Read the book: «Populismo»
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Portada
Copyright
Dedicatoria
Agradecimientos
Introducción. Por qué el populismo importa
1. ¿Qué es el populismo?
El enfoque ideacional
El enfoque estratégico
El enfoque discursivo-performativo
Comparación de los tres enfoques en el estudio del populismo
2. Populismo, nacionalismo y nativismo
Similitudes y diferencias entre populismo y nacionalismo
¿En qué difiere el modo en que la derecha y la izquierda populistas utilizan el nacionalismo?
¿Cómo es un populismo no nacional?
Populismo transnacional
3. Populismo y socialismo
Qué comparte el socialismo con el populismo
Populismo de izquierda en la práctica
¿Más allá del socialismo? la clase versus “el pueblo” en el populismo de izquierda
4. Populismo y liberalismo
¿Populismo versus liberalismo?
La derecha populista y la conversión del liberalismo en un arma
La izquierda populista, el liberalismo y el pluralismo
5. Populismo y democracia
Democracia liberal y populismo
Democracia radical y populismo
Potencialidad del populismo
Referencias
Benjamin Moffitt
POPULISMO
Guía para entender la palabra clave de la política contemporánea
Traducción de
Elena Odriozola

Moffitt, Benjamin
Populismo / Benjamin Moffitt.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2022.
Libro digital, EPUB.- (Sociología y Política)
Archivo Digital: descarga
Traducción de Elena Odriozola // ISBN 978-987-801-162-2
1. Partidos Políticos. I. Odriozola, Elena, trad. II. Título.
CDD 320.5662
© 2022, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de portada: M. C. / M. R.
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: mayo de 2022
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-162-2
Para Ash y Will
Agradecimientos
Escribí este libro durante 2018 y 2019, mientras me encontraba en el Departamento de Gobierno (Ciencia Política) de la Universidad de Upsala, Suecia, y en la Escuela Nacional de Artes de la Universidad Católica Australiana de Melbourne, Australia. Agradezco el generoso apoyo y las oportunidades que me brindaron ambas instituciones; en particular, a los amables colegas cuyas conversaciones y comentarios hicieron de este un libro mucho mejor. Deseo agradecer también a mis colegas del Seminario de Teoría Política de Upsala –Sofia Näsström, Anthoula Malkopoulou, Gina Gustavsson, Sverker Gustavsson y Johan Wejryd– por ayudarme a pensar varias de las discusiones aquí expuestas. En mi nuevo hogar institucional, la Universidad Católica Australiana, mis agradecimientos son para Mark Chou, Rachel Busbridge, Naser Ghobadzadeh, Noah Riseman y Michael Ondaatje, quienes me brindaron sus provechosas sugerencias y de inmediato me hicieron sentir en casa a mi regreso a Australia. Fuera del ámbito de esas instituciones, agradezco a Jonathan Kuyper, Simon Tormey, John Keane, Benjamin de Cleen, Yannis Stavrakakis, Pierre Ostiguy y Francisco Panizza, cuyas conversaciones y correspondencia constituyeron un aporte al pensamiento que desarrollo en este libro. También fueron de gran ayuda los comentarios sobre ponencias y presentaciones que abordaban algunas de las cuestiones que expongo aquí, todos ellos recibidos en el Arena Centre for European Studies (Arena, Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Oslo) durante abril de 2018 y en el Taller del Grupo de Especialistas en Populismo de la Asociación de Estudios Políticos, realizado en Bath, Reino Unido, durante marzo de 2018. Por último, vaya mi agradecimiento a todos los colegas que forman parte del mundo de los estudios de populismo, cuyo trabajo cito y abordo en estas páginas; sin sus investigaciones, yo no tendría nada acerca de que escribir o con que acordar, disentir o analizar en profundidad. Más allá de lo que aparente ser para quienes no lo integran, el mundo de los estudios del populismo es un ámbito intelectualmente diverso, heterogéneo, abierto y cordial; doy mis sinceras gracias por la amplitud de miras y la afabilidad con que mis colegas abordan la actividad académica: no es lo más frecuente.
También deseo extender mi agradecimiento a los dos revisores anónimos cuyas observaciones a la propuesta inicial de este libro lo dotaron de agudeza y garantizaron que evitara caer en la habitual tendencia a examinar concepciones y ejemplos eurocéntricos de populismo; tanto más para los cuatro revisores anónimos que leyeron el borrador manuscrito y me aportaron los comentarios tal vez más constructivos, imparciales y útiles que haya recibido desde que me inicié en la escritura sobre el tema. En Polity Press, muchas gracias a George Owers por encargar este volumen y por su lectura aguda y sagaz sobre el texto, y a Julia Davies por su ayuda editorial. Gracias también a Manuela Tecusan, cuya revisión meticulosa y atenta al detalle mejoró inmensamente el texto. Este libro es mucho mejor gracias a la generosidad y el trabajo arduo de todas estas personas.
Esta investigación fue financiada en parte por el gobierno australiano, mediante el programa de subsidios para investigadores jóvenes Discovery Early Career Researcher Award del Consejo de Investigación Australiano (proyecto DE190101127).
Ciertos contenidos del capítulo 4 aparecieron en “Liberal Illiberalism? The Reshaping of the Contemporary Populist Radical Right in Northern Europe” (¿Iliberalismo liberal? La reformulación de la derecha radical populista contemporánea en Europa del Norte), en Politics and Governance (Moffitt, 2017b), publicado bajo una licencia Creative Commons Attribution 4.0. Agradezco a Cogitatio Press por haber otorgado el permiso para publicar esos contenidos aquí.
Por último, dedico este libro a Ash y a Will. Desde hace ya casi diez años, Ash me oye hablar sin parar sobre el populismo, y además me ha hecho preguntas difíciles que me ayudaron a aclarar a qué me refería cuando lo que decía parecía impreciso; Will, por otro lado, hizo lo mejor que pudo para distraerme de la labor de terminar este proyecto. Por esas dos cosas –y, sobre todo, por su amor y su apoyo– estaré eternamente agradecido.
Melbourne, junio de 2019
Introducción
Por qué el populismo importa
Si existe un concepto que parece haber captado el sabor de la política internacional en el siglo XXI, es el de populismo. Empleado para referirse a una amplia variedad de líderes (Donald Trump, Rodrigo Duterte, Hugo Chávez), partidos (Podemos, One Nation [Una Nación], Alternative für Deutschland [Alternativa para Alemania]), movimientos (Occupy Wall Street [Ocupen Wall Street], Indignados) e incluso sucesos (Brexit), todos ellos prominentes y disruptivos, ese término se ha convertido en un comodín de uso difundido para diagnosticar todo aquello que resulta exaltante, preocupante o disfuncional en las democracias contemporáneas del mundo entero. De hecho, en 2017 el comité editor del diccionario Cambridge le otorgó a “populismo” el título de “Palabra del Año”, en virtud de su importancia como
fenómeno que es a la vez local e internacional, en un momento en que tanto las poblaciones como los líderes del mundo entero lidian con problemas de inmigración y comercio, resurgimiento del nacionalismo y descontento económico (Cambridge University Press, 2017).
En efecto, el término vincula a líderes, movimientos y partidos entre los cuales antes parecía no haber relación alguna: ¿qué podría tener en común un derechista como Donald Trump con el movimiento de izquierda Occupy Wall Street, más allá del coincidente desagrado hacia “la élite”? ¿Qué medidas comparte el socialista Evo Morales, de Bolivia, con el nativista Geert Wilders, de los Países Bajos? ¿En qué mundo podemos vincular un autodenominado “levantamiento populista” como el Brexit con el éxito del malhablado presidente de Filipinas, que entre otras cosas aboga por la ejecución extrajudicial de los consumidores de drogas?
Para acentuar la confusión, después de años de ser una “mala palabra” que solo unos pocos políticos se atrevían a reivindicar para describirse, el populismo se ha convertido en una etiqueta celebrada, adoptada por diferentes actores políticos para autodefinirse. Steve Bannon, exestratega en jefe de la Casa Blanca durante el gobierno de Trump y exdirector ejecutivo de Breitbart News, denominó con orgullo “populismo jacksoniano”[1] al movimiento antiélites que ayudó a fomentar en torno a Trump (véase Rose, 2017) y señaló que su objetivo residía en establecer “internacionalmente la infraestructura del movimiento populista global” (véase Horowitz, 2018). Alexander Gauland, líder de Alternative für Deutschland, dijo acerca de su partido: “Somos un movimiento populista y nos sentimos orgullosos de ello” (cit. en Deloy, 2017: 5); Giuseppe Conte, primer ministro italiano, señaló acerca de la coalición Movimento 5 Stelle-Lega (Movimiento Cinco Estrellas-Liga) que “si populismo es la actitud de escuchar las necesidades del pueblo, entonces lo reivindicamos” (véase ANSA, 2018). A su vez, el partido español Podemos se considera abiertamente populista y reivindica un proyecto teórico de populismo de izquierda (Errejón y Mouffe, 2016). En el curso de un período bastante acotado y para los políticos de todo el espectro, el término “populismo” parece haber perdido sus anteriores asociaciones estigmatizantes para asumir, en cambio, una suerte de matiz positivo que funcionaría como una indicación de falta de complicidad con “la élite” y acercamiento a “el pueblo”.
Sin embargo, “la élite” no comparte esa visión positiva: muchos políticos integrantes de partidos establecidos y tradicionales del mundo entero consideran que el populismo se ha convertido en la mayor amenaza a la democracia en el paisaje político contemporáneo. En 2010, el entonces presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, calificó al populismo como “el mayor peligro para el occidente contemporáneo” (según se cita en Jäger, 2018), mientras que el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, hizo sonar la alarma respecto del “populismo galopante” en ese continente (véase Ellyatt, 2016). El think tank Tony Blair Institute for Global Change (Instituto Tony Blair para el Cambio Global), sostiene que los populistas “representan una amenaza concreta a la democracia” (Eiermann, Mounk y Gultchin, 2017). Incluso el papa Francisco se ha pronunciado respecto de este fenómeno, señalando que “el populismo es vil y termina mal” (en Di Lorenzo, 2017).
A la par de este difundido interés en el populismo, se produjo una verdadera explosión de trabajos sobre el tema en la bibliografía académica. Si bien el concepto fue objeto de amplia utilización y profundos análisis en las publicaciones sobre política europea y latinoamericana en los últimos veinte años, los dos sucesos populistas de 2016 –la victoria de Trump y el resultado del referéndum sobre el Brexit– convirtieron a este tópico relativamente marginal para la disciplina de las ciencias políticas en uno de los más candentes y más debatidos. Ese crecimiento repentino de la importancia del concepto hizo que, de buenas a primeras, gran cantidad de investigadores que estudiaban cuestiones apenas relacionadas con el populismo pasaran a ser “expertos” en el tema y lo vincularan con áreas tan diversas como las fake news, la derecha alternativa [alt-right], la política de la “posverdad”, el anarquismo y el fascismo. Para quienes llevaban años dedicados al tema, trabajando en forma denodada en subcampos como los estudios regionales, la política comparada, la política partidaria o la teoría política, esta novedad fue una verdadera sorpresa.
Sin embargo, la repentina popularidad adquirida por la palabra “populismo” resultó ser una espada de doble filo. Si bien la expansión del campo es, en muchos aspectos, bien recibida –gracias a la aplicación de nuevos aportes y métodos provenientes de la psicología política, la comunicación política y los estudios de los medios de comunicación–, también es verdad que ese término “se convirtió en la palabra de moda, sobre todo porque a menudo está mal definida y mal usada” –no solo en charlas informales sino también en debates académicos–, como afirmó el especialista líder en el tema del populismo Cas Mudde (2017b) en The Guardian. Como resultado, los recién llegados a este campo pueden, con razón, sentirse confundidos ante la plétora de malas definiciones al respecto: ¿por dónde empezar si queremos entender qué es el populismo? ¿Es sinónimo de racismo? ¿Es de derecha o es de izquierda? ¿Es lo mismo que el autoritarismo? ¿Es bueno o malo para la democracia? ¿Cómo se supone que vamos a comprender esta maraña?
Es en esta coyuntura donde se sitúa este libro: su objetivo es ofrecer una explicación concisa de las perspectivas contemporáneas sobre la materia, trazando un mapa de los debates conceptuales acerca de qué “es” el populismo, delineando las diferentes tradiciones teóricas que enmarcan los enfoques del concepto y ofreciendo al lector un panorama general y un claro punto de acceso a lo que de otro modo podría ser una bibliografía inabarcable y, en ocasiones, impenetrable. En el presente trabajo se rastrea el desarrollo del concepto desde las praderas estadounidenses a fines del siglo XIX hasta los debates definitorios actuales en torno a si se trata de una ideología, una estrategia o una modalidad discursiva o performática, y se deja en claro que el populismo es una noción central para comprender la política democrática en el mundo. Más allá de interesarse por la definición del término, el libro también explora el modo en que el populismo se relaciona y se interseca con algunos de los conceptos que se encuentran en el meollo de la teoría política y, en un sentido más amplio, en el núcleo del debate político actual: el nativismo, el nacionalismo, el socialismo, el liberalismo y la democracia.
Lo que diferencia este trabajo de otros libros introductorios sobre populismo publicados en años recientes es que ofrece la primera introducción accesible al tema en cuanto concepto de la teoría política. Mientras otros textos hacen foco sobre los datos empíricos y sitúan a la teoría como interés secundario, aquí las batallas conceptuales clave en torno al significado y el contenido normativo del concepto ocupan un lugar primordial, como resultado de la atención dispensada a las argumentaciones de pensadores tan influyentes como Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Cas Mudde, Jan-Werner Müller y Margaret Canovan. El objetivo radica en demostrar que los debates acerca del populismo no tratan solo del caso del que se hable (por ejemplo, si Trump es o no una amenaza para la democracia ), sino que funcionan como un prisma que permite “poner en acto supuestos clave y argumentos normativos respecto de la democracia contemporánea de maneras poco sutiles. En una época caracterizada por el “auge global del populismo” (Moffitt, 2016), es importante tener en claro qué está en juego en estos debates.
Sin embargo, el foco teórico no implica que el lector “alérgico” a la (a veces) densa y difícil lingua franca de la teoría política deba eludir las páginas de este libro. Entre los textos teóricos pertenecientes al área de los estudios del populismo, tendieron a ocupar un lugar preponderante aquellos (entre otros, mi propio trabajo; véase Moffitt, 2016) influidos por el pensamiento de Laclau y Mouffe (Laclau, 2005a; Laclau y Mouffe, 1985; Mouffe, 2018); es comprensible que estos textos puedan resultar abrumadores para los neófitos, dado que los conceptos teóricos empleados requieren un arduo proceso de aprendizaje y a menudo suponen conocimientos previos del campo del postestructuralismo, el pensamiento marxista y el psicoanálisis (entre otras áreas). El presente volumen apunta a traducir esa teoría a un lenguaje más fácil de comprender para quienes se acercan a este terreno, lo cual, desde luego, tornará más accesibles los avances teóricos y conceptuales de los autores mencionados y sus interlocutores.
Sin embargo, el lector no debe temer que este libro se ocupe solo de los debates entre especialistas acerca del populismo. Se supone que quien elige leerlo está interesado en los desarrollos políticos reales que en los últimos años se subsumieron bajo la etiqueta del “populismo”, por lo que se recurre a ejemplos de populismo surgidos en diferentes lugares del planeta en los últimos veinte años para esclarecer, precisar, cuestionar y dotar de sentido a los argumentos conceptuales que se discuten. Cabe señalar que el enfoque contemporáneo de este volumen implica que no se intenta hacer una lectura de la historia a través de la lente del populismo –por ejemplo, analizando el papel del demos en Atenas–, sino que se elige concentrar la atención en lo que se ha denominado –o autodenominado– populista, dado que, como cabe suponer, el lector está más interesado en eso en este momento “populista” específico.
En busca de alcanzar los objetivos esbozados, el libro se estructura de modo tal de introducirnos en los debates fundamentales en torno a la definición del concepto presentes en la bibliografía sobre el populismo, antes de pasar a las discusiones normativas e ideológicas más importantes respecto de la relación entre este y otros conceptos centrales de la teoría política. El capítulo 1, “¿Qué es el populismo?”, delinea los enfoques fundamentales del tema en la bibliografía académica: el ideacional, que considera al populismo como una ideología o cosmovisión singular; el estratégico, que lo concibe como una estrategia electoral o un modo de organización; y el discursivo-performativo, que lo ve como un tipo de discurso o performance. Allí se menciona a los autores más importantes asociados con cada enfoque, así como las definiciones clave y argumentos que proponen, para analizar luego sus fortalezas y debilidades. También rastrea las raíces históricas, se centra en su linaje intelectual y evalúa la especificidad teórica y metodológica de cada uno. Si bien se argumenta que todas las perspectivas preeminentes tienen como eje la distinción entre “el pueblo” y “la élite”, se ponen de relieve las diferencias epistemológicas y normativas subyacentes. Por lo general, estas diferencias no se exploraron en profundidad en los debates acerca de los diversos campos conceptuales que registra la bibliografía contemporánea.
Los tres capítulos siguientes examinan la relación del populismo con los otros “ismos” que ocupan un lugar central en los debates de la teoría política contemporánea: nacionalismo, nativismo, socialismo y liberalismo. El capítulo 2 aborda la relación entre populismo, nacionalismo y nativismo, tres conceptos que comúnmente se combinan en los estudios académicos o se emplean como sinónimos en las discusiones fuera de ese ámbito. Sin embargo, aquí se sostiene que, si bien tanto el populismo como el nacionalismo emplean como significante fundamental “el pueblo”, los dos adoptan diferentes caracterizaciones de ese elemento y, en última instancia, tienen como blanco a diferentes enemigos. Para explorar esa situación, se examinan las maneras distintivas en que los populistas de izquierda y de derecha conciben el nacionalismo: mientras los de izquierda tienden a emplear una forma cívica de nacionalismo, los de derecha adoptan una forma étnica, o lo que podría entenderse como nativismo. En el desarrollo de este argumento también se examinan casos de populismo que no encajan en la descripción “nacional”, entre ellos subtipos municipales y regionales en el nivel subnacional (como el alcalde de Toronto, Rob Ford, y la Lega Nord [Liga del Norte] en Italia), así como el populismo internacional y transnacional en el nivel supranacional (por ejemplo, la cooperación entre populistas de Europa y América Latina y el caso de populismo transnacional constituido por el Movimiento Democracia en Europa 2025), y se muestra que la asociación entre nacionalismo y populismo o, incluso, entre populismo y lo nacional, dista mucho de ser automática.
El capítulo 3 se ocupa de la relación entre populismo y socialismo, sobre la que no se suele reparar. Si bien el nacionalismo y el nativismo ocupan un lugar prioritario cuando se trata de entender el populismo (debido a su asociación con la derecha populista radical europea y con figuras como Donald Trump, que acaparó la mayor cantidad de atención que los medios de comunicación dispensaron al fenómeno), el socialismo tiene una relación igualmente polémica y relevante con el populismo. Figuras populistas prominentes situadas a la izquierda del espectro político –Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa en América Latina; Bernie Sanders en los Estados Unidos; partidos como Syriza y Podemos en Europa o los Luchadores por la Libertad Económica en Sudáfrica– han propugnado alguna forma de “socialismo del siglo XXI” en sus plataformas. En este capítulo se investiga la superposición conceptual entre populismo y socialismo y se indaga el modo en que se combinan empíricamente en estos casos, tomados del mundo entero. También se analiza el motivo y el momento en que populismo y socialismo emprenden rumbos separados, y se exploran las tensiones entre la división “el pueblo contra la élite” del populismo y la estructura de clases, más explícita, a la que adhiere el socialismo, así como la diferente condición de “el pueblo” en el marco de ambos proyectos políticos. Por último, se analizan los argumentos contemporáneos acerca de la posibilidad de adoptar la estrategia de un “populismo de izquierda” como forma de superación del socialismo o de la democracia social propuestos por Mouffe (2018) y Laclau (2005a) y otros autores afines, y se evalúa la validez de esos argumentos en un momento en que el populismo de izquierda parece perder vigor.
El capítulo 4 explora la relación entre populismo y liberalismo. Contra las difundidas afirmaciones respecto de que el populismo nunca es liberal, en este capítulo se sostiene que la realidad es mucho más compleja: cada vez más, los populistas de derecha reconfiguran tropos liberales para adecuarlos sus propios fines –por ejemplo, aseguran oponerse a políticas de inmigración más flexibles o a la diversidad cultural para proteger la igualdad sexual y de género–, mientras que los populistas de izquierda tanto de Europa como de las Américas suelen conservar un compromiso con el pluralismo en su concepción de “el pueblo”. Explorando los distintos modos en que los populistas entran en relación con diversos principios del liberalismo y los explotan y los despliegan mientras destinan todos sus esfuerzos a socavar otros, se muestra que la dualidad populismo-liberalismo dista mucho de ser estanca y que cuestiones vinculadas con el liberalismo, el pluralismo y la heterogeneidad plantean importantes preguntas respecto de cómo definir e identificar casos de populismo en el paisaje político contemporáneo.
El capítulo final aborda la que tal vez sea la pregunta clave que aún ocupa el núcleo de los debates informales y académicos acerca del populismo: en última instancia, ¿el populismo es bueno o es malo para la democracia? En el capítulo se muestra que la respuesta a esa pregunta depende del subtipo de democracia que se prefiera: es probable que para un demócrata liberal, el populismo constituya una amenaza al funcionamiento de la democracia en la medida en que clausura el espacio para una comprensión plural de “el pueblo” y el reconocimiento de la oposición legítima, mientras que un demócrata radical considerará que el populismo abre un espacio para la reconstitución de “el pueblo” en un entorno posdemocrático que de otro modo se vería moribundo. En este último capítulo se contrastan ambas posturas y se argumenta que, además, los dos lados cuentan con visiones diferentes de la potencialidad del populismo: para los liberales, se trata de un precursor del autoritarismo, para los demócratas radicales, el populismo de izquierda conduce a un orden político plural y radical. También se examinan las dificultades de ambas visiones, en particular la creciente tendencia a fusionar los fenómenos del autoritarismo y el populismo, por parte de los liberales, y la preocupante propensión a ignorar los efectos problemáticos de posicionar al líder como indispensable para el populismo, por parte de los radicales, y se sostiene que esas dificultades pueden conducir a una interpretación selectiva de las credenciales democráticas o antidemocráticas del populismo.
Así, al concluir el libro, el lector debería tener una idea más clara de:
qué “es” el populismo y qué está en juego en los debates acerca de su significado;
cuáles son los principales motores conceptuales y normativos en que se respaldan las diferentes escuelas de pensamiento sobre el populismo;
cómo interactúa el populismo con otros “ismos” fundamentales en el paisaje político contemporáneo; sobre todo, el nacionalismo, el nativismo, el socialismo y el liberalismo;
y cómo subyacen diferentes visiones de democracia al hecho de que el populismo se considere una amenaza o un correctivo para la política democrática.
En especial, el lector comprenderá que, cuando se trata de populismo, no es posible divorciar la teoría de la práctica. Si bien todos sabemos que a figuras famosas como Donald Trump, Nigel Farage, Juan Domingo Perón, Hugo Chávez y Rodrigo Duterte se les suele aplicar la etiqueta de “populistas”, no es factible profundizar ni comprender qué significa esto sin tener en cuenta los debates teóricos y conceptuales detrás de la etiqueta. No se trata de una cuestión meramente académica: el modo en que etiquetamos y concebimos a los líderes políticos, los partidos y los movimientos es relevante porque esas etiquetas pueden ejercer efectos significativos en nuestro modo de juzgar la legitimidad y validez de las demandas políticas de su portador. Por ejemplo, que un partido sea considerado “tradicional” o “populista” puede tener importantes ramificaciones a la hora en que otros partidos decidan sobre su aceptabilidad como socio en una coalición, mientras el hecho de que un líder sea o no considerado “populista” suele emplearse como un indicador conciso de cuál es su posición en términos de respeto por las reglas del juego democrático. En pocas palabras, es mucho lo que el término “populismo”, aparentemente sencillo, engloba.
También existen buenas razones prácticas para prestar atención al concepto. En un mundo acechado por la creciente polarización, la intensificación del sentimiento antiélite, la proliferación de las fake news, las cámaras de resonancia y los medios de comunicación cada día más partidarios, el populismo no desaparecerá en el futuro cercano. Pese a los deseos de quienes sueñan con “la muerte del populismo” o de quienes apuntan a “derrotar el populismo” definitivamente, todo parece indicar que el populismo está aquí para quedarse. Si bien llegará la hora final de Donald Trump, Narendra Modi y Marine Le Pen, de sus sombras surgirán nuevos Trump, nuevos Modi y nuevas Le Pen. Es más, el legado del populismo permanecerá: aunque desaparezca del paisaje político, un actor populista puede ejercer efectos institucionales y culturales de largo plazo, efectos con los que indudablemente deberán lidiar, por ejemplo, un Partido Republicano de la era posterior a Trump (y la política estadounidense en general). En esas circunstancias, sin importar cuál sea la postura del lector respecto del populismo –en contra, a favor, ni lo uno ni lo otro–, lo cierto es que tiene importancia: está aquí y no es solo un punto en el radar, sino que se ha vuelto parte medular de la vida política contemporánea. Comprender este concepto es crucial.
La expectativa es que este libro pueda ayudar al lector en esa tarea decisiva.
[1] La expresión de Bannon hace referencia al séptimo presidente de los Estados Unidos, Andrew Jackson, quien gobernó entre 1829 y 1837. [N. de E.]
1. ¿Qué es el populismo?
Cuando se habla del estudio del populismo, hay un cliché que se impone por sobre todos los demás, sin duda: los expertos no pueden acordar una definición del fenómeno, aunque en ello les vaya la vida. Esta disputa supuestamente insalvable en relación con el término, así como las afirmaciones respecto de su “falta de sentido”, cada cierto tiempo van acompañadas por la exigencia de que la noción sea abandonada o arrojada al basurero de los conceptos inútiles. El razonamiento es el siguiente: si los especialistas ni siquiera se ponen de acuerdo acerca del significado del concepto, ¿cómo puede resultar útil para alguien?
Como pasa con la mayoría de los clichés, este es cierto solo en parte. De hecho, existe un grado de acuerdo considerable entre los especialistas: muchos coinciden en que el fenómeno tiene como eje la división fundamental entre “el pueblo” y “la élite”. En otras palabras, existe consenso respecto de las características centrales del populismo. Algunos autores incluyen otros criterios –como el liderazgo personal (Weyland, 2017), el pronunciamiento de la crisis (Moffitt, 2015a; Rooduijn, 2014), la exclusión de un “otro” peligroso (Albertazzi y McDonnell, 2008)–, pero estas definiciones tienden, en su expresión mínima, a basarse en la brecha pueblo-élite. Es más, hay un grado de consenso significativo en cuanto a los casos más importantes de populismo: si bien los especialistas suelen adoptar diferentes definiciones del fenómeno, terminan por etiquetar a los mismos líderes, partidos o movimientos como populistas (pese a todo, como veremos más adelante, se observa un notable disenso en relación con otros casos).
En lo que los especialistas sin duda no concuerdan es en el tipo de fenómeno que constituye el populismo: si se trata de una ideología, una estrategia, un discurso o un modo de actuación política. Este desacuerdo no es nuevo: desde hace más de cincuenta años, se han multiplicado los debates acerca de qué tipo de fenómeno representa el populismo, como lo ejemplifican las diferentes definiciones propuestas en Populism. Its Meanings and National Characteristics (Ionescu y Gellner, eds., 1969), una compilación seminal que reunió los resultados de un congreso celebrado en 1967 en la London School of Economics bajo el título “Para definir al populismo”. No es necesario señalar que el congreso no alcanzó su objetivo. Pese a que muchos especialistas han intentado argumentar que la persistencia de estos debates en torno a la definición del populismo carece de relevancia o es fruto de un planteo excesivamente puntilloso –Mudde y Rovira Kaltwasser (2018: 1668) sostienen que “si bien cada uno de estos términos posee sus propias especificidades, las diferencias entre ellos son menores y no pertinentes a numerosas preguntas de investigación”–, en el presente capítulo se sostiene lo contrario. Dichos debates tienen valor e importantes ramificaciones y consecuencias para el estudio del populismo: qué clase de fenómeno consideren los autores que es el populismo tenderá a reflejar abordajes ontológicos, epistemológicos y metodológicos muy diferentes. Esas elecciones determinan los tipos de actores políticos que se estudian –partidos, líderes, movimientos, ciudadanos o seguidores–; cómo se los estudia –a partir de sus dichos, sus actos, los textos que producen u otros elementos–, y si se considera que el populismo es un concepto binario o gradacional, es decir, si la distinción entre populismo y no populismo es como la diferencia entre blanco y negro o si existen zonas grises. Es más, la elección refleja una división fundamental entre quienes piensan que el populismo es una propiedad o un atributo de un actor político (una ideología) y quienes creen que es algo que los actores políticos “hacen” (un discurso).
En este capítulo se desglosan esas diferencias delineando los enfoques más destacados de la bibliografía sobre populismo –el ideacional, tipificado por el trabajo de Mudde (2004, 2007, 2017a), Rovira Kaltwasser (Mudde y Rovira Kaltwasser, 2017), Hawkins (Hawkins y Rovira Kaltwasser, 2017a y b) y Müller (2016); el estratégico, ejemplificado por la labor de Weyland (2001, 2017), Roberts (1995, 2003) y Jansen (2011); y el discursivo-performativo, representado por los estudios de Laclau (2005a), Mouffe (2018), Wodak (2015) y Ostiguy (2017)– y poniendo de relieve sus distinciones teóricas y metodológicas. En este recorrido, se presta especial atención al linaje intelectual de cada enfoque: se rastrea la influencia metodológica de la labor de Sartori (1970), Ragin (2000) y Tilly (2008) en el enfoque estratégico, y la influencia teórica del trabajo de Laclau y Mouffe (1985) en el enfoque discursivo-performativo. Asimismo, se describen las posturas epistemológicas que subyacen a cada enfoque, casi siempre inexploradas en los debates contemporáneos acerca de diferentes campos conceptuales. Y si bien el capítulo no se ocupa de todas las definiciones de populismo –existe, además, un floreciente corpus de trabajos en la bibliografía atinente a las comunicaciones políticas que concibe al populismo como un modo de comunicación o expresión (véase Aalberg y otros, eds., 2017), en cierto sentido diferente de la concepción del enfoque discursivo-performativo, aunque en otros similar–, las que aquí se analizan representan las tendencias más destacadas de la literatura contemporánea sobre el tema y brindarán al lector una buena orientación respecto del estado actual del debate conceptual.
El enfoque ideacional
El enfoque ideacional del fenómeno del populismo es, posiblemente, el más difundido en la literatura académica contemporánea. Este enfoque concibe al populismo como una ideología, un conjunto de ideas o una cosmovisión. Existen, por cierto, razones intuitivas para visualizarlo de esta forma: por tratarse de un fenómeno político cuyo nombre termina en “-ismo”, parece natural situarlo junto a otros “ismos” que resultan ser, en la mayoría de los casos, ideologías, como el liberalismo, el socialismo, el anarquismo, etc.
Es posible trazar un linaje bastante claro de estudiosos que concibieron el populismo como un fenómeno ideacional. Mudde (2017a: 27) señala que los estudios tempranos del US People’s Party –Partido del Pueblo de los Estados Unidos– (Ferkiss, 1957) y de los narodniki rusos (Pipes, 1960) se centraron en los contenidos ideacionales del partido y del movimiento. En su trabajo sobre el macartismo, Shils (1956: 100-101) identificó al populismo como “un fenómeno difundido […] que existe en todo aquel lugar donde impere una ideología del resentimiento popular contra el orden impuesto por una clase dirigente diferenciada y establecida, de la cual se cree que detenta el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo y la cultura”, mientras que MacRae (1969) sostuvo de manera explícita que el populismo debía conceptualizarse como una ideología. El influyente trabajo de Canovan sobre el tema también desarrolló una visión ideológica del populismo; en sus análisis más recientes, lo denominó “la ideología de la democracia” (Canovan, 2002: 25).
En la actualidad, la definición de populismo citada con más frecuencia en el marco de este enfoque es la de Mudde (2004: 543): “Una ideología delgada [thin-centered ideology] que considera que, en última instancia, la sociedad está separada en dos campos homogéneos y antagónicos, ‘el pueblo puro’ y ‘la élite corrupta’, y que sostiene que la política debe ser una expresión de la voluntad general del pueblo”. Otros autores, como Stanley (2008), Albertazzi y McDonnell (2008) y Rooduijn (2014), desarrollaron enfoques similares del populismo como ideología “delgada”, y si bien no lo describen de manera explícita con ese término, sugieren que el populismo no se sostiene solo como ideología y que siempre necesita combinarse con otras. Estas definiciones fueron aplicadas, en general, para entender los partidos populistas europeos (especialmente en Europa Occidental), aunque también se las adoptó en estudios recientes del populismo latinoamericano (véase Hawkins y Rovira Kaltwasser, 2017a). Esta concepción ideacional del populismo también se utilizó para medir actitudes populistas en las poblaciones (Akkerman, Mudde y Zaslove, 2014; Hawkins, Rovira Kaltwasser y Andreadis, 2018). Müller (2016: 19-20) elaboró una definición similar del fenómeno: si bien no asigna al populismo la denominación de “ideología”, se acerca mucho a la descripción de Mudde: “Una manera de percibir el mundo político que sitúa a un pueblo moralmente puro y totalmente unificado –pero, en última instancia, […] ficticio– frente a unas élites consideradas corruptas o de otra manera inferiores en el aspecto moral”. Ambos autores destacan:
1 la brecha entre “el pueblo” y “la élite”, y
2 la homogeneidad, unificación y “pureza” moral del “pueblo”.
En la base de los supuestos teóricos más amplios que subyacen al enfoque ideacional del populismo se sitúa el trabajo de dos autores fundamentales. El primero es Michael Freeden, de quien se toma la definición de qué es una ideología y cómo opera. En oposición a las visiones marxistas y gramscianas de la ideología como forma de falsa conciencia, este autor postula un abordaje “morfológico” que concibe a las ideologías como “configuraciones distintivas de conceptos políticos” que “crean patrones conceptuales específicos a partir de un conjunto de combinaciones indeterminadas e ilimitadas” (Freeden, 1996: 4). Al estudiar las ideologías desde este punto de vista, su objetivo reside en estipular cómo se definen y disponen esos conceptos y sacar a la luz las relaciones entre conceptos centrales y periféricos. Así, ese autor distingue entre ideologías “delgadas” y “densas”: las primeras no tienen más que “un núcleo restringido adosado a una variedad más reducida de conceptos políticos” y, por ende, son “limitadas en cuanto a sus ambiciones y alcance ideacionales” (Freeden, 1998: 750), mientras que las segundas ofrecen “un amplio menú de soluciones para los problemas sociopolíticos más relevantes” (Freeden, 2003: 96) y forman una “configuración de amplio alcance que atribuye significados despolemizados a una variedad de conceptos políticos que se definen mutuamente” (2003: 54).
Para los autores ideacionales, el populismo no es una ideología densa como sí lo son el liberalismo y el socialismo, sino que pertenece a la familia de las ideologías delgadas como el nacionalismo, el feminismo y las políticas verdes (Freeden, 1996, 1998). Esta caracterización del populismo como “delgado” o de “núcleo delgado” fue postulada por Mudde (2004) y Fieschi (2004) y desarrollada en mayor profundidad por Stanley (2008). En líneas generales, quienes trabajan dentro de la tradición ideacional han dado por sentada esta descripción.[2] El atractivo de este enfoque, según los especialistas, radica en que permite comprender la “capacidad [del populismo] para convivir con otras ideologías, más abarcadoras” (Stanley, 2008: 100), como también entender la manera en que “el populismo aparece casi siempre asociado a otros elementos ideológicos, que resultan cruciales para la promoción de proyectos políticos que atraigan al gran público” (Mudde y Rovira Kaltwasser, 2017: 6); en otras palabras, de qué manera le resulta posible al populismo asociarse con otras ideologías de centro delgado o adoptar formas de izquierda o de derecha combinándose con ideologías densas como el socialismo o el conservadurismo. Desde esta perspectiva, resulta difícil imaginar cómo sería un populismo “puro”... pues necesita convivir con otras ideologías para tener sentido: en este aspecto, la división pueblo-élite solo puede “llenarse” con el contenido de otras ideologías; de otro modo, carece de significado.
Este enfoque ha sido objeto de significativas críticas (Aslanidis, 2016a; Moffitt, 2016), ninguna más condenatoria que la del propio Freeden (2017), quien argumenta que el populismo no es una ideología sino algo todavía más “delgado”, más similar a un discurso, un estilo o una modalidad discursiva. Según señala, el populismo es
sencillamente demasiado endeble para ser siquiera delgado. […] Una ideología de centro delgado implica que existe potencialmente algo más que un centro, pero el núcleo populista es todo lo que hay, no es un centro potencial de algo más amplio o inclusivo: es raquíticamente delgado, más que de centro delgado (2017: 3).
En ese espíritu, sostiene que el populismo carece de cohesión interna; que no tiene el potencial para convertirse en una ideología “completa” o “densa” (a diferencia de otras ideologías delgadas como el feminismo o el ecologismo), y que no encaja en ninguna “familia” ideológica. Dados esos atributos, sugiere que incluirlo en la familia de “ideologías delgadas” es un error: al fin de cuentas, el populismo “carece no solo de un carácter abarcativo sino también de una especificidad sutil en lo que efectivamente ofrece” (Freeden, 2017: 10), con lo cual quiere decir que otorgarle el estatus de ideología, sea delgada o densa, es un craso error.
La segunda influencia metodológica fundamental (aunque menos explícita) en el desarrollo del enfoque ideacional del populismo proviene de Giovanni Sartori (1970, 1976), un teórico cuya labor en la formación de conceptos es seminal en el campo de las ciencias políticas. Este autor argumentó sólidamente en favor de los conceptos dicotómicos[3] del tipo “o… o…”, que considera necesario desarrollar antes de distinguir grados (valoraciones del tipo más o menos) o subtipos de determinada noción. Como resultado, para muchos defensores de este enfoque, el populismo es, ante todo, un concepto binario: los partidos, los líderes y los movimientos son populistas o bien no lo son. Decir que son “algo populistas” no encaja en su enfoque: hay que poder etiquetar a los actores políticos como decididos populistas y no necesariamente medir su populismo de manera “gradualista” (para emplear el término de Sartori).[4] También muchos siguen a Sartori en la construcción de una definición clásica y mínima del concepto: al restringirse a las características centrales y esenciales del populismo, logran construir taxonomías provechosas de subtipos, como se ha visto en relación con las divisiones entre populismo excluyente e inclusivo (Mudde y Rovira Kaltwasser, 2013) o entre populismo de derecha y de izquierda. Los autores ideacionales sostienen, además, que este tipo de definiciones mínimas dan respuesta al “problema del estiramiento conceptual” (Sartori, 1970: 1033), pues no son solo específicas de un período histórico o de una zona geográfica, sino que pueden trascender y “cruzar” esos límites.
Más allá de que este enfoque fue adoptado por varios teóricos (Abts y Rummens, 2007; Müller, 2016; Rovira Kaltwasser, 2014), su influencia se sintió con mayor fuerza en el campo de la política partidaria y la política comparada, por diversos motivos. Si bien los teóricos ideacionales afirman que “hay muchos autores que emplean un enfoque ideacional, aunque le rehúyan al uso del término ‘ideología’” (Mudde, 2017a: 28), entre quienes incluyen a aquellos que conciben al populismo como un discurso, un estilo, un lenguaje o una práctica comunicativa, muchos de los autores asociados con esos enfoques han sido en realidad críticos del abordaje ideacional (Aslanidis, 2016a; De Cleen, Glynos y Mondon, 2018; Moffitt, 2016; Stavrakakis y Jäger, 2018). Quizá el problema fundamental sea el indicado por Mudde (2017a: 40) cuando señala que el enfoque ideacional “es de orientación empírica, es positivista y apunta a desarrollar niveles teóricos de medio alcance” –en otras palabras, muy en consonancia con la política comparada tradicional–, y muchos especialistas más orientados al discurso o la comunicación (o, también, teóricos políticos) se irritarían si fueran descriptos como positivistas. En rigor, como veremos, quienes enfocan el populismo desde un punto de vista discursivo-performativo son, en su mayoría, pospositivistas y adhieren a una ontología constructivista social.
El enfoque estratégico
El segundo enfoque fundamental identificable en la bibliografía sobre populismo es aquel que lo concibe como una estrategia. A diferencia de quienes adoptan el enfoque ideacional, los defensores del enfoque estratégico no tratan al populismo como una característica inherente a un actor político, sino como algo que se hace: en palabras de Jansen (2011: 75), el populismo no es una “cosa” o un “objeto” que estudiar, sino un “modo de práctica política”. La definición exacta que asignan estos especialistas a ese modo de práctica puede variar –estrategia, modo de organización, tipo de movilización política– pero lo que los une es que ninguno de ellos se interesa por lo que los populistas afirman creer (su ideología) ni tampoco por lo que dicen o el modo en que actúan (su discurso o estilo político), sino que se enfocan en “cómo procuran alcanzar el poder y conservarlo” (Weyland, 2017: 50), y también en “los modos y medios fundamentales por los cuales un actor político accede al poder y toma y hace cumplir decisiones de autoridad” (2017: 55). Esta orientación se detecta en las definiciones básicas empleadas en este enfoque: Weyland (2001: 14) entiende al populismo “como una estrategia política con la cual un líder personalista busca obtener o ejerce el poder gubernamental basado en el apoyo directo, no mediado ni institucionalizado, que le brinda un gran número de seguidores que en su mayor parte no están organizados”, mientras que Jansen (2011: 82) considera movilización populista
cualquier proyecto político sostenido y de gran escala que moviliza a sectores sociales por lo general marginados y los lleva a desarrollar una acción política confrontativa y públicamente visible, al tiempo que articula una retórica antielitista y nacionalista que otorga valor al individuo común.
Roberts (2003, 2015), Barr (2009) y Urbinati (2017) proponen definiciones similares.
Los principales adherentes a este enfoque trabajan, casi con exclusividad, con casos latinoamericanos de populismo; los pocos que lo aplican a otros ámbitos regionales se enfocan en el Sur Global, como Resnick (2014), que estudia el populismo en África, o P. Kenny (2017), que se centra en la movilización populista y el clientelismo en India. A diferencia de Europa, que se ha visto dominada por el populismo de derecha casi con exclusividad, América Latina ha sido testigo de populismos de muy diferentes tipos ideológicos o programáticos a lo largo del siglo XX. Este fenómeno se volvió visible con el giro abrupto del “neopopulismo” dominante en los años noventa, cuando figuras como Alberto Fujimori y Carlos Menem combinaron neoliberalismo y populismo, hacia la “marea rosa” del populismo de izquierda que tuvo lugar en el siglo XXI, en la que figuras como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa fusionaron socialismo con populismo. Cambios tan radicales, así como la enorme diversidad ideológica involucrada, han llevado a una comprensible reticencia a aplicar una interpretación ideacional al populismo.
En el enfoque estratégico del populismo, el rol del líder es vital. A diferencia del ideacional –que presta atención al hecho de que una amplia variedad de actores puede abrazar las ideas populistas–, en el enfoque estratégico “el populismo es una estrategia política que gira en torno a un político individual. Específicamente, el populismo se funda sobre un líder personalista” (Weyland, 2017: 56). Ese acento puesto sobre el líder como actor fundamental del populismo ayuda a explicar cómo es posible que ciertos líderes populistas cambien varias veces de filiación partidaria sin que esos cambios afecten de manera negativa el apoyo popular con que cuentan. Es más, la importancia de la atracción del líder refleja “la sorprendente imprevisibilidad, variabilidad y desorganización en el ejercicio del poder gubernamental y la elaboración de políticas públicas” (2017: 60) del populismo: a menudo libres de las trabas que implican la camisa de fuerza de la coherencia ideológica o las estructuras partidarias tradicionales, los populistas tienden a dar giros de ciento ochenta grados en materia de políticas o a efectuar triunfales anuncios relativos a medidas, con escaso cumplimiento posterior.
El enfoque estratégico también asigna importancia vital a la idea de que los líderes populistas operan a través de apelaciones no mediadas, cuasi directas, a “el pueblo”, con la intención de evitar los intermediarios “normales” como los partidos y las redes clientelistas. Los estudiosos que adhieren a este enfoque señalan que los medios de comunicación han desempeñado un papel clave al posibilitar la comunicación “no mediada”, en especial la televisión y las redes sociales (2017). Recurriendo a estos medios, los líderes populistas logran mostrarse en contacto “directo” con sus seguidores y comunicarse con ellos de modo instantáneo y multidireccional, si bien el trabajo empírico ha puesto en evidencia que, en la realidad, buena parte de la comunicación sigue siendo de arriba abajo (Waisbord y Amado, 2017).
Al igual que en el enfoque ideacional, es posible identificar los antecedentes del enfoque estratégico en los primeros trabajos que abordaron el tema del populismo. En el volumen compilado por Ionescu y Gellner (1969), Wiles (1969: 169) sostiene que el populismo “está laxamente organizado y carece de disciplina: se trata de un movimiento más que de un partido” y subraya la presencia de “grandes líderes en contacto místico con las masas”: los dos rasgos centrales del enfoque. Este autor compila una larga lista de supuestos populistas que cuadran en dicha definición; entre ellos, los levellers, los cartistas, los narodniki y Gandhi (1969: 178). Durante ese período, también las investigaciones de Di Tella (1965) y de Smith (1969) sobre el populismo latinoamericano ponen de relieve el rol desempeñado por líderes fuertes en la forja de alianzas multiclasistas en nombre de “el pueblo”.
Los teóricos que adoptan este enfoque en su trabajo toman de diversas fuentes sus fundamentos. Jansen (2011, 2017) recurre a la bibliografía de la sociología política en el campo específico de los movimientos sociales y la política confrontativa (Tilly, 2008) para desarrollar su noción del populismo como forma de movilización. Los estudios anteriores alternaban entre adoptar un ángulo “clásico” sartoriano (Weyland, 1996) y visualizarlo como un concepto radial, de “parecidos de familia” (Roberts, 1995), pero en el último tiempo esos autores tendieron a adoptar una perspectiva más gradualista. Weyland (2017: 65), por ejemplo, ha sostenido que
un gato es un gato y un perro es un perro; pero en el mundo de la política, la complejidad conceptual y la inventiva humana difuminan (o incluso borran) esas fronteras; pueden existir tipos parciales y mixtos que las categorías conceptuales claramente definidas no consiguen captar.
En vista de este hecho, el autor aboga por una vuelta a los enfoques de conjunto difuso postulados por Ragin (2000) para tener en cuenta diferentes grados de populismo. En este contexto, una puntuación de conjunto difuso de 1.0 indicaría un populista “pleno” (que emplea con exclusividad la estrategia populista), una puntuación de 0 indicaría un no populista cabal (que no emplea la estrategia), mientras que las puntuaciones intermedias identificarían a populistas parciales (que recurren al populismo junto con otras estrategias). Aplicando este enfoque, Weyland (2017: 66) sostiene que populistas plenos son Alberto Fujimori, Hugo Chávez, Fernando Collor de Mello, Rafael Correa, Silvio Berlusconi y Pim Fortuyn. Estas figuras –que “gozaron de gran autonomía personal, fundaron sus propios vehículos electorales endebles y jamás se vieron condicionados por esos aparatos”– obtuvieron una puntuación de 1,0 en la escala de Weyland, frente a líderes con partidos bien organizados, como Luiz Inácio Lula da Silva o Michelle Bachelet, o líderes que privilegiaron “la pureza ideológica” por encima del apoyo popular, como Jean-Marie Le Pen, que obtienen una puntuación de 0 (lo cual resulta curioso, dado el lugar central que ocupa Le Pen en la bibliografía sobre el populismo en Europa Occidental). Entre los extremos se sitúan figuras como Carlos Saúl Menem, Pablo Iglesias, Jörg Haider y Yorgos Papandréu, que alcanzan un puntaje de 0,66 debido a sus vínculos estrechos con sus partidos, y Evo Morales, que obtiene 0,33 puntos en virtud de su relación con movimientos sociales autónomos. Este enfoque es objeto de críticas tanto por ser laxo en exceso como estricto en demasía. Respecto de la laxitud, Hawkins (2010a: 168) señala que esas definiciones podrían aplicarse de igual modo a
otras organizaciones, como partidos de base religiosa o sindical y movimientos milenaristas, que también cuentan con líderes carismáticos y/o bajos niveles de institucionalización en el inicio de su ciclo de vida organizacional y pueden proponerse como meta cambiar el sistema político; sin embargo, no se los considera necesariamente populistas.
En lo atinente a la excesiva restricción, surgen problemas al traducir este enfoque a otros contextos regionales. Se trata de una deficiencia que el propio Weyland (2017: 62) ha reconocido, al señalar que “la prevalencia de larga data de partidos relativamente bien organizados, programáticos en buena parte de Europa, deja escaso margen para movimientos populistas”. Sin embargo, ese problema, no se ve limitado a los partidos europeos, sino que se presenta en todas las democracias avanzadas del mundo y pone de manifiesto el trasfondo –debido a la teoría de la modernización– que subyace a este enfoque. Si el populismo puede prosperar únicamente en un entorno subinstitucionalizado, donde sus adherentes no están organizados o socializados en partidos, entonces, por defecto, solo puede surgir en democracias en ciernes. Pero esta explicación no es suficiente para dar noción del gran segmento del mundo que vivencia y comprende el populismo. Es más, en muchos entornos subinstitucionalizados las fuerzas populistas están en condiciones de crear instituciones informales que persisten a lo largo del tiempo.
El enfoque discursivo-performativo
Pasamos ahora al enfoque discursivo-performativo que, por mucho, sigue siendo el más usual entre los teóricos políticos, no así entre los investigadores empíricos, preferencia que tal vez constituya un reflejo de las raíces de este enfoque en la obra de Ernesto Laclau, uno de los politólogos más influyentes de finales del siglo XX.
Esta etiqueta general abarca a una franja relativamente amplia de teóricos del campo del populismo. Muchos conciben el fenómeno como un discurso que enfrenta a “el pueblo” con “la élite”; lo que difiere, en este caso, es qué entienden esos teóricos por “discurso”. Algunos (Panizza, eds., 2005; Stavrakakis y Katsambekis, 2014) son seguidores de la teoría del discurso de la Escuela de Essex, que recibe la influencia de Laclau y Mouffe (1985), combina las teorías postestructuralistas y gramscianas de la hegemonía, y concibe el discurso como intentos de fijar significados e identidades en el contexto de la lucha por el poder. Otros, en cambio, se inscriben en el enfoque del análisis crítico del discurso inspirado por Wodak (Wodak y Meyer, eds., 2001; Wodak, 2015) y Fairclough (2003), que se centra en las dimensiones lingüísticas y los efectos ideológicos del discurso.[5] Otros adoptan una definición aún más amplia del discurso (Hawkins, 2010a).[6] Y otros autores ofrecen variaciones del enfoque discursivo al considerar al populismo como una suerte de marco discursivo (Aslanidis, 2016a) o como una forma de expresión de reivindicaciones [claim-making] (Bonikowski y Gidron, 2016b). Lo que une a todas estas corrientes es su foco primario en el populismo como un tipo particular de lenguaje que tiene efectos significativos en la manera en que se estructura y obra la política (y la identidad política).
Otros autores fueron más allá del nivel discursivo lingüístico-verbal y extendieron su definición para incluir factores no verbales o performativos. La definición del populismo de Ostiguy (2017: 77) como “ostentación de lo bajo” en política refiere a esos elementos; este autor apunta que
lo bajo y lo elevado tienen que ver con modos de relacionarse con el pueblo, y en ese sentido van más allá de los “discursos” en cuanto palabras: incluyen sin duda cuestiones relativas al acento, los niveles de lenguaje, el lenguaje corporal, los gestos y las maneras de vestir. Como modo de relación con el pueblo, también abarcan la manera de tomar decisiones en política.
De un modo afín, he argumentado que el populismo debe entenderse como un estilo político –“los repertorios de actuaciones/performances corporizadas, simbólicamente mediadas que, realizadas ante los públicos, se emplean para crear y explorar los campos del poder que constituyen lo político” (Moffitt, 2016: 38)– que consiste en una apelación a “el pueblo” contra “la élite”, los “malos modales” y una performance/actuación de la crisis, el fracaso y la amenaza.
Mientras el enfoque ideacional se aplicó mayormente en los análisis del populismo en Europa y América, y el enfoque estratégico en el Sur Global, el enfoque discursivo-performativo cuenta con mayor alcance en términos comparativos en lo que respecta a su área de aplicación: carece de una región “natural” y, como resultado, fue empleado en contextos tan diversos como Grecia (Stavrakakis y Katsambekis, 2014), Sudáfrica (Mbete, 2015), los Estados Unidos (Bonikowski y Gidron, 2016b), la Argentina (Ostiguy, 2009), Filipinas (Curato, 2017) y Australia (Moffitt, 2017a). Esta diversidad muestra la “transitabilidad” o viabilidad de las definiciones empleadas por estos analistas: a diferencia de los enfoques ideacionales y estratégicos, que tienden a universalizar subtipos regionales de populismo como si representaran el fenómeno en su totalidad, el enfoque discursivo-performativo abarca un conjunto verdaderamente global de casos. También se ha mostrado menos propenso que otros enfoques a formular aseveraciones normativas acerca del populismo en cuanto “peligro” para la democracia; en rigor, algunos de sus adherentes incluso han tomado la dirección opuesta al proponer el populismo como cura para los males de la democracia (Mouffe, 2018).
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