Read the book: «La ciudad en el imaginario venezolano»
Contenido
Prólogo: Ana Teresa Torres
I INTRODUCCIÓN
Fin del costumbrismo urbano
Hacia la calle vamos
Sobre este cuarto libro
II MALESTARES CAPITALINOS
Descomposición de la Venezuela saudita
Silueta de la Caracas disco
Crítica al derroche y rescoldos de subversión
De ascensores y ascensos
La jai se divierte
Nuevos pequeños seres
De neones a culebrones
III ENTRE CULTURA Y DESMEMORIA
En busca de lugar en Occidente
Cultura, tierra y deshumanización
Identidad, anticiudad y utopía
Cánceres caraqueños
Claves remotas y contrastes presentes
El pasado no hace falta
IV VIAJES Y MUDANZAS, ERRANCIA Y RETORNO
Crisol de migraciones
Entre San Bernardino y Bello Monte
Intelectuales y cosmopolitas, mayameros y tabaratos
Meandros interioranos
Entre provincias oxidadas y barrios marginales
Destino final
V URBES FRACTURADAS Y VIOLENTAS
Entre el Caracazo y los golpes del 92
Desorden en nuestros vecindarios
Viejos y nuevos azotes
Bodas, misses y telenovelas
Carros, Metro y tráfico
Tras los atributos de ciudad
Voces urbanas de Maricastaña
Modernización trunca, desmemoria y exclusión
Ciudadanías mediáticas e intertextuales
Desde arriba y desde abajo
VI HACIA LA CARACAS ROJA
Hijos de la tormenta
Ruralismo y resentimiento, clientelismo y rojez
Ante el tiempo furioso
VII BIBLIOGRAFÍA
Obras de referencia y sitios web
Fuentes primarias
Bibliografía de apoyo
NOTAS
CRÉDITOS
La ciudad en el imaginario venezolano
IV: Del Viernes Negro a la Caracas roja
Arturo Almandoz Marte

ARTURO ALMANDOZ MARTE
(Caracas, 1960).
Ensayista y cronista. Urbanista por la Universidad Simón Bolívar, Magíster en Filosofía (USB), PhD en Vivienda y Urbanismo (Architectural Association, Open University, Londres), posdoctorado por el Centro de Investigaciones Posdoctorales (Cipost, Universidad Central de Venezuela). Profesor Titular jubilado de la Universidad Simón Bolívar (Caracas) y Titular Adjunto de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Ha sido profesor invitado en varias universidades de Latinoamérica y Europa. Además de artículos en revistas, obras colectivas y enciclopedias, es autor o editor de más de 20 libros, algunos de los cuales han obtenido importantes galardones nacionales e internacionales. Entre sus títulos destacan Urbanismo europeo en Caracas (1870-1940) (1997 y 2006); La ciudad en el imaginario venezolano, I (2002 y 2009), II (2004) y III (2009); Planning Latin America’s Capital Cities, 1850-1950 (editor, 2002 y 2010); Entre libros de historia urbana (2008); Crónicas desde San Bernardino (2011); Caracas, de la metrópoli súbita a la meca roja (editor, 2012); Regreso de las metrópolis (2013); Modernización urbana en América Latina. De las grandes aldeas a las metrópolis masificadas (2013 y 2017); Modernization, Urbanization and Development in Latin America, 1900s-2000s (2015 y 2017). Ha sido asesor de la exposición «The Metropolis in Latin America, 1830-1930» (Getty Research Institute, Los Ángeles, 2016-2018).
Prólogo
VUELVE ARTURO ALMANDOZ a su gran tema, La ciudad en el imaginario venezolano, del que he sido seguidora fiel desde que leí el primer volumen De los tiempos de Maricastaña a la masificación de los techos rojos (2002); continuando con De 1936 a los pequeños seres (2004), y De 1958 a la metrópoli parroquiana (2009), hasta este cuarto –y confiadamente espero que no último–, también signado por la rojez, Del Viernes Negro a la Caracas roja, pasando por algunos caminos colaterales: Urbanismo europeo de Caracas (1870-1940) (2006) y Crónicas desde San Bernardino (2011). Son muchos años los que este urbanista y escritor (¿o al revés?) ha dedicado al asunto, en medio de una vasta obra especializada. Sus libros me proponen siempre la misma pregunta, ¿hay algo que no haya leído Almandoz en cuanto al imaginario de la ciudad desplegado en la literatura venezolana? Seguramente, pero cuando creo estar a punto de reconocer un vacío se completa páginas después, y es que trabaja con la parsimonia y la prolijidad del investigador para quien todo puede ser de interés para ampliar, circundar, iluminar el objeto propuesto, y así, con una prosa detallada (y elegante) va poco a poco penetrando en los terrenos que ha decidido urbanizar literariamente. Los nombres de ensayistas, novelistas, cuentistas y cronistas saltan entre las páginas componiendo el retablo de la escritura venezolana del último tercio del siglo XX, pero no a modo de panorama o de recuento sino de voces que hablan desde la ciudad, y asimismo la ciudad –la polis, podría decirse– habla desde ellos. No es un crítico literario reescribiendo la literatura venezolana, ni un experto en ciudades describiendo a Caracas, ni un historiador recontando los tramos de nuestro pasado, ni un sociólogo estudiando la venezolanidad. Es la labor de entretejido la que verdaderamente cuenta aquí. Almandoz se coloca en ese mirador de varios caminos desde el cual interrogar el imaginario venezolano –concepto que a mí personalmente me apasiona, pero que no trae consigo definición fácil y desde luego no me propongo explicar.
El período histórico considerado comienza en 1983, cuando el 18 de febrero, fecha conocida como «viernes negro», se decretó la devaluación de la moneda, cuya estabilidad había sido un signo de la economía venezolana desde las primeras décadas del siglo XX. Esa devaluación no era solo monetaria, hería también una de las narrativas esenciales del imaginario venezolano: somos ricos y siempre lo seremos porque el petróleo lo garantiza. Varias generaciones crecimos en esa creencia que de alguna manera los modos del progreso urbano y de la reciente democracia corroboraban. Venezuela era el país más moderno de la región; sus autopistas, sus puentes, sus represas y universidades estaban allí para asegurarlo. Era, además, el país con la democracia más confiable y la mayor movilidad social de América Latina, quedan las cifras para demostrarlo; de allí que la devaluación del bolívar no era un mero trámite cambiario, interrogaba nuestra identidad y nuestro futuro. La noción de que Venezuela avanzaba hacia la superación del subdesarrollo, para muchos quedó destrozada un viernes por la tarde. Sin embargo, el optimismo democrático del que estoy hablando venía siendo contradicho por voces muy disímiles entre sí, políticamente antagónicas en ocasiones, pero concordantes en su descreimiento. La primera que el autor nos trae a la palestra es la de Rafael Caldera en Reflexiones de La Rábida (1976). Allí sugería el debilitamiento de la fe en el sistema democrático y la insuficiencia de los mecanismos de participación de las masas, signos en los que presentía la búsqueda de fórmulas políticas más directas y quizás autoritarias (como, en efecto, ocurrió). Le sucedería en la presidencia Carlos Andrés Pérez, protagonista principal de la Gran Venezuela, y entonces la crítica novelada de la descomposición de la también llamada Venezuela saudita no se hizo esperar. La Caracas disco de los años setenta se convirtió en el blanco de los ataques. Desde Miguel Otero Silva, en la denuncia de los contrastes de la marginalidad, el ascenso social y la riqueza que representaban los tres Victorinos de Cuando quiero llorar no lloro (1970), hasta la mordaz y erosiva sátira con la que Luis Britto García irrumpe contra la picaresca crecida en los años de bonanza, todo parecía indicar que el imaginario literario tomaba la senda de la crítica social para convertirse en un vehículo de expresión política (no sé si antidemocrática pero sin duda anti democracia venezolana). No hay reconciliación en esta narrativa con el derroche y el lujo que marcaron este tiempo. En uno de los apartes encontramos la genealogía narrativa de la fiesta burguesa: desde El Cabito, de Pío Gil (1909); La casa de los Abila, de José Rafael Pocaterra (1921); Allá en Caracas, de Laureano Vallenilla Lanz (1948); Los platos del diablo, de Eduardo Liendo (1985); Ojo de pez, de Antonieta Madrid (1990); y El exilio del tiempo, de mi autoría (1990), a las que muy bien podría añadirse el capítulo inicial de Juegos bajo la luna (1994), de Carlos Noguera, o la posterior Morir de glamour (2000), de Boris Izaguirre; hay un regusto en la novela venezolana por el tema, quizás porque la fiesta sea un componente importante de nuestro imaginario.
Pero no es esta la única visión de la ciudad. Otros seres, nuevos pequeños seres, dice Almandoz, la pueblan. Los noctámbulos de Luis Barrera Linares en sus Beberes de un ciudadano (1985) que reeditan La mala vida garmendiana (1968); el imaginario televisivo de José Balza en D (1977), los rescoldos de subversión relatados en las novelas de Victoria de Stefano (La noche llama a la noche, 1985) y de Carlos Noguera (Inventando los días, 1979). En suma, una «Caracas acechante y congestionada, adolescente y monstruosa, densificada y consumista, donde los malestares capitalinos laten físicamente, de noche y de día».
Habría que plantear aquí un tramo generacional. Los autores antes citados hablan y describen lo que ocurre en su ciudad, que aman y odian a un tiempo, y que expresan en sus malestares capitalinos, pero hay otros que presentan un problema ideológico en términos de concepción de la ciudad, y de país. En cierta forma el tema planteado por los positivistas de la primera mitad del siglo XX venezolano parece mantenerse y el autor lo pone de relieve por si lo habíamos olvidado. Confieso que yo sí. Las polaridades cultura versus civilización, universalidad versus localidad, o ciudad versus terruño, quedaban localizadas en mi imaginario personal como pertenecientes a la ciudad de los techos rojos, pero la lectura obsesiva del investigador demuestra lo contrario; es más, pensando en el final (de este libro, no de la historia) no pocas premisas de la llamada Revolución bolivariana vuelven al mismo punto, o quizás no vuelven, siempre habían estado allí y las pasamos por alto. Dos voces resaltan en el capítulo «Entre cultura y desmemoria»: Juan Liscano y Arturo Uslar Pietri. Este último considera –y con esta opinión podríamos coincidir– que el gran aporte latinoamericano a la civilización occidental reside en su literatura de creación, pero luego –y aquí terminan las coincidencias, al menos las mías– arremete contra la ciudad de los centros comerciales, el metro, el Parque Central, el complejo Teresa Carreño. Toda esa ciudad que pretendía la universalidad, el cosmopolitismo, es en la visión uslariana una aglomeración cancerosa; para Liscano el símil es el mismo, Caracas es un cáncer urbano. Uslar piensa que París es París y los parisienses son parisienses, pero en su imaginario Caracas no es Caracas y los caraqueños han perdido su identidad. ¿La causa?, la transformación desordenada de la ciudad. No sería justo simplificar su argumento que, en un sentido amplio, dice Almandoz, obedece a una crítica política, urbana y urbanística basada en el reproche al populismo, por una parte, y a una falta de control y planificación, por otra; en suma, una incivilidad que rompe las formas culturales de Occidente y que en su descomposición natural y cultural conduce al caos. Para Liscano, en una suerte de «fundamentalismo ecologista», la desconexión con la tierra ha traído la deshumanización.
Y es que asistimos a la reedición de polaridades nunca abandonadas (y que se reencarnan en los presupuestos «endógenos» de la Revolución bolivariana) entre lo propio y lo universal. Para Ángel Rosenblat, otra voz que irrumpe en el foro, en Venezuela la cultura es la herencia española, y la civilización y el progreso, cosmopolitas. Pero he aquí que para el poeta Liscano, creador de La Fiesta de la Tradición –espectáculo que organizó para la toma de posesión del presidente Rómulo Gallegos en 1948–, la cultura es sin duda el folclor, del mismo modo que los valores nacionales humanistas son lo contrario de la urbanización y la tecnificación. El investigador nos está presentando aquí los argumentos de una disputa intelectual, política, casi que religiosa, fundamental para comprender el imaginario venezolano. Está trazando un capítulo esencial en nuestra historia de las ideas de la mano de los que denomina argos y aristarcos, detrás de quienes asoma la crítica feroz, sobre todo en Uslar, de la democracia de partidos (después mal llamada «puntofijismo»). Otras voces literarias del ensayo y la novela, Luis Beltrán Guerrero y José León Tapia, se unen bajo estos argumentos, según los cuales la patria es lo que era y no lo que quiere ser. Sin duda, aunque no es el tema de este cuarto libro, el petróleo sobrevuela en el imaginario como ave del mal y el excremento del diablo subyace a toda la polémica, porque es finalmente la riqueza petrolera (bien o mal administrada, ya eso es otra discusión) la que permitió los cambios que, para algunos, como puede desprenderse, fueron el detrimento de la venezolanidad.
En esta controversia José Balza apunta una posición conciliadora de los extremos. Lo propio, la creación venezolana, no es solamente una virtud de la «tierra», es también una contribución a los valores universales, y enumera los nombres que lo manifiestan en la música, el arte, la cultura en general. Otros autores en esta postrimería de la Gran Venezuela, como Salvador Garmendia, Adriano González León, Orlando Araujo, Igor Delgado Senior, desarrollan también en sus ficciones y ensayos el deterioro urbano y el crecimiento de la marginalidad que viene ocurriendo sin remedio, pero sus miradas no se dirigen a una Venezuela rural e idílica, poseedora de la nacionalidad y de lo autóctono, sino hacia la crítica irónica, a veces sarcástica, otras netamente política, de lo que viene ocurriendo en este desplome de los sueños de grandeza que nacieron y murieron en el transcurso de dos décadas. Ofrecen, dice el autor, «metáforas del país mutado y babélico, nuevo rico y urbanizado a empellones». Será José Ignacio Cabrujas quien de alguna manera pone fin al debate entre cultura, civilización e identidad. Acepta el dramaturgo la desmemoria y «la arqueología del derrumbe» como una nueva naturaleza urbana y cultural en su visión desconcertada de la identidad y sentido patrimonial. Ante ese desconcierto la suya es una mirada que habla de resignación y permisividad. Una manera de decir esto somos, esta es también nuestra identidad, de la que partirán las generaciones posteriores.
No fueron solamente la acelerada urbanización y la expansión de la economía petrolera los factores que transformaron el paisaje, y por consiguiente abrieron fracturas en lo que podríamos llamar la identidad idílica rural venezolana; también actuaron los cambios sociales de la Venezuela de la segunda mitad del siglo XX. La literatura recoge los movimientos de la inmigración foránea y provinciana, los tours internacionales, los viajes y mudanzas del lar provinciano, desde los cosmopolitas a los «tabaratos» de la Gran Venezuela. El país expande sus fronteras imaginarias y los escritores dan cuenta de ello, son ellos mismos, en su errancia y retorno, parte de esa expansión. Las fronteras de la imaginación abren nuevos territorios, y al mismo tiempo la ciudad, que siempre es Caracas, deja de ser un núcleo sólido y compacto. Es lo suficientemente urbana, valga el pleonasmo, para que se produzcan procesos migratorios intraurbanos, cónsonos con el ascenso social que caracteriza la época, y se consoliden arraigos comunitarios que despiertan nostalgia por el lugar abandonado. Las parroquias tradicionales, las nuevas y novísimas urbanizaciones (como se denomina en Venezuela a lo que en otros países llaman barrios residenciales y comerciales), las montañas que rodean el valle, todo, a excepción de El Ávila, único bastión permanente, sigue un ritmo constante de mutación, y adquiere identidades que tampoco serán muy duraderas. Caracas es lo suficientemente grande para que contenga distintas Caracas, que también ocupan sus locaciones literarias. Así el San Bernardino judío espejado por Elisa Lerner en sus crónicas, o Alicia Freilich en su novela Cláper el marchante (1987), pero también La Candelaria y sobre todo Chacao, como enclave de los emigrantes mediterráneos en mi novela El exilio del tiempo (1990), para quienes la modernidad todavía en esplendor, con sus autopistas y automóviles último modelo, causa cierto asombro. O La Florida, Altamira, La Castellana en las referencias burguesas de Federico Vegas.
Se ensancha también el imaginario del mundo con los escritores viajeros, antes muy contados (Picón Salas, Uslar, Liscano, Díaz Rodríguez, de la Parra); ahora encontramos los textos de Elisa Lerner, Adriano González León, Victoria de Stefano, Antonieta Madrid, Antonio López Ortega, Ednodio Quintero, mezclando sus vivencias cosmopolitas con los recuerdos caraqueños y provincianos. Es muy interesante el contraste, y muy visible en los tres trujillanos (Adriano, Antonieta y Ednodio), pero también en otros escritores venidos de la provincia, como Balza. Hay un inevitable retorno a las raíces en su escritura, y al mismo tiempo una voluntaria y decidida escapada de ellas. Así vemos en Madrid el recuerdo intacto de las visitas a las tías, en González las huellas del caserón arruinado y los parientes fantasmagóricos, en Quintero la niebla «en un lugar agreste de la alta montaña». O el permanente regreso a los orígenes deltanos de Balza. Son ellos, quizás, la última generación de escritores que tuvo que vérselas con esta dualidad ciudad aldea. Los que siguen son ya caraqueños sin remedio que tienen como recuerdo rural un tinajero del que hablaba la abuela. O simplemente son escritores que viven en la provincia, y ni sienten el desarraigo ni la tensión de la huida; por ello escriben los imaginarios de sus propias regiones, como sería el caso de Rubi Guerra en las costas de Cumaná.
Pero hay otros movimientos a registrar, son los testimonios humanos de la modernidad truncada. Como una respuesta a Casas muertas (1955) y Oficina No. 1 (1961), las novelas del petróleo de Miguel Otero Silva, Memorias de una antigua primavera (1989), de Milagros Mata Gil, vuelve al pueblo fundado por y para la extracción petrolera, pero ahora en su decadencia, en las ruinas en que se han convertido los sueños en busca del vellocino de oro para los que llegaron arrastrando la nostalgia provinciana y el desgaste de la trashumancia. Son, quizás, las «gentes nómadas y escoteras» de las que hablaba Picón Salas. Son, en fin, la otra cara del milagro venezolano, que paulatinamente en estas décadas de la Gran Venezuela traen masas migrantes de la provincia (y pronto de otros países de la región) que vienen a sustituir los traslados de los antiguos estudiantes de pensión y de las familias interioranas para progresar en la capital, que podrían relatar un Alfredo Armas Alfonso o un Salvador Garmendia. Lo que ocurre ahora es una enorme explosión de pobreza que desemboca en los cerros de la ciudad y constituye la marginalidad urbana en busca de un autor que la lleve a la literatura. Y así se presenta Cerrícolas (1987), título del primer volumen de cuentos de Ángel Gustavo Infante. Hay en este tema –señalaba Manuel Bermúdez– una línea de continuidad que va desde los juambimbas del gomecismo, pasando por los pequeños seres garmendianos, hasta llegar a los joselolos de Infante, que los lleva al cuento, como Román Chalbaud al cine, Rodolfo Santana al teatro, Salvador Garmendia a la telenovela, el grupo Madera a la música, y Pedro León Zapata al dibujo. Aparece entonces lo marginal en el imaginario literario, y se entronca con lo popular en la próxima entrega del mismo Infante, Yo soy la rumba (1992), y desde luego en Calletania (1991), de Israel Centeno. En esa novela, cuyo escenario principal es Catia podemos leer una parroquia popular tradicional mutada en un núcleo de barrios y subculturas que viven en el triángulo de la droga, la delincuencia y la prostitución. No es, por supuesto, esa sumatoria la que define a sus habitantes, pero es el lastre que ocupa el imaginario que captan los escritores.
El párrafo que cito a continuación de Después Caracas (1995), novela de José Balza, es un «diagnóstico fulminante» de la ciudad posterior al Caracazo de 1989.
La avalancha petrolera, el despilfarro, la desvergüenza alcanzarían sin embargo alturas increíbles. La riqueza unilateral olvidó al país; comenzaron a paralizarse y colapsar los servicios e hizo su entrada triunfal la delincuencia diaria. El boato gubernamental y la publicidad (autos, trajes, cosas, licores) en vastos cinturones de marginalidad (Caracas creció en dos décadas inmensamente) sintieron como suya aquella riqueza y aquel poder a los cuales no tenían acceso. La violencia se convirtió en vehículo adecuado para vivir.
Se cierra así lo que Almandoz califica de «fresco sombrío de aquella metrópoli contrastante y descompuesta, azotada y tercermundista», que contiene el final de un ciclo social y político. Comienzan entonces los tiempos signados por dos sacudidas de efectos irreversibles: el Caracazo de febrero de 1989 y los frustrados golpes de Estado del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, con una consecuencia política también traumática, la expulsión de Carlos Andrés Pérez de la presidencia por un juicio administrativo (1993). Nada será igual a partir de estos acontecimientos. En ese clima social, dice el autor, comienza a romperse el contrato social roussoniano en su versión venezolana, el pacto de Puntofijo pierde vigencia. A partir de los años noventa la coexistencia de barrios y urbanizaciones sin mayores conflictos se transforma en un escenario de urbes fracturadas y violentas en las que los saqueos se hacen frecuentes, la criminalidad crece desmesurada, los limites urbanísticos se desdibujan y los vendedores informales irrumpen en los espacios públicos de Catia a Sabana Grande, la seguridad se privatiza, y ahora no solamente las casas se enrejan sino que las calles se cierran al paso libre en casi todo el sureste de Caracas, al tiempo que aparecen los centros comerciales metropolitanos (Sambil, Tolón, El Recreo) como lugares de seguridad para la vida ciudadana que no puede, o no quiere ya, vivir en la calle. Es un remedo de los suburbios norteamericanos con sus gated communities y sus malls en una ciudad en la que se instala la «carrocracia», la subcultura motorizada y la delincuencia. Ya estos temas de la ciudad criminosa venían incluyéndose en novelas como La noche llama a la noche (1985), de Victoria de Stefano, pero ahora se hacen más patentes en Salsa y control (1996), libro de cuentos de José Roberto Duque, o en el relato ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional el año del golpismo: «Boquerón» (1992), de Humberto Mata.
Esta nueva identidad capitalina de la ciudad fracturada y en decadencia precoz, se imagina en novelas como Si yo fuera Pedro Infante (1989), de Eduardo Liendo, ficción premonitoria del héroe justiciero que vendría a redimir a los humillados; y desde luego en Latidos de Caracas (2006), de Gisela Kozak, en la que la protagonista, profesional fracasada, recorre la ciudad dando cuenta del proyecto frustrado de modernidad. Es, sin embargo, el momento en que la ciudad encuentra su proyección hacia el universo fotográfico, artístico, filosófico, y de crítica arquitectural. La ciudad, en su empobrecimiento, en lo que llamo decadencia precoz, es cuando paradójicamente alcanza un mayor rango en el estudio de sí misma. Caracas no solo se relata, ahora se multiplica en libros, artículos, foros, fotolibros –acciones en las que sin duda tuvo un papel fundamental la Fundación para la Cultura Urbana. Arquitectos (William Niño Araque, Federico Vegas, Marco Negrón, Hannia Gómez, Guillermo Barrios, Nicolás Sidorkovs, y por supuesto el autor de este libro); filósofos (Juan Nuño, María Elena Ramos), estudiosos, fotógrafos, artistas y editores «propician cierta conceptuación y rescate de la vida urbana, así como una puesta en perspectiva con el patrimonio y el pensamiento histórico». No dejo de pensar que esta valorización de lo urbano en la que Caracas comienza a ser objeto de los estudios culturales y literarios (Miguel Gomes, María Elena D ’Alessandro, Sandra Pinardi, la misma Kozak) coincida con el tiempo en que la ciudad emprende la travesía de su caída, y creo que es probablemente esa caída, que ya presentíamos, uno de los elementos en juego en este surgimiento del pensamiento urbano y en la revalorización de las imágenes recobradas (Tito Caula, Alfredo Cortina) de sus espacios perdidos y de su debilitado patrimonio ancestral (Carlos F. Duarte, José Rafael Lovera, Paolo y Graziano Gasparini). La ciudad deja, por fin, de ser un cáncer, un engendro deshumanizado y caótico, para ser un centro que atrae la mirada de la investigación y el pensamiento.
Cónsona con este renacimiento la novela finisecular también se renueva y recobra estratos rurales y provincianos, históricos y míticos del patrimonio y la memoria capitalina, pero no son ya los tradicionales recuentos o descripciones del pasado, sino la captura del legado caraqueño desde la memoria de un sujeto urbano que reconstruye su pasado personal y lo inserta en lo colectivo. La voz rural de Maricastaña, dice Almandoz, se urbaniza y vuelven las voces de recuerdos provincianos, pero ahora para una memoria de cuño capitalino. Sirvan los ejemplos que cita el autor: El round del olvido (2002), de Eduardo Liendo, mi Malena de cinco mundos (1997), Viejo (1994), última novela de Adriano González León, así como Ojo de pez (1990), de Antonieta Madrid, y aunque un tanto anterior, Cartas de relación (1982), de Antonio López Ortega. Habría que agregar los nuevos imaginarios que surgen de la ciudadanía mediática y cosmopolita que llega del cine, la televisión, la música, los países visitados, y que se integran como ciudades intertextuales en la vieja Caracas. Es la cultura pop que registran Elisa Lerner o Boris Izaguirre, o Carlos Noguera en Juegos bajo la luna (1994).
Una modalidad de este fin de siglo son las postales retro de la Caracas cosmopolita. Cita el autor dos ejemplos estupendos en las crónicas autobiográficas de Silda Cordoliani, «Luces de neón» (1990), y de Celeste Olalquiaga, «Autobiografía íntima de la plaza Altamira» (1999) –y de nuevo una novela mía, Vagas desapariciones (1995)–, que reflejan al mismo tiempo el fulgor del neón y el desengaño. En este registro sin duda es emblemático el cuento «Residencias Pascal» (2000), de Stefania Mosca. Allí puede leerse el desarreglo de la Caracas finisecular de la clase media. Perdido ya el deslumbramiento sesentista de mi personaje Pepín –que era también el mío– cuando contemplaba las luces de neón desde las oficinas de un edificio de Bello Monte o el de Cordoliani en su llegada a la capital en los años de su infancia, la narradora que autoficciona Mosca mira desde los balcones enrejados de un apartamento en Los Palos Grandes la ciudad violenta y fracturada, al mismo tiempo que sufre el deterioro físico y social de su vivienda, un magnífico regalo del esfuerzo de sus padres emigrantes llegados en el esplendor y deslumbramiento de la ciudad moderna.
Y sobreviene la Caracas roja. Quizá sea la colección de ensayos El país que siempre nace (2008), de Gisela Kozak, la obra que mejor recoge lo ocurrido en el imaginario literario, y para ello recurre a dos personajes de ficción: Andrés Barazarte de don Adriano, a quien conocimos tiempo atrás, en 1968, y el general Pardo, aparecido en 1999, de quien esto escribe. Ambos reivindican su genealogía de héroes rurales, trujillano uno, y central el otro, para guiar al pueblo que busca su redención en el caudillo decimonónico, que finalmente se presenta, como predecía Eduardo Liendo, y acoge la prédica revolucionaria para desconocer la institucionalidad, la democracia, la urbanización y la modernidad de la segunda mitad del siglo XX venezolano. Pero sus pasos literarios serán motivo de otro volumen.
ANA TERESA TORRES
I INTRODUCCIÓN
Fin del costumbrismo urbano
Negar el costumbrismo decimonónico y la narrativa agraria para caer en un costumbrismo urbano (el barrio, el malandro, la clase media empobrecida, la jerga, etc.) no significa superación creativa alguna. Y es lo que guía a algunos narradores jóvenes…
JUAN LISCANO, Panorama de la literatura venezolana actual (1984)
Como si al hablar de la ciudad, aún en clave experimental, no sea otra forma de costumbrismo.
HARRY ALMELA, «Enderezar la modernidad» (2005)
1. A COMIENZOS DE LOS AÑOS OCHENTA, al revisar su Panorama de la literatura venezolana actual (1973, 1984), Juan Liscano entreveró factores tecnológicos, económicos y existenciales que atentaban contra la función intelectual en un mundo de polarizados totalitarismos, herederos en mucho de la Guerra Fría que estaba por finalizar:
La descomposición cumplida en forma inexorable al parecer, y unida al crecimiento agobiante de la natalidad y de las ciudades ya apoplegéticas, el acondicionamiento creado en forma creciente por la tecnología puesta al servicio del consumo y apoyada en el tecnomercado, desvían la formación de los existentes, desde su más tierna edad, hacia el interés por la artificialidad y la valoración de las cosas, más que del espíritu. La evolución material se produce a costa de la conciencia. El objetivo secreto y hasta involuntario, tanto del capitalismo como del totalitarismo, es el de convertir al individuo en hombre-masa apto para consumir los bienes producidos o las consignas expuestas…[1]
El dictamen de Liscano se avalaba no solo por haber sido uno de nuestros más representativos críticos literarios, sino también por fungir como uno de los últimos humanistas del siglo XX venezolano. No olvidemos que, junto a su congénere Arturo Uslar Pietri, don Juan era uno de los argos de la intelectualidad nacional, lo que le haría ser considerado «notable» en la crisis política de la Venezuela finisecular.[2] Sin embargo, al tomarlo para abrir esta reflexión introductoria del cuarto libro de la investigación sobre la ciudad en el imaginario venezolano,[3] conviene advertir en la posición de Liscano –marcada por antinomias propias de su generación, como capitalismo y totalitarismo– un recurrente pesimismo sobre la sociedad de masas y el crecimiento desmesurado de las ciudades. También el resabio ante a la omniprescencia tecnológica y consumista en la civilización occidental, liderada por Estados Unidos desde la segunda posguerra.[4]
Resonaba en Liscano algo del arielismo de los humanistas venezolanos de las generaciones del 18 y 28, si se nos permite retomar estos años sin connotaciones políticas contra el gomecismo, como ocurriera de hecho en el caso de don Juan. Algunos de sus miembros, como Mariano Picón Salas, habían escuchado los ecos de Darío y Rodó, de Manuel Ugarte y Francisco García Calderón, lo que de jóvenes les sublevó ante al supuesto materialismo anglosajón.[5] Pero la Segunda Guerra Mundial los haría capitular ante el portento estadounidense, tal como reconocería el mismo don Mariano en sus visitas a ciudades y universidades norteamericanas en los años de la Buena Vecindad. También se habían opuesto algunos de aquellos humanistas a la penetración del consumismo y la sociedad de masas, sobre todo en la insensata bonanza de la Venezuela petrolera, tal como hiciera Mario Briceño Iragorry en Mensaje sin destino (1951).[6]
Eran cuestiones que parecían superadas entre la intelectualidad venezolana del último cuarto del siglo XX, como ya veremos, de manera que podemos atribuirlas al pesimismo generacional de Liscano, inaudible ya, como él mismo sabía, en un país de escritores crecidos en ciudades grandes, aunque no fueran grandes ciudades. Una Venezuela de aparente estabilidad económica y política, respetada en una Latinoamérica sintonizada con los avances del fin de siglo, aunque fuera un continente todavía subdesarrollado. Pero allende los supuestos atributos de su generación que no eran exigibles a las siguientes, como el argos seguramente reconocía en su fuero interno, había un aspecto vigente de aquella crítica formulada en la segunda edición de su Panorama…, reconfirmado por don Juan en 1999. Se trataba del «nihilismo como negación de todo», el cual formaba parte «del alma juvenil actual», llevando a las nuevas generaciones a desconocer a escritores consagrados; era una postura diferente de la suya, por ejemplo, al asumir la dirección del Papel Literario de El Nacional en 1943, cuando abrió sus páginas «a los jóvenes de entonces y a los mayores de entonces».[7]
2. Junto a los resabios sobre el olvidado humanismo y el creciente nihilismo entre los escritores venezolanos del fin de siglo, los cuales podrían pensarse más asociados con el ensayo, también en el dominio narrativo había una posición literaria diferente, la cual contraponía Liscano en términos generacionales y culturales. Como llevando al terreno de la ficción su tesis sobre el humanismo eclipsado del intelectual secular, al comentar con admiración la obra narrativa de grandes nombres de los años setenta y ochenta, como Ednodio Quintero, José Balza y Luis Barrera Linares, entre otros, resintió empero el autor de Panorama de la literatura venezolana actual:
A diferencia de mi generación y de las que le precedieron, carentes de verdadera formación profesional literaria, las actuales dominan técnica, métodos críticos, lecturas, procedimientos, estilos, lenguajes pero carecen, casi siempre, de un cuerpo de ideas que otorgue a la obra un sentido metaliterario. Son dueños de la técnica, pero no de las ideas monumentales de los narradores del siglo XIX, desde Tolstoi y Dostoievski, Balzac y Flaubert, Dickens y Kipling, hasta Melville, Henri [sic] James, Conrad, Thomas Mann, Hermann Hesse, André Malraux, D. H. Lawrence, Kafka, Aldous Huxley…[8]
Es discutible esa falta de sentido metaliterario, como la llamara don Juan, en los casos de académicos arriba mencionados, como Balza, Barrera y Quintero, cuyas obras ensayísticas y fictivas demuestran su familiaridad con esos clásicos universales; no solo en el caso de Balza, con estudios sobre Proust y otros autores trabajados a lo largo de su carrera docente, sino también en el de Quintero, quien no obstante venir de la ingeniería, ha enseñado literatura y reconocido influencias diversas en su propia obra, desde Hesse y Cortázar en la etapa juvenil, hasta Flaubert y los japoneses en la madurez.[9] A pesar de ello, creo que resulta válida la actualización planteada por Liscano en lo concerniente a la relación entre generalismo y especialización del narrador, la cual ya ha sido abordada en libros anteriores de esta investigación a propósito del ensayo.[10] Ese manejo profesional de las técnicas narrativas por parte del novelista, debido a su propia formación académica y crítica, va a ser uno de los rasgos del corpus de obras a revisar en este cuarto libro de la investigación; algunas de ellas han sido escritas por especialistas en literatura, haciendo que éstos puedan aparecer aquí referidos en la doble condición de novelista y crítico.
3. Otra cuestión que pudiera aducirse como parte de una característica generacional es el modo de entender el tema urbano en tanto algo diferenciado de la realidad natural del escritor. Sabemos que la «temática urbana» no le interesaba a don Juan, a diferencia de «la agrarista tradicional o bien la fantástica», tal como confesaría él mismo al comentar la obra de Alberto Jiménez Ure, cuentista novel del fin de siglo.[11] Pero más que ese desinterés propio de un hombre nacido en la todavía rural Venezuela gomecista, quien había dedicado buena parte de su obra ensayística a la cultura popular y la relación con la tierra, resulta significativa su crítica a lo que él llamara el «costumbrismo urbano» de la generación posterior a Los pequeños seres (1959).
Negar el costumbrismo decimonónico y la narrativa agraria para caer en un costumbrismo urbano (el barrio, el malandro, la clase media empobrecida, la jerga, etc.) no significa superación creativa alguna. Y es lo que guía a algunos narradores jóvenes. Por supuesto no cabe incluir la creación de Salvador Garmendia en esta observación, porque su obra aunque se afinque en la realidad popular del barrio, contiene elementos trascendentales de penetración en las conductas humanas alienadas, distorsionadas por el envolvente y exasperante ambiente urbano de los pequeños seres. De todos modos, hay un riesgo en querer ser demasiado fiel al tema de la vida en los barrios de la ciudad.[12]
Sin embargo, la del costumbrismo urbano no ha sido cuestión planteada tan solo por un autor con la perspectiva generacional de Liscano, sino también por críticos más jóvenes como Julio Ortega. Justamente en conferencia dictada en Caracas en 1993 sobre las voces de la ciudad posmoderna, el profesor peruano advirtió que «el registro de esas voces pasa todavía por un anacronismo bastante empobrecedor: el costumbrismo, el criollismo, el pintoresquismo literario»; ello ha llevado a escritores jóvenes a creer que «dar cuenta de la intimidad urbana es reproducir esas voces desde el paradigma costumbista, esto es, desde una reproducción que se quiere fiel pero que es estereotípica, que pretende ser astuta y humorística pero que es denigratoria y empobrecedora».[13]
Actuando como crítico literario, además de poeta, Harry Almela también cuestionó la asociación establecida por la narrativa venezolana entre modernidad, experimentalidad formal y ciudad a partir de la novelística de Guillermo Meneses, con la cual se habría pretendido contraponer y superar el regionalismo a lo Rómulo Gallegos:
La pasión que despierta El falso cuaderno viene de allí, de su capacidad de convertirse en texto que reflexiona sobre la escritura, creando con su entretejido experimental y autorreferencial una cáscara de cierto espesor que protege al texto de la realidad y de la vida misma. Al fin, la narrativa venezolana abandona su pasión costumbrista y criollista, acercándose a los prestigios de la narrativa occidental y contemporánea. Como si el costumbrismo y el criollismo sean propiedad exclusiva de la falsa contradicción campo/ ciudad. Como si al [sic] hablar de la ciudad, aún en clave experimental, no sea otra forma de costumbrismo.[14]
Almela cuestionó así las categorías de costumbrismo y criollismo, que remiten a la dicotomía entre campo y ciudad todavía presente en los estudios culturales de mediados del siglo XX, pero desdibujada ya en el medio venezolano de fin de siglo, así como en el dominio conceptual y teórico del urbanismo.[15] Si bien este planteamiento demanda, desde la perspectiva sociológica y geográfica, referencias que esperamos ir desarrollando a lo largo de este libro, es relevante desde ahora el cuestionamiento de Almela a esa «ciudad letrada moderna» que «supo rematar su tarea, imponiendo un canon estético que dura hasta los ochenta en la poesía y hasta los noventa en la narrativa».[16]
Más que por haber sufrido ese costumbrismo urbano un agotamiento temático y lingüístico, como advirtiera Ortega, creo que una de las particularidades narrativas del fin de siglo estriba en que, sobre todo para generaciones venezolanas posteriores a 1958, lo urbano no era un tema entre otros, sino una irrenunciable condición o talante del escritor, como se desprende del planteamiento de Almela. Es un talante ensayístico o narrativo –para recordar los dos géneros entrecruzados en esta investigación– correspondiente con una concepción de la ciudad en tanto mundo existencial; ello sobre todo en un país que, con 83 por ciento de población urbana para 1981, completó su ciclo de urbanización demográfica en menos de cincuenta años.[17] Esa urbanización atropellada pero irreversible, con mucho del campamento petrolero que la hizo cundir, está en la base de las deformidades que autores como Uslar y Liscano, seguidos de otros más jóvenes, continuarían endilgando a las metrópolis venezolanas, tal como veremos más adelante. Por todo ello, más que por agotamiento del ciclo temático iniciado con la novela seminal de Garmendia, es en el sentido existencial del escritor de la Venezuela urbanizada, aunque fuera a empellones, como debemos ahora revisar ese supuesto fin del costumbrismo urbano.
Hacia la calle vamos
Venimos de la noche y hacia la calle vamos…
Manifiesto Grupo Tráfico (1981)
El otro aspecto que nos identificaba, que tampoco hallábamos claramente expresado en nuestra literatura, era el hecho de que habíamos crecido en un país civil, que tejía la red de un sistema bipartidista, en el que los militares eran una suerte de episodio de otros tiempos, que creíamos que nunca volverían…
RAFAEL ARRÁIZ LUCCA, Discurso de incorporación como Individuo de Número (2005)
4. A DIFERENCIA DE LOS GRUPOS VANGUARDISTAS DE 1958 –para quienes la ciudad fue ora escenario reciente de una renovadora postura democrática tras la dictadura, ora laboratorio contracultural ante el aburguesado establecimiento intelectual– la metrópoli venezolana fue dejando de ser novedoso tema de costumbrismo urbano para las generaciones de los setenta y ochenta. Crecidas en el país urbanizado y la democracia erosionada, esas generaciones asumieron una postura más natural frente al consumado hecho metropolitano, mientras construyeron su obra sobre la institucionalidad cultural del Estado venezolano, donde había seguido cambiando la relación entre generalismo y especialismo.[18]
En efecto, las décadas de los setenta y ochenta presenciaron giros de la relación entre intelectualidad y especialización, masificación urbana y establecimiento político en Venezuela. La creación del Ministerio de la Cultura en 1979, si bien fortaleció la difusión a través de cerca de 2.500 instituciones censadas como tales dos años más tarde, no llegaría a profundizar la buscada promoción y animación culturales entre las masas, multiplicando al mismo tiempo las competencias burocráticas en las postrimerías de la Gran Venezuela.[19] Sin embargo, se logró en aquellas décadas resquebrajar la tradicional alianza entre poder y escritura, que para José Balza había condicionado buena parte de la temprana producción intelectual en la Venezuela de Puntofijo: ya no se necesitaba «ser exiliado o guerrillero, diputado o periodista», así como tampoco dar «prioridad al exclusivo tema de la injusticia social», para ser considerado intelectual serio y respetable.[20]
Tal despolitización estaría acompañada por una renovación de los cuadros y experimentos literarios, aunque no tuviera gran impacto popular sino más bien grupal. Sobre todo desde la creación del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) en 1974, fueron significativos los talleres impartidos desde universidades e instituciones públicas y privadas, siguiendo un modelo importado desde México por Domingo Miliani. Con frecuencia conducidos por creadores como Juan Calzadilla y Antonia Palacios, manifestándose en revistas como La Gaveta Ilustrada y Hojas de Calicanto, respectivamente, los talleres conformaron un nuevo mapa cultural donde destacaba la ciudad como paisaje, tal como epitomaran los grupos Tráfico y Guaire.[21]
5. Como una de las voces más resonantes de aquel Guaire de los tempranos ochenta, Rafael Arráiz Lucca ofrecería más de veinte años después, en ocasión de su incorporación como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, un testimonio del contexto y las búsquedas literarias de su grupo, que eran en mucho las de la generación del país urbanizado:
Los que integramos Guaire nacimos en Caracas en los últimos años de la década de los cincuenta o los primeros de la década de los sesenta. Ninguno había tenido la experiencia de la vida en el campo, ni había tenido el periplo que trazaron muchos de nuestros padres, quiero decir, el desplazamiento de un pequeño pueblo del interior a la metrópolis. Todos habíamos crecido en Caracas y, salvo Armando Coll, ninguno había vivido aún, fuera de la capital. Nelson Rivera, Luis Pérez Oramas, Leonardo Padrón, Alberto Barrera Tyszka, Javier Lasarte y quien esto escribe, éramos muchachos urbanos, pues, que no entendíamos bien cómo era aquello de que la ciudad era solo un infierno, cuando ese «infierno» había sido, también, nuestro paraíso. Nos buscábamos en nuestra literatura y, salvo excepciones, no nos hallábamos ni interpretados, ni retratados en aquellas lecturas desoladoras de la ciudad en donde habíamos crecido.[22]
Mediante una producción sobre todo poética –género al que se refiere principalmente la visión negativa denunciada por Arráiz– Tráfico y Guaire acentuaron y diversificaron, entre 1981 y 1983, los motivos citadinos y metropolitanos de una generación que, repetimos, había nacido y crecido en el país urbanizado demográficamente. Provenientes del taller Calicanto, al primero pertenecieron Armando Rojas Guardia, Miguel Márquez, Yolanda Pantin, Alberto Márquez, Igor Barreto y Rafael Castillo Zapata; al segundo, un grupo de jóvenes muy vinculados a la Universidad Católica Andrés Bello, identificados ya por Arráiz Lucca, los cuales funcionaron también como taller.[23] Partiendo de los famosos versos de Vicente Gerbasi en Mi padre el inmigrante (1945) –«Venimos de la noche, y hacia la noche vamos»– Tráfico proclamó su cuño urbano no solo a tráves de su nombre, sino también del segundo verso actualizado: «Venimos de la noche y hacia la calle vamos», convirtiéndose en su lema, prédica en buena medida de otros grupos de los ochenta.[24]
Aunque quizás en aquel momento no lo conceptuaran tanto como su desazón ante la sombría visión literaria de la ciudad venezolana, otro factor unificador de aquella generación –la cual habría de ser tildada de «boba» por su inconsciencia frente a las tormentas políticas en ciernes– era la asunción de haber crecido en una Venezuela democrática y estable, tanto política como económicamente. Empero, el país estaba en vísperas del Viernes Negro de 1983, cuando el bolívar perdería su libre convertibilidad frente al dólar, después de haber permanecido por dorados lustros en torno a 4,30. Fue ese el primer sacudón de una serie que, seguidos por el Caracazo de 1989, los golpes fallidos del 92 y la Revolución bolivariana iniciada con el siglo XXI, trastocarían aquel país de apariencia estable, donde germinaran Tráfico y Guaire. Por ello, mirando en retrospectiva a esa noche del verso de Gerbasi conjurada por ambos grupos a comienzos de aquella década crucial, Sainz Borgo ha señalado que «se alzaron desde la literatura sin considerar, quizá, el peso de la metáfora que invocaban».[25] Y el mismo Arráiz Lucca reconocería, en el ya referido discurso ante la Academia, las sorpresas que para su generación vendrían con esa noche conjurada, poniendo en perspectiva los vertiginosos cambios políticos definidores de este cuarto libro:
El otro aspecto que nos identificaba, que tampoco hallábamos claramente expresado en nuestra literatura, era el hecho de que habíamos crecido en un país civil, que tejía la red de un sistema bipartidista, en el que los militares eran una suerte de episodio de otros tiempos, que creíamos que nunca volverían. Ustedes comprenderán, pues, que nuestras vidas han estado signadas por las sorpresas.[26]
6. Después de la figuración inicial de los grupos, la producción de algunos de ellos se desarrollaría ya no solo a través del imaginario poético o narrativo, sino también de la especializada crítica literaria y cultural en centros intelectuales donde laborarían sus otrora miembros. En éstos emergerían nuevas voces del ensayo y la narrativa que recrearon procesos sociales varios, como en los casos de Miguel Gomes y Gustavo Guerrero, con especial referencia a lo urbano en Arráiz Lucca, Antonio López Ortega, Silda Cordoliani y Stefania Mosca, entre otros. Continuó acentuándose mientras tanto la tendencia al especialismo proveniente de décadas anteriores, según la cual el humanista fue desapareciendo, para dar lugar a expertos de una literatura profesional, la cual perdió con frecuencia su resonancia ensayística.[27]
Efectivamente, desde los sesenta se había producido una especialización técnica de la literatura urbana, consecuencia en parte de la profesionalización de los estudios urbanísticos en Venezuela desde los años cincuenta. Perdida en ese especialismo la visión integradora sobre la ciudad y la urbanización, en su relación original con la cultura y la civilización, al buscar una voz más reflexiva sobre el tema, se apelaba a intelectuales nacionales cuando dispensaban alguna entrevista o ensayo ocasional, como ocurría con Uslar, Liscano e Isaac J. Pardo.[28] Los famosos «pizarrones» y demás colaboraciones de don Arturo en el diario El Nacional y otros medios divulgativos fueron completados, desde los setenta, por crónicas de quienes escenificaban sus imaginarios en la Caracas mutante, como ocurría con Elisa Lerner, Luis Beltrán Guerrero, Igor Delgado Senior y José Ignacio Cabrujas. Se puede predicar de estos autores diversos lo que Milagros Socorro señalara –ensayista ella también a través de su periodismo– a propósito de la Sádica Elisa: «es confesa la actitud creativa del cronista al echar mano de unos materiales de lo real que ha observado, pero también ensoñado, imaginado, ficcionalizado, sin otra intención que la de hacer coincidir en algún punto su propia percepción con la del colectivo».[29]
Se produjo, empero, desde finales de los años ochenta, una recuperación del abordaje ensayístico por especialistas provenientes de diferentes campos, señaladamente desde la filosofía y la estética, entre quienes se contaron Juan Nuño y María Elena Ramos. Fueron surgiendo, al mismo tiempo, profesionales de la arquitectura y el urbanismo, quienes sobre todo a través de la crítica en prensa, trataron de rescatar el talante ensayístico y humanístico para la ciudad, desde William Niño y Federico Vegas a Marco Negrón y Tulio Hernández.[30] En diferentes grados y desde distintos puntos de vista generacionales e ideológicos, esos autores comparten la tesitura reflexiva que, no obstante el prevaleciente especialismo advertido desde el tercer libro de esta investigación, interesa mantener en tanto clave del conjunto de textos a ser revisado aquí.[31]
7. A la par de aquellos grupos emblemáticos y de los novelistas consolidados ya para la década de 1970 –Salvador Garmendia, Adriano González León, José Balza, Antonieta Madrid, Eduardo Liendo, Carlos Noguera, Renato Rodríguez–, entre los narradores que asumieron «la urbe como escenario y clima intelectual del relato» destacarían Victoria de Stefano, Humberto Mata, Antonio López Ortega, Ángel Gustavo Infante y Gabriel Jiménez Emán.[32] A partir de lo señalado por Barrera Linares a propósito de la aparente internacionalización de tramas y personajes en la narrativa de los ochenta y noventa, surge como cuestión a revisar en ese corpus novelístico que la urbanización del imaginario, sobre todo en la más joven generación finisecular, no se reduzca –casi un siglo después de la evasión modernista, más que comprensible en su momento histórico y estético, pero obviamente superada– a «poner a los personajes a moverse en espacios de ciudades extranjeras, haciéndolos emprender viajes a Europa o a otros países, cuando no acudiendo a temáticas que rayan en la más transgresora de las banalizaciones».[33]
Como rasgos metodológicos y temáticos de la narrativa venezolana finisecular, el mismo Barrera Linares ha señalado que, después de lo urbano emerger con fuerza en los sesenta y setenta, los ochenta llevaron a muchos narradores «a escribir para y por la academia», mientras que en los noventa se pretendió una renovación con tópicos supuestamente inusitados, como «lo sexual, lo político, lo cotidiano, lo familiar, lo fantástico o lo terrorífico, más allá de lo telúrico, lo urbano y lo popular».[34] Ese academicismo está emparentado con el afán de virtuosismo técnico señalado por Liscano, precisamente a propósito del profesionalismo de Barrera Linares, el cual puede ser predicado de otros autores del fin de siglo; la narrativa de éstos revelaba, para el autor de Panorama de la literatura venezolana actual, «un dominio de procedimientos envidiable, pero cierta falta de centramiento ontológico muy propio de nuestra época finisecular y dislocadora».[35]
Todavía en el dominio temático, retomando el señalamiento hecho al comienzo sobre el relativo agotamiento del costumbrismo urbano, es necesario plantearse para el corpus narrativo de este último libro cómo la ciudad y la urbanización, menos novedosas ya para los narradores más jóvenes, van a entreverarse, por así decir, con otros temas y motivos de la agenda narrativa del fin de siglo venezolano. En este sentido cabe primeramente mencionar que «lo popular y lo urbano», a lo que se podría añadir los motivos de la tropicalidad y la noche, han sido desarrollados por Igor Delgado Senior, José Napoleón Oropeza, Eduardo Liendo y el mismo Barrera dentro del formato del cuento, por lo que no serán incorporados dentro del espectro de la investigación, al igual que en libros anteriores.[36] Al mismo tiempo, el tema de la marginalidad urbana y de los pequeños seres, llevado a una cima por Salvador Garmendia en la generación de 1958, es continuado en esta fase por narradores como Ángel Gustavo Infante en los ochenta, para después ser actualizado narrativamente por Israel Centeno y José Roberto Duque, según la genealogía establecida por el mismo Barrera Linares.[37]
8. Las obras panorámicas sobre la literatura venezolana manifiestan a veces, como señaló Oscar Rodríguez Ortiz, una visión sombría al referirse a la producción de los noventa: «el presente no sirve para nada y el futuro es como una improbabilidad. Se da por sentado que no merecen el esfuerzo del estudio, acaso se las piensa transitorias y todo el mundo ha comenzado a ocuparse más bien del pasado».[38] Sin embargo, dista esta de ser la posición de la presente investigación, cuyo cuarto libro aquí ofrecemos: abarca un período coincidente, grosso modo, con las décadas de los ochenta y noventa, cuando se produjo una ingente literatura, que más que versar sobre, se cruzó con la ciudad y la urbanización, los cuales siguen siendo, valga recordar, hilos conductores de esta pesquisa.[39] Sin embargo, debe considerarse que, tal como ya ha sido advertido, estos hilos no son ahora motivos temáticos de un costumbrismo urbano agotado, para volver a utilizar la expresión de Liscano comentada en esta introducción; son más bien elementos constitutivos de un contexto demográfico, territorial y espacial, así como de un talante compartido existencialmente por casi todos los escritores a ser trabajados.
Quizás por esa interiorización de la ciudad y la urbanización, a propósito de la novelística de los años noventa, particularmente en las obras de Ana Teresa Torres, Eduardo Liendo y Carlos Noguera, ha sido señalado que la presencia de la ciudad no se manifiesta necesariamente a través de un referente reconocible y comprobable, sino más bien mediante la memoria individual, colectiva e histórica, las cuales se entretejen en una ciudad que la escritura inventa y reescribe todo el tiempo. Anclada así en el recuerdo, la ciudad de esa narrativa memoriosa posee apenas una ubicación física desde donde parte, un espacio significativo solo para el sujeto enunciativo, pues el narrador representa a una ciudad del recuerdo.[40]
Aunque solo sea así mediante el recuerdo y el talante del sujeto novelesco, y a pesar de que el protagonismo de los grupos de los ochenta ha sido cuestionado por narradores de los noventa como Torres, esa fijación con lo urbano pareciera confirmar para Barrera Linares que «el compromiso con la calle» inaugurado por Tráfico no es, «para el inicio de un nuevo siglo, un asunto de la poesía, sino de la narrativa».[41]
Sobre este cuarto libro
Dentro de 50 años, la literatura de Venezuela va a ser uno de los mapas alternativos del conocimiento del país que somos hoy; porque aun cuando la literatura no aborde en forma directa alguna situación colectiva de la nación, ésta se encuentra siempre presente en lo que escribimos.
VICTORIA DE STEFANO a Milagros Socorro, «Victoria de Stefano. ‘Me he ganado el derecho a escribir’» (2006)
9. SIGUIENDO CON EL PROCEDIMIENTO y la ordenación de los libros anteriores de esta investigación, se trata en esta cuarta parte, básicamente, de distinguir y articular los principales momentos de una muestra del imaginario ensayístico y novelesco de autores venezolanos en el último cuarto del siglo XX. En un sentido casi estadístico, es una muestra discreta, acaso rala en algunos episodios, aunque no deja de ser representativa, a mi juicio, de un corpus literario inabarcable, por hacerse crecientemente urbano. Al mismo tiempo, conviene advertir que la sucesión de imágenes puede remitir a procesos y cambios de etapas antecedentes, por lo que tales momentos resultan refractarios del pasado. En este sentido puede observarse solapamiento con temas y autores de libros anteriores, a la vez que algunas de las obras e imágenes de este último volumen remitirán con frecuencia a episodios de los tres primeros, sobre todo del anterior, lo cual responde también a un deseo de articular y poner la obra en perspectiva con ella misma.[42]
En vista del inabarcable material cuyo imaginario remite, para este último período, a una realidad venezolana demográficamente urbanizada, solo serán consideradas en tanto fuentes primarias, en principio, obras publicadas hasta alrededor del año 2000; asumido el corpus en tanto muestra, se justifica la aparente arbitrariedad del corte temporal, del cual se harán algunas excepciones a ser explicadas en cada caso.[43] A esa limitación de fecha editorial, por así decir, se suma, en lo concerniente a la narrativa, la exclusión del relato breve, como en los libros anteriores, por lo que mucha producción cuentística considerada como urbana –desde la de Federico Vegas hasta la de Karl Krispin, pasando por José Luis Palacios– no será incluida en esta investigación, referida principalmente a la novelística; ello no excluye, empero, la consideración de crónicas o ensayos tocantes a la ciudad, como de hecho ocurre con Vegas. Si bien hay casos limítrofes por sus textos transgenéricos, como Antonio López Ortega; o de cuentistas como Ángel Gustavo Infante, referente en el tratamiento de la marginalidad, de los narradores serán incluidos formatos novelescos, como el muy conocido caso de La danza del jaguar (1991), de Ednodio Quintero, en los que finalmente nos interesa, más allá de consideraciones sobre género o extensión, indagar las pistas urbanas o rurales presentes en la narrativa.[44]
El criterio temporal puede extenderse un poco en lo atinente al ensayo, donde el seguimiento de algunas tesis de los autores requiere en ocasiones ser completado con material más reciente, el cual es con frecuencia tomado de prensa y a veces de Internet. En este sentido, aunque su aserto se vería cuestionado por la preponderancia de Internet y las redes sociales en el siglo XXI, no es casual que Luis Britto García afirmara, a propósito del lanzamiento de su libro Todo el mundo es Venezuela (1998), que «el periódico es el libro de hoy en día. El periódico es un libro que sale cada 24 horas».[45] La profusión ensayística de la prensa se justifica especialmente en períodos de intensos cambios políticos y sociales, lo que ha llevado a Atanasio Alegre a calificar lo vivido en Venezuela desde el Viernes Negro de 1983 hasta la emergencia del enrojecido país de la Revolución bolivariana como ages of extremes.[46] Y si bien el tema político ha tendido a capitalizar esa producción ensayística reciente, una investigación como esta debe estar atenta a filtrar esa agenda, por así decir, y ponerla en relación con sus referentes urbanos e imaginarios.
10. Si bien las pesquisas de la relación entre ficción y realidad siguen siendo las mismas en este libro, tanto como en los anteriores, quizás se acentúe, en vista de los intensos procesos políticos de la sociedad venezolana en el fin de siglo, la búsqueda del ineludible sustrato que éstos reclaman ante la proverbial inmanencia del escritor, incluyendo al de ficción. En este sentido, en entrevista con Milagros Socorro –quien contrastaba «el protagonismo de las masas o de lo colectivo» con la supuesta subjetividad reivindicada por la novelista venezolana– creo que bien lo resumió Victoria de Stefano a propósito de los «mapas alternativos» que la literatura en producción en el país terminará ofreciendo, en el largo plazo, de cara a comprender el proceso histórico.
Dentro de 50 años, la literatura de Venezuela va a ser uno de los mapas alternativos del conocimiento del país que somos hoy; porque aun cuando la literatura no aborde en forma directa alguna situación colectiva de la nación, ésta se encuentra siempre presente en lo que escribimos (…) Todo lo que se escribe tiene un texto debajo del texto, una masa oscura no develada.[47]
Además de esa tensión entre literatura y realidad, en lo concerniente a la relación del ensayo con la novela, al igual que ocurría ya en el tercer libro de esta investigación, se acentúa el desdibujamiento de las fronteras entre narrativa, ensayo y saber especializado. Ello puede verse en el capítulo «Entre cultura y desmemoria», donde reaparecen cuestiones asomadas en partes anteriores de esta investigación por eruditos nacionales –Guerrero, Uslar, Liscano, Pardo– no solo a propósito de Venezuela sino también de Latinoamérica.[48] Creo que esta agenda es representativa de esa «reflexión generalista y cosmopolita» que, al decir de Miguel Ángel Campos, ha sido estigmatizada como «exotismo y extravío», en medio de una ensayística de preponderante alcance nacional.[49]
Pecando de un localismo preocupante, esta última tendencia asoma no solo a propósito de los vertigionosos cambios políticos, sino también en cuestiones centrales a la ciudad venezolana del fin de siglo, como han sido la segregación y la violencia urbanas. En este sentido, en su introducción a Ciudadanías del miedo (2000), Susana Rotker señaló que las crónicas pueden entenderse como «primeras formas de elaboración, dado que los estudios especializados (sociológicos, criminológicos, antropológicos, culturales) sobre la violencia suelen quedar por lo general y lamentablemente, relegados al campo de los especialistas, sin lograr abrir la brecha de los campos profesionales y discursivos».[50] Al mismo tiempo, la configuración de imaginarios urbanos relacionados con la violencia y la criminalidad urbanas suele reflejar la visión de los medios, apoyada a su vez en encuestas y otras formas de opinión; por todo ello podemos concluir con Rotker: «El saber ‘racional’ sobre la violencia está naciendo en parte, si se lo ve de esta manera, de los relatos, de la subjetividad».[51] Si bien este corpus cronístico es en buena medida producido desde los medios de comunicación, principalmente la televisión hasta los años noventa, recordemos que, tal como fue advertido para el tercer libro, esta investigación no puede, lamentablemente, considerar sistemáticamente la telenovela y otras formas propias de aquélla, aunque se seguirá atento a cómo ellas son espejadas en el imaginario literario sobre la ciudad y la urbanización.[52]
11. El fracaso de la Gran Venezuela y la corrupción del país saudita en el paso de los setenta hacia los ochenta –prefigurado el 18 de febrero de 1983, después conocido como Viernes Negro– son las coordenadas históricas que abren el inquietante imaginario del primer capítulo. Éste se inicia con un ensayo de Rafael Caldera, pero pronto da paso a la novela, con autores de la generación de 1958. Aunque en parte retrata procesos de las décadas previas, como la inmigración descontrolada conducente a la marginalidad y al subempleo, a la improductividad y burocratización de los aparatos estatales, así como al consumismo y al envite de la sociedad nueva rica, todos estos males son ahora más reconocibles en varios de los novelistas de este capítulo: José León Tapia, Luis Britto García, Carlos Noguera, Victoria de Stefano, José Balza, Eduardo Liendo y Ana Teresa Torres; las novelas en palimpsesto de esta última tornan su imaginario imprescindible desde este primera parte, si bien su obra apareció en los años noventa.
La comedia humana que transita la muestra narrativa de la primera parte va a ser completada en la segunda con el ensayo y la crónica que registran los irreversibles desequilibrios de la urbanización nuestra, sobre todo en lo atinente al desbalance entre cultura, civilización y memoria. Esa revisión, principalmente ensayística pero con incisos en narrativa, comienza por la inserción de América Latina dentro de la civilización occidental, según una reiterada pregunta que se formularan desde Rafael Caldera hasta Arturo Uslar, para continuar con la cuestión del arraigo de la cultura en la tierra, siguiendo un planteamiento tradicionalista de Juan Liscano, pero comparado aquí con las posiciones de Ángel Rosenblat y José Balza.[53] Aparecen necesariamente diferentes discursos denunciantes de la inflación urbana de Venezuela y de Caracas en tanto su escenario más dramático y babélico: desde los cuestionamientos de Luis Beltrán Guerrero e Isaac J. Pardo, a través del contraste con procesos civilizadores y pensamientos utópicos de otros períodos y contextos históricos; hasta la invectiva de Liscano y Uslar sobre la incultura, la pobreza y el deterioro ambiental. Las crónicas de Elisa Lerner, Igor Delgado Senior y José Ignacio Cabrujas, en tanto pequeña muestra, son revisadas también para obtener respuestas alternativas de generaciones que, si bien más abiertas a los cambios dislocantes, no dejaron de satirizar y caricaturizar la descomposición de la Venezuela saudita y sus malestares capitalinos.
12. Tal como ha ocurrido en libros anteriores, se hace necesario distinguir en éste una parte donde el imaginario urbano venezolano sigue, por un lado, los itinerarios de los viajes y las migraciones internacionales, remontándose, por otro lado, a ciudades y comarcas del interior. Tratándose ya de un país urbanizado demográficamente, esta provincia venezolana, además de seguir asomando en el imaginario de la urbe, generalmente en planos pretéritos, refleja ahora los embates de esa urbanización atropellada en diferentes ámbitos territoriales, sociales y culturales. De manera que se intenta integrar en esta parte, esperemos que con éxito, el imaginario ensayístico de inmigrantes y viajes, desde Lerner y Alicia Freilich con judíos y Torres con españoles e italianos; seguidos por González León con su periplo europeo registrado en crónica; atravesando una muestra de la migración y la mudanza que, cargada de pasado histórico y provinciano, resuena en algunas novelas de José León Tapia; hasta desembocar en narradores como Carlos Noguera, López Ortega y Antonieta Madrid, algunos de cuyos personajes reportan esa contrastante migración vivida por sus autores, desde apagadas ciudades del interior venezolano, hasta el Londres o el París de las vacaciones o los estudios de posgrado.
Tales migraciones nos asoman al imaginario rural y provinciano que, si bien quizás en menor medida que en libros anteriores de esta investigación, seguirá siendo en éste sustrato tanto de la reflexión ensayística como de episodios novelados. Ese sustrato aflora en nociones como las de «geografía portátil», «territorio móvil» y «talante de campamento», utilizadas por Harry Almela al articular el «mapa imaginario» del estado Aragua; así como la de «patria chica» trasuntada en las ciudades trujillanas, derivada por Miguel Ángel Campos de Vallenilla Lanz, para contraponerlas a Maracaibo y otras urbes del Estado petrolero y dispensador.[54]
Destaca en esta parte el imaginario rural andino, tramontado tempranamente por personajes de Ednodio Quintero y la misma Madrid hacia metrópolis cosmopolitas y posmodernas, aunque experimentando un reiterado retorno a aquella comarca a través de la memoria. De esa familia de personajes puede predicarse, con sus respectivas variaciones, lo que Carlos Pacheco señaló sobre la narrativa ednodiana, en la que se observa una
progresiva construcción y simultánea auto-relativización (…) de un espacio narrativo rural andino característico que se hace consustancial a sus protagonistas y que se manifiesta a través de su reiterado regreso, geográfico y/o imaginario, a la comarca de la infancia. No menos curiosa y significativa es, en efecto, la transición que se va produciendo en la secuencia de sus libros del imaginario plenamente rural y tradicional al urbano y (post)moderno, aunque siempre, de alguna manera, se termina volviendo al origen, porque ese origen forma parte constitutiva de los personajes y del universo quinteriano. Esa comarca nativa, consistente territorio ficcional objeto de variaciones y elaboraciones, sobrevive al acceso de los personajes a espacios urbanos y a la modernidad cosmopolita y globalizada y los hace regresar geográfica y/o imaginariamente a ella.[55]
Finalmente, como postreros ecos de la literatura petrolera, de Luis Britto García a Milagros Mata Gil en narrativa, la oxidada suburbanización de campamentos y periferias tiene ya poco que ver con la provincia todavía colorida que asomaba, a través de planos pretéritos, en novelas de Salvador Garmendia y Adriano González León; menos aún con la idílica provincia de Maricastaña, cargada de magia infantil e idealizada en el ensayo y la novelística de las generaciones del 18 y 28.[56] Si bien cruzan todavía algunas «gentes nómadas y escoteras» de Picón Salas, para quienes la «ruina del pueblo» sigue siendo fuerza expulsora hacia las ciudades grandes del oro negro, se observa que la novelística del petróleo del segundo tercio del siglo XX, por haber sido en parte «subsidiaria del criollismo», como advierte Campos, ha perdido en esta parte «una contemporaneidad de amplia representación».[57] Es por ello que, como se observa en las afueras de la Gran Caracas y otras ciudades grandes de Venezuela –que no grandes ciudades, si se me permite enfatizar la crucial localización del adjetivo– la provincia suburbanizada, con todos los sentidos del prefijo, nos retrotrae a la descompuesta realidad metropolitana, y especialmente capitalina, desde donde se desarrollan las últimas secciones de este cuarto capítulo.
13. Los capítulos finales se inician con las señaladas advertencias, que a partir del Caracazo de 1989, hicieran Uslar, Liscano y otros de los así llamados «Notables» sobre el inminente arribo del cataclismo político y económico, con sus nefastas consecuencias sobre las urbes ya fracturadas irreversiblemente. Al calor de esa descomposición, la reflexión sobre atributos urbanos emergida como respuesta desde diferentes ámbitos intelectuales, de museos y periódicos a fundaciones y universidades, está representada aquí por una muestra de pensadores y arquitectos que desplegaron una ensayística no exenta de imaginario, de María Elena Ramos y Juan Nuño a William Niño y Federico Vegas. Esa muestra ensayística se completa con narradores que cabalgan la crónica y el periodismo –de Milagros Socorro a José Roberto Duque, pasando por Gisela Kozak– quienes registraron avatares de esa metrópoli de los noventa, desde el tráfico hasta la violencia. Y como en libros anteriores de esta pesquisa, se privilegia el escenario capitalino en la reflexión, asumiendo, como lo ha señalado el sociólogo Tulio Hernández, que Caracas ha sido, especialmente para este último ciclo, «una expresión tangible de las grandes patologías venezolanas».[58]
Encabezados por Ana Teresa Torres y Antonieta Madrid, Eduardo Liendo y Carlos Noguera, los novelistas darían diferentes respuestas finiseculares a todo ese proceso, al reconstruir la memoria citadina a través de la urbanización de las parentelas. Destaca en este sentido el caso de Torres, cuya Malena, entre otras voces femeninas de El exilio del tiempo (1990), resuena como un canto de cisne secular frente a la Maricastaña piconiana que abriera el primer libro de esta investigación.[59] También se rastrea esa memoria a través de la intertextualidad y las referencias mediáticas de los narradores arriba mencionados, así como en la crónica de Lerner y Boris Izaguirre; o a través de las diferentes perspectivas de abordaje de la Caracas secular, desde los puntos de mira desde arriba y desde abajo de los personajes, hasta las diferentes posturas generacionales de autores como Silda Cordoliani, Stefania Mosca, Gisela Kozak e Israel Centeno. Todo lo cual, en fin, permite recrear una modernidad atropellada y eventualmente fracasada, como la del proyecto político y económico en que se sustentara.
Cual cierre de ese proyecto trunco, pero a la vez como adelanto de las vicisitudes políticas y sociales que asolarán al país en el siglo XXI –cuyo imaginario no es contemplado en este cuarto libro– el último capítulo vislumbra la Venezuela roja y revolucionaria. Luego de los cambios que permitieron instaurar la Quinta República, se hace un paneo del paisaje capitalino de ruralismo y buhonería, segregación y rojez, expresiones en mucho del clientelismo y resentimiento de la sedicente Revolución bolivariana. Principalmente tomado del ensayo político y la crónica periodística, ese imaginario de la Caracas roja es tan solo un bosquejo, acaso incompleto y distorsionado, de los cambios desatados; éstos están siendo registrados por el ensayo y la novela del siglo XXI, los cuales exceden, lamentablemente, los límites de este cuarto libro.
II MALESTARES CAPITALINOS
Descomposición de la Venezuela saudita
La rigidez que a veces presenta la organización de los partidos, el efecto que cumplen sobre la psicología colectiva los medios de comunicación y los costosos recursos empleados para provocar determinados resultados, debilita la fe en el sistema y lo hace vulnerable a las críticas formuladas por los partidarios de otras maneras de gobernar.
RAFAEL CALDERA, Reflexiones de La Rábida (1976)
1. EN EL MEDIODÍA ANDALUZ DE UNA ESPAÑA que despertaba del franquismo, con ocasión de asistir a un foro organizado por la Universidad Iberoamericana, relevado ya de una presidencia antecedente de la Gran Venezuela en desarrollo, Rafael Caldera retomó, en Reflexiones de La Rábida (1976), una ensayística sociológica cultivada desde sus tempranos años como pionero de la democracia cristiana. Siempre preocupado por la relación entre ciencias sociales y política, pero viendo ahora en perspectiva el discutido nivel de desarrollo del país que había conducido, el expresidente hizo notar que el ingreso nominal no era determinante del estatus social de la familia venezolana, ya que cantidad de beneficios provistos por el Estado –educación básica, media y universitaria; atención médica, hospitalaria y farmacéutica; «vivienda higiénica, gratuita o subsidiada; la que dispone de servicios subsidiados»– alcanzaba un ingreso real y un estatus social muy superior.[60]
El razonamiento era correcto desde el punto de vista económico, aplicable a muchos Estados de bienestar de los países industrializados ya desde la segunda posguerra –desde el temprano modelo de Suecia hasta el más reciente de Japón– donde la madurez del desarrollo, tras el despegue distinguido por Walt Rostow, se había traducido en una modernización y tecnologización de sectores industriales, mientras se diseminaban beneficios sociales allende el incremento en el consumo.[61] Pero estas reflexiones no eran extensibles lamentablemente para el caso de la Venezuela petrolera, «despegada» desde los sesenta pero distante de alcanzar esa «madurez» económica y social; seguía siendo un país subdesarrollado, donde muchos de los supuestos beneficios señalados por Caldera eran atendidos deficitariamente por las agencias estatales, o mediatizados por las maquinarias clientelares de los partidos políticos.[62]
Ya como Presidente se había preocupado por un informe de la Oficina Municipal de Planeamiento Urbano (OMPU), donde se señalaba que Caracas, para comienzos de la década de 1970, exhibía 130 mil ranchos, equivalente al 30 por ciento del total de viviendas capitalinas.[63] Era una cifra alarmante y hasta vergonzosa, especialmente al considerar que el Nuevo Ideal Nacional se jactaba de haber dejado apenas siete mil, según recordara el mismo Pérez Jiménez desde su exilio madrileño.[64] Pero la situación era peor de lo que el entonces Presidente llegó a pensar: frisando incluso las 580 mil unidades en zonas de ranchos definidas en el Plan general urbano de Caracas 1970-1990, elaborado por la misma OMPU –lo que representaba 22 por ciento de la población del Área Metropolitana de Caracas (AMC) para 1966– la magnitud de la vivienda informal confirmaba un déficit habitacional que –para un experto como Leopoldo Martínez Olavarría, director del Banco Obrero– ya para finales del período de Rómulo Betancourt alcanzaba 800 mil viviendas a nivel nacional, según las estimaciones más dramáticas.[65]
Después de convocar al Director de la OMPU, Caldera se alivió pensando que en los así llamados «ranchos» estaban siendo incluidas «muchas viviendas con piso de mosaico, platabanda, varias plantas, diversas habitaciones y todas las comodidades, pero ubicadas en áreas marginales».[66] Era un ejemplo, para el otrora profesor de sociología, de que las ciencias sociales debían hacer más ajustadas y precisas sus definiciones, ya que la diferencia de conceptuaciones implícitas en el criterio «podía conducir a una evaluación sustancialmente diferente del problema y, consecuencialmente, a una programación totalmente distinta».[67] Quizás era también un escamoteo del político hábil frente a una herencia nefasta, engrosada por su propia administración, a pesar de que uno de sus lemas electorales había sido la construcción de «100 mil casas por año».[68] Si bien esta meta fue superada en 1973, devendría legendaria entre las incumplidas promesas políticas en la Venezuela de Puntofijo.
2. Beneficiado en parte por los ofrecimientos incumplidos de Caldera, así como por el fortalecimiento de Acción Democrática (AD) –escindido desde mediados de los sesenta– el delfín de Rómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez (CAP), logró contundente victoria en las elecciones de 1973, ensombrecida empero por el fantasma de la polarización y el bipartidismo que alternaría a adecos y copeyanos hasta finales de los años ochenta.[69] El enérgico candidato había dejado de usar «sus sombríos trajes oscuros de Ministro de Relaciones Interiores» de Betancourt, sustituyéndoles por llamativos fluxes a cuadros con toques de «marginal urbano», según contrapone Luis Britto García con sarcasmo desde la izquierda radical.[70] Excluida del pacto de Puntofijo, ésta no olvidaría el pasado represivo del ministro, dando pábulo al resentimiento contra el líder carismático y controversial de las décadas venideras.
Disponiendo de ingresos de más de 45 millardos de dólares, el primer gobierno de CAP (1974-79) se dio el lujo de crear el Fondo de Inversiones de Venezuela (FIV) –destinado a administrar el excedente de renta producido por los altos precios del crudo desatados por la crisis de 1973–[71], así como de nacionalizar el hierro y el petróleo en enero de 1975 y 1976, respectivamente. Fueron hitos históricos de ese período de frenesí económico y social conocido como la «Gran Venezuela», cuyo manifiesto prospectivo fuera el V Plan de la Nación, concebido desde el Cordiplán de Gumersindo Rodríguez.[72]
Uno de los más espectaculares escenarios regionales de ese proyecto desarrollista fue Guayana, donde se domicilió el holding de empresas básicas agrupadas por la Corporación Venezolana de Guayana (CVG), incluyendo la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), Aluminios del Caroní (Alcasa), Venezolana de Aluminios (Venalum), entre otras. Ellas pasarían a estar bajo el comando de Leopoldo Sucre Figarella, otrora Ministro de Obras Públicas, así como titular de Transporte y Comunicaciones durante los años setenta, designado Presidente y Ministro de Estado de la CVG desde 1984.[73] El así llamado «zar» de Guayana no pudo, sin embargo, recuperar económicamente el consorcio de empresas básicas, como una prefiguración del agotamiento de la Gran Venezuela.
Porque ese Estado corporativo hipertrofió la administración central y descentralizada: si durante la primera década democrática se habían creado, aproximadamente, unas 90 fundaciones, compañías anónimas, asociaciones civiles –incluyendo aluminios Alcasa, Cementos Guayana y la línea aérea Viasa– en los setenta esa cifra pasó a 154 empresas estatales, 28 compañías de economía mixta y 30 institutos autónomos, incluyendo el FIV y Corpoindustria.[74] Con un presupuesto tan acelerado como el paso de CAP el caminante, la Gran Venezuela devino ese descomunal e improductivo «Estado blando», asociado por el economista sueco Gunnar Myrdal, desde la década de 1950, con los desbalances del subdesarrollo y el creciente Tercer Mundo.[75] Después de las nacionalizaciones del hierro y del petróleo, saludadas por Uslar Pietri como señeras oportunidades de enrumbarse hacia el progreso sostenido, la Gran Venezuela trocose en ese leviatán administrativo, que para comienzos de los ochenta, el otrora ministro de Medina Angarita señalaba como una de las patologías de nuestro subdesarrollo: «Un adiposo Estado, sin esqueleto ni músculos, que crece como los protozoarios por adición y segmentación cubriendo un espacio inerte».[76]
Sin importar los intentos por generar industria básica y de capital, la industrialización se concentró en bienes de consumo final, altamente dependientes de ciudades aglutinantes de mercados urbanos, acentuando el proceso de concentración demográfica en el territorio. Al mismo tiempo, más que el aparato productivo, fue el Estado quien terminó jugando rol «determinante a través de la difusión del gasto corriente»; a esa debilidad estructural del ingreso se sumó la distorsión causada por la demanda de bienes y servicios suntuarios de una sociedad crecida como rica sin verdaderamente serlo, lo que llevó, por ejemplo, al incremento desmesurado de importaciones suntuarias y, en siete veces, el consumo directo en el extranjero durante la década de 1970.[77]
3. Al recibir de CAP, en 1979, una «Venezuela hipotecada» por una deuda pública que, según el presidente saliente no llegaba a 74 millardos de bolívares, pero que según el entrante superaba los 110,[78] el gobierno de Luis Herrera Campins (1979-84) se propuso «sincerar la economía» mediante la eliminación de subsidios y liberación de precios, en medio de una inflación rayana en el 20 por ciento.[79] Mientras la productividad laboral declinaba, no se incrementaron las inversiones públicas, siguiendo un relativo enfriamiento de la economía, según una política «monetarista» influida en parte por el libre mercado de los Chicago Boys en Chile. La famosa Venezuela hipotecada denunciada por Herrera no solo no pudo con la deuda externa, sino que ésta más bien aumentó; el fin de la prosperidad de la Gran Venezuela llevó al fatídico Viernes Negro, 18 de febrero de 1983, cuando comenzando el año de celebraciones bicentenarias del natalicio del Libertador, el gobierno hubo de devaluar el bolívar y controlar el cambio para frenar la fuga de capitales.[80] Desde la década de 1960, la libre convertibilidad de la divisa venezolana había permanecido en torno a 4,30 por dólar, suerte de piedra angular de la estabilidad económica, política y hasta psicosocial de la democracia venezolana, inmune en apariencia a las hiperinflaciones y dictaduras de los vecinos latinoamericanos.[81] Pero con 128 millones de bolívares fugados del país entre el 7 de enero y el 4 de febrero de 1983, el Banco Central debió suspender la venta de divisas el viernes 18, por primera vez en décadas, para proceder a devaluar de 4,30 a 6,50, según decreto 1.841 del 22 de febrero. «La decisión tenía no solo implicaciones económicas sino políticas y hasta psicológicas», al decir de Manuel Felipe Sierra: «Una larga estabilidad de la moneda había convertido al bolívar en una suerte de fetiche o referencia mítica».[82]
Junto a la devaluación de la moneda emblemática, después del sonado caso del buque Sierra Nevada que ensombreciera la salida de CAP de la presidencia, continuaron los escándalos de corrupción durante las administraciones de Herrera y Jaime Lusinchi (1984-89). Fueron epitomados por los chanchullos en el control cambiario de Recadi y las intrigas palaciegas de Blanca Ibáñez, secretaria privada de Lusinchi, a pesar de que erradicar la corrupción había sido consigna electoral de ambos presidentes.[83] La descomposición en esta segunda etapa del Estado liberal democrático pareció así conducir a un desengaño y frustración colectivos, agravados por la hipertrofia burocrática: ya para 1980 había 300 entes descentralizados, los cuales consumían 70 por ciento del presupuesto nacional, participación que solo alcanzaba el 30 por ciento en 1960. El gasto público socavó las reservas internacionales de 10 millardos a apenas 300 millones de dólares para 1988.[84] El cuadro político se había vuelto asimismo inestable y tercermundista, especialmente durante el folletinesco gobierno de Lusinchi, cuyas cuitas secretariales daban pábulo al culebrón palaciego, como el de las telenovelas venezolanas que comenzaban a ser famoso producto de exportación. Liderando a duras penas el anquilosado establecimiento partidista de Puntofijo, AD «estaba pasando aceite», según las imágenes petroleras y carburantes de Manuel Bermúdez para captar la fatiga de los motores gubernamentales y la ineptitud de los conductores; un poco como ocurría con aquellas cacharras que, al lado de los lujosos LTD y Caprices de los últimos millonarios sauditas, cruzaban las ya deterioradas autopistas venezolanas:
La libertad se puso resbalosa. Y en el motor del gobierno se sentía un golpe de biela, porque el mecánico era alfarero. Tal vez por eso el doctor Lusinchi guardaba las morocotas del tesoro en rústicas botijas como los ricos de antes. Y su Secretaria y segunda esposa, mandaba como Manuelita Sáenz. Ruidos de esferas y de sables se oían por los cuarteles. Pero la libertad era una diana de atención firrm.[85]
4. Tras el espejismo desarrollista de la Gran Venezuela, las promesas incumplidas y los malestares consecuentes proliferaron con la descomposición iniciada, paradójicamente, por el boom de los precios del crudo. Sin importar los atiborrados tanques que pudo tener como productor de petróleo, el avión venezolano perdió la brújula desarrollista después de los logros iniciados con la dictadura, los cuales habían permitido confirmar el despegue económico de comienzos de los sesenta, emblematizado en las aeronaves naranjas de Viasa.[86] Por contraste, el Viernes Negro evidenció el extravío y agotamiento de la «petrodemocracia», con funestas consecuencias para el ciclo económico, político y social iniciado con el crac.[87]
Pero no todo fue malo, por supuesto. En el dominio económico, la consolidación del Estado corporativo permitió reformas de corte socialista introducidas en los años setenta, las cuales incluyeron, entre otros logros, la institucionalización de la planificación centralizada, con sus intentos de ordenación territorial.[88] Asimismo, en el campo cultural, se fundaron instituciones emblemáticas de la Venezuela moderna hasta comienzos del siglo XXI, desde la Biblioteca Ayacucho y el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles, tan laureado posteriormente, hasta el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (MACC), la Galería de Arte Nacional (GAN) y la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, mecenas de varias generaciones profesionales formadas en el exterior.[89] Principalmente entrenadas en Norteamérica y Europa, estas élites profesionales que sirvieron en diversos sectores –desde la industria petrolera y otras empresas clave, hasta las universidades y los medios de comunicación– hicieron que, junto al significativo acceso a la prensa y la televisión, la sociedad venezolana fuese considerada, hasta finales de los ochenta y dentro del contexto latinoamericano, como «modernizada» en mucho, a pesar de su anclaje en el subdesarrollo.[90]
En vista de esos logros modernizadores y de las capas de «identidad formada en la época de éxitos» –desarrollismo de los cincuenta, democracia de los sesenta, Gran Venezuela de los setenta– la sociedad posterior a 1983 se rehusaba aceptar que ya no éramos un país rico. Bien lo resumiría la economista estadounidense Janet Kelly, llegada al país en aquella década saudita, utilizando un tiempo presente que realzaba, con acentos dramáticos, su perspectiva desde finales de los noventa:
Somos un país rico, democrático, igualitario, pujante. Nos negamos a quitar esa capa que tanto nos gusta. Los taxistas conservan el discurso del perezjimenismo, los adecos conservan el discurso de la lucha democrática, los fundayacuchos conservan el discurso de la globalización y la ilustración —todos se resistían a ver la realidad presente.[91]
5. En aquel país que no podía dejar de percibirse como rico, las respuestas de la democracia representativa en Venezuela, además de socavadas por la corrupción endémica, estuvieron condicionadas por el «bajo nivel de las exigencias populares y la exigua expresión política efectiva de las necesidades sociales, unida a la incapacidad por expresar las reivindicaciones fuera del cauce de los partidos».[92] Acaso como en ningún otro Estado latinoamericano, esa mediatización partidista siguió infestando la picaresca del clientelismo, desde las oportunidades laborales hasta la prestación de servicios sociales; tal como ha resumido Andrés Stambouli:
Los partidos más relevantes desde el punto de vista del soporte del establecimiento, AD y COPEI, se constituyeron en importantes canales de ese gasto social entre el Estado y la población. Desplegaron sus redes organizativas, fundamentalmente en los núcleos sociales urbanos más deprimidos y en el campo, operando como importantes mediadores entre la población y las distintas instancias gubernamentales a los fines de lograr para su clientela bienes y servicios, así como prebendas de la más variada índole: empleos en la administración pública, becas, materiales de construcción, canastas alimenticias. En este sentido, los partidos no solo fueron maquinarias para la lucha por el poder, sino también importantes agencias de control y asistencia social de una población obligada estructuralmente a transitar sus canales.[93]
La democracia partidista y representativa que había acompañado al Estado social de Puntofijo exhibía así fallas atribuibles, más que al régimen democrático mismo, a la inadecuación de «su funcionamiento a las exigencias del desarrollo, a través de la configuración de efectivos sistemas políticos (electorales y de partido) y de gobierno».[94] Las ambiciones parecieron desbordar los mecanismos, lo cual era inquietud apenas audible en el eufórico desarrollismo de mediados de los setenta, pero que se volvería estentórea en la truncada fiesta de la década siguiente. En este sentido, premonitorias de la descomposición de la Venezuela saudita resultan las tempranas reflexiones de Caldera en La Rábida, al ponderar su primer mandato, sobre la necesidad de corregir el partidismo y estimular la participación en la democracia representativa, cooptada por maquinarias electorales:
No cabe duda de que una de las fallas más serias de la democracia formal está en reducir el papel de la comunidad a escoger cada cierto tiempo los candidatos para ejercer determinadas funciones, entre las opciones que se le presentan. La rigidez que a veces presenta la organización de los partidos, el efecto que cumplen sobre la psicología colectiva los medios de comunicación y los costosos recursos empleados para provocar determinados resultados, debilita la fe en el sistema y lo hace vulnerable a las críticas formuladas por los partidarios de otras maneras de gobernar.[95]
Con su cabello siempre engominado a lo Gardel, el todavía joven y apuesto estadista avizoraba acaso que las romerías y las verbenas celebradas en los aniversarios de AD y Copei en la México y otras grandes avenidas caraqueñas; o que los apoteósicos mítines de cierre de campaña en la Bolívar, antes de proceder a sellar, cada cinco años, aquellos tarjetones estampados de coloridas e ilegibles insignias de partidos, no eran ya suficientes mecanismos de participación democrática para las masas venezolanas. Ya desde La Rábida, Caldera presentía que éstas podrían buscar, a la postre, fórmulas no solo más participativas, sino también, paradójicamente, más autoritarias.
Críticos del establecimiento político de la guanábana,[96] especialmente los excluidos del pacto de Puntofijo, advirtieron que aquel anquilosamiento había comenzado desde tiempos de Betancourt, cuando se sembrara entre los humildes juambimbas, «la confusa y tramposa identidad entre pueblo-partido-democracia».[97] Sin importarle ese pecado original de los padres democráticos, el Caldera nonagenario insistiría todavía ante Milagos Socorro, con la voz quebrada por el Parkinson y la emoción, en que su primer gobierno había hecho posible «que la democracia se afianzara en Venezuela», así como lo hicieran los de Betancourt y Leoni al precederlo. Pero no predicó el anciano estadista lo mismo sobre los gobiernos sucesivos en el nefasto ciclo de euforia y desengaño, tanto económico como político, que llevara de la Gran Venezuela a la debacle saudita.[98]
Silueta de la Caracas disco
Caracas terminó por convertirse en una ciudadela cercada por la más espesa marginalidad de la América del Sur. La capital de Venezuela es una masa de rascacielos rodeada por rancherías...
DOMINGO ALBERTO RANGEL, El paquete de Adán y Jaime (1984)
6. DESPUÉS DE CIERTA INERCIA DEMOGRÁFICA durante los sesenta, Venezuela aminoró su crecimiento a partir de 1971, con una población que pasó de 11.405.874 a 19.405.429 en 1990; mientras tanto, la urbanización se incrementó de 77 a 84 por ciento. Ya para entonces se había entrado en lo que puede verse como una «transición demográfica» similar a las de países industrializados, los cuales habían completado su ciclo de urbanización en más de un siglo, mientras que la Venezuela petrolera lo hiciera en cinco décadas.[99] A lo largo de ese período, Caracas había comenzado a declinar su crecimiento ya desde los setenta, llegando al 0,43 por ciento en 1980, mientras que el promedio nacional era de 2,6.[100] Después del boom de inmigrantes campesinos y europeos de mediados del siglo XX, el contingente más significativo provino de países andinos y caribeños; pero ya para entonces Caracas, Maracaibo, Valencia y otras áreas metropolitanas habían cedido sus altas tasas de crecimiento a ciudades intermedias en la reactivada franja de explotación petrolera en oriente, lideradas por Puerto La Cruz y Maturín.[101]
Sin importar la desaceleración, las urbes venezolanas y en especial Caracas –con 500 kilómetros cuadrados y tres millones de habitantes, magnitudes relativamente modestas entre sus congéneres latinoamericanas– siguieron condenadas por el pecado original de ser metrópolis hipertrofiadas; sus ostensibles cinturones de miseria eran endilgados a la migración campo-ciudad, la cual había dejado de ser factor de crecimiento efectivo desde la década de 1970. Concreción de su crítica al statu quo de la Venezuela de Puntofijo, era esa una visión repetida por el economista y periodista Domingo Alberto Rangel, por ejemplo, a comienzos de la década siguiente:
Durante los años dorados del petróleo la marginalidad creció a ritmos de corazón desbordado. Caracas terminó por convertirse en una ciudadela cercada por la más espesa marginalidad de la América del Sur. La capital de Venezuela es una masa de rascacielos rodeada por rancherías que hoy llegan, sin soluciones de continuidad, hasta los valles del Tuy por el Suroeste, hasta Barlovento por el Este y hasta el propio Mar Caribe por el Norte.[102]
Como para frenar de manera absurda esa marginalidad atribuida a la disminuida inmigración desde el campo; desconociendo a la vez un crecimiento vegetativo que, desacelerado o no, seguía ocurriendo en las mayores ciudades venezolanas, una «ideología antiurbana» por parte del sector público redujo las inversiones al mínimo; ello terminó materializando las profecías de los teóricos de la Dependencia –tan en boga por aquellos años cuando las izquierdas dominaban los medios académicos e intelectuales– de que la urbanización se produjera en condiciones tan deficitarias como lamentables.[103] Era una continuación del fariseísmo metropolitano ya señalado a propósito de los primeros tiempos de la democracia de Puntofijo, cuando la gran urbe venezolana, y en especial Caracas, fueron estigmatizadas por ser vitrinas modernas del desarrollismo perezjimenista.[104]
En parte debido a esa herencia, desde el primer gobierno de CAP, los planes nacionales se habían propuesto desviar la inversión de las ciudades principales. Fue un objetivo aplicado de manera errática pero suficiente como para que éstas se densificaran y expandieran «en condiciones de creciente precariedad de las infraestructuras urbanas».[105] Y esa falta de inversión que había afectado a Caracas en principio, se extendió a la provincia desde finales de la Venezuela saudita, desconociendo la realidad de un país urbanizado en más del 75 por ciento, con uno de los patrones más concentrados de ocupación territorial en América Latina.[106]
Allende el deterioro de la infraestructura existente y de su falta de reposición, la desinversión urbana delataba asimismo una negación de «la legitimidad de la ciudad masiva», consecuencia en parte de la creciente falta de identificación entre esa masa y la dirigencia política; mediatizada por la maquinaria partidista y las jerarquías de cogollos, esta dirigencia fue perdiendo para aquélla la representatividad, el carisma y el liderazgo de las primeras décadas democráticas.[107] Y si este desconocimiento recíproco entre élites políticas y masas populares había sido sobrellevado, en los lustros siguientes a la dictadura, gracias a la novedad de la constitución de 1961 y los beneficios ingentes de la bonanza petrolera, esta aparente armonía de la ciudad masificada daría paso, durante la Venezuela saudita en descomposición, a manifestaciones cada vez más turbias de la ciudad violenta.[108]
7. Con silueta urbana erizada de antenas parabólicas y rascacielos, entre los que despuntaban desde los años setenta las torres de Parque Central –a la sazón, las más altas estructuras de concreto en Latinoamérica– la Caracas de la Gran Venezuela pudo mantener por algún tiempo la feble modernidad heredada del Nuevo Ideal perezjimenista. Desde el psicodélico pero sencillo Chacaíto, baluarte de la bohemia consumista de los sesenta, varios centros comerciales zonales y metropolitanos afianzaron entonces un culto «nuevorrico», más saudita que cosmopolita, a la vez que fracturaban, irreversiblemente, la integración con lo público. A lo largo del este sifrino y de los años disco, el Centro Plaza, el Centro Comercial El Marqués y Plaza Las Américas, entre otros, mantuvieron cierta integración con importantes avenidas caraqueñas, a pesar de los explayados estacionamientos que los asemejaban a los malls norteamericanos. Pero esa integración con la calle fue mermada por la vialidad expresa que blindó los diseños más brutalistas del Concresa y el Centro Ciudad Comercial Tamanaco (CCCT), el cual en sus comienzos ni siquiera contaba con acceso peatonal adecuado.[109] Éste terminó empero consagrado como templo faraónico del consumo y la diversión en la Caracas de discotecas que se deslizaba al Viernes Negro. Habiendo así llegado muy temprano a nuestra capital –mucho antes que a otras latinoamericanas– el fetichismo del centro comercial mayamero penetró también Maracaibo y otras ciudades venezolanas, como portando el maleficio del progreso consumista que nos poseía.[110]
Aparte del nuevo edificio del ateneo capitalino en 1981, seguido del Metro y del teatro Teresa Carreño –inaugurados estos últimos en el festivo frenesí del bicentenario de Bolívar– la Gran Caracas no conoció mayores inversiones públicas durante el resto de la década de 1980.[111] Con su acelerado deterioro desde entonces, las torres de Parque Central trocáronse de símbolo de progreso y bonanza de la Gran Venezuela, a mostrenco manifiesto de la desinversión urbana que siguiera al Viernes Negro. Fue un destino sufrido también por muchas de las avenidas y autopistas perezjimenistas desde la restauración democrática del 58, gracias en parte a gobiernos contumaces empeñados en desconocer, como se ha dicho, la realidad de un país entre los más urbanizados y concentrados de América Latina.
Con todo y ello, creados por la «ilusión de armonía» social que hasta entonces envolvía al país todo,[112] los espejismos capitalinos no solo reflejaban la confusión entre consumismo y desarrollo –tan arraigada hasta hoy en la idiosincrasia venezolana–, sino también la apariencia de una inversión suficiente, mucha de la cual era de iniciativa privada, sin alcanzar a renovar la infraestructura pública para vivienda y servicios urbanos.[113]
8. Antes de la inauguración del Metro en ese señalado año 83, las autopistas y grandes avenidas, cruzadas con la zonificación comercial y residencial, estructuraban una segregación entre la Caracas burguesa y sifrina del este –para utilizar de nuevo el venezolanismo de marras– y la ciudad del oeste, más popular y obrera. Aunque más contrastante debido a la riqueza petrolera venezolana, era una variante de la ciudad dual o polarizada, observable asimismo en otros contextos latinoamericanos durante el desarrollismo industrial agotado en la década de 1970.[114] Particularizando aún más el caso caraqueño con respecto a otras capitales de dual segregación socio-espacial, los barrios de ranchos siempre estuvieron yuxtapuestos e intercalados entre los sectores formales y consolidados de la capital venezolana, como también ocurre en Río de Janeiro, por ejemplo, debido en ambos casos a restricciones topográficas.[115] De manera que este y oeste caraqueños eran hemisferios entreverados que compartían imaginarios urbanos, hasta que la bonanza se agotó con el Viernes Negro y las fracturas afloraron para profundizarse hacia finales de la década.[116]
Con la notable excepción del Metro y de algunos espacios públicos renovados por aquél, Caracas era así, a fines de los ochenta, una metrópoli de contrastes socio-espaciales y modernidad obsoleta, mientras que otras capitales latinoamericanas se aprestaban a emprender obras urbanas llegadas con las reformas neoliberales.[117] Se ufanaba sí, todavía, de sofisticados restaurantes y boutiques deparados por el oro negro desde décadas previas, combinados en su nocturnidad –cada vez más azarosa e insegura– con los bares y las discotecas encabezadas por la City Hall del CCCT. Prolongando los acordes y oropeles de la era disco, imitaban éstas al Studio 54 de Nueva York, adonde ya había emigrado Carolina Herrera, por cierto, como otras figuras del jet set de la deslustrada Venezuela saudita. Pero las desvencijadas autopistas y distribuidores que otrora maravillaran a inmigrantes paletos, de la Francisco Fajardo y la Caracas-La Guaira a la Araña y el Ciempiés, pasando por el Pulpo, delataban no solo el subdesarrollo de Caracas, sino también el agotamiento del Estado rentista.[118] Y si bien algunas ciudades venezolanas se beneficiarían de la descentralización administrativa a finales de la década, en la capital ésta sería minada por las revueltas populares y otros malestares gatillados por el Caracazo de 1989.[119]
Crítica al derroche y rescoldos de subversión
Hombres sedientos de dinero para gastarlo presurosos
en lujosas quintas de piscina azul, caros automóviles,
avionetas como gaviotas en el cielo despejado, viajes
a Nueva York y jets plateados, vestimentas de última
moda, finas camisas de seda, pantalones blue jeans
ceñidos al cuerpo, anchas correas ajustando la cintura,
sombreros de alas dobladas al cielo, largas cabelleras,
rubias como Cristo Jesús o elevadas, rizadas y redondas
como morriones de los húsares del Libertador.
JOSÉ LEÓN TAPIA, «Epílogo» (1978)
a Tierra de marqueses [1977]
9. QUIZÁS POR HABER QUEDADO LA IZQUIERDA excluida del pacto de Puntofijo, escritores de la gauche divine, como Miguel Otero Silva (MOS), habían comenzado la crítica novelada de la descomposición temprana en la Venezuela saudita. Su realismo reporteril resultaba especialmente corrosivo para el establecimiento puntofijista, ya que MOS no solo pertenecía a la generación del 28, sino que también había combatido la dictadura perezjimenista, por lo que tenía credenciales políticas y autoridad intelectual para denunciar los males del statu quo.[120] Después de su saga petrolera en Casas muertas (1955) y Oficina No. 1 (1961), seguidas de La muerte de Honorio (1963) –su punzante novela de la dictadura–, el fresco más penetrante del país enriquecido y corrupto, epitomado en la Caracas segregada y violenta de los sesenta, lo ofreció MOS en Cuando quiero llorar no lloro (1970). Recordemos que aquí, por ejemplo, reproduciendo el vertiginoso formato de los noticiarios precedentes a películas de alta censura en el cine Apolo, frecuentado por patotas soeces, la corta pero intensa vida de los tres Victorinos –entre el 8 de noviembre de 1948 y el 8 de noviembre del 66– permitió a MOS, al igual que en sus novelas anteriores, experimentar con el «realismo trágico» imbuido de periodismo.[121] Esta vez poblado con alegóricos motivos de una enriquecida sociedad en descomposición, donde ya se perfilaban y acentuaban algunos de los vicios y peligros que asediarían a la Venezuela saudita y sus postrimerías, a saber: clientelismo partidista y corrupción, consumismo y criminalidad, violencia y golpismo.
Como correlatos provincianos de Cuando quiero llorar no lloro, hasta la remota Barinas sobre la que centró su vasta obra narrativa, José León Tapia hizo llegar, con pinceladas subversivas, decadentes cuadros urbanos de la Venezuela saudita que socavaban la hidalguía de los llanos. Porque al final de Tierra de marqueses (1977), después de que los efectos de la «negra obsesión» por el excremento del diablo parangonan los mejores ejemplos de la novela petrolera, el autor nos sorprende, en una obra que suele tomarse por provincial e histórica, con el palpitante mural de la secular ciudad venezolana. Allí son retratados, con ecos de la novela de MOS, la alienación cultural y el consumismo dispendioso de las familias Palacios y Pumar, cuyas sagas barinesas recreara Tapia por más de cuatrocientos años:
Los hijos y nietos de Sabino Palacios y José María Pumar entraron definitivamente a formar parte de la ciudad cosmopolita y moderna donde les tocó vivir. Hombres sedientos de dinero para gastarlo presurosos en lujosas quintas de piscina azul, caros automóviles, avionetas como gaviotas en el cielo despejado, viajes a Nueva York y jets plateados, vestimentas de última moda, finas camisas de seda, pantalones blue jeans ceñidos al cuerpo, anchas correas ajustando la cintura, sombreros de alas dobladas al cielo, largas cabelleras, rubias como Cristo Jesús o elevadas, rizadas y redondas como morriones de los húsares del Libertador.
Discotecas de ritmos yanquis con bailes a media luz, piernas desnudas, collares, cadenas, sexo, licor, drogas y prostitución. Ruidosas motocicletas y poderosos automóviles deportivos que como bestias salvajes corren por las negras carreteras, pagando la cuota de muerte que antes cobraban las pestes malditas como jinetes mortíferos del Apocalipsis.[122]
10. Los decadentes cuadros finales de Tierra de marqueses encuentran explicación histórica en la penetrante crítica que Domingo Alberto Rangel desplegó, en registro de ensayo económico y político, ante la descomposición financiera y social de la Venezuela petrolera. Combinando su formación periodística e histórica, el también profesor universitario logró poner en perspectiva el «derrumbe» del país, detectando «serios sígnos de perversión en su vida económica y moral» desde inicios de la explotación petrolera, y especialmente a partir del alza de precios resultante de la crisis de combustible de 1973. Como si cada venezolano pudiese proferir ahora el «Ábrete sésamo» de Alí Babá, el caudal de dinero inesperado proveniente de esa bonanza dio rienda suelta a la propensión gastiva incubada en la primera mitad del siglo XX:
En la sociedad venezolana existían ya tendencias al derroche, que aún son características de las economías mineras. El alza del petróleo iba a convertirlas en vibrante paranoia. Fue lo nuevo que nos trajo la insólita prosperidad. Allí estarían las semillas trágicas de la crisis que iba a precipitarnos en la congoja.[123]
La admonición de Rangel se inscribe en la crítica a los «demonios del oro negro», iniciada con la temprana denuncia, por parte de Picón Salas, sobre los «publicanos del petróleo» que obtuvieran pingües beneficios de las concesiones otorgadas por Gómez desde Maracay.[124] De esa danza de concesiones, como también la llamó Rómulo Betancourt, surgió la burguesía nueva rica, medrada a la sombra del negocio ladino, según el retrato ofrecido por Rodolfo Quintero.[125] La genealogía de esa crítica se extiende, en la narrativa, al simbolismo de la novela petrolera, desde las resonancias bíblicas de Mene (1936) a la borrachera de Casandra (1957), en cuya locura alegorizó Díaz Sánchez el trastorno producido en la nación por el «excremento del diablo».[126] Y en el dominio ensayístico, el consumismo embriagador y el derroche campeaban en las «ferias de vana alegría», según la denuncia del mismo Picón Salas, Briceño Iragorry y Uslar Pietri, entre otros pensadores del segundo tercio del siglo XX.[127]
Entroncándose con esa genealogía crítica, en El paquete de Adán y Jaime (1984) Rangel ejemplifica esa maldición de las economías mineras desde coordenadas temporales y políticas diferentes de las de sus antecesores, mientras contrasta la engañosa bonanza de la Gran Venezuela con el verdadero desarrollo de países industrializados. El desertor de AD y otrora miembro del MIR[128] lleva su análisis a una etapa cuando el país saudita entrevé las fauces de la deuda externa, pero no puede controlar los vicios del derroche secular –del consumo de champaña y whisky a la importación de carros y los viajes al exterior– en medio de la descomposición política del establecimiento de Puntofijo:
Si queremos buscar otra vara para evaluar el desmedido consumo de la Venezuela del petróleo caro podríamos hallarla en los viajes al exterior. De unos cientos de millones de dólares al año, los gastos de viajeros allende nuestras costas y fronteras alcanzaron a dos mil quinientos millones el año en que se cierra la libre convertibilidad del bolívar. Esa cifra discierne a Venezuela el primer lugar en el mundo si la suma gastada se divide entre la población nacional. La figura del venezolano derrochador que asombraba a las gentes en los más diversos países fue el símbolo cimero de ese consumismo inesperado por el petróleo. El país consumidor como nadie de whisky y champaña, derrochador de vehículos, constructor de viviendas de lujo, remataba su ciclo o su parábola derramando dólares por todos los flancos del mundo. El indiano enriquecido que sobrepuja al viejo marqués europeo, tema de muchas novelas en el pasado, volvió a vivir con estos burgueses y con estas gentes de la clase media venezolana lanzados al goce concupiscente por la maquinaria del petróleo en una sociedad llena de injusticias.[129]
Con su ingenio filológico, Manuel Bermúdez también utilizó esas imágenes novelescas entrevistas por Rangel, a propósito del primer gobierno de CAP, «quien, por liberal, permitió que la libertad se convirtiera en libertinaje, y los venezolanos tórridos viajaran por el mundo derrochando dinero y mala educación», mientras aquel «tren de vida y de gastos fue convirtiendo al país en una novela de Teodoro Dreiser».[130] Por haber el autor de Sister Carrie (1900), entre otras novelas de trepadoras y arribistas, recreado la gilded age norteamericana de finales del XIX, Bermúdez pensó en esa «edad del oropel» del autor realista, no obstante las diferencias históricas, al buscar paralelismo para la Venezuela saudita del primer CAP, irradiadora de viajeros «ta baratos» y rezumante de «nuevo riquismo» tropical.[131]
11. Entre la generación de izquierda posterior a MOS y Tapia, a Rangel y Bermúdez, crecida ya con la Revolución cubana y coetánea del Mayo francés, los resentimientos y rescoldos subversivos causados por la exclusión comunista del establecimiento de Puntofijo inflaman la trama de Inventando los días (1979). Allí varios personajes militan en brigadas que planean asaltos a exposiciones de pintura francesa en el Museo de Bellas Artes, así como otros operativos para desestabilizar los gobiernos adecos que parecen eternizados en el poder. Conservando algo de la bohemia de sus antecesores de Historias de la calle Lincoln (1971), estos nuevos personajes de Carlos Noguera, siempre rebeldes e intelectuales, parecen ahora más condicionados por las rutinas de la metrópoli expandida; recorren la avenida Nueva Granada y Los Rosales hasta Los Chaguaramos y Bello Monte, como espejando las zonas frecuentadas por el autor cuando llegara a Caracas en los sesenta.[132] Destaca el personaje de Antonio, otrora estudiante de la UCV y miembro de una brigada subversiva dependiente del MIR, camuflado como chofer de un taxi en el que se desplaza diariamente entre Caracas y Guatire; éste ya no aparece en la trama, por cierto, como el pueblo mirandino donde había nacido Rómulo Betancourt o Vicente Emilio Sojo, sino captado como una suerte de ciudad satélite, «a un saltico» de la capital.[133]
También personajes otrora subversivos y bohemios atraviesan episodios de La noche llama a la noche (1985), de Victoria de Stefano, donde Matías parece prolongar su rebeldía con el secuestro y demás acciones desesperadas, durante la zozobra del insomnio; otros, como Ramón, se refugian en un París frío y desencantado, donde alegóricamene «las palomas morían congeladas en las torres de las iglesias», sin el calor de los soles que, como la juventud y los ideales, «se habían ido para siempre».[134] Acaso como la propia autora, otros personajes terminan hallando, por contraste con la huidiza inspiración nocturna, la calma y la plenitud en la escritura ambientada en la ciudad mañanera.
Encontraba las horas de la noche más propicias para captar el espectro de escenas vivas. Pero, con los años, esto ha cambiado. Le he ido tomando el gusto al trabajo tempranero, a las habitaciones claras y aireadas, a los retazos de paisaje que pueden verse desde aquí: de frente, la montaña; a la izquierda y en línea recta, la cúpula de una iglesia y una palmera, altísima y solitaria, lo que le da a la vista un aire de minarete; a la derecha, un jardín agreste y enmarañado, una hilera de pequeños edificios con balcones floridos y azoteas con grandes antenas.[135]
En el «viscoso universo» a través del cual solo pueden moverse empujados por la poderosa «máquina narrativa» de la novela, al decir de Sergio Chejfec en el prólogo, los personajes de La noche llama a la noche representan –como también lo anticipan los de Inventando los días– la desengañada clausura de ciertas «modalidades políticas sin que éstas hubiesen obtenido nada sustancial a cambio de su extinción».[136] Mientras tales modalidades postergaban su protesta, su subversión y disidencia, permaneciendo latentes hasta el fin de siglo que se avecinaba, se resquebrajaba la estabilidad aparente de la Venezuela saudita, donde podía olerse la descomposición producida por el consumismo, la corrupción y el derroche. Muestras de ello son la extranjerización alienada de los personajes de MOS y de José León Tapia, diagnosticada en términos económicos y sociales en los ensayos de Domingo Alberto Rangel y Manuel Bermúdez. Todos proveen claves para entender la picaresca viajera del mayamero y el «tabarato» venezolanos, a ser continuada por la narrativa y la crónica.[137]
De ascensores y ascensos
Piso 64.
Deje que le abra la puerta del carro, señor don, señor don diputado…
LUIS BRITTO GARCÍA, Abrapalabra (1979)
12. LA DENUNCIA NOVELADA del establecimiento bipartidista y dispendioso, potenciada por la picaresca Venezuela saudita en descomposición, adquirió textura y resonancia inusitadas en la narrativa de Luis Britto García. Con mucho del vocabulario de la burocracia y su literatura gris de memorandos y convocatorias, en informes y sentencias reminiscentes de su formación de abogado, el autor de Rajatabla (1970) plasmó una nueva sustancia lingüística, renovadora de una narrativa trocada en miríada de formas textuales, pero que sobre todo resultaba corrosiva para una supuesta democracia con cuyos padres el autor no tenía deudas ni compromisos. Desde la «dirección de Compatibilidad» que parodia la imposible integración burocrática, en medio de la atomización y compartimentación ministerial,[138] hasta las diferentes podredumbres anidadas en los recovecos de los Poderes, en los textos de Rajatabla aparece asimismo la ciudad masificada y sus malestares públicos:
... pueblo acude al Palacio Legislativo donde una casi sólida peste emana de las graciosas cúpulas de los patios espaciosos de los locales de sesiones somnolientos, huida de vecinos, declárase estado de emergencia en papel putrescible que también entra en emergencia produciendo vergonzosa huida de mariscales de campo, y al final de todos los orificios de las públicas edificaciones mana hacia el exterior, e inacabablemente, una espesa miel fermentante, una irisada jalea desbordante de vapores malignos, en la cual confusamente sobrenadan palilleros, sacapuntas y Ministros.[139]
Recordando las apocopadas construcciones lingüísticas de los noticieros radiales y reportajes periodísticos, cuyos titulares tremendistas se cruzan con los formatos de la literatura oficinesca y ministerial, asoman después en Abrapalabra (1979) las mostrencas instituciones emblemáticas del Estado hipertrofiado e ineficiente, como la Oficina del Inventor de Requisitos y el Seguro Social.[140] Suerte de gran manual administrativo, el mosaico de procedimientos literarios de Britto García se pone en esta suma al servicio no ya de la «violencia verbal» –que no ideológica, a la manera de Los fugitivos (1964)– sino de escandalizar al establecimiento burgués y político, a través de un catálogo de motivos grises: «el ataque a la rutina, a la alienación de la clase media, a la autoridad consagrada, a la imbecilidad solemne»; todo lo cual permite al polígrafo, como señalara Orlando Araujo, recrear las acartonadas jergas burocrática y jurídica de las oficinas y los bufetes, al tiempo que las informales de los buhoneros y estudiantes.[141]
También está en Abrapalabra el lenguaje de negligencia y corrupción en la administración pública y los contratistas, con ecos del perezjimenismo mediante inserciones de una jerga italianizada:
Come esclavos lavoramo perché il Presidente Generale Architettonico queria fare la gran inaugurazione de las Obras Publicas. Pero pasa a dominar Laberinto. Duplicamos los turnos para construir el Hipercicloide colossale que debia ser inaugurato per il Generale para celebrar el aniversario del suo governo.[142]
Y no es casual que esa jerigonza venga incrustada en pasajes hípicos de «segunda carrera válida para el 5 y 6», no solo por estar este pasatiempo asociado a la masificada Venezuela petrolera, sino también porque, como en la Roma y la Bizancio del Bajo Imperio, el entretenimiento estaba teñido de sangre en la Caracas modernista: «Nella cittá, mirándome, mirándote, mirándonos, los muertos della bella citá splendorosa costruita colle mie mani fraturatte».[143]
Como en la oralidad de las tardes de carrera de sábado y domingo, transmitidas por radio y televisión a todo el país, es penetrada también la textualidad de Abrapalabra por el argot y los albures de uno de los juegos más populares entre las masas venezolanas. Por estar asimismo su autor atento a las jergas populares y la picaresca nacional, en la novela homónima de Eduardo Liendo, el mago de la cara de vidrio le dice a Ceferino: «No lo olvides..., el 5 y 6 es el único juego que inventaron los vivos para que los pendejos como tú se emparejen… Es tan fácil ganar al 5 y 6».[144] Era una filosofía arribista que resumía el afán de ascenso y riqueza fácil en la Venezuela saudita, incorporados por el novelista a la programación traída al hogar venezolano por el huésped infaltable. Y por ello a la postre, tras asumir en serio el estudio de las «formas lúdicas» de las carreras, el concienzudo maestro Ceferino, protagonista de la novela de Liendo, comenzó a «emplear el sagrado tiempo que siempre había dedicado a la corrección de los deberes» de sus alumnos, «en el estudio y meditación de la Receta Hípica».[145]
13. Acaso con más penetración que en los estudios publicados desde los setenta sobre las deficiencias de la democracia venezolana –incluyendo Reflexiones de La Rábida del mismo Caldera– el calvario de la clientela popular atravesando la maquinaria partidista para ser atendida por sus supuestos representantes es otro motivo recurrente en Abrapalabra. Y como protagonista siniestro de esa cooptación destaca el sindicalista Moncho, cuyo boato palurdo encarna el americanizado esnobismo de la Venezuela saudita.
Todos los días perfumaba el carro con el aerosol que le daba olor a cuero nuevo, y salía hacia el Congreso en el Cadillac de asientos de cuero de tigre con hamacas en miniatura colgadas de los parales y un zapatito bronceado colgado del parabrisas. Una sirena tocaba intermitentemente. El piso del carro estaba lleno de metralletas, de peines y de cartuchos desperdigados. Pasaban frente al edificio de la inversionista americana y a Moncho le daban vapores y sensaciones rosadas en el estómago. Se sentía caer en una vorágine. Los radiantes anuncios de Coca-Cola le inducían trances hipnóticos y durante ellos los persuasores subliminales le bombardeaban en los oídos la vainita del peligro de la subversión comunista. Moncho había caído sin defensa en el puño de la magia gringa.[146]
Escoltado por guardaespaldas y choferes del carro oficial hasta cuando lo llevan a saunas y al Dr. Scholl, donde le liman los juanetes de los pies curtidos –dolorosa impronta del pasado pedestre como obrero– con todo ese séquito inicia Moncho su caleidoscópico viaje en ascensor a través de los pisos del edificio de la Toma de Decisiones. Conviene recordar en este sentido que, al negarse a transitar trama alguna, la «principal misión» de Abrapalabra es, como ha señalado Celso Medina, «la de contar al país a través de sus lenguajes. La historia nacional se va contando desde los distintos registros discursivos».[147] Creo, no obstante, que hay episodios, como este de Moncho en el ascensor, los cuales pueden ser vistos como subtramas de la obra. En la antesala y planta baja, cual muestrario de la parasitaria Venezuela partidista, el edificio congrega todas las especies del clientelismo, quienes reconociendo a Moncho por los afiches como candidato a la Dirección Nacional Sindical, le repiten su eslogan electoral, mientras «desde lejos le agitan sus carnets del partido».[148]
pedidores de recomendaciones
…
solicitantes de renovaciones de permisos
de expendio de licores
…
selladores de formularios hípicos
asesores electorales
Senadores de la República
vendedores de rifas
organizadores de concursos de belleza
actrices de telenovela
…
directores de ministerios
…
testigos falsos
agregados culturales
…
cobradores de peaje
campesinos tratando de que les reconozcan títulos
de tierras entregados por la Reforma Agraria
traficantes de indocumentados
gestores de exoneraciones de impuestos
desempleados
vendedores de permiso de construcción trucados concejales
tramitadores de subsidios.[149]
14. El viaje de Moncho a lo largo de los pisos del edificio es, asimismo, una odisea por su propio pasado, una suerte de vertiginosa novela petrolera construida por Britto siguiendo el ascensor que sube, abriendo en cada piso un imaginario que, por su tesitura narrativa y periodística a la vez, refracta la novela y el ensayo sobre las desigualdades de las dos Venezuela resultantes de la revolución petrolera y urbana.[150] Así, por ejemplo, en un cuadro reminiscente del final de Casas muertas (1955), donde los escoteros buscadores del oro negro son entrevistos por Carmen Rosa al pasar por el Ortiz desolado, el piso 2 es una postal de la migración en el camión que sacó a Moncho del pueblo «de puertas caídas y techos que se han venido abajo»; fue entonces cuando el futuro obrero y sindicalista advirtiera a la madre, con realismo trágico:
Y el Emeterio Vásquez se fue, mama, dicen que para los campamentos. Y se fue el Álvaro Luque, tocado de centella. Se fueron las Segarra, a buscar novios con quien casarse. Se fue Rosita a trabajar de sirvienta. Los patos se van, mama. Se van las guacharacas. Me voy con el camión que está en la plaza, recogiendo a los que quieran irse. Yo trato de no irme y por donde paso, puertas caídas y techos que se han venido abajo, salgo a un corral donde está el camión pitando la bocina, mama… De qué puede uno agarrarse en este pueblo. Nomás de usté, mama, que es tan brava y no da sino lamentos…[151]
Con algo de las parcas que, para utilizar la imagen de Picón Salas, fueron aquellas madres arrebatadas de sus hijos por el oprobio gomecista; con algo también de las Penélopes abandonadas en los Andes y otras provincias venezolanas, después de la migración de los hombres a los campos petroleros,[152] la madre plañidera responde a Moncho, en el piso 3 de su viaje vertical:
Váyase, mijo, detrás de los ranchos caídos me le escondo, váyase, para creer que usté se va porque no me encuentra, pero mentira, mijo, usté se iría de todas formas, mijo, váyase, detrás de la iglesia me le escondo cuando usté grita por la plaza, detrás de la pulpería sin techo me le escondo cuando usté grita por la calle, váyase mijo, que la desgracia de una es que siempre se le estén yendo los hombres, váyase mijo que no hay cosa peor que seguir de pobre, parienta pobre, hija de pobre, madre de pobre, mijo, váyase mijo, búsquese la vida, mijo, abra los ojos bien, mijo, dese cuenta de las cosas, mijo, fíjese quién es el que manda y váyasele atrás, mijo, y después trate de ponérsele en el sitio, consiga, que nadie le va a conseguir a usté…[153]
El mandato suicida y arribista de la madre, alegato a la vez por el abandono del campo como único escape de la miseria endémica y la pobreza atávica, fue seguido por Moncho al pie de la letra. Lo vemos subiendo desde el piso 12, cuando recuerda sus duros inicios como obrero y sindicalista petrolero que organizaba piquetes; pasando después por el piso 13, con su ascenso atropellado en el sindicato; hasta desembocar en los pisos 50 y 80, en un muelle presente como dirigente partidista, coronado más tarde con el penthouse de la alta sociedad.[154]
A lo largo de ese viaje vertical, al ser una «novela camaleónica» más que carnavalesca, Abrapalabra se «mimetiza en cuanta realidad nombra»; de allí que ambienta cursis gabinetes y escenarios cónsonos con ese súbito ascenso de Moncho, los cuales son como una historia vertical del mal gusto en el país petrolero.[155] Así, como en un caleidoscopio que espeja su hilarante dominio de la palabra corrosiva, Britto nos coloca en el piso 74 ante el «Álbum de fotos» de Moncho, que es a su vez un nuevo catálogo de motivos del sindicalista trepador a través de las parafernalias sociales y electorales impuestas por la Venezuela rocambolesca: desde la foto 5, «del matrimonio con Zoraida, de traje azul prestado Moncho, de traje blanco con velo de mosquitero ella»; pasando por la 11, en plena campaña electoral, en «el lanzamiento inaugural de un juego de bolas criollas entre un grupo de campesinos a quienes acaba de prometer trabajo, tierras y bienestar»; la 15, con Yolanda, «elegida Reina Obrera en las elecciones del Sindicato», tocada de corona de papier maché y lentejuelas; la infaltable en El Tablao Sevillano, así como la del Paseo de La Reforma, durante el exilio de la Venezuela perezjimenista; la 24, en el «Hilton de Miami, entre camisas rayadas, palmeradas, floreadas y estrelladas», mientras Moncho da el discurso en el congreso de sindicalistas; la 25, «en la revista Visión, de casimir gris con corbata y chaleco Pierre Cardin», ilustrando un artículo sobre «Un Nuevo Estilo de Sindicalismo para las Américas»; hasta otra infaltable, la 28: «Bailando el primer vals con su hija Eleanor, quien aparece rígida y con los ojos casi en blanco por mirarse un detalle del peinado de colmena».[156]
La jai se divierte
Es una fiesta de disfraces. Mamabella irá disfrazada de Juana de Arco. Escoge la ropa. Los va sacando del clóset y va mirando los vestidos, sobre la enorme cama alta, king size. Suzy y Vanesa la ayudan. La pila crece. Es una hoguera de seda. Es una hoguera psicodélica con llamaradas de todos los colores. Juana de raso. Juana de seda. Juana de lamé…
ANTONIETA MADRI Madrid, Ojo de pez (1990)
15. HEREDADO DE LA COMEDIA HUMANA de Balzac y de Vanity Fair de Thackeray, por citar tan solo dos clásicos de la literatura urbana, el motivo de la fiesta burguesa como compendio de la metrópoli babélica y arribista, es retomado por Britto García para coronar, en el penthouse de su edificio nacional, el ascenso ladino de Moncho a través de la Venezuela saudita. Al abrir el ascensor, que podría ser también el pórtico de una gran quinta caraqueña,[157] el mago de la palabra nos introduce a un fresco verbal del país enriquecido y corrupto, con pretensiones de refinamiento y flagrancias de cursilería, adoptando para ello, esta vez, el lenguaje de la crónica social de los periódicos, epitomadas a la sazón por «La ciudad se divierte», de Pedro J. Díaz.[158] Tan pronto entra al apartamento festivo, Moncho se encuentra:
el resumen del chic capitalino[,] ya lo saludan el doctor Aramendi y su señora doña Amelia Illaramundi de Aramendi quienes están dotados con la varita mágica de la cordialidad, de allí el donaire con que luce el modelo exclusivo de Ives Saint Laurent que reafirma su reputación en el buen vestir caraqueño así como sus dotes de ceramista altamente aplaudidas por toda la metrópoli social, a su lado el Ciudadano Ministro con su señora que exhibe un traje en muselina y encajes de corte romántico y el maquillaje firmado por Nestor’s que está arrasando entre la clase de nuestra sociedad…[159]
Saludando apellidos rimbombantes, que no rancios; escuchando a miembros del cuerpo diplomático huronear las corruptelas que son comidilla; entre campaneos de Buchanan’s y aplausos al Hombre del Año en Publicidad acabado de llegar, Moncho se abre paso a través de aquel cuerpo social que está siendo filmado por las cámaras de Noti Cine y Noti TV. Abundan seculares y tropicalizadas formas de cortesanía y adulación, de frivolidad y narcisismo que rodeaban también a clásicos personajes del realismo y naturalismo franceses, del Julián Sorel de Stendhal a la Naná de Zola.[160] Cuando suenan «las Gloriosas Notas del Himno Nacional de la República hace su aparición el Presidente Entrante acompañado de la Primera Dama y demás integrantes del Tren Ejecutivo quienes se ven emblanquecidos por los vatios de los reflectores y las luces de la miniteca.»[161] Después de la entrada solemne, continúan los sorbos de Johnnie Walker y los abrazos con doña Katty, los ministros y el Presidente de la Cámara del Senado, hasta que aparece en escena
la bellísima Miss Venezuela que se dirige a Moncho para plantearle las mezquindades financieras que le impiden representar en debida forma al patronímico en el Concurso de Miss Mundo y Miss Universo y Miss Cosmos y Miss Galaxia a poner en alto el pabellón y los colores nacionales y fomentar el turismo y la belleza típica que en este caso se muestra en un traje de encajes y bordados con inspiración de líneas neta mexicana, como el que usaban las niñas hijas de los grandes hacendados cuando se iban a casar.[162]
Como los personajes de la alta sociedad y la política, el cine y la televisión, la infaltable miss es otra referencia ilustrativa de la Venezuela frívola y farandulera, indicativa a la vez del país que busca en el éxito de aquélla un antídoto a su autorrepresentación negativa.[163] Pero ésta prevalece en el imaginario del autor a través de la fiesta rastacuera, alcanzando registros escatológicos, como la obra toda: los invitados se abren paso hacia el buffet, mientras los mesoneros cambian el Haig por el White Horse, empeñándose en poner en las manos de la concurrencia «canapés y camarones y hallaquitas y cebollitas y tequeños que parecen dedos cortados y rollitos de jamón que parecen tiras de piel y huevitos de codorniz que parecen ojos y anchoas y trocitos de pizza»; hasta que se sientan a la mesa del Secretario de la Cámara de los Industriales, cuyos guardaespaldas, malacostumbrados por los jefes, «no aceptan los vasos de 100 Pipers que los mesoneros se empeñan en acuñarles.»[164] Y aunque el autor nos haya advertido de la miniteca, mosaicos de la Billo’s podrían acompañar esta suerte de apoteosis ambientada por Britto García en el penthouse de su edificio social, encumbrado trasunto del país cursi y consumista, nuevo rico y corrupto, apilado todo en la suma verbal de Abrapalabra.
16. Actualización de los grandes saraos en las novelas burguesas venezolanas –de La casa de los Abila (1921-22), de Pocaterra, a Allá en Caracas (1948), de Vallenilla Lanz, hijo– esa high que se divierte en el penthouse de Abrapalabra asoma en otros contextos y grupos de la ciudad, aunque no fueran siempre tan encumbrados. Así por ejemplo, en Los platos del diablo (1985), de Eduardo Liendo, una reunión bohemia tiene lugar en «una lujosa mansión ubicada en una zona burguesa de la ciudad, en uno de esos puntos donde el llamado cinturón de miseria se rompe y se transforma en súbita opulencia».[165] Recordándonos la fiesta entremezclada y decadente que encontrábamos en las novelas de José Balza, esta fiesta de Liendo en la ciudad de finales de los setenta –diferente de los bonches populares imaginables en los apartamentos de El mago de la cara de vidrio (1973) o en las parroquias de Los topos (1975)– tiene lugar en una ostentosa quinta de la Venezuela saudita, adonde Ricardo Azolar, el protagonista, termina invitado tan solo por la casualidad de sus conexiones editoriales. Con sus cuadros de Reverón y Tamayo, de Chagall y Vassarely, de Botero, Soto y Borges, esa mansión es un «museo particular», cuya ambientación acogedora, aunque «algo decadente», contrasta, a lo Balzac, con «la ruindad del pequeño apartamento donde habitaba y que tenía por toda decoración una fotografía de Franz Kafka».[166]
Miembro de una generación novelesca posterior a la de Liendo, Ana Teresa Torres retrató esa jai festiva y burguesa de diferentes proveniencias sociales y temporales en El exilio en el tiempo (1990). Las clases superpuestas en el palimpsesto de esta novela nos permiten utilizarla desde este momento de nuestro recorrido, aunque esté más asociada al imaginario urbano de los noventa.[167] No es casual en este sentido que la autora haya sabido ver la pertenencia a una tradición y a un «cuerpo literario» como uno de los rasgos rescatados por su obra, al igual que ocurre con jóvenes escritores venezolanos de finales del siglo XX.[168]
Allende su frivolidad juvenil, el baile de quinceañera con la Billo’s era, como decían las parientes en el novelado coro femenino de Torres, para conocer amigas y amigos «en los que encontrarás a tu futuro marido, estas cosas te las digo por tu bien, porque en este país hay cada vez más gente, gente de todas partes y de todas clases, cada vez somos más y más, ya no conocemos a todo el mundo como antes.»[169] Masificada desde hacía mucho con los inmigrantes de la posguerra europea, porque los del Cono Sur no habían llegado todavía, en esa ciudad seguían ofreciéndose las selectas fiestas del Country Club los 31 de diciembre y los carnavales, cuando las mujeres rivalizaban entre Marías Estuardo y Catalinas de Rusia, Luisas Lane y Cleopatras a lo Taylor.[170] Si no fuera por estos últimos disfraces copiados de la mitología televisiva y hollywoodense de los sesenta, podría decirse que era el mismo repertorio de las carnestolendas de finales del gomecismo en el Country Club de Allá en Caracas.[171]
Imitando los sonados bonches de la jai, también estaban los de graduación de los colegios y liceos, cuyos estudiantes se debatían entre hacerlos con la Billo’s o la Aragón; pero para una orquesta tan grande había que alquilar el Tamanaco u otros hoteles caraqueños, lo que resultaba carísimo; por eso los padres españoles de algunos graduandos ofrecían hablar con la Hermandad Gallega, si bien éstos, incómodos con la rusticidad asociada por entonces con la inmigración española de posguerra, aducían que el local de Maripérez no pegaba con la tropicalidad de las orquestas.[172] También estaban los cocteles y las kermeses, los bautizos y las comuniones, ocasiones más selectas para que las señoras de la Gran Venezuela lucieran los trajes de Bonwitt Teller y Lord and Taylor comprados en Nueva York, insatisfechas ya de las boutiques y las costureras caraqueñas.[173] Aunque todavía la palabra de postín fuera francesa, era en las tiendas gringas donde las mujeres adquirían también los trousseaux para las novias de la familia y otras prendas de la era del tabarato, importadas todas por un consumismo pretextando practicidad. Y así podía oírse la cháchara aburguesada en las tardes de canasta de los clubes, o en los baby showers de las grandes quintas:
Mamá y Margarita se fueron a Nueva York y se habían traído todas las sábanas, no se comparaba la calidad de las sábanas y paños Royal Crown con lo que pudiera conseguirse aquí y además no se conseguía, y todas las pantaletas y los sostenes y medios fondos de la Warner y algunos franceses para días de más ocasión, pero para diario el resultado que daban los Warner era una cosa increíble, se lavaban todo lo que fuera y siempre estaban nuevecitos y también muchísimas faldas con blusitas a cuadros y los jumpers, era una cosa comodísima ponerse un jumper, y algunos vestidos plisados como para la mañana y los bluyines para mil cosas que tuviera que hacer en la casa. Bueno, y para la casa, había que comprar de todo porque eran objetos de primera necesidad para la cocina, la tela de las cortinas y unos rollos de plástico buenísimos para forrar los closets, para los sofás de la sala consiguieron unas cretonas floreadas igualitas a las que salían en el House and Garden, la guía de cómo debería quedarle el apartamento…[174]
17. La parafernalia de clase asoma asimismo en las fotos del álbum familiar contemplado por Vanesa en Ojo de pez (1990) –también escrita en los ochenta, como El exilio del tiempo– donde Antonieta Madrid, coetánea de Torres, despliega las pretensiones de la jai venezolana, a través de las imágenes miradas por aquella narradora especular. Algunas de ellas ilustran el consumismo de la Venezuela saudita, como las de la canastilla comprada en Miami para el nacimiento del primer nieto que se suponía varón, cuando el abuelo dio a Mamabella «dólares para gastar como si se tratase de bolívares. Un verdadero derroche la bienvenida del esperado bebé. Una hecatombe de trapos y objetos»; pero después terminarían los de motivos azules desechados cuando naciera la niña Vanesa, lo que fue tragedia para el abuelo que veía amenazado de extinción su resonante apellido Luder.[175]
Recordando la cursilería de los cumpleaños sifrinos a los que nos invitara, a través de su Victorino Peralta, el MOS de Cuando quiero llorar no lloro, también están en la novela de Madrid las melifluas fotos de la abuela en la celebración de los quince años de la mamá de Vanesa, cuando ésta era «simplemente una niña linda»; ocasión que la narradora aprovecha, al igual que lo hiciera Otero Silva, para satirizar sobre el costo de la fiesta a todo trapo en la economía familiar:
Un gran baile con orquesta y damas de honor. Niña-linda de blanco y las damas en azul, rosado, lila, verde tierno. Se ha vendido una casa para costear los gastos. Abuelabella no se arrepiente. Nunca se arrepiente de nada. Je ne regrette rien, como la Piaf, decía. Solamente una vez en la vida se cumplen quince años. Muchas veces en la vida se venden casas y se compran...[176]
Mirando el festín del país, acaso sea ese razonamiento familiar subyacente en la foto de los Luder lo que impidió a la Venezuela en despegue alcanzar la madurez requerida por el desarrollo, tal como preconizaban las teorías de Rostow ya comentadas.[177] Y como en confirmación de la Venezuela frívola y nueva rica que elegimos ser, otras fotos del álbum de los Luder Almarza son, por ejemplo, de Mamabella arreglada para un bonche popof:
Es una fiesta de disfraces. Mamabella irá disfrazada de Juana de Arco. Escoge la ropa. Los va sacando del clóset y va mirando los vestidos, sobre la enorme cama alta, king size. Suzy y Vanesa la ayudan. La pila crece. Es una hoguera de seda. Es una hoguera psicodélica con llamaradas de todos los colores. Juana de raso. Juana de seda. Juana de lamé...
Y por si fuera poco, la hoguera de telas apiladas por madre e hijas se enciende de perfumes: «La pila de Mamabella huele a Diorísimo… Mamabella, Dior y Chanel. Paco Rabane. Lanvin. Chloé, el preferido de mamá».[178]
18. Cual solícita anfitriona de nuestra memoria doméstica, Torres nos aparta del barullo de invitados y mesoneros para mostrarnos parte del interior de la casa; no tanto ya de la rancia mansión de los amos del valle, para utilizar la expresión rediviva por la obra homónima de Herrera Luque, tan en boga a la sazón, sino más bien de la quinta de la clase media enriquecida a empellones y con ínfulas de sofisticación.[179] Recuerda en algo el recorrido que Briceño Iragorry hiciera en la última parte de Los Riberas (1952), al enseñarnos las preferencias decorativas de la burguesía petrolera que refinaba su gusto en las mansiones del Country Club o Campo Alegre, las cuales, por cierto, también se suceden en el novelado catálogo de Torres.[180]
Perspicaz y detallista, la narradora se enfoca sobre la recargada utilería de la burguesía venezolana más nueva rica, personificada por el papá de Marisela, casada con Pedro en el señalado año de 1975:
Tenía una mansión neo-colonial con un gran corredor de columnas azules en el que había un chinchorro, un pilón, un tinajero y unas alfombras de piel de vaca, una sala de «Capuy», un comedor renacimiento español, unos sillones fraileros neo-peruanos, una virgen de Guadalupe en cerámica y unos tapices mexicanos en la escalera, una cocina de fórmica verde empotrada, dos freezers de veinte pies, un fabricador de hielo en cubitos, un dispensador de jugo de naranja, un disolvente automático de basura, tres televisores de treinta pulgadas, dos Betamax, un equipo de sonido profesional japonés, un sistema de riego automático, un circuito de televisión cerrado en el jardín, dos espalderos en la entrada y una puerta de acero corrediza, por lo que puede decirse que tenía una casa completamente venezolana.[181]
Así eran muchas quintas del este y sureste de Caracas, en cuyos jardines se exhibían, junto a los querenciosos nombres de las casas, en hierro forjado, tinajeros, pilones y otros adornos tomados de la Venezuela interiorana, como evocando el reciente pasado rural de sus dueños. Y al lado, en garajes con algo de vitrinas, los Impalas y los LTD parecían proclamar el presente más urbano de aquella burguesía nueva rica que los conducía, como al país mismo.[182] La contraposición de ésta con los herederos del mantuanaje caraqueño –parte del cual, no olvidemos, fue a su vez burguesía advenediza del petróleo– es satirizado en la novela al ser el padre de Marisela invitado a un lance de golf por su venidero consuegro; entonces pretexta que, como «se había acostumbrado a jugar en Miami, la gramita del Country le parecía un poco seca y no le salían bien los tiros»; o cuando las mujeres de la familia advenediza enumeran sus compras de zapatos Gucci y carteras Dior traídas de Mayami, mientras doña Clemencia, la abuela, con la ranciedad de sus años en el Country, los ve como unos parvenus.[183] Hay ribetes aquí del esnobismo de los Montálvez recreados por Pío Gil en la Caracas del Cabito, de los Abila de Pocaterra en la del Benemérito, así como de otras familias rastacueras en las novelas de comienzos de siglo XX, viejo tema retomado y actualizado por Torres para la Venezuela de los setenta y ochenta.[184] No en vano su novela es señera dentro del género que Luz Marina Rivas ha estudiado como «intrahistoria», con un coro de voces femeninas que no solo recrean la aburguesada diversión de la jai, sino también muchos otros motivos de la sociedad venezolana.[185] Porque en esa novela, como en Abrapalabra y Ojo de pez, coexisten no solo las varias fiestas de la Venezuela saudita, sino también, como veremos, otros malestares de la capital que se divertía sin sospechar las tormentas que se avecinaban.[186]
Nuevos pequeños seres
Y le ruego que beba y escriba usted conmigo. Dé vuelta a la hoja y vuelva a beber. Recuerde que después de la puerta del botiquín está la horrible ciudad. Y espera por nosotros.
LUIS BARRERA LINARES, «Aclaro cómo es mi beber», en Beberes de un ciudadano (1985)
19. NO SOLO LA JAI ESCAMOTEABA en sus fiestas los malestares de la Venezuela saudita en descomposición; también desfilan por la novelística de aquellas décadas otros dramatis personae del malestar colectivo, aunque sus expresiones fueran de diversión. Preterida por la rutina de las oficinas y la prisa de las autopistas; ahogada en los brindis de restaurantes y en el frenesí de las discotecas; inaudible en el barullo de bares y areperas, esa desazón acecha con latencia, trasluciendo las miserias y las grietas del statu quo. Más anodinos que las damas de sociedad de Torres o los encumbrados sindicalistas de Britto García, una nueva generación de pequeños seres, descendientes propiamente citadinos de los introducidos por Guillermo Meneses y Salvador Garmendia en nuestra primera narrativa urbana, atraviesa asimismo las novelas que venimos de recorrer; también otras que describen el arco de la Venezuela tan enriquecida como desigual, actualizando todos las situaciones y denuncias, las esquizofrenias y los reclamos de aquellos primeros seres provenientes de provincia.[187] Esa narrativa nos permite recrear no solo la estratificación social de la metrópoli prismática del país, sino también algo de la segregación social y funcional de su estructura espacial, lo cual ya fue adelantado en el tercer libro de esta investigación.[188]
Una analogía de esa capital compleja la encontramos en la «esfera sin límites» de Abrapalabra, donde el autor parece encerrar anodinos habitantes del país descompuesto que ya nos ha registrado desde otros ángulos y jergas; ahora es visto a través de rutinas laborales reminiscentes en mucho de las del Mateo Martán garmendiano, acentuadas por la obsesión y alienación pulsadas minuto a minuto en un lenguaje de reiteraciones. Detrás de su escritorio en el piso veinte, a las 4:01 p.m., el funcionario de Britto García mira desde una ventana panorámica «la bandada de palomas que dan vuelta sobre los cubos de concreto de los edificios»; vista compulsiva y neurótica, repetida un minuto más tarde, contemplando de nuevo «el conjunto de cubos de concreto presumiblemente huecos y repletos de otros escritorios desde donde los ocupantes por similares ventanas panorámicas en ese instante clavan sus ojos en una bandada de palomas que entre cubos y cubos torbellina espirala circunvala.»[189] Recordando las confrontaciones entre lo público y lo privado que atravesaran los personajes de Salvador Garmendia y Ramón Bravo, el empleado salido de esta torre corporativa inspecciona, a las 4:10 p.m., «un centenar de semblantes que se van impresionando en la memoria a fin de que la memoria los vaya borrando»; y un minuto más tarde está ya sumergido en el masificado tráfago de la acera caraqueña:
Entonces sucede que soy presa de las acumulaciones del azar y de las aproximaciones de los rostros que me llevan por esquinas y por pasajes comerciales y me recogen y me rechazan y hasta me llevarían en autobuses y me encerrarían en cines y en salas de conciertos y en almacenes baqueteándome de aquí para allá en la enormidad de sus cifras y de sus fluctuaciones y de sus marejadas. A lo largo de las calles rebotan las perdigonadas de carne que me arrastran. Puertas que escupen balines personales empujados por concurrencias de fuerzas.[190]
Ya no ambientada en el hall de ascensores del Centro Simón Bolívar sino más bien en los de Parque Central, esa hora de salida funcionarial, a las 4:11 p.m., tiene algo del mecanicismo con que la sociología urbana de mediados del siglo XX diera cuenta de la vida pública.[191] Pareciera extremarse en Abrapalabra el automatismo de una rutina urbana prefigurada por el pequeño ser garmendiano, el cual supuso una mutación con respecto al sentido aventurero conservado por el menesiano, con algo todavía del flâneur de Benjamin.[192] Salpicado de carteles de «LIQUIDACIÓN. GRAN REBAJA», el vespertino paisaje de las calles inundadas de empleados es actualizado por Britto García con referencias a la contaminación producida por el «vapor de tubos de escape» y la anarquía del tráfico; cada cruce ofrece «una hilera de automóviles paralizados y en cada automóvil una hilera de caras inmóviles mirándonos mirarlas tras cristales que no detenían el bramido de los motores, y en el siguiente cruce otras cuatro hileras y otras cuatro aún en el siguiente».[193]
Después del encuentro con Alba, la narración, escenificable hasta entonces en cualquier metrópoli, localiza el contexto venezolano a través de pistas rutinarias pero peculiares; desde los estribillos «dámela con masa» y «dos marroncitos», que no dejan de repetirse en la arepera o en la cafetería caraqueñas, hasta la llegada al edificio donde la conserje española hierve el cocido y cuelga sus trapos a secar. Después del sexo apresurado y cronometrado, desde el apartamento los amantes contemplarán, a las 7 p.m., el encendido de los anuncios de neón.[194] Y esa postal de Caracas desde el balcón, tan solo avivada por los neones, prolonga la grisura oficinesca, que con mucho de La tregua (1960) de Benedetti, envuelve hasta la privacidad y el amor de los pequeños seres de Abrapalabra.
20. Tensionados y dispersos entre la izquierda y la bohemia, entre el resentimiento social y el consumismo, entre la segregación y la violencia callejera, personajes y situaciones de la narrativa de José Balza ilustran también el tráfago de la Caracas de finales de los sesenta y comienzos de los ochenta. En Medianoche en vídeo: 1/5 (1988) hay liceístas cabeza caliente que aún idolatran a Fidel Castro y leen a José Vicente Rangel, mientras escuchan música de Alí Primera; así lo hacían todavía personajes subversivos de Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar (1974) y D (1977), emparentados con Los topos (1975) guerrilleros de Eduardo Liendo.[195] Pero también se siente en la novela la frivolidad de la Caracas disco desde finales de los setenta, cuando la asociación travesti iniciara reuniones semi-clandestinas en apartamentos de Parque Central, donde se combina el culto al bel canto con furtivos ballets rosados.[196] Son escenarios que, como en novelas previas de Balza, reflejan el imaginario bohemio de un autor arribado a Caracas en 1957, donde llevó una activa vida cultural e intelectual desde que la metrópoli se le abriera tras dos años, comprometiéndose incluso con la guerrilla en tanto «necesidad de justicia y honestidad».[197]
La expansión metropolitana se evidencia en el cambio de estatus y función de los distritos caraqueños: algunos de los personajes profesionales de Medianoche en vídeo… residen en apartamentos de urbanizaciones ya venidas a menos, como San Bernardino, porque trabajan en el edificio Karam de la avenida Urdaneta, principal corredor comercial de los sesenta; otras zonas elegantes de marras, como Los Caobos, han pasado a albergar dentistas y demás servicios médicos, en busca de los cuales regresa esporádicamente la población migrada.[198] Inaudibles ya las campanadas de la torre de Catedral, el tiempo de esa urbe está marcado por La Previsora, gran reloj e hito corporativo a la vez.[199] Pero la dinámica metropolitana se escenifica no solo en las inmediaciones de Plaza Venezuela, Sabana Grande y Chacaíto, triángulo preferido de la novelística de los sesenta, sino también en los suburbios y poblados tradicionales devenidos satélites: hay tiroteos en urbanizaciones sifrinas como Macaracuay y policías muertos en Los Teques, que es ya parte de la Gran Caracas.[200] Y al igual que en novelas tempranas de Balza o de Antonieta Madrid, se bosqueja en Medianoche en vídeo… la capital cuya clase media había migrado al sureste, más allá del este burgués que marcara la expansión de mediados del siglo XX.[201]
21. Exponente de una crónica social que no permanecía en las mansiones del este, Boris Izaguirre capturó una diversión bohemia más entremezclada con la jai que la de Balza, la cual, vista desde una perspectiva generacional más joven y eventualmente exiliada, anuncia el deslustre social de la Venezuela saudita. Sofisticadas residencias de la gauche divine, como el apartamento de Isaac Chocrón y la quinta «Macondo» de Miguel Otero Silva y María Teresa Castillo, «punto chic de letras y sociedad», fueron visitadas por el hijo de Rodolfo Izaguirre desde la pubertad, cuando se deslumbrara ante el «glamour tropical» de esculturas de Rodin y «penetrables» de Jesús Soto bordeando la piscina.[202] Más tarde asistiría a «fiestas de la high» con toques bohemios y de jet set, ofrecidas en ocasión del paso por Caracas de celebridades como Jorge Luis Borges o el diseñador japonés Kenzo, servidas con bebidas, manjares y algunas de ellas con drogas.[203]
Ya de adulto se movería Boris entre mundos diversos con Titina y sus compañeros de bohemia, a través de la Caracas disco y devaluada, reportada en sus crónicas de El Nacional y otros medios. Los noctívagos lamentan no poder ya viajar a Nueva York o Miami con la misma frecuencia que antes del Viernes Negro, pero se las ingenian para encontrar insólitos distritos y lugares de diversión, desde la renovada Sabana Grande del Metro hasta San Bernardino «en el oeste». Porque, como señala Titina, mientras impulsa a sus compinches a desorbitarse de lugares tradicionales como el Gran Café y La Vesuviana: «‘Antes del 18 fatídico, mi vida social se determinaba en dos o tres pasos más allá de la Plaza Venezuela. La devaluación me ha dado la seguridad de traspasar renovados límites’».[204]
Pero tales confines no eran solo cruzados en las andanzas caprichosas de unos sifrinos devaluados, sino también eran desdibujados en una metrópoli revuelta por el Metro desde 1983, generando nuevos distritos y dinámicas urbanas. Desde la renovación peatonal de Catia, en el oeste, y Sabana Grande, en un «este» que dejaba de ser lejano y aburguesado, hasta la articulación de Bellas Artes en tanto distrito cultural de entretenimiento. El Metro también propulsó, como se evidenciaría mejor en los noventa, desconocidas formas de colonización peatonal y comercial de aquella exclusiva ciudad del este por parte de la población y buhonería del oeste.[205] Bien dice un personaje asiduo de Sabana Grande en la crónica de Izaguirre, como prefigurando las revueltas sociales por venir: «Entre las cosas nuevas, (…) el Metro nos ha brindado una carga de caraqueños pertenecientes a otros boulevares».[206]
22. Heredera de los rutinarios personajes de Garmendia y de los más bohemios de Balza, la nocturnidad de los «auto-relatos» de Barrera Linares entrecruza diversas edades de los pequeños seres. Ya tan urbanizados como los de Izaguirre, aunque quizás no se muevan todavía en Metro, esos noctívagos se deslizan entre los dominios funcionarial y ejecutivo, entre los bajos fondos y la pequeña burguesía.[207] Arrastrando algo de esa mala noche alienada que ya asomara en Día de ceniza (1963) y La mala vida (1968), la bosquejada en Beberes de un ciudadano (1985) es una que todavía se refugia en el botiquín, detrás de cuya puerta «está la horrible ciudad» que siempre «espera por nosotros».[208] Pero es también la mala vida de los ciudadanos motorizados divisados en las colas del tráfico de la metrópoli colapsada antes del Metro, cuyas miradas se encuentran «solo por un instante» pero «sin timidez alguna, sin el movimiento inquietante de los automóviles»;[209] es un tempo del tráfico lento y rutinario que penetra el bar y sus habituales, quienes se reconocen «como carros alienaditos», en medio de «la musiquita casi inaudible de la rocola».[210] Aunque encerrados en el bar o el restaurante, sus vicisitudes remiten a la Caracas desenfadada de las autopistas, de los grafitis en la Cota Mil, de las mujeres que andan muy fugaces «por el lado del canal de ochenta»;[211] es la ciudad de nuevos ricos y recién vestidos, de militares abusivos y políticos corruptos, de «los miles de Licenciados sueltos y vengativos por esas calles…»[212]
Esa visión de la Caracas acechante y congestionada, adolescente y monstruosa, densificada y consumista, donde los malestares capitalinos laten física y socialmente, de noche y de día, está también prefigurada, como en un gran fresco, en la novela inaugural de Ana Teresa Torres. Sus varios planos temporales, jalonados por múltiples voces femeninas, nos permiten colocarla como bastidor para concluir el imaginario de estos nuevos pequeños seres en medio de la masificación.
Toda la ciudad se movía inquieta porque ya no cabía en sí misma entre las montañas, era como una grandísima madre engordada y jadeante, un monstruo joven prematuramente envejecido creciendo dentro de su cuna de niño, desbordada de sus límites, pintorreteada en sus esquinas, en sus muros blancos, las pintas de las paredes anunciando las quejas del sistema, «el mundo está loco quiero bajarme», los árboles intentando sobrevivir entre los avisos publicitarios, los jardines minimizados ante el paso prepotente de las autopistas que albergaban dentro de sí falsos jardines, estatuas de abandonadas figuras patrias, deshojada la piel de las paredes a fuerza de arrancarle los afiches de propaganda política.[213]
Bien podría ser esta la Caracas de los setenta u ochenta, a juzgar por la magnitud de la infraestructura, por el crecimiento voraz y la desazón política de esa especie de animal metropolitano crecido demasiado rápido. Es una sombría postal que podría ser sacada de la literatura periodística y técnica que, a la sazón, transmitía una imagen apocalíptica de Caracas «la horrible», por la inseguridad y la criminalidad ascendente, así como por el deterioro ambiental en medio del maremágnum irreconocible y amorfo.[214]
Como epítome de esa descomposición pública, reflejo de la política y la economía, está «la calle» en tanto escaparate de peligros, según la admonición voceada por la madre y las tías a María Josefina: «porque una señorita como tú no tiene nada que buscar en la calle, en la calle está todo lo malo, todo lo que no tiene que ser»; mientras esta señorita, como una nueva María Eugenia Alonso desobediente de la abuela, sigue reconociendo su predilección por ese público fruto prohibido: «porque a mí me gustaba muchísimo la calle, el rumor, el movimiento, el imprevisto, el gentío de la ciudad, y me asomaba a la ventana del colegio para desde allí ver si pasaba la vida, porque me la estaban restrigiendo tanto que casi ni me quedaba».[215] Actualiza así el personaje de Torres una secular tensión entre lo público y lo privado, entre la masa y el individuo, tensión que jalonaba a los pequeños seres de las oficinas y de la noche, pero que también padece la adolescente en vísperas de profesar su adultez. Y ante todos ellos se contraponía la metrópoli venezolana como muestrario de los malestares nacionales y la calle como corredor del peligro y la descomposición pública.
De neones a culebrones
7:00 p.m.
Sobre la capital se encienden los anuncios de neón.
Uno de ellos, incompleto, representa una muchacha de
cabellos amarillos, con una dentadura de cal. Los ojos
se niegan a encenderse.
LUIS BRITTO GARCÍA, Abrapalabra (1979)
¿A quién imitabas entonces, Amara?
¿A las primeras mujeres de nuestra radio,
que habían pasado desde 1954 a la TV? ¿A una exótica
rubia de Hollywood? ¿A un modelo
de ti misma apenas presentido?
JOSÉ BALZA, Medianoche en vídeo: 1/5 (1988)
23. SABEMOS QUE LA SECULAR TENSIÓN urbana entre lo público y lo privado, entre la masa y el individuo, fue escenificada ya por el sujeto benjaminiano en el comercializado paisaje de arcadas y bulevares de la metrópoli de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Permaneciendo desde entonces como el alienante escenario contrapuesto a la individualidad pugnante por mantener su integridad en medio del bombardeo de estímulos públicos, tal como lo detectara también Georg Simmel para el mismo período, ese provocativo paisaje de consumismo y espectáculos despuntó, en la literatura venezolana, en la novelística de Meneses y Mariño Palacio.[216] Tal escenografía se renovó, desde los sesenta, con el deslumbramiento de los provincianos personajes de Salvador Garmendia y González León a lo largo de sus odiseas narrativas, mientras en la crónica de Lerner se coloreó con la iconografía de la urbanización cinematográfica y consumista.[217]
En una actualización de los significados de esa escenografía publicitaria, la cual resulta muy caraqueña por lo demás, Britto García coloca a sus rutinarios seres salidos de las oficinas, exhaustos después del sexo cronometrado, en los balcones y las ventanas de los apartamentos, desde donde contemplan, como hemos visto, los anuncios de neón encendiéndose en el crepúsculo. «Uno de ellos, incompleto, representa una muchacha de cabellos amarillos, con una dentadura de cal. Los ojos se niegan a encenderse», registra el autor en inquietante imagen que parece sacada de un portafolio pop de Warhol o Lichtenstein.[218]
Con el acero refulgente de las perforadoras neumáticas taladrando las calles siempre rotas, reflejándose en el cromo rutilante de los automóviles y en el cristal de las vitrinas, esta estridente «ciudad de neón» informa otro motivo recurrente de la masa textual de Britto García.[219] A lo largo del catálogo publicitario, símbolo inequívoco del capitalismo ideologizado, el autor de izquierda despliega su dilema entre la «obra de compromiso» que Abrapalabra tiende a ser, y la «narrativa abierta» desplegada en Rajatabla.[220] También la publicidad y el cine aparecen en esta última como términos mitológicos que constelan la sustancia lingüística, la cual quiebra, a propósito, la ortografía y la resonancia cuasi divina de algunas estrellas; como cuando el narrador parece mofarse de que haya que «correr asta el cinne en donde dice ESTRENNIO PANAVISION LISA-BEST TAILOR».[221] Sabemos que estas estrellas son catalogadas, con reverencia no exenta de ironía, en el firmamento farandulero de Elisa Lerner; pero, a diferencia de En el vasto silencio de Manhattan (1971) o Yo amo a Columbo (1979) –donde nuestra urbanización cinematográfica es reconocible en el álbum que va de las divas de Hollywood a las starlets de los sesenta– en Britto García predomina la intención de escandalizar y erosionar al establecimiento burgués que mitifica al cine y la televisión.[222]
24. Ya se ha comentado que en la modernización mediática y publicitaria reconstruida por José Balza en D, se encuentran, junto a novelados episodios de la radiodifusión, referencias históricas de la televisión que iba retratando la metamorfosis del país urbano: desde los rostros maquillados por Max Factor en el Miss Venezuela de 1955, casi en los comienzos de la televisora nacional; pasando por el americanizado confort doméstico personificado por Ana Teresa Cifuentes en La perfecta ama de casa; hasta los modismos iconográficos de las generaciones decantadas por fumar Astor o Baby Blue, conducir un Chevrolet o beber cerveza Zulia.[223] A pesar de estas referencias abundantes e ilustrativas, se suele asumir que D ficcionaliza la historia de la radio en Venezuela, mientras que Medianoche en vídeo… lo hace con la más tardía y dilatada de la televisión,[224] si bien puede decirse que ambas novelas entreveran en el fondo sus imaginarios mediáticos.
Pero es cierto que, siguiendo la impronta de su título, la televisión se enciende desde el comienzo de Medianoche en vídeo…, donde Amara se nos ofrece como el primero y gran personaje seductor, hecho público desde las cuñas de jabón Lux para tocador y los ensayos en el teatro Nacional, cuyas inmediaciones apenas conocía antes de inscribirse en la Escuela Nacional de Teatro.[225] Porque la infancia y adolescencia de Amara son representativas no solo de la inmigrada Venezuela de mediados de siglo XX, sino además de la Caracas segregada, cuyos suburbanos habitantes de clase media ya no frecuentaban el centro congestionado. «Nacida en la ciudad, la niña solo conocía la región sureste; y de allí, tres avenidas. En su edificio, a la vez el pasillo central y su apartamento. Viejas moradas construidas a fines de los cuarenta, con escasos semáforos cerca, arboledas y trozos de montaña aún vírgenes», son significativas claves habitacionales para entender la enigmática seducción ejercida por la actriz adulta.[226] A su temprana imagen pública le pregunta el mismo narrador, como interpelando a la nación que fue transmutando su rostro urbanizado a través de los diferentes medios de comunicación: «¿A quién imitabas entonces, Amara? ¿A las primeras mujeres de nuestra radio, que habían pasado desde 1954 a la TV? ¿A una exótica rubia de Hollywood? ¿A un modelo de ti misma apenas presentido?»[227]
Confirmando la historia nacional novelada en Medianoche en vídeo…, personajes como Amara fueron retratados sobre «la imagen de una singular actriz» de la televisión de los sesenta y setenta, tal como confesara Balza en correspondencia a Belrose; aunque ya la referencia a Doris Wells podía deducirse no solo de la publicidad de los jabones, sino por telenovelas archifamosas, como Historia de tres hermanas.[228] En este sentido, los personajes balzianos reconstruyen una como historia de Venezuela a través de grandes títulos y tramas de la pantalla chica protagonizados por Amara. Así por ejemplo Fermina Leal, telenovela que representara el «orgasmo relampagueante» de un medio por demás indiferente a los impactos del Mayo francés o la revolución hippie en Norteamérica; durante los meses cuando se transmitía por las noches, nos dice un narrador trocado en cronista, la telenovela paralizó el tráfico y «Caracas entera parecía un centelleante cementerio de televisores (como el ficticio camposanto donde Amara destruía a su víctima)».[229] Acaso este doble sentido televisivo e histórico venga reforzado por el hecho de que, tal como recordara Liscano, las novelas de Balza están escritas en primera persona, «siendo el autor testigo y actor» a la vez.[230] Es un recurso utilizado por el novelista con maestría para recrear un país cuya reciente historia urbana ha estado jalonada por productos mediáticos, desde las misses hasta los culebrones, los cuales se convertirían, no es casual, en reconocidos rubros de exportación venezolana.[231]
25. No solo la mitología televisiva nacional está en el imaginario de la narrativa escrita en la década de 1980, con mucho de nostalgia por aquélla. También aparece la cinematografía mexicana, tan influyente sobre el culebrón venezolano, en Si yo fuera Pedro Infante (1989), de Eduardo Liendo, cuyo primer retrato del televisor omnipresente fue El mago de la cara de vidrio. Junto a los innumerables personajes de Infante, también Miroslava, Libertad Lamarque y otras divas del cine charro desfilan por el acontecer narrativo, animándolo con letras de canciones y tramas melodramáticas entretejidas, sin solución de continuidad, con las voces caraqueñas de la novela. Por ello las ciudades mexicanas asociadas con el itinerario de cantantes y mariachis concursantes en la radio y la tele mexicanas, desde Guasave y Culiacán hasta la propia capital federal, ambientan a ratos la novela de Liendo. En la babel azteca, el cantante recién llegado afirma perplejo:
Un provinciano en Ciudad de México parece un extranjero porque de plano está en otro país. Me mareaba mirar tanta gente pasando, como un río crecido que sacudía toda la ciudad. Yo pensaba que vivían en una eterna procesión, o en unas fiestas patronales interminables. Los ojos se me saltaban del asombro y tampoco podía acostumbrarme a que nadie reparara en mí. Porque el provinciano extraña la vida familiar. Los conocidos caños del manso cocodrilo…[232]
Además de confirmar el sempiterno contraste entre el gregarismo de la comunidad y el anonimato de la asociación, registrado por la sociología urbana desde la caracterización de Ferdinand Tönnies, la postal de Liendo ilustra esa internacionalización de los personajes y las tramas señalada por Barrera Linares a propósito de la narrativa venezolana finisecular.[233] Para explicar el contraste entre el festivo anecdotario de los artistas mexicanos, y la anodina existencia de los pequeños seres criollos, mediante la referencia a La vida es sueño de Calderón, el narrador nos da claves para entender esa esquizoide relación de alteridades y sublimación, entre estos héroes que podríamos llamar interdiscursivos, y quienes actúan en la realidad de partida de la novela.
Construir sueños con el recuerdo de las viejas películas vistas con ojos infantiles, o transformar los deseos en sueños de película. Sustituir al héroe en una noche de insomnio, mientras una corneta real nos devora la cordura. Transmutar las divas de las películas en las mujeres que nos negó la vida como sueño. Inventar nuestra propia ficción.
Ser uno, por primera y única oportunidad, el muchacho de la película. Para que la realidad no sea tan verdadera, ni el sueño tan imposiblemente sueño. Y así, Perucho Contreras, el oficinista, pueda tomar prestado el sombrero alado de Pedro Infante; para dejar de ser un poco tan Contreras y el Infante tan charro. Al final, comprobar si es cierto que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.[234]
Se constatan en esta novela inquietudes y temas de la obra de Liendo, tales como la «crítica sin mensaje» a los medios de comunicación, con la televisión como el más intruso, tal como ya se iniciara en El mago de la cara de vidrio. Sin embargo, a diferencia de la denuncia más ideologizada observable en Britto García, Si yo fuera Pedro Infante se afinca, a juicio de Liscano, sobre el sencillo pero fuerte argumento y anécdota de la novela, lo que le permite desmarcarse del mero «costumbrismo urbano», entre otros tópicos compartidos por autores de su generación.[235] También destaca en la ingeniosa trama de Liendo la sublimación de la rutinaria existencia cotidiana a través del héroe televisivo o cinematográfico; porque, tal como señala Barrera a propósito del anodino antihéroe que sueña ser Infante: «Perucho Contreras somos todos porque él, con nosotros, logra hacer realidad el paso imaginario de la insignificancia del personaje oficinista a la grandeza del ídolo».[236]
26. El imaginario televisivo desde finales de los sesenta, pero sobre todo en los setenta y ochenta, se fue urbanizando a trompicones, como la Venezuela saudita, tal como se desprende de las novelas de Balza en sintonía con el medio catódico. Después de aquellos blanquinegros pero progresistas tiempos de Televisa y Telecentro; pasando por los shows de variedades de Víctor Saume y Renny Ottolina, mostrando modernizados códigos de consumo y estrellas del pop internacional a embelesadas audiencias del mediodía; más aún con la tardía llegada de la televisión a color en 1979, seguida de voluminosos casetes de Betamax y VHS, tan en boga a finales de la Gran Venezuela; hasta las acartonadas novelas protagonizadas por José Bardina y Lupita Ferrer, o los programas vespertinos con toques cómicos de Mirla y Miguel Ángel; toda esa programación desfila por la novela de Balza, cual catálogo farandulero de nuestra urbanización televisiva.[237]
Se suceden asimismo en Medianoche en vídeo… las reflexiones del autor, por boca de sus personajes, sobre tendencias de la producción dramática de los setenta y ochenta, las cuales traspasan los límites del imaginario narrativo para adentrarse en la crítica mediática. Se reconoce entonces, como hace notar Belrose, el «impulso renovador, llevado a los estudios de TV por hombres salidos de la literatura y el teatro (Salvador Garmendia, Pilar Romero, José Ignacio Cabrujas, entre otros) ya cautivada la audiencia con producciones como Campeones, La señora de Cárdenas, Soltera y sin compromiso»;[238] o también cuando se comenta el aporte de actores y actrices –Wells, Hilda Vera, Amalia Pérez Díaz, y nuevos guionistas, hasta Ibsen Martínez.[239]
Ese entusiasta reporte de la radio y la televisión en las novelas de Balza dio paso a una alegoría más sombría y secundaria en Después Caracas (1995), donde el personaje de Juan Ernesto Torrealba encarna, con toques de humor, al magnate de los medios. En esta obra «el tono es sarcástico y se denuncia sin contemplaciones el papel embrutecedor de la televisión, poderoso instrumento de alienación en manos de la burguesía y cuyos soportes esenciales son la publicidad y las telenovelas».[240] En este sentido, además de la tangencial crítica fictiva, hace falta considerar la posición personal de Balza, hasta cierto punto elitesca, con respecto a la participación del intelectual en el ladino «negocio» televisivo: «Si un intelectual se presta a la televisión sabe que se va a convertir en un burro inmediatamente porque allí no hay posibilidad de nada».[241] Con algo de intransigencia, ha sido una posición sobre nuestros malestares culturales, voceada en entrevistas, a partir de su crítica al relajamiento del otrora intelectual contestatario en las décadas posteriores a las guerrillas: «La superficialidad con la que hemos manejado este país viene de que figuras de la izquierda, entronizados como grandes sacerdotes, le hicieron creer al país que debíamos ser frívolos y que la profundidad y la seriedad no tenían valor».[242]
No obstante este giro finisecular del autor al evaluar el aporte cultural de la televisión, la novelística de Balza confirma la importancia de los medios y la publicidad en nuestra urbanización. Lo han hecho también las ocurrentes obras de Liendo con el cine mexicano y otros imaginarios traídos a nuestros hogares por el mago de la cara de vidrio, así como la masa textual de Britto García con la multiforme publicidad de las calles caraqueñas. Es un catálogo que, en esta última sección, se ha tratado de reconstruir a propósito de nuestra urbanización publicitaria y farandulera, desplegada a la par de la demográfica, en un arco que se extiende de neones a culebrones.
Rocambolescos han sido también, como secciones anteriores de este primer capítulo han tratado de mostrar, otros procesos que la narrativa de Britto y Balza, Barrera y Liendo, entre otros, han ilustrado con motivos como la improductividad y burocratización del Estado saudita, así como el consumismo y el envite de la sociedad nueva rica; síntomas todos de los malestares capitalinos de una nación decadente. Pero la inquietante comedia humana bosquejada por esta narrativa debe ser completada, en la próxima parte, con una agenda ensayística que detecta, con señalada desesperanza, los irreversibles desequilibrios de una Venezuela urbanizada demográfica pero no culturalmente, al tiempo que advierte otros malestares capitalinos a punto de estallar en una crisis de todo orden.
III ENTRE CULTURA Y DESMEMORIA
En busca de lugar en Occidente[243]
No podríamos tener, y sería totalmente antihistórico que la esperáramos, la posibilidad de una creación kantiana, hegeliana o marxista entre nosotros, pero en cambio ha habido y merece ser mejor conocida y comprendida la peculiaridad latinoamericana del pensamiento de Occidente que se ha manifestado, como lo hizo entre los rusos, más original y poderosamente en la literatura de creación, en la novela o en la poesía, que en la elucubración filosófica o crítica.
ARTURO USLAR PIETRI, «Somos hispanoamericanos», en Fantasmas de dos mundos (1979)
1. PUESTO EN SUS COORDENADAS INTERNACIONALES, el debate sobre la relación entre cultura y civilización en la sociedad venezolana, en trance de urbanización mientras buscaba industrializarse, es de vieja data entre la intelectualidad nacional. Recordemos que, después de la reflexión positivista de los doctores del gomecismo, en el segundo tercio del siglo XX, Picón Salas y el primer Uslar, Enrique Bernardo Núñez y Ramón Díaz Sánchez, entre otros, habían ya apelado a nociones de este tipo, derivadas de autores como Spengler, Frobenius y Toynbee, para dar a la singladura venezolana un lugar y una ruta en los mapas civilizadores.[244] De cierto modo también, el diálogo con las nuevas formas de modernidad, en el marco de la pax americana de la segunda posguerra, había sido ocasión para barruntar coordenadas económicas y sociales, técnicas y culturales, de las urbes venezolanas. Pero pareciera que esa inicial inquietud histórica, filosófica y sociológica tornose admonición en algunos pensadores criollos, en vista del atropello observable en el proceso de urbanización venezolana, que nos fue alejando de los atributos y las posibilidades inherentes a aquellas nociones básicas de cultura y civilización.
Aunque no fuera en apariencia una pregunta urbana, una de las cuestiones más fundamentales e inquitantes de esta vasta agenda culturalista apuntaba, nada menos, que al lugar y el aporte nuestros dentro del orbe civilizado de Occidente, al que se nos adscribiera desde el descubrimiento de 1492, en el cénit del Renacimiento europeo. Si bien no fuera de los primeros en plantearla, sí lo hizo de manera explícita Rafael Caldera: en una conferencia sobre Aspectos sociológicos de la cultura en Venezuela, el profesor universitario se refirió a Arnold Toynbee como una de las figuras cimeras de la historia –así como Kant, Comte y Marx en sus respectivos campos– tomadas como arquetipos por el futuro presidente para mostrar que Venezuela no había llegado tan lejos; ello a pesar de que esos nombres «aparecieron en un momento cronológico en que ya nuestra cultura existía» y tenía una formación, por lo que no estaba descartado el que hubiera podido generarlos. El profesor Caldera fue indulgente, sin embargo, con nuestros logros como nación:
Pero hemos producido un pensamiento propio, una obra, un contenido humano, una actitud del sujeto ante la vida, una reacción ante los problemas; y eso lo hemos producido, incluso en valores intelectuales de la talla que consideramos, con justo título, universal, como lo son: Bolívar, que aparte de su figura en las realizaciones históricas, tiene un puesto ganado en la historia del pensamiento, Andrés Bello y otros menores que ellos, pero genuinamente ilustres, porque realizaron obra dentro del campo del espíritu, dejaron actitudes, sembraron ejemplos, crearon precedentes, que le dan una valoración positiva a la cultura venezolana.[245]
Era una respuesta moderada, tributaria como siempre del socorrido mito bolivariano, pero reconocedora al mismo tiempo de un procerato civil inaugurado por Andrés Bello, patriarca de una genealogía en la que, a la postre, el mismo Caldera acaso podría inscribirse. Dejaba éste empero sin responder la cuestión sobre la obra o el movimiento artístico, el descubrimiento científico o técnico que diera a Venezuela un lugar en la civilización occidental. La reflexión de Caldera sí se atrevía, no obstante, a dar más especificidad sobre nuestra tipificación cultural; para ello, entre los varios rasgos asociados a nuestra cultura «mestiza», el académico apeló a la clasificación de Gabriel Tarde entre sociedades de costumbre y de moda, para ubicar a la venezolana dentro de esta última categoría, por nuestra posición tan «abierta como nuestras costas».[246] Distinguiendo principalmente los estratos castellano, francés y norteamericano en la formación cultural venezolana desde la Colonia, el humanista no dejó de reconocer la influencia latinoamericana en el pensamiento, a través del Uruguay de Rodó, de la Argentina de Sarmiento y el Chile de Lastarria. Pero más que una nación imitadora, Venezuela podía considerarse como una de las de más «proyección hacia afuera», rasgo que, avivado por la inmigración secular experimentada por el país, llevó al estadista a concluir, acaso muy rápidamente, que «siempre hemos tenido una tendencia a imitar lo universal».[247]
2. Hemos visto que esa supuesta tendencia imitativa de lo universal, con frecuencia reducida a lo meramente foráneo, ha sido peligrosa para la sociedad venezolana en varios episodios seculares, sobre todo después de la revolución petrolera: desde la extranjerización y el pitiyanquismo denostados por Briceño Iragorry, hasta la excesiva movilidad cultural denunciada por Liscano y Díaz Seijas, entre otros.[248] Al plantearse nuestra relación con lo foráneo y nuestra contribución civilizadora como nación, Díaz Seijas pareció rehusar la fácil respuesta de la intelectualidad izquierdista latinoamericana, sobre todo a partir de la Revolución cubana, según la cual nuestro rezago se debía a la dependencia económica, técnica y material, por un lado, e intelectual y espiritual, por el otro, extremos dominados geopolíticamente por Estados Unidos y Europa, respectivamente. Para superar ese atraso secular, en Ideas para una interpretación de la realidad venezolana (1962), Díaz Seijas señalaba que el intelectual venezolano de comienzos de la era democrática tenía un activo y crítico rol por cumplir, para no ensanchar una brecha que se hacía alienante y vergonzosa.
Si seguimos ahondando el contraste entre el progreso producido por la técnica, que entre nosotros en fin de fines es importada, y la formación espiritual del hombre moderno venezolano, con prédicas vacías, de inspiración libresca, llenas de hipocresía y frialdad humana, estaremos retardando en no se sabe cuántos decenios el triunfo definitivo de una conciencia nacional armónica e indivisible.[249]
Se trataba entonces de buscar una función social, según el ensayista y docente, para superar la tentación del intelectual venezolano por el bizantinismo y la erudición vana, distanciadoras de las «mayorías nacionales», ante las cuales terminaba exhibiendo una actitud soberbia y de «indolencia mental».[250] La falta de conciencia respecto de esa función social del intelectual, así como el desdén de éste por la practicidad, encerrado como había permanecido en su torre de marfil, influían también en el señalamiento del mismo Caldera sobre nuestra desigual relación con lo universal, en la que cabía distinguir un cierto complejo de inferioridad frente a Europa, diferente de la relación de «hermano mayor» sostenida con los Estados Unidos.[251] Y recordemos asimismo que eran estas cuestiones recogidas por Picón Salas desde entreguerras, sobre todo cuando en Preguntas a Europa y La esfinge en América, redimensionara su relación con los pragmáticos valores estadounidenses, después del intelectualismo europeizado transmitido a su generación por los aristarcos arielistas.[252]
3. Quizás la gran respuesta a la cuestión del aporte latinoamericano a la civilización occidental vendría de Uslar Pietri. Conviene enmarcarla primeramente en el protagonismo divulgativo de don Arturo dentro del país urbanizado por los medios, el cual era consecuente con la propia visión uslariana de la educación y la cultura para la formación del ciudadano y del intelectual. Tras la muerte de Picón Salas en 1965, Uslar siguió siendo, más que Liscano, la conciencia denunciante de los desequilibrios sociales, económicos y urbanos en la Venezuela de Puntofijo. Ya para entonces desprovisto de las funciones políticas y administrativas que lo habían hecho confrontar a Betancourt y a los cogollos adecos; superadas incluso las ambiciones electorales que le impulsaran a participar en la campaña de los sesenta, el prohombre se había abocado al periodismo y la publicidad, junto a la labor divulgativa en televisión. Puede decirse que estaba ya instaurada la «uslaridad» referida por Manuel Bermúdez, en tanto «realidad histórico-literaria» sembrada por don Arturo desde su temprana obra narrativa y ensayística de los años treinta, en especial el famoso editorial «Sembrar el petróleo»; caudalosa e imponente como «un río Orinoco con siete estrellas de mérito reconocido por la nata, la leche y el café del mestizaje criollo», la penetración de esa uslaridad, tan descollante como erosionada estaba la democracia representativa, era en parte debida a ser el polígrafo «un diablo en el manejo de la metáfora».[253] Pero se apoyaba también en la vasta cultura del humanista de impecable expresión, como pudimos comprobar tantas noches los «amigos invisibles» que lo escuchábamos en las ediciones televisadas de Valores humanos, en las cuales la uslaridad se convertía en «tejido sonoro envolvente».[254] Enumerativo por erudito, cargado de superlativos e hipérboles, su discurso mediático fue para varias generaciones afortunadas de verlo gesticular en las pantallas, tan seductor y elocuente como la prosa ensayística y narrativa de sus volúmenes.
La aquilatada cultura de Uslar le hizo finalmente ganar –como era justo desde el comienzo– el respeto de intelectuales adecos e izquierdistas, quienes sucesivamente le habían estigmatizado de conservador y reaccionario, bien fuera por la cercanía de su familia al Benemérito en Maracay, por sus legaciones en la diplomacia gomecista, o por su participación en los gabinetes de López Contreras y Medina Angarita. Ya para comienzos de los años ochenta, un intelectual tan crítico y culto como Ludovico Silva despegaba aquellas etiquetas colocadas por su generación a la obra uslariana, para proceder a un análisis más fresco de las provocativas ideas allí contenidas, más que de las posiciones políticas de su autor. Así se desprende de la elogiosa reseña publicada por el también columnista de El Nacional sobre La isla de Róbinson, aparecida en 1981. A propósito de la recreación hecha en ésta de la estancia de Simón Bolívar y de su maestro criollo, Simón Rodríguez, en la Europa napoleónica, resaltó Silva que el novelista «en este terreno se hallaba a sus anchas; podía desplegar allí todo su enorme cúmulo de sabiduría histórica (yo me atrevería a decir que Uslar Pietri es el único hombre con verdadero sentido histórico en la Venezuela de hoy)», enfatizó el mismo autor denigrante de otras connotadas figuras de la escena intelectual latinoamericana. Yendo más allá, el también ensayista procedió a encomiar uno de los rasgos de la novelística uslariana –por el que quizás ha sido más bien criticada por narradores–, a saber: que La isla de Róbinson gozaba también
de aquellas características que Unamuno soñaba para una novela suya: la de ser un ensayo al mismo tiempo. Uslar logra la magia de llevarnos, como de la mano, por las más increíbles aventuras de sus personajes y también por el fondo más profundo de sus pensamientos. Por eso esta novela no es solo una novela: es un libro de pedagogía histórica.
Silva dixit.[255]
4. Acaso influía en este elogio la respuesta dada por la novela de Uslar Pietri al debate desencadenado en la década anterior por la obra de Carlos Rangel, sobre la relación entre buen salvaje, utopía y revolución en Latinoamérica, debate que la generación de Silva había hecho suyo con posiciones en apariencia liberales y progresistas, pero históricamente miopes.[256] Porque, en cierta forma, la biografía novelada del maestro librepensador era una revisión erudita y madura sobre la progenie del Emilio rousseauniano, pero elaborada desde la vasta perspectiva humanística requerida para comprender las raíces filosóficas del mito del buen salvaje y las doctrinas del socialismo utópico.
Si aquel Bolívar todavía díscolo había jurado ante el maestro aún joven, en una colina romana, «romper las cadenas» para iniciar la revolución política de la América española, el exégeta de Rousseau y Defoe sabía que la revolución social y cultural había de «comenzar por los niños», siguiendo una «física social» análoga a la descubierta por Newton para el universo material.[257] No quería el autor de Sociedades americanas (1828), sin embargo, que sus doctrinas fuesen confundidas con las de Saint-Simon, Fourier u Owen, las cuales había en parte conocido en sus formativos lustros europeos: «Lo mío es distinto», le hizo proclamar Uslar ante el ilustrado viajero francés que lo encontrara en Valparaíso en el ocaso de su vida. «Era diferente porque aquellos reformadores querían comenzar por reformar la sociedad, mientras que él hacía partir todo de la escuela», retoma el narrador uslariano casi al final del libro, como recordándonos la novedad incomparable y universal del maestro del Libertador.[258]
Solo desde una cima cultural como la alcanzada por Uslar junto a su novelado maestro –alter ego y antecesor de este otro Róbinson secular– podía entonces divisarse el revelador alcance adquirido por la revolución de don Simón, sobre todo por contraste con la degeneración vivida en la Venezuela saudita, denostada por don Arturo en el otoño de su propia vida. De allí la paradoja y la metáfora tan bien captadas por Silva a propósito de un pensador de imagen tan aburguesada:
Uslar suele pasar por un «conservador». Pero la verdad es que este libro es profundamente revolucionario y hasta demoledor. Frente a un gobierno que tanto habla y nada hace sobre la educación, el mensaje de Simón Rodríguez sigue vigente como una perspectiva revolucionaria. Róbinson vivía en su isla. ¿No estará Uslar Pietri también condenado a vivir en una isla rodeada de cultura por todas partes?[259]
La de Uslar era así, entreverada con la de Rodríguez, una concepción revolucionaria de la educación y de la función social del intelectual en el sentido planteado también por Díaz Seijas, voceada en los años en que colapsaban la paideia y los valores sociales de la Venezuela saudita. Incluso entonces, Uslar trató de rescatar la robinsoniana «educación para la vida» al coordinar la Comisión Presidencial para el Estudio del Proyecto Educativo Nacional. En el informe final de ésta, producido en 1986, se abogaba por «una educación que no deje sin destino útil y deseable a ningún ser humano y que corresponda al concepto expresado hace tanto tiempo por Simón Rodríguez, de enseñar a las gentes a vivir».[260] Pero más pudo Uslar rescatar el legado de aquél con su novela que con informes destinados a engavetarse en ministerios, como le ocurriera a don Samuel en las covachuelas con las reformas propuestas en Ecuador, Perú y Chile.
Revolucionario en genuino sentido democrático, el paradigma formativo predicable de ambos maestros sería resaltado, generaciones más tarde, por Rafael Arráiz Lucca, a propósito de la fascinación de don Arturo por el personaje de Simón Rodríguez y Samuel Róbinson –dos de los nombres de la múltiple persona que originalmente fuera Simón Carreño– en contraposición con el modelo educativo más elitesco y tradicional, representado por Andrés Bello.
De este caraqueño raro, a Uslar siempre le interesó el hecho de que hiciera de la educación el eje de formación de republicanos. Le seducía el enfoque que Rodríguez le daba a la revolución: optar por hacerla en el aula, no en la calle, ni en los palacios gubernamentales, ni asaltando el poder político, sino formando ciudadanos.[261]
5. Nutrido por funciones como hombre público al servicio de la Venezuela de los setenta –director del diario El Nacional (1969-74) y embajador ante la Unesco (1975-79), entre otras– Uslar siguió desarrollando sus preocupaciones hispanistas en libros como La otra América (1974), Fantasmas de dos mundos (1979) y Fachas, fechas y fichas (1982), resultantes en gran medida, como tantas otras de sus publicaciones, de conferencias y colaboraciones en prensa. En esos libros queda de manifiesto, como vertiente de la uslaridad inquiridora por las coordenadas culturales del hombre latinoamericano, en la civilización occidental, la cuestión sobre la posición, identidad y contribución del sujeto social de América Latina; ella fue resumida en la nota introductoria que desde París escribiera el Embajador venezolano al segundo de los títulos citados:
Los fantasmas de este libro son algunos de los que persistentemente me visitan e inquietan, nacen del encuentro catastrófico y creador de dos mundos, el Viejo y el Nuevo, de los varios pasados diferentes, de los diferentes tiempos y espacios, de las más viejas herencias y de las más nuevas posibilidades, que son y seguirán siendo el tema fundamental de la meditación y la creación de ese extraño y predestinado hombre de la última frontera de Occidente que es el hispanoamericano.[262]
Una de las cuestiones retomadas por el autor en este libro se refería, precisamente, a la peculiaridad y al aporte de España y sus descendientes del Nuevo Mundo al acervo artístico y cultural de Occidente, considerando que aquéllos habían sido omitidos por lord Kenneth Clark en la serie televisiva Civilisation, producida y transmitida por la BBC a finales de la década anterior. Como para reforzar su respuesta al historiador del arte y profesor de Oxford, Uslar estableció una interesante analogía entre la posición periférica de Latinoamérica y la de Rusia con respecto a Europa occidental. Tal comparación resultaba válida no solo respecto del papel secundario de ambos bloques en el pensamiento racional o la inventiva tecnológica, sino especialmente reveladora en las manifestaciones de la cultura creativa, donde ponderó el humanista venezolano la mayor peculiaridad y el mejor aporte del ser hispanoamericano en Occidente.
No podríamos tener, y sería totalmente antihistórico que la esperáramos, la posibilidad de una creación kantiana, hegeliana o marxista entre nosotros, pero en cambio ha habido y merece ser mejor conocida y comprendida la peculiaridad latinoamericana del pensamiento de Occidente que se ha manifestado, como lo hizo entre los rusos, más original y poderosamente en la literatura de creación, en la novela o en la poesía, que en la elucubración filosófica o crítica.[263]
Resulta interesante observar que, a la luz de las interpretaciones hechas por autores como Rangel y el mismo Uslar sobre la revolución como respuesta a los mitos modernos del buen salvaje y la utopía, uno podría decir que el pensamiento marxista sí había tenido una reinterpretación americana que don Arturo parece olvidar en este alegato; ello en todo caso reforzaría su respuesta al tácito cuestionamiento sobre el concreto aporte hispanoamericano a la civilización occidental. Por lo demás, no olvidemos que también lo haría el autor al recordar muchas veces no solo las contribuciones latinoamericanas a Occidente a través del caudal creativo, sino también de los productos naturales, las modas y las cuestiones descubiertas por Europa en América: desde la papa, el caucho, el tabaco y el maíz; pasando por las innumerables especies naturales utilizadas por Humboldt y Darwin para ilustrar sus teorías de evolución natural; sin olvidar la humanidad de los indígenas, generadora del mito del buen salvaje entre los utopistas primero y los enciclopedistas después; hasta desembocar en las revoluciones independentistas que avivaran las teorías socialistas y comunistas, mientras los exuberantes escenarios americanos ambientaban los idilios románticos, de Atala a Paul et Virginie.[264]
6. En dirección contraria, prestando oído a pensamientos voceados en otra novela uslariana –que siempre tienen un valor ensayístico, como bien señalara Silva a propósito de La isla de Róbinson– valga apuntar que, no obstante su postura hispanista respecto del continente, Uslar Pietri había planteado, por boca de algunos de sus personajes novelescos, inquietudes más particulares referidas al aporte civilizador de Venezuela como nación. En las atropelladas tertulias sucedidas en el despertar democrático de Un retrato en la geografía (1962), por ejemplo, el doctor Milvo casi pareciera hablar por su creador al refutar el socorrido argumento de que por ser supuestamente un pueblo joven, estaríamos históricamente excusados de no haber producido descubrimientos científicos. «Por descontado, somos mucho más viejos que los Estados Unidos o Canadá. Chicago se fundó trescientos años después de Cumaná. Ésas son las cosas que nosotros repetimos como loros».[265]
Además de ser falaz y engañosa, la argumentación sobre la supuesta juventud histórica de Venezuela resaltaba la cuestión de su unificación en torno a una gran obra de arte fundamental, que permitiera alcanzar la superación de sus contradicciones y desfases, al menos para una nación aspirante a ser más que una factoría o un campamento. «Tal vez los países no se encuentran y reconocen hasta que se expresan en una gran obra de arte», plantea el Sormujo de la novela, apelando a los ejemplos de la Eneida y La divina comedia, en términos semejantes a la noción de «clásico» en tanto obra de veneración y exégesis nacional, como Borges lo formulara en Otras inquisiciones.[266] Para ser más que una factoría, una colonia o un campamento –metáforas punzantes en medio del furor petrolero en que la novela transcurre– una tal obra de arte pareciera ser la gran forma de superar, al mismo tiempo, las contradicciones entre lo rural y lo urbano, entre el atraso y el esnobismo, contrastes observables en las afueras caraqueñas donde los personajes dialogaban a finales de los años treinta:
Toda esa misteriosa contradicción no resuelta es la que hay que expresar. Ese país de campesinos que no se resignan a ser campesinos, de gente de ciudad, que no sabe ser gente de ciudad, de caraqueños que miran desde su aldea, con desprecio, el campo que les nace en las narices, de venezolanos que sufren de ser venezolanos. Todo eso es lo que hay que resolver y reconciliar en la síntesis perfecta de una obra de arte.[267]
Esa obra redentora invocada por el personaje uslariano no se produjo, al menos en el sentido de resolver contradicciones que no harían sino agravarse, como se seguiría viendo, sobre todo desde las dislocadas metrópolis de la Venezuela saudita. Así, si Latinoamérica había encontrado, para Uslar, un puesto en la civilización a través de su ingente literatura creativa, la Venezuela urbana parecía seguir en busca de lugar en Occidente, incluso siglo y medio después de Bolívar y la pléyade independentista de la que partiera Caldera en su reflexión sociológica sobre la cultura nacional.
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