio, sea biológico, alimentario, ecológico, sociocultural y relacional. La epigénesis cerebral, con su corolario obligado que es el de «plasticidad neuronal» (F. Ansermet y P. Magistretti, 2004), es la clave que nos permite empezar a comprender mejor el origen de la asombrosa diversidad que reina en el seno de la especie humana, sin duda mucho menos prisionera de su genoma que lo es la ameba o los organismos pauci-celulares, por ejemplo (F. Jacob, 1970).

El estudio de la epigénesis en general, y de la epigénesis cerebral en particular, abrirá sin ninguna duda, una nueva página de la biología humana, ya que al iluminarnos sobre los vínculos dialécticos que probablemente existen entre el genoma y el medio ambiente, o bien entre la naturaleza y la cultura, sin duda será capaz de mostrarnos hasta qué punto el desarrollo del ser humano, más que cualquier otro, se juega a la interfaz de los factores endógenos y los factores exógenos, lo que volveremos a ver al referirnos al modelo multifactorial del autismo (ver tercera parte, capítulo 3). Todo esto abre las puertas a la importante cuestión de la libertad del desarrollo que es, en parte, la nuestra.

Capítulo 3
¿Cómo logramos sentirnos una persona?
Intersubjetividad y subjetivación

Sentirse una persona no se da desde el principio. Es un camino más o menos largo según cada niño. Es un trabajo de co-construcción que cada niño debe realizar con los adultos encargados de su crianza. Dicho esto, es fundamental que los adultos anticipen –ni poco ni demasiado– la persona que este niño será algún día si todo sale bien. Dicho de otra manera, el estatus de “sujeto” no eclosiona solamente desde adentro, sino que es el fruto del encuentro entre las potencialidades internas propias del niño y las representaciones que tienen los adultos del ser que ese niño devendrá.

Cuando nació, Vincent se encontró con unos padres que enseguida tuvieron una visión podríamos decir demasiado anticipada de su hijo y al que muy rápidamente le demandaron ser autónomo a causa de sus propias preocupaciones. Lo vuelvo a repetir aquí: el autismo de Vincent no se reduce a este dato que solo podemos tener en cuenta considerando los factores endógenos de vulnerabilidad –genéticos u otros– que él presentaba. Por ello, el encuentro con el entorno es muy importante y Vincent fue proyectado desde el vamos en un futuro lejano que no le dejó el tiempo suficiente para ser un bebé dependiente, lo cual es una necesidad temporaria fundamental.

El sí-mismo y el otro

El término “intersubjetividad” designa –¡sencillamente!– la experiencia profunda que nos hace sentir que uno mismo y el otro, son dos. Esto es fácil de enunciar y de representárselo, aunque los mecanismos íntimos que subyacen a este fenómeno sean probablemente muy complejos y todavía no totalmente comprendidos. Hoy en día, esta cuestión de la intersubjetividad es central y articula el debate entre los defensores de lo interpersonal y los de lo intrapsíquico.

Existe también actualmente otra discusión sobre la emergencia progresiva de la intersubjetividad o, por el contrario, una intersubjetividad dada desde el principio. Esquemáticamente podríamos decir que los especialistas europeos son más partidarios de la idea de una instauración gradual y necesariamente lenta de la intersubjetividad, mientras que los anglosajones son más partidarios de una intersubjetividad primaria, de alguna manera genéticamente programada (C. Trevarthen, 2003; D. Stern, 1989, por ejemplo). D. Stern insiste sobre todo en el hecho de que el recién nacido es inmediatamente apto para percibir, para representar, memorizar y vivenciarse como agente de sus propias acciones4 y que, por eso, no es necesario recurrir al dogma de una indiferenciación psíquica primaria5. Por el contrario, los psicoanalistas –y no solo en Europa– insisten en una dinámica progresiva de un doble gradiente de diferenciación, extra e intrapsíquico. Esta valorización de la lentitud se basa, en particular, en la observación clínica de los niños que se estancan en los primeros tiempos de su desarrollo y se inscriben entonces en el campo de las patologías llamadas arcaicas (autismos y trastornos invasivos del desarrollo) aunque no se puede reducir el autismo a una simple interrupción del desarrollo.

Como siempre, en este tipo de polémica existe una tercera vía, que quisiera defender aquí. Esta tercera vía consiste en pensar que el acceso a la intersubjetividad no se juega en un todo o nada, sino que, por el contrario, se da de manera dinámica entre momentos de intersubjetividad primaria efectivamente posibles desde el principio, pero fugaces, y probables momentos de indiferenciación; y la cuestion para el bebé es que pueda estabilizar progresivamente estos primeros momentos de intersubjetividad haciéndolos permanecer de manera más estable y continua que los momentos de indiferenciación primitiva. La descripción del amamantamiento realizada por D. Meltzer (1980) como momentos de “atracción consensual máxima” evoca estos procesos: durante el amamantamiento el bebé tiene transitoriamente la sensación de que las diferentes percepciones sensitivo sensoriales provenientes de la madre (su olor, su imagen visual, el gusto de la leche, su calor, su cualidad táctil, su handling) no son independientes las unas de las otras. O sea que no están clivados estos elementos o “desmantelados” según las diferentes líneas de su sensorialidad personal sino, por el contrario, están “mantelados” temporariamente durante el momento de la lactancia. En esas condiciones, un bebé podría tener acceso a una vivencia puntual de un esbozo de la existencia de un otro al exterior de él, un verdadero “preobjeto”6 que confirmaría la existencia de un tiempo de intersubjetividad primaria.

Efectivamente la percepción polisensorial del objeto es la condición sine qua non para poder percibir al objeto –el otro–como exterior a sí mismo. De amamantamiento en amamantamiento el bebé va a trabajar esta oscilación entre mantelamiento y desmantelamiento para finalmente lograr hacer prevalecer el mantelamiento y por ende el acceso a una intersubjetividad estable.

En esta concepción de un gradiente dinámico y progresivo entre indiferenciación primitiva e intersubjetividad, vemos cómo ese movimiento es posible gracias a la existencia de un núcleo de intersubjetividad primaria existente en cada niño y por ende también en los niños autistas7. El acceso a la intersubjetividad correspondería entonces a un movimiento de convergencia y de conflunencia progresivos de esos núcleos de intersubjetividad primaria.

Los trabajos de B.Golse y R. Roussillon (2010)8 van en este sentido indicando que el primer otro solo puede ser otro especular, o sea en espejo del niño, otro suficientemente parecido, pero un poquito diferente de sí (G. Haag, 1985). Las carácterísticas de ese primer otro invitan a representarse el acceso a la intersubjetividad como un proceso de separación lento, pero precozmente intercalado por momentos de diferenciación accesibles dentro de las interacciones. Yo agregaría que a mi modo de entender, una vez adquirida la intersubjetividad no es un hecho definitivamente estable. Es una conquista que hay que preservarla a lo largo de toda la vida y que hay que incluso ponerla en juego en ciertas circunstancias como el amor, el compartir emociones (estéticas sobre todo), las experiencias grupales y, por último, pero no menos importante, el pensamiento de la muerte.

En todo caso, ya sea que la intersubjetividad sea solo secundaria o gradualmente adquirida a partir de núcleos de intersubjetividad primaria, esta dinámica de diferenciación extrapsíquica lleva en sí el riesgo de una cierta violencia en la medida en que puede hacerse siempre de manera demasiado rápida o demasiado brutal, es decir, de manera traumática. Podemos también preguntarnos si no hay violencia “a mínima”9, incluso cuando esta dinámica se da de manera esperable10. En resumen, el acceso a la intersubjetividad condiciona la posibilidad de acceso al lenguaje, y por lo tanto, una cierta forma de violencia sería inherente al desarrollo mismo del lenguaje, lo que probablemente esté relacionado con los trastornos del lenguaje que presentan, tan a menudo, los niños autistas.

La noción de brecha intersubjetiva

En el marco de este doble movimiento de diferenciación inter e intrasubjetivo que permite el crecimiento y la maduración psíquica del niño, así como su acceso progresivo a la intersubjetividad, la instauración de una brecha intersubjetiva es la que, poco a poco, confiere al niño el sentimiento de ser un individuo entero, no incluido en el otro, no fusionado con él. Evidentemente, esta condición previa es indispensable para poder pensar en el otro y dirigirse a él, y es este prerrequisito el que falta tan gravemente en los niños autistas.

El establecimiento de lazos preverbales

Al mismo tiempo que se profundiza la brecha intersubjetiva, el niño y los adultos que se ocupan de él deben ineludiblemente establecer lazos preverbales que permitan al niño permanecer en relación con el (o los) objeto(s) de los que se diferencia. Algunos niños autistas fracasan en la ampliación de la brecha intersubjetiva: para ellos, el objeto sigue siendo, en cierto modo, una cuestión irrelevante (autismo típico); otros, o incluso los mismos niños pero después de un cierto tiempo de evolución, son capaces de tener en cuenta esta diferencia intersubjetiva, pero no tejen ningún vínculo preverbal, lo que los confina a una gran soledad, al otro lado de la orilla de la distancia intersubjetiva, de alguna manera (ver página 41).

La metáfora de la araña

Cuando la araña quiere descender del techo al suelo, no se tira sino que teje lazos gracias a los cuales, despacito, ella baja del techo hacia el suelo. De este modo, una vez en el suelo, está separada del techo que acaba de dejar, pero permanece conectada a él de manera tal que, si quiere subir, podrá hacerlo utilizando los hilos que ella misma acaba de secretar. Esta metáfora nos parece ilustrar los procesos que quiero describir con respecto al camino del niño hacia el lenguaje verbal.

La psicología del desarrollo temprano, la psicopatología y la psiquiatría del bebé nos enseñaron que, entre los vínculos precoces que se establecen paralelamente al establecimiento de la intersubjetividad, nos encontramos hoy con los vínculos de apego (J. Bowlby, 1978, 1984), la entonación afectiva (D. N. Stern, 1989), la empatía, la imitación, las identificaciones proyectivas normales (W. R. Bion, 1962, 1963 y 1965), todos los fenómenos transicionales (D. W. Winnicott, 1975) e incluso el diálogo tónico-emocional descrito en su momento por H. Wallon (1945) y luego por J. de Ajuriaguerra (1970).

Todos estos mecanismos ponen en juego el funcionamiento de las ya famosas neuronas espejo (G. Rizzolatti, 2008). Estos diferentes lazos preverbales, funcionan como los hilos de la araña, permitiendo al niño diferenciarse sin perderse, es decir, distanciarse del otro permaneciendo en relación con él, separarse sin «desgarrarse», como dicen los adolescentes... Y es a esta condición expresa que el niño podrá avanzar hacia la palabra, reconociendo la existencia del otro y la suya como separadas, pero como no radicalmente clivadas.

El sentimiento de ser alguien

Evidentemente, lo que aquí se plantea es la cuestión del paso de lo interpersonal a lo intrapsíquico. Nos hemos acostumbrado a pensar, o a proclamar, que este pasaje sólo podría abordarse de manera asintótica y que nos quedaría para siempre en lo enigmático en cuanto a su naturaleza y sus mecanismos íntimos11.

La subjetivación aparece de hecho como el fruto de una interiorización progresiva por parte del bebé de sus propias representaciones de las interacciones (en el área del apego o del entonamiento afectivo), pero con una impregnación gradual de aquellas por la dinámica parental inconsciente, por toda la historia infantil de sus padres, por la conflictualidad de sus historias psicosexuales, por sus problemáticas inter y transgeneracionales y por todos los efectos a posteriori que inevitablemente se le atribuyen. Por otra parte, si la inter-subjetividad permite descubrir la existencia del otro como objeto (relacional), es la subjetivación la que permite percibir que el otro es también, por su parte, un sujeto que me percibe, a mí, como uno de sus objetos relacionales. Dicho de otro modo, el paso de la intersubjetividad a la intersubjetivación corresponde a un doble movimiento de interiorización de las representaciones de interacciones y de especularización. Podemos preguntarnos cómo y por qué la mayoría de los niños lo logran, pero eso es un hecho. Como ya he dicho, si la patología es fuente de espanto, lo normal tiene verdadero valor de... ¡milagro!

El autismo infantil aparece hoy, cualquiera que sea la innegable heterogeneidad de su campo, como el fracaso mayor del acceso a la intersubjetividad, como el máximo fracaso que es posible conceptualizar en este ámbito y, por lo tanto, como el obstáculo más grave que pueda existir en cuanto a la puesta en marcha de los procesos de subjetivación. Pero decir esto no basta. Este punto de vista abre, en realidad, dos pistas de reflexión: por una parte, la diferencia entre la instauración de la intersubjetividad y los mecanismos susceptibles de hacer soportable la brecha intersubjetiva que se crea y, por otra parte, la subjetivación pensada como un mosaico con fascetas múltiples.

El lugar del otro

Desde el punto de vista del acceso a la intersubjetividad, no todos los niños autistas son iguales. Algunos no tienen ninguna conciencia de la existencia del otro; como psicoanalistas, nos hacen vivir, en el plano contratransferencial, un verdadero sentimiento de evacuación y de no existencia. Estos son, probablemente, los autistas más profundos, los autistas en el sentido estructural del término, y que corresponden generalmente a la descripción princeps dada por L. Kanner (1942-1943). Sin duda estos niños no tienen ni siquiera acceso a la experiencia de la soledad porque, para sentirse solo, hay que saber o poder sentir que el otro nos falta...

Otros niños, en cambio, ya sea de entrada, ya sea cuando comienzan a salir de la situación precedente, dan a pensar que han integrado la presencia del otro como un individuo existente en tanto tal y distinto de ellos mismos, pero que no tienen todavía ningún medio para construir un puente sobre esta brecha intersubjetiva: por eso viven en una gran soledad. Estos niños no nos hacen sentir lo mismo que los otros antes mencionados, porque no (de) niegan nuestra existencia, pero sin embargo permanecen muy «lejos» de nosotros psíquicamente.

Esta distinción clínica fundamental invita a diferenciar la instauración propiamente dicha de la Intersubjetividad (creación de la brecha intersubjetiva) de los mecanismos capaces de compensar o de atenuar el dolor de esta brecha, mecanismos que se derivan como una consecuencia obligatoria. En efecto, una cosa es admitir la existencia del otro; otra es relacionarse con él. En general, durante el desarrollo temprano del niño, estos dos movimientos van de la mano y no son disociables. Es, una vez más, la psicopatología la que nos permite difractar los procesos, y afinar nuestra manera de pensar el desarrollo del niño12.

El “yo” de la gramática y el “yo” de la persona

Comencemos por recordar que la subjetivación no puede reducirse en modo alguno a la adquisición del «yo». La subjetivación gramatical, por compleja y central que sea, no resume por sí sola la cuestión de la subjetivación, que se juega también en un plano fenomenológico, antropológico y psicoanalítico. Generalmente estos diferentes niveles de la subjetivación se construyen juntos y de manera íntimamente intrincada, lo que permite, clínicamente, decir que un niño que accede al «yo» es, en general, un niño cuya subjetivación global nos da tranquilidad.

Sin embargo, lo más frecuente no es obligatorio y hoy en día cabe preguntarse si la subjetivación gramatical y la subjetivación fenomenológica, por ejemplo, no pueden, en determinadas condiciones, conocer evoluciones y destinos diferentes. Ambas parecen estar en gran dificultad en la mayoría de los niños autistas, pero en aquellos con síndrome de Asperger, parece, por el contrario, que los diferentes tipos de subjetivación evolucionan de manera disociada en la medida en que parecen poder acceder a una subjetivación gramatical, aun cuando su subjetivación fenomenológica sigue siendo, sin duda, en gran parte dificultosa. Este es todo el trabajo que Vincent ha tenido que hacer a lo largo de los años, trabajo durante el cual adquirió una profundidad y sensibilidad psíquica asombrosas.

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191 p. 3 illustrations
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9788418095870
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