Read the book: «La Real Academia de Bellas Artes de San Carlos en la Valencia ilustrada»
LA REAL ACADEMIA
DE BELLAS ARTES DE SAN CARLOS EN LA VALENCIA ILUSTRADA
Romà de la Calle, ed.
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Del texto: Los autores, 2009
© De esta edición: Universitat de València, 2009
Coordinación editorial: Josep Cerdà (MuVIM) y Maite Simón (PUV)
Fotocomposición y maquetación: Textual IM
Corrección: Communico C.B.
Diseño y fotografía de cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Realización de ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-370-7207-4
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
A MODO DE PROEMIO MIRADAS HACIA EL CONTEXTO VALENCIANO DE LA ILUSTRACIÓN
ESCUELAS UNIVERSITARIAS Y PODER EN LA VALENCIA DEL SIGLO XVIII
LA REVOLUCIÓN DEL GUSTO EN LOS UMBRALES DE LA MODERNIDAD
SABIOS, CIENTÍFICOS Y TÉCNICOS EN LA ILUSTRACIÓN VALENCIANA
DESDE LA PERIFERIA. MUJERES DE LA ILUSTRACIÓN EN PROVINCE
LA FILOSOFÍA EN LA VALENCIA DEL SIGLO XVIII
ILUSTRACIÓN Y EDUCACIÓN EN LA VALENCIA DEL SIGLO XVIII
LA ENSEÑANZA DEL ARTE DEL GRABADO EN LA ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN CARLOS DE VALENCIA
IDEARIO ILUSTRADO Y ACADÉMICO VALENCIANO EN LA RENOVACIÓN DE LA CATEDRAL DE SEGORBE
EL ARTE SUNTUARIO EN LA VALENCIA DEL SIGLO XVIII. LOS CARRUAJES DE GALA
LA PINTURA EN LA VALENCIA DEL SIGLO XVIII
LA MÚSICA Y EL PENSAMIENTO EN LA VALENCIA DEL SIGLO XVIII
EL SABER ENCICLOPÉDICO: LA BIBLIOTECA DE LA REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN CARLOS
A MODO DE PROEMIO MIRADAS HACIA EL CONTEXTO VALENCIANO DE LA ILUSTRACIÓN
El presente Congreso –1768. El contexto ilustrado valenciano. El nacimiento de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos–, centrado en el estudio contextualizador de una fecha emblemática, ha sido posible gracias a la colaboración de dos entidades directamente vinculadas a la ilustración: una como sujeto y protagonista de la historia que específicamente ahora nos ocupa, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, y la otra como centro de investigación dedicado precisamente al estudio de ese concreto período histórico, el MuVIM, que –como «museo de las ideas»– partiendo cronológicamente desde el XVIII se proyecta sobre las diversas «modernidades» que han abierto los caminos hacia el desarrollo del presente.
El Museo Valenciano de la Ilustración y de la Modernidad se inauguraba en el verano del año 2001, aunque posteriormente ha reformulado su programa museográfico y ha ampliado sus objetivos. Por su parte, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos era reconocida y fundada, como tal, por el monarca Carlos III, en el invierno de 1768. Casi dos siglos y medio separan, pues, las fechas del nacimiento de ambas entidades.
En este devenir, nos vamos aproximando, por tanto, a la futura celebración, en el marco de la Ilustración valenciana, del 250 aniversario de aquel deseado acontecimiento y, como preparación de tal efemérides, la Junta de Gobierno de la Real Academia de Bellas Artes acordó, ya en la primavera del 2006, iniciar una serie de intervenciones escalonadas que periódicamente, a lo largo de años sucesivos, debían abordar el estudio de la época, analizar su situación sociocultural, así como historiar los acumulados esfuerzos y dificultades superados, que hicieron posible, como resultado, la fundación de la Real Academia de San Carlos, fruto de la constante reivindicación colectiva del mundo artístico valenciano del momento.[1]
En ese sentido, se pensó que un primer paso, en esa línea de cuestiones enlazadas, podría consistir en la convocatoria de un congreso –como actividad fundamental de la Real Academia de Bellas Artes, en el curso académico siguiente, en concreto programado para la primavera del año 2007– que se esforzara en trazar un mapa aproximado del contexto ilustrado valenciano, manteniendo como eje de todas las referencias cronológicas precisamente aquel año coyuntural de 1768.
Fue así como la expresión «Congreso sobre 1768» quedó consagrada, desde entonces, como fórmula cotidiana, en los comunicados periódicos de la Real Academia, que iban informando cíclicamente a todos sus miembros de su paulatina gestación. Se encargó que coordinara tal iniciativa al profesor Romà de la Calle, a la sazón vicepresidente de la Real Academia, quien, en su momento, había propuesto precisamente aquella idea, que tuvo tan positiva acogida y aceptación.
De hecho, no deja realmente el azar de ejercer sus influencias. Exactamente se daba el caso de que la Dirección del MuVIM era desempeñada por el mismo profesor Romà de la Calle, y hallándose vigente la firma de un convenio entre la Real Academia de San Carlos y la Diputación de Valencia, entidad de la que depende el MuVIM, para el desarrollo de actividades en torno al ámbito de la Ilustración, fue muy sencilla la conclusión de que tal congreso cuadraba –por sus contenidos y orientaciones– exactamente en ambas entidades valencianas. Pertenecían también ambas, en simultaneidad de incorporación, al Foro de Ciudades y Entidades de la Ilustración, interesando asimismo efectivamente tanto a la Academia como al Museo la ratificación institucional de esa posible colaboración. Tal cosa no tardó efectivamente en llevarse a cabo, y se aprobó, tanto en el programa museográfico del MuVIM para el año 2007 como en los proyectos de la Real Academia para dicho año, la celebración conjunta del Congreso.
El paso siguiente consistió en conseguir igualmente el respaldo y propiciar la participación, por parte de las dos universidades públicas valencianas, en tal proyecto. En realidad, a ninguna de las dos entidades académicas les faltaban, como veremos, justificaciones y motivos históricos para colaborar en el desarrollo del Congreso en torno al XVIII.
Recuérdese que la Universitat de València-Estudi General, en su singular emplazamiento originario en la sede de la calle de La Nave de la ciudad de Valencia, fue lo que dio precisamente cobijo a la Real Academia y a su actividad docente, desde su fundación en 1768 hasta su traslado al Centro del Convento de El Carmen, ya en el siglo XIX. Compartir espacio e historia son siempre, como es claro, palabras mayores que rememorar intelectual y afectivamente en cualquier coyuntura. Amicis denique hora...
Por su parte, la Universidad Politécnica de Valencia cuenta como centro propio con la actual Facultad de Bellas Artes de San Carlos, cuyos orígenes e historia –hasta el reconocimiento de su autonomía y desgajamiento de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y su posterior vinculación estatal, ya en pleno siglo XX, primero como Escuela Oficial de Bellas Artes y luego como Facultad– han sido lógicamente inseparables, manteniendo siempre, a decir verdad, sólidos lazos e intercambios frecuentes.
Se comprenderá, pues, que no fue nada difícil al profesor Romà de la Calle asegurar, desde un principio, tales respaldos al proyecto, por parte de ambas universidades, por un lado, al ser él mismo catedrático de Estética y Teoría de las Artes de la Universitat de València, y, por otro, al contar desde hace años con el otorgamiento de la Medalla de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Politécnica, precisamente por sus intensas y plurales colaboraciones con dicho centro, durante prolongados años.
De ahí que ambas instituciones universitarias respaldaran con créditos de libre disposición –concedidos a los alumnos asistentes y participantes en el evento– la celebración del Congreso. Igualmente, las dos entidades estuvieron representadas, de manera paralela, en los actos inaugurales de su convocatoria y en el desarrollo de las jornadas.
Por otro lado, en la medida en que la Conselleria de Cultura de la Generalitat Valenciana es uno de los apoyos básicos de la Real Academia –a la vez que ésta es su primera entidad consultiva y tiene depositados sus numerosos fondos patrimoniales artísticos y bibliográficos en el Museo de Bellas Artes, del cual la misma Academia fue su origen histórico y durante numerosos años también dependió totalmente de ella su dirección–, se solicitó asimismo su colaboración en el Congreso. Concretamente en lo que se refiere a la posterior edición de las actas. Colaboración que fue ratificada, en su momento, por la Secretaría Autonómica de Cultura, asistiendo igualmente a la inauguración y a la clausura una representación oficial de la Conselleria.
De hecho, con esta breve exposición de solicitaciones institucionales y colaboraciones se ha descrito en su totalidad el panorama que rodeó la preparación y la exitosa celebración del Congreso, constituido por una docena de ponencias. En su mayoría, los ponentes pertenecen a universidades valencianas (9 intervenciones), entre ellos cuatro profesores eméritos y cinco profesores en activo, además de un investigador del CSIC. Desde otro ángulo, vinculados directamente a la Real Academia de Bellas Artes, han sido cinco los ponentes que han intervenido. En general, pues, la extracción de los autores de las ponencias, que ahora se recogen en esta edición de actas, se define y encuadra en la interrelación existente entre los subconjuntos de profesores universitarios y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de miembros de la Real Academia de San Carlos. Algo perfectamente justificable.
La planificación de las áreas que estudiar, en esta primera aproximación al estudio del contexto ilustrado, del que surgió históricamente la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, en 1768, se efectuó diferenciando tres grandes ámbitos de trabajo e investigación, de manera que en su conjunto se pudiera facilitar una especie de general «estado de la cuestión».
Así, en un primer bloque de participaciones se quiso ofrecer una mirada acerca de una serie de dimensiones básicamente operativas y de fuerte incidencia en la época, como pueden serlo: a) la situación de poder en el siglo XVIII español y su influencia en el mundo académico valenciano (Prof. Antonio Mestre); b) la situación de la mujer en el marco de la Ilustración valenciana (Profa. Mónica Bolufer); c) la influencia de los conceptos de gusto y belleza en los umbrales de la modernidad (Prof. y académico Romà de la Calle) y d) el saber enciclopédico y el contexto de las bibliotecas valencianas, con una particular atención a la situación de la Biblioteca de la Real Academia de San Carlos (Prof. y académico, Salvador Aldana).
En un segundo bloque, se ofrecieron panoramas sectoriales referentes a dominios fundamentales, como el de la filosofía, la ciencia y la técnica o la educación en torno a los inicios de la segunda mitad del siglo XVIII valenciano: e) científicos y técnicos entre la Ilustración y el Romanticismo (Prof. José Luis Peset); f) la filosofía en la Valencia del XVIII (Prof. Salvador Feliu) y g) Ilustración y educación en el contexto valenciano del XVIII (Prof. León Esteban Mateo).
En el tercer apartado se englobaron cinco miradas a determinados apartados del quehacer artístico emergente entonces en el ámbito valenciano de la época: h) ideario ilustrado y académico en torno a 1768 (Prof. Joaquín Bérchez); i) la pintura valenciana del siglo XVIII (Profa. y académica Asunción Alejos); j) la enseñanza del grabado en la Real Academia de San Carlos (académica, Adela Espinós); k) el arte suntuario en la Valencia ilustrada (académica, Carmen Rodrigo) y l) música y pensamiento en torno a la segunda mitad del siglo XVIII valenciano (Prof. Rodrigo Madrid).
Asimismo, como clausura del Congreso y complemento a la última ponencia, dedicada al hecho musical en el contexto ilustrado valenciano, se ofreció un concierto titulado «Flores y ornatos en la música dieciochesca», por la Capilla Saetabis, dirigida por el profesor Rodrigo Madrid e integrada por Pilar Moral (soprano), Miriam Toboso (violoncello) y el mismo Rodrigo Madrid (clave), y se interpretaron obras de Pere Rabassa (1683-1767), Joaquín García (1710-1779), José Pradas (1689-1757) y Vicente Martín y Soler (1754-1806).
Con esta docena de ponencias se cubre, como hemos indicado, la primera aproximación a un tema que –esperamos– todavía merecerá nuevos replanteamientos y profundas revisiones, en los próximos años, por parte de la Real Academia, al aproximarse la celebración del 250 aniversario de su fundación, en aquel año de 1768.
De hecho, ya se está preparando el borrador para el segundo de los congresos, de cara a una siguiente trienalidad, en el cual se atenderá, en un primer apartado, a las relaciones existentes entre la Real Academia y otras entidades de la época (tales como la Real Academia de San Fernando, la Universitat de València-Estudi General, la Real Sociedad Económica de Amigos del País o el Ayuntamiento de Valencia, así como las relaciones históricas con la Corona). En un segundo apartado se profundizará en las, a veces, complicadas relaciones entre la teoría y la práctica de las bellas artes, en el marco de la Real Academia (aproximándose, por esta vía, a cuestiones tales como la ingeniería, la carto- grafía, el levantamiento de planos y la navegación; las expediciones científicas, la botánica y el dibujo; el dibujo floral y el arte de la seda; la enseñanza de las artes aplicadas y la docencia de las bellas artes en la Real Academia).
Finalmente, se arbitrará asimismo otro apartado para atender al estudio de las manifestaciones artísticas de la época y su contexto social y operativo (la escultura y sus relaciones con la arquitectura y la pintura; la literatura y las artes plásticas en torno a 1768; la ciudad y el urbanismo en el siglo XVIII; la pintura especializada: retrato, paisaje, bodegones, pintura floral; el arte y sus conexiones con la iglesia y la religión; influencias de la estética empirista y de la estética racional en torno a la segunda mitad del siglo XVIII valenciano; los grandes modelos artísticos internacionales, en música y artes plásticas).
Asimismo, como propuesta emanada del primer congreso, se ha propuesto y planificado la redacción de un Diccionario de Académicos de la Real Academia de San Carlos de Valencia, que recoja justamente estos dos siglos y medio de historia de la entidad, a partir del estudio biográfico de todos sus miembros. Tal investigación, sin duda prolija, debería estar realizada de cara a las celebraciones pertinentes que se están planificando históricamente. Y, con tal fin, deberán convocarse las correspondientes ayudas y becas, por parte de la entidad, buscando asimismo, para tal cometido, los debidos y necesarios respaldos institucionales.
Sirvan, pues, estas palabras de proemio para presentar brevemente las actas de este primer Congreso, para agradecer las importantes colaboraciones recibidas con vistas a su realización y para preanunciar, como hemos hecho, las actividades que ilusionadamente estamos planificando de cara a un futuro inmediato.
De forma muy especial queremos subrayar el relevante papel del MuVIM y de su equipo, en este loable empeño de colaboración con la Real Academia de Bellas Artes, así como la presencia de las universidades públicas valencianas en el proyecto, junto con el respaldo de la Conselleria de Cultura, a lo largo de nuestras iniciativas. A todos ellos nuestro sincero reconocimiento.
ROMÀ DE LA CALLE
Director del MuVIM
y presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos
[1] Piénsese que el lema adoptado por la Real Academia de las Bellas Artes, desarrollada en el contexto ilustrado francés y que sirvió de modelo a la mayoría de las demás sedes académicas europeas, era Libertas artium restituta. Se trataba de devolver la libertad a las artes, frente al peso histórico de los gremios. Tal fue la meta fundadora que venía a coronar las aspiraciones históricas por convertir las artes plásticas en artes liberales, en «beaux arts», subrayando, como es bien sabido, sus fundamentos teóricos e históricos, sus bases matemáticas y filosóficas.
ESCUELAS UNIVERSITARIAS Y PODER EN LA VALENCIA DEL SIGLO XVIII
Antonio Mestre Sanchis
Universitat de València
A nadie extrañará que, a pesar de las circunstancias, mis palabras no se dirijan a esclarecer las corrientes artísticas –barroco o neoclasicismo– que dominaban en Valencia en los años de la fundación de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Tampoco abordaré las relaciones entre ilustrados, como Mayans, y artistas como Vergara y Camarón. Plumas más autorizadas que la mía en estas materias podrán explicar con precisión y maestría los movimientos artísticos con sus mejores representantes que intervinieron en el origen de la docta institución. Mi propósito es más elemental y básico. ¿Por qué fue posible que la Real Academia de San Carlos fuera fundada en Valencia en 1768 y no antes? Intentaré esclarecer las razones que, a mi juicio, explican la fecha, y que son fundamentalmente dos. En primer lugar, la expulsión de los jesuitas en 1767. Y, en segundo lugar, el predominio que habían adquirido los ilustrados valencianos en la Corte de Carlos III. Quiero indicar, desde el primer momento, que ambos factores aparecen íntimamente unidos en el momento de la fundación.
EL EXTRAÑAMIENTO DE LOS JESUITAS
Conviene tener en cuenta para comprender el alcance y los límites de mi criterio dos circunstancias esenciales del momento. En principio, es evidente que el P. Confesor del monarca no era un simple administrador del sacramento de la penitencia al rey. Era pura y simplemente un ministro de cultura que abarcaba ámbitos eclesiásticos (relaciones con la Santa Sede o nombramientos de obispos e inquisidores), pero también aspectos estrictamente culturales, como universidades o censura de libros. Y no podemos olvidar que desde Felipe V a Fernando VI los confesores del monarca fueron jesuitas (Alcaraz, 1995).
La segunda circunstancia está ligada a las escuelas teológicas del siglo XVIII. En una monarquía absoluta no existían partidos políticos, pero sí grupos de presión organizados por personas que participaban de idénticos criterios ideológicos y buscaban el poder para los partidarios de su escuela y grupo. Según expresé en otras circunstancias:
Los problemas de escuelas, o de grupos unidos en torno a una teoría teológica, no son grupos estrictamente intelectuales. Tienen una repercusión académica-universitaria innegable pero, además, una trascendencia político-social insospechada. Como hoy, claro. Porque, en el fondo, los «cuatro o cinco» a que alude Mayans son regidores de la ciudad que colocan en las cátedras a «maestros de su facción» (Mestre, 2003b: 430).
Las dos grandes escuelas eran la tomista (dirigida teóricamente por los dominicos) y la antitomista (dominada por los jesuitas). La importancia consistía en el hecho de que el estudiante, al ingresar en la Universidad, se adscribía a una escuela, con profesores de una ideología definida. Como consecuencia, quedaba incorporado a un grupo de presión, con amigos que lo favorecían y émulos que le eran opuestos (Albiñana, 1988; Guillot, 1999). Por supuesto, había transferencias que, en algunos casos, rozaban lo que hoy llamaríamos transfuguismo, y que dependían de la mayor o menor fidelidad a los principios o a las personas que representaban al grupo. Me explico con casos concretos entre nuestros ilustrados.
Hoy sabemos (creo haberlo demostrado hasta la evidencia) que Gregorio Mayans formaba parte de una familia austracista, firmemente vinculada al archiduque Carlos, pretendiente a la corona de España en la Guerra de Sucesión. La familia siguió al archiduque a Barcelona, después de la batalla de Almansa, y en la ciudad condal estudió Gramática (nuestro actual bachillerato) en el Colegio de Cordelles de la ciudad condal, dirigido por los jesuitas (Mestre, 1970 y 1999). En consecuencia, al ingresar en nuestro Estudi General, se inscribió en la escuela antitomista. Pero sus buenas relaciones con los PP. de la Compañía se fueron enfriando por razones pedagógicas (don Gregorio defendió los Estatutos de la Universidad frente a las pretensiones de los jesuitas de controlar las escuelas de Gramática) e ideológicas, hasta celebrar la expulsión decretada por Carlos III. Eso sí, nunca fue aceptado por los tomistas, que siempre lo consideraron un antiguo antitomista, aunque el erudito fuera ajeno a cualquier escuela y hubiera manifestado muchas veces y públicamente sus divergencias con los jesuitas.
Por su parte, Pérez Bayer se inscribió en la escuela tomista y siempre se mantuvo en la órbita de la escuela. No obstante, con su proverbial habilidad, supo aprovechar el favor de jesuitas y colegiales para promocionarse en su carrera eclesiástica, académica y política, como después veremos. Pero siempre fue hombre de escuela, y lo demostró favoreciendo a los tomistas.
No quiero insinuar, por supuesto, que los padres de la Compañía se opusieran con anterioridad al desarrollo cultural o a la creación de la Real Academia de San Carlos. Entre otras razones porque a los jesuitas se debió la fundación de instituciones de ambiciosos proyectos culturales. Así, la Real Biblioteca fue creada por los confesores, siempre jesuitas, y dirigida en sus primeras décadas de funcionamiento por los PP. Confesores de Felipe V, los jesuitas franceses Pedro Robinet y Guillermo Daubenton. Y entre los fundadores de la Real Academia de la Lengua había dos jesuitas, los PP. Casani y Carrasco.
Dado que el confesor del monarca era escogido por el equipo de Gobierno, se deduce que los aspectos culturales de su gestión estuvieron siempre de acuerdo con los criterios político-culturales deseados por los gobernantes. Conviene, por tanto, aludir a la evolución que desde el confesionario regio siguieron los jesuitas respecto a la política cultural del Gobierno.
Hay, sin duda, una primera etapa de predominio francés, protagonizado por los PP. Daubenton y Robinet. Era la herencia de Luis XIV, que variaba de acuerdo con los intereses del gobierno español del momento. Es preciso, además, tener en cuenta el carácter del protagonista que, desde el confesionario del monarca, podía intervenir con mayor o menor intensidad en asuntos culturales. De hecho, estos dos jesuitas franceses fueron enérgicos e intervencionistas. Robinet colaboró con el equipo de Gobierno de la princesa de los Ursinos y de Macanaz en la actitud regalista de Felipe V y después de la ruptura de relaciones con Roma en 1709. Ahora bien, con la llegada de Isabel de Farnesio, la caída de la princesa de los Ursinos y el proceso inquisitorial de Macanaz, la presencia de Robinet en el confesionario del monarca se hizo insostenible y fue reemplazado por Daubenton, que volvía a repetir en el cargo de dirigir la conciencia de Felipe V (Martín Gaite, 1970; Pérez Villanueva, 1982: 1233-1244; Mestre, 1985: 283-301). Autoritario e intervencionista, Daubenton dejó su huella en asuntos culturales y no siempre de manera acertada. En 1718 el Santo Oficio, bajo su indicación e informe previo, prohibió unas páginas que había escrito Juan de Ferreras, bibliotecario mayor del rey, contrarias a la tradición de la Virgen del Pilar por carecer de argumento histórico (Alcaraz, 1995: 407). Y en cuanto a los ilustrados valencianos se refiere, está la negativa a que Manuel Martí, el deán de Alicante, ocupara la plaza de bibliotecario mayor del rey.
He aquí las palabras del mismo protagonista en carta a Mayans:
No tengo por necesario, ni aún conducente, el que se haga mención de quien fue la causa de que no se me diera lo que yo nunca apetecí, ni podía admitir; por lo contrario de aquellos aires a mi temperamento. Pero diréselo a Vm. por si no lo sabe, porque en Madrid es público. Fue el P. Daubenton. Él me buscó, él tomó informes, y él hizo hacer la pesquisa de mi vida, y en ésta le dijeron los de su hábito que no hiciera tal, porque era enemigo jurado de su sotana. Pero esto a qué viene, ni debe tocarse, porque no conviene, y porque no viene al caso. Y así sobre esto he de deber a Vm. que ne verbum quidem. Ni hay para qué tocar si la elección que se hizo fue buena o mala. Fue de su pandilla, y eso basta, siendo la primera máxima de su política: qui pro nobis non est, contra nos est (Mayans, 1973: 306).
No deja de constituir una curiosidad el hecho de que el elegido fuera Juan de Ferreras, de quien el P. Confesor, como hemos visto, suprimió las páginas dedicadas a la tradición de la Virgen del Pilar. Otra actuación de Daubenton tuvo duraderas consecuencias en la práctica docente valenciana. Con su favor y apoyo se fraguó la Concordia entre el Ayuntamiento de Valencia y los PP. de la Compañía. En 1720 se devolvía a la ciudad el Patronato del Estudi General, pero en contrapartida, los jesuitas ejercerían el magisterio de Gramática en las escuelas que construiría la ciudad. Era una exclusiva que vulneraba los Estatutos del Estudi General, y que produjo apasionadas polémicas y la ruptura de amistades como la de Mayans con los PP. de la Compañía. Por lo demás, es conocida la leyenda-historia de la traición de que Daubenton comunicó al Gobierno francés la noticia anticipada del deseo de Felipe V de renunciar al trono a favor de su hijo Luis I (Alcaraz, 1995: 42).
Con la muerte del P. Daubenton en 1723 ocuparon el confesionario regio dos jesuitas menos enérgicos y, quizá debido a las circunstancias, menos intervencionistas en aspectos culturales. Alcaraz Gómez, que ha estudiado la actividad de los jesuitas confesores de los primeros borbones, escribe con claridad:
A ello contribuyeron varios factores: el carácter del confesor de turno –enérgicos como Daubenton, Robinet, Fèvre y Rávago; acomodaticio y negligente en el caso de Clarke; poco relevante en Bermúdez, y apenas perceptible en el padre Marín, confesor de Luis I (1995: 48).
De hecho, los dos confesores españoles (Bermúdez y Marín) se vieron inmersos en las intrigas políticas que acompañaron el breve reinado de Luis I y el retorno al trono de su padre Felipe V, con la decisiva intervención de Isabel de Farnesio. De ahí que apenas conozcamos actividad alguna de ambos confesores en relación con los ilustrados valencianos.
En 1727 accedió al confesionario regio el P. Guillermo Clarke, jesuita irlandés, calificado por Alcaraz como «acomodaticio y negligente». Y Clarke sí tuvo que ver con los ilustrados valencianos por su larga y compleja relación con Mayans. En otras ocasiones he explicado la gran paradoja que, siendo don Gregorio un heredero de familia austracista, llegara a bibliotecario de Felipe V, y precisamente por el favor de los austracistas: del cardenal Cienfuegos, exiliado en Roma, y del embajador de la República de Génova (José Octavio Bustanzo). De hecho, el P. Clarke firmaba el nombramiento de Mayans como bibliotecario real el 6 de octubre de 1733. Pero una cosa era el nombramiento y otra muy distinta las posibilidades de acción de que don Gregorio disfrutó. Porque el intento del erudito de ganar la voluntad del secretario de Estado José Patiño, verdadero dueño del poder político, por medio de una conocida Carta pública con un ambicioso proyecto de reformas culturales, constituyó un fracaso.
Patiño conocía personalmente la vinculación de la familia Mayans con el archiduque, puesto que era intendente en Cataluña durante la Guerra de Sucesión. Rechazó los planes del erudito y se opuso a que se le concediera la plaza de cronista de Indias e incluso la Secretaría de Estado para redactar cartas latinas, que le había prometido el P. Clarke. El P. Confesor, según su carácter, se acomodó al criterio del poder político y abandonó al joven bibliotecario real, que dejó la corte en 1739. Su intento de influir en la política cultural del Gobierno borbónico no encontró la acogida favorable (Mestre, 1999 y 2003). En cambio, el P. Clarke sí apoyó los intereses de la Compañía en el asunto de las escuelas de Gramática, contrarias a los Estatutos del Estudi General.
A la muerte del P. Clarke, dos jesuitas de fuerte carácter e intervencionistas ocuparon el confesionario regio; mientras vivió Felipe V, el francés Jaime Antonio Fèvre, y en la primera etapa del reinado de Fernando VI, el cántabro Francisco de Rávago. Hay, dentro de las diferencias en su actividad, un punto común: su interés por aumentar el regalismo de la monarquía española en sus polémicas con Roma. Fèvre dirigió la política eclesiástica del secretario de Estado, Villarias, y, en las polémicas con el nuncio y con el mismo papa Benedicto XIV, se valió de los conocimientos históricos y jurídicos de Mayans. Claro que, muerto Felipe V y cambiado el equipo de gobierno, don Gregorio quedó sin premio y su actividad ignorada. La gestión de Rávago, que estaba apoyado por Carvajal y Ensenada, utilizó un instrumento cultural, creando una Comisión de Archivos, dirigido por el también jesuita Andrés Marcos Burriel.
Aspectos curiosos en estas polémicas. Mayans no quiso, escarmentado por el fracaso anterior, participar en la Comisión, aunque, una vez firmado el Concordato de 1753, colaboró en la redacción de las Observaciones, encargadas por el marqués de la Ensenada, y quedó de nuevo sin premio y éstas inéditas (Mestre, 1968 y 1999). En contraste, Pérez Bayer participó en la Comisión y, como premio, recibió por gracia del Gobierno (es decir, del P. Confesor Rávago) un canonicato en la catedral de Barcelona y una beca para ampliar estudios en Roma.
LA CONQUISTA DE LA CORTE POR LOS VALENCIANOS
La exposición anterior demuestra la gran influencia cultural de los jesuitas, en gran parte debida, menester es decirlo, a los favores de los borbones por medio de sus diferentes gobiernos. Por eso, resulta tan sorprendente el decreto de extrañamiento, sin duda el acto más despótico del reinado de Carlos III.
No hay duda de que la influencia cultural de la Compañía era grande y así lo reconocían amigos y enemigos. Burriel, al recibir el encargo de dirigir la Comisión de Archivos, redactó un ambicioso proyecto, que tituló «Apuntamientos de algunas ideas para fomentar las letras» (Echánove, 1967). En él confesaba sin rubor y con sincera convicción que sin los jesuitas no se podía llevar a cabo ninguna reforma cultural seria en España.
Influencia confesada, asimismo, por sus émulos manteístas. Cerdá y Rico escribía a Mayans el 7 de abril de 1767, apenas expulsados los jesuitas:
Ahora es la ocasión más a propósito para que levanten la cabeza las letras, pues se ha quitado el mayor estorbo... Ninguna ocasión mejor que ésta para reformarse los estudios en España (Mayans, 1998).
Más explícito todavía fue Mayans en carta al ministro Roda:
Aquí la juventud está animosa para llenar el vacío que han dejado los de la Compañía que, aunque estava vanamente ocupado, por fin era grande, i toda la habilidad consiste en que los maestros que pueden aver suplan con la facilidad del método y solidez de la enseñanza lo que les falta saber (5-V-1767, Mayans, 2000: 225).
Queda claro el deseo de los manteístas de llenar, con el favor del Gobierno, el vacío cultural dejado por los jesuitas. También en el caso concreto que nos ocupa. Era la hora de los tomistas. Era la hora de Pérez Bayer.
Los trabajos de Enrique Giménez (1990; 2006) han demostrado que, durante las primeras décadas posteriores a la Guerra de Sucesión, los gobiernos de Madrid siempre miraron a los valencianos como rebeldes y peligrosos. Ese concepto se extendía a los hombres de letras. Hubo una excepción: Jorge Juan. Como guardia marina realizó trabajos al servicio del Estado: viaje a América para medir un grado del meridiano terrestre, espía industrial o tareas diplomáticas (A. Alberola, 2006). Otros intelectuales, cuya actividad quedaba dentro de nuestros límites territoriales (Tosca, Corachán o Miñana), no sufrieron discriminación alguna. Pero cuando nuestros hombres de letras se acercaron a la Corte y al centro del poder, fueron rechazados sin contemplaciones. Así, el deán Martí, que vio impedido su acceso a bibliotecario mayor del monarca, por considerársele austracista y enemigo de los jesuitas. Y a Gregorio Mayans, que fue nombrado bibliotecario del rey por el favor de los austracistas (¡extraña paradoja!), no se le permitió desarrollar actividad cultural alguna (Mestre, 1999).
Sin embargo, a mediados de siglo, la actitud de los gobernantes respecto a nuestros hombres de letras cambió. En el verano de 1751, el catedrático de medicina jubilado, Antonio García y Cervera («García el Gran»), fue llamado a la Corte para atender a la reina Bárbara de Braganza. Y todos los testimonios manifiestan la buena acogida recibida: «Su santa sinceridad y su habilidad le han granjeado en Palacio el aplauso» decía Asensio Sales a Mayans el 6 de octubre de 1751 (Peset, 1975: 325, 8). Blas Jover, Fiscal de la Cámara del Consejo de Castilla, escribía el 28 de agosto de 1751:
El Dr. García está muy bien admitido en esta corte, y saliendo todos los días la Reina nuestra Señora me parece que con su conocido alivio no dejará de conseguir sus ventajas y la de su universidad.
Poco pudo gozar el Dr. García de su éxito, pues, dada su avanzada edad, murió pronto. Pero, como pronosticaba Jover, su faena favoreció al Estudi General, y su discípulo Andrés Piquer fue llamado a la Corte. El mismo Jover confirma esa conexión y las razones de la llamada de Piquer a Madrid:
Es cierto que nuestro Dr. García está bien admitido en toda la Corte, lo cual no es poco, a vista de tanto malignante médico como hay en ella, y que la Reina nuestra Señora se esparce más que lo hacía y con menos aprehensión; con lo cual le estamos muy agradecidos y porque haga venir acá a nuestro Piquer, con lo cual no dudo que la escuela valentina sea más atendida (V. Peset 1975: 327, 20).
Piquer llegó a Madrid el 10 de septiembre de 1751 y, según Jover, gracias al gran concepto que había alcanzado el Dr. García y los méritos del propio Piquer, fue nombrado médico de la Real Cámara, como superintendente. Pronto ganó el favor de Ensenada, que en 1752 aumentó el sueldo del médico y le permitió importar libremente cualquier libro del extranjero, «liberalidad ciertamente singular», en palabras de Mayans. Como era miembro de la Real Academia de Medicina desde 1739, tomó posesión de su escaño y pronto fue nombrado vicepresidente pero, por la oposición de los académicos, nunca llegó a la presidencia que deseaba. Tampoco logró ser médico de la familia real. He aquí las palabras de Vicente Peset sobre el paralelismo que hacían los coetáneos en Valencia comparándolo con Cerví.
Pero el cert és que no arribà a ésser així. Perquè, encara que ens manca per a aquesta època l’examen de documents que, sens dubte, hi ha a Madrid, a base dels que he pogut desposar fins ara, sospito que Piquer, més que no pas un metge de família, era un consultor per als reis. D’aquí que, en les referències fins avui impreses, només hi figuri en casos extrems. Si, tal com sembla, això fou així, és evident que mai no assolí el lloc que Cerví ocupà prop de Felip V, Suñol amb Ferran VI, o el valencià Martínez de la Raga amb Carles III (Peset, 1975: 330).
De hecho, Piquer desarrolló una gran actividad científica y profesional. Publicó en Madrid libros de filosofía, anteriores (Lógica moderna, 1747 y 1771) y nuevos (Filosofía moral, 1755; Discurso sobre la aplicación de la Filosofía a los asuntos de religión, 1757), y científicos, editados anteriormente en Valencia (Física moderna y Medicina Vetus et nova, 1735, 1743, 1758 y 1768; Tratado de las calenturas, 1751, 1760 y 1769; Institutiones medicae, 1762; Praxis médica, 1764-1766). Y, sobre todo, desarrolló una gran actividad profesional como médico protegido por Ensenada, Carvajal y después por nobles y políticos. En palabras de Peset,
I, tanmateix, aquell prestigi no fou degut solament al patrocini de La Ensenada, ni al mèrit de les seves publicacions –pot dir-se que Borbón, ell i Amar foren els únics protometges que publicaren alguna cosa d’un cert volum–, sinó als seus èxits professionals (Peset, 1975: 334).
Y a esto parece haberse limitado –lo que no es poco– la actividad de Piquer en la Corte. En el fondo, hay una razón que explique la actitud: no pertenecía a escuela alguna. De hecho, no formó un equipo que desarrollase e impulsara sus ideas y proyectos.
Ahora bien, Bayer sí era hombre de escuela y su actividad en la Corte fue muy diferente. Francisco Pérez Bayer, nacido en la parroquia de los Santos Juanes, al ingresar en el Estudi General, se inscribió en la escuela tomista, y amplió estudios en Salamanca, donde fracasó en su intento de ingresar en un Colegio Mayor. Pero, como clérigo, consiguió el favor del obispo y del cabildo salmantinos, quienes le proporcionaron el cargo de secretario del arzobispo de Valencia, Andrés Mayoral, que, por lo demás, era tomista, aunque había sido colegial. La habilidad de Bayer era proverbial. Al servicio de un arzobispo tomista, mantuvo excelentes relaciones con jesuitas y colegiales. Y si ganó la cátedra de Hebreo en el Estudi General con el favor de Mayoral (tomista), consiguió la de Salamanca con el apoyo de colegiales (Manuel Villafañe y Díaz Santos de Bullón) y jesuitas que alcanzaron a los máximos representantes culturales como eran el P. Fèvre, confesor de Felipe V, y el P. Panel, preceptor del infante don Luis.
La actividad de Bayer en la universidad salmantina no fue pacífica. Tuvo numerosos enfrentamientos con el claustro, pero siempre encontró el apoyo del confesor del monarca, así como de la Secretaría de Estado del Gobierno español. El premio le llegó con el nombramiento de colaborador en la Comisión de Archivos, creada por el Gobierno (Ensenada, Carvajal y F. Rávago) y dirigida por el jesuita Andrés Marcos Burriel. A juzgar por unas palabras de Burriel, su esfuerzo no debió de ser muy grande, pero fue premiado con un canonicato en Barcelona y una beca para la ampliación de estudios en Roma.
En este momento tuvo lugar la crisis de 1754. La muerte de Carvajal y, sobre todo, la destitución de Ensenada produjeron en Bayer un momento de temor. Habían desaparecido sus protectores y otro grupo accedía al poder. Pero la habilidad de nuestro hebraísta era grande, hizo olvidar su pasado y el carácter de sus favorecedores y pronto ganó la confianza del nuevo equipo gubernamental. Roda, embajador español en Roma, se convirtió en su confidente y Ricardo Wall, el secretario de Estado, lo nombró visitador del Colegio Español de Bolonia, cargo que con anterioridad sólo habían desempeñado altos cargos eclesiásticos. Más aún, máximo gesto de habilidad, con el favor del embajador Clemente de Aróstegui, colegial, consiguió una visita privada al futuro Carlos III, entonces rey de Nápoles y ganó el afecto del monarca. Bayer regresó a España en 1758 como canónigo de Toledo y su fama de hebraísta y numismático le abrió las puertas de su influencia en el Gobierno.
Probablemente, con la ayuda del arzobispo de Valencia, Andrés Mayoral, de quien había sido secretario, consiguió el nombramiento de obispos tomistas. El último filojesuita fue Asensio Sales como obispo de Barcelona. Después, todos tomistas. Pedro Albornoz de Orihuela (1760) y Felipe Bertrán de Salamanca (1763). La carrera política de Bayer dio dos pasos más. El primero, con el nombramiento de su íntimo amigo Manuel de Roda como ministro de Gracia y Justicia, que entrañaba el control de las universidades y era un poderoso interventor en el nombramiento de cargos y beneficios eclesiásticos. Así, de obispos como José Climent en Barcelona (1766) y José Tormo en Orihuela (1767), canónigos en el cabildo de Valencia, todos ellos tomistas, por supuesto. El segundo paso fue el decreto de expulsión de los jesuitas, con la cédula real de Carlos III en 1767 (Mayans, 1977; Pérez Bayer, 1998: 9-16).
El problema era grande. Era menester llenar el vacío dejado por los padres de la Compañía en múltiples campos: docente y cortesano. Para el cargo de director del Colegio de Nobles de Madrid fue elegido Jorge Juan. Y mucho más decisivo, Pérez Bayer era llamado con urgencia (estaba enfermo en Benicasim) para ocupar la preceptoría de los infantes reales.
Ahora bien, Bayer pensaba que su cargo como preceptor no se limitaba a enseñar latín a los pequeños retoños de Carlos III. Su método de enseñanza debía servir de modelo y, sobre todo, convenía su intervención para reformar los estudios en España. En tres líneas orientó su actividad. Dirección y reforma de los Reales Estudios de San Isidro, sucesor del Colegio Imperial de los jesuitas. Control del cabildo y Universidad de Valencia. Y, finalmente, aunque fue más tardía, la reforma y, en el fondo, supresión de los colegios mayores.
Para conseguir estos fines, Bayer necesitaba un equipo de colaboradores. Y no tardó en rodearse de amigos fieles. En 1768, aprovechando un viaje de fray Vicente Blasco, el futuro rector del Estudi General, a la Corte para solventar las diferencias con su superior, el lugarteniente general de la orden de Montesa, con motivo de la edición del Bulario, consiguió su nombramiento como colaborador en la preceptoría del Infante don Francisco Xavier. Blasco sirvió con fidelidad las directrices gubernamentales, y en consonancia con Bayer, aprobó los planes de estudio de los Reales Estudios de San Isidro, en cuya dirección nuestro hebraísta había colocado a su amigo Manuel Villafañe (con el apoyo de Roda y la irritación de Campomanes) (Mayans, 1977; Mestre, 2003b). No será la última vez que Bayer discrepe del fiscal Campomanes. La Real Academia de la Historia dirigida por Campomanes había decidido traducir la Historia de América de Robertson. Pero en el último momento hubo cambio de criterio. Se suspendió la traducción y se pensó en un planteamiento apologético de España en América. Y Bayer impuso su candidato, al valenciano, su amigo Juan Bautista Muñoz, creador del Archivo de Indias y autor de Historia del Nuevo Mundo, de la que sólo apareció el volumen I (1793).
Pero Bayer tenía especial interés por controlar el mundo intelectual valenciano. En primer lugar el cabildo de la catedral, porque el rector del Estudi General tenía que ser un canónigo. Así, fue nombrando una serie de canónigos tomistas, desde su hermano Pedro hasta el montesiano Vicente Blasco. Apoyó a los escolapios –también tomistas– y émulos de los jesuitas en las escuelas de Gramática. Y finalmente colocó a un familiar suyo, el canónigo Joaquín Segarra, en la dirección del Colegio de San Pablo, anteriormente controlado por los PP. de la Compañía. Con esa actitud estaba creando las circunstancias propicias para la posterior polémica sobre la Gramática latina de Mayans, rechazada por los tomistas como texto del Estudi General.
Vimos antes la obsesión de los ilustrados por llenar el vacío cultural dejado por los jesuitas. Pues bien, el Gobierno se encargó, en primer lugar, de suprimir las cátedras de la escuela antitomista, con la prohibición de utilizar los textos de jesuitas, basada en la excusa de que defendían el probabilismo y el tiranicidio. Concretamente en Valencia, según el decreto del Consejo de Castilla, del 12 de agosto de 1768, el Claustro Mayor del Estudi General acordó la supresión de 3 cátedras de Filosofía antitomista y las 6 cátedras de Teología antitomista. Este último aspecto entrañaba un problema profundo, porque 3 de las cátedras de Teología eran pavordías que se regían por la Bula Pontificia fundacional de Sixto V en 1585.
Cualquiera que conozca la vida universitaria comprenderá la convulsión entre profesores y alumnos. Porque, de hecho, los profesores de la escuela suareciana (jesuítica) quedaban destituidos y cualquiera que hubiese sido alumno de la escuela antitomista quedaba sin posibilidades de acceder al profesorado universitario. Sin duda alguna, la escuela tomista se convirtió en el gran beneficiario y al grupo se adhirieron personas ajenas a la doctrina filosófica o teológica de Santo Tomás. En realidad, se convirtió en un instrumento de poder (Mestre, 2003b).
En esas circunstancias, los proyectos surgidos en el círculo tomista no encontraron oposición por parte del poder local y central. En 1768, año en que se fundó la Real Academia de San Carlos, las únicas excepciones eran algunos regidores del Ayuntamiento de Valencia, y éstos no siempre podían controlar la elección de rector del Estudi General. Pero, aún en la Universidad, su poder era tal que la elección del 18 de diciembre de 1768, que recayó en el canónigo antitomista Cebrián de Valda, fue reiteradamente recusada. Por lo demás, el arzobispo de Valencia era Andrés Mayoral, tomista; también lo era el obispo auxiliar (Rafael Lasala); la dirección del Colegio de San Pablo estaba ocupada por el familiar de Bayer, Joaquín Segarra, asimismo tomista; los escolapios, favorecidos por Mayoral, émulos de los jesuitas, con la presencia del P. Benito Feliu de San Pedro, amigo de Vicente Blasco; y, en Madrid, la presencia de Pérez Bayer, de la escuela tomista, como preceptor de los infantes reales y la colaboración del montesiano Blasco, también tomista. Además, en la Corte estaban el pintor Ponz; Raimundo Magí, predicador oficial y después obispo de Guadix; Villafañe, que, si bien era castellano, había residido en Valencia y era amigo de Bayer; Manuel Monfort, hijo del impresor y protegido del hebraista, y más tarde Juan Bautista Muñoz, cronista de Indias y fundador del Archivo de Indias. Aunque el bibliotecario real Cerdá y Rico, amigo de Mayans, no acabó de encajar en el círculo, la presencia de tantos valencianos en la Corte, bajo la dirección de Bayer, constituía una fuerza innegable. Los coetáneos eran plenamente conscientes de ello y no dudaban en calificarlos como los turianos.
Y sin afán de insistir en todos los puntos de afinidad entre los protagonistas en Valencia y en Madrid, baste recordar la amistad de Ignacio Vergara aquí y Manuel Monfort en la Corte, en el círculo de Bayer con el arquitecto Villanueva. Este supuesto, la amistad de Pérez Bayer con Manuel de Roda y el afecto de Carlos III, propició la aceptación de la Corte. El contraste con el fracaso de los intentos anteriores de crear instituciones culturales entre nosotros (Academia de Ciencias de Bordazar y Corachán) o la Academia Valenciana de Mayans resulta evidente y clarificador. Es cierto que no todos los tomistas valencianos veían con buenos ojos la fundación de la Academia propiciada por Mayans, que encontró apoyo en los antitomistas. En general, los tomistas no se inscribieron entre sus miembros, pero no parece que se opusieran a su funcionamiento. Los obstáculos vinieron de las instituciones de la Corte controladas por el Gobierno central. En el caso de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos tampoco hubo oposición de los antitomistas en Valencia. Las divergencias posteriores con motivo del discurso de Mayans en la Real Academia de San Carlos, conocido como Arte de pintar, se debieron a otras razones. La diferencia estuvo en que los valencianos, que en 1768 controlaban las líneas culturales del Gobierno de Madrid, apoyaron con calor esa fundación.
No deja de constituir un motivo de esperanza constatar que las escuelas académicas no sólo buscaron el poder. Algunas veces, y en este caso con motivo de la fundación de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, también se preocuparon de aspectos estrictamente culturales. Y lo que es más interesante, estas preocupaciones culturales encontraron –aunque no siempre, como hemos podido observar– el apoyo y favor de las autoridades públicas.
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LA REVOLUCIÓN DEL GUSTO EN LOS UMBRALES DE LA MODERNIDAD
Romà de la Calle
Universitat de València
En febrero de 1768, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos es reconocida oficialmente. Han pasado ya algunos lustros desde que se pusieran en marcha aquellos esfuerzos que acompañaron al anterior intento de conformar la Real Academia de Santa Bárbara, también en el contexto valenciano. En ambas circunstancias, se habían seguido los pasos de la precedente Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, creada en la villa y corte.
Se daba así, por fin, cumplimiento y satisfacción a un objetivo expreso: el de implantar oficialmente y controlar los estudios de las Nobles Artes, en el ámbito valenciano, gracias a la presencia de la nueva entidad. Pero también tal objetivo apuntaba igualmente hacia el establecimiento de un sistema de pautas y normas que, yendo más allá de la estricta docencia de las bellas artes, alcanzara asimismo la regulación de su práctica y la implantación social de determinados criterios preferenciales. No en vano, se postulaba que el logro de todos esos objetivos pudiera y debiera ser, a la vez, eficazmente sometido a la presencia y acción de una autoridad reconocida y centralizada en el propio entramado académico, frente al viejo y prepotente poder de los gremios.
Conviene, en este sentido, recordar que el lema acuñado por el impulso del escalonado «movimiento académico» francés de la época rezaba: Libertas artium restituta. Paradójicamente, pues, se trataba de devolver la libertad al arte, reconociendo sus derechos. ¿O era a los ciudadanos, en sus relaciones plurales con las artes, a quienes se les quería reconocer tales derechos? Sin duda, la historia de la modernidad iba a tener la última palabra, aunque tuviera que dar muchas vueltas y zigzagueos en ese desarrollo.
En realidad, tales aspiraciones de los contextos español (Real Academia de San Fernando) y valenciano (Real Academia de San Carlos), a los que luego se sumarían también otras ciudades españolas, venían a seguir modelos ya implantados por instituciones académicas preexistentes en Europa, fuertemente controladas desde los poderes monárquicos. Concretamente, en España se estaban aplicando ya a mediados del siglo XVIII, de forma clara, las pautas de las reales academias consolidadas en Francia, por directa imposición y estrategias borbónicas. Si el modelo regulador para la recién creada Real Academia de Bellas Artes valenciana iba a ser formal y materialmente el de San Fernando, aquella institución, a su vez, no era sino la extrapolación directa de la normativa que había puesto las bases de la muy anterior Real Academia de Bellas Artes de París y sus otras ramificaciones francesas y europeas.
El siglo ilustrado no iba a dejar pasar la ocasión de regular un ámbito tan relevante como el de las bellas artes. Tampoco iba olvidar el dominio de las artes aplicadas, por el cual tanto se interesó la Encyclopédie. Se preocupó, pues, en ambos casos, por la docencia y el aprendizaje de las mismas, sin dejar de discutir acerca de sus vertientes creativas e industriales y sus complejas relaciones. Pero en ninguna circunstancia minimizó su toma de partido de cara a la mostración pública de las distintas manifestaciones artísticas. Tampoco bajó la guardia frente al control y el seguimiento de su mercado y frente a la diversificación de su coleccionismo. Igualmente, aquel siglo abrió nuevas puertas al estudio y la teorización del arte. También dio una vuelta de tuerca a la justificación de su historia y a la necesidad de fundamentar los posibles criterios de enjuiciamiento y normatividad, que –por definición– buscaban las academias.
Es así como florecen casi simultáneamente o se refuerzan y revisan instituciones como las academias, los museos y los salones, al igual que se constituyen e inician, en ese mismo contexto ilustrado, disciplinas como la Estética y la Crítica, la Historia del Arte y la Arqueología, o se perfilan fuertemente nociones que serán clave en estos dominios de la práctica y el pensamiento, como por ejemplo el «gusto», el «sentimiento» o el «no sé qué», junto con la belleza, la sátira, la gracia, la fealdad, lo cómico o lo sublime, que tanto juego darán, como categorías estéticas, en este siglo XVIII, y que condicionarán fuertemente la posterior historia de la modernidad.
Justamente, en esta crucial diacronía, en esta época activa y determinante, nos topamos con la citada fecha de 1768, cuando aquel 14 de febrero se recibe oficialmente en la ciudad de Valencia la noticia de la institucionalización de la Real Academia de Bellas Artes, denominada de San Carlos como homenaje al monarca ilustrado por excelencia, que había acogido las peticiones reiteradas en tal sentido. Carlos III daba el espaldarazo a la institución, ligándola directamente al poder municipal en relación con su sostenimiento económico y que pronto, también, se vería vinculada a la Universidad, en lo que respecta a su ubicación. Dualidad de aspectos y de dependencias que no queremos minimizar, en esta coyuntura y en esta historia que pronto va a cumplir su 240 aniversario.
Sin embargo, dado que estas facetas propias de las microhistorias han sido recogidas ya en diversas publicaciones, en distintos repertorios de documentos y diferentes estudios de fuentes, preferimos, más bien, centrarnos en una estratégica mirada global que reflexione, aunque sólo sea a grandes trazos, en torno a ese ambiente de carácter estético-filosófico que intentaba legitimar los principios del gusto, las actuaciones de la razón y del sentimiento, la aplicación de las reglas o la articulación de los criterios que se proyectaban socialmente (y por ello también individualmente) sobre el universo de las bellas artes.
Siguiendo esa línea ya indicada de influencias y de poder, de control y seguimiento, que vinculaba a Valencia con Madrid y a Madrid con los modelos de las reales academias europeas y especialmente francesas, queremos acercarnos al crucial papel que desempeñó el tema del «gusto» como vía de acceso a la belleza y al arte, en las puertas de la modernidad, en este ecuador del siglo XVIII, sin olvidar, como es lógico, determinados antecedentes, que ya desde mediados del siglo XVII claramente iban preparando la implantación de nociones, de materias disciplinares y de instituciones que en el propio siglo ilustrado florecerían entre sí en una estrecha red de conexiones, algunas de las cuales intentaremos comentar.
Muchos de los autores que se van a citar, muchas de las obras a las que deberemos hacer referencia se han encontrado en distintas bibliotecas valencianas. Algunas de ellas incluso estaban depositadas en la propia Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, que pronto atendió asimismo a esta vertiente bibliográfica, fundamental, sin duda, tanto para la correspondiente formación de la época como para orientar y dar base a nuestros rastreos actuales.
Este enfoque arranca, pues, de aquel contexto francés, en la charnela entre los siglos XVII y XVIII, que propició paulatinamente el establecimiento de determinadas líneas de fuerza en una particular historia (francamente contemporizadora) del marco estético-filosófico, en el que se iban a mover toda una serie de autores, pioneros en este tipo de reflexión, que colaboraron intensamente –diferenciándose y dejándose también influir– con otras figuras implantadas en el contexto inglés y alemán, las cuales determinaron las fases posteriores de la modernidad, en sus distintas versiones. Es decir, en la cadena de «las modernidades» que (pasando por aquel 1768) ha llegado hasta nosotros.
I. ENTRE LA RAZÓN Y EL SENTIMIENTO
Precisamente en el desarrollo pautado de la modernidad, hay que reconocer que la historia de la Estética corre en paralelo con la historia de la subjetividad. De hecho, la conciencia de una cierta ruptura con la antigüedad no deja de evidenciarse en los fundadores de la Estética como moderna disciplina filosófica. De ahí que uno de los problemas fundamentales de esta disciplina académica –desde los inicios del siglo XVII hasta finales del siglo XIX– resida precisamente en cómo conciliar la creciente subjetivización de lo bello con la exigencia de criterios que respalden, de algún modo, las relaciones con una compartida objetividad, es decir, con el mundo.
Piénsese que si la estética moderna es ciertamente subjetivista (toda vez que funda lo bello sobre las facultades humanas, bien sean éstas la razón, el sentimiento o la imaginación), no por ello deja de auspiciar la vieja idea de que la obra de arte es, de algún modo, inseparable de ciertas formas de objetividad.
Tales referencias son las que desaparecen en la estética contemporánea: no existe ya un mundo objetivo, unívoco, evidente y común, sino más bien nos enfrentamos a toda una pluralidad de mundos, particulares a los respectivos artistas. Así, del subjetivismo moderno nos hemos ido decantando progresivamente hacia el individualismo contemporáneo. La obra de arte no es ya, pues, espejo de un mundo, sino más bien se transforma en creadora de mundos plurales, en cuyos entramados y repliegues anidan y se mueven las experiencias vividas por los sujetos. Es decir, que a través de la creciente subjetivización del mundo –propia de la estética moderna– se ha llegado, en esta aventura, a la disoluciónretirada-obsolescencia del mundo (Weltlosigkeit), para convertirse ésta en uno de los rasgos imperantes en la contemporaneidad, junto con el culto radical a la idiosincrasia, a la individualidad. La obra de arte, al fin y al cabo, es así planteada y entendida como una evidente y expresiva prolongación del sujeto.
De este modo, aquella polémica y decisiva opción radicalizada, que toma cuerpo en la crítica mundana del siglo XVII francés y del XVIII inglés, según la cual lo bello es tarea del gusto –que abre de par en par las puertas de la modernidad, para convertirse luego en reiterado tópico–, es ahora, si miramos a nuestro alrededor, en esta charnela entre los siglos XX y XXI, cuando, finalmente, puede decirse que se ha convertido en auténtica realidad, justamente a través del perspectivismo, la fragmentación, la transvisualidad y el nomadismo tan potenciados en la posmodernidad, que ya hemos dejado también tras nosotros. Hoy las obras ya no aspiran a representar el mundo, sino que, más bien, encarnan en sí mismas el estado de las fuerzas vitales de sus creadores, lo que da lugar –como nómadas sin cosmos unitario– a pequeños mundos «perspectivos». Estamos, así, de hecho, instalados –etimológicamente– en un ámbito trenzado de inter-subjetividades.
Tal proceso, que afecta plenamente a la cultura contemporánea, encarna y es fruto lejano y paradigmático de aquella histórica y compleja revolución del gusto a la que estamos asomándonos. Y, sin duda alguna, la historia de la Estética ha sido el escenario privilegiado de los múltiples avatares desarrollados por esa creciente y compartida subjetivización, que ha cruzado la historia.
Aquí, llevados por el contexto disciplinar y académico que nos ocupa, nos vamos a interesar concretamente por los orígenes de ese imperativo del gusto, que afectará decididamente, como mutación radical, al modo de entender la categoría de lo bello en su relación con el arte.
Con el concepto de gusto, lo bello quedará íntimamente vinculado a la subjetividad humana (ya no será entendido como un en sí sino más bien como un para nosotros), que, en última instancia, se definirá por el placer que procura, es decir, por las sensaciones o los sentimientos que suscita. Por eso, la otra cuestión central de la reflexión estética radicará, como hemos ya apuntado anteriormente, en el tema de los criterios –de las normas del gusto– orientados a afirmar o no que algo es bello.
La tensión histórica es patente: si por una parte la fundamentación de lo bello se vincula a la subjetividad más íntima –la del gusto–, habrá que buscar asimismo un camino para la formulación de respuestas críticas –apreciativas–, a las que no se puede renunciar si se desea que la belleza, como valor, se fomente, regule y dirija, se comunique y participe colectivamente. Es ésta una de las facetas que adopta el dilema entre lo público y lo privado, lo particular y lo colectivo, la subjetividad y el sensus communis, la tradición y la norma del gusto. Al fin y al cabo, el síndrome de la modernidad se formula plena y palmariamente en esa cadena de contrapuntos.
En realidad, las condiciones de posibilidad tanto de la crítica como de la Historia del Arte se hallan claramente in nuce en el horizonte cronológico que marca la histórica Querelle des Anciens et des Modernes (1687). Incluso quienes defienden, como Nicolás Boileau, la tradición, argumentan, no obstante, en favor suyo, subrayando su amplia capacidad de conformarse a una norma, de sujetarse a un principio superior. Y no se olvide que para el clasicismo francés –cuyas concepciones estéticas no son ajenas al cartesianismo– tal norma es justamente la razón, y por lo tanto se trata asimismo de una destacada facultad del sujeto, aunque se dé igualmente por supuesta su necesaria universalidad.
Algo se mueve así en favor de la persistente actividad de la crítica. Al apelarse, con insistencia, a una norma distinta de la omnipotente tradición, se auspicia un criterio –la razón–, al cual conviene recurrir para enjuiciar las obras. Pero pronto se arbitrarán, por adición, también otros criterios. Y, asimismo, en esa coyuntura, algo se mueve igualmente en favor de la Historia del Arte, dado que, en medio de tales condiciones, se apunta ya claramente la idea de diversificación, de clasificación, de cambio, de alteraciones en la presentación de normas ideales. Es así como la originalidad –como palmario desvío de la tradición– deja de ser un no-valor y una sospecha, y comienza claramente a exigir sus propios derechos y su paulatina implantación.
Sin duda, habrá que esperar la llegada del siglo XVIII, junto con la implantación de las academias, para que tales conjuntas virtualidades de la Estética, la crítica y la Historia del Arte inicien su paulatina consolidación y mutuo respaldo. Pero, en cualquier caso, la entronización del sujeto como juez de la tradición será algo irrenunciable. Y en ello la idea de la historicidad del gusto será fundamental.
Al fin y al cabo, con la polémica entre lo antiguo y lo moderno, la condición de lo nuevo, de la originalidad, se vislumbra como contrapunto necesario, aunque no como pauta suficiente, tal como sí ocurrirá con posterioridad. Pero en las determinaciones que definen tal originalidad se aúnan ya tanto la subjetividad como la historicidad. Es decir, que la novedad supone la irrupción distintiva del gusto del sujeto, pero a su vez implica asimismo el contrapunto de la historia, en cuyo seno se inscribe y fundamenta, diacrónicamente, la virtual innovación.
La revolución del gusto había iniciado así su andadura y sus efectos serán fundamentales. De la búsqueda de los criterios de lo bello se pasará a las pesquisas en favor de los criterios del gusto, como si en realidad se tratara, simplemente, de las dos caras de la misma moneda. La polémica estaba, sin duda, bien servida. Y es en medio de este caldo de cultivo cuando se auspicia la fundación de las reales academias, preocupadas por cierto por la cuestión del gusto y de la subjetividad, pero obsesionadas, sobre todo, por el tema de los criterios, de las normas y de las reglas, capaces de asegurar, con aires y aspiraciones de objetividad, los vendavales, las querellas y las disputas impulsados por el reforzamiento del gusto.
Como es sabido, desde el siglo XVII hallamos en el contexto francés una paradigmática oposición entre estos dos planteamientos estéticos, precisamente porque suponen, a su vez, dos modos de entender y dos versiones de la subjetividad, de las huellas del sujeto. Se trata de saber qué punto de partida –en el seno de tal subjetividad– se instaura como principio del juicio del gusto. En consecuencia, las alternativas, estrictamente formuladas de manera dicotómica, serían las siguientes: o bien el fundamento del gusto se halla en la razón, como afirman los cartesianos y los teóricos del clasicismo, o bien es en torno al sentimiento –en la «délicatesse du coeur», de clara raigambre pascaliana– donde se refugian las apelaciones opuestas.
De este modo, el juicio del gusto se hallará polémicamente instalado/dividido, según los casos, entre el corazón y la razón. La opción por la ratio implicará claramente concebir dicho juicio estimativo a partir del modelo del juicio lógico y su objetividad se buscará, en estricta analogía, con el ámbito de la ciencia. Al fin y al cabo, si el clasicismo asignaba al arte la finalidad de «peindre d’après nature», era porque reducía la belleza a una simple representación sensible de la verdad. Pero, con ello, se perdía la especificidad del juicio estético, aproximándolo –por franca afinidad– al juicio lógico.
Por otro lado, la opción en favor del sentimiento, como principio de la apreciación estética, suponía reconocer abiertamente que el gusto venía a ser mucho más una cuestión del «corazón» que un asunto de la razón. Sin duda, era evidente que podía aspirarse a lograr, por este camino, una cierta autonomía en favor de la esfera estética, aunque fuera a costa de una radicalizada y creciente subjetivización de lo bello, ya que la estética de la délicatesse veía en la obra de arte, ante todo, la rotunda expresión de inefables impulsos de la pasión. Además, como cabe comprender, la sombra de la implantación de la consiguiente amenaza de relativismo minaba, a ultranza, la reiterada cuestión de la –nunca del todo olvidada– objetividad de los criterios.
Este evidente conflicto, convertido en auténtico impasse de la época, se instala, de hecho, en el centro de todas las reflexiones en torno a la naturaleza de lo bello y de la cualificación del gusto ya en plena etapa del clasicismo francés, que, sin duda, es una de las antesalas del nacimiento de la Estética como disciplina filosófica, junto al contexto inglés y alemán del siglo XVIII.
En realidad, tanto el problema de la autonomía de la esfera estética (centrado ya claramente en el ámbito de la sensibilidad) como la cuestión de los criterios del gusto tienen un nexo común: el de la virtual comunicabilidad de la experiencia estética en cuanto vivencia plenamente individual, pero que, a la vez, se desea y auspicia asimismo como ámbito accesible también a los demás, aunque nada parezca garantizarlo plenamente. Ésa es la auténtica bisagra sobre la que gira el tema del sensus communis, tan próximo quizá a nuestro seny.
Porque, efectivamente, si el objeto artístico es aprehendido por la problemática facultad del gusto, o bien se acaba por supeditar ésta a la razón –para así respaldar la vigencia de los criterios aportados– o bien, si se plantea como una dimensión inmanente y subjetiva –es decir, como sentimiento–, surge de inmediato la cuestión de cómo fundar la objetividad y la trascendencia que exigen la comunicabilidad de tal experiencia y los correspondientes juicios críticos. ¿Dónde buscar, por tanto, el anclaje de esa internamente presentida necesidad y universalidad de los juicios del gusto?
Ésta es la historia que, como es bien sabido, nos conducirá, paso a paso –a través de toda una serie de meandros– obligatoriamente hasta la figura de I. Kant. De hecho, las aportaciones del clasicismo francés, así como de la estética inglesa del XVIII, son etapas fundamentales de tal encuentro con la filosofía alemana. Pero aquí lo que puntualmente nos proponemos es, más bien, rastrear –desde la atalaya del clasicismo del XVII hasta la primera mitad del XVIII– algunos de los planteamientos que circundan la progresiva implantación del principio del gusto, justamente en esa fase que se resuelve como un claro preanuncio de posteriores consolidaciones.
II. EL IMPERATIVO DEL GUSTO: FUNCIÓN ESTÉTICA Y FUNCIÓN SOCIAL
Quizá convenga recordar que en el pensamiento y en la praxis del clasicismo francés, que tanto peso tendrá, por derivación, en las reales academias, las funciones estéticas no son, en absoluto, ajenas a las funciones sociales. Más bien habría que subrayar su mutua y amplia interrelación. De ahí que cualesquier observación sobre la cuestión del gusto –en tales coordenadas históricas– no pueda, en consecuencia, ser ajena ni a la teoría de l’ Honnêteté (ideal estético y moral desarrollado en el contexto de la crítica mundana) ni a la influyente teoría de l’Agrément (arte de agradar –como eficaz Paideia– tanto en el plano estético como en el comportamiento social).
En tal sentido, la aceptación y el uso de la noción de buen gusto –establecida ya abiertamente en torno a 1660–, tanto en la vida y la actividad de los salones como en el contexto de la crítica, suponen no sólo la introducción eficaz de un nuevo concepto estético sino, además, la aparición de una alternativa básica que afecta al ejercicio de la propia crítica, la cual prestará así creciente atención a otros valores claramente subjetivos e irracionales. No se olvide, como trasfondo de cuanto estamos apuntando, que el racionalismo cartesiano encontraría aquí su contrapartida y confrontación estética en la categoría del je ne sais quoi.
No en vano, como es sabido, la historia de la crítica –desde la segunda mitad del siglo XVII– nos recuerda la existencia de múltiples reacciones contra el abuso generalizado de las reglas. Y justamente, por este camino se planteará la polémica alternativa entre la crítica dogmática o erudita (con las destacadas figuras de Chapelain, Scudéry, La Mesnardière, Houdart de la Motte o Boileau) y la crítica impresionista o mundana (respaldada por no menos activos personajes históricos como Bellegarde, Bouhours, Saint-Evremond, Méré o el fundamental Du Bos), así como las pugnas y tensiones surgidas entre los doctos teóricos del arte y el público de los l’honnêtes hommes. Todo lo cual no será tampoco ajeno a la dualidad, ya reseñada, entre la estética racionalista y la estética de la délicatesse, que penetra ampliamente en el XVIII francés, como atestiguan históricamente los planteamientos de Jean Baptiste du Bos y de Charles Batteux, por citar sólo cotas altamente relevantes, implantadas y conocidas en la bibliografía.[1]
Podría así afirmarse que la noción de gusto marca, ya en la segunda mitad del XVII, una nueva orientación en la mentalidad del clasicismo francés, potenciando nuevos rumbos estéticos en la crítica y en los salones. De alguna manera, frente a la implantada figura del erudito, se perfila con fuerza, en la sociedad mundana, l’honnête homme, el cual confía más en las orientaciones del propio juicio del gusto que en la aplicación estricta de unas reglas.
Más que interesarnos ahora por el origen de dicha noción (honnête homme) –algo convertida ya en tópico, en su vinculación a la figura de Baltasar Gracián–, quizá convenga puntualizar que de la acepción propia del término (placer gustativo) se pasará paulatina e históricamente a su sentido metafórico, ampliando y complementando la idea de aprobación con la de juicio, siendo justamente en el XVII cuando se transforma, de manera definitiva, en una implantada noción crítica, comúnmente aceptada (gusto, goût, taste, Geschmack), primero en España e Italia, luego en Francia e Inglaterra y más tarde también en Alemania.
Aunque se trata, no se olvide, de una versátil noción crítica que además designa una facultad nueva, habilitada precisamente para distinguir y graduar lo bello y capacitada para aprehender –por la delicadeza y finura de las sensaciones/ sentimientos (aisthesis) inmediatos que procura– las claves de tal distinción, elección, separación o juicio. De ahí que, pronto, tal noción sea patrimonio directo y privilegiado de la crítica de arte, aunque fuese en la vida y el contexto de los salones donde realmente se desencadenara el debate más radicalizado sobre el gusto.
Justamente con los nuevos planteamientos que posibilita dicha facultad del gusto penetramos asimismo, históricamente, en el ámbito de los supuestos propios de la modernidad estética, lo que propicia un vasto proceso de subjetivización del mundo que la modernidad filosófica inauguraba, paralelamente, con el cogito de Descartes.
Sin embargo, es fundamental que remarquemos el hecho de que el término gusto se generaliza –en el ámbito estético que nos ocupa– precisamente en el contexto del clasicismo francés. Es decir, que debemos tener siempre muy en cuenta la propia historicidad del gusto.
Por supuesto, no faltan –en el siglo XVII– numerosas definiciones del término gusto. Posiblemente una de las primeras sea la que Antoine Gombauld –mucho más conocido como Chevalier de Méré– ofrece ya en 1668, al afirmar que el gusto consiste en «juger bien de tout ce qui se présente par je ne sais quel sentiment qui va plus vite et quelquefois plus droit que les réflexions» (Oeuvres complètes, vol. I, p. 55).[2]
De algún modo, se resumen aquí los principales rasgos que se consideraban determinantes del gusto:
a) En origen, el gusto consiste en un sentimiento que nos atrae hacia un objeto o persona, aunque el motivo de tal atracción (agrément) se nos escape y difícilmente podamos justificarlo.
b) El gusto –en su especificidad– se diferencia, en consecuencia, del razonamiento –que procede de manera lógico-deductiva–, operando espontánea e inmediatamente y sin otras intermediaciones procesuales, para alcanzar así, de forma directa, la esencia de su objeto.
c) Entre el sujeto perceptivo y el objeto aprehendido no se alza, pues, ninguna pantalla. Más bien parece que el gusto capta por afinidad inmediata –como por instinto– la medida adecuada de su objeto.
Piénsese que, desde un principio, dado el carácter afectivo que se asigna al gusto (vinculado a la sensibilidad, al sentimiento), se reconoce la dificultad de precisar su esquiva naturaleza. Es más, expresa o tácitamente se acepta que con la noción de gusto se penetra, de hecho, en un dominio donde lo irracional, lo indefinible, el je ne sais quoi, desempeñan un papel importante.
Ahora bien, si, por una parte, se aceptan estas dificultades de precisar su origen y su naturaleza, no por ello se cede en los diversos intentos de describir las modalidades y los efectos del gusto.
Sin duda, se acepta, como punto de partida del fenómeno gusto, la existencia de un determinado placer de orden estético que se fundamenta a su vez en una relación o afinidad natural entre un sujeto perceptivo y un objeto. Serán así las preferencias individuales resultantes de dicha relación –conscientemente o no– las que determinen el valor que atribuimos a tal objeto. En consecuencia, son las afinidades naturales las que conducen al sujeto a enjuiciar, según criterios esencialmente emotivos. ¿Acaso el juicio del gusto no conducirá, al fin y al cabo, sino a racionalizar una elección afectivamente motivada?
Piénsese que el gusto arranca de una «impresión inicial», pero que, una vez consagrado socialmente como buen gusto se convierte en «norma». No habrá variado, con ello, su naturaleza, sino su grado de formalización. Es decir, que la reflexión subsiguiente, que pueda desarrollarse, tenderá a confirmar aquella reacción previa. Y de este modo no se tardará en distinguir dos modalidades del gusto: una directa y persistentemente vinculada al estímulo sensible que la desencadenó, y otra que intentará comprender y justificar las razones que motivaron aquella primera impresión.
Así, en esa línea de cuestiones, François de La Rochefoucauld subrayará que
il y a différence entre le goût qui nous porte vers les choses, et le goût qui nous en fait connaitre et discerner les qualités en s’attachant aux regles. On peut aimer la comédie sans avoir le goût assez fin et assez délicat pour en bien juger, el on peut avoir le goût assez bon pour bien juger de la comédie mais sans l’aimer (Maximes suivies des Réflexions diverses).[3]
Con lo cual se diferencia en el gusto, estratégicamente, un doble nivel. Por una parte, la existencia de un principio pasivo –el sentimiento inicial, vinculado a la recepción– y, por otra, un principio activo que se formaliza en una especie de juicio normativo, destinado, ante todo, a dar cuenta de las cualidades del objeto, pero sin verse ya sometido al impacto afectivo desencadenante. Será así, por tanto, el segundo de los principios del gusto el que desempeñe el papel de facultad crítica.
De hecho, se está diferenciando entre experiencia estética y actividad crítica, bajo una concepción abarcadora del concepto de gusto, toda vez que, en la segunda faceta reseñada, se va, por supuesto, más allá del ámbito afectivo para elaborar un discurso reflexivo, formalizando la elección inicial a través de la intervención justificativa de la razón. El gusto se perfila de este modo –entre el sentimiento y la razón– como valor autónomo, dominando tanto la vivencia estética como la actividad crítica.
Pero además –en la medida en que se toman como expresiones sinónimas gusto y buen gusto–, en la segunda mitad del siglo XVII se establece un marcado imperialismo del gusto, ya que le bon goût se institucionaliza socialmente como valor universal: es la marca de un refinamiento adquirido y, como tal, el rasgo distintivo de una determinada pertenencia social. En el fondo –y esto es importante–, la sociedad del XVII concibe la noción del gusto no tanto vinculada al gusto del individuo como al gusto de una colectividad (les honnêtes gens). Ya hemos indicado que el pensamiento clasicista francés postula un estrecho acuerdo entre las funciones estéticas y las funciones sociales. Así, el gusto sirve de vehículo a una determinada ideología aristocrática, claramente instaurada, respaldando las tendencias estéticas dominantes, que a su vez ayuda así a normalizar.
Ese carácter plenamente mixto, que desde un principio se postula del gusto –entre sentimiento y juicio–, facilita y explica, además, que el gusto sea inseparable del medio sociohistórico en el que se manifiesta. E históricamente hay que reconocer que el «buen gusto», establecido en el clasicismo, expresa una determinada conciencia de clase, identificada con la Cour et la Ville. Es tanto, pues, un fenómeno estético y crítico como un fenómeno claramente social, lo cual, ciertamente, hace mucho más compleja su elucidación.
Si, por un lado, el gusto –vinculado a la sensibilidad, al agrément– implica una especie de aptitud natural, por otro, en cuanto «buen gusto» –reglado por la bienséance, por la costumbre– exige una iniciación, un aprendizaje, desarrollado por la experiencia del trato con la sociedad polie et mondaine, y por la reflexión y observación de bons modèles.
Piénsese que el gusto ocupa siempre su lugar en el marco de un amplio proceso de aculturación, y que puede asumir o bien un papel receptivo, de sedimentación acumulativa –como depósito y vehículo–, o bien un papel revulsivo, como una nueva toma de conciencia. Sin duda, en el contexto histórico que nos ocupa se potenció, singularmente, la primera de las opciones, aunque las latentes condiciones de posibilidad de la segunda no dejen tampoco de estar presentes.
En resumidas cuentas, el gusto se entiende, en tales coordenadas, como un sentimiento mayoritario que se identifica con la aprobación de un grupo privilegiado, aunque, para justificarlo, se remita con la expresión buen gusto a una especie de modelo ideal. Y será la praxis mundana (a través del contacto reiterado y habitual con la bienséance) la que conforme y moldee –«afine»– dicho gusto, el cual depende, pues, de la práctica y no de un estricto saber adquirido. De ahí que –como hemos venido reiterando– la noción de buen gusto no pueda concebirse al margen de una sociedad, de la que es claro vehículo y consiguiente receptáculo.
Asimismo –tras lo dicho hasta aquí–, podemos puntualizar determinadas observaciones que consideramos no carentes de importancia para mejor comprender el contexto académico en el que nos movemos:
a) En general, en el contexto del clasicismo francés, la insistencia sobre el gusto conlleva, de algún modo, la supeditación del escritor y del artista al horizonte de expectativas del público. No en vano es fácil descubrir una cierta relación de causalidad entre las exigencias del gusto y las del arte de agradar. Con ello, el sometimiento a los modelos y/o a las aspiraciones receptivas del público –del «buen gusto»– se convierte en imperativo.
b) Por otro lado, teniendo en cuenta que el arte y la literatura del clasicismo se ocupan, sobre todo, de lo universal, no es de extrañar que también el gusto correspondiente cristalice necesariamente en torno a tales parámetros. Al fin y al cabo, la sociedad de Luis XIV se contempla –centrada sobre sí misma– como una perfección inigualada. De ahí que el gusto propiciado no haga sino corroborar tal aspiración a la universalidad: le grand goût. Y el gusto clásico concuerda, de este modo, con la idea de una permanencia de los valores que tanto obsesionará a las reales academias. Así, en cuanto que concepto estético, la noción de gusto remite directamente a un sistema axiológico ordenado y cerrado, el cual postula, en el fondo, la invariabilidad de la naturaleza humana, es decir, la fundamentación metafísica de la nueva subjetividad que se auspicia.
c) Dos postulados enmarcan, por lo tanto, la noción de gusto: la existencia de un contexto histórico definido y el desarrollo de una sensibilidad estética. De un lado, una «conciencia situada»; del otro, un mundo de objetos. Y el gusto no puede comprenderse si no es en el seno de una relación de mediación –adecuada y conveniente– entre un sujeto cognoscente y un objeto percibido. No en vano, la modernidad radica en el hecho de que se auspicia claramente el punto de vista de la subjetividad –de la conciencia– como modo constitutivo y fundador. La prioridad se concede, en cualquier caso, al sujeto. Y ésa es la cuestión clave y decisiva de la estética en el marco de la cultura moderna, a pesar de que, en realidad, la compleja y problemática historia del concepto de sujeto no deje de mostrarnos una crítica y zigzagueante evolución.
III. EL DEBATE SOBRE LA SUBJETIVIDAD DEL GUSTO Y LA OBJETIVIDAD DE LAS REGLAS
Hemos hecho hincapié en el origen emotivo del gusto y cómo en su mismo punto de partida anida el concepto de placer, fundado a su vez en una serie de estímulos de orden sensorial que nos fuerzan, de hecho, a reaccionar en virtud de las afinidades que mantenemos con el objeto. En realidad, cuál sea la naturaleza de tal relación (sujeto/objeto) será una de las claves históricas que dilucidar, teniendo en cuenta que, como resultado, el gusto ciertamente moviliza un juicio subjetivo, pero siempre formulado, no conviene relegar esta vertiente, a partir de un contexto socio-cultural, como trasfondo necesario. Por ello sería indebido concebir el gusto como algo meramente ideal, es decir, al margen de sus determinaciones y circunstancias. Por algo, cada época desarrolla su propio gusto. Y, desde ese supuesto, conviene atender al horizonte del clasicismo del siglo XVII, que penetra, a través de la Querelle y sus derivaciones, en el XVIII, toda vez que los propios clásicos no negaron las influencias de los factores exteriores sobre el gusto.
En ese concreto contexto histórico –como hemos dicho– se plantea la polémica entre la délicatesse y la ratio, que efectivamente recorre la segunda mitad del siglo y penetra pujante en el ambiente francés del XVIII (Jean Pierre de Crousaz o Yves Marie André podrían ser dos ejemplos paradigmáticos, aunque no únicos). Pero veamos más detenidamente la estructura de las tendencias existentes: por un lado, la Estética del sentimiento será argumentada y defendida relevantemente, entre otros, por Dominique Bouhours (Des manières de bien penser dans les ouvrages de l’esprit, 1687) y por Du Bos (Réflexions critiques sur la poésie et la peinture, 1719), frente a los planteamientos afines a una Estética cartesiana, desarrollados ampliamente, por ejemplo, por Boileau (Art Poétique, 1674), J. P. Crousaz (Traité du Beau, 1715),[4] Yves Marie André (Essais sur le beau, 1741)[5] o Charles Batteux (Les Beaux Arts réduits à un même principe, 1746).
Para subrayar asimismo algunas consideraciones más en torno al tema del gusto, nos parece apropiado traer a colación una cita de Bouhours, entresacada de la obra indicada:
Le goût est un sentiment naturel qui tient à l’ame, et qui est indépendant de toutes les sciences qu’on peut acquérir; le goût n’est autre chose qu’un certain rapport qui se trouve entre l’esprit et les objets qu’on lui présente; enfin, le bon gout est le premier mouvement, ou, pour ainsi dire, une espèce d’instinct de la droite raison qui l’entraine avec rapidité et qui la conduit plus surement que tous les raisonnements qu’on pourrait faire.[6]
Sin duda, acertadamente, Bouhours subraya tres aspectos que considera esenciales del gusto: a) su autonomía como facultad crítica, al distanciarla –en su modus operandi– del proceso lógico-discursivo; b) su papel claramente transitivo, basado en la relación de mediación sujeto/objeto; c) la originalidad de su procedimiento, que Bouhours plantea como análogo a la intuición (instinct de la droite raison).
La dualidad del gusto que conduce a sentir la belleza y, a la vez, comprender- la instantáneamente, como por intuición y al margen de prolijos razonamientos y aplicación de reglas, será, por supuesto, uno de los puntos capitales de las teorías enfrentadas, que tendrán su clara repercusión en el ámbito, no sólo de la Estética, sino especialmente de la crítica de arte, y en el establecimiento de las reales academias. De hecho, resuena aquí el eco de la diferencia planteada por Pascal entre l’esprit de finesse y l’esprit de géométrie, que, agudamente, preanunciaba y tomaba parte ya en el debate que oponía entre sí la subjetividad del gusto (vía del sentimiento) y la objetividad de las reglas (vía de la razón).
Ahora bien, tal querelle supone no sólo enfrentamientos sino también múltiples intentos de articulación de ambas posiciones. A menudo, se ha acentuado mucho más la dualidad que los esfuerzos coetáneos por explicar el fenómeno del gusto entre la razón y el sentimiento. La dualidad existe, ciertamente. Basta con releer y contrastar, por ejemplo, los textos de Boileau y los de Bouhours, los de Du Bos y los de Batteux o los de Crousaz y André, como casos paradigmáticos entre los siglos XVII y XVIII. Pero también conviene analizar las cuestiones sin pasar por alto los numerosos y complejos matices existentes.
En la sociedad del XVII el concepto de razón se aproxima a una idea general, un modelo de perfección, siempre postulado y vagamente definido, ya que forma parte de un campo semántico flotante. Así, por ejemplo, si la mimesis es el imperativo básico, no se tratará de imitar, sin más e indistintamente, todo lo natural, sino que será necesario desvelar lo que en la naturaleza es esencial, es decir, conforme a razón (lo verosímil más que lo verdadero). La meta del arte será así el descubrimiento (mettre au jour) y no la innovación. (La imitación de la Belle Nature, como se irá acentuando históricamente, a través de la acción de las reales academias de Bellas Artes).
Pero también la razón es una facultad del sujeto (y no sólo un modelo). Y hay que tener en cuenta que los Dictionnaires de la época (tanto el de Richelet como el de l’Académie) dan bon sens y jugement como sinónimos del término raison. Lo cual implica que la razón es una facultad de discriminación que comporta una especie de sentido innato de lo que es justo, recto y adecuado, como si se encuadrara directamente dentro de un sistema de valores ya constituidos.
En consecuencia, cabe puntualizar: a) que la razón clásica es inseparable de un juicio y de un proyecto trazado; b) que tal concepto de razón se interrelaciona asimismo con la noción de bon sense, íntimamente ligada, a su vez, con un contexto social y, por lo tanto, difícilmente extrapolable a un plano abstracto.
Por ello, esta raison/bon sens que se deslizará prontamente hacia el ámbito de la crítica apelará constantemente a la superposición de distintos niveles, dada la tenue distancia existente entre lo estético y lo social. De nuevo, pues, la evidente proximidad del je ne sais quoi.
Y otro tanto cabe apuntar –respecto al campo semántico abierto– con relación a la noción de gusto que nos ocupa, nunca ajena tampoco, en la época, al bon sense. Criterio éste aplicado, de hecho, por los clásicos a lo bello. De ahí que dicha noción de bon sense imponga a la creación un cierto carácter convencional (reivindicando para sí la voz de la mayoría y del gusto común). Es decir, que al bon sense se vincula siempre un uso y una determinada conformidad a valores experimentados y conocidos, no ajenos a la bienséance. (Transformándose en una especie de mirada definitiva hacia lo institucional y lo académico).
En el fondo –reconozcámoslo claramente– el gusto funciona como un concepto que sirve de receptáculo y puente entre una perspectiva social y un sentimiento individual. No en vano, el conocido investigador René Bray ha subrayado que para los clásicos «el buen gusto no es sino el bon sense en su función crítica». De este modo, la función del gusto –ya lo hemos dicho– definía un ámbito de acción para el artista, para el público y para la crítica. Como un concepto normativo que era, asigna a la belleza un modelo fundado en la búsqueda de lo ajustado, en la aspiración al equilibrio, consagrando así el triunfo del racionalismo y de la civilidad.
A la aparición de la noción de gusto se le superpone, de inmediato, la de buen gusto, tomándolas como expresiones sinónimas. De ahí que el gusto no pueda reducirse a la sensación que lo provoca, ni identificarse sólo con una especie de instinto. Exige claramente además una facultad, capaz de dirigirlo y desarrollarlo, imponiéndole un orden de valores. Esquemáticamente dicho: el gusto consiste en un sentimiento educado por la razón. Una razón también predeterminada, cuya función consiste en explicitar y justificar el gusto-instinto, para elevarlo y transformarlo en instrumento crítico.
Se entenderá ahora mejor cómo tal proceso –este acento puesto sobre la razón en el seno de la propia formación del gusto– conduce históricamente a la vinculación del gusto con el juicio, de donde se derivarán ciertas consecuencias: a) tener gusto supone juzgar inmediata y acertadamente, sin tener que recurrir a explicaciones; b) tal juicio permite al sujeto captar directamente la naturaleza del objeto; c) es, pues, viable experimentar (sentir como por instinto) la belleza de las obras de arte sin atender a reglas.
Diríase, por tanto, que los clásicos estaban tan preocupados, e incluso más, por dilucidar el modus operandi del gusto que por perfilar, realmente, la esencia de su concepto. La articulación de sentimiento y razón era, sin duda, una clave definitiva. Por ello, a menudo, la razón se entiende como razón intuitiva y no como razón deductiva. El gusto, simultáneamente, se perfila como vía de experiencia estética y de acción crítica, es decir, como estrategia de reciprocidad entre fruición y juicio.
Pero justamente aquí se abre, de hecho, una fundamental dualidad, a la que ya nos hemos remitido, y que afecta directamente a los planteamientos de la crítica.
Si se acepta que el dominio de la fruición (del agrément) y de la belleza escapa a las facultades del entendimiento –dado que el punto de perfección de las obras no puede captarse sino a través de la directa, global e íntima relación existente entre una subjetividad (esprit de finesse, gusto) y una proyección ideal (presupuesto idealista de la estética clásica)–, se entenderá la diferencia con la crítica dogmática vigente en el propio clasicismo, que postula su tarea a partir de una poética explícita y a cuyos minuciosos parámetros y regulaciones es necesario constantemente referirse.
Tal dicotomía queda clara, por ejemplo, en una referencia que en su correspondencia Antoine Gombauld, Chevalier de Méré (Lettres, París, 1682), resalta:
Car je prends garde que ceux qui s’attachen fort aux règles n’ont que bien peu de gout et c’est pourtant le bon goût qui doit faire les bonnes règles pour tout ce qui regarde la bienséance.[7]
Diríase que –como concepto aristocrático y autonormativo– el buen gusto cuenta entre sus funciones con la de establecer los criterios de la bienséance y de l’agrément. Con lo cual, si dicho gusto refleja directa y espontáneamente los presupuestos de la sociedad polie, no se ciñe a reglas, sino que más bien reacciona contra ellas y contra la dominación de los eruditos. Al fin y al cabo, tal sociedad –la de les honnêtes gens– está menos ocupada en doctrinas que en la fruición inmediata (bienséance/agrément). Es así como las exigencias mundanas determinan más bien los criterios estéticos.
Otra cita de Méré puede dilucidar de nuevo tal asunto:
On voit beaucoup plus de bon esprit que de bon gout; et j’en connais qui savent tout et qu’on ne saurait pourtant mettre dans le sentiment de ce qui sied bien. J’en connais aussi dont le raisonnement ne s’étend pas loin et qui ne laissent pas de pénétrer subtilement la bienséance.[8]
Si por «esprit» tenemos en cuenta que el siglo XVII entiende, en general, la actividad intelectual (aunque más específicamente, en el contexto mundano, también reviste la acepción de «ingenio» –bel esprit– como facultad capaz de presentar relaciones originales y agradables entre las cosas), el texto de Méré evidencia el dualismo, tan característico, existente en el marco del pensamiento mundano entre la razón propiamente formal y el sentimiento del gusto.
Es decir, por un lado estarían los conocimientos adquiridos y el discurso lógico, y por otro, las facultades afectivas vinculadas a la intuición y al discernimiento inmediato (bon sense). Es así como el imperativo del gusto se transforma en instrumento de una especie de conocimiento superior, que escapa totalmente a las tareas de la razón lógica. Sólo la prioridad del gusto (esprit de finesse, delicatésse) es capaz de captar las múltiples variaciones y resonancias que anidan en el seno del arte y de la belleza.
De esta manera, la crítica mundana, dejando a un lado todo bagaje doctrinal y el peso de las reglas, se remite totalmente a las impresiones inmediatamente subjetivas, por lo que el objeto estético se hallará así intrínsecamente ligado al placer que comunica y las consideraciones doctrinales no intervendrán para modificar ese juicio inmediato.
En consecuencia, esta aproximación hedonista al arte diferirá radicalmente del dogmatismo de las reglas, de tendencia apriorística. Crítica mundana o impresionista versus crítica dogmática. Ésas son las dos caras de la moneda, que abrirán un largo camino en la historia. Y aunque la herencia horaciana era bien clara y conocida –De gustibus non disputandum est–, hay que reconocer que la sociedad de la época sí que discutió, y mucho, sobre el gusto. Un gusto –buen gusto– que, de alguna manera, catalizó asimismo los conceptos fundamentales de la estética clásica (toda vez que los valores que postula en su campo de acción eran «le clair, le juste et le raisonnable»), pero constituyéndose en concepto crítico autónomo.
El gusto se sitúa en el punto exacto en el que la sensibilidad particular asume una red de exigencias impuesta por el uso y la costumbre. Son algunas de las paradojas del gusto: individual y social, expresivo y normativo. Pero sin dejar de convertirse en vehículo de entente entre el artista/escritor y el público.
En el fondo, hay que reconocer que el gusto, así planteado, queda preso de la propia bienséance y del agrément, es decir, ligado a los prejuicios de la clase aristocrática que lo sostiene y circunscrito a toda una serie de circunstancias particulares. Su función no será la de abrir nuevos campos de exploración, sino la de corroborar un status quo, la de mantener la armonía de las relaciones existentes.
En realidad, la gestación de la teoría del gusto marca una etapa decisiva en la evolución de la estética, abriendo fuertes reajustes respecto a la dominación de las reglas y del culto a los antiguos. Se acentúan las cualidades afectivas y naturales. Se extrapolan al vocabulario crítico las expresiones acuñadas y desarrolladas en los salones. A la omnipotente doctrina aristotélica se enfrenta una preocupación casi exclusiva por lo natural y delicado. El público se presenta como árbitro de la obra, al margen de autoridades exteriores (los antiguos, los doctos). Lo que importa, al fin y al cabo, es el juicio de la Cour et de la Ville, del mundo contextualizado.
Ciertamente, la polémica entre la estética de la délicatesse y los seguidores de la estética cartesiana seguirá abierta y penetrará profundamente en el siglo XVIII, con todos sus dualismos. Pero el tránsito de una estética doctrinal a una estética de la subjetividad, de una estética esencialista a una estética del sentimiento, estaba ya totalmente franqueado, de la mano del gusto. Y frente a estas herencias y estas discusiones adquieren su perfil las reales academias, preocupadas por la docencia y el aprendizaje, por el establecimiento de criterios y supervisiones estimativas, por la teorización, la historia y la investigación en torno a las bellas artes.
El siglo XVII puso los fundamentos de la teoría del gusto, pero será en el XVIII cuando las consideraciones sobre el gusto y sobre la belleza –en relación con él– adquirirán nuevos impulsos. Especialmente será el contexto inglés el que tome la antorcha en este concreto juego de relevos tras las indagaciones en torno al standard of taste, y luego el alemán, con el aporte kantiano, entre el empirismo y el racionalismo. Aunque, en cualquier caso, ya siempre la teoría del gusto estará indisolublemente ligada a los interrogantes estéticos.
[1] El texto básico de Jean Baptiste du Bos Refléxions critiques sur la poésie et sur la peinture (1719) ha sido recientemente traducido, con el mecenazgo y el respaldo de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, al castellano, en la colección «Estética & crítica» del Servei de Publicacions de la Universitat de València, Valencia, 2007. Dicho libro figura en los fondos de la biblioteca histórica de la institución académica.
[2] Se apunta así, a través de Méré, la noción de gusto como aquella facultad que permite «juzgar adecuadamente de cuanto se presenta por un desconocido enigmático sentimiento que funciona más rápidamente e incluso más adecuadamente que cualesquiera reflexiones».
[3] «Existen diferencias entre el gusto que nos aproxima a las cosas y el gusto que nos hace conocer y discernir sus cualidades, sujetándose a reglas. Podemos estimar la comedia sin tener el gusto lo suficientemente fino y delicado como para juzgarla de forma adecuada, y podemos tener el gusto bastante bueno como para juzgar satisfactoriamente la comedia, pero sin estimarla». La Rochefoucauld, cit. supra.
[4] Hemos coordinado la edición crítica de la obra de J. P. de Crousaz Tratado de lo bello, Colección «Estética & crítica», Publicacions de la Universitat de València (PUV), Valencia, 1999.
[5] Igualmente hemos coordinado la edición crítica de la obra de Y. M. André Ensayo sobre lo bello, PUV, Valencia, 2003.
[6] «El gusto es un sentimiento natural que afecta al alma y que es independiente de cuantos conocimientos se puedan adquirir; el gusto consiste en determinada relación que se establece entre el espíritu y los objetos que se le presentan; en fin el buen gusto es el primer movimiento, o por así decirlo, una especie de instinto de la recta razón, que la arrastra con rapidez y que la guía de manera más segura que cualesquiera razonamientos que se puedan llevar a cabo» Bouhours.
[7] «Pues yo suelo notar que aquellos que se conectan estrechamente a las reglas suelen tener poco gusto, siendo así que es precisamente el buen gusto el que debe fundamentar las buenas reglas en relación con todo lo que hace referencia a una correcta adecuación» Méré, cit. supra.
[8] «Abunda más la dimensión intelectual que el buen gusto; conozco a personas que saben de todo y que no obstante son incapaces de participar en el sentimiento de lo que resulta adecuado. Conozco sin embargo a otros que no irían muy lejos en cuestiones de razonamientos y que, a pesar de ello, son capaces de penetrar sutilmente en cuanto corresponde al dominio del gusto» Méré.
SABIOS, CIENTÍFICOS Y TÉCNICOS EN LA ILUSTRACIÓN VALENCIANA
José Luis Peset
Instituto de Historia-CSIC
El inicio del mandato de la nueva Corona de los Borbón supuso un cambio importante en la relación del poder con el saber. La herencia de la casa de Austria era rica pero ya se encontraba agostada. De forma tradicional el rey solucionaba sus necesidades de ciencia y técnica a través de tres instituciones, aparentemente muy alejadas. La Universidad era la forma más habitual de conseguir ayudas, sobre todo en el terreno de algunas ciencias como las matemáticas o la física, también, y de forma especial, la medicina. Era una institución creada en la Edad Media por la Corona y el Papado para conseguir, sobre todo, juristas, médicos y teólogos. Otra institución notable era la Iglesia, que disponía de bibliotecas, aulas, tiempo y dinero para dedicarse al saber. Desde luego, eran la teología y el saber canónico los estudios más valorados por ella, pero como mostró López Piñero para el Siglo de Oro, eran muchos los clérigos cultivadores de la ciencia (López Piñero, 1979). Hubo matemáticos, arquitectos, físicos, naturalistas..., incluso, aunque la Iglesia veía con malos ojos el ejercicio médico para sus miembros, aparecen en la Ilustración muy notables personajes interesados en este saber. En fin, el Ejército era notable tesoro de sabios y, sobre todo, de técnicos. Matemáticas, física, astronomía, química, arquitectura, ingeniería, cirugía..., eran actividades de primera importancia. Será junto a la Universidad la institución que más progrese en esta colaboración con la ciencia, pues los ejércitos y la marina necesitaban cada vez más del saber. Sin embargo, las durísimas batallas contra Nelson y Napoleón ponen un triste final a todo este esfuerzo.
Este sencillo esquema me permitirá en esta exposición ir reencontrando a una serie de personajes que han sido mis compañeros. Han sido valencianos –alguno de adopción– que he encontrado a lo largo de mis lecturas, que me han acompañado y enseñado el camino del alejamiento, que es el de la vida. Serán –y no es casualidad– un universitario, un militar y un clérigo, o si se quiere un médico, un físico y un naturalista. Son representantes de esas tres instituciones a las que me he referido, pero también de las principales disciplinas científicas que se cultivaron a lo largo del Setecientos. También lo son de la muy brillante Ilustración valenciana (López Piñero y Navarro, 1995; Navarro, 1985).
LAS AULAS MÉDICAS
Hijo de Aragón, la ilustre personalidad de Andrés Piquer se formó en su tierra, en Valencia y en Madrid, pero quizá es aquí, entre nosotros, donde es recordado con más devoción. Su efigie se ve en los edificios universitarios y sus libros han sido motivo de estudio desde su tiempo hasta hoy. Se ha convertido, de alguna manera, en el patrón de los médicos valencianos, junto a Arnau de Vilanova y Lluís Alcanyís. Estudió Medicina en la Universitat de València y fue profesor de anatomía en sus aulas. Al mediar el siglo es llamado junto a Gaspar Casal como médico de cámara del rey, es decir, como protomédico. Empieza entonces una carrera de honores, en especial a través del Protomedicato y de la Academia Médica Matritense.
En este médico encontramos, como es muy propio del siglo XVIII, tanto al clasicista como al novator. Un buen ejemplo es su libro Medicina vetus et nova, en donde aúna la tradición antigua con la modernidad, y muestra al estudiante que tan necesario es aprender en los viejos folios como en los modernos manuales. Amigo y buen discípulo de Gregorio Mayans, supo conocer con él las maravillas del clasicismo, interesándose en el estudio de los autores antiguos. Se ocupa de la edición de textos hipocráticos, intentando volver a los idiomas puros, que él conocía con dificultad, siempre incluyendo las observaciones y mejoras de los modernos. Pero también propicia en otros libros la lengua castellana como vehículo de la ciencia. El citado está redactado en latín, mientras que la Física o la Lógica lo están en castellano, así como el Tratado de calenturas.
La reflexión hipocrática fue muy importante para Piquer, pero también para la medicina ilustrada y posterior. ¿Por qué? ¿Por qué se resucita un autor de siglos atrás en el momento en que la revolución científica se está introduciendo en nuestras fronteras? El corpus hipocrático muestra una serena actitud ante el enfermar: el valor del justo medio así lo recomienda. También la hace obligatoria el que se trate de un conjunto escrito por diversos autores en un largo plazo. Por esto se puede emplear en cualquier momento de crisis médica, así en contra de Galeno en el mundo moderno. Se reacciona contra los excesos de teoría libresca –que la Universidad propiciaba– y también contra la agresividad de la medicina heredada. Permitía, por tanto, el mirar y observar. Así, al enfermo o al medio, a su salud y a su enfermedad. Se prescribe la observación y la clínica, se tiene en cuenta el medio ambiente, y, en resumen, se respeta éste y al paciente.
Pero también en los escritos hipocráticos hay una apertura a la ciencia, entonces a la ciencia que nace en el mundo griego y que culmina en Aristóteles. Hay un interés por comprender lo que es el cuerpo humano, su salud y su enfermedad. Se adoptan los elementos de Empédocles –dotados de cualidades–, que se combinan para formar humores y partes. Por tanto, no es extraño encontrar a un Piquer interesado en la ciencia moderna, en lo que coincidía con el erudito de Oliva. Se le puede considerar como un novator que se apasiona por el saber nuevo a través de la anatomía y de la física mecanicista, como muestra en los primeros años de su Tratado de calenturas, aunando observación y mecanismo. También de la lógica moderna, aunque con el tiempo seguirá los consejos de Mayans de respetar al maestro Aristóteles. Será un cartesiano, sin llegar a entrar en la difícil física newtoniana, como evidencia Jorge Juan. En fin, a través de la idea de organización, llegará a plantear un modelo moderno del movimiento del cuerpo, tal vez incluso del alma, lo que preocuparía una vez más a don Gregorio. Su llegada a Madrid lo mueve a entrar en un sano eclecticismo, que venía ya impuesto por sus dudas entre antiguos y modernos, entre clásicos y novatores, entre las principales escuelas médicas. Era también una posición adecuada para el ilustre médico de la Corona, que podía así aunar sistemas y realidades. Y para el prestigioso médico, que apoyaba en la observación y el razonamiento su práctica diaria, abrumando con complejas citas «viejas y nuevas» a enfermos y colegas.
También tenemos a Piquer participando en varias instituciones, en primer lugar en la Universidad; en la de Valencia enseñó por unos años. Mejoró la enseñanza y se preocupó, sobre todo, por la redacción de libros de texto. Ésta era notable novedad, pues hasta el siglo XVIII en las aulas se enseñaba por los antiguos tratados de los clásicos, en especial Hipócrates y Galeno, excepto Avicena, que pronto fue desbancado, y se completaban con modernos, que en buena medida eran sus comentadores. Glosar el clásico, reafirmar su autoridad, corrigiendo algunos yerros, introduciendo algunas novedades, era el papel del profesor universitario, del sabio clínico. Con el tiempo, se fueron introduciendo textos más modernos; así, Vicente Peset señaló cómo las Constituciones de la Universidad valenciana en 1733 se interesaban por autores más nuevos, si bien sospecho que se trataba de los libros de Segarra. Piquer, al ingresar en la Universidad y en el círculo mayansiano, se dio cuenta de la necesidad de redactar libros de texto, tal como Seguer había hecho para medicina y Mayans para lengua. Sus Institutiones medicae y su Praxis medica para los alumnos de Valencia fueron libros muy conocidos y usados con diversa fortuna en varias universidades (Peset, 1975; Mestre, 1999). Al final de su vida, al llegar los planes de reforma de las universidades, preparará un notable informe desde su privilegiada posición de poder. Su labor en las aulas valencianas será continuada por Félix Miquel en la Cátedra de Clínica Médica.
También tuvo una notable actividad en Madrid, al entrar a formar parte del Protomedicato, pues esta institución era muy poderosa en el terreno médico. Lo era de forma tradicional, pues los médicos del monarca –como en otras cortes europeas– tenían un poder innegable sobre la formación, profesión y ejercicio de los médicos y cirujanos. El Protomedicato examinaba desde la Edad Media a quienes querían ejercer la medicina. Tras los cuatro años de medicina y el grado de bachiller, con dos años de práctica con médico o institución adecuados, eran examinados para poder ejercer en Castilla. Luego se fue extendiendo esta institución tanto en la Península como en los territorios del Imperio.
La otra institución en la que colaboró fue la Academia Médica de Madrid, en la que ingresa por su calidad de protomédico. Había colaborado en Valencia en algunos proyectos mayansianos en este sentido, pero ahora se integra en una academia ya consolidada. Se había creado ésta tras la sevillana, siendo las dos elogiadas por Feijoo como lugar en que entraba una nueva ciencia, apoyada en la observación y la experiencia, así como en el diálogo. La andaluza procede del reinado de Carlos II, y será confirmada por Felipe V. Reunían estas instituciones las profesiones sanitarias, preocupándose por el saber moderno, científico y médico. La forma de trabajo era la elaboración y presentación de estudios, que eran cuestionados por el censor, luego discutidos y publicados, algunos en forma de revista médica. Los protomédicos son aceptados en la madrileña, ocupando puestos directivos, y en las revisiones de estatutos aumenta el poder de estos médicos reales.
Las academias proceden de tertulias, también las médicas. En ellas se discutía, se hablaba de forma directa entre personajes que eran considerados iguales. El aprendizaje y el ocio eran ocupaciones adecuadas, así como también se disfrutaba de un cierto nivel social. Al llegar la dinastía Borbón, se copian las que Colbert creara en París para el Rey Sol. Pero no aparece ninguna de ciencias, a pesar del interés de Jorge Juan, tampoco ninguna médica de parecido ámbito. Pero sí se van aceptando las de Sevilla, Madrid o Barcelona. Luego, en el siglo XIX, las habrá médicas en las provincias, hasta que queda la de Madrid como nacional. De todas formas, reciben el título de reales, lo que les da importancia, apoyo y mayor influencia. A través de los médicos reales, la madrileña va aumentando sus ámbitos de influencia.
Un papel muy importante fue el de censura de publicaciones, tanto propias como ajenas. Desde luego, en estas academias aparece la figura del censor, que debía velar por la calidad y pureza de las publicaciones. Las memorias de los académicos eran controladas en su valor científico, redacción y lenguaje moderado y, desde luego, en su respeto al altar y al trono. Además, la academia tuvo papel importante en la censura de obras médicas, aspecto en el que Piquer colaboró de forma activa. Era algo usual para los médicos reales, como también sucedía en Francia (Birn, 2007).
Por otra parte, las academias cumplían una importante misión en el terreno de la sanidad, bien en forma de boticas, alimentación, enfermedades crónicas o epidemias. Ya Piquer había colaborado con el Ayuntamiento valenciano en el estudio del problema de los arroces que se relacionaban con las fiebres tercianas, es decir, el paludismo. Los estudios médicos llevaban a la limitación de los campos de arroz en las cercanías de Valencia (Peset y Peset, 1972). También se había preocupado de las medidas que se debían tomar, como la destrucción por el fuego de los enseres de los enfermos considerados contagiosos, según las leyes prescribían. Eran muchos los informes que se hacían sobre aspectos médicos por estas academias. También en relación con el ejercicio, si bien estaban surgiendo los colegios profesionales, que sustituirán a los gremios y a los protomédicos.
AMÉRICA Y LOS MARES
Otro personaje de primera importancia en la Ilustración valenciana es Jorge Juan, el marino que introdujo la física moderna en España. Representa, por tanto, esa segunda forma de ser científico a la que me refería, mediante el ejército. Desde finales del siglo anterior, la escuela de ingenieros militares de Bruselas, que luego se continúa en Barcelona, impartía una notable formación técnica del ejército. Pronto las distintas ramas de éste instaurarán escuelas en la Península para la formación profesional de sus miembros, así la artillería, los ingenieros, los cirujanos o la marina. La forma de entrar en la ciencia moderna de este cuerpo del ejército es de enorme interés para comprender el futuro de nuestra Ilustración. Me refiero a la participación de dos jóvenes guardiamarinas –Jorge Juan y Antonio de Ulloa– en la expedición enviada a Perú por la Academia de Ciencias de París, comandada por La Condamine. En realidad, se trataba de una doble expedición, una enviada a la América española y otra comandada por Maupertuis y dirigida a Laponia. La misión era medir un grado de meridiano para averiguar la forma del planeta Tierra (Lafuente y Mazuecos, 1987).
Una importante discusión en geodesia planteaba la forma de este planeta: si era achatada por los polos o por el ecuador. Se discurría sobre dos tradiciones científicas, la inglesa, en la senda de Newton –que llevaba la razón–, y la francesa, que seguían los cartesianos. La Academia francesa decide que la mejor manera de dilucidar este problema es enviar esas dos expediciones. Para el Perú era necesario el permiso de la Corona española, siempre recelosa de la entrada de rivales en su imperio. Pero el dominio de la dinastía Borbón en España hacía posible conseguirlo. Se logra, pero la condición es que dos marinos de acá acompañen a los franceses. Van otros sabios, como Jussieu, pues también interesaba la historia natural. Esta imposición muestra muy bien los recelos de la Corona hispana ante imperios que rivalizan en el dominio trasatlántico. Pero las consecuencias fueron muy importantes, tanto para Francia como para España. París se convenció de que la Tierra era un planeta achatado por los polos y los expedicionarios realizaron importantes trabajos en astronomía, historia natural, antigüedades, medicina, economía, etcétera.
Los avispados españoles, un valenciano y un andaluz, fueron capaces no sólo de aprender y colaborar, sino también de aportar mucho saber a la expedición. Se convirtieron en sabios y científicos, pues los marinos se comportaban como una academia: se aprendía e investigaba. Todo ello no se consiguió sin problemas, tanto científicos, por las prioridades y calidades de las observaciones, como políticos, por ejemplo las discusiones sobre unas pirámides que se erigieron en el ecuador. Los españoles aprendieron muy bien astronomía, aparte de redactar unas apasionantes noticias secretas que mostraban bien que las expediciones tenían desde el principio un doble papel científico y político, encaminado a estudiar el mejor control administrativo y económico del Imperio. Se quería mejorar tanto la administración y la defensa como la vida y la sociedad. Algunas de las discusiones versan sobre el trato dado a los nativos o acerca de los metales preciosos y los útiles.
Los trabajos de los españoles fueron excelentes, lo que dio como resultado la publicación de las Observaciones astronómicas y de la Relación histórica del viage a la América meridional. Son dos libros que se consiguen con la protección de Ensenada, siendo combatidos por Torres Villarroel y apoyados por Burriel y por Sarmiento. Se convierte el estudio en materia de Estado y sus protagonistas en «asesores» de la Corona, en una «academia» que aconsejó al rey en asuntos de toda índole, desde los más elevados puestos de mando, en la marina, la política y la administración. Los guardiamarinas siguieron una carrera militar, participando en acciones bélicas y nuevas travesías, pero también fueron capaces de aconsejar sobre el gobierno del Imperio e incluso, en el caso de Ulloa, de tener posibilidad de ejercerlo. Viajaron por Francia e Inglaterra, buscando tanto la mejora social como la económica, las novedades militares como las científicas. Mantuvieron excelentes relaciones con sabios extranjeros, así como con las academias de ciencias, en las que Juan ingresó, siendo traducido a las principales lenguas, como había ocurrido con los tratados de náutica renacentistas. Introdujeron entre sus compatriotas nuevos saberes y compraron buenos instrumentos para instituciones de enseñanza. Jorge Juan fue un personaje esencial para la mejora de las escuelas de guardiamarinas, por ejemplo en Cádiz, donde apoyó la introducción de la ciencia moderna, los nuevos libros y los instrumentos necesarios. La presencia de un observatorio astronómico fue siempre básica en la formación de los marinos. También la exigencia en el estudio de la ciencia, como se da en la formulación del «curso mayor» de estudios (Lafuente y Sellés, 1988; Sellés, 2000).
Se introducía una forma nueva de aprender, incluso de carrera profesional. El ejército medieval y moderno estaba mandado por la nobleza, pertenecer a sus linajes aseguraba un puesto a la cabeza de las tropas. Pero en el siglo XVIII se quieren otros caminos de acceso y promoción en el ejército, desde luego los méritos de guerra, pero también los profesionales y científicos. Esta formación sabia de los militares tenía este objeto y así se explica la insistencia de los marinos en formar buenos técnicos. Jorge Juan, en sus estancias en Cádiz –por desgracia, muchas veces interrumpidas por otras misiones–, colaboró en estos cambios. Fueron importantes las tertulias gaditanas, en las que artes, letras y ciencias se discutían. También la flamante Academia de Guardiamarinas, o el Colegio de Cirugía de Cádiz. Quizá entre sus propósitos estaba la fundación de una academia de ciencias semejante a la francesa. Podemos también relacionar este interés con la recomendación a la Academia de Bellas Artes madrileña de encomendar a Benito Bails la redacción de cursos de matemáticas, lo que permitió la formación de buenos profesionales. Los artistas necesitaban matemáticas, perspectiva y geometría, los arquitectos además física, mecánica y técnica. En fin, el libro fue aceptado por las universidades, lo que facilitó la entrada en las aulas de la moderna matemática. Sin embargo, era una carrera en la que se habían adelantado ya las academias militares, al introducir el cálculo infinitesimal, tal como mostró Cuesta Dutari.
Hacia el final de su vida, tiene Juan un extraño encargo: la dirección del Seminario de Nobles de Madrid, desde 1770, año en que regresa de la embajada en Marruecos, hasta su muerte. Era una tarea al parecer de poca importancia para tal personaje, pero muy reveladora de los mecanismos por los que la ciencia se introducía. El Seminario de Nobles deriva del interés de los jesuitas –con los que se educó y también relacionó, por ejemplo con Burriel– por formar a las elites. A principios del siglo XVII habían solicitado universidad en Madrid, con la oposición de las mayores castellanas. Argumentan que en las principales capitales europeas había centros de enseñanza superior, su propia tradición docente y la dificultad de los hijos de la nobleza para abandonar la Corte y el aprendizaje junto a la familia y el trono. Se les concede el Colegio Imperial y, más tarde, por mediación de Felipe V, los Seminarios de Nobles. Tras la expulsión, estas instituciones tuvieron distintos fines, como seminarios conciliares e institutos como el de San Isidro.
Vemos pues a un marino que se acerca a las otras dos formas de enseñanza, las aulas y la Iglesia. No es extraño, los jesuitas habían tenido un papel importante tanto en la Universidad, como en algunas escuelas para militares. Consagrados los jesuitas a la formación de nobles, tenían manga ancha y en el Imperial formaron a ilustres literatos de extracción social inferior. Por tanto, ahora hubo a su vez varios militares al frente del Seminario de Nobles. Se quiere sustituir a la Compañía, pero también mejorar la enseñanza de los aristócratas, con destino en la administración o los ejércitos, pues siempre ocupaban sus más altos puestos. Jorge Juan querrá introducir la ciencia, mejorar la enseñanza del dibujo, de artístico a técnico, e insistirá en los libros y las instalaciones, de ahí el observatorio astronómico. Pero no se consigue atraer a la nobleza, en buena parte por el aumento del gasto, supongo que también por el esfuerzo en el estudio. Se prefería la sangre heredada o vertida a los méritos en el estudio. Nos dice el marino que los estudiantes han pasado de 100 a 15 y los gastos de sesenta mil a doscientos mil reales. El destino es sobre todo el Ejército, pero también la Iglesia. En fin, para su último año había preparado Jorge Juan su discurso Estado de la astronomía en Europa, pero muere antes de pronunciarlo. Suponía la defensa de Copérnico ante una institución de los jesuitas, quienes lo negaron en público. Se añadirá a la segunda edición de las Observaciones astronómicas.
De este modo, volvemos al principio de la carrera de Jorge Juan, esa expedición que supuso la entrada de las matemáticas y la física modernas en España. Sarmiento se hará eco de la importancia de este evento, que consagró la mayoría de edad de nuestro saber. El militar de Novelda se ocupará de la construcción de barcos y de su mejora, siendo un gran experto en navegación. Esto lo llevará a realizar muy notables estudios en mecánica aplicada a la navegación, que supondrán tanto un importante impulso a las instituciones científicas españolas como una aportación notable a la ciencia europea. Entre sus libros, destaca el Examen marítimo. Otros valencianos –y otros españoles– seguirán las sendas abiertas, con los mismos intereses. Así, vemos a algunos ocupados o bien en la mejora de los manuales y libros de estudio, en las medidas de los arcos terrestres y en la cartografía y la topografía, o bien en la introducción del sistema métrico decimal. Debemos recordar a José Chaix y a Gabriel Císcar, este último sobrino de Mayans, autor de una importante propuesta para construir las nuevas medidas a partir de la tradición hispana, lo que suponía una preocupación por la lengua y la cultura propias que siempre fue habitual en estas generaciones de inteligentes militares.
JARDINES Y FLORES
La historia natural es una disciplina básica en el mundo moderno, que cuenta además con una muy importante tradición desde el clásico. Se puede decir que se actualizan las tradiciones heredadas, en especial a partir del Renacimiento. Hay tres líneas principales que se pueden encabezar con tres nombres de la Antigüedad. Una sería la médica, con Dioscórides como apóstol, en la que se acentúan los intereses en la curación del enfermar. Otra, la científica, con Plinio como representante, en la que es esencial la admiración de las obras de la naturaleza. Aúna la curiositas pagana con la contemplatio cristiana, siempre con tirantez entre ambas (Gadamer, 1993). Y, por último, estaría la agrícola, con Teofrasto al frente. En España serían sus representantes Andrés Laguna, Gonzalo Fernández de Oviedo y Gabriel Alonso de Herrera. Personajes de alto vuelo como Francisco Hernández o Cavanilles reúnen varias tendencias.
Hay varios motivos de este auge de la historia natural, en especial la botánica. En primer lugar, la influencia de los científicos europeos, en especial de los franceses y de Linneo. También se relaciona con un gusto estético, en cambio, el prerromanticismo de la Ilustración. Si bien se puede considerar herencia de los paisajes de Velázquez o de los bodegones de Zurbarán, ahora cambian esos códigos de expresión, aprisionando la historia natural –ahora convertida en saber– entre códigos científicos y artísticos, neoclásicos y románticos. Se sale a herborizar al campo, que puede ser la cercanía de las ciudades valencianas, pero también las lejanas tierras de América o de Australia. Se vive un nuevo interés por el paisaje, por la naturaleza bruta, la que nos sobrecoge al llegar a América, como sucedió con Mutis cuando acompañó como médico al virrey. Se puede considerar defensa de la naturaleza pero también defensa del Antiguo Régimen. Es la sensibilidad de Rousseau, es el anuncio del Romanticismo.
Pero también es una muestra del poder real: se representa al joven Carlos III con una rama en la mano a través del pincel de Jean Ranc, y Meléndez hará deliciosas naturalezas muertas para un infante. De la real mano se ponen en marcha el Jardín Botánico y el Gabinete de Historia Natural de Madrid. El primero procede de boticarios y médicos reales, el segundo de un coleccionista americano. Pero está por detrás el interés de poner bajo la real mirada las riquezas del Imperio, que dan valor al rey y son valorizadas por éste. Las expediciones científicas sirven a este deseo y sus magníficas colecciones de semillas, plantas, dibujos, minerales, animales, antigüedades..., son atesoradas por estas instituciones. Los especímenes peninsulares y foráneos son necesarios para la economía que se apoya desde el poder, la agricultura, el comercio, la manufactura, en especial textil, la minería, la medicina y la farmacia. Si se descubre la platina, un oro blanco, también se encuentra el oro verde.
La historia natural como ciencia reúne las tres tradiciones a las que me he referido: se buscan las plantas por su belleza y demostración del orden natural y divino, por su interés por su acción médica, como es el caso de la quina, y por su valor como alimento y riqueza, como sucederá con el cultivo creciente del maíz. Se desea conocer de forma científica las plantas, en general se intenta su descubrimiento, clasificación y descripción. Se quiere mostrar que el botánico afortunado ha sido el primer descubridor, al intentar encontrar nuevas especies y géneros; también hay preocupación por la fisiología de la planta, floración y fructificación, por el sistema sexual, siguiendo a Linneo, pero también por la relación con el medio, que es el camino hacia la geobotánica. Esta línea es la que siguieron los que se interesaron por la geografía humana en el pasado, los que escribieron la historia natural de Indias, o las topografías médicas, que toman a Hipócrates como modelo y se reinventan mediante Cisneros en México, o Casal en Asturias.
Cavanilles pertenece a la tradición de los clérigos ilustrados, si bien su formación es peculiar, ya que estudia Filosofía y Teología en la Universidad de Valencia y con los jesuitas, por lo que entra en el círculo de Vicente Blasco y Pérez Bayer..., y tiene relación con Juan Bautista Muñoz (González Bueno, 2002). Pasa por el seminario de San Fulgencio, un centro de renovación de la Ilustración eclesiástica, y redacta unos «Apuntes lógicos». Pronto, su camino se separará por entero de las aulas o los confesionarios, para convertirse en un elegante clérigo de tipo francés, interesado por la ciencia, la belleza y la sociedad. Entra como preceptor en más elevados aposentos, con la familia del duque del Infantado; también tiene relaciones con Santa Cruz o Aranda. Es cercano pues a la nobleza alta y a la nobleza renovadora, lo que le valdrá mucho en el futuro. De momento, estas relaciones lo llevan a París, la capital cultural europea.
Como preceptor y capellán de la familia Infantado vive en París entre 1777 y 1789, cuando las terribles convulsiones francesas lo alejan. Conoce a muy distinguidos sabios, por ejemplo a los científicos Sigaud de la Fond y Valmont de Bomare, o a André Thouin en el Jardin du Roi (Peset, 1997). Animado y pagado por Floridablanca contesta a Masson, asesorado por Juan Andrés. Estudia botánica, en relación con la Académie des Sciences, con Antoine-Laurent de Jussieu y Jean-Baptiste Lamarck. Conoce la nueva ciencia, en especial le serán de utilidad la historia natural, la física y la lógica. Estudia la Monadelphia linneana, y publica también gracias a Floridablanca hermosos y sabios volúmenes de descripción. Intenta entrar en las instituciones madrileñas, pero tiene la oposición de Gómez Ortega y su escuela. Poco a poco va consiguiendo permisos, hasta que llegará a dirigir el Jardín en 1801, al retirarse el boticario. Será director de expediciones, siguiendo el ansia centralizadora de Gómez Ortega. Asimismo, mantiene fuertes polémicas con sus contrarios en la literatura científica internacional.
Por los rigores de la Revolución vuelve a Madrid, trayendo muchos trajes, un notable herbario y útiles libros comprados durante su estancia francesa. Entra en la Academia de Medicina, y cuenta con el favor de Montijo, Urquijo y Aranda. Aunque persisten allí las polémicas, aporta notables trabajos, como los dedicados a los arroces valencianos, un peligro para el paludismo. También se interesa por las posibilidades terapéuticas de algunas plantas, por ejemplo contra la rabia. Gracias a Floridablanca publica sus Icones y consigue entrar a dibujar en el jardín. En 1791 se plantea la realización de una Historia natural de España. Jovellanos iría a Asturias, él a Valencia en 1791. Busca la felicidad como buen ilustrado, a veces en contra de los terratenientes, los intermediarios e incluso de la Iglesia, que está a favor de propietarios ilustrados. Se publican las Observaciones entre 1795 y 1797, y suponen un importante aporte a la tradición de historias naturales hispanas. Es notable su trabajo geográfico, así como su preocupación por la morfología geológica.
Es consultado sobre la enseñanza en el Jardín, del que en 1801 será su profesor único; aporta su biblioteca, equipo, organización...; mejora las estufas y los semilleros, las relaciones internacionales, propone un manual..., y, por tanto, reforma por completo la enseñanza. Sus estudiantes logran las cátedras e impulsa los jardines botánicos; así sucedió en Valencia a través del rector Blasco. Muere en 1804, por lo que se queda sin publicar su estudio de plantas del Hortus Regius Matritensis. Ampara a Mutis y a su escuela, pero como hábil clérigo también es generoso con los discípulos de Ortega, elogiando mucho las láminas de la expedición del Perú. Aunque reconoce la calidad de las extranjeras, las considera en exceso caras y lujosas. Piensa mejor en unas láminas claras y sencillas, como las de Ruiz y Pavón.
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