Read the book: «Poética. Magna Moralia.»

La Biblioteca Clásica Gredos, fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con 415 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.
Publicado originalmente en la BCG con el número 390, este volumen presenta las traducciones de la Poética y la Magna Moralia, realizadas por Teresa Martínez Manzano (Universidad de Salamanca) y Leonardo Rodríguez Duplá (Universidad Complutense de Madrid).
Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.
La traducción de este volumen
ha sido revisada por David Hernández de la Fuente.
© de las introducciones, la traducción y las notas: Teresa Martínez Manzano y Leonardo Rodríguez Duplá.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.
Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 2011.
Primera edición en este formato: enero de 2020.
RBA • GREDOS
REF.: GEBO460
ISBN: 978-84-249-3757-7
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POÉTICA
INTRODUCCIÓN
1. CARÁCTER Y CONTENIDO DE LA «POÉTICA»
La Poética de Aristóteles es sin duda el tratado de crítica literaria con mayor repercusión histórica de cuantos se han escrito. Su irradiación se deja sentir intensamente todavía en nuestros días, buena prueba de que ni siquiera la reacción contra el clasicismo estético característica del período romántico supuso una barrera infranqueable para el influjo ejercido por esta obra. En el siglo XX, artistas como Paul Klee han interpretado expresamente su propia actividad creadora en términos de «imitación de la naturaleza». En la misma centuria, las reflexiones del filósofo de Estagira han sido una fuente principal de inspiración para los miembros de la pujante escuela de crítica literaria a los que suele conocerse como «neoaristotélicos de Chicago» (recordemos los nombres de sus dos figuras más representativas, Ronald Crane y Richard McKeon1). Todavía hoy, las ideas expuestas en la Poética de Aristóteles están en el centro de numerosas discusiones que, rebasando el ámbito de la teoría literaria, afectan a la reflexión sobre el arte en su conjunto2.
Conviene recordar, sin embargo, que el influjo ejercido por este tratado aristotélico ha sido más bien tardío, y se debe principalmente al imponente trabajo de edición, traducción y comentario llevado a cabo en el marco del humanismo italiano. En la Antigüedad, en cambio, la Poética apenas fue conocida y discutida. Tengamos en cuenta que, al igual que la mayoría de los tratados que conforman el corpus aristotelicum, la Poética no es una obra pensada para su publicación y difusión, sino un texto para uso interno de la escuela3. Se trata, según la opinión más extendida, de las notas de que se servía el propio Aristóteles en sus clases. Este origen explica en alguna medida la legendaria dificultad del texto. El docente que toma notas para impartir una lección magistral no necesita formular con entera precisión las ideas que desea exponer, sino que a menudo se limita a expresarlas del modo más económico posible, a modo de simple recordatorio de aquellos contenidos que luego, en el curso de la exposición oral, ampliará y precisará. Este modo de proceder, típico de los tratados aristotélicos, da lugar en ocasiones a textos de increíble condensación. Es célebre a este respecto un pasaje de la Metafísica en el que, en el reducido espacio de cuatro líneas (I 9, 990b 11-15), se mencionan tres argumentos platónicos con sus correspondientes refutaciones aristotélicas. También en el caso de la Poética el estilo es con frecuencia elíptico, lo cual ha proporcionado numerosos quebraderos de cabeza a los intérpretes. Además, es muy probable que el ciclo de lecciones recogido en esta obra fuera impartido varias veces por Aristóteles, el cual habría ido añadiendo nuevas consideraciones al texto original con el paso de los años, pero sin llegar a darle una forma definitiva que eliminara las incoherencias y los defectos de construcción que han sido señalados por la crítica4.
A las dificultades señaladas se suman las derivadas de la azarosa transmisión del texto. La Poética, tal como hoy la conocemos, es un texto mutilado. En vano buscaremos en ella el tratamiento de lo cómico al que se alude en dos ocasiones en la Retórica (I 11, 1372a 1-2 y III 18, 1419b 6-7) o el tratamiento de la kátharsis al que se hace referencia en la Política (1341b 38). Posiblemente, ambas piezas teóricas formaban parte del libro II de la Poética, que no ha sobrevivido. Sabemos, en efecto, gracias a un catálogo helenístico de los escritos aristotélicos que nos ha sido transmitido por Diógenes Laercio (V 21-24), que la Poética constaba originalmente de dos libros. Conservamos únicamente el libro I, en el que se estudian la tragedia y la epopeya, pero ya en fecha muy temprana se perdió el libro II, dedicado a la comedia y quizá también a la poesía yámbica. (Sin embargo, en París se conserva el llamado Tractatus Coislinianus, un manuscrito griego medieval que, en opinión de algunos, contiene un resumen del libro II de la Poética5).
El texto no solo nos ha llegado incompleto, sino que la parte que conservamos se encuentra en un estado muy imperfecto, donde abundan las lagunas y corruptelas. Generaciones de filólogos han sugerido enmiendas y conjeturas, hasta llegar a la edición que hoy se considera como canónica, publicada por Rudolf Kassel en 1965. Pero resulta sintomático que todos los traductores posteriores se sientan en la necesidad de anteponer a su versión del texto aristotélico una larga lista de discrepancias respecto del texto de Kassel. Por ejemplo, García Yebra, autor de la mejor versión española hasta el presente, se aparta de Kassel... ¡en 125 ocasiones! Teniendo en cuenta que el texto apenas ocupa 16 páginas de la edición de Bekker, esto da una idea de su grado de corrupción y dificultad.
Consideremos ahora brevemente el contenido de la obra. Todas las ediciones modernas siguen la división en 26 capítulos (división que no se remonta al propio Aristóteles). Estos capítulos pueden ser agrupados en tres secciones netamente diferenciadas por su contenido: la primera (capítulos 1-5) tiene el carácter de una introducción general; la segunda (capítulos 6-22) está dedicada al estudio de la tragedia; y la tercera (capítulos 23-26) se ocupa de la epopeya.
Dentro de la sección primera cabe distinguir dos partes: la primera (capítulos 1-3) ofrece una definición de la poesía y señala los criterios con ayuda de los cuales esta se divide en sus distintos géneros; mientras que la segunda parte (capítulos 4-5) está dedicada a una consideración genético-evolutiva: Aristóteles sitúa el origen de la poesía en la tendencia natural del hombre a la imitación y ensaya una reconstrucción del orden cronológico en que fueron surgiendo los distintos géneros literarios. Esta reconstrucción arroja como resultado la imagen cuasi-biológica de un proceso encaminado al logro de la forma de plenitud de los géneros literarios. Esto está relacionado con el carácter a la vez descriptivo y normativo del tratado, al que nos referiremos más tarde.
La estructura de la segunda sección, que es con mucho la más extensa, es indicada por Aristóteles en el capítulo 6, en el que se formula la definición de la tragedia y se señalan sus elementos constitutivos. Estos elementos, que en la tradición se conocen como «partes cualitativas» de la tragedia, son seis: el argumento, los caracteres, el pensamiento, la dicción, la puesta en escena y el canto. Estos elementos reciben un tratamiento de muy desigual extensión en los capítulos subsiguientes. La parte del león se la lleva el argumento, al que Aristóteles considera «el principio y como el alma de la tragedia», y al que dedica los capítulos 7-14 y 16-18. A los caracteres dedica el capítulo 15; al pensamiento el capítulo 19; y a la dicción los capítulos 19-22. Sorprendentemente, ni la puesta en escena ni el canto reciben tratamiento alguno. A esto hay que añadir el tratamiento en el capítulo 12 de las llamadas «partes cuantitativas» de la tragedia: prólogo, episodio, éxodo y parte coral.
Finalmente, los cuatro capítulos de que consta la sección tercera están dedicados a la epopeya. Como este género literario tiene muchos elementos en común con la tragedia, Aristóteles remite a menudo a lo dicho en la sección anterior. Los capítulos 23 y 24 están dedicados a la unidad de la acción y a las partes de la epopeya. El capítulo 25 trata de problemas de crítica textual homérica. Y el último capítulo, el 26, compara los méritos de la tragedia y los de la epopeya, alcanzando la conclusión de que la tragedia es el género poético supremo.
Retomemos ahora una cuestión que ha sido mencionada anteriormente. ¿Es la Poética un tratado de carácter empírico-descriptivo o más bien de carácter normativo? En realidad es ambas cosas a la vez. Aristóteles, como todos los griegos cultos de su época, tenía amplios conocimientos de poesía, y está claro que su definición de la tragedia y de sus partes cuantitativas y cualitativas se orienta por la práctica habitual de los grandes autores trágicos. Por otra parte, nos consta que cultivó la historia de la literatura en su obra Sobre los poetas, de la que solo se conservan algunos fragmentos, y que promovió investigaciones conducentes a la elaboración de un listado de los vencedores en los concursos dramáticos celebrados con ocasión de las fiestas dionisíacas. Sabemos asimismo que durante su estancia en la corte de Pella compuso una obra en seis libros dedicada al examen de problemas de crítica textual homérica. Pero sería erróneo pensar que su intención era únicamente la de describir el modo como de hecho se habían cultivado los distintos géneros literarios. Ya en las primeras líneas de la Poética afirma Aristóteles su propósito de explicar «cómo se deben construir los argumentos si se quiere que la composición poética resulte bien» (1447a 9-10), anunciando así la dimensión normativa de su tratado. De igual manera, el estudio de la evolución histórica de los géneros literarios entiende esa evolución como un proceso teleológico orientado a la perfección de cada forma poética, lo cual presupone claramente un criterio normativo de enjuiciamiento. Por otra parte, algunos aspectos de la caracterización aristotélica de la tragedia delatan un distanciamiento crítico de la práctica habitual de los autores clásicos: es el caso de su minusvaloración del papel del coro y de la dimensión lírica de la tragedia. No faltan, por tanto, elementos normativos en la Poética, si bien éstos son demasiado generales y abstractos como para permitir una lectura preceptista del tratado.
2. SOBRE LA TRANSMISIÓN DEL TEXTO
¿En qué momento se perdió el libro II? No podemos saberlo, pues nuestra información sobre el destino de los tratados aristotélicos desde que Teofrasto asume la dirección del Liceo hasta su publicación por Andrónico de Rodas es muy escasa. Fuentes antiguas (Estrabón y Plutarco) relatan que los escritos utilizados en la escuela fueron entregados por Teofrasto a Neleo, el cual los escondió en una cueva para que no cayeran en manos de los reyes de Pérgamo, ávidos de libros. Solo a comienzos del siglo I a. C. fueron redescubiertos y llevados por Sila a Roma, donde fueron editados por Andrónico. Para entonces ya faltaba el libro II. En los siglos siguientes la Poética recibió escasa atención, y de hecho son muy pocas las alusiones o citas de la obra que se conservan.
Una circunstancia de decisiva importancia para la transmisión del texto fue el interés que mereció a Temistio, quien a mediados del siglo IV enseñaba en su escuela de Constantinopla practicando la paráfrasis de los tratados aristotélicos. Se sabe que compuso una obra sobre la Poética, que no se conserva, y consta asimismo que para ello trabajó con una copia del texto aristotélico confeccionada por él mismo (tal vez para la biblioteca imperial, pues Temistio gozó del favor de la corte de Constantino).
Después, por espacio de tres siglos, el estudio de la filosofía griega, incluida la aristotélica, conoció un profundo declive en Constantinopla. Sin embargo, en el siglo VII enseñó en esa ciudad Esteban de Alejandría. El viejo códice de Temistio es recuperado del olvido e incluso se elabora una nueva copia del mismo, todavía en letra uncial.
A partir de este momento, el interés por Aristóteles se mantuvo vivo en Constantinopla. Esto explica que durante los primeros decenios del siglo IX al-Mamun, califa de Bagdad, se procurara en esa ciudad manuscritos griegos aristotélicos y que en 814 recalara también en Bagdad el gran traductor siríaco-arábigo Hunain ibn Ishaq con objeto de reunir materiales para su versiones de Aristóteles. En estos mismos años se produce asimismo la reescritura en letra minúscula de todos los tratados aristotélicos que nos ha legado la tradición.
El mencionado Hunain ibn Ishaq, médico nestoriano, fue director de la Academia de Traductores fundada en Bagdad por el califa al-Mamun en 830. En ese centro trabajó asimismo su hijo, Ishaq ibn Hunain, que hacia el año 900 realizó la traducción siríaca de la Poética. En torno a 932, otro sabio nestoriano, Abu Bishr Matta, tradujo al árabe esa versión siríaca. Esta traducción al árabe, cuyo texto se conserva en el códice Parisinus arab. 2346, es la fuente principal de los Cánones de poesía publicados por al-Farabi a mediados del siglo X. En la centuria siguiente, la Poética de Aristóteles sería comentada por el médico árabe Avicena, mientras que en la segunda mitad del s. XII Averroes compondría dos comentarios de esa obra, conocidos respectivamente como Comentario breve y Comentario medio. Este último fue traducido al latín en Toledo por Hermannus Alemannus en 1254 con el título de Poetria, convirtiéndose en la Edad Media en la obra latina de referencia sobre la Poética. Una traducción latina ad verbum de la Poética fue realizada en 1278 por Guillermo de Moerbeke, aunque la ausencia del teatro en los siglos XIII y XIV impidió seguramente que el tratado de Aristóteles alcanzase mayor resonancia en Occidente pese a la existencia de estas versiones.
Hasta aquí el relato de los avatares del texto aristotélico en su transmisión indirecta, que le hizo viajar desde Constantinopla a Toledo a través de cuatro lenguas.
Consideremos ahora, también brevemente, la segunda línea de transmisión, la que se realizó en lengua griega. El manuscrito griego de la Poética más antiguo de cuantos se conservan es el Parisinus gr. 1741 (conocido como A). Se trata de un códice bizantino que data del siglo X. Se acepta comúnmente que este manuscrito deriva de alguno de los ejemplares griegos de la Poética mencionados anteriormente, sea del copiado por Temistio en el siglo IV, o bien de la copia de este efectuada en tiempos de Esteban de Alejandría en el siglo VII. El códice Parisinus, que muestra el exlibris de Teodoro Escutariota, cuya biblioteca se encontraba en Constantinopla a mediados del siglo XIII, se hallaba todavía en 1427 en la capital del Imperio bizantino, de donde llegó a Italia antes de 1468. A mediados del siglo XVI perteneció a la colección de manuscritos del cardenal Ridolfi, de donde pasó a Francia todavía en el mismo siglo.
El segundo manuscrito griego de la Poética por orden de antigüedad es el Riccardianus gr. 46 (conocido como B). Data aproximadamente de 1300, y fue elaborado posiblemente en Constantinopla. El editor de Aristóteles Susemihl fue su descubridor en 1876.
Durante los siglos XV y XVI el texto griego de la Poética se copió profusamente, como testimonia una treintena larga de codices recentiores hoy conservados, entre ellos el Estensis α. T. 8. 3 (100), base de la traducción latina de Giorgio Valla publicada en 1498; y el Parisinus gr. 2038, en una copia del cual se apoya la edición príncipe de la Poética editada por Demetrio Ducas y publicada por Aldo Manuzio en 1508. Estos códices derivan del Parisinus gr. 1741, aunque también se registran algunas contaminaciones del Riccardianus gr. 46, lo cual ha permitido la reconstrucción de ciertos pasajes perdidos en este último. Es interesante señalar el dato de que ni la Poética ni la Retórica fueron incluidas por Aldo en sus cinco volúmenes de la Opera omnia aristotélica que se publicaron entre 1495 y 1498, sino en el posterior volumen de los Rhetores graeci de 1508. La razón de esta exclusión es de orden cultural y filosófico: Aldo quería desvincularse de las ediciones «averroístas», en las que la Poética y la Retórica se consideraban una parte de las obras lógicas de Aristóteles6. La verdadera primera edición de la Opera Omnia de Aristóteles en la que se incluye tanto la Poética como la Retórica es la de Erasmo (Basilea, 1531).
A lo largo del siglo XVI se suceden, sobre todo en Italia, las contribuciones en el campo de la crítica textual, la traducción y el comentario. Mencionemos únicamente la nueva traducción latina de Guglielmo Pazzi, publicada por Aldo en 1536; los comentarios de Maggi y Lombardi (Venecia, 1550) y Robortello (Florencia, 1548); la crítica de la edición aldina llevada a cabo por Vettori (1560); y la edición crítica del texto de la Poética de Castelvetro, acompañada de la primera traducción al italiano y de un extenso comentario (15707). Pese a que el período de la mayor producción exegética en Italia sobre la Poética es el de la segunda mitad del siglo XVI, debe reconocerse el papel pionero de Poliziano en el redescubrimiento y revalorización de esta obra, que el gran humanista florentino explicó en sus clases.
En este punto parece oportuno dedicar unas líneas a la recepción de la Poética en España durante el siglo XVI8. Entre los helenistas españoles de esa centuria el texto aristotélico no era desconocido, como prueba el hecho de que Diego Hurtado de Mendoza poseyera ca. 1550 un manuscrito de la Poética que prestó a Vincenzo Maggi para su comentario9 y que Fernando de Herrera conociera la Poética a través del comentario de Castelvetro. En la universidad, la Poética fue divulgada en primer lugar gracias a la iniciativa del helenista Pedro Juan Núñez, activo en Valencia, Zaragoza y Barcelona, el cual explicaba tanto la Poética como la Retórica como parte de sus cursos de filosofía, considerando la disciplina de la poética como propedéutica para el estudio de la retórica. Su comentario a la Poética no se ha conservado, aunque sí lo han hecho unos apuntes de un alumno suyo tomados en sus clases hacia 1573 en una singular mezcla de catalán, castellano y latín y en los que se encuentran referencias tanto al texto griego como a una versión latina10. Al período de docencia de Núñez en las aulas zaragozanas ca. 1560 corresponde un manuscrito de la Biblioteca Capitular de la Seo en parte de mano del alumno de Núñez Bartolomé Llorente y que recoge algunas explicaciones sobre la Poética dadas por su maestro. Además, un manuscrito de la Universidad Yale contiene una traducción latina parcial de la Poética autógrafa también de Llorente y que corresponde al parecer a la versión del propio Núñez de esta obra11.
Una muestra más de la utilización de la Poética en la universidad española la ofrece Francisco Sánchez de las Brozas, el Brocense, de quien sabemos que leyó esta obra y la comentó en clase en Salamanca en la primera parte del curso académico de 1576-157712. Posteriormente, la Poética se difundirá en España a través de la Philosophia Antigua Poetica de A. López Pinciano aparecida en 1596.
Concluyamos este resumen mencionando que las dos principales líneas de transmisión del texto (la indirecta a través del siríaco y la directa en lengua griega) llegaron a confluir en un mismo ambiente cultural gracias a que, en 1481, vio la luz en Venecia la editio princeps de la Poetria de Hermannus Alemannus (que es, como se recordará, la traducción latina del Comentario Medio de Averroes). Sin embargo, la rica tradición de comentarios árabes de la Poética no llegó a ejercer un influjo apreciable sobre los comentaristas del humanismo italiano. Debe tenerse en cuenta que la recepción de la Poética en el humanismo está condicionada por una actitud ambivalente hacia Aristóteles y el aristotelismo13. Por una parte, se registra un vivo interés por los aspectos empiristas de la filosofía aristotélica, así como por su fundamentación del rango y de la esencia de la literatura y el arte. Por otra, este renovado interés por Aristóteles es resultado de una crítica del aristotelismo recibido, en especial en su versión escolástica, en la que se ve un sistema abstracto y dogmático, compuesto de distinciones conceptuales vacías. Si los comentarios árabes a la Poética fueron descartados por la nueva sensibilidad, ello se debió a que fueron asimilados a la tradición del aristotelismo escolástico. Un síntoma elocuente de esta situación es el hecho de que la conclusión de la edición latina de las obras completas de Averroes (Venecia, 1562), en vez de dar un nuevo impulso al estudio de este autor, coincidió con el final del interés general por su pensamiento, del que a partir de entonces solo se iban a ocupar los orientalistas.
3. «ARS IMITATUR NATURAM»
En lo que sigue vamos a ocuparnos brevemente de dos de los más difíciles y fecundos problemas a los que se enfrenta el lector de la Poética de Aristóteles: la concepción del arte como imitación y la función catártica de la tragedia. Por descontado, no es nuestro propósito resolver estas cuestiones laberínticas, sino únicamente indicar dónde estriban las dificultades principales aparejadas a los conceptos de imitación y catarsis, y en qué dirección habría que avanzar en la búsqueda de una solución.
Como es sabido, el concepto de imitación desempeña una función capital en la Poética de Aristóteles. Ya en las primeras páginas de la obra se afirma que la literatura, la música, la pintura y la danza son imitaciones, una tesis que es desarrollada luego en múltiples lugares de la exposición. Desde entonces, el principio ars imitatur naturam ha pasado a ser uno de los lugares comunes de la reflexión occidental sobre el arte. Pero aunque la Poética haga abundante uso del concepto de mímesis, el principio «el arte imita a la naturaleza» no aparece nunca enunciado explícitamente en el texto conservado de esta obra. Para encontrarlo hemos de acudir al libro II de la Física (II 2, 194a 21-22; 8, 199a 15-17). Echemos un rápido vistazo a ese texto importantísimo.
El propósito de Aristóteles es defender una visión finalista de la naturaleza14. Para filósofos como Demócrito o Empédocles el cosmos es fruto del azar y la necesidad, o dicho en un lenguaje más actual: el cosmos es el resultado de un proceso evolutivo ciego. Aristóteles, en cambio, sostiene que todos los procesos naturales se orientan a la consecución de un télos, de una forma de plenitud específica. Esto quiere decir que Aristóteles defiende conscientemente una visión antropomórfica de la naturaleza, pues el hecho de perseguir fines es un rasgo característico de la conducta humana. Ahora bien, el ámbito en el que la persecución de fines por parte del hombre está más claramente deletreado es el arte (téchne¯): el zapatero, por ejemplo, fabrica zapatos teniendo una idea clara del fin que se propone y arbitrando los medios necesarios para ello. Por eso, si Aristóteles lograra mostrar que el arte humano y la espontaneidad natural proceden de manera análoga, habría demostrado que también en la naturaleza operan causas finales.
Pues bien, en el capítulo 8 del libro II de la Física, Aristóteles propone cuatro interesantes argumentos para probar su hipótesis finalista. Por razones de espacio consideraremos únicamente el último argumento, con el que Aristóteles se desembaraza de una objeción frecuente. La objeción sostiene que en la naturaleza no puede haber finalidad porque la finalidad presupone representación consciente del fin perseguido, y en la naturaleza no hay conciencia; sería absurdo, en efecto, sostener que el árbol hunde sus raíces en la tierra buscando conscientemente el agua que necesita. La sutil réplica de Aristóteles a esta objeción consiste en mostrar que la persecución de fines no está necesariamente ligada a su representación consciente. Todo arte se define por el fin que se propone alcanzar, pero el mejor artista no es aquel que reflexiona a cada paso, sino el que practica su arte sin necesidad de pararse a pensar —el mejor pianista no es el que consulta constantemente la partitura y prueba ahora esta tecla y luego aquella—. Según esto, la naturaleza ha de ser concebida como el artista consumado, aquel que ha interiorizado su arte hasta el punto de convertirlo en pura espontaneidad no mediada por la reflexión. Y los artistas humanos imitan a la naturaleza en el sentido de que aspiran a alcanzar el grado de perfección que ella exhibe en el ejercicio de su arte.
Para entender el alcance del profundo argumento aristotélico es necesario tener en cuenta que el término téchne¯, empleado en la Física, se refiere indistintamente a las artes útiles (como el arte del zapatero o el arte médica) y a las bellas artes. Este hecho puede sorprender al lector moderno, acostumbrado a distinguir estas dos cosas. Pero, como ha mostrado Paul Kristeller en un trabajo clásico, la distinción entre artes útiles y bellas es un fruto de las ideas estéticas del siglo XVIII, ajeno como tal al pensamiento clásico15. Es precisamente la flexibilidad semántica del término téchne¯ la que nos permite tender un puente entre la Física y la Poética y arrojar luz sobre la tesis de Aristóteles de que las bellas artes son imitaciones.
De entrada, el principio según el cual el arte imita a la naturaleza posee mayor verosimilitud cuando se piensa en las técnicas productivas. La perfección con que los pájaros construyen sus nidos, las arañas tejen sus telas o las abejas forman las celdas hexagonales de los panales se sugiere por sí misma como un modelo de habilidad artesanal. O consideremos otro ejemplo: hoy la ingeniería aeronáutica se sirve de simulaciones informáticas del movimiento de las alas de las aves para perfeccionar la construcción de las aeronaves humanas. Pero también en el ámbito de las bellas artes han existido siempre tendencias estéticas que proponen la imitación de la naturaleza como ideal normativo. Del pintor griego Zeuxis se decía que pintaba racimos de uva con tal perfección que los pájaros picoteaban en ellos. Sin embargo, numerosas tendencias artísticas modernas han renunciado al realismo, llegando a desembocar en las formas más abstractas del arte no figurativo. Diríase que en estos casos el principio ars imitatur naturam es inaplicable. Así las cosas, resulta perfectamente comprensible que el mencionado principio haya sido abandonado por algunas doctrinas estéticas contemporáneas.
Pero tal vez este abandono obedezca a una comprensión defectuosa del sentido del principio. En este punto puede sernos de utilidad recordar el bello epitafio compuesto por el cardenal Bembo para la tumba de Rafael, que se encuentra en el Panteón romano. El epitafio dice así: Ille hic est Raphael. Timuit quo sospite vinci / rerum magna parens et moriente mori (traducido al español: «Aquí yace Rafael. La gran engendradora de las cosas temió ser vencida cuando él vivía, y morir habiendo él muerto»). La rerum magna parens a la que alude el cardenal Bembo es, evidentemente, la naturaleza; pero el modo como se la designa indica a las claras que no se trata de la natura naturata (es decir, del conjunto de todas las cosas naturales), sino de la natura naturans (es decir, de la naturaleza entendida como arché, como principio del que brotan las cosas que no han sido hechas por el hombre). De acuerdo con esto, el principio ars imitatur naturam no establece una comparación entre los productos del arte humano y los seres naturales, sino más bien entre la actividad creadora del artista y la espontaneidad creadora de la rerum magna parens. Esto no excluye, claro está, que se den relaciones de semejanza entre las obras de arte y los seres naturales. Pero, en primer lugar, esa semejanza no es forzoso entenderla en el sentido del arte realista, como si la misión del arte hubiera de reducirse a crear copias fieles del aspecto externo de los seres naturales. En segundo lugar, y esto es lo más importante, esas relaciones de semejanza son la consecuencia de una semejanza más profunda: la que se da entre la acción creadora del artista y la acción creadora de la naturaleza.
Pensemos en el caso de Cézanne. Lo que él llama «réalisation» no es otra cosa que imitación de la naturaleza en el sentido de natura naturans. Sus cuadros son precisamente re-creaciones: se trata de hacer surgir nuevamente sobre el lienzo los phýsei ónta. Dicho con palabras de Klee, el artista se afana «por crear obras que son una metáfora de las obras de Dios16».
4. «KÁTHARSIS»
La doctrina de la catarsis es sin duda el aspecto más célebre de la teoría aristotélica de la tragedia, pero también el más enigmático. Su importancia queda subrayada por el hecho de que Aristóteles la menciona en el contexto de su definición de la tragedia, indicando de este modo que es un elemento esencial de su modo de entender este género literario. De la tragedia se afirma, en efecto, «que mediante la compasión (éleos) y el temor (phóbos) lleva a cabo la purificación (kátharsis) de tales afecciones» (1449b 27-28). Pero, a pesar de la gran importancia que corresponde a esta pieza teórica, la catarsis no vuelve a ser mencionada en el resto del texto conservado, lo cual hace pensar que Aristóteles se habría ocupado de este problema en el libro II del tratado, que como sabemos no se conserva. Desde el Renacimiento hasta nuestros días se han multiplicado los esfuerzos interpretativos por aclarar el sentido de la catarsis trágica, sin que se haya alcanzado acuerdo entre los intérpretes.
El planteamiento adecuado de la cuestión exige una previa aproximación filosófica y lingüística. Por lo que se refiere al trasfondo filosófico, no cabe duda de que la doctrina aristotélica contiene una crítica explícita de la actitud de Platón hacia la poesía recibida. Platón había sostenido en el libro X de La república que la poesía tradicional se dirige, no al alma del hombre en su totalidad, sino únicamente a su parte irracional, es decir, a sus pasiones; y que las apariencias creadas por el poeta no surten un efecto benéfico en el alma, sino perjudicial. De ahí la severa sentencia de Platón, quien sostiene que en una polis bien ordenada el único género poético que debería estar permitido son los himnos en alabanza de la bondad de los dioses y la virtudes de los hombres. Frente a este modo de pensar, Aristóteles cree que la poesía trágica no presenta imitaciones degradadas de la realidad, sino verdades universales que interpelan al espectador tanto en el plano intelectual como en el emocional. La compasión y el temor provocados por la tragedia conducen a la catarsis de tales pasiones, la cual es beneficiosa para el alma.
El problema estriba, como queda dicho, en que no sabemos a ciencia cierta qué entendía Aristóteles por catarsis. Una consideración puramente lingüística de la cuestión no resuelve el problema, pero al menos permite señalar las direcciones en las que cabría buscar su solución. El término kátharsis era utilizado con anterioridad a Aristóteles en dos contextos principales. Por una parte es utilizado en un contexto religioso para aludir a las ceremonias rituales de purificación; por otra, se emplea en un contexto médico en referencia a la purgación o eliminación de sustancias nocivas para el organismo. Esto explica que unos traductores traduzcan kátharsis por «purificación» y otros por «purgación». Estas traducciones no son inocentes, sino que van ligadas a opciones interpretativas concretas, como veremos enseguida.
Aunque sobre el tema de la catarsis han corrido y siguen corriendo ríos de tinta, cabe clasificar grosso modo las principales líneas interpretativas en dos grandes grupos. Las interpretaciones del primer grupo consideran que el uso aristotélico de kátharsis es una metáfora que se apoya en el sentido religioso de la palabra (kátharsis como purificación del alma, expiación de una culpa), y le otorgan un significado moral. Esta ha sido la hipótesis interpretativa dominante desde el Renacimiento hasta mediados del siglo XIX, si bien se registran diferencias importantes en el modo como los partidarios de esta interpretación describen el beneficio moral que proporciona la tragedia.
Según Pietro Vettori la función catártica de la tragedia consiste en moderar el conjunto de las pasiones humanas. Vettori se apoya sin duda en la concepción aristotélica de la virtud como término medio (mesóte¯s), y piensa que la tragedia, al excitar y mitigar dos pasiones principales, corrige la desmesura del resto de las pasiones: [Tragoedia] curat impetum exultantiamque perturbationum omnium ope duarum, quas factis, quae in scena inducit, excitat moderaturque, id est misericordiae et metus17. Próxima a la de Vettori es la interpretación de Alessandro Piccolomini18.
En la imponente nómina de los defensores de esta interpretación se cuenta asimismo el alemán Lessing19. La principal diferencia con respecto a sus precursores Vettori y Piccolomini consiste en que para Lessing la compasión y el miedo no solo son el desencadenante de la catarsis, sino también el objeto en el que esta opera. Según esto, la compasión y el miedo trágicos servirían para moderar únicamente estas dos pasiones, dando lugar a las virtudes correspondientes, pero dejarían intactas las demás pasiones humanas.
Pasemos a considerar ahora el segundo grupo de interpretaciones, que son las que se orientan por el sentido médico de la palabra kátharsis. Este enfoque de la cuestión se remonta a las investigaciones realizadas por el austríaco Bernays a mediados del siglo XIX, y ha sido hasta hace poco el enfoque dominante20. Según este estudioso, la catarsis trágica no ha de ser entendida en sentido moral, sino en sentido terapéutico. En su opinión, la tragedia no trata de reprimir o moderar el miedo y la compasión, sino que excita y provoca estas pasiones para así facilitar su descarga y la consiguiente recuperación del equilibrio psíquico del espectador. Si la interpretación moral de la catarsis se apoyaba sobre todo en la teoría aristotélica de la virtud como justo medio, la interpretación médica de Bernays se basaba sobre todo en los pasajes del libro VIII de la Política en los que Aristóteles atribuye una función terapéutica a la música de entretenimiento.
La posición de Bernays ha sido adoptada en el siglo XX por Schadewaldt, quien ha sostenido que el placer que proporciona la tragedia ha de ser entendido como una experiencia de alivio, es decir, como el placer que proporciona al espectador la liberación de la compasión y el miedo previamente excitados por los hechos trágicos representados en el escenario21.
Pese a la impresionante erudición con que ha sido defendida, la interpretación médica de la catarsis aristotélica resulta contraintuitiva. ¿Cabe realmente pensar que Aristóteles no haya atribuido a la tragedia ningún potencial educativo, ninguna capacidad para la educación y la mejora moral de los espectadores? No debemos olvidar que en el capítulo 9 de la Poética se afirma que la poesía es un arte «más filosófico y serio» que la historiografía; y que en el capítulo 6 se afirma que la acción representada en la tragedia ha de poseer seriedad moral. Lo cual implica que la tragedia exige en el espectador una amplia gama de reacciones intelectuales, emocionales y morales, sin las cuales la tragedia no produce un efecto catártico. Esto explica que en el momento presente algunos especialistas muy destacados, como Halliwell y Janko, se inclinen por una interpretación de la catarsis más próxima al modelo moral que al médico, mientras que otros, como Fuhrmann, aboguen por una vía intermedia que combine elementos de ambas interpretaciones. Al igual que ocurre con el concepto de míme¯sis, la discusión sobre la kátharsis sigue abierta: la Poética de Aristóteles sigue dando que pensar.
5. NOTA SOBRE LA PRESENTE TRADUCCIÓN
La versión que aquí se ofrece está basada en la edición de Rudolf Kassel, publicada en Oxford en 1965 y considerada desde entonces el texto de referencia para la Poética. Kassel polemiza fuertemente con las ediciones anteriores de Gudeman, Hardy y Rostagni, y se aparta también no pocas veces de la anterior edición oxoniense, debida a Bywater (1897). Allí donde nuestra traducción discrepa de las lecturas adoptadas por Kassel, lo hemos indicado en nota.
1 En español puede consultarse la magnífica compilación de textos de esta escuela publicada por J. GARCÍA RODRÍGUEZ, Neoaristotélicos de Chicago, Madrid, 2000.
2 Véase por ejemplo el importante libro de S. HALLIWELL, The Aesthetics of Mimesis, Princeton, 2002, cuyo subtítulo reza significativamente «Ancient Texts and Modern Problems».
3 En Poét. 1454b 18 se renuncia a tratar más extensamente cierta cuestión alegando que ya ha sido suficientemente considerada en los «tratados publicados» (en toîs ekdedoménois lógois).
4 Cf. M. FUHRMANN, Dichtungstheorie der Antike, Darmstadt, 1992, págs. 2-3.
5 Cf. R. JANKO, Aristotle on Comedy. Towards a Reconstruction of Poetics II, Londres, 1984. La crítica se ha mostrado en general escéptica hacia la propuesta de Janko.
6 Véase para este aspecto L. MINIO-PALUELLO, «Attività filosofico-editoriale aristotelica dell’Umanesimo», en Opuscula. The Latin Aristotle, Ámsterdam, 1972, págs. 483-500, en esp. 494.
7 Para la recepción de la Poética en época humanística en los ss. XV y XVI puede leerse T. CIRILLO, «La circolazione della Poetica di Aristotele dal Medioevo al Rinascimento», Vichiana s. IV, 6 (2004), págs. 287-303; y S. PAGLIAROLI, «Lorenzo Valla e la Poetica di Aristotele», Studi Medievali e Umanistici 2 (2004), págs. 352-356.
8 Para el conocimiento de la Poética en la España medieval cf. C. FAULHABER, «Retóricas clásicas y medievales en bibliotecas castellanas», Abaco. Estudios sobre literatura española 4 (1973), págs. 151-300.
9 Cf. A. PORRO, «Pier Vettori editore di testi greci. La Poetica di Aristotele», Italia Medioevale e Umanistica 26 (1983), págs. 307-358, en esp. 317-318.
10 Estas notas de clase han sido editadas y comentadas por J. F. ALCINA ROVIRA, «El comentario a la Poética de Aristóteles de Pedro Juan Núñez», Excerpta Philologica 1 (1991), págs. 19-34.
11 Se trata de dos testimonios sacados a la luz por Á. ESCOBAR, «Nuevos datos acerca de los comentarios de Pedro Juan Núñez a la Poética aristotélica», en J. M. MAESTRE, J. PASCUAL, L. CHARLO (eds.), Humanismo y pervivencia del mundo clásico. Homenaje al profesor Antonio Fontán, vol. II, Alcañiz-Madrid, 2002, págs. 779-788.
12 Cf. J. LÓPEZ RUEDA, Helenistas españoles del s. XVI, Madrid, 1973, pág. 261.
13 Este punto está muy bien tratado en el prólogo de A. Schmitt a su reciente traducción y comentario de la Poética. Cf. Aristoteles, Poetik, übersetzt und erläutert von Arbogast SCHMITT, Berlín, 2008.
14 Cf. R. SPAEMANN – R. LÖW, Die Frage ‘Wozu?’, Múnich, 1981, págs. 51-78.
15 Cf. P. KRISTELLER, «Das moderne System der Künste», en Humanismus und Renaissance II, Múnich, 1975, págs. 164-206. Sin embargo, la opinión de Kristeller ha sido criticada por S. HALLIWELL en su obra anteriormente citada The Aesthetics of Mimesis, págs. 7-9.
16 Citado por R. SPAEMANN en su trabajo «Was heisst: ‘Die Kunst ahmt die Natur nach’?», Philosophisches Jahrbuch 114 (2007), págs. 247-264.
17 P. VETTORI, Commentarii in primum librum Aristotelis de arte poetarum (1560), pág. 56 (= WEINBERG, pág. 464, n. 86).
18 «... se recitarsi in scena veggiamo horribili avvenimenti tragici, vien per questo à mancar in noi gran parte dell’insolentia, della temerità, dell’arrogantia, dell’audacia et superbia nostra. Et vedendo le miserie et le pericoli â che son sottoposti... quegli ancora che per la potentia et grandezza soglion’ esser felici... veniamo a moderare il dolore negli infortuni... Vien parimenti â mitigarsi l’ira, l’invidia, et gli altri affetti che dal non ben conoscere l’instabilità della fortuna... fomento ricever sogliono»: A. PICCOLOMINI, Annotationi nel libro della Poetica d’Aristotile (1575), pág. 7 (= WEINBERG, p. 545, n. 150).
19 G. E. LESSING, Hamburgische Dramaturgie, en Werke und Briefe, vol. 6, Fráncfort, 1985, págs. 181-694.
20 J. BERNAYS, Grundzüge der verlorenen Abhandlung des Aristoteles über Wirkung der Tragödie, Hildesheim-Nueva York, 1970 (original de 1857).
21 W. SCHADEWALDT, «Furcht und Mitleid?», Hermes 83 (1955), págs. 129-171.
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22 Un repertorio completo de la bibliografía sobre la Poética hasta 1996 se encuentra en O. J. SCHRIER, The Poetics of Aristotle and the Tractatus Coislinianus. A bibliography from about 900 till 1996, Leiden-Boston-Colonia, 1998 (Mnemosyne Suppl. 184). Añádase a ello la bibliografía de A. SCHMITT, Aristoteles. Poetik, Darmstadt, 2008, págs. 139-191, que llega hasta el año de publicación de esta obra. Nos hemos limitado a ofrecer aquí una selección de los trabajos más significativos que no tiene pretensiones de exhaustividad. Un comentario sobre las versiones castellanas de la Poética desde el s. XVII hasta mediados del s. XX puede verse en V. GARCÍA YEBRA, ’Αριστoτέλoυς Περì Πoιητικnς. Aristotelis ars poetica. Poética de Aristóteles, Madrid, 1974, págs. 49-115.
POÉTICA
1447a 1
Hablemos del arte poética en sí misma y de sus clases, qué función tiene cada una, cómo hay que construir los argumentos para que la obra resulte bien, del número y la naturaleza de sus partes, e igualmente de las demás cosas que pertenecen a la misma investigación, comenzando primero, como es natural, por las primeras cuestiones.
La epopeya y la poesía trágica, la comedia, la poesía ditirámbica y la mayor parte del arte de tocar la flauta y del de tañer la cítara, todas son, en conjunto, imitaciones. Pero se diferencian entre sí en tres aspectos: ya por imitar con medios distintos, ya por imitar cosas distintas, ya por imitar de forma distinta y no de la misma manera.
Pues, del mismo modo que algunos imitan con ayuda de colores y formas muchas cosas, haciendo imágenes de ellas (unos mediante el arte y otros por la práctica) y otros lo hacen con la voz, así también, en las artes mencionadas, todas llevan a cabo la imitación mediante el ritmo, la palabra y la armonía, utilizando estos recursos por separado o combinándolos. Por ejemplo, el arte de tocar la flauta y el de tañer la cítara, y cualquier otro arte que tenga una función semejante, como el de tocar la siringa, utilizan solo la armonía y el ritmo. Por su parte, el arte de la danza imita con el ritmo pero sin la armonía, pues los bailarines imitan caracteres, pasiones y acciones mediante ritmos a los que se da forma plástica.
En cambio, el arte que imita solo con palabras en prosa o en verso (sea combinando varios metros, 1447b sea utilizando un único tipo de metro), hasta ahora no ha recibido nombre. Pues no disponemos de ningún término que se aplique en común a los mimos de Sofrón y Jenarco23 y a los discursos socráticos, ni tampoco cuando la imitación se hace mediante trímetros, versos elegíacos o algún otro metro semejante. Cierto que la gente asocia la creación poética al verso y a unos los llama poetas elegíacos y a otros poetas épicos; pero los denominan poetas no en razón de la imitación, sino porque tienen en común escribir en verso. De hecho, si alguien da a conocer una obra en verso sobre algún tema médico o relativo a la naturaleza, suelen llamarlo poeta. Pero nada tienen en común Homero y Empédocles24 salvo el verso, por lo que lo justo es llamar al primero poeta y al segundo investigador de la naturaleza más que poeta. Igualmente, si alguien realiza la imitación combinando todos los versos, como hizo Queremón25 en el Centauro, que es una rapsodia en la que se combinan todos los versos, también a él debe llamársele poeta. Así pues, sobre estos asuntos queden establecidas estas distinciones.
Pero hay algunas artes que utilizan todos los medios mencionados —me refiero al ritmo, la melodía y el metro—, como la poesía ditirámbica26, la nómica27, la tragedia y la comedia. Sin embargo, se diferencian en que unas utilizan todos los medios a la vez, mientras otras lo hacen por partes. Tales son —afirmo— las diferencias entre las artes según los medios con los que se lleva a cabo la imitación.
1448a 2
Por otra parte, puesto que quienes imitan representan a personas en acción, y es forzoso que éstas sean nobles o viles (pues los caracteres casi siempre se reducen a estos dos tipos, ya que, en lo que hace al carácter, todos los hombres se distinguen por el vicio o por la virtud), imitan a personas mejores que nosotros, peores o semejantes. Lo mismo hacen los pintores: Polignoto pintaba a personas mejores, Pausón a peores y Dionisio28 a personas semejantes a nosotros. Es evidente que cada una de las imitaciones que se han mencionado contendrá estas diferencias y será distinta por imitar cosas distintas de la manera indicada. Porque en la danza y en la interpretación con flauta o con cítara pueden darse estas divergencias, y también en la prosa y en el verso sin acompañamiento musical. Por ejemplo, Homero imita a personas mejores, Cleofonte a los que son iguales que nosotros, y en cambio Hegemón de Tasos, que fue el primero en componer parodias, y Nicócares29, que escribió la Deilíada, imitan a personas peores. Y con los ditirambos y los nomos lo mismo: se podría imitar como Timoteo y Filoxeno30 hicieron en sus Cíclopes. En esto consiste también la diferencia que separa a la tragedia de la comedia. Pues esta tiende a imitar a personas peores que las reales, y aquella a personas mejores.
3
Además de esto hay una tercera diferencia: el modo como se imita cada una de estas cosas. Efectivamente, utilizando los mismos medios es posible imitar las mismas cosas ya mediante la narración —pasándose por otro, como hace Homero, o siendo el mismo y sin cambiar—, ya haciendo que todos los que son imitados actúen y obren.
Así pues, como dijimos al principio, estas tres son las diferencias que presenta la imitación: en los medios, en los objetos y en el modo de imitar. De suerte que con arreglo a uno de estos criterios Sófocles sería imitador del mismo modo que lo es Homero, ya que ambos imitan a personas nobles; pero con arreglo a otro criterio sería imitador del mismo modo que Aristófanes, debido a que ambos imitan a gente que actúa y obra.
Algunos dicen que estas obras se llaman «dramas» por eso: porque imitan a quienes «obran31». Y por esta razón los dorios reivindican la invención de la tragedia y la comedia —la comedia la reivindican tanto los megarenses de aquí, arguyendo que surgió cuando tenían democracia, como los sicilianos32, pues de Sicilia era el poeta Epicarmo, que fue muy anterior a Quiónides y Magnes33; mientras que la tragedia la reivindican algunos dorios del Peloponeso— poniendo como prueba sus nombres. Ellos dicen, en efecto, que llaman kômai a los aledaños de las ciudades —que los atenienses llaman dêmoi—, y que el nombre de «comediantes» procede, no de ko¯mázein34, sino del hecho de que, despreciados y expulsados de la ciudad, vagaban por las kômai. Y aducen asimismo que ellos para decir «hacer» emplean la palabra drân, 1448b mientras que los atenienses dicen práttein.
Sobre el número y la índole de las diferencias que se dan en la imitación, valga lo dicho.
4
Dos parecen ser las razones de que haya surgido el arte poética en general, y ambas son de carácter natural. Efectivamente, imitar es algo connatural a los hombres desde que son niños, y en eso se diferencian de los restantes seres vivos: en que el hombre es el ser más proclive a la imitación y adquiere los primeros conocimientos mediante la imitación; y además todos se complacen con las imitaciones.
Prueba de esto último es lo que sucede de hecho. Pues hasta nos complace contemplar imágenes muy fieles de cosas que, en sí mismas, son desagradables de ver, como ocurre con las formas de las criaturas más repulsivas y de los cadáveres. La razón es que aprender es algo sumamente grato no solo para los filósofos, sino igualmente para los demás hombres, si bien participan de ello en escasa medida. Por ello se complacen en ver las imágenes, porque al contemplarlas resulta que aprenden y deducen qué es cada cosa, por ejemplo, que esta figura representa a tal persona35. Porque, si el objeto representado no ha sido visto con anterioridad, la imagen no producirá placer en tanto que imitación, sino por la ejecución, el color o alguna otra causa semejante.
Siendo pues natural en nosotros el imitar, y también la armonía y el ritmo (pues es evidente que los metros son parte de los ritmos), desde un principio quienes estaban especialmente dotados para ello fueron avanzando poco a poco y crearon la poesía partiendo de improvisaciones.
La poesía se dividió según el carácter propio de cada uno. Así, los más graves imitaban las acciones nobles, es decir, las de quienes son de esta condición, y los más vulgares las de los malos, componiendo en primer lugar invectivas, del mismo modo que los otros hacían himnos y encomios. De ningún autor anterior a Homero podemos citar un poema semejante36, aunque es verosímil que hubiese muchos; pero sí se pueden citar a partir de Homero, como su Margites37 y otros poemas semejantes, en los cuales se introdujo también, por lo adecuado que era, el verso yámbico, el cual sigue llamándose así, pues en este verso se lanzaban burlas unos a otros38. De modo que entre los antiguos unos se hicieron poetas de versos heroicos y otros poetas de versos yámbicos. Y del mismo modo que Homero fue el poeta por excelencia en el tratamiento de temas elevados (pues fue único no solo por la calidad, sino también por el carácter dramático de sus imitaciones), también fue el primero en esbozar la forma de la comedia, componiendo poemas dramáticos cuyo objeto era, no lo vituperable, sino lo risible. Pues lo que la Ilíada y la Odisea son para las tragedias, 1449a lo es el Margites para las comedias.
Una vez nacidas la tragedia y la comedia, de aquellos que se inclinaban a uno u otro tipo de poesía según su talante natural, unos se convirtieron de poetas yámbicos en autores de comedias y otros de poetas épicos en poetas trágicos, debido a que estos géneros poéticos eran de mayor entidad y más estimados que aquellos.
Ahora bien, examinar si la tragedia ha alcanzado o no un desarrollo pleno en sus formas39, juzgando este problema tanto en sí mismo como en relación con el público, esa es ya otra cuestión. Nacida40 en un principio de la improvisación —tanto la tragedia como la comedia, la una a partir de los que entonaban el ditirambo, la otra a partir de quienes ejecutaban los cantos fálicos, que aún ahora siguen siendo costumbre en muchas ciudades—, la tragedia creció poco a poco al desarrollar los poetas cuantos elementos de ella iban apareciendo. Y tras experimentar muchos cambios, la tragedia dejó de transformarse una vez hubo alcanzado su naturaleza propia.
Esquilo fue el primero en aumentar de uno a dos el número de actores, reducir las intervenciones del coro y conceder al diálogo el papel más destacado. Sófocles aumentó el número a tres e introdujo la escenografía. Además se fue ganando en amplitud41: dejando atrás los argumentos breves y la dicción risible que procedía de su origen satírico, con el tiempo ganó en dignidad. Y el verso dejó de ser el tetrámetro y pasó a ser el yámbico. Pues al principio utilizaban el tetrámetro por ser la poesía de carácter satírico y más próxima a la danza, pero al introducirse el diálogo42, la propia naturaleza encontró el verso adecuado. Efectivamente, el yámbico es el verso más apropiado para el diálogo, y prueba de ello es que al conversar entre nosotros utilizamos gran cantidad de yambos, mientras que rara vez usamos hexámetros y con ellos nos salimos del tono propio de la conversación. En cuanto al número de episodios43 y cómo dicen que se embelleció cada una de las demás partes, baste con lo dicho. Pues seguramente sería muy prolijo exponerlo de forma pormenorizada.
5
La comedia es, como dijimos, imitación de hombres peores, pero no respecto a todo tipo de maldad, sino que lo risible es una parte de lo feo44. Pues lo risible es un defecto, una fealdad que no comporta dolor ni destrucción, como, sin ir más lejos, la máscara cómica es algo feo y deforme pero sin dolor.
Pues bien, no han caído en el olvido ni las transformaciones experimentadas por la tragedia ni aquellos a quienes se debieron; en cambio, la comedia se ha olvidado por no haber sido tomada en serio desde el principio. 1449b Pues se tardó mucho en que el arconte concediese un coro de comediantes, el cual hasta entonces se componía de voluntarios. Y solo desde el momento en que la comedia adquirió determinadas formas se tiene recuerdo de los llamados poetas cómicos. Sin embargo, se ignora quién introdujo las máscaras, los prólogos, la pluralidad de actores y las demás cosas semejantes. La construcción de argumentos45 la introdujeron Epicarmo y Formis46. Esto, en un principio, vino de Sicilia; por su parte, Crates47 fue el primero entre los atenienses que, prescindiendo de la forma yámbica48, comenzó a tratar temas universales y componer argumentos.
La epopeya coincide con la tragedia en que ambas son imitaciones de personas serias, hechas en lenguaje versificado, pero se diferencian por el hecho de emplear aquella un único metro y ser un relato. Mas también por la duración: la tragedia intenta, en la medida de lo posible, contenerse en un solo recorrido del sol49 o excederlo en poco; en cambio, la epopeya es ilimitada en el tiempo y en ello se diferencia, si bien al principio se hacía esto por igual en las tragedias y en las epopeyas.
En cuanto a sus partes constitutivas50, unas son comunes y otras son específicas de la tragedia. Por ello quien sepa de tragedias buenas y malas sabrá también de epopeyas. Efectivamente, los elementos de que consta la epopeya se dan en la tragedia, pero no todos los que se dan en esta se hallan en la epopeya.
6
Del arte de imitar en hexámetros y de la comedia trataremos más tarde. Hablemos ahora sobre la tragedia recogiendo la definición de su esencia que resulta de lo que hemos dicho. La tragedia es, pues, la imitación de una acción seria y completa, de cierta dimensión, en un lenguaje condimentado que usa por separado cada clase de condimento en las distintas partes, con personajes que actúan y no mediante una narración, y que lleva a cabo mediante la compasión y el temor la purificación de pasiones tales. Cuando digo «lenguaje condimentado» me refiero a que tiene ritmo y armonía, es decir, canto51; y con «por separado cada clase de condimento» me refiero a que unas partes se llevan a cabo solo mediante el verso y otras, a su vez, mediante el canto.
Y puesto que la imitación se realiza actuando, necesariamente serán parte de la tragedia, en primer lugar, la disposición de la puesta en escena, y después el canto y la dicción, ya que con estos dos elementos se lleva a cabo la imitación. Con «dicción» quiero decir la composición misma de los versos, mientras que «canto» tiene un sentido enteramente claro52.
Dado que es imitación de una acción y se realiza a cargo de personajes que actúan, los cuales es preciso que sean de un determinado tipo por su carácter y pensamiento (pues en función de éstos 1450a decimos que las acciones son de una índole determinada), [dos son las causas naturales de las acciones: el pensamiento y el carácter53], y en ellas radica el éxito o el fracaso de todos. El argumento es la imitación de la acción, pues con «argumento» me refiero al entramado de los hechos. Llamo «caracteres» a aquello en virtud de lo cual decimos que los que actúan son de una índole determinada. Y llamo «pensamiento» a todo aquello mediante lo cual, al hablar, se muestra algo o bien se manifiesta una opinión.
Necesariamente, pues, las partes de toda tragedia habrán de ser seis, y en función de ellas la tragedia será de una índole determinada. Son éstas: el argumento, los caracteres, la dicción, el pensamiento, la puesta en escena y el canto. En efecto, los medios con los que se imita son dos partes54; el modo como se imita, una55; y el objeto de la imitación, tres56, y no hay más partes que éstas. De estos elementos se han servido los poetas trágicos57, pues toda tragedia incluye por igual puesta en escena, carácter, argumento, dicción, canto y pensamiento.
De estos elementos, el más importante es el entramado de los hechos. Pues la tragedia es imitación, no de los hombres, sino de las acciones y de la vida. [Tanto la felicidad como la desgracia estriban en la acción, y el fin es un cierto tipo de acción, no una cualidad. Por los caracteres se es de tal o cual manera, pero por las acciones se es feliz o lo contrario58]. En consecuencia, los actores no actúan para imitar los caracteres, sino que incluyen los caracteres por mor de las acciones. De modo que los hechos, es decir, el argumento constituye el fin de la tragedia, y el fin es lo más importante de todo.
Además, sin acción no puede haber tragedia, pero sin caracteres sí puede haberla. Pues las tragedias de la mayoría de los poetas modernos carecen de caracteres y en general son muchos los poetas de este tipo, como sucede también entre los pintores con Zeuxis si se le compara con Polignoto. Porque Polignoto era un buen pintor de caracteres, pero la pintura de Zeuxis no conlleva carácter alguno.
Es más, aunque se encadenen parlamentos que expresen el carácter y que estén bien logrados desde el punto de vista de la dicción y el pensamiento, no se conseguirá lo que hemos dicho que era la función de la tragedia; en cambio, se logrará mucho más si la tragedia se sirve deficientemente de estos recursos y en cambio tiene argumento, es decir, entramado de hechos.
Además, los recursos más importantes con los que cuenta la tragedia para embargar el ánimo —las peripecias y los reconocimientos— son partes del argumento.
Otro indicio de ello es el hecho de que también los que se inician en la composición poética logran la maestría en la dicción y los caracteres antes que en el entramado de la acción, como ocurre también con casi todos los poetas antiguos.
Así pues, el argumento es el principio y como el alma de la tragedia; lo segundo son los caracteres (algo semejante sucede en la pintura: 1450b porque si alguien pintase con los más bellos colores pero mezclados sin orden ni concierto, no complacería tanto como quien bosqueja una imagen en blanco y negro). La tragedia es imitación de una acción, y por mor de la acción generalmente imita también a las personas que realizan la acción.
Lo tercero es el pensamiento, es decir, el ser capaz de decir cosas pertinentes y que hagan al caso, lo cual es precisamente, en el ámbito de los discursos, la función de la política y la retórica. Efectivamente, los poetas antiguos creaban personajes que hablaban al modo político, mientras que los modernos lo hacen al modo retórico.
El carácter es aquello que revela la elección, qué cosas elige o evita uno en circunstancias en las que no está claro59 —por ello no tienen carácter los razonamientos en los que falta por completo lo que elige o rehúye el que habla—, y hay pensamiento allí donde se muestra que algo es o no es, o bien se enuncia una idea general.
En cuarto lugar está la dicción60; con este término me refiero, como se ha señalado antes, a la expresión mediante palabras, la cual tiene la misma función en verso que en prosa.
De las demás partes, el canto es el más importante de los condimentos; en cuanto a la escenificación, es cautivadora, sí, pero es más ajena al arte y menos particular del arte poética. Pues la eficacia de la tragedia existe aun sin representación y actores, y, además, para la realización de las puestas en escena es más importante el arte del que fabrica el utillaje que el de los poetas.
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Hechas estas distinciones, digamos seguidamente cuál debe ser el entramado de las acciones, ya que este es el elemento primero y más importante de la tragedia. Ya hemos establecido que la tragedia es imitación de una acción acabada y completa que tenga cierta extensión: pues puede darse algo completo que no tenga ninguna extensión. «Completo» es aquello que tiene principio, medio y fin. «Principio» es aquello que no sigue necesariamente a otra cosa, mientras que detrás de ello se da o sucede de forma natural otra cosa; «fin», por el contrario, es aquello que necesariamente o en la mayoría de las ocasiones sigue por naturaleza a otra cosa pero sin que tras ello suceda ninguna otra; y «medio», aquello que se da después de una cosa y antes de otra.
Por tanto, es preciso que los argumentos bien construidos no comiencen ni acaben en un punto cualquiera, sino que se atengan a los principios expuestos.
Además, puesto que lo bello, sea un ser vivo o cualquier acción que esté compuesta de partes, no solo debe tener tales partes ordenadas, sino que también debe tener un tamaño que no sea aleatorio —ya que la belleza depende del tamaño y el orden, y por ello un ser vivo no puede ser bello si es muy pequeño (pues la visión se vuelve confusa cuando su duración se aproxima a la de un instante imperceptible) o muy grande (pues la visión no se da al mismo tiempo, 1451a sino que los que observan pierden de vista la unidad y la totalidad), por ejemplo si un ser vivo midiese diez mil estadios—; en consecuencia, lo mismo que es preciso que los cuerpos y los seres vivos tengan un tamaño, pero este debe ser abarcable con la vista, así también los argumentos han de tener una duración que pueda retenerse en la memoria.
El límite de la duración que se establece en función de los certámenes teatrales y de su contemplación por parte del público no es cosa del arte; pues si fuese preciso que compitiesen cien tragedias, competirían con arreglo a la clepsidra, como dicen que se hacía en otro tiempo61. En cambio, el límite según la naturaleza misma de la cosa es este: cuanto más largo sea el argumento —siempre que sea comprensible—, tanto más bello con arreglo a la extensión. Por establecer una definición simple, un límite suficiente es el de aquella extensión en la cual, al sucederse los acontecimientos en virtud de la verosimilitud o de la necesidad, pueda darse la transformación del infortunio en prosperidad o de la prosperidad en infortunio.
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El argumento no posee unidad, como algunos creen, por referirse a un solo personaje. Pues son muchas, muchísimas, las cosas que le suceden a un personaje, algunas de las cuales no constituyen ninguna unidad. Así también, muchas son las acciones de un único personaje de las que no se sigue ninguna acción unitaria. Por ello parecen equivocarse todos los poetas que han compuesto una Heracleida, una Teseida y poemas de este tipo62. Creen efectivamente que, puesto que Heracles era uno, también el argumento había de resultar unitario. En cambio, Homero, del mismo modo que aventaja a los demás por otras cosas, también esta parece haberla comprendido bien, sea por arte o por un don natural. Pues al componer la Odisea no escribió todo cuanto le ocurrió a Odiseo, como que fue herido en el Parnaso63 o que fingió enloquecer en la concentración de las tropas64 —ninguno de estos dos hechos era necesario o verosímil que se produjera por haber sucedido el otro—, sino que compuso la Odisea en torno a una única acción del tipo que decimos, y lo mismo la Ilíada.
Así pues, del mismo modo que en las otras artes imitativas la imitación que tiene unidad lo es de una sola cosa, así también es preciso que el argumento, puesto que es imitación de una acción, lo sea de una acción sola y que esta sea completa, y que las partes de las acciones estén ensambladas de tal modo que si una de ellas se cambia de lugar o se suprime, el conjunto se altere y se trastorne, pues aquello que por añadirse o quitarse no provoca ningún efecto manifiesto, no es parte alguna del todo.
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De lo dicho se desprende claramente asimismo que no es misión del poeta el contar las cosas que han sucedido65, sino aquellas que podrían suceder, es decir, las que son posibles según lo verosímil o lo necesario. Pues el historiador 1451b y el poeta no se diferencian por expresarse en verso o en prosa (pues se podría poner en verso la obra de Heródoto, pero sería un tipo de historia lo mismo en verso que en prosa), sino por esto: por decir el uno lo sucedido y el otro lo que podría suceder. Por esta razón la poesía es más filosófica y más seria que la historia. Pues la poesía dice más bien lo universal, y la historia lo particular. «Universal» es el tipo de cosas que corresponde hacer o decir a cierto tipo de persona con arreglo a lo verosímil o lo necesario; a esto aspira la poesía, aunque luego asigne nombres propios a los personajes. «Particular» es, por ejemplo, qué hizo Alcibíades o qué le pasó.
Pues bien, esto está ya claro en el caso de la comedia: pues solo tras haber compuesto el argumento recurriendo a situaciones verosímiles, asignan al azar los nombres, y no componen poemas sobre un individuo en particular, como hacían los poetas yámbicos; en cambio, en el caso de la tragedia se atienen a los nombres tradicionales. La razón es que lo posible es creíble: lo que nunca ha sucedido no creemos que sea posible, mientras que lo que ha sucedido es evidente que es posible, ya que no habría sucedido si no fuese posible.
No obstante, también hay algunas tragedias en las que uno o dos nombres son conocidos, mientras que los restantes son inventados; y en otras no hay ninguno conocido, por ejemplo en el Anteo de Agatón66: en esta obra, efectivamente, tanto los hechos como los nombres son inventados por igual, y no por ello deleita menos. De modo que no hay que procurar a toda costa atenerse a los argumentos tradicionales sobre los que versan las tragedias. Y es que es ridícula esta pretensión, puesto que los argumentos conocidos son conocidos para unos pocos y sin embargo deleitan a todos.
Así pues, de esto se desprende que el poeta debe ser creador de argumentos más que de versos, por cuanto es poeta en virtud de la imitación, y lo que imita son acciones. Y si acontece que se ocupa de cosas que han sucedido, no es menos poeta por ello; pues nada impide que algunas de las cosas sucedidas sean tales que hayan sucedido verosímilmente67, en virtud de lo cual el poeta se ocupa de ellas.
De los argumentos y acciones simples, los episódicos son los peores. Llamo «episódico» al argumento en el cual los episodios se suceden unos a otros sin ser ni verosímiles ni necesarios. Tales son los que componen los poetas malos por ser malos, y los buenos en atención a los actores. Pues al componer piezas para los certámenes y amplificar el argumento más allá de sus posibilidades, a menudo 1452a se ven forzados a distorsionar la secuencia de los hechos.
La imitación no lo es solo de una acción completa, sino también de hechos que suscitan temor y compasión, y éstos se producen sobre todo y especialmente68 cuando tienen lugar de forma inopinada, sí, pero unos a causa de otros. Pues de este modo causarán mayor asombro que si se producen de forma casual o fortuita, ya que incluso de los sucesos fortuitos los que despiertan mayor asombro son aquellos que parecen haber sucedido de forma deliberada, como cuando la estatua de Mitis en Argos mató al culpable de la muerte de Mitis cayéndole encima cuando la contemplaba. Tales cosas no parece que sucedan por azar. De modo que esta clase de argumentos serán necesariamente más bellos.
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De los argumentos, unos son simples y otros complejos, pues también las acciones de las que los argumentos son imitaciones son, por su propia naturaleza, de estas dos clases. Llamo «simple» a la acción en la que —al desarrollarse ella de forma continua y unitaria, tal como se ha definido69— el cambio de fortuna se produce sin peripecia ni reconocimiento; y llamo «compleja» a la acción en la cual el cambio de fortuna implica reconocimiento o peripecia, o ambos. Estas cosas han de surgir del propio entramado del argumento, de modo que se sigan, por necesidad o verosímilmente, de lo que haya ocurrido previamente. Pues hay mucha diferencia en que unas cosas sucedan a causa de otras cosas o después de otras cosas.
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